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Archive for the ‘Anecdotario’ Category

LE COMTE: Entrons-nous un moment dans l’un de ces pavillons, pour les laisser passer?
LA COMTESSE: Sans lumière ?
LE COMTE: À quoi bon ? Nous n’avons rien à lire.

[EL CONDE: ¿Entramos un momento en uno de esos pabellones para dejarlos pasar?
LA CONDESA: ¿Sin luz?
EL CONDE: ¿Para qué? No tenemos que leer nada.]

P.-A. Caron de Beaumarchade cais, Le Mariage de Figaro V

Conocida es la frase atribuida a Corvisart, médico de Napoleón I. Preguntando éste al galeno si un hombre de cincuenta y cinco años puede racionalmente esperar descendencia, contestó:
—Algunas veces.
—¿Y si el esposo tiene setenta?
—Entonces siempre…

S. Ramón y Cajal, Charlas de café 2

Il y a plus, les images voluptueuses dégagent la tête en attirant la vie au centre du corps.

[“Es más, las imágenes voluptuosas despejan la cabeza, pues atraen la vida al centro del cuerpo”.]

M.-J. Hérault de Séchelles, Théorie de l’ambition 2.4

Nous travaillons à notre propre perte avec plus de zèle et d’énergie que l’on n’en mit jamais à conquérir la liberté ! Ô Français, encore un peu de temps, et il ne restera de vous que le souvenir de votre existence!

[¡Trabajamos en nuestra propia perdición con más celo y energía que el que hemos empeñado jamás para conquistar la libertad! ¡Oh franceses, un poco más de tiempo y no quedará de vosotros más que el recuerdo de vuestra existencia!]

Ch. Corday, Adresse aux Français amis des lois et de la paix

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NOTA DEL EDITOR

La mayoría de las anécdotas expuestas aquí y en entregas anteriores de esta gaceta de inactualidad muestra el conjunto de muchas de las debilidades humanas, concentradas hasta lo grotesco. Ni que decir tiene que la realidad del sufrimiento y la inmoralidad no es divertida, y, por consiguiente, no aprobará un hombre de bien el maltrato a la mujer, el abuso de otros pueblos, el desprecio del Tercer Estado, el adulterio, la blasfemia, la crueldad, la indolencia, el rencor, la humillación o la ambición de ningún tipo. La presentación cómica de esta concentración de sucesos no pretende complacerse en el vicio, pues la risa no tiene por qué venir unida a la aprobación. Pero tampoco se complace en un desprecio furibundo, puesto que las debilidades humanas vienen en muchos casos causadas por una determinada disposición de los órganos o por una cierta concatenación de pasiones que conducen hacia comportamientos más bien nefandos. En cualquier caso, la parquedad de adjetivos calificativos no responde aquí a una ausencia de juicios de valor -cualquiera que siga la trayectoria de este autor en las últimas temporadas podrá asentir-, sino a una voluntad de educar al alma en aceptar a los hombres menos templados como son, sin aplaudirlos ni vituperarlos, viéndolos como a niños que arrancan las alas a una mosca, esto es, creando y perpetuando un sufrimiento de manera torpe e ignorante. La irrisión ante el vicioso no ha de hacernos perder la visión de la virtud, pero al menos ha de consolarnos al hacernos comprender que incluso algunas de las figuras con más digna apariencia caen de modo ridículo y absurdo en el torbellino aturdidor de los anhelos y las aversiones. Léase este anecdotario, pues, con indignación e indulgencia a partes iguales, pues nada hay más dañino que la destrucción de la moral, y poco hay más digno de conmiseración que el deseo que no logra contenerse ni aun a costa de causar daño, hecha la salvedad de sus víctimas. Y, encuéntrese indignada o entretenida, un alma que busque ejercitarse en la flema y la sabiduría nunca se deja llevar hacia ninguno de los dos extremos ante la dureza de la realidad vulgar si ello conlleva perder juicio, amor y resolución a la hora de contribuir a la mejora del mundo. 

Entre un conde y su amigo, recién nombrado juez del reino, se produjo la siguiente escena, muy similar a la que imaginó Beaumarchais en una de sus comedias:
-Ahora sois juez. ¿Serviréis con honor a vuestro cargo?
-¡Para eso lo he comprado!

El 5 de octubre de 1789 en Versalles:
-Majestad, os llama desde el exterior una muchedumbre del pueblo.
-Eso sin duda puede esperar-, contestó el rey, a lo que añadió que tenía cosas más importantes entre manos.

Poco después de la Revolución, se preguntaba F… para cuándo otro espíritu musical tan espléndido como el de Rameau. Viendo un día a unos sans-culottes prender fuego a una vieja partitura de ópera por hablar en contra del pueblo, F… matizó su pregunta y decía pensar que, para cuando llegase el momento, ya no quedarían claves que pudiesen amamantar a aquel supuesto genio.

Durante la Guerre de Dévolution entre España y Francia, un mariscal francés amonestó a unos soldados que se habían pasado la noche de juerga en una taberna española y a los que se había encontrado ebrios en un callejón. Ellos se defendían aseverando que solamente habían ido a beber allí para desmoralizar al enemigo demostrando la debilidad de su alcohol, lo cual habían conseguido, puesto que, tras cinco tinajas de vino, todavía habían logrado salir por su propio pie.

Tras escuchar una ópera de Monsigny en París, un noble napolitano, queriendo complacer a sus amistades locales, les decía que aquel compositor, si no se empeñase con libretos en una lengua tan retorcida y si no oliese mal, podría pasar por italiano.

El filósofo moral y el carnicero sobre un hígado de cordero:
-¿Y a cuánto tenéis hoy el cadáver de estos seres sensibles?
-Por ser vos, dependerá de la cantidad de principios que esta mañana se vea obligada a pasar por alto vuestra hambre.

Contaban de un lacayo secretario en provincias que conocía la intimidad de todas las señoras que visitaban la casa del patrón. A tal punto llegaba su fama y el consentimiento de que gozaba en la casa que, cuando organizaba en la agenda de su señor cada una de las visitas, procedía a completar también, en una esquina del listado, la visita añadida opcional a su buhardilla.

Un gentilhombre de Toulouse a una joven viuda durante una visita al domicilio de ésta: “Ma chère, mi corazón no late más que por vos”. Notando ella cómo algo acariciaba suavemente sus piernas, le espetó: “¿Pero no podríais al menos lograr que latiera solamente fuera de mis enaguas?”.

Un notario a un sacerdote sin ningún don para la oratoria: “Yo doy la fe que vos quitáis”.

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Un viejo libertino que en su juventud había recorrido toda Europa y que finalmente moría de gota y gonorrea, al conocer la hermosura novedosa de las mujeres antillanas y etíopes de las que empezaban a hablar los exploradores y mercaderes, se lamentaba en su lecho de muerte únicamente de no haber gozado África.

A un obispo glotón a cuyo palacio llegaban  cada día innumerables piezas de carne, algunos burgueses lo acusaron de paganismo, dado que no era posible que tal cantidad de charcutería se debiese a otra cosa que a sacrificios a ídolos. Durante la homilía dominical el obispo se defendió orgullosamente de tal acusación afirmando que no era cierta en absoluto, y que lo que ocurría era sencillamente que estaba poseído por una gula desmedida.

Un negrero holandés se quejaba de lo incómodo que le resultaba a su esposa tener esclavos etíopes en su casa por tener que tratarlos a puntapiés y tener que prescindir de manejarlos con las manos por temor a infectarse de negritud.

Los hijos de un poeta no muy bien valorado lo enterraron con sus obras inéditas para impedir que los acusasen de prolongar innecesariamente el sufrimiento del periodo de duelo a toda la familia.

La joven damisela a su profesor de canto, quien pretendía conocer su intimidad desde el comienzo de la clase:
-Maestro, ¿no queréis antes oír mi interpretación?
-Mademoiselle, para escuchar una caja de música antes hay que darle cuerda.

Dicen que el duque de Orléans, al ver un autómata de Pierre Jaquet-Droz que podía firmar documentos, exclamó que solamente le faltaba la corona.

Cuando guillotinaron al duque de Orléans, ya conocido oficialmente como “Philippe Égalité”, algún realista musitaba sin dejar de sonreír que haber cambiado su apellido por uno más a la moda no le había salvado del crimen de haber contribuido a hundir el más grande de los apellidos franceses, refiriéndose a su voto decisivo para condenar al rey.

Discutían un filósofo y un gentilhombre sobre el proyecto de Restif de la Bretonne de fundar lupanares regentados por el Estado. El gentilhombre, advirtiendo que los nuevos tiempos y la filosofía que con aquéllos venían daban a las mujeres mayor libertad para airear sus inclinaciones naturales, exclamaba: “¿Y quién necesita prostíbulos teniendo las Luces?”.

Dos cocheros se enzarzaron en una discusión por defender cada uno que él y no el otro porteaba a señores de un peso mayor, sin que los presentes del encuentre supiesen después decidir si hablaban de peso moral, de títulos nobiliarios o de libras de barriga.

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A un cierto cardenal impío de infausto nombre y que se rodeaba de pintores, poetas, músicos y dudosas compañías, le amonestaba un honorable caballero recordándole su cargo al servicio de la Iglesia y que el Señor deploraba aquella conducta, a lo que el cardenal respondía: “¡Ah, si Dios pudiese disfrutar de todos estos encantos pensaría de otro modo…!”.

