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Archive for the ‘Ficciones’ Category

 

ἐγὼ δὲ καὶ γυμνὴ καὶ μόνη καὶ γυνὴ ἓν ὅπλον ἔχω τὴν ἐλευθερίαν, ἣ μήτε πληγαῖς κατακόπτεται μήτε σιδήρῳ κατατέμνεται μήτε πυρὶ κατακάεται. Οὐκ ἀφήσω ποτὲ ταύτην ἐγώ: κἂν καταφλέγῃς, οὐχ οὕτως θερμὸν εὑρήσεις τὸ πῦρ.

[Yo estaré inerme y sola, una simple mujer, con mi libertad por toda arma, a la que ni hieren los golpes ni el hierro corta ni el fuego abrasa. Jamás la dejaré en tus manos. Y, aunque me quemes, no hallarás el fuego tan ardiente como ella.]

Aquiles Tacio, Leucipa y Clitofonte 6.22.4

 

 

Ἐκ τοῦ αὐτοῦ φυράματος, λέγουσα, τοῖς ἀνδράσιν ἐσμέν. Κατ’ εἰκόνα Θεοῦ γεγόναμεν, ὡς καὶ οὗτοι. Ἀρετῆς δεκτικὸν τὸ θῆλυ ὁμοτίμως τῷ ἄῤῥενι παρὰ τοῦ κτίσαντος γέγονε. Καὶ τί γὰρ ἢ συγγενεῖς τοῖς ἀνδράσι διὰ πάντων ἐσμέν; Οὐ γὰρ σὰρξ μόνον ἐλήφθη πρὸς γυναικὸς κατασκευὴν, ἀλλὰ καὶ ὀστοῦν ἐκ τῶν ὀστέων. Ὥστε τὸ στεῤῥὸν, καὶ εὔτονον, καὶ ὑπομονητικὸν, ἐξ ἴσου τοῖς ἀνδράσι καὶ παρ’ ἡμῶν ὀφείλεται τῷ Δεσπότῃ. Ταῦτα εἰποῦσα, πρὸς τὴν πυρὰν ἥλατο· ἡ δὲ περισχοῦσα τῆς ἁγίας τὸ σῶμα, ὥσπερ τις θάλαμος φωτεινὸς, τὴν μὲν ψυχὴν ἐπὶ τὴν οὐράνιον χώραν, καὶ τὴν πρέπουσαν αὐτῇ λῆξιν ἀνέπεμψε.

[Así decía: “Somos de la misma arcilla que los hombres. Hemos sido hechas a imagen de Dios, como ellos. El género femenino ha sido hecho por el Creador capaz de virtud igual que el masculino. Y ¿por qué somos semejantes a los varones en todo? Porque no sólo fue tomada carme para la constitución de la mujer, sino también hueso de sus huesos. De manera que la constancia, el vigor y la paciencia la debemos al Señor de igual manera los varones que nosotras”. Dicho esto saltó a la pira, que rodeó el cuerpo como un tálamo resplandeciente y envió su alma a la región celeste y al descanso merecido.]

San Basilio de Cesarea, In martyrem Julitam 2

 

 

Nam nec prodest perpetua, si felicitas non sit; et felicitas deserit, si perpetua non sit. 

[Pues no aprovecha “Perpetua”, si no hay “Felicidad”, y “Felicidad” nos abandona, si no es “Perpetua”.]

San Agustín, Sermo 282.1

 

 

Et dixi Perpetuae: “Habes quod vis.” Et dixit mihi: “Deo gratias, ut quomodo in carne hilaris fui, hilarior sum et hic modo.”’

[Yo le dije a Perpetua: “Ya tienes lo que quieres”. Y ella me contestó: “Gracias a Dios que, como fui alegre en la carne, aquí soy más alegre todavía”.]

Passio Perpetuae et Felicitatis 12

 

 

Οὐ γὰρ ἔλαβον καύχημα κατὰ τῶν πεπτωκότων, ἀλλ´ ἐν οἷς ἐπλεόναζον αὐτοί, τοῦτο τοῖς ἐνδεεστέροις ἐπήρκουν μητρικὰ σπλάγχνα ἔχοντες, καὶ πολλὰ περὶ αὐτῶν ἐκχέοντες δάκρυα πρὸς τὸν πατέρα,  ζωὴν ᾐτήσαντο, καὶ ἔδωκεν αὐτοῖς· ἣν καὶ συνεμερίσαντο τοῖς πλησίον, κατὰ πάντα νικηφόροι πρὸς θεὸν ἀπελθόντες. Εἰρήνην ἀγαπήσαντες ἀεὶ καὶ εἰρήνην ἡμῖν παρεγγυήσαντες, μετ´ εἰρήνης ἐχώρησαν πρὸς θεόν, μὴ καταλιπόντες πόνον τῇ μητρὶ μηδὲ στάσιν καὶ πόλεμον τοῖς ἀδελφοῖς ἀλλὰ χαρὰν καὶ εἰρήνην καὶ ὁμόνοιαν καὶ ἀγάπην·

[Porque los mártires no tomaron de la caída de los otros ocasión de vanagloria, sino que con entrañas de madre distribuyeron a los necesitados lo que ellos tenían en abundancia, y derramando copiosas lágrimas por ellos al Padre, pidieron vida y el Padre se la dio. Ellos la repartieron entre sus prójimos y marcharon a Dios con una victoria sin tacha. Habiendo amado siempre la paz, de paz nos dejaron prendas y en paz marcharon a Dios, sin dejar tras sí trabajo a la madre ni discusión y guerra a los hermanos, sino alegría, paz, concordia y amor.]

Eusebio de Cesarea, Historia eclesiástica 5.2.6

 

 

Dion dixit: Milita, ne pereas. Maximilianus respondit: Non milito. Caput mihi praecide, non milito saeculo; sed milito Deo meo.

[Dión dijo:
—Sé soldado; si no, estás perdido.
Maximiliano respondió
—No quiero serlo. Córtame la cabeza, pero yo no milito para el siglo, sino para Dios.]

Acta Sancti Maximiliani 2

 

 

Atque ita ait: Marcellum qui Centurio natus, in quo militabat ablatum publice sacramentum polluit, et sub acta Praesidis talia verba furiis plena deposuit, gladio animadverti placet. Et cum ad supplicium duceretur Marcellus sanctus dixit: Dominus tibi benefaciat.

[Y dijo así:
—A Marcelo, que, siendo centurión ordinario, tras quebrantar el juramento bajo que militaba, lo ha deshonrado públicamente, y bajo la fe de las actas del presidente ha dicho palabras llenas de furor, le condenamos a que sea pasado a filo de la espada.
Y al ser conducido al suplicio, San Marcelo dijo:
—Que el Señor te colme de beneficios.]

Passio sancti Marcelli 2

 

 

Rursus proconsul: Stultitiae praeceptor eras. Respondit ille: Pietatis.

[De nuevo el procónsul: “Eras maestro de estulticia”. Respondió aquél: “De piedad”.]

Acta Pionii 19

 

 

πάσῃ φυλακῇ τήρει σὴν καρδίαν, ἐκ γὰρ τούτων ἔξοδοι ζωῆς.

[Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida.]

Pr 4:23

 

A los miles de cristianos que cada año, en este siglo, siguen dando testimonio de su libertad de espíritu con el pago de sus vidas.

 

I. Vibia Perpetua a Ulpia Marcia.

En esta hora postrera te dedico, hermana, las últimas palabras que pondré por escrito. Habiéndome confesado al diácono Pomponio por la mañana, habiendo entonado durante toda la jornada himnos al Señor entre todos los que en esta celda aguardamos, ya declarados en el silencio de la conciencia mis últimos votos y súplicas, estoy pronta a morir por mi fe. Aunque me insuflaría fuerzas entregarme a la oración hasta la hora en que nos saquen a la arena, prefiero pasar mi última vigilia hablando contigo, con quien tanto he jugado y amado. Siento que te debo alguna explicación sobre la madera de la cruz que abrazo. 2. Puesto que mi conversión ha sido reciente, y puesto que tu padecimiento por ella no parece haber cesado por más que disimules tu llanto, te diré algunas cosas para que tú, Marcia, comprendas mi libérrima voluntad y, tal vez, también sigas mi camino. Me alegra hasta donde pueda alegrarme por los seres de este mundo que te hayan impresionado algunas parábolas del Santo Evangelio, que admires los hechos de Cristo Jesús, que hayas derramado alguna lágrima de misteriosa admiración cuando me veías susurrar letanías al prender las lámparas de mi altar. 3. La semilla de la gracia se está abriendo en ti puesto que tu bondad la ha hecho madurar desde siempre. Menos de veintitrés primaveras han bastado para hacerme leal a la sociedad de los justos hasta el punto de encomendar mi salud y mi vida corporal; menos incluso te bastarán a ti, conociendo como conozco la hermosura de tu corazón.

II. Mientras mis hermanos debaten hasta su último día ciertos dogmas intrincados del Magisterio, yo me he retirado a meditar en soledad. Muchas son las doctrinas que todavía no entiendo, y no tendré ya tiempo de estudiarlas. En varias ocasiones hemos departido tú y yo sobre la doctrina de mi fe, aunque casi siempre por carta. Me inquirías cómo era posible que Dios fuera uno y trino, cómo pudo nacer de virgen nuestro Salvador, cómo pudo surgir un mundo a partir de la nada, cómo era posible que el pecado fuese llamado a la existencia por la fuente del Bien, cómo heredamos de Adán y Eva nuestras miserias, o cómo era posible la resurrección de la carne. 2. A esta hora sigo sin tener respuesta para esas cuestiones. Contra lo que podrías estar pensando, mi incertidumbre filosófica no debilita mi ánimo. No pasaré mis últimos instantes procurando comprender los designios del Señor. Acepto con alegría que Él vaya a saber siempre más que nosotros, que la Inteligencia pura no pueda más que ser participada en algunas trazas por nuestras inteligencias particulares, teñidas de ofuscación y de densa carne. 3. No basta, en cambio, con creer cosas inverosímiles para formar adecuadamente la humildad. Si los mitos de los dioses olímpicos son igualmente inverosímiles, no veo que hayan producido nunca tanto coraje y pureza de intenciones como ha logrado el Santo Evangelio. ¿Quién se daría por amor a las fieras sin esperar ningún bien de este mundo y, lo más importante, sin albergar odio ni congoja en el corazón? Acaso solamente un cristiano en tierras que conozcamos. La verdad de la nueva alianza que nos regala Cristo es limpia, carece de orgullo, de impudicia, ama a todos los hombres por igual, siente especial ternura por los débiles y enfermos, anima a pobres, mujeres y esclavos a alcanzar la más alta santidad. 4. Y, con todo, no contradice las verdades más excelsas de Platón o de Aristóteles. ¿No asiente la ley de la Iglesia a la intuición del Bien supremo? ¿No reconocemos igualmente la Unidad de la que todo dimana y en la que todo mora? ¿Es que no nos decidimos, como los estoicos, a permanecer firmes en la Razón universal, aceptando todo lo que venga, no ya con impasible rigidez, sino con alegría plena y generosa? ¿No hablan los peripatéticos también de una Causa primera? ¿No pensamos, con los pitagóricos y el oscuro Heráclito, que una concordia entre opuestos, sabia como sólo la Sabiduría puede serlo, lo rige todo, y que las disonancias del concierto no son sino estertores de libertad y de respiraciones de las conciencias que en nada afectan al buen destino del conjunto? ¿Aprecian los atenienses más que los nazarenos la sabiduría y la belleza de la Creación, a la que cantan éstos con más frecuencia, varias veces cada día? ¿Nos superan en morigeración y templanza los más ejemplares de los romanos? ¿Pueden ser más devotas las sacerdotisas de Vesta enfrentándose a la perdición si renuncian a la virginidad que los cristianos cuando nos lanzamos a padecer todas las vilezas precisamente por mantenernos en la virginidad, la lealtad y la caridad?

III. Cuando busco el instante en que abracé la fe definitivamente, no lo hallo en el día en que vi a unos cristianos siendo apresados y golpeados sin que la paz abandonase sus rostros. No lo hallo en las palabras de Pomponio, ni en los cantos puros a los que empecé a unirme en casa de Sáturo más por curiosidad y amistad que por convencimiento. Acaso fuese el instante decisivo aquel en que, paseando por mis jardines, vi a mi querida Felicidad rescatar del suelo a una cría de mirlo malherida, que había caído de un nido. Después de tratar de alimentarlo con hierbas y de envolverlo en su subúcula, le recitó unos versos con voz melodiosa que invocaban la intercesión de algunos santos. El pajarillo pareció calmarse, y así pasó las pocas horas que le quedasen de vida. Se marchó de este mundo con la bendición de aquella esclava a la que desde entonces tuve el impulso de llamar hermana. 2. Aunque no he oído a ningún presbítero hacer consideraciones sobre el alma de los animales, sentí que Dios había enviado a esa doncella sanadora, ese ungüento de caridad, a preocuparse por un destino suave para su minúscula criatura, como acordándose de lo que dijo Jesús sobre los cinco gorriones a los que no olvida el Padre, por más que se vendan por dos monedas (Lc 12:6). Allí comprendí la grandeza del amor, la dulzura permanente, la elegancia de los gestos compasivos y magnánimos, cosas que brotan cuando uno ya no se preocupa de su miserable beneficio, de su cuerpo caduco, de la minúscula porción de universo que ocupa en su corta vida o de sus tristes pensamientos sobre el porvenir.

IV. No sé cuántas respuestas calmarían la inquietud de tu entendimiento sobre mis creencias y mi fortuna. Una cosa sí creo que podré explicarte con sencillez: por qué los cristianos no adoramos al emperador. Nada es más falso que considerar que lo despreciamos o que no lo honramos con la grandeza que se merece el primer hombre del más grande imperio mundano. Tampoco el cómico Accio se levantaba ante Julio César cuando acudía éste al colegio de poetas, y nadie se indignaba por ello, pues era claro que allí se saludaba el talento literario y no el político. Del mismo modo, no rendimos culto al gobernante, porque el culto se reserva a lo divino y no a lo humano, sin que por ello podamos dejar de rendirle honores como príncipe del imperio. 2. ¿Participa de lo divino nuestro César Septimio Severo? No cabe duda, pero como un mortal magnífico, una criatura amada por su Creador, un elegido para regir los destinos del orbe. Equiparar su voluntad a aquella que dio origen a las estrellas y a la raza humana, no es tanto piedad cuanto estéril estulticia y peligrosa exhortación al envanecimiento, que es de lo que menos conviene a un príncipe. Me conmueve que se le rindan honores, versos, fastos; que le compongan odas, que le erijan edificios y estatuas, que llevemos su efigie en las faltriqueras. Nómbresele guía de todos los ejércitos si se desea, venza con su ley el germen del crimen, quiera que el mundo hable nuestro latín, impónganseles epítetos dignos de un Héctor, de un Numa y de otros llamados semidioses. Comparta con sus hijos la potencia sobre el suelo, como tríada que refleja abajo la que existió arriba desde lo sin principio. Pero no permitamos que su alma, lábil como todo lo que fluye entre las edades, ocupe en su totalidad el lugar de las nuestras. El César es hombre como nosotros, es africano como nosotros, es de nuestro siglo, cae en nuestras debilidades. Hagámosle fácil su vida y su gloriosa misión, pero no a costa de dejar que la facilidad sea la misión de nuestras vidas. 3. Te diré algo que hay en la enumeración de enseñanzas que nos legó el Maestro, tal y como las enumeró Apolonio (Acta Apolonii 37) ante el procónsul Perenne, quien le habría de martirizar: en ropa de pobre nos enseñó el Rey de reyes, en efecto, a calmar nuestra ira, moderar nuestro deseo, mortificar los placeres, cortar de raíz nuestras tristezas, ser comunicativos, fomentar la amistad, destruir la vanagloria, no buscar la venganza de los que nos agravian, despreciar la muerte por la ley de la justicia, no buscar dañar a nadie, sino soportar a los que nos dañan; obedecer a la ley por Él puesta (έδίδαξεν γάρ θυμόν παύειν, έπιθυμίαν μετρεϊν, ήδονάς κολάζειν, λύπας έκκόπτειν, κοινωνικούς γίνεσθαι, φιλίαν αύξειν, κενοδοξίαν καθαίρειν, προς άμυναν ἀδοκούτων μὴ τρέπεσθαι, διὰ τὸν τῆς δίκης θεσμὸν θανάτου καταφρονεῖν, οὐ διὰ τὸ ἀδικεϊν ἀλλὰ διὰ ἀνέχεσθαι ἀδικούμενουσ, ἔτι δὲ νόμῳ τῷ ὑπ’ αὐτοῦ δοθέντι πείθεσθαι); y, añade Apolonio, a honrar al emperador (βασιλέα τιμᾶν). Según nos enseñó el Verbo encarnado, deberemos dar al César lo que es del César; a Dios, lo que es de Dios (Mt 22:21).

