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Aber sie kommen, sie wägen Aeonen des Kampfes auf, die Augenblicke der Befreiung, wo das Göttliche den Kerker sprengt, wo die Flamme vom Holze sich löst und siegend emporwallt über der Asche, ha! wo uns ist, als kehrte der entfesselte Geist, vergessen der Leiden, der Knechtsgestalt, im Triumphe zurück in die Hallen der Sonne.

[Pero acaban llegando los momentos de la liberación que compensan siglos de lucha, momentos en que lo divino sale de su celda, en que la llama se desprende de la madera y se eleva victoriosa sobre las cenizas, en que nos parece que el espíritu libre, olvidadas las penas y la servidumbre, vuelve en triunfo a las galerías del sol.]

F. Hölderlin, Hyperion 1.53

 

El Hijo del Hombre estuvo de acuerdo con Sabiduría, su cónyuge, y manifestó una gran luz andrógina. Su nombre masculino es denominado «Salvador, generador de todas las cosas». Su nombre femenino es denominado «Sabiduría totalmente generadora». Algunos la llaman, sin embargo, «Fe».

Epístola de Eugnostos (NH III 2 y V 1-17)

 

Non coerceri maximo, contineri tamen a minimo, divinum est.

[Cosa divina es no estar ceñido a lo más grande, sino estar contenido en lo más pequeño.]

Epitafio simbólico para celebrar el primer centenario de la muerte de San Ignacio, incluido en la Imago primi sæculi Societatis Iesu (1640)

 

¿Quieres conocer el nombre de esa llama interior que arde hacia lo alto como una espiga otoñal invencible, centinela de los amaneceres y los hundimientos? No es corona de oro y zafiros, ni abstruso arquetipo de filósofos alejandrinos, ni poder mágico con el que domeñar a las bestias y a los soles. No brilla como el serafín que creíste ver en sueños ni como la Dama universal de finos rasgos y enjoyados pechos que penetra a la materia toda, fértil para el Espíritu que la fecunde. Prescinde de mayúsculos epítetos, así como de atronadoras músicas corales. No pasea ante el ojo de los artistas como la visión de un duende de los lagos o de una aurora boreal, presentimiento de muchas cosas. Es, en cambio, la sencillez de la mirada profunda por amable y amable por profunda, cálido acontecer de pulsos firmes, recogida de leña en el ocaso, plegaria humilde a un dios esquivo, nube del alma de la que caerá nutricia lluvia tras el tropiezo, frescor entre sudores, obra misericordiosa, legítimo asueto inocente en la claridad del mediodía, distraída sonrisa sin premura ni esperanzas, ángel alumbrado de entrañas de amor propio entre dolores de parto, lecho de paja compartido con todos los seres, amor adolescente hacia la justicia y el mérito, continuidad serena de las labores que permiten comer. Es tu luz interior, tu signo crucífero, tu masa espiritual. No podré decir el nombre, pero se asemeja al tuyo, tan incierto y difuso como el que, por voluntad de tus padres, designa a la unión de tu cuerpo y tus pensamientos en la penumbra nocturna, cuando los halcones duermen en el sotobosque a la espera de un alba provechosa en la que beber el rocío cien mil veces evaporado hacia lo desconocido.

[Música: F. Liszt, Soneto 123 del Petrarca (versión para piano solo). El poema que despierta la fantasía del compositor es la siguiente evocación de un lamento que, de tan bello que es, arraiga con elegancia en los fenómenos de la naturaleza: I’ vidi in terra angelici costumi, / E celesti bellezze al mondo sole; / Tal che di rimembrar mi giova, e dole: / Che quant’io miro, par sogni, ombre, e fumi. / E vidi lagrimar que’ duo bei lumi, / Ch’han fatto mille volte invidia al sole; / Ed udì’ sospirando dir parole / Che farian gir i monti, e stare i fiumi. / Amor! senno! valor, pietate, e doglia / Facean piangendo un più dolce concento / D’ogni altro, che nel mondo udir si soglia. / Ed era ‘l cielo all’armonia s’intento / Che non si vedea in ramo mover foglia. / Tanta dolcezza avea pien l’aer e ‘l vento. En su traducción quedaría así: “Angélicas costumbres vi en el suelo / y una celeste y única hermosura, / cuyo recuerdo es gozo y amargura, / pues entre sombras y humo me desvelo. / Dos bellas luces vi llorar con duelo, / que a la lumbre del sol hacen oscura, / y oí cosas que al Tíber, por ventura, / harían parar, y andar al Mongibelo. / Cordura, Amor, Dolor y Cortesía / tan bien armonizaba su lamento / que nunca el mundo oyó tal armonía; / y el cielo estaba a ella tan atento / que en las ramas ni una hoja se movía, / pues su dulzura saturaba al viento.”]

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En esta hora de inminente barbarie, no hay nada superior a la caridad. Todo lo demás, incluso la ciencia, incluso la contemplación, incluso las actividades predilectas de nuestro corazón, debe ser dejado a un lado. Ha llegado el día de la prueba suprema para vosotros y para todos. O los hombres se deciden a practicar leal y cotidianamente el Cristianismo -aun cuando sólo sea en sus preceptos más elementales- o se condenan a la más horrenda agonía, a las torturas de un infierno terrestre al que sólo pondrán fin la destrucción y el suicidio universales.

G. Papini, Cartas del papa Celestino VI a los hombres (ed. Aguilar 1957, p. 62)

 

Continuum mendacium est habitus tuus, et corona tua, quoniam quod deest significant.

[Constantes falsedades son tu hábito y tu corona, pues indican lo que no tienes.]

Gigo el cartujo, Meditationes

 

Nemo difficulter ad naturam reducitur nisi qui ab illa defecit.

[Difícilmente acompaña nadie a la naturaleza si no ha desertado de ella.]

Séneca, Ep. 50.5

 

Cuando el agua llega a la cintura, seguid adelante; pero si sólo llega a la rodilla, debéis resguardaros.

Confucio, Analectas 2.4.42

 

PREFACIÓN

EN esta hora vierto admoniciones, apotegmas y parénesis variadas que una parte de mí se hace a otras de las partes. Son principios que procuro afianzar en mi inconstancia y cotos con que quiero atentar a mis trapisondas. Desconozco a qué otro puedan servir, si es que siquiera estoy en lo cierto cuando me postulo yo mismo como provechosa audiencia; pero a quien se me parezca en pulsos de vicio, en sensibilidad a la desdicha, en deseo de vencerse a sí mismo, aquél acaso apreciará el empuje tímido que con palabras como las que siguen pretende elevar el el leve vuelo del espíritu. Mis exhortaciones no son leyes, ni mandatos, ni exigencias, ni ofensas, ni desprecios, ni súplicas, ni silogismos. Tan sólo son latidos de intuición, destilación de ciertas lecturas, auras de algunos maestros y destellos de algo divino que se asoma torpemente en mí entre balbuceos de amnésico y zancadillas que mi bajo ser impone a ratos. Inspiren del mejor modo y tenga cada cual a su arbitrio la discreción de su aplicación, que yo ya me ocuparé de darme cuenta a mí mismo de mi talla o de mi desobediencia a mi principio rector. 