Durante los peores días de la Revolución, para huir de las garras de los sans-culottes embravecidos, los aristócratas atrapados en el salón de Mme. L… decidieron vestir libreas y salir haciéndose pasar por lacayos. Pero uno de los agitadores distinguió a un condesa porque, aseveraba, sus lunares de los pómulos tenían demasiado gusto para ser naturales. El conde quiso defender a su esposa argumentando que, si era cierto que aquel lunar adornaba con primor el rostro de su cónyuge, otros en el trasero no contaban más que con la vulgaridad de las clases bajas. Fue tal declaración y no la insistencia satisfecha del marido en descubrir las posaderas de su esposa lo que confirmó a los rebeldes en sus sospechas, y apresaron finalmente a los aristócratas. Escena tan grotesca causaba tanto estupor incluso entre los maleantes que la originaron, que pocos querían relatarla, como ambicionando olvidar. Pero contaban unos pocos que la condesa no pudo perdonar nunca al conde, no la pésima defensa que los llevó a pasar varias noches en calabozos, sino el haber considerado vulgares las carnes que antaño tanto había alabado y el haber insistido sonriendo en mostrarlas al populacho.

Burgués.- Vos, barón, jamás os habéis visto cara a cara con el esfuerzo.
Barón.- Cierto, jamás tuve el placer de conocer a caballero tan poco agraciado.
Burgués.- De ese modo tampoco conoceréis en profundidad a sus encantadoras hermanas: la buena conciencia, la fortaleza y la serenidad de ánimo.
Barón.- Monsieur, me conformo con conversar con ellas durante un breve encuentro afortunado y acaso intimar en la alcoba con alguna de las tres en alguna ocasión muy favorable.

Decía M… que, hasta la llegada del Terror, Robespierre, Danton y demás secuaces no hicieron nada que la aristocracia no aprobase. Fue la envidia y la coquetería con las letras por parte de los patricios lo que propició que rodasen las cabezas de los Borbones, seguidas de otras menos nobles.

El mariscal T…, un hombre sumamente anticuado, rechazaba que le retratase Mme. de Vigée-Lebrun porque, según decía, “una mujer era incapaz de capturar la esencia de la bravura masculina”. Se dice que ella tramó la sutil venganza de seducirle hasta volverlo manso con un corderito, tras lo cual ya no había bravura que capturar y pudo retratarlo como la suave criatura que era. El retrato se cree perdido, acaso por la vergüenza que el carácter del lienzo causa en los bravos herederos del retratado.

Se decía del vizconde de C… que violaba a todas las doncellas que entraban a su servicio e incluso a las doncellas de servicio ajeno. Cuando le preguntaron por aquellas debilidades, el vizconde, arrancando una margarita de un florero y acercándosela a la nariz, se encogía de hombres y suspiraba: “¿Qué puedo decir? ¡Ah, el amor…!”.

Al marqués de V… defendía su costumbre de unirse solamente con plebeyas y doncellas porque, a su juicio, bastaba con ellas una sola metáfora allí donde con una noble dama se requería galantear con largas elegías de Ovidio.

Un marido ofendido le arrojó un guante al conde de M… retándole a espada, a lo que el conde respondió: “Y yo desprecio orgullosamente vuestro desafío”. Y se marchó ufano dándole la espalda como habiendo triunfado.

Decía H… que, antaño, mientras los hombres marchaban a la guerra, las mujeres se consolaban de la ausencia de los bravos calentando su lecho con los cobardes que se quedaban en la ciudad. Pero, añadía, en los nuevos tiempos los hombres no marchan a otra conquista que a la de sus propios placeres y las mujeres no soportan la distancia de sus cónyuges a más de media legua.

Un editor sincero y bonachón al que un cierto filósofo aficionado muy lucrado insistía con que publicase su libro, concedió, pero insistió en publicarlo en dos partes y con cubierta rústica blanda para que los lectores no causasen graves heridas cuando lo lanzasen a las cabezas de los responsables.

El pretendiente.- Vuestra gracia acompasada al son de los mirlos me reconcilia con la delicadeza del orbe, en armonía con el andar de tan livianos pies y dulcemente trabados con cabellos de oro ondeantes libres en el viento.
La pretendida.- Disculpadme ahora, os lo ruego. Tengo que poner mis callos en remojo para que duelan menos.

Tras el asesinato de Marat, cierto jacobino de renombre llamaba a Charlotte Corday “enemiga de la higiene”, y eso refiriéndose a la higiene tanto en el sentido moral como en el cotidiano.

Un enfático abogado mercantil comenzó así su primera alocución en un juicio entre ciudadanos particulares:
-Nunca hubo causa jurídicamente más interesante desde tiempos de Isócrates, cuando hubo de proteger del rey del Bósforo a un honorable liberto…
-Antes de ir más lejos, letrado -interrumpió el juez-, ¿podríais enumerar las reclamaciones de vuestro defendido, el pocero, contra el proveedor de estopa?
[N. B.- Situación similar rcoge Beaumarchais en el tercer acto de Le Mariage de Figaro.]

El marqués de D…, convertido al ateísmo, cuando le preguntaban por su ausencia en misa, explicaba con sorna que era a debido a la molesta diferencia entre lo mucho que la homilía y el ordinario abrían su apetito y lo demasiado escueto del aperitivo que el oficiante ofrecía durante la comunión.

Un perfumista puso a la venta una fragancia de su creación con la que, afirmaba, se ocultaba el olor característico de los pecados. Sus primeros frascos se vendieron en dos días, principalmente entre gente de edad.

Dos gentilhombres discutían del siguiente modo a plena luz del día:
-Es menester -decía uno de ellos- cometer el pecado lentamente para disfrutarlo y lograr borrar sus huellas rápidamente a fin de que quede recompuesta la reputación y así gastarla una y otra vez.
-Pienso de modo opuesto, monsieur- decía el otro. La falta ha de transcurrir rápidamente para evitar la ira del marido o del propietario, pero la fama del agravio habría de extenderse todo el tiempo posible en aras de ganarse la reputación del vividor al que muchos hombres y mujeres quieren tener cerca como aliado e inspirador.

El director espiritual de cierta damisela la provocaba con todo tipo de vicios y después la amonestaba por haber caído en ellos, aduciendo que tales provocaciones eran ejercicios para desarrollar la entera. A ello, la joven agregaba con menos inocencia cada vez: “¿Entonces el aguardiente que bebéis y las sumas que apostáis tampoco son sino retos morales para la salvación del tabernero y de los jugadores?”.

Cuando le preguntaban a un importante potentado, dueño de una flota mercantil, cómo había logrado tantos privilegios comerciales y tantos títulos nobiliarios, respondía que a temprana edad se dio cuenta de que solamente había dos puertas para tanto éxito: sobornar a gobernantes para evitar problemas y sobornar a jueces para resolverlos.

El duque de F… contradecía a la marquesa de La  S… cuando ésta acusaba a los varones de haber maltratado históricamente al sexo débil. El milord decía que, si ciertamente algún abusillo se había cometido, no se podía negar a modo de compensación que las melodías más bellas en las óperas siempre les pertenecen a ellas. La marquesa, que estaba de acuerdo con eso, no supo qué contestar.

En un banquete organizado en la residencia de un importante cortesano, le dice un par de Francia a un caballero que recientemente había quedado completamente arruinado:
-Y, con todos mis respetos, mi querido amigo, ¿cuándo os decidiréis finalmente a comer con el servicio?

A un filósofo misántropo le amonestaban sus escasas amistades por pasar los días encerrado en su despacho y no tener interés en conocer a nadie. Él contestaba lo siguiente: “Al contrario, cada día conozco a alguien nuevo dentro de mí”. A pesar de la aguda respuesta, una sabia dama le espetaba que de nada servía conocerse a uno mismo sino se amaba al prójimo. “Cierto, madame -añadía él-, pero antes ha de conocerse la procedencia del amor que su destino”. Hay quien incluso tenía la sospecha de que dicha dama y el filósofo habían mantenido otrora una amistad muy íntima.

Un mariscal a punto de retirarse vio cómo un indeseable violaba a una niña. Se acercó muy indignado a la escena y, dando unos leves golpecitos sobre el hombro del violador, le dijo: “Monsier, moderaos. Estáis en la vía pública”. Más tarde diría que intervino así por el desagrado que le causaba el escándalo, sin que nadie estuviese muy seguro de si se refería al escándalo que evitó no reduciendo más contundentemente al agresor o al escándalo de la violencia que tuvo que presenciar en la vía pública a plena luz del día, la cual no le habría indignado si se hubiese quedado en la privacidad de un domicilio.

Dos caballeros disputando en fuertes términos:
-… y, para terminar, mi estimado amigo, os diré algo sobre mi honor.
-¿Ha de pasar ahora la conversación, pues, al género utópico?

Un marqués a su amiga adúltera sobre un lamentable poema de ésta: “Pecáis más grácilmente con la carne”.

Rondaba por París el comentario insidioso de que los condes de L… no habían tenido hijos porque él había diseminado extramuros toda su simiente mientras a ella le habían succionado toda su fertilidad.

Había un ministro de cierta potencia europea que utilizaba los documentos oficiales para cubrir su escritorio y protegerlo mientras se amancebaba encima con alguna de sus amantes, y luego dejaba pensar a los receptores de las cartas que se trataba de cartas perfumadas, las cuales apreciaban sobremanera sin conocer su cuestionable método.

