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Archive for the ‘Aromas dieciochescos’ Category

Forcé de parcourir la route où je suis entré sans le savoir, comme j’en sortirai sans le vouloir, je l’ai jonchée d’autant de fleurs que ma gaieté me l’a permis; encore je dis ma gaieté, sans savoir si elle est à moi plus que le reste, ni même quel est ce moi dont je m’occupe: un assemblage informe de parties inconnues; puis un chétif être imbécile, un petit animal folâtre, un jeune homme ardent au plaisir, ayant tous les goûts pour jouir, faisant tous les métiers pour vivre, maître ici, valet là, selon qu’il plaît à la fortune; ambitieux par vanité, laborieux par nécessité, mais paresseux… avec délices! orateur selon le danger, poète par délassement; musicien par occasion, amoureux par folles bouffées, j’ai tout vu, tout fait, tout usé. Puis l’illusion s’est détruite, et, trop désabusé…

[Forzado a recorrer el camino donde entré sin saberlo, como saldré de él sin quererlo, lo he sembrado de tantas flores como mi alegría me lo ha permitido; todavía digo “mi alegría”, sin saber si ella es mía más que lo demás, ni incluso cuál es este yo del que me ocupo: un ensamblaje informe de partes desconocidas; después un insignificante ser imbécil, un pequeño animal juguetón, un joven ardiente de placer, teniendo todos los gustos para gozar, ejerciendo todos los oficios para vivir, maestro aquí, sirviente allá, según lo que le place a la fortuna; ambicioso por vanidad, laborioso por necesidad, pero perezoso… ¡con deleite!; orador según el peligro, poeta como esparcimiento; músico en ocasiones, enamorado en locas ráfagas, lo he visto todo, lo he hecho todo, lo he consumido todo. Después la ilusión se destruyó y demasiado se desengañó…]

P.-A. C. de Beaumarchais, Le Mariage de Figaro V.3

 

1

Bregamos en esta vida blandiendo lo que tenemos a mano, fueran creencias, apegos, rutinas o ídolos de toda clase. Igual que padres desesperados en busca de sus hijos, nos servimos de cualquier cosa que pensemos nos conducirá a una felicidad definitiva, felicidad que siempre parece correr más rápida pero que en realidad está rociando por todas partes como una lluvia finísima que apenas sentimos.

2

El demócrata idolatra la libertad porque cree que es el único valor incuestionable; el sabio la respeta porque sabe que sin el temor a la coerción se hace más probable el avance espiritual genuino o, cuando menos, menos justificable el reproche a la acción ajena, que nada nos impuso.

3

Los dos mayores servidores del individuo: la voluntad de logro y el tiempo; de la alianza de ambos dos nace el único carácter capaz, a saber, el carácter constante.

4

El perezoso nunca logra zafarse de su felicidad pasada, y se comporta como si siempre viviese inmerso en ella, aunque las sensaciones resultantes ya no cuadren.

5

El arte dieciochesco es la celebración de la perfección de la fórmula. ¿Alguien puede escuchar la música de Boccherini y pensar que no ha salido de la mano de un autómata o de un atildado funcionario? ¿Y alguien puede decir que no es placentera y bella como pocas cosas de la vida?

6

Más que resistir al mal, hay que hacerle sentir ridículo. Tal es el logro de la mansedumbre, de la alegría, de la compasión.

7

Con una vez por año que afilemos nuestros cuchillos perdemos crédito al afirmar que nunca los usaríamos. El que no aniquila por completo sus pasiones caprichosas, nunca podrá estar seguro de no caer en sus trampas cuando el alma se tambalee.

8

Ninguna certeza me ha convencido de que no hay otra, escondida tras una desatendida esquina, que la podría matizar.

9

Mantener recta la espalda, pausada el habla, ordenados los planteamientos y discretamente condescendiente el ánimo son disciplinas higiénicas análogas.

10

Que no te turbe la belleza de una ilusión fortuita, como no te turba la putrefacción que inunda el mundo. Si no te avergüenza ser indiferente a tanto dolor, que te avergüence al menos dolerte únicamente con tus leves cuitas.

11

La suerte está echada si no la despertamos con la guasa con que el niño despierta a su hermano.

12

No hay mejor arte que aquel cuya belleza empuja a alejarse de cualquier arte y de todo lo demás en aras de bienes más sublimes.

13

Todo sabe a poco porque poco sabemos todos, y porque la poquedad cree saberlo todo.

14

Se renuncia a la existencia caprichosa para aspirar a otra más sublime o por ser caprichoso una vez más.

15

Confiamos en quien confía en sí mismo, pero no convence tanto si tal individuo no confía en ningún otro o si, por el contrario, lo hace con un enardecimiento ligeramente más agudo que el que despierta el recuerdo de nuestra bondadosa madre en nuestra niñez.

16

Nunca se ha visto mayor fortuna que la de quien no cree haberla tenido ni buena ni mala, hasta el punto de que acepta como natural y bueno el curso inevitable de las cosas.

17

El único modo de volverse excelente es adoptar excelencias que paso a paso vayan acompasando a esa suave música del equilibrio perfecto el reloj de nuestros deseos.

18

No se enamora uno de varias personas al tiempo o en sucesión sino quien, abstraído en encantos particulares, desconoce qué es lo verdaderamente digno de ser amado. Quien ama de veras ya no cree estar amando, sino tan sólo centrando su atención en un relieve especialmente cercano del frontispicio en que se compone la humanidad entera.

19

Para despertar interés, callar primero. Para ser callado, hablar primero. Para ser olvidado, callar después. Para dejar huella, hablar después. Para irritar y confundirlo todo, hablar antes y después. Para evitar malentendidos, callar antes y después. Para el completamente libre de tendencias caprichosas, no preocuparse de lo que se habla o lo que se calla.

20

La verdad nunca permanece sino en los rincones donde muy pocos se quedan a reposar. En el foro sólo se negocian mentiras.

21

Los ingenuos confían en sus líderes porque de algún modo se saben ingenuos.

22

Siempre amaremos lo que se nos escapa, como que la que de ordinario creemos nuestra misión en la vida es extender el imperio de ésta sobre todas las cosas.

23

No hay religión sin ver el matrimonio indisoluble y productivo de la alegría y el dolor.

24

Para creer, bastaría con ver que no vemos sino lo que creemos. Por el contrario, solemos creer lo que creemos estar viendo y que, decimos, creeríamos igualmente sin verlo.

25

Una gentil dama sólo satisface a quien la posee o a quien entiende que el broche de la gentileza lo posee alguien únicamente cuando no termina de satisfacer. Y es que la moderación más excitante consiste en no defraudar del todo ni prometer del todo.

26

El soberano excelente conoce el modo equilibrado de ir proporcionando con holgura al pueblo lo que éste necesita y pide, con escasez y cierta hipocresía lo que pide pero no necesita, y con habilidad y amoroso disimulo lo que necesita pero no pide. Abundan, en cambio, los nefastos gobernantes que ofrecen lo que ni se ha necesitado ni se ha pedido.

27

El arte clásico no despierta un ímpetu devocional, pero nos hace creer siquiera a ratos que es posible un orden armónico y bello de los sentimientos. Un cuarteto de Giardini o una sonata de Cimarosa nos muestran transparente el límite máximo en que puede insertarse una sintaxis matemática en un corazón afable.

28

Muchos caballeros en la edad madura sienten la necesidad de adoptar todavía reivindicaciones juveniles, como otros hacen con los cabellos largos. Tanto en uno y otro caso tal afición propicia la acumulación de enredos,  escamaduras y penosos contrastes a la vista del ojo atento, aunque por medio se atrape a alguna amante impresionable.

29

El primer paso en la seducción por parte de la dama adquiere su maestría en exhibirse desde todos los ángulos posibles aparentando no hacerlo con intención, maestría coronada por oportunas  ausencias abrasadoras.

30

El gran maestro domina el arte de decir una cosa y la contraria según los oyentes para obtener de ellos sabios comparables.

31

Comprender no debería evitar el golpe justiciero, pero sí debería erradicar todo rastro de acritud a la hora de condenar.

32

Sin la ópera, muchas situaciones personales habrían quedado sin un retrato de su vínculo con la armonía universal.

33

El genio no representa la legitimidad de una cultura; antes bien al contrario, una cultura prueba su grandeza si sabe coronar con los instrumentos del genio a quien en otras circunstancias no habría pasado más que por el chico más ocurrente del arrozal o por la damisela más sagaz de la partida de naipes.

34

Pureza y placer no son incompatibles, pero sólo se miran sin suspicacias cuando la inercia de los movimientos, atravesando los gajes de toda suerte de circunstancias, ha mantenido milagrosamente el elusivo punto de equilibrio en el centro del individuo, no guardando más apego a ningún ente o costumbre por encima de cualquier otro.

35

La sabiduría es insobornable salvo para el amor genuino, esa especie de tregua de la visión en que se hace acopio de provisiones para soportar la carestía de la guerra contra las peripecias, contra las dudas y contra los caprichos.

36

Tras el ejercicio humilde de las válvulas de la conciencia, en la última y secreta instancia de la sabiduría, no se trataría tanto de buscar la liberación cuanto de hallar el momento en que liberación y atadura sean tan intrascendentes como inocuas.

37

La verdadera paciencia consiste en no perder de vista en medio del sufrimiento sostenido la noción que de las cosas hubimos cultivado durante el meditativo reposo.

38

Es terrible y enternecedor a un tiempo que la percepción de una belleza mundana haga flaquear mis convicciones e impulsos más nobles, como si no hubiese nada tan sólido en mi alma que no pudiese ser revuelto por un viento de promesas lo bastante fragante.

39

Sabiendo que nadie podrá seguir a buen ritmo el juego intrincado de mis ideas y pasiones, llego a complacerme en la certeza de esa túnica de soledad de la que nunca me despojaré del todo. Y, si medito diligentemente bajo esa túnica, me percato de que los demás también visten otras similares, con diferentes tamaños, entramados y colores.

40

No digas “me he de salvar porque me amo”, sino “me amo porque me ganaré la salvación”. Mas, durante la mayor parte del tiempo, no pienses ni una ni otra cosa: procura amar y salvar a otros, y lo demás se te dará por insignificante añadidura.

41

La maravilla de la filosofía escolástica estriba principalmente en su calidad de entretenimiento para el afán obsesivo por comprender y dominar el entorno, liberando de ese centinela a la fe abierta y dadivosa.

42

Nunca como en los tiempos en que los ministros de la Iglesia portaban peluca y recitaban solemnes preces latinas se vio una mayor desatención por la humildad, y nunca se vio una continuidad más filosófica entre lo divino y lo nacional, entre lo vulgar y lo sublime, entre lo espontáneo y lo artificioso, entre lo caprichoso y lo inmutable, entre lo alto y lo bajo.

43

Calidad es únicamente preferible a cantidad cuando la escasez no desalienta.

44

El rencor equivale a reavivar a cada minuto la ofensa que se nos hizo en un punto aislado del pasado.

45

El político sin abolengo es el que con mayor seguridad se aferrará al poder, puesto que no posee un sucedáneo más allá de eso. No se han visto desde hace tiempo muchos reyes ejerciendo su cargo rabiosos o inmoderados, ya sea en el exilio o bajo la guillotina; les basta el honor conferido, sus posesiones o la buena vida ya gozada.

46

No hay vértigo más sublime que hallar lo sublime dentro de uno para a continuación, extendiendo la grandeza de miras, hallarlo en todos los que nos rodean.

47

Detén tu abuso del reino animal por el bien de tu propia conciencia moral: con todo los que has perpetrado y devorado en lo que llevas vivido ya serás suficiente cebo para el remordimiento en tu lecho de muerte, si es que estás dotado de una mente justa y cumplidora.

48

Ser justo implica no estar tan deseoso de justicia como para deshacer errores pasados si, como mínimo, no sospechamos que el ajusticiamiento sentará buen ejemplo y buen ritmo en el porvenir.

49

Dejar de enamorarse de alguien en virtud de los riesgos que entrañará el vínculo supone tanto algo de sabiduría como algo de dureza de corazón, y solamente la presencia de bondad hace que tal frialdad se incline por la primera.

50

Traer hijos al mundo es perpetuar la condena de las restantes criaturas a las que devorará o robará el pasto, si bien el niño que se hace héroe o santo al madurar supone el indulto de muchas de ellas.

51

¿Cómo nos convenceremos de las miserias de nuestra alma y de su capacidad para purificarlas por completo con un cambio drástico de compás? No se me ocurre otro modo que la religión. La filosofía profana difícilmente embellece el camino lo suficiente como para que mantengamos el paso cuando arrecien las oleadas del desaliento o la lascivia.

52

Para bien morir conviene haber disfrutado algunos bienes de la vida y haber comprobado su carácter prescindible. De otro modo se podría llevar uno a la tumba engañosas insatisfacciones.

53

Enorgullecerse de cada evento vivido suena a ostentar arrugas del rostro.

54

El anacronismo: dulce pecado que tiene como consecuencia una amarga soledad.

55

Carece de sentido premiar con nuestra atención a alguien solamente porque conoció un país, una época, ciertas personas o ciertas o vivencias. Si no suavizó su carácter, si no sirvió para hacer feliz un corazón, si está tan lleno de miserias como cualquiera, antes debería hacernos desconfiar de tal país o tal época.

56

Enamorarse de alguien mucho más joven o mucho mayor puede semejar un intento de escapar al presente, pero también puede ser un modo de escudriñar las cosas más allá de lo evidente y lo fácil.

57

Las leyes responden a una moral consensuada, no a una moral fundamentada. La intuición colectiva hace que rara vez fallen en su espíritu, pero su carácter negociado y abreviado las redondea a menudo hacia trazos demasiado gruesos, repletos de defectos.

58

El melancólico ha entendido mejor que el irascible el devenir inevitable de las cosas, pero todavía mira de reojo a la satisfacción posible de sus deseos.

59

Bien triste es que nueve de cada diez amoríos carezcan de amor y que otros tantos amores se queden sin consumarse en amoríos.

60

Preguntad en una ciudad cuál es hoy el edificio más importante del lugar y a buen seguro la respuesta os dará la clave del declive del espíritu desde el Sacro Imperio hasta nuestros días.

61

Por terrible que resulte, se hace preciso reconocer que cobramos y pagamos durante toda la vida la crianza de nuestra niñez, así como el azar o la necesidad que nos repartió en diversas proporciones los humores congénitos, el grado de entendimiento o la belleza corporal.

62

De todos los animales, el animal humano es el que menos ha sufrido esclavitud, crueldad y asesinato.

63

Intuyo y temo como probable que la última imagen que pase por mi cabeza en la hora de mi muerte sea la de algún anhelo no colmado. Acaso el rostro de un amor que no rocé, un alma a la que traicioné, los animales que utilicé y reventé como a meros utensilios, la paz que nunca se asentó en el corazón, la deidad a la que no alabé, la sensación de no haber hecho todo lo posible por mis semejantes y por mí mismo.

64

De todas las ilusiones, la peor es pensar que los seres ilusorios no merecen nuestro cuidado, como si no fuese habitual que suframos en sueños. Y es que también nos reclaman las sombras que lloran.

65

No me molestaré en quejarme de los desmanes que me causen los líderes del siglo mientras no logre yo liderar en mi propio corazón.

66

¿Cuán amplia y débil no será el tejido de las almas, que alternaríamos cielos y cuerpos con el mismo ardor? ¿No es de todo punto vertiginoso el carácter que se lanzaría al sacrificio propio a cambio de la felicidad instantánea de todos los seres con el mismo ímpetu con que lo haría a cambio de un beso?

67

Apenas rozaremos la idea de justicia mientras no incluyamos en su definición a la mayor parte de los seres capaces de sufrir y de gozar. Sin respetar el derecho de los animales a no ser propiedades e instrumentos, no somos más generosos que los gentiles y publicanos de los que hablaba Cristo en el Sermón de la Montaña, que sólo se amaban entre ellos. Ningún mérito hay en realidad en respetar a quien tiene un rostro similar al vuestro.

68

La mayor parte de nuestros dolores viene fruto de una elección que tomamos con tal de no aburrirnos.

69

El gesto dice más sobre el carácter que las palabras porque su formulación no está tan definida y, por ende, no puede ser tan estudiado, sino que surge de forma más natural que el discurso.

70

Nunca se puede estar seguro de la soledad que sufre el aparentemente sociable ni de la cantidad de amor que bulle en el corazón del hombre solitario.

71

Si hemos de ser conquistados por algún placer, al menos deberíamos considerarlo sin dejar de vigilar que no aparezca en el trato con aquél ninguno de los pecados capitales.

72

La ingratitud que recibamos es la mejor vara para medir la pureza de nuestra generosidad.

73

El carácter sereno no se altera por la opinión de los demás si se queda simplemente en eso, en la opinión de los demás. Un caballero honorable soporta la injusticia que sólo afecta al nombre de su honorabilidad.

74

Los recuerdos se encargan de insinuarnos que nuestra vida ha tenido o no significado, cuando lo que debería dotar de sentido a los recuerdos es adónde hemos llegado hoy.

75

La victoria más sutil es la renuncia temprana que deja sin sabor a la victoria del otro, desconcertado por la fútil soledad de sus laureles.

76

Resulta muy amargo que en Europa se viviese con menor temor a las masacres hace un par de décadas, cuando todavía reinaba la intolerancia y la uniformidad de la raza. Como pueblos, estamos obligados a vivir en una mentira o en otra: o en la de la superioridad o en la de la convivencia de buena fe.

77

La mayor pérdida que ha sufrido la humanidad en los últimos siglos ha sido el impulso por la abnegación, que trajo todo lo grande que ha existido. La segunda mayor pérdida ha sido el gusto por la belleza delicada, cultivada tiempo ha hasta por la gente sencilla en guirnaldas y en floridas cartas.

78

Si rechazamos con completo desprecio los más inocentes placeres, nos habituaremos al asco y nunca nos encontraremos dispuestos a reconocer un gozo sublime si llegase la ocasión.

79

La mirada comprensiva advierte que los vaivenes del alma son el balanceo de la cuna que producen el agotamiento del niño para que al fin se duerma en paz.

80

Todos acumulamos sacos de pecados, pero los pecados no son más que contracturas de los impulsos, y los impulsos no son más que rayos inconscientes de un ser hacia otro estado del ser. Dicho de otro modo: hasta la más pérfida de las criaturas comparte su esencia con una aurora boreal, fugaz y dispersa como una tragedia sin personajes.

81

Un genio se distingue del artista común en su mayor destreza y su mayor gusto, pero un genio supera a otro genio principalmente por la sobreabundancia de su amor, que se traduce en la grandeza indefinible de su obra.

82

Para saber morir, hay que saber vivir, y viceversa. El remordimiento arruinará nuestros últimos pasos en la vida y, por lo tanto, el sabor que nos llevemos de ella en su conjunto; la ignorancia de la transitoriedad y de la muerte nos arrastrará por la vida como a polen surcando intranquilo el viento sin rumbo y, por lo tanto, difícilmente acabaremos saciados en el último lecho.

83

El enamoramiento es ese momento vertiginoso en que subordinamos todo lo que sabíamos a la presencia de una persona a la que creemos estar adivinando.

84

La incertidumbre y complejidad de este siglo se vislumbra en que, si intentamos mirar al príncipe de la nación, no lo vemos.

85

El mejor instrumento en favor del celibato es el hecho de que las personas son cada vez más aburridas. Para gozar de un cuerpo no merece la pena soportar tanta inanidad.

86

Diría que mucha gente viaja desaforadamente por tantear la posibilidad de un paraíso al que quizá poder habitar, aunque nunca se atrevan a permanecer en él.

87

Decir que el dinero es el dios de nuestro tiempo no es nada nuevo, pero yo añadiría que es como el dios de los panteístas: subyace irreconocible en cada uno de nuestros movimientos, y, tanto en nuestras cuitas como en nuestros gozos, realizamos actos de culto a ese ídolo sin lindes.

88

Durante la noche, por efecto de la luna o del silencio que nos invita a pensar que nos encontramos solos, afloran las mayores traiciones y las mayores sinceridades.

89

El mayor placer arriba al vencer un dolor; el mayor dolor moral aparece al sentirse uno vencido por un placer.

90

La sensibilidad del trato humano obtiene su premio en la capacidad para captar el perfume innato e inimitable que derraman las personalidades encantadoras.

91

Los más jóvenes son proyectos de egoístas, y a menudo se pone su educación en manos de egoístas completos.

92

Toda frase lacónica que no suene a fórmula mil veces trillada posee resonancias de los misterioso.

93

Sin los compositores galantes, y sin Mozart a la cabeza de todos ellos, habría una brillantez del espíritu que nunca habría sido catada.

94

Cada vez son más los días en que abrazaría a cualquiera que me encontrase, en que con gusto renunciaría al gusto para salvar a los parias, en que no me importa mi prestigio o mi triunfo en sociedad, en que lo daría todo por educar a un niño o amar a una mujer, sin el más mínimo rencor. Un cúmulo de lecturas, ideas reiteradas, meditaciones, golpes de la vida y el simple curso de los años me van llevando hacia allí, donde casi me siento culpable de ir hallando en los demás uno de los encantos por los que a uno le merece la pena vivir. Es una lástima que cualquier minucia me saque a cada momento de esas ensoñaciones, que se dispersan en el aire como el aliento de un enamorado.

95

Un necio generoso imparte tres enseñanzas a quienes murmuran contra él: que la crítica puede ser cosa bien fatua, que la falta de generosidad es necedad verdadera y que la necedad aparente no es tal si está desierta de amor propio.

96

Son las miradas y sonrisas de las doncellas las que puntúan la lozanía o la madurez de un hombre. Es la intención de embaucarlas por parte del hombre lo que califica lo propio en las féminas.

97

Ni un solo deseo obtiene la gran recompensa: todos son ínfimas batallas, ganadas o perdidas, en una guerra eterna que sólo cesa con la deserción o con la fraternidad entre los adversarios.

98

Nunca dejará de sorprenderme el poder que los latidos de un corazón tienen sobre otro, como si estuviésemos esperando el diapasón con el cual afinar por fin las cuerdas de nuestra calidez. Especialistas en ello son las damas, más dadas al acompasamiento con los ciclos de la luna, con las posibilidades prácticas que ofrece la sociedad y con el sentir de los gentilhombres, a quienes a menudo aman como respuesta al verse amadas.

99

Conocer los secretos mejor guardados de los hombres sólo lleva a odiarlos o a compadecerlos, dependiendo de la amplitud que alcance nuestra mirada.

100

Pueblos que se agitan, individuos venenosos.

101

El prejuicio es una útil arma defensiva y el parche con el que cubrir pobremente una frustración.

102

¿Quién no ha caído en contradicciones? A menudo conjugamos medios opuestos o pretendemos ciertos fines con medios incompatibles. Suelen ser errores disculpables. Lo esencial es no contradecir fines con fines.

103

Para respirar bien no conviene hablar mucho.

104

Las personas más espirituales que conozco no conservan ningún contacto con sacerdotes. He ahí una prueba no menor de la debilidad actual de la Iglesia, al menos en el Occidente y fuera de los monasterios.

105

Lo más encantador y, al mismo tiempo, desesperante de una dama es verla dudar entre decir “sí” o decir “no” en el momento en que desea decir “sí”.

106

Ningún autor me convence más que aquel que está lleno de vida, que ha sufrido percances, que no olvida, que se ha desencantado de muchas cosas sin dejar de conmoverse todavía por otros tantos encantos, que torna siempre al lado de su conciencia que tenga más descuidado, que habla con el corazón en la mano, que ha estudiado y ha puesto a prueba con su alma la solidez de las doctrinas, que gusta de complacer mas sin nunca venderse, que ríe y llora conociendo la quietud en las profundidades de su ánimo, que revuelve sus ideas una y otra vez, que intuye puerilidad en la magia y magia hasta en lo más vulgar, que no cae preso de la vanidad o que permanece poco en ella, que gusta de escribir casi mientras canta, que no logra evitar compadecer. Tal autor es fácil de comprender porque comprende un poco a todos; y es profundo porque se ha ensanchado como un gigante hasta hermanarse con el universo y se ha empequeñecido al tamaño de un liliputiense hasta conversar con saltamontes y bandadas de átomos, y ha extraído algunas leyes comunes a todas las dimensiones recorridas.

107

Con una persona inteligente siempre podríamos estar hablando más tiempo del que pasaríamos hablando sobre ella.

108

Aborrecemos la naturaleza humana cuando supone siglos de comportamientos que ya no nos agradan, como la esclavitud o el sometimiento de la mujer, pero apelamos a ella con resignación para justificar nuestros vicios vigentes, como el gusto por las pechugas de pollo o la leche de vaca.

109

¿Dirán los mortales nacidos en el próximo siglo que nosotros fuimos lo bastante morales? Es más: ¿sabrán lo que es la moral?

110

Sonriendo ya se gana la primera batalla; mostrando una disposición genuina a auxiliar a quien nos encontremos se convierte el espíritu en una fortaleza difícilmente expugnable por parte de la malicia ajena.

111

La aristocracia ha dejado de tener sentido cuando ha quedado reducida a pasatiempo del vulgo.

112

No es la voluntad de la mayoría lo esencial, sino el no atropello a las minorías.

113

No se oyen muchas certezas porque las incertidumbres se han tornado las referencias absolutas e indiscutibles.

114

Hay quienes odian a los reyes pero aceptarían gustosos el oro de sus coronas.

115

El artista que pretende forjar un estilo no suele andar ocupado en avivar y curtir su patrimonio espiritual, que es la fuente natural de los nuevos grandes estilos.

116

Al volverse uno más y profundo, al haber volteado a buen paso en la rueda de las convicciones y las sutilezas, se es capaz de disfrutar en gozoso rapto del arte más liviano, ingenuo y pueril.

117

La sabiduría no tiene propietario; porque, cuanto más propietario es alguien, menos sabio.

118

¿Hasta dónde no habrá llegado la innovación de la liturgia que muchos hubimos desistido de acudir a la iglesia por respeto a la iglesia?

119

La careza no reza: sólo se atreve a pedir a las fuerzas nobles aquel con abundancia de bellos afectos.

120

La fragilidad de los grandes se advierte en que, como el niño de corta edad, son incapaces de detener el paso sin caer.

121

Se confía en el progreso no porque traiga felicidad, sino por el terror que infunde el reconocer la debilidad de viejos axiomas sobre los que hemos fundado nuestro nuevo mundo. Sospecho que nos adaptaríamos pronto a las durezas de ciertos siglos, y, sin duda, muchos hallarían allí una mayor felicidad que en el presente, arrepintiéndose entonces de su afanado rigor lógico.

122

Si regresamos hacia el tronco invirtiendo el paso por la “rama”, hallamos el “amar”.

123

Sabéis lo que siempre habéis renunciado a saber por miedo al compromiso.

124

La mitad del mundo trabaja hasta la extenuación para que la otra mitad pueda enloquecer en su pretensión de adelgazar su figura.

125

La galantería puede devenir una cosa muy misteriosa y hermosa; en cambio, si carece de amor, sólo se quedará en galantería.

126

El alba es un momento de promesas, proyectos, músculos, ideas, contundencias; la noche, de cumplimientos, deserciones, lechos, confesiones y vaguedades.

127

Comprobaréis la naturaleza peligrosa de la curiosidad en la imposibilidad de no terminar la lectura de esta frase, de interrumpirla justo en este punto, por más que la caída en la tentación lleve a nada o, más bien, a una decepción más.

128

Para el hombre moderno, todo es válido salvo si vale demasiado.

129

Las artes aspiran al júbilo que solamente el amor universal e incondicional puede proporcionar.

130

En el mundo no sólo hay más violencia hoy porque haya menos educación, sino fundamentalmente porque hay muchos más instrumentos violentos y más hambre que nunca.

131

Quien carece de amistad es tan pobre como intente compensar el hueco de aquélla con sucedáneos.

132

A fin de armonizar la totalidad de la persona, de las ocho horas que nos dejan libres una jornada en la que dedicamos otras tantas a dormir y a laborar, habría que dedicar dos horas diarias a la lectura, dos a la meditación, dos al cultivo del cuerpo, y dos más a participar en sociedad y a disfrutar de espectáculos. Pero durante todo momento, desde la mañana hasta la noche, no deberíamos perder nunca la introspección que nos permite vigilar si estamos o no en consonancia con la virtud.

133

No podríamos considerar afín a ningún espíritu si pusiésemos como requisito el poder confesarle todo; nadie puede soportar esperar tanto de alguien, salvo un confesor.

134

Siempre es mejor la compasión y el amor que la ascética al momento de inclinarse por la abstinencia en cualquier faceta de la vida. Quien ve el muslo de cerdo como una tentación acabará cayendo en ella; quien ve en él el resto de un cadáver, no sufrirá por contenerse. Quien, por encima de lo demás, ve en un hermoso cuerpo la promesa de un deleite no es tan sano como quien ve primeramente en él la oportunidad para agasajar a su dueño y alegrar su corazón.

135

Pocos desean lo que los demás desdeñan porque el mayor deseo de cualquiera es no ser desdeñado.

136

En un gran espíritu el dolor entra en combustión y se transmuta en cálidas sonrisas que ofrecer al exterior.

137

Avergonzarse de avergonzarse por verse expuesto a los más necios prejuicios ajenos es buena actitud, pero avergonzarse de avergonzarse de ser malicioso o vicioso debería ser nuevo y digno motivo de vergüenza.

138

Conversar con un monje suscita el vislumbre automático de algunas de nuestras propias gangrenas del alma.

139

En cierto sentido filosófico, incluso entregarlo todo es bien poca cosa si no se cae en la cuenta de que todo es, en realidad, nada.

140

Cada una de las sentencias que no han brotado de una iluminación, o de una necesidad interior, o de una herida que aprende a cicatrizarse, o de una natural asociación de ideas, no llega sino a ripio.

141

La calma se compra barata si tenemos poco bagaje que entregar y muy cara si vivimos presos de bienes que nos dolerá soltar para efectuar la transacción.

142

Tengo observado por experiencia propia que la risa y el llanto son los mejores asistentes para aprender y recordar la cuestión cuando proceda.

143

Tres métodos para ganar tiempo, ahorrar dinero, reducir estómago y agrandar la confianza en uno mismo: madrugar, suprimir las cenas, pasear o leer en lugar de acudir a veladas.

144

Lo sublime es vulgaridad desatendida, o bien dimensiones que resultan inabarcables en una sola sentada para el entendimiento. Lo ordinario es lo sublime manoseado.

145

La dama aviva el deseo del gentilhombre insinuando que las puertas estén quizá abiertas. El gentilhombre, en cambio, trastoca a la dama destrozando su propia puerta y ofreciéndola en una taracea lo más elegante posible.

146

Nada hay más verdaderamente galante que renunciar a la galantería cuando lo único preciso resulta ser una mirada tierna.

147

Entre antiguos amantes reina muchas veces una amplia amalgama de confianza y desconfianza, de aprecio y decepción.

148

Los animales, racionales o no, no existen para servirnos, y si constantemente mueren hombres y otras criaturas por el mero hecho de que tenemos que construir y usar calzadas, edificios y utensilios, no es menos cierto que ni cien muertes accidentales, por más posibles que sean, se comparan con la insensibilidad de someter a un ser animado durante un instante final o durante su vida entera y forzarle a convertirse exclusivamente en nuestro recurso.

149

Lo que podría venerar de un hombre es su capacidad de veneración y su indiferencia a ser venerado.

150

La rutina libera si no está teñida de amargura ni de caprichos de los que poder prescindir.

151

Si conociésemos lo que hay bajo los afeites de las más emperifolladas damas y de los gentilhombres más fatuos, nos horrorizaríamos por momentos; pero, ¿acaso no es toda una artesanía admirable el embellecer la cáscara para atraer hacia el fruto y germinar así la semilla nutricia de la vida, como hacen los árboles en la naturaleza?

152

Cuando medito absorto en otros mundos y me acuerdo de la conducta amena y ocurrente que ejerzo en mi oficio, y cuando recuerdo esas reflexiones en mitad de mi jornada laboral, rápidamente identifico a dos personas diferentes, hiladas por un deseo común de hermanarme con todos los seres. Nadie lo diría viéndome en dos estados tan aparentemente dispares. Más semejante a un niño cuando trabajo y más a un anciano cuando medito, mi mente en pocas horas recorre las edades y las funciones permitidas, según si me encuentro con otra persona que reclama mi amabilidad o si me encuentro conmigo mismo reclamando profundidad. En todos los casos puedo hallar dicha o languidez, dependiendo de cuánto haya venido alimentando a mis particulares anhelos y de la regulación espontánea de mis humores.

153

Paradoja del yo.- No eres nadie si no eres todos.

154

Convivamos con las deficiencias que residen en nosotros sólo si no debilitan de manera apreciable el ensanchamiento de nuestra magnanimidad.

155

Ni lo mejorable es lo definitivo, ni lo mejor tampoco lo es: lo único finalizado es la superación de la noción de mejoría o de empeoramiento.

156

Recuerdo una ocasión en el campo, siendo yo niño, que imité el cacareo de un gallo alargándolo durante tanto tiempo que el gallo del corral se dispuso a competir conmigo mientras notaba cómo las gallinas cloqueaban como aplaudiéndome. Así, con un solo atributo ficticio y desleal, logré seducir por unos instantes a las hembras desconcertadas de otra especie. Rememorándolo me percato de que no es algo muy diferente del modo de galanteo de muchos gentilhombres.

157

Decidir supone asesinar, pero asesinar es decidir que se trata de una decisión que no merece arreglo.

158

La humanidad se salvará cuando la única asignatura obligatoria en todos los cursos de edad escolar sea la ciencia de las costumbres.

159

Hombre noble es aquel que se cree la urbanidad.

160

Puesto que el fin del mundo como lo conocemos está a menos de un siglo de aquí, deberíamos perder la vergüenza de actuar como corresponde a los caracteres nobles, con la magnanimidad de caballeros medievales o de patricios heroicos; que al menos quede un hermoso discurso en las actas de nuestro fusilamiento voluntario.

161

Toda belleza merece una nueva oportunidad; puede que en la primera impresión no aprendiésemos todas sus lecciones. Lo mismo puede decirse de la fealdad.

162

El mejor motivo para el enamoramiento que he hallado no está en la inteligencia, ni en la educación, ni tampoco en una gran belleza, ni siquiera en la sensibilidad; está en lo terminantemente elegante que sea un carácter como para ser inmune al intento de los eventos por afearlo, y, por descontado, en su capacidad de amar.

163

El equilibrio es la piedra de toque de las almas poderosas.

164

Resulta legítimo e incluso noble cultivar el cuerpo si se lo contempla principalmente como un medio para cultivar el espíritu.

165

Hay una cierta tendencia masculina a investigar la idea sobre el carácter, mientras que la preferencia contraria está más presente en la mente femenina. Con la madurez se van reuniendo ambas inclinaciones, cuando se concluye que la presentación de cada verdad, por externa que ésta sea, adopta en las personas maneras y matices diversos en virtud del alma que la procure acoger; y que la finalidad más útil de la idea será la de educar el carácter o no será ninguna.

166

En dos siglos hemos pasado de desear y rogar en verso a suprimir letras de nuestra ya mediocre y quejosa prosa.

167

Entre progresar o retroceder no se encuentra la ventaja que se encuentra en flotar.

168

Suave es la jornada para quien respira con hondura, saluda a los pájaros, canta melodías de sus antepasados y sonríe sin prisas ni ambición ante todo rostro que se le cruza.

[Música: Encabeza P. Nardini, Cuarteto de cuerda No. 1 en La mayor. II. Comodo. Echa el telón la obertura de Tom Jones de F.-A. D. Philidor, quien además de compositor fue el mejor ajedrecista de su tiempo, faceta por la cual se le recuerda más hoy en día.]

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Physionomie intellectuelle, ou art de deviner à la première vue d’une proposition quel en sera le produit et la mesure, à quels êtres ou a combien d’êtres pourra convenir la qualité ou le mouvement qu’elle exprime; art plus utile que l’imagination la plus féconde, et qui rend presque inutile cette dernière faculté.

[Fisionomía intelectual, o arte de adivinar, con sólo ver una proposición, cuál será su provecho y su alcance, a qué seres o a cuántos seres puede convenir la cualidad o movimiento que expresa; arte más útil que la imaginación más fecunda, a la que casi vuelve inútil.]

M.-J. Hérault de Séchelles, Théorie de l’ambition 1.22 (trad. J. Gimeno)

Celui qui sait attendre le bien qu’il souhaite, ne prend pas le chemin de se désespérer s’il ne lui arrive pas; et celui au contraire qui désire une chose avec une grande impatience, y met trop du sien pour en être assez récompensé par le succès.

[El que sabe esperar el bien que desea no se desespera cuando no le llega; y el que, por el contrario, desea una cosa con gran impaciencia, le cuesta demasiado para sentirse recompensado por el éxito.]

J. de La Bruyère, Les Caractères 4.60 (trad. C. Berges)

AL LECTOR

Con nueva remesa de ocurrencias vengo a aturdir al amable lector -acaso el singular sea aquí corrección gramatical literal- que se encuentre tan desocupado como para probar a calibrar mi temple una vez más. Nada tienen digno de mención, salvo que casi todas vuelven sobre nociones ya defendidas en ocasiones previas, con un buen porcentaje que apunta opiniones más personales al hilo de la propia biografía, amén de fragmentos entresacados de publicaciones anteriores más extensas, cuyas fuentes se enlazan en los lugares pertinentes. Algo más de humanidad creo haber imprimido en algunos parágrafos, al tiempo que mi carácter se vuelve, de mejor o peor modo, más comprensivo, afectuoso y algo menos decidido a ocultar el rostro bromista que apenas aparece por estos jardines y que, sin embargo, puebla mis días.  Gócense, en fin, las reflexiones que se pueda, y júzguense el resto como mejor convenga a la conciencia de cada cual, aunque únicamente en favor de la verdad y de los seres sensibles.

El autor

1

Únicamente destruye el placer a quien no ha se ha fortalecido entre penuria, amor y sabiduría; pero hay que reconocer que poquísimos hombres son de hierro. Como un arma de fuego, el peso del placer es relativo a la estatura del que la porta, pero nunca olvidemos que un arma se puede disparar accidentalmente.

2

Ni el pueblo ni la aristocracia: ha sido la burguesía la que ha hecho avanzar el mundo en todos los sentidos. A ella le debemos en primer lugar nuestro bienestar y nuestro próximo hundimiento.

3

La mujer desea con fruición al caballero que reúne varias condiciones: 1º, la desea a ella; 2º, es independiente y desenvuelto en sociedad; 3º, es de trato agradable; 4º, tiene buen parecido. Aproximadamente el orden inverso funciona en el deseo del caballero hacia la dama.

4

La movilidad social es acicate de comodidad para el individuo y cojera en espiral para las naciones. No es cierto que los pueblos reajusten por sí solos tantos cambios; antes bien al contrario, todas las inversiones de funciones suscitan la creación de nuevas necesidades, y da entonces la falsa apariencia de que éstas surgieron antes y que fueron satisfechas por los cambios.

5

Toda cumbre histórica del pensamiento se enmarca en un periodo de estilo aticista.

6

Una mujer puede acabar amando al gentilhombre al que equivocadamente juzgó perverso en otro tiempo, pero difícilmente se entregará al que una vez le pareció débil.

7

La soledad es la posición humana por defecto; el constante trato en sociedad, siempre cambiante, siempre ávido de novedad y de atenazar, es la pretensión que lo confirma.

8

La esencia de la religión no está tanto en la adoración de un dios cuanto en la extinción ordenada del amor propio.

9

Para triunfar en nuestra sociedad, cada día menos profunda, menos delicada y menos ingeniosa, el hombre ilustrado debe rebajar a un tercio la masa de su ciencia y mantener las estrategias con que se familiarizó mientras la cultivaba.

10

Si tuviese que dar una receta de la seducción de cualquier tipo, diría que la menos falible que he hallado -o, diría mejor, la que siendo falible augura intensidad cuando triunfa- se resume en tres condiciones: querer darse verdaderamente al otro, saber cómo hacérselo entender y tener la certeza de que se tiene algo que dar. Los ingredientes, pues, son amor, inteligencia y confianza en uno mismo. O, como tal vez habrían dicho los franceses de las Luces, honnêteté, galanterie, esprit.

11

Cuando debatimos, si traíamos pensada una postura, raramente nos convencerán de que la ajena es cierta, pero con mucha facilidad nos revelarán las debilidades de la nuestra.

12

La libertad indiscriminada garantiza que no me tenga por qué preocupar de los demás, condenándonos a todos a secar el alma por el poco dar o el poco recibir.

13

Como, dado el triunfo del espíritu reivindicativo y arrogante, nadie quiere ya ser amonestado, parece que la única amonestación sagaz es la que se hace con aspecto de invitación interesante.

14

Hay amores a los que se los persigue por accesibles y otros a los que se persigue por inaccesibles. Ni unos ni otros acaban apasionando durante largo tiempo; y es que el apasionamiento se crece en los giros de los ánimos, en el correr y descorrer los velos, si sus piruetas no son enloquecidas en exceso.

15

Se observa que hay quienes, a fuerza de negarse a complicar en absoluto sus vidas, las complican de hecho tanto o más. Es arrogante o pueril querer escapar de un medio para obtener el mismo fin, descreyendo que la humanidad, ciertamente necia en sus fines, no lo sea tanto a la hora de distinguir el mejor camino hacia ellos. Sortear un impedimento supone entregarse a otro, si es que se persigue la misma cumbre. Sin repensar el tesoro buscado, no podemos escapar de las complicaciones; antes bien las elegiremos de uno u otro tipo. Evita un empleo exigente y poco útil: te encontrarás con la exigencia y la inutilidad de la insuficiencia económica. Concéntrate en hacerte un buen sitio en sociedad: probablemente dejarás resecar tu alma, y tu humanidad no aprovechará su mejor momento para desplegarse. Quien no sea previsor recibirá doblemente agudos los dolores que no previno. Quien no se concentra en el presente no recibe la misma cantidad de beneficio de cada instante. En cualquiera de los casos, el drama está servido.

