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Incluso en la decadencia, un hombre virtuoso
incrementa la belleza de su comportamiento.
Una tea ardiendo, aunque vuelva al suelo,
tiene una llama que se eleva a lo alto.

Sakya Pandita, Un precioso tesoro de dichos elegantes 15

 

Las ochenta maravillosas actividades surgen
de la causa concordante del amor;
temiendo que este texto fuera demasiado largo,
¡oh, rey!, no lo explicaré.

Nagarjuna, La preciosa guirnalda 197

 

Cuando vean que una lluvia de flores y perfume extingue
el flujo incandescente de lava de los infiernos,
saciados de dicha, de repente se preguntarán: “¿Cómo es posible?”
Que entonces los habitantes de los infiernos contemplen al que sostiene el Loto.

Śāntideva, Bodhicharyāvatāra 10.12

Je ne parlerai pas, je ne penserai rien:
Mais l’amour infini me montera dans l’âme,

[No hablaré, ni pensaré en nada, / pero el amor infinito ascenderá en mi alma.]

A. Rimbaud, Sensación, Marzo de 1870

 

A los bodhisattvas que, a la luz del día o en el completo anonimato, abrillantando cada hora de cada milenio el mundo sin que lo sepamos, comprometiendo todas sus encarnaciones futuras a su noble voto, persisten en su desmedida labor sin final de erradicar cualesquiera taras de los seres sintientes. A todos los seres sintientes.

 

¡Sugatas de los tres tiempos, elevad el acento de mi proclama! Os invoco en el cielo del corazón, donde empieza a correr sangre nueva, teñida del color de sílabas de mantras, bendecida por maestros perfectos que, como centinelas de la sabiduría, guardan el terreno conquistado para que nosotros, los recién centelleados por el resplandor de su purificación, lleguemos más rápidamente hasta donde llegaron ellos en combate contra tiempos sin principio. Con acritud sin medida contra la opresión de todos los seres, reflejo del que dependo, ¿cómo no me he decidido a dar rienda al más transgresor de los deseos alumbrados, la liberación de todos los seres? Habrá de ser satisfecho tal deseo por mis agregados hasta el punto de separarse ellos mismos, caiga la lluvia de la violencia o el duro invierno de la carestía. Troceado, caminaré entre las calles tenebrosas del mundo impuro agitando la campana ritual para ahuyentar los vicios y las actitudes ciegas que nos abisman a todos. Moldearé, esculpiré, desangraré o cercenaré mi carácter con tal de coronarme y gobernar a las aflicciones, pues preferible es repartir oro cojeando que residuos a buen paso. Lleno de rencor, libraré mi batalla contra el coágulo deforme de mi continuo mental: o sobrevivirá éste o sobrevivirá el Buda; no hay tercera opción. Solamente se detendrá la Rueda de Renacimientos si descendemos de ella los seguidores del Conquistador y atrancamos su mecanismo con las más preciadas de nuestras posesiones, con la posibilidad de transmigraciones a reinos superiores, con la carne de nuestras piernas, entrañas y cráneos, con nuestros corazones aún palpitantes, ofrecidos sobre hojas de palma.