V. Creo que ya ni siquiera tú sacrificas al emperador. Tampoco me agrada que sacrifiques todavía a los dioses. ¿No te daña otorgar el alma de un cordero a un pequeño genio, apasionado como el de un hombre, si es que los corderos cuentan con tal atributo y si es que existiesen los dioses de los montes y de los astros? Yo te insto, hermana, a que no derrames sangre de ningún modo, pues, aunque casi todos mis hermanos se conforman con no obsequiar a ídolos, y algunos de ellos comen carne, yo lamento el sufrimiento de la criatura a la que de todos modos se priva de una vida. 2. No usemos al animal como si fuese nuestro, porque ante todo es posesión divina, y, al igual que los hijos que decimos poseer, los poseemos nosotros solamente por circunstancias temporales y relativas. Eso me trae a la memoria las pobres fieras que se verán obligadas a masticarnos. Y pienso sobre todo en los bestiarios (venatores) del anfiteatro, que las han privado de alimento durante semanas a fin de acrecentar su afán en hacer el mal. Unas y otros son como címbalos que retiñen, y se alejan de Dios mientras a nosotros nos conducen en sus lomos hasta Él, porque no saben lo que hacen.

VI. Estoy dispuesta a morir, hermana, no por las palabras de un libro. No por una reliquia bienoliente o por un milagro deslumbrante. También los poetas antiguos, las flores y los magos cuentan con logros similares. Aunque me agrade sobremanera que ecos de la religión de nuestra infancia resuenen en las homilías y en las sentencias de Moisés, aunque me reafirman en mi fe las curaciones inexplicables y las multiplicaciones de los panes, nada de ello es por lo que estoy pronta a despedirme del mundo. Estoy dispuesta y, aun más, deseosa de morir por habérseme presentado en ello la oportunidad de encarnar la perfección de un alma tal y como los mejores filósofos la concibieron en sueños. 2. ¿Por qué enfrentarse a la muerte de este modo tan terrible, dirás? Porque allí se decide todo. Es una gran fortuna que la maduración que en otros conllevó lustros de práctica se haya reconcentrado en unas pocas jornadas para quienes aguardamos en este calabozo. Sé que estoy aprendiendo amar el doble a cada hora que se sucede. Siento que ya nada me da miedo en esta era, puesto que estoy poniendo toda mi voluntad en otra. A menudo me he quejado sin mesura cuando me he magullado con el fuego de una antorcha, o he sido presa del abatimiento o la ira cuando alguno de mis caprichos no se cumplía velozmente; estando ahora dispuesta al sufrimiento supremo, he renunciado por completo a mis antiguas, perniciosas costumbres. Si no equivaliese a una blasfemia, casi diría que no espero con tanto afán una nueva vida: ya he renacido varias veces desde la última vez que nos vimos. Jamás sentí tanta fuerza como ahora que no me aferro a nada. 3. Es por eso que honramos a los cristianos que murieron a manos de la soldadesca antes que nosotros; porque, ¿no han sido sus vidas fulgores de héroes mayores que los de Aquiles, Jasón o Rómulo? Con su paz invencible, su confesión sin arrogancia pero sin melindres, su entereza, que nunca pasa a convertirse en gesto violento, han dominado todos los reinos del orbe. Porque solamente empezando a vencer el centro mezquino de uno mismo se pueden ir logrando asentamientos allí por donde se marche. 4. Nada más triste que un sufrimiento sin progreso, y en ello están de acuerdo incluso vuestras leyendas, si contemplamos a los condenados por el Olimpo. ¿En qué aprovecha a Sísifo empujar una piedra hasta una cima de la cual volverá a caer? ¿Gana algo Tántalo sufriendo un hambre eterna frente a unos frutos que le soslayan? ¿No les valdría más a Ticio y Prometeo perder la noción de la existencia que sentir eternamente devorado el hígado? ¿Con qué fin, Ixión, ruedas abrasándote en el Tártaro? Por nuestra parte, los soldados del Ungido sacrificamos nuestro desahogo con vistas al más rápido cumplimiento posible de la Voluntad clemente que rige los mundos. Ningún deleite tiene tanta plenitud como nuestro tormento, pues en éste nos sentimos en consonancia con el curso secreto de los elementos.

VII. Recuerdo las hazañas de los varones ilustres que nuestro padre nos recitaba en los testimonios recogidos por Valerio Máximo o Plutarco. ¿Cómo no nos habría maravillado la piedad de Numa, la pureza de Catón, la modestia de Agrícola, la austeridad de Crates y Foción, la sinceridad de Sócrates, la prudencia de Cicerón, la liberalidad de Augusto, la compasión de Séneca? ¿Pues qué? ¿A qué esperamos para encarnar todas esas virtudes en un solo paseo hacia las catacumbas, o en otro hacia el hierro incandescente? Es un movimiento inusitado, pero una vez emprendido con diligencia nos lleva por sí mismo en lugar de llevarlo nosotros a él, como el peso de una piedra la va asentando cómodamente en el fondo del mar cuando se hubo hecho el esfuerzo de lanzarla, despegándola de la erosión de los vientos volubles. 2. Acaso las gestas de los mártires, sus coronas hechas de sus propios huesos, sus cantos desde las fauces de un león, sus oraciones por quienes les despellejan vivos, su combate son Satanás en su propia sangre, acaso todo eso, digo, será algún día monumento mucho más egregio que los de los generales que comandaron la república romana contra galos y sirios. 3. Cual en mi extravío me indicó el camino la luz de la santa libertad, así quiero dar ejemplo a otras almas. Porque si otros antes que yo me guiaron, si oficiales del ejército, soldados, mercaderes, matronas, esclavos, adolescentes, me hicieron sentir vergüenza por no tomar poder sobre mi propio corazón, por no amar lo bastante el cielo y la tierra, ¿a qué no podría hacer yo lo propio, si siempre me sentí de espíritu dulce, cultivado en las artes liberales y esperanzado? ¿Bárbaros de Judea hay que resisten mejor el dolor y desprenden más mansedumbre que un romano? ¿Pues cómo? Mas también hay senadores entre quienes siguen a los galileos, como Apolonio o Julio, que desafiaron a Cómodo ensalzando la Cruz hasta serles separadas sus cabezas de sus cuerpos. Nunca hemos pensado, ni yo ni mis hermanas y hermanos, que por ser mujer, joven o madre pudiese entregarme menos a la excelsitud. 4. Nosotros no olvidamos a nuestros héroes, gozasen del sexo o de la raza que gozasen, regalo de Dios en cualquier caso. Relatamos sus vidas y suplicios una y otra vez, paladeamos sus últimas palabras, imaginamos su mirada de amor a lo lejos, una mirada que atraviesa también a los seres cercanos, inundándolos con pálpitos de virtud. Incluso actuamos ficticiamente de víctima y verdugo, como si de una comedia se tratase. Yo, sin ir más lejos, en alguna velada, tras la cena, he sido la mujer del César que se compadecía del condenado, la santa madre de la víctima o la víctima misma.

VIII. Recuerdo a Ariadna de Frigia, que prefirió dejar de ver a luz del sol antes que un casamiento con un príncipe gentil. Siendo esclava del miserable decurión Tértulo, éste le desgarró huesos y carne y la mantuvo en cautiverio hasta el día de su milagrosa desaparición en las entrañas de la tierra.  La valerosa Blandina, de pequeño y débil cuerpo pero de alma invencible, tras pasar como los demás por la silla de hierro rusiente y habiendo sido apresada en una red donde era corneada por un toro que la elevaba del suelo con cada ataque, antes de ser degollada, fue clavada en un madero como el Creador de todas las cosas, y con ello infundió renovadas fuerzas en sus hermanos que estaban siendo despedazados por las bestias en la arena. 2. Sabemos también de Gliceria, virgen, desnutrida, horneada y devorada, que fue alimentada por un ángel en su celda cuando los guardias le prohibían el alimento, antes de su durísimo combate. La esclava Zoé, por negarse a comer carne sacrificada, se vio, junto con su marido Héspero, alentando a sus propios hijos a soportar el desollamiento, y acabó su vida abrasada por las llamas. Felicidad, la matrona que tuvo que ver torturados hasta la muerte a sus siete hijos. Sinforosa, en tiempos del noble Adriano, además de haber sido desfigurada, vaciada de ojos con punzones y colgada de los cabellos en el templo de Hércules, tuvo que presenciar del mismo modo la muerte de sus hijos, también siete, que fueron descoyuntados, alanceados, descuartizados, y partido en dos el más pequeño de ellos. Fotina, por orden del perverso Nerón, fue despellejada y arrojada a un pozo que fuese sellado, mientras sus hijas fueron despojadas de sus pechos y su piel, para posteriormente una de ellas, Fótide, atada con un pie en cada árbol, ser dividida en vida. Antes tuvo que conocer que sus hijos José y Víctor sufriesen el aplastamiento completo de los dedos, la amputación de las piernas y el ser echados vivos a los perros. 3. Sofía de Roma tuvo que enterrar a sus tres hijas mártires cuando aún eran impúberes. Piensa en Felícula, descoyuntada hasta ver sus tuétanos esparcidos por el suelo a causa de oponerse a sacrificar a Vesta y a desposarse con el idólatra Flaco. Fuese decapitada Justa de Cerdeña por la denuncia de su propia madre, junto a las esclavas Justina y Henedina. Recuerdo a Pudenciana, asaeteada con dieciséis abriles, y a Veneranda, apaleada, azotada, obligada a caminar sobre brasas, mesada su cabellera, y, antes de ser degollada, aun capaz de sanar las heridas de su verdugo, ocasionadas por el aceite ardiente que le salpicase en los ojos. 4. Serapia, esclava, fue entregada a la mancebía por mantenerse fiel a su creencia en el Bien. Acabó decapitada, inspirando entonces con su ejemplo a su cruel ama Sabina, quien terminó vencida por el amor y ornamentada también con el martirio. Basilisa y Anastasia quebrantaron la ley civil para dar sepultura a los santos apóstoles Pedro y Pablo, como tiempo atrás hiciese Antígona por su hermano Polinices. Tuvieron que padecer por ello el azotamiento, quemazones con antorchas, el ecúleo, la mutilación de lengua, pechos, manos y pies, y finalmente de la cabeza. 5. Tales mujeres, al igual que sus hermanos varones, no guardando nada para sí, ni humores ni apegos, devolvieron dadivosas lo que pertenecía a los elementos; al éter, su aliento; y el espíritu, al Espíritu que todo lo invade. Como todos los mortales, estaban destinadas a morir en su vestidura carnal. En unos pocos lustros sus cabezas lucirían idénticas en su palidez de hueso y polvo. Siendo así, ¿no es mejor fenecer por amor, siquiera tras un breve martilleo de miembros, que en brazos de la hedionda vejez, avara de días sin valor? Los héroes y los santos escogen la respuesta más sencilla; los circunloquios de la mente temerosa concluyen al fin cuando el cansancio del hálito roba el significado de cualquier vivencia.

IX. ¿Te sorprenden tales historias? Esa llaneza ante el óbito, que ni el austero Marco Aurelio comprendía cuando permitía descuartizar a hombres mansos como palomas, no es lejana a nuestro sentir romano. Lucrecia, fiel a su pudor femenino, se apuñaló tras ser violada por Tarquinio. Mucio Escévola, en el campamento del etrusco Porsena, puso impasible su diestra sobre el fuego hasta que se quemase por completo. Porcia, la esposa de Marco Bruto, por lealtad a la memoria de su marido, se quitó la vida con carbones encendidos. 2. ¿Y qué decir del joven Curcio?: dando cumplimiento al oráculo, se precipitó a la sima del Foro para que aquella grieta se sellase, puesto que había sido profetizado que únicamente lo haría el sacrificio de aquello en que más destacase el pueblo de Roma, que no podía ser otra cosa que la valentía y el vigor. Publio Decio Mus se lanzó a las filas del ejército latino, a la manera suicida en que los militares creen entrar en el Cielo. Si nos acusáis de nuestra lealtad aun a costa de dejar huérfanos a nuestros hijos, ¿por qué, entonces, alabáis a Manlio Imperioso Torcuato, quien mandó ejecutar a su propio hijo por desobedecer una orden legionaria? 3. Entre los filósofos griegos y asiáticos, no pocos adquirieron renombre con su imperturbable resistencia al aguijón postrero de la Parca. Sócrates bebió la cicuta con la idea de no transgredir un pacto entre atenienses, evitando así trifulcas y confusiones entre los partidarios de una u otra clase de justicia. Peregrino Proteo se echó sobre la pira en llamas para aleccionar sobre cómo perderle el temor a la muerte y mezclarse con el éter. Y con la misma decisión que Peregrino se privaron del sol Albucio Silo, Timantes de Cleonas, Cálano, Zarmanoquegas y otros cínicos y gimnosofistas. 4. Todos esos valientes se sacrificaron por mor de la gloria, el orgullo, la patria, los amigos, o por probarse a sí mismos. Y si bienes tan pequeños arrancaron semejantes hazañas, ¿qué no habremos de hacer los creyentes en el Dios único, que anhelamos la victoria del bien inmortal, el final de todo sufrimiento y la familiaridad entre todas las criaturas? ¡Oh mortales! No sabemos amar al siglo sino siendo sus reos y pretendiendo de él obtener no más que goces mezquinos; mas, cuando lo despreciamos, lo hacemos por motivos y senderos errados. Mas el sendero del Evangelio nos lleva del modo más rápido a la gloria, sin exigencias, sin ostentación, sin aversión, sin flaquear, acompasados al ritmo de los corazones que laten por la Verdad que no muere.

X. Cierto que no puedo estar de acuerdo con todo lo que veo en mis hermanos. Somos humanos; carecemos, pues, de una atención certera y precisa. Los modales que no se adquieren a lo largo de la primera juventud pueden ser sustituidos por grandeza de carácter, pero no dejarán de causar mala impresión en algunas personas que tal vez abrazarían nuestra fe si la oyesen por boca de un romano aseado y versado en el arte de la oratoria. Todos erramos sin cesar, porque desconocemos el sinfín de consecuencias de toda clase que desatarán nuestros actos. Nuestra mirada es limitada, y bastante es si durante la mayor parte del día logramos imaginar el mismo sabor divino en lo que conocemos y en lo que desconocemos. 2. Me desagrada especialmente el tono de algunos perseguidos que entre risotadas anuncian el Infierno para los verdugos. Aunque a algunos impíos se les asienten bien tales gestos, a la mayoría le incrementa la animadversión hacia nuestra santa hermandad. Por lo común, me parece más obsceno escupir a los asistentes de una orgía que participar en ella. Aunque no nos importe apenas lo que los demás piensen de nosotros si el Cielo conoce nuestra intención sin tacha, suscita desconfianza tal desprecio por la religión de nuestros ancestros. 3. Muchos impíos siguen creyendo que comemos carne humana y que realizamos ritos con víctimas infantiles; acaso desaparecería tal creencia si se convenciesen, como hizo Justino, de que el buen cristiano, que no ofende ni exige, no puede ser la criatura abyecta que describen los magistrados. No pienses que tus deidades, mías en otro tiempo, se me aparecen perversas y diabólicas; creo que la llamada del Principio Supremo late en los gentiles de un modo difuso, lo cual llevó a nuestros ancestros a figurarse las fuerzas del universo en trazos asaz rudos aunque no carentes de un fondo de verdad inestimable. 4. Mejor es adorar a una diosa casta como Diana que al oro. Mejor celebrar la temperada lira de Apolo que imaginar al Todo carente de concertación y equilibrio. Mejor emular el sagaz trabajo de Teseo o de Eneas en pos del pueblo que vivir por el solo alivio de sentidos y apetitos.

XI. Los que más increpan a los gentiles son los mismos que convierten el desprecio a la muerte en un entusiasmo desmedido. No faltan en Cartago y Tuburbo seguidores de Montano, con quienes están en desacuerdo los más prudentes obispos de la Iglesia. Entre ellos está el buen Tertuliano, de boca de oro. Mas en esto, como en todo, me pongo del lado de quienes no escupen cuando hablan. ¿Por qué provocan a los centinelas a que blasfemen contra la bondad? ¿Es que quieren ser causa de la perdición de los malvados con tal de llegar antes al Paraíso? ¿Tanto quieren morir que eluden cualquier labor útil al Señor que puedan realizar en esta vida? 2. Conociendo un poco más a Sáturo, sospecho que esta vez no es más que un modo de estremecer corazones duros, pues es él quien me descubrió el Sermón de la Montaña, en el que se canta al amor por los enemigos y por quienes nos persiguen. No anhelo, como decía, ni la arena del anfiteatro ni la ofensa a los ofensores. 3. Me gusta pensar que la paciencia se da tanto con respecto de las miserias de la vida como respecto de su pérdida. Yo no busco la muerte ni la tortura, pero tampoco las rehúyo. Si me ofreciesen alguna salida de esta prisión que no pasase por maldecir el nombre de Jesucristo ni por causar mal a mis hermanos, lo aceptaría sin dudarlo. Con gusto cambiaría de ciudad si eso fuese todo lo necesario para sosegar a mis captores. El Evangelio nos pide toda la firmeza del mundo a la hora de defender su Palabra, pero nos exhorta a suavizar sin rubor todas las espinas con que nuestros corazones protegen su amor propio. 4. Se diría que resuena tal parénesis en el llanto de mi pequeño niño, a quien debería mi dedicación diaria si no le debiese antes a su futura madurez un ejemplo de lealtad insobornable.

