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Archive for the ‘Apostolado’ Category

Aquel cuya sonrisa le embellece es bueno; aquel cuya sonrisa le desfigura es malo.

Proverbio húngaro.

Cuando sonrió el hombre, el mundo lo amó. Cuando rió, le tuvo miedo.

R. Tagore, Pájaros perdidos, 299

No hay torsión más grácil que sus labios cuando un detalle, material o narrado, enternece a su facultad lúdica. Puente combado entre dos almas, la expresión de su rostro agiliza el entendimiento y muestra sus perlas blancas, sin ruido, con la suavidad de un orfebre que exhibe su  preciosa creación. Su sonrisa, la de cualquier ser humano, cuando brota de la gratitud a la vida y no del rencor satisfecho, alcanza reinos que difícilmente cupieron en silogismos, mandamientos, decretos y mapas. Hay en el mundo, ciertamente, muchos más motivos para llorar que para sonreír. Pero la exquisitez de un instante en el que simplemente se acaricia el terciopelo de la dicha plácida con el rostro nos convence de que hay un gozo en persistir en el navío del tiempo y en el amansamiento de los heridos. Heridos que van olvidando cómo dar gracias a todo lo que alguna vez saludó, saluda y saludará al mundo, a todo lo que una vez fue, es y será, a todo lo que sugiere que la candidez cuenta, más que con visado para el desangramiento, con la llave maestra de beatitudes agriamente tentadas por quienes desconocen ya el secreto del carácter.

La brisa en el verano, el color de los almendros, el despiste de una paloma, el beso entre dos niños, la coincidencia entre indumentarias, el tropiezo sin consecuencias, el recuerdo embellecido, el ideal inalcanzable, el bordado insuperable de un encaje, la suavidad de un mármol, la sonrisa ajena, la noche repleta de esperanzas, el amor incondicional, la belleza inesperada, el iluminador retruécano, los ojos que rebosan sinceridad, la melodía flotante que desde algún rincón de nuestra alma intuíamos tenía que existir… Motivos dignos de celebración, de grata aserción, de tolerancia afectiva, dulce pacto con el devenir, alegría discreta. Y es por cosas así que sonríe mi rostro o sonríe el suyo, trasladándose el gesto de uno a otro, ensamblando identidades. Su sonrisa, la de cualquier ser humano -e incluso la de cualquier criatura con la musculatura apropiada en torno a su hocico-, es un ídolo al que no renuncio. Incapaz de nada importante por sí misma, se expande en el momento en que le presto mi devoción, mi apostolado. Y es que allí encuentro la tan frágil justificación de la humanidad, el sentido de la existencia, no otro que la alegría serena por haber firmado gozosa paz con el instante, cualquiera que éste sea, instante que, bien lo sabemos, fluirá y se perderá en el horizonte con el imparable caudal amazónico de las edades.

Cherry Blossom by Emile Vernon, 1916

[Música: Rudolf Friml, Iris.]

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Viva nihil dixi, quae sic modo mortua canto.

[“Nada dije estando viva, yo que ahora muerta canto así”.]

Sinfosio, Aenigmata 20, refiriéndose a la tortuga, cuyo caparazón servía de caja de resonancia para la lira antigua.

Cuando mi copa está vacía, me resigno a su vaciedad; pero cuando está a la mitad, me duele que no esté llena.

K. Gibran, Arena y espuma (1926)

Fuig-ne de la terra immoble,
fuig dels horitzons mesquins:
sempre al mar, al gran mar noble;
sempre, sempre mar endins.
Fora terres, fora platja,
oblida’t de ton regrés:
no s’acaba el teu viatge,
no s’acabarà mai més.

[“Huye de la tierra inmóvil,
huye de los horizontes mezquinos:
siempre al mar, al gran mar noble;
siempre, siempre mar adentro.
Fuera tierras, fuera playa,
olvídate de tu regreso:
no se acaba tu viaje,
no se acabará nunca más.”]

J. Maragall, Excèlsior (1895)

A todos los seres. A todos y cada uno de ellos. 

Yo reposaba y soñaba que me encontraba frente a todas las naciones, todos los tiempos, todas las razas. Y, tras estos y otros velos, dormían latentes como embriones las criaturas unidas en su sensibilidad. Apartaba yo a las naciones, los tiempos, las razas, para, libre de obstáculos y perspectivas vidriosas, aproximarme al fin a los individuos en su rostro más simple, y admiré su expresión doliente. Una colección de fantasmas me pareció aquella visión, pues las almas, aturdidas por estertores del sinsentido, se mecían lúgubremente, como niñas aun vírgenes y maltratadas las unas, como dementes sin remedio las otras. Una lágrima se deslizó por mi mejilla hasta caer sobre mis manos y lubricarlas: así pude ungir con óleos de mi sangre a mis nuevos amigos, todos los que alguna vez suspiraron, al roce de caricias que yo mismo descubría sorprendido mientras las impartía como alimento en eucaristía. Quise decir cosas bellas y benevolentes, motivaciones para náufragos, azucenas para esclavos…. pero me olvidé del lenguaje, y tuve que recurrir a fórmulas mágicas heredadas de épocas de prudente fermento. Las sílabas del mantra fluían de mi boca como los meandros de una melodía de violín y llevaban sus colores simbólicos a las membranas de todos los seres hasta hacerlas partícipes de la resonancia compasiva que todo lo templa.

Entonces los cuerpos y las almas empezaron a brillar, y corolas de luz descendían desde los sonidos nacidos de la estirpe de mi aliento. Se fueron coloreando entonces a distinto ritmo y en innumerables colores, cada uno según su predisposición y sus posibilidades, desde los tonos más tenues hasta el blancor más puro, propio de los espíritus. Y las guirnaldas ensortijadas de mis fórmulas aprovechaban con delicadeza los interesticios entre las ilusorias fronteras de las criaturas y se iban enroscando en torno a todos. Una nueva vestimenta de plegaria y luz unía finalmente a las cosas como las vajillas de oro se acoplan por un mismo manto protector que las envuelve. Cumplida la promesa de los profetas, se fundió la derecha con la izquierda, lo alto con lo bajo, y el sufrimiento se repartió ecuánimamente hasta diluirse y pasar a formar parte de la historia atávica del tejido, como los anillos en el tronco milenario de los árboles o como los rasguños que permanece en los huesos soldados tras duras batallas. El cielo se hizo mundo y los seres me revelaron que no hablaba yo con nadie, pues nadie había que no fuera yo mismo. No encontré, pues, Unidad, pues aquélla aún puede desmembrarse: antes bien llegamos todos a la conclusión de que nada, ni siquiera la Unidad última, sufriría menoscabo alguno cuando el Tiempo dejase a la Vida reinar sobre sí misma, vaciándose de la falsa creencia en la solidez. Y en un abrazo sin substancia hicimos perecer dulcemente a los accidentes del universo. Quedó, flotando o lo que pueda parecerse a flotar, un beso sin labio, un recuerdo sin memoria, un amor sin corazón, un triunfo sin triunfador, un único partícipe de la esencia sin que quedase una esencia para ser señalada.