Escucha, Perfección: habrás de ser mía más pronto o más tarde, con mayor o menor bagaje de dolor a mis espaldas, pero te encontraré y te multiplicaré entre mis madres los seres. Nada podrían hacer los dioses para impedirlo, pues convencido estoy de que, con la verdad absoluta de mi parte, anhelando también el despertar para sus adormiladas mentes felices mas mortales, lograría convencerles durante un diálogo que no duraría más de un eón. En cambio, sellando los sentidos, amenazo a mi cuerpo: “Si me sirves en mi determinación de erradicar el sufrimiento de todo lo que existe, no te faltará lo necesario; mas, en caso contrario, no te daré tregua”. Algo parecido diré a los venenos que me recorren: “Sois mis enemigos, de suerte que o aceptáis convertiros en vasallos, fuerzas virtuosas al servicio de todos los seres, u os aniquilaré con la espada fulminante de mi arrojo”. Seré avaro con la avaricia, traidor a la inmoralidad, displicente con la desidia, airado con la ira, ignorante de tantas falsedades como pueblan los reinos, y no prestaré la más mínima atención a la distracción. De un modo u otro me cubriré de los pāramitās, ornado así con los únicos ornamentos dignos de tal nombre. Y, perdiendo la noción de hacedor, acción y receptor, no seré más que un bálsamo al sufrimiento, allí donde surja. Sin virtud no hay sanación para quien sufre, pero sin víctima a la que sanar no puede haber cultivo de la virtud; toda bendición no es, pues, más que un reequilibrio de un mismo vacío lloroso y ávido de falsas plenitudes. Tan sólo falto yo, pues, en ese collar excelente, en ese juego supremo, puesto que el sufrimiento y la acción que lo remedia ya están a la espera ante mi dubitativa figura. Aupado por las aflicciones ajenas, me vestiré de méritos para poder rescatar a los afligidos una vez adquiera las treinta y dos marcas del Omnisciente.

Esta guerra se combate en los actos cuidadosos de las manos y tras los velos del rostro: una sonrisa afable e incondicional será el destilado de las fuerzas que se purifican al rojo vivo en el secreto de mis pasiones. Mientras mis maneras delicadas empiecen a penetrar suavemente el sensible ánimo de los seres pueriles, mi corazón arderá por el trabajo de dejar de ser uno de ellos, siempre con el único fin de atraerlos a las atalayas que la diligencia de los Victoriosos vaya apuntalando para su resguardo. Amabilidad discreta y elegante condescendencia será lo que vean y lo que les ofrendaré en mi aspecto, por más que afinar una pureza incondicional me cueste tempestades e infiernos corriendo por mis venas, que no describiré a nadie. A todos contestaré como amigo cortés o gentil doncella, o afinaré mi canto si es que renaciese en un nido de pájaros o en solitaria montaña de titanes. Entretanto, me ofreceré como néctar al sediento, como talismán milagroso a todo anhelo, como blanca nieve al espíritu incendiado y como cálida brasa al aletargado por el helor de mundos descompuestos. En ordinarias situaciones me conduciré como uno más mientras contemple el cultivo de las virtudes en el silencio solitario o al fuego de la sabiduría que deseca de fascinación a los fenómenos. Resistiré todo el daño que me hagan durante vidas sin número si con ello logran un paso hacia la dicha irreversible. ¿Y acaso no son en verdad mis estados aflictivos, espirales alimentándose a sí mismas, las que me laceran, causando destinos infortunados a aquellos seres que en su ofuscación creen ser los heridores? ¿Por qué acusas a otros seres de ser la causa de tus males, cuando en verdad tú, el objeto de sus aflicciones destructivas, eres la causa de los suyos? ¡Oh necio de mí! Pidamos perdón por dar forma a los odios y agresiones de los otros. Que me descuarticen, que me aguijoneen, que me destrocen en todas mis naturalezas siempre que les beneficie: yo me encargaré por mi lado de sostener en alto el estandarte de la aspiración pura. Jamás obedeceré mis caprichos, nunca emprenderé acción alguna que no piense en beneficio de los que sufren. ¿Cuándo fueron dulces los dolores de parto? Pero esta vez se trata de parir a un adolescente ya erguido, decidido, aguerrido, que habrá de madurar hasta convertirse en la preciosa bodhicitta, joya mayor que la Joya-que-que-colma-todos-los-deseos.