Una honorable dama que no apreciaba el gusto de la retórica litúrgica, opinaba que era muy acertado el nombre del “ordinario” de la misa, pues, insistía, no podía conformarse de palabras menos excitantes.

Sobre un mejorable violinista aficionado que se había ahorcado del techo con una cuerda de su violín, decía jocoso el que había sido su amargo adversario: “Al fin afinó en las posiciones altas*”.

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*Las posiciones altas son aquellas que dan sonidos más agudos, que se dan en el extremo del mástil más alejado del músico y en las cuales hay que colocar más apretados los dedos, razón por la que son posiciones más difíciles de afinar. 

[Música: Cuatro números de la ópera cómica Le roi et le fermier (1762) de Pierre-Alexandre Monsigny sobre un libreto de Michel-Jean Sedaine (I 6 [“Non, non vous ne m’avez jamais traitee ainsi”], I 5 [“D’elle-meme et sans effort”], III 12 [“Que le soleil dans la plaine”] y III 5 [“Ah! ma tante”]), ejemplos de un clasicismo francés muy digno de ser rescatado del olvido. En el primero de los números seleccionados, el granjero Richard pide perdón a su sollozante hermana Betsy por haberla tratado groseramente a causa de su amor desazonado por Jenny (“Betsy, Betsy, / Faisons la paix; […] Non, non, jamais, jamais Betsy, / Je ne veux te parler ainsi”). Después tenemos una arietta de Richard cantando sus amores por Jenny, a quien ve con otro hombre (“D’elle-même / Et sans effort / Elle va chez ce Milord”). Un romanza de Jenny canta la felicidad y placeres de la vida campestre (“Près de l’objet qui nous enchaîne, / Et qui nous lie à son désir, / Rien n’est peine, / Tout est plaisir”). En el último de los fragmentos, la madre de Richard y de Betsy advierte de la inestabilidad de las promesas (“Tout prometteur / est un menteur.“) a su hija y a Jenny, exultantes porque el rey ha prometido ayudarlas.]

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Prenez mieux votre ton, soyez simple avec art,
sublime sans orgueil, agréable sans fard.

[Afine mejor su tono, sea simple con arte,
sublime sin orgullo, agradable sin maquillaje.]

N. Boileau, L’Art poétique, I, 98-102

Fox, joueur célèbre, disait: “Il y a deux grands plaisirs dans le jeu, celui de gagner et celui de perdre”.

[Fox, célebre jugador, decía: “Existen dos grandes placeres en el juego: el de ganar y el de perder”.]

N. Chamfort, Caractères et Anecdotes

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Al abate de G…, del que se contaban innumerables calaveradas en alcobas de diversas damas, le dijo expulsándolo otro abate al que acudía a visitar: “Volved cuando traigáis encima más de hombre que de mujer”.

En el elogio fúnebre de D…, que había sido pactado por sus herederos por un precio de 20 escudos, el obispo omitió la mención de las donaciones del fallecido a la caridad y sus victorias en batallas contra Inglaterra, porque, aducía, lo primero correspondía a 2 escudos y lo segundo a 3, y sólo habían sido pagados 15 del monto total acordado.

M. de L… respondía siempre a las injurias de Mme. de Barry con alabanzas públicas a esta señora, de modo que pronto cayó ella en el descrédito y aparentó ingratitud, mientras que él fue considerado un espíritu noble y magnánimo, a pesar de que todas las acuasaciones de Mme. eran ciertas.

La preferencia de F… por mujeres de mucha edad o muy jóvenes, la atribuía G… a la inseguridad en sus propias capacidades, pues sostenía que para jóvenes y mayores todos los fenómenos semejaban iguales, igualmente impresionantes para los primeras, igualmente débiles a las otras.

S… entró en un pleito con una sociedad por la posesión de 100 guineas que ambas partes reclamaban. Como no parecía tener muchas posibilidades de ganar, S.., ocultando su identidad a través de un amigo, apostó 50 guineas contra sí mismo con unos jugadores después de lanzar rumores que dejaban entrever la predisposición del juez a su favor. Así, los jugadores pensaban tener motivos para acertar. De ese modo S… se aseguró llevarse en cualquier caso 50 guineas, tanto si ganaba el pleito y perdía la apuesta como si sucedía lo contrario.

El matrimonio de los T… era tan violento e infeliz que incluso se decía que conversaban a menudo y que se interesaba cada uno por las conductas del otro.

C… aspiraba a un cargo importante que ya estaba prácticamente asignado a otro. Como último recurso, M… encargó por una gran suma al conde de H…, a quien el rey odiaba, que publicase una alabanza del otro candidato. Al leerla, el rey, desconfiando de la opinión de su enemigo y queriendo enmendarlo, cambió de parecer en el último momento y concedió el puesto a quien había urdido la treta.

Un caballero entró tan ebrio en el salón de Mme. de B… que empezó a saludar únicamente a los lacayos. El barón de Q…, allegado a los girondinos, exclamó con sorna: “¡Al fin alguien que entiende!”.

Un mariscal prusiano se sorprendía de lo poco aguerridos que se habían vuelto los nobles parisinos, hasta el punto de que un día preguntó indignado: “¿Cuándo entrarán en la guerra por su patria?”. El conde de B… le respondía lo siguiente mientras preparaba su pipa: “Excelencia, somos tan corteses que cedemos primero el paso a la patria, y solamente entramos cuando el peligro ha salido y lo vemos montado en su carruaje”.

Mr. and Mrs. Smith of Hailsham, and Aunt Everard, c1777, pen drawing silhouette by Francis Torond (c1743-1812)

La marquesa de V… vio aparecer por la puerta la efigie de un hombre excepcionalmente bien vestido, con un porte inusitado y perfumado con las mejores esencias. “Señor esposo -dijo la marquesa-, no os reconozco”. “No me extraña, madame -contestaba el gentilhombre-, porque no soy vuestro esposo, sino vuestro amante o, por lo que voy sospechando, uno de ellos”.

G… decía no sorprenderse de la Revolución cuando, al echar mano a su memoria, no lograba recordar ninguna gran tertulia en los salones que no acabase con burlas al rey o, cuando menos, a algún gran señor.

En los años en que se publicaban impunemente,  bajo nihil obstat regio, innumerables alegatos contra el despotismo y los estamentos, un impresor decía que si se publicase un libro que comenzase llamando idiota al primer rey que le hubiera dado el imprimatur, sin duda alguna Luis XVI se habría adelantado a todos.

A.- Os compadezco, monsieur.
B.- ¿Y por qué?
A.- ¡Oh!, por nada en particular. Siempre es conveniente compadecer a otro. Se gana fama de suficiente y de gran corazón al mismo tiempo.

El obispo de… era tan beodo e inmoral que exigía a la taberna descuentos especiales argumentando que honraba a su propietario comprándole sangre de Cristo a granel. El arzobispo lo amonestó, augurándole por aquella impiedad todas las condenas posibles en todos los infiernos. -¿Y qué hay de la misericordia divina?-, inquirió el acusado. -Todo tiene un límite-, respondió su superior.

-¿No os dais cuenta de que en esta nación todo está enfermo y pésimamente dispuesto?- preguntaba P… a su amigo. -Quizá sería preferible no hablar de eso mientras gastamos dinero público en amigas, vino y juego-, replicó el otro.

El vizconde y la marquesa se entendían, pero, como al principio aún se molestaban en ocultarlo, acordaron un lenguaje secreto para las reuniones en que coincidían: criticar la pudicia significaba elogiarla, los romanos eran besos y los griegos caricias, la filosofía era amor y alabar al rey era acordarse de la pujanza del vizconde. Nadie sabe a ciencia cierta a qué se referían cuando hablaban del imperio persa, pero se sospecha de ello lo peor, puesto que lo mencionaban a todas horas.

Cuando el señor de T…, en un ataque de furia, le confesó a su esposa que durante la época del cortejo la engañaba con muchas, ella le contestó que tanto lo sabía que aceptó casarse con él para castigarlo.

Había dos damas tan amigas que, a juzgar por los hechos, parecía que a veces confundían sus personalidades hasta el punto de que al menos una de ellas no diferenciaba su marido del de la otra.

Marie Gabrielle Capet and Marie Marguerite Carreaux de Rosemond -Self-Portrait with Two Pupils... by Labille-Guiard (1785)

“¿Para cuándo un nuevo libro de poemas de amor?”, le preguntaba una simpática anciana a un recién estrenado poeta. “Tened paciencia -respondía éste-: todavía queda mucha munición por agotar en la guerra de injurias que entre los maridos de las destinatarias, los críticos literarios y yo ha despertado el primero”.

El vizconde de A… vendía tan caro su honor que viose obligado a ceder su tramitación a diversos gestores, los cuales incluso se batían en duelo por él.

Unos bandidos fueron apresados tras atracar una caravana de un comerciante portugués. Cuando fueron ajusticiados por la comisión de diversos asesinatos, el comerciante pretendía reclamar su carne para alimentar a sus perros, pues aunque, aseguraba, a él se le habían restituido las posesiones robadas, a los perros no se les había resarcido de ningún modo del sufrimiento y de las heridas que les habían producido los maleantes durante el ataque.

