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Archive for the ‘El fin de la belleza’ Category

Todo necesita únicamente mi afirmación, mi buena voluntad, mi conformidad de amante: entonces es bueno para mí, y nunca podrá perjudicarme.

H. Hesse, Siddhartha, 2.8

C’est une espèce de bonheur, de connaître jusques à quel point on doit être malheureux.

[Es una forma de felicidad conocer hasta qué punto se debe ser desgraciado.]

F. de La Rochefoucauld,Máximas, 569/570

Vir igitur temperatus, constans, sine metu, sine aegritudine, sine alacritate, ulla, sine libidine nonne beatus?

[“¿Es que un hombre templado, constante, sin miedo, sin aflicción, sin alegría desbordante alguna, sin deseo, no es feliz?”]

Cicerón, Tusculanas 5.16.48

Tan necio es el que se ríe de todo como el que se pudre de todo.

B. Gracián, Oráculo manual y arte de prudencia, 209

Nor try to tie the Butterfly
Nor climb the Bars of Ecstasy,
In insecurity to lie
Is Joy’s insuring quality.

[“Ni trates de atar a la Mariposa,
Ni trepar por los Barrotes del Éxtasis,
Yacer en la inseguridad
Es la segura calidad del Júbilo”].

Emily Dickinson, Poems 1434 (ca. 1878), trad. de M. Ardanaz

Caspar_David_Friedrich_-_Klosterruine_Eldena_(ca.1825)

Requiere una cierta sabiduría no contar con ningún éxtasis sin dejar de admirar a quien vive instalado en él. Porque es fácil despreciar lo sublime cuando no se tiene al alcance de la mano, como también es fácil desesperar por no hallarlo o retirarse de la marea mundana cuando se halla. Hay una decepción del mundo que sugiere a contraluz nuevas bellezas; y hay una decepción más sutil surgida no del materialismo, sino del trascendentalismo demasiado trascendente, de la creencia en una meta todavía lejana. Ni el devenir alocado del siglo ni las iluminaciones más esplendorosas se me prometen en esta vida, y, en consecuencia, tampoco yo he de correr tras ninguno de los dos. El mundo ya me ha servido una degustación de sus principales alhajas: me han complacido, me han conmovido, me han hecho adicto, pero no han sabido atraparme con el suficiente ahínco como para olvidarme de otras búsquedas. Tampoco parece que la gran búsqueda vaya a coronarme con una sabiduría definitiva. No por ello reniego de ella, pero no la ansío como el que se ve próximo a culminar la carrera.

Esta decepción de la que hablo es una decepción sagrada. Consiste en reconocerse a salvo de las más arrastrantes emociones, en identificar las circunstancias no del todo favorables, no del todo desfavorables, que le acompañan a uno, como a tantos otros seres. Contemplas la belleza final, la quietud, la puerta a la liberación, el amor infinito, y respetas todo ello con verdadera devoción. Pero te ves lejos, pasando ante tu vista los años que a nada te llevan salvo a ti mismo. Por otro lado, has logrado mitigar la desazón. También liberándote del ansia del gran premio se obtiene una serenidad de otro tipo; liberándose de la liberación uno regresa a un estado de equilibrio aformal, de infancia sin ataduras, de la libertad de un río que fluye por un cauce determinado por el universo. Es una cierta sabiduría que no conduce a la total felicidad, pero protege en buena medida de una total amargura. No promete tesoros conmovedores, pero evita desengaños sorpresivos. Se trata de una gratitud por hallarse en un punto más o menos neutro, en una encrucijada de fuerzas que se compensan y lo dejan a uno en una tregua razonablemente plácida; gozar de grandes honores distrae en el durante y conlleva un doloroso golpe cuando peligran o cuando se pierden, al final de un periodo o al final de la vida. Sin embargo, esta aurea mediocritas, sabiéndola llevar, permite una tranquila observación de las peripecias cósmicas y permite hacer alta filosofía, mucho más alta que la que rumian los catedráticos universitarios; con la afable abstinencia de Epicuro se advierten también algunos milagros.

Todo conlleva la tristeza intrínseca de caducidad y de su insustancialidad última. El hombre cuya situación mediocre lo ha vuelto circunspecto ha sido bendecido con la oportunidad de percibirlo a cada instante. Esta renuncia obligada permite ver con distancia cómo otros que se creyeron más afortunados se estrellaron contra su fortuna. El pensamiento, libre de peripecias demasiado acuciantes, se ve capaz de desentrañar la leve indolencia de cuanto deviene, y así va mudando de piel, disponiéndose suavemente para abordar la idea de algo superior. Poco a poco, una renuncia más profunda se va gestando en el interior, y los apegos se disuelven por sí solos, como las fuerzas se aflojan en el anciano que ya nada espera salvo reclinarse sobre la tierra y alimentarla con su cadáver. Incapacitado para grandes sacrificios, sacrifica parsimoniosamente todas sus habilidades, todos sus fervores, todas sus aversiones, y va reduciendo su corazón paso a paso, sin rechazar nunca la calidez humana, pero no poniendo en ella más que el alma, sabiéndose el alma ligera, vana y caduca. Que nada nos arrastre y que no deje por ello de despertar nuestro amor, pues está tan extraviado y tan divinizado como nosotros.

Somos hojas mecidas en el viento: livianas, intrascendentes, impermanentes, prontas a la disolución. Ningún placer se promete duradero, ni la idea de un final nos atormenta en ciertos momentos de serenidad. Percibo que ninguna admirable transfiguración me espera en esta vida, y ello me descarga de aprehensión y afán. Viendo que todo destello conmovedor que me encuentre habrá surgido de mí, empiezo a reconciliarme con mi interior, y voy abandonando aflicciones y entusiasmos exógenos. Todo depende del propio esfuerzo y de lo encadenado que se esté por hábitos y azares, a los que podemos darle el nombre de destino o de Providencia. Poco parece haber de emocionante en todo esto. Mi vida es lo bastante pálida como para observar con atención y abordar la vacuidad del ser. En resumen: estando sumamente lejos de la meta, me encuentro, no obstante, en la senda adecuada.

Bellini - Allegory of melancholy

Todo lo que pueda romperse se romperá. Y esta fragilidad garantizada es lo que me incita a desapegarme del tiempo y a venerar mis huesos: son poco fiables, pero también suponen la rotundidad efímera de una visión, de una epifanía. Tan irreal como la aparición de un ángel, esta mano escribiente que se volverá polvo, ese árbol que se volverá humus, esa mole arquitectónica que se fundirá con el magma en la conflagración final, todas estas cosas son milagros de cuya entidad dudo, pues del vacío surgieron y al vacío regresan un poco más cada día. Y el instante, que se me figura sagrado, me impone tanto respeto que no consiento en llenarlo con nada demasiado necio ni demasiado digno de estima. El vacío que se trasluce en el dosel de lo mundano es una vaporosa visión que me promete melancólicos pero reveladores conocimientos.

Los que así sentimos no merecemos compasión; muy al contrario, he sentido los éxtasis de cuya especie lo esperaba todo, y he visto en qué terminaban. Los amores devienen llantos; las aficiones, abandonos; la admiración, decepción; el placer, dolor; la aparente plenitud, vertiginoso sinsentido; la más exquisita música, silencio y continuidad del murmullo existencial. Nada terminó, por fortuna, en tremendos tormentos ni en una penosa grisalla, sino en una tierna percepción de la belleza de lo marchito. Todo lo vano llega a causar compasión cuando se lo contempla como el enésimo intento de autoafirmación que acabará como todos los demás. Y hasta uno se imagina que el propio sufrimiento insoportable se advertirá -cuando llegue al pensamiento- como igual de nimio que la picadura de un insecto, y uno se cree indiferente a todo. Un alma macerada en este batimento de sensaciones puede no preocuparse demasiado de morir solo y sin hijos, en la ruina y joven, al tiempo que permite a sus ojos verter una  lágrima ante la poética imagen de una inconsciente gota de rocío que desaparece para siempre en la tierna edad de la mañana, o ante la mariposa que se desmaya sobre las aguas cuando al fin lograba dominar el secreto de la libación.

La tristeza del exiliado parece deberse a que nada le agrada en la ciudad que lo acoge. En realidad se debe a que nada allí es como en su patria, a la que desea regresar, y compara una ciudad con otra comprendiendo que si el exilio se da en una, también se dará en la otra. Es una aflicción sin temor, una aflicción que sonríe, que permite vivir y gozar, pero manteniendo en todo momento un halo de extrañeza, puesto que cada cosa es similar a su correspondiente en la patria sin que sea ni idéntica ni mejor.