Empiezo ofreciendo tantos ensortijados mundos como granos de arena hay en el Ganges. De cada uno de esos mundos, con su monte Meru, sus cuatro continentes, el sol y la luna, surgen cien millones de dakinis, portando cada una otros tantos mundos aun más bellos en bandejas de oro, repletas también de ofrendas dignas de monarcas universales, manjares divinos, incienso bendecido, perfume destilado de los primeros jazmines tras el nacimiento de un Buda. En vasijas de color de lapislázuli entre mi cuerpo despiezado y mi ilusoria alma, una vez fermentados sus kleśās, esparcida entre diversos recipientes que habrán de ser quemados en la hoguera de la absorción meditativa. ¡Oh, Venerables, otorgadme la iniciación! ¡Tomo refugio en la infabilidad de vuestra palabra, en la santidad de vuestra conducta, en la apacibilidad de vuestra postura y en la claridad de vuestra visión ilimitada! Me postro junto con los infinitos cuerpos de las infinitas criaturas ante la humildad resplandeciente de vuestros hábitos. Ayudadme, ¡os lo ruego!, a alcanzar el logro supremo, y pueda convertirse cada uno de mis gestos en un mudra sagrado que transfigure en dicha eterna los tres venenos de la existencia, que en todas partes anidan.

Espíritus locales, no permitáis que esta aspiración decaiga. Recordadme mi compromiso, ¡os lo ruego!, con lluvias, con plagas mágicas de insectos, o acaso con el canto del agorero cuervo. Que pueda sostener en alto la flor de utpala azul mientras duren los tiempos, allí donde para albergar esperanzas en el sendero de la Iluminación sea preciso que los pueblos alcen su vista y exclamen: “¡Mirad!, por allí levita un Honrado-por-todo-el-mundo, un libertador inmortal, la esencia de nuestra mente”. Y que se deleiten con el juego de las innumerables formas del orgullo divino en su sutil y mágica manifestación Saṃbhogakāya, que brillará sosteniendo cuencos de néctar, reconcentrando el universo entero en su inmaculado mandala, su paraíso particular, que no es sino el de todos, pues, desconocedores de la avaricia, siempre dejaron los paraísos sus puertas abiertas. No debo dejar abandonados a los seres ahora que me he comprometido a convertirme en su eterno valedor; ¿no les abatiría una tristeza sin medida saber que les ha traicionado quien pretendía anhelar la glorificación de los perseguidos, los tullidos, los hambrientos, los incapaces y los melancólicos? Será por honor que renunciaré a todo honor, al que esparciré como cenizas de cadáver en el océano de la interdependencia, sobre el suelo misterioso de la vacuidad.

Adoptaré una mirada adamantina que anhelarán poseer todos los seres con los que me encuentre, y sin dudarlo les indicaré el próximo paso que han de seguir para obtenerlo. Serán rasgados todos los velos o navegaré entre océanos de eones, reposando brevemente en los puertos de vidas ejemplares. ¿Quién podrá descansar hasta que se escriba el punto y final a los anales del pesar? De nada me servirá la condición sublime si ajetreadas quedan todas mis madres hocicando espantajos en Saṃsāra. Así, cueste lo que cueste, caigan los reinos que caigan, se sucedan los mundos que hayan de sucederse, nada se detendrá, nada se cambiará, nada alterará la decisión del paso firme. Llegará el día, acaso fuera de esta era, en el cual, derrengado hasta el agotamiento de todo desafío, ofreceré la Tierra Pura de Tushita a cada criatura, mi hermana, mi madre, mi verdadero yo, iridiscencia cien mil millones de veces reflejada de un vacío supremo e inasible al que es preciso devolver el gobierno de las conciencias. Bendecidas por la sabiduría inmarcesible de los santos, el devenir será al fin el paseo de un cisne en un estanque de lotos, ya fuera del tiempo, allí donde Kalachakra y su consorte trascienden toda sucesión. Seré tesoro de los buscadores, el árbol del ave, la mitra del clero, la cuerda del armónico laúd. Seré refugio para los perseguidos, canoa para el navegante, esmeralda para el cuello imperial, sílaba para el enmudecido, claridad para los entendimientos, ungüento para desgarrados, sandalia para el viajero. Me tornaré milagro para el incrédulo, recuerdo para el olvidadizo, flores para el lloroso, párpado para el visionario, miel para el agriado, abrazo sin cese para el desabrigado y el desolado. Lustraré lo contaminado, cauterizaré lo infecto, suturaré lo rasgado, bendeciré a los condenados. Me enamoraré de todos y con todos bajo palio santificaremos nuestro amor. ¡Oh seres, voy en vuestro auxilio, no temáis! Poco podré hacer mientras camino introspectivo sacudiéndome oscurecimientos; pero esperadme a lo largo de esta vida o, a lo sumo, unos pocos eones: llegará el día en que los lotos medicinales que os lance con júbilo llegarán certeros a vuestras heridas, iluminando vuestros cinco agregados antes de que se dispersen gozosamente, y la beatitud se convertirá en un sol en vuestra mente y hará estallar todo lo que ahora creéis ser.

