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Archive for the ‘El fin de la belleza’ Category

La Garbo aún pertenece a ese momento del cine en que el encanto del rostro humano perturbaba enormemente a las multitudes, cuando uno se perdía literalmente en una imagen humana como dentro de un filtro, cuando el rostro constituía una suerte de estado absoluto de la carne que no se podía alcanzar ni abandonar. […] El rostro de la Garbo representa ese momento inestable en que el cine extrae una belleza existencial de una belleza esencial, cuando el arquetipo va a inflexionarse hacia la fascinación de figuras perecederas, cuando la claridad de las esencias carnales va a dar lugar a una lírica de la mujer.

R. Barthes, El rostro de la Garbo (Mitologías, 1957, pp. 42-43; trad. H. Schmucler)

Y es cierto que cuando estoy junto a un río, éste se desvanece —no me explico cómo— y, en su lugar, creo que eres tú el que fluye, hermoso, grande, mucho mayor que el mar. Y cuando miro al cielo pienso que el sol se pone y que deambula en algún tipo de nivel inferior, y que en su lugar luce quien yo quiero.

Filóstrato, Cartas de amor 10 (trad. R. J. Gallé Cejudo)

Es en los orígenes de las cosas cuando se establecen los paradigmas puros, los arquetipos que posteriormente se comentan y se varían con matices a menudo engañosos, decadentes o simplemente superfluos. En el caso del cinematógrafo, ya en tiempos mudos se definieron los paradigmas centenarios: Chaplin quedó como el mejor ejemplo del humorismo inteligente, Rodolfo Valentino como el amante apasionado y apasionante, Hitchcock como el maestro del suspense y Emil Jannings como el malvado de libro, aunque muchos otros (Roy D’Arcy, por ejemplo) podrían haber disputado el puesto. Se destacaron no por una sola obra, sino por encasillamiento propio de los que

Greta Garbo fue y será siempre icono de la belleza de un carácter y unos rasgos misteriosos. Fue y será siempre la esencia del enigma de la atracción por lo extraño, el encanto inasible, la sugestión desbordada. Sus labios amplios, sus delineadas cejas, tan incisivas, su cuerpo zigzagueante… más que un poder sexual ejercen una llamada extraterrestre hacia un apéndice a las razas diseñado por los más exquisitos de los modernistas de entreguerras. Es la humanidad que surge del claroscuro, de la media luz, de la incierta posibilidad de todo palpitar, de la noche inacabable y fatalmente no consumada. Greta Garbo, para los caballeros y para las damas que la contemplan con la fascinación que merece un prototipo o una escultura repulida, manifiesta el secreto del magnetismo personal, una de las fuerzas que con mayor impulso hacen girar el mundo. Sin sonrisas inocentes (“¡Garbo ríe!” fue el principal eslogan publicitario de la comedia Ninotchka), sus facciones son reconcentración de inminente arremetimiento, son deseos sedientos y cristalizados en ángulos, afán contenido en su máxima y más elegante expresión. No hay nada infantil ni religioso en su mirada; tan sólo hay una voluntad infinita pero agazapada de asaltar a la vida, de poseer una experiencia, un amante, una mirada, un instante, una eternidad.

En su inexplicable inexpresión, carente de voz cuando todavía no había llegado el cine a balbucear palabras en su banda sonora, el rostro de la Garbo promete todo lo que un rostro humano, nada más que humano, puede prometer. Todo el misterio que tiene la carnalidad más delicada está representado en ese símbolo secular. Quien ve la insuficiencia de ese dios mundano, poca insuficiencia le queda ver en el resto del entorno. Ahí es donde radica su enseñanza. En efecto, a pesar de ser lo que es, la efigie de la Garbo sólo era una forma vacía en evolución. Ella no era más que un ser humano. Pero en absoluto era menos que eso, que una completa criatura humana, es decir, encarnación consumada de todas las potencias existenciales del alma.

“La vida sería maravillosa si supiésemos qué hacer con ella”, parece que dijo la actriz sueca. Palabras muy reveladoras, que indican una aspiración que, por ignorancia, por falta de un entorno propicio, no se puede colmar donde únicamente puede ser colmada: en el reino del espíritu, ajeno al brillo de las superficies que el nuevo siglo parecía adorar en forma de brillantinas, baquelitas y fotogramas. Indica también, al menos, la conciencia de un vacío, un vacío que acaso sea la causa oculta del misterio que sus ojos inyectaban en el público de medio mundo. Reconoció ese vacío en los amagos rápidamente retirados con los que aparentaba trastocar su vida: plantones ante el altar, relaciones lésbicas, retiros a Suiza y una reclusión final entre las cuatro paredes de su apartamento neoyorquino, lejos los carteles que nunca amó y de las mansiones con las que estrellas parecían incubar su fama y apariencia de alegría en California.

La Greta que no salía en la pantalla, la Greta que coleccionaba arte bajo la guía de sus amigos esnobs, no parecía tener gran educación, ni una especial incisión en temas profundos, ni una sensibilidad afectiva particularmente lúcida. Su carácter acaso fuese más adicto al repliegue herido que a la recolección sanadora, acaso más hastiado que meditabundo. Era, pues, una fuerza sin dirección, y de ahí también su nítida esencia humana, no difuminada por los contenidos. Su paso por el mundo, sobre todo durante su juventud, dejó tras de sí un molde de porcelana de la naturaleza de la persona: su labor fue mostrar la fascinación humana envasada al vacío. Ni la dulzura encantadora de Jobyna Ralston, Janet Gaynor o Mary Pickford, ni la picardía de Bebe Daniels, Dorothy Gish o Clara Bow, ni el carácter virulento de Pola Negri, ni la profundidad dramática de Lilian Gish, Brigitte Helm o Gloria Swanson, ni el terrible coqueteo de Louise Brooks, pueden competir con la fascinación de la irrepetible Greta, la única Greta que no necesita apellido para ser reconocida, la única Garbo que no necesita nombre de pila para traer a la mente al icono de un mundo espectacular.

No hay ni una sola joven en Hollywood o en ningún otro muestrario de carne que se aproxime remotamente a la magia profana del caso Garbo. Ni todas las poses antipáticas con las cuales creen algunas adoptar misterio y suficiencia roza ni un átomo la calidad de la radiación de Garbo, experta en no hacer nada más allá de entornar tentadoramente puertas en las mansiones de Venus. Garbo exhalaba un desprecio tangencial, una sobredosis de languidez punzante -o, inversamente, de penetración sin búsqueda concreta-, un dolce far niente perlado y pulido por la técnica de una era ávida de fascinarse. Acaso ocultase su sonrisa -hermosa sonrisa- por pudor, por demasiado hermosa, es decir, por no encontrar motivo para repartirla burdamente ante los indecentes focos que violaban el sfumato de su presencia.

Todas estas especulaciones sobre las facciones de Greta Garbo son, desde luego, simple filosofía conversable, sabiduría de tocador, metafísica barata. Una sorpresa, en todo caso, para quien conozca mi línea editorial, por decirlo de algún modo. Mas quiero notar, por añadidura, que encontrar ejes y símbolos en ciertos hechos y objetos es una táctica fecunda del pensamiento. El mundo nos ofrece llamaradas de realidad en forma de una persona o una música o una anécdota especialmente candente, transparente. Sea el rostro que muchos y muchas escrutaron con mirada exploradora e incluso con devoción, sea la caída de una manzana con la que caen todos los cuerpos, o sea la convalecencia de una polilla en la que uno cree ver a todas las víctimas del devenir, hay que estar atento, atento para cazar al vuelo las fluctuaciones del universo, aquéllas en las cuales leemos la composición de la inmensidad restante, tan aparentemente quieta, tan aparentemente oscura.

