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Archive for the ‘Fantasmagorías’ Category

Zenón el estoico dice que la tierra surgió como sedimento a partir de lo húmedo, y que en tercer lugar nació el amor, con lo cual secluye el verso transmitido.

Escolios a la «Teogonía» de Hesíodo 117 (SVF I 105); trad. A. Cappelletti.

 

Your virtue is my privilege: for that
It is not night when I do see your face.

[Tu virtud es mi dispensa: por ello
no es noche cuando veo tu rostro.]

W. Shakespeare, Midsummer Night’s Dream 2.2

 

 

A mi otro yo, que respira en todo aquel ser que respire.

 

Tras eones de irrecusable caudal, he llegado hasta ti. Tras ruedas de renacimientos precipitadas sobre las laderas de eternidades que acaso nunca sepamos descifrar, he llegado hasta ti. Con bagaje de cien mil comienzos, sobre atracciones y repulsiones prolongadas durante las vidas de muchos dioses, en una desnudez golpeada por metamorfosis sin cuento, aquí he llegado, ante ti. Una ignorancia supina de todo mi abolengo no me impide reconocer atisbos de orígenes -ignoro si ilusorios- de los que no me quiero enorgullecer pero que me hermanan con todas las hermandades posibles. Me veo reflejado en la misma danza de los elementos que orquesta a los vientos, a los mirlos, a las guerras y a los dictámenes de los astrónomos. Tengo el sabor del verso, del mercurio y del azufre, de la doncella y de su horrendo violador, del martillo y del trébol, del santo que no regresa, de la mirada que se nutre de fenómenos, de la conciencia que procura retirarles los antifaces.

Y te observo a ti, reflejo sobre el vidrio de la esfera del Todo, esmeralda hallada entre bosque de anonadados rubíes, naufragio entre veleros, y te descubro: también tú has recorrido los mismos paisajes. También tú te has apeado en los mismos caladeros, en los mismos enigmas, en las mismas transmigraciones, en las mismas galaxias; te has retorcido en parejas amarguras, en simétricos tejidos de víscera y sangre enamorada. Y al verte me animo a imitarte y a ser imitado en lo bueno, y lo bueno no es sino lo que hace que las partículas del calor metafísico y la buena fe, y el hidrógeno y los neutrinos que circulan entre nuestros seres, brillen de nuevo, transparentando estructura y materia, y no de otro modo entiendo la virtud.

Lo reconozco: nada hay más común entre rapsodas que referirse a la arcilla o mármol común de los que el estilete demiúrgico rescató las formas. Pero, por ser común, es también un rasgo más de ese idéntico barro edénico que nos late dentro, un recuerdo más del instante primigenio cuya melodía tarareamos con más o menos acertada afinación. Sí, amigos, recordemos -aunque sólo sea una vez más antes del pequeño desastre que nos cortará el aliento durante algunos centenares de milenios- ese instante en que fuimos amasados a partir de un polvo estelar que tal vez no fue sino una posada en un viaje sin origen, una morada a la que regresaremos un día para hallar algo más de dicha, algo más de sabiduría, o para proseguir en un flujo sin fin, como el llanto de un cíclope cósmico, o como el estanque circular sobre el que flota un pensativo cisne inmortal.

Allí, de uno u otro modo, nos reencontraremos. Y nos sonreiremos, no con menor ternura que dos elfos saludándose en un sueño de una noche de verano.

 

[Música: Final de la música incidental que en su Op. 61 compuso F. Mendelssohn para Midsummer Night’s Dream de Shakespeare (aquí el libreto completo). Entre sus últimas palabras, Puck da el consejo tradicional y feérico de tomar por tejido de sueño todo lo que suscite ofensa: “If we shadows have offended, / think but this, / and all is mended, / that you have but slumber’d here / while these visions did appear”.]

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I live in hazard and infinity. The cosmos stretches around me, meadow on meadow of galaxies, reach on reach of dark space, steppes of stars, oceanic darkness and light. There is no amenable god in it, no particular concern or particular mercy. Yet everywhere I see a living balance, a rippling tension, an enormous yet mysterious simplicity, an endless breathing of light. And I comprehend that being is understanding that I must exist in hazard but that the whole is not in hazard. Seeing and knowing this is being conscious; accepting it is being human.

[Vivo en el azar y en la infinitud. El cosmos se extiende a mi alrededor, prado tras prado de galaxias, trecho tras trecho de espacio oscuro, estepas de estrellas, tinieblas y luces oceánicas. No hay en ello un dios particularmente afín a mí, no hay un cuidado particular, una particular misericordia. Sin embargo, en todas partes veo un equilibrio vivo, una tensión que se ondula, una sencillez enorme y a pesar de todo misteriosa, una inagotable respiración de la luz. Y comprendo que ser es comprender que he de vivir en el azar, pero que el todo no está en manos del azar. Ver esto y comprenderlo es ser consciente; aceptarlo es ser humano.]

J. Fowles, The Aristos 1.76 (trad. M. Martínez-Lage)

 

λέγω γὰρ ὑμῖν ὅτι πολλοὶ προφῆται καὶ βασιλεῖς ἠθέλησαν ἰδεῖν ἃ ὑμεῖς βλέπετε, καὶ οὐκ εἶδον, καὶ ἀκοῦσαι ἃ ἀκούετε, καὶ οὐκ ἤκουσαν.

[Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron.]

Lc 10:24

 

Mi voluntad se ha muerto una noche de luna
en que era muy hermoso no pensar ni querer…

M. Machado, Adelfos

 

Converso con una mosca durante algunos minutos: a mitad del encuentro percibo su cansancio y que está más cerca de la muerte que de mí. Dejo que los libros me den su enseñanza, y apenas la recibo la voy olvidando, limitado como estoy por afanes y por una memoria circunscrita a las dimensiones de un cráneo. Observo la macerada edad de mi madre, su alegría sólo vencible por el desgaste de los átomos, y aprecio el bendito instante que me permite ver de dónde provengo y a quién debería intentar parecerme, y la amo un poco más. Inquiero a los dioses, que me contestan con preguntas: alabo que sus intenciones benéficas vayan a sobrevivir a miles de vidas, civilizaciones y mundos, pero lamento que también ellos, como la mosca o mi madre, sufran alguna condición, un menoscabo por el que sibilinamente entrará la herrumbre hasta diluirlos con algún ciclo cósmico.

Me he persuadido de rendir culto a la Impermanencia, reina del país de los fenómenos. Su belleza es la del viento que arremolina a las hojas hasta convencerlas de que abandonen su manto; o la del ocaso que con su coleo de animal huidizo tiñe el cielo con tonalidades espectrales de morado, anaranjado y rosado, como la túnica de un atlante abstraído de todo afán; o la de una doncella que nos mira intensamente, como queriéndonos expresar que se encuentra en el culmen de su belleza, cuyo brillo irá ya perdiendo día a día hasta desaparecer. Impermanencia escribe la moraleja a cada fábula mundana, a cada trance, a cada proyecto de sangre o de sonrisas. Hasta los más orgullosos y los más excitados inclinan la cerviz ante su caricia adormecedora o ante el golpe seco de su báculo. Sus hijos tejen los tapices del tiempo que recibirán el examen de la impasible madre: nunca queda ella satisfecha, de suerte que habrán de deshilar lo hilado para probar nuevas formas. Esos hijos divinos han dibujado al hombre y lo han perlado de estrellas, han propiciado con el perfil de las costas las divisiones de fronteras, la fundación de tronos y los menhires que glorifican tanto a los ejes del orbe como al Nombre aún no mencionado. Acaso los dioses no sean sino las fuerzas del cambio que moldean a los espectros que tomamos por aquéllos.