Todo sea por siempre auspicioso, en cualquier universo, en cada fibra de entidad, en cada brote y en cada desasimiento. Amén, amén, amén.

***

[Música: Namgyal Lhamo canta la canción tibetana Chang ya-re. De A. Scriabin suena el primer movimiento (Luttes) de la sinfonía No. 3 Op. 43 (Le divin poème); la sinfonía relata en tres grandes movimientos las etapas de la liberación humana: Luttes, Voluptés y Jeu divin.]

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Si los delfines mueren de amores,
triste de mí, ¿qué harán los hombres,
que tienen tiernos los corazones?

Endecha canaria

 

Sobre el risco la retama
florece, pero no grana.

Responder de romance canario

 

La recompensa es morir sin arrepentimientos.

Milarepa, Mila Grubum 2.11 (“Amonestación sobre la rara oportunidad de practicar el Dharma”)

 

Sería excelente ayuda de la Naturaleza a sí misma el que pudiésemos encarnar momentáneamente a cada uno de los seres, de todos las razas, intelectos, sexos, condiciones. Sesiones de sufrimiento intenso pero controlado nos darían una amplitud de miras más notable que la que podamos extraer de los tratados de moral, del culto a la virtud o de la compasión hacia las criaturas cercanas. Solamente así seríamos capaces de calibrar la mesura de nuestros propios impulsos, y nos moveríamos más a asistir a quienes no oímos por expresar llantos tan continuos que son tomados por el ruido del ambiente, como el paso de una brisa rojiza. Esa encarnación temporal es precisamente la utilidad de la metempsicosis, para quien crea ciegamente en ella; para quien no haga así, basta con un ejercicio de introspección, ejercicio que incluya recordar todos los tipos de suplicio y que incluya la capacidad para imaginarse en la piel de otro, con otro cuerpo, otras ideas, otros modos de sentir, otro idioma, otros atributos genitales, otro sistema ocular y auditivo, otro número de extremidades. Hay que recordar cómo sufren tantas personas ricas, tantísimas pobres, tantos mediocres y tantos genios, tantos exiliados y tantos soldados, tantos recolectores de algodón y transportadores de piedras, tantas prostitutas y tantos intoxicados, tantos enamorados y verdugos, tantos enajenados atrapados en su propia demencia, tantas mujeres y tantos varones, tantas vacas y visones atados y despellejados como esclavos o criminales de guerra, tantas crías de tortuga que nacen solamente para ser devoradas por gaviotas hambrientas, y acaso números inasumibles de seres de otros mundos que apenas podremos figurarnos.