Cuando el hijo de los R…, que estaba en la guerra, dejó de enviar noticias durante algún tiempo, J…, con intención de consolar a los padres, les dijo: “Tranquilizaos: no temáis que haya cometido alguna heroicidad irreparable. Sin duda, conociéndolo bien, estará gozando en tabernas y entre mujeres en alguna aldea a la que se escape durante las batallas”. El padre le espetó indignado: “Monsieur, ¿qué decís? Habláis de mi hijo, de sangre excelente”. Procurando enmendar la situación o acaso todo lo contrario, matizó J… lo siguiente: “Disculpadme, os lo ruego. Pensándolo mejor, no estará en tabernas, sino en algún palacio”.

Cuando el señor de la casa entraba, la señora, que no se había percatado, le decía a su valet: “Ferdinand, bribón, anoche no me complacisteis”. El sirviente, apurado porque él sí había visto al marido, salió airoso como pudo diciendo algo así como “¿acaso no estuvieron los postres servidos a vuestro gusto?”. Ella creyó que el otro estaba prolongando el juego de hablar veladamente y por ello prosiguió con picantes metáforas culinarias, hasta que su marido, sin enterarse de nada, hizo patente su presencia y pidió que los cocineros preparasen para él platos tan deliciosos como los que estaban comentando.

Se cuenta que un dogo veneciano de visita en Francia acostumbraba a realizar reverencias de lo más pomposo ante cualquiera. Al ir presentándoseles personalidades de mayor rango, se veía obligado a exagerar cada vez más sus gestos para no desmerecerlas, no fuera a decirse que rendía el mismo saludo a grandes y plebeyos. Tanto se había corrido la fama de este atildado italiano que llegó hasta el rey, el cual, cuando se encontró con él, le dijo sonriendo: “Signore, estoy deseando ver la danza que dedicáis a la monarquía”.

Diálogo entre dos marquesas:
-No recuerdo haber leído en los cuatro volúmenes de la descripción de Du Halde que los reyes chinos llevasen nunca zapatos con tacones.
-¡Bárbaros!

Hay quien dice que era tal el odio de Federico de Prusia hacia el clero que no dejaba de otorgar cargos públicos y pensiones a hombres de la Iglesia para corromperlos.

Contaban de un impresor endeudado que, al día siguiente de la toma de la Bastilla, abandonó su puesto de trabajo, se retiró a reposar en su casa de las afueras y decía al que le preguntase: “Ahora a esperar panem et circenses“.

FINIS

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La deliciosa música que se puede oír aquí es de J. Bodin de Boismortier: Cinquième gentilesse Op. 45. I. Gaiement. Los títulos de la obra y del movimiento son perfectamente concordes entre sí y ambos lo son respecto de su contenido. Ilustrando la actitud que incluso entre los artistas flotaba durante la época galante, cuenta la siguiente anécdota sobre este compositor una fuente contemporánea (J.-B. de La Borde, Essai sur la Musique Ancienne et Moderne [1780], vol. 3, pp.392-393):

Boismortier parut dans le temps où l’on animait que la musique simple et for aisée. Ce musicien adroit ne profita que trop de ce goût à la mode et fit pour la multitude des airs et des duos sans nombre, qu’on exécutait sur la flûte, les violons, les hautbois, les musettes, les vielles (…). Il abusa tellement de la bonhomie de ses nombreux acheterus qu’à la fin on dit de lui:
Bienheruex Boismortier, dont la fertile plume
Peut tous les mois, sans peine, enfanter un volume.
Boismortier, port toute réponse à ces critiques, disait “Je gagne de l’argent”.

[Boismortier apareció en un tiempo en el que sólo la música simple y fácil estaba de moda. Este músico competente simplemente tomó ventaja de esta tendencia e hizo para la multitud arias y duettos en gran número, los cuales eran interpretados con flauta, violines, oboes, gaitas y organillos. Abusó tanto de la amabilidad de sus numerosos compradores que, a la postre, se dijo lo siguiente de él:
Feliz Boismortier, cuya fértil pluma
puede cada mes, sin dolor, dar a luz un volumen.
Boismortier, por toda respuesta a sus críticos, decía: “Yo gano dinero”.]

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“Es una pena que no sea pecado beber agua -exclamó un italiano-, lo bien que sabría”.

G. Ch. Lichtenberg, Aforismos, ocurrencias y opiniones, F 674

Weber - The recitation

A monsieur de B…, que era mordaz en sus críticas literarias, lo invitó inocentemente un poeta aficionado a uno de sus recitales. Sus amigos, conociendo su cruel ingenio, le pidieron que, si no lo lograba contener la apreciación negativo, al menos concediese al poeta algo que la contrapesase. Tras el recital, que resultó penoso, el temido juez se esforzó en herir lo menos posible al afable anfitrión. “¿Qué os han parecido mis églogas, monsieur“. “¡Oh! Son confusas, pero no dejan huella”.

Dos amigos:
-Después de nuestra discusión he meditado mucho y he decidido dedicaros una sonata para violín que he compuesto.
-Entiendo que no busquéis tan pronto la reconciliación, ¿pero era preciso continuar agrediéndome?

El individuo más vicioso y abyecto de París pregonaba que se había moderado, asegurando que ni siquiera recordaba cuándo fue la última vez que abusó de un niño.

Al final de un duetto de un padre al clave y una hija a la flauta, pregunta el padre al invitado:
-¿Qué os parece la ejecución?
-¡Oh, monsieur, no es necesario llegar a tanto! Antes daría a la niña en adopción.

El perro de Mlle. de V… mordió en las partes pudendas a un joven gentilhombre que la visitaba para cortejarla. Para consolarlo divirtiéndolo, su maledicente amigo le explicó que era de lo más habitual que algunas mujeres, al igual que Cleopatra, den a sus sirvientes a catar el alimento antes de tomarlo ellas mismas por comprobarlo libre de venenos.

Diálogo entre un caballero y una cortesana algo entrada en edad:
Mademoiselle, ¿puedo preguntaros cuántos años tenéis, si no es demasiada indiscreción?
-Tengo unos cuantos, monsieur, pero tomad de ellos solamente cuantos gustéis.

“Para triunfar en sociedad es menester ser ingenioso, cortés, complaciente, elegante y esmerado en algún arte”, decía un hombre perseguido por un marido engañado, rehuido por doncellas aterradas, cantante desafinado, superado en ortografía por los niños, ceceante, sudoroso y autor de poesías ridiculizadas incluso por unas monjas que las leyeron.

A.- Lo que decís es incorrecto.
B.- Incorrecto, pero cierto.
A.- Habría que temer el deshacer nudos cuando no se está seguro de si mantienen amarrada a una bestia.
B.-Cada cosa tiene un aspecto positivo, algo de lo que extraer utilidad, aunque sólo sea precisamente el de ver en ella un aspecto positivo.
Parece que tal conversación se dio entre jugadores durante una partida de cartas.

Uno al que le dijeron que él mismo era su peor enemigo por someterse a una observación tan severa de sus propias costumbres, dijo: “Me gusta combatir con alguien de mi estatura”.

Aún más que el placer le agradaba el decir que nada le agradaba más.

Isidor Kaufmann - Love letter

El matemático galante:
-En este universo de discurso sólo estamos dos variables (vos y yo) y una constante.
-¿Os referís al amor?
-Iba a decir la velocidad de la gravedad, pero me temo que vuestra hipótesis de trabajo es más factible a estas horas de la noche.

Un joven que había pasado unas semanas en la intimidad con la marquesa de la L…, a la que tenía por sentimental:
-Os amo.
-¿Otra vez? Pero, monsieur, acabamos de comer.
-Digo que os amo a cada hora del día.
-¿Bromeáis?

La duquesa de V…, muy amante de sus loros, explicaba que no habría justicia hasta que no se concediese a todos los animales el mismo respeto que a los hombres. Un hombre de mucho mundo creyó que proponía poner peluca a los perros en los actos de sociedad, escarpines a las gatas en celo y chorrera a los cerdos antes de la matanza.

A.- Si la mujer tuviese un periodo de celo como los animales, apenas habría conflictos humanos durante el resto del tiempo.
B.- ¡Pero ya hay ese periodo!
A.- ¿Y cuándo es?
B.- Las vísperas de nombramientos oficiales y de concesión de títulos.

A.- La entereza de vuestra paciencia para con las visitas inoportunas me cautiva. Tal sabiduría, macerada en la gentileza que sólo puede surgir de un genio natural, mantiene siempre a vuestro ánimo en templada armonía. Vuestro silencio atento inspira a las palabras vanas que a menudo os enfrentan a que se reacomoden ellas mismas por imitación poco a poco hasta mutarse en mesura o en discreto enmudecimiento.
B.- ¿Decíais algo?

Dos artistas enemigos:
-El genio no es algo innato, sino algo que hay que alimentar poco a poco a lo largo de la vida.
-¿Y qué terrible maldad os ha hecho para que lo matéis de inanición?

A M…, que ansiaba poseer a Mme. de Pompadour en el tiempo en que era la favorita del rey, un amigo extranjero le dijo que para conseguir a una mujer de esa categoría haría falta por lo menos un patrimonio de diez mil coronas, a lo que M… contestó que bastaba una.

Sobre un gentilhombre aficionado al óleo:
-Es un verdadero artista.
-Y además pinta cuadros.

