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Physionomie intellectuelle, ou art de deviner à la première vue d’une proposition quel en sera le produit et la mesure, à quels êtres ou a combien d’êtres pourra convenir la qualité ou le mouvement qu’elle exprime; art plus utile que l’imagination la plus féconde, et qui rend presque inutile cette dernière faculté.

[Fisionomía intelectual, o arte de adivinar, con sólo ver una proposición, cuál será su provecho y su alcance, a qué seres o a cuántos seres puede convenir la cualidad o movimiento que expresa; arte más útil que la imaginación más fecunda, a la que casi vuelve inútil.]

M.-J. Hérault de Séchelles, Théorie de l’ambition 1.22 (trad. J. Gimeno)

Celui qui sait attendre le bien qu’il souhaite, ne prend pas le chemin de se désespérer s’il ne lui arrive pas; et celui au contraire qui désire une chose avec une grande impatience, y met trop du sien pour en être assez récompensé par le succès.

[El que sabe esperar el bien que desea no se desespera cuando no le llega; y el que, por el contrario, desea una cosa con gran impaciencia, le cuesta demasiado para sentirse recompensado por el éxito.]

J. de La Bruyère, Les Caractères 4.60 (trad. C. Berges)

AL LECTOR

Con nueva remesa de ocurrencias vengo a aturdir al amable lector -acaso el singular sea aquí corrección gramatical literal- que se encuentre tan desocupado como para probar a calibrar mi temple una vez más. Nada tienen digno de mención, salvo que casi todas vuelven sobre nociones ya defendidas en ocasiones previas, con un buen porcentaje que apunta opiniones más personales al hilo de la propia biografía, amén de fragmentos entresacados de publicaciones anteriores más extensas, cuyas fuentes se enlazan en los lugares pertinentes. Algo más de humanidad creo haber imprimido en algunos parágrafos, al tiempo que mi carácter se vuelve, de mejor o peor modo, más comprensivo, afectuoso y algo menos decidido a ocultar el rostro bromista que apenas aparece por estos jardines y que, sin embargo, puebla mis días.  Gócense, en fin, las reflexiones que se pueda, y júzguense el resto como mejor convenga a la conciencia de cada cual, aunque únicamente en favor de la verdad y de los seres sensibles.

El autor

1

Únicamente destruye el placer a quien no ha se ha fortalecido entre penuria, amor y sabiduría; pero hay que reconocer que poquísimos hombres son de hierro. Como un arma de fuego, el peso del placer es relativo a la estatura del que la porta, pero nunca olvidemos que un arma se puede disparar accidentalmente.

2

Ni el pueblo ni la aristocracia: ha sido la burguesía la que ha hecho avanzar el mundo en todos los sentidos. A ella le debemos en primer lugar nuestro bienestar y nuestro próximo hundimiento.

3

La mujer desea con fruición al caballero que reúne varias condiciones: 1º, la desea a ella; 2º, es independiente y desenvuelto en sociedad; 3º, es de trato agradable; 4º, tiene buen parecido. Aproximadamente el orden inverso funciona en el deseo del caballero hacia la dama.

4

La movilidad social es acicate de comodidad para el individuo y cojera en espiral para las naciones. No es cierto que los pueblos reajusten por sí solos tantos cambios; antes bien al contrario, todas las inversiones de funciones suscitan la creación de nuevas necesidades, y da entonces la falsa apariencia de que éstas surgieron antes y que fueron satisfechas por los cambios.

5

Toda cumbre histórica del pensamiento se enmarca en un periodo de estilo aticista.

6

Una mujer puede acabar amando al gentilhombre al que equivocadamente juzgó perverso en otro tiempo, pero difícilmente se entregará al que una vez le pareció débil.

7

La soledad es la posición humana por defecto; el constante trato en sociedad, siempre cambiante, siempre ávido de novedad y de atenazar, es la pretensión que lo confirma.

8

La esencia de la religión no está tanto en la adoración de un dios cuanto en la extinción ordenada del amor propio.

9

Para triunfar en nuestra sociedad, cada día menos profunda, menos delicada y menos ingeniosa, el hombre ilustrado debe rebajar a un tercio la masa de su ciencia y mantener las estrategias con que se familiarizó mientras la cultivaba.

10

Si tuviese que dar una receta de la seducción de cualquier tipo, diría que la menos falible que he hallado -o, diría mejor, la que siendo falible augura intensidad cuando triunfa- se resume en tres condiciones: querer darse verdaderamente al otro, saber cómo hacérselo entender y tener la certeza de que se tiene algo que dar. Los ingredientes, pues, son amor, inteligencia y confianza en uno mismo. O, como tal vez habrían dicho los franceses de las Luces, honnêteté, galanterie, esprit.

11

Cuando debatimos, si traíamos pensada una postura, raramente nos convencerán de que la ajena es cierta, pero con mucha facilidad nos revelarán las debilidades de la nuestra.

12

La libertad indiscriminada garantiza que no me tenga por qué preocupar de los demás, condenándonos a todos a secar el alma por el poco dar o el poco recibir.

13

Como, dado el triunfo del espíritu reivindicativo y arrogante, nadie quiere ya ser amonestado, parece que la única amonestación sagaz es la que se hace con aspecto de invitación interesante.

14

Hay amores a los que se los persigue por accesibles y otros a los que se persigue por inaccesibles. Ni unos ni otros acaban apasionando durante largo tiempo; y es que el apasionamiento se crece en los giros de los ánimos, en el correr y descorrer los velos, si sus piruetas no son enloquecidas en exceso.

15

Se observa que hay quienes, a fuerza de negarse a complicar en absoluto sus vidas, las complican de hecho tanto o más. Es arrogante o pueril querer escapar de un medio para obtener el mismo fin, descreyendo que la humanidad, ciertamente necia en sus fines, no lo sea tanto a la hora de distinguir el mejor camino hacia ellos. Sortear un impedimento supone entregarse a otro, si es que se persigue la misma cumbre. Sin repensar el tesoro buscado, no podemos escapar de las complicaciones; antes bien las elegiremos de uno u otro tipo. Evita un empleo exigente y poco útil: te encontrarás con la exigencia y la inutilidad de la insuficiencia económica. Concéntrate en hacerte un buen sitio en sociedad: probablemente dejarás resecar tu alma, y tu humanidad no aprovechará su mejor momento para desplegarse. Quien no sea previsor recibirá doblemente agudos los dolores que no previno. Quien no se concentra en el presente no recibe la misma cantidad de beneficio de cada instante. En cualquiera de los casos, el drama está servido.

16

Al amor mundano no le agrada llegar solo. Esa minúscula gema pura, resplandeciente a pesar de su tamaño, agita tanto el ánimo que se presenta siempre mezclada con otros sentimientos, con apegos, deseos, frustraciones y placeres, y de ahí que se lo confunda a menudo con cualquier cosa que no es.

17

Fuera de las ciencias puras y de minucias insustanciales, no hay convencimiento si no se han cocido los ánimos.

18

Cuando se ha actuado correctamente, sólo hay dos cosas imprescindibles: no arrepentirse de ello y prometerse reincidir en cuanto sea posible.

19

El orden y la belleza serían, sin duda, lo más digno de defenderse antes de todo lo demás si el creciente sufrimiento en el mundo no fuese tan disparatado. No obstante, incluso para remitir ciertas heridas son necesarios esos valores inmortales.

20

Sublime es todo aquello que logra evocar al infinito.

21

Tener raíces -unas raíces plácidas- no salva a nadie, pero hace las cosas más fáciles para gozar de un corazón servido y natural.

22

Tiene todo el sentido que haya sido en el Mediterráneo donde el pensamiento haya disparado el proyectil de la Historia. Sus condiciones se encuentran en el justo medio: clima templado, aguas seguras, escasez de fieras, abundancia de huerta, montañas y playas, bosques y eriales…

23

El malestar físico es uno de los mayores bastonazos al orgullo, no sólo porque nos impide llevar a cabo las tareas más sencillas, sino porque nos hace despreciar las cuitas y visiones del espíritu que creíamos nuestra prioridad.

24

Todas las doctrinas políticas reiteradas por comunidades y generaciones tienen su buena parte de razonables, sus casos de aplicación, sus éxitos y, por lo tanto, su merecido elogio. Pero nunca son extensibles a todas las circunstancias, ni siquiera aquellas que reconocen este límite, pues hay verdades que se imponen únicamente cuando se las cree imponiéndose. Es muy ingenuo querer resolver en unas pocas normas toda la inmensidad de las posibilidades morales que se despliegan en el tiempo y en el espacio, como es ingenuo creer que no hay vías más idóneas que otras en cada caso. La certeza de que las corrientes importantes han tenido su ocasión y acaso la tengan ahora y la vuelvan a tener el el futuro, nos debe obligar a hablar de ellas con cierto respeto, mayor o menor según sus éxitos y sus prudencias; así, incluso el cesaropapismo tiene, por el momento, mayor honor que los utopismos modernos, sin que estos carezcan de puntos a favor, ni aquél deje de contar con importantes imperfecciones.

25

Sólo hay tres sentidos posibles en la escritura expresiva: el engaño, la queja o la aspiración.

26

Que el mayor criminal comparta la totalidad de sus estructuras contigo debería hacerte inferir dos cosas: que su locura no es algo tan aberrante y remoto como te gustaría, y que las complejidades del cuerpo y la mente no son tan valiosas por sí mismas.

27

Temen tanto los líderes al pueblo que nunca se decidirían a salvarlo, sabiendo como saben que éste se levantaría airado si se quisiese alterar en alguna medida su acelerado declive.

28

Hablar de continuo sobre uno mismo sin que alguien lo pida revela una soledad interior que no dejará de dar lástima o recelo con cualquier cosa de lo que diga.

29

En la época de las epístolas ornadas de amor, se enviaba papel perfumado, salpicaduras de metáforas y henchidas declaraciones. Era, pues, un mundo poblado de sensualidad sutil, imaginación sugestiva y voluntad de despertar en el otro y en uno mismo grandes sentimientos. Allí, en fin, el amor se expandía entre las facultades humanas y aspiraba a transfigurar cada punto de las personas, o al menos a embellecerlos. Aunque el camino al lecho fuese el mismo que en todo tiempo y lugar, estaba aquél cubierto de rosas y nardos, y por ello se respiraba mejor.

30

Me parece cada día tan sugerente y pletórico el arte académico que nunca habría osado llamarlo así, y habría reservado tal nombre para las restantes manos creadoras, mucho más necesitadas de aprender.

31

De cada cien personas, noventa y nueve piensan ser la centésima.

32

El buen gusto se reduce a pretender nunca desairar, siempre agradar, y solventar toda aspereza, propia o ajena; a apreciar la finura de los perfiles, la suavidad de gestos, la contundencia que contrapesa y otorga variedad y sentido; a defender el orden sin causar violencia innecesaria, el equilibrio sin artificio, la voluntad subyacente de la naturaleza en las cosas; a comprender las pasiones humanas, a compadecer a sus víctimas y mercenarios, tan víctimas como las otras, y entendernos como un pájaro más en la bandada, más avanzado o menos; a perfeccionar la belleza en las artes, el espacio, el cuerpo y, sobre todo, el carácter, pero sin obsesión ni excesivas esperanzas, conociendo la ligereza de las obras humanas frente a los siglos; a traer lo añejo a la palestra y diferenciar sus hallazgos olvidados; a aplacar toda arrogancia y toda desesperación. Es, en definitiva, virtud de la mesura y mesura de la virtud, que es decir todo uno.

33

A la hora de determinar la verdad de una proposición, no es menester mirar al hombre que la enuncia. Pero mirarlo nos dará el porqué de que se inclinase hacia esa verdad y no hacia otra igualmente disponible, lo que a su vez nos indica el tipo de verdad que es y a qué tipo de hombre va acotada.

34

Sabemos que el porvenir nos deparará, sin duda, dolores sentimentales y físicos, y casi nadie se ejercita hábito y ánimo para ese entonces; tan necio como no hacer acopio de viandas al anticipar una segura hambruna.

35

Ninguna de las leyes que rigen naciones, familias y amoríos han sido racionalmente deducidas: todas han sido adivinadas. La debilidad de nuestra racionalidad es que es perezosa cuando se le exigiría aplicación más allá de trivialidades del día a día.

36

La belleza de un cuerpo ahuyenta la generosidad de sí.

37

Los mayores arrepentimientos que nos perseguirán mientras seamos morales serán los de no haber auxiliado cuando nos lo pidieron.

38

Modo de componer una bella frase: leer otra similar, dejar que sus palabras cabalguen en nuestra imaginación y retomen la fragancia de otras ideas que recordemos, y finalmente tantear unas cuantas veces un nuevo orden, un nuevo sentido y un color propio. Ante la duda, comiéncese definiendo conceptos; pronto se obtendrá alguna asociación feliz.

39

Toda grandeza surge de la artesanía. El que se lanza a explorar el mundo de las bellas formas sin llevar las mercancías de su educación, no podrá negociar con los exóticos extranjeros cuando los encuentre.

40

En todo ha querido la naturaleza encerrar en una paradoja la búsqueda de la tranquilidad, que jamás se conquista como en principio parecería razonable. Ni el escozor se calma rascándose, ni se concilia el sueño esforzándose en dormir, ni se ama mientras se esté obsesionado en obtener el título de mejor amante, ni se alcanza una paz con el mundo mientras se intente obtener algo de él. No aceptar la paradoja suprema ha causado y causa todos los dislates en las naciones del orbe.

41

Aceptar una paradoja y no rendirse por ello a la sinrazón o al cinismo es en la humanidad signo de madurez de espíritu tras la que no cabe retroceso.

42

Despertando cada mañana tras el sueño se encuentran renovadas las esperanzas o la paciencia, salvo en quienes la herida está muy infectada.

43

De un hombre sin una fuerte educación del carácter se puede esperar cualquier cosa a la luz de las circunstancias. Todo podrá ser afabilidad y bondad mientras le vaya bien, pero podrá tornarse destructivo si teme de veras por su hacienda, por su oficio, por su apasionado amorío. Y, antes de nada y por más lecturas, reflexiones y aspiraciones que se acumulen, conviene preguntarse si uno mismo no es ese hombre.

44

Es importante reconocer que, por cada derecho que un ciudadano del mundo está obteniendo, otro está echándose encima otra cadena. La Atenas de Pericles se permitía votar todo el día y filosofar plácidamente gracias al imperio ático que expoliaba a todo el Egeo.

45

Se forjan muchas creaciones sublimes como resultado de las excusas que se da a sí misma la mente perezosa con el fin de aplazar el acometimiento de actividades prosaicas.

46

Puesto que la magnitud de la cualidad no puede ser mensurada, la estadística y la ciencia sólo atienden a las magnitudes sin cualidades.

47

¿Cómo no será de extraña e intensa mi obsesión con el Siglo de las Luces que hasta añoro los días malditos de la Revolución?

48

La autoexpresión, tal y como se la entiende ordinariamente, no es más que espasmo y supuración.

49

La peligrosa ingenuidad ante el desastroso presente y el más que desastroso futuro que espera a la humanidad sólo se entiende si se la concibe como la combinación del peor probabilismo racionalista y el peor de los hedonismos egoístas.

50

No hay que idealizar netamente toda época pasada, pues en todas abundan calamidades, injusticias y peligrosas falsedades, pero es justo decir que, cuanto más atrás vamos en el tiempo, más vemos que había pocas rutas transitables, sí, aunque con gran capacidad para llamar al desprendimiento y la humildad y, por ende, a la paz de espíritu.

51

De la convicción de que todo el sufrimiento se lo debe uno a sí mismo -sea a través de la idea de culpa cristiana, de ignorancia socrática o de pasividad en las tradiciones más aguerridas- parte toda búsqueda correcta de la felicidad. Igualmente prosigue la búsqueda correcta a partir de la idea de que toda la felicidad auténtica proviene no de uno mismo, sino de Dios o de la Naturaleza que busca su acomodo normal.

52

Hay que asumir que, de toda la obra de un escritor o de un pensador, puede que solamente le sobreviva una sola de sus frases, acaso no la más original ni la más densa, y quizá ni siquiera una sola frase.

53

No hay que obsesionarse con que el egoísmo, para sentirse reforzado, no aproveche el vehículo en marcha del amor; es preferible dar con largueza antes que castigarse a uno mismo. Un carácter demasiado coagulado es un mal menor frente a un desbridamiento de las virtudes generosas.

54

No te permitas ser olvidadizo: sin memoria no hay evolución seria.

55

El primer axioma de toda moral ha de ser el reconocimiento del valor intrínseco de todos los seres, y se rastrea en las teorías ilustradas como en religiones ancestrales.

56

El sufrimiento desgarrador es la mueca cósmica ante toda ciencia, todo arte y toda empresa que no se focalice con atino y audacia, precisamente, en la erradicación del sufrimiento.

57

Toda tradición es eminentemente oral; su conservación exclusiva en textos supone la pérdida irremediable de muchas de sus claves. No tenemos derecho a desprestigiar a las tradiciones muertas en base al rastro que han dejado.

58

De todos los vehículos del rapto que han conocido los pueblos de todo tiempo y lugar, la música ha sido el más respetado, el más fascinador, el más peligroso; ninguna otra creación humana impulsa a mover el cuerpo desde su interior.

59

Dicen que la ciencia no busca verdades útiles, sino la verdad en sí misma por dura que sea. ¿Y para satisfacer el capricho de unos pocos catedráticos y doctores tenemos que hipotecar toda nuestra civilización y nuestra salvación? Porque en su mayor parte son verdades fragmentarias, provisionales y, en no pocos casos, por completo superfluas, cuando no sencillamente erróneas.

60

El aforismo es conocimiento condensado; la máxima, ética condensada; el ensayo, aforismo desplegado; la novela, anécdota desplegada; la poesía moderna, un totumrevolútum sin más utilidad que la autoterapia del poeta.

61

Las constituciones y demás reglamentos omiten las palabras verdaderamente importantes, como “entrega”, “belleza” o “espíritu”. No se puede exigir a nadie que aspire a ser sublime, mas eso es justamente lo que hacen las religiones, las grandes filosofías del pasado, los poemas…

62

En política, un demagogo es el candil que el pueblo enciende para alumbrarse.

63

El único motivo legítimo para aspirar a un cambio social es la compasión, y su único aledaño a este motivo debería ser el deseo de encontrarse en un ambiente cómodo y motivador para uno mismo. Todos los demás motivos, desde el rencor hasta la ambición de poder, afean el valor de la causa, por justa que sea en realidad.

64

El único modo de no ser esclavo de las pasiones en lo que concierne al devenir de las naciones es no perder nunca de vista el día a día. El único modo de garantizar la felicidad en lo cotidiano es no olvidarse ni por un momento de la Ley eterna.

65

Las visitas que  creen ser más agradables son, de hecho, las menos deseadas.

66

Sin paciencia, las virtudes restantes carecen de bello porte.

67

De los modales en el comer se puede distinguir la primera educación de alguien, pero es en su modo de conversar donde se distingue el punto al que ha llegado.

68

En música sólo caben reconocerse tres componentes espirituales, de entre los que debe permanecer al menos uno para ostentar dignidad: gracilidad, profundidad y orden.

69

Es forma de perdón inteligente el reconocer la falta propia cuando la encontramos en el otro y al mismo tiempo perdonamos ambas con espíritu de enmienda.

70

No resulta extraño que el triunfador caiga en una sed insaciable, en un murmullo de dolores y furias. ¿Tan difícil es de entender que quien lucha contra el mundo para expoliarlo no se sentirá nunca tan dichoso como el que se armoniza con él para compartir juegos y caricias?

