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1. Los mayores logros del hombre no se han trabado en el aparato racional sino en el terreno de las emociones. La verdad de las cosas externas nunca ha sido tan útil como la de las experiencias íntimas. Aunque esclarecedor, el positivismo no proporciona por sí mismo el aliento que impulsa al hombre a crear, a armonizarse, a amar y a ser feliz.  Teniendo claro que éstas son las prioridades de toda sabiduría profunda, se hace patente la necesidad de un elemento espiritual.

2. Además de datos, la ciencia ha traído comodidad física –indirectamente emocional– y desazón o deleite del ánimo según la tendencia fisiológica del sujeto cognoscente. Los conocimientos mundanos pueden colaborar a algo más grande que ellos mismos, que es la plenitud –social o individual– , pero no son imprescindibles. Imprescindible sí es, en cambio, el cultivo del ánimo, de la autodisciplina y la magnificencia.

3. Lo sagrado es preferible a lo frívolo. No existe un criterio para sacralizar las cosas, antes bien todas las cosas son sagradas en potencia; basta con que tañan la fibra precisa en el espíritu, que se muestren afines a él bajo un prisma de virtudes y recompensas profundas, para que resulte buena elección para ese espíritu tomarla por sagrada. Que lo sagrado sea real o imaginado, poco importa, especialmente dada la naturaleza siempre aproximativa de la cognición humana, nunca exacta, eterna asíntota respecto del mundo.

4. Las grandes fes del pasado hacen aguas al compás de los tiempos, en perpetua degeneración. El romanticismo, por su parte, en tanto que concreción y autoconciencia de un polo espiritual del hombre que adquirió en el siglo XIX un apogeo estético y vital, resulta algo ingenuo a la mente informada del presente. Pero ambas filosofías compartían virtudes esenciales e imprescindibles: la vieja religión dio, en su mayor parte, con los valores adecuados, si bien desacertó en su obsesión por la ontología de los símbolos; el romanticismo eligió en cambio el lugar atinado donde buscar -el interior de uno mismo-, pero buscó valores a menudo equivocados por arrogantes y por absurdamente dolorosos. Solamente en una nueva síntesis podrá darse para el individuo de genealogía europea una espiritualidad completa a la par que realista, propicia en forma y contenido.

5. Educados en unos ademanes grecocristianos, no es posible para nosotros alejarnos por completo del bagaje trágico y apasionadamente penetrante a no ser cayendo en una pobreza estética que se transmuta en apatía, leve tristeza cotidiana y angustia absurdista en el peor de los casos. Necesitado de una pureza del alma ajena a una soteriología sobrenatural, se le impone al potencial neorromántico un espiritualismo materialista, un estoicismo estético que acaso sólo encontrará su salvaguarda en la incardinación sobre el orientalismo; ¿pues qué son las grandes filosofías orientales sino bellas mitologías, autoconscientes en cuanto tales, que encierran en su seno la clave de la existencia?

6. La asunción de los contrarios, el valor de la compasión y de la comprensión, la belleza unitaria del mundo por encima de la pluralidad en apariencia caótica, el coraje noble ante el desmoronamiento de los símbolos gregarios sin dejar de venerar la Tradición, el gusto por el encanto lúdico de las cosas así como la integración de las verdades más ásperas, y la imbricación en un espíritu que no pierde un bordón de serenidad y agudeza en lo más hondo, son todos ellos los objetivos del hombre neorromántico, que como el ave Fénix surge de las cenizas para comenzar con más sabiduría la cien veces milenaria rueda de renacimientos.

