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Romanza X

L’uomo sempre se stesso distrugge,
l’anno sempre se stesso rinuova.

[El hombre siempre  a sí mismo se destruye;
el año siempre a sí mismo se renueva .]

Cardenal Benedetto Pamphili, Il trionfo del Tempo e del Disinganno I

 

Si lanzas la flecha en el bosque de los gritos, el bosque del padre se tranquiliza.

14º signo (Tele-Mejí) del sistema de adivinación Fa del vodún del antiguo reino de Dahomey (trad. M. Serrat Crespo)

 

De entre las espinas de lo vulgar y los temblores sublimes resurge la rosa renacida, cotidiana como la reiteración de los impulsos de la vida, única como el canto de un demiurgo. Se explaya y nos circunda, y te llama a henchir la noción de una alegría carente de esperanzas, una trabazón de fuerzas en pos del bien. Es fuerza de transmutarse en energía del ejército del orden, energía lábil como la luz, enmascarada por el gesto en el maremagno trivial de conductas urbanas, latente en la conciencia de una identidad que trasciende los tiempos y la substancialidad ilusoria de los entes. Recuerda la impermanencia de todo lo nombrable, la indefinición de todas las categorías, el secreto de la ignorancia última, los milagros de Amor, el rocío liviano de ideas y pasiones, la compasión sin ostentación por todo lo que gime. Ya no se plantea la disyuntiva: tu impulso es necesario mandato divino y al tiempo está necesariamente condenado, por lo que completa tu mutación y muere en el intento. En un instante pasa de lo grosero a lo eterno, de todo a nada, de lo imposible a lo realizado. Como los santos que lamían a los leprosos, así hallaremos paz en contemplar los bubones que supuran hasta el tránsito estigio de la antimateria.

Convertido en estanque de lotos, tu corazón hace resonar su ritmo en pasos, en palabras llanas y puras como el cielo profundo, en caricias con la parquedad de la sabiduría sin arrebato. Y un rayo de divina solemnidad recorre súbito la sonrisa de tu labio, y en renovación incesante de pliegues sobre el sufrimiento universal, orando por convertirte en el dios que los salve, si es que logras en alguna etapa del ser no contribuir sencillamente a su muerte. Comprendieron nuestros ancestros que un día naceríamos para redimirlos, y de ahí que nos alumbrasen a esta pringosa existencia, círculo de nubes grisáceas como la lluvia que se disfraza de la noche, en las horas en que solamente el experto en la ciencia del devenir sabe distinguir el alba del ocaso y reconocer a la par que lo uno no es sino cónyuge de lo otro.  Placer, dureza, mezquindad, desasimiento, color, comprensión… todo en la palma de tu mano, la misma mano que usas para contar dinero, para servir el té a tus convidados, para pulsar las cuerdas de un antiguo instrumento y para saludar al infinito inasible que nunca cabrá en los cien mil millones de mundos, el infinito que nunca conoceremos como creemos conocer el trazo simple de un folículo o el mecanismo de la radiación solar.

[Música: G.-F. Händel, Tu del Ciel ministro eletto (Il trionfo del Tempo e del Disinganno II), en la voz de Natalie Dessay con Le Concert d’Astrée de Emmanuelle Haïm. Con esta aria da capo contemplativa, sublime y contenida como pocas, suspendida entre silencios de inefabilidad, Belleza concluye el periplo de autoconocimiento que ha realizado de la mano de Tiempo y Desengaño, renegando al fin de Placer y del engañoso espejo en el que ella se observaba a sí misma como substancialmente deseable, y se encamina, en cambio, a la fuente invisible y empírea de su naturaleza sin principio ni fin. Concluye así el más perfecto de los oratorios alegóricos del siglo XVIII y, por extensión, de la historia, con el permiso de Die Schuldigkeit des ersten Gebots de Mozart. Aun lamentando haber revelado el desenlace, es de reconocer que, dado el contexto, era previsible. Con esta obra Händel compuso en 1707 su primer oratorio (HWV 46a), y exactamente treinta años después fue retomado (Il trionfo del Tempo e della Verità HWV 46b), y acabó siendo su última incursión en el género en 1757, cuando regresó a la partitura para corregirla y adaptarla a la lengua inglesa (The Triumph of Time and Truth HWV 71), cerrando así el círculo moral por el que su vida galante en Inglaterra le había llevado.]

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Pues ya si en el ejido
de hoy más no fuere vista ni hallada,
diréis que me he perdido;
que, andando enamorada,
me hice perdidiza, y fui ganada.

S. Juan de la Cruz, Canciones entre el alma y el Esposo 20

 

Mientras te complazcas en tus deseos hasta el punto de perder de vista tu naturaleza esencial, la acción nunca es correcta.

Lao Tse, Wen-Tzu 134 (versión de T. Cleary)

 

Ofrezco otra humilde versificación castellana en octavas reales con estrambote de un canto de uno de los grandes maestros sakya, uno de los principales teorizadores tibetanos de la disciplina del bodhisattva: Gyalsé Ngulchu Tokmé (1297-1371). Son sus principales textos Las treinta y siete prácticas del bodhisattva, de importancia capital para todas las escuelas tibetanas, y el Océano de la buena explicación, un comentario al Bodhicharyavatara de Śāntideva, comentario que, parece ser, Patrul Rinpoché, quizá el más famoso de los maestros budistas del XIX, tomó a menudo como guía para su enseñanza de la obra (enseñanza recogida a su vez en La ambrosía de las palabras de Mañyusri de su discípulo Kunsang Pelden). En este breve y sencillo poema que traduzco, el autor, también conocido como Tokmé Zangpo, anima a ver el lado positivo de todos los giros de la rueda de la fortuna; enfermedad, salud, pobreza, riqueza, vida o muerte, todas son oportunidades de oro para practicar la virtud, auxiliar a los demás, crecer espiritualmente y avanzar en el camino hacia la Iluminación de todos los seres; oportunidades, en definitiva, para practicar el Dharma, la Ley revelada y ejemplificada por el Buda. Sigo el mismo texto de Rigpa Translations que en ocasiones anteriores, sirviéndome tanto de la versión inglesa como de la española, dado mi completo y lamentable desconocimiento de la lengua tibetana. De la adenda en prosa solamente he cambiado el título de “gueshe” (propio de los gelug-pa pero, hasta donde yo sé, no de los sakya-pa) por el de maestro a secas, aplicable cualquier escuela; por lo demás he dejado allí intacta la traducción que me he encontrado en castellano. A mi entender, mi versión no me ha quedado tan fluida como las que realizase anteriormente, y, en cambio, sí mucho más libre y poetizada, quizá en parte por la propia naturaleza del original, quizá en parte por la inmadurez de mi mérito para asimilar con nitidez las verdades contenidas en sus versos; pido disculpas.

¡Que reine la virtud!

Gyalsé Ngulchu Tokmé (1297-1371)

¡Homenaje al maestro!

1. El cuerpo aglomerado y tan ficticio
que, al igual que los otros, yo poseo,
si enferma, ¡que así sea!; porque indicio
del karma que se agota es lo que veo,
y así me alegraré en cuerpo sin vicio
aun de la enfermedad siendo yo reo.
Pues muchas son destrezas del gran Dharma
que ante las dos negruras se hacen arma.

2. Si en cambio es la salud lo que me tiene,
¡que así sean las cosas!; sin dolencias
la mente en cuerpo sano no detiene
la práctica del bien, siempre en crecencias
y siempre vigorosa sobreviene.
Pues no hay para esta vida otras querencias
más nobles que entregar a la virtud
palabra, cuerpo y mente en rectitud.

3. Si enfrento a la pobreza, ¡que así sea!;
en sobria poquedad me gozaré,
no habiendo propiedad que me posea
que a guardar obligado yo me esté.
Pues toda ya malicia, ya pelea,
que en este nuestro orbe uno ve
de afán de beneficio y de riqueza
rebrotan sin dudarlo en la cabeza.

4. Si alhajas me encontrase, ¡las recibo!;
en próspera existencia, la alegría
al mérito aumentar mientras que vivo
alentaráme, y eso bastaría.
Cualquier caudal que no me sea esquivo,
cualquier felicidad que en cualquier día
me halle, bien ahora, bien futura,
serán fruta del mérito madura.

5. Si debo morir pronto, ¡que suceda!;
al Reino de la Muerte iré contento
sin nada ya viciado que una veda
imponga en mi sendero impedimento,
y en cambio la corriente que se queda
de aquello meritorio que en mi intento
constante acumulé, me habrá ayudado
a abrirme en el Sendero paso alado.

6. Si vivo largamente, ¡concedido!;
gozoso en larga vida seré firme.
Nacida la cosecha del sentido,
y siempre que no inviten a salirme
la falta de la lluvia y del sol fido
de la enseñanza en donde debo asirme,
si nunca se la deja de cuidar,
sin duda al tiempo habrá de madurar.
Entonces, pues, ya pase lo que pese,
del gran gozo el cultivo nunca cese.

Como respuesta a una pregunta de un maestro Sakya, que preguntaba qué había que hacer en caso de enfermedad y demás, yo, el monje Tokme, que platica sobre el Dharma, escribí estas maneras de llevar la enfermedad y otras circunstancias al camino espiritual. ¡Sarva mangalam!

[Música: P. Glass, Thirteenth Dalai Lama (Kundun OST).]

Aún para la compasión budista el individuo es sólo sombra que se desvanece. La dignidad del individuo es impronta cristiana sobre arcilla griega.

N. Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito

 

La segunda hechura es la que cayó sobre la tierra; el mar la asumió y su propio pensamiento fue su delineador; se plasmó a sí misma como una naturaleza que es la raíz de la muerte.

Kephalion maniqueo copto 55.136, trad. J. Montserrat

 

El Amor te confiere este poder: dalo todo, pues todo es tuyo.

Hadewijch de Amberes, Visiones 1.21

 

Me debato entre el amor a las aguas que fluyen agolpándose aturdidas y la conciencia de que su destino es ser ese no ser, ese rizarse una y otra vez en caudal sin reposo ni contorno definitivo. Veo su belleza, alternada entre lúcida mansedumbre y agitación sin sentido, entre caída y saciedad de sed para peces y gorriones, veo su poder benéfico y su perdición lenta, inconsciente, en piélago de abertura sin dirección, en nuevo receptáculo de nuevas vidas saladas, perdido ya el sabor de la dulzura y de la línea que se contoneaba entre montañas. Esas aguas que descendían dibujando valles e irrigando bosques y juncales, esas aguas límpidas y enturbiadas a un tiempo, el conjunto de los seres, nadan a la carrera hacia donde llegarán de todos modos.

Y una tonalidad de compasión me invade, pues considero irrespetuoso no concederles la dignidad de partículas eternas. Pues, ¿cómo amar a una sombra? ¿Cómo reverenciar con sinceridad a una ilusión, un reflejo, un fenómeno tan vano como el sueño en un sueño? ¿No es irrespetuoso serenarse en la idea de que todo es falso, incluso lo que decimos querer salvar, incluso aquello que decimos merece todo el honor de los tres mundos? Pero si el mundo es tan ilusorio como nuestro propio ser, entonces las conciencias ennoblecidas, sombras que aman a otras sombras, vacíos que auxilian a más vacíos, ni siquiera aman con veracidad, y el propio amor no es más que una energía de escena entre causas y efectos, una onda sin substancia, una nada que juega a embellecer la inanidad universal. ¿Cómo convertir en reyes a los personajes de un espejismo? ¿Pero qué pretendemos de las palabras, si, como bien sabemos, no ha habido más realeza que la ficticia ni más humanidad que la convencional atribución de ciertos rasgos a animales bípedos en descomposición? Hagamos de la realidad espectral, la única que conocemos con certeza, un conocimiento de espectrales certezas, y una fusión real entre sus indiscernibles naturalezas profundas. Sea el fundir nomenclaturas irreales nuestro modo de rendir homenaje a lo que de real haya en el centro misterioso e inalcanzable de los seres. Vacuidad del amor y amor de vacuidades no son sino dos caras de una misma moneda de valor incalculable, tan incalculable como lo supremo y lo desvanecido.

Y yo también me sé una gota más en esa masa líquida contra la que me defino en pueril competición y a la cual sin embargo digo estar aprendiendo a amar. Y así, en melancólica compañía, no exenta de destellos de gozos y paces, labramos las riberas en las que jamás reposaremos más que en accidental salpicadura y posterior reconversión en tierna hierba, en acuífero de insectos, en humus fértil que también se secará algún día sin llegar a saber nunca si alguna vez amó o no verdaderamente y en dulce alegría.

[R. Hahn, À Chloris, cantada por J. Cummings, sobre poema de Théophile de Viau: “S’il est vrai, Chloris, que tu m’aimes, / Mais j’entends, que tu m’aimes bien, / Je ne crois point que les rois mêmes / Aient un bonheur pareil au mien. / Que la mort serait importune / De venir changer ma fortune / A la félicité des cieux! / Tout ce qu’on dit de l’ambroisie / Ne touche point ma fantaisie / Au prix des grâces de tes yeux.”]

Y así cada uno alaba o desalaba lo que se le antoja, encubriendo siempre la tacha con el nombre de la virtud que le está más junta o la virtud con el nombre de la más junta tacha. De suerte que del descarado y soberbio dicen que es libre y valeroso; del templado, que es seco […]

B. Castiglione, Il cortegiano 1.13, trad. J. Boscán

 

[Sera dit mauvais, ou esclave, ou faible, ou insensé, celui qui vit au hasard des rencontres, se contente d’en subir les effets, quitte à gémir et à accuser chaque fois que l’effet subi se montre contraire et lui révèle sa propre impuissance.]

Se llamará malo, o esclavo, o débil, o insensato, a quien se lance a la ruleta de los encuentros conformándose con sufrir los efectos, sin que esto acalle sus quejas y acusaciones cada vez que el efecto sufrido se muestre contrario y le revele su propia impotencia.

G. Deleuze, Spinoza, trad. A. Escohotado, pp.33-34

 

[In communibus deinde colloquiis cavebit hominum vitia referre et de humana impotentia non nisi parce loqui curabit : at largiter de humana virtute seu potentia et qua via possit perfici ut sic homines non ex metu aut aversione sed solo lætitiæ affectu, moti ex rationis præscripto quantum in se est, conentur vivere.]

[Además, en los coloquios ordinarios se guardará de referirse a los vicios de los hombres, y tendrá cuidado de no hablar de la impotencia humana sino con parquedad, y, en cambio, hablará ampliamente acerca de la virtud o de la potencia humana, y de la vía por la que pueda perfeccionarse, para que, de esta suerte, los hombres se esfuercen cuanto esté en su mano, no movidos por el miedo o el aborrecimiento, sino por el solo afecto de la alegría, en vivir conforme a los preceptos de la razón.]

Spinoza, Ethica ordine geometrico demonstra, 4. App. 25, trad. V. Peña

 

Cuando ya te has llenado de los aromas del mundo y los conoces de cerca, suceda lo que suceda no te sientes terriblemente implicado. Cuando llegas a entender totalmente los sentimientos humanos, sólo asientes con la cabeza sea quien sea el que recurre a ti.

Huanchu Daoren, Retorno a los orígenes, trad. A. Colodrón a partir de la versión de T. Cleary, p.96

 

Quienes desean encarnar el Tao han de aceptarlo todo. Aceptarlo todo significa en primer lugar no tener cólera ni resistencia hacia ninguna idea o cosa, viva o muerta, con forma o sin forma.

Pseudo-Lao-Tse, Hua Hu Ching 3, a partir de la versión de B. Walker

Los signos de vida más saludables y bellos son oscilaciones. Los ciclos de los tiempos regresan una y otra vez en forma de días, noches y estaciones, como las órbitas planetarias o los pulsos animados de los corazones. Cuando una música suave nos cosquillea, un leve péndulo parece enraizar en nuestra médula, incitándonos a ladear a derecha e izquierda, adelante o atrás; y si una pulsión danzarina exagerada revela cierta descompensación del carácter o un desbordamiento de los instintos, no es menos cierto que la total ausencia la misma revela un bloqueo, una cojera del alma, una incapacidad para aceptar y comprender los vaivenes del entorno natural o artificial. No es sano lo que no oscila, o bien no está vivo. Allí donde haya un componente de materia -excluyendo, pues, a los espíritus puros-, se requiere del movimiento, y un movimiento aperiódico está pronto a desbocarse tristemente. También fenecen, claro está, las espirales y los círculos cuando la energía termina por liberarse por entre las paredes de éter que los unen con el resto del mundo; pero es ésta una muerte dulce, un sabio dejarse ir, una aceptación disciplinada. A la luz de las geométricas enseñanzas, no es enfermiza la idea que se cauteriza en otra para afinar contornos, para laminar asperezas y excesos. Así es como veo que ideas tangenciales se alimentan por complementación. La religión se contrarrespalda con la razón secular ilustrada, y ésta no desautoriza a la otra como acaso le gustaría. No es que simplemente busquen mismos fines con medios distintos o a la inversa, sino que más bien en cada ámbito coinciden y se contraponen, porque las variables son tantas y tan decisivos los matices que a menudo se llega al mismo bien por caminos dispares y que incluso se entrecruzan constantemente, a veces para desagrado de los caminantes. Imagino la construcción de un ideario como se dibuja la onda de un sonido grácil, sin personalidad, sin mixtura. El movimiento armónico simple se escurre en suave curva hacia cada elongación sin olvidar nunca regresar más pronto o más tarde a su contraparte; de ese modo se retorna siempre con el mismo ritmo a la línea de reposo. Tal movimiento dibuja circunferencias, sí, pero partidas en dos mitades, en torno a un eje por el que sólo es posible cruzar en instantánea intersección y en el que nunca es posible quedarse. Si se desea evitar escollos se ha de acabar recorriendo la totalidad del suelo, como la lenta y astuta serpiente se asegura de no dejar ni un palmo sin escrutar, no vaya a perder por apasionamiento a la presa decisiva.