71

Verlo todo como materia es propio del materialista; verlo todo como espíritu, propio del idealista; el creyente ordinario ve lo corpóreo como corpóreo y lo espiritual como espiritual; el filósofo agudo ve la materia como espíritu y a éste como sutil materia de particular cualidad. El más alto sabio, hasta donde yo lo veo, no se ocupa de la sustancia, a la que ve como aproximación distorsionada, sino de sacarle provecho en alimentar al hambriento, dignificar al herido, purificar las angustias, alegrar los corazones, hermanar a todos los que vaguen en la soledad del devenir.

72

Dado el ciclo hilarante de la moda, manteneos en vuestra indumentaria y aspecto y en breve representaréis vanguardia.

73

No me convencerá el burócrata de que los principales motivos de los obstáculos que me dedica no son su propia existencia como burócrata ni el obstaculizar mi dedicación.

74

Ante el fárrago de las leyes, que convierten en infracción cualquier conducta inocente y cotidiana en otros tiempos, lo más recomendable es no moverse del domicilio, firmar los menos documentos posibles y no dar nunca nada por sobreentendido.

75

Para no aparentar arbitrariedad, los gobernantes extienden en leyes las correcciones que debían circunscribirse a unos pocos casos y que gravan el movimiento de la mayoría inocente. Pero no llegan a ser correcciones lo bastante contundentes como para violentar a los inocentes, quienes en tal caso se conformarían en multitud airada, y, en consecuencia, dado que la ley es igual para todos, tampoco atajan con intensidad a los culpables.

76

El clasicismo propone que la belleza ha de ser fácil de comprender y, por lo tanto, ordenada, limpia y reiterativa.

 77

Me parece provechoso reconocer dentro de uno elementos opuestos al propio sexo, en aras experimentar la disposición del mundo en opuestos imbricados y utilizarla en pos del equilibrio. El temperamento viril se enriquece y amplía su horizonte cuando se dulcifica con la ternura, con la delicadeza de formas o con el espíritu pacífico, virtudes todas ellas femeninas. La mujer, por su parte, crece si incluye la concentración decidida, la aceptación de la realidad más cruda, la determinación a explorar mundos ignotos. En cambio, lo contrario a la utilidad juzgo dudar del sexo que la naturaleza nos otorgó, porque allí, lejos de ver armonía, no hay sino guerra.

78

Vemos jugarse la vida a personas que lo tienen todo: salud, belleza, juventud, dinero. ¿Por qué lo hacen? Por un momento de diversión, por competencia con amigos, por no ser menos que nadie, por desafiar a la naturaleza, por curiosidad. Sabemos cuál es la recompensa en muchos casos. Los riesgos que se corren al aventurarse en el mundo exterior son muchos y escasos los beneficios; todo lo contrario de lo que sucede en las aventuras interiores, tan poco espectaculares como gratificantes cuando se han escarpado cordilleras de oscurecimientos.

79

La asombrosa falta de sentido común en el hombre no es sino trasunto de la falta de sinceridad consigo mismo.

80

La verdadera moderación admite incluso retirarse a un lado mientras una prioridad exige nuestro justo compromiso con los toscos excesos mundanos.

81

Algunos compositores franceses: Lully o la grandeza, Louis Couperin o la sensualidad, Saint-Colombe o la melancolía, Royer o el asombro, Couperin el Grande o el porte, Rameau o la maestría, Boismortier o el encanto, Leclair o la justeza, Du Mont o la piedad, Charpentier o la gloria, Marais o el ritmo, Rebel o la fuerza, Forqueray o el afecto, Duphly o la pasión, Clérambault o el agrado, Mondonville o la vivacidad, Philidor o la diversión, Monsigny o la gracilidad, Gossec y Gretry o los últimos destellos de la galantería en el ciclón de la democracia.

82

La sociabilidad parte de la convicción mundana de que ninguna persona es la definitiva y, llegado el caso, se consuma en la convicción espiritual de que toda persona lo es.

83

Se puede reformular una y otra vez una idea ya aclarada con intención de alentarse por otros medios a ponerla o en práctica, o se la puede reformular para demorar el esfuerzo de ponerla en práctica bajo el pretexto de que todavía se está afinando la teoría.

84

Muchos nunca venceremos la vanidad de pretender vencer a la vanidad mejor que nadie.

85

Dar por anticipado un fracaso espiritual es prácticamente sentenciarlo. En términos de aspiración espiritual, el optimismo apenas garantiza nada, pero el fatalismo ciertamente lo hunde todo. No fortalece sus músculos quien reconoce que nunca gozará de fortaleza, porque nunca se decidirá a ejercitarse.

86

Los líquidos más caros son, en primer lugar, la sangre, seguida de las lágrimas y el sudor. Cuesta asumir que llegará un día tan pedestre en el que el agua dulce superará a los mencionados.

87

Se han equivocado de siglo todos los que prefieran la conversación a las cosas y el encanto a la rudeza. Diría que cualquier siglo vale para la frase anterior, si bien el nuestro parece que se llevará el premio a la idoneidad.

88

De todas las naciones, Francia es la única que lo tuvo todo en su grado máximo, con excepción de Grecia.

89

Callar es signo de inteligencia que no vemos adornar al que se convence de poseer un buen estilo, esté o no en lo cierto.

90

Quien piense que vergüenza debería dar no tener vergüenza dice un absurdo tal como que “hambre debería tener quien esté saciado”. No hay que tener vergüenza si se tiene prurito de nobleza lo bastante grande, ni es necesario el miedo si se posee un gran amor; sin embargo, rarísimos son los ejemplos en los que se corre sin sentir ardiente el suelo.

91

Sospecho que algunos de los espíritus más profundos que rondan el orbe confesarían que no sienten contar con un solo amigo verdadero.

92

La concisión da la impresión de condensar la inteligencia. Más sabiduría que el verboso exhibe el sabio lacónico y, no obstante, preciso. Pero, como todas las impresiones, es aproximada, condicionada por el hecho de que al ser humano le gusta lo breve por ser más fácil de comprender; y, para ajustar la realidad a su medida, dictamina que lo que le resulta comprensible es lo más sabio.

93

Escribir de noche: pensamientos más intensos, más puros, valientes. Escribir de día: pensamientos más útiles y con mayor gusto en su composición.

94

La fe cristiana se diversificó en postulados, significados y jerarquías, como cualquier otro culto. ¿Acaso es pensable que naciones de distintos climas, distintas épocas y distintas peripecias podrían aceptar los mismos acentos en una epístola de San Pablo? “Amad a vuestros enemigos”, dijo el Maestro. Pero, como hay muchas formas de amor, queda libertad para el modo más adecuado en cada instante, quedando obligación únicamente en la disposición del ánimo. Hay incluso quienes, ¡paradoja suprema!, aman matando, aunque sean los menos.

95

Sentirse moralmente cumplidor: primera medida para eludir el desvelo, para gozar de buenas digestiones, para reducir infecciones, etc.

96

Vanitas omnia vincit.- Lo único bueno que parece tener el solipsismo es que es la única metafísica que vence a la vanidad desde el primer instante.

97

La pintura realista hace mucho más que retratar la realidad más grosera: lo maravilloso está en que en lo más cotidiano reconocemos los trazos que revelan la ilusión de la percepción y de las formas. El realismo es el enfoque que más desenhebra el tejido del mundo.

98

El placer que produce la técnica del realismo artístico proviene de la sorpresa que produce contemplar cómo todo fenómeno sensible puede ser reproducido sin que sepamos si la elusiva esencia permanece o no.

99

Amar es comprender, comprender es amar. Entendiendo bien las implicaciones de esta dualidad, uno dejaría de atormentar al sentimiento con la cabeza y a ésta con el sentimiento.

100

Nada de lo mortal me es ajeno, y aun menos lo inmortal.

101

Se diría que nada de lo que se escribe en verano huele a desesperación.

102

El aparente choque entre axiomas divinamente inspirados dentro de una misma tradición y también el choque entre todos éstos y las evidencias prácticas terrestres son algo así como la jurisdicción concéntrica de un emperador respecto de su rey vasallo: para formular en un solo decreto la legislación de ambos sin menospreciar a ninguno de ellos, hay que combinar constantemente sus nombres y atributos, confundiéndolos a veces con tal de hacerlos presentes, antinómicos otras veces para marcar diferencias delimitadoras, pero evidenciados siempre por oposición a la falsedad manifiesta, carente de toda dualidad y de toda explicación simbólica.

103

Toda bella danza pareciera equilibrar los pesos de la Creación, distribuyéndolos entre el aire y la pareja de ocasión.

104

La elegancia es el nombre que en indumentaria y en sociedad adquiere la armonía, que se llama nobleza al hablar del carácter o gusto al hablar del arte.

105

¿Conviene acudir a la iglesia, inclinarse ante el altar, cumplir con los sacramentos, rezar? Lo preguntaré de otro modo: ¿conviene concitarse con el resto de la comunidad para convencernos los unos a los otros de que hay que permitir que reinen la humildad, la cortesía, la solemnidad, la meditación, el amor?

106

Todo lo que el europeo afirma no encontrar en su país lo encontraría si acostumbrase a hojear los libros polvorientos que hablan de sus ancestros.

107

El vicio encuentra miles de formas de evitar su rendición, hasta incluso pretender que la virtud es peligrosa, tanto más cuanto que en ocasiones se cumple tal posibilidad.

108

El mundo se ha complicado demasiado como para asegurar que las buenas intenciones nos salvarán, pero sigue siendo lo bastante lógico como para asegurar que la inercia de las peores pasiones nos condenará sin perdón.

109

Como ilusión cardinal que es, el deseo suscita más placer cuando se lo menciona que cuando se lanza a la caza o en los instantes inmediatamente posteriores a su victoria.

110

Se es anciano cuando se arrastran los pies o cuando casi toda la voluntad se aborta a sabiendas de la inmediata decepción que la sucederá.

111

Por lo que a mí respecta, empecé a escribir dada la infrecuencia con que mantenía conversaciones elevadas o ingeniosas. Ahora es el propio refinamiento de mi pensamiento y el acomodo en la introspección constante lo que aleja más y más la posibilidad de diálogos estimulantes.

112

Dado que la felicidad surge antes que nada de las relaciones sociales, el hombre antiguo debía de ser muy feliz, pues carecía de artilugios rebuscados y, en su ausencia, recurría continuamente a la conversación, la carta, el juego, la confesión, el baile y el recital.

113

Cuando se entra en la vibración de cierta música, cuando se acompasa la sangre a sus pulsaciones y vaivenes, el pasar a otro estilo siempre será percibido como una odiosa violencia. A nadie le gusta que le cambien el paso cuando ya se ha hecho a él. Sucederá con mayor vehemencia cuanto más fácil de oír y más danzable sera la primera música, es decir, cuanto más arcaica y sentimental, y es que nos habrá acalorado más el cuerpo.

114

Observad a la persona más resuelta, vivaz, fuerte, no arredrándose ante nada, y, sin embargo, ante un hermano, ante su madre o ante un antiguo profesor, se vuelve mansa como un corderito, tímida o incluso algo caprichosa, como durante su adolescencia. Ahí veremos  una puerta secreta de su vida adulta, causa, quizá, de su aparente decisión también, la cual acaso surgiese como forma de compensación.

115

No hay mayor astucia que la que no se detecta.

116

El gentilhombre cree ver virtud en su amada donde ve belleza, mientras la dama sufre frente a él la confusión opuesta, viendo belleza donde hay virtud.

117

La ética moderna se compone exclusivamente de normas negativas, no prometiendo recompensa al cumplidor, razón por la que es tan defendida de palabra y tan relegada en la práctica. Era la recompensa o el miedo al castigo lo que en la moral religiosa llevaba a la persona a familiarizarse con la virtud, hasta llegado el punto en que premio o castigo resultaban secundarios y el amor genuino había arraigado finalmente.

118

A la larga siempre acaba consumiendo más energía propia el malvado que el bondadoso.

119

La venganza también es castigo letal contra la propia inocencia que había resultado herida y que sobrevivía agonizante en el corazón.

120

La familia es la forma en la que han quedado reducidas las antigua tribus. Las naciones extienden la noción a una raza y costumbre común. El orden completamente racional, donde todas las razas y costumbres tienen cabida, casa bien con los principios de la moral, pero fatalmente mal con la trabazón de los miembros del pueblo, con el gobierno asequible y con la comodidad de todos.

121

Tres cosas, por encima de todas, aúpan hasta la felicidad u obstaculizan el triunfo de la desesperación: el trato abundante y afectuoso con los demás, la bella armonía entre las partes del mundo y la robustez de carácter. A ello, entre otras cosas, se debe la persistencia de la religión.

122

Amar verdaderamente sin motivo es haber dado con el motivo adecuado, por más que se esté demasiado ocupado amando como para ponerlo en palabras.

123

Que incluso entre los más codiciosos y rudos de los espíritus haya una envidia hacia aquellos genios creadores que, a pesar de haber vivido y muerto entre miserias, han legado a sus congéneres beneficios sin parangón, tal envidia, digo, debería reconciliarnos con la humanidad; y es que denota una voluntad profunda e inmemorial de la sangre por contribuir a la comunidad, aunque el único reflejo sea visible sea el deseo de propagar el renombre a los contemporáneos y a la posteridad.

124

Europa es hoy a la época de sus grandes reinos e imperios lo que la Roma ostrogoda de Teodorico fue a la República de Catón: una falsa continuidad, una repoblación racial, un conflicto consigo misma, una ruda imitación, una sombra.

125

Un reaccionario como Dios manda ha de admitir que la civilización no tiene ya arreglo alguno y que solamente educando individualmente el espíritu -recurriendo para ello al núcleo personal de la Tradición- se logrará alguna cosa.

126

Ser reaccionario en lo político no impide ser radicalmente dadivoso en lo moral, y es tamaña dualidad lo que proclama la Tradición.

127

Comprendo a quienes no me comprenden porque yo también soy como ellos. También yo busco mi hueco en sociedad, mi plan para el mundo, mi buena fe carente de conocimientos suficientes, mi sentido de la belleza, mi aprovechamiento de mis ventajas y de mi situación personal; todo lo que no encaje con estas cosas me parece claramente insuficiente.

128

Entre sugerir y dejar las cosas demasiado claras prefiero lo segundo porque prefiero el acierto que el bello fracaso, salvo que la sugerencia esté situada en el punto justo para despertar con más viveza nobles pasiones y nobles ideas o para comunicar resabios de la verdad a más tipos de entendimiento.

129

Siempre se puede mejorar, salvo cuando se ha dedicado la vida entera a la perfección moral y al culto de la nobleza espiritual. En el momento del tránsito, bien puede decir en el lecho quien así se ha comportado: “Hice todo lo que pudo mi naturaleza”.

130

Para todos los temperamentos hay una doctrina tradicional adecuada en aras de aprovechar legítimamente su energía peculiar.

131

Casi nadie conoce el alcance de mis artes, ni los detalles de mi culto a las letras, a la música, a la meditación y la moral. Y, por ello mismo, mi dedicación es mayor y mejor, hasta donde me lo permiten las condiciones y hasta donde lo permito yo. Ningún poderoso conoce ni tiene en cuenta ni una centésima mis méritos intelectuales, artísticos o espirituales -cualesquiera que éstos sean- para otorgarme mejor posición. Tampoco ninguna mujer para darme su amor, ni ningún caballero para ofrecerme su amistad. A la hora de obtener vituallas del siglo, me muestro como el más vulgar de los hombres y compito con sus mismas armas, incluso bastante menos afiladas de lo habitual. Lo mejor de mí lo velo para cumplir más cerca de la perfección una misión sin recompensa.

132

Expongo mis palabras abiertamente en este foro minúsculo pero fácilmente accesible. No presto atención a la posibilidad de plagio, y ni siquiera me muestro con un nombre desde el que poder reclamar fama para mí y vergüenza para quien la robó. No diré, como habría dicho en otro tiempo, que nadie podría quitarme el tesoro mayor de un creador: el hecho de haberlo creado, de ser autor de lo que alguien, equivocando la fuente, aprecia. Ahora no es la gloria secreta lo que me inquieta, puesto que la noción de autor, como la de sujeto, sirve de cara a las adscripciones crematísticas y a la pasión de vanidad. Las palabras y las ideas flotan sin carcasa en el éter, y más vale que se propaguen todo lo que puedan antes de morir con la llegada de una ventolina huracanada, como mariposa de un día. Mi pobreza y mi soledad no sobrevivirán ni mucho más ni mucho menos tiempo. Mucho sería si ganase un solo gramo de nobleza por tal actitud de desprendimiento.

133

Un cuerpo bello en la noche es la prueba más difícil de superar, aunque no la más peligrosa, que ha de enfrentar el ánimo piadoso.

134

Por muchas palabras y sutilezas que lancemos y configuremos con los años, seguimos con los mismos deseos, las mismas costumbres, aunque en proporciones distintas -en el mejor de los casos-, que el resto de la gente. Cierto que los vicios se reducen, pero, al modo de una infección persistente, requieren ungüento diario para permanecer controlados, y cualquier despiste les otorga de nuevo el poder sobre el ánimo.

135

Produce un placer casi culpable el estar convencido de sentir que no se odia a nadie en el universo.

136

Es preferible amar un cuerpo que odiar un alma. Y es preferible amar un alma que odiar un cuerpo. En definitiva: siempre tienen preeminencia el amor y el alma.

137

Es preferible la tolerancia al placer ajeno que a su dolor, pero lo opuesto es cierto en el interior de uno mismo.

138

Del estilo de música que uno escucha, así su saber estar.

139

Quienes acostumbran a perderse el amanecer nunca parecen acabar de amanecer ellos mismos.

140

Ni todos los mediocres aupados a dignas posiciones que les exceden por todas partes deberían convencernos de que es preferible su suerte a la del jardinero que dialoga con los helechos, la del zapatero que cultiva humildemente nuestros pasos, la del monje que rompe su silencio para levantar el ánimo a un desesperanzado.

141

Si realmente pensáis que los animales merecen justicia, poneos a prueba imaginando qué dirías ante una situación que menoscaba el interés esencial de un animal, sustituyendo en la hipótesis al animal por un ser humano. Ahí veréis probablemente la magnitud de la injusticia que sufren las criaturas y cuánto todavía os queda para ser tan respetuosos con ellas como sosteníais.

142

Puesto que a la plebe le agrada etiquetar en bloque y no tolera la sensación de asociarse con un rasgo fuertemente odiado, para ganar su favor se hace imprescindible no sugerir siquiera la aprobación de ninguno de sus tabúes. Muchos panfletos impecables en favor de la igualdad se verían desestimados si hiciesen cualquier concesión al rey o si reconociesen la valía de muchos generosos servidores de la Iglesia.

143

La belleza no es infinita, como sí lo es el alma que la percibe. Al fin y al cabo, la belleza no es otra cosa que la sensación de placer ante las formas, y toda sensación mora en la facultad sensitiva.

144

Proponed un gobierno útil: os despreciarán por ambicioso del cargo o por poco ambicioso de reformas. Proponed un gobierno verdaderamente compasivo, que recoja de la agonía a todos los seres, humanos y no humanos, y que no desee violentar a nadie si no es estrictamente necesario: os tacharán de loco, de pretencioso, de pueril. Proponed, en fin, un gobierno rencoroso, vengativo, maniqueo, reiterativo: os aplaudirán, quizá os encumbren.

145

Ante el estancamiento en la virtud modesta, el carácter cansado podría añorar incluso el tiempo en que era malvado; de ese modo tendría margen para avanzar de nuevo gratamente un gran trecho hacia la nobleza.

