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Archive for the ‘Consolaciones’ Category

La desesperación es el desfiladero sombrío por donde el alma asciende hacia un universo que la codicia ya no empaña.

N. Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito

Casi siempre en el principio de la ejecución de cosas nuevas y grandes, se representan razones en contrario que turban el entendimiento y le hacen estar dudoso.

J. Setantí, Centellas de varios conceptos 13

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No te hundas, principio rector, no te hundas o habrás perdido el ya débil impulso que te empuja erráticamente hacia la perfección. Te desalientan los vínculos que te atan al delirio de la destrucción, y temes que tus pequeños esfuerzos, tu otear en los libros y en los sellos que imprimen tus manos con tus actos, temes que tu intención más depurada y que las sonrisas ante la brisa que te limpiaba la frente, todo eso haya sido en vano. ¡Qué enternecedora imagen la de verme a mí mismo acicalando mi minúscula virtud como una niña a su muñeca, con la misma impaciencia y la misma discreta fantasía! La veo crecer muy lentamente: sonrío cuando se despereza, cuando se ensancha hacia los márgenes al tiempo que se afila en exactitud y contundente justificación. La recojo cuando se cae hacia un lado o hacia el otro, y le limpio las mancillas de barro que se posan en sus mejillas al tropezar. La creo mimar adornándola con buena prestancia, con indumentarias repensadas, con sabor de ideas nuevas y nobles. Compruebo cómo ejercerla en un lindero le permite de forma natural desparramarse también por el otro, y una prometedora primavera parece ir brotando a ratos imprevistos entre las frías rocas en colores rojizos como la sangre sincera. Pero, ¡ay!, la cruda realidad impone su aplastamiento, y una información desatendida, un comentario crudo y cínico o un despreciativo hecho bruto echan por tierra el fruto de lo que empezaba tímidamente un rumbo hacia la disciplina. “¿A qué esforzarte por cantar tu idea moral -parecen decir-, si toda ella está condenada de antemano?” “¿A qué hablar de justicia si mientras respiras dejas morir a tus hermanos por todos los lugares?”. Y te vienes abajo, corazón, te quiebras como la caña que procuró volverse rígida desafiando a su naturaleza sin contar con el Bóreas que arreciaba. Y tú mismo te unes al coro de desmoralizadores frente a los que, alegres, intentan embellecer el mundo. Lamentas lo que acaso no fue tu culpa, transitas en el brumoso recuerdo de vidas anteriores, por si en alguna de ellas estuviera la causa de que ahora seas una sarna del universo que te circunda.

Mas, ¡ea!, emerge ya de la fiebre de dudas desesperadas que te tienen postrado en lecho alucinado como a la madre que perdió a su amado único vástago. Deja de murmurar remordimientos y pesadillas que aturden hasta la parálisis. Que el mal que te aflige sea el mismo que produces es un buen punto de partida. Delatas amplias alforjas para la caridad si añoras no tanto la felicidad que podrías sentir cuanto la que podrías ofrecer. No te venzas, juicio moral, por la dificultad de cantar sin que los ruidos del caos desengañado ahoguen tu voto. No dejes de amar por más que no alcances a divisar ni un estandarte de la victoria: tu camino es el camino adecuado, recuérdalo cuando, lamentándote, te veas retardando el paso o deteniéndote a contemplar divertidas flores llamativas en las riberas. Los profetas de la oscuridad tienen razón cuando advierten que causas negrura como los demás, pero no la tienen cuando niegan que tu idea moral, una vez desplegada hasta sus últimas consecuencias, erradicaría toda negrura. Cree al oráculo del Caos en lo que tenga que decir sobre la insuficiencia de tus actos, mas no cuando dé a entender que no son necesarios. Es correcto que ames lo que amas, por más deseable que sería reproducir ese amor en cada una de tus respiraciones. Lo que haces por convencimiento moral es bueno: ahora multiplícalo por millares. Si estás convencido de lo que impartirá justicia, no lo abandones por el hecho de que a buen seguro no podrás colmar nunca sus exigencias; antes bien, afianza el sextante, sella el astrolabio, mira al horizonte sin mirar atrás a pesar de que el puerto de llegada parezca alejarse hasta el confín de lo posible. Vuélvete escrupuloso en el cumplimiento, pero no te fustigues cuando tropieces, como sin duda tropezarás, como tropieza todo lo que se mueve en el terreno resbaladizo del perfeccionamiento.