XII. Llevas tiempo fuera de África. Te hablaré ahora de mis compañeros de martirio, tan habitantes de Tuburbo como yo hasta que nos trajeron a Cartago, a fin de que ruegues también por ellos, si es que todavía elevas tu voz hacia lo alto, y si es que las plegarias a Minerva y a Mercurio llegan a un punto cercano al que arriban las mías. 2. Del joven Sáturo ya te he hablado. Su insolencia hacia los gentiles no menoscaba su dedicación a la diligencia y a la caridad. Revocato, esclavo hasta que lo manumití por consejo de Sáturo y compañero nupcial de Felicidad, es un muchacho digno y sencillo, repleto de afecto por su mujer y su futuro hijo, que no conocerá a sus padres. También velan aquí Saturnino y Secúndulo, dos lozanos catequistas sin más vínculos con nosotros que el amor por la perfección. Todos nos damos fuerzas, los unos a los otros; cuando uno flaquea, otro le levanta. 3. Poco falta para que cuente en nuestra asamblea a Pudente, uno de los centinelas de la prisión. Brillan en sus ojos las bellezas de los enamorados, y bien segura estoy de que el amor que en él está naciendo es hacia el Maestro. 4. Ahora que conoces a mi nueva familia, entenderás mejor el relato de nuestra conversión y captura. Aunque hace unos días dejé escrita un memorial de nuestro maltrato para conocimiento de la diócesis de Cartago, a ti, por la confianza que nos tenemos desde que te acunase cuando aún no tenías nombre, prefiero relatarte las cosas de otra manera.

XIII. Hará cosa de tres meses que te confesé mi gran admiración por los héroes galileos. Desde entonces ha corrido el tiempo con la velocidad de un ciclón. Un ciclón no puede desordenar lo que ya está ordenado; antes bien, arrasa los malos cimientos para que puedan construirse otros más firmes. Aunque no me hube agotado nunca entre aflicciones, siendo mi carácter tan alegre como pueda serlo el de una doncella bendecida con próspera familia y noble patria, mi conversión arrasó con las pequeñas miserias que anublaban mi espíritu. Nuestro querido padre trató de hacerme apostatar antes incluso de bautizarnos nuestro hermano, Felicidad y yo. Una vez bañados en el agua del renacimiento, no pasaron muchos días antes de que nos arrestasen. 2. Una cárcel infecta y una soldadesca de conducta atroz dio paso a la visita de los diáconos Pomponio y Tercio. Estos bienaventurados varones lograron a precio de oro que se nos permitiese salir a respirar y a hablar con nuestros familiares. Pude abrazar a mi marido y a nuestro padre, que no dejaban de suplicarme que traicionase todo lo que tengo por sagrado. Pude en esos descansos dar el pecho a mi hambriento hijo, encomendado entonces al cargo de mi madre. 3. Hablé y animé a todos hasta donde supe hacerlo. Logré que me permitiesen tener a mi hijo conmigo, y la prisión terminó por convertirse en el palacio que mi fe venía ya figurándose. Tuve a la sazón una visión: ascendía por una escalera protegida por un dragón. Pisé su cabeza y llegué arriba, donde un jardín inmenso me esperaba y donde me encontré con un pastor beatífico. De aquella visión inferimos mi hermano y yo que me esperaba el martirio.

XIV. Otro día nos levantaron bruscamente mientras comíamos para ser interrogados en el foro. Mi sollozante padre me mostraba a mi hijo en pretensión de ablandar mi rectitud, pero, si bien me quiso caer alguna lágrima, era densa como el óleo de la unción, bálsamo que se petrificaba en mi túnica como cera enfriada. El procurador Hilariano sustituía en la causa al difunto procónsul Minucio Timiniano. Aquel hombre, como supones, tenía y tiene derecho de vida y muerte sobre nosotros, pero antes me conminó a apiadarme de las canas de mi padre. 2. Respondí que no sacrificaría, que a nadie odiaba, que celebraba la grandeza humana del emperador y que era cristiana. Si algo de todo ello pudo ofender al procurador hasta el punto de condenarme a muerte, mucha oscuridad hay, pues, en las mientes de los magistrados o en la autoridad del imperio. Nos condenó Hilariano a las fieras, y regresamos jubilosos a la celda.

XV. Después del interrogatorio, nuestro padre, padeciendo la vesania del rencor, no me quiso devolver a mi niño, de lo que ahora me congratulo; no era ya provechoso ni para él ni para mi deber el seguir aferrándonos más y más el uno al otro hasta notar más la inevitable separación. En cambio, soñé aquella noche con nuestro difunto hermano Dinócrates, por cuyos siete años terrenales sin bautizar entoné otras tantas letanías; cuento con que el Purgatorio le sea leve. Quizás espere dormido dulcemente junto a los patriarcas en aquel lugar que Tertuliano llama el “seno de Abraham”, a la espera del Juicio en el que sean redimidos quienes no pudieron oír la Buena Nueva. 2. Pero el día que estuvimos en el cepo vi en mi alma que Dinócrates podía al fin abrevar de la piscina que no alcanzó en el primer sueño, y de ahí es de donde creo que la misericordia de Dios lo ha salvado o lo salvará. Recé mucho por César Geta en cuanto me enteré de que por su natalicio se celebraría nuestro martirio. Si el Diablo quiere manchar el nombre del emperador con nuestra sangre inocente, lo puliremos con himnos y plegarias. Aproximándose el día del espectáculo, volvió mi padre a verme con el permiso del buen Pudente. Se rasgó las vestiduras y se arrastró por el suelo mientras se mesaba las barbas y suplicaba entre lágrimas que desistiese de mi locura. Yo me dolía de su infortunada vejez. Le besé en la frente con mi mayor compasión y agradecí que me dejase con mis hermanos de martirio hasta la hora final. 3. Una visión tuve entonces en la que me desnudaban para cubrirme con cota de malla de gladiador. Cual aguerrido legionario me enfrentaron en combate a un egipcio al que vencí. Entre vítores me condujeron entonces a la Porta Sanavivaria, por la que quedé libre. Entre esas imágenes me dispuse irrevocablemente para el combate, con mi cuerpo por tahalí y mi lealtad a Cristo por espada. Mi combate, entonces lo supe, no será contra animales, sino contra Satanás. 4. También Sáturo nos ha contado una visión en la que éramos recibidos por ángeles que se alegraban con nuestra esperada arribada. Allí nos abrían puertas nuestros Jocundo, Artaxio y Quinto, quemados vivos antes que nosotros. 5. Habló en tal ensoñación con el obispo Optato y el presbítero Aspasio, entristecidos por sus disputas indignas, reclamándonos inspiración a nosotros, meros catecúmenos entregados a lo que ni siquiera conocemos demasiado bien. Y es que, según lo poco que he ido observando en estos meses, los hombres de Iglesia se enzarzan en miserias impropias de héroes. Así como cayó en enfrentamientos civiles la república, así también caería en una centuria próxima la Casa del Señor en la Tierra si el Espíritu Santo no intercediese por medio de sus más preclaros doctores, sus más magnánimos santos, sus más pulcros vírgenes y sus más expuestos mártires.

XVI. Casi olvidaba contar lo más alegre. Felicidad, ¡bienaventurada!, ha alumbrado aquí a su hija. Como dando vaticinio de su nombre, mi querida amiga ha arrojado luz en la oscuridad de la injusticia. Se ha mostrado muy alegre al comprobar que la niña, naciendo un mes antes de lo natural, no le impedirá beber el cáliz del tormento, y la ha podido entregar a una de nuestras hermanas catecúmenas. Hemos sonreído cuando hemos advertido que Felicidad va de la sangre a la sangre, de la partera al gladiador, de la creación de vida a la elevación sobre las nubes. 2. La madre, de un modo que se me antoja algo arrebatado, sueña ya con que su hija siga no muy tarde sus pasos hacia el suplicio. Hasta entonces, cuento con que nuestros hijos sean hermanos en Cristo, ellos, que provienen de dos madres unidas por devoción común, antigua ama y antigua esclava e inseparables jardineras del Edén en cuestión de horas, si Dios quiere.

XVII. Estando en el siglo, hubimos renunciado al siglo, cual si nuestro no fuese; padeciendo ahora el encarcelamiento, renunciamos a la cárcel misma, cual accidente que no nos atañe a nuestra naturaleza esencial. Casi ninguno aquí habla ya por separado; nuestra voluntad es común, nuestra voz es pluralidad de tonos con un solo timbre, como la armonía de las cuerdas en la cítara. Si Sáturo, Felicidad o cualquier otro se mantiene en su fe, yo me nutro de las sobreabundancia que de ella derraman. Si hay cristianos fuera de estos muros, entonces nosotros también somos libres. 2. Como el agua, no se puede decir dónde acaba y dónde termina tal o cual medida si los ríos se comunican con el mar y los mares con otros mares. Abriéndonos dócilmente al Todo, a la sazón lo mejor del Todo opera en nuestras entrañas. He bebido un elixir milagroso, una medicina filosófica con la que el individuo se funde con el entorno y con la partícula divina que dentro de cada cosa anida para quien sepa verlo. No amando ya los límites que nos definían, todas las fuerzas son nuestras si cooperan a un plan celestial que aplaudimos; puesto que la mejor de las naturalezas humanas existe y no me opongo a ella, me permea como la lluvia al niño que le permite limpiar su rostro. 3. Así, el individuo se diluye en la familia; la familia, en la congregación; la congregación, en la Santa Madre Iglesia en su conjunto; la Iglesia, en todos los que sufren o sufrirán; y la humanidad, en el seno de Dios. “De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan”. Así dice el apóstol Pablo a los corintios (1 Cor 12:26). Pues, según los Hechos de los apóstoles, ya entonces “la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común” (Hch 4:21). 4. Y dice del Mesías el autor de la carta que testimonia el martirio de Policarpo: “Él fue el primero en sufrir lo que mandó soportar a los otros, y de tal modo nos formó y enseñó a todos que no busquemos salvarnos sólo a nosotros mismos, sino también tratemos de que se salven por nosotros cada uno de nuestros hermanos” (Pertulit ante illa, quae aliis perferenda mandauit: Qui omnes ita formauit et docuit, ut non solum nos ipsos, sed etiam per nos fratres singulos saluaremus). 5. Que esta ergástula es un silo lóbrego hasta no poder ver en ella casi nada, hediondo, repleto de orín y excrementos, donde estamos todos aglomerados y donde falta el aire, todo eso no puedo negarlo ni decir que sea agradable si se carece de fe; pero con fe, es éste el vestíbulo de los santos, la oficina de los ángeles y el navío que nos conducirá a cualquier puerto que se figure nuestra imaginación para lo acabado y sublime. Habiendo intuido la Luz de los Cielos, tan sucia me parece esta mazmorra como el mundo.

XVIII. Ya aguardamos en el anfiteatro, desde donde escribo. En los pocos momentos en que cesamos de orar, los hermanos cristianos pasamos horas recitando fragmentos de epístolas de San Pablo y de San Ignacio, de apologías de Justino,  de Melitón y de nuestro fiel Tertuliano, pero también departiendo sobre nuestro martirio y divirtiéndonos sobre cómo se verterá nuestra sangre. Saturnino anhela ser devorado por todas las fieras por que mayor sea su corona. Sáturo abomina al oso, por lo que prefiere las fauces del leopardo. Revocato parece asentir a cualquier opción. 2. Dicen que, contrariando toda costumbre, han comprado una vaca para emular el sexo de las mujeres que seremos corneadas por ella. Felicidad y yo consideramos que no sería mal final acabar en tan excepcional hembra, ya que con tanta consideración nos han honrado nuestros anfitriones. Secúndulo,  antes de morir tristemente en prisión, ha inquietado a algunos considerando la posibilidad de que nos dejen insepultos, como pasto de gusanos o cenizas disueltas en las cloacas, a semejanza de lo sucedido a Blandina, Potino y los otros mártires lioneses. Entre Sáturo y yo los hemos convencido a los perplejos de que el poder infinito de Dios permitirá en el día de la resurrección de la carne sean reunidas sobrenaturalmente todas las partículas dispersadas por los inicuos. 3. En cuanto a mis cuitas, las puedes suponer, ya que tanto me conoces. Y es que, si caigo de bruces ante la embestida de la fiera, me preocuparé más de cubrir con mi túnica el muslo que de los desgarros que pudiese haberme ocasionado. Del mismo modo, debo acordarme de recogerme los cabellos con una aguja, no vaya a ser que me tomen por una plañidera en gimoteo fúnebre cuando mayor sea mi victoria.

XIX. He pedido al tribuno que nos trate mejor, que nos permita un cierto aseo y que podamos ver a nuestros hermanos, padres y cónyuges; lo convencí recordándole que somos los nobles obsequios a César Geta, en cuyo nombre es por lo que nos matan. Nos ha concedido una cena de la que llaman “libre” (cena libera), ofrecida a los condenados a muerte. 2. En medio del ágape, aún ha tenido Sáturo los arrestos de increpar una vez más a la multitud que allí se congregaba: “¿No tenéis bastante con lo de mañana? ¿A qué miráis con gusto lo que aborrecéis? Hoy sois amigos; mañana, enemigos. Pero observad atentamente nuestras caras, para que nos podáis reconocer en ese último día”. 3. Así habló el buen catecúmeno, y muchos de los que asistían salían despavoridos y avergonzados, y alguno habrá que se convierta si no ha sido el suceso diferente a ocasiones anteriores similares, cuando el furor jovial del condenado apareja valor y nuevas creencias en la gente. 4. Aparte de eso, la peor humillación a la que nos han tentado ha sido la de anunciarnos que querrían en el anfiteatro hacernos vestir a los hombres como sacerdotes de Saturno y a las mujeres como sacerdotisas de Ceres. Nos hemos negado aduciendo que precisamente por evitar tales claudicaciones es por lo que donábamos nuestro aliento.

XX. Debo confesar, sólo a ti, que he tenido una premonición: soñé hace dos noches que el verdugo, novicio indeciso, no lograba acertar en mi cuello con su espada. Lo intentaba varias veces torpemente hasta que, agarrando el filo entre mis propias manos, lo dirigí a mi ensangrentada garganta con mayor decisión, aminorando mis sufrimientos merced a mi propia falta de delicadeza. Me he visto, ya lo ves, a medio degollar, agonizando por el temblor de una mano que, si supiera lo que ciertamente quiere, querría salvarme en lugar de aniquilarme. 2. Ignoro si es fantasía o profecía; sea cual fuere, dicen que se pierde el sentido en cuanto la cabeza queda un poco separada del cuerpo. En tal caso, no habrá dejado de fluir todavía la sangre en mi aquietado cuerpo cuando mi alma está ya atenta a otros mundos más nobles. No temo, pues, la peor de las situaciones imaginables, en la cual el espanto querrá atenazarme tanto como yo se lo impediré a fuerza de amar a mis torturadores. 3. Así las cosas, ¿qué puede hacerme, pues, ningún evento mortal? Si el Infierno es el más bello camino, ¿quién me tentará? Si resisto sin ira al fuego y a la sangre que inútilmente me quieren someter este ánimo decidido a ser digno de lo más digno, ¿acaso no tengo ya obtenido lo mejor que me brindaba nacer humana? La rueda, el ecúleo, las fieras, las espadas, las tenazas, las antorchas… Nada de eso se me aparece ya sino como instrumentos de bendición, gratos incensarios, lámparas purificadoras que caldean mi espíritu. 4. Y, por encima de todos ellos, añoro la cruz. ¡Oh la cruz, en la que, imitando a nuestro Señor, se abren los mártires por completo a los verdugos, ofreciendo pacíficamente el pecho a quien desee admirar una entrega infinita! ¡Qué belleza imaginar al humilde San Pedro crucificado cabeza abajo (A.Petr.37) por haber reclamado para sí menor honor que Jesucristo y, con ello, elevando todavía más su alma, tornándose como pocos servidores de la Iglesia ha habido! Cuando me retiren el manto, me habré “despojado de mi antigua humanidad, viciada conforme a los deseos engañosos” (Ef 4:22). 5. Sáturo me ha contado que, al igual, ha presentido su muerte. En su visión, llamaba al carcelero Pudente a la fe desde las fauces de la fiera. Con un anillo bañado en su herida recordará el carcelero el segundo bautismo de su nuevo hermano, que se despedirá sonriendo para que no turbar sino para confirmar. Tal es lo que me ha vaticinado, y no he podido sino dejar correr mis lágrimas de alborozo.

