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Archive for the ‘Caracteres’ Category

La Garbo aún pertenece a ese momento del cine en que el encanto del rostro humano perturbaba enormemente a las multitudes, cuando uno se perdía literalmente en una imagen humana como dentro de un filtro, cuando el rostro constituía una suerte de estado absoluto de la carne que no se podía alcanzar ni abandonar. […] El rostro de la Garbo representa ese momento inestable en que el cine extrae una belleza existencial de una belleza esencial, cuando el arquetipo va a inflexionarse hacia la fascinación de figuras perecederas, cuando la claridad de las esencias carnales va a dar lugar a una lírica de la mujer.

R. Barthes, El rostro de la Garbo (Mitologías, 1957, pp. 42-43; trad. H. Schmucler)

Y es cierto que cuando estoy junto a un río, éste se desvanece —no me explico cómo— y, en su lugar, creo que eres tú el que fluye, hermoso, grande, mucho mayor que el mar. Y cuando miro al cielo pienso que el sol se pone y que deambula en algún tipo de nivel inferior, y que en su lugar luce quien yo quiero.

Filóstrato, Cartas de amor 10 (trad. R. J. Gallé Cejudo)

Es en los orígenes de las cosas cuando se establecen los paradigmas puros, los arquetipos que posteriormente se comentan y se varían con matices a menudo engañosos, decadentes o simplemente superfluos. En el caso del cinematógrafo, ya en tiempos mudos se definieron los paradigmas centenarios: Chaplin quedó como el mejor ejemplo del humorismo inteligente, Rodolfo Valentino como el amante apasionado y apasionante, Hitchcock como el maestro del suspense y Emil Jannings como el malvado de libro, aunque muchos otros (Roy D’Arcy, por ejemplo) podrían haber disputado el puesto. Se destacaron no por una sola obra, sino por encasillamiento propio de los que

Greta Garbo fue y será siempre icono de la belleza de un carácter y unos rasgos misteriosos. Fue y será siempre la esencia del enigma de la atracción por lo extraño, el encanto inasible, la sugestión desbordada. Sus labios amplios, sus delineadas cejas, tan incisivas, su cuerpo zigzagueante… más que un poder sexual ejercen una llamada extraterrestre hacia un apéndice a las razas diseñado por los más exquisitos de los modernistas de entreguerras. Es la humanidad que surge del claroscuro, de la media luz, de la incierta posibilidad de todo palpitar, de la noche inacabable y fatalmente no consumada. Greta Garbo, para los caballeros y para las damas que la contemplan con la fascinación que merece un prototipo o una escultura repulida, manifiesta el secreto del magnetismo personal, una de las fuerzas que con mayor impulso hacen girar el mundo. Sin sonrisas inocentes (“¡Garbo ríe!” fue el principal eslogan publicitario de la comedia Ninotchka), sus facciones son reconcentración de inminente arremetimiento, son deseos sedientos y cristalizados en ángulos, afán contenido en su máxima y más elegante expresión. No hay nada infantil ni religioso en su mirada; tan sólo hay una voluntad infinita pero agazapada de asaltar a la vida, de poseer una experiencia, un amante, una mirada, un instante, una eternidad.

En su inexplicable inexpresión, carente de voz cuando todavía no había llegado el cine a balbucear palabras en su banda sonora, el rostro de la Garbo promete todo lo que un rostro humano, nada más que humano, puede prometer. Todo el misterio que tiene la carnalidad más delicada está representado en ese símbolo secular. Quien ve la insuficiencia de ese dios mundano, poca insuficiencia le queda ver en el resto del entorno. Ahí es donde radica su enseñanza. En efecto, a pesar de ser lo que es, la efigie de la Garbo sólo era una forma vacía en evolución. Ella no era más que un ser humano. Pero en absoluto era menos que eso, que una completa criatura humana, es decir, encarnación consumada de todas las potencias existenciales del alma.

“La vida sería maravillosa si supiésemos qué hacer con ella”, parece que dijo la actriz sueca. Palabras muy reveladoras, que indican una aspiración que, por ignorancia, por falta de un entorno propicio, no se puede colmar donde únicamente puede ser colmada: en el reino del espíritu, ajeno al brillo de las superficies que el nuevo siglo parecía adorar en forma de brillantinas, baquelitas y fotogramas. Indica también, al menos, la conciencia de un vacío, un vacío que acaso sea la causa oculta del misterio que sus ojos inyectaban en el público de medio mundo. Reconoció ese vacío en los amagos rápidamente retirados con los que aparentaba trastocar su vida: plantones ante el altar, relaciones lésbicas, retiros a Suiza y una reclusión final entre las cuatro paredes de su apartamento neoyorquino, lejos los carteles que nunca amó y de las mansiones con las que estrellas parecían incubar su fama y apariencia de alegría en California.

La Greta que no salía en la pantalla, la Greta que coleccionaba arte bajo la guía de sus amigos esnobs, no parecía tener gran educación, ni una especial incisión en temas profundos, ni una sensibilidad afectiva particularmente lúcida. Su carácter acaso fuese más adicto al repliegue herido que a la recolección sanadora, acaso más hastiado que meditabundo. Era, pues, una fuerza sin dirección, y de ahí también su nítida esencia humana, no difuminada por los contenidos. Su paso por el mundo, sobre todo durante su juventud, dejó tras de sí un molde de porcelana de la naturaleza de la persona: su labor fue mostrar la fascinación humana envasada al vacío. Ni la dulzura encantadora de Jobyna Ralston, Janet Gaynor o Mary Pickford, ni la picardía de Bebe Daniels, Dorothy Gish o Clara Bow, ni el carácter virulento de Pola Negri, ni la profundidad dramática de Lilian Gish, Brigitte Helm o Gloria Swanson, ni el terrible coqueteo de Louise Brooks, pueden competir con la fascinación de la irrepetible Greta, la única Greta que no necesita apellido para ser reconocida, la única Garbo que no necesita nombre de pila para traer a la mente al icono de un mundo espectacular.

No hay ni una sola joven en Hollywood o en ningún otro muestrario de carne que se aproxime remotamente a la magia profana del caso Garbo. Ni todas las poses antipáticas con las cuales creen algunas adoptar misterio y suficiencia roza ni un átomo la calidad de la radiación de Garbo, experta en no hacer nada más allá de entornar tentadoramente puertas en las mansiones de Venus. Garbo exhalaba un desprecio tangencial, una sobredosis de languidez punzante -o, inversamente, de penetración sin búsqueda concreta-, un dolce far niente perlado y pulido por la técnica de una era ávida de fascinarse. Acaso ocultase su sonrisa -hermosa sonrisa- por pudor, por demasiado hermosa, es decir, por no encontrar motivo para repartirla burdamente ante los indecentes focos que violaban el sfumato de su presencia.

Todas estas especulaciones sobre las facciones de Greta Garbo son, desde luego, simple filosofía conversable, sabiduría de tocador, metafísica barata. Una sorpresa, en todo caso, para quien conozca mi línea editorial, por decirlo de algún modo. Mas quiero notar, por añadidura, que encontrar ejes y símbolos en ciertos hechos y objetos es una táctica fecunda del pensamiento. El mundo nos ofrece llamaradas de realidad en forma de una persona o una música o una anécdota especialmente candente, transparente. Sea el rostro que muchos y muchas escrutaron con mirada exploradora e incluso con devoción, sea la caída de una manzana con la que caen todos los cuerpos, o sea la convalecencia de una polilla en la que uno cree ver a todas las víctimas del devenir, hay que estar atento, atento para cazar al vuelo las fluctuaciones del universo, aquéllas en las cuales leemos la composición de la inmensidad restante, tan aparentemente quieta, tan aparentemente oscura.

Periódicamente, en la era de madurez de los estilos y de los inventos, surge un modelo especialmente acabado, oportuno como ningún otro, y que deja tras de sí la estela de un modelo que alcanzará indirectamente incluso a quienes ya nada saben de él. Su influencia es legendaria, casi un cliché, aunque a menudo ya ni se comprenda por qué. Mucha gente que nunca ha oído música de Mozart lo pone de ejemplo cuando se trata de mencionar a un genio. Por otra parte, nada surge de la nada, y, sin duda, la actitud y mirada de femme fatale no surgieron con la fantasmagórica mujer de Estocolmo.

Siempre se puede volver a mirar las cosas bajo un prisma enriquecido. Irradiado por las pistas enigmáticas del Tao o del Vedanta Adavaita, uno llega a poder ver verdades muy profundas en la trivialidad de un mito de Hollywood. En las superficies se leen vicios o virtudes del espíritu, y es en cierto modo que, como decía Mishima, lo más interesante de los ambos lados está en sus puntos de contacto. Lo más profano nos puede impartir una enseñanza suprema sobre lo más sagrado, y lo más sagrado puede adoptar un cariz rígido y cerril opuesto a lo que predica. Es en los puntos de intersección donde se ponen a prueba, donde se matizan y perfeccionan. No sería decente una doctrina que no se enfrentase al hecho de bellezas, felicidades y bondades cultivadas en regiones que les son ajenas. La grandeza del Buda no se ve solamente en la cantidad de sufrimiento evidente al que puso coto, sino sobre todo en el placer de los sentidos que no lograron satisfacerle. Es por ello que no me avergüenzo de dedicar tantas palabras al hilo de un escaparate humano explotado por capitales y lujuria. Una estrella de Hollywood no es más que nadie, pero tampoco menos. Y es ambas cosas, y es tan buen motivo de reflexión como el murmullo de los vientos entre calles abandonadas, o como el alumbramiento de una criatura sensible, o como la desaparición de un hombre santo.

En términos absolutos, Greta Garbo no merece ni desprecio ni idolatría, como ningún ser humano. En cambio, según el ángulo de nuestro cuello, sea con la vista puesta hacia las alturas o hacia nuestras manos y piel, merece lo uno y lo otro. Dentro de la magia del cine, que, como la pintura y la escultura antes, es muy poderosa y ha hechizado a millones de personas de todos los pueblos, hay figuras con una especial posición, un fulgor semidivino difícilmente repetible con tal intensidad; principalmente se coagularon cuando el séptimo arte alcanzó su culmen de perfección artística, es decir, en la década prodigiosa de los veinte. Por otro lado, no hay nada especial en un rostro humano cualquiera, nada que no esté a su manera en el rostro de un obrero indio o de una mantis religiosa. Las ilusiones que más gala hacen de su carácter ilusorio son las que más diáfanamente nos convencen de la intrascendencia de los fenómenos: el cine, mostrando cuerpos en movimiento donde no hay ni siquiera relieve, no puede ser más didáctico. La totalidad del universo que puede representar una secuencia de fotogramas, con planetas lejanos, aventuras microscópicas, dioses voladores y labios a la par carnosos e incorruptibles, toda la totalidad de esa realidad ficticia y nada son lo mismo. Más que una nada, conforman el sutil vapor de los más intrincados anhelos humanos, reductibles, al fin y a la postre, a una eternidad a la que poder estrechar entre los brazos. Todo se reduce a una nada que quiere ser infinito, a una descomposición imparable que insiste en entregarse sin fisuras, en amar.

*

THE  END

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[Música: En primer lugar suena el amable Hollywood Stars (1932), del alemán Lothar Perl, a manos del pianista Alex Hassan. En segundo lugar, Rudy Vallée canta You Oughta Be in Pictures, canción, exitosa en su tiempo desde su estreno en 1934, escrita por Dana Suesse. Después suena el vals y el tema de amor que el prolífico Carl Davis compuso hace pocos años pero genial y románticamente para la producción muda Flesh and the Devil (véase el fotograma de la pareja protagonista incluido más arriba), donde la Garbo, adoptando los rasgos de carácter definitorios de su carrera, y John Gilbert, galán de la época, dieron comienzo a su aparatoso romance, en el cual el plantón de ella a él ante el altar fue solamente una parada. Finalmente, el dramatismo del Warsaw Concerto de Richard Addinsell, compuesto para la película de 1941 Moonlight Sonata a raíz de la negativa de Rachmaninov de ceder los derechos de su segundo concierto para piano, aporta el tono que la Garbo parecía destilar en cada una de las actuaciones que la inmortalizaron en los años veinte, a pesar de que en dicha cinta no aparezca la actriz.]

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J’ai quelque chose de chagrin et de fier dans la mine; cela fait croire à la plupart des gens que je suis méprisant, quoique je ne le sois point du tout.

[Tengo algo entre triste y orgulloso en mi semblante; esto hace creer a la mayor parte de la gente que soy despreciativo, bien que no lo sea en modo alguno.]

