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Archive for the ‘Aromas barrocos’ Category

Die Ros’ ist ohn warumb / sie blühet weil sie blühet.

[La rosa es sin porqué: florece porque florece.]

A. Silesius, Der Cherubinischer Wandersmann 1.289

 

LA JUSTICE: Est-ce qu’il ne faut pas être toujours juste?

LA PRUDENCE: Oui, mais il ne faut pas toujours être sur son tribunal à rendre justice. Il faut mettre tout à sa place.

[LA JUSTICIA: ¿No se tiene que ser siempre justo?

LA PRUDENCIA: Sí, pero no se tiene que estar siempre en el tribunal para impartir justicia. Hay que poner todo en su lugar.]

Mme de Maintenon, Conversation IX. Sur les quatre vertus cardinales.

 

L’homme jouit du bonheur qu’il ressent, & la femme de celui qu’elle procure. 

[El hombre goza de la felicidad que siente, y la mujer de la que ella proporciona.]

P. Choderlos de Laclos, Les Liaisons dangereuses 130

 

Women are the most reliable, as they have no memory for the important.

[Las mujeres son más de fiar, pues carecen de memoria para lo importante.]

O. Wilde, Carta a Robert Ross desde la cárcel de Reading, 1 de abril de 1897

La señorial

Siempre que se ha hablado extensamente sobre un sexo, provenga la voz de cualquiera de los dos, sea para defenderlo o menospreciarlo, se habla del sexo femenino. Muchas razones ha habido para tal escora, mucha de ellas viciadas e infames; sin embargo, tengo una hipótesis sobre alguna razón menos ingrata. Hablaré de ello por más que para un varón sea delicada cuestión exponer generalidades sobre el otro sexo, por muy difícil que sea mantener el equilibrio entre elogio y justicia, entre no adular y no desprestigiar, ante las oyentes femeninas, suponiendo que a este pregón se presenten en plural, cosa que es mucho suponer. Solamente cuando el varón pone su pensamiento -aunque se trate de un pensamiento en defensa de las oprimidas- en boca de una dama, sea la Medea de Eurípides o la Marcelina del Fígaro de Beaumarchais, cuenta con más probabilidad de éxito; en caso contrario, le lloverán correctoras por cualquier cosa de las dichas y por la contraria. Muchas féminas no aprecian la valentía de un hombre que le espeta una opinión sin esperar obtener nada de ella -ni cambiar el curso de las cosas, ni saldar deudas, ni rebajar a nadie-, y antes bien toman por ofensa tal desinterés. Pero entiende que lo esperen a uno con las uñas afiladas, como el gato escarmentado, cuando se viene de un linaje esclavizado y así mantenido en tantos espacios. En cualquier caso, hablaré sin que me lo pidan, siendo ésta la verdadera culpa con la que me cubro cada día por escrito.

No es la razón a la que antes me refería que sea masculina la centralidad humana y que lo femenino sea su periferia; ni que la mera actividad intelectual del análisis sea emanación masculina y, por ende, se centre en el enigma que se tiene enfrentado y al cual agradaría desentrañar; ni que se pretenda tardíamente diferenciar otro modo de ver el mundo después de haber hablado durante milenios de la naturaleza humana bajo el epígrafe de “naturaleza del hombre”. Con excepción de la última de las razones, ninguna es siquiera parcialmente cierta. He dicho que la primera razón no es cierta, pero matizo que es lo opuesto a la verdad. No ya es que la naturaleza humana no sea masculina, sino que, como toda naturaleza, es más bien femenina. La vida, y más todavía la vida inteligente, es fecundidad de sí misma, es filosofía del cuidado en acto, y es una preferencia por la doblez íntima de las cosas y su suavidad. Aunque la aparente trayectoria de nuestra raza sea precisamente el desafío a los elementos, la guerra a la disolución y la preferencia por lo crudo, lo cierto es que, en la soledad del ser consigo mismo, cualquiera se siente como esposa a la que el amado destino ofrece brazo lacerante o gentil, como el verbo de los santos balbucea; o cualquiera en algún momento se siente un vientre que desea albergar criaturas florecientes que lo perpetúen.

La coqueta

Puede ser mucho simplificar, como sucede cuando se predica de cualquier categoría, y dado que hay un impulso evidente hacia el vigor, la tersura, la dureza. La vida, se dirá, es vector lineal, concentración de fuerzas, imposición frente al caos, blando primero y tormentoso cuando se le permite ufanarse; es, por lo tanto, una insistencia de hombría. Pero la humanidad tiene un deseo de enraizar, un deseo de alcanzar un equilibrio. Hasta los más aguerridos de los caudillos se han rendido ante monjes ajenos a los rasgos cardinales de la virilidad mítica y que han renunciado, como las más delicadas mujeres, a la lujuria desatada, a la violencia, a la indiferencia hacia quienes sufren, a imponerse en foros de ningún tipo que no sea su pequeña y afable comunidad.

Es muy esclarecedor que muchas tradiciones observen como principio supremo una cualidad asimilable, en términos humanos, a lo masculino. El Absoluto, como el varón, se impone como la medida de las relaciones e intenciones del grupo, como el rey en su reino. En la filosofía sāṃkhya, Puruṣa, la Conciencia Cósmica, es, también etimológicamente, el “varón” que secciona y perfila a la pasiva materia informe, Prakṛiti, siendo la labor del iluminado distinguir a Puruṣa entre el juego de las cosas visibles y pensables -carnavales ebrios de un sufrido himeneo cósmico- y reposar en su fuerza inmarcesible e inefable. Ahora bien, esa noción de lo masculino teórico sobre la ductilidad femenina del resultado práctico no se encuentra en tradiciones soteriológicas ciertamente cardinales como el epicureísmo, el budismo o el taoísmo. Dejando a un lado a Vairocana, el Buda Primordial tántrico de forma masculina, no encontramos en Asia muchas ganas de separar polaridades y sostener en lo alto a la polaridad que más se tensa -la polaridad masculina- contra la realidad efectiva y que segmenta severamente al Todo, al igual que el aceite separa los caldos acuosos sin acabar de ceder ante ellos.

La realidad, al menos la que somos capaces de sentir y de concebir, es una hembra preñada por un padre supremo al que no hemos visto: la inteligencia es su hijo aún desperezando, gateando en busca de su familia. Pero la madre Natura todavía nos circunda, nos alimenta con su cordón umbilical, y ésa es la razón de que no la veamos: ella y nosotros todavía somos un mismo organismo. Por otra parte, el padre nos ha engendrado también, y llevamos parte de su personalidad y su estructura en nuestro movimiento mental y físico. Nos moveremos libremente cuando salgamos del vientre: entonces podremos distinguir los cuerpos, y veremos a nuestros padres al fin claros y distintos, y veremos que nosotros somos su unión y, aun más, el modelo original del que acaso se disgregaron ellos antes de que existiese el tiempo y las causas precedieran a los efectos. No es casual que el mundo femenino se asocie a lo infantil; más allá del papel histórico de la maternidad y la crianza y del rebajamiento intelectual que se ha querido absurdamente ver en ellas, los colores suaves y los gestos tiernos unen ambos mundos. La razón es que la humanidad es un niño buscando amparo cuando es ignorante, o una mujer cuando es instruida pero dependiente de su marido, al que no logra ver. Su padre, el mismo Amado que la engendró, el polo metafísico activo, es para ella poco más que una cédula de casamiento cuya firma sólo recordará dificultosamente si trabaja la reminiscencia hasta recordarse como novia, antes de nacer en esta vida cósmica.

La vivaz

Pero no quería enramarme en la metafísica; no por ser materia menos práctica que las que me interesan cada vez más, sino para que no se me acuse de conducirme hacia modos de pensamiento patriarcales. Mi idea era volver a calidad de las pequeñas actitudes, a los sabores emocionales, de los que los sexos representan dos de las más importantes tonalidades (omitiré el tercio y cuarto exclusos sin negarlos). Y, siguiendo con la rúbrica consabida de lo confesional y biográfico como género de faldas, hablaré de mí mismo sin vestir las mismas; será mi forma de solidarizarme una vez más con las salonnières de los grandes siglos. El caso es que a menudo he sentido que muchas de mis ideas, mis relaciones, esperanzas y mis pesadas palabras no podrían surgir de una mujer. Pero lo rosáceo, lo anecdótico, lo tierno, lo suspirante, lo pacífico, lo condescendiente, lo receptivo, lo flexible, me extasía también y me nutre, y compruebo que lo dejo aflorar a menudo en palabras y preferencias. No sólo el criarme ante fuerte presencia femenina me ha labrado así: tiempo después de una adolescencia más gótica y nerviosamente romántica, época en la que despreciaba a unos por no reconocerme y a otras por despertar mi lascivia, época de la que reniego en parte y en parte rememoro comprensivamente -la aprecio como la mujer que porta obsoletas joyas de su querida pero histérica madre muerta-, me fui inclinando hacia el mundo personal y afectivo de los mismos siglos que me excitaban.

Bebo el té en tazas floridas de diseño aristocrático, ajenas a estridentes pretensiones de nuevos regímenes; me rodeo de pinturas dieciochescas donde las pieles están ruborizadas, donde los satenes flotan vaporosos y los ademanes prometen besos ingenuos junto a bucólicas fuentes; escucho músicas cada vez más tenues, barnizadas de almíbar, como poemas anotados en hojas de álbum para agasajar a una moza casadera; piezas de carácter para piano firmadas por Déodat de Séverac, Rudolf Friml, Billy Mayerl o Bernard Barnes en lo que se refiere al pasado siglo, pero sobre todo por cualquier compositor galante reacio a aspaventar. Me divierto con las humoradas naïves y domésticas de operetas y folletines, los pliegues psicológicos que se entreven en las cartas femeninas de antaño y en las anécdotas de salón, preferiblemente cuando evitan lo chusco y se quedan en indirecto esbozo de sonrisa entre irónica y pizpireta. A menudo me complazco en el arte mediocre si está compuesto con ánimo emoliente. Adoro los tapices ribeteados de arabescos y tules, de sinoples y contraarmiños, de celestes y angelotes. No hay retrato al pastel de una señora bella y distraídamente desvaída que no me conmocione si tiene un perfil académico -apto, pues, para una damisela burguesa de la era Biedermeier- y no me mueva a anotar líneas de tonalidad pastel que me sonrojaría releer en la más escrupulosa intimidad. No me costaría acomodarme a un mundo de pelucas y guirindolas viriles. Bouguereau, Leighton o Alma-Tadema son, lo confieso como pecado que algunos no me perdonarán, algunos de mis pintores de cabecera. Atesoro el vocabulario démodé de hace muchas generaciones: las despedidas engoladas de las cartas, los ofrecimientos galantes, las declinaciones atentísimas… Todo ello me sitúa definitivamente, o a una parte de mí, en la denostada ralea de lo cursi. ¿Y qué es lo cursi sino lo femenino privado de toda profundidad, la madre que cría a su criatura sin esperar ya al marido, la dulzura abandonada de todo lo severo?

La apasionada

La cursilería, y no el feminismo -útil mas frontal, y por ende masculina, oposición-, es el auténtico fanatismo mujeril, su exceso indigesto -no tanto para mí, he dicho-, como todos los excesos y todos los fanatismos. Huelga decir que lo cursi tiene marchamo de calidad si viene del siglo XVIII y buena parte del XIX, donde acaso brotó su estirpe; en aquel tiempo la calidad de la manufactura en cualquier hacer extiende su arte eximio a la más ñoña fruslería. Además, rememorar un extremo del pasado nos enlaza inevitablemente a sus fuerzas contemporáneas complementarias, hasta nutrirnos de un copioso banquete de los sentidos y los conceptos. Sea como fuere, la confitería no es mala si se cría por añadidura a la pujanza en terrenos más ásperos. Y, aunque no se críe tal pujanza, el espíritu cursi es, por definición, incapaz de torturarse o de torturar; sus únicos peligros son su incapacidad para vencerse a sí mismo y crecer hacia otros reinos, su fragilidad ante fuerzas externas más agrias, y su incapacidad para dar su asistencia como se esperaría de él, absorto como está el cursi en la idolatría de sus imaginarias lindezas. Compasión y gustos más bien femeninos -algunos de las cuales incluso las mujeres jóvenes están ya muy lejos de poseer- llegan a mí en ráfagas hermanadas, sin que el peso de mi hábito me libere del egotismo, ni el peso de la sangre me libere del deseo por el bello sexo o la total frigidez ante el feo. Pero observo que, en mi visión de las cosas, las leyes del aferramiento y la aversión se van equilibrando, de modo que, pongamos por caso, puedo sobrellevar un doloroso abandono con sorprendente serenidad apoyando una pierna sobre la asunción viril del destino y la otra pierna en la entera disposición resignada y dadivosa de una novia pura, cándida hasta la virginidad, y llena de afecto por todo.

Lo femenino, en su más estricta pureza, carece de memoria, de juicio, de proyecto, de fuerza; lo puro masculino solamente tiene los susodichos componentes, careciendo de todo esprit de finesse. He ahí la razón de que todo ejemplar demasiado puro de su sexo fracase estrepitosamente: moviéndose solamente en un rango de facultades humanas, olvida que las buenas decisiones son las que concilian rigor y corazón, números y psicología. Las buenas decisiones templan a la furia suicida del guerrero, así como al raciocinio para que no escape de las incógnitas que es incapaz de resolver correctamente y que, sin embargo, debemos abordar en la práctica; y, del otro lado, templan a los sentimientos, por buenos que sean, para que se desplieguen en proporciones y rumbos pertinentes, y para que la claridad les haga reconocer sus límites y su momento.

La jovial

Otra de las esencias de lo femenino es el escrúpulo. Condenada y adiestrada para sobrevivir mediante armas negativas como el desdén, la prudencia o la atracción, secularmente ha volteado la mujer estos hábitos en favor de un solo interés creativo, el cual, por razones históricas y naturales, ha invertido en el nido y la descendencia. Los gestos de una mujer siempre han estado medidos por mandato de parsimonia: cualquier paso en falso podía resultarle fatal. Ha de escoger una sola vez al padre de los hijos que ya nunca se le despegarán, ha de evitar dar el más mínimo motivo a los hombres de su alrededor para que la repudien o la lapiden, había de garantizar por tretas y medios indirectos gozar de herencias y seguridades que la jurisprudencia abierta le negaba; y todo ello contando con el tiempo en contra, sabiendo que cerniéndose la edad sobre una belleza en declive dificultará sus probabilidades de triunfo en todas aquellas trincheras. No se le podía reprochar, por lo tanto, que se conformase con buenos partidos antes que con el apasionamiento, o que hiciese de la habladuría su proyectil preferido para apartar a abusadores y competidoras. Olvida de cuando en cuando esos escrúpulos cuando su amor, primitivamente pensado para alimentar a sus cachorros a cualquier precio y retener a su esposo, se desata hacia un gentil galán o un exigente dios. A partir de ese momento, todo su interés es el de complacer, y su felicidad es servir de arbotante para que la armonía reine siempre, aun a pesar de la torpeza de los demás, que no valoran su calidad de piedra angular.

Entre las prohibiciones de la sociedad, la astucia que precisó para eludirlas y el amor que repentinamente lo hacía estallar todo por los aires, ¿qué espacio quedaba en la mujer para sentarse a discernir las configuraciones de los mundos, las propiedades de los números o la eficacia de las repúblicas? Si todavía hoy no suele suele dedicarse al pensamiento más técnico es por costumbre de tener que dedicar su inteligencia a lidiar con costumbres que la gravaban por ser mujer. Eso sin negar, como decía, la fluidez atávica de su sangre hacia la seguridad o la imposibilidad material de leer libros por imposición de decreto. Los hombres, agitados por su hiel, tienden a correr riesgos que los encumbren o los hundan: la mujer tenía bastante con mantenerse a salvo, equilibrada en un mundo del que no podría huir dando puñetazos si se viese en aprietos. Las  temerarias, al menos las que han quedado reverenciadas por los poetas, son las que no tenían nada que perder o las que, habiendo conseguido ya toda estabilidad y habiendo percibido a la sazón su insatisfactorio sabor, se lanzaban entonces a la siguiente etapa: la etapa de la gloriosa plenitud, a la que los caballeros se enfilaban desde niños por no carecer de un nombre ni de respeto.