Ni la maldad ni la bondad son eternas, pues andan también a expensas de las condiciones, oreándose acá, virando allá, aclarando el rostro somnoliento con el agua más fresca que se encontrase en el amanecer de una tormenta o de una hermandad. Pero que no sean eternas no impide que renazcan tantas veces como mueren, con otras configuraciones y alicatados y dialectos, como que una torre de barro nunca es igual a otra que alcemos sobre la misma materia. Igual que el liquen, la actitud se marchita bajo la sequedad y rebrota con la conspiración auspiciosa del rocío. La actitud, dirán, no perdura más allá del plazo de una vida. Y yo concedo sin pena; pero la noción de perdurar no vive más allá del reino de los plazos. Estamos todos, sin saberlo, deseando alcanzar la edad en la que el tiempo se rinda, renunciando por igual a su significado como a su a falta de él; la edad en la cual el Devenir olvide su laurel en el tumulto de algún movimiento, abrazándose entonces en descenso oceánico a su hermana Eternidad, hundidos los dos al fin en la impronunciable sima de la vacuidad de las vacuidades.

No habrá entonces gozo y, sin embargo, será muy hermoso no hablar, ni pensar, ni abrazar, ni fluir, ni permanecer. Ni emplazamiento ni anhelo sostendrán el gusto por el descanso de quien ya no sabrá ni anhelará descansar.

[Música: H. Górecki, Sinfonía No. 3, Op. 36 (“Symfonia pieśni żałosnych” [Sinfonía de las canciones dolientes]). II. Lento e largo. Tranquillissimo.]

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Die Ros’ ist ohn warumb / sie blühet weil sie blühet.

[La rosa es sin porqué: florece porque florece.]

A. Silesius, Der Cherubinischer Wandersmann 1.289

 

LA JUSTICE: Est-ce qu’il ne faut pas être toujours juste?

LA PRUDENCE: Oui, mais il ne faut pas toujours être sur son tribunal à rendre justice. Il faut mettre tout à sa place.

[LA JUSTICIA: ¿No se tiene que ser siempre justo?

LA PRUDENCIA: Sí, pero no se tiene que estar siempre en el tribunal para impartir justicia. Hay que poner todo en su lugar.]

Mme de Maintenon, Conversation IX. Sur les quatre vertus cardinales.

 

L’homme jouit du bonheur qu’il ressent, & la femme de celui qu’elle procure. 

[El hombre goza de la felicidad que siente, y la mujer de la que ella proporciona.]

P. Choderlos de Laclos, Les Liaisons dangereuses 130

 

Women are the most reliable, as they have no memory for the important.

[Las mujeres son más de fiar, pues carecen de memoria para lo importante.]

O. Wilde, Carta a Robert Ross desde la cárcel de Reading, 1 de abril de 1897

La señorial

Siempre que se ha hablado extensamente sobre un sexo, provenga la voz de cualquiera de los dos, sea para defenderlo o menospreciarlo, se habla del sexo femenino. Muchas razones ha habido para tal escora, mucha de ellas viciadas e infames; sin embargo, tengo una hipótesis sobre alguna razón menos ingrata. Hablaré de ello por más que para un varón sea delicada cuestión exponer generalidades sobre el otro sexo, por muy difícil que sea mantener el equilibrio entre elogio y justicia, entre no adular y no desprestigiar, ante las oyentes femeninas, suponiendo que a este pregón se presenten en plural, cosa que es mucho suponer. Solamente cuando el varón pone su pensamiento -aunque se trate de un pensamiento en defensa de las oprimidas- en boca de una dama, sea la Medea de Eurípides o la Marcelina del Fígaro de Beaumarchais, cuenta con más probabilidad de éxito; en caso contrario, le lloverán correctoras por cualquier cosa de las dichas y por la contraria. Muchas féminas no aprecian la valentía de un hombre que le espeta una opinión sin esperar obtener nada de ella -ni cambiar el curso de las cosas, ni saldar deudas, ni rebajar a nadie-, y antes bien toman por ofensa tal desinterés. Pero entiende que lo esperen a uno con las uñas afiladas, como el gato escarmentado, cuando se viene de un linaje esclavizado y así mantenido en tantos espacios. En cualquier caso, hablaré sin que me lo pidan, siendo ésta la verdadera culpa con la que me cubro cada día por escrito.

No es la razón a la que antes me refería que sea masculina la centralidad humana y que lo femenino sea su periferia; ni que la mera actividad intelectual del análisis sea emanación masculina y, por ende, se centre en el enigma que se tiene enfrentado y al cual agradaría desentrañar; ni que se pretenda tardíamente diferenciar otro modo de ver el mundo después de haber hablado durante milenios de la naturaleza humana bajo el epígrafe de “naturaleza del hombre”. Con excepción de la última de las razones, ninguna es siquiera parcialmente cierta. He dicho que la primera razón no es cierta, pero matizo que es lo opuesto a la verdad. No ya es que la naturaleza humana no sea masculina, sino que, como toda naturaleza, es más bien femenina. La vida, y más todavía la vida inteligente, es fecundidad de sí misma, es filosofía del cuidado en acto, y es una preferencia por la doblez íntima de las cosas y su suavidad. Aunque la aparente trayectoria de nuestra raza sea precisamente el desafío a los elementos, la guerra a la disolución y la preferencia por lo crudo, lo cierto es que, en la soledad del ser consigo mismo, cualquiera se siente como esposa a la que el amado destino ofrece brazo lacerante o gentil, como el verbo de los santos balbucea; o cualquiera en algún momento se siente un vientre que desea albergar criaturas florecientes que lo perpetúen.

La coqueta

Puede ser mucho simplificar, como sucede cuando se predica de cualquier categoría, y dado que hay un impulso evidente hacia el vigor, la tersura, la dureza. La vida, se dirá, es vector lineal, concentración de fuerzas, imposición frente al caos, blando primero y tormentoso cuando se le permite ufanarse; es, por lo tanto, una insistencia de hombría. Pero la humanidad tiene un deseo de enraizar, un deseo de alcanzar un equilibrio. Hasta los más aguerridos de los caudillos se han rendido ante monjes ajenos a los rasgos cardinales de la virilidad mítica y que han renunciado, como las más delicadas mujeres, a la lujuria desatada, a la violencia, a la indiferencia hacia quienes sufren, a imponerse en foros de ningún tipo que no sea su pequeña y afable comunidad.

Es muy esclarecedor que muchas tradiciones observen como principio supremo una cualidad asimilable, en términos humanos, a lo masculino. El Absoluto, como el varón, se impone como la medida de las relaciones e intenciones del grupo, como el rey en su reino. En la filosofía sāṃkhya, Puruṣa, la Conciencia Cósmica, es, también etimológicamente, el “varón” que secciona y perfila a la pasiva materia informe, Prakṛiti, siendo la labor del iluminado distinguir a Puruṣa entre el juego de las cosas visibles y pensables -carnavales ebrios de un sufrido himeneo cósmico- y reposar en su fuerza inmarcesible e inefable. Ahora bien, esa noción de lo masculino teórico sobre la ductilidad femenina del resultado práctico no se encuentra en tradiciones soteriológicas ciertamente cardinales como el epicureísmo, el budismo o el taoísmo. Dejando a un lado a Vairocana, el Buda Primordial tántrico de forma masculina, no encontramos en Asia muchas ganas de separar polaridades y sostener en lo alto a la polaridad que más se tensa -la polaridad masculina- contra la realidad efectiva y que segmenta severamente al Todo, al igual que el aceite separa los caldos acuosos sin acabar de ceder ante ellos.

