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Archive for the ‘Anhelos’ Category

 

Incluso en la decadencia, un hombre virtuoso
incrementa la belleza de su comportamiento.
Una tea ardiendo, aunque vuelva al suelo,
tiene una llama que se eleva a lo alto.

Sakya Pandita, Un precioso tesoro de dichos elegantes 15

 

Las ochenta maravillosas actividades surgen
de la causa concordante del amor;
temiendo que este texto fuera demasiado largo,
¡oh, rey!, no lo explicaré.

Nagarjuna, La preciosa guirnalda 197

 

Cuando vean que una lluvia de flores y perfume extingue
el flujo incandescente de lava de los infiernos,
saciados de dicha, de repente se preguntarán: “¿Cómo es posible?”
Que entonces los habitantes de los infiernos contemplen al que sostiene el Loto.

Śāntideva, Bodhicharyāvatāra 10.12

Je ne parlerai pas, je ne penserai rien:
Mais l’amour infini me montera dans l’âme,

[No hablaré, ni pensaré en nada, / pero el amor infinito ascenderá en mi alma.]

A. Rimbaud, Sensación, Marzo de 1870

 

A los bodhisattvas que, a la luz del día o en el completo anonimato, abrillantando cada hora de cada milenio el mundo sin que lo sepamos, comprometiendo todas sus encarnaciones futuras a su noble voto, persisten en su desmedida labor sin final de erradicar cualesquiera taras de los seres sintientes. A todos los seres sintientes.

 

¡Sugatas de los tres tiempos, elevad el acento de mi proclama! Os invoco en el cielo del corazón, donde empieza a correr sangre nueva, teñida del color de sílabas de mantras, bendecida por maestros perfectos que, como centinelas de la sabiduría, guardan el terreno conquistado para que nosotros, los recién centelleados por el resplandor de su purificación, lleguemos más rápidamente hasta donde llegaron ellos en combate contra tiempos sin principio. Con acritud sin medida contra la opresión de todos los seres, reflejo del que dependo, ¿cómo no me he decidido a dar rienda al más transgresor de los deseos alumbrados, la liberación de todos los seres? Habrá de ser satisfecho tal deseo por mis agregados hasta el punto de separarse ellos mismos, caiga la lluvia de la violencia o el duro invierno de la carestía. Troceado, caminaré entre las calles tenebrosas del mundo impuro agitando la campana ritual para ahuyentar los vicios y las actitudes ciegas que nos abisman a todos. Moldearé, esculpiré, desangraré o cercenaré mi carácter con tal de coronarme y gobernar a las aflicciones, pues preferible es repartir oro cojeando que residuos a buen paso. Lleno de rencor, libraré mi batalla contra el coágulo deforme de mi continuo mental: o sobrevivirá éste o sobrevivirá el Buda; no hay tercera opción. Solamente se detendrá la Rueda de Renacimientos si descendemos de ella los seguidores del Conquistador y atrancamos su mecanismo con las más preciadas de nuestras posesiones, con la posibilidad de transmigraciones a reinos superiores, con la carne de nuestras piernas, entrañas y cráneos, con nuestros corazones aún palpitantes, ofrecidos sobre hojas de palma.

Escucha, Perfección: habrás de ser mía más pronto o más tarde, con mayor o menor bagaje de dolor a mis espaldas, pero te encontraré y te multiplicaré entre mis madres los seres. Nada podrían hacer los dioses para impedirlo, pues convencido estoy de que, con la verdad absoluta de mi parte, anhelando también el despertar para sus adormiladas mentes felices mas mortales, lograría convencerles durante un diálogo que no duraría más de un eón. En cambio, sellando los sentidos, amenazo a mi cuerpo: “Si me sirves en mi determinación de erradicar el sufrimiento de todo lo que existe, no te faltará lo necesario; mas, en caso contrario, no te daré tregua”. Algo parecido diré a los venenos que me recorren: “Sois mis enemigos, de suerte que o aceptáis convertiros en vasallos, fuerzas virtuosas al servicio de todos los seres, u os aniquilaré con la espada fulminante de mi arrojo”. Seré avaro con la avaricia, traidor a la inmoralidad, displicente con la desidia, airado con la ira, ignorante de tantas falsedades como pueblan los reinos, y no prestaré la más mínima atención a la distracción. De un modo u otro me cubriré de los pāramitās, ornado así con los únicos ornamentos dignos de tal nombre. Y, perdiendo la noción de hacedor, acción y receptor, no seré más que un bálsamo al sufrimiento, allí donde surja. Sin virtud no hay sanación para quien sufre, pero sin víctima a la que sanar no puede haber cultivo de la virtud; toda bendición no es, pues, más que un reequilibrio de un mismo vacío lloroso y ávido de falsas plenitudes. Tan sólo falto yo, pues, en ese collar excelente, en ese juego supremo, puesto que el sufrimiento y la acción que lo remedia ya están a la espera ante mi dubitativa figura. Aupado por las aflicciones ajenas, me vestiré de méritos para poder rescatar a los afligidos una vez adquiera las treinta y dos marcas del Omnisciente.