Llevo tiempo comprobando que los amores que más duelen son los platónicos. La incertidumbre provoca la mayor de las angustias: razón por la cual el hombre ha sangrado tanto para conquistar conocimientos. En el amor consumado, cuando se acaba, se vierte la tristeza de lo perdido, el éxtasis acostumbrado, la piel recorrida y cartografiada, la máquina de confidencias. Con el amor platónico, en cambio, cuando se aleja, uno se pierde el mundo entero: todo fallece porque todo nos fue prometido. No habiendo tenido oportunidad de fracasar, no habiendo cotidianeidad ni orgasmos, tampoco se sabe cuántos tesoros se hunden dentro del cofre. Tan sólo la imaginación pone coto a las virtudes del Infinito. Las miradas exquisitas se olvidan pronto en el alma sana, urbana, ágil; en las de otra clase se quedan clavadas y se llevan todo el universo de los arquetipos platónicos. No sólo perdemos un amor, sino que perdemos una naturaleza nueva de amor que concebimos esperanzadamente como hacemos siempre ante cada novedad por llegar. ¿No esperamos el Paraíso tras cada esquina? Para cada acto futuro hacemos un boceto que, de materializarse, pensamos recorrerá nuestra médula condecorándonos con nuestra entelequia.

Podemos enamorarnos de un cuerpo, de un gesto, de una hazaña. Incluso de una imagen lejana, como Dana Andrews en Laura (1944) o de un holograma que no sabemos tal (La invención de Morel). Cuando llegan los besos y sus lógicas resonancias, el amor místico se estira por última vez. Su ceniza es el cariño, el cual es tanto o más capaz de sacrificio que el otro pero no suscita pirámides, ni óperas wagnerianas, ni dobles lunas. Romeo y Julieta, Tristán e Isolda, Abelardo y Eloísa, hicieron bien en estar separados mucho tiempo, en tocarse poco y en morir henchidos de deseo: de ese modo alcanzaron la realeza celestial. A esta triste verdad me remite la adolescencia histórica que padecemos: quizás algún día nuestro amor sea autorregenerador, desalador, reciclable y vivificante como lo quiso el Crucificado o como lo quiso un sutra. Ama lo inhóspito, lo absurdo y lo vulgar más que a ti mismo, pues aquello eres tú mismo. Cuando lo asimiles, el planeta al completo será una extensión de tus entrañas, como Solaris.

[Rogelio+Egusquiza.+Tristán+e+Isolda

NOTA: Por si hacía falta decirlo, la música es el Preludio y el Liebestod de Isolda de Wagner.

He roto tantos lazos tontamente que empiezo a considerar la pérdida de lastre un hábito inexcusable para ascender a la estratosfera de la pueril soledad. Es hora de lamentarse, aunque no sé muy bien a santo de qué: me apresaron los remordimientos en plena tortilla francesa, lo juro. Lo diré de todos modos.

Orgullo, miedo y ensoñación se aliaron como parcas seculares para aislarme de ti, que pasaste una vez con sonrisa entregada junto a mí. Yo creí ver el significado oculto de las constelaciones, pero ignoré con fuerza el axioma que era tu rostro, la presencia del equipo de rescate que tan pocas veces se da en la más alta y desquiciada montaña. Nada físico suele plantarse ante mí y susurrame desde dos pupilas negras y profundas: “aquí estoy, aquí estás”. No tengo fotografías.

Pocas personas se paran a amarnos en la vida con todas las letras. Muy pocas, casi ninguna -fuera de la madre-, se para a amarnos dos veces. En ese sentido, no es mal signo arrepentirse de no haber respondido siquiera con una mano abierta como está ahora mi cráneo, preso de condicionales. Me rodean las colillas y las notas musicales. No recuerdo la última vez que encendí la televisión, pero no será de nuevo esta noche. Esta noche es para el recuerdo de lo no sucedido. Noche de whisky sin coca-cola. La luna está casi llena (ayer pasó su momento, también ella caduca). Y vocifero ahogadamente: “lo que no se da, se pierde”, “lo que olvidé, no lo recordará la realidad externa por mí”.

En fin… melancolía.

Lástima que jamás lo vayas a saber.

Hasta la próxima letanía, espectro de amor.