La servicial

El varón saca fuerzas de su propio deseo insatisfecho; la mujer las saca del deseo ajeno. Él ha de defender con violencia las fronteras; ella defiende las fronteras de la violencia. Él ha de conquistarla a ella y ella ha de conseguir que no pase a conquistar a otras. Él ama a la mujer como raza, pero ella ama a un individuo con nombre. Él quiere dejar libres sus grandes aspiraciones, mientras que la aspiración de ella es hacer algo más grande su libertad. Y, antes que la libertad, él buscaba la grandeza llameante y ella la integridad apacible del conjunto; él anhelaba rozar el todo y ella abrazar una parte. Él no puede mostrar sentimiento de debilidad; ella está obligada a hacerlo. La maldición del uno es su músculo y el miedo que infunda; la de la otra, su debilidad y el placer que prometa. La cabeza masculina se caldea en la exploración, y sus manos en la batalla; la cabeza femenina hace lo propio en salones y alcobas, pero caldea sus manos en la cocina. Para un gentilhombre, el hogar es su punto de partida; para una dama, la distancia más lejana a la que podrá llegar. Como hacía decir Oscar Wilde a un personaje femenino, “men always want to be a woman’s first love. That is their clumsy vanity. We women have a more subtle instinct about things. What we like is to be a man’s last romance” (A Woman of No Importance, II). Dejando a un lado la predisposición física de la mujer a la flexibilidad y la dilatación, así como su posible correspondencia mental, lo cierto es que no le han quedado muchas más opciones que ser la artífice del clan, su sostenimiento. Para ello debía ejercer la cesión, el pacto, el olvido momentáneo del honor, todo lo que la rigidez del legalismo masculino imperante impedía teóricamente llevar a cabo; todo con tal de asegurar linajes, salvar vidas y conservar haciendas.

Ahora las cosas van cambiando, al menos en una parte del planeta… y temporalmente. A juzgar por la tendencia de las migraciones y de sus nuevos y profusos linajes, habrá nuevamente tiempos peores para los hombres por no ser fuertes y para las mujeres por serlo demasiado. Pero, de momento, como digo, ha habido cambios. Los detalles que me agradan de un carácter femenino subsisten con suficiente fuerza en muchas mujeres de carne y hueso, algunas de las cuales no logran dejar de enamorarme, a veces tontamente. Pero echo de menos suavidades decimonónicas del carácter a las que yo, en mi por otra parte masculina y tórrida mente, me rindo en mis horas privadas. Muchas mujeres -y todos los varones- se burlarían de estos afeminados gustos, cuando no los tendrían sencillamente por gustos de vieja. Prefiero, en efecto, escuchar lánguidas miniaturas de salón de Friml mientras muchas ya se van apasionando por los deportes, esa tosca transposición del noble arte marcial. Prefiero la cerámica, las láminas e indumentarias de mi abuela al diseño cegador que invade los comercios donde las nuevas jóvenes se atavían de complementos para -no entiendo cómo- gustar y gustarse. Lamento que la arquitectura del último siglo nos haya insensibilizado tanto a la fealdad y al trazo bruto. Pienso en poemas que algunas burlarían con soez risotada. En definitiva: aislados por la dispersión y recogimiento, los pocos y pocas que quedamos admirando las cualidades decadentes de los géneros y que coloreaban contrastados un mundo hoy gris, hemos de reintroducir en el propio interior de cada uno ambos polos, ya que no los vemos pulular con garbo a nuestro alrededor. De algún modo nos vemos obligados algunos a ser simultáneamente el firme caballero y su fina señora, el poeta  y su musa, el pensador y su sentida amante, dicho sea esto en el sentido más metafórico posible. Si tuviese cerca a una mujer verdaderamente femenina, no me vería coleccionando melosas postales tintadas de 1900, ni pensando en embellecer mi implacable biblioteca con ornamentos de porcelana o litografías paisajísticas sin pretensiones, ni rodeándome de efigies y palabras de acarameladas madamas. Y todo ello sin lograr desprenderme de una hombruna sequedad que se resiste a los excesivos afeites y trajines domésticos. Ahora, ¡ay!, deberemos los amantes de la riqueza etológica ser el aria y sus coros, el beso sobre la ecuación, la rosa en el fusil… o moriremos de asco. No se trata -solamente- de andar buscando la androginia primordial, sino de detenerse a respirar con agrado cada cierto tiempo o, al contrario, de impulsarse con decisión hacia el corazón del dragón cuando la molicie va venciendo. Se trata, al fin y a la postre, de ver el juego de los opuestos y danzar a su paso con toda la gracia posible, aprendiendo las lecciones que ofrecen todos los juegos interesantes… sin dejar de saber que es un juego.

La taciturna

No debemos estos virajes personales en exclusiva al signo de los tiempos: somos unos pocos quienes en cualquier tiempo y lugar apreciaríamos por igual un recio gesto imperial, que una gárgola catedralicia, que un giro de abanico. Hay sensibilidades signadas sobre un solo punto que oprimen con saña, y hay otras que se abren a la extensión de los paisajes humanos. No nos queremos quedar sin un solo sentimiento por catar, sin un arrebato o una dulzura sin probar su escalofrío. Todo ello tiene, entre sus muchas bendiciones, una esencial: el ponerse en la piel de otros. De una adolescencia tenebrosa en la que odiaba a las criaturas que, juzgaba, me encadenaban con su deseo, he pasado a amar, no sólo sus cuerpos y sus mentes, sino su fina capacidad de percepción, o su paulatino y templado abrirse a las situaciones hasta a veces transmutarse en ellas por completo. Amo su je ne sais quai que desafía a los filamentos cartesianos, e incluso disfruto de cuando en cuando su sutil indiferencia, teñida de una dudosa simpatía que no es sino ególatra ambición de sentirse deseadas por cualquiera como ejercicio preliminar. Es grato escuchar a la sensible y registrar sus ancestrales captaciones oraculares, regidas por la luna; conversar con la cultivada para conocer su matiz cálido y húmedo sobre la cuestión que sea, cuestión que hubimos abordado únicamente con fría escuadra e ilusorio compás; convencer a la tímida de que vale más que todas las arrogantes juntas; proteger a la herida no hasta que nos salude con su excelencia, sino hasta que nos premie con su salud al conjunto de los seres humanos; jugar con la coqueta a descubrir quién de los dos tiene más interés en la persecución, si el que persigue o la que compara perseguidores; y enternecerse con todas, como harían ellas si recordasen que, además de tener un destino en colaborar con la sociedad mediante su inteligencia y destreza, están diseñadas para tan bella misión.

Pero, mientras que los individuos se van neutralizando entre sí al aproximarse a una grisácea área central cada vez menos excitante, lo cierto es que las naciones opulentas se van feminizando, por comparación con los orígenes netamente patriarcales de los que partían. La relajación del ímpetu impositivo, la primacía de la conveniencia sobre el orgullo o el honor -¿quién oye ya esta palabra salvo en mezquinos contextos juiciales?-, la tolerancia, pragmática o sentida, van tomando nuestro mundo septentrional. Pero cualquier frontera en la que se empiece a negociar acabará siendo usurpada, sobre todo si encierra un pequeño edén. La feminización de la sociedad hará que le suceda lo que a una vieja soltera rica: tendrá que casarse con el rudo que más la ronde o amenace, o, más bien, con aquel que oficiosamente haya tomado el control de su patrimonio y sus movimientos. En términos históricos, el carácter masculino devora, y el femenino se esfuerza únicamente en que la devoración sea lo menos desgarradora posible, dado que su débil complexión y sus nervios débiles no permiten otro tipo de defensa. Así somos hoy nosotros, los occidentales: no atreviéndonos al enfrentamiento, ablandados por nobles pero desajustados impulsos de compasión y de culpa, ajenos al prurito del riesgo, queremos seducir y relajar al macho que, cada vez con más autoridad, aprenda a maltratarnos. Los bárbaros conocen la flaqueza principal de la anciana Europa: la gazmoñería humilde y humillable. Convénzasenos de que estamos siendo poco éticos y abriremos las puertas a quien sea y a lo que sea, siempre y cuando se nos permita a medio plazo conservar nuestros frívolos vicios en nuestros domicilios. Antes moriríamos que aceptar un lance de honor, o que disciplinar nuestra muelle avidez cotidiana, o que llevarle la contraria a quien juzgamos herido por nuestros antepasados.

Es evidente que, por lo demás, unas y otros, otras y unos, somos idénticos en casi todo. Las mismas pasiones pueden brotar en cualquiera, los mismos cálculos, las mismas confesiones de pecados comparables. El mecanismo de nuestros cuerpos es tan hábil como similar, tan grato en su exterior como violento en sus entrañas, y tan doloroso en su origen como en sus estertores finales. Enfrentamos por igual el principio supremo del ocaso y la muerte. Diferenciar en exceso es interesante si no se hace todo el tiempo; identificar por su nombre los colores de un cuadro es útil cuando hemos recogido el conjunto de la composición y volveremos a hacerlo para llevarnos con nosotros el sentido general. Además, con permiso de Platón, los arquetipos son algo así como ideaciones estadísticas y, por ende, cada vez menos certeros según avanza le procesión de la entropía. En el fondo todo es triquiñuela literaria, simplificación intelectiva y aroma muy diluido de una verdad lejana que no sabemos definir del todo. La esencia de una mujer no es ser mujer, y ni siquiera ser humana. Una mujer, un hombre, una nutria, un cangrejo, son criaturas. Si además nos une una raza, un país o una ilustración parejos, tanto mejor: nuestros besos y miradas podrán ser más emotivos o, cuando menos, más cómodamente instructivos. El exceso de reivindicación, de acusación e incluso de elogio por pertenecer a un grupo nos deja la cuestión de si habremos de multiplicar tales enfoques si nos referimos a grupos mayores, en círculos concéntricos superiores, con lo que tendría de infinito el glose de las categorías. Al fin y a la postre, los individuos somos todo mezclado y pureza olvidada, simiente común y miembros simétricos como las manos o los ojos. La rosa que hay en uno no debe hacernos olvidar el lis, y viceversa.

La “connaisseuse”

La rosa que crece en nuestro interior confiesa ser naturalmente bonita: no lo planeó, no sabe interpretarlo, se desconoce a sí misma. Merece la pena dejarla así para que nos perfume por más tiempo. Mientras los relojes de nuestros silogismos operan con caliente eficiencia, el frescor retrechero de la rosa da su vitalidad y a acaso su sentido. Portando la flor hacia nuevos territorios del corazón, haremos que lo árido reverdezca si es que hemos dedicado un tiempo a retirarnos en el monástico erial o en la fría estepa de la acción. Dejando que nos haga confidencias, nos reconoceremos también sensibles a aromas encantadores que legábamos a una sola mitad de la humanidad, y cultivaremos personalidades más floridas. Un alma enriquecida con todos los extremos de la buena fe será un icosaedro equilibrado y resiliente. Su solidez, fundida con éteres de azahar, no podrá alcanzar más hermosura. Su potencia no dejará de cantar las delicias de la fragilidad o el timbre del requiebro; su candidez no nos hará echar de menos la firmeza, pues será una candidez sabia e invencible.

No deja de suceder que seamos casi todos criaturas tornadizas y punteadas de mezquindades según nuestras costumbres y carencias. Mirando a un caballero o a una dama se ve un ser incompleto, anhelante, no de la otra mitad semiesférica del ser primordial que Aristófanes comenta en el Banquete de Platón. No: el anhelo que se tiene es infinito, y no lo calmará el cónyuge perfecto, ni el placer adúltero, ni desde luego un cambio de sexo, supuesto que eso sea algo realmente posible. Como heridos que somos, no nos merecemos ira, sino compasión, si bien la compasión se traduce como caricia de una mano y firmeza de la otra. No obstante, la compasión no es el sentimiento supremo. Hay una reverencia al herido que consiste en verlo portador de una dignidad auténtica, de una realeza interrumpida; no es que la belleza de nuestras almas y nuestros cuerpos no sea perecedera, pero es gloriosa mientras supuso una puerta de oro para acceder rápidamente al corazón misterioso del universo. Somo seres principescos en el exilio, con coronas fundidas en la forja de la circunstancia, que nos arrastra hasta hermanarnos de nuevo, al caer la última noche, con el sinfín de los elementos en voluptuosa hierogamia.

La apresada

Quienes hablan de la transmigración de las almas aseveran que cambiamos continuamente de sexo, cuando no de especie y de dimensión metafísica. En principio me agradan todos esos cambios, siempre que el contexto descarte la mayoritaria brutalidad que transpira al mundo, y siempre que ninguna fuerza esté ausente del ecológico negocio de los opuestos. Hablaríamos con más solvencia si experimentásemos otros ojos, no viéndolos, sino viendo a través de ellos. Casi todo lo que los varones han escrito a mujeres no se dirigía a su ser completo, sino a su capacidad de ruborizarse y desear. Aunque esa facultad es poderosa, hay otras muchas que podrían colmarnos de muchos otros parabienes. Sin dejar de disfrutar de las finas líneas de las facciones, los bordados y las fragancias, las musicales risas y los adorables suspiros, del donaire de la donosa en suma, nos debemos mutua totalidad, una entrega por estancias: cortesía en el vestíbulo, franqueza en el despacho, calidez en la alcoba, lealtad y compasión ante el altar, identidad en las tongadas que estratifican nuestra naturaleza. Semejantemente, lo que nuestra rosa interior nos pide es que seamos su espina protectora. Lo que nos pide, en cambio, el punzón de la virilidad es que lo protejamos de sí mismo con la flor del cuidado, enterneciendo sus pesadillas, coagulaciones espirituales desgraciadas surgidas de la inquietud de estar drenando paz y belleza, la paz y la belleza que en el polen de su aceptación derramó la caritativa rosa.

❧ ❧ ❧

[Música: La primera es el preámbulo del Op. 1 de Barbara Strozzi:  Mercè di voi, mia fortunata stella, / volo di Pindo in fra i beati cori /  e coronata d’immortali allori /  forse detta sarò Saffo novella!” A continuación suena la cantata Les Femmes de A. Camprá, que en torno a su mitad incluye un listado de tipologías mujeriles: “La coquette nous trahit, / La prude nous désespère, / Et la jalouse en colère / Irrite qui la chérit. / La belle est capricieuse, / La savante audacieuse / Tirannise qui la suit. / L’indolente est ennuyeuse, / Ses insipides langueurs / Ne font qu’endormir nos chœurs”. Como respuesta a estos amargos retratos, el compositor holandés Quirinus van Blankenburg (parece que ya era el suyo un país en pro de la igualdad) compuso otra cantata: L’Apologie des Femmes. En ella presenta un ingenioso listado de virtudes a modo de compensación:La Jalouse a le cœur tendre, / La Prude agit par ressort, / La Coquette aime à se rendre, / La Savante a l’esprit fort. / La Pale dans son teint / Est toute incomparable, / La Noire une brune adorable. / La Grasse a de la majesté, / La Maigre a de la taille et de la liberté, / La Fourbe avec esprit raisonne, / La Sotte est toute bonne, / La Muette a de la pudeur / Et la grande Parleuse est d’agréable humeur“. Tras la barroca misoginia de Camprá, suenan diversos cortes de una opereta del compositor austríaco Oscar Strauss: Der Pralinésoldat (“El soldado de chocolate”). La versión que pongo aquí es una adaptación española a manos de José Juan Cadenas, mientras que los arreglos musicales son de Julián Vivas (para Barcelona), quedando sin grabación los de Vicente Lleó Balbastre (para Madrid). La rancia grabación es de 1931, dirigida por el Mtro. Vigil Robles en Nueva York. El argumento y los números seleccionados cuentan lo siguiente: durante la guerra serbo-búlgara, el soldado enemigo Bumerlí se cuela en la casa de la búlgara Nadina Popoff, prometida del héroe Alejo. Bumerlí la chantajea con los chismorreos que habrá de enfrentar ella si no lo oculta en su casa, pues su reputación acabará si se ven salir de su casa a un soldado serbio. Ella acepta. En otro fragmento se da un extraño flirteo de puyas picajosas entre ambos. Alejo, quien regresa como (falso) héroe, identifica a Bumerlí y lo reta; la cobardía de Alejo le obliga a evidenciar su farol. La boda se frustra, y Nadina, con sentimientos encontrados, escribe una carta a Bumerlí pidiéndole que no aparezca de nuevo. En el último fragmento, el penoso Alejo, por no salir solterón de todo el percance, se humilla ante Marta, prima hermana de Nadina, para que acepte casarse, pero ella impone duras condiciones. Finalmente se casan las nuevas parejas y se hace un llamamiento a la paz. El conjunto no ha podido ser más cursi. Rematan la dulzona serie cinco exquisitas y decadentes miniaturas para piano: una de Turina (Mujeres españolas Op. 73. III. La señorita que baila) tres de R. Friml (Intermezzo Op. 82. No. 2; Valse poétique; La Danse Des Démoiselles) y una de B. Barnes (Dainty Miss).]

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Affectus qui animi pathema dicitur, est confusa idea qua mens majorem vel minorem sui corporis vel alicujus ejus partis existendi vim quam antea affirmat et qua data ipsa mens ad hoc potius quam ad illud cogitandum determinatur.

[Un afecto, que es llamado pasión del ánimo, es una idea confusa, en cuya virtud el alma afirma de su cuerpo o de alguna de sus partes una fuerza de existir mayor o menor que antes, y en cuya virtud también, una vez dada esa idea, el alma es determinada a pensar tal cosa más bien que tal otra.]