F. de La Rochefoucauld, Portrait de La Rochefoucauld par lui-même

C’est une force d’esprit d’avouer sincèrement nos défauts et et nos perfections, et c’est une faiblesse de ne pas demeurer d’accord du bien et du mal qui est en nous.

[Es una fuerza de carácter el confesar sinceramente nuestros defectos y nuestras perfecciones, y es una debilidad no permanecer en armonía con el bien y el mal que hay en nosotros.]

Mme de Sablé, Maximes 17

Duo quae pulcherrima sunt quocumque nos mouerimus sequentur, natura communis et propria uirtus.

[Las dos cosas más bellas nos seguirán a dondequiera nos desplacemos: la naturaleza común y nuestra propia virtud.]

Séneca, Ad Helviam 8.2

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Lo que se puede ver de mi aspecto es contenido, ni agresivo ni liviano, a pesar del desarreglo de mi cabello o de lo intenso de mi mirada en ocasiones. Tengo la piel blanca de nacimiento y de recogimiento. Es posible que sea de estatura algo mayor que muchos de los nacidos en mi año, pero no lo suficiente como para despertar admiración. Como todas las personas más o menos altas, tiendo a curvar ligeramente la espalda. Soy de constitución sólida pero nada trabajada, lo que ofrece, creo, una peculiar imagen de fortaleza y debilidad contrapuestas. Mis ojos son tan amables como mi intención y tan oscuros como las heridas que alberga mi memoria. A menudo caen mis pobladas cejas sin rencor, como resignadas ante la decepción constante. De continuo parezco adoptar una expresión severa y un observar penetrante, pero casi siempre se trata de la penetración de la curiosidad. La doblez de mis labios queda algo compensada por la de mi nariz, caída como la de un griego. Tengo los dientes bien ordenados, prominente la barbilla, proporcionadas las orejas. Unos pómulos despejados, hundidos por su centro pero amplios en lo demás, prometen un rostro carnoso para el día de mañana. La negrura de mi cabello ondulado empezó a flaquear muy pronto a causa de mis humores melancólicos, sensibles a las sorpresas, y un color de nubes lluviosas ha tomado el poder en mi cabeza, que en breve será similar a las pelucas de la Regencia. Lo lavo con poco ímpetu, algo que, estoy convencido, ha contribuido a que se mantenga todavía espeso y saludable. Ciertos dolores en las articulaciones me impiden realizar un ejercicio que mantuviera más esbelta mi figura, la cual, en cambio, no ha pasado aún a deformarse en un grado apreciable. La dieta y las penas han ido agrietando la piel de mi rostro, moderadamente hasta la fecha. Muy rara vez lo mantengo perfectamente rasurado. No sería extraño considerarme bien parecido, pero la belleza que pudiera residir aún en mi cuerpo vase marchitando a manos de mi descuido y  de la languidez de los años. No vigilo con esmero mi indumentaria, y no siempre estoy seguro de si la causa es el pesimismo, la pereza, la falta de orgullo o la desconfianza en el gusto de mis semejantes, si bien el ahogo patrimonial tiene algo que ver. A menudo me he preguntado de dónde viene la finura de mis brazos, que no se explica por la mera falta de labores físicas. Mis manos, en cambio, son amplias como para abarcar el intervalo de décima en el clavecín, sin que por ello sus dedos sean llamativamente largos ni huesudos, por lo demás algo lampiños, como los de un adolescente crecido. Cual suele suceder, mi voz me desagrada por su aturullada dicción y por su punto de nasal; por mucho que me digan que resulta mansa y cálida, no logro descreer que el halago se debe a la simpatía o a la cortesía. No sabría destacar nada más reconocible de mi efigie que el volumen generoso de mi cráneo. Diciéndome valgo de rodillas y relajado de hombros termino de esbozar mi apariencia para quien cuente con imaginación.

De ánimo varío cada vez menos, aunque el vaivén no llegue todavía a desdeñable en absoluto. Si la flema y la bilis negra compiten por serenarme y entristecerme, nunca me inclino por ninguna de las dos, y cuando lo hago acaban por irrumpir la sangre y la ira. Aprecio mucho más los sentimientos alegres de lo que soy capaz de suscitarlos, de lo cual tampoco soy incapaz de ningún modo; tanto es así que, en cuanto algo de esperanza me invade, dejo suelta mi facultad de jugar con las palabras y caigo preso en un círculo de jocosidad excesiva. Me divierte todo lo que haga homenaje al ingenio, tanto más cuanto más cerca se sitúe del ingenio refinado de los atenienses paganos y de los cortesanos de Versalles. Muchos se sorprenderían hasta qué punto me divierto bromeando, y muchos más se sorprenderían de la pátina de melancolía que percibo en el fondo de cada diversión. Me esfuerzo por ser afable y menos grave con todos y más cortés con las damas, de las que me enamoran por encima de otros encantos la gentileza y la brillantez de ánimo. Debo mi taciturnidad, en primer lugar, a un deseo de no herir al contertulio, y, en segundo lugar, a sentirme a gran distancia de aquel a quien no entiendo… o de quien entiendo demasiado bien. El deseo de no herir me lleva en no pocas ocasiones a una timidez poco razonable que peca de molesta para los demás. Sospecho que se detecta incluso más mi tristeza cuando intento forzar un gozoso desenfado. La ausencia es el mejor recurso que hasta ahora he hallado para no molestar ni invadiendo ni retrayéndome, y esa generosidad se solapa peligrosamente con la cobardía, y tras ésta he perdido buenas cosas. Si pudiera llamárseme cobarde por el impetuoso ritmo de mi fantasía, lo sería, por encima de todo, ante minucias, y menos ante la posibilidad de empobrecerme, no llegar a anciano, sufrir traiciones o pasar solo el resto de mi vida; y es que asumo que así es como acabarán todos a los que alcance una muerte tardía. Temo a la muerte como casi todos y, al mismo tiempo, de pensar tanto en ella la voy temiendo menos. Pese a la importancia desmesurada que todavía concedo a las opiniones que sobre mí depositen los demás, y pese a mi deseo de pasar desapercibido, voy perdiendo poco a poco esa aprehensión, sabiendo como sabemos que todos los hombres estamos locos. Cuando llego a un foro tengo el temor exagerado de ser el más incapaz de los presentes, temor que nunca se cumple donde temía y que rara vez se desmiente en otro aspecto en el que no pensé, como en la gracia de espíritu o en hablar idiomas con soltura. De natural soberbio, no hay día que no procure azotar por varias partes a mi orgullo. Me sirvo para ello de sentimientos que moran en mí constantemente: el amor por los hombres y la desesperanza en torno a sus destinos. Fracaso en tal propósito con frecuencia, como era de esperar, porque ni tan grandes son estos sentimientos hacia los demás, ni tan débil es mi amor por mí mismo. Me precio de reconocer la esencia de las virtudes y divago trabajosamente en localizarlas día a día en sus formas concretas. Nunca pierdo la fe en la disciplina, logre satisfacerla o no, pero la disciplina de la fe se me escurre en mis innumerables horas de distracción. Mi mente vuela hacia todas partes con todos los sentimientos al mismo tiempo, y hace tiempo me di cuenta de lo pernicioso que me ha resultado amar todos los conocimientos y artes como haría un cardenal del Renacimiento no contando con la fortuna adecuada. La calma me llega más por agotamiento o por amor que por rectitud y constancia. Solamente logro absorberme en la concentración cuando es fácil confundirla con la obsesión. La impaciencia me hace suyo cuando me entusiasmo, lo que sucede cada semana. Soy envidioso, pero no de emperadores y grandes duques, de los que puedo reconocer su hermosa utilidad, sino de aquellos que logran ser felices con lo que tienen, de aquellos que son amados y viven retirados en confortables casas junto al bosque, y también, sí, de aquellos que derrochan entre sus manos de artistas la belleza y gracia que mi ingenio ha de sudar entre grandes dolores de parto. Empero, cada cierto tiempo percibo demasiado bien la igualdad subyacente de todos los mortales como para sentirme muy diferente del más feliz o del más desdichado de ellos. La poquedad de la naturaleza humana me obliga a amarla cada día más. Su capacidad oculta y misteriosa me obliga a aprender de ella con la misma afición creciente. Intento decirme siempre la verdad sobre mí mismo, aunque sea tarea casi imposible, más incluso para quien ha catado todos los sabores del espíritu, desde lo más bajo a lo más alto; es posible que, en según qué punto, la sinceridad se agote con la edad como la lascivia.

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Mis costumbres son austeras si las comparamos con las de mis vecinos o con las de mi primera juventud. Me atrae el silencio de la noche, hacia donde gira continuamente mi vigilia, y tanto el deseo de soñar como el desarreglo de horarios me incitaron siempre a dormir más de la cuenta. Pero, inclinándome como me inclino a desafiarme bruscamente, soy muy capaz de soportar razonablemente ciertas penalidades durante cortos periodos de tiempo, como subsistir con bajísimos ingresos o pasar varios días sin comer o sin hablar con nadie. No tengo necesidad de buscar ostras en último mar, como decía Séneca de los ánimos afanados, y mi interés en artilugios, banquetes y viajes no me abruma tanto como para llorar mi imposibilidad de obtenerlos o como para ahorrar grandes sumas de dinero a costa de bonhomía y paz de espíritu. Mis debilidades son un poco las de cualquiera, quizá con mayor acento en placeres refinados y artísticos pasados de moda. La aversión, el apego o el embobamiento me sorprenden y traicionan mis grandilocuentes proyectos. Como antes he dicho de las damas, es su gracia y su buen corazón lo que más me atrae hacia aquellas que me atraen, y cada vez me entristece más desear una bella figura animada por un espíritu hundido en el amor propio o en la ignorancia. No me atrapan los espectáculos, salvo quizá la música y la literatura que aviva a mi alma de cuando en cuando. No diría que son exagerados mis vicios ni en número ni en énfasis. Y, por otra parte, ningún exceso me enloquece ya, virtuoso o no; nada me arrastra con la vehemencia necesaria como para que abandonase mis costumbres recoletas o el tejido de mis conjeturas acerca de la bruma de todas las ilusiones. Así, pocas veces peco activamente, muchas menos que por indecisión, molicie o desengaño. Diríase algo similar de mis virtudes, fueran las que fueran. Voy perdiendo muchas cosas que cada vez me molesto menos en recuperar, sea por indiferencia, decepción o amor. Precoz en esa lucidez que echa abajo al teatro del mundo, no me aferro ya siquiera a ella. No contribuyo apenas nada a que el siglo sea mejor, y es que hoy por hoy me recome la idea de procurar que al menos no se vuelva peor, lo que ya es mucho, casi imposible. Reconociendo la grandeza de renunciar al mundo, tampoco he contado para ello con la valentía con la que puedo renunciar a algunos bienes concretos. Por resumirlo mucho, me limito a meditar durante el día y a leer durante la noche. Muy pocos saben lo que en realidad pienso sobre las cosas. Lo que escribo siempre es breve, revisado mas no en demasía, elevado mas finalizado en suspenso, sutil cuando la vanidad no me obliga a decirlo todo y a agotar el asunto. No cuento entre mis alimentos nada que un ser animado no me concediera voluntariamente, y es que eso implicaría robo y tortura sin ofrecer nada a cambio. Mis amistades son pocas, poco frecuentadas, poco conocedoras de mi intimidad. Hasta hace no muchos años no podía reconocerme verdadero amigo de nadie, y lo contemplo como un inmenso defecto o como la suma de muchos pequeños. Con un par de personas he sido todo lo sincero que se puede ser mientras se ama todavía uno a sí mismo. Llevo un tiempo luchando contra mí mismo para fingir tomar partido por las aficiones de la mayoría; no sólo por evitar mi soledad, que de tan profunda que es me desalienta a intentar acallarla por completo, sino ante todo por no parecerme digno ni noble el desperdiciar en el ahogamiento la bondad que pueda haber en mí. Advierto en los demás la cualidad que hace amables a todos los seres, donde también advierto algunos de mis mismos deseos y costumbres, pero difiero demasiado en sensibilidad y creencias como para enramarme día a día en sus corazones y sus vidas. Sonrío y procuro hacer sonreír sin dejar de ver en ello un eterno juego. Adoro la conversación esmerada y repudio la insustancial, razón por la que suelo conversar poco. De no ser por mi montaña de libros y documentos, haría mío el lema estoico de omnia mea mecum porto. Mas en otros ratos siento que amo demasiado las cosas y mis costumbres para con ellas, aun sabiendo que no valen nada en absoluto ni las unas ni las otras. Casi habiendo alcanzado lo que con suerte será el mediodía de mi vida, no cuento con una gran obra realizada, ni con un nombre reconocido, ni con un cargo que me permita subsistir sin ayudas. Sólo me puedo preciar de lo que he sentido y de lo que sé, y eso con cautela. Sin haber vivido grandes aventuras, todos los periplos que, sin embargo, se puedan dar en un corazón, se han dado en el mío. No ambiciono la fama, aunque mi vanidad a veces suspira por el reconocimiento de siquiera diez inteligencias, si bien no tanto como para que me decida a ostentarme. Diríase que mi carácter reservado es una vanidosa sombra que exige ser buscada y no buscadora. No todo ha sido interior: he amado y he sido amado. No me he negado los placeres de la carne, ni del yantar, ni de las bebidas espirituosas. Podría morir hoy mismo y no habría de quejarme, reconociendo que he paladeado como catándolos los más naturales goces mundanos, dulces bellezas de los sentidos y del espíritu, cierta comunicación de almas, la grandeza y la miseria de la existencia, la sabiduría de los antiguos y la cruda evidencia del presente. Celebro que ningún dolor me haya lacerado hasta la fecha con demasiada contundencia; lo considero, con Epicuro, el hallazgo de la más sensata forma de felicidad, dadas las circunstancias. Quizá no haya sido bendecido con ningún verdadero éxtasis, pero lo he intuido por todas partes. La vida no ha podido todavía ni encandilarme por completo ni, por el contrario, derrotarme con inapelable amargura. Sigo cumpliendo costumbres sin creerlas, anhelando infinitos sin embarcarme hacia el fin del océano, viviendo modestamente estable en un mundo que se derrumba.

