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Archive for the ‘Aromas dieciochescos’ Category

Le torrent du siècle ne manquera pas de nous entraîner du côté du vice, si nous ne faisons de continuels efforts pour nous avancer dans le chemin de la vertu.

[El torrente del siglo no dejará de conducirnos al lado del vicio si no hacemos continuos esfuerzos por avanzar en el camino de la virtud.]

Mme. de La Sablière, Maximes chrétiennes 28

Le courage & la vanité font parler.

[El coraje y la vanidad hacen hablar.]

Cristina de Suecia, Maximes 2.18

Quelle utilité en effet de faire un gros livre, pour prouver une doctrine qui étoit érigée en axiome, il y a trois mille ans ?

[¿Qué utilidad tiene, en efecto, escribir un libro enorme para probar una doctrina que ya se erigió en axioma hace tres mil años?]

J. O. de La Mettrie, L’homme machine

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1

Hombre espiritual es el que utiliza los obstáculos como claves de comprensión pacífica.

2

Respecto de los placeres adoptamos todas las posiciones con excepción de la idónea, que no es otra que disiparlos suavemente como se disipa con la mano el humo sutil y moribundo en una estancia, sin homenaje ni apego, sin resquemor ni interés.

3

Los recuerdos reclaman con cadenas su gloria cuando nos ven alejarnos hacia el auténtico progreso.

4

En no creerse sabio hay mucho de sabiduría, ciertamente, mas no tanto como en saber que la sabiduría se sitúa más allá de la creencia, de la ausencia misma de sabiduría ordinaria, de la noción misma de sujeto, sabio o no.

5

Los medievales levantaban templos para embellecer un mundo caído y los griegos para celebrar un mundo digno. Es cuando por despreocupación no se concibe al mundo como puro ni como impuro que inevitablemente acaba convertido en letrina.

6

La timidez es responsable de haber abortado los más tiernos amores.

7

Tanto la vergüenza como la desvergüenza denotan una incapacidad para entregarse, la primera en nombre del honor y la segunda en el suyo propio.

8

Se mide el perfeccionamiento del amor por su indiferencia a los golpes recibidos y por su habilidad en hacerlos infrecuentes.

9

La vergüenza más dada en sociedad no es la que conlleva arrepentimiento por el mal cometido, sino por no haberlo cometido con la bastante audacia.

10

Unas mujeres tienden a la tolerancia porque no soportan la soledad, mientras que otras, las más nobles, rehuyen la soledad por la necesidad de descargar amor.

11

El verdadero amante no entrega su amor de cualquier modo: es preferible aparentar indiferencia que entrar en el juego insatisfactorio de las pasiones.

12

El respeto lacónico entre caballeros es más recordado que el halago fácil.

13

Cuando se advierte que los ciclos son inevitables, es que hemos entrado en el último giro de uno de ellos.

14

Puesto que todo está en cambio permanente, siempre hay posibilidad para el cambio en nosotros, aunque no siempre la que esperamos.

15

A veces es menester no llevar demasiado rápido la erradicación de la vanidad para no caer en ella bajo una nueva forma.

16

La belleza alterna entre sus pliegues grandeza simbólica y vacuidad, y tan útil es apreciarla o despreciarla según la situación, lo cual produce no pocas confusiones inoportunas.

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17

En cuanto al amor propio, el amor lo disipa y la sabiduría lo castra para que no se reproduzca.

18

La literatura profana rara vez incluye sabiduría y casi siempre conlleva confusiones lamentables.

19

Si no veneras a los santos vengan de donde vengan, es que no has entendido la naturaleza de la santidad.

20

Los príncipes lo ignoraban casi todo de su condición, salvo la conducta concreta que se esperaba de ellos, la cual cumplían al menos en parte. Todo lo contrario sucede los poderosos que los sustituyeron.

21

La verdadera literatura sapiencial se sostiene sobre tres pilares: las palabras de los antiguos, el ejemplo de los grandes y la experiencia propia que sigue a las nobles aspiraciones.

22

Hay que recordar únicamente para extraer enseñanzas y suscitarse ternura. El resto es sufrimiento.

23

Anotar sin cesar pensamientos virtuosos es la única escapatoria razonable para quien tiene por obsesión la pluma.

24

Para ser espiritualmente maduro hay que fingir que la cultura y el pensamiento de los últimos dos siglos no han existido.

25

Se comprueba que arte y moral se corresponden en toda época al advertir ahora que la fealdad llama a la fealdad, del alma a la arquitectura y a la inversa.

26

Cada vez que alguien no lamenta pensar en los animales encadenados de por vida, pierde su mérito de ser humano.

27

Los sufrimientos de cierta magnitud llevan periódicamente al cultivo del espíritu, pero es la intuición del sufrimiento sutil que se oculta bajo cada velo del mundo el que mantiene invariable a la fe.

28

Pensamos una concepción del mundo más grandiosa si no logramos satisfacer nuestros más intensos deseos.

29

La indiferencia es el modo que tienen muchos hermanos de amarse.

30

No sólo es menester recordar que se es mortal; también es preciso no olvidar que cada circunstancia en que nos encontramos lo es igualmente.

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31

La música, al ser etérea, ficticia y temporal, es la mejor metáfora del mundo.

32

La sonrisa del que sufre siempre es sincera porque no hay estrategias en medio de los golpes.

33

Ya no tiene mérito ni utilidad resaltar los males de la modernidad porque ahora ya se insulta ella a sí misma como signo de buen tono.

34

Para los pueblos es requisito de su desarrollo el pecar de poco condescendientes, mientras que para el individuo es preferible errar por una excesiva tolerancia.

35

Quien se esfuerza en ser amado por su época no suele ser recordado, al igual que el galán que persigue a las jovencitas pierde prestigio ante las damas maduras y honestas.

37

Lo que más rápidamente regala significado profundo y misterioso a la mirada sobre el mundo no es el conocimiento, sino la alegría.

38

La belleza de un ser radica en su candidez o en su serenidad.

39

Dentro de las livianas aficiones humanas, mayor felicidad y más duradera otorga el trato benevolente con los seres dotados de alma que el trato con los bienes materiales; más la relación que la posesión.

40

Hay muchas normas que cumplir para lograr ennoblecerse, pero todas se basan en unos principios simples que es menester no olvidar en ningún momento para al menos no degradarse de nuevo.

41

Todo bien mundano es inquietante por anunciar un final.

42

El teatro de las consignas revolucionarias de los últimos siglos ha sido escrito por la ausencia de un sentimiento de culpa metafísica y ha sido musicado por la aparente compasión hacia los más débiles.

43

Ayudar a quien más lo necesita o a quien se tiene al lado son las dos conductas más nobles, y eso en el mismo grado, porque ponen el sentido práctico por encima de apetencias personales. Hay, sin embargo, quien derrama bondad solamente cuando le viene la inspiración y hacia quien le hace gracia.

44

Después de conocer a un sabio, uno nunca lo confundirá más con un erudito, un ideólogo o un artista.

45

Todo lo que destruye conlleva aferramiento.

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46

“Amable” es, literalmente, el que es fácil de amar, y a la vez significamos con esa palabra a quien da muestras de amor a los demás. La relación entre ambas cosas es demasiado evidente como para no extraer una consecuencia moral de ello.

47

Se declinan muchos elogios para obtener algunos más.

48

No se oye hablar mucho a los héroes porque suelen estar ocupados enfrentando batallas solitarias o muriendo.

49

Para tener razón bastaría con no perseguirla, sino reconocerla en cada idea que se nos muestre.

50

No hay nada tan falso que no haya sido animado por un oscuro anhelo de la verdad.

51

Quienes hacen el bien son hombres nobles. Quienes logran que muchos más hombres lo multipliquen son nobles líderes.

52

Pensar que porque los tiempos no funcionen necesitan continuar avanzando sobre la misma vía es como desear apagar las estrellas y la luna porque son síntomas de la nocturnidad.

53

El mejor modo de despejar la mente es elevar el corazón sin inflarlo.

54

Entre hombre y mujer solamente hay amor duradero y feliz si se mantiene entre ambos una combinación equilibrada de alegría y serenidad.

55

Lo que el filósofo moral establece en juicios, el cortesano lo intuyó difusamente en gestos sin extraer de ello la mejor consecuencia.

56

Repartir la soberanía entre el pueblo equivale a dividir un trozo de hielo en un millón de fragmentos: se diluye mucho más rápidamente. He ahí la razón por la que, se diga lo que se diga, ningún país de más de cinco mil habitantes tiene una verdadera democracia.

57

Las grandes teorías morales de los filósofos no se aplican por no ser tan simples, tan fáciles de memorizar, tan hermosas y tan acuciantes para la salvación propia y del pueblo como la que exige la religión.

58

A los judíos siempre les gusta quedar un escalón por encima de cualquier otro, y es una de las razones por las que siempre han sido rebajados diez escalones allí donde han ido. La soberbia del pequeño no vence a la envidia del grande.

59

El deseo se modula en la dama al son de los gestos de suficiencia en el gentilhombre.

60

El valor de un hombre se mide ahora en que tenga domicilio y carruaje propios, sin importar que sea incapaz de reposar en su propio corazón o de conducirse plácidamente entre las circunstancias de la vida.

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61

Nunca se deja de respetar a la persona inalcanzable. Lo impenetrable es fascinante.

62

El respeto a la vida y dignidad de todos los animales es la culminación del pacifismo.

63

Resulta fácil tolerar y justificar las conductas hostiles cuando no es uno el que sufre sus consecuencias.

64

No tiene poco valor el actuar correctamente aun a sabiendas de que ello puede desgraciadamente avivar el veneno de la vanidad.

65

Quienes mueren jóvenes pero con una sonrisa de satisfacción por lo vivido nos han bendecido con una enseñanza equivalente a varias vidas de sabiduría.

66

Tanta penetración supone contemplar al mundo como a un valle de lágrimas cuanto contemplarlo como a un misterioso y mágico altar. Aun mayor penetración supondría, a mi entender, contemplar del primer modo su apariencia y del segundo su médula oculta, uniforme y silenciosa.

67

Si hay tanto sufrimiento no es debido en primer término a las imperfecciones del mundo, sino a que nuestro anhelo es infinito.

 68

No podemos eliminar el Infierno, pero sí podemos evitar convertirnos en sus soldados.

69

Todo es demasiado relativo como para que lo sea en términos absolutos.

70

El único criterio que jamás decepciona de una persona es su limpieza de corazón.

71

Nos engañamos a nosotros mismos tan a menudo que solemos pensar que actuamos como actuamos debido a nuestras opiniones, cuando lo más frecuente que es que nuestras opiniones tomen el partido de nuestros actos .

72

Las principales diferencias entre las castas a lo largo de las épocas es que hoy el poder está más repartiado entre algunas miles de cabezas más y que ya no se sienten obligadas a promocionar en ningún grado la belleza y la piedad religiosa.

73

Sabiendo todo lo que ya se sabe sobre las absurdas motivaciones de nuestras decisiones, es increíble que no se reconozca oficialmente que dejar elegir al pueblo a sus líderes es como permitir que un niño organice una casa.

74

No hay descanso para quien carezca de la humildad de entregar el rumbo de su vida a maestros que han recorrido el camino a la madurez.

75

No podemos saber cuánta era la felicidad de los antiguos, pero sí vemos que la nuestra, poca o mucha, es blanda y liviana como una hoja a merced del viento.

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76

Muchos llaman felicidad a lo que no es sino narcosis, interrumpida por bruscos despertares en mitad de la noche.

77

El amor entre hombre y mujer y las relaciones políticas son los mayores cúmulos de malentendidos, verdades a medias e intereses velados que hay en las relaciones humanas.

78

Cuando comparo la era de las damas y los gentilhombres con la nuestra, no puedo evitar pensar que se han diluido los principales encantos por los que merecía la pena sufrir todo el camino del emparejamiento. Las cartas perfumadas, las palabras dispuestas como delicados collares de sugerencias, los juegos de abanicos y miradas, los dobles sentidos, la solemnidad tierna de los ademanes, las tertulias ocasionales y toda la poesía del galanteo suponían una destilación de los instintos y la celebración de la belleza y del placer como momentáneos -que no eternos- acercamientos a lo misterioso de nuestros corazones y nuestros cuerpos. Perdido todo ello, parece que lo único que ha quedado ha sido la ceniza de nuestro acomodamiento y la sincera brevedad de nuestros fuegos.

79

No logro declarar todo lo que pienso porque demasiado bien sé que lo que sé lo aprendo y desaprendo a cada momento.

80

No desagradan tanto los tiempos antiguos por su injusticia, sino porque a cada rato alzaban templos y palacios que no soportaríamos siquiera imaginar hoy.

81

Se desprecia a los animales para reconocerse a gran distancia de ellos, puesto que se teme que en realidad seamos demasiado similares a ellos o incluso peores. Pero tampoco faltan quienes los respetan para, a la manera de los cínicos griegos, emular su hedonismo y falta de compromiso. Lo justo es amarlos y protegerlos a todos de todo mal desde una posición de abnegada disciplina de la que ellos serían incapaces.

82

El apego nos alienta a secundar los intereses superficiales y cambiantes de los corazones; el amor nos acerca a sus intereses más profundos, de los que acaso ellos mismos sean desconocedores.

83

Tanta libertad merece el hombre cuanta sea capaz de dedicar a que el mundo sea capaz de soportar la libertad de todos.

83

El beso del amor propio conduce ladinamente a nuestra alma hasta el oscuro callejón de la mezquindad en el que será violada.

84

Nada tiene tanto de confesión como una mentira descubierta.

85

Volver a ver a quien no veíamos hacía tiempo y comprobar el cambio o permanencia de nuestros sentimientos sirve para medir la velocidad del paso de nuestro espíritu.

86

Escribir por escribir solamente es útil si contamos después con la suficiente severidad para desechar la inmensa mayoría superflua y quedarnos con las escasas sorpresas brillantes que el calor de nuestra imaginación ha engendrado.

 87

Sentir un amor heroico también puede engañarnos, pero su engaño es más tímido porque no nos tiene a nosotros como al centro de la cuestión.

88

La alegría no está siempre vinculada al placer, pero sí al convencimiento de que cada cosa es buena en su fondo último.

89

Los niños, debido a la cómica y ridícula semejanza de sus conductas con las de los adultos, nos recuerdan que también nosotros lo somos todavía.

90

Estudiar el mundo sin estudiarse uno a sí mismo equivale a creer que el paisaje tiene forma de cuadrilátero porque tal es la forma que se nos ofrece a la visión desde el carruaje.

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91

Algunos aprecian más al poderoso que pueda permitirnos vivir mejor que al pueblo que nos permite ahora vivir razonablemente bien. Otros ponen una confianza desmedida en el pueblo del futuro, evitando pensar el hecho de que los príncipes de hoy no nos están torturando ni oprimiendo.

92

Los músicos se envidian entre sí el número de ángeles que han logrado invocar.

93

Razonar sobre la presencia permanente de las pasiones nos ayuda a comprender que rara vez logramos razonar sin ellas.

94

No hay que dejar de sentir para razonar adecuadamente; lo imperativo es que tanto la razón como el corazón se concedan entre sí parte de sus proyectos para llegar más rápidamente a la verdad, al igual que dos viajeros pagarán más barato su viaje si compran juntos un caballo que los deje en el centro del mismo país, a la misma distancia de ambos destinos.

95

Se duda del tesoro que se tenga en gran medida, sea el genio, el conocimiento, la humildad o el amor.

96

Quien a buen árbol se arrima… puede llegar a temer caminar por el campo abierto.

97

Porque ya no se ven frailes se ha perdido de vista la posibilidad de una vida sin artificios.

98

Se diría que el hombre se hubiese propuesto llevar el sufrimiento de las bestias a alturas inimaginables para superar también en eso a la naturaleza.

99

Tan pernicioso es exhibir la compasión como pertinente es exhibir al  sufriente compadecido.

100

Un amigo ayuda aunque no comprenda. Un maestro nos ayuda tras comprendernos y haciéndonos comprender. Un santo ayuda con su misma comprensión, antes incluso de saber de nuestra existencia.

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101

Siempre se imaginó el espacio de los infiernos repleto de bestias crueles de variopintas formas, sin advertir que eran los propios hombres esas bestias a ojos de los cuadrúpedos que soportan todo lo insoportable.

102

La sutileza carece de conclusión.

103

Se embellece el carácter cada vez que sin desprecio se suelta algo. Se embellece mucho más si se suelta aquello para darlo.

104

El geómetra y el músico afinan las mismas cuerdas, cada uno desde uno de los lados de la tastiera del laúd universal.

105

Los filósofos de la Edad de la Razón aciertan sobre todo cuando se fían más de su edad que de la razón.

106

Una verdad a medias es toda la verdad que puede obtener quien la busca únicamente con su raciocinio o únicamente con su intuición, es decir, quien la busca a medias.

107

Considerad el conjunto de la humanidad y advierte en qué grupo se os encuadraría. ¿Entre los cien mil hombres más felices? ¿Entre los diez millones? ¿Los cincuenta millones? Por mucho que vaya ascendiendo la cifra, siempre estarás entre los privilegiados, o de otro modo no estaríais escribiendo o leyendo palabras como éstas. Dejad, pues, de reclamar atenciones como un niño.

108

La alegría es la esperanza en el ahora. La esperanza es la alegría lanzada al mañana. Difieren únicamente en el instante en que cifran la resolución.

109

La vida más valiosa para la humanidad es la de aquel que se la regala.

110

Pocos consuelos superan al consuelo que ofrece la imagen del éxito ante nosotros y la del fracaso a nuestras espaldas.

111

Conversar sin apetito de conversación es la gleba del cortesano.

112

Cuando el caballero se enamora, lo hace con fuerza y convenciéndose de que su compromiso es para toda la vida. Cuando la dama se enamora, lo hace con timidez y temiendo que su sentimiento no durará. Ambos suelen errar en sus apreciaciones.

113

La gente de nuestro siglo corre de aquí para allá probando toda suerte de consuelos imposibles porque ya no cuentan con la posibilidad de aceptar consejos y enseñanzas de un sacerdote.

114

Para conquistar a una dama, lo más importante es saber aprovechar el instante, por lo común breve, en el que ella lo permita.

115

Todos nuestros pesares, por grandiosos y enigmáticos que se aparezcan, se podrían resumir en cuatro o cinco palabras.

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116

Las despedidas serían torturas insoportables sin el bálsamo del olvido y la frívola distracción.

117

El olvido de los males no es tan útil, pues nos impide aprender de los errores. Más recomendable que olvidar es embellecer el golpe en la imaginación. Elaborar un adorno con las espinas que uno se clavó nos recuerda su peligro sin dejar de amarlas alegremente.

118

El corazón, una vez que ha tomado partido, se abriga con argumentos racionales y desecha otros no menos racionales con los que no concuerda.

119

El arte de escribir cartas no sólo nos permitía conocer al otro. Prácticamente ningún ejercicio hay mejor para tomarse uno mismo la temperatura del carácter.

121

El cuerpo, caduco compañero, es al mismo tiempo una prisión y un talismán que nos advierte del exceso de ilusión.

122

Los mayores sabios no evitan contradecirse: en su lugar dan a entender que las verdades no encajan unas con otras tan fácilmente como las fantasías que inventamos.

123

Los recuerdos felices sirven para recurrir a ellos cuando sentimos haber malgastado nuestro tiempo en el mundo y para contemplar su inanidad en el momento en que los estamos forjando con vivencias.

124

La música galante más ingenua es también la más espiritual, pues se esfuerza en mostrar con bellos órdenes que la presencia del mal en el mundo es irreal.

125

Nos besamos continuamente como tratando de transmitir un mensaje que nunca logramos expresar porque no cabe en nuestro ser mundano.

126

Es preciso castigar al que hiere solamente si carece de la madurez necesaria para entender por qué actuó mal, que ha de evitarlo en el futuro y cómo lograrlo.

127

Hay justicia cuando el rigor de la ley y la tolerante epiqueya llegan a un compromiso insatisfactorio.

128

Para lograr expresarse y convencer, verdad y fantasía adoptan cada una la apariencia de la otra.

129

La confianza excesiva en la civilización conduce a una desconfianza completa cuando, tras desmembrarla como a un cadáver en una lección de anatomía, no se ha logrado hallar nada sólido; una vacuidad que debía mantenerse en secreto.

130

Hoy no se luce a los héroes, sino a los histriones que juegan declaradamente a representarlos… o incluso a vilipendiarlos.

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131

Todo engaño comienza con una necesidad de amor o de alimento.

132

No es arte elevado si no despierta devoción o piedad.

133

El observador silencioso rara vez es amado porque no acepta las mismas reglas inquietas que los demás y porque sabe demasiado.

134

Como en una espiral, una mentira lleva a otra hasta que su giro se detiene en la verdad, situada en el centro.

135

Sólo despierta la incertidumbre bellos sentimientos si desalienta el fervor de los planes previstos en vez de alentar la previsión de otros nuevos; y, lo que es más importante, si no vence a un impulso de la generosidad ajeno al desengaño.

136

Un escéptico que se limita a dudar es como un lacayo que limpiase un salón que no habrá de ser amueblado después.

137

El genio no nace ni se hace: renace.

138

Muchos podrían alcanzar la santidad si, en primer lugar, supiesen de su existencia.

139

Junto al sabio, cada circunstancia se convierte en parábola.

140

Si la envidia es desear lo que otro posee, y si los celos son el deseo de que el otro no se lleve lo que uno tiene, la mezquindad es el deseo de que otro no posea aquello que podrían poseer sin merma los dos; es, por lo tanto, el sentimiento más relacionado con el odio.

141

Quizá no hayamos conocido los mayores descubrimientos de los mayores genios, quizá porque pensaron que no soportaríamos tamañas revelaciones.

142

Decía Charles Maurras que para que la monarquía funcionase se requería un hombre sabio, mientras que para para que la democracia hiciera lo propio se requería que la mayor parte del pueblo fuera sabio, lo cual dejaba a la monarquía en una situación de inmensa ventaja teórica. Ahora bien, también es mayor el daño que pueda hacer un monarca malvado que el que pueda cometer un pueblo similar, razón por la que es altamente recomendable la educación del futuro monarca desde el instante en que tenga uso de razón.

143

La única aportación verdaderamente laudable que haya tenido el progreso de los últimos siglos es el afán en que nadie sea ante la ley la mera propiedad de otra persona. Tal proyecto está todavía lejos de cumplirse, pues hasta ahora se ha dejado fuera a la mayor parte de los seres: aquellos que por la disposición de sus cerebros y la forma de su hocico no saben hablar para defenderse.

144

Que un alma limpia sea vuestro rey; un cerebro sensato, vuestro general; un cuerpo sano, el ejército.

145

Los más poderosos no se mantienen en el poder gracias a su fortaleza de carácter con la que resistir lo que enfrentan, sino a su debilidad de espíritu con la que enfrentarse a lo que saben.

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146

Una de los mayores disyuntivas trágicas es que no es posible atender en igual medida la justicia para los individuos y la de los pueblos. O salvamos a las almas de hoy, o salvamos a la raza mañana, cuando esté compuesta de aun más almas. Para lo primero se requiere derechos más que nada. Lo segundo requiere deberes. Aquellos derechos y estos deberes rara vez terminan de encajar bien siquiera sobre el papel. La Tradición y las Luces tienen ambas razones a su favor, y ello porque cada una responde a intereses fundamentales de los seres humanos. Sin Tradición se termina en el caos; sin Luces se va a parar a la crueldad. La combinación de ambos extremos ha traído el desgarro de la humanidad, pero, habiendo llegado hasta donde hemos llegado, la ausencia definitiva de cualquiera de las dos llevaría, sin duda, a algún tipo de abismo sin salida. Porque la racionalidad ilustrada va ganando se puede entrever que el precio a pagar será el desorden y ceñirse a una fría supervivencia hasta que el ciclo comience de nuevo. Pero de todo ese proceso, los animales no se beneficiarán en ningún momento, pues ni la Ilustración es tan racional como para reconocer los mismos principios de dignidad en cualquier ser no humano, ni la Tradición fue nunca tan poderosa como para imponer la regla de oro a un pueblo hambriento y lujurioso.

147

Si tanto nos cuesta adoptar las conductas virtuosas que nos enseñan los demás, se debe a nuestro apego por nuestras costumbres y a que no nos agrada sentir que nos convencen.

148

Que no os incluyan los más dignos hombres de sociedad como a uno de ellos os evita las molestias de los impertinentes que los rodean.

149

Aun en las más sinceras biografías y memorias, se omite  por modestia lo mejor de las personalidades y por vergüenza lo peor.

150

La plebe invoca a la ciencia porque percibe que ésta justifica sus apetitos cuando no los satisface.

151

Los nuevos teólogos parecen optar por soluciones hodiernas en perjuicio de un Misterio eterno.

152

Más que el cataclismo de las naciones, al cual podemos más o menos adivinar, se ha temer a las naciones que surgirán del cataclismo, las cuales son completos enigmas para nosotros.

154

Hay una competición vanidosa entre los progresistas por ver quién es el más inclusivo.

155

La estridencia del libertino servirá al menos como parábola en manos del moralista. Su caída final tras el apogeo nos habrá mostrado la fatuidad de su arrogancia y la calidad de nuestra paciencia.

156

No hay que desear nunca la decadencia del frívolo, sino el aprovechamiento sensato de su pujanza antes de que decaiga.

157

Tanto los que adoran el cambio como los que lo execran no dejan de pasar por alto su inevitabilidad y  su pequeñez.

158

Por ser de domicilio europeo, la Iglesia ha olvidado el clamor fervoroso de sus pobres y la grandilocuencia cautivadora de sus aristócratas para quedar relegada como el anodino complemento de la burguesía.

159

Una religión ha fallado cuando da la sensación de ser contingente.

160

Burgués es quien domina su generosidad.

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161

Tiene mundo interior quien acepta que lo más provechoso es lo que carece de propósito.

162

Más que la calma de sus aflicciones, el frívolo persigue en la reflexión un nuevo modo de agitar sus alegrías. Las soluciones modestas no son tan amadas como los conflictos ambiciosos.

163

La igualdad de oportunidades puede en ocasiones no ser más que la propuesta del que iba perdiendo la competición para empezarla de nuevo.

164

Tanto las discusiones teóricas como las revoluciones sangrientas posponen la resolución de los conflictos que solamente arrancan y concluyen mediante amor y humilde disciplina de carácter.

165

La arquitectura moderna es horrible, aun más que por sí misma, por afear a los edificios antiguos junto a los que se yergue y se compara osadamente.

166

Hay espíritu que son refinados no por recibir una educación clásica, sino por no haber recibido una moderna. Tan retorcido es el siglo que por contraste ha convertido a la llaneza en una virtud aristocrática.

167

No siempre se sana el sufrimiento mediante igualdad, pues algunas virtudes curativas solamente se adquieren cuando se tiene la cabeza inclinada y otras solamente con la vista a lo alto.

168

La derrota degrada o ennoblece al carácter, pero rara vez lo deja inmóvil.

169

Habría que proteger del sufrimiento, antes que a nadie, al que no sea capaz de comprenderlo.

170

Nuestro siglo es un monstruo devorador de ademanes libertinos.

171

El ornamento pasó a ocupar el cargo de la magia, y el sentido práctico sustituyó a toda vida interior.

172

Cuando los sistemas no satisfacen, es que ambicionaron capturar el misterio inasible de nuestras intuiciones.

173

Hay una miopía histórica que sólo se ataja con una juventud contemplativa.

174

Los corazones no se hermanan porque no reconocen un padre común todavía vivo, ya que se asume que nuestros primeros antepasados eran necios que desaparecieron con su muerte.

175

Generar problemas es la especialidad de quien cree sentir mucho amor pero carece del suficiente como para templar sus arrogantes arrebatos revolucionarios.

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176

Comprobamos que tenemos el carácter a medio hacer si un placer dulce trastoca nuestros postulados más nobles.

177

Sea la amabilidad el modo suave en que incitamos a aceptar nuestros más severos principios.

178

El triunfo completo de la técnica indica el fracaso no menos completo del espíritu.

179

La igualdad de obligaciones hace de la nuestra una sociedad aprentemente sin castas, pero el ingente número de tales obligaciones bien puede excluirnos de la sociedad, lo cual supone la peor de las castas posibles.

180

Muchos de los más dichosos amantes se mantienen unidos por un equilibrio de intereses.

181

Al contrario de lo que sucedía en los antiguos regímenes, hoy el estado permanece mientras la sociedad se mueve, sin advertir que el satisfecho no suele ser quien se agita.

182

Si se han hecho necesarios ciertos cambios radicales, se debe a que vivimos en el peligro de no radicar en suelo alguno.

183

Las castas han dejado de ser estamentos: ahora son vectores.

184

Nada cuestiona menos a la realidad política que el debate político.

185

Nunca antes la decepción que causan las cabezas de la cultura se había convertido en una insignia cultural.

186

Las personas que logran incitar a grandes revoluciones siempre son de bello carácter o de carácter nefasto.

187

En el terreno de las costumbres y de la religión, admitir una objeción certera puede permitir la invasión de conclusiones erróneas.

188

La mejor prueba de que el rechazo del siglo a la pureza es primario e instintivo es que la iguala tanto a la languidez de carácter como al genio violento.

189

No es la justicia lo que debería entusiasmar, sino la posibilidad de que puedan los más quedar por encima de la justicia mientras se garantice la imposibilidad de quedar por debajo.

190

El lugar común de las tradiciones es digno subsidio para el necio que quedó sin nada en el reparto de la perspicacia filosófica.

191

Los llamamos justos e injustos no tanto por sus opiniones cuanto por el lugar que nosotros ocupamos en ellas.

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Siempre pretenden mucho más territorio las libertades ilegítimas nacidas de la envidia y la molicie que las libertades dignas que persiguen belleza y plenitud.