Periódicamente, en la era de madurez de los estilos y de los inventos, surge un modelo especialmente acabado, oportuno como ningún otro, y que deja tras de sí la estela de un modelo que alcanzará indirectamente incluso a quienes ya nada saben de él. Su influencia es legendaria, casi un cliché, aunque a menudo ya ni se comprenda por qué. Mucha gente que nunca ha oído música de Mozart lo pone de ejemplo cuando se trata de mencionar a un genio. Por otra parte, nada surge de la nada, y, sin duda, la actitud y mirada de femme fatale no surgieron con la fantasmagórica mujer de Estocolmo.

Siempre se puede volver a mirar las cosas bajo un prisma enriquecido. Irradiado por las pistas enigmáticas del Tao o del Vedanta Adavaita, uno llega a poder ver verdades muy profundas en la trivialidad de un mito de Hollywood. En las superficies se leen vicios o virtudes del espíritu, y es en cierto modo que, como decía Mishima, lo más interesante de los ambos lados está en sus puntos de contacto. Lo más profano nos puede impartir una enseñanza suprema sobre lo más sagrado, y lo más sagrado puede adoptar un cariz rígido y cerril opuesto a lo que predica. Es en los puntos de intersección donde se ponen a prueba, donde se matizan y perfeccionan. No sería decente una doctrina que no se enfrentase al hecho de bellezas, felicidades y bondades cultivadas en regiones que les son ajenas. La grandeza del Buda no se ve solamente en la cantidad de sufrimiento evidente al que puso coto, sino sobre todo en el placer de los sentidos que no lograron satisfacerle. Es por ello que no me avergüenzo de dedicar tantas palabras al hilo de un escaparate humano explotado por capitales y lujuria. Una estrella de Hollywood no es más que nadie, pero tampoco menos. Y es ambas cosas, y es tan buen motivo de reflexión como el murmullo de los vientos entre calles abandonadas, o como el alumbramiento de una criatura sensible, o como la desaparición de un hombre santo.

En términos absolutos, Greta Garbo no merece ni desprecio ni idolatría, como ningún ser humano. En cambio, según el ángulo de nuestro cuello, sea con la vista puesta hacia las alturas o hacia nuestras manos y piel, merece lo uno y lo otro. Dentro de la magia del cine, que, como la pintura y la escultura antes, es muy poderosa y ha hechizado a millones de personas de todos los pueblos, hay figuras con una especial posición, un fulgor semidivino difícilmente repetible con tal intensidad; principalmente se coagularon cuando el séptimo arte alcanzó su culmen de perfección artística, es decir, en la década prodigiosa de los veinte. Por otro lado, no hay nada especial en un rostro humano cualquiera, nada que no esté a su manera en el rostro de un obrero indio o de una mantis religiosa. Las ilusiones que más gala hacen de su carácter ilusorio son las que más diáfanamente nos convencen de la intrascendencia de los fenómenos: el cine, mostrando cuerpos en movimiento donde no hay ni siquiera relieve, no puede ser más didáctico. La totalidad del universo que puede representar una secuencia de fotogramas, con planetas lejanos, aventuras microscópicas, dioses voladores y labios a la par carnosos e incorruptibles, toda la totalidad de esa realidad ficticia y nada son lo mismo. Más que una nada, conforman el sutil vapor de los más intrincados anhelos humanos, reductibles, al fin y a la postre, a una eternidad a la que poder estrechar entre los brazos. Todo se reduce a una nada que quiere ser infinito, a una descomposición imparable que insiste en entregarse sin fisuras, en amar.

*

THE  END

*

[Música: En primer lugar suena el amable Hollywood Stars (1932), del alemán Lothar Perl, a manos del pianista Alex Hassan. En segundo lugar, Rudy Vallée canta You Oughta Be in Pictures, canción, exitosa en su tiempo desde su estreno en 1934, escrita por Dana Suesse. Después suena el vals y el tema de amor que el prolífico Carl Davis compuso hace pocos años pero genial y románticamente para la producción muda Flesh and the Devil (véase el fotograma de la pareja protagonista incluido más arriba), donde la Garbo, adoptando los rasgos de carácter definitorios de su carrera, y John Gilbert, galán de la época, dieron comienzo a su aparatoso romance, en el cual el plantón de ella a él ante el altar fue solamente una parada. Finalmente, el dramatismo del Warsaw Concerto de Richard Addinsell, compuesto para la película de 1941 Moonlight Sonata a raíz de la negativa de Rachmaninov de ceder los derechos de su segundo concierto para piano, aporta el tono que la Garbo parecía destilar en cada una de las actuaciones que la inmortalizaron en los años veinte, a pesar de que en dicha cinta no aparezca la actriz.]

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What though the radiance which was once so bright
Be now for ever taken from my sight,
Though nothing can bring back the hour
Of splendour in the grass, of glory in the flower;
We will grieve not, rather find
Strength in what remains behind;
In the primal sympathy
Which having been must ever be;
In the soothing thoughts that spring
Out of human suffering…

[Pues, aunque el resplandor, tan radiante antaño,
se aparte para siempre de mi vista,
aunque nada pudiera restituir
a la hierba su esplendor y su gloria a las flores,
no he de apenarme, más bien
hallaré fuerzas en lo que aún perdura:
La primigenia simpatía
que, habiendo sido, debe ser por siempre,
los apaciguadores pensamientos que nacen
del humano sufrir…]

W. Wordsworth, Intimations of Immortality from Recollections of Early Childhood 10 (trad. P. Mathews)

 

Cuando el destino me obstaculiza a través de las circunstancias, las atravieso elevando mi manera de vivir. ¿Qué puede hacerme así el destino?

Huanchu Daoren, Charlas de raíces vegetales (vers. T. Clearey y A. Colodrón)

 

Look out of the window: everything you see is frozen fire in transit between fire and fire. Cities, equations, lovers, landscapes: all are hurtling towards the hydrogen crucible.

[Mira por la ventana: todo cuanto ves es fuego helado en tránsito entre fuego y fuego. Ciudades, ecuaciones, amantes, paisajes: todo va lanzado hacia el crisol de hidrógeno.]

J. Fowles, The Aristos 1.42 (trad. M. Martínez-Lage)

 

Como el matiz cetrino de las últimas aceitunas que caen en el dominio del olivar; como el rocío extasiado y transfijo por el alba; como viento del que nadie conoce su comienzo y final; como el papiro que contenía una fórmula mágica sanadora y que quedó desintegrado entre las arenas de un desierto cien mil veces pisoteados al galope; como el imperio de la dorada Palmira que Zenobia contempló por última vez antes de huir hacia la ignominia y el Éufrates; como la danza cuya coreografía se olvida y desaparece de la humanidad por no haber quedado registrada en soporte alguno; como la mirada aterrada del animal bajo el cuchillo del matarife; como el esplendor de los bellos amantes de quienes apenas quedan tres muelas y una pelvis carroñada; como el sacro mandamiento velado por el declive de una civilización; como todos los gozos y pesares; como mis palabras y como las vuestras; como el encanto de lo más y de lo menos duradero… Así estallan y se disuelven todas esas cosas.

Todo está viajando hacia la reunificación: si no se acepta por las buenas, se producirá de un modo violento de todos modos inevitable. La única venganza posible reside en hacer de tal hecho el compás de nuestros amagos, en sincopar nuestro paseo en aras de reducir rodeos estériles y batallas contra las brisas. Cuando en la última noche todo se haya cumplido, cuando todas las miradas se vean puestas y emergidas en el Ojo de Dios, antes de que recomience el sentido de los mundos, en la hora sin hora y sin extensión, un vacío infinito vendrá a recordarnos -a nosotros, que ya no seremos tales- que optamos por la nada correcta. Sabremos, entonces, que nadamos en el saber en la misma medida que nada sabemos, que los cielos son reflejos del alma y ésta de aquéllos; y que la grandeza de los amores, anhelos, codicias, aversiones y agonías no es ni mayor ni menor que la de los gases y metales, ya descompuestos, amalgamados en abrazo final, o la de la brizna combustible del seco trigal a la hora en que el verano decide prologar con su insolar el fin de todos los centros y todos los círculos.

