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Archive for the ‘Ensoñaciones’ Category

Fueron, efectivamente, reyes durante toda una mañana en la que las colgaduras carmesíes se alzaron nuevamente sobre las casas, y durante toda la tarde, en la que caminaron por los caminos de palmas.

A. Rimbaud, Las iluminaciones

Quiero subir a la tecla de un piano y viajar a lomos de su resonancia hasta mundos donde la belleza sea el alfa y el omega. Quiero amar hasta que los sauces llorones, transmutados en euforia biológica, aplaudan el espectáculo. Quiero blandir una sonrisa pacífica pero de una intensidad contenida, hasta derretir el hierro oxidado que cubre a las más ásperas calaveras. Quiero desposarme con un hada para hacer de su figura mi modelo iniciático y mi reflejo. Quiero forjar nuevas razas con cada suspiro, levantar rutas a Shambhala con cada pincelada de mi vista, abrogar leyes telúricas con cada creación que surja de mi mano abierta. Quiero coronar a todo lo inocente con puros besos, y volver inocentes a los poderes agonizantes. Quiero querer con sangre lo que ahora sólo quiero con palabras. Quiero contemplar el fuego sagrado día y noche, y recordar en cada hora a mi dios, a mi dama, a mi arquetipo y a mi Jerusalén interior, patria de nefelibatas purificados por los rituales del arte, la guerra y el amor.

[Música: Schubert, Der Doppelgänger]

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Cónsul solar

… a la diestra eres generador de la aurora, a la izquierda, de la noche;
que posees la mezcla de las horas, que danzas a cuatro pies,
de buen curso, enraizador, ígneo, de rostro brillante, cochero,
que conduces tu ruta en rotaciones de inmenso círculo,
guía de bienes para los piadosos, hostil a los impíos,
de dorada lira, que arrastras el armonioso curso del cosmos,
significador de las buenas obras, joven que nutres las estaciones,
señor del cosmos, flautista, de curso de fuego, que giras en círculo,
portador de luz, que te muestras en varias formas, portador de vida…

Himno órfico a Helios

Envidio la suerte de un hombre a quien el dios ha concedido en herencia un cuerpo construido de la semilla de los ancestros sagrados e inspirados, para que pueda descubrir los tesoros de la sabiduría.

Juliano el Apóstata, Or. 4.131b

Cuando se mira mucho tiempo al sol, quedándose uno embelesado por su poder y su luz, se acaba transmutando el que mira en un rayo caído, como si la radiación astral achicharrase al corazón y situase en su lugar a la incesante combustión que guardan las estrellas en su intimidad. Exiliado de las constelaciones, este alma centelleante ha de enmascararse bajo gabardinas grisáceas para evitar incendiar el mundo, para evitar provocar un pánico horrendo que nada tendría en común con el éxtasis hipnótico de quien se entrega al baño solar. Esta luz oculta pero viviente busca un ápex en la Tierra, y únicamente de tanto en tanto saca a relucir el coronio de su pecho, ionizando discretamente a una humanidad que ya nada percibe fuera de su inane traqueteo microcósmico.

[Música: Jospeh Jongen, 2 Pièces Op. 33 No. 2, ‘Soleil à midi‘]

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Das Meer hat seine Perlen,
Der Himmel hat seine Sterne,
Aber mein Herz, mein Herz,
Mein Herz hat seine Liebe.

El mar tiene sus perlas,
el cielo tiene sus estrellas,
pero mi corazón, mi corazón,
mi corazón tiene su amor.

H. Heine

¡Esposa del dios de cuello hermoso!,
sobre mi cabeza pongo tus pies de loto azul,
bajo los que los Vedas se inclinan
como cisnes a los que atrae un anillo de oro tintineante.

Tantrasara (s. XI aprox.),  himno a Bhuvanesvari, 16

Sé que no soportaré tanto amor, tanta belleza. Me consumiré no por ser vencido, sino por la dicha hipnótica de la eterna victoria, que me empuja a lanzarme por los acantilados con sonrisas de éxtasis. Por mucho que el mundo intente rebajarme los humos ignorando mi aliento, por mucho que la mezquindad y la ausencia me aborden por los caminos, un fuego interior me conduce en la noche, y me siento como el caballo que escapó de la cuadra y cabalga atravesando países, y me extraviaré en alguna frontera inexplorada.

Sagrada soledad: te he rendido muchos tributos. De allí han salido ceremonias que sólo yo comprendo, inciensos privados, navíos metafísicos en los que viajado entre los tres mundos, y he besado a los arquetipos de todo lo digno de ser besado. Salvé océanos de inanidad para ser un ave semántica, un ágape olímpico, un paladín en Tierra Santa. Los conceptos me han abrazado, pero yo he querido ir más lejos, buscando plenitudes sin nombre. Las fieras me han prevenido y una otra vez. Yo, sin conciencia de mi identidad, he seguido buscando el útero supremo que resulta de cada flor, de cada rostro, de cada pentagrama inspirado. Y así, adaptándome a la solfa de mi destino, destilé perfumes hiperbóreos para la humanidad caída.