Pero, por encima de todo, no debemos subestimar la ignorancia, la de todos, empezando por la propia. ¿Qué utopía, dudosa ya sobre el papel, resistirá todas las objeciones cuando se vaya fraguando? ¿Qué reino, qué metafísica, qué ritual podrá vencer a sus alternativas? No hay respuesta. El hombre es misterioso y el mundo lo es todavía más. Cualquier intento de resumir pensamientos y actos en unas pocas leyes tendrá que sufrir cuestión. No por ello deben renunciar tales credos a la existencia, pero una mente que verdaderamente quiera comprenderse a sí misma, una vez se ha amoldado a un ritmo virtuoso, ha de reconocer que tal ritmo es en cierto sentido un mal menor, y que, sin abandonarlo a la primera tentación, no ha de aferrarse a él, empero, como si no existiesen otras resonancias, otras simpatías no advertidas, otros mundos bajo las pieles de éste. No se trata de renunciar a la severidad y rendirse a la indulgencia, sino de reconocer que la severidad y su ausencia tienen sus momentos idóneos y que a menudo esos momentos son contemporáneos y entrelazados entre sí, porque cada tribu y cada alma tienen sus propios tiempos, y que se hace difícil en grado sumo distinguirlos, y que cada vez se reúnen más mundos en cada porción de mundo.

No renunciaré a la bella idea de la no violencia, al sentimiento de la conmiseración, a la senda de la disciplina, a la identidad del substrato de las cosas. Defiendo todo ello al margen de las consecuencias, porque no se trata de alcanzar un fin, sino de alejarse lo menos posible de un centro, un centro en el que se contiene en la mayor medida la serenidad de las aguas mansas y la interdependencia de las criaturas. Pero, a pesar de ello, no quiero dejar de acordarme de que todo lo que no esté al alcance de mi mano, ni de mi entendimiento, ni de mi pequeño corazón no merece mi angustia, si es que la angustia no puede conducir a otra parte más que al enrojecimiento de la piel bajo las cadenas. No quiero dejar de notar que, salvo la angustia de los otros seres, todo tiene mucha menos importancia que la que concedo; que las noches ruedan rápidas; que el ingenio no roza apenas el drama cósmico; que las campanas de cierre suenan a todas horas mientras los ángeles sonríen bajo sus badajos.

No dejo de reconocer ciertos imperativos morales, pero tampoco olvido la debilidad, ignorancia o impotencia del hombre para alcanzar los imperativos más evidentes. Hay que defender el mínimo sabiendo que muchas almas y cuerpos estarán siempre por debajo del mínimo sin ser intrínsecamente malvados, pues nadie es tal cosa. Y, en cuanto a teorías más elaboradas, en cuanto a conductas complejas y contradictorias, una medalla propia de la madurez destella en la prudencia a la hora de juzgar. ¿Por qué no cierta doctrina incómoda iba a beber  de posibilidades materiales que desconocemos? ¿Qué sufrimiento precisa de una solución más urgente e incondicional? En cualquier caso, aunque una doctrina cabalgue hacia la disolución, ¿qué alternativa escapará del mismo sentido, dada la confluencia de todos los elementos en un futuro recomienzo, reconcentrado y mil veces milenario? Si cada ser combina a su manera una colección determinada de pasiones, intuiciones y condiciones vitales, entonces la universalidad categórica no es deseable sino a partir de un determinado punto de uniformidad evolutiva; no es posible disponer armoniosamente los setos del jardín sino cuando todos los tallos han alcanzado cierta altura. Sucede que incluso la imposición y la intolerancia, siempre has cierto punto, es también rasgo natural que se adapta a condiciones de determinadas edades, pueblos y temperamentos. Hay millones de maneras de sobrevivir, unos pocos  centenares de maneras de vivir bien, y dos o tres modos de elevarse por encima de las estrellas; sin embargo, hasta que no se han superado las dos primeras estaciones, no se llega a vislumbrar siquiera la posibilidad de una contundente elevación. Es frecuente la necesidad de ligereza, de candor y de placeres más o menos inocentes antes de comprobar que nada es suficiente, y pasar entonces a una contemplación más y más profunda, conducente hacia la postrera visión, en la que todo es suficiente y aun pleno, pletórico, perfecto en su inacabamiento ontológico. No me dejaré indignar más, ni con daños ni con frivolidades, porque la indignación, el odio a lo injusto, no deja de ser un odio y, como tal, brutal perfilado de dentaduras o sangres. Daré mi opinión en voz queda y sincera, pero no me entristeceré ni despreciaré el gozo o el privilegio de mis hermanos, no vaya a ser que nazca en mí más envidia que templanza, no vaya a ser que vaya yo a abortar la improbable satisfacción de quien encontró en la lascivia, en la fácil diversión o en pequeñas mezquindades, la contención de males mayores. Después de todo, ¿quién, fuera de cuatro puros vírgenes, se ha zafado de haber buscado alguna vez lo pleno y eterno en lo sensual y efímero?

Cualquier cosa que diga cualquier persona será fruto de sus condicionamientos, de sus taras y del despliegue natural de sus capacidades -el juego de conquista está implícito en la naturaleza de las criaturas sociales-. Cualquier queja que podamos recibir, cualquier ofensa, herida, lamento, propuesta o sentencia, se deberá a la necesidad del otro por compensar como mejor sabe sus fuerzas internas en torno a un eje, real o ficticio, y que de ese modo se le permita proseguir más o menos cómodamente en su forzado devenir en pos del engorde del yo. Las reivindicaciones y las proposiciones, moderadas o revolucionarias, tienen su parte de razón y su razón de parcialidad. No hay doctrina que carezca de cierto grado de veracidad -de otro modo ni siquiera pretendería dar un mínimo aspecto de creíble- ni de una considerable porción de cojera mental para complementarse con la infinidad de matices con que habría de enmendarse para ser tan siquiera plenamente racional. Las ideas nublan nuestra vista, pero arremolinan las zonas de la niebla para que al menos tengamos un noción de orientación y una sensación parcialmente cierta de que no todo en nuestro andar es puro azar. No hay respuesta simple que las catalogue a todas; lo único sensato es zigzaguear entre ellas, y entre los sentimientos y prejuicios de cada ser, recogiendo su necesidad de salvación, auscultando la racionalidad de su argumentario… y abandonando el resto. En todo hay verdad y hay mentira, en todo hay un impulso por cambiar las cosas, como hay igualmente una tristeza insaciable, una ignorancia invencible y una energía psíquica difícilmente gobernable. Si hay una realidad absoluta, no la ensartaremos en categorías, sino que se mecerá en un fluir difuso de caudal variado y que solamente cabrá en algoritmos dispuestos por la mente de un dios.

Quisiera ser la onda de voz que, con su expansión esférica, invade los recovecos de las naves catedralicias, resonando a su manera según las distintas densidades. Pero no lo lograré… porque nadie puede lograrlo. Aceptemos que nunca conoceremos la potencia de todas las teorías, las debilidades según las ocasiones, los límites de la buena fe y del conocimiento humano. Bastará con no concederse demasiado mérito por haber gozado de un aprendizaje azaroso del desasimiento, de la vacuidad universal y del amor. Bastará con aceptar hasta lo inaceptable cuando lo inaceptable se imponga, y bastará con aceptar los rechazos cuando los rechazos sean pertinentes. Bastará con fluir ordenadamente, como moléculas de agua sabiamente alineadas en cada recipiente antes de evaporarse bajo el sol del silencio incólume y creador. Bastará con asentir a todos los intentos más o menos verosímiles. La desgracia de las criaturas, que en su mayoría han venido a este mundo únicamente a sufrir breve pero intensamente, es tan mayúscula, tan abrumadora, que todas las posibilidades son pocas. Que unas se definan precisamente por oposición a otras acaso sea otra bendición, por inmiscuirse allí donde las demás se descuidaron. Antes de que nuestro mundo se pudra, será necesario explorar cualquier conducta que cuente con un mínimo sustancial de caridad y de inteligencia, no vaya a ser que la remota solución universal venga de la mano del más tierno de los infantes mentales, así como el mayor de los hombres también fue un día un fruto contrahecho e indinstinguible en el vientre materno.

[Música: Sara Davis Buechner interpreta al piano el Nocturne amoreux de R. Friml. Philip Thomson hace lo propio con el Ave Maria für die grosse Klavierschule von Lebert und Stark, S182/R67, “Die Glocken von Rom”, de F. Liszt. Alex Hassan, maestro del novelty piano, versiona finalmente una canción (“Adieu, es ist zu schon, um wahr zu sein”) de W. Jurmann, aparecida en la película de 1933 „Abenteuer am Lido“.]

La verdad y la llaneza del trato no solamente da y conserva el crédito, pero engendra amor y respeto; y si con esto se allega el ser liberal, queda un hombre confirmado por vecino y morador de cualquier parte del mundo.

J. Setantí, Centellas de varios conceptos 409

 

Ἰδοὺ ἐγὼ ἀποστέλλω ὑμᾶς ὡς πρόβατα ἐν μέσῳ λύκων: γίνεσθε οὖν φρόνιμοι ὡς οἱ ὄφεις καὶ ἀκέραιοι ὡς αἱ περιστεραί.

[Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas.]

Mt 10:16

 

Sonreír ante todo engaño, cavilar ante cada dilema, purificar con benevolencia, descifrar las motivaciones ocultas, permanecer ecuánime ante la arbitrariedad, firme ante el derribo, suave ante la aspereza. Ser prudente como la serpiente, sencillo como la paloma, grandioso en la minucia, humilde ante el grande, solícito para el herido, complaciente con el amable. Repartir dulzura y gravedad en inextricable pócima destilada, como también ligereza y plenitud, gentileza y esencia, sol mental y luna del corazón, equilibrio en todo. Comprender y comparar, justificar por el contexto, desaprobar la falta de miras pero compadecer la ceguera, rejuvenecer viejas ideas inmortales o dignas de resurrección. Pulir con austeridad, reiterar con paciencia, graduar con tino a la vista de la audiencia, proteger de ideas reveladoras a quien no está preparado para admitir verdades simples. Asumir el hecho cotidiano, reinventar la rutina, alegrar los ánimos, macerar las respuestas, templar entusiasmos, fervores y angustias. No dejarse llevar por pasiones más allá de la leve experiencia, pero tampoco execrarlas ni renegar con crujir de dientes tras el contacto. Rechazar toda desidia, caminar con tranquilidad y sin cesuras, respirar solamente para fortalecer la salud. Ejercitar los miembros, los cálculos y los afectos altruistas. Comer tras el hambriento y conversar con el solitario. No matar, ni contribuir a la muerte aceptada como institución. Identificarse con el hombre malvado, con la mujer pobre, con el anciano destrozado, con el oso pardo y con la libélula. Ofrecerse al necesitado, comprometerse con el amigo al que necesitamos, necesitar al sabio. No vengarse de los placeres más inocentes, ni de nadie en absoluto. Recomenzarlo todo, mantener viva la antigua llama, reavivar el origen de nuestro divino linaje. Tolerar lo inocuo, soportar lo inevitable, revertir lo doloroso. Investigar, compensar, renacer. Y amar, amar, amar, siempre sin verse arrastrado por el fogonazo del éxtasis, siempre sin esperar premio alguno.

 

[Música: G.-F. Händel, Ombra mai fu, una bella aria y llamativa por su dendrofilia, situada al principio de la ópera Serse y cantada por el personaje del célebre rey persa. Canta una vez más el contratenor Yoshikazu Mera. Dice el libreto: “Ombra mai fu / di vegetabile, / cara ed amabile, / soave più” (“Nunca fue la sombra / de un vegetal / más querida y amable / o más suave”).]

El rostro

La Garbo aún pertenece a ese momento del cine en que el encanto del rostro humano perturbaba enormemente a las multitudes, cuando uno se perdía literalmente en una imagen humana como dentro de un filtro, cuando el rostro constituía una suerte de estado absoluto de la carne que no se podía alcanzar ni abandonar. […] El rostro de la Garbo representa ese momento inestable en que el cine extrae una belleza existencial de una belleza esencial, cuando el arquetipo va a inflexionarse hacia la fascinación de figuras perecederas, cuando la claridad de las esencias carnales va a dar lugar a una lírica de la mujer.

R. Barthes, El rostro de la Garbo (Mitologías, 1957, pp. 42-43; trad. H. Schmucler)

Y es cierto que cuando estoy junto a un río, éste se desvanece —no me explico cómo— y, en su lugar, creo que eres tú el que fluye, hermoso, grande, mucho mayor que el mar. Y cuando miro al cielo pienso que el sol se pone y que deambula en algún tipo de nivel inferior, y que en su lugar luce quien yo quiero.

Filóstrato, Cartas de amor 10 (trad. R. J. Gallé Cejudo)

Es en los orígenes de las cosas cuando se establecen los paradigmas puros, los arquetipos que posteriormente se comentan y se varían con matices a menudo engañosos, decadentes o simplemente superfluos. En el caso del cinematógrafo, ya en tiempos mudos se definieron los paradigmas centenarios: Chaplin quedó como el mejor ejemplo del humorismo inteligente, Rodolfo Valentino como el amante apasionado y apasionante, Hitchcock como el maestro del suspense y Emil Jannings como el malvado de libro, aunque muchos otros (Roy D’Arcy, por ejemplo) podrían haber disputado el puesto. Se destacaron no por una sola obra, sino por encasillamiento propio de los que

Greta Garbo fue y será siempre icono de la belleza de un carácter y unos rasgos misteriosos. Fue y será siempre la esencia del enigma de la atracción por lo extraño, el encanto inasible, la sugestión desbordada. Sus labios amplios, sus delineadas cejas, tan incisivas, su cuerpo zigzagueante… más que un poder sexual ejercen una llamada extraterrestre hacia un apéndice a las razas diseñado por los más exquisitos de los modernistas de entreguerras. Es la humanidad que surge del claroscuro, de la media luz, de la incierta posibilidad de todo palpitar, de la noche inacabable y fatalmente no consumada. Greta Garbo, para los caballeros y para las damas que la contemplan con la fascinación que merece un prototipo o una escultura repulida, manifiesta el secreto del magnetismo personal, una de las fuerzas que con mayor impulso hacen girar el mundo. Sin sonrisas inocentes (“¡Garbo ríe!” fue el principal eslogan publicitario de la comedia Ninotchka), sus facciones son reconcentración de inminente arremetimiento, son deseos sedientos y cristalizados en ángulos, afán contenido en su máxima y más elegante expresión. No hay nada infantil ni religioso en su mirada; tan sólo hay una voluntad infinita pero agazapada de asaltar a la vida, de poseer una experiencia, un amante, una mirada, un instante, una eternidad.

En su inexplicable inexpresión, carente de voz cuando todavía no había llegado el cine a balbucear palabras en su banda sonora, el rostro de la Garbo promete todo lo que un rostro humano, nada más que humano, puede prometer. Todo el misterio que tiene la carnalidad más delicada está representado en ese símbolo secular. Quien ve la insuficiencia de ese dios mundano, poca insuficiencia le queda ver en el resto del entorno. Ahí es donde radica su enseñanza. En efecto, a pesar de ser lo que es, la efigie de la Garbo sólo era una forma vacía en evolución. Ella no era más que un ser humano. Pero en absoluto era menos que eso, que una completa criatura humana, es decir, encarnación consumada de todas las potencias existenciales del alma.

“La vida sería maravillosa si supiésemos qué hacer con ella”, parece que dijo la actriz sueca. Palabras muy reveladoras, que indican una aspiración que, por ignorancia, por falta de un entorno propicio, no se puede colmar donde únicamente puede ser colmada: en el reino del espíritu, ajeno al brillo de las superficies que el nuevo siglo parecía adorar en forma de brillantinas, baquelitas y fotogramas. Indica también, al menos, la conciencia de un vacío, un vacío que acaso sea la causa oculta del misterio que sus ojos inyectaban en el público de medio mundo. Reconoció ese vacío en los amagos rápidamente retirados con los que aparentaba trastocar su vida: plantones ante el altar, relaciones lésbicas, retiros a Suiza y una reclusión final entre las cuatro paredes de su apartamento neoyorquino, lejos los carteles que nunca amó y de las mansiones con las que estrellas parecían incubar su fama y apariencia de alegría en California.

La Greta que no salía en la pantalla, la Greta que coleccionaba arte bajo la guía de sus amigos esnobs, no parecía tener gran educación, ni una especial incisión en temas profundos, ni una sensibilidad afectiva particularmente lúcida. Su carácter acaso fuese más adicto al repliegue herido que a la recolección sanadora, acaso más hastiado que meditabundo. Era, pues, una fuerza sin dirección, y de ahí también su nítida esencia humana, no difuminada por los contenidos. Su paso por el mundo, sobre todo durante su juventud, dejó tras de sí un molde de porcelana de la naturaleza de la persona: su labor fue mostrar la fascinación humana envasada al vacío. Ni la dulzura encantadora de Jobyna Ralston, Janet Gaynor o Mary Pickford, ni la picardía de Bebe Daniels, Dorothy Gish o Clara Bow, ni el carácter virulento de Pola Negri, ni la profundidad dramática de Lilian Gish, Brigitte Helm o Gloria Swanson, ni el terrible coqueteo de Louise Brooks, pueden competir con la fascinación de la irrepetible Greta, la única Greta que no necesita apellido para ser reconocida, la única Garbo que no necesita nombre de pila para traer a la mente al icono de un mundo espectacular.

No hay ni una sola joven en Hollywood o en ningún otro muestrario de carne que se aproxime remotamente a la magia profana del caso Garbo. Ni todas las poses antipáticas con las cuales creen algunas adoptar misterio y suficiencia roza ni un átomo la calidad de la radiación de Garbo, experta en no hacer nada más allá de entornar tentadoramente puertas en las mansiones de Venus. Garbo exhalaba un desprecio tangencial, una sobredosis de languidez punzante -o, inversamente, de penetración sin búsqueda concreta-, un dolce far niente perlado y pulido por la técnica de una era ávida de fascinarse. Acaso ocultase su sonrisa -hermosa sonrisa- por pudor, por demasiado hermosa, es decir, por no encontrar motivo para repartirla burdamente ante los indecentes focos que violaban el sfumato de su presencia.

Todas estas especulaciones sobre las facciones de Greta Garbo son, desde luego, simple filosofía conversable, sabiduría de tocador, metafísica barata. Una sorpresa, en todo caso, para quien conozca mi línea editorial, por decirlo de algún modo. Mas quiero notar, por añadidura, que encontrar ejes y símbolos en ciertos hechos y objetos es una táctica fecunda del pensamiento. El mundo nos ofrece llamaradas de realidad en forma de una persona o una música o una anécdota especialmente candente, transparente. Sea el rostro que muchos y muchas escrutaron con mirada exploradora e incluso con devoción, sea la caída de una manzana con la que caen todos los cuerpos, o sea la convalecencia de una polilla en la que uno cree ver a todas las víctimas del devenir, hay que estar atento, atento para cazar al vuelo las fluctuaciones del universo, aquéllas en las cuales leemos la composición de la inmensidad restante, tan aparentemente quieta, tan aparentemente oscura.