XXI. No sufras más por mí, ni por un instante. No insistiré más para consolarte, como hacen todo el tiempo mis hermanos, en que seré libre dentro de muy poco tiempo: nunca he dejado de serlo desde que pronuncié el nombre de Jesús, que no fue sino pronunciar mi nombre transfigurado, la edición sublime de mí misma. 2. También tu nombre se puede transfigurar: basta con que los más excelsos momentos de tu temperamento te sean recordados, ya sin cesar, por un voto de lealtad a la Palabra que dio origen a los orígenes. Basta con que reconozcas lo que ya sabes y que le otorgues ritos en tu vida para impulsarlo a cada uno de tus actos. 3. Cuando comas el pan del ágape, tu cuerpo recordará que pertenece a otra naturaleza superior de la que él se nutre. Cuando entones alabanzas, descubrirás que de tu interior surge una melodiosa disposición a postrarse ante la belleza infinita. Cuando des limosna al pobre o agua al sediento, volverás a aquel sentimiento de la comunicación ilimitada entre las porciones de la Creación primigenia, de cuando en algún modo éramos como ángeles que participan unos de otros a partir del resplandor único del Invisible.

XXII. Ea, todo es está cumplido, querida hermana, ahora que cada instante de nuestra pasión se rige por la adoración a la Virtud original y simplicísima que alumbra a las virtudes cardinales, de las que manan las demás. Todo está cumplido ahora que en cada pensamiento gobierna un atisbo de la tranquilizadora explicación al aparente devenir de confusiones que son nuestras existencias vulgares. No veo ángeles y, sin embargo, la realidad entera ha adquirido una sandáraca del Edén que se está abriendo paso en las humildes genuflexiones, en la penitencia recoleta, en los versos más sencillos de un salmo y en cada movimiento de nuestros cuerpos, a los que no logran robarle las sonrisas. Un cierto Céfiro anuncia vida al derramar los colores que van desperezando a la primavera en estas nonas de marzo. 2. Tengo a Felicidad a mi lado. Tengo lo Perpetuo en mí. ¿Qué más puedo pedir? Mi nombre se unirá al de mi antigua esclava, puesto que encarnaremos juntas una única dicha sin fin. Lo que me queda es, por así decirlo, un trámite, un sello de sangre que no se alargará más de una hora. 3. Y después tendré toda la eternidad para contemplar lo que ahora solamente huelo vagamente como un aroma de jazmín o de peonía en la penumbra de una corta noche de verano. Desde allí te contemplaré tiernamente, querida mía; responderé, en griego o en la lengua más sutil del sentimiento, si me preguntas; nos confiaremos confidencias, si así lo deseas, durante noches enteras, como cuando éramos niñas, hasta que el sol deslumbre de nuevo el silencio en el que meditaciones y diálogos con los muertos resultan más provechosos. Y te ayudaré en cuanto pueda, e intercederé por ti a los santos y a la Virgen María, madre del Ungido.

XXIII. Amanece. Un sol de beatitud eterna empieza a iluminar mi cansada vista. He pasado mi última noche hablando contigo, Marcia, porque a nadie mejor que a ti puedo confiar estos pensamientos que flotan en mis mientes. Acaso fuese el recuerdo de verte rendir ofrendas a Vesta y a Ceres lo que siendo niña encendió en mi seno la lumbre de la piedad religiosa. Acaso en las conversaciones de sobremesa que gozábamos hasta la madrugada, a la manera de Aulo Gelio o de las disputas tusculanas del Arpinate,  prendió la llama de mi búsqueda. Acaso te deba a ti el hollar en este día el Reino de los Cielos, con el permiso de su dueño. 2. Mi tiempo aquí se ha acabado. No he decirte nada más con mi boca corporal o en un papiro caduco como el viento. Si algún día te decides a buscar la Vida, la Verdad y el Camino, en cada ciudad en la que duermas podrás dar con un obispo al que confesar tus cuitas y reclamar consejo, un hombre que, si es hombre de Dios, dará su alma por tu alma y su sabiduría por tu esplendor.

XXIV. Salve, Marcia. Cuida tu cuerpo y mil veces más tu alma; permítele hablar cuando te pida que la salves. 2. Y recuerda que la salvación no reside en otra vida: surge, para no desaparecer nunca, en un solo voto que no ha de incumplirse.

En Cristo te ama y se despide tu hermana Perpetua.

[Música: 1. Responsorium: Data est / Hymnus: Te sæculorum. 2. Canto bizantino (traducido como Since my youth / Des ma jeunesse). 3. Himno de Oxirrinco (P. Oxy. XV 1786), considerado la música cristiana más antigua conservada, compuesta a finales del s. III, con texto griego. 4. Victor, Nabor, Felix pii, encomio ambrosiano a los tres mártires, soldados de Mauritania, que se coronaron durante las persecuciones de Diocleciano. Si la discutida atribución a San Ambrosio es cierta, se trata de una composición del s. IV. 5. Beata nobis gaudia (himno de laudes en Pentecostés), canto de júbilo. 6. Adoro Te. 7. Alleluia. Hodie in Bethlehem puer natus est (canto romano antiguo y, por ende, probablemente altomedieval). 8. Aeterne rerum Conditor, himno ambrosiano, esta vez plenamente atribuible al santo, y formado por estrofas de cuatro dímetros yámbicos acatalécticos. Nótese que el acompañamiento de órgano es completamente anacrónico no tanto por la escasa o nula presencia del hydraulis u órgano hidráulico en las músicas cristianas de los primeros siglos cuanto por la textura acórdica, propia del Renacimiento en adelante.]

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Por lo cual las estrellas de los cielos y sus luceros no darán su luz; y el sol se oscurecerá al nacer, y la luna no dará su resplandor.

Is 13:10

Y el cielo se desvaneció como un pergamino que se enrolla; y todo monte y toda isla se removió de su lugar.

Ap 6:14

También nosotros, espíritus dichosos y agraciados con la eternidad, cuando le parezca bien a la divinidad reconstruir todo esto, durante el derrumbamiento universal, como una porción minúscula añadida a la desmesurada catástrofe, nos convertiremos en los elementos primeros.

Séneca, Ad Marciam 26.7

Ciertas cosas regresan a su estado salvaje original y otras son destruidas y sepultadas, pero deberíamos entender esto en el mismo sentido de las aflicciones que he discutido un poco antes: esta destrucción y enterramiento conduce a la obtención de algo mejor, de modo que conseguimos un provecho en la pérdida, en cierto sentido.

G. W. Leibniz, De Rerum Originatione

A cada paso, en la vida, se abren ante nosotros mil lejanías diversas, mil futuros; sin embargo, sólo alcanzamos un horizonte; sólo corremos hacia un porvenir.

F.-R. de Chateaubriand, Reflexiones y aforismos, según la selección de J.-P. Clément, trad. de L. M. Todó, 1997, p. 51

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Después de innumerables edades, después de todos los haces de eventos que las leyes físicas permitieron, el teatro del mundo empieza a echar el telón. El sol ha tragado a sus nueve planetas, igual que Saturno devoró a sus hijos, invirtiendo el curso de las cosas que hasta ahora se tenía por natural. La flecha del tiempo quiere retroceder y para ello incendiará todo lo inflamable. Hace millones de años que la humanidad es un recuerdo, y ningún animal de ningún planeta gemirá ya más a su luna desde ningún rincón del cosmos.

Hace ya eones que la expansión del universo ha enfriado el cúmulo de ondas y partículas que lo ocupaban. Nadie recuerda ya el antiguo equilibrio termodinámico: el todo no es más que un anciano helado, incapaz de comunicar sus componentes, separados entre sí por distancias insalvables. Las verdades matemáticas han dejado de tener sentido, y de nada sirven ya las vías de los santos y los budas al haber desaparecido cualquier rastro de ser sintiente. Las constantes cosmológicas se han vuelto tolerantes en sumo grado: han ampliado sus severas magnitudes hasta el infinito. Ningún cuerpo podría sostenerse en pie frente a la diosa Entropía; tampoco la luz logra ya proyectarse entre partículas tan separadas. Ya nadie escuchará las canciones de cuna que murmuraban las madres a sus niños, nadie la oración del peregrino, nadie la música de Bach ni de ningún otro artífice análogo que se gestara en alguna otra civilización más allá de su galaxia. Millones de templos y de observatorios de millones de mundos han sido deglutidos por el helor de las últimas noches, el dulce veneno de la muerte térmica.

Y, entonces, el universo expansivo comienza a contraerse. En una noche de agosto cualquiera de un año lejano entre todos los lejanos, un año que asustaría a los hombres que establecieron el calendario a partir del nacimiento de Cristo, la vacuidad del espacio se niega a sí misma. Los pliegues del tiempo se diluyen más allá de la abreviación o de la dilatación, suspendiéndose en el puro presente inmóvil. El calor vuelve a tomar protagonismo. Se acelera la sístole de la casa común. Cualquier resto de lo que otrora se llamase estrella, agujero negro, rostro, esqueleto, violín, retrato… cualquier residuo disgregado vuelve ahora a buscar la reconcentración en el origen. La causa y el efecto del espectáculo que significó el tiempo quieren coincidir. Pero la reconcentración se hace sin orden, amalgamando todas las moléculas que acaso se habían enfrentado entre sí. Hermanos y enemigos, hombres y animales, mentes y piedras, astros y células, todos son la misma sustancia ahora. Los elementos se han reducido a uno. Lo que un día vino del polvo estelar vuelve al polvo estelar, y las galaxias se van fusionando entre sí en grupos cada vez mayores, perdiendo la personalidad propia, como legiones de un ejército que se dispone para el último desfile. El ansiado centro, lo que sin saberlo buscaron todas las conciencias y todos los fluidos de la historia cósmica, atrae al fin a los hijos pródigos. Y, según van llegando a ese centro, núcleo de todo decir y de todo culto, los objetos, grandes y pequeños se irradian por última vez. La materia oscura se ilumina al fin, como retirando a la noche del cielo su eterno velo de enigmática tristeza, como celebrando por primera y última vez un acontecimiento que implica en una idea a todas las islas del ser. Como en una fiesta de aniversario, los antiguos parientes se van aproximando al seno materno de la radiación total. Gélidos cadáveres de soles marchan en espiral, recortando distancias, cazando al que va delante, nutriendo el útero sideral del que un día surgieron y al que regresan con impávida obediencia. Lo que en otro tiempo fueran orgullosas supernovas, sinuosos agujeros de gusano e hipnóticos quásares son ahora un amasijo viscoso de tejido hiperlaxo. Convertidos en pura gravedad, el cielo es ahora un embudo de espacio curvo, una interiorización sin fronteras. Las conciencias que vieron venir todo esto, que desde el pasado remoto profetizaron el fin de ciclo, no lograron comunicarse jamás entre sí, separadas como estaban por años luz de invierno vacío, atrapadas en planetas cada vez más viejos y maltratados; ahora al fin se reúnen sus restos, cuando nada ni nadie queda por decir. Han quedado al fin olvidadas las vergüenzas y las glorias de la humanidad y de razas igualmente poderosas en otros mundos.

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Nadie salvo un dios podría entender la música de las partículas comprimiéndose una junto a otra, un vals percusivo de billones de trillones de decibelios que atronaría al mismo Valhala. Las ondas se propagan de unos corpúsculos a otros directamente, pues no existe ya el aire ni el espacio vacío. Se ajusta a su traje de gala el magma espeso de los residuos hasta donde sólo lo pueda concebir una mente mayor que el todo: el último saludo de la energía y la materia sobre el escenario merece una elegancia más que circular, superior a cualquier forma. Ya no hay por ninguna parte estado sólido. Se ha celebrado casi fuera del tiempo el matrimonio indisoluble e indiscernible entre la onda y la partícula, entre lo alto y lo bajo, lo caliente y lo frío. Un solo polo reúne todo lo que hay, hubo y habrá. Todo ha ardido en un fuego quintaesencial, en una ecpírosis nocturna que da la razón a los sabios que lo intuían desde antiguos planetas inteligentes. Ha terminado la inhalación del universo. Nadie queda para saber si ahora recomenzará el ciclo de la respiración. La apocatástasis es tarea para otras leyes físicas, para otras constantes, para mentes con propiedades muy distintas de las que se han reproducido al cobijo de pequeñas rocas esféricas iluminadas por mayores nubes de gases incandescentes.

Es la última noche de este universo, de lo que ha sido un largo sueño que se iguala ahora a la nada. Nadie quedará para dar testimonio, nada permanecerá para decir que algunos lo supimos, para decir que todos participamos del misterioso juego de la existencia antes de ser barridos por sus propias reglas. No es un día alegre, porque desde mucho antes de comenzar la ecpírosis ya no quedaban mentes para alegrarse. No es un día aciago, porque el sufrimiento ha desaparecido igualmente. No hay necesidades morales ni instintos que cubrir. Sencillamente, al fin todo se simplifica en la ataráxica quietud de la esencia, para gusto de las inteligencias que se han unificado con el objeto de su búsqueda. Al final, incluso los más testarudos en infligirse tormentos a sí mismos han alcanzado el Nirvana. Ya no será necesario compadecer a nadie, al menos no hasta que otro mundo vuelva a combinar con pocas probabilidades átomos y leyes para generar el tortuoso linaje de las aflicciones. En esta noche final, última representación del drama en el que todos -hombres, animales, alienígenas, virus y electrones-, todos y cada uno de nosotros tuvimos un papel, en esta noche estelar se habría entendido al final todo si quedase alguien para comprender y algo para ser todavía comprendido. Pero uno se habría regocijado por la perentoria satisfacción del más sagrado deseo de todas las almas que abrevaron en un cosmos ya despedezado: una paz infinita reina en todas partes, y ninguna lágrima tiene ya lugar, pues no hay lugar sin lágrimas ni lágrimas sin lugares. Esta vez la noche lo ha vencido todo. Hasta los más temibles monstruos han sido lentamente devorados por el silencio sepulcral que gobernó siempre nuestros destinos, lo supiésemos o no.

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[Música: Redd Stewart & Pee Wee King, Tennessee Waltz, en la versión que Patti Page cantó en 1951.]

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And Devadatta answered, “The wild thing,
Living or dead, is his who fetched it down;
‘Twas no man’s in the clouds, but fallen ‘tis mine.
Give me my prize, fair cousin.” Then our Lord
Laid the swan’s neck beside his own smooth cheek
And gravely spake: -“Say no! the bird is mine,
The first of myriad things which shall be mine
By right of mercy and love’s lordliness.
For now I know, by what within me stirs,
That I shall teach compassion unto men
And be a speechless world’s interpreter,
Abating this accursed flood of woe.

[Y Devatta replicó: “El ave silvestre,
viva o muerta, es del que la abatió;
en las nubes a nadie pertenece; pero caída es mía.
Dame mi presa, primo”. Entonces nuestro Señor
oprimió contra su tierna mejilla el cuello del cisne
y dijo gravemente: “¡Os digo que no! El pájaro es mío:
es la primera de una miríada de cosas que me pertenecerán
por derecho de clemencia y señorío del amor.
Porque ahora sé, por lo que en mí se agita,
que enseñaré la compasión a los hombres
y seré un intérprete del mundo que no puede hablar,
menguando el flujo maldito del dolor.]

E. Arnold, The Light of Asia, 1

Morando una vez en Greccio, un hermano le trajo una liebrecilla cazada a lazo. Al verla el beatísimo varón, conmovido de piedad, le dijo: “Hermana liebrezuela, ven a mí. ¿Por qué te has dejado engañar de este modo?” Luego, el hermano que la tenía la dejó en libertad, pero el animalito se refugió en el santo, y, sin que nadie lo retuviera, se quedó en su seno, como en lugar segurísimo.

T. de Celano, Vida primera de San Francisco, 1.21.60

Dice un filósofo: «mátalo, no es más que un animal irracional», pero otro replica: «reprímete. ¿Y si se tratara del alma de un pariente o de un amigo que ha migrado a este cuerpo?…».

Plutarco, Sobre comer carne (Moralia 9.998 F)

Yo ya he sido antes un muchacho y una muchacha, un arbusto, un pájaro y un mudo pez de mar.

Empédocles, Fr. 31 B 117

Durante la visita la mujer se sonó la nariz y le salió un gusano. La mujer quiso matarlo, pero el monje conoció su origen y la detuvo con estas palabras: “No mates a tu marido. Has de saber que este gusano es tu difunto marido. Se ha convertido en gusano pegado a tu nariz por el excesivo apego que sentía por ti. Y es que apego llama a apego”. Después se puso a explicar la Ley. El gusano escuchó la explicación, remurió y esta vez renació en el cielo.

