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Tasmān na badhyate addhā, na mucyate nāpi saṃsarati kiṃcit
saṃsarati badhyate mucyate ca nānāśrayā prakṛtiḥ.

[Nadie está sometido, nadie se libera, nadie transmigra; sólo la materia, el sustrato de la multiplicidad, transmigra, se encuentra sometida y se libera.]

Īśvarakṛṣṇa, Sāṁkhyakārikā 62

Sin mirar por la ventana,
se pueden ver los caminos del cielo.
Mientras más lejos vayas,
menos conocerás.

Lao-Tse, Tao Te Ching 47

Lethaeurn ad fluvium Deus evocat agmine magno,
scilicet immemores supera ut convexa revisant,
rursus et incipiant in corpora velle reverti.

[Un dios las convoca a todas en gran muchedumbre junto al río Leteo,
a fin de que tornen a la tierra, olvidadas de lo pasado,
y renazca en ellas el deseo de volver nuevamente a habitar en humanos cuerpos.]

Virgilio, Eneida 6.749-751 (trad. E. de Ochoa).

Intellectus primus, lucis Amphitrite, ita lucem suam effundit ab intimis ad externa et ab extremis attrahit, ut quidlibet ab ipso pro capacitate possit omnia contrahere, et quaelibet ad ipsum pro facultate per ipsius luminis viam tendere.

[El intelecto primero, Anfitrite de la luz, de tal modo difunde su luz de las cosas más profundas a las externas y la atrae hacia sí de las cosas externas, que cualquier cosa, según su capacidad, podrá reunirlo todo a partir de él, y cualquier cosa, de acuerdo con su facultad, podrá tender a él siguiendo el camino de su luz.]

G. Bruno, De umbris idearum. De triginta idearum conceptibus 10 (trad. J. Raventós).

 

Preguntándome a mí mismo sobre qué cosa diría es la vía espiritual, me respondo atribuyéndole predicados de esta sazón:

I. El arte de desaparecer dulcemente.

II. El arte de caer.

III. Percibir como real algo real.

IV. Aprender a no apresar ni a rechazar lo que deviene.

V. Acostumbrarse a conversar con la verdad que ya conocemos en lo más profundo de nuestra sangre.

VI. Posponer lo que creemos nuestra salvación, en beneficio de lo que creemos la salvación de un otro.

VII. Desprender cualidades a la conciencia pura.

VIII. El sentimiento de que con la vida de uno se está dando voz a los muertos y finalidad al cascabeleo de lo penoso.

IX. El abandono de la discusión.

X. El amor a la belleza de toda cosa, sin dejar de notar su incapacidad para salvarnos. No pudiendo ignorar ya la homeoría allí hacia donde se dirijala vista, reposar en la dualidad divina y excrementicia de cada ente.

XI. Vislumbrar la libertad pura atrapada en cada fenómeno.

XII. Todo gesto que se ofrece por un deseo puro de querer hacer las cosas de acuerdo al bien.

XIII. El canto al yo del futuro.

XIV. El ejercicio en posponer siempre la elevación del trofeo.

XV. Navegar a la par con la mirada del niño que ve por primera vez el mar y con la pretensión de orientarse del marino ya maduro.

XVI. Desear plasmar en himno un pensamiento de misericordia.

XVII. Brindar todos los proyectos de nuestras transmigraciones al contemplar una flor marchita, obelisco de todas las caducidades.

XVIII. El convencimiento de que nada estará siempre porque el siempre nunca estuvo.

XIX. La creencia en que el rostro, propio y ajeno, habrá de brillar mientras reciba luz del sol y habrá de ocultarse cuando las definiciones se evaporen como posos de lluvia a manos de soles por llegar que también se apagarán algún día.

XX. Dirigir nuestros conocimientos a amansar la distorsión de las dicotomías.

XXI. Caer en la cuenta de que todo es merecedor de amor por no serlo.

XXII. La renuncia a la unidad sin por ello renunciar a interpretarla en actos, palabras y pensamientos, como el actor sabe que es de la misma naturaleza humana que el rey antiguo al que representa y cuyo pulverizado trono, sin embargo, sabe también que no podrá ocupar ya nunca por mucho que hablen, piensen y se muevan de idéntico modo.

XXIII. Creer y gozar en que solamente las antinomias reflejan verdades profundas.

XXIV. Obtener buen carácter en el abandono que se había hecho de sus necesidades.

XXV. El discernimiento de un principio en cada fin y de un final en cada principio.

XXVI. Cumplir con la Ley del templo hasta que se cuente con una ley propia más exigente y dadivosa.

XXVII. Combatir a los demonios únicamente para descansar de ofrecerles los manjares de nuestra casa.

XXVIII. La decisión de superar limpiamente a los dioses.

XXIX. Caricias a la fiera que vive copulando con el héroe en nuestros corazones.

XXX. Asumir la responsabilidad de una madre hacia uno mismo y hacia toda manifestación.

XXI. Detener un hábito por el gusto de dejar de necesitarlo.

XXXII. La doma de la fuerza que nos mueve hasta que podamos usarla para dispersarla a sí misma, plácidamente, como manantial que se agota para vivir en los ciervos que lo abrevan.

XXXIII. El ir adquiriendo el gusto por dominarse.

XXXIV. Hacer de los seres espejos de nuestra propia luz ilimitada, y propagarse de uno a otro como el rayo que se ha conocido a sí mismo y que halló el ángulo exacto para poder reflejarse a placer en toda la materia hasta embargarla por entero, deslumbrándola al fin para que no sea capaz de continuar con sus ciegos movimientos, invirtiendo así una situación de eones.

¡Homenaje al que, inteligiendo mis palabras, pueda hacérmelas inteligir cada vez más!

[Música: M. Marais, La Reveuse (Suite d’un goût étranger. Pièces de viole IV.82)]

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Aquel que ve que la causa y el efecto operan sin falta
en todos los fenómenos del Saṃsāra y del Nirvāna,
y para quien todos los objetos de enfoque conceptual se han desplomado,
se ha embarcado en el camino que alegra a todos los budas.

Je Tsongkhapa Lobzang Drakpa, Tres aspectos principales del Camino

 

De la vida no me acuerdo,
de la muerte curo poco,
que si pequé como loco
yo pagaré como cuerdo.

D. Hurtado de Mendoza, Canción y carta

 

Amor és mar tribulada d’ondes e de vents, qui no ha port ni ribatge.
Pereix l’amic en la mar e en son perill pereixen sos turments e neixen sos compliments.

[El amor es mar atribulada de olas y de vientos, que no tiene puerto ni ribera. Perece el amigo en la mar y en su peligro perecen sus tormentos y nacen sus cumplimientos.]

R. Llull, Llibre d’Amic e Amat 228

 

Non congnoscitur nodus per relationem nodi.

[No se conoce el nudo por su sola relación con el nudo.]

Liber viginti quattuor philosophorum 17

 

I

Un hito me propaga hacia el abismo,
y el no saber el alma me varea,
que busco una atalaya donde sea,
mas sea no en lugar que en uno mismo.

Habló ya el vaticinio, el silogismo,
el hada esquiva, y sobre la ajedrea
un silbo vespertino me lo orea:
“Erige el paso, acalla el espejismo”.

Y así me ordeno yo que acamen costras;
que erguido dé servicio y no sermones;
que donde sientas suelo, allí te postras.

Un mismo lance mata y colma en dones;
en no sé qué azul mar no busques ostras;
y no habrá Edén si a cieno no te apones.

 

II

Un gesto desabrido ha blanquecido
y en pálpito pujante transmutó,
inédita herradura para el yo
que el yo por dignidad ha refundido.

Allí donde adormía el sinsentido
emerja la virtud que consonó
en vez del negrecido y vil rondó
que arrulla a la entereza hasta su olvido.

Mil sales de paciencia, calma atenta,
encaje de constancia entre sonrisas,
un sol en toda tierra que nos renta

el Cielo de grandezas indivisas.
Brotando con aroma hilado a menta
las mientes sanarán como artemisas.

 

[Música: G. Gabrieli, Sonata XIX, a 15.]

 

ἐγὼ δὲ καὶ γυμνὴ καὶ μόνη καὶ γυνὴ ἓν ὅπλον ἔχω τὴν ἐλευθερίαν, ἣ μήτε πληγαῖς κατακόπτεται μήτε σιδήρῳ κατατέμνεται μήτε πυρὶ κατακάεται. Οὐκ ἀφήσω ποτὲ ταύτην ἐγώ: κἂν καταφλέγῃς, οὐχ οὕτως θερμὸν εὑρήσεις τὸ πῦρ.

[Yo estaré inerme y sola, una simple mujer, con mi libertad por toda arma, a la que ni hieren los golpes ni el hierro corta ni el fuego abrasa. Jamás la dejaré en tus manos. Y, aunque me quemes, no hallarás el fuego tan ardiente como ella.]

Aquiles Tacio, Leucipa y Clitofonte 6.22.4

 

 

Ἐκ τοῦ αὐτοῦ φυράματος, λέγουσα, τοῖς ἀνδράσιν ἐσμέν. Κατ’ εἰκόνα Θεοῦ γεγόναμεν, ὡς καὶ οὗτοι. Ἀρετῆς δεκτικὸν τὸ θῆλυ ὁμοτίμως τῷ ἄῤῥενι παρὰ τοῦ κτίσαντος γέγονε. Καὶ τί γὰρ ἢ συγγενεῖς τοῖς ἀνδράσι διὰ πάντων ἐσμέν; Οὐ γὰρ σὰρξ μόνον ἐλήφθη πρὸς γυναικὸς κατασκευὴν, ἀλλὰ καὶ ὀστοῦν ἐκ τῶν ὀστέων. Ὥστε τὸ στεῤῥὸν, καὶ εὔτονον, καὶ ὑπομονητικὸν, ἐξ ἴσου τοῖς ἀνδράσι καὶ παρ’ ἡμῶν ὀφείλεται τῷ Δεσπότῃ. Ταῦτα εἰποῦσα, πρὸς τὴν πυρὰν ἥλατο· ἡ δὲ περισχοῦσα τῆς ἁγίας τὸ σῶμα, ὥσπερ τις θάλαμος φωτεινὸς, τὴν μὲν ψυχὴν ἐπὶ τὴν οὐράνιον χώραν, καὶ τὴν πρέπουσαν αὐτῇ λῆξιν ἀνέπεμψε.

[Así decía: “Somos de la misma arcilla que los hombres. Hemos sido hechas a imagen de Dios, como ellos. El género femenino ha sido hecho por el Creador capaz de virtud igual que el masculino. Y ¿por qué somos semejantes a los varones en todo? Porque no sólo fue tomada carme para la constitución de la mujer, sino también hueso de sus huesos. De manera que la constancia, el vigor y la paciencia la debemos al Señor de igual manera los varones que nosotras”. Dicho esto saltó a la pira, que rodeó el cuerpo como un tálamo resplandeciente y envió su alma a la región celeste y al descanso merecido.]

San Basilio de Cesarea, In martyrem Julitam 2

 

 

Nam nec prodest perpetua, si felicitas non sit; et felicitas deserit, si perpetua non sit. 

[Pues no aprovecha “Perpetua”, si no hay “Felicidad”, y “Felicidad” nos abandona, si no es “Perpetua”.]

San Agustín, Sermo 282.1

 

 

Et dixi Perpetuae: “Habes quod vis.” Et dixit mihi: “Deo gratias, ut quomodo in carne hilaris fui, hilarior sum et hic modo.”’

[Yo le dije a Perpetua: “Ya tienes lo que quieres”. Y ella me contestó: “Gracias a Dios que, como fui alegre en la carne, aquí soy más alegre todavía”.]

Passio Perpetuae et Felicitatis 12

 

 

Οὐ γὰρ ἔλαβον καύχημα κατὰ τῶν πεπτωκότων, ἀλλ´ ἐν οἷς ἐπλεόναζον αὐτοί, τοῦτο τοῖς ἐνδεεστέροις ἐπήρκουν μητρικὰ σπλάγχνα ἔχοντες, καὶ πολλὰ περὶ αὐτῶν ἐκχέοντες δάκρυα πρὸς τὸν πατέρα,  ζωὴν ᾐτήσαντο, καὶ ἔδωκεν αὐτοῖς· ἣν καὶ συνεμερίσαντο τοῖς πλησίον, κατὰ πάντα νικηφόροι πρὸς θεὸν ἀπελθόντες. Εἰρήνην ἀγαπήσαντες ἀεὶ καὶ εἰρήνην ἡμῖν παρεγγυήσαντες, μετ´ εἰρήνης ἐχώρησαν πρὸς θεόν, μὴ καταλιπόντες πόνον τῇ μητρὶ μηδὲ στάσιν καὶ πόλεμον τοῖς ἀδελφοῖς ἀλλὰ χαρὰν καὶ εἰρήνην καὶ ὁμόνοιαν καὶ ἀγάπην·

[Porque los mártires no tomaron de la caída de los otros ocasión de vanagloria, sino que con entrañas de madre distribuyeron a los necesitados lo que ellos tenían en abundancia, y derramando copiosas lágrimas por ellos al Padre, pidieron vida y el Padre se la dio. Ellos la repartieron entre sus prójimos y marcharon a Dios con una victoria sin tacha. Habiendo amado siempre la paz, de paz nos dejaron prendas y en paz marcharon a Dios, sin dejar tras sí trabajo a la madre ni discusión y guerra a los hermanos, sino alegría, paz, concordia y amor.]

Eusebio de Cesarea, Historia eclesiástica 5.2.6

 

 

Dion dixit: Milita, ne pereas. Maximilianus respondit: Non milito. Caput mihi praecide, non milito saeculo; sed milito Deo meo.

[Dión dijo:
—Sé soldado; si no, estás perdido.
Maximiliano respondió
—No quiero serlo. Córtame la cabeza, pero yo no milito para el siglo, sino para Dios.]