Periódicamente, en la era de madurez de los estilos y de los inventos, surge un modelo especialmente acabado, oportuno como ningún otro, y que deja tras de sí la estela de un modelo que alcanzará indirectamente incluso a quienes ya nada saben de él. Su influencia es legendaria, casi un cliché, aunque a menudo ya ni se comprenda por qué. Mucha gente que nunca ha oído música de Mozart lo pone de ejemplo cuando se trata de mencionar a un genio. Por otra parte, nada surge de la nada, y, sin duda, la actitud y mirada de femme fatale no surgieron con la fantasmagórica mujer de Estocolmo.

Siempre se puede volver a mirar las cosas bajo un prisma enriquecido. Irradiado por las pistas enigmáticas del Tao o del Vedanta Adavaita, uno llega a poder ver verdades muy profundas en la trivialidad de un mito de Hollywood. En las superficies se leen vicios o virtudes del espíritu, y es en cierto modo que, como decía Mishima, lo más interesante de los ambos lados está en sus puntos de contacto. Lo más profano nos puede impartir una enseñanza suprema sobre lo más sagrado, y lo más sagrado puede adoptar un cariz rígido y cerril opuesto a lo que predica. Es en los puntos de intersección donde se ponen a prueba, donde se matizan y perfeccionan. No sería decente una doctrina que no se enfrentase al hecho de bellezas, felicidades y bondades cultivadas en regiones que les son ajenas. La grandeza del Buda no se ve solamente en la cantidad de sufrimiento evidente al que puso coto, sino sobre todo en el placer de los sentidos que no lograron satisfacerle. Es por ello que no me avergüenzo de dedicar tantas palabras al hilo de un escaparate humano explotado por capitales y lujuria. Una estrella de Hollywood no es más que nadie, pero tampoco menos. Y es ambas cosas, y es tan buen motivo de reflexión como el murmullo de los vientos entre calles abandonadas, o como el alumbramiento de una criatura sensible, o como la desaparición de un hombre santo.

En términos absolutos, Greta Garbo no merece ni desprecio ni idolatría, como ningún ser humano. En cambio, según el ángulo de nuestro cuello, sea con la vista puesta hacia las alturas o hacia nuestras manos y piel, merece lo uno y lo otro. Dentro de la magia del cine, que, como la pintura y la escultura antes, es muy poderosa y ha hechizado a millones de personas de todos los pueblos, hay figuras con una especial posición, un fulgor semidivino difícilmente repetible con tal intensidad; principalmente se coagularon cuando el séptimo arte alcanzó su culmen de perfección artística, es decir, en la década prodigiosa de los veinte. Por otro lado, no hay nada especial en un rostro humano cualquiera, nada que no esté a su manera en el rostro de un obrero indio o de una mantis religiosa. Las ilusiones que más gala hacen de su carácter ilusorio son las que más diáfanamente nos convencen de la intrascendencia de los fenómenos: el cine, mostrando cuerpos en movimiento donde no hay ni siquiera relieve, no puede ser más didáctico. La totalidad del universo que puede representar una secuencia de fotogramas, con planetas lejanos, aventuras microscópicas, dioses voladores y labios a la par carnosos e incorruptibles, toda la totalidad de esa realidad ficticia y nada son lo mismo. Más que una nada, conforman el sutil vapor de los más intrincados anhelos humanos, reductibles, al fin y a la postre, a una eternidad a la que poder estrechar entre los brazos. Todo se reduce a una nada que quiere ser infinito, a una descomposición imparable que insiste en entregarse sin fisuras, en amar.

*

THE  END

*

[Música: En primer lugar suena el amable Hollywood Stars (1932), del alemán Lothar Perl, a manos del pianista Alex Hassan. En segundo lugar, Rudy Vallée canta You Oughta Be in Pictures, canción, exitosa en su tiempo desde su estreno en 1934, escrita por Dana Suesse. Después suena el vals y el tema de amor que el prolífico Carl Davis compuso hace pocos años pero genial y románticamente para la producción muda Flesh and the Devil (véase el fotograma de la pareja protagonista incluido más arriba), donde la Garbo, adoptando los rasgos de carácter definitorios de su carrera, y John Gilbert, galán de la época, dieron comienzo a su aparatoso romance, en el cual el plantón de ella a él ante el altar fue solamente una parada. Finalmente, el dramatismo del Warsaw Concerto de Richard Addinsell, compuesto para la película de 1941 Moonlight Sonata a raíz de la negativa de Rachmaninov de ceder los derechos de su segundo concierto para piano, aporta el tono que la Garbo parecía destilar en cada una de las actuaciones que la inmortalizaron en los años veinte, a pesar de que en dicha cinta no aparezca la actriz.]

Physionomie intellectuelle, ou art de deviner à la première vue d’une proposition quel en sera le produit et la mesure, à quels êtres ou a combien d’êtres pourra convenir la qualité ou le mouvement qu’elle exprime; art plus utile que l’imagination la plus féconde, et qui rend presque inutile cette dernière faculté.

[Fisionomía intelectual, o arte de adivinar, con sólo ver una proposición, cuál será su provecho y su alcance, a qué seres o a cuántos seres puede convenir la cualidad o movimiento que expresa; arte más útil que la imaginación más fecunda, a la que casi vuelve inútil.]

M.-J. Hérault de Séchelles, Théorie de l’ambition 1.22 (trad. J. Gimeno)

Celui qui sait attendre le bien qu’il souhaite, ne prend pas le chemin de se désespérer s’il ne lui arrive pas; et celui au contraire qui désire une chose avec une grande impatience, y met trop du sien pour en être assez récompensé par le succès.

[El que sabe esperar el bien que desea no se desespera cuando no le llega; y el que, por el contrario, desea una cosa con gran impaciencia, le cuesta demasiado para sentirse recompensado por el éxito.]

J. de La Bruyère, Les Caractères 4.60 (trad. C. Berges)

AL LECTOR

Con nueva remesa de ocurrencias vengo a aturdir al amable lector -acaso el singular sea aquí corrección gramatical literal- que se encuentre tan desocupado como para probar a calibrar mi temple una vez más. Nada tienen digno de mención, salvo que casi todas vuelven sobre nociones ya defendidas en ocasiones previas, con un buen porcentaje que apunta opiniones más personales al hilo de la propia biografía, amén de fragmentos entresacados de publicaciones anteriores más extensas, cuyas fuentes se enlazan en los lugares pertinentes. Algo más de humanidad creo haber imprimido en algunos parágrafos, al tiempo que mi carácter se vuelve, de mejor o peor modo, más comprensivo, afectuoso y algo menos decidido a ocultar el rostro bromista que apenas aparece por estos jardines y que, sin embargo, puebla mis días.  Gócense, en fin, las reflexiones que se pueda, y júzguense el resto como mejor convenga a la conciencia de cada cual, aunque únicamente en favor de la verdad y de los seres sensibles.

El autor

1

Únicamente destruye el placer a quien no ha se ha fortalecido entre penuria, amor y sabiduría; pero hay que reconocer que poquísimos hombres son de hierro. Como un arma de fuego, el peso del placer es relativo a la estatura del que la porta, pero nunca olvidemos que un arma se puede disparar accidentalmente.

2

Ni el pueblo ni la aristocracia: ha sido la burguesía la que ha hecho avanzar el mundo en todos los sentidos. A ella le debemos en primer lugar nuestro bienestar y nuestro próximo hundimiento.

3

La mujer desea con fruición al caballero que reúne varias condiciones: 1º, la desea a ella; 2º, es independiente y desenvuelto en sociedad; 3º, es de trato agradable; 4º, tiene buen parecido. Aproximadamente el orden inverso funciona en el deseo del caballero hacia la dama.

4

La movilidad social es acicate de comodidad para el individuo y cojera en espiral para las naciones. No es cierto que los pueblos reajusten por sí solos tantos cambios; antes bien al contrario, todas las inversiones de funciones suscitan la creación de nuevas necesidades, y da entonces la falsa apariencia de que éstas surgieron antes y que fueron satisfechas por los cambios.

5

Toda cumbre histórica del pensamiento se enmarca en un periodo de estilo aticista.

6

Una mujer puede acabar amando al gentilhombre al que equivocadamente juzgó perverso en otro tiempo, pero difícilmente se entregará al que una vez le pareció débil.

7

La soledad es la posición humana por defecto; el constante trato en sociedad, siempre cambiante, siempre ávido de novedad y de atenazar, es la pretensión que lo confirma.

8

La esencia de la religión no está tanto en la adoración de un dios cuanto en la extinción ordenada del amor propio.

9

Para triunfar en nuestra sociedad, cada día menos profunda, menos delicada y menos ingeniosa, el hombre ilustrado debe rebajar a un tercio la masa de su ciencia y mantener las estrategias con que se familiarizó mientras la cultivaba.

10

Si tuviese que dar una receta de la seducción de cualquier tipo, diría que la menos falible que he hallado -o, diría mejor, la que siendo falible augura intensidad cuando triunfa- se resume en tres condiciones: querer darse verdaderamente al otro, saber cómo hacérselo entender y tener la certeza de que se tiene algo que dar. Los ingredientes, pues, son amor, inteligencia y confianza en uno mismo. O, como tal vez habrían dicho los franceses de las Luces, honnêteté, galanterie, esprit.

11

Cuando debatimos, si traíamos pensada una postura, raramente nos convencerán de que la ajena es cierta, pero con mucha facilidad nos revelarán las debilidades de la nuestra.

12

La libertad indiscriminada garantiza que no me tenga por qué preocupar de los demás, condenándonos a todos a secar el alma por el poco dar o el poco recibir.

13

Como, dado el triunfo del espíritu reivindicativo y arrogante, nadie quiere ya ser amonestado, parece que la única amonestación sagaz es la que se hace con aspecto de invitación interesante.

14

Hay amores a los que se los persigue por accesibles y otros a los que se persigue por inaccesibles. Ni unos ni otros acaban apasionando durante largo tiempo; y es que el apasionamiento se crece en los giros de los ánimos, en el correr y descorrer los velos, si sus piruetas no son enloquecidas en exceso.

15

Se observa que hay quienes, a fuerza de negarse a complicar en absoluto sus vidas, las complican de hecho tanto o más. Es arrogante o pueril querer escapar de un medio para obtener el mismo fin, descreyendo que la humanidad, ciertamente necia en sus fines, no lo sea tanto a la hora de distinguir el mejor camino hacia ellos. Sortear un impedimento supone entregarse a otro, si es que se persigue la misma cumbre. Sin repensar el tesoro buscado, no podemos escapar de las complicaciones; antes bien las elegiremos de uno u otro tipo. Evita un empleo exigente y poco útil: te encontrarás con la exigencia y la inutilidad de la insuficiencia económica. Concéntrate en hacerte un buen sitio en sociedad: probablemente dejarás resecar tu alma, y tu humanidad no aprovechará su mejor momento para desplegarse. Quien no sea previsor recibirá doblemente agudos los dolores que no previno. Quien no se concentra en el presente no recibe la misma cantidad de beneficio de cada instante. En cualquiera de los casos, el drama está servido.

16

Al amor mundano no le agrada llegar solo. Esa minúscula gema pura, resplandeciente a pesar de su tamaño, agita tanto el ánimo que se presenta siempre mezclada con otros sentimientos, con apegos, deseos, frustraciones y placeres, y de ahí que se lo confunda a menudo con cualquier cosa que no es.

17

Fuera de las ciencias puras y de minucias insustanciales, no hay convencimiento si no se han cocido los ánimos.

18

Cuando se ha actuado correctamente, sólo hay dos cosas imprescindibles: no arrepentirse de ello y prometerse reincidir en cuanto sea posible.

19

El orden y la belleza serían, sin duda, lo más digno de defenderse antes de todo lo demás si el creciente sufrimiento en el mundo no fuese tan disparatado. No obstante, incluso para remitir ciertas heridas son necesarios esos valores inmortales.

20

Sublime es todo aquello que logra evocar al infinito.

21

Tener raíces -unas raíces plácidas- no salva a nadie, pero hace las cosas más fáciles para gozar de un corazón servido y natural.

22

Tiene todo el sentido que haya sido en el Mediterráneo donde el pensamiento haya disparado el proyectil de la Historia. Sus condiciones se encuentran en el justo medio: clima templado, aguas seguras, escasez de fieras, abundancia de huerta, montañas y playas, bosques y eriales…

23

El malestar físico es uno de los mayores bastonazos al orgullo, no sólo porque nos impide llevar a cabo las tareas más sencillas, sino porque nos hace despreciar las cuitas y visiones del espíritu que creíamos nuestra prioridad.

24

Todas las doctrinas políticas reiteradas por comunidades y generaciones tienen su buena parte de razonables, sus casos de aplicación, sus éxitos y, por lo tanto, su merecido elogio. Pero nunca son extensibles a todas las circunstancias, ni siquiera aquellas que reconocen este límite, pues hay verdades que se imponen únicamente cuando se las cree imponiéndose. Es muy ingenuo querer resolver en unas pocas normas toda la inmensidad de las posibilidades morales que se despliegan en el tiempo y en el espacio, como es ingenuo creer que no hay vías más idóneas que otras en cada caso. La certeza de que las corrientes importantes han tenido su ocasión y acaso la tengan ahora y la vuelvan a tener el el futuro, nos debe obligar a hablar de ellas con cierto respeto, mayor o menor según sus éxitos y sus prudencias; así, incluso el cesaropapismo tiene, por el momento, mayor honor que los utopismos modernos, sin que estos carezcan de puntos a favor, ni aquél deje de contar con importantes imperfecciones.

25

Sólo hay tres sentidos posibles en la escritura expresiva: el engaño, la queja o la aspiración.

26

Que el mayor criminal comparta la totalidad de sus estructuras contigo debería hacerte inferir dos cosas: que su locura no es algo tan aberrante y remoto como te gustaría, y que las complejidades del cuerpo y la mente no son tan valiosas por sí mismas.

27

Temen tanto los líderes al pueblo que nunca se decidirían a salvarlo, sabiendo como saben que éste se levantaría airado si se quisiese alterar en alguna medida su acelerado declive.

28

Hablar de continuo sobre uno mismo sin que alguien lo pida revela una soledad interior que no dejará de dar lástima o recelo con cualquier cosa de lo que diga.

29

En la época de las epístolas ornadas de amor, se enviaba papel perfumado, salpicaduras de metáforas y henchidas declaraciones. Era, pues, un mundo poblado de sensualidad sutil, imaginación sugestiva y voluntad de despertar en el otro y en uno mismo grandes sentimientos. Allí, en fin, el amor se expandía entre las facultades humanas y aspiraba a transfigurar cada punto de las personas, o al menos a embellecerlos. Aunque el camino al lecho fuese el mismo que en todo tiempo y lugar, estaba aquél cubierto de rosas y nardos, y por ello se respiraba mejor.

30

Me parece cada día tan sugerente y pletórico el arte académico que nunca habría osado llamarlo así, y habría reservado tal nombre para las restantes manos creadoras, mucho más necesitadas de aprender.

31

De cada cien personas, noventa y nueve piensan ser la centésima.

32

El buen gusto se reduce a pretender nunca desairar, siempre agradar, y solventar toda aspereza, propia o ajena; a apreciar la finura de los perfiles, la suavidad de gestos, la contundencia que contrapesa y otorga variedad y sentido; a defender el orden sin causar violencia innecesaria, el equilibrio sin artificio, la voluntad subyacente de la naturaleza en las cosas; a comprender las pasiones humanas, a compadecer a sus víctimas y mercenarios, tan víctimas como las otras, y entendernos como un pájaro más en la bandada, más avanzado o menos; a perfeccionar la belleza en las artes, el espacio, el cuerpo y, sobre todo, el carácter, pero sin obsesión ni excesivas esperanzas, conociendo la ligereza de las obras humanas frente a los siglos; a traer lo añejo a la palestra y diferenciar sus hallazgos olvidados; a aplacar toda arrogancia y toda desesperación. Es, en definitiva, virtud de la mesura y mesura de la virtud, que es decir todo uno.

33

A la hora de determinar la verdad de una proposición, no es menester mirar al hombre que la enuncia. Pero mirarlo nos dará el porqué de que se inclinase hacia esa verdad y no hacia otra igualmente disponible, lo que a su vez nos indica el tipo de verdad que es y a qué tipo de hombre va acotada.

34

Sabemos que el porvenir nos deparará, sin duda, dolores sentimentales y físicos, y casi nadie se ejercita hábito y ánimo para ese entonces; tan necio como no hacer acopio de viandas al anticipar una segura hambruna.

35

Ninguna de las leyes que rigen naciones, familias y amoríos han sido racionalmente deducidas: todas han sido adivinadas. La debilidad de nuestra racionalidad es que es perezosa cuando se le exigiría aplicación más allá de trivialidades del día a día.

36

La belleza de un cuerpo ahuyenta la generosidad de sí.

37

Los mayores arrepentimientos que nos perseguirán mientras seamos morales serán los de no haber auxiliado cuando nos lo pidieron.

38

Modo de componer una bella frase: leer otra similar, dejar que sus palabras cabalguen en nuestra imaginación y retomen la fragancia de otras ideas que recordemos, y finalmente tantear unas cuantas veces un nuevo orden, un nuevo sentido y un color propio. Ante la duda, comiéncese definiendo conceptos; pronto se obtendrá alguna asociación feliz.

39

Toda grandeza surge de la artesanía. El que se lanza a explorar el mundo de las bellas formas sin llevar las mercancías de su educación, no podrá negociar con los exóticos extranjeros cuando los encuentre.

40

En todo ha querido la naturaleza encerrar en una paradoja la búsqueda de la tranquilidad, que jamás se conquista como en principio parecería razonable. Ni el escozor se calma rascándose, ni se concilia el sueño esforzándose en dormir, ni se ama mientras se esté obsesionado en obtener el título de mejor amante, ni se alcanza una paz con el mundo mientras se intente obtener algo de él. No aceptar la paradoja suprema ha causado y causa todos los dislates en las naciones del orbe.