MELIBEO.- En este apartado vergel, repleto de dulces tomillos, oigo el rumor de arroyos, transportadores de náyades, y cantan a su son ingrávidas las alondras mientras Favonio eleva con sus brisas las semillas de las flores, que se aman entre sí para acrecentar el esplendor de los prados.
AMARILIS.- Disculpad, es mi estómago.

Arturo Ricci GRANDE

[Música: J.-J. Mouret, Les Amours des Dieux (1727). Air de Niobé. Libreto de Louis Fuzelier:

Que Bellone et ses cris affreuex
Ne troublent plus nos paisibles retraites,
Que les tambours et les trompettes
N’éclatent plus que dans nos jeux.
Profitez de votre avantage,
Aimez, aimez, jeunes guerriers,
La beauté la plus fière est sensible à l’hommage
D’un amant couvert de lauriers,
Lorsque vous quittez Mars, que l’Amour vous engage.

“Que Belona y sus terroríficos gritos
no disturben más nuestros pacíficos retiros,
que los tambores y las trompetas
no resuenen más que en nuestros juegos.
Aprovechaos de vuestra ventaja,
amad, amad, jóvenes guerreros.
La belleza más fiera es sensible al homenaje
de un amante cubierto de laureles.
Cuando os libréis de Marte, que el Amor os penetre”.]

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A. — J’ai fait comme les gens sages, quand ils font une sottise.
B. — Que font-ils ?
A. — Ils remettent la sagesse à une autre fois.

[A.- Hago como las gentes sabias cuando cometen una estupidez.
B.- ¿Qué hacen?
A.- Aplazan la sabiduría para otra vez.]

N. Chamfort, Petits Dialogues philosophiques

Savoir bien découvrir l’ intérieur d’ autrui et cacher le sien est une grande marque de supériorité d’ esprit.

[Saber descubrir el interior de otro y ocultar el propio es una gran marca de superioridad de espíritu.]

Mme. de Sablé, Maximes, 35

Une haute philosophie nous apprend à n’être pas trop philosophes.

[La alta filosofía nos enseña a no ser demasiado filósofos.]

J. Joubert, Pensées

Carl Schweninger Jr

A.- Echaba de menos vuestras injurias.
B.- ¿Y por qué eso?
A.- La picadura del mosquito reaviva la sangre.

*

Libertino.- Si Descartes hubiera sido descubierto en adulterio por su señora, habría argumentado que, puesto que había cometido ese pecado sin pensar, no estaba allí, porque no existía.
Moralista.- ¿Pretendéis demostrar algo con esa hipótesis?
Libertino.- Nada, salvo que la razón sigue al placer más que al revés.
Moralista.- La retaguardia es débil, pero es lo que más posibilidades tiene de sobrevivir cuando las primeras filas caen en batalla.

*

A.- ¿Pensáis que el duque de Orléans quisiera ser rey?
B.- Tanto lo desea que en nada importa que lo crea yo o no.

*

A.- Me debéis mucho dinero.
B.- Lo sé.
A.- ¿Y qué pensáis hacer al respecto?
B.- Puesto que vos me adeudáis el hecho de ser acreedor desde el mismo momento, siguiendo el orden de edades satisfaré mi deuda cuando vos hagáis lo propio con la vuestra.

*

El rey.- Decidme cómo podré gobernar mi reino preservándolo del desorden.
El filósofo.- Empezad asignándome una pensión. Después os indicaré los plazos de renovación del gobierno.
El rey.- ¿Plazos, decís? Yo no quisiera demorar las reformas.
El filósofo.- Majestad, las reformas correctas llevan su tiempo, no se puede forzar la naturaleza.
El rey.- ¿La naturaleza de los filósofos?
El filósofo.- ¿No sabéis que los más amados arcontes de Atenas eran filántropos?
El rey.- Me parece que queréis sacarme el dinero.
El filósofo.- No creáis que os pertenece enteramente. Toda vuestra gloria, incluidas las arcas, os vienen de lo Alto.
El rey.- ¡Ah, me confundís! Ayer erais ateo.
El filósofo.- De sabios es adoptar la mejor actitud para cada momento.
El rey.- Adoptad, pues, la mejor para el exilio.

*

A.- Aquella señora es de un carácter dulce en extremo.
B.- Ayer me decíais que no os interesaba.
A.- Y así es, como que a menudo llego tan ahíto de carne salada a los postres que me veo obligado a prescindir de ellos.

*

Augustine Hermine de Meester Obreen

A.- Puedo demostraros la existencia de Dios en sólo dos proposiciones.
B.- ¿Cuáles son?
A.- La primera os la acabo de enunciar.
B.- ¿Y la segunda?
C.- Os remito a la primera.

*

A.- Especulemos sobre la capacidad de superación del hombre imaginándonos en una isla desierta.
B.- Está bien. Veamos: ¿a cuál de vuestras amantes y a cuál de vuestros criados os llevaríais allí con vos?

*

Damón.- Dejad, Filis, que el Zéfiro esparza el calor de vuestro rubor a través del aire perfumado, mientras las abejas zumbadoras, centinelas de Flora, lo atraviesan en nombre de la primavera y yo me complazco tierno en adornar vuestros cabellos de oro con pétalos de color sangrante.
Filis.- ¿Y eso a qué precio?

*

A.- El pueblo quiere satisfacer su hambre.
B.- También yo. En vano llevo años ansiando probar la carne de ciervo húngaro.

*

A.- ¿Creéis que la Revolución era necesaria?
B.- Más bien pienso que la necesidad era revolucionaria.
A.- ¿Les dais, entonces, la razón?
B.- Más bien razono sus donaciones.
A.- ¿No os cansáis de decirlo todo así?
B.- Más bien diría que todo me cansa.
A.- O bien vuestro cansancio lo dice todo.
B.- Amigo mío, vais aprendiendo a filosofar.

*

A.- Acaba de morir el hijo de un amigo. Era un joven inútil y perezoso hasta lo indecible, de modo que no sé con qué frases de consuelo consolar al padre.
B.- Por lo que decís del fallecido, no se os ocurra aquello de “lo importante es que lo intentó”.

*

A.- ¿Confiáis más en Platón o en Aristóteles?
B.- No lo sé. Decidme: ¿quién de los dos es más allegado al rey?
A.- Me ponéis en un aprieto, pero diría que uno dirige su alma y el otro sus actos.
B.- ¿Y cuál hace una cosa y cuál la otra?
A.- Depende del día y de la gota.

*

Jean-Charles Meissonier

A.- Advierten algunos filósofos que el mundo acabará con una explosión del Sol.
B.- Al menos así sucedió, desde luego, con Francia.

*

A.- Me pregunto por qué algunos de los más ociosos cultivadores de los sentidos promueven las luces, atrayendo filósofos a su círculo.
B.- Es para darle un sabor renovado y exquisito a los momentos de oscuridad, posponiendo su llegada.

*

A.- Quisiera conocer a un hombre realmente virtuoso en este reino.
B.- Aquí me tenéis.
A.- Os burláis de mí.
B.- Vos habéis empezado.

*

A.- Hace tiempo que no me invitáis a vuestra morada.
B.- ¡Oh! Hace tiempo decidí ahorrarme complicaciones anunciado que las inteligencias siempre serían bienvenidas.
A.- No estoy seguro de si me insultáis o me elogiáis.
B.- Si sois inteligente, lo descubriréis solo.

*

A.- Busco un director de almas para mi hija. ¿Me podéis ayudar a encontrar uno?
B.- No lo sé. Depende de si queréis dirigirla hacia arriba o hacia abajo.

*

A.- ¿Recordáis a la hermana del juez?
B.- No, ciertamente.
A.- Es la que resultó ser hija de un obispo y que sobresalía en las tertulias mofándose del pueblo, que complació a medio Versalles y que yació con vos.
B.- Dadme más pistas, os lo ruego.

*

A.- Me dice vuestro párroco que apenas os confesáis.
B.- Al contrario. Confieso mis pecados a quienes sepan aprovecharlos.
A.- ¿Es que acaso tomáis la penitencia como una alianza o como un juego de ajedrez?
B.- Digamos que me agrada ejercitar el diálogo filosófico ilustrándolo con ejemplos.
A.- Sin duda alguna, debéis acudir al sacerdote, madame.

Genremaler 19.Jahrhundert Rokoko-Schachspieler

[Música: J.-M. Leclair, Sonata para violín y bajo continuo Op. 9 No. 4. II. Allegro.]

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Wo er einen Spaß macht, liegt ein Problem verborgen.

[Donde hace una broma, allí hay un problema escondido.]

J. W. von Goethe, Wilhelm Meisters Wanderjahre (“Aus Makariens Archiv”), hablando sobre Lichtenberg.

L’esprit méchant et le cœur bon, voila la meilleure espèce d’hommes; je fais une épigramme contre un sot et je donne un écu à un pauvre. 

[El ingenio malvado y el buen corazón: ésta es la mejor especie de hombres. Escribo un epigrama contra un tonto y doy una moneda a un pobre.]

A. de Rivarol, Pensées

Il est dans le caractère français d’exagérer, de se plaindre et de tout défigurer dès qu’on est mécontent.

[Es intrínseco al carácter francés el exagerar, el quejarse y tergiversar los hechos cuando está descontento.]