Desde entonces me quedé con el orbe entre mis brazos, como el que sostiene a un niño recién nacido. Lo llevaba a que el sol irradiase suavemente su blanca y delicada piel; lo posaba sobre mi pecho a la hora de dormir, dejando que el latido de mi corazón acompasase sus sueños; le recitaba oraciones antiguas de protección; lo separaba del frío con mi única y desplumada ala pero lo bastante amplia como para darle por unos instantes la sensación del hogar. En cada beso quise transmitirle un acto; en cada acto, una nueva visión de la existencia; en cada visión, una penetración del Infinito. Y en la respiración de todos los personajes se fueron diluyendo los personajes de la sagrada comedia, y en el paso del viento, que acariciaba mientras se llevaba todas las nociones, creí ver que en nuestro más íntimo ser no deseamos nada para nosotros mismos, aunque pocos lo confiesen.

Yo soñaba en estas cosas hasta que me desperté con el sabor agrio que deja el sueño cuando encontramos que nos ha trasladado misteriosamente de posición durante su transcurso. Una tristeza por lo insatisfactorio que es todo lo que no sea obtención de la totalidad me dejó postrado en el lecho más tiempo del necesario. Las ortigas del pensamiento irritaron mi corazón cuando desgrané la insuficiencia de los actos consumados y por consumar, como queriendo dejar que el desaliento me atenazase para eximirme de responsabilidades. Deposité el cetro en el suelo y me senté en un rincón a rememorar cada paso de mi aspiración, en un deseo de poder señalar más tarde, reconociéndolos, los colores que había imaginado según me los hubieron presentado los genios de otros mundos. Muchas de esas tonalidades, ¡ay!, las tengo olvidadas para siempre: el viaje no había hallado las cumbres de Shambhala. Pero al menos aprendí aliviado que el sufrimiento de los seres, algún día, será librado de sí mismo, sea por medios sublimes o brutales, sea en la Iluminación o en la Conflagración universal; y tal día el Todo cantará su canción de merecido silencio, un silencio de clamor obedecido, un silencio atronador como la Naturaleza sin principio, ni final, ni carácter sagrado ni mundano.

*

[Música: Michele Stratico, Concierto para violín en Sol menor. II. Grave. Stratico, alumno de Tartini, es un buen ejemplo del cosmopolitismo de su siglo y una muestra del vínculo entre Oriente y Occidente: compositor de la Zadar veneciana, hoy croata, provenía de una familia de origen cretense, aunque su formación musical es eminentemente paduana.]

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Escudo de armas del Vaticano en sede vacante.

Et, postquam uenerint ante sedem regis Jerosolime, Ypocrisis insusurret Ypocritis annuntians eis adaentum Antichristi. Qui statim occumint sibi cantantes:
Sacra religio iam diu titubauit.
matrem ecclesiam uanitas occupauit.
Vt quid perditio per uiros faleratos?
deus non diligit seculares prelatos.
Ascende oulmina regię potestatis.
per te reliquie mutentur uetustatis.
Tunc Anticliristas:
Quomodo fiet hoc? ego sum uir ignotus.
Tunc ipsi:
nostro consilio mundus fauebit totus.
Nos occupauimus fauorem laicorum.
nunc per te oorruat dootrina clericorum.
Nostris auxiliis hunc tronum occupabis: […]
Tunc Antichristus neniens ante sedem regis Jerosolime cantat ad Ypocritas:
[…] Ascendam igitur et regna subiugabo,
deponam uetera, noua iura dictabo.

[Después de que hayan llegado ante la sede del rey de Jerusalén, Hipocresía susurrará a los Hipócritas que el Anticristo ha venido. Ellos al instante se aproximarán a él, cantando: “La sagrada religión ya estaba en entredicho desde hacía tiempo. La vanidad se ha apoderado de la Madre Iglesia. ¿A qué viene este despilfarro en varones tan ricamente adornados? Dios no ama a los prelados seculares. ¡Alcanza la cima de la potestad regia! Gracias a ti cambiarán los recuerdos del pasado”. Entonces el Anticristo: “¿Cómo se podrá hacer esto? Soy varón desconocido” Entonces ellos: “Por medio de nuestros consejos todo el mundo te aceptará. Nos hemos ganado el favor de los laicos. Ahora gracias a ti la doctrina de los clérigos se vendrá abajo. Con nuestra ayuda ocuparás el trono […]”. Entonces el Anticristo se situará ante la sede del rey de Jerusalén y, dirigiéndose a los Hipócritas, cantará: […] “Así pues, subiré y someteré los reinos. Derogaré las leyes anteriores y promulgaré otras nuevas”.]

Ludus de Antichristo (s. XII) 28-32 (trad. de E. Castro Caridad en Dramas escolares latinos: siglos XII-XIII, ed. Akal).

Ecclesiam, Agni immaculati sponsam, vaferrimi hostes repleverunt amaritudinibus, inebriarunt absinthio; ad omnia desiderabilia eius impias miserunt manus. Ubi sedes beatissimi Petri et Cathedra veritatis ad lucem gentium constituta est, ibi thronum posuerunt abominationis et impietatis suae; ut percusso Pastore, et gregem disperdere valeant.

[Enemigos llenos de astucia han colmado de oprobios y amarguras a la Iglesia, esposa del Cordero inmaculado, y sobre sus bienes más sagrados han puesto sus manos criminales. Aun en este lugar sagrado, donde fue establecida la Sede de Pedro y la cátedra de la Verdad que debe iluminar al mundo, han elevado el abominable trono de su impiedad con el designio inicuo de herir al Pastor y dispersar al rebaño.]

León XIII, Oratio ad Sanctum Michael, 1890

Omnis enim libertas legitima putanda, quatenus rerum honestarum maiorem facultatem afferat, praeterea nunquam.

[Una libertad no debe ser considerada legítima más que cuando supone un aumento en la facilidad para vivir según la virtud. Fuera de este caso, nunca.]

León XIII, Libertas praestantissimum (1888)

[Dicit enim Ambrosius quod omne verum, a quocumque dicatur, a spiritu sancto est.]

Pues dice Ambrosio que toda verdad, dígala quien la diga, proviene del Espíritu Santo.

Sto. Tomás de Aquino, ST 2.2.172.5

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No han faltado en mi haber las jeremiadas por las transformaciones de la Iglesia católica en el último siglo, e incluso me declaré abiertamente sedevacantista (después me habría debido considerar sedeimpeditista al sospechar que la silla de Pedro pueda haber estado formalmente ocupada por el cardenal Giuseppe Siri). Tales opiniones son las que me han alejado de la fe en la que fui despreocupadamente bautizado y me han confirmado de forma consciente en lo que ya venía siendo una apostasía de facto. 