Ichien Mujū, Colección de arenas y piedras, VII 18.6

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Es en la fría luz artificial con que alumbro mi noche donde empecé a percibir, hará unos días, un aleteo de vida. Cavilaba yo sobre alguna cosa seria -tal como la vida o la muerte o el destino de los mundos-, cuando, interrumpiendo mi lectura, como heraldo de un dios informante, se me apareció esa pequeña compañía, una silenciosa y solitaria aventurera en la ciudad. A pesar de su discreción, no pudo evitar hace algo de ruido mientras se debatía contra la luz incandescente a la que parecía amar y odiar al mismo tiempo. Abrasada por su contradicción, la polilla descendía de tanto en tanto para descansar. Y, en uno de sus aquietamientos, pensé que pensaba en mí, como si al detener la agitación se apercibiese de que allí estaba yo, escrutándola. Y tuvimos un diálogo de miradas y de pensamientos, un intento mutuo de comprender al otro, un deseo de tomar posición frente al entorno.

Allí tuve enfrente durante algún rato un insecto raquítico, cansado, cerril como un impulso, fugaz como un verano, gris como un triste eslabón de cadena. Tuve el deseo de expulsarlo a través de la ventana, pero a la sazón rememoré las palabras de Jesús sobre los cinco pajarillos que se venden por dos monedas y a los que, sin embargo, el Señor no olvida. Y la advertencia de Empédocles sobre el hombre que, degollando a la víctima en el sacrificio, no degüella sino a su propio hijo, cubierto con otra túnica de carne. Y recordé el lema budista de que todos los seres han sido nuestras madres y que nos han cuidado con todo el amor que fuera posible entre criaturas. Y a San Fracisco predicando a los pájaros, y el clamor con que éstos respondían y cómo él los acariciaba con la túnica a su paso. Y en ese momento percibí la belleza de aquel animal aturdido, y lo vi como la mariposa que en realidad era, y una emoción me impelió a hablarle con amabilidad: “Hermana polilla, no somos tan distintos ahora. Compartimos la misma habitación, buscamos luces a nuestra manera, nos caemos de nuevo. Dime, ¿por qué hablamos tan poco? Tú me habrías admirado con tus dibujos  en el aire si yo te hubiese prestado atención, y yo te habría alimentado si te hubieses posado sin miedo sobre mi mano, enamorándome”.

Casi pude oír su respiración, como pude notar sus espasmos erráticos en busca de una posición más equilibrada y cómoda. Su mirada empezó a figurárseme expresiva, y aun pude detectar alguna semejanza de parentesco: insegura y absorta como un alma humana, la polilla hacía lo posible por mantener la postura y la atención frente al sinsentido de los acontecimientos.

Continué diciendo: “Hermana polilla, ¿sabes tú algo del universo que yo desconozca? Sin duda, tu opinión sobre los fenómenos y los negocios ha de diferir de la mía, y tanto me resultaría útil para mis proyectos conocer tu mirada como para los tuyos conocer la mía. Pues yo sé dónde hay comida, pero ignoro cuál es la que te gusta para ofrecértela. Y tú reconoces sufrimientos que, de experimentarlos yo, me darían buena medida de los míos”. Y seguí jugando con ella entre ignorancias, complaciéndome en la distancia que nos separaba a pesar de nuestros intereses comunes, nuestra búsqueda incesante de felicidad y la hermandad de nuestras almas voluntariosas.

Entonces abrí la ventana y empujé a aquella amiga hacia la lejanía. Noté que una parte de mí arrancaba con ella: sus ojos multicolores y su cortedad de miras también habían sido míos, y es que una vez fui embrión y quién sabe qué otras cosas mucho antes. Y mi hermano insecto por su parte había procedido de la mente universal, en un tiempo en que no se distinguía de un dios y participaba de todos los conocimientos. Reflejos intercambiables, nos despedimos del otro cada uno a su manera. Ahora me tocaba a mí abrirle la ventana; en otras ocasiones quizá ella me librase de algún aprieto. En esa misma noche, de hecho, me vino a recordar una sublime verdad, como un filósofo  a domicilio que se empeñase en que no olvidase yo la lección suprema: la inanidad de las formas, la identidad del substrato común. Repartidas así las suertes, hombre y polilla, polilla y hombre, se reconocieron un algo común. Sí, había venido amorosamente a impartirme la enseñanza eterna, una vez más, acaso sin proponérselo, movida únicamente por su periódica atracción hacia mí, procuradora de mi bien. Mientras se alejaba, sin dejar de considerarla una hermana en este mundo, la contemplé como mi criadora en otra vida, cuando acaso me había salvado del hambre y de la muerte aun a costa de su propia salvación. Aquel retrato de familia me vino en los últimos instantes en que pude divisar su vuelo, antes de que escapase a mi vista. Agradecí con ternura su tierna visita, y sonriendo callé unas palabras que habría dirigido inútilmente a mi madre porque no las habría entendido… mi madre, que se perdía en la noche tambaleándose sin rumbo.

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[Música: Romance del conde Olinos, un raro relato popular de transmigración de las almas en tierras cristianas (versión de Joaquín Díaz).]

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Cuando aparecen las cinco señales de que su muerte se aproxima, el dios sufre porque sabe que se va a morir. Sus compañeros y compañeras celestiales también saben que va a morir y ya no pueden acercársele. Desde lejos le lanzan flores y expresan sus buenos deseos: “Que, cuando mueras, renazcas entre los humanos, hagas buenas acciones y renazcas de nuevo entre los dioses”. Y lo abandonan.

Patrul Rimpoché, Las palabras de mi maestro perfecto, p.186

Existe, brahmā [Baka], la esfera llamada de los dioses resplandecientes. Cuando allí falleciste viniste a renacer aquí, pero, como has pasado aquí mucho tiempo, lo has olvidado, no lo conoces ni lo ves, pero yo sí que lo conozco y lo veo.

Brahma­niman­tanika­sutta (Majjhima Nikāya 49.10)

Mientras Él ignoraba lo que hacía, Sabiduría actuó y lo fortaleció todo, y, cuando en realidad era Ella la que obraba, el Demiurgo creía que de Él procedía la creación del mundo.

Hipólito de Roma, Refutación de todas las herejías, 6.33.1

Animula, vagula, blandula
Hospes comesque corporis
Quae nunc abibis in loca
Pallidula, rigida, nudula,
Nec, ut soles, dabis iocos…
“Pequeña alma, errante, tierna,
huésped y compañera del cuerpo,
¿dónde morarás ahora,
pálida, rígida, desnuda,
sin que te des a los juegos de antaño?”

Atribuido al emperador Adriano (Historia Augusta, Adriano 25.9)

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Estaba la deidad prendada de su absorción de dicha, contemplando las delicias de su reino interior. El tiempo no tenía cabida en su percepción, y un gozo que se presumía completo ocupaba todo el espacio de su conciencia. La serenidad más perfecta le permitía no aspirar a otra cosa. Su sentido de la personalidad se limitaba al hecho de observar la misma paz que generaba en cada de una de sus respiraciones, que se convertían en vientos de gracia para profetas y gandharvas de reinos inferiores. Sonreía de amor ante las ofrendas y alabanzas que recibía de otros seres más ajetreados que no llegaban a contemplarlo cara a cara.

Pero, con la lentitud con la que se colapsa un mundo, sus ojos comenzaron a abrirse tras haber permanecido meditando durante cuatro eones sobre su propia luz ilimitada. Sus miembros sutiles, similares en tamaño a mil universos groseros, fuéronse desentumeciendo, tomando conciencia de sus propios condicionamientos. Se iba perdiendo el resplandor de su majestuoso cuerpo, su trono le va incomodando poco a poco, sus guirnaldas se marchitan, sus vestiduras se ensucian y huelen, empieza a sudar. Son las cinco señales que preconizan su muerte. Un pánico que no había sufrido nunca en su divina vida le atenaza: siente dolor. Divisa los próximos reinos en el que renacerá hasta que agote el peso de sus acciones oscuras, originadas en vidas anteriores. Primero será nueve mil veces animal: comprenderá la soledad del oso, se esforzará fanáticamente con las hormigas, huirá de las fieras entre alimañas asustadizas, será tortuga devorada por hombres y codiciará la podredumbre de frutos y cadáveres como un minúsculo gusano sucesivas veces. Después pasará a ser un preta, un espíritu hambriento, navegando durante un eón en un mar solitario y ardiente que le abrasará constantemente mientras la sed ahoga toda posibilidad de gozo. Las hachas y sierras de fuego seccionarán su cuerpo incontables veces en el infierno Kālasūtra, unas rocas lo aplastarán una y otra en el Saṃghāta, mientras que en los infiernos fríos de Nirarbuda y Hahava sentirá un helor extremo, paralizante, que le cubrirá de ampollas y pus su amoratada carne y que nunca terminará de matarlo. Y, entretanto, continuará acumulando acciones y predisposiciones tenebrosas que habrá de pagar todavía en vidas de las que nadie salvo un iluminado sabe nada. El desdichado dios vierte lágrimas como océanos, y en ellos comienzan a nadar, a su vez, millares de peces y de espíritus hambrientos que pagan por su parte sus propias deudas con el universo. Los cabellos, antaño cien mil veces más resplandecientes que el oro, hebras de soles que iluminasen cientos de mundos, se desprenden. La piel, tejida de tersos pensamientos puros, se deshilacha y se diluye en el suelo que se abre bajo sus pies.

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Este paso de vejez y muerte se prolonga durante todo un eón, mientras reinos inferiores giran sus propias existencias innumerables veces. Cada uno de sus gemidos será el soporte físico de diversos reinos intermedios en sucesión donde millones de asuras combatirán con orgullo y ambición a los envidiados dioses. El longevo patriarca de sus universos comienza a jadear, y todos sus adoradores se estremecen con el caos en el que aquel malestar se manifiesta: todas las pestes posibles y muchas explosiones de estrellas, torbellinos de fuego y erradicación de razas reflejan la agonía del padre celestial. No pocos reinos quebrados y asolados se reconocen entonces como componentes del cadáver de quien les dio vida. “Parecía inmortal e invencible”, se dice el el último sacerdote de su culto, “pero nos ha abandonado, y ya sólo nos queda rumiar hasta la próxima muerte en esta su carne reseca y que llamamos nuestra tierra”.

Achacaso y dolorido en su entera mente, el soberano se alejaba del beato reino Apramāṇābha. Iba deslizándose por una nube de incertidumbre, y se tensaban sus pasiones, adormecidas durante su devenir paradisíaco. Llamaba a sus amigos benditos, pero nada hacían por él porque nada podían hacer. No encontraba ayuda en los tres mil mundos que ha concebido con su meditación. Una voz búdica que descendía de una Tierra Pura le habló en nombre del compasivo Amitābha: “Oh noble anciano: entre los estados múltiples del ser no alcanzarás jamás la libertad última. Serás tú también golpeado una y otra vez por los eones, tanto como mitades tiene cada grano de arena de todos los desiertos. Las condiciones te atenazarán, oh esplendoroso, como al águila a la que oscuros duendes han ensillado y cargado con bagajes para obligarla a regresar al duro suelo. Sigue el sendero de los excelsos sabios o persiste en el remolino”. El moribundo comprende las palabras y se fija la determinación de respetar la Ley de causas y efectos para liberarse del sufrimiento tras las próximas diez mil vidas que tiene ya adjudicadas. Si incluso un ser tan puro y sutil ha de regresar por la incesante rueda de sufrimientos, ¿qué demora no habrán de padecer los que, enfangados en sus afanes, complican cada vez más sus almas con estragos y miserias morales? Cuando una tormenta de treinta mil años ha abotargado su mente, el otrora bienaventurado despierta en el húmedo vientre materno de una salamandra sin guardar recuerdo alguno de sus antiguos dominios.

Los otros dioses que lo habían visto fenecer hubieron lanzado flores acompañadas de amistosas palabras. Pero quedaron aparte a la espera de que el hálito de vida abandonase al enfermo. Una vez convertido en un cadáver gris, los nobles celestiales lo recogieron y lo dispusieron en un altar, donde procuraron consolar con oraciones milenarias los ánimos de los que aún moraban en los universos a la deriva de sus entrañas muertas.

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[Música: J. Cererols, Missa pro defunctis (Libera me), sublime música responsorial para acompañar una voluntad de liberación: Libera me, Domine, de morte æterna, in die illa tremenda, quando coeli movendi sunt et terra. Dum veneris judicare sæculum per ignem. Dies iræ, dies illa, calamitatis et miseriæ, dies magna et amara valde. Kyrie eleison. (“Libérame, Señor, de la muerte eterna, en aquel tremendo día, cuando tiemblen los Cielos y la Tierra, cuando vengas a juzgar al mundo con fuego. Día aquel, día de ira, de calamidad y miseria, día grande e inmensamente amargo. Señor, ten piedad”.)]

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“Muramos en esta guerra
para renacer de nuevo
como caballeros del rey de Shambhala”.

Canción mongola de guerra, cit. en J. PALMER, The Bloody White Baron, 2009, p. 66

“Veo… Veo al dios de la guerra… Su vida transcurre horriblemente… Después una sombra… negra como la noche… Ciento treinta pasos aún… Más allá tinieblas… Nada… no veo nada… el dios de la guerra ha desaparecido…”.

Profecía de una adivina cíngaro-buriata a R. von Ungern-Sternberg, cit. en F. OSSENDOWSKI, Bestias, hombres, dioses, 3.10

Cuando se enteró de su muerte [de von Ungern-Sternberg], el Bogd Khan encargó oraciones por su alma para que fueran leídas a lo largo y ancho de Mongolia. Sin duda serían necesarias.

J. PALMER, The Bloody White Baron, 2009, p.231

R. F. von Ungern-Sternberg (1885 – 1921)

Era el 21 de febrero de 1921. Algo más de cincuenta hombres atravesaban a caballo las viejas calles de Urga. Eran cosacos, buriatos, tibetanos y japoneses guiados por el general más temible de la taiga, el terror de los revolucionarios y los impíos, el barón Roman Fiodorovic von Ungern-Sternberg. Se trataba de la avanzadilla de la Caballería Asiática, la escuadra personal del barón, que había encabezado la recuperación de la ciudad. Las banderas ondeantes daban los motivos por los cuales debían preocuparse los chinos apostados en el palacio real mongol. Unas de ellas mostraban el monograma del Gran Duque Miguel, al que von Ungern-Sternberg tenía por nuevo emperador de la Santa Rusia sin saber que estaba muerto desde hacía tres años; en el reverso, la faz de Jesucristo sobre un fondo amarillo budista. En otras banderas vibraba la esvástica, el verdadero emblema de Asia, junto al soyombo, la insignia del tengrianismo estepario. Tras escurrirse horripilados los últimos centinelas chinos, la escuadra libertadora arribó a las puertas del palacio del Buda Viviente. Sin bajar del caballo, el barón gritó tres veces su propio nombre a las murallas y tres veces que le abrieran las puertas. Pocos minutos más tarde se cumplió su petición. En la explanada del palacio le esperaban postrados todos los sirvientes y los altos cargos del gobierno legítimo de Mongolia. Incluso los dobdobs, los monjes guerreros que custodiaban a su líder sin ceder ante ningún ser de este o de otros mundos, hicieron una reverencia. El libertador, vestido con el traje típico mongol, atravesó empedrados y pórticos sin desviar su vista de delante. Dentro del salón de recepciones se podía distinguir un trono budista con una silueta humana aquietada encima. El general ruso se detuvo delante, miró atentamente al líder que tenía enfrente, no fuera a rendir pleitesía, él, un héroe asiático, a quien no lo mereciese. Comprobó que estaba ante el señor de Mongolia; agarró su fusil y lo depositó en el suelo, en el que se arrodilló. El Buda Vivente juntó sus manos en señal de saludo y abrió su preciosa boca:

—Bienvenido, noble guerrero del norte. Has salvado al país de las estepas y a la ley de Buda en él. Serás recompensado con caballos y con muchas vidas de felicidad.

—Santidad —contestó von Ungern-Sternberg—, he cumplido con lo que os prometí y eso me basta. Espero que mi tardanza no haya causado demasiado sufrimiento.

Bogd Khan, el Buda Viviente, sonrió:

—No ha habido más sufrimiento del que debía haber. Ahora descansad. El personal del palacio se ocupará de dar a vuestros hombres y vuestros caballos todas las atenciones necesarias.

