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Archive for the ‘El triunfo de la Belleza’ Category

La Garbo aún pertenece a ese momento del cine en que el encanto del rostro humano perturbaba enormemente a las multitudes, cuando uno se perdía literalmente en una imagen humana como dentro de un filtro, cuando el rostro constituía una suerte de estado absoluto de la carne que no se podía alcanzar ni abandonar. […] El rostro de la Garbo representa ese momento inestable en que el cine extrae una belleza existencial de una belleza esencial, cuando el arquetipo va a inflexionarse hacia la fascinación de figuras perecederas, cuando la claridad de las esencias carnales va a dar lugar a una lírica de la mujer.

R. Barthes, El rostro de la Garbo (Mitologías, 1957, pp. 42-43; trad. H. Schmucler)

Y es cierto que cuando estoy junto a un río, éste se desvanece —no me explico cómo— y, en su lugar, creo que eres tú el que fluye, hermoso, grande, mucho mayor que el mar. Y cuando miro al cielo pienso que el sol se pone y que deambula en algún tipo de nivel inferior, y que en su lugar luce quien yo quiero.

Filóstrato, Cartas de amor 10 (trad. R. J. Gallé Cejudo)

Es en los orígenes de las cosas cuando se establecen los paradigmas puros, los arquetipos que posteriormente se comentan y se varían con matices a menudo engañosos, decadentes o simplemente superfluos. En el caso del cinematógrafo, ya en tiempos mudos se definieron los paradigmas centenarios: Chaplin quedó como el mejor ejemplo del humorismo inteligente, Rodolfo Valentino como el amante apasionado y apasionante, Hitchcock como el maestro del suspense y Emil Jannings como el malvado de libro, aunque muchos otros (Roy D’Arcy, por ejemplo) podrían haber disputado el puesto. Se destacaron no por una sola obra, sino por encasillamiento propio de los que

Greta Garbo fue y será siempre icono de la belleza de un carácter y unos rasgos misteriosos. Fue y será siempre la esencia del enigma de la atracción por lo extraño, el encanto inasible, la sugestión desbordada. Sus labios amplios, sus delineadas cejas, tan incisivas, su cuerpo zigzagueante… más que un poder sexual ejercen una llamada extraterrestre hacia un apéndice a las razas diseñado por los más exquisitos de los modernistas de entreguerras. Es la humanidad que surge del claroscuro, de la media luz, de la incierta posibilidad de todo palpitar, de la noche inacabable y fatalmente no consumada. Greta Garbo, para los caballeros y para las damas que la contemplan con la fascinación que merece un prototipo o una escultura repulida, manifiesta el secreto del magnetismo personal, una de las fuerzas que con mayor impulso hacen girar el mundo. Sin sonrisas inocentes (“¡Garbo ríe!” fue el principal eslogan publicitario de la comedia Ninotchka), sus facciones son reconcentración de inminente arremetimiento, son deseos sedientos y cristalizados en ángulos, afán contenido en su máxima y más elegante expresión. No hay nada infantil ni religioso en su mirada; tan sólo hay una voluntad infinita pero agazapada de asaltar a la vida, de poseer una experiencia, un amante, una mirada, un instante, una eternidad.

En su inexplicable inexpresión, carente de voz cuando todavía no había llegado el cine a balbucear palabras en su banda sonora, el rostro de la Garbo promete todo lo que un rostro humano, nada más que humano, puede prometer. Todo el misterio que tiene la carnalidad más delicada está representado en ese símbolo secular. Quien ve la insuficiencia de ese dios mundano, poca insuficiencia le queda ver en el resto del entorno. Ahí es donde radica su enseñanza. En efecto, a pesar de ser lo que es, la efigie de la Garbo sólo era una forma vacía en evolución. Ella no era más que un ser humano. Pero en absoluto era menos que eso, que una completa criatura humana, es decir, encarnación consumada de todas las potencias existenciales del alma.

“La vida sería maravillosa si supiésemos qué hacer con ella”, parece que dijo la actriz sueca. Palabras muy reveladoras, que indican una aspiración que, por ignorancia, por falta de un entorno propicio, no se puede colmar donde únicamente puede ser colmada: en el reino del espíritu, ajeno al brillo de las superficies que el nuevo siglo parecía adorar en forma de brillantinas, baquelitas y fotogramas. Indica también, al menos, la conciencia de un vacío, un vacío que acaso sea la causa oculta del misterio que sus ojos inyectaban en el público de medio mundo. Reconoció ese vacío en los amagos rápidamente retirados con los que aparentaba trastocar su vida: plantones ante el altar, relaciones lésbicas, retiros a Suiza y una reclusión final entre las cuatro paredes de su apartamento neoyorquino, lejos los carteles que nunca amó y de las mansiones con las que estrellas parecían incubar su fama y apariencia de alegría en California.

La Greta que no salía en la pantalla, la Greta que coleccionaba arte bajo la guía de sus amigos esnobs, no parecía tener gran educación, ni una especial incisión en temas profundos, ni una sensibilidad afectiva particularmente lúcida. Su carácter acaso fuese más adicto al repliegue herido que a la recolección sanadora, acaso más hastiado que meditabundo. Era, pues, una fuerza sin dirección, y de ahí también su nítida esencia humana, no difuminada por los contenidos. Su paso por el mundo, sobre todo durante su juventud, dejó tras de sí un molde de porcelana de la naturaleza de la persona: su labor fue mostrar la fascinación humana envasada al vacío. Ni la dulzura encantadora de Jobyna Ralston, Janet Gaynor o Mary Pickford, ni la picardía de Bebe Daniels, Dorothy Gish o Clara Bow, ni el carácter virulento de Pola Negri, ni la profundidad dramática de Lilian Gish, Brigitte Helm o Gloria Swanson, ni el terrible coqueteo de Louise Brooks, pueden competir con la fascinación de la irrepetible Greta, la única Greta que no necesita apellido para ser reconocida, la única Garbo que no necesita nombre de pila para traer a la mente al icono de un mundo espectacular.

