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Archive for the ‘Espectros históricos’ Category

Perronneau-Jean-Baptiste-A-Girl-with-a-Kitten

It is rather the soft green of the soul on which we rest our eyes, that are fatigued with beholding more glaring objects.

[Más bien es el verde claro del alma en el que posamos nuestros ojos, que están fatigados de contemplar otros objetos más brillantes.]

E. Burke, A Philosophical Enquiry into the Origin of Our Ideas of the Sublime and Beautiful, 3.10

Y porque el cielo cubre la tierra con los demás Elementos, por semejança llamamos cielo el que cubre la cama, o el patrio de la casa, o la mesa…

S. de Covarrubias, Tesoro de la lengua castellana o española, 1611 (entrada de “cielo“)

El rojo obscuro y manchado es el color de la bajeza y la codicia; el rojo de sangre y fuego el de la dureza y la crueldad. Donde el color es azul grisáceo se ha borrado con dificultad cierta incontinencia en los placeres.

Plutarco, De la tardanza de la divinidad en castigar, 565C

Il prétendait que son ton de conversation avec madame de…. était changé, depuis qu’elle avait changé en cramoisi le meuble de son cabinet qui était bleu.

[Pretendía que su tono de conversación con Madame de … había experimentado un cambio desde el momento en que cambió en su gabinete un mueble azul por otro carmesí.]

N. Chamfort, Caractères et Anecdotes (Œuvres complètes de Chamfort, t. II)

Si la historia pinta nuestro sabor, las preferencias sentimentales han ido tiñendo a la historia. Si es evidente que el color de la España renacentista es el negro, el de la Francia ilustrada es el azul del cielo despejado. El azur heráldico había presidido el escudo de los Capetos desde siglos antes de que el Rey Sol se presentase en el colosal retrato de Rigaud envuelto por un armiño y un brocado de terciopelo azul esmaltado por doradas flores de lis. Si en el modello de 1701 había probado Rigaud con una tonalidad más clara, el azul del cuadro definitivo es decididamente más oscuro. Y es que lo oscuro revela gravedad. Durante la Regencia y hasta el malhadado reinado de Luis XVI, el azul se fue clareando. Como en todo en Europa, los espectros lumínicos se suavizaron, y las imágenes demasiado intensas, acordes con pasiones exasperantes, se diluyeron. El azul celeste, tradicionalmente combinado con el blanco en las representación pictóricas de la Virgen María desde más de un siglo antes, acompañaba ahora no sólo a la ropa infantil y femenina, sino también a la militar y aristocrática. No era el único color que imperó en el rococó: todos los escarlatas, rosados y verdosos eran bienvenidos siempre que eludiesen toda pureza, toda intensidad, en definitiva, todo dogmatismo. Como sucede con el agua del mar, la lisura del azul era potable si no conllevaba demasiada sal. Porque, como antes en otros lugares del mundo, el auténtico criterio de verdad durante ese periodo era la moderación, la templanza del alma y del cuerpo, y no había más belleza que la prudente. En efecto, para el ilustrado, si cuenta con esprit de finesse, cualquier afirmación demasiado contundente parece traicionar a su posibilidad opuesta, su parte de razón o al menos, su razón de ser. Pelucas cortas y uniformes, diseños más florales que áureos y filigranas más sencillas se avenían perfectamente con la nueva claridad de las almas y de las cosas. Si Luis XIV fue un rey sensible pero ostentoso, delicado pero piadoso en sus últimos días, errático como buen barroco a fin de cuentas, sus sucesores restringieron los vaivenes del ánimo. Al poner la atención sobre las superficies, no podría resistirse que éstas fueran demasiado absorbentes, demasiado comprometidas. Necesitaban, por lo tanto, un tierno fondo de escenario que no capturase demasiado fuertemente al corazón. Así, de entre todos los colores suaves que cubrían la realidad dieciochesca, el esmalte de lapislázuli es el más abundante en los retratos cortesanos, en la tapicería, en las molduras palaciegas o en la porcelana de Sèvres de Jean Hellot. Incluso algunos clavecines se cubrían con una melosa pátina cerúlea que hacía de la música algo así como un pastel para todos los sentidos.

El placer tierno cubría la piel de los nuevos artes y utillajes, y no es casualidad que coincidan esos colores cremosos con los que predominan en la confitería y con los que ambientan todavía hoy a los enseres de los recién nacidos, más rosados para la criatura femenina, más azulosos para el futuro varón. Hoy se tiene a todas las tonalidades intermedias por femeninas. El XVIII fue un siglo andrógino en muchos aspectos, y no en vano no hay otro periodo en el que el equilibrio gobernase al buen gusto. Así, juegan en amistosa proporción el despotismo patriarcal y la retórica de los afectos, la idea de grandeza nacional con la novela doméstica, la omnipresencia del ejército y de la égloga, la impasibilidad ante el atacante y la exquisitez del placer de alcoba, el estudio de las matemáticas y de las costumbres, la razón taxonómica y la clemencia de las grandes damas que ofrecían sus salones a los que razonaban. A excepción del rigaudon, el tambourin y el menuet, las danzas tienen nombres femeninos. La mayoría de las pièces de clavecin de compositores de la Luces tienen en sus títulos adjetivos del mismo género: La majestueuse,  L’enchanteresse, L’adolescente, La rafraîchissante, L’insinüante, La séduisante, L’intîme, La distraite, La galante, La convalescente, L’exquise, L’audacieuse, La fringante, L’epineuse, L’engageante, La commére, La lutine, La pateline, La favorite, La laborieuse, La fleurie, La ténébreuse, L’ingénuë, L’artiste, La superbe, Le turbulent, L’atendrissante, L’unique… Y esos son sólo algunos ejemplos tomados de la obra de François Couperin, el compositor más prolífico de este género, que no ni mucho menos el único.

Liotard, Isaac-Louis de Thellusson 1760

Es difícil definir un color. Por ello los diccionarios recurren a ejemplos, señalando aquí o allá, como si la gracia del color no cupiese en una definición que no recurra a precisas tablas de espectros lumínicos. Se suele referir uno al azul como “semejante al del cielo sin nubes y el mar en un día soleado”. Es, por ende, la expresión gráfica de la extensión infinita, lo inconmensurable reducido a su cualidad material. La palabra κόσμος significaba en griego todo lo ordenado, tanto el universo como el adorno, por lo que denotaba cualquiera de estas palabras, y en verdad nada hay más cosmético que lo cósmico. Es comprensible, pues, que el tinte del cielo sea también el de la placidez doméstica. Νο del todo ajeno a esto es la paradoja de que el esprit francés del XVIII se refiriese tanto al espíritu como, en mayor medida, al ingenio, que era capaz de adoptar las formas más mundanas.

Los colores son cualidades sin forma, materia caótica a la espera de una razón que la inserte en geometrías. Nos recuerdan así al estado primario del cosmos antes de ser cosmos. Por mucho que desde 1700 prosperasen los ateos y los nominalistas, la mera preferencia por la simetría, por la geometría suavemente curvada y por la fina ornamentación clásica denota una cierta afinidad con un platonismo en proceso de descomposición. La impavidez y la exquisitez, además, no impedían en los espíritus más delicados el reconocimiento del drama humano ni la cuestión de su sentido; simplemente se contenían al máximo los flecos expresivos, se ajustaba el sentimentalismo al molde de la idea y la idea flotaba en torno al sentimiento. Con toda su ligereza, el rococó nos propone un catálogo relajado pero definido de valores. Hoy, por oposición, no tenemos más colores característicos que los fluorescentes y fosforitos, perdidos en una amalgama de combinaciones inarmónicas en las que cabe todo salvo la inteligibilidad y lo amoroso.

Las variedades de bleu céleste eran numerosas (bleu turquin, bleu persan, bleu de Prusse…), tantas como matices se puede encontrar a la mesura ingeniosa. El bleu Mazarin, un celeste algo más denso, aplicado a la procelana, descubrió el éxito a partir del interés por la chinoiserie, cuando se conoció la cerámica de los periodos K’ang Hsi, Yung-Chèng y Ch’ien Lung, que abarcan parte del siglo XVII y la totalidad del siguiente. Pero el nombre más popular en la Francia de entonces fue, como no podía ser de otra manera, el “bleu de roi”, el tono más intenso del terciopelo de los grandes retratos regios, referido ya en Le Mercure de France el primero de febrero de 1744. No deja de ser irónico que en la Francia revolucionaria se siguiese utilizando el nombre para los uniformes oficiales a pesar de su clara alusión al periodo monárquico. El Décret sur l’organization des Gardes Nationales de julio de 1791 (Section II, Art. 28) indicaba que el uniforme de la la Guardia Naciona sería “bleu de roi, doublure blanche, parement & collet écarlate”. Y es que Francia no logró desasirse completamente de su elegancia palaciega hasta mucho después de su primer suicidio, por mucho interés que pusiesen los revolucionarios en aplanar de un plumazo la montaña esmerada de sus glorias. Más es consonancia con el espíritu republicano, el color en cuestión acabó conociéndose como “bleu de France”… que no ha de confundirse con el diamante homónimo, símbolo también de la Corona francesa, desaparecido en un robo en 1792, un mes después del asalto al Palacio de las Tullerías que supuso la abolición de la monarquía, y una semana antes de que el cambio histórico se explicitase en la creación de un nuevo calendario que inauguraría el año 1 de la era republicana. Como se ve, todo parece apuntar a las mismas evidencias de las mismas cesiones.

Garde_nationale_-_Les_moines_apprenant_à_faire_l'exercice_1790

Algo había ido cambiando también en las tonalidades predominantes. Todavía es el azul celeste más radiante lo que encontramos en la vestimenta de los retratos que Maurice Quentin de La Tour pintase de Pierre-Louis Laideguive, Émilie du Châtelet, Marie Fel, Mmede Mondonville, Magdalene de Mazade, Charles Pinot Duclos, la Présidente de Rieux, Charles-Louis-Auguste Fouquet o de sí mismo en su autorretrato. Es la misma gama en la que se mueven las telas con las que Jean-Étienne Liotard conserva a la duquesa Elisabetta Federica Sofia de Württemberg,  a Isaac-Louis de Thellusson, a Maurice de Saxe, a Lord Mountstuart, Charles-Simon Favart, a Marie Charlotte Boissier, a Lady Tyrell, a Louise d’Épinay, Julie de Thellusson-Ployard, a Isabel de Parma, a Mlle. Lavergne (La belle lectrice), a Edward Morant, a Suzanne Curchod y a la pequeña Maria Frederike van Reede-Athlone. La misma del conde de Vaudreuil, Lady Amelia Darcy, la condesa Saltykova, Geneviève Rinteau de Verrières, Mme. de Genlis, Mme. du Barry, en los lienzos de Drouais. Así aparece Isabel Cristina, consorte de Federico el Grande, en muchas de sus imágenes inmortalizadas. Así presentan Boucher a Mme. de Pompadour en el segundo retrato que le dedicase y a la hija de ésta, David Martin a Benjamin Franklin, Perronneau y Labille-Guiard a la mayoría de las mujeres, Larguillière a Voltaire,  Van Loo a Diderot y a Helvétius, Vigée-Lebrun a María Antonieta.

Mas, ¡ay!, a finales de siglo empezamos a encontrar ropajes más oscuros, reflejando la seriedad de los nuevos tiempos. Así sucede en los retratos de revolucionarios, como el que hiciese de Danton un pintor desconocido, o el de Hérault de Séchelles a manos de Jean-Louis Laneuville; o en efigies ya románticas, como la que hace Francois-Xavier Fabre de un joven anónimo de pelo corto alborotado en 1809, o los diversos testimonios de un joven Napoleón Bonaparte de uniforme. Por no hablar del Incorruptible, el regente del Terror, que prefería casi siempre trajes apagados o directamente tenebrosos como el caos. Así, de oscuridad a oscuridad, el siglo de la elegancia por excelencia ofreció un oasis de limpidez con un azul monárquico grato como un día de primavera. Desde el terciopelo marino de Luis XIV hasta el casi negro del Imperio, el rococó ofreció una jornada breve pero serena, sabedora de su destino pero sin pérdida de sonrisa. Fue un periodo de iluminación en el cual el recuerdo del Paraíso se hizo inteligible y acogedor como el regazo de una madame salonnière. Situado entre gravedades, el leve amaneramiento de últimos eudemonistas hizo de la ingenuidad la mayor de los ingenios y del ingenio la mejor de las tretas para aplazar una vez la caída en el desorden. Momento de consumación, se sostendría mientras nadie se esforzase demasiado en buscar los apliques por cuya fácil ausencia cedería. La biografía de este color aristocrático, como la de los que lo vistieron orgullosamente, abarca a su manera menos de cien años.

Ahora, en estos tiempos de cierre de los jardines de Occidente, muy lejos ya del abrazo de las bellas artes, ningún pigmento nos convencería de que nuestro planeta dejará de ser el planeta azul, ninguno evitará que nos internemos en la más oscura de las noches.

Apotheosis of Charles VI - Fresco of Paul Troger (1739) - Imperial Stair Case - Göttweig Abbey

[Música: É.-N. Méhul, Stratonice (“Ciel! Ne Sois Point Inexorable”), ópera cómica francesa estrenada en 1792, ocho meses antes de la condena a muerte a Luis XVI. El fragmento corresponde a la primera escena, en la que el coro dice lo siguiente: Ciel! Ne Sois Point Inexorable, / A toi seul nous avons recorus / Ciel! Ne Sois Point Inexorable, / A ce cher Prince, accorde ton secours, / Qu’il vive hereux autant qu’il esta aimable! / Qu¡il vive hereux aux dépens de nos jours! (“¡Cielo!, no seas inexorable, / A ti sólo recurrimos. / ¡Cielo!, no seas inexorable, / a este príncipe querido garantiza tu socorro. / ¡Que viva tan feliz como amable es! / ¡Que viva feliz a expensas de nuestros días!”)]

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arturo-ricci-1854-1919.-solist.---recital

[Read and hear, for your amusement, ingenious systems, nice questions subtilly agitated, with all the refinements that warm imaginations suggest; but consider them only as exercitations for the mind, and turn always to settle with common sense.

[Lee y oye, para tu entretenimiento, sistemas ingeniosos, cuestiones agradables sutilmente agitadas, con todos los refinamientos que la imaginación cálida sugiera; pero considéralos solamente como ejercicios para la mente, y vuelve siempre a establecerte con sentido común.]

Lord Chesterfield, Carta LII (27 de septiembre de 1748)

Lo que acarrea todos los males a nuestra literatura se halla en que nuestros sabios tienen poco ingenio y nuestros hombres de ingenio no son sabios.

J. Joubert, Pensées

Si notre condition était véritablement heureuse, il ne faudrait pas nous divertir d’y penser.

[Si nuestra condición fuera verdaderamente feliz, no haría falta distraernos de pensar en ella.]

B. Pascal, Pensées (Misère 19 / 24)

Toute phrase ingénieusement tournée prouve à la fois l’esprit et le défaut de sentiment. L’homme agité d’une passion, tout entier à ce qu’il sent, ne s’occupe point de la manière dont il le dit ; l’expression la plus simple est d’abord celle qu’il saisit.

[Toda frase ingeniosamente moldeada prueba a la vez ingenio y falta de sentimiento. El hombre agitado por una pasión, entregado todo entero a lo que siente, no se ocupa en absoluto por la manera en que lo expresa; la expresión más simple es la que toma en primer lugar.]

C.-A. Helvétius, De l’esprit, 4.2

On est tellement raffiné que, mettant l’esprit à la place de l’âme, un homme vil, pour peu qu’il ait réfléchi, s’abstient de certaines platitudes, qui autrefois pouvaient réussir.

[Somos de tal modo refinados que, situando el ingenio en el lugar del alma, un hombre vil, por poco que haya reflexionado, se abstiene de cierta bajezas que, en otra ocasión, hubieran producido efecto.]

