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Archive for the ‘Epistolario’ Category

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También legisló Pitágoras la abstinencia de los seres animados, entre otras razones, porque también este hábito proporciona la paz.

Jámblico, Vida pitagórica, 30 (186)

 

¿Cómo no considerar ostentosa una cena en la que muere un ser animado?

Plutarco, Sobre comer carne, 2.3

 

I am sometimes asked, “Why do you spend so much of your time and money in talking about kindness to animals, when there is so much cruelty to men?” And I answer, “We are working at the roots”.

[A veces me preguntan: “¿Por qué gastas tanto tiempo y dinero en hablar sobre el respeto a los animales cuando hay tanta crueldad hacia los hombres?”. Y yo respondo: “Estamos trabajando en las raíces”].

G. Thorndike Angell, Autobiographical sketches and personal recollections (Appendix: The new order of mercy; or crime and its prevention, p. 32)

 

Οὐχὶ πέντε στρουθία πωλεῖται ἀσσαρίων δύο; Καὶ ἓν ἐξ αὐτῶν οὐκ ἔστιν ἐπιλελησμένον ἐνώπιον τοῦ θεοῦ.

[¿No se venden cinco gorrioncillos por dos monedas? Tampoco uno solo de ellos es olvidado ante Dios.]

Lc 12.6

 

διόπερ εἰ βρῶμα σκανδαλίζει τὸν ἀδελφόν μου, οὐ μὴ φάγω κρέα εἰς τὸν αἰῶνα, ἵνα μὴ τὸν ἀδελφόν μου σκανδαλίσω.

[Por lo cual, si la comida le es a mi hermano ocasión de caer, no comeré carne jamás, para no poner tropiezo a mi hermano].

1 Cor 8.13

 

Aquel que, para lograr su propia felicidad, hiere a otros seres, no experimentará sino dolor en el futuro.

Dhammapada, 10.3

[Música: de nuevo un romance castellano, el Romance de la loba parda, también en la voz de Joaquín Díaz. Refleja con meridiana claridad cómo la aparente fiereza inicial de la bestia cede ante la del hombre, quien se sirve de los despojos de su enemiga no ya por hambre, sino por cubrir necesidades menos preocupantes.]

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En nombre de la raza humana os pido perdón, criaturas, por tener que soportar esta plaga implacable que asedia vuestras parsimoniosas costumbres. El expolio de vuestros territorios, al que nunca habéis restringido el paso, la inocencia de vuestra carne devorada, el límite de vuestra resistencia sobrepujada por todas las torturas inimaginables… Todo nos lo debéis a nosotros, a nosotros, los elegidos para alumbrar este universo con nuestros entendimiento y virtud. Junto a los hombres, haber nacido con demasiado pelo, con plumas o con escamas, puede suponer delicias de comodidad y caricias, o puede suponer la tristeza de morir sin ver el sol y el desgarramiento de todas las entrañas. Hasta el más inocente de entre los seres racionales hemos vejado vuestra existencia, no por devoraros, sino por no jugar limpio, no en el terreno del bosque, no en las colinas donde huir o luchar es todavía un motivo del afán de vivir, sino en nuestras prisiones de cemento enloquecedor, en la asepsia del frío metal cubierto de excrementos acumulados por la imposibilidad del movimiento. Si haber aplastado decenas de hormigas y haber tratado mal a insectos y pequeños mamíferos durante la infancia ya es una carga que muchas almas deberemos purificar a lo largo de nuestras privilegiadas vidas, ¿qué no diremos de la crueldad pasiva del comensal que por sensibilidad evita mirar el proceso que desencadena su hábito? ¿Qué diremos del goce de una carne que fue violada, seccionada viva, por verdugos inmisericordes y a menudo sádicos? Sin duda alguna, si pusierais rostro a los demonios, acertaríais eligiendo rostros humanos.

La crueldad sin fin con que os maldecimos no es cosa de hoy, pero se ha agravado en la medida en que la razón y la eficiencia ganaban espacio tanto a la mirada inocente sobre la naturaleza virgen como a la superstición y el temor de los dioses. Ya no os reconocemos como los mensajeros de los cielos, en el vuelo de las sabias aves ya no leemos las disposiciones del Destino, ya hemos perdido la grandeza de percibir grandeza en lo pequeño. Y así, sois aplastados sin miramientos, sois privados de las crías a las que no habéis visto ni una sola vez tras parirlas, sois abiertos en canal entre paredes chorreadas de sangre, sois carne de paciencia y terror sobre los cadáveres de vuestros hermanos, envueltos entre el olor del miedo sudoroso y de las vísceras.

