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Reo que tiene por actor al poder enojado ha menester en el juez mucha igualdad.

A. Pérez, Aforismos de la carta para el papa 2

Siglos hay en que viven más seguros los deudores que los acreedores.

A. Pérez, Aforismos de Antonio Pérez 35

Los males envejecidos no se pueden curar sin remedios fuertes.

J. Setantí, Centellas de varios conceptos 14

La mayoría de las personas llamadas decentes odian unos pocos abusos y disculpan los demás.

S. Ramón y Cajal, Charlas de café VII (3a ed., 1922, p. 170)

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Oh, voraces niños de metro y medio, que os agitáis entre catedrales malditas de cemento y frío cristal, moderaos. Vuestra sed inconmensurable lo ahoga todo, y os fijáis entretanto en las pequeñas heridillas que os infligen aquí o allá. ¿Por qué creéis que vuestros pequeños dolores merecen más atención que el hundimiento de todo?

Pero, ¿a qué apelar a vuestras conciencias maltrechas? Uno no se puede enfadar con las ladronas urracas, ni con los tigres devoradores de inocentes, ni con las tempestades que gustan de invertir bruscamente la posición de las cosas. Las bestias y los meteoros tienen su estallido trazado de antemano. Adictos como sois a caprichos envilecedores, no lograréis evitar el impulso que os lleva a nutriros del mal. Tampoco he de excluirme yo del grupo: las adicciones que nos han inoculado no se extirparán con una conciencia media como la mía. Se requiere un cataclismo de la mente o del cuerpo o una teofanía nítida para salir de la rueda de la crueldad indiferente que todo lo asola.

¡Asesinos del mundo, yo os absuelvo! No tenéis la culpa de haber nacido con culpa, y los mejores rayos de luz de entre los mejores de vuestros corazones así lo demuestra. Hasta el más puro de los que tienen algún trato con comerciantes están sentenciados como cómplices de crímenes sin número. Sigamos, pues, contribuyendo al imperio de la muerte y del sufrimiento hasta que no soportemos nuestros actos y nos demos por vencidos ante la evidencia: todo en nuestro tiempo parece llamarnos al recogimiento, a la austeridad extrema, a la abstinencia del alimento animal y a buena parte del vegetal, al retiro campestre y a la oración… pero acaso habrá que esperar a que nos encontremos desnudos de vida y de esperanza para forzar el fundamento de nuestras funestas costumbres. No parece que pueda hacerse otra cosa.

Que los seres nos perdonen lo imperdonable.

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[Música: J. Savall, Deploratio IV (Lachrimae Caravaggio. Statio VII).]

El diablo reserva las tentaciones de la carne a los más cándidos; y prefiere desesperar al menos ingenuo privando las cosas de sentido.

N. Gómez Dávila, Nuevos escolios a un texto implícito II

El diablo no puede hacer gran cosa sin la colaboración atolondrada de las virtudes.

N. Gómez Dávila, Id.

La civilización moderna recluta automáticamente a todo el que se mueva.

N. Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito II

El Progreso se reduce finalmente a robarle al hombre lo que lo ennoblece, para poder venderle barato lo que le envilece.

N. Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito II

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Un viandante con la mirada cansada por entre las calles de una gran ciudad con mal tiempo, un alma absorta entre otras, ajeno a lo ajeno. Pero tras su silencioso rostro se mascullan todas las dudas, y se pregunta cómo operar a partir de ahora sin automatismo, pues ha reconocido que con cada acto realizado sobre el cemento se ofende a la moral más elemental. El té que calienta sus manos enfría los cuerpos de macacos en Borneo o de tejones donde sea que haya tejones. Llevando cualquier envase de petróleo atosiga a innumerables especies y prende fuego a la  bienhechora atmósfera. Subiendo a un automóvil público, o incluso a un carromato tirado por voluntarios, ya despertaría el rechazo de los jainistas, que a todas partes van a pie para excusar la vida de los animales ínfimos.

Así voy yo pasando estos días, repensando a cada momento en qué se cifra tal momento y cómo podría evitar que chirríe en mis sienes toda dinámica efn la que invierto. Sin ilusión continúo acometiendo mis pequeños deberes y mis pequeños vicios, que resuenan en hecatombes en otras puntos del planeta. Sonrío, bromeo, firmo, cobro, pago, converso, pido, presto, espero ante los semáforos, declino cortésmente la propaganda consumista que me ofrecen a pie de calle, acaricio a los perros, entretengo a los niños, y parece que el diablo espera paciente en segundo plano hasta que vuelve a verme solo, momento en el cual regresa a mi vera y me acompaña en mi paseo. Aprendo como nunca a extremar mi doble personalidad, pero el fondo gris permanece, y una compasión enrabietada no abandona un rumoroso ritmo de metrónomo al fondo. Aunque sin odiar a nadie, no escapo de la sensación de una derrota histórica: ha vencido lo más pueril y agrio de cada hombre. Pido clemencia a los dioses internos, tomo sin cesar refugio en las Tres Joyas, como si recitar esa fórmula oriental alejase a los malos espíritus occidentales que me rondan. Pero mi pulso apotropaico flaquea, y una melancolía de ver purulenta a toda acción de mi siglo me revuelve estómago y paciencia.

Nadie a mi alrededor parece pensar en ello, aunque todos lo saben. Nadie parece pensar en ello: tampoco yo, de modo que acaso seamos muchos los que callamos el caldeo de frustración que se va incubando bajo la coronilla. Es duro sugerirse siquiera la posibilidad de que toda moral sea ridículamente insuficiente, la posibilidad de que el mayor diablo y el mayor santo resulten indistinguibles para la mayor parte de los seres, que rehuyen a cada rato la mandíbula de un depredador, el frío adormecedor de miembros, el veneno que abrasa, el reluciente cuchillo, la expulsión del territorio o el arrebato de la prole. Lo único bueno que tiene la fiebre es que hace crecer los miembros, y mi destino se me hace cada vez más indiferente, menos injusto para con mi tranquilísima y privilegiada existencia, salvo cuando la justicia me reclama desde el otro lado y sugiere que soy yo el acusado, el magnicida imperdonable.

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La ciudad parece funcionar sin aspavientos a las puertas del Juicio Final. Luces artificiales de colores frutales iluminan a sombras hechizadas que se creen iluminadas. Pésimas canciones de amor y sexo enrarecen un aire insensible y respirado por todos, y cuyo olor ya nadie distingue. Parejas caminan abrazadas, empresarios acuden puntuales a sus citas con el expolio, dementes prometen a gritos el reino amoroso de Cristo, y eso es lo único que en realidad tiene sentido en este desierto superpoblado y atolondrado. Los ancianos mueren en silenciosas azoteas y los mendigos se hielan para siempre en silenciosos portales. Mientras tanto, el estallido de lo todavía más penoso atruena dentro de mi cabeza, sin que nadie pueda percibirlo más que por una mirada más severa de lo habitual en mis ojos, a los cuales pocos ojos miran. Yo, más culpable que todos los que me circundan, porque no dejo de pensar en lo terrible de mis actos sin dejar por ello de insistir en ellos. La idea de lo espiritual me consuela, el testimonio de los anacoretas se me hace cálido, el bien obrado por los caracteres amables arroja luz… pero una triste aceptación de que no están salvando sino a un minúscula parte de lo que merece ser salvado, y un recuerdo insoportable de lo que yo mismo hago soportar al mundo, me hacen perder algo de impulso hacia el cultivo de la sabiduría. Tremenda, sangrante ironía, que uno solamente pueda ayudar alcanzando el Nirvana o suicidándose. ¿Para qué ser sabio o extremadamente paciente y generoso si entretanto se condena a legiones sin nombre a infiernos inconmensurables de cuyas estancias procuraría yo zafarme aun por medio de vender mi alma una y cien veces? Hay demasiado sufrimiento bajo el sol. Se diría que hay demasiado sufrimiento incluso a ojos de los budas.