Acta Sancti Maximiliani 2

 

 

Atque ita ait: Marcellum qui Centurio natus, in quo militabat ablatum publice sacramentum polluit, et sub acta Praesidis talia verba furiis plena deposuit, gladio animadverti placet. Et cum ad supplicium duceretur Marcellus sanctus dixit: Dominus tibi benefaciat.

[Y dijo así:
—A Marcelo, que, siendo centurión ordinario, tras quebrantar el juramento bajo que militaba, lo ha deshonrado públicamente, y bajo la fe de las actas del presidente ha dicho palabras llenas de furor, le condenamos a que sea pasado a filo de la espada.
Y al ser conducido al suplicio, San Marcelo dijo:
—Que el Señor te colme de beneficios.]

Passio sancti Marcelli 2

 

 

Rursus proconsul: Stultitiae praeceptor eras. Respondit ille: Pietatis.

[De nuevo el procónsul: “Eras maestro de estulticia”. Respondió aquél: “De piedad”.]

Acta Pionii 19

 

 

πάσῃ φυλακῇ τήρει σὴν καρδίαν, ἐκ γὰρ τούτων ἔξοδοι ζωῆς.

[Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida.]

Pr 4:23

 

A los miles de cristianos que cada año, en este siglo, siguen dando testimonio de su libertad de espíritu con el pago de sus vidas.

 

I. Vibia Perpetua a Ulpia Marcia.

En esta hora postrera te dedico, hermana, las últimas palabras que pondré por escrito. Habiéndome confesado al diácono Pomponio por la mañana, habiendo entonado durante toda la jornada himnos al Señor entre todos los que en esta celda aguardamos, ya declarados en el silencio de la conciencia mis últimos votos y súplicas, estoy pronta a morir por mi fe. Aunque me insuflaría fuerzas entregarme a la oración hasta la hora en que nos saquen a la arena, prefiero pasar mi última vigilia hablando contigo, con quien tanto he jugado y amado. Siento que te debo alguna explicación sobre la madera de la cruz que abrazo. 2. Puesto que mi conversión ha sido reciente, y puesto que tu padecimiento por ella no parece haber cesado por más que disimules tu llanto, te diré algunas cosas para que tú, Marcia, comprendas mi libérrima voluntad y, tal vez, también sigas mi camino. Me alegra hasta donde pueda alegrarme por los seres de este mundo que te hayan impresionado algunas parábolas del Santo Evangelio, que admires los hechos de Cristo Jesús, que hayas derramado alguna lágrima de misteriosa admiración cuando me veías susurrar letanías al prender las lámparas de mi altar. 3. La semilla de la gracia se está abriendo en ti puesto que tu bondad la ha hecho madurar desde siempre. Menos de veintitrés primaveras han bastado para hacerme leal a la sociedad de los justos hasta el punto de encomendar mi salud y mi vida corporal; menos incluso te bastarán a ti, conociendo como conozco la hermosura de tu corazón.

II. Mientras mis hermanos debaten hasta su último día ciertos dogmas intrincados del Magisterio, yo me he retirado a meditar en soledad. Muchas son las doctrinas que todavía no entiendo, y no tendré ya tiempo de estudiarlas. En varias ocasiones hemos departido tú y yo sobre la doctrina de mi fe, aunque casi siempre por carta. Me inquirías cómo era posible que Dios fuera uno y trino, cómo pudo nacer de virgen nuestro Salvador, cómo pudo surgir un mundo a partir de la nada, cómo era posible que el pecado fuese llamado a la existencia por la fuente del Bien, cómo heredamos de Adán y Eva nuestras miserias, o cómo era posible la resurrección de la carne. 2. A esta hora sigo sin tener respuesta para esas cuestiones. Contra lo que podrías estar pensando, mi incertidumbre filosófica no debilita mi ánimo. No pasaré mis últimos instantes procurando comprender los designios del Señor. Acepto con alegría que Él vaya a saber siempre más que nosotros, que la Inteligencia pura no pueda más que ser participada en algunas trazas por nuestras inteligencias particulares, teñidas de ofuscación y de densa carne. 3. No basta, en cambio, con creer cosas inverosímiles para formar adecuadamente la humildad. Si los mitos de los dioses olímpicos son igualmente inverosímiles, no veo que hayan producido nunca tanto coraje y pureza de intenciones como ha logrado el Santo Evangelio. ¿Quién se daría por amor a las fieras sin esperar ningún bien de este mundo y, lo más importante, sin albergar odio ni congoja en el corazón? Acaso solamente un cristiano en tierras que conozcamos. La verdad de la nueva alianza que nos regala Cristo es limpia, carece de orgullo, de impudicia, ama a todos los hombres por igual, siente especial ternura por los débiles y enfermos, anima a pobres, mujeres y esclavos a alcanzar la más alta santidad. 4. Y, con todo, no contradice las verdades más excelsas de Platón o de Aristóteles. ¿No asiente la ley de la Iglesia a la intuición del Bien supremo? ¿No reconocemos igualmente la Unidad de la que todo dimana y en la que todo mora? ¿Es que no nos decidimos, como los estoicos, a permanecer firmes en la Razón universal, aceptando todo lo que venga, no ya con impasible rigidez, sino con alegría plena y generosa? ¿No hablan los peripatéticos también de una Causa primera? ¿No pensamos, con los pitagóricos y el oscuro Heráclito, que una concordia entre opuestos, sabia como sólo la Sabiduría puede serlo, lo rige todo, y que las disonancias del concierto no son sino estertores de libertad y de respiraciones de las conciencias que en nada afectan al buen destino del conjunto? ¿Aprecian los atenienses más que los nazarenos la sabiduría y la belleza de la Creación, a la que cantan éstos con más frecuencia, varias veces cada día? ¿Nos superan en morigeración y templanza los más ejemplares de los romanos? ¿Pueden ser más devotas las sacerdotisas de Vesta enfrentándose a la perdición si renuncian a la virginidad que los cristianos cuando nos lanzamos a padecer todas las vilezas precisamente por mantenernos en la virginidad, la lealtad y la caridad?

III. Cuando busco el instante en que abracé la fe definitivamente, no lo hallo en el día en que vi a unos cristianos siendo apresados y golpeados sin que la paz abandonase sus rostros. No lo hallo en las palabras de Pomponio, ni en los cantos puros a los que empecé a unirme en casa de Sáturo más por curiosidad y amistad que por convencimiento. Acaso fuese el instante decisivo aquel en que, paseando por mis jardines, vi a mi querida Felicidad rescatar del suelo a una cría de mirlo malherida, que había caído de un nido. Después de tratar de alimentarlo con hierbas y de envolverlo en su subúcula, le recitó unos versos con voz melodiosa que invocaban la intercesión de algunos santos. El pajarillo pareció calmarse, y así pasó las pocas horas que le quedasen de vida. Se marchó de este mundo con la bendición de aquella esclava a la que desde entonces tuve el impulso de llamar hermana. 2. Aunque no he oído a ningún presbítero hacer consideraciones sobre el alma de los animales, sentí que Dios había enviado a esa doncella sanadora, ese ungüento de caridad, a preocuparse por un destino suave para su minúscula criatura, como acordándose de lo que dijo Jesús sobre los cinco gorriones a los que no olvida el Padre, por más que se vendan por dos monedas (Lc 12:6). Allí comprendí la grandeza del amor, la dulzura permanente, la elegancia de los gestos compasivos y magnánimos, cosas que brotan cuando uno ya no se preocupa de su miserable beneficio, de su cuerpo caduco, de la minúscula porción de universo que ocupa en su corta vida o de sus tristes pensamientos sobre el porvenir.

IV. No sé cuántas respuestas calmarían la inquietud de tu entendimiento sobre mis creencias y mi fortuna. Una cosa sí creo que podré explicarte con sencillez: por qué los cristianos no adoramos al emperador. Nada es más falso que considerar que lo despreciamos o que no lo honramos con la grandeza que se merece el primer hombre del más grande imperio mundano. Tampoco el cómico Accio se levantaba ante Julio César cuando acudía éste al colegio de poetas, y nadie se indignaba por ello, pues era claro que allí se saludaba el talento literario y no el político. Del mismo modo, no rendimos culto al gobernante, porque el culto se reserva a lo divino y no a lo humano, sin que por ello podamos dejar de rendirle honores como príncipe del imperio. 2. ¿Participa de lo divino nuestro César Septimio Severo? No cabe duda, pero como un mortal magnífico, una criatura amada por su Creador, un elegido para regir los destinos del orbe. Equiparar su voluntad a aquella que dio origen a las estrellas y a la raza humana, no es tanto piedad cuanto estéril estulticia y peligrosa exhortación al envanecimiento, que es de lo que menos conviene a un príncipe. Me conmueve que se le rindan honores, versos, fastos; que le compongan odas, que le erijan edificios y estatuas, que llevemos su efigie en las faltriqueras. Nómbresele guía de todos los ejércitos si se desea, venza con su ley el germen del crimen, quiera que el mundo hable nuestro latín, impónganseles epítetos dignos de un Héctor, de un Numa y de otros llamados semidioses. Comparta con sus hijos la potencia sobre el suelo, como tríada que refleja abajo la que existió arriba desde lo sin principio. Pero no permitamos que su alma, lábil como todo lo que fluye entre las edades, ocupe en su totalidad el lugar de las nuestras. El César es hombre como nosotros, es africano como nosotros, es de nuestro siglo, cae en nuestras debilidades. Hagámosle fácil su vida y su gloriosa misión, pero no a costa de dejar que la facilidad sea la misión de nuestras vidas. 3. Te diré algo que hay en la enumeración de enseñanzas que nos legó el Maestro, tal y como las enumeró Apolonio (Acta Apolonii 37) ante el procónsul Perenne, quien le habría de martirizar: en ropa de pobre nos enseñó el Rey de reyes, en efecto, a calmar nuestra ira, moderar nuestro deseo, mortificar los placeres, cortar de raíz nuestras tristezas, ser comunicativos, fomentar la amistad, destruir la vanagloria, no buscar la venganza de los que nos agravian, despreciar la muerte por la ley de la justicia, no buscar dañar a nadie, sino soportar a los que nos dañan; obedecer a la ley por Él puesta (έδίδαξεν γάρ θυμόν παύειν, έπιθυμίαν μετρεϊν, ήδονάς κολάζειν, λύπας έκκόπτειν, κοινωνικούς γίνεσθαι, φιλίαν αύξειν, κενοδοξίαν καθαίρειν, προς άμυναν ἀδοκούτων μὴ τρέπεσθαι, διὰ τὸν τῆς δίκης θεσμὸν θανάτου καταφρονεῖν, οὐ διὰ τὸ ἀδικεϊν ἀλλὰ διὰ ἀνέχεσθαι ἀδικούμενουσ, ἔτι δὲ νόμῳ τῷ ὑπ’ αὐτοῦ δοθέντι πείθεσθαι); y, añade Apolonio, a honrar al emperador (βασιλέα τιμᾶν). Según nos enseñó el Verbo encarnado, deberemos dar al César lo que es del César; a Dios, lo que es de Dios (Mt 22:21).

V. Creo que ya ni siquiera tú sacrificas al emperador. Tampoco me agrada que sacrifiques todavía a los dioses. ¿No te daña otorgar el alma de un cordero a un pequeño genio, apasionado como el de un hombre, si es que los corderos cuentan con tal atributo y si es que existiesen los dioses de los montes y de los astros? Yo te insto, hermana, a que no derrames sangre de ningún modo, pues, aunque casi todos mis hermanos se conforman con no obsequiar a ídolos, y algunos de ellos comen carne, yo lamento el sufrimiento de la criatura a la que de todos modos se priva de una vida. 2. No usemos al animal como si fuese nuestro, porque ante todo es posesión divina, y, al igual que los hijos que decimos poseer, los poseemos nosotros solamente por circunstancias temporales y relativas. Eso me trae a la memoria las pobres fieras que se verán obligadas a masticarnos. Y pienso sobre todo en los bestiarios (venatores) del anfiteatro, que las han privado de alimento durante semanas a fin de acrecentar su afán en hacer el mal. Unas y otros son como címbalos que retiñen, y se alejan de Dios mientras a nosotros nos conducen en sus lomos hasta Él, porque no saben lo que hacen.

VI. Estoy dispuesta a morir, hermana, no por las palabras de un libro. No por una reliquia bienoliente o por un milagro deslumbrante. También los poetas antiguos, las flores y los magos cuentan con logros similares. Aunque me agrade sobremanera que ecos de la religión de nuestra infancia resuenen en las homilías y en las sentencias de Moisés, aunque me reafirman en mi fe las curaciones inexplicables y las multiplicaciones de los panes, nada de ello es por lo que estoy pronta a despedirme del mundo. Estoy dispuesta y, aun más, deseosa de morir por habérseme presentado en ello la oportunidad de encarnar la perfección de un alma tal y como los mejores filósofos la concibieron en sueños. 2. ¿Por qué enfrentarse a la muerte de este modo tan terrible, dirás? Porque allí se decide todo. Es una gran fortuna que la maduración que en otros conllevó lustros de práctica se haya reconcentrado en unas pocas jornadas para quienes aguardamos en este calabozo. Sé que estoy aprendiendo amar el doble a cada hora que se sucede. Siento que ya nada me da miedo en esta era, puesto que estoy poniendo toda mi voluntad en otra. A menudo me he quejado sin mesura cuando me he magullado con el fuego de una antorcha, o he sido presa del abatimiento o la ira cuando alguno de mis caprichos no se cumplía velozmente; estando ahora dispuesta al sufrimiento supremo, he renunciado por completo a mis antiguas, perniciosas costumbres. Si no equivaliese a una blasfemia, casi diría que no espero con tanto afán una nueva vida: ya he renacido varias veces desde la última vez que nos vimos. Jamás sentí tanta fuerza como ahora que no me aferro a nada. 3. Es por eso que honramos a los cristianos que murieron a manos de la soldadesca antes que nosotros; porque, ¿no han sido sus vidas fulgores de héroes mayores que los de Aquiles, Jasón o Rómulo? Con su paz invencible, su confesión sin arrogancia pero sin melindres, su entereza, que nunca pasa a convertirse en gesto violento, han dominado todos los reinos del orbe. Porque solamente empezando a vencer el centro mezquino de uno mismo se pueden ir logrando asentamientos allí por donde se marche. 4. Nada más triste que un sufrimiento sin progreso, y en ello están de acuerdo incluso vuestras leyendas, si contemplamos a los condenados por el Olimpo. ¿En qué aprovecha a Sísifo empujar una piedra hasta una cima de la cual volverá a caer? ¿Gana algo Tántalo sufriendo un hambre eterna frente a unos frutos que le soslayan? ¿No les valdría más a Ticio y Prometeo perder la noción de la existencia que sentir eternamente devorado el hígado? ¿Con qué fin, Ixión, ruedas abrasándote en el Tártaro? Por nuestra parte, los soldados del Ungido sacrificamos nuestro desahogo con vistas al más rápido cumplimiento posible de la Voluntad clemente que rige los mundos. Ningún deleite tiene tanta plenitud como nuestro tormento, pues en éste nos sentimos en consonancia con el curso secreto de los elementos.

