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Vio a los pinos jóvenes, que parecían sonreír dorados de sol, y a los amigos-discípulos alborozados, como si bebiesen jugos de una vida poderosa, que era la suya… Por la noche hizo abdicación de su mando y señorío: bajó al patio y besó el tronco muerto.

G. Miró, Parábola del pino

… y acabó por salir al campo, siguiendo la orilla del río, lentamente, con la vista fija en aquella alquería azul que nunca había llamado su atención y ahora le parecía la más hermosa del dilatado paraíso de naranjos.

V. Blasco Ibáñez, Entre naranjos I 3

Així mateix també tenen,
alguna altra cosa bona,
xim pum dali dali dali trum trum,
alguna altra cosa bona.

Sa cosa no vos la dic,
però ja hi deveu pensar-hi,
xim pum dali dali dali trum trum,
però ja hi deveu pensar-hi.

Anàrem a Sant Miquel (canción popular ibicenca)

No suelo pensar en la tierra sobre la que se depositó mi cuerpo por primera vez, a medio kilómetro del mar. Respiraba mi madre la brisa marina en aquel entonces, y esa brisa fue la primera que respiré yo, y así siguió la cosa hasta mi primera juventud. Y, sin saber muy bien por qué, aunque rastreo mi genealogía en los cuatro puntos cardinales de la península, siempre me habría descrito como el castellano que no soy, cuando no como el francés o el ruso que jamás podré ser. Algo he renegado de una patria que, creía, no concertaba con mi espíritu. Pero caigo a veces en que debió de ser un privilegio sentirse de aquí cuando había un aquí que no violentaba los sentidos, cuando reinaba la placidez en las huertas, la abeja en el matorral y los cantos en los hombres que echaban las redes desde los veleros. No se trata esta vez de una fantasía embellecida sobre motivos azarosos del pasado: no todos los lugares reúnen el mismo equilibrio entre sus fuerzas, no en todos los lugares uno podría pasear y adormecerse dulcemente durante meses bajo el arropamiento del suave clima, no en todos los lugares quedan ancianos que confirman mi sospecha. No hay motivo alguno para sentir orgullo, pero sí cierta gratitud y cierta lástima a partes iguales. A pesar de la dureza de toda vida popular, a pesar del drama humano, idéntico en todos los paisanos del planeta, no menos cierto es una afortunada dulzura de vivir se propicia en ciertas geografías y siglos. Uno no elige donde nace, pero sí elige no caer en el desprecio ni al terruño propio ni al ajeno, así como aprovechar las virtudes de allí donde se florece. Tener raíces -unas raíces plácidas- no salva a nadie, pero hace las cosas más fáciles para gozar de un corazón servido y natural. Y una corriente de pensamientos me llegan desde remotos antepasados, tan árabes como reconquistadores catalanes, tan emigrados judíos como indiscernibles romanos, mientras contemplo en tonalidad azul lo más parecido al infinito que pueda verse desde aquí, desde uno de los últimos porches antiguos que por estos pueblos asoman directamente sobre el romper de las olas.

Incontables siglos llevan los flujos de Levante lamiendo estas arenas y rocas, como queriendo trasladarnos los sabores de aquellos mundos, hermanos y lejanos a un tiempo, en que héroes y dioses fundaban reinos y adoraban a las fuerzas de las profundidades. Envueltos llegan en el sabor del salitre, y apenas distinguimos sus venerables procedencias, indolentes como están nuestros sentidos por el frescor del alficoz, el néctar áureo de la oliva o el candor ruborizado de la buganvilla, secuestrada de insólitos continentes. De entre las palmeras incuestionables, vigías de los horizontes, avaras en dátil, distingo una pareja de ardillas, amadas entre sí, sabiamente afincadas junto al océano, al que nunca osarán adentrarse. Más temerarias sobrevuelan tierra y agua las gaviotas y sus secuaces –deslucidos cormoranes–, a la caza de la anchoa veloz o de la oprimida quisquilla. Los gatos se orean cimbreándose en las faldas del ufano peñón a la espera de dádivas humanas, mientras ya nadie recuerda todos los amores que debieron de declararse por estos rincones entre palafreneros y tejedoras, entre pescadores y comadronas, antes de que ningún joven de la comarca supiese ponerlos por escrito. Cierto es que este paisaje tiene una sequedad enjuta, yerta en la primera legua de costa, esterilizada por el yodo: los floripondios carecen del poder de geranios adustos y fragantes romeros. Pero se diría que el hombre se acondiciona con perfección a este clima en el cual, a pesar de gratos aromas y tímidos verdores, uno no puede huir de sí mismo, a cambio de no habérselas con demasiados peligros y de respirar nardo y jazmín en las noches; allí donde el reino vegetal pugna con el desierto no hay ni exuberante entretenimiento ni amenazas considerables, fuera de rarísimos alacranes, algunos mosquitos más y hedonistas de nuevo cuño. Es un mundo sencillo. No rondan ni el misterio ni refinamientos cortesanos: la luz lo inunda todo con vigor, llamando a las cosas por su nombre. Es por ello también una escuela para ánimos atribulados, un gimnasio para el alma demasiado sensible, enrarecida por conversaciones inútiles; ofrece motivos a la indolencia sin motivos. No hay aquí grandes filosofías ni repensados versos: la cumbre de la sapiencia pasa por el refranero, y aun, intuyo, es visto a menudo como excesivo. Algo de risa ruidosa, dichos breves e interjecciones, percusivas dulzainas y otros vientos, la sombra de las parras y el rumor del oleaje cumplen tales funciones y la maridan siempre con el placer, mejor o peor según los casos y los días. Si se desea concertar el alma con este suelo, sobre él hay que pensar descalzo o en espardenyes. Ése es su privilegio y su límite.

Desde rocas similares a ésta en la que me encuentro, en jónicas lejanías, entregó la divina Safo su cuerpo a las nereidas. Desde peñones como aquel otro tantearon los argonautas los primeros pasos de sus epopeyas, y allí también sacrificarían venados vencidos por congraciarse con los intemperantes dioses de los reinos azules, bien celestes, bien marinos. A lugares como éste arribaron primerizos los helenos y, prendados del genio comercial de fenicios y cartagineses, llamaron Ἂκρα Λευκῆ, la “Ciudadela Blanca”, a ese asentamiento de Amílcar Barca en tiempos de la primera guerra púnica.  Pero es, ante todo, un mundo más atávico que el de Homero o Apolonio de Rodas, un mundo en el que ya había hombres y mujeres trabajando los elementos mucho antes de que hubiese poetas penando de amores sin rociar de callos sus manos, antes de que los dioses impartiesen leyes y trazados de líneas rectas al levantamiento de muros. Oigo de boca de un hombre que llegó a ver allí otro régimen de costumbres retratos de oficios ya extintos. Imagino, arrullado por su nostalgia, al portador de sal que en carromatos llevaba sus pequeños diamantes desde las salinas de Calpe, punteadas todavía hoy por el rosáceo de floridos flamencos, hasta las calles de Benissa, Teulada, Dénia, Xàbia, Alcalalí o Pedreguer, entretenidas en sus caspellets, en su sang amb ceba, su borreta de melva, su mullador de pelleta, o su cocido de pulpo, mientras reciben alegremente a las viandas las mujeres bajo los arcos de los riuraus, al son de canciones populares alicantinas. Imagino jóvenes mozos intercambiando sacos con las hortalizas de sus padres, en el terreno franco entre la Punta de Moraira y el Cap de la Nao: desciende la naranja hacia la comarca de la Marina Alta, y ascienden tomate e hinojo hacia Gandía y la noble Valencia, reino sin rey. Y, tras los trabajos de siglos, salazones y caldoso arroz, trufado de ñoras, cubren las mesas encabezadas por los ancianos, que aún distinguen en su deteriorada visión la línea separadora entre océano y firmamento, aquella línea en la que, por voluntad de Nereo, Anfítrite o el Cristo de los Sudores, perdieron a un hermano pescador cuando apenas apuntaba barba, por más que colgaba a su cuello una medalla de la Virgen del Carmen, protectora de los pescadores, media centuria atrás, sin que el olvido imponga su completa cicatrización. No es, sin embargo, un mar conocido por sus bravuconadas en sus primeras leguas; cercado como una balsa, respetuoso incluso con los niños, los diversos reinos que lo rodean y beben de él -en especial el balear, centinela de Occidente- se contrarrestan entre sí amainando en lo posible huracanes y naufragios. E igual que apaciguan el agua con tierras, lo propio hacen esos reinos en el alma con el comercio y el trato frecuente. Rara vez se protesta contra el poder, o se hace con demasiada guasa, con escasa capacidad para el trabajoso rencor, teniendo como se tiene el consuelo del campo y la soleada playa, y hasta el idioma ha tomado sin violencia algunos rasgos de Castilla. Aquí es tan templado el aire como el agua y los caracteres.

A este oleaje prudente y cristalino que apenas conozco, raramente violento y de cuyos hijos los peces no sabría distinguir por su aspecto más de dos nombres, llegó mi sangre un día y se asentó antes de que los cristianos estableciesen sus últimas fronteras. Aquí mis ancestros, a buen seguro, labraron y vendimiaron, cantaron y bailaron, amaron y oraron, envidiaron y se mataron, navegaron y se ahogaron, reposaron y olieron el mensaje de los pinos. Aquí la lluvia se negó a dejarse ver por recelo hacia las brisas que se enseñorean en estas playas y cabos, y que transportan brotes de la tierra hacia el infinito piélago, y que recuerdan una vez más la vigencia de algas extranjeras sobre las rocas, contra las que se chocan como pretendiendo conquistar la península mediante una erosión mil veces milenaria. Aunque las rocas permanecen, todo es ya muy distinto. Poco se va oyendo la lengua valenciana que hablo con penosa torpeza por más que me la enseñasen desde niño y de la que solamente unos poquísimos ancianos son incapaces de conjugar con la lengua dominante, indiferentemente ajenos a la imposición castellana, atesorando palabras inútiles que apuntan a instrumentos, alimentos y oficios ya olvidados, concebidos en eras arábigas que habrán de regresar. Ni siquiera es acento ibérico el que más melodiosamente se explaya: forasteros del norte y del sur se han instalado atraídos por la centralidad de las condiciones locales. Murallas de construcciones prometeicas separan la primera línea de costa de todo lo que haya detrás, dividiendo a la naturaleza con sucio dinero, soez espatarre veraniego e insolente basura. Sí, todo es muy distinto en el litoral por el que asomó la civilización hace muchas, muchísimas lunas, y decidió quedarse aletargada en las calles de los pueblos, bañada por el bienamado sol y por el caldo mediterráneo, merendando junto a las chicharras, con poca prisa, sin codiciar nada porque nada más se puede obtener de la tierra, los cielos o los mares. Me pregunto adónde habrá viajado ahora la civilización, abandonadas ya estas tierras al ritmo de otros afanes menos sabios.

[Música: El primer número, sacado de un disco de L’Escola de Danses de Xàtiva, es un ejemplo atávico de folclore valenciano: una cançó de batre, un canto de trabajo vinculado a la actividad de batir para separar en cereales y legumbres las partes comestibles de las pellofes y tavelles, cascarillas y vainas. En segundo lugar suenan unas boleres, con un sabor panhispánico pero con letra valenciana y marcadamente prosaica, en la voz de una mujer que, desconozco por qué, me resulta gratamente familiar, una vez más junto a L’Escola de Danses de Xàtiva, y sospecho que con algunos castellanismos de más. La tercera música es la socarrona Cançó de la llum -originada en eventos reales acaecidos en Bèlgida, en la Vall d’Albaida, donde el alcalde se quedó con el dinero destinado a instalar luz en el pueblo, estableciendo dudoso precedente de la actualidad– a manos del grupo folclórico Al tall, con voces masculinas y melodía de dolçaina. La cuarta canción es Anàrem a Sant Miquel, cuyas últimas estrofas cité al comienzo y en la cual una señora ofrece desposar a sus hijas con los visitantes; no desentona aquí una canción ibicenca (presentada por el grupo folclórico menorquín Es bastió de s’illa), teniendo en cuenta que es la misma cultura y que, además, muchos mallorquines repoblaron las comarcas de la Marina Alta y la Safor en 1609, tras la necesidad que de ellos hubo tras la expulsión de los moriscos, y por lo cual permanecen costumbres, gastronomía y expresiones similares entre las islas y estas tierras. La siguiente canción, que recopila en nueva música fragmentos rescatados de temática similar, es de la misma agrupación: Bolero de Mussuptà. La última de las músicas es un buen equivalente de las marinas de Sorolla: la encantadora Sonatina playera para piano de Óscar Esplá, compositor alicantino de quien, casualmente, pasado mañana se celebra el nacimiento.]

Amor uniuscujuscunque hominis est omnium. Singuli enim omnes amare debent. Qui ergo hunc sibi specialiter exhiberi vult, raptor est, et ideo reus contra omnes efficitur. 

El amor de cada hombre es de todos. Porque cada uno debe amar a todos. Por lo tanto, quien quiere que se le muestre de forma especial es un ladrón, y por ello es culpable de agraviar a todos.

Guigo I, Meditationes (s. XII)

I

En lo más hondo no eres un ser, porque no hay seres, sino flechas dirigidas de un estado a otro. 

Nada hay menos fijo que las cosas a las cuales consideramos más fijas. Lo corpóreo no es más que un mismo grumo agrietado, dando la impresión de un multiplicidad. La multiplicidad es real en el mismo sentido en que un reflejo en el espejo es real: emite luz de colores que nos informa con señales, pero jamás podemos capturarlo.

II

No hay otra divinidad que la que sientas uniéndote a los demás seres, o no hay otra que puedas sentir.

Todas las ideas celestiales que no irradien y se esparzan por entre los canales del Todo no son sino retratos de momentos concretos, facetas aisladas de la imagen completa, que es la superior totalidad de las cosas. Para empaparse de los principios hay que vislumbrar sus resabios en los fines. La homeomería cósmica sea el mapa inabarcable según el que caminar, por más que un mapa infinito no te vaya a llevar nunca a un completo reposo. El completo reposo no es sino un detenerse artificial: la realidad sólo reposa en su pureza sin estaciones, en la vaguedad de los ciclos, tan incesante como inasible, tan rítmica como ilusoria. Tu alma no es sustancia, sino conglomerado de fuerzas: únicamente puedes percibir relaciones. Lo que crees que es el Principio no es sino un vínculo de todo a todo, incluso con aquello que sobrepasa naturaleza del ser.

III

Cuando tengas una aspiración noble, rastréala hasta conocer su causa primera en tu corazón, y verás su pedestre abolengo.

Se infla tu corazón y hablas de empíreos y categorías místicas después de haber tenido tal o cual encuentro con un pequeño triunfo o fracaso, con tal o cual dama, con tal o cual música. Lo vil y lo grandioso intercambian sin cesar su linfa; no has de avergonzarte tampoco de ello, pero guárdate contra el desprecio. Al fin y al cabo, también lo vil es resultado de otras causas que se pierden en misteriosos cielos, en la lejanía de la eternidad.

IV

No es que el dios more en ti, sino que tú eres el dios atrapado en una estrecha morada, aturdido por el viaje, habiendo olvidado casi todo lo que debe ser recordado. 

Tu ancestro eres tú mismo. ¿Acaso la forma de tus bisabuelos está ahora en otra parte más que en ti y en tus hermanos? Del mismo modo, lo santo se segmentó por compasión con el entorno y se hizo criatura, y desde entonces quieres hallar a tu ancestro, como te gustaría hablar con tu bisabuelo, que, sin embargo, sólo existe como tal en la forma que llevas inscrita ahora en la sangre.

V

Nadie puede desposarse con el viento ni quedarse mucho tiempo con un temperamento, propio o ajeno.

No te puedes fiar de tus cambios de comportamiento más de lo que te fías del viento que arrecia o amaina. Flora se aprovecha del Céfiro cuando la roza, y queda encinta de la Primavera; pero el humor de las brisas cambia rápidamente, y no es conveniente guardar rencor al otoño, o no se estará dispuesto al nuevo noviazgo primaveral. No asustes a los demás con tus cambios de conducta; pero menos te sientas atado a una conducta que sea arriesgada si sobrepasa la brevedad, solamente por que los demás ojos tengan una imagen menos desconcertante de ti. Puedes arrepentirte de no establecerte en lo bello, pero alégrate al menos de que ya conoces un camino; y, desde luego, no te arrepientas de no establecerte en lo vulgar. Incluso la edad bascula el humor de las almas más santas; ¿qué decir de ti, criatura ordinaria? Si los ángeles pueden volar, entonces vuelan bajo y vuelan alto, según su raza o su momento. Mas no confíes en el cambio como quien espera que su joven esposo o esposa vaya siempre a cambiar a mejor; antes bien, procura tener siempre cerca el lugar seguro al que regresar tras tus nobles acometidas contra el enemigo o tras tus fallidos deleites, o de lo contrario acabarás desconfiando de que la seguridad sea posible.

VI

Perdónate, sin celebraciones, las faltas que quedaron como residuo a una ardua y noble disciplina. 

Todo lo que pierdas por haber ganado mucho más con anterioridad no es tal pérdida. Si te hiciste más fuerte, no por ello has perdido toda flaqueza; después de una larguísima caminata, las piernas tiemblan de cansancio. Solamente tras una vida de esfuerzo podrás presentar un ánimo imbatible, y acaso tampoco entonces. Pero no abuses del perdón o te intoxicarás de vanidad, como no abusas del aguardiante que tomas solamente para padecer menos cuantro extirpas una flecha clavada en tu carne, so pena de caer ebrio. No utilices nunca la necesidad del perdón como causa contra la disciplina, madre de la luz que alumbras, sino venérala al mismo grado que al otro.

VII

Todo lo que sientas que has de decir de tu amor, dilo, a condición de enunciarlo y conservarlo como un juramento, como un voto de caballero o de reina, que protegerás con tu vida.

Lo que digas por el deseo de ayudar a otros se puede decir, pero siempre bajo ciertas circunstancias. No hay que dispersar palabras que, fuera del ambiente propicio, son como moneda de cambio o como címbalo que retiñe. Lo que declares sobre tu propia entrega no debe ser continuo y ligero, o terminará por dejar de convencerte a ti y a los demas; no debe ser excitado, o se encauzará inadecuadamente hacia el olvido o hacia gestos erróneos; no debe darse sin tener la conciencia de su importancia sagrada, o no te transformará para siempre ni garantizará tu eterna disponibilidad al amado, con lo cual lo habrás engañado.

VIII

Al mirar la piel, uno debe recordar su insignificancia. Al volcarse sobre el interior del corazón y de los cielos, uno no debe olvidar que la piel existe. 

Lo divino se puede expresar con tino mediante el lenguaje humano, y también sucede lo contrario. Pero cada lenguaje y cada mundo tienen sus límites, y es bueno recordarlo para no olvidar que somos lo alto y lo bajo hablando por la misma boca, del mismo modo que no se puede uno ubicar en un país extraño si olvidó que partió del sur y se dirige al norte. Debemos conocer al autor de las pócimas que llevamos en nuestro atillo, no sea que proporcionemos brebaje mágico de manos santas a una dolencia ordinaria, desperdiciándolo, o apostemos férula tosca a herida profunda perpetrada por demonios.