16

Al amor mundano no le agrada llegar solo. Esa minúscula gema pura, resplandeciente a pesar de su tamaño, agita tanto el ánimo que se presenta siempre mezclada con otros sentimientos, con apegos, deseos, frustraciones y placeres, y de ahí que se lo confunda a menudo con cualquier cosa que no es.

17

Fuera de las ciencias puras y de minucias insustanciales, no hay convencimiento si no se han cocido los ánimos.

18

Cuando se ha actuado correctamente, sólo hay dos cosas imprescindibles: no arrepentirse de ello y prometerse reincidir en cuanto sea posible.

19

El orden y la belleza serían, sin duda, lo más digno de defenderse antes de todo lo demás si el creciente sufrimiento en el mundo no fuese tan disparatado. No obstante, incluso para remitir ciertas heridas son necesarios esos valores inmortales.

20

Sublime es todo aquello que logra evocar al infinito.

21

Tener raíces -unas raíces plácidas- no salva a nadie, pero hace las cosas más fáciles para gozar de un corazón servido y natural.

22

Tiene todo el sentido que haya sido en el Mediterráneo donde el pensamiento haya disparado el proyectil de la Historia. Sus condiciones se encuentran en el justo medio: clima templado, aguas seguras, escasez de fieras, abundancia de huerta, montañas y playas, bosques y eriales…

23

El malestar físico es uno de los mayores bastonazos al orgullo, no sólo porque nos impide llevar a cabo las tareas más sencillas, sino porque nos hace despreciar las cuitas y visiones del espíritu que creíamos nuestra prioridad.

24

Todas las doctrinas políticas reiteradas por comunidades y generaciones tienen su buena parte de razonables, sus casos de aplicación, sus éxitos y, por lo tanto, su merecido elogio. Pero nunca son extensibles a todas las circunstancias, ni siquiera aquellas que reconocen este límite, pues hay verdades que se imponen únicamente cuando se las cree imponiéndose. Es muy ingenuo querer resolver en unas pocas normas toda la inmensidad de las posibilidades morales que se despliegan en el tiempo y en el espacio, como es ingenuo creer que no hay vías más idóneas que otras en cada caso. La certeza de que las corrientes importantes han tenido su ocasión y acaso la tengan ahora y la vuelvan a tener el el futuro, nos debe obligar a hablar de ellas con cierto respeto, mayor o menor según sus éxitos y sus prudencias; así, incluso el cesaropapismo tiene, por el momento, mayor honor que los utopismos modernos, sin que estos carezcan de puntos a favor, ni aquél deje de contar con importantes imperfecciones.

25

Sólo hay tres sentidos posibles en la escritura expresiva: el engaño, la queja o la aspiración.

26

Que el mayor criminal comparta la totalidad de sus estructuras contigo debería hacerte inferir dos cosas: que su locura no es algo tan aberrante y remoto como te gustaría, y que las complejidades del cuerpo y la mente no son tan valiosas por sí mismas.

27

Temen tanto los líderes al pueblo que nunca se decidirían a salvarlo, sabiendo como saben que éste se levantaría airado si se quisiese alterar en alguna medida su acelerado declive.

28

Hablar de continuo sobre uno mismo sin que alguien lo pida revela una soledad interior que no dejará de dar lástima o recelo con cualquier cosa de lo que diga.

29

En la época de las epístolas ornadas de amor, se enviaba papel perfumado, salpicaduras de metáforas y henchidas declaraciones. Era, pues, un mundo poblado de sensualidad sutil, imaginación sugestiva y voluntad de despertar en el otro y en uno mismo grandes sentimientos. Allí, en fin, el amor se expandía entre las facultades humanas y aspiraba a transfigurar cada punto de las personas, o al menos a embellecerlos. Aunque el camino al lecho fuese el mismo que en todo tiempo y lugar, estaba aquél cubierto de rosas y nardos, y por ello se respiraba mejor.

30

Me parece cada día tan sugerente y pletórico el arte académico que nunca habría osado llamarlo así, y habría reservado tal nombre para las restantes manos creadoras, mucho más necesitadas de aprender.

31

De cada cien personas, noventa y nueve piensan ser la centésima.

32

El buen gusto se reduce a pretender nunca desairar, siempre agradar, y solventar toda aspereza, propia o ajena; a apreciar la finura de los perfiles, la suavidad de gestos, la contundencia que contrapesa y otorga variedad y sentido; a defender el orden sin causar violencia innecesaria, el equilibrio sin artificio, la voluntad subyacente de la naturaleza en las cosas; a comprender las pasiones humanas, a compadecer a sus víctimas y mercenarios, tan víctimas como las otras, y entendernos como un pájaro más en la bandada, más avanzado o menos; a perfeccionar la belleza en las artes, el espacio, el cuerpo y, sobre todo, el carácter, pero sin obsesión ni excesivas esperanzas, conociendo la ligereza de las obras humanas frente a los siglos; a traer lo añejo a la palestra y diferenciar sus hallazgos olvidados; a aplacar toda arrogancia y toda desesperación. Es, en definitiva, virtud de la mesura y mesura de la virtud, que es decir todo uno.

33

A la hora de determinar la verdad de una proposición, no es menester mirar al hombre que la enuncia. Pero mirarlo nos dará el porqué de que se inclinase hacia esa verdad y no hacia otra igualmente disponible, lo que a su vez nos indica el tipo de verdad que es y a qué tipo de hombre va acotada.

34

Sabemos que el porvenir nos deparará, sin duda, dolores sentimentales y físicos, y casi nadie se ejercita hábito y ánimo para ese entonces; tan necio como no hacer acopio de viandas al anticipar una segura hambruna.

35

Ninguna de las leyes que rigen naciones, familias y amoríos han sido racionalmente deducidas: todas han sido adivinadas. La debilidad de nuestra racionalidad es que es perezosa cuando se le exigiría aplicación más allá de trivialidades del día a día.

36

La belleza de un cuerpo ahuyenta la generosidad de sí.

37

Los mayores arrepentimientos que nos perseguirán mientras seamos morales serán los de no haber auxiliado cuando nos lo pidieron.

38

Modo de componer una bella frase: leer otra similar, dejar que sus palabras cabalguen en nuestra imaginación y retomen la fragancia de otras ideas que recordemos, y finalmente tantear unas cuantas veces un nuevo orden, un nuevo sentido y un color propio. Ante la duda, comiéncese definiendo conceptos; pronto se obtendrá alguna asociación feliz.

39

Toda grandeza surge de la artesanía. El que se lanza a explorar el mundo de las bellas formas sin llevar las mercancías de su educación, no podrá negociar con los exóticos extranjeros cuando los encuentre.

40

En todo ha querido la naturaleza encerrar en una paradoja la búsqueda de la tranquilidad, que jamás se conquista como en principio parecería razonable. Ni el escozor se calma rascándose, ni se concilia el sueño esforzándose en dormir, ni se ama mientras se esté obsesionado en obtener el título de mejor amante, ni se alcanza una paz con el mundo mientras se intente obtener algo de él. No aceptar la paradoja suprema ha causado y causa todos los dislates en las naciones del orbe.

41

Aceptar una paradoja y no rendirse por ello a la sinrazón o al cinismo es en la humanidad signo de madurez de espíritu tras la que no cabe retroceso.

42

Despertando cada mañana tras el sueño se encuentran renovadas las esperanzas o la paciencia, salvo en quienes la herida está muy infectada.

43

De un hombre sin una fuerte educación del carácter se puede esperar cualquier cosa a la luz de las circunstancias. Todo podrá ser afabilidad y bondad mientras le vaya bien, pero podrá tornarse destructivo si teme de veras por su hacienda, por su oficio, por su apasionado amorío. Y, antes de nada y por más lecturas, reflexiones y aspiraciones que se acumulen, conviene preguntarse si uno mismo no es ese hombre.

44

Es importante reconocer que, por cada derecho que un ciudadano del mundo está obteniendo, otro está echándose encima otra cadena. La Atenas de Pericles se permitía votar todo el día y filosofar plácidamente gracias al imperio ático que expoliaba a todo el Egeo.

45

Se forjan muchas creaciones sublimes como resultado de las excusas que se da a sí misma la mente perezosa con el fin de aplazar el acometimiento de actividades prosaicas.

46

Puesto que la magnitud de la cualidad no puede ser mensurada, la estadística y la ciencia sólo atienden a las magnitudes sin cualidades.

47

¿Cómo no será de extraña e intensa mi obsesión con el Siglo de las Luces que hasta añoro los días malditos de la Revolución?

48

La autoexpresión, tal y como se la entiende ordinariamente, no es más que espasmo y supuración.

49

La peligrosa ingenuidad ante el desastroso presente y el más que desastroso futuro que espera a la humanidad sólo se entiende si se la concibe como la combinación del peor probabilismo racionalista y el peor de los hedonismos egoístas.

50

No hay que idealizar netamente toda época pasada, pues en todas abundan calamidades, injusticias y peligrosas falsedades, pero es justo decir que, cuanto más atrás vamos en el tiempo, más vemos que había pocas rutas transitables, sí, aunque con gran capacidad para llamar al desprendimiento y la humildad y, por ende, a la paz de espíritu.

51

De la convicción de que todo el sufrimiento se lo debe uno a sí mismo -sea a través de la idea de culpa cristiana, de ignorancia socrática o de pasividad en las tradiciones más aguerridas- parte toda búsqueda correcta de la felicidad. Igualmente prosigue la búsqueda correcta a partir de la idea de que toda la felicidad auténtica proviene no de uno mismo, sino de Dios o de la Naturaleza que busca su acomodo normal.

52

Hay que asumir que, de toda la obra de un escritor o de un pensador, puede que solamente le sobreviva una sola de sus frases, acaso no la más original ni la más densa, y quizá ni siquiera una sola frase.

53

No hay que obsesionarse con que el egoísmo, para sentirse reforzado, no aproveche el vehículo en marcha del amor; es preferible dar con largueza antes que castigarse a uno mismo. Un carácter demasiado coagulado es un mal menor frente a un desbridamiento de las virtudes generosas.

54

No te permitas ser olvidadizo: sin memoria no hay evolución seria.

55

El primer axioma de toda moral ha de ser el reconocimiento del valor intrínseco de todos los seres, y se rastrea en las teorías ilustradas como en religiones ancestrales.

56

El sufrimiento desgarrador es la mueca cósmica ante toda ciencia, todo arte y toda empresa que no se focalice con atino y audacia, precisamente, en la erradicación del sufrimiento.

57

Toda tradición es eminentemente oral; su conservación exclusiva en textos supone la pérdida irremediable de muchas de sus claves. No tenemos derecho a desprestigiar a las tradiciones muertas en base al rastro que han dejado.

58

De todos los vehículos del rapto que han conocido los pueblos de todo tiempo y lugar, la música ha sido el más respetado, el más fascinador, el más peligroso; ninguna otra creación humana impulsa a mover el cuerpo desde su interior.

59

Dicen que la ciencia no busca verdades útiles, sino la verdad en sí misma por dura que sea. ¿Y para satisfacer el capricho de unos pocos catedráticos y doctores tenemos que hipotecar toda nuestra civilización y nuestra salvación? Porque en su mayor parte son verdades fragmentarias, provisionales y, en no pocos casos, por completo superfluas, cuando no sencillamente erróneas.

60

El aforismo es conocimiento condensado; la máxima, ética condensada; el ensayo, aforismo desplegado; la novela, anécdota desplegada; la poesía moderna, un totumrevolútum sin más utilidad que la autoterapia del poeta.

61

Las constituciones y demás reglamentos omiten las palabras verdaderamente importantes, como “entrega”, “belleza” o “espíritu”. No se puede exigir a nadie que aspire a ser sublime, mas eso es justamente lo que hacen las religiones, las grandes filosofías del pasado, los poemas…

62

En política, un demagogo es el candil que el pueblo enciende para alumbrarse.

63

El único motivo legítimo para aspirar a un cambio social es la compasión, y su único aledaño a este motivo debería ser el deseo de encontrarse en un ambiente cómodo y motivador para uno mismo. Todos los demás motivos, desde el rencor hasta la ambición de poder, afean el valor de la causa, por justa que sea en realidad.

64

El único modo de no ser esclavo de las pasiones en lo que concierne al devenir de las naciones es no perder nunca de vista el día a día. El único modo de garantizar la felicidad en lo cotidiano es no olvidarse ni por un momento de la Ley eterna.

65

Las visitas que  creen ser más agradables son, de hecho, las menos deseadas.

66

Sin paciencia, las virtudes restantes carecen de bello porte.

67

De los modales en el comer se puede distinguir la primera educación de alguien, pero es en su modo de conversar donde se distingue el punto al que ha llegado.

68

En música sólo caben reconocerse tres componentes espirituales, de entre los que debe permanecer al menos uno para ostentar dignidad: gracilidad, profundidad y orden.

69

Es forma de perdón inteligente el reconocer la falta propia cuando la encontramos en el otro y al mismo tiempo perdonamos ambas con espíritu de enmienda.

70

No resulta extraño que el triunfador caiga en una sed insaciable, en un murmullo de dolores y furias. ¿Tan difícil es de entender que quien lucha contra el mundo para expoliarlo no se sentirá nunca tan dichoso como el que se armoniza con él para compartir juegos y caricias?

71

Verlo todo como materia es propio del materialista; verlo todo como espíritu, propio del idealista; el creyente ordinario ve lo corpóreo como corpóreo y lo espiritual como espiritual; el filósofo agudo ve la materia como espíritu y a éste como sutil materia de particular cualidad. El más alto sabio, hasta donde yo lo veo, no se ocupa de la sustancia, a la que ve como aproximación distorsionada, sino de sacarle provecho en alimentar al hambriento, dignificar al herido, purificar las angustias, alegrar los corazones, hermanar a todos los que vaguen en la soledad del devenir.

72

Dado el ciclo hilarante de la moda, manteneos en vuestra indumentaria y aspecto y en breve representaréis vanguardia.

73

No me convencerá el burócrata de que los principales motivos de los obstáculos que me dedica no son su propia existencia como burócrata ni el obstaculizar mi dedicación.

74

Ante el fárrago de las leyes, que convierten en infracción cualquier conducta inocente y cotidiana en otros tiempos, lo más recomendable es no moverse del domicilio, firmar los menos documentos posibles y no dar nunca nada por sobreentendido.

75

Para no aparentar arbitrariedad, los gobernantes extienden en leyes las correcciones que debían circunscribirse a unos pocos casos y que gravan el movimiento de la mayoría inocente. Pero no llegan a ser correcciones lo bastante contundentes como para violentar a los inocentes, quienes en tal caso se conformarían en multitud airada, y, en consecuencia, dado que la ley es igual para todos, tampoco atajan con intensidad a los culpables.

76

El clasicismo propone que la belleza ha de ser fácil de comprender y, por lo tanto, ordenada, limpia y reiterativa.

 77

Me parece provechoso reconocer dentro de uno elementos opuestos al propio sexo, en aras experimentar la disposición del mundo en opuestos imbricados y utilizarla en pos del equilibrio. El temperamento viril se enriquece y amplía su horizonte cuando se dulcifica con la ternura, con la delicadeza de formas o con el espíritu pacífico, virtudes todas ellas femeninas. La mujer, por su parte, crece si incluye la concentración decidida, la aceptación de la realidad más cruda, la determinación a explorar mundos ignotos. En cambio, lo contrario a la utilidad juzgo dudar del sexo que la naturaleza nos otorgó, porque allí, lejos de ver armonía, no hay sino guerra.

78

Vemos jugarse la vida a personas que lo tienen todo: salud, belleza, juventud, dinero. ¿Por qué lo hacen? Por un momento de diversión, por competencia con amigos, por no ser menos que nadie, por desafiar a la naturaleza, por curiosidad. Sabemos cuál es la recompensa en muchos casos. Los riesgos que se corren al aventurarse en el mundo exterior son muchos y escasos los beneficios; todo lo contrario de lo que sucede en las aventuras interiores, tan poco espectaculares como gratificantes cuando se han escarpado cordilleras de oscurecimientos.

79

La asombrosa falta de sentido común en el hombre no es sino trasunto de la falta de sinceridad consigo mismo.

80

La verdadera moderación admite incluso retirarse a un lado mientras una prioridad exige nuestro justo compromiso con los toscos excesos mundanos.

81

Algunos compositores franceses: Lully o la grandeza, Louis Couperin o la sensualidad, Saint-Colombe o la melancolía, Royer o el asombro, Couperin el Grande o el porte, Rameau o la maestría, Boismortier o el encanto, Leclair o la justeza, Du Mont o la piedad, Charpentier o la gloria, Marais o el ritmo, Rebel o la fuerza, Forqueray o el afecto, Duphly o la pasión, Clérambault o el agrado, Mondonville o la vivacidad, Philidor o la diversión, Monsigny o la gracilidad, Gossec y Gretry o los últimos destellos de la galantería en el ciclón de la democracia.

82

La sociabilidad parte de la convicción mundana de que ninguna persona es la definitiva y, llegado el caso, se consuma en la convicción espiritual de que toda persona lo es.

83

Se puede reformular una y otra vez una idea ya aclarada con intención de alentarse por otros medios a ponerla en práctica, o se la puede reformular para demorar el esfuerzo de ponerla en práctica bajo el pretexto de que todavía se está afinando la teoría.

84

Muchos nunca venceremos la vanidad de pretender vencer a la vanidad mejor que nadie.

85

Dar por anticipado un fracaso espiritual es prácticamente sentenciarlo. En términos de aspiración espiritual, el optimismo apenas garantiza nada, pero el fatalismo ciertamente lo hunde todo. No fortalece sus músculos quien reconoce que nunca gozará de fortaleza, porque nunca se decidirá a ejercitarse.

86

Los líquidos más caros son, en primer lugar, la sangre, seguida de las lágrimas y el sudor. Cuesta asumir que llegará un día tan pedestre en el que el agua dulce superará a los mencionados.

87

Se han equivocado de siglo todos los que prefieran la conversación a las cosas y el encanto a la rudeza. Diría que cualquier siglo vale para la frase anterior, si bien el nuestro parece que se llevará el premio a la idoneidad.

88

De todas las naciones, Francia es la única que lo tuvo todo en su grado máximo, con excepción de Grecia.

89

Callar es signo de inteligencia que no vemos adornar al que se convence de poseer un buen estilo, esté o no en lo cierto.

90

Quien piense que vergüenza debería dar no tener vergüenza dice un absurdo tal como que “hambre debería tener quien esté saciado”. No hay que tener vergüenza si se tiene prurito de nobleza lo bastante grande, ni es necesario el miedo si se posee un gran amor; sin embargo, rarísimos son los ejemplos en los que se corre sin sentir ardiente el suelo.

91

Sospecho que algunos de los espíritus más profundos que rondan el orbe confesarían que no sienten contar con un solo amigo verdadero.

92

La concisión da la impresión de condensar la inteligencia. Más sabiduría que el verboso exhibe el sabio lacónico y, no obstante, preciso. Pero, como todas las impresiones, es aproximada, condicionada por el hecho de que al ser humano le gusta lo breve por ser más fácil de comprender; y, para ajustar la realidad a su medida, dictamina que lo que le resulta comprensible es lo más sabio.

93

Escribir de noche: pensamientos más intensos, más puros, valientes. Escribir de día: pensamientos más útiles y con mayor gusto en su composición.

94

La fe cristiana se diversificó en postulados, significados y jerarquías, como cualquier otro culto. ¿Acaso es pensable que naciones de distintos climas, distintas épocas y distintas peripecias podrían aceptar los mismos acentos en una epístola de San Pablo? “Amad a vuestros enemigos”, dijo el Maestro. Pero, como hay muchas formas de amor, queda libertad para el modo más adecuado en cada instante, quedando obligación únicamente en la disposición del ánimo. Hay incluso quienes, ¡paradoja suprema!, aman matando, aunque sean los menos.

95

Sentirse moralmente cumplidor: primera medida para eludir el desvelo, para gozar de buenas digestiones, para reducir infecciones, etc.

96

Vanitas omnia vincit.- Lo único bueno que parece tener el solipsismo es que es la única metafísica que vence a la vanidad desde el primer instante.

97

La pintura realista hace mucho más que retratar la realidad más grosera: lo maravilloso está en que en lo más cotidiano reconocemos los trazos que revelan la ilusión de la percepción y de las formas. El realismo es el enfoque que más desenhebra el tejido del mundo.

98

El placer que produce la técnica del realismo artístico proviene de la sorpresa que produce contemplar cómo todo fenómeno sensible puede ser reproducido sin que sepamos si la elusiva esencia permanece o no.

99

Amar es comprender, comprender es amar. Entendiendo bien las implicaciones de esta dualidad, uno dejaría de atormentar al sentimiento con la cabeza y a ésta con el sentimiento.

100

Nada de lo mortal me es ajeno, y aun menos lo inmortal.

101

Se diría que nada de lo que se escribe en verano huele a desesperación.

102

El aparente choque entre axiomas divinamente inspirados dentro de una misma tradición y también el choque entre todos éstos y las evidencias prácticas terrestres son algo así como la jurisdicción concéntrica de un emperador respecto de su rey vasallo: para formular en un solo decreto la legislación de ambos sin menospreciar a ninguno de ellos, hay que combinar constantemente sus nombres y atributos, confundiéndolos a veces con tal de hacerlos presentes, antinómicos otras veces para marcar diferencias delimitadoras, pero evidenciados siempre por oposición a la falsedad manifiesta, carente de toda dualidad y de toda explicación simbólica.

103

Toda bella danza pareciera equilibrar los pesos de la Creación, distribuyéndolos entre el aire y la pareja de ocasión.

104

La elegancia es el nombre que en indumentaria y en sociedad adquiere la armonía, que se llama nobleza al hablar del carácter o gusto al hablar del arte.

105

¿Conviene acudir a la iglesia, inclinarse ante el altar, cumplir con los sacramentos, rezar? Lo preguntaré de otro modo: ¿conviene concitarse con el resto de la comunidad para convencernos los unos a los otros de que hay que permitir que reinen la humildad, la cortesía, la solemnidad, la meditación, el amor?

106

Todo lo que el europeo afirma no encontrar en su país lo encontraría si acostumbrase a hojear los libros polvorientos que hablan de sus ancestros.

107

El vicio encuentra miles de formas de evitar su rendición, hasta incluso pretender que la virtud es peligrosa, tanto más cuanto que en ocasiones se cumple tal posibilidad.

108

El mundo se ha complicado demasiado como para asegurar que las buenas intenciones nos salvarán, pero sigue siendo lo bastante lógico como para asegurar que la inercia de las peores pasiones nos condenará sin perdón.

109

Como ilusión cardinal que es, el deseo suscita más placer cuando se lo menciona que cuando se lanza a la caza o en los instantes inmediatamente posteriores a su victoria.

110

Se es anciano cuando se arrastran los pies o cuando casi toda la voluntad se aborta a sabiendas de la inmediata decepción que la sucederá.

111

Por lo que a mí respecta, empecé a escribir dada la infrecuencia con que mantenía conversaciones elevadas o ingeniosas. Ahora es el propio refinamiento de mi pensamiento y el acomodo en la introspección constante lo que aleja más y más la posibilidad de diálogos estimulantes.

112

Dado que la felicidad surge antes que nada de las relaciones sociales, el hombre antiguo debía de ser muy feliz, pues carecía de artilugios rebuscados y, en su ausencia, recurría continuamente a la conversación, la carta, el juego, la confesión, el baile y el recital.

113

Cuando se entra en la vibración de cierta música, cuando se acompasa la sangre a sus pulsaciones y vaivenes, el pasar a otro estilo siempre será percibido como una odiosa violencia. A nadie le gusta que le cambien el paso cuando ya se ha hecho a él. Sucederá con mayor vehemencia cuanto más fácil de oír y más danzable sera la primera música, es decir, cuanto más arcaica y sentimental, y es que nos habrá acalorado más el cuerpo.

114

Observad a la persona más resuelta, vivaz, fuerte, no arredrándose ante nada, y, sin embargo, ante un hermano, ante su madre o ante un antiguo profesor, se vuelve mansa como un corderito, tímida o incluso algo caprichosa, como durante su adolescencia. Ahí veremos  una puerta secreta de su vida adulta, causa, quizá, de su aparente decisión también, la cual acaso surgiese como forma de compensación.

115

No hay mayor astucia que la que no se detecta.

116

El gentilhombre cree ver virtud en su amada donde ve belleza, mientras la dama sufre frente a él la confusión opuesta, viendo belleza donde hay virtud.

117

La ética moderna se compone exclusivamente de normas negativas, no prometiendo recompensa al cumplidor, razón por la que es tan defendida de palabra y tan relegada en la práctica. Era la recompensa o el miedo al castigo lo que en la moral religiosa llevaba a la persona a familiarizarse con la virtud, hasta llegado el punto en que premio o castigo resultaban secundarios y el amor genuino había arraigado finalmente.

118

A la larga siempre acaba consumiendo más energía propia el malvado que el bondadoso.

119

La venganza también es castigo letal contra la propia inocencia que había resultado herida y que sobrevivía agonizante en el corazón.

120

La familia es la forma en la que han quedado reducidas las antigua tribus. Las naciones extienden la noción a una raza y costumbre común. El orden completamente racional, donde todas las razas y costumbres tienen cabida, casa bien con los principios de la moral, pero fatalmente mal con la trabazón de los miembros del pueblo, con el gobierno asequible y con la comodidad de todos.

121

Tres cosas, por encima de todas, aúpan hasta la felicidad u obstaculizan el triunfo de la desesperación: el trato abundante y afectuoso con los demás, la bella armonía entre las partes del mundo y la robustez de carácter. A ello, entre otras cosas, se debe la persistencia de la religión.

122

Amar verdaderamente sin motivo es haber dado con el motivo adecuado, por más que se esté demasiado ocupado amando como para ponerlo en palabras.

123

Que incluso entre los más codiciosos y rudos de los espíritus haya una envidia hacia aquellos genios creadores que, a pesar de haber vivido y muerto entre miserias, han legado a sus congéneres beneficios sin parangón, tal envidia, digo, debería reconciliarnos con la humanidad; y es que denota una voluntad profunda e inmemorial de la sangre por contribuir a la comunidad, aunque el único reflejo sea visible sea el deseo de propagar el renombre a los contemporáneos y a la posteridad.

124

Europa es hoy a la época de sus grandes reinos e imperios lo que la Roma ostrogoda de Teodorico fue a la República de Catón: una falsa continuidad, una repoblación racial, un conflicto consigo misma, una ruda imitación, una sombra.

125

Un reaccionario como Dios manda ha de admitir que la civilización no tiene ya arreglo alguno y que solamente educando individualmente el espíritu -recurriendo para ello al núcleo personal de la Tradición- se logrará alguna cosa.

126

Ser reaccionario en lo político no impide ser radicalmente dadivoso en lo moral, y es tamaña dualidad lo que proclama la Tradición.

127

Comprendo a quienes no me comprenden porque yo también soy como ellos. También yo busco mi hueco en sociedad, mi plan para el mundo, mi buena fe carente de conocimientos suficientes, mi sentido de la belleza, mi aprovechamiento de mis ventajas y de mi situación personal; todo lo que no encaje con estas cosas me parece claramente insuficiente.

128

Entre sugerir y dejar las cosas demasiado claras prefiero lo segundo porque prefiero el acierto que el bello fracaso, salvo que la sugerencia esté situada en el punto justo para despertar con más viveza nobles pasiones y nobles ideas o para comunicar resabios de la verdad a más tipos de entendimiento.

129

Siempre se puede mejorar, salvo cuando se ha dedicado la vida entera a la perfección moral y al culto de la nobleza espiritual. En el momento del tránsito, bien puede decir en el lecho quien así se ha comportado: “Hice todo lo que pudo mi naturaleza”.

130

Para todos los temperamentos hay una doctrina tradicional adecuada en aras de aprovechar legítimamente su energía peculiar.

131

Casi nadie conoce el alcance de mis artes, ni los detalles de mi culto a las letras, a la música, a la meditación y la moral. Y, por ello mismo, mi dedicación es mayor y mejor, hasta donde me lo permiten las condiciones y hasta donde lo permito yo. Ningún poderoso conoce ni tiene en cuenta ni una centésima mis méritos intelectuales, artísticos o espirituales -cualesquiera que éstos sean- para otorgarme mejor posición. Tampoco ninguna mujer para darme su amor, ni ningún caballero para ofrecerme su amistad. A la hora de obtener vituallas del siglo, me muestro como el más vulgar de los hombres y compito con sus mismas armas, incluso bastante menos afiladas de lo habitual. Lo mejor de mí lo velo para cumplir más cerca de la perfección una misión sin recompensa.

132

Expongo mis palabras abiertamente en este foro minúsculo pero fácilmente accesible. No presto atención a la posibilidad de plagio, y ni siquiera me muestro con un nombre desde el que poder reclamar fama para mí y vergüenza para quien la robó. No diré, como habría dicho en otro tiempo, que nadie podría quitarme el tesoro mayor de un creador: el hecho de haberlo creado, de ser autor de lo que alguien, equivocando la fuente, aprecia. Ahora no es la gloria secreta lo que me inquieta, puesto que la noción de autor, como la de sujeto, sirve de cara a las adscripciones crematísticas y a la pasión de vanidad. Las palabras y las ideas flotan sin carcasa en el éter, y más vale que se propaguen todo lo que puedan antes de morir con la llegada de una ventolina huracanada, como mariposa de un día. Mi pobreza y mi soledad no sobrevivirán ni mucho más ni mucho menos tiempo. Mucho sería si ganase un solo gramo de nobleza por tal actitud de desprendimiento.

133

Un cuerpo bello en la noche es la prueba más difícil de superar, aunque no la más peligrosa, que ha de enfrentar el ánimo piadoso.

134

Por muchas palabras y sutilezas que lancemos y configuremos con los años, seguimos con los mismos deseos, las mismas costumbres, aunque en proporciones distintas -en el mejor de los casos-, que el resto de la gente. Cierto que los vicios se reducen, pero, al modo de una infección persistente, requieren ungüento diario para permanecer controlados, y cualquier despiste les otorga de nuevo el poder sobre el ánimo.

135

Produce un placer casi culpable el estar convencido de sentir que no se odia a nadie en el universo.

136

Es preferible amar un cuerpo que odiar un alma. Y es preferible amar un alma que odiar un cuerpo. En definitiva: siempre tienen preeminencia el amor y el alma.

137

Es preferible la tolerancia al placer ajeno que a su dolor, pero lo opuesto es cierto en el interior de uno mismo.

138

Del estilo de música que uno escucha, así su saber estar.

139

Quienes acostumbran a perderse el amanecer nunca parecen acabar de amanecer ellos mismos.

140

Ni todos los mediocres aupados a dignas posiciones que les exceden por todas partes deberían convencernos de que es preferible su suerte a la del jardinero que dialoga con los helechos, la del zapatero que cultiva humildemente nuestros pasos, la del monje que rompe su silencio para levantar el ánimo a un desesperanzado.

141

Si realmente pensáis que los animales merecen justicia, poneos a prueba imaginando qué dirías ante una situación que menoscaba el interés esencial de un animal, sustituyendo en la hipótesis al animal por un ser humano. Ahí veréis probablemente la magnitud de la injusticia que sufren las criaturas y cuánto todavía os queda para ser tan respetuosos con ellas como sosteníais.

142

Puesto que a la plebe le agrada etiquetar en bloque y no tolera la sensación de asociarse con un rasgo fuertemente odiado, para ganar su favor se hace imprescindible no sugerir siquiera la aprobación de ninguno de sus tabúes. Muchos panfletos impecables en favor de la igualdad se verían desestimados si hiciesen cualquier concesión al rey o si reconociesen la valía de muchos generosos servidores de la Iglesia.

143

La belleza no es infinita, como sí lo es el alma que la percibe. Al fin y al cabo, la belleza no es otra cosa que la sensación de placer ante las formas, y toda sensación mora en la facultad sensitiva.

144

Proponed un gobierno útil: os despreciarán por ambicioso del cargo o por poco ambicioso de reformas. Proponed un gobierno verdaderamente compasivo, que recoja de la agonía a todos los seres, humanos y no humanos, y que no desee violentar a nadie si no es estrictamente necesario: os tacharán de loco, de pretencioso, de pueril. Proponed, en fin, un gobierno rencoroso, vengativo, maniqueo, reiterativo: os aplaudirán, quizá os encumbren.

145

Ante el estancamiento en la virtud modesta, el carácter cansado podría añorar incluso el tiempo en que era malvado; de ese modo tendría margen para avanzar de nuevo gratamente un gran trecho hacia la nobleza.

146

Los reformistas modernos se han desacreditado porque no han demostrado nunca pensar seriamente en la tercera o cuarta consecuencia de sus decisiones. Coincido en que hay derechos que son inviolables pese a quien pese; pero la mayoría de sus propuestas no velan por los derechos más fundamentales, sino por sucedáneos que se les parecen y que son bien visibles, a fin de que quede bien ostentada su bondad.

147

La dama aplica sobre su corazón y sus pretendientes la prudencia que el buen soberano debería poner sobre el reino. Pero ni los varones son tan juiciosos ni las mujeres saben serlo en muchos más ámbitos aparte de su entorno familiar.

148

En la sociedad galante hay siempre una comezón del alma, una inquietud por obtener siempre el mejor partido, la mejor opción, y eso porque son muchas las opciones buenas; así, se goza de unos pocos placeres, más o menos intensos, por lo general breves, envueltos en un sinfín de desconfianzas, tanteos, comparaciones, cálculos, advertencias, arrepentimientos.

149

Es en la languidez que sucede inmediatamente a un encuentro amoroso cuando el gentilhombre ha de meditar sobre lo que de verdad ama y, como siempre será menos de lo que venía creyendo, decidirse a amar más.

150

Uno se habitúa a un sentimiento como se habitúa a una dieta, a un ambiente o a un horario que se impuso. Acrecentar el amor o el rencor no difiere en su movimiento de adoptar modales o el gusto por tal ο artista, o de aprender usar la lógica a la hora de organizar cualquier asunto apropiado.

151

Es fácil creer la sabiduría moral. Es difícil creerse en ella.

152

Todo lo que haya dicho brillante y sabio surge de la combustión de múltiples lecturas, épocas, tradiciones, cosmologías, caracteres. Aunque en cuestiones menores, hay semejanzas y diferencias notables, al final del recorrido siempre se destila lo mismo: un ímpetu por profundizar las apariencias hasta ver un misterio que se parece a la belleza sin ser belleza, al amor sin ser amor, al infinito sin tener sustancia de la que predicar, a la plenitud sin tener nombre.

153

De todas las mujeres en la vida de un hombre, lo más probable, sospecho yo, es siempre que éste piense a la hora de su muerte en la misma en la que pensaba cuando nació: su madre, inocente artífice de sus principales bazas y sus principales taras.

154

No hay demasiado descanso para quien no concibe sino un descanso supremo. No hay descanso alguno para quien llama así a lo que en realidad no es sino agitación mundana y vanidad de vanidades.

155

¿Escribir una línea más? ¿A quién será de utilidad? ¿Permanecerá en el tiempo y el espacio? Preguntas superfluas si escribes con lo más hondo de tu inteligencia y tu amor: ya habrás obtenido el mayor provecho que se puede obtener de unas letras.

156

Un hombre que ejercite todas los atributos de su personalidad viril no caerá en melancolía, pero un hombre que ejercite los atributos idóneos de su ser social no caerá en angustia.

157

No se ve en la Iglesia la pujanza espiritual y la pertinente conservación de formas diáfanas y simbólicas que empujaría a muchos ánimos románticos a volver a su seno.

158

La Iglesia ha perdido tres importantes apoyos: rotundidad, simbolismo y la misma intolerancia al sufrimiento de las almas que al de los cuerpos.

159

El pueblo exige a la Iglesia que se ocupe más de los pobres -cosa que, de hecho, siempre ha hecho más que ninguna otra institución en el mundo entero-, confundiendo así la misión apostólica con la misión del propio pueblo. Lo natural siempre fue la predicación inversa: los púlpitos recomendando al siglo caridad y dando ejemplo, veraz o falsario.

160

La insinuación despierta muchos más deseos que la declaración porque ésta se circunscribe a sí misma, mientras que la otra desmarca todas las posibilidades al mismo tiempo. Pero para concebir estas posibilidades hace falta inteligencia y fantasía, razón por la que ha ido perdiendo éxito en favor de lo evidente.

161

El mundo gira, en cierto modo, alrededor de los jóvenes; pero no lo hace el tiempo, que los abandona a la madurez antes de que se percaten. Con todo, los modernos, cada vez más aniñados durante más años, quieren desafiar este principio y, en consecuencia, se vuelcan todavía más en su vanidad y sus balbuceos que los jóvenes de otros mundos donde lo efímero de la existencia humana se respiraba por doquier.

162

Lo mismo que dos árboles pegados eran indistinguibles en sus primeros brotes, así dos espíritus opuestos parecían jóvenes amigos antes de madurar plenamente.

163

Enternecerse consiste en observar casi con compasión una carencia poco importante en el amado, detectar algún defecto que, de tan pequeño que es, embellece.

164

En lo referente a la ciencia moral y en lo referente también a otras ciencias, nos convencemos de cuatro cosas: aquello que nos conviene creer, aquello que nos conmueve del modo más seductor, aquello que nos repiten muchas veces, aquello que queda tras descartar malas opciones. La razón no tiene un papel significativo en todo esto.

165

El gentil parece más bello de lo que es, y quien lo trata acaba pareciendo más dichoso y bondadoso de lo que se esperaba.

166

Los axiomas y los mecanismos de inferencia de los filósofos profanos son tan arbitrarios como los prejuicios que se ponían en su lugar cuando la razón aún no había subido a su trono.

167

La razón se sabe limitada, pero desconoce hasta qué punto exacto.

168

Es posible razonar escrupulosamente en las pequeñas cosas, como las masas y las libras, o en las grandes, como en los arquetipos platónicos. Son las intermedias las que se nos escapan por no saber si se relacionan más con unas o con otros. Así, el corazón humano, tan ligado a los humores del cuerpo como a las ideas que parece perseguir, se lo conoce desde diversos ángulos, perseguido por silogismos, sin que nunca se le conceda la dieta idónea.

169

El pueblo no respeta lo que él ha elegido y no imita sino a quien cree formidable por naturaleza. Aunque tendría que pensar si el presente no está invirtiendo las relaciones de esa frase.

170

Un país sin mitos fundados por los más sabios de su tiempo primitivo se ganará la más triste de las simplezas: la de vivir en el error por el mero hecho de no conocer ninguna verdad importante.

171

No es el despotismo lo que habría que evitar a toda costa, sino un pueblo sin amor. Bajo el primero aún es posible una felicidad civil.

172

Un mal soberano no es el que posee vicios, pues no hay hombre libre de pecado, sino el que tiene conductas que, siendo buenas o no en otras circunstancias, le impiden desplegar sus cualidades de soberano; un ejemplo perfecto de mala conducta regia es la falta de solemnidad.

173

La música italiana es simétrica como la danza que evoca, es melodiosa, ágil, alegre. La música francesa es contundente o sutil, siempre misteriosa, colorida, solemne o íntima, ingeniosa o dramática, pero nunca da apariencia de necedad.

174

Sería desnutrir al alma el privarle de dulzuras y picantes como sería desnutrir al cuerpo dejar de ingerir por completo cebollas o manzanas. No sólo hay caracteres que apetecen de ordinario más de una cosa que de la otra: nadie puede rendirse en todo momento a los mismos desahogos, ni ningún corazón amplio se contenta con unos pocos sentimientos del mismo tono.

175

Los hombres para quien lo suficiente nunca es suficiente, semejan a las vasijas agujereadas que van perdiendo contenido a medida que lo ganan, y es el propio trasvase lo que los alivia, de suerte que la obtención de bienes es para ellos como la nutrición para todos: la tarea de cada día de toda una vida. Resulta triste ver a hombres y mujeres dedicando sus días a luchar por encontrar una mejor posición desde la que dedicar sus días a luchar por lo mismo en un peldaño más alto.

176

No es tal una tristeza que uno no cambiara de buen grado por una alegría opuesta.

177

Una tradición está acabada cuando comparte menos principios con los herederos que afirman prolongarla que con una tradición de las antípodas.

178

La evolución de la vitalidad católica se esquematiza en lo siguiente: edad apostólica, edad de las catacumbas, edad del desierto, edad patrística, edad expansiva, edad escolástica, edad mística, edad literalista, edad modernista, edad vacía.

179

En el fondo, una sabiduría espiritual es el aprendizaje de cómo mantener la elegancia en el resbalón, cómo adoptar rápidamente la postura ante el cataclismo inminente. Hacer de cada traspié una pirueta de danza, de cada torsión una nueva faceta del equilibrio, de cada herida un capítulo de un ars moriendi. Es, en fin, el arte de caer. Porque caer requiere una larga educación, y cuesta el ejercicio de toda una vida el asegurarse despedirse de ella con una sonrisa, sea cual fuere el escenario, súbito o no, en que se presenten las Parcas. Hacer de los últimos jadeos un discurso elocuente y bello no es fácil para el habituado a colear de aquí para allá con sus ambiciones pueriles, subiendo y bajando. No: requiere gravedad de ensayos, pulcritud en la túnica gestual, alocuciones respiradas.

180

La compasión no es condescendencia sin más, ni lástima por una visión que nos molesta y rompe la armonía del paisaje en que nos gozamos; la compasión es, por el contrario, saber que la criatura que se nos presenta a cada rato es un rey destronado, y que su consorte eres tú, y la corona es mirada soberana sin merma, como merma no tiene el noble linaje por mucha espada que quiera degollarlo. Cuando lloramos por compasión estamos entendiendo, al fin, nuestro propio problema: vemos resumen de nuestra estirpe, adelante de nuestro porvenir, y reflejo de nuestra alma en el presente de otro que cree ser otro. Y regamos el sentimiento de identidad con lágrimas, néctar de espontánea sabiduría.

181

Nos distraemos con nosotros mismos hasta el punto de que, olvidando a quien nos olvida, no siempre recordamos a quien nos recuerda.

182

Dado que, a la postre, todo razonamiento es circular, merece la pena optar por un círculo virtuoso que nos circunde a todos.