Esta guerra se combate en los actos cuidadosos de las manos y tras los velos del rostro: una sonrisa afable e incondicional será el destilado de las fuerzas que se purifican al rojo vivo en el secreto de mis pasiones. Mientras mis maneras delicadas empiecen a penetrar suavemente el sensible ánimo de los seres pueriles, mi corazón arderá por el trabajo de dejar de ser uno de ellos, siempre con el único fin de atraerlos a las atalayas que la diligencia de los Victoriosos vaya apuntalando para su resguardo. Amabilidad discreta y elegante condescendencia será lo que vean y lo que les ofrendaré en mi aspecto, por más que afinar una pureza incondicional me cueste tempestades e infiernos corriendo por mis venas, que no describiré a nadie. A todos contestaré como amigo cortés o gentil doncella, o afinaré mi canto si es que renaciese en un nido de pájaros o en solitaria montaña de titanes. Entretanto, me ofreceré como néctar al sediento, como talismán milagroso a todo anhelo, como blanca nieve al espíritu incendiado y como cálida brasa al aletargado por el helor de mundos descompuestos. En ordinarias situaciones me conduciré como uno más mientras contemple el cultivo de las virtudes en el silencio solitario o al fuego de la sabiduría que deseca de fascinación a los fenómenos. Resistiré todo el daño que me hagan durante vidas sin número si con ello logran un paso hacia la dicha irreversible. ¿Y acaso no son en verdad mis estados aflictivos, espirales alimentándose a sí mismas, las que me laceran, causando destinos infortunados a aquellos seres que en su ofuscación creen ser los heridores? ¿Por qué acusas a otros seres de ser la causa de tus males, cuando en verdad tú, el objeto de sus aflicciones destructivas, eres la causa de los suyos? ¡Oh necio de mí! Pidamos perdón por dar forma a los odios y agresiones de los otros. Que me descuarticen, que me aguijoneen, que me destrocen en todas mis naturalezas siempre que les beneficie: yo me encargaré por mi lado de sostener en alto el estandarte de la aspiración pura. Jamás obedeceré mis caprichos, nunca emprenderé acción alguna que no piense en beneficio de los que sufren. ¿Cuándo fueron dulces los dolores de parto? Pero esta vez se trata de parir a un adolescente ya erguido, decidido, aguerrido, que habrá de madurar hasta convertirse en la preciosa bodhicitta, joya mayor que la Joya-que-colma-todos-los-deseos.

Empiezo ofreciendo tantos ensortijados mundos como granos de arena hay en el Ganges. De cada uno de esos mundos, con su monte Meru, sus cuatro continentes, el sol y la luna, surgen cien millones de dakinis, portando cada una otros tantos mundos aun más bellos en bandejas de oro, repletas también de ofrendas dignas de monarcas universales, manjares divinos, incienso bendecido, perfume destilado de los primeros jazmines tras el nacimiento de un Buda. En vasijas de color de lapislázuli entre mi cuerpo despiezado y mi ilusoria alma, una vez fermentados sus kleśās, esparcida entre diversos recipientes que habrán de ser quemados en la hoguera de la absorción meditativa. ¡Oh, Venerables, otorgadme la iniciación! ¡Tomo refugio en la infabilidad de vuestra palabra, en la santidad de vuestra conducta, en la apacibilidad de vuestra postura y en la claridad de vuestra visión ilimitada! Me postro junto con los infinitos cuerpos de las infinitas criaturas ante la humildad resplandeciente de vuestros hábitos. Ayudadme, ¡os lo ruego!, a alcanzar el logro supremo, y pueda convertirse cada uno de mis gestos en un mudra sagrado que transfigure en dicha eterna los tres venenos de la existencia, que en todas partes anidan.

Espíritus locales, no permitáis que esta aspiración decaiga. Recordadme mi compromiso, ¡os lo ruego!, con lluvias, con plagas mágicas de insectos, o acaso con el canto del agorero cuervo. Que pueda sostener en alto la flor de utpala azul mientras duren los tiempos, allí donde para albergar esperanzas en el sendero de la Iluminación sea preciso que los pueblos alcen su vista y exclamen: “¡Mirad!, por allí levita un Honrado-por-todo-el-mundo, un libertador inmortal, la esencia de nuestra mente”. Y que se deleiten con el juego de las innumerables formas del orgullo divino en su sutil y mágica manifestación Saṃbhogakāya, que brillará sosteniendo cuencos de néctar, reconcentrando el universo entero en su inmaculado mandala, su paraíso particular, que no es sino el de todos, pues, desconocedores de la avaricia, siempre dejaron los paraísos sus puertas abiertas. No debo dejar abandonados a los seres ahora que me he comprometido a convertirme en su eterno valedor; ¿no les abatiría una tristeza sin medida saber que les ha traicionado quien pretendía anhelar la glorificación de los perseguidos, los tullidos, los hambrientos, los incapaces y los melancólicos? Será por honor que renunciaré a todo honor, al que esparciré como cenizas de cadáver en el océano de la interdependencia, sobre el suelo misterioso de la vacuidad.