B. Spinoza, Ethica 3 (“Affectuum generalis definitio”), trad. de Vidal Peña.

Quatenus mens res omnes ut necessarias intelligit eatenus majorem in affectus potentiam habet seu minus ab iisdem patitur.

[En la medida en que el alma entiende todas las cosas como necesarias, tiene un mayor poder sobre los afectos, o sea, padece menos por causa de ellos.]

B. Spinoza, Ibid. 5, Ax. 6, trad. de Vidal Peña.

Animi tamen non armis sed amore et generositate vincuntur.

[De todas formas, no son las armas las que vencen los ánimos, sino el amor y la generosidad.]

B. Spinoza, Ibid. 4, Ap. 11, trad. de Vidal Peña.

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AL LECTOR

Mucho más que extraer leyes de la inmensa naturaleza conviene comprender con precisión los conceptos que devienen agentes de dichas leyes. Algunas definiciones sobre las pasiones humanas vendrán a continuación, con el beneplácito de quien lee, a suplir tan importante preámbulo. Acaso algunas de ellas supondrán muy leves variaciones de las dadas por el gran filósofo Espinosa, pero serán todavía lo bastante disímiles como para no verme moralmente obligado a notar in loco tales casos. Dado el carácter insuperable de algunas definiciones del filósofo holandés, me resisto a procurar versiones a alternativas a las que propone, por ejemplo, para la misericordia, la aprobación, la frustración o la abyección. Las definiciones de Espinosa son, en efecto, maravillosamente acertadas y precisas, y de ahí este ejercicio de rigor literario; ejercicio que no le hace justicia, pero mediante el cual reivindico el hábito de clarificar nombres y de hacerlo en la forma más simple y bella posible, según el talento de cada cual, exiguo en mi caso pero, a qué dudarlo, prometedor en muchos otros. Encomiendo, pues, al juicio crítico del público los conceptos en los que más fríamente he logrado encerrar el calor de las pasiones o la dulzura de los más sublimes sentimientos, los cuales, hasta donde sabemos, no se dejan enclaustrar por la cadena lineal de la sintaxis. Ruego, pues, para mis torpes tentativas la misma indulgencia que la suscitada por los más tiernos afectos de los que me atrevo a pasar a definir.

El autor

LAUS DEO

*

Primera parte. Sentimientos fundamentales.

I. La alegría es movimiento del alma hacia el vigente estado de cosas.

ESCOLIO: Implica que, aunque haya un estado preferible de cosas, no nos sintamos fuertemente impelidos hacia él. Pero, a diferencia de la mera satisfacción, supone un gusto en la situación, un recreo en aquello que es motivo de alegría, aunque sea la idea esperanzada de una felicidad futura. Ahora bien, una posesión celosa no tiene tanto de alegría cuanto de tristeza, pues cae en la desazón de temer aquello que se posee (cf. Escolio de Def. XXV). 

II. La tristeza es la advertencia de un estado preferible de cosas hacia el que nos sentimos impelidos.

DEMOSTRACIÓN: Si uno no siente el deseo de obtener algo de lo que carece, no se puede afirmar que esté afligido. No es tal una tristeza que uno no cambiara de buen grado por una alegría opuesta. La tristeza puede resultar complaciente en pequeños pellizcos para avivar por contraste el esplendor dramático de la alegría. También puede tomarse la tristeza como un paso necesario para alcanzar la alegría, pero en ningún caso como el estado más allá del cual no cabe desear nada mejor. No es necesario creer que existe o que es posible aquello que habría de colmar la carencia, sino tan sólo de que tal cosa es preferible, caiga dentro de la realidad o no. Ergo la tristeza implica deseo de algo preferible (Q. E. D.).

III. El amor es voluntad de que exista el otro y alegría en él.

ESCOLIO: Como es harto sabido, al ser un sentimiento tan común en los hombres, adopta diferentes rasgos en función de su fuerza, su destino y su esperanza: es benevolencia si da por hecha la alegría en el amado; es conmiseración si da por hecha la tristeza en el amado; es lascivia si es amor al cuerpo, aunque en este caso no es imprescindible la pretensión de que se dé alegría en el otro (cuando no hay dicha pretensión, el deseo es mera lascivia); es ternura si se complace en pequeñas taras irrisorias del amado que, sin embargo, no fácilmente le impiden alcanzar la alegría; es caridad si no espera nada a cambio del movimiento amoroso salvo la completa obtención de la alegría por parte del amado; es mero afecto o estima si el autor del actor amoroso no está dispuesto a desprenderse de alegrías sustanciosas a cambio de incrementar la alegría del amado; es piedad si es amor hacia parientes o autoridades a las que se está de algún modo subordinado; es lealtad si la inclinación amorosa corre pareja al cumplimiento de un voto; es sacrificio si la práctica del amor conlleva la pérdida de diversas alegrías propias; es heroísmo si conlleva las más importantes alegrías propias; es santidad si conlleva la pérdida de todas las alegrías propias, en aras de una alegría más allá de todo interés individual.

IV. El odio es voluntad de que no exista el otro ni la alegría en él.

IV. El respeto es percepción de una dignidad insustituible en el otro.

V. El desprecio es la ausencia de respeto.

Segunda parte. Sentimientos alegres.

VI. El júbilo es la alegría (por def. I) culminada en un estado de cosas al que se piensa preferible a cualquier otro.

VII. La admiración es amor (por def. III) hacia atributos ajenos, a los que se considera excelentes.

VIII. La gratitud es admiración hacia quienes resultaron directamente útiles, bien a nosotros, bien a quienes amamos.

IX. La esperanza es alegría en el pensamiento de la posible y aun probable presentación de un motivo de alegría en el futuro.

X. La fe es la certeza de que los movimientos del alma coinciden en cierta medida con la verdad extrínseca.

DEMOSTRACIÓN: En principio, podría pensarse que puede ser la fe tanto alegre como triste, pues bien podría creer uno en sus peores sentimientos. Ahora bien, tal y como está hecho el hombre, en el fondo último de su ser reside algún tipo de esperanza (por Def. IX), o de lo contrario, tras un cálculo somero con un balance brutalmente negativo, se suicidaría de inmediato. La fe tenebrosa solamente se da en los grados enfermizos en que el sujeto, perdiendo toda alegría de vivir, se lanza en brazos de la muerte o de destrucciones peores. Por ende, puesto que los movimientos que más íntimamente asociamos con nuestra personalidad son esperanzados, y aunque entremezcladas con las impresiones alegres pueda haber no pocas temerosas o melancólicas, lo que habitualmente llamamos fe es una certeza esperanzada (Q. E. D.).

XI. La devoción es admiración hacia atributos ajenos que en el presente nos parecen inalcanzables a nosotros.

ESCOLIO: Espinosa la define de un modo también asaz acertado diciendo que es “el amor hacia quien nos asombra”. 

XII. La ecuanimidad es el sentimiento amoroso hacia los atributos fundamentales que comparten todos los individuos de un determinado grupo.

ESCOLIO: Implica, por ende, la voluntad de que ningún individuo pueda anteponer intereses semejantemente presentes en otros. No obstante, la balanza la pueden inclinar otros atributos superiores presentes en unos y no en otros, pero esa balanza solamente puede inclinarse en lo relativo a obtención de ciertos privilegios, nunca en lo relativo a frustrar los intereses más fundamentales, tales como la prolongación de la vida, la ausencia de tortura, etc. (intereses los cuales son, además, condiciones imprescindibles para poder desarrollar, en su caso, atributos morales superiores, pues para crecer en virtud es necesario contar con una vida de un mínima duración y libre de los mayores suplicios imaginables).

XIII. La generosidad es alegría en el dar.

ESCOLIO: Una generosidad inferior puede no sentir alegría al llevarse a cabo, pero se trata de una fase que, aunque quizá necesaria, es artificial y no genuina. En realidad, como es evidente, la generosidad no es un sentimiento, sino una virtud, y como tal puede ser desagradable en su desarrollo inferior y altamente grata y dichosa en su consumación.

XIV. El alivio es la alegría de haber superado una sensación triste o desagradable.

XV. El asombro o sorpresa es un estado de confusión ante un estímulo inesperado.

ESCOLIO: La sorpresa no es, claro está, alegre en sí misma, sino neutra, por lo que no encaja exactamente en esta sección de las definiciones. Es al tomar conciencia de la sensación completa o el juicio posterior el que evalúa la sorpresa en términos positivos o negativos. 

XVI. La irrisión es alegría ante la inferioridad sorpresiva de lo que antes aparentaba cierta dignidad.

ESCOLIO: Puede entenderse como una pérdida no dolorosa de respeto. 

XVII. La diversión es la alegría suscitada por los sentidos, por la irrisión o por el espíritu jugador, esto es, el placer más o menos inocente de la mente en desafiarse a sí misma.

XVIII. La satisfacción es la alegría por ver cumplido un deseo.

XIX. La euforia es alegría desmedida sin el suficiente fundamento.

ESCOLIO: Puede ser también la satisfacción de un deseo muy intenso. 

XX. La serenidad o placidez es la alegría de permanecer sin sufrimiento.

XXI. La cordialidad es un amor a la parte de la persona con la que compartimos un trato casual, sea definido por el oficio, por relaciones parentales indirectas, etc.

XXII. La simpatía es un amor que intuye cierta dignidad o afinidad en el otro.

Tercera parte. Sentimientos tristes.

XXIII. El temor es la triste sospecha de que es posible y a aun probable la incursión de un motivo futuro de tristeza.

XXIV. La envidia es odio acompañado por el deseo de obtener lo que posee aquel a quien se odia y que quede éste privado de lo mismo.

XXV. Los celos son temor de que un motivo de alegría pase de las propias manos a manos de otro (a quien pasamos a odiar), sea parcial o completamente, o incluso por mera participación inocua.

ESCOLIO: Los celos son incompatibles con la alegría, al menos con vistas al mismo objeto y al mismo tiempo (por Escolio de Def. I). Pues, mientras uno se persuade de que corre peligro la posesión del motivo de su alegría, está en un sentimiento de temor, que es fundamentalmente triste (por Def. II). Los celos pueden no ir acompañados de odio, por más habitual que sea tal acompañamiento. 

XXVI. La ira es la tristeza que se niega a aceptar una evidencia molesta y a la que continúa enfrentando.

DEMOSTRACIÓN: Mientras que la tristeza en sí misma, es decir, en su forma melancólica, surge ante una evidencia molesta ante la que desistimos de algún modo y ante la que desistimos casi por completo si la tristeza se convierte en desaliento; y mientras que la aceptación descarga a nuestra voluntad de la vitalidad de las esperanzas cuya frustración condujeron a aquella tristeza; la ira o cólera supone una reacción violenta, y la violencia solamente surge cuando hay esperanza de victoria. Con lo cual, el arrebato furioso es intento desesperado de superar al objeto de la tristeza (Q. E. D).

XXVII. El rencor es la ira dirigida a lo que es tomado por un agravio pretérito.

XXVIII. La indignación es odio hacia quien dañó.

XXIX. El asco es un impulso primario de desprecio por parte de nuestro cuerpo, sea por una disposición innata que moraba en él, sea porque nuestras costumbres lo han acostumbrado a tal disposición.

ESCOLIO: El asco hacia las excrecencias es universalmente humano, mientras que ciertos manjares que aquí son considerados como deliciosos, como los caracoles, en otras partes producen náuseas a seres humanos similares. El asco adquirido es, por lo común, una repulsa ante el concepto más que a la sensación; por ejemplo, alguien puede estar saboreando felizmente una pechuga hasta que le comunican que se trata de carne humana o de su propio perro, momento en el cual una náusea invadirá por completo al comensal.

XXX. El estremecimiento es la sorpresa que por momentos parece confundir a un gran número de nuestras alegrías, esperanzas o creencias.

XXXI. La compunción o arrepentimiento es la tristeza por haber cometido libremente un acto o pensamiento injusto o no virtuoso.

XXXII. La vergüenza es la tristeza de ver herido nuestro prestigio ante los demás o ante nosotros mismos.

XXXIII. Es desaliento es la tristeza que desiste casi por completo.

XXXIV. La desesperación es la tristeza, en forma airada o melancólica, que no creemos poder soportar.

ESCOLIO: La desesperación es el desaliento consumado, es decir, aquel en el que toda evidencia impide pensar en albergar esperanza alguna.

XXXV. La timidez es el temor a causar mala impresión y por lo común conlleva retraimiento.

XXXVI. El capricho es la tristeza surgida de un deseo repentino, poco duradero o en absoluto fundamental.

XXXVII. La humildad es tristeza surgida ante la propia incapacidad.

ESCOLIO: La modestia es la manifestación, genuina o fingida, de la humildad.

[Música: El primer número es el Suscepit Israel del Magnificat de J. S. Bach, que aquí tiene como motivo un homenaje al judío panteísta Spinoza. El segundo fragmento es la IIIère entrée de Le Triomphe de l’Amour de Lully, en la que cantan los Placeres y la mismísima Venus (“Non, non, il n’est pas possible / de contraindre un Coeur sensible / a n’aimer jamais: / C’est por l’Amour que tous les Coeurs sont faits. / Contre un Dieu si charmant / quel Coeur est invincible?” [“No, no, no es posible / obligar a un corazón sensible / a no amar nunca. / Es para el Amor para lo que están hechos todos los corazones. / Contra un dios tan encantador, / ¿qué corazón es invencible?”]). Cierra melancólicamente A. Steffani, Spezza, amor. VI. Fortuna crudele nemica d’amore.]

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J’ai quelque chose de chagrin et de fier dans la mine; cela fait croire à la plupart des gens que je suis méprisant, quoique je ne le sois point du tout.

[Tengo algo entre triste y orgulloso en mi semblante; esto hace creer a la mayor parte de la gente que soy despreciativo, bien que no lo sea en modo alguno.]

F. de La Rochefoucauld, Portrait de La Rochefoucauld par lui-même

C’est une force d’esprit d’avouer sincèrement nos défauts et et nos perfections, et c’est une faiblesse de ne pas demeurer d’accord du bien et du mal qui est en nous.

[Es una fuerza de carácter el confesar sinceramente nuestros defectos y nuestras perfecciones, y es una debilidad no permanecer en armonía con el bien y el mal que hay en nosotros.]

Mme de Sablé, Maximes 17

Duo quae pulcherrima sunt quocumque nos mouerimus sequentur, natura communis et propria uirtus.

[Las dos cosas más bellas nos seguirán a dondequiera nos desplacemos: la naturaleza común y nuestra propia virtud.]

Séneca, Ad Helviam 8.2

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Lo que se puede ver de mi aspecto es contenido, ni agresivo ni liviano, a pesar del desarreglo de mi cabello o de lo intenso de mi mirada en ocasiones. Tengo la piel blanca de nacimiento y de recogimiento. Es posible que sea de estatura algo mayor que muchos de los nacidos en mi año, pero no lo suficiente como para despertar admiración. Como todas las personas más o menos altas, tiendo a curvar ligeramente la espalda. Soy de constitución sólida pero nada trabajada, lo que ofrece, creo, una peculiar imagen de fortaleza y debilidad contrapuestas. Mis ojos son tan amables como mi intención y tan oscuros como las heridas que alberga mi memoria. A menudo caen mis pobladas cejas sin rencor, como resignadas ante la decepción constante. De continuo parezco adoptar una expresión severa y un observar penetrante, pero casi siempre se trata de la penetración de la curiosidad. La doblez de mis labios queda algo compensada por la de mi nariz, caída como la de un griego. Tengo los dientes bien ordenados, prominente la barbilla, proporcionadas las orejas. Unos pómulos despejados, hundidos por su centro pero amplios en lo demás, prometen un rostro carnoso para el día de mañana. La negrura de mi cabello ondulado empezó a flaquear muy pronto a causa de mis humores melancólicos, sensibles a las sorpresas, y un color de nubes lluviosas ha tomado el poder en mi cabeza, que en breve será similar a las pelucas de la Regencia. Lo lavo con poco ímpetu, algo que, estoy convencido, ha contribuido a que se mantenga todavía espeso y saludable. Ciertos dolores en las articulaciones me impiden realizar un ejercicio que mantuviera más esbelta mi figura, la cual, en cambio, no ha pasado aún a deformarse en un grado apreciable. La dieta y las penas han ido agrietando la piel de mi rostro, moderadamente hasta la fecha. Muy rara vez lo mantengo perfectamente rasurado. No sería extraño considerarme bien parecido, pero la belleza que pudiera residir aún en mi cuerpo vase marchitando a manos de mi descuido y  de la languidez de los años. No vigilo con esmero mi indumentaria, y no siempre estoy seguro de si la causa es el pesimismo, la pereza, la falta de orgullo o la desconfianza en el gusto de mis semejantes, si bien el ahogo patrimonial tiene algo que ver. A menudo me he preguntado de dónde viene la finura de mis brazos, que no se explica por la mera falta de labores físicas. Mis manos, en cambio, son amplias como para abarcar el intervalo de décima en el clavecín, sin que por ello sus dedos sean llamativamente largos ni huesudos, por lo demás algo lampiños, como los de un adolescente crecido. Cual suele suceder, mi voz me desagrada por su aturullada dicción y por su punto de nasal; por mucho que me digan que resulta mansa y cálida, no logro descreer que el halago se debe a la simpatía o a la cortesía. No sabría destacar nada más reconocible de mi efigie que el volumen generoso de mi cráneo. Diciéndome valgo de rodillas y relajado de hombros termino de esbozar mi apariencia para quien cuente con imaginación.