Si tengo una doctrina, por simple que sea, es que nada de lo mortal me es ajeno. La gente me inspira curiosidad, siendo raras las veces en que esta curiosidad me lleva a invadir las fronteras del otro. Adopto el carácter y los gestos ajenos con facilidad, dada mi inclinación a buscar la armonía entre los seres. Suelo escuchar mucho más que hablar, lo que ha me hecho sagaz a la hora de entender a las almas. De ahí mi interés por los retratos, las anécdotas, la historia o el teatro. La ciencia de las costumbres compila todo ello y me instruye también acerca de mi destino: ninguna sabiduría me parece más provechosa que la que me ha de decir cómo actuar mañana por la mañana. A nada regreso con más frecuencia que a la filosofía, grande o pequeña. Muchas ideas se debaten mi entendimiento, aunque pocas de ellas provienen de este siglo, lo que también ayuda a condenarme a una cierta soledad. El amor por los que sufren y el amor al orden se alternan en mi corazón, porque no menos necesario me parece compadecer a cada ser vivo como hacer preservar el frágil equilibrio de la civilización. Admiro los tiempos que contaban con hermosos palacios que inspirasen y con monasterios para quienes no soportasen ser demasiado inspirados por aquéllos. A la vez, juzgo valiosa toda vida mortal, humana o de otros reinos. Y, como es imposible conciliar a la perfección grandes sentimientos con igualdad, heroicidad con derechos, me contradigo y acabo regresando siempre a las lecturas, en aras de que ellas me revelen qué partido me ha de vencer. Por el momento, reconozco que resulta requisito indispensable el amor tanto para el triunfo de los inocentes como para el de los pontífices que nos prometen la belleza y la templanza, aunque entreveo que no es requisito suficiente ni en uno ni en otro caso. La frialdad del cálculo ha de conjugarse al final con el sentir del corazón, y puesto que, a diferencia del sentir, el cálculo no puede inclinarse por cosas contrapuestas, se ha de dar la preeminencia, bien a la sutura de heridas de hoy, bien a las heridas aparejadas a la existencia: o dar pan a quien tiene hambre o dar consuelo a todo el que se ha visto atrapado en este extraño mundo. Habiendo como hay tanto sufrimiento intenso puramente corporal, me inclino últimamente por mitigar éste en perjuicio del tenue pero universal sufrimiento enquistado, al que solamente la tradición y la entrega abnegada podrían mantener subyugado. Tras una primera juventud desordenada y mezquina, terminé apreciando sin cortapisas la piedad religiosa y, caprichoso como soy para los horarios, procuro ejercitar sus prácticas prescritas menos de lo que debería. En cuanto a los estilos, medito ante lo arcaico, aprendo de lo clásico, me resbalo hacia lo sentimental. Leo a griegos, latinos y franceses, y creo a los indios, entiendo a los cristianos, envidio al aticismo, me complazco en el adorno. Detesto a cualquier autor que pretenda destruir lo que le precedió. No prefiero la ópera francesa a la italiana ni al contrario. Me conmueve el verso religioso, respeto la grandeza de mi nación sin amarla, agradezco con mucho tiento y más mesura los descubrimientos de las ciencias naturales, aprecio a la corona sin apreciar con fervor a ningún rey, me interesan los revolucionarios mientras desconfío de ellos.

Así es como resumo los más destacables rasgos de mi persona, siempre huidiza, a decir verdad, como la de todos. Los menos destacables, que acaso sean los más profundos y delicados, me los guardo para mi silencio o para quien converse conmigo con voz tierna junto a un vino caliente.

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[La primera música es de F. Couperin: L’intime (XIIème ordre). La segunda música es 2d Espagnol enjoué y 2d Air des espagnols de Le Bourgeois gentilhomme (1670) de J.-B. Lully, con libreto de Molière escrito originalmente en diversos idiomas: francés, español, italiano y sabir (lingua franca mediterránea durante siglos y de la que el libreto de Molière es uno de los escasísimos testimonios escritos). El texto de nuestro fragmento, en español en el original, dice así: “El dolor solicita / el que al dolor se da. / Y nadie de amor muere / sino quien no save amar”. Quiero entender estos versos de la manera más moralizante posible, a saber: que el verdadero amante es dichoso, y no ningún otro.]

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Jean Baptiste Simeon Chardin The Monkey as Antiquarian

Il est dangereux de trop faire voir à l’homme combien il est égal aux bêtes, sans lui montrer sa grandeur. Et il est encore dangereux de lui trop faire voir sa grandeur sans sa bassesse. Il est encore plus dangereux de lui laisser ignorer l’un et l’autre, mais il est très avantageux de lui représenter l’un et l’autre.

[Es demasiado peligroso hacer ver al hombre hasta qué punto es semejante a las bestias, sin mostrarle su grandeza. Y es igualmente demasiado peligroso hacerle ver su grandeza sin su miseria. Es todavía más peligroso dejarle ignorar lo uno y lo otro, pero es muy beneficioso representarle ambas cosas.]

Pascal, Pensamientos, LAFUMA 121

On ne fait de grands progrès qu’à l’époque où l’on devient mélancolique, qu’à l’heure où, mécontent d’un monde réel, on est forcé de s’en faire un plus supportable.

[No progresamos grandemente sino cuando nos volvemos melancólicos, cuando, decepcionados del mundo real, nos vemos obligados a inventarnos uno más soportable.]

M.-J. Hérault de Séchelles, Théorie de l’ambition, 2.16

-En toda mi vida, sólo he hecho una maldad.
-¿Y cuándo va a terminar?- replicó Rivarol.

A. de Rivarol, Rivarolianas

LOS CONVERSADORES SILENCIOSOS

En delicada, complicada, inoportuna, en imposible se ha convertido la tarea de establecer una conversación con un menor de veinte años, cuando no con un menor de cincuenta. Si no entendemos por conversación el intercambio de cuatro o cinco monosílabos, no se me ocurre cómo contactar con quien está siempre en contacto. No hay ocasión en la que dedicarles un saludo o un jocoso comentario amigable no suponga el entrometerse en su actividad privada, arrastrando fuera de su burbuja a quien no concibe nada más digno. Caballerete o damisela, tanto da: los oídos cubiertos por aislantes canales de amplificación musical, la vista fija en un instrumento de escritura, un dedo que se desliza superponiendo caracteres sin carácter a una velocidad tal que garantice el no hartarse de una inanidad de un solo tipo… y a eso es a lo que se llama ahora persona de las nuevas generaciones, promesa del futuro, aristócrata de la comunicación. Tanto afán por la letra escrita debería darnos esperanzas, pero las desmiente la escasa práctica en ensamblar cadenas complejas y no agramaticales de palabras. Envueltos en la arrogancia de creerse peculiares por obviar con total indiferencia a quienes piensan lo mismo de sí, los más jóvenes me han convencido de que poca idea tienen de tener ideas. Que no hablen: será más cuidado para su imagen el no demostrar que, en efecto, nada sabrían decir. Finalmente, trágicamente, como justicia de los dioses vengadores de la desmesura, un gran silencio ha vencido a las mentes que desesperan por romperlo.

Adélaïde Labille-Guiard, Portrait of a Woman, 1787 (Musée des beaux-arts de Quimper)

EL LACAYO TIRÁNICO

Polynice, un pequeño mayoral, aburrido en su tarea y atareado en su desidia, aprovecha la más mínima ocasión para cerrar las puertas a quien llegaba corriendo para subirse en el último momento al carruaje. ¡Qué triste tamaña necesidad de poder en quien tenga tan poco! Y esa tristeza me lleva a pensar, irrigando un mal presentimiento con otro, en cuántos poderosos no serán tan mezquinos como Polynice. Porque, ¿acaso no podremos interpretar muchos movimientos de las altas esferas como bruscos golpes de timón, intransigencia placentera, cierre arbitrario de puertas, palabras de mal tono, desprecio indiferente? Sólo nos queda pensar que, afortunadamente, sólo nos gobierna un pequeño números de los hermanos espirituales de Polynice; contemos con lograr tolerar entre impotentes y resentidos a los malvados vencedores.

George Stubbs, 1724 - 1806 A Gentleman driving a Lady in a Phaeton 1787 Oil on oak, 82.5 x 101.6 cm Bequeathed by Miss H.S. Hope, 1920 NG3529 http://www.nationalgallery.org.uk/paintings/NG3529

LAS DAMISELAS VOLÁTILES

Dos jóvenes lozanas, de las que ni siquiera he llegado a conocer el nombre -pero engendradas en tierras teutónicas y de Nueva España, según dicen-, se agregan a una conversación en la que dos gentilhombres conversamos sin ardor ni tedio. Ríen, comentan, interrogan, coquetean… La noche entera invita a ello, dándose como se da en un distrito en el que los aguardientes caldean las mesas. Las locuaces doncellas quieren moverse: movámonos. En un ambiente ritmado por sones mucho más tribales, en mayor penumbra y con licor más caro, cuchichean algo entre sí, y en un plazo de un par de sorbos de quienes por cortesía sí hemos pedido algo de beber, excusan su marcha. Abandonados sin habernos presentado, violentamente inquiridos sin pasión, quedamos de nuevo como hace media hora, pero fuera de la mesa en torno a la que conversábamos, aquella vez sí, como personas de ingenio y seso. ¿Cómo puede pasarse tan raudamente del interés súbito y algo descarado a la ausencia eterna? ¿Qué falló en sus recentísimos amigos para decepcionarlas si no es lo que ya veían desde lejos antes de conversar? ¿Cómo se puede decepcionar si no es tras un honrado juicio de virtudes y vicios? El comportamiento de las señoritas nocturnas puede ser un enigma para quien no se curtió en todos los desvelos necesarios para manejar a su antojo al sexo opuesto. Sin duda mostraban un interés en que algún galán acostumbrado a la estrategia se sirviese de ellas entre sonrisas, sin duda nuestro egoísmo no fue lo bastante rápido para quien únicamente busca sentirse deseada a muy corto plazo. No sintieron el vicio viril arrasando sus cuerpos desde el primer momento, y la destrucción de sus almas fue presentida bien pobre para aquella noche. O eso o esperaban encontrarse con gloriosos danzarines, más amigos de pizpiretos minuetos que de sentidas zarabandas, siendo nosotros reacios a cualquier tipo de orquesografía. “De lo que menos hay en los amoríos es amor”, dice el duque de La Rochefoucauld. Y, así las cosas, celebrando haber rehuido la tentación de una falta de amor –falta que siempre acaba sintiéndose excesiva y digna de arrepisos–, apuramos estupefactos el poso de un aguardiente en verdad demasiado caro. Nada ha afectado nuestros corazones: el placer es siempre tan veloz y vacuo que tan desvanecido queda si se presenta galantemente como si nos roza únicamente para alejarse.