VII. Recuerdo las hazañas de los varones ilustres que nuestro padre nos recitaba en los testimonios recogidos por Valerio Máximo o Plutarco. ¿Cómo no nos habría maravillado la piedad de Numa, la pureza de Catón, la modestia de Agrícola, la austeridad de Crates y Foción, la sinceridad de Sócrates, la prudencia de Cicerón, la liberalidad de Augusto, la compasión de Séneca? ¿Pues qué? ¿A qué esperamos para encarnar todas esas virtudes en un solo paseo hacia las catacumbas, o en otro hacia el hierro incandescente? Es un movimiento inusitado, pero una vez emprendido con diligencia nos lleva por sí mismo en lugar de llevarlo nosotros a él, como el peso de una piedra la va asentando cómodamente en el fondo del mar cuando se hubo hecho el esfuerzo de lanzarla, despegándola de la erosión de los vientos volubles. 2. Acaso las gestas de los mártires, sus coronas hechas de sus propios huesos, sus cantos desde las fauces de un león, sus oraciones por quienes les despellejan vivos, su combate son Satanás en su propia sangre, acaso todo eso, digo, será algún día monumento mucho más egregio que los de los generales que comandaron la república romana contra galos y sirios. 3. Cual en mi extravío me indicó el camino la luz de la santa libertad, así quiero dar ejemplo a otras almas. Porque si otros antes que yo me guiaron, si oficiales del ejército, soldados, mercaderes, matronas, esclavos, adolescentes, me hicieron sentir vergüenza por no tomar poder sobre mi propio corazón, por no amar lo bastante el cielo y la tierra, ¿a qué no podría hacer yo lo propio, si siempre me sentí de espíritu dulce, cultivado en las artes liberales y esperanzado? ¿Bárbaros de Judea hay que resisten mejor el dolor y desprenden más mansedumbre que un romano? ¿Pues cómo? Mas también hay senadores entre quienes siguen a los galileos, como Apolonio o Julio, que desafiaron a Cómodo ensalzando la Cruz hasta serles separadas sus cabezas de sus cuerpos. Nunca hemos pensado, ni yo ni mis hermanas y hermanos, que por ser mujer, joven o madre pudiese entregarme menos a la excelsitud. 4. Nosotros no olvidamos a nuestros héroes, gozasen del sexo o de la raza que gozasen, regalo de Dios en cualquier caso. Relatamos sus vidas y suplicios una y otra vez, paladeamos sus últimas palabras, imaginamos su mirada de amor a lo lejos, una mirada que atraviesa también a los seres cercanos, inundándolos con pálpitos de virtud. Incluso actuamos ficticiamente de víctima y verdugo, como si de una comedia se tratase. Yo, sin ir más lejos, en alguna velada, tras la cena, he sido la mujer del César que se compadecía del condenado, la santa madre de la víctima o la víctima misma.

VIII. Recuerdo a Ariadna de Frigia, que prefirió dejar de ver a luz del sol antes que un casamiento con un príncipe gentil. Siendo esclava del miserable decurión Tértulo, éste le desgarró huesos y carne y la mantuvo en cautiverio hasta el día de su milagrosa desaparición en las entrañas de la tierra.  La valerosa Blandina, de pequeño y débil cuerpo pero de alma invencible, tras pasar como los demás por la silla de hierro rusiente y habiendo sido apresada en una red donde era corneada por un toro que la elevaba del suelo con cada ataque, antes de ser degollada, fue clavada en un madero como el Creador de todas las cosas, y con ello infundió renovadas fuerzas en sus hermanos que estaban siendo despedazados por las bestias en la arena. 2. Sabemos también de Gliceria, virgen, desnutrida, horneada y devorada, que fue alimentada por un ángel en su celda cuando los guardias le prohibían el alimento, antes de su durísimo combate. La esclava Zoé, por negarse a comer carne sacrificada, se vio, junto con su marido Héspero, alentando a sus propios hijos a soportar el desollamiento, y acabó su vida abrasada por las llamas. Felicidad, la matrona que tuvo que ver torturados hasta la muerte a sus siete hijos. Sinforosa, en tiempos del noble Adriano, además de haber sido desfigurada, vaciada de ojos con punzones y colgada de los cabellos en el templo de Hércules, tuvo que presenciar del mismo modo la muerte de sus hijos, también siete, que fueron descoyuntados, alanceados, descuartizados, y partido en dos el más pequeño de ellos. Fotina, por orden del perverso Nerón, fue despellejada y arrojada a un pozo que fuese sellado, mientras sus hijas fueron despojadas de sus pechos y su piel, para posteriormente una de ellas, Fótide, atada con un pie en cada árbol, ser dividida en vida. Antes tuvo que conocer que sus hijos José y Víctor sufriesen el aplastamiento completo de los dedos, la amputación de las piernas y el ser echados vivos a los perros. 3. Sofía de Roma tuvo que enterrar a sus tres hijas mártires cuando aún eran impúberes. Piensa en Felícula, descoyuntada hasta ver sus tuétanos esparcidos por el suelo a causa de oponerse a sacrificar a Vesta y a desposarse con el idólatra Flaco. Fuese decapitada Justa de Cerdeña por la denuncia de su propia madre, junto a las esclavas Justina y Henedina. Recuerdo a Pudenciana, asaeteada con dieciséis abriles, y a Veneranda, apaleada, azotada, obligada a caminar sobre brasas, mesada su cabellera, y, antes de ser degollada, aun capaz de sanar las heridas de su verdugo, ocasionadas por el aceite ardiente que le salpicase en los ojos. 4. Serapia, esclava, fue entregada a la mancebía por mantenerse fiel a su creencia en el Bien. Acabó decapitada, inspirando entonces con su ejemplo a su cruel ama Sabina, quien terminó vencida por el amor y ornamentada también con el martirio. Basilisa y Anastasia quebrantaron la ley civil para dar sepultura a los santos apóstoles Pedro y Pablo, como tiempo atrás hiciese Antígona por su hermano Polinices. Tuvieron que padecer por ello el azotamiento, quemazones con antorchas, el ecúleo, la mutilación de lengua, pechos, manos y pies, y finalmente de la cabeza. 5. Tales mujeres, al igual que sus hermanos varones, no guardando nada para sí, ni humores ni apegos, devolvieron dadivosas lo que pertenecía a los elementos; al éter, su aliento; y el espíritu, al Espíritu que todo lo invade. Como todos los mortales, estaban destinadas a morir en su vestidura carnal. En unos pocos lustros sus cabezas lucirían idénticas en su palidez de hueso y polvo. Siendo así, ¿no es mejor fenecer por amor, siquiera tras un breve martilleo de miembros, que en brazos de la hedionda vejez, avara de días sin valor? Los héroes y los santos escogen la respuesta más sencilla; los circunloquios de la mente temerosa concluyen al fin cuando el cansancio del hálito roba el significado de cualquier vivencia.

IX. ¿Te sorprenden tales historias? Esa llaneza ante el óbito, que ni el austero Marco Aurelio comprendía cuando permitía descuartizar a hombres mansos como palomas, no es lejana a nuestro sentir romano. Lucrecia, fiel a su pudor femenino, se apuñaló tras ser violada por Tarquinio. Mucio Escévola, en el campamento del etrusco Porsena, puso impasible su diestra sobre el fuego hasta que se quemase por completo. Porcia, la esposa de Marco Bruto, por lealtad a la memoria de su marido, se quitó la vida con carbones encendidos. 2. ¿Y qué decir del joven Curcio?: dando cumplimiento al oráculo, se precipitó a la sima del Foro para que aquella grieta se sellase, puesto que había sido profetizado que únicamente lo haría el sacrificio de aquello en que más destacase el pueblo de Roma, que no podía ser otra cosa que la valentía y el vigor. Publio Decio Mus se lanzó a las filas del ejército latino, a la manera suicida en que los militares creen entrar en el Cielo. Si nos acusáis de nuestra lealtad aun a costa de dejar huérfanos a nuestros hijos, ¿por qué, entonces, alabáis a Manlio Imperioso Torcuato, quien mandó ejecutar a su propio hijo por desobedecer una orden legionaria? 3. Entre los filósofos griegos y asiáticos, no pocos adquirieron renombre con su imperturbable resistencia al aguijón postrero de la Parca. Sócrates bebió la cicuta con la idea de no transgredir un pacto entre atenienses, evitando así trifulcas y confusiones entre los partidarios de una u otra clase de justicia. Peregrino Proteo se echó sobre la pira en llamas para aleccionar sobre cómo perderle el temor a la muerte y mezclarse con el éter. Y con la misma decisión que Peregrino se privaron del sol Albucio Silo, Timantes de Cleonas, Cálano, Zarmanoquegas y otros cínicos y gimnosofistas. 4. Todos esos valientes se sacrificaron por mor de la gloria, el orgullo, la patria, los amigos, o por probarse a sí mismos. Y si bienes tan pequeños arrancaron semejantes hazañas, ¿qué no habremos de hacer los creyentes en el Dios único, que anhelamos la victoria del bien inmortal, el final de todo sufrimiento y la familiaridad entre todas las criaturas? ¡Oh mortales! No sabemos amar al siglo sino siendo sus reos y pretendiendo de él obtener no más que goces mezquinos; mas, cuando lo despreciamos, lo hacemos por motivos y senderos errados. Mas el sendero del Evangelio nos lleva del modo más rápido a la gloria, sin exigencias, sin ostentación, sin aversión, sin flaquear, acompasados al ritmo de los corazones que laten por la Verdad que no muere.

X. Cierto que no puedo estar de acuerdo con todo lo que veo en mis hermanos. Somos humanos; carecemos, pues, de una atención certera y precisa. Los modales que no se adquieren a lo largo de la primera juventud pueden ser sustituidos por grandeza de carácter, pero no dejarán de causar mala impresión en algunas personas que tal vez abrazarían nuestra fe si la oyesen por boca de un romano aseado y versado en el arte de la oratoria. Todos erramos sin cesar, porque desconocemos el sinfín de consecuencias de toda clase que desatarán nuestros actos. Nuestra mirada es limitada, y bastante es si durante la mayor parte del día logramos imaginar el mismo sabor divino en lo que conocemos y en lo que desconocemos. 2. Me desagrada especialmente el tono de algunos perseguidos que entre risotadas anuncian el Infierno para los verdugos. Aunque a algunos impíos se les asienten bien tales gestos, a la mayoría le incrementa la animadversión hacia nuestra santa hermandad. Por lo común, me parece más obsceno escupir a los asistentes de una orgía que participar en ella. Aunque no nos importe apenas lo que los demás piensen de nosotros si el Cielo conoce nuestra intención sin tacha, suscita desconfianza tal desprecio por la religión de nuestros ancestros. 3. Muchos impíos siguen creyendo que comemos carne humana y que realizamos ritos con víctimas infantiles; acaso desaparecería tal creencia si se convenciesen, como hizo Justino, de que el buen cristiano, que no ofende ni exige, no puede ser la criatura abyecta que describen los magistrados. No pienses que tus deidades, mías en otro tiempo, se me aparecen perversas y diabólicas; creo que la llamada del Principio Supremo late en los gentiles de un modo difuso, lo cual llevó a nuestros ancestros a figurarse las fuerzas del universo en trazos asaz rudos aunque no carentes de un fondo de verdad inestimable. 4. Mejor es adorar a una diosa casta como Diana que al oro. Mejor celebrar la temperada lira de Apolo que imaginar al Todo carente de concertación y equilibrio. Mejor emular el sagaz trabajo de Teseo o de Eneas en pos del pueblo que vivir por el solo alivio de sentidos y apetitos.