Adoptaré una mirada adamantina que anhelarán poseer todos los seres con los que me encuentre, y sin dudarlo les indicaré el próximo paso que han de seguir para obtenerlo. Serán rasgados todos los velos o navegaré entre océanos de eones, reposando brevemente en los puertos de vidas ejemplares. ¿Quién podrá descansar hasta que se escriba el punto y final a los anales del pesar? De nada me servirá la condición sublime si ajetreadas quedan todas mis madres hocicando espantajos en Saṃsāra. Así, cueste lo que cueste, caigan los reinos que caigan, se sucedan los mundos que hayan de sucederse, nada se detendrá, nada se cambiará, nada alterará la decisión del paso firme. Llegará el día, acaso fuera de esta era, en el cual, derrengado hasta el agotamiento de todo desafío, ofreceré la Tierra Pura de Tushita a cada criatura, mi hermana, mi madre, mi verdadero yo, iridiscencia cien mil millones de veces reflejada de un vacío supremo e inasible al que es preciso devolver el gobierno de las conciencias. Bendecidas por la sabiduría inmarcesible de los santos, el devenir será al fin el paseo de un cisne en un estanque de lotos, ya fuera del tiempo, allí donde Kalachakra y su consorte trascienden toda sucesión. Seré tesoro de los buscadores, el árbol del ave, la mitra del clero, la cuerda del armónico laúd. Seré refugio para los perseguidos, canoa para el navegante, esmeralda para el cuello imperial, sílaba para el enmudecido, claridad para los entendimientos, ungüento para desgarrados, sandalia para el viajero. Me tornaré milagro para el incrédulo, recuerdo para el olvidadizo, flores para el lloroso, párpado para el visionario, miel para el agriado, abrazo sin cese para el desabrigado y el desolado. Lustraré lo contaminado, cauterizaré lo infecto, suturaré lo rasgado, bendeciré a los condenados. Me enamoraré de todos y con todos bajo palio santificaremos nuestro amor. ¡Oh seres, voy en vuestro auxilio, no temáis! Poco podré hacer mientras camino introspectivo sacudiéndome oscurecimientos; pero esperadme a lo largo de esta vida o, a lo sumo, unos pocos eones: llegará el día en que los lotos medicinales que os lance con júbilo llegarán certeros a vuestras heridas, iluminando vuestros cinco agregados antes de que se dispersen gozosamente, y la beatitud se convertirá en un sol en vuestra mente y hará estallar todo lo que ahora creéis ser.

Todo sea por siempre auspicioso, en cualquier universo, en cada fibra de entidad, en cada brote y en cada desasimiento. Amén, amén, amén.

***

[Música: Namgyal Lhamo canta la canción tibetana Chang ya-re. De A. Scriabin suena el primer movimiento (Luttes) de la sinfonía No. 3 Op. 43 (Le divin poème); la sinfonía relata en tres grandes movimientos las etapas de la liberación humana: Luttes, Voluptés y Jeu divin.]

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Incluso el ofrecer tres veces al día
trescientas ollas de comida
no supone ni una porción del mérito
que hay en un instante de amor.

Nagarjuna, La preciosa guirnalda 283

 

Ni un día sin ejercitar un músculo, sin calibrar una idea, sin cultivar una virtud. Ni una certeza sin ser examinada, ni una posibilidad sin ser valorada como la posibilidad que es. Sin perder ni una sola oportunidad de reconvertir en apoyo a mi constitución impermanente, vacía, interdependiente y divina cualquier aparente contradicción a mis propósitos, cualquier ilusorio escollo en el sendero. Todo encuentro con un ser y todo pensamiento de fogueo que se evapora en mi mente ordinaria no son sino ensayos -tímidos o fallidos- de mi Iluminación, y por ende de la de cualquier otro. No son, de hecho, sino profecías de la naturaleza esencial de la mente; de mi lucidez dependerá que entienda el reto y juegue a nutrir resistencia y capacidad de integrar en el poder de un abrazo los pretendidos abatimientos, ataques y temblores. Sople el viento que sople, corra el fuego que sea, nuble cualquier peste la salud de familias y pueblos, que jamás traicione a los seres, por quienes me traicionaría a mí mismo de la forma más vergonzosa.

[Música: P. Glass, Evening Song (Satyagraha).]

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Una y otra vez renacen en el Saṃsāra interminable,
constantemente atormentados por las tres formas de sufrimiento.
Así están todas tus madres de tus vidas pasadas.

Je Tsongkhapa, Tres aspectos principales del Camino

 

IF I can stop one heart from breaking,
I shall not live in vain;
If I can ease one life the aching,
Or cool one pain,
Or help one fainting robin
Unto his nest again,
I shall not live in vain.

[Si logro salvar un corazón de romperse,
no viviré en vano;
si logro borrar de una vida el dolor,
o enfriar una herida
o ayudar a un desmayado petirrojo
a regresar a su nido de nuevo,
no viviré en vano.]

E. Dickinson, Poemas I.6

 

Puedan todos los seres tener la felicidad y las causas de la felicidad.
Puedan estar libres del sufrimiento y de las causas del sufrimiento.
Puedan nunca separarse de la felicidad sin sufrimiento.
Puedan permanecer en ecuanimidad, libres de parcialidad, apego y aversión.