No hay ni una sola joven en Hollywood o en ningún otro muestrario de carne que se aproxime remotamente a la magia profana del caso Garbo. Ni todas las poses antipáticas con las cuales creen algunas adoptar misterio y suficiencia roza ni un átomo la calidad de la radiación de Garbo, experta en no hacer nada más allá de entornar tentadoramente puertas en las mansiones de Venus. Garbo exhalaba un desprecio tangencial, una sobredosis de languidez punzante -o, inversamente, de penetración sin búsqueda concreta-, un dolce far niente perlado y pulido por la técnica de una era ávida de fascinarse. Acaso ocultase su sonrisa -hermosa sonrisa- por pudor, por demasiado hermosa, es decir, por no encontrar motivo para repartirla burdamente ante los indecentes focos que violaban el sfumato de su presencia.

Todas estas especulaciones sobre las facciones de Greta Garbo son, desde luego, simple filosofía conversable, sabiduría de tocador, metafísica barata. Una sorpresa, en todo caso, para quien conozca mi línea editorial, por decirlo de algún modo. Mas quiero notar, por añadidura, que encontrar ejes y símbolos en ciertos hechos y objetos es una táctica fecunda del pensamiento. El mundo nos ofrece llamaradas de realidad en forma de una persona o una música o una anécdota especialmente candente, transparente. Sea el rostro que muchos y muchas escrutaron con mirada exploradora e incluso con devoción, sea la caída de una manzana con la que caen todos los cuerpos, o sea la convalecencia de una polilla en la que uno cree ver a todas las víctimas del devenir, hay que estar atento, atento para cazar al vuelo las fluctuaciones del universo, aquéllas en las cuales leemos la composición de la inmensidad restante, tan aparentemente quieta, tan aparentemente oscura.

Periódicamente, en la era de madurez de los estilos y de los inventos, surge un modelo especialmente acabado, oportuno como ningún otro, y que deja tras de sí la estela de un modelo que alcanzará indirectamente incluso a quienes ya nada saben de él. Su influencia es legendaria, casi un cliché, aunque a menudo ya ni se comprenda por qué. Mucha gente que nunca ha oído música de Mozart lo pone de ejemplo cuando se trata de mencionar a un genio. Por otra parte, nada surge de la nada, y, sin duda, la actitud y mirada de femme fatale no surgieron con la fantasmagórica mujer de Estocolmo.

Siempre se puede volver a mirar las cosas bajo un prisma enriquecido. Irradiado por las pistas enigmáticas del Tao o del Vedanta Adavaita, uno llega a poder ver verdades muy profundas en la trivialidad de un mito de Hollywood. En las superficies se leen vicios o virtudes del espíritu, y es en cierto modo que, como decía Mishima, lo más interesante de los ambos lados está en sus puntos de contacto. Lo más profano nos puede impartir una enseñanza suprema sobre lo más sagrado, y lo más sagrado puede adoptar un cariz rígido y cerril opuesto a lo que predica. Es en los puntos de intersección donde se ponen a prueba, donde se matizan y perfeccionan. No sería decente una doctrina que no se enfrentase al hecho de bellezas, felicidades y bondades cultivadas en regiones que les son ajenas. La grandeza del Buda no se ve solamente en la cantidad de sufrimiento evidente al que puso coto, sino sobre todo en el placer de los sentidos que no lograron satisfacerle. Es por ello que no me avergüenzo de dedicar tantas palabras al hilo de un escaparate humano explotado por capitales y lujuria. Una estrella de Hollywood no es más que nadie, pero tampoco menos. Y es ambas cosas, y es tan buen motivo de reflexión como el murmullo de los vientos entre calles abandonadas, o como el alumbramiento de una criatura sensible, o como la desaparición de un hombre santo.

En términos absolutos, Greta Garbo no merece ni desprecio ni idolatría, como ningún ser humano. En cambio, según el ángulo de nuestro cuello, sea con la vista puesta hacia las alturas o hacia nuestras manos y piel, merece lo uno y lo otro. Dentro de la magia del cine, que, como la pintura y la escultura antes, es muy poderosa y ha hechizado a millones de personas de todos los pueblos, hay figuras con una especial posición, un fulgor semidivino difícilmente repetible con tal intensidad; principalmente se coagularon cuando el séptimo arte alcanzó su culmen de perfección artística, es decir, en la década prodigiosa de los veinte. Por otro lado, no hay nada especial en un rostro humano cualquiera, nada que no esté a su manera en el rostro de un obrero indio o de una mantis religiosa. Las ilusiones que más gala hacen de su carácter ilusorio son las que más diáfanamente nos convencen de la intrascendencia de los fenómenos: el cine, mostrando cuerpos en movimiento donde no hay ni siquiera relieve, no puede ser más didáctico. La totalidad del universo que puede representar una secuencia de fotogramas, con planetas lejanos, aventuras microscópicas, dioses voladores y labios a la par carnosos e incorruptibles, toda la totalidad de esa realidad ficticia y nada son lo mismo. Más que una nada, conforman el sutil vapor de los más intrincados anhelos humanos, reductibles, al fin y a la postre, a una eternidad a la que poder estrechar entre los brazos. Todo se reduce a una nada que quiere ser infinito, a una descomposición imparable que insiste en entregarse sin fisuras, en amar.

*

THE  END

*

[Música: En primer lugar suena el amable Hollywood Stars (1932), del alemán Lothar Perl, a manos del pianista Alex Hassan. En segundo lugar, Rudy Vallée canta You Oughta Be in Pictures, canción, exitosa en su tiempo desde su estreno en 1934, escrita por Dana Suesse. Después suena el vals y el tema de amor que el prolífico Carl Davis compuso hace pocos años pero genial y románticamente para la producción muda Flesh and the Devil (véase el fotograma de la pareja protagonista incluido más arriba), donde la Garbo, adoptando los rasgos de carácter definitorios de su carrera, y John Gilbert, galán de la época, dieron comienzo a su aparatoso romance, en el cual el plantón de ella a él ante el altar fue solamente una parada. Finalmente, el dramatismo del Warsaw Concerto de Richard Addinsell, compuesto para la película de 1941 Moonlight Sonata a raíz de la negativa de Rachmaninov de ceder los derechos de su segundo concierto para piano, aporta el tono que la Garbo parecía destilar en cada una de las actuaciones que la inmortalizaron en los años veinte, a pesar de que en dicha cinta no aparezca la actriz.]

