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Archive for the ‘Anhelos’ Category

Viva nihil dixi, quae sic modo mortua canto.

[“Nada dije estando viva, yo que ahora muerta canto así”.]

Sinfosio, Aenigmata 20, refiriéndose a la tortuga, cuyo caparazón servía de caja de resonancia para la lira antigua.

Cuando mi copa está vacía, me resigno a su vaciedad; pero cuando está a la mitad, me duele que no esté llena.

K. Gibran, Arena y espuma (1926)

Fuig-ne de la terra immoble,
fuig dels horitzons mesquins:
sempre al mar, al gran mar noble;
sempre, sempre mar endins.
Fora terres, fora platja,
oblida’t de ton regrés:
no s’acaba el teu viatge,
no s’acabarà mai més.

[“Huye de la tierra inmóvil,
huye de los horizontes mezquinos:
siempre al mar, al gran mar noble;
siempre, siempre mar adentro.
Fuera tierras, fuera playa,
olvídate de tu regreso:
no se acaba tu viaje,
no se acabará nunca más.”]

J. Maragall, Excèlsior (1895)

A todos los seres. A todos y cada uno de ellos. 

Yo reposaba y soñaba que me encontraba frente a todas las naciones, todos los tiempos, todas las razas. Y, tras estos y otros velos, dormían latentes como embriones las criaturas unidas en su sensibilidad. Apartaba yo a las naciones, los tiempos, las razas, para, libre de obstáculos y perspectivas vidriosas, aproximarme al fin a los individuos en su rostro más simple, y admiré su expresión doliente. Una colección de fantasmas me pareció aquella visión, pues las almas, aturdidas por estertores del sinsentido, se mecían lúgubremente, como niñas aun vírgenes y maltratadas las unas, como dementes sin remedio las otras. Una lágrima se deslizó por mi mejilla hasta caer sobre mis manos y lubricarlas: así pude ungir con óleos de mi sangre a mis nuevos amigos, todos los que alguna vez suspiraron, al roce de caricias que yo mismo descubría sorprendido mientras las impartía como alimento en eucaristía. Quise decir cosas bellas y benevolentes, motivaciones para náufragos, azucenas para esclavos…. pero me olvidé del lenguaje, y tuve que recurrir a fórmulas mágicas heredadas de épocas de prudente fermento. Las sílabas del mantra fluían de mi boca como los meandros de una melodía de violín y llevaban sus colores simbólicos a las membranas de todos los seres hasta hacerlas partícipes de la resonancia compasiva que todo lo templa.

Entonces los cuerpos y las almas empezaron a brillar, y corolas de luz descendían desde los sonidos nacidos de la estirpe de mi aliento. Se fueron coloreando entonces a distinto ritmo y en innumerables colores, cada uno según su predisposición y sus posibilidades, desde los tonos más tenues hasta el blancor más puro, propio de los espíritus. Y las guirnaldas ensortijadas de mis fórmulas aprovechaban con delicadeza los interesticios entre las ilusorias fronteras de las criaturas y se iban enroscando en torno a todos. Una nueva vestimenta de plegaria y luz unía finalmente a las cosas como las vajillas de oro se acoplan por un mismo manto protector que las envuelve. Cumplida la promesa de los profetas, se fundió la derecha con la izquierda, lo alto con lo bajo, y el sufrimiento se repartió ecuánimamente hasta diluirse y pasar a formar parte de la historia atávica del tejido, como los anillos en el tronco milenario de los árboles o como los rasguños que permanece en los huesos soldados tras duras batallas. El cielo se hizo mundo y los seres me revelaron que no hablaba yo con nadie, pues nadie había que no fuera yo mismo. No encontré, pues, Unidad, pues aquélla aún puede desmembrarse: antes bien llegamos todos a la conclusión de que nada, ni siquiera la Unidad última, sufriría menoscabo alguno cuando el Tiempo dejase a la Vida reinar sobre sí misma, vaciándose de la falsa creencia en la solidez. Y en un abrazo sin substancia hicimos perecer dulcemente a los accidentes del universo. Quedó, flotando o lo que pueda parecerse a flotar, un beso sin labio, un recuerdo sin memoria, un amor sin corazón, un triunfo sin triunfador, un único partícipe de la esencia sin que quedase una esencia para ser señalada.