Las Cuatro Contemplaciones Inconmensurables o “Moradas de Brahmā” (Brahmavihāras)

 

Que todo lo que haya dicho o hecho a lo largo de mi vida o de mis vidas anteriores, redunde en la obtención de la disolución del sufrimiento y, a ser posible, en la Iluminación de todos los seres de los seis reinos de existencia. De no ser así, que al menos no haya obrado en alejarlos de la felicidad y del sendero sublime. Que toda la belleza de los mundos guíen a los seres hacia el bien, y el bien hacia la verdad. Nunca haya más sufrimiento del ya habido, y aun el ya habido se desvanezca del registro de los tiempos pasados. Puedan estas peticiones cumplirse sin demora por medio de la intervención de los Conquistadores de los tres tiempos, por medio de los inestimables bodhisattvas de todos los pueblos y credos y por las acciones virtuosas de los seres ordinarios. Puedan pronto estas palabras ser meros recuerdos obsoletos de tiempos en que la perfección aún no había coronado todas las cabezas ni las guirnaldas de lotos de la sabiduría habían ceñido aún las frentes de los seres adiestrables, y sea esta petición un completo sinsentido por innecesaria. Esté yo a la altura de mi aspiración, y que se reconozca en la compasión la semilla de la naturaleza divina de cada cual, allí donde surja; y, una vez surgida, se sostenga y crezca hasta culminarse. Amén.

¡Larga vida a los portadores de virtudes y enseñanzas!

[Música: Nubshem (Tibetan Buddhist Rites from the Monasteries of Bhutan vol. 4)]

 

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Aún para la compasión budista el individuo es sólo sombra que se desvanece. La dignidad del individuo es impronta cristiana sobre arcilla griega.

N. Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito

 

La segunda hechura es la que cayó sobre la tierra; el mar la asumió y su propio pensamiento fue su delineador; se plasmó a sí misma como una naturaleza que es la raíz de la muerte.

Kephalion maniqueo copto 55.136, trad. J. Montserrat

 

El Amor te confiere este poder: dalo todo, pues todo es tuyo.

Hadewijch de Amberes, Visiones 1.21

 

Me debato entre el amor a las aguas que fluyen agolpándose aturdidas y la conciencia de que su destino es ser ese no ser, ese rizarse una y otra vez en caudal sin reposo ni contorno definitivo. Veo su belleza, alternada entre lúcida mansedumbre y agitación sin sentido, entre caída y saciedad de sed para peces y gorriones, veo su poder benéfico y su perdición lenta, inconsciente, en piélago de abertura sin dirección, en nuevo receptáculo de nuevas vidas saladas, perdido ya el sabor de la dulzura y de la línea que se contoneaba entre montañas. Esas aguas que descendían dibujando valles e irrigando bosques y juncales, esas aguas límpidas y enturbiadas a un tiempo, el conjunto de los seres, nadan a la carrera hacia donde llegarán de todos modos.

Y una tonalidad de compasión me invade, pues considero irrespetuoso no concederles la dignidad de partículas eternas. Pues, ¿cómo amar a una sombra? ¿Cómo reverenciar con sinceridad a una ilusión, un reflejo, un fenómeno tan vano como el sueño en un sueño? ¿No es irrespetuoso serenarse en la idea de que todo es falso, incluso lo que decimos querer salvar, incluso aquello que decimos merece todo el honor de los tres mundos? Pero si el mundo es tan ilusorio como nuestro propio ser, entonces las conciencias ennoblecidas, sombras que aman a otras sombras, vacíos que auxilian a más vacíos, ni siquiera aman con veracidad, y el propio amor no es más que una energía de escena entre causas y efectos, una onda sin substancia, una nada que juega a embellecer la inanidad universal. ¿Cómo convertir en reyes a los personajes de un espejismo? ¿Pero qué pretendemos de las palabras, si, como bien sabemos, no ha habido más realeza que la ficticia ni más humanidad que la convencional atribución de ciertos rasgos a animales bípedos en descomposición? Hagamos de la realidad espectral, la única que conocemos con certeza, un conocimiento de espectrales certezas, y una fusión real entre sus indiscernibles naturalezas profundas. Sea el fundir nomenclaturas irreales nuestro modo de rendir homenaje a lo que de real haya en el centro misterioso e inalcanzable de los seres. Vacuidad del amor y amor de vacuidades no son sino dos caras de una misma moneda de valor incalculable, tan incalculable como lo supremo y lo desvanecido.

Y yo también me sé una gota más en esa masa líquida contra la que me defino en pueril competición y a la cual sin embargo digo estar aprendiendo a amar. Y así, en melancólica compañía, no exenta de destellos de gozos y paces, labramos las riberas en las que jamás reposaremos más que en accidental salpicadura y posterior reconversión en tierna hierba, en acuífero de insectos, en humus fértil que también se secará algún día sin llegar a saber nunca si alguna vez amó o no verdaderamente y en dulce alegría.

[R. Hahn, À Chloris, cantada por J. Cummings, sobre poema de Théophile de Viau: “S’il est vrai, Chloris, que tu m’aimes, / Mais j’entends, que tu m’aimes bien, / Je ne crois point que les rois mêmes / Aient un bonheur pareil au mien. / Que la mort serait importune / De venir changer ma fortune / A la félicité des cieux! / Tout ce qu’on dit de l’ambroisie / Ne touche point ma fantaisie / Au prix des grâces de tes yeux.”]

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Viva nihil dixi, quae sic modo mortua canto.