IX

El que, siendo simplemente amable, espera la gratitud que se debe a los héroes excelentes, está pecando de ignorancia, de vanidad y de avidez. 

Comprende a los seres que parecen no amarte o incluso que parecen sentir aversión hacia ti, pues ellos, en primer lugar, no aman ni odian sino la imagen que se figuran de tu persona, a menudo incompleta o errada; odian o no aman, pues, a una parte de sí mismos. Además, ¿les has dado motivos suficientes para creer que eres más fiable que otros que también parecieron fiables en un principio? ¿No es la constancia y la excelencia la prueba que exigimos todos? Dales, pues, todo y sin perder el equilibrio, y no podrán al fin más que reconocerlo, si es que no son incapaces de recibir por haberlo olvidado a causa de los golpes pasados o si es que no padecen de un gran desequilibrio, en cuyo caso merecen todavía una mayor compasión por tu parte.

X

Volverse ángel no implica adquirir alas ni blancura resplandeciente, pues también cuentan con ellas las palomas y los cisnes, sino adquirir un servicio eterno y transmitir señales de salvación. 

La bondad no toma siempre el aspecto que uno espera. Hay ánimos que parecían agrios y que dedicaban su vida a salvar otras. Son muchas las causas que lo hacen a uno tener un bello o feo ánimo, pero son más las que causan un bello o un feo rostro. Por ello no se puede sentenciar que la limpieza es signo de santidad y el hablar ordenado signo de grandeza, o muchos asesinos deberían contarse entre los santos. No desprecies a nadie por aquello de lo que carece, sino regocíjate en aquel punto sublime en que destacaron.

XI

Incluso las alimañas transmiten, a su modo y sin saberlo, las más altas verdades, si estás dispuesto a escucharlas, como adviertes la patria de un extranjero por su acento más que por lo que narra.

Si tomas enseñanza de toda cosa, entonces tú eres el maestro, pues no hay mayor enseñanza que ésa. Recuerda que lo divino ama el disfraz y que, al igual que el maestro puede entorpecer su sublime doctrina mediante toses o comentarios ordinarios, el mundo mezcla su verdad con el ruido de la maquinaria que lo permite estar en movimiento, y que esta misma maquinaria es en sí tan instructiva como la humanidad o la vejez del maestro, las cuales no se oponen a toda la sabiduría que enuncia.

XII

El centro de todas las cosas no está en el nombre del dios, sino allí donde el dios posa su mirada. 

Acuérdate del cinto sagrado, del altar y de la vía, pues en todo ello se indica la conducta correcta y la correcta visión. Pero aplica lo aprendido en el instante que se te impone, porque allí demuestras que lo que era bello también es útil, y que no hay distinción entre ambas categorías. Asume que la realidad puede corregir lo que pensabas, pues lo pensaste a partir de palabras y de unos pocos gestos, mientras que la realidad se pliega y se despliega en mil y una formas caprichosas, en permanente diálogo no sólo con lo que aprendiste, sino con lo que sufriste, con lo adivinaste y con lo que has sido.

[Música: Dos fragmentos de liturgia ortodoxa rusa. El primero proviene del salmo 140/141 y se trata de un canto démestvenny del siglo XVI, del monasterio Suprasi, responso de Vísperas de Cuaresma, entonado por The Patriarchal Choir of Moscow. El segundo es el Padrenuestro en la voz de los monjes del seminario de Odessa, con Mikhailo Davydov como sacerdote oficiante.]

Arte del caos

La injusticia es muy hábil para convencerse a sí misma y para corromper a los que están sometidos a ella, porque se relaciona con sus pupilos acompañada de placer.

Porfirio, De abstinentia 3.27.6 (trad. M. Periago Lorente)

 

El sinsentido de la violencia, cuando es directa, intencionada y ávida, late en todos los mundos humanos, en cada época y en cada riqueza. Si violenta es la propia configuración de nuestro pueblo planetario, nuestro andar cotidiano, más crispante para el espíritu es la agresividad, esto es, el impulso de violar una vida a la que se está mirando a los ojos. El arte, los pintores o la canción popular supieron siempre que bajo la piel de los hombres se retorcían bestias, y que solamente una contención lapidaria podría disfrazar la rabia con ropajes de amabilidad.

¿De dónde esa vesania que nos conduce al abuso, al odio, a la convicción de que mejor sería nuestro devenir si alguien no existiese y que así habrá de ser? En el fondo, toda violencia así de aguda es capricho unido a sudoración febril. Se trata esencialmente de una falta de pensamiento, de un calor que ha de liberarse, como un espasmo nocturno, como un castañetear de dientes. Se concreta en la idea escasamente formulada de que los demás son, ante todo, medios para nuestros fines. Maltratar a un niño, violar a una mujer, matar a un semejante, no son sino maneras de verlos como meros recursos, objetos, apliques, complementos a nuestro trote. Tal pensamiento, que en momentos de sosiego no se sostiene, adquiere fuerza en la pujanza de los humores biliosos, ante el volcán de la simiente en la entrepierna, ante la visión de una humillación, ante el desconcierto del orgullo.

No hay hombre que no se haya visto masajeado por fuerzas negativas, por ardores químicos que suben y bajan por el cuerpo, desde la ingle hasta la cabeza, pasando por el hígado y el acelerado corazón. Haríamos mal en sentirmos por completo a salvo de esa furia, esa desesperación que vence a todo lo sano: es nuestro devenir y la costumbre por él labrada lo que nos salva de aquel estadio en el que otros cayeron. En otras circunstancias, tú serías el genocida, el torturador, la escoria de las escorias. Todo secreto yace en la abstinencia prolongada, que aquieta toda marejada; y en la educación sentimental, que no consiste solamente en la contundencia de los argumentos morales -irrefutables y a veces interesados-, sino también en la indentificación con el otro. Nada más útil que pasar media hora imaginando ser otra criatura, siguiéndola desde su interior por el día común, viendo con sus ojos y valorando con su criterio, herida en sus debilidades, digna en sus virtudes.

Nada hay a lo que no nos acostumbre la familiaridad. Si uno se familiariza con el otro, el otro deja de ser un recurso o una vana sombra. Si todos somos sombras, no hay que dejar de otorgarnos unos a otros menciones de príncipes. Pues la sombra no sufre menos por estar débilmente tejida. No es menos bandera la fláccida que la mecida por el viento; ambas son la misma entidad en circunstancias diferentes. Si somos sombras, sufrimos, sin embargo. Si sufrimos, estamos hechos de la misma sustancia; únicamente fronteras de perfiles separan nuestros intereses, y el trato delicado y la caricia amable desdibujan esas fronteras hasta convencernos de que, puestos a ser sombras, es mejor conformar una más grande, en la que impere mayor frescor.

[Musica: Entreveran el texto diversos romances castellanos, una vez más en la grata voz de Joaquín Díaz. Todos ellos, como otros muchos, narran actos macabros, de truculencia sin límites, en su mayor parte perpetrados contra mujeres. Sorprende la sobria naturalidad con la que el folclore admitía conocer desde antiguo la composición del reino a base de excrecencias morales, sacerdocios indignos, venganzas irreflexivas, lascivias pedófilas, violaciones seguidas de emparedamientos y brutalidad desatada. Sin duda se debe a que desde siempre y por siempre afloran tales fuerzas, por mucho que cristianismo, Ilustración y tecnología hayan pretendido encauzar al grueso del pueblo. Los romances, en orden de aparición son: Elena la hidalga; La noble criada; El cura y su penitencia; La rueda de la fortuna; Las dos hermanas. Además de estos romances, otros que retratan injusticia y truculencia a más no poder ya fueron colgados en otras entradas: Blancaflor y Filomena; El romance del conde Olinos; Jesucristo en traje de pobre.]

Brotes verdes

 

Renunciando a la violencia hacia todos los seres vivos,
no dañando ni a uno, no desearás descendencia,
así que mucho menos un compañero.
Vaga en soledad
como un rinoceronte.

Khaggavisāṇa-sutta 1

Wiltu den Perlethau der edlen Gottheit fangen
So mustu unverrukt an seiner Menschheit hangen.

[Si quieres recibir el rocío de perlas de la noble divinidad,
debes apegarte, inamovible, a su humanidad.]

A. Silesius, El peregino querúbico 1.121

Nada se explica, nada se prueba, todo se ve.

E. M. Cioran, El ocaso del pensamiento, p. 191

Purezas de albur, navíos de altos mástiles desnudos de velamen, palabras que me exceden por dar forma alguna a fogosidad de intenciones y pálpito de generosidades sin macerar. Incauto de parir amores a los que no sé dar nombre, cayendo en la hoguera ardiente de deseos contrapuestos, afinidades electivas en pugna con la ecuanimidad universal, justicia de dioses, y un amago de fruncir labios para cubrir de besos un bello cuerpo, un alma herida, una comunidad desterrada. Prolongada infancia nos atenaza a corazones peregrinos en laberintos desplegados sobre varias eras conjuntamente. Y se reúnen pedazos de naufragios para no llegar más que al punto de partida: la elección entre todo y nada, entre capricho y entrega, entre corrección y heroicidad. ¡Oh yo, tú eres el causante del mundo, la poquedad de las catástrofes! Desanda el camino de la identidad, abandona tu raza, tu sexo, tu especie, tus playas y tus montes. Así se nutre el auténtico viajante, aquel rendido a los bosques de las más misteriosas iniciaciones, vedadas incluso a los abades, burbujas de oro escondido, donde las ausencias se regeneran en unidades erguidas como estrellas, pérdidas que devienen tronos, amistades incondicionales con todo lo que es vida, pleitesía a las mudas rocas que divagan entre eones de oscuridad cósmica. Ha de hacerse al mundo interior el más poderoso y vasto de los reinos, poblado en su mayor parte por ceremoniosos elefantes blancos. Y, de nuevo, aquí: un regreso más. Acariciar músicas, tazas de té, teclas, pieles, dormiciones y respiraciones quedas como árboles con los que nadie conversa… en esta estancia perfumada recomienza todo. En la misma hora, el verso que callo, los livianos fenómenos que resbalan a mi alrededor, la penosa limosna que me piden y la compañía de una mujer. No estás salvado: has de nacerte más.

[Música: P. Glass, Piano étude No. 2]

Protesta

They say my verse is sad; no wonder;
Its narrow measure spans

Tears of eternity, and sorrow,
Not mine, but man’s.

This is for all ill-treated fellows
Unborn and unbegot,
For them to read when they’re in trouble
And I am not.

[Dicen que es triste mi poesía; no me extraña;
su estrecha medida abarca
lágrimas de eternidad y de pena,
no mías, sino del hombre.

Esto es para los enfermos,
los no nacidos, los nunca llegados,
para que ellos lean cuando sientan las angustias
que yo ya no sienta.]

A. E. Housman, More poems, 1936. Trad. Juan Bonilla.

Man sagt sonst, über den Sternen verhalle der Kampf, und künftig erst, verspricht man uns, wenn unsre Hefe gesunken sei, verwandle sich in edeln Freudenwein das gärende Leben, die Herzensruhe der Seligen sucht man sonst auf dieser Erde nirgends mehr. Ich weiß es anders. Ich bin den nähern Weg gekommen.

[Se suele decir que por encima de las estrellas cesa la lucha y se nos promete que en el futuro, depositando nuestro poso, se transformará en noble vino de alegría la vida fermentada; pero ya nadie busca en esta tierra la paz del corazón de los bienaventurados. Yo sé hacerlo de otra manera. He tomado un camino más corto.]

F. Hölderlin, Hiperión, II

Màtà yathà niyam puttam
Àyusà ekaputtam anurakkhe
Evampi sabbabhùtesu
Mànasam bhàvaye aparimà.

[Así como una madre protege a propio hijo,
su único hijo, a costa de su propia vida, 
de la misma forma uno debería cultivar 
un corazón sin límites hacia todos los seres.]

Karaṇīyamettā Sutta

Ἡ ἀγάπη οὐδέποτε πίπτει· εἴτε δέ προφητεῖαι καταργηθήσονται· εἴτε γλῶσσαι παύσονται· εἴτε γνῶσις καταργηθήσεται.

[El amor nunca deja de ser: mas las profecías se han de acabar, y cesarán las lenguas, y la ciencia ha de ser retirada.]

1 Cor 13:8

No olvidemos que este mes han muerto 32.450 personas por violencia, 9.885 en guerra. Y 20.146 personas han muerto por hambre en el día de hoy a esta hora, pasado el mediodía. 602.454.512 personas no tienen todavía acceso a agua potable. 737.262.404 seres humanos padecen desnutrición. 3.837.215 peces han muerto en dos minutos del día hoy a manos humanas, al igual que 248.828 aves de corral, 5.527 cerdos  y 1.137 reses de vacuno. Pensemos que estas cifras se reproducen constantemente, renovando carne de sufrimiento, a cada minuto de cada hora de cada día de cada mes de cada año. Cifras que, sumadas en el tiempo, superas los billones con facilidad. El número, agente contable de la realidad física, cual fiscal inapelable nos acusa o, cuando menos, nos recuerda que no manejamos con soltura las magnitudes referentes a las consecuencias de nuestros actos sociales e individuales.

Habría que adoptar un régimen gimnástico del corazón: hacer un paréntesis cada pocas horas, en medio de cualquier actividad o pensamiento, para dedicarse a recordar a las víctimas de las pasiones humanas y aun de las fuerzas ciegas de la naturaleza; protestar contra mí mismo cuando magnifico las células de mi devenir inmediato, ajeno a los flujos del océano que me circunda, masa sin fronteras atravesada por peregrinos al Infierno; exigirte no solamente una mirada lamentosa, sino, yendo más allá, un impulso positivo, un hálito de esperanza y calor, un resorte de acciones concretas, una verdadera muestra de amor, una disponibilidad sin fin, un ritmo útil a los desollados; lograr una calma en la tormenta -de poco sirve a la tripulación el capitán azorado-, un beso mental a cada rostro que te encuentres y mil de esos besos a quien no te encuentres, porque sin duda nunca verás cara a cara a quienes más sufren, porque la injusticia los mantiene retenidos fuera de la luz del sol y de la atención de quienes se creen justos por disfrutar de la vida sin recordar el vivero infecto que sustenta su crianza.

Tal debería ser una disciplina en su estado mínimo, una higiene del alma y un deber para todo el que goza de derechos y aire respirable en este mundo. A menudo doy gracias por la oportunidad que se me ha otorgado de haber llegado hasta este punto de la vida sin haber sido torturado, sin ser sistemáticamente utilizado como un recurso, sin que se me ordeñe mi fuerza vital ni mis jugos internos, sin que me arranquen en vivo la piel que me recubre de sensibilidad. Celebro la fortuna de no haber estallado entre padecimientos de lustros sin fin, la fortuna de que ningún dolor me haya paralizado, de que la desesperación, por mucho que hablemos en verso, sigue siendo para mí y para mis seres más próximos algo completamente desconocido. Pero, si no diré que es una fortuna inmerecida puesto que cualquier ser la merece, sí diré que implica contraparte moral. Intentar introducir en la imaginación una ínfima parte de la hecatombe sensible que se reproduce en este instante y solamente en nuestro planeta, es un primer paso. El siguiente paso será abrir el corazón y dejar que de él emerjan brazos auxiliares que alimenten, acaricien y sostengan a los exhaustos, a los que lloran ahogadamente -secos ya de lágrimas y voz-, a los que no hablan ni hablarán a los oídos narcotizados por sí mismos.

Sarva mangalam

[Música: P. Glass. Satyagraha. I. Protest. El fragmento sánscrito del libreto está extraído del Bhagavad-gītā (12:13-14):

sri-bhagavan uvaca

advesta sarva-bhutanam
maitrah karuna eva ca
nirmamo nirahankarah
sama-duhkha-sukhah ksami
santustah satatam yogi
yatatma drdha-niscayah
mayy arpita-mano-buddhir
yo mad-bhaktah sa me priyah

“El bienaventurado señor dijo: Aquel que no es envidioso sino que, más bien, es un buen amigo de todas los seres vivos, que no se cree propietario de nada y que está libre del ego falso, que mantiene la ecuanimidad tanto en la felicidad como en la aflicción, que es tolerante, que siempre está satisfecho, que es autocontrolado, y que está dedicado al servicio devocional con determinación, con la mente e inteligencia fijas en Mí, esa clase de devoto Me es muy querida.”]

LE COMTE: Entrons-nous un moment dans l’un de ces pavillons, pour les laisser passer?
LA COMTESSE: Sans lumière ?
LE COMTE: À quoi bon ? Nous n’avons rien à lire.

[EL CONDE: ¿Entramos un momento en uno de esos pabellones para dejarlos pasar?
LA CONDESA: ¿Sin luz?
EL CONDE: ¿Para qué? No tenemos que leer nada.]

P.-A. Caron de Beaumarchade cais, Le Mariage de Figaro V

Conocida es la frase atribuida a Corvisart, médico de Napoleón I. Preguntando éste al galeno si un hombre de cincuenta y cinco años puede racionalmente esperar descendencia, contestó:
—Algunas veces.
—¿Y si el esposo tiene setenta?
—Entonces siempre…

S. Ramón y Cajal, Charlas de café 2

Il y a plus, les images voluptueuses dégagent la tête en attirant la vie au centre du corps.

[“Es más, las imágenes voluptuosas despejan la cabeza, pues atraen la vida al centro del cuerpo”.]

M.-J. Hérault de Séchelles, Théorie de l’ambition 2.4

Nous travaillons à notre propre perte avec plus de zèle et d’énergie que l’on n’en mit jamais à conquérir la liberté ! Ô Français, encore un peu de temps, et il ne restera de vous que le souvenir de votre existence!

[¡Trabajamos en nuestra propia perdición con más celo y energía que el que hemos empeñado jamás para conquistar la libertad! ¡Oh franceses, un poco más de tiempo y no quedará de vosotros más que el recuerdo de vuestra existencia!]

Ch. Corday, Adresse aux Français amis des lois et de la paix

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NOTA DEL EDITOR

La mayoría de las anécdotas expuestas aquí y en entregas anteriores de esta gaceta de inactualidad muestra el conjunto de muchas de las debilidades humanas, concentradas hasta lo grotesco. Ni que decir tiene que la realidad del sufrimiento y la inmoralidad no es divertida, y, por consiguiente, no aprobará un hombre de bien el maltrato a la mujer, el abuso de otros pueblos, el desprecio del Tercer Estado, el adulterio, la blasfemia, la crueldad, la indolencia, el rencor, la humillación o la ambición de ningún tipo. La presentación cómica de esta concentración de sucesos no pretende complacerse en el vicio, pues la risa no tiene por qué venir unida a la aprobación. Pero tampoco se complace en un desprecio furibundo, puesto que las debilidades humanas vienen en muchos casos causadas por una determinada disposición de los órganos o por una cierta concatenación de pasiones que conducen hacia comportamientos más bien nefandos. En cualquier caso, la parquedad de adjetivos calificativos no responde aquí a una ausencia de juicios de valor -cualquiera que siga la trayectoria de este autor en las últimas temporadas podrá asentir-, sino a una voluntad de educar al alma en aceptar a los hombres menos templados como son, sin aplaudirlos ni vituperarlos, viéndolos como a niños que arrancan las alas a una mosca, esto es, creando y perpetuando un sufrimiento de manera torpe e ignorante. La irrisión ante el vicioso no ha de hacernos perder la visión de la virtud, pero al menos ha de consolarnos al hacernos comprender que incluso algunas de las figuras con más digna apariencia caen de modo ridículo y absurdo en el torbellino aturdidor de los anhelos y las aversiones. Léase este anecdotario, pues, con indignación e indulgencia a partes iguales, pues nada hay más dañino que la destrucción de la moral, y poco hay más digno de conmiseración que el deseo que no logra contenerse ni aun a costa de causar daño, hecha la salvedad de sus víctimas. Y, encuéntrese indignada o entretenida, un alma que busque ejercitarse en la flema y la sabiduría nunca se deja llevar hacia ninguno de los dos extremos ante la dureza de la realidad vulgar si ello conlleva perder juicio, amor y resolución a la hora de contribuir a la mejora del mundo. 