N. Chamfort, Maximes et pensées

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Acaso se pregunten mis numerosos y exigentes lectores a qué ahora la serie de escritos recientes, en los que mordacidad y frivolidad, anacrónicas para más sorna, parecen contradecir algunas de las líneas maestras de esta publicación aperiódica. El anacronismo está justificado de sobra al entender que todo lo pasado fue mejor, como es evidente, y a nadie de mis legiones se le ocultará mi interés en el “siglo de las delicias“; pero la peculiar elección del contenido sigue necesitando un esclarecimiento. Decir que el verano no se presta a experiencias más comprometidas no es suficiente, aunque haya parte de verdad en ello. Me explicaré con detalle para quien tenga tiempo.

En la estela dejada por el gran La Bruyère, los literatos franceses del XVIII gozaron de una celebración interminable de la inteligencia humana aplicada a las superficies de los asuntos más inmediatos. Mientras Rousseau se tomaba demasiado en serio a sí mismo y no lograba soportar la imperfección de su mundo –todavía estamos pagando sus ataques de histeria–, mientras D’Holbach, d’Alembert o Helvétius hablaban de Dios o de la naturaleza en sí, otros se limitaban a admirar, con paciencia resabiada no siempre exenta de cierta ternura, cómo las flores del corazón brotan y se marchitan. El retrato fue cultivado en las letras por un espíritu que se retrotraía al menos hasta Teofrasto, mientras que Le Brun, Oudry, Nattier, Roslin, Pesne, Drouais, Duplessis, Lundberg, Vigée-Lebrun, Lépicié, Liotard, Perronneau, van Loo, Largillière, Labille-Guiard, Vernet, F.-A. Vincent, Greuze, Gainsborough o Quentin de La Tour lo aplicaron a la pintura, y Couperin, Rameau, D’Agincour, Bury, Foucquet, Dandrieu, Daquin, Boismortier, Février, Royer y Duphly entre otros lo transformaron en repertorio clavecinístico. La predecible lógica es parodiada por el trampantojo gráfico de artistas como Evert Collier, Valette-Penot o Antonio Cioci, por el “elogio de nada” de escritores como Louis Coquelet o José del Campo Raso –herencia de los ἐγκωμία παράδοξα de la Segunda Sofística–, o con multitud de efectos auditivos, como los variados minuetti al rovescio –con estructura capicúa- de Haydn y Mozart, la mímesis de animales u objetos inanimados –Le tic-toc-choc de Couperin o La Poule de Rameau, por poner dos ejemplos entre cientos–, la especulación por parte del Op. 4 de Mondonville con los recién descubiertos parciales armónicos o las disonancias del Caos en Les Élémens de Jean-Féry Rebel.

Otro de los méritos del siglo XVIII fue cultivar a ratos el ingenio por sí mismo: no para concebir algo útil, no para alcanzar una verdad, sino para admirarse y para extraer gozo de la mera atención, algo que, salvando las distancias, se encuentra en la visión de muchos místicos, extrañados penetradores de la realidad hasta llegar a verla transparente, sin necesidad de juicio de valor alguno, pues el vacío no requiere tal cosa. A menudo no se trataba siquiera del afán de reír sobre el contenido, como sucede hoy, sino que toda la fascinación se ponía en la mente capaz de dar con una flaqueza de las leyes naturales o morales, la mente que advierte un destello de caótica inconmensurabilidad en la lógica habitual de las cosas. Se admiraba la inteligencia que observa cómodamente lo inaceptable o fútil de sí misma y de su mundo. Ingenioso es quien detecta sin espasmos aquella fibra de la realidad que, una vez descubierta, resulta chocante y provoca en la percepción un salto ligero pero intrigante, como entre inquietud y agrado acusa el truco de un prestidigitador que nos hace dudar de nuestros sentidos y de nuestro raciocinio cotidiano. Es por ello que requiere chispa innata, como la propia palabra latina indica, porque el ingenio no supone exclusivamente una aplicación mecánica de reglas, sino también el añadido intuitivo, el je ne se quoi que empuja al mencionado salto. De ahí el gusto por la paradoja y el ridículo: tanto la una como el otro recrean un mal funcionamiento de las cosas o de la reflexión, pero evitan destacar su estridencia. Por mucho que desarmen su propio suelo, respetan el versallesco sentido del gusto, si no ceden al disgusto. El ingenio provoca a menudo la hilaridad, aunque no siempre, pues un pensamiento astuto puede atrapar a la mente en un callejón sin salida poco divertido. Lo que el árbitro del ingenio dieciochesco solía reunir para hacerse amar constaba de dos mancuernas contrapesadas: por un lado, recurrir con mayor frecuencia a cuestiones de aparentemente poca trascendencia espiritual, y, por el otro, cubrir la forma de su expresión con concisa elegancia para hacer bello y dulce ese trago de caos que implica a menudo la situación revelada. Pues la simetría de la forma, la concisión decidida y serena, tranquilizan el ánimo que podría no soportar completamente el conflicto. Presentadas en un inalterable equilibrio, las vergüenzas humanas o cósmicas se incardinan en un orden mayor ante cuya contemplación no hay nada serio que temer.

Cesare-Auguste Detti 'Louis XV In the Throne Room

Y, a pesar de su tono escandaloso para las más recatadas feligresas, el ingenio de los Caracteres, de las Anécdotas o de los Diálogos, pero también de las Cartas y de las Memorias, es muchas veces de una picardía casi aniñada. El humorismo picante no alcanza ni a las rodillas de las más delicadas esferas de la condición humana, pero nace envuelto en figura esbelta, sintaxis transparente, retórica fácil, sutil ambigüedad y gestualidad galante. En realidad la mayor parte de las anécdotas galantes -chistes, en suma- versan sobre triviales lastres de la vida de todos y cada uno. Ilustres personajes ridículos y disparates frecuentes tienen, pues, una doble cara: por un lado hablan de superficies ubicuas por todos asumidas, mientras que por el otro sugieren la peligrosa vacuidad que subyace a los principios sociales o morales que más aplomados se creían. Más serios suelen ponerse, en cambio, las máximas y los aforismos que en ocasiones descreen de cualquier bondad humana o de la omnipotencia divina, o se rinden al Señor, como en el caso de Mmé. de la Sablière. Pero no se olvide que es el talento lo que permite conciliar lo aparentemente irreconciliable, y el propio Séneca (Ep. 8.8-10) destacaba una profundidad moral mayor en un mimógrafo como Publilio Siro, caricato de la vida cotidiana, que en muchos autores trágicos. Y si hay algo que entrenaban los ingeniosos con peluca era el talento.

La principal baza para considerar al moralismo dieciochesco, incluyendo sus variantes más satíricas, como a una filosofía, estriba en que hace del sujeto un vigilante constante de sí mismo a fuerza de observar fuerzas análogos en los demás sujetos. El afán de perfeccionamiento espiritual de algunos de aquellos pensadores brotaba de una rara atención a cada paso de la conducta, como un incesante examen de conciencia religioso, entre otras cosas porque lo normal es que en última instancia tuviera una motivación religiosa.

Hay, por ende, motivos varios para hablar de una filosofía de la sátira fina y de la anécdota de sociedad. La insustancialidad del perfil mostrado por la audacia intelectual no deja de ser preocupante, pues mediante un caso hace referencia a todo un principio que se extiende incluso a otros planos; reírse de un duque en cuanto vanidosa criatura puede llevar a reflexionar -o al menos a sentir- sobre lo poco fundadas que están las autoridades o sobre la necesidad humana, acaso triste pero sin duda inevitable, de jerarquizar. Pero también es cierto que el pan de oro que cubre con disimulo las molduras agrietadas nos remite misteriosamente a un mundo armonioso que no vemos pero que olemos indirectamente. Por ejemplo, los comentarios jocosos sobre la Revolución -debidos también, ciertamente, a desconocer la magnitud del terrible devenir de los acontecimientos-, asientan una entereza didáctica, una imperturbabilidad ilustrada que podría confundirse con la cristiana o la estoica si prescindiese de algunas sonrisas de más. El conversador ingenioso, describiendo con gracia moderada el fin del mundo, parecía querer advertir algo importante, a saber, que el mundo es tan poco denso como el plumón que esconden los más embellecidos almohadones; advierte que ni siquiera esto es motivo de preocupación, pues lo que es irreal no merece, a fin de cuentas, un interés desesperado, de suerte que, en realidad, la realidad es nada, y nada importa nada, y la nada no deja sabor de boca a la postre. Lo fascinante de La Bruyère, Chamfort o Rivarol no es que caricaturicen a los personajes de su tiempo, sino que en el mismo parágrafo o a unas páginas de distancia puedan definir con seriedad y pulcritud el difuso principio que regula a ese carácter o a cualquier otro evento del enigma del mundo. Si se hace bien la conjugación –lo cual no es fácil–, adornar o alternar los problemas con bromas es un modo de endulzar el purgante, un modo de no perder la felicidad mientras se está prevenido contra su inconsistencia. La máxima y la anécdota de carácter son a veces dos modos de mostrar la misma verdad, ora en su abstracción general, ora en un ejemplo clarificador o, cuando menos, entretenido y despertador de interés. Como decía Goethe acerca de los agudos aforismos de Lichtenberg, “donde hace una broma, allí hay un problema oculto”.

Por otra parte, el ingenio no pretendía cambiar el curso ordinario de las cosas: tan sólo comprenderlas y obtener de ellas diversas perspectivas que hicieran de su visión algo más sensual y delicado a un tiempo. El hombre ilustrado -el que no estaba aún infectado de utopías demenciales- reconocía las imperfecciones de su raza y de su sistema, pero intuía que las costumbres habían permanecido en la humanidad por una aceptable economía del sufrimiento que no sería ofrecida por ninguna alternativa. El hombre refinado del Siglo de las Luces podía creerse el más connaisseur de entre los siglos, pero no caía en la arrogancia de creerse el que habría de abolirlo todo. No solamente el aristócrata que vivía a costa del trabajo ajeno, sino cualquier persona medianamente sensata sabía que recomenzar las leyes obligaría de nuevo al penoso ascenso hasta el cierre de todas las lagunas y contradicciones a las que se enfrentan los fundadores de una tribu.

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Se dirá que, por mucho que lo presentemos con resabios metafísicos, el testimonio ético que queda en las memorias, las cartas, las anécdotas o los epigramas es de una mordacidad que roza la crueldad y el cinismo. ¿Dónde queda, entonces, la virtud? Diría que lo que sucede en la cultura europea rococó es que casi todos admiten el juego. Del mismo modo que un jugador sano no se irrita por la avaricia de su contrincante en el ajedrez, tampoco la reputación herida duele tanto cuando casi todos la tienen en un estado más o menos similar. Pero eso no nos dice nada sobre la intención malévola del satírico. Sucede que, dejando a un lado que a menudo los nombres propios eran ocultados bajo siglas o pseudónimos, la crítica no tiene muchas veces contenido real, y solamente llega hasta donde sea imprescindible para desmontar con arte una idea al uso o preconcebida. En este sentido, las puyas y ridiculizaciones de aquellos gentilhombres y damas era, por lo general, de un tono más banal que las de los atenienses que dialogaban ridiculizando concepciones del cosmos o principios políticos. Aunque la acritud no podía dejar de estallar constantemente en la Europa de las pelucas, lo común era, a la luz de los textos, dejar a un lado a la persona y al ideario y cebarse únicamente con la capa externa: la función, el gesto, el atuendo. Aunque los más amargos, como por ejemplo Chamfort, incidan en el rechinamiento por afán de justicia o, muy al contrario, por perversión, rara vez se sentencia al acusado cuando se lo retrata en sus actos concretos, sino que se deja en suspenso el juicio, omitiendo cortésmente toda violencia. Digámoslo una vez más: la agudeza tenía para los directamente aludidos  la seriedad de un artificio de relojero en la forma y la inocencia de un juego en su fondo. Cosa distinta es lo que pueda apreciar un observador sutil, pues en lo más vano puede leer vanidades más profundas.

Como ejercicio del raciocinio, el arte de la respuesta aguda viene pintiparada. La retórica y la erística son las grandes materias por cuya abolición ha pagado el mundo educativo generaciones de mentes anodinas y anonadas, incapaces de disfrutar de cosas gratuitas como la tertulia si no van ensordecidas por artilugios, colisiones o viajes. Saber decir algo nuevo o decir algo viejo bajo un rostro de prestancia, contribuye, paradójicamente, a engrasar la salud intelectual. Es por ello que su cultivo encontraba su más legítimo entorno en la conversación y no en el papel: la frescura y la vivacidad de la reacción eran factores a tener en cuenta a la hora de valorar las intervenciones. Enmarcada en el caldo de los modales exquisitos, la ironía se esfuerza en no ser estruendosa, en no desentonar con tal de no causar un rechazo frontal en quienes, pese a todo, gozan de la fortuna de vivir. Hay que explicar, por lo demás, que el ingenio dieciochesco es racional pero no racionalista, porque admite el predominio de las pasiones y no en pocas ocasiones se enternece con ellas. Es cierto que la Teoría de los Afectos abre la posibilidad de concebir al hombre como a un autómata, de esencia idéntica a los que empezaban a construir Vaucanson o Pierre Jaquet-Droz. Es cierto que algunas sentencias lapidarias de los moralistas diseccionan impávidamente las semillas de funesto amor propio en cada pasión. Pero los sentidos expresan su voz igualmente si se los libera tanto de prejuicios religiosos como de cortapisas materialistas. A pesar de que Mme. de Deffand -la mujer más representativa de su tiempo, según Cioran- confesaba a su amiga la duquesa de Choiseul en una carta del 26 de mayo 1765 carecer de hondura para el sentimiento (“Vous avez bien de l’expérience, mais il vous en manque une que j’espèe que vous n’aurez jamais: c’est la privation du sentiment, avec la doleur de ne s’en pouvoir passer”) y a pesar de que Rivarol nos advierte que “la distraction tient à une grande passion où à une grande insensibilité”, es necesario ver que, en buena medida, fuera de la crueldad destructiva de los más perversos, el aire rococó estaba pintado con tiernos sentimientos, los sentimientos del pan de oro, los azules celestes y rosados cremosos y las esmeradas chinoiseries y los dorados mecanismos de relojería. El ácido no impedía que los iconos más embelesadores fuesen el idilio olímpico y los coros de bucólicas ninfas de Boucher y Fragonard. Se diría que la eliminación de toda sensación de rasgadura se había logrado durante el reinado de Luis XV. Como había sugerido Mme. de Sablé un siglo antes, “así nos vamos de la comedia con el corazón tan lleno de todas las bellezas y de todas las dulzuras del amor, y con el alma y el espíritu tan persuadidos de su inocencia, que estamos completamente preparados para recibir los mismos placeres y los mismos sacrificios que tan bien pintados se han visto en la comedia”. La burla sabia siempre es picadura compasiva, como la amonestación del hermano mayor, todavía niño él mismo, al hermano pequeño que comete una travesura más burda. Con Helvétius, creían que “para amar a los hombres hay que esperar de ellos poco; para ver sus defectos sin amargura, hay que acostumbrarse a perdonarles, sentir que la indulgencia es una justicia que la humanidad débil tiene el derecho de exigir de la sabiduría” (De l’esprit, 1.4). En los casos intermedios, una insensible indiferencia un tanto inerte, si impedía hacer con contundencia ningún bien, también impedía el mal intenso. En los peores casos, el esprit devenía persiflage, la guasa mundana, mero gusto por la victoria a través de la ridiculización, pero sin recurrir a otro tipo de violencia más seria o más duradera.