He rehusado sentirme individuo, pero sigo buscando soportes para la intelección y para desplegar mil amores. Para aprender, todo hombre que no haya alcanzado la santidad necesita espejos en los que poder mirarse, necesita cuencos humanos en los que poder divisar el firmamento como a través de un catalejo. El alambique que soy requiere el mosto y el mercurio para proseguir la investigación trascendental, ésa que ha de acabar en el vino de los vinos, en la piedra filosofal y en todas esas alquimias que dan sentido a la armonía del final del laberinto.

¡Oh qué derroche de ebriedad! ¿Hasta cuándo seguiré latiendo como el corazón de un adolescente? ¿Cuándo me disgregaré en la lluvia y culminaré la sabiduría de la tumba?

[Música: J. S. Bach, Partita 4 (BWV 828), Allemande]

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Groß ist das Meer und der Himmel,
Doch größer ist mein Herz,
Und schöner als Perlen und Sterne
Leuchtet und strahlt meine Liebe.

Grandes son el mar y el cielo,
Pero más grande es mi corazón,
Y más bellamente que las perlas y las estrellas
Se ilumina y brilla mi amor.

H. Heine

Los sacrificadores me sitúan en muchos lugares. Revisto muchas formas y hago entrar en el gran Yo a todas las criaturas.

Devisukta (Rig-veda VIII-7-11)

Esta conciencia de estar en todas partes, este estremecerse de alegría por cada gloria merecida, este incipiente amor que empieza a no distinguir entre erotismo y fraternidad… Este saber que todos somos embajadas de los otros, este grito de éxtasis que llega a doler de no poderlo exteriorizar a cada momento… Esta cascada de agua estelar que fluye y brota en mi ser… Esta necesidad de fundirse con la humanidad, con los pájaros, con el bosque, con ella, con la Diosa… ¿Cómo puede todo esto ser síntoma de enfermedad? ¿Qué será, entonces, la auténtica salud, si “salud” y “salvación” comparten etimología?

¿Qué diferencia puede haber entre una mujer digna de ser amada y la Diosa que adopta todas las formas? ¿Qué diferencia de sexo puede haber entre la sustancia primera que comparte aquel hombre rudo y aquella delicada fémina? Quisiera destrenzar el ovillo que hila todos los fenómenos, no obviando las apariencias sino celebrándolas con júbilo, como en una fiesta de disfraces, donde todos gozamos con la disparidad y la fantasía de los individuos mientras sabemos que, en esencia, nuestro interior nos hace idénticos.

Oh, todos los amores están servidos, todos los manjares atlantes han sido importados. Bastaría con dejar flácido el corazón, entregado en postración, para que una sangre joven, renovada y eterna pasara a revitalizarlo, haciendo héroes de todos los mortales que trapisondeamos por el mundo como si no fuéramos hijos de los astros.


Suena el estudio Op. 25/I, “Arpa eólica”, de Chopin, a manos de Louis Lortie. Por lo visto, como señalan aquí, “el nombre tan romántico de “arpa eólica”, proviene de Schumann. Chopin la llamó “el pastor”, inspirado, como le comentó a un alumno, en una foto donde un joven pastor se refugia en una gruta para evitar una tormenta mientras toca la melodía con su flauta”. Supongo que, más que una fotografía, se trataría de un grabado.

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Nadie me habla de este pájaro que canta dentro de mí.

Kabir (ss. XV-XVI), XXX; versión de R. Tagore

Se acerca el día en que todos los elixires serán brindados, al son de un dulce aire de danza. Los cíclopes, arrepentidos de sus ofensas, rendirán pleitesía a los buenos tesoros, y la caza  dará paso a la comunión. Los profetas mostrarán todas sus cartas. Complacido, mostraré gratitud a todos por todo. El vino, destilado de viñedos aéreos, será la catarsis del paladar que se haya educado en otros mundos. El cambio de estación traerá coronas de jazmines, que abrigarán a los pobres de espíritu.

Tras la danza, me recostaré en el prado recordando hazañas futuras. El Pleroma respirará hondo, y yo me regocijaré en la corriente ventosa que vendrá como providencial consecuencia. El amor será el balance de todas las cuentas: los cayados verdecerán con un musgo artístico, pujantes hasta la euforia. Mis deudas estarán saldadas; mi identidad, desdibujada. El ánfora de todos los deseos se romperá en mil pedazos, dejando que los suspiros se confundan con la eternidad, donde sólo reinará lo que debe reinar.

[Música: Kalinnikov, Sinfonía No. 1 (II. Andante)]

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Como resido en distantes mundos
cada fiesta me trae los recuerdos más intensos.
Sólo falto yo en la altura, en la escalada
que mis hermanos coronan.

Wang Wei (s. VIII)

Que cada pulsión que empuja a cada ser sea una llamada de Eros. Que cada mirada interesada no sea en interés propio, sino la en representación diplomática del Cosmos entero, acodado en la punta de iceberg que es un individuo. Que cada cosa que atrapa mi atención te deshaga en un enamoramiento. Que todo se te haga hermoso porque el humor vítreo de tus ojos resplandece como diamantes babilónicos.