41

Aceptar una paradoja y no rendirse por ello a la sinrazón o al cinismo es en la humanidad signo de madurez de espíritu tras la que no cabe retroceso.

42

Despertando cada mañana tras el sueño se encuentran renovadas las esperanzas o la paciencia, salvo en quienes la herida está muy infectada.

43

De un hombre sin una fuerte educación del carácter se puede esperar cualquier cosa a la luz de las circunstancias. Todo podrá ser afabilidad y bondad mientras le vaya bien, pero podrá tornarse destructivo si teme de veras por su hacienda, por su oficio, por su apasionado amorío. Y, antes de nada y por más lecturas, reflexiones y aspiraciones que se acumulen, conviene preguntarse si uno mismo no es ese hombre.

44

Es importante reconocer que, por cada derecho que un ciudadano del mundo está obteniendo, otro está echándose encima otra cadena. La Atenas de Pericles se permitía votar todo el día y filosofar plácidamente gracias al imperio ático que expoliaba a todo el Egeo.

45

Se forjan muchas creaciones sublimes como resultado de las excusas que se da a sí misma la mente perezosa con el fin de aplazar el acometimiento de actividades prosaicas.

46

Puesto que la magnitud de la cualidad no puede ser mensurada, la estadística y la ciencia sólo atienden a las magnitudes sin cualidades.

47

¿Cómo no será de extraña e intensa mi obsesión con el Siglo de las Luces que hasta añoro los días malditos de la Revolución?

48

La autoexpresión, tal y como se la entiende ordinariamente, no es más que espasmo y supuración.

49

La peligrosa ingenuidad ante el desastroso presente y el más que desastroso futuro que espera a la humanidad sólo se entiende si se la concibe como la combinación del peor probabilismo racionalista y el peor de los hedonismos egoístas.

50

No hay que idealizar netamente toda época pasada, pues en todas abundan calamidades, injusticias y peligrosas falsedades, pero es justo decir que, cuanto más atrás vamos en el tiempo, más vemos que había pocas rutas transitables, sí, aunque con gran capacidad para llamar al desprendimiento y la humildad y, por ende, a la paz de espíritu.

51

De la convicción de que todo el sufrimiento se lo debe uno a sí mismo -sea a través de la idea de culpa cristiana, de ignorancia socrática o de pasividad en las tradiciones más aguerridas- parte toda búsqueda correcta de la felicidad. Igualmente prosigue la búsqueda correcta a partir de la idea de que toda la felicidad auténtica proviene no de uno mismo, sino de Dios o de la Naturaleza que busca su acomodo normal.

52

Hay que asumir que, de toda la obra de un escritor o de un pensador, puede que solamente le sobreviva una sola de sus frases, acaso no la más original ni la más densa, y quizá ni siquiera una sola frase.

53

No hay que obsesionarse con que el egoísmo, para sentirse reforzado, no aproveche el vehículo en marcha del amor; es preferible dar con largueza antes que castigarse a uno mismo. Un carácter demasiado coagulado es un mal menor frente a un desbridamiento de las virtudes generosas.

54

No te permitas ser olvidadizo: sin memoria no hay evolución seria.

55

El primer axioma de toda moral ha de ser el reconocimiento del valor intrínseco de todos los seres, y se rastrea en las teorías ilustradas como en religiones ancestrales.

56

El sufrimiento desgarrador es la mueca cósmica ante toda ciencia, todo arte y toda empresa que no se focalice con atino y audacia, precisamente, en la erradicación del sufrimiento.

57

Toda tradición es eminentemente oral; su conservación exclusiva en textos supone la pérdida irremediable de muchas de sus claves. No tenemos derecho a desprestigiar a las tradiciones muertas en base al rastro que han dejado.

58

De todos los vehículos del rapto que han conocido los pueblos de todo tiempo y lugar, la música ha sido el más respetado, el más fascinador, el más peligroso; ninguna otra creación humana impulsa a mover el cuerpo desde su interior.

59

Dicen que la ciencia no busca verdades útiles, sino la verdad en sí misma por dura que sea. ¿Y para satisfacer el capricho de unos pocos catedráticos y doctores tenemos que hipotecar toda nuestra civilización y nuestra salvación? Porque en su mayor parte son verdades fragmentarias, provisionales y, en no pocos casos, por completo superfluas, cuando no sencillamente erróneas.

60

El aforismo es conocimiento condensado; la máxima, ética condensada; el ensayo, aforismo desplegado; la novela, anécdota desplegada; la poesía moderna, un totumrevolútum sin más utilidad que la autoterapia del poeta.

61

Las constituciones y demás reglamentos omiten las palabras verdaderamente importantes, como “entrega”, “belleza” o “espíritu”. No se puede exigir a nadie que aspire a ser sublime, mas eso es justamente lo que hacen las religiones, las grandes filosofías del pasado, los poemas…

62

En política, un demagogo es el candil que el pueblo enciende para alumbrarse.

63

El único motivo legítimo para aspirar a un cambio social es la compasión, y su único aledaño a este motivo debería ser el deseo de encontrarse en un ambiente cómodo y motivador para uno mismo. Todos los demás motivos, desde el rencor hasta la ambición de poder, afean el valor de la causa, por justa que sea en realidad.

64

El único modo de no ser esclavo de las pasiones en lo que concierne al devenir de las naciones es no perder nunca de vista el día a día. El único modo de garantizar la felicidad en lo cotidiano es no olvidarse ni por un momento de la Ley eterna.

65

Las visitas que  creen ser más agradables son, de hecho, las menos deseadas.

66

Sin paciencia, las virtudes restantes carecen de bello porte.

67

De los modales en el comer se puede distinguir la primera educación de alguien, pero es en su modo de conversar donde se distingue el punto al que ha llegado.

68

En música sólo caben reconocerse tres componentes espirituales, de entre los que debe permanecer al menos uno para ostentar dignidad: gracilidad, profundidad y orden.

69

Es forma de perdón inteligente el reconocer la falta propia cuando la encontramos en el otro y al mismo tiempo perdonamos ambas con espíritu de enmienda.

70

No resulta extraño que el triunfador caiga en una sed insaciable, en un murmullo de dolores y furias. ¿Tan difícil es de entender que quien lucha contra el mundo para expoliarlo no se sentirá nunca tan dichoso como el que se armoniza con él para compartir juegos y caricias?

71

Verlo todo como materia es propio del materialista; verlo todo como espíritu, propio del idealista; el creyente ordinario ve lo corpóreo como corpóreo y lo espiritual como espiritual; el filósofo agudo ve la materia como espíritu y a éste como sutil materia de particular cualidad. El más alto sabio, hasta donde yo lo veo, no se ocupa de la sustancia, a la que ve como aproximación distorsionada, sino de sacarle provecho en alimentar al hambriento, dignificar al herido, purificar las angustias, alegrar los corazones, hermanar a todos los que vaguen en la soledad del devenir.

72

Dado el ciclo hilarante de la moda, manteneos en vuestra indumentaria y aspecto y en breve representaréis vanguardia.

73

No me convencerá el burócrata de que los principales motivos de los obstáculos que me dedica no son su propia existencia como burócrata ni el obstaculizar mi dedicación.

74

Ante el fárrago de las leyes, que convierten en infracción cualquier conducta inocente y cotidiana en otros tiempos, lo más recomendable es no moverse del domicilio, firmar los menos documentos posibles y no dar nunca nada por sobreentendido.

75

Para no aparentar arbitrariedad, los gobernantes extienden en leyes las correcciones que debían circunscribirse a unos pocos casos y que gravan el movimiento de la mayoría inocente. Pero no llegan a ser correcciones lo bastante contundentes como para violentar a los inocentes, quienes en tal caso se conformarían en multitud airada, y, en consecuencia, dado que la ley es igual para todos, tampoco atajan con intensidad a los culpables.

76

El clasicismo propone que la belleza ha de ser fácil de comprender y, por lo tanto, ordenada, limpia y reiterativa.

 77

Me parece provechoso reconocer dentro de uno elementos opuestos al propio sexo, en aras experimentar la disposición del mundo en opuestos imbricados y utilizarla en pos del equilibrio. El temperamento viril se enriquece y amplía su horizonte cuando se dulcifica con la ternura, con la delicadeza de formas o con el espíritu pacífico, virtudes todas ellas femeninas. La mujer, por su parte, crece si incluye la concentración decidida, la aceptación de la realidad más cruda, la determinación a explorar mundos ignotos. En cambio, lo contrario a la utilidad juzgo dudar del sexo que la naturaleza nos otorgó, porque allí, lejos de ver armonía, no hay sino guerra.

78

Vemos jugarse la vida a personas que lo tienen todo: salud, belleza, juventud, dinero. ¿Por qué lo hacen? Por un momento de diversión, por competencia con amigos, por no ser menos que nadie, por desafiar a la naturaleza, por curiosidad. Sabemos cuál es la recompensa en muchos casos. Los riesgos que se corren al aventurarse en el mundo exterior son muchos y escasos los beneficios; todo lo contrario de lo que sucede en las aventuras interiores, tan poco espectaculares como gratificantes cuando se han escarpado cordilleras de oscurecimientos.

79

La asombrosa falta de sentido común en el hombre no es sino trasunto de la falta de sinceridad consigo mismo.

80

La verdadera moderación admite incluso retirarse a un lado mientras una prioridad exige nuestro justo compromiso con los toscos excesos mundanos.

81

Algunos compositores franceses: Lully o la grandeza, Louis Couperin o la sensualidad, Saint-Colombe o la melancolía, Royer o el asombro, Couperin el Grande o el porte, Rameau o la maestría, Boismortier o el encanto, Leclair o la justeza, Du Mont o la piedad, Charpentier o la gloria, Marais o el ritmo, Rebel o la fuerza, Forqueray o el afecto, Duphly o la pasión, Clérambault o el agrado, Mondonville o la vivacidad, Philidor o la diversión, Monsigny o la gracilidad, Gossec y Gretry o los últimos destellos de la galantería en el ciclón de la democracia.

82

La sociabilidad parte de la convicción mundana de que ninguna persona es la definitiva y, llegado el caso, se consuma en la convicción espiritual de que toda persona lo es.

83

Se puede reformular una y otra vez una idea ya aclarada con intención de alentarse por otros medios a ponerla o en práctica, o se la puede reformular para demorar el esfuerzo de ponerla en práctica bajo el pretexto de que todavía se está afinando la teoría.

84

Muchos nunca venceremos la vanidad de pretender vencer a la vanidad mejor que nadie.

85

Dar por anticipado un fracaso espiritual es prácticamente sentenciarlo. En términos de aspiración espiritual, el optimismo apenas garantiza nada, pero el fatalismo ciertamente lo hunde todo. No fortalece sus músculos quien reconoce que nunca gozará de fortaleza, porque nunca se decidirá a ejercitarse.

86

Los líquidos más caros son, en primer lugar, la sangre, seguida de las lágrimas y el sudor. Cuesta asumir que llegará un día tan pedestre en el que el agua dulce superará a los mencionados.

87

Se han equivocado de siglo todos los que prefieran la conversación a las cosas y el encanto a la rudeza. Diría que cualquier siglo vale para la frase anterior, si bien el nuestro parece que se llevará el premio a la idoneidad.

88

De todas las naciones, Francia es la única que lo tuvo todo en su grado máximo, con excepción de Grecia.

89

Callar es signo de inteligencia que no vemos adornar al que se convence de poseer un buen estilo, esté o no en lo cierto.

90

Quien piense que vergüenza debería dar no tener vergüenza dice un absurdo tal como que “hambre debería tener quien esté saciado”. No hay que tener vergüenza si se tiene prurito de nobleza lo bastante grande, ni es necesario el miedo si se posee un gran amor; sin embargo, rarísimos son los ejemplos en los que se corre sin sentir ardiente el suelo.

91

Sospecho que algunos de los espíritus más profundos que rondan el orbe confesarían que no sienten contar con un solo amigo verdadero.

92

La concisión da la impresión de condensar la inteligencia. Más sabiduría que el verboso exhibe el sabio lacónico y, no obstante, preciso. Pero, como todas las impresiones, es aproximada, condicionada por el hecho de que al ser humano le gusta lo breve por ser más fácil de comprender; y, para ajustar la realidad a su medida, dictamina que lo que le resulta comprensible es lo más sabio.

93

Escribir de noche: pensamientos más intensos, más puros, valientes. Escribir de día: pensamientos más útiles y con mayor gusto en su composición.

94

La fe cristiana se diversificó en postulados, significados y jerarquías, como cualquier otro culto. ¿Acaso es pensable que naciones de distintos climas, distintas épocas y distintas peripecias podrían aceptar los mismos acentos en una epístola de San Pablo? “Amad a vuestros enemigos”, dijo el Maestro. Pero, como hay muchas formas de amor, queda libertad para el modo más adecuado en cada instante, quedando obligación únicamente en la disposición del ánimo. Hay incluso quienes, ¡paradoja suprema!, aman matando, aunque sean los menos.

95

Sentirse moralmente cumplidor: primera medida para eludir el desvelo, para gozar de buenas digestiones, para reducir infecciones, etc.

96

Vanitas omnia vincit.- Lo único bueno que parece tener el solipsismo es que es la única metafísica que vence a la vanidad desde el primer instante.

97

La pintura realista hace mucho más que retratar la realidad más grosera: lo maravilloso está en que en lo más cotidiano reconocemos los trazos que revelan la ilusión de la percepción y de las formas. El realismo es el enfoque que más desenhebra el tejido del mundo.

98

El placer que produce la técnica del realismo artístico proviene de la sorpresa que produce contemplar cómo todo fenómeno sensible puede ser reproducido sin que sepamos si la elusiva esencia permanece o no.

99

Amar es comprender, comprender es amar. Entendiendo bien las implicaciones de esta dualidad, uno dejaría de atormentar al sentimiento con la cabeza y a ésta con el sentimiento.

100

Nada de lo mortal me es ajeno, y aun menos lo inmortal.

101

Se diría que nada de lo que se escribe en verano huele a desesperación.

102

El aparente choque entre axiomas divinamente inspirados dentro de una misma tradición y también el choque entre todos éstos y las evidencias prácticas terrestres son algo así como la jurisdicción concéntrica de un emperador respecto de su rey vasallo: para formular en un solo decreto la legislación de ambos sin menospreciar a ninguno de ellos, hay que combinar constantemente sus nombres y atributos, confundiéndolos a veces con tal de hacerlos presentes, antinómicos otras veces para marcar diferencias delimitadoras, pero evidenciados siempre por oposición a la falsedad manifiesta, carente de toda dualidad y de toda explicación simbólica.

103

Toda bella danza pareciera equilibrar los pesos de la Creación, distribuyéndolos entre el aire y la pareja de ocasión.

104

La elegancia es el nombre que en indumentaria y en sociedad adquiere la armonía, que se llama nobleza al hablar del carácter o gusto al hablar del arte.

105

¿Conviene acudir a la iglesia, inclinarse ante el altar, cumplir con los sacramentos, rezar? Lo preguntaré de otro modo: ¿conviene concitarse con el resto de la comunidad para convencernos los unos a los otros de que hay que permitir que reinen la humildad, la cortesía, la solemnidad, la meditación, el amor?

106

Todo lo que el europeo afirma no encontrar en su país lo encontraría si acostumbrase a hojear los libros polvorientos que hablan de sus ancestros.

107

El vicio encuentra miles de formas de evitar su rendición, hasta incluso pretender que la virtud es peligrosa, tanto más cuanto que en ocasiones se cumple tal posibilidad.

108

El mundo se ha complicado demasiado como para asegurar que las buenas intenciones nos salvarán, pero sigue siendo lo bastante lógico como para asegurar que la inercia de las peores pasiones nos condenará sin perdón.

109

Como ilusión cardinal que es, el deseo suscita más placer cuando se lo menciona que cuando se lanza a la caza o en los instantes inmediatamente posteriores a su victoria.

110

Se es anciano cuando se arrastran los pies o cuando casi toda la voluntad se aborta a sabiendas de la inmediata decepción que la sucederá.

111

Por lo que a mí respecta, empecé a escribir dada la infrecuencia con que mantenía conversaciones elevadas o ingeniosas. Ahora es el propio refinamiento de mi pensamiento y el acomodo en la introspección constante lo que aleja más y más la posibilidad de diálogos estimulantes.

112

Dado que la felicidad surge antes que nada de las relaciones sociales, el hombre antiguo debía de ser muy feliz, pues carecía de artilugios rebuscados y, en su ausencia, recurría continuamente a la conversación, la carta, el juego, la confesión, el baile y el recital.

113

Cuando se entra en la vibración de cierta música, cuando se acompasa la sangre a sus pulsaciones y vaivenes, el pasar a otro estilo siempre será percibido como una odiosa violencia. A nadie le gusta que le cambien el paso cuando ya se ha hecho a él. Sucederá con mayor vehemencia cuanto más fácil de oír y más danzable sera la primera música, es decir, cuanto más arcaica y sentimental, y es que nos habrá acalorado más el cuerpo.

114

Observad a la persona más resuelta, vivaz, fuerte, no arredrándose ante nada, y, sin embargo, ante un hermano, ante su madre o ante un antiguo profesor, se vuelve mansa como un corderito, tímida o incluso algo caprichosa, como durante su adolescencia. Ahí veremos  una puerta secreta de su vida adulta, causa, quizá, de su aparente decisión también, la cual acaso surgiese como forma de compensación.

115

No hay mayor astucia que la que no se detecta.

116

El gentilhombre cree ver virtud en su amada donde ve belleza, mientras la dama sufre frente a él la confusión opuesta, viendo belleza donde hay virtud.

117

La ética moderna se compone exclusivamente de normas negativas, no prometiendo recompensa al cumplidor, razón por la que es tan defendida de palabra y tan relegada en la práctica. Era la recompensa o el miedo al castigo lo que en la moral religiosa llevaba a la persona a familiarizarse con la virtud, hasta llegado el punto en que premio o castigo resultaban secundarios y el amor genuino había arraigado finalmente.

118

A la larga siempre acaba consumiendo más energía propia el malvado que el bondadoso.

119

La venganza también es castigo letal contra la propia inocencia que había resultado herida y que sobrevivía agonizante en el corazón.