Desde entonces me quedé con el orbe entre mis brazos, como el que sostiene a un niño recién nacido. Lo llevaba a que el sol irradiase suavemente su blanca y delicada piel; lo posaba sobre mi pecho a la hora de dormir, dejando que el latido de mi corazón acompasase sus sueños; le recitaba oraciones antiguas de protección; lo separaba del frío con mi única y desplumada ala pero lo bastante amplia como para darle por unos instantes la sensación del hogar. En cada beso quise transmitirle un acto; en cada acto, una nueva visión de la existencia; en cada visión, una penetración del Infinito. Y en la respiración de todos los personajes se fueron diluyendo los personajes de la sagrada comedia, y en el paso del viento, que acariciaba mientras se llevaba todas las nociones, creí ver que en nuestro más íntimo ser no deseamos nada para nosotros mismos, aunque pocos lo confiesen.

Yo soñaba en estas cosas hasta que me desperté con el sabor agrio que deja el sueño cuando encontramos que nos ha trasladado misteriosamente de posición durante su transcurso. Una tristeza por lo insatisfactorio que es todo lo que no sea obtención de la totalidad me dejó postrado en el lecho más tiempo del necesario. Las ortigas del pensamiento irritaron mi corazón cuando desgrané la insuficiencia de los actos consumados y por consumar, como queriendo dejar que el desaliento me atenazase para eximirme de responsabilidades. Deposité el cetro en el suelo y me senté en un rincón a rememorar cada paso de mi aspiración, en un deseo de poder señalar más tarde, reconociéndolos, los colores que había imaginado según me los hubieron presentado los genios de otros mundos. Muchas de esas tonalidades, ¡ay!, las tengo olvidadas para siempre: el viaje no había hallado las cumbres de Shambhala. Pero al menos aprendí aliviado que el sufrimiento de los seres, algún día, será librado de sí mismo, sea por medios sublimes o brutales, sea en la Iluminación o en la Conflagración universal; y tal día el Todo cantará su canción de merecido silencio, un silencio de clamor obedecido, un silencio atronador como la Naturaleza sin principio, ni final, ni carácter sagrado ni mundano.

*

[Música: Michele Stratico, Concierto para violín en Sol menor. II. Grave. Stratico, alumno de Tartini, es un buen ejemplo del cosmopolitismo de su siglo y una muestra del vínculo entre Oriente y Occidente: compositor de la Zadar veneciana, hoy croata, provenía de una familia de origen cretense, aunque su formación musical es eminentemente paduana.]

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Si quieres lavarme, desde lo alto de mi cabeza siempre correrá el agua clara, y en todas mis acciones me encontrarás como el oro puro, que se ve rojo al ser frotado con la piedra de toque, y cuya superficie no atacan el negro orín ni el moho y conserva siempre su genuino esplendor.

Teognis, Elegías, 447-452

Es grato grabar en un árbol sagrado versos de júbilo para revelar los hados.

Calpurnio Sículo, Ecl. I 39-40

Justin Sweet - Fifth sourcerous

Un valle en el que todos los amores sean legítimos, un caballo al que monte el paladín insobornable, un trono ocupado por el noble, una adicción a la compasión ilimitada, una hermandad entre los seres dotados de sensibilidad, un libro que convenza inevitablemente de la vanidad del siglo a su lector, un arte que glorifique lo eterno de lo efímero y la impermanencia de lo aparente, un gesto que concuerde con la virtud, unas rodillas dobladas ante los victoriosos del espíritu, un silencio atento a la tradición, un cuidado de no pisar ningún insecto, un ejército conformado por gimnosofistas, un simbolismo comprendido por los grandes raciocinios, una jurisprudencia asentada por ascetas, una música cuidada de no alterar los humores ni alejarlos del equilibrio que el ánimo precisa para autocontemplarse.

Un señorío ganado por la pureza de corazón, un enjambre de sonrisas a cada paso, una ceremonia real en la que se corone al héroe ajado por el desprecio y meditabundo, un bautismo de verdugos del sufrimiento, unas palabras que venzan definitivamente por su tono, una barriada en la que cada hogar sea un palacio de la misericordia, una familia de templos andantes, una virginidad interior a la que ningún cuerpo pueda violar. Una oda infinita y hospitalaria a la que se puedan sumar rapsodas con sus versos, labriegos con el soniquete de sus azadas y las alimañas del bosque con el traqueteo de sus pezuñas.

Gurney-Dinosaur Parade

Un viento que sintamos como el beso del universo, una entrega de brazos abiertos a ese momento del día en el que todas las criaturas libres somos susurradas por lo sublime de lo sin principio, una grandeza a la que nunca se pueda colmar señalando esto o aquello, sino solamente aproximándose a ella con nuestro carácter, despojándonos de ataduras profanas, de rencores de niños malcriados, de despotismos tumorales. Una verdad sin velos, un velo sin necesidad de descubrirse, una alegría en todo lo que alegra y una piadosa esperanza ante todo el dolor que atenaza a todas las mentes, mentes que son la nuestra con cierto desfase horario. Una utopía, en fin, que no será sino ternura afectuosa para con la impotencia de las utopías, una aceptación de la imposibilidad de aceptación, cálido bálsamo para el desgarro de aquellos nervios rotos que no pueden sino ser ya insensibles a los bálsamos.