François Boucher, “The Love Letter,” 1750

EL CONOCEDOR ENVILECIDO

Hégésias conoce a los grandes autores, disfruta del buen arte clásico, ama la música vienesa. Pero asume que se le pide otra cosa. Deja sus nobles placeres para su intimidad y exhibe, en cambio, la sumisión, la hipocresía, la necedad, la burocracia, tal y como reclaman estos tiempos. Es fácil darse cuenta de que para laborar hay que embotar el gaznate de filfa, y casi todos nos hemos planteado en algún momento la idea de vender nuestro tiempo al mejor postor para ganar otro mejor tiempo de pagado asueto. Pero Hégésias no ha abandonado tan exigente empresa. Ni siquiera duda por un momento. Reconociendo lo absurdo de la situación, continúa pasando por trámites absurdos con tal de cobrar de un Estado en el que no cree y al que no espera aportar nada bueno, dado el desgaste espiritual que se tiene por requisito para entrar en su maquinaria. ¿Idiomas que nadie habla en serio pero que garantizan preeminencia de cara a un puesto sobre los más capacitados? ¿Títulos diseñados únicamente para entretener a las legiones de candidatos? ¿Certificados contraproducentes? ¿Estudios inoperantes? ¿Automatización embrutecedora de aquella delicadeza que requeriría la docencia de las artes? Todo concedido con tal de obtener a cambio salario digno, pagas extraordinarias, largas vacaciones, convenios mejorables, promociones, sexenios, años sabáticos, excedencias, jubilación anticipada y pólizas gratuitas. Ha asumido que la época de los creadores y los héroes, la única que merece atención, ha pasado, y que nuestra atención podremos dedicársela tan sólo si vendemos hoy parte de nuestra alma una vez seccionada, como las dos manos ignorantes una de otra de las que habla el Evangelio. Es un cínico sensible, un hedonista ordenado, un crapuloso amante de la virtud. Verdaderamente, como él dice, si no se cede ante la excrecencia de un modo se ha ceder de otro, porque el sagrado tiempo de la entrega espiritual en la civilización de los ateos requiere algún tipo de transacción atea, sea con hambre e intranquilidades mundanas, sea con alquiler de las facultades más nobles. Por cosas de su propia definición, parece que la pureza ha de elegir entre escasa expansión o vil envenenamiento gradual. Sea. Todo apunta, pues, a que veré cómo mi amigo se proyecta a un cómodo nicho mientras una trabajosa conciencia, o más bien una repulsión física al falso compromiso, me condena a flotar como náufrago en el proceloso mar del anonimato.

John Wilmot, 2nd Earl of Rochester. Period copy (National Portrait Gallery, London) of a portrait attributed to Jacob Huysmans

EL MÚSICO INMORAL

Con disgusto descubro que Mésomède, el gran tañedor de las teclas, ha molestado a ciertos tiernos infantes y que es acusado por ello ante los tribunales de su nación. ¿Me será ahora igualmente grato oírle ejecutar su arte? ¿No es la virtud de los corazones lo primero que ha de armonizar el músico? ¿Acaso un exceso de preparación minuciosa ha trastocado su carácter social, su percepción de la naturalidad humana y su benevolencia? Con mayor disgusto descubro que otro colega suyo, otro de los pocos casos vivos a los que también admiraba, ha sido igualmente juzgado por hechos similares. ¡Oh qué tiempos terribles estos en los que sus salvadores no han logrado evitar atestarse de pecado en grandes y fuertes tragos con tal de tener durante el resto del tiempo las mientes libres para purificar las almas de los afligidos y malditos! Bien es cierto que entre los griegos no era la pederastia sino una belleza digna de los hijos de la aristocracia, pero dudo que restaurar los valores más delicados de los antiguos pueda hacerse sin riesgo de deformidad si no se restaura con ellos el equilibrio entre fuerzas opuestas: sin la creencia en el sacrificio y en el amor a la patria que demostró con su vida y su muerte, el venerado Sócrates podría no haber sido considerado por los cristianos que habrían de preservar su memoria como más que un desordenador de la armonía ciudadana, un charlatán y un profanador de niños atenienses.

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DIMES Y DIRETES DEL RETRATISTA

Habrá quien piense que todas las estrafalarias galerías frecuentadas por este que escribe son ficticias como novelas, pero se equivocará. Nada hay más cierto ni al mismo tiempo más novelesco que la novela en la que vivimos, y ello vale tanto para un plumilla de escasa aventura como para el más temerario conquistador de las Indias. Estamos rodeados de personajes arquetípicos, de óleos vivientes, de figuras resaltadas. Basta contar con la suficiente imaginación para ver la semejanza entre el vecino de siglo y la llamativa mascarada de otras eras más literarias, de cuando todo parecía filigrana de eventos, carnaval de confusiones, Edén de caricatos.

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[Música: J.-B. Lully, Ballet des Arts. IV. La Peinture. 3e air pour les Peintres et quatre Dames ridicules.]

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Por eso, los caracteres contrarios reivindican, a veces, la correspondiente cualidad; por ejemplo, el pródigo la del liberal, el arrogante la del noble, el temerario la del valiente; pues se interesan por las mismas cosas y, hasta un cierto punto, son limítrofes.

Aristóteles, Ética eudemia, 1232a

Le contraire des bruits qui courent des affaires ou des personnes est souvent la vérité.

[“La verdad es a menudo lo contrario de los rumores que circulan sobre los sucesos o sobre las personas”.]

J. de La Bruyère, Les Caractères (“Des jugements”, 38)

La metad del mundo se está riendo de la otra metad, con necedad de todos.

B. Gracián, Oráculo manual y arte de prudencia, 101

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LOS PARLANCHINES

Hay personas que nunca callan. No logran mantener el canal articulario relajado. Ávidos de fonemas, dudan sobre cómo respirar si no es resoplando cadenas de palabras. La mayor parte de las veces no cuentan más que aquello que todos vivimos, las evidencias que nadie pasa por alto, las tautologías que sería absurdo negar, el funcionamiento esperable de las cosas. El viaje en absoluto impresionante, la tarea que todos tuvimos que hacer, el percance que apenas puede llamarse tal, el encuentro que sólo sorprendería a un astrólogo ávido de elucubrar correspondencias… Hoy, como a la vista de Teofrasto, el locuaz, «pasando de un tema a otro, afirma que los hombres de hoy son mucho peores que los de antaño, y que el trigo en el mercado está a muy buen precio, y que hay una gran afluencia de extranjeros, y que a partir de las Dionisias el mar es de nuevo navegable, y que si Zeus mandara más lluvia, mejoraría la situación del campo, y lo que cultivará en su tierra el año próximo, y que la vida está difícil, y que Damipo ha consagrado una antorcha grandísima en los Misterios, y cuántas son las columnas del Odeón, y “ayer vomité” y “¿qué día es hoy?”». En el peor de los casos se dignan estoicamente a ofreceros una larga enseñanza que no necesitáis o incluso que está íntegramente equivocada. Se hacen redundantes y recurrentes como las actividades que relatan, como si las lecciones que realmente deseasen impartirnos fuesen lecciones prácticas de paciencia. Y a fe mía que lo logran: cuando veo arribar a cierta damisela sobreexcitada, el vello se me eriza hasta que lo domo con el ungüento de Job, como otros muchos caballeros que nunca osarían mandar callar a tan expansiva galaxia verbal. Tampoco suele importarles lo contrario. No escarmentarán por mucho que los chisten, por mucho que los sorteen entre los ángulos de los pasillos y las tramoyas que se tenga a mano en el momento; el caso no es ser escuchado, ni amado, ni respetado, sino tener cerca un recipiente sobre el que desalojar la menestra de pensamientos que no logran abstenerse como prudentes pensamientos, ésos que no precisan reproducirse en vástagos verbales, vástagos bastardos y saqueadores como soldados vencedores que violan oídos y la frágil paz de los que sólo hablan cuando tienen algo que decir.

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EL MAL AMIGO

Éphialtès tiene un perrito al que hace carantoñas, al que sonríe y al que alimenta. Baila con él, lo acaricia, supongo que lo baña. Pero lo deja solo cuatro quintas partes del día, de sol a sol. No se molesta en dejárselo durante las horas de la tarde al simpático hijo del vecino para que se diviertan mutuamente. Algunos, que no Éphialtès, oímos los llantos y pataleos de ese amigo leal que recibe como premio a su lealtad una vida de soledad. En su triste confusión, el perro nos ladra desde el otro lado de la puerta a los que lo compadecemos. Cada día gime más enloquecido cuando percibe que lo traen de vuelta a su prisión. Atrapado en un minúsculo habitáculo en una artificiosa ciudad, esa pequeña criatura llora a su dueño a cada hora del día, y no seremos pocos los que no dejamos de preguntarnos qué lleva a un hombre a esclavizar a quien tanto le ama, y cómo puede un poco de calor animal comprarse a tan alto precio.

LA SABIA ENSIMISMADA

¡Cuánto sabe Macrine! Ha leído mucho, ha traducido más, ha investigado el triple de lo traducido y reconoce más detalles de los temas que temas. Pero su conducta, convencional, simple, lenta, se presta más a las pacientes tardes bajo las parras de los pueblos que a un centro universitario. Su tono de voz, moderado hasta lo irritante, denota la imperturbabilidad de una tortuga centenaria. Ha hallado, sin saberlo y sin pretenderlo, la ataraxia de la que habla cuando describe el decurso de la filosofía helenística. Nada de lo que menciona la afecta, de nada asume la esencia y la metánoia sobre la que diserta. ¿Para qué? ¿No vienen a decir todas las filosofías soteriológicas que mejor que filosofar es tener paz de ánimo? ¿Y qué mejor desapego que hablar de caminos que por innecesarios y largos no se han de recorrer? ¿Qué mejor que hablar de la salvación cuando uno no tiene la preocupación de tener que salvarse de nada? Es difícil creer en algo si no se sufre por cosa alguna. Tan poco interés tiene en las cosas de este mundo y del otro que se desentiende de sus oyentes como de los sabios que parafrasea, y con el porte sacerdotal de un mistagogo eleusino, trascendida a un plano no dual, lo confunde todo, audiencia y mensaje. Por influencia de Diógenes y otros cínicos, busca la satisfacción de los deseos primarios, y os diré cómo: rechaza los horarios establecidos, no se prepara las clases, hojea los libros en busca de citas al azar, aburre hasta al daimón del filósofo que invoca. Gusta de calificar al alza con tal de que nadie se le queje de su escaso rigor y de su criterio poco salomónico, amante del clinamen. Pero esta actitud rebelde se hace con la serenidad de una Flaminica Dialis protegida por los poderes públicos, que otorgan ese raro privilegio -fuente de cualquier cosa- llamado “libertad de cátedra”. Pirrónica infiltrada, evita hacer o decir nada con peso, como si flotase en los intermundos de los dioses epicúreos. Y así va incrementado sexenios para gozar de una cuantiosa jubilación que empezó hace lustros, pareja a su peculiar ascensión mística, su incubatio de media vida, su epopteía sin fin. Pero, dado que nada la oprime, alberga también una bondad esencial, acaso no muy grande pero en absoluto forzada, y gusta de promocionar ante nuevos foros a los alumnos a los que no ha enseñado sino a fluir descuidadamente con el Lógos.

Le Brun, Charles (1619-1690). Les expressions des passions de l'

LOS DESCONOCIDOS INCOGNOSCIBLES

No es raro en muchas personas que malicien contra quien no les ofrece su atención por mucho que lo anhelen. Ese chico apuesto y distraído en sus mocedades que complacería a cierta doncella incapaz de desafiar su amor propio para acercársele, aquélla otra liviana ninfa que ignora sin pretenderlo -y eso es lo más doloroso- a cuantos más la aman, ese sabio que ha alcanzado los cargos y conocimientos que no podremos ya soñar, tal contratista que nos priva de un deseable puesto de trabajo… Todos ellos se alejan por desinterés y, careciendo de fuerza para aceptarlo, preferimos destacar las desgracias de las que nos libramos con su lejanía. Aquél es pretencioso, aquélla mira demasiado la hora, la otra se viste con poco gusto, el de más allá nunca entendería nuestros pensamientos más sutiles, uno que tiene cara de traidor, y todos tienen vísceras y en algún momento despiden mal olor. Y al fin y a la postre cualquier felicidad cerca de cualquiera de ellos será tan efímera como hojas de otoño y como cualquier alegría de la vida. Y así, aderezándonos con un rencor racional, se descargan las imposibilidades de las almas, y así se soporta seguir transitando por un mundo que sólo nos presenta a quien apetece presentar. En el pecado se lleva la penitencia: afeando al mundo se llegará uno a pudrirse de todo y a no tener a quien complacer con placer. Mas que todos seamos enjambres de imperfecciones no nos habría de hacer menos dignos de amor, sino más hermanos. Y que los desconocidos sean dichosos no habría de conducirnos a consolarnos con sus posibles males ocasionales, sino a complacernos con un trabajo que ya nos han dado hecho y del que podemos olvidarnos.