De ánimo varío cada vez menos, aunque el vaivén no llegue todavía a desdeñable en absoluto. Si la flema y la bilis negra compiten por serenarme y entristecerme, nunca me inclino por ninguna de las dos, y cuando lo hago acaban por irrumpir la sangre y la ira. Aprecio mucho más los sentimientos alegres de lo que soy capaz de suscitarlos, de lo cual tampoco soy incapaz de ningún modo; tanto es así que, en cuanto algo de esperanza me invade, dejo suelta mi facultad de jugar con las palabras y caigo preso en un círculo de jocosidad excesiva. Me divierte todo lo que haga homenaje al ingenio, tanto más cuanto más cerca se sitúe del ingenio refinado de los atenienses paganos y de los cortesanos de Versalles. Muchos se sorprenderían hasta qué punto me divierto bromeando, y muchos más se sorprenderían de la pátina de melancolía que percibo en el fondo de cada diversión. Me esfuerzo por ser afable y menos grave con todos y más cortés con las damas, de las que me enamoran por encima de otros encantos la gentileza y la brillantez de ánimo. Debo mi taciturnidad, en primer lugar, a un deseo de no herir al contertulio, y, en segundo lugar, a sentirme a gran distancia de aquel a quien no entiendo… o de quien entiendo demasiado bien. El deseo de no herir me lleva en no pocas ocasiones a una timidez poco razonable que peca de molesta para los demás. Sospecho que se detecta incluso más mi tristeza cuando intento forzar un gozoso desenfado. La ausencia es el mejor recurso que hasta ahora he hallado para no molestar ni invadiendo ni retrayéndome, y esa generosidad se solapa peligrosamente con la cobardía, y tras ésta he perdido buenas cosas. Si pudiera llamárseme cobarde por el impetuoso ritmo de mi fantasía, lo sería, por encima de todo, ante minucias, y menos ante la posibilidad de empobrecerme, no llegar a anciano, sufrir traiciones o pasar solo el resto de mi vida; y es que asumo que así es como acabarán todos a los que alcance una muerte tardía. Temo a la muerte como casi todos y, al mismo tiempo, de pensar tanto en ella la voy temiendo menos. Pese a la importancia desmesurada que todavía concedo a las opiniones que sobre mí depositen los demás, y pese a mi deseo de pasar desapercibido, voy perdiendo poco a poco esa aprehensión, sabiendo como sabemos que todos los hombres estamos locos. Cuando llego a un foro tengo el temor exagerado de ser el más incapaz de los presentes, temor que nunca se cumple donde temía y que rara vez se desmiente en otro aspecto en el que no pensé, como en la gracia de espíritu o en hablar idiomas con soltura. De natural soberbio, no hay día que no procure azotar por varias partes a mi orgullo. Me sirvo para ello de sentimientos que moran en mí constantemente: el amor por los hombres y la desesperanza en torno a sus destinos. Fracaso en tal propósito con frecuencia, como era de esperar, porque ni tan grandes son estos sentimientos hacia los demás, ni tan débil es mi amor por mí mismo. Me precio de reconocer la esencia de las virtudes y divago trabajosamente en localizarlas día a día en sus formas concretas. Nunca pierdo la fe en la disciplina, logre satisfacerla o no, pero la disciplina de la fe se me escurre en mis innumerables horas de distracción. Mi mente vuela hacia todas partes con todos los sentimientos al mismo tiempo, y hace tiempo me di cuenta de lo pernicioso que me ha resultado amar todos los conocimientos y artes como haría un cardenal del Renacimiento no contando con la fortuna adecuada. La calma me llega más por agotamiento o por amor que por rectitud y constancia. Solamente logro absorberme en la concentración cuando es fácil confundirla con la obsesión. La impaciencia me hace suyo cuando me entusiasmo, lo que sucede cada semana. Soy envidioso, pero no de emperadores y grandes duques, de los que puedo reconocer su hermosa utilidad, sino de aquellos que logran ser felices con lo que tienen, de aquellos que son amados y viven retirados en confortables casas junto al bosque, y también, sí, de aquellos que derrochan entre sus manos de artistas la belleza y gracia que mi ingenio ha de sudar entre grandes dolores de parto. Empero, cada cierto tiempo percibo demasiado bien la igualdad subyacente de todos los mortales como para sentirme muy diferente del más feliz o del más desdichado de ellos. La poquedad de la naturaleza humana me obliga a amarla cada día más. Su capacidad oculta y misteriosa me obliga a aprender de ella con la misma afición creciente. Intento decirme siempre la verdad sobre mí mismo, aunque sea tarea casi imposible, más incluso para quien ha catado todos los sabores del espíritu, desde lo más bajo a lo más alto; es posible que, en según qué punto, la sinceridad se agote con la edad como la lascivia.

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Mis costumbres son austeras si las comparamos con las de mis vecinos o con las de mi primera juventud. Me atrae el silencio de la noche, hacia donde gira continuamente mi vigilia, y tanto el deseo de soñar como el desarreglo de horarios me incitaron siempre a dormir más de la cuenta. Pero, inclinándome como me inclino a desafiarme bruscamente, soy muy capaz de soportar razonablemente ciertas penalidades durante cortos periodos de tiempo, como subsistir con bajísimos ingresos o pasar varios días sin comer o sin hablar con nadie. No tengo necesidad de buscar ostras en último mar, como decía Séneca de los ánimos afanados, y mi interés en artilugios, banquetes y viajes no me abruma tanto como para llorar mi imposibilidad de obtenerlos o como para ahorrar grandes sumas de dinero a costa de bonhomía y paz de espíritu. Mis debilidades son un poco las de cualquiera, quizá con mayor acento en placeres refinados y artísticos pasados de moda. La aversión, el apego o el embobamiento me sorprenden y traicionan mis grandilocuentes proyectos. Como antes he dicho de las damas, es su gracia y su buen corazón lo que más me atrae hacia aquellas que me atraen, y cada vez me entristece más desear una bella figura animada por un espíritu hundido en el amor propio o en la ignorancia. No me atrapan los espectáculos, salvo quizá la música y la literatura que aviva a mi alma de cuando en cuando. No diría que son exagerados mis vicios ni en número ni en énfasis. Y, por otra parte, ningún exceso me enloquece ya, virtuoso o no; nada me arrastra con la vehemencia necesaria como para que abandonase mis costumbres recoletas o el tejido de mis conjeturas acerca de la bruma de todas las ilusiones. Así, pocas veces peco activamente, muchas menos que por indecisión, molicie o desengaño. Diríase algo similar de mis virtudes, fueran las que fueran. Voy perdiendo muchas cosas que cada vez me molesto menos en recuperar, sea por indiferencia, decepción o amor. Precoz en esa lucidez que echa abajo al teatro del mundo, no me aferro ya siquiera a ella. No contribuyo apenas nada a que el siglo sea mejor, y es que hoy por hoy me recome la idea de procurar que al menos no se vuelva peor, lo que ya es mucho, casi imposible. Reconociendo la grandeza de renunciar al mundo, tampoco he contado para ello con la valentía con la que puedo renunciar a algunos bienes concretos. Por resumirlo mucho, me limito a meditar durante el día y a leer durante la noche. Muy pocos saben lo que en realidad pienso sobre las cosas. Lo que escribo siempre es breve, revisado mas no en demasía, elevado mas finalizado en suspenso, sutil cuando la vanidad no me obliga a decirlo todo y a agotar el asunto. No cuento entre mis alimentos nada que un ser animado no me concediera voluntariamente, y es que eso implicaría robo y tortura sin ofrecer nada a cambio. Mis amistades son pocas, poco frecuentadas, poco conocedoras de mi intimidad. Hasta hace no muchos años no podía reconocerme verdadero amigo de nadie, y lo contemplo como un inmenso defecto o como la suma de muchos pequeños. Con un par de personas he sido todo lo sincero que se puede ser mientras se ama todavía uno a sí mismo. Llevo un tiempo luchando contra mí mismo para fingir tomar partido por las aficiones de la mayoría; no sólo por evitar mi soledad, que de tan profunda que es me desalienta a intentar acallarla por completo, sino ante todo por no parecerme digno ni noble el desperdiciar en el ahogamiento la bondad que pueda haber en mí. Advierto en los demás la cualidad que hace amables a todos los seres, donde también advierto algunos de mis mismos deseos y costumbres, pero difiero demasiado en sensibilidad y creencias como para enramarme día a día en sus corazones y sus vidas. Sonrío y procuro hacer sonreír sin dejar de ver en ello un eterno juego. Adoro la conversación esmerada y repudio la insustancial, razón por la que suelo conversar poco. De no ser por mi montaña de libros y documentos, haría mío el lema estoico de omnia mea mecum porto. Mas en otros ratos siento que amo demasiado las cosas y mis costumbres para con ellas, aun sabiendo que no valen nada en absoluto ni las unas ni las otras. Casi habiendo alcanzado lo que con suerte será el mediodía de mi vida, no cuento con una gran obra realizada, ni con un nombre reconocido, ni con un cargo que me permita subsistir sin ayudas. Sólo me puedo preciar de lo que he sentido y de lo que sé, y eso con cautela. Sin haber vivido grandes aventuras, todos los periplos que, sin embargo, se puedan dar en un corazón, se han dado en el mío. No ambiciono la fama, aunque mi vanidad a veces suspira por el reconocimiento de siquiera diez inteligencias, si bien no tanto como para que me decida a ostentarme. Diríase que mi carácter reservado es una vanidosa sombra que exige ser buscada y no buscadora. No todo ha sido interior: he amado y he sido amado. No me he negado los placeres de la carne, ni del yantar, ni de las bebidas espirituosas. Podría morir hoy mismo y no habría de quejarme, reconociendo que he paladeado como catándolos los más naturales goces mundanos, dulces bellezas de los sentidos y del espíritu, cierta comunicación de almas, la grandeza y la miseria de la existencia, la sabiduría de los antiguos y la cruda evidencia del presente. Celebro que ningún dolor me haya lacerado hasta la fecha con demasiada contundencia; lo considero, con Epicuro, el hallazgo de la más sensata forma de felicidad, dadas las circunstancias. Quizá no haya sido bendecido con ningún verdadero éxtasis, pero lo he intuido por todas partes. La vida no ha podido todavía ni encandilarme por completo ni, por el contrario, derrotarme con inapelable amargura. Sigo cumpliendo costumbres sin creerlas, anhelando infinitos sin embarcarme hacia el fin del océano, viviendo modestamente estable en un mundo que se derrumba.

Si tengo una doctrina, por simple que sea, es que nada de lo mortal me es ajeno. La gente me inspira curiosidad, siendo raras las veces en que esta curiosidad me lleva a invadir las fronteras del otro. Adopto el carácter y los gestos ajenos con facilidad, dada mi inclinación a buscar la armonía entre los seres. Suelo escuchar mucho más que hablar, lo que ha me hecho sagaz a la hora de entender a las almas. De ahí mi interés por los retratos, las anécdotas, la historia o el teatro. La ciencia de las costumbres compila todo ello y me instruye también acerca de mi destino: ninguna sabiduría me parece más provechosa que la que me ha de decir cómo actuar mañana por la mañana. A nada regreso con más frecuencia que a la filosofía, grande o pequeña. Muchas ideas se debaten mi entendimiento, aunque pocas de ellas provienen de este siglo, lo que también ayuda a condenarme a una cierta soledad. El amor por los que sufren y el amor al orden se alternan en mi corazón, porque no menos necesario me parece compadecer a cada ser vivo como hacer preservar el frágil equilibrio de la civilización. Admiro los tiempos que contaban con hermosos palacios que inspirasen y con monasterios para quienes no soportasen ser demasiado inspirados por aquéllos. A la vez, juzgo valiosa toda vida mortal, humana o de otros reinos. Y, como es imposible conciliar a la perfección grandes sentimientos con igualdad, heroicidad con derechos, me contradigo y acabo regresando siempre a las lecturas, en aras de que ellas me revelen qué partido me ha de vencer. Por el momento, reconozco que resulta requisito indispensable el amor tanto para el triunfo de los inocentes como para el de los pontífices que nos prometen la belleza y la templanza, aunque entreveo que no es requisito suficiente ni en uno ni en otro caso. La frialdad del cálculo ha de conjugarse al final con el sentir del corazón, y puesto que, a diferencia del sentir, el cálculo no puede inclinarse por cosas contrapuestas, se ha de dar la preeminencia, bien a la sutura de heridas de hoy, bien a las heridas aparejadas a la existencia: o dar pan a quien tiene hambre o dar consuelo a todo el que se ha visto atrapado en este extraño mundo. Habiendo como hay tanto sufrimiento intenso puramente corporal, me inclino últimamente por mitigar éste en perjuicio del tenue pero universal sufrimiento enquistado, al que solamente la tradición y la entrega abnegada podrían mantener subyugado. Tras una primera juventud desordenada y mezquina, terminé apreciando sin cortapisas la piedad religiosa y, caprichoso como soy para los horarios, procuro ejercitar sus prácticas prescritas menos de lo que debería. En cuanto a los estilos, medito ante lo arcaico, aprendo de lo clásico, me resbalo hacia lo sentimental. Leo a griegos, latinos y franceses, y creo a los indios, entiendo a los cristianos, envidio al aticismo, me complazco en el adorno. Detesto a cualquier autor que pretenda destruir lo que le precedió. No prefiero la ópera francesa a la italiana ni al contrario. Me conmueve el verso religioso, respeto la grandeza de mi nación sin amarla, agradezco con mucho tiento y más mesura los descubrimientos de las ciencias naturales, aprecio a la corona sin apreciar con fervor a ningún rey, me interesan los revolucionarios mientras desconfío de ellos.

Así es como resumo los más destacables rasgos de mi persona, siempre huidiza, a decir verdad, como la de todos. Los menos destacables, que acaso sean los más profundos y delicados, me los guardo para mi silencio o para quien converse conmigo con voz tierna junto a un vino caliente.

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[La primera música es de F. Couperin: L’intime (XIIème ordre). La segunda música es 2d Espagnol enjoué y 2d Air des espagnols de Le Bourgeois gentilhomme (1670) de J.-B. Lully, con libreto de Molière escrito originalmente en diversos idiomas: francés, español, italiano y sabir (lingua franca mediterránea durante siglos y de la que el libreto de Molière es uno de los escasísimos testimonios escritos). El texto de nuestro fragmento, en español en el original, dice así: “El dolor solicita / el que al dolor se da. / Y nadie de amor muere / sino quien no save amar”. Quiero entender estos versos de la manera más moralizante posible, a saber: que el verdadero amante es dichoso, y no ningún otro.]

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Jean Baptiste Simeon Chardin The Monkey as Antiquarian

Il est dangereux de trop faire voir à l’homme combien il est égal aux bêtes, sans lui montrer sa grandeur. Et il est encore dangereux de lui trop faire voir sa grandeur sans sa bassesse. Il est encore plus dangereux de lui laisser ignorer l’un et l’autre, mais il est très avantageux de lui représenter l’un et l’autre.

[Es demasiado peligroso hacer ver al hombre hasta qué punto es semejante a las bestias, sin mostrarle su grandeza. Y es igualmente demasiado peligroso hacerle ver su grandeza sin su miseria. Es todavía más peligroso dejarle ignorar lo uno y lo otro, pero es muy beneficioso representarle ambas cosas.]

Pascal, Pensamientos, LAFUMA 121

On ne fait de grands progrès qu’à l’époque où l’on devient mélancolique, qu’à l’heure où, mécontent d’un monde réel, on est forcé de s’en faire un plus supportable.

[No progresamos grandemente sino cuando nos volvemos melancólicos, cuando, decepcionados del mundo real, nos vemos obligados a inventarnos uno más soportable.]

M.-J. Hérault de Séchelles, Théorie de l’ambition, 2.16

-En toda mi vida, sólo he hecho una maldad.
-¿Y cuándo va a terminar?- replicó Rivarol.

