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Archive for the ‘Gnosis’ Category

Gravitas

Quae dicitur levitas relativa, non est vera levitas, sed apparens solummodo; et oritur a praepollente gravitate corporum contiguorum.

[La levedad relativa no es verdadera levedad, sino sólo aparente, que brota de la gravedad preponderante de los cuerpos contiguos.]

R. Cotes, Prefacio del editor a la segunda edición de los Philosophiae naturalis principia mathematica de I. Newton (trad. A. Escohotado)

 

Quicquid premit vel trahit alterum, tantundem ab eo premitur vel trahitur. 

[Cualquier cosa que arrastre o comprima a otra es igualmente arrastrada o comprimida por esa otra.]

I. Newton, Philosophiae naturalis principia mathematica (Axiomata Sive Leges Motus: Lex III [trad. A. Escohotado])

 

Ideas habemus attributorum ejus, sed quid sit rei alicujus Substantia minime cognoscimus.

[Tenemos ideas sobre sus atributos, pero no conocemos en qué consiste la substancia de cosa alguna.]

I. Newton, (Ibid. 2ª ed., Scholium generale [trad. A. Escohotado])

 

Los tonos más graves, más serios, son por ello mismo los que más nos arrastran hacia la tierra. Tanto más contundente es un peso cuanto menor es su capacidad de alzar el vuelo. Pero la ligereza descontrolada propicia la dispersión estratosférica, la ausencia de todo vector y el ahogo en los climas superiores, donde el aire irrespirable conduce a una muerte dolorosa. Habría que mantener, pues, un equilibrio entre densidades. Habría que levitar a medio palmo del suelo y desplazarse así sobre el mundo, sin dejar de prestar atención a las incongruencias cotidianas, sin dejar de resbalar sobre el aire y sentir la grata sensación de la torsión sin rozamiento. No es que sean despreciables la entereza plúmbea o la concentración suprema en el Absoluto; de hecho, contribuyen a la fortificación centrípeta de lo mejor de nosotros mismos. Pero cualquier gimnasia que pierda el pulso a la vida se aboca ella misma a la descompensación de sus potencias, a la sobreactuación, al derroche de lo superfluo y la poquedad en lo importante. Igualmente es preciso respirar entre contracción y contracción, o se está tentando al agarrotamiento y el desgarro. Los músculos de la virtud no son muy distintos en su mecánica a los del cuerpo.

No se puede y no se debe escapar de la gravedad. Cualquier relación entre dos cuerpos implica atracción gravitatoria, e incluso la repulsión no es sino un empujarse sobre el objeto para repelerlo; los golpes son otra forma contacto y compresión entre elementos, si bien una forma lamentable. Pero, si la frivolidad es prescindible, no lo es la amenidad. Si la primera es un forcejeo por mariposear, la segunda no brota del voluntarismo, sino de que el centro sobre el cual orbita suelta su soga gravitatoria, como el padre que ya confía en la autonomía relativa el vástago. La buena ligereza de espíritu comparte con el satélite su lealtad prudente, su elipse equilibrada y estacional, su periódico acercamiento, que no es sino veneración con tranquilidad, respeto con aplomo, amor con elegancia. Habría que ser, pues, como el ave, que flota sobre el mundo y se alimenta de todos los niveles; como el albatros, que estudia todas las fuerzas y las compensa, y de ese modo permanece estático, suspendido en la atmósfera en perfecta economía, desde que aprendió a planear contra el viento y contra la gravedad.

 

[Música: E. Rautavaara, Cantus Articus. I., para orquesta sinfónica y pájaros.]

