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Archive for the ‘Ficciones’ Category

Por lo cual las estrellas de los cielos y sus luceros no darán su luz; y el sol se oscurecerá al nacer, y la luna no dará su resplandor.

Is 13:10

Y el cielo se desvaneció como un pergamino que se enrolla; y todo monte y toda isla se removió de su lugar.

Ap 6:14

También nosotros, espíritus dichosos y agraciados con la eternidad, cuando le parezca bien a la divinidad reconstruir todo esto, durante el derrumbamiento universal, como una porción minúscula añadida a la desmesurada catástrofe, nos convertiremos en los elementos primeros.

Séneca, Ad Marciam 26.7

Ciertas cosas regresan a su estado salvaje original y otras son destruidas y sepultadas, pero deberíamos entender esto en el mismo sentido de las aflicciones que he discutido un poco antes: esta destrucción y enterramiento conduce a la obtención de algo mejor, de modo que conseguimos un provecho en la pérdida, en cierto sentido.

G. W. Leibniz, De Rerum Originatione

A cada paso, en la vida, se abren ante nosotros mil lejanías diversas, mil futuros; sin embargo, sólo alcanzamos un horizonte; sólo corremos hacia un porvenir.

F.-R. de Chateaubriand, Reflexiones y aforismos, según la selección de J.-P. Clément, trad. de L. M. Todó, 1997, p. 51

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Después de innumerables edades, después de todos los haces de eventos que las leyes físicas permitieron, el teatro del mundo empieza a echar el telón. El sol ha tragado a sus nueve planetas, igual que Saturno devoró a sus hijos, invirtiendo el curso de las cosas que hasta ahora se tenía por natural. La flecha del tiempo quiere retroceder y para ello incendiará todo lo inflamable. Hace millones de años que la humanidad es un recuerdo, y ningún animal de ningún planeta gemirá ya más a su luna desde ningún rincón del cosmos.

Hace ya eones que la expansión del universo ha enfriado el cúmulo de ondas y partículas que lo ocupaban. Nadie recuerda ya el antiguo equilibrio termodinámico: el todo no es más que un anciano helado, incapaz de comunicar sus componentes, separados entre sí por distancias insalvables. Las verdades matemáticas han dejado de tener sentido, y de nada sirven ya las vías de los santos y los budas al haber desaparecido cualquier rastro de ser sintiente. Las constantes cosmológicas se han vuelto tolerantes en sumo grado: han ampliado sus severas magnitudes hasta el infinito. Ningún cuerpo podría sostenerse en pie frente a la diosa Entropía; tampoco la luz logra ya proyectarse entre partículas tan separadas. Ya nadie escuchará las canciones de cuna que murmuraban las madres a sus niños, nadie la oración del peregrino, nadie la música de Bach ni de ningún otro artífice análogo que se gestara en alguna otra civilización más allá de su galaxia. Millones de templos y de observatorios de millones de mundos han sido deglutidos por el helor de las últimas noches, el dulce veneno de la muerte térmica.

Y, entonces, el universo expansivo comienza a contraerse. En una noche de agosto cualquiera de un año lejano entre todos los lejanos, un año que asustaría a los hombres que establecieron el calendario a partir del nacimiento de Cristo, la vacuidad del espacio se niega a sí misma. Los pliegues del tiempo se diluyen más allá de la abreviación o de la dilatación, suspendiéndose en el puro presente inmóvil. El calor vuelve a tomar protagonismo. Se acelera la sístole de la casa común. Cualquier resto de lo que otrora se llamase estrella, agujero negro, rostro, esqueleto, violín, retrato… cualquier residuo disgregado vuelve ahora a buscar la reconcentración en el origen. La causa y el efecto del espectáculo que significó el tiempo quieren coincidir. Pero la reconcentración se hace sin orden, amalgamando todas las moléculas que acaso se habían enfrentado entre sí. Hermanos y enemigos, hombres y animales, mentes y piedras, astros y células, todos son la misma sustancia ahora. Los elementos se han reducido a uno. Lo que un día vino del polvo estelar vuelve al polvo estelar, y las galaxias se van fusionando entre sí en grupos cada vez mayores, perdiendo la personalidad propia, como legiones de un ejército que se dispone para el último desfile. El ansiado centro, lo que sin saberlo buscaron todas las conciencias y todos los fluidos de la historia cósmica, atrae al fin a los hijos pródigos. Y, según van llegando a ese centro, núcleo de todo decir y de todo culto, los objetos, grandes y pequeños se irradian por última vez. La materia oscura se ilumina al fin, como retirando a la noche del cielo su eterno velo de enigmática tristeza, como celebrando por primera y última vez un acontecimiento que implica en una idea a todas las islas del ser. Como en una fiesta de aniversario, los antiguos parientes se van aproximando al seno materno de la radiación total. Gélidos cadáveres de soles marchan en espiral, recortando distancias, cazando al que va delante, nutriendo el útero sideral del que un día surgieron y al que regresan con impávida obediencia. Lo que en otro tiempo fueran orgullosas supernovas, sinuosos agujeros de gusano e hipnóticos quásares son ahora un amasijo viscoso de tejido hiperlaxo. Convertidos en pura gravedad, el cielo es ahora un embudo de espacio curvo, una interiorización sin fronteras. Las conciencias que vieron venir todo esto, que desde el pasado remoto profetizaron el fin de ciclo, no lograron comunicarse jamás entre sí, separadas como estaban por años luz de invierno vacío, atrapadas en planetas cada vez más viejos y maltratados; ahora al fin se reúnen sus restos, cuando nada ni nadie queda por decir. Han quedado al fin olvidadas las vergüenzas y las glorias de la humanidad y de razas igualmente poderosas en otros mundos.

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Nadie salvo un dios podría entender la música de las partículas comprimiéndose una junto a otra, un vals percusivo de billones de trillones de decibelios que atronaría al mismo Valhala. Las ondas se propagan de unos corpúsculos a otros directamente, pues no existe ya el aire ni el espacio vacío. Se ajusta a su traje de gala el magma espeso de los residuos hasta donde sólo lo pueda concebir una mente mayor que el todo: el último saludo de la energía y la materia sobre el escenario merece una elegancia más que circular, superior a cualquier forma. Ya no hay por ninguna parte estado sólido. Se ha celebrado casi fuera del tiempo el matrimonio indisoluble e indiscernible entre la onda y la partícula, entre lo alto y lo bajo, lo caliente y lo frío. Un solo polo reúne todo lo que hay, hubo y habrá. Todo ha ardido en un fuego quintaesencial, en una ecpírosis nocturna que da la razón a los sabios que lo intuían desde antiguos planetas inteligentes. Ha terminado la inhalación del universo. Nadie queda para saber si ahora recomenzará el ciclo de la respiración. La apocatástasis es tarea para otras leyes físicas, para otras constantes, para mentes con propiedades muy distintas de las que se han reproducido al cobijo de pequeñas rocas esféricas iluminadas por mayores nubes de gases incandescentes.

Es la última noche de este universo, de lo que ha sido un largo sueño que se iguala ahora a la nada. Nadie quedará para dar testimonio, nada permanecerá para decir que algunos lo supimos, para decir que todos participamos del misterioso juego de la existencia antes de ser barridos por sus propias reglas. No es un día alegre, porque desde mucho antes de comenzar la ecpírosis ya no quedaban mentes para alegrarse. No es un día aciago, porque el sufrimiento ha desaparecido igualmente. No hay necesidades morales ni instintos que cubrir. Sencillamente, al fin todo se simplifica en la ataráxica quietud de la esencia, para gusto de las inteligencias que se han unificado con el objeto de su búsqueda. Al final, incluso los más testarudos en infligirse tormentos a sí mismos han alcanzado el Nirvana. Ya no será necesario compadecer a nadie, al menos no hasta que otro mundo vuelva a combinar con pocas probabilidades átomos y leyes para generar el tortuoso linaje de las aflicciones. En esta noche final, última representación del drama en el que todos -hombres, animales, alienígenas, virus y electrones-, todos y cada uno de nosotros tuvimos un papel, en esta noche estelar se habría entendido al final todo si quedase alguien para comprender y algo para ser todavía comprendido. Pero uno se habría regocijado por la perentoria satisfacción del más sagrado deseo de todas las almas que abrevaron en un cosmos ya despedezado: una paz infinita reina en todas partes, y ninguna lágrima tiene ya lugar, pues no hay lugar sin lágrimas ni lágrimas sin lugares. Esta vez la noche lo ha vencido todo. Hasta los más temibles monstruos han sido lentamente devorados por el silencio sepulcral que gobernó siempre nuestros destinos, lo supiésemos o no.

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[Música: Redd Stewart & Pee Wee King, Tennessee Waltz, en la versión que Patti Page cantó en 1951.]

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And Devadatta answered, “The wild thing,
Living or dead, is his who fetched it down;
‘Twas no man’s in the clouds, but fallen ‘tis mine.
Give me my prize, fair cousin.” Then our Lord
Laid the swan’s neck beside his own smooth cheek
And gravely spake: -“Say no! the bird is mine,
The first of myriad things which shall be mine
By right of mercy and love’s lordliness.
For now I know, by what within me stirs,
That I shall teach compassion unto men
And be a speechless world’s interpreter,
Abating this accursed flood of woe.

[Y Devatta replicó: “El ave silvestre,
viva o muerta, es del que la abatió;
en las nubes a nadie pertenece; pero caída es mía.
Dame mi presa, primo”. Entonces nuestro Señor
oprimió contra su tierna mejilla el cuello del cisne
y dijo gravemente: “¡Os digo que no! El pájaro es mío:
es la primera de una miríada de cosas que me pertenecerán
por derecho de clemencia y señorío del amor.
Porque ahora sé, por lo que en mí se agita,
que enseñaré la compasión a los hombres
y seré un intérprete del mundo que no puede hablar,
menguando el flujo maldito del dolor.]

E. Arnold, The Light of Asia, 1

Morando una vez en Greccio, un hermano le trajo una liebrecilla cazada a lazo. Al verla el beatísimo varón, conmovido de piedad, le dijo: “Hermana liebrezuela, ven a mí. ¿Por qué te has dejado engañar de este modo?” Luego, el hermano que la tenía la dejó en libertad, pero el animalito se refugió en el santo, y, sin que nadie lo retuviera, se quedó en su seno, como en lugar segurísimo.