LA TABERNERA COMPLACIENTE

Mientras desatasca la cafetera, Glycère, hetaira del desahogo verbal, escucha al viejo Caliphon. Éste borbotea una narración rapsódica, compuesta de episodios sin transición, con prisa, como si le esperasen en otro lugar para escuchar su relato. Es de esos ancianos que no es que hablen más que los demás hombres, sólo que concentran todas las alocuciones del día en los pocos minutos de que disponen de un oyente, alguien que satisfaga esa impulso tan humano de ordenar pensamientos en voz sin que nadie nos crea locos. La acetona se disuelve fácilmente en agua, y pocas aguas compiten con las aguas termales de Jaraba, que son de las más antiguas de España, o el limón no es ácido al estómago, aunque duda de si se dirá azúcar “moreno” o “morena” cuando la pide. Y ella le comenta a sus interpelaciones que siempre es bienvenido, que diga lo que tenga decir. No parece la actitud de Glycère tener un objeto comercial, ni disfrutar con el anecdotario, ni distraerse con tal de no pensar en sus propios problemas; da la sensación de que quiere que Caliphon se sienta a gusto, no por su condición de cliente o viejo, sino por su buen trato, por necesitar expresarse y por ser en su bombardeo tan breve como tiempo lleva apurar un carajillo. Y es que escuchar o aparentar escuchar durante veinte minutos al día es favor fácil de conceder a quien no pide más.

LOS ADUSTOS SERVIDORES

¿Quién se precia de no conocer a un camarero impertérrito, a una bibliotecaria hierática, a un vendedor lacónico, a un profesor estático? Son servidores de un público al que miran cara a cara y al que la ofrecen cara. Por muy bueno que sea el producto que nos ofrecen, nunca parecerá demasiado barato si no va ornamentado con el lazo de una sonrisa. Pero nadie tiene derecho a exigir gentileza, y menos desconociendo las tormentas interiores por las que navegan esas personas a las que sólo vemos como rostros desapacibles. Nadie conoce la educación sentimental a la que han sido sometidos o han dejado de someterse, ni las carencias que sobrellevan. Por otro lado, nada les vendría mejor -estemos convencidos- que fingir alegría para acostumbrarse a su ritmo particular. Lo único que desde el otro lado del espejo podemos hacer nosotros, exigentes consumidores, es dar a cambio algo más que sestercios, y contraponer, como en el teatro ateniense, ejemplos de máscaras sonrientes a máscaras lánguidas. Seamos Demócritos para Heráclitos que no fluyen con la vida y que se bañan siempre en el mismo río de llantos y lacerantes guijarros.

le brun

LA SACERDOTISA DEL CAOS

No puede haber más ternura en el aspecto, el peinado, los gestos y la voz de Galatée. En otros tiempos la habrían utilizado como modelo de madonas o como eximia institutriz de las más selectas señoritas. Pero ella ha escogido el desafío: estudia, difunde, defiende  y compone música de vanguardia. Habla de las cábalas y de las estridencias del siglo XX con la finura, la devoción y la suavidad que yo esperaría ante deliciosos madrigales de Caccini. Me deja perplejo su melodiosa voz comentando un infierno para los oídos, y siento una paradoja de los sentidos, una asociación de gustos imposible. Y con autorizada sapiencia cuestiona una idea de belleza que ella misma encarna con su sonrosada palidez, tan rococó, y nos quiere hacer llegar a la conclusión de que lo mismo que irrita al corazón amante de los clásicos es lo que se guarda tras el secreto de su sensible carácter. Como presenciar a una vestal detallando digestiones es presenciarla en acción. ¡Oh Galatée, ninfa de oscuro devenir, luciferina rebelde del coro angelical que te vio nacer! ¿Por qué te vulneras de esa forma tan despiadada? ¿Por qué no dejas que te recordemos en silvas, sonetos, pastorelas provenzales, arias, zarabandas, himeneos sáficos?

ESPEJO DE PRÍNCIPES

Si en los reinos reparten cargos a los cortesanos más inútiles -ya que los desperfectos los sufrirán siempre otros-, menos comprensible es que los comerciantes más empíricos hagan con frecuencia extrañas elecciones de los responsables a quienes confiarán la gestión de sus negocios. Directores que no dirigen, organizadores caóticos y negociadores antipáticos son muchas veces los que mueven los hilos en nuestra atareada sociedad, ávida de una eficacia a la que no ama tanto como dice. Thémistocle debió ganarse su título de patricio en alguna batalla que nadie recuerda, o más bien compartiendo el apellido del fundador. Como recompensa, vive el descanso del guerrero: es un jefe simbólico, una casilla en el esquema administrativo, un representante nominal, un receptor de pagos. Pero no sabrá decir casi nada del funcionamiento de su empresa. Como en tantos otros casos, parece un partisano de incógnito dispuesto a reventar el sistema desde dentro, convenciéndonos poco a poco de que los humildes podemos gestionarnos sin gárgolas que nos observen quietamente desde arriba. Recapacita, Thémistocle, piensa que, de seguir así, los empleados pensarán en despedirte; recuerda que los laureles duraron en la cabeza de César lo que los senadores tardaron en comprender el absurdo advenimiento del mundo que se avecinaba.

Y, al igual que él, Lycurgue toma el mando de un evento al que no sabe dar forma. Organiza un festival que, por muy ordenado que se pretendiese, acabará convertido en las Grandes Dionisias de seguir permitiendo que él lo entregue a la sinrazón y la liberación de los instintos. Nunca llama, no responde a los mensajes, no entiende lo que ha leído, programa horarios incómodos para todos, no recuerda ni lo que él ha programado, cambia de opinión en el último instante sobre la cita que concierta, se retrasa sin avisar sobre la hora que cambió, reclama in extremis los datos que no se encargó de recabar cuando había tiempo y finalmente los omite a pesar de obtenerlos, no logra evitar solapamientos por falta de planificación, deja incompletas las sinopsis, parece odiar las agendas, desoye los recordatorios, pierde el material, traspapela los números, invierte los nombres, copia mal las direcciones, no corrige las erratas, confunde las fechas, se queja de las quejas, exige tranquilidad. Pero os esperará sonriendo al final del evento junto a un buen cántaro de cerveza para felicitarse por una jornada de éxito. En fin: no pocas grandes guerras debieron de nacer y precipitarse por tener en los consulados a individuos tan relajados como Lycurgue, tan encantadores como simios a los que cedieran el timón de la flota cartaginesa.

L0025874 C. Le Brun, Dissertation sur un traite de C. Credit: Wellcome Library, London. Wellcome Images images@wellcome.ac.uk http://wellcomeimages.org LE BRUN, Charles 1619-1690 C. Le Brun Dissertation sur un traite de C. le Brun, concernant le rapport de la physionomie humaine avec celle des animaux. Paris: Calcographie du Musee Napoleon, 1806. Published: - Copyrighted work available under Creative Commons Attribution only licence CC BY 4.0 http://creativecommons.org/licenses/by/4.0/

LA ABNEGADA VENIDA A MENOS

Esa mujer de mediana edad que sirve cafés y tartas y coagula tortillas y friega platos se llama Aspasie. Parece ser la única que labora en el local. Una trabajadora más, sin prestigio ni sueldo reconocidos, sin un porvenir más allá de descansar un poco algún día. Hablando con ella se puede descubrir que estudió hasta el fin una dura rama de las ciencias naturales, y que conoce la obra de Ovidio, y que ama el cine clásico, al que no puede disfrutar en sala por estar ella obligada a mantenerse en su puesto de trabajo, a pocos pasos de allí. Aspasie no se corresponde con lo que uno esperaría de sus condiciones, pero no lo lleva mal. Entiende que nos ha tocado vivir tiempo de inversiones y de sarcasmos vitales, tanto como de azares personales, y prosigue filosofando sobre el devenir de la Historia mientras recorta un bizcocho y recalienta una empanada.

EL SUFRIDO EN SU OPINIÓN

Tantale se queja periódicamente para excusar su aposentada pereza y sus décadas viviendo del holgado patrimonio familiar en una atmósfera de cordialidad, educación y longevidad. Madre, padre, hermanos, amigos, gobiernos, vecinos, parroquias, escuelas, cuarteles, probadores de tiendas de ropa… todos se han conjurado contra él, si le creemos. Tiene un negocio, pero más para decir que lo intenta que para lograr algo. Maldice a los hados, clama a los cielos en los que no cree, llora una suerte de la que no puede esperar otra cosa y, tras todo lo cual, se marcha silbando a la taberna más próxima. Ser una víctima renta más que ser funcionario, y culpar a quien te cuida es más sencillo que la cortesanía aduladora de Versalles. ¡Qué horror pensar en las pelucas, las reverencias, los requiebros, las intrigas, los favores! ¡Atención, delicadeza, gratitud, amabilidad, respeto: atrás, lejos de él! ¡Ningún deber dejará se suponerle una opresión! Reprochar y exhibir flaquezas e inoperancias va más acorde con nuestra época, donde el cuidado de lo bello siempre recibe suspicacias y desprecios, donde el débil siempre tiene motivos no ya para recibir, sino para que el esforzado se incline ante él. Es mucho más decadente, por lo visto, halagar y cuidar afectadamente que escupirle a la cara a uno todo lo que no se merece.

Thomas Rowlandson (British, London 1757–1827 London) Acute Pain (Le Brun Travested, or Caricatures of the Passions), 1800 British, Hand-colored etching, printed in brown ink; Sheet: 10 1/2 × 8 3/8 in. (26.7 × 21.2 cm) The Metropolitan Museum of Art, New York, The Elisha Whittelsey Collection, The Elisha Whittelsey Fund, 1959 (59.533.1842) http://www.metmuseum.org/Collections/search-the-collections/687400

EL ORIENTAL QUE AMABA LA MÚSICA DE PONIENTE

Nadie con más vocación musical que Terpandre: desde que escuchó una vieja tonada festiva por la radio en su Cipango natal, no tuvo mayor afán en la vida que arribar a las costas de Hispania para aprender a tañer la particular cítara característica de su folclore. Como algunos paisanos de su generación, abandonó carrera y vivienda en las cercanías del Palacio Imperial para trasladarse a un ático desvencijado de la Villa y Corte. Ya entrado en edad, dedicó las noches y los días de su floruit a pelearse con las seis cuerdas y con los infinitos trastes. En sus ratos libres suspiraba por hallar explícitamente a una mujer “orgullosa” y “rencorosa”, canción hecha carne, típica de estas tierras, según él piensa y desea. No por ello deja de creer en la astrología y en los cuatro elementos de la medicina asiática. Lo principal, sin embargo, sigue siendo la música: ejercicios, estudios, coplas… Emulando a sus amadas tonadilleras, rescatando y poniendo en su gutural impostación guajiras y farrucas, Terpandre lo ha intentado: el empeño desentona con la realidad, no en sentido figurado, sino en la literalidad de una desafinación constante y de un buen puñado de notas falsas. Tampoco ayuda el engolamiento de una voz nacida para orar a los dáimones entre bosques de cerezos, junto a picudas pagodas. Pero Terpandre enseña a su manera la lección suprema, heredada de los píos espadachines de los que desciende, a saber: el convencimiento en una actividad puede conducir a cualquiera a algo parecido a la plenitud. ¿Que los demás no comparten esa plenitud por diferencias de gustos? Mala suerte. Él ha dado lo mejor de sí: acordes doblemente quebrados -por los acordes y por la sufrida laringe- y una inquebrantable voluntad de vivir el arte con su entero ser.