 

 

[1] No tomes cosa alguna de criatura con boca que a través de ésta no te haya concedido aquélla. Si lo haces, nunca evitarás el fantasma de la culpa cuando exijas trato de respeto a tus asuntos.

[2] Ejercita los músculos de tu espalda y de tus miembros, porque en erguimiento de la primera y la justeza magra de los otros vase despejando el espejo del ánima. Un brazo terso sólo proviene de una voluntad tersa, y ésta se doblega también en el sufrido trabajo de las fibras de la carne.

[3] No apures ningún placer hasta sus heces si no quieres acabar pensando que es en ellas donde se encuentra la dicha.

[4] No te lamentes por lo que te hayan hecho. La principal causa de debilidad moral y de tormento espiritual es renunciar a ser hacedores de nuestro propio sufrimiento y gozo, y pocas cosas como esa renuncia acercan tanto a amigos mezquinos y alejan a los amigos repletos de vida. Sentirse dolorosamente atacado es el primer paso para que alguien más lo sea, cuando no uno mismo de nuevo. Teniendo las dos manos que te han sido dadas, úsalas del mejor modo y no maldigas las manos pervertidas de los otros; de pocas cosas te arrepentirás más en tu lecho de muerte que de haber invertido esta admonición.

[5] Entiende que quien te hace daño y cae en todos los descuidos para contigo es un ave distraída, una hoja agitada por los vientos de sus propios caprichos, a los que no sabe domar. Y sábete que también tú caes en descuidos comparables, aunque sea en otros prados del devenir que en este preciso ahora no atiendes.

[6] Ama a tu yo futuro y odia a tu yo presente, que no es más que el yo futuro con falta de vigor todavía conquistable.

[7] No busques las riquezas. Por otro lado, busca solamente la pobreza si te has decidido a no concederte jamás una sola tarea o un solo placer que rebase al endurecimiento monástico de los apetitos y al cultivo de un corazón piadosísimo. Recuerda que toda pobreza que no sea guiada por eremitas veteranos podrá tornarse afeamiento de las costumbres, desidia del cuerpo, enfermedad de lo enfermable y confuso ejemplo de dignidad para quienes necesitarían de tu luz.

[8] Estudia y aprecia las doctrinas, pregúntales por tus cuitas con reverencia, compara sus enigmas, descansa de ellas y regresa cuando hayas sospechado con más viveza que nunca hasta qué extremo guardan ellas el descanso más estable y virtuoso. Cumple sus preceptos y vístete con sus hábitos. Mas nunca pongas a la doctrina en el lugar de tu conciencia, nunca renuncies a buscar su esencia por haberte quedado amarrado locamente a sus liturgias. Antes de eso, bien es cierto, habrás de estudiar liturgias y esencias mil y una veces hasta descubrir sus múltiples parentescos.

[9] Auxilia solamente a quien quiera ser auxiliado o a quien no ponga todo su  empeño en vindicar para sí el auxilio sin cese. Cualquier otra cosa es vertedero de fuerzas, empobrecimiento del carácter ajeno y trofeo de miserias para todos. A menudo el amador no puede hacer otra cosa que levantar un farolillo de serenidad a lo lejos. Pero ofrécete sin dilación hacia niños y animales, pues nunca saben hasta qué punto te necesitan y desearían no necesitarte.

[10] Comprende que la vida tiene violencia y amargor a raudales, y ofrece tu compasión con una entereza que no parezca querer recibir misma ternura a cambio. Si no te dominas a ti mismo, tu compasión será fatua y desmedida como la madre tardía, orgullosa o temerosa de su haber, que pone sobre su retoño todo bajo cobertizo en lo más granado primavera, enfermando así a quien debía nutrir, debilitando a quien debía fortalecer. El fatuo es a menudo misericordioso en cualesquiera minucias por querer comprar así su buena conciencia, y en contraparte obtiene criaturas quejosas, perezosas, resentidas e infelices; el noble, no deseando recompensa de otros o de la propia complacencia, solamente mira por que el amado se haga robusto y dueño de sí, aun cuando deban caer por el camino algunas lágrimas de incomprensión y soledad por parte de todos.

[11] Aprende a hablar con prestancia, meditado, sentencioso, grácil, manso, melodioso, ordenado, estudiado, relacionando varios conceptos en un mismo impulso en rumbo de la virtud. Estudia tu retórica y tórnala no menos agradable que leal a lo veraz. Nunca renuncies a enunciar una verdad que consideres necesita oír en tal momento la audiencia, aun cuando te cueste soledades, castigos y vergüenzas. No violes una amistad con un juicio demasiado doloroso por injerir un disgusto que evitará a esa amistad traer muchos parabienes al alma durante el porvenir.

[12] Respétate a ti mismo sin confiar en que siempre vayas a ser igual de respetable si es que no guardas vigilancia constante y aun creciente de tus pasiones.

[13] Reconoce que nadie está sentenciado para siempre, y que todo carácter sería recuperable si se conociesen las llaves precisas que abren las precisas mientes del enajenado, aunque no siempre esté en tu mano demostrarlo en hechos.

[14] Nadie puede saberlo todo, y todo se enlaza con las restantes esquinas del universo mundo, de suerte que es inútil sentenciar con mucha gravedad, porque lo que es hoy cierto no lo fue siempre ni lo será quizás mañana. Pero no aflojes la correa de tus miembros, y actúa como si la virtud esforzada fuese a resolver los dolores del mundo, pues solamente sobre la costumbre de aquélla el vicio dudará y se pensará el detenerse o replegarse.

[15] No te enfades nunca. Sea tu ser cabal la plomada que mensura el fondo de las cosas. Cuando notes a la hiel emponzoñando tus entrañas hacia la boca, detén tus funciones con una quietud siquiera forzada; medita sobre la brevedad de la vida, la necedad de todo deseo, el triste espectáculo de una criatura que rabia puerilmente como protesta por la puerilidad de otras criaturas adornadas con menos aspavientos. Advierte cómo es una criatura débil y afanada la que te irrita, y qué pesada es la carga de pasiones la conducen de aquí para allá. ¿Qué obtendrás pudriéndote la sangre, pariendo violencia, llamando a miedos contestatarios, infectándote de la vanidad de los efímeros eventos? La ira es veneno supremo, pues a nadie agradará, ni tan siquiera a ti mismo; y nada arregla, nada aplaca, nada asienta, nada convence, y nubla la visión pura de la vacuidad de todo lo que es. De todos los pecados, es el que más raudamente aleja de la verdad profunda.

[16] Bendice a la persona que te acompaña en cualquier situación, pues es lectura que el Todo te ofrece como ejemplo de caso.

[17] Perdona, no ya por sanar tu corazón o salvar al otro, sino porque hay poco que perdonar cuando las personas somos ríos de carne y alma que rebotan contra los guijarros de elementos y peripecias y arrastramos fango tan ciegamente como se regulan nuestros humores por el capricho de las estaciones o las influencias de la luna. No perdonar es compartir un peso inútil que bien podría quedar abandonado en el camino para solaz de todos.