No obstante, la plenitud está latiendo en todas partes, y se llega a exteriorizar en sabios que comparten nuestra misma provincia. La melancolía es un fleco de un tapiz de infinitudes, fleco del que empezar a deshilar el tejido para volverlo a tejer de nuevo en torno a uno mismo. Hay modos de trascender estos círculos de aspiraciones que respiran, que se afanan y se calman. Hay vías que fueron, son y serán recorridas por quienes han acumulado mérito, inteligencia y diligencia. Todo fenómeno tiene el mismo sabor, pero quien ha educado su paladar puede percibir en ese único sabor un dulzor que se escapa a quien simplemente reconoce una homogeneidad tediosa. Y la educación útil es cosa de las tradiciones. La realidad última no debe dejar de ser una constante de nuestro devenir, una fijación de nuestra mente, la causa motriz de nuestro método, pues bajo lo atareado de nuestra vida no hay otra cosa, y tras la pueril afirmación y la sagrada decepción hay una síntesis que reconcilia los polos positivo y negativo, y esa síntesis está presente aquí, ahora, en esta mente que escribe -esta mente que está sonriendo y lamentándose al mismo tiempo no por conato de locura sino por vislumbre de una plenitud que consiste, al fin y a la postre, en no esperar nada de nada: solamente mora y contempla cómo el exterior y el interior juegan a intercambiar ilusorias esencias. Es difícil alcanzarlo cuando no hay nada que alcanzar, cuando el mero impulso es alejamiento, cuando, de hecho, con cada paso que damos efectuamos un atentado contra el reposo primordial. La esencia divina no es otra cosa que ese punto central de cada nada, la intersección de todos los vectores, la nulidad que sirve de referencia a todo despliegue. ¿Qué mayor motivo de tristura y de gozo para las diversas capas que, volcadas cada una sobre lo suyo, conforman a la conciencia?

Con todo, estas divagaciones tienen una solución más simple que pasa por preocuparse menos de uno mismo y más de los demás, y a la par, como se ha dicho, no esperar gran cosa de nada ni de nadie, tampoco del propio yo aún no regenerado. La alegría más sencilla y pura proviene de complacerse en las conductas virtuosas, en ver cómo el sufrimiento del mundo se va sanando con pequeñas suturas aquí y allá gracias a tal o cual persona, tal o cual doctrina, tal o cual gracia imprevista. El previo devanarse de sesos no habrá sido más que alzar una montaña para finalmente contemplarla desde lejos y comprobar la afición de las mentes ordinarias a complicar las cosas, a sentir cosas contrapuestas y en términos similares. La montaña será horadada y erosionada mientras la conciencia tranquila sestea dichosa en un valle fresco y florido y cada vez más profundo.

Magdalena - George de La Tour

[Música: S. L. Weiss, Sonata en Re Mayor  K5. V. Sarabande.]

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“Muramos en esta guerra
para renacer de nuevo
como caballeros del rey de Shambhala”.

Canción mongola de guerra, cit. en J. PALMER, The Bloody White Baron, 2009, p. 66

“Veo… Veo al dios de la guerra… Su vida transcurre horriblemente… Después una sombra… negra como la noche… Ciento treinta pasos aún… Más allá tinieblas… Nada… no veo nada… el dios de la guerra ha desaparecido…”.

Profecía de una adivina cíngaro-buriata a R. von Ungern-Sternberg, cit. en F. OSSENDOWSKI, Bestias, hombres, dioses, 3.10

Cuando se enteró de su muerte [de von Ungern-Sternberg], el Bogd Khan encargó oraciones por su alma para que fueran leídas a lo largo y ancho de Mongolia. Sin duda serían necesarias.

J. PALMER, The Bloody White Baron, 2009, p.231

R. F. von Ungern-Sternberg (1885 – 1921)

Era el 21 de febrero de 1921. Algo más de cincuenta hombres atravesaban a caballo las viejas calles de Urga. Eran cosacos, buriatos, tibetanos y japoneses guiados por el general más temible de la taiga, el terror de los revolucionarios y los impíos, el barón Roman Fiodorovic von Ungern-Sternberg. Se trataba de la avanzadilla de la Caballería Asiática, la escuadra personal del barón, que había encabezado la recuperación de la ciudad. Las banderas ondeantes daban los motivos por los cuales debían preocuparse los chinos apostados en el palacio real mongol. Unas de ellas mostraban el monograma del Gran Duque Miguel, al que von Ungern-Sternberg tenía por nuevo emperador de la Santa Rusia sin saber que estaba muerto desde hacía tres años; en el reverso, la faz de Jesucristo sobre un fondo amarillo budista. En otras banderas vibraba la esvástica, el verdadero emblema de Asia, junto al soyombo, la insignia del tengrianismo estepario. Tras escurrirse horripilados los últimos centinelas chinos, la escuadra libertadora arribó a las puertas del palacio del Buda Viviente. Sin bajar del caballo, el barón gritó tres veces su propio nombre a las murallas y tres veces que le abrieran las puertas. Pocos minutos más tarde se cumplió su petición. En la explanada del palacio le esperaban postrados todos los sirvientes y los altos cargos del gobierno legítimo de Mongolia. Incluso los dobdobs, los monjes guerreros que custodiaban a su líder sin ceder ante ningún ser de este o de otros mundos, hicieron una reverencia. El libertador, vestido con el traje típico mongol, atravesó empedrados y pórticos sin desviar su vista de delante. Dentro del salón de recepciones se podía distinguir un trono budista con una silueta humana aquietada encima. El general ruso se detuvo delante, miró atentamente al líder que tenía enfrente, no fuera a rendir pleitesía, él, un héroe asiático, a quien no lo mereciese. Comprobó que estaba ante el señor de Mongolia; agarró su fusil y lo depositó en el suelo, en el que se arrodilló. El Buda Vivente juntó sus manos en señal de saludo y abrió su preciosa boca:

—Bienvenido, noble guerrero del norte. Has salvado al país de las estepas y a la ley de Buda en él. Serás recompensado con caballos y con muchas vidas de felicidad.

—Santidad —contestó von Ungern-Sternberg—, he cumplido con lo que os prometí y eso me basta. Espero que mi tardanza no haya causado demasiado sufrimiento.

Bogd Khan, el Buda Viviente, sonrió:

—No ha habido más sufrimiento del que debía haber. Ahora descansad. El personal del palacio se ocupará de dar a vuestros hombres y vuestros caballos todas las atenciones necesarias.

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El descanso no afectó al alma del barón. Enseguida se organizó la nueva coronación del Buda Viviente, que finalmente se fijó en un día auspicioso merced a los oráculos. Sipailov, el cruel y alcóholico condotiero, pasó de ser lugarteniente del barón al mandatario en funciones de la ciudad: para inaugurar su cargo mandó matar a unos cuantos judíos y bolcheviques de Urga escogidos poco menos que al azar. Entretanto, el barón daba largos paseos en silencio, meditando absorto sobre el destino de su nuevo imperio. Los mongoles se arrodillaban a su paso; creían que aquel hombre tenía razón al reconocerse como encarnación de Gengis Khan. No había un solo patriota mongol que, enterado de los acontecimientos, no lo creyese. Pero empezaba a correr la idea más importante de que la grandeza del barón sanguinario estribaba en encarnar a Mahākāla, conocido en tibetano como Nagpo-Chenpo o Mgon-Po, el antiguo demonio guerrero, protector del Dharma, furibundo servidor de los budas. El rumor se multiplicaba con gran conmoción cuando se añadía que había salido de los labios de los altos lamas del palacio. Era cierto que no se percibía en la conducta del barón ni alegría ni tristeza, ni misericordia ni odio: tan sólo el decidido cumplimiento de un destino, destino que consistía en propagar la disciplina en forma de budismo y de ética de la guerra, en ser el azote certero del desorden en los cuerpos y en las almas de todo un continente. ¿Quién sino un antiguo rey de mundos superiores tendría esa mirada absorta e impasible, enrojecida por el fervor y la decisión, ajena al terrible desenlace que le esperaba tras un combate ya vaticinado? ¿Quién sino un monje prescindiría de la ternura de cualquier mujer en nombre de la religión? ¿Qué otro aristócrata sería capaz de renunciar a todas las comodidades de la vida y dormir sobre el suelo junto a los soldados? ¿Y quién más, venerando a Buda, tendría ese rigor marcial con el que había torturado a latigazos a sus propios hombres hasta el punto de reventarles los músculos, como a Saltanov, que llegó a perder la razón y hubo de ser ejecutado? Pero tal era el castigo impuesto por el barón por violar la dignidad de la población local, algo que concertaba con la condición de un protector de Mongolia. Todos los designios de aquel hombre pálido parecían responder a un cuidadoso plan de vida y muerte a largo plazo, un plan frío como el invierno y como la Ley del universo, donde las fuerzas del karma reequilibraban los méritos humanos con sufrimientos y victorias igualmente colosales. Tenía, pues, todos los atributos de un difícil dios. Después de todo, el lama Sandan Tsydenov ya había considerado al zar Nicolás un charkravartin, un glorioso rey piadoso; mientras que Agvan Dorjiev, el monje y agente buriato, lo creía la reencarnación de Tsongkapa, el fundador del linaje Gelugpa que ahora lideraban el Dalai Lama, el Panchen Lama y el octavo Jebtsundamba Khutuktu, encarnado ahora en Bogd Khan. El capitán Dimitry Satunin, también de las filas del Ejército Blanco, había sido reconocido en cambio por los oirates burjanistas con rasgos de Ak-Burkhan, el gran emisario divino entre los pueblos altaicos fieles al chamanismo. Así, grandes reyes, grandes generales y grandes deidades adoptaban unos las formas de los otros en una larga cadena que no pretendía sino guiar a los pueblos mediante una alternancia de enseñanzas, mandatos y hazañas.