Entre un conde y su amigo, recién nombrado juez del reino, se produjo la siguiente escena, muy similar a la que imaginó Beaumarchais en una de sus comedias:
-Ahora sois juez. ¿Serviréis con honor a vuestro cargo?
-¡Para eso lo he comprado!

El 5 de octubre de 1789 en Versalles:
-Majestad, os llama desde el exterior una muchedumbre del pueblo.
-Eso sin duda puede esperar-, contestó el rey, a lo que añadió que tenía cosas más importantes entre manos.

Poco después de la Revolución, se preguntaba F… para cuándo otro espíritu musical tan espléndido como el de Rameau. Viendo un día a unos sans-culottes prender fuego a una vieja partitura de ópera por hablar en contra del pueblo, F… matizó su pregunta y decía pensar que, para cuando llegase el momento, ya no quedarían claves que pudiesen amamantar a aquel supuesto genio.

Durante la Guerre de Dévolution entre España y Francia, un mariscal francés amonestó a unos soldados que se habían pasado la noche de juerga en una taberna española y a los que se había encontrado ebrios en un callejón. Ellos se defendían aseverando que solamente habían ido a beber allí para desmoralizar al enemigo demostrando la debilidad de su alcohol, lo cual habían conseguido, puesto que, tras cinco tinajas de vino, todavía habían logrado salir por su propio pie.

Tras escuchar una ópera de Monsigny en París, un noble napolitano, queriendo complacer a sus amistades locales, les decía que aquel compositor, si no se empeñase con libretos en una lengua tan retorcida y si no oliese mal, podría pasar por italiano.

El filósofo moral y el carnicero sobre un hígado de cordero:
-¿Y a cuánto tenéis hoy el cadáver de estos seres sensibles?
-Por ser vos, dependerá de la cantidad de principios que esta mañana se vea obligada a pasar por alto vuestra hambre.

Contaban de un lacayo secretario en provincias que conocía la intimidad de todas las señoras que visitaban la casa del patrón. A tal punto llegaba su fama y el consentimiento de que gozaba en la casa que, cuando organizaba en la agenda de su señor cada una de las visitas, procedía a completar también, en una esquina del listado, la visita añadida opcional a su buhardilla.

Un gentilhombre de Toulouse a una joven viuda durante una visita al domicilio de ésta: “Ma chère, mi corazón no late más que por vos”. Notando ella cómo algo acariciaba suavemente sus piernas, le espetó: “¿Pero no podríais al menos lograr que latiera solamente fuera de mis enaguas?”.

Un notario a un sacerdote sin ningún don para la oratoria: “Yo doy la fe que vos quitáis”.

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Un viejo libertino que en su juventud había recorrido toda Europa y que finalmente moría de gota y gonorrea, al conocer la hermosura novedosa de las mujeres antillanas y etíopes de las que empezaban a hablar los exploradores y mercaderes, se lamentaba en su lecho de muerte únicamente de no haber gozado África.

A un obispo glotón a cuyo palacio llegaban  cada día innumerables piezas de carne, algunos burgueses lo acusaron de paganismo, dado que no era posible que tal cantidad de charcutería se debiese a otra cosa que a sacrificios a ídolos. Durante la homilía dominical el obispo se defendió orgullosamente de tal acusación afirmando que no era cierta en absoluto, y que lo que ocurría era sencillamente que estaba poseído por una gula desmedida.

Un negrero holandés se quejaba de lo incómodo que le resultaba a su esposa tener esclavos etíopes en su casa por tener que tratarlos a puntapiés y tener que prescindir de manejarlos con las manos por temor a infectarse de negritud.

Los hijos de un poeta no muy bien valorado lo enterraron con sus obras inéditas para impedir que los acusasen de prolongar innecesariamente el sufrimiento del periodo de duelo a toda la familia.

La joven damisela a su profesor de canto, quien pretendía conocer su intimidad desde el comienzo de la clase:
-Maestro, ¿no queréis antes oír mi interpretación?
-Mademoiselle, para escuchar una caja de música antes hay que darle cuerda.

Dicen que el duque de Orléans, al ver un autómata de Pierre Jaquet-Droz que podía firmar documentos, exclamó que solamente le faltaba la corona.

Cuando guillotinaron al duque de Orléans, ya conocido oficialmente como “Philippe Égalité”, algún realista musitaba sin dejar de sonreír que haber cambiado su apellido por uno más a la moda no le había salvado del crimen de haber contribuido a hundir el más grande de los apellidos franceses, refiriéndose a su voto decisivo para condenar al rey.

Discutían un filósofo y un gentilhombre sobre el proyecto de Restif de la Bretonne de fundar lupanares regentados por el Estado. El gentilhombre, advirtiendo que los nuevos tiempos y la filosofía que con aquéllos venían daban a las mujeres mayor libertad para airear sus inclinaciones naturales, exclamaba: “¿Y quién necesita prostíbulos teniendo las Luces?”.

Dos cocheros se enzarzaron en una discusión por defender cada uno que él y no el otro porteaba a señores de un peso mayor, sin que los presentes del encuentre supiesen después decidir si hablaban de peso moral, de títulos nobiliarios o de libras de barriga.

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A un cierto cardenal impío de infausto nombre y que se rodeaba de pintores, poetas, músicos y dudosas compañías, le amonestaba un honorable caballero recordándole su cargo al servicio de la Iglesia y que el Señor deploraba aquella conducta, a lo que el cardenal respondía: “¡Ah, si Dios pudiese disfrutar de todos estos encantos pensaría de otro modo…!”.

Durante los peores días de la Revolución, para huir de las garras de los sans-culottes embravecidos, los aristócratas atrapados en el salón de Mme. L… decidieron vestir libreas y salir haciéndose pasar por lacayos. Pero uno de los agitadores distinguió a un condesa porque, aseveraba, sus lunares de los pómulos tenían demasiado gusto para ser naturales. El conde quiso defender a su esposa argumentando que, si era cierto que aquel lunar adornaba con primor el rostro de su cónyuge, otros en el trasero no contaban más que con la vulgaridad de las clases bajas. Fue tal declaración y no la insistencia satisfecha del marido en descubrir las posaderas de su esposa lo que confirmó a los rebeldes en sus sospechas, y apresaron finalmente a los aristócratas. Escena tan grotesca causaba tanto estupor incluso entre los maleantes que la originaron, que pocos querían relatarla, como ambicionando olvidar. Pero contaban unos pocos que la condesa no pudo perdonar nunca al conde, no la pésima defensa que los llevó a pasar varias noches en calabozos, sino el haber considerado vulgares las carnes que antaño tanto había alabado y el haber insistido sonriendo en mostrarlas al populacho.

Burgués.- Vos, barón, jamás os habéis visto cara a cara con el esfuerzo.
Barón.- Cierto, jamás tuve el placer de conocer a caballero tan poco agraciado.
Burgués.- De ese modo tampoco conoceréis en profundidad a sus encantadoras hermanas: la buena conciencia, la fortaleza y la serenidad de ánimo.
Barón.- Monsieur, me conformo con conversar con ellas durante un breve encuentro afortunado y acaso intimar en la alcoba con alguna de las tres en alguna ocasión muy favorable.

Decía M… que, hasta la llegada del Terror, Robespierre, Danton y demás secuaces no hicieron nada que la aristocracia no aprobase. Fue la envidia y la coquetería con las letras por parte de los patricios lo que propició que rodasen las cabezas de los Borbones, seguidas de otras menos nobles.

El mariscal T…, un hombre sumamente anticuado, rechazaba que le retratase Mme. de Vigée-Lebrun porque, según decía, “una mujer era incapaz de capturar la esencia de la bravura masculina”. Se dice que ella tramó la sutil venganza de seducirle hasta volverlo manso con un corderito, tras lo cual ya no había bravura que capturar y pudo retratarlo como la suave criatura que era. El retrato se cree perdido, acaso por la vergüenza que el carácter del lienzo causa en los bravos herederos del retratado.

Se decía del vizconde de C… que violaba a todas las doncellas que entraban a su servicio e incluso a las doncellas de servicio ajeno. Cuando le preguntaron por aquellas debilidades, el vizconde, arrancando una margarita de un florero y acercándosela a la nariz, se encogía de hombres y suspiraba: “¿Qué puedo decir? ¡Ah, el amor…!”.

Al marqués de V… defendía su costumbre de unirse solamente con plebeyas y doncellas porque, a su juicio, bastaba con ellas una sola metáfora allí donde con una noble dama se requería galantear con largas elegías de Ovidio.

Un marido ofendido le arrojó un guante al conde de M… retándole a espada, a lo que el conde respondió: “Y yo desprecio orgullosamente vuestro desafío”. Y se marchó ufano dándole la espalda como habiendo triunfado.

Decía H… que, antaño, mientras los hombres marchaban a la guerra, las mujeres se consolaban de la ausencia de los bravos calentando su lecho con los cobardes que se quedaban en la ciudad. Pero, añadía, en los nuevos tiempos los hombres no marchan a otra conquista que a la de sus propios placeres y las mujeres no soportan la distancia de sus cónyuges a más de media legua.

Un editor sincero y bonachón al que un cierto filósofo aficionado muy lucrado insistía con que publicase su libro, concedió, pero insistió en publicarlo en dos partes y con cubierta rústica blanda para que los lectores no causasen graves heridas cuando lo lanzasen a las cabezas de los responsables.

El pretendiente.- Vuestra gracia acompasada al son de los mirlos me reconcilia con la delicadeza del orbe, en armonía con el andar de tan livianos pies y dulcemente trabados con cabellos de oro ondeantes libres en el viento.
La pretendida.- Disculpadme ahora, os lo ruego. Tengo que poner mis callos en remojo para que duelan menos.

Tras el asesinato de Marat, cierto jacobino de renombre llamaba a Charlotte Corday “enemiga de la higiene”, y eso refiriéndose a la higiene tanto en el sentido moral como en el cotidiano.

Un enfático abogado mercantil comenzó así su primera alocución en un juicio entre ciudadanos particulares:
-Nunca hubo causa jurídicamente más interesante desde tiempos de Isócrates, cuando hubo de proteger del rey del Bósforo a un honorable liberto…
-Antes de ir más lejos, letrado -interrumpió el juez-, ¿podríais enumerar las reclamaciones de vuestro defendido, el pocero, contra el proveedor de estopa?
[N. B.- Situación similar rcoge Beaumarchais en el tercer acto de Le Mariage de Figaro.]

El marqués de D…, convertido al ateísmo, cuando le preguntaban por su ausencia en misa, explicaba con sorna que era a debido a la molesta diferencia entre lo mucho que la homilía y el ordinario abrían su apetito y lo demasiado escueto del aperitivo que el oficiante ofrecía durante la comunión.

Un perfumista puso a la venta una fragancia de su creación con la que, afirmaba, se ocultaba el olor característico de los pecados. Sus primeros frascos se vendieron en dos días, principalmente entre gente de edad.

Dos gentilhombres discutían del siguiente modo a plena luz del día:
-Es menester -decía uno de ellos- cometer el pecado lentamente para disfrutarlo y lograr borrar sus huellas rápidamente a fin de que quede recompuesta la reputación y así gastarla una y otra vez.
-Pienso de modo opuesto, monsieur- decía el otro. La falta ha de transcurrir rápidamente para evitar la ira del marido o del propietario, pero la fama del agravio habría de extenderse todo el tiempo posible en aras de ganarse la reputación del vividor al que muchos hombres y mujeres quieren tener cerca como aliado e inspirador.

El director espiritual de cierta damisela la provocaba con todo tipo de vicios y después la amonestaba por haber caído en ellos, aduciendo que tales provocaciones eran ejercicios para desarrollar la entera. A ello, la joven agregaba con menos inocencia cada vez: “¿Entonces el aguardiente que bebéis y las sumas que apostáis tampoco son sino retos morales para la salvación del tabernero y de los jugadores?”.

Cuando le preguntaban a un importante potentado, dueño de una flota mercantil, cómo había logrado tantos privilegios comerciales y tantos títulos nobiliarios, respondía que a temprana edad se dio cuenta de que solamente había dos puertas para tanto éxito: sobornar a gobernantes para evitar problemas y sobornar a jueces para resolverlos.

El duque de F… contradecía a la marquesa de La  S… cuando ésta acusaba a los varones de haber maltratado históricamente al sexo débil. El milord decía que, si ciertamente algún abusillo se había cometido, no se podía negar a modo de compensación que las melodías más bellas en las óperas siempre les pertenecen a ellas. La marquesa, que estaba de acuerdo con eso, no supo qué contestar.

En un banquete organizado en la residencia de un importante cortesano, le dice un par de Francia a un caballero que recientemente había quedado completamente arruinado:
-Y, con todos mis respetos, mi querido amigo, ¿cuándo os decidiréis finalmente a comer con el servicio?

A un filósofo misántropo le amonestaban sus escasas amistades por pasar los días encerrado en su despacho y no tener interés en conocer a nadie. Él contestaba lo siguiente: “Al contrario, cada día conozco a alguien nuevo dentro de mí”. A pesar de la aguda respuesta, una sabia dama le espetaba que de nada servía conocerse a uno mismo sino se amaba al prójimo. “Cierto, madame -añadía él-, pero antes ha de conocerse la procedencia del amor que su destino”. Hay quien incluso tenía la sospecha de que dicha dama y el filósofo habían mantenido otrora una amistad muy íntima.

Un mariscal a punto de retirarse vio cómo un indeseable violaba a una niña. Se acercó muy indignado a la escena y, dando unos leves golpecitos sobre el hombro del violador, le dijo: “Monsier, moderaos. Estáis en la vía pública”. Más tarde diría que intervino así por el desagrado que le causaba el escándalo, sin que nadie estuviese muy seguro de si se refería al escándalo que evitó no reduciendo más contundentemente al agresor o al escándalo de la violencia que tuvo que presenciar en la vía pública a plena luz del día, la cual no le habría indignado si se hubiese quedado en la privacidad de un domicilio.

Dos caballeros disputando en fuertes términos:
-… y, para terminar, mi estimado amigo, os diré algo sobre mi honor.
-¿Ha de pasar ahora la conversación, pues, al género utópico?

Un marqués a su amiga adúltera sobre un lamentable poema de ésta: “Pecáis más grácilmente con la carne”.

Rondaba por París el comentario insidioso de que los condes de L… no habían tenido hijos porque él había diseminado extramuros toda su simiente mientras a ella le habían succionado toda su fertilidad.

Había un ministro de cierta potencia europea que utilizaba los documentos oficiales para cubrir su escritorio y protegerlo mientras se amancebaba encima con alguna de sus amantes, y luego dejaba pensar a los receptores de las cartas que se trataba de cartas perfumadas, las cuales apreciaban sobremanera sin conocer su cuestionable método.

Una honorable dama que no apreciaba el gusto de la retórica litúrgica, opinaba que era muy acertado el nombre del “ordinario” de la misa, pues, insistía, no podía conformarse de palabras menos excitantes.

Sobre un mejorable violinista aficionado que se había ahorcado del techo con una cuerda de su violín, decía jocoso el que había sido su amargo adversario: “Al fin afinó en las posiciones altas*”.

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*Las posiciones altas son aquellas que dan sonidos más agudos, que se dan en el extremo del mástil más alejado del músico y en las cuales hay que colocar más apretados los dedos, razón por la que son posiciones más difíciles de afinar. 

[Música: Cuatro números de la ópera cómica Le roi et le fermier (1762) de Pierre-Alexandre Monsigny sobre un libreto de Michel-Jean Sedaine (I 6 [“Non, non vous ne m’avez jamais traitee ainsi”], I 5 [“D’elle-meme et sans effort”], III 12 [“Que le soleil dans la plaine”] y III 5 [“Ah! ma tante”]), ejemplos de un clasicismo francés muy digno de ser rescatado del olvido. En el primero de los números seleccionados, el granjero Richard pide perdón a su sollozante hermana Betsy por haberla tratado groseramente a causa de su amor desazonado por Jenny (“Betsy, Betsy, / Faisons la paix; […] Non, non, jamais, jamais Betsy, / Je ne veux te parler ainsi”). Después tenemos una arietta de Richard cantando sus amores por Jenny, a quien ve con otro hombre (“D’elle-même / Et sans effort / Elle va chez ce Milord”). Un romanza de Jenny canta la felicidad y placeres de la vida campestre (“Près de l’objet qui nous enchaîne, / Et qui nous lie à son désir, / Rien n’est peine, / Tout est plaisir”). En el último de los fragmentos, la madre de Richard y de Betsy advierte de la inestabilidad de las promesas (“Tout prometteur / est un menteur.“) a su hija y a Jenny, exultantes porque el rey ha prometido ayudarlas.]

Secose en Europa la planta del vivir político, y para mayor confusión nuestra, florece entre los bárbaros de África y América.

J. Setantí, Centellas de varios conceptos 35

Ainsi naquit la galanterie, lorsqu’on imagina des hommes extraordinaires, qui, voyant la vertu jointe à la beauté et à la faiblesse, furent portés à s’exposer pour elle dans les dangers, et à lui plaire dans les actions ordinaires de la vie.

[“De este modo apareció el galanteo, cuando se llegó a imaginar hombres extraordinarios, que, al ver la virtud unida a la belleza y a la debilidad, se dispusieron a arrostrar por ellas los peligros y a agradarlas en los actos ordinarios de la vida”].

Montesquieu, De l’esprit des lois 28.22

Pour moi, je le déclare, s’il faut opter, je profère le joug religieux au despotisme politique. Sous le premier, il y a du moins conviction dans les esclaves, et les tyrans seuls sont corrompus; mais quand l’oppression est séparée de toute idée religieuse, les esclaves sont aussi dépravés, aussi abjects que leurs maîtres.

Por lo que a mí respecta, declaro que, si es necesario escoger, prefiero el yugo religioso al despotismo político. Bajo el primero hay al menos convicción en los esclavos, y los tiranos son los únicos corruptos; pero cuando la opresión es separada de toda idea religiosa, los esclavos son también depravados, tan abyectos como sus amos.