Esto nos ayudará a nosotros mismos, pues salir a darse a los otros es el modo más fácil de considerar la inanidad de nuestras cuitas y miserias. Pero no es suficiente para servir a otros. La compasión meditativa es tan sólo el primer paso en un movimiento hacia el abrazo real, hacia la desinfección de heridas. No son necesarias bellas palabras, ni un modo ingenioso de presentarse, ni siquiera de darse a conocer por el nombre por el que fuimos bautizados; bastaría con alzar del suelo al caído en su Via Crucis, y empañar su sudor y su sangre en nuestras ropas como si se tratase de un óleo que, mientras ensucia nuestra imagen, embalsama a nuestro yo más puro y abrillanta un poco más el rostro angustiado del universo. Si por el mero hecho de vivir estamos sembrando muerte y usurpación, bien haríamos en procurar que el saldo fuese positivo a la hora de nuestra muerte, habiendo reducido nuestra huella en los estertores ajenos, habiendo caldeado cuantos corazones tiritones encontremos y dibujado cuantas sonrisas podamos en quien gemía. Y recordárnoslo siempre, siempre, incansablemente, una y otra vez, hasta la conflagración final del Saṃsāra, al cabo de tantos eones como lágrimas se habrán confundido con los océanos.

[Música: Tres sirenas, de la sensible agrupación L’Arpeggiata. Sobre un fondo sonoro anónimo del XVII (o eso dicen, aunque es idéntico a otro), son tres estrofas de tres versos relacionadas con las penas y el mar, cada una de las cuales presentada en una lengua diferente: napolitano, griego y español. Al menos la última es una endecha canaria, si es que las dos primeras no son traducciones de otras tantas (y quizá de ahí el título en castellano). Los versos rezan así: Chell’ cò mare te rice, / Te l’ha sapè arricurdà, / E a ’stu puort ce turnarrai; Της θάλασσας τα κύματα / Έρχονται ένα, ένα / Σαν τα δικά μου βάσανα; Cuan grande es el mar y las arenas, / Tan grandes son mis ansias y mis penas, / Que no basta mi dicha a defendellas.]

Incluso el ofrecer tres veces al día
trescientas ollas de comida
no supone ni una porción del mérito
que hay en un instante de amor.

Nagarjuna, La preciosa guirnalda 283

 

Ni un día sin ejercitar un músculo, sin calibrar una idea, sin cultivar una virtud. Ni una certeza sin ser examinada, ni una posibilidad sin ser valorada como la posibilidad que es. Sin perder ni una sola oportunidad de reconvertir en apoyo a mi constitución impermanente, vacía, interdependiente y divina cualquier aparente contradicción a mis propósitos, cualquier ilusorio escollo en el sendero. Todo encuentro con un ser y todo pensamiento de fogueo que se evapora en mi mente ordinaria no son sino ensayos -tímidos o fallidos- de mi Iluminación, y por ende de la de cualquier otro. No son, de hecho, sino profecías de la naturaleza esencial de la mente; de mi lucidez dependerá que entienda el reto y juegue a nutrir resistencia y capacidad de integrar en el poder de un abrazo los pretendidos abatimientos, ataques y temblores. Sople el viento que sople, corra el fuego que sea, nuble cualquier peste la salud de familias y pueblos, que jamás traicione a los seres, por quienes me traicionaría a mí mismo de la forma más vergonzosa.

[Música: P. Glass, Evening Song (Satyagraha).]

En lugar de un árbol único, se puede tener también, con la misma significación, un conjunto de tres árboles unidos por sus raíces, donde el del medio es el «Árbol de la Vida», y donde los otros dos corresponden a la dualidad del «Árbol de la Ciencia». Se encuentra algo comparable en la figuración de la cruz de Cristo entre otras dos cruces, las del buen y del mal ladrón: éstos están colocados respectivamente a la derecha y a la izquierda de Cristo crucificado como los elegidos y los condenados estarán a la derecha y a la izquierda de Cristo triunfante en el «Juicio final»; y, al mismo tiempo que representan evidentemente el bien y el mal, corresponden también, en relación a Cristo, a la «Misericordia» y al «Rigor», los atributos característicos de las dos columnas laterales del «árbol sefirótico». La cruz de Cristo ocupa siempre el lugar central que pertenece propiamente al «Árbol de la Vida»; y, cuando está colocada entre el sol y la luna, como se ve en la mayoría de las antiguas figuraciones, es todavía la misma cosa: ella es entonces verdaderamente el «Eje del Mundo».