Bogd Khan, el VIII Jebtsundamba Khutuktu, líder espiritual y secular de Mongolia (1869 – 1924) 

Von Ungern-Sternberg se reunía de cuando en cuando en audiencia privada con Bogd Khan. Su Santidad irradiaba autoridad cuando relataba cómo sus decretos mágicos habían dado resultado durante las semanas previas al contragolpe de estado: los chinos se habían retirado en parte gracias a las recomendaciones al pueblo de Urga de abstenerse de comer carne, de que se arriasen banderines de oración con Caballos de Viento dibujados en ellos, de no comprar tabaco chino, de que las mujeres se dispusieran los cabellos en dos mitades y que llevasen color blanco sobre el pecho. El barón asentía a todas aquellas indicaciones, casi como si supervisase el trabajo de un subordinado. El lama no dejaba de explicarle las costumbres calmucas o los complejos sortilegios a los que obedecen los espíritus de las estepas. Evocaba a menudo la grandeza de la tierra manchú. El ruso, por su parte, opinaba del clima urálico, del temible monje guerrero Ja Lama, de los chamanes siberianos, y del carácter de eminentes camaradas de filas como el almirante Kolchak o Semenov, el atamán cosaco. Habló del apellido von Ungern-Sternberg, propio de antiguos aristócratas guerreros, entre los que se contaban caballeros teutones, cruzados contra los paganos estonios y lituanos. No habiendo sustituido sus creencias budistas a la tradición cristiana de su familia, en ningún momento durante su estancia en Urga dejó de llevar sobre el pecho la merecida Cruz de San Jorge, cuya geometría complació al tacto de Bogd Khan, puesto que su ceguera le impedía verla. Von Ungern-Sternberg hablaba con frecuencia de las guerras de religión en las tierras bálticas y en Tierra Santa y de cómo él no hacía otra cosa que proseguir el linaje familiar. Sin embargo, no evitó reconocer el giro de los acontecimientos:

—La situación al norte es complicada, Su Santidad. Está pasando el tiempo de los atamanes, de los cruzados, de los guerreros píos y de los dioses vivientes. Si vencen los bolcheviques y los chinos, dentro de poco ya no se sentenciarán profecías en estas tierras, y todos los pueblos de Asia dejarán de ser nombrados por los espíritus celestes. Esos revolucionarios, con tal de acabar con los reyes, se han decidido a matar a budas y a dioses.

—¿Y pedir ayuda a Occidente? — inquirió el santo rey mongol.

—Los europeos se han abandonado a su propia desidia, como débiles y afeminados intoxicados en un fumadero de opio. Nada se puede esperar de ellos, salvo pasividad o colaboración con el mal. Tampoco es suficiente la ayuda que prestan los japoneses, y todas las alianzas de los pueblos budistas continentales no lograrán por sí mismas vencer a los comunistas.

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Diciendo esto miro el cielo estrellado y pensó algo sobre el inminente fin de su propio ejército, sobre la corta vida que le había augurado una anciana astróloga semanas atrás, sobre la extinción de los reinos. El lama supo de estos pensamientos sin necesidad de oír palabras de la boca de su aliado, y guardó silencio. De repente tuvo la terrible visión del porvenir de Mongolia y del mundo, y un estremecimiento sacudió los muros de los monasterios cercanos. Tras la colación, mandó a todos los monjes orar y meditar durante toda la noche. Algunos días después, una noche en que la luna había rellenado sus cuernos, el barón tomó la decisión de marchar próximamente con sus hombres para reunirse con las tropas prometidas por el Dalai Lama y para otear la región, cercada ya por Suke Bator y sus aliados chinos, ansiosos de imponer de nuevo el ciclón comunista en la serena y anciana Mongolia. Mientras tanto, unos soldados calmucos cantaban canciones de amor ante una hoguera, los yugos descansaban desuncidos de los bueyes, las marmitas callaron su murmullo, y un monje iba por las calles solitarias esparciendo mantras protectores en queda voz.

H. Consten - Mongol warriors during the liberation war against the Chinese

Fue una mañana determinada como propicia por los augurios de los mopas cuando partió la escuadra del barón. Tras una ceremonia de despedida digna de héroes divinos, la caballería se alejaba, esparciendo al viento insignias de banderas zaristas, cristianas, budistas y tengríes. Hombres, mujeres, niños y ancianos se postraban al paso solemne de los salvadores que abandonaban las calles de la ciudad. Habían recibido al barón como a un soldado ruso: lo despedían como a un dios. Muchos intuían que no regresaría nunca más a Urga con aquel cuerpo. Llorando y gimiendo, salpicaban con flores el suelo que iba pisando el ejército. Tiempo después de la despedida, todavía titilaban los destellos del metálico armamento, que se iban enmascarando por la lejanía y por la nube de polvo que alzaban los cascos de las monturas. Bogd Khan los oyó alejarse y, aunque no mostró ninguna sonrisa, agradecía que los cielos no se hubieran olvidado hasta entonces de las estepas; los budas habían enviado a un feroz protector de la Ley para hacerla prevalecer en el punto más monstruoso de una época degenerada. Así, ante el descarrilamiento fatal de los tiempos que estaba exterminando al aroma fresco del mundo, aquel demonio blanco, servido por hombres violentos de todo Oriente, se había obligado a hacer correr más sangre que nunca con tal que la rueda de la sabiduría siguiese girando. Con cada caricia a las cuentas de su rosario, expresaba el último Khan un deseo de salvación para todos. Trotando con paso firme hacia la muerte de muchas cosas, el barón no volvió la vista atrás ni una sola vez. Las ya distantes tropas comenzaron a entonar una canción de guerra:

“Alzamos la bandera amarilla
por la grandeza del budismo;
nosotros, los pupilos del Buda Viviente,
vamos a combatir por Shambhala”.

Picea obovata forest, Bogdkhan Uul Strictly Protected Area, Mongolia, near Manzushir Monastery

El Buda Viviente, mientras los saludaba en vano con gran agradecimiento e infinita compasión, percibió que el gélido viento había cesado. De repente, las banderillas de oración dejaron de agitarse, y la naturaleza se silenció: la rueda universal de la sabiduría se preparaba para detenerse, y nadie sino los perfectos emancipados del devenir sabía por cuánto tiempo ni hasta qué extremo. Asia habría de contener la respiración ante el aturdimiento del siglo, un aturdimiento surgido de una inmovilidad más desquiciante que cualquier tempestad de la estepa, un aturdimiento que reverberaría por todo el orbe y del que, no obstante, todo espíritu piadoso no podía desear más que una regeneración posterior, recompensa por un invierno milenario. Todo habría de volver algún día a la paz perfecta del ritmo sagrado de los viejos tiempos, igual que la estepa queda vacía y en silencio cuando el breve fragor de la batalla se disuelve en el océano de siglos, igual que el rumor de los insectos cede sin resistencia ante el leve imperio de la nieve. Pero, a pesar de todo, el Buda Viviente cerró sus ojos ciegos para evitar que una lágrima cayese sobre su corazón.

4x5 original

[Música: Aga, Rodina Moya (“Aga, mi patria)”, canción buriata, por el Badma Khanda Ensemble.]

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El romanticismo aparece allí donde unos hombres sienten la imposibilidad de continuar la realidad y asumirla, o de combatirla. En este sentido es una actitud arcaizante, signo de decadencia de una civilización.

J. Mª. Alsina Roca, El Tradicionalismo Filosófico en España, p.253

La fantasía se ensimisma morbosamente y el espíritu se consume en errores visionarios, pues el mundo no le presta ayuda alguna.