B. Constant, De l’esprit de conquête et de l’usurpation dans leurs rapports avec la civilisation européenne, 2.13

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PREFACIO

De todas las opiniones aquí vertidas, acumuladas a lo largo del semestre, ninguna hay que no me haya poseído en algún momento. Menos son aquellas que he poseído yo, y menos aún las que no he dejado de poseer. Pero el vaivén de las opiniones no es tan danzarín que no deje siempre un regusto, un aroma que adquiere nuevas formas, como un humo que se adapta a nuevos frascos. En ocasiones, incluso, es la fantasía la que juega a enhebrar juicios por si se diese la fortuna de hallar un pensamiento oculto, una creencia cuya existencia apenas conocía en mi alma; tal aventura acaba algunas veces en el conocimiento, y es entonces cuando evito abortar el alumbramiento verbal, y permito que la idea florezca y adquiera sus propios ramajes. Sea como fuere, no son las máximas siguientes doctrinas lapidarias ni, por lo común, tampoco veleidades de una tarde. Unas cuantas de ellas fermentan en nuevos odres viejos vinos, o a la inversa; muchas palabras oídas quieren adquirir aquí, con éxito o sin él, una simplicidad solemne, una pureza incisiva, aunque sus fuentes remotas sean griegas, orientales o francesas. También el duque de las máximas tomó y enjuagó en el torrente de su sagacidad apotegmas de Gracián, como Gracián hiciese lo propio con Séneca. Todas mis frases han recibido, en cualquier caso, una aquiescencia de mi ánimo y mi raciocinio en su momento. En su mayoría son conjeturas sin arrogancia, aseveraciones sin peso ni mala fe, posibilidades suspendidas en el arca de intuiciones singulares, a la espera de proposiciones universales que las gobiernen a todas y que tal vez no llegarán en esta vida. Nótese, sin embargo, que el grado de vaguedad de estas sentencias no permite sentenciar a nadie con contundencia, pero tampoco deja libre a la conciencia propia que las enuncia. La discriminación categórica es aquí tanteo del entendimiento a sí mismo, casación de intuiciones contradictorias, enfrentamiento del instinto y del pensar,  y también, ¿cómo no?, placer inocente de legislar por un momento, sin peligros ni agresión. Discúlpense sus cansinas tentativas de ingenio con sus adustas tasaciones, y gócense, si la moral lo permite y aun lo celebra, allí donde las tentativas atisban al fin algún remanso recóndito de inteligente acierto. 

1

No escupiríamos tantas palabras si fuésemos capaces de hacer concordar unos pocos juicios esenciales con nuestros actos.

2

El reformador atolondrado proclama la insuficiencia de la idea venerable cuyas puertas le habían sido vedadas por incapaz.

3

Cuando leemos deslizando rápidamente la mirada entre líneas no estamos dispuestos a aprender.

4

Los que menos nos entienden siempre creen entendernos.

5

En el espíritu nada arraigó valioso que no surgiera de la introspección.

6

Nos agrada poner nombres a las cosas ruidosas y carentes de substancia intrínseca, como los vientos, los mares, las naciones o los hombres.

7

La mujer se encarga de dilatar artificialmente mediante la demora de sus intervenciones aquel cortejo que le agrada y que le está pareciendo de recorrido demasiado breve, aun cuando no tengan intención de consumarlo.

8

Es impulso aristocrático el querer embellecer los medios y relegar por momentos el fin a un segundo plano en aras de eludir existencias mecánicas.

9

El espíritu maduro desea que lo amoneste quien sea, llegado el caso en que actúe incorrectamente.

10

La igualdad última entre genios e inútiles es verdad a medias que, por un lado, sirve a la compasión de quienes quieren elevar a los de abajo y que, por otro lado, sirve a la envidia que disfruta viendo depreciado al alto.

11

Siempre desafina el espíritu que no es afinado por la tradición, como desafina la cuerda que no se ajustó al temperamento que, tras un largo tiento, acabó rigiendo al resto de la orquesta durante las danzas previas de la suite, que no es sino la historia simbólica de un mundo. De los afinados por la tradición, por su parte, también son muy pocos los que no caen en estridencias un mayor o un menor número de veces, como el músico demasiado confiado en su formación.

12

Los aciertos de las almas inquietas surgen de aquellos nodos que permanecen inmóviles en ellas.

13

La profusión de la mentira causa su mayor perjuicio al hacernos dudar incluso de las verdades.

14

Toda rutina mata vilezas y esperanzas, aunque pueda parir otras tantas.

15

La psicología puede definir muchas leyes y diagnósticos nuevos, pero nunca ofrecerá mejores soluciones que las que desplegaron los tiempos antiguos.

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16

Se confía en soluciones nuevas ante problemas nuevos, cuando el único modo de detener la espiral del caos y hacerla retroceder es pensar a las unas y a los otros en términos antiguos, allí donde el problema aún no había germinado.

17

Hoy se considera ser pobre vivir con lo estrictamente necesario, es decir, en perfecto equilibrio.

18

Tanto el ingenioso libertino como el necio diletante, al contrario de lo que ocurre con los pensadores profundos, nos divierten con su filosofía y nos invitan a reflexionar a partir de sus frivolidades.

19

Por lo común, mujeres y hombres desean al amante que misteriosamente se compone de varios centros, pero sólo se atreven a convivir con el que tiene uno solo, si es un centro eficaz en sociedad.

20

Los mejores libros son aquellos de los que siempre tenemos la sensación de no aceptar ni aplicar plenamente su convincente mensaje. Tales obras parecen escritas para el yo depurado del futuro.

21

Los placeres sensuales no sacian ni a sus mayores defensores.

22

Las personas que no saben guardar un secreto son las mismas que las que carecen de la facultad para macerar en su corazón concepciones genuinas que requieran de silencio y penumbra.

23

Los chismes retratan a los hombres en un instante pedestre, sin tener en cuenta el contexto general, que puede ser de gran belleza.

24

Una frase mediocre en mitad de otras muchas excelentes o un pasaje mejorable en mitad de un bella sinfonía nos reconcilian con la humanidad del genio, insinuando algo sobre su carácter tornadizo y tranquilizando a nuestra envidia.

25

Ser reaccionario no supone desear la sumisión del pueblo a los antiguos soberanos, sino la sumisión de los soberanos a principios eternos.

26

La doctrina necia florece allí donde la filosofía se cansó de buscar. La doctrina sabia es la filosofía que no prosigue en su búsqueda porque hacerlo sería contraproducente para la esencia misma de lo que se buscaba.

27

Los rituales han de ser moderadamente complejos para que sean tomados en serio y para que, cuando se haya trascendido, se perciba la insustancialidad de todo fenómeno humano; pero no han de ser demasiado complejos para que no sean definitivamente confundidos con la realidad última y para que no cansen.

29

Tanto en el galanteo como en el perfeccionamiento de las costumbres, cualquier éxito de la ligereza puede conllevar fracaso si no se equilibra de inmediato para evitar la completa pérdida de aplomo y majestad.

30

En el corazón no caben leyes prolijas.

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31

La más importante de las bazas que han de jugarse en la conversación es la de saber cuándo callar.

32

La conversación es el arte de mantener las distancias justas, esto es, el arte de serpentear muy levemente entre los intereses comunes, la placidez, el juego, la confesión y el amor.

33

Se detecta el vicio de la pluma en quien gusta de leer únicamente para escribir mejor.

34

El cultivo de los valores clásicos está hoy tan presente en el habla y tan abandonado en la práctica como las iglesias enclavadas en mitad de las ciudades.

35

La ignorancia del pasado es tan inmensa que muchos europeos buscan en otros continentes exactamente aquello que tenían en sus patrias. Y tan desesperadamente lo hacen que compran en el paquete doctrinas que no les pueden parecer más sorprendentes; todo con tal de recomponer el sentido de las piezas que quedaron desmembradas en sus propios linajes.

36

La guerra que menos sentido tiene es aquella en la que los adversarios no se ven los rostros entre sí, pues nada aprenden.

37

Con ser dificilísimo, más fácil es hacer el bien que no dañar.

38

Llamamos animales domésticos a los de aquellas razas a las que reproducimos incesantemente y que no podrían sobrevivir sin los amos que las deformaron para sus intereses.

39

Cuanto más fácil se vuelve hacer amigos, menos se los cuida. Y, cuanto más difícil, menos se los entiende.

40

Hacia lo que es fácil siente el hombre bajas inclinaciones, pero rara vez amor.

41

La disciplina consiste en obsesionarse con adoptar la estatura de lo que se admira; la incontinencia, en desear dejarlo atrás; la hipocresía, en querer dejarlo atrás sin que nadie lo note; la soberbia, en ufanarse por dejarlo atrás.

42

Tras la caída de los imperios, una tertulia entre filósofos franceses o alemanes puede llevar a muchos lugares interesantes salvo al país de lo definido o al país de la verdad.

43

Hay quien prefiere las lágrimas a las sonrisas por ser las primeras más difíciles de fingir, como si un buen intento no valiese más que un triunfo pírrico.

44

El pesimismo peligroso no es el que confía en que el destino del mundo está sentenciado a la disolución -algo perfectamente evidente-, sino el que no confía en la capacidad del mejor de los hombres para revelar la vía estrecha por la que escapar del mundo, diluido o no.

45

Que las pasiones y los órganos se activen mecánicamente no empece que el reloj funcione a las mil maravillas ni que lo más profundo de uno pueda ejercer de impasible relojero.

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46

El sumo bien no reside en la justicia, la libertad o la felicidad al uso, sino en aquello que no decae ni se reinicia.

47

Hay que tener el corazón muy sencillo o muy avisado para no cometer considerables errores durante la juventud.

48

Los mayores errores son lo que dañan a otros, los que llaman a más errores y los que sentencian nuestro devenir, en ese orden.

49

Nunca es tarde para un giro de las costumbres mientras quede tiempo para dejar de lamentarlo.

50

Aunque el anciano pase a prescindir de las cosas, ha quedado pulido por demasiadas de sus huellas.

51

Las buenas frases surgen de un esculpido trabajoso, pero las mejores bien pueden caer de un desliz.

52

Acaso la penetración certerísima de los moralistas de los grandes tiempos se deba en parte a que el ingenio trabajado mientras se exhibían con tacones y pelucas se ponía al servicio de la sinceridad que estallaba cuando en la alcoba se despojaban al fin de todo refajo y afeite.

53

Conducir un carruaje, antaño labor de lacayos, se ha vuelto requisito indispensable para pertenecer a órdenes bienquistos; pero no ha sucedido lo mismo con la composición de sinfonías o de molduras palaciegas, quizá por ser cosas demasiado bellas.

54

Acaso los únicos grandes filósofos del Siglo de las Luces que las trajeron cegadoras por demasiado verdaderas y reclamadas fueran Hume, Kant, Beccaria y Bentham. El primero terminó de desnudar la mente y la ciencia, el segundo prosiguió en ese desnudo y armó el esqueleto de una idónea ley moral, el tercero ajustó las leyes humanas a la inteligencia del hombre benevolente, y el último dejó apuntada la necesidad de contar moralmente con todos los seres dotados de sensación. La prudencia impide afirmar hasta qué punto complicaron el mundo -algo muy transparente en el caso de Rousseau-, pero no se puede negar que pulsaron heridas muy profundas.

55

Cada uno de los dos sexos se entretiene con aquello que para el otro no es más que un triste instrumento ineludible; así la guerra, los caballos, la ciencia o el ayuntamiento carnal para ellos, y así la indumentaria, las epístolas, la apariencia de virtud y el galanteo para ellas.

56

Las verdades que va conquistando el sabio van tomando el rango de principios según arrinconan a las anteriores a corolarios y escolios particulares.

57

La severidad de la doctrina de la Iglesia parecía provenir a veces del convencimiento sincero de lo imperativo que se había vuelto recomenzar cada día la Contrarreforma.

58

Los católicos se creen hoy cualquier cosa menos el Magisterio dos veces milenario de la Iglesia.

59

No queda mucho margen a la aristocracia ni a la monarquía en la historia si ningún noble admite ser particularmente noble ni ningún príncipe insiste en hacer oír su voz.

60

A la dureza de los regímenes antiguos solamente se le debió requerir que enmendase el aplastamiento de los aplastados, no que abriese la exclusa del reparto vesánico de privilegios e infortunios premiando a los más ambiciosos y excluyendo a todo espíritu contemplativo y refinado. Y eso a costa de cuatro quintas partes del mundo haciendo la función de braceros sin tiempo para el culto o para la fiesta de la aldea a la que ya no pertenecen, sin poder casi ver la luz del sol ni respirar un aire sin color… por no hablar de los animales, cráteras de horrores mudos. Que la Revolución la llevasen a cabo hombres con una impaciente obsesión por cuadrar a tijera los lóbulos orgánicos de la sociedad consuetudinaria dice más de los dos últimos siglos que todos los fárragos de todos los historiadores.

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61

Los sabios sabrían hacernos sabios si nosotros no supiésemos cómo hallar continuamente el camino de regreso a las necedades de siempre.

62

Un gesto es mucho más que un gesto, o de otro modo no se molestarían tantos en negarlo cuando comienzan las trifulcas.

63

Para que el vicio se corone es imprescindible que se ciña la tiara de la virtud y que la virtud lleve tiempo admitiendo su baja estirpe.

64

Retirando crucifijos de las paredes públicas, los soberanos modernos hacen dar a la nación algunos de los últimos pasos hacia su Gólgota particular.

65

Los náufragos del mañana recordarán a la humanidad de hoy con el mismo vértigo con que los humanistas recordaron las grandes pestes.

66

Ser gran pensador no implica ser gran hombre: para ser gran hombre es necesario no haberse dejado dominar nunca por uno mismo o romperse por la mitad y renacer en forma tan pálida que transparente al cielo.

67

Para templar finamente una reunión bastaría un poco de rapé, unos instrumentos musicales, un gusto agudo por el lenguaje y unos sentimientos a los que agrade jugar al escondite.

68

La gloria murió congelada cuando los corazones se enclaustraron en las casas y se olvidaron de ella, dejándola tiritando a la intemperie.

69

Nunca hubo tanto sentimiento de culpa en el hombre como ahora en que afirma haberse liberado del yugo religioso, y nunca había sido en su mayor parte una culpa por no hacer las cosas lo bastante mal como para adquirir renombre.

70

Cuando el dibujo de una frase nos lleva a otra y luego a otra, es que un collar de nuestra personalidad se va al fin destrenzando en nuestro pensamiento.

71

Sintamos una malicia culpable cuando nos envanezcamos de no desear ni una centésima parte de las vulgaridades que nos intentan vender cada día: hay tanta imbecilidad pululando que es fácil no percibir de ordinario más que una pequeña parte en relieve.

72

Tras haber presenciado por accidente parte de una misa tridentina he sentido la voz de mis antepasados con más fuerza que en todos los lamentos que he dirigido contra mis contemporáneos.

73

Todos oyen los secretos a voces, pero pocos oyen la voz secreta que define la reacción adecuada.

74

La igualdad es útil a la hora de repartir sufrimientos demasiado cargados sobre unos pocos hombros, pero es una maldición cuando se limita a hacer del mundo un lecho de Procusto sin mayor interés en las cosas por las que merece la pena vivir.

75

El revolucionario suele tomar una familia como metáfora de la sociedad a reformar, sin reparar en que hay tantas familias como sensibilidades, razas y tamaños de las pezuñas.

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76

Se reconoce el excedente de vanidad cuando se halla más tristeza que alegría al descubrir una idea propia en una frase de autor muerto.

77

Los muertos no nos observan, pero se sienten observados por nosotros.

78

Fórmula de la majestad sentenciosa.– Tenemos por lapidaria a la frase que encierra una verdad y que se ribetea al final con una palabra sublime.

79

Escindir una alocución en máximas aisladas es un modo que tiene la vanagloria para ganarse un aplauso por cada línea.

80

Reconocemos la naturaleza excepcional de los mayores sabios si, no careciendo nosotros de cierta belleza de sentimiento, al mencionar sus nombres no sentimos algo de vergüenza por no intentar imitarles con denuedo a cada momento.

81

Lo mejor nunca se luce a sí mismo. Los espacios nobles lo señalan, los vulgares lo ignoran y los perversos lo injurian.

82

Una palabra dulce a tiempo refrena muchos peloteos de insensateces.

83

Una inteligencia demasiado penetrante puede intimidar al amante cuya sencillez sería, precisamente, la refrescante forma de sabiduría que más gratamente contrapuntearía a la otra. A menudo los caracteres más complementarios entre sí se rehuyen el uno al otro por desesperanza anticipada.

84

El verdadero audaz no teme temerse.

85

Nos recorre un vertiginoso pavor por la vanidad de las ciencias con que nos dirigen cuando un médico nos recomienda lo contrario de lo que tenemos más que comprobado.

86

Lo peor no es que sacerdotes mediocres hayan dirigido penosamente almas perdidas en los últimos tiempos: lo preocupante es que esas almas, añadiendo a su extravío el rencor contra las autoridades espirituales, dirigen ahora el mundo.

87

No es bueno desear cosa alguna, pero menos que nada desear aquello para gozar lo cual nuestra facultad de desear ha de desarrollar papilas nuevas, que pesarán como apéndices.

88

Toda idea perfectible puede convertirse en lastre moral.

89

¿Cómo evitar apegarse incluso al desapego? No temiendo los amores en igual medida livianos e incondicionales.

90

Para renacer ahora, recuérdate muriendo.

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91

Marcharse a la próxima vida con calma es examen para el que se estudia durante todo el curso de la presente.

92

A veces me gustaría inquirir a un rey de dónde saca la fuerza para resistir alimentar la fuerza que sus antepasados creyeron legarle.

93

Hay quien dice entregarse a los placeres para despreciarlos después con mayor autoridad y conocimiento.

94

La complejidad del cuerpo no me hace pensar en la inexistencia del alma, sino, muy al contrario, en una complejidad inconmensurable, dada la volatilidad caprichosa de lo sutil.

95

El perverso que se jacta de ser dichoso en su perversidad sólo lo hace por un deseo insaciable de pervertir aun más, pero desconfiemos de la veracidad de sus palabras.

96

Se hace más difícil amar en el momento en que descubrimos que nos conviene; como la valentía del héroe, se crece más rápido en la idea de gratuidad.

97

Las comodidades, la competencia y la autonomía ilusoria a las que invita el comercio nos desincentivan para aspirar a la perfección moral.

98

Con la desaparición del pan de oro en arquitectura y del basso continuo en música se dijo adiós a la voluntad cortés de agasajar a los sentidos como a príncipes.

99

Desde la Revolución, la elegancia carece de árbitros convincentes para todas las partes al mismo tiempo.

100

Del arrepentimiento nace toda aspiración moral duradera.

 101

Hay verdades cuya severidad se resiste a un estilo literario ornamentado.

102

La envidia concede aun menos descanso que el odio, pues siempre está en movimiento, sea por el lado de la malquerencia, sea por el de la ambición.

103

Las personas más magnánimas no sienten serlo. Sentir que se está dando es ya al menos un leve signo de aferramiento.

104

Se alaban las creencias pintorescas cuando las inventa uno, y se habla entonces de espíritu artístico; se vilipendian cuando se adoptan de fuentes ajenas, y se habla entonces de religión.

105

La esperanza es último recurso para el bondadoso que tan sólo pide una motivación.

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106

La generosidad es laboratorio para ideas que relacionan mundos diferentes, como el cielo y la tierra, los pobres y los ricos, los hombres y los animales…

107

El solitario siempre acaba creyendo que reconoce claves ignoradas por todos.

108

Los vientos que corren en los distintos tiempos permiten surcar grandes océanos, pero también provocan a veces grandes naufragios. Avanzar con los pequeños golpes de remo de la constancia es lento y esforzado, pero también más seguro.