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[Música: Louis Séjan, Sonate Op. 7 No. 1. II, obra dedicada a la princesa de Lamballe, arpista, amiga íntima de María Antonieta y asesinada durante las matanzas de septiembre de 1792, tras lo cual su cabeza se clavó en la punta de una pica para a través de las ventanas mostrársela a la reina, recluida en la prisión del Temple. La penúltima de las imágenes arriba mostradas retrata el cadáver de la malhadada princesa, mientras que la anterior la muestra todavía en todo su esplendor.]

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J’ai quelque chose de chagrin et de fier dans la mine; cela fait croire à la plupart des gens que je suis méprisant, quoique je ne le sois point du tout.

[Tengo algo entre triste y orgulloso en mi semblante; esto hace creer a la mayor parte de la gente que soy despreciativo, bien que no lo sea en modo alguno.]

F. de La Rochefoucauld, Portrait de La Rochefoucauld par lui-même

C’est une force d’esprit d’avouer sincèrement nos défauts et et nos perfections, et c’est une faiblesse de ne pas demeurer d’accord du bien et du mal qui est en nous.

[Es una fuerza de carácter el confesar sinceramente nuestros defectos y nuestras perfecciones, y es una debilidad no permanecer en armonía con el bien y el mal que hay en nosotros.]

Mme de Sablé, Maximes 17

Duo quae pulcherrima sunt quocumque nos mouerimus sequentur, natura communis et propria uirtus.

[Las dos cosas más bellas nos seguirán a dondequiera nos desplacemos: la naturaleza común y nuestra propia virtud.]

Séneca, Ad Helviam 8.2

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Lo que se puede ver de mi aspecto es contenido, ni agresivo ni liviano, a pesar del desarreglo de mi cabello o de lo intenso de mi mirada en ocasiones. Tengo la piel blanca de nacimiento y de recogimiento. Es posible que sea de estatura algo mayor que muchos de los nacidos en mi año, pero no lo suficiente como para despertar admiración. Como todas las personas más o menos altas, tiendo a curvar ligeramente la espalda. Soy de constitución sólida pero nada trabajada, lo que ofrece, creo, una peculiar imagen de fortaleza y debilidad contrapuestas. Mis ojos son tan amables como mi intención y tan oscuros como las heridas que alberga mi memoria. A menudo caen mis pobladas cejas sin rencor, como resignadas ante la decepción constante. De continuo parezco adoptar una expresión severa y un observar penetrante, pero casi siempre se trata de la penetración de la curiosidad. La doblez de mis labios queda algo compensada por la de mi nariz, caída como la de un griego. Tengo los dientes bien ordenados, prominente la barbilla, proporcionadas las orejas. Unos pómulos despejados, hundidos por su centro pero amplios en lo demás, prometen un rostro carnoso para el día de mañana. La negrura de mi cabello ondulado empezó a flaquear muy pronto a causa de mis humores melancólicos, sensibles a las sorpresas, y un color de nubes lluviosas ha tomado el poder en mi cabeza, que en breve será similar a las pelucas de la Regencia. Lo lavo con poco ímpetu, algo que, estoy convencido, ha contribuido a que se mantenga todavía espeso y saludable. Ciertos dolores en las articulaciones me impiden realizar un ejercicio que mantuviera más esbelta mi figura, la cual, en cambio, no ha pasado aún a deformarse en un grado apreciable. La dieta y las penas han ido agrietando la piel de mi rostro, moderadamente hasta la fecha. Muy rara vez lo mantengo perfectamente rasurado. No sería extraño considerarme bien parecido, pero la belleza que pudiera residir aún en mi cuerpo vase marchitando a manos de mi descuido y  de la languidez de los años. No vigilo con esmero mi indumentaria, y no siempre estoy seguro de si la causa es el pesimismo, la pereza, la falta de orgullo o la desconfianza en el gusto de mis semejantes, si bien el ahogo patrimonial tiene algo que ver. A menudo me he preguntado de dónde viene la finura de mis brazos, que no se explica por la mera falta de labores físicas. Mis manos, en cambio, son amplias como para abarcar el intervalo de décima en el clavecín, sin que por ello sus dedos sean llamativamente largos ni huesudos, por lo demás algo lampiños, como los de un adolescente crecido. Cual suele suceder, mi voz me desagrada por su aturullada dicción y por su punto de nasal; por mucho que me digan que resulta mansa y cálida, no logro descreer que el halago se debe a la simpatía o a la cortesía. No sabría destacar nada más reconocible de mi efigie que el volumen generoso de mi cráneo. Diciéndome valgo de rodillas y relajado de hombros termino de esbozar mi apariencia para quien cuente con imaginación.

De ánimo varío cada vez menos, aunque el vaivén no llegue todavía a desdeñable en absoluto. Si la flema y la bilis negra compiten por serenarme y entristecerme, nunca me inclino por ninguna de las dos, y cuando lo hago acaban por irrumpir la sangre y la ira. Aprecio mucho más los sentimientos alegres de lo que soy capaz de suscitarlos, de lo cual tampoco soy incapaz de ningún modo; tanto es así que, en cuanto algo de esperanza me invade, dejo suelta mi facultad de jugar con las palabras y caigo preso en un círculo de jocosidad excesiva. Me divierte todo lo que haga homenaje al ingenio, tanto más cuanto más cerca se sitúe del ingenio refinado de los atenienses paganos y de los cortesanos de Versalles. Muchos se sorprenderían hasta qué punto me divierto bromeando, y muchos más se sorprenderían de la pátina de melancolía que percibo en el fondo de cada diversión. Me esfuerzo por ser afable y menos grave con todos y más cortés con las damas, de las que me enamoran por encima de otros encantos la gentileza y la brillantez de ánimo. Debo mi taciturnidad, en primer lugar, a un deseo de no herir al contertulio, y, en segundo lugar, a sentirme a gran distancia de aquel a quien no entiendo… o de quien entiendo demasiado bien. El deseo de no herir me lleva en no pocas ocasiones a una timidez poco razonable que peca de molesta para los demás. Sospecho que se detecta incluso más mi tristeza cuando intento forzar un gozoso desenfado. La ausencia es el mejor recurso que hasta ahora he hallado para no molestar ni invadiendo ni retrayéndome, y esa generosidad se solapa peligrosamente con la cobardía, y tras ésta he perdido buenas cosas. Si pudiera llamárseme cobarde por el impetuoso ritmo de mi fantasía, lo sería, por encima de todo, ante minucias, y menos ante la posibilidad de empobrecerme, no llegar a anciano, sufrir traiciones o pasar solo el resto de mi vida; y es que asumo que así es como acabarán todos a los que alcance una muerte tardía. Temo a la muerte como casi todos y, al mismo tiempo, de pensar tanto en ella la voy temiendo menos. Pese a la importancia desmesurada que todavía concedo a las opiniones que sobre mí depositen los demás, y pese a mi deseo de pasar desapercibido, voy perdiendo poco a poco esa aprehensión, sabiendo como sabemos que todos los hombres estamos locos. Cuando llego a un foro tengo el temor exagerado de ser el más incapaz de los presentes, temor que nunca se cumple donde temía y que rara vez se desmiente en otro aspecto en el que no pensé, como en la gracia de espíritu o en hablar idiomas con soltura. De natural soberbio, no hay día que no procure azotar por varias partes a mi orgullo. Me sirvo para ello de sentimientos que moran en mí constantemente: el amor por los hombres y la desesperanza en torno a sus destinos. Fracaso en tal propósito con frecuencia, como era de esperar, porque ni tan grandes son estos sentimientos hacia los demás, ni tan débil es mi amor por mí mismo. Me precio de reconocer la esencia de las virtudes y divago trabajosamente en localizarlas día a día en sus formas concretas. Nunca pierdo la fe en la disciplina, logre satisfacerla o no, pero la disciplina de la fe se me escurre en mis innumerables horas de distracción. Mi mente vuela hacia todas partes con todos los sentimientos al mismo tiempo, y hace tiempo me di cuenta de lo pernicioso que me ha resultado amar todos los conocimientos y artes como haría un cardenal del Renacimiento no contando con la fortuna adecuada. La calma me llega más por agotamiento o por amor que por rectitud y constancia. Solamente logro absorberme en la concentración cuando es fácil confundirla con la obsesión. La impaciencia me hace suyo cuando me entusiasmo, lo que sucede cada semana. Soy envidioso, pero no de emperadores y grandes duques, de los que puedo reconocer su hermosa utilidad, sino de aquellos que logran ser felices con lo que tienen, de aquellos que son amados y viven retirados en confortables casas junto al bosque, y también, sí, de aquellos que derrochan entre sus manos de artistas la belleza y gracia que mi ingenio ha de sudar entre grandes dolores de parto. Empero, cada cierto tiempo percibo demasiado bien la igualdad subyacente de todos los mortales como para sentirme muy diferente del más feliz o del más desdichado de ellos. La poquedad de la naturaleza humana me obliga a amarla cada día más. Su capacidad oculta y misteriosa me obliga a aprender de ella con la misma afición creciente. Intento decirme siempre la verdad sobre mí mismo, aunque sea tarea casi imposible, más incluso para quien ha catado todos los sabores del espíritu, desde lo más bajo a lo más alto; es posible que, en según qué punto, la sinceridad se agote con la edad como la lascivia.

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Mis costumbres son austeras si las comparamos con las de mis vecinos o con las de mi primera juventud. Me atrae el silencio de la noche, hacia donde gira continuamente mi vigilia, y tanto el deseo de soñar como el desarreglo de horarios me incitaron siempre a dormir más de la cuenta. Pero, inclinándome como me inclino a desafiarme bruscamente, soy muy capaz de soportar razonablemente ciertas penalidades durante cortos periodos de tiempo, como subsistir con bajísimos ingresos o pasar varios días sin comer o sin hablar con nadie. No tengo necesidad de buscar ostras en último mar, como decía Séneca de los ánimos afanados, y mi interés en artilugios, banquetes y viajes no me abruma tanto como para llorar mi imposibilidad de obtenerlos o como para ahorrar grandes sumas de dinero a costa de bonhomía y paz de espíritu. Mis debilidades son un poco las de cualquiera, quizá con mayor acento en placeres refinados y artísticos pasados de moda. La aversión, el apego o el embobamiento me sorprenden y traicionan mis grandilocuentes proyectos. Como antes he dicho de las damas, es su gracia y su buen corazón lo que más me atrae hacia aquellas que me atraen, y cada vez me entristece más desear una bella figura animada por un espíritu hundido en el amor propio o en la ignorancia. No me atrapan los espectáculos, salvo quizá la música y la literatura que aviva a mi alma de cuando en cuando. No diría que son exagerados mis vicios ni en número ni en énfasis. Y, por otra parte, ningún exceso me enloquece ya, virtuoso o no; nada me arrastra con la vehemencia necesaria como para que abandonase mis costumbres recoletas o el tejido de mis conjeturas acerca de la bruma de todas las ilusiones. Así, pocas veces peco activamente, muchas menos que por indecisión, molicie o desengaño. Diríase algo similar de mis virtudes, fueran las que fueran. Voy perdiendo muchas cosas que cada vez me molesto menos en recuperar, sea por indiferencia, decepción o amor. Precoz en esa lucidez que echa abajo al teatro del mundo, no me aferro ya siquiera a ella. No contribuyo apenas nada a que el siglo sea mejor, y es que hoy por hoy me recome la idea de procurar que al menos no se vuelva peor, lo que ya es mucho, casi imposible. Reconociendo la grandeza de renunciar al mundo, tampoco he contado para ello con la valentía con la que puedo renunciar a algunos bienes concretos. Por resumirlo mucho, me limito a meditar durante el día y a leer durante la noche. Muy pocos saben lo que en realidad pienso sobre las cosas. Lo que escribo siempre es breve, revisado mas no en demasía, elevado mas finalizado en suspenso, sutil cuando la vanidad no me obliga a decirlo todo y a agotar el asunto. No cuento entre mis alimentos nada que un ser animado no me concediera voluntariamente, y es que eso implicaría robo y tortura sin ofrecer nada a cambio. Mis amistades son pocas, poco frecuentadas, poco conocedoras de mi intimidad. Hasta hace no muchos años no podía reconocerme verdadero amigo de nadie, y lo contemplo como un inmenso defecto o como la suma de muchos pequeños. Con un par de personas he sido todo lo sincero que se puede ser mientras se ama todavía uno a sí mismo. Llevo un tiempo luchando contra mí mismo para fingir tomar partido por las aficiones de la mayoría; no sólo por evitar mi soledad, que de tan profunda que es me desalienta a intentar acallarla por completo, sino ante todo por no parecerme digno ni noble el desperdiciar en el ahogamiento la bondad que pueda haber en mí. Advierto en los demás la cualidad que hace amables a todos los seres, donde también advierto algunos de mis mismos deseos y costumbres, pero difiero demasiado en sensibilidad y creencias como para enramarme día a día en sus corazones y sus vidas. Sonrío y procuro hacer sonreír sin dejar de ver en ello un eterno juego. Adoro la conversación esmerada y repudio la insustancial, razón por la que suelo conversar poco. De no ser por mi montaña de libros y documentos, haría mío el lema estoico de omnia mea mecum porto. Mas en otros ratos siento que amo demasiado las cosas y mis costumbres para con ellas, aun sabiendo que no valen nada en absoluto ni las unas ni las otras. Casi habiendo alcanzado lo que con suerte será el mediodía de mi vida, no cuento con una gran obra realizada, ni con un nombre reconocido, ni con un cargo que me permita subsistir sin ayudas. Sólo me puedo preciar de lo que he sentido y de lo que sé, y eso con cautela. Sin haber vivido grandes aventuras, todos los periplos que, sin embargo, se puedan dar en un corazón, se han dado en el mío. No ambiciono la fama, aunque mi vanidad a veces suspira por el reconocimiento de siquiera diez inteligencias, si bien no tanto como para que me decida a ostentarme. Diríase que mi carácter reservado es una vanidosa sombra que exige ser buscada y no buscadora. No todo ha sido interior: he amado y he sido amado. No me he negado los placeres de la carne, ni del yantar, ni de las bebidas espirituosas. Podría morir hoy mismo y no habría de quejarme, reconociendo que he paladeado como catándolos los más naturales goces mundanos, dulces bellezas de los sentidos y del espíritu, cierta comunicación de almas, la grandeza y la miseria de la existencia, la sabiduría de los antiguos y la cruda evidencia del presente. Celebro que ningún dolor me haya lacerado hasta la fecha con demasiada contundencia; lo considero, con Epicuro, el hallazgo de la más sensata forma de felicidad, dadas las circunstancias. Quizá no haya sido bendecido con ningún verdadero éxtasis, pero lo he intuido por todas partes. La vida no ha podido todavía ni encandilarme por completo ni, por el contrario, derrotarme con inapelable amargura. Sigo cumpliendo costumbres sin creerlas, anhelando infinitos sin embarcarme hacia el fin del océano, viviendo modestamente estable en un mundo que se derrumba.

Si tengo una doctrina, por simple que sea, es que nada de lo mortal me es ajeno. La gente me inspira curiosidad, siendo raras las veces en que esta curiosidad me lleva a invadir las fronteras del otro. Adopto el carácter y los gestos ajenos con facilidad, dada mi inclinación a buscar la armonía entre los seres. Suelo escuchar mucho más que hablar, lo que ha me hecho sagaz a la hora de entender a las almas. De ahí mi interés por los retratos, las anécdotas, la historia o el teatro. La ciencia de las costumbres compila todo ello y me instruye también acerca de mi destino: ninguna sabiduría me parece más provechosa que la que me ha de decir cómo actuar mañana por la mañana. A nada regreso con más frecuencia que a la filosofía, grande o pequeña. Muchas ideas se debaten mi entendimiento, aunque pocas de ellas provienen de este siglo, lo que también ayuda a condenarme a una cierta soledad. El amor por los que sufren y el amor al orden se alternan en mi corazón, porque no menos necesario me parece compadecer a cada ser vivo como hacer preservar el frágil equilibrio de la civilización. Admiro los tiempos que contaban con hermosos palacios que inspirasen y con monasterios para quienes no soportasen ser demasiado inspirados por aquéllos. A la vez, juzgo valiosa toda vida mortal, humana o de otros reinos. Y, como es imposible conciliar a la perfección grandes sentimientos con igualdad, heroicidad con derechos, me contradigo y acabo regresando siempre a las lecturas, en aras de que ellas me revelen qué partido me ha de vencer. Por el momento, reconozco que resulta requisito indispensable el amor tanto para el triunfo de los inocentes como para el de los pontífices que nos prometen la belleza y la templanza, aunque entreveo que no es requisito suficiente ni en uno ni en otro caso. La frialdad del cálculo ha de conjugarse al final con el sentir del corazón, y puesto que, a diferencia del sentir, el cálculo no puede inclinarse por cosas contrapuestas, se ha de dar la preeminencia, bien a la sutura de heridas de hoy, bien a las heridas aparejadas a la existencia: o dar pan a quien tiene hambre o dar consuelo a todo el que se ha visto atrapado en este extraño mundo. Habiendo como hay tanto sufrimiento intenso puramente corporal, me inclino últimamente por mitigar éste en perjuicio del tenue pero universal sufrimiento enquistado, al que solamente la tradición y la entrega abnegada podrían mantener subyugado. Tras una primera juventud desordenada y mezquina, terminé apreciando sin cortapisas la piedad religiosa y, caprichoso como soy para los horarios, procuro ejercitar sus prácticas prescritas menos de lo que debería. En cuanto a los estilos, medito ante lo arcaico, aprendo de lo clásico, me resbalo hacia lo sentimental. Leo a griegos, latinos y franceses, y creo a los indios, entiendo a los cristianos, envidio al aticismo, me complazco en el adorno. Detesto a cualquier autor que pretenda destruir lo que le precedió. No prefiero la ópera francesa a la italiana ni al contrario. Me conmueve el verso religioso, respeto la grandeza de mi nación sin amarla, agradezco con mucho tiento y más mesura los descubrimientos de las ciencias naturales, aprecio a la corona sin apreciar con fervor a ningún rey, me interesan los revolucionarios mientras desconfío de ellos.

Así es como resumo los más destacables rasgos de mi persona, siempre huidiza, a decir verdad, como la de todos. Los menos destacables, que acaso sean los más profundos y delicados, me los guardo para mi silencio o para quien converse conmigo con voz tierna junto a un vino caliente.

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[La primera música es de F. Couperin: L’intime (XIIème ordre). La segunda música es 2d Espagnol enjoué y 2d Air des espagnols de Le Bourgeois gentilhomme (1670) de J.-B. Lully, con libreto de Molière escrito originalmente en diversos idiomas: francés, español, italiano y sabir (lingua franca mediterránea durante siglos y de la que el libreto de Molière es uno de los escasísimos testimonios escritos). El texto de nuestro fragmento, en español en el original, dice así: “El dolor solicita / el que al dolor se da. / Y nadie de amor muere / sino quien no save amar”. Quiero entender estos versos de la manera más moralizante posible, a saber: que el verdadero amante es dichoso, y no ningún otro.]

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C’est faute de pénétration que nous concilions si peu de choses.

[Es por falta de penetración que conciliamos pocas cosas.]

Vauvenargues, Maximes, 532

Une Dévotion nouvelle plaît en tout , jufqu’à parler des vieux, justqu’à parler des vieux Pechés dont on se repent; car il y a une douceur secrete à détester se qui en a déplu, & à rappeller ce qu’ils ont eu d’agréable.

[“Una devoción nueva complace en todo, incluso en el hablar de los viejos pecados de que uno se arrepiente, pues hay una dulzura secreta en detestar lo que ha disgustado en ellos, y en recordar lo que han tenido de agradable.”]

Ch. de Saint-Évremond, Réflexions sur la religion (“Que la Dévotion est le dernier de nos Amours”)

Ainsi pour bien composer, pour bien assembler des choses analogues (êtres ou idées) il faut successivement rallentir et ranimer la pensée, refroidir et rechauffer la tête.

[“Para componer, para conjuntar cosas análogas -seres o ideas- es preciso refrenar y reavivar sucesivamente el pensamiento, enfriar y caldear la cabeza”].

Marie-Jean Hérault de Séchelles, Théorie de l’ambition, 2.28

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1

Con todos los pensamientos que invaden nuestra mente en un solo día podríamos escribir cinco libros perfectamente inútiles.

2

Las conversaciones entre mujeres suelen versar sobre otras conversaciones. Entre varones suelen caer sobre hechos más burdos o más sutiles: sensaciones o conceptos.

3

Los más sabios no son siempre los que enuncian las verdades más sutiles, sino los que armonizan cada gesto, acto y pensamiento con verdades aparentemente triviales de todos conocidas. Coleccionar verdades nunca es tan útil como penetrar cualquiera de ellas hasta sus implicaciones más profundas.

4

Compadecer no debería confundirse con una pérdida de respeto ni con mirar desde arriba: hay que evitar descargar al otro de sus honores al querer descargarlo de sus aflicciones. El auténtico afecto tiene la delicadeza de no herir allí donde aún no habrá rápida cicatrización o donde no es en absoluto necesario el sangrado. Malevolencias hay que se disfrazan de misericordia.

5

La compasión elevada no consta de un sentimiento de lástima condescendiente, sino de una voluntad de empoderar al otro, de erradicar las causas de su sufrimiento más que su aspecto actual, y ello aunque nos suponga contemplarlo durante más tiempo y con mayor intensidad. No es aporte de sobras, sino transmisión de poderes, y la auténtica no se pierde ni se menoscaba al transmitirla.

6

El mayor expolio de nuestro tiempo al pueblo llano no ha sido el de la soberanía ni el de sus medios de producción, sino el de la sencillez de corazón y el de una unión espontánea con la naturaleza.

7

Las instituciones ya sólo se molestan en atender a la letra de las normas, allí, en el propio papel, y obvian tanto su espíritu -porque es complicado el análisis caso por caso- como su realización material -porque su complejidad y la falta de rigor la hacen imposible-.

8

El siglo ha despojado al hombre sencillo de una alegría apacible, continua e inmotivada; y al hombre poderoso, de una seriedad honda y piadosa del espíritu. Cuando me refiero al “siglo” me refiero a cualquiera de ellos, mas teniendo en cuenta que cada siglo es más siglo que el anterior, que cada paso es más definitivo y cansado que los que lo precedieron.

9

Desde hace tiempo los líderes del mundo no se rodean de sabios ni de santos en sus cortes. Con eso se ilustra bastante bien el estado de la política.

10

Las construcciones de la razón nos predisponen a una creencia, pero para abordarla finalmente falta el toque de las pasiones.

Alexander Roslin (1744 - 1818) - Portrait of Anne Vallayer-Coster

11

Rechazar a alguien con ternura puede tomar el aspecto del mayor de los desprecios, pues se reconoce abiertamente en el rechazado una carencia a la que no se piensa poner fin.

12

Es por amor propio que nos ofendemos más si nos rechazan al principio que tras toda la competición, a pesar de que nos han ahorrado un largo camino de esfuerzos inútiles.

13

La envidia soporta mejor la santidad del otro que algunos pequeños logros mundanos que decimos despreciar. Nos inquietan solamente aquellas migajas que también nosotros podríamos haber obtenido. Los funcionarios son más envidiados que los reyes.

14

No cambiarían los hombres la libertad en favor de la felicidad auténtica porque, desconociendo la naturaleza de ésta, creen que podrían aburrirse de ella, y porque la libertad simula prometernos, en cambio, variadas posibilidades de paraísos en sucesión. ¿Qué osada contradicción no supone el querer coleccionar quietudes del alma como quien colecciona experiencias efímeras? No tiene correcta concepción del Paraíso quien piensa que puede entrar en él por varias puertas a la vez.

15

No hay que señalar de inmediato a quienes fingen virtudes, no sea que en realidad lo hagan como un primer intento para adquirirlas.

16

Fuera de Asia, el rechazo a la idea de Dios suele deberse a que no se soporta que haya un ser más importante que uno y al que nunca se podría usurpar el puesto. El monoteísmo es una losa para los temperamentos orgullosos… salvo cuando lo enarbolan orgullosamente contra los demás.

17

Es bueno prestar atención a nuestros vicios para inmovilizarlos y muy poca a nuestras virtudes para no envanecernos, sin desbordarse en ningún caso sobre el páramo de la desmoralización.

18

Tiene algo de penoso el encontrar consuelo en ver cómo uno no es el único que sufre, en constatar que también los demás hombres se han visto, se ven y se verán anegados en sus miserias: es en su dicha donde deberíamos reposar, no en sus taras.

19

Todas las razas se parecen en que se encuentran más cómodas consigo mismas que con otras. El racismo es el error de hacer de esa higiene estética un principio superior cuando se refiere a la propia raza y no a las otras. Pero lo cierto es que, si dos o tres pueblos pueden llegar a conocerse e integrarse, no ocurre lo mismo con veinte: despistan a cualquiera que desee naturalmente acostumbrarse a un grupo limitado de valores, modales, hábitos y sensibilidades. La solución moderna consiste en despojar a las razas de sus particularidades y costumbres y asimilarlas al ritmo de los blancos.

20

¿Cómo cultivar mejor la humildad, la austeridad, la paciencia, la concentración y el orden disciplinado que en una labor mediocre, un salario bajo, una compañía ajena a nuestros valores, un ambiente poco seductor y un horario incómodo?

Jules Girardet (1858-1938) 2

21

El arte moderno es estéril por lo mismo por lo que no ama mucho quien habla en todo momento de sus conflictos, apetitos, impotencias y confusiones interiores y los exhibe gozosamente.

22

¿Quién, si se lo preguntasen en términos generales, se negaría a ceder sus pensamientos a cambio de una alegría duradera, sabiendo, como sabemos, que la mayoría de ellos surgen precisamente de la desazón? Pero la cosa cambiaría si nos señalasen esta o aquella idea en concreto, y es que nos aferramos como a ellas como a hijos, a los que no se abandona ni aunque sean fruto de una violación.

23

La tolerancia sabia no es la que rechaza entrar en el conflicto con el fin de preservar así la propia comodidad, sino la que comprende que el error ajeno está tan avanzado que sólo sanará si se le permite consumarse y purificarse mediante sus inevitables y dolorosas consecuencias. Si la tolerancia es hoy la mejor manera de tratar al mundo es porque nadie sabría ya extraer la enseñanza de ciertas intolerancias providenciales que nos tocaba sufrir a los hombres, estando todos ya tan imbuidos como estamos de orgullo y de empecinamiento intelectual. La tolerancia común suele ser máscara con la que el egoísta exitoso adultera su indiferencia.

24

El enternecimiento es miniatura espontánea y doméstica de la magnanimidad.

25

Sentir la necesidad de fijar un pensamiento en un cuaderno denota que no tenía demasiado peso en el entendimiento. Y anotarlo puede servir tanto para recordarlo como para aislarlo y olvidarlo.

26

Las virtudes adoptan a veces fisionomía de engaños dependiendo de lo presentes que estén ciertos otros vicios en el entorno; la compasión, por ejemplo, se presenta últimamente envuelta de frívola camaradería.

27

La compasión anima al herido y amansa al soberbio cuando son ellos los compasivos, porque, como la abertura de una exclusa, tiende a la nivelación de las aguas.

28

El espíritu audaz activa la razón casi exclusivamente para desarticular vicios.

29

La razón no conduce a ninguna parte más allá de donde le permita el interés; los axiomas y el quod erat demonstrandum son los diques que éste impone a aquélla. Es natural ponerle freno al crecimiento desmesurado de la razón, igual que no se permite a uñas y cabellos prolongarse hasta donde la naturaleza lo permita y hasta donde el movimiento se vuelva dificultoso.

30

Se dice que la ciencia no es dogmática porque cambia constantemente de conclusiones. Aunque se admitiera la bondad intrínseca de ello, lo cierto es que en el pueblo se vive de hecho como una enloquecedora sucesión de dogmas.

Charlotte_Corday

31

Se entiende que las artes o las ciencias susciten tanto placer porque lo que subyace en su fondo es en realidad el aire de un juego de niños. Si la ciencia fuera en sí misma una actividad espiritual, no nos estaría conduciendo a la catástrofe planetaria, ni habría tantos científicos acogotados por aflicciones.

32

Deberíamos notar que los sentimientos más dulces se dan en las personas más imbuidas de un entorno de naturaleza virgen. La hospitalidad rural nos desengaña de la aparente severidad y dureza que el labriego ofrece en ocasiones.

33

No conozco muchos tratados puramente filosóficos que alienten con contundencia la compasión en cuanto sentimiento. La filosofía secular, carente de de retórica, sabe en el mejor de los casos describir buenos sentimientos y hábitos, pero rara vez sabe suscitarlos o avivarlos. La religión la supera en eso a una distancia infinita.

34

Todas las predicciones sobre las fuerzas negativas que actúan en los hombres y pueblos se quedan cortas, por lo cual, para lograr una humanidad más o menos mesurada, habrá que lanzarse desmesuradamente hacia las virtudes y los buenos sentimientos; una ética racionalista satisface a la razón, no al conjunto del hombre. Los principios morales surgieron de impulsos animales a partir de los que se buscaron leyes económicas; pero sin espolear esos impulsos abnegados y generosos, las leyes morales no triunfarán, porque tanto incita a no violar la ley el temor a la represalia como la tendencia acostumbrada a complacerse en la conducta correcta. En suma: todas las disquisiciones silogísticas no lograrán dejar la misma huella en el temperamento que un solo mandamiento.

35

Recuerda que en estos mismos instantes estás muriendo un poco: cotidie morimur. No te apures; antes bien, desembarázate del intéres ávido por aquello que vayas a realizar a continuación.

36

Los que más despotricaron contra un régimen hacen desear que regrese cuando al fin imponen el suyo.

37

Un hombre con auténtico espíritu de libertad no se obstina en reclamarla ni en imponerla: se limita a ejercerla.

38

¡Cuántas teorías no se diseñan sino para escapar de una práctica! Inventar una estrategia trae un placer parecido al de iniciar su ejecución, pero sin sufrir ninguna de sus penalidades.