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El descanso no afectó al alma del barón. Enseguida se organizó la nueva coronación del Buda Viviente, que finalmente se fijó en un día auspicioso merced a los oráculos. Sipailov, el cruel y alcóholico condotiero, pasó de ser lugarteniente del barón al mandatario en funciones de la ciudad: para inaugurar su cargo mandó matar a unos cuantos judíos y bolcheviques de Urga escogidos poco menos que al azar. Entretanto, el barón daba largos paseos en silencio, meditando absorto sobre el destino de su nuevo imperio. Los mongoles se arrodillaban a su paso; creían que aquel hombre tenía razón al reconocerse como encarnación de Gengis Khan. No había un solo patriota mongol que, enterado de los acontecimientos, no lo creyese. Pero empezaba a correr la idea más importante de que la grandeza del barón sanguinario estribaba en encarnar a Mahākāla, conocido en tibetano como Nagpo-Chenpo o Mgon-Po, el antiguo demonio guerrero, protector del Dharma, furibundo servidor de los budas. El rumor se multiplicaba con gran conmoción cuando se añadía que había salido de los labios de los altos lamas del palacio. Era cierto que no se percibía en la conducta del barón ni alegría ni tristeza, ni misericordia ni odio: tan sólo el decidido cumplimiento de un destino, destino que consistía en propagar la disciplina en forma de budismo y de ética de la guerra, en ser el azote certero del desorden en los cuerpos y en las almas de todo un continente. ¿Quién sino un antiguo rey de mundos superiores tendría esa mirada absorta e impasible, enrojecida por el fervor y la decisión, ajena al terrible desenlace que le esperaba tras un combate ya vaticinado? ¿Quién sino un monje prescindiría de la ternura de cualquier mujer en nombre de la religión? ¿Qué otro aristócrata sería capaz de renunciar a todas las comodidades de la vida y dormir sobre el suelo junto a los soldados? ¿Y quién más, venerando a Buda, tendría ese rigor marcial con el que había torturado a latigazos a sus propios hombres hasta el punto de reventarles los músculos, como a Saltanov, que llegó a perder la razón y hubo de ser ejecutado? Pero tal era el castigo impuesto por el barón por violar la dignidad de la población local, algo que concertaba con la condición de un protector de Mongolia. Todos los designios de aquel hombre pálido parecían responder a un cuidadoso plan de vida y muerte a largo plazo, un plan frío como el invierno y como la Ley del universo, donde las fuerzas del karma reequilibraban los méritos humanos con sufrimientos y victorias igualmente colosales. Tenía, pues, todos los atributos de un difícil dios. Después de todo, el lama Sandan Tsydenov ya había considerado al zar Nicolás un charkravartin, un glorioso rey piadoso; mientras que Agvan Dorjiev, el monje y agente buriato, lo creía la reencarnación de Tsongkapa, el fundador del linaje Gelugpa que ahora lideraban el Dalai Lama, el Panchen Lama y el octavo Jebtsundamba Khutuktu, encarnado ahora en Bogd Khan. El capitán Dimitry Satunin, también de las filas del Ejército Blanco, había sido reconocido en cambio por los oirates burjanistas con rasgos de Ak-Burkhan, el gran emisario divino entre los pueblos altaicos fieles al chamanismo. Así, grandes reyes, grandes generales y grandes deidades adoptaban unos las formas de los otros en una larga cadena que no pretendía sino guiar a los pueblos mediante una alternancia de enseñanzas, mandatos y hazañas.

Bogd Khan, el VIII Jebtsundamba Khutuktu, líder espiritual y secular de Mongolia (1869 – 1924) 

Von Ungern-Sternberg se reunía de cuando en cuando en audiencia privada con Bogd Khan. Su Santidad irradiaba autoridad cuando relataba cómo sus decretos mágicos habían dado resultado durante las semanas previas al contragolpe de estado: los chinos se habían retirado en parte gracias a las recomendaciones al pueblo de Urga de abstenerse de comer carne, de que se arriasen banderines de oración con Caballos de Viento dibujados en ellos, de no comprar tabaco chino, de que las mujeres se dispusieran los cabellos en dos mitades y que llevasen color blanco sobre el pecho. El barón asentía a todas aquellas indicaciones, casi como si supervisase el trabajo de un subordinado. El lama no dejaba de explicarle las costumbres calmucas o los complejos sortilegios a los que obedecen los espíritus de las estepas. Evocaba a menudo la grandeza de la tierra manchú. El ruso, por su parte, opinaba del clima urálico, del temible monje guerrero Ja Lama, de los chamanes siberianos, y del carácter de eminentes camaradas de filas como el almirante Kolchak o Semenov, el atamán cosaco. Habló del apellido von Ungern-Sternberg, propio de antiguos aristócratas guerreros, entre los que se contaban caballeros teutones, cruzados contra los paganos estonios y lituanos. No habiendo sustituido sus creencias budistas a la tradición cristiana de su familia, en ningún momento durante su estancia en Urga dejó de llevar sobre el pecho la merecida Cruz de San Jorge, cuya geometría complació al tacto de Bogd Khan, puesto que su ceguera le impedía verla. Von Ungern-Sternberg hablaba con frecuencia de las guerras de religión en las tierras bálticas y en Tierra Santa y de cómo él no hacía otra cosa que proseguir el linaje familiar. Sin embargo, no evitó reconocer el giro de los acontecimientos:

—La situación al norte es complicada, Su Santidad. Está pasando el tiempo de los atamanes, de los cruzados, de los guerreros píos y de los dioses vivientes. Si vencen los bolcheviques y los chinos, dentro de poco ya no se sentenciarán profecías en estas tierras, y todos los pueblos de Asia dejarán de ser nombrados por los espíritus celestes. Esos revolucionarios, con tal de acabar con los reyes, se han decidido a matar a budas y a dioses.

—¿Y pedir ayuda a Occidente? — inquirió el santo rey mongol.

—Los europeos se han abandonado a su propia desidia, como débiles y afeminados intoxicados en un fumadero de opio. Nada se puede esperar de ellos, salvo pasividad o colaboración con el mal. Tampoco es suficiente la ayuda que prestan los japoneses, y todas las alianzas de los pueblos budistas continentales no lograrán por sí mismas vencer a los comunistas.

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Diciendo esto miro el cielo estrellado y pensó algo sobre el inminente fin de su propio ejército, sobre la corta vida que le había augurado una anciana astróloga semanas atrás, sobre la extinción de los reinos. El lama supo de estos pensamientos sin necesidad de oír palabras de la boca de su aliado, y guardó silencio. De repente tuvo la terrible visión del porvenir de Mongolia y del mundo, y un estremecimiento sacudió los muros de los monasterios cercanos. Tras la colación, mandó a todos los monjes orar y meditar durante toda la noche. Algunos días después, una noche en que la luna había rellenado sus cuernos, el barón tomó la decisión de marchar próximamente con sus hombres para reunirse con las tropas prometidas por el Dalai Lama y para otear la región, cercada ya por Suke Bator y sus aliados chinos, ansiosos de imponer de nuevo el ciclón comunista en la serena y anciana Mongolia. Mientras tanto, unos soldados calmucos cantaban canciones de amor ante una hoguera, los yugos descansaban desuncidos de los bueyes, las marmitas callaron su murmullo, y un monje iba por las calles solitarias esparciendo mantras protectores en queda voz.

H. Consten - Mongol warriors during the liberation war against the Chinese

Fue una mañana determinada como propicia por los augurios de los mopas cuando partió la escuadra del barón. Tras una ceremonia de despedida digna de héroes divinos, la caballería se alejaba, esparciendo al viento insignias de banderas zaristas, cristianas, budistas y tengríes. Hombres, mujeres, niños y ancianos se postraban al paso solemne de los salvadores que abandonaban las calles de la ciudad. Habían recibido al barón como a un soldado ruso: lo despedían como a un dios. Muchos intuían que no regresaría nunca más a Urga con aquel cuerpo. Llorando y gimiendo, salpicaban con flores el suelo que iba pisando el ejército. Tiempo después de la despedida, todavía titilaban los destellos del metálico armamento, que se iban enmascarando por la lejanía y por la nube de polvo que alzaban los cascos de las monturas. Bogd Khan los oyó alejarse y, aunque no mostró ninguna sonrisa, agradecía que los cielos no se hubieran olvidado hasta entonces de las estepas; los budas habían enviado a un feroz protector de la Ley para hacerla prevalecer en el punto más monstruoso de una época degenerada. Así, ante el descarrilamiento fatal de los tiempos que estaba exterminando al aroma fresco del mundo, aquel demonio blanco, servido por hombres violentos de todo Oriente, se había obligado a hacer correr más sangre que nunca con tal que la rueda de la sabiduría siguiese girando. Con cada caricia a las cuentas de su rosario, expresaba el último Khan un deseo de salvación para todos. Trotando con paso firme hacia la muerte de muchas cosas, el barón no volvió la vista atrás ni una sola vez. Las ya distantes tropas comenzaron a entonar una canción de guerra:

“Alzamos la bandera amarilla
por la grandeza del budismo;
nosotros, los pupilos del Buda Viviente,
vamos a combatir por Shambhala”.

Picea obovata forest, Bogdkhan Uul Strictly Protected Area, Mongolia, near Manzushir Monastery

El Buda Viviente, mientras los saludaba en vano con gran agradecimiento e infinita compasión, percibió que el gélido viento había cesado. De repente, las banderillas de oración dejaron de agitarse, y la naturaleza se silenció: la rueda universal de la sabiduría se preparaba para detenerse, y nadie sino los perfectos emancipados del devenir sabía por cuánto tiempo ni hasta qué extremo. Asia habría de contener la respiración ante el aturdimiento del siglo, un aturdimiento surgido de una inmovilidad más desquiciante que cualquier tempestad de la estepa, un aturdimiento que reverberaría por todo el orbe y del que, no obstante, todo espíritu piadoso no podía desear más que una regeneración posterior, recompensa por un invierno milenario. Todo habría de volver algún día a la paz perfecta del ritmo sagrado de los viejos tiempos, igual que la estepa queda vacía y en silencio cuando el breve fragor de la batalla se disuelve en el océano de siglos, igual que el rumor de los insectos cede sin resistencia ante el leve imperio de la nieve. Pero, a pesar de todo, el Buda Viviente cerró sus ojos ciegos para evitar que una lágrima cayese sobre su corazón.

4x5 original

[Música: Aga, Rodina Moya (“Aga, mi patria)”, canción buriata, por el Badma Khanda Ensemble.]

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I do not know if ever it existed—
That lost world floating dimly on Time’s stream—
And yet I see it often, violet-misted,
And shimmering at the back of some vague dream.

[“No sé si existió alguna vez
ese mundo perdido que flota oscuramente en el río del Tiempo,
pero lo he visto a menudo, envuelto en una bruma violeta,
y brillando débilmente al fondo de un sueño borroso.”]

H. P. Lovecraft, Fungi from Yuggoth, 23

Trägt nichtalles, was uns begeistert, die Farbe der Nacht?

[“¿No lleva todo lo que nos entusiasma el color de la noche?”]

Novalis, Himnos a la Noche, 4

[Música: J. S. Zamecnik, Paris Fashions (Sam Fox Moving Picture Music, vol. 2)]Jobyna Ralston 1

El pianista acompaña la película muda de 1924 con acordes convencionales, traídos por la necesidad, por la ingenuidad narrativa, con melodías entreoídas, procedentes quizá de viejas canciones pasadas de moda que ningún vivo recuerda ya. Acompaña a “la chica”, la femineidad hecha celuloide, tanto que no precisa un nombre propio su personaje. Sigue sus gestos, mimetiza las tensiones de su rostro en retardos y floreos, en dulces consonancias su mirada límpida. Colorea su tez pálida y los bucles obscuros que caen sobre sus hombros. Le presta su voz a cambio de que ella le diga cuándo gritar, cuándo llorar, cuando reír. La abraza con vibraciones que se expanden por la sala, inundando al público de su amor secreto, luciendo con exhibicionismo una calidez que pasa inadvertida para todos, porque nadie atribuye aquella música nostálgica más que a los simulacros propios de un trabajo artístico. Sin embargo, la está amando, la ama del único modo que se hace legítimo ese amor prohibido, un amor adúltero, separado por un siglo y por un océano de lejanías, todas las lejanías posibles, y expuesto impúdicamente a cientos de personas que no lo entienden mientras ríen. A fuerza de sugestionarse con su propio sonido, metiéndose en el papel de comentador y traductor del silencio, se ha enamorado del aura que él mismo ha perfilado en torno a un delicioso trampantojo. Y los dedos del pianista acomodan y acarician melancólicamente a Jobyna Ralston, rozan su piel en la superficie de las teclas, calentadas por esas yemas educadas en un sensible pudor, una suavidad incapaz de dañar cuerdas y oídos.

El ciclo le ha permitido retratarla en múltiples posturas y hábitos: había sido la rica heredera, la joven pobre y abnegada, la feriante huérfana, la esposa fiel, la humilde hija del hostelero, la perpetuadora de una piadosa misión religiosa. En cualquiera de los casos permanece firme en la dulzura extrema y el paciente amor. Hope, Peggy, Mary, han sido algunos de sus nombres, impresos en caracteres en la pantalla pero no pronunciados más que mediante cadencias arpegiadas en diminuendo. Su sonrisa, en un blanco negro brillante, ofrece un registro inédito de la ternura. Laura, Jenny o The Woman in the Window relataban las historias de imágenes pictóricas o ensoñaciones de las que se enamoraron hombres desubicados, insatisfechos con el mundo de los seres materiales. Pero Jobyna, más allá de la pasiva inconsciencia de aquellas otras, danza al compás de su desfasado amante, se mueve con él, y éste, al tiempo que canta con sus manos los compases de un decadente y desafinado vals-boston, empieza a elaborar en torno a ella una suerte de biografía coherente basándose en sus caracteres dramáticos, enlazados todos por una misma inocencia y entrega. Poco importa que Harold Lloyd o Richard Arlen sean los que la abracen con sus cuerpos a lo largo de noventa años: él toca rincones mucho más íntimos del ser de aquella mujer misteriosa. Sin embargo, hay que resignarse a que su alma no se dignaría nunca a descender ni a mirar a los ojos a ningún hombre vivo de carne y hueso.

Jobyna Ralston 3

Pero mientras tañe la música de una boda que nunca celebrará, el pianista recuerda haber leído ciertos datos tristes sobre el devenir real de la actriz. Recuerda que no logró insertarse en el cine sonoro debido a su fuerte ceceo, que fue detenida por indecencia, que cayó en el adulterio y en atracciones antinaturales, que murió divorciada, gruesa, afeada, apenada, sola, posiblemente alcohólica, apresada por el reumatismo, la neumonía y las apoplejías. Esa mujer ya declinada, sombra de lo que fue en sus años florecientes, estaba en el tiempo más cerca del pianista. Su cuerpo pulverizado en un ataúd era lo que realmente compartía el mundo con todo el que hoy pensase en ella. Suspirando en la obscuridad -aprovecha las resonancias del instrumento para ocultarlo-, parapetado tras el biombo de sus pentagramas, el músico concluía la evocación en un morendo conclusivo que envolvía al último fotograma. Jobyna pasaba un día más a un fundido en negro y desaparecía de la mente del que la viera. Porque la mente era el único lugar en el que aquel espectro renacía sin substancia propia, producto de una alucinación, una broma de la percepción que la humanidad se otorga a sí misma para poder decir que el mundo aún conserva algo de encanto. Toda la vida de la pantalla era un hechizo invocado por proyeccionistas y espectadores, almas tortuosas que se buscan a sí mismas en reflejos grisáceos y en retazos de vidas condensadas.

Jobyna ya había desaparecido cuando se encendieron las luces. Tras el aturdimiento de los aplausos, el pianista regresó a su casa deseando verla de nuevo al día siguiente, a sabiendas de que su dulce rostro era un canto a la bella impermanencia de la belleza. Durante aquel mes, Jobyna resucitaba sin cesar y se dispersaba a las pocas horas, como rocío de la noche, que carece de unidad substancial y regresa una y otra vez ante nuestro pensamiento porque le damos un único nombre a una secuencia continua de destellos. Acaso no la pudiese abrazar ya nunca más con la directa ofrenda de sus notas musicales cuando acabase el ciclo. Acaso aquella veneración silente se subsumiría definitivamente en la escena final de la última bobina programada, escena que quedaría a modo de máscara funeraria en el recuerdo. Pensó finalmente que Jobyna no había existido nunca; como los personajes del cine, la criatura es un fragmento de luz que se proyecta en el mundo durante breve lapso de tiempo y se disgrega en la indefinición a medida que cesa la ilusión óptica. Pensó que, en efecto, toda la matriz sentimental humana, al igual que la identidad de una persona extinta o momentáneamente animada, encantadora o no, no es menos efímera y vacua que una vieja película deteriorada o que una partitura meliflua próxima al olvido.

Annex - Lloyd, Harold (Girl Shy)_05

[Música: R. Israel, “Love theme” (Girl Shy OST)]

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Por lo tanto, Śāriputra, en el periodo de decadencia de la kalpa, puesto que los seres sintientes son sucios, codiciosos, celosos y desarrollan las raíces del error, todos los budas iluminan los tres vehículos con el poder de los medios hábiles para enseñar el vehículo único de Buda.

Sūtra del Loto, II 7b

No es que anochezca,
es que la lluvia es noche.