XI. Los que más increpan a los gentiles son los mismos que convierten el desprecio a la muerte en un entusiasmo desmedido. No faltan en Cartago y Tuburbo seguidores de Montano, con quienes están en desacuerdo los más prudentes obispos de la Iglesia. Entre ellos está el buen Tertuliano, de boca de oro. Mas en esto, como en todo, me pongo del lado de quienes no escupen cuando hablan. ¿Por qué provocan a los centinelas a que blasfemen contra la bondad? ¿Es que quieren ser causa de la perdición de los malvados con tal de llegar antes al Paraíso? ¿Tanto quieren morir que eluden cualquier labor útil al Señor que puedan realizar en esta vida? 2. Conociendo un poco más a Sáturo, sospecho que esta vez no es más que un modo de estremecer corazones duros, pues es él quien me descubrió el Sermón de la Montaña, en el que se canta al amor por los enemigos y por quienes nos persiguen. No anhelo, como decía, ni la arena del anfiteatro ni la ofensa a los ofensores. 3. Me gusta pensar que la paciencia se da tanto con respecto de las miserias de la vida como respecto de su pérdida. Yo no busco la muerte ni la tortura, pero tampoco las rehúyo. Si me ofreciesen alguna salida de esta prisión que no pasase por maldecir el nombre de Jesucristo ni por causar mal a mis hermanos, lo aceptaría sin dudarlo. Con gusto cambiaría de ciudad si eso fuese todo lo necesario para sosegar a mis captores. El Evangelio nos pide toda la firmeza del mundo a la hora de defender su Palabra, pero nos exhorta a suavizar sin rubor todas las espinas con que nuestros corazones protegen su amor propio. 4. Se diría que resuena tal parénesis en el llanto de mi pequeño niño, a quien debería mi dedicación diaria si no le debiese antes a su futura madurez un ejemplo de lealtad insobornable.

XII. Llevas tiempo fuera de África. Te hablaré ahora de mis compañeros de martirio, tan habitantes de Tuburbo como yo hasta que nos trajeron a Cartago, a fin de que ruegues también por ellos, si es que todavía elevas tu voz hacia lo alto, y si es que las plegarias a Minerva y a Mercurio llegan a un punto cercano al que arriban las mías. 2. Del joven Sáturo ya te he hablado. Su insolencia hacia los gentiles no menoscaba su dedicación a la diligencia y a la caridad. Revocato, esclavo hasta que lo manumití por consejo de Sáturo y compañero nupcial de Felicidad, es un muchacho digno y sencillo, repleto de afecto por su mujer y su futuro hijo, que no conocerá a sus padres. También velan aquí Saturnino y Secúndulo, dos lozanos catequistas sin más vínculos con nosotros que el amor por la perfección. Todos nos damos fuerzas, los unos a los otros; cuando uno flaquea, otro le levanta. 3. Poco falta para que cuente en nuestra asamblea a Pudente, uno de los centinelas de la prisión. Brillan en sus ojos las bellezas de los enamorados, y bien segura estoy de que el amor que en él está naciendo es hacia el Maestro. 4. Ahora que conoces a mi nueva familia, entenderás mejor el relato de nuestra conversión y captura. Aunque hace unos días dejé escrita un memorial de nuestro maltrato para conocimiento de la diócesis de Cartago, a ti, por la confianza que nos tenemos desde que te acunase cuando aún no tenías nombre, prefiero relatarte las cosas de otra manera.

XIII. Hará cosa de tres meses que te confesé mi gran admiración por los héroes galileos. Desde entonces ha corrido el tiempo con la velocidad de un ciclón. Un ciclón no puede desordenar lo que ya está ordenado; antes bien, arrasa los malos cimientos para que puedan construirse otros más firmes. Aunque no me hube agotado nunca entre aflicciones, siendo mi carácter tan alegre como pueda serlo el de una doncella bendecida con próspera familia y noble patria, mi conversión arrasó con las pequeñas miserias que anublaban mi espíritu. Nuestro querido padre trató de hacerme apostatar antes incluso de bautizarnos nuestro hermano, Felicidad y yo. Una vez bañados en el agua del renacimiento, no pasaron muchos días antes de que nos arrestasen. 2. Una cárcel infecta y una soldadesca de conducta atroz dio paso a la visita de los diáconos Pomponio y Tercio. Estos bienaventurados varones lograron a precio de oro que se nos permitiese salir a respirar y a hablar con nuestros familiares. Pude abrazar a mi marido y a nuestro padre, que no dejaban de suplicarme que traicionase todo lo que tengo por sagrado. Pude en esos descansos dar el pecho a mi hambriento hijo, encomendado entonces al cargo de mi madre. 3. Hablé y animé a todos hasta donde supe hacerlo. Logré que me permitiesen tener a mi hijo conmigo, y la prisión terminó por convertirse en el palacio que mi fe venía ya figurándose. Tuve a la sazón una visión: ascendía por una escalera protegida por un dragón. Pisé su cabeza y llegué arriba, donde un jardín inmenso me esperaba y donde me encontré con un pastor beatífico. De aquella visión inferimos mi hermano y yo que me esperaba el martirio.

XIV. Otro día nos levantaron bruscamente mientras comíamos para ser interrogados en el foro. Mi sollozante padre me mostraba a mi hijo en pretensión de ablandar mi rectitud, pero, si bien me quiso caer alguna lágrima, era densa como el óleo de la unción, bálsamo que se petrificaba en mi túnica como cera enfriada. El procurador Hilariano sustituía en la causa al difunto procónsul Minucio Timiniano. Aquel hombre, como supones, tenía y tiene derecho de vida y muerte sobre nosotros, pero antes me conminó a apiadarme de las canas de mi padre. 2. Respondí que no sacrificaría, que a nadie odiaba, que celebraba la grandeza humana del emperador y que era cristiana. Si algo de todo ello pudo ofender al procurador hasta el punto de condenarme a muerte, mucha oscuridad hay, pues, en las mientes de los magistrados o en la autoridad del imperio. Nos condenó Hilariano a las fieras, y regresamos jubilosos a la celda.

XV. Después del interrogatorio, nuestro padre, padeciendo la vesania del rencor, no me quiso devolver a mi niño, de lo que ahora me congratulo; no era ya provechoso ni para él ni para mi deber el seguir aferrándonos más y más el uno al otro hasta notar más la inevitable separación. En cambio, soñé aquella noche con nuestro difunto hermano Dinócrates, por cuyos siete años terrenales sin bautizar entoné otras tantas letanías; cuento con que el Purgatorio le sea leve. Quizás espere dormido dulcemente junto a los patriarcas en aquel lugar que Tertuliano llama el “seno de Abraham”, a la espera del Juicio en el que sean redimidos quienes no pudieron oír la Buena Nueva. 2. Pero el día que estuvimos en el cepo vi en mi alma que Dinócrates podía al fin abrevar de la piscina que no alcanzó en el primer sueño, y de ahí es de donde creo que la misericordia de Dios lo ha salvado o lo salvará. Recé mucho por César Geta en cuanto me enteré de que por su natalicio se celebraría nuestro martirio. Si el Diablo quiere manchar el nombre del emperador con nuestra sangre inocente, lo puliremos con himnos y plegarias. Aproximándose el día del espectáculo, volvió mi padre a verme con el permiso del buen Pudente. Se rasgó las vestiduras y se arrastró por el suelo mientras se mesaba las barbas y suplicaba entre lágrimas que desistiese de mi locura. Yo me dolía de su infortunada vejez. Le besé en la frente con mi mayor compasión y agradecí que me dejase con mis hermanos de martirio hasta la hora final. 3. Una visión tuve entonces en la que me desnudaban para cubrirme con cota de malla de gladiador. Cual aguerrido legionario me enfrentaron en combate a un egipcio al que vencí. Entre vítores me condujeron entonces a la Porta Sanavivaria, por la que quedé libre. Entre esas imágenes me dispuse irrevocablemente para el combate, con mi cuerpo por tahalí y mi lealtad a Cristo por espada. Mi combate, entonces lo supe, no será contra animales, sino contra Satanás. 4. También Sáturo nos ha contado una visión en la que éramos recibidos por ángeles que se alegraban con nuestra esperada arribada. Allí nos abrían puertas nuestros Jocundo, Artaxio y Quinto, quemados vivos antes que nosotros. 5. Habló en tal ensoñación con el obispo Optato y el presbítero Aspasio, entristecidos por sus disputas indignas, reclamándonos inspiración a nosotros, meros catecúmenos entregados a lo que ni siquiera conocemos demasiado bien. Y es que, según lo poco que he ido observando en estos meses, los hombres de Iglesia se enzarzan en miserias impropias de héroes. Así como cayó en enfrentamientos civiles la república, así también caería en una centuria próxima la Casa del Señor en la Tierra si el Espíritu Santo no intercediese por medio de sus más preclaros doctores, sus más magnánimos santos, sus más pulcros vírgenes y sus más expuestos mártires.

XVI. Casi olvidaba contar lo más alegre. Felicidad, ¡bienaventurada!, ha alumbrado aquí a su hija. Como dando vaticinio de su nombre, mi querida amiga ha arrojado luz en la oscuridad de la injusticia. Se ha mostrado muy alegre al comprobar que la niña, naciendo un mes antes de lo natural, no le impedirá beber el cáliz del tormento, y la ha podido entregar a una de nuestras hermanas catecúmenas. Hemos sonreído cuando hemos advertido que Felicidad va de la sangre a la sangre, de la partera al gladiador, de la creación de vida a la elevación sobre las nubes. 2. La madre, de un modo que se me antoja algo arrebatado, sueña ya con que su hija siga no muy tarde sus pasos hacia el suplicio. Hasta entonces, cuento con que nuestros hijos sean hermanos en Cristo, ellos, que provienen de dos madres unidas por devoción común, antigua ama y antigua esclava e inseparables jardineras del Edén en cuestión de horas, si Dios quiere.

XVII. Estando en el siglo, hubimos renunciado al siglo, cual si nuestro no fuese; padeciendo ahora el encarcelamiento, renunciamos a la cárcel misma, cual accidente que no nos atañe a nuestra naturaleza esencial. Casi ninguno aquí habla ya por separado; nuestra voluntad es común, nuestra voz es pluralidad de tonos con un solo timbre, como la armonía de las cuerdas en la cítara. Si Sáturo, Felicidad o cualquier otro se mantiene en su fe, yo me nutro de las sobreabundancia que de ella derraman. Si hay cristianos fuera de estos muros, entonces nosotros también somos libres. 2. Como el agua, no se puede decir dónde acaba y dónde termina tal o cual medida si los ríos se comunican con el mar y los mares con otros mares. Abriéndonos dócilmente al Todo, a la sazón lo mejor del Todo opera en nuestras entrañas. He bebido un elixir milagroso, una medicina filosófica con la que el individuo se funde con el entorno y con la partícula divina que dentro de cada cosa anida para quien sepa verlo. No amando ya los límites que nos definían, todas las fuerzas son nuestras si cooperan a un plan celestial que aplaudimos; puesto que la mejor de las naturalezas humanas existe y no me opongo a ella, me permea como la lluvia al niño que le permite limpiar su rostro. 3. Así, el individuo se diluye en la familia; la familia, en la congregación; la congregación, en la Santa Madre Iglesia en su conjunto; la Iglesia, en todos los que sufren o sufrirán; y la humanidad, en el seno de Dios. “De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan”. Así dice el apóstol Pablo a los corintios (1 Cor 12:26). Pues, según los Hechos de los apóstoles, ya entonces “la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común” (Hch 4:21). 4. Y dice del Mesías el autor de la carta que testimonia el martirio de Policarpo: “Él fue el primero en sufrir lo que mandó soportar a los otros, y de tal modo nos formó y enseñó a todos que no busquemos salvarnos sólo a nosotros mismos, sino también tratemos de que se salven por nosotros cada uno de nuestros hermanos” (Pertulit ante illa, quae aliis perferenda mandauit: Qui omnes ita formauit et docuit, ut non solum nos ipsos, sed etiam per nos fratres singulos saluaremus). 5. Que esta ergástula es un silo lóbrego hasta no poder ver en ella casi nada, hediondo, repleto de orín y excrementos, donde estamos todos aglomerados y donde falta el aire, todo eso no puedo negarlo ni decir que sea agradable si se carece de fe; pero con fe, es éste el vestíbulo de los santos, la oficina de los ángeles y el navío que nos conducirá a cualquier puerto que se figure nuestra imaginación para lo acabado y sublime. Habiendo intuido la Luz de los Cielos, tan sucia me parece esta mazmorra como el mundo.

XVIII. Ya aguardamos en el anfiteatro, desde donde escribo. En los pocos momentos en que cesamos de orar, los hermanos cristianos pasamos horas recitando fragmentos de epístolas de San Pablo y de San Ignacio, de apologías de Justino,  de Melitón y de nuestro fiel Tertuliano, pero también departiendo sobre nuestro martirio y divirtiéndonos sobre cómo se verterá nuestra sangre. Saturnino anhela ser devorado por todas las fieras por que mayor sea su corona. Sáturo abomina al oso, por lo que prefiere las fauces del leopardo. Revocato parece asentir a cualquier opción. 2. Dicen que, contrariando toda costumbre, han comprado una vaca para emular el sexo de las mujeres que seremos corneadas por ella. Felicidad y yo consideramos que no sería mal final acabar en tan excepcional hembra, ya que con tanta consideración nos han honrado nuestros anfitriones. Secúndulo,  antes de morir tristemente en prisión, ha inquietado a algunos considerando la posibilidad de que nos dejen insepultos, como pasto de gusanos o cenizas disueltas en las cloacas, a semejanza de lo sucedido a Blandina, Potino y los otros mártires lioneses. Entre Sáturo y yo los hemos convencido a los perplejos de que el poder infinito de Dios permitirá en el día de la resurrección de la carne sean reunidas sobrenaturalmente todas las partículas dispersadas por los inicuos. 3. En cuanto a mis cuitas, las puedes suponer, ya que tanto me conoces. Y es que, si caigo de bruces ante la embestida de la fiera, me preocuparé más de cubrir con mi túnica el muslo que de los desgarros que pudiese haberme ocasionado. Del mismo modo, debo acordarme de recogerme los cabellos con una aguja, no vaya a ser que me tomen por una plañidera en gimoteo fúnebre cuando mayor sea mi victoria.