146

Los reformistas modernos se han desacreditado porque no han demostrado nunca pensar seriamente en la tercera o cuarta consecuencia de sus decisiones. Coincido en que hay derechos que son inviolables pese a quien pese; pero la mayoría de sus propuestas no velan por los derechos más fundamentales, sino por sucedáneos que se les parecen y que son bien visibles, a fin de que quede bien ostentada su bondad.

147

La dama aplica sobre su corazón y sus pretendientes la prudencia que el buen soberano debería poner sobre el reino. Pero ni los varones son tan juiciosos ni las mujeres saben serlo en muchos más ámbitos aparte de su entorno familiar.

148

En la sociedad galante hay siempre una comezón del alma, una inquietud por obtener siempre el mejor partido, la mejor opción, y eso porque son muchas las opciones buenas; así, se goza de unos pocos placeres, más o menos intensos, por lo general breves, envueltos en un sinfín de desconfianzas, tanteos, comparaciones, cálculos, advertencias, arrepentimientos.

149

Es en la languidez que sucede inmediatamente a un encuentro amoroso cuando el gentilhombre ha de meditar sobre lo que de verdad ama y, como siempre será menos de lo que venía creyendo, decidirse a amar más.

150

Uno se habitúa a un sentimiento como se habitúa a una dieta, a un ambiente o a un horario que se impuso. Acrecentar el amor o el rencor no difiere en su movimiento de adoptar modales o el gusto por tal ο artista, o de aprender usar la lógica a la hora de organizar cualquier asunto apropiado.

151

Es fácil creer la sabiduría moral. Es difícil creerse en ella.

152

Todo lo que haya dicho brillante y sabio surge de la combustión de múltiples lecturas, épocas, tradiciones, cosmologías, caracteres. Aunque en cuestiones menores, hay semejanzas y diferencias notables, al final del recorrido siempre se destila lo mismo: un ímpetu por profundizar las apariencias hasta ver un misterio que se parece a la belleza sin ser belleza, al amor sin ser amor, al infinito sin tener sustancia de la que predicar, a la plenitud sin tener nombre.

153

De todas las mujeres en la vida de un hombre, lo más probable, sospecho yo, es siempre que éste piense a la hora de su muerte en la misma en la que pensaba cuando nació: su madre, inocente artífice de sus principales bazas y sus principales taras.

154

No hay demasiado descanso para quien no concibe sino un descanso supremo. No hay descanso alguno para quien llama así a lo que en realidad no es sino agitación mundana y vanidad de vanidades.

155

¿Escribir una línea más? ¿A quién será de utilidad? ¿Permanecerá en el tiempo y el espacio? Preguntas superfluas si escribes con lo más hondo de tu inteligencia y tu amor: ya habrás obtenido el mayor provecho que se puede obtener de unas letras.

156

Un hombre que ejercite todas los atributos de su personalidad viril no caerá en melancolía, pero un hombre que ejercite los atributos idóneos de su ser social no caerá en angustia.

157

No se ve en la Iglesia la pujanza espiritual y la pertinente conservación de formas diáfanas y simbólicas que empujaría a muchos ánimos románticos a volver a su seno.

158

La Iglesia ha perdido tres importantes apoyos: rotundidad, simbolismo y la misma intolerancia al sufrimiento de las almas que al de los cuerpos.

159

El pueblo exige a la Iglesia que se ocupe más de los pobres -cosa que, de hecho, siempre ha hecho más que ninguna otra institución en el mundo entero-, confundiendo así la misión apostólica con la misión del propio pueblo. Lo natural siempre fue la predicación inversa: los púlpitos recomendando al siglo caridad y dando ejemplo, veraz o falsario.

160

La insinuación despierta muchos más deseos que la declaración porque ésta se circunscribe a sí misma, mientras que la otra desmarca todas las posibilidades al mismo tiempo. Pero para concebir estas posibilidades hace falta inteligencia y fantasía, razón por la que ha ido perdiendo éxito en favor de lo evidente.

161

El mundo gira, en cierto modo, alrededor de los jóvenes; pero no lo hace el tiempo, que los abandona a la madurez antes de que se percaten. Con todo, los modernos, cada vez más aniñados durante más años, quieren desafiar este principio y, en consecuencia, se vuelcan todavía más en su vanidad y sus balbuceos que los jóvenes de otros mundos donde lo efímero de la existencia humana se respiraba por doquier.

162

Lo mismo que dos árboles pegados eran indistinguibles en sus primeros brotes, así dos espíritus opuestos parecían jóvenes amigos antes de madurar plenamente.

163

Enternecerse consiste en observar casi con compasión una carencia poco importante en el amado, detectar algún defecto que, de tan pequeño que es, embellece.

164

En lo referente a la ciencia moral y en lo referente también a otras ciencias, nos convencemos de cuatro cosas: aquello que nos conviene creer, aquello que nos conmueve del modo más seductor, aquello que nos repiten muchas veces, aquello que queda tras descartar malas opciones. La razón no tiene un papel significativo en todo esto.

165

El gentil parece más bello de lo que es, y quien lo trata acaba pareciendo más dichoso y bondadoso de lo que se esperaba.

166

Los axiomas y los mecanismos de inferencia de los filósofos profanos son tan arbitrarios como los prejuicios que se ponían en su lugar cuando la razón aún no había subido a su trono.

167

La razón se sabe limitada, pero desconoce hasta qué punto exacto.

168

Es posible razonar escrupulosamente en las pequeñas cosas, como las masas y las libras, o en las grandes, como en los arquetipos platónicos. Son las intermedias las que se nos escapan por no saber si se relacionan más con unas o con otros. Así, el corazón humano, tan ligado a los humores del cuerpo como a las ideas que parece perseguir, se lo conoce desde diversos ángulos, perseguido por silogismos, sin que nunca se le conceda la dieta idónea.

169

El pueblo no respeta lo que él ha elegido y no imita sino a quien cree formidable por naturaleza. Aunque tendría que pensar si el presente no está invirtiendo las relaciones de esa frase.

170

Un país sin mitos fundados por los más sabios de su tiempo primitivo se ganará la más triste de las simplezas: la de vivir en el error por el mero hecho de no conocer ninguna verdad importante.

171

No es el despotismo lo que habría que evitar a toda costa, sino un pueblo sin amor. Bajo el primero aún es posible una felicidad civil.

172

Un mal soberano no es el que posee vicios, pues no hay hombre libre de pecado, sino el que tiene conductas que, siendo buenas o no en otras circunstancias, le impiden desplegar sus cualidades de soberano; un ejemplo perfecto de mala conducta regia es la falta de solemnidad.

173

La música italiana es simétrica como la danza que evoca, es melodiosa, ágil, alegre. La música francesa es contundente o sutil, siempre misteriosa, colorida, solemne o íntima, ingeniosa o dramática, pero nunca da apariencia de necedad.

174

Sería desnutrir al alma el privarle de dulzuras y picantes como sería desnutrir al cuerpo dejar de ingerir por completo cebollas o manzanas. No sólo hay caracteres que apetecen de ordinario más de una cosa que de la otra: nadie puede rendirse en todo momento a los mismos desahogos, ni ningún corazón amplio se contenta con unos pocos sentimientos del mismo tono.

175

Los hombres para quien lo suficiente nunca es suficiente, semejan a las vasijas agujereadas que van perdiendo contenido a medida que lo ganan, y es el propio trasvase lo que los alivia, de suerte que la obtención de bienes es para ellos como la nutrición para todos: la tarea de cada día de toda una vida. Resulta triste ver a hombres y mujeres dedicando sus días a luchar por encontrar una mejor posición desde la que dedicar sus días a luchar por lo mismo en un peldaño más alto.

176

No es tal una tristeza que uno no cambiara de buen grado por una alegría opuesta.

177

Una tradición está acabada cuando comparte menos principios con los herederos que afirman prolongarla que con una tradición de las antípodas.

178

La evolución de la vitalidad católica se esquematiza en lo siguiente: edad apostólica, edad de las catacumbas, edad del desierto, edad patrística, edad expansiva, edad escolástica, edad mística, edad literalista, edad modernista, edad vacía.

179

En el fondo, una sabiduría espiritual es el aprendizaje de cómo mantener la elegancia en el resbalón, cómo adoptar rápidamente la postura ante el cataclismo inminente. Hacer de cada traspié una pirueta de danza, de cada torsión una nueva faceta del equilibrio, de cada herida un capítulo de un ars moriendi. Es, en fin, el arte de caer. Porque caer requiere una larga educación, y cuesta el ejercicio de toda una vida el asegurarse despedirse de ella con una sonrisa, sea cual fuere el escenario, súbito o no, en que se presenten las Parcas. Hacer de los últimos jadeos un discurso elocuente y bello no es fácil para el habituado a colear de aquí para allá con sus ambiciones pueriles, subiendo y bajando. No: requiere gravedad de ensayos, pulcritud en la túnica gestual, alocuciones respiradas.

180

La compasión no es condescendencia sin más, ni lástima por una visión que nos molesta y rompe la armonía del paisaje en que nos gozamos; la compasión es, por el contrario, saber que la criatura que se nos presenta a cada rato es un rey destronado, y que su consorte eres tú, y la corona es mirada soberana sin merma, como merma no tiene el noble linaje por mucha espada que quiera degollarlo. Cuando lloramos por compasión estamos entendiendo, al fin, nuestro propio problema: vemos resumen de nuestra estirpe, adelante de nuestro porvenir, y reflejo de nuestra alma en el presente de otro que cree ser otro. Y regamos el sentimiento de identidad con lágrimas, néctar de espontánea sabiduría.

181

Nos distraemos con nosotros mismos hasta el punto de que, olvidando a quien nos olvida, no siempre recordamos a quien nos recuerda.

182

Dado que, a la postre, todo razonamiento es circular, merece la pena optar por un círculo virtuoso que nos circunde a todos.

183

Dice Hérault de Séchelles que no deberíamos dejar en paz a un autor hasta agotar toda su hondura, o al menos hasta descubrir “sus más secretas intenciones y la revelación de las añagazas de su amor propio”. Agregaría yo que, a falta de tales logros o sobreañadidos a ellos, es reconciliador con el tiempo que hemos dedicado lector y autor el no cejar hasta no encontrar en él algo bueno, algún acierto que sumemos a nuestro atillo de máximas predilectas, al repertorio selecto de ganzúas con que tratamos de ir abriendo las puertas que nos encontramos en la vida y en las mientes. Nada más importante podemos extraer de un libro.

184

La etapa más importante de cualquier endurecimiento, sea del cuerpo o de la mente, es el reposo. Sin él llegarán inevitablemente deformidad y enfermedad.

185

Los genios parecen mantener diálogos entre ellos desde sus respectivas épocas.

186

Los filósofos malvados o mundanos nos enseñan admirables técnicas que podremos utilizar para el bien… si es que nos hemos adentrado en su lectura una vez asumidos sin cuestión unos sólidos principios morales.

187

Enamorarse de alguien con gran diferencia edad da indicio de amplitud o cojera del sentimiento, o de ambas cosas simultáneamente.

188

La época de los estudios sólo termina cuando han transcurrido en balde y en falsos estudios los años más propicios para aprender de veras y con intensidad.

189

¿Se puede esperar de un libro algo más que una guía de vida? Mis referencias: discursos orientales, admoniciones estoicas y epicúreas, espejos de príncipes, máximas francesas.

190

De mis autores morales de cabecera, eximios todos ellos, glorias de sus reinos, compañía de muchas de mis noches, matizo que veo a Séneca y Epicteto algo insistentes en su adustez, excesivamente lacrimoso a los Padres del desierto y a Ghigo el cartujo, poco sentido a Avicebrón, obsesivo a Kempis, muy atildado a Gracián, incompleto a Pascal, demoledor a La Rochefoucauld, lacónico a Vauvenargues, pragmático a Chesterfield, desnortado a Chamfort, maléfico a Hérault de Séchelles, vencido a Chateaubriand… En cambio, La Bruyère es la perfección orgánica, la sabiduría y la vida misma entrelazadas, la bondad y la sorna jugueteando entre sí, la frescura de la palabra y la grandeza del ánimo, la penetración en todas las facultades humanas a la vez, las conclusiones serenas y compasivas de un hombre racional y sentimental a partes iguales tras experimentar todas las cuitas, debilidades, superaciones y rendiciones; no hay pensador más completo en lo que se refiere a la observación de la costumbres. La Bruyère no sólo es el padre de la prosa francesa: también es el último descendiente de todos los linajes de moralistas y su reconciliación final. Sin él, se diría que falta el dato central. Lo único lamentable es lo mal que se lo cita, extrayendo fragmento insulso de un contexto arbolado, excluyendo el frondoso camino que se sintetiza en apunte sencillo, desnudo, débil si no se sabe de donde ha venido ni adónde va.

191

De la diferencia entre los amantes en cuanto a educación, sensibilidad, prestancia y bondad, esta última es la menos deseable. En cuestiones galantes, suele ser mayor el sufrimiento cuando la intención tiene que ver algo en su origen.

192

Nunca, que yo sepa, se ha conseguido percibir algo parecido al júbilo en el sonido de la viola da gamba, ni nada parecido a la estridencia en el arpa, ni nada solemne en el solo de flauta.

193

Nada de lo que hagamos importa nada mientras no sirva para aliviar sufrimientos ajenos. Tal pensamiento nos libera, porque aprendemos a flotar como espectros en nuestro rumbo cotidiano, y nos ata, porque nos ofrece una posibilidad de dar sentido triunfal a todo… una posibilidad costosa para nuestro capricho.

194

Para vencerse a uno mismo hay que aliar a todos los ejércitos de nuestro ser -como el intelecto, el sentimiento y la ritualidad- y de algunos seres más -como los sabios y nuestros vecinos molestos-.

195

Comprender no es perdonar, ni perdonar es comprender: perdonar es comprender y, al tiempo, dar el hecho por poco significativo, o por inútil el no perdonarlo; comprender es ver las cadenas de eventos hasta las causas e intuir que el perdonar o no perdonar no las alterará salvo de ahora en adelante.

196

Es pavorosa la cantidad de hombres que, a la hora de satisfacer sus más vertiginosos impulsos, no se arredran ni ante la moral, ni ante el pudor, ni ante la ley. Miles de ellos son capaces de forzar a una doncella o robar una vida sólo para proporcionarse un relampagueante placer, para prohibirse a sí mismos  el respeto que toda persona se merece de sí misma, y para no caminar nunca más con tranquilidad ante la posibilidad de apresamiento. Tamaña estulticia, madre de todas las oscuridades del ánimo, no puede merecer más que una compasión comparable a la merecida por su víctima.

197

Recordamos mejor los libros breves porque manejamos su esencia con mayor facilidad.

198

Que no estoy hecho para la pecunia lo compruebo en que temo tanto malvivir para obtenerla, como pudrirme en retenerla y enloquecer al disiparla en necedades.

199

Las revoluciones comienzan con bellas palabras, continúan con sangrientas matanzas y acaban en un régimen más o menos tan anodino como aquel contra el cual se levantaron, cuando no considerablemente más zafio.

200

La monogamia es deseada en el enamoramiento, es desafiada durante los principales años del matrimonio y es sobrellevada en la vejez.

201

La soberanía se ha repartido entre tantas manos que ahora ya nadie está seguro de hasta dónde alcanza, ni de qué manos de las que la rozan son las decisivas. Doloroso fracaso.

202

Hay una penetración aguda que permite captar la esencia de un carácter, sus flaquezas y virtudes, su rumbo y sus gustos, con tan solo un breve trato. Tal penetración no se estudia formalmente, carece de normas específicas, y surge de una acumulación de recuerdos, lecturas, reflexiones y, sobre todo, de una sensibilidad interesada en el prójimo, una curiosidad innata, diaria y desinteresada. Sería muy útil a los bandidos y a los ávidos de poder, si no fuese porque surge de la contemplación cuidadosa y continua, a la que aquéllos son tan refractarios como el agua al aceite.

203

Dolor de dedos, persona trabajadora.

204

Tanto afán de construir, y de construir feos edificios, nos dará techo a todos, lo cual es primordial, y nos privará de paseos gratos y reflexivos, lo cual es visado hacia el embrutecimiento.

205

La coqueta no se molesta en mantener la atención del cortejante, como si su gusto estuviese en despertarla una y otra vez cuando ya se ha adormecido. Se sirve de sus encantos para atraer y de sus desaires para probar la insistencia del otro, o para comprobar hasta qué punto agrada de forma natural y sin propornérselo. Suele ser una mujer joven que no busca amor, sino el primer y caprichoso enganche del amor; no busca ternura, sino su anuncio; no galantería, sino repertorio de galantes; no la energía de un carácter viril, sino su derroche. Labra collar de diminutos placeres y posibilidad de arrepentimientos futuros, cuando acabe en brazos de cualquiera por imperativo de la edad o de las estrecheces. Si no termina templándose, se marchará de la vida habiéndose esforzado en no dejar gran recuerdo en nadie.

206

¿Queréis educar a un niño? ¿Queréis fortalecer su corazón ante el infortunio, ablandarlo ante quienes sufren, agilizar su raciocinio, convertirlo en experto de un arte? ¿Dar alimento a su espíritu, cultura a su conversación, delicadeza y conatos de sabiduría, amor a la naturaleza, a la artesanía popular y a los méritos de la humanidad? Ocultadlo, protegeos bien: si se enteran los adultos responsables os acusarán de crueldad o de algo peor.

207

Aunque, por un buen natural, lo procuren superar, un fondo de indiferencia invencible está posado en quienes no han recibido amor de su madre o han tenido que lidiar en la infancia con los más amargos tragos de la muerte.

208

Como la alada mariposa, el carácter ligero, echando a volar nada más posarse, se resiste a ser diseccionado.

209

Con demasiada gente de hoy no podría mantener una conversación que no fuese aburrida quien haya leído una decena de libros clásicos. En tal privilegio lleva su condena.

210

Si hay tanto abandono de amantes, tanta fricción entre ellos, tanta dolencia a la que no saben poner palabras, es, entre otros diversos motivos, porque muchas personas se aburren se decepcionan a sí mismas creyendo, en cambio, que es el otro quien más les aburre y decepciona.

211

Nada esperemos del mundo, salvo las vulgaridades que todos esperan. Lo excelente esperémoslo de otras fuentes.

212

Ya no quedan ancianos que hayan nacido más lejos del siglo anterior. Ahora tenemos nosotros la abrumadora responsabilidad de la custodia de todos los tesoros de los tiempos dignos. Nosotros, criaturas zafias, dando brillo a lo que no entendemos por exceso de esplendor, a cosas que nos ciegan por su luminosidad.

213

Nada más fácil que decir alguna verdad sobre el amor propio, puesto que está por todas partes y se manifiesta de infinitas formas.

214

Toda música que se base en el espectro de los armónicos de Sauveur conservará, cuando menos, un vínculo con la naturaleza y con la misión cósmica de la música.

215

El dinero ha destruido la piedra noble de los antepasados para construir apuntes bancarios en el éter.

216

El mercader, por supuesto, no siempre desea engañar al cliente para obtener mayor precio, pero sí desea que su mercancía sea la más vendida, aun a costa de la lógica y de la armonía del mundo. No es el único que lo hace, ni mucho menos, ni el que lo hace en mayores cantidades, ni con más cruel afán, pero es el que lo hace mejor.

217

El mundo salvaje y la sociedad mercantil tienen un importante rasgo en común: no alientan a sacrificar el interés personal en nombre de ninguna otra cosa.

218

No somos tan nobles cuando ni mencionamos la palabra, ni alabamos a todos los que lo han sido si nos irrita algún rasgo de sus personalidades, ni, sobre todo, si no actuamos como sería menester.