[18] Cultiva al menos un arte. Que sea con esmero antiguo, buscando más el ejemplo de babilonios y sumerios que de tus vecinos enloquecidos, pues solamente la armonía de los arquetipos contribuirá a la armonía del caso particular que eres. Respeta la geometría tradicional y los principios del canon clásico; aunque no comprendas el porqué, se contienen allí respiraciones sanadoras y secretas de tu raza, pulsaciones de los ciclos de la tierra y del cielo. Sin embargo, no caigas presa de la culpa cuando coquetees con un arte menor, con una dulce o divertida concesión al placer sencillo y rítmico de una canción popular, de una danza cortesana, de una lámina infantil, de un verso aliterado, de una sugerencia amatoria, de un ingenio erudito; también en esos parajes se encuentran la educación del carácter, cada vez más sensible a la redondez de la forma, a la pulcritud relajada, a la felicidad cuidadosa y desapegada a un tiempo, a la perfección calmosa de lo bien hecho. La ligereza moderada del carácter es al alma profunda lo que la respiración plácida al cuerpo musculoso.

[19] No vendas ni compres nada de tu hacienda por un placer corporal; ninguno que puedas imaginar dejará de despertarte dudas sobre tu sacrificio. Mas tampoco vendas ni compres nada por rehuir un placer que te tienta, pues supone otorgarle un poder similar y, peor aún, sin darle esta vez la oportunidad de que se agote en la sensación y te decepcione, liberándote así de él por sí mismo. De los placeres mundanos, los inaceptables son los que causan daño a otros a sabiendas; los siguen los que lo causan sin advertirlo; van detrás los que causan daño a ti y, finalmente, los más débiles son los que no alteran el paso de tu cuerpo. Con frecuencia será peor la violencia que el engaño, el engaño que la intoxicación del cuerpo, la intoxicación que la ruina, la ruina que la ofuscación de la conciencia. Mas preferible será anegarte en vino con tal de seguir prestando tu apoyo a los seres sufrientes que abandonarlos a su suerte mientras gozas de lechos mullidos que en nada menoscaban la salud de tu materia.

[20] Lo que a la postre debes terminar aprendiendo a aceptar es lo inaceptable. Descubrirás que tus principios deben sostenerte imbatible, pero no lo harán con el mundo; no los impongas, pues, sino logra ante todo que no te impongan otros, y ofrécete como reino para quien desee exiliarse del imperio de la sinrazón. No por ello deja de dar voz al torturado, al desheredado y al desentrañado; sé el abogado eterno y elocuente de un juicio amañado por la cortedad de miras y el amor propio. Tribunales habrá que restituyan tras la muerte la dignidad a tus defendidos. En cambio, si recurres a la espada para sajar la inopia de la totalidad de un pueblo, solamente volará el dolor, el contraataque y el fracaso.

[21] Respeta en cuanto puedas a quienes te dieron la vida. Te repartieron tus primeras cartas, te enseñaron a jugarlas, te ofrecieron las señas de las mejores jugadas de todos tus ancestros, te cuidaron entre tanto y, por encima de todo, te dieron los ojos con los cuales verás y estudiarás toda la partida.

[22] La virtud nunca es terreno conquistado salvo en los brazos de la santidad. Podemos olvidar en otoño el patio que estuvimos adececentando en primavera. No dejes, pues, de vigilar tu corazón, especialmente allí de donde creíste desterrar un vicio, un apego o un miedo.

[23] Aporta miel al enjambre, si es todo lo que te suplican tus hermanos, pero acude tú a libar directamente de las flores y aliméntate allí del más puro néctar. Háblales después de las flores.

[24] Duerme bien, ni más ni menos de lo que tu cuerpo precisa para mantenerse en una tensión despierta, en una animación grata, en un cansancio prudente y noble a la caída del ocaso.

[25] Sé útil antes que dadivoso. Dalo todo en caridad a los pobres o date con disciplina de pobre a la caridad para el todo. Beneficia sin restallar las costuras de tus fuerzas, esto es, ama sin enloquecer como marinero entre el canto de sirenas espirituales demasiado exigentes, demasiado violentas.

[26] Procura no olvidar ningún nombre, y oblígate a no olvidar la grandeza que se resume bajo cada uno de ellos.

[27] Sálvate de querer salvarte. Tu triunfo estará en salvar a otros, y allí te liberarás de creerte una criatura tapiada por deficiencias y fronteras que redimir. De tanto dar acabarás sintiéndote esférico y extenso como un rayo de sol antes que como un animal.

[28] Reza aunque no tengas a quien. Invocar al Bien sólo puede acercarte a él, por más que la longitud del paso dependa del fortalecimiento de tu muslo moral.

[29] Repasa tus errores. Observa que está muerta la persona que los cometió y que eres tú el heredero de su patrimonio: obra como la cumbre de una familia de etapas.

[30] Reconócete en todas las razas, naciones, sexos, edades, oficios y especies. No te culpes por sentirte a gusto y sin desprecios en las condiciones que te tocaron, sino trabaja por lograr que todos, en tus mismas condiciones y en las demás, sientan algo similar.

[31] Enamórate sin apegos, danza generosamente sin lascivia, ríe con musicalidad, canta con delicadeza, dictamina sin desprecio, ejercítate sin vanagloria, escucha sin prisa, reza sin esperanza, estudia sin endurecer tu corazón, visita el bosque sin olvidar a tus hermanos de las ciudades. Contrapea cada pliego de tu persona con el opuesto, y sosténte liviano en cada una de las profundidades que tu ojo penetrante te vaya descubriendo.

[32] No has nacido para acumular bienes, ni conocimiento, ni placeres, ni satisfacciones, ni contemplaciones. No servirá por sí misma tu fuerza, ni por sí misma tu sapiencia, ni la serenidad de tu ánimo, ni la belleza de tus palabras, ni la vistosidad de tus obras. Aunque está entre tus proyectos, no son los más perentorios colmar deseos, solventar todo entuerto, maquinar perfecciones, cantar grandezas, calmar aguas, culminar montes, renegar de ilusiones, besar ídolos, saludar ángeles. Todo ello, cuando caiga en tu mano, será parte de tu deber; mas algo está por encima de todo ello. Sea tu principal tarea en esta vida reducir el sufrimiento innecesario. Y es que hay que saber distinguir el sufrimiento necesario, imprescindible para que el niño se fortalezca, la mujer dé a luz, el guerrero defienda a su pueblo, y el hombre de toda índole aprenda a precaverse de otros sufrimientos. Pero aquel dolor que en nada nos aproveche, allí donde la estulticia o el amargor extremo nos impida aprender y crecer en respiraciones más hondas, en nada nos bendice, y aun nos puede enloquecer hacia tinieblas ya superadas. El sufrimiento innecesario del mundo es el péndulo más pesado de cuantos te agitan en los vaivenes de la existencia, y sobre él has de revelar todas tus facultades y poderes, todas tus otras aspiraciones, todo cuanto haga de lo malo algo menos malo, mientras se mira de soslayo a la perfección con la devoción distante del soldado que, mientras parte, a la batalla se despide de la amada.