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Aquel cuya sonrisa le embellece es bueno; aquel cuya sonrisa le desfigura es malo.

Proverbio húngaro.

Cuando sonrió el hombre, el mundo lo amó. Cuando rió, le tuvo miedo.

R. Tagore, Pájaros perdidos, 299

No hay torsión más grácil que sus labios cuando un detalle, material o narrado, enternece a su facultad lúdica. Puente combado entre dos almas, la expresión de su rostro agiliza el entendimiento y muestra sus perlas blancas, sin ruido, con la suavidad de un orfebre que exhibe su  preciosa creación. Su sonrisa, la de cualquier ser humano, cuando brota de la gratitud a la vida y no del rencor satisfecho, alcanza reinos que difícilmente cupieron en silogismos, mandamientos, decretos y mapas. Hay en el mundo, ciertamente, muchos más motivos para llorar que para sonreír. Pero la exquisitez de un instante en el que simplemente se acaricia el terciopelo de la dicha plácida con el rostro nos convence de que hay un gozo en persistir en el navío del tiempo y en el amansamiento de los heridos. Heridos que van olvidando cómo dar gracias a todo lo que alguna vez saludó, saluda y saludará al mundo, a todo lo que una vez fue, es y será, a todo lo que sugiere que la candidez cuenta, más que con visado para el desangramiento, con la llave maestra de beatitudes agriamente tentadas por quienes desconocen ya el secreto del carácter.

La brisa en el verano, el color de los almendros, el despiste de una paloma, el beso entre dos niños, la coincidencia entre indumentarias, el tropiezo sin consecuencias, el recuerdo embellecido, el ideal inalcanzable, el bordado insuperable de un encaje, la suavidad de un mármol, la sonrisa ajena, la noche repleta de esperanzas, el amor incondicional, la belleza inesperada, el iluminador retruécano, los ojos que rebosan sinceridad, la melodía flotante que desde algún rincón de nuestra alma intuíamos tenía que existir… Motivos dignos de celebración, de grata aserción, de tolerancia afectiva, dulce pacto con el devenir, alegría discreta. Y es por cosas así que sonríe mi rostro o sonríe el suyo, trasladándose el gesto de uno a otro, ensamblando identidades. Su sonrisa, la de cualquier ser humano -e incluso la de cualquier criatura con la musculatura apropiada en torno a su hocico-, es un ídolo al que no renuncio. Incapaz de nada importante por sí misma, se expande en el momento en que le presto mi devoción, mi apostolado. Y es que allí encuentro la tan frágil justificación de la humanidad, el sentido de la existencia, no otro que la alegría serena por haber firmado gozosa paz con el instante, cualquiera que éste sea, instante que, bien lo sabemos, fluirá y se perderá en el horizonte con el imparable caudal amazónico de las edades.

Cherry Blossom by Emile Vernon, 1916

[Música: Rudolf Friml, Iris.]

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I died for Beauty – but was scarce
Adjusted in the Tomb,
When One who died for Truth, was lain
In an adjoining Room.

He questioned softly “Why I failed?”
“For beauty”, I replied –
“And I – for truth – Themself are one;
We brethren, are”, he said.

And so, as Kinsmen, met a Night –
We talked between the Rooms –
Until the Moss had reached our lips –
And covered up – our names.

[Morí por la Belleza – mas apenas
Ajustada en la Tumba
Cuando Uno que murió por la Verdad, yacía
En una Habitación contigua –

Me preguntó amable “Por qué había fallecido”
“Por la Belleza”, contesté –
“Y yo – por la Verdad – Son Una sola cosa –
Hermanos somos”, dijo –

Y así, cual los Parientes, que se encuentran de Noche –
Hablamos de una a otra Habitación –
Hasta que el Musgo nos llegó a los labios
y cubrió – nuestros nombres.]

E. Dickinson, Poems 449 (ca. 1862), trad. de M. Ardanaz

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[Música: Arvo Pärt, Fratres.]

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Todo necesita únicamente mi afirmación, mi buena voluntad, mi conformidad de amante: entonces es bueno para mí, y nunca podrá perjudicarme.

H. Hesse, Siddhartha, 2.8

C’est une espèce de bonheur, de connaître jusques à quel point on doit être malheureux.

[Es una forma de felicidad conocer hasta qué punto se debe ser desgraciado.]

F. de La Rochefoucauld,Máximas, 569/570

Vir igitur temperatus, constans, sine metu, sine aegritudine, sine alacritate, ulla, sine libidine nonne beatus?

[“¿Es que un hombre templado, constante, sin miedo, sin aflicción, sin alegría desbordante alguna, sin deseo, no es feliz?”]

Cicerón, Tusculanas 5.16.48

Tan necio es el que se ríe de todo como el que se pudre de todo.

B. Gracián, Oráculo manual y arte de prudencia, 209

Nor try to tie the Butterfly
Nor climb the Bars of Ecstasy,
In insecurity to lie
Is Joy’s insuring quality.

[“Ni trates de atar a la Mariposa,
Ni trepar por los Barrotes del Éxtasis,
Yacer en la inseguridad
Es la segura calidad del Júbilo”].

Emily Dickinson, Poems 1434 (ca. 1878), trad. de M. Ardanaz

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Requiere una cierta sabiduría no contar con ningún éxtasis sin dejar de admirar a quien vive instalado en él. Porque es fácil despreciar lo sublime cuando no se tiene al alcance de la mano, como también es fácil desesperar por no hallarlo o retirarse de la marea mundana cuando se halla. Hay una decepción del mundo que sugiere a contraluz nuevas bellezas; y hay una decepción más sutil surgida no del materialismo, sino del trascendentalismo demasiado trascendente, de la creencia en una meta todavía lejana. Ni el devenir alocado del siglo ni las iluminaciones más esplendorosas se me prometen en esta vida, y, en consecuencia, tampoco yo he de correr tras ninguno de los dos. El mundo ya me ha servido una degustación de sus principales alhajas: me han complacido, me han conmovido, me han hecho adicto, pero no han sabido atraparme con el suficiente ahínco como para olvidarme de otras búsquedas. Tampoco parece que la gran búsqueda vaya a coronarme con una sabiduría definitiva. No por ello reniego de ella, pero no la ansío como el que se ve próximo a culminar la carrera.