EL DOCTOR INSTANTÁNEO

El médico me recibe. Me saluda. Pregunta por mi dolencia. Apenas estoy respondiendo, y apenas acabando me veo de vuelta fuera de la consulta con una receta en una mano, con un volante para revisión al medio año en la otra y con una cara de desconcierto por la compresión del tiempo que ha sufrido mi conciencia. ¿Qué ha sucedido? ¿Cómo puede conocer algo de la enfermedad o de la falta de ella mirando casi de reojo al paciente? Y aún debería dar gracias por no haberme derivado a otro especialista -alejar ahora el problema a la primera oportunidad es la bicoca con que cuentan los galenos públicos-. Éste al menos me ha atendido, me ha ofrecido un remedio, ha habido una intención, un cierto deseo de cumplir con su oficio, la llamada de Hipócrates ha sido satisfecha. Pero hay que reconocer que cualquier médico indio o cualquier acupuntor chino dedica cinco veces más tiempo sólo a buscar un diagnóstico. El médico occidental siente pavor a poner la mano sobre el paciente: prefiere ver tablas analíticas, radiogramas y espectrogramas, en suma, actividades de otros… para dar con un problema que un masajista podría haber resuelto en media hora. Pero aquí los médicos prefieren hacerlo todo demasiado largo o demasiado corto. En la veloz Europa, lograr que a uno le detecten el problema puede llevar años, pero, una vez detectado, que le prescriban un remedio se hace poco menos que a locas, con la obsesión de no sobrepasar los tres minutos de plusmarca, lanzando a la boca del paciente píldoras que destruirán su estómago. Y la curación de este estómago deberá recaer a su vez en otro sabio al que peregrinar dentro de diez meses para una visita efímera que poco nos dirá salvo lo poco que significa el individuo en la sociedad del individuo.

LA NIÑA DE SUS OJOS

Cassandre es una niña rubia, guapa, de ojos azules, inteligente, con dinero, con amiguitas, amada por sus saludables padres, cuidada por calmados profesores, rodeada por un entorno de árboles y dieta equilibrada. Con más encantos que muchas de sus compañeras, sin duda enamorará a muchos caballeretes. Es una pizca más alta que las señoritas de su edad, lo justo para destacar sobre ellas sin desentonar ni intimidar. Bailaba, habla ya tres idiomas, toca el piano o lo tocaría si quisiera. Y, sin embargo, ¡oh sorpresa!, no parece a gusto con nada de lo que acaece. Todo es motivo de queja, ninguna comida es sabrosa, ninguna directriz le parece clara y predecible, ningún adulto cumple sus expectativas. Desprecia, execra y se marcha antes de esperar respuesta. Y uno, tristemente, no se explica tanta protesta e insolencia más que por la frustración que muchos sienten al tenerlo todo demasiado fácil. Y no sabiendo cómo compadecerla sin avivar aún más su erizable amor propio, ha de limitarse a tratarla con amabilidad severa o amable severidad y desearle sin decirlo que acompañe a su crecimiento un crecimiento de la templanza, o al menos que la vida no la ponga demasiado a prueba, ni a ella ni a nadie de los que nunca sabrán ser felices.

v. le brun

LOS GOBERNANTES SIN EXISTENCIA

Oigo de tanto en tanto mochar contra los políticos por su falta de carácter, por su inoperancia, por su virtual inexistencia. Y yo me sorprendo de que se disgusten. No saben hasta qué punto algunas de las personas que nos consideramos inquietas de seso recelamos, en cambio, de conocer nada de los consulados y tronos hodiernos. ¡Qué delicia vivir como si no hubiese maleantes e inexpertos en puestos de poder, o como si no hubiese poder mismo, estando éste como está tan poco sazonado! ¡Qué paz se siente al no saber decir nada sobre el carácter de tal o cual líder! ¡Qué poca presencia la presencia que no nos suscita ninguna opinión, de tan poco que la trabajamos! Y así, libre de gobernantes, ladeo sus reformas en pro del Purgatorio. Me olvido de sus maquiavélicas triquiñuelas, sus favores, desfalcos, puertas giratorias, fiestas, coletillas, puestos sin función, figurantes sardonios, papeleos indultarios, cargas impositivas, financiaciones enigmáticas, aliento de problemas, remedios de escarnio, desvíos de miradas, tesoreros que atesoran, comités de blanqueo, síndicos de aforamientos, jueces comprados, soflamas sin base. Me olvido de las malversaciones, nepotismos, simonías, cesaropapismos, cargos a cuenta de administraciones, cenas en lupanares, firma de leyes sin previa lectura, cartelones, lemas fáciles, jeques de oro, asesores sin estudios, negociadores sin idiomas, reglamentos caprichosos, excepciones, sonrisas de burla, plutocracia ensayada, chantajes en la sombra, sobornos justificados, odaliscas del verbo, deudas con amigos, pensiones vitalicias, viajes pagados a Tracia, retórica de tómbola, misivas todopoderosas, tabaqueras esmeraldinas, atletas cortesanos, abrazos entre millonarios, insultos a la competencia. Me olvido de los opulentos sin rostro, los faraones votados, los Sejanos crecidos en técnica, los Borgia afeados, los Mazzarinos aun más ladinos, los catedráticos de sultanatos, los mandarines viciosos, los Calígulas con corbata, los feudales sin troveros. Y, si redundan en mi vida sus consecuencias, me hago el inadvertido, que muchas vivencias fueron de lo poco a lo mucho por darles fuelle y centella. Puesto que ya me quisiera en otro siglo de más copete, no haría bien en imaginarme que puedo obrar algo en los vericuetos descaudalados del presente. Será mi forma de protestar el actuar de buena fe como si los políticos no dieran ejemplo contrario. Hagan aquéllos lo que quisieran con tal de que no nos muestren ni su carácter ni sus prorratas.

LA AMABLE INADVERTIDA

Es la antípoda de Cassandre. Pocas doncellas debe de haber de tan dulce ánimo como Pénélope, tan abiertas a la conversación, tan carentes de malicia, tan animadas a conocer nuevas personas, nuevos mundos, nuevos idiomas, tan aceptadoras de su condición, tan generosas en el escuchar, tan atentas al saludo, tan dueñas de una sonrisa que regalan a cada minuto, tan desapegada de su idiosincrasia; en definitiva: tan merecedoras de amor. Y, sin embargo, aunque cuenta con amigos, es dudoso que haya encontrado tantas almas entregadas a su causa como mereciera. Porque el rostro de Pénélope es lo contrario de un rostro agraciado. No ha querido Fortuna colmar su belleza interior con la exterior; ¿o será que ella ha sentido la necesidad de cultivar la primera para compensar la carencia de la otra? Come a menudo sola, nunca se la ha visto acompañada de un gentilhombre, retiene para sí muchos de sus encantos por falta de atención, no cesa de conocer gente nueva de la cual poca la requiere de nuevo. Algunas comensales, displicentes y antipáticas a pesar de ser muy bellas o precisamente por serlo, que coinciden casualmente un día a su lado en el restaurante, evitan responder extensamente a sus afables comentarios puntuales y moderados, puesto que, según deben de pensar ellas, ¿qué interés tiene ser vistas con alguien que a nadie ofrece una imagen de triunfo, de suficiencia y de esplendor? “¡Buen provecho!”, “¿qué tal estás?”, ¿”cómo van los exámenes”?, pregunta ella. Y sólo quienes no tienen abotargado el corazón por la frívola imaginería de estos tiempos le responden con algo más que con el mínimo exigible de cortesía. Pero no hay que desesperar: con toda probabilidad contará Pénélope con unos pocos o incluso muchos buenos amigos. Y finalmente, sin duda, dará con un caballero sabedor de que el alma es la última parte del ser humano que se pudre si es que se ejercita, que mientras las bellas doncellas arrogantes se ahogarán atormentadas por sus sentimientos posesivos y por la pérdida de la única belleza que conocían, Pénélope seguirá siendo en realidad muy bella hasta el día de su muerte y quién sabe si después.

EL COCHERO SENTENCIOSO

Montaos en un carruaje de alquiler para cruzar la ciudad. Si los dioses os quieren bien, os tocará un calesero que, a pesar del silencio inicial, apuntará sagaces y aprovechables comentarios a medida que uno le dé palique. Su tarjeta identificatoria indica el nombre de Isocrate. Para cualquier anécdota u opinión que por distender el ambiente se le relate, desde la política hasta las ofertas de trabajo pasando por los melindres amatorios, vale la máxima preferida de su arsenal: “Eso es como todo: que a veces sí y a veces no”. Irrefutable hasta para el mismo Cicerón. Tiemblen Quinto Hortensio y su cohorte de oradores decadentes ante el nuevo laconismo aticista. Dejen paso Gracián o el duque de La Rochefoucauld al nuevo mago de las máximas, conocedor como ninguno de la naturaleza humana. Pero otras joyas de ese prontuario retórico que nunca escribirá también merecen recordatorio: “este país no tiene arreglo”; “lo primero es la salud”, “en tiempo de guerra todo boquete es trinchera”; “aquí no trabaja nadie”; “todo golfo llega a mandamás”; “siempre pagan los mismos”, “ya podrían los gladiadores donar a los pobres parte de sus millones de dupondios”; o, como lapidaria conclusión, “en cien años, todos calvos”. Y así. No parece muy entusiasmado al declamar, como si lo hiciese más por no dejar hablando solo al pobre viajero que por descubrirle otra perogrullada. Comedido en las formas, desapegado, mide los tiempos, deja caer sus perlas con parsimonia, sin atosigar, sin afectarse. Llegáis al destino y cobra sin miramientos tanto el desplazamiento como seguramente la sabiduría que ha ido intercalando a retazos, una sabiduría quizá no tan alada como la de Basílides, pero que lo ayuda a uno a ir tirando por la vida y a no tomarse muy a pecho los escollos. Una sabiduría conversable que se resume, en fin, en que dos y dos son cuatro, en que visto uno visto ciento, pero que hay cosas de las que nunca se sabe, que hay gente buena y gente mala, al tiempo que todo el mundo mira por lo suyo, que qué se le va a hacer, que habrá que aguantar el tirón, y que cuando la fiesta se acaba se acabó. Ha dado en el clavo y os ha traído a casa. ¿Se puede pedir más al filo de la noche?

LOS QUE NO LLAMAN

Decir que ya estaremos en contacto es, en la jerga actual, decir que no pensamos vernos más que por accidente. Nos buscamos tantos quehaceres que no cumplimos con aquellos que prometemos a alguien más que a nosotros mismos. Eso sí: hay casos extremos, mucho más allá del egoísmo al uso. Hay quien dice que llamará “esta tarde” y esta tarde se refiere a la del próximo ciclo cósmico, exactamente hoy, sí, pero en la versión del hoy que traerá el círculo de los eones, tras la conflagración universal y la apocatástasis que alumbrará un nuevo reinicio. ¿Y qué hacer sino esperar? ¿Qué otra actitud más que desearles que tengan una vida plena y feliz, repleta de placeres, viajes, amores, búsquedas de la verdad, todo durante ese plazo que media entre ahora y el fin de mes, antes de que recuerden que teníamos previsto citarnos un viernes?

A Toast to Love - Charles Edouard Edmond Delort

LOS ENOJOSOS PADRES ENOJADOS

Hay progenitores que dedican tan poco tiempo a su prole que, sintiéndose culpables, combaten con aspavientos para compensarlo a todo el que dirija un trato a sus vástagos, como si los defendieran retirándolos de quienes de hecho los atienden y cuidan mucho más. Algunos creen siempre más a un niño de ocho años por el mero hecho de llevar su apellido que al profesional preparado para impartirles cordura o sanación. O creen más a sus propios instintos que a la tradición educativa o medicinal más moderada y sensata, o a los rumores maledicentes o a las rémoras de los intermediarios antes que intercambiar impresiones con el profesor, el médico, el cuidador, el experto, o antes siquera de conocerlos en persona, si esto es creíble. Y, lo que es aun peor, a menudo no entienden a la sangre de su sangre, careciendo como carecen de toda sagacidad en torno a la mente infantil de tan poco que se dedican a conocerla; no sólo no entienden el retorcimiento tan humano y caprichoso de decir lo contrario de lo que se quiere dar a entender, sino que a veces, estúpidamente alarmados, no escuchan el mensaje más diáfano y sencillo del niño que reconoce estar a gusto, aprovechando el tiempo, y que no precisa ningún cambio. En definitiva: por ponerse delante de sus criaturas -y remarcando el adjetivo posesivo- no hacen sino darles las espaldas. Dios proteja a esos niños, carne de ignorancias, caprichos, desequilibrios y soledades.