En una noche sin estrellas, esquivando masas humanas que ríen y riñen, entre el humo asfixiante de la mundanalidad motorizada, me sigo alejando sobre el alquitrán cubierto de lluvia. Las gotas del cielo aplastan mi cabello, y en ello percibo cómo alguna golpea incluso más adentro, sacudiendo alguna facultad moral hasta ahora adormecida. Lo lamentable no es que la soledad nos persiga; lo especialmente molesto para mí es que no logro evitar que musite a mi oído descripciones espeluznantes del presente año, estadísticas de vértigo, causaciones que comienzan en lo trivial y culminan en desolación. Todo lo terrible que sale de mis manos o de mi aliento regresa ahora a la mente mientras el helor invernal no consigue rebajar mis ardores. La lluvia no limpia nada. A veces incluso lamento lamentarme. Pero todos tenemos derecho y obligación de ser agitados por crisis de principios, pues sólo así prueban su solidez y se deciden por un mayor ahínco o por una completa reconstrucción del templo con nuevos cimientos. Sí, algún viraje importante ha de alumbrarse tras esta fiebre.

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[Música: Cuatro cortes de la banda sonora que B. Herrmann escribió para Taxi Driver, la película más insomne de todas las que retrataron el aislamiento del hombre sensible en el mundo moderno (“A ticking time bomb of a human being trying his best to do good in a world gone to filth la define acertadamente Blake Goble): Getting into ShapeThank God for the Rain, I Still Can’t Sleep y God’s Lonely Man.]

Mas el mundo es ya biejo e, la natura, liviana,
que es mucho corrompida, fallesçida e menguada;
así que la melesina, que solía ser sana,
al omne que la comiere dar le ha mortal lançada.

Libro de miseria de omne

La locura incuba desde ahora bajo nuestros inmuebles de cincuenta pisos, y a pesar de nuestros intentos por desenraizarla, no llegaremos al punto de reducirla, ella es este dios nuevo que no sosegaremos incluso rindiéndole una especie de culto: es nuestra muerte la que incesantemente reclama todo.

A. Caraco, Breviario del caos

Ni puede nadie, ni aun por un instante, permanecer en realidad inactivo, porque irremediablemente le impelen a la acción las cualidades dimanantes de la naturaleza.

Bhagavadgītā 3.5

… toda acción engendra un significado que ignoro.

S. Zweig, Die Augen des ewigen Bruders

El que quiere vivir sin culpa no puede tener parte en una casa ni en el destino de los demás, no se puede alimentar del esfuerzo ajeno, ni beber del sudor de otros, no puede depender del placer de la mujer ni de la exigencia de la saciedad: sólo aquel que vive en soledad vive con su dios, sólo el que trabaja experimenta al dios y sólo el pobre de solemnidad lo posee por completo.

S. Zweig, Die Augen des ewigen Bruders

El mundo moderno no será castigado. Es el castigo.

N. Gómez Dávila, Escolios a un texto implítico

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Salir a entender el mundo, entender el flujo de los bienes, la compra de delicias, la armonía de la pequeña felicidad entre los hombres honrados, entender eso es descalabrarse contra el horror más abyecto. No quedarán más de cien hombres que no sean ya peones en la construcción de un infierno diseñado por Satanás. Hagamos lo que hagamos, de los dedos de las manos nos emergen a casi todos largos cables que conectan con artilugios de tortura, de extinciones y de arrasamiento de ricos pastos. La crianza de un simple vegetal o la confección de la pluma con la que anoto mis aspiraciones tienen la culpa de la muerte de familias, del barrido de vergeles milenarios, de la letrina de los mares, del estrago de los astragos. Nuestros pecados rodean al globo atravesando antípodas ignotas. Andar vestido en la vieja Europa significa dejar desnudos a países enteros. Mis dientes equivalen a guillotinas, a martillos mis zapatos, a desiertos mis excrementos, a peste sin hartazgo el hambre y las apetencias que llevan a servirme holocaustos con buen color. No logro dar un paso sin sentenciar a legiones de conciencias inocentes y a millares de campos de tranquila beatitud. Ninguno de nuestros más distraídos suspiros evita degenerar en esterilidad planetaria. Nuestros gargajos humean como azufres venenosos, nuestros residuos infectan sin remedio los ríos que dan la vida, nuestras risas cuestan desgarramientos de carne, nuestro parpadeo acaba con toda belleza, y la limpieza y ornamentos que no logran embellecernos supusieron el viaje al Hades a criaturas con ojos para ver el caos coronado. Cada vez que me moviera, debería entonar una letanía por los miembros cercenados, por las lenguas que dejan de hablarse, por las pócimas que inutilizamos por sobreuso, por los linajes que son erradicados entre llantos de dolor insoportable e indigna brutalidad del fuerte. Adaptar verdaderamente la religión a nuestros tiempos sería hacerla promulgar un nuevo dogma: “¡Si cada uno no lamenta la maldición de su diabólica expansión, sea anatema!”. Prometeo ha muerto por vergüenza. Nunca siento tantas ganas de llorar como cuando convengo en que yo y todos los que amo somos asesinos natos cien mil veces más flamígeros que el mayor de los emperadores antiguos. Sólo ese dato basta para hacer vomitar al pudoroso o para hacer estallar nuestras mentes y nuestros más bondadosos conceptos en mil trozos, como le sucedió al bendito Avalokiteśvara, y como a él deberíamos satisfacer a nuestra aspiración mediante tantos otros brazos: poseer la justicia en nuestro encarcelador siglo conlleva el sacrificio de todo lo que nos es dado, porque nada nos llega limpio sino originado en los purgatorios del mundo.