Pero, a pesar de nuestro elogio, no deja de ser siempre cierto que la ocurrencia importa menos que la piedad, y que la higiene de espíritu, con ser importante, vale de poco sin su grandeza. Sin ingenuidad no hay adoración, y, como dice Cioran, “una vez lúcidos, lo somos cada vez más: no existe medio alguno de escabullirse o de retroceder”. He ahí el problema de la lucidez sin reeducación de los apegos, he ahí el terrible sino de quien ve la inanidad en todo pero rechaza extraer la consecuencia necesaria de desbrozar su carácter. Eso es dejar la lucidez a medias, y nada más que eso conduce con mayor seguridad al desaliento que habría de ser el más evitable: el desaliento de los capaces. “Je suis né tué”, dice Chamfort que dijo Voltaire. Pero lo que ha de hacer el muerto en vida es renacer en el cosmos que lo rodea, amar al otro ya que ha aprendido a no amarse a sí mismo, y no lamer penosamente su propio cadáver según se descompone. El ingenioso de las Luces lo lamía, si se quiere ver así, de un modo más mesurado y precioso que los hijos extraviados de los románticos, pero, visto con el ojo espiritual, no deja de tener también un punto grotesco. Nuevas pérdidas requieren amores renovados más allá de las fronteras del exilio. Abrazar la decadencia supone en último término no haberla entendido por completo. O, dicho de otro modo: cuando uno se vuelve insensible al derrumbamiento, será la próxima víctima. Tan terrible como elocuente es que no causasen suficiente estupor sacerdotes ateos como Jean Meslier o Condillac, o la increíble fatuidad de un tal monsieur de Brissac, retratado por Chamfort, que se refería a Dios como “el gentilhombre de arriba”. También Chamfort destacaba el parentesco de la agudeza con la decadencia de una civilización demasiado incoherente: “En France, tout le monde paraît avoir de l’esprit, et la raison en est simple. Comme tout y est une suite de contradictions, la plus légère attention possible suffit pour les faire remarquer et rapprocher deux choses contradictoires. Cela fait des contrastes tout naturels, qui donnent à celui qui s’en avise l’air d’un homme qui a beaucoup d’esprit.”

Pero, volviendo al más agradable asunto de la ternura de la comedia de la que hablaba Mme., hay que reconocer que se trata, desde luego, de un asunto femenino. Y es que el suyo es un siglo de emoción femenina y de cavilación masculina, un siglo en el que los portadores más importantes de los apellidos Deffand, Choiseul, Genlis, Barry, Staël, Lespinasse o Pompadour no son los cabezas de familia, sino las mujeres que los adoptaron con el casamiento o con la filiación. La penetración de la ciencia y la dureza del hecho bruto, ocupaciones de varones que levantaban aplicaciones prácticas de la Razón, contrapean al dulce toque de la concesión relajada, del mantenimiento de una epicúrea ausencia de dolor, de un espíritu conciliador y de bienestar moderado y sostenido que cede al goteo de placeres controlados, de la piel ruborizada y de la armonía predecible de los violines concertados. Señala Helvétius que los pensadores del primer grupo “tratan de materias mas importantes y unen más verdades entre ellas” (De l’esprit, 4.3), por los que se les atribuye génie y no esprit, genio y no ingenio, pero habría que asumir igualmente que son los otros, los autores sapienciales, los que nos ofrecen máximas y ejemplos de qué conductas imitar o evitar de la mañana a la noche, pues es la imitación o su prevención, y sobre todo el lema sencillo y contundente, los únicos agentes que educan al vivir diario y al gobierno del corazón, como bien hemos aprendido de la historia de las religiones. La desgracia acaeció en ese mismo siglo cuando la ética y el juicio de los hombres pasaron a ser no más que géneros literarios y correspondencia entre aristócratas. Se perdió así la última oportunidad de guiar a los hombres en tanto que individuos libres; desde entonces han sido guiados como masas, como individuos esclavizados de sí mismos o no han sido guiados en absoluto.

Roslin - woman

El siglo XVII fue algo más cristiano que el que lo sucedió, y en eso estriba la grandeza de sus cumbres espirituales, pero no logró el control de las fuerzas excesivas y contradictorias que el Renacimiento había desatado. En cambio, cien años después, parecía cumplirse el ideal humanista. El racionalismo, el sensualismo, el empirismo, el utilitarismo y la fisciocracia vinieron a la existencia como si buscasen compensarse entre sí hasta dar una suma de resultado cero. Se combinaban, así, el interés en la mecánica de las pasiones con la insistencia en aludir meramente al je ne sais quoi de tantos y tantos impulsos del espíritu y de la naturaleza. Y, tanto en la predictibilidad de ciertos sentimientos que tiempo atrás habían sido encumbrados al misterioso Olimpo como en la ignorancia última sobre el destino del alma y del Universo, se logró entre las personalidades cultas una gratitud plácida, igualmente sensitiva ante el milagro de lo razonable y de lo irrazonable, como la de sentir el viento bajo los pinos junto a un acantilado, entendiendo que las sensaciones mienten y no mienten, entendiendo que la realidad y su nada son tan hermosas como frágiles.

Esta anulación entre fuerzas del intelecto acaba en un escepticismo, sí, pero en un escepticismo que no renuncia por completo a las pasiones. Toma de ellas lo que de bon goût tienen heredado de las más depuradas costumbres. Dice Cioran que “ningún dios sobrevive a la sonrisa del ingenio, a la ligera duda; en cambio, la duda penetrante no espera otra cosa que negarse a sí misma, que mudarse en fervor”. En efecto, es la diferencia que se advierte entre un Pascal y un Vauvenargues. Sin embargo, también puede advertirse que el anonadamiento grácil del ilustrado –quien nunca pierde el pie de la realidad cotidiana y de las bellezas de su tradición almibarada– da en un cierto hartazgo de la reflexión fría y en un cierto deseo de retornar a la calidez de los sentimientos suaves, y de ahí la fe poética y suave de personajes como Voltaire, Rousseau o el más místico Louis-Claude de Saint-Martin, por no hablar de los masones. Todos los pensadores certeros del Siglo de las Luces que se mueven en torno a la condición humana son herederos del laconismo fulminante y anacoreta de La Rochefoucauld y del cristianismo resabiado de La Bruyère, uno de los autores que conocieron mayor número de espacios del el alma del hombre, desde su más trivial superficie hasta el núcleo de su corazón. Un culto literario al Ser Supremo, trasunto desleído del Principio neoplatónico o estoico, era la consecuencia lógica de quienes, no querido al comienzo menoscabar a la Iglesia por su utilidad y grandeza, optaban a nivel particular por un rango más restringido de la angustia religiosa. Con su optimismo habitual, sigue diciendo Cioran que “la ironía se deriva de un apetito de ingenuidad frustrado, insatisfecho, que, a la fuerza de fracasos, se agria y se envenena”, y que, nutrido de su propia vanidad, permanece sobre todo “preocupado por demostrar que nunca, ni siquiera en pleno furor, se deja engañar”. Sucede que esta actitud, formulada en Occidente con ligereza a menudo peligrosa –compruébese el actual estado de cosas–, no es exclusiva: la decepción ante toda rigidez es sutil enseñanza en los más profundos niveles de espiritualidades orientales. Las máximas de Mme. de Sablé o de Mme de la Sablière, elegantes devotas que llegaron a realizar retiros espirituales y que contaron siempre con directores de almas, son lo más parecido en los últimos tres siglos europeos al adiestramiento mental de las religiones asiáticas. El cuidado en la retórica es sin duda mucho más estilizado en los nietos de Grecia y Roma y mucho más intensa la práctica en los nietos de Buda, pero la necesidad manifiesta de sobrepasar las circunstancias, viles tiranas que nos atenazan con estertores, no difiere de la de los sabios del Pórtico o de la de los gimnosofistas.

Evidentemente, cosas distintas son la cumbre de los estudiosos moralistas de los sentidos y la mayoría de sensualistas comunes, y nada hay más diverso de la atención contemplativa que se abstiene de juzgar sus impresiones que el chismorreo miope y condicionado; hay diferencia de desarrollo espiritual en discernir un adulterio comprensivamente como lo que es –el simple deseo de dos cuerpos, la carencia de una tranquilidad de espíritu, el despiste de un corazón contradicho y poco educado, el torrente de efectos empujado por una causa indiscernible– y relatarlo con alegre cosquilleo o con saña inculpadora, jugando a los mismos vaivenes, sin dejar de salir de la red de valores confusos en el que el propio adulterio desvarió. Es por eso que Rivarol es más respetado que el chismorreo anotado por una condesa pueril. Sería también necio negar que el ingenio alimentaba la vanidad de los que le ofrecían un natural fértil. A fuerza de hablar ingeniosamente en torno al pecado, siquiera sea para condenarlo, se corre el riesgo de tomarle afecto, y es que nada resulta más fácil que encariñarse con aquello que se rodea de encanto, mucho menos si alimenta al mismo tiempo placer y amor propio. La amoralidad se desató en vicio, del que Restif de la Bretonne o el marqués de Sade son solamente dos muestras. La indolencia tenía que acabar en pornografía. Por otro lado, la falta de penetración metafísica y el amor propio contribuyeron a desencadenar la Revolución alentando a uno y a otro bando de distinta manera. Y a comienzos del siglo XIX, alguien preguntaba: “Qu’est-ce qui a fait la Révolution? C’est la vanité”; ese alguien fue el hombre que mejor supo aprovechar el desenlace, el mismo Napoleón Bonaparte, en una carta a Mme. de Rémusat. Tampoco se habría podido criticar eternamente al rey sin que al final calase en las multitudes la idea de que era una figura fácilmente sustituible. Como recordaría más tarde Joseph de Maistre acordándose del experimento filosófico que había concluido en la Revolución, ” ils ont mis à découvert les principes politiques, ils ont ouvert l’oeil de la foule sur des objets qu’elle ne s’était jamais avisée d’examiner, sans réfléchir qu’il y a des choses qu’on détruit en les montrant”. Por muy útil que sea para el espíritu el cuestionar finamente los fundamentos mundanos de la sociedad y de la moral, había que contar con que los caracteres ardorosos, no aplacados por la delicadeza del sentido de la costumbre, desconocedores de que retirar completamente un velo conlleva desvelo, serían incapaces de resistir la deducción más bruta de los nuevos silogismos desmitificadores. Hace al caso recordar las palabras de Eurípides: “Llevando a los ignorantes nuevos saberes, parecerás de natural inútil y no sabio; pero, en cambio, si eres considerado mejor a los que aparentan saber cosas complicadas, te revelarás como molesto a la ciudad” (Medea, 298-301). Nada más peligroso para el vigilante que ahorrar en medidas o en golpes de efecto, pues semejará un simple adorno. Pero se le atribuye a Mme. de Pompadour la frase que mejor revela la conciencia histórica de los ilustrados: “Après nous, le déluge”. Esa conciencia de estar alimentado nuestra caducidad inminente es algo raro que se dio entonces y que se da en los albores del nuevo y acaso último milenio, porque lo habitual es que la llegada del cataclismo sea tan paulatina que nadie reúna las fuerzas precisas para prepararse ante ella. Con todo, fue el pueblo el que pagó la peor parte, por haber echado a perder su último siglo íntegramente bello y, sobre todo, por haberse visto autorizado y aun alentado al egoísmo indisimulado, nuevo eje visible de todas las cosas, cuando de hecho ha de mantenerse en secreto la vileza de los poderosos para no envilecer a los súbditos, y hay que convencerse de que el altar contiene al ídolo para que la adoración surta efecto en el ánimo.

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Hay, pues, diversas y decisivas razones para rendir atención a ese cultivo del bel esprit que, hasta donde yo sé, sólo se cultivó hasta tal grado en el centro de Europa, desde el foco de irradiación de luz que fue el reino de Francia, el país que dio el sello al siglo del hombre.

Espero que, tras estas prolijas explicaciones, se entienda mejor el porqué del anecdotario que he abierto estos días y los retratos que he continuado coleccionando. Espero asimismo haber evitado, en fin, un clamor de indignación entre las legiones de seguidores que contaban con mi católica guía y que acaso me habrían conducido a un tribunal revolucionario por corrupción de las costumbres y por ideas legitimistas.

Se despide quedando a su disposición su atento y seguro servidor,

            Le Perpétrateur

[Música: F. d’Agincour, L’ingenieuse (Pièces de clavecin dédiées a la reine, 1733)]

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People went to work and went to parties until they got the two pursuits confused and never noticed the difference. Whisky was oxygen, women were furniture, thinking was masochism.

J. Iams

Everywhere was the atmosphere of a long debauch that had to end; the orchestras played too fast, the stakes were too high at the gambling tables, the players were so empty, so tired, secretly hoping to vanish together into sleep and … maybe wake on a very distant morning and hear nothing, whatever, no shouting or crooning, find all things changed.”

M. Cowley, Exile’s Return: A Literary Odyssey of the 1920s

I have no patience with the modern neurotic girl who jazzes from morning to night, smokes like a chimney, and uses language which would make a billingsgate fishwoman blush!

A. Christie, The Murder on the Links

We in America today are nearer to the final triumph over poverty than ever before in the history of any land… we shall soon, with the help of God, be in sight of the day when poverty will be banished from this nation.

Candidato presidencial H. Hoover, Time, 20 August 1928

The business of America is business.

Presidente C. Coolidge, H. M. Robinson, Fantastic interim; a hindsight history of American manners, morals, and mistakes between Versailles and Pearl Harbor, NY, 1943, p.89.

These men of many nations must be taught American ways, the English language, and the right way to live.

H. Ford, citado en S. P. Huntington, Who Are We? The Challenges to America’s Identity, NY, 2004, p. 132.

Two waiters serve two steel workers lunch, on a girder high above New York City, 1930

El año 1901 brotaba en Asia la Rebelión de los Bóxers. Comenzaba así el último intento serio por parte de China de resistir la influencia occidental. Era en vano. Amanecía una época de poderío sustentado sobre los pilares de los nuevos valores frívolos y mercantiles que se extienden hasta hoy. La era de Edison y del ragtime no dejaría de seducir ni a una sola potencia extranjera, ni a una sola mente, ni a un solo cuerpo.

En cuanto a la estela de Edison, ya no se trataba del ingenio de salón del Siglo de las Luces, sino algo más concreto, más físico. Pero no del tipo ocasional de Vaucanson o de Jaquet-Droz, o de las linternas mágicas y los cosmoramas que dejaban meramente apuntadas las posibilidades de la técnica; con el siglo XX, el artilugio fue tomado por primera vez en serio, como algo extensible a todos, del modo en que la religión se había extendido hasta entonces. Igual que el cristianismo había planeado sobre pueblos blancos, árabes y mongoloides, la prole de las fábricas sabría hacerse querer por todos los rincones del planeta. Y en cuanto a la cultura en sí misma, ¿cómo podía no seducir de manera desmedida? La ligera sensualidad complaciente del ragtime o el foxtrot se introducía en el cuerpo. La sincopación y el acompañamiento stride, que alterna bajos y acordes a ritmo constante, parece apelar al instinto tribal de cada ser humano, instinto disfrazado ahora de gratas armonías de raigambre culta. África y Europa, pueblo y aristocracia, folclore incivilizado y romanticismo, todos los polos de la sensibilidad musical experimentan juntos en un contubernio de sensaciones que se inyectan directamente en el cuerpo. Es difícil no sentir un cierto vaivén en las extremidades cuando se inmiscuye este música en el cerebro. Así también se inmiscuyeron los nuevos géneros entre todas las clases sociales, géneros inclasificables, bautizado en 1913 con el jocoso nombre de “jazz” pero que abarcan desde la inocua light music de los blancos y el novelty rag de sus hijos más rebeldes, las bandas Dixieland, el brutal golpe de pie en el stomp… La música de esta era avanzaba hacia la sofisticación y la variedad con el mismo empuje con el que avanza en las criaturas que se exponen a ella, poseyéndolas.