Esta decepción de la que hablo es una decepción sagrada. Consiste en reconocerse a salvo de las más arrastrantes emociones, en identificar las circunstancias no del todo favorables, no del todo desfavorables, que le acompañan a uno, como a tantos otros seres. Contemplas la belleza final, la quietud, la puerta a la liberación, el amor infinito, y respetas todo ello con verdadera devoción. Pero te ves lejos, pasando ante tu vista los años que a nada te llevan salvo a ti mismo. Por otro lado, has logrado mitigar la desazón. También liberándote del ansia del gran premio se obtiene una serenidad de otro tipo; liberándose de la liberación uno regresa a un estado de equilibrio aformal, de infancia sin ataduras, de la libertad de un río que fluye por un cauce determinado por el universo. Es una cierta sabiduría que no conduce a la total felicidad, pero protege en buena medida de una total amargura. No promete tesoros conmovedores, pero evita desengaños sorpresivos. Se trata de una gratitud por hallarse en un punto más o menos neutro, en una encrucijada de fuerzas que se compensan y lo dejan a uno en una tregua razonablemente plácida; gozar de grandes honores distrae en el durante y conlleva un doloroso golpe cuando peligran o cuando se pierden, al final de un periodo o al final de la vida. Sin embargo, esta aurea mediocritas, sabiéndola llevar, permite una tranquila observación de las peripecias cósmicas y permite hacer alta filosofía, mucho más alta que la que rumian los catedráticos universitarios; con la afable abstinencia de Epicuro se advierten también algunos milagros.

Todo conlleva la tristeza intrínseca de caducidad y de su insustancialidad última. El hombre cuya situación mediocre lo ha vuelto circunspecto ha sido bendecido con la oportunidad de percibirlo a cada instante. Esta renuncia obligada permite ver con distancia cómo otros que se creyeron más afortunados se estrellaron contra su fortuna. El pensamiento, libre de peripecias demasiado acuciantes, se ve capaz de desentrañar la leve indolencia de cuanto deviene, y así va mudando de piel, disponiéndose suavemente para abordar la idea de algo superior. Poco a poco, una renuncia más profunda se va gestando en el interior, y los apegos se disuelven por sí solos, como las fuerzas se aflojan en el anciano que ya nada espera salvo reclinarse sobre la tierra y alimentarla con su cadáver. Incapacitado para grandes sacrificios, sacrifica parsimoniosamente todas sus habilidades, todos sus fervores, todas sus aversiones, y va reduciendo su corazón paso a paso, sin rechazar nunca la calidez humana, pero no poniendo en ella más que el alma, sabiéndose el alma ligera, vana y caduca. Que nada nos arrastre y que no deje por ello de despertar nuestro amor, pues está tan extraviado y tan divinizado como nosotros.

Somos hojas mecidas en el viento: livianas, intrascendentes, impermanentes, prontas a la disolución. Ningún placer se promete duradero, ni la idea de un final nos atormenta en ciertos momentos de serenidad. Percibo que ninguna admirable transfiguración me espera en esta vida, y ello me descarga de aprehensión y afán. Viendo que todo destello conmovedor que me encuentre habrá surgido de mí, empiezo a reconciliarme con mi interior, y voy abandonando aflicciones y entusiasmos exógenos. Todo depende del propio esfuerzo y de lo encadenado que se esté por hábitos y azares, a los que podemos darle el nombre de destino o de Providencia. Poco parece haber de emocionante en todo esto. Mi vida es lo bastante pálida como para observar con atención y abordar la vacuidad del ser. En resumen: estando sumamente lejos de la meta, me encuentro, no obstante, en la senda adecuada.

Bellini - Allegory of melancholy

Todo lo que pueda romperse se romperá. Y esta fragilidad garantizada es lo que me incita a desapegarme del tiempo y a venerar mis huesos: son poco fiables, pero también suponen la rotundidad efímera de una visión, de una epifanía. Tan irreal como la aparición de un ángel, esta mano escribiente que se volverá polvo, ese árbol que se volverá humus, esa mole arquitectónica que se fundirá con el magma en la conflagración final, todas estas cosas son milagros de cuya entidad dudo, pues del vacío surgieron y al vacío regresan un poco más cada día. Y el instante, que se me figura sagrado, me impone tanto respeto que no consiento en llenarlo con nada demasiado necio ni demasiado digno de estima. El vacío que se trasluce en el dosel de lo mundano es una vaporosa visión que me promete melancólicos pero reveladores conocimientos.

Los que así sentimos no merecemos compasión; muy al contrario, he sentido los éxtasis de cuya especie lo esperaba todo, y he visto en qué terminaban. Los amores devienen llantos; las aficiones, abandonos; la admiración, decepción; el placer, dolor; la aparente plenitud, vertiginoso sinsentido; la más exquisita música, silencio y continuidad del murmullo existencial. Nada terminó, por fortuna, en tremendos tormentos ni en una penosa grisalla, sino en una tierna percepción de la belleza de lo marchito. Todo lo vano llega a causar compasión cuando se lo contempla como el enésimo intento de autoafirmación que acabará como todos los demás. Y hasta uno se imagina que el propio sufrimiento insoportable se advertirá -cuando llegue al pensamiento- como igual de nimio que la picadura de un insecto, y uno se cree indiferente a todo. Un alma macerada en este batimento de sensaciones puede no preocuparse demasiado de morir solo y sin hijos, en la ruina y joven, al tiempo que permite a sus ojos verter una  lágrima ante la poética imagen de una inconsciente gota de rocío que desaparece para siempre en la tierna edad de la mañana, o ante la mariposa que se desmaya sobre las aguas cuando al fin lograba dominar el secreto de la libación.

La tristeza del exiliado parece deberse a que nada le agrada en la ciudad que lo acoge. En realidad se debe a que nada allí es como en su patria, a la que desea regresar, y compara una ciudad con otra comprendiendo que si el exilio se da en una, también se dará en la otra. Es una aflicción sin temor, una aflicción que sonríe, que permite vivir y gozar, pero manteniendo en todo momento un halo de extrañeza, puesto que cada cosa es similar a su correspondiente en la patria sin que sea ni idéntica ni mejor.