[Música: G. Gurdjieff y T. de Hartmann, 2.I.1927, vol. III, 1ª serie, No. 7, pno. A. Krenski]

 

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I live in hazard and infinity. The cosmos stretches around me, meadow on meadow of galaxies, reach on reach of dark space, steppes of stars, oceanic darkness and light. There is no amenable god in it, no particular concern or particular mercy. Yet everywhere I see a living balance, a rippling tension, an enormous yet mysterious simplicity, an endless breathing of light. And I comprehend that being is understanding that I must exist in hazard but that the whole is not in hazard. Seeing and knowing this is being conscious; accepting it is being human.

[Vivo en el azar y en la infinitud. El cosmos se extiende a mi alrededor, prado tras prado de galaxias, trecho tras trecho de espacio oscuro, estepas de estrellas, tinieblas y luces oceánicas. No hay en ello un dios particularmente afín a mí, no hay un cuidado particular, una particular misericordia. Sin embargo, en todas partes veo un equilibrio vivo, una tensión que se ondula, una sencillez enorme y a pesar de todo misteriosa, una inagotable respiración de la luz. Y comprendo que ser es comprender que he de vivir en el azar, pero que el todo no está en manos del azar. Ver esto y comprenderlo es ser consciente; aceptarlo es ser humano.]

J. Fowles, The Aristos 1.76 (trad. M. Martínez-Lage)

 

λέγω γὰρ ὑμῖν ὅτι πολλοὶ προφῆται καὶ βασιλεῖς ἠθέλησαν ἰδεῖν ἃ ὑμεῖς βλέπετε, καὶ οὐκ εἶδον, καὶ ἀκοῦσαι ἃ ἀκούετε, καὶ οὐκ ἤκουσαν.

[Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron.]

Lc 10:24

 

Mi voluntad se ha muerto una noche de luna
en que era muy hermoso no pensar ni querer…

M. Machado, Adelfos

 

Converso con una mosca durante algunos minutos: a mitad del encuentro percibo su cansancio y que está más cerca de la muerte que de mí. Dejo que los libros me den su enseñanza, y apenas la recibo la voy olvidando, limitado como estoy por afanes y por una memoria circunscrita a las dimensiones de un cráneo. Observo la macerada edad de mi madre, su alegría sólo vencible por el desgaste de los átomos, y aprecio el bendito instante que me permite ver de dónde provengo y a quién debería intentar parecerme, y la amo un poco más. Inquiero a los dioses, que me contestan con preguntas: alabo que sus intenciones benéficas vayan a sobrevivir a miles de vidas, civilizaciones y mundos, pero lamento que también ellos, como la mosca o mi madre, sufran alguna condición, un menoscabo por el que sibilinamente entrará la herrumbre hasta diluirlos con algún ciclo cósmico.

Me he persuadido de rendir culto a la Impermanencia, reina del país de los fenómenos. Su belleza es la del viento que arremolina a las hojas hasta convencerlas de que abandonen su manto; o la del ocaso que con su coleo de animal huidizo tiñe el cielo con tonalidades espectrales de morado, anaranjado y rosado, como la túnica de un atlante abstraído de todo afán; o la de una doncella que nos mira intensamente, como queriéndonos expresar que se encuentra en el culmen de su belleza, cuyo brillo irá ya perdiendo día a día hasta desaparecer. Impermanencia escribe la moraleja a cada fábula mundana, a cada trance, a cada proyecto de sangre o de sonrisas. Hasta los más orgullosos y los más excitados inclinan la cerviz ante su caricia adormecedora o ante el golpe seco de su báculo. Sus hijos tejen los tapices del tiempo que recibirán el examen de la impasible madre: nunca queda ella satisfecha, de suerte que habrán de deshilar lo hilado para probar nuevas formas. Esos hijos divinos han dibujado al hombre y lo han perlado de estrellas, han propiciado con el perfil de las costas las divisiones de fronteras, la fundación de tronos y los menhires que glorifican tanto a los ejes del orbe como al Nombre aún no mencionado. Acaso los dioses no sean sino las fuerzas del cambio que moldean a los espectros que tomamos por aquéllos.

Ni la maldad ni la bondad son eternas, pues andan también a expensas de las condiciones, oreándose acá, virando allá, aclarando el rostro somnoliento con el agua más fresca que se encontrase en el amanecer de una tormenta o de una hermandad. Pero que no sean eternas no impide que renazcan tantas veces como mueren, con otras configuraciones y alicatados y dialectos, como que una torre de barro nunca es igual a otra que alcemos sobre la misma materia. Igual que el liquen, la actitud se marchita bajo la sequedad y rebrota con la conspiración auspiciosa del rocío. La actitud, dirán, no perdura más allá del plazo de una vida. Y yo concedo sin pena; pero la noción de perdurar no vive más allá del reino de los plazos. Estamos todos, sin saberlo, deseando alcanzar la edad en la que el tiempo se rinda, renunciando por igual a su significado como a su a falta de él; la edad en la cual el Devenir olvide su laurel en el tumulto de algún movimiento, abrazándose entonces en descenso oceánico a su hermana Eternidad, hundidos los dos al fin en la impronunciable sima de la vacuidad de las vacuidades.

No habrá entonces gozo y, sin embargo, será muy hermoso no hablar, ni pensar, ni abrazar, ni fluir, ni permanecer. Ni emplazamiento ni anhelo sostendrán el gusto por el descanso de quien ya no sabrá ni anhelará descansar.

[Música: H. Górecki, Sinfonía No. 3, Op. 36 (“Symfonia pieśni żałosnych” [Sinfonía de las canciones dolientes]). II. Lento e largo. Tranquillissimo.]

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Todo necesita únicamente mi afirmación, mi buena voluntad, mi conformidad de amante: entonces es bueno para mí, y nunca podrá perjudicarme.

H. Hesse, Siddhartha, 2.8

C’est une espèce de bonheur, de connaître jusques à quel point on doit être malheureux.

[Es una forma de felicidad conocer hasta qué punto se debe ser desgraciado.]

F. de La Rochefoucauld,Máximas, 569/570

Vir igitur temperatus, constans, sine metu, sine aegritudine, sine alacritate, ulla, sine libidine nonne beatus?

[“¿Es que un hombre templado, constante, sin miedo, sin aflicción, sin alegría desbordante alguna, sin deseo, no es feliz?”]

Cicerón, Tusculanas 5.16.48

Tan necio es el que se ríe de todo como el que se pudre de todo.

B. Gracián, Oráculo manual y arte de prudencia, 209

Nor try to tie the Butterfly
Nor climb the Bars of Ecstasy,
In insecurity to lie
Is Joy’s insuring quality.

[“Ni trates de atar a la Mariposa,
Ni trepar por los Barrotes del Éxtasis,
Yacer en la inseguridad
Es la segura calidad del Júbilo”].

Emily Dickinson, Poems 1434 (ca. 1878), trad. de M. Ardanaz

Caspar_David_Friedrich_-_Klosterruine_Eldena_(ca.1825)

Requiere una cierta sabiduría no contar con ningún éxtasis sin dejar de admirar a quien vive instalado en él. Porque es fácil despreciar lo sublime cuando no se tiene al alcance de la mano, como también es fácil desesperar por no hallarlo o retirarse de la marea mundana cuando se halla. Hay una decepción del mundo que sugiere a contraluz nuevas bellezas; y hay una decepción más sutil surgida no del materialismo, sino del trascendentalismo demasiado trascendente, de la creencia en una meta todavía lejana. Ni el devenir alocado del siglo ni las iluminaciones más esplendorosas se me prometen en esta vida, y, en consecuencia, tampoco yo he de correr tras ninguno de los dos. El mundo ya me ha servido una degustación de sus principales alhajas: me han complacido, me han conmovido, me han hecho adicto, pero no han sabido atraparme con el suficiente ahínco como para olvidarme de otras búsquedas. Tampoco parece que la gran búsqueda vaya a coronarme con una sabiduría definitiva. No por ello reniego de ella, pero no la ansío como el que se ve próximo a culminar la carrera.