La realidad, al menos la que somos capaces de sentir y de concebir, es una hembra preñada por un padre supremo al que no hemos visto: la inteligencia es su hijo aún desperezando, gateando en busca de su familia. Pero la madre Natura todavía nos circunda, nos alimenta con su cordón umbilical, y ésa es la razón de que no la veamos: ella y nosotros todavía somos un mismo organismo. Por otra parte, el padre nos ha engendrado también, y llevamos parte de su personalidad y su estructura en nuestro movimiento mental y físico. Nos moveremos libremente cuando salgamos del vientre: entonces podremos distinguir los cuerpos, y veremos a nuestros padres al fin claros y distintos, y veremos que nosotros somos su unión y, aun más, el modelo original del que acaso se disgregaron ellos antes de que existiese el tiempo y las causas precedieran a los efectos. No es casual que el mundo femenino se asocie a lo infantil; más allá del papel histórico de la maternidad y la crianza y del rebajamiento intelectual que se ha querido absurdamente ver en ellas, los colores suaves y los gestos tiernos unen ambos mundos. La razón es que la humanidad es un niño buscando amparo cuando es ignorante, o una mujer cuando es instruida pero dependiente de su marido, al que no logra ver. Su padre, el mismo Amado que la engendró, el polo metafísico activo, es para ella poco más que una cédula de casamiento cuya firma sólo recordará dificultosamente si trabaja la reminiscencia hasta recordarse como novia, antes de nacer en esta vida cósmica.

La vivaz

Pero no quería enramarme en la metafísica; no por ser materia menos práctica que las que me interesan cada vez más, sino para que no se me acuse de conducirme hacia modos de pensamiento patriarcales. Mi idea era volver a calidad de las pequeñas actitudes, a los sabores emocionales, de los que los sexos representan dos de las más importantes tonalidades (omitiré el tercio y cuarto exclusos sin negarlos). Y, siguiendo con la rúbrica consabida de lo confesional y biográfico como género de faldas, hablaré de mí mismo sin vestir las mismas; será mi forma de solidarizarme una vez más con las salonnières de los grandes siglos. El caso es que a menudo he sentido que muchas de mis ideas, mis relaciones, esperanzas y mis pesadas palabras no podrían surgir de una mujer. Pero lo rosáceo, lo anecdótico, lo tierno, lo suspirante, lo pacífico, lo condescendiente, lo receptivo, lo flexible, me extasía también y me nutre, y compruebo que lo dejo aflorar a menudo en palabras y preferencias. No sólo el criarme ante fuerte presencia femenina me ha labrado así: tiempo después de una adolescencia más gótica y nerviosamente romántica, época en la que despreciaba a unos por no reconocerme y a otras por despertar mi lascivia, época de la que reniego en parte y en parte rememoro comprensivamente -la aprecio como la mujer que porta obsoletas joyas de su querida pero histérica madre muerta-, me fui inclinando hacia el mundo personal y afectivo de los mismos siglos que me excitaban.

Bebo el té en tazas floridas de diseño aristocrático, ajenas a estridentes pretensiones de nuevos regímenes; me rodeo de pinturas dieciochescas donde las pieles están ruborizadas, donde los satenes flotan vaporosos y los ademanes prometen besos ingenuos junto a bucólicas fuentes; escucho músicas cada vez más tenues, barnizadas de almíbar, como poemas anotados en hojas de álbum para agasajar a una moza casadera; piezas de carácter para piano firmadas por Déodat de Séverac, Rudolf Friml, Billy Mayerl o Bernard Barnes en lo que se refiere al pasado siglo, pero sobre todo por cualquier compositor galante reacio a aspaventar. Me divierto con las humoradas naïves y domésticas de operetas y folletines, los pliegues psicológicos que se entreven en las cartas femeninas de antaño y en las anécdotas de salón, preferiblemente cuando evitan lo chusco y se quedan en indirecto esbozo de sonrisa entre irónica y pizpireta. A menudo me complazco en el arte mediocre si está compuesto con ánimo emoliente. Adoro los tapices ribeteados de arabescos y tules, de sinoples y contraarmiños, de celestes y angelotes. No hay retrato al pastel de una señora bella y distraídamente desvaída que no me conmocione si tiene un perfil académico -apto, pues, para una damisela burguesa de la era Biedermeier- y no me mueva a anotar líneas de tonalidad pastel que me sonrojaría releer en la más escrupulosa intimidad. No me costaría acomodarme a un mundo de pelucas y guirindolas viriles. Bouguereau, Leighton o Alma-Tadema son, lo confieso como pecado que algunos no me perdonarán, algunos de mis pintores de cabecera. Atesoro el vocabulario démodé de hace muchas generaciones: las despedidas engoladas de las cartas, los ofrecimientos galantes, las declinaciones atentísimas… Todo ello me sitúa definitivamente, o a una parte de mí, en la denostada ralea de lo cursi. ¿Y qué es lo cursi sino lo femenino privado de toda profundidad, la madre que cría a su criatura sin esperar ya al marido, la dulzura abandonada de todo lo severo?

La apasionada

La cursilería, y no el feminismo -útil mas frontal, y por ende masculina, oposición-, es el auténtico fanatismo mujeril, su exceso indigesto -no tanto para mí, he dicho-, como todos los excesos y todos los fanatismos. Huelga decir que lo cursi tiene marchamo de calidad si viene del siglo XVIII y buena parte del XIX, donde acaso brotó su estirpe; en aquel tiempo la calidad de la manufactura en cualquier hacer extiende su arte eximio a la más ñoña fruslería. Además, rememorar un extremo del pasado nos enlaza inevitablemente a sus fuerzas contemporáneas complementarias, hasta nutrirnos de un copioso banquete de los sentidos y los conceptos. Sea como fuere, la confitería no es mala si se cría por añadidura a la pujanza en terrenos más ásperos. Y, aunque no se críe tal pujanza, el espíritu cursi es, por definición, incapaz de torturarse o de torturar; sus únicos peligros son su incapacidad para vencerse a sí mismo y crecer hacia otros reinos, su fragilidad ante fuerzas externas más agrias, y su incapacidad para dar su asistencia como se esperaría de él, absorto como está el cursi en la idolatría de sus imaginarias lindezas. Compasión y gustos más bien femeninos -algunos de las cuales incluso las mujeres jóvenes están ya muy lejos de poseer- llegan a mí en ráfagas hermanadas, sin que el peso de mi hábito me libere del egotismo, ni el peso de la sangre me libere del deseo por el bello sexo o la total frigidez ante el feo. Pero observo que, en mi visión de las cosas, las leyes del aferramiento y la aversión se van equilibrando, de modo que, pongamos por caso, puedo sobrellevar un doloroso abandono con sorprendente serenidad apoyando una pierna sobre la asunción viril del destino y la otra pierna en la entera disposición resignada y dadivosa de una novia pura, cándida hasta la virginidad, y llena de afecto por todo.

Lo femenino, en su más estricta pureza, carece de memoria, de juicio, de proyecto, de fuerza; lo puro masculino solamente tiene los susodichos componentes, careciendo de todo esprit de finesse. He ahí la razón de que todo ejemplar demasiado puro de su sexo fracase estrepitosamente: moviéndose solamente en un rango de facultades humanas, olvida que las buenas decisiones son las que concilian rigor y corazón, números y psicología. Las buenas decisiones templan a la furia suicida del guerrero, así como al raciocinio para que no escape de las incógnitas que es incapaz de resolver correctamente y que, sin embargo, debemos abordar en la práctica; y, del otro lado, templan a los sentimientos, por buenos que sean, para que se desplieguen en proporciones y rumbos pertinentes, y para que la claridad les haga reconocer sus límites y su momento.