219

Quien confía demasiado en sí mismo se priva de una oportuna educación; mas quien confía menos de lo debido priva de ella al mundo.

220

Vuestro carácter es en su fondo tan hermoso como las intenciones de aquellas lecturas y partituras con que os rodeáis… y está tan poco macerado como vuestros actos y deseos dejen patente.

221

Toda mi verdadera ciencia no me ha proporcionado ni un real, ni un maravedí. ¡Qué libertad! ¡Y qué esclavitud!

222

España, queriendo siempre alcanzar a Europa, se ha alineado con ella al fin… en el momento en que los valores de moda son los más estultos.

223

En estos tiempos de paradoja, el cálculo vuelve loco y la delicadeza obliga a mendigar.

224

La funciones más provechosas del pensamiento son la detección de analogías y la detección de engaños.

225

Al tener contacto con otras razas y pueblos, observo que nuestras costumbres no eran tan inadecuadas para nosotros ni tan atractivas para los demás.

226

La razón más práctica para leer y cultivar las letras es que nos permite dar con el tono preciso de nuestro mente, llamar por su nombre cada parte de nuestras opiniones y afectos; en suma, nos ofrece la posibilidad de moldearnos a nosotros mismos y a nuestra relación con el entorno mediante la formulación precisa de propuestas y llamamientos alentadores a su cumplimiento.

227

No se titubea si el premio es tangible y prometedor de placeres inmediatos, como cuando se espera un cargo, una suma económica o la predisposición de un posible amante.

228

Por lo común, el autor al que acudís en momentos de desánimo dice lo que creéis. Aquel al que acudís en pleno júbilo habla de lo que amáis. En un estado de calma indiferente, se suele sentir uno preparado para lanzarse a quienes pretende refutar.

229

Sólo respirando aire puro se siente uno en perfecta armonía con las palabras alentadoras que escriba.

230

Nuestros proyectos se desenvuelven convenientemente cuando nos rodeamos de personas de provecho, trabajadoras y observadoras, que nos dan la medida en la que mirarnos y que, además, nos lanzan comentarios ocasionales; comentarios que, una vez reunidos, sumarían monto de enseñanzas equivalente al mejor de los bachilleratos.

231

Siempre habrá cerca alguien sufriendo más que quien solicita nuestra ayuda. No se puede estar siempre atento al peor incendio o no se apagará ninguno, y se enloquecerá en ese absurdo paseo.

232

Sentimos mayor decisión para rehuir o plantar cara a un malvado que a un tonto o a un temperamento excesivamente frágil, no sólo porque nos obstaculizará menos la compasión, sino también porque el idioma que con mayor soltura hablamos es el de los malvados.

233

A juicio del ilustrado, si cuenta con esprit de finesse, cualquier afirmación demasiado contundente parece traicionar a su posibilidad opuesta, su parte de razón o al menos, su razón de ser.

234

Bajo los acordes de un Couperin o en las molduras del techo de un palacete de verano, dormita velado un platonismo imperecedero, ya algo enloquecido, sí, pero encadenado a su antigua y noble estirpe que conduce hasta los primeros arquetipos. Hay que saber mirar el principio áureo bajo los flecos engolados. La parsimonia de los reyes paseando por las aguas de un río artificial mientras brotan desde los jardines fuegos de artificios y la orquesta puntea desde otra barca el ritmo de la existencia, eso no es sino símbolo, acaso algo degradado, de la solemnidad que toda alma ha de imitar en su corazón; pues si hay príncipes y palacios es para que en cada corazón humano haya, como por infección, algo de principesco y algo de palaciego. La función del aristócrata es imprescindible en el tiempo en que los sacerdotes pierden la pureza de su voz o hacen de su idioma algo incomprensible para el pueblo. El aristócrata no está para transmitir una doctrina, pues en los más casos desconoce cualquiera de ellas. Su misión es irradiar un temperamento justo, un colorido adecuado y lírico, un modelo de gestualidad, como una escultura clásica en movimiento. Esta ejemplaridad está, naturalmente, condenada al fracaso demasiado a menudo, y, de romper el difícil equilibrio entre privilegio y justicia, entre grandeza y compasión, surgen los destronamientos y las revoluciones, no sin poderosos motivos, como terrible Némesis que nos castiga a todos por igual, en democrático reparto.

235

Quedan los palacios -dicen- y las fuentes y las partituras y algunos muebles y vestidos, reducido todo a museo. Un platónico nunca cambiará las almas por sus escafandras. ¿Qué es un palacio sin príncipe, un catecismo sin piedad, una sonata sin un oído compenetrado con su retórica, una bandera sin una visión sagrada de la patria, una fuente sin jugueteo de ninfas, unas redondillas sin el entusiasmo ruidoso de un auditorio o la atención de una joven agasajada por el cortejo, una peluca grisácea sin una galantería disparada por los labios de un doncel? Diré lo que es: tramoya, decorado de cartón, superflua emulación de la nostalgia, ceniza y cadáver sostenido en pie por la fuerza de la inercia y del no sé qué que viene de verse a uno vacío de toda luz.

236

Aceptaría que los palacios se nos vedasen a los plebeyos en los tiempos en que eso sucedía porque sé en aquel entonces habría sido fácil renunciar a ciertos espacios recibiendo a cambio otros con un mínimo de dignidad. Cuando la arquitectura no era reparto barato de meros techos, la aristocracia, en cuanto a patrimonio, solamente sobresalía en dimensiones, no en esencia.

237

Bailamos todos los seres del universo, ancianos irresolutos, y algunos de los más agudos se aperciben de ello, y por ello bailan mejor, recreando la música de los mundos, que no es otra que la vibración de los cuerpos intercalada por los silencios cadenciosos de los corazones.

238

Cada pensamiento y cada acto se debe a tantos pensamientos y tantos actos de otras personas que apenas podremos decir que son nuestros.

239

Habiendo conocido el rango de registros por los que puede determinarse mi ser moral solamente por ser estimulado por los agentes pertinentes, habiendo reconocido a mi más auténtico yo en las palabras de un poeta griego o en la melodía de una canción trovadoresca, puedo aprender a sentir cada vez más como ajena esta determinación actual, circunscrita a una mera costumbre, costumbre a la que ninguna otra autoridad que ella misma me somete.

240

A los sacerdotes hodiernos les sobra tanta gazmoñería y filosofía profana como les falta exégesis e inspiración ardiente.

241

No hay que olvidar tampoco que, dada la ausencia de un centro real en los planos más burdos de existencia, para otros mundos el nuestro es su cielo más próximo.

242

El hombre ilustrado -el que no estaba aún infectado de utopías demenciales- reconocía las imperfecciones de su raza y de su sistema, pero intuía que las costumbres habían permanecido en la humanidad por una aceptable economía del sufrimiento que no sería ofrecida por ninguna alternativa. El hombre refinado del Siglo de las Luces podía creerse el más connaisseur de entre los siglos, pero no caía en la arrogancia de creerse el que habría de abolirlo todo. No solamente el aristócrata que vivía a costa del trabajo ajeno, sino cualquier persona medianamente sensata sabía que recomenzar las leyes obligaría de nuevo al penoso ascenso hasta el cierre de todas las lagunas y contradicciones a las que se enfrentan los fundadores de una tribu.

243

Abrazar la decadencia supone en último término no haberla entendido por completo. O, dicho de otro modo: cuando uno se vuelve insensible al derrumbamiento, será la próxima víctima.

244

A fuerza de hablar ingeniosamente en torno al pecado, siquiera sea para condenarlo, se corre el riesgo de tomarle afecto, y es que nada resulta más fácil que encariñarse con aquello que se rodea de encanto, mucho menos si alimenta al mismo tiempo placer y amor propio.

245

Por muy útil que sea para el espíritu el cuestionar finamente los fundamentos mundanos de la sociedad y de la moral, había que contar con que los caracteres ardorosos, no aplacados por la delicadeza del sentido de la costumbre ni por el cultivo de la sensibilidad prudente, desconocedores de que retirar completamente un velo conlleva desvelo, serían incapaces de resistir la deducción más brutal que surge de los silogismos racionalistas.

246

Nadie sino el anciano baldío puede valorar con justeza la eterna juventud de quien no ha llegado hasta tamaña decadencia. Sólo un europeo o un hijo de europeos puede ahora contemplar con la veneración merecida los templos abarrotados en la India y la moral confuciana de los últimos chinos tradicionales, mucho mejor que los propios indios y los propios chinos. Pues el europeo reconoce allí todo lo que él ha perdido por un mal pacto.

247

El comercio aleló a las naciones, la democracia las decapitó, la superposición de culturas las confundió, el vulgarismo las hizo hirientes a la vista, el ateísmo las reventó.

248

No se valora lo bastante hasta qué punto la arquitectura que nos circunda nos marca el paso. ¿No tiene sentido la posibilidad de que no se sientan y piensen las mismas cosas viviendo en Praga que en Nueva York o Singapur, que en cada uno esos lugares haya una dimensión distinta en la filosofía, en la misa, en el poema o en la conversación?

249

Cuando una civilización no se apresta a compactarse en torno a una idea simple de sí misma, se disgrega en un sinfín de complejidades indómitas, como el hielo se deshace si no se impone un duro frío. Sin el apego a un modelo, el carácter se desparrama como las raíces de la planta que han sido liberadas del hermoso tiesto, sin ver que no ha superado las amenazas hostiles, sino que las ha multiplicado por cuanto proliferan las amenazas en el vacío, en campo abierto.

250

Sin sacralidad, una nación no es más que un conjunto de fronteras negociables y de leyes perfectibles. Sin bendición del Cielo carece de definición porque no se reconoce en el reflejo de confines empíreos más dignos. Sin tensión fronteriza es un recipiente enclenque en el que los límites otrora rígidos se han dado de sí. Sin un monumento que simbolice la centralidad de su territorio, es una oquedad sin aroma irrenunciable. Sin una fecha que siquiera legendariamente especifique su entrada en la existencia, es un vagabundo del devenir, desconocedor de su propia edad y de lo que le queda esperar de sus actos.

251

Un pueblo sólo muere bajo la espada o de desamor. Lo que mantiene a la nación con vida es la humildad frente a los dioses y la arrogancia frente a las otras naciones; invertidos ambos presupuestos, sólo le queda languidecer y ser perforada por los bárbaros que acuden a la invitación.

252

Si ha de volverse racista por imperativo alimentario, el hombre blanco toleraría a lo sumo una pequeña dictadura, ese Leviatán burgués de las pasiones. Toleraría un autoritarismo quirúrgico, un estruendo relampagueante al que se le concedería una única sacudida para restaurar la marcha de las cosas. Pero es imposible que sea exitoso un déspota vigilado, al que se pidan cuentas, al que se censure con miramientos, como un criado entronizado que no lograse erradicar la familiaridad con la que le siguen tratando sus antiguos camaradas de oficio. Por fuerza de su anemia espiritual, ni en el mismo Infierno sería capaz el hombre blanco de librarse de sus pulcros melindres deontológicos y su obsesión por conversar. En consecuencia, su raza se diluirá en este siglo, y, dado lo avanzado de la situación, así debe ser.

253

Lo digno de lamento no es la muerte de una cultura, pues no ha sido la primera ni la más bella en sufrirla; lo lamentable es que apenas podemos confiar ya en los bárbaros. Difícilmente podrán recomponer los cimientos de una uniformidad sensata, desconcertados como están ante el panorama embrutecido de los decadentes. Tomarán lo peor de su origen y del nuestro, teñirán la raza, dejarán caer los mejores ídolos… pero no erguirán una limpieza en profundidad. Nada como el raciocinio volcado en la indolencia para echar a perder todos los entusiasmos productivos, para contagiar calmos desalientos. Dos siglos de repensar prejuicios han dejado a Occidente como cuna del sacerdocio del caos: su victoria es la violación de todas las santidades, el híbrido de todos los engendros, la inoculación de necias indolencias y de perniciosas asociaciones de ideas, la castración definitiva, la imposibilidad de todo reinicio.

254

La interioridad es el último refugio de los descastados, refugio al que se ven abocados providencialmente, pues sólo allí puede hallarse paz incólume; los que pretendan liberarse del horror a toda costa empiezan a estar ya condenados a la búsqueda del Nirvana. Nunca se habrían animado a tamaña expedición si no los cercasen las Tinieblas, si no fuesen los nietos de naciones abúlicas.

255

La Historia, movimiento colectivo, ha terminado en lo que tenía de ascenso, y nos ha dejado en inane meseta ubicua: el resto del camino habremos de hacerlo solos.

256

Nuestras sociedades lo soportan todo a excepción de lo único digno de ser soportado: un centro estable. Hemos legislado hasta el más ínfimo rincón de la naturaleza humana, pero, sin embargo, los pueblos son ahora panales  azarosos en los que poco tiene sentido y todo responde a mera causalidad de fuerzas ajenas a la razón y a lo bello.

257

Vivimos envueltos entre comodidades que decimos despreciar, y tanto más refinada es un alma cuanto más ruidosamente cae en esta infantil contradicción.

258

Habrá quien se pregunte a qué esta disposición mía a alternar frivolidad y gravedad, a suceder chascarrillos con contemplaciones teológicas, a fascinarse con el juego de las anécdotas de sociedad y el enigma de que alumbra nuestras oscuridades. La respuesta es tan divertida como profunda: todo tiene, en su naturaleza última y aun en otros niveles intermedios, el mismo sabor.

259

El fin del mundo es una nota a pie de página en mi doctrina, un recordatorio periódico y propedéutico. Carece de importancia efectiva, y prueba de ello es que, habiéndose producido ya, seguimos conversando y ahítos de mil y un afanes. De otro modo sería poco compasivo: no es de buen tono recordar a un muerto su condición sin ofrecer alternativas.

260

Habéis nacido para algo más que para negarlo. Forzáis vuestra naturaleza cruelmente. Os estáis exigiendo mucho si os exigís poco. Nos merecemos merecer mucho.

261

Amar es tan importante para la propia alma porque, cuando es impulso genuino, decidido y bien orientado por el ejemplo adecuado, motiva para el cultivo de restantes virtudes; y solamente cuando éstas han operado su purificación, ya con carácter noble y con sabiduría no afeada por agitaciones del corazón, se está en condiciones de auxiliar eficazmente a los seres sensibles.

262

Si no estoy a la altura de mis palabras, al menos creo que hay corrección y fuerza en ellas, sobre todo porque su fondo no es mío y sí de la humanidad que me lo ha legado. De modo que me oprimen mejor o peor por la senda adecuada, sobre la que camino con timidez y titubeo. Y, por si esa fuerza fuera poca, acaso estimulen a alguien más a transitar por senda similar, haciendo de mi intención las veces del acto que todavía no acometo en el mundo con la suficiente pujanza.

263

Algún día debería dejar de recoger máximas morales y pasar a hacer máximo mi recogimiento en la moral.

264

En realidad, uno solamente puede confiar en un único sabio: su yo del futuro.

265

No se debe censurar un carácter frío cuando se desconoce si no se deberá su frialdad a una necesidad pasada de apagar violentos incendios del alma prendidos por el infortunio.

266

A todos agrada la agreste campechanía, a nadie enamora salvo al campechano.

267

Un halo de resignación se ha instalado en la mujer que ha perdido el gusto por enamorar.

268

Aun más en la siembra de la virtud que en el amorío, merece la pena penar por merecer. Porque la virtud es conquista blindada y tesoro que podemos repartir sin que se menoscabe y sin que nadie sufra.

269

El interés demasiado súbito asusta al amado, quien no confía tanto en sí mismo como para encandilar hasta tal punto sin que haya trastorno en el pretendiente.

270

Tocar un instrumento como la flauta o el clave fortalece e independiza nuestros dedos, dándoles además sensibilidad y gracia, y así se trasladan tales efectos a las caricias.

271

Hay tanto que decir sobre las injusticias que sufren los animales a manos del hombre que apenas nos atrevemos a mencionar las angustias que padecen en su medio salvaje, donde el frío, el hambre, la depredación, las enfermedades o la mortandad generalizada en las primeras etapas de vida hacen pensar algunas cosas sobre la tragedia de la existencia y los descosidos que inundan el tapiz del universo, hermoso sobre todo en sus superficies desiertas o en firmamento perlado de estrellas muertas. Si el sufrimiento aparentemente azaroso es el mayor problema del que tiene que dar cuenta el teólogo, la vida animal en la naturaleza habrá de ser, sin duda, la piedra de toque de toda su justificación, sea ésta cual sea.

272

“Amo a quien me ama, odio a quien me odia”, se dice a sí misma cada criatura; el Sermón de la Montaña, por mucho que lo pronunciase el mismísimo Señor, no puede lograr que en grandes proporciones olviden los pueblos, las familias y los individuos el principio de reciprocidad y compensación, que parece gobernar tantas y tantas fuerzas en el orbe.

273

Un día sin vigilar las propias faltas es casi un día perdido si no se han prodigado los aciertos en una mayor proporción.

274

Carece de importancia un problema al que no prestasen atención los antiguos griegos.

275

No es la vida lo que echaremos de menos en el lecho de muerte -si contamos con un lecho en el momento-, sino un sentido comprensible que haga de la muerte un capítulo final y no el final abrupto que sufre la novela a la que un analfabeto arrancó bruscamente las hojas.

276

La belleza nos seduce para que la seducción nos haga bellos.

277

Muchos hombres incrementan su bondad hasta un determinado punto, hasta una jornada a partir de la cual su inteligencia, su pereza o su miedo no permitió proseguir. Pero mantener el territorio ganado, vencer la tentación de ceder y de probar nuevas emociones en ámbitos diferentes, eso tiene un valor comparable a la crianza de nuevas virtudes. No se puede pedir a nadie que se haga infinito; sí se debería recomendar, sin embargo, que el bien no pierda su pie en la corte de sus preocupaciones.

278

Nuevas mentiras también descubren nuevas verdades, al menos en la medida en que a toda afirmación corresponde una negación que la rechaza.

279

Música y pintura deleitan a los cultivados, pero la arquitectura debería ser antes que las otras cuestión nacional por su manera de imponerse a todos, nobles, burgueses, religiosos y tercer estado, afectándolos de un modo u otro.

280

Friccionar con gran fuerza los músculos y tendones cuando duelan si no es justo tras un golpe, aplicar apósitos de ajo en las infecciones de hongos y exponer extensamente la zona al sol, untarse con vinagre para ahuyentar a los mosquitos, comer alimentos fermentados para evitar hongos y cúrcuma para los restantes gérmenes, nunca vestir ropa interior mojada, beber un vaso de agua en ayunas para prevenir el estreñimiento, tomar jengibre en infusión ante resfriados y malas digestiones, desinflamar con hielo las contusiones… remedios ancestrales que deberían mantener alejados a los médicos durante un considerable periodo de tiempo.

281

Comprenderíamos a todo necio si comprendiésemos toda nuestra propia necedad.

282

Lo más probable es que con religión no vayamos a ninguna parte. Lo que es probable es que sin ella vayamos derechos a uno o varios infiernos.

283

Tengo tanto respeto a la ignorancia humana en torno a las estructuras elementales de la materia que cualquier afirmación sobre ellas, por fantasiosa que sea, me parece motivo de reflexión y una posibilidad tan plausible como cualquier otra que la contradiga, y ello también porque, a decir de los físicos, no hay nada más contradictorio que las composiciones ínfimas de los átomos. Y, si lo elemental es tan absurdo, tan misterioso, ¿qué no decir de lo visible o, todavía más, de las ilusiones de las almas? Los dioses que lanzan rayos, la sincronía entre partes distantes del cosmos, la reencarnación, la mente universal, los milagros, la justicia divina… pliegues superpuestos de los mundos que se confunden y que a menudo tomamos por uno solo, sin que sepamos de cuántos se trata y en qué modo se reproducen o se contraen.