T. de Celano, Vida primera de San Francisco, 1.21.60

Dice un filósofo: «mátalo, no es más que un animal irracional», pero otro replica: «reprímete. ¿Y si se tratara del alma de un pariente o de un amigo que ha migrado a este cuerpo?…».

Plutarco, Sobre comer carne (Moralia 9.998 F)

Yo ya he sido antes un muchacho y una muchacha, un arbusto, un pájaro y un mudo pez de mar.

Empédocles, Fr. 31 B 117

Durante la visita la mujer se sonó la nariz y le salió un gusano. La mujer quiso matarlo, pero el monje conoció su origen y la detuvo con estas palabras: “No mates a tu marido. Has de saber que este gusano es tu difunto marido. Se ha convertido en gusano pegado a tu nariz por el excesivo apego que sentía por ti. Y es que apego llama a apego”. Después se puso a explicar la Ley. El gusano escuchó la explicación, remurió y esta vez renació en el cielo.

Ichien Mujū, Colección de arenas y piedras, VII 18.6

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Es en la fría luz artificial con que alumbro mi noche donde empecé a percibir, hará unos días, un aleteo de vida. Cavilaba yo sobre alguna cosa seria -tal como la vida o la muerte o el destino de los mundos-, cuando, interrumpiendo mi lectura, como heraldo de un dios informante, se me apareció esa pequeña compañía, una silenciosa y solitaria aventurera en la ciudad. A pesar de su discreción, no pudo evitar hace algo de ruido mientras se debatía contra la luz incandescente a la que parecía amar y odiar al mismo tiempo. Abrasada por su contradicción, la polilla descendía de tanto en tanto para descansar. Y, en uno de sus aquietamientos, pensé que pensaba en mí, como si al detener la agitación se apercibiese de que allí estaba yo, escrutándola. Y tuvimos un diálogo de miradas y de pensamientos, un intento mutuo de comprender al otro, un deseo de tomar posición frente al entorno.

Allí tuve enfrente durante algún rato un insecto raquítico, cansado, cerril como un impulso, fugaz como un verano, gris como un triste eslabón de cadena. Tuve el deseo de expulsarlo a través de la ventana, pero a la sazón rememoré las palabras de Jesús sobre los cinco pajarillos que se venden por dos monedas y a los que, sin embargo, el Señor no olvida. Y la advertencia de Empédocles sobre el hombre que, degollando a la víctima en el sacrificio, no degüella sino a su propio hijo, cubierto con otra túnica de carne. Y recordé el lema budista de que todos los seres han sido nuestras madres y que nos han cuidado con todo el amor que fuera posible entre criaturas. Y a San Fracisco predicando a los pájaros, y el clamor con que éstos respondían y cómo él los acariciaba con la túnica a su paso. Y en ese momento percibí la belleza de aquel animal aturdido, y lo vi como la mariposa que en realidad era, y una emoción me impelió a hablarle con amabilidad: “Hermana polilla, no somos tan distintos ahora. Compartimos la misma habitación, buscamos luces a nuestra manera, nos caemos de nuevo. Dime, ¿por qué hablamos tan poco? Tú me habrías admirado con tus dibujos  en el aire si yo te hubiese prestado atención, y yo te habría alimentado si te hubieses posado sin miedo sobre mi mano, enamorándome”.

Casi pude oír su respiración, como pude notar sus espasmos erráticos en busca de una posición más equilibrada y cómoda. Su mirada empezó a figurárseme expresiva, y aun pude detectar alguna semejanza de parentesco: insegura y absorta como un alma humana, la polilla hacía lo posible por mantener la postura y la atención frente al sinsentido de los acontecimientos.

Continué diciendo: “Hermana polilla, ¿sabes tú algo del universo que yo desconozca? Sin duda, tu opinión sobre los fenómenos y los negocios ha de diferir de la mía, y tanto me resultaría útil para mis proyectos conocer tu mirada como para los tuyos conocer la mía. Pues yo sé dónde hay comida, pero ignoro cuál es la que te gusta para ofrecértela. Y tú reconoces sufrimientos que, de experimentarlos yo, me darían buena medida de los míos”. Y seguí jugando con ella entre ignorancias, complaciéndome en la distancia que nos separaba a pesar de nuestros intereses comunes, nuestra búsqueda incesante de felicidad y la hermandad de nuestras almas voluntariosas.

Entonces abrí la ventana y empujé a aquella amiga hacia la lejanía. Noté que una parte de mí arrancaba con ella: sus ojos multicolores y su cortedad de miras también habían sido míos, y es que una vez fui embrión y quién sabe qué otras cosas mucho antes. Y mi hermano insecto por su parte había procedido de la mente universal, en un tiempo en que no se distinguía de un dios y participaba de todos los conocimientos. Reflejos intercambiables, nos despedimos del otro cada uno a su manera. Ahora me tocaba a mí abrirle la ventana; en otras ocasiones quizá ella me librase de algún aprieto. En esa misma noche, de hecho, me vino a recordar una sublime verdad, como un filósofo  a domicilio que se empeñase en que no olvidase yo la lección suprema: la inanidad de las formas, la identidad del substrato común. Repartidas así las suertes, hombre y polilla, polilla y hombre, se reconocieron un algo común. Sí, había venido amorosamente a impartirme la enseñanza eterna, una vez más, acaso sin proponérselo, movida únicamente por su periódica atracción hacia mí, procuradora de mi bien. Mientras se alejaba, sin dejar de considerarla una hermana en este mundo, la contemplé como mi criadora en otra vida, cuando acaso me había salvado del hambre y de la muerte aun a costa de su propia salvación. Aquel retrato de familia me vino en los últimos instantes en que pude divisar su vuelo, antes de que escapase a mi vista. Agradecí con ternura su tierna visita, y sonriendo callé unas palabras que habría dirigido inútilmente a mi madre porque no las habría entendido… mi madre, que se perdía en la noche tambaleándose sin rumbo.

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[Música: Romance del conde Olinos, un raro relato popular de transmigración de las almas en tierras cristianas (versión de Joaquín Díaz).]

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Cuando aparecen las cinco señales de que su muerte se aproxima, el dios sufre porque sabe que se va a morir. Sus compañeros y compañeras celestiales también saben que va a morir y ya no pueden acercársele. Desde lejos le lanzan flores y expresan sus buenos deseos: “Que, cuando mueras, renazcas entre los humanos, hagas buenas acciones y renazcas de nuevo entre los dioses”. Y lo abandonan.

Patrul Rimpoché, Las palabras de mi maestro perfecto, p.186

Existe, brahmā [Baka], la esfera llamada de los dioses resplandecientes. Cuando allí falleciste viniste a renacer aquí, pero, como has pasado aquí mucho tiempo, lo has olvidado, no lo conoces ni lo ves, pero yo sí que lo conozco y lo veo.

Brahma­niman­tanika­sutta (Majjhima Nikāya 49.10)

Mientras Él ignoraba lo que hacía, Sabiduría actuó y lo fortaleció todo, y, cuando en realidad era Ella la que obraba, el Demiurgo creía que de Él procedía la creación del mundo.

Hipólito de Roma, Refutación de todas las herejías, 6.33.1

Animula, vagula, blandula
Hospes comesque corporis
Quae nunc abibis in loca
Pallidula, rigida, nudula,
Nec, ut soles, dabis iocos…
“Pequeña alma, errante, tierna,
huésped y compañera del cuerpo,
¿dónde morarás ahora,
pálida, rígida, desnuda,
sin que te des a los juegos de antaño?”

Atribuido al emperador Adriano (Historia Augusta, Adriano 25.9)

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Estaba la deidad prendada de su absorción de dicha, contemplando las delicias de su reino interior. El tiempo no tenía cabida en su percepción, y un gozo que se presumía completo ocupaba todo el espacio de su conciencia. La serenidad más perfecta le permitía no aspirar a otra cosa. Su sentido de la personalidad se limitaba al hecho de observar la misma paz que generaba en cada de una de sus respiraciones, que se convertían en vientos de gracia para profetas y gandharvas de reinos inferiores. Sonreía de amor ante las ofrendas y alabanzas que recibía de otros seres más ajetreados que no llegaban a contemplarlo cara a cara.

Pero, con la lentitud con la que se colapsa un mundo, sus ojos comenzaron a abrirse tras haber permanecido meditando durante cuatro eones sobre su propia luz ilimitada. Sus miembros sutiles, similares en tamaño a mil universos groseros, fuéronse desentumeciendo, tomando conciencia de sus propios condicionamientos. Se iba perdiendo el resplandor de su majestuoso cuerpo, su trono le va incomodando poco a poco, sus guirnaldas se marchitan, sus vestiduras se ensucian y huelen, empieza a sudar. Son las cinco señales que preconizan su muerte. Un pánico que no había sufrido nunca en su divina vida le atenaza: siente dolor. Divisa los próximos reinos en el que renacerá hasta que agote el peso de sus acciones oscuras, originadas en vidas anteriores. Primero será nueve mil veces animal: comprenderá la soledad del oso, se esforzará fanáticamente con las hormigas, huirá de las fieras entre alimañas asustadizas, será tortuga devorada por hombres y codiciará la podredumbre de frutos y cadáveres como un minúsculo gusano sucesivas veces. Después pasará a ser un preta, un espíritu hambriento, navegando durante un eón en un mar solitario y ardiente que le abrasará constantemente mientras la sed ahoga toda posibilidad de gozo. Las hachas y sierras de fuego seccionarán su cuerpo incontables veces en el infierno Kālasūtra, unas rocas lo aplastarán una y otra en el Saṃghāta, mientras que en los infiernos fríos de Nirarbuda y Hahava sentirá un helor extremo, paralizante, que le cubrirá de ampollas y pus su amoratada carne y que nunca terminará de matarlo. Y, entretanto, continuará acumulando acciones y predisposiciones tenebrosas que habrá de pagar todavía en vidas de las que nadie salvo un iluminado sabe nada. El desdichado dios vierte lágrimas como océanos, y en ellos comienzan a nadar, a su vez, millares de peces y de espíritus hambrientos que pagan por su parte sus propias deudas con el universo. Los cabellos, antaño cien mil veces más resplandecientes que el oro, hebras de soles que iluminasen cientos de mundos, se desprenden. La piel, tejida de tersos pensamientos puros, se deshilacha y se diluye en el suelo que se abre bajo sus pies.