[33] Dios está en ti, puesto que todo está en ti. Dios eres tú, puesto que en todo estás tú. Comprende que “Dios” es el nombre que damos a lo perpetuamente libre. Divino es aquello a lo que el poder de la criatura no puede acceder, aquello que escapa al dominio de la razón, de la potencia, del tiempo, de la voluntad. Es por ello que el sanctasanctórum del templo era inviolable, como recordando que ningún ser vivo puede acceder a lo más sublime con sus cadenas de carne, pensamientos, pasiones y circunstancias. No quiere decir ello que, puesto que puedes matar criaturas o someter elementos, no sean divinas tales cosas; muy al contrario, en todo ello hay una porción que puedes violar y otra a la que nunca podrás acceder con tu mera voluntad animal. Has matado a un cordero, pero su esencia sagrada escapa de ti de múltiples formas: no puedes acceder de nuevo al instante en que lo poseíste, pues el pasado ya es inabarcable a tus manos y tus ojos; no puedes acabar con el devenir de sus átomos, pues se te escurren entre los dedos y pasan a adoptar otras formas que ya no sabrás cazar; no puedes comprender el secreto de su vida y de su acontecer, puesto que hace falta relacionar todos los objetos del universo para descifrar uno solo. Por ello, todo es sagrado en tanto en cuanto no mora en ninguna parte que puedas abrazar definitivamente. La divinidad es la transición infinita, el derroche de cada brizna en todas las dimensiones imaginables y aun inimaginables, la inasible pulcritud de las horas, el gesto ritual dibujado a la postre por cada fenómeno. Así, pues, respétalo todo aun cuando lo despedaces, ámalos a todos aun cuando no sepas expresarlo, evita repartir daños en todo lo que tu caduca pero a la vez teofánica alma te permita.

[34] Evita regodearte en el placer del gusto hasta que no disfrutes de los sabores que los demás comensales toman por pobres. Cualquier alimento que te sacie es un manjar de dioses, pues como el más delicado manjar te permite la búsqueda de la perfección. Cuando te hagas de naturaleza olímpica, cualquier medio de vivencia se te aparecerá como un lujo del Edén.

[35] Cavila sobre lo pretérito incidiendo en su volátil eternidad, la inaccesible pureza de lo ya hecho, la perfección de lo que ya es inamovible. Cavila también sobre el porvenir, comprendiendo que ningún alma está sentenciada si es que ha de vagar en miles de formas por entre los vericuetos de lo real. Únicamente requiere más o menos tiempo transformar algo en otra cosa; si un tubérculo pasa a potaje en pocos instantes y un asesino pasa a dios en algunos eones, tanto da, si se observa todo a vista de pájaro inmortal. Y, finalmente, regresa sobre tu ahora: observa la grandeza de cada acto, que queda enseguida sellado en las urnas fúnebres del coloso ayer, y observa su poder, que puede llegar a transmutar todo el aire en oro cuando se dispone de mirada acertada, voluntad decidida, paciencia vigorosa y océanos de tiempo.

[36] Regresa siempre a la lectura de los autores que elevaron tu espíritu, que te despiertan el deseo de amar, que alumbran intuiciones que relacionan muchas cosas, que dan con una clave subyacente a todo lo que se desliza sobre la existencia, que reverdecen tu inocencia, que palpitan con quienes sufren, que te comprenden por arisco que seas, que apuntan a lo más sublime sin dejar de mecer a lo más nimio, que esparzan rosas a cañonazos, que se perfuman con el sudor de titanes y que estudian condensado el almizcle que destila el siglo, que perciben la sensibilidad aguda de los animales, que sin conflictos celebran la finura y la grandeza a partes iguales, que manan avidez de magnanimidad, que reman entre los océanos de lo más crudo y de lo más santo.

[Música: Suena en primer lugar el comienzo de la Oda por el cumpleaños de la reina Ana HWV 74 (“Eternal Source of Light Divine”) de G.-F. Händel, obra que también conmemoraba la firma del Tratado de Utrecht. Suena abajo el comienzo del De profundis ZWV 97 de J. D. Zelenka. Del mismo compositor checo se oirá el aria Recordare, Domine del Immisit Dominus pestilentiam ZWV 58. Por último aparece el Credo universale de la compositora contemporánea Natalia Haszler.]

Otras naciones

In a world older and more complete than ours they move finished and complete, gifted with extensions of the senses we have lost or never attained, living by voices we shall never hear. They are not brethren, they are not underlings; they are other nations, caught with ourselves in the net of life and time, fellow prisoners of the splendour and travail of the earth.

[En un mundo más viejo y más completo que el nuestro se mueven ellos acabados y completos, dotados con extensiones de los sentidos que nosotros hemos perdido o que nunca obtuvimos, viviendo entre voces que nunca oiremos. No son hermanos, no son subordinados; son otras naciones, atrapadas con nosotros en la red de la vida y del tiempo, compañeros de prisión en el esplendor y los afanes de la tierra.]

H. Beston, The Outermost House 2.1

… and the hope that what I have written may make others feel and understand that the greatest thrill of the hunt is not in killing, but in letting live.

[… y la esperanza de que lo que he escrito pueda hacer sentir y entender a otros que la mayor emoción de la caza no está en matar, sino en dejar vivir.]

J. O. Curwwood, The Grizzly King (prefacio)

Quo magis exhaustae fuerint, hoc acrius omnes
incumbent generis lapsi sarcire ruinas
complebuntque foros et floribus horrea texent.

[Cuanto más esquilmadas sean, tanto más ardientemente todas
se ocuparán de restaurar las ruinas de la raza caída
y atestarán las plazas y con flores trenzarán los silos.]

Virgilio, Georgica 4.248-250

The pride of man is our reproach.
Were we design’d for daily toil,
To drag the plough-share through the soil,
To sweat in harness through the road?
To groan beneath the carrier’s load?
How feeble are the two legg’d kind!
What force is in our nerves combin’d!
Shall then our nobler jaws submit
To foam and champ the galling bit?

[El orgullo humano es nuestra deshonra.
¿Fuimos diseñados para el trabajo diario?
¿Para arrastrar el arado por su terrado?
¿Para sudar el arnés en la carretera?
¿Para gemir bajo la carga que nos quiebra?
Cuán débil es la raza de dos piernas,
tanto como grande nuestra fuerza.
¿Acaso deberían nuestras mucho más
nobles patas
atarearse en la lucha contra quien nos
mata?]

John Gay, The Council of Horses (1727)

Kaimmeno mbro sti talassa
evo se kanono;
lio ngherni, lio kalei
lio nghizzi to nero.
Ma su tipo mu lei
ja possa sse roto
lio ngherni, lio kalei
lio nghizzi to nero.

[Camino junto al mar,
y te miro:
te elevas, te precipitas,
y tus alas rozan el agua.
Mas te pregunto
y no me contestas nada;
te elevas, te precipitas,
y tus alas rozan el agua.]

Canción tradicional greco-salentina

Nada de sus pasiones y su modo razonar nos es ajeno, como tampoco propio. Enigmas son cuales para los griegos eran los escitas o para los chinos los tártaros. Pero nos parecemos lo suficiente como saber que todos sufrimos o nos airamos, o de otro modo no nos compadeceríamos ni nos temeríamos. Todas las bestias nos parecemos, como estrellas que palpitan, pareciéndonos que lo hacen a distinta intensidad cuando quizá tales diferencias no se deban más que a las diversas distancias que de ellas nos separan. Las criaturas con capacidad de desplazamiento también pueden ver desplazado su equilibrio interno, su reposo ideal, pues es precisamente tal gravidez lo que permite que tenga sentido su movilidad externa, sus querencias, sus pasos por el tránsito del devenir.