39

El hombre moderno se identifica con su razón, y luego se asombra de que, por más que reflexione, no logra superar un sinfín de tendencias irracionales en su interior. La razón y los instintos son de órdenes distintos; no por comprender el mecanismo de la combustión y de su cesación se logrará sin más poner fin a un incendio.

40

La mayoría de las verdades no resultan útiles si no se acompañan de actitudes, las cuales, debido a la las inercias ilusorias en las que han surgido y debido a la imposibilidad de analizar cada situación concreta, siempre son más o menos falsas.

1921 Cardinals, Laissement Kardinäle, Paintings, Vorzimmer 1895

41

Siempre contamos con que mañana será un día más feliz que hoy. Probablemente no lo será sin que nada cambie en nuestra actitud.

42

Un pensamiento virtuoso adquiere su auténtico poder sólo si se medita en él más de una hora o, mejor, durante más de un lustro.

43

Cuando la atención se centra en un solo sabor, en todos los platos distinguirá variedades del mismo. Es por ello que en cada grado de conocimiento espiritual uno ve un todo unitario: primero, todos los hombres se aparecen como malvados, después se piensa que en el fondo son todos buenos, luego que en todos hay bondad y malicia entremezclada, al fin se concluye no son buenos ni malos, y en ocasiones se postulan más posibilidades.

44

“Cuando más lejos está el santo, más cerca la devoción”. Jesucristo lavó los pies a los apóstoles, pero también obró milagros, y así hacía recorrer enormes distancias al discípulo, desde la total humildad hasta la Gloria. Hoy en día, queriendo facilitar sumamente el Camino, sólo se facilita la parálisis o la desviación.

45

Más que en la equidistancia entre extremos, la moderación consiste en extraer la esencia constructiva de cada uno de ellos.

46

La vanidad se apresta a destacar exclusivamente lo más bello de cada uno de nuestros gestos.

47

Que constantemente seamos capaces de reconocer nuestra necedad nos da esperanzas para superarla.

48

El espíritu es, en términos tradicionales, la parte de nuestra persona que se apercibe de órdenes ocultos, de infinitos inabarcables y de la evanescencia de la aperiencias.

49

Dominar la sensualidad imaginando anticipadamente la corruptibilidad del cuerpo puede ser útil, pero va en la dirección de considerar que la sensualidad es algo que debe satisfacerse y que de hecho no lo logrará guiándose hacia sus objetos de deseo habituales. Aun más provechoso es, creo yo, imaginar la inanidad de la concupiscencia en sí misma aun cuando los cuerpos deseados fueran puros e inmutables… que no lo son. Y es que el deseo no sólo daña por perseguir lo que tristemente ha de arruinarse y extinguirse, sino también porque en el camino de su propia avaricia arruina y extingue aquello otro que no merece tan rápida extinción.

50

Al margen de lo que contribuye a la supervivencia, es prescindible todo lo que no evoque el rastro de las virtudes o del misterio de la Realidad última. Ello no empece que podamos cultivar pequeñas alegrías profanas, siempre que sean lo bastante inocentes como para no sacudir vanamente a los corazones. Pero procura que todo lo que obres inspire a lo mejor de tu corazón y, comprobada su utilidad en alguna medida, a lo mejor también de otros corazones.

induno donneromane

51

Atención y amor: ésos son los ingredientes últimos de toda receta espiritual. Mediante la atención contemplamos la insustancialidad de las cosas y nos desprendemos de nuestro interés propio; mediante el amor proseguimos en esto último y nos llenamos de fuerza para proseguir en la encrucijada.

52

No esperar dones de nadie en ningún momento, pero ofrécelos a cualquiera sin condiciones. En encaminarse hacia estos dos difíciles principios mora el éxito de toda ética para beneficio del que la profesa y de los demás. Piensa, pues, que las criaturas merecen toda nuestra atención, contando con que, a pesar de ello, no saben todavía cómo prestarnos a nosotros la más mínima atención conveniente, y en esa ignorancia ya nos ayudan porque nos conducen al desapego.

53

Pensar sin cesar en el cultivo de la virtud es orar.

54

Propio de mercenarios es esperar recompensa: el caballero se limita a honrar a Justicia.

55

En los tiempos en que se mencionaban sin cesar la idea del honor o del timbre de gloria, se caía en tropelías y dislates sin cuento cuando se esperaba obtenerlos de los hombres y se los lograba finalmente cuando se los esperaba de Dios.

56

¿Qué de útil puedes dejar más allá de unas pocas décadas cuando tu cuerpo entregue su calor? Muy poco, ridículamente poco, penosamente poco, salvo un sabor de intención sabia y amorosa que acaso se propague tímido pero seguro entre algunos de los inquilinos que queden en el siglo con los que acaso tuviste algún fértil contacto.

57

Malicia y bondad o, dicho de otro modo, ignorancia y recto pensamiento, son dos bandos que combaten una guerra milenaria, siendo el campo de batalla cada corazón. No permitas, al menos, que las oscuras legiones que anidan en ti recluten otras mentes.

58

Nunca se teme uno demasiado a sí mismo, como nunca ama demasiado al otro. La intranquilidad surge únicamente de la inversión de esas atribuciones.

59

Como hoy todo el mundo tiene voz y derecho a caprichos materiales de todo tipo al tiempo que cuenta con escasa o nula formación de sus hábitos, la tendencia al caos es imparable. Hay demasiadas voces que van llegando al mundo en total ignorancia de que sus crecientes pecados contribuirán a la debacle. Para cuando se informan -si lo hacen-, ya han tenido más hijos que llegan con la misma ignorancia y con el mismo afán inconsciente de devastación. La educación apenas logra alguna que otra amonestación tenue, mucho más tenue que la voracidad innata y adquirida en progresión geométrica creciente.

60

La moral de nuestra era está repleta de contradicciones y de victorias pírricas debido a su aspiración a instaurar virtudes cristianas mientras prescinde del cristianismo.

Charles Louis Lucien Muller

61

Cambiar de tradición ya no significa necesariamente para el hombre occidental un rechazo de la propia, sino, muy al contrario, el intento perentorio de salvar su esencia en otra parte donde todavía resplandezca.

62

El mundo era más bello cuando Francia dictaba las normas de la elegancia, e Italia de la música. Era más piadoso cuando toda la Cristiandad se encontraba en las encrucijadas de dos o tres peregrinaciones que vertebraban los caminos de la salvación. Era más sabio cuando los alejandrinos concentraban todo el saber occidental entre unos pocos muros o los medievales en unos pocos monasterios. Hoy ya no hay donde acudir para dejarse arrebatar e inspirar por la densidad de una cumbre, porque todo está diluido en todo, y ya nada bello, virtuoso o incluso meramente no destructivo arrastrará a multitudes unidas y abrazadas.

63

La afabilidad incondicional y completa, capaz de enfrentar todas las debacles posibles, es la obra maestra de la ira, la impaciencia y la angustia que se han vuelto contra sí mismas hasta aniquilarse.

64

Es más fácil ser generoso que justo, como es más fácil alentar un bello sentimiento que andar haciendo cálculos. Lo que se ve menos es que también es más útil.

65

La fidelidad siempre ha dependido del amor al otro y del miedo a la desprotección de uno mismo. Desde que ha dejado de convertirse en un valor esencial de nuestra cultura, adivínese de cuál de los dos pivotes en exclusiva ha quedado prendida… cuando queda prendida.

65

La moderación no es un valor absoluto: su carácter de centralidad la ubica en uno u otro punto dependiendo de la longitud entre los extremos. Es por ello que la moderación en un mundo muy vicioso tiene menos poder consagratorio que en una nación virtuosa.

66

El principal sendero hacia la felicidad reside en obcecarse en hacer de cada acto un acto virtuoso y de cada pensamiento una oportunidad para abandonar ese mismo mismo pensamiento.

67

A la poesía antigua se la tallaba como en piedra, como se fija una inscripción sepulcral que resumirá mundos en lacónicos epítetos. A la poesía posterior se la regaba como a una planta que desplegaba más libremente sus ramas. A la poesía más moderna se la gime como a una indigestión.

68

La invulnerabilidad ha de depender de la capacidad de comprender la enseñanza del sufrimiento en el plano cotidiano y su inanidad en el plano último de la realidad.

69

El orbe, maltratado o no, es hermoso desde la altura de los cielos y desde la pequeñez de las partículas. Se muestra feo solamente cuando, situados en un nivel medio, intentamos extraer beneficios de él y fracasamos a la postre.

70

El buen libro nos invita a pensar; el libro excelente no nos deja otra opción que pensar; el libro insustituible nos lleva a rechazar los pensamientos por contingentes; el libro definitivo nos ha de reconciliar con el pensamiento y con su ausencia. La particularidad de este último libro es que, para que resulte eficaz, ha de escribirlo su lector con su sangre.

Callet - - royal_hand_of_justice_crown

71

No busca vengarse sino quien recibe la injuria que ha concebido en otro momento.

72

Si conversando sentimos, con Sócrates, el peso de la duda más bienintencionada, es porque los diálogos más interesantes son discursos contrapeados línea a línea, y cada discurso habla de cosas distintas, con conceptos a menudo opuestos y sobre premisas encerradas en sus propios misterios.

73

Reconocemos un carácter fascinante cuando no despierta ni nuestra indiferencia, ni nuestra indulgencia, ni nuestro impulso fácil de clasificarlo todo rápidamente.

74

No siempre es más digno quien más sufre, pero nos intriga su aura como si se tratase de un visitante de los infiernos o de los cielos.

75

Que nos hayamos liberado ya de innumerables necedades no impide que vayamos combinando otras nuevas a partir de los cadáveres de las primeras.

76

Por decirlo de algún modo, en la sabiduría de más alto grado se puede llegar a dejar de amar por amor.

77

Por motivos opuestos rechazan hoy hombres y mujeres al gentilhombre, considerado amanerado por los unos y pretencioso por las otras; recuerdan sus vicios más típicos, pero olvidan su mérito de cultivar en el trato, por encima de todas, la ceremonia del respeto.

78

Todo lo que había de ser dicho ha sido dicho entre el siglo V a. C. y el Siglo de las Luces. Ahora solamente establecemos relaciones y hacemos recuentos para sentir que contamos para algo, como si describir ovejas -o aniquilarlas- fuese remotamente comparable en utilidad a pastorearlas y a ordeñar su leche.

79

Compadecer al que sufre parece menos difícil que regocijarse por el dichoso, pero eso es solamente porque no hemos entendido la compasión sino como una pena momentánea y sin compromisos.

80

Abusamos de nosotros mismos por falta de compasión con esa persona que dentro de meses o de años nos prolongará y recibirá las consecuencias de nuestros actos, como nosotros recibimos las consecuencias de lo que acaeció durante nuestra infancia.

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81

Los placeres más nobles se diferencian de los más innobles en que implican menos partes sanguinolentas de nuestros cuerpos y en que diluyen más categorías convencionales.

82

La belleza de los sexos y de los paisajes, de la música y de los sentidos, toda ella trasluce y oculta las mismas verdades a un tiempo, al igual que un manto envolviendo a una estatua deja adivinar su forma mientras oculta los rasgos y los materiales reales. Es por ello que no habrá auténtica sabiduría si simplemente se desprecia esa belleza sensual: antes bien habrá que considerarla un ornamento natural de la realidad, un recubrimiento de los esquemas del universo, un anzuelo para atraernos hacia los principios de lo útil y de las cosas, sin que nunca deba ser confundida con su médula misma.

83

Se observa con sorpresa en cuánto nos diferenciamos los hombres al comprobar que lo que considerábamos más importante de nuestro discurso es lo que menos atrajo al otro conversador, que se fijó atentamente, empero, en aquel detalle que hubimos mencionado de paso como algo superfluo o incluso con tono irónico.

84

Muchas de nuestras ideas se contradicen entre sí porque somos diversos sujetos de diversos mundos y con diversas finalidades hablando por una misma boca. El heroísmo supone sacrificar a esos sujetos inferiores internos en favor de un sujeto superior.

85

Mostramos grandeza al suspender temporalmente en nuestro ánimo la grandeza con tal de resolver un problema nimio antes de que éste crezca y se vuelva impedimento para aquella grandeza que suspendimos.

86

Sin compasión, la serenidad se volverá de nuevo demasiado sensible ante todo lo que la perturbe, mientras que la sabiduría podría caer en la insensibilidad.

87

Continuamos haciendo avanzar el presente por ignorancia de la variedad de bellezas, placeres, verdades, virtudes y serenidades que habían cultivado el cúmulo de los siglos desde Babilonia y que condujeron a innumerables gozos, empero también ya extintos.

88

La contemplación ha de ser mayor que la generosidad activa, puesto que, en tanto el corazón no esté regenerado por toda una botica de virtudes, se corre el riesgo de contaminar con unos vicios a quienes pensábamos sanar de otros.

89

Cada paso que damos sin atender a la naturaleza de su apariencia es un nudo más en la soga.

90

El que no piensa sobre la condición de sus pensamientos está condenado a seguirlos ciegamente y, en consecuencia, puede quedar atrapado en un círculo o en una espiral hacia el aturdimiento.

MUNARI (MONARI), CRISTOFORO - STILL LIFE WITH WRITING IMPLEMENTS

91

No estamos derrotados sino cuando no vemos posibilidad de derrota o cuando no vemos más que esa posibilidad.

92

Rara vez ama durante mucho tiempo o con intensidad quien para enamorarse espera a enamorar.

93

El primer signo del amor en el poseído de sí mismo es despreciarlo.

94

Los más aldeanos de los aldeanos no son seguramente los más felices de los hombres, pero rara vez parecen desgraciados.

95

El empeño exacerbado en hacerse oír denota nervios rotos.

96

¿Por qué se disgregan las naciones y las civilizaciones? Porque no tienen fe ni indumentaria comunes.

97

Es llamativo cómo el deseo y la aversión se van alternando según se observa con más detalle a los cuerpos atractivos: los rasgos que nos seducen en la piel de un rostro nos repugnarían si mirásemos media pulgada por debajo, entre músculos, ganglios y arterias; pero nos resultaría indiferente o nos causaría un vertiginoso asombro si lo contemplásemos en sus más minúsculas partículas elementales. He ahí una prueba más de que las apreciaciones sobre el mundo dependen únicamente del grado de penetración en la visión.

98

Tengo la impresión de que siempre ha sido más difícil guardar el voto de pobreza que el de castidad, y no sólo porque confiemos más en las cosas que en las personas: se renuncia antes a un solo placer que a la fuente con la que comprar otros muchos placeres.

99

No es difícil hallar a individuos serenos, alegres y fuertes que permanecen ajenos a todo interés en los reinos del espíritu, sumidos de lleno en quehaceres mundanos. No ha de ser razón para abandonar nuestro propio camino, pues uno tiene que ser lo bastante humilde para saber que, estando dotado de una naturaleza más defectuosa, tiene que redoblar esfuerzos para llegar al lugar del que otros partieron sin pretenderlo siquiera. Seas como seas, sin un cultivo diligente del corazón serías mucho peor.

100

La ira es frustración en estado invasivo.

gainsborough - Johann Christian Fischer

101

No vilipendia sino el culpable, no mancha sino el manchado.

102

Un artista asombra, seduce, maravilla, entusiasma, sugiere, predispone, enamora, interroga, complace, excita… Un verdadero sabio colma todo eso, poniéndole fin. El secreto del mundo se guarda en monasterios y en chozas de las que nadie habla.

103

Método rápido de ejercitar la paciencia.– Sea lo que sea eso que estés mirando, tocando o atacando, sábete que es de la misma naturaleza que tú.

104

Los que están a favor o en contra no siempre dan con los argumentos adecuados para su defensa. Las nuevas pruebas suelen provenir de los dubitativos o de los que simplemente se divierten argumentando.

105

Más vale un buen corolario práctico tras una mala o inexistente deducción que una deducción impecable sin revertir en actos.

106

Todos los siglos tienen sus pestes. El único que no superará la suya será aquel en el que ésta sea tan ubicua que la crea inexistente.

107

No hay sociedad exitosa que no muera de éxito: como parecía que las leyes ayudaban a los ciudadanos, se ha inflado la legislación más y más hasta ahogarlos y hacer imposible el cumplimiento de todas las normas; como parecía que los medicamentos sanaban trastornos, se prescriben tantos cuantos necesarios son para intoxicar a los cuerpos.

108

Hay suficientes hombres santos en el mundo como para no perder la esperanza; hay también tanto desorden y tanto mal como para olvidarlo y, por haberlo olvidado, volverla a perder.

109

No hacen falta muchas palabras para decir lo poco que se puede decir con ellas.

110

La más alta inteligencia consiste en salir ennoblecido de todo traspié: por ejemplo, convirtiendo la pesadez cotidiana de un vecino ruidoso en el ejercicio matutino de paciencia y benevolencia.

Jean Robie. Still Life with Roses. 1861-97

111

Todas nuestras conclusiones en torno a lo que debe ser no conforman más que el comienzo de nuevas reflexiones en torno al ser del deber.

112

Creen ser poderosos por ser ricos y sólo son cortesanos de las cosas.

113

Reconocerse en el espejo es signo de inteligencia del que no son capaces todos animales; creer que tal reflejo guarda exacta correspondencia con lo reflejado es signo de limitación de la que ningún sabio es víctima.

114

Aprenderás más si permites que cada cual te imparta su enseñanza. El sabio enseña con su sabiduría y el necio con sus necedades, y aun podemos atisbar cómo una y otras aparecen a veces donde menos se las espera y revelando nuestras más insospechadas flaquezas.

115

Generosamente nos ofrecen los sabios bondadosos el método, y aun más generosamente los necios maliciosos nos curten en él.

116

Ninguna comprensión de ninguna idea se hará definitiva e inalterable si no se sella con un nuevo ritmo de conducta, e incluso entonces la nueva conducta nos puede conducir a verdades que parecen contradecir a las que ya abrazábamos.

117

La mayoría de los practicantes religiosos no lo es con vistas a renacer en reinos superiores, ni a alcanzar una suprema iluminación, ni por compasión hacia la humanidad, sino ante todo para poder bregar con los obstáculos del día a día y para mitigar la agonía de esta vida, la única que nadie puede negar.

118

Las máximas nos inspiran, las ponemos en práctica a partir de sus glosas y contemplaciones, y las traicionamos por olvido o por exceso de matización.

119

Orgullo y envidia son anverso y reverso de la misma moneda. El orgullo es júbilo por poseer algo de lo que otros carecen. La envidia es desazón por que otro posea lo que uno mismo no posee. En ambos casos crece el peligro si se confunde el poseer con el ser.

120

Vanidad de la razón.- No fijamos en pensamientos sino el perfil momentáneo de aquellas cosas que tienen por naturaleza el cambiar. De veras no se conoce sino lo indemostrable. La razón cumple un papel imprescindible, pero subordinado: ayuda a descartar ciertas ilusiones, y poco dice sobre lo real.

1254x2265 Художник Frederik Hendrik Kaemmerer (Dutch artist, 1839-1902)

121

Las transformaciones de los pueblos fracasan siempre que se deben al intento de convertir el mundo en un Paraíso sin convertir antes a los hombres en ángeles.

122

El dolor purifica si y sólo si se sabe que está purificando y qué está purificando.

123

Me pregunto si habría celibato universal si la piel y los músculos fueran transparentes, o si, por el contrario, los amancebados preferirían vendarse los ojos durante su ayuntamiento, o si quizá incluso el color vívido de las vísceras acabaríase tomando como la nueva medida de salud y belleza.

124

No tan noble y definitivo suele ser perseguir lo que se busca cuanto esperarlo con atenta vigilia.

125

La sucesión de los razonamientos y las pasiones que se agolpan en el alma recuerda a la vida de los cuarteles: no se hace nada de provecho, pero se hace a gran velocidad.

126

Lo más probable es que una nueva idea brillante se convierta en un nuevo anhelo insatisfecho.

127

El único amor mensurable es el que dirigimos a quien no nos ama y, mejor, a quien nos odia o nos desprecia, pues la ausencia de ganancia se muestra neta.

128

Si te atreves con una opción verdaderamente recia y viril, ejerce la gentileza incondicional.

129

Uno aprende a conocerse más en aquello en lo que jamás se le había ocurrido conocerse. Mostramos nuestro verdadero humor en los imprevistos y en las situaciones insólitas para las que carecemos de método, ante conductas de quien menos la esperaríamos. Tan inoportunas para nuestra rectitud son ciertas desventuras como ciertos triunfos.

130

En la adopción de nuevas costumbres se distingue al espíritu vivo. En la adopción de nuevas costumbres puras se distingue al espíritu principesco.

Serebriakov

131

Es natural que se busque la acumulación de riquezas o de poder, pues todos buscamos alguna plenitud, y no hay nada raro en atesorar arena en el desierto cuando no se cree en los oasis o se los tiene por inaccesibles.

132

Una actitud pura se distingue por el número de lágrimas que suscita en quienes al percibirla se avergüenzan de haberla reprimido en sí. Un caso cotidiano sería el de reconocer cómo alguien contra quien se chismorreaba resulta ser poseedor de una rara virtud o simplemente alguien que responde con ternura a las críticas más severas, las cuales al punto se tornan vanas y necias.

133

Para el espíritu pueril, un gesto es un gesto favorable, pernicioso o indiferente a nuestros intereses. Para el espíritu penetrante, un gesto es todo un tratado de ciencia humana. Para el espíritu más elevado, un gesto no sería ni más ni menos que un movimiento.

134

Siempre son los cleros corruptos las causas involuntarias de revitalizar los significados primeros de la fe.

135

La aristocracia no podía subsistir si carecía de atención tanto por el Cielo como por la Tierra. Su final se presintió no cuando oprimían al pueblo con más saña ni cuando más metalizaban a la religión, sino cuando no se interesaron más que por sus salones.

137

Los hombres felices atienden y miman cada cosa que cae entre sus manos, pero sin pretender retenerla. Acaso el secreto de la dicha sea tratarla como a la cría de un pájaro que cae del nido, a la que se cuida y se goza con vistas a que en algún momento eche a volar y se aleje para siempre. Hay que amar el instante presente porque la reproducción constante de este amor deviene en un amor eterno.

138

No sé si la muerte es o no el problema filosófico por excelencia, pero sí es el problema en el que hay que pensar para que los demás problemas se desinflen de pasiones.

139

En el espíritu ordinario se recuerda con ternura a quien nos hirió sin malicia y después fracasó en su vida; con envidia si triunfó; con sentido filosófico a quien hirió a sabiendas y fracasó; con rencor al malvado que hirió y triunfó. Todos nos provocarían profunda compasión si nos repitiéramos que no son gran cosa ni sus malicias, ni sus bondades, ni sus triunfos, ni sus fracasos, puros juegos de azar y de pasiones engolfadas entre sí.

140

Llegará un día no muy lejano en que habrán desaparecido el que escribió esta frase, su lector, quien pudiera recordarla de oídas y la frase misma. E incluso quien pueda alguna vez concebir otra frase semejante. Tal evidencia derrama inanidad sobre todas las apetencias y rechazos.

Julia Carlota Mengs (hermana del pintor Anton Raphael Mengs)

141

El carácter usa cualquier pensamiento sobre las cosas exteriores para darse pábulo una vez más. Cuanto más salimos hacia el mundo, tanto más reforzamos nuestro propio interés. ¿Quién sino uno mismo podrá librarse de uno mismo?

142

Gran cálculo se hace para hablar con cierta persona poco conocida, para ofrecerle tal cosa o incluso sólo para saludarla y dedicarle una sonrisa. A menudo negamos el gesto gratuito por ser esclavos del orgullo. Siendo tan mezquinos con algo tan sencillo y barato, temerosos de una respuesta discordante que en nada puede dañarnos de veras, ¿cómo esperamos adoptar una actitud sincera e incondicional de misericordia, de amor, de llana afabilidad? Empecemos dándonos allí donde en realidad no hay nada que dar, a fin de que en el momento del sacrificio no seamos recién llegados sin recursos.

143

El mejor remedio contra el amor propio y el temor es la contemplación de la vacuidad de las personas, ver cómo no somos más que un agregado de condiciones, un traqueteo a ciegas en la oscuridad, una indefinición que se disfraza de individuos separados. No hay peligro si no hay nada que pueda peligrar. Las ficciones que elucubramos en torno a nuestra realidad nos han venido impeliendo a adoptar la misma prudencia excesiva del pájaro que se niega a comer las migas de pan por no aproximarse demasiado a quien de hecho no quiere ni sabría dañarlo.

144

La realidad es coherente: es nuestra coherencia la que no lo es, puesto que nos falta penetración para captar relaciones lógicas que nuestra razón limitada no permite imaginar.

145

La más profunda belleza es la que mora en el sabor único y sereno que subyace bajo toda belleza y toda fealdad.

146

Nueve de cada diez amores son modos de amor propio, pero tienden a entrelazarse confusamente con ese décimo brote descuidado de amor puro.

147

En el alma paciente se da de manera pura ese respeto genuino por la existencia de los seres que prolijas teorías metafísicas y éticas se esfuerzan confusamente en definir con conceptos.

148

Las grandes enseñanzas de maestros de la Antigüedad se cifraban versificadas en cantos no solamente por cuanto la música facilita la memorización, sino porque son expresión de alegría.

149

Incluso apercibirse de una verdad dolorosa conduce a una dicha inmensa si se aplica la motivación adecuada. Es como darnos cuenta de que aquella abertura en el costado que creíamos una boca a la que había que alimentar no es más que una herida que debemos cicatrizar para que deje de agitarnos.

150

Cuando uno toma sobre sí sufrimientos con tal de evitar los de otros muchos, en realidad está erradicando desde el primer momento sus propios sufrimientos, es decir, los propios de quien mira por su propio interés, sufrimientos que son siempre desmedidos por ser invasivos, difusos, ilimitados y alimentadores de sí mismos.

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151

Se hace invulnerable quien aprende a contentarse con guardar únicamente buenos sentimientos hacia los demás.

152

Para percatarse de lo esencial no es necesario estudiar mucho: basta con no confiar en el cuerpo ni en la mente, sentir una misma naturaleza en todas las cosas y tener fe únicamente en quienes han dejado de mostrar dolor y aferramiento.

153

En el arte de la conversación hay mucho de juego: juego de lucir los tornasoles de ingenio que atesora cada uno, juego de combinar palabras con entonaciones y silencios, juego de equilibrar generosidad y suficiencia, juego de declarar un amor por medio de símbolos y dobleces…

154

Ya no se cultiva el diálogo auténtico porque éste requería abarcar nociones del Cielo y de la Tierra, de ángeles y de hombres, de caballeros, de políticos, de damas y de monjes. Uno tenía que estar versado en filosofía de escolásticos, ademanes de gentilhombre, conocimientos de artes liberales, en una cierta atención a la actualidad, en agudas intuiciones del porvenir, en el amor del que hablan las Sagradas Escrituras, en bellezas de la Antigua Grecia. Ese inventario se ha reducido a concreción cotidiana, dinero y animalidad.

155

Es en la soledad reflexiva donde uno puede comprender que todas las almas están solas, sépanlo o no.

156

Mejor que hilvanar en exceso una estrategia es estar preparado mediante una plétora de maniobras aisladas para los distintos imprevistos que contradigan a las estrategias.

157

En ocasiones se finge no conocer a alguien no por altanería o malhumor, sino por no ser hábil en la improvisación; ante la sorpresa paralizante que supone la irrupción del otro, se guarda un silencio como un mal menor frente a las numerosas posibilidades de error. Este modo peculiar de amor propio, esta timidez de no sentirse con nada decente que decir, es un residuo adolescente que ha perdido no pocas relaciones, ya demasiado distantes, misteriosas y suspicaces como para ser restauradas en familiaridad.

158

Que reducirlas a principios sea el último honor que concedamos al torbellino de nuestras meditaciones antes de relegarlas al olvido de las inconsistencias inoportunas. No habrán sido del todo inútiles si extraemos de allí algo no demasiado incierto, siquiera si cabe en una cadena de diez palabras.

159

El que resiste a las modas tendrá también su momento en ellas, cuando sea de los primeros en la conducta arcaizante que regresa periódicamente con el círculo de la distinción.

160

Tanto más dichoso es el mediocre cuanto más sabe que es mediocre; así conoce las dificultades propias de los extremos, dificultades de las que se sabe libre.

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161

Ni la timidez ni la ostentación son propias de alguien muy feliz.

162

Es tanta la vanagloria del hombre que se prefiere olvidar triunfos pretéritos con tal de no reconocer, por comparación, las miserias presentes.

163

Cuanto más vetusto es un estilo, más verdad puede decir sin necesidad de circunloquios y vaguedades.

164

No entre los más poderosos reina la mayor lascivia ni la mayor castidad: la sed de poder los atrapa demasiado como para inclinarse señaladamente por otros menesteres.

165

El odio es tan sumamente necio porque es un apego a aquello que juzgamos un mal ajeno.

166

La vanidad nos impele a obviar a aquéllos que más curiosidad nos despiertan  y a mostrarnos displicentes con quienes amamos. Bien puede una coquetería agitada arruinar un posible enlace bello y natural.

167

Es injusto exigir más al dichoso que cuenta con poca virtud que al desgraciado que no cuenta con ninguna; es injusto, sobre todo, con el desgraciado, a quien algo de virtud mitigaría en algo su desgracia, si se le instara convenientemente, .

168

El anciano todavía ambicioso se hace digno de la compasión que se tiene con el eterno estudiante que no logró pasar de las enseñanzas elementales.

169

Más invita a la filosofía y a la religión una enfermedad grave que un argumento deslumbrante.

170

Poca belleza producen quienes muy pocos o demasiados vicios reconocen en sí mismos.

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171

Se zarandean las intenciones por exceso o por defecto de reflexión, sí, pero también por ausencia de un sentimiento poderoso que subyugue a los demás.

172

La persona a la que nada convence y nada satisface acaba a la desesperada encomendando su salvación a un cualquiera.