XI. Amarás a Bach sobre todas las cosas.

Un motivo:

Moses_honore

I. Honrarás los tesoros de tu mundo interior y de él desterrarás a los bandidos extranjeros. El criterio para distinguir tesoros de escoria seguirá siendo el mismo que rigió en los sacramentos de todas las humanidades: Bien, Belleza, Virtud. Síganse los ejemplos clásicos para hacerse una idea de los arquetipos de esos universales.

II. Honrarás a tu padre y a tu madre pero no dejarás que este mandamiento menoscabe la honra de quien lo merece más  fuera de la familia.

III. Te pararás a contemplar las estrellas al menos una vez por semana. Contemplar implica largo tiempo e inundarse de sensaciones y pensamientos.

IV. Podrás sentir amor infinito por la Humanidad, pero la obligación moral se ceñirá a quien tienes a tu lado, al hombre de carne y hueso que el azar puso en tu camino, no por estar necesitado, no porque te atraiga uno de sus atributos, sino única y exclusivamente porque está a tu lado. Siguiendo esa cadena todo el mundo recibirá su parte de ayuda.

V. Cuando tengas duda entre mostrar agradecimiento y no hacerlo, muéstralo. Haz lo mismo con el respeto y demás honores. El abuso de la cortesía es nocivo si es aquélla relamida pero no por su prodigación si es en dosis moderadas. Asimismo, la cortesía sincera lo ennoblece a uno poco a poco, cual si de un abono espiritual se tratara: su fruto es la paz y las sonrisas.

VI. Aprende a distinguir el amor de los sucedáneos. La dependencia, la obsesión, el deseo, la idolatría, el agasajamiento, la demagogia, la impostura, son sólo marcas inferiores y no merecen sacrificios notorios por parte del objeto de esos desvelos.

VII. Convéncete de cualesquiera dioses o recházalos, ámalos o acúsalos, pero no los mires con suficiencia, porque no otra cosa denotarías que violencia interior, sentimientos de inferioridad, de desazón y de necedad. Por lo común, los dioses, existentes o no, son criaturas idealmente virtuosas y hermosas, por lo que denigrarlos con poco gusto es un gesto del miserable. Hágase de la blasfemia un arte, una ciencia o una sarta de refranes populares, pero no una ideología de púlpito y picota; nada noble ni bueno puede salir de allí.

VIII. Si quieres reencontrar tu justa medida moral, olvida a Kant. Lee a los estoicos, los evangelios, los sutras budistas, Bertrand Russell, Hermann Hesse, Simone Weyl. Cuando te cueste enfrentarte a la debilidad, recuerda que los hombres más profundamente sabios encontraron el sendero de la felicidad propia junto al de la compasión. No olvides que el esfuerzo es el vehículo inexcusable del desarrollo de toda virtud y de toda obra digna.

IX. Perdonarás a tu hermano setenta veces siete, pero a la siguiente lo tacharás de tu agenda, porque si no ha percibido la luz de tu perdón en ese número es que no posee ni un gramo de alma limpia. En todo caso, tan útil como perdonar silenciosamente es predicar con palabras sencillas mas firmes la buena nueva de tu ética y tu estética. Vale decir: quien tenga oídos para oír, que oiga.

X. No olvides nunca fantasear en cada intersticio de tus monotonías, en cada hora para el almuerzo, en cada espera aburrida: llenarás tu mundo y el mundo restante con algo más de sentido, y la naturaleza humana, a la larga, te lo agradecerá aunque no llegues a saberlo nunca.

El Joven a sus juiciosos consejeros

¿Pretendéis que me apacigüe? ¿Que domine
este amor ardiente y gozoso, este impulso
hacia la verdad suprema? ¿Que cante
mi canto del cisne al borde del sepulcro
donde os complacéis en encerrarnos vivos?
¡Perdonadme!, mas el poderoso impulso que lo arrastra,
el oleaje surgente de la vida,
hierve impaciente en su angosto lecho
hasta el día en que descansar en su mar natal.