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Este paso de vejez y muerte se prolonga durante todo un eón, mientras reinos inferiores giran sus propias existencias innumerables veces. Cada uno de sus gemidos será el soporte físico de diversos reinos intermedios en sucesión donde millones de asuras combatirán con orgullo y ambición a los envidiados dioses. El longevo patriarca de sus universos comienza a jadear, y todos sus adoradores se estremecen con el caos en el que aquel malestar se manifiesta: todas las pestes posibles y muchas explosiones de estrellas, torbellinos de fuego y erradicación de razas reflejan la agonía del padre celestial. No pocos reinos quebrados y asolados se reconocen entonces como componentes del cadáver de quien les dio vida. “Parecía inmortal e invencible”, se dice el el último sacerdote de su culto, “pero nos ha abandonado, y ya sólo nos queda rumiar hasta la próxima muerte en esta su carne reseca y que llamamos nuestra tierra”.

Achacaso y dolorido en su entera mente, el soberano se alejaba del beato reino Apramāṇābha. Iba deslizándose por una nube de incertidumbre, y se tensaban sus pasiones, adormecidas durante su devenir paradisíaco. Llamaba a sus amigos benditos, pero nada hacían por él porque nada podían hacer. No encontraba ayuda en los tres mil mundos que ha concebido con su meditación. Una voz búdica que descendía de una Tierra Pura le habló en nombre del compasivo Amitābha: “Oh noble anciano: entre los estados múltiples del ser no alcanzarás jamás la libertad última. Serás tú también golpeado una y otra vez por los eones, tanto como mitades tiene cada grano de arena de todos los desiertos. Las condiciones te atenazarán, oh esplendoroso, como al águila a la que oscuros duendes han ensillado y cargado con bagajes para obligarla a regresar al duro suelo. Sigue el sendero de los excelsos sabios o persiste en el remolino”. El moribundo comprende las palabras y se fija la determinación de respetar la Ley de causas y efectos para liberarse del sufrimiento tras las próximas diez mil vidas que tiene ya adjudicadas. Si incluso un ser tan puro y sutil ha de regresar por la incesante rueda de sufrimientos, ¿qué demora no habrán de padecer los que, enfangados en sus afanes, complican cada vez más sus almas con estragos y miserias morales? Cuando una tormenta de treinta mil años ha abotargado su mente, el otrora bienaventurado despierta en el húmedo vientre materno de una salamandra sin guardar recuerdo alguno de sus antiguos dominios.

Los otros dioses que lo habían visto fenecer hubieron lanzado flores acompañadas de amistosas palabras. Pero quedaron aparte a la espera de que el hálito de vida abandonase al enfermo. Una vez convertido en un cadáver gris, los nobles celestiales lo recogieron y lo dispusieron en un altar, donde procuraron consolar con oraciones milenarias los ánimos de los que aún moraban en los universos a la deriva de sus entrañas muertas.

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[Música: J. Cererols, Missa pro defunctis (Libera me), sublime música responsorial para acompañar una voluntad de liberación: Libera me, Domine, de morte æterna, in die illa tremenda, quando coeli movendi sunt et terra. Dum veneris judicare sæculum per ignem. Dies iræ, dies illa, calamitatis et miseriæ, dies magna et amara valde. Kyrie eleison. (“Libérame, Señor, de la muerte eterna, en aquel tremendo día, cuando tiemblen los Cielos y la Tierra, cuando vengas a juzgar al mundo con fuego. Día aquel, día de ira, de calamidad y miseria, día grande e inmensamente amargo. Señor, ten piedad”.)]

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“Muramos en esta guerra
para renacer de nuevo
como caballeros del rey de Shambhala”.

Canción mongola de guerra, cit. en J. PALMER, The Bloody White Baron, 2009, p. 66

“Veo… Veo al dios de la guerra… Su vida transcurre horriblemente… Después una sombra… negra como la noche… Ciento treinta pasos aún… Más allá tinieblas… Nada… no veo nada… el dios de la guerra ha desaparecido…”.

Profecía de una adivina cíngaro-buriata a R. von Ungern-Sternberg, cit. en F. OSSENDOWSKI, Bestias, hombres, dioses, 3.10

Cuando se enteró de su muerte [de von Ungern-Sternberg], el Bogd Khan encargó oraciones por su alma para que fueran leídas a lo largo y ancho de Mongolia. Sin duda serían necesarias.

J. PALMER, The Bloody White Baron, 2009, p.231

R. F. von Ungern-Sternberg (1885 – 1921)

Era el 21 de febrero de 1921. Algo más de cincuenta hombres atravesaban a caballo las viejas calles de Urga. Eran cosacos, buriatos, tibetanos y japoneses guiados por el general más temible de la taiga, el terror de los revolucionarios y los impíos, el barón Roman Fiodorovic von Ungern-Sternberg. Se trataba de la avanzadilla de la Caballería Asiática, la escuadra personal del barón, que había encabezado la recuperación de la ciudad. Las banderas ondeantes daban los motivos por los cuales debían preocuparse los chinos apostados en el palacio real mongol. Unas de ellas mostraban el monograma del Gran Duque Miguel, al que von Ungern-Sternberg tenía por nuevo emperador de la Santa Rusia sin saber que estaba muerto desde hacía tres años; en el reverso, la faz de Jesucristo sobre un fondo amarillo budista. En otras banderas vibraba la esvástica, el verdadero emblema de Asia, junto al soyombo, la insignia del tengrianismo estepario. Tras escurrirse horripilados los últimos centinelas chinos, la escuadra libertadora arribó a las puertas del palacio del Buda Viviente. Sin bajar del caballo, el barón gritó tres veces su propio nombre a las murallas y tres veces que le abrieran las puertas. Pocos minutos más tarde se cumplió su petición. En la explanada del palacio le esperaban postrados todos los sirvientes y los altos cargos del gobierno legítimo de Mongolia. Incluso los dobdobs, los monjes guerreros que custodiaban a su líder sin ceder ante ningún ser de este o de otros mundos, hicieron una reverencia. El libertador, vestido con el traje típico mongol, atravesó empedrados y pórticos sin desviar su vista de delante. Dentro del salón de recepciones se podía distinguir un trono budista con una silueta humana aquietada encima. El general ruso se detuvo delante, miró atentamente al líder que tenía enfrente, no fuera a rendir pleitesía, él, un héroe asiático, a quien no lo mereciese. Comprobó que estaba ante el señor de Mongolia; agarró su fusil y lo depositó en el suelo, en el que se arrodilló. El Buda Vivente juntó sus manos en señal de saludo y abrió su preciosa boca:

—Bienvenido, noble guerrero del norte. Has salvado al país de las estepas y a la ley de Buda en él. Serás recompensado con caballos y con muchas vidas de felicidad.

—Santidad —contestó von Ungern-Sternberg—, he cumplido con lo que os prometí y eso me basta. Espero que mi tardanza no haya causado demasiado sufrimiento.

Bogd Khan, el Buda Viviente, sonrió:

—No ha habido más sufrimiento del que debía haber. Ahora descansad. El personal del palacio se ocupará de dar a vuestros hombres y vuestros caballos todas las atenciones necesarias.

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El descanso no afectó al alma del barón. Enseguida se organizó la nueva coronación del Buda Viviente, que finalmente se fijó en un día auspicioso merced a los oráculos. Sipailov, el cruel y alcóholico condotiero, pasó de ser lugarteniente del barón al mandatario en funciones de la ciudad: para inaugurar su cargo mandó matar a unos cuantos judíos y bolcheviques de Urga escogidos poco menos que al azar. Entretanto, el barón daba largos paseos en silencio, meditando absorto sobre el destino de su nuevo imperio. Los mongoles se arrodillaban a su paso; creían que aquel hombre tenía razón al reconocerse como encarnación de Gengis Khan. No había un solo patriota mongol que, enterado de los acontecimientos, no lo creyese. Pero empezaba a correr la idea más importante de que la grandeza del barón sanguinario estribaba en encarnar a Mahākāla, conocido en tibetano como Nagpo-Chenpo o Mgon-Po, el antiguo demonio guerrero, protector del Dharma, furibundo servidor de los budas. El rumor se multiplicaba con gran conmoción cuando se añadía que había salido de los labios de los altos lamas del palacio. Era cierto que no se percibía en la conducta del barón ni alegría ni tristeza, ni misericordia ni odio: tan sólo el decidido cumplimiento de un destino, destino que consistía en propagar la disciplina en forma de budismo y de ética de la guerra, en ser el azote certero del desorden en los cuerpos y en las almas de todo un continente. ¿Quién sino un antiguo rey de mundos superiores tendría esa mirada absorta e impasible, enrojecida por el fervor y la decisión, ajena al terrible desenlace que le esperaba tras un combate ya vaticinado? ¿Quién sino un monje prescindiría de la ternura de cualquier mujer en nombre de la religión? ¿Qué otro aristócrata sería capaz de renunciar a todas las comodidades de la vida y dormir sobre el suelo junto a los soldados? ¿Y quién más, venerando a Buda, tendría ese rigor marcial con el que había torturado a latigazos a sus propios hombres hasta el punto de reventarles los músculos, como a Saltanov, que llegó a perder la razón y hubo de ser ejecutado? Pero tal era el castigo impuesto por el barón por violar la dignidad de la población local, algo que concertaba con la condición de un protector de Mongolia. Todos los designios de aquel hombre pálido parecían responder a un cuidadoso plan de vida y muerte a largo plazo, un plan frío como el invierno y como la Ley del universo, donde las fuerzas del karma reequilibraban los méritos humanos con sufrimientos y victorias igualmente colosales. Tenía, pues, todos los atributos de un difícil dios. Después de todo, el lama Sandan Tsydenov ya había considerado al zar Nicolás un charkravartin, un glorioso rey piadoso; mientras que Agvan Dorjiev, el monje y agente buriato, lo creía la reencarnación de Tsongkapa, el fundador del linaje Gelugpa que ahora lideraban el Dalai Lama, el Panchen Lama y el octavo Jebtsundamba Khutuktu, encarnado ahora en Bogd Khan. El capitán Dimitry Satunin, también de las filas del Ejército Blanco, había sido reconocido en cambio por los oirates burjanistas con rasgos de Ak-Burkhan, el gran emisario divino entre los pueblos altaicos fieles al chamanismo. Así, grandes reyes, grandes generales y grandes deidades adoptaban unos las formas de los otros en una larga cadena que no pretendía sino guiar a los pueblos mediante una alternancia de enseñanzas, mandatos y hazañas.