173

De los espíritus bellos se habla menos que de los horrendos porque se reserva su recuerdo para cuando se necesita levantar el ánimo.

174

Nadie conoce los tormentos o los tesoros que guarda un carácter taciturno salvo quien lee exactamente los mismos libros.

175

Un criterio para distinguir una máxima sapiencial incuestionable reside en detectarla en los fundadores de dos religiones.

176

Antes de fundar su escuela se sorprendía Epicuro de que en la portentosa Atenas de su tiempo, cumbre de la civilización, enclave de condiciones singularísimas, aún hubiese tanta gente infeliz. Cuando el progreso lo hace todo fácil, una tristeza general se extiende por todas partes, como si musitase el conjunto de las almas: “¿Así que era hasta aquí adonde llevaba el derrotero por el que apostamos? ¿Esto es todo lo que prometía la razón?”.

177

En cualquier otro terreno, la opinión puede ser superada por alguien más ingenioso; pero en el terreno de las costumbres, la opinión será superada por la vida de alguien más virtuoso.

178

Al descubrir un afecto entre alguien a quien se ama y alguien a quien se malquiere, el amor a uno o el odio al otro puede contagiarse y vencer, lo que nos indicará claramente la magnitud que tenía en nosotros cada sentimiento. Si dejamos que venza el odio, demostraremos haber reunido antes o bien poco conocimiento del amado -a quien suponíamos lo bastante virtuoso como para no compenetrarse con malvados-, o bien poco amor, que es siempre lo más probable.

179

Hay gente que irrita simplemente por ser extraña, lenta, torpemente invasiva o poco atenta, aun cuando actúa sin malicia alguna. Irritación tan poco racional y tan perversa parece estar pidiendo al menos perversidad o conciencia de su deformidad a quien ya de por sí tiene la desdicha de ser molesto. Mucho más deforme, será, pues, la conciencia del airado que los ademanes del que enfada.

180

El amor no es por sí mismo alta sabiduría, pero es puerta infalible a las altas verdades al vaciar de valor innumerables engaños.

Canaletto_ Kaiserliches Lustschloss Schönbrunn, Hofseite.

181

Los libertinos se esfuerzan en destacar el grito de libertad que supone la indecencia para no reconocer todas las delicadezas que condena al silencio.

182

Nada hay más inhumano que un ingenio puro. No agrada la voz que carece al mismo tiempo de sentimiento, de moral o de ciencia.

183

En el siglo XVIII se pulieron tanto todos los equilibrios posibles de lo humano, que después sólo cabía distinguirse en trastocarlos o invertirlos, y en ello andamos.

184

¿Habrá algún espíritu imperturbable que no se haya forjado, en algún episodio de su sendero, a través de una moral perturbadora? Es que se llega a la paz última del corazón librando todas las batallas posibles para exterminar cualquier amago de enemigo.

185

Muchos amantes se acarician en el otro o contra el otro.

186

Como en el milagro de los panes y los peces, la generosidad sabia no entrega: multiplica.

187

Los mejores mejores libros nos hieren y nos dan esperanzas al mismo tiempo.

188

No hay filosofía más profunda que la que se lleva hasta sus últimas consecuencias; por necia que sea, manifestará sin ambages su verdad o su falsedad, y no es ésa pequeña aportación al saber humano.

189

La mujer bella que no le da importancia a su belleza se aparece aun más bella, al menos para los espíritus artísticos, ávidos por descubrir los primeros gemas inocentes.

190

A veces se cree disfrutar de los recuerdos y solamente se disfruta de poseerlos, de modo parejo a lo que sucede con las grandes fincas a las que no se visita sino para pasar revista.

Jean-Frédéric Schall 2

191

Quedan menos jóvenes inmaduros que jóvenes infértiles.

192

El porvenir de la humanidad pertenece a los que se negaron a cuidarlo.

193

Varones y féminas desgarbados lucimos en los tiempos modernos no la igualdad propia de una raza justa, sino la indistinción de eunucos que se castraron mutuamente.

194

Mucho más avergüenza a nuestras generaciones hablar de amor que de amancebamientos. Por fin se ha comprendido que es más revolucionaria la entrega del ser entero que el desahogo de una de sus partes.

195

Un enemigo es un amigo desnortado al que haríamos bien en conducir a su país.

196

No se redime a los otros señalando sus culpas, sino dando ejemplo de cargar de buen grado con las culpas propias y ajenas.

197

Atiende a tus más inmediatos y lejanos proyectos y reflexiona por un momento sobre la vanidad de los paseos del corazón y de los actos. A todo sobrevendrá un matiz tranquilizador.

198

Los orgullosos cambian placeres por nombres de placeres, sombras de sombras.

199

Los capítulos de la historia del espíritu humano se cierran en patíbulos o en la adquisición de derechos y bienes de consumo.

200

Nada más difícil que el amar al prójimo como a uno mismo, porque es bastante insensato y triste el modo en que habitualmente creemos amarnos a nosotros mismos, buscándonos engañosos consuelos y no salvaciones.

201

Poco amarás del mundo si sales de él, en nada lo conocerás con veracidad si en él permaneces.

202

Ante la muerte, muchos callan, unos pocos lloran, otros ríen. Muy pocos la mencionan con perfecta dicción y clara serenidad.

203

Cuestionar definiciones es el pasatiempo favorito de quien no sabe definir ni construir nada. Sócrates no pudo haber fundado una civilización: lo que hizo fue desarmar la antigua; y fueron sus sucesores los que empezaron algo nuevo.

204

En los salones del París borbónico los señores hablaban de la moral al margen del pueblo que desfallecía. Los señores de hoy hablan de la necesidad de producir más y de engordar la economía frente a un pueblo ahíto, mórbidamente rollizo y a punto de estallar, a expensas de otros pueblos y animales sajados de cuerpo y alma. De los primeros señores todavía cabía tener alguna esperanza.

205

Ni siquiera los que inician las revoluciones son capaces de culminarlas en el mismo sentido de su origen. ¡Cuánto menos los que heredan la labor ya culminada!

206

Las revoluciones destruyen mucho, pero no permiten que se olviden las virtudes del sistema anterior. Es la larga decadencia lo único que hace irreversible un cambio.

207

El recuerdo de la muerte inevitable e imprevisible nos bendice con todas sus alertas a cada fruslería que nos atrapa.

208

En cuestiones de cortejo, la inacción femenina no era problemática cuando se esperaba galanteo por parte de los caballeros, pero hoy la primera no ha decrecido tanto como se ha desprestigiado al segundo, razón por la cual se establecen menos contactos amorosos o más contactos entre personas inadecuadas.

209

El amor a los hijos se ha alejado de la costumbre fortalecedora de antaño, a saber: un amor entregado menos con aspavientos y atención constante que con instantes aislados de atención total, instantes que conformaban guías inequívocas de moralidad, que por ser puntuales y lacónicos impactaban más, con el aplomo y el rigor lapidario de los clásicos. Aun mejor que un sinfín de carantoñas puede ser para la felicidad futura del niño el leerle a Séneca y discutir afectuosamente sobre sus principios y ejemplos.

210

El exceso de ingenio equivale a su ausencia, como la ubicuidad de un olor lo hace imperceptible al poco tiempo.

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211

Poco se habla del honor, del amor incondicional, de aspiraciones sublimes, porque poco se habla de lo que no se da.

212

Suprema inteligencia es precaverse de la inteligencia que se cree suprema.

213

La verdad más cercana a la absoluta ha de parecerse menos al éxtasis arrebatado que a la más completa sobriedad.

214

Las cosas más fuertes y pujantes son las que resisten el endurecerse -el mayor de los desafíos-, como la carne humana o el amor.

215

La alegría del espíritu muy sencillo cuenta de forma natural con la claridad que el sabio ha de buscar por los mil vericuetos y artimañas del razonamiento y del tanteo.

216

La inteligencia, para madurar completamente, precisa ejercitarse en percances.

217

Amigos, textos, descaro y fondos públicos conforman el conjunto de elementos que llaman arte moderno.

218

No digo que hubiera que volver al Siglo de las Luces, sino justamente que todavía no hemos salido de él, pues se mantienen en el fondo de las almas las mismas utopías que entonces aunque sin la gracia del estilo, y por ello el mundo no deja de afearse.

219

No hay presentación de la verdad sin que la falsedad se vengue de algún modo.

220

Los cambios políticos, como la transición entre día y noche, suben o bajan las temperaturas de una misma fiebre.

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221

En vano se buscó que reinasen los verdaderos filósofos: nunca hicieron otra cosa. Son todos los demás los que se debaten por un poder regio que es inaccesible al sucedáneo.

222

Ítaca no es un lugar de regreso definitivo, pues las islas no permiten evitar el mar de uno u otro modo: cortar todos vínculos es secarse como flor en cubil.

223

El amor puro no entrega nada: lo da por entregado. No destina nada, porque no se puede dar lo que es del otro desde el principio.

224

El genio puede tender a cerrar incoherencias, vacilaciones, huecos; el sabio no cierra nada y lo abre todo.

225

Las repúblicas y las facciones rotan en los mismos excesos porque creen enfrentarse por ideales opuestos cuando lo cierto es que compiten por el mismo.

227

Como colmo de la necedad, por rencor o por exceso de confianza es fácil caer en dañar aun más a aquel de quien dependemos que a quien depende de nosotros.

228

Habría que reformular el refrán en honor de las almas más generosas, pero también de las almas en general que ceden adoptar el carácter del ambiente al que se acogen: “dime con quién andas y te diré por quién te sacrificas”.

229

A quienes desean más destruir el poder que poseerlo puede moverlos un ánimo más justo, acertado o no, o un ánimo de puro odio que desea ver al enemigo hundido hasta sus cimientos.

230

La música galante hace hace bailar a las fieras del ánimo al son de un orden mayor, donde tengan una posición digna pero subordinada.

Louis Boilly, Le prélude de Nina

231

El arte rococó es miel para los sentidos, ternura para el alma, ornamentación de cocina para los ñoños, intento inferior para los sabios y absurdo para los no delicados.

232

Los reyes ya no cuentan porque las cuentas reinan.

233

Sólo envidia quien no se conoce bien a sí mismo, y sólo envidia a aquel a quien se conoce aún peor. Es por ignorancia que no nos sentimos a la par tan defraudados y tan satisfechos de nosotros mismos como de los demás.

234

Explicándose bien se expone uno a críticas que podrían haberse mostrado benevolentes si las explicaciones hubiesen sido lo bastante oscuras como para servir de apoyo a cualquier tesis que el receptor quisiese defender. Hay espíritus cordiales pero conquistadores a los que les encanta agenciarse improvisados adeptos a su causa.

235

Casi todas las mentiras son ridiculizadas, más que por la verdad, por otras mentiras. He ahí su primera humillación.

236

Por supuesto que la dignidad se compra, mas la única moneda que acepta es el gesto virtuoso.

237

Las únicas filosofías que han salvado a muchos hombres son las que tienen más de religiosas que de filosofías.

238

¿Qué lejos no andaremos de los auténticos Derechos Humanos que enterrar a los muertos -costumbre legítima de casi todos los pueblos habidos- se haya vuelto mucho más caro -hasta el punto de no ser ya posible para todos- que adquirir el más portentoso artefacto de comunicación que no se atrevió a soñar el más poderoso emperador antiguo?

239

No sólo sucede que, como decía Chamfort, para ser feliz es menester paralizar de todo punto ciertos aspectos del alma, sino que hay que activar otros aspectos y concertarlos todos en una sinfonía que respire.

240

No sirve apenas lo que se lee si no se transcribe en el corazón y no se recita con el quehacer diario.

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241

El carácter adusto no es necesariamente el de un corazón duro: muchos corazones tiernos como la hierba se protegen con corazas de severidad.

242

El exceso de ideas en el entendimiento las lleva a pelear unas contra otras, y otro tanto vale decir para las pasiones. Lo mejor sería agrupar en una sola versión simple aquellas del mismo signo; analizar sirve para ubicarse, pero extraer principios nos permite caminar.

243

De un modo puro o enloquecido amas aquello de lo que no dejas de hablar.

244

La bella persona cuyo nombre y detalles desconocemos y que excita en el corazón toda clase de ensoñaciones y actitudes, revela el torrente de elucubraciones con los que la mente sedienta cubre ignorancias mediante supuestos verosímiles y agradables.

245

Riquezas y placeres no sólo son efímeros, sino que, por su constante y jadeante vaivén, dificultan la concentración.

246

Es fácil comprobar que a veces las mismas palabras se descreen si nos las ofrecen como filosofía y entusiasman si nos las ofrecen como poesía o novela, como si el poder transformador del corazón residiese en los géneros literarios y como si fuese de buen tono emocionarse con un ideal sólo dentro de una escena ficticia, ideal que resulta incómodo si exige de nosotros un compromiso real.

247

Se hace incómodo un país donde a los niños se les enseña a manipular el entorno y no a amarlo, se les enseñan valores institucionales teóricos y no votos individuales concretos, se les enseña idiomas para negociar con todo el mundo pero no urbanidad para resultar grato.

248

Todavía a principios del siglo pasado había en las escuelas una asignatura de urbanidad, esa materia centenaria que debería ser la única obligatoria para cualquier ser civilizado porque consistía en cultivar un gusto por el trato agradable y que, sin embargo, ha sido relegada con sorna al baúl de las excentricidades ingenuas de los mayores.

249

Todas nuestros ajetreos acaban reducidos a unos pocos recuerdos inexactos a los que echamos mano de muy vez en cuando.

250

No hay que pensar en la buena obra realizada salvo para recordarse el imperativo de reiterarla y agrandarla.

Andreotti - A visit to the studio

251

La genialidad no se compra, pero sí se vende cada día.

252

Este mundo que se cree capaz de absorberlo todo y que no se hinca de rodillas arrepentido ante el próximo cataclismo será por ello mismo el que vea el mayor cataclismo de todos.

253

Quien no puede sentir compasión por un animal, que se aparece a nuestra perspectiva como un esquema de humanidad, ¿cómo podrá sentir compasión por la humanidad en sí, cargada de millares de flecos, retorcimientos y enigmas? Acaso su carácter excesivamente esquemático nos aleje de las bestias, pero intuyo que siempre es fácil hallar excusas para sentirse ajeno a quien requiere nuestra ayuda.

254

No sólo es generoso quien da, sino también quien se derrama sin preocuparse de ello y quien nunca se siente robado.

255

La belleza pertenece a quien la nombra con veneración.

257

Cuando la vida se ha torcido, no siempre es posible enderezarla, pero, al igual que la curvatura del arco, siempre puede servir para propulsar la mente hacia dianas de virtud.

258

Que la virtud sea felicidad o puerta a la felicidad, es indiferente; lo esencial es que atenaza el movimiento prensil del alma, su impulso airado y suicida. Los estoicos la tenían por supremo bien y los epicúreos por instrumento hacia la felicidad impasible que tenían por supremo bien. En definitiva, la virtud consiste en quedarse donde a uno le toca, en prestar aquiescencia a la naturaleza profunda de uno mismo, naturaleza que consiste, precisamente, en el gozo supremo.

259

A amar no mueve ver el triste desamor de los demonios, sino la imitación del amor de los ángeles. No es el miedo lo que llama a la heroicidad, sino la admiración al que no lo tiene.

260

Los mejores pensadores que recuerdo relacionan las cosas con serenidad, captan la esencia común de una multitud de movimientos, reconocen que nada hay nuevo bajo el sol, mantienen una distancia prudencial respecto de sus propios pensamientos, intuyen un bien sagrado bajo el declive de todas las cosas y veneran al amor.

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261

Un gran autor no fusila nuestra alma: la humedece y le da otra consistencia mediante una alternancia entre dulzores y recias ráfagas de aplomo.

262

Es digno de veneración todo lo que acabe en perfecto equilibrio.

263

En el mundo intelectual se ha glorificado a los genios insanos que se han atrevido a rasgar toda pureza. Han sustituido en los altares a los espíritus puros y esforzados que rechazaron ser los genios que pudieron haber sido.

264

La santidad no está de moda sino cuando se sabe la inmensidad del viaje que supone.

265

Una tarde libre nos permitiría cultivar muchas flores espirituales en el descuidado jardín de la introspección meditativa.

266

La infinitud de modos de vida no parece de buen tono más que en épocas como la nuestra, cuando, al carecer de guías, todos los caminos parecen buenos para llegar al país del bienestar.

267

La vida no parecería breve si se saborease cada minuto, algo que sólo permite la espiritualidad.

268

El cansancio acarrea su propia clase de serenidad, una serenidad transitoria que rara vez aprovechamos para cuestionar los vanos entusiasmos a los que el vigor induce.

269

El carácter poético dibuja sucesivos amores efímeros en la calle o en cualquier parte, pero lo hace sin el cuidado con que lo haría el carácter penetrante, ocupado en cincelar sobre mármol y no sobre aire.

270

La belleza de una vida no se mide por más que por la cantidad de sufrimiento propio y ajeno que ha logrado erradicar.

Niklas Lafrensen

271

Se diría que, azuzados por el aburrimiento, rechazamos muchos bienes por no considerarlos lo bastante efímeros.

272

Carecer de amigos pone a cualquiera bajo sospecha, sospecha de tener bien un carácter monstruoso, bien un carácter demasiado delicado. El solitario es alguien que no cede a renunciar a su concentración, o es alguien que no cede a la generosidad.

273

Si bien no logramos captar la idea de infinito precisamente por ser infinito, al menos su asomo sirve para que cuestionemos la importancia de lo finito.

274

Los moralistas franceses anteriores a la Revolución reúnen muchos méritos: son hombres con vidas intensas, con formación clásica, con un poso cristiano, con una razón escéptica, con una experiencia nutrida en toda clase de dolores y placeres, y, por último, moran en ese punto central con que fue bendecido su país, a medio camino entre el sentimiento latino y la contención germánica, entre la severidad estoica y la fantasía celta, entre el gusto cortesano y el sensualismo campestre.

275

Cuando al escribir me llama más el ingenio que la intención pura de decir una verdad, me perdono recordando que las verdades importante están todas dichas y que solamente una nueva versión ornamentada es el patrimonio legítimo de los nuevos autores.

276

La máxima es el género literario ínfimo y supremo al mismo tiempo: en su pequeñez caben las semillas portátiles de todas las doctrinas.

277

Las nuevas generaciones creen que mantener un contacto continuo equivale a comunicarse, como si acariciar incesantemente el pomo de una puerta equivaliese a atravesarla.

278

Muchos de los que tenemos por contemporáneos nada tienen que decir porque están todo el tiempo hablando con quienes llaman sus amigos, cuando es sabido que los conocimientos se trabajan en silencio.

279

No miramos con interés sino a aquellos a quienes estamos acostumbrados. Pasamos ante los desconocidos como si no pudiesen ser nuestras almas gemelas.

280

El mero hecho de coincidir los hombres en los mismos espacios indica ya cierto parentesco del alma, pues, cuando menos, transitamos los mismos caminos, si bien en sentidos dispares y hasta opuestos.

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281

Cosas distintas son sentir una pena envidiosa ante quien nos relata ilusionado su acopio de felicidad y sentir lástima porque siembra demérito al ostentarlo y siembra decepción que madurará cuando lo pierda. Fácil es escudarse en la segunda para justificarnos de la primera.

282

Se nos vende por todas partes una lujuria irrespetuosa que, nos dicen, hemos de conciliar con la tolerancia y la cotidianidad, como si alimentar el deseo de ese modo no lo tornase independiente y bestial, como si todo acrecentamiento de la vida liberal no deviniese a la postre en ansia. Para contrarrestar en alguna medida esa deformidad agigantada, se tenía antes el pudor y la moral cristiana, sustituidos hoy por una noción vaga e intrascendente de respeto y un miedo meramente táctico a la ley.

283

No se conoce bien el estilo de un autor hasta que no se lo sabe imitar por completo.

284

Las más arraigadas pasiones no se declaran y aun ni siquiera nota sentirlas quien las siente.

285

Desconfiemos de las cosas fáciles hasta que no comprobemos que resultan tan útiles como prometían y que no velan un deslizamiento hacia lo mismos errores de siempre.

286

Si no es posible erradicar la ira, la tristeza o el deseo, es mejor ocultarlos hasta que se vayan disolviendo, lo cual sucederá a medida que se compruebe que se vive más cómodamente sin su espectáculo.

287

Hablar idiomas facilita el modo en que podemos cubrir nuestro carácter con máscaras.

288

Muchas de las máximas de los antiguos sobre el buen vivir las siguen intuitivamente audaces y discretos sin necesidad de haberlos leído ni habiendo pensado con exactitud cosas parecidas, y las desobedecen los temperamentales y dispersos por mucho que las leyesen. Difícil es estudiar la sabiduría de las costumbres, precisamente por ser costumbres, y fácil el seguirla o rechazarla por azar. Pero no siempre fue así ni en todas partes, y la disciplina racional revela sus recompensas cuanto más camine uno hacia Levante.

289

Cuanto más pura es una verdad, tanto menos alegre o triste es por sí misma y más se deja inclinar hacia uno de los dos extremos en función del afecto que predomine en quien la enuncia.

290

La idea del honor es la única exacerbación legítima del amor propio, pero aún conviene usarla como un primer peldaño hacia el total desasimiento de todo lo que consideramos propio.

Georg Heinrich Sieveking - Ejecución de Luis XVI

291

Coleccionar máximas es renunciar a un plan demasiado trazado, es contentarse con un buen manojo de ganzúas para ir tentándolas de puerta en puerta con intuición.

292

Tiene tantos grados de desglose la verdad única que de hecho es como si hubiese muchas verdades contradictorias entre sí, y de ahí los grandes malentendidos históricos.

293

Un solo instante de honda introspección debilita muchos impulsos de la bilis.

294

La vanidad de la belleza muere más lentamente que ésta, cuando más bien habría de adelantársele para prevenir pesares o incluso para adornarla con el descuido cuando la belleza aún está presente.

295

El hombre profundo se define por combinar una gran sensibilidad femenina con una gran reciedumbre viril; compasión y delicadeza por un lado, resistencia y vigor por el otro.

296

La dama gusta de conversar durante mucho tiempo con el galán que la corteja porque, a diferencia de él, ella se preocupa más de discernir el alma del posible amante que su cuerpo; pero también lo hace para conocer su posición y desempeño en el mundo, lo cual le preocupa tanto o más que su alma.

298

Resulta complicado calcular el punto justo entre atrevimiento y respetuosa distancia que agrada a la mujer cuando se la corteja. Creo que no sólo depende de cada mujer, sino también de la oportunidad justa, el momento preciso en que se la encuentre propicia para la combinación que hayamos elegido, pues todo el mundo tiene momentos en que desea desesperadamente ser deseado y momentos en que, por el contrario, le sobra todo lo nuevo. En realidad no parece que nunca deje de halagar a una mujer el atrevimiento con modales; incluso le hará mucha gracia, pero eso no quiere decir que despierte su interés en absoluto, lo cual resulta igualmente fatal para el orgullo del pretendiente.

299

Pocas veces se es impulsivo por no lograr reprimirse; lo habitual es decidirse por liberarse de tal represión, muy rápidamente pero con conciencia, en el instante oportuno, como cuando se abre y se cierra el surtidor de una fuente. Podemos ser menos naturales de lo que queremos creer.

300

Es preferible un gobierno trufado de malos sacerdotes entre sus cámaras que uno en el que los sacerdotes sean considerados enemigos. El primero deja caer sobre el pueblo el mensaje de que es fácil corromper el más eximio intento de virtud, lo cual es muy cierto, mientras que el segundo declara que no merece la pena intentar evitarlo y que mejor sería erradicar tal ideal.

The Flower Garden - Matthew Darly, May 1, 1777. Etching and engraving with watercolor.

301

Las gotas de sabiduría de cualquier gran autor clásico provocarían cambios maravillosos si se aplicasen. Poco importa la escuela filosófica: lo importante es que su criterio de selección de los principios se deba a que se avienen bien a la virtud natural que llama a y desde lo mejor de cada de corazón. Los más acérrimos contrincantes seculares, estoicos y epicúreos, cristianos y muslimes, dogmáticos o escépticos, siempre brillaron entre sus compañeros de filas e incluso se hermanaron con los adversarios cuando derraban en sus discursos respectivos la prudencia, la diligencia y el amor.

302

No suelen distinguirse las costumbres del espíritu observador, pues su principal costumbre, la atención, es interior. Las presas no se fijan en el cazador agazapado, con ser quien acaso más sepa de ellas. Algunos de los mejores conocedores de los caracteres vivieron al margen del trato más íntimo con ellos: La Bruyère es el ejemplo más claro.

303

Pocas cosas doblegan el orgullo más que la ingratitud ajena: nos recuerdan nuestro voto de realizar la acción sin esperar recompensa.

304

La mitad del enamoramiento de una mujer se debe a cuánto perciba estar enamorando al varón.

305

Los caballeros se enamoran rápidamente porque el rostro de la amada, cierto y concreto, les embelesa; y se desenamoran más rápidamente que ella porque se acostumbran a ese rostro que, a diferencia del alma, no cambia rápidamente y, por ende, no sazona el devenir de las pasiones más ordinarias.

306

Gran ejercicio de mansedumbre para el moralista circunspecto es encajar cierto golpe al amor propio, a saber: la aceptación de que en ciertos frívolos la virtud y la dicha cotidiana no se excluyen mutuamente tanto como él había vaticinado.

307

El frívolo, por sus muchos devaneos en sociedad, tiene más ocasiones que el sabio solitario para ejercer la virtud si es que se lo propusiera de veras.

308

Escribir lo que pensamos y no sentimos es modo de forzar nuestro sentimiento o de dejar en evidencia a nuestro pensamiento. Escribir lo que sentimos pero no pensamos hace que nos conozcamos algo mejor a nosotros mismos o simplemente es dejarse llevar por el torrente de nuestros humores.

309

Los humores que recorren nuestro cuerpo tiranizan a nuestra conducta salvo que desde la porción más racional de nuestro ser decidamos equilibrar nuestra conducta, la cual por su parte los reequilibrará a aquéllos.

310

Muy complicado resulta trabar coherencia sobre una filosofía no sistemática, una filosofía definida sobre casos particulares. Y no sólo por el ejercicio de inducción constante a que nos obliga, sino porque acostumbradamente no aplicamos a la vida cotidiana sino patrones sencillos y cambiantes, o bien dogmas de fe definidísimos, cuando lo que ahora nos exigimos es la aplicación estricta de principios no formulados y acaso no susceptibles de formulación.

Olaudah Equiano (c. 1745 – 1797) also known as Gustavus Vassa, was a prominent African involved in the British movement for the abolition of the slave trade.

311

Los estamentos tradicionales son preferibles no por sí mismos, puesto que suelen incluir tropelías a veces comparables a las de los regímenes revolucionarios, pero sí se prefieren porque justifican su posición apelando a un poder superior. Aquéllos que se pretenden mejores por derecho divino, al menos reconocen un derecho divino que llama a lo mejor. En una república donde todo sea intercambiable no se ponderará suficientemente a la virtud. No se trata tanto de evitar gobernantes corruptos, lo cual es casi imposible, sino de evitar que éstos contagien al pueblo. No es creíble para la razón cabal creer que el aristócrata tendrá mayor nobleza que el artesano, pero sí que precisamente la existencia del primero es lo que hará creer al artesano en la idea de nobleza, siquiera en forma caricaturesca o como un reflejo en negativo. Lo que atañe a la aristocracia con más razón vale para el clero, si bien la inmoralidad de éste es mucho más peligrosa por la gran desmotivación que acarrea incluso entre sus propias filas; a diferencia de los linajes de sangre, los herederos de una tradición religiosa, para bien y para mal, no pueden permanecer indiferentes a la alteración de la moral, pues se adscribieron a ella precisamente por esperar pureza o, muy al contrario, oportunidades para el vicio.

312

Una revolución muestra cómo se puede ser plenamente racional a la hora de desmembrar toda salud social pretendiendo arreglar los antiguos desperfectos.

313

La sagacidad sobre los movimientos del corazón sólo se cultiva mediante grandes bocanadas de amor o con la tristeza de no poder amar.

314

La gloria de Europa no se reestablecerá siquiera parcialmente hasta que no se vuelvan a llevar sombreros y crucifijos.

315

De haber mostrado falta de amor, más agudo se da el arrepentimiento cuanto más lejos queda de lo acordado.

316

Suele decirse que más nos arrepentimos de lo no hecho que de lo hecho, pero esta creencia se debe a que olvidamos nuestros actos de tan afines que los sentimos a nuestro propio ser. Y por otra parte, en el colmo de los absurdos, a menudo nos arrepentimos de lo que no dependió de nosotros.

317

En nuestra relación con el mundo, nada hay más importante que la afabilidad diaria y la entrega amorosa; filosofías, trabajos y deleites van detrás, si es que han de ir.

318

El pensamiento surgido del apresuramiento suele tener más de útil que de verdadero o, si se carece de maña, tan nefasto como falso.

319

Lo que ahora llaman trastornos mentales no son las más veces otra cosa que descortesía y excesos de tomarse uno demasiado en serio a sí mismo, algo que era impedido o mitigado por la humildad religiosa.

320

El sentimiento de culpa aprisiona a nuestros humores, pero sufrimiento muy vano será si entretanto no liberamos nuestras sabiduría y virtud.

Costume de cérémonie de Messieurs les deputés des 3 ordres aux États généraux Clergé, Noblesse, Tiers-Etat - A Paris, chez Basset, 1789, Hennin, Michel, 1777-1863 (Collector)

321

Piensa que todo lo que has perdido lo habrías perdido pronto igualmente, pues la impermanencia modulaba desde el comienzo lo que creías su esencia.

322

El arrepentimiento saludable se vuelca mucho en la enmienda y poco en el ayer.

323

Se dedica el mero genio, en primer lugar, a excusar sus propios vicios; es la virtud lo que, unido al genio, origina las más grandes obras.

324

La condición de víctima es la gran arma que los perezosos arrían contra los demás y contra sí mismos.