Allí habremos de vivir, así habremos de rodearnos nosotros los utopistas, alimentando naciones en nuestro interior. Y esas naciones, a pesar de las guerras invasoras, siempre sobrevivirán a saqueos e incendios si se renuevan como los territorios legendarios que ocuparon uno tras otro los continentes, en sucesión, reinos devorados por imperios e imperios que se desmiembran en aldeas, sabiendo que también mueren las utopías como muere todo lo que se atrevió a nacer, y como todo lo nacido puede engendrar herederos en una inconmensurable cadena de dichas y aflicciones.

James Gurney - Garden of Hope (Dinotopia)

[Música: O. Respighi, Feste romane. III. L’Ottobrata]

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El romanticismo aparece allí donde unos hombres sienten la imposibilidad de continuar la realidad y asumirla, o de combatirla. En este sentido es una actitud arcaizante, signo de decadencia de una civilización.

J. Mª. Alsina Roca, El Tradicionalismo Filosófico en España, p.253

La fantasía se ensimisma morbosamente y el espíritu se consume en errores visionarios, pues el mundo no le presta ayuda alguna.

F. Schleiermacher, Monólogo III 77

Los grandes hechos de todas las épocas se confundían en mi pensamiento como llamas, e igual que en una tormenta se van uniendo entre sí las gigantescas imágenes de las nubes del cielo, así se unían, así se transformaban en mí en una victoria infinita las cien diferentes victorias de las olimpiadas.

F. Hölderlin, Hiperión, I 1

Desde finales del siglo XVIII no ha aparecido ningún tono nuevo, ningún nuevo acento expresivo que sea realmente valioso. Somos el negro y desabrido coleteo de los románticos. El Siglo de las Luces llegó a tal extremo en su arte de descomponer que hasta a la diosa Razón se la bajó del pedestal en el momento mismo en que fue deificada. Los románticos fueron los primogénitos de los ilustrados. Su movimiento fue intensa y legítima aspiración, pero ausencia de método. Leemos a estos soñadores del XIX para sentirnos confirmados o refutados, pero no vemos señalada ninguna escalera con nitidez. Hace falta una afinidad innata para que su efecto perdure en nosotros. ¿No hay resabios de belleza divina y de suprema verdad enzarzados entre los hinchados verbos de Hölderlin, Schlegel, Fichte, Schelling, Herder, Brentano? ¿Y no los hay entre los trazos de Caspar Friedrich o de Delacroix? Sí, ¿pero de qué sirven? La mayor parte del tiempo no dejan de dar vueltas sobre los mismos conceptos y las mismas sensaciones, confundidos, contradiciéndose, cambiando de rumbo para volver de nuevo al rumbo inicial. La plenitud es al romántico lo que la razón para el ilustrado: una espiral ascendente que a veces se detiene en un nivel o incluso desciende otra vez. Si, a pesar de no ser uno de ellos, se tiene el proyecto de sostenerse en lo más alto de sus mejores experiencias, más útil que leerlos será entonces el hacer postraciones y entonar cantos gregorianos. También nos seducen una y otra vez los arpegios eólicos de Chopin, la poesía sonora de Schumann, la extrañeza espectral de Schubert, la catábasis y anábasis de Liszt, la ensoñación cromática de Berlioz… pero no nos hacen oír el Silencio salvo durante unos pocos compases.

Amo a los románticos, los siento encarnaciones previas de mi ciclo transmigratorio, los releo, los imito sin proponérmelo, los busco, los escucho en sus nocturnos y baladas para piano. Pero no darán la paz eterna. Son solamente el primer paso -y eso ciertamente ya es mucho- en un camino que prosigue y se afianza en la obediencia a una ley disciplinaria. Uno se alista al regocijarse en la gloria de un brillante estandarte, pero se vence en la batalla mediante el rigor marcial. Es natural que el romanticismo, mientras suspiraba por tiempos antiguos y medievales, se comprometiera precipitada y confusamente con las revoluciones liberales, soñando con Arcadias sin pensar en la paciente trabazón de los siglos y de los maestros.