Bogd Khan, el VIII Jebtsundamba Khutuktu, líder espiritual y secular de Mongolia (1869 – 1924) 

Von Ungern-Sternberg se reunía de cuando en cuando en audiencia privada con Bogd Khan. Su Santidad irradiaba autoridad cuando relataba cómo sus decretos mágicos habían dado resultado durante las semanas previas al contragolpe de estado: los chinos se habían retirado en parte gracias a las recomendaciones al pueblo de Urga de abstenerse de comer carne, de que se arriasen banderines de oración con Caballos de Viento dibujados en ellos, de no comprar tabaco chino, de que las mujeres se dispusieran los cabellos en dos mitades y que llevasen color blanco sobre el pecho. El barón asentía a todas aquellas indicaciones, casi como si supervisase el trabajo de un subordinado. El lama no dejaba de explicarle las costumbres calmucas o los complejos sortilegios a los que obedecen los espíritus de las estepas. Evocaba a menudo la grandeza de la tierra manchú. El ruso, por su parte, opinaba del clima urálico, del temible monje guerrero Ja Lama, de los chamanes siberianos, y del carácter de eminentes camaradas de filas como el almirante Kolchak o Semenov, el atamán cosaco. Habló del apellido von Ungern-Sternberg, propio de antiguos aristócratas guerreros, entre los que se contaban caballeros teutones, cruzados contra los paganos estonios y lituanos. No habiendo sustituido sus creencias budistas a la tradición cristiana de su familia, en ningún momento durante su estancia en Urga dejó de llevar sobre el pecho la merecida Cruz de San Jorge, cuya geometría complació al tacto de Bogd Khan, puesto que su ceguera le impedía verla. Von Ungern-Sternberg hablaba con frecuencia de las guerras de religión en las tierras bálticas y en Tierra Santa y de cómo él no hacía otra cosa que proseguir el linaje familiar. Sin embargo, no evitó reconocer el giro de los acontecimientos:

—La situación al norte es complicada, Su Santidad. Está pasando el tiempo de los atamanes, de los cruzados, de los guerreros píos y de los dioses vivientes. Si vencen los bolcheviques y los chinos, dentro de poco ya no se sentenciarán profecías en estas tierras, y todos los pueblos de Asia dejarán de ser nombrados por los espíritus celestes. Esos revolucionarios, con tal de acabar con los reyes, se han decidido a matar a budas y a dioses.

—¿Y pedir ayuda a Occidente? — inquirió el santo rey mongol.

—Los europeos se han abandonado a su propia desidia, como débiles y afeminados intoxicados en un fumadero de opio. Nada se puede esperar de ellos, salvo pasividad o colaboración con el mal. Tampoco es suficiente la ayuda que prestan los japoneses, y todas las alianzas de los pueblos budistas continentales no lograrán por sí mismas vencer a los comunistas.

Manzushir_Khiid_149194574_c0a3034dae_o

Diciendo esto miro el cielo estrellado y pensó algo sobre el inminente fin de su propio ejército, sobre la corta vida que le había augurado una anciana astróloga semanas atrás, sobre la extinción de los reinos. El lama supo de estos pensamientos sin necesidad de oír palabras de la boca de su aliado, y guardó silencio. De repente tuvo la terrible visión del porvenir de Mongolia y del mundo, y un estremecimiento sacudió los muros de los monasterios cercanos. Tras la colación, mandó a todos los monjes orar y meditar durante toda la noche. Algunos días después, una noche en que la luna había rellenado sus cuernos, el barón tomó la decisión de marchar próximamente con sus hombres para reunirse con las tropas prometidas por el Dalai Lama y para otear la región, cercada ya por Suke Bator y sus aliados chinos, ansiosos de imponer de nuevo el ciclón comunista en la serena y anciana Mongolia. Mientras tanto, unos soldados calmucos cantaban canciones de amor ante una hoguera, los yugos descansaban desuncidos de los bueyes, las marmitas callaron su murmullo, y un monje iba por las calles solitarias esparciendo mantras protectores en queda voz.

H. Consten - Mongol warriors during the liberation war against the Chinese

Fue una mañana determinada como propicia por los augurios de los mopas cuando partió la escuadra del barón. Tras una ceremonia de despedida digna de héroes divinos, la caballería se alejaba, esparciendo al viento insignias de banderas zaristas, cristianas, budistas y tengríes. Hombres, mujeres, niños y ancianos se postraban al paso solemne de los salvadores que abandonaban las calles de la ciudad. Habían recibido al barón como a un soldado ruso: lo despedían como a un dios. Muchos intuían que no regresaría nunca más a Urga con aquel cuerpo. Llorando y gimiendo, salpicaban con flores el suelo que iba pisando el ejército. Tiempo después de la despedida, todavía titilaban los destellos del metálico armamento, que se iban enmascarando por la lejanía y por la nube de polvo que alzaban los cascos de las monturas. Bogd Khan los oyó alejarse y, aunque no mostró ninguna sonrisa, agradecía que los cielos no se hubieran olvidado hasta entonces de las estepas; los budas habían enviado a un feroz protector de la Ley para hacerla prevalecer en el punto más monstruoso de una época degenerada. Así, ante el descarrilamiento fatal de los tiempos que estaba exterminando al aroma fresco del mundo, aquel demonio blanco, servido por hombres violentos de todo Oriente, se había obligado a hacer correr más sangre que nunca con tal que la rueda de la sabiduría siguiese girando. Con cada caricia a las cuentas de su rosario, expresaba el último Khan un deseo de salvación para todos. Trotando con paso firme hacia la muerte de muchas cosas, el barón no volvió la vista atrás ni una sola vez. Las ya distantes tropas comenzaron a entonar una canción de guerra:

“Alzamos la bandera amarilla
por la grandeza del budismo;
nosotros, los pupilos del Buda Viviente,
vamos a combatir por Shambhala”.

Picea obovata forest, Bogdkhan Uul Strictly Protected Area, Mongolia, near Manzushir Monastery

El Buda Viviente, mientras los saludaba en vano con gran agradecimiento e infinita compasión, percibió que el gélido viento había cesado. De repente, las banderillas de oración dejaron de agitarse, y la naturaleza se silenció: la rueda universal de la sabiduría se preparaba para detenerse, y nadie sino los perfectos emancipados del devenir sabía por cuánto tiempo ni hasta qué extremo. Asia habría de contener la respiración ante el aturdimiento del siglo, un aturdimiento surgido de una inmovilidad más desquiciante que cualquier tempestad de la estepa, un aturdimiento que reverberaría por todo el orbe y del que, no obstante, todo espíritu piadoso no podía desear más que una regeneración posterior, recompensa por un invierno milenario. Todo habría de volver algún día a la paz perfecta del ritmo sagrado de los viejos tiempos, igual que la estepa queda vacía y en silencio cuando el breve fragor de la batalla se disuelve en el océano de siglos, igual que el rumor de los insectos cede sin resistencia ante el leve imperio de la nieve. Pero, a pesar de todo, el Buda Viviente cerró sus ojos ciegos para evitar que una lágrima cayese sobre su corazón.

4x5 original

[Música: Aga, Rodina Moya (“Aga, mi patria)”, canción buriata, por el Badma Khanda Ensemble.]

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I do not know if ever it existed—
That lost world floating dimly on Time’s stream—
And yet I see it often, violet-misted,
And shimmering at the back of some vague dream.

[“No sé si existió alguna vez
ese mundo perdido que flota oscuramente en el río del Tiempo,
pero lo he visto a menudo, envuelto en una bruma violeta,
y brillando débilmente al fondo de un sueño borroso.”]

H. P. Lovecraft, Fungi from Yuggoth, 23

Trägt nichtalles, was uns begeistert, die Farbe der Nacht?

[“¿No lleva todo lo que nos entusiasma el color de la noche?”]

Novalis, Himnos a la Noche, 4

[Música: J. S. Zamecnik, Paris Fashions (Sam Fox Moving Picture Music, vol. 2)]Jobyna Ralston 1

El pianista acompaña la película muda de 1924 con acordes convencionales, traídos por la necesidad, por la ingenuidad narrativa, con melodías entreoídas, procedentes quizá de viejas canciones pasadas de moda que ningún vivo recuerda ya. Acompaña a “la chica”, la femineidad hecha celuloide, tanto que no precisa un nombre propio su personaje. Sigue sus gestos, mimetiza las tensiones de su rostro en retardos y floreos, en dulces consonancias su mirada límpida. Colorea su tez pálida y los bucles obscuros que caen sobre sus hombros. Le presta su voz a cambio de que ella le diga cuándo gritar, cuándo llorar, cuando reír. La abraza con vibraciones que se expanden por la sala, inundando al público de su amor secreto, luciendo con exhibicionismo una calidez que pasa inadvertida para todos, porque nadie atribuye aquella música nostálgica más que a los simulacros propios de un trabajo artístico. Sin embargo, la está amando, la ama del único modo que se hace legítimo ese amor prohibido, un amor adúltero, separado por un siglo y por un océano de lejanías, todas las lejanías posibles, y expuesto impúdicamente a cientos de personas que no lo entienden mientras ríen. A fuerza de sugestionarse con su propio sonido, metiéndose en el papel de comentador y traductor del silencio, se ha enamorado del aura que él mismo ha perfilado en torno a un delicioso trampantojo. Y los dedos del pianista acomodan y acarician melancólicamente a Jobyna Ralston, rozan su piel en la superficie de las teclas, calentadas por esas yemas educadas en un sensible pudor, una suavidad incapaz de dañar cuerdas y oídos.