¿Cómo nos hemos atrapado todos en una culpabilidad tan apretada? ¿En qué momento se pasó de la predación violenta a la fulminación de toda esperanza y de toda sensibilidad terrenal? Hacer algo hermoso del libre albedrío es hoy más difícil que nunca. El mero hecho de nacer ya nos ha costado hundir las raíces en la podredumbre y la plaga. ¡Ay de los tiempos en que la infelicidad de uno no costaba la dignidad! ¡Ay de cuando el más inocente placer no nos convertía en alimañas de contagiosa boca putrefacta y ácidas ingles sin mesura! ¡Ay de cuando el peor malvado no provocaba la centésima agonía que provoca hoy el inocente! Incluso cuesta imaginar ahora a un pacífico monje cuya generosidad no sea replicada a sus espaldas por un cúmulo de insensatos eslabones en la cadena de la destrucción ciclópea. En el tercer milenio, con escasas e incomprensibles excepciones, todo hombre ha surgido al menos en una familia de principescos demonios. Los más envanecidos somos los paladines del Infecto Esputo, los ricos dispensadores de las razas, los hombres blancos aposentados en la cima de una Rueda de la Fortuna desde la que devoramos todos los manantiales de alimento y consuelo. Cierto es que en nuestro poder está renegar de los orígenes, pero es tan difícil como hacer que el noble olvide los ademanes en que fue criado o la lengua en la que le hablaba su preocupada madre. Nos encontramos demasiado abrazados a aquellos a quienes amamos, tan culpables como nosotros, y asumimos en voz queda que nuestros nobles clanes son bandas de maleantes. ¡Oh malhadado animal racional, que por tus ansias de catar el infierno lo prefiguras aquí para otros, ganando tú así méritos para ocuparlo después en su centro como Asterión en el laberinto! ¡Oh melancolía de ardua desatadura, cuántas noches de remordimientos me costarás cuando me sea acordado el solo hecho de estar respirando o de estar tocando algo que me haya traído un hermano desde algún confín ya desolado! ¿Me olvidaré de ti algún día, triste culpa, o es éste tu veredicto definitivo? Apenas me acuerdo ya de la de zafiedad de las cabezas y la necedad de los corazones con que la cultura ha devenido obscena mueca de lujuria: deberíamos conformarnos con no formar parte del ejército que viene tras los despojos del imperio aniquilado, el imperio de la vida, el imperio de Natura y sus vasallos.

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¿Cómo nos detendremos? ¿Qué dios tendrá la benevolencia suficiente como para erradicarnos? ¿A esto conducían las revoluciones, no a comunidades de hombres libres y hermanados sino a hacer de la raza una sarna sin cura, una dolencia letal y encadenada entre todos sus miembros, de modo que ningún individuo sepa ya escapar del crimen? No queda oro limpio: todo oro es sucio. Y no bastaría con ser poderoso para detener el entramado de la confusión, porque cada gesto de cada ser racional es una súplica para alimentar su carácter rapaz y mefítico: pondríamos nuestra hacienda en manos de aquellos que decimos combatir si fuesen la única garantía de satisfacer nuestros vicios durante un lustro más. Ya ni siquiera veo como un gran crimen someter a los pueblos, despreciar a las razas, engañar a las mujeres o atormentar a las bestias: hemos llegado mucho más allá de eso, porque sencillamente hemos venido a destruir el ambiente en su conjunto con todas sus piezas, inmenso habitáculo en el que todos los inocentes nacieron y nacerán mientras se les deje un resquicio para ello. Y en esa batida participaremos todos los agentes con manos prensiles, sin importar nuestro abolengo, color, edad o el racimo que nos cuelgue entre las piernas, sin importar nuestros conocimientos o nuestro buen corazón. Siendo la civilización un apéndice al organismo que ya funcionaba con razonable armonía, no reclamemos siquiera la salvación de la belleza, de los templos, del honor de los justos o de nuestros entrañables recuerdos clásicos: no hay tiempo para eso. Antes haríamos bien en pensar únicamente en salvar un mínimo de rayo de luz regenerador y en que una boca humana no devenga cataclismo desde su nacimiento hasta su fin. Regresando a la más simple de las barbaries ahorraríamos el dolor infinito que expedimos ahora mientras conversamos cortésmente. Y es que el mundo no está siendo destruido por fanáticos religiosos o por avariciosos ejércitos, sino por la niña que compra un refrigerio porque hace calor. Las injusticias con que me puedan cargar a mí poco de valor tienen y poca ira deberían suscitarme, pues yo las centuplico cada día sin pensar siquiera en ello.

No hay en verdad hoy muchos motivos para la alegría: la transmigración que todo lo aplaza no me da ánimos, porque no me parece a ratos bastante con que los herederos de nuestros actos logren algún día la bendita luz de la paz perpetua. Hay demasiada densidad en el Averno material que presenciamos en este preciso instante como para no procurar cesarlo de inmediato, como para no aliviar un poco el ardor de lo que en su seno se abrasa. Por momentos me entran ganas de actuar de una santa vez como un hombre justo, tan sólo un hombre justo y nada más. Ya no sería cuestión tan sólo de no propagar la semilla del linaje, ni la de reducir la abundancia de bienes, ni la de privarse para siempre del sabor de los cadáveres y sus secreciones; todo eso es poco para quien encarna en sí mismo un apocalipsis cada semana. Me dan ganas de retirarme en una cabaña sobre la cresta de una cordillera ignota, u orar sin cesar y comer en la celda de un monasterio hortalizas criadas por mi mano, o, en el peor de los casos, morirme. Toda abstinencia es poca, y todo lo que no suponga encharcarse en un mugriento arrozal es encadenar allí a estirpes de desposeídos o entregar a los gusanos a aquellos desventurados exiliados de su propio mundo, aquellos que caminan a cuatro patas para agarrarse mejor a un suelo que hacemos desaparecer bajo sus pies.

Nunca haremos lo bastante por enmendar nuestras ofensas, pero ello debe animarnos todavía más a desprendernos en la medida de lo posible del oprobio con el que nos recordarán los cielos tras nuestro paso. Que sea una batalla perdida de antemano no implica que debamos abandonar el terreno; como bien entendían los más nobles guerreros del pasado, más vale morir aplastado por lealtad al honor que deambular miserable durante una larga y apestosa vida. En cada ocasión en la que omitamos un impulso por imaginar sus cósmicas consecuencias, habremos saludado a un ángel. Ojalá los que lamentamos de corazón nuestro devenir en el lodo y en tronos de lágrimas nos agrupásemos para recomenzar el juego, olvidando las mercancías de Oriente, retornando las lámparas de aceite y a la narración de pequeños relatos en torno a la hoguera, en aldeas privadas de locura y de espíritu del siglo, que no es sino el espíritu condenado en brazos del Anticristo.

Esta pena no se diluirá en un día, ni en un siglo, ni aun en eones de vidas sucesivas. Lloremos, hermanos, lloremos como supuran los bubones que somos.

***

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[Música: J. Savall, Lachrimae Caravaggio. Statio II. Pugna et damnatio.]

Las personas reencarnan en las formas sobre las cuales meditaron.

Kaivalya Navaneeta, 2.85

El sufrimiento experimentado en las malas migraciones
son las armas afiladas de las malas acciones que se vuelven contra nosotros,
como un flechero asesinado por su propia flecha.

Dharmarakṣita, La rueda de las armas afiladas, 47

Demás, quanto él ganare del día que fue naçido
fasta el día que moriere, todo non vale un figo,
si non fuere oración o buenas obras que fizo,
ca non levará otra cosa de quanto ganó consigo.