109

Los espectáculos de nuestro populacho son más o menos en todo la antítesis del menuet, incluso en su lamentable longevidad y su extensión geográfica.

110

Los reformistas suelen decir “regenerar” cuando quieren decir “desnutrir” o “travestir”.

111

La única revolución legítima es la que se hace contra el abuso que nos parece abuso a todos los animales.

112

Hombres y mujeres se engañan continuamente unos a otras y otras a unos con tal de no reconocer su mutua dependencia.

113

Cambiar de ciclo histórico no debería obligar a que nos vedasen el manantial.

114

El varón necesita ver su pensamiento en los ojos y la voz de una mujer para comprobar y adecuar el grado de humanidad de la idea. En sentido inverso, la mujer necesita lo propio para comprobar el grado de magnanimidad.

115

Quien dispendia su parloteo piensa con avaricia.

116

Como risible es quien ríe todo el tiempo, grande es la ignorancia de quien afirma reconocerla en todos.

117

Algunos de los mayores amores son los nunca descubiertos más que por quien amó.

118

Cuando nos hablan de justicia, suelen hablar de ellos mismos, o de sus vecinos, o de los diretes de la prensa. La mayor injusticia es aquella que ni siquiera obtiene la satisfacción de ser oída.

119

Definir una belleza es resignarse a la frontera en la que su magia fracasó frente a lo trivial.

120

Una persona encantadora es aquella en la cual lo frívolo relumbra como ornamento religioso.

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121

Hay una soledad tan profunda que incluso deja atrás la timidez -signo de cierta esperanza-, segura como está de no obtener nunca hermandad satisfactoria.

122

Se diploman muchos para dar fe de todo cuanto no comprenden.

123

La primera medida del nuevo régimen siempre pasa por afear las instituciones del régimen que desalojó.

124

Lo mínimo que se le puede exigir a un literato que quiera arder de compasión y de fuego filosófico es que haya conocido el hambre, el abandono o alguna otra desgracia de las que de ordinario se consideran humillantes.

125

De creer en la transmigración de las almas, a partir de la conjunción de los intereses de cada cual, podría imaginarse su situación en una vida anterior. Yo, por ejemplo, debí de haber sido sufrido animal de compañía de un teólogo sesudo y aficionado a la música en el siglo de Voltaire.

126

Me niego a hablar de mi siglo porque mi siglo no habla de mí. Mejor diría que no es que me niegue a hablar de él: es que mi siglo no es el que me ha visto nacer.

127

El amor espiritual no ama a la persona que tenemos delante, sino a su futuro yo transfigurado o a su naturaleza sin principio.

128

El héroe es incluso más héroe cuando deja caer su estandarte y prosigue sin la vigilancia de los símbolos y sin timbre de gloria.

129

La sentencia poderosa puede encender la mecha de una metamorfosis del espíritu, pero para que ésta se consume son precisos demostraciones y ejemplos.

130

Reniega de tus más grandes tesoros para que no les seas negado tú a los tesoros auténticos que te harán grande.

131

Tragedia de los sentidos.- Por mucho que persigamos al placer, siempre se aleja; por mucho que lo rechacemos, siempre nos llama.

132

El mensaje del sabio es resabio de la Verdad.

133

La contemporaneidad providencial de Louis Couperin y Arcangello Corelli.- Los mejores músicos franceses describen los coloridos pliegues de la materia, mientras que los mejores de los italianos le otorgan el más equilibrado de los perfiles.

134

Mal gobernante es tanto el que se limita a gobernar como el que se limita a transformar. Un anhelo de obtener la mejoría sin pagar el precio de perder lo obtenido es el desafío del príncipe excelente, y requiere de prudencia en extremo.

135

La persona con sus deseos corriendo a sus anchas es tan libre como la mula que, agotada por el peso del su fardo, babea a lo largo del camino y lo llama territorio marcado.

136

Sólo buscan purificarse quienes tienen ya un rincón limpio desde el que reconocen la grandeza de la purificación.

137

Los genios siempre aciertan a desacertar.

138

La verdad profunda dice lo contrario de lo esperado, y su comentario sapiencial, relacionando muchas cosas implícitas, devuelve la tranquilidad al sentido común.

139

El perdón es maestría sobre las ofensas infligidas no por ofensor sino por la facultad de ofenderse.

140

El buen jugador nunca apuesta tanto como para no tener nada con que seguir apostando si pierde la siguiente mano.

142

Lo que se juegan las mujeres cuando juegan a las cartas está en los comentarios, en los gestos o en los vestidos, pero no en las cartas.

143

Pueblo frívolo con todavía alguna esperanza es el que acude al templo para abrir el apetito. Pueblo frívolo sin esperanza no ha oído hablar nunca del templo.

144

Las razas europeas celebran la variedad racial importada de otros continentes porque están tan ciegas que no ven que, a decir de los expertos, son las razas más variadas y coloridas del mundo. Tantos colores hay en los ojos y cabellos de Europa como escasa sutileza en su mirar.

145

El afán destructor de los niños cuando fingen matarse y conquistarse entre ellos es parte esencial de su instinto autodidacta.

146

El ejército ha dejado de ser fuente de inspiración moral, toda vez que nadie oye hablar de él. Su seriedad no encajaba con la sociedad. Pero todos dormimos tranquilos porque sabemos que, llegado el caso, los soldados darán su vida por las nuestras.

147

Unos matrimonios se sustentan sobre la crianza de los hijos, mientras que otros se sustentan sobre la castración simbólica recíproca.

148

Es fácil observar en los niños cuán pronto advierten que el desprecio por los individuos del sexo opuesto se debe a un deseo de ganarse su interés. He visto a niños de seis años avergonzarse de rebajarse a hablar con una niña, y a niñas mostrarse asqueadas con el único fin de hacer daño a quien les atrae.

149

Quien más oportunamente cosecha es el mismo que sembró. La división del trabajo dejó herido de pasmo el ciclo del alma y del cuerpo en cada hombre.

150

Los besos dan tanto cuanto beben.

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151

Ningún consejo falta en Aristóteles para procurar armonizarse con el mundo. Ningún consejo falta en Epicuro para evitar en todo lo posible ser mancillado por el mundo. Ningún consejo falta en Séneca, Epicteto, Rufo o Marco Aurelio para resistir los embates del mundo que ha alcanzado al fin a mancillarnos. Ningún consejo falta en los evangelios para salir del mundo con paso firme. De todo lo que vino tras estas autoridades, no hay más que escolio o no más que mundo. Se dice, sin embargo, que en la India aconsejaron incluso cómo no ver el mundo cuando el mundo nos ve.

152

Ponderemos la participación de cada pensamiento en la verdad por pequeña que ésta sea con tal de evitar que aquél se enquiste, frustrado por no convencer.

153

Viajar divierte e instruye, pero se equivoca quien ve en ello una reclamación profunda del espíritu. Lo importante no es recorrer mundo, sino traer el mundo a nuestra intimidad. De todos mis viajes no he aprendido tanto como sentándome en una silla y concentrándome durante unas horas.

154

El capitalismo es el imperio de la treta. No carece, en cambio de virtudes, pues ningún sistema es tan malo como para ser por completo estéril en ellas. Sin duda, es el mayor proveedor de bienes materiales y de goces rápidos para las mayorías, y eso ha salvado vidas y disgustos. Pero está lejos de ser el sistema natural que surge cuando se deja a los hombres solos: tal privilegio es para la aldea tribal, para la monarquía o para la teocracia. Ningún sistema propicia tampoco un paso tan veloz hacia el desorden. Su principal debilidad no está, sin embargo, en la falta de planificación, sino en su falta de amor. El espíritu mercantil, como el de otros enfoques, obvia todo beneficio que no sea calculable, se obsesiona con la posibilidad de pérdida, ceba la ambición, se complace en la fealdad barata, no pretende preservar nada que no pueda venderse, acabará con todo lo verde y con todas las pezuñas, se alía tramposamente con otros sistemas allí que sirvan a sus intereses aquí. Por si fuera poco, se desequilibra periódicamente por no poner coto a una libertad ignorante de sus presupuestos, y no me refiero a nada sutil ni filosófico, sino a algo tan pueril como la múltiple y falsa disponibilidad del dinero producida por no preservar un coeficiente de caja del cien por cien en los depósitos a la vista en la banca de ahorro.

155

También mil buenas frases cansarían si todas tuviesen la misma estructura y el mismo tono.

156

La fórmula y la figura son los aciertos del estilo; su uso oportuno y mesurado, el acierto del autor.

157

Intereses posibles de un cuadro: primero, revela la realidad en un estado trascendido; segundo, proyecta el punto más elevado del espíritu humano; tercero, capta algún aspecto inadvertido de la realidad; cuarto, inspira bellos sentimientos; quinto, nos admira su técnica y su composición; sexto, permitirá ganar dinero.

158

La ópera es el más denso resumen del arte europeo.

159

Se forjan muchas creaciones sublimes como resultado del aplazar perezoso del acometimiento de actividades prosaicas.

160

Ni el mejor de los sastres podría suplir la inelegancia de espíritu.

161

Digan lo que digan sobre ti, ten por probable que tengan algo de razón… pero nunca toda la razón.

162

Sin abundancia de ingenio, el teatro no es más que un ritual vacío de diálogos lastimosos. Con ingenio, es el reflejo más puro de las estructuras mentales humanas puesto ante los sentidos.

163

Lo único poético de la poesía más moderna es su condición de epicedio a las exequias de la poesía verdadera.

164

La cultura posterior al siglo de Voltaire es una rebeldía contra la perfección por parte de un hijo adolescente.

165

El siglo XVI fue español. El XVII, acaso holandés y un poco de todos. El XVIII, francés. El XIX, británico y alemán. El XX, norteamericano y, en menor medida, ruso. El XXI será chino y el XXII será de los gusanos.

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166

El auténtico progreso se cifra en el empeño de cada individuo por no dañar y en su pericia para ir lográndolo.

167

El progreso moderno nos vende vilezas a cambio de unas pocas palabras compasivas sin compromiso auténtico.

168

Los pilares de la antigua moral fueron derruidos para que, descendidos de ellos, pudiésemos husmear incesantemente el suelo material en el que comemos y orinamos.

169

Siempre se menciona la libertad, la igualdad o la dignidad cuando se quiere defender la sensualidad desatada.

170

Cuando la religión no alcanza a salvar, al menos lentifica el hundimiento y le resta estrépito.

171

La contención antigua estalló y se derramó bajo las enaguas.

172

La religión propone aproximación a la realidad más o menos tan vaga como cualquier otra teoría, con el añadido de que, por un lado, suscita un olvido de los límites lógicos ordinarios que nos seducen y nos repelen cotidianamente, y, por otro lado, anima a una gimnasia rutinaria de las pasiones.

173

No se tiene en cuenta  el desastroso presente y el más que desastroso porvenir de la humanidad porque no se colige necesariamente de un silogismo y porque no apetece al libertinismo imperante.

174

La dureza de la piel y la ternura del corazón se demuestran al mismo tiempo perdonando.

175

El europeo fue una vez alguien grandioso, terrible después, ridículo ahora.

176

Se ha divisado el destino de la humanidad cuando nuestra compasión por los aún nonatos triplica la que sentimos por nuestros contemporáneos.

177

Muy sabia es la ternura que nos invade incluso cuando pensamos en los más terroríficos caracteres y comportamientos de nuestra estirpe, pues advertimos entonces, por experiencia directa, la ceguera trastabillada de las causas que mueven a los hombres y que los llevan a hacia su propia perdición.

178

La avaricia de saberes es difusa confesión de que nos falta un dato cardinal.

179

Signos menores de inteligencia: buena dicción, ojos ágiles, gestos variados, citas oportunas, dudas constantes, oído musical, timidez injustificada, genio que se amonesta a sí mismo, vertiginosa compasión, meditación en soledad, apreciación de detalles pasajeros, reticencia a mostrar los versos propios, llanto ante lo sublime, deseo de prolongar las conversaciones hasta agotar el asunto, capacidad de conceder la razón al otro.

180

Se olvida pronto a quien no se deja amar, salvo que el amador sea una doncella taciturna.

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181

No se siente mayor respeto por quien elude enfangarse en los tejemanejes del mundo, pero se lo respeta por más tiempo.

182

La ira nos turba hasta que los buenos sentimientos arraigan en nosotros, pero el deseo parece servirse también de ellos.

183

Nos pueden la aversión y la pereza hasta que la mente se fortalece. Nos puede el deseo hasta que el cuerpo se cansa. Hay, sin embargo, individuos perversos a los que solamente la vejez o la muerte doman en alguna forma.

184

Un resplandor de mansa dulzura suele dejarse ver en la mujer que continúa siendo bella después de los cuarenta.

185

A fuerza de jugar con las palabras se halla, de cuando en cuando, alguna verdad nada divertida.

186

La tristeza no nos encuentra en compañía de rostros sinceros, afables e interesados en nosotros.

187

Un signo de maestría del corazón se vería en saber morir joven con la serena resignación con que moriría un anciano.

188

Muchos escépticos lo son por vanidad, especialmente aquellos que, sabiéndose inconstantes, temen hacer el ridículo al excusarse por cambiar de opinión una vez más.

189

Releer las cartas de amor pasado el tiempo del amor es una profunda meditación espiritual sobre nuestras muertes graduales.

190

Se va entrando en la edad madura a medida que reconocemos en los nuevos placeres nuevas vestimentas de los pretéritos.

191

El tiempo nos quiere reconducir mostrándonos las buenas opciones cuando ya cabalgamos al galope.

192

No es que la verdad sea bella, es que le resta entidad a lo feo. No es que la belleza sea verdadera, es que nos distrae de no pocas falsedades.

193

Por acabar otra buena frase, algunos seríamos capaces de obligarnos a aceptar una nueva idea.

194

Las modas confiesan a su manera ridícula que cada hombre acierta cuando la humanidad lo ayuda a ello.

195

Para acertar siempre bastaría establecer un listado perfectamente estudiado sobre cada caso de facta et dicta virorum illustrium.

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196

Es difícil esperar algo de grandeza en gobernantes que ya no saben ni latín, ni retórica, ni filosofía, ni tocar un instrumento, ni componer versos, ni apreciar un bello cuadro, ni tan siquiera abstraer su mirada bajo el cielo estrellado. Sin las humanidades clásicas, el hombre carece de clase y apenas cuenta con el mínimo exigible de humano.

197

Que uno quede atrapado en un oficio muy inferior al correspondiente a la preparación es medicina para el orgullo y vergüenza para el mundo.

198

El salario exiguo sirve tanto al espíritu como obstaculiza al cuerpo,  y en ambas labores ennoblecedoras resulta barato para el que se lleva la plusvalía.

199

Es frecuente descubrir con alegría una injusticia desapercibida por todos para ganar prestigio moral al ser el primero en señalarla.

200

No digas nada interesante si no tienes algún motivo no menos interesante para decirlo.

201

Carácter sano es el que ejercita todas sus facultades a partes aproximadamente equivalentes, desde el músculo hasta el raciocinio, pasando por el corazón y los modales.

202

Por cada significado que tiene un gesto en el varón, en la dama posee diez significados, y corresponde cada uno a un modo distinto de relacionarse con las demás personas.

203

He observado, tanto en los demás como en mí mismo, que aflora una gran vanidad tanto al mostrar ante los otros fingida certidumbre en una opinión, como en mostrar fingido escepticismo en otra de la que estamos más que convencidos. Se trata de un deseo de diferenciarnos y situarnos un paso por delante de la opinión ajena, según concibamos el sentido de la espiral del conocimiento en ese particular.

204

A la hora de inclinarse por un emparejamiento, en la mujer prima el cálculo y en el varón la lascivia, aunque ambos sexos participen de las dos fuerzas y lleguen a confundirlas con amor.

205

Quien sufre gusta de no ser el único para obtener más apoyo… o gusta de ser el único para recibir toda la compasión.

206

No hay manera de profundizar en nada si no es obviando las alternativas. La belleza de los posibles caminos es saludada por la sabiduría una vez que se han consumado uno de ellos.

207

A los países cainitas, en los que unas regiones siempre están peleando contra otras, el mercantilismo, que todo lo iguala, acabará serenándolos a fuerza de darles la misma respuesta que a todos los demás y revelando los mismos bajos deseos que laten bajo pantalones y faldas cada vez más similares.

208

Hay gente que nos ofrece una enseñanza sin que la hayamos pedido, sobre asuntos que no nos interesan o que creemos conocer bien, y aun entonces conviene escuchar con gratitud, pues siempre podemos acabar concediendo un punto que nos había pasado inadvertido, señalado por quien menos parecía saber cosa alguna.

209

Concede que todos los que yerran lo hacen de buena fe, pero no admitas que no yerran, o siempre estarás por las dudas paralizado en el sendero del bien, por más que los equivocados conformen la inmensa mayoría, incluido tú en ella.

210

Que un mal conlleve a la postre un bien mayor no es motivo suficiente para alabarlo. No es la dimensión del bien lo que ha de motivarnos a tolerar males, sino la grandeza de cada ser, véase implicado en males o en bienes. Prima facie, para ayudar a cien inocentes no se puede sacrificar a otro inocente en contra de su voluntad, so pena de dejar de ver en la inocencia una gota de santidad.

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211

Frivolidades y decepciones adquieren una pátina de suntuosidad a medida que la edad educada va destilando un gusto más sensible ante todas las cosas: todo va combinando al mismo tiempo un encanto misterioso y una tristeza invencible.

212

Una tradición no es costumbre anquilosada, sino su perfeccionamiento formulado. Pero, como todas las cosas bajo el sol, su sobreabundancia y su confusión con elementos advenedizos hacen que también se vayan olvidado los significados para acabar diluyéndose la esencia poco a poco.

213

La técnica combina formas para aplicarlas sobre la materia; la ciencia las combina para entenderlas; el arte, para dejarse poseer por su importancia; la religión, para trascenderlas.

214

En su más alta esfera, la religión no pretende destruir la voluntad, sino lograr que su principio rector coincida con el del universo.

215

Ya es una perogrullada reconocer que, de todos los animales, ninguno es remotamente tan destructivo, perverso y atormentado como el animal humano. “Tampoco -se dirá- ninguno es tan entendido, tan sabio, tan artista”. Pero no alcanzo a entender cómo se podría disculpar a una raza de demonios que supiese escribir sinfonías o hallar fórmulas químicas.

216

Fiat iustitia et pereat mundus. He ahí un lema que el utilitarista no entendería, como que no entiende el carácter sagrado de cada ser y su inviolabilidad. Sin embargo, es cierto que la pureza aparece muy problemática para quienes no aspiran ella, siendo, además, que en cada hombre hay trazas de la una y de su contrario. La hipocresía de las religiones, tan denostadas como pocas cosas en la historia, tenía la intención de conciliar en lo posible los extremos de esta paradoja: sosteniendo en lo alto unos principios innegociables para quienes aspirasen individualmente a la santidad, adulterándolos en los callejones para que sobreviviese el mundo que habría de prolongar la vida de aquellos principios.

217

El más generoso no solamente da lo que da; también se desprende de la idea misma de generosidad, pensando más bien que restaura antes de pensar que sacrifica.

218

La voz que aún gusta de cantar no está definitivamente desesperada.

219

Se ejercita el desapego al pensar en la ingente, inconmensurable población humana y en el total desinterés que tiene su práctica totalidad por nuestros pensamientos, sentimientos y actos.