La viña desdeña los frescos valles,
los afortunados jardines de la Hesperia
sólo dan frutos de oro bajo el ardor del relámpago
que penetra como flecha el corazón de la tierra.
¿Por qué moderar el fuego de mi alma
que se abrasa bajo el yugo de esta edad de bronce?
¿Por qué, débiles corazones, querer sacarme
mi elemento de fuego, a mí que sólo puedo vivir en el combate?

La vida no está dedicada a la muerte,
ni al letargo el dios que nos inflama.
El sublime genio que nos llega del Éter
no nació para el yugo.
Baja hacia nosotros, se sumerge, se baña
en el torrente del siglo; y dichosa, la náyade
arrastra por un momento al nadador,
que muy pronto se sumerge, su cabeza ceñida de luces.

¡Renunciad al placer de rebajar lo grande!
¡No habléis de vuestra felicidad!
¡No plantéis el cedro en vuestros potes de arcilla!
¡No toméis al Espíritu por vuestro siervo!
¡No intentéis detener los corceles del sol
y dejad que las estrellas prosigan su trayecto!
¡Y a mí no me aconsejéis que me someta,
no pretendáis que sirva a los esclavos!

Y si no podéis soportar la hermosura,
hacedle una guerra abierta, eficaz.
Antaño se clavaba en la cruz al inspirado,
hoy lo asesinan con juiciosos e insinuantes consejos.
¡Cuántos habéis logrado someter
al imperio de la necesidad! ¡Cuántas veces
retuvisteis al arriesgado juerguista en la playa
cuando iba a embarcarse lleno de esperanza
a las iluminadas orillas del Oriente!

Es inútil: esta época estéril no me retendrá.
Mi siglo es para mí un azote.
Yo aspiro a los campos verdes de la vida
y al cielo del entusiasmo.
Enterrad, oh muertos, a vuestros muertos,
celebrad la labor del hombre, e insultadme.
Pero en mí madura, tal como mi corazón lo quiere,
la bella, la vital Naturaleza.

F. Hölderlin (1770-1843)

Acompañamiento musical: Ich will meine Seele tauchen, de los Dichterliebe Op. 48 de Schumann sobre la colección homónima de Heine. Christopher Maltman, barítono; Graham Johnson, piano. Que yo sepa no hay musicalización del poema de Hölderlin, así que me conformo con evocar el espíritu romántico con el breve fragmento de Heine, aun considerándolo inferior al primero.

Nuestras tradiciones no habían mentido, porque eran humanas y conocían al hombre, a pesar de su ignorancia del mundo, y nosotros, que conocemos bien el mundo, a tal grado que lo violentaremos cada vez más, comenzamos a ignorar al hombre, no por falta de medios, sino en razón de un vuelco de ánimo que nos ciega sobre nosotros mismos. [...] Ahora bien, la superación es nuestro ídolo y sacrificamos ante ella la coherencia, renunciamos a la idea de síntesis por amor a ella, quemaremos uno tras otro nuestros valores y nuestras razones de vivir, pero el ídolo es insaciable y estaremos obligados a ofrecernos en holocausto. [...] La concretización será el acto por excelencia donde la locura y la sabiduría operarán, en una superación suprema, su síntesis, con el fin de que la muerte sea la única viva y el caos el único vestido con los atributos del orden.

Albert Caraco, Breviario del caos

Ambientación musical a cargo del impresionantemente refinado Mikhail Pletnev, que interpreta la hoja de álbum No. 1 del Op. 45 de Alexander Scriabin.

Sentir hostil de suyo a la naturaleza en su totalidad revela un defecto en el sentir, pues la pulsión estética tiene el sentido biológico de discriminar lo apetecible de lo ingrato. La hipertrofia de esta atención nos llevó a reprimir las respuestas motoras y a conformarnos con la contemplación de la magia cósmica. En suma: el que ve al demonio por doquier participa de la corrupción de una fuerza interna que en principio nos hace ver ángeles en todas partes o al menos en algunas.