N. Bonaparte,  Mémorial de Sainte-Hélène I (Sept. 1815)

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“Os diré algo que no pensáis de mí”, anunció un inoportuno contertulio que pretendía acaparar en vano la atención de F… “Cualquier cosa valdrá, monsieur“, contestó el otro.

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A un ostentoso duque le decepcionó que una joven de apariencia sincera le declarase que lo amaba por su persona y no por sus posesiones, sus influencias o su rango.

“¿Sabéis qué es lo mejor del placer?”, preguntó un libertino a un sacerdote intrigado. “Que siempre se le puede añadir algún aderezo para agrandarlo todavía más”. El cura debió haber respondido que, cuanto más se hincha un globo, más tremendo es su estallido… pero intuyo que se quedó en silencio, aprendiendo y tomando nota.

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En tiempos de Luis XIII, cierto mariscal de campo mandó matar a varios de sus hombres hasta que apareciese un medallón familiar muy apreciado por él y que había desaparecido de su bártulo. Al día siguiente, riéndose y palpando su faltriquera, exclamó gozoso: “¡Ah! ¿Pero qué es esto? ¡Si estaba aquí!”.

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Al notar que su amante, con fama de expeditivo, venía lleno de ardor, una señora despachó a su ayuda de cámara ordenándole que fuese a ver cómo iba la cena y que regresase a continuación.

Un señor francés, otro veneciano y otro español se encontraron en una comitiva de camino a la fiesta de cierto embajador en una residencia campestre. De camino, los guijarros del camino destrozaron las ruedas de los carruajes. Ante la peligrosa amenaza de los lobos y la situación aislada del lugar, el español se dispuso a rezar por todos, mientras que el italiano cantó una sonada para relajar los ánimos y el francés anotó una descripción de la circunstancia en sus cuartillas. Por su parte, los valets de unos y otros, de las mismas diversas nacionalidades que sus señores, solucionaron al alimón el problema fijando de nuevo las ruedas.

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Pocos días antes de la toma de la Bastilla, a un nostálgico que lamentaba no haber vivido los buenos tiempos pasados le espetaba un conocido que sabía de los entresijos de lo que se estaba gestando: “¡Ah! Estáis viviendo esos tiempos que añoráis, pues en verdad contáis con la misma vida que vuestros más lejanos antepasados: misma realeza, misma moneda, mismo calendario, misma bandera, misma religión, mismos modales. Esperad un poco y tendréis motivos para vuestra desmedida nostalgia”.

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Le dijo un moralista a un libertino soez que presumía de sus vicios: “¿Tan poco hecho estáis que no sólo no soportáis llevar a cabo nada que no sea jugar, sino que jugáis solamente a ser despreciable y a ganaros admiración de necios, envidia de malvados y repugnancia de justos?”

Había una señora tan amorosa pero tan corta de miras que habría sido capaz de compadecer a los antiguos reyes medievales por no saber tocar el clave o a los etíopes por no llevar peluca.

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Mme. de B…, quien sentía una curiosidad exclusiva en dimes y diretes de la Corte, dijo cuando alguien leía una demostración atea de D’Holbach: “Señor, ¿no podríais hablar sobre algo de más interés?”.

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Double Portrait, 1754, Alexander Roslin, Gothenburg Museum of Art

Un posadero agudo, cuando vio llegar a su venta a un grupo de aristócratas parisinos que se retiraban a provincias: “Parece que la revolución ha traído el efecto opuesto al esperado”, en referencia a que los cortesanos ocupaban el campo en lugar de que el pueblo ocupase la Corte.

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Diálogo entre dos caballeros:
Monsieur, os recuerdo que me debéis cincuenta luises.
-Mis placeres me tentaron y me los exigieron. Reclamádselos, pues, a ellos.

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Mme. de R… preguntó a su amigo qué le había parecido la declamación del poeta invitado, a lo cual respondió el caballero que estaba atónito y que no se había formado opinión al respecto, puesto que pensaba que el poeta únicamente estaba aclarando su voz.

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Un joven filósofo afirmaba que enviaría al rey de Prusia su elogio  de la monarquía aunque para ello tuviese que hacerse pasar por necio, dejando así la duda de cuál era su auténtica opinión sobre el tema.

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Un hidalgo de provincias se casó con una doncella napolitana de escasa ciencia pero de enorme ambición. La joven azuzaba a su marido instándole a medrar, hasta el punto de que, visitando ambos Versalles en una embajada, le inquirió inquieta: “¿Y vos para cuándo obtendréis algo así?”.

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En la querella entre antiguos y modernos, un autor sostenía que la novela de los nuevos tiempos sólo versaría acerca del hombre de carne y hueso. Cierta dama, ignorante o irónica, repuso con afectación pavorida que nada sería tan desagradable como saber de las desventuras de un individuo despellejado.

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Se contaba que el marido de una aficionada a tocar la viola se dolía tanto de la desafinación de su mujer que se buscó a la vez un profesor que la corrigiese y un abogado que lo informase sobre los casos en que se admitía el divorcio, a la espera de lo que surtiese más pronto efecto. Aunque confesaba en la taberna que en su desesperación quería colgarse con una de las cuerdas del instrumento, parece que finalmente las clases dieron resultado y no hubo que lamentar un desenlace infeliz: el profesor y la alumna se enamoraron y todos obtuvieron lo que querían.

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Decía el libertino conde de G… que gustaba de encontrar el modelo de virtud en las máximas de jansenistas como Pascal o Mme. de Sablé porque era como mirarse en un espejo cóncavo en el que la imagen se refleja invertida.

Un paladín de la ciencia vaticinaba que pronto se hablaría de geometría en las iglesias, a lo que B… oponía que no sería necesario esperar, puesto que la geometría ya se traslucía desde hacía siglos en los equilibrios entre las masas y los volúmenes de sus muros, manteniéndolos en pie.

A Philosopher Giving that Lecture on the Orrery -Lamp is the Sun, 1764-66, Joseph Wright of Derby

En un café en el que se reunían corrillos de agitadores, había una puerta en la que colgaba un cartel de “ocupado”. Cuando las autoridades se enteraron de que en aquella estancia se forjaban consignas y octavillas, el ejército entró anunciando que venían a dar cumplimiento al cartel.

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Un filósofo que estudiaba la naturaleza de las pasiones, cuando fue descubierto por su esposa en un amorío, se defendió consternado explicando que estaba realizando una investigación de campo.

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Un sans-culotte a uno de los abogados que conspiraban contra el estado en Le Procope: “¡Oh héroe!”.

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En un baile de sociedad:
Madame, ¿me haréis el honor de concederme este menuet?
-Os lo concedo con mucho gusto y por entero. No esperéis, sin embargo, que yo lo comparta.

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Un cierto ateo acudía a misa y sólo reiteraba los finales de las intervenciones del pueblo, por lo que daba la sensación de que asistía para repasar las declinaciones.

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Diálogo entre un optimista y un pesimista:
-Dentro de cien años ya no habrá nobles en Francia.
-Señor, es usted un hombre del siglo pasado.

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Al ser cuestionado por los escritos de La Mettrie, según los cuales, siguiendo a Descartes, el hombre no se diferencia de una máquina o de una bestia, M… dijo que, en efecto, sólo una máquina o una bestia podría haber escrito algo así.

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Saliendo a cazar perdices, un joven mató por accidente a su hermano, a quien habría correspondido el título de duque y casi todo el patrimonio familiar. Un malévolo amigo de la familia murmuraba jocosamente que a eso era a lo que verdaderamente había que llamar “cazar una herencia”.

Cierta dama de Toulouse a su poco entusiasta amante:
-¿Me amáis?
-Señora- respondía él-, disfrutad del viaje antes de pensar en llegar a puerto.

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Andreotti - Flower

El barón H… le preguntó a F…, quien tenía fama de cínico, qué pensaba sobre la virtud. “Lo siento, barón -respondió-, no os entiendo; sabed que la única lengua que domino es la francesa”.

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Mlle. de C… contaba que una vez sorprendió a su hermano conversando con un buen amigo, y confesaba que no sabía si se refería a la mecánica de los cuerpos, a la del teatro o a la de las costumbres cuando uno de los dos dijo que “conocer la temperatura del espacio es requisito indispensable para conocer el movimiento de los actores”. Mlle. había quedado tan intrigada que nunca olvidó la frase, a pesar de que, aseguraba, nunca la había comprobado en ningún sentido.

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D… acababa de regresar de América y relataba en el salón cuán vacíos están los grandes espacios de aquel país y cuán llenas de actividad las mentes de sus pobladores. “Justo al contrario de lo que sucede en Francia”, apostilló su amiga.

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Un astuto joven que prestaba dinero no exigía intereses, sino garantías de favores, por lo que acabó siendo un gran político que comía gratis en todas las tabernas y rodeado de cuantas mujeres deseaba.

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Decía un banquero austríaco que el dinero no da la felicidad, pero que facilita la erradicación de algunas de las cosas que más obstinadamente la impiden.

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Cuando los marqueses de L…, de cuya relación se comentaban numerosas ligerezas, dijeron que al día siguiente cumplirían veinte años de casados, su invitado, tras quedarse meditando seriamente unos instantes, dijo: “Entiendo que debo felicitaros”.

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Cierto caballero sumamente glotón pidió en el lecho de muerte que llamasen a un sacerdote, a lo que uno de sus amigos respondió que no era momento de pensar en comer pan de oblea.