183

Dice Hérault de Séchelles que no deberíamos dejar en paz a un autor hasta agotar toda su hondura, o al menos hasta descubrir “sus más secretas intenciones y la revelación de las añagazas de su amor propio”. Agregaría yo que, a falta de tales logros o sobreañadidos a ellos, es reconciliador con el tiempo que hemos dedicado lector y autor el no cejar hasta no encontrar en él algo bueno, algún acierto que sumemos a nuestro atillo de máximas predilectas, al repertorio selecto de ganzúas con que tratamos de ir abriendo las puertas que nos encontramos en la vida y en las mientes. Nada más importante podemos extraer de un libro.

184

La etapa más importante de cualquier endurecimiento, sea del cuerpo o de la mente, es el reposo. Sin él llegarán inevitablemente deformidad y enfermedad.

185

Los genios parecen mantener diálogos entre ellos desde sus respectivas épocas.

186

Los filósofos malvados o mundanos nos enseñan admirables técnicas que podremos utilizar para el bien… si es que nos hemos adentrado en su lectura una vez asumidos sin cuestión unos sólidos principios morales.

187

Enamorarse de alguien con gran diferencia edad da indicio de amplitud o cojera del sentimiento, o de ambas cosas simultáneamente.

188

La época de los estudios sólo termina cuando han transcurrido en balde y en falsos estudios los años más propicios para aprender de veras y con intensidad.

189

¿Se puede esperar de un libro algo más que una guía de vida? Mis referencias: discursos orientales, admoniciones estoicas y epicúreas, espejos de príncipes, máximas francesas.

190

De mis autores morales de cabecera, eximios todos ellos, glorias de sus reinos, compañía de muchas de mis noches, matizo que veo a Séneca y Epicteto algo insistentes en su adustez, excesivamente lacrimoso a los Padres del desierto y a Ghigo el cartujo, poco sentido a Avicebrón, obsesivo a Kempis, muy atildado a Gracián, incompleto a Pascal, demoledor a La Rochefoucauld, lacónico a Vauvenargues, pragmático a Chesterfield, desnortado a Chamfort, maléfico a Hérault de Séchelles, vencido a Chateaubriand… En cambio, La Bruyère es la perfección orgánica, la sabiduría y la vida misma entrelazadas, la bondad y la sorna jugueteando entre sí, la frescura de la palabra y la grandeza del ánimo, la penetración en todas las facultades humanas a la vez, las conclusiones serenas y compasivas de un hombre racional y sentimental a partes iguales tras experimentar todas las cuitas, debilidades, superaciones y rendiciones; no hay pensador más completo en lo que se refiere a la observación de la costumbres. La Bruyère no sólo es el padre de la prosa francesa: también es el último descendiente de todos los linajes de moralistas y su reconciliación final. Sin él, se diría que falta el dato central. Lo único lamentable es lo mal que se lo cita, extrayendo fragmento insulso de un contexto arbolado, excluyendo el frondoso camino que se sintetiza en apunte sencillo, desnudo, débil si no se sabe de donde ha venido ni adónde va.

191

De la diferencia entre los amantes en cuanto a educación, sensibilidad, prestancia y bondad, esta última es la menos deseable. En cuestiones galantes, suele ser mayor el sufrimiento cuando la intención tiene que ver algo en su origen.

192

Nunca, que yo sepa, se ha conseguido percibir algo parecido al júbilo en el sonido de la viola da gamba, ni nada parecido a la estridencia en el arpa, ni nada solemne en el solo de flauta.

193

Nada de lo que hagamos importa nada mientras no sirva para aliviar sufrimientos ajenos. Tal pensamiento nos libera, porque aprendemos a flotar como espectros en nuestro rumbo cotidiano, y nos ata, porque nos ofrece una posibilidad de dar sentido triunfal a todo… una posibilidad costosa para nuestro capricho.

194

Para vencerse a uno mismo hay que aliar a todos los ejércitos de nuestro ser -como el intelecto, el sentimiento y la ritualidad- y de algunos seres más -como los sabios y nuestros vecinos molestos-.

195

Comprender no es perdonar, ni perdonar es comprender: perdonar es comprender y, al tiempo, dar el hecho por poco significativo, o por inútil el no perdonarlo; comprender es ver las cadenas de eventos hasta las causas e intuir que el perdonar o no perdonar no las alterará salvo de ahora en adelante.

196

Es pavorosa la cantidad de hombres que, a la hora de satisfacer sus más vertiginosos impulsos, no se arredran ni ante la moral, ni ante el pudor, ni ante la ley. Miles de ellos son capaces de forzar a una doncella o robar una vida sólo para proporcionarse un relampagueante placer, para prohibirse a sí mismos  el respeto que toda persona se merece de sí misma, y para no caminar nunca más con tranquilidad ante la posibilidad de apresamiento. Tamaña estulticia, madre de todas las oscuridades del ánimo, no puede merecer más que una compasión comparable a la merecida por su víctima.

197

Recordamos mejor los libros breves porque manejamos su esencia con mayor facilidad.

198

Que no estoy hecho para la pecunia lo compruebo en que temo tanto malvivir para obtenerla, como pudrirme en retenerla y enloquecer al disiparla en necedades.

199

Las revoluciones comienzan con bellas palabras, continúan con sangrientas matanzas y acaban en un régimen más o menos tan anodino como aquel contra el cual se levantaron, cuando no considerablemente más zafio.

200

La monogamia es deseada en el enamoramiento, es desafiada durante los principales años del matrimonio y es sobrellevada en la vejez.

201

La soberanía se ha repartido entre tantas manos que ahora ya nadie está seguro de hasta dónde alcanza, ni de qué manos de las que la rozan son las decisivas. Doloroso fracaso.

202

Hay una penetración aguda que permite captar la esencia de un carácter, sus flaquezas y virtudes, su rumbo y sus gustos, con tan solo un breve trato. Tal penetración no se estudia formalmente, carece de normas específicas, y surge de una acumulación de recuerdos, lecturas, reflexiones y, sobre todo, de una sensibilidad interesada en el prójimo, una curiosidad innata, diaria y desinteresada. Sería muy útil a los bandidos y a los ávidos de poder, si no fuese porque surge de la contemplación cuidadosa y continua, a la que aquéllos son tan refractarios como el agua al aceite.

203

Dolor de dedos, persona trabajadora.

204

Tanto afán de construir, y de construir feos edificios, nos dará techo a todos, lo cual es primordial, y nos privará de paseos gratos y reflexivos, lo cual es visado hacia el embrutecimiento.

205

La coqueta no se molesta en mantener la atención del cortejante, como si su gusto estuviese en despertarla una y otra vez cuando ya se ha adormecido. Se sirve de sus encantos para atraer y de sus desaires para probar la insistencia del otro, o para comprobar hasta qué punto agrada de forma natural y sin propornérselo. Suele ser una mujer joven que no busca amor, sino el primer y caprichoso enganche del amor; no busca ternura, sino su anuncio; no galantería, sino repertorio de galantes; no la energía de un carácter viril, sino su derroche. Labra collar de diminutos placeres y posibilidad de arrepentimientos futuros, cuando acabe en brazos de cualquiera por imperativo de la edad o de las estrecheces. Si no termina templándose, se marchará de la vida habiéndose esforzado en no dejar gran recuerdo en nadie.

206

¿Queréis educar a un niño? ¿Queréis fortalecer su corazón ante el infortunio, ablandarlo ante quienes sufren, agilizar su raciocinio, convertirlo en experto de un arte? ¿Dar alimento a su espíritu, cultura a su conversación, delicadeza y conatos de sabiduría, amor a la naturaleza, a la artesanía popular y a los méritos de la humanidad? Ocultadlo, protegeos bien: si se enteran los adultos responsables os acusarán de crueldad o de algo peor.

207

Aunque, por un buen natural, lo procuren superar, un fondo de indiferencia invencible está posado en quienes no han recibido amor de su madre o han tenido que lidiar en la infancia con los más amargos tragos de la muerte.

208

Como la alada mariposa, el carácter ligero, echando a volar nada más posarse, se resiste a ser diseccionado.

209

Con demasiada gente de hoy no podría mantener una conversación que no fuese aburrida quien haya leído una decena de libros clásicos. En tal privilegio lleva su condena.

210

Si hay tanto abandono de amantes, tanta fricción entre ellos, tanta dolencia a la que no saben poner palabras, es, entre otros diversos motivos, porque muchas personas se aburren se decepcionan a sí mismas creyendo, en cambio, que es el otro quien más les aburre y decepciona.

211

Nada esperemos del mundo, salvo las vulgaridades que todos esperan. Lo excelente esperémoslo de otras fuentes.

212

Ya no quedan ancianos que hayan nacido más lejos del siglo anterior. Ahora tenemos nosotros la abrumadora responsabilidad de la custodia de todos los tesoros de los tiempos dignos. Nosotros, criaturas zafias, dando brillo a lo que no entendemos por exceso de esplendor, a cosas que nos ciegan por su luminosidad.

213

Nada más fácil que decir alguna verdad sobre el amor propio, puesto que está por todas partes y se manifiesta de infinitas formas.

214

Toda música que se base en el espectro de los armónicos de Sauveur conservará, cuando menos, un vínculo con la naturaleza y con la misión cósmica de la música.

215

El dinero ha destruido la piedra noble de los antepasados para construir apuntes bancarios en el éter.

216

El mercader, por supuesto, no siempre desea engañar al cliente para obtener mayor precio, pero sí desea que su mercancía sea la más vendida, aun a costa de la lógica y de la armonía del mundo. No es el único que lo hace, ni mucho menos, ni el que lo hace en mayores cantidades, ni con más cruel afán, pero es el que lo hace mejor.

217

El mundo salvaje y la sociedad mercantil tienen un importante rasgo en común: no alientan a sacrificar el interés personal en nombre de ninguna otra cosa.

218

No somos tan nobles cuando ni mencionamos la palabra, ni alabamos a todos los que lo han sido si nos irrita algún rasgo de sus personalidades, ni, sobre todo, si no actuamos como sería menester.

219

Quien confía demasiado en sí mismo se priva de una oportuna educación; mas quien confía menos de lo debido priva de ella al mundo.

220

Vuestro carácter es en su fondo tan hermoso como las intenciones de aquellas lecturas y partituras con que os rodeáis… y está tan poco macerado como vuestros actos y deseos dejen patente.

221

Toda mi verdadera ciencia no me ha proporcionado ni un real, ni un maravedí. ¡Qué libertad! ¡Y qué esclavitud!

222

España, queriendo siempre alcanzar a Europa, se ha alineado con ella al fin… en el momento en que los valores de moda son los más estultos.

223

En estos tiempos de paradoja, el cálculo vuelve loco y la delicadeza obliga a mendigar.

224

La funciones más provechosas del pensamiento son la detección de analogías y la detección de engaños.

225

Al tener contacto con otras razas y pueblos, observo que nuestras costumbres no eran tan inadecuadas para nosotros ni tan atractivas para los demás.

226

La razón más práctica para leer y cultivar las letras es que nos permite dar con el tono preciso de nuestro mente, llamar por su nombre cada parte de nuestras opiniones y afectos; en suma, nos ofrece la posibilidad de moldearnos a nosotros mismos y a nuestra relación con el entorno mediante la formulación precisa de propuestas y llamamientos alentadores a su cumplimiento.

227

No se titubea si el premio es tangible y prometedor de placeres inmediatos, como cuando se espera un cargo, una suma económica o la predisposición de un posible amante.

228

Por lo común, el autor al que acudís en momentos de desánimo dice lo que creéis. Aquel al que acudís en pleno júbilo habla de lo que amáis. En un estado de calma indiferente, se suele sentir uno preparado para lanzarse a quienes pretende refutar.

229

Sólo respirando aire puro se siente uno en perfecta armonía con las palabras alentadoras que escriba.

230

Nuestros proyectos se desenvuelven convenientemente cuando nos rodeamos de personas de provecho, trabajadoras y observadoras, que nos dan la medida en la que mirarnos y que, además, nos lanzan comentarios ocasionales; comentarios que, una vez reunidos, sumarían monto de enseñanzas equivalente al mejor de los bachilleratos.

231

Siempre habrá cerca alguien sufriendo más que quien solicita nuestra ayuda. No se puede estar siempre atento al peor incendio o no se apagará ninguno, y se enloquecerá en ese absurdo paseo.

232

Sentimos mayor decisión para rehuir o plantar cara a un malvado que a un tonto o a un temperamento excesivamente frágil, no sólo porque nos obstaculizará menos la compasión, sino también porque el idioma que con mayor soltura hablamos es el de los malvados.

233

A juicio del ilustrado, si cuenta con esprit de finesse, cualquier afirmación demasiado contundente parece traicionar a su posibilidad opuesta, su parte de razón o al menos, su razón de ser.

234

Bajo los acordes de un Couperin o en las molduras del techo de un palacete de verano, dormita velado un platonismo imperecedero, ya algo enloquecido, sí, pero encadenado a su antigua y noble estirpe que conduce hasta los primeros arquetipos. Hay que saber mirar el principio áureo bajo los flecos engolados. La parsimonia de los reyes paseando por las aguas de un río artificial mientras brotan desde los jardines fuegos de artificios y la orquesta puntea desde otra barca el ritmo de la existencia, eso no es sino símbolo, acaso algo degradado, de la solemnidad que toda alma ha de imitar en su corazón; pues si hay príncipes y palacios es para que en cada corazón humano haya, como por infección, algo de principesco y algo de palaciego. La función del aristócrata es imprescindible en el tiempo en que los sacerdotes pierden la pureza de su voz o hacen de su idioma algo incomprensible para el pueblo. El aristócrata no está para transmitir una doctrina, pues en los más casos desconoce cualquiera de ellas. Su misión es irradiar un temperamento justo, un colorido adecuado y lírico, un modelo de gestualidad, como una escultura clásica en movimiento. Esta ejemplaridad está, naturalmente, condenada al fracaso demasiado a menudo, y, de romper el difícil equilibrio entre privilegio y justicia, entre grandeza y compasión, surgen los destronamientos y las revoluciones, no sin poderosos motivos, como terrible Némesis que nos castiga a todos por igual, en democrático reparto.

235

Quedan los palacios -dicen- y las fuentes y las partituras y algunos muebles y vestidos, reducido todo a museo. Un platónico nunca cambiará las almas por sus escafandras. ¿Qué es un palacio sin príncipe, un catecismo sin piedad, una sonata sin un oído compenetrado con su retórica, una bandera sin una visión sagrada de la patria, una fuente sin jugueteo de ninfas, unas redondillas sin el entusiasmo ruidoso de un auditorio o la atención de una joven agasajada por el cortejo, una peluca grisácea sin una galantería disparada por los labios de un doncel? Diré lo que es: tramoya, decorado de cartón, superflua emulación de la nostalgia, ceniza y cadáver sostenido en pie por la fuerza de la inercia y del no sé qué que viene de verse a uno vacío de toda luz.

236

Aceptaría que los palacios se nos vedasen a los plebeyos en los tiempos en que eso sucedía porque sé en aquel entonces habría sido fácil renunciar a ciertos espacios recibiendo a cambio otros con un mínimo de dignidad. Cuando la arquitectura no era reparto barato de meros techos, la aristocracia, en cuanto a patrimonio, solamente sobresalía en dimensiones, no en esencia.

237

Bailamos todos los seres del universo, ancianos irresolutos, y algunos de los más agudos se aperciben de ello, y por ello bailan mejor, recreando la música de los mundos, que no es otra que la vibración de los cuerpos intercalada por los silencios cadenciosos de los corazones.

238

Cada pensamiento y cada acto se debe a tantos pensamientos y tantos actos de otras personas que apenas podremos decir que son nuestros.

239

Habiendo conocido el rango de registros por los que puede determinarse mi ser moral solamente por ser estimulado por los agentes pertinentes, habiendo reconocido a mi más auténtico yo en las palabras de un poeta griego o en la melodía de una canción trovadoresca, puedo aprender a sentir cada vez más como ajena esta determinación actual, circunscrita a una mera costumbre, costumbre a la que ninguna otra autoridad que ella misma me somete.

240

A los sacerdotes hodiernos les sobra tanta gazmoñería y filosofía profana como les falta exégesis e inspiración ardiente.

241

No hay que olvidar tampoco que, dada la ausencia de un centro real en los planos más burdos de existencia, para otros mundos el nuestro es su cielo más próximo.

242

El hombre ilustrado -el que no estaba aún infectado de utopías demenciales- reconocía las imperfecciones de su raza y de su sistema, pero intuía que las costumbres habían permanecido en la humanidad por una aceptable economía del sufrimiento que no sería ofrecida por ninguna alternativa. El hombre refinado del Siglo de las Luces podía creerse el más connaisseur de entre los siglos, pero no caía en la arrogancia de creerse el que habría de abolirlo todo. No solamente el aristócrata que vivía a costa del trabajo ajeno, sino cualquier persona medianamente sensata sabía que recomenzar las leyes obligaría de nuevo al penoso ascenso hasta el cierre de todas las lagunas y contradicciones a las que se enfrentan los fundadores de una tribu.

243

Abrazar la decadencia supone en último término no haberla entendido por completo. O, dicho de otro modo: cuando uno se vuelve insensible al derrumbamiento, será la próxima víctima.

244

A fuerza de hablar ingeniosamente en torno al pecado, siquiera sea para condenarlo, se corre el riesgo de tomarle afecto, y es que nada resulta más fácil que encariñarse con aquello que se rodea de encanto, mucho menos si alimenta al mismo tiempo placer y amor propio.

245

Por muy útil que sea para el espíritu el cuestionar finamente los fundamentos mundanos de la sociedad y de la moral, había que contar con que los caracteres ardorosos, no aplacados por la delicadeza del sentido de la costumbre ni por el cultivo de la sensibilidad prudente, desconocedores de que retirar completamente un velo conlleva desvelo, serían incapaces de resistir la deducción más brutal que surge de los silogismos racionalistas.

246

Nadie sino el anciano baldío puede valorar con justeza la eterna juventud de quien no ha llegado hasta tamaña decadencia. Sólo un europeo o un hijo de europeos puede ahora contemplar con la veneración merecida los templos abarrotados en la India y la moral confuciana de los últimos chinos tradicionales, mucho mejor que los propios indios y los propios chinos. Pues el europeo reconoce allí todo lo que él ha perdido por un mal pacto.

247

El comercio aleló a las naciones, la democracia las decapitó, la superposición de culturas las confundió, el vulgarismo las hizo hirientes a la vista, el ateísmo las reventó.

248

No se valora lo bastante hasta qué punto la arquitectura que nos circunda nos marca el paso. ¿No tiene sentido la posibilidad de que no se sientan y piensen las mismas cosas viviendo en Praga que en Nueva York o Singapur, que en cada uno esos lugares haya una dimensión distinta en la filosofía, en la misa, en el poema o en la conversación?

249

Cuando una civilización no se apresta a compactarse en torno a una idea simple de sí misma, se disgrega en un sinfín de complejidades indómitas, como el hielo se deshace si no se impone un duro frío. Sin el apego a un modelo, el carácter se desparrama como las raíces de la planta que han sido liberadas del hermoso tiesto, sin ver que no ha superado las amenazas hostiles, sino que las ha multiplicado por cuanto proliferan las amenazas en el vacío, en campo abierto.

250

Sin sacralidad, una nación no es más que un conjunto de fronteras negociables y de leyes perfectibles. Sin bendición del Cielo carece de definición porque no se reconoce en el reflejo de confines empíreos más dignos. Sin tensión fronteriza es un recipiente enclenque en el que los límites otrora rígidos se han dado de sí. Sin un monumento que simbolice la centralidad de su territorio, es una oquedad sin aroma irrenunciable. Sin una fecha que siquiera legendariamente especifique su entrada en la existencia, es un vagabundo del devenir, desconocedor de su propia edad y de lo que le queda esperar de sus actos.

251

Un pueblo sólo muere bajo la espada o de desamor. Lo que mantiene a la nación con vida es la humildad frente a los dioses y la arrogancia frente a las otras naciones; invertidos ambos presupuestos, sólo le queda languidecer y ser perforada por los bárbaros que acuden a la invitación.

252

Si ha de volverse racista por imperativo alimentario, el hombre blanco toleraría a lo sumo una pequeña dictadura, ese Leviatán burgués de las pasiones. Toleraría un autoritarismo quirúrgico, un estruendo relampagueante al que se le concedería una única sacudida para restaurar la marcha de las cosas. Pero es imposible que sea exitoso un déspota vigilado, al que se pidan cuentas, al que se censure con miramientos, como un criado entronizado que no lograse erradicar la familiaridad con la que le siguen tratando sus antiguos camaradas de oficio. Por fuerza de su anemia espiritual, ni en el mismo Infierno sería capaz el hombre blanco de librarse de sus pulcros melindres deontológicos y su obsesión por conversar. En consecuencia, su raza se diluirá en este siglo, y, dado lo avanzado de la situación, así debe ser.

253

Lo digno de lamento no es la muerte de una cultura, pues no ha sido la primera ni la más bella en sufrirla; lo lamentable es que apenas podemos confiar ya en los bárbaros. Difícilmente podrán recomponer los cimientos de una uniformidad sensata, desconcertados como están ante el panorama embrutecido de los decadentes. Tomarán lo peor de su origen y del nuestro, teñirán la raza, dejarán caer los mejores ídolos… pero no erguirán una limpieza en profundidad. Nada como el raciocinio volcado en la indolencia para echar a perder todos los entusiasmos productivos, para contagiar calmos desalientos. Dos siglos de repensar prejuicios han dejado a Occidente como cuna del sacerdocio del caos: su victoria es la violación de todas las santidades, el híbrido de todos los engendros, la inoculación de necias indolencias y de perniciosas asociaciones de ideas, la castración definitiva, la imposibilidad de todo reinicio.

254

La interioridad es el último refugio de los descastados, refugio al que se ven abocados providencialmente, pues sólo allí puede hallarse paz incólume; los que pretendan liberarse del horror a toda costa empiezan a estar ya condenados a la búsqueda del Nirvana. Nunca se habrían animado a tamaña expedición si no los cercasen las Tinieblas, si no fuesen los nietos de naciones abúlicas.

255

La Historia, movimiento colectivo, ha terminado en lo que tenía de ascenso, y nos ha dejado en inane meseta ubicua: el resto del camino habremos de hacerlo solos.

256

Nuestras sociedades lo soportan todo a excepción de lo único digno de ser soportado: un centro estable. Hemos legislado hasta el más ínfimo rincón de la naturaleza humana, pero, sin embargo, los pueblos son ahora panales  azarosos en los que poco tiene sentido y todo responde a mera causalidad de fuerzas ajenas a la razón y a lo bello.

257

Vivimos envueltos entre comodidades que decimos despreciar, y tanto más refinada es un alma cuanto más ruidosamente cae en esta infantil contradicción.

258

Habrá quien se pregunte a qué esta disposición mía a alternar frivolidad y gravedad, a suceder chascarrillos con contemplaciones teológicas, a fascinarse con el juego de las anécdotas de sociedad y el enigma de que alumbra nuestras oscuridades. La respuesta es tan divertida como profunda: todo tiene, en su naturaleza última y aun en otros niveles intermedios, el mismo sabor.

259

El fin del mundo es una nota a pie de página en mi doctrina, un recordatorio periódico y propedéutico. Carece de importancia efectiva, y prueba de ello es que, habiéndose producido ya, seguimos conversando y ahítos de mil y un afanes. De otro modo sería poco compasivo: no es de buen tono recordar a un muerto su condición sin ofrecer alternativas.

260

Habéis nacido para algo más que para negarlo. Forzáis vuestra naturaleza cruelmente. Os estáis exigiendo mucho si os exigís poco. Nos merecemos merecer mucho.

261

Amar es tan importante para la propia alma porque, cuando es impulso genuino, decidido y bien orientado por el ejemplo adecuado, motiva para el cultivo de restantes virtudes; y solamente cuando éstas han operado su purificación, ya con carácter noble y con sabiduría no afeada por agitaciones del corazón, se está en condiciones de auxiliar eficazmente a los seres sensibles.

262

Si no estoy a la altura de mis palabras, al menos creo que hay corrección y fuerza en ellas, sobre todo porque su fondo no es mío y sí de la humanidad que me lo ha legado. De modo que me oprimen mejor o peor por la senda adecuada, sobre la que camino con timidez y titubeo. Y, por si esa fuerza fuera poca, acaso estimulen a alguien más a transitar por senda similar, haciendo de mi intención las veces del acto que todavía no acometo en el mundo con la suficiente pujanza.

263

Algún día debería dejar de recoger máximas morales y pasar a hacer máximo mi recogimiento en la moral.

264

En realidad, uno solamente puede confiar en un único sabio: su yo del futuro.

265

No se debe censurar un carácter frío cuando se desconoce si no se deberá su frialdad a una necesidad pasada de apagar violentos incendios del alma prendidos por el infortunio.

266

A todos agrada la agreste campechanía, a nadie enamora salvo al campechano.

267

Un halo de resignación se ha instalado en la mujer que ha perdido el gusto por enamorar.

268

Aun más en la siembra de la virtud que en el amorío, merece la pena penar por merecer. Porque la virtud es conquista blindada y tesoro que podemos repartir sin que se menoscabe y sin que nadie sufra.

269

El interés demasiado súbito asusta al amado, quien no confía tanto en sí mismo como para encandilar hasta tal punto sin que haya trastorno en el pretendiente.

270

Tocar un instrumento como la flauta o el clave fortalece e independiza nuestros dedos, dándoles además sensibilidad y gracia, y así se trasladan tales efectos a las caricias.

271

Hay tanto que decir sobre las injusticias que sufren los animales a manos del hombre que apenas nos atrevemos a mencionar las angustias que padecen en su medio salvaje, donde el frío, el hambre, la depredación, las enfermedades o la mortandad generalizada en las primeras etapas de vida hacen pensar algunas cosas sobre la tragedia de la existencia y los descosidos que inundan el tapiz del universo, hermoso sobre todo en sus superficies desiertas o en firmamento perlado de estrellas muertas. Si el sufrimiento aparentemente azaroso es el mayor problema del que tiene que dar cuenta el teólogo, la vida animal en la naturaleza habrá de ser, sin duda, la piedra de toque de toda su justificación, sea ésta cual sea.

272

“Amo a quien me ama, odio a quien me odia”, se dice a sí misma cada criatura; el Sermón de la Montaña, por mucho que lo pronunciase el mismísimo Señor, no puede lograr que en grandes proporciones olviden los pueblos, las familias y los individuos el principio de reciprocidad y compensación, que parece gobernar tantas y tantas fuerzas en el orbe.

273

Un día sin vigilar las propias faltas es casi un día perdido si no se han prodigado los aciertos en una mayor proporción.

274

Carece de importancia un problema al que no prestasen atención los antiguos griegos.

275

No es la vida lo que echaremos de menos en el lecho de muerte -si contamos con un lecho en el momento-, sino un sentido comprensible que haga de la muerte un capítulo final y no el final abrupto que sufre la novela a la que un analfabeto arrancó bruscamente las hojas.

276

La belleza nos seduce para que la seducción nos haga bellos.

277

Muchos hombres incrementan su bondad hasta un determinado punto, hasta una jornada a partir de la cual su inteligencia, su pereza o su miedo no permitió proseguir. Pero mantener el territorio ganado, vencer la tentación de ceder y de probar nuevas emociones en ámbitos diferentes, eso tiene un valor comparable a la crianza de nuevas virtudes. No se puede pedir a nadie que se haga infinito; sí se debería recomendar, sin embargo, que el bien no pierda su pie en la corte de sus preocupaciones.

278

Nuevas mentiras también descubren nuevas verdades, al menos en la medida en que a toda afirmación corresponde una negación que la rechaza.

279

Música y pintura deleitan a los cultivados, pero la arquitectura debería ser antes que las otras cuestión nacional por su manera de imponerse a todos, nobles, burgueses, religiosos y tercer estado, afectándolos de un modo u otro.

280

Friccionar con gran fuerza los músculos y tendones cuando duelan si no es justo tras un golpe, aplicar apósitos de ajo en las infecciones de hongos y exponer extensamente la zona al sol, untarse con vinagre para ahuyentar a los mosquitos, comer alimentos fermentados para evitar hongos y cúrcuma para los restantes gérmenes, nunca vestir ropa interior mojada, beber un vaso de agua en ayunas para prevenir el estreñimiento, tomar jengibre en infusión ante resfriados y malas digestiones, desinflamar con hielo las contusiones… remedios ancestrales que deberían mantener alejados a los médicos durante un considerable periodo de tiempo.

281

Comprenderíamos a todo necio si comprendiésemos toda nuestra propia necedad.

282

Lo más probable es que con religión no vayamos a ninguna parte. Lo que es aun más probable es que sin ella marchemos derechos a uno o varios infiernos.

283

Tengo tanto respeto a la ignorancia humana en torno a las estructuras elementales de la materia que cualquier afirmación sobre ellas, por fantasiosa que sea, me parece motivo de reflexión y una posibilidad tan plausible como cualquier otra que la contradiga, y ello también porque, a decir de los físicos, no hay nada más contradictorio que las composiciones ínfimas de los átomos. Y, si lo elemental es tan absurdo, tan misterioso, ¿qué no decir de lo visible o, todavía más, de las ilusiones de las almas? Los dioses que lanzan rayos, la sincronía entre partes distantes del cosmos, la reencarnación, la mente universal, los milagros, la justicia divina… pliegues superpuestos de los mundos que se confunden y que a menudo tomamos por uno solo, sin que sepamos de cuántos se trata y en qué modo se reproducen o se contraen.

284

Hay un momento en que el vicio se cansa de sí mismo, y la perspicacia de su esclavo lo llevará hasta su antídoto de forma bastante natural, si lo ayuda con esfuerzo, que nunca sobra. Se puede, por ejemplo, dejar de envidiar por envidia a quienes no envidian.

285

He llegado a la penosa conclusión de que nada me preocupa más que el dolor físico, propio y ajeno. Ése es el motivo último de todas mis excursiones por la filosofía. Y, sabiendo lo que sabemos de las peripecias del pasado, el presente y el futuro, es la más clamorosa y exigente de las preocupaciones.

286

La visión de una nube en el cielo siempre me ha llevado a más pensamientos sobre la belleza, la contingencia de las formas y la naturaleza última de las cosas que ningún libro escrito en mi siglo.

287

Se detecta una mínima partícula de amor puro por alguien cuando no estaríamos dispuestos a conceder su suplicio, su muerte o su condenación póstuma siquiera a cambio siquiera de nuestro bienestar eterno. Se detecta un amor infinito cuando estaríamos dispuestos a ser nosotros los ajusticiados para coronar la eternidad del amado.

288

El mundo se encamina por derroteros tan opuestos a mi sensibilidad que a menudo me resisto a atender las enseñanzas que aquél es todavía capaz de ofrecer. Nada más estúpido que permanecer en el siglo volviéndole la espalda.

289

Es fácil el éxito pecuniario si se renuncia a todos los demás éxitos que agradan al corazón. En cierto modo, se es un fracasado si no se fracasa en una sociedad fracasada.

290

Regalad, auxiliad, conversad, confesad, escuchad, leed, cantad, abrazad, celebrad, preguntad, contemplad, imaginad, labrad, nadad, reflexionad, amad, aceptad. ¿Hay fórmula más directa para obtener una felicidad más que aceptable?

291

Quien no se ve reflejado en cualquier animal, grande o pequeño, inteligente o tonto, expresivo o mudo, no ha entendido la naturaleza de la compasión ni, sobre todo, la suya propia.

292

El Averno no está en intangible distancia fuera del tiempo, sino en las guerras actuales, en la conciencia de los dementes y en los mataderos.

293

No hay grandes religiones más ciertas que otras si lograron pacificar completamente a numerosas almas. Tampoco un mapa es más cierto que otro: el buen mapa es que el llevó a la meta, aun suponiendo que estuviese poblado de garabatos fantásticos para no asustar al viajero o, al contrario, para convencerlo del peligro de desviarse. Sí que es cierto que no todos los credos admiten abiertamente -fuera de unos pocos santos- que, llegados a la última etapa, se ha de olvidar todo dogma para traspasar el último umbral; pero esto tan solo interesa a quien llegó tan lejos, y, al ser pocos y lúcidos los que arribaron, casi siempre acaban dando intuitivamente con esa verdad secreta.

294

Curiosa mezcla de alegría y tristeza el encontrar autores o caracteres compuestos por fuerzas increíblemente similares a las mías en su proporción mas dirigidas a objetivos tan dispares. Dos corredores igualmente rápidos y audaces pueden acabar en los puntos más alejados si toman caminos opuestos. El entendimiento, no obstante, es posible en la evaluación del conflicto inicial, en la descripción del punto de partida.

295

Se desequilibra y cojea cualquiera que no cultive al mismo tiempo músculo, pensamiento y virtud.

296

En honor a Diotima, reconozcamos que nunca está tan decidido un hombre a amar al mundo como cuando ama a una mujer.

297

En cierta manera, un zapatero sabe más de los hombres reflexivos que ellos mismos, pues, mientras éstos creen definir sus mayores necesidades con grandilocuente vocabulario, aquél sabe perfectamente que más necesitan de unos zapatos.

298

La fe sirve a los dioses, la superstición sirve a los genios locales, la incredulidad sirve a los demonios.

299

Aunque os hayáis equivocado de siglo al nacer ahora, reconoced que permanece en éste y en el mismo grado aquello que hace de cualquier siglo una portentosa oportunidad para la purificación, para el aprendizaje o incluso para el placer: la humanidad.

300

No habría que preguntarse hacia qué naturaleza dirigir nuestra alma, sino en qué tipo de alma configurar nuestra naturaleza.

301

Desde que los banqueros, a fin de no empeorar su imagen de poco compasivos, permiten a los mendigos dormir a la puerta de sus sucursales, huelen éstas a podrido en todos los sentidos de la expresión.

302

Ningún sistema moral o político cierra el círculo, sin que ello impida que muchos sistemas no lleguen a cubrir ni siquiera noventa grados.

303

Es sumamente preocupante que una ciudad moderna, altamente racionalizada, con recursos, supuestamente dirigida por individuos educados, es incapaz de satisfacer con eficacia la gestión de muchos de sus barrios, incluidos algunos de los más visitados; es, digo, sumamente preocupante, no ya por esos barrios, sino porque, si se fracasa en algo tan sencillo con tanto viento soplando a favor, ¿qué no será de las naciones, del respeto a la naturaleza, de la distribución de justos beneficios, de la humanidad?

304

Es común negarse a reconocer un bien que resplandece sin tramoyas ante sus ojos, y es actitud tan propia de rigoristas que desconfían de cualquier satisfacción como de quienes se han comprometido con la coherencia en su visión trágica sobre la incoherencia de todas las cosas. ¡Qué bello sería no temerse a uno mismo y no embellecer el temor!

305

Nos seducen las aflicciones tanto como los placeres; nos sentimos huérfanos sin la sístole y diástole de la vida, como si temiésemos que se nos fuese a detener el corazón al abandonar el enloquecido juego.

306

Sabemos más de lo que nos gustaría y menos de lo que nos conviene. Solamente en el ámbito perfectamente profano se produce la sensación de que lo cierto es lo contrario.

307

¿Cómo puede un solo beso ensombrecer nuestra filosofía e iluminar nuestra sangre?

308

La inspiración del talento no consiste más que en caldear la cabeza mediante recuerdos, esperanzas, muchas lecturas mezcladas, o aislamiento y sociabilidad rápidamente alternadas. El momento más propicio es el que sucede a una conversación profunda, al recibimiento de una noticia dramática, al sentirnos enamorados, al alba, en mitad de la noche junto a una vez y música íntima, en el campo abierto, etc.

309

Antes de declarar un amor conviene pensar en el deber de darse a los demás y en la inanidad de todas las cosas: así seremos de una dulzura pura y firme al mismo tiempo, y causaremos mayor impresión, amén de que saldremos con buen pie de cualquier consecuencia en que vaya a parar el galanteo, convencidos como estaremos de que tanto nosotros como la persona amada habremos actuado cada uno de la manera adecuada, natural, inevitable, inofensiva.

310

De entre las infinitas observaciones sutilísimas de La Bruyère sobre el amor, recuerdo ésta: “Para el que ama mucho es una dulce venganza hacer, por todos los medios, de una persona ingrata, una muy ingrata”. Hay, ciertamente, una vanidad discreta pero de núcleo ardiente en desear lo mejor a quien no nos lo desea tanto, a fin de merecer uno lo mejor. Triste generosidad.

311

En el carácter celoso se observa a la vez una melancolía infantil, una ira juvenil y una ignorancia impropia de la edad madura. En el no celoso acaso aparecerá tan sólo la melancolía del exiliado.

312

Claudiquemos antes de llegar a considerar que triunfar implica perderle respeto a la honorabilidad de ciertas claudicaciones.

314

Probablemente el rostro más bello del planeta esté acarreando piedras en algún lamentable rincón de Asia; la inteligencia más portentosa esté ocupada en labores de bracero; la mayor bondad esté olvidada más allá de su comarca; y con esa falta de oportunidad nos hemos premiado los hombres a nosotros mismos, y con ello hemos de convivir.

315

Sabéis que sabéis lo que sabríais saber mejor.

316

La verdad duele… duele en la herida que causó la falsedad.

317

¿Cómo salvarse? Acaso renunciando a la salvación sin renunciar a los no salvados.

318

Dos y dos son cuatro, salvo error u omisión.

319

Una vez ha amanecido, los demonios y los ángeles que revolotean en torno al ánimo se van a dormir un rato, dejándonos a solas con nuestro ímpetu.

320

No hay que congraciarse con el destino, pero sí con las leyes que lo rigen o nunca lo tendremos bueno.

  

321

Presentar el problema en toda su crudeza es primer capítulo útil de un método, pero glosarlo sin cesar acaso sea adicción perversa.

322

Nada hacemos en exceso las personas pretendidamente decentes, salvo cultivar el amor propio, causa de todos los excesos cuando no se pretende siquiera aparentar decencia.

323

El descenso al Infierno es útil por ganar fuerza determinación en buscar el Cielo. A falta de un Cielo en el que creer, la estancia en el Infierno ha de evitarse de todo punto, a riesgo de no encontrar la salida ni una razón para buscarla.

324

Una de las razones por las que adoro a los literatos aficionados del gran siglo es que, gozando de intensa vida y cultura, suelen escribir sobre sí mismos, transmitiéndonos el punto en que ambas facetas coinciden y el punto en el que chocan y se duelen.

325

Sorprende sobremanera ver cómo hombres maduros, con gran cultura y humanidad, con tesón y saber hacer, fallan en algún principio esperable hasta del más bobo. ¿Quién no conoce casos de maridos que renuncian a familia y amigos por satisfacer el capricho envidioso de la esposa? ¿No han aprendido que la compasión exige a menudo no ceder a las alucinaciones del enfermo, y que a nadie beneficia desnutrir de tal modo el carácter, y que ningún autor recomienda sustituir justo afecto por obediencia estulta, y que no es siquiera de buen jugador levantarse bruscamente de la mesa y abandonar la partida? Ni un mal consejo, ni la comodidad de evitarse enfrentamientos diarios, ni agradar a quien le queda mucho por aprender, ni desde luego el qué dirán, son motivos suficientes para faltar el respeto a todas las partes implicadas. Y eso habiendo dado mayores muestras de grandeza en incontables ocasiones. En ese comportamiento se percibe una falta de inteligencia, o una falta de memoria por no recordar alguna de las primeras lecciones de la vida, de la que se marcharán con deformado expediente, como si un noble caballero de cincuenta años olvidase un buen día que hay que saludar al entrar en los sitios o que, además de amar a los enemigos, hay que amar a los amigos.

326

No vemos que quien haya leído vorazmente a Aristóteles o a Kant sea claramente mejor persona, ni más prudente en su forma de tratar a los demás, ni más lúcido a la hora de captar las motivaciones del corazón humano, con sus bondades y tinieblas. A menudo vemos lo contrario. Lo mismo, además, puede decirse respecto de los idólatras de Homero o de Molière. Sin embargo, se ven entre quienes repasan versículos evangélicos o epístolas paulinas muchas almas dulcificadas por la paciencia, por la magnificencia o por una alegría sin soberbia. Lo que está en juego en una buena homilía es infinitamente más vívido, más ardiente y más más exigente que lo que cualquier filósofo o poeta pagano haya querido convertir en catecismo sin convencer del todo a nadie.

327

¿Os presentáis a un cargo público? Preparaos para el juego. En primer lugar, organizad vuestra trayectoria desde bien jóvenes: no os distraigáis con estudios demasiado variados o con el placer de la lectura inútil. Después, llegado el momento de la competición, haríais bien en afear los actos de los demás candidatos, en protestar si tienen éxito, ocultarles la información que vosotros manejáis. A ser posible, vivid de vuestra familia, no trabajéis, sacrificad amistades y obras de caridad, a fin de tener tiempo para estudiar y reunir papeles sellados. Sobre todo es imprescindible que dediquéis la mayor parte de vuestras energías a cumplir con trámites absurdos sin más finalidad que descartar a todos los que no tengan tanto interés en sí mismos como para relegar a un segundo plano el arte o talento por el que optaban al puesto. En última instancia, tened buenos amigos en las inmediaciones del tribunal u otros los tendrán por vos. Soñad día y noche con espíritu mezquino. Así es como las luces que acaudillan a nuestra nación deciden escoger a los más mediocres para servir al pueblo bajo sus auspicios. Una vez escogidos, podrán éstos olvidarse incluso de las exigencias, absurdas o no, seguros como están de que la república les concederá una buena paga vitalicia por incumplir las tareas definidas en los decretos, más que olvidados, que otrora memorizaron mejor que nadie.

328

Como dicen, comprenderás más en otra vida; por ello, harías bien en comenzar esa nueva vida ahora mismo, en este mismo cuerpo, con el mismo nombre por el que te llaman.

329

Nos acercamos a la muerte como si no fuésemos a sentir un vértigo cual ningún otro cuando atravesemos su umbral, cuando maldeciremos algunos o muchos de nuestros pasos previos. Amamos con estudiada parsimonia, como si no fuese en el derroche donde caminaríamos con total despreocupación por nuestras heridas y no fuese allí donde quedará enmarcada la admiración de los demás por nuestro recuerdo. Hablamos como si no dudásemos y pecamos como si no tuviésemos certeza de la melancolía que brotará insidiosa al instante siguiente. Reímos como si no supiésemos llorar, y lloramos como si no pudiésemos reconocer la vanidad de las cosas, como todos hemos hecho más de una vez. Lo hacemos todo para ganarnos un título en jadeos, una mención en acercamientos fracasados, victorias pírricas con sabor a ajenjo o a algo mucho peor.