Guerin - Prince de Talmont

El ilustrado, al obsesionarse en que su conocimiento no tuviese fisuras, se quedó mirando a la superficie. Prefirió perder de vistas las grandes verdades con tal de afianzar verdades menores. Es por ello que el mundo moderno ha sido hasta hoy un sinfín de éxitos minúsculos envueltos en un inmenso fracaso. La reacción fue el romanticismo: un intento de regreso abreviado a la fuente. Ciertamente, la velocidad de los acontecimientos y la sequedad arrasadora del positivismo y el utilitarismo llamaban a la urgencia. Demasiado decididos o demasiado dubitativos, buscaron sin la paciencia de la madurez, y la mayoría encontró la muerte en la juventud, sedientos por la avidez de estallidos. Los que escaparon de la muerte cayeron presas de la locura, o encontraron acomodo en oficios institucionales habiendo mitigado ya el orgullo que se negaba a pactar con el mundo.

Intuyeron los jóvenes alemanes postrevolucionarios -seguidos por el resto de europeos- que sacrificar las verdades menores de un solo golpe era imprescindible para alcanzar de nuevo la idea de una verdad total. Acertaron en parte. En efecto, las ciencias, tal y como se cultivan desde entonces, si no son acompañadas de comentarios sapienciales, sólo distraen la atención del hombre. Y así tantos saberes que, en una sociedad mezquina como la que dejaba con su salida el Siglo de las Luces, no ayudaban más que a apuntalar frivolidades, arrogancias y mezquindades. Pero no se puede prescindir del método humanista depurado por los siglos. Las artes liberales daban al cristiano un cimiento desde el que levantar catedrales, repletas de geometría, de simbolismo, de retórica y astronomía incluso. Las almas más sencillas se contentan con mantener sosegado su fuego en la penumbra de la capilla. Pero un corazón más grande, como catedral interior que es, precisa de una ordenación, de un sendero, de un apostolado. Estudiando en la universidad, los románticos arremolinaron ideas ilustradas con anhelos medievales, y quisieron explicar los segundos con las primeras y las primeras con los segundos. Más allá del vínculo universitario y filosófico, otros se fijaron directamente en el arte y en la naturaleza. Pero ninguna belleza te hará sabio si no la pones al servicio de una sabiduría previa. No tener eso en cuenta fue, como se ha dicho, el error cardinal de los románticos. Ellos pretendían alumbrar toda luz a partir de la unión directa entre su propio interior y lo bello. Pero lo bello tiene un simbolismo que no se improvisa, un simbolismo que puede ser revelado, pero difícil es que no sea en parte educado, ni aun en el mejor de los casos. Ningún hombre, salvo un elegido de los Cielos, puede discernir él solo todo el drama cósmico a partir de los indicios, de los vestigia Dei. Es por eso que han existido la Iglesia y las Escrituras, es por eso que los místicos se formaban en la dura ascesis. Es por eso que hubo una Academia y una Estoa en Atenas, y un continuo de bodhisattvas que se reencarnan en Asia una y otra vez para no dejar de recordar nunca el camino al peregrino y de adaptarse a las inquietudes particulares de cada espíritu.

George_Gordon_Byron,_6th_Baron_Byron_by_Richard_Westall_(2)

Demasiado centrados en sí mismos, estos hombres nuevos carecieron de la paciencia para buscar analogías exactas entre su ser y el del mundo de los principios. En cualquier caso, en la Grecia idealizada de un Hölderlin, en la noche simbólica y cristiana de un Novalis, en la humanidad transfigurada de Schleiermacher, en los tiernos paisajes de un von Eichendorff, en la dramaturgia mistérica de Wagner, en todos ellos se anuncia una metamorfosis interior. Cada uno de ellos vislumbra o recae periódicamente en un conato de iluminación; para asentarla y domarla finalmente hará falta una disciplina, un maestro o un claustro. Pero ahí están, advirtiendo de la opacidad de las vías trilladas y señalando erráticamente otras vías de salvación. Un romántico es alguien que muere de nostalgia infinita. Un monje es alguien que se propone satisfacer esa nostalgia. Una persona pueril es la que no se apercibe de que siente esa nostalgia.

Se me hace inevitable volver a los románticos, reflejarme en ellos, expresarme como ellos, sentir y pensar exactamente igual que ellos. Nada de lo que pienso o escribo deja de ser romántico. Pero sé que es debido a que estoy extraviado en el juego cósmico. Nunca me libraré del romanticismo ni aun nutriéndome de una fuente más antigua, de la que los alucinados alemanes también abrevaron a cucharadas. Difícil es que deje de mirar el mundo con sus lentes. Porque su desazón y su formación son los míos, su intención y sus hábitos son los míos, y el triste sino de haber nacido en un mundo en guerra con el Espíritu es, de hecho, todavía más nuestro que suyo. Todos creemos ser hoy un sucedáneo del romanticismo, pero si, como sucede, ya no parece haber hueco para el modelo genuino, se debe a que nadie tiene ya la más mínima esperanza de restauración y muy pocos la suficiente jugosidad de alma. Ni siquiera parece haber, pues, posibilidad de suspirar por iniciaciones perdidas. Pero sé que no puedo ser el único, estoy convencido de que en muchos corazones todavía latirá consciente ese pálpito, ese ritmo acelerado que clama, al menos, por que le presten a uno algún ídolo ancestral para postrarse.