La jovial

Otra de las esencias de lo femenino es el escrúpulo. Condenada y adiestrada para sobrevivir mediante armas negativas como el desdén, la prudencia o la atracción, secularmente ha volteado la mujer estos hábitos en favor de un solo interés creativo, el cual, por razones históricas y naturales, ha invertido en el nido y la descendencia. Los gestos de una mujer siempre han estado medidos por mandato de parsimonia: cualquier paso en falso podía resultarle fatal. Ha de escoger una sola vez al padre de los hijos que ya nunca se le despegarán, ha de evitar dar el más mínimo motivo a los hombres de su alrededor para que la repudien o la lapiden, había de garantizar por tretas y medios indirectos gozar de herencias y seguridades que la jurisprudencia abierta le negaba; y todo ello contando con el tiempo en contra, sabiendo que cerniéndose la edad sobre una belleza en declive dificultará sus probabilidades de triunfo en todas aquellas trincheras. No se le podía reprochar, por lo tanto, que se conformase con buenos partidos antes que con el apasionamiento, o que hiciese de la habladuría su proyectil preferido para apartar a abusadores y competidoras. Olvida de cuando en cuando esos escrúpulos cuando su amor, primitivamente pensado para alimentar a sus cachorros a cualquier precio y retener a su esposo, se desata hacia un gentil galán o un exigente dios. A partir de ese momento, todo su interés es el de complacer, y su felicidad es servir de arbotante para que la armonía reine siempre, aun a pesar de la torpeza de los demás, que no valoran su calidad de piedra angular.

Entre las prohibiciones de la sociedad, la astucia que precisó para eludirlas y el amor que repentinamente lo hacía estallar todo por los aires, ¿qué espacio quedaba en la mujer para sentarse a discernir las configuraciones de los mundos, las propiedades de los números o la eficacia de las repúblicas? Si todavía hoy no suele suele dedicarse al pensamiento más técnico es por costumbre de tener que dedicar su inteligencia a lidiar con costumbres que la gravaban por ser mujer. Eso sin negar, como decía, la fluidez atávica de su sangre hacia la seguridad o la imposibilidad material de leer libros por imposición de decreto. Los hombres, agitados por su hiel, tienden a correr riesgos que los encumbren o los hundan: la mujer tenía bastante con mantenerse a salvo, equilibrada en un mundo del que no podría huir dando puñetazos si se viese en aprietos. Las  temerarias, al menos las que han quedado reverenciadas por los poetas, son las que no tenían nada que perder o las que, habiendo conseguido ya toda estabilidad y habiendo percibido a la sazón su insatisfactorio sabor, se lanzaban entonces a la siguiente etapa: la etapa de la gloriosa plenitud, a la que los caballeros se enfilaban desde niños por no carecer de un nombre ni de respeto.

La servicial

El varón saca fuerzas de su propio deseo insatisfecho; la mujer las saca del deseo ajeno. Él ha de defender con violencia las fronteras; ella defiende las fronteras de la violencia. Él ha de conquistarla a ella y ella ha de conseguir que no pase a conquistar a otras. Él ama a la mujer como raza, pero ella ama a un individuo con nombre. Él quiere dejar libres sus grandes aspiraciones, mientras que la aspiración de ella es hacer algo más grande su libertad. Y, antes que la libertad, él buscaba la grandeza llameante y ella la integridad apacible del conjunto; él anhelaba rozar el todo y ella abrazar una parte. Él no puede mostrar sentimiento de debilidad; ella está obligada a hacerlo. La maldición del uno es su músculo y el miedo que infunda; la de la otra, su debilidad y el placer que prometa. La cabeza masculina se caldea en la exploración, y sus manos en la batalla; la cabeza femenina hace lo propio en salones y alcobas, pero caldea sus manos en la cocina. Para un gentilhombre, el hogar es su punto de partida; para una dama, la distancia más lejana a la que podrá llegar. Como hacía decir Oscar Wilde a un personaje femenino, “men always want to be a woman’s first love. That is their clumsy vanity. We women have a more subtle instinct about things. What we like is to be a man’s last romance” (A Woman of No Importance, II). Dejando a un lado la predisposición física de la mujer a la flexibilidad y la dilatación, así como su posible correspondencia mental, lo cierto es que no le han quedado muchas más opciones que ser la artífice del clan, su sostenimiento. Para ello debía ejercer la cesión, el pacto, el olvido momentáneo del honor, todo lo que la rigidez del legalismo masculino imperante impedía teóricamente llevar a cabo; todo con tal de asegurar linajes, salvar vidas y conservar haciendas.

Ahora las cosas van cambiando, al menos en una parte del planeta… y temporalmente. A juzgar por la tendencia de las migraciones y de sus nuevos y profusos linajes, habrá nuevamente tiempos peores para los hombres por no ser fuertes y para las mujeres por serlo demasiado. Pero, de momento, como digo, ha habido cambios. Los detalles que me agradan de un carácter femenino subsisten con suficiente fuerza en muchas mujeres de carne y hueso, algunas de las cuales no logran dejar de enamorarme, a veces tontamente. Pero echo de menos suavidades decimonónicas del carácter a las que yo, en mi por otra parte masculina y tórrida mente, me rindo en mis horas privadas. Muchas mujeres -y todos los varones- se burlarían de estos afeminados gustos, cuando no los tendrían sencillamente por gustos de vieja. Prefiero, en efecto, escuchar lánguidas miniaturas de salón de Friml mientras muchas ya se van apasionando por los deportes, esa tosca transposición del noble arte marcial. Prefiero la cerámica, las láminas e indumentarias de mi abuela al diseño cegador que invade los comercios donde las nuevas jóvenes se atavían de complementos para -no entiendo cómo- gustar y gustarse. Lamento que la arquitectura del último siglo nos haya insensibilizado tanto a la fealdad y al trazo bruto. Pienso en poemas que algunas burlarían con soez risotada. En definitiva: aislados por la dispersión y recogimiento, los pocos y pocas que quedamos admirando las cualidades decadentes de los géneros y que coloreaban contrastados un mundo hoy gris, hemos de reintroducir en el propio interior de cada uno ambos polos, ya que no los vemos pulular con garbo a nuestro alrededor. De algún modo nos vemos obligados algunos a ser simultáneamente el firme caballero y su fina señora, el poeta  y su musa, el pensador y su sentida amante, dicho sea esto en el sentido más metafórico posible. Si tuviese cerca a una mujer verdaderamente femenina, no me vería coleccionando melosas postales tintadas de 1900, ni pensando en embellecer mi implacable biblioteca con ornamentos de porcelana o litografías paisajísticas sin pretensiones, ni rodeándome de efigies y palabras de acarameladas madamas. Y todo ello sin lograr desprenderme de una hombruna sequedad que se resiste a los excesivos afeites y trajines domésticos. Ahora, ¡ay!, deberemos los amantes de la riqueza etológica ser el aria y sus coros, el beso sobre la ecuación, la rosa en el fusil… o moriremos de asco. No se trata -solamente- de andar buscando la androginia primordial, sino de detenerse a respirar con agrado cada cierto tiempo o, al contrario, de impulsarse con decisión hacia el corazón del dragón cuando la molicie va venciendo. Se trata, al fin y a la postre, de ver el juego de los opuestos y danzar a su paso con toda la gracia posible, aprendiendo las lecciones que ofrecen todos los juegos interesantes… sin dejar de saber que es un juego.