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What though the radiance which was once so bright
Be now for ever taken from my sight,
Though nothing can bring back the hour
Of splendour in the grass, of glory in the flower;
We will grieve not, rather find
Strength in what remains behind;
In the primal sympathy
Which having been must ever be;
In the soothing thoughts that spring
Out of human suffering…

[Pues, aunque el resplandor, tan radiante antaño,
se aparte para siempre de mi vista,
aunque nada pudiera restituir
a la hierba su esplendor y su gloria a las flores,
no he de apenarme, más bien
hallaré fuerzas en lo que aún perdura:
La primigenia simpatía
que, habiendo sido, debe ser por siempre,
los apaciguadores pensamientos que nacen
del humano sufrir…]

W. Wordsworth, Intimations of Immortality from Recollections of Early Childhood 10 (trad. P. Mathews)

 

Cuando el destino me obstaculiza a través de las circunstancias, las atravieso elevando mi manera de vivir. ¿Qué puede hacerme así el destino?

Huanchu Daoren, Charlas de raíces vegetales (vers. T. Clearey y A. Colodrón)

 

Look out of the window: everything you see is frozen fire in transit between fire and fire. Cities, equations, lovers, landscapes: all are hurtling towards the hydrogen crucible.

[Mira por la ventana: todo cuanto ves es fuego helado en tránsito entre fuego y fuego. Ciudades, ecuaciones, amantes, paisajes: todo va lanzado hacia el crisol de hidrógeno.]

J. Fowles, The Aristos 1.42 (trad. M. Martínez-Lage)

 

Como el matiz cetrino de las últimas aceitunas que caen en el dominio del olivar; como el rocío extasiado y transfijo por el alba; como viento del que nadie conoce su comienzo y final; como el papiro que contenía una fórmula mágica sanadora y que quedó desintegrado entre las arenas de un desierto cien mil veces pisoteados al galope; como el imperio de la dorada Palmira que Zenobia contempló por última vez antes de huir hacia la ignominia y el Éufrates; como la danza cuya coreografía se olvida y desaparece de la humanidad por no haber quedado registrada en soporte alguno; como la mirada aterrada del animal bajo el cuchillo del matarife; como el esplendor de los bellos amantes de quienes apenas quedan tres muelas y una pelvis carroñada; como el sacro mandamiento velado por el declive de una civilización; como todos los gozos y pesares; como mis palabras y como las vuestras; como el encanto de lo más y de lo menos duradero… Así estallan y se disuelven todas esas cosas.

Todo está viajando hacia la reunificación: si no se acepta por las buenas, se producirá de un modo violento de todos modos inevitable. La única venganza posible reside en hacer de tal hecho el compás de nuestros amagos, en sincopar nuestro paseo en aras de reducir rodeos estériles y batallas contra las brisas. Cuando en la última noche todo se haya cumplido, cuando todas las miradas se vean puestas y emergidas en el Ojo de Dios, antes de que recomience el sentido de los mundos, en la hora sin hora y sin extensión, un vacío infinito vendrá a recordarnos -a nosotros, que ya no seremos tales- que optamos por la nada correcta. Sabremos, entonces, que nadamos en el saber en la misma medida que nada sabemos, que los cielos son reflejos del alma y ésta de aquéllos; y que la grandeza de los amores, anhelos, codicias, aversiones y agonías no es ni mayor ni menor que la de los gases y metales, ya descompuestos, amalgamados en abrazo final, o la de la brizna combustible del seco trigal a la hora en que el verano decide prologar con su insolar el fin de todos los centros y todos los círculos.

[Música: G. Gurdjieff y T. de Hartmann, 2.I.1927, vol. III, 1ª serie, No. 7, pno. A. Krenski]

 

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I live in hazard and infinity. The cosmos stretches around me, meadow on meadow of galaxies, reach on reach of dark space, steppes of stars, oceanic darkness and light. There is no amenable god in it, no particular concern or particular mercy. Yet everywhere I see a living balance, a rippling tension, an enormous yet mysterious simplicity, an endless breathing of light. And I comprehend that being is understanding that I must exist in hazard but that the whole is not in hazard. Seeing and knowing this is being conscious; accepting it is being human.