Reconoce de una vez por todas, tú que dices sufrir tanto, el raro privilegio que es estremecerse por orgasmos de belleza en cada esquina. Sobrepasar esa fase es adentrarse en la sociedad de los místicos. Reiterar tales éxtasis es trascender las miserias de la cárcel dimensional que llaman “mundo”.

No es lo mismo dejarse llevar por los sentidos que reventarlos por el estupor y la hipnosis, dejándolos boquiabiertos como ante un viaje metafísico. Sin lugar para las reivindicaciones ni los proyectos, la entelequia florece devastando todo egoísmo. Ajeno a toda posesión, el cuerpo iluminado se reconoce canal y no finalidad. ¿Qué importa las miradas que te enfrentan con la inquietud de estar ante una bestia? Tú te reconoces como uno de los legados de la Conciencia, y por eso transmutas la extrañeza en un ambiente cálido, del mismo modo que el animal mima y da sentido a los tejidos de su piel.

¡Oh, herida dorada al margen del siglo! Bailas en corro con las estrellas fugaces de todas las épocas, orbitando en rededor de todos los soles, como duendes drogados por la esencia secreta de los heliotropos. Y tu presente se desvanece, porque no te reconoces en tu forma condicionada. Te sabes un retazo de brisa cósmica, una captación ubicua de Belleza, canto a esa sístole centrípeta que la raza humana venera bajo el vocablo “amor”. Tienes larga vida, perito de los Hondos Principios.

[Música: F. Schreker, Vorspiel zu einem Drama]

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¡Ay de mí, que de repente comencé a sentir que tenía en las entrañas la dulce quemadura de una llama que se difundía exuberantemente y se propagaba como la hidra de Lerna y me llenaba del fuego del amor y se me velaban los ojos! Y sin pausa se abrió mi pecho encendido y la arrastró hacia sí, más tenaz y mordazmente que los serpeantes tentáculos del pulpo y que el tifón que sobrbe el agua. Y el prcioso amor y la divina efigie imborrable de Polia, con sus nobles, castas y dulcísimas condiciones, se introdujeron en el sujeto preparado y amorosamente dispuestos, donde permanecieron dominando eternamente. Y aquella imagen celeste, indeleble y preciosa, quedó impresa firmísimamente, y en mí, como en paja seca, ardió con súbito y violento fuego como la llama de una antorcha encendida, no permaneciendo ni una partícula de cabello en la que no penetrara la amorosa llama. Y casi me pareció que me metamorfoseaba, con gran vacilación y lamente de la inteligencia al no poder comprendnerlo sino por comparación con lo que ocurrió a Hermafrodito y Salmacia cuando se abrazaban en la viva y fresca fuente y vieron que se transformaban en una sola persona con dos sexos; y me sentí ni más ni menos que como la infeliz Biblis cuando sentía que sus lágrimas la convertían en la fuente de las ninfas náyades. Así, permaneciendo en las dulcísimas llamas más muerto que vivo y casi sin pulso y cuando, en la suprema dulzura, daba libre curso a mi espíritu para que me abandonara, pensando que me había invadido la epilepsia estando de rodillas, de repente la piadosísima Diosa, dejando la concha, tomó agua salada en el hueco de sus manos, cerrando los largos dedos, y nos roció divinamente, mojándonos, no como la indignada Diana al infortunado cazador al que convirtió en bestia para que le destrozaran los perros, sino todo lo contrario, volviéndome grato y amable a las ninfas.

Apenas lo hubo hecho cuando, mojado y perfumado yo por el rocío marino, mi excitado espíritu se aclaró inmediatamente y me volvió el sentido sin tardanza y los abrasados miembros a su primitivo estado, sintiéndome rejuvenecer sni mengua de las cualidades dignas, y supe verdaderamente que era restaurado de modo similar a Esón, y me pareció que había regresado a la deseada luz, no de otro modo que el virbio Hipólito, vuelto a la apetecible vida por los ruegos de Diana con la hierba glisicida. Las ninfas que me servían me quitaron mi toga plebeya y me vistieron de nuevo, complacientes, con una rica vestidura blanca. Y, tranquilos ya en nuestro estado amoroso y confirmado, llenos de felicidad, consolados y conmovidos y ungidos por la alegría, ellas nos hicieron bvesarnos dulcemente con besos frescos y unir las vibrantes lenguas y abrazarnos. Y, de igual modo, recibiéndonos las alegres y festivas ninfas para un nuevo aprendizaje del oficio de la fecunda naturaleza en su sacro colegio nos besaron todas a ambos cariñosa y agradablemente.

La diosa madre, con elegantísimo discurso y tranquilo coloquio, majestuosa mirada y divino aliento, que olía a bálsamo mágico, nos explicó cosas que no pueden ser propagadas ni contadas a los hombres vulgares, para consolidar y hacer fructificar nuestros encendidos amores y unir unánimes nuestros corazones largamente bajo sus leyes fecundas y dulces, y para que fuéramos magnánimos en nuestro estable y mutuo amor.

Francesco Colonna, Sueño de Polífilo, XXIII

[Música: Debussy, Rêverie (versión para cello y orquesta]

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