XIX. He pedido al tribuno que nos trate mejor, que nos permita un cierto aseo y que podamos ver a nuestros hermanos, padres y cónyuges; lo convencí recordándole que somos los nobles obsequios a César Geta, en cuyo nombre es por lo que nos matan. Nos ha concedido una cena de la que llaman “libre” (cena libera), ofrecida a los condenados a muerte. 2. En medio del ágape, aún ha tenido Sáturo los arrestos de increpar una vez más a la multitud que allí se congregaba: “¿No tenéis bastante con lo de mañana? ¿A qué miráis con gusto lo que aborrecéis? Hoy sois amigos; mañana, enemigos. Pero observad atentamente nuestras caras, para que nos podáis reconocer en ese último día”. 3. Así habló el buen catecúmeno, y muchos de los que asistían salían despavoridos y avergonzados, y alguno habrá que se convierta si no ha sido el suceso diferente a ocasiones anteriores similares, cuando el furor jovial del condenado apareja valor y nuevas creencias en la gente. 4. Aparte de eso, la peor humillación a la que nos han tentado ha sido la de anunciarnos que querrían en el anfiteatro hacernos vestir a los hombres como sacerdotes de Saturno y a las mujeres como sacerdotisas de Ceres. Nos hemos negado aduciendo que precisamente por evitar tales claudicaciones es por lo que donábamos nuestro aliento.

XX. Debo confesar, sólo a ti, que he tenido una premonición: soñé hace dos noches que el verdugo, novicio indeciso, no lograba acertar en mi cuello con su espada. Lo intentaba varias veces torpemente hasta que, agarrando el filo entre mis propias manos, lo dirigí a mi ensangrentada garganta con mayor decisión, aminorando mis sufrimientos merced a mi propia falta de delicadeza. Me he visto, ya lo ves, a medio degollar, agonizando por el temblor de una mano que, si supiera lo que ciertamente quiere, querría salvarme en lugar de aniquilarme. 2. Ignoro si es fantasía o profecía; sea cual fuere, dicen que se pierde el sentido en cuanto la cabeza queda un poco separada del cuerpo. En tal caso, no habrá dejado de fluir todavía la sangre en mi aquietado cuerpo cuando mi alma está ya atenta a otros mundos más nobles. No temo, pues, la peor de las situaciones imaginables, en la cual el espanto querrá atenazarme tanto como yo se lo impediré a fuerza de amar a mis torturadores. 3. Así las cosas, ¿qué puede hacerme, pues, ningún evento mortal? Si el Infierno es el más bello camino, ¿quién me tentará? Si resisto sin ira al fuego y a la sangre que inútilmente me quieren someter este ánimo decidido a ser digno de lo más digno, ¿acaso no tengo ya obtenido lo mejor que me brindaba nacer humana? La rueda, el ecúleo, las fieras, las espadas, las tenazas, las antorchas… Nada de eso se me aparece ya sino como instrumentos de bendición, gratos incensarios, lámparas purificadoras que caldean mi espíritu. 4. Y, por encima de todos ellos, añoro la cruz. ¡Oh la cruz, en la que, imitando a nuestro Señor, se abren los mártires por completo a los verdugos, ofreciendo pacíficamente el pecho a quien desee admirar una entrega infinita! ¡Qué belleza imaginar al humilde San Pedro crucificado cabeza abajo (A.Petr.37) por haber reclamado para sí menor honor que Jesucristo y, con ello, elevando todavía más su alma, tornándose como pocos servidores de la Iglesia ha habido! Cuando me retiren el manto, me habré “despojado de mi antigua humanidad, viciada conforme a los deseos engañosos” (Ef 4:22). 5. Sáturo me ha contado que, al igual, ha presentido su muerte. En su visión, llamaba al carcelero Pudente a la fe desde las fauces de la fiera. Con un anillo bañado en su herida recordará el carcelero el segundo bautismo de su nuevo hermano, que se despedirá sonriendo para que no turbar sino para confirmar. Tal es lo que me ha vaticinado, y no he podido sino dejar correr mis lágrimas de alborozo.

XXI. No sufras más por mí, ni por un instante. No insistiré más para consolarte, como hacen todo el tiempo mis hermanos, en que seré libre dentro de muy poco tiempo: nunca he dejado de serlo desde que pronuncié el nombre de Jesús, que no fue sino pronunciar mi nombre transfigurado, la edición sublime de mí misma. 2. También tu nombre se puede transfigurar: basta con que los más excelsos momentos de tu temperamento te sean recordados, ya sin cesar, por un voto de lealtad a la Palabra que dio origen a los orígenes. Basta con que reconozcas lo que ya sabes y que le otorgues ritos en tu vida para impulsarlo a cada uno de tus actos. 3. Cuando comas el pan del ágape, tu cuerpo recordará que pertenece a otra naturaleza superior de la que él se nutre. Cuando entones alabanzas, descubrirás que de tu interior surge una melodiosa disposición a postrarse ante la belleza infinita. Cuando des limosna al pobre o agua al sediento, volverás a aquel sentimiento de la comunicación ilimitada entre las porciones de la Creación primigenia, de cuando en algún modo éramos como ángeles que participan unos de otros a partir del resplandor único del Invisible.

XXII. Ea, todo es está cumplido, querida hermana, ahora que cada instante de nuestra pasión se rige por la adoración a la Virtud original y simplicísima que alumbra a las virtudes cardinales, de las que manan las demás. Todo está cumplido ahora que en cada pensamiento gobierna un atisbo de la tranquilizadora explicación al aparente devenir de confusiones que son nuestras existencias vulgares. No veo ángeles y, sin embargo, la realidad entera ha adquirido una sandáraca del Edén que se está abriendo paso en las humildes genuflexiones, en la penitencia recoleta, en los versos más sencillos de un salmo y en cada movimiento de nuestros cuerpos, a los que no logran robarle las sonrisas. Un cierto Céfiro anuncia vida al derramar los colores que van desperezando a la primavera en estas nonas de marzo. 2. Tengo a Felicidad a mi lado. Tengo lo Perpetuo en mí. ¿Qué más puedo pedir? Mi nombre se unirá al de mi antigua esclava, puesto que encarnaremos juntas una única dicha sin fin. Lo que me queda es, por así decirlo, un trámite, un sello de sangre que no se alargará más de una hora. 3. Y después tendré toda la eternidad para contemplar lo que ahora solamente huelo vagamente como un aroma de jazmín o de peonía en la penumbra de una corta noche de verano. Desde allí te contemplaré tiernamente, querida mía; responderé, en griego o en la lengua más sutil del sentimiento, si me preguntas; nos confiaremos confidencias, si así lo deseas, durante noches enteras, como cuando éramos niñas, hasta que el sol deslumbre de nuevo el silencio en el que meditaciones y diálogos con los muertos resultan más provechosos. Y te ayudaré en cuanto pueda, e intercederé por ti a los santos y a la Virgen María, madre del Ungido.

XXIII. Amanece. Un sol de beatitud eterna empieza a iluminar mi cansada vista. He pasado mi última noche hablando contigo, Marcia, porque a nadie mejor que a ti puedo confiar estos pensamientos que flotan en mis mientes. Acaso fuese el recuerdo de verte rendir ofrendas a Vesta y a Ceres lo que siendo niña encendió en mi seno la lumbre de la piedad religiosa. Acaso en las conversaciones de sobremesa que gozábamos hasta la madrugada, a la manera de Aulo Gelio o de las disputas tusculanas del Arpinate,  prendió la llama de mi búsqueda. Acaso te deba a ti el hollar en este día el Reino de los Cielos, con el permiso de su dueño. 2. Mi tiempo aquí se ha acabado. No he decirte nada más con mi boca corporal o en un papiro caduco como el viento. Si algún día te decides a buscar la Vida, la Verdad y el Camino, en cada ciudad en la que duermas podrás dar con un obispo al que confesar tus cuitas y reclamar consejo, un hombre que, si es hombre de Dios, dará su alma por tu alma y su sabiduría por tu esplendor.

XXIV. Salve, Marcia. Cuida tu cuerpo y mil veces más tu alma; permítele hablar cuando te pida que la salves. 2. Y recuerda que la salvación no reside en otra vida: surge, para no desaparecer nunca, en un solo voto que no ha de incumplirse.

En Cristo te ama y se despide tu hermana Perpetua.

[Música: 1. Responsorium: Data est / Hymnus: Te sæculorum. 2. Canto bizantino (traducido como Since my youth / Des ma jeunesse). 3. Himno de Oxirrinco (P. Oxy. XV 1786), considerado la música cristiana más antigua conservada, compuesta a finales del s. III, con texto griego. 4. Victor, Nabor, Felix pii, encomio ambrosiano a los tres mártires, soldados de Mauritania, que se coronaron durante las persecuciones de Diocleciano. Si la discutida atribución a San Ambrosio es cierta, se trata de una composición del s. IV. 5. Beata nobis gaudia (himno de laudes en Pentecostés), canto de júbilo. 6. Adoro Te. 7. Alleluia. Hodie in Bethlehem puer natus est (canto romano antiguo y, por ende, probablemente altomedieval). 8. Aeterne rerum Conditor, himno ambrosiano, esta vez plenamente atribuible al santo, y formado por estrofas de cuatro dímetros yámbicos acatalécticos. Nótese que el acompañamiento de órgano es completamente anacrónico no tanto por la escasa o nula presencia del hydraulis u órgano hidráulico en las músicas cristianas de los primeros siglos cuanto por la textura acórdica, propia del Renacimiento en adelante.]

Aber sie kommen, sie wägen Aeonen des Kampfes auf, die Augenblicke der Befreiung, wo das Göttliche den Kerker sprengt, wo die Flamme vom Holze sich löst und siegend emporwallt über der Asche, ha! wo uns ist, als kehrte der entfesselte Geist, vergessen der Leiden, der Knechtsgestalt, im Triumphe zurück in die Hallen der Sonne.

[Pero acaban llegando los momentos de la liberación que compensan siglos de lucha, momentos en que lo divino sale de su celda, en que la llama se desprende de la madera y se eleva victoriosa sobre las cenizas, en que nos parece que el espíritu libre, olvidadas las penas y la servidumbre, vuelve en triunfo a las galerías del sol.]

F. Hölderlin, Hyperion 1.53

 

El Hijo del Hombre estuvo de acuerdo con Sabiduría, su cónyuge, y manifestó una gran luz andrógina. Su nombre masculino es denominado «Salvador, generador de todas las cosas». Su nombre femenino es denominado «Sabiduría totalmente generadora». Algunos la llaman, sin embargo, «Fe».

Epístola de Eugnostos (NH III 2 y V 1-17)

 

Non coerceri maximo, contineri tamen a minimo, divinum est.

[Cosa divina es no estar ceñido a lo más grande, sino estar contenido en lo más pequeño.]

Epitafio simbólico para celebrar el primer centenario de la muerte de San Ignacio, incluido en la Imago primi sæculi Societatis Iesu (1640)

 

¿Quieres conocer el nombre de esa llama interior que arde hacia lo alto como una espiga otoñal invencible, centinela de los amaneceres y los hundimientos? No es corona de oro y zafiros, ni abstruso arquetipo de filósofos alejandrinos, ni poder mágico con el que domeñar a las bestias y a los soles. No brilla como el serafín que creíste ver en sueños ni como la Dama universal de finos rasgos y enjoyados pechos que penetra a la materia toda, fértil para el Espíritu que la fecunde. Prescinde de mayúsculos epítetos, así como de atronadoras músicas corales. No pasea ante el ojo de los artistas como la visión de un duende de los lagos o de una aurora boreal, presentimiento de muchas cosas. Es, en cambio, la sencillez de la mirada profunda por amable y amable por profunda, cálido acontecer de pulsos firmes, recogida de leña en el ocaso, plegaria humilde a un dios esquivo, nube del alma de la que caerá nutricia lluvia tras el tropiezo, frescor entre sudores, obra misericordiosa, legítimo asueto inocente en la claridad del mediodía, distraída sonrisa sin premura ni esperanzas, ángel alumbrado de entrañas de amor propio entre dolores de parto, lecho de paja compartido con todos los seres, amor adolescente hacia la justicia y el mérito, continuidad serena de las labores que permiten comer. Es tu luz interior, tu signo crucífero, tu masa espiritual. No podré decir el nombre, pero se asemeja al tuyo, tan incierto y difuso como el que, por voluntad de tus padres, designa a la unión de tu cuerpo y tus pensamientos en la penumbra nocturna, cuando los halcones duermen en el sotobosque a la espera de un alba provechosa en la que beber el rocío cien mil veces evaporado hacia lo desconocido.

[Música: F. Liszt, Soneto 123 del Petrarca (versión para piano solo). El poema que despierta la fantasía del compositor es la siguiente evocación de un lamento que, de tan bello que es, arraiga con elegancia en los fenómenos de la naturaleza: I’ vidi in terra angelici costumi, / E celesti bellezze al mondo sole; / Tal che di rimembrar mi giova, e dole: / Che quant’io miro, par sogni, ombre, e fumi. / E vidi lagrimar que’ duo bei lumi, / Ch’han fatto mille volte invidia al sole; / Ed udì’ sospirando dir parole / Che farian gir i monti, e stare i fiumi. / Amor! senno! valor, pietate, e doglia / Facean piangendo un più dolce concento / D’ogni altro, che nel mondo udir si soglia. / Ed era ‘l cielo all’armonia s’intento / Che non si vedea in ramo mover foglia. / Tanta dolcezza avea pien l’aer e ‘l vento. En su traducción quedaría así: “Angélicas costumbres vi en el suelo / y una celeste y única hermosura, / cuyo recuerdo es gozo y amargura, / pues entre sombras y humo me desvelo. / Dos bellas luces vi llorar con duelo, / que a la lumbre del sol hacen oscura, / y oí cosas que al Tíber, por ventura, / harían parar, y andar al Mongibelo. / Cordura, Amor, Dolor y Cortesía / tan bien armonizaba su lamento / que nunca el mundo oyó tal armonía; / y el cielo estaba a ella tan atento / que en las ramas ni una hoja se movía, / pues su dulzura saturaba al viento.”]