A. de Rivarol, Rivarolianas

LOS CONVERSADORES SILENCIOSOS

En delicada, complicada, inoportuna, en imposible se ha convertido la tarea de establecer una conversación con un menor de veinte años, cuando no con un menor de cincuenta. Si no entendemos por conversación el intercambio de cuatro o cinco monosílabos, no se me ocurre cómo contactar con quien está siempre en contacto. No hay ocasión en la que dedicarles un saludo o un jocoso comentario amigable no suponga el entrometerse en su actividad privada, arrastrando fuera de su burbuja a quien no concibe nada más digno. Caballerete o damisela, tanto da: los oídos cubiertos por aislantes canales de amplificación musical, la vista fija en un instrumento de escritura, un dedo que se desliza superponiendo caracteres sin carácter a una velocidad tal que garantice el no hartarse de una inanidad de un solo tipo… y a eso es a lo que se llama ahora persona de las nuevas generaciones, promesa del futuro, aristócrata de la comunicación. Tanto afán por la letra escrita debería darnos esperanzas, pero las desmiente la escasa práctica en ensamblar cadenas complejas y no agramaticales de palabras. Envueltos en la arrogancia de creerse peculiares por obviar con total indiferencia a quienes piensan lo mismo de sí, los más jóvenes me han convencido de que poca idea tienen de tener ideas. Que no hablen: será más cuidado para su imagen el no demostrar que, en efecto, nada sabrían decir. Finalmente, trágicamente, como justicia de los dioses vengadores de la desmesura, un gran silencio ha vencido a las mentes que desesperan por romperlo.

Adélaïde Labille-Guiard, Portrait of a Woman, 1787 (Musée des beaux-arts de Quimper)

EL LACAYO TIRÁNICO

Polynice, un pequeño mayoral, aburrido en su tarea y atareado en su desidia, aprovecha la más mínima ocasión para cerrar las puertas a quien llegaba corriendo para subirse en el último momento al carruaje. ¡Qué triste tamaña necesidad de poder en quien tenga tan poco! Y esa tristeza me lleva a pensar, irrigando un mal presentimiento con otro, en cuántos poderosos no serán tan mezquinos como Polynice. Porque, ¿acaso no podremos interpretar muchos movimientos de las altas esferas como bruscos golpes de timón, intransigencia placentera, cierre arbitrario de puertas, palabras de mal tono, desprecio indiferente? Sólo nos queda pensar que, afortunadamente, sólo nos gobierna un pequeño números de los hermanos espirituales de Polynice; contemos con lograr tolerar entre impotentes y resentidos a los malvados vencedores.

George Stubbs, 1724 - 1806 A Gentleman driving a Lady in a Phaeton 1787 Oil on oak, 82.5 x 101.6 cm Bequeathed by Miss H.S. Hope, 1920 NG3529 http://www.nationalgallery.org.uk/paintings/NG3529

LAS DAMISELAS VOLÁTILES

Dos jóvenes lozanas, de las que ni siquiera he llegado a conocer el nombre -pero engendradas en tierras teutónicas y de Nueva España, según dicen-, se agregan a una conversación en la que dos gentilhombres conversamos sin ardor ni tedio. Ríen, comentan, interrogan, coquetean… La noche entera invita a ello, dándose como se da en un distrito en el que los aguardientes caldean las mesas. Las locuaces doncellas quieren moverse: movámonos. En un ambiente ritmado por sones mucho más tribales, en mayor penumbra y con licor más caro, cuchichean algo entre sí, y en un plazo de un par de sorbos de quienes por cortesía sí hemos pedido algo de beber, excusan su marcha. Abandonados sin habernos presentado, violentamente inquiridos sin pasión, quedamos de nuevo como hace media hora, pero fuera de la mesa en torno a la que conversábamos, aquella vez sí, como personas de ingenio y seso. ¿Cómo puede pasarse tan raudamente del interés súbito y algo descarado a la ausencia eterna? ¿Qué falló en sus recentísimos amigos para decepcionarlas si no es lo que ya veían desde lejos antes de conversar? ¿Cómo se puede decepcionar si no es tras un honrado juicio de virtudes y vicios? El comportamiento de las señoritas nocturnas puede ser un enigma para quien no se curtió en todos los desvelos necesarios para manejar a su antojo al sexo opuesto. Sin duda mostraban un interés en que algún galán acostumbrado a la estrategia se sirviese de ellas entre sonrisas, sin duda nuestro egoísmo no fue lo bastante rápido para quien únicamente busca sentirse deseada a muy corto plazo. No sintieron el vicio viril arrasando sus cuerpos desde el primer momento, y la destrucción de sus almas fue presentida bien pobre para aquella noche. O eso o esperaban encontrarse con gloriosos danzarines, más amigos de pizpiretos minuetos que de sentidas zarabandas, siendo nosotros reacios a cualquier tipo de orquesografía. “De lo que menos hay en los amoríos es amor”, dice el duque de La Rochefoucauld. Y, así las cosas, celebrando haber rehuido la tentación de una falta de amor –falta que siempre acaba sintiéndose excesiva y digna de arrepisos–, apuramos estupefactos el poso de un aguardiente en verdad demasiado caro. Nada ha afectado nuestros corazones: el placer es siempre tan veloz y vacuo que tan desvanecido queda si se presenta galantemente como si nos roza únicamente para alejarse.

François Boucher, “The Love Letter,” 1750

EL CONOCEDOR ENVILECIDO

Hégésias conoce a los grandes autores, disfruta del buen arte clásico, ama la música vienesa. Pero asume que se le pide otra cosa. Deja sus nobles placeres para su intimidad y exhibe, en cambio, la sumisión, la hipocresía, la necedad, la burocracia, tal y como reclaman estos tiempos. Es fácil darse cuenta de que para laborar hay que embotar el gaznate de filfa, y casi todos nos hemos planteado en algún momento la idea de vender nuestro tiempo al mejor postor para ganar otro mejor tiempo de pagado asueto. Pero Hégésias no ha abandonado tan exigente empresa. Ni siquiera duda por un momento. Reconociendo lo absurdo de la situación, continúa pasando por trámites absurdos con tal de cobrar de un Estado en el que no cree y al que no espera aportar nada bueno, dado el desgaste espiritual que se tiene por requisito para entrar en su maquinaria. ¿Idiomas que nadie habla en serio pero que garantizan preeminencia de cara a un puesto sobre los más capacitados? ¿Títulos diseñados únicamente para entretener a las legiones de candidatos? ¿Certificados contraproducentes? ¿Estudios inoperantes? ¿Automatización embrutecedora de aquella delicadeza que requeriría la docencia de las artes? Todo concedido con tal de obtener a cambio salario digno, pagas extraordinarias, largas vacaciones, convenios mejorables, promociones, sexenios, años sabáticos, excedencias, jubilación anticipada y pólizas gratuitas. Ha asumido que la época de los creadores y los héroes, la única que merece atención, ha pasado, y que nuestra atención podremos dedicársela tan sólo si vendemos hoy parte de nuestra alma una vez seccionada, como las dos manos ignorantes una de otra de las que habla el Evangelio. Es un cínico sensible, un hedonista ordenado, un crapuloso amante de la virtud. Verdaderamente, como él dice, si no se cede ante la excrecencia de un modo se ha ceder de otro, porque el sagrado tiempo de la entrega espiritual en la civilización de los ateos requiere algún tipo de transacción atea, sea con hambre e intranquilidades mundanas, sea con alquiler de las facultades más nobles. Por cosas de su propia definición, parece que la pureza ha de elegir entre escasa expansión o vil envenenamiento gradual. Sea. Todo apunta, pues, a que veré cómo mi amigo se proyecta a un cómodo nicho mientras una trabajosa conciencia, o más bien una repulsión física al falso compromiso, me condena a flotar como náufrago en el proceloso mar del anonimato.

John Wilmot, 2nd Earl of Rochester. Period copy (National Portrait Gallery, London) of a portrait attributed to Jacob Huysmans

EL MÚSICO INMORAL

Con disgusto descubro que Mésomède, el gran tañedor de las teclas, ha molestado a ciertos tiernos infantes y que es acusado por ello ante los tribunales de su nación. ¿Me será ahora igualmente grato oírle ejecutar su arte? ¿No es la virtud de los corazones lo primero que ha de armonizar el músico? ¿Acaso un exceso de preparación minuciosa ha trastocado su carácter social, su percepción de la naturalidad humana y su benevolencia? Con mayor disgusto descubro que otro colega suyo, otro de los pocos casos vivos a los que también admiraba, ha sido igualmente juzgado por hechos similares. ¡Oh qué tiempos terribles estos en los que sus salvadores no han logrado evitar atestarse de pecado en grandes y fuertes tragos con tal de tener durante el resto del tiempo las mientes libres para purificar las almas de los afligidos y malditos! Bien es cierto que entre los griegos no era la pederastia sino una belleza digna de los hijos de la aristocracia, pero dudo que restaurar los valores más delicados de los antiguos pueda hacerse sin riesgo de deformidad si no se restaura con ellos el equilibrio entre fuerzas opuestas: sin la creencia en el sacrificio y en el amor a la patria que demostró con su vida y su muerte, el venerado Sócrates podría no haber sido considerado por los cristianos que habrían de preservar su memoria como más que un desordenador de la armonía ciudadana, un charlatán y un profanador de niños atenienses.

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DIMES Y DIRETES DEL RETRATISTA

Habrá quien piense que todas las estrafalarias galerías frecuentadas por este que escribe son ficticias como novelas, pero se equivocará. Nada hay más cierto ni al mismo tiempo más novelesco que la novela en la que vivimos, y ello vale tanto para un plumilla de escasa aventura como para el más temerario conquistador de las Indias. Estamos rodeados de personajes arquetípicos, de óleos vivientes, de figuras resaltadas. Basta contar con la suficiente imaginación para ver la semejanza entre el vecino de siglo y la llamativa mascarada de otras eras más literarias, de cuando todo parecía filigrana de eventos, carnaval de confusiones, Edén de caricatos.

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[Música: J.-B. Lully, Ballet des Arts. IV. La Peinture. 3e air pour les Peintres et quatre Dames ridicules.]

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Por eso, los caracteres contrarios reivindican, a veces, la correspondiente cualidad; por ejemplo, el pródigo la del liberal, el arrogante la del noble, el temerario la del valiente; pues se interesan por las mismas cosas y, hasta un cierto punto, son limítrofes.

Aristóteles, Ética eudemia, 1232a

Le contraire des bruits qui courent des affaires ou des personnes est souvent la vérité.

[“La verdad es a menudo lo contrario de los rumores que circulan sobre los sucesos o sobre las personas”.]

J. de La Bruyère, Les Caractères (“Des jugements”, 38)

La metad del mundo se está riendo de la otra metad, con necedad de todos.

B. Gracián, Oráculo manual y arte de prudencia, 101

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LOS PARLANCHINES

Hay personas que nunca callan. No logran mantener el canal articulario relajado. Ávidos de fonemas, dudan sobre cómo respirar si no es resoplando cadenas de palabras. La mayor parte de las veces no cuentan más que aquello que todos vivimos, las evidencias que nadie pasa por alto, las tautologías que sería absurdo negar, el funcionamiento esperable de las cosas. El viaje en absoluto impresionante, la tarea que todos tuvimos que hacer, el percance que apenas puede llamarse tal, el encuentro que sólo sorprendería a un astrólogo ávido de elucubrar correspondencias… Hoy, como a la vista de Teofrasto, el locuaz, «pasando de un tema a otro, afirma que los hombres de hoy son mucho peores que los de antaño, y que el trigo en el mercado está a muy buen precio, y que hay una gran afluencia de extranjeros, y que a partir de las Dionisias el mar es de nuevo navegable, y que si Zeus mandara más lluvia, mejoraría la situación del campo, y lo que cultivará en su tierra el año próximo, y que la vida está difícil, y que Damipo ha consagrado una antorcha grandísima en los Misterios, y cuántas son las columnas del Odeón, y “ayer vomité” y “¿qué día es hoy?”». En el peor de los casos se dignan estoicamente a ofreceros una larga enseñanza que no necesitáis o incluso que está íntegramente equivocada. Se hacen redundantes y recurrentes como las actividades que relatan, como si las lecciones que realmente deseasen impartirnos fuesen lecciones prácticas de paciencia. Y a fe mía que lo logran: cuando veo arribar a cierta damisela sobreexcitada, el vello se me eriza hasta que lo domo con el ungüento de Job, como otros muchos caballeros que nunca osarían mandar callar a tan expansiva galaxia verbal. Tampoco suele importarles lo contrario. No escarmentarán por mucho que los chisten, por mucho que los sorteen entre los ángulos de los pasillos y las tramoyas que se tenga a mano en el momento; el caso no es ser escuchado, ni amado, ni respetado, sino tener cerca un recipiente sobre el que desalojar la menestra de pensamientos que no logran abstenerse como prudentes pensamientos, ésos que no precisan reproducirse en vástagos verbales, vástagos bastardos y saqueadores como soldados vencedores que violan oídos y la frágil paz de los que sólo hablan cuando tienen algo que decir.

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EL MAL AMIGO

Éphialtès tiene un perrito al que hace carantoñas, al que sonríe y al que alimenta. Baila con él, lo acaricia, supongo que lo baña. Pero lo deja solo cuatro quintas partes del día, de sol a sol. No se molesta en dejárselo durante las horas de la tarde al simpático hijo del vecino para que se diviertan mutuamente. Algunos, que no Éphialtès, oímos los llantos y pataleos de ese amigo leal que recibe como premio a su lealtad una vida de soledad. En su triste confusión, el perro nos ladra desde el otro lado de la puerta a los que lo compadecemos. Cada día gime más enloquecido cuando percibe que lo traen de vuelta a su prisión. Atrapado en un minúsculo habitáculo en una artificiosa ciudad, esa pequeña criatura llora a su dueño a cada hora del día, y no seremos pocos los que no dejamos de preguntarnos qué lleva a un hombre a esclavizar a quien tanto le ama, y cómo puede un poco de calor animal comprarse a tan alto precio.

LA SABIA ENSIMISMADA

¡Cuánto sabe Macrine! Ha leído mucho, ha traducido más, ha investigado el triple de lo traducido y reconoce más detalles de los temas que temas. Pero su conducta, convencional, simple, lenta, se presta más a las pacientes tardes bajo las parras de los pueblos que a un centro universitario. Su tono de voz, moderado hasta lo irritante, denota la imperturbabilidad de una tortuga centenaria. Ha hallado, sin saberlo y sin pretenderlo, la ataraxia de la que habla cuando describe el decurso de la filosofía helenística. Nada de lo que menciona la afecta, de nada asume la esencia y la metánoia sobre la que diserta. ¿Para qué? ¿No vienen a decir todas las filosofías soteriológicas que mejor que filosofar es tener paz de ánimo? ¿Y qué mejor desapego que hablar de caminos que por innecesarios y largos no se han de recorrer? ¿Qué mejor que hablar de la salvación cuando uno no tiene la preocupación de tener que salvarse de nada? Es difícil creer en algo si no se sufre por cosa alguna. Tan poco interés tiene en las cosas de este mundo y del otro que se desentiende de sus oyentes como de los sabios que parafrasea, y con el porte sacerdotal de un mistagogo eleusino, trascendida a un plano no dual, lo confunde todo, audiencia y mensaje. Por influencia de Diógenes y otros cínicos, busca la satisfacción de los deseos primarios, y os diré cómo: rechaza los horarios establecidos, no se prepara las clases, hojea los libros en busca de citas al azar, aburre hasta al daimón del filósofo que invoca. Gusta de calificar al alza con tal de que nadie se le queje de su escaso rigor y de su criterio poco salomónico, amante del clinamen. Pero esta actitud rebelde se hace con la serenidad de una Flaminica Dialis protegida por los poderes públicos, que otorgan ese raro privilegio -fuente de cualquier cosa- llamado “libertad de cátedra”. Pirrónica infiltrada, evita hacer o decir nada con peso, como si flotase en los intermundos de los dioses epicúreos. Y así va incrementado sexenios para gozar de una cuantiosa jubilación que empezó hace lustros, pareja a su peculiar ascensión mística, su incubatio de media vida, su epopteía sin fin. Pero, dado que nada la oprime, alberga también una bondad esencial, acaso no muy grande pero en absoluto forzada, y gusta de promocionar ante nuevos foros a los alumnos a los que no ha enseñado sino a fluir descuidadamente con el Lógos.