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El mejor símbolo del primer tercio del siglo XX no es el sombrero de paja ni la boina de lana, ni la brillantina, ni el peinado corto de las mujeres, ni la trompeta con sordina harmon, de timbre tan nasal. El mejor símbolo de esta era es el rollo de pianola, un artefacto cilíndrico que desde el interior de los pianos apropiadamente habilitados reproducía una versión ornamentada y acelerada de alguna melodía de moda. El ritmo es mecánico, imparable, y la intensidad del toque carece de cualquier matiz. A menudo el pianista que lo grababa iba añadiendo nuevas manos que se superponían sobre la primera interpretación, de suerte que el resultado que se obtiene es una música intocable para un solo músico real, con cuatro manos que parecen querer engañar a quien escuche, como si la cualidad de la nueva música por sí misma permitiese multiplicar sonoridades cual nunca antes se le había ocurrido a los polvorientos compositores europeos. Las teclas se mueven solas, tocadas a distancia por la industria desde despachos neoyorquinos. Todo ello contribuye a una sensación de inhumanidad, de caja de diversiones diseñada por ingenieros, de chispas de gozo directamente inoculadas en los nervios del oyente. El sabor africano se percibe con claridad en la agradable repetición constante de estructuras a contratiempo, desfases polimétricos y disonancias percusivas. Se trata de un claro precedente de lo que la electrónica volvería a lograr –ahora con mucho más énfasis– a finales del mismo siglo, llenando pistas de baile al compás de máquinas sin personalidad. Pero, al mismo tiempo, las melodías de pianola y sus acompañamientos son sumamente amables, desenfadados, ocurrentes, nunca hirientes. De lo humano sólo preservan el disfrute más ingenuo y saltarín; las demás pasiones han sido elegantemente omitidas. Las pianolas fueron el primer contacto del gran público con la música doméstica, cuando los discos aún no habían introducido a orquestas enteras en casa, trayendo con ellas el chisporroteo ruidoso de las primeras grabaciones. Todo el mundo podía desde entonces permitirse un pianista invisible a su servicio, conciliando al fin el gusto de tener esclavos con la decencia de no someter a nadie. La pianola ofrece por vez primera a cualquier ciudadano la oportunidad de echarse ciegamente en los brazos de la tecnología para satisfacer la más inmediata sed de placer. Al mismo tiempo, la estridente música de los negros empieza a azuzar el lado picante del alma. Las bandas de vientos enloquecidos comienzan a introducir rips, efectos sucios, ruidos, palmas o gritos, como si en el nuevo mundo cupiera todo siempre que se lleva a cabo sonriendo y con el afán único de hacer sonreír. En el piano, nuevas sonoridades agresivas, imitaciones de la ensordecedora actividad de la ciudad, compiten con las vanguardias europeas en atrevimiento, como en el extremo Futuristic Rag de Rube Bloom.

American woman teaching English boys to dance the Charleston. Great Britain, 1925

Esta nueva humanidad se revela incluso en el slapstick. Si Chaplin era el fracasado de otra época, un payaso victoriano, heredero del gran arte del pasado, exiliado en un siglo que lo mira sólo con ternura, Buster Keaton representa mejor la nueva mirada del poder. Con la seriedad insobornable de sus facciones, Buster interpreta siempre a un americano extraño y extrañado, que hace divertir sin mostrar por su parte ninguna afectación, inexpresivo en su jocosidad, como la encantadora pianola. La suya es una alegría sin matices que no entraña mensaje alguno, salvo el de que la alegría es la única meta por la que merecería la pena lanzarse de un tren en marcha, escalar un rascacielos o enfrentarse a una banda de mafiosos. Por último, Harold Lloyd representa al ciudadano medio, con sus risas y sus dolores, luchando por hacerse un hueco en el nuevo imperio de la felicidad mercantil. Si Buster es el hombre visto desde la perspectiva de las nuevas fuerzas transformadoras, un autómata al que obstaculizar o satisfacer, Harold es el hombre visto por sí mismo, buscando seguir el paso a la arrolladora actualidad. En todo caso, como el cinematógrafo, dicha actualidad avanza sobreexcitada, a 24 fotogramas por segundo, más rápida que la realidad de antaño. La comedia de golpes y meteduras de pata, de artimañas y malentendidos, surgida de los más barriobajeros teatros de variedades, seduce hasta a los más pudientes, como el jazz de los burdeles conquista en los guateques a las hijas de las últimas señoras nacidas en el XIX. Como en los tiempos de Menandro, las risas se vuelven inocentes porque ni quieren ni pueden cuestionar el curso de los acontecimientos, y por ello se contentan con esquemas trillados, con personajes típicos que aspiran a la gran dicha, consistente en hacerse con la chica, recuperar el dinero, sortear a los malhechores o a los suegros. El gracejo sureño de Bebe Daniels, la pizpireta sonrisa de Mildred Davies o la dulce ingenuidad de Jobyna Ralston demostraban que también las mujeres podían obtenerlo todo; la promiscuidad de las actrices de Hollywood no era distinta de las de las antiguas artistas ambulantes y de los teatros de variedades, con la salvedad de que ahora se las premiaba con mansiones, lujo y fama internacional; a pesar de lo cual, todavía se dudaba de si convenía que les fuera permitido votar.

Girls in a car, April 1925

La vida era, en fin, una fiesta de helados de crema, orquestas Dixieland, coqueteos y chistes descarados. Da la sensación que en un lustro se repartirán hasta entre los más miserables todas las delicias que la Ilustración no pudo siquiera formular en una centuria. Pero incluso el esforzado americano medio tiene momentos de venirse abajo, momentos en los que quiere poner fin a su vida; pues bien: ni aun entonces logra el personaje salir de un círculo de vida divertida, siendo frustrado en su intento de suicidio una y otra vez, lo cual sucede a Harold en Haunted Spooks o en Never Weaken, como si la realidad toda no dejase otra posibilidad material más que la de beberse la existencia a lo grande, en copas gigantes de champagne, incluso en la mayor tragedia aparente. Y, sin embargo, aunque pocos lo notasen, la gente seguía muriendo, sufriendo y llorando, tras bastidores de realidad que daban a quien supiese verlo señales de que bajo la pintura asomaba un desconche fatal.

Los años veinte: la última década en que la felicidad colectiva no parecía a casi nadie una promesa absurda. Al fin se anuncia que el sueño del hombre se ha conseguido, al fin puede entregarse a un sinfín de ráfagas de sensualidad sin pagar ningún precio por ello. Las risas copan los cines, el pataleo las salas de baile, el alcohol los estómagos urbanitas y pueblerinos, y numerosos inventos enloquecidos permiten ahora patinar por las calles, conducir una bicicleta entre cinco personas o volar por los aires en la parque de atracciones. Ricos y pobres se premian mutuamente con orquestas vivarachas, con danzas demenciales y con automóviles veloces. Un reparto comunista de la posibilidad de entrar a jugar en el frenesí del capital. Todos los experimentos de las dos décadas anteriores, ya sea en música o cine, toman forma definitiva, forma artística y eficaz a partes iguales en virtud de la experimentación, del dinero y del amor desmedido por la vida. Pero no sólo es época de consolidación: el surrealismo y el futurismo se plantean que quizá incluso los sueños y las máquinas puedan aportar unas razón y una belleza que, a pesar de ser despampanante –o precisamente por eso–, pueda ser integrada en el nuevo mundo, en amalgama con todo lo demás. Por lo demás, el expresionismo alemán fue una excentricidad de los nórdicos que buscaban la fórmula que conjugase su sentimentalismo romántico con una ebriedad de medios que parecía inutilizarlo, una mera curiosidad en el devenir entusiasta de Occidente. Mientras tanto, entre Rusia y Mongolia el Ejército Blanco empeña la vida de miles de hombres en preservar lo que se pueda de un mundo tradicional exangüe. Como se vería luego, tanto la resistencia de unos como la euforia de otros se pagarían caras.

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Flotan en el aire de las calles y en las pianolas de los blancos melodías sencillas como Ramona, Tea for two, Ain’t she sweet? y el fervoroso soniquete que en 1923 cambiaría el modo de bailar de varias generaciones y que daría nombre a un género en sí mismo: Charleston. Y los novelty rags sacuden los pianos de los más vanguardistas compositores, esta vez nacidos del pueblo llano, cuando no en suburbios: el ya mencionado Bloom, Zez Confrey, Roy Bargy, Phil Ohman, George Cobb, Ferdie Grofé, Arthur Schutt, Billy Mayerl o el propio Gershwin. Estos hombres compaginan su labor de musicastros a sueldo de brillantes orquestas con una labor trepidante de creación de texturas tan poderosas como las de Stravinsky pero mil veces más agradables. Escuchando Kitten on The Keys, Pianoflage, Piano Pan o Fingerbreaker se entiende inmediatamente cómo el gusto por el delirio se conjugaba con la diversión más frívola. Bañados en chorros de alcohol y cafeína al alimón, las aceleradas mentes y los acelerados corazones se combinan en productos apabullantes, destinados a estimular cada facultad humana capaz de gozar.

Pero treinta años de prodigios crecientes tenían que colapsar en su propia ruina. La última época de grandes esperanzas desde los tiempos de la Ilustración había de durar mucho menos que ésta. Un deseo constante de agrandarse y de empoderar al hombre acabó empoderando a los grandes monopolios y a los grandes tiranos. El lunes negro de Wall Street y los totalitarismos euroasiáticos señalan el fin de fiesta. A partir de entonces, la llegada de la década siguiente y, con ella, la desilusión. Los nuevos elementos con los que bailar serían pobreza, represión, guerra, abstinencia de alcohol y del desenfreno sexual. El cine sonoro mostraría un ritmo más cansado, privado de la cháchara silenciosa de los filmes anteriores. ¿Quién había necesitado palabras cuando los cuerpos decían todo lo que otros cuerpos necesitaban saber? ¿A quién se le ocurrió introducir canciones en las películas, si antes toda la película era una gran sinfonía popular, acompañada como estaba con orquestas o pianos? Las palabras llegaron para estropear las cosas. Llegaron los tiempos de las guerras civiles y la propagación del comunismo revolucionario.

Harold Lloyd with Bebe Daniels circa 1919 ** I.V.

La década de las maravillas, la última década en la que el encanto merecía ser tenido en consideración porque brillaba a más no poder, esa década se fue para siempre. Lo que vino en lustros posteriores no fueron sino los sucesivos intentos de restaurar la cumbre abandonada. Todo el poder seductor que contenían los años treinta, cuarenta y cincuenta se lo debían a las rentas del primer tercio de siglo, y es, por ende, comprensible que la degradación fuera paulatina hasta la inanidad presente. Las melodías de Frankie Carle en los años previos a la Segunda Guerra Mundial serían el dulce destilado y aguachinado de su primera juventud, y la industria cine relajaba la marcha para que las pantallas y los ojos no  estallasen. No es causalidad que la mayoría de los standards de jazz provengan de esa época, la época que se encargó de compactar las estructuras arquetípicas que toda la cultura posterior se entrentendría en descimentar. No es casualidad tampoco que cada vez haya más movimientos nostálgicos populares que cada vez se retrotraen más, siguiendo el hilo conductor del swing, que sólo puede conducir al momento en que se creó. Todavía estamos inmersos en los éxitos y en las maldiciones del momento del gran Gatsby; todavía disfrutamos sus hallazgos, y ahora también sabemos que nos traerán la destrucción. Quien de verdad quiera conocer su capacidad de resistencia a las tentaciones de la modernidad, póngase a prueba con el momento en que la modernidad parecía funcionar casi a la perfección. En efecto, aquel tiempo el único en que realmente parecía buena idea conducir un automóvil, asistir al teatro de moda, conocer las novedades gramofónicas o ser americano. Sea como sea, la efervescencia no puede durar, según su propia definición. La creencia de que la actividad desmedida podría permitirse la ausencia del espíritu llevó a que éste no estuviera ya presente cuando se lo necesitaba de nuevo. Sin conocer ya los fundamentos de la religión, el hombre blanco decidió huir hacia adelante, deseando que en algún momento se restaurase la magia de la edad dorada. Y aunque dentro de cuatro años volverá entre nosotros una década de los veinte, la magia no volverá. Hay intersecciones en la Historia que sugieren un esplendor engañoso, porque no deben sus glorias sólo a sus propios méritos, sino a encontrarse como culminación a una época cálida y virgen, dejando a un lado el alivio relajado de salir de una guerra mundial. El primer tercio del siglo XX venía asentado sobre un automóvil de eficiencia, de formas cuajadas y de sensualidad, y pudo permitirse agitarse al son del charleston hasta aflojar todas las tuercas tan perfectamente remachadas al fin. En los años veinte se despreció por primera vez a la generación de los mayores; la juventud era la única fuerza importante, y la liberación de los instintos no deberían tener consecuencias. Nuestros propios abuelos pudieron ser un día los jóvenes que nos acostumbraron a renegar de los abuelos. Pero los pactos con el caos siempre traen consecuencias. El reverso oscuro de la técnica, las pasiones, los cuerpos y el dinero que se sortearon hasta la caída bursátil del 29 reinan a sus anchas hoy día. Son, de hecho lo único que tenemos: los locos años de entreguerras se comieron todo el postre sin pensar en sus nietos. No hemos dejado de rodar en un rollo de piano desvencijado, con sus muescas agrietadas, percutiendo cuerdas desafinadas sin tino ni conciencia. Nosotros somos la caricatura demente de los bailarines de foxtrot. Somos el anciano atónito y penosamente acicalado que todavía pretende continuar la fiesta, una fiesta que se prolongó durante lustros y en la que, se dice, todos fueron enteramente felices.

***

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[La primera música es un rollo de pianola de la canción You’re The Cream in My Coffee, grabado por Gene Kerwin en 1928. La segunda es una grabación que en 1931 hicieran Jack Hylton y su orquesta de Life is Just A Bowl of Cherries. La siguiente es el famoso Livery Stable Blues, que a pesar de su título y de incluir sonidos de animales no tiene ningún interés vegetariano o antiespecista, en la versión reciente de Dan Levinson y la Roof Garden Jass Band, emulando la celebrada grabación de la Original Dixieland Jazz Band de 1917. A continuación suena Try and Play It de 1922, uno de los delirantes piano novelties de Phil Ohman, con la ornamentación exuberante de Ferderick Hodges. Cierra el ciclo la melancólica canción My Blue Heaven en la voz de 1927 del que quizá sea el primer cooner: Gene Austin.]

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“Muramos en esta guerra
para renacer de nuevo
como caballeros del rey de Shambhala”.

Canción mongola de guerra, cit. en J. PALMER, The Bloody White Baron, 2009, p. 66

“Veo… Veo al dios de la guerra… Su vida transcurre horriblemente… Después una sombra… negra como la noche… Ciento treinta pasos aún… Más allá tinieblas… Nada… no veo nada… el dios de la guerra ha desaparecido…”.

Profecía de una adivina cíngaro-buriata a R. von Ungern-Sternberg, cit. en F. OSSENDOWSKI, Bestias, hombres, dioses, 3.10

Cuando se enteró de su muerte [de von Ungern-Sternberg], el Bogd Khan encargó oraciones por su alma para que fueran leídas a lo largo y ancho de Mongolia. Sin duda serían necesarias.