Aunque no fuerais la encarnación de almas previas que pagan ahora sus errores pasados, aunque no conformásemos todos una rueda en la que la ciega diosa Fortuna o Yama, el Señor de la Muerte, nos van trasladando de reino en reino, aun así nada nos autoriza a soportar que soportéis el desquiciamiento al que se os somete; basta saber que tenéis ojos y oídos y un corazón que palpita más rápidamente ante la inminencia de dolores y muertes, o que evitáis siempre que podéis, como nosotros, el fuego ardiente y el filo penetrante del cuchillo. Pero si además sucediese que recogéis, como dicen los filósofos y los gimnosofistas, el relevo de un viaje entre eones y mundos, entonces hemos de protegeros no sólo por vosotros, sino por el bien de quien os tortura, pues ellos serían los siguientes en pasar por tan exigente pago. Quizá no seáis sino los torturadores de otros tiempos: tan demente espiral de sinsentido ha de ser detenida de una vez por todas. No importa quién comenzó esta cadena, porque la cadena nos aprisiona a todos, y merecemos su rompimiento incondicional.

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Todo lo que pueda decir en unas pocas palabras es poco. Todo lo que no sea llorar retorciéndose por los suelos es no comprender la magnitud del holocausto que se produce a cada hora en cada rincón de este tenebroso planeta. El número de lentas mutilaciones de miembros vivos y de gargantas desangradas y cráneos agrietados todavía sensibles, suma millones cada día. Terrible se aparece el porvenir: a más bocas humanas, acaso aun más ignorantes y concupiscibles, más brutal se irá volviendo la brutalidad que os ha tocado recibir y que ya sobrepasa cualquier definición al uso. Ante eso, todo problema humano suena ridículo, capricho de débil, estupidez de tiranos. No podría ya tomarme en serio la queja de nadie que pueda caminar libremente por donde desee o que al menos disfrute de una prisión confortable. Pero aún habremos de oír mucho de esos problemas y mucha indignada defensa de intereses propios… mientras vuestros cuerpos se contraen estupefactos ante un cúmulo de sensaciones que la naturaleza no previno cuando os dotó de sensibilidad.

No sé qué más añadir. No sé cómo salir airoso con un ribete dialéctico ante el espectáculo de la destrucción total. He sido vencido en mis palabras porque la realidad ha vencido a todo lo que habría de haber de piadoso en la mano del hombre. Simplemente os mando un voto de compasión y renuevo en mi cuerpo la proscripción de la carne. Mientras pueda evitarlo, seguiré sin transformar vuestros cuerpos en el mío, y con ello transformaré con más ahínco mi alma en las vuestras. Y os pido avergonzado perdón por las excepciones, por las omisiones, por los olvidos. Se os acusa de irracionales mientras que otros nos llamamos racionales por hacer uso de la razón únicamente cuando secunda a nuestros apetitos ávidos. Y porque vosotras no sois criaturas irracionales más que mediante la tortura que se os inflige -auténtica materialización del infierno que se auguraba para otros mundos-, que embrutece el escaso pero legítimo raciocinio que se os concedió en tiempos sin origen.

Que podáis liberaros del sufrimiento y de las causas del sufrimiento. Que vuestra liberación sea rápida, y que entretanto vuestras vidas sean cortas e indoloras si es que se os ofrece como miserable alternativa el peso de todo lo insufrible. Descansad en paz pronto, hermanas bestias, de vuestros más que bestiales amos.

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[Música: A. Lotti, Crucifixus a 8]

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Después de “Gretchen”, el glorioso movimiento de la sinfonía, la princesa se ​​levantó del sillón, se apoderó de Liszt y lo besó con tanto fervor que todos se sintieron profundamente conmovidos.

Wendelin Weissheimer, citado en KOBBÉ, G., The Loves of Great Composers (2011), p. 51

[Música: Liszt, Faust-Simphonie, II. ‘Gretchen‘. Andante soave]

GRETCHEN: No me agarres como si fuera un criminal. Yo lo habría hecho todo por amor.
FAUSTO: ¡El día está despuntando, amor mío!
GRETCHEN: ¡De día! ¡Ya es de día! ¡Ya está llegando mi último día! ¡Tendría que haber sido el día de mi boda! […] Ay de mi guirnalda, todo acabó. Nos volveremos a ver, pero no bailando.
[…]
GRETCHEN: ¡Juicio de Dios, a ti me he encomendado!