Le Brun, Charles (1619-1690). Les expressions des passions de l'

LOS DESCONOCIDOS INCOGNOSCIBLES

No es raro en muchas personas que malicien contra quien no les ofrece su atención por mucho que lo anhelen. Ese chico apuesto y distraído en sus mocedades que complacería a cierta doncella incapaz de desafiar su amor propio para acercársele, aquélla otra liviana ninfa que ignora sin pretenderlo -y eso es lo más doloroso- a cuantos más la aman, ese sabio que ha alcanzado los cargos y conocimientos que no podremos ya soñar, tal contratista que nos priva de un deseable puesto de trabajo… Todos ellos se alejan por desinterés y, careciendo de fuerza para aceptarlo, preferimos destacar las desgracias de las que nos libramos con su lejanía. Aquél es pretencioso, aquélla mira demasiado la hora, la otra se viste con poco gusto, el de más allá nunca entendería nuestros pensamientos más sutiles, uno que tiene cara de traidor, y todos tienen vísceras y en algún momento despiden mal olor. Y al fin y a la postre cualquier felicidad cerca de cualquiera de ellos será tan efímera como hojas de otoño y como cualquier alegría de la vida. Y así, aderezándonos con un rencor racional, se descargan las imposibilidades de las almas, y así se soporta seguir transitando por un mundo que sólo nos presenta a quien apetece presentar. En el pecado se lleva la penitencia: afeando al mundo se llegará uno a pudrirse de todo y a no tener a quien complacer con placer. Mas que todos seamos enjambres de imperfecciones no nos habría de hacer menos dignos de amor, sino más hermanos. Y que los desconocidos sean dichosos no habría de conducirnos a consolarnos con sus posibles males ocasionales, sino a complacernos con un trabajo que ya nos han dado hecho y del que podemos olvidarnos.

LA TABERNERA COMPLACIENTE

Mientras desatasca la cafetera, Glycère, hetaira del desahogo verbal, escucha al viejo Caliphon. Éste borbotea una narración rapsódica, compuesta de episodios sin transición, con prisa, como si le esperasen en otro lugar para escuchar su relato. Es de esos ancianos que no es que hablen más que los demás hombres, sólo que concentran todas las alocuciones del día en los pocos minutos de que disponen de un oyente, alguien que satisfaga esa impulso tan humano de ordenar pensamientos en voz sin que nadie nos crea locos. La acetona se disuelve fácilmente en agua, y pocas aguas compiten con las aguas termales de Jaraba, que son de las más antiguas de España, o el limón no es ácido al estómago, aunque duda de si se dirá azúcar “moreno” o “morena” cuando la pide. Y ella le comenta a sus interpelaciones que siempre es bienvenido, que diga lo que tenga decir. No parece la actitud de Glycère tener un objeto comercial, ni disfrutar con el anecdotario, ni distraerse con tal de no pensar en sus propios problemas; da la sensación de que quiere que Caliphon se sienta a gusto, no por su condición de cliente o viejo, sino por su buen trato, por necesitar expresarse y por ser en su bombardeo tan breve como tiempo lleva apurar un carajillo. Y es que escuchar o aparentar escuchar durante veinte minutos al día es favor fácil de conceder a quien no pide más.

LOS ADUSTOS SERVIDORES

¿Quién se precia de no conocer a un camarero impertérrito, a una bibliotecaria hierática, a un vendedor lacónico, a un profesor estático? Son servidores de un público al que miran cara a cara y al que la ofrecen cara. Por muy bueno que sea el producto que nos ofrecen, nunca parecerá demasiado barato si no va ornamentado con el lazo de una sonrisa. Pero nadie tiene derecho a exigir gentileza, y menos desconociendo las tormentas interiores por las que navegan esas personas a las que sólo vemos como rostros desapacibles. Nadie conoce la educación sentimental a la que han sido sometidos o han dejado de someterse, ni las carencias que sobrellevan. Por otro lado, nada les vendría mejor -estemos convencidos- que fingir alegría para acostumbrarse a su ritmo particular. Lo único que desde el otro lado del espejo podemos hacer nosotros, exigentes consumidores, es dar a cambio algo más que sestercios, y contraponer, como en el teatro ateniense, ejemplos de máscaras sonrientes a máscaras lánguidas. Seamos Demócritos para Heráclitos que no fluyen con la vida y que se bañan siempre en el mismo río de llantos y lacerantes guijarros.

le brun

LA SACERDOTISA DEL CAOS

No puede haber más ternura en el aspecto, el peinado, los gestos y la voz de Galatée. En otros tiempos la habrían utilizado como modelo de madonas o como eximia institutriz de las más selectas señoritas. Pero ella ha escogido el desafío: estudia, difunde, defiende  y compone música de vanguardia. Habla de las cábalas y de las estridencias del siglo XX con la finura, la devoción y la suavidad que yo esperaría ante deliciosos madrigales de Caccini. Me deja perplejo su melodiosa voz comentando un infierno para los oídos, y siento una paradoja de los sentidos, una asociación de gustos imposible. Y con autorizada sapiencia cuestiona una idea de belleza que ella misma encarna con su sonrosada palidez, tan rococó, y nos quiere hacer llegar a la conclusión de que lo mismo que irrita al corazón amante de los clásicos es lo que se guarda tras el secreto de su sensible carácter. Como presenciar a una vestal detallando digestiones es presenciarla en acción. ¡Oh Galatée, ninfa de oscuro devenir, luciferina rebelde del coro angelical que te vio nacer! ¿Por qué te vulneras de esa forma tan despiadada? ¿Por qué no dejas que te recordemos en silvas, sonetos, pastorelas provenzales, arias, zarabandas, himeneos sáficos?

ESPEJO DE PRÍNCIPES

Si en los reinos reparten cargos a los cortesanos más inútiles -ya que los desperfectos los sufrirán siempre otros-, menos comprensible es que los comerciantes más empíricos hagan con frecuencia extrañas elecciones de los responsables a quienes confiarán la gestión de sus negocios. Directores que no dirigen, organizadores caóticos y negociadores antipáticos son muchas veces los que mueven los hilos en nuestra atareada sociedad, ávida de una eficacia a la que no ama tanto como dice. Thémistocle debió ganarse su título de patricio en alguna batalla que nadie recuerda, o más bien compartiendo el apellido del fundador. Como recompensa, vive el descanso del guerrero: es un jefe simbólico, una casilla en el esquema administrativo, un representante nominal, un receptor de pagos. Pero no sabrá decir casi nada del funcionamiento de su empresa. Como en tantos otros casos, parece un partisano de incógnito dispuesto a reventar el sistema desde dentro, convenciéndonos poco a poco de que los humildes podemos gestionarnos sin gárgolas que nos observen quietamente desde arriba. Recapacita, Thémistocle, piensa que, de seguir así, los empleados pensarán en despedirte; recuerda que los laureles duraron en la cabeza de César lo que los senadores tardaron en comprender el absurdo advenimiento del mundo que se avecinaba.

Y, al igual que él, Lycurgue toma el mando de un evento al que no sabe dar forma. Organiza un festival que, por muy ordenado que se pretendiese, acabará convertido en las Grandes Dionisias de seguir permitiendo que él lo entregue a la sinrazón y la liberación de los instintos. Nunca llama, no responde a los mensajes, no entiende lo que ha leído, programa horarios incómodos para todos, no recuerda ni lo que él ha programado, cambia de opinión en el último instante sobre la cita que concierta, se retrasa sin avisar sobre la hora que cambió, reclama in extremis los datos que no se encargó de recabar cuando había tiempo y finalmente los omite a pesar de obtenerlos, no logra evitar solapamientos por falta de planificación, deja incompletas las sinopsis, parece odiar las agendas, desoye los recordatorios, pierde el material, traspapela los números, invierte los nombres, copia mal las direcciones, no corrige las erratas, confunde las fechas, se queja de las quejas, exige tranquilidad. Pero os esperará sonriendo al final del evento junto a un buen cántaro de cerveza para felicitarse por una jornada de éxito. En fin: no pocas grandes guerras debieron de nacer y precipitarse por tener en los consulados a individuos tan relajados como Lycurgue, tan encantadores como simios a los que cedieran el timón de la flota cartaginesa.

L0025874 C. Le Brun, Dissertation sur un traite de C. Credit: Wellcome Library, London. Wellcome Images images@wellcome.ac.uk http://wellcomeimages.org LE BRUN, Charles 1619-1690 C. Le Brun Dissertation sur un traite de C. le Brun, concernant le rapport de la physionomie humaine avec celle des animaux. Paris: Calcographie du Musee Napoleon, 1806. Published: - Copyrighted work available under Creative Commons Attribution only licence CC BY 4.0 http://creativecommons.org/licenses/by/4.0/

LA ABNEGADA VENIDA A MENOS

Esa mujer de mediana edad que sirve cafés y tartas y coagula tortillas y friega platos se llama Aspasie. Parece ser la única que labora en el local. Una trabajadora más, sin prestigio ni sueldo reconocidos, sin un porvenir más allá de descansar un poco algún día. Hablando con ella se puede descubrir que estudió hasta el fin una dura rama de las ciencias naturales, y que conoce la obra de Ovidio, y que ama el cine clásico, al que no puede disfrutar en sala por estar ella obligada a mantenerse en su puesto de trabajo, a pocos pasos de allí. Aspasie no se corresponde con lo que uno esperaría de sus condiciones, pero no lo lleva mal. Entiende que nos ha tocado vivir tiempo de inversiones y de sarcasmos vitales, tanto como de azares personales, y prosigue filosofando sobre el devenir de la Historia mientras recorta un bizcocho y recalienta una empanada.

EL SUFRIDO EN SU OPINIÓN

Tantale se queja periódicamente para excusar su aposentada pereza y sus décadas viviendo del holgado patrimonio familiar en una atmósfera de cordialidad, educación y longevidad. Madre, padre, hermanos, amigos, gobiernos, vecinos, parroquias, escuelas, cuarteles, probadores de tiendas de ropa… todos se han conjurado contra él, si le creemos. Tiene un negocio, pero más para decir que lo intenta que para lograr algo. Maldice a los hados, clama a los cielos en los que no cree, llora una suerte de la que no puede esperar otra cosa y, tras todo lo cual, se marcha silbando a la taberna más próxima. Ser una víctima renta más que ser funcionario, y culpar a quien te cuida es más sencillo que la cortesanía aduladora de Versalles. ¡Qué horror pensar en las pelucas, las reverencias, los requiebros, las intrigas, los favores! ¡Atención, delicadeza, gratitud, amabilidad, respeto: atrás, lejos de él! ¡Ningún deber dejará se suponerle una opresión! Reprochar y exhibir flaquezas e inoperancias va más acorde con nuestra época, donde el cuidado de lo bello siempre recibe suspicacias y desprecios, donde el débil siempre tiene motivos no ya para recibir, sino para que el esforzado se incline ante él. Es mucho más decadente, por lo visto, halagar y cuidar afectadamente que escupirle a la cara a uno todo lo que no se merece.

Thomas Rowlandson (British, London 1757–1827 London) Acute Pain (Le Brun Travested, or Caricatures of the Passions), 1800 British, Hand-colored etching, printed in brown ink; Sheet: 10 1/2 × 8 3/8 in. (26.7 × 21.2 cm) The Metropolitan Museum of Art, New York, The Elisha Whittelsey Collection, The Elisha Whittelsey Fund, 1959 (59.533.1842) http://www.metmuseum.org/Collections/search-the-collections/687400

EL ORIENTAL QUE AMABA LA MÚSICA DE PONIENTE

Nadie con más vocación musical que Terpandre: desde que escuchó una vieja tonada festiva por la radio en su Cipango natal, no tuvo mayor afán en la vida que arribar a las costas de Hispania para aprender a tañer la particular cítara característica de su folclore. Como algunos paisanos de su generación, abandonó carrera y vivienda en las cercanías del Palacio Imperial para trasladarse a un ático desvencijado de la Villa y Corte. Ya entrado en edad, dedicó las noches y los días de su floruit a pelearse con las seis cuerdas y con los infinitos trastes. En sus ratos libres suspiraba por hallar explícitamente a una mujer “orgullosa” y “rencorosa”, canción hecha carne, típica de estas tierras, según él piensa y desea. No por ello deja de creer en la astrología y en los cuatro elementos de la medicina asiática. Lo principal, sin embargo, sigue siendo la música: ejercicios, estudios, coplas… Emulando a sus amadas tonadilleras, rescatando y poniendo en su gutural impostación guajiras y farrucas, Terpandre lo ha intentado: el empeño desentona con la realidad, no en sentido figurado, sino en la literalidad de una desafinación constante y de un buen puñado de notas falsas. Tampoco ayuda el engolamiento de una voz nacida para orar a los dáimones entre bosques de cerezos, junto a picudas pagodas. Pero Terpandre enseña a su manera la lección suprema, heredada de los píos espadachines de los que desciende, a saber: el convencimiento en una actividad puede conducir a cualquiera a algo parecido a la plenitud. ¿Que los demás no comparten esa plenitud por diferencias de gustos? Mala suerte. Él ha dado lo mejor de sí: acordes doblemente quebrados -por los acordes y por la sufrida laringe- y una inquebrantable voluntad de vivir el arte con su entero ser.

EL DOCTOR INSTANTÁNEO

El médico me recibe. Me saluda. Pregunta por mi dolencia. Apenas estoy respondiendo, y apenas acabando me veo de vuelta fuera de la consulta con una receta en una mano, con un volante para revisión al medio año en la otra y con una cara de desconcierto por la compresión del tiempo que ha sufrido mi conciencia. ¿Qué ha sucedido? ¿Cómo puede conocer algo de la enfermedad o de la falta de ella mirando casi de reojo al paciente? Y aún debería dar gracias por no haberme derivado a otro especialista -alejar ahora el problema a la primera oportunidad es la bicoca con que cuentan los galenos públicos-. Éste al menos me ha atendido, me ha ofrecido un remedio, ha habido una intención, un cierto deseo de cumplir con su oficio, la llamada de Hipócrates ha sido satisfecha. Pero hay que reconocer que cualquier médico indio o cualquier acupuntor chino dedica cinco veces más tiempo sólo a buscar un diagnóstico. El médico occidental siente pavor a poner la mano sobre el paciente: prefiere ver tablas analíticas, radiogramas y espectrogramas, en suma, actividades de otros… para dar con un problema que un masajista podría haber resuelto en media hora. Pero aquí los médicos prefieren hacerlo todo demasiado largo o demasiado corto. En la veloz Europa, lograr que a uno le detecten el problema puede llevar años, pero, una vez detectado, que le prescriban un remedio se hace poco menos que a locas, con la obsesión de no sobrepasar los tres minutos de plusmarca, lanzando a la boca del paciente píldoras que destruirán su estómago. Y la curación de este estómago deberá recaer a su vez en otro sabio al que peregrinar dentro de diez meses para una visita efímera que poco nos dirá salvo lo poco que significa el individuo en la sociedad del individuo.

LA NIÑA DE SUS OJOS

Cassandre es una niña rubia, guapa, de ojos azules, inteligente, con dinero, con amiguitas, amada por sus saludables padres, cuidada por calmados profesores, rodeada por un entorno de árboles y dieta equilibrada. Con más encantos que muchas de sus compañeras, sin duda enamorará a muchos caballeretes. Es una pizca más alta que las señoritas de su edad, lo justo para destacar sobre ellas sin desentonar ni intimidar. Bailaba, habla ya tres idiomas, toca el piano o lo tocaría si quisiera. Y, sin embargo, ¡oh sorpresa!, no parece a gusto con nada de lo que acaece. Todo es motivo de queja, ninguna comida es sabrosa, ninguna directriz le parece clara y predecible, ningún adulto cumple sus expectativas. Desprecia, execra y se marcha antes de esperar respuesta. Y uno, tristemente, no se explica tanta protesta e insolencia más que por la frustración que muchos sienten al tenerlo todo demasiado fácil. Y no sabiendo cómo compadecerla sin avivar aún más su erizable amor propio, ha de limitarse a tratarla con amabilidad severa o amable severidad y desearle sin decirlo que acompañe a su crecimiento un crecimiento de la templanza, o al menos que la vida no la ponga demasiado a prueba, ni a ella ni a nadie de los que nunca sabrán ser felices.

v. le brun

LOS GOBERNANTES SIN EXISTENCIA

Oigo de tanto en tanto mochar contra los políticos por su falta de carácter, por su inoperancia, por su virtual inexistencia. Y yo me sorprendo de que se disgusten. No saben hasta qué punto algunas de las personas que nos consideramos inquietas de seso recelamos, en cambio, de conocer nada de los consulados y tronos hodiernos. ¡Qué delicia vivir como si no hubiese maleantes e inexpertos en puestos de poder, o como si no hubiese poder mismo, estando éste como está tan poco sazonado! ¡Qué paz se siente al no saber decir nada sobre el carácter de tal o cual líder! ¡Qué poca presencia la presencia que no nos suscita ninguna opinión, de tan poco que la trabajamos! Y así, libre de gobernantes, ladeo sus reformas en pro del Purgatorio. Me olvido de sus maquiavélicas triquiñuelas, sus favores, desfalcos, puertas giratorias, fiestas, coletillas, puestos sin función, figurantes sardonios, papeleos indultarios, cargas impositivas, financiaciones enigmáticas, aliento de problemas, remedios de escarnio, desvíos de miradas, tesoreros que atesoran, comités de blanqueo, síndicos de aforamientos, jueces comprados, soflamas sin base. Me olvido de las malversaciones, nepotismos, simonías, cesaropapismos, cargos a cuenta de administraciones, cenas en lupanares, firma de leyes sin previa lectura, cartelones, lemas fáciles, jeques de oro, asesores sin estudios, negociadores sin idiomas, reglamentos caprichosos, excepciones, sonrisas de burla, plutocracia ensayada, chantajes en la sombra, sobornos justificados, odaliscas del verbo, deudas con amigos, pensiones vitalicias, viajes pagados a Tracia, retórica de tómbola, misivas todopoderosas, tabaqueras esmeraldinas, atletas cortesanos, abrazos entre millonarios, insultos a la competencia. Me olvido de los opulentos sin rostro, los faraones votados, los Sejanos crecidos en técnica, los Borgia afeados, los Mazzarinos aun más ladinos, los catedráticos de sultanatos, los mandarines viciosos, los Calígulas con corbata, los feudales sin troveros. Y, si redundan en mi vida sus consecuencias, me hago el inadvertido, que muchas vivencias fueron de lo poco a lo mucho por darles fuelle y centella. Puesto que ya me quisiera en otro siglo de más copete, no haría bien en imaginarme que puedo obrar algo en los vericuetos descaudalados del presente. Será mi forma de protestar el actuar de buena fe como si los políticos no dieran ejemplo contrario. Hagan aquéllos lo que quisieran con tal de que no nos muestren ni su carácter ni sus prorratas.