Sōgi (1421–1502)

Hace demasiado tiempo que me hallo bajo esta forma de dios, por lo que la luz de mi sabiduría se ha debilitado.

Ichien Mujū, Colección de arenas y piedras, I 4.2

En el sonido de la campana del monasterio de Gion resuena la caducidad de todas las cosas.

Heike monogatari, I

Byodo-in

Durante el reinado del emperador Go-Reizei, noble dueño del trono del Crisantemo, a la llegada del nuevo año que llaman de 1052 en las tierras de Occidente, en la ciudad de Uji, provincia de Yamashiro, no lejos de Kyōtō, se inauguraba el santuario de Byōdō. Las obras de restauración corrieron a cargo de Fujiwara no Yorimichi, quien quiso dedicar la rica villa heredada de su padre, Fujiwara no Michinaga, a las Tres Joyas, y convertirla así en templo de la Ley de Buda. La inauguración se dispuso en una fecha especial: la llegada del año nuevo. Y no de cualquier año, sino el primero de mappō, la Era Postrera la Ley. Si en shōbō —la Era de la Ley Verdadera—los hombres podían iluminarse mediante el conocimiento de la doctrina y la práctica, en zōbō —la Era de la Imitación— solamente la doctrina y la práctica eran posibles, y la erudición sería su principal rasgo. Pero tras siglos de gradual degradación, llegaría por fin la noche en la que ni siquiera la práctica sería el norte de la humanidad, y ésta navegaría a la deriva sin conocer siquiera el modo de purificarse. Muchas Escrituras se perderían, el clero desconocería sus deberes o los eludiría alevosamente, y la recitación de sencillos mantras sería el único refugio para la fe de muchos hombres, incapacitados ya para grandes disciplinas o meditaciones juiciosas. La Era Postrera, que habría de durar diez mil años –mucho más que las anteriores–, comenzaba con no poco recelo para el clan Fujiwara, para su corte y para todo el imperio bajo el sol; las crecientes tensiones entre clanes, la carestía de las cosechas y la propagación de la impiedad se veían como manifestaciones de la pérdida del favor celestial. Fujiwara no Yorimichi, primer consejero del emperador, se dijo a sí mismo que no quedaría sin hacer nada que estuviera en su mano para mitigar el desvarío de su tiempo. En esa vocación nació la idea de transformar la villa familiar en templo. Incluyó en su sala central una gran estatua dorada de Amida, el buda más compasivo con los extraviados, sobre un pedestal de cuatro lotos. Mandó tallar, además, varias estatuas de Kannon, la venerable bodhisattva de la compasión, quien en el extremo de su dulzura renunció a su virilidad primigenia y auxilia a quienes huyen de tormentas y fatigas.

Todo estaba dispuesto para el banquete inaugural del nuevo refugio de la Ley. Se había invitado a autoridades religiosas de varias sectas y a los clanes señoriales más importantes. No faltaba tampoco en ello un cierto interés de reconciliación política. Por la mañana, no muy temprano, fueron llegando los bonzos: los representantes del monasterio de Enryauku de la secta Tendai, varios del templo Tōdai de la secta Kegon y de la secta Risshū. De Kōfuku llegó un legatario de la rama Hossō y otro de Shingon del monte Koya. Y en el último momento se presentó un yamabushi, un asceta de las montañas, a quien nadie esperaba porque nadie había convocado. A través de un nuncio, los sacerdotes sintoístas excusaron su ausencia aduciendo diferencias doctrinales: según su punto de vista y el de los dioses, la decadencia no llegó en el despliegue de la Ley budista, sino con su comienzo.

Salieron al fin a los jardines las hijas del anfitrión tras largo rato de intrigar con las doncellas en sus alcobas; éstas, entretanto, les habían empolvado los rostros y peinado los lacios cabellos. Los señores, cubiertos de negro, aparecían portando relucientes tocados kanmuris sobre sus cabezas y abanicos en sus manos. Las damas lucían los más largos kimonos de doce sobrevestes que el siglo había visto, de sedas tornasoladas y amplias mangas, provocando la envidia de los fantasmas femeninos que aún deambulaban por los sotos de los alrededores. De entre todas las mujeres destacaban la señora del anfitrión y la hija adoptiva de ambos, Fujiwara no Hiroko, orgullo del clan por ocupar el trono como consorte del emperador, ventaja que habría de llevar finalmente a su padre hasta la cancillería del imperio. La madre vestía el color escarlata pálido, exclusivo de las damas de alto rango, mientras que en la hija relucía el púrpura oscuro, prohibido para toda mujer que no fuese emperatriz o princesa. El complejo juego jerárquico de los colores seguía desplegándose en todas las prendas de las demás damas en virtud del rango y de la estación del año.

Los invitados laicos iban llegando en sus palanquines. Según bajaban, entregaban a los anfitriones exquisitos obsequios: joyeros de ónice, turíbulos de fina madera de cedro ribeteada con espirales de plata, dagas de oro labradas por artesanos chinos, rosarios tallados más allá del más occidental de los países conocidos, una pequeña figura de Yakushi o Buda de la Medicina… El distinguido Minamoto no Yoriyoshi trajo envueltos en seda recipientes de boj y caolín muy antiguos, heredados de sus antepasados, de los tiempos del emperador Seiwa. Los sirvientes, por su parte, andaban atareados colocando cuidadosamente la mejor vajilla de la mejor porcelana de Nara y dispusieron en ellas manjares que no procedieran de derramamiento de sangre. Dulces arroces, algas del sur y jugosas setas poblaron una bella mesa adornadas con jade y ámbar y que algunos bonzos se negaban a tocar por considerarla una fuente de pecado. Los invitados se fueron sentando según la jerarquía: la emperatriz y sus honorables padres en el centro; junto a ella, ante la gran estatua de Amida, los abades, seguidos de los monjes legos y novicios; más allá, los nobles; y, finalmente, en el lugar más alejado del buda, las doncellas.

heike monogatari emaki (Edo period) Hayashibara museum of art

Todos gozaron de los sabores como si se tratase de la última oportunidad para hacerlo, dada la oscuridad del nuevo periodo que llegaba. Las vistas de la estancia abarcaban montañas, bosques de arces, los jardines del recinto y el estanque cristalino que rodeaba al edificio, un estanque que se pretendía símbolo del océano de los fenómenos y sobre el que flota la balsa de la Ley. El hermoso paisaje primaveral, dispuesto por los jardineros según los estrictos principios de la geomancia, obnubilaba a los más observadores: varios cortesanos dejaban la comida en el plato para contemplar más atentos y retener así en la memoria el colorido con mayor precisión. Las golondrinas picoteaban los frutos de los ciruelos, ajenas a la Ley, mientras los sauces se mecían rítmicamente con el viento, obedeciendo el curso eterno de las cosas. En el estanque se reflejaban el cielo y la arboleda, desfigurados por la vibración plácida de las aguas, y las metáforas que suscitaba el efecto eran tan obvias que ninguno de los asistentes probó a mencionar una. Disfrutaron del instante como dioses ajenos al tiempo. Versos improvisados, fragmentos de sūtras y melodías de cítara y laúd acariciaban los oídos de los nobles asistentes. Pero, según se acercaba el ocaso y el sol perdía la pujanza que animaba a los insectos, se fue haciendo el silencio. Las inquietas abejas claudicaron a la hora en la que las montañas ocultaron la luz; y con ellas, el zumbido de la tarde. Sólo entonces, respetuosamente, Fujiwara no Yorimichi hizo oír su voz:

—Majestad —dijo mirando a su hija—, es el máximo de los honores que nos haya concedido hoy su presencia. Sin su augusta persona esta reunión no contaría con la total aprobación de los antepasados de los emperadores, los mismos dioses que revolvieron los mares con la lanza celestial y crearon nuestra tierra.

Saludó de modo parecido a los religiosos, tomó aire y comenzó con su mensaje:

—Queridos amigos, estoy muy feliz de despedir con vosotros la era que hoy acaba. Somos muy afortunados de haber nacido en un momento en el que la práctica budista tenía todavía la fuerza disciplinar nuestros corazones. A partir de ahora deberemos rescatar, en la medida de lo posible, los recuerdos más antiguos que conservemos sobre el modo de orar de los ancianos. Deberemos repetir sin cesar las palabras de los sūtras que ya nadie recita y los preceptos de los más sabios monjes. En esas imágenes de nuestra infancia se conservan los últimos destellos del sendero de la Iluminación.

Sus amigos asintieron. Tomó la palabra el prelado Shōren, venerada autoridad de la secta Tendai y futuro abad del templo:

—Excelentísimo señor Fujiwara— dijo con una reverencia mientras se sostenía el birrete—, habéis hablado muy justamente. Y os estoy muy agradecido de que hayáis pensado en nuestra orden para regir este nuevo templo. Sin duda, ha de ser así, pues fue Saichō, nuestro patriarca, el primero en advertir en nuestro país la llegada de la Era Postrera, hace ya doscientos años. Sin embargo, así como el canto de un ruiponce no provoca el otoño ni se oscurecen de golpe las hojas del cerezo, así tampoco la Era Postrera de la Ley comienza en este instante. Llevamos siglos olvidando las enseñanzas del Bienaventurado. Con todo, también es justo reconocer que quedarán algunas comunidades monásticas fieles a las enseñanzas cuando pase esta noche y durante muchas décadas después.

Un anciano representante de la Vía de la Guirnalda, entusiasmado por la alocución, pidió también la palabra:

—Lo que ha dicho el maestro Shōren es muy cierto— dijo tosiendo—. El universo jamás ha estado quieto, siempre se mueve. Y no sólo eso, sino que todos los fenómenos se interpenetran. La mente se disuelve lentamente en el mundo, como el licor de arroz en un jarro de agua. Pero el alma también se coagula lentamente en torno a la Ley si se propone seguir la vía de Buda, como el agua muta lentamente en nieve a la llegada del frío invernal. Por lo tanto, excelentísimos monjes y excelentísimos señores —decía mirando a Shōren, a sabiendas de que aprobaría lo que iba a decir—, nadie tiene una esencia distinta a la naturaleza de Buda, y la naturaleza de Buda no deja de estar entremezclada con el curso transitorio de los mundos.

Yendo un poco más lejos, el monje de la vía de Shingon afirmó la doctrina del Buda universal, Dainichi, substrato de todas las criaturas, único sujeto con existencia real sobre el que se disponen todos los seres, que no son sino simples máscaras transitorias. Y terminó diciendo que en la Era Postrera de la Ley, Dainichi no dejaría de ser Dainichi, por lo que no había que sufrir a causa de una distancia irreal. Después, Shōren añadió la doctrina de los tres mil reinos en un solo pensamiento, el pensamiento universal único que lo contenía todo, y que el monje de Shingon atribuyó una vez más a Dainichi. Pero todas las escuelas estaban de acuerdo en que tanto el pueblo como el clero, dada su tendencia a reconocer límites donde no los había, preferían cada vez más la recitación de breves fórmulas que ajustarse a la dura disciplina del monacato verdadero.

Fujiwara Takanobu - Minamoto_no_Yoritomo

La conversación se hacía cada vez más difícil de seguir para los laicos, que ahora comían y bebían más despacio, como temiendo entorpecer la inteligencia de aquellas profundas palabras con la impureza de la digestión. Percibiendo las circunstancias, los clérigos, por intuición, dejaron de hablar sobre el tema durante un buen rato a fin de que los oyentes más cansados se recuperasen. Fluyeron a la sazón comentarios frívolos guiados por los cortesanos sobre los aromas del jardín, los ornamentos de los biombos y de los abanicos de las damas y sobre la situación de las provincias del norte. Transcurrido un tiempo prudencial, aprovechando el silencio al que había conducido la indolencia de los mundanos, un sabio de la escuela Hossō decidió elevar de nuevo el tono y retomó la cuestión religiosa donde la había dejado Shōren:

—Como algunos sabréis, nuestra escuela no contempla que el cambio de era se produzca hoy. En nuestra opinión os habéis adelantado trescientos años a la verdad —dijo provocando que algunos maestros Tendai mostrasen un cierto malestar—. En realidad, como señalara el sabio chino Hsüan-tsang siguiendo las doctrinas secretas de Śākyamuni, la Era Postrera de la Ley sólo está en la mente. ¿Qué ha cambiado en los hombres para que ahora sean más torpes? Nada. ¿Qué sucede ahora en el país para que las sagradas enseñanzas sean menos verdaderas? Nada. Ni mil cosechas perdidas, ni mil incendios, ni mil guerras, podrán menoscabar un solo verso de un sūtra. Las eras se suceden en el corazón de los hombres, así como los mundos se suceden en el corazón de los hombres, sin que existan por sí mismos. ¡En realidad, esta nueva era será maravillosa para quien entienda estas cosas!

Los comensales menos doctos estaban ya totalmente confundidos. Un samurái del clan Taira acariciaba el mango de su espada, inquieto por tanta palabra sin entidad concreta. La emperatriz bostezaba sin ocultarlo. Tampoco Yorimichi estaba muy complacido: se había molestado en entregar la villa familiar a los guardianes de la Ley por creer que ésta corría peligro, y ahora parecía que no había ninguna razón para temer. Desde su lógica militar, comenzó a hacer preguntas a los maestros de una y otra secta. Les preguntó sobre el evidente aumento de desastres en las últimas décadas, sobre la imposibilidad de que un hombre se dedique a la práctica budista cuando ve sufrir a su familia y a su pueblo, sobre el aturdimiento general que impedía que la Ley brillase con la dignidad que se le debía. Pero los maestros no se alteraban, y le advertían que la decadencia afectaba solamente a las verdades provisionales, a la manifestación ilusoria de las cosas. Alguien pidió al yamabushi que diese su opinión, por si había notado algo distinto en el comportamiento o en los mensajes de los dioses del bosque. Pero el asceta sólo sonreía, como si hubiese olvidado el lenguaje humano. Y mostró su flauta como ofreciéndose interpretar una tonada, lo cual hizo finalmente solazando a todos.

honnoji - Miyako meisho zue (Pictorial guide to scenic spots in Kyoto) 1780 (by-Akisato-Rito)

Entretanto, el viejo Minamoto había renunciado al hilo de la argumentación. Había estado observando durante algún rato el orgulloso roble que sobresalía en el exterior de la finca. Parecía que aquella inmensa torre de la naturaleza despreciaba a los pequeños cerezos que, a este lado de la tapia, había mandado sembrar el difunto Michinaga con la única finalidad de embellecer el mundo. Pero, a decir verdad, casi todo el tiempo había estado Minamoto observando a la señora de Fujiwara. ¡Qué hermosa estaba incluso a su edad! Harían bien sus doncellas en envidiar su aspecto. No había perdido ni un ápice de su encanto después de haber insuflado una parte a su hija, la emperatriz. Su piel ya no era de seda, pero seguía manteniendo una blancura que Minamoto, ajeno a la lógica más elemental, no creía debida a ningún tipo de cosmético. La señora de Fujiwara seguía tratando a todos con la misma cortesía que cuando tenía quince años. Hablaba a sus criados como si fuesen caballeros serviciales, y no por ello se desprendía ella de la grandeza heredada de su clan. Se preocupaba de que nada faltase a los comensales mientras éstos debatían sobre la Iluminación, la transmigración de las almas y la sucesión de eones. Atenta y silenciosa, no dejaba de revelar una sonrisa deliciosa que la obligaba a cerrar los ojos casi por completo, dando la impresión de estar meditando en Amida. Y lamentaba Minamoto que, sin embargo, nadie le preguntase a ella por sus opiniones sobre el tema de la conversación; tampoco a las otras damas del ágape, ciertamente, con excepción de la emperatriz, que hacía discretos apuntes de compromiso ante el apremio solícito de los cortesanos. Pero la señora de Fujiwara callaba y resplandecía. Y Minamoto se recordó a sí mismo treinta años atrás, en la misma sala, mirándola de igual modo. Pero ya no la deseaba, no podía: era demasiado celestial como para ser parte del ajuar de un general envejecido como él. “Ojalá un sacerdote la declarase diosa, una encarnación de Konohana-sakuya-hime, la Princesa Floreciente, por ejemplo, para que le rindiesen culto los campesinos de la provincia —pensaba Minamoto—; quizá así me animaría a abrazar la vida religiosa”. En efecto, la señora tenía algo de inmortal, por muchas arrugas que se fueran posando en su rostro como hojas de un otoño colorido. Lo que de inmortal hubiera en ella no estaba del todo claro a juzgar por las discrepancias al respecto entre los maestros, pero sin duda sería algo más digno que todo lo que podía verse en el mundo. Resoplando discretamente, Minamoto vio un caracol acercándosele a un pie. ¿Cómo y cuándo había llegado hasta allí? ¡Qué obstinación! Sin duda, no se había detenido a mirar la baya bermeja caída a su derecha, ni temía a los cuclillos que en el soportal peleaban por un gusano partido en dos. Tampoco prestaba atención al roble, que se erguía hasta el cielo. Entonces el general volvió a mirar al árbol y ya no vio orgullo en él; bien al contrario, el roble arrojaba sombra, no impedía en su impasibilidad que los cerezos floreciesen cuantas veces quisiesen, ni impedía al caracol viajar lenta pero infatigablemente hacia sus misteriosos objetivos, ni tampoco que los hombres dejasen pasar los horas en disquisiciones sobre la liberación del sufrimiento. Entonces habló sin apenas pensarlo, sin mostrar interés por la compañía que lo escuchaba:

—Los cuclillos prosiguen con sus agitados afanes, el caracol se desplaza a ritmo sostenido e imparable, el roble permanece en la quietud de su origen. ¿Quién de ellos está más cerca de la naturaleza de Buda? Todos permanecen en su propia naturaleza. Todos crecen y se degradan al mismo tiempo. Cuando renazcan unos en otros, no habrán cambiado más que en la forma de cambiar. Recorren todas las eras ordenadamente, y todas las eras se dan a la vez en ellos. Mientras los hombres levantan y hunden reinos, la magnolia regresará con su fragancia en cada primavera, y los pinos, sin perder su verdor, se ocultarán en la niebla cuando el dragón Kura-Okami lo disponga. El viento arrasa aldeas y luego se aposenta lentamente sobre una frágil yerba. Así la más alta verdad engendra pequeñas verdades para que todos los seres puedan orientarse en la penumbra. Los medios hábiles de los budas son infinitos. De hecho, en este instante el Buda está entre nosotros, porque todos amamos la Ley, esa madre de las diosas que ilumina al mundo —y miraba a la señora de Fujiwara—, y todo es efímero menos ella.