[“Nada dije estando viva, yo que ahora muerta canto así”.]

Sinfosio, Aenigmata 20, refiriéndose a la tortuga, cuyo caparazón servía de caja de resonancia para la lira antigua.

Cuando mi copa está vacía, me resigno a su vaciedad; pero cuando está a la mitad, me duele que no esté llena.

K. Gibran, Arena y espuma (1926)

Fuig-ne de la terra immoble,
fuig dels horitzons mesquins:
sempre al mar, al gran mar noble;
sempre, sempre mar endins.
Fora terres, fora platja,
oblida’t de ton regrés:
no s’acaba el teu viatge,
no s’acabarà mai més.

[“Huye de la tierra inmóvil,
huye de los horizontes mezquinos:
siempre al mar, al gran mar noble;
siempre, siempre mar adentro.
Fuera tierras, fuera playa,
olvídate de tu regreso:
no se acaba tu viaje,
no se acabará nunca más.”]

J. Maragall, Excèlsior (1895)

A todos los seres. A todos y cada uno de ellos. 

Yo reposaba y soñaba que me encontraba frente a todas las naciones, todos los tiempos, todas las razas. Y, tras estos y otros velos, dormían latentes como embriones las criaturas unidas en su sensibilidad. Apartaba yo a las naciones, los tiempos, las razas, para, libre de obstáculos y perspectivas vidriosas, aproximarme al fin a los individuos en su rostro más simple, y admiré su expresión doliente. Una colección de fantasmas me pareció aquella visión, pues las almas, aturdidas por estertores del sinsentido, se mecían lúgubremente, como niñas aun vírgenes y maltratadas las unas, como dementes sin remedio las otras. Una lágrima se deslizó por mi mejilla hasta caer sobre mis manos y lubricarlas: así pude ungir con óleos de mi sangre a mis nuevos amigos, todos los que alguna vez suspiraron, al roce de caricias que yo mismo descubría sorprendido mientras las impartía como alimento en eucaristía. Quise decir cosas bellas y benevolentes, motivaciones para náufragos, azucenas para esclavos…. pero me olvidé del lenguaje, y tuve que recurrir a fórmulas mágicas heredadas de épocas de prudente fermento. Las sílabas del mantra fluían de mi boca como los meandros de una melodía de violín y llevaban sus colores simbólicos a las membranas de todos los seres hasta hacerlas partícipes de la resonancia compasiva que todo lo templa.

Entonces los cuerpos y las almas empezaron a brillar, y corolas de luz descendían desde los sonidos nacidos de la estirpe de mi aliento. Se fueron coloreando entonces a distinto ritmo y en innumerables colores, cada uno según su predisposición y sus posibilidades, desde los tonos más tenues hasta el blancor más puro, propio de los espíritus. Y las guirnaldas ensortijadas de mis fórmulas aprovechaban con delicadeza los interesticios entre las ilusorias fronteras de las criaturas y se iban enroscando en torno a todos. Una nueva vestimenta de plegaria y luz unía finalmente a las cosas como las vajillas de oro se acoplan por un mismo manto protector que las envuelve. Cumplida la promesa de los profetas, se fundió la derecha con la izquierda, lo alto con lo bajo, y el sufrimiento se repartió ecuánimamente hasta diluirse y pasar a formar parte de la historia atávica del tejido, como los anillos en el tronco milenario de los árboles o como los rasguños que permanece en los huesos soldados tras duras batallas. El cielo se hizo mundo y los seres me revelaron que no hablaba yo con nadie, pues nadie había que no fuera yo mismo. No encontré, pues, Unidad, pues aquélla aún puede desmembrarse: antes bien llegamos todos a la conclusión de que nada, ni siquiera la Unidad última, sufriría menoscabo alguno cuando el Tiempo dejase a la Vida reinar sobre sí misma, vaciándose de la falsa creencia en la solidez. Y en un abrazo sin substancia hicimos perecer dulcemente a los accidentes del universo. Quedó, flotando o lo que pueda parecerse a flotar, un beso sin labio, un recuerdo sin memoria, un amor sin corazón, un triunfo sin triunfador, un único partícipe de la esencia sin que quedase una esencia para ser señalada.

Desde entonces me quedé con el orbe entre mis brazos, como el que sostiene a un niño recién nacido. Lo llevaba a que el sol irradiase suavemente su blanca y delicada piel; lo posaba sobre mi pecho a la hora de dormir, dejando que el latido de mi corazón acompasase sus sueños; le recitaba oraciones antiguas de protección; lo separaba del frío con mi única y desplumada ala pero lo bastante amplia como para darle por unos instantes la sensación del hogar. En cada beso quise transmitirle un acto; en cada acto, una nueva visión de la existencia; en cada visión, una penetración del Infinito. Y en la respiración de todos los personajes se fueron diluyendo los personajes de la sagrada comedia, y en el paso del viento, que acariciaba mientras se llevaba todas las nociones, creí ver que en nuestro más íntimo ser no deseamos nada para nosotros mismos, aunque pocos lo confiesen.