[Vivo en el azar y en la infinitud. El cosmos se extiende a mi alrededor, prado tras prado de galaxias, trecho tras trecho de espacio oscuro, estepas de estrellas, tinieblas y luces oceánicas. No hay en ello un dios particularmente afín a mí, no hay un cuidado particular, una particular misericordia. Sin embargo, en todas partes veo un equilibrio vivo, una tensión que se ondula, una sencillez enorme y a pesar de todo misteriosa, una inagotable respiración de la luz. Y comprendo que ser es comprender que he de vivir en el azar, pero que el todo no está en manos del azar. Ver esto y comprenderlo es ser consciente; aceptarlo es ser humano.]

J. Fowles, The Aristos 1.76 (trad. M. Martínez-Lage)

 

λέγω γὰρ ὑμῖν ὅτι πολλοὶ προφῆται καὶ βασιλεῖς ἠθέλησαν ἰδεῖν ἃ ὑμεῖς βλέπετε, καὶ οὐκ εἶδον, καὶ ἀκοῦσαι ἃ ἀκούετε, καὶ οὐκ ἤκουσαν.

[Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron.]

Lc 10:24

 

Mi voluntad se ha muerto una noche de luna
en que era muy hermoso no pensar ni querer…

M. Machado, Adelfos

 

Converso con una mosca durante algunos minutos: a mitad del encuentro percibo su cansancio y que está más cerca de la muerte que de mí. Dejo que los libros me den su enseñanza, y apenas la recibo la voy olvidando, limitado como estoy por afanes y por una memoria circunscrita a las dimensiones de un cráneo. Observo la macerada edad de mi madre, su alegría sólo vencible por el desgaste de los átomos, y aprecio el bendito instante que me permite ver de dónde provengo y a quién debería intentar parecerme, y la amo un poco más. Inquiero a los dioses, que me contestan con preguntas: alabo que sus intenciones benéficas vayan a sobrevivir a miles de vidas, civilizaciones y mundos, pero lamento que también ellos, como la mosca o mi madre, sufran alguna condición, un menoscabo por el que sibilinamente entrará la herrumbre hasta diluirlos con algún ciclo cósmico.

Me he persuadido de rendir culto a la Impermanencia, reina del país de los fenómenos. Su belleza es la del viento que arremolina a las hojas hasta convencerlas de que abandonen su manto; o la del ocaso que con su coleo de animal huidizo tiñe el cielo con tonalidades espectrales de morado, anaranjado y rosado, como la túnica de un atlante abstraído de todo afán; o la de una doncella que nos mira intensamente, como queriéndonos expresar que se encuentra en el culmen de su belleza, cuyo brillo irá ya perdiendo día a día hasta desaparecer. Impermanencia escribe la moraleja a cada fábula mundana, a cada trance, a cada proyecto de sangre o de sonrisas. Hasta los más orgullosos y los más excitados inclinan la cerviz ante su caricia adormecedora o ante el golpe seco de su báculo. Sus hijos tejen los tapices del tiempo que recibirán el examen de la impasible madre: nunca queda ella satisfecha, de suerte que habrán de deshilar lo hilado para probar nuevas formas. Esos hijos divinos han dibujado al hombre y lo han perlado de estrellas, han propiciado con el perfil de las costas las divisiones de fronteras, la fundación de tronos y los menhires que glorifican tanto a los ejes del orbe como al Nombre aún no mencionado. Acaso los dioses no sean sino las fuerzas del cambio que moldean a los espectros que tomamos por aquéllos.