Esta decepción de la que hablo es una decepción sagrada. Consiste en reconocerse a salvo de las más arrastrantes emociones, en identificar las circunstancias no del todo favorables, no del todo desfavorables, que le acompañan a uno, como a tantos otros seres. Contemplas la belleza final, la quietud, la puerta a la liberación, el amor infinito, y respetas todo ello con verdadera devoción. Pero te ves lejos, pasando ante tu vista los años que a nada te llevan salvo a ti mismo. Por otro lado, has logrado mitigar la desazón. También liberándote del ansia del gran premio se obtiene una serenidad de otro tipo; liberándose de la liberación uno regresa a un estado de equilibrio aformal, de infancia sin ataduras, de la libertad de un río que fluye por un cauce determinado por el universo. Es una cierta sabiduría que no conduce a la total felicidad, pero protege en buena medida de una total amargura. No promete tesoros conmovedores, pero evita desengaños sorpresivos. Se trata de una gratitud por hallarse en un punto más o menos neutro, en una encrucijada de fuerzas que se compensan y lo dejan a uno en una tregua razonablemente plácida; gozar de grandes honores distrae en el durante y conlleva un doloroso golpe cuando peligran o cuando se pierden, al final de un periodo o al final de la vida. Sin embargo, esta aurea mediocritas, sabiéndola llevar, permite una tranquila observación de las peripecias cósmicas y permite hacer alta filosofía, mucho más alta que la que rumian los catedráticos universitarios; con la afable abstinencia de Epicuro se advierten también algunos milagros.

Todo conlleva la tristeza intrínseca de caducidad y de su insustancialidad última. El hombre cuya situación mediocre lo ha vuelto circunspecto ha sido bendecido con la oportunidad de percibirlo a cada instante. Esta renuncia obligada permite ver con distancia cómo otros que se creyeron más afortunados se estrellaron contra su fortuna. El pensamiento, libre de peripecias demasiado acuciantes, se ve capaz de desentrañar la leve indolencia de cuanto deviene, y así va mudando de piel, disponiéndose suavemente para abordar la idea de algo superior. Poco a poco, una renuncia más profunda se va gestando en el interior, y los apegos se disuelven por sí solos, como las fuerzas se aflojan en el anciano que ya nada espera salvo reclinarse sobre la tierra y alimentarla con su cadáver. Incapacitado para grandes sacrificios, sacrifica parsimoniosamente todas sus habilidades, todos sus fervores, todas sus aversiones, y va reduciendo su corazón paso a paso, sin rechazar nunca la calidez humana, pero no poniendo en ella más que el alma, sabiéndose el alma ligera, vana y caduca. Que nada nos arrastre y que no deje por ello de despertar nuestro amor, pues está tan extraviado y tan divinizado como nosotros.

Somos hojas mecidas en el viento: livianas, intrascendentes, impermanentes, prontas a la disolución. Ningún placer se promete duradero, ni la idea de un final nos atormenta en ciertos momentos de serenidad. Percibo que ninguna admirable transfiguración me espera en esta vida, y ello me descarga de aprehensión y afán. Viendo que todo destello conmovedor que me encuentre habrá surgido de mí, empiezo a reconciliarme con mi interior, y voy abandonando aflicciones y entusiasmos exógenos. Todo depende del propio esfuerzo y de lo encadenado que se esté por hábitos y azares, a los que podemos darle el nombre de destino o de Providencia. Poco parece haber de emocionante en todo esto. Mi vida es lo bastante pálida como para observar con atención y abordar la vacuidad del ser. En resumen: estando sumamente lejos de la meta, me encuentro, no obstante, en la senda adecuada.

Bellini - Allegory of melancholy

Todo lo que pueda romperse se romperá. Y esta fragilidad garantizada es lo que me incita a desapegarme del tiempo y a venerar mis huesos: son poco fiables, pero también suponen la rotundidad efímera de una visión, de una epifanía. Tan irreal como la aparición de un ángel, esta mano escribiente que se volverá polvo, ese árbol que se volverá humus, esa mole arquitectónica que se fundirá con el magma en la conflagración final, todas estas cosas son milagros de cuya entidad dudo, pues del vacío surgieron y al vacío regresan un poco más cada día. Y el instante, que se me figura sagrado, me impone tanto respeto que no consiento en llenarlo con nada demasiado necio ni demasiado digno de estima. El vacío que se trasluce en el dosel de lo mundano es una vaporosa visión que me promete melancólicos pero reveladores conocimientos.

Los que así sentimos no merecemos compasión; muy al contrario, he sentido los éxtasis de cuya especie lo esperaba todo, y he visto en qué terminaban. Los amores devienen llantos; las aficiones, abandonos; la admiración, decepción; el placer, dolor; la aparente plenitud, vertiginoso sinsentido; la más exquisita música, silencio y continuidad del murmullo existencial. Nada terminó, por fortuna, en tremendos tormentos ni en una penosa grisalla, sino en una tierna percepción de la belleza de lo marchito. Todo lo vano llega a causar compasión cuando se lo contempla como el enésimo intento de autoafirmación que acabará como todos los demás. Y hasta uno se imagina que el propio sufrimiento insoportable se advertirá -cuando llegue al pensamiento- como igual de nimio que la picadura de un insecto, y uno se cree indiferente a todo. Un alma macerada en este batimento de sensaciones puede no preocuparse demasiado de morir solo y sin hijos, en la ruina y joven, al tiempo que permite a sus ojos verter una  lágrima ante la poética imagen de una inconsciente gota de rocío que desaparece para siempre en la tierna edad de la mañana, o ante la mariposa que se desmaya sobre las aguas cuando al fin lograba dominar el secreto de la libación.

La tristeza del exiliado parece deberse a que nada le agrada en la ciudad que lo acoge. En realidad se debe a que nada allí es como en su patria, a la que desea regresar, y compara una ciudad con otra comprendiendo que si el exilio se da en una, también se dará en la otra. Es una aflicción sin temor, una aflicción que sonríe, que permite vivir y gozar, pero manteniendo en todo momento un halo de extrañeza, puesto que cada cosa es similar a su correspondiente en la patria sin que sea ni idéntica ni mejor.

No obstante, la plenitud está latiendo en todas partes, y se llega a exteriorizar en sabios que comparten nuestra misma provincia. La melancolía es un fleco de un tapiz de infinitudes, fleco del que empezar a deshilar el tejido para volverlo a tejer de nuevo en torno a uno mismo. Hay modos de trascender estos círculos de aspiraciones que respiran, que se afanan y se calman. Hay vías que fueron, son y serán recorridas por quienes han acumulado mérito, inteligencia y diligencia. Todo fenómeno tiene el mismo sabor, pero quien ha educado su paladar puede percibir en ese único sabor un dulzor que se escapa a quien simplemente reconoce una homogeneidad tediosa. Y la educación útil es cosa de las tradiciones. La realidad última no debe dejar de ser una constante de nuestro devenir, una fijación de nuestra mente, la causa motriz de nuestro método, pues bajo lo atareado de nuestra vida no hay otra cosa, y tras la pueril afirmación y la sagrada decepción hay una síntesis que reconcilia los polos positivo y negativo, y esa síntesis está presente aquí, ahora, en esta mente que escribe -esta mente que está sonriendo y lamentándose al mismo tiempo no por conato de locura sino por vislumbre de una plenitud que consiste, al fin y a la postre, en no esperar nada de nada: solamente mora y contempla cómo el exterior y el interior juegan a intercambiar ilusorias esencias. Es difícil alcanzarlo cuando no hay nada que alcanzar, cuando el mero impulso es alejamiento, cuando, de hecho, con cada paso que damos efectuamos un atentado contra el reposo primordial. La esencia divina no es otra cosa que ese punto central de cada nada, la intersección de todos los vectores, la nulidad que sirve de referencia a todo despliegue. ¿Qué mayor motivo de tristura y de gozo para las diversas capas que, volcadas cada una sobre lo suyo, conforman a la conciencia?