F. Schleiermacher, Monólogo III 77

Los grandes hechos de todas las épocas se confundían en mi pensamiento como llamas, e igual que en una tormenta se van uniendo entre sí las gigantescas imágenes de las nubes del cielo, así se unían, así se transformaban en mí en una victoria infinita las cien diferentes victorias de las olimpiadas.

F. Hölderlin, Hiperión, I 1

Desde finales del siglo XVIII no ha aparecido ningún tono nuevo, ningún nuevo acento expresivo que sea realmente valioso. Somos el negro y desabrido coleteo de los románticos. El Siglo de las Luces llegó a tal extremo en su arte de descomponer que hasta a la diosa Razón se la bajó del pedestal en el momento mismo en que fue deificada. Los románticos fueron los primogénitos de los ilustrados. Su movimiento fue intensa y legítima aspiración, pero ausencia de método. Leemos a estos soñadores del XIX para sentirnos confirmados o refutados, pero no vemos señalada ninguna escalera con nitidez. Hace falta una afinidad innata para que su efecto perdure en nosotros. ¿No hay resabios de belleza divina y de suprema verdad enzarzados entre los hinchados verbos de Hölderlin, Schlegel, Fichte, Schelling, Herder, Brentano? ¿Y no los hay entre los trazos de Caspar Friedrich o de Delacroix? Sí, ¿pero de qué sirven? La mayor parte del tiempo no dejan de dar vueltas sobre los mismos conceptos y las mismas sensaciones, confundidos, contradiciéndose, cambiando de rumbo para volver de nuevo al rumbo inicial. La plenitud es al romántico lo que la razón para el ilustrado: una espiral ascendente que a veces se detiene en un nivel o incluso desciende otra vez. Si, a pesar de no ser uno de ellos, se tiene el proyecto de sostenerse en lo más alto de sus mejores experiencias, más útil que leerlos será entonces el hacer postraciones y entonar cantos gregorianos. También nos seducen una y otra vez los arpegios eólicos de Chopin, la poesía sonora de Schumann, la extrañeza espectral de Schubert, la catábasis y anábasis de Liszt, la ensoñación cromática de Berlioz… pero no nos hacen oír el Silencio salvo durante unos pocos compases.

Amo a los románticos, los siento encarnaciones previas de mi ciclo transmigratorio, los releo, los imito sin proponérmelo, los busco, los escucho en sus nocturnos y baladas para piano. Pero no darán la paz eterna. Son solamente el primer paso -y eso ciertamente ya es mucho- en un camino que prosigue y se afianza en la obediencia a una ley disciplinaria. Uno se alista al regocijarse en la gloria de un brillante estandarte, pero se vence en la batalla mediante el rigor marcial. Es natural que el romanticismo, mientras suspiraba por tiempos antiguos y medievales, se comprometiera precipitada y confusamente con las revoluciones liberales, soñando con Arcadias sin pensar en la paciente trabazón de los siglos y de los maestros.

Guerin - Prince de Talmont

El ilustrado, al obsesionarse en que su conocimiento no tuviese fisuras, se quedó mirando a la superficie. Prefirió perder de vistas las grandes verdades con tal de afianzar verdades menores. Es por ello que el mundo moderno ha sido hasta hoy un sinfín de éxitos minúsculos envueltos en un inmenso fracaso. La reacción fue el romanticismo: un intento de regreso abreviado a la fuente. Ciertamente, la velocidad de los acontecimientos y la sequedad arrasadora del positivismo y el utilitarismo llamaban a la urgencia. Demasiado decididos o demasiado dubitativos, buscaron sin la paciencia de la madurez, y la mayoría encontró la muerte en la juventud, sedientos por la avidez de estallidos. Los que escaparon de la muerte cayeron presas de la locura, o encontraron acomodo en oficios institucionales habiendo mitigado ya el orgullo que se negaba a pactar con el mundo.

Intuyeron los jóvenes alemanes postrevolucionarios -seguidos por el resto de europeos- que sacrificar las verdades menores de un solo golpe era imprescindible para alcanzar de nuevo la idea de una verdad total. Acertaron en parte. En efecto, las ciencias, tal y como se cultivan desde entonces, si no son acompañadas de comentarios sapienciales, sólo distraen la atención del hombre. Y así tantos saberes que, en una sociedad mezquina como la que dejaba con su salida el Siglo de las Luces, no ayudaban más que a apuntalar frivolidades, arrogancias y mezquindades. Pero no se puede prescindir del método humanista depurado por los siglos. Las artes liberales daban al cristiano un cimiento desde el que levantar catedrales, repletas de geometría, de simbolismo, de retórica y astronomía incluso. Las almas más sencillas se contentan con mantener sosegado su fuego en la penumbra de la capilla. Pero un corazón más grande, como catedral interior que es, precisa de una ordenación, de un sendero, de un apostolado. Estudiando en la universidad, los románticos arremolinaron ideas ilustradas con anhelos medievales, y quisieron explicar los segundos con las primeras y las primeras con los segundos. Más allá del vínculo universitario y filosófico, otros se fijaron directamente en el arte y en la naturaleza. Pero ninguna belleza te hará sabio si no la pones al servicio de una sabiduría previa. No tener eso en cuenta fue, como se ha dicho, el error cardinal de los románticos. Ellos pretendían alumbrar toda luz a partir de la unión directa entre su propio interior y lo bello. Pero lo bello tiene un simbolismo que no se improvisa, un simbolismo que puede ser revelado, pero difícil es que no sea en parte educado, ni aun en el mejor de los casos. Ningún hombre, salvo un elegido de los Cielos, puede discernir él solo todo el drama cósmico a partir de los indicios, de los vestigia Dei. Es por eso que han existido la Iglesia y las Escrituras, es por eso que los místicos se formaban en la dura ascesis. Es por eso que hubo una Academia y una Estoa en Atenas, y un continuo de bodhisattvas que se reencarnan en Asia una y otra vez para no dejar de recordar nunca el camino al peregrino y de adaptarse a las inquietudes particulares de cada espíritu.

George_Gordon_Byron,_6th_Baron_Byron_by_Richard_Westall_(2)

Demasiado centrados en sí mismos, estos hombres nuevos carecieron de la paciencia para buscar analogías exactas entre su ser y el del mundo de los principios. En cualquier caso, en la Grecia idealizada de un Hölderlin, en la noche simbólica y cristiana de un Novalis, en la humanidad transfigurada de Schleiermacher, en los tiernos paisajes de un von Eichendorff, en la dramaturgia mistérica de Wagner, en todos ellos se anuncia una metamorfosis interior. Cada uno de ellos vislumbra o recae periódicamente en un conato de iluminación; para asentarla y domarla finalmente hará falta una disciplina, un maestro o un claustro. Pero ahí están, advirtiendo de la opacidad de las vías trilladas y señalando erráticamente otras vías de salvación. Un romántico es alguien que muere de nostalgia infinita. Un monje es alguien que se propone satisfacer esa nostalgia. Una persona pueril es la que no se apercibe de que siente esa nostalgia.

Se me hace inevitable volver a los románticos, reflejarme en ellos, expresarme como ellos, sentir y pensar exactamente igual que ellos. Nada de lo que pienso o escribo deja de ser romántico. Pero sé que es debido a que estoy extraviado en el juego cósmico. Nunca me libraré del romanticismo ni aun nutriéndome de una fuente más antigua, de la que los alucinados alemanes también abrevaron a cucharadas. Difícil es que deje de mirar el mundo con sus lentes. Porque su desazón y su formación son los míos, su intención y sus hábitos son los míos, y el triste sino de haber nacido en un mundo en guerra con el Espíritu es, de hecho, todavía más nuestro que suyo. Todos creemos ser hoy un sucedáneo del romanticismo, pero si, como sucede, ya no parece haber hueco para el modelo genuino, se debe a que nadie tiene ya la más mínima esperanza de restauración y muy pocos la suficiente jugosidad de alma. Ni siquiera parece haber, pues, posibilidad de suspirar por iniciaciones perdidas. Pero sé que no puedo ser el único, estoy convencido de que en muchos corazones todavía latirá consciente ese pálpito, ese ritmo acelerado que clama, al menos, por que le presten a uno algún ídolo ancestral para postrarse.