Libro de miseria de omne 432

Working Title/Artist: YamaDepartment: Asian ArtCulture/Period/Location: HB/TOA Date Code: 09Working Date: mid-17th-early 18th century photography by mma, Digital File DT247.tif retouched by film and media (jnc) 8_17_11

En el momento de mi muerte veré juzgado el valor de mi vida por los daimones que habiten mi corazón. Me susurrarán cosas bellas y me despojarán de todo pavor si los he nutrido bien durante años. Tal como haya educado sus hábitos, así ellos me tratarán en el momento en que debilitado me descomponga. Al igual que los hijos despiden al padre rodeando su lecho de muerte de buenos sentimientos si buena fue su crianza, de esa manera espero que mis afectos se muestren benevolentes mientras me abro en mil formas hacia los novísimos.

Cuidaos, pues, daimones, de cargaros con alforjas demasiado pesadas o agitadas como fieras enjauladas. Dejad al pie del camino vuestro anhelos: igualmente habréis de perderlos cuando nos separemos en el día final. Merece la pena ir impartiendo rigor al alma para esa despedida dramática, terminación de cien mil intenciones, frustración de toda sed, invierno de las más airosas flores. Si no empiezo a prepararme hoy para la visita del Señor de la Transmigración, necio seré. ¿Quién evitaría tener al menos dispuesto un discurso y un ademán ceremonial ante la segura llegada de un rey al que deberemos entregarle cada posesión? Pero tal es la grandeza de ese rey que, digamos lo que digamos ahora, nos impresionará su visión en el momento de presentarse. Por ello es menester ejercitar cada día la pérdida de fascinación, ejercitar la meditación en la intensidad de lo que será una auténtica transmisión de poderes: toma mi cetro grande o pequeño, oh poderoso Yama, y mis recuerdos y decisiones, y pondera mis virtudes y pecados y mi abrazo a las cosas bellas y mi desagrado por las oscuras. Y ten en poco valor mis confusiones, pues, como todo mortal, confundí a menudo lo bueno con lo placentero, lo útil con lo fácil, lo denso con lo valioso, lo nuevo con lo eterno.

En el momento de mi muerte, mi alma saldrá por la coronilla hacia los cielos si mi conciencia, limpia de rubor, tranquila medita hoy en visiones puras. Pero si, por el contrario, los surcos tristes de mi rostro alcanzaren como hiedra a mis pensamientos impregnándolos de negra inercia, entonces me marcharé por algún orificio poco digno, viendo en el mundo a una banda de enemigos, y por ello me reubicaré gritando y gruñendo en el cuerpo de alguna bestia inframundana. Pues nadie se asienta sensatamente y con tino en plácido cojín si llega enfurecido como escapando de batalla. Cuando se produzca el tránsito, de nada te valdrá tu voluntad ni tu inteligencia: enclave tan violento no deja lugar para el frío cálculo. Tan sólo los hábitos acumulados te guiarán, y ten por seguro que solamente la virtud y la sabiduría serena que hayas cultivado saldrán en tu auxilio. Así las cosas, cuida bien a tus daimones, edúcalos con la severidad y el amor constante de un buen padre: en ellos estará el destino de tu herencia y ellos se repartirán la decisión de tu próximo hogar. Sólo irguiendo desde bien pronto la espalda se puede salir de la estancia secular danzando graciosamente y no arrastrado y entre gemidos. Este mundo indisciplinado y frívolo nunca piensa en aquello que, por no recibir atención, golpeará con mucha mayor dureza cuando realice su entrada triunfal, de la que nadie escapa.

Si presto atención muy silenciosamente, ya voy notando cómo me voy muriendo, muy poco a poco. Al despertarme me he encontrado en el carro de Yama, que con quedo trote ya está en marcha en una travesía cuya duración, con mucha suerte -nuestra fragilidad no nos debería permitir confiar en tal cosa-, alcanzará algunas décadas más. ¡Oh Yama, señor de la Rueda de la Vida y la Muerte, ya estoy agasanjando mi palacio para tu llegada! Mi servicio alfombrará tu paso con pétalos de rosas, las estancias estarán perfumadas de mirra y alcanfor, los villanos se postrarán ante ti. El amor saldrá a guiarte por los intrincados corredores de la mansión, las doncellas vírgenes te abanicarán con su paciencia y las banderas de la aceptación ondearán en atrios y alminares. ¡Oh Yama, podamos departir juntos entonces sobre la pasada gestión de mis dominios y detallando con serenidad el próximo señorío o el próximo teatro que me tengas planeado, para que mi rúbrica en tu contrato sea firme y aquiescente! Llévame donde quieras, Señor del Abandono, Repartidor de Igualdad Universal, que yo me ocuparé de ir allá por mi propio pie, sin necesidad de centinelas ni picotas, hasta el día en que te venza definitivamente. Como buen vasallo reinaré hasta entonces lo mejor que pueda en el rincón de un penumbroso bosque, en el fondo de un océano sin fin, en un interregno sin aire, en el cuerpo de un esclavo, en una fosa infernal o en la humilde madriguera de las diligentes termitas.

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[Música: Romance del enamorado y la Muerte, una vez más en la cálida voz de Joaquín Díaz. Este dramático poema, de los más románticos y lacrimosos de su género -si no el más perfecto de todos-, digno de inspirar a Bécquer o Espronceda, relata el brusco encuentro con la muerte de aquel que, por su ímpetu, cree conducirse hacia la vida].

A los muertos

Además, monjes, el monje compara este mismo cuerpo con el cuerpo arrojado al suelo del cementerio, muerto desde hace un día, o dos días, o tres días; hinchado, lívido y putrefacto de esta manera: “Este cuerpo mío tiene la misma naturaleza, alguna vez será igual a aquel cuerpo y no está exento de este destino”.

Mahasatipatthana Sutta, Digha Nikaya 22.6 (“Kayanupassanananavasivathikarapabba “[“Sección con las nueve formas de contemplación del cuerpo en el cementerio”]).

Quando es bibo el omne cría mota sin mesura,
de pïojos e lombrizes, ca tal es la su natura;
muerto, cría los gujanos con su mala podredura,
que lo roen e lo comen dentro en su sepultura.

Libro de miseria de omne 435

L0070292 Kusozu: the death of a noble lady and the decay of her body. Credit: Wellcome Library, London. Wellcome Images images@wellcome.ac.uk http://wellcomeimages.org Kusozu: the death of a noble lady and the decay of her body. Fifth in a series of 9 paintings. Here her body is decaying in the advanced stages of putrefaction. Watercolour Published: [17--?] Copyrighted work available under Creative Commons Attribution only licence CC BY 4.0 http://creativecommons.org/licenses/by/4.0/

Muertos del mundo: os observo y os estudio. En vuestra descomposición cabe toda filosofía, toda visión, toda mirada amorosa y toda triste despedida. Hasta las reliquias incorruptas de los santos, prolongadas por beatitudes excelentes, se abrasarán durante la conflagración de los mundos. Seguid impartiéndonos enseñanzas, amados muertos, desde vuestra lejanía de todas las cosas. Sin vosotros, ¿cómo sabríamos aprovechar esta efímera vida? El rostro desencajado del cadáver quemado sobre las aguas del Ganges es mi mismo rostro, y en muy poco se diferencia de cualquier otro. Esas piernas flexionadas por la calcificación reflejan mi propia postura arrodillada cuando contemplo un confuso vislumbre de eternidad. No podré evitar adoptar esa angulación contrahecha, esa rigidez de las articulaciones, esa cavidad vacía en los ojos, esa inoperancia de la mente, esa nada de las pasiones y las ideas.