325

Tantas distracciones han nublado nuestro espíritu desde el exterior que éste ya se encarga solo, por puro hábito, de estimularse con otras tantas.

326

Nadie estaría dispuesto hoy a todas las consecuencias de una contrarrevolución, pues tal trabajo conllevaría una reconcentración de todas las fuerzas interiores y exteriores del hombre para que no se reprodujera rápidamente el mismo despliegue de caprichos que nos ha traído a la modernidad. Todo el bienestar de los sentidos heredado de varias generaciones y que consiste en el aflojamiento y la dispersión nos ha hecho desconocer lo que significa centralizar en una idea todas las facultades del corazón.

327

Hay una hora en la tarde -cuando con su declinación nos recuerda el día otras declinaciones- en la que se aflojan las creencias y todo adquiere una indefinición vaporosa, como de ensoñación lánguida. Mucho aprovecha atrapar esos instantes para contemplar nuestro ser y nuestro devenir y poner en solfa apegos y aversiones, admirando el tenue entramado del mundo, frágil e innecesariamente enmarañado como la celosía de un harén infectado.

328

No debería entristecernos el darnos cuenta de que a ciertos allegados no podríamos leerles sutiles máximas morales sin despertar su extrañeza, puesto que sí podremos enseñárselas con hechos.

329

Sospecho que la mayor parte de nuestro ajetreo mental con sus deseos y aversiones se debe más que a nada al aburrimiento, a la incapacidad del ánimo para reposar quietamente allí donde le toca en cada momento. Pero una vez nacidas las pasiones, cobran poder por sí mismas y se enzarzan en sus propias suposiciones.

330

Más que con argumentos, uno convence de que su filosofía de vida es buena cuando muestra felicidad al aplicarla, pero sólo convencerá a personas con condiciones de vida semejantes. El ateísmo cordial de un rico saludable, disciplinado y amado difícilmente sonará muy atractivo al huérfano paupérrimo y enfermo que requiere consuelo a toda costa.

La Royale chanson marche des camelots du roi (Royalistes) Maxime Brienne

331

Como ya no pueden conquistar territorios como en tiempos feudales, los arrogantes pudientes de hoy ponen todo su esfuerzo en conquistar carteras o cerebros, dinero o ideas.

332

Se esfuerzan los hombres en que sus ideas reinen sobre el mundo, al margen de lo complejo que éste sea para que fueran aplicables recetas tan simples que caben en dos cuartillas. Porque nuestro corazón es limitado nos limitamos a amar muy pocas ideas, y es más este amor a ellas lo que nos vincula a su defensa que el estudio irrefutable.

333

La doncella que gusta de un doncel recién conocido mostrará interés por él, a menos que le guste mucho.

334

La cobardía es signo de vejez porque, coincidiendo con el tiempo en que menos se tiene para perder, se da la ocasión en que uno es más vulnerable a cualquier cosa, además de que ya ha consumado el hábito de acumular días y mezquindades.

335

Hay algo que corresponde en exclusiva a nuestra época: conoce con bastante detalle por cuántos frentes perderá sus últimas batallas, y no sabe, no quiere o no puede no ya detener su caída en ninguno de ellos, sino tampoco dejar de acelerarla vertiginosamente.

336

Nihil sub sole novum; las mismas fuerzas estiran las vidas de los hombres desde todos los extremos desgarrando costuras rehechas una y otra vez, como si cada siglo fuese la reedición encarecida del anterior. En cierto sentido, ello no es motivo suficiente para dejar de participar en el juego como una fuerza más: reconozcámonos necesarios en el bando de la virtud para que la victoria del mal no sea nunca completa. Sin la tensión adecuada, todo se aflojará hacia lo peor. Si es triste constatar que la participación del conjunto de los buenos no cambiará las cosas, nótese al menos que sin ellos la degradación será mucho más veloz e hiriente.

337

Hay una pereza que nos envicia, y hay una pereza aleccionadora que nos advierte de lo inadecuados que somos para cierta tarea que no logramos llevar a cabo con ilusión. Sería muy útil distinguirlas si no fuese tan difícil.

338

Una sabiduría permite que el mundo siga permitiendo respirar de tanto en tanto con cierta alegría y a pesar de todo, y no es la sabiduría de académicos o visionarios, sino la de los proverbios populares.

339

Reflexionar sobre la falta de talento en uno es, en cierto modo, una forma de talento. No poca perspicacia tiene quien logra atisbar la profundidad de sus taras.

340

Es un vicio anotar un pensamiento virtuoso como excusa perezosa para aplazar la aplicación auténtica de una virtud, pero es un vicio que al menos paga algo en penitencia.

Jean-Antoine-Théodore Giroust, Les Mademoiselles d’Orléans, c. 1791

341

El conocimiento de los fundamentos es provechoso si anima a perseverar en la buena acción y es obstáculo insalvable si desliza al espíritu hacia la complacencia haciéndole creer eximido de trabajar la concreción en hechos. Antes alcanza su destino ciego que camina que sagaz indolente.

342

En sociedad, y con más razón cuanto más alta sea, nos ven como nos vean los demás y nos aman si ven que otros se dignan a amarnos. Mucha habilidad ha de desplegar un solitario para lograr que el misterio que desprende al principio se decante hacia amistades no demasiado tímidas y no termine arrinconado.

343

Tantas confusiones en torno al amor se deben en buena parte a que es fácil imaginar que hay más amor tras un beso que tras un pensamiento mudo del que no sabemos nada.

344

Si habrá mejores compositores que los nacidos antes de la Revolución, no lo sé, pero con seguridad no podrán traducir con mayor precisión a música la imagen de la prestancia, del decoro y del dominio de sí. El rococó cerró el ciclo histórico del equilibrio sereno.

345

La política moderna nació en la Convención Nacional, y Edmund Burke la venció filosóficamente a los pocos meses.

346

Se corre el riesgo de pensar que se siente un amor entregado por la humanidad si se dedica una sonrisa durante algunos minutos y buenos pensamientos durante algunas horas: habría que dedicar cada porción del día.

347

Realiza cada acto mundano con la motivación de pensarlo como un acto preliminar, encaminado únicamente al triunfo del bien y de la felicidad de todos.

348

Quien mucho gesticula tiene legión de pulgas en el corazón, saltando cada una hacia un lado.

349

Las ideas imprescindibles del mejor de los pensadores caben en dos cuartillas.

350

Nada hay más ridículo que la sensación de ridículo, sentir que algo es irrisorio porque lo juzgue la malicia o la excesiva atención de desconocidos que no nos afectan, enemigos cuyo criterio debe ser la inversión del nuestro, o amigos a los que, si de veras lo son, no puede defraudar una minucia de apariencia.

Illustration_Anagallis_caerulea0 - mouron rouge (pimpinela escarlata)

351

Hay pensadores que aparecen exultantes a todas horas publicando en todos los foros su nombre y sus ideas contra el mundo, cobrando grandes sumas de dinero por vituperar la avaricia y gozando placeres exagerados y recién inventados mientras reclaman contención antigua. Situados, arrellanados, en el nicho de originalidad que quedaba libre, se comportan como cualquier otro. Certeros o no el hablar pero siempre más hábiles en ladear el compromiso, no creo que sean poco sinceros: es que la coherencia es peso grande para la poca estatura. Y muchos son los anzuelos que ahora rondan nuestros instintos y pocos los héroes que nos llaman por nuestro nombre a su presencia.

352

Divórciate de ti mismo para que impere una cordialidad distante entre tus entrañas.

353

La indiferencia a lo que los demás piensen y digan de nosotros es un paso justo si no deja uno de tener en cuenta la opinión propia, no la del ánimo chismoso y mundano que mora en cada corazón, sino la que surge del principio rector y exigente que lo trasciende.

354

La vida es bella si se la acaricia sin abrazarla, apreciando sus encantos poco fiables, como nos comportaríamos con un antiguo amor que nos complace en el recuerdo y nos llena de un sentir de gratitud pero que nada nuevo promete ya.

355

Todo lo que se diga siempre será excesivo para el perspicuo que sobreentiende y siempre escaso para el necio que exige más y más pruebas.

356

En cuanto a la sabiduría de las costumbres, no procede exigirle pruebas, pues tal sabiduría nunca habla de otra cosa, refractaria como es a las teorías. Pero las pruebas importantes son las que ha de ejercitar esforzadamente el que las reclama, pues no pueden ser pruebas sino de la experiencia propia del sujeto moral, por lo cual se queda sin obtenerlas.

357

No deberían demostrarse las falsedades viles ni como ejercicio de retórica, como no se enseña a un niño a manejar un mosquete ni aun advirtiéndole que nunca lo toque sin la supervisión de un adulto.

358

Que se rían de uno es lección dura y aleccionadora si el que ríe lleva la razón. No mira por él mismo al gozar así el mal ajeno, pero acierta en que al otro sí conviene que rían su orgullo.

359

Tantos prejuicios se adquieren con tal empacho en la sinrazón que no pueden deberse más que a estrategias retorcidas de la cara más misteriosa de la conciencia, con el fin motivarse de cara a fines ladinos no conocidos por el entendimiento, fines más viles o más nobles que la propia apariencia del prejuicio según el caso. Ciertas aversiones suponen en muchas almas perezosas el único acicate hacia la búsqueda de los bienes opuestos.

360

Ninguna mejor lección de vida hay más útil para quien atienda a las analogías entre las cosas que el éxito seguido del fracaso.

Buffon_1707-1788

361

La rueda de Fortuna está tan vacía como las barrillas que ruedan en el desierto.

362

Nos daremos cuenta de lo prescindibles que son muchos de nuestros pensamientos si en razón de su parentesco los agrupamos y reducimos en principios generales simples.

363

Menos interés habría en la erudición si se entendiese que interiorizar y aplicar los principios esenciales de la sabiduría requiere la concentración constante de nuestra inteligencia y no deja ocasión a demasiadas distracciones.

364

Entre la vanidad y la compulsión oscilan los trajines de los hombres, cuando no en la vanidad compulsiva.

365

El sabio sujeta la sabiduría con cuidado pero sin apretar nunca demasiado para no envilecerla, como la tranquilidad del niño dormido se convierte en llanto si se lo mueve demasiado.

366

El que piensa demasiado sin tener debajo el soporte de nobles principios acaba por decir con bellas palabras lo mismo que dijeron los más brutos, pero estará más solo.

367

Puesto que, según lo vamos descubriendo, vemos que desconocíamos muchas tendencias y pensamientos de las personas que amamos, es natural suponer que sucederá otro tanto con personas que odiamos.

368

A medida que avanza la historia de los pueblos, lo que llaman orden se parece cada vez más a un acomodo en el caos.

369

No sé si todos los malvados son desgraciados por ser malvados, y tampoco es necesario saberlo para obrar correctamente; me basta saber que sufro cuando me contemplo a mí mismo recreándome en el mal. Cierto que esto no puede elevarse a principio universal, pero sí es aplicable a una mayoría de personas sensibles que, si hiciesen caso a sus escrúpulos, harían que la Tierra brillase como el sol.

370

Leer algo una o dos veces no afecta al rumbo del alma; la reiteración incesante siempre fue la puerta para la adquisición de maneras y costumbres.

Painting of Benjamin Franklin reading a batch of papers next to a classical bust

371

Emociona y hermana saber que el mismo impulso que lleva al santo a flotar en el todo es el que se esconde tras la complicidad con cualquier sonrisa y tras el brote de inocencia con el que cada mortal inicia cada observación o cada acto antes de estropearlos con la búsqueda de beneficios.

372

La falta de caridad más difícil de vencer es la evitación de ayudar por timidez.

373

El sabio sabe que lo que no sabe no es lo importante.

374

Malsana pasión de amor propio es no poder dejar de buscar signos de amor propio en cada rincón de las almas humanas.

375

La ternura se muestra reacia a los remedios contundentes y dolorosos por más que resulten imprescindibles, y de ahí que los pueblos matriarcales no duren tanto.

376

El ingenuo tiene al menos la sabiduría innata de no regodearse en especulaciones tenebrosas.

377

Enfadarse todo el tiempo con los seres queridos indica que no nos relacionaríamos con ellos a no ser por la costumbre o por vínculos todavía más profanos, como el del dinero.

378

Los amigos poco íntimos no suelen molestarse entre sí porque cada uno sabe que el espacio que comparten no se lo tiene que llevar consigo a todas partes.

379

No hay peor derroche de tiempo que el que se produce sin que lo sintamos como tal. Saber que lo que se hace es inútil puede convertirse en trabajo de paciencia y desapego si se aborda con la motivación correcta.

380

A menudo las circunstancias a las que imputamos nuestros males son en realidad su mero reflejo exterior.

The Rose, 1872 by Giacomo di Chirico 1844–1883

381

Sospecho que buena parte de la sabiduría consiste en reconocer un punto de ingenuidad en todas las decisiones salvo en la de reconocer este mismo hecho, aunque para llegar de un modo saludable a dicho reconocimiento hay que haberse fortalecido en lo verdadero que tenían aquellas otras. El desapasionamiento perfecto se tiene únicamente respecto de aquello que apasionó en su momento.

382

El único placer del que no nos hastiamos es el de reemplazar placeres a causa de un hastío de ellos que siempre llega.

383

La actividad preferida del moralista es investigar modos de encarar el resto de actividades. Sería un poco absurda tal misión si no fuera tan difícil. En la mayoría de los casos, solamente se llega a ser moral si se hace uno moralista.

384

Nos agradan los amigos porque nos negamos a conocerlos bien y a reconocernos bien en ellos, y por lo mismo nos desagradan los enemigos. Y no prestamos atención a los silenciosos sabios porque tememos conocerlos bien y que den al traste con todas nuestras presunciones y ajetreos.

385

La vida está llena de conflictos porque sin ellos no sabríamos qué hacer de aquélla.

386

Las máximas son concisas para que se las glose mediante actos.

387

Mayor dicha que descubrir por uno mismo una idea ingeniosa original debería ser descubrir una afinidad con la idea ya apuntada por un gran hombre. El corazón es tan pretencioso que prefiere la pequeñez con tal de ser el primero de lo pequeño.

388

Carece de sentido actuar con coherencia respecto de nuestras opiniones si las mudamos cada día.

389

Cuando no logro centrar la atención en nada ni calmar el ánimo, busco un juicio virtuoso en mi mente y lo paladeo mientras le doy forma.

390

Cambiar a la ligera de opiniones sobre las cosas según el estado de ánimo de cada ocasión es una falta de respeto a nuestro yo pretérito, que había juzgado en su momento seria y pausadamente.

Feuillet_notation

391

El sonido de los instrumentos barrocos combina en perfecto equilibrio la nobleza y la dulzura. Para la primera, trompetas, sacabuches y percusión; para la segunda, flautas, oboes y cuerda. Clave y órgano conjugan ambos polos.

392

Desagrada tanto que alguien se muestre desesperado con que cualquiera le ame, como agrada que se desespere exclusivamente por nosotros.

394

Principio de ascesis.- Acostumbrémonos a la vaporosidad de todo objeto y a la inconsecuencia de todo afán para no sentir que perdemos mucho cuando lo perdamos todo.

395

Es útil para el sentimental enamorarse una vez cada día para notar en ello la falta de fondo del corazón mundano.

396

En general, los pueblos como tales saben amar y saben enfrentarse, y extraían un fortalecimiento de ambas inclinaciones, excepto nuestro pueblo indefinido y universal de hoy, que hace las dos cosas imperfectamente y en nada las aprovechamos para el espíritu por no reconducirlas hacia la purificación.

397

Si no educamos el ánimo con mucha antelación, lo más probable es que cuando baje el telón de nuestra vida la despidamos con dolor, abatimiento y miedo.

398

Que no haya una ordenación de las máximas puede indicar que no hay una jerarquía de ideas en la mente del autor.

399

Por lo que parece, ahora se cree que la salud equilibrada de los sentimientos consiste en guardar la misma distancia respecto de todas las aflicciones, por escasa que sea esa distancia.

400

Se suavizan los afanes cuando se los sabe simples divertimentos. Aumenta la paciencia a medida que decrece la sensación de realidad.

VAUTIER, BENJAMIN the elder(Morges 1829 - 1898

401

Por lo común, un benefactor espera algo más que la alegría del beneficiado: espera que sepa que se la debe a él. Nos agrada que sonría, sí, pero mucho más que nos sonría.

402

La prudencia se diferencia de la mera cautela en que tiende a evitar el sufrimiento de todos en la medida de lo posible.

403

Rompemos el silencio para impedir que verdades demasiado graves asomen desde su aparente vacío.

404

Aunque en cierto modo es cierto aquello de Safo de que “bello es lo que se ama”, también lo sería en otro modo decir que “bello es lo que ama”. 

405

A menudo el enamoramiento ordinario se origina para no amar verdaderamente, esto es, sin esperar obtener beneficio alguno.

406

Aceptamos muchos pesares a cambio de pocos placeres, sobre todo si se trata de pesares de los otros.

407

En el origen de nuestras acciones siempre está el egoísmo; lo que es menester es que no esté también en su final.

408

Todo lo que precisa una persona para postergar su pulimento espiritual es no sentirse demasiado sola.

409

Hay que estudiar lo que escribieron otros para reconocer la senda, y hay que estudiar lo que escribió uno mismo para comprobar que no hay desvío.

410

Los amores fracasados enseñan siempre la misma lección: que aprendamos a ilusionarnos menos y a amar más, es decir, alentar paciencia y generosidad.

Flameng Francois, 1856 1923 La Partie Dechecs, Painting

411

En muchos ámbitos, cuestionar un honor equivale a destruirlo debido a las cautelas que despierta.

412

Si uno lanza muchas opiniones, por más que casi todas sean consensuadas como laudables, puede estar seguro de que se buscará enemistades por aquellas pocas que causen discrepancias.

413

A casi todo se acostumbra uno y llegando a disfrutar si tiene por motivaciones principales domar el propio espíritu y ayudar a quien se tiene a mano.

414

En su esencia, los pensamientos mayoritarios y los minoritarios siguen siendo hoy los mismos y en las mismas proporciones que hace dos siglos, pero la falta de expresividad hace que residan como nebulosas informes en el entendimiento de nuestros contemporáneos.

415

Sabiendo que los demás no conocen una gran parte secreta de tu alma, ¿cómo no pensar en que lo propio te sucede a ti con ellos?

416

Para  aprender a no asombrarse ante las sorpresas ingratas hay que ejercitarse con indiferencia ante las agradables.

417

Hay un momento propicio para obrar ciertos tratos, un espacio de naturalidad, de encuentros casuales donde declaraciones, invitaciones y picardías fluyen al paso adecuadamente. Pasado ese momento, las mismas palabras resultarían forzadas y habrá que recurrir a mil y un artificios y trabajos para afectar una imperfecta naturalidad. Lo que no se dijo de pasada, como no dándole ninguna importancia, cobra gravedad y tensión si se acuerda más tarde, cuando restablecer el punto de encuentro requiera una llamada explícita, una correspondencia, una cita formal.

418

Las partes más sangrantes de los más bellos cuerpos nos advierten ya de su descomposición futura.

419

La lucidez consiste en saber mantener el equilibrio espiritual en medio de la turbulencia racional y pasional.

420

Penosa es la vergüenza por actuar con generosidad y entrega, si es que no se llevasen a cabo con aspavientos. Si amas y te abstienes de dañar y te mantienes en tu cordura en cada momento, tus reticencias no serán otra cosa que amor propio.

Portrait_présumé_de_Joséphine,_fille_de_Bergeret_de_Grancourt,_touchant_le_piano-forte

421

Huelga pensar que los demás carecen de talento y no nosotros, porque eso nos henchiría de orgullo y de molicie. Tampoco que los demás son mucho más diestros que nosotros, porque eso nos hundirá y desinflará del todo. Si todos somos inútiles, se instala el fatalismo. Lo que hay que pensar, por ende, es que tanto ellos como nosotros somos capaces, y que si tal capacidad no se manifiesta no será por falta de esencia: así nos esforzaremos en emular y superar lo que los otros aporten de bueno mientras los estimamos.

422

Una persona que quiera necesitar cada vez menos cosas, se ha equivocado de siglo al venir a éste.

423

A igual acicalamiento entre señor y señora, hay más vanidad en él, pues la coquetería femenina tiene mucho de herencia inmemorial.

424

Afearse es impronta de estilo en ciertas tribus sin civilizar y en civilizaciones cansadas de sí mismas.

425

Siempre ha habido cosas que se les ha perdonado a las mujeres por ser mujeres y cosas que se les ha vedado por el mismo motivo -como acudir a la guerra-. Con el tiempo, a cada mujer le ofende una de las dos corrientes, cuando no ambas o cuando no se ofenden y se sienten aliviadas al mismo tiempo.

426

Cada siglo decepciona más a sus hijos que el anterior porque se van acumulando a la vista grandezas pasadas que en su conjunto creciente son cada vez menos alcanzables con las que podamos alumbrar en una sola generación.

427

Incluso careciendo por completo de nociones y razonamientos, un buen carácter siempre alberga sabiduría.

428

Si hay que sacrificarse por los otros no es porque sean más importantes que uno, sino porque tú puedes gobernarte y prescindir de cosas que ellos no, luego ellos las necesitan más que tú, y dé cada cual según sus capacidades y reciba según necesidades.

429

Uno ha de purificarse a sí mismo antes que a los demás, no por amor propio, sino porque a nadie se tiene más a mano, a nadie es más fácil perfeccionar, y nada predica mejor que el ejemplo.

430

Si respondiese alguien a nuestro amor con violencia y amargura, más motivo tendríamos para dárselo, pues lo necesitaría más.

pelucas

431

Cuando se pierde la pista a una persona amada, se endurece un poco más el corazón y se desprende otro pedazo de juventud.

432

La tolerancia sabia no es la que rechaza entrar en el conflicto con el objeto de preservar así la propia comodidad, sino la que comprende que el error ajeno está tan avanzado que sólo sanará si se le permite consumarse y purificarse mediante sus inevitables y dolorosas consecuencias. Si la tolerancia es hoy la mejor manera de tratar al mundo es porque nadie sabría ya extraer la enseñanza de ciertas intolerancias providenciales que les tocaba sufrir a los hombres, estando todos ya tan imbuidos como estamos de orgullo y de empecinamiento intelectual. Pero eso no quita que la tolerancia común suela ser máscara con la que el egoísta exitoso cubre el rostro de su indiferencia hacia lo ajeno.

434

No basta con definir una sola vez una virtud para adoptarla; para familiarizarse con ella, al igual que para familiarizarse con una persona, hay que imaginar repetidamente sus rasgos, sus encantos, sus posturas en las diversas situaciones.

435

Lo más temible lo es porque no muestra sus rasgos temibles.

436

Las lecturas obligatorias suelen olvidarse: las que nos dejan marca son aquellas a las que nuestro corazón nos empuja inevitablemente.

437

Cuanto más arcaica sea una doctrina o una costumbre, más pura y más vigorosa, por ser menos cuestionada y más vivida.

438

Se nos quiere vender por todas partes una lujuria ordenada, un espectáculo cotidiano, una fantasía previsible, un exceso sano.

439

El intelectual mediocre se amanceba con sus amigos los dolores; elevarse con decisión es la única prueba indudable de hallarse ante un espíritu elevado.

440

No me parece útil recomendar el amor por sus efectos gratificantes para el amante por muy esperables que sean, pues no se logra así el amor genuino ni dichos efectos. No mueve a amar la tristeza del desamor de los demonios, sino la imitación del amor de los ángeles.

William Powell Frith (English Painter, 1819-1909) – Love Scorned

441

El llanto de la plañidera demuestra hasta qué punto podemos esforzarnos en el amor, sea aparentándolo vivamente o alimentándolo de veras, según la tendencia de cada cual.

442

Todo decir que no sea afirmación sencilla y contundente es herida que lamemos.

443

Ricos y pobres, letrados y toscos, monárquicos o republicanos, realistas o nominalistas, distraen con su secular oposición de la pertinencia de la oposición esencial entre vicio y virtud.

444

Entre amantes, el tono de la comunicación sugiere ideas sobreañadidas aun más importantes que las explícitas.

445

La moderación conveniente es la alegría de no convencerse demasiado por las alegrías que van llegando, sin sumergirse en ellas ni rechazarlas.

446

En muchos asuntos conviene tener una doble perspectiva equilibrada entre los dos aprendizajes más opuestos: no se puede, por ejemplo, hablar de la pobreza con toda la compasión que merece si no se ha vivido, como tampoco es fácil hablar de ella sin rencor ni tosquedad si no se cuenta con el bagaje temperado de una formación clásica. En la vivencia propia y en la estela reflexiva de los siglos -o, lo que es lo mismo, en la dureza de la experiencia y en su serena digestión-, se combina la sabiduría.

447

No se tiene en cuenta el desastroso presente y el más que desastroso porvenir de la humanidad porque no se colige necesariamente de un silogismo y porque no apetece al hedonismo que mueve a los pueblos.

448

El vegetarianismo es signo de delicadeza solamente cuando se produce por compasión o por repulsa fisiológica a la sangre, no cuando su principal finalidad está en la salubridad corporal de uno mismo.

449

Los modales son los cadáveres o los paritorios del espíritu, es decir, inercia de  diluida nobleza en épocas decadentes o disciplina que facilita la entrada de la religión entre los pueblos bárbaros.

450

Sin la cadencia de tiernos afectos, la lucidez adopta un semblante frío que asustaría al simple y resecaría al mismo lúcido.

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451

Pocas verdades nos tranquilizan de veras porque la mayor parte de ellas bien eluden mencionar nuestros afanes, bien los consideran derroche de tiempo y caída del alma.

452

Soltar lo que se tiene entre manos es el único modo de no acabar sintiéndolo parte de uno mismo.

453

Lo bueno de los moralistas franceses es que no repartían recetas ni regañinas, pero unían una fría descripción de las pasiones a un espíritu compasivo que anima a penetrar y a perfeccionar el alma humana.

454

Hay amores difusos, aparentemente inmotivados, dirigidos a un amado arquetípico o a la humanidad entera. El mejor modo de salvaguardarlos está en ponerlos a prueba con el primer individuo que uno se encuentre.

455

No hay mayor elegancia que la de excusar con el tono todo embeleco que nos ofrezcan los demás al tiempo que los indultamos con una mirada serena pero sabedora de la justicia.

457

El justo medio en las relaciones estriba en ofrecer en cada instante gentileza llana, calma impasible y unas gotas de encanto con buen gusto.

458

Recordémonos como los ancianos que siempre fuimos y contraeremos nuestras fuerzas para enfrentar las duras consecuencias de este hecho.

459

Los mejores placeres mundanos conducen al lugar más decepcionante posible: al punto de partida.

460

En efecto, los individuos suelen cumplir en muchos casos y en muchos aspectos con los retratos típicos que se atribuyen a las clases sociales porque ellas mismas los condicionan. Difícil imaginar ademanes refinados en quien nunca recibió siquiera la mísera dádiva de contemplarlos.

1892 --- Miss Angel - Angelica Kauffmann Visits Mr. Reynolds' Studio by Margaret Isabel Dicksee --- Image by © Fine Art Photographic Library/CORBIS

461

Es mucho más emocionante el amor a la belleza si mientras se la contempla se piensa en su inevitable degradación.

462

Servir a los grandes es el modo más rápido y seguro de adquirir grandeza.

463

Se llama ingenuas a las pasiones que no nos destruyen con la suficiente rapidez.

464

Es menester repetirse lo de siempre una y otra vez para actuar cada día diferentemente en ruta hacia lo mejor.

465

No sólo olvidamos los rostros a los que nos habría complacido amar si nos hubieran dado tiempo; también olvidamos a los que odiamos sin auténtico interés, obligados, sencillamente porque se entrometían en nuestro camino. Pero olvidamos que ese olvido de amar a unos y reconciliarse con los otros se entromete más que nada en nuestro camino, pues la meta del camino no era otra más que recordar que todos los rostros son el nuestro.

466

Compadezco más que a nadie al incapaz de compadecer: indica incapacidad de tomar descanso de uno mismo, y no imagino cansancio mayor que ése.

467

Hay muchos que, creyendo acumular amistades, acumulan soledades. Y es que la amistad no se acumula como un botín: se la alimenta como a un niño.

468

Los filósofos más reconocidos de los últimos siglos hablaban de lo que no conocían: el amor, la injusticia, la guerra, la felicidad… Es por ello que sus palabras divierten, como divierte un novedoso juego de sombras chinescas. Pero los pensadores más veraces son los poetas que vivieron y vieron truncadas sus ensoñaciones, los militares y viajeros y amantes que dejaron anotados unos cuadernos de aforismos, los vividores que resumieron las conclusiones de sus vidas en unas pocas cartas de senectud, sopesados al fin satisfacciones y arrepentimientos.

469

El que busca constantemente algo se asimila a ese algo o acaba pervirtiendo la idea de lo que busca; así, el amante de la belleza tiene el alma bella, o, por el contrario, afea el arquetipo de lo bello que decía anhelar.

470

Una mirada nos sugiere, una palabra nos advierte, un gesto nos convence, una vida ejemplar nos rinde a la veneración.

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471

Para conciliar el sueño y ofrecerse esperanza a uno mismo y a los demás al despertar, antes de dormir conviene pensar unos minutos en toda la gente que es feliz y alegrarse con ellos.

472

El hombre culto, cuando se dedica a las rutinas indispensable de la vida, piensa que lo importante es el momento de esparcimiento y de erudición; cuando llega a éste opina que lo esencial es la salud y la vivencia cotidiana, e ignora que lo importante es abordar ambos mundos como los gimnasios de virtud y de penetración que son.

473

Agradan tanto hablar, escribir y pensar porque posponen el obrar.

474

Riñe más el que menos sabe reñir.

475

Contradecirse no denota en todos los casos equivocación: también puede deberse a una incapacidad para articular un principio general que comprenda los casos particulares.

476

Afectar los gestos es propio de jóvenes y de quienes no se sienten lo bastante amados.