J. PALMER, The Bloody White Baron, 2009, p.231

R. F. von Ungern-Sternberg (1885 – 1921)

Era el 21 de febrero de 1921. Algo más de cincuenta hombres atravesaban a caballo las viejas calles de Urga. Eran cosacos, buriatos, tibetanos y japoneses guiados por el general más temible de la taiga, el terror de los revolucionarios y los impíos, el barón Roman Fiodorovic von Ungern-Sternberg. Se trataba de la avanzadilla de la Caballería Asiática, la escuadra personal del barón, que había encabezado la recuperación de la ciudad. Las banderas ondeantes daban los motivos por los cuales debían preocuparse los chinos apostados en el palacio real mongol. Unas de ellas mostraban el monograma del Gran Duque Miguel, al que von Ungern-Sternberg tenía por nuevo emperador de la Santa Rusia sin saber que estaba muerto desde hacía tres años; en el reverso, la faz de Jesucristo sobre un fondo amarillo budista. En otras banderas vibraba la esvástica, el verdadero emblema de Asia, junto al soyombo, la insignia del tengrianismo estepario. Tras escurrirse horripilados los últimos centinelas chinos, la escuadra libertadora arribó a las puertas del palacio del Buda Viviente. Sin bajar del caballo, el barón gritó tres veces su propio nombre a las murallas y tres veces que le abrieran las puertas. Pocos minutos más tarde se cumplió su petición. En la explanada del palacio le esperaban postrados todos los sirvientes y los altos cargos del gobierno legítimo de Mongolia. Incluso los dobdobs, los monjes guerreros que custodiaban a su líder sin ceder ante ningún ser de este o de otros mundos, hicieron una reverencia. El libertador, vestido con el traje típico mongol, atravesó empedrados y pórticos sin desviar su vista de delante. Dentro del salón de recepciones se podía distinguir un trono budista con una silueta humana aquietada encima. El general ruso se detuvo delante, miró atentamente al líder que tenía enfrente, no fuera a rendir pleitesía, él, un héroe asiático, a quien no lo mereciese. Comprobó que estaba ante el señor de Mongolia; agarró su fusil y lo depositó en el suelo, en el que se arrodilló. El Buda Vivente juntó sus manos en señal de saludo y abrió su preciosa boca:

—Bienvenido, noble guerrero del norte. Has salvado al país de las estepas y a la ley de Buda en él. Serás recompensado con caballos y con muchas vidas de felicidad.

—Santidad —contestó von Ungern-Sternberg—, he cumplido con lo que os prometí y eso me basta. Espero que mi tardanza no haya causado demasiado sufrimiento.

Bogd Khan, el Buda Viviente, sonrió:

—No ha habido más sufrimiento del que debía haber. Ahora descansad. El personal del palacio se ocupará de dar a vuestros hombres y vuestros caballos todas las atenciones necesarias.

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El descanso no afectó al alma del barón. Enseguida se organizó la nueva coronación del Buda Viviente, que finalmente se fijó en un día auspicioso merced a los oráculos. Sipailov, el cruel y alcóholico condotiero, pasó de ser lugarteniente del barón al mandatario en funciones de la ciudad: para inaugurar su cargo mandó matar a unos cuantos judíos y bolcheviques de Urga escogidos poco menos que al azar. Entretanto, el barón daba largos paseos en silencio, meditando absorto sobre el destino de su nuevo imperio. Los mongoles se arrodillaban a su paso; creían que aquel hombre tenía razón al reconocerse como encarnación de Gengis Khan. No había un solo patriota mongol que, enterado de los acontecimientos, no lo creyese. Pero empezaba a correr la idea más importante de que la grandeza del barón sanguinario estribaba en encarnar a Mahākāla, conocido en tibetano como Nagpo-Chenpo o Mgon-Po, el antiguo demonio guerrero, protector del Dharma, furibundo servidor de los budas. El rumor se multiplicaba con gran conmoción cuando se añadía que había salido de los labios de los altos lamas del palacio. Era cierto que no se percibía en la conducta del barón ni alegría ni tristeza, ni misericordia ni odio: tan sólo el decidido cumplimiento de un destino, destino que consistía en propagar la disciplina en forma de budismo y de ética de la guerra, en ser el azote certero del desorden en los cuerpos y en las almas de todo un continente. ¿Quién sino un antiguo rey de mundos superiores tendría esa mirada absorta e impasible, enrojecida por el fervor y la decisión, ajena al terrible desenlace que le esperaba tras un combate ya vaticinado? ¿Quién sino un monje prescindiría de la ternura de cualquier mujer en nombre de la religión? ¿Qué otro aristócrata sería capaz de renunciar a todas las comodidades de la vida y dormir sobre el suelo junto a los soldados? ¿Y quién más, venerando a Buda, tendría ese rigor marcial con el que había torturado a latigazos a sus propios hombres hasta el punto de reventarles los músculos, como a Saltanov, que llegó a perder la razón y hubo de ser ejecutado? Pero tal era el castigo impuesto por el barón por violar la dignidad de la población local, algo que concertaba con la condición de un protector de Mongolia. Todos los designios de aquel hombre pálido parecían responder a un cuidadoso plan de vida y muerte a largo plazo, un plan frío como el invierno y como la Ley del universo, donde las fuerzas del karma reequilibraban los méritos humanos con sufrimientos y victorias igualmente colosales. Tenía, pues, todos los atributos de un difícil dios. Después de todo, el lama Sandan Tsydenov ya había considerado al zar Nicolás un charkravartin, un glorioso rey piadoso; mientras que Agvan Dorjiev, el monje y agente buriato, lo creía la reencarnación de Tsongkapa, el fundador del linaje Gelugpa que ahora lideraban el Dalai Lama, el Panchen Lama y el octavo Jebtsundamba Khutuktu, encarnado ahora en Bogd Khan. El capitán Dimitry Satunin, también de las filas del Ejército Blanco, había sido reconocido en cambio por los oirates burjanistas con rasgos de Ak-Burkhan, el gran emisario divino entre los pueblos altaicos fieles al chamanismo. Así, grandes reyes, grandes generales y grandes deidades adoptaban unos las formas de los otros en una larga cadena que no pretendía sino guiar a los pueblos mediante una alternancia de enseñanzas, mandatos y hazañas.

Bogd Khan, el VIII Jebtsundamba Khutuktu, líder espiritual y secular de Mongolia (1869 – 1924) 

Von Ungern-Sternberg se reunía de cuando en cuando en audiencia privada con Bogd Khan. Su Santidad irradiaba autoridad cuando relataba cómo sus decretos mágicos habían dado resultado durante las semanas previas al contragolpe de estado: los chinos se habían retirado en parte gracias a las recomendaciones al pueblo de Urga de abstenerse de comer carne, de que se arriasen banderines de oración con Caballos de Viento dibujados en ellos, de no comprar tabaco chino, de que las mujeres se dispusieran los cabellos en dos mitades y que llevasen color blanco sobre el pecho. El barón asentía a todas aquellas indicaciones, casi como si supervisase el trabajo de un subordinado. El lama no dejaba de explicarle las costumbres calmucas o los complejos sortilegios a los que obedecen los espíritus de las estepas. Evocaba a menudo la grandeza de la tierra manchú. El ruso, por su parte, opinaba del clima urálico, del temible monje guerrero Ja Lama, de los chamanes siberianos, y del carácter de eminentes camaradas de filas como el almirante Kolchak o Semenov, el atamán cosaco. Habló del apellido von Ungern-Sternberg, propio de antiguos aristócratas guerreros, entre los que se contaban caballeros teutones, cruzados contra los paganos estonios y lituanos. No habiendo sustituido sus creencias budistas a la tradición cristiana de su familia, en ningún momento durante su estancia en Urga dejó de llevar sobre el pecho la merecida Cruz de San Jorge, cuya geometría complació al tacto de Bogd Khan, puesto que su ceguera le impedía verla. Von Ungern-Sternberg hablaba con frecuencia de las guerras de religión en las tierras bálticas y en Tierra Santa y de cómo él no hacía otra cosa que proseguir el linaje familiar. Sin embargo, no evitó reconocer el giro de los acontecimientos:

—La situación al norte es complicada, Su Santidad. Está pasando el tiempo de los atamanes, de los cruzados, de los guerreros píos y de los dioses vivientes. Si vencen los bolcheviques y los chinos, dentro de poco ya no se sentenciarán profecías en estas tierras, y todos los pueblos de Asia dejarán de ser nombrados por los espíritus celestes. Esos revolucionarios, con tal de acabar con los reyes, se han decidido a matar a budas y a dioses.

—¿Y pedir ayuda a Occidente? — inquirió el santo rey mongol.

—Los europeos se han abandonado a su propia desidia, como débiles y afeminados intoxicados en un fumadero de opio. Nada se puede esperar de ellos, salvo pasividad o colaboración con el mal. Tampoco es suficiente la ayuda que prestan los japoneses, y todas las alianzas de los pueblos budistas continentales no lograrán por sí mismas vencer a los comunistas.

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Diciendo esto miro el cielo estrellado y pensó algo sobre el inminente fin de su propio ejército, sobre la corta vida que le había augurado una anciana astróloga semanas atrás, sobre la extinción de los reinos. El lama supo de estos pensamientos sin necesidad de oír palabras de la boca de su aliado, y guardó silencio. De repente tuvo la terrible visión del porvenir de Mongolia y del mundo, y un estremecimiento sacudió los muros de los monasterios cercanos. Tras la colación, mandó a todos los monjes orar y meditar durante toda la noche. Algunos días después, una noche en que la luna había rellenado sus cuernos, el barón tomó la decisión de marchar próximamente con sus hombres para reunirse con las tropas prometidas por el Dalai Lama y para otear la región, cercada ya por Suke Bator y sus aliados chinos, ansiosos de imponer de nuevo el ciclón comunista en la serena y anciana Mongolia. Mientras tanto, unos soldados calmucos cantaban canciones de amor ante una hoguera, los yugos descansaban desuncidos de los bueyes, las marmitas callaron su murmullo, y un monje iba por las calles solitarias esparciendo mantras protectores en queda voz.

H. Consten - Mongol warriors during the liberation war against the Chinese

Fue una mañana determinada como propicia por los augurios de los mopas cuando partió la escuadra del barón. Tras una ceremonia de despedida digna de héroes divinos, la caballería se alejaba, esparciendo al viento insignias de banderas zaristas, cristianas, budistas y tengríes. Hombres, mujeres, niños y ancianos se postraban al paso solemne de los salvadores que abandonaban las calles de la ciudad. Habían recibido al barón como a un soldado ruso: lo despedían como a un dios. Muchos intuían que no regresaría nunca más a Urga con aquel cuerpo. Llorando y gimiendo, salpicaban con flores el suelo que iba pisando el ejército. Tiempo después de la despedida, todavía titilaban los destellos del metálico armamento, que se iban enmascarando por la lejanía y por la nube de polvo que alzaban los cascos de las monturas. Bogd Khan los oyó alejarse y, aunque no mostró ninguna sonrisa, agradecía que los cielos no se hubieran olvidado hasta entonces de las estepas; los budas habían enviado a un feroz protector de la Ley para hacerla prevalecer en el punto más monstruoso de una época degenerada. Así, ante el descarrilamiento fatal de los tiempos que estaba exterminando al aroma fresco del mundo, aquel demonio blanco, servido por hombres violentos de todo Oriente, se había obligado a hacer correr más sangre que nunca con tal que la rueda de la sabiduría siguiese girando. Con cada caricia a las cuentas de su rosario, expresaba el último Khan un deseo de salvación para todos. Trotando con paso firme hacia la muerte de muchas cosas, el barón no volvió la vista atrás ni una sola vez. Las ya distantes tropas comenzaron a entonar una canción de guerra:

“Alzamos la bandera amarilla
por la grandeza del budismo;
nosotros, los pupilos del Buda Viviente,
vamos a combatir por Shambhala”.

Picea obovata forest, Bogdkhan Uul Strictly Protected Area, Mongolia, near Manzushir Monastery

El Buda Viviente, mientras los saludaba en vano con gran agradecimiento e infinita compasión, percibió que el gélido viento había cesado. De repente, las banderillas de oración dejaron de agitarse, y la naturaleza se silenció: la rueda universal de la sabiduría se preparaba para detenerse, y nadie sino los perfectos emancipados del devenir sabía por cuánto tiempo ni hasta qué extremo. Asia habría de contener la respiración ante el aturdimiento del siglo, un aturdimiento surgido de una inmovilidad más desquiciante que cualquier tempestad de la estepa, un aturdimiento que reverberaría por todo el orbe y del que, no obstante, todo espíritu piadoso no podía desear más que una regeneración posterior, recompensa por un invierno milenario. Todo habría de volver algún día a la paz perfecta del ritmo sagrado de los viejos tiempos, igual que la estepa queda vacía y en silencio cuando el breve fragor de la batalla se disuelve en el océano de siglos, igual que el rumor de los insectos cede sin resistencia ante el leve imperio de la nieve. Pero, a pesar de todo, el Buda Viviente cerró sus ojos ciegos para evitar que una lágrima cayese sobre su corazón.

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[Música: Aga, Rodina Moya (“Aga, mi patria)”, canción buriata, por el Badma Khanda Ensemble.]

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El romanticismo aparece allí donde unos hombres sienten la imposibilidad de continuar la realidad y asumirla, o de combatirla. En este sentido es una actitud arcaizante, signo de decadencia de una civilización.

J. Mª. Alsina Roca, El Tradicionalismo Filosófico en España, p.253

La fantasía se ensimisma morbosamente y el espíritu se consume en errores visionarios, pues el mundo no le presta ayuda alguna.

F. Schleiermacher, Monólogo III 77

Los grandes hechos de todas las épocas se confundían en mi pensamiento como llamas, e igual que en una tormenta se van uniendo entre sí las gigantescas imágenes de las nubes del cielo, así se unían, así se transformaban en mí en una victoria infinita las cien diferentes victorias de las olimpiadas.

F. Hölderlin, Hiperión, I 1

Desde finales del siglo XVIII no ha aparecido ningún tono nuevo, ningún nuevo acento expresivo que sea realmente valioso. Somos el negro y desabrido coleteo de los románticos. El Siglo de las Luces llegó a tal extremo en su arte de descomponer que hasta a la diosa Razón se la bajó del pedestal en el momento mismo en que fue deificada. Los románticos fueron los primogénitos de los ilustrados. Su movimiento fue intensa y legítima aspiración, pero ausencia de método. Leemos a estos soñadores del XIX para sentirnos confirmados o refutados, pero no vemos señalada ninguna escalera con nitidez. Hace falta una afinidad innata para que su efecto perdure en nosotros. ¿No hay resabios de belleza divina y de suprema verdad enzarzados entre los hinchados verbos de Hölderlin, Schlegel, Fichte, Schelling, Herder, Brentano? ¿Y no los hay entre los trazos de Caspar Friedrich o de Delacroix? Sí, ¿pero de qué sirven? La mayor parte del tiempo no dejan de dar vueltas sobre los mismos conceptos y las mismas sensaciones, confundidos, contradiciéndose, cambiando de rumbo para volver de nuevo al rumbo inicial. La plenitud es al romántico lo que la razón para el ilustrado: una espiral ascendente que a veces se detiene en un nivel o incluso desciende otra vez. Si, a pesar de no ser uno de ellos, se tiene el proyecto de sostenerse en lo más alto de sus mejores experiencias, más útil que leerlos será entonces el hacer postraciones y entonar cantos gregorianos. También nos seducen una y otra vez los arpegios eólicos de Chopin, la poesía sonora de Schumann, la extrañeza espectral de Schubert, la catábasis y anábasis de Liszt, la ensoñación cromática de Berlioz… pero no nos hacen oír el Silencio salvo durante unos pocos compases.

Amo a los románticos, los siento encarnaciones previas de mi ciclo transmigratorio, los releo, los imito sin proponérmelo, los busco, los escucho en sus nocturnos y baladas para piano. Pero no darán la paz eterna. Son solamente el primer paso -y eso ciertamente ya es mucho- en un camino que prosigue y se afianza en la obediencia a una ley disciplinaria. Uno se alista al regocijarse en la gloria de un brillante estandarte, pero se vence en la batalla mediante el rigor marcial. Es natural que el romanticismo, mientras suspiraba por tiempos antiguos y medievales, se comprometiera precipitada y confusamente con las revoluciones liberales, soñando con Arcadias sin pensar en la paciente trabazón de los siglos y de los maestros.