Yo soñaba en estas cosas hasta que me desperté con el sabor agrio que deja el sueño cuando encontramos que nos ha trasladado misteriosamente de posición durante su transcurso. Una tristeza por lo insatisfactorio que es todo lo que no sea obtención de la totalidad me dejó postrado en el lecho más tiempo del necesario. Las ortigas del pensamiento irritaron mi corazón cuando desgrané la insuficiencia de los actos consumados y por consumar, como queriendo dejar que el desaliento me atenazase para eximirme de responsabilidades. Deposité el cetro en el suelo y me senté en un rincón a rememorar cada paso de mi aspiración, en un deseo de poder señalar más tarde, reconociéndolos, los colores que había imaginado según me los hubieron presentado los genios de otros mundos. Muchas de esas tonalidades, ¡ay!, las tengo olvidadas para siempre: el viaje no había hallado las cumbres de Shambhala. Pero al menos aprendí aliviado que el sufrimiento de los seres, algún día, será librado de sí mismo, sea por medios sublimes o brutales, sea en la Iluminación o en la Conflagración universal; y tal día el Todo cantará su canción de merecido silencio, un silencio de clamor obedecido, un silencio atronador como la Naturaleza sin principio, ni final, ni carácter sagrado ni mundano.

*

[Música: Michele Stratico, Concierto para violín en Sol menor. II. Grave. Stratico, alumno de Tartini, es un buen ejemplo del cosmopolitismo de su siglo y una muestra del vínculo entre Oriente y Occidente: compositor de la Zadar veneciana, hoy croata, provenía de una familia de origen cretense, aunque su formación musical es eminentemente paduana.]

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Si quieres lavarme, desde lo alto de mi cabeza siempre correrá el agua clara, y en todas mis acciones me encontrarás como el oro puro, que se ve rojo al ser frotado con la piedra de toque, y cuya superficie no atacan el negro orín ni el moho y conserva siempre su genuino esplendor.

Teognis, Elegías, 447-452

Es grato grabar en un árbol sagrado versos de júbilo para revelar los hados.

Calpurnio Sículo, Ecl. I 39-40

Justin Sweet - Fifth sourcerous

Un valle en el que todos los amores sean legítimos, un caballo al que monte el paladín insobornable, un trono ocupado por el noble, una adicción a la compasión ilimitada, una hermandad entre los seres dotados de sensibilidad, un libro que convenza inevitablemente de la vanidad del siglo a su lector, un arte que glorifique lo eterno de lo efímero y la impermanencia de lo aparente, un gesto que concuerde con la virtud, unas rodillas dobladas ante los victoriosos del espíritu, un silencio atento a la tradición, un cuidado de no pisar ningún insecto, un ejército conformado por gimnosofistas, un simbolismo comprendido por los grandes raciocinios, una jurisprudencia asentada por ascetas, una música cuidada de no alterar los humores ni alejarlos del equilibrio que el ánimo precisa para autocontemplarse.

Un señorío ganado por la pureza de corazón, un enjambre de sonrisas a cada paso, una ceremonia real en la que se corone al héroe ajado por el desprecio y meditabundo, un bautismo de verdugos del sufrimiento, unas palabras que venzan definitivamente por su tono, una barriada en la que cada hogar sea un palacio de la misericordia, una familia de templos andantes, una virginidad interior a la que ningún cuerpo pueda violar. Una oda infinita y hospitalaria a la que se puedan sumar rapsodas con sus versos, labriegos con el soniquete de sus azadas y las alimañas del bosque con el traqueteo de sus pezuñas.

Gurney-Dinosaur Parade

Un viento que sintamos como el beso del universo, una entrega de brazos abiertos a ese momento del día en el que todas las criaturas libres somos susurradas por lo sublime de lo sin principio, una grandeza a la que nunca se pueda colmar señalando esto o aquello, sino solamente aproximándose a ella con nuestro carácter, despojándonos de ataduras profanas, de rencores de niños malcriados, de despotismos tumorales. Una verdad sin velos, un velo sin necesidad de descubrirse, una alegría en todo lo que alegra y una piadosa esperanza ante todo el dolor que atenaza a todas las mentes, mentes que son la nuestra con cierto desfase horario. Una utopía, en fin, que no será sino ternura afectuosa para con la impotencia de las utopías, una aceptación de la imposibilidad de aceptación, cálido bálsamo para el desgarro de aquellos nervios rotos que no pueden sino ser ya insensibles a los bálsamos.

Allí habremos de vivir, así habremos de rodearnos nosotros los utopistas, alimentando naciones en nuestro interior. Y esas naciones, a pesar de las guerras invasoras, siempre sobrevivirán a saqueos e incendios si se renuevan como los territorios legendarios que ocuparon uno tras otro los continentes, en sucesión, reinos devorados por imperios e imperios que se desmiembran en aldeas, sabiendo que también mueren las utopías como muere todo lo que se atrevió a nacer, y como todo lo nacido puede engendrar herederos en una inconmensurable cadena de dichas y aflicciones.

James Gurney - Garden of Hope (Dinotopia)

[Música: O. Respighi, Feste romane. III. L’Ottobrata]

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El romanticismo aparece allí donde unos hombres sienten la imposibilidad de continuar la realidad y asumirla, o de combatirla. En este sentido es una actitud arcaizante, signo de decadencia de una civilización.

J. Mª. Alsina Roca, El Tradicionalismo Filosófico en España, p.253

La fantasía se ensimisma morbosamente y el espíritu se consume en errores visionarios, pues el mundo no le presta ayuda alguna.