477

En cuanto a placer, todo aún no es suficiente.

478

En las ciudades, las personas representan funciones, y de ahí la indiferencia de todos con todos.

479

Tanto abunda la arrogancia que la veneración se ha tomado por conducta despreciable, cuando lo más importante en ella no es el objeto sino la fortaleza que supone rendir los pequeños intereses propios en aras de servir a los servidores del universo.

480

Lo convencional y lo no convencional acaban cansando por igual: la actitud genuina es la mirada no convencional sobre lo convencional y la convencional sobre lo no convencional.

Willem Kalf was a Dutch Golden Age painter who specialized in still lifes. (1619-1693)

481

Cosa muy distinta de la Justicia es el Derecho. Consiste éste en diferir aquélla en favor de una preferencia por cálculos cómodos que cualquier operario pueda dirimir.

482

La grandeza de los regímenes tradicionales se percibe incluso en que dentro de ellos se fermentaron sus negaciones, mientras que la modernidad es, hasta donde podemos ver, perfectamente incapaz de alumbrar un reino tradicional.

483

El amor surge de un no sé qué que cree encontrar fuera de sí el marco a su definición.

484

Podríamos formular millones de sentencias sin dar con la sentencia maestra, y es que la fuente de la sabiduría no puede manar de su expresión, dado que relaciona todos los elementos en una síntesis que equivale al entero mundo.

485

Con frecuencia la gente de nuestro alrededor gusta de impartirnos enseñanzas que ya conocemos bien, pero siempre es bueno aceptarlas con dulzura; porque hay verdades que sólo se encauzan en el carácter a fuerza de oírlas muchas veces y, sobre todo, porque no hay mayor aprendizaje que el acrecentar el afecto y la paciencia hacia quien se complace en contar lo que cree sus mejores conocimientos.

486

Cuando un pariente nos avergüenza sin sufrir él en absoluto, está ofreciéndonos la oportunidad de vencer nuestro amor propio y de congratularnos saludablemente por alguien que logra vencer las convenciones sociales y ser feliz con ello.

487

Si nos molesta la falta de cortesía de quien no nos devuelve el gesto, es porque nuestra cortesía era fingida. La cortesía no debería ser, como a menudo se ha querido hacer creer, atención fingida, sino atención abreviada en leyes comprensibles por todos.

488

Por más que reconozcamos racionalmente que sólo lo bueno sin doblez es bueno, es de prudentes y sagaces discernir y gustar las semillas prometedoras en el fruto medio podrido.

489

En el trato común, reina de virtudes es la discreción, es decir, el tino en no exponer al otro ni a uno mismo.

490

El mejor amigo permite que sus amigos parezcan superiores en todo, y así es cómo, antes o después, termina quedando él como el superior.

Vestier - a cellist

491

El pensamiento convencional de cada época contiene todas las verdades necesarias para mantenerse, pero pocas de ellas ayudan a expandirse en el país del espíritu.

492

Hay vínculos que se rompen al mencionarlos, como cuando en la ley moral se admite la ocasional relajación de las costumbres como algo natural, lo cual se habría dado de todos modos, pero queda mucho más facilitado cuando se condesciende desde el principio.

493

El ayuno, adelgazando los humores, desatasca no pocas debilidades del ánimo.

494

Para averiguar si un pensamiento ingenioso es tan profundo como aparenta, basta con reducirlo a palabras muy sencillas y comprobar si mantiene a la sazón lo esencial de su efecto sobre el entendimiento. Aunque también es cierto que ciertas alusiones a flecos periféricos, ciertas analogías audaces, pueden revelar relaciones que cuestionen mucho más los prejuicios y renueven la visión con más fuerza que el corolario presentado en un modo puro y duro.

495

Invadir porque a uno lo invaden es actitud de corsarios.

496

Entronizando a una plebeya arrogante, envidiosa del regio abolengo de su marido, se ha consumando el paradójico pulso con que la Revolución de 1789 llevaba retando a los antiguos por un lado y a sí misma por el otro.

497

Que el solio papal sólo lo hayan ocupado herejes desde hace más de medio siglo no asusta tanto cuanto que los más de los que se llaman católicos no se hayan percatado de ello. Algo importante se fue perdiendo en el camino antes de llegar al abismo abierto.

498

En Guédelon se está construyendo un castillo medieval con técnicas de entonces, y la belleza material de la obra y las virtudes que suscita en sus participantes son similares en todo a las de hace ocho siglos. Eso indica hasta qué punto es insubstancial e innecesaria la degeneración que campa a sus anchas por el planeta.

499

Se considera simple al bondadoso porque no se ve en qué tesorería hace acopio de riquezas ni cuán perdurables sean éstas. La virtud es la única riqueza que subsiste mientras subsista la persona, y aun después puede permanecer su inspirador recuerdo en los demás.

500

Cuando fingimos demasiado interés por lo que interesa al amigo, le estamos faltando respeto a la materia en cuestión y al amigo. Pero hasta llegar el grado excesivo de ese error, hay un margen de corrección en el que es posible aprovechar nuestro interés forzado en descubrir algo interesante en el asunto o en la persona que lo pondera.

empire de la sagesse sur les passions

501

Si creemos a La Rochefoucauld cuando dice que “incomodamos ordinariamente a los otros cuando creemos no poderlos jamás incomodar”, es fácil que creamos lo contrario también, a saber, que agradamos más cuanto más nos preocupamos por no estar agradando lo bastante. Pero sucede que un exceso de atención puede resultar empalagoso, por no mencionar que se entiende a menudo como desesperación y como una falta de suficiencia, un no necesitarnos que, en nuestra retorcida vanidad, nos atrae por el reto que conlleva.

502

Destella divinidad todo lo que nos incite a la perfección.

503

La nobleza no consiste más que en querer y saber gobernarse.

504

Un hombre está enfermo cuando le desagrada la virtud.

505

El ingenio es enemigo de la atención penetrante, la cual elude dictaminar ningún juicio.

506

El enamoramiento puede ser una treta del amor propio para captar a un nuevo incauto que nos admire.

507

La amistad leal entre varones rara vez es explícita.

508

Se recuerdan más que ninguno los pecados que se cometieron contra uno mismo o contra las personas de bello semblante.

509

Cuando la vanagloria es atacada, la razón se convierte en su escudera proveyéndola de argumentos afilados.

510

Se evita mucha ostentación no por humildad, sino para restringir envidias y burlas ajenas.

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511

Bastante vínculo tiene ya con la inalcanzable perfección el espíritu que la busca sinceramente.

512

Una alegría constante es un signo de mérito más para un alto sacerdocio.

513

Muchas mujeres aman a hombres a los que creen poder persuadir de que las amen por su parte cada vez más.

514

El discreto elude casi más la ostentación de sus virtudes que la de sus vicios, y al revés actúa respecto de los demás.

515

El prudente digno busca el lado útil de la entereza.

516

Dos personas del mismo sexo pueden amarse entre sí más que un matrimonio tradicional, pero difícilmente pueden amar más a su pueblo, el cual los ha menospreciado considerándolas casos particulares irrelevantes.

517

Renunciar amablemente a discutir es ganar en autoridad y entereza.

518

Son unas pocas las complicidades que no se despiertan entre dos ser humanos por el simple hecho de ser humanos, regulados por el mismo patrón.

518

Sagrado es lo que implica al Todo y armoniza significados entre sus partes.

519

En un buen número de casos, en la frivolidad hedonista de la ciudad, las mujeres ceden a los devaneos de una noche únicamente para afirmar su capacidad de ser deseadas; el devenir del hecho en sí y la persona en cuestión parece resultarles más indiferente.

520

Muchos no parecen percibir el mismo afán que los mueve presente también en cada uno de los seres que se arrastran por el mundo. No reconocerse a sí mismo en los animales y en su sufrimiento es dejar escapar una de las más profundas lecciones de la vida: “la fuerza que te mueve no es tuya ni de tu tribu, pues tu estirpe se remonta, paso a paso, a las estrellas y, aun más, a la fuerza que las puso en movimiento y que anima todo cuando se transforma en el universo”.

George Dunlop Leslie (1835-1921)

521

Los jóvenes suelen ser mucho más valientes que los ancianos, no sólo porque cuentan con más capacidad de defensa; también tienen todavía esperanzas en una felicidad total por la que merece la pena arriesgar bienes menores. Los ancianos, desengañados de las grandezas, hacen por ello un mayor cálculo de lo útil.

522

Cualquiera que sea nuestra actitud ante los placeres podrá atarnos a ellos si no les contraponemos sustitutos igualmente seductores. Para todo el que carezca de un natural sencillo y sobrio, sólo un gozo sutil podrá vencer a un gozo tosco.

523

Para entender la indiferencia de los antiguos ante el sufrimiento de los esclavos más cercanos, basta con observar la indiferencia de los modernos ante los animales que les proporcionan la carne a sus platos o la piel de su calzado.

524

El progreso no puede dar una suma neta positiva porque, cuanto más alta es la cumbre de la pirámide, más precisa de una base mayor que la sostenga. Disfrutar de los adelantos de hoy implica que, fuera de los muros de nuestro jardín, otros muchos sufran multiplicados los males de ayer.

525

El mayor talento consiste en confiarse diligentemente al esfuerzo. El mayor lujo es amar de forma natural el trabajo.

526

Hace un par de años, la bella iglesia neogótica de Saint-Jacques de Abbeville fue echada abajo para dejar sitio a una simple plaza. Y no es ni será la única. No sentir un descorazonamiento ante esa demolición de los últimos testigos de la nobleza antigua es comportarse como un colono sobre un territorio indígena ocupado. Como los europeos de la Edad Media creían conformar todavía el Imperio Romano en una nueva fase a pesar de que tirasen abajo templos paganos e instituciones imperiales, los europeos de hoy creen pertenecer todavía a la civilización que arranca en el segundo milenio. ¿Pero no estamos en un mundo enteramente distinto, sintiendo con unos corazones completamente opuestos si ahora deambulamos sin su espiritualidad, sin el amor a esa tradición, sin el respeto a la obra de nuestros ancestros, sin la veneración de la belleza armónica y arquetípica, sin un mínimo de sensibilidad piadosa?

527

Siento que todos los vínculos legítimos y sanos se han perdido cuando me veo a menudo en el impulso de pedir perdón a mis antepasados por negligir en el mantenimeinto de todo aquello por lo que sudaron y sangraron; pedir perdón a mis contemporáneos que viven en los escoriales del mundo y carecen de alimento y de salubridad vital; pedir perdón a los animales por haber contribuido a que el último siglo haya hecho de su cautiverio y su tortura una eficaz industria de los horrores; pedir perdón a la naturaleza toda por condenarla a un próximo colapso; y pedir a todos mis vecinos por no hacerles entender todo esto hasta el punto de suscitar un desafío frontal contra el desagüe de la modernidad.

528

La fe no era simplemente un artilugio para sostener el orden, para fomentar la colaboración o para domeñar las pasiones. Su principal característica es reconocer intuitivamente que contemplar con completa equidistancia todas las posibilidades de caminos y metas sólo puede derivar en torpeza y pusilanimidad.

530

La creencia en el beneficio de las virtudes y en la armonía de los mundos se afirma no en proposiciones, sino en gestos y miradas, y su costumbre supone el primer paso para pisar el suelo sin miedo.

Pietro Longhi - A Lady receiving a Cavalier

531

En cierto modo, todos los adioses son epifanías: nos recuerdan el ciclo natural de las cosas compuestas, que poseen cautivados a todos nuestros vanos intereses.

532

Denota delicadeza el gusto por las cosas ligeramente irregulares a pesar de tal condición o precisamente por ello. Hay algo religioso en reconocer que ninguna cosa manifestada satisface la perfección de la forma.

533

Se triunfa en política por ingenuidad o por falta de escrúpulos.

534

Lo que obtenemos siempre confunde y oculta lo que somos. Es la pérdida lo que nos lo revela.

535

Lo que más une a los amantes es el abrazo a una noble causa común.

536

Los únicos antídotos contra la mediocridad son la diligencia y el amor, y ambos se alimentan mutuamente.

537

El placer de la virtud madura a largo plazo y se sostiene largo tiempo, el de los apetitos a corto plazo y no se sostiene, y el del odio y el miedo no cuenta con plazo alguno porque es inexistente.

538

Nos complace la brevedad porque se entiende mejor y porque sus amonestaciones no parecen tan preocupantes como las de la extensa homilía.

539

El mundo se vuelve tanto más infernal cuanto menos se pretende combatir oponiendo en este mundo las fuerzas de un infierno transmundano invisible. Cuando un enemigo no es reconocido, campa a sus anchas.

540

Las necedades sin número que se arguyen hoy en día en prensa pertenecen todas al impulso ingenioso, vanidoso y resentido de los nietos incestuosos de los ilustrados.

Roslin - Marmontel

541

La religión comprende, ante todo, la decisión firme de no permitir que nuestra felicidad dependa de acontecimientos.

542

El primer deber de alguien que aspira a algo de sabiduría es vigilarse a sí mismo.

543

Para ser inocuo es preciso intentar ser virtuoso. El vicio es una fuerza tan activa que sólo se la detiene si se le opone una fuerza en el sentido contrario.

544

Cuando se dejó de hablar de la linterna mágica o del clavecín, desaparecieron. Es lo que sucede con la virtud, el honor, el amor o la belleza. Son conceptos olvidados, por lo que ellos también han olvidado a los hombres.

545

No quieras hacer tuyas todas las buenas frases del mundo, pues no es posible: basta con ir perjeñando aquellas que disparan giros firmes del alma.

546

No basta conocer la costumbre para hacerle perder su fuerza, como no basta saber qué músculo es débil para verlo fortalecido; se precisa cultivar la costumbre opuesta. Es batalla desigual la de una idea feliz, surgida en un instante, contra la rutina de toda una vida.

547

Nada basta a quien no le basta lo que basta. Es una de las ideas más glosadas por sabios de todo tiempo y lugar.

548

¿Qué es tu inteligencia frente a la del cuerpo, capaz de regular por sí solo la digestión, el sudor, la cicatrización, la concepción de otro ser vivo? Hasta la gallina menos despierta revela en su naturaleza un funcionamiento más útil y complejo que el de la mente del mayor genio.

549

Hay quien dice que los animales sufren menos que el hombre por carecer de espíritu, y por tanto de esperanzas, de sentimientos sutiles y de un amor propio sólido. También puede verse del lado contrario: ignorar el porqué de la circunstancia que lo asola puede conllevar un sentimiento aterrador para criaturas inconscientes como las bestias o los niños.

550

Para agradar hay que sonreír de ordinario a cosas que no merecen siquiera atención, pero para agradar mucho hay que sentir de veras que merecen atención y sonrisas.

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551

El hombre que menos se interesa por el trato con los demás es el más tímido de todos porque se precave de quienes, intuye, están llenos de malevolencias.

552

Quienes no se interesan por ningún reino del espíritu no suelen aburrirse, de tan acostumbrados que están a encontrarse en cada sitio porque en alguno hay que dejarse caer. Es la persona apasionada la que se hastía cuando está frente a algo carente de encanto, porque conoce el paradero de muchos encantos a los que está dejando de lado.

553

Corazón para dar, estómago para no esperar a cambio. La felicidad tiene mucho de ilusionarse ingenuamente y desilusionarse sabiamente, ambas cosas en combinación y con rapidez, sin demorarse en largas cavilaciones que alimenten anhelos o arrepentimientos.

554

Los hombres son más felices cuanto menos lo esperan.

555

Que todo resplandece o que nada lo hace son dos sensaciones espirituales que derivan en al menos una conclusión práctica similar: advertir que no merece apego ningún objeto particular sobre otro. A la esencia, sea contemplada como luminosa o como nebulosa, se llega a través de la idea de igualdad última entre los entes.

556

Si tientas a quien conserva aún una parte de su ser que desea no ser tentada, estás obrando como embajador de los diablos, y te condenas a ti tengas éxito o no en tu labor.

557

En este mundo, la condición de insobornable supone el triunfo de los bienes del espíritu y la ruina de los bienes materiales.

558

El pueblo al que únicamente se exige que cumpla las leyes, ni siquiera las cumplirá, o hará lo posible para cambiarlas o relajarlas en la primera ocasión que se presente. Para cumplir con una ley exigente durante largo tiempo es útil temerla mucho o amarla, y para amarla hace falta que sea bella.

559

Aún más difícil que amar a nuestros enemigos es amar al otro, amigo o no, con más fuerza que a nosotros mismos.

560

Más que en su verdad, la belleza de una máxima reside en su concisión, su claridad y el número de cosas que relaciona.

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561

Sólo hay una ley verdaderamente universal: nada es tan sólido como parece. Su corolario práctico pasa por desaficionarse de lo propio con las menos contusiones posibles y convencer a los demás de lo mismo.

562

Habría que amar al mundo como a un moribundo: sin esperar nada de él, sin incitarlo a las pasiones ni a ideas rebuscadas, acunándolo con ternura para cuando se adentre plácidamente en el reino de las sombras.

563

La literatura sapiencial no ha sido más inútil por tratar cuestiones menos importantes que la ciencia o por dar soluciones más desacertadas, sino porque no se la estudia jamás.

564

Sin olvidar sus magníficos aciertos, a los moralistas franceses les faltó unir la moral con el universo, el sufrimiento con el consuelo, los efectos con el principio.

565

No parece frecuente que distinguir las pasiones ni entender la mecánica de los humores que las mueven logren dominarlas. Más ordinario es dominarlas incitándose con el suficiente ímpetu hacia las pasiones opuestas, aunque con ello no se logre un equilibrio perfecto.

566

La rutina que molesta es la más instructiva, pues nos ofrece una miniatura de la existencia para ejercitarnos.

567

El sentencioso impone, el sentimental seduce. Ambos son necesarios porque el alma abarca desde la aversión hasta el deseo.

568

Sin temor a lo exterior se puede ser apresado por la desgracia, pero no con la suficiente fuerza. Sin temor a uno mismo se es libre, pero no por mucho tiempo.

569

Un gran ejercicio de intimidad con la virtud consiste en escribir repetidas veces una idea auspiciosa no en el papel, sino en la mente, recreando la estampación de cada palabra, una a una, con la pluma de la imaginación.

570

Vengarse es intercambiar con otro la máscara de la maldad. Con ello se consigue incitarle a él a que de nuevo se la ponga él, y así sucesivamente hasta que uno de los dos desfallezca, como en un absurdo juego de carnaval.

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571

Para acotar el misterio del hombre, es preciso ir alternando sabidurías, pero sin dejar de pisar nunca el suelo del amor incondicional, pues su presencia garantiza una cierta mitigación de los excesos de la razón y de la confusión de las pasiones.

572

Se quiebra la caña que no se cimbreaba, se endurece el corazón que no cede. Lo importante es que no ceda la raíz.

573

El corazón debe dar, pero no darse. La voluntad ha de estar al servicio de los otros, que son víctimas, no de sus apetitos, que son sus verdugos.

574

Recuérdate como libre y te avergonzará someterte servil al vicio que te tienta.

575

La intuición de la muerte reorganiza la jerarquía de las virtudes y ve vacíos a todos los vicios.

576

La humanidad es ahora una Medea. Sintiéndose desatendida por el poder masculino, ha decidido vegnarse exacerbando lo femenino hasta su variante más irreflexiva y rencorosa y acabando así con el porvenir de sus hijos. Y ello porque, en efecto, su Jasón, con ser injusto, no fue en absoluto severo en el momento en que pudo contener la conducta demencial de su víctima.

577

Uno solamente se enfrenta a sus propios temores cuando se confirman algunos de ellos. El sufrimiento cotidiano, agudo pero no dilatado o dilatado pero no agudo, tiene la función de un prólogo para un prontuario moral.

578

Reivindicar hasta cada palmo de terreno que nos han arrebatado o que han arrebatado a otros tiene poco de grandeza. No es la integridad de la periferia lo importante, sino la del núcleo, y eso es algo muy difícil de castrar por parte de los poderosos, que habrían de realizar un ejercicio desmesurado de atontamiento. Para enloquecer a alguien en nada afecta privarle de honores o de bienes de lujo: el único requisito es hacerle olvidar que su calidad y su entereza no dependen de las circunstancias. Basta, por tanto, destrozar su cuerpo dolorosamente o embrutecer su espíritu con bagatelas.

579

Pensar seriamente en la muerte cinco veces al día para reírse de todo lo demás.

580

El temperamento se debilita el querer evitar el daño a otros, y agudiza su parte más vil al no preocuparse por dañar. La única preservación saludable pasa por la resistencia sobrehumana o por la soledad.

Suzanne Curchod *pastel *42.0 x 35.1 cm *circa 1761

581

La risa acaba convirtiendo todo en vulgar si no se la somete a la soberanía de la moral.

582

Cuando la cabeza era tenida por la parte más noble del hombre, las mujeres la embellecían con diademas, los varones con sombreros y, en algunas siglos, ambos con pelucas. Ahora son unos y otros tan arrogantes que no creen precisar embellecimiento, o no creen que lo bello sea bello, o no creen que quede nada que embellecer.

583

Hoy día, cuando uno deja ladea ligeramente a la sociedad, ésta lo deja de lado completamente a él. Hay hoy tanta competencia que el sistema se puede permitir exigir dedicación exclusiva, exigir que los candidatos se tornen máquinas. No hay negociación posible: la burocracia lo exige todo a cualquier precio, porque es la abolición del sentimiento y de la moral.

584

Piensa que en un futuro recordarás este momento como un momento muy feliz.

585

No es erradicar un sufrimiento lo único que avala a una doctrina moral. Con mayor frecuencia la valida el hecho de que su ausencia lo multiplica.

586

La mera reflexión sobre cualquier asunto templa algo al ánimo porque lo exime de una parte de sus pasiones. La reflexión en la ciencia de la costumbres lo templa más, pues las mira cara a cara, pero con cierta distancia. La contemplación espiritual logra la mayor templanza posible porque ve al corazón humano como a un destello ínfimo de una realidad grandiosa que todo lo regula y que reduce cada afán a un enternecedor juego de niños.

587

La creencia no sólo revela un deseo, y no sucede sólo que el creer en un dios amoroso revele nuestra necesidad de amor. Es la propia opinión lo que nos transforma, lo que tiene el poder divino. Si creemos que alguien nos ama, ya hemos recibido todo el beneficio espiritual que aporta el amor, despertando nuestra gratitud, y nos incita además a amar por nuestra parte, que es lo verdaderamente nos salva. Lo mismo sucede, por ejemplo, con la idea de infinito: cree en un principio así nos identifica con lo que no carece de límites, ensanchándonos, abriéndonos a todo lo que es y lo que puede ser.

588

Para agradar a un hombre sensato, el otro hombre debe ser lúcido, pero no más que él. Para agradar a una mujer, debe ser útil, pero no menos que ella.

589

Antes de emprender ninguna bondad, es preciso evitar las más nefastas acciones. Sería preferible un pesado despotismo que no permitiese la esclavización de animales que la más humanista de las repúblicas si mantiene en funcionamiento los mataderos.

590

Las motivaciones de los hombres son complicadas. Aquéllos, a diferencia de las de los animales, a menudo creer desear lo contrario de lo que desean. Por ello es tan difícil gobernar o incluso recomendar un régimen; no basta con proporcionar libertad y pensiones; habría que saber ver las heridas que el propio enfermo ignora, y de ahí se colegiría la necesidad de valores como el honor, el temor de Dios, el patriotismo, el pudor, la piedad. El impulso de estas armas morales compensaría algunos tiránicos menores por parte del gobernante, siempre que no implicasen nunca el usar a seres humanos como propiedades y meros recursos. Los animales exigen únicamente eso último, es decir, que no se reduzca sus intereses a cero, que no se les impida buscar sus satisfacciones en campo abierto y que no se los desangre.

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591

No es el despotismo lo que habría que evitar a toda costa, sino un pueblo sin amor. Bajo el primero aún es posible una felicidad civil. Tal cosa se consigue mediante la ejemplaridad de los mitos, que vinculan al universo con el hombre, la moral con la belleza, el bien con la comunidad. Un país sin mitos fundados por los más sabios de su tiempo se ganará la más triste de las simplezas: la de vivir en el error por el mero hecho de no conocer ninguna verdad importante.

592

Superada de momento en estos países la época de las continuas matanzas, el gran imperativo no lo tienen los gobernantes con el pueblo, sino el pueblo con los animales y con los hombres que agonizan en el abandono y el olvido.

593

La ley que autoriza con mucha holgura la práctica de todos los vicios suscita más sufrimiento que la ley opresiva pero bien intencionada, pero esta última es más difícil de enunciar de forma lógica. No es el sufrimiento lo que tendría que prevenir la ley en primer lugar, sin sobre todo el sufrimiento que no deja en el alma espacio para la concentración. Si regresase la costumbre de acudir a la iglesia, muchas vindicaciones a los gobernantes cesarían porque un manantial de serenidad iría ridiculizando paso a paso la sensación vívida de muchas molestias superfluas.

594

En cierto modo, para vencer hay que creer. Pero también es cierto que para creer hay que vencer, vencer las reticencias que el orgullo intelectual antepone a la felicidad, a la verdad aproximada y a la imposibilidad humana de escapar de tantas ignorancias y misterios.

595

Cuando la muerte me alcance, me gustaría contar en mi haber con algún instante de amor genuino por todas las criaturas, con algún instante de desapego por todo cuanto me atañe y, por encima de todo, con algún instante de sentir vívidamente que no hay diferencia entre el instante y la eternidad. Esta última sensación es la más importante porque de algún modo torna irreversibles a las otras.

596

Al ilustrado sólo le causaba asombro el poder mayúsculo de la razón, esto es, la capacidad de no asombrarse. Pero todavía más asombroso es el asombro, y hubo que esperar al romanticismo para advertirlo con la suficiente intensidad.

597

Se experimenta poco una virtud cuando lo que más satisface de ella es formularla en palabras y si la olvidamos entristecidos si dejamos de hacerlo. Tan poseídos estamos por el lenguaje que creemos encarnar en gran medida el bien que mencionamos con sinceridad sólo por mencionarlo. Pero hay que reconocer que muchos comienzos fueron tímidos. Aunque a veces el contraste con los actos sea excesivo, pienso que es en general injusto censurar al que habla con el corazón algo inflado. Como ocurre con la fama, se acrecienta el sentimiento del que se habla continuamente.

598

Nunca se siente conjuntamente más la honestidad y la vanidad de las ciencias como cuando demuestran al final lo que el sentimiento decía desde el principio.

599

La plebe toma de los grandes filósofos únicamente los lemas que parecen confirmar sus prejuicios y rencores.

600

Se invierten muchos credos para proceder de manera más o menos equivalente sin ceder a la humillación que supone dar la razón a quien despierta todavía rencor. Así hace la democracia con el cristianismo, así los ilustrados con la escolástica.

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601

A los corazones muy alborotados, puesto que son incapaces de extirpar las pasiones oscuras, conviene ir tiñéndolas con suaves timbres hasta que, ya transparentes, transluzcan su inanidad y revelen tras el paso de la belleza verdades más sublimes.

602

Se alaban algunas virtudes para disimular que no se ejercen.

603

¿Qué es un autor clásico? Alguien a quien se dice admirar pero a quien apenas se lee, al que se interpreta de manera errónea y de cuyos estilo e ideas no se conserva ya nada.

604

Los que no se forman de jóvenes entre grandes ideas, nunca las aprecian del todo. La educación tiene el peso del mobiliario de nuestra infancia: o le tenemos afecto o, si nos recuerda a escenas tristes y privaciones, se les guarda rencor, o, a fuerza de guardar sólo recuerdos inexactos con detalles desdibujados, se acaba perdiendo en la laguna del olvido.

605

El amor más profundo tiene el rostro de un amistoso afecto o de una ternura serena.

606

El que teme a la soledad está más solo que nadie: para aquél todas las compañías son abandonos en potencia.

607

Las demás personas vienen y van, pero cada cual no puede dejar de llevarse a sí mismo consigo todo el tiempo, por lo que conviene tener pocas cosas que reprocharse. La persona más perversa ha de estar todo el día consigo misma, es decir, junto a una mente maligna. ¿Hay algo más digno de compasión?

608

La obsesión con el detalle es sutileza o necedad dependiendo de lo controlada que esté la cuestión esencial.

609

Hay un amor heroico que nos brota cuando no nos sentimos lo bastante amados.

610

El azar se encarga de imponer su yugo a quien se niega a elegirlo por sí mismo.

611

El más acusado arrebato de orgullo es sentirse atacado por la precaución que el otro tiene de no dañar.

612

La normalidad impone sus plazos. Aunque uno adquiera un buen carácter y se haga con diversos talentos, no encontrará ya fácilmente su puesto en sociedad si no hizo amigos cuando tenía que hacerlos ni reveló sus capacidades precozmente. Siempre se sospechará de él.

613

El amor embellece al amado, pero menos que al amante.

614

La evanescencia de las cosas, la reconciliación con un mundo que se dispersa en su misma respiración, se percibe en el arte que no es más que delicioso, sin escapar de un rango limitado de dulce ingenuidad. Mejor, por tanto, Johann Christian Bach, von Dittersdorf, Boccherini, Cimarosa, Jommelli o Sarti que Haydn o Mozart; los genios demasiado profundos tienen difícil el mostrar claramente la inanidad de las superficies y allanar los afectos, dados como son a enfatizar la interpretación mágica de los velos.

Jean Louis Ernest Meissonier 1862 'Bibliophile'

[Música: J. C. Bach, Quintetto Op. 22 No. 1. II. Andantino.]

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Pierre Outin - Valentine

Tenez, mon ami, si vous y pensez bien, vous trouverez qu’en tout, notre véritable sentiment n’est pas celui dans lequel nous n’avons jamais vacillé, mais celui auquel nous sommes le plus habituellement revenus.

[Vamos, amigo; si piensa bien en ello, en todo va a encontrar que nuestro verdadero sentimiento no es aquel sobre el que jamás hemos tenido vacilaciones, sino aquel al que habitualmente hemos retornado.]