Guerin - Prince de Talmont

El ilustrado, al obsesionarse en que su conocimiento no tuviese fisuras, se quedó mirando a la superficie. Prefirió perder de vistas las grandes verdades con tal de afianzar verdades menores. Es por ello que el mundo moderno ha sido hasta hoy un sinfín de éxitos minúsculos envueltos en un inmenso fracaso. La reacción fue el romanticismo: un intento de regreso abreviado a la fuente. Ciertamente, la velocidad de los acontecimientos y la sequedad arrasadora del positivismo y el utilitarismo llamaban a la urgencia. Demasiado decididos o demasiado dubitativos, buscaron sin la paciencia de la madurez, y la mayoría encontró la muerte en la juventud, sedientos por la avidez de estallidos. Los que escaparon de la muerte cayeron presas de la locura, o encontraron acomodo en oficios institucionales habiendo mitigado ya el orgullo que se negaba a pactar con el mundo.

Intuyeron los jóvenes alemanes postrevolucionarios -seguidos por el resto de europeos- que sacrificar las verdades menores de un solo golpe era imprescindible para alcanzar de nuevo la idea de una verdad total. Acertaron en parte. En efecto, las ciencias, tal y como se cultivan desde entonces, si no son acompañadas de comentarios sapienciales, sólo distraen la atención del hombre. Y así tantos saberes que, en una sociedad mezquina como la que dejaba con su salida el Siglo de las Luces, no ayudaban más que a apuntalar frivolidades, arrogancias y mezquindades. Pero no se puede prescindir del método humanista depurado por los siglos. Las artes liberales daban al cristiano un cimiento desde el que levantar catedrales, repletas de geometría, de simbolismo, de retórica y astronomía incluso. Las almas más sencillas se contentan con mantener sosegado su fuego en la penumbra de la capilla. Pero un corazón más grande, como catedral interior que es, precisa de una ordenación, de un sendero, de un apostolado. Estudiando en la universidad, los románticos arremolinaron ideas ilustradas con anhelos medievales, y quisieron explicar los segundos con las primeras y las primeras con los segundos. Más allá del vínculo universitario y filosófico, otros se fijaron directamente en el arte y en la naturaleza. Pero ninguna belleza te hará sabio si no la pones al servicio de una sabiduría previa. No tener eso en cuenta fue, como se ha dicho, el error cardinal de los románticos. Ellos pretendían alumbrar toda luz a partir de la unión directa entre su propio interior y lo bello. Pero lo bello tiene un simbolismo que no se improvisa, un simbolismo que puede ser revelado, pero difícil es que no sea en parte educado, ni aun en el mejor de los casos. Ningún hombre, salvo un elegido de los Cielos, puede discernir él solo todo el drama cósmico a partir de los indicios, de los vestigia Dei. Es por eso que han existido la Iglesia y las Escrituras, es por eso que los místicos se formaban en la dura ascesis. Es por eso que hubo una Academia y una Estoa en Atenas, y un continuo de bodhisattvas que se reencarnan en Asia una y otra vez para no dejar de recordar nunca el camino al peregrino y de adaptarse a las inquietudes particulares de cada espíritu.

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Demasiado centrados en sí mismos, estos hombres nuevos carecieron de la paciencia para buscar analogías exactas entre su ser y el del mundo de los principios. En cualquier caso, en la Grecia idealizada de un Hölderlin, en la noche simbólica y cristiana de un Novalis, en la humanidad transfigurada de Schleiermacher, en los tiernos paisajes de un von Eichendorff, en la dramaturgia mistérica de Wagner, en todos ellos se anuncia una metamorfosis interior. Cada uno de ellos vislumbra o recae periódicamente en un conato de iluminación; para asentarla y domarla finalmente hará falta una disciplina, un maestro o un claustro. Pero ahí están, advirtiendo de la opacidad de las vías trilladas y señalando erráticamente otras vías de salvación. Un romántico es alguien que muere de nostalgia infinita. Un monje es alguien que se propone satisfacer esa nostalgia. Una persona pueril es la que no se apercibe de que siente esa nostalgia.

Se me hace inevitable volver a los románticos, reflejarme en ellos, expresarme como ellos, sentir y pensar exactamente igual que ellos. Nada de lo que pienso o escribo deja de ser romántico. Pero sé que es debido a que estoy extraviado en el juego cósmico. Nunca me libraré del romanticismo ni aun nutriéndome de una fuente más antigua, de la que los alucinados alemanes también abrevaron a cucharadas. Difícil es que deje de mirar el mundo con sus lentes. Porque su desazón y su formación son los míos, su intención y sus hábitos son los míos, y el triste sino de haber nacido en un mundo en guerra con el Espíritu es, de hecho, todavía más nuestro que suyo. Todos creemos ser hoy un sucedáneo del romanticismo, pero si, como sucede, ya no parece haber hueco para el modelo genuino, se debe a que nadie tiene ya la más mínima esperanza de restauración y muy pocos la suficiente jugosidad de alma. Ni siquiera parece haber, pues, posibilidad de suspirar por iniciaciones perdidas. Pero sé que no puedo ser el único, estoy convencido de que en muchos corazones todavía latirá consciente ese pálpito, ese ritmo acelerado que clama, al menos, por que le presten a uno algún ídolo ancestral para postrarse.

Habrá que cuidarse, entonces, de los delirios demasiado agitados. Habrá que centrarse en la visión luminosa, en la pacificación unificadora de la naturaleza, en los acordes sutiles de la lira cósmica, y escudriñar a los demonios que susurran en forma de acúfenos y embotan las almas de los paladines extraviados con imágenes tenebrosas y suicidas. Porque el romanticismo es el impulso enérgico y decidido hacia el Todo, impulso demasiado afanoso como para detenerse a meditar sobre el viaje. Tiene la duplicidad de todos los entusiasmos: el peligro de las prisas y la grandeza de la amada posibilidad. Puede ser la mejor versión europea de la bodhicitta más pura… y también puede ser el peor de los monstruos que surgen cuando la razón sueña. Sus visiones pueden ser como las de los santos medievales, pero pueden igualmente repletarse de fantasmas, anhelosas soledades, amores frustrados, circunspectos paseos entre ruinas de templos demolidos… y acabar en cadáveres flotando sobre el río. Si uno, por lo tanto, se incardina en este raíl sin raíles, no habrá de perder de vista, so pena de muerte, la Luz de lo Alto, no sea que le suceda como al impetuoso Orfeo y pierda para siempre la plenitud de su Eurídice al volver tras sus indecisos pasos.

La primera generación de románticos estalló en mil colores y acabó en tantos desdichados finales como previos embravecimientos hubo. Ahora, en este apéndice de la historia al que se nos ha expulsado, ahora la enésima generación habrá de hacer malabares para no perecer a manos de todos los males posibles; para ello habrá de reunir los heroísmos y las nostalgias de todas las sabidurías de todos los tiempos, con todos sus matices, con todas sus fuerzas compensatorias para no descarriar todo el fervor acumulado a través de siglos, pero nunca diluirlo, y destilar un rumbo al fin certero, una llama simple a fuerza de hallar lo común en la hermosura de todos los hombres, de todas las razas, de todas las estirpes alumbradas por los dioses, de las que descendemos.

***

[Música: F. Liszt, Soneto 104]

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I do not know if ever it existed—
That lost world floating dimly on Time’s stream—
And yet I see it often, violet-misted,
And shimmering at the back of some vague dream.

[“No sé si existió alguna vez
ese mundo perdido que flota oscuramente en el río del Tiempo,
pero lo he visto a menudo, envuelto en una bruma violeta,
y brillando débilmente al fondo de un sueño borroso.”]

H. P. Lovecraft, Fungi from Yuggoth, 23

Trägt nichtalles, was uns begeistert, die Farbe der Nacht?

[“¿No lleva todo lo que nos entusiasma el color de la noche?”]

Novalis, Himnos a la Noche, 4

[Música: J. S. Zamecnik, Paris Fashions (Sam Fox Moving Picture Music, vol. 2)]Jobyna Ralston 1

El pianista acompaña la película muda de 1924 con acordes convencionales, traídos por la necesidad, por la ingenuidad narrativa, con melodías entreoídas, procedentes quizá de viejas canciones pasadas de moda que ningún vivo recuerda ya. Acompaña a “la chica”, la femineidad hecha celuloide, tanto que no precisa un nombre propio su personaje. Sigue sus gestos, mimetiza las tensiones de su rostro en retardos y floreos, en dulces consonancias su mirada límpida. Colorea su tez pálida y los bucles obscuros que caen sobre sus hombros. Le presta su voz a cambio de que ella le diga cuándo gritar, cuándo llorar, cuando reír. La abraza con vibraciones que se expanden por la sala, inundando al público de su amor secreto, luciendo con exhibicionismo una calidez que pasa inadvertida para todos, porque nadie atribuye aquella música nostálgica más que a los simulacros propios de un trabajo artístico. Sin embargo, la está amando, la ama del único modo que se hace legítimo ese amor prohibido, un amor adúltero, separado por un siglo y por un océano de lejanías, todas las lejanías posibles, y expuesto impúdicamente a cientos de personas que no lo entienden mientras ríen. A fuerza de sugestionarse con su propio sonido, metiéndose en el papel de comentador y traductor del silencio, se ha enamorado del aura que él mismo ha perfilado en torno a un delicioso trampantojo. Y los dedos del pianista acomodan y acarician melancólicamente a Jobyna Ralston, rozan su piel en la superficie de las teclas, calentadas por esas yemas educadas en un sensible pudor, una suavidad incapaz de dañar cuerdas y oídos.

El ciclo le ha permitido retratarla en múltiples posturas y hábitos: había sido la rica heredera, la joven pobre y abnegada, la feriante huérfana, la esposa fiel, la humilde hija del hostelero, la perpetuadora de una piadosa misión religiosa. En cualquiera de los casos permanece firme en la dulzura extrema y el paciente amor. Hope, Peggy, Mary, han sido algunos de sus nombres, impresos en caracteres en la pantalla pero no pronunciados más que mediante cadencias arpegiadas en diminuendo. Su sonrisa, en un blanco negro brillante, ofrece un registro inédito de la ternura. Laura, Jenny o The Woman in the Window relataban las historias de imágenes pictóricas o ensoñaciones de las que se enamoraron hombres desubicados, insatisfechos con el mundo de los seres materiales. Pero Jobyna, más allá de la pasiva inconsciencia de aquellas otras, danza al compás de su desfasado amante, se mueve con él, y éste, al tiempo que canta con sus manos los compases de un decadente y desafinado vals-boston, empieza a elaborar en torno a ella una suerte de biografía coherente basándose en sus caracteres dramáticos, enlazados todos por una misma inocencia y entrega. Poco importa que Harold Lloyd o Richard Arlen sean los que la abracen con sus cuerpos a lo largo de noventa años: él toca rincones mucho más íntimos del ser de aquella mujer misteriosa. Sin embargo, hay que resignarse a que su alma no se dignaría nunca a descender ni a mirar a los ojos a ningún hombre vivo de carne y hueso.

Jobyna Ralston 3

Pero mientras tañe la música de una boda que nunca celebrará, el pianista recuerda haber leído ciertos datos tristes sobre el devenir real de la actriz. Recuerda que no logró insertarse en el cine sonoro debido a su fuerte ceceo, que fue detenida por indecencia, que cayó en el adulterio y en atracciones antinaturales, que murió divorciada, gruesa, afeada, apenada, sola, posiblemente alcohólica, apresada por el reumatismo, la neumonía y las apoplejías. Esa mujer ya declinada, sombra de lo que fue en sus años florecientes, estaba en el tiempo más cerca del pianista. Su cuerpo pulverizado en un ataúd era lo que realmente compartía el mundo con todo el que hoy pensase en ella. Suspirando en la obscuridad -aprovecha las resonancias del instrumento para ocultarlo-, parapetado tras el biombo de sus pentagramas, el músico concluía la evocación en un morendo conclusivo que envolvía al último fotograma. Jobyna pasaba un día más a un fundido en negro y desaparecía de la mente del que la viera. Porque la mente era el único lugar en el que aquel espectro renacía sin substancia propia, producto de una alucinación, una broma de la percepción que la humanidad se otorga a sí misma para poder decir que el mundo aún conserva algo de encanto. Toda la vida de la pantalla era un hechizo invocado por proyeccionistas y espectadores, almas tortuosas que se buscan a sí mismas en reflejos grisáceos y en retazos de vidas condensadas.

Jobyna ya había desaparecido cuando se encendieron las luces. Tras el aturdimiento de los aplausos, el pianista regresó a su casa deseando verla de nuevo al día siguiente, a sabiendas de que su dulce rostro era un canto a la bella impermanencia de la belleza. Durante aquel mes, Jobyna resucitaba sin cesar y se dispersaba a las pocas horas, como rocío de la noche, que carece de unidad substancial y regresa una y otra vez ante nuestro pensamiento porque le damos un único nombre a una secuencia continua de destellos. Acaso no la pudiese abrazar ya nunca más con la directa ofrenda de sus notas musicales cuando acabase el ciclo. Acaso aquella veneración silente se subsumiría definitivamente en la escena final de la última bobina programada, escena que quedaría a modo de máscara funeraria en el recuerdo. Pensó finalmente que Jobyna no había existido nunca; como los personajes del cine, la criatura es un fragmento de luz que se proyecta en el mundo durante breve lapso de tiempo y se disgrega en la indefinición a medida que cesa la ilusión óptica. Pensó que, en efecto, toda la matriz sentimental humana, al igual que la identidad de una persona extinta o momentáneamente animada, encantadora o no, no es menos efímera y vacua que una vieja película deteriorada o que una partitura meliflua próxima al olvido.

Annex - Lloyd, Harold (Girl Shy)_05

[Música: R. Israel, “Love theme” (Girl Shy OST)]

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Por lo tanto, Śāriputra, en el periodo de decadencia de la kalpa, puesto que los seres sintientes son sucios, codiciosos, celosos y desarrollan las raíces del error, todos los budas iluminan los tres vehículos con el poder de los medios hábiles para enseñar el vehículo único de Buda.

Sūtra del Loto, II 7b

No es que anochezca,
es que la lluvia es noche.

Sōgi (1421–1502)

Hace demasiado tiempo que me hallo bajo esta forma de dios, por lo que la luz de mi sabiduría se ha debilitado.

Ichien Mujū, Colección de arenas y piedras, I 4.2

En el sonido de la campana del monasterio de Gion resuena la caducidad de todas las cosas.

Heike monogatari, I

Byodo-in

Durante el reinado del emperador Go-Reizei, noble dueño del trono del Crisantemo, a la llegada del nuevo año que llaman de 1052 en las tierras de Occidente, en la ciudad de Uji, provincia de Yamashiro, no lejos de Kyōtō, se inauguraba el santuario de Byōdō. Las obras de restauración corrieron a cargo de Fujiwara no Yorimichi, quien quiso dedicar la rica villa heredada de su padre, Fujiwara no Michinaga, a las Tres Joyas, y convertirla así en templo de la Ley de Buda. La inauguración se dispuso en una fecha especial: la llegada del año nuevo. Y no de cualquier año, sino el primero de mappō, la Era Postrera la Ley. Si en shōbō —la Era de la Ley Verdadera—los hombres podían iluminarse mediante el conocimiento de la doctrina y la práctica, en zōbō —la Era de la Imitación— solamente la doctrina y la práctica eran posibles, y la erudición sería su principal rasgo. Pero tras siglos de gradual degradación, llegaría por fin la noche en la que ni siquiera la práctica sería el norte de la humanidad, y ésta navegaría a la deriva sin conocer siquiera el modo de purificarse. Muchas Escrituras se perderían, el clero desconocería sus deberes o los eludiría alevosamente, y la recitación de sencillos mantras sería el único refugio para la fe de muchos hombres, incapacitados ya para grandes disciplinas o meditaciones juiciosas. La Era Postrera, que habría de durar diez mil años –mucho más que las anteriores–, comenzaba con no poco recelo para el clan Fujiwara, para su corte y para todo el imperio bajo el sol; las crecientes tensiones entre clanes, la carestía de las cosechas y la propagación de la impiedad se veían como manifestaciones de la pérdida del favor celestial. Fujiwara no Yorimichi, primer consejero del emperador, se dijo a sí mismo que no quedaría sin hacer nada que estuviera en su mano para mitigar el desvarío de su tiempo. En esa vocación nació la idea de transformar la villa familiar en templo. Incluyó en su sala central una gran estatua dorada de Amida, el buda más compasivo con los extraviados, sobre un pedestal de cuatro lotos. Mandó tallar, además, varias estatuas de Kannon, la venerable bodhisattva de la compasión, quien en el extremo de su dulzura renunció a su virilidad primigenia y auxilia a quienes huyen de tormentas y fatigas.