Sin embargo, son doctrinas orientales las que me han hecho rebajar el tono. Los ciclos cósmicos que reconocen las filosofías surgidas de la India, tan abiertas a tomar perspectivas más distantes de las peripecias históricas humanas, explican también el devenir de la Cristiandad, y la aprecian en su auge y en su decadencia. No es de recibo alabar al joven vigoroso y vilipendiarlo cuando, ya anciano, va perdiendo la lucidez y cuando se las arregla para caminar cojeando, agarrándose allí donde pueda. Aunque sigo pensando que, cuanta más novedad pide la humanidad malcriada en lo moderno, menos se la debería conceder en aras de contrapesar la tendencia a la molicie excesiva; aunque encuentro una contradicción entre el Magisterio eclesiástico que se conserva desde la época del imperio romano y todo el que se prodiga desde la revolución posconciliar; aunque entiendo bastante poco de las reformas de las últimas cinco décadas, empezando por el Novus ordo missae; aun con todo eso, me cuestiono si es que no hubiese alternativa. Los siglos han sido lo que han sido y han hecho mella hasta en las almas más aptas para la santidad. Ante los nuevos analfabetos del espíritu y de la disciplina, quizá no quepa más que rudimentos simplificados y lemas fácilmente memorizables por quienes ya carecen de memoria y de veneración por la fidelidad de sus ancestros. Reconozco también que almas diez mil veces más piadosas y beatas que la mía han abrazado el mensaje modernista, aunque por otro lado no se deba descuidar la posible piedad mayúscula que también hierva aún en las catacumbas tradicionalistas. ¿Acaso no fue una simplificación el amidismo, el budismo devocional de la Tierra Pura? La cronología budista comprende el estadio actual de sila-kala, la era de la virtud, centrada en la moral por encima de la práctica estricta, y aún anuncia el final Jina-matradharana, el periodo en el que, perdidos conocimiento y praxis, sólo se conservan de la religión sus símbolos vacíos. Incluso el profeta de los musulmanes advirtió de la condescendencia para quienes han dado con épocas de confusión y relajación: “Al comienzo del Islam, quien omita una décima parte de la Ley se condenará; al final, quien observe una décima parte de la Ley se salvará”.

No me atrevo ya a asegurar que los portadores del solideo blanco desde Juan XXIII (o, según algunos, desde muchos siglos antes) hayan sido antipapas. Ciertamente, el aparato legal canónico, herencia del ordenado derecho romano y no susceptible de abrogación según sus propios presupuestos, permite interpretar la existencia de una herejía modernista, sí (Unam sanctam, Mirari vos, Quanta cura, Pascendi, Lamentabili sine exitu, Immortali Dei, Qui pluribus, Singulari quadam, Aeterni Patris...), y es consenso de todos que un vicario de Cristo no puede ser hereje (solemnemente proclamado por la bula Cum ex apostolatus officio de Paulo IV), al menos cuando se pronuncia infaliblemente ex cathedra, so pena de perder ipso facto su condición de vicario de Cristo, dado que es imposible establecer como dogma de la Iglesia una proposición que contradiga a otro dogma aceptado; pero, por otra parte, las religiones mutan como mutan los cuerpos, y, por muy indeseable que sea la mutación de la doctrina que nos advierte de dichas mutaciones, es tan inevitable como anunciado está en la naturaleza de todas las cosas. Una tradición ha declinado a todos los niveles (místico, doctrinal, litúrgico, escolástico y artístico) a lo largo del siglo XX, y es la tradición cristiana latina. ¿Qué hacer ante dos afirmaciones contradictorias, máxime si la primera advierte de que no podrá ser alterada por la segunda y máxime cuando la segunda se legitima a sí misma por ser heredera tradicional de la otra? Toda solución será paradójica, como paradójico es todo lo sagrado. Parece que, rota en la latinidad la dicotomía entre exoterismo y esoterismo, se dice ya todo en el mismo tono, lo cual es ciertamente difícil y peligroso. Pero, al igual que la física de Einstein no invalida la de Newton sino que la abraza y trasciende, algo parecido podría quizá decirse del catolicismo modernista respecto del tradicional, sin que muchos entendamos muy bien cómo ha de articularse tal cosa para evitar entre los fieles -almas necesitadas de directrices nítidas e impresionantes- la proliferación de todos los errores.

No es que las aparentes contradicciones no hayan florecido entre los documentos magisteriales. Por ejemplo, el conciliarismo del Concilio de Constanza fue condenado por el IV Lateranense o por la constitución Pastor aeternus, y el Sínodo de Pistoya fue condenado por la bula Auctorem fidei de Pío VI. Pero ante casos de ese tipo, o bien la nueva declaración declara nula e inválida a la anterior (entendiéndola como no inspirada por el Espíritu Santo), o bien se acomodan entre sí mediante sutiles interpretaciones. El llamado Concilio Vaticano II, por su parte, parece no tener precedentes en el número de tradiciones que cuestiona, dejando a un lado sus defectos formales de promulgación y demás. Aun pretendiéndose ante todo un concilio pastoral y no dogmático, ha suscitado una transformación de las creencias mayoritarias de los fieles como ningún otro evento en la historia.

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La verdadera doctrina católica es amorosa y perdonadora, pero también, en otro plano, dura y excluyente, pues extra Ecclesia nulla salus. Nunca se ha rechazado el margen para la salvación por la Gracia y, lo que es más importante, siempre se ha animado al amor incondicional por los no creyentes: Absit vero, ut catholicae Ecclesiae filii ullo unquam modo inimici sint iis, qui eisdem fidei caritatisque vinculis, nobisenm minime sunt coniuncti, quin immo illos sive pauperes, sive aegrotantes, sive aliis quibusque aerumnis afllictos omnibus ebristianae caritatis ofliciis prosequi, adiuvare semper studeant… [“Lejos, sin embargo, de los hijos de la Iglesia católica ser jamás en modo alguno enemigos de los que no nos están unidos por los vínculos de la misma fe y caridad; al contrario, si aquellos son pobres o están enfermos o afligidos por cualesquiera otras miserias, esfuércense más bien en cumplir con ellos todos los deberes de la caridad cristiana y en ayudarlos siempre…”] (Pío IX, Quanta conficiamur, 1863). En general, todas las tradiciones ponen el énfasis en que es su tradición el mejor camino, si no el único, para culminar el sendero espiritual. Quizá lo enfatice todavía más el catolicismo. Y es que fue una religión surgida en el desierto para pueblos de corazón duro.