Goethe, Fausto, I, 4

Estoy agradecido a Dios por esto, y moriré con mi alma clavada en la Cruz, nuestra redención, nuestra más grande felicidad; y en reconocimiento de mi creencia, deseo antes de mi muerte recibir los santos sacramentos de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, y por lo tanto lograr el perdón y la remisión de todos mis pecados. Amén.

F. Liszt, carta a la princesa Carolyne von Sayn-Wittgenstein, 14 de septiembre de 1860.

Cuando la noticia de la muerte de Liszt llegó a la princesa Carolyne, la condujo a la cama, que ya nunca abandonó. Parece que sufrió un ataque que la inmovilizó parcialmente. Sus energías mentales también comenzaron a declinar, y fue visitada por la hidropesía y fiebres intermitentes.

Alan Walker, Liszt, Carolyne, and the Vatican (1991), p. 23

Entre las aventuras amorosas del siempre soberbio y teatral Franz Liszt hubo cantantes, como Emilie Genast, condesas como Marie D’Agoult, quien abandonó a su anterior familia y sus posesiones para unirse al mejor pianista del mundo. Pero entre todas sus amantes hubo una con la que estuvo dispuesto a casarse ante Dios y ante los hombres, la mujer por la que, decía, lo habría dejado todo, incluso su exitosa actividad concertística. Era la princesa Carolyne von Sayn-Wittgenstein, a la que conoció en uno de sus recitales en Kiev. También ella renunció a su matrimonio y a sus latifundios, que sumaban media Ucrania.

Nunca pudieron casarse. Tras más de una década de litigios con su diócesis y con el zar Nicolás I, Carolyne acudió a Roma para pedir al colegio cardenalicio la anulación de su matrimonio. Con sentencia a su favor bendecida por el Papa Pío IX, Liszt arriba a la Ciudad Eterna el 20 de octubre de 1860 dispuesto a entregar su vida a una mujer, pero hay malas noticias: Monseñor Hohenlohe trae de Ucrania testimonios que afirman hubo perjurio en las declaraciones de Su Alteza en relación al comportamiento de su primer marido con objeto de lograr una anulación imposible de otro modo. La boda debe posponerse, y Liszt decide quedarse en Roma, donde acabará quedando enamorado de la órbita religiosa. La princesa, acaso para no alejarse de su héroe, quedó también viviendo en la ciudad, en Via Babuino, convertida en ofrenda a la melancolía, litigando incansable con el Vaticano.

Suele hablarse en las biografías someras de Liszt de cómo renunció a su exhibicionismo pianístico y acabó uniéndose a la comunidad franciscana, recibiendo el tratamiento de abbé junto a las órdenes menores: ostiario, lector, exorcista y acólito. Fue el mismo Hohenlohe, ya ordenado cardenal, quien le invistió con la tonsura, el 25 de abril de 1865. Nunca se habla, sin embargo, del destino de su platónica enamorada, de cómo pasó su interminable colección de días en una Roma que la despreciaba por extranjera, expropiada, pobre y mentirosa, alejada de su tierra natal, donde habría disfrutado de miles de siervos de no ser por su inusual y romántica entrega. Habría seguramente quien la tachase de ambiciosa y considerase merecido su castigo: ¡qué avaricia, aspirar a poseer en exclusiva a Liszt, esa rara joya del siglo!

Por lo visto pasó la mayor parte de sus restantes y vacías décadas dedicada a la escritura compulsiva, acumulando miles de cartas –sobre todo a Liszt– y muchas creaciones ensayísticas y literarias sin afán de publicación; se dice que la biografía de Chopin atribuida a su amigo Liszt fue en realidad escrita por ella o, en cualquier caso, muy influida por su criterio. Resentida contra la Iglesia, redactó entre 1872 y 1887 los veinticuatro volúmenes de su Des causes intérieures de la faiblesse extérieure de l’Église en 1870, refutación ciclópea de la jurisprudencia de esa Iglesia a la que tanto respetaba, pues, si hemos de creer las crónicas, fue la fe lo que separó los cuerpos de Ferencz y Carolyne, no así las almas -Liszt había demostrado no tener escrúpulos hacia la unión natural viviendo en adulterio con Marie d’Agoult-. Al parecer, aun estando versada en largas lecturas de Santo Tomás de Aquino, la tal obra fue incluida en el Index Librorum Prohibitorum, pocos años después de la proclamación del dogma de la infalibilidad papal, y seguramente nadie la leyó nunca en su integridad. Mientras tanto abbé Liszt, otrora Narciso del piano, componía oratorios en su celda para estrenarlos ante la curia vaticana.