 

En esta hora de inminente barbarie, no hay nada superior a la caridad. Todo lo demás, incluso la ciencia, incluso la contemplación, incluso las actividades predilectas de nuestro corazón, debe ser dejado a un lado. Ha llegado el día de la prueba suprema para vosotros y para todos. O los hombres se deciden a practicar leal y cotidianamente el Cristianismo -aun cuando sólo sea en sus preceptos más elementales- o se condenan a la más horrenda agonía, a las torturas de un infierno terrestre al que sólo pondrán fin la destrucción y el suicidio universales.

G. Papini, Cartas del papa Celestino VI a los hombres (ed. Aguilar 1957, p. 62)

 

Continuum mendacium est habitus tuus, et corona tua, quoniam quod deest significant.

[Constantes falsedades son tu hábito y tu corona, pues indican lo que no tienes.]

Gigo el cartujo, Meditationes

 

Nemo difficulter ad naturam reducitur nisi qui ab illa defecit.

[Difícilmente acompaña nadie a la naturaleza si no ha desertado de ella.]

Séneca, Ep. 50.5

 

Cuando el agua llega a la cintura, seguid adelante; pero si sólo llega a la rodilla, debéis resguardaros.

Confucio, Analectas 2.4.42

 

PREFACIÓN

EN esta hora vierto admoniciones, apotegmas y parénesis variadas que una parte de mí se hace a otras de las partes. Son principios que procuro afianzar en mi inconstancia y cotos con que quiero atentar a mis trapisondas. Desconozco a qué otro puedan servir, si es que siquiera estoy en lo cierto cuando me postulo yo mismo como provechosa audiencia; pero a quien se me parezca en pulsos de vicio, en sensibilidad a la desdicha, en deseo de vencerse a sí mismo, aquél acaso apreciará el empuje tímido que con palabras como las que siguen pretende elevar el el leve vuelo del espíritu. Mis exhortaciones no son leyes, ni mandatos, ni exigencias, ni ofensas, ni desprecios, ni súplicas, ni silogismos. Tan sólo son latidos de intuición, destilación de ciertas lecturas, auras de algunos maestros y destellos de algo divino que se asoma torpemente en mí entre balbuceos de amnésico y zancadillas que mi bajo ser impone a ratos. Inspiren del mejor modo y tenga cada cual a su arbitrio la discreción de su aplicación, que yo ya me ocuparé de darme cuenta a mí mismo de mi talla o de mi desobediencia a mi principio rector. 

 

 

[1] No tomes cosa alguna de criatura con boca que a través de ésta no te haya concedido aquélla. Si lo haces, nunca evitarás el fantasma de la culpa cuando exijas trato de respeto a tus asuntos.

[2] Ejercita los músculos de tu espalda y de tus miembros, porque en erguimiento de la primera y la justeza magra de los otros vase despejando el espejo del ánima. Un brazo terso sólo proviene de una voluntad tersa, y ésta se doblega también en el sufrido trabajo de las fibras de la carne.

[3] No apures ningún placer hasta sus heces si no quieres acabar pensando que es en ellas donde se encuentra la dicha.

[4] No te lamentes por lo que te hayan hecho. La principal causa de debilidad moral y de tormento espiritual es renunciar a ser hacedores de nuestro propio sufrimiento y gozo, y pocas cosas como esa renuncia acercan tanto a amigos mezquinos y alejan a los amigos repletos de vida. Sentirse dolorosamente atacado es el primer paso para que alguien más lo sea, cuando no uno mismo de nuevo. Teniendo las dos manos que te han sido dadas, úsalas del mejor modo y no maldigas las manos pervertidas de los otros; de pocas cosas te arrepentirás más en tu lecho de muerte que de haber invertido esta admonición.

[5] Entiende que quien te hace daño y cae en todos los descuidos para contigo es un ave distraída, una hoja agitada por los vientos de sus propios caprichos, a los que no sabe domar. Y sábete que también tú caes en descuidos comparables, aunque sea en otros prados del devenir que en este preciso ahora no atiendes.

[6] Ama a tu yo futuro y odia a tu yo presente, que no es más que el yo futuro con falta de vigor todavía conquistable.

[7] No busques las riquezas. Por otro lado, busca solamente la pobreza si te has decidido a no concederte jamás una sola tarea o un solo placer que rebase al endurecimiento monástico de los apetitos y al cultivo de un corazón piadosísimo. Recuerda que toda pobreza que no sea guiada por eremitas veteranos podrá tornarse afeamiento de las costumbres, desidia del cuerpo, enfermedad de lo enfermable y confuso ejemplo de dignidad para quienes necesitarían de tu luz.

[8] Estudia y aprecia las doctrinas, pregúntales por tus cuitas con reverencia, compara sus enigmas, descansa de ellas y regresa cuando hayas sospechado con más viveza que nunca hasta qué extremo guardan ellas el descanso más estable y virtuoso. Cumple sus preceptos y vístete con sus hábitos. Mas nunca pongas a la doctrina en el lugar de tu conciencia, nunca renuncies a buscar su esencia por haberte quedado amarrado locamente a sus liturgias. Antes de eso, bien es cierto, habrás de estudiar liturgias y esencias mil y una veces hasta descubrir sus múltiples parentescos.

[9] Auxilia solamente a quien quiera ser auxiliado o a quien no ponga todo su  empeño en vindicar para sí el auxilio sin cese. Cualquier otra cosa es vertedero de fuerzas, empobrecimiento del carácter ajeno y trofeo de miserias para todos. A menudo el amador no puede hacer otra cosa que levantar un farolillo de serenidad a lo lejos. Pero ofrécete sin dilación hacia niños y animales, pues nunca saben hasta qué punto te necesitan y desearían no necesitarte.

[10] Comprende que la vida tiene violencia y amargor a raudales, y ofrece tu compasión con una entereza que no parezca querer recibir misma ternura a cambio. Si no te dominas a ti mismo, tu compasión será fatua y desmedida como la madre tardía, orgullosa o temerosa de su haber, que pone sobre su retoño todo bajo cobertizo en lo más granado primavera, enfermando así a quien debía nutrir, debilitando a quien debía fortalecer. El fatuo es a menudo misericordioso en cualesquiera minucias por querer comprar así su buena conciencia, y en contraparte obtiene criaturas quejosas, perezosas, resentidas e infelices; el noble, no deseando recompensa de otros o de la propia complacencia, solamente mira por que el amado se haga robusto y dueño de sí, aun cuando deban caer por el camino algunas lágrimas de incomprensión y soledad por parte de todos.

[11] Aprende a hablar con prestancia, meditado, sentencioso, grácil, manso, melodioso, ordenado, estudiado, relacionando varios conceptos en un mismo impulso en rumbo de la virtud. Estudia tu retórica y tórnala no menos agradable que leal a lo veraz. Nunca renuncies a enunciar una verdad que consideres necesita oír en tal momento la audiencia, aun cuando te cueste soledades, castigos y vergüenzas. No violes una amistad con un juicio demasiado doloroso por injerir un disgusto que evitará a esa amistad traer muchos parabienes al alma durante el porvenir.

[12] Respétate a ti mismo sin confiar en que siempre vayas a ser igual de respetable si es que no guardas vigilancia constante y aun creciente de tus pasiones.

[13] Reconoce que nadie está sentenciado para siempre, y que todo carácter sería recuperable si se conociesen las llaves precisas que abren las precisas mientes del enajenado, aunque no siempre esté en tu mano demostrarlo en hechos.

[14] Nadie puede saberlo todo, y todo se enlaza con las restantes esquinas del universo mundo, de suerte que es inútil sentenciar con mucha gravedad, porque lo que es hoy cierto no lo fue siempre ni lo será quizás mañana. Pero no aflojes la correa de tus miembros, y actúa como si la virtud esforzada fuese a resolver los dolores del mundo, pues solamente sobre la costumbre de aquélla el vicio dudará y se pensará el detenerse o replegarse.

[15] No te enfades nunca. Sea tu ser cabal la plomada que mensura el fondo de las cosas. Cuando notes a la hiel emponzoñando tus entrañas hacia la boca, detén tus funciones con una quietud siquiera forzada; medita sobre la brevedad de la vida, la necedad de todo deseo, el triste espectáculo de una criatura que rabia puerilmente como protesta por la puerilidad de otras criaturas adornadas con menos aspavientos. Advierte cómo es una criatura débil y afanada la que te irrita, y qué pesada es la carga de pasiones la conducen de aquí para allá. ¿Qué obtendrás pudriéndote la sangre, pariendo violencia, llamando a miedos contestatarios, infectándote de la vanidad de los efímeros eventos? La ira es veneno supremo, pues a nadie agradará, ni tan siquiera a ti mismo; y nada arregla, nada aplaca, nada asienta, nada convence, y nubla la visión pura de la vacuidad de todo lo que es. De todos los pecados, es el que más raudamente aleja de la verdad profunda.

[16] Bendice a la persona que te acompaña en cualquier situación, pues es lectura que el Todo te ofrece como ejemplo de caso.

[17] Perdona, no ya por sanar tu corazón o salvar al otro, sino porque hay poco que perdonar cuando las personas somos ríos de carne y alma que rebotan contra los guijarros de elementos y peripecias y arrastramos fango tan ciegamente como se regulan nuestros humores por el capricho de las estaciones o las influencias de la luna. No perdonar es compartir un peso inútil que bien podría quedar abandonado en el camino para solaz de todos.

[18] Cultiva al menos un arte. Que sea con esmero antiguo, buscando más el ejemplo de babilonios y sumerios que de tus vecinos enloquecidos, pues solamente la armonía de los arquetipos contribuirá a la armonía del caso particular que eres. Respeta la geometría tradicional y los principios del canon clásico; aunque no comprendas el porqué, se contienen allí respiraciones sanadoras y secretas de tu raza, pulsaciones de los ciclos de la tierra y del cielo. Sin embargo, no caigas presa de la culpa cuando coquetees con un arte menor, con una dulce o divertida concesión al placer sencillo y rítmico de una canción popular, de una danza cortesana, de una lámina infantil, de un verso aliterado, de una sugerencia amatoria, de un ingenio erudito; también en esos parajes se encuentran la educación del carácter, cada vez más sensible a la redondez de la forma, a la pulcritud relajada, a la felicidad cuidadosa y desapegada a un tiempo, a la perfección calmosa de lo bien hecho. La ligereza moderada del carácter es al alma profunda lo que la respiración plácida al cuerpo musculoso.

[19] No vendas ni compres nada de tu hacienda por un placer corporal; ninguno que puedas imaginar dejará de despertarte dudas sobre tu sacrificio. Mas tampoco vendas ni compres nada por rehuir un placer que te tienta, pues supone otorgarle un poder similar y, peor aún, sin darle esta vez la oportunidad de que se agote en la sensación y te decepcione, liberándote así de él por sí mismo. De los placeres mundanos, los inaceptables son los que causan daño a otros a sabiendas; los siguen los que lo causan sin advertirlo; van detrás los que causan daño a ti y, finalmente, los más débiles son los que no alteran el paso de tu cuerpo. Con frecuencia será peor la violencia que el engaño, el engaño que la intoxicación del cuerpo, la intoxicación que la ruina, la ruina que la ofuscación de la conciencia. Mas preferible será anegarte en vino con tal de seguir prestando tu apoyo a los seres sufrientes que abandonarlos a su suerte mientras gozas de lechos mullidos que en nada menoscaban la salud de tu materia.

[20] Lo que a la postre debes terminar aprendiendo a aceptar es lo inaceptable. Descubrirás que tus principios deben sostenerte imbatible, pero no lo harán con el mundo; no los impongas, pues, sino logra ante todo que no te impongan otros, y ofrécete como reino para quien desee exiliarse del imperio de la sinrazón. No por ello deja de dar voz al torturado, al desheredado y al desentrañado; sé el abogado eterno y elocuente de un juicio amañado por la cortedad de miras y el amor propio. Tribunales habrá que restituyan tras la muerte la dignidad a tus defendidos. En cambio, si recurres a la espada para sajar la inopia de la totalidad de un pueblo, solamente volará el dolor, el contraataque y el fracaso.

[21] Respeta en cuanto puedas a quienes te dieron la vida. Te repartieron tus primeras cartas, te enseñaron a jugarlas, te ofrecieron las señas de las mejores jugadas de todos tus ancestros, te cuidaron entre tanto y, por encima de todo, te dieron los ojos con los cuales verás y estudiarás toda la partida.

[22] La virtud nunca es terreno conquistado salvo en los brazos de la santidad. Podemos olvidar en otoño el patio que estuvimos adececentando en primavera. No dejes, pues, de vigilar tu corazón, especialmente allí de donde creíste desterrar un vicio, un apego o un miedo.

[23] Aporta miel al enjambre, si es todo lo que te suplican tus hermanos, pero acude tú a libar directamente de las flores y aliméntate allí del más puro néctar. Háblales después de las flores.

[24] Duerme bien, ni más ni menos de lo que tu cuerpo precisa para mantenerse en una tensión despierta, en una animación grata, en un cansancio prudente y noble a la caída del ocaso.

[25] Sé útil antes que dadivoso. Dalo todo en caridad a los pobres o date con disciplina de pobre a la caridad para el todo. Beneficia sin restallar las costuras de tus fuerzas, esto es, ama sin enloquecer como marinero entre el canto de sirenas espirituales demasiado exigentes, demasiado violentas.

[26] Procura no olvidar ningún nombre, y oblígate a no olvidar la grandeza que se resume bajo cada uno de ellos.

[27] Sálvate de querer salvarte. Tu triunfo estará en salvar a otros, y allí te liberarás de creerte una criatura tapiada por deficiencias y fronteras que redimir. De tanto dar acabarás sintiéndote esférico y extenso como un rayo de sol antes que como un animal.