A vosotros, muertos que camináis, también os imploro vuestra enseñanza, a pesar de que muchos de vosotros ignoráis vuestra condición de maestros, desconociendo como desconocéis vuestro mensaje. Tomáis posesión de las calles y de las diversiones como si ello evitase vuestro substrato, que es ajeno a la animación; pero así, inanimados, pasaréis la mayor parte de la edad del universo. La rutina y los caprichos masajean vuestro corazón mientras creéis manipularlo vosotros a él. Oh amados muertos, vosotros que portáis vuestro final escrito en la frente desde el nacimiento, no os dejéis llevar por ilusiones dañinas, por vicios insaciables, por envidias destructivas, por impiedades pueriles. Lo más triste de un muerto es que crea estar vivo.

Los mejores de los muertos alzaron un día todos los logros de nuestra malhadada raza, cuando las cosas todavía necesitaban un nombre, cuando el sol todavía no había sido adorado. Les debemos la palabra, el número y la plegaria. Y tan muertos como ellos estamos nosotros, con un leve desfase ínfimo en el manto de la eternidad. ¡Ea!, cojámonos de la mano todos los difuntos, los de ayer y los de hoy y los de mañana, y bailemos al son de la necrosis que impera en nuestros bellos cuerpos en proceso de corrupción lenta e incesante, iluminaciones vacuas como el arco iris. Cantemos al sol que un día habrá de estallar y a la luna que lo sigue como un cadáver gris, animado solamente por los generosos destellos reflejados por su viudo. Toda la inmortalidad surgirá de nuestro desprendimiento de la muerte. No abracemos la vida, porque no es más que un disfraz de su opuesto. Abracemos, sí, a la pareja completa de vida y muerte en su oposición, sometida a su vez a un principio inasible y absoluto en el que mora la naturaleza última de lo que deviene, aquello que es lo único que en realidad se salvará porque es lo único que merece salvarse.

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[Música: J. S. Bach, Cantata BWV 82. I. Aria (“Ich habe genug“), tal vez el aria más sublime del cantor de Leipzig, claramente emparentada con el Erbarme dich de La Pasión según San Mateo. El texto reza así: Ich habe genug,  / Ich habe den Heiland, das Hoffen der Frommen, / Auf meine begierigen Arme genommen; / Ich habe genug! / Ich hab ihn erblickt, / Mein Glaube hat Jesum ans Herze gedrückt; / Nun wünsch ich, noch heute mit Freuden / Von hinnen zu scheiden. (“Tengo suficiente, pues he tenido al Salvador, esperanza de los justos, en mis brazos anhelantes. ¡Tengo suficiente! Lo he visto, mi fe ha estrechado a Jesús contra mi corazón, y hoy mismo quiero partir de aquí con alegría.”). La primera imagen es una muestra de kusozu, el arte gráfico japonés de clara raigambre budista (la meditación asubhakammaṭṭhāna en cadáveres en nueve fases) y centrado en mostrar en series de grabados las sucesivas etapas de descomposición corporal.]

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Escudo de armas del Vaticano en sede vacante.

Et, postquam uenerint ante sedem regis Jerosolime, Ypocrisis insusurret Ypocritis annuntians eis adaentum Antichristi. Qui statim occumint sibi cantantes:
Sacra religio iam diu titubauit.
matrem ecclesiam uanitas occupauit.
Vt quid perditio per uiros faleratos?
deus non diligit seculares prelatos.
Ascende oulmina regię potestatis.
per te reliquie mutentur uetustatis.
Tunc Anticliristas:
Quomodo fiet hoc? ego sum uir ignotus.
Tunc ipsi:
nostro consilio mundus fauebit totus.
Nos occupauimus fauorem laicorum.
nunc per te oorruat dootrina clericorum.
Nostris auxiliis hunc tronum occupabis: […]
Tunc Antichristus neniens ante sedem regis Jerosolime cantat ad Ypocritas:
[…] Ascendam igitur et regna subiugabo,
deponam uetera, noua iura dictabo.

[Después de que hayan llegado ante la sede del rey de Jerusalén, Hipocresía susurrará a los Hipócritas que el Anticristo ha venido. Ellos al instante se aproximarán a él, cantando: “La sagrada religión ya estaba en entredicho desde hacía tiempo. La vanidad se ha apoderado de la Madre Iglesia. ¿A qué viene este despilfarro en varones tan ricamente adornados? Dios no ama a los prelados seculares. ¡Alcanza la cima de la potestad regia! Gracias a ti cambiarán los recuerdos del pasado”. Entonces el Anticristo: “¿Cómo se podrá hacer esto? Soy varón desconocido” Entonces ellos: “Por medio de nuestros consejos todo el mundo te aceptará. Nos hemos ganado el favor de los laicos. Ahora gracias a ti la doctrina de los clérigos se vendrá abajo. Con nuestra ayuda ocuparás el trono […]”. Entonces el Anticristo se situará ante la sede del rey de Jerusalén y, dirigiéndose a los Hipócritas, cantará: […] “Así pues, subiré y someteré los reinos. Derogaré las leyes anteriores y promulgaré otras nuevas”.]

Ludus de Antichristo (s. XII) 28-32 (trad. de E. Castro Caridad en Dramas escolares latinos: siglos XII-XIII, ed. Akal).

Ecclesiam, Agni immaculati sponsam, vaferrimi hostes repleverunt amaritudinibus, inebriarunt absinthio; ad omnia desiderabilia eius impias miserunt manus. Ubi sedes beatissimi Petri et Cathedra veritatis ad lucem gentium constituta est, ibi thronum posuerunt abominationis et impietatis suae; ut percusso Pastore, et gregem disperdere valeant.

[Enemigos llenos de astucia han colmado de oprobios y amarguras a la Iglesia, esposa del Cordero inmaculado, y sobre sus bienes más sagrados han puesto sus manos criminales. Aun en este lugar sagrado, donde fue establecida la Sede de Pedro y la cátedra de la Verdad que debe iluminar al mundo, han elevado el abominable trono de su impiedad con el designio inicuo de herir al Pastor y dispersar al rebaño.]

León XIII, Oratio ad Sanctum Michael, 1890

Omnis enim libertas legitima putanda, quatenus rerum honestarum maiorem facultatem afferat, praeterea nunquam.

[Una libertad no debe ser considerada legítima más que cuando supone un aumento en la facilidad para vivir según la virtud. Fuera de este caso, nunca.]

León XIII, Libertas praestantissimum (1888)

[Dicit enim Ambrosius quod omne verum, a quocumque dicatur, a spiritu sancto est.]

Pues dice Ambrosio que toda verdad, dígala quien la diga, proviene del Espíritu Santo.