Quizá simplemente sean pocos los que se salven (Mt 7:13-14; Nt 22:14; Lc 13:22-27; Rm 9:27), y muchos estén condenados a la confusión, mientras que otros estamos muchos hoy llamados al exilio espiritual: demos gracias de que el mundo actual nos ofrece, como contraparte, la posibilidad de conocer y practicar casi todas las tradiciones que persisten. Aunque una religión ha de violentar el ego y las concepciones asentadas y acomodadas de cada uno, y por ello no basta como motivo el sentirse un poco encorsetado para abandonar la vía, no deja de ser cierto que, cuando se siente una violencia psíquica inaceptable, un choque doctrinal o ritual que chirría una y otra vez en nuestra cabeza o en nuestro corazón por mucho que amemos y veneremos las Escrituras y los ejemplos de los grandes santos, es claro que no estamos destinados a esa comunidad de fieles. No hemos de perder ningún vínculo con la comunidad humana, pero eso no nos obliga a permitir al credo que comparten nuestros hermanos moler nuestras expectativas a fuerza de un deseo pueril de encajar entre los vecinos. Es por ello que, muchos de los que fuimos bautizados como católicos romanos, no hemos logrado mantener una práctica modernizada en la que no vislumbramos ya el Misterio. Entre esta imposibilidad y la de hallar sin asomo de duda un linaje sacerdotal formalmente válido que pueda consagrar y administrar los sacramentos bajo los auspicios de la tradición bimilenaria (¿quizá en la Petite Église?), no queda otra opción sincera y ávida de plenitud que salir a explorar la presencia del Espíritu Santo en otros enclaves.

Hay que decir que la apertura sorprendente a lo que no es la propia religión no se ha dado únicamente en la Iglesia. También el actual Dalai Lama ha tenido sus más y sus menos con su comunidad Gelug. Algunos fieles al protector Dorje Shugden han producido un auténtico cisma que ya no conoce a Su Santidad como al líder de la escuela, inclinándose más bien hacia el Ganden Tripa (líder oficial de la escuela pero que, por su parte, está en comunión con el Dalai Lama). El Dalai Lama parece ser, en algunos aspectos, un entusiasta del modernismo, aunque, como sucede con los líderes espirituales orientales, parece tener dos voces: una para el desarraigado Occidente y otra para su propia comunidad tradicional. Lo que tienen a favor todas las religiones en cuanto a su capacidad para conciliar lo antiguo y lo moderno, salvo la católica, es la carencia de un corpus legislativo dogmático, exhaustivo y perfectamente archivado, que cierra multitud de posibilidades y hace saltar las alarmas del rigor en cuanto una contradicción lógica puesta en negro sobre blanco es pronunciada ex cathedra o en nombre del Espíritu Santo durante un concilio. Los católicos modernistas han querido hacer flexible una religión que ha ido estrechando sus márgenes a lo largo de dos milenios mediante bulas pontificias, encíclicas, actas conciliares y constitutiones apostolicae. Por ende, la Iglesia, para seguirle el paso al mundo, tiene que aprender a perder los sellos que llevaba en su esencia: la racionalidad legal y la fidelidad a su propia tradición documental. Pero con ello se olvidan las palabras del Maestro: “El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama “ (Mt 12:30); y “nadie puede servir a dos señores” (Mt 6:24). No es agradable tener que elegir, ni es agradable tener que disciplinar las propias inclinaciones de uno, habitualmente inclinaciones hacia el siglo. Pero de eso trata en buena medida la religión: en desafiar lo fácil para obtener lo puro.

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Sea como fuere, hay una institución a la que mil millones de personas dicen creer en todo o casi todo. Si fuera cierto que la Iglesia católica no existe ya a plena luz del día y pervive, en cambio, oculta en unas pocas parroquias leales al misal tridentino, al menos podemos suponer que en cualquier caso existe en su lugar algo todavía beneficioso, aunque sólo fuera por la mención constante de conceptos como la caridad o la paciencia. Y, por muy poco beneficioso que fuera, por más que fuera el cumplimiento del Tercer Secreto de Fátima o el anuncio del fin de los tiempos, aun con todo, visto lo visto, seguiría mereciendo protección frente a la ola de zafiedad indisimulada, inmoralidad libre y grotesca que invade nuestro mundo completamente profano y materialista hasta lo inimaginable. Ante el diluvio de las costumbres, una herejía ya ni siquiera parece el peor de los problemas. No afirmo, pues, que no haya habido un desfile de herejías que invaliden la pretendida sucesión apostólica de los últimos papados; más bien intuyo que, aun cayendo en lo que para el Magisterio infalible era visto como herejía, todavía es seguramente posible permanecer en una misteriosa comunión con la Santa Iglesia invisible, aunque ciertas proposiciones magisteriales den a entender lo contrario. Pero no hemos de limitarnos a tolerar un mal menor: los seres mediocres no somos quienes para conceder permiso de existencia a todo un imperio de almas volcadas en prácticas que ya nos son ajenas, si es que alguna vez no lo fueron. Habida cuenta de la confusión doctrinal, de la que muchos teólogos y la mayoría de los fieles no puede discernir ni una pequeña parte (dos milenios de legajos, cánones y decretos en latín dan para una investigación inabarcable), la única opción plenamente legítima radicaría en dar mucho amor y repetir sin cesar el nombre de Jesús, como acostumbran a hacer los cristianos orientales. Y solamente podemos y debemos hacer una cosa quienes ya no comulgamos con la asamblea de la Iglesia: desear que clero y feligreses acierten en su rumbo indiferentista y rezar para que todo salga finalmente como las profecías prometieron (aunque algunas, como la de 2 Ts 2.3-4, anuncien el paso del Anticristo por la Santa Sede) para regocijo de los cristianos. Deseemos desde fuera del templo que el argentino Francisco, reconocido por muchos como obispo de Roma, sea digno de la Apostólica Sede y un auténtico iluminado, un reformador certero y necesario que al menos ha sabido reconocer la preocupante relación del hombre moderno con la naturaleza (encíclica Laudato si), un hombre santo y sabio y no un populista superficial y desnortado, a pesar de lo que de él dicen los sedevacantistas (impresiona, desde luego, el volumen de casi dos mil páginas en el que se cotejan todas las declaraciones dogmáticamente cuestionables de Francisco a la luz del Magisterio bimilenario). Y lo mismo con quienes lo precedieron y con quienes lo sucederán. Doctores tiene la Iglesia para hablar más allá. Y más allá, a la postre, todo queda en manos de Dios.

Probablemente los católicos tradicionalistas, en su tono apocalíptico y anatematizador, dirían que mi postura, más que heterodoxa, es apóstata, puesto que no me reconozco católico. Los budistas, más pragmáticos, probablemente me preguntarían por qué me dedico a dirimir cuestiones de una religión que ya no es la mía en vez de dedicar ese tiempo a mi propia práctica espiritual. Los posconciliaristas, aunque quizá molestos por mis reservas a sus innovaciones, acaso fueran los que, en su habitual espíritu de concordia cosmética, mejor recibirían mis palabras. Pero, como ya he dejado caer, pienso que, precisamente, quizá lo más útil de las religiones en el término inmediato sea el espoleo del alma mediante la desaprobación de nuestras actitudes, nunca lo suficientemente buenas, nunca lo suficientemente justas y nobles. Aunque la Verdad requiera firmes defensas aproximadas y aun el sacrificio de la propia vida, es igualmente cierto que, cerca ya de sus más elevadas manifestaciones, en el silencio expresaremos nuestra más elocuente atención al Misterio; y con nuestros actos, nuestros amores y la conciencia inefable de lo infinito hablaremos con más autoridad que barajando cánones y excomuniones.