LA AMABLE INADVERTIDA

Es la antípoda de Cassandre. Pocas doncellas debe de haber de tan dulce ánimo como Pénélope, tan abiertas a la conversación, tan carentes de malicia, tan animadas a conocer nuevas personas, nuevos mundos, nuevos idiomas, tan aceptadoras de su condición, tan generosas en el escuchar, tan atentas al saludo, tan dueñas de una sonrisa que regalan a cada minuto, tan desapegada de su idiosincrasia; en definitiva: tan merecedoras de amor. Y, sin embargo, aunque cuenta con amigos, es dudoso que haya encontrado tantas almas entregadas a su causa como mereciera. Porque el rostro de Pénélope es lo contrario de un rostro agraciado. No ha querido Fortuna colmar su belleza interior con la exterior; ¿o será que ella ha sentido la necesidad de cultivar la primera para compensar la carencia de la otra? Come a menudo sola, nunca se la ha visto acompañada de un gentilhombre, retiene para sí muchos de sus encantos por falta de atención, no cesa de conocer gente nueva de la cual poca la requiere de nuevo. Algunas comensales, displicentes y antipáticas a pesar de ser muy bellas o precisamente por serlo, que coinciden casualmente un día a su lado en el restaurante, evitan responder extensamente a sus afables comentarios puntuales y moderados, puesto que, según deben de pensar ellas, ¿qué interés tiene ser vistas con alguien que a nadie ofrece una imagen de triunfo, de suficiencia y de esplendor? “¡Buen provecho!”, “¿qué tal estás?”, ¿”cómo van los exámenes”?, pregunta ella. Y sólo quienes no tienen abotargado el corazón por la frívola imaginería de estos tiempos le responden con algo más que con el mínimo exigible de cortesía. Pero no hay que desesperar: con toda probabilidad contará Pénélope con unos pocos o incluso muchos buenos amigos. Y finalmente, sin duda, dará con un caballero sabedor de que el alma es la última parte del ser humano que se pudre si es que se ejercita, que mientras las bellas doncellas arrogantes se ahogarán atormentadas por sus sentimientos posesivos y por la pérdida de la única belleza que conocían, Pénélope seguirá siendo en realidad muy bella hasta el día de su muerte y quién sabe si después.

EL COCHERO SENTENCIOSO

Montaos en un carruaje de alquiler para cruzar la ciudad. Si los dioses os quieren bien, os tocará un calesero que, a pesar del silencio inicial, apuntará sagaces y aprovechables comentarios a medida que uno le dé palique. Su tarjeta identificatoria indica el nombre de Isocrate. Para cualquier anécdota u opinión que por distender el ambiente se le relate, desde la política hasta las ofertas de trabajo pasando por los melindres amatorios, vale la máxima preferida de su arsenal: “Eso es como todo: que a veces sí y a veces no”. Irrefutable hasta para el mismo Cicerón. Tiemblen Quinto Hortensio y su cohorte de oradores decadentes ante el nuevo laconismo aticista. Dejen paso Gracián o el duque de La Rochefoucauld al nuevo mago de las máximas, conocedor como ninguno de la naturaleza humana. Pero otras joyas de ese prontuario retórico que nunca escribirá también merecen recordatorio: “este país no tiene arreglo”; “lo primero es la salud”, “en tiempo de guerra todo boquete es trinchera”; “aquí no trabaja nadie”; “todo golfo llega a mandamás”; “siempre pagan los mismos”, “ya podrían los gladiadores donar a los pobres parte de sus millones de dupondios”; o, como lapidaria conclusión, “en cien años, todos calvos”. Y así. No parece muy entusiasmado al declamar, como si lo hiciese más por no dejar hablando solo al pobre viajero que por descubrirle otra perogrullada. Comedido en las formas, desapegado, mide los tiempos, deja caer sus perlas con parsimonia, sin atosigar, sin afectarse. Llegáis al destino y cobra sin miramientos tanto el desplazamiento como seguramente la sabiduría que ha ido intercalando a retazos, una sabiduría quizá no tan alada como la de Basílides, pero que lo ayuda a uno a ir tirando por la vida y a no tomarse muy a pecho los escollos. Una sabiduría conversable que se resume, en fin, en que dos y dos son cuatro, en que visto uno visto ciento, pero que hay cosas de las que nunca se sabe, que hay gente buena y gente mala, al tiempo que todo el mundo mira por lo suyo, que qué se le va a hacer, que habrá que aguantar el tirón, y que cuando la fiesta se acaba se acabó. Ha dado en el clavo y os ha traído a casa. ¿Se puede pedir más al filo de la noche?

LOS QUE NO LLAMAN

Decir que ya estaremos en contacto es, en la jerga actual, decir que no pensamos vernos más que por accidente. Nos buscamos tantos quehaceres que no cumplimos con aquellos que prometemos a alguien más que a nosotros mismos. Eso sí: hay casos extremos, mucho más allá del egoísmo al uso. Hay quien dice que llamará “esta tarde” y esta tarde se refiere a la del próximo ciclo cósmico, exactamente hoy, sí, pero en la versión del hoy que traerá el círculo de los eones, tras la conflagración universal y la apocatástasis que alumbrará un nuevo reinicio. ¿Y qué hacer sino esperar? ¿Qué otra actitud más que desearles que tengan una vida plena y feliz, repleta de placeres, viajes, amores, búsquedas de la verdad, todo durante ese plazo que media entre ahora y el fin de mes, antes de que recuerden que teníamos previsto citarnos un viernes?

A Toast to Love - Charles Edouard Edmond Delort

LOS ENOJOSOS PADRES ENOJADOS

Hay progenitores que dedican tan poco tiempo a su prole que, sintiéndose culpables, combaten con aspavientos para compensarlo a todo el que dirija un trato a sus vástagos, como si los defendieran retirándolos de quienes de hecho los atienden y cuidan mucho más. Algunos creen siempre más a un niño de ocho años por el mero hecho de llevar su apellido que al profesional preparado para impartirles cordura o sanación. O creen más a sus propios instintos que a la tradición educativa o medicinal más moderada y sensata, o a los rumores maledicentes o a las rémoras de los intermediarios antes que intercambiar impresiones con el profesor, el médico, el cuidador, el experto, o antes siquera de conocerlos en persona, si esto es creíble. Y, lo que es aun peor, a menudo no entienden a la sangre de su sangre, careciendo como carecen de toda sagacidad en torno a la mente infantil de tan poco que se dedican a conocerla; no sólo no entienden el retorcimiento tan humano y caprichoso de decir lo contrario de lo que se quiere dar a entender, sino que a veces, estúpidamente alarmados, no escuchan el mensaje más diáfano y sencillo del niño que reconoce estar a gusto, aprovechando el tiempo, y que no precisa ningún cambio. En definitiva: por ponerse delante de sus criaturas -y remarcando el adjetivo posesivo- no hacen sino darles las espaldas. Dios proteja a esos niños, carne de ignorancias, caprichos, desequilibrios y soledades.

LA VENGANZA DEL CRITICÓN

Este criticón arremete en un segundo intento por una victoria simbólica, que no efectiva. Pero sus sentimientos encontrados son los de quien combate a quien ama. Todos los caracteres tienen no sólo en sus madres muchas de sus causas, sino que tienen en sus causas a sus madres, sus dibujantes; a cada cosa que nos transforma le damos, sin saberlo, la lealtad que ofrece a los dioses. La arquitectura de los vicios y las virtudes es tan superior a un solo individuo creador como la de las catedrales. El espíritu sagaz podrá sonreír al verlos patinar sobre sus amados deslices siempre y cuando reconozca lo inevitable de los sentimientos. Comprobando cuánto va cambiando uno de lustro en lustro, no podrá dejar de reconocer que las almas sufren caídas periódicas, coagulándose en rostros congelados, pero que la mayor parte del tiempo flotan dúctil y fluidamente como el viento. Y la fuerza que los mueve en ese devenir es el manantial de Necesidad, diosa soberana de misteriosa inteligencia que nos hace ser cándidos, malevolentes o fervorosos, y hasta a veces nos bendice con el gusto de forzarnos a lo más deseable. Así, pues, a medida que el criticón se observa en el torbellino de pasiones y humores que hacen rodar la noria de Fortuna, más flores de amor viene a lanzar sobre sus hermanos de fatigas, aprisionados en idas y venidas, ascos y querencias, ángeles y demonios. Y con este ejercicio de humildad se blinda el criticón una vez más contra quien lo acuse de destacarse como juez arrogante; retirándose como para tomar impulso, logra su intención: quedar vanidosamente por encima al darle la vuelta al retrato de familia. Pero ya se vengarán los demás con sus vicios contra su vicio de señalarlos y fumigarlos con vinagre para luego repartir indulgencias como un cardenal humanista. Sea, pues, lo que Necesidad quiera.

Con vicios o sin ellos, los temperamentos revelan un espectáculo digno de atención y de ternura. Y, fuera de falsas modestias o pícaras amonestaciones, heme reconociendo la pertinencia de todos ellos, su belleza o su falta de ella, pero agradeciendo siempre la grandeza de su posibilidad, reconociendo la dimensión virtuosa de la que todos son reflejos a derechas o invertidos, y compadeciendo a todos quienes, como un servidor, pueden llamarse humanos porque conocen el significado de sonrisas, esperanzas, llantos y entrecejos fruncidos. Esta prodigiosa variedad de pasiones, de rutinas y de conceptos que entrelazan nuestras vidas no existe más que para protegernos de todas amenazas a la humanidad. Pues, ¿quién nos salvará de un ataque militar sino los más aguerridos de entre nosotros? ¿Quiénes sabrán distribuir las viandas durante las hambrunas sino los más calculadores en connivencia con los compasivos? ¿Quiénes sino los prudentes e incluso atemorizables nos prevendrán de continuar por derroteros dados en abismos? Todos los temperamentos nos adoctrinan por alguna razón, pues no tendrían un pie en la existencia si fuera de otro modo. Y, además de eso, revelan un abanico portentoso de combinaciones que hace las delicias de las miradas artísticas, como los anaqueles de un perfumista, como los temas de una sinfonía que conjugan timbres, registros, intensidades, amenos como la catarata de los eventos.

Art Lesson (In the Artist's Studio), 1872, by Cesare Auguste Detti (

[Música: J.-P. Rameau, Les Fêtes d’Hébé, ou les Talents lyriques (1739). Ouverture.]

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Rien n’engage tant un esprit raisonnable à supporter tranquillement des parents et des amis les tors qu’ils ont à son égard, que la réflexion qu’il fait sur les vices de l’humanité, et combien il est pénible aux hommes d’être constants, généreux, fidèles, d’être touchés d’une amitié plus forte que leur intérêt. Comme il connaît leur portée, il n’exige point d’eux qu’ils pénètrent les corps, qu’ils volent dans l’air, qu’ils aient de l’équité. Il peut haïr les hommes en général, où il y a si peu de vertu ; mais il excuse les particuliers, il les aime même par des motifs plus relevés, et il s’étudie à mériter le moins qu’il se peut une pareille indulgence.

[“Nada ayuda tanto a un espíritu razonable para soportar tranquilamente las sinrazones de parientes y amigos como ponerse a reflexionar sobre los vicios de la humanidad, en lo difícil que les resulta a los hombres ser constantes, generosos, leales, sentir una amistad más fuerte que su propio interés; sabiendo lo que pueden dar de sí, no les exige que atraviesen cuerpos, que vuelen por el aire, que sean equitativos; puede odiar a los hombres en general, porque hay en ellos muy poca virtud, pero disculpa a los individuos, y hasta los ama por motivos más elevados; y trabaja por merecer lo menos posible la misma indulgencia.”]

J. de La Bruyère, Les Caractères, ou les Mœurs de ce siècle (“De l’homme”, 28), trad. C. Berges

 Jean-Antoine WATTEAU - L'Enseigne de Gersaint (detail) 1720

EL HOMBRE “ESPIRITUAL”

Aristoclès es un hombre espiritual. Promueve “espacios de luz y sanación”, “estados ampliados de conciencia”, “viajes chamánicos”. Para acceder a estas maravillas basta con anotarle un número de cuenta bancaria. Sus servicios recuerdan a los de un feriante que hubiera vivido en Oriente: cursos de espagiria, de astrología tibetana, de ingestión ritual de cacao. Trae a exóticos monjes para oficiar rituales, pero no esperéis ocasión de comprenderlos (llevaría demasiado tiempo). Enseña a meditar, pero únicamente para que el asistente crea haber evolucionado interiormente en el plazo de media hora, con lo que se sentirá satisfecho de una buena inversión. Dirige danzas siberianas mágicas, pero al acabar la sesión regresa en su vehículo a su aburguesada vivienda de empresario. Nunca se vio un psicopompo mejor vestido. ¿Queréis ver también un derviche?: lo veréis, pero no contéis con conocer más del sufismo. Todo éxtasis se mide por horas, minutos e intereses. La espiritualidad es servida como una cata de vinos. Si tenéis un proyecto que presentarle, mostrará entusiasmo hasta que queráis contarle más detalles: no le interesan; tiene muchas tradiciones espirituales con las que tomar un contacto efímero a lo largo de su atareada jornada. Él mismo se ríe de sus creencias, a las que rebaja de tono con diminutivos y chascarrillos. Se asombra con alegría cuando se le menciona una ópera que simboliza una iniciación; y es curioso que se asombre, habida cuenta de la infinidad de iniciaciones a las que él asiste como si de óperas se tratase, una tras otra, recuerdos superfluos en un álbum de viajes. Acumula transfiguraciones como en una carta de presentación, y nadie sabe rentabilizar mejor que él la búsqueda del Nirvana. Además, conoce fórmulas para enriquecer el trato humano: os habla con cariño, os alienta a proseguir en el fantástico proyecto al que no piensa asistir pero del que pretende cobrar una buena parte; para él, empatizar con el otro consiste en mostrarse afable durante cinco minutos. ¿Que por qué sonríe tanto? ¿Será por su buena vida o porque lo recomiendan los santos? Quizá le tranquilice que tantas personas le compren su buena conciencia. ¿No os lo he dicho?: es un hombre muy espiritual.

EL ASPIRANTE A ERUDITO

Sorprende comprobar la tenacidad de Anacharsis. Es la misma tenacidad férrea con la que el escita acudía a estudiar filosofía y retórica a Atenas a pesar de las burlas. De lo más hondo de la mentalidad rústica surgió como el mayor logro que alumbró la modernidad: la igualdad de oportunidades. Todo éxito estriba ahora en la obcecación, hasta que las puertas terminen abriéndosele a uno por dinero, por lástima o por aburrimiento. No entiende nada: ni el porqué de tanta ciencia, ni su contenido. Estudia las asignaturas, las suspende, las repite, las vuelve a estudiar, las acaba recuperando sin aprender nada nuevo. No se vería aludido por las palabras del orador ni aunque fuese capaz de traducirlas: Nihil agis, nihil adsequeris, nihil moliris neque tamen conari ac velle desistis. Pero le gusta demasiado sentirse entre amigos como para alejarse ahora de su panda. No sintiéndose más interesado por ninguna otra ciencia, ésta le vale como cualquier otra. En su boca, todo giro tecnicista chirría, suena a hipercorrección, a fuera de contexto. No logra hablar en un tono que no sea vulgar, nada de lo que diga nos puede convencer y, para colmo, alardea de pedante: ¿no chapurrea el alemán?, ¿no se matricula en dialectología?, ¿no se precia de cursar todo lo cursable en torno al indoeuropeo?, ¿no estudia persa antiguo?, ¿no se prepara para abordar el mandarín? ¿Quién sino una gran inteligencia podría llegar tan lejos? Otros con menos voluntad y más talento abandonaron a medio camino: acaso él llegue a doctor, a catedrático, a consejero de gobiernos. En otro tiempo habría tenido suerte con aspirar a camarero jefe; en nuestra gloriosa era de inversiones, Anacharsis saldrá de la universidad con un diploma que atestigüe todo lo que ignora.