220

Son falsos cuatro de cada cinco motivos en los que creemos fundar nuestras opiniones.

221

Hombre austero es el que no pisa un comercio industrial ni se sirve de quienes sí lo hacen. Pero más austero es quien, incluso dejándose ver entre el lujo, ni siquiera enjoya su corazón con la necesidad de bienes ni de su ausencia.

222

El auténtico esclavo no se caracteriza por no cuestionar mandatos ni por no dar rienda suelta a sus caprichos, sino por no disfrutar de la jornada y por no serle permitido hacerlo.

223

Un carácter templado puede estar varias veces más abierto a la verdad y a la felicidad que uno más inteligente pero inflamado, como el barquillo flota mejor sobre el espeso aceite que sobre el agua fluida.

224

No sólo sucede que, como dijo inspiradamente el Apóstol, “todo es puro para los puros”. También sucede que, por más que lo nieguen, todo es impureza para quienes afirman no creer en esa categoría. No se puede maravillar uno ante el brillo del diamante si no confiesa que el carbón del que surgió no contaba todavía con apariencia tan noble. Sólo después de una profunda comprensión de la naturaleza del brillo pueden alabarse por igual carbón y diamante, causa y efecto.

225

Sentimos afecto por el placer pretérito, pero no amor. Sentimos pasión por el placer futuro, pero no placer. Sentimos placer en lo presente, pero poco más.

Opnamedatum: 2011-05-12

226

Todas las opiniones que defendemos tienen por misión última defender la de que nuestras opiniones son las mejores.

227

La obediencia, cuando se ofrece al custodio de una sabiduría, sirve al menos para despreciar los caprichos cambiantes del corazón, a los que a menudo confundimos con nuestro más elevado criterio sobre lo conveniente.

228

Es tan fácil hacerse trampas a uno mismo que muchos se aferran a su sufrimiento llamándolo felicidad. Nos encanta decir que paseamos cuando nos hubimos quedado atrapados en un laberinto.

229

Aspirar a lo supremo es, cuando menos, modo de obtener un bien considerable y casi seguro. Aspirar a lo mediocre suele cumplir lo que promete. No aspirar a nada puede conducir al Infierno o, si se cuenta con condiciones excepcionales y limpieza de espíritu, a lo supremo.

230

Es común la arrogancia de pensar que se está de vuelta cuando simplemente se camina en sentido contrario por primera vez.

231

Los que reinventan la rueda no suelen obtener la mejor.

232

La mitad de los que aseveran haber alcanzado el equilibrio definitivo de las pasiones dicen verdad, mientras que la otra mitad miente o se equivoca. Pero, dado que nunca podemos estar plenamente ciertos de cuál es la mitad a la que pertenece el sujeto en cuestión, seamos benévolos y creámoslo mientras no nos confiese lo contrario entre lágrimas o mediante agitados vicios.

233

Oigo a algunos afirmar que aspiran a la santidad y a la sabiduría perfecta, y ello, a mi juicio, supone que no entienden la grandeza simple de los buenos sentimientos en acción. Oigo a muchos más afirmar que aspiran únicamente a dar amor y a hacer el bien, mientras desprecian santidad y sabiduría. Yo mismo he pasado por ambos grupos. Según mis últimas meditaciones, habría que cultivar, ante todo, los buenos sentimientos mirando de reojo a la plenitud suprema, deteniéndose de cuando en cuando a contemplar su belleza para perseverar con mayor denuedo en la virtud, cuyo florecimiento, finalmente y de manera necesaria, se irá enredando como hiedra en la columna de la más alta verdad. Dicho de otro modo: se alcanza el trofeo de lo sublime cuando, conociendo su existencia, se insiste en despejar el suelo prosaico que ocupará, que no es otro que nuestro corazón amante, y no por pensar que aquel trofeo ha de llegar, sino porque deseamos reproducir su bella figura en nuestra realidad ordinaria. Que se obtenga finalmente o no el trofeo es, en el fondo, cuestión seria pero no la más seria; lo esencial es que la oquedad del sagrario que conforma nuestro ser adquiera su forma, mereciéndolo y cumpliendo parte de su papel.

234

No deberíamos convencer de que está escogiendo un sendero peligroso a quien, habiéndose internado ya en él, afirma encontrar allí la felicidad; pero sí haremos bien en informarle delicadamente de que existen alternativas, por si termina fracasando en su aventura.

235

Quien se regocija en la fatalidad es que no la ha probado en toda su crudeza. No es angustia si uno no se quiere librar de ella a toda costa.

236

No espero ya éxtasis de ninguna clase porque, creyendo ciegamente en ellos y teniéndoles gran respeto, me veo en estatura poco digna. No temo a demasiadas decepciones porque, siendo tan difícil el amor incondicional la satisfacción de cualquier clase entre seres ordinarios, veo difícil obtener o hacer obtener tales golosinas dentro de las murallas de la villa. A pesar de todo ello, templo mi guitarra por si, en un azar que no concibo, me tocase tañer o gigas o zarabandas.

237

La muestra de interés o la muestra de desinterés pueden ser manifestaciones tanto de una cosa como de la otra. Pero el interés de una persona por un posible amante se hace inequívoco cuando se alternan ambas manifestaciones en un grado llamativo, anhelando un vínculo libre de evidencias y estertores.

238

La aceptación es un lujo que sólo se puede permitir quien tiene la bendición de no estar siendo atormentado. Que todo lo que puedan hacer los hombres decentes sea decir que la vida es como es, indica que la supresión del horror requiere más que decencia o que el mundo no da el más mínimo poder a las buenas intenciones.

239

El compositor barroco logró armonizar las más grandes tristezas, el compositor galante logró darle estructura sonora a la alegría, el compositor romántico desbordó todas las estructuras y armonías para evocar la intensidad extrema de todos los restantes sentimientos.

240

La insistencia en los peligros del escepticismo la he extraído de la experiencia propia: el regusto amargo que me ha dejado una juventud intelectualmente arrogante es la sensación de encontrar complicado el venerar y amar con sencillez. Y el aferramiento a la independencia del entendimiento y de la voluntad es el último bastión de la ignorancia que venceremos los así educados.

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241

La alianza entre inteligencia y amor se observa en hacer el bien con eficacia; es decir, que, si “por sus frutos los conoceréis“, quien más ayuda es el más equilibrado y rebosante en las dos grandes facultades humanas.

242

Algunas de las más solemnes y lacónicas sentencias que pude escribir surgieron como escuetos corolarios de trabajosas, frondosas y desenfadadas conversaciones. Otras surgieron de un silencio profundo como la noche, del que no oí más palabras que las mías y las de los leves fantasmas de los ciclos eternos.

243

Como en un cuadro al óleo, salgo a la calle y me imagino a todo el mundo transfigurado en la sociedad del siglo de Luis XV. Ordinarios donceles y doncellas de hábitos oscuros son ahora damas y gentilhombres bien coloridos, los carromatos de metal estridente son ahora berlinas y calesas doradas, los compositores escriben sinfonías que dan a la Razón ilustrada el marchamo de la belleza, los edificios están ahora en armonía e insonorizados por sus gruesos muros. La gente conversa como en las novelas, se pasan de mano en mano poemas manuscritos y cartas atildadas, los caballeros discuten sobre las leyes y las mujeres sobre las costumbres, y, de cuando en cuando, algún sacerdote sentencia desde el púlpito o en el banquete de un señor en torno a los principios de la moral, la inmortalidad del alma o los coros de los ángeles. Dejando por un momento a un lado la alta tasa de mortandad, las penurias salariales y las guerras recurrentes entre vecinos, hay en el pueblo una mayor higiene de las costumbres y una aceptable paz con el resto de la Creación. Ahora sí me agrada mi país. Pero esta miniatura de siglo se diluirá en cuanto se disperse mi imaginación, quedando así como linda metáfora de la relampagueante transitoriedad de las más brillantes edades.

244

No recuerdo quién dijo que, en la guerra entre hombres y mujeres, las prostitutas estaban del lado de los hombres. Lo mismo podría decirse de los sumisos y fustigados caballos a los que montan los soldados.

245

Fórmulas y rituales sirven para vibrar en el tono de nuestras aspiraciones y para sostenernos automáticamente en éstas cuando las más peregrinas fantasías vengan a desorientarnos.

246

Cuando, como a menudo ocurre, me apercibo de que toda vida nutre su dolor con dolor ajeno, quedo a la espera de esas flores de mi pensamiento que a menudo me sorprendieron relacionando muchas cosas y trayendo un aroma de quietud despejada, emperatriz de agonías pasadas y futuras.

247

Negar a los animales, como muchos hacen todavía, capacidad de sufrir, es una forma de solipsismo moral aun más idiota y nociva que la compasión que ilustrados como Benjamin Rush mostraban hacia los negros, afirmando, al fin y al cabo, que merecían doble atención por sufrir una enfermedad que podía ser curada.

248

Todo lo que se diga siempre sabe a poco porque intuimos una verdad que no puede expresarse sin abandonar las categorías que nos hace humanos.

249

De algún modo, los grandes autores saben lo que no saben, como si ellos mismos fuesen oráculos hechizados.

250

Las estrellas que nos guían en los mares brillan más cuando los faroles de la civilización se apagan.

251

La razón por sí sola puede liberar al hombre de muchas oscuridades interiores, pero sólo hasta cierto punto. Los buenos sentimientos pueden por sí solos hacer lo propio, pero sólo hasta cierto día.

252

Aceptar una verdad y su contraria, cuando se distinguen cabalmente y se conoce cuál de las dos prima en cada momento, es modo astuto de no aferrarse al terruño de las opiniones.

253

La historia parece el relato de un intento por probarlo y decirlo todo. Se puede pensar que ha de ser nuestra época, en la que prácticamente ya se visto todo lo visible y se ha reconocido como válido, la que ha de volver a establecer qué es lo valioso, siquiera sea por descarte.

254

Se lleva una virtud a su perfección cuando se olvida que se la está practicando. Por eso el mejor de los hombres no aparenta estar sintiendo nada especial: hace lo único que le parece plausible. El Evangelio lo propuso en una línea (Mt 6:3).

255

Sabiduría es conocimiento del mejor camino posible en cada circunstancia.

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256

Todo lo bueno que se diga del amor será siempre bello y probablemente verdadero, pero no siempre será aprovechable. El amor sin nada de sabiduría puede llevar incluso a devorar al amado, como la fiera que no ha aprendido a controlar sus mandíbulas cuando entre ellas transporta a sus cachorro, al que desgarra involuntariamente.

257

He leído en alguna parte que, si bien el conocimiento no ocupa lugar, sí ocupa tiempo. Es muy cierto, pero también lo es que mucho más tiempo roba la ignorancia.

258

Observar la ira repentina de los niños por minucias me entristece, pues me lleva a pensar que es en ese puchero donde se empiezan a cocer todos los males del mundo.

259

El amado más apropiado es aquel que nos ayuda por el mero hecho de dejarse ayudar por nosotros.

260

La erudición se convierte en obstáculo más que en auxilio cuando se pasa a discutir con ira el cotejo de dos sinónimos.

261

Nuestro siglo no es peor que otros salvo en que de continuo da la impresión de que quiere demostrar lo contrario abiertamente, lo cual resulta de lo más desmotivador.

262

El dogma de carecer de dogmas se sella mediante el rito de transgredir la decencia natural o convencional.

263

El único modo de restaurar lo honorable pasaría por convencer al pueblo de que satisfaría sus anhelos más mundanos, lo cual es, por definición, incoherente con el honor.

264

Sólo es legítimo transgredir un dogma sagrado cuando se lo ha satisfecho por completo y no cabe esperar más purificación o bendiciones de su parte, y cuando presenciar tal transgresión no confundirá  a almas menos avanzadas.

265

La simple tristeza por una cierta dama ausente donde contábamos con su presencia nos hace confesar la debilidad de nuestros sublimes movimientos del espíritu.

266

La naturalidad calculada era incluso de agradecer cuando seguía reglas elegantes y es ridícula cuando sigue la última moda que ídolos sin educación inventaron.

267

Todo el mundo posee lo que se le adeuda en el preciso instante en que firma el contrato social imaginario, rubricado en el primer intento de procurar colmar su propia codicia burguesa.

268

Resulta sumamente expresivo que, en estos tiempos, las antaño conocidas como “bellas artes” hayan pasado a conocerse simplemente como “arte”, como habiéndose quitado de encima el peso de su interés.

269

Tiene carácter de tanteo todo lo que no sea dicho por un maestro espiritual o, lo que es lo mismo, todo lo que no haya sido macerado en toneladas de experiencias o en siglos de tanteos sumamente inteligentes.

270

Como antídoto a la envidia y la soberbia, recordemos la suerte que tenemos de poder ejercer la humildad ante un rey, sea o no bueno en su trono y sea o no pertinente la existencia misma de tal trono; es algo que prácticamente está vedado a éste, porque no parece fácil tener a mano muy a menudo a un emperador o a un papa ante los que inclinarse. La flexibilidad en la genuflexión ante el mayor número de autoridades posible dice mucho sobre el equilibrio de nuestros humores y la capacidad para salir mentalmente impolutos de las situaciones.

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271

Inclinarse ante un plebeyo entronizado es doble ejercicio de humildad y gran lección para ir guardando la compostura ante un hundimiento próximo.

272

Por mucho que se moleste en argumentar, siempre cabe objetar algo a quien desde el principio nos hizo recelar.

273

Se observan muchos discretos que lo son por falta de educación; para su fortuna, no cuentan con depósito de triquiñuelas retóricas o morales con que enaltecer su interés cortesano.

274

El enamoramiento es la hoguera sentimental en la que el ascua de cada fantasía va prendiendo y consumiendo la paja de la convicción sobre su plausibilidad.

275

Apenas logramos escapar alguna vez del desinterés por aquello que no nos nombra jamás.

276

El pensamiento coagulado en palabras parece menos sabio que cuando, careciendo aún de forma, parecía abarcar muchas  más cosas distintas.

278

Menos asombra el fervor que la plebe siente por descubrir públicamente los secretos personales y diplomáticos de los grandes y de los gobiernos que la estatura pueril de tales secretos.

279

El hombre moderno llama sabiduría a la técnica, información al chismorreo, libertad a la pasión por impresionar, goce al descontrol de los instintos, quimera a todo lo que no se come ni se deshecha raudamente, economía sana a la erradicación de todo lo que es vida, conversación a la anécdota sin forma, tranquilidad a reposar sobre un volcán, moral decente a pagar a intermediarios para que traigan envuelto a domicilio el fruto de los holocaustos, diversión a los riesgos más brutales y estrepitosos, música a la pesadilla de un selenita.

280

Es reto para el observador refinado hallar los rastros de una biografía a través de la contención de un retrato clásico.

281

El mayor genio artístico no busca incomodarnos, sino reconciliarnos.

282

En el más alto pedestal ha de estar siempre la unidad última de todas las cosas, aunque para llegar a ella haya pasar por peldaños muy diversos.

283

Erosionan al carácter, suavizándolo, las aguas ecuánimes de la sabiduría misteriosamente difusa y los guijarros de las desgracias.

284

El ser humano se convierte en un dios tan sólo cuando se limita al compromiso de querer ser simplemente un perfecto ser humano.

285

Las paradojas sirven muchas verdades de forma automática, pero solamente ganan fama aquellas que han tocado unas fibras que no creíamos tan sensibles.

286

El mundo mercantil que habitamos ha dado carta de legitimidad a la ambición de los hombres. Después de eso, no habrá marcha atrás sino por la epifanía colectiva o por la violencia.

287

Moderno  mínimamente observador es aquel que a estas alturas reconoce que el veneno inoculado al mundo por la modernidad ha sembrado su inminente perdición.

288

La perdición de la humanidad, al llegar progresivamente, ni siquiera se aparecerá a los más como revelación divina.

289

Tanto una insistencia abusiva en la idea de respeto como su completa ausencia contribuyen a forjar caracteres tiránicos.

290

A los niños les tocará mañana sufrir la falta de respeto que no se les enseña a ofrecer desde hoy. La blandura pedagógica es la corrupción del mundo dentro de medio siglo.

291

La utilidad preservadora del prejuicio puede anteponerse al reparto de ciertos bienes arriesgados, pero no a la evidencia del sufrimiento.

292

Postrarse ante lo que no entendemos del todo, rezar creyendo o no, dar la razón al otro y desear lo mejor a quien nos hiere son las medicinas más efectivas contra el orgullo.

293

El ideal moderno es vivir con las comodidades de un conde, comportarse en sociedad y en la intimidad como un paria y contribuir a la destrucción del mundo como el caudillo del más perverso de los ejércitos.

294

El mundo no necesita muchos pequeños remedios justicieros, sino la erradicación de las peores y más abundantes injusticias. Más importante que la igualdad es la elevación de los hundidos, más importante es la defensa del derecho que la equiparación de privilegios.

295

El moderno sólo escucha la opinión de quien dice respetarlas todas, como si una opinión fuese lo mismo que una verdad relativa, o como si lo que confirmase a una opinión fuese su presentación diplomática y no sus consecuencias útiles. Los modernos sólo nos dejamos cambiar la opinión por parte de aquellos que dicen no dar importancia alguna a las opiniones, con lo cual nos vendemos a quien cuente con un mínimo de astucia.

296

El estilo sentencioso puede rayar en la arrogancia cuando su severidad no alterna fatalidad con la confesión o la ternura.

297

Las memorias interesantes sólo se escribían por aquellos vividores que escribían para matar el tiempo mientras guardaban reposo por gota, sífilis o tuberculosis.

298

Escribir una línea más no me salvará, pero ayudará a no olvidar la búsqueda.

299

El deseo fervoroso de que no nos tomen por tontos se debe al orgullo, pero, dejando éste a un lado, se trata de un deseo útil por cuanto educa a los ladinos sobre la debilidad de sus engaños.

300

De cómo se ordenen los miembros de una sentencia adversativa se comprueba la visión que tiene de las dualidades humanas el moralista. Así, por ejemplo, mientras La Rochefoucauld pone siempre la más dolorosa verdad en la conclusión, Vauvenargues hace lo contrario. También nos diríamos, pongamos por caso, que, “aunque el hombre es esencialmente destructivo, cuenta siempre cerca con estrecho pórtico hacia la justicia”; o “muchas grandes obras surgen por impulso de vanagloria, pero su grandeza puede pasar por encima de tal impulso y de tantos otros como titán sobre prado de flores mustias”, etc.

301

La religión, intuyendo la nebulosidad de los fenómenos y las nociones, propone a casi toda fórmula una posibilidad contraria, siendo la altura espiritual desde la que se enuncie lo que le da su significado más grave a la una o a la otra según la ocasión y el oyente.

302

La inconstancia hace perder la fe más importante: la fe en uno mismo.

303

La modernidad fue diseñada en un siglo que no habría podido imaginar la naturaleza limitada de los recursos naturales y la voracidad ilimitada de la caprichosa y viciosa voluntad humana.

304

La democracia podía funcionar en la Atenas de Pericles o en una pequeña nación de Europa sin demasiada industria; extendida a un mundo expoliador y expoliado como el nuestro supone dar un voto a cada uno de los millones de egoísmos desatados que la ignorancia y la avidez agigantaron.