284

Hay un momento en que el vicio se cansa de sí mismo, y la perspicacia de su esclavo lo llevará hasta su antídoto de forma bastante natural, si lo ayuda con esfuerzo, que nunca sobra. Se puede, por ejemplo, dejar de envidiar por envidia a quienes no envidian.

285

He llegado a la penosa conclusión de que nada me preocupa más que el dolor físico, propio y ajeno. Ése es el motivo último de todas mis excursiones por la filosofía. Y, sabiendo lo que sabemos de las peripecias del pasado, el presente y el futuro, es la más clamorosa y exigente de las preocupaciones.

286

La visión de una nube en el cielo siempre me ha llevado a más pensamientos sobre la belleza, la contingencia de las formas y la naturaleza última de las cosas que ningún libro escrito en mi siglo.

287

Se detecta una mínima partícula de amor puro por alguien cuando no estaríamos dispuestos a conceder su suplicio, su muerte o su condenación póstuma siquiera a cambio siquiera de nuestro bienestar eterno. Se detecta un amor infinito cuando estaríamos dispuestos a ser nosotros los ajusticiados para coronar la eternidad del amado.

288

El mundo se encamina por derroteros tan opuestos a mi sensibilidad que a menudo me resisto a atender las enseñanzas que aquél es todavía capaz de ofrecer. Nada más estúpido que permanecer en el siglo volviéndole la espalda.

289

Es fácil el éxito pecuniario si se renuncia a todos los demás éxitos que agradan al corazón. En cierto modo, se es un fracasado si no se fracasa en una sociedad fracasada.

290

Regalad, auxiliad, conversad, confesad, escuchad, leed, cantad, abrazad, celebrad, preguntad, contemplad, imaginad, labrad, nadad, reflexionad, amad, aceptad. ¿Hay fórmula más directa para obtener una felicidad más que aceptable?

291

Quien no se ve reflejado en cualquier animal, grande o pequeño, inteligente o tonto, expresivo o mudo, no ha entendido la naturaleza de la compasión ni, sobre todo, la suya propia.

292

El Averno no está en intangible distancia fuera del tiempo, sino en las guerras actuales, en la conciencia de los dementes y en los mataderos.

293

No hay grandes religiones más ciertas que otras si lograron pacificar completamente a numerosas almas. Tampoco un mapa es más cierto que otro: el buen mapa es que el llevó a la meta, aun suponiendo que estuviese poblado de garabatos fantásticos para no asustar al viajero o, al contrario, para convencerlo del peligro de desviarse. Sí que es cierto que no todos los credos admiten abiertamente -fuera de unos pocos santos- que, llegados a la última etapa, se ha de olvidar todo dogma para traspasar el último umbral; pero esto tan solo interesa a quien llegó tan lejos, y, al ser pocos y lúcidos los que arribaron, casi siempre acaban dando intuitivamente con esa verdad secreta.

294

Curiosa mezcla de alegría y tristeza el encontrar autores o caracteres compuestos por fuerzas increíblemente similares a las mías en su proporción mas dirigidas a objetivos tan dispares. Dos corredores igualmente rápidos y audaces pueden acabar en los puntos más alejados si toman caminos opuestos. El entendimiento, no obstante, es posible en la evaluación del conflicto inicial, en la descripción del punto de partida.

295

Se desequilibra y cojea cualquiera que no cultive al mismo tiempo músculo, pensamiento y virtud.

296

En honor a Diotima, reconozcamos que nunca está tan decidido un hombre a amar al mundo como cuando ama a una mujer.

297

En cierta manera, un zapatero sabe más de los hombres reflexivos que ellos mismos, pues, mientras éstos creen definir sus mayores necesidades con grandilocuente vocabulario, aquél sabe perfectamente que más necesitan de unos zapatos.

298

La fe sirve a los dioses, la superstición sirve a los genios locales, la incredulidad sirve a los demonios.

299

Aunque os hayáis equivocado de siglo al nacer ahora, reconoced que permanece en éste y en el mismo grado aquello que hace de cualquier siglo una portentosa oportunidad para la purificación, para el aprendizaje o incluso para el placer: la humanidad.

300

No habría que preguntarse hacia qué naturaleza dirigir nuestra alma, sino en qué tipo de alma configurar nuestra naturaleza.

301

Desde que los banqueros, a fin de no empeorar su imagen de poco compasivos, permiten a los mendigos dormir a la puerta de sus sucursales, huelen éstas a podrido en todos los sentidos de la expresión.

302

Ningún sistema moral o político cierra el círculo, sin que ello impida que muchos sistemas no lleguen a cubrir ni siquiera noventa grados.

303

Es sumamente preocupante que una ciudad moderna, altamente racionalizada, con recursos, supuestamente dirigida por individuos educados, es incapaz de satisfacer con eficacia la gestión de muchos de sus barrios, incluidos algunos de los más visitados; es, digo, sumamente preocupante, no ya por esos barrios, sino porque, si se fracasa en algo tan sencillo con tanto viento soplando a favor, ¿qué no será de las naciones, del respeto a la naturaleza, de la distribución de justos beneficios, de la humanidad?

304

Es común negarse a reconocer un bien que resplandece sin tramoyas ante sus ojos, y es actitud tan propia de rigoristas que desconfían de cualquier satisfacción como de quienes se han comprometido con la coherencia en su visión trágica sobre la incoherencia de todas las cosas. ¡Qué bello sería no temerse a uno mismo y no embellecer el temor!

305

Nos seducen las aflicciones tanto como los placeres; nos sentimos huérfanos sin la sístole y diástole de la vida, como si temiésemos que se nos fuese a detener el corazón al abandonar el enloquecido juego.

306

Sabemos más de lo que nos gustaría y menos de lo que nos conviene. Solamente en el ámbito perfectamente profano se produce la sensación de que lo cierto es lo contrario.

307

¿Cómo puede un solo beso ensombrecer nuestra filosofía e iluminar nuestra sangre?

308

La inspiración del talento no consiste más que en caldear la cabeza mediante recuerdos, esperanzas, muchas lecturas mezcladas, o aislamiento y sociabilidad rápidamente alternadas. El momento más propicio es el que sucede a una conversación profunda, al recibimiento de una noticia dramática, al sentirnos enamorados, al alba, en mitad de la noche junto a una vez y música íntima, en el campo abierto, etc.

309

Antes de declarar un amor conviene pensar en el deber de darse a los demás y en la inanidad de todas las cosas: así seremos de una dulzura pura y firme al mismo tiempo, y causaremos mayor impresión, amén de que saldremos con buen pie de cualquier consecuencia en que vaya a parar el galanteo, convencidos como estaremos de que tanto nosotros como la persona amada habremos actuado cada uno de la manera adecuada, natural, inevitable, inofensiva.

310

De entre las infinitas observaciones sutilísimas de La Bruyère sobre el amor, recuerdo ésta: “Para el que ama mucho es una dulce venganza hacer, por todos los medios, de una persona ingrata, una muy ingrata”. Hay, ciertamente, una vanidad discreta pero de núcleo ardiente en desear lo mejor a quien no nos lo desea tanto, a fin de merecer uno lo mejor. Triste generosidad.

311

En el carácter celoso se observa a la vez una melancolía infantil, una ira juvenil y una ignorancia impropia de la edad madura. En el no celoso acaso aparecerá tan sólo la melancolía del exiliado.

312

Claudiquemos antes de llegar a considerar que triunfar implica perderle respeto a la honorabilidad de ciertas claudicaciones.

314

Probablemente el rostro más bello del planeta esté acarreando piedras en algún lamentable rincón de Asia; la inteligencia más portentosa esté ocupada en labores de bracero; la mayor bondad esté olvidada más allá de su comarca; y con esa falta de oportunidad nos hemos premiado los hombres a nosotros mismos, y con ello hemos de convivir.

315

Sabéis que sabéis lo que sabríais saber mejor.

316

La verdad duele… duele en la herida que causó la falsedad.

317

¿Cómo salvarse? Acaso renunciando a la salvación sin renunciar a los no salvados.

318

Dos y dos son cuatro, salvo error u omisión.

319

Una vez ha amanecido, los demonios y los ángeles que revolotean en torno al ánimo se van a dormir un rato, dejándonos a solas con nuestro ímpetu.

320

No hay que congraciarse con el destino, pero sí con las leyes que lo rigen o nunca lo tendremos bueno.

  

321

Presentar el problema en toda su crudeza es primer capítulo útil de un método, pero glosarlo sin cesar acaso sea adicción perversa.

322

Nada hacemos en exceso las personas pretendidamente decentes, salvo cultivar el amor propio, causa de todos los excesos cuando no se pretende siquiera aparentar decencia.

323

El descenso al Infierno es útil por ganar fuerza determinación en buscar el Cielo. A falta de un Cielo en el que creer, la estancia en el Infierno ha de evitarse de todo punto, a riesgo de no encontrar la salida ni una razón para buscarla.

324

Una de las razones por las que adoro a los literatos aficionados del gran siglo es que, gozando de intensa vida y cultura, suelen escribir sobre sí mismos, transmitiéndonos el punto en que ambas facetas coinciden y el punto en el que chocan y se duelen.

325

Sorprende sobremanera ver cómo hombres maduros, con gran cultura y humanidad, con tesón y saber hacer, fallan en algún principio esperable hasta del más bobo. ¿Quién no conoce casos de maridos que renuncian a familia y amigos por satisfacer el capricho envidioso de la esposa? ¿No han aprendido que la compasión exige a menudo no ceder a las alucinaciones del enfermo, y que a nadie beneficia desnutrir de tal modo el carácter, y que ningún autor recomienda sustituir justo afecto por obediencia estulta, y que no es siquiera de buen jugador levantarse bruscamente de la mesa y abandonar la partida? Ni un mal consejo, ni la comodidad de evitarse enfrentamientos diarios, ni agradar a quien le queda mucho por aprender, ni desde luego el qué dirán, son motivos suficientes para faltar el respeto a todas las partes implicadas. Y eso habiendo dado mayores muestras de grandeza en incontables ocasiones. En ese comportamiento se percibe una falta de inteligencia, o una falta de memoria por no recordar alguna de las primeras lecciones de la vida, de la que se marcharán con deformado expediente, como si un noble caballero de cincuenta años olvidase un buen día que hay que saludar al entrar en los sitios o que, además de amar a los enemigos, hay que amar a los amigos.

326

No vemos que quien haya leído vorazmente a Aristóteles o a Kant sea claramente mejor persona, ni más prudente en su forma de tratar a los demás, ni más lúcido a la hora de captar las motivaciones del corazón humano, con sus bondades y tinieblas. A menudo vemos lo contrario. Lo mismo, además, puede decirse respecto de los idólatras de Homero o de Molière. Sin embargo, se ven entre quienes repasan versículos evangélicos o epístolas paulinas muchas almas dulcificadas por la paciencia, por la magnificencia o por una alegría sin soberbia. Lo que está en juego en una buena homilía es infinitamente más vívido, más ardiente y más más exigente que lo que cualquier filósofo o poeta pagano haya querido convertir en catecismo sin convencer del todo a nadie.

327

¿Os presentáis a un cargo público? Preparaos para el juego. En primer lugar, organizad vuestra trayectoria desde bien jóvenes: no os distraigáis con estudios demasiado variados o con el placer de la lectura inútil. Después, llegado el momento de la competición, haríais bien en afear los actos de los demás candidatos, en protestar si tienen éxito, ocultarles la información que vosotros manejáis. A ser posible, vivid de vuestra familia, no trabajéis, sacrificad amistades y obras de caridad, a fin de tener tiempo para estudiar y reunir papeles sellados. Sobre todo es imprescindible que dediquéis la mayor parte de vuestras energías a cumplir con trámites absurdos sin más finalidad que descartar a todos los que no tengan tanto interés en sí mismos como para relegar a un segundo plano el arte o talento por el que optaban al puesto. En última instancia, tened buenos amigos en las inmediaciones del tribunal u otros los tendrán por vos. Soñad día y noche con espíritu mezquino. Así es como las luces que acaudillan a nuestra nación deciden escoger a los más mediocres para servir al pueblo bajo sus auspicios. Una vez escogidos, podrán éstos olvidarse incluso de las exigencias, absurdas o no, seguros como están de que la república les concederá una buena paga vitalicia por incumplir las tareas definidas en los decretos, más que olvidados, que otrora memorizaron mejor que nadie.

328

Como dicen, comprenderás más en otra vida; por ello, harías bien en comenzar esa nueva vida ahora mismo, en este mismo cuerpo, con el mismo nombre por el que te llaman.

329

Nos acercamos a la muerte como si no fuésemos a sentir un vértigo cual ningún otro cuando atravesemos su umbral, cuando maldeciremos algunos o muchos de nuestros pasos previos. Amamos con estudiada parsimonia, como si no fuese en el derroche donde caminaríamos con total despreocupación por nuestras heridas y no fuese allí donde quedará enmarcada la admiración de los demás por nuestro recuerdo. Hablamos como si no dudásemos y pecamos como si no tuviésemos certeza de la melancolía que brotará insidiosa al instante siguiente. Reímos como si no supiésemos llorar, y lloramos como si no pudiésemos reconocer la vanidad de las cosas, como todos hemos hecho más de una vez. Lo hacemos todo para ganarnos un título en jadeos, una mención en acercamientos fracasados, victorias pírricas con sabor a ajenjo o a algo mucho peor.

330

Una doncella no nos hace caso: se muestra, revolotea, se aleja. Nos deja con sudorosas meditaciones y lánguidas nostalgias mientras ella duerme a pierna suelta. ¿Y bien? ¿No es una ciudadana libre? Tiene tanto derecho a enamorar y no amar como nosotros a desear haber nacido con su natural, con su arte innato para reposar en los mismos derechos que a nosotros, poseyéndolos en igual grado, nos atormentan.

331

La calidad humana se detecta bastante bien según el trato con el vecino.

332

A tantos miramientos, tantas fantasías. Ser de pensamientos en exceso prudentes y observadores puede ocultar intenciones dispersas, ambiciones desmedidas, heroísmos por nacer.

333

Pienso en un hombre con algo de inteligencia, con otro poco de fuerza, ciertos sentimientos encontrados y un punto de malicia. Se maneja por el mundo haciendo cada día lo que puede por estar en buena posición, sin que falte nade de lo que los demás defienden y celebran: ni carruajes, ni buena ropa, ni ingresos, ni sucesivas amantes, ni viajes, ni la linterna mágica de moda… Nada falta en su haber, en su búsqueda diaria o, al menos, en su aspiración. Reconoce de pasada la belleza de unas palabras o de una fina música: la olvida pronto. No queriendo tomarse demasiadas confianzas con los anhelos más profundos y meditativos de su alma, se esfuerza por proseguir a buen paso. Conoce a un caballero, conversa con otro; con todos se lleva bien, con ninguno se detiene a confesarse ni a escuchar confesiones. Pasa entre los amigos sin conocerlos y entre los necesitados sin dar apenas nada. Con dificultad y poco interés conoce los dramas de su propia familia. Nada deja huella en su mirada, nada lo hará recogerse durante un par de días si no es el modo de recorrerlos con más peripecia y renta, no variará el ritmo por ninguna cavilación que no sea la enfocada a acelerarlo. Desea a las mujeres, a veces hasta se enamora, pero rápidamente las anula convirtiéndolas en recuerdos que no consultará nunca. Dice en el foro lamentar la justicia que se ausenta de su pequeño mundo sin que nunca la haya perseguido desde su adolescencia, a no ser para él mismo. No le interesa no ser menos, sino aparentar ser más. Ese hombre se mide en su propio espejo, aprovecha los plazos cortos, quita hierro a la historia y las costumbres de los pueblos, decide por cálculo o por avidez, arrincona a todo el que no proporcione cetros, monedas o placeres. ¿Quién no conoce a alguien así? Más aún: ¿quién no se ha reconocido en ese retrato en diversas noches tranquilas, cuando el movimiento de la plebe lo ha dejado de arrastrar por un momento, cuando ha detenido en seco su avaricia sin porqué, cuando se ha visto convertido en lo que despreciaba?

334

Una de las ventajas de haberse curtido en bastantes decepciones es el tener ya muy ensayada la sonrisa. También puede llegar a volverse una de las mayores desdichas.

335

Me temo que, al igual que la realidad -y acaso sea lo único en que se le parece-, mi doctrina que queda conformada por mis opiniones ya no se deja atrapar fácilmente. Lo único de lo que nunca dudo es de la necesidad de profundizar en la virtud, en todas las dimensiones de la palabra; lo demás lo tomo por provisional.

336

A nadie dice apreciar tanto la nación, desde el soberano hasta el pueblo, como a quien se dedica a aliviar sufrimientos… y a nadie se le premia menos, se le ponen más obstáculos y se olvida más rápidamente.

337

Uno debería acercarse a la verdad por el atajo que lleve a encontrarla de frente, y no siguiéndola por detrás, como recogiendo su caduca estela; más vale aprender con trabajo que demasiado tarde.

338

Bastante tenéis vos con una única tarea, una evidencia moral, un mandato divino, que exigirá todas vuestras fuerzas: siempre podréis amar más.

339

La moral profana convence más o menos a todos. La moral religiosa convence a los que están dispuestos a actuar.

340

Antes moriríamos que aceptar un lance de honor, o que disciplinar nuestra muelle avidez cotidiana, o que llevarle la contraria a quien juzgamos herido por nuestros antepasados.

341

El varón saca fuerzas de su propio deseo insatisfecho; la mujer las saca del deseo ajeno. Él ha de defender con violencia las fronteras; ella defiende las fronteras de la violencia. Él ha de conquistarla a ella y ella ha de conseguir que no pase a conquistar a otras. Él ama a la mujer como raza, pero ella ama a un individuo con nombre. Él quiere dejar libres sus grandes aspiraciones, mientras que la aspiración de ella es hacer algo más grande su libertad. Y, antes que la libertad, él buscaba la grandeza llameante y ella la integridad apacible del conjunto; él anhelaba rozar el todo y ella abrazar una parte. Él no puede mostrar sentimiento de debilidad; ella está obligada a hacerlo. La maldición del uno es su músculo y el miedo que infunda; la de la otra, su debilidad y el placer que prometa. La cabeza masculina se caldea en la exploración, y sus manos en la batalla; la cabeza femenina hace lo propio en salones y alcobas, pero caldea sus manos en la cocina. Para un gentilhombre, el hogar es su punto de partida; para una dama, la distancia más lejana a la que podrá llegar.

342

Los gestos de una mujer siempre han estado medidos: cualquier paso en falso podía resultarle fatal. La mujer  ha de escoger una sola vez al padre de los hijos que ya nunca se le despegarán, ha de evitar dar el más mínimo motivo a los hombres de su alrededor para que la repudien o la lapiden, había de garantizar por tretas y medios indirectos gozar de herencias y seguridades que la jurisprudencia abierta le negaba; y todo ello contando con el tiempo en contra, sabiendo que una edad con una belleza en declive dificultará sus probabilidades de triunfo en todas aquellas trincheras. No se le podía reprochar, por lo tanto, que se conformase con buenos partidos antes que con el apasionamiento o que hiciese de la habladuría su proyectil preferido para apartar a abusadores y competidoras. Y, entre las prohibiciones de la sociedad, la astucia que precisó para eludirlas y el amor que repentinamente lo hacía estallar todo por los aires, ¿qué espacio quedaba en la mujer para dedicarse a discernir las configuraciones de los mundos, las propiedades de los números o la eficacia de las repúblicas? Si no suele suele dedicarse al pensamiento más técnico es por costumbre de tener que dedicar su inteligencia a lidiar con costumbres que la gravaban por ser mujer. Eso sin negar la fluidez atávica de su sangre hacia la seguridad o la imposibilidad material de leer libros por imposición de decreto.