120

La familia es la forma en la que han quedado reducidas las antigua tribus. Las naciones extienden la noción a una raza y costumbre común. El orden completamente racional, donde todas las razas y costumbres tienen cabida, casa bien con los principios de la moral, pero fatalmente mal con la trabazón de los miembros del pueblo, con el gobierno asequible y con la comodidad de todos.

121

Tres cosas, por encima de todas, aúpan hasta la felicidad u obstaculizan el triunfo de la desesperación: el trato abundante y afectuoso con los demás, la bella armonía entre las partes del mundo y la robustez de carácter. A ello, entre otras cosas, se debe la persistencia de la religión.

122

Amar verdaderamente sin motivo es haber dado con el motivo adecuado, por más que se esté demasiado ocupado amando como para ponerlo en palabras.

123

Que incluso entre los más codiciosos y rudos de los espíritus haya una envidia hacia aquellos genios creadores que, a pesar de haber vivido y muerto entre miserias, han legado a sus congéneres beneficios sin parangón, tal envidia, digo, debería reconciliarnos con la humanidad; y es que denota una voluntad profunda e inmemorial de la sangre por contribuir a la comunidad, aunque el único reflejo sea visible sea el deseo de propagar el renombre a los contemporáneos y a la posteridad.

124

Europa es hoy a la época de sus grandes reinos e imperios lo que la Roma ostrogoda de Teodorico fue a la República de Catón: una falsa continuidad, una repoblación racial, un conflicto consigo misma, una ruda imitación, una sombra.

125

Un reaccionario como Dios manda ha de admitir que la civilización no tiene ya arreglo alguno y que solamente educando individualmente el espíritu -recurriendo para ello al núcleo personal de la Tradición- se logrará alguna cosa.

126

Ser reaccionario en lo político no impide ser radicalmente dadivoso en lo moral, y es tamaña dualidad lo que proclama la Tradición.

127

Comprendo a quienes no me comprenden porque yo también soy como ellos. También yo busco mi hueco en sociedad, mi plan para el mundo, mi buena fe carente de conocimientos suficientes, mi sentido de la belleza, mi aprovechamiento de mis ventajas y de mi situación personal; todo lo que no encaje con estas cosas me parece claramente insuficiente.

128

Entre sugerir y dejar las cosas demasiado claras prefiero lo segundo porque prefiero el acierto que el bello fracaso, salvo que la sugerencia esté situada en el punto justo para despertar con más viveza nobles pasiones y nobles ideas o para comunicar resabios de la verdad a más tipos de entendimiento.

129

Siempre se puede mejorar, salvo cuando se ha dedicado la vida entera a la perfección moral y al culto de la nobleza espiritual. En el momento del tránsito, bien puede decir en el lecho quien así se ha comportado: “Hice todo lo que pudo mi naturaleza”.

130

Para todos los temperamentos hay una doctrina tradicional adecuada en aras de aprovechar legítimamente su energía peculiar.

131

Casi nadie conoce el alcance de mis artes, ni los detalles de mi culto a las letras, a la música, a la meditación y la moral. Y, por ello mismo, mi dedicación es mayor y mejor, hasta donde me lo permiten las condiciones y hasta donde lo permito yo. Ningún poderoso conoce ni tiene en cuenta ni una centésima mis méritos intelectuales, artísticos o espirituales -cualesquiera que éstos sean- para otorgarme mejor posición. Tampoco ninguna mujer para darme su amor, ni ningún caballero para ofrecerme su amistad. A la hora de obtener vituallas del siglo, me muestro como el más vulgar de los hombres y compito con sus mismas armas, incluso bastante menos afiladas de lo habitual. Lo mejor de mí lo velo para cumplir más cerca de la perfección una misión sin recompensa.

132

Expongo mis palabras abiertamente en este foro minúsculo pero fácilmente accesible. No presto atención a la posibilidad de plagio, y ni siquiera me muestro con un nombre desde el que poder reclamar fama para mí y vergüenza para quien la robó. No diré, como habría dicho en otro tiempo, que nadie podría quitarme el tesoro mayor de un creador: el hecho de haberlo creado, de ser autor de lo que alguien, equivocando la fuente, aprecia. Ahora no es la gloria secreta lo que me inquieta, puesto que la noción de autor, como la de sujeto, sirve de cara a las adscripciones crematísticas y a la pasión de vanidad. Las palabras y las ideas flotan sin carcasa en el éter, y más vale que se propaguen todo lo que puedan antes de morir con la llegada de una ventolina huracanada, como mariposa de un día. Mi pobreza y mi soledad no sobrevivirán ni mucho más ni mucho menos tiempo. Mucho sería si ganase un solo gramo de nobleza por tal actitud de desprendimiento.

133

Un cuerpo bello en la noche es la prueba más difícil de superar, aunque no la más peligrosa, que ha de enfrentar el ánimo piadoso.

134

Por muchas palabras y sutilezas que lancemos y configuremos con los años, seguimos con los mismos deseos, las mismas costumbres, aunque en proporciones distintas -en el mejor de los casos-, que el resto de la gente. Cierto que los vicios se reducen, pero, al modo de una infección persistente, requieren ungüento diario para permanecer controlados, y cualquier despiste les otorga de nuevo el poder sobre el ánimo.

135

Produce un placer casi culpable el estar convencido de sentir que no se odia a nadie en el universo.

136

Es preferible amar un cuerpo que odiar un alma. Y es preferible amar un alma que odiar un cuerpo. En definitiva: siempre tienen preeminencia el amor y el alma.

137

Es preferible la tolerancia al placer ajeno que a su dolor, pero lo opuesto es cierto en el interior de uno mismo.

138

Del estilo de música que uno escucha, así su saber estar.

139

Quienes acostumbran a perderse el amanecer nunca parecen acabar de amanecer ellos mismos.

140

Ni todos los mediocres aupados a dignas posiciones que les exceden por todas partes deberían convencernos de que es preferible su suerte a la del jardinero que dialoga con los helechos, la del zapatero que cultiva humildemente nuestros pasos, la del monje que rompe su silencio para levantar el ánimo a un desesperanzado.

141

Si realmente pensáis que los animales merecen justicia, poneos a prueba imaginando qué dirías ante una situación que menoscaba el interés esencial de un animal, sustituyendo en la hipótesis al animal por un ser humano. Ahí veréis probablemente la magnitud de la injusticia que sufren las criaturas y cuánto todavía os queda para ser tan respetuosos con ellas como sosteníais.

142

Puesto que a la plebe le agrada etiquetar en bloque y no tolera la sensación de asociarse con un rasgo fuertemente odiado, para ganar su favor se hace imprescindible no sugerir siquiera la aprobación de ninguno de sus tabúes. Muchos panfletos impecables en favor de la igualdad se verían desestimados si hiciesen cualquier concesión al rey o si reconociesen la valía de muchos generosos servidores de la Iglesia.

143

La belleza no es infinita, como sí lo es el alma que la percibe. Al fin y al cabo, la belleza no es otra cosa que la sensación de placer ante las formas, y toda sensación mora en la facultad sensitiva.

144

Proponed un gobierno útil: os despreciarán por ambicioso del cargo o por poco ambicioso de reformas. Proponed un gobierno verdaderamente compasivo, que recoja de la agonía a todos los seres, humanos y no humanos, y que no desee violentar a nadie si no es estrictamente necesario: os tacharán de loco, de pretencioso, de pueril. Proponed, en fin, un gobierno rencoroso, vengativo, maniqueo, reiterativo: os aplaudirán, quizá os encumbren.

145

Ante el estancamiento en la virtud modesta, el carácter cansado podría añorar incluso el tiempo en que era malvado; de ese modo tendría margen para avanzar de nuevo gratamente un gran trecho hacia la nobleza.

146

Los reformistas modernos se han desacreditado porque no han demostrado nunca pensar seriamente en la tercera o cuarta consecuencia de sus decisiones. Coincido en que hay derechos que son inviolables pese a quien pese; pero la mayoría de sus propuestas no velan por los derechos más fundamentales, sino por sucedáneos que se les parecen y que son bien visibles, a fin de que quede bien ostentada su bondad.

147

La dama aplica sobre su corazón y sus pretendientes la prudencia que el buen soberano debería poner sobre el reino. Pero ni los varones son tan juiciosos ni las mujeres saben serlo en muchos más ámbitos aparte de su entorno familiar.

148

En la sociedad galante hay siempre una comezón del alma, una inquietud por obtener siempre el mejor partido, la mejor opción, y eso porque son muchas las opciones buenas; así, se goza de unos pocos placeres, más o menos intensos, por lo general breves, envueltos en un sinfín de desconfianzas, tanteos, comparaciones, cálculos, advertencias, arrepentimientos.

149

Es en la languidez que sucede inmediatamente a un encuentro amoroso cuando el gentilhombre ha de meditar sobre lo que de verdad ama y, como siempre será menos de lo que venía creyendo, decidirse a amar más.

150

Uno se habitúa a un sentimiento como se habitúa a una dieta, a un ambiente o a un horario que se impuso. Acrecentar el amor o el rencor no difiere en su movimiento de adoptar modales o el gusto por tal ο artista, o de aprender usar la lógica a la hora de organizar cualquier asunto apropiado.

151

Es fácil creer la sabiduría moral. Es difícil creerse en ella.

152

Todo lo que haya dicho brillante y sabio surge de la combustión de múltiples lecturas, épocas, tradiciones, cosmologías, caracteres. Aunque en cuestiones menores, hay semejanzas y diferencias notables, al final del recorrido siempre se destila lo mismo: un ímpetu por profundizar las apariencias hasta ver un misterio que se parece a la belleza sin ser belleza, al amor sin ser amor, al infinito sin tener sustancia de la que predicar, a la plenitud sin tener nombre.

153

De todas las mujeres en la vida de un hombre, lo más probable, sospecho yo, es siempre que éste piense a la hora de su muerte en la misma en la que pensaba cuando nació: su madre, inocente artífice de sus principales bazas y sus principales taras.

154

No hay demasiado descanso para quien no concibe sino un descanso supremo. No hay descanso alguno para quien llama así a lo que en realidad no es sino agitación mundana y vanidad de vanidades.

155

¿Escribir una línea más? ¿A quién será de utilidad? ¿Permanecerá en el tiempo y el espacio? Preguntas superfluas si escribes con lo más hondo de tu inteligencia y tu amor: ya habrás obtenido el mayor provecho que se puede obtener de unas letras.

156

Un hombre que ejercite todas los atributos de su personalidad viril no caerá en melancolía, pero un hombre que ejercite los atributos idóneos de su ser social no caerá en angustia.

157

No se ve en la Iglesia la pujanza espiritual y la pertinente conservación de formas diáfanas y simbólicas que empujaría a muchos ánimos románticos a volver a su seno.

158

La Iglesia ha perdido tres importantes apoyos: rotundidad, simbolismo y la misma intolerancia al sufrimiento de las almas que al de los cuerpos.

159

El pueblo exige a la Iglesia que se ocupe más de los pobres -cosa que, de hecho, siempre ha hecho más que ninguna otra institución en el mundo entero-, confundiendo así la misión apostólica con la misión del propio pueblo. Lo natural siempre fue la predicación inversa: los púlpitos recomendando al siglo caridad y dando ejemplo, veraz o falsario.

160

La insinuación despierta muchos más deseos que la declaración porque ésta se circunscribe a sí misma, mientras que la otra desmarca todas las posibilidades al mismo tiempo. Pero para concebir estas posibilidades hace falta inteligencia y fantasía, razón por la que ha ido perdiendo éxito en favor de lo evidente.

161

El mundo gira, en cierto modo, alrededor de los jóvenes; pero no lo hace el tiempo, que los abandona a la madurez antes de que se percaten. Con todo, los modernos, cada vez más aniñados durante más años, quieren desafiar este principio y, en consecuencia, se vuelcan todavía más en su vanidad y sus balbuceos que los jóvenes de otros mundos donde lo efímero de la existencia humana se respiraba por doquier.

162

Lo mismo que dos árboles pegados eran indistinguibles en sus primeros brotes, así dos espíritus opuestos parecían jóvenes amigos antes de madurar plenamente.

163

Enternecerse consiste en observar casi con compasión una carencia poco importante en el amado, detectar algún defecto que, de tan pequeño que es, embellece.

164

En lo referente a la ciencia moral y en lo referente también a otras ciencias, nos convencemos de cuatro cosas: aquello que nos conviene creer, aquello que nos conmueve del modo más seductor, aquello que nos repiten muchas veces, aquello que queda tras descartar malas opciones. La razón no tiene un papel significativo en todo esto.

165

El gentil parece más bello de lo que es, y quien lo trata acaba pareciendo más dichoso y bondadoso de lo que se esperaba.

166

Los axiomas y los mecanismos de inferencia de los filósofos profanos son tan arbitrarios como los prejuicios que se ponían en su lugar cuando la razón aún no había subido a su trono.

167

La razón se sabe limitada, pero desconoce hasta qué punto exacto.

168

Es posible razonar escrupulosamente en las pequeñas cosas, como las masas y las libras, o en las grandes, como en los arquetipos platónicos. Son las intermedias las que se nos escapan por no saber si se relacionan más con unas o con otros. Así, el corazón humano, tan ligado a los humores del cuerpo como a las ideas que parece perseguir, se lo conoce desde diversos ángulos, perseguido por silogismos, sin que nunca se le conceda la dieta idónea.

169

El pueblo no respeta lo que él ha elegido y no imita sino a quien cree formidable por naturaleza. Aunque tendría que pensar si el presente no está invirtiendo las relaciones de esa frase.

170

Un país sin mitos fundados por los más sabios de su tiempo primitivo se ganará la más triste de las simplezas: la de vivir en el error por el mero hecho de no conocer ninguna verdad importante.

171

No es el despotismo lo que habría que evitar a toda costa, sino un pueblo sin amor. Bajo el primero aún es posible una felicidad civil.

172

Un mal soberano no es el que posee vicios, pues no hay hombre libre de pecado, sino el que tiene conductas que, siendo buenas o no en otras circunstancias, le impiden desplegar sus cualidades de soberano; un ejemplo perfecto de mala conducta regia es la falta de solemnidad.

173

La música italiana es simétrica como la danza que evoca, es melodiosa, ágil, alegre. La música francesa es contundente o sutil, siempre misteriosa, colorida, solemne o íntima, ingeniosa o dramática, pero nunca da apariencia de necedad.

174

Sería desnutrir al alma el privarle de dulzuras y picantes como sería desnutrir al cuerpo dejar de ingerir por completo cebollas o manzanas. No sólo hay caracteres que apetecen de ordinario más de una cosa que de la otra: nadie puede rendirse en todo momento a los mismos desahogos, ni ningún corazón amplio se contenta con unos pocos sentimientos del mismo tono.

175

Los hombres para quien lo suficiente nunca es suficiente, semejan a las vasijas agujereadas que van perdiendo contenido a medida que lo ganan, y es el propio trasvase lo que los alivia, de suerte que la obtención de bienes es para ellos como la nutrición para todos: la tarea de cada día de toda una vida. Resulta triste ver a hombres y mujeres dedicando sus días a luchar por encontrar una mejor posición desde la que dedicar sus días a luchar por lo mismo en un peldaño más alto.

176

No es tal una tristeza que uno no cambiara de buen grado por una alegría opuesta.

177

Una tradición está acabada cuando comparte menos principios con los herederos que afirman prolongarla que con una tradición de las antípodas.

178

La evolución de la vitalidad católica se esquematiza en lo siguiente: edad apostólica, edad de las catacumbas, edad del desierto, edad patrística, edad expansiva, edad escolástica, edad mística, edad literalista, edad modernista, edad vacía.

179

En el fondo, una sabiduría espiritual es el aprendizaje de cómo mantener la elegancia en el resbalón, cómo adoptar rápidamente la postura ante el cataclismo inminente. Hacer de cada traspié una pirueta de danza, de cada torsión una nueva faceta del equilibrio, de cada herida un capítulo de un ars moriendi. Es, en fin, el arte de caer. Porque caer requiere una larga educación, y cuesta el ejercicio de toda una vida el asegurarse despedirse de ella con una sonrisa, sea cual fuere el escenario, súbito o no, en que se presenten las Parcas. Hacer de los últimos jadeos un discurso elocuente y bello no es fácil para el habituado a colear de aquí para allá con sus ambiciones pueriles, subiendo y bajando. No: requiere gravedad de ensayos, pulcritud en la túnica gestual, alocuciones respiradas.

180

La compasión no es condescendencia sin más, ni lástima por una visión que nos molesta y rompe la armonía del paisaje en que nos gozamos; la compasión es, por el contrario, saber que la criatura que se nos presenta a cada rato es un rey destronado, y que su consorte eres tú, y la corona es mirada soberana sin merma, como merma no tiene el noble linaje por mucha espada que quiera degollarlo. Cuando lloramos por compasión estamos entendiendo, al fin, nuestro propio problema: vemos resumen de nuestra estirpe, adelante de nuestro porvenir, y reflejo de nuestra alma en el presente de otro que cree ser otro. Y regamos el sentimiento de identidad con lágrimas, néctar de espontánea sabiduría.

181

Nos distraemos con nosotros mismos hasta el punto de que, olvidando a quien nos olvida, no siempre recordamos a quien nos recuerda.

182

Dado que, a la postre, todo razonamiento es circular, merece la pena optar por un círculo virtuoso que nos circunde a todos.

183

Dice Hérault de Séchelles que no deberíamos dejar en paz a un autor hasta agotar toda su hondura, o al menos hasta descubrir “sus más secretas intenciones y la revelación de las añagazas de su amor propio”. Agregaría yo que, a falta de tales logros o sobreañadidos a ellos, es reconciliador con el tiempo que hemos dedicado lector y autor el no cejar hasta no encontrar en él algo bueno, algún acierto que sumemos a nuestro atillo de máximas predilectas, al repertorio selecto de ganzúas con que tratamos de ir abriendo las puertas que nos encontramos en la vida y en las mientes. Nada más importante podemos extraer de un libro.

184

La etapa más importante de cualquier endurecimiento, sea del cuerpo o de la mente, es el reposo. Sin él llegarán inevitablemente deformidad y enfermedad.

185

Los genios parecen mantener diálogos entre ellos desde sus respectivas épocas.

186

Los filósofos malvados o mundanos nos enseñan admirables técnicas que podremos utilizar para el bien… si es que nos hemos adentrado en su lectura una vez asumidos sin cuestión unos sólidos principios morales.