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O…, varón de pensamientos oscuros, sostenía que los patricios franceses eran tan vanidosos que habían decidido ser ellos mismos la primera aristocracia en la historia de la civilización que sería causante de su propia destrucción sin perder el tono afable .

Se cuenta un diálogo espurio de Rivarol en el que alguien confesaba envidiarle por haber leído con gusto a los autores más mordaces y burlones de la Francia de entonces. Rivarol, por su parte, confesó admirarle a él otro tanto por ser el sujeto de muchas de aquellas páginas.

Johann Hamza (1850-1927)

Un ruso preguntaba a un francés por qué en su patria cundía mucho más el ingenio que en Rusia. “¡Ah, monsieur! -contestó el galo-. Vuestra nación no tiene mujeres tan alegres.

Un general inglés que, a pesar de estar en desventaja, pretendía rendir al enemigo, dio una gran muestra de templanza al decir con semblante inconmovible: “Rendíos, sire: no os lo repetiré más de veinte veces”.

Un mujeriego que se preciaba de conocer el alma femenina tanto como su cuerpo le confesaba a un amigo: “¿Creéis que las mujeres quieren a un hombre que les entregue su corazón? No: sólo desean a uno que lo finja”. Murió poco después apuñalado por una amante despechada.

Un capitán descubrió a su regreso de la guerra que su mujer había dado a luz, y no le salían las cuentas para que fuese hijo suyo. Se despreocupó y lo trató como propio en un gesto de reciprocidad, pues, como confesaba, de otras muchas crianzas se ocupan muchos extranjeros con los hijos de los capitanes destinados en sus países, sin aclarar si hablaba también de él mismo.

En el campo de batalla, un capitán a un soldado reacio a lanzarse en primera línea contra el enemigo:
-¡Recordad vuestro honor, soldado!
-El problema no es recordarlo, mi capitán -respondió-. También recuerdo a mis padres sin dejar de ser huérfano por ello.

Un secretario de un cardenal describía en sus cuadernos todos los purgantes a los que su patrón había recurrido a lo largo de los años, y osaba compararse con Tucídides.

Le preguntaron a Mme. de M… quién le parecía más digna de elogio, si Antígona o Penélope. “Ninguna de las dos -dijo-. Una sin casar y la otra libre de su marido, ¿qué virtud tuvieron la paciencia de cultivar?”

Un persa se asombraba de que en Europa los religiosos no hablaban de religión salvo para justificar la existencia de sus cargos.

Un español se acababa de suicidar al haber sido abandonado por su amada parisina. D… dijo que a los individuos de otros países se les debía dejar a mitad de precio la carne de corazón francés, acostumbrados a texturas más sólidas. En cambio, P… dijo que el español era como el caniche: demasiado sensible en su ánimo, pero maloliente si se lo dejaba solo y capaz de comerse cualquier cosa. Y eso siendo él mismo de antepasados de Salamanca.

Tras la Revolución, un jurista desanimaba a su sobrino de acudir a la capital: “Olvidad París. Como en Troya, por su desenfreno y cobardía ha caído la patria”.

Gilbert-Stuart-Portraet-des-Malers-Benjamin-West

[Música: A. Forqueray, La Ferrand (transcr. J.-B. Forqueray)]

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Falsa idea d’utilità è quella che vorrebbe dare a una moltitudine di esseri sensibili la simmetria e l’ordine che soffre la materia bruta e inanimata, che trascura i motivi presenti, che soli con costanza e con forza agiscono sulla moltitudine, per dar forza ai lontani, de’ quali brevissima e debole è l’impressione, se una forza d’immaginazione, non ordinaria nella umanità, non supplisce coll’ingrandimento alla lontananza dell’oggetto.

[Falsa idea de utilidad es la que quisiera dar a una multitud de seres sensibles la simetría y el orden que admite la materia bruta e inanimada; la que descuida los motivos presentes, que son los únicos que con constancia y fuerza actúan sobre la multitud, para fortalecer los lejanos, cuya impresión es brevísima y débil, salvo si en un esfuerzo de fantasía, no ordinario en la humanidad, suple, engrandeciéndolo, la lejanía del objeto.]

C. Beccaria, De los delitos y de las penas, 38/40

On demandait à Madame De Rochefort, si elle aurait envie de connaître l’ avenir: ” Non -dit-elle-, il ressemble trop au passé. “

[Preguntaron a Mme. de Rochefort si deseaba conocer el porvenir. “No -respondió-, se parece demasiado al pasado”.]

N. Chamfort, Caracteres y anécdotas, 531

Washington_and_Lafayette_at_Mount_Vernon,_1784_by_Rossiter_and_Mignot,_1859

M… a un ufano caballero que no se preocupaba en dar ninguna opinión cabal: “Monsieur, si tuvieseis compasión, impediríais que los errores continuasen chocándose una y otra vez contra vos”.

V…, alegrándose de la toma de la Bastilla, dice: “Ahora que llega la revolución, se pondrá a los reyes en su sitio”. Le responde C…: “Pero, puesto que los reyes siempre se las arreglan para quedar por encima de los demás, ¿en qué posición nos dejará eso a nosotros?

Una cargante dama elogiaba a F… su misantropía, su capacidad para permanecer insobornable al margen de las opiniones del vulgo. “Si lo deseáis, madame- contestaba F…, vos podéis ser la próxima en experimentarla”.

Se dice que Luis XVI, la víspera de la toma de la Bastilla, dijo sobre las revueltas algo así como que “pasarán”. Pasaron sobre todas las cosas, ciertamente.

Ante el asombro de un ministro que no daba crédito a sus palabras, D… se defendió: “¿Acaso podría yo recurrir a la mentira ante toda una autoridad?”.

Un renombrado abate reconocía con pena que los cortesanos solamente confiesan aquellas faltas que tienen en común con el vulgo. Apostilló M…: “No os entristezcáis, monseñor: pronto el vulgo empezará a confesar pecados de cortesanos”.

“No tenéis corazón”, le dijo a G… un vecino inoportuno que lo molestaba a todas horas y al que un día despachó de malas formas. “Por supuesto que lo tengo”, contestó, “pero, al igual que al servicio, lo dispenso de recibir a las visitas indeseadas”.

La marquesa de G… le pidió insistentemente a su marido contratar a un afamado jardinero extranjero para que arreglase sus jardines. El marqués finalmente cedió, hasta que un día los encontró a ambos en la alcoba. Éste, sin apenas mirarlos, dejó dicho que, dado que habían probado el fruto prohibido, ya podían ambos ir abandonando el Jardín de las Delicias.

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Se decía que el vizconde de R… tenía tal fama de austero que nadie le pedía consejo por temor a que fuera uno de mala calidad.

Se rumoreaba entre la plebe que cierto párroco de provincias rendía en secreto culto al Diablo hasta que se supo que simplemente se llevaba el cáliz de oro a casa porque en él el agua se mantenía más fresca.

Un noble a un criado con muchas confianzas: “Hoy me he levantado magnánimo: os dispenso de vuestras obligaciones hasta la noche”. El criado a su señor: “En tal caso, también lo atribuyo a mérito mío, puesto que prácticamente os he levantado yo”.

El marqués de C… concedía que su enemigo era de muy alto linaje, pero añadía que, de tan alto que era, se caía de él continuamente con gran estrépito.

Un embajador preguntó a un mordaz caballero por la residencia del príncipe de C…. El caballero respondió sin afectación: “¿Veis aquel castillo tan elegante de allí? No hagáis caso: entrad y encontraréis a quien buscáis”.

Decía Mme. que cuatro de cada cinco nobles habían abandonado Francia, a lo que V… inquirió si ella era la quinta o si se había quedado sin su puesto.

En una conversación en cierto salón sobre si era mejor perder el honor o la vida, M… advirtió que no había de qué preocuparse, dado que quienes frecuentaban el salón no tenían que temer por aquello que tenían garantizado ni por aquello que no poseían en sí mismos. Solamente aquellos con mala conciencia se airaron e incluso se marcharon, retratándose.

Decía el duque de L… que fingir devoción en algún asunto era doblemente meritorio, pues equivalía a actuar dos veces: una en el asunto y otra en su superficie. No debió sorprenderse cuando a lo largo de los años el rey lo desterró dos veces.

Al príncipe de L…, que galanteaba a la condesa de M…, a quien acababa de conocer, le dijo ésta: “Excelencia, dejadme al menos  que conozca la fama de vuestro nombre antes de que lo tiréis por tierra”.

Un cardenal se asombraba de que en Francia la Corte tratase a los altos sacerdotes con la misma familiaridad que a cualesquiera príncipes, y atribuía la preferencia final de la nación por la Iglesia frente a la herejía protestante a una mera preferencia por los atuendos y ademanes del clero.

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Al futuro conde de P…, quien refunfuñaba cuando se le instaba a aprender latín pero expresaba al mismo tiempo su deseo de ser filósofo, le decía amorosamente su madre que esa lengua le sería tan necesaria para defender la fe de la Iglesia como para refutarla.

Mme. de P… y su mejor amiga se escribían ingeniosas cartas insultándose inteligentemente una a la otra. Cuando los sans-culottes le cortaron la cabeza a la segunda, Mme. quedó entristecida: “Esos brutos la han desposeído de la única parte de su cuerpo que yo nunca habría atacado”. También decía que ya no tendría con quien reírse de sí misma nunca más, pues los nuevos poderosos se tomaban tan en serio las palabras que afilaban las plumas con guillotinas.