343

Es común aducir que nada importa nada. Otro tanto es decir que sólo importa el placer. Por último, hay quienes piensan que lo único verdaderamente importante es no sufrir. Ésta última opción parece la menos insensata, toda vez que sin su cumplimiento uno no lograría asumir las otras posibilidades. Ante una angustia leve, alguien puede sentir la falta de sentido de todo; pero ante una gran angustia se siente un sentido brutal con todo su insufrible peso.

344

Me pregunto si no será más importante el derecho a asistencia -conveniente a todos los seres animales- que otros derechos reclamados por primera vez por la burguesía ilustrada. ¿Es más importante el derecho al cuidado médico o el derecho a la libertad de expresión? Un ciervo o un pigmeo lo tendrían claro si supiesen discriminar cabalmente, pero entre europeos podrá haber discrepancias; y entre éstas perecerán, seguramente, todos los derechos.

345

Los que con más énfasis alegan que el vicio solamente es vicio en función de la actitud suelen tenerla mala.

346

Restañar la fractura de un pueblo conlleva el paso de varias generaciones esforzadas, mientras que producir la fractura  precisa de una única generación ociosa.

347

¿Cómo no va a ser feo el mundo si lo que ahora se considera dignidad y libertad no era considerado en otros tiempos sino vergüenza e incontinencia respectivamente?

348

Un pueblo solamente desea estar en paz con otro si no admite presencia de uno en otro ni para bien ni para mal; o, aun mejor, si, admitiéndola, tolera los matrimonios mixtos sin imponer conversiones, y si no castiga la apostasía ni el libre acercamiento a la moral ajena. Todo lo demás es engañifa que no engaña a nadie y que, sin embargo, se terminará por imponer.

349

El estudio de las letras nos permite reducir el número de nuestras contradicciones verbales, pero puede multiplicar las de nuestro pensamiento, y, por supuesto, no tiene por qué alterar significativamente las de nuestros actos.

350

La sensación de culpa histórica por los errores de nuestros antepasados puede desembocar en los mayores errores futuros; en nuestra penitencia llevamos nuestro pecado.

351

Si una mentira repetida mil veces acaba tomando visos de verdad a ojos de los más, no es menos cierto que una verdad otras tantas veces cacareada puede acabar siendo tomada por falsedad. Hay, por ejemplo, un desprecio a la figura de Jesús por muy simple y evidente que sea el centro de su mensaje, y se produce ese desprecio únicamente porque se trata de una figura que ha sido demasiado amada.

352

Las naciones modernas aspiran a un imposible: que legiones de comunidades no occidentales, incultas, desenvueltas en la picaresca a la que aboca el hambre, pasionales, de costumbres simples, acostumbradas a fuerzas de conquista o a la sumisión resultante, e insensibles a todos los éxitos culturales de sus anfitriones, que esas legiones lleguen y se domicilien en los territorios extranjeros, y que aplaudan todos los intentos cívicos y legales por reducirlas a un pequeño rincón en el que no hagan ruido, en el que armoniosamente vayan aceptando un patrimonio que no sienten como suyo y que, en el fondo, les asquea. Los nórdicos no conciben el modo de pensar de los bárbaros, porque en realidad les aterra que haya quien pueda tener tal modo de pensar, falaz, rudo y cainita, un modo de pensar que tira por tierra una buena parte de los presupuestos ilustrados de racionalidad y buena fe entre seres humanos; en cambio, los bárbaros conciben perfectamente el modo de pensar de los nórdicos, porque conocer la debilidad dialéctica del otro es el primer artículo en el prontuario de los pueblos que aún conservan el espíritu de conquista. No hay que ser muy inteligente para saber cómo concluirá tal desequilibrio.

353

La ley no es respetable porque sea acertada -cosa que a menudo no es-, sino porque elude la incapacidad humana para consensuar matices dependientes de cada situación; no es la clave de la justicia, sino un corrector de la envidia.

354

Hemos dado de nuevo en una cultura del honor, donde cualquier cosa parece ser una ofensa. Pero, a diferencia de la edad de los lances y de los mosqueteros, ahora ya no se considera que la defensa en primera persona sea requisito imprescindible para restaurar el honor cuestionado; por el contrario, ahora se cree en la paradoja de que una autoridad, un gobierno o un juez pueden y deben cuidar nuestra fragilidad de aquellos que precisamente nos acusan de ser excesivamente frágiles. Somos demasiado sensibles como para hacer oídos sordos a quienes nos desprecian, pero demasiado despreciables como para oponernos valientemente.

355

Una nación está enajenada o muerta cuando tiene en su agenda cultural el cuestionar diariamente la naturaleza y los límites de su soberanía.

356

No nos ayudará ningún sabio a salvarnos porque a ningún sabio acudimos.

357

Los pueblos nunca han pensado en la tercera o la cuarta consecuencia de sus decisiones. Pero en sus golpes de timón antiguos luchaban por causas cuyos entresijos, desconocidos por los más, pensaban por el pueblo. En las guerras de religión se luchaba por odio o por orgullo, pero la fe vencedora -calibrada entre siglos, códices y meditaciones monásticas- se ocupaba de hacer florecer un nuevo equilibrio. En cambio, en las revoluciones seculares, perseguidoras todas ellas de libertad y autonomía, el resultado está totalmente por definir, y el pueblo sigue teniendo la tarea de templar, afinar y macerar sensatamente, por sí mismo, el juego de fuerzas y mecanismos -tarea que sobrepasa todas sus posibilidades.

358

Los literatos de hoy parecen limitados a sugerir vaguedades a partir de la vulgaridad cotidiana.

359

Habitualmente eludimos a quien nos ama o estaría dispuesto a amarnos, porque lo sentimos como una gran responsabilidad. Es mil veces más habitual y tranquilizador el dejarse usar moderadamente a cambio de un permiso para hacer otro tanto en correspondencia.

360

Con la posible excepción de los mandamientos, ningún aforismo ha cambiado verdaderamente el mundo ni ningún mundo cabe en el aforismo. Lo mismo podría decirse de un tratado o de una ciencia. Todo lo que tenemos es la posibilidad de destrenzar paso a paso la oscura melena infinita de la noche sin fin en la que habitamos y suspiramos.

[Música: Los dos cortes aquí presentados abren y cierran el periodo de máximo esplendor de Francia. El primero es la Feste champêtre del libro IV de las Pièces de viole de M. Marais (1717). Y, cerrando la colección, Hyacinthe Jadin, Cuarteto de cuerda Op. 4 No. 1. II. Rondeau. Allegro. (1798). Ambos ejemplos recogen bastante bien el paseo de la nación a través de la Ilustración, desde las pasiones obsesivas, bellamente dispuestas, a la subordinación al orden liviano del cosmopolitismo galante, ya algo cansado, en los albores de la República.]

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Zenón el estoico dice que la tierra surgió como sedimento a partir de lo húmedo, y que en tercer lugar nació el amor, con lo cual secluye el verso transmitido.

Escolios a la «Teogonía» de Hesíodo 117 (SVF I 105); trad. A. Cappelletti.

 

Your virtue is my privilege: for that
It is not night when I do see your face.

[Tu virtud es mi dispensa: por ello
no es noche cuando veo tu rostro.]

W. Shakespeare, Midsummer Night’s Dream 2.2

 

 

A mi otro yo, que respira en todo aquel ser que respire.

 

Tras eones de irrecusable caudal, he llegado hasta ti. Tras ruedas de renacimientos precipitadas sobre las laderas de eternidades que acaso nunca sepamos descifrar, he llegado hasta ti. Con bagaje de cien mil comienzos, sobre atracciones y repulsiones prolongadas durante las vidas de muchos dioses, en una desnudez golpeada por metamorfosis sin cuento, aquí he llegado, ante ti. Una ignorancia supina de todo mi abolengo no me impide reconocer atisbos de orígenes -ignoro si ilusorios- de los que no me quiero enorgullecer pero que me hermanan con todas las hermandades posibles. Me veo reflejado en la misma danza de los elementos que orquesta a los vientos, a los mirlos, a las guerras y a los dictámenes de los astrónomos. Tengo el sabor del verso, del mercurio y del azufre, de la doncella y de su horrendo violador, del martillo y del trébol, del santo que no regresa, de la mirada que se nutre de fenómenos, de la conciencia que procura retirarles los antifaces.

Y te observo a ti, reflejo sobre el vidrio de la esfera del Todo, esmeralda hallada entre bosque de anonadados rubíes, naufragio entre veleros, y te descubro: también tú has recorrido los mismos paisajes. También tú te has apeado en los mismos caladeros, en los mismos enigmas, en las mismas transmigraciones, en las mismas galaxias; te has retorcido en parejas amarguras, en simétricos tejidos de víscera y sangre enamorada. Y al verte me animo a imitarte y a ser imitado en lo bueno, y lo bueno no es sino lo que hace que las partículas del calor metafísico y la buena fe, y el hidrógeno y los neutrinos que circulan entre nuestros seres, brillen de nuevo, transparentando estructura y materia, y no de otro modo entiendo la virtud.

Lo reconozco: nada hay más común entre rapsodas que referirse a la arcilla o mármol común de los que el estilete demiúrgico rescató las formas. Pero, por ser común, es también un rasgo más de ese idéntico barro edénico que nos late dentro, un recuerdo más del instante primigenio cuya melodía tarareamos con más o menos acertada afinación. Sí, amigos, recordemos -aunque sólo sea una vez más antes del pequeño desastre que nos cortará el aliento durante algunos centenares de milenios- ese instante en que fuimos amasados a partir de un polvo estelar que tal vez no fue sino una posada en un viaje sin origen, una morada a la que regresaremos un día para hallar algo más de dicha, algo más de sabiduría, o para proseguir en un flujo sin fin, como el llanto de un cíclope cósmico, o como el estanque circular sobre el que flota un pensativo cisne inmortal.

Allí, de uno u otro modo, nos reencontraremos. Y nos sonreiremos, no con menor ternura que dos elfos saludándose en un sueño de una noche de verano.

 

[Música: Final de la música incidental que en su Op. 61 compuso F. Mendelssohn para Midsummer Night’s Dream de Shakespeare (aquí el libreto completo). Entre sus últimas palabras, Puck da el consejo tradicional y feérico de tomar por tejido de sueño todo lo que suscite ofensa: “If we shadows have offended, / think but this, / and all is mended, / that you have but slumber’d here / while these visions did appear”.]

Gravitas

Quae dicitur levitas relativa, non est vera levitas, sed apparens solummodo; et oritur a praepollente gravitate corporum contiguorum.

[La levedad relativa no es verdadera levedad, sino sólo aparente, que brota de la gravedad preponderante de los cuerpos contiguos.]

R. Cotes, Prefacio del editor a la segunda edición de los Philosophiae naturalis principia mathematica de I. Newton (trad. A. Escohotado)

 

Quicquid premit vel trahit alterum, tantundem ab eo premitur vel trahitur. 

[Cualquier cosa que arrastre o comprima a otra es igualmente arrastrada o comprimida por esa otra.]

I. Newton, Philosophiae naturalis principia mathematica (Axiomata Sive Leges Motus: Lex III [trad. A. Escohotado])

 

Ideas habemus attributorum ejus, sed quid sit rei alicujus Substantia minime cognoscimus.

[Tenemos ideas sobre sus atributos, pero no conocemos en qué consiste la substancia de cosa alguna.]

I. Newton, (Ibid. 2ª ed., Scholium generale [trad. A. Escohotado])

 

Los tonos más graves, más serios, son por ello mismo los que más nos arrastran hacia la tierra. Tanto más contundente es un peso cuanto menor es su capacidad de alzar el vuelo. Pero la ligereza descontrolada propicia la dispersión estratosférica, la ausencia de todo vector y el ahogo en los climas superiores, donde el aire irrespirable conduce a una muerte dolorosa. Habría que mantener, pues, un equilibrio entre densidades. Habría que levitar a medio palmo del suelo y desplazarse así sobre el mundo, sin dejar de prestar atención a las incongruencias cotidianas, sin dejar de resbalar sobre el aire y sentir la grata sensación de la torsión sin rozamiento. No es que sean despreciables la entereza plúmbea o la concentración suprema en el Absoluto; de hecho, contribuyen a la fortificación centrípeta de lo mejor de nosotros mismos. Pero cualquier gimnasia que pierda el pulso a la vida se aboca ella misma a la descompensación de sus potencias, a la sobreactuación, al derroche de lo superfluo y la poquedad en lo importante. Igualmente es preciso respirar entre contracción y contracción, o se está tentando al agarrotamiento y el desgarro. Los músculos de la virtud no son muy distintos en su mecánica a los del cuerpo.

No se puede y no se debe escapar de la gravedad. Cualquier relación entre dos cuerpos implica atracción gravitatoria, e incluso la repulsión no es sino un empujarse sobre el objeto para repelerlo; los golpes son otra forma contacto y compresión entre elementos, si bien una forma lamentable. Pero, si la frivolidad es prescindible, no lo es la amenidad. Si la primera es un forcejeo por mariposear, la segunda no brota del voluntarismo, sino de que el centro sobre el cual orbita suelta su soga gravitatoria, como el padre que ya confía en la autonomía relativa el vástago. La buena ligereza de espíritu comparte con el satélite su lealtad prudente, su elipse equilibrada y estacional, su periódico acercamiento, que no es sino veneración con tranquilidad, respeto con aplomo, amor con elegancia. Habría que ser, pues, como el ave, que flota sobre el mundo y se alimenta de todos los niveles; como el albatros, que estudia todas las fuerzas y las compensa, y de ese modo permanece estático, suspendido en la atmósfera en perfecta economía, desde que aprendió a planear contra el viento y contra la gravedad.

 

[Música: E. Rautavaara, Cantus Articus. I., para orquesta sinfónica y pájaros.]

Aceptarlo todo es un ejercicio, y robustece; entenderlo todo es una coerción, y fatiga. […] El poeta no pide más que tocar el cielo con su frente. Pero el lógico se empeña en meterse el cielo en la cabeza, hasta que la cabeza le estalla.

C. K. Chesterton, Ortodoxia, 2

 

En la madre éramos humanos porque era nuestro manjar humano, en el mundo éramos mundanos porque nos manteníamos de lo mundano, mas en Dios seremos divinos, porque nuestro cebo será divino.

B. Pérez de Chinchón, dedicatoria de la Preparación y aparejo para bien morir (trad. de la Praeparatio ad mortem de Erasmo de Rotterdam)

 

El cerebro busca la recompensa en cada acción, más cuanto más vital sea ésta. Cuando dejamos de comer, el cuerpo genera una gran demanda de hormonas del placer en dirección al aparato digestivo en aras de tenernos refocilándonos sobre el alimento al fin. Una vez cumplida la experiencia, se nos premia con el gozo. Estar iluminado no es más que extender esa recompensa a todas las acciones. Una hipófisis invencible y autorregulada esconde las hormonas del Nirvana. No se trata, pues, de ser independiente de las circunstancias, sino más bien de abrazarlas todas, aunque evitando a toda costa nutrir aquéllas que generen sufrimiento y confusión a otras mentes. Tampoco se trata de abrazar unas circunstancias de las que depender desesperadamente. Es por eso que la recompensa no puede provenir de una adicción, sea a la farmacopea, a la sensualidad o a la presencia de una persona concreta. Por ende, el estado de recompensa iluminada ha de ejercitarse, esta vez sí, al margen de las circunstancias; para ello se sirve únicamente del pensamiento, de la atención y de la producción de otros patrones consuetudinarios, es decir, de fórmulas puramente fisiológicas, ajenas a cualquier influencia exterior más allá del oxígeno y de las vitaminas. Se requiere, pues, de una sabiduría y de una predisposición del ánimo; se requiere, en fin, de una autonomía tal que pueda uno interactuar con cualquier elemento y cualquier entorno sin dejar de sentirse en casa.

Quizá sea ahora más difícil que nunca lograr esa sobreabundancia química, habiendo desvelado una gran parte de su secreto -parte material-, que parece oponerse a la imaginación motivadora. Pero quizá también sea más fácil por las oportunidades de la fase final del Kali Yuga, donde todos los avances y retrocesos se ofrecen veloces y donde la pertinencia de nuestras acciones se transparentan como el caos que nos inunda y nos amenaza como nunca.

[Música: M. Nyman, The Draughtsman’s Contract BSO (“Chasing sheep is best left to shepherds”).]

What though the radiance which was once so bright
Be now for ever taken from my sight,
Though nothing can bring back the hour
Of splendour in the grass, of glory in the flower;
We will grieve not, rather find
Strength in what remains behind;
In the primal sympathy
Which having been must ever be;
In the soothing thoughts that spring
Out of human suffering…

[Pues, aunque el resplandor, tan radiante antaño,
se aparte para siempre de mi vista,
aunque nada pudiera restituir
a la hierba su esplendor y su gloria a las flores,
no he de apenarme, más bien
hallaré fuerzas en lo que aún perdura:
La primigenia simpatía
que, habiendo sido, debe ser por siempre,
los apaciguadores pensamientos que nacen
del humano sufrir…]

W. Wordsworth, Intimations of Immortality from Recollections of Early Childhood 10 (trad. P. Mathews)

 

Cuando el destino me obstaculiza a través de las circunstancias, las atravieso elevando mi manera de vivir. ¿Qué puede hacerme así el destino?

Huanchu Daoren, Charlas de raíces vegetales (vers. T. Clearey y A. Colodrón)

 

Look out of the window: everything you see is frozen fire in transit between fire and fire. Cities, equations, lovers, landscapes: all are hurtling towards the hydrogen crucible.

[Mira por la ventana: todo cuanto ves es fuego helado en tránsito entre fuego y fuego. Ciudades, ecuaciones, amantes, paisajes: todo va lanzado hacia el crisol de hidrógeno.]

J. Fowles, The Aristos 1.42 (trad. M. Martínez-Lage)

 

Como el matiz cetrino de las últimas aceitunas que caen en el dominio del olivar; como el rocío extasiado y transfijo por el alba; como viento del que nadie conoce su comienzo y final; como el papiro que contenía una fórmula mágica sanadora y que quedó desintegrado entre las arenas de un desierto cien mil veces pisoteados al galope; como el imperio de la dorada Palmira que Zenobia contempló por última vez antes de huir hacia la ignominia y el Éufrates; como la danza cuya coreografía se olvida y desaparece de la humanidad por no haber quedado registrada en soporte alguno; como la mirada aterrada del animal bajo el cuchillo del matarife; como el esplendor de los bellos amantes de quienes apenas quedan tres muelas y una pelvis carroñada; como el sacro mandamiento velado por el declive de una civilización; como todos los gozos y pesares; como mis palabras y como las vuestras; como el encanto de lo más y de lo menos duradero… Así estallan y se disuelven todas esas cosas.