Habrá que cuidarse, entonces, de los delirios demasiado agitados. Habrá que centrarse en la visión luminosa, en la pacificación unificadora de la naturaleza, en los acordes sutiles de la lira cósmica, y escudriñar a los demonios que susurran en forma de acúfenos y embotan las almas de los paladines extraviados con imágenes tenebrosas y suicidas. Porque el romanticismo es el impulso enérgico y decidido hacia el Todo, impulso demasiado afanoso como para detenerse a meditar sobre el viaje. Tiene la duplicidad de todos los entusiasmos: el peligro de las prisas y la grandeza de la amada posibilidad. Puede ser la mejor versión europea de la bodhicitta más pura… y también puede ser el peor de los monstruos que surgen cuando la razón sueña. Sus visiones pueden ser como las de los santos medievales, pero pueden igualmente repletarse de fantasmas, anhelosas soledades, amores frustrados, circunspectos paseos entre ruinas de templos demolidos… y acabar en cadáveres flotando sobre el río. Si uno, por lo tanto, se incardina en este raíl sin raíles, no habrá de perder de vista, so pena de muerte, la Luz de lo Alto, no sea que le suceda como al impetuoso Orfeo y pierda para siempre la plenitud de su Eurídice al volver tras sus indecisos pasos.

La primera generación de románticos estalló en mil colores y acabó en tantos desdichados finales como previos embravecimientos hubo. Ahora, en este apéndice de la historia al que se nos ha expulsado, ahora la enésima generación habrá de hacer malabares para no perecer a manos de todos los males posibles; para ello habrá de reunir los heroísmos y las nostalgias de todas las sabidurías de todos los tiempos, con todos sus matices, con todas sus fuerzas compensatorias para no descarriar todo el fervor acumulado a través de siglos, pero nunca diluirlo, y destilar un rumbo al fin certero, una llama simple a fuerza de hallar lo común en la hermosura de todos los hombres, de todas las razas, de todas las estirpes alumbradas por los dioses, de las que descendemos.

***

[Música: F. Liszt, Soneto 104]

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El Estado no se mantiene por una sola libertad o por un solo constreñimiento y rigurosidad, sino por una armonía (todavía imperceptible para las ciencias sociales) entre la disciplina de la fe, el poder, las leyes, las tradiciones y costumbres, por una parte, y aquella libertad real de la persona que es posible incluso en China en condiciones de tortura.

K. Leontiev, Obras escogidas, Moscú, 1993, p.178

Por sometidos que estuvieran los hombres del Antiguo Régimen a los deseos del rey, había una clase de desobediencia que les era desconocida: no sabían lo que era rendir pleitesía a un poder ilegítimo o contestado, al que se honra poco y a menudo se desprecia, pero al que se sufre de buen grado porque es útil o puede perjudicar. Esa forma degradante de la servidumbre siempre les fue extraña. […] Al someterse a sus órdenes más arbitrarias cedían menos a la constricción que al amor; de ahí que conservaran con frecuencia plenamente libre el alma hasta en la más extrema dependencia.

A. de Tocqueville, El Antiguo Régimen y la Revolución, 2.11

 

Sociedad aristocrática es aquella donde el anhelo de la perfección personal es el alma de las instituciones sociales.

N. Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito

¡Grandeza de tiempos pasados, yo te rindo tributo, ya que de invocarte cualquier otro se avergonzaría en esta hora! El Palacio Real de Aranjuez está repleto de gente, pero no son sus legítimos dueños. Lo pisotean transeúntes con desdeñosa curiosidad, pero no se levantó el edificio para ellos. Tampoco los jardines que lo anillan fueron tan deliciosamente dispuestos para que los contemplasen desde maneras y ropajes funcionales y tejidos en zafiedad. Las obras de sabor clásico se erigían para los principios, y su funcionalidad cortesana era el precio a pagar por ello, un precio asumible. Los lunares postizos y los apolíneos cuartetos de cuerda velaban una ceremoniosidad profunda, una elegancia grave aupada por destellos ornamentales de gracia y ligereza. Este donaire dieciochesco alcanzaba, sin duda, su más alto grado en los atrios de los alcázares y en las azuladas estancias de coquetería rococó. Tampoco para mí se hizo todo esto, hijo como soy de tiempos y sangres plebeyos. Pero recurro a este rincón porque es ahora el último reducto de la belleza institucionalizada, y porque lo comprendo, y porque sé que en otra circunstancia más armoniosa habría aprobado que se me cerrasen ciertos espacios si recibiese a cambio otros con un mínimo de dignidad. No hay que olvidar, a pesar de todo, que los pasillos de los palacios no eran recorridos más por nobles que por ebanistas, albañiles, músicos, poetas, cocineros y lacayos.

Y no es posible, no puede creerse que mientras tanto lo plebeyo fuese sinónimo de fealdad y podredumbre. Si había un sol brillante, entonces el entorno estaba circundado por su resplandor. En un mundo de principios, todo navega al son del sacerdocio de las formas, del sacro maestro de ceremonias. Las ropas, las paredes, las sábanas, las galanterías, la canciones populares, los giros de los abanicos, los versos piadosos del pueblo llano, el rumor de la guitarra a la puerta de unas dependencias oficiales, el paso gallardo de los caballos, el gesto tímido de las doncellas, las bravuconadas de los efebos expresadas en recios pareados improvisados, los latinajos de los diáconos, la esperada llegada de los capitanes, la esbelta figura enarbolada por el miriñaque, la línea límpida entonada por un violín italiano, la seda depurada de Oriente, el lino fresco y natural de los telares locales, la gracia de un requiebro, el pensamiento dulce e inocente de un hombre decente en su rey y en su reina… En la medida en que algo de todo eso no se viera del todo desaparecido, entonces una nobleza hoy buscada por todos los rincones afloraba en cada esquina como geranio en soleado balcón.

aranjuez

Quedan los palacios -dicen- y las fuentes y las partituras y algunos muebles y vestidos. Un platónico nunca cambiará las almas por sus escafandras. ¿Qué es un palacio sin príncipe, un catecismo sin piedad, una sonata sin un oído compenetrado con su retórica, una bandera sin una visión sagrada de la patria, una fuente sin jugueteo de ninfas, unas redondillas sin el entusiasmo ruidoso de un auditorio o la atención de una joven agasajada por el cortejo, una peluca grisácea sin una galantería disparada por los labios de un doncel? Diré lo que es: tramoya, decorado de cartón, superflua emulación de la nostalgia, ceniza y cadáver sostenido en pie por la fuerza de la inercia y del no sé qué que viene de verse a uno vacío de toda luz.

Cierto que sus artífices no entenderían bien lo que hacían ni los esqueletos arquetípicos sobre los que trenzaban sus superficies frívolas. Cierto que no se creían platónicos, sino adalides del ingenio, de la razón y de un cristianismo superficial. En efecto, con ellos se cerraba una era descendente. Pero ahí estaba todavía latiendo la verdad, bajo un sinfín de capas distraídas. Tanto es así que, ciertamente, lo importante no ha desaparecido: sólo se siente menos por la opacidad de las nuevas formas, aserradas con mecánica impersonalidad. Aquí, en estos jardines de Aranjuez, la verdad sigue siendo la misma que hace tres siglos o trescientos, e igual será dentro de tres mil más. Y aquí, junto al rumor de una fuente esculpida por un mito griego, aquí,  pesar de todo, es donde mejor me apercibo de ello.

En el Real Sitio de Aranjuez, a 3 de julio del A.D. de 2015

Fernando Brambilla - Paseo de barcas en Aranjuez

[La música que suena es del gran Luigi Boccherini (Trío de cuerda Op. 47 No. 1. I. Allegro moderato), una música que debió de sonar en jardines o en salones de Aranjuez para complacer a su protector Luis Antonio de Borbón y Farnesio o al propio Carlos III]

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… hasta que se llegó a estos tiempos en que no somos capaces de soportar nuestros vicios ni sus remedios.

Tito Livio, Praef. 9

En Roma, en el siglo III de nuestra era, de cada millón de habitantes, parece que sólo sesenta mil eran latinos de pura cepa. En cuanto un pueblo ha llevado a cabo la idea histórica que tenía la misión de encarnar, ya no lo queda ningún motivo para preservar su diferencia, para velar por su singularidad, para salvaguardar sus rasgos en medio de un caos de rostros. […] Cuando una nación carece de orgullo y deja de considerarse la razón o la excusa del universo, se excluye a sí misma del devenir.

E. M. Cioran, Desgarradura (“Las dos verdades”)

Una tras otra, las soluciones retroceden conforme cortan nuestra retaguardia, a cada vuelta de rueda las paradojas se diversifican y los problemas se complican, la mayoría de entre nosotros renuncia a planteárselos, la mayoría de entre nosotros renuncia a concebirse como el problema, y nuestros más excelentes espíritus profesarán la legitimidad de nuestra incoherencia, nuestros sabios de más renombre abdican las pretensiones a la síntesis; por fin la imagen de este mundo está en pedazos y nuestros pensadores afirman que subsistirá tal cual.