No obstante, la plenitud está latiendo en todas partes, y se llega a exteriorizar en sabios que comparten nuestra misma provincia. La melancolía es un fleco de un tapiz de infinitudes, fleco del que empezar a deshilar el tejido para volverlo a tejer de nuevo en torno a uno mismo. Hay modos de trascender estos círculos de aspiraciones que respiran, que se afanan y se calman. Hay vías que fueron, son y serán recorridas por quienes han acumulado mérito, inteligencia y diligencia. Todo fenómeno tiene el mismo sabor, pero quien ha educado su paladar puede percibir en ese único sabor un dulzor que se escapa a quien simplemente reconoce una homogeneidad tediosa. Y la educación útil es cosa de las tradiciones. La realidad última no debe dejar de ser una constante de nuestro devenir, una fijación de nuestra mente, la causa motriz de nuestro método, pues bajo lo atareado de nuestra vida no hay otra cosa, y tras la pueril afirmación y la sagrada decepción hay una síntesis que reconcilia los polos positivo y negativo, y esa síntesis está presente aquí, ahora, en esta mente que escribe -esta mente que está sonriendo y lamentándose al mismo tiempo no por conato de locura sino por vislumbre de una plenitud que consiste, al fin y a la postre, en no esperar nada de nada: solamente mora y contempla cómo el exterior y el interior juegan a intercambiar ilusorias esencias. Es difícil alcanzarlo cuando no hay nada que alcanzar, cuando el mero impulso es alejamiento, cuando, de hecho, con cada paso que damos efectuamos un atentado contra el reposo primordial. La esencia divina no es otra cosa que ese punto central de cada nada, la intersección de todos los vectores, la nulidad que sirve de referencia a todo despliegue. ¿Qué mayor motivo de tristura y de gozo para las diversas capas que, volcadas cada una sobre lo suyo, conforman a la conciencia?

Con todo, estas divagaciones tienen una solución más simple que pasa por preocuparse menos de uno mismo y más de los demás, y a la par, como se ha dicho, no esperar gran cosa de nada ni de nadie, tampoco del propio yo aún no regenerado. La alegría más sencilla y pura proviene de complacerse en las conductas virtuosas, en ver cómo el sufrimiento del mundo se va sanando con pequeñas suturas aquí y allá gracias a tal o cual persona, tal o cual doctrina, tal o cual gracia imprevista. El previo devanarse de sesos no habrá sido más que alzar una montaña para finalmente contemplarla desde lejos y comprobar la afición de las mentes ordinarias a complicar las cosas, a sentir cosas contrapuestas y en términos similares. La montaña será horadada y erosionada mientras la conciencia tranquila sestea dichosa en un valle fresco y florido y cada vez más profundo.

Magdalena - George de La Tour

[Música: S. L. Weiss, Sonata en Re Mayor  K5. V. Sarabande.]

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Poussin - the_triumph_of_flora-largee

Chloris eram, nymphe campi felicis, ubi audis
     rem fortunatis ante fuisse viris.
quae fuerit mihi forma, grave est narrare modestae;
     sed generum matri repperit illa deum.              
ver erat, errabam; Zephyrus conspexit, abibam;
     insequitur, fugio: fortior ille fuit.
et dederat fratri Boreas ius omne rapinae,
     ausus Erecthea praemia ferre domo.
vim tamen emendat dando mihi nomina nuptae,               
     inque meo non est ulla querella toro.
[vere fruor semper: semper nitidissimus annus,
     arbor habet frondes, pabula semper humus.]
est mihi fecundus dotalibus hortus in agris;
     aura fovet, liquidae fonte rigatur aquae:               
hunc meus implevit generoso flore maritus,
     atque ait “arbitrium tu, dea, floris habe.”
saepe ego digestos volui numerare colores,
     nec potui: numero copia maior erat.
roscida cum primum foliis excussa pruina est               
     et variae radiis intepuere comae,
conveniunt pictis incinctae vestibus Horae,
     inque leves calathos munera nostra legunt;
protinus accedunt Charites, nectuntque coronas
     sertaque caelestes implicitura comas.            
prima per immensas sparsi nova semina gentes:
     unius tellus ante coloris erat.

[“Cloris era, ninfa de las llanuras felices, donde sabes que antes afortunados hombres tenían su medio de vida; modesta como soy, se me hace duro exponer la belleza que tuve. Pero esa belleza le encontró a mi madre un dios por yerno. Era primavera; yo iba paseando; el Céfiro me descubrió, yo iba a alejarme. Me persiguió, yo huía; él era más fuerte. Y el Bóreas, que se había atrevido a llevarse un botín de la casa de Erecteo, había dado a su hermano pleno derecho para el pillaje. Sin embargo, enmendó su acto violento, dándome el nombre de esposa, y no tengo queja ninguna de mi matrimonio. Gozo de una primavera eterna: el año está siempre sonriente, los árboles tienen siempre hojas, la tierra siempre pastizales. Tengo en los campos que constituyen mi dote un jardín exuberante: el viento lo respeta, una fuente de agua cristalina lo riega. Mi marido cubrió este jardín de flores generosas y me dijo: “Tú, diosa, ostenta la soberanía de las flores”. Yo quise muchas veces contar la serie de colores y no pude; su cantidad sobrepasaba la cuenta. Tan pronto como la escarcha y el rocío se sacudieron de las hojas y el follaje variado se entibió con los rayos del sol, acudieron las Horas, embutidas en sus ropas variopintas, y recogieron mis regalos en ligeros canastillos. Al punto se aproximaron las Cárites y tejieron coronas y guirnaldas que sirviesen para ceñir las cabelleras de los celestiales. Fui la primera en desparramar a lo ancho de los pueblos las nuevas simientes. Antes la tierra tenía un solo color.”]

Ovidio, Fastos, 5.197-222 (trad. B. Segura Ramos)

[Música: C. Monteverdi, O Primavera, gioventù de l’anno (Il terzo libro de madrigali, 1592), sobre un poema de G.-B. Guarini (Il Pastor Fido, 3.1).]