Sto. Tomás de Aquino, ST 2.2.172.5

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No han faltado en mi haber las jeremiadas por las transformaciones de la Iglesia católica en el último siglo, e incluso me declaré abiertamente sedevacantista (después me habría debido considerar sedeimpeditista al sospechar que la silla de Pedro pueda haber estado formalmente ocupada por el cardenal Giuseppe Siri). Tales opiniones son las que me han alejado de la fe en la que fui despreocupadamente bautizado y me han confirmado de forma consciente en lo que ya venía siendo una apostasía de facto. 

Sin embargo, son doctrinas orientales las que me han hecho rebajar el tono. Los ciclos cósmicos que reconocen las filosofías surgidas de la India, tan abiertas a tomar perspectivas más distantes de las peripecias históricas humanas, explican también el devenir de la Cristiandad, y la aprecian en su auge y en su decadencia. No es de recibo alabar al joven vigoroso y vilipendiarlo cuando, ya anciano, va perdiendo la lucidez y cuando se las arregla para caminar cojeando, agarrándose allí donde pueda. Aunque sigo pensando que, cuanta más novedad pide la humanidad malcriada en lo moderno, menos se la debería conceder en aras de contrapesar la tendencia a la molicie excesiva; aunque encuentro una contradicción entre el Magisterio eclesiástico que se conserva desde la época del imperio romano y todo el que se prodiga desde la revolución posconciliar; aunque entiendo bastante poco de las reformas de las últimas cinco décadas, empezando por el Novus ordo missae; aun con todo eso, me cuestiono si es que no hubiese alternativa. Los siglos han sido lo que han sido y han hecho mella hasta en las almas más aptas para la santidad. Ante los nuevos analfabetos del espíritu y de la disciplina, quizá no quepa más que rudimentos simplificados y lemas fácilmente memorizables por quienes ya carecen de memoria y de veneración por la fidelidad de sus ancestros. Reconozco también que almas diez mil veces más piadosas y beatas que la mía han abrazado el mensaje modernista, aunque por otro lado no se deba descuidar la posible piedad mayúscula que también hierva aún en las catacumbas tradicionalistas. ¿Acaso no fue una simplificación el amidismo, el budismo devocional de la Tierra Pura? La cronología budista comprende el estadio actual de sila-kala, la era de la virtud, centrada en la moral por encima de la práctica estricta, y aún anuncia el final Jina-matradharana, el periodo en el que, perdidos conocimiento y praxis, sólo se conservan de la religión sus símbolos vacíos. Incluso el profeta de los musulmanes advirtió de la condescendencia para quienes han dado con épocas de confusión y relajación: “Al comienzo del Islam, quien omita una décima parte de la Ley se condenará; al final, quien observe una décima parte de la Ley se salvará”.

No me atrevo ya a asegurar que los portadores del solideo blanco desde Juan XXIII (o, según algunos, desde muchos siglos antes) hayan sido antipapas. Ciertamente, el aparato legal canónico, herencia del ordenado derecho romano y no susceptible de abrogación según sus propios presupuestos, permite interpretar la existencia de una herejía modernista, sí (Unam sanctam, Mirari vos, Quanta cura, Pascendi, Lamentabili sine exitu, Immortali Dei, Qui pluribus, Singulari quadam, Aeterni Patris...), y es consenso de todos que un vicario de Cristo no puede ser hereje (solemnemente proclamado por la bula Cum ex apostolatus officio de Paulo IV), al menos cuando se pronuncia infaliblemente ex cathedra, so pena de perder ipso facto su condición de vicario de Cristo, dado que es imposible establecer como dogma de la Iglesia una proposición que contradiga a otro dogma aceptado; pero, por otra parte, las religiones mutan como mutan los cuerpos, y, por muy indeseable que sea la mutación de la doctrina que nos advierte de dichas mutaciones, es tan inevitable como anunciado está en la naturaleza de todas las cosas. Una tradición ha declinado a todos los niveles (místico, doctrinal, litúrgico, escolástico y artístico) a lo largo del siglo XX, y es la tradición cristiana latina. ¿Qué hacer ante dos afirmaciones contradictorias, máxime si la primera advierte de que no podrá ser alterada por la segunda y máxime cuando la segunda se legitima a sí misma por ser heredera tradicional de la otra? Toda solución será paradójica, como paradójico es todo lo sagrado. Parece que, rota en la latinidad la dicotomía entre exoterismo y esoterismo, se dice ya todo en el mismo tono, lo cual es ciertamente difícil y peligroso. Pero, al igual que la física de Einstein no invalida la de Newton sino que la abraza y trasciende, algo parecido podría quizá decirse del catolicismo modernista respecto del tradicional, sin que muchos entendamos muy bien cómo ha de articularse tal cosa para evitar entre los fieles -almas necesitadas de directrices nítidas e impresionantes- la proliferación de todos los errores.

No es que las aparentes contradicciones no hayan florecido entre los documentos magisteriales. Por ejemplo, el conciliarismo del Concilio de Constanza fue condenado por el IV Lateranense o por la constitución Pastor aeternus, y el Sínodo de Pistoya fue condenado por la bula Auctorem fidei de Pío VI. Pero ante casos de ese tipo, o bien la nueva declaración declara nula e inválida a la anterior (entendiéndola como no inspirada por el Espíritu Santo), o bien se acomodan entre sí mediante sutiles interpretaciones. El llamado Concilio Vaticano II, por su parte, parece no tener precedentes en el número de tradiciones que cuestiona, dejando a un lado sus defectos formales de promulgación y demás. Aun pretendiéndose ante todo un concilio pastoral y no dogmático, ha suscitado una transformación de las creencias mayoritarias de los fieles como ningún otro evento en la historia.

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La verdadera doctrina católica es amorosa y perdonadora, pero también, en otro plano, dura y excluyente, pues extra Ecclesia nulla salus. Nunca se ha rechazado el margen para la salvación por la Gracia y, lo que es más importante, siempre se ha animado al amor incondicional por los no creyentes: Absit vero, ut catholicae Ecclesiae filii ullo unquam modo inimici sint iis, qui eisdem fidei caritatisque vinculis, nobisenm minime sunt coniuncti, quin immo illos sive pauperes, sive aegrotantes, sive aliis quibusque aerumnis afllictos omnibus ebristianae caritatis ofliciis prosequi, adiuvare semper studeant… [“Lejos, sin embargo, de los hijos de la Iglesia católica ser jamás en modo alguno enemigos de los que no nos están unidos por los vínculos de la misma fe y caridad; al contrario, si aquellos son pobres o están enfermos o afligidos por cualesquiera otras miserias, esfuércense más bien en cumplir con ellos todos los deberes de la caridad cristiana y en ayudarlos siempre…”] (Pío IX, Quanta conficiamur, 1863). En general, todas las tradiciones ponen el énfasis en que es su tradición el mejor camino, si no el único, para culminar el sendero espiritual. Quizá lo enfatice todavía más el catolicismo. Y es que fue una religión surgida en el desierto para pueblos de corazón duro.