La taciturna

No debemos estos virajes personales en exclusiva al signo de los tiempos: somos unos pocos quienes en cualquier tiempo y lugar apreciaríamos por igual un recio gesto imperial, que una gárgola catedralicia, que un giro de abanico. Hay sensibilidades signadas sobre un solo punto que oprimen con saña, y hay otras que se abren a la extensión de los paisajes humanos. No nos queremos quedar sin un solo sentimiento por catar, sin un arrebato o una dulzura sin probar su escalofrío. Todo ello tiene, entre sus muchas bendiciones, una esencial: el ponerse en la piel de otros. De una adolescencia tenebrosa en la que odiaba a las criaturas que, juzgaba, me encadenaban con su deseo, he pasado a amar, no sólo sus cuerpos y sus mentes, sino su fina capacidad de percepción, o su paulatino y templado abrirse a las situaciones hasta a veces transmutarse en ellas por completo. Amo su je ne sais quai que desafía a los filamentos cartesianos, e incluso disfruto de cuando en cuando su sutil indiferencia, teñida de una dudosa simpatía que no es sino ególatra ambición de sentirse deseadas por cualquiera como ejercicio preliminar. Es grato escuchar a la sensible y registrar sus ancestrales captaciones oraculares, regidas por la luna; conversar con la cultivada para conocer su matiz cálido y húmedo sobre la cuestión que sea, cuestión que hubimos abordado únicamente con fría escuadra e ilusorio compás; convencer a la tímida de que vale más que todas las arrogantes juntas; proteger a la herida no hasta que nos salude con su excelencia, sino hasta que nos premie con su salud al conjunto de los seres humanos; jugar con la coqueta a descubrir quién de los dos tiene más interés en la persecución, si el que persigue o la que compara perseguidores; y enternecerse con todas, como harían ellas si recordasen que, además de tener un destino en colaborar con la sociedad mediante su inteligencia y destreza, están diseñadas para tan bella misión.

Pero, mientras que los individuos se van neutralizando entre sí al aproximarse a una grisácea área central cada vez menos excitante, lo cierto es que las naciones opulentas se van feminizando, por comparación con los orígenes netamente patriarcales de los que partían. La relajación del ímpetu impositivo, la primacía de la conveniencia sobre el orgullo o el honor -¿quién oye ya esta palabra salvo en mezquinos contextos juiciales?-, la tolerancia, pragmática o sentida, van tomando nuestro mundo septentrional. Pero cualquier frontera en la que se empiece a negociar acabará siendo usurpada, sobre todo si encierra un pequeño edén. La feminización de la sociedad hará que le suceda lo que a una vieja soltera rica: tendrá que casarse con el rudo que más la ronde o amenace, o, más bien, con aquel que oficiosamente haya tomado el control de su patrimonio y sus movimientos. En términos históricos, el carácter masculino devora, y el femenino se esfuerza únicamente en que la devoración sea lo menos desgarradora posible, dado que su débil complexión y sus nervios débiles no permiten otro tipo de defensa. Así somos hoy nosotros, los occidentales: no atreviéndonos al enfrentamiento, ablandados por nobles pero desajustados impulsos de compasión y de culpa, ajenos al prurito del riesgo, queremos seducir y relajar al macho que, cada vez con más autoridad, aprenda a maltratarnos. Los bárbaros conocen la flaqueza principal de la anciana Europa: la gazmoñería humilde y humillable. Convénzasenos de que estamos siendo poco éticos y abriremos las puertas a quien sea y a lo que sea, siempre y cuando se nos permita a medio plazo conservar nuestros frívolos vicios en nuestros domicilios. Antes moriríamos que aceptar un lance de honor, o que disciplinar nuestra muelle avidez cotidiana, o que llevarle la contraria a quien juzgamos herido por nuestros antepasados.

Es evidente que, por lo demás, unas y otros, otras y unos, somos idénticos en casi todo. Las mismas pasiones pueden brotar en cualquiera, los mismos cálculos, las mismas confesiones de pecados comparables. El mecanismo de nuestros cuerpos es tan hábil como similar, tan grato en su exterior como violento en sus entrañas, y tan doloroso en su origen como en sus estertores finales. Enfrentamos por igual el principio supremo del ocaso y la muerte. Diferenciar en exceso es interesante si no se hace todo el tiempo; identificar por su nombre los colores de un cuadro es útil cuando hemos recogido el conjunto de la composición y volveremos a hacerlo para llevarnos con nosotros el sentido general. Además, con permiso de Platón, los arquetipos son algo así como ideaciones estadísticas y, por ende, cada vez menos certeros según avanza le procesión de la entropía. En el fondo todo es triquiñuela literaria, simplificación intelectiva y aroma muy diluido de una verdad lejana que no sabemos definir del todo. La esencia de una mujer no es ser mujer, y ni siquiera ser humana. Una mujer, un hombre, una nutria, un cangrejo, son criaturas. Si además nos une una raza, un país o una ilustración parejos, tanto mejor: nuestros besos y miradas podrán ser más emotivos o, cuando menos, más cómodamente instructivos. El exceso de reivindicación, de acusación e incluso de elogio por pertenecer a un grupo nos deja la cuestión de si habremos de multiplicar tales enfoques si nos referimos a grupos mayores, en círculos concéntricos superiores, con lo que tendría de infinito el glose de las categorías. Al fin y a la postre, los individuos somos todo mezclado y pureza olvidada, simiente común y miembros simétricos como las manos o los ojos. La rosa que hay en uno no debe hacernos olvidar el lis, y viceversa.

La “connaisseuse”

La rosa que crece en nuestro interior confiesa ser naturalmente bonita: no lo planeó, no sabe interpretarlo, se desconoce a sí misma. Merece la pena dejarla así para que nos perfume por más tiempo. Mientras los relojes de nuestros silogismos operan con caliente eficiencia, el frescor retrechero de la rosa da su vitalidad y a acaso su sentido. Portando la flor hacia nuevos territorios del corazón, haremos que lo árido reverdezca si es que hemos dedicado un tiempo a retirarnos en el monástico erial o en la fría estepa de la acción. Dejando que nos haga confidencias, nos reconoceremos también sensibles a aromas encantadores que legábamos a una sola mitad de la humanidad, y cultivaremos personalidades más floridas. Un alma enriquecida con todos los extremos de la buena fe será un icosaedro equilibrado y resiliente. Su solidez, fundida con éteres de azahar, no podrá alcanzar más hermosura. Su potencia no dejará de cantar las delicias de la fragilidad o el timbre del requiebro; su candidez no nos hará echar de menos la firmeza, pues será una candidez sabia e invencible.

No deja de suceder que seamos casi todos criaturas tornadizas y punteadas de mezquindades según nuestras costumbres y carencias. Mirando a un caballero o a una dama se ve un ser incompleto, anhelante, no de la otra mitad semiesférica del ser primordial que Aristófanes comenta en el Banquete de Platón. No: el anhelo que se tiene es infinito, y no lo calmará el cónyuge perfecto, ni el placer adúltero, ni desde luego un cambio de sexo, supuesto que eso sea algo realmente posible. Como heridos que somos, no nos merecemos ira, sino compasión, si bien la compasión se traduce como caricia de una mano y firmeza de la otra. No obstante, la compasión no es el sentimiento supremo. Hay una reverencia al herido que consiste en verlo portador de una dignidad auténtica, de una realeza interrumpida; no es que la belleza de nuestras almas y nuestros cuerpos no sea perecedera, pero es gloriosa mientras supuso una puerta de oro para acceder rápidamente al corazón misterioso del universo. Somo seres principescos en el exilio, con coronas fundidas en la forja de la circunstancia, que nos arrastra hasta hermanarnos de nuevo, al caer la última noche, con el sinfín de los elementos en voluptuosa hierogamia.