Michel Corneille - Zephir et Flore - détail

Abránse las amapolas y los tomillos, ceda el rojizo suelo al imperio del verdor, entonen los coros pajariles sus sinfonías, nutran los últimos hielos el caudal de los sedientos arroyos. Mirad cómo resurgen dríades, náyades y faunos al paso real de Prosérpina, que llega de nuevo al mundo de la vida para contentar una vez más a su divina madre. La sigue de cerca el blanco Adonis. Pomona y Vertumno danzan al son de los céfiros, repartiendo simiente y cuidados entre los palacios vegetales, mientras el carro de Hiperión esparce, ya sin mezquindad, los tesoros áureos del alimento solar. Los amores sobrevuelan a los embarazados árboles frutales buscando emparejar insectos, ninfas, efebos. Los tallos, hinchados por la fecundidad de las libélulas, soportan el peso de dulces ciruelas, y, al tiempo que las muerden, las semidiosas de las fuentes se adornan con purpúreas cerezas los cabellos de mil colores. Los peristilos se apacientan del polen servido por camareros alados, el polen transmuta la sequedad del limonero en oro perfumado, todo lo perfuma la pujante Flora. No hay planta que no haya ofrecido sus mejores pétalos a las ninfas, que gustan de tejer guirnaldas vivas.

Más retozarían juguetonas las alimañas si tanto espectáculo no las distrajera a cada instante. Es grato sentir ahora la caricia de los encontradizos vientos, y el murmullo de las hojas es ahora muelle -distinto del quebrar quejoso de las hojas otoñales-, como invitando a recostar sobre ellas nuestras cabezas acaloradas. El aroma reforzado de los laureles nos trae el recuerdo de las antiguas glorias que los ceñían en las sienes, y las cantamos arrullados por el contrapunto de los mirlos. Se abren más los ojos almendrados, pues todo es más visible y pues también los almendros fructifican. Sobre los alféizares se apostan los geranios y las enamoradas. Suenan frescas tonadas: ofrendan a los alegres besos y a la alegría misma. La Belleza ha abrazado montes y valles. Disueltos los recuerdos de las tempestades, los navegantes recobran la confianza que los empuja a la mar; ya han ganado la aprobación benévola de las Híades, hacedoras de lluvia. Tampoco temáis vosotros, cazadores, el ciclo de los tiempos que hace exiguas a las presas, pues el cuerno de la abundancia llama al gozo. ¿No entrechocan ya los terneros sus primeros cuernos? ¡Pero deteneos!: cae ya la plácida noche, a la que balan las corderas entre amebeos de pastores.

Bajo la dirección de Anna Perenna, todo está a punto para celebrar la felicidad con su festín más transparente: la gloria del mes de marzo, que todo lo renueva, que olvida las antiguas ofensas y las penas lacerantes. Puesto que la demencia de los mortales no ha logrado todavía detener el impulso regenerador de bosques, nubes y velludas abejas, la naturaleza toda dice otro año más:

“¡Feliz primavera a todos los seres sintientes!”.

☙❧

Richard Westall - Flora unveiled by Zephyrs

 

[Música: J.-B. Lully, Ballet Royal De Flore. XIIIEme Entrée (Proserpine et ses Compagnes, Pluton enlevant Proserpine)]

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Οὔτοι συνέχθειν, ἀλλὰ συμφιλεῖν ἔφυν.
[“No he sido hecha para compartir el odio, sino el amor”].
Sófocles, Antígona 523

Ἐὰν ταῖς γλώσσαις τῶν ἀνθρώπων λαλῶ καὶ τῶν ἀγγέλων, ἀγάπην δὲ μὴ ἔχω, γέγονα χαλκὸς ἠχῶν ἢ κύμβαλον ἀλαλάζον.

[“Si yo hablase lenguas de hombres y de ángeles, pero no tengo amor, vengo a ser como bronce que resuena o címbalo que retiñe”.]

1 Co 13, 1

Amo quia amo; amo ut amem.

[“Amo porque amo, amo para amar”.]

S. Bernardo de Claraval, Sermones in Cantica Canticorum, 83.4

Louis-Jean-Francois-Lagrenee-xx-Psyche-with-Sleeping-Cupid-xx-Musee-du-Louvre

Amar es desproteger la facultad de comprensión. Amar es saltar categorías. Amar es voltear el vector del instinto. Es recordar tu substancia bajo accidentes ajenos. Es notificarte tu subordinación al conjunto. Es reverdecer tu ángel. Amar es celebrar la primavera en cada fibra de ser. Es sonreír con ternura, de soslayo y casi con indiferencia a los arbotantes de tus pensamientos y aferramientos. Amar es contemplar el paritorio de la belleza. Es reconocer en lo amado una matrona de luz. Es resignificar la palabra más envilecida por el sobreuso. Es resonar las cuerdas de la lira interior en simpatía con armonías externas. Amar es saludar a un nuevo sol. Es no ceñirte a la esperanza. Es generar calor sutil en el mirar, el oír y el respirar para abrigar a quien tenemos delante. Es reducir a minucia irrelevante o incluso a motivo de dulce enternecimiento el hecho de que existen vísceras y que burbujean en los cuerpos. Es captar por siempre un arquetipo eterno que se trasluce por un instante pero que se ocultará sibilinamente tras la enfermedad, la vejez y la muerte. Es reposar en cualquier parte salvo en el contorno de nuestra piel, ese terreno resbaladizo en que comúnmente establecemos inestable domicilio. Es el único viático que uno tiene a mano ante cualquier naufragio y es el único modo de conocer algo.

Amar es residir en todo momento en un Parnaso de presencias invisibles. Es ser servido por una corte de genios y hadas. Es despojarse de una primera coraza, la más pesada de todas. Es hacer de la rivalidad una infantilidad irrisoria. Es emprender el camino de regreso. Es solventar todo apuro con la ideación de un nuevo planisferio. Es saturar los cielos. Es hacer de toda superficie topografía predecible y protectora. Es azuzar a la química de la sangre para que se movilice en pos de una única causa sagrada ajena a la supervivencia. Es no desconocer la mácula en lo ajeno, sino observar su divertido contrapunto sobre un substrato de belleza inconmensurable. Es armar dioses. Es proclamar todas las expediciones posibles hacia los seis mundos. Amar es acunar la beatitud. Es reírse de las lejanías. Es ritmar cada automatismo y cada giro del ser como si fuera una danza al son de una sinfonía de gandharvas. Amar es no preocuparte de tu deseo, sino de que tu deseo sirva a un bien mayor. Amar es cantar a los pinos y que éstos oigan tu canto. Es proyectar un eco de la Palabra primordial. Es unir mundos intelectivos. Amar es zurcir descosidos del cosmos. Es saber que eres ante todo un vínculo. Es sentarse sobre una flecha rogando por la diana.