Prometeo, Tántalo, Edipo, Sísifo, Jesús, San Sebastián, Avvakum… Humillados por salvar. ¿Quién está hoy dispuesto a enfrentarse a semejante escarnio solamente por el bien del prójimo? Quizá algún irakí trasnochado, algún revolucionario de tercera en una república bananera de Sudemérica, unos pocos mártires cristianos en países islámicos o comunistas y de los que nadie oirá ya hablar.

Me pregunto si es amar el deseo de engendrar en lo bello, como decía el Sabio, o el de hacer bello lo engendrado.

Estar apegado a los objetos de la razón, a las convenciones sociales, a los parientes, a los objetos de los sentidos (la música principalmente), es el mejor modo de enloquecer. Si Bach se mantuvo a salvo no fue sólo porque lo hizo todo bien y fue recompensado en cada plano, sino porque creyó en el Bien Supremo que le alentaba a esforzarse por mantener la tensión de la cordura y a que todo le saliera a pedir de boca. La fe no sólo mueve las montañas: también las mantiene firmes ante los embates.

Ciencia, arte y religión -se ha dicho muchas veces- tienen un prostrero propósito común que es encajar al hombre en el Cosmos. La función biológica de la curiosidad es ésa, hallar un orden que lo integre a todo, y si tenemos ese instinto es porque necesitamos situarnos en el entorno y adaptarnos a él.

Los templados resucitan. Sus mensajes triunfan porque promulgan la paz interior, que es el mayor bien que puede poseer un hombre. Los fogosos prenden. Sus gestos anuncian engañosamente la cercanía prometeica a la que estuvieron de la invulnerabilidad, que es un nombre pretencioso para la autosuficiencia, esto es, la paz interior bien cimentada.

Considero llamar a Dios “el gentilhombre de arriba” la ejemplificación más nítida de la religiosidad invertida, que es poner a Dios ojos, mente y pasiones miserables en sus motivaciones. Com esto no quiero decir que Dios, de existir según el modo teísta, no pudiera ser así, un demiurgo anciano e imperfecto, un subalterno en pruebas cual imaginara Basílides; sólo que el substrado inicial de la religiosidad psicológicamente más útil no es ése, sino más bien su opuesto.

Blasfemar es afirmar una forma de tribalismo, aunque sea un tribalismo desestructurado y aun individualista. Su sentido inconsciente es ése.

La unificación cósmica no admite pares de opuestos, y ese sentido supera incluso a todo monismo fisicalista en sus mismos presupuestos.

No hay diferencia ontológica entre lo bello y lo hostil: la diferencia estriba en su poder de captación de las mentes y, si en muchos casos es personal, son admisibles ciertos absolutos: el océano, el bosque, el cielo estrellado, Bach.

La religión puede ser un lastre para el progreso y el progreso para la felicidad.

Incrementar la independencia respecto del entorno (eso es el progreso para Jorge Wagensberg) tiene mérito; ganar independencia respecto del ansia de independencia tiene la virtud eximia de darle una audaz vuelta de tuerca a la inteligencia, colmando con sus propias armas el hambre hasta entonces infatigable; es coronar la propia entelequia.

La poesía del desgarro se me aparece como síndrome de la adolesecencia relacionado a una falta de visión en los dos ojos y en el seso. Suene darse en gente sin una disciplina mental, sin una decidida altura intelectual; en raciocinios atrofiados y de genealogía judeocristiana. Panero, Lowry, Artaud… La lista es infinitamente infinita desde el romanticismo, aunque progresa exponencialmente con el cambio de siglo. ¿Tiene interés expresar lo que uno siente si se trata de sensaciones mal interpretadas, vacuas, carentes de realismo?  Porque soy víctima directa de tan narcisista tentación, diré que… sólo un poco. Pero como toda adolescencia debe ser superada para mostrar los frutos plenos de la madurez.