La apresada

Quienes hablan de la transmigración de las almas aseveran que cambiamos continuamente de sexo, cuando no de especie y de dimensión metafísica. En principio me agradan todos esos cambios, siempre que el contexto descarte la mayoritaria brutalidad que transpira al mundo, y siempre que ninguna fuerza esté ausente del ecológico negocio de los opuestos. Hablaríamos con más solvencia si experimentásemos otros ojos, no viéndolos, sino viendo a través de ellos. Casi todo lo que los varones han escrito a mujeres no se dirigía a su ser completo, sino a su capacidad de ruborizarse y desear. Aunque esa facultad es poderosa, hay otras muchas que podrían colmarnos de muchos otros parabienes. Sin dejar de disfrutar de las finas líneas de las facciones, los bordados y las fragancias, las musicales risas y los adorables suspiros, del donaire de la donosa en suma, nos debemos mutua totalidad, una entrega por estancias: cortesía en el vestíbulo, franqueza en el despacho, calidez en la alcoba, lealtad y compasión ante el altar, identidad en las tongadas que estratifican nuestra naturaleza. Semejantemente, lo que nuestra rosa interior nos pide es que seamos su espina protectora. Lo que nos pide, en cambio, el punzón de la virilidad es que lo protejamos de sí mismo con la flor del cuidado, enterneciendo sus pesadillas, coagulaciones espirituales desgraciadas surgidas de la inquietud de estar drenando paz y belleza, la paz y la belleza que en el polen de su aceptación derramó la caritativa rosa.

❧ ❧ ❧

[Música: La primera es el preámbulo del Op. 1 de Barbara Strozzi:  Mercè di voi, mia fortunata stella, / volo di Pindo in fra i beati cori /  e coronata d’immortali allori /  forse detta sarò Saffo novella!” A continuación suena la cantata Les Femmes de A. Camprá, que en torno a su mitad incluye un listado de tipologías mujeriles: “La coquette nous trahit, / La prude nous désespère, / Et la jalouse en colère / Irrite qui la chérit. / La belle est capricieuse, / La savante audacieuse / Tirannise qui la suit. / L’indolente est ennuyeuse, / Ses insipides langueurs / Ne font qu’endormir nos chœurs”. Como respuesta a estos amargos retratos, el compositor holandés Quirinus van Blankenburg (parece que ya era el suyo un país en pro de la igualdad) compuso otra cantata: L’Apologie des Femmes. En ella presenta un ingenioso listado de virtudes a modo de compensación:La Jalouse a le cœur tendre, / La Prude agit par ressort, / La Coquette aime à se rendre, / La Savante a l’esprit fort. / La Pale dans son teint / Est toute incomparable, / La Noire une brune adorable. / La Grasse a de la majesté, / La Maigre a de la taille et de la liberté, / La Fourbe avec esprit raisonne, / La Sotte est toute bonne, / La Muette a de la pudeur / Et la grande Parleuse est d’agréable humeur“. Tras la barroca misoginia de Camprá, suenan diversos cortes de una opereta del compositor austríaco Oscar Strauss: Der Pralinésoldat (“El soldado de chocolate”). La versión que pongo aquí es una adaptación española a manos de José Juan Cadenas, mientras que los arreglos musicales son de Julián Vivas (para Barcelona), quedando sin grabación los de Vicente Lleó Balbastre (para Madrid). La rancia grabación es de 1931, dirigida por el Mtro. Vigil Robles en Nueva York. El argumento y los números seleccionados cuentan lo siguiente: durante la guerra serbo-búlgara, el soldado enemigo Bumerlí se cuela en la casa de la búlgara Nadina Popoff, prometida del héroe Alejo. Bumerlí la chantajea con los chismorreos que habrá de enfrentar ella si no lo oculta en su casa, pues su reputación acabará si se ven salir de su casa a un soldado serbio. Ella acepta. En otro fragmento se da un extraño flirteo de puyas picajosas entre ambos. Alejo, quien regresa como (falso) héroe, identifica a Bumerlí y lo reta; la cobardía de Alejo le obliga a evidenciar su farol. La boda se frustra, y Nadina, con sentimientos encontrados, escribe una carta a Bumerlí pidiéndole que no aparezca de nuevo. En el último fragmento, el penoso Alejo, por no salir solterón de todo el percance, se humilla ante Marta, prima hermana de Nadina, para que acepte casarse, pero ella impone duras condiciones. Finalmente se casan las nuevas parejas y se hace un llamamiento a la paz. El conjunto no ha podido ser más cursi. Rematan la dulzona serie cinco exquisitas y decadentes miniaturas para piano: una de Turina (Mujeres españolas Op. 73. III. La señorita que baila) tres de R. Friml (Intermezzo Op. 82. No. 2; Valse poétique; La Danse Des Démoiselles) y una de B. Barnes (Dainty Miss).]

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And Devadatta answered, “The wild thing,
Living or dead, is his who fetched it down;
‘Twas no man’s in the clouds, but fallen ‘tis mine.
Give me my prize, fair cousin.” Then our Lord
Laid the swan’s neck beside his own smooth cheek
And gravely spake: -“Say no! the bird is mine,
The first of myriad things which shall be mine
By right of mercy and love’s lordliness.
For now I know, by what within me stirs,
That I shall teach compassion unto men
And be a speechless world’s interpreter,
Abating this accursed flood of woe.

[Y Devatta replicó: “El ave silvestre,
viva o muerta, es del que la abatió;
en las nubes a nadie pertenece; pero caída es mía.
Dame mi presa, primo”. Entonces nuestro Señor
oprimió contra su tierna mejilla el cuello del cisne
y dijo gravemente: “¡Os digo que no! El pájaro es mío:
es la primera de una miríada de cosas que me pertenecerán
por derecho de clemencia y señorío del amor.
Porque ahora sé, por lo que en mí se agita,
que enseñaré la compasión a los hombres
y seré un intérprete del mundo que no puede hablar,
menguando el flujo maldito del dolor.]

E. Arnold, The Light of Asia, 1

Morando una vez en Greccio, un hermano le trajo una liebrecilla cazada a lazo. Al verla el beatísimo varón, conmovido de piedad, le dijo: “Hermana liebrezuela, ven a mí. ¿Por qué te has dejado engañar de este modo?” Luego, el hermano que la tenía la dejó en libertad, pero el animalito se refugió en el santo, y, sin que nadie lo retuviera, se quedó en su seno, como en lugar segurísimo.

T. de Celano, Vida primera de San Francisco, 1.21.60

Dice un filósofo: «mátalo, no es más que un animal irracional», pero otro replica: «reprímete. ¿Y si se tratara del alma de un pariente o de un amigo que ha migrado a este cuerpo?…».

Plutarco, Sobre comer carne (Moralia 9.998 F)

Yo ya he sido antes un muchacho y una muchacha, un arbusto, un pájaro y un mudo pez de mar.

Empédocles, Fr. 31 B 117

Durante la visita la mujer se sonó la nariz y le salió un gusano. La mujer quiso matarlo, pero el monje conoció su origen y la detuvo con estas palabras: “No mates a tu marido. Has de saber que este gusano es tu difunto marido. Se ha convertido en gusano pegado a tu nariz por el excesivo apego que sentía por ti. Y es que apego llama a apego”. Después se puso a explicar la Ley. El gusano escuchó la explicación, remurió y esta vez renació en el cielo.

Ichien Mujū, Colección de arenas y piedras, VII 18.6

Tineola.bisselliella.7218

Es en la fría luz artificial con que alumbro mi noche donde empecé a percibir, hará unos días, un aleteo de vida. Cavilaba yo sobre alguna cosa seria -tal como la vida o la muerte o el destino de los mundos-, cuando, interrumpiendo mi lectura, como heraldo de un dios informante, se me apareció esa pequeña compañía, una silenciosa y solitaria aventurera en la ciudad. A pesar de su discreción, no pudo evitar hace algo de ruido mientras se debatía contra la luz incandescente a la que parecía amar y odiar al mismo tiempo. Abrasada por su contradicción, la polilla descendía de tanto en tanto para descansar. Y, en uno de sus aquietamientos, pensé que pensaba en mí, como si al detener la agitación se apercibiese de que allí estaba yo, escrutándola. Y tuvimos un diálogo de miradas y de pensamientos, un intento mutuo de comprender al otro, un deseo de tomar posición frente al entorno.