[28] Reza aunque no tengas a quien. Invocar al Bien sólo puede acercarte a él, por más que la longitud del paso dependa del fortalecimiento de tu muslo moral.

[29] Repasa tus errores. Observa que está muerta la persona que los cometió y que eres tú el heredero de su patrimonio: obra como la cumbre de una familia de etapas.

[30] Reconócete en todas las razas, naciones, sexos, edades, oficios y especies. No te culpes por sentirte a gusto y sin desprecios en las condiciones que te tocaron, sino trabaja por lograr que todos, en tus mismas condiciones y en las demás, sientan algo similar.

[31] Enamórate sin apegos, danza generosamente sin lascivia, ríe con musicalidad, canta con delicadeza, dictamina sin desprecio, ejercítate sin vanagloria, escucha sin prisa, reza sin esperanza, estudia sin endurecer tu corazón, visita el bosque sin olvidar a tus hermanos de las ciudades. Contrapea cada pliego de tu persona con el opuesto, y sosténte liviano en cada una de las profundidades que tu ojo penetrante te vaya descubriendo.

[32] No has nacido para acumular bienes, ni conocimiento, ni placeres, ni satisfacciones, ni contemplaciones. No servirá por sí misma tu fuerza, ni por sí misma tu sapiencia, ni la serenidad de tu ánimo, ni la belleza de tus palabras, ni la vistosidad de tus obras. Aunque está entre tus proyectos, no son los más perentorios colmar deseos, solventar todo entuerto, maquinar perfecciones, cantar grandezas, calmar aguas, culminar montes, renegar de ilusiones, besar ídolos, saludar ángeles. Todo ello, cuando caiga en tu mano, será parte de tu deber; mas algo está por encima de todo ello. Sea tu principal tarea en esta vida reducir el sufrimiento innecesario. Y es que hay que saber distinguir el sufrimiento necesario, imprescindible para que el niño se fortalezca, la mujer dé a luz, el guerrero defienda a su pueblo, y el hombre de toda índole aprenda a precaverse de otros sufrimientos. Pero aquel dolor que en nada nos aproveche, allí donde la estulticia o el amargor extremo nos impida aprender y crecer en respiraciones más hondas, en nada nos bendice, y aun nos puede enloquecer hacia tinieblas ya superadas. El sufrimiento innecesario del mundo es el péndulo más pesado de cuantos te agitan en los vaivenes de la existencia, y sobre él has de revelar todas tus facultades y poderes, todas tus otras aspiraciones, todo cuanto haga de lo malo algo menos malo, mientras se mira de soslayo a la perfección con la devoción distante del soldado que, mientras parte, a la batalla se despide de la amada.

[33] Dios está en ti, puesto que todo está en ti. Dios eres tú, puesto que en todo estás tú. Comprende que “Dios” es el nombre que damos a lo perpetuamente libre. Divino es aquello a lo que el poder de la criatura no puede acceder, aquello que escapa al dominio de la razón, de la potencia, del tiempo, de la voluntad. Es por ello que el sanctasanctórum del templo era inviolable, como recordando que ningún ser vivo puede acceder a lo más sublime con sus cadenas de carne, pensamientos, pasiones y circunstancias. No quiere decir ello que, puesto que puedes matar criaturas o someter elementos, no sean divinas tales cosas; muy al contrario, en todo ello hay una porción que puedes violar y otra a la que nunca podrás acceder con tu mera voluntad animal. Has matado a un cordero, pero su esencia sagrada escapa de ti de múltiples formas: no puedes acceder de nuevo al instante en que lo poseíste, pues el pasado ya es inabarcable a tus manos y tus ojos; no puedes acabar con el devenir de sus átomos, pues se te escurren entre los dedos y pasan a adoptar otras formas que ya no sabrás cazar; no puedes comprender el secreto de su vida y de su acontecer, puesto que hace falta relacionar todos los objetos del universo para descifrar uno solo. Por ello, todo es sagrado en tanto en cuanto no mora en ninguna parte que puedas abrazar definitivamente. La divinidad es la transición infinita, el derroche de cada brizna en todas las dimensiones imaginables y aun inimaginables, la inasible pulcritud de las horas, el gesto ritual dibujado a la postre por cada fenómeno. Así, pues, respétalo todo aun cuando lo despedaces, ámalos a todos aun cuando no sepas expresarlo, evita repartir daños en todo lo que tu caduca pero a la vez teofánica alma te permita.

[34] Evita regodearte en el placer del gusto hasta que no disfrutes de los sabores que los demás comensales toman por pobres. Cualquier alimento que te sacie es un manjar de dioses, pues como el más delicado manjar te permite la búsqueda de la perfección. Cuando te hagas de naturaleza olímpica, cualquier medio de vivencia se te aparecerá como un lujo del Edén.

[35] Cavila sobre lo pretérito incidiendo en su volátil eternidad, la inaccesible pureza de lo ya hecho, la perfección de lo que ya es inamovible. Cavila también sobre el porvenir, comprendiendo que ningún alma está sentenciada si es que ha de vagar en miles de formas por entre los vericuetos de lo real. Únicamente requiere más o menos tiempo transformar algo en otra cosa; si un tubérculo pasa a potaje en pocos instantes y un asesino pasa a dios en algunos eones, tanto da, si se observa todo a vista de pájaro inmortal. Y, finalmente, regresa sobre tu ahora: observa la grandeza de cada acto, que queda enseguida sellado en las urnas fúnebres del coloso ayer, y observa su poder, que puede llegar a transmutar todo el aire en oro cuando se dispone de mirada acertada, voluntad decidida, paciencia vigorosa y océanos de tiempo.

[36] Regresa siempre a la lectura de los autores que elevaron tu espíritu, que te despiertan el deseo de amar, que alumbran intuiciones que relacionan muchas cosas, que dan con una clave subyacente a todo lo que se desliza sobre la existencia, que reverdecen tu inocencia, que palpitan con quienes sufren, que te comprenden por arisco que seas, que apuntan a lo más sublime sin dejar de mecer a lo más nimio, que esparzan rosas a cañonazos, que se perfuman con el sudor de titanes y que estudian condensado el almizcle que destila el siglo, que perciben la sensibilidad aguda de los animales, que sin conflictos celebran la finura y la grandeza a partes iguales, que manan avidez de magnanimidad, que reman entre los océanos de lo más crudo y de lo más santo.

[Música: Suena en primer lugar el comienzo de la Oda por el cumpleaños de la reina Ana HWV 74 (“Eternal Source of Light Divine”) de G.-F. Händel, obra que también conmemoraba la firma del Tratado de Utrecht. Suena abajo el comienzo del De profundis ZWV 97 de J. D. Zelenka. Del mismo compositor checo se oirá el aria Recordare, Domine del Immisit Dominus pestilentiam ZWV 58. Por último aparece el Credo universale de la compositora contemporánea Natalia Haszler.]

Otras naciones

In a world older and more complete than ours they move finished and complete, gifted with extensions of the senses we have lost or never attained, living by voices we shall never hear. They are not brethren, they are not underlings; they are other nations, caught with ourselves in the net of life and time, fellow prisoners of the splendour and travail of the earth.

[En un mundo más viejo y más completo que el nuestro se mueven ellos acabados y completos, dotados con extensiones de los sentidos que nosotros hemos perdido o que nunca obtuvimos, viviendo entre voces que nunca oiremos. No son hermanos, no son subordinados; son otras naciones, atrapadas con nosotros en la red de la vida y del tiempo, compañeros de prisión en el esplendor y los afanes de la tierra.]

H. Beston, The Outermost House 2.1

… and the hope that what I have written may make others feel and understand that the greatest thrill of the hunt is not in killing, but in letting live.

[… y la esperanza de que lo que he escrito pueda hacer sentir y entender a otros que la mayor emoción de la caza no está en matar, sino en dejar vivir.]

J. O. Curwwood, The Grizzly King (prefacio)

Quo magis exhaustae fuerint, hoc acrius omnes
incumbent generis lapsi sarcire ruinas
complebuntque foros et floribus horrea texent.

[Cuanto más esquilmadas sean, tanto más ardientemente todas
se ocuparán de restaurar las ruinas de la raza caída
y atestarán las plazas y con flores trenzarán los silos.]

Virgilio, Georgica 4.248-250

The pride of man is our reproach.
Were we design’d for daily toil,
To drag the plough-share through the soil,
To sweat in harness through the road?
To groan beneath the carrier’s load?
How feeble are the two legg’d kind!
What force is in our nerves combin’d!
Shall then our nobler jaws submit
To foam and champ the galling bit?

[El orgullo humano es nuestra deshonra.
¿Fuimos diseñados para el trabajo diario?
¿Para arrastrar el arado por su terrado?
¿Para sudar el arnés en la carretera?
¿Para gemir bajo la carga que nos quiebra?
Cuán débil es la raza de dos piernas,
tanto como grande nuestra fuerza.
¿Acaso deberían nuestras mucho más
nobles patas
atarearse en la lucha contra quien nos
mata?]

John Gay, The Council of Horses (1727)

Kaimmeno mbro sti talassa
evo se kanono;
lio ngherni, lio kalei
lio nghizzi to nero.
Ma su tipo mu lei
ja possa sse roto
lio ngherni, lio kalei
lio nghizzi to nero.

[Camino junto al mar,
y te miro:
te elevas, te precipitas,
y tus alas rozan el agua.
Mas te pregunto
y no me contestas nada;
te elevas, te precipitas,
y tus alas rozan el agua.]

Canción tradicional greco-salentina

Nada de sus pasiones y su modo razonar nos es ajeno, como tampoco propio. Enigmas son cuales para los griegos eran los escitas o para los chinos los tártaros. Pero nos parecemos lo suficiente como saber que todos sufrimos o nos airamos, o de otro modo no nos compadeceríamos ni nos temeríamos. Todas las bestias nos parecemos, como estrellas que palpitan, pareciéndonos que lo hacen a distinta intensidad cuando quizá tales diferencias no se deban más que a las diversas distancias que de ellas nos separan. Las criaturas con capacidad de desplazamiento también pueden ver desplazado su equilibrio interno, su reposo ideal, pues es precisamente tal gravidez lo que permite que tenga sentido su movilidad externa, sus querencias, sus pasos por el tránsito del devenir.

¿Acaso podremos admirar la Corte de las abejas, si no contamos allí con embajada alguna? ¿Distinguiremos el coraje de los centinelas de la ciudadela o la diligencia de las matronas de palacio? ¿Apreciaremos el fino sentido de la oportunidad de su soberana, que advierte cuándo llegó el momento de partir a expedición con parte de sus súbditos y enjambrar nueva colonia ante el desbordamiento de su amado pueblo? ¿Bailaremos al son de la danza de la exploradora que regresó a indicar mediante su contoneo el hallazgo no lejano de un rico pastizal de lavanda? ¿No esconderá el ocio de los zánganos juegos aristocráticos no aptos para plebeyos bípedos? Preguntas parecidas me lanzaría acerca de las bandadas de cuervos agoreros o de la orquesta trasatlántica de grandiosas ballenas, señorías del azul. Todo se nos escapa de aquellos imperios cuyo idioma no hablamos, de cuya historia echamos en falta crónicas, cuando nuestro único rozamiento ha sido el de la inclemente invasión y el vil saqueo.

Yo soy el que menos sabe de esos pequeños o no tan pequeños villorrios que afloran entre espesores de vergel, bajo marejadas sin acceso o entre las grietas de áridas rocas calizas. No me atrevo a hablar sobre el amor de los delfines, el contrapunto de los vencejos, el entendimiento del puerco o la placidez de la oveja ataviada de algodón. Nada sensato diría si me atreviese a dar mi parecer sobre la hacienda del tejón, el cortejo del mochuelo, la penuria de la hiena, la jerarquía del simio, la lealtad del dogo, la paciencia del noble mulo, o el galanteo principesco del pavo real. ¿Quién soy yo para juzgar que sus cánticos, sus trabajos, su descanso o sus besos pesan menos que nuestros caprichos de grasa mantequilla u horneada entrepierna? ¿Por qué aquellos llantos a la luna, aquellas miradas resignadas ante la muerte del hijo, aquella furia legítima, aquel júbilo inocente, no han de concordar con los de mis semejantes? ¡Oh bestia, cuán ignorante eres y cómo te envaneces de tu bestialidad, arrebatando la instintiva paz a quienes llamas bestiales!

Conoce más secretos de la noche el tenebroso murciélago que tú. Soporta mejor la soledad de la montaña el formidable oso que el menos hablador de los monjes. Ha visto más mundo la espigada grulla en sus vuelos sobre los continentes que el más curtido de los marinos. Y, empero, aún queremos que nuestras facultades, penosas en un lado o sublimes en otro, sean la medida de todas las cosas, incluida la dignidad para estar vivo, para pertenecerse uno a sí mismo, para no tener que vivir y morir para quien antepone su placer a la belleza de permanecer despierto en el perfumado prado, en las ignotas nieves elevadas, en el océano sin fronteras.

Te canto, animal, porque eres espejo en el que me miro y me descubro. Porque mis taras, mis vicios y mis virtudes son distinto amasamiento de los tuyos. Porque aunque en nada nos semejásemos, llevas tanta fuerza en tu deseo recóndito de liberación como yo en el mío. Porque el sufrimiento carece de dueño si es que los seres no somos más que coágulos de materia aproximada y conciencia cortada en tela común, y de inefable mirada que reúne el paisaje del mundo en pintura de apariencias, y de afluentes de lágrimas sobre caudal que se concede nombre a sí mismo. Animal, yo escribo tu nombre, que es hermoso, que viene dolido desde lo sin principio, que titila tímido en la penumbra cerrada del universo inasible, que musita o canta en las noches y en el alba. Yo escribo tu nombre, que clama por la salvación de la carne, que todavía animoso construye nidos y lame a los cachorros, que durante un rato reposa acariciado por la brisa marina; tu nombre, que es a la par el más oculto y visible misterio de cuantos se mueven, que nadie lo ha nombrado con propiedad, que es el mío.