El ciclo le ha permitido retratarla en múltiples posturas y hábitos: había sido la rica heredera, la joven pobre y abnegada, la feriante huérfana, la esposa fiel, la humilde hija del hostelero, la perpetuadora de una piadosa misión religiosa. En cualquiera de los casos permanece firme en la dulzura extrema y el paciente amor. Hope, Peggy, Mary, han sido algunos de sus nombres, impresos en caracteres en la pantalla pero no pronunciados más que mediante cadencias arpegiadas en diminuendo. Su sonrisa, en un blanco negro brillante, ofrece un registro inédito de la ternura. Laura, Jenny o The Woman in the Window relataban las historias de imágenes pictóricas o ensoñaciones de las que se enamoraron hombres desubicados, insatisfechos con el mundo de los seres materiales. Pero Jobyna, más allá de la pasiva inconsciencia de aquellas otras, danza al compás de su desfasado amante, se mueve con él, y éste, al tiempo que canta con sus manos los compases de un decadente y desafinado vals-boston, empieza a elaborar en torno a ella una suerte de biografía coherente basándose en sus caracteres dramáticos, enlazados todos por una misma inocencia y entrega. Poco importa que Harold Lloyd o Richard Arlen sean los que la abracen con sus cuerpos a lo largo de noventa años: él toca rincones mucho más íntimos del ser de aquella mujer misteriosa. Sin embargo, hay que resignarse a que su alma no se dignaría nunca a descender ni a mirar a los ojos a ningún hombre vivo de carne y hueso.

Jobyna Ralston 3

Pero mientras tañe la música de una boda que nunca celebrará, el pianista recuerda haber leído ciertos datos tristes sobre el devenir real de la actriz. Recuerda que no logró insertarse en el cine sonoro debido a su fuerte ceceo, que fue detenida por indecencia, que cayó en el adulterio y en atracciones antinaturales, que murió divorciada, gruesa, afeada, apenada, sola, posiblemente alcohólica, apresada por el reumatismo, la neumonía y las apoplejías. Esa mujer ya declinada, sombra de lo que fue en sus años florecientes, estaba en el tiempo más cerca del pianista. Su cuerpo pulverizado en un ataúd era lo que realmente compartía el mundo con todo el que hoy pensase en ella. Suspirando en la obscuridad -aprovecha las resonancias del instrumento para ocultarlo-, parapetado tras el biombo de sus pentagramas, el músico concluía la evocación en un morendo conclusivo que envolvía al último fotograma. Jobyna pasaba un día más a un fundido en negro y desaparecía de la mente del que la viera. Porque la mente era el único lugar en el que aquel espectro renacía sin substancia propia, producto de una alucinación, una broma de la percepción que la humanidad se otorga a sí misma para poder decir que el mundo aún conserva algo de encanto. Toda la vida de la pantalla era un hechizo invocado por proyeccionistas y espectadores, almas tortuosas que se buscan a sí mismas en reflejos grisáceos y en retazos de vidas condensadas.

Jobyna ya había desaparecido cuando se encendieron las luces. Tras el aturdimiento de los aplausos, el pianista regresó a su casa deseando verla de nuevo al día siguiente, a sabiendas de que su dulce rostro era un canto a la bella impermanencia de la belleza. Durante aquel mes, Jobyna resucitaba sin cesar y se dispersaba a las pocas horas, como rocío de la noche, que carece de unidad substancial y regresa una y otra vez ante nuestro pensamiento porque le damos un único nombre a una secuencia continua de destellos. Acaso no la pudiese abrazar ya nunca más con la directa ofrenda de sus notas musicales cuando acabase el ciclo. Acaso aquella veneración silente se subsumiría definitivamente en la escena final de la última bobina programada, escena que quedaría a modo de máscara funeraria en el recuerdo. Pensó finalmente que Jobyna no había existido nunca; como los personajes del cine, la criatura es un fragmento de luz que se proyecta en el mundo durante breve lapso de tiempo y se disgrega en la indefinición a medida que cesa la ilusión óptica. Pensó que, en efecto, toda la matriz sentimental humana, al igual que la identidad de una persona extinta o momentáneamente animada, encantadora o no, no es menos efímera y vacua que una vieja película deteriorada o que una partitura meliflua próxima al olvido.

Annex - Lloyd, Harold (Girl Shy)_05

[Música: R. Israel, “Love theme” (Girl Shy OST)]

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Por lo tanto, Śāriputra, en el periodo de decadencia de la kalpa, puesto que los seres sintientes son sucios, codiciosos, celosos y desarrollan las raíces del error, todos los budas iluminan los tres vehículos con el poder de los medios hábiles para enseñar el vehículo único de Buda.

Sūtra del Loto, II 7b

No es que anochezca,
es que la lluvia es noche.

Sōgi (1421–1502)

Hace demasiado tiempo que me hallo bajo esta forma de dios, por lo que la luz de mi sabiduría se ha debilitado.

Ichien Mujū, Colección de arenas y piedras, I 4.2

En el sonido de la campana del monasterio de Gion resuena la caducidad de todas las cosas.

Heike monogatari, I

Byodo-in

Durante el reinado del emperador Go-Reizei, noble dueño del trono del Crisantemo, a la llegada del nuevo año que llaman de 1052 en las tierras de Occidente, en la ciudad de Uji, provincia de Yamashiro, no lejos de Kyōtō, se inauguraba el santuario de Byōdō. Las obras de restauración corrieron a cargo de Fujiwara no Yorimichi, quien quiso dedicar la rica villa heredada de su padre, Fujiwara no Michinaga, a las Tres Joyas, y convertirla así en templo de la Ley de Buda. La inauguración se dispuso en una fecha especial: la llegada del año nuevo. Y no de cualquier año, sino el primero de mappō, la Era Postrera la Ley. Si en shōbō —la Era de la Ley Verdadera—los hombres podían iluminarse mediante el conocimiento de la doctrina y la práctica, en zōbō —la Era de la Imitación— solamente la doctrina y la práctica eran posibles, y la erudición sería su principal rasgo. Pero tras siglos de gradual degradación, llegaría por fin la noche en la que ni siquiera la práctica sería el norte de la humanidad, y ésta navegaría a la deriva sin conocer siquiera el modo de purificarse. Muchas Escrituras se perderían, el clero desconocería sus deberes o los eludiría alevosamente, y la recitación de sencillos mantras sería el único refugio para la fe de muchos hombres, incapacitados ya para grandes disciplinas o meditaciones juiciosas. La Era Postrera, que habría de durar diez mil años –mucho más que las anteriores–, comenzaba con no poco recelo para el clan Fujiwara, para su corte y para todo el imperio bajo el sol; las crecientes tensiones entre clanes, la carestía de las cosechas y la propagación de la impiedad se veían como manifestaciones de la pérdida del favor celestial. Fujiwara no Yorimichi, primer consejero del emperador, se dijo a sí mismo que no quedaría sin hacer nada que estuviera en su mano para mitigar el desvarío de su tiempo. En esa vocación nació la idea de transformar la villa familiar en templo. Incluyó en su sala central una gran estatua dorada de Amida, el buda más compasivo con los extraviados, sobre un pedestal de cuatro lotos. Mandó tallar, además, varias estatuas de Kannon, la venerable bodhisattva de la compasión, quien en el extremo de su dulzura renunció a su virilidad primigenia y auxilia a quienes huyen de tormentas y fatigas.

Todo estaba dispuesto para el banquete inaugural del nuevo refugio de la Ley. Se había invitado a autoridades religiosas de varias sectas y a los clanes señoriales más importantes. No faltaba tampoco en ello un cierto interés de reconciliación política. Por la mañana, no muy temprano, fueron llegando los bonzos: los representantes del monasterio de Enryauku de la secta Tendai, varios del templo Tōdai de la secta Kegon y de la secta Risshū. De Kōfuku llegó un legatario de la rama Hossō y otro de Shingon del monte Koya. Y en el último momento se presentó un yamabushi, un asceta de las montañas, a quien nadie esperaba porque nadie había convocado. A través de un nuncio, los sacerdotes sintoístas excusaron su ausencia aduciendo diferencias doctrinales: según su punto de vista y el de los dioses, la decadencia no llegó en el despliegue de la Ley budista, sino con su comienzo.

Salieron al fin a los jardines las hijas del anfitrión tras largo rato de intrigar con las doncellas en sus alcobas; éstas, entretanto, les habían empolvado los rostros y peinado los lacios cabellos. Los señores, cubiertos de negro, aparecían portando relucientes tocados kanmuris sobre sus cabezas y abanicos en sus manos. Las damas lucían los más largos kimonos de doce sobrevestes que el siglo había visto, de sedas tornasoladas y amplias mangas, provocando la envidia de los fantasmas femeninos que aún deambulaban por los sotos de los alrededores. De entre todas las mujeres destacaban la señora del anfitrión y la hija adoptiva de ambos, Fujiwara no Hiroko, orgullo del clan por ocupar el trono como consorte del emperador, ventaja que habría de llevar finalmente a su padre hasta la cancillería del imperio. La madre vestía el color escarlata pálido, exclusivo de las damas de alto rango, mientras que en la hija relucía el púrpura oscuro, prohibido para toda mujer que no fuese emperatriz o princesa. El complejo juego jerárquico de los colores seguía desplegándose en todas las prendas de las demás damas en virtud del rango y de la estación del año.