¿Acaso podremos admirar la Corte de las abejas, si no contamos allí con embajada alguna? ¿Distinguiremos el coraje de los centinelas de la ciudadela o la diligencia de las matronas de palacio? ¿Apreciaremos el fino sentido de la oportunidad de su soberana, que advierte cuándo llegó el momento de partir a expedición con parte de sus súbditos y enjambrar nueva colonia ante el desbordamiento de su amado pueblo? ¿Bailaremos al son de la danza de la exploradora que regresó a indicar mediante su contoneo el hallazgo no lejano de un rico pastizal de lavanda? ¿No esconderá el ocio de los zánganos juegos aristocráticos no aptos para plebeyos bípedos? Preguntas parecidas me lanzaría acerca de las bandadas de cuervos agoreros o de la orquesta trasatlántica de grandiosas ballenas, señorías del azul. Todo se nos escapa de aquellos imperios cuyo idioma no hablamos, de cuya historia echamos en falta crónicas, cuando nuestro único rozamiento ha sido el de la inclemente invasión y el vil saqueo.

Yo soy el que menos sabe de esos pequeños o no tan pequeños villorrios que afloran entre espesores de vergel, bajo marejadas sin acceso o entre las grietas de áridas rocas calizas. No me atrevo a hablar sobre el amor de los delfines, el contrapunto de los vencejos, el entendimiento del puerco o la placidez de la oveja ataviada de algodón. Nada sensato diría si me atreviese a dar mi parecer sobre la hacienda del tejón, el cortejo del mochuelo, la penuria de la hiena, la jerarquía del simio, la lealtad del dogo, la paciencia del noble mulo, o el galanteo principesco del pavo real. ¿Quién soy yo para juzgar que sus cánticos, sus trabajos, su descanso o sus besos pesan menos que nuestros caprichos de grasa mantequilla u horneada entrepierna? ¿Por qué aquellos llantos a la luna, aquellas miradas resignadas ante la muerte del hijo, aquella furia legítima, aquel júbilo inocente, no han de concordar con los de mis semejantes? ¡Oh bestia, cuán ignorante eres y cómo te envaneces de tu bestialidad, arrebatando la instintiva paz a quienes llamas bestiales!

Conoce más secretos de la noche el tenebroso murciélago que tú. Soporta mejor la soledad de la montaña el formidable oso que el menos hablador de los monjes. Ha visto más mundo la espigada grulla en sus vuelos sobre los continentes que el más curtido de los marinos. Y, empero, aún queremos que nuestras facultades, penosas en un lado o sublimes en otro, sean la medida de todas las cosas, incluida la dignidad para estar vivo, para pertenecerse uno a sí mismo, para no tener que vivir y morir para quien antepone su placer a la belleza de permanecer despierto en el perfumado prado, en las ignotas nieves elevadas, en el océano sin fronteras.

Te canto, animal, porque eres espejo en el que me miro y me descubro. Porque mis taras, mis vicios y mis virtudes son distinto amasamiento de los tuyos. Porque aunque en nada nos semejásemos, llevas tanta fuerza en tu deseo recóndito de liberación como yo en el mío. Porque el sufrimiento carece de dueño si es que los seres no somos más que coágulos de materia aproximada y conciencia cortada en tela común, y de inefable mirada que reúne el paisaje del mundo en pintura de apariencias, y de afluentes de lágrimas sobre caudal que se concede nombre a sí mismo. Animal, yo escribo tu nombre, que es hermoso, que viene dolido desde lo sin principio, que titila tímido en la penumbra cerrada del universo inasible, que musita o canta en las noches y en el alba. Yo escribo tu nombre, que clama por la salvación de la carne, que todavía animoso construye nidos y lame a los cachorros, que durante un rato reposa acariciado por la brisa marina; tu nombre, que es a la par el más oculto y visible misterio de cuantos se mueven, que nadie lo ha nombrado con propiedad, que es el mío.

Como bárbaros hemos atravesado sus lindes de todos los modos y en todos los siglos, vaciado sus despensas, esclavizado a sus mujeres y descuartizado sus cuerpos. Así, hagamos por esperar que lleguemos un día a la conciencia de la ofensa irredimible, cuando, recomponiendo la postura, nos volvamos aprendices de la civilización de los ríos y los caramillos conciliadores de tosca madera.

[Música: Are mou rindineddha (canción tradicional greco-salentina, esto es, de texto en griko, el dialecto mixto de la comarca apuliana). Cantan Vincenzo Capezzuto y Katerina Papadopoulou. Como se puede comprobar en el fragmento citado en el encabezamiento de la presente entrada, el poema habla de los movimientos de una golondrina sobre el mar y el infranqueable secreto de sus motivaciones.]

 

Incluso en la decadencia, un hombre virtuoso
incrementa la belleza de su comportamiento.
Una tea ardiendo, aunque vuelva al suelo,
tiene una llama que se eleva a lo alto.

Sakya Pandita, Un precioso tesoro de dichos elegantes 15

 

Las ochenta maravillosas actividades surgen
de la causa concordante del amor;
temiendo que este texto fuera demasiado largo,
¡oh, rey!, no lo explicaré.

Nagarjuna, La preciosa guirnalda 197

 

Cuando vean que una lluvia de flores y perfume extingue
el flujo incandescente de lava de los infiernos,
saciados de dicha, de repente se preguntarán: “¿Cómo es posible?”
Que entonces los habitantes de los infiernos contemplen al que sostiene el Loto.

Śāntideva, Bodhicharyāvatāra 10.12

Je ne parlerai pas, je ne penserai rien:
Mais l’amour infini me montera dans l’âme,

[No hablaré, ni pensaré en nada, / pero el amor infinito ascenderá en mi alma.]

A. Rimbaud, Sensación, Marzo de 1870

 

A los bodhisattvas que, a la luz del día o en el completo anonimato, abrillantando cada hora de cada milenio el mundo sin que lo sepamos, comprometiendo todas sus encarnaciones futuras a su noble voto, persisten en su desmedida labor sin final de erradicar cualesquiera taras de los seres sintientes. A todos los seres sintientes.

 

¡Sugatas de los tres tiempos, elevad el acento de mi proclama! Os invoco en el cielo del corazón, donde empieza a correr sangre nueva, teñida del color de sílabas de mantras, bendecida por maestros perfectos que, como centinelas de la sabiduría, guardan el terreno conquistado para que nosotros, los recién centelleados por el resplandor de su purificación, lleguemos más rápidamente hasta donde llegaron ellos en combate contra tiempos sin principio. Con acritud sin medida contra la opresión de todos los seres, reflejo del que dependo, ¿cómo no me he decidido a dar rienda al más transgresor de los deseos alumbrados, la liberación de todos los seres? Habrá de ser satisfecho tal deseo por mis agregados hasta el punto de separarse ellos mismos, caiga la lluvia de la violencia o el duro invierno de la carestía. Troceado, caminaré entre las calles tenebrosas del mundo impuro agitando la campana ritual para ahuyentar los vicios y las actitudes ciegas que nos abisman a todos. Moldearé, esculpiré, desangraré o cercenaré mi carácter con tal de coronarme y gobernar a las aflicciones, pues preferible es repartir oro cojeando que residuos a buen paso. Lleno de rencor, libraré mi batalla contra el coágulo deforme de mi continuo mental: o sobrevivirá éste o sobrevivirá el Buda; no hay tercera opción. Solamente se detendrá la Rueda de Renacimientos si descendemos de ella los seguidores del Conquistador y atrancamos su mecanismo con las más preciadas de nuestras posesiones, con la posibilidad de transmigraciones a reinos superiores, con la carne de nuestras piernas, entrañas y cráneos, con nuestros corazones aún palpitantes, ofrecidos sobre hojas de palma.