LA VENGANZA DEL CRITICÓN

Este criticón arremete en un segundo intento por una victoria simbólica, que no efectiva. Pero sus sentimientos encontrados son los de quien combate a quien ama. Todos los caracteres tienen no sólo en sus madres muchas de sus causas, sino que tienen en sus causas a sus madres, sus dibujantes; a cada cosa que nos transforma le damos, sin saberlo, la lealtad que ofrece a los dioses. La arquitectura de los vicios y las virtudes es tan superior a un solo individuo creador como la de las catedrales. El espíritu sagaz podrá sonreír al verlos patinar sobre sus amados deslices siempre y cuando reconozca lo inevitable de los sentimientos. Comprobando cuánto va cambiando uno de lustro en lustro, no podrá dejar de reconocer que las almas sufren caídas periódicas, coagulándose en rostros congelados, pero que la mayor parte del tiempo flotan dúctil y fluidamente como el viento. Y la fuerza que los mueve en ese devenir es el manantial de Necesidad, diosa soberana de misteriosa inteligencia que nos hace ser cándidos, malevolentes o fervorosos, y hasta a veces nos bendice con el gusto de forzarnos a lo más deseable. Así, pues, a medida que el criticón se observa en el torbellino de pasiones y humores que hacen rodar la noria de Fortuna, más flores de amor viene a lanzar sobre sus hermanos de fatigas, aprisionados en idas y venidas, ascos y querencias, ángeles y demonios. Y con este ejercicio de humildad se blinda el criticón una vez más contra quien lo acuse de destacarse como juez arrogante; retirándose como para tomar impulso, logra su intención: quedar vanidosamente por encima al darle la vuelta al retrato de familia. Pero ya se vengarán los demás con sus vicios contra su vicio de señalarlos y fumigarlos con vinagre para luego repartir indulgencias como un cardenal humanista. Sea, pues, lo que Necesidad quiera.

Con vicios o sin ellos, los temperamentos revelan un espectáculo digno de atención y de ternura. Y, fuera de falsas modestias o pícaras amonestaciones, heme reconociendo la pertinencia de todos ellos, su belleza o su falta de ella, pero agradeciendo siempre la grandeza de su posibilidad, reconociendo la dimensión virtuosa de la que todos son reflejos a derechas o invertidos, y compadeciendo a todos quienes, como un servidor, pueden llamarse humanos porque conocen el significado de sonrisas, esperanzas, llantos y entrecejos fruncidos. Esta prodigiosa variedad de pasiones, de rutinas y de conceptos que entrelazan nuestras vidas no existe más que para protegernos de todas amenazas a la humanidad. Pues, ¿quién nos salvará de un ataque militar sino los más aguerridos de entre nosotros? ¿Quiénes sabrán distribuir las viandas durante las hambrunas sino los más calculadores en connivencia con los compasivos? ¿Quiénes sino los prudentes e incluso atemorizables nos prevendrán de continuar por derroteros dados en abismos? Todos los temperamentos nos adoctrinan por alguna razón, pues no tendrían un pie en la existencia si fuera de otro modo. Y, además de eso, revelan un abanico portentoso de combinaciones que hace las delicias de las miradas artísticas, como los anaqueles de un perfumista, como los temas de una sinfonía que conjugan timbres, registros, intensidades, amenos como la catarata de los eventos.

Art Lesson (In the Artist's Studio), 1872, by Cesare Auguste Detti (

[Música: J.-P. Rameau, Les Fêtes d’Hébé, ou les Talents lyriques (1739). Ouverture.]

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Rien n’engage tant un esprit raisonnable à supporter tranquillement des parents et des amis les tors qu’ils ont à son égard, que la réflexion qu’il fait sur les vices de l’humanité, et combien il est pénible aux hommes d’être constants, généreux, fidèles, d’être touchés d’une amitié plus forte que leur intérêt. Comme il connaît leur portée, il n’exige point d’eux qu’ils pénètrent les corps, qu’ils volent dans l’air, qu’ils aient de l’équité. Il peut haïr les hommes en général, où il y a si peu de vertu ; mais il excuse les particuliers, il les aime même par des motifs plus relevés, et il s’étudie à mériter le moins qu’il se peut une pareille indulgence.

[“Nada ayuda tanto a un espíritu razonable para soportar tranquilamente las sinrazones de parientes y amigos como ponerse a reflexionar sobre los vicios de la humanidad, en lo difícil que les resulta a los hombres ser constantes, generosos, leales, sentir una amistad más fuerte que su propio interés; sabiendo lo que pueden dar de sí, no les exige que atraviesen cuerpos, que vuelen por el aire, que sean equitativos; puede odiar a los hombres en general, porque hay en ellos muy poca virtud, pero disculpa a los individuos, y hasta los ama por motivos más elevados; y trabaja por merecer lo menos posible la misma indulgencia.”]

J. de La Bruyère, Les Caractères, ou les Mœurs de ce siècle (“De l’homme”, 28), trad. C. Berges

 Jean-Antoine WATTEAU - L'Enseigne de Gersaint (detail) 1720

EL HOMBRE “ESPIRITUAL”

Aristoclès es un hombre espiritual. Promueve “espacios de luz y sanación”, “estados ampliados de conciencia”, “viajes chamánicos”. Para acceder a estas maravillas basta con anotarle un número de cuenta bancaria. Sus servicios recuerdan a los de un feriante que hubiera vivido en Oriente: cursos de espagiria, de astrología tibetana, de ingestión ritual de cacao. Trae a exóticos monjes para oficiar rituales, pero no esperéis ocasión de comprenderlos (llevaría demasiado tiempo). Enseña a meditar, pero únicamente para que el asistente crea haber evolucionado interiormente en el plazo de media hora, con lo que se sentirá satisfecho de una buena inversión. Dirige danzas siberianas mágicas, pero al acabar la sesión regresa en su vehículo a su aburguesada vivienda de empresario. Nunca se vio un psicopompo mejor vestido. ¿Queréis ver también un derviche?: lo veréis, pero no contéis con conocer más del sufismo. Todo éxtasis se mide por horas, minutos e intereses. La espiritualidad es servida como una cata de vinos. Si tenéis un proyecto que presentarle, mostrará entusiasmo hasta que queráis contarle más detalles: no le interesan; tiene muchas tradiciones espirituales con las que tomar un contacto efímero a lo largo de su atareada jornada. Él mismo se ríe de sus creencias, a las que rebaja de tono con diminutivos y chascarrillos. Se asombra con alegría cuando se le menciona una ópera que simboliza una iniciación; y es curioso que se asombre, habida cuenta de la infinidad de iniciaciones a las que él asiste como si de óperas se tratase, una tras otra, recuerdos superfluos en un álbum de viajes. Acumula transfiguraciones como en una carta de presentación, y nadie sabe rentabilizar mejor que él la búsqueda del Nirvana. Además, conoce fórmulas para enriquecer el trato humano: os habla con cariño, os alienta a proseguir en el fantástico proyecto al que no piensa asistir pero del que pretende cobrar una buena parte; para él, empatizar con el otro consiste en mostrarse afable durante cinco minutos. ¿Que por qué sonríe tanto? ¿Será por su buena vida o porque lo recomiendan los santos? Quizá le tranquilice que tantas personas le compren su buena conciencia. ¿No os lo he dicho?: es un hombre muy espiritual.

EL ASPIRANTE A ERUDITO

Sorprende comprobar la tenacidad de Anacharsis. Es la misma tenacidad férrea con la que el escita acudía a estudiar filosofía y retórica a Atenas a pesar de las burlas. De lo más hondo de la mentalidad rústica surgió como el mayor logro que alumbró la modernidad: la igualdad de oportunidades. Todo éxito estriba ahora en la obcecación, hasta que las puertas terminen abriéndosele a uno por dinero, por lástima o por aburrimiento. No entiende nada: ni el porqué de tanta ciencia, ni su contenido. Estudia las asignaturas, las suspende, las repite, las vuelve a estudiar, las acaba recuperando sin aprender nada nuevo. No se vería aludido por las palabras del orador ni aunque fuese capaz de traducirlas: Nihil agis, nihil adsequeris, nihil moliris neque tamen conari ac velle desistis. Pero le gusta demasiado sentirse entre amigos como para alejarse ahora de su panda. No sintiéndose más interesado por ninguna otra ciencia, ésta le vale como cualquier otra. En su boca, todo giro tecnicista chirría, suena a hipercorrección, a fuera de contexto. No logra hablar en un tono que no sea vulgar, nada de lo que diga nos puede convencer y, para colmo, alardea de pedante: ¿no chapurrea el alemán?, ¿no se matricula en dialectología?, ¿no se precia de cursar todo lo cursable en torno al indoeuropeo?, ¿no estudia persa antiguo?, ¿no se prepara para abordar el mandarín? ¿Quién sino una gran inteligencia podría llegar tan lejos? Otros con menos voluntad y más talento abandonaron a medio camino: acaso él llegue a doctor, a catedrático, a consejero de gobiernos. En otro tiempo habría tenido suerte con aspirar a camarero jefe; en nuestra gloriosa era de inversiones, Anacharsis saldrá de la universidad con un diploma que atestigüe todo lo que ignora.

EL EMPLEADOR APROVECHADO

Télémache es simpático, vivaz, condescendiente… siempre que el beneficiario de esas actitudes sea él mismo. Ha procedido del modo más astuto: se ha hecho amigo de sociedades aderezadas de buena fe, dinero e ignorancia en lo que concierne a tejemanejes mundanos. Así, las monjas escolapias, a las que hace carantoñas y comentarios de inocua picardía, le han confiado un espacio de sus colegios. Pero este amigo de las amigas de los pobres no paga a sus empleados los días festivos que sí pagaron los adinerados clientes. Puede dar la impresión de que ama su oficio, puesto que exige informes, reenvía circulares, es riguroso con el contrato, quiere estar al tanto de todo, os llama angustiado por pagaros lo más pronto posible vuestro mísero sueldo; lástima que se escabulla cuando un verdadero problema impide ofrecer servicios de calidad. ¿No es mejor contentar las exigencias de un padre arrogante que impartir buenas clases a sus hijos? ¿No es preferible que haya muchos alumnos de piano aunque el piano suene a cochambre de zinc? ¿A quién le importa si ya se ha cobrado? Télémache es un hombre atento mientras pueda serlo desde lejos. Es servicial mientras que sus servicios sean del todo innecesarios. ¿Pretendes, Télémache, convencernos de que pretendes algo más que el dinero? Sólo engañas a unas ingenuas monjas.

EL HONRADO DESPERDICIADO

Épictète no cuenta con grandes estudios ni con llamativas cartas de recomendación: se contenta con hacer bien su trabajo subalterno. Cumple sus horas, organiza lo que haya que organizar, da conversación a clientes aburridos, convence al quejoso, es simpático con los niños, da facilidades al trabajador, promociona a la empresa. Se ha adaptado perfectamente al cargo de secretario, al que no se sentía destinado. Es honesto, alegre pero comprensivo, trabajador pero sereno, afable pero eficaz, humilde pero no idiota. Carece, en cambio, de formas refinadas, no habla idiomas, no viste elegantemente; en conclusión: no triunfará. Por lo visto, siempre será preferible un graduado en una universidad extranjera que un abnegado sin pretensiones que culmine su deber, siempre mejor un egoísta astuto con astutos recursos que un cumplidor sin malicia.

LA FANÁTICA DE LA SANACIÓN

Me conmueve tu fe, Hypatie. Limpieza de auras, esencias kinesiológicas, flores de Bach, registros akáshicos, macrobiótica, paleodieta, acupuntura, osteopatía, homeopatía, mesoterapia, naprapatía, cavitación, auriculoterapia, reiki, kundalini-yoga, chi kung, masaje ayurvédico, iridiología, biodescodificación, ozonoterapia, fitoterapia, drenaje linfático, testación de alimentos y sustancias tóxicos… ¿Qué no ha probado tu ajado cuerpo? Nada que provenga de una combinación entre laboratorios alemanes y boticas orientales. Quizá te falte todavía por conocer a un constelador sistémico, el coaching y la terapia regresiva. Todos tus planes de recuperación son holísticos, energéticos, orgánicos, magnéticos, ultrasónicos, biológicos, ortomoleculares, transpersonales, alcalinizantes, integrales, autopoiéticos, resilientes. ¿No será tanto vector contradictorio lo que hunde tu salud una y otra vez? Es que no contaba con más sortilegios y recetas misteriosas una anciana medieval, y no vivía peor que tú. Quizá convendría más pasear por el campo con cierta frecuencia. Descansa de tanta purificación, Hypatie, o al final no quedará por purificar sino tu adicción -que alguno de tus amigos llamaría “ortorexia”-.