Con todo, estas divagaciones tienen una solución más simple que pasa por preocuparse menos de uno mismo y más de los demás, y a la par, como se ha dicho, no esperar gran cosa de nada ni de nadie, tampoco del propio yo aún no regenerado. La alegría más sencilla y pura proviene de complacerse en las conductas virtuosas, en ver cómo el sufrimiento del mundo se va sanando con pequeñas suturas aquí y allá gracias a tal o cual persona, tal o cual doctrina, tal o cual gracia imprevista. El previo devanarse de sesos no habrá sido más que alzar una montaña para finalmente contemplarla desde lejos y comprobar la afición de las mentes ordinarias a complicar las cosas, a sentir cosas contrapuestas y en términos similares. La montaña será horadada y erosionada mientras la conciencia tranquila sestea dichosa en un valle fresco y florido y cada vez más profundo.

Magdalena - George de La Tour

[Música: S. L. Weiss, Sonata en Re Mayor  K5. V. Sarabande.]

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“Muramos en esta guerra
para renacer de nuevo
como caballeros del rey de Shambhala”.

Canción mongola de guerra, cit. en J. PALMER, The Bloody White Baron, 2009, p. 66

“Veo… Veo al dios de la guerra… Su vida transcurre horriblemente… Después una sombra… negra como la noche… Ciento treinta pasos aún… Más allá tinieblas… Nada… no veo nada… el dios de la guerra ha desaparecido…”.

Profecía de una adivina cíngaro-buriata a R. von Ungern-Sternberg, cit. en F. OSSENDOWSKI, Bestias, hombres, dioses, 3.10

Cuando se enteró de su muerte [de von Ungern-Sternberg], el Bogd Khan encargó oraciones por su alma para que fueran leídas a lo largo y ancho de Mongolia. Sin duda serían necesarias.

J. PALMER, The Bloody White Baron, 2009, p.231

R. F. von Ungern-Sternberg (1885 – 1921)

Era el 21 de febrero de 1921. Algo más de cincuenta hombres atravesaban a caballo las viejas calles de Urga. Eran cosacos, buriatos, tibetanos y japoneses guiados por el general más temible de la taiga, el terror de los revolucionarios y los impíos, el barón Roman Fiodorovic von Ungern-Sternberg. Se trataba de la avanzadilla de la Caballería Asiática, la escuadra personal del barón, que había encabezado la recuperación de la ciudad. Las banderas ondeantes daban los motivos por los cuales debían preocuparse los chinos apostados en el palacio real mongol. Unas de ellas mostraban el monograma del Gran Duque Miguel, al que von Ungern-Sternberg tenía por nuevo emperador de la Santa Rusia sin saber que estaba muerto desde hacía tres años; en el reverso, la faz de Jesucristo sobre un fondo amarillo budista. En otras banderas vibraba la esvástica, el verdadero emblema de Asia, junto al soyombo, la insignia del tengrianismo estepario. Tras escurrirse horripilados los últimos centinelas chinos, la escuadra libertadora arribó a las puertas del palacio del Buda Viviente. Sin bajar del caballo, el barón gritó tres veces su propio nombre a las murallas y tres veces que le abrieran las puertas. Pocos minutos más tarde se cumplió su petición. En la explanada del palacio le esperaban postrados todos los sirvientes y los altos cargos del gobierno legítimo de Mongolia. Incluso los dobdobs, los monjes guerreros que custodiaban a su líder sin ceder ante ningún ser de este o de otros mundos, hicieron una reverencia. El libertador, vestido con el traje típico mongol, atravesó empedrados y pórticos sin desviar su vista de delante. Dentro del salón de recepciones se podía distinguir un trono budista con una silueta humana aquietada encima. El general ruso se detuvo delante, miró atentamente al líder que tenía enfrente, no fuera a rendir pleitesía, él, un héroe asiático, a quien no lo mereciese. Comprobó que estaba ante el señor de Mongolia; agarró su fusil y lo depositó en el suelo, en el que se arrodilló. El Buda Vivente juntó sus manos en señal de saludo y abrió su preciosa boca:

—Bienvenido, noble guerrero del norte. Has salvado al país de las estepas y a la ley de Buda en él. Serás recompensado con caballos y con muchas vidas de felicidad.

—Santidad —contestó von Ungern-Sternberg—, he cumplido con lo que os prometí y eso me basta. Espero que mi tardanza no haya causado demasiado sufrimiento.

Bogd Khan, el Buda Viviente, sonrió:

—No ha habido más sufrimiento del que debía haber. Ahora descansad. El personal del palacio se ocupará de dar a vuestros hombres y vuestros caballos todas las atenciones necesarias.

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El descanso no afectó al alma del barón. Enseguida se organizó la nueva coronación del Buda Viviente, que finalmente se fijó en un día auspicioso merced a los oráculos. Sipailov, el cruel y alcóholico condotiero, pasó de ser lugarteniente del barón al mandatario en funciones de la ciudad: para inaugurar su cargo mandó matar a unos cuantos judíos y bolcheviques de Urga escogidos poco menos que al azar. Entretanto, el barón daba largos paseos en silencio, meditando absorto sobre el destino de su nuevo imperio. Los mongoles se arrodillaban a su paso; creían que aquel hombre tenía razón al reconocerse como encarnación de Gengis Khan. No había un solo patriota mongol que, enterado de los acontecimientos, no lo creyese. Pero empezaba a correr la idea más importante de que la grandeza del barón sanguinario estribaba en encarnar a Mahākāla, conocido en tibetano como Nagpo-Chenpo o Mgon-Po, el antiguo demonio guerrero, protector del Dharma, furibundo servidor de los budas. El rumor se multiplicaba con gran conmoción cuando se añadía que había salido de los labios de los altos lamas del palacio. Era cierto que no se percibía en la conducta del barón ni alegría ni tristeza, ni misericordia ni odio: tan sólo el decidido cumplimiento de un destino, destino que consistía en propagar la disciplina en forma de budismo y de ética de la guerra, en ser el azote certero del desorden en los cuerpos y en las almas de todo un continente. ¿Quién sino un antiguo rey de mundos superiores tendría esa mirada absorta e impasible, enrojecida por el fervor y la decisión, ajena al terrible desenlace que le esperaba tras un combate ya vaticinado? ¿Quién sino un monje prescindiría de la ternura de cualquier mujer en nombre de la religión? ¿Qué otro aristócrata sería capaz de renunciar a todas las comodidades de la vida y dormir sobre el suelo junto a los soldados? ¿Y quién más, venerando a Buda, tendría ese rigor marcial con el que había torturado a latigazos a sus propios hombres hasta el punto de reventarles los músculos, como a Saltanov, que llegó a perder la razón y hubo de ser ejecutado? Pero tal era el castigo impuesto por el barón por violar la dignidad de la población local, algo que concertaba con la condición de un protector de Mongolia. Todos los designios de aquel hombre pálido parecían responder a un cuidadoso plan de vida y muerte a largo plazo, un plan frío como el invierno y como la Ley del universo, donde las fuerzas del karma reequilibraban los méritos humanos con sufrimientos y victorias igualmente colosales. Tenía, pues, todos los atributos de un difícil dios. Después de todo, el lama Sandan Tsydenov ya había considerado al zar Nicolás un charkravartin, un glorioso rey piadoso; mientras que Agvan Dorjiev, el monje y agente buriato, lo creía la reencarnación de Tsongkapa, el fundador del linaje Gelugpa que ahora lideraban el Dalai Lama, el Panchen Lama y el octavo Jebtsundamba Khutuktu, encarnado ahora en Bogd Khan. El capitán Dimitry Satunin, también de las filas del Ejército Blanco, había sido reconocido en cambio por los oirates burjanistas con rasgos de Ak-Burkhan, el gran emisario divino entre los pueblos altaicos fieles al chamanismo. Así, grandes reyes, grandes generales y grandes deidades adoptaban unos las formas de los otros en una larga cadena que no pretendía sino guiar a los pueblos mediante una alternancia de enseñanzas, mandatos y hazañas.