Los invitados laicos iban llegando en sus palanquines. Según bajaban, entregaban a los anfitriones exquisitos obsequios: joyeros de ónice, turíbulos de fina madera de cedro ribeteada con espirales de plata, dagas de oro labradas por artesanos chinos, rosarios tallados más allá del más occidental de los países conocidos, una pequeña figura de Yakushi o Buda de la Medicina… El distinguido Minamoto no Yoriyoshi trajo envueltos en seda recipientes de boj y caolín muy antiguos, heredados de sus antepasados, de los tiempos del emperador Seiwa. Los sirvientes, por su parte, andaban atareados colocando cuidadosamente la mejor vajilla de la mejor porcelana de Nara y dispusieron en ellas manjares que no procedieran de derramamiento de sangre. Dulces arroces, algas del sur y jugosas setas poblaron una bella mesa adornadas con jade y ámbar y que algunos bonzos se negaban a tocar por considerarla una fuente de pecado. Los invitados se fueron sentando según la jerarquía: la emperatriz y sus honorables padres en el centro; junto a ella, ante la gran estatua de Amida, los abades, seguidos de los monjes legos y novicios; más allá, los nobles; y, finalmente, en el lugar más alejado del buda, las doncellas.

heike monogatari emaki (Edo period) Hayashibara museum of art

Todos gozaron de los sabores como si se tratase de la última oportunidad para hacerlo, dada la oscuridad del nuevo periodo que llegaba. Las vistas de la estancia abarcaban montañas, bosques de arces, los jardines del recinto y el estanque cristalino que rodeaba al edificio, un estanque que se pretendía símbolo del océano de los fenómenos y sobre el que flota la balsa de la Ley. El hermoso paisaje primaveral, dispuesto por los jardineros según los estrictos principios de la geomancia, obnubilaba a los más observadores: varios cortesanos dejaban la comida en el plato para contemplar más atentos y retener así en la memoria el colorido con mayor precisión. Las golondrinas picoteaban los frutos de los ciruelos, ajenas a la Ley, mientras los sauces se mecían rítmicamente con el viento, obedeciendo el curso eterno de las cosas. En el estanque se reflejaban el cielo y la arboleda, desfigurados por la vibración plácida de las aguas, y las metáforas que suscitaba el efecto eran tan obvias que ninguno de los asistentes probó a mencionar una. Disfrutaron del instante como dioses ajenos al tiempo. Versos improvisados, fragmentos de sūtras y melodías de cítara y laúd acariciaban los oídos de los nobles asistentes. Pero, según se acercaba el ocaso y el sol perdía la pujanza que animaba a los insectos, se fue haciendo el silencio. Las inquietas abejas claudicaron a la hora en la que las montañas ocultaron la luz; y con ellas, el zumbido de la tarde. Sólo entonces, respetuosamente, Fujiwara no Yorimichi hizo oír su voz:

—Majestad —dijo mirando a su hija—, es el máximo de los honores que nos haya concedido hoy su presencia. Sin su augusta persona esta reunión no contaría con la total aprobación de los antepasados de los emperadores, los mismos dioses que revolvieron los mares con la lanza celestial y crearon nuestra tierra.

Saludó de modo parecido a los religiosos, tomó aire y comenzó con su mensaje:

—Queridos amigos, estoy muy feliz de despedir con vosotros la era que hoy acaba. Somos muy afortunados de haber nacido en un momento en el que la práctica budista tenía todavía la fuerza disciplinar nuestros corazones. A partir de ahora deberemos rescatar, en la medida de lo posible, los recuerdos más antiguos que conservemos sobre el modo de orar de los ancianos. Deberemos repetir sin cesar las palabras de los sūtras que ya nadie recita y los preceptos de los más sabios monjes. En esas imágenes de nuestra infancia se conservan los últimos destellos del sendero de la Iluminación.

Sus amigos asintieron. Tomó la palabra el prelado Shōren, venerada autoridad de la secta Tendai y futuro abad del templo:

—Excelentísimo señor Fujiwara— dijo con una reverencia mientras se sostenía el birrete—, habéis hablado muy justamente. Y os estoy muy agradecido de que hayáis pensado en nuestra orden para regir este nuevo templo. Sin duda, ha de ser así, pues fue Saichō, nuestro patriarca, el primero en advertir en nuestro país la llegada de la Era Postrera, hace ya doscientos años. Sin embargo, así como el canto de un ruiponce no provoca el otoño ni se oscurecen de golpe las hojas del cerezo, así tampoco la Era Postrera de la Ley comienza en este instante. Llevamos siglos olvidando las enseñanzas del Bienaventurado. Con todo, también es justo reconocer que quedarán algunas comunidades monásticas fieles a las enseñanzas cuando pase esta noche y durante muchas décadas después.

Un anciano representante de la Vía de la Guirnalda, entusiasmado por la alocución, pidió también la palabra:

—Lo que ha dicho el maestro Shōren es muy cierto— dijo tosiendo—. El universo jamás ha estado quieto, siempre se mueve. Y no sólo eso, sino que todos los fenómenos se interpenetran. La mente se disuelve lentamente en el mundo, como el licor de arroz en un jarro de agua. Pero el alma también se coagula lentamente en torno a la Ley si se propone seguir la vía de Buda, como el agua muta lentamente en nieve a la llegada del frío invernal. Por lo tanto, excelentísimos monjes y excelentísimos señores —decía mirando a Shōren, a sabiendas de que aprobaría lo que iba a decir—, nadie tiene una esencia distinta a la naturaleza de Buda, y la naturaleza de Buda no deja de estar entremezclada con el curso transitorio de los mundos.

Yendo un poco más lejos, el monje de la vía de Shingon afirmó la doctrina del Buda universal, Dainichi, substrato de todas las criaturas, único sujeto con existencia real sobre el que se disponen todos los seres, que no son sino simples máscaras transitorias. Y terminó diciendo que en la Era Postrera de la Ley, Dainichi no dejaría de ser Dainichi, por lo que no había que sufrir a causa de una distancia irreal. Después, Shōren añadió la doctrina de los tres mil reinos en un solo pensamiento, el pensamiento universal único que lo contenía todo, y que el monje de Shingon atribuyó una vez más a Dainichi. Pero todas las escuelas estaban de acuerdo en que tanto el pueblo como el clero, dada su tendencia a reconocer límites donde no los había, preferían cada vez más la recitación de breves fórmulas que ajustarse a la dura disciplina del monacato verdadero.

Fujiwara Takanobu - Minamoto_no_Yoritomo

La conversación se hacía cada vez más difícil de seguir para los laicos, que ahora comían y bebían más despacio, como temiendo entorpecer la inteligencia de aquellas profundas palabras con la impureza de la digestión. Percibiendo las circunstancias, los clérigos, por intuición, dejaron de hablar sobre el tema durante un buen rato a fin de que los oyentes más cansados se recuperasen. Fluyeron a la sazón comentarios frívolos guiados por los cortesanos sobre los aromas del jardín, los ornamentos de los biombos y de los abanicos de las damas y sobre la situación de las provincias del norte. Transcurrido un tiempo prudencial, aprovechando el silencio al que había conducido la indolencia de los mundanos, un sabio de la escuela Hossō decidió elevar de nuevo el tono y retomó la cuestión religiosa donde la había dejado Shōren:

—Como algunos sabréis, nuestra escuela no contempla que el cambio de era se produzca hoy. En nuestra opinión os habéis adelantado trescientos años a la verdad —dijo provocando que algunos maestros Tendai mostrasen un cierto malestar—. En realidad, como señalara el sabio chino Hsüan-tsang siguiendo las doctrinas secretas de Śākyamuni, la Era Postrera de la Ley sólo está en la mente. ¿Qué ha cambiado en los hombres para que ahora sean más torpes? Nada. ¿Qué sucede ahora en el país para que las sagradas enseñanzas sean menos verdaderas? Nada. Ni mil cosechas perdidas, ni mil incendios, ni mil guerras, podrán menoscabar un solo verso de un sūtra. Las eras se suceden en el corazón de los hombres, así como los mundos se suceden en el corazón de los hombres, sin que existan por sí mismos. ¡En realidad, esta nueva era será maravillosa para quien entienda estas cosas!

Los comensales menos doctos estaban ya totalmente confundidos. Un samurái del clan Taira acariciaba el mango de su espada, inquieto por tanta palabra sin entidad concreta. La emperatriz bostezaba sin ocultarlo. Tampoco Yorimichi estaba muy complacido: se había molestado en entregar la villa familiar a los guardianes de la Ley por creer que ésta corría peligro, y ahora parecía que no había ninguna razón para temer. Desde su lógica militar, comenzó a hacer preguntas a los maestros de una y otra secta. Les preguntó sobre el evidente aumento de desastres en las últimas décadas, sobre la imposibilidad de que un hombre se dedique a la práctica budista cuando ve sufrir a su familia y a su pueblo, sobre el aturdimiento general que impedía que la Ley brillase con la dignidad que se le debía. Pero los maestros no se alteraban, y le advertían que la decadencia afectaba solamente a las verdades provisionales, a la manifestación ilusoria de las cosas. Alguien pidió al yamabushi que diese su opinión, por si había notado algo distinto en el comportamiento o en los mensajes de los dioses del bosque. Pero el asceta sólo sonreía, como si hubiese olvidado el lenguaje humano. Y mostró su flauta como ofreciéndose interpretar una tonada, lo cual hizo finalmente solazando a todos.

honnoji - Miyako meisho zue (Pictorial guide to scenic spots in Kyoto) 1780 (by-Akisato-Rito)

Entretanto, el viejo Minamoto había renunciado al hilo de la argumentación. Había estado observando durante algún rato el orgulloso roble que sobresalía en el exterior de la finca. Parecía que aquella inmensa torre de la naturaleza despreciaba a los pequeños cerezos que, a este lado de la tapia, había mandado sembrar el difunto Michinaga con la única finalidad de embellecer el mundo. Pero, a decir verdad, casi todo el tiempo había estado Minamoto observando a la señora de Fujiwara. ¡Qué hermosa estaba incluso a su edad! Harían bien sus doncellas en envidiar su aspecto. No había perdido ni un ápice de su encanto después de haber insuflado una parte a su hija, la emperatriz. Su piel ya no era de seda, pero seguía manteniendo una blancura que Minamoto, ajeno a la lógica más elemental, no creía debida a ningún tipo de cosmético. La señora de Fujiwara seguía tratando a todos con la misma cortesía que cuando tenía quince años. Hablaba a sus criados como si fuesen caballeros serviciales, y no por ello se desprendía ella de la grandeza heredada de su clan. Se preocupaba de que nada faltase a los comensales mientras éstos debatían sobre la Iluminación, la transmigración de las almas y la sucesión de eones. Atenta y silenciosa, no dejaba de revelar una sonrisa deliciosa que la obligaba a cerrar los ojos casi por completo, dando la impresión de estar meditando en Amida. Y lamentaba Minamoto que, sin embargo, nadie le preguntase a ella por sus opiniones sobre el tema de la conversación; tampoco a las otras damas del ágape, ciertamente, con excepción de la emperatriz, que hacía discretos apuntes de compromiso ante el apremio solícito de los cortesanos. Pero la señora de Fujiwara callaba y resplandecía. Y Minamoto se recordó a sí mismo treinta años atrás, en la misma sala, mirándola de igual modo. Pero ya no la deseaba, no podía: era demasiado celestial como para ser parte del ajuar de un general envejecido como él. “Ojalá un sacerdote la declarase diosa, una encarnación de Konohana-sakuya-hime, la Princesa Floreciente, por ejemplo, para que le rindiesen culto los campesinos de la provincia —pensaba Minamoto—; quizá así me animaría a abrazar la vida religiosa”. En efecto, la señora tenía algo de inmortal, por muchas arrugas que se fueran posando en su rostro como hojas de un otoño colorido. Lo que de inmortal hubiera en ella no estaba del todo claro a juzgar por las discrepancias al respecto entre los maestros, pero sin duda sería algo más digno que todo lo que podía verse en el mundo. Resoplando discretamente, Minamoto vio un caracol acercándosele a un pie. ¿Cómo y cuándo había llegado hasta allí? ¡Qué obstinación! Sin duda, no se había detenido a mirar la baya bermeja caída a su derecha, ni temía a los cuclillos que en el soportal peleaban por un gusano partido en dos. Tampoco prestaba atención al roble, que se erguía hasta el cielo. Entonces el general volvió a mirar al árbol y ya no vio orgullo en él; bien al contrario, el roble arrojaba sombra, no impedía en su impasibilidad que los cerezos floreciesen cuantas veces quisiesen, ni impedía al caracol viajar lenta pero infatigablemente hacia sus misteriosos objetivos, ni tampoco que los hombres dejasen pasar los horas en disquisiciones sobre la liberación del sufrimiento. Entonces habló sin apenas pensarlo, sin mostrar interés por la compañía que lo escuchaba:

—Los cuclillos prosiguen con sus agitados afanes, el caracol se desplaza a ritmo sostenido e imparable, el roble permanece en la quietud de su origen. ¿Quién de ellos está más cerca de la naturaleza de Buda? Todos permanecen en su propia naturaleza. Todos crecen y se degradan al mismo tiempo. Cuando renazcan unos en otros, no habrán cambiado más que en la forma de cambiar. Recorren todas las eras ordenadamente, y todas las eras se dan a la vez en ellos. Mientras los hombres levantan y hunden reinos, la magnolia regresará con su fragancia en cada primavera, y los pinos, sin perder su verdor, se ocultarán en la niebla cuando el dragón Kura-Okami lo disponga. El viento arrasa aldeas y luego se aposenta lentamente sobre una frágil yerba. Así la más alta verdad engendra pequeñas verdades para que todos los seres puedan orientarse en la penumbra. Los medios hábiles de los budas son infinitos. De hecho, en este instante el Buda está entre nosotros, porque todos amamos la Ley, esa madre de las diosas que ilumina al mundo —y miraba a la señora de Fujiwara—, y todo es efímero menos ella.

Urashima walking on a bridge with the queen Otohime Japanese handscroll or emakimono - ss.XVI-XVII

La totalidad de los nobles y no pocos bonzos se quedaron asombrados por la profundidad del general, al que consideraban un hombre de pensamiento vulgar. Shōren lo reverenció y bendijo sus palabras sin estar todavía seguro del alcance que tenían sus matices. El samurái del clan de los Taira comentó en voz baja a un monje que Minamoto había aprendido esas cosas extrañas por su contacto con la secta Shingon, pero el monje —Shingon él mismo— lo desmentía. Yorimichi intentó descifrar el significado de las imágenes evocadas por Minamoto y, con algo de esfuerzo, creyó entender que hablaban de la igualdad de todos los seres incluso en el hecho de ser diferentes, y de que tanto la unidad como la transitoriedad eran ciertas y útiles al mismo tiempo. La señora de Fujiwara, por su parte, percibió una pureza antigua en las palabras del amigo, algo que le recordaba a versos cantados por su abuelo cuando ella era niña. Vislumbró de manera difusa que había encontrado al general en vidas anteriores y que había oído de sus labios palabras parecidas. Mientras todos miraban cómo desaparecía el último sol de la Era de la Imitación, la señora de Fujiwara no dejó de mirar a Minamoto, un bodhisattva vestido de poderoso señor pero desmemoriado ya de su naturaleza auténtica, un suspiro de Dainichi entremezclado en el Samsara y fatigado por la sucesión de eras. Y mirándolo se consumó el ocaso, y muchos señores y algunos jóvenes novicios lloraron amargamente. Se quedaron toda la noche en vela a la espera del amanecer: unos, apostados en las vigas del soportal; otros, no pudiendo sobrellevar la borrachera, yacieron mecidos por los abanicos de las doncellas; otros salieron a pasear por los jardines. Debatían sobre la Ley, alababan la belleza oscurecida de la vegetación o cantaban canciones tristes de amor, pero nadie hablaba demasiado. Junto a un templete adyacente a la nave principal, al margen de los demás, la joven emperatriz se dejaba desenredar por doncellas su larga cabellera y permitía que recitasen poemas sus ingeniosos amigos.

En la estancia del convite quedaron solos el matrimonio Fujiwara y Minamoto no Yoriyoshi. Sentían los tres la obligación de hacer guardia a Buda lealmente mientras los demás dejaban correr sentimientos y pensamientos. Con sonrisas de afecto y con miradas cansadas, los tres vieron llegar al disco solar: solemne, rojizo, pero aparentemente indistinguible de los anteriores. Un amanecer que significaba el más triste ocaso, aunque nadie lo habría advertido si no lo hubieran estado proclamando con tanta insistencia. Un amanecer que merecía consagrarse por ser el último. Monjes de todas las sectas se dispusieron a entonar sus plegarias con voz resonante. Al tiempo, el samurái de los Taira rezaba a Buda con sencillez y pureza, alabando su poder, como se reza a los dioses de la montaña y del mar, esos mismos dioses que ahora iban depositando gotas de rocío en cada espina y en cada pétalo de cada flor. Ejemplo preciso de lo que habría de ser el hombre en la Era Postrera, el samurái entregó toda su energía en una sola súplica reiterada, un azote de su mente, una súbita simplificación del devenir. Y terminó con un saludo a Daiitoku, el guerrero de seis rostros y divino defensor de Amida, y otro saludo a los cuatro reyes celestiales que velan por la Ley en los cuatro puntos cardinales. La emperatriz se acercó distraídamente a los monjes para oír el rumor de sus cantos, de los que poco entendía. Dispersados entre el jardín y el templo, los presentes se enfrentaban a la decadencia como mejor podían. Todo respiraba con la misma eterna calma en la villa, igual siendo un templo que cuando era el cuartel general de los ministros de un imperio. La Era Postrera había llegado, y, como era de temer, los pájaros y las moscas, seguían sin darse por enterados, entusiasmados en sus juegos. Los únicos que no presenciaron de ningún modo el alba fueron los criados: dormían no lejos de sus señores, exhaustos tras la larga noche. Los criados y los gatos, también dormidos en las oquedades umbrías del jardín tras una dura caza de libélulas.

A media mañana, los invitados se despertaron de una larga siesta, merecido premio por la vigilia nocturna. Los palanquines recibieron a los nobles con destino a Kyōto, Nara y Kamakura. La emperatriz Hiroko no quiso mostrar aflicción en sus ojos por su regreso a palacio con tal de no trasladársela a su padre y a su madre. Los religiosos recogieron sus campanas y percusiones de madera. El yamabushi regaló su flauta al samurái de los Taira, que lo agradeció con una lágrima. Una dama olvidó uno de los cintos de su kimono en el lecho de un dormitorio; Yorimichi lo encontró sin querer averiguar cómo había llegado allí. Instantes después, Shōren se despedía. Agarró al anfitrión y lo condujo a una privada para hablar de algo. Allí felicitó a Yorimichi y a su familia por el delicioso convite y por su gran piedad. Volvió a tranquilizarlo respecto de los tiempos turbulentos que todos temían. Le recordó que el hecho de estar todos tan avisados podía resultar ser una bendición. Después de todo, el temor al olvido multiplicaría el número de copias de manuscritos religiosos. En los monasterios, además, no se dejaría de rememorar los deberes de los monjes. Lo que se perdiera en detalles o en exactitud se supliría con voluntad. Formas más simples de adoctrinamiento podían conducir a la misma Iluminación de antaño. Sin duda se incrementarían necedad y violencia en señores, campesinos y monjes, pero aquel que buscase con fervor la auténtica vía religiosa la encontraría en la misma paz que la de quinientos años atrás. Por muy negligente que fuera la organización de un templo, la vacuidad mental de quien la cultiva debidamente no podía sufrir merma, como no puede perder aquel que no tiene nada. Y aquel que no se atreviese a dar el paso hacia la vida monástica podría refugiarse en la plegaria a los budas que, como Amida, prometían la perfección a cambio de simple humildad y encendido amor. La nueva devoción, cada vez más exaltada, sería la reacción compensatoria a toda la vulgaridad que, sin duda, se fermentaba como ponzoña bajo el hinchado oropel de las ciudades. Le recordaba que ni los más tristes temores ni los más altos anhelos suelen satisfacerse. Si conviene decantarse por los unos o por los otros se debe, sobre todo, a la llamada del equilibrio: con frecuencia un fuerte anhelo de pureza es lo único que permite evitar el abismo; con frecuencia un fuerte temor al abismo puede elevarnos en la senda de Buda. Los puntos de vista opuestos pueden resultar en una alternancia bienhechora, del mismo modo que la sucesión de días y noches, grata fortuna para el mundo, proviene del litigio entre Amaterasu, diosa del sol, y su hermano el dios de la luna, que no quieren verse más. Pero en toda compensación hay un límite y en toda conducta extrema acechan los demonios.

Terminó Shōren insistiendo en la idea de independencia:

—Si uno encuentra el horror a su alrededor, siempre puede buscar la belleza en su corazón. Si la perfección será ahora casi imposible —decía tosiendo una vez más—, la erradicación de los oscurecimientos más peligrosos es, en cambio, bien sencilla. No hay necesidad de saber mucho: basta con entregar un alma desnuda. Debe comprenderse que ahora es difícil encontrar un hombre puro que sea buen instructor o un buen instructor que sea puro, pero ambos serán guías útiles para quien está alejado de ambas virtudes. No seáis demasiado exigente con vos mismo, Fujiwara no Yorimichi, pero obedeced en lo que podáis a los estudiosos de los dioses o de la Ley. Por muy imperfectos que ellos mismos puedan ser, la lealtad y la humildad son regalos que cualquiera puede hacerse a sí mismo. Además, nunca se sabe qué pequeño desliz puede conducir a la mente hasta un torbellino de destrucción. Y no dejéis de recitar sūtras, pero sin olvidar que también contribuís al mundo administrando el gobierno, librando batallas contra los malvados y protegiendo a vuestra gran familia, que es también la del emperador. Habéis matado y habéis intrigado como varios de los señores que han comido hoy aquí: vuestros pecados pasados se disiparán en una vida próxima si sembráis la compasión y la templanza en cada acto a partir de ahora. Sois un buen hombre, Fujiwara no Yorimichi.