Habrá que cuidarse, entonces, de los delirios demasiado agitados. Habrá que centrarse en la visión luminosa, en la pacificación unificadora de la naturaleza, en los acordes sutiles de la lira cósmica, y escudriñar a los demonios que susurran en forma de acúfenos y embotan las almas de los paladines extraviados con imágenes tenebrosas y suicidas. Porque el romanticismo es el impulso enérgico y decidido hacia el Todo, impulso demasiado afanoso como para detenerse a meditar sobre el viaje. Tiene la duplicidad de todos los entusiasmos: el peligro de las prisas y la grandeza de la amada posibilidad. Puede ser la mejor versión europea de la bodhicitta más pura… y también puede ser el peor de los monstruos que surgen cuando la razón sueña. Sus visiones pueden ser como las de los santos medievales, pero pueden igualmente repletarse de fantasmas, anhelosas soledades, amores frustrados, circunspectos paseos entre ruinas de templos demolidos… y acabar en cadáveres flotando sobre el río. Si uno, por lo tanto, se incardina en este raíl sin raíles, no habrá de perder de vista, so pena de muerte, la Luz de lo Alto, no sea que le suceda como al impetuoso Orfeo y pierda para siempre la plenitud de su Eurídice al volver tras sus indecisos pasos.

La primera generación de románticos estalló en mil colores y acabó en tantos desdichados finales como previos embravecimientos hubo. Ahora, en este apéndice de la historia al que se nos ha expulsado, ahora la enésima generación habrá de hacer malabares para no perecer a manos de todos los males posibles; para ello habrá de reunir los heroísmos y las nostalgias de todas las sabidurías de todos los tiempos, con todos sus matices, con todas sus fuerzas compensatorias para no descarriar todo el fervor acumulado a través de siglos, pero nunca diluirlo, y destilar un rumbo al fin certero, una llama simple a fuerza de hallar lo común en la hermosura de todos los hombres, de todas las razas, de todas las estirpes alumbradas por los dioses, de las que descendemos.

***

[Música: F. Liszt, Soneto 104]

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Oedipus in Egypt *oil on canvas *60,3 x 93,4 cm *signed b.r.: J.L. GEROME *1886

Difícilmente hay un instante en nuestros más vivos goces en el que el corazón pueda verdaderamente decirnos: “Quisiera que este instante durara siempre”; ¿cómo entonces puede denominarse dicha a un estado fugitivo que nos deja además el corazón inquieto y vacío, que nos hace añorar algo de atrás o aun desear algo de más adelante?

Pero si hay un estado en el que el alma encuentra un acomodo lo bastante sólido como para descansar en él por entero y congregar todo su ser, sin tener necesidad de recordar el pasado ni exceder el porvenir; donde el tiempo no exista para ella, donde el presente dure siempre sin señalar, no obstante, su duración y sin huella alguna de secuencia, sin ninguno otro sentimiento de privación o de goce, de placer o de dolor, de deseo o de temor que el de nuestra existencia, y que este sentimiento único pueda colmarla por entero; en tanto dura tal estado, quien se encuentre en él puede llamarse dichoso, no de una dicha imperfecta, pobre y relativa, tal cual se halla en los placeres de la vida, sino de una dicha suficiente, perfecta y plena que no deja en el alma ningún vacío que ésta sienta la necesidad de llenar. Tal es el estado en que me encontré con frecuencia en la isla de Saint-Pierre en mis ensoñaciones solitarias, ora tumbado en mi barca que dejaba derivar a merced del agua, ora sentado en las riberas del lago agitado, ora en otra parte, a orillas de un hermoso río o de un arroyo murmurando por entre el guijarral.

¿De qué se goza en semejante situación? De nada externo a uno, de nada sino de uno mismo y de su propia existencia; en tanto tal estado dura, uno se basta a sí mismo como Dios. El sentimiento de la existencia despojado de todo otro afecto es por sí mismo un sentimiento precioso de contento y de paz que bastaría por sí solo para hacer dulce y querida esta existencia a quien supiera apartar de sí todas las impresiones sensuales y terrenas que acuden incesantemente a distraernos y a turbar aquí abajo la dulzura. Pero la mayoría de los hombres, agitados por continuas pasiones, conocen poco este estado, y no habiéndolo sentido sino imperfectamente durante escasos instantes, no conservan de él más que una idea oscura y confusa que no les hace apreciar su encanto. Ni siquiera sería bueno, en la presente constitución de cosas, que ávidos de estos dulces éxtasis, se hastiaran de la vida activa cuyo deber les prescriben sus siempre renacientes necesidades. Pero un infortunado al que se ha relegado de la sociedad humana y que nada útil ni bueno puede hacer ya aquí abajo ni para otro ni para sí, puede encontrar en tal estado resarcimientos a todas las felicidades humanas que la fortuna y los hombres no podrían quitarle.