EL EMPLEADOR APROVECHADO

Télémache es simpático, vivaz, condescendiente… siempre que el beneficiario de esas actitudes sea él mismo. Ha procedido del modo más astuto: se ha hecho amigo de sociedades aderezadas de buena fe, dinero e ignorancia en lo que concierne a tejemanejes mundanos. Así, las monjas escolapias, a las que hace carantoñas y comentarios de inocua picardía, le han confiado un espacio de sus colegios. Pero este amigo de las amigas de los pobres no paga a sus empleados los días festivos que sí pagaron los adinerados clientes. Puede dar la impresión de que ama su oficio, puesto que exige informes, reenvía circulares, es riguroso con el contrato, quiere estar al tanto de todo, os llama angustiado por pagaros lo más pronto posible vuestro mísero sueldo; lástima que se escabulla cuando un verdadero problema impide ofrecer servicios de calidad. ¿No es mejor contentar las exigencias de un padre arrogante que impartir buenas clases a sus hijos? ¿No es preferible que haya muchos alumnos de piano aunque el piano suene a cochambre de zinc? ¿A quién le importa si ya se ha cobrado? Télémache es un hombre atento mientras pueda serlo desde lejos. Es servicial mientras que sus servicios sean del todo innecesarios. ¿Pretendes, Télémache, convencernos de que pretendes algo más que el dinero? Sólo engañas a unas ingenuas monjas.

EL HONRADO DESPERDICIADO

Épictète no cuenta con grandes estudios ni con llamativas cartas de recomendación: se contenta con hacer bien su trabajo subalterno. Cumple sus horas, organiza lo que haya que organizar, da conversación a clientes aburridos, convence al quejoso, es simpático con los niños, da facilidades al trabajador, promociona a la empresa. Se ha adaptado perfectamente al cargo de secretario, al que no se sentía destinado. Es honesto, alegre pero comprensivo, trabajador pero sereno, afable pero eficaz, humilde pero no idiota. Carece, en cambio, de formas refinadas, no habla idiomas, no viste elegantemente; en conclusión: no triunfará. Por lo visto, siempre será preferible un graduado en una universidad extranjera que un abnegado sin pretensiones que culmine su deber, siempre mejor un egoísta astuto con astutos recursos que un cumplidor sin malicia.

LA FANÁTICA DE LA SANACIÓN

Me conmueve tu fe, Hypatie. Limpieza de auras, esencias kinesiológicas, flores de Bach, registros akáshicos, macrobiótica, paleodieta, acupuntura, osteopatía, homeopatía, mesoterapia, naprapatía, cavitación, auriculoterapia, reiki, kundalini-yoga, chi kung, masaje ayurvédico, iridiología, biodescodificación, ozonoterapia, fitoterapia, drenaje linfático, testación de alimentos y sustancias tóxicos… ¿Qué no ha probado tu ajado cuerpo? Nada que provenga de una combinación entre laboratorios alemanes y boticas orientales. Quizá te falte todavía por conocer a un constelador sistémico, el coaching y la terapia regresiva. Todos tus planes de recuperación son holísticos, energéticos, orgánicos, magnéticos, ultrasónicos, biológicos, ortomoleculares, transpersonales, alcalinizantes, integrales, autopoiéticos, resilientes. ¿No será tanto vector contradictorio lo que hunde tu salud una y otra vez? Es que no contaba con más sortilegios y recetas misteriosas una anciana medieval, y no vivía peor que tú. Quizá convendría más pasear por el campo con cierta frecuencia. Descansa de tanta purificación, Hypatie, o al final no quedará por purificar sino tu adicción -que alguno de tus amigos llamaría “ortorexia”-.

EL CHICO A LA MODA

Héphestion es artista contemporáneo, una mente creativa, un violador de los géneros. Va sucio, barbudo, intoxicado, con un moño de eunuco. Su aspecto es el oficial en su rango: lentes enormes, posaderas prietas, camisolas raídas, lóbrega joyería colgando del lóbulo de una oreja. Es dormilón, afeminado, defensor de un arte indefendible, apolítico, alimentado por su madre. La inelegancia es su modo de hacerse el elegante. Podría haber sido un buen intelectual francés si en Francia no estuviese ya demodé ese decadentismo de posguerra. No destaca académicamente ni se matará nunca a trabajar. Por otro lado, es afable, divertido y conversador. Tiene, pues, todo lo necesario para el éxito. Por un lado los atributos que fascinan: lleva la sodomía y la anarquía como atributos de audacia rebelde. Por otro lado, a la hora de la verdad, como sucede siempre, su fácil trato social es lo que convence a quien le ofrecerá contratos y le abrirá puertas. Vende lo nuevo porque es lo vendible, pero lo vende con el método de toda la vida, porque cuando se trata de algo tan importante como el dinero, el empresario acude a los mismos criterios que el de hace cinco siglos. Como a todos los escenógrafos, dramaturgos y artistas plásticos recientes, a Héphestion le encanta mancillar a los clásicos, poner su zarpa en ellos, salpicarlos con vulgaridad contemporánea para persuadir de que los entiende mejor que se entendían a sí mismos, y, de paso, como por desteñido al contacto, parece querer apropiarse algo de esa grandeza que dice considerar superada. Como hacen los políticos con los estados, hacen Héphestion y sus adláteres con la belleza: desean culminar la historia de las genialidades poniéndole el punto final y echando sal a continuación. Ha hecho de su insustancialidad un proyecto laboral, una carrera, una vida cómoda y envidiada. Es ya un verdadero artista.

EL SABIO PRENDADO DE SÍ MISMO

El doctor Zénodote sabe griego, pero por encima de todo sabe que lo sabe. No esperéis, sin embargo, que os lo enseñe. Le complace mostraros que es difícil, por más que asegure que le encanta ayudar al alumno. Un texto extensísimo pasa ante nuestros ojos y alardea de poder leerlo lo bastante rápido como para que los demás no retengamos nada. Da la impresión de que puede hablar la lengua de Aristóteles, pero con ella sólo sabe saludar. ¿Y qué? ¿No es bastante motivación para esforzarse la posibilidad de llegar a ser algún día como él y ostentar así ante cientos de estupefactos inexpertos la retahíla homérica mil veces reiterada? ¿No os seduce poder exhalar en el futuro tanta fatuidad? Tampoco es él de los que reconocer cometer errores, de lo que se confirma que mayor que el conocimiento es en él el orgullo. Por lo demás, Zénodote ha sistematizado la gramática en un libro que le da prestigio, pero califica con menos rigor que un analfabeto, y ello porque a nadie adorna la justicia con el expediente académico de un veinteañero. Combina tecnología de última generación con la memorización propia del aprendizaje clásico, aunque se trata de una combinación superficial y alocada; a eso se le llama innovar en didáctica, pero, ¿qué obtenemos?: ningún resultado si no contabilizamos la desesperación por no incorporar las nociones ni por una vía ni por la otra. En sus clases no hay tiempo para nada, salvo para frustrarse. Se va a jubilar en breve habiendo prometido durante cuatro décadas a cientos de jóvenes ilusionados unos conocimientos que no obtendrán. Bravo, Zénodote, haces bien en sentirte satisfecho: sigues siendo el que más griego sabe entre los ignorantes y el que menos ha comprendido el sentido antiguo de la educación y de la filosofía.

EL TRABAJADOR QUE NO TRABAJA

¿Dónde encontraremos un espantapájaros andante? Cratyle es nuestro hombre. Se trata del típico vigilante que impone seriedad con su mero uniforme, ¡pero Dios no quiera que sea necesario recurrir a la violencia! Cratyle se escurrirá y nadie lo encontrará. Cualquier acción le supone un engorro y le oiremos resoplar. Para evitar en la medida de lo posible todo esfuerzo, suele pedir el turno de noche. Así ha logrado reblandecer completamente sus músculos y su atención, y con ello y con su escasa higiene corporal se asegura de que no se cuente con su labor de vigilancia en los días de tumulto -a los que suele asistir un vigilante afeminado mucho más trabajador, si bien no más robusto-. Su puesto lo justifica la evitación de robos, al tiempo que su mera existencia es un robo por goteo a las arcas públicas. Lo triste es que Cratyle no es el que menos trabaja en el local: solamente es el que da la peor imagen. Ya no basta con clamar: “¿quién vigila al vigilante?”; ahora debemos preguntarnos más angustiados quién vigilará al que habría de vigilarlo.

LA INDISCRETA

Mientras apuro un café, oigo a una doncella que cuenta a otra a mis espaldas su más fresco amorío y desamor. Relata hasta el último detalle: lo que ha implicado el tal doncel en su vida profesional, en su alcoba, en el estado de sus pasiones. Detalla las expresiones malsonantes con las que aquél demostró no ser precisamente un gentilhombre, y vuelve luego a sus valoraciones sobre su entidad sentimental y carnal. No ha ahorrado una coma: sin que se lo pidiese, sin que nos hayan presentado, sin que le haya visto siquiera el rostro, me ha investido a mí y a otros comensales de la capacidad para biografiar el relato de un seguramente auténtico y tórrido amancebamiento que antaño habría levantado escándalos con sólo publicarlo en forma de novelita por entregas. ¿Será exhibicionismo? ¿Será despecho contra su ya no tan amado? ¿Será simple y pura ausencia de sentido común? He dicho que lo ha contado a mis espaldas, pero, en honor a la verdad, no soy el más digno de compasión; las espaldas del caballero al que ha invocado una y otra vez como a un oráculo deberían sentirse apuñaladas en esta misma hora.

EL EUDEMONISTA

¡Quién pudiese ser tan dichoso como Anaxarque! Sonríe a todos, todo le entusiasma, cualquier música le conduce al éxtasis. Parece recién llegado del optimismo humanista del siglo XV. En nada le afectan las críticas momentáneas a sus flaquezas técnicas: entre el llanto se entreabre de nuevo la sonrisa. Pero su felicidad carece de sistema; esto, evidentemente, no es un problema para él, sino para quien quiera alcanzar su misma condición. ¿Cómo no envidiar esa capacidad congénita para gozar y que, por ser congénita, se nos aparece inconquistable, intraducible a método? El bueno de Anaxarque se ha ahorrado cientos de lecturas filosóficas, cientos de meditaciones, incluso la excelencia profesional: le sobra todo, puesto que en cualquier circunstancia siente, inexplicablemente, una inmarcesible alegría de vivir. Diría que su caso es digno de estudio, pero rectifico: no es estudiando como se consigue lo que él lleva consigo -como ya he dicho-, sino, a lo sumo, dejándose contagiar, reproduciendo sus adhesiones, exclamando los mismos júbilos y amando mucho cada átomo de la existencia.

EL MÚSICO APÁTICO Y LA BAILARINA FUGAZ

Escuchemos a Chrysippe: toca el clave en perfecto orden, perfectamente afinado, en perfecta consonancia con los tratados de la época… perfectamente aburrido. No hay nadie que conozca tantos entresijos del bajo continuo ni nadie que los transforme tan poco en algo vivo. Para él la belleza es un rompecabezas, un teorema, una seria obligación. No sonríe, no mira a los ojos cuando habla, no parece esperar nada de la vida. Apenas saluda. Eso sí: se mostrará pronto a resolveros cualquier duda técnica, cualquier referencia a fuentes históricas, y, si se lo pedís, amablemente os listará en un momento las diferencias entre la estética de Saint-Lambert, de Nivers y de Corrette. Es muy de agradecer tanto conocimiento, ciertamente laudable, aunque le hace un flaco favor cuando vemos sus consecuencias en la interpretación: nos hace añorar una ignorancia algo más picante y atrevida. Conoce la doctrina de los afectos de Mersenne y de Descartes y las glosas que de ellos harán Blainville o Rousseau, pero es incapaz de encarnar ninguno. ¿Cuándo antes se ha visto a un triste estoico haciendo propaganda del fervor? Muchas cosas aprendió en Basilea; no está entre ellas el hacer algo humano con la música o con la conducta. Mal cortesano habría sido con su carácter gris en el colorido siglo de Luis XV, del que, por lo demás, pienso que lo sabe todo. Incluso Rameau se habría sentido intimidado por su frialdad de espíritu. ¡Ah!, ¿ha terminado ya el recital? Aplaudamos con la misma parsimonia con la que sus notas han pasado por nuestros corazones.

Con Chrysippe no haría buena pareja Phryné. Baila con la misma energía una gavotte que un minuet que una sarabande. También lo sabe todo, y publica investigaciones a gran ritmo, lo cual no deja de ser útil. Pero para bailar con ella hay que venir cargado de estimulantes: en un momento hemos calentado, en el momento siguiente hemos bailado una suite, hemos aprendido diez pasos nuevos, nos hemos relajado, nos hemos ido, no recordamos nada de lo que hemos hecho. Más que de salir al salón entran ganas a uno de alistarse en el ejército. Su rigor es el de una madre que da todos los alimentos en cada cucharada a su tierno infante: hígado, huevo, arroz, legumbres. Ha cumplido con su programa: todo ha sido bailado. No habría estado de más haberlo disfrutado un poco, haber matizado los matices, haberse enterado de lo sucedido y haber armonizado la vida con la danza.

LOS REVISIONISTAS

Oigo defender lo indefendible: la pobre Medea es más digna de lástima y de defensa que de ajusticiamiento, mientras que Antígona es una orgullosa por defender la religión frente al déspota. Teseo fue un necio de principio a fin por abandonar a Ariadna; en nada valoremos que salvase a muchos compatriotas de la inmolación. Marco Aurelio no fue mucho mejor gobernante que Nerón, y el cristianismo no trajo más que ira. Falta decir que la manzanilla no ayuda al estómago y que el año bisiesto se prolonga menos de lo que se cree. ¿Es necesario anteponer a cada lugar común el prefijo de “se ha dicho demasiado que…”? ¿Tan necia es la tradición popular que no ha acertado en nada? ¿Somos nosotros tan perspicaces que, para fortuna de la humanidad, habremos de venir a poner orden en cada cosa que estipularon hombres mil veces más sabios y santos a lo largo de milenios y que tan nobles actos ha suscitado? “Rebajemos los ideales -parecen decir los revisionistas- para no tener que elevarnos nosotros”. No se trata de que todo lo vetusto esté en lo cierto, pues no ocurre tal cosa; pero haríamos bien en asumir que los arquetipos se configuran en torno a su finalidad, y si revaluamos su finalidad, entonces dejan de tener sentido tal como nos han llegado. Inventemos nuevos mitos si deseamos inventar nuevos valores, y permitamos a los símbolos prístinos dormir el sueño de los justos.

EL CRITICÓN

Cléanthe, este que os habla, ha sonreído al hablar sobre unos cuantos. Cierto que con ello no los ha vuelto mejores, pero ha querido mostrar lo ridículo de cualquier pretensión traspasada de instintos por si edificase a algún lector que leyendo estos retratos se viera parcialmente reflejado en ellos -lo cual no tendría nada de extraño, pues si no hubiésemos participado de los vicios en alguna pequeña o no tan pequeña medida no podríamos entenderlos ni perdonarlos. Después de haber desprestigiado a la ironía, la ha hecho suya, y la ha enfilado contra conocidos de carne y hueso. Mas esta ironía carece de malicia, y apuntala inocentemente un cierto amor a esas personalidades variadas que en la misma ciudad persiguen placeres o sabiduría según les dio Dios a entender. Por otra parte, tampoco han faltado elogios. No le deis, pues, importancia a nada de lo aquí dicho. El hombre enfundado en el siglo siempre se ríe a la par que siempre es risible. Si hay alguna sabiduría en la comedia, hela ahí. Y la vanidad siempre nos lleva a permanecer más atentos a las conductas ajenas que a la propia. Y más inteligente pero no menor es la vanidad que actúa a la inversa: también esta misma contrición que leéis no es más que adelantarse a quien pudiese acusarme inopinadamente. En resumen: si hubiera captado admirablemente algún rasgo deforme de aquellos caracteres, sería porque los llevo a todos dentro y me enternecen como si se tratase de mí mismo; y es que nada de lo humano me es ajeno, y ningún comportamiento que contemplo puede no impartirme valiosas lecciones, porque es o ha sido mío en potencia o en acto.

Jean Louis Ernest Meissonier - Los amantes de la pintura (1860) París B

[Música: M. Corrette, Les délices de la solitude Op.20, Sonate No. 1. III. Allegro.]

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