330

Una doncella no nos hace caso: se muestra, revolotea, se aleja. Nos deja con sudorosas meditaciones y lánguidas nostalgias mientras ella duerme a pierna suelta. ¿Y bien? ¿No es una ciudadana libre? Tiene tanto derecho a enamorar y no amar como nosotros a desear haber nacido con su natural, con su arte innato para reposar en los mismos derechos que a nosotros, poseyéndolos en igual grado, nos atormentan.

331

La calidad humana se detecta bastante bien según el trato con el vecino.

332

A tantos miramientos, tantas fantasías. Ser de pensamientos en exceso prudentes y observadores puede ocultar intenciones dispersas, ambiciones desmedidas, heroísmos por nacer.

333

Pienso en un hombre con algo de inteligencia, con otro poco de fuerza, ciertos sentimientos encontrados y un punto de malicia. Se maneja por el mundo haciendo cada día lo que puede por estar en buena posición, sin que falte nade de lo que los demás defienden y celebran: ni carruajes, ni buena ropa, ni ingresos, ni sucesivas amantes, ni viajes, ni la linterna mágica de moda… Nada falta en su haber, en su búsqueda diaria o, al menos, en su aspiración. Reconoce de pasada la belleza de unas palabras o de una fina música: la olvida pronto. No queriendo tomarse demasiadas confianzas con los anhelos más profundos y meditativos de su alma, se esfuerza por proseguir a buen paso. Conoce a un caballero, conversa con otro; con todos se lleva bien, con ninguno se detiene a confesarse ni a escuchar confesiones. Pasa entre los amigos sin conocerlos y entre los necesitados sin dar apenas nada. Con dificultad y poco interés conoce los dramas de su propia familia. Nada deja huella en su mirada, nada lo hará recogerse durante un par de días si no es el modo de recorrerlos con más peripecia y renta, no variará el ritmo por ninguna cavilación que no sea la enfocada a acelerarlo. Desea a las mujeres, a veces hasta se enamora, pero rápidamente las anula convirtiéndolas en recuerdos que no consultará nunca. Dice en el foro lamentar la justicia que se ausenta de su pequeño mundo sin que nunca la haya perseguido desde su adolescencia, a no ser para él mismo. No le interesa no ser menos, sino aparentar ser más. Ese hombre se mide en su propio espejo, aprovecha los plazos cortos, quita hierro a la historia y las costumbres de los pueblos, decide por cálculo o por avidez, arrincona a todo el que no proporcione cetros, monedas o placeres. ¿Quién no conoce a alguien así? Más aún: ¿quién no se ha reconocido en ese retrato en diversas noches tranquilas, cuando el movimiento de la plebe lo ha dejado de arrastrar por un momento, cuando ha detenido en seco su avaricia sin porqué, cuando se ha visto convertido en lo que despreciaba?

334

Una de las ventajas de haberse curtido en bastantes decepciones es el tener ya muy ensayada la sonrisa. También puede llegar a volverse una de las mayores desdichas.

335

Me temo que, al igual que la realidad -y acaso sea lo único en que se le parece-, mi doctrina que queda conformada por mis opiniones ya no se deja atrapar fácilmente. Lo único de lo que nunca dudo es de la necesidad de profundizar en la virtud, en todas las dimensiones de la palabra; lo demás lo tomo por provisional.

336

A nadie dice apreciar tanto la nación, desde el soberano hasta el pueblo, como a quien se dedica a aliviar sufrimientos… y a nadie se le premia menos, se le ponen más obstáculos y se olvida más rápidamente.

337

Uno debería acercarse a la verdad por el atajo que lleve a encontrarla de frente, y no siguiéndola por detrás, como recogiendo su caduca estela; más vale aprender con trabajo que demasiado tarde.

338

Bastante tenéis vos con una única tarea, una evidencia moral, un mandato divino, que exigirá todas vuestras fuerzas: siempre podréis amar más.

339

La moral profana convence más o menos a todos. La moral religiosa convence a los que están dispuestos a actuar.

340

Antes moriríamos que aceptar un lance de honor, o que disciplinar nuestra muelle avidez cotidiana, o que llevarle la contraria a quien juzgamos herido por nuestros antepasados.

341

El varón saca fuerzas de su propio deseo insatisfecho; la mujer las saca del deseo ajeno. Él ha de defender con violencia las fronteras; ella defiende las fronteras de la violencia. Él ha de conquistarla a ella y ella ha de conseguir que no pase a conquistar a otras. Él ama a la mujer como raza, pero ella ama a un individuo con nombre. Él quiere dejar libres sus grandes aspiraciones, mientras que la aspiración de ella es hacer algo más grande su libertad. Y, antes que la libertad, él buscaba la grandeza llameante y ella la integridad apacible del conjunto; él anhelaba rozar el todo y ella abrazar una parte. Él no puede mostrar sentimiento de debilidad; ella está obligada a hacerlo. La maldición del uno es su músculo y el miedo que infunda; la de la otra, su debilidad y el placer que prometa. La cabeza masculina se caldea en la exploración, y sus manos en la batalla; la cabeza femenina hace lo propio en salones y alcobas, pero caldea sus manos en la cocina. Para un gentilhombre, el hogar es su punto de partida; para una dama, la distancia más lejana a la que podrá llegar.

342

Los gestos de una mujer siempre han estado medidos: cualquier paso en falso podía resultarle fatal. La mujer  ha de escoger una sola vez al padre de los hijos que ya nunca se le despegarán, ha de evitar dar el más mínimo motivo a los hombres de su alrededor para que la repudien o la lapiden, había de garantizar por tretas y medios indirectos gozar de herencias y seguridades que la jurisprudencia abierta le negaba; y todo ello contando con el tiempo en contra, sabiendo que una edad con una belleza en declive dificultará sus probabilidades de triunfo en todas aquellas trincheras. No se le podía reprochar, por lo tanto, que se conformase con buenos partidos antes que con el apasionamiento o que hiciese de la habladuría su proyectil preferido para apartar a abusadores y competidoras. Y, entre las prohibiciones de la sociedad, la astucia que precisó para eludirlas y el amor que repentinamente lo hacía estallar todo por los aires, ¿qué espacio quedaba en la mujer para dedicarse a discernir las configuraciones de los mundos, las propiedades de los números o la eficacia de las repúblicas? Si no suele suele dedicarse al pensamiento más técnico es por costumbre de tener que dedicar su inteligencia a lidiar con costumbres que la gravaban por ser mujer. Eso sin negar la fluidez atávica de su sangre hacia la seguridad o la imposibilidad material de leer libros por imposición de decreto.

343

Es común aducir que nada importa nada. Otro tanto es decir que sólo importa el placer. Por último, hay quienes piensan que lo único verdaderamente importante es no sufrir. Ésta última opción parece la menos insensata, toda vez que sin su cumplimiento uno no lograría asumir las otras posibilidades. Ante una angustia leve, alguien puede sentir la falta de sentido de todo; pero ante una gran angustia se siente un sentido brutal con todo su insufrible peso.

344

Me pregunto si no será más importante el derecho a asistencia -conveniente a todos los seres animales- que otros derechos reclamados por primera vez por la burguesía ilustrada. ¿Es más importante el derecho al cuidado médico o el derecho a la libertad de expresión? Un ciervo o un pigmeo lo tendrían claro si supiesen discriminar cabalmente, pero entre europeos podrá haber discrepancias; y entre éstas perecerán, seguramente, todos los derechos.

345

Los que con más énfasis alegan que el vicio solamente es vicio en función de la actitud suelen tenerla mala.

346

Restañar la fractura de un pueblo conlleva el paso de varias generaciones esforzadas, mientras que producir la fractura  precisa de una única generación ociosa.

347

¿Cómo no va a ser feo el mundo si lo que ahora se considera dignidad y libertad no era considerado en otros tiempos sino vergüenza e incontinencia respectivamente?

348

Un pueblo solamente desea estar en paz con otro si no admite presencia de uno en otro ni para bien ni para mal; o, aun mejor, si, admitiéndola, tolera los matrimonios mixtos sin imponer conversiones, y si no castiga la apostasía ni el libre acercamiento a la moral ajena. Todo lo demás es engañifa que no engaña a nadie y que, sin embargo, se terminará por imponer.

349

El estudio de las letras nos permite reducir el número de nuestras contradicciones verbales, pero puede multiplicar las de nuestro pensamiento, y, por supuesto, no tiene por qué alterar significativamente las de nuestros actos.

350

La sensación de culpa histórica por los errores de nuestros antepasados puede desembocar en los mayores errores futuros; en nuestra penitencia llevamos nuestro pecado.

351

Si una mentira repetida mil veces acaba tomando visos de verdad a ojos de los más, no es menos cierto que una verdad otras tantas veces cacareada puede acabar siendo tomada por falsedad. Hay, por ejemplo, un desprecio a la figura de Jesús por muy simple y evidente que sea el centro de su mensaje, y se produce ese desprecio únicamente porque se trata de una figura que ha sido demasiado amada.

352

Las naciones modernas aspiran a un imposible: que legiones de comunidades no occidentales, incultas, desenvueltas en la picaresca a la que aboca el hambre, pasionales, de costumbres simples, acostumbradas a fuerzas de conquista o a la sumisión resultante, e insensibles a todos los éxitos culturales de sus anfitriones, que esas legiones lleguen y se domicilien en los territorios extranjeros, y que aplaudan todos los intentos cívicos y legales por reducirlas a un pequeño rincón en el que no hagan ruido, en el que armoniosamente vayan aceptando un patrimonio que no sienten como suyo y que, en el fondo, les asquea. Los nórdicos no conciben el modo de pensar de los bárbaros, porque en realidad les aterra que haya quien pueda tener tal modo de pensar, falaz, rudo y cainita, un modo de pensar que tira por tierra una buena parte de los presupuestos ilustrados de racionalidad y buena fe entre seres humanos; en cambio, los bárbaros conciben perfectamente el modo de pensar de los nórdicos, porque conocer la debilidad dialéctica del otro es el primer artículo en el prontuario de los pueblos que aún conservan el espíritu de conquista. No hay que ser muy inteligente para saber cómo concluirá tal desequilibrio.

353

La ley no es respetable porque sea acertada -cosa que a menudo no es-, sino porque elude la incapacidad humana para consensuar matices dependientes de cada situación; no es la clave de la justicia, sino un corrector de la envidia.

354

Hemos dado de nuevo en una cultura del honor, donde cualquier cosa parece ser una ofensa. Pero, a diferencia de la edad de los lances y de los mosqueteros, ahora ya no se considera que la defensa en primera persona sea requisito imprescindible para restaurar el honor cuestionado; por el contrario, ahora se cree en la paradoja de que una autoridad, un gobierno o un juez pueden y deben cuidar nuestra fragilidad de aquellos que precisamente nos acusan de ser excesivamente frágiles. Somos demasiado sensibles como para hacer oídos sordos a quienes nos desprecian, pero demasiado despreciables como para oponernos valientemente.

355

Una nación está enajenada o muerta cuando tiene en su agenda cultural el cuestionar diariamente la naturaleza y los límites de su soberanía.

356

No nos ayudará ningún sabio a salvarnos porque a ningún sabio acudimos.

357

Los pueblos nunca han pensado en la tercera o la cuarta consecuencia de sus decisiones. Pero en sus golpes de timón antiguos luchaban por causas cuyos entresijos, desconocidos por los más, pensaban por el pueblo. En las guerras de religión se luchaba por odio o por orgullo, pero la fe vencedora -calibrada entre siglos, códices y meditaciones monásticas- se ocupaba de hacer florecer un nuevo equilibrio. En cambio, en las revoluciones seculares, perseguidoras todas ellas de libertad y autonomía, el resultado está totalmente por definir, y el pueblo sigue teniendo la tarea de templar, afinar y macerar sensatamente, por sí mismo, el juego de fuerzas y mecanismos -tarea que sobrepasa todas sus posibilidades.

358

Los literatos de hoy parecen limitados a sugerir vaguedades a partir de la vulgaridad cotidiana.

359

Habitualmente eludimos a quien nos ama o estaría dispuesto a amarnos, porque lo sentimos como una gran responsabilidad. Es mil veces más habitual y tranquilizador el dejarse usar moderadamente a cambio de un permiso para hacer otro tanto en correspondencia.

360

Con la posible excepción de los mandamientos, ningún aforismo ha cambiado verdaderamente el mundo ni ningún mundo cabe en el aforismo. Lo mismo podría decirse de un tratado o de una ciencia. Todo lo que tenemos es la posibilidad de destrenzar paso a paso la oscura melena infinita de la noche sin fin en la que habitamos y suspiramos.

[Música: Los dos cortes aquí presentados abren y cierran el periodo de máximo esplendor de Francia. El primero es la Feste champêtre del libro IV de las Pièces de viole de M. Marais (1717). Y, cerrando la colección, Hyacinthe Jadin, Cuarteto de cuerda Op. 4 No. 1. II. Rondeau. Allegro. (1798). Ambos ejemplos recogen bastante bien el paseo de la nación a través de la Ilustración, desde las pasiones obsesivas, bellamente dispuestas, a la subordinación al orden liviano del cosmopolitismo galante, ya algo cansado, en los albores de la República.]

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Die Ros’ ist ohn warumb / sie blühet weil sie blühet.

[La rosa es sin porqué: florece porque florece.]

A. Silesius, Der Cherubinischer Wandersmann 1.289

 

LA JUSTICE: Est-ce qu’il ne faut pas être toujours juste?

LA PRUDENCE: Oui, mais il ne faut pas toujours être sur son tribunal à rendre justice. Il faut mettre tout à sa place.

[LA JUSTICIA: ¿No se tiene que ser siempre justo?

LA PRUDENCIA: Sí, pero no se tiene que estar siempre en el tribunal para impartir justicia. Hay que poner todo en su lugar.]

Mme de Maintenon, Conversation IX. Sur les quatre vertus cardinales.

 

L’homme jouit du bonheur qu’il ressent, & la femme de celui qu’elle procure. 

[El hombre goza de la felicidad que siente, y la mujer de la que ella proporciona.]

P. Choderlos de Laclos, Les Liaisons dangereuses 130

 

Women are the most reliable, as they have no memory for the important.

[Las mujeres son más de fiar, pues carecen de memoria para lo importante.]

O. Wilde, Carta a Robert Ross desde la cárcel de Reading, 1 de abril de 1897

La señorial

Siempre que se ha hablado extensamente sobre un sexo, provenga la voz de cualquiera de los dos, sea para defenderlo o menospreciarlo, se habla del sexo femenino. Muchas razones ha habido para tal escora, mucha de ellas viciadas e infames; sin embargo, tengo una hipótesis sobre alguna razón menos ingrata. Hablaré de ello por más que para un varón sea delicada cuestión exponer generalidades sobre el otro sexo, por muy difícil que sea mantener el equilibrio entre elogio y justicia, entre no adular y no desprestigiar, ante las oyentes femeninas, suponiendo que a este pregón se presenten en plural, cosa que es mucho suponer. Solamente cuando el varón pone su pensamiento -aunque se trate de un pensamiento en defensa de las oprimidas- en boca de una dama, sea la Medea de Eurípides o la Marcelina del Fígaro de Beaumarchais, cuenta con más probabilidad de éxito; en caso contrario, le lloverán correctoras por cualquier cosa de las dichas y por la contraria. Muchas féminas no aprecian la valentía de un hombre que le espeta una opinión sin esperar obtener nada de ella -ni cambiar el curso de las cosas, ni saldar deudas, ni rebajar a nadie-, y antes bien toman por ofensa tal desinterés. Pero entiende que lo esperen a uno con las uñas afiladas, como el gato escarmentado, cuando se viene de un linaje esclavizado y así mantenido en tantos espacios. En cualquier caso, hablaré sin que me lo pidan, siendo ésta la verdadera culpa con la que me cubro cada día por escrito.

No es la razón a la que antes me refería que sea masculina la centralidad humana y que lo femenino sea su periferia; ni que la mera actividad intelectual del análisis sea emanación masculina y, por ende, se centre en el enigma que se tiene enfrentado y al cual agradaría desentrañar; ni que se pretenda tardíamente diferenciar otro modo de ver el mundo después de haber hablado durante milenios de la naturaleza humana bajo el epígrafe de “naturaleza del hombre”. Con excepción de la última de las razones, ninguna es siquiera parcialmente cierta. He dicho que la primera razón no es cierta, pero matizo que es lo opuesto a la verdad. No ya es que la naturaleza humana no sea masculina, sino que, como toda naturaleza, es más bien femenina. La vida, y más todavía la vida inteligente, es fecundidad de sí misma, es filosofía del cuidado en acto, y es una preferencia por la doblez íntima de las cosas y su suavidad. Aunque la aparente trayectoria de nuestra raza sea precisamente el desafío a los elementos, la guerra a la disolución y la preferencia por lo crudo, lo cierto es que, en la soledad del ser consigo mismo, cualquiera se siente como esposa a la que el amado destino ofrece brazo lacerante o gentil, como el verbo de los santos balbucea; o cualquiera en algún momento se siente un vientre que desea albergar criaturas florecientes que lo perpetúen.

La coqueta

Puede ser mucho simplificar, como sucede cuando se predica de cualquier categoría, y dado que hay un impulso evidente hacia el vigor, la tersura, la dureza. La vida, se dirá, es vector lineal, concentración de fuerzas, imposición frente al caos, blando primero y tormentoso cuando se le permite ufanarse; es, por lo tanto, una insistencia de hombría. Pero la humanidad tiene un deseo de enraizar, un deseo de alcanzar un equilibrio. Hasta los más aguerridos de los caudillos se han rendido ante monjes ajenos a los rasgos cardinales de la virilidad mítica y que han renunciado, como las más delicadas mujeres, a la lujuria desatada, a la violencia, a la indiferencia hacia quienes sufren, a imponerse en foros de ningún tipo que no sea su pequeña y afable comunidad.

Es muy esclarecedor que muchas tradiciones observen como principio supremo una cualidad asimilable, en términos humanos, a lo masculino. El Absoluto, como el varón, se impone como la medida de las relaciones e intenciones del grupo, como el rey en su reino. En la filosofía sāṃkhya, Puruṣa, la Conciencia Cósmica, es, también etimológicamente, el “varón” que secciona y perfila a la pasiva materia informe, Prakṛiti, siendo la labor del iluminado distinguir a Puruṣa entre el juego de las cosas visibles y pensables -carnavales ebrios de un sufrido himeneo cósmico- y reposar en su fuerza inmarcesible e inefable. Ahora bien, esa noción de lo masculino teórico sobre la ductilidad femenina del resultado práctico no se encuentra en tradiciones soteriológicas ciertamente cardinales como el epicureísmo, el budismo o el taoísmo. Dejando a un lado a Vairocana, el Buda Primordial tántrico de forma masculina, no encontramos en Asia muchas ganas de separar polaridades y sostener en lo alto a la polaridad que más se tensa -la polaridad masculina- contra la realidad efectiva y que segmenta severamente al Todo, al igual que el aceite separa los caldos acuosos sin acabar de ceder ante ellos.

La realidad, al menos la que somos capaces de sentir y de concebir, es una hembra preñada por un padre supremo al que no hemos visto: la inteligencia es su hijo aún desperezando, gateando en busca de su familia. Pero la madre Natura todavía nos circunda, nos alimenta con su cordón umbilical, y ésa es la razón de que no la veamos: ella y nosotros todavía somos un mismo organismo. Por otra parte, el padre nos ha engendrado también, y llevamos parte de su personalidad y su estructura en nuestro movimiento mental y físico. Nos moveremos libremente cuando salgamos del vientre: entonces podremos distinguir los cuerpos, y veremos a nuestros padres al fin claros y distintos, y veremos que nosotros somos su unión y, aun más, el modelo original del que acaso se disgregaron ellos antes de que existiese el tiempo y las causas precedieran a los efectos. No es casual que el mundo femenino se asocie a lo infantil; más allá del papel histórico de la maternidad y la crianza y del rebajamiento intelectual que se ha querido absurdamente ver en ellas, los colores suaves y los gestos tiernos unen ambos mundos. La razón es que la humanidad es un niño buscando amparo cuando es ignorante, o una mujer cuando es instruida pero dependiente de su marido, al que no logra ver. Su padre, el mismo Amado que la engendró, el polo metafísico activo, es para ella poco más que una cédula de casamiento cuya firma sólo recordará dificultosamente si trabaja la reminiscencia hasta recordarse como novia, antes de nacer en esta vida cósmica.

La vivaz

Pero no quería enramarme en la metafísica; no por ser materia menos práctica que las que me interesan cada vez más, sino para que no se me acuse de conducirme hacia modos de pensamiento patriarcales. Mi idea era volver a calidad de las pequeñas actitudes, a los sabores emocionales, de los que los sexos representan dos de las más importantes tonalidades (omitiré el tercio y cuarto exclusos sin negarlos). Y, siguiendo con la rúbrica consabida de lo confesional y biográfico como género de faldas, hablaré de mí mismo sin vestir las mismas; será mi forma de solidarizarme una vez más con las salonnières de los grandes siglos. El caso es que a menudo he sentido que muchas de mis ideas, mis relaciones, esperanzas y mis pesadas palabras no podrían surgir de una mujer. Pero lo rosáceo, lo anecdótico, lo tierno, lo suspirante, lo pacífico, lo condescendiente, lo receptivo, lo flexible, me extasía también y me nutre, y compruebo que lo dejo aflorar a menudo en palabras y preferencias. No sólo el criarme ante fuerte presencia femenina me ha labrado así: tiempo después de una adolescencia más gótica y nerviosamente romántica, época en la que despreciaba a unos por no reconocerme y a otras por despertar mi lascivia, época de la que reniego en parte y en parte rememoro comprensivamente -la aprecio como la mujer que porta obsoletas joyas de su querida pero histérica madre muerta-, me fui inclinando hacia el mundo personal y afectivo de los mismos siglos que me excitaban.

Bebo el té en tazas floridas de diseño aristocrático, ajenas a estridentes pretensiones de nuevos regímenes; me rodeo de pinturas dieciochescas donde las pieles están ruborizadas, donde los satenes flotan vaporosos y los ademanes prometen besos ingenuos junto a bucólicas fuentes; escucho músicas cada vez más tenues, barnizadas de almíbar, como poemas anotados en hojas de álbum para agasajar a una moza casadera; piezas de carácter para piano firmadas por Déodat de Séverac, Rudolf Friml, Billy Mayerl o Bernard Barnes en lo que se refiere al pasado siglo, pero sobre todo por cualquier compositor galante reacio a aspaventar. Me divierto con las humoradas naïves y domésticas de operetas y folletines, los pliegues psicológicos que se entreven en las cartas femeninas de antaño y en las anécdotas de salón, preferiblemente cuando evitan lo chusco y se quedan en indirecto esbozo de sonrisa entre irónica y pizpireta. A menudo me complazco en el arte mediocre si está compuesto con ánimo emoliente. Adoro los tapices ribeteados de arabescos y tules, de sinoples y contraarmiños, de celestes y angelotes. No hay retrato al pastel de una señora bella y distraídamente desvaída que no me conmocione si tiene un perfil académico -apto, pues, para una damisela burguesa de la era Biedermeier- y no me mueva a anotar líneas de tonalidad pastel que me sonrojaría releer en la más escrupulosa intimidad. No me costaría acomodarme a un mundo de pelucas y guirindolas viriles. Bouguereau, Leighton o Alma-Tadema son, lo confieso como pecado que algunos no me perdonarán, algunos de mis pintores de cabecera. Atesoro el vocabulario démodé de hace muchas generaciones: las despedidas engoladas de las cartas, los ofrecimientos galantes, las declinaciones atentísimas… Todo ello me sitúa definitivamente, o a una parte de mí, en la denostada ralea de lo cursi. ¿Y qué es lo cursi sino lo femenino privado de toda profundidad, la madre que cría a su criatura sin esperar ya al marido, la dulzura abandonada de todo lo severo?

La apasionada

La cursilería, y no el feminismo -útil mas frontal, y por ende masculina, oposición-, es el auténtico fanatismo mujeril, su exceso indigesto -no tanto para mí, he dicho-, como todos los excesos y todos los fanatismos. Huelga decir que lo cursi tiene marchamo de calidad si viene del siglo XVIII y buena parte del XIX, donde acaso brotó su estirpe; en aquel tiempo la calidad de la manufactura en cualquier hacer extiende su arte eximio a la más ñoña fruslería. Además, rememorar un extremo del pasado nos enlaza inevitablemente a sus fuerzas contemporáneas complementarias, hasta nutrirnos de un copioso banquete de los sentidos y los conceptos. Sea como fuere, la confitería no es mala si se cría por añadidura a la pujanza en terrenos más ásperos. Y, aunque no se críe tal pujanza, el espíritu cursi es, por definición, incapaz de torturarse o de torturar; sus únicos peligros son su incapacidad para vencerse a sí mismo y crecer hacia otros reinos, su fragilidad ante fuerzas externas más agrias, y su incapacidad para dar su asistencia como se esperaría de él, absorto como está el cursi en la idolatría de sus imaginarias lindezas. Compasión y gustos más bien femeninos -algunos de las cuales incluso las mujeres jóvenes están ya muy lejos de poseer- llegan a mí en ráfagas hermanadas, sin que el peso de mi hábito me libere del egotismo, ni el peso de la sangre me libere del deseo por el bello sexo o la total frigidez ante el feo. Pero observo que, en mi visión de las cosas, las leyes del aferramiento y la aversión se van equilibrando, de modo que, pongamos por caso, puedo sobrellevar un doloroso abandono con sorprendente serenidad apoyando una pierna sobre la asunción viril del destino y la otra pierna en la entera disposición resignada y dadivosa de una novia pura, cándida hasta la virginidad, y llena de afecto por todo.

Lo femenino, en su más estricta pureza, carece de memoria, de juicio, de proyecto, de fuerza; lo puro masculino solamente tiene los susodichos componentes, careciendo de todo esprit de finesse. He ahí la razón de que todo ejemplar demasiado puro de su sexo fracase estrepitosamente: moviéndose solamente en un rango de facultades humanas, olvida que las buenas decisiones son las que concilian rigor y corazón, números y psicología. Las buenas decisiones templan a la furia suicida del guerrero, así como al raciocinio para que no escape de las incógnitas que es incapaz de resolver correctamente y que, sin embargo, debemos abordar en la práctica; y, del otro lado, templan a los sentimientos, por buenos que sean, para que se desplieguen en proporciones y rumbos pertinentes, y para que la claridad les haga reconocer sus límites y su momento.

La jovial

Otra de las esencias de lo femenino es el escrúpulo. Condenada y adiestrada para sobrevivir mediante armas negativas como el desdén, la prudencia o la atracción, secularmente ha volteado la mujer estos hábitos en favor de un solo interés creativo, el cual, por razones históricas y naturales, ha invertido en el nido y la descendencia. Los gestos de una mujer siempre han estado medidos por mandato de parsimonia: cualquier paso en falso podía resultarle fatal. Ha de escoger una sola vez al padre de los hijos que ya nunca se le despegarán, ha de evitar dar el más mínimo motivo a los hombres de su alrededor para que la repudien o la lapiden, había de garantizar por tretas y medios indirectos gozar de herencias y seguridades que la jurisprudencia abierta le negaba; y todo ello contando con el tiempo en contra, sabiendo que cerniéndose la edad sobre una belleza en declive dificultará sus probabilidades de triunfo en todas aquellas trincheras. No se le podía reprochar, por lo tanto, que se conformase con buenos partidos antes que con el apasionamiento, o que hiciese de la habladuría su proyectil preferido para apartar a abusadores y competidoras. Olvida de cuando en cuando esos escrúpulos cuando su amor, primitivamente pensado para alimentar a sus cachorros a cualquier precio y retener a su esposo, se desata hacia un gentil galán o un exigente dios. A partir de ese momento, todo su interés es el de complacer, y su felicidad es servir de arbotante para que la armonía reine siempre, aun a pesar de la torpeza de los demás, que no valoran su calidad de piedra angular.

Entre las prohibiciones de la sociedad, la astucia que precisó para eludirlas y el amor que repentinamente lo hacía estallar todo por los aires, ¿qué espacio quedaba en la mujer para sentarse a discernir las configuraciones de los mundos, las propiedades de los números o la eficacia de las repúblicas? Si todavía hoy no suele suele dedicarse al pensamiento más técnico es por costumbre de tener que dedicar su inteligencia a lidiar con costumbres que la gravaban por ser mujer. Eso sin negar, como decía, la fluidez atávica de su sangre hacia la seguridad o la imposibilidad material de leer libros por imposición de decreto. Los hombres, agitados por su hiel, tienden a correr riesgos que los encumbren o los hundan: la mujer tenía bastante con mantenerse a salvo, equilibrada en un mundo del que no podría huir dando puñetazos si se viese en aprietos. Las  temerarias, al menos las que han quedado reverenciadas por los poetas, son las que no tenían nada que perder o las que, habiendo conseguido ya toda estabilidad y habiendo percibido a la sazón su insatisfactorio sabor, se lanzaban entonces a la siguiente etapa: la etapa de la gloriosa plenitud, a la que los caballeros se enfilaban desde niños por no carecer de un nombre ni de respeto.

La servicial

El varón saca fuerzas de su propio deseo insatisfecho; la mujer las saca del deseo ajeno. Él ha de defender con violencia las fronteras; ella defiende las fronteras de la violencia. Él ha de conquistarla a ella y ella ha de conseguir que no pase a conquistar a otras. Él ama a la mujer como raza, pero ella ama a un individuo con nombre. Él quiere dejar libres sus grandes aspiraciones, mientras que la aspiración de ella es hacer algo más grande su libertad. Y, antes que la libertad, él buscaba la grandeza llameante y ella la integridad apacible del conjunto; él anhelaba rozar el todo y ella abrazar una parte. Él no puede mostrar sentimiento de debilidad; ella está obligada a hacerlo. La maldición del uno es su músculo y el miedo que infunda; la de la otra, su debilidad y el placer que prometa. La cabeza masculina se caldea en la exploración, y sus manos en la batalla; la cabeza femenina hace lo propio en salones y alcobas, pero caldea sus manos en la cocina. Para un gentilhombre, el hogar es su punto de partida; para una dama, la distancia más lejana a la que podrá llegar. Como hacía decir Oscar Wilde a un personaje femenino, “men always want to be a woman’s first love. That is their clumsy vanity. We women have a more subtle instinct about things. What we like is to be a man’s last romance” (A Woman of No Importance, II). Dejando a un lado la predisposición física de la mujer a la flexibilidad y la dilatación, así como su posible correspondencia mental, lo cierto es que no le han quedado muchas más opciones que ser la artífice del clan, su sostenimiento. Para ello debía ejercer la cesión, el pacto, el olvido momentáneo del honor, todo lo que la rigidez del legalismo masculino imperante impedía teóricamente llevar a cabo; todo con tal de asegurar linajes, salvar vidas y conservar haciendas.

Ahora las cosas van cambiando, al menos en una parte del planeta… y temporalmente. A juzgar por la tendencia de las migraciones y de sus nuevos y profusos linajes, habrá nuevamente tiempos peores para los hombres por no ser fuertes y para las mujeres por serlo demasiado. Pero, de momento, como digo, ha habido cambios. Los detalles que me agradan de un carácter femenino subsisten con suficiente fuerza en muchas mujeres de carne y hueso, algunas de las cuales no logran dejar de enamorarme, a veces tontamente. Pero echo de menos suavidades decimonónicas del carácter a las que yo, en mi por otra parte masculina y tórrida mente, me rindo en mis horas privadas. Muchas mujeres -y todos los varones- se burlarían de estos afeminados gustos, cuando no los tendrían sencillamente por gustos de vieja. Prefiero, en efecto, escuchar lánguidas miniaturas de salón de Friml mientras muchas ya se van apasionando por los deportes, esa tosca transposición del noble arte marcial. Prefiero la cerámica, las láminas e indumentarias de mi abuela al diseño cegador que invade los comercios donde las nuevas jóvenes se atavían de complementos para -no entiendo cómo- gustar y gustarse. Lamento que la arquitectura del último siglo nos haya insensibilizado tanto a la fealdad y al trazo bruto. Pienso en poemas que algunas burlarían con soez risotada. En definitiva: aislados por la dispersión y recogimiento, los pocos y pocas que quedamos admirando las cualidades decadentes de los géneros y que coloreaban contrastados un mundo hoy gris, hemos de reintroducir en el propio interior de cada uno ambos polos, ya que no los vemos pulular con garbo a nuestro alrededor. De algún modo nos vemos obligados algunos a ser simultáneamente el firme caballero y su fina señora, el poeta  y su musa, el pensador y su sentida amante, dicho sea esto en el sentido más metafórico posible. Si tuviese cerca a una mujer verdaderamente femenina, no me vería coleccionando melosas postales tintadas de 1900, ni pensando en embellecer mi implacable biblioteca con ornamentos de porcelana o litografías paisajísticas sin pretensiones, ni rodeándome de efigies y palabras de acarameladas madamas. Y todo ello sin lograr desprenderme de una hombruna sequedad que se resiste a los excesivos afeites y trajines domésticos. Ahora, ¡ay!, deberemos los amantes de la riqueza etológica ser el aria y sus coros, el beso sobre la ecuación, la rosa en el fusil… o moriremos de asco. No se trata -solamente- de andar buscando la androginia primordial, sino de detenerse a respirar con agrado cada cierto tiempo o, al contrario, de impulsarse con decisión hacia el corazón del dragón cuando la molicie va venciendo. Se trata, al fin y a la postre, de ver el juego de los opuestos y danzar a su paso con toda la gracia posible, aprendiendo las lecciones que ofrecen todos los juegos interesantes… sin dejar de saber que es un juego.

La taciturna

No debemos estos virajes personales en exclusiva al signo de los tiempos: somos unos pocos quienes en cualquier tiempo y lugar apreciaríamos por igual un recio gesto imperial, que una gárgola catedralicia, que un giro de abanico. Hay sensibilidades signadas sobre un solo punto que oprimen con saña, y hay otras que se abren a la extensión de los paisajes humanos. No nos queremos quedar sin un solo sentimiento por catar, sin un arrebato o una dulzura sin probar su escalofrío. Todo ello tiene, entre sus muchas bendiciones, una esencial: el ponerse en la piel de otros. De una adolescencia tenebrosa en la que odiaba a las criaturas que, juzgaba, me encadenaban con su deseo, he pasado a amar, no sólo sus cuerpos y sus mentes, sino su fina capacidad de percepción, o su paulatino y templado abrirse a las situaciones hasta a veces transmutarse en ellas por completo. Amo su je ne sais quai que desafía a los filamentos cartesianos, e incluso disfruto de cuando en cuando su sutil indiferencia, teñida de una dudosa simpatía que no es sino ególatra ambición de sentirse deseadas por cualquiera como ejercicio preliminar. Es grato escuchar a la sensible y registrar sus ancestrales captaciones oraculares, regidas por la luna; conversar con la cultivada para conocer su matiz cálido y húmedo sobre la cuestión que sea, cuestión que hubimos abordado únicamente con fría escuadra e ilusorio compás; convencer a la tímida de que vale más que todas las arrogantes juntas; proteger a la herida no hasta que nos salude con su excelencia, sino hasta que nos premie con su salud al conjunto de los seres humanos; jugar con la coqueta a descubrir quién de los dos tiene más interés en la persecución, si el que persigue o la que compara perseguidores; y enternecerse con todas, como harían ellas si recordasen que, además de tener un destino en colaborar con la sociedad mediante su inteligencia y destreza, están diseñadas para tan bella misión.

Pero, mientras que los individuos se van neutralizando entre sí al aproximarse a una grisácea área central cada vez menos excitante, lo cierto es que las naciones opulentas se van feminizando, por comparación con los orígenes netamente patriarcales de los que partían. La relajación del ímpetu impositivo, la primacía de la conveniencia sobre el orgullo o el honor -¿quién oye ya esta palabra salvo en mezquinos contextos juiciales?-, la tolerancia, pragmática o sentida, van tomando nuestro mundo septentrional. Pero cualquier frontera en la que se empiece a negociar acabará siendo usurpada, sobre todo si encierra un pequeño edén. La feminización de la sociedad hará que le suceda lo que a una vieja soltera rica: tendrá que casarse con el rudo que más la ronde o amenace, o, más bien, con aquel que oficiosamente haya tomado el control de su patrimonio y sus movimientos. En términos históricos, el carácter masculino devora, y el femenino se esfuerza únicamente en que la devoración sea lo menos desgarradora posible, dado que su débil complexión y sus nervios débiles no permiten otro tipo de defensa. Así somos hoy nosotros, los occidentales: no atreviéndonos al enfrentamiento, ablandados por nobles pero desajustados impulsos de compasión y de culpa, ajenos al prurito del riesgo, queremos seducir y relajar al macho que, cada vez con más autoridad, aprenda a maltratarnos. Los bárbaros conocen la flaqueza principal de la anciana Europa: la gazmoñería humilde y humillable. Convénzasenos de que estamos siendo poco éticos y abriremos las puertas a quien sea y a lo que sea, siempre y cuando se nos permita a medio plazo conservar nuestros frívolos vicios en nuestros domicilios. Antes moriríamos que aceptar un lance de honor, o que disciplinar nuestra muelle avidez cotidiana, o que llevarle la contraria a quien juzgamos herido por nuestros antepasados.

Es evidente que, por lo demás, unas y otros, otras y unos, somos idénticos en casi todo. Las mismas pasiones pueden brotar en cualquiera, los mismos cálculos, las mismas confesiones de pecados comparables. El mecanismo de nuestros cuerpos es tan hábil como similar, tan grato en su exterior como violento en sus entrañas, y tan doloroso en su origen como en sus estertores finales. Enfrentamos por igual el principio supremo del ocaso y la muerte. Diferenciar en exceso es interesante si no se hace todo el tiempo; identificar por su nombre los colores de un cuadro es útil cuando hemos recogido el conjunto de la composición y volveremos a hacerlo para llevarnos con nosotros el sentido general. Además, con permiso de Platón, los arquetipos son algo así como ideaciones estadísticas y, por ende, cada vez menos certeros según avanza le procesión de la entropía. En el fondo todo es triquiñuela literaria, simplificación intelectiva y aroma muy diluido de una verdad lejana que no sabemos definir del todo. La esencia de una mujer no es ser mujer, y ni siquiera ser humana. Una mujer, un hombre, una nutria, un cangrejo, son criaturas. Si además nos une una raza, un país o una ilustración parejos, tanto mejor: nuestros besos y miradas podrán ser más emotivos o, cuando menos, más cómodamente instructivos. El exceso de reivindicación, de acusación e incluso de elogio por pertenecer a un grupo nos deja la cuestión de si habremos de multiplicar tales enfoques si nos referimos a grupos mayores, en círculos concéntricos superiores, con lo que tendría de infinito el glose de las categorías. Al fin y a la postre, los individuos somos todo mezclado y pureza olvidada, simiente común y miembros simétricos como las manos o los ojos. La rosa que hay en uno no debe hacernos olvidar el lis, y viceversa.

La “connaisseuse”

La rosa que crece en nuestro interior confiesa ser naturalmente bonita: no lo planeó, no sabe interpretarlo, se desconoce a sí misma. Merece la pena dejarla así para que nos perfume por más tiempo. Mientras los relojes de nuestros silogismos operan con caliente eficiencia, el frescor retrechero de la rosa da su vitalidad y a acaso su sentido. Portando la flor hacia nuevos territorios del corazón, haremos que lo árido reverdezca si es que hemos dedicado un tiempo a retirarnos en el monástico erial o en la fría estepa de la acción. Dejando que nos haga confidencias, nos reconoceremos también sensibles a aromas encantadores que legábamos a una sola mitad de la humanidad, y cultivaremos personalidades más floridas. Un alma enriquecida con todos los extremos de la buena fe será un icosaedro equilibrado y resiliente. Su solidez, fundida con éteres de azahar, no podrá alcanzar más hermosura. Su potencia no dejará de cantar las delicias de la fragilidad o el timbre del requiebro; su candidez no nos hará echar de menos la firmeza, pues será una candidez sabia e invencible.

No deja de suceder que seamos casi todos criaturas tornadizas y punteadas de mezquindades según nuestras costumbres y carencias. Mirando a un caballero o a una dama se ve un ser incompleto, anhelante, no de la otra mitad semiesférica del ser primordial que Aristófanes comenta en el Banquete de Platón. No: el anhelo que se tiene es infinito, y no lo calmará el cónyuge perfecto, ni el placer adúltero, ni desde luego un cambio de sexo, supuesto que eso sea algo realmente posible. Como heridos que somos, no nos merecemos ira, sino compasión, si bien la compasión se traduce como caricia de una mano y firmeza de la otra. No obstante, la compasión no es el sentimiento supremo. Hay una reverencia al herido que consiste en verlo portador de una dignidad auténtica, de una realeza interrumpida; no es que la belleza de nuestras almas y nuestros cuerpos no sea perecedera, pero es gloriosa mientras supuso una puerta de oro para acceder rápidamente al corazón misterioso del universo. Somo seres principescos en el exilio, con coronas fundidas en la forja de la circunstancia, que nos arrastra hasta hermanarnos de nuevo, al caer la última noche, con el sinfín de los elementos en voluptuosa hierogamia.