Escucha, Perfección: habrás de ser mía más pronto o más tarde, con mayor o menor bagaje de dolor a mis espaldas, pero te encontraré y te multiplicaré entre mis madres los seres. Nada podrían hacer los dioses para impedirlo, pues convencido estoy de que, con la verdad absoluta de mi parte, anhelando también el despertar para sus adormiladas mentes felices mas mortales, lograría convencerles durante un diálogo que no duraría más de un eón. En cambio, sellando los sentidos, amenazo a mi cuerpo: “Si me sirves en mi determinación de erradicar el sufrimiento de todo lo que existe, no te faltará lo necesario; mas, en caso contrario, no te daré tregua”. Algo parecido diré a los venenos que me recorren: “Sois mis enemigos, de suerte que o aceptáis convertiros en vasallos, fuerzas virtuosas al servicio de todos los seres, u os aniquilaré con la espada fulminante de mi arrojo”. Seré avaro con la avaricia, traidor a la inmoralidad, displicente con la desidia, airado con la ira, ignorante de tantas falsedades como pueblan los reinos, y no prestaré la más mínima atención a la distracción. De un modo u otro me cubriré de los pāramitās, ornado así con los únicos ornamentos dignos de tal nombre. Y, perdiendo la noción de hacedor, acción y receptor, no seré más que un bálsamo al sufrimiento, allí donde surja. Sin virtud no hay sanación para quien sufre, pero sin víctima a la que sanar no puede haber cultivo de la virtud; toda bendición no es, pues, más que un reequilibrio de un mismo vacío lloroso y ávido de falsas plenitudes. Tan sólo falto yo, pues, en ese collar excelente, en ese juego supremo, puesto que el sufrimiento y la acción que lo remedia ya están a la espera ante mi dubitativa figura. Aupado por las aflicciones ajenas, me vestiré de méritos para poder rescatar a los afligidos una vez adquiera las treinta y dos marcas del Omnisciente.

Esta guerra se combate en los actos cuidadosos de las manos y tras los velos del rostro: una sonrisa afable e incondicional será el destilado de las fuerzas que se purifican al rojo vivo en el secreto de mis pasiones. Mientras mis maneras delicadas empiecen a penetrar suavemente el sensible ánimo de los seres pueriles, mi corazón arderá por el trabajo de dejar de ser uno de ellos, siempre con el único fin de atraerlos a las atalayas que la diligencia de los Victoriosos vaya apuntalando para su resguardo. Amabilidad discreta y elegante condescendencia será lo que vean y lo que les ofrendaré en mi aspecto, por más que afinar una pureza incondicional me cueste tempestades e infiernos corriendo por mis venas, que no describiré a nadie. A todos contestaré como amigo cortés o gentil doncella, o afinaré mi canto si es que renaciese en un nido de pájaros o en solitaria montaña de titanes. Entretanto, me ofreceré como néctar al sediento, como talismán milagroso a todo anhelo, como blanca nieve al espíritu incendiado y como cálida brasa al aletargado por el helor de mundos descompuestos. En ordinarias situaciones me conduciré como uno más mientras contemple el cultivo de las virtudes en el silencio solitario o al fuego de la sabiduría que deseca de fascinación a los fenómenos. Resistiré todo el daño que me hagan durante vidas sin número si con ello logran un paso hacia la dicha irreversible. ¿Y acaso no son en verdad mis estados aflictivos, espirales alimentándose a sí mismas, las que me laceran, causando destinos infortunados a aquellos seres que en su ofuscación creen ser los heridores? ¿Por qué acusas a otros seres de ser la causa de tus males, cuando en verdad tú, el objeto de sus aflicciones destructivas, eres la causa de los suyos? ¡Oh necio de mí! Pidamos perdón por dar forma a los odios y agresiones de los otros. Que me descuarticen, que me aguijoneen, que me destrocen en todas mis naturalezas siempre que les beneficie: yo me encargaré por mi lado de sostener en alto el estandarte de la aspiración pura. Jamás obedeceré mis caprichos, nunca emprenderé acción alguna que no piense en beneficio de los que sufren. ¿Cuándo fueron dulces los dolores de parto? Pero esta vez se trata de parir a un adolescente ya erguido, decidido, aguerrido, que habrá de madurar hasta convertirse en la preciosa bodhicitta, joya mayor que la Joya-que-colma-todos-los-deseos.

Empiezo ofreciendo tantos ensortijados mundos como granos de arena hay en el Ganges. De cada uno de esos mundos, con su monte Meru, sus cuatro continentes, el sol y la luna, surgen cien millones de dakinis, portando cada una otros tantos mundos aun más bellos en bandejas de oro, repletas también de ofrendas dignas de monarcas universales, manjares divinos, incienso bendecido, perfume destilado de los primeros jazmines tras el nacimiento de un Buda. En vasijas de color de lapislázuli entre mi cuerpo despiezado y mi ilusoria alma, una vez fermentados sus kleśās, esparcida entre diversos recipientes que habrán de ser quemados en la hoguera de la absorción meditativa. ¡Oh, Venerables, otorgadme la iniciación! ¡Tomo refugio en la infabilidad de vuestra palabra, en la santidad de vuestra conducta, en la apacibilidad de vuestra postura y en la claridad de vuestra visión ilimitada! Me postro junto con los infinitos cuerpos de las infinitas criaturas ante la humildad resplandeciente de vuestros hábitos. Ayudadme, ¡os lo ruego!, a alcanzar el logro supremo, y pueda convertirse cada uno de mis gestos en un mudra sagrado que transfigure en dicha eterna los tres venenos de la existencia, que en todas partes anidan.

Espíritus locales, no permitáis que esta aspiración decaiga. Recordadme mi compromiso, ¡os lo ruego!, con lluvias, con plagas mágicas de insectos, o acaso con el canto del agorero cuervo. Que pueda sostener en alto la flor de utpala azul mientras duren los tiempos, allí donde para albergar esperanzas en el sendero de la Iluminación sea preciso que los pueblos alcen su vista y exclamen: “¡Mirad!, por allí levita un Honrado-por-todo-el-mundo, un libertador inmortal, la esencia de nuestra mente”. Y que se deleiten con el juego de las innumerables formas del orgullo divino en su sutil y mágica manifestación Saṃbhogakāya, que brillará sosteniendo cuencos de néctar, reconcentrando el universo entero en su inmaculado mandala, su paraíso particular, que no es sino el de todos, pues, desconocedores de la avaricia, siempre dejaron los paraísos sus puertas abiertas. No debo dejar abandonados a los seres ahora que me he comprometido a convertirme en su eterno valedor; ¿no les abatiría una tristeza sin medida saber que les ha traicionado quien pretendía anhelar la glorificación de los perseguidos, los tullidos, los hambrientos, los incapaces y los melancólicos? Será por honor que renunciaré a todo honor, al que esparciré como cenizas de cadáver en el océano de la interdependencia, sobre el suelo misterioso de la vacuidad.