La princesa Sayn-Wittgenstein murió de tristeza poco después de conocer la muerte de su amor, acaecida en 1886. Fue enterrada en el Campo Santo Teutónico del Vaticano, paradoja como su entera alma. Se ponía fin a cuarenta años de ardor contenido, seguramente menos mitigados por el tiempo que en Liszt, porque al fin y al cabo éste tenía la liturgia, el órgano, los alumnos, los hermanos franciscanos… ella, solamente papel y pluma, que como todo el mundo sabe constituyen el binomio instrumental más económico para alcanzar la locura. Como Yashodhara quedó atrapada en el mundo mientras su Siddhartha se encaminaba a la búsqueda de la Iluminación. El epitafio de Su Alteza termina con el lema Per angusta ad augusta, “por las adversidades a la gloria”. Uno se pregunta cuál fue la gloria, puesto que no fue la consumación de su ansiada unión marital. Si la gloria fue la que el Señor promete en la Vida Eterna, ¿cuál fue entonces la pena y a qué una crítica tan sangrante a la Iglesia mediante la cual habría sido Carolyne conducida a dicha Gloria? El poder iniciático del sufrimiento y de la duda, claves del cristianismo, sugieren no pocos quebraderos de cabeza morales. Las contradicciones humanas entre la satisfacción material y la espiritual se mantienen en máxima tensión en la modernidad, hacia cuya cristalización fue el siglo XIX un paso decisivo. Sin duda el énfasis que sobre el principio purificador del sufrimiento pone la religión cristiana se debe a que las sociedades en las que floreció necesitaban -y necesitan- mucha penitencia y por ende una estancia dilatada e intensa en la vía purgativa, que no es sino la primera estación hacia el Cielo tras la que, según la misma mística cristiana, prosiguen la vía ilumiantiva y la unitiva, ambas exentas de llagas.

Exclama la Gretchen de Goethe: “¿Cuándo podré estar libre de las tristes ideas que me dominan y me martirizan?” (I, 4). Es una verdad difícilmente refutable el que unas ideas martirizantes no son buenas ideas o bien no son aptas para espíritus debilitados. Carolyne tuvo un ego fuerte, lo suficientemente fuerte como para vencer por amor convenciones sociales de una sociedad apoltronada y decadente, rumiante de otros tiempos donde la gloria era acaso más merecida. Pero el ego es algo que ha de ser también superado si se busca estar en paz con Dios: si no venció su necesidad del Cielo y tampoco se venció a sí misma, entonces es congruente que se desgarrase durante toda su vida, rezando y despotricando contra el clero, alimentando obsesiones, frustraciones e hipocondrías, demonios que no pudo o no quiso extirpar el exorcista Liszt. Otra cosa es si lo que falló fue la inconstancia de su amante, quien, como ya había demostrado anteriormente, era capaz de ir hasta el fin del mundo con una mujer… y dejarla allí sola.

En cualquier caso, de haber recibido votos oficiales, el amor entre la princesa y el músico, un amor siempre joven y siempre anciano, propio de sentimentales del Este, habría sido una bella historia de renuncia simétrica: el vanidoso mundo de los conciertos por el no menos vanidoso mundo de la alta aristocracia. Ambos perdieron sus privilegios no cobrando a cambio sus objetos de deseo sino en forma de más y más deseo. En cierto sentido fueron obstaculizados para darse el uno al otro, pero si la esencia del amor es dar, ellos dieron mucho, aunque haciendo un recorrido zigzagueante, recóndito, invisible e intangible, como le gusta a la Providencia. Si obtuvieron algo todavía más puro y elevado que lo que esperaban es algo que no nos atreveremos a responder aquí. A pesar de todo fue una bella historia.

***

He aquí, sobre un piano Erard de 1851,  el famoso Liebestraum No. 3 de Liszt, nocturno inspirado de un poema de Uhland y Freiligrath cuya letra dice así:

O lieb, so lang du lieben kannst!

O lieb, so lang du lieben magst!

Die Stunde kommt, die Stunde kommt,

wo du an Gräbern stehst und klagst!

¡Oh amor, ama mientras puedas!

¡Oh amor, ama mientras te guste amar!