Bogd Khan, el VIII Jebtsundamba Khutuktu, líder espiritual y secular de Mongolia (1869 – 1924) 

Von Ungern-Sternberg se reunía de cuando en cuando en audiencia privada con Bogd Khan. Su Santidad irradiaba autoridad cuando relataba cómo sus decretos mágicos habían dado resultado durante las semanas previas al contragolpe de estado: los chinos se habían retirado en parte gracias a las recomendaciones al pueblo de Urga de abstenerse de comer carne, de que se arriasen banderines de oración con Caballos de Viento dibujados en ellos, de no comprar tabaco chino, de que las mujeres se dispusieran los cabellos en dos mitades y que llevasen color blanco sobre el pecho. El barón asentía a todas aquellas indicaciones, casi como si supervisase el trabajo de un subordinado. El lama no dejaba de explicarle las costumbres calmucas o los complejos sortilegios a los que obedecen los espíritus de las estepas. Evocaba a menudo la grandeza de la tierra manchú. El ruso, por su parte, opinaba del clima urálico, del temible monje guerrero Ja Lama, de los chamanes siberianos, y del carácter de eminentes camaradas de filas como el almirante Kolchak o Semenov, el atamán cosaco. Habló del apellido von Ungern-Sternberg, propio de antiguos aristócratas guerreros, entre los que se contaban caballeros teutones, cruzados contra los paganos estonios y lituanos. No habiendo sustituido sus creencias budistas a la tradición cristiana de su familia, en ningún momento durante su estancia en Urga dejó de llevar sobre el pecho la merecida Cruz de San Jorge, cuya geometría complació al tacto de Bogd Khan, puesto que su ceguera le impedía verla. Von Ungern-Sternberg hablaba con frecuencia de las guerras de religión en las tierras bálticas y en Tierra Santa y de cómo él no hacía otra cosa que proseguir el linaje familiar. Sin embargo, no evitó reconocer el giro de los acontecimientos:

—La situación al norte es complicada, Su Santidad. Está pasando el tiempo de los atamanes, de los cruzados, de los guerreros píos y de los dioses vivientes. Si vencen los bolcheviques y los chinos, dentro de poco ya no se sentenciarán profecías en estas tierras, y todos los pueblos de Asia dejarán de ser nombrados por los espíritus celestes. Esos revolucionarios, con tal de acabar con los reyes, se han decidido a matar a budas y a dioses.

—¿Y pedir ayuda a Occidente? — inquirió el santo rey mongol.

—Los europeos se han abandonado a su propia desidia, como débiles y afeminados intoxicados en un fumadero de opio. Nada se puede esperar de ellos, salvo pasividad o colaboración con el mal. Tampoco es suficiente la ayuda que prestan los japoneses, y todas las alianzas de los pueblos budistas continentales no lograrán por sí mismas vencer a los comunistas.

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Diciendo esto miro el cielo estrellado y pensó algo sobre el inminente fin de su propio ejército, sobre la corta vida que le había augurado una anciana astróloga semanas atrás, sobre la extinción de los reinos. El lama supo de estos pensamientos sin necesidad de oír palabras de la boca de su aliado, y guardó silencio. De repente tuvo la terrible visión del porvenir de Mongolia y del mundo, y un estremecimiento sacudió los muros de los monasterios cercanos. Tras la colación, mandó a todos los monjes orar y meditar durante toda la noche. Algunos días después, una noche en que la luna había rellenado sus cuernos, el barón tomó la decisión de marchar próximamente con sus hombres para reunirse con las tropas prometidas por el Dalai Lama y para otear la región, cercada ya por Suke Bator y sus aliados chinos, ansiosos de imponer de nuevo el ciclón comunista en la serena y anciana Mongolia. Mientras tanto, unos soldados calmucos cantaban canciones de amor ante una hoguera, los yugos descansaban desuncidos de los bueyes, las marmitas callaron su murmullo, y un monje iba por las calles solitarias esparciendo mantras protectores en queda voz.

H. Consten - Mongol warriors during the liberation war against the Chinese

Fue una mañana determinada como propicia por los augurios de los mopas cuando partió la escuadra del barón. Tras una ceremonia de despedida digna de héroes divinos, la caballería se alejaba, esparciendo al viento insignias de banderas zaristas, cristianas, budistas y tengríes. Hombres, mujeres, niños y ancianos se postraban al paso solemne de los salvadores que abandonaban las calles de la ciudad. Habían recibido al barón como a un soldado ruso: lo despedían como a un dios. Muchos intuían que no regresaría nunca más a Urga con aquel cuerpo. Llorando y gimiendo, salpicaban con flores el suelo que iba pisando el ejército. Tiempo después de la despedida, todavía titilaban los destellos del metálico armamento, que se iban enmascarando por la lejanía y por la nube de polvo que alzaban los cascos de las monturas. Bogd Khan los oyó alejarse y, aunque no mostró ninguna sonrisa, agradecía que los cielos no se hubieran olvidado hasta entonces de las estepas; los budas habían enviado a un feroz protector de la Ley para hacerla prevalecer en el punto más monstruoso de una época degenerada. Así, ante el descarrilamiento fatal de los tiempos que estaba exterminando al aroma fresco del mundo, aquel demonio blanco, servido por hombres violentos de todo Oriente, se había obligado a hacer correr más sangre que nunca con tal que la rueda de la sabiduría siguiese girando. Con cada caricia a las cuentas de su rosario, expresaba el último Khan un deseo de salvación para todos. Trotando con paso firme hacia la muerte de muchas cosas, el barón no volvió la vista atrás ni una sola vez. Las ya distantes tropas comenzaron a entonar una canción de guerra:

“Alzamos la bandera amarilla
por la grandeza del budismo;
nosotros, los pupilos del Buda Viviente,
vamos a combatir por Shambhala”.

Picea obovata forest, Bogdkhan Uul Strictly Protected Area, Mongolia, near Manzushir Monastery

El Buda Viviente, mientras los saludaba en vano con gran agradecimiento e infinita compasión, percibió que el gélido viento había cesado. De repente, las banderillas de oración dejaron de agitarse, y la naturaleza se silenció: la rueda universal de la sabiduría se preparaba para detenerse, y nadie sino los perfectos emancipados del devenir sabía por cuánto tiempo ni hasta qué extremo. Asia habría de contener la respiración ante el aturdimiento del siglo, un aturdimiento surgido de una inmovilidad más desquiciante que cualquier tempestad de la estepa, un aturdimiento que reverberaría por todo el orbe y del que, no obstante, todo espíritu piadoso no podía desear más que una regeneración posterior, recompensa por un invierno milenario. Todo habría de volver algún día a la paz perfecta del ritmo sagrado de los viejos tiempos, igual que la estepa queda vacía y en silencio cuando el breve fragor de la batalla se disuelve en el océano de siglos, igual que el rumor de los insectos cede sin resistencia ante el leve imperio de la nieve. Pero, a pesar de todo, el Buda Viviente cerró sus ojos ciegos para evitar que una lágrima cayese sobre su corazón.

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[Música: Aga, Rodina Moya (“Aga, mi patria)”, canción buriata, por el Badma Khanda Ensemble.]

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El romanticismo aparece allí donde unos hombres sienten la imposibilidad de continuar la realidad y asumirla, o de combatirla. En este sentido es una actitud arcaizante, signo de decadencia de una civilización.

J. Mª. Alsina Roca, El Tradicionalismo Filosófico en España, p.253

La fantasía se ensimisma morbosamente y el espíritu se consume en errores visionarios, pues el mundo no le presta ayuda alguna.