Öl auf Leinwand (1818) Caspar David Friedrich [1774 - 1840] Objektmaß 30,0 x 21,5 cm Inventar-Nr.: FV 10

Verdad es que tales resarcimientos no pueden ser sentidos por todas las almas ni en todas las situaciones. Es preciso que el corazón esté en paz y que ninguna pasión venga a turbar su calma. Son precisas ciertas disposiciones por parte de quien los experimenta, son precisas en el concurso de los objetos circundantes. No se requiere ni un reposo absoluto ni demasiada agitación, sino un movimiento uniforme y moderado, carente de sacudidas e intervalos. Sin movimiento la vida no es más que un letargo. Si el movimiento es desigual o demasiado fuerte, despierta; al devolvernos a los objetos circundantes, destruye el encanto de la ensoñación y nos arranca de nuestros adentros para ponernos de inmediato bajo el yugo de la fortuna y de los hombres y entregarnos al sentimiento de nuestras desgracias. Un silencio absoluto conduce a la tristeza. Ofrece una imagen de la muerte. Se hace necesario entonces el auxilio de una imaginación risueña, y se presenta con bastante naturalidad en aquéllos a quienes el cielo ha agraciado. El movimiento que no viene de fuera se opera a la sazón en nuestros adentros. El reposo es menor, cierto, pero también es más agradable cuando livianas y dulces ideas, sin agitar lo hondo del alma, no hacen por así decir sino rozar su superficie. Con muy poco basta para acordarse de sí mismo olvidando todos los males. Esta especie de ensoñación puede sentirse allá donde puede estarse tranquilo, y a menudo he pensado que en la Bastilla, e incluso en una mazmorra en la que ningún objeto hubiere saltado a mi vista, habría podido soñar aún agradablemente.

Pero he de confesar que esto se hacía bastante mejor y más agradablemente en una isla fértil y solitaria, naturalmente circunscrita y separada del resto del mundo, donde todo me ofertaba sólo imágenes risueñas, donde nada me evocaba remembranzas entristecedoras, donde la sociedad del pequeño número de habitantes era comunicativa y dulce sin ser interesante hasta el punto de que me ocupara incesantemente, donde podía por fin entregarme sin obstáculo y sin cuidado a las ocupaciones de mi gusto o a la más laxa ociosidad. La ocasión era sin duda hermosa para un soñador que, sabiendo nutrirse de agradables quimeras en medio de los objetos más ingratos, podía saciarse a su capricho haciendo concurrir todo lo que atraía realmente a sus sentidos. Cuando salía de una larga y dulce ensoñación, al verme rodeado de verdor, de flores, de pájaros, y dejar que mis ojos vagaran a lo lejos por las pintorescas riberas que bordeaban una vasta extensión de agua clara y cristalina, asimilaba todos aquellos amables objetos a mis ficciones; y al hallarme, por fin, progresivamente devuelto a mí mismo y a cuanto me rodeaba, no podía indicar el punto de separación entre las ficciones y las realidades; tanto contribuía todo igualmente a hacerme querida la vida recogida y solitaria que llevaba en aquella hermosa morada. ¿Que no puede ya volver a ser? ¿Que ya no puedo ir a acabar mis días en aquella isla querida para no volver a salir jamás de allí, para no volver a ver jamás a ningún habitante del continente que me evocare el recuerdo de las calamidades de toda especie que se complacen en acopiar sobre mí desde hace tantos años? Pronto serían olvidados para siempre: probablemente ellos no me olvidarían del mismo modo, pero ¿qué me importaría con tal de que no tuvieran acceso alguno para que vinieran a turbar mi reposo? Liberado de todas las pasiones terrenas que engendra el tumulto de la vida social, mi alma se elevaría frecuentemente por encima de esta atmósfera, y comerciaría por anticipado con las inteligencias celestes cuyo número espera ir a aumentar dentro de poco.

J.-J. Rousseau, Las ensoñaciones del paseante solitario, V

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[Música: Fauré, Requiem (In Paradisum).]