Todo está viajando hacia la reunificación: si no se acepta por las buenas, se producirá de un modo violento de todos modos inevitable. La única venganza posible reside en hacer de tal hecho el compás de nuestros amagos, en sincopar nuestro paseo en aras de reducir rodeos estériles y batallas contra las brisas. Cuando en la última noche todo se haya cumplido, cuando todas las miradas se vean puestas y emergidas en el Ojo de Dios, antes de que recomience el sentido de los mundos, en la hora sin hora y sin extensión, un vacío infinito vendrá a recordarnos -a nosotros, que ya no seremos tales- que optamos por la nada correcta. Sabremos, entonces, que nadamos en el saber en la misma medida que nada sabemos, que los cielos son reflejos del alma y ésta de aquéllos; y que la grandeza de los amores, anhelos, codicias, aversiones y agonías no es ni mayor ni menor que la de los gases y metales, ya descompuestos, amalgamados en abrazo final, o la de la brizna combustible del seco trigal a la hora en que el verano decide prologar con su insolar el fin de todos los centros y todos los círculos.

[Música: G. Gurdjieff y T. de Hartmann, 2.I.1927, vol. III, 1ª serie, No. 7, pno. A. Krenski]

 

 

I live in hazard and infinity. The cosmos stretches around me, meadow on meadow of galaxies, reach on reach of dark space, steppes of stars, oceanic darkness and light. There is no amenable god in it, no particular concern or particular mercy. Yet everywhere I see a living balance, a rippling tension, an enormous yet mysterious simplicity, an endless breathing of light. And I comprehend that being is understanding that I must exist in hazard but that the whole is not in hazard. Seeing and knowing this is being conscious; accepting it is being human.

[Vivo en el azar y en la infinitud. El cosmos se extiende a mi alrededor, prado tras prado de galaxias, trecho tras trecho de espacio oscuro, estepas de estrellas, tinieblas y luces oceánicas. No hay en ello un dios particularmente afín a mí, no hay un cuidado particular, una particular misericordia. Sin embargo, en todas partes veo un equilibrio vivo, una tensión que se ondula, una sencillez enorme y a pesar de todo misteriosa, una inagotable respiración de la luz. Y comprendo que ser es comprender que he de vivir en el azar, pero que el todo no está en manos del azar. Ver esto y comprenderlo es ser consciente; aceptarlo es ser humano.]

J. Fowles, The Aristos 1.76 (trad. M. Martínez-Lage)

 

λέγω γὰρ ὑμῖν ὅτι πολλοὶ προφῆται καὶ βασιλεῖς ἠθέλησαν ἰδεῖν ἃ ὑμεῖς βλέπετε, καὶ οὐκ εἶδον, καὶ ἀκοῦσαι ἃ ἀκούετε, καὶ οὐκ ἤκουσαν.

[Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron.]

Lc 10:24

 

Mi voluntad se ha muerto una noche de luna
en que era muy hermoso no pensar ni querer…

M. Machado, Adelfos

 

Converso con una mosca durante algunos minutos: a mitad del encuentro percibo su cansancio y que está más cerca de la muerte que de mí. Dejo que los libros me den su enseñanza, y apenas la recibo la voy olvidando, limitado como estoy por afanes y por una memoria circunscrita a las dimensiones de un cráneo. Observo la macerada edad de mi madre, su alegría sólo vencible por el desgaste de los átomos, y aprecio el bendito instante que me permite ver de dónde provengo y a quién debería intentar parecerme, y la amo un poco más. Inquiero a los dioses, que me contestan con preguntas: alabo que sus intenciones benéficas vayan a sobrevivir a miles de vidas, civilizaciones y mundos, pero lamento que también ellos, como la mosca o mi madre, sufran alguna condición, un menoscabo por el que sibilinamente entrará la herrumbre hasta diluirlos con algún ciclo cósmico.

Me he persuadido de rendir culto a la Impermanencia, reina del país de los fenómenos. Su belleza es la del viento que arremolina a las hojas hasta convencerlas de que abandonen su manto; o la del ocaso que con su coleo de animal huidizo tiñe el cielo con tonalidades espectrales de morado, anaranjado y rosado, como la túnica de un atlante abstraído de todo afán; o la de una doncella que nos mira intensamente, como queriéndonos expresar que se encuentra en el culmen de su belleza, cuyo brillo irá ya perdiendo día a día hasta desaparecer. Impermanencia escribe la moraleja a cada fábula mundana, a cada trance, a cada proyecto de sangre o de sonrisas. Hasta los más orgullosos y los más excitados inclinan la cerviz ante su caricia adormecedora o ante el golpe seco de su báculo. Sus hijos tejen los tapices del tiempo que recibirán el examen de la impasible madre: nunca queda ella satisfecha, de suerte que habrán de deshilar lo hilado para probar nuevas formas. Esos hijos divinos han dibujado al hombre y lo han perlado de estrellas, han propiciado con el perfil de las costas las divisiones de fronteras, la fundación de tronos y los menhires que glorifican tanto a los ejes del orbe como al Nombre aún no mencionado. Acaso los dioses no sean sino las fuerzas del cambio que moldean a los espectros que tomamos por aquéllos.

Ni la maldad ni la bondad son eternas, pues andan también a expensas de las condiciones, oreándose acá, virando allá, aclarando el rostro somnoliento con el agua más fresca que se encontrase en el amanecer de una tormenta o de una hermandad. Pero que no sean eternas no impide que renazcan tantas veces como mueren, con otras configuraciones y alicatados y dialectos, como que una torre de barro nunca es igual a otra que alcemos sobre la misma materia. Igual que el liquen, la actitud se marchita bajo la sequedad y rebrota con la conspiración auspiciosa del rocío. La actitud, dirán, no perdura más allá del plazo de una vida. Y yo concedo sin pena; pero la noción de perdurar no vive más allá del reino de los plazos. Estamos todos, sin saberlo, deseando alcanzar la edad en la que el tiempo se rinda, renunciando por igual a su significado como a su a falta de él; la edad en la cual el Devenir olvide su laurel en el tumulto de algún movimiento, abrazándose entonces en descenso oceánico a su hermana Eternidad, hundidos los dos al fin en la impronunciable sima de la vacuidad de las vacuidades.

No habrá entonces gozo y, sin embargo, será muy hermoso no hablar, ni pensar, ni abrazar, ni fluir, ni permanecer. Ni emplazamiento ni anhelo sostendrán el gusto por el descanso de quien ya no sabrá ni anhelará descansar.

[Música: H. Górecki, Sinfonía No. 3, Op. 36 (“Symfonia pieśni żałosnych” [Sinfonía de las canciones dolientes]). II. Lento e largo. Tranquillissimo.]

Die Ros’ ist ohn warumb / sie blühet weil sie blühet.

[La rosa es sin porqué: florece porque florece.]

A. Silesius, Der Cherubinischer Wandersmann 1.289

 

LA JUSTICE: Est-ce qu’il ne faut pas être toujours juste?

LA PRUDENCE: Oui, mais il ne faut pas toujours être sur son tribunal à rendre justice. Il faut mettre tout à sa place.

[LA JUSTICIA: ¿No se tiene que ser siempre justo?

LA PRUDENCIA: Sí, pero no se tiene que estar siempre en el tribunal para impartir justicia. Hay que poner todo en su lugar.]

Mme de Maintenon, Conversation IX. Sur les quatre vertus cardinales.

 

L’homme jouit du bonheur qu’il ressent, & la femme de celui qu’elle procure. 

[El hombre goza de la felicidad que siente, y la mujer de la que ella proporciona.]

P. Choderlos de Laclos, Les Liaisons dangereuses 130

 

Women are the most reliable, as they have no memory for the important.

[Las mujeres son más de fiar, pues carecen de memoria para lo importante.]

O. Wilde, Carta a Robert Ross desde la cárcel de Reading, 1 de abril de 1897

La señorial

Siempre que se ha hablado extensamente sobre un sexo, provenga la voz de cualquiera de los dos, sea para defenderlo o menospreciarlo, se habla del sexo femenino. Muchas razones ha habido para tal escora, mucha de ellas viciadas e infames; sin embargo, tengo una hipótesis sobre alguna razón menos ingrata. Hablaré de ello por más que para un varón sea delicada cuestión exponer generalidades sobre el otro sexo, por muy difícil que sea mantener el equilibrio entre elogio y justicia, entre no adular y no desprestigiar, ante las oyentes femeninas, suponiendo que a este pregón se presenten en plural, cosa que es mucho suponer. Solamente cuando el varón pone su pensamiento -aunque se trate de un pensamiento en defensa de las oprimidas- en boca de una dama, sea la Medea de Eurípides o la Marcelina del Fígaro de Beaumarchais, cuenta con más probabilidad de éxito; en caso contrario, le lloverán correctoras por cualquier cosa de las dichas y por la contraria. Muchas féminas no aprecian la valentía de un hombre que le espeta una opinión sin esperar obtener nada de ella -ni cambiar el curso de las cosas, ni saldar deudas, ni rebajar a nadie-, y antes bien toman por ofensa tal desinterés. Pero entiende que lo esperen a uno con las uñas afiladas, como el gato escarmentado, cuando se viene de un linaje esclavizado y así mantenido en tantos espacios. En cualquier caso, hablaré sin que me lo pidan, siendo ésta la verdadera culpa con la que me cubro cada día por escrito.

No es la razón a la que antes me refería que sea masculina la centralidad humana y que lo femenino sea su periferia; ni que la mera actividad intelectual del análisis sea emanación masculina y, por ende, se centre en el enigma que se tiene enfrentado y al cual agradaría desentrañar; ni que se pretenda tardíamente diferenciar otro modo de ver el mundo después de haber hablado durante milenios de la naturaleza humana bajo el epígrafe de “naturaleza del hombre”. Con excepción de la última de las razones, ninguna es siquiera parcialmente cierta. He dicho que la primera razón no es cierta, pero matizo que es lo opuesto a la verdad. No ya es que la naturaleza humana no sea masculina, sino que, como toda naturaleza, es más bien femenina. La vida, y más todavía la vida inteligente, es fecundidad de sí misma, es filosofía del cuidado en acto, y es una preferencia por la doblez íntima de las cosas y su suavidad. Aunque la aparente trayectoria de nuestra raza sea precisamente el desafío a los elementos, la guerra a la disolución y la preferencia por lo crudo, lo cierto es que, en la soledad del ser consigo mismo, cualquiera se siente como esposa a la que el amado destino ofrece brazo lacerante o gentil, como el verbo de los santos balbucea; o cualquiera en algún momento se siente un vientre que desea albergar criaturas florecientes que lo perpetúen.

La coqueta

Puede ser mucho simplificar, como sucede cuando se predica de cualquier categoría, y dado que hay un impulso evidente hacia el vigor, la tersura, la dureza. La vida, se dirá, es vector lineal, concentración de fuerzas, imposición frente al caos, blando primero y tormentoso cuando se le permite ufanarse; es, por lo tanto, una insistencia de hombría. Pero la humanidad tiene un deseo de enraizar, un deseo de alcanzar un equilibrio. Hasta los más aguerridos de los caudillos se han rendido ante monjes ajenos a los rasgos cardinales de la virilidad mítica y que han renunciado, como las más delicadas mujeres, a la lujuria desatada, a la violencia, a la indiferencia hacia quienes sufren, a imponerse en foros de ningún tipo que no sea su pequeña y afable comunidad.

Es muy esclarecedor que muchas tradiciones observen como principio supremo una cualidad asimilable, en términos humanos, a lo masculino. El Absoluto, como el varón, se impone como la medida de las relaciones e intenciones del grupo, como el rey en su reino. En la filosofía sāṃkhya, Puruṣa, la Conciencia Cósmica, es, también etimológicamente, el “varón” que secciona y perfila a la pasiva materia informe, Prakṛiti, siendo la labor del iluminado distinguir a Puruṣa entre el juego de las cosas visibles y pensables -carnavales ebrios de un sufrido himeneo cósmico- y reposar en su fuerza inmarcesible e inefable. Ahora bien, esa noción de lo masculino teórico sobre la ductilidad femenina del resultado práctico no se encuentra en tradiciones soteriológicas ciertamente cardinales como el epicureísmo, el budismo o el taoísmo. Dejando a un lado a Vairocana, el Buda Primordial tántrico de forma masculina, no encontramos en Asia muchas ganas de separar polaridades y sostener en lo alto a la polaridad que más se tensa -la polaridad masculina- contra la realidad efectiva y que segmenta severamente al Todo, al igual que el aceite separa los caldos acuosos sin acabar de ceder ante ellos.

La realidad, al menos la que somos capaces de sentir y de concebir, es una hembra preñada por un padre supremo al que no hemos visto: la inteligencia es su hijo aún desperezando, gateando en busca de su familia. Pero la madre Natura todavía nos circunda, nos alimenta con su cordón umbilical, y ésa es la razón de que no la veamos: ella y nosotros todavía somos un mismo organismo. Por otra parte, el padre nos ha engendrado también, y llevamos parte de su personalidad y su estructura en nuestro movimiento mental y físico. Nos moveremos libremente cuando salgamos del vientre: entonces podremos distinguir los cuerpos, y veremos a nuestros padres al fin claros y distintos, y veremos que nosotros somos su unión y, aun más, el modelo original del que acaso se disgregaron ellos antes de que existiese el tiempo y las causas precedieran a los efectos. No es casual que el mundo femenino se asocie a lo infantil; más allá del papel histórico de la maternidad y la crianza y del rebajamiento intelectual que se ha querido absurdamente ver en ellas, los colores suaves y los gestos tiernos unen ambos mundos. La razón es que la humanidad es un niño buscando amparo cuando es ignorante, o una mujer cuando es instruida pero dependiente de su marido, al que no logra ver. Su padre, el mismo Amado que la engendró, el polo metafísico activo, es para ella poco más que una cédula de casamiento cuya firma sólo recordará dificultosamente si trabaja la reminiscencia hasta recordarse como novia, antes de nacer en esta vida cósmica.

La vivaz

Pero no quería enramarme en la metafísica; no por ser materia menos práctica que las que me interesan cada vez más, sino para que no se me acuse de conducirme hacia modos de pensamiento patriarcales. Mi idea era volver a calidad de las pequeñas actitudes, a los sabores emocionales, de los que los sexos representan dos de las más importantes tonalidades (omitiré el tercio y cuarto exclusos sin negarlos). Y, siguiendo con la rúbrica consabida de lo confesional y biográfico como género de faldas, hablaré de mí mismo sin vestir las mismas; será mi forma de solidarizarme una vez más con las salonnières de los grandes siglos. El caso es que a menudo he sentido que muchas de mis ideas, mis relaciones, esperanzas y mis pesadas palabras no podrían surgir de una mujer. Pero lo rosáceo, lo anecdótico, lo tierno, lo suspirante, lo pacífico, lo condescendiente, lo receptivo, lo flexible, me extasía también y me nutre, y compruebo que lo dejo aflorar a menudo en palabras y preferencias. No sólo el criarme ante fuerte presencia femenina me ha labrado así: tiempo después de una adolescencia más gótica y nerviosamente romántica, época en la que despreciaba a unos por no reconocerme y a otras por despertar mi lascivia, época de la que reniego en parte y en parte rememoro comprensivamente -la aprecio como la mujer que porta obsoletas joyas de su querida pero histérica madre muerta-, me fui inclinando hacia el mundo personal y afectivo de los mismos siglos que me excitaban.

Bebo el té en tazas floridas de diseño aristocrático, ajenas a estridentes pretensiones de nuevos regímenes; me rodeo de pinturas dieciochescas donde las pieles están ruborizadas, donde los satenes flotan vaporosos y los ademanes prometen besos ingenuos junto a bucólicas fuentes; escucho músicas cada vez más tenues, barnizadas de almíbar, como poemas anotados en hojas de álbum para agasajar a una moza casadera; piezas de carácter para piano firmadas por Déodat de Séverac, Rudolf Friml, Billy Mayerl o Bernard Barnes en lo que se refiere al pasado siglo, pero sobre todo por cualquier compositor galante reacio a aspaventar. Me divierto con las humoradas naïves y domésticas de operetas y folletines, los pliegues psicológicos que se entreven en las cartas femeninas de antaño y en las anécdotas de salón, preferiblemente cuando evitan lo chusco y se quedan en indirecto esbozo de sonrisa entre irónica y pizpireta. A menudo me complazco en el arte mediocre si está compuesto con ánimo emoliente. Adoro los tapices ribeteados de arabescos y tules, de sinoples y contraarmiños, de celestes y angelotes. No hay retrato al pastel de una señora bella y distraídamente desvaída que no me conmocione si tiene un perfil académico -apto, pues, para una damisela burguesa de la era Biedermeier- y no me mueva a anotar líneas de tonalidad pastel que me sonrojaría releer en la más escrupulosa intimidad. No me costaría acomodarme a un mundo de pelucas y guirindolas viriles. Bouguereau, Leighton o Alma-Tadema son, lo confieso como pecado que algunos no me perdonarán, algunos de mis pintores de cabecera. Atesoro el vocabulario démodé de hace muchas generaciones: las despedidas engoladas de las cartas, los ofrecimientos galantes, las declinaciones atentísimas… Todo ello me sitúa definitivamente, o a una parte de mí, en la denostada ralea de lo cursi. ¿Y qué es lo cursi sino lo femenino privado de toda profundidad, la madre que cría a su criatura sin esperar ya al marido, la dulzura abandonada de todo lo severo?

La apasionada

La cursilería, y no el feminismo -útil mas frontal, y por ende masculina, oposición-, es el auténtico fanatismo mujeril, su exceso indigesto -no tanto para mí, he dicho-, como todos los excesos y todos los fanatismos. Huelga decir que lo cursi tiene marchamo de calidad si viene del siglo XVIII y buena parte del XIX, donde acaso brotó su estirpe; en aquel tiempo la calidad de la manufactura en cualquier hacer extiende su arte eximio a la más ñoña fruslería. Además, rememorar un extremo del pasado nos enlaza inevitablemente a sus fuerzas contemporáneas complementarias, hasta nutrirnos de un copioso banquete de los sentidos y los conceptos. Sea como fuere, la confitería no es mala si se cría por añadidura a la pujanza en terrenos más ásperos. Y, aunque no se críe tal pujanza, el espíritu cursi es, por definición, incapaz de torturarse o de torturar; sus únicos peligros son su incapacidad para vencerse a sí mismo y crecer hacia otros reinos, su fragilidad ante fuerzas externas más agrias, y su incapacidad para dar su asistencia como se esperaría de él, absorto como está el cursi en la idolatría de sus imaginarias lindezas. Compasión y gustos más bien femeninos -algunos de las cuales incluso las mujeres jóvenes están ya muy lejos de poseer- llegan a mí en ráfagas hermanadas, sin que el peso de mi hábito me libere del egotismo, ni el peso de la sangre me libere del deseo por el bello sexo o la total frigidez ante el feo. Pero observo que, en mi visión de las cosas, las leyes del aferramiento y la aversión se van equilibrando, de modo que, pongamos por caso, puedo sobrellevar un doloroso abandono con sorprendente serenidad apoyando una pierna sobre la asunción viril del destino y la otra pierna en la entera disposición resignada y dadivosa de una novia pura, cándida hasta la virginidad, y llena de afecto por todo.

Lo femenino, en su más estricta pureza, carece de memoria, de juicio, de proyecto, de fuerza; lo puro masculino solamente tiene los susodichos componentes, careciendo de todo esprit de finesse. He ahí la razón de que todo ejemplar demasiado puro de su sexo fracase estrepitosamente: moviéndose solamente en un rango de facultades humanas, olvida que las buenas decisiones son las que concilian rigor y corazón, números y psicología. Las buenas decisiones templan a la furia suicida del guerrero, así como al raciocinio para que no escape de las incógnitas que es incapaz de resolver correctamente y que, sin embargo, debemos abordar en la práctica; y, del otro lado, templan a los sentimientos, por buenos que sean, para que se desplieguen en proporciones y rumbos pertinentes, y para que la claridad les haga reconocer sus límites y su momento.