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[La primera de las músicas es Congaudeant catholici (“Regocíjense los católicos”) (Codex Calixtinus [f. 214 -185-], Magister Albertus Parisiensis) del s. XII, la primera composición polifónica a tres voces conservada en Occidente. Conmemora la festividad de Santiago y su texto es el siguiente: Congaudeant catholici, / letentur cives celici, / die ista. / Clerus pulcris carminibus / studeat atque cantibus, / die ista. / Hec est dies laudabilis, / divina luce nobilis, / die ista. / Qua Iacobus palacia / ascendit ad celestia, / die ista. / Vincens Herodis gladium / accepit vite bravium, / die ista. / Ergo carenti termino / Benedicamus Domino, / die ista. / Magno patri familias / solvamus laudis gracias, / die ista. La segunda música es de W. A. Mozart, de la celestial Große Messe in c-Moll KV 427, II. Gloria (Cum Sancto Spiritu). Quizá sea ésta la misa de ordinario más brillante e inspiradora jamás escrita, probablemente dedicada como voto matrimonial a Constanze Weber, quien cantó como solista en el estreno. El genio de Salzburgo murió pensándose católico y francmasón, y ello a pesar de la bula In Eminenti (1738) en la que Clemente XII había prohibido que los católicos perteneciesen a cualquier tipo de logia masónica, condena ratificada por Benedicto XIV en su constitución apostólica Providas romanorum (1751). Puede cuestionarse si un compositor divino como Mozart pudo o no haber sido hereje, pero más sorprendente sería reconocer, como se sospecha, que Juan XXIII o Pablo VI no dejaron de ser masones tras investirse la tiara papal, y ello choca aun más con la renovación de la condena de la masonería por parte de Ratzinger y Wojtyla. Parece bastante evidente que, para bien o para mal, el Vaticano está ya repleto de masones.]

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Without a comprehensive appreciation of bodhichitta, all Buddhist practice degenerates into spiritual materialism.

Dzongsar Khyentse Rinpoche, Not for Happiness, p. 112

Aquí presento las Ocho estrofas del adiestramiento mental (Tib. བློ་སྦྱོང་ཚིགས་རྐང་བརྒྱད་མ་, Wyl. blo sbyong tshigs rkang brgyad ma) de Geshe Langri Tangpa (1054–1123) en una versión versificada por un servidor. Se trata de un poema muy sintético y precioso que contiene lo esencial del Lo-jong, la importante literatura gnómica tibetana que prescribe las conductas virtuosas que cualquiera con aspiración a incrementar su boddhicitta puede ejercitar en cualquier encuentro con los demás seres. Para llevarlo en todo momento con uno mismo, la memorización es, claro está, altamente recomendable, si no imprescindible. El motivo de esta versificación es la rápida memorización para quienes carecemos de retentiva para los textos pero contamos con algo de musicalidad interna, que siempre ayuda a interiorizar aquello a que acompaña. El endecasílabo castellano dactílico acentual es el modo más sencillo que he encontrado para combinar facilidad y agrado a oídos del hispanohablante en la estructuración del poema. He procurado no ornamentar el lenguaje apenas por no envilecer la pureza del texto, pero tampoco he omitido del todo el cuidar la proporción y el buen gusto, que son también útiles para transmitir el significado del mensaje moral. Dado mi total desconocimiento de la lengua tibetana, me he basado en las traducciones inglesas y castellanas de Rigpa Translations (2012). Debo decir que sigo prefiriendo dichas traducciones frente a mi versión poética, puesto que conservan el mensaje intacto y en todo su poder original a pesar del vertido a lenguas occidentales, y aclaro una vez más, por si quedase la duda, que esta versión mía es un mero apoyo de la habitual. Deseo, en fin, que mi mano humilde y falta de fe no desmerezca la excelencia de tan insigne poema, dedicado a la iluminación de todos los seres, más valioso que todos los palacios de oro y que todos los estanques de lotos. Asimismo espero que ésta sea la primera versificación mnemotécnica de una serie que se prolongue en próximas fechas.

¡Que cunda la virtud!

Geshe Langri Tangpa (1054–1123)

1. Cual si valiesen los seres sintientes
más que la joya que todo concede,
por arribar a la máxima sede
siempre mi afecto prometo a las gentes.

2. Cuando con otros esté en compañía,
me pensaré del conjunto el más vano,
y acordaré desde mi ánimo llano
ver en aquéllos sin par primacía.

3. En mis acciones mi mente vigilo,
y en el surgir de pasiones funestas
a un lado haré y venceré a todas éstas,
riesgos que a todos nos ponen en vilo.

4. Cuando crueles yo encuentre a los seres
u oscurecidos por el sufrimiento,
ríndales yo por escasos mi aliento,
como si hundido entre alhajas me vieres.

5. Siempre que alguno envidioso me hiciera
daño arruinándome hundido entre escombros,
yo la derrota cargare en mis hombros
y a quien me hirió la victoria cediera.

6. Y hasta a quien yo despojase del ciemo
o de quien yo mucho hubiese esperado
mucho me hiera con saña afanado,
contemplarélo cual guía supremo.

7. Por sinuosas maneras o claras
toda mi ayuda a mis madres daré,
y en mi espaldar en secreto arriaré,
hechos ya míos, sus daños y taras.

8. Aprenderé a mantener este jugo
ya sin las ocho congojas mundanas.
¡Pierda yo afán de las cosas por vanas
y sin apego me libre del yugo!

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[El lama Tashi salmodia el mantra de Avalokiteśvara (Om Mani Padme Hum), el bodhisattva de la compasión, cuya principal encarnación es el propio Dalai Lama.]

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El que menos necesita del mañana es el que avanza con más gusto hacia él.

Epicuro, Fr. 78

Nuestro esfuerzo para llevar a cabo nuestros deseos inmediatos es pequeño:
no culminamos ninguna de las muchas actividades que realizamos.
Véjala, desata tu furia contra el centro mismo de la concepción que
[ocasiona nuestra ruina.

Dharmarakṣita, La rueda de las armas afiladas, 56

Aquellos que han cultivado así sus mentes,
como su alegría consiste en apaciguar el dolor de otros,
se adentrarían en el infierno de las Torturas Máximas
como un cisne lo hace en un lago de lotos.

Śāntideva, Bodhicaryāvatāra, 8.107.

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Las cadenas del sufrimiento no sólo son de las que retienen: son cadenas, ante todo, por componerse de eslabones de tiempo. Lo más fácil para asimilar esta verdad pasa por recordar concentrados todos los dolores de nuestra propia vida e intuir todos los que aún nos esperan. Cada sufrimiento pare a otro nuevo, y, al cabo, hay que cortar radicalmente uno para que los siguientes no prosperen. Si simplemente atenuamos unas condiciones, obtendremos frutos de podredumbre atenuada… que no dejarán de estar podridos. Es por eso, entre otras cosas, que vías “de la decadencia” como el cristianismo o el budismo incidan tanto en la compasión. Valoran el efecto destructivo de la desgracia sobre el corazón mucho más que a la desgracia en sí misma: es el primero el que hace preponderar a la segunda. Solamente contribuyendo a dulcificar radicalmente a las fuerzas oscuras del mundo es como el mundo evitará proseguir en la espiral de ignorancia y sobreexcitación que es causa de todos nuestros problemas.