Tu mayor culpa ha sido nacer en un linaje de tiranos cósmicos: no puedes remediar eso. Pero puedes retirarte con disimulo, al menos durante la estación de las lluvias y durante los festivales de la destrucción, a una pacífica grutilla en la que meditar sin violencia, prescindiendo de todo capricho. Allí podrás de nuevo animar a tu atesorada virtud y despejarla nuevamente de heridas y residuos. Apartarás con cuidado y suavidad las moscas que acudan a sus costras por creerla moribunda. Soplarás, sí, a su noble frente, aparentemente achatada por mechones sudorosos de rubios cabellos ennegrecidos. Acunarás a esa hija que es también tu madre y tu padre, que es tu báculo sagrado, tu pasaje al coro de los justos y el señuelo para atraer hacia ese mismo coro a los seres que deambulan en penumbrosos laberintos forestales. Le cantarás una canción heroica y dulce al mismo tiempo. No esperarás, sin embargo, todos los triunfos inmediatos. No te apegarás a su rostro, que como todos los rostros se desvanecerá en la noche sin estrellas. Mas cantarás y cantarás, y lo harás con devoción a fin de que otros queden prendados de tan bella melodía, y no cesarás hasta que una congregación dance como en éxtasis a tu parénesis, a sabiendas de que tu mensaje es aún niño, incompleto y torcido como la sonrisa en los labios que han sido golpeados.

Véncete, soberano de tu persona. Ajeno a la indisciplina y vulgaridad circundante, desoyendo burlas e incomprensiones, desoyendo por encima de todo tus propias cavilaciones y paradojas con las que te golpeas a ti mismo, haz por caminar como un príncipe hacia la batalla final. En completa soledad, has de poder digerir y hacer tuyas las palabras que inspiraste mientras divisabas hermosos luceros que a pocos ojos titilaban, pues las ideas que aquéllas soñaron surgieron de ti, siquiera como reflejo y respuesta a la llamada lejana de palabras gemelas, y moran en ti.  Resiste al pecado, amigo, endurece tu abdomen, suaviza tu furia, aprieta los dientes fríamente, eleva tu cetro, atraviesa al dragón con amor. Y ofrenda, hermano de los que precisan hermanos, tus lágrimas de devoción, y abraza a los que puedan sentir los abrazos y aun a los que no puedan, y ábrete al siempre joven rocío de la pureza y al fin de la violencia. Mientras vivas, brilla. No estás llamado a menos.

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[Música: J. S. Bach, Widerstehe doch der Sünde (BWV 54. I. Aria). Nunca una exhortación de rechazo a los demonios sonó tan alegre y vivaz. Nunca se inspiró el combate espiritual con tanta fuerza y gracia en tan altas proporciones. Le entran a uno ganas de batallar sonriendo contra todos los dragones y dedicar la propia existencia a la erradicación del sufrimiento de todos los seres. Las notas orquestales y vocales de esta bellísima aria han acompañado la escritura de la consolación presentada y tienen buena parte de culpa de lo que pueda haber de bueno en el tono adoptado. Por su parte, el texto es recio como una admonición homilética medieval: Widerstehe doch der Sünde, / Sonst ergreifet dich ihr Gift. / Laß dich nicht den Satan blenden; / Denn die Gottes Ehre schänden, / Trifft ein Fluch, der tödlich ist (“Resiste al pecado, / o su veneno te agarrará. / No dejes que Satán te ciegue, / pues deshonrar la gloria de Dios / trae mortal maldición.”). Como curiosidad, Yoshikazu Mera, el andrógino contratenor japonés que canta en la grabación y cuya voz considero la más sensitiva y perfecta de su tesitura, ha tenido que combatir desde niño contra su propio demonio, y es que nació con osteogénesis imperfecta, enfermedad también conocida popularmente como “huesos de cristal”, expresión coloquial bastante explícita, poética y terrible.]

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It may be that the gulfs will wash us down:
It may be we shall touch the Happy Isles,
And see the great Achilles, whom we knew.
Tho’ much is taken, much abides; and tho’
We are not now that strength which in old days
Moved earth and heaven, that which we are, we are.

[“Es posible que las corrientes nos arrastren;
es posible que demos con las Islas Afortunadas,
y veamos al gran Aquiles, a quien conocimos.
A pesar de que mucho se ha perdido, queda mucho; y, a pesar
de que no tenemos ahora el vigor que antaño
movía la tierra y los cielos, lo que somos, lo somos.”]

Lord Tennyson, Ulysses

Es sumamente vergonzoso que la razón no garantice aquella serenidad que aporta la falta de juicio.

Séneca, Ep. 36.12

Pocas cosas nos consuelan porque pocas cosas nos afligen.

B. Pascal, Pensamientos, LAFUMA 43

No te partas, corazón, resiste mientras haya sangre que fluir. No te creas todo lo que de ti dice el entorno de vectores mecánicos, porque nada saben de montañas míticas, ni de votos de cándida lealtad, ni de la paz de los héroes que han vencido al fin. Los enigmas que recitas quedamente en el silencio de la noche son las únicas verdades que acaso oigas a lo largo de los días sin sabor. Y, sin embargo, dudas, dudas porque no te ejercitas lo suficiente. Debilitado por los aires enrarecidos, te compadeces de ti mismo y crees haber creído demasiadas cosas. Pero lo cierto es que solamente creyendo esas cosas y dejando atrás muchas otras en su nombre es como algunos han cruzado los umbrales y se han internado en las cavernas de los iniciados y en las nupcias sagradas.