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Recuérdate

Ni actúes contra tu voluntad, ni de manera insociable, ni sin reflexión, ni arrastrado en sentidos opuestos. Con la afectación del léxico no trates de decorar tu pensamiento. Ni seas extremadamente locuaz, ni polifacético. Más aún, sea el dios que en ti reside protector y guía de un hombre venerable, ciudadano, romano y jefe que a sí mismo se ha asignado su puesto, cual sería un hombre que aguarda la llamada para dejar la vida, bien desprovisto de ataduras, sin tener necesidad de juramento ni tampoco de persona alguna en calidad de testigo. Habite en ti la serenidad, la ausencia de necesidad de ayuda extema y de la tranquilidad que procuran otros. Conviene, por consiguiente, mantenerse recto, no enderezado.

Marco Aurelio, Meditaciones III, 5

Te lo has repetido todo infinitas veces. Todos los consejos, todos los modelos de conducta, todos los principios metafísicos esenciales… lo has rememorado todo. Es hora de practicarlo. ¿Pues qué? ¿Vas a dejar que la desidia, las distracciones o el miedo te paralicen? ¿En qué te diferenciarías entonces de la masa de hombres a la que compadeces sacudiendo la cabeza? Cesa de especular, deja las lecturas a un lado, no aplaces más el noble obrar ni el desprendimiento. ¿Hasta cuándo el avituallamiento? ¿Para cuándo la batalla? Hazte ya uno contigo mismo. Actualiza el futuro que viene rumiando tu corazón. Sé quien eres. Que tus gestos sean armoniosos y sin dobleces, como amaneceres. Que tu imagen sea tu verdad; tu conciencia, tu dios interior; tu amor, tu amo. Aniquila la pusilanimidad, prende fuego a la cobardía, arranca la indecisión como a una yerba parásita; radicaliza tu espíritu, pues es de naturaleza radical, y solamente por el espesor de tu otoño psíquico se ha tornado lánguido e inconsistente. Que si te encontrase hoy la muerte la recibieses satisfecho, habiendo cumplido lo prometido. Es la hora de ultimar tu hatillo y poder decirte con franqueza: “Soy hombre, creo en lo que vengo creando, pequeño es el espacio que preciso para habitar la tierra, y todo lo mío lo llevo conmigo”.

Heinrich Berann

[Música: Bach, Cantata BVW 155, ‘Du Musst Glauben’ (Duetto)]

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Amo a quien puede ejecutar la melodía del infinito,
uniendo en su vida el amor y el sacrificio.

Kabir, Cien poemas, 39

Dulce es el tormento, suave mi desgarro, vigorizadores mis pesares. Nada inyecta más vitalidad que este anhelo ambiguo. Que me lleve el énfasis hacia rumbos que sólo él conoce, donde el esplendor sutil es el rey acusmático, el sabio oculto. Con los ojos enrojecidos de fervor, puesto el pensamiento en una quimera aún por definir, me muevo a un ritmo vaporoso, con las sedas de mis amores ondeando al viento, danzando.

Que la metamorfosis hacia la plenitud sea tu clima patrio. Que la carencia infinita sea tu más provechoso tesoro. Que se haga de los deseos intangibles tus nodrizas. Que tu amor sea lo más amado de esta vida, pues por encima sólo tienes al Espíritu de la Sabiduría y al mismo Dios.

Parrish, Cadmus Sowing Dragon’s Teeth 9red) 1908

[Música: C. Monteverdi, Si dolce è’l tormento]

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De hecho, en todo el mundo occidental, la burguesía se ha adueñado del poder, en el cual la realeza la había hecho en principio participar indebidamente; poco importa, por lo demás, que haya entonces abolido la monarquía como en Francia, o que la haya dejado subsistir nominalmente como en Inglaterra u otros lugares; el resultado es el mismo en todos los casos, el triunfo de lo “económico”, su supremacía abiertamente proclamada. Pero, a medida que todo se hunde en la materialidad, crece la inestabilidad y los cambios se producen cada vez de forma más rápida; así, el reino de la burguesía no podrá tener sino una corta duración comparada con la del régimen al que sucedió; y, como la usurpación llama a la usurpación, después de los vaiśyas son ahora los śūdrás los que, a su vez, aspiran a la dominación: es éste, exactamente, el significado del bolchevismo.

René Guénon, Autoridad espiritual y poder temporal, VII

El rey o el príncipe que deshace en sí mismo la orden de caballero, no solamente deshace en sí mismo su ser de caballero, sino también en los caballeros que le están sometidos, los cuales, por el mal ejemplo de su señor, y para ser amados por él y seguir sus malas costumbres, hacen lo que no es propio de la caballería ni de su orden.