Todo estaba dispuesto para el banquete inaugural del nuevo refugio de la Ley. Se había invitado a autoridades religiosas de varias sectas y a los clanes señoriales más importantes. No faltaba tampoco en ello un cierto interés de reconciliación política. Por la mañana, no muy temprano, fueron llegando los bonzos: los representantes del monasterio de Enryauku de la secta Tendai, varios del templo Tōdai de la secta Kegon y de la secta Risshū. De Kōfuku llegó un legatario de la rama Hossō y otro de Shingon del monte Koya. Y en el último momento se presentó un yamabushi, un asceta de las montañas, a quien nadie esperaba porque nadie había convocado. A través de un nuncio, los sacerdotes sintoístas excusaron su ausencia aduciendo diferencias doctrinales: según su punto de vista y el de los dioses, la decadencia no llegó en el despliegue de la Ley budista, sino con su comienzo.

Salieron al fin a los jardines las hijas del anfitrión tras largo rato de intrigar con las doncellas en sus alcobas; éstas, entretanto, les habían empolvado los rostros y peinado los lacios cabellos. Los señores, cubiertos de negro, aparecían portando relucientes tocados kanmuris sobre sus cabezas y abanicos en sus manos. Las damas lucían los más largos kimonos de doce sobrevestes que el siglo había visto, de sedas tornasoladas y amplias mangas, provocando la envidia de los fantasmas femeninos que aún deambulaban por los sotos de los alrededores. De entre todas las mujeres destacaban la señora del anfitrión y la hija adoptiva de ambos, Fujiwara no Hiroko, orgullo del clan por ocupar el trono como consorte del emperador, ventaja que habría de llevar finalmente a su padre hasta la cancillería del imperio. La madre vestía el color escarlata pálido, exclusivo de las damas de alto rango, mientras que en la hija relucía el púrpura oscuro, prohibido para toda mujer que no fuese emperatriz o princesa. El complejo juego jerárquico de los colores seguía desplegándose en todas las prendas de las demás damas en virtud del rango y de la estación del año.

Los invitados laicos iban llegando en sus palanquines. Según bajaban, entregaban a los anfitriones exquisitos obsequios: joyeros de ónice, turíbulos de fina madera de cedro ribeteada con espirales de plata, dagas de oro labradas por artesanos chinos, rosarios tallados más allá del más occidental de los países conocidos, una pequeña figura de Yakushi o Buda de la Medicina… El distinguido Minamoto no Yoriyoshi trajo envueltos en seda recipientes de boj y caolín muy antiguos, heredados de sus antepasados, de los tiempos del emperador Seiwa. Los sirvientes, por su parte, andaban atareados colocando cuidadosamente la mejor vajilla de la mejor porcelana de Nara y dispusieron en ellas manjares que no procedieran de derramamiento de sangre. Dulces arroces, algas del sur y jugosas setas poblaron una bella mesa adornadas con jade y ámbar y que algunos bonzos se negaban a tocar por considerarla una fuente de pecado. Los invitados se fueron sentando según la jerarquía: la emperatriz y sus honorables padres en el centro; junto a ella, ante la gran estatua de Amida, los abades, seguidos de los monjes legos y novicios; más allá, los nobles; y, finalmente, en el lugar más alejado del buda, las doncellas.

heike monogatari emaki (Edo period) Hayashibara museum of art

Todos gozaron de los sabores como si se tratase de la última oportunidad para hacerlo, dada la oscuridad del nuevo periodo que llegaba. Las vistas de la estancia abarcaban montañas, bosques de arces, los jardines del recinto y el estanque cristalino que rodeaba al edificio, un estanque que se pretendía símbolo del océano de los fenómenos y sobre el que flota la balsa de la Ley. El hermoso paisaje primaveral, dispuesto por los jardineros según los estrictos principios de la geomancia, obnubilaba a los más observadores: varios cortesanos dejaban la comida en el plato para contemplar más atentos y retener así en la memoria el colorido con mayor precisión. Las golondrinas picoteaban los frutos de los ciruelos, ajenas a la Ley, mientras los sauces se mecían rítmicamente con el viento, obedeciendo el curso eterno de las cosas. En el estanque se reflejaban el cielo y la arboleda, desfigurados por la vibración plácida de las aguas, y las metáforas que suscitaba el efecto eran tan obvias que ninguno de los asistentes probó a mencionar una. Disfrutaron del instante como dioses ajenos al tiempo. Versos improvisados, fragmentos de sūtras y melodías de cítara y laúd acariciaban los oídos de los nobles asistentes. Pero, según se acercaba el ocaso y el sol perdía la pujanza que animaba a los insectos, se fue haciendo el silencio. Las inquietas abejas claudicaron a la hora en la que las montañas ocultaron la luz; y con ellas, el zumbido de la tarde. Sólo entonces, respetuosamente, Fujiwara no Yorimichi hizo oír su voz:

—Majestad —dijo mirando a su hija—, es el máximo de los honores que nos haya concedido hoy su presencia. Sin su augusta persona esta reunión no contaría con la total aprobación de los antepasados de los emperadores, los mismos dioses que revolvieron los mares con la lanza celestial y crearon nuestra tierra.

Saludó de modo parecido a los religiosos, tomó aire y comenzó con su mensaje:

—Queridos amigos, estoy muy feliz de despedir con vosotros la era que hoy acaba. Somos muy afortunados de haber nacido en un momento en el que la práctica budista tenía todavía la fuerza disciplinar nuestros corazones. A partir de ahora deberemos rescatar, en la medida de lo posible, los recuerdos más antiguos que conservemos sobre el modo de orar de los ancianos. Deberemos repetir sin cesar las palabras de los sūtras que ya nadie recita y los preceptos de los más sabios monjes. En esas imágenes de nuestra infancia se conservan los últimos destellos del sendero de la Iluminación.

Sus amigos asintieron. Tomó la palabra el prelado Shōren, venerada autoridad de la secta Tendai y futuro abad del templo:

—Excelentísimo señor Fujiwara— dijo con una reverencia mientras se sostenía el birrete—, habéis hablado muy justamente. Y os estoy muy agradecido de que hayáis pensado en nuestra orden para regir este nuevo templo. Sin duda, ha de ser así, pues fue Saichō, nuestro patriarca, el primero en advertir en nuestro país la llegada de la Era Postrera, hace ya doscientos años. Sin embargo, así como el canto de un ruiponce no provoca el otoño ni se oscurecen de golpe las hojas del cerezo, así tampoco la Era Postrera de la Ley comienza en este instante. Llevamos siglos olvidando las enseñanzas del Bienaventurado. Con todo, también es justo reconocer que quedarán algunas comunidades monásticas fieles a las enseñanzas cuando pase esta noche y durante muchas décadas después.

Un anciano representante de la Vía de la Guirnalda, entusiasmado por la alocución, pidió también la palabra:

—Lo que ha dicho el maestro Shōren es muy cierto— dijo tosiendo—. El universo jamás ha estado quieto, siempre se mueve. Y no sólo eso, sino que todos los fenómenos se interpenetran. La mente se disuelve lentamente en el mundo, como el licor de arroz en un jarro de agua. Pero el alma también se coagula lentamente en torno a la Ley si se propone seguir la vía de Buda, como el agua muta lentamente en nieve a la llegada del frío invernal. Por lo tanto, excelentísimos monjes y excelentísimos señores —decía mirando a Shōren, a sabiendas de que aprobaría lo que iba a decir—, nadie tiene una esencia distinta a la naturaleza de Buda, y la naturaleza de Buda no deja de estar entremezclada con el curso transitorio de los mundos.

Yendo un poco más lejos, el monje de la vía de Shingon afirmó la doctrina del Buda universal, Dainichi, substrato de todas las criaturas, único sujeto con existencia real sobre el que se disponen todos los seres, que no son sino simples máscaras transitorias. Y terminó diciendo que en la Era Postrera de la Ley, Dainichi no dejaría de ser Dainichi, por lo que no había que sufrir a causa de una distancia irreal. Después, Shōren añadió la doctrina de los tres mil reinos en un solo pensamiento, el pensamiento universal único que lo contenía todo, y que el monje de Shingon atribuyó una vez más a Dainichi. Pero todas las escuelas estaban de acuerdo en que tanto el pueblo como el clero, dada su tendencia a reconocer límites donde no los había, preferían cada vez más la recitación de breves fórmulas que ajustarse a la dura disciplina del monacato verdadero.

Fujiwara Takanobu - Minamoto_no_Yoritomo

La conversación se hacía cada vez más difícil de seguir para los laicos, que ahora comían y bebían más despacio, como temiendo entorpecer la inteligencia de aquellas profundas palabras con la impureza de la digestión. Percibiendo las circunstancias, los clérigos, por intuición, dejaron de hablar sobre el tema durante un buen rato a fin de que los oyentes más cansados se recuperasen. Fluyeron a la sazón comentarios frívolos guiados por los cortesanos sobre los aromas del jardín, los ornamentos de los biombos y de los abanicos de las damas y sobre la situación de las provincias del norte. Transcurrido un tiempo prudencial, aprovechando el silencio al que había conducido la indolencia de los mundanos, un sabio de la escuela Hossō decidió elevar de nuevo el tono y retomó la cuestión religiosa donde la había dejado Shōren:

—Como algunos sabréis, nuestra escuela no contempla que el cambio de era se produzca hoy. En nuestra opinión os habéis adelantado trescientos años a la verdad —dijo provocando que algunos maestros Tendai mostrasen un cierto malestar—. En realidad, como señalara el sabio chino Hsüan-tsang siguiendo las doctrinas secretas de Śākyamuni, la Era Postrera de la Ley sólo está en la mente. ¿Qué ha cambiado en los hombres para que ahora sean más torpes? Nada. ¿Qué sucede ahora en el país para que las sagradas enseñanzas sean menos verdaderas? Nada. Ni mil cosechas perdidas, ni mil incendios, ni mil guerras, podrán menoscabar un solo verso de un sūtra. Las eras se suceden en el corazón de los hombres, así como los mundos se suceden en el corazón de los hombres, sin que existan por sí mismos. ¡En realidad, esta nueva era será maravillosa para quien entienda estas cosas!

Los comensales menos doctos estaban ya totalmente confundidos. Un samurái del clan Taira acariciaba el mango de su espada, inquieto por tanta palabra sin entidad concreta. La emperatriz bostezaba sin ocultarlo. Tampoco Yorimichi estaba muy complacido: se había molestado en entregar la villa familiar a los guardianes de la Ley por creer que ésta corría peligro, y ahora parecía que no había ninguna razón para temer. Desde su lógica militar, comenzó a hacer preguntas a los maestros de una y otra secta. Les preguntó sobre el evidente aumento de desastres en las últimas décadas, sobre la imposibilidad de que un hombre se dedique a la práctica budista cuando ve sufrir a su familia y a su pueblo, sobre el aturdimiento general que impedía que la Ley brillase con la dignidad que se le debía. Pero los maestros no se alteraban, y le advertían que la decadencia afectaba solamente a las verdades provisionales, a la manifestación ilusoria de las cosas. Alguien pidió al yamabushi que diese su opinión, por si había notado algo distinto en el comportamiento o en los mensajes de los dioses del bosque. Pero el asceta sólo sonreía, como si hubiese olvidado el lenguaje humano. Y mostró su flauta como ofreciéndose interpretar una tonada, lo cual hizo finalmente solazando a todos.

honnoji - Miyako meisho zue (Pictorial guide to scenic spots in Kyoto) 1780 (by-Akisato-Rito)

Entretanto, el viejo Minamoto había renunciado al hilo de la argumentación. Había estado observando durante algún rato el orgulloso roble que sobresalía en el exterior de la finca. Parecía que aquella inmensa torre de la naturaleza despreciaba a los pequeños cerezos que, a este lado de la tapia, había mandado sembrar el difunto Michinaga con la única finalidad de embellecer el mundo. Pero, a decir verdad, casi todo el tiempo había estado Minamoto observando a la señora de Fujiwara. ¡Qué hermosa estaba incluso a su edad! Harían bien sus doncellas en envidiar su aspecto. No había perdido ni un ápice de su encanto después de haber insuflado una parte a su hija, la emperatriz. Su piel ya no era de seda, pero seguía manteniendo una blancura que Minamoto, ajeno a la lógica más elemental, no creía debida a ningún tipo de cosmético. La señora de Fujiwara seguía tratando a todos con la misma cortesía que cuando tenía quince años. Hablaba a sus criados como si fuesen caballeros serviciales, y no por ello se desprendía ella de la grandeza heredada de su clan. Se preocupaba de que nada faltase a los comensales mientras éstos debatían sobre la Iluminación, la transmigración de las almas y la sucesión de eones. Atenta y silenciosa, no dejaba de revelar una sonrisa deliciosa que la obligaba a cerrar los ojos casi por completo, dando la impresión de estar meditando en Amida. Y lamentaba Minamoto que, sin embargo, nadie le preguntase a ella por sus opiniones sobre el tema de la conversación; tampoco a las otras damas del ágape, ciertamente, con excepción de la emperatriz, que hacía discretos apuntes de compromiso ante el apremio solícito de los cortesanos. Pero la señora de Fujiwara callaba y resplandecía. Y Minamoto se recordó a sí mismo treinta años atrás, en la misma sala, mirándola de igual modo. Pero ya no la deseaba, no podía: era demasiado celestial como para ser parte del ajuar de un general envejecido como él. “Ojalá un sacerdote la declarase diosa, una encarnación de Konohana-sakuya-hime, la Princesa Floreciente, por ejemplo, para que le rindiesen culto los campesinos de la provincia —pensaba Minamoto—; quizá así me animaría a abrazar la vida religiosa”. En efecto, la señora tenía algo de inmortal, por muchas arrugas que se fueran posando en su rostro como hojas de un otoño colorido. Lo que de inmortal hubiera en ella no estaba del todo claro a juzgar por las discrepancias al respecto entre los maestros, pero sin duda sería algo más digno que todo lo que podía verse en el mundo. Resoplando discretamente, Minamoto vio un caracol acercándosele a un pie. ¿Cómo y cuándo había llegado hasta allí? ¡Qué obstinación! Sin duda, no se había detenido a mirar la baya bermeja caída a su derecha, ni temía a los cuclillos que en el soportal peleaban por un gusano partido en dos. Tampoco prestaba atención al roble, que se erguía hasta el cielo. Entonces el general volvió a mirar al árbol y ya no vio orgullo en él; bien al contrario, el roble arrojaba sombra, no impedía en su impasibilidad que los cerezos floreciesen cuantas veces quisiesen, ni impedía al caracol viajar lenta pero infatigablemente hacia sus misteriosos objetivos, ni tampoco que los hombres dejasen pasar los horas en disquisiciones sobre la liberación del sufrimiento. Entonces habló sin apenas pensarlo, sin mostrar interés por la compañía que lo escuchaba:

—Los cuclillos prosiguen con sus agitados afanes, el caracol se desplaza a ritmo sostenido e imparable, el roble permanece en la quietud de su origen. ¿Quién de ellos está más cerca de la naturaleza de Buda? Todos permanecen en su propia naturaleza. Todos crecen y se degradan al mismo tiempo. Cuando renazcan unos en otros, no habrán cambiado más que en la forma de cambiar. Recorren todas las eras ordenadamente, y todas las eras se dan a la vez en ellos. Mientras los hombres levantan y hunden reinos, la magnolia regresará con su fragancia en cada primavera, y los pinos, sin perder su verdor, se ocultarán en la niebla cuando el dragón Kura-Okami lo disponga. El viento arrasa aldeas y luego se aposenta lentamente sobre una frágil yerba. Así la más alta verdad engendra pequeñas verdades para que todos los seres puedan orientarse en la penumbra. Los medios hábiles de los budas son infinitos. De hecho, en este instante el Buda está entre nosotros, porque todos amamos la Ley, esa madre de las diosas que ilumina al mundo —y miraba a la señora de Fujiwara—, y todo es efímero menos ella.