La apresada

Quienes hablan de la transmigración de las almas aseveran que cambiamos continuamente de sexo, cuando no de especie y de dimensión metafísica. En principio me agradan todos esos cambios, siempre que el contexto descarte la mayoritaria brutalidad que transpira al mundo, y siempre que ninguna fuerza esté ausente del ecológico negocio de los opuestos. Hablaríamos con más solvencia si experimentásemos otros ojos, no viéndolos, sino viendo a través de ellos. Casi todo lo que los varones han escrito a mujeres no se dirigía a su ser completo, sino a su capacidad de ruborizarse y desear. Aunque esa facultad es poderosa, hay otras muchas que podrían colmarnos de muchos otros parabienes. Sin dejar de disfrutar de las finas líneas de las facciones, los bordados y las fragancias, las musicales risas y los adorables suspiros, del donaire de la donosa en suma, nos debemos mutua totalidad, una entrega por estancias: cortesía en el vestíbulo, franqueza en el despacho, calidez en la alcoba, lealtad y compasión ante el altar, identidad en las tongadas que estratifican nuestra naturaleza. Semejantemente, lo que nuestra rosa interior nos pide es que seamos su espina protectora. Lo que nos pide, en cambio, el punzón de la virilidad es que lo protejamos de sí mismo con la flor del cuidado, enterneciendo sus pesadillas, coagulaciones espirituales desgraciadas surgidas de la inquietud de estar drenando paz y belleza, la paz y la belleza que en el polen de su aceptación derramó la caritativa rosa.

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[Música: La primera es el preámbulo del Op. 1 de Barbara Strozzi:  Mercè di voi, mia fortunata stella, / volo di Pindo in fra i beati cori /  e coronata d’immortali allori /  forse detta sarò Saffo novella!” A continuación suena la cantata Les Femmes de A. Camprá, que en torno a su mitad incluye un listado de tipologías mujeriles: “La coquette nous trahit, / La prude nous désespère, / Et la jalouse en colère / Irrite qui la chérit. / La belle est capricieuse, / La savante audacieuse / Tirannise qui la suit. / L’indolente est ennuyeuse, / Ses insipides langueurs / Ne font qu’endormir nos chœurs”. Como respuesta a estos amargos retratos, el compositor holandés Quirinus van Blankenburg (parece que ya era el suyo un país en pro de la igualdad) compuso otra cantata: L’Apologie des Femmes. En ella presenta un ingenioso listado de virtudes a modo de compensación:La Jalouse a le cœur tendre, / La Prude agit par ressort, / La Coquette aime à se rendre, / La Savante a l’esprit fort. / La Pale dans son teint / Est toute incomparable, / La Noire une brune adorable. / La Grasse a de la majesté, / La Maigre a de la taille et de la liberté, / La Fourbe avec esprit raisonne, / La Sotte est toute bonne, / La Muette a de la pudeur / Et la grande Parleuse est d’agréable humeur“. Tras la barroca misoginia de Camprá, suenan diversos cortes de una opereta del compositor austríaco Oscar Strauss: Der Pralinésoldat (“El soldado de chocolate”). La versión que pongo aquí es una adaptación española a manos de José Juan Cadenas, mientras que los arreglos musicales son de Julián Vivas (para Barcelona), quedando sin grabación los de Vicente Lleó Balbastre (para Madrid). La rancia grabación es de 1931, dirigida por el Mtro. Vigil Robles en Nueva York. El argumento y los números seleccionados cuentan lo siguiente: durante la guerra serbo-búlgara, el soldado enemigo Bumerlí se cuela en la casa de la búlgara Nadina Popoff, prometida del héroe Alejo. Bumerlí la chantajea con los chismorreos que habrá de enfrentar ella si no lo oculta en su casa, pues su reputación acabará si se ven salir de su casa a un soldado serbio. Ella acepta. En otro fragmento se da un extraño flirteo de puyas picajosas entre ambos. Alejo, quien regresa como (falso) héroe, identifica a Bumerlí y lo reta; la cobardía de Alejo le obliga a evidenciar su farol. La boda se frustra, y Nadina, con sentimientos encontrados, escribe una carta a Bumerlí pidiéndole que no aparezca de nuevo. En el último fragmento, el penoso Alejo, por no salir solterón de todo el percance, se humilla ante Marta, prima hermana de Nadina, para que acepte casarse, pero ella impone duras condiciones. Finalmente se casan las nuevas parejas y se hace un llamamiento a la paz. El conjunto no ha podido ser más cursi. Rematan la dulzona serie cinco exquisitas y decadentes miniaturas para piano: una de Turina (Mujeres españolas Op. 73. III. La señorita que baila) tres de R. Friml (Intermezzo Op. 82. No. 2; Valse poétique; La Danse Des Démoiselles) y una de B. Barnes (Dainty Miss).]

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LE COMTE: Entrons-nous un moment dans l’un de ces pavillons, pour les laisser passer?
LA COMTESSE: Sans lumière ?
LE COMTE: À quoi bon ? Nous n’avons rien à lire.

[EL CONDE: ¿Entramos un momento en uno de esos pabellones para dejarlos pasar?
LA CONDESA: ¿Sin luz?
EL CONDE: ¿Para qué? No tenemos que leer nada.]

P.-A. Caron de Beaumarchade cais, Le Mariage de Figaro V

Conocida es la frase atribuida a Corvisart, médico de Napoleón I. Preguntando éste al galeno si un hombre de cincuenta y cinco años puede racionalmente esperar descendencia, contestó:
—Algunas veces.
—¿Y si el esposo tiene setenta?
—Entonces siempre…

S. Ramón y Cajal, Charlas de café 2

Il y a plus, les images voluptueuses dégagent la tête en attirant la vie au centre du corps.

[“Es más, las imágenes voluptuosas despejan la cabeza, pues atraen la vida al centro del cuerpo”.]

M.-J. Hérault de Séchelles, Théorie de l’ambition 2.4

Nous travaillons à notre propre perte avec plus de zèle et d’énergie que l’on n’en mit jamais à conquérir la liberté ! Ô Français, encore un peu de temps, et il ne restera de vous que le souvenir de votre existence!

[¡Trabajamos en nuestra propia perdición con más celo y energía que el que hemos empeñado jamás para conquistar la libertad! ¡Oh franceses, un poco más de tiempo y no quedará de vosotros más que el recuerdo de vuestra existencia!]

Ch. Corday, Adresse aux Français amis des lois et de la paix

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NOTA DEL EDITOR

La mayoría de las anécdotas expuestas aquí y en entregas anteriores de esta gaceta de inactualidad muestra el conjunto de muchas de las debilidades humanas, concentradas hasta lo grotesco. Ni que decir tiene que la realidad del sufrimiento y la inmoralidad no es divertida, y, por consiguiente, no aprobará un hombre de bien el maltrato a la mujer, el abuso de otros pueblos, el desprecio del Tercer Estado, el adulterio, la blasfemia, la crueldad, la indolencia, el rencor, la humillación o la ambición de ningún tipo. La presentación cómica de esta concentración de sucesos no pretende complacerse en el vicio, pues la risa no tiene por qué venir unida a la aprobación. Pero tampoco se complace en un desprecio furibundo, puesto que las debilidades humanas vienen en muchos casos causadas por una determinada disposición de los órganos o por una cierta concatenación de pasiones que conducen hacia comportamientos más bien nefandos. En cualquier caso, la parquedad de adjetivos calificativos no responde aquí a una ausencia de juicios de valor -cualquiera que siga la trayectoria de este autor en las últimas temporadas podrá asentir-, sino a una voluntad de educar al alma en aceptar a los hombres menos templados como son, sin aplaudirlos ni vituperarlos, viéndolos como a niños que arrancan las alas a una mosca, esto es, creando y perpetuando un sufrimiento de manera torpe e ignorante. La irrisión ante el vicioso no ha de hacernos perder la visión de la virtud, pero al menos ha de consolarnos al hacernos comprender que incluso algunas de las figuras con más digna apariencia caen de modo ridículo y absurdo en el torbellino aturdidor de los anhelos y las aversiones. Léase este anecdotario, pues, con indignación e indulgencia a partes iguales, pues nada hay más dañino que la destrucción de la moral, y poco hay más digno de conmiseración que el deseo que no logra contenerse ni aun a costa de causar daño, hecha la salvedad de sus víctimas. Y, encuéntrese indignada o entretenida, un alma que busque ejercitarse en la flema y la sabiduría nunca se deja llevar hacia ninguno de los dos extremos ante la dureza de la realidad vulgar si ello conlleva perder juicio, amor y resolución a la hora de contribuir a la mejora del mundo. 

Entre un conde y su amigo, recién nombrado juez del reino, se produjo la siguiente escena, muy similar a la que imaginó Beaumarchais en una de sus comedias:
-Ahora sois juez. ¿Serviréis con honor a vuestro cargo?
-¡Para eso lo he comprado!

El 5 de octubre de 1789 en Versalles:
-Majestad, os llama desde el exterior una muchedumbre del pueblo.
-Eso sin duda puede esperar-, contestó el rey, a lo que añadió que tenía cosas más importantes entre manos.

Poco después de la Revolución, se preguntaba F… para cuándo otro espíritu musical tan espléndido como el de Rameau. Viendo un día a unos sans-culottes prender fuego a una vieja partitura de ópera por hablar en contra del pueblo, F… matizó su pregunta y decía pensar que, para cuando llegase el momento, ya no quedarían claves que pudiesen amamantar a aquel supuesto genio.

Durante la Guerre de Dévolution entre España y Francia, un mariscal francés amonestó a unos soldados que se habían pasado la noche de juerga en una taberna española y a los que se había encontrado ebrios en un callejón. Ellos se defendían aseverando que solamente habían ido a beber allí para desmoralizar al enemigo demostrando la debilidad de su alcohol, lo cual habían conseguido, puesto que, tras cinco tinajas de vino, todavía habían logrado salir por su propio pie.

Tras escuchar una ópera de Monsigny en París, un noble napolitano, queriendo complacer a sus amistades locales, les decía que aquel compositor, si no se empeñase con libretos en una lengua tan retorcida y si no oliese mal, podría pasar por italiano.

El filósofo moral y el carnicero sobre un hígado de cordero:
-¿Y a cuánto tenéis hoy el cadáver de estos seres sensibles?
-Por ser vos, dependerá de la cantidad de principios que esta mañana se vea obligada a pasar por alto vuestra hambre.

Contaban de un lacayo secretario en provincias que conocía la intimidad de todas las señoras que visitaban la casa del patrón. A tal punto llegaba su fama y el consentimiento de que gozaba en la casa que, cuando organizaba en la agenda de su señor cada una de las visitas, procedía a completar también, en una esquina del listado, la visita añadida opcional a su buhardilla.

Un gentilhombre de Toulouse a una joven viuda durante una visita al domicilio de ésta: “Ma chère, mi corazón no late más que por vos”. Notando ella cómo algo acariciaba suavemente sus piernas, le espetó: “¿Pero no podríais al menos lograr que latiera solamente fuera de mis enaguas?”.

Un notario a un sacerdote sin ningún don para la oratoria: “Yo doy la fe que vos quitáis”.

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Un viejo libertino que en su juventud había recorrido toda Europa y que finalmente moría de gota y gonorrea, al conocer la hermosura novedosa de las mujeres antillanas y etíopes de las que empezaban a hablar los exploradores y mercaderes, se lamentaba en su lecho de muerte únicamente de no haber gozado África.

A un obispo glotón a cuyo palacio llegaban  cada día innumerables piezas de carne, algunos burgueses lo acusaron de paganismo, dado que no era posible que tal cantidad de charcutería se debiese a otra cosa que a sacrificios a ídolos. Durante la homilía dominical el obispo se defendió orgullosamente de tal acusación afirmando que no era cierta en absoluto, y que lo que ocurría era sencillamente que estaba poseído por una gula desmedida.

Un negrero holandés se quejaba de lo incómodo que le resultaba a su esposa tener esclavos etíopes en su casa por tener que tratarlos a puntapiés y tener que prescindir de manejarlos con las manos por temor a infectarse de negritud.

Los hijos de un poeta no muy bien valorado lo enterraron con sus obras inéditas para impedir que los acusasen de prolongar innecesariamente el sufrimiento del periodo de duelo a toda la familia.

La joven damisela a su profesor de canto, quien pretendía conocer su intimidad desde el comienzo de la clase:
-Maestro, ¿no queréis antes oír mi interpretación?
-Mademoiselle, para escuchar una caja de música antes hay que darle cuerda.

Dicen que el duque de Orléans, al ver un autómata de Pierre Jaquet-Droz que podía firmar documentos, exclamó que solamente le faltaba la corona.

Cuando guillotinaron al duque de Orléans, ya conocido oficialmente como “Philippe Égalité”, algún realista musitaba sin dejar de sonreír que haber cambiado su apellido por uno más a la moda no le había salvado del crimen de haber contribuido a hundir el más grande de los apellidos franceses, refiriéndose a su voto decisivo para condenar al rey.

Discutían un filósofo y un gentilhombre sobre el proyecto de Restif de la Bretonne de fundar lupanares regentados por el Estado. El gentilhombre, advirtiendo que los nuevos tiempos y la filosofía que con aquéllos venían daban a las mujeres mayor libertad para airear sus inclinaciones naturales, exclamaba: “¿Y quién necesita prostíbulos teniendo las Luces?”.

Dos cocheros se enzarzaron en una discusión por defender cada uno que él y no el otro porteaba a señores de un peso mayor, sin que los presentes del encuentre supiesen después decidir si hablaban de peso moral, de títulos nobiliarios o de libras de barriga.

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A un cierto cardenal impío de infausto nombre y que se rodeaba de pintores, poetas, músicos y dudosas compañías, le amonestaba un honorable caballero recordándole su cargo al servicio de la Iglesia y que el Señor deploraba aquella conducta, a lo que el cardenal respondía: “¡Ah, si Dios pudiese disfrutar de todos estos encantos pensaría de otro modo…!”.

Durante los peores días de la Revolución, para huir de las garras de los sans-culottes embravecidos, los aristócratas atrapados en el salón de Mme. L… decidieron vestir libreas y salir haciéndose pasar por lacayos. Pero uno de los agitadores distinguió a un condesa porque, aseveraba, sus lunares de los pómulos tenían demasiado gusto para ser naturales. El conde quiso defender a su esposa argumentando que, si era cierto que aquel lunar adornaba con primor el rostro de su cónyuge, otros en el trasero no contaban más que con la vulgaridad de las clases bajas. Fue tal declaración y no la insistencia satisfecha del marido en descubrir las posaderas de su esposa lo que confirmó a los rebeldes en sus sospechas, y apresaron finalmente a los aristócratas. Escena tan grotesca causaba tanto estupor incluso entre los maleantes que la originaron, que pocos querían relatarla, como ambicionando olvidar. Pero contaban unos pocos que la condesa no pudo perdonar nunca al conde, no la pésima defensa que los llevó a pasar varias noches en calabozos, sino el haber considerado vulgares las carnes que antaño tanto había alabado y el haber insistido sonriendo en mostrarlas al populacho.

Burgués.- Vos, barón, jamás os habéis visto cara a cara con el esfuerzo.
Barón.- Cierto, jamás tuve el placer de conocer a caballero tan poco agraciado.
Burgués.- De ese modo tampoco conoceréis en profundidad a sus encantadoras hermanas: la buena conciencia, la fortaleza y la serenidad de ánimo.
Barón.- Monsieur, me conformo con conversar con ellas durante un breve encuentro afortunado y acaso intimar en la alcoba con alguna de las tres en alguna ocasión muy favorable.

Decía M… que, hasta la llegada del Terror, Robespierre, Danton y demás secuaces no hicieron nada que la aristocracia no aprobase. Fue la envidia y la coquetería con las letras por parte de los patricios lo que propició que rodasen las cabezas de los Borbones, seguidas de otras menos nobles.

El mariscal T…, un hombre sumamente anticuado, rechazaba que le retratase Mme. de Vigée-Lebrun porque, según decía, “una mujer era incapaz de capturar la esencia de la bravura masculina”. Se dice que ella tramó la sutil venganza de seducirle hasta volverlo manso con un corderito, tras lo cual ya no había bravura que capturar y pudo retratarlo como la suave criatura que era. El retrato se cree perdido, acaso por la vergüenza que el carácter del lienzo causa en los bravos herederos del retratado.

Se decía del vizconde de C… que violaba a todas las doncellas que entraban a su servicio e incluso a las doncellas de servicio ajeno. Cuando le preguntaron por aquellas debilidades, el vizconde, arrancando una margarita de un florero y acercándosela a la nariz, se encogía de hombres y suspiraba: “¿Qué puedo decir? ¡Ah, el amor…!”.

Al marqués de V… defendía su costumbre de unirse solamente con plebeyas y doncellas porque, a su juicio, bastaba con ellas una sola metáfora allí donde con una noble dama se requería galantear con largas elegías de Ovidio.

Un marido ofendido le arrojó un guante al conde de M… retándole a espada, a lo que el conde respondió: “Y yo desprecio orgullosamente vuestro desafío”. Y se marchó ufano dándole la espalda como habiendo triunfado.

Decía H… que, antaño, mientras los hombres marchaban a la guerra, las mujeres se consolaban de la ausencia de los bravos calentando su lecho con los cobardes que se quedaban en la ciudad. Pero, añadía, en los nuevos tiempos los hombres no marchan a otra conquista que a la de sus propios placeres y las mujeres no soportan la distancia de sus cónyuges a más de media legua.

Un editor sincero y bonachón al que un cierto filósofo aficionado muy lucrado insistía con que publicase su libro, concedió, pero insistió en publicarlo en dos partes y con cubierta rústica blanda para que los lectores no causasen graves heridas cuando lo lanzasen a las cabezas de los responsables.

El pretendiente.- Vuestra gracia acompasada al son de los mirlos me reconcilia con la delicadeza del orbe, en armonía con el andar de tan livianos pies y dulcemente trabados con cabellos de oro ondeantes libres en el viento.
La pretendida.- Disculpadme ahora, os lo ruego. Tengo que poner mis callos en remojo para que duelan menos.

Tras el asesinato de Marat en su bañera, cierto jacobino de renombre llamaba a Charlotte Corday “enemiga de la higiene”, y eso refiriéndose a la higiene tanto en el sentido moral como en el cotidiano.

Un enfático abogado mercantil comenzó así su primera alocución en un juicio entre ciudadanos particulares:
-Nunca hubo causa jurídicamente más interesante desde tiempos de Isócrates, cuando hubo de proteger del rey del Bósforo a un honorable liberto…
-Antes de ir más lejos, letrado -interrumpió el juez-, ¿podríais enumerar las reclamaciones de vuestro defendido, el pocero, contra el proveedor de estopa?
[N. B.- Situación similar rcoge Beaumarchais en el tercer acto de Le Mariage de Figaro.]

El marqués de D…, convertido al ateísmo, cuando le preguntaban por su ausencia en misa, explicaba con sorna que era a debido a la molesta diferencia entre lo mucho que la homilía y el ordinario abrían su apetito y lo demasiado escueto del aperitivo que el oficiante ofrecía durante la comunión.

Un perfumista puso a la venta una fragancia de su creación con la que, afirmaba, se ocultaba el olor característico de los pecados. Sus primeros frascos se vendieron en dos días, principalmente entre gente de edad.

Dos gentilhombres discutían del siguiente modo a plena luz del día:
-Es menester -decía uno de ellos- cometer el pecado lentamente para disfrutarlo y lograr borrar sus huellas rápidamente a fin de que quede recompuesta la reputación y así gastarla una y otra vez.
-Pienso de modo opuesto, monsieur- decía el otro. La falta ha de transcurrir rápidamente para evitar la ira del marido o del propietario, pero la fama del agravio habría de extenderse todo el tiempo posible en aras de ganarse la reputación del vividor al que muchos hombres y mujeres quieren tener cerca como aliado e inspirador.

El director espiritual de cierta damisela la provocaba con todo tipo de vicios y después la amonestaba por haber caído en ellos, aduciendo que tales provocaciones eran ejercicios para desarrollar la entera. A ello, la joven agregaba con menos inocencia cada vez: “¿Entonces el aguardiente que bebéis y las sumas que apostáis tampoco son sino retos morales para la salvación del tabernero y de los jugadores?”.

Cuando le preguntaban a un importante potentado, dueño de una flota mercantil, cómo había logrado tantos privilegios comerciales y tantos títulos nobiliarios, respondía que a temprana edad se dio cuenta de que solamente había dos puertas para tanto éxito: sobornar a gobernantes para evitar problemas y sobornar a jueces para resolverlos.

El duque de F… contradecía a la marquesa de La  S… cuando ésta acusaba a los varones de haber maltratado históricamente al sexo débil. El milord decía que, si ciertamente algún abusillo se había cometido, no se podía negar a modo de compensación que las melodías más bellas en las óperas siempre les pertenecen a ellas. La marquesa, que estaba de acuerdo con eso, no supo qué contestar.

En un banquete organizado en la residencia de un importante cortesano, le dice un par de Francia a un caballero que recientemente había quedado completamente arruinado:
-Y, con todos mis respetos, mi querido amigo, ¿cuándo os decidiréis finalmente a comer con el servicio?

A un filósofo misántropo le amonestaban sus escasas amistades por pasar los días encerrado en su despacho y no tener interés en conocer a nadie. Él contestaba lo siguiente: “Al contrario, cada día conozco a alguien nuevo dentro de mí”. A pesar de la aguda respuesta, una sabia dama le espetaba que de nada servía conocerse a uno mismo sino se amaba al prójimo. “Cierto, madame -añadía él-, pero antes ha de conocerse la procedencia del amor que su destino”. Hay quien incluso tenía la sospecha de que dicha dama y el filósofo habían mantenido otrora una amistad muy íntima.

Un mariscal a punto de retirarse vio cómo un indeseable violaba a una niña. Se acercó muy indignado a la escena y, dando unos leves golpecitos sobre el hombro del violador, le dijo: “Monsier, moderaos. Estáis en la vía pública”. Más tarde diría que intervino así por el desagrado que le causaba el escándalo, sin que nadie estuviese muy seguro de si se refería al escándalo que evitó no reduciendo más contundentemente al agresor o al escándalo de la violencia que tuvo que presenciar en la vía pública a plena luz del día, la cual no le habría indignado si se hubiese quedado en la privacidad de un domicilio.

Dos caballeros disputando en fuertes términos:
-… y, para terminar, mi estimado amigo, os diré algo sobre mi honor.
-¿Ha de pasar ahora la conversación, pues, al género utópico?

Un marqués a su amiga adúltera sobre un lamentable poema de ésta: “Pecáis más grácilmente con la carne”.

Rondaba por París el comentario insidioso de que los condes de L… no habían tenido hijos porque él había diseminado extramuros toda su simiente mientras a ella le habían succionado toda su fertilidad.

Había un ministro de cierta potencia europea que utilizaba los documentos oficiales para cubrir su escritorio y protegerlo mientras se amancebaba encima con alguna de sus amantes, y luego dejaba pensar a los receptores de las cartas que se trataba de cartas perfumadas, las cuales apreciaban sobremanera sin conocer su cuestionable método.

Una honorable dama que no apreciaba el gusto de la retórica litúrgica, opinaba que era muy acertado el nombre del “ordinario” de la misa, pues, insistía, no podía conformarse de palabras menos excitantes.

Sobre un mejorable violinista aficionado que se había ahorcado del techo con una cuerda de su violín, decía jocoso el que había sido su amargo adversario: “Al fin afinó en las posiciones altas*”.

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*Las posiciones altas son aquellas que dan sonidos más agudos, que se dan en el extremo del mástil más alejado del músico y en las cuales hay que colocar más apretados los dedos, razón por la que son posiciones más difíciles de afinar. 

[Música: Cuatro números de la ópera cómica Le roi et le fermier (1762) de Pierre-Alexandre Monsigny sobre un libreto de Michel-Jean Sedaine (I 6 [“Non, non vous ne m’avez jamais traitee ainsi”], I 5 [“D’elle-meme et sans effort”], III 12 [“Que le soleil dans la plaine”] y III 5 [“Ah! ma tante”]), ejemplos de un clasicismo francés muy digno de ser rescatado del olvido. En el primero de los números seleccionados, el granjero Richard pide perdón a su sollozante hermana Betsy por haberla tratado groseramente a causa de su amor desazonado por Jenny (“Betsy, Betsy, / Faisons la paix; […] Non, non, jamais, jamais Betsy, / Je ne veux te parler ainsi”). Después tenemos una arietta de Richard cantando sus amores por Jenny, a quien ve con otro hombre (“D’elle-même / Et sans effort / Elle va chez ce Milord”). Un romanza de Jenny canta la felicidad y placeres de la vida campestre (“Près de l’objet qui nous enchaîne, / Et qui nous lie à son désir, / Rien n’est peine, / Tout est plaisir”). En el último de los fragmentos, la madre de Richard y de Betsy advierte de la inestabilidad de las promesas (“Tout prometteur / est un menteur.“) a su hija y a Jenny, exultantes porque el rey ha prometido ayudarlas.]

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Secose en Europa la planta del vivir político, y para mayor confusión nuestra, florece entre los bárbaros de África y América.

J. Setantí, Centellas de varios conceptos 35

Ainsi naquit la galanterie, lorsqu’on imagina des hommes extraordinaires, qui, voyant la vertu jointe à la beauté et à la faiblesse, furent portés à s’exposer pour elle dans les dangers, et à lui plaire dans les actions ordinaires de la vie.

[“De este modo apareció el galanteo, cuando se llegó a imaginar hombres extraordinarios, que, al ver la virtud unida a la belleza y a la debilidad, se dispusieron a arrostrar por ellas los peligros y a agradarlas en los actos ordinarios de la vida”].

Montesquieu, De l’esprit des lois 28.22

Pour moi, je le déclare, s’il faut opter, je profère le joug religieux au despotisme politique. Sous le premier, il y a du moins conviction dans les esclaves, et les tyrans seuls sont corrompus; mais quand l’oppression est séparée de toute idée religieuse, les esclaves sont aussi dépravés, aussi abjects que leurs maîtres.

Por lo que a mí respecta, declaro que, si es necesario escoger, prefiero el yugo religioso al despotismo político. Bajo el primero hay al menos convicción en los esclavos, y los tiranos son los únicos corruptos; pero cuando la opresión es separada de toda idea religiosa, los esclavos son también depravados, tan abyectos como sus amos.

B. Constant, De l’esprit de conquête et de l’usurpation dans leurs rapports avec la civilisation européenne, 2.13

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PREFACIO

De todas las opiniones aquí vertidas, acumuladas a lo largo del semestre, ninguna hay que no me haya poseído en algún momento. Menos son aquellas que he poseído yo, y menos aún las que no he dejado de poseer. Pero el vaivén de las opiniones no es tan danzarín que no deje siempre un regusto, un aroma que adquiere nuevas formas, como un humo que se adapta a nuevos frascos. En ocasiones, incluso, es la fantasía la que juega a enhebrar juicios por si se diese la fortuna de hallar un pensamiento oculto, una creencia cuya existencia apenas conocía en mi alma; tal aventura acaba algunas veces en el conocimiento, y es entonces cuando evito abortar el alumbramiento verbal, y permito que la idea florezca y adquiera sus propios ramajes. Sea como fuere, no son las máximas siguientes doctrinas lapidarias ni, por lo común, tampoco veleidades de una tarde. Unas cuantas de ellas fermentan en nuevos odres viejos vinos, o a la inversa; muchas palabras oídas quieren adquirir aquí, con éxito o sin él, una simplicidad solemne, una pureza incisiva, aunque sus fuentes remotas sean griegas, orientales o francesas. También el duque de las máximas tomó y enjuagó en el torrente de su sagacidad apotegmas de Gracián, como Gracián hiciese lo propio con Séneca. Todas mis frases han recibido, en cualquier caso, una aquiescencia de mi ánimo y mi raciocinio en su momento. En su mayoría son conjeturas sin arrogancia, aseveraciones sin peso ni mala fe, posibilidades suspendidas en el arca de intuiciones singulares, a la espera de proposiciones universales que las gobiernen a todas y que tal vez no llegarán en esta vida. Nótese, sin embargo, que el grado de vaguedad de estas sentencias no permite sentenciar a nadie con contundencia, pero tampoco deja libre a la conciencia propia que las enuncia. La discriminación categórica es aquí tanteo del entendimiento a sí mismo, casación de intuiciones contradictorias, enfrentamiento del instinto y del pensar,  y también, ¿cómo no?, placer inocente de legislar por un momento, sin peligros ni agresión. Discúlpense sus cansinas tentativas de ingenio con sus adustas tasaciones, y gócense, si la moral lo permite y aun lo celebra, allí donde las tentativas atisban al fin algún remanso recóndito de inteligente acierto. 

1

No escupiríamos tantas palabras si fuésemos capaces de hacer concordar unos pocos juicios esenciales con nuestros actos.

2

El reformador atolondrado proclama la insuficiencia de la idea venerable cuyas puertas le habían sido vedadas por incapaz.

3

Cuando leemos deslizando rápidamente la mirada entre líneas no estamos dispuestos a aprender.

4

Los que menos nos entienden siempre creen entendernos.

5

En el espíritu nada arraigó valioso que no surgiera de la introspección.

6

Nos agrada poner nombres a las cosas ruidosas y carentes de substancia intrínseca, como los vientos, los mares, las naciones o los hombres.

7

La mujer se encarga de dilatar artificialmente mediante la demora de sus intervenciones aquel cortejo que le agrada y que le está pareciendo de recorrido demasiado breve, aun cuando no tengan intención de consumarlo.

8

Es impulso aristocrático el querer embellecer los medios y relegar por momentos el fin a un segundo plano en aras de eludir existencias mecánicas.

9

El espíritu maduro desea que lo amoneste quien sea, llegado el caso en que actúe incorrectamente.

10

La igualdad última entre genios e inútiles es verdad a medias que, por un lado, sirve a la compasión de quienes quieren elevar a los de abajo y que, por otro lado, sirve a la envidia que disfruta viendo depreciado al alto.

11

Siempre desafina el espíritu que no es afinado por la tradición, como desafina la cuerda que no se ajustó al temperamento que, tras un largo tiento, acabó rigiendo al resto de la orquesta durante las danzas previas de la suite, que no es sino la historia simbólica de un mundo. De los afinados por la tradición, por su parte, también son muy pocos los que no caen en estridencias un mayor o un menor número de veces, como el músico demasiado confiado en su formación.

12

Los aciertos de las almas inquietas surgen de aquellos nodos que permanecen inmóviles en ellas.

13

La profusión de la mentira causa su mayor perjuicio al hacernos dudar incluso de las verdades.

14

Toda rutina mata vilezas y esperanzas, aunque pueda parir otras tantas.

15

La psicología puede definir muchas leyes y diagnósticos nuevos, pero nunca ofrecerá mejores soluciones que las que desplegaron los tiempos antiguos.

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16

Se confía en soluciones nuevas ante problemas nuevos, cuando el único modo de detener la espiral del caos y hacerla retroceder es pensar a las unas y a los otros en términos antiguos, allí donde el problema aún no había germinado.

17

Hoy se considera ser pobre vivir con lo estrictamente necesario, es decir, en perfecto equilibrio.

18

Tanto el ingenioso libertino como el necio diletante, al contrario de lo que ocurre con los pensadores profundos, nos divierten con su filosofía y nos invitan a reflexionar a partir de sus frivolidades.

19

Por lo común, mujeres y hombres desean al amante que misteriosamente se compone de varios centros, pero sólo se atreven a convivir con el que tiene uno solo, si es un centro eficaz en sociedad.

20

Los mejores libros son aquellos de los que siempre tenemos la sensación de no aceptar ni aplicar plenamente su convincente mensaje. Tales obras parecen escritas para el yo depurado del futuro.

21

Los placeres sensuales no sacian ni a sus mayores defensores.

22

Las personas que no saben guardar un secreto son las mismas que las que carecen de la facultad para macerar en su corazón concepciones genuinas que requieran de silencio y penumbra.

23

Los chismes retratan a los hombres en un instante pedestre, sin tener en cuenta el contexto general, que puede ser de gran belleza.

24

Una frase mediocre en mitad de otras muchas excelentes o un pasaje mejorable en mitad de un bella sinfonía nos reconcilian con la humanidad del genio, insinuando algo sobre su carácter tornadizo y tranquilizando a nuestra envidia.

25

Ser reaccionario no supone desear la sumisión del pueblo a los antiguos soberanos, sino la sumisión de los soberanos a principios eternos.

26

La doctrina necia florece allí donde la filosofía se cansó de buscar. La doctrina sabia es la filosofía que no prosigue en su búsqueda porque hacerlo sería contraproducente para la esencia misma de lo que se buscaba.

27

Los rituales han de ser moderadamente complejos para que sean tomados en serio y para que, cuando se haya trascendido, se perciba la insustancialidad de todo fenómeno humano; pero no han de ser demasiado complejos para que no sean definitivamente confundidos con la realidad última y para que no cansen.

29

Tanto en el galanteo como en el perfeccionamiento de las costumbres, cualquier éxito de la ligereza puede conllevar fracaso si no se equilibra de inmediato para evitar la completa pérdida de aplomo y majestad.

30

En el corazón no caben leyes prolijas.

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31

La más importante de las bazas que han de jugarse en la conversación es la de saber cuándo callar.

32

La conversación es el arte de mantener las distancias justas, esto es, el arte de serpentear muy levemente entre los intereses comunes, la placidez, el juego, la confesión y el amor.

33

Se detecta el vicio de la pluma en quien gusta de leer únicamente para escribir mejor.

34

El cultivo de los valores clásicos está hoy tan presente en el habla y tan abandonado en la práctica como las iglesias enclavadas en mitad de las ciudades.

35

La ignorancia del pasado es tan inmensa que muchos europeos buscan en otros continentes exactamente aquello que tenían en sus patrias. Y tan desesperadamente lo hacen que compran en el paquete doctrinas que no les pueden parecer más sorprendentes; todo con tal de recomponer el sentido de las piezas que quedaron desmembradas en sus propios linajes.

36

La guerra que menos sentido tiene es aquella en la que los adversarios no se ven los rostros entre sí, pues nada aprenden.

37

Con ser dificilísimo, más fácil es hacer el bien que no dañar.

38

Llamamos animales domésticos a los de aquellas razas a las que reproducimos incesantemente y que no podrían sobrevivir sin los amos que las deformaron para sus intereses.

39

Cuanto más fácil se vuelve hacer amigos, menos se los cuida. Y, cuanto más difícil, menos se los entiende.

40

Hacia lo que es fácil siente el hombre bajas inclinaciones, pero rara vez amor.

41

La disciplina consiste en obsesionarse con adoptar la estatura de lo que se admira; la incontinencia, en desear dejarlo atrás; la hipocresía, en querer dejarlo atrás sin que nadie lo note; la soberbia, en ufanarse por dejarlo atrás.

42

Tras la caída de los imperios, una tertulia entre filósofos franceses o alemanes puede llevar a muchos lugares interesantes salvo al país de lo definido o al país de la verdad.

43

Hay quien prefiere las lágrimas a las sonrisas por ser las primeras más difíciles de fingir, como si un buen intento no valiese más que un triunfo pírrico.

44

El pesimismo peligroso no es el que confía en que el destino del mundo está sentenciado a la disolución -algo perfectamente evidente-, sino el que no confía en la capacidad del mejor de los hombres para revelar la vía estrecha por la que escapar del mundo, diluido o no.

45

Que las pasiones y los órganos se activen mecánicamente no empece que el reloj funcione a las mil maravillas ni que lo más profundo de uno pueda ejercer de impasible relojero.

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46

El sumo bien no reside en la justicia, la libertad o la felicidad al uso, sino en aquello que no decae ni se reinicia.

47

Hay que tener el corazón muy sencillo o muy avisado para no cometer considerables errores durante la juventud.

48

Los mayores errores son lo que dañan a otros, los que llaman a más errores y los que sentencian nuestro devenir, en ese orden.

49

Nunca es tarde para un giro de las costumbres mientras quede tiempo para dejar de lamentarlo.

50

Aunque el anciano pase a prescindir de las cosas, ha quedado pulido por demasiadas de sus huellas.

51

Las buenas frases surgen de un esculpido trabajoso, pero las mejores bien pueden caer de un desliz.

52

Acaso la penetración certerísima de los moralistas de los grandes tiempos se deba en parte a que el ingenio trabajado mientras se exhibían con tacones y pelucas se ponía al servicio de la sinceridad que estallaba cuando en la alcoba se despojaban al fin de todo refajo y afeite.

53

Conducir un carruaje, antaño labor de lacayos, se ha vuelto requisito indispensable para pertenecer a órdenes bienquistos; pero no ha sucedido lo mismo con la composición de sinfonías o de molduras palaciegas, quizá por ser cosas demasiado bellas.

54

Acaso los únicos grandes filósofos del Siglo de las Luces que las trajeron cegadoras por demasiado verdaderas y reclamadas fueran Hume, Kant, Beccaria y Bentham. El primero terminó de desnudar la mente y la ciencia, el segundo prosiguió en ese desnudo y armó el esqueleto de una idónea ley moral, el tercero ajustó las leyes humanas a la inteligencia del hombre benevolente, y el último dejó apuntada la necesidad de contar moralmente con todos los seres dotados de sensación. La prudencia impide afirmar hasta qué punto complicaron el mundo -algo muy transparente en el caso de Rousseau-, pero no se puede negar que pulsaron heridas muy profundas.

55

Cada uno de los dos sexos se entretiene con aquello que para el otro no es más que un triste instrumento ineludible; así la guerra, los caballos, la ciencia o el ayuntamiento carnal para ellos, y así la indumentaria, las epístolas, la apariencia de virtud y el galanteo para ellas.

56

Las verdades que va conquistando el sabio van tomando el rango de principios según arrinconan a las anteriores a corolarios y escolios particulares.

57

La severidad de la doctrina de la Iglesia parecía provenir a veces del convencimiento sincero de lo imperativo que se había vuelto recomenzar cada día la Contrarreforma.

58

Los católicos se creen hoy cualquier cosa menos el Magisterio dos veces milenario de la Iglesia.

59

No queda mucho margen a la aristocracia ni a la monarquía en la historia si ningún noble admite ser particularmente noble ni ningún príncipe insiste en hacer oír su voz.

60

A la dureza de los regímenes antiguos solamente se le debió requerir que enmendase el aplastamiento de los aplastados, no que abriese la exclusa del reparto vesánico de privilegios e infortunios premiando a los más ambiciosos y excluyendo a todo espíritu contemplativo y refinado. Y eso a costa de cuatro quintas partes del mundo haciendo la función de braceros sin tiempo para el culto o para la fiesta de la aldea a la que ya no pertenecen, sin poder casi ver la luz del sol ni respirar un aire sin color… por no hablar de los animales, cráteras de horrores mudos. Que la Revolución la llevasen a cabo hombres con una impaciente obsesión por cuadrar a tijera los lóbulos orgánicos de la sociedad consuetudinaria dice más de los dos últimos siglos que todos los fárragos de todos los historiadores.

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61

Los sabios sabrían hacernos sabios si nosotros no supiésemos cómo hallar continuamente el camino de regreso a las necedades de siempre.

62

Un gesto es mucho más que un gesto, o de otro modo no se molestarían tantos en negarlo cuando comienzan las trifulcas.

63

Para que el vicio se corone es imprescindible que se ciña la tiara de la virtud y que la virtud lleve tiempo admitiendo su baja estirpe.

64

Retirando crucifijos de las paredes públicas, los soberanos modernos hacen dar a la nación algunos de los últimos pasos hacia su Gólgota particular.

65

Los náufragos del mañana recordarán a la humanidad de hoy con el mismo vértigo con que los humanistas recordaron las grandes pestes.

66

Ser gran pensador no implica ser gran hombre: para ser gran hombre es necesario no haberse dejado dominar nunca por uno mismo o romperse por la mitad y renacer en forma tan pálida que transparente al cielo.

67

Para templar finamente una reunión bastaría un poco de rapé, unos instrumentos musicales, un gusto agudo por el lenguaje y unos sentimientos a los que agrade jugar al escondite.

68

La gloria murió congelada cuando los corazones se enclaustraron en las casas y se olvidaron de ella, dejándola tiritando a la intemperie.

69

Nunca hubo tanto sentimiento de culpa en el hombre como ahora en que afirma haberse liberado del yugo religioso, y nunca había sido en su mayor parte una culpa por no hacer las cosas lo bastante mal como para adquirir renombre.

70

Cuando el dibujo de una frase nos lleva a otra y luego a otra, es que un collar de nuestra personalidad se va al fin destrenzando en nuestro pensamiento.

71

Sintamos una malicia culpable cuando nos envanezcamos de no desear ni una centésima parte de las vulgaridades que nos intentan vender cada día: hay tanta imbecilidad pululando que es fácil no percibir de ordinario más que una pequeña parte en relieve.

72

Tras haber presenciado por accidente parte de una misa tridentina he sentido la voz de mis antepasados con más fuerza que en todos los lamentos que he dirigido contra mis contemporáneos.

73

Todos oyen los secretos a voces, pero pocos oyen la voz secreta que define la reacción adecuada.

74

La igualdad es útil a la hora de repartir sufrimientos demasiado cargados sobre unos pocos hombros, pero es una maldición cuando se limita a hacer del mundo un lecho de Procusto sin mayor interés en las cosas por las que merece la pena vivir.

75

El revolucionario suele tomar una familia como metáfora de la sociedad a reformar, sin reparar en que hay tantas familias como sensibilidades, razas y tamaños de las pezuñas.

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76

Se reconoce el excedente de vanidad cuando se halla más tristeza que alegría al descubrir una idea propia en una frase de autor muerto.

77

Los muertos no nos observan, pero se sienten observados por nosotros.

78

Fórmula de la majestad sentenciosa.– Tenemos por lapidaria a la frase que encierra una verdad y que se ribetea al final con una palabra sublime.

79

Escindir una alocución en máximas aisladas es un modo que tiene la vanagloria para ganarse un aplauso por cada línea.

80

Reconocemos la naturaleza excepcional de los mayores sabios si, no careciendo nosotros de cierta belleza de sentimiento, al mencionar sus nombres no sentimos algo de vergüenza por no intentar imitarles con denuedo a cada momento.

81

Lo mejor nunca se luce a sí mismo. Los espacios nobles lo señalan, los vulgares lo ignoran y los perversos lo injurian.

82

Una palabra dulce a tiempo refrena muchos peloteos de insensateces.

83

Una inteligencia demasiado penetrante puede intimidar al amante cuya sencillez sería, precisamente, la refrescante forma de sabiduría que más gratamente contrapuntearía a la otra. A menudo los caracteres más complementarios entre sí se rehuyen el uno al otro por desesperanza anticipada.