Allí tuve enfrente durante algún rato un insecto raquítico, cansado, cerril como un impulso, fugaz como un verano, gris como un triste eslabón de cadena. Tuve el deseo de expulsarlo a través de la ventana, pero a la sazón rememoré las palabras de Jesús sobre los cinco pajarillos que se venden por dos monedas y a los que, sin embargo, el Señor no olvida. Y la advertencia de Empédocles sobre el hombre que, degollando a la víctima en el sacrificio, no degüella sino a su propio hijo, cubierto con otra túnica de carne. Y recordé el lema budista de que todos los seres han sido nuestras madres y que nos han cuidado con todo el amor que fuera posible entre criaturas. Y a San Fracisco predicando a los pájaros, y el clamor con que éstos respondían y cómo él los acariciaba con la túnica a su paso. Y en ese momento percibí la belleza de aquel animal aturdido, y lo vi como la mariposa que en realidad era, y una emoción me impelió a hablarle con amabilidad: “Hermana polilla, no somos tan distintos ahora. Compartimos la misma habitación, buscamos luces a nuestra manera, nos caemos de nuevo. Dime, ¿por qué hablamos tan poco? Tú me habrías admirado con tus dibujos  en el aire si yo te hubiese prestado atención, y yo te habría alimentado si te hubieses posado sin miedo sobre mi mano, enamorándome”.

Casi pude oír su respiración, como pude notar sus espasmos erráticos en busca de una posición más equilibrada y cómoda. Su mirada empezó a figurárseme expresiva, y aun pude detectar alguna semejanza de parentesco: insegura y absorta como un alma humana, la polilla hacía lo posible por mantener la postura y la atención frente al sinsentido de los acontecimientos.

Continué diciendo: “Hermana polilla, ¿sabes tú algo del universo que yo desconozca? Sin duda, tu opinión sobre los fenómenos y los negocios ha de diferir de la mía, y tanto me resultaría útil para mis proyectos conocer tu mirada como para los tuyos conocer la mía. Pues yo sé dónde hay comida, pero ignoro cuál es la que te gusta para ofrecértela. Y tú reconoces sufrimientos que, de experimentarlos yo, me darían buena medida de los míos”. Y seguí jugando con ella entre ignorancias, complaciéndome en la distancia que nos separaba a pesar de nuestros intereses comunes, nuestra búsqueda incesante de felicidad y la hermandad de nuestras almas voluntariosas.

Entonces abrí la ventana y empujé a aquella amiga hacia la lejanía. Noté que una parte de mí arrancaba con ella: sus ojos multicolores y su cortedad de miras también habían sido míos, y es que una vez fui embrión y quién sabe qué otras cosas mucho antes. Y mi hermano insecto por su parte había procedido de la mente universal, en un tiempo en que no se distinguía de un dios y participaba de todos los conocimientos. Reflejos intercambiables, nos despedimos del otro cada uno a su manera. Ahora me tocaba a mí abrirle la ventana; en otras ocasiones quizá ella me librase de algún aprieto. En esa misma noche, de hecho, me vino a recordar una sublime verdad, como un filósofo  a domicilio que se empeñase en que no olvidase yo la lección suprema: la inanidad de las formas, la identidad del substrato común. Repartidas así las suertes, hombre y polilla, polilla y hombre, se reconocieron un algo común. Sí, había venido amorosamente a impartirme la enseñanza eterna, una vez más, acaso sin proponérselo, movida únicamente por su periódica atracción hacia mí, procuradora de mi bien. Mientras se alejaba, sin dejar de considerarla una hermana en este mundo, la contemplé como mi criadora en otra vida, cuando acaso me había salvado del hambre y de la muerte aun a costa de su propia salvación. Aquel retrato de familia me vino en los últimos instantes en que pude divisar su vuelo, antes de que escapase a mi vista. Agradecí con ternura su tierna visita, y sonriendo callé unas palabras que habría dirigido inútilmente a mi madre porque no las habría entendido… mi madre, que se perdía en la noche tambaleándose sin rumbo.

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[Música: Romance del conde Olinos, un raro relato popular de transmigración de las almas en tierras cristianas (versión de Joaquín Díaz).]

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Atkinson Grimshaw 1836-1893 - British Victorian-era painter - Tutt'Art@ (3)

Background

I never can be tied to raw, new things,
For I first saw the light in an old town,
Where from my window huddled roofs sloped down
To a quaint harbour rich with visionings.

Streets with carved doorways where the sunset beams
Flooded old fanlights and small window-panes,
And Georgian steeples topped with gilded vanes—
These were the sights that shaped my childhood dreams.

Such treasures, left from times of cautious leaven,
Cannot but loose the hold of flimsier wraiths
That flit with shifting ways and muddled faiths

Across the changeless walls of earth and heaven.
They cut the moment’s thongs and leave me free
To stand alone before eternity.

John_Atkinson_Grimshaw_-_Evening_Glow_-_Google_Art_Project

Paisaje de fondo

Nunca he podido apegarme a las cosas nuevas y crudas,
pues vi la primera luz en una ciudad antigua,
donde los tejados apiñados descendían desde mi ventana
hacia un puerto pintoresco, rico en visiones.

Calles con puertas cinceladas donde los rayos del sol poniente
bañaban viejos montantes de abanico y pequeñas vidrieras,
y campanarios georgianos rematados con veletas doradas…
Tales fueron las vistas que modelaron mis sueños infantiles.

Estos tesoros, heredados de épocas de prudente fermento,
desdibujan la presencia de las débiles quimeras
que se agitan en vana mudanza y con fe confusa

entre los muros inmutables de la tierra y el cielo.
Cortan las cadenas del instante y me dejan libre
para erguirme en solitario ante la eternidad.

H. P. Lovecraft, Fungi from Yuggoth (1930), XXX (trad. J. A. Santos)

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[Música: P. I. Tchaikovsky, Souvenir d’un lieu cher. III. Mélodie.]

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I do not know if ever it existed—
That lost world floating dimly on Time’s stream—
And yet I see it often, violet-misted,
And shimmering at the back of some vague dream.

[“No sé si existió alguna vez
ese mundo perdido que flota oscuramente en el río del Tiempo,
pero lo he visto a menudo, envuelto en una bruma violeta,
y brillando débilmente al fondo de un sueño borroso.”]

H. P. Lovecraft, Fungi from Yuggoth, 23

Trägt nichtalles, was uns begeistert, die Farbe der Nacht?

[“¿No lleva todo lo que nos entusiasma el color de la noche?”]

Novalis, Himnos a la Noche, 4

[Música: J. S. Zamecnik, Paris Fashions (Sam Fox Moving Picture Music, vol. 2)]Jobyna Ralston 1

El pianista acompaña la película muda de 1924 con acordes convencionales, traídos por la necesidad, por la ingenuidad narrativa, con melodías entreoídas, procedentes quizá de viejas canciones pasadas de moda que ningún vivo recuerda ya. Acompaña a “la chica”, la femineidad hecha celuloide, tanto que no precisa un nombre propio su personaje. Sigue sus gestos, mimetiza las tensiones de su rostro en retardos y floreos, en dulces consonancias su mirada límpida. Colorea su tez pálida y los bucles obscuros que caen sobre sus hombros. Le presta su voz a cambio de que ella le diga cuándo gritar, cuándo llorar, cuando reír. La abraza con vibraciones que se expanden por la sala, inundando al público de su amor secreto, luciendo con exhibicionismo una calidez que pasa inadvertida para todos, porque nadie atribuye aquella música nostálgica más que a los simulacros propios de un trabajo artístico. Sin embargo, la está amando, la ama del único modo que se hace legítimo ese amor prohibido, un amor adúltero, separado por un siglo y por un océano de lejanías, todas las lejanías posibles, y expuesto impúdicamente a cientos de personas que no lo entienden mientras ríen. A fuerza de sugestionarse con su propio sonido, metiéndose en el papel de comentador y traductor del silencio, se ha enamorado del aura que él mismo ha perfilado en torno a un delicioso trampantojo. Y los dedos del pianista acomodan y acarician melancólicamente a Jobyna Ralston, rozan su piel en la superficie de las teclas, calentadas por esas yemas educadas en un sensible pudor, una suavidad incapaz de dañar cuerdas y oídos.