Quizá simplemente sean pocos los que se salven (Mt 7:13-14; Nt 22:14; Lc 13:22-27; Rm 9:27), y muchos estén condenados a la confusión, mientras que otros estamos muchos hoy llamados al exilio espiritual: demos gracias de que el mundo actual nos ofrece, como contraparte, la posibilidad de conocer y practicar casi todas las tradiciones que persisten. Aunque una religión ha de violentar el ego y las concepciones asentadas y acomodadas de cada uno, y por ello no basta como motivo el sentirse un poco encorsetado para abandonar la vía, no deja de ser cierto que, cuando se siente una violencia psíquica inaceptable, un choque doctrinal o ritual que chirría una y otra vez en nuestra cabeza o en nuestro corazón por mucho que amemos y veneremos las Escrituras y los ejemplos de los grandes santos, es claro que no estamos destinados a esa comunidad de fieles. No hemos de perder ningún vínculo con la comunidad humana, pero eso no nos obliga a permitir al credo que comparten nuestros hermanos moler nuestras expectativas a fuerza de un deseo pueril de encajar entre los vecinos. Es por ello que, muchos de los que fuimos bautizados como católicos romanos, no hemos logrado mantener una práctica modernizada en la que no vislumbramos ya el Misterio. Entre esta imposibilidad y la de hallar sin asomo de duda un linaje sacerdotal formalmente válido que pueda consagrar y administrar los sacramentos bajo los auspicios de la tradición bimilenaria (¿quizá en la Petite Église?), no queda otra opción sincera y ávida de plenitud que salir a explorar la presencia del Espíritu Santo en otros enclaves.

Hay que decir que la apertura sorprendente a lo que no es la propia religión no se ha dado únicamente en la Iglesia. También el actual Dalai Lama ha tenido sus más y sus menos con su comunidad Gelug. Algunos fieles al protector Dorje Shugden han producido un auténtico cisma que ya no conoce a Su Santidad como al líder de la escuela, inclinándose más bien hacia el Ganden Tripa (líder oficial de la escuela pero que, por su parte, está en comunión con el Dalai Lama). El Dalai Lama parece ser, en algunos aspectos, un entusiasta del modernismo, aunque, como sucede con los líderes espirituales orientales, parece tener dos voces: una para el desarraigado Occidente y otra para su propia comunidad tradicional. Lo que tienen a favor todas las religiones en cuanto a su capacidad para conciliar lo antiguo y lo moderno, salvo la católica, es la carencia de un corpus legislativo dogmático, exhaustivo y perfectamente archivado, que cierra multitud de posibilidades y hace saltar las alarmas del rigor en cuanto una contradicción lógica puesta en negro sobre blanco es pronunciada ex cathedra o en nombre del Espíritu Santo durante un concilio. Los católicos modernistas han querido hacer flexible una religión que ha ido estrechando sus márgenes a lo largo de dos milenios mediante bulas pontificias, encíclicas, actas conciliares y constitutiones apostolicae. Por ende, la Iglesia, para seguirle el paso al mundo, tiene que aprender a perder los sellos que llevaba en su esencia: la racionalidad legal y la fidelidad a su propia tradición documental. Pero con ello se olvidan las palabras del Maestro: “El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama “ (Mt 12:30); y “nadie puede servir a dos señores” (Mt 6:24). No es agradable tener que elegir, ni es agradable tener que disciplinar las propias inclinaciones de uno, habitualmente inclinaciones hacia el siglo. Pero de eso trata en buena medida la religión: en desafiar lo fácil para obtener lo puro.

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Sea como fuere, hay una institución a la que mil millones de personas dicen creer en todo o casi todo. Si fuera cierto que la Iglesia católica no existe ya a plena luz del día y pervive, en cambio, oculta en unas pocas parroquias leales al misal tridentino, al menos podemos suponer que en cualquier caso existe en su lugar algo todavía beneficioso, aunque sólo fuera por la mención constante de conceptos como la caridad o la paciencia. Y, por muy poco beneficioso que fuera, por más que fuera el cumplimiento del Tercer Secreto de Fátima o el anuncio del fin de los tiempos, aun con todo, visto lo visto, seguiría mereciendo protección frente a la ola de zafiedad indisimulada, inmoralidad libre y grotesca que invade nuestro mundo completamente profano y materialista hasta lo inimaginable. Ante el diluvio de las costumbres, una herejía ya ni siquiera parece el peor de los problemas. No afirmo, pues, que no haya habido un desfile de herejías que invaliden la pretendida sucesión apostólica de los últimos papados; más bien intuyo que, aun cayendo en lo que para el Magisterio infalible era visto como herejía, todavía es seguramente posible permanecer en una misteriosa comunión con la Santa Iglesia invisible, aunque ciertas proposiciones magisteriales den a entender lo contrario. Pero no hemos de limitarnos a tolerar un mal menor: los seres mediocres no somos quienes para conceder permiso de existencia a todo un imperio de almas volcadas en prácticas que ya nos son ajenas, si es que alguna vez no lo fueron. Habida cuenta de la confusión doctrinal, de la que muchos teólogos y la mayoría de los fieles no puede discernir ni una pequeña parte (dos milenios de legajos, cánones y decretos en latín dan para una investigación inabarcable), la única opción plenamente legítima radicaría en dar mucho amor y repetir sin cesar el nombre de Jesús, como acostumbran a hacer los cristianos orientales. Y solamente podemos y debemos hacer una cosa quienes ya no comulgamos con la asamblea de la Iglesia: desear que clero y feligreses acierten en su rumbo indiferentista y rezar para que todo salga finalmente como las profecías prometieron (aunque algunas, como la de 2 Ts 2.3-4, anuncien el paso del Anticristo por la Santa Sede) para regocijo de los cristianos. Deseemos desde fuera del templo que el argentino Francisco, reconocido por muchos como obispo de Roma, sea digno de la Apostólica Sede y un auténtico iluminado, un reformador certero y necesario que al menos ha sabido reconocer la preocupante relación del hombre moderno con la naturaleza (encíclica Laudato si), un hombre santo y sabio y no un populista superficial y desnortado, a pesar de lo que de él dicen los sedevacantistas (impresiona, desde luego, el volumen de casi dos mil páginas en el que se cotejan todas las declaraciones dogmáticamente cuestionables de Francisco a la luz del Magisterio bimilenario). Y lo mismo con quienes lo precedieron y con quienes lo sucederán. Doctores tiene la Iglesia para hablar más allá. Y más allá, a la postre, todo queda en manos de Dios.

Probablemente los católicos tradicionalistas, en su tono apocalíptico y anatematizador, dirían que mi postura, más que heterodoxa, es apóstata, puesto que no me reconozco católico. Los budistas, más pragmáticos, probablemente me preguntarían por qué me dedico a dirimir cuestiones de una religión que ya no es la mía en vez de dedicar ese tiempo a mi propia práctica espiritual. Los posconciliaristas, aunque quizá molestos por mis reservas a sus innovaciones, acaso fueran los que, en su habitual espíritu de concordia cosmética, mejor recibirían mis palabras. Pero, como ya he dejado caer, pienso que, precisamente, quizá lo más útil de las religiones en el término inmediato sea el espoleo del alma mediante la desaprobación de nuestras actitudes, nunca lo suficientemente buenas, nunca lo suficientemente justas y nobles. Aunque la Verdad requiera firmes defensas aproximadas y aun el sacrificio de la propia vida, es igualmente cierto que, cerca ya de sus más elevadas manifestaciones, en el silencio expresaremos nuestra más elocuente atención al Misterio; y con nuestros actos, nuestros amores y la conciencia inefable de lo infinito hablaremos con más autoridad que barajando cánones y excomuniones.