A. Caraco, Breviario del caos

Sentimos que desde hace tiempo tenemos ofendido a Dios, y no Le aplacamos. A nuestros pecados se debe que los bárbaros sean fuertes, por nuestros vicios es vencido el ejército romano. […] El ejército romano, vencedor y dominador del orbe, es vencido y siente pánico a la vista de aquellos que son incapaces de andar, que apenas tocan el suelo se consideran muertos, y nosotros no entendemos la voz de los profetas: Huirán mil de uno solo que persiga (Dt 32, 30).

San Jerónimo, Ep. 60.17

Quienes en tiempos antiguos usaban el Tao,
no lo hacían para iluminar al pueblo,
sino para mantenerlo en la ignorancia.
Si es difícil gobernar al pueblo
es a causa de sus conocimientos.

Lao-Tse, Tao-Te-Ching, 65

El Cielo y la Tierra pasarán, mas Mis palabras no pasarán.

Mt, 24.35

cornelis-van-haarlem - Caída de los titanes (detalle2)

Lo que menos se puede negar a los nihilistas es su acierto en discernir el fin de ciclo. Una visión que ya los profetas advertían en el desierto está a punto de cobrar rango de evidencia. La humanidad se desentiende de sus misiones, olvida su raigambre, no ara la tierra que la crió, si es que alguna vez la ha pisado.

En diversos pueblos de la Edad de Bronce, los túmulos de los ancestros demarcaban territorios. Del mismo modo, nuestra caída será una frontera, un resorte con el que los supervivientes regresarán a la prehistoria en cuestión de segundos. Recomenzando todo, ajenos a la masa y su presión –tan ajenos como a unos ideales fáciles de descuidar para quienes los heredan–, deberán reedificar la pirámide de la Tradición desde los cimientos. Volverán a investigar el idioma de los pájaros –si queda alguno– e interpretarán en ellos oráculos de primera mano, y percibirán allí y en otros latidos de la Tierra el patrón de orden que los hombres de la Era de la Aniquilación pervirtieron hasta convertirlo en espada del suicida. Levantarán altares y tronos… o no serán.

Con el Tíbet murió el último feudo legítimo. No hay que sentir pena por el devenir de las naciones, porque ya no existen las naciones sagradas. La mayoría de las presentes ni siquiera lo ha sido alguna vez, fruto como son de modernas cartografías de salón. Poco importa que se dividan, que se reúnan, que cambien de nombre o de sistema de gobierno; tras la muerte del alma colectiva, las disputas territoriales no son más que repartos de cadáveres y los marcos instucionales hueros son sus féretros. El comercio aleló a las naciones, la democracia las decapitó, el multiculturalismo las confundió, el vulgarismo las hizo hirientes a la vista, el ateísmo las reventó. Olvidaron a sus santos patrones, a sus héroes fundadores, a sus genios protectores, olvidaron las medidas simbólicas de la arquitectura de sus templos, los dioses de sus suelos y sus montes. Ante esta perspectiva, los ancestros abandonaron el pacto que los unían a los vivos -pacto que constituía el ser de las naciones como puentes entre mundos- y han dejado de proteger los espacios. En buena lógica, los materiales nobles fueron sustituidos por el plástico y el hormigón; la información coagulada en tinta por la mano temblorosa del sabio o del aedo dejó paso a una caligrafía sin sujeto; las revelaciones se traspapelaron en medio de un sinfín de sandeces, todas igualmente válidas, igualmente dignas y discutibles. Y, en efecto, lo auténtico perdió prestigio… salvo en las subastas, donde reluce al reflejo de la etiqueta con su precio de mercado. El bloque compacto y pétreo de la humanidad se licuó, derramándose en todas partes, liberando las tensiones bien domadas por la sabia mano de las tradiciones.

Así como las hojas perforadas por los vientos se agitan resistiendo vanamente cuando el otoño se recrudece y deniega la humedad salvadora y el calor maternal, así mueren los individuos; cuanto más las civilizaciones. Si ya se han sucedido las Edades de los metales de las que hablasen Hesíodo u Ovidio, si ya se cierra la tercera y última era de la degradación del Dharma budista, si ya ha pasado un lapso de tiempo prudencial desde que el Verbo se encarnó prometiendo una segunda venida, es lógico que las fronteras se abran y las identidades se desdibujen, que los papeles sociales se inviertan y hasta se pierda la noción de éstos, que la vida se mecanice y que la mecánica cobre vida, y que, en fin, ya no haya motivo para que un pueblo se arremoline frente a otro. La ciudadanía –una imposición estatal y filosófica– ha vencido del todo al pueblo, que se enraizaba en la tierra y se elevaba orgánicamente, como un árbol ansioso de luz, hacia jerarquías superiores. La indistinción se da en todas partes: entre líderes y súbditos, entre extranjeros e indígenas, entre cultos e incultos; incluso la polaridad más evidente, la sexual, se confunde en aras de una homogeneidad total, donde cualquier pieza es intercambiable por otra. Todos somos engranajes de una máquina, nada que no se pueda arreglar remachando, engrasando, saneando conatos de éxtasis y soldándolos por la fuerza.

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Hemos pasado por aristocracias de sangre, del clero, de oradores, de guerreros… Ahora sólo tenemos una casta de oficinistas. ¿Cuánto tardarán en sustituir a la nación por una suma de cifras equivalentes? Al hacer de la Historia un ábaco, ya no importa el color de los sujetos, sino la combinatoria aritmética de la ecuación. Blancos o amarillos, musulmanes o ateos… todos caben en la rueda del desquiciamiento mientras cumplan la normativa interna. Extranjeros todos respectos de los otros, no tienen más patria que la que les oferta la factoría y el certificado administrativo. Al ser la operatividad el único criterio, al quedar las funciones reducidas a magnitudes, el hombre ya no tiene nada que esperar salvo la diáfana simplicidad de ser superfluo.

Europa pronto perderá su cuerpo territorial porque, si bien conserva intactas sus peores pasiones, las ha vaciado del maná nutricio de la esperanza. Sin sacralidad, una nación no es más que un conjunto de fronteras negociables y de leyes perfectibles. Sin bendición del Cielo carece definición porque no reconoce en ella el reflejo de confines empíreos más dignos. Sin tensión fronteriza es un recipiente enclenque en el que los límites otrora rígidos se han dado de sí. Sin un monumento que simbolice la centralidad de su territorio, es una oquedad sin aroma irrenunciable. Sin una fecha que siquiera legendariamente especifique su entrada en la existencia, es un vagabundo del devenir, desconocedor de su propia edad y de lo que le queda esperar de sus actos. Sin una idea de linaje, es una amalgama de átomos, un mero campo de operaciones. A fuerza de rechazar las raíces, hemos dejado de constituir las ramas de un gran árbol para pasar a reconvertirnos en lobeznos solitarios, bestezuelas que respetan sus respectivos cuadrantes y que se enfrentan ocasionalmente ante el cadáver de una presa. Ahora ya no es el carácter nacional o tribal una emanación de un genio de lo Alto, sino una superestructura de relaciones económicas con el marchamo de un decreto senatorial. Occidente ya no tiene papel en la Historia porque no tiene una metafísica que preservar ni rigor disciplinario para salvar sus moradas. Toxicómano de la conversación, ha contado con la tolerancia –cortesía de bobalicones– como único disimulo de sus abúlicas flaquezas e increencias. Cuando una civilización no se apresta a compactarse en torno a una idea simple de sí misma, se disgrega en un sinfín de complejidades indómitas, como el hielo se deshace si no se impone un duro frío. Sin el apego a un modelo, el carácter se desparrama como las raíces de la planta que han sido liberadas del hermoso tiesto, sin ver que no ha superado las amenazas hostiles, sino que las ha multiplicado por cuanto proliferan las amenazas en el vacío, en campo abierto.

De forma acelerada se evidencian estas ironías hasta al menos clarividente. En el occidental se une la certeza de la condición irrecuperable de su estirpe con la adicción perversamente inoculada por siglos de derroche. Puesto que el planeta no tiene salvación ni tampoco su verdugo, ¿a qué postergar la catástrofe? Prestos vienen a ayudarnos en nuestra estrategia de devastación otros pueblos al olor de la carroña. Ofrendando a otros continentes incluso el protagonismo de nuestra autoaniquilación, estaremos unidos a nuestros eternos enemigos en una putrefacción que se dilatará durante milenios.