305

Los hombres no saben lo que saben si reconocerlo les obliga a tener que soltar aferramientos.

306

Con vistas a aligerar la deuda, nos encanta hallar defectos en aquel a quien ofendimos.

307

Todas las complicaciones de las pasiones proceden de no lograr acometer las virtudes más simples.

308

Definir con precisión una fórmula moral útil es difícil si no se ha experimentado con ella durante siglos, tal y como hizo la Tradición.

309

El desprecio a la mediocridad circundante es tan descorazonador como la aceptación de nuestra propia mediocridad. Sólo transfiguraremos a nuestra alma y al entorno en que ha caído si con empeño nos exigimos no exigir a los demás.

310

Hay muchas palabras bellas, pero sólo se adentran en lo sublime cuando timbran la campana de una verdad en la que no habíamos meditado lo bastante.

311

Las más hermosas costumbres pertenecen a la religión cuando aquéllas se preocupan de desprenderse, sin violencia ni acritud, de todas las costumbres peligrosas.

312

La ira surge ante una evidencia molesta que deseamos seguir negando. La tristeza surge ante una evidencia molesta ante la que desistimos de algún modo. La aceptación descarga a nuestra voluntad de la vitalidad de las esperanzas cuya frustración condujeron a aquella tristeza.

313

Hablar de lo divino, diciendo sobre el asunto cualquier cosa sin rencor ni desprecio, es modo sereno de alejarse de las cosas mudables.

314

Un vértigo de humildad sobresalta al adulto que advierte que tanta distancia en madurez de conciencia hay entre un niño y él cuanto entre él y un santo, y eso cuando no está el adulto en el punto más bajo respecto de los otros dos.

315

Respeto y devoción son las únicas puertas que abren el entendimiento a  los palacios de las sabidurías sutiles.

316

Nueve de cada diez grandezas tienen sus primeros exponentes en reinos ya arrasados.

317

El incontenible horror del siglo consuela a muchos de no estar emprendiendo ninguna actitud para contenerlo.

318

Desear que los demás adopten nuestra opinión es mezquina ambición cuando carece de genuino amor, y es atolondrado anhelo cuando carece de la sabiduría que reconoce la necesidad de la variedad de contrapesos en el mundo… pero bien puede tener de una y otra cosa cuando se está discutiendo acerca de lanzarse o no a un abismo. Con todo, es innegable que impartimos demasiadas lecciones a los demás, incluida la de exigir que no nos impartan lecciones, siendo que la persona verdaderamente inteligente nunca se niega a aprender algo incluso de quien aparentaba o demostraba necedad en cierto aspecto.

319

No hay pequeña inteligencia ni pequeña sensibilidad en el fijarse en los detalles, pero la penetración verdaderamente aguda es la que relaciona los detalles con la esencia.

320

Se ven incesantemente obligados a pensar en el dinero quienes más lo merecen y quienes menos.

321

Adoro los instantes en que me sorprendo a mí mismo conjugando entre pocas horas risas banales de mi siglo y escritura de máximas morales, el aire anodino de lo vulgar con la motivación de un estoico o de un filósofo de las Luces. En esos instantes percibo cómo no hay ninguna esencia en lo que llamo mi persona, que no es sino conglomerado de vectores y facultades que se pulsan entre sí, como las cuerdas más o menos simpáticas de un clave resuenan  si la afinación es la adecuada. En esos instantes me precio de haber desarticulado la tramoya de la humanidad, y durante el lapso de un pensamiento luminoso me libero de la obligación de seguir los hábitos de mi carácter. La mayor parte de la gente que me conoce no pensaría nunca que escribo cosas como éstas, y están en lo cierto no pensándolo, puesto que en, en definitiva, no es la misma persona la que hace una y otra cosa.

322

Dar justicia a los sin nombre revolvería el mundo en el sentido en que se revuelve la ropa cuando se la lava en la corriente.

323

La belleza es mejorable por quien la considera necesaria pero no suficiente; de ahí la estética sublime del arte religioso, que se molesta en colmar las formas con significados infinitos.

324

El símbolo une lo que el diábolo separó.

325

Se consigue un buen libro desechando tres cuartos de lo que en principio se pensaba publicar.

326

Se obvian muchas frases que, siendo ciertas, no golpean el corazón de un modo desacostumbrado.

327

Siempre dura mucho menos el placer que las cuitas para obtenerlo o el lamento por haberlo perdido.

328

Nos parece ver cordura allí donde tres o más locos mantienen una sociedad. Nos parece ver locura allí donde no se apuesta con moneda común.

329

Las virtudes, cuando son mercenarias en la guerra contra las pasiones, no cuentan con tanta fuerza como en la total indiferencia hacia la paz o agitación de nuestro corazón.

330

No suele llegar la locuacidad en el mismo reparto con que llegan encantos y virtudes.

331

No se siente uno tan solo si menosprecia la noción de sujeto.

332

Los más de nuestros males fueron bienes que dejaron sus huellas o sus esperanzas marcadas en el corazón.

333

La modernidad, puesto que se basa en la lógica del beneficio mensurable, difícilmente encaja amores y odios completos.

334

En el reino de las costumbres, como en casi cualquier reino, el ejemplo es la fuerza que vence donde la elucubración no convenció a los elementos.

335

Si, como bien dice el filósofo de Königsberg en cierto sentido, los hombres somos fines, ¿qué es entonces lo divino sino la flecha misma de la finalidad?

336

Tan pueril es la lógica del abuso que, si un solo animal supiese conjugar un verbo, toda su especie, amparada bajo el manto de la justicia, quedaría a salvo de la tiranía humana.

337

El gemido del animal masacrado bajo instrumental humano dice más de nuestra raza que si articulase cualquier palabra.

338

Los que odian a sus vecinos nunca gozan de la sensación de un hogar puro.

339

Cuando el hambre o la sangre no son los motivos, la violencia de los rebeldes es tiranía personal que halló fuera de sí hermanos y excusas.

340

Somos capaces de amar a los etíopes ignotos con tal de no amar a quien el azar puso a nuestro lado. Siempre irrita aquel deber moral que parece haber surgido del azar y la circunstancia y no de nuestro entendimiento compasivo.

341

A veces vemos grandiosidad en minucias no porque las amemos, sino porque nos negamos a vernos grandiosos a nosotros.

342

Hay una severidad repelente en el rostro de las mujeres que creen merecerlo todo por ser bellas. Sólo hay dulzura en el rostro que no se considera lo más dulce.

343

Algunos desearían que las plantas sufriesen para que la preocupación por el sufrimiento animal careciese de autoridad.

344

No se respeta a los que sufren porque no exigen mucho.

345

El gran arte es el arte de no aparentar ser arte.

346

Rara vez admite un hombre de condición que lo que atribuye a su hombría no puede atribuirse por lo común más que a su condición.

347

Con los separatistas ilusos cuyas fronteras no cambiarían nada hay que tener la misma paciencia y benevolencia que se tendría con un niño enfurruñado que pretendiese defender la demarcación de una baldosa en un suelo abierto. Tanto en un caso como en otro, la mejor cura está en respetarlo y permitir amablemente que se acabe aburriendo de su soledad.

348

El desamor gusta de medir lo que el amor dilató, esto es, pretende cobrar intereses del regalo que hubo entregado cuando amaba.

349

Dada la velocidad con que se suceden hoy creencias, opiniones y noticias, los pensamientos más nobles, si bien no cuentan hoy con las voces más fuertes, adquieren a ratos la notoriedad de la persistencia.

350

Todo lo malo que se diga de la religión no logra convencer de que sería preferible impedirle al hombre el acceso a un modelo cosmológico que vincule al conjunto de los seres, al orden de las causas y efectos, a las costumbres virtuosas y a la disciplina autocurativa del corazón.

351

Ángeles hay que ignoran serlo por haberse amputado las alas a los ancestros de su linaje.

352

Reconociendo errores propios se confiesa que se ama la sabiduría y que se es capaz de crecer rápidamente en ella.

353

En un mundo complicado, una ética complicada conlleva obligaciones contradictorias mientras que el hombre medio no tiene oportunidad de dilucidar en cada momento con tino la jerarquía de prioridades.

354

Pensar que todas las ciencias y artes humanas no han sido más niñerías me parece irrespetuoso; prefiero pensar que han sido evocaciones para profanos de experiencias más sublimes.

355

Siempre nos parece pequeño el perjuicio que nuestro amigo cause a los demás, y nunca nos parece demasiado grande el favor que nos procure a nosotros.

356

Llega un momento, más bien cercano al inicio del galanteo, en el que la fémina guarda un frío silencio y una indiferencia a la par, no sólo por hacer gala de su suficiencia, sino ante todo por medir el entusiasmo, la habilidad y la audacia del gentilhombre.

360

Todos en las ciudades conocemos a diversas mujeres que cuentan con más pares de zapatos que los que tenía María Antonieta… si bien mucho más feos. Cualquier joven burguesa ambiciona y consigue tantos bienes personales como poseía la reina popularmente tachada de haber sido la más vanidosa y frívola de los últimos siglos, con la diferencia de que la manufactura y la importación de los bienes actuales causan muchos más estragos a lo largo y ancho de los espacios conquistados por la humanidad. Y muchas singladuras similares podrían señalarse de los varones, desde lo referido a indumentarias hasta carruajes, alimentos importados de las antípodas, artilugios de toda índole, etc. No importa que esta sencilla verdad no haga estallar nuestras cabezas; para evitarnos tal molestia, el planeta estallará por nosotros.

361

Aunque se insista en la virtud de sobrellevar serenamente los propios defectos, más virtuoso y sereno es tratar de superarlos.

362

Suele ser desagradable la primera impresión suscitada por muchas de las más profundas verdades.

363

Nadie olvida los favores que hizo ni el daño recibido.

364

El único principado respetado por su pueblo es el que se vuelca en el servicio completo o en el despotismo no menos completo; en cambio, el que duda entre medias tintas disgusta a todos, y no fueron de otro tipo los reinos que cayeron en manos de revolucionarios.

365

Las verdades sencillas se vuelven sutiles para aquel que las va explorando sin arrogancias ni suspicacias.

366

Se piensa a menudo de los más abnegados amantes que son innecesarios porque poco llaman al conflicto, como se desprecia un paisaje virgen porque no reclama derechos ni se expresa exaltada y atareadamente.

367

Para ser verdaderamente generoso habría que perder de vista la noción misma de generosidad.

368

La cosa más complicada es apercibirse de la simplicidad última de todas las cosas.

369

Todo cuanto semeje mejorable guarda en su seno la naturaleza de lo infinito.

370

Hay muchos tipos de sabiduría que se alternan en quienes creyeron apostar con denuedo por una sola. Así, los cristianos pasaron, a ratos sin saberlo, por el pitagorismo, el estoicismo, el platonismo y el aristotelismo. Y los pitagóricos por las tradiciones órfica, caldea, egipcia y quizá india. Y los platónicos por el escepticismo y por el pitagorismo. En cambio, donde no se atraviesa el túnel hacia el conocimiento es allí donde cualquier idea de conocimiento profundo produce irrisión.

371

Una buena treta para no perder nunca los estribos y permanecer siempre en una actitud constructiva pasa por ofrendar devotamente a todos y esperar poco de nadie. O lo que es lo mismo: ver a cada individuo como un ser bondadoso que, debido precisamente a ello, puede causarnos daño en cualquier momento, pues sufrir de la manera adecuada y extraer de ello una enseñanza indeleble es uno de los beneficios más grandes que podemos obtener. Lo más probable es que posteriormente comprobemos que ni son tan bondadosos ni hacen tanto daño, pero esperando dichas posibilidades hemos ganado en amor y en invulnerabilidad.

372

La persona común prefiere reconocerse malvada, desesperanzada o débil antes que estúpida. Ese sometimiento al vicio es, sin duda, la mayor de las estupideces.

373

Todo negarse a soltar algo es identificación con algo que en realidad no somos.

374

La justicia es un ideal y, por ende, evitaría difícilmente el caos si se satisficiese en todos sus órdenes, pero es más que deseable que pusiese coto a los mayores abusos, aquellos sobre los que se sustentan las comodidades de quienes se permiten hablar de justicias secundarias.

375

No hay que buscar la igualdad, sino la elevación de los hundidos. La igualdad merece la pena cuando estamos todos en la misma estancia.

376

Los aprendizajes más indelebles son los impartidos por los accidentes y por el mero paso del tiempo, si se los sabe estudiar. Pero las enseñanzas formales nos habrán ido preparando para comprender mejor el significado de tales sorpresas.

377

Odiar es negarse a entender un impulso de florecer que no brota de uno.

378

El postrer aprendizaje no está en confirmar lo que intuimos ni en tirarlo por tierra de nuevo -aunque tales sean pasos imprescindibles-,  sino en armonizar evidencias aparentemente contradictorias.

379

El siglo es el nombre que recibe la realidad cuando se espera aún obtener algo de ella.

380

Cuando un hombre inteligente vence a otro hombre inteligente, no siempre se debe a una mayor inteligencia, sino a la ambición o a un golpe de fortuna.

381

La desazón indica que no estamos deseando lo deseable o que lo deseamos con demasiada prisa.

382

A menudo el olvido nos hace creer que no estamos donde deberíamos estar. Si recordásemos cada uno de nuestros pasos que nos han traído hasta aquí, nos indignaríamos muchísimo menos contra el mundo.

383

Quien permanece en quietud de ánimo, se encuentre en la posición en que se encuentre ante la sociedad, siempre es el pontífice de la situación.

384

Tanto más desprecio hay en un rechazo cuanto más de envidia, rencor o vergüenza esconde en alguna parte.

385

A menudo me sorprendo evitando expresar un agradecimiento para no semejar que lo finjo, faltando incluso a la modestia protocolaria, como me impido amar por temor a que esperen demasiado de mí. Hay quien es ostentoso en sus impulsos, y hay quienes tendemos a ostentar que no los ostentamos: ambos realizamos una danza demasiado aparatosa.

386

Como sucedería al único espectador de un drama, sintiéndose observado por los actores, el hecho de que prácticamente nadie conozca los pensamientos que compongo me obliga a atender más a sus amonestaciones. Muchos pecados me han comprado, mas no la vanagloria, que a lo sumo me alquila por días.

387

Un sabio moral, aun uno inferior, es superior a un alto genio porque, mientras el primero mira la realidad cara a cara, el segundo dedica una sobreabundancia de energía a dominar una pequeña parte de aquélla.

388

Por ser incapaces de creer nos hacemos incapaces de adoptar nobles actitudes que generosamente trasciendan las creencias, como no logra amar incondicionalmente quien en cierto momento no creyó en las decentes condiciones del prójimo por más ruin que éste fuese.

389

La percepción de la belleza es al mismo tiempo el despertar de un estertor en los humores y la confirmación de un flujo continuo entre las partes que componen el todo.

390

Las fuentes de la perversidad humana se remontan a la falta de estudio de la mente y al excesivo tiempo libre.

391

Tanto la devoción religiosa como la incredulidad pueden ser igualmente acicate de audaces energías o de timoratas huidas. No dan al hombre un valor por sí mismo. El hombre vale en la medida en que, creyendo o descreyendo, no se ama a sí mismo como hace una nerviosa criatura, es decir, separado del resto de los seres, protegiendo ante todo su piel.

392

Las verdades humanistas esenciales fueron promulgadas en diversas zonas de la Tierra hace más de dos milenios. Lo que se extiende desde entonces es abanico de corolarios y axiomas, modos de completar razonamientos y de ensalzar pasiones provechosas para la inmensa mayoría de nosotros, que no hacemos nuestra la esencia con tan sólo oírla.

393

Hay una verdad que, por su simpleza, es tan lábil como poderosa: tú eres lo que creas ser. Así, eres fundamentalmente animal si no aspiras más que a satisfacer instintos de goce, eres fundamentalmente ser racional si te identificas con la lógica aristotélica que gobierna a los cuerpos visibles, eres ciudadano si te piensas parte de una comunidad de la que obtienes beneficios pueriles a cambio de otros pocos, o eres el universo entero si sientes cómo tu piel no es una frontera tan delineada como pareciese. La conciencia se puede apropiar de cualquier cosa, por lo que no es lo menos inteligente apropiarse de lo valioso y de lo pacífico.

394

No hay esclavitud cuyas ventajas superen a sus inconvenientes, pues, aun en los raros pero posibles casos en los que convenga al esclavo serlo, siempre quedará envilecido el amo.

395

La esclavitud no es la mera sumisión, sino el ver limitada la mente por angustias y dolores que impidan abrirse a ciertas dulzuras y misterios del cosmos. Es por ello que un lacayo que ora en el templo o que escucha de pasada un verso en los salones puede, según el caso, tener una mayor percepción de la libertad que un hedonista obsesionado con la consecución del placer bruto. La esclavitud moderna consiste en no reconocer amos, como el sonámbulo cree estar despierto cuando no se encuentra obstáculos en su camino durante su peligroso paseo nocturno.

396

Si se carece del arte de la conversación, el medio más seguro para agradar es preocuparse por el otro.

397

Romper lazos con alguien porque otra persona nos lo exige conlleva sacrificar por una pasión envidiosa alguna virtud que a buen seguro se alimentaba de aquella primera presencia.

398

Reconocer el alcance de todas las injusticias es primer capítulo de la sabiduría, pero proponer resolverlas todas es vana necedad si no se comienza por las más graves; pues hasta la primera victoria no se sabrá si el sufrimiento superficial no era inevitable al evitar el insoportable.

399

Muchos se afanan en revoluciones irrelevantes que no suponen cambios sustanciales de vida antes que afrontar la única revolución importante que queda por comenzar: aquella que, basada en la dieta y en la más severa austeridad de las costumbres, pone el cuidado en causar el mínimo suplicio posible a todas las criaturas.

400

El misterio de los héroes estriba no tanto en la altura de los ideales cuanto en la gran tensión sostenida durante el camino.

401

Casi siempre creemos seguir nuestro propio criterio cuando obedecemos a una voz ladina que susurra: “Ámate y preocúpate por ti mismo”.

402

Por defender a nuestro propio grupo no estamos siendo más generosos que simples aliados de supervivencia.

403

La amonestación correcta nunca tira por tierra el esfuerzo ajeno y siempre le indica el camino en el que multiplicarse para producir aun mejores frutos.

404

El tratar bien al prójimo en el día a día es, entre otras cosas, magisterio para dotarnos de confianza de ánimo en aras de emprender en el mañana gestos mucho más importantes.

405

Si hablar de la mayoría de las asuntos no es hablar de lo divino, sí sucede a la inversa. Lo divino es el carácter efímero y eterno de cada cosa, y se presenta ante nosotros allí donde destejemos el fenómeno y donde, al mismo tiempo, somos incapaces de delimitar sus fronteras.

406

Las nuevas castas sólo prueban la naturaleza insatisfactoria de las antiguas y la ingenuidad de quienes creen poder mejorarlas.

407

Los valores ilustrados purificaron en el cedazo de la razón los segmentos morales de los principios religiosos sin contar con el acicate metafísico, que los espolea de nuevo cuando el amor propio de cada hombre los aduerme.

408

Lo mejor de la ética es que cabe tanto en los mecanismos de la razón como en las praderas del amor. Pero, ciertamente, cada uno de esos pesos sin su contrapeso no logra evitar la incomodidad al hombre para que camine sin dilación hacia ese norte.