D. Diderot, Entretien entre d’Alembert et Diderot (1769)

Il n’y a pointf de déguisement qui puisse longtemps cacher l’amour où il est, ni le feindre où il n’est pas.

[No hay disfraz que pueda largo tiempo ocultar el amor donde lo hay ni fingirlo donde no lo hay.]

F. de La Rochefoucauld, Maximes et Réflexions morales, 70

Lo que no se da se pierde.

Proverbio indio

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AL LECTOR

Oportuno ha parecido dedicar unas líneas a diversos tipos de sentimientos amorosos, porque, siendo una fuerza por las que todos se creen movidos, resulta útil diferenciar sus clases para no tomar un pálpito por otro ni una intensidad por otra, no se piense infinito lo que a lo sumo completa unas libras, o a la inversa. El amor es todo uno, pero solamente en su centro; cada periferia lo toma a su modo. Y en verdad son importantes las diferencias, como prueba el que no agrada a la enamorada que su amado la respete con ternura fraternal o con mera compasión, o no agrada al sacerdote piadoso que ninguno de sus fieles tenga por él otra amistad que una filial y casta. No es el que muestro un catálogo completo ni geométrico, como el de la Ética de Espinosa. Más bien son pinceladas sobre algunas palabras que entendemos a menudo confusamente. Si algo de luz arroja sobre los vericuetos enigmáticos de los más bellos sentimientos, grata labor habrá sido emprender estos apuntes y grata ocasión el ofrecerlos a quien gustase de catarlos con dulce indulgencia.

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La ternura

No es una clase de amor en sí misma. Bien puede haber ternura entre hermanos, entre amigos y aun entre amantes, luego más hablaríamos de un ingrediente del sentimiento que de un sentimiento, como sucede también con el ardor o la admiración, presentes en diversos sentidos de amor. Enternecerse consiste en observar casi con compasión una carencia poco importante en el amado, detectar algún defecto que, de tan pequeño que es, embellece. Es por ello que enternecen la ingenuidad, el equívoco, el despiste, una cierta debilidad momentánea y leve, una languidez que no se sobrepone a la bondad de ánimo… Se despierta con facilidad en criaturas inconscientes o inacabadas, como los niños o algunos animales y, por el contrario, con menor frecuencia ante alguien con mucha experiencia a sus espaldas, por más que todos, sabios o no, adolezcamos de esos traspiés que levantan la sonrisa. Se despierta más si la imperfección es una mota de polvo en un mar de buena fragancia, de suerte que un carácter generoso e inocente propicia más este impulso. En sentido lato, tierno es todo sentimiento que conlleve amor, pues en verdad el corazón parece perder dureza cuando lo invaden Cupido o la Caridad, parece deshojarse para dejar expuesto el cogollo frágil, tierno y digno de ternura él mismo, ofreciéndose en la medida en que puede y sabe entre el follaje de la ignorancia y de las heridas. Más difícil es decir que tierno es el amor omnipotente de Dios Padre, o incluso, a distancia infinita, el de un sabio retirado, pues, si tierno es el objeto imperfecto de su afección cuando compadecen a los hombres, el corazón sublime de un santo o de un dios bien puede prescindir de esa no sé qué congoja que sentimos las criaturas pecadoras cuando lamentamos y nos alegra a un mismo tiempo no ser las únicas.

El deseo

Cuando el calor entra en el cuerpo, éste piensa por sí mismo y es entonces cuando desea carnalmente. Es impulso animal que no se diferenciaría del de los lobos o los ciervos si no tuviera algo de ambos. Pues es tosco y necio el deseo que no se acompaña, siquiera por prurito de ornamentación, con admiración, caridad y ternura. Sin algo de amor de las almas, el deseo de los cuerpos queda menos satisfecho y, por lo común, daña primeramente al menos a una de las partes, la cual revierte parte de su dolor sobre quien lo provocó, fuera en forma de recriminación, de venganza o de sensación de culpa naturalmente surgida. Mirar al otro más allá de sus ojos es modo de causarle placer más intenso y de causárselo a uno mismo, es agitar graciosamente la fantasía acerca de sentimientos deliciosos y desbocados que acaso no terminen de surgir nunca, pero cuya mera posibilidad engrandece la experiencia. Es por ello que a menudo se cree gozar más con aquella persona a la que se admira, y con frecuencia el placer carnal se debe más a lo que aporta la imaginación del que lo siente que al cuerpo que parecía proporcionarlo. Por lo tanto, la belleza corporal, siendo importante, importa menos al deseo que lo que se considera vulgarmente, y en esto las mujeres asentirán siempre más que los caballeros. En el deseo es la incógnita lo que aviva el agrado y es el latido del corazón lo que retumba en la piel. La lascivia es únicamente el deseo en el paroxismo, allí cuando lo que agrada no es más que la contemplación del poder desatado, ajeno o propio. Pero si prescinde durante más de un breve plazo de otros sentimientos más generosos, aun evitando los dolores mencionados, se verá reducido a un estertor, un ascua que refulge por un instante y se consume en cenizas que barrerán el olvido y las edades.

A. M. Guillemin. Playing with the Cat. 1848

La devoción

Es amor a lo sagrado, esto es, a la embajada de lo infinito en las criaturas. Se diferencia de la admiración simple en que es capaz de sacrificio, y se diferencia del amor fraterno en que la ternura no siempre ha lugar, sino sólo en casos específicos, como la devoción al Niño Jesús, a su Madre Virgen o a determinados santos. El piadoso no es siempre devoto, pues piedad suficiente es cumplir con los deberes para con la divinidad sin necesidad de llorar de pura emoción. El devoto no sólo obedece, sino que se alegra de hacerlo y encuentra bello al que da la orden, si no a la orden en sí. La devoción es a veces vista como un género inferior de piedad porque no se viste de razón. Pero devotos son los mártires y los héroes y pocos de ellos inundan sus mentes de otra cosa, pues no es nada común entregarlo todo a cambio de una idea y sí a cambio de un sentimiento. Bueno es comprender que el amor es bueno y bueno es saber que comprenderlo no vale tanto como ejercerlo, aunque más cerca de la perfección está el aunar ambas cosas. El devoto puede caer en excesos y en obsesiones si su amor rebasa el respeto a las formas y se convierte en ardor. No se evita educadamente con amor, sino con más seso; no con menos intensidad, sino con más orden. Hay que amar a Dios sin apegarse uno a ese amor, que es, como todos los apegos, apego a uno mismo. El amor grandioso pero discreto gana más ante los hombres, ante el funcionamiento del alma en el mundo, ante la pureza del sentimiento y ante el Cielo. La piedad no pasa necesariamente por el rito o por la devoción, sino también por la necesidad de satisfacer el honor divino o simplemente por adherirse al ritmo de la realidad metafísica y acabar amándola de forma genuina.

La amistad

Si la caridad purifica, si la devoción nos diluye y el deseo fortalece los humores, la amistad ennoblece. Los amigos pueden encontrarse ocasionalmente y no pensar demasiado el uno en el otro mientras no se ven, pero recuerdan su linaje común cada vez que coinciden en cruces de caminos que se dirigen aproximadamente al mismo punto cardinal. Visto de otro modo, a menudo los amigos se creen amigos mientras proceden del mismo origen, pero van desatendiéndose mutuamente a medida que sus sendos crecimientos nada semejan entre sí. Lo mismo que dos árboles distintos eran indistinguibles en sus semillas, así dos espíritus opuestos parecían jóvenes amigos antes de madurar plenamente. Por lo tanto, el principio esencial de la amistad es la lealtad, la cual no cabe romperse más que cuando los caminos se han vuelto opuestos y mantener la amistad supone abandonar la propia ruta o desviarla demasiado. La amistad en torno a credos afianza poderosamente sus lazos, y de ordinario los amigos se conocen en el amor a terceras cosas, como, pongamos por caso, el arte, la elocuencia, la ciencia, la religión.

La caridad

La caridad es el amor perfecto entre las criaturas. Busca cesar el sufrimiento e irrigar la dicha a cualquier precio. No espera nada, y nada se puede esperar añadir a este tipo de ligazón más que lo que dijera el Apóstol a los corintios (1 Cor 13). La devoción busca al manantial, pero la caridad abraza a los ríos. No deja esto a la devoción en segundo lugar, puesto que el amor a lo divino es forma de concentrar en un solo rostro el amor que se desborda hacia sus amados. Esto fue perfectamente expuesto por San Bernardo de Claraval en sus clasificación cuádruple del amor. En cualquier caso, la caridad no es aporte de sobras, sino entrega incondicional de nuestro centro, y que se haya confundido con las más raquíticas limosnas demuestra menos la pequeñez de este sentimiento que la de la humanidad. La caridad comienza por sonreír y hacerse grato a quien nos toca en suerte a nuestro lado, y se corona en el completo olvido de sí; no desmerece lo uno a lo otro, y quien sin entregar sus posesiones hace feliz el instante que comparte con cualquiera tiene corazón más tierno que quien solamente se desprende por oscuro deber. Nunca se es lo bastante caritativo para merecer el Cielo, pero se empieza siempre en el buen trato, en el deseo sincero del bien ajeno, y se consolida si se hace fuerza para acrecentar tal sentimiento un poco más cada día.

Emile-Pierre_Metzmacher_-_Her_First_Steps,_1878

El afecto

El afecto o estima es simpatía de almas, resonancia de tonos, como las cuerdas del clave simpatizan entre sí e inflan el sonido acompañándose unos armónicos con otros. Pero lo llamamos afecto porque es algo así como un esquema de los otros amores, y en verdad es el tronco de todo sentimiento afectivo sin ser sus flores. La simpatía entre las cuerdas es todavía débil, porque, o bien no se produce con la suficiente intensidad, o bien están desafinadas las cuerdas del amante o del amado. Podría decirse que siempre es el desafinado el amante que ama poco, pues hasta la más vil criatura merece, como poco, caridad, compasión y, por lo tanto, estima. Lo que sucede es que llamamos estima a la complacencia en la compañía, a la obtención de un provecho del otro, y es por ello que la estima es el más débil de los amores si no sirve para que, cuando menos, nos lleve a apreciar el bien en los demás y la capacidad de apreciarlo en nosotros. La estima entorna la puerta a la sabiduría porque siempre supone reconocerse un poco en el otro, sea un vecino, un personaje de novela o un pequeño animal; pero requiere algo más de fuego para merecer elogio, porque, como recordaba el Señor, también los gentiles y publicanos aman a su manera cuando les conviene (Mt 5:46-47).

El amor propio

Es la vileza del hombre, pero, siendo natural, no se puede odiar a nadie por ello, como no es justo odiar a león por desgarrar a dentelladas a sus presas vivas. Con todo, es tara que merece superarse, pues, si el león no lograría dejar de comer carne voluntariamente, los hombres pueden eso y mucho más, apoyados en el entendimiento y en las pasiones más hermosas, si es que otras pasiones más turbias no los ciegan. El amor propio surge de lo más hondo y, por lo tanto, diríase que no compuesto de partes, porque un impulso tan elemental no precisa admiración ni ternura; nadie para amarse se admira a sí previamente, ni siquiera se compadece, ni desea su propia figura. El duque de La Rochefoucauld mencionó todos sus disfraces en centenares de máximas, por lo que no abundaremos en ello. Sí que merece la pena destacar que amarse a uno mismo no es malo si se hace el esfuerzo de observarse desde fuera, como una criatura más, ajena en el fondo a nuestro espíritu último, que no se ciñe a un cuerpo o a unas pasiones hiladas por el devenir de una vida, sino que mora en los Cielos eternos. Que se ha logrado tal cosa se verá mostrado por un indicio casi inequívoco, y es la ecuanimidad; tanto importa el otro como el uno, ni más ni menos, porque cada ser depende mutuamente de su hermano y porque no hay éxito para el amor si deja fuera a un solo miembro de las razas que lo sienten. Pero, no importando más el otro que nosotros, sí podemos hacer el esfuerzo de privarnos como la madre por su hijo hambriento, y ello porque nos hemos visto en el rostro que nos enfrenta, y, como ciertamente no importo yo menos que él, al verme más en él que en mí mismo soy capaz de sacrificio. Todo esto nos lleva a la compasión.

La compasión

No hay otro amor más útil. Pues aunque, como sucedía con la ternura, no sea clase aislada, sino que a diario compadecemos a amigos, parientes o amantes, tiene tanta fuerza de bondad cuando se siente adecuadamente, que bien debería merecer un puesto de honor entre los vínculos humanos. El instante compasivo pretende erradicar el sufrimiento mientras deja para otra ocasión la posibilidad de acrecentar la dicha: percibe como más urgente lo primero que lo segundo. Empero, la compasión bien establecida no se deja arrastrar por la pasión ajena que la afecta; antes bien, toma, como si dijéramos, una muestra de aquélla y la trabaja generosamente, sin pensar en el propio pesar, para beneficio del amado, a quien le devuelve el antídoto del veneno. Ha de distinguirse, pues, del mero contagio, donde el amante llega a no ser amante, pudiendo incluso ser víctima necesitada de amor e incapaz de darlo. No es amor que de suyo guste ser recibido desde el principio por indicar deficiencia de uno frente a la superioridad del que lo ofrece, y hace herida de amor propio. Por ello, puesto que todos sufrimos, es menester darlo no desde la altura, sino desde la igualdad de criatura, sabiendo que el germen de la misma imperfección que aflora en el otro late también en nosotros, si es que es el germen y no la imperfección tanto o más desarrollada. Y, por cierto, ¿cómo puede compadecerse a quien de hecho sufre menos un mal que nosotros? ¿Cómo dar amor a quien tiene el dolor de haber perdido a un hijo si nosotros hemos perdido a tres? No es, como hemos dicho, un requisito la altura, ni siquiera es imprescindible recordarse simplemente en uno el germen del mal ajeno, sino que, seamos nosotros o no más golpeados por la vida, podremos compadecer si contamos con virtudes que nos engrandezcan. La compasión cuaja no solamente en el consuelo más inmediato ni en la descarga del otro para cargar nosotros, sino también en la transmisión de fuerzas sobrantes a quien las necesita para sobrellevar un sufrimiento que, por no ser quizá tan fuerte como el nuestro, no le obligó a aquél a buscarse un remedio contundente. Contagiemos, pues, sentimientos valerosos y enseñemos habilidades, y por delante de todas la habilidad de amar, que no otra cosa anima más a persistir en el universo y nada nos libera más de nosotros mismos. Noblesse oblige.

royer - tendres sentiments B

[Música: P. Royer, Les tendres sentiments (rondeau). Me atrevo a imaginar, más por lo sugerente de la posibilidad que por sus indicios a favor, que el compositor escogiera precisamente el rondeau como forma musical para expresar esos tiernos sentimientos. Porque es la recurrencia de un motivo que regresa dibujando una ronda un buen equivalente de los vaivenes del corazón, habituado a retornar sobre los mismos giros, los mismos anhelos y dádivas, como dejaba caer Diderot en la cita que encabezaba este pequeño almanaque.]

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Prenez mieux votre ton, soyez simple avec art,
sublime sans orgueil, agréable sans fard.

[Afine mejor su tono, sea simple con arte,
sublime sin orgullo, agradable sin maquillaje.]

N. Boileau, L’Art poétique, I, 98-102

Fox, joueur célèbre, disait: “Il y a deux grands plaisirs dans le jeu, celui de gagner et celui de perdre”.

[Fox, célebre jugador, decía: “Existen dos grandes placeres en el juego: el de ganar y el de perder”.]

N. Chamfort, Caractères et Anecdotes

Jean_Carolus,_1855,_La_partie_de_billard_sous_Louis_XV_(A_Game_of_Billiards_under_Louis_XV),_oil_on_canvas,_74.3_x_96_cm

Al abate de G…, del que se contaban innumerables calaveradas en alcobas de diversas damas, le dijo expulsándolo otro abate al que acudía a visitar: “Volved cuando traigáis encima más de hombre que de mujer”.

En el elogio fúnebre de D…, que había sido pactado por sus herederos por un precio de 20 escudos, el obispo omitió la mención de las donaciones del fallecido a la caridad y sus victorias en batallas contra Inglaterra, porque, aducía, lo primero correspondía a 2 escudos y lo segundo a 3, y sólo habían sido pagados 15 del monto total acordado.

M. de L… respondía siempre a las injurias de Mme. de Barry con alabanzas públicas a esta señora, de modo que pronto cayó ella en el descrédito y aparentó ingratitud, mientras que él fue considerado un espíritu noble y magnánimo, a pesar de que todas las acuasaciones de Mme. eran ciertas.

La preferencia de F… por mujeres de mucha edad o muy jóvenes, la atribuía G… a la inseguridad en sus propias capacidades, pues sostenía que para jóvenes y mayores todos los fenómenos semejaban iguales, igualmente impresionantes para los primeras, igualmente débiles a las otras.

S… entró en un pleito con una sociedad por la posesión de 100 guineas que ambas partes reclamaban. Como no parecía tener muchas posibilidades de ganar, S.., ocultando su identidad a través de un amigo, apostó 50 guineas contra sí mismo con unos jugadores después de lanzar rumores que dejaban entrever la predisposición del juez a su favor. Así, los jugadores pensaban tener motivos para acertar. De ese modo S… se aseguró llevarse en cualquier caso 50 guineas, tanto si ganaba el pleito y perdía la apuesta como si sucedía lo contrario.

El matrimonio de los T… era tan violento e infeliz que incluso se decía que conversaban a menudo y que se interesaba cada uno por las conductas del otro.

C… aspiraba a un cargo importante que ya estaba prácticamente asignado a otro. Como último recurso, M… encargó por una gran suma al conde de H…, a quien el rey odiaba, que publicase una alabanza del otro candidato. Al leerla, el rey, desconfiando de la opinión de su enemigo y queriendo enmendarlo, cambió de parecer en el último momento y concedió el puesto a quien había urdido la treta.

Un caballero entró tan ebrio en el salón de Mme. de B… que empezó a saludar únicamente a los lacayos. El barón de Q…, allegado a los girondinos, exclamó con sorna: “¡Al fin alguien que entiende!”.

Un mariscal prusiano se sorprendía de lo poco aguerridos que se habían vuelto los nobles parisinos, hasta el punto de que un día preguntó indignado: “¿Cuándo entrarán en la guerra por su patria?”. El conde de B… le respondía lo siguiente mientras preparaba su pipa: “Excelencia, somos tan corteses que cedemos primero el paso a la patria, y solamente entramos cuando el peligro ha salido y lo vemos montado en su carruaje”.

Mr. and Mrs. Smith of Hailsham, and Aunt Everard, c1777, pen drawing silhouette by Francis Torond (c1743-1812)

La marquesa de V… vio aparecer por la puerta la efigie de un hombre excepcionalmente bien vestido, con un porte inusitado y perfumado con las mejores esencias. “Señor esposo -dijo la marquesa-, no os reconozco”. “No me extraña, madame -contestaba el gentilhombre-, porque no soy vuestro esposo, sino vuestro amante o, por lo que voy sospechando, uno de ellos”.

G… decía no sorprenderse de la Revolución cuando, al echar mano a su memoria, no lograba recordar ninguna gran tertulia en los salones que no acabase con burlas al rey o, cuando menos, a algún gran señor.

En los años en que se publicaban impunemente,  bajo nihil obstat regio, innumerables alegatos contra el despotismo y los estamentos, un impresor decía que si se publicase un libro que comenzase llamando idiota al primer rey que le hubiera dado el imprimatur, sin duda alguna Luis XVI se habría adelantado a todos.

A.- Os compadezco, monsieur.
B.- ¿Y por qué?
A.- ¡Oh!, por nada en particular. Siempre es conveniente compadecer a otro. Se gana fama de suficiente y de gran corazón al mismo tiempo.

El obispo de… era tan beodo e inmoral que exigía a la taberna descuentos especiales argumentando que honraba a su propietario comprándole sangre de Cristo a granel. El arzobispo lo amonestó, augurándole por aquella impiedad todas las condenas posibles en todos los infiernos. -¿Y qué hay de la misericordia divina?-, inquirió el acusado. -Todo tiene un límite-, respondió su superior.

-¿No os dais cuenta de que en esta nación todo está enfermo y pésimamente dispuesto?- preguntaba P… a su amigo. -Quizá sería preferible no hablar de eso mientras gastamos dinero público en amigas, vino y juego-, replicó el otro.

El vizconde y la marquesa se entendían, pero, como al principio aún se molestaban en ocultarlo, acordaron un lenguaje secreto para las reuniones en que coincidían: criticar la pudicia significaba elogiarla, los romanos eran besos y los griegos caricias, la filosofía era amor y alabar al rey era acordarse de la pujanza del vizconde. Nadie sabe a ciencia cierta a qué se referían cuando hablaban del imperio persa, pero se sospecha de ello lo peor, puesto que lo mencionaban a todas horas.

Cuando el señor de T…, en un ataque de furia, le confesó a su esposa que durante la época del cortejo la engañaba con muchas, ella le contestó que tanto lo sabía que aceptó casarse con él para castigarlo.

Había dos damas tan amigas que, a juzgar por los hechos, parecía que a veces confundían sus personalidades hasta el punto de que al menos una de ellas no diferenciaba su marido del de la otra.

Marie Gabrielle Capet and Marie Marguerite Carreaux de Rosemond -Self-Portrait with Two Pupils... by Labille-Guiard (1785)

“¿Para cuándo un nuevo libro de poemas de amor?”, le preguntaba una simpática anciana a un recién estrenado poeta. “Tened paciencia -respondía éste-: todavía queda mucha munición por agotar en la guerra de injurias que entre los maridos de las destinatarias, los críticos literarios y yo ha despertado el primero”.

El vizconde de A… vendía tan caro su honor que viose obligado a ceder su tramitación a diversos gestores, los cuales incluso se batían en duelo por él.

Unos bandidos fueron apresados tras atracar una caravana de un comerciante portugués. Cuando fueron ajusticiados por la comisión de diversos asesinatos, el comerciante pretendía reclamar su carne para alimentar a sus perros, pues aunque, aseguraba, a él se le habían restituido las posesiones robadas, a los perros no se les había resarcido de ningún modo del sufrimiento y de las heridas que les habían producido los maleantes durante el ataque.

Cuando el hijo de los R…, que estaba en la guerra, dejó de enviar noticias durante algún tiempo, J…, con intención de consolar a los padres, les dijo: “Tranquilizaos: no temáis que haya cometido alguna heroicidad irreparable. Sin duda, conociéndolo bien, estará gozando en tabernas y entre mujeres en alguna aldea a la que se escape durante las batallas”. El padre le espetó indignado: “Monsieur, ¿qué decís? Habláis de mi hijo, de sangre excelente”. Procurando enmendar la situación o acaso todo lo contrario, matizó J… lo siguiente: “Disculpadme, os lo ruego. Pensándolo mejor, no estará en tabernas, sino en algún palacio”.

Cuando el señor de la casa entraba, la señora, que no se había percatado, le decía a su valet: “Ferdinand, bribón, anoche no me complacisteis”. El sirviente, apurado porque él sí había visto al marido, salió airoso como pudo diciendo algo así como “¿acaso no estuvieron los postres servidos a vuestro gusto?”. Ella creyó que el otro estaba prolongando el juego de hablar veladamente y por ello prosiguió con picantes metáforas culinarias, hasta que su marido, sin enterarse de nada, hizo patente su presencia y pidió que los cocineros preparasen para él platos tan deliciosos como los que estaban comentando.

Se cuenta que un dogo veneciano de visita en Francia acostumbraba a realizar reverencias de lo más pomposo ante cualquiera. Al ir presentándoseles personalidades de mayor rango, se veía obligado a exagerar cada vez más sus gestos para no desmerecerlas, no fuera a decirse que rendía el mismo saludo a grandes y plebeyos. Tanto se había corrido la fama de este atildado italiano que llegó hasta el rey, el cual, cuando se encontró con él, le dijo sonriendo: “Signore, estoy deseando ver la danza que dedicáis a la monarquía”.

Diálogo entre dos marquesas:
-No recuerdo haber leído en los cuatro volúmenes de la descripción de Du Halde que los reyes chinos llevasen nunca zapatos con tacones.
-¡Bárbaros!

Hay quien dice que era tal el odio de Federico de Prusia hacia el clero que no dejaba de otorgar cargos públicos y pensiones a hombres de la Iglesia para corromperlos.

Contaban de un impresor endeudado que, al día siguiente de la toma de la Bastilla, abandonó su puesto de trabajo, se retiró a reposar en su casa de las afueras y decía al que le preguntase: “Ahora a esperar panem et circenses“.

FINIS

François - the minuet BIG

La deliciosa música que se puede oír aquí es de J. Bodin de Boismortier: Cinquième gentilesse Op. 45. I. Gaiement. Los títulos de la obra y del movimiento son perfectamente concordes entre sí y ambos lo son respecto de su contenido. Ilustrando la actitud que incluso entre los artistas flotaba durante la época galante, cuenta la siguiente anécdota sobre este compositor una fuente contemporánea (J.-B. de La Borde, Essai sur la Musique Ancienne et Moderne [1780], vol. 3, pp.392-393):

Boismortier parut dans le temps où l’on animait que la musique simple et for aisée. Ce musicien adroit ne profita que trop de ce goût à la mode et fit pour la multitude des airs et des duos sans nombre, qu’on exécutait sur la flûte, les violons, les hautbois, les musettes, les vielles (…). Il abusa tellement de la bonhomie de ses nombreux acheterus qu’à la fin on dit de lui:
Bienheruex Boismortier, dont la fertile plume
Peut tous les mois, sans peine, enfanter un volume.
Boismortier, port toute réponse à ces critiques, disait “Je gagne de l’argent”.

[Boismortier apareció en un tiempo en el que sólo la música simple y fácil estaba de moda. Este músico competente simplemente tomó ventaja de esta tendencia e hizo para la multitud arias y duettos en gran número, los cuales eran interpretados con flauta, violines, oboes, gaitas y organillos. Abusó tanto de la amabilidad de sus numerosos compradores que, a la postre, se dijo lo siguiente de él:
Feliz Boismortier, cuya fértil pluma
puede cada mes, sin dolor, dar a luz un volumen.
Boismortier, por toda respuesta a sus críticos, decía: “Yo gano dinero”.]

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La Fortune, pour arriver à moi, passera par les conditions que lui impose mon caractère.

[La Fortuna, para llegar a mí, pasará por las condiciones que le imponga mi carácter.]

N. Chamfort, Maximes et pensées

Ceux qui n’ont que de l’esprit ont du goût pour les grandes choses, et de la passion pour les petites.

[Los que no tienen más que ingenio, sienten gusto por las cosas grandes y pasión por las pequeñas.]

Vauvenargues, Maximes, 237

Jean-Étienne_Liotard_ Tronchin

De la gentileza

Es la flor del alma. Con ella se llega tanto a lo pueril como a lo divino, tanto a compañías agradables como a puestos de honor. Los más grandes intrigantes y los más santos varones la abrazaron. Es el resabio del ingenio y de la virtud. Su dueño parece buen amante, buen cristiano, de noble crianza, de espíritu discreto o de grandes entendederas, todo a la luz de donde se mueva o de lo que queramos pensar. En algo, poco o mucho, ha dominado sus pasiones el carácter que las envuelve en afable tono. Con ella no nos convence por completo de su idea quien nos habla, pero sí de que a él lo convenció. Y si el convencido es muy gentil, nos arrastra a amar con compasión su ingenuidad hasta que descubrimos que por ser más gentil es más feliz, y entonces somos nosotros los ingenuos necesitados de su creencia y de su gentileza. Puede venir de nacimiento, y a veces por ello nos admira más o nos admira menos, dependiendo de si nuestra vanidad nos molesta ante lo que ya nos es inalcanzable o nos lleva a estimar lo que todavía puede caer en nuestra mano. Los que la tienen estudiada rara vez logran ocultarlo, porque bien distinto de cultivarla con interés en perfeccionarse es imitarla por intereses imperfectos y mundanos. No hay fortaleza de ánimo que sin ella encuentre una armonía digna de contemplarse. La verdad que no se acoge a su bello perfil cae bajo sospecha por los desenlaces oscuros que se temen de todo lo que empieza grisáceo. Pues, ¿cómo no precaverse de una tal vez cruel aplicación a partir de una teoría que ya siembra dureza desde el principio? Y es que el tono de la palabra orienta su contenido hacia su buena posibilidad y no hacia la mala, teniéndolas ambas. Dejándola a un lado, embrutece el simple, aterra el valeroso, extraña el virtuoso, aburre el sesudo, hastía el sentimental, hiere el artista y arruina el político a su pueblo. El gentil parece más bello de lo que es, y quien lo trata acaba pareciendo más dichoso y bondadoso de lo que se esperaba.