R. Guénon, El simbolismo de la cruz IX

«Llevar la cruz» es mantenerse cerca de la cruz existencial, es decir: en la Existencia hay el polo «pecado» y el polo «cruz», el lanzarse ciegamente hacia el goce y la cesación consciente; la «vía ancha» y la «vía estrecha». «Llevar la cruz» es esencialmente no «seguir el movimiento»; es «discernir los espíritus», es mantenerse, incorruptible, en esa nada aparente que es la Verdad. «Llevar la cruz» es, por tanto, sostener esa nada, umbral de Dios; y puesto que el mundo es orgullo, egoísmo, pasión y falsa ciencia, es ser humilde, caritativo, es «morir» y «hacerse como un niño». Esa nada es sufrimiento en la medida en que somos orgullo y en que, por ello, nos hace sufrir; el fuego del Purgatorio no es otra cosa: es nuestra substancia la que arde, no porque Dios quiera hacernos mal, sino porque nuestra substancia es lo que es; porque es «de este mundo», y en la medida en que lo es. La cruz es la divina fisura por la que la Misericordia se derrama desde lo Infinito. El centro de la cruz, allí donde se cruzan las dos dimensiones, es el misterio del abandono: es el «momento espiritual» en el que el alma se pierde a sí misma, en el que ella «ya no es» y en el que ella «todavía no es». Como toda la Pasión de Cristo, ese grito no sólo es un misterio de dolor en el que el hombre debe participar mediante la renuncia, sino también, por el contrario, una «abertura» que sólo Dios podía operar, y que operó porque era Dios; y por eso «mi yugo es suave y mi carga ligera». La victoria que incumbe al hombre ya ha sido conseguida por Jesús; al hombre ya no le queda más que abrirse a esta victoria, que será la suya.

F. Schuon, Senderos de gnosis (trad. F. Gutiérrez), p. 159

Desde el punto de vista microcósmico, como hemos visto, «María» es el alma en estado de «gracia santificante», calificada para recibir la «Presencia real»; «Jesús» es el Germen divino, la «Presencia real» que debe operar la transmutación del alma, a saber la universalización de ésta, o su reintegración en lo Eterno. «María» -como el Loto- es «superficie» u «horizontal»; «Jesús» -como la «Joya»- es «centro» y, en el aspecto dinámico, «Vertical». «Jesús» es Dios en nosotros, Dios que nos penetra y nos transfigura. Entre las meditaciones del Rosario, los «Misterios gozosos» conciernen, desde el punto de vista en el que nos situamos, y en conexión con las oraciones jaculatorias, a la «Presencia real» de lo Divino en lo humano; en cuanto a los «Misterios dolorosos», éstos describen el «aprisionamiento» redentor de lo Divino en lo humano, la profanación inevitable de la «Presencia real» por las limitaciones humanas; los «Misterios gloriosos», por último, se refieren a la victoria de lo Divino sobre lo humano, a la liberación del alma por parte del Espíritu.

F. Schuon, Id. p. 153

Crux igitur semper parata est, et ubique te exspectat. Non potes effugere ubicumque cucurreris, quia ubicumque veneris, temetipsum tecum portas, et semper te ipsum invenies. Converte te supra, converte te infra, converte te extra et intra, et in his omnibus invenies crucem, et necese est te ubicumque tenere patientiam, si internam vis habere pacem et perpetuam promereri coronam. Si libenter crucem portas, portabit te, et deducet te ad desideratum finem, ubi scilicet finis patiendi erit. Si invite portas, onus tibi facis, et te ipsum magis gravas, et tamen oportet ut sustineas. Si abjicis unam crucem, aliam proculdubio invenies, et forsitan graviorem.