Adoptaré una mirada adamantina que anhelarán poseer todos los seres con los que me encuentre, y sin dudarlo les indicaré el próximo paso que han de seguir para obtenerlo. Serán rasgados todos los velos o navegaré entre océanos de eones, reposando brevemente en los puertos de vidas ejemplares. ¿Quién podrá descansar hasta que se escriba el punto y final a los anales del pesar? De nada me servirá la condición sublime si ajetreadas quedan todas mis madres hocicando espantajos en Saṃsāra. Así, cueste lo que cueste, caigan los reinos que caigan, se sucedan los mundos que hayan de sucederse, nada se detendrá, nada se cambiará, nada alterará la decisión del paso firme. Llegará el día, acaso fuera de esta era, en el cual, derrengado hasta el agotamiento de todo desafío, ofreceré la Tierra Pura de Tushita a cada criatura, mi hermana, mi madre, mi verdadero yo, iridiscencia cien mil millones de veces reflejada de un vacío supremo e inasible al que es preciso devolver el gobierno de las conciencias. Bendecidas por la sabiduría inmarcesible de los santos, el devenir será al fin el paseo de un cisne en un estanque de lotos, ya fuera del tiempo, allí donde Kalachakra y su consorte trascienden toda sucesión. Seré tesoro de los buscadores, el árbol del ave, la mitra del clero, la cuerda del armónico laúd. Seré refugio para los perseguidos, canoa para el navegante, esmeralda para el cuello imperial, sílaba para el enmudecido, claridad para los entendimientos, ungüento para desgarrados, sandalia para el viajero. Me tornaré milagro para el incrédulo, recuerdo para el olvidadizo, flores para el lloroso, párpado para el visionario, miel para el agriado, abrazo sin cese para el desabrigado y el desolado. Lustraré lo contaminado, cauterizaré lo infecto, suturaré lo rasgado, bendeciré a los condenados. Me enamoraré de todos y con todos bajo palio santificaremos nuestro amor. ¡Oh seres, voy en vuestro auxilio, no temáis! Poco podré hacer mientras camino introspectivo sacudiéndome oscurecimientos; pero esperadme a lo largo de esta vida o, a lo sumo, unos pocos eones: llegará el día en que los lotos medicinales que os lance con júbilo llegarán certeros a vuestras heridas, iluminando vuestros cinco agregados antes de que se dispersen gozosamente, y la beatitud se convertirá en un sol en vuestra mente y hará estallar todo lo que ahora creéis ser.

Todo sea por siempre auspicioso, en cualquier universo, en cada fibra de entidad, en cada brote y en cada desasimiento. Amén, amén, amén.

***

[Música: Namgyal Lhamo canta la canción tibetana Chang ya-re. De A. Scriabin suena el primer movimiento (Luttes) de la sinfonía No. 3 Op. 43 (Le divin poème); la sinfonía relata en tres grandes movimientos las etapas de la liberación humana: Luttes, Voluptés y Jeu divin.]

 

Si los delfines mueren de amores,
triste de mí, ¿qué harán los hombres,
que tienen tiernos los corazones?

Endecha canaria

 

Sobre el risco la retama
florece, pero no grana.

Responder de romance canario

 

La recompensa es morir sin arrepentimientos.

Milarepa, Mila Grubum 2.11 (“Amonestación sobre la rara oportunidad de practicar el Dharma”)

 

Sería excelente ayuda de la Naturaleza a sí misma el que pudiésemos encarnar momentáneamente a cada uno de los seres, de todos las razas, intelectos, sexos, condiciones. Sesiones de sufrimiento intenso pero controlado nos darían una amplitud de miras más notable que la que podamos extraer de los tratados de moral, del culto a la virtud o de la compasión hacia las criaturas cercanas. Solamente así seríamos capaces de calibrar la mesura de nuestros propios impulsos, y nos moveríamos más a asistir a quienes no oímos por expresar llantos tan continuos que son tomados por el ruido del ambiente, como el paso de una brisa rojiza. Esa encarnación temporal es precisamente la utilidad de la metempsicosis, para quien crea ciegamente en ella; para quien no haga así, basta con un ejercicio de introspección, ejercicio que incluya recordar todos los tipos de suplicio y que incluya la capacidad para imaginarse en la piel de otro, con otro cuerpo, otras ideas, otros modos de sentir, otro idioma, otros atributos genitales, otro sistema ocular y auditivo, otro número de extremidades. Hay que recordar cómo sufren tantas personas ricas, tantísimas pobres, tantos mediocres y tantos genios, tantos exiliados y tantos soldados, tantos recolectores de algodón y transportadores de piedras, tantas prostitutas y tantos intoxicados, tantos enamorados y verdugos, tantos enajenados atrapados en su propia demencia, tantas mujeres y tantos varones, tantas vacas y visones atados y despellejados como esclavos o criminales de guerra, tantas crías de tortuga que nacen solamente para ser devoradas por gaviotas hambrientas, y acaso números inasumibles de seres de otros mundos que apenas podremos figurarnos.

Esto nos ayudará a nosotros mismos, pues salir a darse a los otros es el modo más fácil de considerar la inanidad de nuestras cuitas y miserias. Pero no es suficiente para servir a otros. La compasión meditativa es tan sólo el primer paso en un movimiento hacia el abrazo real, hacia la desinfección de heridas. No son necesarias bellas palabras, ni un modo ingenioso de presentarse, ni siquiera de darse a conocer por el nombre por el que fuimos bautizados; bastaría con alzar del suelo al caído en su Via Crucis, y empañar su sudor y su sangre en nuestras ropas como si se tratase de un óleo que, mientras ensucia nuestra imagen, embalsama a nuestro yo más puro y abrillanta un poco más el rostro angustiado del universo. Si por el mero hecho de vivir estamos sembrando muerte y usurpación, bien haríamos en procurar que el saldo fuese positivo a la hora de nuestra muerte, habiendo reducido nuestra huella en los estertores ajenos, habiendo caldeado cuantos corazones tiritones encontremos y dibujado cuantas sonrisas podamos en quien gemía. Y recordárnoslo siempre, siempre, incansablemente, una y otra vez, hasta la conflagración final del Saṃsāra, al cabo de tantos eones como lágrimas se habrán confundido con los océanos.

[Música: Tres sirenas, de la sensible agrupación L’Arpeggiata. Sobre un fondo sonoro anónimo del XVII (o eso dicen, aunque es idéntico a otro), son tres estrofas de tres versos relacionadas con las penas y el mar, cada una de las cuales presentada en una lengua diferente: napolitano, griego y español. Al menos la última es una endecha canaria, si es que las dos primeras no son traducciones de otras tantas (y quizá de ahí el título en castellano). Los versos rezan así: Chell’ cò mare te rice, / Te l’ha sapè arricurdà, / E a ’stu puort ce turnarrai; Της θάλασσας τα κύματα / Έρχονται ένα, ένα / Σαν τα δικά μου βάσανα; Cuan grande es el mar y las arenas, / Tan grandes son mis ansias y mis penas, / Que no basta mi dicha a defendellas.]