Llegará la hora, llegará la hora

en la que sobre las tumbas te dolerás.

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Todavía no conozco su nombre: lo llamo “el Camino”.

Lao-Tse, Tao-te-ching, 25

Cuando desde la torre más alta de la muralla vio acercarse a los caballos de Genserico levantando polvo, Agustín supo en lo profundo de su corazón que ya no habría paz para Hipona. La fe católica estaba posiblemente sentenciada en la dolorida África. Sabiendo que les esperaba un largo sitio, pues la ciudad no era fácilmente franqueable, pasó muchos días meditando, consolando a las madres preocupadas y haciendo recomendaciones para ahorrar provisiones. Un día, después de dar misa y dictar dos refutaciones a arrianos y tres a pelagianos, salió a pasear con el sol en el mediodía. Se detuvo y miró al sol largo rato, hasta casi enceguecer. Sumido en un repentino descubrimiento, regresó a su celda y se sentó ante un crucifijo para escribir de nuevo.

Agustín, el que mucho pecó, a Julián, el que yerra con piedad.

No temas, hermano, no vengo a mencionar el nombre de Pelagio para acusarle de blasfemia. Me queda poca vida: esta carta es el símbolo de mi reconciliación con las doctrinas opuestas a la que yo predico. No con las doctrinas en sí, debería precisar, pues las proposiciones son castillos del lenguaje y pululan sin intenciones entre las almas de los hombres como la sangre fluye por sus venas. No es la sangre lo que hace malvado o noble al hombre ni las opiniones que sostiene, porque es lo que sale del hombre lo que contamina al  hombre, y ciertamente las opiniones son como alimentos, saludables o malogrados, que no determinan lo que uno es. He tardado en comprender una verdad tan simple de la Santa Escritura. Fue por no asirla como a una opinión más por lo que la he llegado a comprender, pues en estas horas aciagas la verdad empapa mi ser sin que sea necesario que escriba tratados para demostrarla. 

He dedicado la mayor parte de mi vida a agitarme. Primero gocé de los placeres sensuales, breves destellos de espasmos sin poso. Después me arrodillé ante Manes, y me desvié hacia una vanidad del alma, peor que la sencilla hambre de carne que me venía arrastrando desde antaño. La retórica me sedujo por su beneficio, que era el poder, y por su instrumento, que era la belleza. Por último, cuando hallé a Cristo en las palabras de Ambrosio, eximio obispo de Milán, me volqué sobre la Iglesia con el mismo ardor con que me había conducido por los dislates de mi juventud. Está en mi temperamento el ser pérfido cuando fui pagano y el ser obispo cuando soy cristiano. Con más sosiego pero aún sediento, me dediqué a refutar a todos los que no creyeran en las más venerables autoridades de la Iglesia. Si alguien matizó a Ireneo, lo consideré mi enemigo. Si Nestorio no era anatemizado, entonces yo abandonaría mis votos. Si el concilio de Constantinopla no era veraz en cada uno de sus decretos, entonces no me interesaba. Hice de la unidad mi razón de ser. Y en eso no me equivoqué. Pero la unidad no estaba donde yo la buscaba, o mejor sería decir en cómo la buscaba. Ahora, a las puertas del martirio, me percato de ello. 

La verdad, querido Julián, no habita formas mundanas. No radica allí en tu Eclana ni tampoco en esta Hipona próxima a la purga. ¿Cómo podemos querer resumir a Dios en unas cuantas actas, en unos cuantos tratados y preceptos? ¿Cómo siquiera dar por sentada la naturaleza humana si cada día descubrimos en ella nuevos parajes ladeando hacia la santidad o hacia la crueldad? Ello no quiere decir que  Ireneo no dijese verdad ni que los concilios no provengan del Espíritu Santo. Pero no agotan la verdad. Porque todo aquello que el hombre formula con recta intención se acerca a la sabiduría sin abarcarla, y eso porque la rectitud absoluta no está hecha para el mundo de las formas aunque deba ser la guía ineludible, del mismo modo que el trayecto hacia Roma nunca es una linea perfectamente recta aunque deba pensarla recta el peregrino para poder llegar a su destino.

