Cantar, con un canto rugiente, hasta que todos los mares se callen para escuchar tu anhelo, hasta que sobre silenciosos y anhelantes mares se balancee la barca, el áureo prodigio, en torno a cuyo oro dan brincos todas las cosas malas y prodigiosas.
F. Nietzsche, Also sprach Zarathustra.
Para obtener bienes caducos hemos empeñado la integridad del Espíritu. El Espíritu no es otra substancia distinta de la corpórea: no es ni más ni menos que el arrojo de salir al mundo con los sentimientos calzados, sin más posesión que lo que somos, sin anhelar más que aquello velado en nuestras potencias. En cada firma, en cada silencio que guardamos por interés, en cada cálculo de ciudadanía, en cada mirada desabrida por el hábito mediocre, ahí es donde intercambias primas con un destino vacuo. Pero no nos engañemos: en las postrimerías, si gozamos de un instante para hacer balance, nos percataremos de cuán alto pagamos las facturas. El tedio, el miedo y la apatía nos costaron todo el Sentido. Nos costaron el alojamiento en las cosas puras.
Pues bien: un pequeño juglar despistado saldrá con su caña de pescar a recuperar lo que le otorgó el Universo. Es hora de ajustar cuentas con Mefistófeles, ahora que es tan débil que ni siquiera cuida sus encantos. Me lo ha dictado el Pleroma interior.
Y no habrá que rehuir en ningún caso las laceraciones ni las heridas, si son heridas doradas. Maldiciones y desgarros serán parte de esa venganza cósmica. La derrota será otra forma de victoria. El dolor, la dicha… ¿Qué importan si las arterias se hunden por momentos en el pecho del Amado? ¿Qué importa nada de este mundo si en un suspiro se concentran las embajadas del Absoluto?