¡Ay de mí, que de repente comencé a sentir que tenía en las entrañas la dulce quemadura de una llama que se difundía exuberantemente y se propagaba como la hidra de Lerna y me llenaba del fuego del amor y se me velaban los ojos! Y sin pausa se abrió mi pecho encendido y la arrastró hacia sí, más tenaz y mordazmente que los serpeantes tentáculos del pulpo y que el tifón que sobrbe el agua. Y el prcioso amor y la divina efigie imborrable de Polia, con sus nobles, castas y dulcísimas condiciones, se introdujeron en el sujeto preparado y amorosamente dispuestos, donde permanecieron dominando eternamente. Y aquella imagen celeste, indeleble y preciosa, quedó impresa firmísimamente, y en mí, como en paja seca, ardió con súbito y violento fuego como la llama de una antorcha encendida, no permaneciendo ni una partícula de cabello en la que no penetrara la amorosa llama. Y casi me pareció que me metamorfoseaba, con gran vacilación y lamente de la inteligencia al no poder comprendnerlo sino por comparación con lo que ocurrió a Hermafrodito y Salmacia cuando se abrazaban en la viva y fresca fuente y vieron que se transformaban en una sola persona con dos sexos; y me sentí ni más ni menos que como la infeliz Biblis cuando sentía que sus lágrimas la convertían en la fuente de las ninfas náyades. Así, permaneciendo en las dulcísimas llamas más muerto que vivo y casi sin pulso y cuando, en la suprema dulzura, daba libre curso a mi espíritu para que me abandonara, pensando que me había invadido la epilepsia estando de rodillas, de repente la piadosísima Diosa, dejando la concha, tomó agua salada en el hueco de sus manos, cerrando los largos dedos, y nos roció divinamente, mojándonos, no como la indignada Diana al infortunado cazador al que convirtió en bestia para que le destrozaran los perros, sino todo lo contrario, volviéndome grato y amable a las ninfas.
Apenas lo hubo hecho cuando, mojado y perfumado yo por el rocío marino, mi excitado espíritu se aclaró inmediatamente y me volvió el sentido sin tardanza y los abrasados miembros a su primitivo estado, sintiéndome rejuvenecer sni mengua de las cualidades dignas, y supe verdaderamente que era restaurado de modo similar a Esón, y me pareció que había regresado a la deseada luz, no de otro modo que el virbio Hipólito, vuelto a la apetecible vida por los ruegos de Diana con la hierba glisicida. Las ninfas que me servían me quitaron mi toga plebeya y me vistieron de nuevo, complacientes, con una rica vestidura blanca. Y, tranquilos ya en nuestro estado amoroso y confirmado, llenos de felicidad, consolados y conmovidos y ungidos por la alegría, ellas nos hicieron bvesarnos dulcemente con besos frescos y unir las vibrantes lenguas y abrazarnos. Y, de igual modo, recibiéndonos las alegres y festivas ninfas para un nuevo aprendizaje del oficio de la fecunda naturaleza en su sacro colegio nos besaron todas a ambos cariñosa y agradablemente.
La diosa madre, con elegantísimo discurso y tranquilo coloquio, majestuosa mirada y divino aliento, que olía a bálsamo mágico, nos explicó cosas que no pueden ser propagadas ni contadas a los hombres vulgares, para consolidar y hacer fructificar nuestros encendidos amores y unir unánimes nuestros corazones largamente bajo sus leyes fecundas y dulces, y para que fuéramos magnánimos en nuestro estable y mutuo amor.
Francesco Colonna, Sueño de Polífilo, XXIII
[Música: Debussy, Rêverie (versión para cello y orquesta]