Pareces ser un corazón que ama. Este consejo te doy: examina si tu doctrina te empuja a ese amor o lo entorpece, y obra en conciencia. Ama y di lo que quieras, pero no lo digas demasiado alto, no vaya a ser que a otros no le empujen a amar tus palabras sino que les confundan. Las verdades que hay que arrojar desde el púlpito han de ser amplias, rotundas, sin matices, pues los matices se pervierten cuando, como llovizna, se deshacen al repartirse entre oídos no iniciados.  Pero no han de ser tan perfiladas como para que ahoguen formas elaboradas de expresión en quien precise de ello en su camino espiritual. Basta con nombrar a Cristo constantemente, en relatar sus parábolas y en aplicarlas al siglo: el resto llegará por añadidura a quien deba llegar. En verdad que si está presente un recuerdo humilde y reiterado de Dios, todo está ganado.

Moriré católico, hermano en Cristo, pero no me arrogaré los conocimientos que me permitirían prever una condena al Infierno para los pelagianos: me conformo con que no nos cortéis el cuello. Genserico no parece estar de acuerdo. No te pido que intercedas: los vándalos responden a sus guerras antes que a Dios, y nada puedo esperar ya de la emperatriz.  

No sé por qué recuerdo ahora mi niñez en Tagaste, quizá porque entonces era sencillo como en esta vejez cumplida. Recuerdo cuándo robé una pera por el reto de vencer mi pundonor.  Acaso allí comenzó una caída que se cierra hoy. Me siento feliz, inundado de luz, como en un ágape donde todos los hombres comulgamos mirando hacia el mismo Oriente que el presbítero. Es natural que la luz me llegue con la muerte. Sólo una cosa te pido. Olvida mis palabras, olvida las bulas del Papa. Tan sólo escucha los himnos en los conventos, mira los mosaicos en nuestras iglesias, y sobre todo atiende el rostro consumado de los que reparten el pan a los pobres y oran sin cesar, pletóricos de invencibilidad. Ése es mi último argumento a favor de mi fe. Si la tuya tiene otros más poderosos, no habrá de llegarme ya a través de tus palabras; deberé oírlos directamente de la voz del Señor.

Reza por mi alma si crees en la Misericordia divina. Se despide Agustín con victorioso amor. 

[Música: Hans Zimmer, Chevaliers de Sangreal]


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Sabrás, Fabio, lo áspera que puede ser la vida del hombre que no mora más que en deseos mundanos. Lo que quizá no sepas es que morar en el afán de lo intangible puede ser igualmente penoso. Es la prueba quien te habla.

El mercader y el oráculo trasiegan por igual con esperanzas turbias y agitadas como agua de charco. El mercader cuenta con la certeza de los números, con la posibilidad demostrable de amasar grandes cantidades de oro. El oráculo cuenta con la belleza de los conceptos. Pero ni el primero descansa cuando alcanza el oro ni el segundo ase definitivamente la entelequia de sus proyectos. ¿Y por qué? Porque el oro en bruto no sosiega al alma si no adopta formas afines al espíritu delicado. ¿Acaso los príncipes se conforman con la abundancia de minerales y renuncian al labrado paciente de los orfebres? Por su parte, ¡verdad terrible!, los hados nunca satisfacen las expectativas líricas de los éforos. Te digo que los humores de unos, los altos, y de otros, los rastreros, ambos se agrían por igual cuando se conducen por el sendero de la tribulación.

¡Líbrate de transacciones triviales o supersticiosas! Hacer negocio es casi siempre venenoso, sea en las lonjas o en los templos. Solamente el negocio del alma es digno y solamente lo es cuando se emprende en nombre de la pequeña porción de espíritu universal que le ha sido a uno dada, pues su reparto se dio entre todos los entes. Enajénate de rumiar transacciones más o menos codiciosas. Solamente buscando uno fundirse con el Principio Supremo logrará una ganancia duradera.

Dudas, Fabio, de cómo se lograre tal cosa. Si fuera fácil, haría tiempo que serían mayoría los hombres santos y despreciables marginados los demás. No es así. Pues ni las pirámides de Egipto, ni el faro de Alejandría, ni las conquistas de Julio César son designios verdaderamente ímprobos. Abandonar las pulsiones del ego, sean altas como las de los oráculos o mezquinas como las de los mercaderes, eso es en verdad la cosa más difícil del mundo. Y unos poseen más porción de aquel espíritu que otros, y a veces los que más poseen más arduo tienen el reordenar sus posesiones.