Dice Nietzsche en su arenga anticristiana que la compasión “conserva lo que está pronto a perecer”, y que, “manteniendo en vida una cantidad de fracasados de todo linaje, da a la vida misma una aspecto hosco y enigmático”. La auténtica compasión parte, en efecto, de una sensibilidad irritable al dolor. Pero no se limita a cubrirlo con leyendas y con repartos de pan, que sirven más que nada de respiro temporal y de acicate para buscar una sanación mayor. Esta sanación mayor opta por fijarse en el hartazgo de la variabilidad fisiológica que supone la alternancia entre placeres y sufrimientos, que hace de nuestros actos y sentires estados cíclicos, ridículos juegos nerviosos de niño a vista de pájaro. No se trata de debilitar al fuerte, sino de reconducir su fuerza hacia donde es más necesaria, a saber: hacia la contención y aniquiliación de los desencadenamientos de fuerzas histéricas que todo afean y arrasan. Y no se trata de mantener al débil en su lecho, sino de empoderarlo, de otorgarle motivos para vencer su ajamiento, y convertirle en un rey que esté dispuesto a vivir por su reino y a morir por él.

Ary_Scheffer_-_Orpheus_Mourning_the_Death_of_Eurydice,_1814

Las cadenas del sufrimiento se ven por todas partes cuando uno se coloca ante los ojos, siquiera por un momento, las lentes de la quietud. Todas las tiradas de peripecias son tan penosas como los riscos de los acelerados meandros para los peces del río. Una corriente sin fin nos lleva de aquí para allá, de opiniones en opiniones, de afectos en afectos, de aversiones en aversiones, de costumbres en costumbres. “Basta ya -diría un sabio-: desembarázate de tu tesoro de aflicciones, al que tanto apego te une. Observa cómo los milenios y los linajes no han ido a otra cosa que a insoportables purgas del espíritu. Observa cómo casi todo lo que los hombres hacen va a favor de la mutación y en contra de la estabilización, en contra del ser. Sábete que lo que llamas penoso no es más que tu mente ansiando algo que no le incumbe. Corta las cadenas con tus pesares y toma las de los pesares ajenos, pues ellos son tan tuyos como los tuyos, como el agua de un remolino en un mar es la misma agua que la del mar vecino. Y, si logras estar de acuerdo con algo de todo esto, recuérdalo cuando en otro momento próximo lo olvides o lo rechaces, hábil como eres para mudar de preocupación y de verdad a cada rato y a cada hora“.

El sufrimiento no es más que levantar fronteras, y es que toda frontera precisa protección, y toda protección nos obliga a velar entre temores, y traga polvo tras cada invasión recibida. No habiendo frontera, no hay tampoco un mayor desprecio del propio pesar que del ajeno. La compasión no es condescendencia sin más, ni lástima por una visión que nos molesta y rompe la armonía del paisaje en que nos gozamos; la compasión es, por el contrario, saber que la criatura que se nos presenta a cada rato es un rey destronado, y que su consorte eres tú, y la corona es mirada soberana sin merma, como merma no tiene el noble linaje por mucha espada que quiera degollarlo. Como dice Śāntideva, “el sufrimiento no tiene un propietario, /  por eso en él no hay diferencias. / He de eliminarlo porque es sufrimiento. / ¿Para qué trazar límites?” (Bodhicaryāvatāra, 8.102). Por ello la vanagloria al respecto, como en cualquier otro caso, carece de sentido, “igual que cuando me alimento / no espero nada en recompensa” (8.116).

Cuando lloramos por compasión estamos entendiendo, al fin, nuestro propio problema: vemos resumen de nuestra estirpe, adelante de nuestro porvenir, y reflejo de nuestra alma en el presente de otro que cree ser otro. Y regamos el sentimiento de identidad con lágrimas, néctar de espontánea sabiduría. Pero, como señala La Bruyère (I 50), nos avergonzamos más de llorar en la tragedia que de reír en la comedia, igual que entre ciegos el lenguaje de los colores se aparece como ridícula huida de una prisión que había sido confundida con el mundo.

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[Música: Romance tradicional de Blancaflor y Filomena en la voz de Joaquín Díaz, basado en el mito griego de Filomela y Procne, una emocionante ilustración de los descabales desbarajustes de las acciones y pasiones humanas, amancebadas entre sí como amantes frenéticas que se desean sólo para odiarse.]

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¡Oh Roma en tu grandeza, en tu hermosura,
huyó lo que era firme y solamente
lo fugitivo permanece y dura!

F. de Quevedo, A Roma sepultada en sus ruinas

Predominan los moderados mientras se acerca el tiempo de una total atonía de los órganos superiores, hasta que venga la edad de la incredulidad práctica. Con la Reforma se perdió la Cristiandad, después de ella no existe más.

Novalis, Europa o la Cristiandad

Il est fort différent de rendre la vertu facile pour l’établir, ou de lui égaler le vice pour la détruire.

[“Es muy diferente hacer la virtud fácil para establecerla e igualarla al vicio para destruirla”].

Vauvenargues, Réflexions et maximes, 30

ANDREA DA FIRENZE The Church as the Path to Salvation (east wall) - Cappellone degli Spagnoli, Santa Maria Novella, Florence

Los siguientes apuntes sobre la religión en la que fui bautizado los he ido anotando desde hace tiempo, y no sabía qué hacer con ellos, puesto que no los considero de mucha utilidad ni para quienes, como yo, se han alejado tanto de la Iglesia tradicional como de la Nueva, ni para convencer a otros todavía fieles a alguna de las dos. Pero aquí están: no creo que sean más provechosos no existiendo, máxime cuando el poder de influencia social de esta tribuna es nulo. Reformularía, matizaría o eliminaría algunos de los fragmentos por reiterativos, superficiales o bruscos, pero la propia inanidad de la misión me desanima a ello. Además, ya me expliqué de forma algo más ordenada sobre la cuestión de la catolicidad en otra ocasión. Para mayor profundización, de entre toda la ingente literatura sedevacantista, destacaría La destrucción de la tradición cristiana de Rama Coomaraswamy.


1. El catolicismo está tan herido que precisa incluso el auxilio de los apóstatas que lo compadecen.

2. Muchos bautizados nos hemos alejado del catolicismo en la medida en que éste ha dejado de ser católico, es decir, universal, y, rizando el rizo de su devenir histórico, ha llegado a querer ser una religión tan particular que se ha alejado de lo que todas las religiones han asumido como normal desde el principio de los tiempos.

3. La estructura transnacional de la Iglesia, más que sugerir un deseo atávico de gobernar a todos los pueblos, se revela como un gran campo de refugiados para quien se quiera exiliar del mundo en embajadas del Cielo, sin necesidad de salir de su patria.