F. Schleiermacher, Monólogo III 77

Los grandes hechos de todas las épocas se confundían en mi pensamiento como llamas, e igual que en una tormenta se van uniendo entre sí las gigantescas imágenes de las nubes del cielo, así se unían, así se transformaban en mí en una victoria infinita las cien diferentes victorias de las olimpiadas.

F. Hölderlin, Hiperión, I 1

Desde finales del siglo XVIII no ha aparecido ningún tono nuevo, ningún nuevo acento expresivo que sea realmente valioso. Somos el negro y desabrido coleteo de los románticos. El Siglo de las Luces llegó a tal extremo en su arte de descomponer que hasta a la diosa Razón se la bajó del pedestal en el momento mismo en que fue deificada. Los románticos fueron los primogénitos de los ilustrados. Su movimiento fue intensa y legítima aspiración, pero ausencia de método. Leemos a estos soñadores del XIX para sentirnos confirmados o refutados, pero no vemos señalada ninguna escalera con nitidez. Hace falta una afinidad innata para que su efecto perdure en nosotros. ¿No hay resabios de belleza divina y de suprema verdad enzarzados entre los hinchados verbos de Hölderlin, Schlegel, Fichte, Schelling, Herder, Brentano? ¿Y no los hay entre los trazos de Caspar Friedrich o de Delacroix? Sí, ¿pero de qué sirven? La mayor parte del tiempo no dejan de dar vueltas sobre los mismos conceptos y las mismas sensaciones, confundidos, contradiciéndose, cambiando de rumbo para volver de nuevo al rumbo inicial. La plenitud es al romántico lo que la razón para el ilustrado: una espiral ascendente que a veces se detiene en un nivel o incluso desciende otra vez. Si, a pesar de no ser uno de ellos, se tiene el proyecto de sostenerse en lo más alto de sus mejores experiencias, más útil que leerlos será entonces el hacer postraciones y entonar cantos gregorianos. También nos seducen una y otra vez los arpegios eólicos de Chopin, la poesía sonora de Schumann, la extrañeza espectral de Schubert, la catábasis y anábasis de Liszt, la ensoñación cromática de Berlioz… pero no nos hacen oír el Silencio salvo durante unos pocos compases.

Amo a los románticos, los siento encarnaciones previas de mi ciclo transmigratorio, los releo, los imito sin proponérmelo, los busco, los escucho en sus nocturnos y baladas para piano. Pero no darán la paz eterna. Son solamente el primer paso -y eso ciertamente ya es mucho- en un camino que prosigue y se afianza en la obediencia a una ley disciplinaria. Uno se alista al regocijarse en la gloria de un brillante estandarte, pero se vence en la batalla mediante el rigor marcial. Es natural que el romanticismo, mientras suspiraba por tiempos antiguos y medievales, se comprometiera precipitada y confusamente con las revoluciones liberales, soñando con Arcadias sin pensar en la paciente trabazón de los siglos y de los maestros.

Guerin - Prince de Talmont

El ilustrado, al obsesionarse en que su conocimiento no tuviese fisuras, se quedó mirando a la superficie. Prefirió perder de vistas las grandes verdades con tal de afianzar verdades menores. Es por ello que el mundo moderno ha sido hasta hoy un sinfín de éxitos minúsculos envueltos en un inmenso fracaso. La reacción fue el romanticismo: un intento de regreso abreviado a la fuente. Ciertamente, la velocidad de los acontecimientos y la sequedad arrasadora del positivismo y el utilitarismo llamaban a la urgencia. Demasiado decididos o demasiado dubitativos, buscaron sin la paciencia de la madurez, y la mayoría encontró la muerte en la juventud, sedientos por la avidez de estallidos. Los que escaparon de la muerte cayeron presas de la locura, o encontraron acomodo en oficios institucionales habiendo mitigado ya el orgullo que se negaba a pactar con el mundo.

Intuyeron los jóvenes alemanes postrevolucionarios -seguidos por el resto de europeos- que sacrificar las verdades menores de un solo golpe era imprescindible para alcanzar de nuevo la idea de una verdad total. Acertaron en parte. En efecto, las ciencias, tal y como se cultivan desde entonces, si no son acompañadas de comentarios sapienciales, sólo distraen la atención del hombre. Y así tantos saberes que, en una sociedad mezquina como la que dejaba con su salida el Siglo de las Luces, no ayudaban más que a apuntalar frivolidades, arrogancias y mezquindades. Pero no se puede prescindir del método humanista depurado por los siglos. Las artes liberales daban al cristiano un cimiento desde el que levantar catedrales, repletas de geometría, de simbolismo, de retórica y astronomía incluso. Las almas más sencillas se contentan con mantener sosegado su fuego en la penumbra de la capilla. Pero un corazón más grande, como catedral interior que es, precisa de una ordenación, de un sendero, de un apostolado. Estudiando en la universidad, los románticos arremolinaron ideas ilustradas con anhelos medievales, y quisieron explicar los segundos con las primeras y las primeras con los segundos. Más allá del vínculo universitario y filosófico, otros se fijaron directamente en el arte y en la naturaleza. Pero ninguna belleza te hará sabio si no la pones al servicio de una sabiduría previa. No tener eso en cuenta fue, como se ha dicho, el error cardinal de los románticos. Ellos pretendían alumbrar toda luz a partir de la unión directa entre su propio interior y lo bello. Pero lo bello tiene un simbolismo que no se improvisa, un simbolismo que puede ser revelado, pero difícil es que no sea en parte educado, ni aun en el mejor de los casos. Ningún hombre, salvo un elegido de los Cielos, puede discernir él solo todo el drama cósmico a partir de los indicios, de los vestigia Dei. Es por eso que han existido la Iglesia y las Escrituras, es por eso que los místicos se formaban en la dura ascesis. Es por eso que hubo una Academia y una Estoa en Atenas, y un continuo de bodhisattvas que se reencarnan en Asia una y otra vez para no dejar de recordar nunca el camino al peregrino y de adaptarse a las inquietudes particulares de cada espíritu.