[Así que la cruz siempre está preparada, y te espera en cualquier lugar; no puedes huir dondequiera que estuvieres, porque dondequiera que huyas, llevas a ti contigo, y siempre hallarás a ti mismo. Vuélvete arriba, vuélvete abajo, vuélvete fuera, vuélvete dentro, y en todo esto hallarás cruz. Y es necesario que en todo lugar tengas paciencia, si quieres tener paz interior, y merecer perpetua corona. Si de buena voluntad llevas la cruz, ella te llevará, y guiará al fin deseado, adonde será el fin del padecer, aunque aquí no lo sea. Si contra tu voluntad la llevas, cargaste, y hácestela más pesada: y sin embargo conviene que sufras. Si desechas una cruz, sin duda hallarás otra, y puede ser que más grave.]

T. de Kempis, Imitatio Christi 2.12.4-5 (trad. Fr. Luis de Granada)

[Música: Arriba, T. L. de Victoria, Officium Hebdomadae Sanctae (Sábado Santo. Tercer nocturno. Aestimatus Sum – Factus Sum – Posuerunt Me). Abajo, Barbara Furtuna & L’Arpeggiata interpretan Maria, canción reciente en dialecto corso sobre el bajo de La Carpinese.]

 

 

Corre l’onda vagabonda,
fugge il lido, e sempre riede
ad accrescer l’acque al mar.
Tal già sento che il contento
a quel sen rivolge il piede
che pria vole abbandonar.

[Corre la ola vagabunda,
huye a la orilla, y siempre regresa
para acrecentar las aguas del mar.
Así siento ya que el contento
regresa sobre sus pasos a aquel corazón
que antes quiso abandonar.]

N. Giuvo, La Gloria de la Primavera

 

El movimiento causado por un corazón puro es como la influencia vivificante del aire de primavera y la influencia de la muerte del aire de otoño.

Lao-Tse, Wen-Tzu 21 (vers. T. Cleary)

 

 

 

¿Qué dominio de la Primavera queda preservado del calor dorador del verano, del agrietamiento pardo del otoño o de la dura sequedad invernal? Ni ave, ni hombre, ni brisa se librará. Y, sin embargo, regresa una vez más resucitada Flora a esparcir sus serpentinas de sépalos para que festejen las hacendosas abejas enhebrando los colores rubescentes en los carrillos de Pomona. Toda Primavera ha de morir, porque la vida de un ciclo consiste precisamente en ello, en el giro perpetuo, en el ángulo que enflora por un lado y se avejenta por el otro. Quien guarde sensibilidad a las cuatro esquinas del devenir, asentirá a cada una de esas edades en que se extrema el año, el día, la vida y la historia. Las cuatro estaciones se dan a la vez en todos los seres, pues cuerpos y almas ascienden y declinan en figura mientras son alimentadas por los rayos del sol y mientras alimentan a la tierra maternal y al aire con aliento, canto y carnes. Nunca deja de haber intercambio: nos encontremos floreciendo o regando otras flores con nuestro apagamiento, siempre dialogamos entre los seres, trasvasando polen espiritual y céfiros de palabras, calor material y latidos que ponen en marcha sangre y obras. ¿Qué importa quién sea ahora Primavera y quién Invierno? ¿Quién sabe si aquella apariencia de declive o aquella de renacimiento no son gestos equinocciales de un marzo secreto más que de un deshojado entretiempo? Lo cierto es que todos, ora saltando ágiles, ora sirviendo de meros eslabones fatigados, giramos en corro alrededor de un mismo movimiento, un centro incesante de sones a cuyo ritmo danzan los eones. Y esos sones no son sino la respiración circular de las manifestaciones, el arquetipo de la lejana melodía del ruiseñor que engendra y que agoniza, el agridulce aparejo mágico de la vacuidad.

 

 

 

 

[Música: Cuatro fragmentos de La Gloria de la Primavera de A. Scarlatti, donde las cuatro estaciones disputan cuál de ellas posee el más alto honor con motivo de haber contribuido a la concepción y nacimiento del recién alumbrado archiduque Leopoldo, futura cabeza del Sacro Imperio. Las cuatro cantan a coro L’aura sussurrando; Verano y Otoño expresan sus buenos deseos para el nuevo emperador y sus dominios (Arda avvampi l’alme accenda); lo mismo hace la Primavera (Il destin la sorte, e il fato), mientras que el Verano homenajea bellamente al Céfiro fecundador (Fa che Zeffiro tra fronde).]