187

Enamorarse de alguien con gran diferencia edad da indicio de amplitud o cojera del sentimiento, o de ambas cosas simultáneamente.

188

La época de los estudios sólo termina cuando han transcurrido en balde y en falsos estudios los años más propicios para aprender de veras y con intensidad.

189

¿Se puede esperar de un libro algo más que una guía de vida? Mis referencias: discursos orientales, admoniciones estoicas y epicúreas, espejos de príncipes, máximas francesas.

190

De mis autores morales de cabecera, eximios todos ellos, glorias de sus reinos, compañía de muchas de mis noches, matizo que veo a Séneca y Epicteto algo insistentes en su adustez, excesivamente lacrimoso a los Padres del desierto y a Ghigo el cartujo, poco sentido a Avicebrón, obsesivo a Kempis, muy atildado a Gracián, incompleto a Pascal, demoledor a La Rochefoucauld, lacónico a Vauvenargues, pragmático a Chesterfield, desnortado a Chamfort, maléfico a Hérault de Séchelles, vencido a Chateaubriand… En cambio, La Bruyère es la perfección orgánica, la sabiduría y la vida misma entrelazadas, la bondad y la sorna jugueteando entre sí, la frescura de la palabra y la grandeza del ánimo, la penetración en todas las facultades humanas a la vez, las conclusiones serenas y compasivas de un hombre racional y sentimental a partes iguales tras experimentar todas las cuitas, debilidades, superaciones y rendiciones; no hay pensador más completo en lo que se refiere a la observación de la costumbres. La Bruyère no sólo es el padre de la prosa francesa: también es el último descendiente de todos los linajes de moralistas y su reconciliación final. Sin él, se diría que falta el dato central. Lo único lamentable es lo mal que se lo cita, extrayendo fragmento insulso de un contexto arbolado, excluyendo el frondoso camino que se sintetiza en apunte sencillo, desnudo, débil si no se sabe de donde ha venido ni adónde va.

191

De la diferencia entre los amantes en cuanto a educación, sensibilidad, prestancia y bondad, esta última es la menos deseable. En cuestiones galantes, suele ser mayor el sufrimiento cuando la intención tiene que ver algo en su origen.

192

Nunca, que yo sepa, se ha conseguido percibir algo parecido al júbilo en el sonido de la viola da gamba, ni nada parecido a la estridencia en el arpa, ni nada solemne en el solo de flauta.

193

Nada de lo que hagamos importa nada mientras no sirva para aliviar sufrimientos ajenos. Tal pensamiento nos libera, porque aprendemos a flotar como espectros en nuestro rumbo cotidiano, y nos ata, porque nos ofrece una posibilidad de dar sentido triunfal a todo… una posibilidad costosa para nuestro capricho.

194

Para vencerse a uno mismo hay que aliar a todos los ejércitos de nuestro ser -como el intelecto, el sentimiento y la ritualidad- y de algunos seres más -como los sabios y nuestros vecinos molestos-.

195

Comprender no es perdonar, ni perdonar es comprender: perdonar es comprender y, al tiempo, dar el hecho por poco significativo, o por inútil el no perdonarlo; comprender es ver las cadenas de eventos hasta las causas e intuir que el perdonar o no perdonar no las alterará salvo de ahora en adelante.

196

Es pavorosa la cantidad de hombres que, a la hora de satisfacer sus más vertiginosos impulsos, no se arredran ni ante la moral, ni ante el pudor, ni ante la ley. Miles de ellos son capaces de forzar a una doncella o robar una vida sólo para proporcionarse un relampagueante placer, para prohibirse a sí mismos  el respeto que toda persona se merece de sí misma, y para no caminar nunca más con tranquilidad ante la posibilidad de apresamiento. Tamaña estulticia, madre de todas las oscuridades del ánimo, no puede merecer más que una compasión comparable a la merecida por su víctima.

197

Recordamos mejor los libros breves porque manejamos su esencia con mayor facilidad.

198

Que no estoy hecho para la pecunia lo compruebo en que temo tanto malvivir para obtenerla, como pudrirme en retenerla y enloquecer al disiparla en necedades.

199

Las revoluciones comienzan con bellas palabras, continúan con sangrientas matanzas y acaban en un régimen más o menos tan anodino como aquel contra el cual se levantaron, cuando no considerablemente más zafio.

200

La monogamia es deseada en el enamoramiento, es desafiada durante los principales años del matrimonio y es sobrellevada en la vejez.

201

La soberanía se ha repartido entre tantas manos que ahora ya nadie está seguro de hasta dónde alcanza, ni de qué manos de las que la rozan son las decisivas. Doloroso fracaso.

202

Hay una penetración aguda que permite captar la esencia de un carácter, sus flaquezas y virtudes, su rumbo y sus gustos, con tan solo un breve trato. Tal penetración no se estudia formalmente, carece de normas específicas, y surge de una acumulación de recuerdos, lecturas, reflexiones y, sobre todo, de una sensibilidad interesada en el prójimo, una curiosidad innata, diaria y desinteresada. Sería muy útil a los bandidos y a los ávidos de poder, si no fuese porque surge de la contemplación cuidadosa y continua, a la que aquéllos son tan refractarios como el agua al aceite.

203

Dolor de dedos, persona trabajadora.

204

Tanto afán de construir, y de construir feos edificios, nos dará techo a todos, lo cual es primordial, y nos privará de paseos gratos y reflexivos, lo cual es visado hacia el embrutecimiento.

205

La coqueta no se molesta en mantener la atención del cortejante, como si su gusto estuviese en despertarla una y otra vez cuando ya se ha adormecido. Se sirve de sus encantos para atraer y de sus desaires para probar la insistencia del otro, o para comprobar hasta qué punto agrada de forma natural y sin propornérselo. Suele ser una mujer joven que no busca amor, sino el primer y caprichoso enganche del amor; no busca ternura, sino su anuncio; no galantería, sino repertorio de galantes; no la energía de un carácter viril, sino su derroche. Labra collar de diminutos placeres y posibilidad de arrepentimientos futuros, cuando acabe en brazos de cualquiera por imperativo de la edad o de las estrecheces. Si no termina templándose, se marchará de la vida habiéndose esforzado en no dejar gran recuerdo en nadie.

206

¿Queréis educar a un niño? ¿Queréis fortalecer su corazón ante el infortunio, ablandarlo ante quienes sufren, agilizar su raciocinio, convertirlo en experto de un arte? ¿Dar alimento a su espíritu, cultura a su conversación, delicadeza y conatos de sabiduría, amor a la naturaleza, a la artesanía popular y a los méritos de la humanidad? Ocultadlo, protegeos bien: si se enteran los adultos responsables os acusarán de crueldad o de algo peor.

207

Aunque, por un buen natural, lo procuren superar, un fondo de indiferencia invencible está posado en quienes no han recibido amor de su madre o han tenido que lidiar en la infancia con los más amargos tragos de la muerte.

208

Como la alada mariposa, el carácter ligero, echando a volar nada más posarse, se resiste a ser diseccionado.

209

Con demasiada gente de hoy no podría mantener una conversación que no fuese aburrida quien haya leído una decena de libros clásicos. En tal privilegio lleva su condena.

210

Si hay tanto abandono de amantes, tanta fricción entre ellos, tanta dolencia a la que no saben poner palabras, es, entre otros diversos motivos, porque muchas personas se aburren se decepcionan a sí mismas creyendo, en cambio, que es el otro quien más les aburre y decepciona.

211

Nada esperemos del mundo, salvo las vulgaridades que todos esperan. Lo excelente esperémoslo de otras fuentes.

212

Ya no quedan ancianos que hayan nacido más lejos del siglo anterior. Ahora tenemos nosotros la abrumadora responsabilidad de la custodia de todos los tesoros de los tiempos dignos. Nosotros, criaturas zafias, dando brillo a lo que no entendemos por exceso de esplendor, a cosas que nos ciegan por su luminosidad.

213

Nada más fácil que decir alguna verdad sobre el amor propio, puesto que está por todas partes y se manifiesta de infinitas formas.

214

Toda música que se base en el espectro de los armónicos de Sauveur conservará, cuando menos, un vínculo con la naturaleza y con la misión cósmica de la música.

215

El dinero ha destruido la piedra noble de los antepasados para construir apuntes bancarios en el éter.

216

El mercader, por supuesto, no siempre desea engañar al cliente para obtener mayor precio, pero sí desea que su mercancía sea la más vendida, aun a costa de la lógica y de la armonía del mundo. No es el único que lo hace, ni mucho menos, ni el que lo hace en mayores cantidades, ni con más cruel afán, pero es el que lo hace mejor.

217

El mundo salvaje y la sociedad mercantil tienen un importante rasgo en común: no alientan a sacrificar el interés personal en nombre de ninguna otra cosa.

218

No somos tan nobles cuando ni mencionamos la palabra, ni alabamos a todos los que lo han sido si nos irrita algún rasgo de sus personalidades, ni, sobre todo, si no actuamos como sería menester.

219

Quien confía demasiado en sí mismo se priva de una oportuna educación; mas quien confía menos de lo debido priva de ella al mundo.

220

Vuestro carácter es en su fondo tan hermoso como las intenciones de aquellas lecturas y partituras con que os rodeáis… y está tan poco macerado como vuestros actos y deseos dejen patente.

221

Toda mi verdadera ciencia no me ha proporcionado ni un real, ni un maravedí. ¡Qué libertad! ¡Y qué esclavitud!

222

España, queriendo siempre alcanzar a Europa, se ha alineado con ella al fin… en el momento en que los valores de moda son los más estultos.

223

En estos tiempos de paradoja, el cálculo vuelve loco y la delicadeza obliga a mendigar.

224

La funciones más provechosas del pensamiento son la detección de analogías y la detección de engaños.

225

Al tener contacto con otras razas y pueblos, observo que nuestras costumbres no eran tan inadecuadas para nosotros ni tan atractivas para los demás.

226

La razón más práctica para leer y cultivar las letras es que nos permite dar con el tono preciso de nuestro mente, llamar por su nombre cada parte de nuestras opiniones y afectos; en suma, nos ofrece la posibilidad de moldearnos a nosotros mismos y a nuestra relación con el entorno mediante la formulación precisa de propuestas y llamamientos alentadores a su cumplimiento.

227

No se titubea si el premio es tangible y prometedor de placeres inmediatos, como cuando se espera un cargo, una suma económica o la predisposición de un posible amante.

228

Por lo común, el autor al que acudís en momentos de desánimo dice lo que creéis. Aquel al que acudís en pleno júbilo habla de lo que amáis. En un estado de calma indiferente, se suele sentir uno preparado para lanzarse a quienes pretende refutar.

229

Sólo respirando aire puro se siente uno en perfecta armonía con las palabras alentadoras que escriba.

230

Nuestros proyectos se desenvuelven convenientemente cuando nos rodeamos de personas de provecho, trabajadoras y observadoras, que nos dan la medida en la que mirarnos y que, además, nos lanzan comentarios ocasionales; comentarios que, una vez reunidos, sumarían monto de enseñanzas equivalente al mejor de los bachilleratos.

231

Siempre habrá cerca alguien sufriendo más que quien solicita nuestra ayuda. No se puede estar siempre atento al peor incendio o no se apagará ninguno, y se enloquecerá en ese absurdo paseo.

232

Sentimos mayor decisión para rehuir o plantar cara a un malvado que a un tonto o a un temperamento excesivamente frágil, no sólo porque nos obstaculizará menos la compasión, sino también porque el idioma que con mayor soltura hablamos es el de los malvados.

233

A juicio del ilustrado, si cuenta con esprit de finesse, cualquier afirmación demasiado contundente parece traicionar a su posibilidad opuesta, su parte de razón o al menos, su razón de ser.

234

Bajo los acordes de un Couperin o en las molduras del techo de un palacete de verano, dormita velado un platonismo imperecedero, ya algo enloquecido, sí, pero encadenado a su antigua y noble estirpe que conduce hasta los primeros arquetipos. Hay que saber mirar el principio áureo bajo los flecos engolados. La parsimonia de los reyes paseando por las aguas de un río artificial mientras brotan desde los jardines fuegos de artificios y la orquesta puntea desde otra barca el ritmo de la existencia, eso no es sino símbolo, acaso algo degradado, de la solemnidad que toda alma ha de imitar en su corazón; pues si hay príncipes y palacios es para que en cada corazón humano haya, como por infección, algo de principesco y algo de palaciego. La función del aristócrata es imprescindible en el tiempo en que los sacerdotes pierden la pureza de su voz o hacen de su idioma algo incomprensible para el pueblo. El aristócrata no está para transmitir una doctrina, pues en los más casos desconoce cualquiera de ellas. Su misión es irradiar un temperamento justo, un colorido adecuado y lírico, un modelo de gestualidad, como una escultura clásica en movimiento. Esta ejemplaridad está, naturalmente, condenada al fracaso demasiado a menudo, y, de romper el difícil equilibrio entre privilegio y justicia, entre grandeza y compasión, surgen los destronamientos y las revoluciones, no sin poderosos motivos, como terrible Némesis que nos castiga a todos por igual, en democrático reparto.

235

Quedan los palacios -dicen- y las fuentes y las partituras y algunos muebles y vestidos, reducido todo a museo. Un platónico nunca cambiará las almas por sus escafandras. ¿Qué es un palacio sin príncipe, un catecismo sin piedad, una sonata sin un oído compenetrado con su retórica, una bandera sin una visión sagrada de la patria, una fuente sin jugueteo de ninfas, unas redondillas sin el entusiasmo ruidoso de un auditorio o la atención de una joven agasajada por el cortejo, una peluca grisácea sin una galantería disparada por los labios de un doncel? Diré lo que es: tramoya, decorado de cartón, superflua emulación de la nostalgia, ceniza y cadáver sostenido en pie por la fuerza de la inercia y del no sé qué que viene de verse a uno vacío de toda luz.

236

Aceptaría que los palacios se nos vedasen a los plebeyos en los tiempos en que eso sucedía porque sé en aquel entonces habría sido fácil renunciar a ciertos espacios recibiendo a cambio otros con un mínimo de dignidad. Cuando la arquitectura no era reparto barato de meros techos, la aristocracia, en cuanto a patrimonio, solamente sobresalía en dimensiones, no en esencia.

237

Bailamos todos los seres del universo, ancianos irresolutos, y algunos de los más agudos se aperciben de ello, y por ello bailan mejor, recreando la música de los mundos, que no es otra que la vibración de los cuerpos intercalada por los silencios cadenciosos de los corazones.

238

Cada pensamiento y cada acto se debe a tantos pensamientos y tantos actos de otras personas que apenas podremos decir que son nuestros.

239

Habiendo conocido el rango de registros por los que puede determinarse mi ser moral solamente por ser estimulado por los agentes pertinentes, habiendo reconocido a mi más auténtico yo en las palabras de un poeta griego o en la melodía de una canción trovadoresca, puedo aprender a sentir cada vez más como ajena esta determinación actual, circunscrita a una mera costumbre, costumbre a la que ninguna otra autoridad que ella misma me somete.

240

A los sacerdotes hodiernos les sobra tanta gazmoñería y filosofía profana como les falta exégesis e inspiración ardiente.

241

No hay que olvidar tampoco que, dada la ausencia de un centro real en los planos más burdos de existencia, para otros mundos el nuestro es su cielo más próximo.

242

El hombre ilustrado -el que no estaba aún infectado de utopías demenciales- reconocía las imperfecciones de su raza y de su sistema, pero intuía que las costumbres habían permanecido en la humanidad por una aceptable economía del sufrimiento que no sería ofrecida por ninguna alternativa. El hombre refinado del Siglo de las Luces podía creerse el más connaisseur de entre los siglos, pero no caía en la arrogancia de creerse el que habría de abolirlo todo. No solamente el aristócrata que vivía a costa del trabajo ajeno, sino cualquier persona medianamente sensata sabía que recomenzar las leyes obligaría de nuevo al penoso ascenso hasta el cierre de todas las lagunas y contradicciones a las que se enfrentan los fundadores de una tribu.

243

Abrazar la decadencia supone en último término no haberla entendido por completo. O, dicho de otro modo: cuando uno se vuelve insensible al derrumbamiento, será la próxima víctima.

244

A fuerza de hablar ingeniosamente en torno al pecado, siquiera sea para condenarlo, se corre el riesgo de tomarle afecto, y es que nada resulta más fácil que encariñarse con aquello que se rodea de encanto, mucho menos si alimenta al mismo tiempo placer y amor propio.

245

Por muy útil que sea para el espíritu el cuestionar finamente los fundamentos mundanos de la sociedad y de la moral, había que contar con que los caracteres ardorosos, no aplacados por la delicadeza del sentido de la costumbre ni por el cultivo de la sensibilidad prudente, desconocedores de que retirar completamente un velo conlleva desvelo, serían incapaces de resistir la deducción más brutal que surge de los silogismos racionalistas.

246

Nadie sino el anciano baldío puede valorar con justeza la eterna juventud de quien no ha llegado hasta tamaña decadencia. Sólo un europeo o un hijo de europeos puede ahora contemplar con la veneración merecida los templos abarrotados en la India y la moral confuciana de los últimos chinos tradicionales, mucho mejor que los propios indios y los propios chinos. Pues el europeo reconoce allí todo lo que él ha perdido por un mal pacto.

247

El comercio aleló a las naciones, la democracia las decapitó, la superposición de culturas las confundió, el vulgarismo las hizo hirientes a la vista, el ateísmo las reventó.

248

No se valora lo bastante hasta qué punto la arquitectura que nos circunda nos marca el paso. ¿No tiene sentido la posibilidad de que no se sientan y piensen las mismas cosas viviendo en Praga que en Nueva York o Singapur, que en cada uno esos lugares haya una dimensión distinta en la filosofía, en la misa, en el poema o en la conversación?

249

Cuando una civilización no se apresta a compactarse en torno a una idea simple de sí misma, se disgrega en un sinfín de complejidades indómitas, como el hielo se deshace si no se impone un duro frío. Sin el apego a un modelo, el carácter se desparrama como las raíces de la planta que han sido liberadas del hermoso tiesto, sin ver que no ha superado las amenazas hostiles, sino que las ha multiplicado por cuanto proliferan las amenazas en el vacío, en campo abierto.