Incluso el ofrecer tres veces al día
trescientas ollas de comida
no supone ni una porción del mérito
que hay en un instante de amor.

Nagarjuna, La preciosa guirnalda 283

 

Ni un día sin ejercitar un músculo, sin calibrar una idea, sin cultivar una virtud. Ni una certeza sin ser examinada, ni una posibilidad sin ser valorada como la posibilidad que es. Sin perder ni una sola oportunidad de reconvertir en apoyo a mi constitución impermanente, vacía, interdependiente y divina cualquier aparente contradicción a mis propósitos, cualquier ilusorio escollo en el sendero. Todo encuentro con un ser y todo pensamiento de fogueo que se evapora en mi mente ordinaria no son sino ensayos -tímidos o fallidos- de mi Iluminación, y por ende de la de cualquier otro. No son, de hecho, sino profecías de la naturaleza esencial de la mente; de mi lucidez dependerá que entienda el reto y juegue a nutrir resistencia y capacidad de integrar en el poder de un abrazo los pretendidos abatimientos, ataques y temblores. Sople el viento que sople, corra el fuego que sea, nuble cualquier peste la salud de familias y pueblos, que jamás traicione a los seres, por quienes me traicionaría a mí mismo de la forma más vergonzosa.

[Música: P. Glass, Evening Song (Satyagraha).]

En lugar de un árbol único, se puede tener también, con la misma significación, un conjunto de tres árboles unidos por sus raíces, donde el del medio es el «Árbol de la Vida», y donde los otros dos corresponden a la dualidad del «Árbol de la Ciencia». Se encuentra algo comparable en la figuración de la cruz de Cristo entre otras dos cruces, las del buen y del mal ladrón: éstos están colocados respectivamente a la derecha y a la izquierda de Cristo crucificado como los elegidos y los condenados estarán a la derecha y a la izquierda de Cristo triunfante en el «Juicio final»; y, al mismo tiempo que representan evidentemente el bien y el mal, corresponden también, en relación a Cristo, a la «Misericordia» y al «Rigor», los atributos característicos de las dos columnas laterales del «árbol sefirótico». La cruz de Cristo ocupa siempre el lugar central que pertenece propiamente al «Árbol de la Vida»; y, cuando está colocada entre el sol y la luna, como se ve en la mayoría de las antiguas figuraciones, es todavía la misma cosa: ella es entonces verdaderamente el «Eje del Mundo».

R. Guénon, El simbolismo de la cruz IX

«Llevar la cruz» es mantenerse cerca de la cruz existencial, es decir: en la Existencia hay el polo «pecado» y el polo «cruz», el lanzarse ciegamente hacia el goce y la cesación consciente; la «vía ancha» y la «vía estrecha». «Llevar la cruz» es esencialmente no «seguir el movimiento»; es «discernir los espíritus», es mantenerse, incorruptible, en esa nada aparente que es la Verdad. «Llevar la cruz» es, por tanto, sostener esa nada, umbral de Dios; y puesto que el mundo es orgullo, egoísmo, pasión y falsa ciencia, es ser humilde, caritativo, es «morir» y «hacerse como un niño». Esa nada es sufrimiento en la medida en que somos orgullo y en que, por ello, nos hace sufrir; el fuego del Purgatorio no es otra cosa: es nuestra substancia la que arde, no porque Dios quiera hacernos mal, sino porque nuestra substancia es lo que es; porque es «de este mundo», y en la medida en que lo es. La cruz es la divina fisura por la que la Misericordia se derrama desde lo Infinito. El centro de la cruz, allí donde se cruzan las dos dimensiones, es el misterio del abandono: es el «momento espiritual» en el que el alma se pierde a sí misma, en el que ella «ya no es» y en el que ella «todavía no es». Como toda la Pasión de Cristo, ese grito no sólo es un misterio de dolor en el que el hombre debe participar mediante la renuncia, sino también, por el contrario, una «abertura» que sólo Dios podía operar, y que operó porque era Dios; y por eso «mi yugo es suave y mi carga ligera». La victoria que incumbe al hombre ya ha sido conseguida por Jesús; al hombre ya no le queda más que abrirse a esta victoria, que será la suya.

F. Schuon, Senderos de gnosis (trad. F. Gutiérrez), p. 159

Desde el punto de vista microcósmico, como hemos visto, «María» es el alma en estado de «gracia santificante», calificada para recibir la «Presencia real»; «Jesús» es el Germen divino, la «Presencia real» que debe operar la transmutación del alma, a saber la universalización de ésta, o su reintegración en lo Eterno. «María» -como el Loto- es «superficie» u «horizontal»; «Jesús» -como la «Joya»- es «centro» y, en el aspecto dinámico, «Vertical». «Jesús» es Dios en nosotros, Dios que nos penetra y nos transfigura. Entre las meditaciones del Rosario, los «Misterios gozosos» conciernen, desde el punto de vista en el que nos situamos, y en conexión con las oraciones jaculatorias, a la «Presencia real» de lo Divino en lo humano; en cuanto a los «Misterios dolorosos», éstos describen el «aprisionamiento» redentor de lo Divino en lo humano, la profanación inevitable de la «Presencia real» por las limitaciones humanas; los «Misterios gloriosos», por último, se refieren a la victoria de lo Divino sobre lo humano, a la liberación del alma por parte del Espíritu.

F. Schuon, Id. p. 153

Crux igitur semper parata est, et ubique te exspectat. Non potes effugere ubicumque cucurreris, quia ubicumque veneris, temetipsum tecum portas, et semper te ipsum invenies. Converte te supra, converte te infra, converte te extra et intra, et in his omnibus invenies crucem, et necese est te ubicumque tenere patientiam, si internam vis habere pacem et perpetuam promereri coronam. Si libenter crucem portas, portabit te, et deducet te ad desideratum finem, ubi scilicet finis patiendi erit. Si invite portas, onus tibi facis, et te ipsum magis gravas, et tamen oportet ut sustineas. Si abjicis unam crucem, aliam proculdubio invenies, et forsitan graviorem.

[Así que la cruz siempre está preparada, y te espera en cualquier lugar; no puedes huir dondequiera que estuvieres, porque dondequiera que huyas, llevas a ti contigo, y siempre hallarás a ti mismo. Vuélvete arriba, vuélvete abajo, vuélvete fuera, vuélvete dentro, y en todo esto hallarás cruz. Y es necesario que en todo lugar tengas paciencia, si quieres tener paz interior, y merecer perpetua corona. Si de buena voluntad llevas la cruz, ella te llevará, y guiará al fin deseado, adonde será el fin del padecer, aunque aquí no lo sea. Si contra tu voluntad la llevas, cargaste, y hácestela más pesada: y sin embargo conviene que sufras. Si desechas una cruz, sin duda hallarás otra, y puede ser que más grave.]

T. de Kempis, Imitatio Christi 2.12.4-5 (trad. Fr. Luis de Granada)

[Música: Arriba, T. L. de Victoria, Officium Hebdomadae Sanctae (Sábado Santo. Tercer nocturno. Aestimatus Sum – Factus Sum – Posuerunt Me). Abajo, Barbara Furtuna & L’Arpeggiata interpretan Maria, canción reciente en dialecto corso sobre el bajo de La Carpinese.]