F. Schleiermacher, Monólogo III 77

Los grandes hechos de todas las épocas se confundían en mi pensamiento como llamas, e igual que en una tormenta se van uniendo entre sí las gigantescas imágenes de las nubes del cielo, así se unían, así se transformaban en mí en una victoria infinita las cien diferentes victorias de las olimpiadas.

F. Hölderlin, Hiperión, I 1

Desde finales del siglo XVIII no ha aparecido ningún tono nuevo, ningún nuevo acento expresivo que sea realmente valioso. Somos el negro y desabrido coleteo de los románticos. El Siglo de las Luces llegó a tal extremo en su arte de descomponer que hasta a la diosa Razón se la bajó del pedestal en el momento mismo en que fue deificada. Los románticos fueron los primogénitos de los ilustrados. Su movimiento fue intensa y legítima aspiración, pero ausencia de método. Leemos a estos soñadores del XIX para sentirnos confirmados o refutados, pero no vemos señalada ninguna escalera con nitidez. Hace falta una afinidad innata para que su efecto perdure en nosotros. ¿No hay resabios de belleza divina y de suprema verdad enzarzados entre los hinchados verbos de Hölderlin, Schlegel, Fichte, Schelling, Herder, Brentano? ¿Y no los hay entre los trazos de Caspar Friedrich o de Delacroix? Sí, ¿pero de qué sirven? La mayor parte del tiempo no dejan de dar vueltas sobre los mismos conceptos y las mismas sensaciones, confundidos, contradiciéndose, cambiando de rumbo para volver de nuevo al rumbo inicial. La plenitud es al romántico lo que la razón para el ilustrado: una espiral ascendente que a veces se detiene en un nivel o incluso desciende otra vez. Si, a pesar de no ser uno de ellos, se tiene el proyecto de sostenerse en lo más alto de sus mejores experiencias, más útil que leerlos será entonces el hacer postraciones y entonar cantos gregorianos. También nos seducen una y otra vez los arpegios eólicos de Chopin, la poesía sonora de Schumann, la extrañeza espectral de Schubert, la catábasis y anábasis de Liszt, la ensoñación cromática de Berlioz… pero no nos hacen oír el Silencio salvo durante unos pocos compases.

Amo a los románticos, los siento encarnaciones previas de mi ciclo transmigratorio, los releo, los imito sin proponérmelo, los busco, los escucho en sus nocturnos y baladas para piano. Pero no darán la paz eterna. Son solamente el primer paso -y eso ciertamente ya es mucho- en un camino que prosigue y se afianza en la obediencia a una ley disciplinaria. Uno se alista al regocijarse en la gloria de un brillante estandarte, pero se vence en la batalla mediante el rigor marcial. Es natural que el romanticismo, mientras suspiraba por tiempos antiguos y medievales, se comprometiera precipitada y confusamente con las revoluciones liberales, soñando con Arcadias sin pensar en la paciente trabazón de los siglos y de los maestros.

Guerin - Prince de Talmont

El ilustrado, al obsesionarse en que su conocimiento no tuviese fisuras, se quedó mirando a la superficie. Prefirió perder de vistas las grandes verdades con tal de afianzar verdades menores. Es por ello que el mundo moderno ha sido hasta hoy un sinfín de éxitos minúsculos envueltos en un inmenso fracaso. La reacción fue el romanticismo: un intento de regreso abreviado a la fuente. Ciertamente, la velocidad de los acontecimientos y la sequedad arrasadora del positivismo y el utilitarismo llamaban a la urgencia. Demasiado decididos o demasiado dubitativos, buscaron sin la paciencia de la madurez, y la mayoría encontró la muerte en la juventud, sedientos por la avidez de estallidos. Los que escaparon de la muerte cayeron presas de la locura, o encontraron acomodo en oficios institucionales habiendo mitigado ya el orgullo que se negaba a pactar con el mundo.

Intuyeron los jóvenes alemanes postrevolucionarios -seguidos por el resto de europeos- que sacrificar las verdades menores de un solo golpe era imprescindible para alcanzar de nuevo la idea de una verdad total. Acertaron en parte. En efecto, las ciencias, tal y como se cultivan desde entonces, si no son acompañadas de comentarios sapienciales, sólo distraen la atención del hombre. Y así tantos saberes que, en una sociedad mezquina como la que dejaba con su salida el Siglo de las Luces, no ayudaban más que a apuntalar frivolidades, arrogancias y mezquindades. Pero no se puede prescindir del método humanista depurado por los siglos. Las artes liberales daban al cristiano un cimiento desde el que levantar catedrales, repletas de geometría, de simbolismo, de retórica y astronomía incluso. Las almas más sencillas se contentan con mantener sosegado su fuego en la penumbra de la capilla. Pero un corazón más grande, como catedral interior que es, precisa de una ordenación, de un sendero, de un apostolado. Estudiando en la universidad, los románticos arremolinaron ideas ilustradas con anhelos medievales, y quisieron explicar los segundos con las primeras y las primeras con los segundos. Más allá del vínculo universitario y filosófico, otros se fijaron directamente en el arte y en la naturaleza. Pero ninguna belleza te hará sabio si no la pones al servicio de una sabiduría previa. No tener eso en cuenta fue, como se ha dicho, el error cardinal de los románticos. Ellos pretendían alumbrar toda luz a partir de la unión directa entre su propio interior y lo bello. Pero lo bello tiene un simbolismo que no se improvisa, un simbolismo que puede ser revelado, pero difícil es que no sea en parte educado, ni aun en el mejor de los casos. Ningún hombre, salvo un elegido de los Cielos, puede discernir él solo todo el drama cósmico a partir de los indicios, de los vestigia Dei. Es por eso que han existido la Iglesia y las Escrituras, es por eso que los místicos se formaban en la dura ascesis. Es por eso que hubo una Academia y una Estoa en Atenas, y un continuo de bodhisattvas que se reencarnan en Asia una y otra vez para no dejar de recordar nunca el camino al peregrino y de adaptarse a las inquietudes particulares de cada espíritu.

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Demasiado centrados en sí mismos, estos hombres nuevos carecieron de la paciencia para buscar analogías exactas entre su ser y el del mundo de los principios. En cualquier caso, en la Grecia idealizada de un Hölderlin, en la noche simbólica y cristiana de un Novalis, en la humanidad transfigurada de Schleiermacher, en los tiernos paisajes de un von Eichendorff, en la dramaturgia mistérica de Wagner, en todos ellos se anuncia una metamorfosis interior. Cada uno de ellos vislumbra o recae periódicamente en un conato de iluminación; para asentarla y domarla finalmente hará falta una disciplina, un maestro o un claustro. Pero ahí están, advirtiendo de la opacidad de las vías trilladas y señalando erráticamente otras vías de salvación. Un romántico es alguien que muere de nostalgia infinita. Un monje es alguien que se propone satisfacer esa nostalgia. Una persona pueril es la que no se apercibe de que siente esa nostalgia.

Se me hace inevitable volver a los románticos, reflejarme en ellos, expresarme como ellos, sentir y pensar exactamente igual que ellos. Nada de lo que pienso o escribo deja de ser romántico. Pero sé que es debido a que estoy extraviado en el juego cósmico. Nunca me libraré del romanticismo ni aun nutriéndome de una fuente más antigua, de la que los alucinados alemanes también abrevaron a cucharadas. Difícil es que deje de mirar el mundo con sus lentes. Porque su desazón y su formación son los míos, su intención y sus hábitos son los míos, y el triste sino de haber nacido en un mundo en guerra con el Espíritu es, de hecho, todavía más nuestro que suyo. Todos creemos ser hoy un sucedáneo del romanticismo, pero si, como sucede, ya no parece haber hueco para el modelo genuino, se debe a que nadie tiene ya la más mínima esperanza de restauración y muy pocos la suficiente jugosidad de alma. Ni siquiera parece haber, pues, posibilidad de suspirar por iniciaciones perdidas. Pero sé que no puedo ser el único, estoy convencido de que en muchos corazones todavía latirá consciente ese pálpito, ese ritmo acelerado que clama, al menos, por que le presten a uno algún ídolo ancestral para postrarse.