84

El verdadero audaz no teme temerse.

85

Nos recorre un vertiginoso pavor por la vanidad de las ciencias con que nos dirigen cuando un médico nos recomienda lo contrario de lo que tenemos más que comprobado.

86

Lo peor no es que sacerdotes mediocres hayan dirigido penosamente almas perdidas en los últimos tiempos: lo preocupante es que esas almas, añadiendo a su extravío el rencor contra las autoridades espirituales, dirigen ahora el mundo.

87

No es bueno desear cosa alguna, pero menos que nada desear aquello para gozar lo cual nuestra facultad de desear ha de desarrollar papilas nuevas, que pesarán como apéndices.

88

Toda idea perfectible puede convertirse en lastre moral.

89

¿Cómo evitar apegarse incluso al desapego? No temiendo los amores en igual medida livianos e incondicionales.

90

Para renacer ahora, recuérdate muriendo.

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91

Marcharse a la próxima vida con calma es examen para el que se estudia durante todo el curso de la presente.

92

A veces me gustaría inquirir a un rey de dónde saca la fuerza para resistir alimentar la fuerza que sus antepasados creyeron legarle.

93

Hay quien dice entregarse a los placeres para despreciarlos después con mayor autoridad y conocimiento.

94

La complejidad del cuerpo no me hace pensar en la inexistencia del alma, sino, muy al contrario, en una complejidad inconmensurable, dada la volatilidad caprichosa de lo sutil.

95

El perverso que se jacta de ser dichoso en su perversidad sólo lo hace por un deseo insaciable de pervertir aun más, pero desconfiemos de la veracidad de sus palabras.

96

Se hace más difícil amar en el momento en que descubrimos que nos conviene; como la valentía del héroe, se crece más rápido en la idea de gratuidad.

97

Las comodidades, la competencia y la autonomía ilusoria a las que invita el comercio nos desincentivan para aspirar a la perfección moral.

98

Con la desaparición del pan de oro en arquitectura y del basso continuo en música se dijo adiós a la voluntad cortés de agasajar a los sentidos como a príncipes.

99

Desde la Revolución, la elegancia carece de árbitros convincentes para todas las partes al mismo tiempo.

100

Del arrepentimiento nace toda aspiración moral duradera.

 101

Hay verdades cuya severidad se resiste a un estilo literario ornamentado.

102

La envidia concede aun menos descanso que el odio, pues siempre está en movimiento, sea por el lado de la malquerencia, sea por el de la ambición.

103

Las personas más magnánimas no sienten serlo. Sentir que se está dando es ya al menos un leve signo de aferramiento.

104

Se alaban las creencias pintorescas cuando las inventa uno, y se habla entonces de espíritu artístico; se vilipendian cuando se adoptan de fuentes ajenas, y se habla entonces de religión.

105

La esperanza es último recurso para el bondadoso que tan sólo pide una motivación.

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106

La generosidad es laboratorio para ideas que relacionan mundos diferentes, como el cielo y la tierra, los pobres y los ricos, los hombres y los animales…

107

El solitario siempre acaba creyendo que reconoce claves ignoradas por todos.

108

Los vientos que corren en los distintos tiempos permiten surcar grandes océanos, pero también provocan a veces grandes naufragios. Avanzar con los pequeños golpes de remo de la constancia es lento y esforzado, pero también más seguro.

109

Los espectáculos de nuestro populacho son más o menos en todo la antítesis del menuet, incluso en su lamentable longevidad y su extensión geográfica.

110

Los reformistas suelen decir “regenerar” cuando quieren decir “desnutrir” o “travestir”.

111

La única revolución legítima es la que se hace contra el abuso que nos parece abuso a todos los animales.

112

Hombres y mujeres se engañan continuamente unos a otras y otras a unos con tal de no reconocer su mutua dependencia.

113

Cambiar de ciclo histórico no debería obligar a que nos vedasen el manantial.

114

El varón necesita ver su pensamiento en los ojos y la voz de una mujer para comprobar y adecuar el grado de humanidad de la idea. En sentido inverso, la mujer necesita lo propio para comprobar el grado de magnanimidad.

115

Quien dispendia su parloteo piensa con avaricia.

116

Como risible es quien ríe todo el tiempo, grande es la ignorancia de quien afirma reconocerla en todos.

117

Algunos de los mayores amores son los nunca descubiertos más que por quien amó.

118

Cuando nos hablan de justicia, suelen hablar de ellos mismos, o de sus vecinos, o de los diretes de la prensa. La mayor injusticia es aquella que ni siquiera obtiene la satisfacción de ser oída.

119

Definir una belleza es resignarse a la frontera en la que su magia fracasó frente a lo trivial.

120

Una persona encantadora es aquella en la cual lo frívolo relumbra como ornamento religioso.

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121

Hay una soledad tan profunda que incluso deja atrás la timidez -signo de cierta esperanza-, segura como está de no obtener nunca hermandad satisfactoria.

122

Se diploman muchos para dar fe de todo cuanto no comprenden.

123

La primera medida del nuevo régimen siempre pasa por afear las instituciones del régimen que desalojó.

124

Lo mínimo que se le puede exigir a un literato que quiera arder de compasión y de fuego filosófico es que haya conocido el hambre, el abandono o alguna otra desgracia de las que de ordinario se consideran humillantes.

125

De creer en la transmigración de las almas, a partir de la conjunción de los intereses de cada cual, podría imaginarse su situación en una vida anterior. Yo, por ejemplo, debí de haber sido sufrido animal de compañía de un teólogo sesudo y aficionado a la música en el siglo de Voltaire.

126

Me niego a hablar de mi siglo porque mi siglo no habla de mí. Mejor diría que no es que me niegue a hablar de él: es que mi siglo no es el que me ha visto nacer.

127

El amor espiritual no ama a la persona que tenemos delante, sino a su futuro yo transfigurado o a su naturaleza sin principio.

128

El héroe es incluso más héroe cuando deja caer su estandarte y prosigue sin la vigilancia de los símbolos y sin timbre de gloria.

129

La sentencia poderosa puede encender la mecha de una metamorfosis del espíritu, pero para que ésta se consume son precisos demostraciones y ejemplos.

130

Reniega de tus más grandes tesoros para que no les seas negado tú a los tesoros auténticos que te harán grande.

131

Tragedia de los sentidos.- Por mucho que persigamos al placer, siempre se aleja; por mucho que lo rechacemos, siempre nos llama.

132

El mensaje del sabio es resabio de la Verdad.

133

La contemporaneidad providencial de Louis Couperin y Arcangello Corelli.- Los mejores músicos franceses describen los coloridos pliegues de la materia, mientras que los mejores de los italianos le otorgan el más equilibrado de los perfiles.

134

Mal gobernante es tanto el que se limita a gobernar como el que se limita a transformar. Un anhelo de obtener la mejoría sin pagar el precio de perder lo obtenido es el desafío del príncipe excelente, y requiere de prudencia en extremo.

135

La persona con sus deseos corriendo a sus anchas es tan libre como la mula que, agotada por el peso del su fardo, babea a lo largo del camino y lo llama territorio marcado.

136

Sólo buscan purificarse quienes tienen ya un rincón limpio desde el que reconocen la grandeza de la purificación.

137

Los genios siempre aciertan a desacertar.

138

La verdad profunda dice lo contrario de lo esperado, y su comentario sapiencial, relacionando muchas cosas implícitas, devuelve la tranquilidad al sentido común.

139

El perdón es maestría sobre las ofensas infligidas no por ofensor sino por la facultad de ofenderse.

140

El buen jugador nunca apuesta tanto como para no tener nada con que seguir apostando si pierde la siguiente mano.

142

Lo que se juegan las mujeres cuando juegan a las cartas está en los comentarios, en los gestos o en los vestidos, pero no en las cartas.

143

Pueblo frívolo con todavía alguna esperanza es el que acude al templo para abrir el apetito. Pueblo frívolo sin esperanza no ha oído hablar nunca del templo.

144

Las razas europeas celebran la variedad racial importada de otros continentes porque están tan ciegas que no ven que, a decir de los expertos, son las razas más variadas y coloridas del mundo. Tantos colores hay en los ojos y cabellos de Europa como escasa sutileza en su mirar.

145

El afán destructor de los niños cuando fingen matarse y conquistarse entre ellos es parte esencial de su instinto autodidacta.

146

El ejército ha dejado de ser fuente de inspiración moral, toda vez que nadie oye hablar de él. Su seriedad no encajaba con la sociedad. Pero todos dormimos tranquilos porque sabemos que, llegado el caso, los soldados darán su vida por las nuestras.

147

Unos matrimonios se sustentan sobre la crianza de los hijos, mientras que otros se sustentan sobre la castración simbólica recíproca.

148

Es fácil observar en los niños cuán pronto advierten que el desprecio por los individuos del sexo opuesto se debe a un deseo de ganarse su interés. He visto a niños de seis años avergonzarse de rebajarse a hablar con una niña, y a niñas mostrarse asqueadas con el único fin de hacer daño a quien les atrae.

149

Quien más oportunamente cosecha es el mismo que sembró. La división del trabajo dejó herido de pasmo el ciclo del alma y del cuerpo en cada hombre.

150

Los besos dan tanto cuanto beben.

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151

Ningún consejo falta en Aristóteles para procurar armonizarse con el mundo. Ningún consejo falta en Epicuro para evitar en todo lo posible ser mancillado por el mundo. Ningún consejo falta en Séneca, Epicteto, Rufo o Marco Aurelio para resistir los embates del mundo que ha alcanzado al fin a mancillarnos. Ningún consejo falta en los evangelios para salir del mundo con paso firme. De todo lo que vino tras estas autoridades, no hay más que escolio o no más que mundo. Se dice, sin embargo, que en la India aconsejaron incluso cómo no ver el mundo cuando el mundo nos ve.

152

Ponderemos la participación de cada pensamiento en la verdad por pequeña que ésta sea con tal de evitar que aquél se enquiste, frustrado por no convencer.

153

Viajar divierte e instruye, pero se equivoca quien ve en ello una reclamación profunda del espíritu. Lo importante no es recorrer mundo, sino traer el mundo a nuestra intimidad. De todos mis viajes no he aprendido tanto como sentándome en una silla y concentrándome durante unas horas.

154

El capitalismo es el imperio de la treta. No carece, en cambio de virtudes, pues ningún sistema es tan malo como para ser por completo estéril en ellas. Sin duda, es el mayor proveedor de bienes materiales y de goces rápidos para las mayorías, y eso ha salvado vidas y disgustos. Pero está lejos de ser el sistema natural que surge cuando se deja a los hombres solos: tal privilegio es para la aldea tribal, para la monarquía o para la teocracia. Ningún sistema propicia tampoco un paso tan veloz hacia el desorden. Su principal debilidad no está, sin embargo, en la falta de planificación, sino en su falta de amor. El espíritu mercantil, como el de otros enfoques, obvia todo beneficio que no sea calculable, se obsesiona con la posibilidad de pérdida, ceba la ambición, se complace en la fealdad barata, no pretende preservar nada que no pueda venderse, acabará con todo lo verde y con todas las pezuñas, se alía tramposamente con otros sistemas allí que sirvan a sus intereses aquí. Por si fuera poco, se desequilibra periódicamente por no poner coto a una libertad ignorante de sus presupuestos, y no me refiero a nada sutil ni filosófico, sino a algo tan pueril como la múltiple y falsa disponibilidad del dinero producida por no preservar un coeficiente de caja del cien por cien en los depósitos a la vista en la banca de ahorro.

155

También mil buenas frases cansarían si todas tuviesen la misma estructura y el mismo tono.

156

La fórmula y la figura son los aciertos del estilo; su uso oportuno y mesurado, el acierto del autor.

157

Intereses posibles de un cuadro: primero, revela la realidad en un estado trascendido; segundo, proyecta el punto más elevado del espíritu humano; tercero, capta algún aspecto inadvertido de la realidad; cuarto, inspira bellos sentimientos; quinto, nos admira su técnica y su composición; sexto, permitirá ganar dinero.

158

La ópera es el más denso resumen del arte europeo.

159

Se forjan muchas creaciones sublimes como resultado del aplazar perezoso del acometimiento de actividades prosaicas.

160

Ni el mejor de los sastres podría suplir la inelegancia de espíritu.

161

Digan lo que digan sobre ti, ten por probable que tengan algo de razón… pero nunca toda la razón.

162

Sin abundancia de ingenio, el teatro no es más que un ritual vacío de diálogos lastimosos. Con ingenio, es el reflejo más puro de las estructuras mentales humanas puesto ante los sentidos.

163

Lo único poético de la poesía más moderna es su condición de epicedio a las exequias de la poesía verdadera.

164

La cultura posterior al siglo de Voltaire es una rebeldía contra la perfección por parte de un hijo adolescente.

165

El siglo XVI fue español. El XVII, acaso holandés y un poco de todos. El XVIII, francés. El XIX, británico y alemán. El XX, norteamericano y, en menor medida, ruso. El XXI será chino y el XXII será de los gusanos.

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166

El auténtico progreso se cifra en el empeño de cada individuo por no dañar y en su pericia para ir lográndolo.

167

El progreso moderno nos vende vilezas a cambio de unas pocas palabras compasivas sin compromiso auténtico.

168

Los pilares de la antigua moral fueron derruidos para que, descendidos de ellos, pudiésemos husmear incesantemente el suelo material en el que comemos y orinamos.

169

Siempre se menciona la libertad, la igualdad o la dignidad cuando se quiere defender la sensualidad desatada.

170

Cuando la religión no alcanza a salvar, al menos lentifica el hundimiento y le resta estrépito.

171

La contención antigua estalló y se derramó bajo las enaguas.

172

La religión propone aproximación a la realidad más o menos tan vaga como cualquier otra teoría, con el añadido de que, por un lado, suscita un olvido de los límites lógicos ordinarios que nos seducen y nos repelen cotidianamente, y, por otro lado, anima a una gimnasia rutinaria de las pasiones.

173

No se tiene en cuenta  el desastroso presente y el más que desastroso porvenir de la humanidad porque no se colige necesariamente de un silogismo y porque no apetece al libertinismo imperante.

174

La dureza de la piel y la ternura del corazón se demuestran al mismo tiempo perdonando.

175

El europeo fue una vez alguien grandioso, terrible después, ridículo ahora.

176

Se ha divisado el destino de la humanidad cuando nuestra compasión por los aún nonatos triplica la que sentimos por nuestros contemporáneos.

177

Muy sabia es la ternura que nos invade incluso cuando pensamos en los más terroríficos caracteres y comportamientos de nuestra estirpe, pues advertimos entonces, por experiencia directa, la ceguera trastabillada de las causas que mueven a los hombres y que los llevan a hacia su propia perdición.

178

La avaricia de saberes es difusa confesión de que nos falta un dato cardinal.

179

Signos menores de inteligencia: buena dicción, ojos ágiles, gestos variados, citas oportunas, dudas constantes, oído musical, timidez injustificada, genio que se amonesta a sí mismo, vertiginosa compasión, meditación en soledad, apreciación de detalles pasajeros, reticencia a mostrar los versos propios, llanto ante lo sublime, deseo de prolongar las conversaciones hasta agotar el asunto, capacidad de conceder la razón al otro.

180

Se olvida pronto a quien no se deja amar, salvo que el amador sea una doncella taciturna.

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181

No se siente mayor respeto por quien elude enfangarse en los tejemanejes del mundo, pero se lo respeta por más tiempo.

182

La ira nos turba hasta que los buenos sentimientos arraigan en nosotros, pero el deseo parece servirse también de ellos.

183

Nos pueden la aversión y la pereza hasta que la mente se fortalece. Nos puede el deseo hasta que el cuerpo se cansa. Hay, sin embargo, individuos perversos a los que solamente la vejez o la muerte doman en alguna forma.

184

Un resplandor de mansa dulzura suele dejarse ver en la mujer que continúa siendo bella después de los cuarenta.

185

A fuerza de jugar con las palabras se halla, de cuando en cuando, alguna verdad nada divertida.

186

La tristeza no nos encuentra en compañía de rostros sinceros, afables e interesados en nosotros.

187

Un signo de maestría del corazón se vería en saber morir joven con la serena resignación con que moriría un anciano.

188

Muchos escépticos lo son por vanidad, especialmente aquellos que, sabiéndose inconstantes, temen hacer el ridículo al excusarse por cambiar de opinión una vez más.

189

Releer las cartas de amor pasado el tiempo del amor es una profunda meditación espiritual sobre nuestras muertes graduales.

190

Se va entrando en la edad madura a medida que reconocemos en los nuevos placeres nuevas vestimentas de los pretéritos.

191

El tiempo nos quiere reconducir mostrándonos las buenas opciones cuando ya cabalgamos al galope.

192

No es que la verdad sea bella, es que le resta entidad a lo feo. No es que la belleza sea verdadera, es que nos distrae de no pocas falsedades.

193

Por acabar otra buena frase, algunos seríamos capaces de obligarnos a aceptar una nueva idea.

194

Las modas confiesan a su manera ridícula que cada hombre acierta cuando la humanidad lo ayuda a ello.

195

Para acertar siempre bastaría establecer un listado perfectamente estudiado sobre cada caso de facta et dicta virorum illustrium.

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196

Es difícil esperar algo de grandeza en gobernantes que ya no saben ni latín, ni retórica, ni filosofía, ni tocar un instrumento, ni componer versos, ni apreciar un bello cuadro, ni tan siquiera abstraer su mirada bajo el cielo estrellado. Sin las humanidades clásicas, el hombre carece de clase y apenas cuenta con el mínimo exigible de humano.

197

Que uno quede atrapado en un oficio muy inferior al correspondiente a la preparación es medicina para el orgullo y vergüenza para el mundo.

198

El salario exiguo sirve tanto al espíritu como obstaculiza al cuerpo,  y en ambas labores ennoblecedoras resulta barato para el que se lleva la plusvalía.

199

Es frecuente descubrir con alegría una injusticia desapercibida por todos para ganar prestigio moral al ser el primero en señalarla.

200

No digas nada interesante si no tienes algún motivo no menos interesante para decirlo.

201

Carácter sano es el que ejercita todas sus facultades a partes aproximadamente equivalentes, desde el músculo hasta el raciocinio, pasando por el corazón y los modales.

202

Por cada significado que tiene un gesto en el varón, en la dama posee diez significados, y corresponde cada uno a un modo distinto de relacionarse con las demás personas.

203

He observado, tanto en los demás como en mí mismo, que aflora una gran vanidad tanto al mostrar ante los otros fingida certidumbre en una opinión, como en mostrar fingido escepticismo en otra de la que estamos más que convencidos. Se trata de un deseo de diferenciarnos y situarnos un paso por delante de la opinión ajena, según concibamos el sentido de la espiral del conocimiento en ese particular.

204

A la hora de inclinarse por un emparejamiento, en la mujer prima el cálculo y en el varón la lascivia, aunque ambos sexos participen de las dos fuerzas y lleguen a confundirlas con amor.

205

Quien sufre gusta de no ser el único para obtener más apoyo… o gusta de ser el único para recibir toda la compasión.

206

No hay manera de profundizar en nada si no es obviando las alternativas. La belleza de los posibles caminos es saludada por la sabiduría una vez que se han consumado uno de ellos.

207

A los países cainitas, en los que unas regiones siempre están peleando contra otras, el mercantilismo, que todo lo iguala, acabará serenándolos a fuerza de darles la misma respuesta que a todos los demás y revelando los mismos bajos deseos que laten bajo pantalones y faldas cada vez más similares.

208

Hay gente que nos ofrece una enseñanza sin que la hayamos pedido, sobre asuntos que no nos interesan o que creemos conocer bien, y aun entonces conviene escuchar con gratitud, pues siempre podemos acabar concediendo un punto que nos había pasado inadvertido, señalado por quien menos parecía saber cosa alguna.

209

Concede que todos los que yerran lo hacen de buena fe, pero no admitas que no yerran, o siempre estarás por las dudas paralizado en el sendero del bien, por más que los equivocados conformen la inmensa mayoría, incluido tú en ella.

210

Que un mal conlleve a la postre un bien mayor no es motivo suficiente para alabarlo. No es la dimensión del bien lo que ha de motivarnos a tolerar males, sino la grandeza de cada ser, véase implicado en males o en bienes. Prima facie, para ayudar a cien inocentes no se puede sacrificar a otro inocente en contra de su voluntad, so pena de dejar de ver en la inocencia una gota de santidad.

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211

Frivolidades y decepciones adquieren una pátina de suntuosidad a medida que la edad educada va destilando un gusto más sensible ante todas las cosas: todo va combinando al mismo tiempo un encanto misterioso y una tristeza invencible.

212

Una tradición no es costumbre anquilosada, sino su perfeccionamiento formulado. Pero, como todas las cosas bajo el sol, su sobreabundancia y su confusión con elementos advenedizos hacen que también se vayan olvidado los significados para acabar diluyéndose la esencia poco a poco.

213

La técnica combina formas para aplicarlas sobre la materia; la ciencia las combina para entenderlas; el arte, para dejarse poseer por su importancia; la religión, para trascenderlas.

214

En su más alta esfera, la religión no pretende destruir la voluntad, sino lograr que su principio rector coincida con el del universo.

215

Ya es una perogrullada reconocer que, de todos los animales, ninguno es remotamente tan destructivo, perverso y atormentado como el animal humano. “Tampoco -se dirá- ninguno es tan entendido, tan sabio, tan artista”. Pero no alcanzo a entender cómo se podría disculpar a una raza de demonios que supiese escribir sinfonías o hallar fórmulas químicas.

216

Fiat iustitia et pereat mundus. He ahí un lema que el utilitarista no entendería, como que no entiende el carácter sagrado de cada ser y su inviolabilidad. Sin embargo, es cierto que la pureza aparece muy problemática para quienes no aspiran ella, siendo, además, que en cada hombre hay trazas de la una y de su contrario. La hipocresía de las religiones, tan denostadas como pocas cosas en la historia, tenía la intención de conciliar en lo posible los extremos de esta paradoja: sosteniendo en lo alto unos principios innegociables para quienes aspirasen individualmente a la santidad, adulterándolos en los callejones para que sobreviviese el mundo que habría de prolongar la vida de aquellos principios.

217

El más generoso no solamente da lo que da; también se desprende de la idea misma de generosidad, pensando más bien que restaura antes de pensar que sacrifica.

218

La voz que aún gusta de cantar no está definitivamente desesperada.

219

Se ejercita el desapego al pensar en la ingente, inconmensurable población humana y en el total desinterés que tiene su práctica totalidad por nuestros pensamientos, sentimientos y actos.

220

Son falsos cuatro de cada cinco motivos en los que creemos fundar nuestras opiniones.

221

Hombre austero es el que no pisa un comercio industrial ni se sirve de quienes sí lo hacen. Pero más austero es quien, incluso dejándose ver entre el lujo, ni siquiera enjoya su corazón con la necesidad de bienes ni de su ausencia.

222

El auténtico esclavo no se caracteriza por no cuestionar mandatos ni por no dar rienda suelta a sus caprichos, sino por no disfrutar de la jornada y por no serle permitido hacerlo.

223

Un carácter templado puede estar varias veces más abierto a la verdad y a la felicidad que uno más inteligente pero inflamado, como el barquillo flota mejor sobre el espeso aceite que sobre el agua fluida.

224

No sólo sucede que, como dijo inspiradamente el Apóstol, “todo es puro para los puros”. También sucede que, por más que lo nieguen, todo es impureza para quienes afirman no creer en esa categoría. No se puede maravillar uno ante el brillo del diamante si no confiesa que el carbón del que surgió no contaba todavía con apariencia tan noble. Sólo después de una profunda comprensión de la naturaleza del brillo pueden alabarse por igual carbón y diamante, causa y efecto.

225

Sentimos afecto por el placer pretérito, pero no amor. Sentimos pasión por el placer futuro, pero no placer. Sentimos placer en lo presente, pero poco más.

Opnamedatum: 2011-05-12

226

Todas las opiniones que defendemos tienen por misión última defender la de que nuestras opiniones son las mejores.

227

La obediencia, cuando se ofrece al custodio de una sabiduría, sirve al menos para despreciar los caprichos cambiantes del corazón, a los que a menudo confundimos con nuestro más elevado criterio sobre lo conveniente.

228

Es tan fácil hacerse trampas a uno mismo que muchos se aferran a su sufrimiento llamándolo felicidad. Nos encanta decir que paseamos cuando nos hubimos quedado atrapados en un laberinto.

229

Aspirar a lo supremo es, cuando menos, modo de obtener un bien considerable y casi seguro. Aspirar a lo mediocre suele cumplir lo que promete. No aspirar a nada puede conducir al Infierno o, si se cuenta con condiciones excepcionales y limpieza de espíritu, a lo supremo.

230

Es común la arrogancia de pensar que se está de vuelta cuando simplemente se camina en sentido contrario por primera vez.

231

Los que reinventan la rueda no suelen obtener la mejor.

232

La mitad de los que aseveran haber alcanzado el equilibrio definitivo de las pasiones dicen verdad, mientras que la otra mitad miente o se equivoca. Pero, dado que nunca podemos estar plenamente ciertos de cuál es la mitad a la que pertenece el sujeto en cuestión, seamos benévolos y creámoslo mientras no nos confiese lo contrario entre lágrimas o mediante agitados vicios.

233

Oigo a algunos afirmar que aspiran a la santidad y a la sabiduría perfecta, y ello, a mi juicio, supone que no entienden la grandeza simple de los buenos sentimientos en acción. Oigo a muchos más afirmar que aspiran únicamente a dar amor y a hacer el bien, mientras desprecian santidad y sabiduría. Yo mismo he pasado por ambos grupos. Según mis últimas meditaciones, habría que cultivar, ante todo, los buenos sentimientos mirando de reojo a la plenitud suprema, deteniéndose de cuando en cuando a contemplar su belleza para perseverar con mayor denuedo en la virtud, cuyo florecimiento, finalmente y de manera necesaria, se irá enredando como hiedra en la columna de la más alta verdad. Dicho de otro modo: se alcanza el trofeo de lo sublime cuando, conociendo su existencia, se insiste en despejar el suelo prosaico que ocupará, que no es otro que nuestro corazón amante, y no por pensar que aquel trofeo ha de llegar, sino porque deseamos reproducir su bella figura en nuestra realidad ordinaria. Que se obtenga finalmente o no el trofeo es, en el fondo, cuestión seria pero no la más seria; lo esencial es que la oquedad del sagrario que conforma nuestro ser adquiera su forma, mereciéndolo y cumpliendo parte de su papel.

234

No deberíamos convencer de que está escogiendo un sendero peligroso a quien, habiéndose internado ya en él, afirma encontrar allí la felicidad; pero sí haremos bien en informarle delicadamente de que existen alternativas, por si termina fracasando en su aventura.

235

Quien se regocija en la fatalidad es que no la ha probado en toda su crudeza. No es angustia si uno no se quiere librar de ella a toda costa.

236

No espero ya éxtasis de ninguna clase porque, creyendo ciegamente en ellos y teniéndoles gran respeto, me veo en estatura poco digna. No temo a demasiadas decepciones porque, siendo tan difícil el amor incondicional la satisfacción de cualquier clase entre seres ordinarios, veo difícil obtener o hacer obtener tales golosinas dentro de las murallas de la villa. A pesar de todo ello, templo mi guitarra por si, en un azar que no concibo, me tocase tañer o gigas o zarabandas.

237

La muestra de interés o la muestra de desinterés pueden ser manifestaciones tanto de una cosa como de la otra. Pero el interés de una persona por un posible amante se hace inequívoco cuando se alternan ambas manifestaciones en un grado llamativo, anhelando un vínculo libre de evidencias y estertores.

238

La aceptación es un lujo que sólo se puede permitir quien tiene la bendición de no estar siendo atormentado. Que todo lo que puedan hacer los hombres decentes sea decir que la vida es como es, indica que la supresión del horror requiere más que decencia o que el mundo no da el más mínimo poder a las buenas intenciones.

239

El compositor barroco logró armonizar las más grandes tristezas, el compositor galante logró darle estructura sonora a la alegría, el compositor romántico desbordó todas las estructuras y armonías para evocar la intensidad extrema de todos los restantes sentimientos.

240

La insistencia en los peligros del escepticismo la he extraído de la experiencia propia: el regusto amargo que me ha dejado una juventud intelectualmente arrogante es la sensación de encontrar complicado el venerar y amar con sencillez. Y el aferramiento a la independencia del entendimiento y de la voluntad es el último bastión de la ignorancia que venceremos los así educados.

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241

La alianza entre inteligencia y amor se observa en hacer el bien con eficacia; es decir, que, si “por sus frutos los conoceréis“, quien más ayuda es el más equilibrado y rebosante en las dos grandes facultades humanas.

242

Algunas de las más solemnes y lacónicas sentencias que pude escribir surgieron como escuetos corolarios de trabajosas, frondosas y desenfadadas conversaciones. Otras surgieron de un silencio profundo como la noche, del que no oí más palabras que las mías y las de los leves fantasmas de los ciclos eternos.

243

Como en un cuadro al óleo, salgo a la calle y me imagino a todo el mundo transfigurado en la sociedad del siglo de Luis XV. Ordinarios donceles y doncellas de hábitos oscuros son ahora damas y gentilhombres bien coloridos, los carromatos de metal estridente son ahora berlinas y calesas doradas, los compositores escriben sinfonías que dan a la Razón ilustrada el marchamo de la belleza, los edificios están ahora en armonía e insonorizados por sus gruesos muros. La gente conversa como en las novelas, se pasan de mano en mano poemas manuscritos y cartas atildadas, los caballeros discuten sobre las leyes y las mujeres sobre las costumbres, y, de cuando en cuando, algún sacerdote sentencia desde el púlpito o en el banquete de un señor en torno a los principios de la moral, la inmortalidad del alma o los coros de los ángeles. Dejando por un momento a un lado la alta tasa de mortandad, las penurias salariales y las guerras recurrentes entre vecinos, hay en el pueblo una mayor higiene de las costumbres y una aceptable paz con el resto de la Creación. Ahora sí me agrada mi país. Pero esta miniatura de siglo se diluirá en cuanto se disperse mi imaginación, quedando así como linda metáfora de la relampagueante transitoriedad de las más brillantes edades.

244

No recuerdo quién dijo que, en la guerra entre hombres y mujeres, las prostitutas estaban del lado de los hombres. Lo mismo podría decirse de los sumisos y fustigados caballos a los que montan los soldados.

245

Fórmulas y rituales sirven para vibrar en el tono de nuestras aspiraciones y para sostenernos automáticamente en éstas cuando las más peregrinas fantasías vengan a desorientarnos.

246

Cuando, como a menudo ocurre, me apercibo de que toda vida nutre su dolor con dolor ajeno, quedo a la espera de esas flores de mi pensamiento que a menudo me sorprendieron relacionando muchas cosas y trayendo un aroma de quietud despejada, emperatriz de agonías pasadas y futuras.

247

Negar a los animales, como muchos hacen todavía, capacidad de sufrir, es una forma de solipsismo moral aun más idiota y nociva que la compasión que ilustrados como Benjamin Rush mostraban hacia los negros, afirmando, al fin y al cabo, que merecían doble atención por sufrir una enfermedad que podía ser curada.

248

Todo lo que se diga siempre sabe a poco porque intuimos una verdad que no puede expresarse sin abandonar las categorías que nos hace humanos.

249

De algún modo, los grandes autores saben lo que no saben, como si ellos mismos fuesen oráculos hechizados.

250

Las estrellas que nos guían en los mares brillan más cuando los faroles de la civilización se apagan.

251

La razón por sí sola puede liberar al hombre de muchas oscuridades interiores, pero sólo hasta cierto punto. Los buenos sentimientos pueden por sí solos hacer lo propio, pero sólo hasta cierto día.

252

Aceptar una verdad y su contraria, cuando se distinguen cabalmente y se conoce cuál de las dos prima en cada momento, es modo astuto de no aferrarse al terruño de las opiniones.

253

La historia parece el relato de un intento por probarlo y decirlo todo. Se puede pensar que ha de ser nuestra época, en la que prácticamente ya se visto todo lo visible y se ha reconocido como válido, la que ha de volver a establecer qué es lo valioso, siquiera sea por descarte.

254

Se lleva una virtud a su perfección cuando se olvida que se la está practicando. Por eso el mejor de los hombres no aparenta estar sintiendo nada especial: hace lo único que le parece plausible. El Evangelio lo propuso en una línea (Mt 6:3).

255

Sabiduría es conocimiento del mejor camino posible en cada circunstancia.

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256

Todo lo bueno que se diga del amor será siempre bello y probablemente verdadero, pero no siempre será aprovechable. El amor sin nada de sabiduría puede llevar incluso a devorar al amado, como la fiera que no ha aprendido a controlar sus mandíbulas cuando entre ellas transporta a sus cachorro, al que desgarra involuntariamente.

257

He leído en alguna parte que, si bien el conocimiento no ocupa lugar, sí ocupa tiempo. Es muy cierto, pero también lo es que mucho más tiempo roba la ignorancia.

258

Observar la ira repentina de los niños por minucias me entristece, pues me lleva a pensar que es en ese puchero donde se empiezan a cocer todos los males del mundo.

259

El amado más apropiado es aquel que nos ayuda por el mero hecho de dejarse ayudar por nosotros.

260

La erudición se convierte en obstáculo más que en auxilio cuando se pasa a discutir con ira el cotejo de dos sinónimos.

261

Nuestro siglo no es peor que otros salvo en que de continuo da la impresión de que quiere demostrar lo contrario abiertamente, lo cual resulta de lo más desmotivador.

262

El dogma de carecer de dogmas se sella mediante el rito de transgredir la decencia natural o convencional.

263

El único modo de restaurar lo honorable pasaría por convencer al pueblo de que satisfaría sus anhelos más mundanos, lo cual es, por definición, incoherente con el honor.

264

Sólo es legítimo transgredir un dogma sagrado cuando se lo ha satisfecho por completo y no cabe esperar más purificación o bendiciones de su parte, y cuando presenciar tal transgresión no confundirá  a almas menos avanzadas.

265

La simple tristeza por una cierta dama ausente donde contábamos con su presencia nos hace confesar la debilidad de nuestros sublimes movimientos del espíritu.

266

La naturalidad calculada era incluso de agradecer cuando seguía reglas elegantes y es ridícula cuando sigue la última moda que ídolos sin educación inventaron.

267

Todo el mundo posee lo que se le adeuda en el preciso instante en que firma el contrato social imaginario, rubricado en el primer intento de procurar colmar su propia codicia burguesa.

268

Resulta sumamente expresivo que, en estos tiempos, las antaño conocidas como “bellas artes” hayan pasado a conocerse simplemente como “arte”, como habiéndose quitado de encima el peso de su interés.

269

Tiene carácter de tanteo todo lo que no sea dicho por un maestro espiritual o, lo que es lo mismo, todo lo que no haya sido macerado en toneladas de experiencias o en siglos de tanteos sumamente inteligentes.

270

Como antídoto a la envidia y la soberbia, recordemos la suerte que tenemos de poder ejercer la humildad ante un rey, sea o no bueno en su trono y sea o no pertinente la existencia misma de tal trono; es algo que prácticamente está vedado a éste, porque no parece fácil tener a mano muy a menudo a un emperador o a un papa ante los que inclinarse. La flexibilidad en la genuflexión ante el mayor número de autoridades posible dice mucho sobre el equilibrio de nuestros humores y la capacidad para salir mentalmente impolutos de las situaciones.

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271

Inclinarse ante un plebeyo entronizado es doble ejercicio de humildad y gran lección para ir guardando la compostura ante un hundimiento próximo.

272

Por mucho que se moleste en argumentar, siempre cabe objetar algo a quien desde el principio nos hizo recelar.

273

Se observan muchos discretos que lo son por falta de educación; para su fortuna, no cuentan con depósito de triquiñuelas retóricas o morales con que enaltecer su interés cortesano.

274

El enamoramiento es la hoguera sentimental en la que el ascua de cada fantasía va prendiendo y consumiendo la paja de la convicción sobre su plausibilidad.

275

Apenas logramos escapar alguna vez del desinterés por aquello que no nos nombra jamás.

276

El pensamiento coagulado en palabras parece menos sabio que cuando, careciendo aún de forma, parecía abarcar muchas  más cosas distintas.

278

Menos asombra el fervor que la plebe siente por descubrir públicamente los secretos personales y diplomáticos de los grandes y de los gobiernos que la estatura pueril de tales secretos.

279

El hombre moderno llama sabiduría a la técnica, información al chismorreo, libertad a la pasión por impresionar, goce al descontrol de los instintos, quimera a todo lo que no se come ni se deshecha raudamente, economía sana a la erradicación de todo lo que es vida, conversación a la anécdota sin forma, tranquilidad a reposar sobre un volcán, moral decente a pagar a intermediarios para que traigan envuelto a domicilio el fruto de los holocaustos, diversión a los riesgos más brutales y estrepitosos, música a la pesadilla de un selenita.

280

Es reto para el observador refinado hallar los rastros de una biografía a través de la contención de un retrato clásico.

281

El mayor genio artístico no busca incomodarnos, sino reconciliarnos.

282

En el más alto pedestal ha de estar siempre la unidad última de todas las cosas, aunque para llegar a ella haya pasar por peldaños muy diversos.

283

Erosionan al carácter, suavizándolo, las aguas ecuánimes de la sabiduría misteriosamente difusa y los guijarros de las desgracias.

284

El ser humano se convierte en un dios tan sólo cuando se limita al compromiso de querer ser simplemente un perfecto ser humano.

285

Las paradojas sirven muchas verdades de forma automática, pero solamente ganan fama aquellas que han tocado unas fibras que no creíamos tan sensibles.

286

El mundo mercantil que habitamos ha dado carta de legitimidad a la ambición de los hombres. Después de eso, no habrá marcha atrás sino por la epifanía colectiva o por la violencia.

287

Moderno  mínimamente observador es aquel que a estas alturas reconoce que el veneno inoculado al mundo por la modernidad ha sembrado su inminente perdición.

288

La perdición de la humanidad, al llegar progresivamente, ni siquiera se aparecerá a los más como revelación divina.

289

Tanto una insistencia abusiva en la idea de respeto como su completa ausencia contribuyen a forjar caracteres tiránicos.

290

A los niños les tocará mañana sufrir la falta de respeto que no se les enseña a ofrecer desde hoy. La blandura pedagógica es la corrupción del mundo dentro de medio siglo.

291

La utilidad preservadora del prejuicio puede anteponerse al reparto de ciertos bienes arriesgados, pero no a la evidencia del sufrimiento.

292

Postrarse ante lo que no entendemos del todo, rezar creyendo o no, dar la razón al otro y desear lo mejor a quien nos hiere son las medicinas más efectivas contra el orgullo.

293

El ideal moderno es vivir con las comodidades de un conde, comportarse en sociedad y en la intimidad como un paria y contribuir a la destrucción del mundo como el caudillo del más perverso de los ejércitos.

294

El mundo no necesita muchos pequeños remedios justicieros, sino la erradicación de las peores y más abundantes injusticias. Más importante que la igualdad es la elevación de los hundidos, más importante es la defensa del derecho que la equiparación de privilegios.

295

El moderno sólo escucha la opinión de quien dice respetarlas todas, como si una opinión fuese lo mismo que una verdad relativa, o como si lo que confirmase a una opinión fuese su presentación diplomática y no sus consecuencias útiles. Los modernos sólo nos dejamos cambiar la opinión por parte de aquellos que dicen no dar importancia alguna a las opiniones, con lo cual nos vendemos a quien cuente con un mínimo de astucia.

296

El estilo sentencioso puede rayar en la arrogancia cuando su severidad no alterna fatalidad con la confesión o la ternura.

297

Las memorias interesantes sólo se escribían por aquellos vividores que escribían para matar el tiempo mientras guardaban reposo por gota, sífilis o tuberculosis.

298

Escribir una línea más no me salvará, pero ayudará a no olvidar la búsqueda.

299

El deseo fervoroso de que no nos tomen por tontos se debe al orgullo, pero, dejando éste a un lado, se trata de un deseo útil por cuanto educa a los ladinos sobre la debilidad de sus engaños.

300

De cómo se ordenen los miembros de una sentencia adversativa se comprueba la visión que tiene de las dualidades humanas el moralista. Así, por ejemplo, mientras La Rochefoucauld pone siempre la más dolorosa verdad en la conclusión, Vauvenargues hace lo contrario. También nos diríamos, pongamos por caso, que, “aunque el hombre es esencialmente destructivo, cuenta siempre cerca con estrecho pórtico hacia la justicia”; o “muchas grandes obras surgen por impulso de vanagloria, pero su grandeza puede pasar por encima de tal impulso y de tantos otros como titán sobre prado de flores mustias”, etc.

301

La religión, intuyendo la nebulosidad de los fenómenos y las nociones, propone a casi toda fórmula una posibilidad contraria, siendo la altura espiritual desde la que se enuncie lo que le da su significado más grave a la una o a la otra según la ocasión y el oyente.

302

La inconstancia hace perder la fe más importante: la fe en uno mismo.

303

La modernidad fue diseñada en un siglo que no habría podido imaginar la naturaleza limitada de los recursos naturales y la voracidad ilimitada de la caprichosa y viciosa voluntad humana.

304

La democracia podía funcionar en la Atenas de Pericles o en una pequeña nación de Europa sin demasiada industria; extendida a un mundo expoliador y expoliado como el nuestro supone dar un voto a cada uno de los millones de egoísmos desatados que la ignorancia y la avidez agigantaron.

305

Los hombres no saben lo que saben si reconocerlo les obliga a tener que soltar aferramientos.

306

Con vistas a aligerar la deuda, nos encanta hallar defectos en aquel a quien ofendimos.

307

Todas las complicaciones de las pasiones proceden de no lograr acometer las virtudes más simples.

308

Definir con precisión una fórmula moral útil es difícil si no se ha experimentado con ella durante siglos, tal y como hizo la Tradición.

309

El desprecio a la mediocridad circundante es tan descorazonador como la aceptación de nuestra propia mediocridad. Sólo transfiguraremos a nuestra alma y al entorno en que ha caído si con empeño nos exigimos no exigir a los demás.