Para empezar, te recomiendo resignación. Pidiendo poco tiene uno más certeza de ir consiguiendo sus propósitos que no queriéndose atragantar innoblemente con todos los bienes del orbe. Respira y sal de la ciudad. Siéntate en una roca donde haya cerca una arboleda y pájaros y grillos. No pidas nada en ese momento. No aguardes nada. No busques una verdad profunda. Tan sólo siéntate allí y atiende a lo que la Natura deba decirte por modesto que sea. Si escuchas atentamente, oirás su mensaje pero no podrás traducirlo en palabras. Ese mensaje será tal que para entenderlo tendrás que formar parte del mensaje mismo. Y entonces, comprendiendo la hermandad substancial que compartís, serás un elemento más del paisaje, y quizás un extranjero que pase por allí contemple la arboleda, los pájaros, la roca y el hombre en ella sentado y pensará “todo está en orden”. Si esto cumples, Fabio amigo, ve a hacer una ofrenda a los dioses y mézclate si lo deseas en pequeños comercios, porque la calle y el Olimpo serán ambas dos zonas de pastos para tu corazón purificado.

Los sabios de toda era, nacidos en esta provincia o en el Norte lluvioso o en el Lejano Oriente, todos coincidieron en recomendar el amor. No únicamente el amor por los Invisibles, sino también y ante todo por los que nos ajetreamos en el velo. Porque todo lo que vemos moverse no es sino dimanación de la estructura universal. Por eso el sabio lo comprende, lo tolera, lo ama. Los cuervos y el trigo que picotean, los ratones y las hortalizas que roen, los asesinos y las víctimas que acuchillan… todos son meras formas de una misma masa coloreada dispar y arbitrariamente para confundir a nuestra mirada tosca. Al que otea con sagacidad, sin embargo, no le parece distinto el cielo estrellado de un burdel maloliente, ni un teatro de comedias de la basílica del dios.

Bien es cierto que ensanchando la mirada hacia el horizonte es más fácil captar este principio universal que aproximándose a medio palmo de los círculos mundanos. Se comprende más en el mar abierto que en las tragedias de los dramaturgos. Siempre será más profundo el pastor que respira el aroma del romero y el tomillo bajo un árbol mientras su rebaño pasta que el sesudo filósofo volcado en los enrevesados alambiques de sus pensamientos.

Fabio, la noche es larga para el que piensa en muchas cosas. Para el que piensa en una sola, en cambio, es demasiado corta, porque es bien probable que pase la vida entera sin lograr la cumbre de su meta corrediza. Pero si aspiras a dos o tres síntomas de concordia planetaria, con sinceridad y desnudez de corazón, entonces, querido Fabio, bien podrás darte por contento. Y te dirás que el cielo es tan azul como el cielo debe serlo y que las cigüeñas dibujan en el aire los símbolos perfectos de sí mismas.

[Música: Pierre Estève, Node (de la BSO de Deo Gratias)]

 

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Heliogábalo recoge los gritos, orienta el ardor genésico y calcinado, el ardor de muerte, el rito inútil.

Antonin Artaud, Heliogábalo o el anarquista coronado


Querido Alejandro:

Sé que las dagas rondan el palacio. Los rumores de regicidio silban por los atrios y hasta los esclavos creen adivinar la próxima ventura de los idus. No me queda mucha vida: mi joven carne se agrietará de dolor tanto como lo ha hecho de placer. Es hora de confesar algunas cosas.

Hace unos dos años, cuando sólo llevaba unos meses de reinado, tras una orgía con caballos y senadores me sentía tan inane que exigí la presencia inmediata de un niño de diez años. Sólo encontraron en las estancias del palacio a un hombrecito demasiado desarrollado para mi gusto: rondaba los catorce. Tuve que conformarme. Entonces, torciendo mi espíritu sobre sí mismo como nunca antes lo había hecho, me arrodillé públicamente ante el infante y le ofrecí mi vida. Le rogué que me usara de montura, que me escupiera, que me prostituyera, me mutilara o me castrara. Tras la natural conmoción de sus ojos, para sorpresa de todos empezó a balbucir algo sobre ser por fin un buen gobernante y no sé qué de abandonar mi vicio metódico y que me ordenase sobre la virtud.

Sin embargo, la pureza de niño que quedaba allí no logró terminar la frase, pues ya el deseo despuntaba en su pubis adolescente. Cambió enseguida de parecer pidiéndome veinte esclavas a las que fecundar y, tras gozarlas ante mis secretarios, ordenó mi decapitación. A la sazón subió al trono, pero los ministros se negaron a hacer pública tan aberrante sucesión. Así que yo, aquel niño bribón, tomé el mismo nombre de mi antecesor y prolongué ante el pueblo y ante los documentos la personalidad y la edad del primer Vario Avito Bassiano, cuyo cuerpo se sirvió aquella noche en cuencos de arcilla a los perros de la guardia pretoriana.