Habrá que cuidarse, entonces, de los delirios demasiado agitados. Habrá que centrarse en la visión luminosa, en la pacificación unificadora de la naturaleza, en los acordes sutiles de la lira cósmica, y escudriñar a los demonios que susurran en forma de acúfenos y embotan las almas de los paladines extraviados con imágenes tenebrosas y suicidas. Porque el romanticismo es el impulso enérgico y decidido hacia el Todo, impulso demasiado afanoso como para detenerse a meditar sobre el viaje. Tiene la duplicidad de todos los entusiasmos: el peligro de las prisas y la grandeza de la amada posibilidad. Puede ser la mejor versión europea de la bodhicitta más pura… y también puede ser el peor de los monstruos que surgen cuando la razón sueña. Sus visiones pueden ser como las de los santos medievales, pero pueden igualmente repletarse de fantasmas, anhelosas soledades, amores frustrados, circunspectos paseos entre ruinas de templos demolidos… y acabar en cadáveres flotando sobre el río. Si uno, por lo tanto, se incardina en este raíl sin raíles, no habrá de perder de vista, so pena de muerte, la Luz de lo Alto, no sea que le suceda como al impetuoso Orfeo y pierda para siempre la plenitud de su Eurídice al volver tras sus indecisos pasos.

La primera generación de románticos estalló en mil colores y acabó en tantos desdichados finales como previos embravecimientos hubo. Ahora, en este apéndice de la historia al que se nos ha expulsado, ahora la enésima generación habrá de hacer malabares para no perecer a manos de todos los males posibles; para ello habrá de reunir los heroísmos y las nostalgias de todas las sabidurías de todos los tiempos, con todos sus matices, con todas sus fuerzas compensatorias para no descarriar todo el fervor acumulado a través de siglos, pero nunca diluirlo, y destilar un rumbo al fin certero, una llama simple a fuerza de hallar lo común en la hermosura de todos los hombres, de todas las razas, de todas las estirpes alumbradas por los dioses, de las que descendemos.

***

[Música: F. Liszt, Soneto 104]

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El Estado no se mantiene por una sola libertad o por un solo constreñimiento y rigurosidad, sino por una armonía (todavía imperceptible para las ciencias sociales) entre la disciplina de la fe, el poder, las leyes, las tradiciones y costumbres, por una parte, y aquella libertad real de la persona que es posible incluso en China en condiciones de tortura.

K. Leontiev, Obras escogidas, Moscú, 1993, p.178

Por sometidos que estuvieran los hombres del Antiguo Régimen a los deseos del rey, había una clase de desobediencia que les era desconocida: no sabían lo que era rendir pleitesía a un poder ilegítimo o contestado, al que se honra poco y a menudo se desprecia, pero al que se sufre de buen grado porque es útil o puede perjudicar. Esa forma degradante de la servidumbre siempre les fue extraña. […] Al someterse a sus órdenes más arbitrarias cedían menos a la constricción que al amor; de ahí que conservaran con frecuencia plenamente libre el alma hasta en la más extrema dependencia.

A. de Tocqueville, El Antiguo Régimen y la Revolución, 2.11

 

Sociedad aristocrática es aquella donde el anhelo de la perfección personal es el alma de las instituciones sociales.

N. Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito

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¡Grandeza de tiempos pasados, yo te rindo tributo, ya que de invocarte cualquier otro se avergonzaría en esta hora! El Palacio Real de Aranjuez está repleto de gente, pero no son sus legítimos dueños. Lo pisotean transeúntes con desdeñosa curiosidad, pero no se levantó el edificio para ellos. Tampoco los jardines que lo anillan fueron tan deliciosamente dispuestos para que los contemplasen desde maneras y ropajes funcionales y tejidos en zafiedad. Las obras de sabor clásico se erigían para los principios, y su funcionalidad cortesana era el precio a pagar por ello, un precio asumible. Los lunares postizos y los apolíneos cuartetos de cuerda velaban una ceremoniosidad profunda, una elegancia grave aupada por destellos ornamentales de gracia y ligereza. Este donaire dieciochesco alcanzaba, sin duda, su más alto grado en los atrios de los alcázares y en las azuladas estancias de coquetería rococó. Tampoco para mí se hizo todo esto, hijo como soy de tiempos y sangres plebeyos. Pero recurro a este rincón porque es ahora el último reducto de la belleza institucionalizada, y porque lo comprendo, y porque sé que en otra circunstancia más armoniosa habría aprobado que se me cerrasen ciertos espacios si recibiese a cambio otros con un mínimo de dignidad. No hay que olvidar, a pesar de todo, que los pasillos de los palacios no eran recorridos más por nobles que por ebanistas, albañiles, músicos, poetas, cocineros y lacayos.

Y no es posible, no puede creerse que mientras tanto lo plebeyo fuese sinónimo de fealdad y podredumbre. Si había un sol brillante, entonces el entorno estaba circundado por su resplandor. En un mundo de principios, todo navega al son del sacerdocio de las formas, del sacro maestro de ceremonias. Las ropas, las paredes, las sábanas, las galanterías, la canciones populares, los giros de los abanicos, los versos piadosos del pueblo llano, el rumor de la guitarra a la puerta de unas dependencias oficiales, el paso gallardo de los caballos, el gesto tímido de las doncellas, las bravuconadas de los efebos expresadas en recios pareados improvisados, los latinajos de los diáconos, la esperada llegada de los capitanes, la esbelta figura enarbolada por el miriñaque, la línea límpida entonada por un violín italiano, la seda depurada de Oriente, el lino fresco y natural de los telares locales, la gracia de un requiebro, el pensamiento dulce e inocente de un hombre decente en su rey y en su reina… En la medida en que algo de todo eso no se viera del todo desaparecido, entonces una nobleza hoy buscada por todos los rincones afloraba en cada esquina como geranio en soleado balcón.

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Quedan los palacios -dicen- y las fuentes y las partituras y algunos muebles y vestidos. Un platónico nunca cambiará las almas por sus escafandras. ¿Qué es un palacio sin príncipe, un catecismo sin piedad, una sonata sin un oído compenetrado con su retórica, una bandera sin una visión sagrada de la patria, una fuente sin jugueteo de ninfas, unas redondillas sin el entusiasmo ruidoso de un auditorio o la atención de una joven agasajada por el cortejo, una peluca grisácea sin una galantería disparada por los labios de un doncel? Diré lo que es: tramoya, decorado de cartón, superflua emulación de la nostalgia, ceniza y cadáver sostenido en pie por la fuerza de la inercia y del no sé qué que viene de verse a uno vacío de toda luz.

Cierto que sus artífices no entenderían bien lo que hacían ni los esqueletos arquetípicos sobre los que trenzaban sus superficies frívolas. Cierto que no se creían platónicos, sino adalides del ingenio, de la razón y de un cristianismo superficial. En efecto, con ellos se cerraba una era descendente. Pero ahí estaba todavía latiendo la verdad, bajo un sinfín de capas distraídas. Tanto es así que, ciertamente, lo importante no ha desaparecido: sólo se siente menos por la opacidad de las nuevas formas, aserradas con mecánica impersonalidad. Aquí, en estos jardines de Aranjuez, la verdad sigue siendo la misma que hace tres siglos o trescientos, e igual será dentro de tres mil más. Y aquí, junto al rumor de una fuente esculpida por un mito griego, aquí,  pesar de todo, es donde mejor me apercibo de ello.

En el Real Sitio de Aranjuez, a 3 de julio del A.D. de 2015

Fernando Brambilla - Paseo de barcas en Aranjuez

[La música que suena es del gran Luigi Boccherini (Trío de cuerda Op. 47 No. 1. I. Allegro moderato), una música que debió de sonar en jardines o en salones de Aranjuez para complacer a su protector Luis Antonio de Borbón y Farnesio o al propio Carlos III]

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