El ciclo le ha permitido retratarla en múltiples posturas y hábitos: había sido la rica heredera, la joven pobre y abnegada, la feriante huérfana, la esposa fiel, la humilde hija del hostelero, la perpetuadora de una piadosa misión religiosa. En cualquiera de los casos permanece firme en la dulzura extrema y el paciente amor. Hope, Peggy, Mary, han sido algunos de sus nombres, impresos en caracteres en la pantalla pero no pronunciados más que mediante cadencias arpegiadas en diminuendo. Su sonrisa, en un blanco negro brillante, ofrece un registro inédito de la ternura. Laura, Jenny o The Woman in the Window relataban las historias de imágenes pictóricas o ensoñaciones de las que se enamoraron hombres desubicados, insatisfechos con el mundo de los seres materiales. Pero Jobyna, más allá de la pasiva inconsciencia de aquellas otras, danza al compás de su desfasado amante, se mueve con él, y éste, al tiempo que canta con sus manos los compases de un decadente y desafinado vals-boston, empieza a elaborar en torno a ella una suerte de biografía coherente basándose en sus caracteres dramáticos, enlazados todos por una misma inocencia y entrega. Poco importa que Harold Lloyd o Richard Arlen sean los que la abracen con sus cuerpos a lo largo de noventa años: él toca rincones mucho más íntimos del ser de aquella mujer misteriosa. Sin embargo, hay que resignarse a que su alma no se dignaría nunca a descender ni a mirar a los ojos a ningún hombre vivo de carne y hueso.

Jobyna Ralston 3

Pero mientras tañe la música de una boda que nunca celebrará, el pianista recuerda haber leído ciertos datos tristes sobre el devenir real de la actriz. Recuerda que no logró insertarse en el cine sonoro debido a su fuerte ceceo, que fue detenida por indecencia, que cayó en el adulterio y en atracciones antinaturales, que murió divorciada, gruesa, afeada, apenada, sola, posiblemente alcohólica, apresada por el reumatismo, la neumonía y las apoplejías. Esa mujer ya declinada, sombra de lo que fue en sus años florecientes, estaba en el tiempo más cerca del pianista. Su cuerpo pulverizado en un ataúd era lo que realmente compartía el mundo con todo el que hoy pensase en ella. Suspirando en la obscuridad -aprovecha las resonancias del instrumento para ocultarlo-, parapetado tras el biombo de sus pentagramas, el músico concluía la evocación en un morendo conclusivo que envolvía al último fotograma. Jobyna pasaba un día más a un fundido en negro y desaparecía de la mente del que la viera. Porque la mente era el único lugar en el que aquel espectro renacía sin substancia propia, producto de una alucinación, una broma de la percepción que la humanidad se otorga a sí misma para poder decir que el mundo aún conserva algo de encanto. Toda la vida de la pantalla era un hechizo invocado por proyeccionistas y espectadores, almas tortuosas que se buscan a sí mismas en reflejos grisáceos y en retazos de vidas condensadas.

Jobyna ya había desaparecido cuando se encendieron las luces. Tras el aturdimiento de los aplausos, el pianista regresó a su casa deseando verla de nuevo al día siguiente, a sabiendas de que su dulce rostro era un canto a la bella impermanencia de la belleza. Durante aquel mes, Jobyna resucitaba sin cesar y se dispersaba a las pocas horas, como rocío de la noche, que carece de unidad substancial y regresa una y otra vez ante nuestro pensamiento porque le damos un único nombre a una secuencia continua de destellos. Acaso no la pudiese abrazar ya nunca más con la directa ofrenda de sus notas musicales cuando acabase el ciclo. Acaso aquella veneración silente se subsumiría definitivamente en la escena final de la última bobina programada, escena que quedaría a modo de máscara funeraria en el recuerdo. Pensó finalmente que Jobyna no había existido nunca; como los personajes del cine, la criatura es un fragmento de luz que se proyecta en el mundo durante breve lapso de tiempo y se disgrega en la indefinición a medida que cesa la ilusión óptica. Pensó que, en efecto, toda la matriz sentimental humana, al igual que la identidad de una persona extinta o momentáneamente animada, encantadora o no, no es menos efímera y vacua que una vieja película deteriorada o que una partitura meliflua próxima al olvido.

Annex - Lloyd, Harold (Girl Shy)_05

[Música: R. Israel, “Love theme” (Girl Shy OST)]

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Siempre llegamos, siempre partimos,
siempre, noche y día, estamos en movimiento.
Tanto si llegamos como si partimos,
siempre en un círculo de nacimiento y de muerte,
de nada a nada.
Pero sin duda aquí se oculta un misterio,
hay algo ahí que necesitamos descubrir.
Todo esto no puede carecer de sentido.

Lalleshwari

[Música: Mondonville, Sonata Op.3 No.1. III. Giga]

Tantos reinos han caído, tantas bellezas mancilladas, tantos sacramentos profanados. Tantos héroes olvidados, tantas pompas pulverizadas, tantos templos saqueados, tantos dioses ofendidos, tantos sabios ignorados, tantos cánticos no escuchados… Y la rueda de los mundos sigue girando, como si nada hubiese sucedido, como si nunca fuera a haber nada nuevo bajo los soles. Y así es. Nada ha sucedido. Todo se agita y nada se mueve. El siglo vibra y el enclave absoluto permanece pulcro en su eternidad inmóvil, hierático pero nunca rígido, ecuánime pero siempre abierto para los amables. Y las fuerzas telúricas y aéreas compiten en su arquetípica y supratemporal batalla de cien mil millones de rostros, y la danza cósmica prosigue en su translúcida vacuidad, como un vidrio de colores que tiñen su nada interna.

Ráfagas de éter animan y envuelven los puños de los guerreros que encabezan caballerías y hordas de armaduras de bronce, en este preciso instante pero en otro mundo ya muerto para nuestra corta mirada. Es el mismo éter que respiraban sin saberlo las damas de centenarias cortes japonesas y los pastores tres veces milenarios de Jerusalén. El mismo éter presente en amores, traiciones, contratos, labores con bambú, pucheros, ídolos, ungüentos, versos, espadas, ramas de olivo, collares de prostitutas y de reinas, ofensas, cálculos, sorpresas, excreciones, inundaciones, conversiones, besos de placer y de pacto, nubes de incienso, sortilegios de adivinos. El mismo que infla las guerras de hoy, las hambrunas de los sin nombre, la trivialidad de los bostezos vespertinos, el agua de los mares, las dádivas de los que han abandonado la periferia, el ronroneo de las grullas y la violencia de las ficciones humanas.

Y el nudo del Tiempo se anuda y desanuda, invita a los muertos a que nos saluden cuando los pensamos, porque yacen aquí, en nuestro ser inhábil, en la unicidad última de todos nuestros desvelos y aconteceres. Las criaturas bailan, sabiéndolo o no, al son de las Cuatro Nobles Verdades y de las galaxias, y perciben, a veces, el perfumado encanto de la mañana o la plenitud de la noche falsamente vacía. Y los dioses nos abrazan y nos animan a impulsarnos más arriba de ellos mismos, allí donde las categorías no guardan ni su sombra, allí donde los malos sueños ni siquiera se recuerdan como tales.

Rudolf Ernst (1854-1932)-elegant_arab_ladies_on_a_terrace_at_sunset-large

[Música: Respighi, La Fontana di Villa Medici al tramonto]

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