Lo bello duerme mejor. Si no es así, no es la belleza de la que hablo.

Tranquilos. No echaré de menos la vida. Los libros, los besos, los arrozales, el tintineo taoísta de la porcelana… nada citaré en el libro de reclamaciones. Mi media de doce horas se multiplicará por infinito: nadie logrará despertarme, al fin. Los deseos reconocerán su derrota, las derrotas perderán su categoría metafísica y se disipirán. Mis dioses se vendrán conmigo, atrapados quedarán en la cámara funeraria de su joven faraón. Muerto joven, muerto viejo… qué idiotez de comparación. ¿Qué hombre es joven en la concepción de un electrón? ¿Quién es viejo a los ojos de la constelación Lyra? Los cristales de agua tienen motivos para envidiar nuestra arraigada solidez, pero no envidian. No piensan en esas cosas. Tú y yo, por el contrario, recontamos con avaricia las moléculas que nos componen y que nos descomponen día a día, endulzándonos para las parcas. Si no nos relamiéramos tanto por cada segundo de porvenir, quizás la Muerte sentiría menos interés por nosotros. Es lo morboso de la frustración lo que la anima a arrebatarnos de nosotros mismos.

En cualquier caso, está decidido. Siempre lo estuvo. Voy a morir: como la raza, como la vegetación, como la galaxia. No hay nada que puedas hacer para evitarlo. Y además te vienes conmigo. (Esta dato está implicado en el primer gesto que hiciste. Todos tus actos de vida conforman la carrerilla de la muerte. Siempre fuiste un suicida reacio. Parece mentira que no lo pienses a cada rato).

Pia Desideria Herman Hugo

Navegando entre mí mismo, el nonato me halló y me habló:

“¿Me esperas? ¿Debo tener yo confianza en mi futura llegada?”

Las palabras no acudieron a mi boca. ¿Qué podría decir? ¿Qué explicación dar?

“No te angusties -continuó diciendo-, no anhelo la presencia en el mundo. No echo de menos lo que no es sino ultratumba desde mi perspectiva, al igual que mi reino lo es para la tuya. Solamente quise saber. Pero convéncete: no es mejor respirar que no respirar. No es mejor oler las flores que ser una perfecta flor en su capullo, emperatriz de todas sus potencias. Seré entelequia hasta que me robes mi condición al expulsarme al mundo de los fenómenos. También hay algo de cruel en eso. En todo caso, no olvides ni por un momento que dar la vida no es generosidad necesaria ni que no darla no es mezquindad necesaria. Hay quien procrea para canalizar su amor sobre un objeto de las entrañas y hay quien lo hace para cultivo de su más despreciable orgullo. Hay quien se abstiene por afán de no compartir y hay quien no precisa de un reflejo en forma de carne para medirse a sí mismo. Sé que te decantas por ser tallo indiviso en esta vida. No buscas prolongaciones de tu piel: ello no te honra ni te deshonra. No es esperma tu más preciada posesión; no la dejarás, pues, en herencia. Tu procreación será de otra índole o tal vez no será de ninguna. ¿’Y qué importa si no encuentras recompensa en el estirar una cadena milenaria? ¿Qué culpa tienes si tu mente se adelanta a su tiempo y comprende todos los futuros posibles, encontrando siempre el mismo fin desolado? La impermanencia es la Ley. Si la has visto, no te obsesiones por eludirla porque jamás lo lograrás. Cada rama morirá; tú lo has visto antes y, en consecuencia, morirás antes.”

Así me habló la criatura de extraña ontología. Tan extraña era que no la veía, sólo la intuía entre símbolos. Medité durante unos decenios comprimidos, me di la vuelta y regresé a la calle atrapada en la noche e iluminada por una farola altísima y estéril.

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