 

 

Una y otra vez renacen en el Saṃsāra interminable,
constantemente atormentados por las tres formas de sufrimiento.
Así están todas tus madres de tus vidas pasadas.

Je Tsongkhapa, Tres aspectos principales del Camino

 

IF I can stop one heart from breaking,
I shall not live in vain;
If I can ease one life the aching,
Or cool one pain,
Or help one fainting robin
Unto his nest again,
I shall not live in vain.

[Si logro salvar un corazón de romperse,
no viviré en vano;
si logro borrar de una vida el dolor,
o enfriar una herida
o ayudar a un desmayado petirrojo
a regresar a su nido de nuevo,
no viviré en vano.]

E. Dickinson, Poemas I.6

 

Puedan todos los seres tener la felicidad y las causas de la felicidad.
Puedan estar libres del sufrimiento y de las causas del sufrimiento.
Puedan nunca separarse de la felicidad sin sufrimiento.
Puedan permanecer en ecuanimidad, libres de parcialidad, apego y aversión.

Las Cuatro Contemplaciones Inconmensurables o “Moradas de Brahmā” (Brahmavihāras)

 

Que todo lo que haya dicho o hecho a lo largo de mi vida o de mis vidas anteriores, redunde en la obtención de la disolución del sufrimiento y, a ser posible, en la Iluminación de todos los seres de los seis reinos de existencia. De no ser así, que al menos no haya obrado en alejarlos de la felicidad y del sendero sublime. Que toda la belleza de los mundos guíen a los seres hacia el bien, y el bien hacia la verdad. Nunca haya más sufrimiento del ya habido, y aun el ya habido se desvanezca del registro de los tiempos pasados. Puedan estas peticiones cumplirse sin demora por medio de la intervención de los Conquistadores de los tres tiempos, por medio de los inestimables bodhisattvas de todos los pueblos y credos y por las acciones virtuosas de los seres ordinarios. Puedan pronto estas palabras ser meros recuerdos obsoletos de tiempos en que la perfección aún no había coronado todas las cabezas ni las guirnaldas de lotos de la sabiduría habían ceñido aún las frentes de los seres adiestrables, y sea esta petición un completo sinsentido por innecesaria. Esté yo a la altura de mi aspiración, y que se reconozca en la compasión la semilla de la naturaleza divina de cada cual, allí donde surja; y, una vez surgida, se sostenga y crezca hasta culminarse. Amén.

¡Larga vida a los portadores de virtudes y enseñanzas!

[Música: Nubshem (Tibetan Buddhist Rites from the Monasteries of Bhutan vol. 4)]

 

Sí, la esperanza del impío es como brizna que arrebata el viento;
como espuma ligera que la tempestad arrastra;
se disipa como humo en el aire,
pasa como el recuerdo del huésped de un día.

Sab 5:14

 

En todas partes nos reconocemos en la resonancia de nuestros movimientos, enlaces de causas y efectos, más que en la claridad profunda de la mente que nos define más allá de las categorías. Adictos a las características, nos vemos incapaces de reposar en la naturaleza esencial, que es indefinida, sin fronteras entre individuos, sin que se la pueda señalar aquí o allá, sin que pueda afirmarse de ella más que el nombre negativo de vacuidad. Preferimos percibir nítida nuestra silueta en el espejo o, cuando menos, en el eco insustancial de nuestras prescindibles palabras, o en la sombra que reflejamos en el suelo y que se deshace bajo algunos pocos rayos de luz. Nos complace definirnos en aquello que, bien lo sabemos, se diluye como la música en el viento o como el rocío de corta vida, que sólo se coagula y desciende a la tierra para durante algunas horas de penumbra creer que perteneció a ella y, con suerte, saciar la sed momentánea de algún insecto.

[Música: Ink Spots, We three]