250

Sin sacralidad, una nación no es más que un conjunto de fronteras negociables y de leyes perfectibles. Sin bendición del Cielo carece de definición porque no se reconoce en el reflejo de confines empíreos más dignos. Sin tensión fronteriza es un recipiente enclenque en el que los límites otrora rígidos se han dado de sí. Sin un monumento que simbolice la centralidad de su territorio, es una oquedad sin aroma irrenunciable. Sin una fecha que siquiera legendariamente especifique su entrada en la existencia, es un vagabundo del devenir, desconocedor de su propia edad y de lo que le queda esperar de sus actos.

251

Un pueblo sólo muere bajo la espada o de desamor. Lo que mantiene a la nación con vida es la humildad frente a los dioses y la arrogancia frente a las otras naciones; invertidos ambos presupuestos, sólo le queda languidecer y ser perforada por los bárbaros que acuden a la invitación.

252

Si ha de volverse racista por imperativo alimentario, el hombre blanco toleraría a lo sumo una pequeña dictadura, ese Leviatán burgués de las pasiones. Toleraría un autoritarismo quirúrgico, un estruendo relampagueante al que se le concedería una única sacudida para restaurar la marcha de las cosas. Pero es imposible que sea exitoso un déspota vigilado, al que se pidan cuentas, al que se censure con miramientos, como un criado entronizado que no lograse erradicar la familiaridad con la que le siguen tratando sus antiguos camaradas de oficio. Por fuerza de su anemia espiritual, ni en el mismo Infierno sería capaz el hombre blanco de librarse de sus pulcros melindres deontológicos y su obsesión por conversar. En consecuencia, su raza se diluirá en este siglo, y, dado lo avanzado de la situación, así debe ser.

253

Lo digno de lamento no es la muerte de una cultura, pues no ha sido la primera ni la más bella en sufrirla; lo lamentable es que apenas podemos confiar ya en los bárbaros. Difícilmente podrán recomponer los cimientos de una uniformidad sensata, desconcertados como están ante el panorama embrutecido de los decadentes. Tomarán lo peor de su origen y del nuestro, teñirán la raza, dejarán caer los mejores ídolos… pero no erguirán una limpieza en profundidad. Nada como el raciocinio volcado en la indolencia para echar a perder todos los entusiasmos productivos, para contagiar calmos desalientos. Dos siglos de repensar prejuicios han dejado a Occidente como cuna del sacerdocio del caos: su victoria es la violación de todas las santidades, el híbrido de todos los engendros, la inoculación de necias indolencias y de perniciosas asociaciones de ideas, la castración definitiva, la imposibilidad de todo reinicio.

254

La interioridad es el último refugio de los descastados, refugio al que se ven abocados providencialmente, pues sólo allí puede hallarse paz incólume; los que pretendan liberarse del horror a toda costa empiezan a estar ya condenados a la búsqueda del Nirvana. Nunca se habrían animado a tamaña expedición si no los cercasen las Tinieblas, si no fuesen los nietos de naciones abúlicas.

255

La Historia, movimiento colectivo, ha terminado en lo que tenía de ascenso, y nos ha dejado en inane meseta ubicua: el resto del camino habremos de hacerlo solos.

256

Nuestras sociedades lo soportan todo a excepción de lo único digno de ser soportado: un centro estable. Hemos legislado hasta el más ínfimo rincón de la naturaleza humana, pero, sin embargo, los pueblos son ahora panales  azarosos en los que poco tiene sentido y todo responde a mera causalidad de fuerzas ajenas a la razón y a lo bello.

257

Vivimos envueltos entre comodidades que decimos despreciar, y tanto más refinada es un alma cuanto más ruidosamente cae en esta infantil contradicción.

258

Habrá quien se pregunte a qué esta disposición mía a alternar frivolidad y gravedad, a suceder chascarrillos con contemplaciones teológicas, a fascinarse con el juego de las anécdotas de sociedad y el enigma de que alumbra nuestras oscuridades. La respuesta es tan divertida como profunda: todo tiene, en su naturaleza última y aun en otros niveles intermedios, el mismo sabor.

259

El fin del mundo es una nota a pie de página en mi doctrina, un recordatorio periódico y propedéutico. Carece de importancia efectiva, y prueba de ello es que, habiéndose producido ya, seguimos conversando y ahítos de mil y un afanes. De otro modo sería poco compasivo: no es de buen tono recordar a un muerto su condición sin ofrecer alternativas.

260

Habéis nacido para algo más que para negarlo. Forzáis vuestra naturaleza cruelmente. Os estáis exigiendo mucho si os exigís poco. Nos merecemos merecer mucho.

261

Amar es tan importante para la propia alma porque, cuando es impulso genuino, decidido y bien orientado por el ejemplo adecuado, motiva para el cultivo de restantes virtudes; y solamente cuando éstas han operado su purificación, ya con carácter noble y con sabiduría no afeada por agitaciones del corazón, se está en condiciones de auxiliar eficazmente a los seres sensibles.

262

Si no estoy a la altura de mis palabras, al menos creo que hay corrección y fuerza en ellas, sobre todo porque su fondo no es mío y sí de la humanidad que me lo ha legado. De modo que me oprimen mejor o peor por la senda adecuada, sobre la que camino con timidez y titubeo. Y, por si esa fuerza fuera poca, acaso estimulen a alguien más a transitar por senda similar, haciendo de mi intención las veces del acto que todavía no acometo en el mundo con la suficiente pujanza.

263

Algún día debería dejar de recoger máximas morales y pasar a hacer máximo mi recogimiento en la moral.

264

En realidad, uno solamente puede confiar en un único sabio: su yo del futuro.

265

No se debe censurar un carácter frío cuando se desconoce si no se deberá su frialdad a una necesidad pasada de apagar violentos incendios del alma prendidos por el infortunio.

266

A todos agrada la agreste campechanía, a nadie enamora salvo al campechano.

267

Un halo de resignación se ha instalado en la mujer que ha perdido el gusto por enamorar.

268

Aun más en la siembra de la virtud que en el amorío, merece la pena penar por merecer. Porque la virtud es conquista blindada y tesoro que podemos repartir sin que se menoscabe y sin que nadie sufra.

269

El interés demasiado súbito asusta al amado, quien no confía tanto en sí mismo como para encandilar hasta tal punto sin que haya trastorno en el pretendiente.

270

Tocar un instrumento como la flauta o el clave fortalece e independiza nuestros dedos, dándoles además sensibilidad y gracia, y así se trasladan tales efectos a las caricias.

271

Hay tanto que decir sobre las injusticias que sufren los animales a manos del hombre que apenas nos atrevemos a mencionar las angustias que padecen en su medio salvaje, donde el frío, el hambre, la depredación, las enfermedades o la mortandad generalizada en las primeras etapas de vida hacen pensar algunas cosas sobre la tragedia de la existencia y los descosidos que inundan el tapiz del universo, hermoso sobre todo en sus superficies desiertas o en firmamento perlado de estrellas muertas. Si el sufrimiento aparentemente azaroso es el mayor problema del que tiene que dar cuenta el teólogo, la vida animal en la naturaleza habrá de ser, sin duda, la piedra de toque de toda su justificación, sea ésta cual sea.

272

“Amo a quien me ama, odio a quien me odia”, se dice a sí misma cada criatura; el Sermón de la Montaña, por mucho que lo pronunciase el mismísimo Señor, no puede lograr que en grandes proporciones olviden los pueblos, las familias y los individuos el principio de reciprocidad y compensación, que parece gobernar tantas y tantas fuerzas en el orbe.

273

Un día sin vigilar las propias faltas es casi un día perdido si no se han prodigado los aciertos en una mayor proporción.

274

Carece de importancia un problema al que no prestasen atención los antiguos griegos.

275

No es la vida lo que echaremos de menos en el lecho de muerte -si contamos con un lecho en el momento-, sino un sentido comprensible que haga de la muerte un capítulo final y no el final abrupto que sufre la novela a la que un analfabeto arrancó bruscamente las hojas.

276

La belleza nos seduce para que la seducción nos haga bellos.

277

Muchos hombres incrementan su bondad hasta un determinado punto, hasta una jornada a partir de la cual su inteligencia, su pereza o su miedo no permitió proseguir. Pero mantener el territorio ganado, vencer la tentación de ceder y de probar nuevas emociones en ámbitos diferentes, eso tiene un valor comparable a la crianza de nuevas virtudes. No se puede pedir a nadie que se haga infinito; sí se debería recomendar, sin embargo, que el bien no pierda su pie en la corte de sus preocupaciones.

278

Nuevas mentiras también descubren nuevas verdades, al menos en la medida en que a toda afirmación corresponde una negación que la rechaza.

279

Música y pintura deleitan a los cultivados, pero la arquitectura debería ser antes que las otras cuestión nacional por su manera de imponerse a todos, nobles, burgueses, religiosos y tercer estado, afectándolos de un modo u otro.

280

Friccionar con gran fuerza los músculos y tendones cuando duelan si no es justo tras un golpe, aplicar apósitos de ajo en las infecciones de hongos y exponer extensamente la zona al sol, untarse con vinagre para ahuyentar a los mosquitos, comer alimentos fermentados para evitar hongos y cúrcuma para los restantes gérmenes, nunca vestir ropa interior mojada, beber un vaso de agua en ayunas para prevenir el estreñimiento, tomar jengibre en infusión ante resfriados y malas digestiones, desinflamar con hielo las contusiones… remedios ancestrales que deberían mantener alejados a los médicos durante un considerable periodo de tiempo.

281

Comprenderíamos a todo necio si comprendiésemos toda nuestra propia necedad.

282

Lo más probable es que con religión no vayamos a ninguna parte. Lo que es probable es que sin ella vayamos derechos a uno o varios infiernos.

283

Tengo tanto respeto a la ignorancia humana en torno a las estructuras elementales de la materia que cualquier afirmación sobre ellas, por fantasiosa que sea, me parece motivo de reflexión y una posibilidad tan plausible como cualquier otra que la contradiga, y ello también porque, a decir de los físicos, no hay nada más contradictorio que las composiciones ínfimas de los átomos. Y, si lo elemental es tan absurdo, tan misterioso, ¿qué no decir de lo visible o, todavía más, de las ilusiones de las almas? Los dioses que lanzan rayos, la sincronía entre partes distantes del cosmos, la reencarnación, la mente universal, los milagros, la justicia divina… pliegues superpuestos de los mundos que se confunden y que a menudo tomamos por uno solo, sin que sepamos de cuántos se trata y en qué modo se reproducen o se contraen.

284

Hay un momento en que el vicio se cansa de sí mismo, y la perspicacia de su esclavo lo llevará hasta su antídoto de forma bastante natural, si lo ayuda con esfuerzo, que nunca sobra. Se puede, por ejemplo, dejar de envidiar por envidia a quienes no envidian.

285

He llegado a la penosa conclusión de que nada me preocupa más que el dolor físico, propio y ajeno. Ése es el motivo último de todas mis excursiones por la filosofía. Y, sabiendo lo que sabemos de las peripecias del pasado, el presente y el futuro, es la más clamorosa y exigente de las preocupaciones.

286

La visión de una nube en el cielo siempre me ha llevado a más pensamientos sobre la belleza, la contingencia de las formas y la naturaleza última de las cosas que ningún libro escrito en mi siglo.

287

Se detecta una mínima partícula de amor puro por alguien cuando no estaríamos dispuestos a conceder su suplicio, su muerte o su condenación póstuma siquiera a cambio siquiera de nuestro bienestar eterno. Se detecta un amor infinito cuando estaríamos dispuestos a ser nosotros los ajusticiados para coronar la eternidad del amado.

288

El mundo se encamina por derroteros tan opuestos a mi sensibilidad que a menudo me resisto a atender las enseñanzas que aquél es todavía capaz de ofrecer. Nada más estúpido que permanecer en el siglo volviéndole la espalda.

289

Es fácil el éxito pecuniario si se renuncia a todos los demás éxitos que agradan al corazón. En cierto modo, se es un fracasado si no se fracasa en una sociedad fracasada.

290

Regalad, auxiliad, conversad, confesad, escuchad, leed, cantad, abrazad, celebrad, preguntad, contemplad, imaginad, labrad, nadad, reflexionad, amad, aceptad. ¿Hay fórmula más directa para obtener una felicidad más que aceptable?

291

Quien no se ve reflejado en cualquier animal, grande o pequeño, inteligente o tonto, expresivo o mudo, no ha entendido la naturaleza de la compasión ni, sobre todo, la suya propia.

292

El Averno no está en intangible distancia fuera del tiempo, sino en las guerras actuales, en la conciencia de los dementes y en los mataderos.

293

No hay grandes religiones más ciertas que otras si lograron pacificar completamente a numerosas almas. Tampoco un mapa es más cierto que otro: el buen mapa es que el llevó a la meta, aun suponiendo que estuviese poblado de garabatos fantásticos para no asustar al viajero o, al contrario, para convencerlo del peligro de desviarse. Sí que es cierto que no todos los credos admiten abiertamente -fuera de unos pocos santos- que, llegados a la última etapa, se ha de olvidar todo dogma para traspasar el último umbral; pero esto tan solo interesa a quien llegó tan lejos, y, al ser pocos y lúcidos los que arribaron, casi siempre acaban dando intuitivamente con esa verdad secreta.

294

Curiosa mezcla de alegría y tristeza el encontrar autores o caracteres compuestos por fuerzas increíblemente similares a las mías en su proporción mas dirigidas a objetivos tan dispares. Dos corredores igualmente rápidos y audaces pueden acabar en los puntos más alejados si toman caminos opuestos. El entendimiento, no obstante, es posible en la evaluación del conflicto inicial, en la descripción del punto de partida.

295

Se desequilibra y cojea cualquiera que no cultive al mismo tiempo músculo, pensamiento y virtud.

296

En honor a Diotima, reconozcamos que nunca está tan decidido un hombre a amar al mundo como cuando ama a una mujer.

297

En cierta manera, un zapatero sabe más de los hombres reflexivos que ellos mismos, pues, mientras éstos creen definir sus mayores necesidades con grandilocuente vocabulario, aquél sabe perfectamente que más necesitan de unos zapatos.

298

La fe sirve a los dioses, la superstición sirve a los genios locales, la incredulidad sirve a los demonios.

299

Aunque os hayáis equivocado de siglo al nacer ahora, reconoced que permanece en éste y en el mismo grado aquello que hace de cualquier siglo una portentosa oportunidad para la purificación, para el aprendizaje o incluso para el placer: la humanidad.

300

No habría que preguntarse hacia qué naturaleza dirigir nuestra alma, sino en qué tipo de alma configurar nuestra naturaleza.

301

Desde que los banqueros, a fin de no empeorar su imagen de poco compasivos, permiten a los mendigos dormir a la puerta de sus sucursales, huelen éstas a podrido en todos los sentidos de la expresión.

302

Ningún sistema moral o político cierra el círculo, sin que ello impida que muchos sistemas no lleguen a cubrir ni siquiera noventa grados.

303

Es sumamente preocupante que una ciudad moderna, altamente racionalizada, con recursos, supuestamente dirigida por individuos educados, es incapaz de satisfacer con eficacia la gestión de muchos de sus barrios, incluidos algunos de los más visitados; es, digo, sumamente preocupante, no ya por esos barrios, sino porque, si se fracasa en algo tan sencillo con tanto viento soplando a favor, ¿qué no será de las naciones, del respeto a la naturaleza, de la distribución de justos beneficios, de la humanidad?

304

Es común negarse a reconocer un bien que resplandece sin tramoyas ante sus ojos, y es actitud tan propia de rigoristas que desconfían de cualquier satisfacción como de quienes se han comprometido con la coherencia en su visión trágica sobre la incoherencia de todas las cosas. ¡Qué bello sería no temerse a uno mismo y no embellecer el temor!

305

Nos seducen las aflicciones tanto como los placeres; nos sentimos huérfanos sin la sístole y diástole de la vida, como si temiésemos que se nos fuese a detener el corazón al abandonar el enloquecido juego.

306

Sabemos más de lo que nos gustaría y menos de lo que nos conviene. Solamente en el ámbito perfectamente profano se produce la sensación de que lo cierto es lo contrario.

307

¿Cómo puede un solo beso ensombrecer nuestra filosofía e iluminar nuestra sangre?

308

La inspiración del talento no consiste más que en caldear la cabeza mediante recuerdos, esperanzas, muchas lecturas mezcladas, o aislamiento y sociabilidad rápidamente alternadas. El momento más propicio es el que sucede a una conversación profunda, al recibimiento de una noticia dramática, al sentirnos enamorados, al alba, en mitad de la noche junto a una vez y música íntima, en el campo abierto, etc.

309

Antes de declarar un amor conviene pensar en el deber de darse a los demás y en la inanidad de todas las cosas: así seremos de una dulzura pura y firme al mismo tiempo, y causaremos mayor impresión, amén de que saldremos con buen pie de cualquier consecuencia en que vaya a parar el galanteo, convencidos como estaremos de que tanto nosotros como la persona amada habremos actuado cada uno de la manera adecuada, natural, inevitable, inofensiva.

310

De entre las infinitas observaciones sutilísimas de La Bruyère sobre el amor, recuerdo ésta: “Para el que ama mucho es una dulce venganza hacer, por todos los medios, de una persona ingrata, una muy ingrata”. Hay, ciertamente, una vanidad discreta pero de núcleo ardiente en desear lo mejor a quien no nos lo desea tanto, a fin de merecer uno lo mejor. Triste generosidad.

311

En el carácter celoso se observa a la vez una melancolía infantil, una ira juvenil y una ignorancia impropia de la edad madura. En el no celoso acaso aparecerá tan sólo la melancolía del exiliado.

312

Claudiquemos antes de llegar a considerar que triunfar implica perderle respeto a la honorabilidad de ciertas claudicaciones.

314

Probablemente el rostro más bello del planeta esté acarreando piedras en algún lamentable rincón de Asia; la inteligencia más portentosa esté ocupada en labores de bracero; la mayor bondad esté olvidada más allá de su comarca; y con esa falta de oportunidad nos hemos premiado los hombres a nosotros mismos, y con ello hemos de convivir.

315

Sabéis que sabéis lo que sabríais saber mejor.

316

La verdad duele… duele en la herida que causó la falsedad.

317

¿Cómo salvarse? Acaso renunciando a la salvación sin renunciar a los no salvados.

318

Dos y dos son cuatro, salvo error u omisión.

319

Una vez ha amanecido, los demonios y los ángeles que revolotean en torno al ánimo se van a dormir un rato, dejándonos a solas con nuestro ímpetu.