4. Para que el populista lo entendiese, habría que explicar que la Iglesia no es una institución opresora de las mentes, sino el sindicato de los espíritus, los cuales sí están, por su naturaleza, en permanente conflicto interno con las mentes.

5. Síntesis antropológica del budismo: nada hay más propio del yo que el sufrimiento, debido a que el yo no es el Yo auténtico. El Yo auténtico es la budeidad innata, tathāgatagarbha. Sufre todo lo que es agregado y sin substancia. Más o menos lo mismo dice el cristianismo en su lectura sapiencial, sustituyendo aquí y allá “budeidad” por “Espíritu Santo” (Mt 10.20; Gal 2.20; 2 Sam 23:2).

6. Sin su estructura imperial, la Iglesia no habría resistido ni un solo siglo a los bárbaros del norte ni al libertinismo cruel de griegos y romanos, ni a los señores feudales, ni a los estados modernos.

7. Cuando el Vaticano rebajó el tono, cuando abrió un banco y cuando se rindió a la comunicación de masas, el catolicismo aceptó lo peor de los protestantes, los judíos y los ateos.

8. A un sufí, a un lama tibetano o a un doctor de la Iglesia no les falta conocer nada de filosofías o ciencias modernas para llegar a un punto de intelectualidad máxima y conocimiento del mundo; les basta la ausencia de emociones distorsionadoras, y discernir entre la esencia y lo que deviene.

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9. En cuanto a disciplina tradicional, muchísimas más semejanzas tiene el catolicismo tridentino con el budismo tibetano que con el catolicismo modernista. Escolástica, severidad doctrinal con infiernos incluidos y pureza inalterable de ritos perviven hoy en casi todas las religiones tradicionales. ¿Por qué no en Roma si no es porque está cercada por los coquetos vampiros del progresismo?

10. Renunciar al catolicismo tradicional es también renunciar a las últimas participaciones que tenía Occidente en instituciones de la Antigua Roma, en la fase más grandiosa de la historia judía, en ritos mistéricos, en un misticismo secuenciado y acrisolado, en la purificación colectiva, en el último magisterio estoico, en la metafísica platónica, en la idea pitagórica de armonía cósmica, en la trifuncionalidad indoeuropea, en las claves simbólicas de quince siglos de arte hermético, en la retórica clásica y en las lenguas que hablaron los fundadores de Europa. Un católico practicante es alguien que todavía ama el linaje de Occidente.

11. En cierto sentido, no es más milagrosa la Resurrección de Cristo que el “ama a tus enemigos” del Sermón de la Montaña; en ambos casos se vulneran leyes biológicas.

12. En sociedades políticamente divididas y desatadas en sus pasiones como la Europa feudal, el control de la heterodoxia, con lo terrible que puede llegar a ser humana e intelectualmente, está estratégicamente justificado de cara a evitar la proliferación de identidades colectivas demasiado marcadas y, en consecuencia, de cara a evitar la proliferación de conflictos. El protestantismo, subdividiéndose al servicio de intereses étnicos o aristocráticos y conduciendo a guerras sin número, confirmó todos los temores que venía obsesionando a la Iglesia medieval. Dicho esto, la brutalidad del control fue en demasiados casos de lo más pecaminosa.

13. En cuanto elemento de cohesión social, el cristianismo ya ha concluido su misión histórica no menos que el clientelismo romano.

14. Uno sólo se libera de la Ley por estar más allá de sus exigencias, en caso contrario sencillamente repele sus dificultades, y en cualquier caso hay que cuidarse de no infundir esperanzas de una laxitud a la que no se llega sino por esfuerzo. “Mas tened cuidado, no sea que esta vuestra libertad de alguna manera se convierta en piedra de tropiezo para el débil” (1 Cor 8.9). 

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15. Los votos monásticos cristianos resumen la actitud moral de toda vía: castidad para destruir el deseo, obediencia para destruir el orgullo, pobreza para destruir avaricia e indolencia. En cuanto a las virtudes teologales, fe para entrar en la vía, esperanza para avivar la diligencia en ella, caridad para unificarse con el universo.

16. Lo que se ha destruido tras el Concilio Vaticano II nunca será rehecho teniendo a Roma por sede, salvo en virtud de un milagro. Una tradición se basa en el linaje, e, interrumpido éste, se pierde la pureza y totalidad de la doctrina, la garantía de ortodoxia para el feligrés y la bendición del Cielo.

17. La tradición cristiana tiene futuro en la medida en que lo tenga el sedevacantismo.

18. Roma coquetea desde hace medio siglo con masas despreciativas, exigentes, ignorantes, mezquinas y destructivas, y no en sus posesiones mundanas -como, por otra parte, hicieron siempre los clérigos corruptos-, sino en elementos doctrinales y litúrgicos. Educar no es seducir, pues educar no es más que marcar límites y trazados, y nadie puede ser educado contra su voluntad. Es preferible apartarse de quienes no quieren salvarse que de quienes, desorientados por malos guías, hubieran querido y podido obrar bien.

19. El humanismo narcisista ha triunfado en el mundo cuando en la iglesia uno ya no se arrodilla para recibir el Cuerpo de Cristo, cuando sacerdote y feligresía se miran entre sí en lugar de mirar juntos en dirección al sagrario, y cuando las palabras en pétreo latín de la tradición litúrgica inmemorial se sustituyen por las ocurrencias de quienes estarían próximos al ateísmo si se los probase un poco más.

20. Ahora sacerdote y feligreses se miran unos a otros como muestra de la última conquista del narcisismo en el mundo de la espiritualidad. No es que el sacerdote diera antes la espalda a la humanidad, sino que la humanidad, guiada por el sacerdote, miraba unida hacia el mismo centro, al mismo Oriente, pues ex Oriente lux.

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21. Muchos apóstatas lo son por no haberse movido del sitio: al transformarse la religión en la que creían se han quedado desnudos y han tenido que recluirse en las catacumbas o buscar otras vías.

22. Tras el Concilio Vaticano II, Roma ha optado por los incrédulos frente a sus leales creyentes. En otras eras, el clero defendía a los suyos de los opresores impíos. Pero ahora han ido tan lejos en su proselitismo que se han propuesto el mayor de los desafíos y, como en una cuestión de orgullo, se han propuesto conquistar a cualquier precio lo inconquistable.

23. El Renacimiento introdujo el paganismo en las alcobas del Vaticano; el siglo XX ha irradiado una parodia del mismo, mucho más licuado e inoperante, a todas las parroquias del planeta.

24. El esfuerzo de los populistas vaticanos es bastante poco fértil: la Iglesia no logrará caer simpática haciéndose la simpática, y tampoco basta con caer simpática para que se prodigue la devoción.

25. El sentir recio de un San Ambrosio o de un Evagrio Póntico es más fácil de hallar hoy en templos de otras religiones.