Como bárbaros hemos atravesado sus lindes de todos los modos y en todos los siglos, vaciado sus despensas, esclavizado a sus mujeres y descuartizado sus cuerpos. Así, hagamos por esperar que lleguemos un día a la conciencia de la ofensa irredimible, cuando, recomponiendo la postura, nos volvamos aprendices de la civilización de los ríos y los caramillos conciliadores de tosca madera.

[Música: Are mou rindineddha (canción tradicional greco-salentina, esto es, de texto en griko, el dialecto mixto de la comarca apuliana). Cantan Vincenzo Capezzuto y Katerina Papadopoulou. Como se puede comprobar en el fragmento citado en el encabezamiento de la presente entrada, el poema habla de los movimientos de una golondrina sobre el mar y el infranqueable secreto de sus motivaciones.]

 

Incluso en la decadencia, un hombre virtuoso
incrementa la belleza de su comportamiento.
Una tea ardiendo, aunque vuelva al suelo,
tiene una llama que se eleva a lo alto.

Sakya Pandita, Un precioso tesoro de dichos elegantes 15

 

Las ochenta maravillosas actividades surgen
de la causa concordante del amor;
temiendo que este texto fuera demasiado largo,
¡oh, rey!, no lo explicaré.

Nagarjuna, La preciosa guirnalda 197

 

Cuando vean que una lluvia de flores y perfume extingue
el flujo incandescente de lava de los infiernos,
saciados de dicha, de repente se preguntarán: “¿Cómo es posible?”
Que entonces los habitantes de los infiernos contemplen al que sostiene el Loto.

Śāntideva, Bodhicharyāvatāra 10.12

Je ne parlerai pas, je ne penserai rien:
Mais l’amour infini me montera dans l’âme,

[No hablaré, ni pensaré en nada, / pero el amor infinito ascenderá en mi alma.]

A. Rimbaud, Sensación, Marzo de 1870

 

A los bodhisattvas que, a la luz del día o en el completo anonimato, abrillantando cada hora de cada milenio el mundo sin que lo sepamos, comprometiendo todas sus encarnaciones futuras a su noble voto, persisten en su desmedida labor sin final de erradicar cualesquiera taras de los seres sintientes. A todos los seres sintientes.

 

¡Sugatas de los tres tiempos, elevad el acento de mi proclama! Os invoco en el cielo del corazón, donde empieza a correr sangre nueva, teñida del color de sílabas de mantras, bendecida por maestros perfectos que, como centinelas de la sabiduría, guardan el terreno conquistado para que nosotros, los recién centelleados por el resplandor de su purificación, lleguemos más rápidamente hasta donde llegaron ellos en combate contra tiempos sin principio. Con acritud sin medida contra la opresión de todos los seres, reflejo del que dependo, ¿cómo no me he decidido a dar rienda al más transgresor de los deseos alumbrados, la liberación de todos los seres? Habrá de ser satisfecho tal deseo por mis agregados hasta el punto de separarse ellos mismos, caiga la lluvia de la violencia o el duro invierno de la carestía. Troceado, caminaré entre las calles tenebrosas del mundo impuro agitando la campana ritual para ahuyentar los vicios y las actitudes ciegas que nos abisman a todos. Moldearé, esculpiré, desangraré o cercenaré mi carácter con tal de coronarme y gobernar a las aflicciones, pues preferible es repartir oro cojeando que residuos a buen paso. Lleno de rencor, libraré mi batalla contra el coágulo deforme de mi continuo mental: o sobrevivirá éste o sobrevivirá el Buda; no hay tercera opción. Solamente se detendrá la Rueda de Renacimientos si descendemos de ella los seguidores del Conquistador y atrancamos su mecanismo con las más preciadas de nuestras posesiones, con la posibilidad de transmigraciones a reinos superiores, con la carne de nuestras piernas, entrañas y cráneos, con nuestros corazones aún palpitantes, ofrecidos sobre hojas de palma.

Escucha, Perfección: habrás de ser mía más pronto o más tarde, con mayor o menor bagaje de dolor a mis espaldas, pero te encontraré y te multiplicaré entre mis madres los seres. Nada podrían hacer los dioses para impedirlo, pues convencido estoy de que, con la verdad absoluta de mi parte, anhelando también el despertar para sus adormiladas mentes felices mas mortales, lograría convencerles durante un diálogo que no duraría más de un eón. En cambio, sellando los sentidos, amenazo a mi cuerpo: “Si me sirves en mi determinación de erradicar el sufrimiento de todo lo que existe, no te faltará lo necesario; mas, en caso contrario, no te daré tregua”. Algo parecido diré a los venenos que me recorren: “Sois mis enemigos, de suerte que o aceptáis convertiros en vasallos, fuerzas virtuosas al servicio de todos los seres, u os aniquilaré con la espada fulminante de mi arrojo”. Seré avaro con la avaricia, traidor a la inmoralidad, displicente con la desidia, airado con la ira, ignorante de tantas falsedades como pueblan los reinos, y no prestaré la más mínima atención a la distracción. De un modo u otro me cubriré de los pāramitās, ornado así con los únicos ornamentos dignos de tal nombre. Y, perdiendo la noción de hacedor, acción y receptor, no seré más que un bálsamo al sufrimiento, allí donde surja. Sin virtud no hay sanación para quien sufre, pero sin víctima a la que sanar no puede haber cultivo de la virtud; toda bendición no es, pues, más que un reequilibrio de un mismo vacío lloroso y ávido de falsas plenitudes. Tan sólo falto yo, pues, en ese collar excelente, en ese juego supremo, puesto que el sufrimiento y la acción que lo remedia ya están a la espera ante mi dubitativa figura. Aupado por las aflicciones ajenas, me vestiré de méritos para poder rescatar a los afligidos una vez adquiera las treinta y dos marcas del Omnisciente.

Esta guerra se combate en los actos cuidadosos de las manos y tras los velos del rostro: una sonrisa afable e incondicional será el destilado de las fuerzas que se purifican al rojo vivo en el secreto de mis pasiones. Mientras mis maneras delicadas empiecen a penetrar suavemente el sensible ánimo de los seres pueriles, mi corazón arderá por el trabajo de dejar de ser uno de ellos, siempre con el único fin de atraerlos a las atalayas que la diligencia de los Victoriosos vaya apuntalando para su resguardo. Amabilidad discreta y elegante condescendencia será lo que vean y lo que les ofrendaré en mi aspecto, por más que afinar una pureza incondicional me cueste tempestades e infiernos corriendo por mis venas, que no describiré a nadie. A todos contestaré como amigo cortés o gentil doncella, o afinaré mi canto si es que renaciese en un nido de pájaros o en solitaria montaña de titanes. Entretanto, me ofreceré como néctar al sediento, como talismán milagroso a todo anhelo, como blanca nieve al espíritu incendiado y como cálida brasa al aletargado por el helor de mundos descompuestos. En ordinarias situaciones me conduciré como uno más mientras contemple el cultivo de las virtudes en el silencio solitario o al fuego de la sabiduría que deseca de fascinación a los fenómenos. Resistiré todo el daño que me hagan durante vidas sin número si con ello logran un paso hacia la dicha irreversible. ¿Y acaso no son en verdad mis estados aflictivos, espirales alimentándose a sí mismas, las que me laceran, causando destinos infortunados a aquellos seres que en su ofuscación creen ser los heridores? ¿Por qué acusas a otros seres de ser la causa de tus males, cuando en verdad tú, el objeto de sus aflicciones destructivas, eres la causa de los suyos? ¡Oh necio de mí! Pidamos perdón por dar forma a los odios y agresiones de los otros. Que me descuarticen, que me aguijoneen, que me destrocen en todas mis naturalezas siempre que les beneficie: yo me encargaré por mi lado de sostener en alto el estandarte de la aspiración pura. Jamás obedeceré mis caprichos, nunca emprenderé acción alguna que no piense en beneficio de los que sufren. ¿Cuándo fueron dulces los dolores de parto? Pero esta vez se trata de parir a un adolescente ya erguido, decidido, aguerrido, que habrá de madurar hasta convertirse en la preciosa bodhicitta, joya mayor que la Joya-que-colma-todos-los-deseos.

Empiezo ofreciendo tantos ensortijados mundos como granos de arena hay en el Ganges. De cada uno de esos mundos, con su monte Meru, sus cuatro continentes, el sol y la luna, surgen cien millones de dakinis, portando cada una otros tantos mundos aun más bellos en bandejas de oro, repletas también de ofrendas dignas de monarcas universales, manjares divinos, incienso bendecido, perfume destilado de los primeros jazmines tras el nacimiento de un Buda. En vasijas de color de lapislázuli entre mi cuerpo despiezado y mi ilusoria alma, una vez fermentados sus kleśās, esparcida entre diversos recipientes que habrán de ser quemados en la hoguera de la absorción meditativa. ¡Oh, Venerables, otorgadme la iniciación! ¡Tomo refugio en la infabilidad de vuestra palabra, en la santidad de vuestra conducta, en la apacibilidad de vuestra postura y en la claridad de vuestra visión ilimitada! Me postro junto con los infinitos cuerpos de las infinitas criaturas ante la humildad resplandeciente de vuestros hábitos. Ayudadme, ¡os lo ruego!, a alcanzar el logro supremo, y pueda convertirse cada uno de mis gestos en un mudra sagrado que transfigure en dicha eterna los tres venenos de la existencia, que en todas partes anidan.

Espíritus locales, no permitáis que esta aspiración decaiga. Recordadme mi compromiso, ¡os lo ruego!, con lluvias, con plagas mágicas de insectos, o acaso con el canto del agorero cuervo. Que pueda sostener en alto la flor de utpala azul mientras duren los tiempos, allí donde para albergar esperanzas en el sendero de la Iluminación sea preciso que los pueblos alcen su vista y exclamen: “¡Mirad!, por allí levita un Honrado-por-todo-el-mundo, un libertador inmortal, la esencia de nuestra mente”. Y que se deleiten con el juego de las innumerables formas del orgullo divino en su sutil y mágica manifestación Saṃbhogakāya, que brillará sosteniendo cuencos de néctar, reconcentrando el universo entero en su inmaculado mandala, su paraíso particular, que no es sino el de todos, pues, desconocedores de la avaricia, siempre dejaron los paraísos sus puertas abiertas. No debo dejar abandonados a los seres ahora que me he comprometido a convertirme en su eterno valedor; ¿no les abatiría una tristeza sin medida saber que les ha traicionado quien pretendía anhelar la glorificación de los perseguidos, los tullidos, los hambrientos, los incapaces y los melancólicos? Será por honor que renunciaré a todo honor, al que esparciré como cenizas de cadáver en el océano de la interdependencia, sobre el suelo misterioso de la vacuidad.

Adoptaré una mirada adamantina que anhelarán poseer todos los seres con los que me encuentre, y sin dudarlo les indicaré el próximo paso que han de seguir para obtenerlo. Serán rasgados todos los velos o navegaré entre océanos de eones, reposando brevemente en los puertos de vidas ejemplares. ¿Quién podrá descansar hasta que se escriba el punto y final a los anales del pesar? De nada me servirá la condición sublime si ajetreadas quedan todas mis madres hocicando espantajos en Saṃsāra. Así, cueste lo que cueste, caigan los reinos que caigan, se sucedan los mundos que hayan de sucederse, nada se detendrá, nada se cambiará, nada alterará la decisión del paso firme. Llegará el día, acaso fuera de esta era, en el cual, derrengado hasta el agotamiento de todo desafío, ofreceré la Tierra Pura de Tushita a cada criatura, mi hermana, mi madre, mi verdadero yo, iridiscencia cien mil millones de veces reflejada de un vacío supremo e inasible al que es preciso devolver el gobierno de las conciencias. Bendecidas por la sabiduría inmarcesible de los santos, el devenir será al fin el paseo de un cisne en un estanque de lotos, ya fuera del tiempo, allí donde Kalachakra y su consorte trascienden toda sucesión. Seré tesoro de los buscadores, el árbol del ave, la mitra del clero, la cuerda del armónico laúd. Seré refugio para los perseguidos, canoa para el navegante, esmeralda para el cuello imperial, sílaba para el enmudecido, claridad para los entendimientos, ungüento para desgarrados, sandalia para el viajero. Me tornaré milagro para el incrédulo, recuerdo para el olvidadizo, flores para el lloroso, párpado para el visionario, miel para el agriado, abrazo sin cese para el desabrigado y el desolado. Lustraré lo contaminado, cauterizaré lo infecto, suturaré lo rasgado, bendeciré a los condenados. Me enamoraré de todos y con todos bajo palio santificaremos nuestro amor. ¡Oh seres, voy en vuestro auxilio, no temáis! Poco podré hacer mientras camino introspectivo sacudiéndome oscurecimientos; pero esperadme a lo largo de esta vida o, a lo sumo, unos pocos eones: llegará el día en que los lotos medicinales que os lance con júbilo llegarán certeros a vuestras heridas, iluminando vuestros cinco agregados antes de que se dispersen gozosamente, y la beatitud se convertirá en un sol en vuestra mente y hará estallar todo lo que ahora creéis ser.

Todo sea por siempre auspicioso, en cualquier universo, en cada fibra de entidad, en cada brote y en cada desasimiento. Amén, amén, amén.

***

[Música: Namgyal Lhamo canta la canción tibetana Chang ya-re. De A. Scriabin suena el primer movimiento (Luttes) de la sinfonía No. 3 Op. 43 (Le divin poème); la sinfonía relata en tres grandes movimientos las etapas de la liberación humana: Luttes, Voluptés y Jeu divin.]