320

No hay que congraciarse con el destino, pero sí con las leyes que lo rigen o nunca lo tendremos bueno.

  

321

Presentar el problema en toda su crudeza es primer capítulo útil de un método, pero glosarlo sin cesar acaso sea adicción perversa.

322

Nada hacemos en exceso las personas pretendidamente decentes, salvo cultivar el amor propio, causa de todos los excesos cuando no se pretende siquiera aparentar decencia.

323

El descenso al Infierno es útil por ganar fuerza determinación en buscar el Cielo. A falta de un Cielo en el que creer, la estancia en el Infierno ha de evitarse de todo punto, a riesgo de no encontrar la salida ni una razón para buscarla.

324

Una de las razones por las que adoro a los literatos aficionados del gran siglo es que, gozando de intensa vida y cultura, suelen escribir sobre sí mismos, transmitiéndonos el punto en que ambas facetas coinciden y el punto en el que chocan y se duelen.

325

Sorprende sobremanera ver cómo hombres maduros, con gran cultura y humanidad, con tesón y saber hacer, fallan en algún principio esperable hasta del más bobo. ¿Quién no conoce casos de maridos que renuncian a familia y amigos por satisfacer el capricho envidioso de la esposa? ¿No han aprendido que la compasión exige a menudo no ceder a las alucinaciones del enfermo, y que a nadie beneficia desnutrir de tal modo el carácter, y que ningún autor recomienda sustituir justo afecto por obediencia estulta, y que no es siquiera de buen jugador levantarse bruscamente de la mesa y abandonar la partida? Ni un mal consejo, ni la comodidad de evitarse enfrentamientos diarios, ni agradar a quien le queda mucho por aprender, ni desde luego el qué dirán, son motivos suficientes para faltar el respeto a todas las partes implicadas. Y eso habiendo dado mayores muestras de grandeza en incontables ocasiones. En ese comportamiento se percibe una falta de inteligencia, o una falta de memoria por no recordar alguna de las primeras lecciones de la vida, de la que se marcharán con deformado expediente, como si un noble caballero de cincuenta años olvidase un buen día que hay que saludar al entrar en los sitios o que, además de amar a los enemigos, hay que amar a los amigos.

326

No vemos que quien haya leído vorazmente a Aristóteles o a Kant sea claramente mejor persona, ni más prudente en su forma de tratar a los demás, ni más lúcido a la hora de captar las motivaciones del corazón humano, con sus bondades y tinieblas. A menudo vemos lo contrario. Lo mismo, además, puede decirse respecto de los idólatras de Homero o de Molière. Sin embargo, se ven entre quienes repasan versículos evangélicos o epístolas paulinas muchas almas dulcificadas por la paciencia, por la magnificencia o por una alegría sin soberbia. Lo que está en juego en una buena homilía es infinitamente más vívido, más ardiente y más más exigente que lo que cualquier filósofo o poeta pagano haya querido convertir en catecismo sin convencer del todo a nadie.

327

¿Os presentáis a un cargo público? Preparaos para el juego. En primer lugar, organizad vuestra trayectoria desde bien jóvenes: no os distraigáis con estudios demasiado variados o con el placer de la lectura inútil. Después, llegado el momento de la competición, haríais bien en afear los actos de los demás candidatos, en protestar si tienen éxito, ocultarles la información que vosotros manejáis. A ser posible, vivid de vuestra familia, no trabajéis, sacrificad amistades y obras de caridad, a fin de tener tiempo para estudiar y reunir papeles sellados. Sobre todo es imprescindible que dediquéis la mayor parte de vuestras energías a cumplir con trámites absurdos sin más finalidad que descartar a todos los que no tengan tanto interés en sí mismos como para relegar a un segundo plano el arte o talento por el que optaban al puesto. En última instancia, tened buenos amigos en las inmediaciones del tribunal u otros los tendrán por vos. Soñad día y noche con espíritu mezquino. Así es como las luces que acaudillan a nuestra nación deciden escoger a los más mediocres para servir al pueblo bajo sus auspicios. Una vez escogidos, podrán éstos olvidarse incluso de las exigencias, absurdas o no, seguros como están de que la república les concederá una buena paga vitalicia por incumplir las tareas definidas en los decretos, más que olvidados, que otrora memorizaron mejor que nadie.

328

Como dicen, comprenderás más en otra vida; por ello, harías bien en comenzar esa nueva vida ahora mismo, en este mismo cuerpo, con el mismo nombre por el que te llaman.

329

Nos acercamos a la muerte como si no fuésemos a sentir un vértigo cual ningún otro cuando atravesemos su umbral, cuando maldeciremos algunos o muchos de nuestros pasos previos. Amamos con estudiada parsimonia, como si no fuese en el derroche donde caminaríamos con total despreocupación por nuestras heridas y no fuese allí donde quedará enmarcada la admiración de los demás por nuestro recuerdo. Hablamos como si no dudásemos y pecamos como si no tuviésemos certeza de la melancolía que brotará insidiosa al instante siguiente. Reímos como si no supiésemos llorar, y lloramos como si no pudiésemos reconocer la vanidad de las cosas, como todos hemos hecho más de una vez. Lo hacemos todo para ganarnos un título en jadeos, una mención en acercamientos fracasados, victorias pírricas con sabor a ajenjo o a algo mucho peor.

330

Una doncella no nos hace caso: se muestra, revolotea, se aleja. Nos deja con sudorosas meditaciones y lánguidas nostalgias mientras ella duerme a pierna suelta. ¿Y bien? ¿No es una ciudadana libre? Tiene tanto derecho a enamorar y no amar como nosotros a desear haber nacido con su natural, con su arte innato para reposar en los mismos derechos que a nosotros, poseyéndolos en igual grado, nos atormentan.

331

La calidad humana se detecta bastante bien según el trato con el vecino.

332

A tantos miramientos, tantas fantasías. Ser de pensamientos en exceso prudentes y observadores puede ocultar intenciones dispersas, ambiciones desmedidas, heroísmos por nacer.

333

Pienso en un hombre con algo de inteligencia, con otro poco de fuerza, ciertos sentimientos encontrados y un punto de malicia. Se maneja por el mundo haciendo cada día lo que puede por estar en buena posición, sin que falte nade de lo que los demás defienden y celebran: ni carruajes, ni buena ropa, ni ingresos, ni sucesivas amantes, ni viajes, ni la linterna mágica de moda… Nada falta en su haber, en su búsqueda diaria o, al menos, en su aspiración. Reconoce de pasada la belleza de unas palabras o de una fina música: la olvida pronto. No queriendo tomarse demasiadas confianzas con los anhelos más profundos y meditativos de su alma, se esfuerza por proseguir a buen paso. Conoce a un caballero, conversa con otro; con todos se lleva bien, con ninguno se detiene a confesarse ni a escuchar confesiones. Pasa entre los amigos sin conocerlos y entre los necesitados sin dar apenas nada. Con dificultad y poco interés conoce los dramas de su propia familia. Nada deja huella en su mirada, nada lo hará recogerse durante un par de días si no es el modo de recorrerlos con más peripecia y renta, no variará el ritmo por ninguna cavilación que no sea la enfocada a acelerarlo. Desea a las mujeres, a veces hasta se enamora, pero rápidamente las anula convirtiéndolas en recuerdos que no consultará nunca. Dice en el foro lamentar la justicia que se ausenta de su pequeño mundo sin que nunca la haya perseguido desde su adolescencia, a no ser para él mismo. No le interesa no ser menos, sino aparentar ser más. Ese hombre se mide en su propio espejo, aprovecha los plazos cortos, quita hierro a la historia y las costumbres de los pueblos, decide por cálculo o por avidez, arrincona a todo el que no proporcione cetros, monedas o placeres. ¿Quién no conoce a alguien así? Más aún: ¿quién no se ha reconocido en ese retrato en diversas noches tranquilas, cuando el movimiento de la plebe lo ha dejado de arrastrar por un momento, cuando ha detenido en seco su avaricia sin porqué, cuando se ha visto convertido en lo que despreciaba?

334

Una de las ventajas de haberse curtido en bastantes decepciones es el tener ya muy ensayada la sonrisa. También puede llegar a volverse una de las mayores desdichas.

335

Me temo que, al igual que la realidad -y acaso sea lo único en que se le parece-, mi doctrina que queda conformada por mis opiniones ya no se deja atrapar fácilmente. Lo único de lo que nunca dudo es de la necesidad de profundizar en la virtud, en todas las dimensiones de la palabra; lo demás lo tomo por provisional.

336

A nadie dice apreciar tanto la nación, desde el soberano hasta el pueblo, como a quien se dedica a aliviar sufrimientos… y a nadie se le premia menos, se le ponen más obstáculos y se olvida más rápidamente.

337

Uno debería acercarse a la verdad por el atajo que lleve a encontrarla de frente, y no siguiéndola por detrás, como recogiendo su caduca estela; más vale aprender con trabajo que demasiado tarde.

338

Bastante tenéis vos con una única tarea, una evidencia moral, un mandato divino, que exigirá todas vuestras fuerzas: siempre podréis amar más.

339

La moral profana convence más o menos a todos. La moral religiosa convence a los que están dispuestos a actuar.

340

Antes moriríamos que aceptar un lance de honor, o que disciplinar nuestra muelle avidez cotidiana, o que llevarle la contraria a quien juzgamos herido por nuestros antepasados.

341

El varón saca fuerzas de su propio deseo insatisfecho; la mujer las saca del deseo ajeno. Él ha de defender con violencia las fronteras; ella defiende las fronteras de la violencia. Él ha de conquistarla a ella y ella ha de conseguir que no pase a conquistar a otras. Él ama a la mujer como raza, pero ella ama a un individuo con nombre. Él quiere dejar libres sus grandes aspiraciones, mientras que la aspiración de ella es hacer algo más grande su libertad. Y, antes que la libertad, él buscaba la grandeza llameante y ella la integridad apacible del conjunto; él anhelaba rozar el todo y ella abrazar una parte. Él no puede mostrar sentimiento de debilidad; ella está obligada a hacerlo. La maldición del uno es su músculo y el miedo que infunda; la de la otra, su debilidad y el placer que prometa. La cabeza masculina se caldea en la exploración, y sus manos en la batalla; la cabeza femenina hace lo propio en salones y alcobas, pero caldea sus manos en la cocina. Para un gentilhombre, el hogar es su punto de partida; para una dama, la distancia más lejana a la que podrá llegar.

342

Los gestos de una mujer siempre han estado medidos: cualquier paso en falso podía resultarle fatal. La mujer  ha de escoger una sola vez al padre de los hijos que ya nunca se le despegarán, ha de evitar dar el más mínimo motivo a los hombres de su alrededor para que la repudien o la lapiden, había de garantizar por tretas y medios indirectos gozar de herencias y seguridades que la jurisprudencia abierta le negaba; y todo ello contando con el tiempo en contra, sabiendo que una edad con una belleza en declive dificultará sus probabilidades de triunfo en todas aquellas trincheras. No se le podía reprochar, por lo tanto, que se conformase con buenos partidos antes que con el apasionamiento o que hiciese de la habladuría su proyectil preferido para apartar a abusadores y competidoras. Y, entre las prohibiciones de la sociedad, la astucia que precisó para eludirlas y el amor que repentinamente lo hacía estallar todo por los aires, ¿qué espacio quedaba en la mujer para dedicarse a discernir las configuraciones de los mundos, las propiedades de los números o la eficacia de las repúblicas? Si no suele suele dedicarse al pensamiento más técnico es por costumbre de tener que dedicar su inteligencia a lidiar con costumbres que la gravaban por ser mujer. Eso sin negar la fluidez atávica de su sangre hacia la seguridad o la imposibilidad material de leer libros por imposición de decreto.

343

Es común aducir que nada importa nada. Otro tanto es decir que sólo importa el placer. Por último, hay quienes piensan que lo único verdaderamente importante es no sufrir. Ésta última opción parece la menos insensata, toda vez que sin su cumplimiento uno no lograría asumir las otras posibilidades. Ante una angustia leve, alguien puede sentir la falta de sentido de todo; pero ante una gran angustia se siente un sentido brutal con todo su insufrible peso.

344

Me pregunto si no será más importante el derecho a asistencia -conveniente a todos los seres animales- que otros derechos reclamados por primera vez por la burguesía ilustrada. ¿Es más importante el derecho al cuidado médico o el derecho a la libertad de expresión? Un ciervo o un pigmeo lo tendrían claro si supiesen discriminar cabalmente, pero entre europeos podrá haber discrepancias; y entre éstas perecerán, seguramente, todos los derechos.

345

Los que con más énfasis alegan que el vicio solamente es vicio en función de la actitud suelen tenerla mala.

346

Restañar la fractura de un pueblo conlleva el paso de varias generaciones esforzadas, mientras que producir la fractura  precisa de una única generación ociosa.

347

¿Cómo no va a ser feo el mundo si lo que ahora se considera dignidad y libertad no era considerado en otros tiempos sino vergüenza e incontinencia respectivamente?

348

Un pueblo solamente desea estar en paz con otro si no admite presencia de uno en otro ni para bien ni para mal; o, aun mejor, si, admitiéndola, tolera los matrimonios mixtos sin imponer conversiones, y si no castiga la apostasía ni el libre acercamiento a la moral ajena. Todo lo demás es engañifa que no engaña a nadie y que, sin embargo, se terminará por imponer.

349

El estudio de las letras nos permite reducir el número de nuestras contradicciones verbales, pero puede multiplicar las de nuestro pensamiento, y, por supuesto, no tiene por qué alterar significativamente las de nuestros actos.

350

La sensación de culpa histórica por los errores de nuestros antepasados puede desembocar en los mayores errores futuros; en nuestra penitencia llevamos nuestro pecado.

351

Si una mentira repetida mil veces acaba tomando visos de verdad a ojos de los más, no es menos cierto que una verdad otras tantas veces cacareada puede acabar siendo tomada por falsedad. Hay, por ejemplo, un desprecio a la figura de Jesús por muy simple y evidente que sea el centro de su mensaje, y se produce ese desprecio únicamente porque se trata de una figura que ha sido demasiado amada.

352

Las naciones modernas aspiran a un imposible: que legiones de comunidades no occidentales, incultas, desenvueltas en la picaresca a la que aboca el hambre, pasionales, de costumbres simples, acostumbradas a fuerzas de conquista o a la sumisión resultante, e insensibles a todos los éxitos culturales de sus anfitriones, que esas legiones lleguen y se domicilien en los territorios extranjeros, y que aplaudan todos los intentos cívicos y legales por reducirlas a un pequeño rincón en el que no hagan ruido, en el que armoniosamente vayan aceptando un patrimonio que no sienten como suyo y que, en el fondo, les asquea. Los nórdicos no conciben el modo de pensar de los bárbaros, porque en realidad les aterra que haya quien pueda tener tal modo de pensar, falaz, rudo y cainita, un modo de pensar que tira por tierra una buena parte de los presupuestos ilustrados de racionalidad y buena fe entre seres humanos; en cambio, los bárbaros conciben perfectamente el modo de pensar de los nórdicos, porque conocer la debilidad dialéctica del otro es el primer artículo en el prontuario de los pueblos que aún conservan el espíritu de conquista. No hay que ser muy inteligente para saber cómo concluirá tal desequilibrio.

353

La ley no es respetable porque sea acertada -cosa que a menudo no es-, sino porque elude la incapacidad humana para consensuar matices dependientes de cada situación; no es la clave de la justicia, sino un corrector de la envidia.

354

Hemos dado de nuevo en una cultura del honor, donde cualquier cosa parece ser una ofensa. Pero, a diferencia de la edad de los lances y de los mosqueteros, ahora ya no se considera que la defensa en primera persona sea requisito imprescindible para restaurar el honor cuestionado; por el contrario, ahora se cree en la paradoja de que una autoridad, un gobierno o un juez pueden y deben cuidar nuestra fragilidad de aquellos que precisamente nos acusan de ser excesivamente frágiles. Somos demasiado sensibles como para hacer oídos sordos a quienes nos desprecian, pero demasiado despreciables como para oponernos valientemente.

355

Una nación está enajenada o muerta cuando tiene en su agenda cultural el cuestionar diariamente la naturaleza y los límites de su soberanía.

356

No nos ayudará ningún sabio a salvarnos porque a ningún sabio acudimos.

357

Los pueblos nunca han pensado en la tercera o la cuarta consecuencia de sus decisiones. Pero en sus golpes de timón antiguos luchaban por causas cuyos entresijos, desconocidos por los más, pensaban por el pueblo. En las guerras de religión se luchaba por odio o por orgullo, pero la fe vencedora -calibrada entre siglos, códices y meditaciones monásticas- se ocupaba de hacer florecer un nuevo equilibrio. En cambio, en las revoluciones seculares, perseguidoras todas ellas de libertad y autonomía, el resultado está totalmente por definir, y el pueblo sigue teniendo la tarea de templar, afinar y macerar sensatamente, por sí mismo, el juego de fuerzas y mecanismos -tarea que sobrepasa todas sus posibilidades.

358

Los literatos de hoy parecen limitados a sugerir vaguedades a partir de la vulgaridad cotidiana.

359

Habitualmente eludimos a quien nos ama o estaría dispuesto a amarnos, porque lo sentimos como una gran responsabilidad. Es mil veces más habitual y tranquilizador el dejarse usar moderadamente a cambio de un permiso para hacer otro tanto en correspondencia.

360

Con la posible excepción de los mandamientos, ningún aforismo ha cambiado verdaderamente el mundo ni ningún mundo cabe en el aforismo. Lo mismo podría decirse de un tratado o de una ciencia. Todo lo que tenemos es la posibilidad de destrenzar paso a paso la oscura melena infinita de la noche sin fin en la que habitamos y suspiramos.

[Música: Los dos cortes aquí presentados abren y cierran el periodo de máximo esplendor de Francia. El primero es la Feste champêtre del libro IV de las Pièces de viole de M. Marais (1717). Y, cerrando la colección, Hyacinthe Jadin, Cuarteto de cuerda Op. 4 No. 1. II. Rondeau. Allegro. (1798). Ambos ejemplos recogen bastante bien el paseo de la nación a través de la Ilustración, desde las pasiones obsesivas, bellamente dispuestas, a la subordinación al orden liviano del cosmopolitismo galante, ya algo cansado, en los albores de la República.]