Amar es abrir el corazón y mostrar la partitura coral de aurículas y ventrículos. Es subestimar la subestimación. Es concentrarse sólo en manantiales. Amar es reconvertir la herida en boca de hermosos labios. Es reconocer como salvedades y cumbres cada pieza ordinaria de un sistema. Es descubrir la dignidad principesca disfrazada con apariencia cotidiana o mendicante. Amar es provocar el exilio de nuestras lindes y ubicarlas en una diáspora ennoblecida por la conciencia y por el nuevo reino amado. Es no oír nada que no dote de significado a nuestro amar. Es descubrir un nuevo eje de abscisas del beneficio. Amar es saberte viudo y percibir a la vez cómo tu cónyuge resucita ante tu vista. Es navegar tu prosa mental y apercibirte de que piensas en verso. Es ser una ciudad y hacer del amado el monarca. Amar es la conciencia coordinándose con su dios. Es gozar la disolución, como un ensayo de nuestra cercana despedida final.

marcus-stone - in love

[Música: A. Camprá, L’Europe galante, Entrée Espagnole (escena II). Air d’une espagnole (“El esperar en amor”).]

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El romanticismo aparece allí donde unos hombres sienten la imposibilidad de continuar la realidad y asumirla, o de combatirla. En este sentido es una actitud arcaizante, signo de decadencia de una civilización.

J. Mª. Alsina Roca, El Tradicionalismo Filosófico en España, p.253

La fantasía se ensimisma morbosamente y el espíritu se consume en errores visionarios, pues el mundo no le presta ayuda alguna.

F. Schleiermacher, Monólogo III 77

Los grandes hechos de todas las épocas se confundían en mi pensamiento como llamas, e igual que en una tormenta se van uniendo entre sí las gigantescas imágenes de las nubes del cielo, así se unían, así se transformaban en mí en una victoria infinita las cien diferentes victorias de las olimpiadas.

F. Hölderlin, Hiperión, I 1

Desde finales del siglo XVIII no ha aparecido ningún tono nuevo, ningún nuevo acento expresivo que sea realmente valioso. Somos el negro y desabrido coleteo de los románticos. El Siglo de las Luces llegó a tal extremo en su arte de descomponer que hasta a la diosa Razón se la bajó del pedestal en el momento mismo en que fue deificada. Los románticos fueron los primogénitos de los ilustrados. Su movimiento fue intensa y legítima aspiración, pero ausencia de método. Leemos a estos soñadores del XIX para sentirnos confirmados o refutados, pero no vemos señalada ninguna escalera con nitidez. Hace falta una afinidad innata para que su efecto perdure en nosotros. ¿No hay resabios de belleza divina y de suprema verdad enzarzados entre los hinchados verbos de Hölderlin, Schlegel, Fichte, Schelling, Herder, Brentano? ¿Y no los hay entre los trazos de Caspar Friedrich o de Delacroix? Sí, ¿pero de qué sirven? La mayor parte del tiempo no dejan de dar vueltas sobre los mismos conceptos y las mismas sensaciones, confundidos, contradiciéndose, cambiando de rumbo para volver de nuevo al rumbo inicial. La plenitud es al romántico lo que la razón para el ilustrado: una espiral ascendente que a veces se detiene en un nivel o incluso desciende otra vez. Si, a pesar de no ser uno de ellos, se tiene el proyecto de sostenerse en lo más alto de sus mejores experiencias, más útil que leerlos será entonces el hacer postraciones y entonar cantos gregorianos. También nos seducen una y otra vez los arpegios eólicos de Chopin, la poesía sonora de Schumann, la extrañeza espectral de Schubert, la catábasis y anábasis de Liszt, la ensoñación cromática de Berlioz… pero no nos hacen oír el Silencio salvo durante unos pocos compases.

Amo a los románticos, los siento encarnaciones previas de mi ciclo transmigratorio, los releo, los imito sin proponérmelo, los busco, los escucho en sus nocturnos y baladas para piano. Pero no darán la paz eterna. Son solamente el primer paso -y eso ciertamente ya es mucho- en un camino que prosigue y se afianza en la obediencia a una ley disciplinaria. Uno se alista al regocijarse en la gloria de un brillante estandarte, pero se vence en la batalla mediante el rigor marcial. Es natural que el romanticismo, mientras suspiraba por tiempos antiguos y medievales, se comprometiera precipitada y confusamente con las revoluciones liberales, soñando con Arcadias sin pensar en la paciente trabazón de los siglos y de los maestros.

Guerin - Prince de Talmont

El ilustrado, al obsesionarse en que su conocimiento no tuviese fisuras, se quedó mirando a la superficie. Prefirió perder de vistas las grandes verdades con tal de afianzar verdades menores. Es por ello que el mundo moderno ha sido hasta hoy un sinfín de éxitos minúsculos envueltos en un inmenso fracaso. La reacción fue el romanticismo: un intento de regreso abreviado a la fuente. Ciertamente, la velocidad de los acontecimientos y la sequedad arrasadora del positivismo y el utilitarismo llamaban a la urgencia. Demasiado decididos o demasiado dubitativos, buscaron sin la paciencia de la madurez, y la mayoría encontró la muerte en la juventud, sedientos por la avidez de estallidos. Los que escaparon de la muerte cayeron presas de la locura, o encontraron acomodo en oficios institucionales habiendo mitigado ya el orgullo que se negaba a pactar con el mundo.