EL CHICO A LA MODA

Héphestion es artista contemporáneo, una mente creativa, un violador de los géneros. Va sucio, barbudo, intoxicado, con un moño de eunuco. Su aspecto es el oficial en su rango: lentes enormes, posaderas prietas, camisolas raídas, lóbrega joyería colgando del lóbulo de una oreja. Es dormilón, afeminado, defensor de un arte indefendible, apolítico, alimentado por su madre. La inelegancia es su modo de hacerse el elegante. Podría haber sido un buen intelectual francés si en Francia no estuviese ya demodé ese decadentismo de posguerra. No destaca académicamente ni se matará nunca a trabajar. Por otro lado, es afable, divertido y conversador. Tiene, pues, todo lo necesario para el éxito. Por un lado los atributos que fascinan: lleva la sodomía y la anarquía como atributos de audacia rebelde. Por otro lado, a la hora de la verdad, como sucede siempre, su fácil trato social es lo que convence a quien le ofrecerá contratos y le abrirá puertas. Vende lo nuevo porque es lo vendible, pero lo vende con el método de toda la vida, porque cuando se trata de algo tan importante como el dinero, el empresario acude a los mismos criterios que el de hace cinco siglos. Como a todos los escenógrafos, dramaturgos y artistas plásticos recientes, a Héphestion le encanta mancillar a los clásicos, poner su zarpa en ellos, salpicarlos con vulgaridad contemporánea para persuadir de que los entiende mejor que se entendían a sí mismos, y, de paso, como por desteñido al contacto, parece querer apropiarse algo de esa grandeza que dice considerar superada. Como hacen los políticos con los estados, hacen Héphestion y sus adláteres con la belleza: desean culminar la historia de las genialidades poniéndole el punto final y echando sal a continuación. Ha hecho de su insustancialidad un proyecto laboral, una carrera, una vida cómoda y envidiada. Es ya un verdadero artista.

EL SABIO PRENDADO DE SÍ MISMO

El doctor Zénodote sabe griego, pero por encima de todo sabe que lo sabe. No esperéis, sin embargo, que os lo enseñe. Le complace mostraros que es difícil, por más que asegure que le encanta ayudar al alumno. Un texto extensísimo pasa ante nuestros ojos y alardea de poder leerlo lo bastante rápido como para que los demás no retengamos nada. Da la impresión de que puede hablar la lengua de Aristóteles, pero con ella sólo sabe saludar. ¿Y qué? ¿No es bastante motivación para esforzarse la posibilidad de llegar a ser algún día como él y ostentar así ante cientos de estupefactos inexpertos la retahíla homérica mil veces reiterada? ¿No os seduce poder exhalar en el futuro tanta fatuidad? Tampoco es él de los que reconocer cometer errores, de lo que se confirma que mayor que el conocimiento es en él el orgullo. Por lo demás, Zénodote ha sistematizado la gramática en un libro que le da prestigio, pero califica con menos rigor que un analfabeto, y ello porque a nadie adorna la justicia con el expediente académico de un veinteañero. Combina tecnología de última generación con la memorización propia del aprendizaje clásico, aunque se trata de una combinación superficial y alocada; a eso se le llama innovar en didáctica, pero, ¿qué obtenemos?: ningún resultado si no contabilizamos la desesperación por no incorporar las nociones ni por una vía ni por la otra. En sus clases no hay tiempo para nada, salvo para frustrarse. Se va a jubilar en breve habiendo prometido durante cuatro décadas a cientos de jóvenes ilusionados unos conocimientos que no obtendrán. Bravo, Zénodote, haces bien en sentirte satisfecho: sigues siendo el que más griego sabe entre los ignorantes y el que menos ha comprendido el sentido antiguo de la educación y de la filosofía.

EL TRABAJADOR QUE NO TRABAJA

¿Dónde encontraremos un espantapájaros andante? Cratyle es nuestro hombre. Se trata del típico vigilante que impone seriedad con su mero uniforme, ¡pero Dios no quiera que sea necesario recurrir a la violencia! Cratyle se escurrirá y nadie lo encontrará. Cualquier acción le supone un engorro y le oiremos resoplar. Para evitar en la medida de lo posible todo esfuerzo, suele pedir el turno de noche. Así ha logrado reblandecer completamente sus músculos y su atención, y con ello y con su escasa higiene corporal se asegura de que no se cuente con su labor de vigilancia en los días de tumulto -a los que suele asistir un vigilante afeminado mucho más trabajador, si bien no más robusto-. Su puesto lo justifica la evitación de robos, al tiempo que su mera existencia es un robo por goteo a las arcas públicas. Lo triste es que Cratyle no es el que menos trabaja en el local: solamente es el que da la peor imagen. Ya no basta con clamar: “¿quién vigila al vigilante?”; ahora debemos preguntarnos más angustiados quién vigilará al que habría de vigilarlo.

LA INDISCRETA

Mientras apuro un café, oigo a una doncella que cuenta a otra a mis espaldas su más fresco amorío y desamor. Relata hasta el último detalle: lo que ha implicado el tal doncel en su vida profesional, en su alcoba, en el estado de sus pasiones. Detalla las expresiones malsonantes con las que aquél demostró no ser precisamente un gentilhombre, y vuelve luego a sus valoraciones sobre su entidad sentimental y carnal. No ha ahorrado una coma: sin que se lo pidiese, sin que nos hayan presentado, sin que le haya visto siquiera el rostro, me ha investido a mí y a otros comensales de la capacidad para biografiar el relato de un seguramente auténtico y tórrido amancebamiento que antaño habría levantado escándalos con sólo publicarlo en forma de novelita por entregas. ¿Será exhibicionismo? ¿Será despecho contra su ya no tan amado? ¿Será simple y pura ausencia de sentido común? He dicho que lo ha contado a mis espaldas, pero, en honor a la verdad, no soy el más digno de compasión; las espaldas del caballero al que ha invocado una y otra vez como a un oráculo deberían sentirse apuñaladas en esta misma hora.

EL EUDEMONISTA

¡Quién pudiese ser tan dichoso como Anaxarque! Sonríe a todos, todo le entusiasma, cualquier música le conduce al éxtasis. Parece recién llegado del optimismo humanista del siglo XV. En nada le afectan las críticas momentáneas a sus flaquezas técnicas: entre el llanto se entreabre de nuevo la sonrisa. Pero su felicidad carece de sistema; esto, evidentemente, no es un problema para él, sino para quien quiera alcanzar su misma condición. ¿Cómo no envidiar esa capacidad congénita para gozar y que, por ser congénita, se nos aparece inconquistable, intraducible a método? El bueno de Anaxarque se ha ahorrado cientos de lecturas filosóficas, cientos de meditaciones, incluso la excelencia profesional: le sobra todo, puesto que en cualquier circunstancia siente, inexplicablemente, una inmarcesible alegría de vivir. Diría que su caso es digno de estudio, pero rectifico: no es estudiando como se consigue lo que él lleva consigo -como ya he dicho-, sino, a lo sumo, dejándose contagiar, reproduciendo sus adhesiones, exclamando los mismos júbilos y amando mucho cada átomo de la existencia.

EL MÚSICO APÁTICO Y LA BAILARINA FUGAZ

Escuchemos a Chrysippe: toca el clave en perfecto orden, perfectamente afinado, en perfecta consonancia con los tratados de la época… perfectamente aburrido. No hay nadie que conozca tantos entresijos del bajo continuo ni nadie que los transforme tan poco en algo vivo. Para él la belleza es un rompecabezas, un teorema, una seria obligación. No sonríe, no mira a los ojos cuando habla, no parece esperar nada de la vida. Apenas saluda. Eso sí: se mostrará pronto a resolveros cualquier duda técnica, cualquier referencia a fuentes históricas, y, si se lo pedís, amablemente os listará en un momento las diferencias entre la estética de Saint-Lambert, de Nivers y de Corrette. Es muy de agradecer tanto conocimiento, ciertamente laudable, aunque le hace un flaco favor cuando vemos sus consecuencias en la interpretación: nos hace añorar una ignorancia algo más picante y atrevida. Conoce la doctrina de los afectos de Mersenne y de Descartes y las glosas que de ellos harán Blainville o Rousseau, pero es incapaz de encarnar ninguno. ¿Cuándo antes se ha visto a un triste estoico haciendo propaganda del fervor? Muchas cosas aprendió en Basilea; no está entre ellas el hacer algo humano con la música o con la conducta. Mal cortesano habría sido con su carácter gris en el colorido siglo de Luis XV, del que, por lo demás, pienso que lo sabe todo. Incluso Rameau se habría sentido intimidado por su frialdad de espíritu. ¡Ah!, ¿ha terminado ya el recital? Aplaudamos con la misma parsimonia con la que sus notas han pasado por nuestros corazones.

Con Chrysippe no haría buena pareja Phryné. Baila con la misma energía una gavotte que un minuet que una sarabande. También lo sabe todo, y publica investigaciones a gran ritmo, lo cual no deja de ser útil. Pero para bailar con ella hay que venir cargado de estimulantes: en un momento hemos calentado, en el momento siguiente hemos bailado una suite, hemos aprendido diez pasos nuevos, nos hemos relajado, nos hemos ido, no recordamos nada de lo que hemos hecho. Más que de salir al salón entran ganas a uno de alistarse en el ejército. Su rigor es el de una madre que da todos los alimentos en cada cucharada a su tierno infante: hígado, huevo, arroz, legumbres. Ha cumplido con su programa: todo ha sido bailado. No habría estado de más haberlo disfrutado un poco, haber matizado los matices, haberse enterado de lo sucedido y haber armonizado la vida con la danza.

LOS REVISIONISTAS

Oigo defender lo indefendible: la pobre Medea es más digna de lástima y de defensa que de ajusticiamiento, mientras que Antígona es una orgullosa por defender la religión frente al déspota. Teseo fue un necio de principio a fin por abandonar a Ariadna; en nada valoremos que salvase a muchos compatriotas de la inmolación. Marco Aurelio no fue mucho mejor gobernante que Nerón, y el cristianismo no trajo más que ira. Falta decir que la manzanilla no ayuda al estómago y que el año bisiesto se prolonga menos de lo que se cree. ¿Es necesario anteponer a cada lugar común el prefijo de “se ha dicho demasiado que…”? ¿Tan necia es la tradición popular que no ha acertado en nada? ¿Somos nosotros tan perspicaces que, para fortuna de la humanidad, habremos de venir a poner orden en cada cosa que estipularon hombres mil veces más sabios y santos a lo largo de milenios y que tan nobles actos ha suscitado? “Rebajemos los ideales -parecen decir los revisionistas- para no tener que elevarnos nosotros”. No se trata de que todo lo vetusto esté en lo cierto, pues no ocurre tal cosa; pero haríamos bien en asumir que los arquetipos se configuran en torno a su finalidad, y si revaluamos su finalidad, entonces dejan de tener sentido tal como nos han llegado. Inventemos nuevos mitos si deseamos inventar nuevos valores, y permitamos a los símbolos prístinos dormir el sueño de los justos.

EL CRITICÓN

Cléanthe, este que os habla, ha sonreído al hablar sobre unos cuantos. Cierto que con ello no los ha vuelto mejores, pero ha querido mostrar lo ridículo de cualquier pretensión traspasada de instintos por si edificase a algún lector que leyendo estos retratos se viera parcialmente reflejado en ellos -lo cual no tendría nada de extraño, pues si no hubiésemos participado de los vicios en alguna pequeña o no tan pequeña medida no podríamos entenderlos ni perdonarlos. Después de haber desprestigiado a la ironía, la ha hecho suya, y la ha enfilado contra conocidos de carne y hueso. Mas esta ironía carece de malicia, y apuntala inocentemente un cierto amor a esas personalidades variadas que en la misma ciudad persiguen placeres o sabiduría según les dio Dios a entender. Por otra parte, tampoco han faltado elogios. No le deis, pues, importancia a nada de lo aquí dicho. El hombre enfundado en el siglo siempre se ríe a la par que siempre es risible. Si hay alguna sabiduría en la comedia, hela ahí. Y la vanidad siempre nos lleva a permanecer más atentos a las conductas ajenas que a la propia. Y más inteligente pero no menor es la vanidad que actúa a la inversa: también esta misma contrición que leéis no es más que adelantarse a quien pudiese acusarme inopinadamente. En resumen: si hubiera captado admirablemente algún rasgo deforme de aquellos caracteres, sería porque los llevo a todos dentro y me enternecen como si se tratase de mí mismo; y es que nada de lo humano me es ajeno, y ningún comportamiento que contemplo puede no impartirme valiosas lecciones, porque es o ha sido mío en potencia o en acto.

Jean Louis Ernest Meissonier - Los amantes de la pintura (1860) París B

[Música: M. Corrette, Les délices de la solitude Op.20, Sonate No. 1. III. Allegro.]

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