Un pueblo sólo muere bajo la espada o de desamor. Lo que mantiene a la nación con vida es la humildad frente a los dioses y la arrogancia frente a las otras naciones; invertidos ambos presupuestos, sólo le queda languidecer y ser perforada por los bárbaros que acuden a la invitación. Occidente, escéptico de los dogmas que lo sostenían, abraza sin afán la posibilidad de dogmas foráneos en una última esperanza de sostener un eje. Los hijos cansados de los cristianos dejan que la contundencia musulmana y africana los espolee perentoriamente, aunque esta convulsión será de corto aliento, dada la aceleración de los plazos. Los sagrados umbrales del Pomoerium han sido olvidados por la prole ingrata de sus consagrantes. El dinero y los derechos –esas llaves de todos los egoísmos– son los únicos fetiches a los que Occidente se agarra con ahínco, enfermizamente, como un niño juega con la carcasa de un juguete en medio de una estampida. Cuando lo más fútil de una civilización es lo único que permanece como justificación de todos los movimientos, se anuncia un relevo inminente. Hay mayores indicios en el tibio cuestionamiento del expolio eurocéntrico: la máquina de colapsar al planeta empieza a sentir remordimientos. Occidente encuentra entre sus cínicas legiones rumores sordos de culpable moralidad. Ya no hay sólo fanáticos de la explotación y del esclavismo, sino que una masa de consumidores blancos, ladrones sin convencimiento, se observan lastimosamente a sí mismos destruyendo un planeta y una humanidad que poco antes prometían salvar y embellecer.

vanitas - Harmen Steenwijck

Inútil es una contrarrevolución, pues de suyo es que sea orquestada por fuerzas verticales que, paradójicamente, siempre serán vistas como externas por el pueblo, opresoras de su libertad gangrenada. ¿Qué hacer en Europa? ¿Restaurar a los Borbones en Francia? ¿El Sacro Imperio Romano-Germánico a orillas del Rihn? ¿Restablecer un papado tridentino? ¿Hablar de pureza étnica en sociedades ya más islámicas que cristianas? ¿Devolver privilegios a las casas nobiliarias y establecer nuevos rangos de calidad personal entre plebeyos? ¿Legislar la etiqueta y la urbanidad, la música y la arquitectura? Ningún heredero de dinastías legítimas está hoy a la altura de su cometido. En estos tiempos de sistemas desconfiados donde el honor no se conserva ni en el léxico, un rey absoluto estaría tan atareado como un burócrata, y, ajeno a los ritmos parsimoniosos de sus ancestros, dejaría de inspirar las líneas maestras de una cultura.

Más factible es la implantación de cualquier utopía futurista y maquinal que devolver las cosas a la cadencia templada de los siglos. No hay ya tiempo de proceder por dinastías y castas estables: se requieren sistemas de una primavera. Si ha de volverse racista por imperativo alimentario, el hombre blanco toleraría a lo sumo un pequeño fascismo, ese Leviatán burgués de las pasiones. Toleraría un autoritarismo  quirúrgico, un estruendo relampagueante al que se le concedería una única sacudida para restaurar la marcha de las cosas. Sólo puede tener ya éxito una Extrema Derecha vigilada y a la que se pidan cuentas, con miramiento, igual que si un criado entronizado no lograse erradicar la familiaridad con la que le siguen tratando sus antiguos camaradas de oficio. Por fuerza de su anemia espiritual, el hombre blanco no sería capaz de librarse de sus pulcros melindres y sus prisas ni en el mismo Infierno. Que todo sea más rápido, más numeroso, más productivo, más blando, más variado y más bajo; tal es la llamada de la posmodernidad, un apéndice de un apéndice, a su eutanásico final.

Si lo que vino tras 1789 fueron los aplausos tras el espectáculo, la Segunda Guerra Mundial bajó definitivamente el telón. La desaparición del Tíbet, la última teocracia incontaminada, lo confirma tanto como la práctica extinción de las tribus premodernas que gozaban de su marginalidad sin demandar Derechos Humanos ni otras servidumbres imprescindibles para el inútil. Y aquí estamos los mendigos sin actividad dirigida, rebuscando entre los desperdicios de los asistentes ya desaparecidos. Nos dicen que somos nuestros protagonistas cuando únicamente hemos visto el cartel de la función. Poco convencidos estamos en realidad de ello, dada nuestra reticencia a representar una vez más el drama cósmico, que es de lo que en definitiva ejerce todo pueblo saludable. Si en algunos momentos nos creemos libres y dignos es cuando nos sentimos arrobados por la libertad del loco que se extravía entre las calles y cuando gozamos de la igualdad de las alimañas que, debido a sus horarios nocturnos, ya no distinguen el color de las pieles unas de otras.

¿Acaso no ha sido razonable un plazo de dos mil años de exquisiteces y de predominio de la religión romana? Lo digno de lamento no es la muerte de una cultura, pues no ha sido la primera ni la más bella en sufrirla; lo lamentable es que apenas podemos confiar ya en los bárbaros. Difícilmente podrán recomponer los cimientos de una homogeneidad sensata, desconcertados como están ante el panorama embrutecido de los decadentes. Nada como el raciocinio volcado en la confortabilidad para echar a perder todos los entusiasmos productivos, para contagiar calmos desalientos. Dos siglos de repensar prejuicios han dejado a Occidente como cuna del sacerdocio del caos: su victoria es la violación de todas las santidades, la hibridación de todos los engendros, la inoculación de necias indolencias y de perniciosas asociaciones de ideas, la castración definitiva, la imposibilidad de todo reinicio.

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Pero la Palabra no pasará. Pues el Cosmos es una proyección de la Palabra; y la Historia, una proyección del Cosmos. Y la Causa sigue inmóvil mientras su obra cae por la fuerza de su propio peso. La Palabra, resonante en todos los planos, vibra igualmente en el microcosmos de cada uno, donde puede ser asordinada pero no erradicada. Los registros espirituales están más definidos que la torpe amalgama material. Sigue habiendo reinos dentro del hombre que los sepa respetar. Sigue habiendo un devenir y una estabilidad a un mismo tiempo. Sigue la pureza étnica de cada facultad espiritual, cumpliendo cada una su función en su diferencia, codiciando cada una sus propias virtudes con la aprobación del Centro. Siguen los vasallajes y la orgánica ramificación de los bosques del corazón. Y allí no puede derruir el oro la bajeza, ni la bajeza ni nadie salvo el dios Tiempo, que regula las marchas de los mundos hasta que el Uno decida reconcentrarse en su esencia una vez más.

La interioridad es el último refugio de los descastados, refugio al que se ven abocados providencialmente, pues sólo allí puede hallarse paz incólume; los que pretendan liberarse del horror a toda costa empiezan a estar ya condenados a la búsqueda del Nirvana. Nunca se habrían animado a tamaña expedición si no los cercasen las Tinieblas; se tratará, en cualquier caso, de una prueba mayúscula en exigencia que dará al traste con los incapaces y bendecirá a los señores de su destino. El caos creciente de este mundo es un equivalente de la Noche Oscura del místico. Puesto que ya no tenemos esa capacidad de abismarnos interiormente, la Providencia nos ha ofrecido una visión coagulada en sociedades para despertar nuestra atención. El inevitable nihilismo social es la bendición de un espasmo, el descenso ritual al Hades, el sueño psicodélico del iniciado en el que se desapega de las vanidades de este mundo para ascender después sin lastre a los reinos superiores. Quedarse en esa visión sin elevarse es no pasar de la primera lección, es adolecer de una miopía gnóstica.

Con todo, mejor será la esperanza vacua de una contrarrevolución que apolillarse en el amedrentamiento o en la falta de compasión. Mejor será rendir un servicio inútil como último homenaje a los principios, pues no es preciso el éxito para testimoniar la nobleza de una causa. Antes bien, purificado de la culpa colectiva, disciplinado en su autoconcentración existencial, el corazón noble no esperará a que los demás cambien de parecer. Demasiado sabe que no hay más porvenir que aquel que uno conceda a su entereza, cueste lo que cueste, se obtenga el premio que se obtenga, sin ninguna secreta expectativa: sólo ad maiorem Dei gloriam. Por otra parte, mejor opción es si cabe el aislamiento  interior, pues ahorrará el sufrimiento de desgarros añadidos. “Bastante tiene el hombre moderno con combatirse a sí mismo –dice el anacoreta estilita– como para venir a combatir también con cruzados a los que, para su desgracia, no creerá jamás”. El pánico del moderno, que se dispara por inercia ante la Ley Cósmica, no hará otra cosa que odiar al Bien si lo encuentra en todo su esplendor. Y puesto que no hay mayor pecado que ése, mejor no darle esa oportunidad a su condenación. No demos facilidades al necio para que insista en su error. Y, además, ¿a qué mayor renunciamiento optará el lúcido que el renunciamiento al deber activo? ¿Qué mayor superación del Samsara que escapar tanto de sus vicios como de sus dinámicas de contrapesos? El cartujo, retirado no por languidez sino por sereno amor y sobreabundancia de verdad, nos dice desde su celda que el forcejeo ha perdido su prístino prestigio dada la necedad de quien se niega a capitular ante lo bello; nos dice que la civilización antigua ya nos ha proporcionado numerosas escuelas, hábitos, ejemplos e iconos como para purificarnos cien veces; que ya no es necesario más incremento del repertorio de instrumentos útiles; que ya va siendo hora de que el hombre justifique con su emancipación perentoria los últimos estrépitos; que nunca fue tan fácil elegir entre los senderos glorificadores y los del derrumbe, dada la exhibición empírica de ambos. La Historia ha terminado en lo que tenía de ascenso: el resto del camino habremos de hacerlo solos.