Tu fortaleza está en tu efigie, que demuestra cómo aun en los pantanos más vulgares se puede no olvidar la hora del Juicio, cuando en un sencillo balance mirarás los callos de tus manos y las verás envilecidas por la debilidad o fortalecidas en las tareas que había que cumplir. Oh, ese Juicio llega a cada minuto, nunca salimos de ese Juicio, pues cada acto es el cierre de un acta, y en cada pensamiento te adivinas como salvador o como truhán. Cierto que eres las dos cosas, pues en todo hombre hay de ambas: nutre entonces lo que ya tienes, dado que ya no tienes que engendrarlo ni que localizarlo. Esa veta de esplendidez está ya algo fermentada en el mismo hecho de anotar estas palabras o en el de repetirlas con aprobación. Calla cuando no sea útil hablar, actúa sin disimulo cuando la sorpresa de los demás no dañe a nadie más que a lo más enquistado de inercias y opiniones gregarias, pero no hagas ostentación de ello. Esfuérzate siempre. No eres nada remotamente parecido a un héroe, sino un trabajoso pecador que lucha por recuperar la normalidad. Piensa en lo que dices, familiarízate con lo que piensas, acompásate a las fuerzas que te llaman en compañía de la virtud. Entrega sin esperar recompensa, despréndete de ataduras sin buscar libertad, quema tus viejos hábitos o, si has de mantenerlos, míralos con desdén, con despreocupación acaso, y observa cómo se desgastan por el uso. Consciente de que de todo habrá que rendir cuentas en el silencio final, no te guíes por ello: guíate por los besos que no decaen, por el perfil de los reyes de otros mundos, por los instantes de intelección universal, por el ritmo de las estaciones y por la lentísima oscilación del cielo estrellado.

Eres la agudeza que vuelve sobre sí misma, la beatitud cansada de replegarse. Eres la pureza de un gesto incomprensible para tantos, pero que nada debe a nadie sino a sí. Eres el camino por el que dejará de haber camino y dejará de haber tú, pues tú no te circunscribes al grosero límite impuesto por el dibujo humano. Todo esto que ahora balbuceas lo comprenderás perfectamente cuando camines junto a los dioses, las fuerzas innominadas e indiscernibles que se encargan de engrosar y destilar las razones de los elementos.

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[Música: Reinhold Glière, 12 piezas para cello y piano Op. 51 No. 4]

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Mientras vivas, brilla, no sufras por nada en absoluto. La vida dura poco, y el tiempo exige su tributo.

Epitafio de Sícilo

Aprende a conocer el ritmo que posee a los hombres.

Arquíloco, Fr. 128

Yérguete, alma mía, alzando el vuelo como en los antiguos tiempos, los buenos tiempos. La pócima de la libertad ha de sanarte las úlceras: confía en los dictámenes de los sabios. Que ningún escalofrío te arroje de las montañas. Sostén firme la pisada y apretando los dientes. Transmutarías tú fragilidad en poder con sólo vigorizar tu mirada más pura, adicta a las lejanías.

Los nuevos hijos de los titanes, ¡ay!, ya no son terribles ni grandiosos, y hieren sin grandeza y sin dar oportunidad de hermosa hazaña. ¿Cuántos héroes no habrás aminorado, apocamiento? ¿Qué aguijón buscarán mis tristezas para espolear sus armas? No es bueno olvidar que hemos venido a una guerra llamada mundo, donde el enemigo es uno mismo, su aliado es el percance y la melodía divina el trofeo. Hay que saber orear los vaivenes con que Caos trenza sus velos, esquivar las embestidas sin cobardía ni mezquindad, pero con temple y madura condescendencia, combatiendo aquí, retirándose allá para volver a emprender batalla más prometedora, dejándose vencer unas veces y pactando otras, cuando algo de concordia se hace propicia. No se sale del laberinto si no se juega audazmente con los meandros de la Fortuna. Sabio es el que, restaurando equilibrios, no se obceca con la perfección de los hechos y sabe conformarse con los azares serpenteantes de tibio avance.

No te venzas, alma, mantente fuerte en la asamblea de espadas. No poca gloria es sentir un dolor labrado en oro y bronce. Y es que el metal noble puede refundirse para forjar alhajas de níveos destellos. Confíate al dios que siembra amores, sumergido en primaveras de cálido clima. Ofrécete desnudo al universo de negro pelaje. La mar está en calma; sólo saliendo con la cabeza inundada de viento, respirando la sal del oleaje canoso, compitiendo con los delfines, tañendo liras de heroica compasión… sólo así te verás vestida de la púrpura que cubre el sagrario de los templos remotos, donde una vez naciste junto a todo lo que has amado, odiado o venerado.

Venías criando sándalos y navegando Nilos de ancho cauce. No decaigas. Rememora y cincela tu canto íntimo, argénteo, de sutil contorno. Pues todos los ojos que has mirado con deferencia, todos los inciensos que han depurado tu aura, todos los tintes que decoran tu ánimo, todo se nutre del cetro mayúsculo de los Invisibles, que se gozan en su amor tonante.

Frederik Judd Waugh - the_knight_of_the_holy_grail-large

[Música: Barbara Strozzi, Che si puo fare]

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