26. El único sentido de ser actualmente católico estriba en sacrificar la milenaria rutina saludable, en resistir la pérdida del ambiente antaño confortable; en definitiva: en el cultivo de la paciencia ante las ocurrencias de los pontífices, o en el eremitismo.

27. Uno tiene derecho a plantearse la apostasía no porque el cristianismo sea falso, sino por no hallar a nadie que lo transmita.

28. La catolicidad se ha ido desintegrando entre los extremos teológicos de la literalidad y el indeferentismo, y entre los extremos morales de la vanidad mundana y la indolora moralina.

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29. Casi tradicional es acusar a la contemplación religiosa de desperdicio de energía que mejor se invertiría en el obrar moral, y se olvida que la primera utilidad de la contemplación está en recordar y azuzar ese mismo obrar.

30. La dialéctica escolástica estaba sobre todo al servicio del fortalecimiento de la fe del creyente. ¿Pero realmente esperaba en la modernidad algún teólogo provocar mediante una concatenación de silogismos que el ateo se hincase de rodillas y orase arrepentido entre lágrimas? La fe, como el amor, no toma su fuerza troncal del razonamiento, sino de la admiración ante la belleza.

31. A la falta de comentarios sapienciales de los últimos siglos, se ha sumado la despreocupación por las formas. Ergo apenas queda ni esoterismo ni exoterismo, ni contenido ni envase que lo recuerde.

32. Intuyo que la década de los cincuenta del siglo XX será recordada como el inicio de una etapa enteramente nueva de la historia, que acaso se quede con el decadente nombre de posmodernidad. El fin del imperialismo europeo, el fin de la Iglesia tradicional, el fin del lamaísmo tibetano, el fin del Japón y de la China antiguos… todo se produjo en un plazo de diez años.

33. El genio del cristianismo se ha agotado. Hoy queda el genio de los romanos que azotaron a Jesús, de los judíos que lo maldecían, de los gentiles que miraban asombrados, de las mujeres que lloraban… pero queda muy poco de sus apóstoles.

34. El concordato entre Napoleón y Pío VII hubo de provocar el origen de la Petite Église, que permanece hasta hoy con misales latinos de tiempos de Luis XVI. Uno podría pensar que tal cisma era ilegítimo, pues entonces no había en la Iglesia nada que contraviniera al Magisterio. Sin embargo, se entiende la reacción de vandeanos y legitimistas, que de algún modo intuyeron una verdad muy simple: el fin de la sociedad tradicional trae el fin de la religión tradicional. Como decía Gómez Dávila, “la Iglesia antigua pudo adaptarse al mundo helenístico, porque la civilización antigua era de índole religiosa. En el mundo actual, la Iglesia se corrompe si pacta.”.

[Música: G. P. da Palestrina, Missa Papae Marcelli, (“Credo“).]

Henri-Adolphe Laissement, Cardinal with Seated Buddha

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Śāriputra, el brillo de la luz de este Buda es inconmensurable, iluminando las tierras de las diez direcciones por todas partes y sin obstrucción; es por esta razón que se le llama Amitābha.

Sukhāvatīvyūha Sūtra corto (Amitābha Sūtra)

Ante ti me postro, oh poderoso y santo Panchen Lama, dominador de ignorancias, compasivo pastor hacia la dicha suprema, heraldo de la Ley. Tu joven rostro, oh Gedhun Chökyi Nyima, se ocultó sin que nadie con bondad sepa dónde reside. Nadie que te ame como es debido sabe si tu corazón late aún, aunque de ser así los poderosos lamas con aventajada presciencia habrían percibido cómo se conmovían los mundos y se habrían puesto en marcha para reconocer tu próximo cuerpo. Secuestrado y escondido con seis años por policías como si fueses un ladrón o un alguien peligroso para la gente de bien, sustituido por otro individuo que dice confiar más en el criterio de un gobierno impío que en el de Su Santidad el Dalai Lama. Con la desaparición de tu niñez acaba una época, como una época acabó en Europa cuando el pequeño Luis XVII fue torturado y asesinado antes de hacerse hombre, habiendo sido rey de Francia sin saberlo, o cuando los hijas de los zares vieron ennegrecerse el mundo por los disparos de unos adultos menos maduros que ellas. Como enloquecidos Herodes, los visionarios del progreso abren las luces de la humanidad futura mediante sangre infantil, y así se cierran ciclos de inocencia herida. Aunque si vive tu XI reencarnación, ciertamente ya no será un niño, sino un resplandeciente joven de veintiséis años.

En este comienzo de año, tu bendito pueblo desfallece. Pero, ¿qué atención merece un pueblo cuando todos los seres han quedado huérfanos de tu presencia, tus directrices y enseñanzas? La plebe blasfema que gobierna en China ha arrebatado a todo un universo nada menos que la reencarnación de uno de los Cinco Budas de la Sabiduría. ¿Qué mayor crimen puede haber que ése, que privar a todos los seres de uno de sus pilares insustituibles? ¿No se hará más costoso ahora renacer en la Tierra Pura que tienes prometida a quienes honran tu nombre? Oh, poderoso y santo Panchen Lama, descenso compasivo de Amitābha, así han pagado tu generosidad ilimitada, así reciben en la tierra al Buda de mayor rango entre los cielos. Tu exilio en el Samsara te ha costado un doble destierro. También en Occidente, hace dos milenios, los hombres agradecieron la humanización del amor celestial clavándola en una cruz.

Me pregunto si habrán logrado hacerte olvidar quién eres. Me pregunto si habrán logrado corromper tus maneras, tus pensamientos y tus nociones de las cosas. Pero no puede ser: por mucho que aturdan la personalidad que ahora te envuelve, la vacuidad de tu ser se desplegó por completo hace mucho tiempo, y en ese momento se hizo irreversible, invulnerable al devenir. Quizá hayan querido hacer de tu persona un chino alocado más, un ciego sin más propósito que lucrarse, o un adicto a la fornicación y a las sustancias estimulantes. Pero no es tu persona lo que más brillaba de ti. Tu sabiduría y tu luz se traslucirán menos durante algunas décadas, durante algunas kalpas quizá. ¿Y qué es esa gota de tiempo en el océano cósmico? Si no logran los lamas saber cuándo desencarnas, tampoco hallarán tu próxima reencarnación. ¿Y qué son una o dos o cien mil reencarnaciones ignoradas si se las compara con todas las oportunidades que volverá a haber para distinguirte con claridad pasadas algunas revoluciones de la rueda de los ciclos de la eternidad? No se podía esperar mucho más de esta época degradada. Los seres que más pagarán tu pérdida son los que han contribuido a ella, aferrándote a sus cadenas, rebajando el tono del universo al preferir un pequeño éxito táctico para un gobierno que la iluminación de todas las criaturas sensibles. ¡Oh pobres desdichados! ¡Guíales, Señor, desde tu sublime Tierra Pura! Y no tardes en regresar a la luz del sol, porque es demasiado visible el horror del mundo si las emanaciones de Adi-Buda, el Buda primordial más allá del espacio y del tiempo, son maltratadas con patadas y con las zafias tentaciones de los necios.

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