Urashima walking on a bridge with the queen Otohime Japanese handscroll or emakimono - ss.XVI-XVII

La totalidad de los nobles y no pocos bonzos se quedaron asombrados por la profundidad del general, al que consideraban un hombre de pensamiento vulgar. Shōren lo reverenció y bendijo sus palabras sin estar todavía seguro del alcance que tenían sus matices. El samurái del clan de los Taira comentó en voz baja a un monje que Minamoto había aprendido esas cosas extrañas por su contacto con la secta Shingon, pero el monje —Shingon él mismo— lo desmentía. Yorimichi intentó descifrar el significado de las imágenes evocadas por Minamoto y, con algo de esfuerzo, creyó entender que hablaban de la igualdad de todos los seres incluso en el hecho de ser diferentes, y de que tanto la unidad como la transitoriedad eran ciertas y útiles al mismo tiempo. La señora de Fujiwara, por su parte, percibió una pureza antigua en las palabras del amigo, algo que le recordaba a versos cantados por su abuelo cuando ella era niña. Vislumbró de manera difusa que había encontrado al general en vidas anteriores y que había oído de sus labios palabras parecidas. Mientras todos miraban cómo desaparecía el último sol de la Era de la Imitación, la señora de Fujiwara no dejó de mirar a Minamoto, un bodhisattva vestido de poderoso señor pero desmemoriado ya de su naturaleza auténtica, un suspiro de Dainichi entremezclado en el Samsara y fatigado por la sucesión de eras. Y mirándolo se consumó el ocaso, y muchos señores y algunos jóvenes novicios lloraron amargamente. Se quedaron toda la noche en vela a la espera del amanecer: unos, apostados en las vigas del soportal; otros, no pudiendo sobrellevar la borrachera, yacieron mecidos por los abanicos de las doncellas; otros salieron a pasear por los jardines. Debatían sobre la Ley, alababan la belleza oscurecida de la vegetación o cantaban canciones tristes de amor, pero nadie hablaba demasiado. Junto a un templete adyacente a la nave principal, al margen de los demás, la joven emperatriz se dejaba desenredar por doncellas su larga cabellera y permitía que recitasen poemas sus ingeniosos amigos.

En la estancia del convite quedaron solos el matrimonio Fujiwara y Minamoto no Yoriyoshi. Sentían los tres la obligación de hacer guardia a Buda lealmente mientras los demás dejaban correr sentimientos y pensamientos. Con sonrisas de afecto y con miradas cansadas, los tres vieron llegar al disco solar: solemne, rojizo, pero aparentemente indistinguible de los anteriores. Un amanecer que significaba el más triste ocaso, aunque nadie lo habría advertido si no lo hubieran estado proclamando con tanta insistencia. Un amanecer que merecía consagrarse por ser el último. Monjes de todas las sectas se dispusieron a entonar sus plegarias con voz resonante. Al tiempo, el samurái de los Taira rezaba a Buda con sencillez y pureza, alabando su poder, como se reza a los dioses de la montaña y del mar, esos mismos dioses que ahora iban depositando gotas de rocío en cada espina y en cada pétalo de cada flor. Ejemplo preciso de lo que habría de ser el hombre en la Era Postrera, el samurái entregó toda su energía en una sola súplica reiterada, un azote de su mente, una súbita simplificación del devenir. Y terminó con un saludo a Daiitoku, el guerrero de seis rostros y divino defensor de Amida, y otro saludo a los cuatro reyes celestiales que velan por la Ley en los cuatro puntos cardinales. La emperatriz se acercó distraídamente a los monjes para oír el rumor de sus cantos, de los que poco entendía. Dispersados entre el jardín y el templo, los presentes se enfrentaban a la decadencia como mejor podían. Todo respiraba con la misma eterna calma en la villa, igual siendo un templo que cuando era el cuartel general de los ministros de un imperio. La Era Postrera había llegado, y, como era de temer, los pájaros y las moscas, seguían sin darse por enterados, entusiasmados en sus juegos. Los únicos que no presenciaron de ningún modo el alba fueron los criados: dormían no lejos de sus señores, exhaustos tras la larga noche. Los criados y los gatos, también dormidos en las oquedades umbrías del jardín tras una dura caza de libélulas.

A media mañana, los invitados se despertaron de una larga siesta, merecido premio por la vigilia nocturna. Los palanquines recibieron a los nobles con destino a Kyōto, Nara y Kamakura. La emperatriz Hiroko no quiso mostrar aflicción en sus ojos por su regreso a palacio con tal de no trasladársela a su padre y a su madre. Los religiosos recogieron sus campanas y percusiones de madera. El yamabushi regaló su flauta al samurái de los Taira, que lo agradeció con una lágrima. Una dama olvidó uno de los cintos de su kimono en el lecho de un dormitorio; Yorimichi lo encontró sin querer averiguar cómo había llegado allí. Instantes después, Shōren se despedía. Agarró al anfitrión y lo condujo a una privada para hablar de algo. Allí felicitó a Yorimichi y a su familia por el delicioso convite y por su gran piedad. Volvió a tranquilizarlo respecto de los tiempos turbulentos que todos temían. Le recordó que el hecho de estar todos tan avisados podía resultar ser una bendición. Después de todo, el temor al olvido multiplicaría el número de copias de manuscritos religiosos. En los monasterios, además, no se dejaría de rememorar los deberes de los monjes. Lo que se perdiera en detalles o en exactitud se supliría con voluntad. Formas más simples de adoctrinamiento podían conducir a la misma Iluminación de antaño. Sin duda se incrementarían necedad y violencia en señores, campesinos y monjes, pero aquel que buscase con fervor la auténtica vía religiosa la encontraría en la misma paz que la de quinientos años atrás. Por muy negligente que fuera la organización de un templo, la vacuidad mental de quien la cultiva debidamente no podía sufrir merma, como no puede perder aquel que no tiene nada. Y aquel que no se atreviese a dar el paso hacia la vida monástica podría refugiarse en la plegaria a los budas que, como Amida, prometían la perfección a cambio de simple humildad y encendido amor. La nueva devoción, cada vez más exaltada, sería la reacción compensatoria a toda la vulgaridad que, sin duda, se fermentaba como ponzoña bajo el hinchado oropel de las ciudades. Le recordaba que ni los más tristes temores ni los más altos anhelos suelen satisfacerse. Si conviene decantarse por los unos o por los otros se debe, sobre todo, a la llamada del equilibrio: con frecuencia un fuerte anhelo de pureza es lo único que permite evitar el abismo; con frecuencia un fuerte temor al abismo puede elevarnos en la senda de Buda. Los puntos de vista opuestos pueden resultar en una alternancia bienhechora, del mismo modo que la sucesión de días y noches, grata fortuna para el mundo, proviene del litigio entre Amaterasu, diosa del sol, y su hermano el dios de la luna, que no quieren verse más. Pero en toda compensación hay un límite y en toda conducta extrema acechan los demonios.

Terminó Shōren insistiendo en la idea de independencia:

—Si uno encuentra el horror a su alrededor, siempre puede buscar la belleza en su corazón. Si la perfección será ahora casi imposible —decía tosiendo una vez más—, la erradicación de los oscurecimientos más peligrosos es, en cambio, bien sencilla. No hay necesidad de saber mucho: basta con entregar un alma desnuda. Debe comprenderse que ahora es difícil encontrar un hombre puro que sea buen instructor o un buen instructor que sea puro, pero ambos serán guías útiles para quien está alejado de ambas virtudes. No seáis demasiado exigente con vos mismo, Fujiwara no Yorimichi, pero obedeced en lo que podáis a los estudiosos de los dioses o de la Ley. Por muy imperfectos que ellos mismos puedan ser, la lealtad y la humildad son regalos que cualquiera puede hacerse a sí mismo. Además, nunca se sabe qué pequeño desliz puede conducir a la mente hasta un torbellino de destrucción. Y no dejéis de recitar sūtras, pero sin olvidar que también contribuís al mundo administrando el gobierno, librando batallas contra los malvados y protegiendo a vuestra gran familia, que es también la del emperador. Habéis matado y habéis intrigado como varios de los señores que han comido hoy aquí: vuestros pecados pasados se disiparán en una vida próxima si sembráis la compasión y la templanza en cada acto a partir de ahora. Sois un buen hombre, Fujiwara no Yorimichi.

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Y, con esas palabras, Shōren salió de la mansión y se alejó muy despacio junto al novicio que le cubría con un parasol. El anfitrión se quedó mirando aquellas dos siluetas con el sabor agridulce de un beso de anciano, el sabor de una verdad modesta y tranquila. Cualquiera que hubiera visto con atención el rostro sereno del viejo Shōren aquel día habría advertido que sus arrugas habían sido sus mayores maestras. La vivencia propia era la fatigada madre de esas líneas escuetas de sabiduría con la que Shōren resumía la práctica de la Ley.

Los anfitriones despidieron a los últimos invitados con reverencias. Cuando despidió a Minamoto, la señora de Fujiwara no hizo un gesto especial. Yorimichi mencionó al oído de su amigo alguna cuestión referida a la guerra que éste comandaba contra el clan Abe, en la provincia de Mutsu. Solemne y afable, Minamoto se alejó sin volver la vista atrás. Los tres, sin embargo, tenían por dentro el corazón tierno como la hierba. Cuando todos se fueron, el rocío ya había desaparecido.

Fujiwara no Yorimichi pasó el día deambulando entre ciruelos, mirando las violetas, rozando la superficie del estanque, bruñendo él mismo las estatuas sagradas. Era el último día que habitaba la casa de su padre; al día siguiente llegarían los novicios para instalarse definitivamente y acondicionar los aposentos de Shōren, y él y su intachable esposa se trasladarían a su hacienda en la capital. Por ello no quería ocupar aquel día en ningún asunto del gobierno ni de su clan; toda despedida precisa de cierta cortesía, de cierta entrega. Caviló sobre abrazar la vida religiosa y sobre la ausencia de nubes en el cielo. Mencionó en voz baja su propio nombre de infancia, “Tazugimi”, y se convenció de la sana costumbre nacional de desprenderse de los apelativos con cada nueva etapa de la vida, costumbre que contribuía a no apegarse siquiera a la propia persona. Durante un rato estuvo mirando también a su esposa dormida. “Igual de bella —pensaba—, y su amor es cada vez más generoso”. Sabía que desde su juventud amaba a Minamoto, pero también sabía que en su corazón quedaba aún espacio para su marido, y para sus amigos, y para el mundo entero, aun con los enemigos del imperio dentro, y para las hormigas que se negaba a pisar o a barrer. Y le ofreció una reverencia que ella no percibió.

De nuevo en el atardecer, Yorimichi seguía paseando solo, guiado por un farol. Le pareció ver un pétalo de flor que volvía a su rama del árbol… hasta que distinguió a la mariposa. Pero vio caída a sus pies una flor de tilo auténtica, y la recogió con cierta tristeza. Se sentó en el soportal principal frente al estanque, lleno de compasión por el mundo y por los próximos diez mil años, los cuales, según habían aseverado los bonzos, serían tan vacuos como los diez mil anteriores. Aun con todo, sintiéndose algo ingenuo por el mero hecho de desear, pidió a Kannon que ni las guerras ni el vicio asolasen al país. Juntando las manos, esperaba que aquellos diez mil años fuesen una prueba no demasiado severa, o que al menos budas y dioses acudiesen en auxilio de los hombres. Esperaba que la ignorancia no enturbiase los corazones hasta el punto de habituarlos a la destrucción de lo que merecía perdurar. Esperaba que aquel jardín floreciese hasta que recomenzase el ciclo de la Ley, para proveer así de un emblema consolador a los lugareños. Y que la sucesión de ciclos se detuviera un día en su punto álgido, de modo que, convertidos en budas todos los seres, el universo entero fuese un sūtra. Esperaba, en fin, la victoria de los victoriosos. Esperaba y esperaba y se reiteraba en sus esperanzas. Pero ya había caído la noche. Y, aspirando el último aroma de la flor de tilo, la depositó delicadamente sobre el estanque, pensando en la caducidad de todas las cosas.

***

Bird on Magnolia - Watanabe_Shotei10

[La primera música que se puede oír es un fragmento de orquesta gagaku, la música tradicional cortesana de Japón. La segunda es un canto shōmyō o salmodia de sūtras, en este caso de la secta Shingon, por lo que es muy probable que sea un fragmento del Mahāvairocana sūtra o del Vajrasekhara sūtra. La siguiente pieza es un relato épico a cargo de Yukio Tanaka, quien, acompañado de su biwa, canta el famoso “incidente de Honnō-ji”. Cuenta la verídica historia de Oda Nobunaga (1534-1582), conocido como Dairokuten Maō (“Rey demonio del sexto cielo”), un brutal e impío señor feudal que incendió un templo con él dentro al verse traicionado y asediado por su subalterno Akechi Mitsuhide. El jesuita portugués Luis Frois, quien conocía a Nobunaga, dijo de su final lo siguiente: “Lo que sabemos, sin embargo, es que de este hombre, quien hizo a todos temblar no sólo con el sonido de su voz sino incluso con la mención de su nombre, no permaneció ni siquiera un pequeño cabello que no fuera reducido a polvo y cenizas”. La desaparición del cadáver de una figura tan grande da pie a una moraleja final sobre el tópico de la impermanencia universal o mujō, flagelo de orgullos, tan caro al antiguo Japón como el omnia fluunt o el mors omnia aequat a la cultura clásica occidental. Su historia cobra un especial sentido budista cuando se sabe que Nobunaga había acabado anteriormente con la vida de numerosos monjes y laicos amidistas del movimiento rebelde Ikkō-ikki, durante los asedios a los castillos de Ishiyama Hongan-ji y Nagashima. El texto cantado es el siguiente:

Nobunaga se dirigió a Kyōtō acompañado de un centenar de sus cortesanos y llegó a Honnō-ji. Valiéndose de esta oportunidad, Mitsuhide reunió a sus generales en el castillo de Kameyama. Resentido por las muchas afrentas sufridas a manos de su señor, Mitsuhide tramó su asesinato.

Ignorando lo que había de suceder, Nobunaga pernoctó en el templo y se rindió al sueño. Por la mañana temprano sonó el gong. Se oía el rumor distante de voces y caballos. Al instante, Nobunaga deslizó la puerta corrediza y esperó en el umbral, armado con arco y flecha. Al verse impotente ante las huestes de su enemigo, Nobunaga prendió fuego al templo y murió en la conflagración. A lo largo de sus cincuenta años de vida, Nobunaga había consolidado el prestigio del imperio; pero todas las hazañas, tanto las buenas como las malas, son efímeras y frágiles como las quimeras de un sueño.

La última obra es Dream/Window de Tōru Takemitsu, uno de los mejores compositores de la segunda mitad del siglo XX, lo cual tampoco es decir mucho. La música evoca un paseo por el jardín del templo Saihō-ji, en Kyōto. El título se debe a un juego ortográfico de la lengua japonesa: las palabras “sueño” y “ventana” se escriben respectivamente con los caracteres 夢 (mu) y 窓 (sō), conformando así el nombre de Musō Soseki (1275–1351), famoso monje zen y diseñador del jardín de Saihō-ji.]

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