De la razón

La demostración no demuestra gran cosa. Los axiomas y los mecanismos de inferencia de los filósofos profanos son tan arbitrarios como los prejuicios que se ponían en su lugar cuando la razón aún no había subido a su trono. La razón se sabe limitada, pero desconoce hasta qué punto. Cuando encuentra una paradoja, descubre que llevaba extraviada hacía tiempo, y ha devolver sobre sus pasos hasta el momento del desliz. Es, por tanto, de lo más común el creerse cierto precisamente por no ser tal cosa. En lo referido a la ciencia moral y en lo referido también a otras ciencias, nos convencemos de cuatro cosas: aquello que nos conviene creer, aquello que nos conmueve del modo más seductor, aquello que nos repiten muchas veces, aquello que queda tras descartar malas opciones. Cualquier proposición encontrará partidarios que se llamen a sí mismos hombres razonables. Cualquier teoría cabe en el terreno de lo posible si se desestiman las posibilidades contrarias. Se vence si se reducen del oponente sus dudas como debilidad, la contrariedad como cortedad de miras, la evidencia que nos tumba como interpretación subjetiva, insistencia en un argumento como regodeo en el error, la probabilidad de peligro como petición de principio. Hay reglas para llevar a nuestro favor la filosofía conversable. Por ejemplo, dando por hecho que nuestra premisa cae por su peso, inquietando al oponente al señalar los malos ejemplos de su vida, decir que eludiremos señalar sus pasadas incoherencias pero sin dejar de mencionarlas, etc. Sobre todo importa llevarlo fuera de los límites de la razón, sea la nuestra imperfecta o no. Hay muchos modos de enfurecerlo además de los ya mencionados: podemos llevar su razonamiento hasta conclusiones ridículas y mostrar en ello asombro sin acritud, o podemos remitirnos a individuos perversos que en el pasado sostuvieron posturas similares a la suya, o pedirle que, por compasión o por sentido de la justicia, se muestre riguroso si nos lo parece demasiado, o que se muestre clemente con los seres desprotegidos si el amor que les muestra no es evidente. Si el otro va ganando la discusión, es menester afearle la contundencia con algo como “vos estáis muy seguros de vuestras ideas, mientras que yo examino y vigilo con cautela las mías”, o bien dejando caer que nuestra línea de investigación es ciertamente más ardua porque nuestra objetivo es la justicia, el bien entre los hombres o cualquier cosa del estilo. Hay que saludar sus matices como si fueran concesiones a nuestro terreno, y hay ante su crítica hay que hacer notar que “os oponéis, pero no proponéis”. Sus reservas en ciertas cuestiones serán aprovechables para destacar que ni él mismo conoce a qué consecuencias llevan sus razonamientos. Citaremos a algún autor raro y explicaremos quién es con sencillez y ternura de instructor, y se verá así que conocemos más mundo sin envanecernos por ello. Para engrandecer el pensamiento sin caer en lo difuso, hay que enunciar una máxima general a partir de una experiencia: “Allí me di cuenta de lo que dice Tácito hablando sobre los republicanos…” Si nos ofrecen cinco ejemplos, ofrezcamos nosotros diez para mostrar que los suyos son excepciones. Tras un razonamiento, recordemos repetidamente su impecabilidad con cosas del tipo de “como he demostrado…”. Si el oponente en racha no deja de dar verdades, destaquemos que no se ponga tan nervioso, que ordene sus ideas antes de lanzarlas confusamente, u otras lindezas que cuestionen su persona. Hagamos creer sonriendo discretamente o moviendo la cabeza y demostrando paciencia en el tono que no entiende nuestros argumentos si los entiende demasiado bien. Agradezcamos indulgentes sus buenas intenciones, como se hace con los niños, pero como a los niños recriminemos su descuido e ingenuidad. Todo en nuestra ofensa ha de pasar por magnanimidad, sea hacia nuestros protegidos o hacia los oponentes. Con todo ello no alcanzaremos ni verdad ni nobleza, pero sí un lamentable convencimiento de creernos más inteligentes que los que anteponen el bien al provecho. Además de la que sirve para mover poleas y alzar muros, es ese tipo de razón la que nos ha traído hasta aquí y ha acunado nuestras perniciosas costumbres. Con todo, cuando sinceramente, habiendo arrinconado meditadamente nuestros prejuicios y pasiones, creamos en el beneficio de una idea que creemos verdadera o manifiestamente útil a la humanidad, podemos servirnos de elegantes giros como los citados, porque siempre nos encontraremos ante hombres con corazones, y dar pábulo al corazón es llevar el asentimiento hacia nuestros dominios, que en este caso será el del bien y la decencia.

Liotard - Charles-Simon Favart

De la ciencia del corazón

Es posible razonar escrupulosamente en las pequeñas cosas, como las masas y las libras, o en las grandes, como en los arquetipos platónicos. Son las intermedias las que se nos escapan por no saber si se relacionan más con unas o con otros. Así, el corazón humano, tan ligado a los humores del cuerpo como a las ideas que parece perseguir, se lo conoce desde diversos ángulos sin que nunca se le conceda la dieta idónea tras una serie de silogismos. Al ser variable, al moverse entre lo sutil y lo grosero, es precisamente lo más difícil de ser catalogado por el hombre, y más si se juzga el suyo propio. Pues lo que más nos hablaría de un ser vivo es diseccionarlo en movimiento, no ver su piel en movimiento ni tampoco diseccionar su cadáver: sólo conocer su esencia cuando ésta entra en relación con sus partes. Los físicos nos explican su genealogía, pero no su posible desarrollo ni qué hacer de él, igual que conocer a la madre de un joven no nos dice con quién se desposará éste ni, por ende, cuál será la fisionomía de su hijo. La ciencia más apropiada es la que se basa en la observación y en la experiencia, vale decir, en lo que vemos fuera y dentro de nosotros. Escuchar las máximas de los sabios, aprender de las Escrituras, de las leyendas y de las historias de los grandes personajes, reconocernos en dichas y pesar a remolque de nuestros sentimientos y evitar los que menos convengan, aceptar los consejos de los mayores arrepentidos y los ejemplos de los jóvenes virtuosos. He ahí todo lo que podemos hacer.

Del soberano

El pueblo no respeta lo que él ha elegido y no imita sino a quien cree formidable. Que el pueblo y la aristocracia amen a su soberano creyendo ver en él justicia, inteligencia y virtud es el único requisito para que estas cosas se propaguen por la nación. Fuera del pueblo educado en el respeto a las costumbres, todo hombre rechaza la desigualdad si es él el inferior, pero, en el momento en que alcanzan la igualdad, muchos intentan destacar por encima; para impedir las constantes agitaciones entre iguales, sólo basta una fuerza superior que los tenga a todos igualmente sometidos. Esta fuerza es el soberano, que no puede ser otra cosa que un rey, désele el nombre que se le quiera dar: emperador, cónsul, presidente, comandante, archiduque… En la monarquía, el rey controlaba a la aristocracia, la aristocracia al rey, y el pueblo a así mismo; la religión era el control en sí mismo, pues cualquier individuo de cualquier estamento podía apelar a la Iglesia en busca de asilo, caridad, acogiéndose a sagrado o denunciando conductas abusivas de los señores, como lo probó muy claramente la Pax Dei del siglo XI en pleno feudalismo, o la defensa explícita de los pobres en el concilio de Charroux del año 989. No es el despotismo lo que habría que evitar a toda costa, sino un pueblo sin amor. Bajo el primero aún es posible una felicidad civil. Tal cosa se consigue mediante la ejemplaridad de los mitos, que vinculan al universo con el hombre, la moral con la belleza, el bien con la comunidad. Un país sin mitos fundados por los más sabios de su tiempo se ganará la más triste de las simplezas: la de vivir en el error por el mero hecho de no conocer ninguna verdad importante. Además de esto, un mal soberano no es el que posee vicios, pues no hay hombre libre de pecado, sino el que tiene conductas que, siendo buenas o no en otras circunstancias, le impiden desplegar sus cualidades de soberano; un ejemplo perfecto de mala conducta regia es la falta de solemnidad.

De la música francesa e italiana

¿Qué hará falta para que cese la  inacabable disputa entre los partidarios de la música italiana y la francesa? Sobre ello han hablado todas las cabezas preclaras de las naciones desde la llegada de Les Bouffons en 1752: el barón Grimm, Rameau, Rousseau, Burney, Diderot, Morand, Bonneval, Laugier y hasta la honorable Mme. de Pompadour. La lista de argumentadores y argumentos es abrumadora, tanto más cuanto hay una gran calidad de pensamiento en unos y otros. Resumamos en pocas palabras cada postura. La música italiana es simétrica como la danza que evoca, es melodiosa, ágil, alegre. La música francesa es sutil, misteriosa, solemne o íntima, ingeniosa o dramática, pero nunca da apariencia de necedad. ¿Hemos de elegir, pues, entre estos extremos? ¿Es preciso optar entre un pasacalle napolitano y una entrada real, siendo cada una de estas elecciones tan violenta en la ocasión social de la otra? No digo que haya que buscar en todo momento un estilo intermedio como propone el señor Quantz en su tratado de flauta, sino que cada organismo físico o moral requiere un alimento diferente según la ocasión, y sería desnutrir al alma el privarle de dulzuras y picantes como sería desnutrir al cuerpo dejar de ingerir por completo cebollas o manzanas. No sólo hay caracteres que apetecen de ordinario más de una cosa que de la otra: nadie puede rendirse en todo momento a los mismos desahogos, ni ningún corazón amplio se contenta con unos pocos sentimientos del mismo tono. Así, pues, quien quiera desplegar su sensibilidad, que preste oídos a la música francesa: notará la grandeza de las grandes pasiones y la grandeza de las pequeñas, pues en ambas se esconden puertas al je ne sais quoi de las bellezas divinas esparcidas en el éter y en la imaginación humana. En cambio, en la busca de la decisión, del trazado y de la purificación presta de las pasiones, escúchense las óperas de Jommelli o de Marcello, las sonatas de Cimarosa o los conciertos de Vivaldi. Los franceses sugieren, ensanchan, colorean, conmueven, sorprenden; los italianos afirman, ordenan, escalonan, contrastan, se hacen gratamente predecibles. La música francesa evoca lo más íntimo del hombre o el fasto de los imperios, mientras que la italiana describe las nítidas lindes de los cuerpos, la grácil sencillez de los jóvenes y la sincera apertura de la vegetación en primavera. Además, ¿quién puede negar que entre las piezas para tecla de Rameau hay algunas melodías saltarinas como las mejores italianas? ¿Y quién podrá dejar de admirar la profundidad y la elevación del Stabat Mater del Signore Pergolesi? El propio François Couperin, el más grande de los compositores para tecla que ha dado su siglo y sobrino del más francés de los músicos, alababa tanto al sublime Corelli que le dedicó toda una apoteosis. Al fin y al cabo el propio Lully era italiano. Ser perfectamente francés pasa por no desdeñar la belleza provenga de donde provenga, y si hace muy bien en aplaudir con ahínco a Camprá, Destouches, Mouret, Mondonville o al propio monsier Rousseau –quizá mejor compositor que filósofo–, también habrá de rendirse, cuando su ánimo lo propicie, a las contrapunteadas líneas de Gasparini, Nardini, dall’ Abaco, Alberti, Sammartini, Geminiani, Piccini, Paisiello, Boccherini, Salieri, Clementi o Fenaroli.

Color Engraving of Franz Joseph Haydn Conducting a String Quartet

De la preferencia por el chémbalo o por el fortepiano

En los últimos tiempos no han faltado las polémicas entre bandos furiosamente enfrentados. No por cuestiones de soberanía, no por la firma de tratados de paz, no por los nuevos descubrimientos de las ciencias que permitan salvar vidas. La música ha centrado debates entre llullystas y ramistas, entre partidarios de la ópera antigua y la moderna y también, para colmo de males, entre partidarios del sonido del instrumento de tecla que oyeron nuestros padres y el que ahora se estila en cortes de Europa. Daré una opinión no para encender más a unos u otros ánimos, sino para concertar en sinfonía a instrumentos demasiado bellos como para ceder una parte de su orgullo. El clavecín o cembalo, según lo llaman sonoramente los italianos, es un instrumento noble, ornamento tradicional de los más grandes señores. Adolece de un sonido punzante, tan rasposo y pícaro en su ataque pero tan dulce en su decaimiento que cada una de sus notas recuerda a un ingenioso pensamiento humano. La plétora de su armonía lo destaca por encima de cualquier competidor de tecla, incluso del órgano, pues en éste el sonido a menudo se infla hasta saturar al alma, mientras que el clave nunca embota el sentido. Es la ligereza de sus armónicos superiores, según los descubrimientos del señor Sauveur, lo que hace que los acordes del clave siempre brillen y nunca enfaden. Las oleadas quebradizas de sus armonías recuerdan al principesco laúd, pero le añaden la gloria de la fuerza, de la concertación coral, cuando se acoplan sus dobles teclados. Es, en suma, el instrumento que ha acompañado al ascenso de las más grandes naciones a su cumbre, empezando por Francia y acabando por Prusia. Su ejemplaridad ha llevado al señor Diderot a compararlo, en su Entretien con su amigo el señor D’Alembert, con el cuerpo del hombre, en el cual están mejor o peor afinadas las cuerdas de la sensibilidad. Pero ninguno de esos motivos es suficiente para ladear al fortepiano, ese instrumento que no falta ya en ninguna casa de los interesados por las novedades de las artes y las ciencias. Su sonido es más mullido que el del clave, nada penetrante, y habrá quien diga que por ello no traspasa la piel del oyente y que apenas roza al corazón. No lo creemos. La cuidada escala de sus intensidades, lo cual supone el gran aporte del invento del señor Cristofori a la música, es lo que más ayuda a modular los afectos en las nuevas partituras de los compositores. No es la calidad del sonido, sino la multitud de sus miradas lo que despierta nuestro interés; no es el rostro simétrico de la dama lo que nos enamora en este caso, sino las variedades de su expresión, que nos sugieren un alma rica y delicada, misteriosa y grácil a un tiempo. Poco importa que escuchemos más a uno u otro instrumento: la música escrita para el primero se agradece igualmente en el segundo en virtud de sus nuevas posibilidades, y lo mismo sucede a la inversa. Tan amorosas suenan en fortepiano las respetadas sonatas que Scarlatti compusiera para clave como las de Cimarosa en clave a pesar de haberlas pensado en su sucesor. Sólo es de de lamentar que instrumento más antiguo vaya desapareciendo, arrinconado en estos tiempos de revoluciones y de filosofía vengativa, pues ha deleitado los oídos de demasiados reyes y duques como para que lo aprecien en su justa medida quienes no soportan mezclarse en nada con la despreciable sangre azul.

De la ambición

La ambición es una desmesura del anhelo. Pretende más de lo que puede obtener u obtiene más de lo que puede gozar, lo que viene a ser lo mismo, pues pretende en todo momento un goce que por una vertiente o por la otra se derrama y se escapa. Si la arrogancia es la ambición del espíritu, la ambición es la arrogancia de creerse más poderoso en el reino material de lo que se es. Los hombres para quien lo suficiente nunca es suficiente, semejan a las vasijas agujereadas que van perdiendo contenido a medida que lo ganan, y es el propio trasvase lo que los alivia, de suerte que la obtención de bienes es para ellos como la nutrición para todos: la tarea de cada día de toda una vida. Resulta triste ver a hombres y mujeres dedicando sus días a luchar por encontrar una mejor posición desde la que dedicar sus días a luchar por lo mismo en un peldaño más alto. Y, así, el amor a las riquezas se ha impuesto incluso entre muchos de los profetas de la moral, que recomiendan la vida burguesa con sus mercantiles requisitos o, si la cuestionan, lo hacen desde esa misma vida, pretendiendo dolosamente la virtud de la que carecen o siendo incapaces de ver dónde se encuentran por el único lugar que de veras han divisado en el mundo.

Del estilo de la filosofía

El estilo de un buen pensador requiere, a mi entender, claridad de ideas y de enunciados. Olvidando de momento las primeras, considero que los más certeros autores son tales como Epicuro, Séneca, La Bruyère, Vauvenargues, Rivarol, Burke. La escritura de estos gloriosos varones se entiende a la primera lectura, deleita y se memoriza con facilidad: intellegenda, diligenda, memoranda. Es importante unir una gran imaginación en el recurso para dar con la sencillez de la finalidad. Una máxima de todos conocida adquiere nueva pátina y fuerza cuando cae en una fórmula contundente, plena de sentimiento pero contenida en su poder, como resuelta a estallar no en el oído del que la escucha sino en su corazón, como una píldora dulce que purga el estómago una vez que la hemos introducido en el silencio de nuestro interior. Después del gran siglo, los ejemplos de sentida pulcritud y cuidada fortaleza escasean cada vez más. En Francia he creído encontrarlos en De Maistre o Tocqueville, pues estos caballeros, a pesar de internarse en una época completamente distinta y degradada, fueron formados en el buen espíritu de las letras, de los tiempos en que la gloria se merecía porque se la buscaba, los tiempos en que la excelencia no era un recuerdo o un deseo, sino casi un ídolo al que se dedicaban todas las fuerzas de cada generación y la protección de los reyes dignos de tal nombre.

'Mujer en un sofá leyendo' (1748-52), óleo de Liotard (Jean-Étienne Liotard - Galleria degli Uffizi, Florence)

[Música: D. Cimarosa, Sestetto in fa maggiore per fortepiano, arpa, violino, viola da gamba, violoncello e fagotto. II. Largo cantabile.]

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Perronneau-Jean-Baptiste-A-Girl-with-a-Kitten

It is rather the soft green of the soul on which we rest our eyes, that are fatigued with beholding more glaring objects.

[Más bien es el verde claro del alma en el que posamos nuestros ojos, que están fatigados de contemplar otros objetos más brillantes.]

E. Burke, A Philosophical Enquiry into the Origin of Our Ideas of the Sublime and Beautiful, 3.10

Y porque el cielo cubre la tierra con los demás Elementos, por semejança llamamos cielo el que cubre la cama, o el patrio de la casa, o la mesa…

S. de Covarrubias, Tesoro de la lengua castellana o española, 1611 (entrada de “cielo“)

El rojo obscuro y manchado es el color de la bajeza y la codicia; el rojo de sangre y fuego el de la dureza y la crueldad. Donde el color es azul grisáceo se ha borrado con dificultad cierta incontinencia en los placeres.

Plutarco, De la tardanza de la divinidad en castigar, 565C

Il prétendait que son ton de conversation avec madame de…. était changé, depuis qu’elle avait changé en cramoisi le meuble de son cabinet qui était bleu.

[Pretendía que su tono de conversación con Madame de … había experimentado un cambio desde el momento en que cambió en su gabinete un mueble azul por otro carmesí.]

N. Chamfort, Caractères et Anecdotes (Œuvres complètes de Chamfort, t. II)

Si la historia pinta nuestro sabor, las preferencias sentimentales han ido tiñendo a la historia. Si es evidente que el color de la España renacentista es el negro, el de la Francia ilustrada es el azul del cielo despejado. El azur heráldico había presidido el escudo de los Capetos desde siglos antes de que el Rey Sol se presentase en el colosal retrato de Rigaud envuelto por un armiño y un brocado de terciopelo azul esmaltado por doradas flores de lis. Si en el modello de 1701 había probado Rigaud con una tonalidad más clara, el azul del cuadro definitivo es decididamente más oscuro. Y es que lo oscuro revela gravedad. Durante la Regencia y hasta el malhadado reinado de Luis XVI, el azul se fue clareando. Como en todo en Europa, los espectros lumínicos se suavizaron, y las imágenes demasiado intensas, acordes con pasiones exasperantes, se diluyeron. El azul celeste, tradicionalmente combinado con el blanco en las representación pictóricas de la Virgen María desde más de un siglo antes, acompañaba ahora no sólo a la ropa infantil y femenina, sino también a la militar y aristocrática. No era el único color que imperó en el rococó: todos los escarlatas, rosados y verdosos eran bienvenidos siempre que eludiesen toda pureza, toda intensidad, en definitiva, todo dogmatismo. Como sucede con el agua del mar, la lisura del azul era potable si no conllevaba demasiada sal. Porque, como antes en otros lugares del mundo, el auténtico criterio de verdad durante ese periodo era la moderación, la templanza del alma y del cuerpo, y no había más belleza que la prudente. En efecto, para el ilustrado, si cuenta con esprit de finesse, cualquier afirmación demasiado contundente parece traicionar a su posibilidad opuesta, su parte de razón o al menos, su razón de ser. Pelucas cortas y uniformes, diseños más florales que áureos y filigranas más sencillas se avenían perfectamente con la nueva claridad de las almas y de las cosas. Si Luis XIV fue un rey sensible pero ostentoso, delicado pero piadoso en sus últimos días, errático como buen barroco a fin de cuentas, sus sucesores restringieron los vaivenes del ánimo. Al poner la atención sobre las superficies, no podría resistirse que éstas fueran demasiado absorbentes, demasiado comprometidas. Necesitaban, por lo tanto, un tierno fondo de escenario que no capturase demasiado fuertemente al corazón. Así, de entre todos los colores suaves que cubrían la realidad dieciochesca, el esmalte de lapislázuli es el más abundante en los retratos cortesanos, en la tapicería, en las molduras palaciegas o en la porcelana de Sèvres de Jean Hellot. Incluso algunos clavecines se cubrían con una melosa pátina cerúlea que hacía de la música algo así como un pastel para todos los sentidos.

El placer tierno cubría la piel de los nuevos artes y utillajes, y no es casualidad que coincidan esos colores cremosos con los que predominan en la confitería y con los que ambientan todavía hoy a los enseres de los recién nacidos, más rosados para la criatura femenina, más azulosos para el futuro varón. Hoy se tiene a todas las tonalidades intermedias por femeninas. El XVIII fue un siglo andrógino en muchos aspectos, y no en vano no hay otro periodo en el que el equilibrio gobernase al buen gusto. Así, juegan en amistosa proporción el despotismo patriarcal y la retórica de los afectos, la idea de grandeza nacional con la novela doméstica, la omnipresencia del ejército y de la égloga, la impasibilidad ante el atacante y la exquisitez del placer de alcoba, el estudio de las matemáticas y de las costumbres, la razón taxonómica y la clemencia de las grandes damas que ofrecían sus salones a los que razonaban. A excepción del rigaudon, el tambourin y el menuet, las danzas tienen nombres femeninos. La mayoría de las pièces de clavecin de compositores de la Luces tienen en sus títulos adjetivos del mismo género: La majestueuse,  L’enchanteresse, L’adolescente, La rafraîchissante, L’insinüante, La séduisante, L’intîme, La distraite, La galante, La convalescente, L’exquise, L’audacieuse, La fringante, L’epineuse, L’engageante, La commére, La lutine, La pateline, La favorite, La laborieuse, La fleurie, La ténébreuse, L’ingénuë, L’artiste, La superbe, Le turbulent, L’atendrissante, L’unique… Y esos son sólo algunos ejemplos tomados de la obra de François Couperin, el compositor más prolífico de este género, que no ni mucho menos el único.

Liotard, Isaac-Louis de Thellusson 1760

Es difícil definir un color. Por ello los diccionarios recurren a ejemplos, señalando aquí o allá, como si la gracia del color no cupiese en una definición que no recurra a precisas tablas de espectros lumínicos. Se suele referir uno al azul como “semejante al del cielo sin nubes y el mar en un día soleado”. Es, por ende, la expresión gráfica de la extensión infinita, lo inconmensurable reducido a su cualidad material. La palabra κόσμος significaba en griego todo lo ordenado, tanto el universo como el adorno, por lo que denotaba cualquiera de estas palabras, y en verdad nada hay más cosmético que lo cósmico. Es comprensible, pues, que el tinte del cielo sea también el de la placidez doméstica. Νο del todo ajeno a esto es la paradoja de que el esprit francés del XVIII se refiriese tanto al espíritu como, en mayor medida, al ingenio, que era capaz de adoptar las formas más mundanas.

Los colores son cualidades sin forma, materia caótica a la espera de una razón que la inserte en geometrías. Nos recuerdan así al estado primario del cosmos antes de ser cosmos. Por mucho que desde 1700 prosperasen los ateos y los nominalistas, la mera preferencia por la simetría, por la geometría suavemente curvada y por la fina ornamentación clásica denota una cierta afinidad con un platonismo en proceso de descomposición. La impavidez y la exquisitez, además, no impedían en los espíritus más delicados el reconocimiento del drama humano ni la cuestión de su sentido; simplemente se contenían al máximo los flecos expresivos, se ajustaba el sentimentalismo al molde de la idea y la idea flotaba en torno al sentimiento. Con toda su ligereza, el rococó nos propone un catálogo relajado pero definido de valores. Hoy, por oposición, no tenemos más colores característicos que los fluorescentes y fosforitos, perdidos en una amalgama de combinaciones inarmónicas en las que cabe todo salvo la inteligibilidad y lo amoroso.

Las variedades de bleu céleste eran numerosas (bleu turquin, bleu persan, bleu de Prusse…), tantas como matices se puede encontrar a la mesura ingeniosa. El bleu Mazarin, un celeste algo más denso, aplicado a la procelana, descubrió el éxito a partir del interés por la chinoiserie, cuando se conoció la cerámica de los periodos K’ang Hsi, Yung-Chèng y Ch’ien Lung, que abarcan parte del siglo XVII y la totalidad del siguiente. Pero el nombre más popular en la Francia de entonces fue, como no podía ser de otra manera, el “bleu de roi”, el tono más intenso del terciopelo de los grandes retratos regios, referido ya en Le Mercure de France el primero de febrero de 1744. No deja de ser irónico que en la Francia revolucionaria se siguiese utilizando el nombre para los uniformes oficiales a pesar de su clara alusión al periodo monárquico. El Décret sur l’organization des Gardes Nationales de julio de 1791 (Section II, Art. 28) indicaba que el uniforme de la la Guardia Naciona sería “bleu de roi, doublure blanche, parement & collet écarlate”. Y es que Francia no logró desasirse completamente de su elegancia palaciega hasta mucho después de su primer suicidio, por mucho interés que pusiesen los revolucionarios en aplanar de un plumazo la montaña esmerada de sus glorias. Más es consonancia con el espíritu republicano, el color en cuestión acabó conociéndose como “bleu de France”… que no ha de confundirse con el diamante homónimo, símbolo también de la Corona francesa, desaparecido en un robo en 1792, un mes después del asalto al Palacio de las Tullerías que supuso la abolición de la monarquía, y una semana antes de que el cambio histórico se explicitase en la creación de un nuevo calendario que inauguraría el año 1 de la era republicana. Como se ve, todo parece apuntar a las mismas evidencias de las mismas cesiones.

Garde_nationale_-_Les_moines_apprenant_à_faire_l'exercice_1790

Algo había ido cambiando también en las tonalidades predominantes. Todavía es el azul celeste más radiante lo que encontramos en la vestimenta de los retratos que Maurice Quentin de La Tour pintase de Pierre-Louis Laideguive, Émilie du Châtelet, Marie Fel, Mmede Mondonville, Magdalene de Mazade, Charles Pinot Duclos, la Présidente de Rieux, Charles-Louis-Auguste Fouquet o de sí mismo en su autorretrato. Es la misma gama en la que se mueven las telas con las que Jean-Étienne Liotard conserva a la duquesa Elisabetta Federica Sofia de Württemberg,  a Isaac-Louis de Thellusson, a Maurice de Saxe, a Lord Mountstuart, Charles-Simon Favart, a Marie Charlotte Boissier, a Lady Tyrell, a Louise d’Épinay, Julie de Thellusson-Ployard, a Isabel de Parma, a Mlle. Lavergne (La belle lectrice), a Edward Morant, a Suzanne Curchod y a la pequeña Maria Frederike van Reede-Athlone. La misma del conde de Vaudreuil, Lady Amelia Darcy, la condesa Saltykova, Geneviève Rinteau de Verrières, Mme. de Genlis, Mme. du Barry, en los lienzos de Drouais. Así aparece Isabel Cristina, consorte de Federico el Grande, en muchas de sus imágenes inmortalizadas. Así presentan Boucher a Mme. de Pompadour en el segundo retrato que le dedicase y a la hija de ésta, David Martin a Benjamin Franklin, Perronneau y Labille-Guiard a la mayoría de las mujeres, Larguillière a Voltaire,  Van Loo a Diderot y a Helvétius, Vigée-Lebrun a María Antonieta.

Mas, ¡ay!, a finales de siglo empezamos a encontrar ropajes más oscuros, reflejando la seriedad de los nuevos tiempos. Así sucede en los retratos de revolucionarios, como el que hiciese de Danton un pintor desconocido, o el de Hérault de Séchelles a manos de Jean-Louis Laneuville; o en efigies ya románticas, como la que hace Francois-Xavier Fabre de un joven anónimo de pelo corto alborotado en 1809, o los diversos testimonios de un joven Napoleón Bonaparte de uniforme. Por no hablar del Incorruptible, el regente del Terror, que prefería casi siempre trajes apagados o directamente tenebrosos como el caos. Así, de oscuridad a oscuridad, el siglo de la elegancia por excelencia ofreció un oasis de limpidez con un azul monárquico grato como un día de primavera. Desde el terciopelo marino de Luis XIV hasta el casi negro del Imperio, el rococó ofreció una jornada breve pero serena, sabedora de su destino pero sin pérdida de sonrisa. Fue un periodo de iluminación en el cual el recuerdo del Paraíso se hizo inteligible y acogedor como el regazo de una madame salonnière. Situado entre gravedades, el leve amaneramiento de últimos eudemonistas hizo de la ingenuidad la mayor de los ingenios y del ingenio la mejor de las tretas para aplazar una vez la caída en el desorden. Momento de consumación, se sostendría mientras nadie se esforzase demasiado en buscar los apliques por cuya fácil ausencia cedería. La biografía de este color aristocrático, como la de los que lo vistieron orgullosamente, abarca a su manera menos de cien años.

Ahora, en estos tiempos de cierre de los jardines de Occidente, muy lejos ya del abrazo de las bellas artes, ningún pigmento nos convencería de que nuestro planeta dejará de ser el planeta azul, ninguno evitará que nos internemos en la más oscura de las noches.

Apotheosis of Charles VI - Fresco of Paul Troger (1739) - Imperial Stair Case - Göttweig Abbey

[Música: É.-N. Méhul, Stratonice (“Ciel! Ne Sois Point Inexorable”), ópera cómica francesa estrenada en 1792, ocho meses antes de la condena a muerte a Luis XVI. El fragmento corresponde a la primera escena, en la que el coro dice lo siguiente: Ciel! Ne Sois Point Inexorable, / A toi seul nous avons recorus / Ciel! Ne Sois Point Inexorable, / A ce cher Prince, accorde ton secours, / Qu’il vive hereux autant qu’il esta aimable! / Qu¡il vive hereux aux dépens de nos jours! (“¡Cielo!, no seas inexorable, / A ti sólo recurrimos. / ¡Cielo!, no seas inexorable, / a este príncipe querido garantiza tu socorro. / ¡Que viva tan feliz como amable es! / ¡Que viva feliz a expensas de nuestros días!”)]

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