310

Hay muchas palabras bellas, pero sólo se adentran en lo sublime cuando timbran la campana de una verdad en la que no habíamos meditado lo bastante.

311

Las más hermosas costumbres pertenecen a la religión cuando aquéllas se preocupan de desprenderse, sin violencia ni acritud, de todas las costumbres peligrosas.

312

La ira surge ante una evidencia molesta que deseamos seguir negando. La tristeza surge ante una evidencia molesta ante la que desistimos de algún modo. La aceptación descarga a nuestra voluntad de la vitalidad de las esperanzas cuya frustración condujeron a aquella tristeza.

313

Hablar de lo divino, diciendo sobre el asunto cualquier cosa sin rencor ni desprecio, es modo sereno de alejarse de las cosas mudables.

314

Un vértigo de humildad sobresalta al adulto que advierte que tanta distancia en madurez de conciencia hay entre un niño y él cuanto entre él y un santo, y eso cuando no está el adulto en el punto más bajo respecto de los otros dos.

315

Respeto y devoción son las únicas puertas que abren el entendimiento a  los palacios de las sabidurías sutiles.

316

Nueve de cada diez grandezas tienen sus primeros exponentes en reinos ya arrasados.

317

El incontenible horror del siglo consuela a muchos de no estar emprendiendo ninguna actitud para contenerlo.

318

Desear que los demás adopten nuestra opinión es mezquina ambición cuando carece de genuino amor, y es atolondrado anhelo cuando carece de la sabiduría que reconoce la necesidad de la variedad de contrapesos en el mundo… pero bien puede tener de una y otra cosa cuando se está discutiendo acerca de lanzarse o no a un abismo. Con todo, es innegable que impartimos demasiadas lecciones a los demás, incluida la de exigir que no nos impartan lecciones, siendo que la persona verdaderamente inteligente nunca se niega a aprender algo incluso de quien aparentaba o demostraba necedad en cierto aspecto.

319

No hay pequeña inteligencia ni pequeña sensibilidad en el fijarse en los detalles, pero la penetración verdaderamente aguda es la que relaciona los detalles con la esencia.

320

Se ven incesantemente obligados a pensar en el dinero quienes más lo merecen y quienes menos.

321

Adoro los instantes en que me sorprendo a mí mismo conjugando entre pocas horas risas banales de mi siglo y escritura de máximas morales, el aire anodino de lo vulgar con la motivación de un estoico o de un filósofo de las Luces. En esos instantes percibo cómo no hay ninguna esencia en lo que llamo mi persona, que no es sino conglomerado de vectores y facultades que se pulsan entre sí, como las cuerdas más o menos simpáticas de un clave resuenan  si la afinación es la adecuada. En esos instantes me precio de haber desarticulado la tramoya de la humanidad, y durante el lapso de un pensamiento luminoso me libero de la obligación de seguir los hábitos de mi carácter. La mayor parte de la gente que me conoce no pensaría nunca que escribo cosas como éstas, y están en lo cierto no pensándolo, puesto que en, en definitiva, no es la misma persona la que hace una y otra cosa.

322

Dar justicia a los sin nombre revolvería el mundo en el sentido en que se revuelve la ropa cuando se la lava en la corriente.

323

La belleza es mejorable por quien la considera necesaria pero no suficiente; de ahí la estética sublime del arte religioso, que se molesta en colmar las formas con significados infinitos.

324

El símbolo une lo que el diábolo separó.

325

Se consigue un buen libro desechando tres cuartos de lo que en principio se pensaba publicar.

326

Se obvian muchas frases que, siendo ciertas, no golpean el corazón de un modo desacostumbrado.

327

Siempre dura mucho menos el placer que las cuitas para obtenerlo o el lamento por haberlo perdido.

328

Nos parece ver cordura allí donde tres o más locos mantienen una sociedad. Nos parece ver locura allí donde no se apuesta con moneda común.

329

Las virtudes, cuando son mercenarias en la guerra contra las pasiones, no cuentan con tanta fuerza como en la total indiferencia hacia la paz o agitación de nuestro corazón.

330

No suele llegar la locuacidad en el mismo reparto con que llegan encantos y virtudes.

331

No se siente uno tan solo si menosprecia la noción de sujeto.

332

Los más de nuestros males fueron bienes que dejaron sus huellas o sus esperanzas marcadas en el corazón.

333

La modernidad, puesto que se basa en la lógica del beneficio mensurable, difícilmente encaja amores y odios completos.

334

En el reino de las costumbres, como en casi cualquier reino, el ejemplo es la fuerza que vence donde la elucubración no convenció a los elementos.

335

Si, como bien dice el filósofo de Königsberg en cierto sentido, los hombres somos fines, ¿qué es entonces lo divino sino la flecha misma de la finalidad?

336

Tan pueril es la lógica del abuso que, si un solo animal supiese conjugar un verbo, toda su especie, amparada bajo el manto de la justicia, quedaría a salvo de la tiranía humana.

337

El gemido del animal masacrado bajo instrumental humano dice más de nuestra raza que si articulase cualquier palabra.

338

Los que odian a sus vecinos nunca gozan de la sensación de un hogar puro.

339

Cuando el hambre o la sangre no son los motivos, la violencia de los rebeldes es tiranía personal que halló fuera de sí hermanos y excusas.

340

Somos capaces de amar a los etíopes ignotos con tal de no amar a quien el azar puso a nuestro lado. Siempre irrita aquel deber moral que parece haber surgido del azar y la circunstancia y no de nuestro entendimiento compasivo.

341

A veces vemos grandiosidad en minucias no porque las amemos, sino porque nos negamos a vernos grandiosos a nosotros.

342

Hay una severidad repelente en el rostro de las mujeres que creen merecerlo todo por ser bellas. Sólo hay dulzura en el rostro que no se considera lo más dulce.

343

Algunos desearían que las plantas sufriesen para que la preocupación por el sufrimiento animal careciese de autoridad.

344

No se respeta a los que sufren porque no exigen mucho.

345

El gran arte es el arte de no aparentar ser arte.

346

Rara vez admite un hombre de condición que lo que atribuye a su hombría no puede atribuirse por lo común más que a su condición.

347

Con los separatistas ilusos cuyas fronteras no cambiarían nada hay que tener la misma paciencia y benevolencia que se tendría con un niño enfurruñado que pretendiese defender la demarcación de una baldosa en un suelo abierto. Tanto en un caso como en otro, la mejor cura está en respetarlo y permitir amablemente que se acabe aburriendo de su soledad.

348

El desamor gusta de medir lo que el amor dilató, esto es, pretende cobrar intereses del regalo que hubo entregado cuando amaba.

349

Dada la velocidad con que se suceden hoy creencias, opiniones y noticias, los pensamientos más nobles, si bien no cuentan hoy con las voces más fuertes, adquieren a ratos la notoriedad de la persistencia.

350

Todo lo malo que se diga de la religión no logra convencer de que sería preferible impedirle al hombre el acceso a un modelo cosmológico que vincule al conjunto de los seres, al orden de las causas y efectos, a las costumbres virtuosas y a la disciplina autocurativa del corazón.

351

Ángeles hay que ignoran serlo por haberse amputado las alas a los ancestros de su linaje.

352

Reconociendo errores propios se confiesa que se ama la sabiduría y que se es capaz de crecer rápidamente en ella.

353

En un mundo complicado, una ética complicada conlleva obligaciones contradictorias mientras que el hombre medio no tiene oportunidad de dilucidar en cada momento con tino la jerarquía de prioridades.

354

Pensar que todas las ciencias y artes humanas no han sido más niñerías me parece irrespetuoso; prefiero pensar que han sido evocaciones para profanos de experiencias más sublimes.

355

Siempre nos parece pequeño el perjuicio que nuestro amigo cause a los demás, y nunca nos parece demasiado grande el favor que nos procure a nosotros.

356

Llega un momento, más bien cercano al inicio del galanteo, en el que la fémina guarda un frío silencio y una indiferencia a la par, no sólo por hacer gala de su suficiencia, sino ante todo por medir el entusiasmo, la habilidad y la audacia del gentilhombre.

360

Todos en las ciudades conocemos a diversas mujeres que cuentan con más pares de zapatos que los que tenía María Antonieta… si bien mucho más feos. Cualquier joven burguesa ambiciona y consigue tantos bienes personales como poseía la reina popularmente tachada de haber sido la más vanidosa y frívola de los últimos siglos, con la diferencia de que la manufactura y la importación de los bienes actuales causan muchos más estragos a lo largo y ancho de los espacios conquistados por la humanidad. Y muchas singladuras similares podrían señalarse de los varones, desde lo referido a indumentarias hasta carruajes, alimentos importados de las antípodas, artilugios de toda índole, etc. No importa que esta sencilla verdad no haga estallar nuestras cabezas; para evitarnos tal molestia, el planeta estallará por nosotros.

361

Aunque se insista en la virtud de sobrellevar serenamente los propios defectos, más virtuoso y sereno es tratar de superarlos.

362

Suele ser desagradable la primera impresión suscitada por muchas de las más profundas verdades.

363

Nadie olvida los favores que hizo ni el daño recibido.

364

El único principado respetado por su pueblo es el que se vuelca en el servicio completo o en el despotismo no menos completo; en cambio, el que duda entre medias tintas disgusta a todos, y no fueron de otro tipo los reinos que cayeron en manos de revolucionarios.

365

Las verdades sencillas se vuelven sutiles para aquel que las va explorando sin arrogancias ni suspicacias.

366

Se piensa a menudo de los más abnegados amantes que son innecesarios porque poco llaman al conflicto, como se desprecia un paisaje virgen porque no reclama derechos ni se expresa exaltada y atareadamente.

367

Para ser verdaderamente generoso habría que perder de vista la noción misma de generosidad.

368

La cosa más complicada es apercibirse de la simplicidad última de todas las cosas.

369

Todo cuanto semeje mejorable guarda en su seno la naturaleza de lo infinito.

370

Hay muchos tipos de sabiduría que se alternan en quienes creyeron apostar con denuedo por una sola. Así, los cristianos pasaron, a ratos sin saberlo, por el pitagorismo, el estoicismo, el platonismo y el aristotelismo. Y los pitagóricos por las tradiciones órfica, caldea, egipcia y quizá india. Y los platónicos por el escepticismo y por el pitagorismo. En cambio, donde no se atraviesa el túnel hacia el conocimiento es allí donde cualquier idea de conocimiento profundo produce irrisión.

371

Una buena treta para no perder nunca los estribos y permanecer siempre en una actitud constructiva pasa por ofrendar devotamente a todos y esperar poco de nadie. O lo que es lo mismo: ver a cada individuo como un ser bondadoso que, debido precisamente a ello, puede causarnos daño en cualquier momento, pues sufrir de la manera adecuada y extraer de ello una enseñanza indeleble es uno de los beneficios más grandes que podemos obtener. Lo más probable es que posteriormente comprobemos que ni son tan bondadosos ni hacen tanto daño, pero esperando dichas posibilidades hemos ganado en amor y en invulnerabilidad.

372

La persona común prefiere reconocerse malvada, desesperanzada o débil antes que estúpida. Ese sometimiento al vicio es, sin duda, la mayor de las estupideces.

373

Todo negarse a soltar algo es identificación con algo que en realidad no somos.

374

La justicia es un ideal y, por ende, evitaría difícilmente el caos si se satisficiese en todos sus órdenes, pero es más que deseable que pusiese coto a los mayores abusos, aquellos sobre los que se sustentan las comodidades de quienes se permiten hablar de justicias secundarias.

375

No hay que buscar la igualdad, sino la elevación de los hundidos. La igualdad merece la pena cuando estamos todos en la misma estancia.

376

Los aprendizajes más indelebles son los impartidos por los accidentes y por el mero paso del tiempo, si se los sabe estudiar. Pero las enseñanzas formales nos habrán ido preparando para comprender mejor el significado de tales sorpresas.

377

Odiar es negarse a entender un impulso de florecer que no brota de uno.

378

El postrer aprendizaje no está en confirmar lo que intuimos ni en tirarlo por tierra de nuevo -aunque tales sean pasos imprescindibles-,  sino en armonizar evidencias aparentemente contradictorias.

379

El siglo es el nombre que recibe la realidad cuando se espera aún obtener algo de ella.

380

Cuando un hombre inteligente vence a otro hombre inteligente, no siempre se debe a una mayor inteligencia, sino a la ambición o a un golpe de fortuna.

381

La desazón indica que no estamos deseando lo deseable o que lo deseamos con demasiada prisa.

382

A menudo el olvido nos hace creer que no estamos donde deberíamos estar. Si recordásemos cada uno de nuestros pasos que nos han traído hasta aquí, nos indignaríamos muchísimo menos contra el mundo.

383

Quien permanece en quietud de ánimo, se encuentre en la posición en que se encuentre ante la sociedad, siempre es el pontífice de la situación.

384

Tanto más desprecio hay en un rechazo cuanto más de envidia, rencor o vergüenza esconde en alguna parte.

385

A menudo me sorprendo evitando expresar un agradecimiento para no semejar que lo finjo, faltando incluso a la modestia protocolaria, como me impido amar por temor a que esperen demasiado de mí. Hay quien es ostentoso en sus impulsos, y hay quienes tendemos a ostentar que no los ostentamos: ambos realizamos una danza demasiado aparatosa.

386

Como sucedería al único espectador de un drama, sintiéndose observado por los actores, el hecho de que prácticamente nadie conozca los pensamientos que compongo me obliga a atender más a sus amonestaciones. Muchos pecados me han comprado, mas no la vanagloria, que a lo sumo me alquila por días.

387

Un sabio moral, aun uno inferior, es superior a un alto genio porque, mientras el primero mira la realidad cara a cara, el segundo dedica una sobreabundancia de energía a dominar una pequeña parte de aquélla.

388

Por ser incapaces de creer nos hacemos incapaces de adoptar nobles actitudes que generosamente trasciendan las creencias, como no logra amar incondicionalmente quien en cierto momento no creyó en las decentes condiciones del prójimo por más ruin que éste fuese.

389

La percepción de la belleza es al mismo tiempo el despertar de un estertor en los humores y la confirmación de un flujo continuo entre las partes que componen el todo.

390

Las fuentes de la perversidad humana se remontan a la falta de estudio de la mente y al excesivo tiempo libre.

391

Tanto la devoción religiosa como la incredulidad pueden ser igualmente acicate de audaces energías o de timoratas huidas. No dan al hombre un valor por sí mismo. El hombre vale en la medida en que, creyendo o descreyendo, no se ama a sí mismo como hace una nerviosa criatura, es decir, separado del resto de los seres, protegiendo ante todo su piel.

392

Las verdades humanistas esenciales fueron promulgadas en diversas zonas de la Tierra hace más de dos milenios. Lo que se extiende desde entonces es abanico de corolarios y axiomas, modos de completar razonamientos y de ensalzar pasiones provechosas para la inmensa mayoría de nosotros, que no hacemos nuestra la esencia con tan sólo oírla.

393

Hay una verdad que, por su simpleza, es tan lábil como poderosa: tú eres lo que creas ser. Así, eres fundamentalmente animal si no aspiras más que a satisfacer instintos de goce, eres fundamentalmente ser racional si te identificas con la lógica aristotélica que gobierna a los cuerpos visibles, eres ciudadano si te piensas parte de una comunidad de la que obtienes beneficios pueriles a cambio de otros pocos, o eres el universo entero si sientes cómo tu piel no es una frontera tan delineada como pareciese. La conciencia se puede apropiar de cualquier cosa, por lo que no es lo menos inteligente apropiarse de lo valioso y de lo pacífico.

394

No hay esclavitud cuyas ventajas superen a sus inconvenientes, pues, aun en los raros pero posibles casos en los que convenga al esclavo serlo, siempre quedará envilecido el amo.

395

La esclavitud no es la mera sumisión, sino el ver limitada la mente por angustias y dolores que impidan abrirse a ciertas dulzuras y misterios del cosmos. Es por ello que un lacayo que ora en el templo o que escucha de pasada un verso en los salones puede, según el caso, tener una mayor percepción de la libertad que un hedonista obsesionado con la consecución del placer bruto. La esclavitud moderna consiste en no reconocer amos, como el sonámbulo cree estar despierto cuando no se encuentra obstáculos en su camino durante su peligroso paseo nocturno.

396

Si se carece del arte de la conversación, el medio más seguro para agradar es preocuparse por el otro.

397

Romper lazos con alguien porque otra persona nos lo exige conlleva sacrificar por una pasión envidiosa alguna virtud que a buen seguro se alimentaba de aquella primera presencia.

398

Reconocer el alcance de todas las injusticias es primer capítulo de la sabiduría, pero proponer resolverlas todas es vana necedad si no se comienza por las más graves; pues hasta la primera victoria no se sabrá si el sufrimiento superficial no era inevitable al evitar el insoportable.

399

Muchos se afanan en revoluciones irrelevantes que no suponen cambios sustanciales de vida antes que afrontar la única revolución importante que queda por comenzar: aquella que, basada en la dieta y en la más severa austeridad de las costumbres, pone el cuidado en causar el mínimo suplicio posible a todas las criaturas.

400

El misterio de los héroes estriba no tanto en la altura de los ideales cuanto en la gran tensión sostenida durante el camino.

401

Casi siempre creemos seguir nuestro propio criterio cuando obedecemos a una voz ladina que susurra: “Ámate y preocúpate por ti mismo”.

402

Por defender a nuestro propio grupo no estamos siendo más generosos que simples aliados de supervivencia.

403

La amonestación correcta nunca tira por tierra el esfuerzo ajeno y siempre le indica el camino en el que multiplicarse para producir aun mejores frutos.

404

El tratar bien al prójimo en el día a día es, entre otras cosas, magisterio para dotarnos de confianza de ánimo en aras de emprender en el mañana gestos mucho más importantes.

405

Si hablar de la mayoría de las asuntos no es hablar de lo divino, sí sucede a la inversa. Lo divino es el carácter efímero y eterno de cada cosa, y se presenta ante nosotros allí donde destejemos el fenómeno y donde, al mismo tiempo, somos incapaces de delimitar sus fronteras.

406

Las nuevas castas sólo prueban la naturaleza insatisfactoria de las antiguas y la ingenuidad de quienes creen poder mejorarlas.

407

Los valores ilustrados purificaron en el cedazo de la razón los segmentos morales de los principios religiosos sin contar con el acicate metafísico, que los espolea de nuevo cuando el amor propio de cada hombre los aduerme.

408

Lo mejor de la ética es que cabe tanto en los mecanismos de la razón como en las praderas del amor. Pero, ciertamente, cada uno de esos pesos sin su contrapeso no logra evitar la incomodidad al hombre para que camine sin dilación hacia ese norte.

407

Conozco filósofos morales que lo son por amor propio. ¿Y qué? ¿No es el Todo un solo ser? ¿No tiene, pues, algún sentido ser egoísta en el servicio denodado a los demás? ¿Cómo lograr sin la recompensa de la belleza que la geometría moral regule sin descanso nuestros asilvestrados impulsos? ¿O es que acaso se debe evitar el bien allí donde el amor propio sea su principal instrumento? En tal supuesto tendríamos, cual Narciso invertido, más puesta la vista en el corazón impuro que en la víctima que sufre o que puede recibir nuestro beneficio.

408

He observado que quienes gustan de eternizar las discusiones sobre costumbres o filosofía encierran un buen corazón a la par que tendencias hacia opiniones oscuras, de suerte que aplazan perpetuamente el cese de la conversación tanto por el temor a vencer -con lo que de fatalidad conlleva- cuanto por el  temor a ser vencido -con la consecuente herida de amor propio y por la corrección disciplinaria que deberían imponerse a continuación-.

409

Que no haya excepción sin su verdad ni verdad sin su excepción nos remite al Misterio último.

410

La escéptica suspensión del juicio tiene la función de un techado: ha de limitar nuestro afán insensato a ascender en el laberinto de la razón por el peligro que corremos de caer cuando llegamos muy alto, pero no puede situarse tan bajo que nos impida dar un solo paso sin poder erguir cómodamente la espalda de la natural sensatez. Por otro lado, contemplar en cualquier momento los frescos y molduras superiores nos ayuda a ubicarnos en la estancia y a no olvidar que estamos simplemente en una estancia, por más espaciosa que sea.

411

La perversidad es tan abundante que haríamos mal en descartar su existencia de nosotros, como si fuésemos animales muy distintos de los monstruos que propagan el caos bajo apariencias cotidianas.

412

Lamentemos no lograr compadecer más a quienes, mereciéndolo, nos tratan de desanimar siendo desapacibles con nosotros y con nuestros principios.

413

El amo solamente nos domina porque estamos jugando a un mismo juego de dominio… en el que ahora nos toca perder. Poco importa que él sea más violento que lo que afirmamos seríamos nosotros, puesto que casi siempre sucede que el de arriba se insensibiliza y el de abajo defiende su honorabilidad. Mucho menos digno es reivindicar el papel de víctima en una lucha de ambiciones que abandonar definitivamente el campo de batalla.

414

Saludar una virtud o denostar sus flecos son excusas recurrentes para eximirse de aplicarse a ella -aunque siempre es peor la segunda opción para el que lanza la queja, por más revulsivo que en aras de mejorarse pueda ser para el que la ejercía-. La mayor parte de los que desconfían de ciertas bellas actitudes no las ejercen mejores; en caso contrario, la pacificación que se produciría en sus ánimos les desalentaría de matizar el buen hacer de los demás.

415

Los ocasos de las vidas, de las naciones y de las costumbres me perturban cada vez menos, conociendo que en todo ámbito la parábola retorna del suelo que la impulsó. Pero reconozco como particularmente triste imaginar un mundo que, en lugar de ascender en nuevo ciclo o de extinguirse por completo, permanezca durante un eón en la penosa fase de la baja altura, repleta de intenso sufrimiento millones de veces renovado. “Ya sucedió durante la interminable prehistoria que nos antecedió”, dirán, olvidando que el hombre de nuestro siglo, nuevo demiurgo infinitamente más necio y cruel que el de Basílides, es capaz de superponer innumerables infiernos milenarios en un solo lustro.

416

Se ha ganado en sutileza cuando se reposa en la pura transparencia del orden que brota de la música encantadoramente frívola, como la de los compositores galantes.

417

El misterio metafísico insondable no es que el todo sea una nada, sino que, siendo, no conocemos con precisión el significado de “ser”.

418

La virtud no trae por sí sola toda la sabiduría, pero espanta a las moscas de las necedades que más distraen.

419

Comunión pedestre.- Los más sabios saben que hasta el más sabio de ellos precisa de los necios que le circundan incluso para los asuntos más elementales, como alimentarse, desplazarse o no morir de frío.

420

El gusto libertino no es patrimonio de unos pocos simples, sino el pulso de la carne que late pero que no se deja aflorar en todos los demás, atado en éstos por las manos del buen tono, la prudencia útil e incluso el amor propio.

421

La cumbre de la astucia consiste en aprender a reducir deseos y aversiones.

422

Las mujeres que más ruidosamente se ríen son también las que más lloran. En su histeria comprenden todos los extremos enérgicos, como la mayor capacidad para el sacrificio espléndido y para la incontinencia.

423

A menudo pasan a reivindicar lo que -erróneamente- creen grandes cuestiones aquellos que carecen de talento hasta para la menor de las labores. La política se compone casi exclusivamente de ejemplos de ello.

424

Se odia mucho entre occidentales al cristianismo por la envidia de que haya sido en su seno donde tomaron su primera forma moral los más generosos sentimientos de los europeos, y también por la incapacidad para aceptar que una civilización no puede sustentarse en todos sus aspectos sobre el rigor de sus más puros ascetas sino cayendo en contradicciones.

425

Los amigos acérrimos de la igualdad no admiten nunca que el orden es un tesoro muy frágil que no soporta la racionalidad llevada a sus últimas consecuencias. Por su parte, los amigos acérrimos del orden no admiten que la capacidad de cada ser para recibir daños y beneficios es la justificación última del orden. Sobre el centro inestable entre ambas tendencias razonables se mueve el espíritu justo sin rendirse incondicionalmente ante ningún principio.

426

La belleza ante el caballero y la ternura o la eficacia ante la dama hacen con frecuencia las veces de propósitos racionales con los que se disfrazan bajo las bambalinas de la conciencia. Sabemos de casos como el del revolucionario que justificase profusamente su gigantesco cambio de posición tras conocer a cierta joven primorosa a la que desposaría.

427

Los filósofos orientales pusieron en el centro de sus doctrinas las verdades que entre paganos y cristianos se agregaban como comentarios interpretativos a sus propios oscuros libros sacros.

428

No es tesoro moral obtenible a bajo precio el silencio que no se lamenta por no poder explayarse con palabras.

429

La “verdad” se aleja un paso más cuando en el discurso se le agrega ese nombre.

430

Iniciar con mayúscula cualquier concepto abstracto supone percibir su presencia en todas partes y puede dar en tendenciosidad; iniciarlo con minúscula supone percibirlo como algo tan incuestionable como la evidencia de las sensaciones y puede dar en miras cortas. La visión enfática y la visión pedestre de la existencia han de volver continuamente la una sobre la otra para aproximarse al nudo inaprensible del ser, refractario a las fronteras de cualquier limitación conceptual.

431

Reconocer que no todas las personas triunfadoras, ricas y libertinas son negaciones de la virtud no es solamente antídoto contra la arrogancia intelectual del juez moral: también lo es contra el rencor personal.

432

El auténtico drama universal, para el cual el hombre no logra concertar soluciones que no pasen por lo angustioso o lo imaginativo, es el drama de la irreversibilidad, que gobierna el ciclo decadente del Todo.

433

Todo lo que se dice con énfasis sublime acaba en voluntades violentas y agotadoras, mientras que lo dicho sin aspaviento alguno acaba en trivial  e imparable continuidad de pedestres mezquindades animales.

434

El ánimo religioso va ofreciendo al corazón, gota a gota, soplo a soplo, una paz y un gozo que en sus inicios semeja la que la diligencia mercantil pacta cada día en sociedad mediante unidades corpóreas. La primera no se deja sujetar a condiciones externas, pero tampoco llega veloz ni segura; la segunda aplaca ágilmente pasiones animales, pero es tan frágil como lo sea el carácter de partida, siendo que no hay mortal sin flaquezas ni mundo sin amenazas. Ambos polos tensan el lienzo de cada hombre, y solamente decide más por uno que por otro y con cierto juicio quien antes ha experimentado la calma sin ambiciones y el amor profundo por un lado, y la belleza, la cordialidad pactada, el éxito y la inteligencia de la artesanía por el otro.

435

La nostalgia del Paraíso perdido o la apetencia del que esté por venir es tan poco útil como la resignación ante el presente del hecho bruto. Más sabio considero el ver el Paraíso entre los intersticios de la inanidad vigente, los rayos refulgentes de eternidad en la efímera fluidez del río en el que nos bañamos, la pureza inapelable que late bajo la piel de la necedad en la que militamos por mor de satisfacciones de temporada. Aceptar sin adorar ni lamentar, abstraerse sin olvidar la dureza de los guijarros bajo nuestros pies, amar sin depender en demasía, comprender sin dejar de conocer que que no hay conciencia sin dependencia, pues hasta el cuerpo del mayor santo pedía agua y pan para persistir en su santidad visible.

436

¿Rechazaría todas las sinfonías de la historia a cambio de la vida de único ser, incluso aunque se tratase de una comadreja? Sé que sin aquéllas las vidas de muchas personas perderían su sentido, pero quien muere pierde la vida, con sentido o sin él. Podríamos pasar perfectamente sin sinfonías como pasamos sin duda sin otros géneros que, por accidentes de la historia, quizá perdimos sin saberlo. Y, al fin y a la postre, todavía nos quedarían las sonatas, las óperas y las danzas. Pero, ¿causaría violencias mayores un mundo así salvado? El debate entre utilitarista y deontólogos no acaba porque nadie puede aportar pruebas de los cálculos finales de los beneficios de su sistema.

437

El contrato social es la creencia en que aprobamos el actual estado de cosas, no su causa. Tal contrato no siempre se afinó más por la exigencia de una de las partes que por la graciosa concesión de la parte soberana. Es un método simple y útil de explicar realidades complejas y de proponerlas más eficaces para el futuro… siempre que no se olvide que no toda eficacia proviene del acuerdo si no comporta algo de sabiduría en alguna de las partes.

438

Despreciar el humilde cultivo de una virtud en medio de un carácter vicioso es tener en mayor consideración el rencor, la fatalidad o la justificación de la propia perdición que a la hermosa posibilidad de todo ser en avanzar paso a paso hacia la perfección.

439

Sólo goza sin peligro de los placeres aquel que ha domado tanto pasiones como su creencia en la posible plenitud que yacería bajo lo superfluo.

440

Nadie está tan perdido que ninguna circunstancia imaginable lo pudiese conducir a buscar la grandeza de espíritu.

441

El poder de la propia voluntad solamente se ve superado por el poder del tiempo, que a todos nos somete con mayor o menor severidad.

442

Explica no pocas cosas del mundo y de mi temperamento el hecho de que nada de lo mejor que yo sepa y pueda ofrecerle me vaya a reportar nunca, con bastante probabilidad, ni un solo doblón.

443

La vida es una oportunidad de oro tanto para ver que el oro no tiene vida en sí como para ver en cada oportunidad el principio de una nueva vida áurea.

444

Es extraña sensación que lleva a imperturbabilidad de espíritu el concluir que mis pensamientos más íntimos no redundan en mis numerosísimos contemporáneos no tanto porque no se los ofrezca -aquí estoy diseminándolos gratuitamente a todo el orbe alfabetizado- cuanto porque, en el fondo, estoy pensando como y en hombres meditabundos de hace tres siglos.

445

Siempre será mejor fracasar con calma y sonrisa que triunfar con aspaviento y jadeo, porque en la hora postrera no nos acompañarán el fracaso o el triunfo, pero sí la calma o el aspaviento.

446

Bien lejos de su veracidad o falta de ella, las creencias sirven, ante todo, para que otras creencias peores no nos pierdan.

447

Se dice que la verdad absoluta es una, mientras que las verdades convencionales son muchas, razón por la que aparentemente se contradicen. Últimamente tiendo a pensar en la posibilidad contraria: si la verdad convencional no es una es porque no sabemos deducir todas las consecuencias racionales de un cúmulo ingente de hechos, y si lo lográsemos veríamos las leyes morales y políticas como a extensos pero contorneados teoremas, igual que vemos que en nuestras cuentas cotidianas dos y dos son siempre cuatro; en cambio, bajo el velo, la verdad absoluta no se deja definir por un juicio sin que el contrario sea igualmente posible, y es su carácter no divisible lo que no permite no ya establecer afirmaciones o negaciones, sino la misma atribución del nombre “verdad”.

448

No hay grandeza en el amor; el amor es la grandeza en sí misma, la mera extensión de las fronteras, la inclusión de nuevos ciudadanos en el reino del corazón.

449

Acaso la mejor labor de las ciencias consiste en aupar la felicidad de muchas personas. La segunda mejor labor es la de aportar la sagrada comprensión a los entendimientos que apuntan al infinito. La tercjera mejor labor de las ciencias es demostrar que no era necesaria ninguna de sus labores para que el hombre alcanzase la más plena felicidad.

450

El amor religioso del Lejano Oriente siempre parece fruto de una operación mental, de un entrenamiento, y pocos creerían que un amante así formado daría sin dudarlo su vida por una persona concreta, como una madre por su hijo. El santo occidental daría su vida por cualquiera, particularmente por el malvado, pues cree en la esencia de la naturaleza viviente y no cree que exista otra oportunidad para que tal malvado alcance la benignidad que lo salvará.

451

El que ve resentimiento en todas partes tiene nervios tan débiles como el que se resiente de veras. Y el que, creyendo verlo, no intenta suavizar el tono -que no el fondo, el cual es innegociable para la conciencia- puede que tenga algún problema mayor.

452

Lo que dice el racionalista no suele ser falso, sino incompleto, y desviado a partir de cierto punto; lo inteligente es discernir a partir de qué página es necesario dejar de leerlo sin menospreciar lo que ya haya demostrado.

453

El énfasis que a menudo ponen los maestros en la actitud y en el acto por encima de la contemplación no responde más que al rechazo de la hipocresía y a la humildad frente a los límites del conocimiento humano, el cual nunca podrá encerrar en un texto una verdad ciertamente absoluta. La moral insistente es necesaria porque es mucho más fácil asentir y aplaudir a dogmas metafísicos que actuar noblemente; pero sin esto último no hay ni felicidad mundana ni, desde luego, verdadera interiorización de la metafísica, es decir, no hay tampoco felicidad superior.

454

Por decirlo de un modo tosco y acaso algo confuso, la Verdad es inferior al Bien, porque éste predomina incluso cuando no haya mentes que puedan comprender.

455

El sabio puede ser ajeno a todas las costumbres, pero no puede serlo a las costumbres buenas y no a las malas. Salvo tal vez en algún ritual oriental, sentirse por encima de la moral es no haber llegado a su mínimo.

456

Entre salvar una vida y detenerse a discernir las jerarquías eternas, elijo ahora salvar la vida, porque para lo segundo contaré con toda la eternidad, si verdaderamente eran eternas, mientras que para la vida en peligro sólo cuenta el ahora, y aun ese gesto me armonizaré con el conjunto de la Creación, si es cierto lo que dicen los evangelios y los sabios.

457

Reconocer que se puede aprender algo -por poco que sea- de casi todas partes es precisamente una convicción que solamente se adquiere tras haberse comprometido moralmente en cierto grado y tras haber meditado en la compasión.

458

Abstenerse de juzgar raudamente a quienes prima facie consideramos viciosos salvaguardará nuestras virtudes de arrogancias intelectuales y de envidias pasionales.

459

La pretensión del cortejo galante por parte del varón tiene su fin en utilizar el cuerpo de la mujer, mientras que la tímida participación de la mujer en el cortejo consiste en averiguar cómo decidirá utilizar al varón, si finalmente lo decide. Pero nadie que busque mera utilidad es fuerte ni plenamente feliz.

460

El ser humano siempre acepta sin discusión la oportunidad de sacrificarse intensamente por sí mismo, mucho más que sacrificarse parcialmente por los demás. He ahí la razón del éxito del liberalismo, que nos convence de que es posible casar sin violencia nuestros respectivos egoísmos.

461

A la dama no le atrae por encima de todos el gentilhombre extraordinario, sino aquel con una confianza extraordinaria en sus aptitudes ordinarias.

462

En cuestión de días o de horas, la dama varía tanto respecto de su sensibilidad al otro sexo que el único método fiable de galantería consiste en un abordaje continuado sin desesperación o en presentar un carácter masculino envuelto en autoridad o en un misterio que la incite a resolverlo, y eso no siempre.

463

Ceder sin resistencia a los instintos es algo defendido de ordinario bajo el argumento del legítimo amor propio, pero con mayor frecuencia esconde en realidad una falta de respeto por el potencial de grandeza de uno mismo.

464

En un mundo articulado por la ley de la competencia libre, la mayoría de la gente, medianamente capaz o simplemente honrada, juega a perder; sólo triunfa la figura providencial que cayó en gracia o, más comúnmente, la ambiciosa sin escrúpulos. En un mundo sin competencia la incertidumbre es todavía mayor, primando el sentido de la responsabilidad heroica o la megalomanía sin impedimentos.

465

Que a los etíopes les pueda molestar que se compare la situación de los animales con los esclavos secuestrados en África no es motivo para dejar de utilizar una comparación tan pertinente. Esta vez la cuestión no trata sobre ellos; y la realidad es la que es, duela a los opresores de hoy o a los oprimidos de otro tiempo.

466

No pocas damas escuchan atentamente al gentilhombre engatusador para detectar sus tretas y mentiras, en parte porque quieren creer que son verdad, y en parte con el fin de calibrar la elegancia de sus habilidades en el arte de lograr sus propósitos.

467

Apuntó Rivarol que “hay que matar al orgullo sin herirlo, pues si lo herimos no muere”. Es algo tan cierto como su verdad complementaria, esto es, que hay que cultivar el amor sin ostentarlo, pues si se ostenta se aborta.

468

Cuando nuestra vigilia es más fantasiosa que lo que podría alcanzar un sueño, la cabeza no encuentra motivo para dormirnos y nos deja prendidos de noches insomnes, patria de todos los fervores.

469

La sangre y la soledad nos conducen hacia la compañía del otro sexo o hacia el suicidio.

470

El amor no está libre de dudas ni aun cuando es incondicional, pues aun cuando la única pretensión sea servir se albergan dudas sobre cuál será el mejor modo de servir, dilema en el que se yerra con frecuencia.

471

Si recordásemos con detalle todo lo que han hecho otros por nosotros, sentiríamos de continuo una asfixiante obligación de dedicar todo nuestro tiempo a saldar deudas.

472

Son adorados como profetas e ingenios lúcidos quienes abominan de la realidad o quienes la ensalza rozando la ingenuidad; a quienes se pasean cruzando una y otra vez y dubitativamente ambos terrenos no se les compran las palabras a buen precio. Las proclamas agradan mucho más que las disecciones.

473

Dentro de cien años, si el mundo sigue girando, se preguntarán dónde estábamos cada uno de nosotros cuando dio inicio la emancipación de la esclavitud animal.

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[Música: K. von Ordonez, Sinfonía en La Mayor Brown A4. I. Allegro più presto con franchezza. He aquí un raro ejemplo de compositor cuya elevada clase social le impidió dedicarse profesionalmente -tan mal visto estaba que un pobre no trabajase como que un noble sí lo hiciese- a la música que tanto amaba y para la que tanta preparación y talento tenía. La falta de movilidad social de su siglo permitió que muriese empobrecido y olvidado.]

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Quand les possibilités de choix sont larges au point de nuire à l’utilité commune, les hommes n’ont pas la jouissance de la liberté.

[Cuando las posibilidades de elección son tan amplias que resultan nocivas para la utilidad común, los hombres no disfrutan de la libertad.]

S. Weil, Echar raíces (trad. J. C. González Ponto – J. R. Capella)

—Tengo una idea — decía un escritor demasiado reminiscente.
—¿De quién?—le atajó un amigo.

S. Ramón y Cajal, Charlas de café 11

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I

Se ríen de la virtud para así escapar tanto de ella como de la lástima por carecer de fuerza para encarnarla.

II

Ninguna mujer ama a un gentilhombre que no confíe en sí mismo.

III

Rezar no siempre es recurso de apocados, sino también estribo de quien soporta la mayor de las soledades.

IV

Nadie pierde el último atisbo de duda en su conducta hasta que no la ve compartida por muchos.

V

Galantear hoy se parece a regresar a la infancia: los guiños emocionales se han simplificado y las reglas vuelven a ser absurdas y burdas.

VI

No se despreciaría al pueblo si no causase tamaña frustración la imposibilidad de participar  e influir en él.

VII

Toda la palabrería utópica en favor de las minorías oprimidas es vana si no tiene en cuenta a la más inmensa mayoría: aquella que, caminando a cuatro patas, centuplica a la humanidad entera.

VIII

Habría que buscar algún tipo de placer que no desease superarse a sí mismo continuamente.

IX

Alternar entre gozo y dolor es propio de los animales. Lo característico del ser humano, y que pocos alcanzan empero, es abandonar la cansina alternancia e inclinarse por uno de los dos extremos: hacia el gozo sin fin por parte de libertinos y místicos, o hacia la agonía por parte de filósofos, sentimentales y dementes.

X

Condona deudas morales aquel que está predispuesto a contraerlas en el futuro o bien a evitarlas de todo punto: el tibio rara vez suelta la correa del cálculo.

XI

No hay ninguna dama que no pudiese darlo todo por amor si lograse reconocerse como tal.

XII

En mayor medida que ninguna otra cosa, la soledad permite fantasear locamente entre engaños o ver las cosas como son. Todo depende del grado de paciencia que se albergue en el corazón y las vivencias que se hayan acumulado en compañía.

XIII

Las más bellas palabras no se dicen a una amante al anochecer, sino a la primera persona con la que nos encontramos en el día, sea amante o camarero que nos sirve el desayuno, si se dedican con una sonrisa sincera.

XIV

Más cultivo del alma requiere la resistencia al dolor que la sensibilidad al placer. Un asceta siempre es más refinado que un cortesano.

XV

“Ningún ser vivo desea sufrir” es una frase que denota ya una identificación con el otro, un agrupamiento en el mismo saco, y su único corolario lógico es la compasión.

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XVI

Para triunfar en el mundo hay que contar con un poco de sabiduría para localizar sus trampas y con un poco de necedad para no abatirse al conocer sus fundamentos o su falta de ellos.

XVI

El placer es recibido por el cuerpo, pero es generado por el deseo de trascender las limitaciones del cuerpo.

XVII

No parece que, en sentido estricto, optar a la posibilidad de un bien sea un bien en sí mismo -no hay que olvidar que el riesgo de caer en un mal se multiplica a la par-, pero así se piensa de la libertad.

XVII

La libertad no es el valor supremo, como el mejor idioma no es el que cada uno invente, sino el que comunica a más personas y con mayor expresividad. El culto a la libertad proviene de la incapacidad para demostrar la universalidad de una conducta buena.

XVIII

Virtuoso no es el impecable, sino quien no deja de crecer en virtud.

XIX

Hay que saber llevar la propia peluca ante la corte con la misma naturalidad con la que se la arroja al entrar en los aposentos.

XX

Hoy, en la época en la que se reclaman todos los derechos, es cuando más brutalmente se trata como meras cosas inertes a los animales que no nacieron con el don de la palabra.

XXI

La Revolución Francesa sólo habría tenido un objeto legítimo si fuera alcanzable: reducir el sufrimiento de los seres en el planeta. No habiendo conseguido tal cosa ni de lejos, habría que recomenzar de nuevo la cuestión. Se precisan pocos derechos morales pero invulnerables. No ser tomado por propiedad ajena es objetivo muy elemental que el hombre ilustrado descubrió pero que no supo poner a cien millas por delante de otros derechos mil veces más caprichosos. Concedamos a los librepensadores que las leyes no pueden ser interpretadas al albur para salvar a la nación, porque a cada ser le importa más que nada la nación de su cuerpo y su alma; pero lo que se sigue de aquí es que, antes que grandes beneficios, cada ser dotado de instinto de vida merece ser libre de trabajo forzado, tortura y muerte. Sólo con conceder eso se calma la agonía de todos los animales y sólo con fomentar un entorno lúcido, bello y espiritual se mitiga la de los animales racionales.