Raimundo Lulio, Libro de la orden de caballería, II, 14

El Hombre Perfecto es el Cristo, arquetipo de nuestro de nuestra realización espiritual; pero ésta se lleva a cabo en el plano temporal y en el marco de la sociedad visible. A esta sociedad se le da el Rey, primer hombre del reino, que encarna y simboliza el camino de la espiritualización en medio de la vida temporal, no como individuo, sino como principio encarnado, como imagen de Cristo, modelo que hay que alcanzar a través del rey. Contemplando al rey, el súbdito contempla la imagen idealizada de aquello en lo que él debe convertirse, es decir, “hijo de Dios”; allí contempla y admira la imagen de su propia persona virtualmente glorificada y vuelta semejante a Cristo. Entonces ya no tiene más que guardar en sí el recuerdo de esa imagen para convertirla en guía y objeto de la vida. […] El rey consagrado hace la unión de la sociedad transformando los individuos en miembros de un Cuerpo místico que los eleva por encima de sí mismos. Los regímenes políticos laicizados actúan a la inversa, atomizando la comunidad, dejando a los individuos cada vez más solos y aislados; sólo que, como son aislados, no puede constituirse una sociedad viable, tan sólo puede intentarse agruparlos, formar grupos, y luego una colectividad, que es algo completamente distinto de un cuerpo porque carece de principio de unión.

Jean Hani, La realeza sagrada, VI

[Música: Anónimo, Le manuscrit du roi (La ultime estampie real), ss. XIII-XIV]

No se confunda “absolutista” con “totalitario”. El segundo aspira a controlar sin justificación cada brizna de hierba y cada rincón de la nación; el otro, más que abarcar rincones, se impone como una referencia absoluta, un centro espiritual sobre el cual orbiten los vaivenes contingentes, dominados o no por las fuerzas materiales del poder.

Se ha dicho mucho que, si el poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente. Más bien habría que decir que, si el poder preserva el orden, el poder absoluto preserva el orden absoluto, esto es, la estructura social encomendada por “mandato del Cielo“. Es por ello que solamente la realeza puede ostentar tal cargo. Auspiciada por el linaje y la visibilidad de los rasgos de antiguas familias, es el único eje posible para preservar la tradición en sus formas exteriores, dejando a un lado la cuestión de la autoridad sacerdotal a la que debe someterse. Ungido por el crisma en el rito iniciático de la coronación (que supone un segundo bautismo y la consecución de un nuevo nacimiento en esferas más elevadas a que las de los hombres ordinarios), el rey está preparado para cumplir su misión sagrada y organizar su reino imitando respetuosamente el modo de obrar del Rey del Universo.

El trono absoluto da sentido a las energías dispersas del pueblo, pero solamente si lo gobierna. La monarquía constitucional es una mala broma, pues la función de la realeza es ejercer el poder temporal. De poco sirve si su única eficacia reside en ofrecer la grandeza de sus escudos de armas como bandera con la que mercachifles de todo pelaje justifiquen su nunca saciable esparcimiento del caos.

Se dice, en cambio, que la monarquía constitucional preserva el carácter simbólico de la Corona e incluso lo que algunos llamamos carácter metafísico. Pero la razón de ser de la Corona y de la aristocracia en general no estriba en estilizar la apariencia de la mecánica política para transmitir destellos contemplativos, sino al contrario: el rey debe controlar la maquinaria social eficazmente… incluyendo, eso sí, los valores y símbolos heredados por mandato divino. La función casi museística que se le quiere dar hoy al monarca correspondería, en el peor de los casos, a la casta superior: a las autoridades espirituales, a los brahmanes, cuya misión es exhortar a las almas a alzar la mirada hacia el Espíritu. El poder temporal ha de ser necesariamente activo so pena de quedar sin sentido.

Y lo peor de todo es que reyes y nobles ni siquiera cumplen correctamente con la misión decorativa a la que se han resignado: basta con hacer un repaso de la agenda de las Casas Reales europeas en el último año para comprobar hasta qué punto han trocado solemnidad por familiaridad, elegancia por llaneza, gusto artístico por afición a los deportes. ¿Qué les queda, entonces, salvo un artículo en una Carta Magna que, en virtud de su propia definición, será alterada más pronto que tarde por las pasiones y los intereses de vaiśyas y śūdrás ebrios de contingencia?

[Música: J. S. Bach, Ofrenda Musical BWV 1079. Escuchamos uno de los Canones diversi super Thema Regium (cánones diversos sobre un tema regio), en concreto el canon a 2 voces por aumentación y por movimiento contrario. Lo acompaña la siguiente inscripción latina aprovechando el potencial metafórico de la aumentación rítmica del comes del canon: “Notulis crescentibus crescat Fortuna Regis” (como crecen las notas, así crezca la fortuna del rey).]

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