“En estos tiempos todo es posible”, decía D… “Hasta que alguien aprenda a sacar provecho de que no lo sea”, replicaba su amigo R… El primero perdió su cabeza, el segundo debatió en el Directorio.

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Un adúltero a su amante cuando ésta lo descubre intimando con su hija: “Querida, últimamente tenéis un aspecto tan lozano que es fácil confundiros”.

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Según T…, guillotinar es el modo más burdo para igualar la estatura de los grandes al pueblo.

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Se comentaba entre el populacho que el crucifijo de una monja antillana del convento de La Madeleine de Traisnel era de color negro. Un librero se preguntaba si estaría desnudo. El obispo escribió incluso a la madre superiora señalando los pasajes bíblicos en los que se hacía referencia a la tez clara del linaje de Jesús. Todos se tranquilizaron cuando descubrieron que la monja era criolla.

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En los pasillos del teatro: “Mme., ¿cómo está vuestro marido?”. “Tiene algunos dolores en la cadera: recordadlo la próxima vez que lo veáis”.

Sobre la teología de estos tiempos, el barón de G… dijo ante varios obispos que filosofar sobre Dios con una peluca cubriendo la cabeza era tan difícil como amar con sotana a una mujer.

No le gustó al mariscal T… el retrato que un famoso pintor hizo de él, aduciendo que no se veían los galones. El pintor se indignó tanto que respondió groseramente: “En el momento del retrato, antes de la batalla, todavía no habíais tenido tiempo de comprarlos o robarlos al enemigo”.

A Mme. D… le habían regalado una cacatúa de América. En una de las primeras reuniones en las que el animal estaba presente, comenzó a espetar algunas palabras malsonantes. M. de F… rompió la incomodidad del ambiente admirándose por lo rápidamente que se adaptan esas criaturas al nuevo clima.

Josep Juliana Albert

En un concierto, cierto cortesano confesó que solamente disfrutaba la música que le agradaba a su soberano, a lo que su interlocutor repuso que entonces comprendía el mal gusto de Luis: pretendía únicamente probar el límite de los cortesanos en su adulación.

En otro concierto de tríos, no se interpretó a ningún autor italiano, lo cual soliviantó a Mme. de P… El anfitrión, partidario de la música francesa, se defendió argumentando que, puesto que hacía buen día, encerrar saltarinas melodías italianas bajo techo era de tan mal efecto como encerrar canarios en una diminuta jaula.

El gato de Mme. de R… aplastó y destrozó a una cucaracha con su mandíbula y sus garras. El barón H… dijo que el animal era digno miembro de su familia. Cuando el gato murió, ya en el exilio, el barón recordó la anécdota y felicitó a su dueña de que hubiera tenido una vida larga y que los revolucionarios no hubieran conocido el hecho, por el cual, sin duda, lo habrían guillotinado.

Decía P… que el sabio no se conmovía ante el curso de los acontecimientos, pues todo lo que sucede es natural. Poco después, cuando vinieron a citarle ante un tribunal revolucionario, desapareció del mapa. F… dijo entonces que, conmovido o no, había seguido el curso de los acontecimientos a gran velocidad.

“Os esperaré junto al puente del sotobosque”, escribió abruptamente cierto pretendiente a la condesa de N… “Entonces podréis decirle a los otros caballeros que abandonen al fin sus esperanzas y que os dejen sitio en ese mismo lugar, donde aguardan también desde hace tiempo”, contestó ella mofándose.

“No hay sabiduría sin conmiseración”, decía el lugarteniente L…, y llamaba conmiseración a concederle al condenado a muerte todo el tabaco que quisiera.

Hace tiempo se reían de B… porque pensaba que en tres siglos Francia sería turca. Todos empezaron a prestarle atención tras conocerse la batalla de Stavuchany, en la que Rusia y Austria pusieron freno sufridamente a los mahometanos.

El duque de O… afirmaba preferir una república como Venecia a una monarquía como la china, pero a su muerte sólo tuvo de una y otra el hecho de que ninguna de las dos era Francia, como la tierra en la que tuvo que exiliarse hasta el fin de sus días.

“Sois muy hiriente con vuestras palabras”, le dijo cierta mademoiselle a C…. Éste, que albergaba esperanzas con la joven, se defendió explicando que aún era torpe con las flechas prestadas por Cupido y que a veces apuntaba a zonas erradas del corazón.

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“El odio abierto es menos cruel que la hipocresía”, dijo A… en la tertulia del hotel. “¿Entonces, monsieur, preferís que os acuchillemos en lugar de conversar agradablemente aquí?”, replicó S…

En un duelo a muerte entre dos gentilhombres:
-Os ruego que muráis sin más dilación para evitar causaros dolor.
-Amigo mío, nunca osaría adelantarme a vos en nada.
-No hay necesidad ninguna.
-No merecéis menos.

“Hay más estrellas en el firmamento de las que podríamos nunca contemplar”, decía el vizconde de E…, a lo que su mujer oponía que también había más obligaciones en la casa y en el estado de las que él sabía satisfacer, pero que extrañamente eso no le invitaba a filosofar del mismo modo.

Mme. de T… despidió a una criada porque no sabía entretener gustosamente a su marido, por lo que, según decía, la obligaba a ella a hacer la labor del servicio.

A un extranjero apuesto al que tenía por poco lúcido, G… le dijo que era tan hermoso como incapaz. “En cambio vos -respondió el aludido- sois tan ingenioso como respetado”.

A sabiendas de que provenía de Etiopía, alguien decía que sin disfrutar del café no merecía la pena ser francés, por la misma razón que sin lacayos no merecía la pena gozar de rancio abolengo.

Cuando un burgués mató a un prestamista al que debía una gran suma, fue condenado a la pena de muerte. Él se defendió en el juicio arguyendo que, como buen súbdito del rey y buen cristiano, prefería deber su vida al estado que sus vicios a un judío.

Había un caballero que acostumbraba a mascar rapé cada vez que lo sangraban a causa de una dolencia. Hasta tal punto llegó esa asociación, que cada vez que percibía el aroma del tabaco, se ponía hablar de cirujanos.

Sobre el fin del régimen tradicional, C… decía que, perdida toda esperanza en detener los acontecimientos, habría que esperar cincuenta años a que los filósofos volviesen a aburrirse y a desear protagonismo para que se emprendiese otra revolución que volviese a cerrar el círculo y dejase de nuevo las cosas como estaban.

“¿Para cuándo otro libro tan anodino como el que os ha encumbrado?”, preguntaba H… entre mordaces risas a un autor de moda. “Tened paciencia: estoy pensando en escribir vuestra biografía”, respondió el ofendido.

Conversation (J. Grant, J. Mytton, the Hon. Th. Robinson, & Th.Wynne) Nathaniel Dance 1760

“Los reyes son tan ignorantes que no saben de dónde procede su poder”, cuentan que decía en las tertulias de Le Procope un amigo de Robespierre antes de la Revolución. “En cambio, mi buen amigo -respondía molesto el conde de R…-, los filósofos son tan sabios que ignoran en qué poder acabará su proceder”.

Cierto marqués perdió toda jocosidad cuando se enteró de que su contable le engañaba con su esposa mientras el estado le desposeía de sus bienes. Pero recuperó el tono cuando el contable cayó en los enfrentamientos de París, su mujer se exilió y a él mismo ya no le quedaba en el mundo nada por lo que preocuparse. Por lo visto, en su lecho de muerte se lamentaba más de su maledicencia en su época de potentado que la de su vejez, como que valorar en poco la carencia del bien que uno disfruta en exclusiva es incluso más cruel que despreciar a un ídolo en el que ya no se cree.

Opinaba L… que desde hacía medio siglo el público ya no sabía disfrutar las comedias religiosamente porque no se pensaba más que en obtener beneficio de todos los acontecimientos.

Al confundirse de gesto con el abanico, la marquesa de C… ahuyentó a su duque y acabó como aburrida condesa.

Al palpar la seda de una chorrera de cierto gentilhombre, uno de los invitados inquirió malévolamente de dónde provenía una seda tan poco suave. El aludido contestó lo siguiente: “Tan lejos de vos como pudo, aunque, como puede comprobarse, no escapó del todo a vuestra influencia”.

Un fisonomista ante el hijo de una dama, excepcionalmente lento en reflejos: “¿Es ruso?”.

Un duque, justo antes de batirse en duelo con un plebeyo, le pedía perdón por adelantado a su espada o a su pistola.

En el teatro, un viejo gruñón se quejaba de cada punto de la representación. El caballero que estaba delante de él le preguntó si podía lanzar hacia otro lado las plumas de un cojín tan áspero.

En cincuenta años se ha pasado de los enfrentamientos entre lullyistas y ramistas a enfrentamientos entre monárquicos y republicanos, y rápidamente entre jacobinos y girondinos. En definitiva: Francia decidió dirimir la querella convirtiéndose toda ella entera en una ópera. No se puede decir qué bando ganó ni qué género, pero sí puede decirse que los personajes mitológicos han desaparecido en favor de un coro sin buenas melodías.

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[Música: J.-P. Rameau, Les surprises de l’Amour (1748). Entrée des Jeux, Amours et Plaisirs. Menuet. Air pour les Sybarites. Passepied. Gavottes I & II.]

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