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Y, con esas palabras, Shōren salió de la mansión y se alejó muy despacio junto al novicio que le cubría con un parasol. El anfitrión se quedó mirando aquellas dos siluetas con el sabor agridulce de un beso de anciano, el sabor de una verdad modesta y tranquila. Cualquiera que hubiera visto con atención el rostro sereno del viejo Shōren aquel día habría advertido que sus arrugas habían sido sus mayores maestras. La vivencia propia era la fatigada madre de esas líneas escuetas de sabiduría con la que Shōren resumía la práctica de la Ley.

Los anfitriones despidieron a los últimos invitados con reverencias. Cuando despidió a Minamoto, la señora de Fujiwara no hizo un gesto especial. Yorimichi mencionó al oído de su amigo alguna cuestión referida a la guerra que éste comandaba contra el clan Abe, en la provincia de Mutsu. Solemne y afable, Minamoto se alejó sin volver la vista atrás. Los tres, sin embargo, tenían por dentro el corazón tierno como la hierba. Cuando todos se fueron, el rocío ya había desaparecido.

Fujiwara no Yorimichi pasó el día deambulando entre ciruelos, mirando las violetas, rozando la superficie del estanque, bruñendo él mismo las estatuas sagradas. Era el último día que habitaba la casa de su padre; al día siguiente llegarían los novicios para instalarse definitivamente y acondicionar los aposentos de Shōren, y él y su intachable esposa se trasladarían a su hacienda en la capital. Por ello no quería ocupar aquel día en ningún asunto del gobierno ni de su clan; toda despedida precisa de cierta cortesía, de cierta entrega. Caviló sobre abrazar la vida religiosa y sobre la ausencia de nubes en el cielo. Mencionó en voz baja su propio nombre de infancia, “Tazugimi”, y se convenció de la sana costumbre nacional de desprenderse de los apelativos con cada nueva etapa de la vida, costumbre que contribuía a no apegarse siquiera a la propia persona. Durante un rato estuvo mirando también a su esposa dormida. “Igual de bella —pensaba—, y su amor es cada vez más generoso”. Sabía que desde su juventud amaba a Minamoto, pero también sabía que en su corazón quedaba aún espacio para su marido, y para sus amigos, y para el mundo entero, aun con los enemigos del imperio dentro, y para las hormigas que se negaba a pisar o a barrer. Y le ofreció una reverencia que ella no percibió.

De nuevo en el atardecer, Yorimichi seguía paseando solo, guiado por un farol. Le pareció ver un pétalo de flor que volvía a su rama del árbol… hasta que distinguió a la mariposa. Pero vio caída a sus pies una flor de tilo auténtica, y la recogió con cierta tristeza. Se sentó en el soportal principal frente al estanque, lleno de compasión por el mundo y por los próximos diez mil años, los cuales, según habían aseverado los bonzos, serían tan vacuos como los diez mil anteriores. Aun con todo, sintiéndose algo ingenuo por el mero hecho de desear, pidió a Kannon que ni las guerras ni el vicio asolasen al país. Juntando las manos, esperaba que aquellos diez mil años fuesen una prueba no demasiado severa, o que al menos budas y dioses acudiesen en auxilio de los hombres. Esperaba que la ignorancia no enturbiase los corazones hasta el punto de habituarlos a la destrucción de lo que merecía perdurar. Esperaba que aquel jardín floreciese hasta que recomenzase el ciclo de la Ley, para proveer así de un emblema consolador a los lugareños. Y que la sucesión de ciclos se detuviera un día en su punto álgido, de modo que, convertidos en budas todos los seres, el universo entero fuese un sūtra. Esperaba, en fin, la victoria de los victoriosos. Esperaba y esperaba y se reiteraba en sus esperanzas. Pero ya había caído la noche. Y, aspirando el último aroma de la flor de tilo, la depositó delicadamente sobre el estanque, pensando en la caducidad de todas las cosas.

***

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[La primera música que se puede oír es un fragmento de orquesta gagaku, la música tradicional cortesana de Japón. La segunda es un canto shōmyō o salmodia de sūtras, en este caso de la secta Shingon, por lo que es muy probable que sea un fragmento del Mahāvairocana sūtra o del Vajrasekhara sūtra. La siguiente pieza es un relato épico a cargo de Yukio Tanaka, quien, acompañado de su biwa, canta el famoso “incidente de Honnō-ji”. Cuenta la verídica historia de Oda Nobunaga (1534-1582), conocido como Dairokuten Maō (“Rey demonio del sexto cielo”), un brutal e impío señor feudal que incendió un templo con él dentro al verse traicionado y asediado por su subalterno Akechi Mitsuhide. El jesuita portugués Luis Frois, quien conocía a Nobunaga, dijo de su final lo siguiente: “Lo que sabemos, sin embargo, es que de este hombre, quien hizo a todos temblar no sólo con el sonido de su voz sino incluso con la mención de su nombre, no permaneció ni siquiera un pequeño cabello que no fuera reducido a polvo y cenizas”. La desaparición del cadáver de una figura tan grande da pie a una moraleja final sobre el tópico de la impermanencia universal o mujō, flagelo de orgullos, tan caro al antiguo Japón como el omnia fluunt o el mors omnia aequat a la cultura clásica occidental. Su historia cobra un especial sentido budista cuando se sabe que Nobunaga había acabado anteriormente con la vida de numerosos monjes y laicos amidistas del movimiento rebelde Ikkō-ikki, durante los asedios a los castillos de Ishiyama Hongan-ji y Nagashima. El texto cantado es el siguiente:

Nobunaga se dirigió a Kyōtō acompañado de un centenar de sus cortesanos y llegó a Honnō-ji. Valiéndose de esta oportunidad, Mitsuhide reunió a sus generales en el castillo de Kameyama. Resentido por las muchas afrentas sufridas a manos de su señor, Mitsuhide tramó su asesinato.

Ignorando lo que había de suceder, Nobunaga pernoctó en el templo y se rindió al sueño. Por la mañana temprano sonó el gong. Se oía el rumor distante de voces y caballos. Al instante, Nobunaga deslizó la puerta corrediza y esperó en el umbral, armado con arco y flecha. Al verse impotente ante las huestes de su enemigo, Nobunaga prendió fuego al templo y murió en la conflagración. A lo largo de sus cincuenta años de vida, Nobunaga había consolidado el prestigio del imperio; pero todas las hazañas, tanto las buenas como las malas, son efímeras y frágiles como las quimeras de un sueño.

La última obra es Dream/Window de Tōru Takemitsu, uno de los mejores compositores de la segunda mitad del siglo XX, lo cual tampoco es decir mucho. La música evoca un paseo por el jardín del templo Saihō-ji, en Kyōto. El título se debe a un juego ortográfico de la lengua japonesa: las palabras “sueño” y “ventana” se escriben respectivamente con los caracteres 夢 (mu) y 窓 (sō), conformando así el nombre de Musō Soseki (1275–1351), famoso monje zen y diseñador del jardín de Saihō-ji.]

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Tal el poder divino que engendró el mundo y trabó las siete zonas del orbe hábilmente creado, insuflándolas de una armonía total, tal era Febo cuando, satisecho con la muerte del dragón, agitando el pecho creó doctas canciones.

Bucolica Einsidlensia I 32-34

El paladín entró esforzado en la fragua de Amor. Dirimió allí paradojas doctrinales, controló su respiración acompasándola a las oleadas de las corrientes, gesticuló según lo establecido por el antiguo rito, se santiguó apropiadamente. Realizados los preliminares, dirigiéndose a altar, habló así al habitante del sagrario:

“Oh Grial, cáliz del Pleroma, purifica el aura que arrastro contaminada por los sinsabores del siglo. Permite que las estrellas no me confundan cuando, obedeciéndolas, decida el rumbo de mi navegación. Empapa de lucidez mi entendimiento para que cada acto se vea respaldado por la razón universal. Hazme amigo de los sabios y de leyes milenarias, inscritas en sentencioso bronce. Proporcióname la comprensión de las conductas de reinos ya desaparecidos y no dejes que se me aparezcan como monstruosos intentos fallidos de una humanidad por venir. Déjame trabajar la gnosis, distinguiendo como corresponde a las Tres Emanaciones y la naturaleza velada del Principio Supremo. Señala con áureo timbre a los santos y enviados de la Verdad, para que pueda honrarlos y ofrecerles cobijo y laudas. Dame el don de lenguas, para que ningún himno litúrgico me sea ajeno. Irrígame de la pócima de la beatitud, para que todo acontecer se me haga fluido y suave como el aceite que viaja entre los dedos y se escurre con somnolienta gravedad. Prosigue con tu dispensa de dolores, pues toda prueba que me llega me ajusta la cota de malla y me endereza la cabeza, atenta al mundo. Pero por encima de todo nútreme de tu amorosa sangre, identifícame contigo, con el Alto Cielo, con la médula de la materia y las raíces del Espíritu. Pórtame en tu nombre, en tu destino. Dondequiera me conduzcan tus caballos, allí iré yo, unido a tu posición, arriba o abajo, contracorriente o a favor de los vientos, ubicuo, amado por el vaivén de la eternidad”.

Habiendo hablado así, una nube de tonalidad violácea envolvió al paladín, que no se resistió al abrazo. Antes bien, una sonrisa amaneció en su rostro, presa de una calma propia de elefantes y plácidas criaturas extintas de amplio torso. Sus ojos, cerrados con la confianza de una doncella en el tálamo nupcial, ya no veían nada fuera de sí. La víctima mística rindió su sacrificio penetrando en el peregrino, tomando el imperio de las funciones de sus órganos, y así se ocupó en adelante de gestionar su respiración, su mirada y su habla. El vago recuerdo de una lira punteó el instante desde algún rincón: la música recibió al orante, y en una sola armonía se subsumieron las identidades presentes.

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[Música: Scriabin, Sinfonía No. 1 Op. 26. I. Andante.]

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