Intuyeron los jóvenes alemanes postrevolucionarios -seguidos por el resto de europeos- que sacrificar las verdades menores de un solo golpe era imprescindible para alcanzar de nuevo la idea de una verdad total. Acertaron en parte. En efecto, las ciencias, tal y como se cultivan desde entonces, si no son acompañadas de comentarios sapienciales, sólo distraen la atención del hombre. Y así tantos saberes que, en una sociedad mezquina como la que dejaba con su salida el Siglo de las Luces, no ayudaban más que a apuntalar frivolidades, arrogancias y mezquindades. Pero no se puede prescindir del método humanista depurado por los siglos. Las artes liberales daban al cristiano un cimiento desde el que levantar catedrales, repletas de geometría, de simbolismo, de retórica y astronomía incluso. Las almas más sencillas se contentan con mantener sosegado su fuego en la penumbra de la capilla. Pero un corazón más grande, como catedral interior que es, precisa de una ordenación, de un sendero, de un apostolado. Estudiando en la universidad, los románticos arremolinaron ideas ilustradas con anhelos medievales, y quisieron explicar los segundos con las primeras y las primeras con los segundos. Más allá del vínculo universitario y filosófico, otros se fijaron directamente en el arte y en la naturaleza. Pero ninguna belleza te hará sabio si no la pones al servicio de una sabiduría previa. No tener eso en cuenta fue, como se ha dicho, el error cardinal de los románticos. Ellos pretendían alumbrar toda luz a partir de la unión directa entre su propio interior y lo bello. Pero lo bello tiene un simbolismo que no se improvisa, un simbolismo que puede ser revelado, pero difícil es que no sea en parte educado, ni aun en el mejor de los casos. Ningún hombre, salvo un elegido de los Cielos, puede discernir él solo todo el drama cósmico a partir de los indicios, de los vestigia Dei. Es por eso que han existido la Iglesia y las Escrituras, es por eso que los místicos se formaban en la dura ascesis. Es por eso que hubo una Academia y una Estoa en Atenas, y un continuo de bodhisattvas que se reencarnan en Asia una y otra vez para no dejar de recordar nunca el camino al peregrino y de adaptarse a las inquietudes particulares de cada espíritu.

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Demasiado centrados en sí mismos, estos hombres nuevos carecieron de la paciencia para buscar analogías exactas entre su ser y el del mundo de los principios. En cualquier caso, en la Grecia idealizada de un Hölderlin, en la noche simbólica y cristiana de un Novalis, en la humanidad transfigurada de Schleiermacher, en los tiernos paisajes de un von Eichendorff, en la dramaturgia mistérica de Wagner, en todos ellos se anuncia una metamorfosis interior. Cada uno de ellos vislumbra o recae periódicamente en un conato de iluminación; para asentarla y domarla finalmente hará falta una disciplina, un maestro o un claustro. Pero ahí están, advirtiendo de la opacidad de las vías trilladas y señalando erráticamente otras vías de salvación. Un romántico es alguien que muere de nostalgia infinita. Un monje es alguien que se propone satisfacer esa nostalgia. Una persona pueril es la que no se apercibe de que siente esa nostalgia.

Se me hace inevitable volver a los románticos, reflejarme en ellos, expresarme como ellos, sentir y pensar exactamente igual que ellos. Nada de lo que pienso o escribo deja de ser romántico. Pero sé que es debido a que estoy extraviado en el juego cósmico. Nunca me libraré del romanticismo ni aun nutriéndome de una fuente más antigua, de la que los alucinados alemanes también abrevaron a cucharadas. Difícil es que deje de mirar el mundo con sus lentes. Porque su desazón y su formación son los míos, su intención y sus hábitos son los míos, y el triste sino de haber nacido en un mundo en guerra con el Espíritu es, de hecho, todavía más nuestro que suyo. Todos creemos ser hoy un sucedáneo del romanticismo, pero si, como sucede, ya no parece haber hueco para el modelo genuino, se debe a que nadie tiene ya la más mínima esperanza de restauración y muy pocos la suficiente jugosidad de alma. Ni siquiera parece haber, pues, posibilidad de suspirar por iniciaciones perdidas. Pero sé que no puedo ser el único, estoy convencido de que en muchos corazones todavía latirá consciente ese pálpito, ese ritmo acelerado que clama, al menos, por que le presten a uno algún ídolo ancestral para postrarse.

Habrá que cuidarse, entonces, de los delirios demasiado agitados. Habrá que centrarse en la visión luminosa, en la pacificación unificadora de la naturaleza, en los acordes sutiles de la lira cósmica, y escudriñar a los demonios que susurran en forma de acúfenos y embotan las almas de los paladines extraviados con imágenes tenebrosas y suicidas. Porque el romanticismo es el impulso enérgico y decidido hacia el Todo, impulso demasiado afanoso como para detenerse a meditar sobre el viaje. Tiene la duplicidad de todos los entusiasmos: el peligro de las prisas y la grandeza de la amada posibilidad. Puede ser la mejor versión europea de la bodhicitta más pura… y también puede ser el peor de los monstruos que surgen cuando la razón sueña. Sus visiones pueden ser como las de los santos medievales, pero pueden igualmente repletarse de fantasmas, anhelosas soledades, amores frustrados, circunspectos paseos entre ruinas de templos demolidos… y acabar en cadáveres flotando sobre el río. Si uno, por lo tanto, se incardina en este raíl sin raíles, no habrá de perder de vista, so pena de muerte, la Luz de lo Alto, no sea que le suceda como al impetuoso Orfeo y pierda para siempre la plenitud de su Eurídice al volver tras sus indecisos pasos.

La primera generación de románticos estalló en mil colores y acabó en tantos desdichados finales como previos embravecimientos hubo. Ahora, en este apéndice de la historia al que se nos ha expulsado, ahora la enésima generación habrá de hacer malabares para no perecer a manos de todos los males posibles; para ello habrá de reunir los heroísmos y las nostalgias de todas las sabidurías de todos los tiempos, con todos sus matices, con todas sus fuerzas compensatorias para no descarriar todo el fervor acumulado a través de siglos, pero nunca diluirlo, y destilar un rumbo al fin certero, una llama simple a fuerza de hallar lo común en la hermosura de todos los hombres, de todas las razas, de todas las estirpes alumbradas por los dioses, de las que descendemos.

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[Música: F. Liszt, Soneto 104]

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