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[La primera de las músicas es Congaudeant catholici (“Regocíjense los católicos”) (Codex Calixtinus [f. 214 -185-], Magister Albertus Parisiensis) del s. XII, la primera composición polifónica a tres voces conservada en Occidente. Conmemora la festividad de Santiago y su texto es el siguiente: Congaudeant catholici, / letentur cives celici, / die ista. / Clerus pulcris carminibus / studeat atque cantibus, / die ista. / Hec est dies laudabilis, / divina luce nobilis, / die ista. / Qua Iacobus palacia / ascendit ad celestia, / die ista. / Vincens Herodis gladium / accepit vite bravium, / die ista. / Ergo carenti termino / Benedicamus Domino, / die ista. / Magno patri familias / solvamus laudis gracias, / die ista. La segunda música es de W. A. Mozart, de la celestial Große Messe in c-Moll KV 427, II. Gloria (Cum Sancto Spiritu). Quizá sea ésta la misa de ordinario más brillante e inspiradora jamás escrita, probablemente dedicada como voto matrimonial a Constanze Weber, quien cantó como solista en el estreno. El genio de Salzburgo murió pensándose católico y francmasón, y ello a pesar de la bula In Eminenti (1738) en la que Clemente XII había prohibido que los católicos perteneciesen a cualquier tipo de logia masónica, condena ratificada por Benedicto XIV en su constitución apostólica Providas romanorum (1751). Puede cuestionarse si un compositor divino como Mozart pudo o no haber sido hereje, pero más sorprendente sería reconocer, como se sospecha, que Juan XXIII o Pablo VI no dejaron de ser masones tras investirse la tiara papal, y ello choca aun más con la renovación de la condena de la masonería por parte de Ratzinger y Wojtyla. Parece bastante evidente que, para bien o para mal, el Vaticano está ya repleto de masones.]

Cuando sale la respiración por los dos orificios
de tu nariz, visualízala bajo la forma de una luz blanca
que lleva consigo toda la felicidad y todo acto bueno:
envíalos hacia delante en un viaje a la par con la respiración.
Imagínalos entrando por los orificios nasales de cada ser, tus madres,
y que llenan a todas esas madres nuestras con toda la felicidad.

I Changkya Rimpoche, Entrenamiento para Aquellos del Elevado Camino

¡Que horrible es abandonar a mis padres en este terrible sufrimiento,
anhelando y buscando únicamente mi propia felicidad!

Jetsün Drakpa Gyaltsen, Desprenderse de los cuatro apegos

Aquí presento una nueva, libre y pobre versificación mnemotécnica de un poema de aspiración: “Un canto de compasión”, del yogui budista tibetano Shabkar Tsokdruk Rangdrol (1781-1851), considerado emanación de Milarepa y denodado defensor del vegetarianismo ético. El poema retrata la rueda de renacimientos a través del afecto que cada uno ha de sentir por los “seres madres”, sus parientes reencarnados en sucesivos reinos de existencia (infiernos calientes, infiernos fríos, pretas, animales, humanos, asuras y dioses). Tal reconocimiento pasa por ser el primer punto de la instrucción de seis causas y un efecto para alcanzar la boddhicitta, tal y como lo transmitió Atisha en el siglo XI. La estrofa elegida esta vez para su trasvase al castellano es la de los tercetos encadenados (con el serventesio final preceptivo), primando el endecasílabo heroico (acentuando segunda, sexta y décima sílabas) siempre que haya sido posible. El epílogo contextual del final lo he dejado en prosa tal y como aparece en la traducción de Rigpa Translations. No deja de ser curioso a priori el tono patético del poema. Pero recordemos aquí que Geshe Langri Tangpa, de quien versifiqué las famosas Ocho estrofas, era conocido por su incapacidad de sonreír; cuando le preguntaron por ello, respondió: “Cuando pienso sobre el sufrimiento sin fin de los diferentes reinos del Saṃsāra, ¿como podría nunca sonreír?” (no obstante, se dice que sonrió una vez al ver a un ratón intentando llevarse una turquesa de su mandala; el ratón, incapaz de lograrlo, llamó a otro ratón y lo intentaron juntos, algo que causó hilaridad en el venerable maestro). Con todo, este y otros ejemplos no quieren decir que la tristura sean inherentes a los maestros realizados (de hecho, suelen ponderar la alegría como soporte de un carácter virtuoso y como uno de los siete factores de Iluminación); antes bien habría que pensar que cada maestro adopta los roles persuasivos oportunos según la necesidad de carismas distintos por parte de individuos y comunidades. 

¡Que abunde la virtud!

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Shabkar acariciando a un zorro.

1. Mi alma a los que sufren rememora,
mis madres que amorosas me han cuidado
de tiempo sin principio hasta esta hora.

2. Madres que en el calor me han refrescado
en un ardiente infierno han renacido.
¡Las compadezco! Con fuego se han quemado.

3. Madres que del helor me han protegido
en un glacial infierno resurgieron.
¡Las compadezco! En frío se han hundido.

4. Mis madres su alimento me ofrecieron,
y algunas como Espíritus Hambrientos
¡las compadezco!, hambrientas revivieron.

5. Mis madres mucho amáronme en momentos,
y algunas se tornaron animales,
¡las compadezco!, usados con tormentos.

6. Cumplieron mis deseos madres tales,
y algunas regresaron como humanos,
¡las compadezco!, a mil daños letales.

7. Mis madres me acogieron con sus manos,
y algunas se encontraron como asuras
¡las compadezco!, en duelos tan insanos.

8. Las madres que bondades dieron puras
volverán, tras el mundo de los dioses,
¡las compadezco!, a vida y muerte duras.

9. Vosotras no rehuís vuestros acoses
y sufrís sin cobijo y con espanto,
¡os compadezco!, todos los adioses.

10. Al ver que el sufrimiento con su manto
a todos nos recubre, yo me pienso:
“¡que hoy mismo me ilumine y me haga santo”.

11. Que alcance el despertar puro e inmenso
y, raudo, de miseria libre a todos,
y rezo para obrar común ascenso,
llevándoles la dicha en ciento un modos.

Cuando a la puerta de mi choza de retiro aparecieron mendigando una y otra vez grupos de gentes pobres, que nunca tenían suficiente comida ni ropa, mi corazón se llenó de un profundo sentimiento de compasión y, entre muchas lágrimas, escribí estas palabras.

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Los tres animales centrales de este Bhavachakra (visualización de la existencia cíclica samsárica) representan los tres venenos que hacen renacer: la serpiente representa la aversión; el gallo, el deseo; el cerdo (¿en este caso un lobo? ), la ignorancia.

[Música: M. de Sainte-Colombe, Les pleurs (arreglo para dos violas).]