407

Conozco filósofos morales que lo son por amor propio. ¿Y qué? ¿No es el Todo un solo ser? ¿No tiene, pues, algún sentido ser egoísta en el servicio denodado a los demás? ¿Cómo lograr sin la recompensa de la belleza que la geometría moral regule sin descanso nuestros asilvestrados impulsos? ¿O es que acaso se debe evitar el bien allí donde el amor propio sea su principal instrumento? En tal supuesto tendríamos, cual Narciso invertido, más puesta la vista en el corazón impuro que en la víctima que sufre o que puede recibir nuestro beneficio.

408

He observado que quienes gustan de eternizar las discusiones sobre costumbres o filosofía encierran un buen corazón a la par que tendencias hacia opiniones oscuras, de suerte que aplazan perpetuamente el cese de la conversación tanto por el temor a vencer -con lo que de fatalidad conlleva- cuanto por el  temor a ser vencido -con la consecuente herida de amor propio y por la corrección disciplinaria que deberían imponerse a continuación-.

409

Que no haya excepción sin su verdad ni verdad sin su excepción nos remite al Misterio último.

410

La escéptica suspensión del juicio tiene la función de un techado: ha de limitar nuestro afán insensato a ascender en el laberinto de la razón por el peligro que corremos de caer cuando llegamos muy alto, pero no puede situarse tan bajo que nos impida dar un solo paso sin poder erguir cómodamente la espalda de la natural sensatez. Por otro lado, contemplar en cualquier momento los frescos y molduras superiores nos ayuda a ubicarnos en la estancia y a no olvidar que estamos simplemente en una estancia, por más espaciosa que sea.

411

La perversidad es tan abundante que haríamos mal en descartar su existencia de nosotros, como si fuésemos animales muy distintos de los monstruos que propagan el caos bajo apariencias cotidianas.

412

Lamentemos no lograr compadecer más a quienes, mereciéndolo, nos tratan de desanimar siendo desapacibles con nosotros y con nuestros principios.

413

El amo solamente nos domina porque estamos jugando a un mismo juego de dominio… en el que ahora nos toca perder. Poco importa que él sea más violento que lo que afirmamos seríamos nosotros, puesto que casi siempre sucede que el de arriba se insensibiliza y el de abajo defiende su honorabilidad. Mucho menos digno es reivindicar el papel de víctima en una lucha de ambiciones que abandonar definitivamente el campo de batalla.

414

Saludar una virtud o denostar sus flecos son excusas recurrentes para eximirse de aplicarse a ella -aunque siempre es peor la segunda opción para el que lanza la queja, por más revulsivo que en aras de mejorarse pueda ser para el que la ejercía-. La mayor parte de los que desconfían de ciertas bellas actitudes no las ejercen mejores; en caso contrario, la pacificación que se produciría en sus ánimos les desalentaría de matizar el buen hacer de los demás.

415

Los ocasos de las vidas, de las naciones y de las costumbres me perturban cada vez menos, conociendo que en todo ámbito la parábola retorna del suelo que la impulsó. Pero reconozco como particularmente triste imaginar un mundo que, en lugar de ascender en nuevo ciclo o de extinguirse por completo, permanezca durante un eón en la penosa fase de la baja altura, repleta de intenso sufrimiento millones de veces renovado. “Ya sucedió durante la interminable prehistoria que nos antecedió”, dirán, olvidando que el hombre de nuestro siglo, nuevo demiurgo infinitamente más necio y cruel que el de Basílides, es capaz de superponer innumerables infiernos milenarios en un solo lustro.

416

Se ha ganado en sutileza cuando se reposa en la pura transparencia del orden que brota de la música encantadoramente frívola, como la de los compositores galantes.

417

El misterio metafísico insondable no es que el todo sea una nada, sino que, siendo, no conocemos con precisión el significado de “ser”.

418

La virtud no trae por sí sola toda la sabiduría, pero espanta a las moscas de las necedades que más distraen.

419

Comunión pedestre.- Los más sabios saben que hasta el más sabio de ellos precisa de los necios que le circundan incluso para los asuntos más elementales, como alimentarse, desplazarse o no morir de frío.

420

El gusto libertino no es patrimonio de unos pocos simples, sino el pulso de la carne que late pero que no se deja aflorar en todos los demás, atado en éstos por las manos del buen tono, la prudencia útil e incluso el amor propio.

421

La cumbre de la astucia consiste en aprender a reducir deseos y aversiones.

422

Las mujeres que más ruidosamente se ríen son también las que más lloran. En su histeria comprenden todos los extremos enérgicos, como la mayor capacidad para el sacrificio espléndido y para la incontinencia.

423

A menudo pasan a reivindicar lo que -erróneamente- creen grandes cuestiones aquellos que carecen de talento hasta para la menor de las labores. La política se compone casi exclusivamente de ejemplos de ello.

424

Se odia mucho entre occidentales al cristianismo por la envidia de que haya sido en su seno donde tomaron su primera forma moral los más generosos sentimientos de los europeos, y también por la incapacidad para aceptar que una civilización no puede sustentarse en todos sus aspectos sobre el rigor de sus más puros ascetas sino cayendo en contradicciones.

425

Los amigos acérrimos de la igualdad no admiten nunca que el orden es un tesoro muy frágil que no soporta la racionalidad llevada a sus últimas consecuencias. Por su parte, los amigos acérrimos del orden no admiten que la capacidad de cada ser para recibir daños y beneficios es la justificación última del orden. Sobre el centro inestable entre ambas tendencias razonables se mueve el espíritu justo sin rendirse incondicionalmente ante ningún principio.

426

La belleza ante el caballero y la ternura o la eficacia ante la dama hacen con frecuencia las veces de propósitos racionales con los que se disfrazan bajo las bambalinas de la conciencia. Sabemos de casos como el del revolucionario que justificase profusamente su gigantesco cambio de posición tras conocer a cierta joven primorosa a la que desposaría.

427

Los filósofos orientales pusieron en el centro de sus doctrinas las verdades que entre paganos y cristianos se agregaban como comentarios interpretativos a sus propios oscuros libros sacros.

428

No es tesoro moral obtenible a bajo precio el silencio que no se lamenta por no poder explayarse con palabras.

429

La “verdad” se aleja un paso más cuando en el discurso se le agrega ese nombre.

430

Iniciar con mayúscula cualquier concepto abstracto supone percibir su presencia en todas partes y puede dar en tendenciosidad; iniciarlo con minúscula supone percibirlo como algo tan incuestionable como la evidencia de las sensaciones y puede dar en miras cortas. La visión enfática y la visión pedestre de la existencia han de volver continuamente la una sobre la otra para aproximarse al nudo inaprensible del ser, refractario a las fronteras de cualquier limitación conceptual.

431

Reconocer que no todas las personas triunfadoras, ricas y libertinas son negaciones de la virtud no es solamente antídoto contra la arrogancia intelectual del juez moral: también lo es contra el rencor personal.

432

El auténtico drama universal, para el cual el hombre no logra concertar soluciones que no pasen por lo angustioso o lo imaginativo, es el drama de la irreversibilidad, que gobierna el ciclo decadente del Todo.

433

Todo lo que se dice con énfasis sublime acaba en voluntades violentas y agotadoras, mientras que lo dicho sin aspaviento alguno acaba en trivial  e imparable continuidad de pedestres mezquindades animales.

434

El ánimo religioso va ofreciendo al corazón, gota a gota, soplo a soplo, una paz y un gozo que en sus inicios semeja la que la diligencia mercantil pacta cada día en sociedad mediante unidades corpóreas. La primera no se deja sujetar a condiciones externas, pero tampoco llega veloz ni segura; la segunda aplaca ágilmente pasiones animales, pero es tan frágil como lo sea el carácter de partida, siendo que no hay mortal sin flaquezas ni mundo sin amenazas. Ambos polos tensan el lienzo de cada hombre, y solamente decide más por uno que por otro y con cierto juicio quien antes ha experimentado la calma sin ambiciones y el amor profundo por un lado, y la belleza, la cordialidad pactada, el éxito y la inteligencia de la artesanía por el otro.

435

La nostalgia del Paraíso perdido o la apetencia del que esté por venir es tan poco útil como la resignación ante el presente del hecho bruto. Más sabio considero el ver el Paraíso entre los intersticios de la inanidad vigente, los rayos refulgentes de eternidad en la efímera fluidez del río en el que nos bañamos, la pureza inapelable que late bajo la piel de la necedad en la que militamos por mor de satisfacciones de temporada. Aceptar sin adorar ni lamentar, abstraerse sin olvidar la dureza de los guijarros bajo nuestros pies, amar sin depender en demasía, comprender sin dejar de conocer que que no hay conciencia sin dependencia, pues hasta el cuerpo del mayor santo pedía agua y pan para persistir en su santidad visible.

436

¿Rechazaría todas las sinfonías de la historia a cambio de la vida de único ser, incluso aunque se tratase de una comadreja? Sé que sin aquéllas las vidas de muchas personas perderían su sentido, pero quien muere pierde la vida, con sentido o sin él. Podríamos pasar perfectamente sin sinfonías como pasamos sin duda sin otros géneros que, por accidentes de la historia, quizá perdimos sin saberlo. Y, al fin y a la postre, todavía nos quedarían las sonatas, las óperas y las danzas. Pero, ¿causaría violencias mayores un mundo así salvado? El debate entre utilitarista y deontólogos no acaba porque nadie puede aportar pruebas de los cálculos finales de los beneficios de su sistema.

437

El contrato social es la creencia en que aprobamos el actual estado de cosas, no su causa. Tal contrato no siempre se afinó más por la exigencia de una de las partes que por la graciosa concesión de la parte soberana. Es un método simple y útil de explicar realidades complejas y de proponerlas más eficaces para el futuro… siempre que no se olvide que no toda eficacia proviene del acuerdo si no comporta algo de sabiduría en alguna de las partes.

438

Despreciar el humilde cultivo de una virtud en medio de un carácter vicioso es tener en mayor consideración el rencor, la fatalidad o la justificación de la propia perdición que a la hermosa posibilidad de todo ser en avanzar paso a paso hacia la perfección.

439

Sólo goza sin peligro de los placeres aquel que ha domado tanto pasiones como su creencia en la posible plenitud que yacería bajo lo superfluo.

440

Nadie está tan perdido que ninguna circunstancia imaginable lo pudiese conducir a buscar la grandeza de espíritu.

441

El poder de la propia voluntad solamente se ve superado por el poder del tiempo, que a todos nos somete con mayor o menor severidad.

442

Explica no pocas cosas del mundo y de mi temperamento el hecho de que nada de lo mejor que yo sepa y pueda ofrecerle me vaya a reportar nunca, con bastante probabilidad, ni un solo doblón.

443

La vida es una oportunidad de oro tanto para ver que el oro no tiene vida en sí como para ver en cada oportunidad el principio de una nueva vida áurea.

444

Es extraña sensación que lleva a imperturbabilidad de espíritu el concluir que mis pensamientos más íntimos no redundan en mis numerosísimos contemporáneos no tanto porque no se los ofrezca -aquí estoy diseminándolos gratuitamente a todo el orbe alfabetizado- cuanto porque, en el fondo, estoy pensando como y en hombres meditabundos de hace tres siglos.

445

Siempre será mejor fracasar con calma y sonrisa que triunfar con aspaviento y jadeo, porque en la hora postrera no nos acompañarán el fracaso o el triunfo, pero sí la calma o el aspaviento.

446

Bien lejos de su veracidad o falta de ella, las creencias sirven, ante todo, para que otras creencias peores no nos pierdan.

447

Se dice que la verdad absoluta es una, mientras que las verdades convencionales son muchas, razón por la que aparentemente se contradicen. Últimamente tiendo a pensar en la posibilidad contraria: si la verdad convencional no es una es porque no sabemos deducir todas las consecuencias racionales de un cúmulo ingente de hechos, y si lo lográsemos veríamos las leyes morales y políticas como a extensos pero contorneados teoremas, igual que vemos que en nuestras cuentas cotidianas dos y dos son siempre cuatro; en cambio, bajo el velo, la verdad absoluta no se deja definir por un juicio sin que el contrario sea igualmente posible, y es su carácter no divisible lo que no permite no ya establecer afirmaciones o negaciones, sino la misma atribución del nombre “verdad”.

448

No hay grandeza en el amor; el amor es la grandeza en sí misma, la mera extensión de las fronteras, la inclusión de nuevos ciudadanos en el reino del corazón.

449

Acaso la mejor labor de las ciencias consiste en aupar la felicidad de muchas personas. La segunda mejor labor es la de aportar la sagrada comprensión a los entendimientos que apuntan al infinito. La tercjera mejor labor de las ciencias es demostrar que no era necesaria ninguna de sus labores para que el hombre alcanzase la más plena felicidad.

450

El amor religioso del Lejano Oriente siempre parece fruto de una operación mental, de un entrenamiento, y pocos creerían que un amante así formado daría sin dudarlo su vida por una persona concreta, como una madre por su hijo. El santo occidental daría su vida por cualquiera, particularmente por el malvado, pues cree en la esencia de la naturaleza viviente y no cree que exista otra oportunidad para que tal malvado alcance la benignidad que lo salvará.

451

El que ve resentimiento en todas partes tiene nervios tan débiles como el que se resiente de veras. Y el que, creyendo verlo, no intenta suavizar el tono -que no el fondo, el cual es innegociable para la conciencia- puede que tenga algún problema mayor.

452

Lo que dice el racionalista no suele ser falso, sino incompleto, y desviado a partir de cierto punto; lo inteligente es discernir a partir de qué página es necesario dejar de leerlo sin menospreciar lo que ya haya demostrado.

453

El énfasis que a menudo ponen los maestros en la actitud y en el acto por encima de la contemplación no responde más que al rechazo de la hipocresía y a la humildad frente a los límites del conocimiento humano, el cual nunca podrá encerrar en un texto una verdad ciertamente absoluta. La moral insistente es necesaria porque es mucho más fácil asentir y aplaudir a dogmas metafísicos que actuar noblemente; pero sin esto último no hay ni felicidad mundana ni, desde luego, verdadera interiorización de la metafísica, es decir, no hay tampoco felicidad superior.

454

Por decirlo de un modo tosco y acaso algo confuso, la Verdad es inferior al Bien, porque éste predomina incluso cuando no haya mentes que puedan comprender.

455

El sabio puede ser ajeno a todas las costumbres, pero no puede serlo a las costumbres buenas y no a las malas. Salvo tal vez en algún ritual oriental, sentirse por encima de la moral es no haber llegado a su mínimo.

456

Entre salvar una vida y detenerse a discernir las jerarquías eternas, elijo ahora salvar la vida, porque para lo segundo contaré con toda la eternidad, si verdaderamente eran eternas, mientras que para la vida en peligro sólo cuenta el ahora, y aun ese gesto me armonizaré con el conjunto de la Creación, si es cierto lo que dicen los evangelios y los sabios.

457

Reconocer que se puede aprender algo -por poco que sea- de casi todas partes es precisamente una convicción que solamente se adquiere tras haberse comprometido moralmente en cierto grado y tras haber meditado en la compasión.

458

Abstenerse de juzgar raudamente a quienes prima facie consideramos viciosos salvaguardará nuestras virtudes de arrogancias intelectuales y de envidias pasionales.

459

La pretensión del cortejo galante por parte del varón tiene su fin en utilizar el cuerpo de la mujer, mientras que la tímida participación de la mujer en el cortejo consiste en averiguar cómo decidirá utilizar al varón, si finalmente lo decide. Pero nadie que busque mera utilidad es fuerte ni plenamente feliz.

460

El ser humano siempre acepta sin discusión la oportunidad de sacrificarse intensamente por sí mismo, mucho más que sacrificarse parcialmente por los demás. He ahí la razón del éxito del liberalismo, que nos convence de que es posible casar sin violencia nuestros respectivos egoísmos.

461

A la dama no le atrae por encima de todos el gentilhombre extraordinario, sino aquel con una confianza extraordinaria en sus aptitudes ordinarias.

462

En cuestión de días o de horas, la dama varía tanto respecto de su sensibilidad al otro sexo que el único método fiable de galantería consiste en un abordaje continuado sin desesperación o en presentar un carácter masculino envuelto en autoridad o en un misterio que la incite a resolverlo, y eso no siempre.

463

Ceder sin resistencia a los instintos es algo defendido de ordinario bajo el argumento del legítimo amor propio, pero con mayor frecuencia esconde en realidad una falta de respeto por el potencial de grandeza de uno mismo.

464

En un mundo articulado por la ley de la competencia libre, la mayoría de la gente, medianamente capaz o simplemente honrada, juega a perder; sólo triunfa la figura providencial que cayó en gracia o, más comúnmente, la ambiciosa sin escrúpulos. En un mundo sin competencia la incertidumbre es todavía mayor, primando el sentido de la responsabilidad heroica o la megalomanía sin impedimentos.

465

Que a los etíopes les pueda molestar que se compare la situación de los animales con los esclavos secuestrados en África no es motivo para dejar de utilizar una comparación tan pertinente. Esta vez la cuestión no trata sobre ellos; y la realidad es la que es, duela a los opresores de hoy o a los oprimidos de otro tiempo.

466

No pocas damas escuchan atentamente al gentilhombre engatusador para detectar sus tretas y mentiras, en parte porque quieren creer que son verdad, y en parte con el fin de calibrar la elegancia de sus habilidades en el arte de lograr sus propósitos.

467

Apuntó Rivarol que “hay que matar al orgullo sin herirlo, pues si lo herimos no muere”. Es algo tan cierto como su verdad complementaria, esto es, que hay que cultivar el amor sin ostentarlo, pues si se ostenta se aborta.

468

Cuando nuestra vigilia es más fantasiosa que lo que podría alcanzar un sueño, la cabeza no encuentra motivo para dormirnos y nos deja prendidos de noches insomnes, patria de todos los fervores.

469

La sangre y la soledad nos conducen hacia la compañía del otro sexo o hacia el suicidio.

470

El amor no está libre de dudas ni aun cuando es incondicional, pues aun cuando la única pretensión sea servir se albergan dudas sobre cuál será el mejor modo de servir, dilema en el que se yerra con frecuencia.

471

Si recordásemos con detalle todo lo que han hecho otros por nosotros, sentiríamos de continuo una asfixiante obligación de dedicar todo nuestro tiempo a saldar deudas.

472

Son adorados como profetas e ingenios lúcidos quienes abominan de la realidad o quienes la ensalza rozando la ingenuidad; a quienes se pasean cruzando una y otra vez y dubitativamente ambos terrenos no se les compran las palabras a buen precio. Las proclamas agradan mucho más que las disecciones.

473

Dentro de cien años, si el mundo sigue girando, se preguntarán dónde estábamos cada uno de nosotros cuando dio inicio la emancipación de la esclavitud animal.

jan-ekels-le-jeune-un-homme-taillant-sa-plume

[Música: K. von Ordonez, Sinfonía en La Mayor Brown A4. I. Allegro più presto con franchezza. He aquí un raro ejemplo de compositor cuya elevada clase social le impidió dedicarse profesionalmente -tan mal visto estaba que un pobre no trabajase como que un noble sí lo hiciese- a la música que tanto amaba y para la que tanta preparación y talento tenía. La falta de movilidad social de su siglo permitió que muriese empobrecido y olvidado.]