La jovial

Otra de las esencias de lo femenino es el escrúpulo. Condenada y adiestrada para sobrevivir mediante armas negativas como el desdén, la prudencia o la atracción, secularmente ha volteado la mujer estos hábitos en favor de un solo interés creativo, el cual, por razones históricas y naturales, ha invertido en el nido y la descendencia. Los gestos de una mujer siempre han estado medidos por mandato de parsimonia: cualquier paso en falso podía resultarle fatal. Ha de escoger una sola vez al padre de los hijos que ya nunca se le despegarán, ha de evitar dar el más mínimo motivo a los hombres de su alrededor para que la repudien o la lapiden, había de garantizar por tretas y medios indirectos gozar de herencias y seguridades que la jurisprudencia abierta le negaba; y todo ello contando con el tiempo en contra, sabiendo que cerniéndose la edad sobre una belleza en declive dificultará sus probabilidades de triunfo en todas aquellas trincheras. No se le podía reprochar, por lo tanto, que se conformase con buenos partidos antes que con el apasionamiento, o que hiciese de la habladuría su proyectil preferido para apartar a abusadores y competidoras. Olvida de cuando en cuando esos escrúpulos cuando su amor, primitivamente pensado para alimentar a sus cachorros a cualquier precio y retener a su esposo, se desata hacia un gentil galán o un exigente dios. A partir de ese momento, todo su interés es el de complacer, y su felicidad es servir de arbotante para que la armonía reine siempre, aun a pesar de la torpeza de los demás, que no valoran su calidad de piedra angular.

Entre las prohibiciones de la sociedad, la astucia que precisó para eludirlas y el amor que repentinamente lo hacía estallar todo por los aires, ¿qué espacio quedaba en la mujer para sentarse a discernir las configuraciones de los mundos, las propiedades de los números o la eficacia de las repúblicas? Si todavía hoy no suele suele dedicarse al pensamiento más técnico es por costumbre de tener que dedicar su inteligencia a lidiar con costumbres que la gravaban por ser mujer. Eso sin negar, como decía, la fluidez atávica de su sangre hacia la seguridad o la imposibilidad material de leer libros por imposición de decreto. Los hombres, agitados por su hiel, tienden a correr riesgos que los encumbren o los hundan: la mujer tenía bastante con mantenerse a salvo, equilibrada en un mundo del que no podría huir dando puñetazos si se viese en aprietos. Las  temerarias, al menos las que han quedado reverenciadas por los poetas, son las que no tenían nada que perder o las que, habiendo conseguido ya toda estabilidad y habiendo percibido a la sazón su insatisfactorio sabor, se lanzaban entonces a la siguiente etapa: la etapa de la gloriosa plenitud, a la que los caballeros se enfilaban desde niños por no carecer de un nombre ni de respeto.

La servicial

El varón saca fuerzas de su propio deseo insatisfecho; la mujer las saca del deseo ajeno. Él ha de defender con violencia las fronteras; ella defiende las fronteras de la violencia. Él ha de conquistarla a ella y ella ha de conseguir que no pase a conquistar a otras. Él ama a la mujer como raza, pero ella ama a un individuo con nombre. Él quiere dejar libres sus grandes aspiraciones, mientras que la aspiración de ella es hacer algo más grande su libertad. Y, antes que la libertad, él buscaba la grandeza llameante y ella la integridad apacible del conjunto; él anhelaba rozar el todo y ella abrazar una parte. Él no puede mostrar sentimiento de debilidad; ella está obligada a hacerlo. La maldición del uno es su músculo y el miedo que infunda; la de la otra, su debilidad y el placer que prometa. La cabeza masculina se caldea en la exploración, y sus manos en la batalla; la cabeza femenina hace lo propio en salones y alcobas, pero caldea sus manos en la cocina. Para un gentilhombre, el hogar es su punto de partida; para una dama, la distancia más lejana a la que podrá llegar. Como hacía decir Oscar Wilde a un personaje femenino, “men always want to be a woman’s first love. That is their clumsy vanity. We women have a more subtle instinct about things. What we like is to be a man’s last romance” (A Woman of No Importance, II). Dejando a un lado la predisposición física de la mujer a la flexibilidad y la dilatación, así como su posible correspondencia mental, lo cierto es que no le han quedado muchas más opciones que ser la artífice del clan, su sostenimiento. Para ello debía ejercer la cesión, el pacto, el olvido momentáneo del honor, todo lo que la rigidez del legalismo masculino imperante impedía teóricamente llevar a cabo; todo con tal de asegurar linajes, salvar vidas y conservar haciendas.

Ahora las cosas van cambiando, al menos en una parte del planeta… y temporalmente. A juzgar por la tendencia de las migraciones y de sus nuevos y profusos linajes, habrá nuevamente tiempos peores para los hombres por no ser fuertes y para las mujeres por serlo demasiado. Pero, de momento, como digo, ha habido cambios. Los detalles que me agradan de un carácter femenino subsisten con suficiente fuerza en muchas mujeres de carne y hueso, algunas de las cuales no logran dejar de enamorarme, a veces tontamente. Pero echo de menos suavidades decimonónicas del carácter a las que yo, en mi por otra parte masculina y tórrida mente, me rindo en mis horas privadas. Muchas mujeres -y todos los varones- se burlarían de estos afeminados gustos, cuando no los tendrían sencillamente por gustos de vieja. Prefiero, en efecto, escuchar lánguidas miniaturas de salón de Friml mientras muchas ya se van apasionando por los deportes, esa tosca transposición del noble arte marcial. Prefiero la cerámica, las láminas e indumentarias de mi abuela al diseño cegador que invade los comercios donde las nuevas jóvenes se atavían de complementos para -no entiendo cómo- gustar y gustarse. Lamento que la arquitectura del último siglo nos haya insensibilizado tanto a la fealdad y al trazo bruto. Pienso en poemas que algunas burlarían con soez risotada. En definitiva: aislados por la dispersión y recogimiento, los pocos y pocas que quedamos admirando las cualidades decadentes de los géneros y que coloreaban contrastados un mundo hoy gris, hemos de reintroducir en el propio interior de cada uno ambos polos, ya que no los vemos pulular con garbo a nuestro alrededor. De algún modo nos vemos obligados algunos a ser simultáneamente el firme caballero y su fina señora, el poeta  y su musa, el pensador y su sentida amante, dicho sea esto en el sentido más metafórico posible. Si tuviese cerca a una mujer verdaderamente femenina, no me vería coleccionando melosas postales tintadas de 1900, ni pensando en embellecer mi implacable biblioteca con ornamentos de porcelana o litografías paisajísticas sin pretensiones, ni rodeándome de efigies y palabras de acarameladas madamas. Y todo ello sin lograr desprenderme de una hombruna sequedad que se resiste a los excesivos afeites y trajines domésticos. Ahora, ¡ay!, deberemos los amantes de la riqueza etológica ser el aria y sus coros, el beso sobre la ecuación, la rosa en el fusil… o moriremos de asco. No se trata -solamente- de andar buscando la androginia primordial, sino de detenerse a respirar con agrado cada cierto tiempo o, al contrario, de impulsarse con decisión hacia el corazón del dragón cuando la molicie va venciendo. Se trata, al fin y a la postre, de ver el juego de los opuestos y danzar a su paso con toda la gracia posible, aprendiendo las lecciones que ofrecen todos los juegos interesantes… sin dejar de saber que es un juego.

La taciturna

No debemos estos virajes personales en exclusiva al signo de los tiempos: somos unos pocos quienes en cualquier tiempo y lugar apreciaríamos por igual un recio gesto imperial, que una gárgola catedralicia, que un giro de abanico. Hay sensibilidades signadas sobre un solo punto que oprimen con saña, y hay otras que se abren a la extensión de los paisajes humanos. No nos queremos quedar sin un solo sentimiento por catar, sin un arrebato o una dulzura sin probar su escalofrío. Todo ello tiene, entre sus muchas bendiciones, una esencial: el ponerse en la piel de otros. De una adolescencia tenebrosa en la que odiaba a las criaturas que, juzgaba, me encadenaban con su deseo, he pasado a amar, no sólo sus cuerpos y sus mentes, sino su fina capacidad de percepción, o su paulatino y templado abrirse a las situaciones hasta a veces transmutarse en ellas por completo. Amo su je ne sais quai que desafía a los filamentos cartesianos, e incluso disfruto de cuando en cuando su sutil indiferencia, teñida de una dudosa simpatía que no es sino ególatra ambición de sentirse deseadas por cualquiera como ejercicio preliminar. Es grato escuchar a la sensible y registrar sus ancestrales captaciones oraculares, regidas por la luna; conversar con la cultivada para conocer su matiz cálido y húmedo sobre la cuestión que sea, cuestión que hubimos abordado únicamente con fría escuadra e ilusorio compás; convencer a la tímida de que vale más que todas las arrogantes juntas; proteger a la herida no hasta que nos salude con su excelencia, sino hasta que nos premie con su salud al conjunto de los seres humanos; jugar con la coqueta a descubrir quién de los dos tiene más interés en la persecución, si el que persigue o la que compara perseguidores; y enternecerse con todas, como harían ellas si recordasen que, además de tener un destino en colaborar con la sociedad mediante su inteligencia y destreza, están diseñadas para tan bella misión.

Pero, mientras que los individuos se van neutralizando entre sí al aproximarse a una grisácea área central cada vez menos excitante, lo cierto es que las naciones opulentas se van feminizando, por comparación con los orígenes netamente patriarcales de los que partían. La relajación del ímpetu impositivo, la primacía de la conveniencia sobre el orgullo o el honor -¿quién oye ya esta palabra salvo en mezquinos contextos juiciales?-, la tolerancia, pragmática o sentida, van tomando nuestro mundo septentrional. Pero cualquier frontera en la que se empiece a negociar acabará siendo usurpada, sobre todo si encierra un pequeño edén. La feminización de la sociedad hará que le suceda lo que a una vieja soltera rica: tendrá que casarse con el rudo que más la ronde o amenace, o, más bien, con aquel que oficiosamente haya tomado el control de su patrimonio y sus movimientos. En términos históricos, el carácter masculino devora, y el femenino se esfuerza únicamente en que la devoración sea lo menos desgarradora posible, dado que su débil complexión y sus nervios débiles no permiten otro tipo de defensa. Así somos hoy nosotros, los occidentales: no atreviéndonos al enfrentamiento, ablandados por nobles pero desajustados impulsos de compasión y de culpa, ajenos al prurito del riesgo, queremos seducir y relajar al macho que, cada vez con más autoridad, aprenda a maltratarnos. Los bárbaros conocen la flaqueza principal de la anciana Europa: la gazmoñería humilde y humillable. Convénzasenos de que estamos siendo poco éticos y abriremos las puertas a quien sea y a lo que sea, siempre y cuando se nos permita a medio plazo conservar nuestros frívolos vicios en nuestros domicilios. Antes moriríamos que aceptar un lance de honor, o que disciplinar nuestra muelle avidez cotidiana, o que llevarle la contraria a quien juzgamos herido por nuestros antepasados.

Es evidente que, por lo demás, unas y otros, otras y unos, somos idénticos en casi todo. Las mismas pasiones pueden brotar en cualquiera, los mismos cálculos, las mismas confesiones de pecados comparables. El mecanismo de nuestros cuerpos es tan hábil como similar, tan grato en su exterior como violento en sus entrañas, y tan doloroso en su origen como en sus estertores finales. Enfrentamos por igual el principio supremo del ocaso y la muerte. Diferenciar en exceso es interesante si no se hace todo el tiempo; identificar por su nombre los colores de un cuadro es útil cuando hemos recogido el conjunto de la composición y volveremos a hacerlo para llevarnos con nosotros el sentido general. Además, con permiso de Platón, los arquetipos son algo así como ideaciones estadísticas y, por ende, cada vez menos certeros según avanza le procesión de la entropía. En el fondo todo es triquiñuela literaria, simplificación intelectiva y aroma muy diluido de una verdad lejana que no sabemos definir del todo. La esencia de una mujer no es ser mujer, y ni siquiera ser humana. Una mujer, un hombre, una nutria, un cangrejo, son criaturas. Si además nos une una raza, un país o una ilustración parejos, tanto mejor: nuestros besos y miradas podrán ser más emotivos o, cuando menos, más cómodamente instructivos. El exceso de reivindicación, de acusación e incluso de elogio por pertenecer a un grupo nos deja la cuestión de si habremos de multiplicar tales enfoques si nos referimos a grupos mayores, en círculos concéntricos superiores, con lo que tendría de infinito el glose de las categorías. Al fin y a la postre, los individuos somos todo mezclado y pureza olvidada, simiente común y miembros simétricos como las manos o los ojos. La rosa que hay en uno no debe hacernos olvidar el lis, y viceversa.

La “connaisseuse”

La rosa que crece en nuestro interior confiesa ser naturalmente bonita: no lo planeó, no sabe interpretarlo, se desconoce a sí misma. Merece la pena dejarla así para que nos perfume por más tiempo. Mientras los relojes de nuestros silogismos operan con caliente eficiencia, el frescor retrechero de la rosa da su vitalidad y a acaso su sentido. Portando la flor hacia nuevos territorios del corazón, haremos que lo árido reverdezca si es que hemos dedicado un tiempo a retirarnos en el monástico erial o en la fría estepa de la acción. Dejando que nos haga confidencias, nos reconoceremos también sensibles a aromas encantadores que legábamos a una sola mitad de la humanidad, y cultivaremos personalidades más floridas. Un alma enriquecida con todos los extremos de la buena fe será un icosaedro equilibrado y resiliente. Su solidez, fundida con éteres de azahar, no podrá alcanzar más hermosura. Su potencia no dejará de cantar las delicias de la fragilidad o el timbre del requiebro; su candidez no nos hará echar de menos la firmeza, pues será una candidez sabia e invencible.

No deja de suceder que seamos casi todos criaturas tornadizas y punteadas de mezquindades según nuestras costumbres y carencias. Mirando a un caballero o a una dama se ve un ser incompleto, anhelante, no de la otra mitad semiesférica del ser primordial que Aristófanes comenta en el Banquete de Platón. No: el anhelo que se tiene es infinito, y no lo calmará el cónyuge perfecto, ni el placer adúltero, ni desde luego un cambio de sexo, supuesto que eso sea algo realmente posible. Como heridos que somos, no nos merecemos ira, sino compasión, si bien la compasión se traduce como caricia de una mano y firmeza de la otra. No obstante, la compasión no es el sentimiento supremo. Hay una reverencia al herido que consiste en verlo portador de una dignidad auténtica, de una realeza interrumpida; no es que la belleza de nuestras almas y nuestros cuerpos no sea perecedera, pero es gloriosa mientras supuso una puerta de oro para acceder rápidamente al corazón misterioso del universo. Somo seres principescos en el exilio, con coronas fundidas en la forja de la circunstancia, que nos arrastra hasta hermanarnos de nuevo, al caer la última noche, con el sinfín de los elementos en voluptuosa hierogamia.

La apresada

Quienes hablan de la transmigración de las almas aseveran que cambiamos continuamente de sexo, cuando no de especie y de dimensión metafísica. En principio me agradan todos esos cambios, siempre que el contexto descarte la mayoritaria brutalidad que transpira al mundo, y siempre que ninguna fuerza esté ausente del ecológico negocio de los opuestos. Hablaríamos con más solvencia si experimentásemos otros ojos, no viéndolos, sino viendo a través de ellos. Casi todo lo que los varones han escrito a mujeres no se dirigía a su ser completo, sino a su capacidad de ruborizarse y desear. Aunque esa facultad es poderosa, hay otras muchas que podrían colmarnos de muchos otros parabienes. Sin dejar de disfrutar de las finas líneas de las facciones, los bordados y las fragancias, las musicales risas y los adorables suspiros, del donaire de la donosa en suma, nos debemos mutua totalidad, una entrega por estancias: cortesía en el vestíbulo, franqueza en el despacho, calidez en la alcoba, lealtad y compasión ante el altar, identidad en las tongadas que estratifican nuestra naturaleza. Semejantemente, lo que nuestra rosa interior nos pide es que seamos su espina protectora. Lo que nos pide, en cambio, el punzón de la virilidad es que lo protejamos de sí mismo con la flor del cuidado, enterneciendo sus pesadillas, coagulaciones espirituales desgraciadas surgidas de la inquietud de estar drenando paz y belleza, la paz y la belleza que en el polen de su aceptación derramó la caritativa rosa.

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[Música: La primera es el preámbulo del Op. 1 de Barbara Strozzi:  Mercè di voi, mia fortunata stella, / volo di Pindo in fra i beati cori /  e coronata d’immortali allori /  forse detta sarò Saffo novella!” A continuación suena la cantata Les Femmes de A. Camprá, que en torno a su mitad incluye un listado de tipologías mujeriles: “La coquette nous trahit, / La prude nous désespère, / Et la jalouse en colère / Irrite qui la chérit. / La belle est capricieuse, / La savante audacieuse / Tirannise qui la suit. / L’indolente est ennuyeuse, / Ses insipides langueurs / Ne font qu’endormir nos chœurs”. Como respuesta a estos amargos retratos, el compositor holandés Quirinus van Blankenburg (parece que ya era el suyo un país en pro de la igualdad) compuso otra cantata: L’Apologie des Femmes. En ella presenta un ingenioso listado de virtudes a modo de compensación:La Jalouse a le cœur tendre, / La Prude agit par ressort, / La Coquette aime à se rendre, / La Savante a l’esprit fort. / La Pale dans son teint / Est toute incomparable, / La Noire une brune adorable. / La Grasse a de la majesté, / La Maigre a de la taille et de la liberté, / La Fourbe avec esprit raisonne, / La Sotte est toute bonne, / La Muette a de la pudeur / Et la grande Parleuse est d’agréable humeur“. Tras la barroca misoginia de Camprá, suenan diversos cortes de una opereta del compositor austríaco Oscar Strauss: Der Pralinésoldat (“El soldado de chocolate”). La versión que pongo aquí es una adaptación española a manos de José Juan Cadenas, mientras que los arreglos musicales son de Julián Vivas (para Barcelona), quedando sin grabación los de Vicente Lleó Balbastre (para Madrid). La rancia grabación es de 1931, dirigida por el Mtro. Vigil Robles en Nueva York. El argumento y los números seleccionados cuentan lo siguiente: durante la guerra serbo-búlgara, el soldado enemigo Bumerlí se cuela en la casa de la búlgara Nadina Popoff, prometida del héroe Alejo. Bumerlí la chantajea con los chismorreos que habrá de enfrentar ella si no lo oculta en su casa, pues su reputación acabará si se ven salir de su casa a un soldado serbio. Ella acepta. En otro fragmento se da un extraño flirteo de puyas picajosas entre ambos. Alejo, quien regresa como (falso) héroe, identifica a Bumerlí y lo reta; la cobardía de Alejo le obliga a evidenciar su farol. La boda se frustra, y Nadina, con sentimientos encontrados, escribe una carta a Bumerlí pidiéndole que no aparezca de nuevo. En el último fragmento, el penoso Alejo, por no salir solterón de todo el percance, se humilla ante Marta, prima hermana de Nadina, para que acepte casarse, pero ella impone duras condiciones. Finalmente se casan las nuevas parejas y se hace un llamamiento a la paz. El conjunto no ha podido ser más cursi. Rematan la dulzona serie cinco exquisitas y decadentes miniaturas para piano: una de Turina (Mujeres españolas Op. 73. III. La señorita que baila) tres de R. Friml (Intermezzo Op. 82. No. 2; Valse poétique; La Danse Des Démoiselles) y una de B. Barnes (Dainty Miss).]