Para mantener la farsa era preciso proseguir las costumbres del decapitado. Así, mis asesores planificaron para mí un horario exhaustivo de bacanales, suplicios y escarnios políticos. Hetairas declaradas legalmente diosas y templos erigidos en su honor, cónsules transmutados en meretrices y esclavizadas sus esposas, prefecturas provinciales asignadas de forma vitalicia a prisioneros etíopes, generales del ejército ascendidos o degradados de rango en base a la longitud de sus falos, sacerdotes obligados a engullir sus propias heces, gruesos juristas mostrando vivamente en el teatro cómo sodomizar criaturas, mis propios hijos humillados bajo mi mirada aprobatoria, no pocas de las más ilustres patricias violadas con cuellos de ánforas y serpientes africanas, testículos de mis amantes rodando por el suelo… Era, como puede verse, una lista interminable de inauguraciones, convenios, cenáculos, condenas y demás actos oficiales.

Mi joven musculatura apenas podía soportar el aluvión de estremecimientos gozosos al que lo sometía todo tipo de servidores de Roma. Empalagado de la jalea con la que los esclavos untaban los pezones de mis invitados, acabé por conseguir que los banquetes embotaran mi sentido del gusto y perdí la noción de la dulzura. No había sexo, patria, raza, edad, estamento, gremio, vínculo parental o especie animal que se librase de las orgías masivas celebradas en palacios, balnearios o en el mismo senado. Solamente las torturas y ejecuciones de los enemigos del imperio me daban algún respiro a lo largo del día, razón por la cual incrementé el número de sentencias en ese sentido.

Han sido unos años de esfuerzo sin parangón. Nadie podrá sostener que en menos de un lustro el César no ha entregado su salud entera por el pueblo romano. Si tengo la satisfacción de saber inimitable mi señorío en todos los siglos que restan a la humanidad, confieso que algunas noches de estertores y gemidos, de exceso, sándalo y tormento, algunas noches de vino y perfumes y orificios me he sorprendido maldiciendo el instante en que subí al trono. Cuando todo es un constante morir de éxtasis, el hidromiel contrae el sabor del ajenjo… cuando no del orín.

¡Oh qué desgracia tener que mantener vivo el compás del más apasionado crápula que ha habido bajo el Olimpo! ¿No habría bastado ocupar el puesto de un modesto sátrapa de provincias? ¿Por qué los dioses me adjudicaron cetro tan lascivo, lubricado con hímenes infantiles y siniestros ungüentos orientales? ¿No es acaso envidiable la estrella del caudillo rígido y colmado de parabienes pero liberado de un disciplinado desarreglo de los sentidos?

Has de creerme, Alejandro. No hay laureles más pesados que los que adornan mi frente. Por ello será una descarga ansiada la que se producirá cuando los conspiradores irrumpan en mi alcoba para entregar la diadema imperial a otro cortesano sin escrúpulos. Mi alegría es grande. A veces temí morir sepultado entre pétalos de rosas sin reconocer la posición exacta de mis miembros ni la naturaleza de los cuerpos con los que me amancebaba al son del aulos y la siringa.

Me despido, amado servidor despreciable, dueño de mi ser, sol sin casta. Te ofrezco, si así lo deseas, mi bendición para que me asestes la primera puñalada y adquieras así el privilegio de ceñirte estos laureles tan penetrados de sudor. Por el amor que te profeso te doy la opción, empero, de librarte de destino tan grave. Te di instrucciones de cómo extraer el máximo goce de las legiones. Te mostré cómo deificar a un perro mientras orina sobre el mármol de los dioses legítimos. Viste muchas veces despellejar a los gladiadores vencedores de los torneos con el solo fin de contrariar las leyes de la lógica y el buen sentido. Así pues, conoces a la perfección los detalles del gobierno de Roma. Te debía una última advertencia que revelase el secreto tenebroso de la más sutil moral, el relato, ¡ay!, de mi vida de pubertad consumida.

Ahí están, forcejeando el portón. Es hora de que acabe con mi madre, que yace desnuda junto a mí, y vista la clámide para recibir a mis amigos. Al fin vuelvo a sonreír: me espera mi última y más voluptuosa sangría.

Larga vida a Roma.

Te adora,

El César.

[Música: Basil Poledouris, The Orgy]

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