Urashima walking on a bridge with the queen Otohime Japanese handscroll or emakimono - ss.XVI-XVII

La totalidad de los nobles y no pocos bonzos se quedaron asombrados por la profundidad del general, al que consideraban un hombre de pensamiento vulgar. Shōren lo reverenció y bendijo sus palabras sin estar todavía seguro del alcance que tenían sus matices. El samurái del clan de los Taira comentó en voz baja a un monje que Minamoto había aprendido esas cosas extrañas por su contacto con la secta Shingon, pero el monje —Shingon él mismo— lo desmentía. Yorimichi intentó descifrar el significado de las imágenes evocadas por Minamoto y, con algo de esfuerzo, creyó entender que hablaban de la igualdad de todos los seres incluso en el hecho de ser diferentes, y de que tanto la unidad como la transitoriedad eran ciertas y útiles al mismo tiempo. La señora de Fujiwara, por su parte, percibió una pureza antigua en las palabras del amigo, algo que le recordaba a versos cantados por su abuelo cuando ella era niña. Vislumbró de manera difusa que había encontrado al general en vidas anteriores y que había oído de sus labios palabras parecidas. Mientras todos miraban cómo desaparecía el último sol de la Era de la Imitación, la señora de Fujiwara no dejó de mirar a Minamoto, un bodhisattva vestido de poderoso señor pero desmemoriado ya de su naturaleza auténtica, un suspiro de Dainichi entremezclado en el Samsara y fatigado por la sucesión de eras. Y mirándolo se consumó el ocaso, y muchos señores y algunos jóvenes novicios lloraron amargamente. Se quedaron toda la noche en vela a la espera del amanecer: unos, apostados en las vigas del soportal; otros, no pudiendo sobrellevar la borrachera, yacieron mecidos por los abanicos de las doncellas; otros salieron a pasear por los jardines. Debatían sobre la Ley, alababan la belleza oscurecida de la vegetación o cantaban canciones tristes de amor, pero nadie hablaba demasiado. Junto a un templete adyacente a la nave principal, al margen de los demás, la joven emperatriz se dejaba desenredar por doncellas su larga cabellera y permitía que recitasen poemas sus ingeniosos amigos.

En la estancia del convite quedaron solos el matrimonio Fujiwara y Minamoto no Yoriyoshi. Sentían los tres la obligación de hacer guardia a Buda lealmente mientras los demás dejaban correr sentimientos y pensamientos. Con sonrisas de afecto y con miradas cansadas, los tres vieron llegar al disco solar: solemne, rojizo, pero aparentemente indistinguible de los anteriores. Un amanecer que significaba el más triste ocaso, aunque nadie lo habría advertido si no lo hubieran estado proclamando con tanta insistencia. Un amanecer que merecía consagrarse por ser el último. Monjes de todas las sectas se dispusieron a entonar sus plegarias con voz resonante. Al tiempo, el samurái de los Taira rezaba a Buda con sencillez y pureza, alabando su poder, como se reza a los dioses de la montaña y del mar, esos mismos dioses que ahora iban depositando gotas de rocío en cada espina y en cada pétalo de cada flor. Ejemplo preciso de lo que habría de ser el hombre en la Era Postrera, el samurái entregó toda su energía en una sola súplica reiterada, un azote de su mente, una súbita simplificación del devenir. Y terminó con un saludo a Daiitoku, el guerrero de seis rostros y divino defensor de Amida, y otro saludo a los cuatro reyes celestiales que velan por la Ley en los cuatro puntos cardinales. La emperatriz se acercó distraídamente a los monjes para oír el rumor de sus cantos, de los que poco entendía. Dispersados entre el jardín y el templo, los presentes se enfrentaban a la decadencia como mejor podían. Todo respiraba con la misma eterna calma en la villa, igual siendo un templo que cuando era el cuartel general de los ministros de un imperio. La Era Postrera había llegado, y, como era de temer, los pájaros y las moscas, seguían sin darse por enterados, entusiasmados en sus juegos. Los únicos que no presenciaron de ningún modo el alba fueron los criados: dormían no lejos de sus señores, exhaustos tras la larga noche. Los criados y los gatos, también dormidos en las oquedades umbrías del jardín tras una dura caza de libélulas.

A media mañana, los invitados se despertaron de una larga siesta, merecido premio por la vigilia nocturna. Los palanquines recibieron a los nobles con destino a Kyōto, Nara y Kamakura. La emperatriz Hiroko no quiso mostrar aflicción en sus ojos por su regreso a palacio con tal de no trasladársela a su padre y a su madre. Los religiosos recogieron sus campanas y percusiones de madera. El yamabushi regaló su flauta al samurái de los Taira, que lo agradeció con una lágrima. Una dama olvidó uno de los cintos de su kimono en el lecho de un dormitorio; Yorimichi lo encontró sin querer averiguar cómo había llegado allí. Instantes después, Shōren se despedía. Agarró al anfitrión y lo condujo a una privada para hablar de algo. Allí felicitó a Yorimichi y a su familia por el delicioso convite y por su gran piedad. Volvió a tranquilizarlo respecto de los tiempos turbulentos que todos temían. Le recordó que el hecho de estar todos tan avisados podía resultar ser una bendición. Después de todo, el temor al olvido multiplicaría el número de copias de manuscritos religiosos. En los monasterios, además, no se dejaría de rememorar los deberes de los monjes. Lo que se perdiera en detalles o en exactitud se supliría con voluntad. Formas más simples de adoctrinamiento podían conducir a la misma Iluminación de antaño. Sin duda se incrementarían necedad y violencia en señores, campesinos y monjes, pero aquel que buscase con fervor la auténtica vía religiosa la encontraría en la misma paz que la de quinientos años atrás. Por muy negligente que fuera la organización de un templo, la vacuidad mental de quien la cultiva debidamente no podía sufrir merma, como no puede perder aquel que no tiene nada. Y aquel que no se atreviese a dar el paso hacia la vida monástica podría refugiarse en la plegaria a los budas que, como Amida, prometían la perfección a cambio de simple humildad y encendido amor. La nueva devoción, cada vez más exaltada, sería la reacción compensatoria a toda la vulgaridad que, sin duda, se fermentaba como ponzoña bajo el hinchado oropel de las ciudades. Le recordaba que ni los más tristes temores ni los más altos anhelos suelen satisfacerse. Si conviene decantarse por los unos o por los otros se debe, sobre todo, a la llamada del equilibrio: con frecuencia un fuerte anhelo de pureza es lo único que permite evitar el abismo; con frecuencia un fuerte temor al abismo puede elevarnos en la senda de Buda. Los puntos de vista opuestos pueden resultar en una alternancia bienhechora, del mismo modo que la sucesión de días y noches, grata fortuna para el mundo, proviene del litigio entre Amaterasu, diosa del sol, y su hermano el dios de la luna, que no quieren verse más. Pero en toda compensación hay un límite y en toda conducta extrema acechan los demonios.

Terminó Shōren insistiendo en la idea de independencia:

—Si uno encuentra el horror a su alrededor, siempre puede buscar la belleza en su corazón. Si la perfección será ahora casi imposible —decía tosiendo una vez más—, la erradicación de los oscurecimientos más peligrosos es, en cambio, bien sencilla. No hay necesidad de saber mucho: basta con entregar un alma desnuda. Debe comprenderse que ahora es difícil encontrar un hombre puro que sea buen instructor o un buen instructor que sea puro, pero ambos serán guías útiles para quien está alejado de ambas virtudes. No seáis demasiado exigente con vos mismo, Fujiwara no Yorimichi, pero obedeced en lo que podáis a los estudiosos de los dioses o de la Ley. Por muy imperfectos que ellos mismos puedan ser, la lealtad y la humildad son regalos que cualquiera puede hacerse a sí mismo. Además, nunca se sabe qué pequeño desliz puede conducir a la mente hasta un torbellino de destrucción. Y no dejéis de recitar sūtras, pero sin olvidar que también contribuís al mundo administrando el gobierno, librando batallas contra los malvados y protegiendo a vuestra gran familia, que es también la del emperador. Habéis matado y habéis intrigado como varios de los señores que han comido hoy aquí: vuestros pecados pasados se disiparán en una vida próxima si sembráis la compasión y la templanza en cada acto a partir de ahora. Sois un buen hombre, Fujiwara no Yorimichi.

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Y, con esas palabras, Shōren salió de la mansión y se alejó muy despacio junto al novicio que le cubría con un parasol. El anfitrión se quedó mirando aquellas dos siluetas con el sabor agridulce de un beso de anciano, el sabor de una verdad modesta y tranquila. Cualquiera que hubiera visto con atención el rostro sereno del viejo Shōren aquel día habría advertido que sus arrugas habían sido sus mayores maestras. La vivencia propia era la fatigada madre de esas líneas escuetas de sabiduría con la que Shōren resumía la práctica de la Ley.

Los anfitriones despidieron a los últimos invitados con reverencias. Cuando despidió a Minamoto, la señora de Fujiwara no hizo un gesto especial. Yorimichi mencionó al oído de su amigo alguna cuestión referida a la guerra que éste comandaba contra el clan Abe, en la provincia de Mutsu. Solemne y afable, Minamoto se alejó sin volver la vista atrás. Los tres, sin embargo, tenían por dentro el corazón tierno como la hierba. Cuando todos se fueron, el rocío ya había desaparecido.

Fujiwara no Yorimichi pasó el día deambulando entre ciruelos, mirando las violetas, rozando la superficie del estanque, bruñendo él mismo las estatuas sagradas. Era el último día que habitaba la casa de su padre; al día siguiente llegarían los novicios para instalarse definitivamente y acondicionar los aposentos de Shōren, y él y su intachable esposa se trasladarían a su hacienda en la capital. Por ello no quería ocupar aquel día en ningún asunto del gobierno ni de su clan; toda despedida precisa de cierta cortesía, de cierta entrega. Caviló sobre abrazar la vida religiosa y sobre la ausencia de nubes en el cielo. Mencionó en voz baja su propio nombre de infancia, “Tazugimi”, y se convenció de la sana costumbre nacional de desprenderse de los apelativos con cada nueva etapa de la vida, costumbre que contribuía a no apegarse siquiera a la propia persona. Durante un rato estuvo mirando también a su esposa dormida. “Igual de bella —pensaba—, y su amor es cada vez más generoso”. Sabía que desde su juventud amaba a Minamoto, pero también sabía que en su corazón quedaba aún espacio para su marido, y para sus amigos, y para el mundo entero, aun con los enemigos del imperio dentro, y para las hormigas que se negaba a pisar o a barrer. Y le ofreció una reverencia que ella no percibió.

De nuevo en el atardecer, Yorimichi seguía paseando solo, guiado por un farol. Le pareció ver un pétalo de flor que volvía a su rama del árbol… hasta que distinguió a la mariposa. Pero vio caída a sus pies una flor de tilo auténtica, y la recogió con cierta tristeza. Se sentó en el soportal principal frente al estanque, lleno de compasión por el mundo y por los próximos diez mil años, los cuales, según habían aseverado los bonzos, serían tan vacuos como los diez mil anteriores. Aun con todo, sintiéndose algo ingenuo por el mero hecho de desear, pidió a Kannon que ni las guerras ni el vicio asolasen al país. Juntando las manos, esperaba que aquellos diez mil años fuesen una prueba no demasiado severa, o que al menos budas y dioses acudiesen en auxilio de los hombres. Esperaba que la ignorancia no enturbiase los corazones hasta el punto de habituarlos a la destrucción de lo que merecía perdurar. Esperaba que aquel jardín floreciese hasta que recomenzase el ciclo de la Ley, para proveer así de un emblema consolador a los lugareños. Y que la sucesión de ciclos se detuviera un día en su punto álgido, de modo que, convertidos en budas todos los seres, el universo entero fuese un sūtra. Esperaba, en fin, la victoria de los victoriosos. Esperaba y esperaba y se reiteraba en sus esperanzas. Pero ya había caído la noche. Y, aspirando el último aroma de la flor de tilo, la depositó delicadamente sobre el estanque, pensando en la caducidad de todas las cosas.

***

Bird on Magnolia - Watanabe_Shotei10

[La primera música que se puede oír es un fragmento de orquesta gagaku, la música tradicional cortesana de Japón. La segunda es un canto shōmyō o salmodia de sūtras, en este caso de la secta Shingon, por lo que es muy probable que sea un fragmento del Mahāvairocana sūtra o del Vajrasekhara sūtra. La siguiente pieza es un relato épico a cargo de Yukio Tanaka, quien, acompañado de su biwa, canta el famoso “incidente de Honnō-ji”. Cuenta la verídica historia de Oda Nobunaga (1534-1582), conocido como Dairokuten Maō (“Rey demonio del sexto cielo”), un brutal e impío señor feudal que incendió un templo con él dentro al verse traicionado y asediado por su subalterno Akechi Mitsuhide. El jesuita portugués Luis Frois, quien conocía a Nobunaga, dijo de su final lo siguiente: “Lo que sabemos, sin embargo, es que de este hombre, quien hizo a todos temblar no sólo con el sonido de su voz sino incluso con la mención de su nombre, no permaneció ni siquiera un pequeño cabello que no fuera reducido a polvo y cenizas”. La desaparición del cadáver de una figura tan grande da pie a una moraleja final sobre el tópico de la impermanencia universal o mujō, flagelo de orgullos, tan caro al antiguo Japón como el omnia fluunt o el mors omnia aequat a la cultura clásica occidental. Su historia cobra un especial sentido budista cuando se sabe que Nobunaga había acabado anteriormente con la vida de numerosos monjes y laicos amidistas del movimiento rebelde Ikkō-ikki, durante los asedios a los castillos de Ishiyama Hongan-ji y Nagashima. El texto cantado es el siguiente:

Nobunaga se dirigió a Kyōtō acompañado de un centenar de sus cortesanos y llegó a Honnō-ji. Valiéndose de esta oportunidad, Mitsuhide reunió a sus generales en el castillo de Kameyama. Resentido por las muchas afrentas sufridas a manos de su señor, Mitsuhide tramó su asesinato.

Ignorando lo que había de suceder, Nobunaga pernoctó en el templo y se rindió al sueño. Por la mañana temprano sonó el gong. Se oía el rumor distante de voces y caballos. Al instante, Nobunaga deslizó la puerta corrediza y esperó en el umbral, armado con arco y flecha. Al verse impotente ante las huestes de su enemigo, Nobunaga prendió fuego al templo y murió en la conflagración. A lo largo de sus cincuenta años de vida, Nobunaga había consolidado el prestigio del imperio; pero todas las hazañas, tanto las buenas como las malas, son efímeras y frágiles como las quimeras de un sueño.

La última obra es Dream/Window de Tōru Takemitsu, uno de los mejores compositores de la segunda mitad del siglo XX, lo cual tampoco es decir mucho. La música evoca un paseo por el jardín del templo Saihō-ji, en Kyōto. El título se debe a un juego ortográfico de la lengua japonesa: las palabras “sueño” y “ventana” se escriben respectivamente con los caracteres 夢 (mu) y 窓 (sō), conformando así el nombre de Musō Soseki (1275–1351), famoso monje zen y diseñador del jardín de Saihō-ji.]

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