XXII

Apenas se aprecia el cultivo de la virtud si no se dedica el día entero a meditar en ella.

XXIII

Las costumbres que se heredan siempre serán las más firmes.

XXIV

Los hombres forjan voluntariamente las costumbres que los envilecen: las costumbres ennoblecedoras las adoptan obedeciéndolas de las autoridades prestigiosas que las maduraron.

XXV

Puesto que no podemos evitar la producción de sufrimiento, al menos hagamos que sea poco y lo menos inarmónico posible.

XXVI

Si vas a causar sufrimiento, como inevitable que es, intenta al menos no tener la garantía de que lo estás produciendo. Podemos imaginar una lechuga sin gusanos muertos a su alrededor, pero es imposible que un filete de ternera no haya conllevado agonía y muerte.

XXVII

Pocas costumbres hay que sean buenas para todos en todo momento, pero abundan las que son intrínsecamente nefastas.

XXVIII

Aceptemos la enseñanza de cualquiera que nos ofrezca una, pues todos tienen al menos una experiencia que compartir.

XXIX

Las personas irreflexivas distinguen el peligro cuando se ha hecho inevitable. Y, dado que la mayoría es irreflexiva y la mayoría decide en democracia, el destino será rápidamente sentenciado.

XXX

La fe, más que mover montañas, insiste en que la lejanía de las montañas es bien poca cosa.

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XXXI

La razón nos aleja de los mayores absurdos, pero nunca concede por sí misma la plenitud de sentido.

XXXII

Es crueldad o necedad cuestionar creencias ajenas sin ofrecer a cambio otras que garanticen tantos bienes como las primeras.

XXXIII

Diga lo que diga un análisis racional sobre el mundo, cada conciencia opta intuitivamente por actitudes o ideas que contrapesen carencias personales, por lo que es en estas carencias donde ha de enfocarse buena parte del análisis.

XXXIV

Las pasiones son vencidas por la alianza entre las pasiones opuestas y el raciocinio, que vigilará la diplomacia entre ambos bandos.

XXXV

La paz de espíritu es el bien más precioso, pero también el más difícil de obtener porque suele exigir la donación de todos los demás bienes.

XXXVI

La culpa se produce cuando justificamos la omisión de la buena acción apelando a obstáculos menores. En última instancia, “culpa” es solamente el nombre que damos al impedimento moral cuando somos conscientes de él y lo lamentamos.

XXXVII

Los europeos honrados siguen creyendo todo acerca del cristianismo salvo la divinidad de Cristo, que es lo que más fácilmente motivaba a que las demás verdades fueran adoptadas por la conducta popular.

XXXVIII

Convenir en el carácter relativo de la justicia es la mejor excusa para que no se la aplique cuando resulte demasiado esforzada.

XXXIX

Desataríamos la mayor veneración por cada brizna de hierba o por cada hueso animal si recordásemos que ha realizado un viaje mil veces milenario desde remotas galaxias hasta posarse ante nuestros ojos.

XL

Todo lo que no sea piedad religiosa aplaza la solución última del problema.

XLI

La prueba de la importancia universal de la caridad se puede ver en que poquísimos evitan hablar de ella por más que procuren aliviar su frustración al cambiarle mil veces el nombre.

XLII

Circunstancias y sentimientos ordinarios callan ante los sentimientos incondicionales.

XLIII

Muchos que han llegado lejos en sociedad se ensoberbecen explicándonos cómo llegar hasta allí sin percatarse de que estamos en ese camino a nuestro pesar y sin interés por alcanzar tan mundano destino.

XLIV

La conclusión qué más nos alienta en una discusión a proseguir la búsqueda no es la que se extrae ante el pensamiento que ha vencido al nuestro ni ante el cual hemos vencido, sino la que establece que nuestro lema era necesario pero no suficiente. Por otra parte, es sutil treta de aprendizaje el contraargumentar para que el otro nos venza y nos enseñe, así, todo lo que pueda.

XLV

Como el músico que templa su instrumento, el espíritu se va afinando a medida que va encontrando disonancias en su melodía.

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XLVI

Hay quienes se enfangan en el pecado por rebuscar dichas imposibles, negándose a aceptar que no haya gozo profundo sino en la virtud.

XLVII

El primer pensamiento de la mañana cifra el punto en el progreso de nuestro espíritu.

XLVIII

Sentimos como tristemente necesarios los males ajenos y sorprendentemente arbitrarios los que nos tocan en carne propia.

XLIX

La evolución de los sistemas políticos circula al paso del descubrimiento de nuevas fuentes de placer. Para el villano medieval bastaba con pan, iglesia y fiesta.

L

Piensa que los cuerpos carecen de alma aquel que no los llena con la suya.

LI

El odio hace menos daño al odiado que la indiferencia o la avaricia porque a menudo se interesa por una destrucción rápida.

LII

La sangre del cerebro baja sucia hasta el corazón para que éste la limpie.

LIII

La variedad y complejidad de los fenómenos físicos o de las formas de vida no prueba la existencia de Dios, pero sí avanza que la realidad es tan precisa como misteriosa.

LIV

Nadie es tan paciente como el que espera obtener un provecho egoísta. Muchas esposas se habrían ganado el cielo soportando a sus insufribles maridos si su aguante no se debiera exclusivamente al interés.

LV

El arte que no enseña a venerar o que no entretiene inocentemente al pueblo tradicional no vale gran cosa.

LVI

Nos conmueven, ante todo, las declaraciones que ratifican las intuiciones a las que no supimos dar forma.

LVII

De todas las religiones, solamente hay una que hace del vicio su principal arma retórica de proselitismo, y es la religión del ateo.

LVIII

Glorificamos a las opiniones cuando nos alegramos de tener a la nuestra por encima de aquéllas, como si la victoria relativa sobre lo más necio implicase certitud.

LVIX

Las máximas del rico no suelen valer tanto como las del pobre o las del desgraciado porque no las ha filtrado por lo sinsabores más habituales y percusivos de la vida humana.

LX

Tantos riesgos hay en la verdad a medias como en el filo puntiagudo al que se le puede colocar el mango por cualquiera de sus dos extremos.

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LXI

Detectamos al autor profundo cuando reajusta la inclinación de nuestras facultades.

 LXII

Los perros hacen bien en atacar a las cuerdas tomándolas por serpientes, porque de hecho es más probable que mueran ahogados por una soga que por una picadura. Vigilar las pequeñas actitudes nos predispone adecuadamente para los grandes embates.

LXIII

No hay verdad que no sea tomada, en primer lugar, por una mentira; después por una ley invariable; y, finalmente, por una verdad menor. El sabio va asumiendo gradualmente cada una de estas visiones.

LXIV

Todo lo bello es fruto al que hay que masticar y digerir con devoción para obtener la pequeña y sencilla simiente de la verdad.

LXV

Al concluir la discusión, siempre vence el silencio.

LXVI

Ante argumentos peregrinos, señalar Tierra Santa.

LXVII

La evitación del sufrimiento no tiene nada que ver con la democracia o el bienestar material. Antes bien viene determinado por el escaso número de deseos y su escasa complejidad.

LXVIII

Como ya divisara Kant, el único derecho verdaderamente incuestionable es el de no ser una propiedad ajena. Todos lo demás deberían estar al servicio de la armonía de la sociedad, del mundo salvaje y de la elevación de los espíritus.

LXIX

La cortesía no sólo difiere la revelación de las verdaderas intenciones: también las va suavizando a fuerza de fingimientos.

LXX

El rito está vacío sin intención y debilitado sin detalles.

LXXI

Mirándolo bien, no hay ninguna incoherencia en la política moderna: líderes zafios para pueblos zafios. Todo está, pues, en perfecto orden.

LXXII

El hombre de genio es el que aprovecha como nadie la rapidez de su lógica, el sendero trazado por otros y las contradicciones del corazón humano.

LXXIII

Solamente disfruta de la alta filosofía quien sabe acomodarse en las paradojas. Solamente disfruta de la filosofía moderna quien no sabe acomodarse sino en ellas.

LXXIV

La compañía de los hombres no beneficia más que al alma de quien supo educarse en soledad. No se encuentra por completo a gusto en sociedad sino quien no la necesita y nada espera de ella.

LXXV

Lo más preocupante del dislate es que no siempre fracasa, dando entonces la errónea y peligrosa imagen de una solución a la que recurrir en ocasiones posteriores incondicionalmente.

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LXXVI

Los proyectos más sublimes pueden acabar en hechos infernales si se carece de maña para manejarlos. Son las pretensiones de magnitudes infernales las que rara vez pasan de realizaciones mediocres.

LXXVII

El mejor indicador de la generosidad no es tanto la histeria dadivosa cuanto la indiferencia para con el propio sino acompañada de sonrisa.

LXXVIII

El sueño es fiera que no se atreve a acosar al que siente tener cosas que decir.

LXXIX

Tanta impresión de caos da el completo azar como la completa predeterminación.

LXXX

Más desesperante es el azar que la predeterminación por no permitir siquiera deducir pronósticos.

LXXXI

Las profecías otorgaron leyes de ciencia política y de psicología a pueblos que creían en unicornios.

LXXXII

Dejar de creer en el mito denota no contar ya con una inteligencia tan sutil que permita emocionarse vívidamente con esquemas.

LXXXIII

Hay tanto sufrimiento en el mundo en este preciso instante que este mismo pensamiento debería completar como primer escolio a cada pensamiento que se precie de tal nombre.

LXXXIV

El “je ne sais quoi” dieciochesco permitía que las bellezas de la Razón que empezaba a reinar no ahogasen las que provenían de naturales costumbres de siempre.

LXXXV

El sabio moderno proclama aspiraciones allí donde el sabio antiguo proclamaba ejemplos. La sociedad tradicional no ofrecía sino la sabiduría necesaria para no destruirse.

LXXXVI

No hay belleza mundana tan grande que no permita imaginarla desaparecida.

LXXXVII

Damos por muertos a los dioses que nunca se dignaron a dirigirnos la palabra.

LXXXVIII

Los recuerdos nada hablan salvo de nuestra postura actual ante el destino.

LXXXIX

Una mujer pierde su último retazo de juventud cuando de continuo se interesa más por demostrar que de enamorar.

XC

El teólogo habla de la presencia de Dios en las categorías humanas, mientras que el místico habla de la presencia del hombre en Dios.

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XCI

Todo lo que no sea abrirse al Infinito es caminar sobre zancos.

XCII

La deducción simplifica el principio y la inducción simplifica los hechos. La verdad, según se aproxima, va haciendo tan difícil establecer teorías completas como fácil apuntar fragmentos sentenciosos para cada ocasión.

XCIII

Los niños divierten mientras no se den cuenta de que divierten.

XCIV

De ordinario aceptamos con más reticencias los desafíos de quienes nos aman que de quienes nos odian, no tanto por nuestro temor a herir, sino porque quien ama está dispuesto a poner más de su parte, y tememos no estar a la altura de tanta audacia.

XCV

Qué bello sería el mundo si nadie hubiese pensado que lo era, tras lo cual otro pensó que podía embellecerlo y otro que podía despojarlo de belleza con la misma inocuidad con que se retira la sábana a un mueble.

XCVI

Lo poético se detecta en el espíritu a través de gustos triviales, como el que se da por las palabras antiguas, las luces indirectas y los retratos de desconocidos.

XCVII

Hay sentencias tan misteriosas que, puede decirse, su auténtico mensaje versa sobre la naturaleza del misterio.

XCVIII

El anarquismo no podría funcionar en este mundo, donde es materialmente imposible no hacer daño. Lo mismo puede decirse de cualquier gobierno.

XCIX

Muchas contradicciones provienen de una ambición por querer entender cada mundo bajo los presupuestos de otro: el material por el espiritual, el espiritual por el material, lo matemático por lo lingüístico y a la inversa, etcétera.

C

Se obtiene sabiduría a medida que se va soltando la obtenida una vez se la ha contemplado desde todos los ángulos.

[Música: P. Vachon, Cuarteto de cuerda Op. 7 No. 2. II. Andantino (1772).]

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Le torrent du siècle ne manquera pas de nous entraîner du côté du vice, si nous ne faisons de continuels efforts pour nous avancer dans le chemin de la vertu.

[El torrente del siglo no dejará de conducirnos al lado del vicio si no hacemos continuos esfuerzos por avanzar en el camino de la virtud.]

Mme. de La Sablière, Maximes chrétiennes 28

Le courage & la vanité font parler.

[El coraje y la vanidad hacen hablar.]

Cristina de Suecia, Maximes 2.18

Quelle utilité en effet de faire un gros livre, pour prouver une doctrine qui étoit érigée en axiome, il y a trois mille ans ?

[¿Qué utilidad tiene, en efecto, escribir un libro enorme para probar una doctrina que ya se erigió en axioma hace tres mil años?]

J. O. de La Mettrie, L’homme machine

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1

Hombre espiritual es el que utiliza los obstáculos como claves de comprensión pacífica.

2

Respecto de los placeres adoptamos todas las posiciones con excepción de la idónea, que no es otra que disiparlos suavemente como se disipa con la mano el humo sutil y moribundo en una estancia, sin homenaje ni apego, sin resquemor ni interés.

3

Los recuerdos reclaman con cadenas su gloria cuando nos ven alejarnos hacia el auténtico progreso.

4

En no creerse sabio hay mucho de sabiduría, ciertamente, mas no tanto como en saber que la sabiduría se sitúa más allá de la creencia, de la ausencia misma de sabiduría ordinaria, de la noción misma de sujeto, sabio o no.

5

Los medievales levantaban templos para embellecer un mundo caído y los griegos para celebrar un mundo digno. Es cuando por despreocupación no se concibe al mundo como puro ni como impuro que inevitablemente acaba convertido en letrina.

6

La timidez es responsable de haber abortado los más tiernos amores.

7

Tanto la vergüenza como la desvergüenza denotan una incapacidad para entregarse, la primera en nombre del honor y la segunda en el suyo propio.

8

Se mide el perfeccionamiento del amor por su indiferencia a los golpes recibidos y por su habilidad en hacerlos infrecuentes.

9

La vergüenza más dada en sociedad no es la que conlleva arrepentimiento por el mal cometido, sino por no haberlo cometido con la bastante audacia.

10

Unas mujeres tienden a la tolerancia porque no soportan la soledad, mientras que otras, las más nobles, rehuyen la soledad por la necesidad de descargar amor.

11

El verdadero amante no entrega su amor de cualquier modo: es preferible aparentar indiferencia que entrar en el juego insatisfactorio de las pasiones.

12

El respeto lacónico entre caballeros es más recordado que el halago fácil.

13

Cuando se advierte que los ciclos son inevitables, es que hemos entrado en el último giro de uno de ellos.

14

Puesto que todo está en cambio permanente, siempre hay posibilidad para el cambio en nosotros, aunque no siempre la que esperamos.

15

A veces es menester no llevar demasiado rápido la erradicación de la vanidad para no caer en ella bajo una nueva forma.

16

La belleza alterna entre sus pliegues grandeza simbólica y vacuidad, y tan útil es apreciarla o despreciarla según la situación, lo cual produce no pocas confusiones inoportunas.

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17

En cuanto al amor propio, el amor lo disipa y la sabiduría lo castra para que no se reproduzca.

18

La literatura profana rara vez incluye sabiduría y casi siempre conlleva confusiones lamentables.

19

Si no veneras a los santos vengan de donde vengan, es que no has entendido la naturaleza de la santidad.

20

Los príncipes lo ignoraban casi todo de su condición, salvo la conducta concreta que se esperaba de ellos, la cual cumplían al menos en parte. Todo lo contrario sucede los poderosos que los sustituyeron.

21

La verdadera literatura sapiencial se sostiene sobre tres pilares: las palabras de los antiguos, el ejemplo de los grandes y la experiencia propia que sigue a las nobles aspiraciones.

22

Hay que recordar únicamente para extraer enseñanzas y suscitarse ternura. El resto es sufrimiento.

23

Anotar sin cesar pensamientos virtuosos es la única escapatoria razonable para quien tiene por obsesión la pluma.

24

Para ser espiritualmente maduro hay que fingir que la cultura y el pensamiento de los últimos dos siglos no han existido.

25

Se comprueba que arte y moral se corresponden en toda época al advertir ahora que la fealdad llama a la fealdad, del alma a la arquitectura y a la inversa.

26

Cada vez que alguien no lamenta pensar en los animales encadenados de por vida, pierde su mérito de ser humano.

27

Los sufrimientos de cierta magnitud llevan periódicamente al cultivo del espíritu, pero es la intuición del sufrimiento sutil que se oculta bajo cada velo del mundo el que mantiene invariable a la fe.

28

Pensamos una concepción del mundo más grandiosa si no logramos satisfacer nuestros más intensos deseos.

29

La indiferencia es el modo que tienen muchos hermanos de amarse.

30

No sólo es menester recordar que se es mortal; también es preciso no olvidar que cada circunstancia en que nos encontramos lo es igualmente.

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31

La música, al ser etérea, ficticia y temporal, es la mejor metáfora del mundo.

32

La sonrisa del que sufre siempre es sincera porque no hay estrategias en medio de los golpes.

33

Ya no tiene mérito ni utilidad resaltar los males de la modernidad porque ahora ya se insulta ella a sí misma como signo de buen tono.

34

Para los pueblos es requisito de su desarrollo el pecar de poco condescendientes, mientras que para el individuo es preferible errar por una excesiva tolerancia.

35

Quien se esfuerza en ser amado por su época no suele ser recordado, al igual que el galán que persigue a las jovencitas pierde prestigio ante las damas maduras y honestas.

37

Lo que más rápidamente regala significado profundo y misterioso a la mirada sobre el mundo no es el conocimiento, sino la alegría.

38

La belleza de un ser radica en su candidez o en su serenidad.

39

Dentro de las livianas aficiones humanas, mayor felicidad y más duradera otorga el trato benevolente con los seres dotados de alma que el trato con los bienes materiales; más la relación que la posesión.

40

Hay muchas normas que cumplir para lograr ennoblecerse, pero todas se basan en unos principios simples que es menester no olvidar en ningún momento para al menos no degradarse de nuevo.

41

Todo bien mundano es inquietante por anunciar un final.

42

El teatro de las consignas revolucionarias de los últimos siglos ha sido escrito por la ausencia de un sentimiento de culpa metafísica y ha sido musicado por la aparente compasión hacia los más débiles.

43

Ayudar a quien más lo necesita o a quien se tiene al lado son las dos conductas más nobles, y eso en el mismo grado, porque ponen el sentido práctico por encima de apetencias personales. Hay, sin embargo, quien derrama bondad solamente cuando le viene la inspiración y hacia quien le hace gracia.

44

Después de conocer a un sabio, uno nunca lo confundirá más con un erudito, un ideólogo o un artista.

45

Todo lo que destruye conlleva aferramiento.

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46

“Amable” es, literalmente, el que es fácil de amar, y a la vez significamos con esa palabra a quien da muestras de amor a los demás. La relación entre ambas cosas es demasiado evidente como para no extraer una consecuencia moral de ello.

47

Se declinan muchos elogios para obtener algunos más.

48

No se oye hablar mucho a los héroes porque suelen estar ocupados enfrentando batallas solitarias o muriendo.

49

Para tener razón bastaría con no perseguirla, sino reconocerla en cada idea que se nos muestre.

50

No hay nada tan falso que no haya sido animado por un oscuro anhelo de la verdad.

51

Quienes hacen el bien son hombres nobles. Quienes logran que muchos más hombres lo multipliquen son nobles líderes.

52

Pensar que porque los tiempos no funcionen necesitan continuar avanzando sobre la misma vía es como desear apagar las estrellas y la luna porque son síntomas de la nocturnidad.

53

El mejor modo de despejar la mente es elevar el corazón sin inflarlo.

54

Entre hombre y mujer solamente hay amor duradero y feliz si se mantiene entre ambos una combinación equilibrada de alegría y serenidad.

55

Lo que el filósofo moral establece en juicios, el cortesano lo intuyó difusamente en gestos sin extraer de ello la mejor consecuencia.

56

Repartir la soberanía entre el pueblo equivale a dividir un trozo de hielo en un millón de fragmentos: se diluye mucho más rápidamente. He ahí la razón por la que, se diga lo que se diga, ningún país de más de cinco mil habitantes tiene una verdadera democracia.

57

Las grandes teorías morales de los filósofos no se aplican por no ser tan simples, tan fáciles de memorizar, tan hermosas y tan acuciantes para la salvación propia y del pueblo como la que exige la religión.

58

A los judíos siempre les gusta quedar un escalón por encima de cualquier otro, y es una de las razones por las que siempre han sido rebajados diez escalones allí donde han ido. La soberbia del pequeño no vence a la envidia del grande.

59

El deseo se modula en la dama al son de los gestos de suficiencia en el gentilhombre.

60

El valor de un hombre se mide ahora en que tenga domicilio y carruaje propios, sin importar que sea incapaz de reposar en su propio corazón o de conducirse plácidamente entre las circunstancias de la vida.

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61

Nunca se deja de respetar a la persona inalcanzable. Lo impenetrable es fascinante.

62

El respeto a la vida y dignidad de todos los animales es la culminación del pacifismo.

63

Resulta fácil tolerar y justificar las conductas hostiles cuando no es uno el que sufre sus consecuencias.

64

No tiene poco valor el actuar correctamente aun a sabiendas de que ello puede desgraciadamente avivar el veneno de la vanidad.

65

Quienes mueren jóvenes pero con una sonrisa de satisfacción por lo vivido nos han bendecido con una enseñanza equivalente a varias vidas de sabiduría.

66

Tanta penetración supone contemplar al mundo como a un valle de lágrimas cuanto contemplarlo como a un misterioso y mágico altar. Aun mayor penetración supondría, a mi entender, contemplar del primer modo su apariencia y del segundo su médula oculta, uniforme y silenciosa.

67

Si hay tanto sufrimiento no es debido en primer término a las imperfecciones del mundo, sino a que nuestro anhelo es infinito.

 68

No podemos eliminar el Infierno, pero sí podemos evitar convertirnos en sus soldados.

69

Todo es demasiado relativo como para que lo sea en términos absolutos.

70

El único criterio que jamás decepciona de una persona es su limpieza de corazón.

71

Nos engañamos a nosotros mismos tan a menudo que solemos pensar que actuamos como actuamos debido a nuestras opiniones, cuando lo más frecuente que es que nuestras opiniones tomen el partido de nuestros actos .

72

Las principales diferencias entre las castas a lo largo de las épocas es que hoy el poder está más repartiado entre algunas miles de cabezas más y que ya no se sienten obligadas a promocionar en ningún grado la belleza y la piedad religiosa.

73

Sabiendo todo lo que ya se sabe sobre las absurdas motivaciones de nuestras decisiones, es increíble que no se reconozca oficialmente que dejar elegir al pueblo a sus líderes es como permitir que un niño organice una casa.

74

No hay descanso para quien carezca de la humildad de entregar el rumbo de su vida a maestros que han recorrido el camino a la madurez.

75

No podemos saber cuánta era la felicidad de los antiguos, pero sí vemos que la nuestra, poca o mucha, es blanda y liviana como una hoja a merced del viento.

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76

Muchos llaman felicidad a lo que no es sino narcosis, interrumpida por bruscos despertares en mitad de la noche.

77

El amor entre hombre y mujer y las relaciones políticas son los mayores cúmulos de malentendidos, verdades a medias e intereses velados que hay en las relaciones humanas.

78

Cuando comparo la era de las damas y los gentilhombres con la nuestra, no puedo evitar pensar que se han diluido los principales encantos por los que merecía la pena sufrir todo el camino del emparejamiento. Las cartas perfumadas, las palabras dispuestas como delicados collares de sugerencias, los juegos de abanicos y miradas, los dobles sentidos, la solemnidad tierna de los ademanes, las tertulias ocasionales y toda la poesía del galanteo suponían una destilación de los instintos y la celebración de la belleza y del placer como momentáneos -que no eternos- acercamientos a lo misterioso de nuestros corazones y nuestros cuerpos. Perdido todo ello, parece que lo único que ha quedado ha sido la ceniza de nuestro acomodamiento y la sincera brevedad de nuestros fuegos.

79

No logro declarar todo lo que pienso porque demasiado bien sé que lo que sé lo aprendo y desaprendo a cada momento.

80

No desagradan tanto los tiempos antiguos por su injusticia, sino porque a cada rato alzaban templos y palacios que no soportaríamos siquiera imaginar hoy.

81

Se desprecia a los animales para reconocerse a gran distancia de ellos, puesto que se teme que en realidad seamos demasiado similares a ellos o incluso peores. Pero tampoco faltan quienes los respetan para, a la manera de los cínicos griegos, emular su hedonismo y falta de compromiso. Lo justo es amarlos y protegerlos a todos de todo mal desde una posición de abnegada disciplina de la que ellos serían incapaces.

82

El apego nos alienta a secundar los intereses superficiales y cambiantes de los corazones; el amor nos acerca a sus intereses más profundos, de los que acaso ellos mismos sean desconocedores.

83

Tanta libertad merece el hombre cuanta sea capaz de dedicar a que el mundo sea capaz de soportar la libertad de todos.

83

El beso del amor propio conduce ladinamente a nuestra alma hasta el oscuro callejón de la mezquindad en el que será violada.

84

Nada tiene tanto de confesión como una mentira descubierta.

85

Volver a ver a quien no veíamos hacía tiempo y comprobar el cambio o permanencia de nuestros sentimientos sirve para medir la velocidad del paso de nuestro espíritu.

86

Escribir por escribir solamente es útil si contamos después con la suficiente severidad para desechar la inmensa mayoría superflua y quedarnos con las escasas sorpresas brillantes que el calor de nuestra imaginación ha engendrado.

 87

Sentir un amor heroico también puede engañarnos, pero su engaño es más tímido porque no nos tiene a nosotros como al centro de la cuestión.

88

La alegría no está siempre vinculada al placer, pero sí al convencimiento de que cada cosa es buena en su fondo último.

89

Los niños, debido a la cómica y ridícula semejanza de sus conductas con las de los adultos, nos recuerdan que también nosotros lo somos todavía.

90

Estudiar el mundo sin estudiarse uno a sí mismo equivale a creer que el paisaje tiene forma de cuadrilátero porque tal es la forma que se nos ofrece a la visión desde el carruaje.

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91

Algunos aprecian más al poderoso que pueda permitirnos vivir mejor que al pueblo que nos permite ahora vivir razonablemente bien. Otros ponen una confianza desmedida en el pueblo del futuro, evitando pensar el hecho de que los príncipes de hoy no nos están torturando ni oprimiendo.

92

Los músicos se envidian entre sí el número de ángeles que han logrado invocar.

93

Razonar sobre la presencia permanente de las pasiones nos ayuda a comprender que rara vez logramos razonar sin ellas.

94

No hay que dejar de sentir para razonar adecuadamente; lo imperativo es que tanto la razón como el corazón se concedan entre sí parte de sus proyectos para llegar más rápidamente a la verdad, al igual que dos viajeros pagarán más barato su viaje si compran juntos un caballo que los deje en el centro del mismo país, a la misma distancia de ambos destinos.

95

Se duda del tesoro que se tenga en gran medida, sea el genio, el conocimiento, la humildad o el amor.

96

Quien a buen árbol se arrima… puede llegar a temer caminar por el campo abierto.

97

Porque ya no se ven frailes se ha perdido de vista la posibilidad de una vida sin artificios.

98

Se diría que el hombre se hubiese propuesto llevar el sufrimiento de las bestias a alturas inimaginables para superar también en eso a la naturaleza.

99

Tan pernicioso es exhibir la compasión como pertinente es exhibir al  sufriente compadecido.

100

Un amigo ayuda aunque no comprenda. Un maestro nos ayuda tras comprendernos y haciéndonos comprender. Un santo ayuda con su misma comprensión, antes incluso de saber de nuestra existencia.

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101

Siempre se imaginó el espacio de los infiernos repleto de bestias crueles de variopintas formas, sin advertir que eran los propios hombres esas bestias a ojos de los cuadrúpedos que soportan todo lo insoportable.

102

La sutileza carece de conclusión.

103

Se embellece el carácter cada vez que sin desprecio se suelta algo. Se embellece mucho más si se suelta aquello para darlo.

104

El geómetra y el músico afinan las mismas cuerdas, cada uno desde uno de los lados de la tastiera del laúd universal.

105

Los filósofos de la Edad de la Razón aciertan sobre todo cuando se fían más de su edad que de la razón.

106

Una verdad a medias es toda la verdad que puede obtener quien la busca únicamente con su raciocinio o únicamente con su intuición, es decir, quien la busca a medias.

107

Considerad el conjunto de la humanidad y advierte en qué grupo se os encuadraría. ¿Entre los cien mil hombres más felices? ¿Entre los diez millones? ¿Los cincuenta millones? Por mucho que vaya ascendiendo la cifra, siempre estarás entre los privilegiados, o de otro modo no estaríais escribiendo o leyendo palabras como éstas. Dejad, pues, de reclamar atenciones como un niño.

108

La alegría es la esperanza en el ahora. La esperanza es la alegría lanzada al mañana. Difieren únicamente en el instante en que cifran la resolución.

109

La vida más valiosa para la humanidad es la de aquel que se la regala.

110

Pocos consuelos superan al consuelo que ofrece la imagen del éxito ante nosotros y la del fracaso a nuestras espaldas.

111

Conversar sin apetito de conversación es la gleba del cortesano.

112

Cuando el caballero se enamora, lo hace con fuerza y convenciéndose de que su compromiso es para toda la vida. Cuando la dama se enamora, lo hace con timidez y temiendo que su sentimiento no durará. Ambos suelen errar en sus apreciaciones.

113

La gente de nuestro siglo corre de aquí para allá probando toda suerte de consuelos imposibles porque ya no cuentan con la posibilidad de aceptar consejos y enseñanzas de un sacerdote.

114

Para conquistar a una dama, lo más importante es saber aprovechar el instante, por lo común breve, en el que ella lo permita.

115

Todos nuestros pesares, por grandiosos y enigmáticos que se aparezcan, se podrían resumir en cuatro o cinco palabras.

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116

Las despedidas serían torturas insoportables sin el bálsamo del olvido y la frívola distracción.

117

El olvido de los males no es tan útil, pues nos impide aprender de los errores. Más recomendable que olvidar es embellecer el golpe en la imaginación. Elaborar un adorno con las espinas que uno se clavó nos recuerda su peligro sin dejar de amarlas alegremente.

118

El corazón, una vez que ha tomado partido, se abriga con argumentos racionales y desecha otros no menos racionales con los que no concuerda.

119

El arte de escribir cartas no sólo nos permitía conocer al otro. Prácticamente ningún ejercicio hay mejor para tomarse uno mismo la temperatura del carácter.

121

El cuerpo, caduco compañero, es al mismo tiempo una prisión y un talismán que nos advierte del exceso de ilusión.

122

Los mayores sabios no evitan contradecirse: en su lugar dan a entender que las verdades no encajan unas con otras tan fácilmente como las fantasías que inventamos.

123

Los recuerdos felices sirven para recurrir a ellos cuando sentimos haber malgastado nuestro tiempo en el mundo y para contemplar su inanidad en el momento en que los estamos forjando con vivencias.

124

La música galante más ingenua es también la más espiritual, pues se esfuerza en mostrar con bellos órdenes que la presencia del mal en el mundo es irreal.

125

Nos besamos continuamente como tratando de transmitir un mensaje que nunca logramos expresar porque no cabe en nuestro ser mundano.

126

Es preciso castigar al que hiere solamente si carece de la madurez necesaria para entender por qué actuó mal, que ha de evitarlo en el futuro y cómo lograrlo.

127

Hay justicia cuando el rigor de la ley y la tolerante epiqueya llegan a un compromiso insatisfactorio.

128

Para lograr expresarse y convencer, verdad y fantasía adoptan cada una la apariencia de la otra.

129

La confianza excesiva en la civilización conduce a una desconfianza completa cuando, tras desmembrarla como a un cadáver en una lección de anatomía, no se ha logrado hallar nada sólido; una vacuidad que debía mantenerse en secreto.

130

Hoy no se luce a los héroes, sino a los histriones que juegan declaradamente a representarlos… o incluso a vilipendiarlos.

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131

Todo engaño comienza con una necesidad de amor o de alimento.

132

No es arte elevado si no despierta devoción o piedad.

133

El observador silencioso rara vez es amado porque no acepta las mismas reglas inquietas que los demás y porque sabe demasiado.

134

Como en una espiral, una mentira lleva a otra hasta que su giro se detiene en la verdad, situada en el centro.

135

Sólo despierta la incertidumbre bellos sentimientos si desalienta el fervor de los planes previstos en vez de alentar la previsión de otros nuevos; y, lo que es más importante, si no vence a un impulso de la generosidad ajeno al desengaño.

136

Un escéptico que se limita a dudar es como un lacayo que limpiase un salón que no habrá de ser amueblado después.

137

El genio no nace ni se hace: renace.

138

Muchos podrían alcanzar la santidad si, en primer lugar, supiesen de su existencia.

139

Junto al sabio, cada circunstancia se convierte en parábola.

140

Si la envidia es desear lo que otro posee, y si los celos son el deseo de que el otro no se lleve lo que uno tiene, la mezquindad es el deseo de que otro no posea aquello que podrían poseer sin merma los dos; es, por lo tanto, el sentimiento más relacionado con el odio.

141

Quizá no hayamos conocido los mayores descubrimientos de los mayores genios, quizá porque pensaron que no soportaríamos tamañas revelaciones.

142

Decía Charles Maurras que para que la monarquía funcionase se requería un hombre sabio, mientras que para para que la democracia hiciera lo propio se requería que la mayor parte del pueblo fuera sabio, lo cual dejaba a la monarquía en una situación de inmensa ventaja teórica. Ahora bien, también es mayor el daño que pueda hacer un monarca malvado que el que pueda cometer un pueblo similar, razón por la que es altamente recomendable la educación del futuro monarca desde el instante en que tenga uso de razón.

143

La única aportación verdaderamente laudable que haya tenido el progreso de los últimos siglos es el afán en que nadie sea ante la ley la mera propiedad de otra persona. Tal proyecto está todavía lejos de cumplirse, pues hasta ahora se ha dejado fuera a la mayor parte de los seres: aquellos que por la disposición de sus cerebros y la forma de su hocico no saben hablar para defenderse.

144

Que un alma limpia sea vuestro rey; un cerebro sensato, vuestro general; un cuerpo sano, el ejército.

145

Los más poderosos no se mantienen en el poder gracias a su fortaleza de carácter con la que resistir lo que enfrentan, sino a su debilidad de espíritu con la que enfrentarse a lo que saben.

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146

Una de los mayores disyuntivas trágicas es que no es posible atender en igual medida la justicia para los individuos y la de los pueblos. O salvamos a las almas de hoy, o salvamos a la raza mañana, cuando esté compuesta de aun más almas. Para lo primero se requiere derechos más que nada. Lo segundo requiere deberes. Aquellos derechos y estos deberes rara vez terminan de encajar bien siquiera sobre el papel. La Tradición y las Luces tienen ambas razones a su favor, y ello porque cada una responde a intereses fundamentales de los seres humanos. Sin Tradición se termina en el caos; sin Luces se va a parar a la crueldad. La combinación de ambos extremos ha traído el desgarro de la humanidad, pero, habiendo llegado hasta donde hemos llegado, la ausencia definitiva de cualquiera de las dos llevaría, sin duda, a algún tipo de abismo sin salida. Porque la racionalidad ilustrada va ganando se puede entrever que el precio a pagar será el desorden y ceñirse a una fría supervivencia hasta que el ciclo comience de nuevo. Pero de todo ese proceso, los animales no se beneficiarán en ningún momento, pues ni la Ilustración es tan racional como para reconocer los mismos principios de dignidad en cualquier ser no humano, ni la Tradición fue nunca tan poderosa como para imponer la regla de oro a un pueblo hambriento y lujurioso.

147

Si tanto nos cuesta adoptar las conductas virtuosas que nos enseñan los demás, se debe a nuestro apego por nuestras costumbres y a que no nos agrada sentir que nos convencen.

148

Que no os incluyan los más dignos hombres de sociedad como a uno de ellos os evita las molestias de los impertinentes que los rodean.

149

Aun en las más sinceras biografías y memorias, se omite  por modestia lo mejor de las personalidades y por vergüenza lo peor.

150

La plebe invoca a la ciencia porque percibe que ésta justifica sus apetitos cuando no los satisface.

151

Los nuevos teólogos parecen optar por soluciones hodiernas en perjuicio de un Misterio eterno.

152

Más que el cataclismo de las naciones, al cual podemos más o menos adivinar, se ha temer a las naciones que surgirán del cataclismo, las cuales son completos enigmas para nosotros.

154

Hay una competición vanidosa entre los progresistas por ver quién es el más inclusivo.

155

La estridencia del libertino servirá al menos como parábola en manos del moralista. Su caída final tras el apogeo nos habrá mostrado la fatuidad de su arrogancia y la calidad de nuestra paciencia.

156

No hay que desear nunca la decadencia del frívolo, sino el aprovechamiento sensato de su pujanza antes de que decaiga.

157

Tanto los que adoran el cambio como los que lo execran no dejan de pasar por alto su inevitabilidad y  su pequeñez.

158

Por ser de domicilio europeo, la Iglesia ha olvidado el clamor fervoroso de sus pobres y la grandilocuencia cautivadora de sus aristócratas para quedar relegada como el anodino complemento de la burguesía.

159

Una religión ha fallado cuando da la sensación de ser contingente.

160

Burgués es quien domina su generosidad.

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161

Tiene mundo interior quien acepta que lo más provechoso es lo que carece de propósito.

162

Más que la calma de sus aflicciones, el frívolo persigue en la reflexión un nuevo modo de agitar sus alegrías. Las soluciones modestas no son tan amadas como los conflictos ambiciosos.

163

La igualdad de oportunidades puede en ocasiones no ser más que la propuesta del que iba perdiendo la competición para empezarla de nuevo.

164

Tanto las discusiones teóricas como las revoluciones sangrientas posponen la resolución de los conflictos que solamente arrancan y concluyen mediante amor y humilde disciplina de carácter.

165

La arquitectura moderna es horrible, aun más que por sí misma, por afear a los edificios antiguos junto a los que se yergue y se compara osadamente.

166

Hay espíritu que son refinados no por recibir una educación clásica, sino por no haber recibido una moderna. Tan retorcido es el siglo que por contraste ha convertido a la llaneza en una virtud aristocrática.

167

No siempre se sana el sufrimiento mediante igualdad, pues algunas virtudes curativas solamente se adquieren cuando se tiene la cabeza inclinada y otras solamente con la vista a lo alto.

168

La derrota degrada o ennoblece al carácter, pero rara vez lo deja inmóvil.

169

Habría que proteger del sufrimiento, antes que a nadie, al que no sea capaz de comprenderlo.

170

Nuestro siglo es un monstruo devorador de ademanes libertinos.

171

El ornamento pasó a ocupar el cargo de la magia, y el sentido práctico sustituyó a toda vida interior.

172

Cuando los sistemas no satisfacen, es que ambicionaron capturar el misterio inasible de nuestras intuiciones.

173

Hay una miopía histórica que sólo se ataja con una juventud contemplativa.

174

Los corazones no se hermanan porque no reconocen un padre común todavía vivo, ya que se asume que nuestros primeros antepasados eran necios que desaparecieron con su muerte.

175

Generar problemas es la especialidad de quien cree sentir mucho amor pero carece del suficiente como para templar sus arrogantes arrebatos revolucionarios.

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176

Comprobamos que tenemos el carácter a medio hacer si un placer dulce trastoca nuestros postulados más nobles.

177

Sea la amabilidad el modo suave en que incitamos a aceptar nuestros más severos principios.

178

El triunfo completo de la técnica indica el fracaso no menos completo del espíritu.

179

La igualdad de obligaciones hace de la nuestra una sociedad aprentemente sin castas, pero el ingente número de tales obligaciones bien puede excluirnos de la sociedad, lo cual supone la peor de las castas posibles.

180

Muchos de los más dichosos amantes se mantienen unidos por un equilibrio de intereses.

181

Al contrario de lo que sucedía en los antiguos regímenes, hoy el estado permanece mientras la sociedad se mueve, sin advertir que el satisfecho no suele ser quien se agita.

182

Si se han hecho necesarios ciertos cambios radicales, se debe a que vivimos en el peligro de no radicar en suelo alguno.

183

Las castas han dejado de ser estamentos: ahora son vectores.

184

Nada cuestiona menos a la realidad política que el debate político.

185

Nunca antes la decepción que causan las cabezas de la cultura se había convertido en una insignia cultural.

186

Las personas que logran incitar a grandes revoluciones siempre son de bello carácter o de carácter nefasto.

187

En el terreno de las costumbres y de la religión, admitir una objeción certera puede permitir la invasión de conclusiones erróneas.

188

La mejor prueba de que el rechazo del siglo a la pureza es primario e instintivo es que la iguala tanto a la languidez de carácter como al genio violento.

189

No es la justicia lo que debería entusiasmar, sino la posibilidad de que puedan los más quedar por encima de la justicia mientras se garantice la imposibilidad de quedar por debajo.

190

El lugar común de las tradiciones es digno subsidio para el necio que quedó sin nada en el reparto de la perspicacia filosófica.

191

Los llamamos justos e injustos no tanto por sus opiniones cuanto por el lugar que nosotros ocupamos en ellas.

192

Siempre pretenden mucho más territorio las libertades ilegítimas nacidas de la envidia y la molicie que las libertades dignas que persiguen belleza y plenitud.

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[Música: Louis Séjan, Sonate Op. 7 No. 1. II, obra dedicada a la princesa de Lamballe, arpista, amiga íntima de María Antonieta y asesinada durante las matanzas de septiembre de 1792, tras lo cual su cabeza se clavó en la punta de una pica para a través de las ventanas mostrársela a la reina, recluida en la prisión del Temple. La penúltima de las imágenes arriba mostradas retrata el cadáver de la malhadada princesa, mientras que la anterior la muestra todavía en todo su esplendor.]

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