Jean-Léon Gérôme - The_Christian_Martyrs_Last_Prayer

[Música: W. A. Mozart, Concierto para piano y orquesta No. 23. II. Adagio]

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Los dioses, los nāgas, los asuras,
serán destruidos y desaparecerán.
Si el Cielo y la Tierra llegan a ser nada,
¿cómo puede ser eterno un reino?

Do-dzang-lun (“Sūtra del sabio y el necio”), 37 (“Angulimala”)

Tierra del fin de la Tierra, terrado de esta falsedad, acotación del Samsara… yo canto tu muerte. De tus lunas invisibles y tus imágenes que perduraban sin que te interesase perdurar, de la piel curtida de tu prole angélica sin nombre ni orgullo, de las grietas que da el frío cósmico emergió la sangre y te lamentas por lamentarte, pues sabes que nada de este mundo debiera merecer atención. Todo es mentira, murmurabas cuando burdos sofistas con estrella roja en lugar de cerebro escarbaban con sus rifles el suelo santo de tu vacuidad. Llegaron para violarte chinos de Oriente sin notar que llegaban a algo que era más Oriente que ellos, algo que guarda el secreto del Sendero, hijo del Vedanta y hermano del Tao. ¡Ingenuos! Creerán poseerte como se posee a una mujer caprichosa. No saben lo que hacen, guarida de la Verdad, complaciéndose en una voluntad de poder que se niega a escuchar una mirada tierna de compasión.

Pero sus sentidos no se sacian, su mirada torva prosigue en su incesante esterilización, embajada de la insensatez, fatuidad imperial que jamás termina bien como nos enseñan los antiguos que ellos torturan. Sobre tus cenizas imploran una conquista que no tendrá fin porque persiguen en la dirección de los muertos en vez de admirar las entelequias que duermen bajo tu piel de ladrillo y hielo. Hasta el más ínfimo de los átomos del guano de esta tierra es más sagrado que sus ídolos –tan mezquinos–, y, sin embargo, tratan tus palacios de deidad incólume como a sus propias heces, odiando al mundo, odiándose antes a sí mismos, barajando a sus madres como si la belleza fuera gratuita, como si los espíritus pasados pudieran comprarse en los mercados de quincalla. Y te retuerces plácidamente como abuela satisfecha de sus nietos ya en camino, soportando con mansedumbre la máquina que pretende lo que no se puede lograr, que es sustituir a la vida con postes telefónicos, y asumes tu plan con algo más que elegancia, con gratitud en forma de una honorable gota de sangre en la sonrisa, que dijera el poeta de otra lejana tierra quebrantada. Tu esencia es no circunscribirte a un cuadrante entre fronteras, remedos de ilusión ya superada.

Porque tu obcecación pacífica y tu compasión ilimitada guiaban tu gobierno como a ningún otro, fuiste atacada. Porque eras ajena al devenir de las sandeces, fuiste agitada. Porque no lograban distraerte, fuiste aplastada. Pues eras la última teocracia, el sensato feudalismo de los monjes, la rigurosa burocracia del Dharma. Ahora ha sonado la campana de cierre de tus últimos monasterios, y su resonancia se propaga al mundo entero. Necio es el que no tome nota: las bienaventuranzas han sido ilegalizadas en el conjunto de las naciones. Los seis cielos carecen por fin de relaciones diplomáticas con los dignatarios humanos. La proximidad con las alturas ha dejado de ser una prerrogativa para tamaña misión, estando como está habitada hoy por tristes espectros. Nadie acudió en tu socorro; andaban todos ajetreados en sus intereses, habiendo olvidado qué es y qué no es digno de ser defendido y honrado. Te dejaron en la soledad de tu vigilia, donde siempre moran los ecuánimes y clarividentes. Allí impartiste tu enseñanza suprema, la enseñanza de la disolución de la fuente. Porque ya no surgirán doctrinas diamantinas de esos valles congelados en el tiempo. Tras su fijación sólo queda su dispersión.

La hondura será por siempre venerable puesto que no entiende el significado de desvanecimiento, inútil al que tiene por karma mancillar. Sabes que no te profanarán, patria de la soledad, que este canto es vano por ir dirigido a algo que muere, y tu vida, tu verdadera vida es inmortal e invisible, reposa en el mismo lugar que ahora hienden con furia sin que puedan nunca alcanzarte en sus míseros medios, infelices, infantiles, lejos de tu madurez sin origen ni final, allá por donde pastorean los benditos. Entre los intersticios más ocultos de los empinados riscos pasean levitando los bodhisattvas intangibles, al son de la conciencia y del amor. Bajo las ruinas sobrevivirán los arquetipos búdicos, ajenos al siglo y sus lamentos, reiterando sin cesar que todo es efímero. Oh santidad, demasiado bien sé que no resides en este mundo desde el que te canto, por lo que no te molestaré hasta que te alcancemos los infelices, algún día…

Palacio de Potala

[Suena un tsok tántrico, ritual propiciador de acumulación de méritos y sabiduría. El mérito se acumula en el cultivo de virtudes, en la erradicación de oscurecimientos y en visualizaciones celestiales. La sabiduría se obtiene en la disolución de las visiones, mostrando así la insustancialidad de todos los fenómenos. El tsok terrenal no es entendido más que como una imitación del auténtico tsok, el realizado por dakas y dakinis. Así, cada practicante se visualiza en su naturaleza búdica esencial: el practicante masculino como daka y la mujer como dakini].

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Novalis

Incluso el esplendor mismo y las comodidades de la vida de un príncipe de entonces apenas se pueden comparar con las que un hombre acomodado de nuestros días, sin ser excesivamente derrochador, puede ofrecer a su familia. Pero esto mismo hacía que el hombre pusiera más cariño y afecto a todos aquellos enseres de que se rodeaba para satisfacer las más diversas necesidades de su vida: les daba más importancia y los apreciaba más. Si el misterio de la Naturaleza y el nacimiento de las cosas en el seno de ella atraía ya el espíritu de aquellos hombres, llenos de presentimientos y adivinaciones, el extraño arte con que estos enseres habían sido trabajados, la romántica lejanía de que venían, lo sagrado de su antigüedad –porque, conservados cuidadosamente, pasaban de una a otra generación– aumentaban el amor de los hombres hacia estos mudos compañeros de su existencia. A menudo se les elevaba al rango de sagrados talismanes que guardaban una bendición y un destino especiales, y de cuya posesión dependía a veces la felicidad de reinos enteros y familias dispersas. Una dulce pobreza y una peculiar sencillez, mezcla de severidad e inocencia, adornaba aquellos tiempos; y aquellas pequeñas joyas, escasas pero repartidas con amor, brillaban, tanto más porque eran pocas, en aquella penumbra y llenaban de maravillosas esperanzas el espíritu pensativo de aquellos hombres. Si es cierto que sólo una sabia distribución de luces, colores y sombras es capaz de mostrarnos la escondida maravilla del mundo visible, y parece darnos una visión nueva y más alta de todo, no hay duda de que esta hábil distribución y esta sabia economía se encontraban por doquier en aquellos tiempos.

Sin embargo, hoy en día la superior comodidad de que gozamos nos ofrece la imagen uniforme y sin matices de un mundo habitual y cotidiano. En todas las transiciones, como si fueran una especie de reinos intermedios, se diría que hay una fuerza espiritual y superior que quiere salir a la luz; y del mismo modo como en el mundo en que vivimos los parajes más ricos en tesoros subterráneos y celestes se encuentran entre las grandes montañas, fragosas e inhóspitas, y las inmensas llanuras, asimismo entre los ásperos tiempos de la barbarie y las edades ricas en arte, en ciencia, y en bienestar se encuentra la época romántica, llena de sabiduría, una época que bajo un sencillo ropaje encubre una figura excelsa.

Novalis, Enrique de Ofterdingen, I.2

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[Música: Caccini, Amarilli mia bella]

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