George_Gordon_Byron,_6th_Baron_Byron_by_Richard_Westall_(2)

Demasiado centrados en sí mismos, estos hombres nuevos carecieron de la paciencia para buscar analogías exactas entre su ser y el del mundo de los principios. En cualquier caso, en la Grecia idealizada de un Hölderlin, en la noche simbólica y cristiana de un Novalis, en la humanidad transfigurada de Schleiermacher, en los tiernos paisajes de un von Eichendorff, en la dramaturgia mistérica de Wagner, en todos ellos se anuncia una metamorfosis interior. Cada uno de ellos vislumbra o recae periódicamente en un conato de iluminación; para asentarla y domarla finalmente hará falta una disciplina, un maestro o un claustro. Pero ahí están, advirtiendo de la opacidad de las vías trilladas y señalando erráticamente otras vías de salvación. Un romántico es alguien que muere de nostalgia infinita. Un monje es alguien que se propone satisfacer esa nostalgia. Una persona pueril es la que no se apercibe de que siente esa nostalgia.

Se me hace inevitable volver a los románticos, reflejarme en ellos, expresarme como ellos, sentir y pensar exactamente igual que ellos. Nada de lo que pienso o escribo deja de ser romántico. Pero sé que es debido a que estoy extraviado en el juego cósmico. Nunca me libraré del romanticismo ni aun nutriéndome de una fuente más antigua, de la que los alucinados alemanes también abrevaron a cucharadas. Difícil es que deje de mirar el mundo con sus lentes. Porque su desazón y su formación son los míos, su intención y sus hábitos son los míos, y el triste sino de haber nacido en un mundo en guerra con el Espíritu es, de hecho, todavía más nuestro que suyo. Todos creemos ser hoy un sucedáneo del romanticismo, pero si, como sucede, ya no parece haber hueco para el modelo genuino, se debe a que nadie tiene ya la más mínima esperanza de restauración y muy pocos la suficiente jugosidad de alma. Ni siquiera parece haber, pues, posibilidad de suspirar por iniciaciones perdidas. Pero sé que no puedo ser el único, estoy convencido de que en muchos corazones todavía latirá consciente ese pálpito, ese ritmo acelerado que clama, al menos, por que le presten a uno algún ídolo ancestral para postrarse.

Habrá que cuidarse, entonces, de los delirios demasiado agitados. Habrá que centrarse en la visión luminosa, en la pacificación unificadora de la naturaleza, en los acordes sutiles de la lira cósmica, y escudriñar a los demonios que susurran en forma de acúfenos y embotan las almas de los paladines extraviados con imágenes tenebrosas y suicidas. Porque el romanticismo es el impulso enérgico y decidido hacia el Todo, impulso demasiado afanoso como para detenerse a meditar sobre el viaje. Tiene la duplicidad de todos los entusiasmos: el peligro de las prisas y la grandeza de la amada posibilidad. Puede ser la mejor versión europea de la bodhicitta más pura… y también puede ser el peor de los monstruos que surgen cuando la razón sueña. Sus visiones pueden ser como las de los santos medievales, pero pueden igualmente repletarse de fantasmas, anhelosas soledades, amores frustrados, circunspectos paseos entre ruinas de templos demolidos… y acabar en cadáveres flotando sobre el río. Si uno, por lo tanto, se incardina en este raíl sin raíles, no habrá de perder de vista, so pena de muerte, la Luz de lo Alto, no sea que le suceda como al impetuoso Orfeo y pierda para siempre la plenitud de su Eurídice al volver tras sus indecisos pasos.

La primera generación de románticos estalló en mil colores y acabó en tantos desdichados finales como previos embravecimientos hubo. Ahora, en este apéndice de la historia al que se nos ha expulsado, ahora la enésima generación habrá de hacer malabares para no perecer a manos de todos los males posibles; para ello habrá de reunir los heroísmos y las nostalgias de todas las sabidurías de todos los tiempos, con todos sus matices, con todas sus fuerzas compensatorias para no descarriar todo el fervor acumulado a través de siglos, pero nunca diluirlo, y destilar un rumbo al fin certero, una llama simple a fuerza de hallar lo común en la hermosura de todos los hombres, de todas las razas, de todas las estirpes alumbradas por los dioses, de las que descendemos.

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[Música: F. Liszt, Soneto 104]

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