Ni la maldad ni la bondad son eternas, pues andan también a expensas de las condiciones, oreándose acá, virando allá, aclarando el rostro somnoliento con el agua más fresca que se encontrase en el amanecer de una tormenta o de una hermandad. Pero que no sean eternas no impide que renazcan tantas veces como mueren, con otras configuraciones y alicatados y dialectos, como que una torre de barro nunca es igual a otra que alcemos sobre la misma materia. Igual que el liquen, la actitud se marchita bajo la sequedad y rebrota con la conspiración auspiciosa del rocío. La actitud, dirán, no perdura más allá del plazo de una vida. Y yo concedo sin pena; pero la noción de perdurar no vive más allá del reino de los plazos. Estamos todos, sin saberlo, deseando alcanzar la edad en la que el tiempo se rinda, renunciando por igual a su significado como a su a falta de él; la edad en la cual el Devenir olvide su laurel en el tumulto de algún movimiento, abrazándose entonces en descenso oceánico a su hermana Eternidad, hundidos los dos al fin en la impronunciable sima de la vacuidad de las vacuidades.

No habrá entonces gozo y, sin embargo, será muy hermoso no hablar, ni pensar, ni abrazar, ni fluir, ni permanecer. Ni emplazamiento ni anhelo sostendrán el gusto por el descanso de quien ya no sabrá ni anhelará descansar.

[Música: H. Górecki, Sinfonía No. 3, Op. 36 (“Symfonia pieśni żałosnych” [Sinfonía de las canciones dolientes]). II. Lento e largo. Tranquillissimo.]

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El hombre más grande es aquel que sobrepasa a todos en mansedumbre y sociabilidad.

Avicebrón, Mibḥar ha-penînîm (“Selección de perlas”) 400 (trad. D. Gonzalo Maeso)

Esguardava l’amic si mateix per ço que fos mirall on veés son amat. E esguardava son amat per ço que li fos mirall on hagués coneixença de si mateix. E és qüestió a qual dels dos miralls era son enteniment pus acostat.

[Se miraba el amigo a sí mismo, para ser espejo en el que ver a su amado. Y miraba al amado, para que fuese espejo en el que conocerse a sí mismo. Y se discute de cuál de los dos espejos estaba más cerca su entendimiento.]

Ramon Llull, Llibre d’amic e amat 341 (trad. E. Moga)

I

Cuanto más decidido sea tu paso y cuanto más llano sea tu camino, más correrás, pero por ello mismo serás incapaz de juzgar la adecuación de otros caminos, que desconocerás tanto cuanto más te familiarices el tuyo. 

La pluralidad de vías es dibujo de varias espirales superpuestas; allí donde una parece acercarse más a la verdad, la otra hace un rodeo menos preciso; mas en otro tramo sucederá lo contrario. Todo método ofrece algo y priva de otra cosa; pero, a medida que se ascienda, se va devolviendo aquello de lo que se privó o se asume su contingencia y se suple con otro cetro igual de largo.

II

Si te inquieta la opinión ajena es que no la tienes muy buena de ti mismo o que pones tu opinión al servicio de caracteres contradictorios.

Tenemos cedida a los demás mucha responsabilidad sobre nuestra alma. ¿A qué cargarles con tamaño peligro? No dejes que los demás te condenen, pues eso les herirá también a ellos, y tu dignidad caerá aplastada por tu debilidad. No se debe dejar la felicidad propia y ajena a algo tan ajeno a nuestro poder como el juicio del otro; carga tú con la protección de sus almas, y no al revés.

III

La adversidad no menoscaba tu virtud, sino que muestra cuán baja era en realidad. La adversidad no menoscaba tu sabiduría, pero la contamina de suspicacias desesperadas, lo que viene a ser casi lo mismo.

Solamente el fuerte se sostiene ante el embate inesperado. Unas destrucciones provienen de una larga cadencia: debieron ser enfrentadas con costumbres virtuosas. Pero otras destrucciones provienen del giro brutal de los acontecimientos: debieron ser enfrentadas con costumbres virtuosas y con un atención plena, asumiendo que cualquier navío podría ser débil ante la tormenta, deseando siempre estar más y más predispuesto al combate y al sacrificio. No es que la derrota no sea una opción, es que es imposible si se aprende a aceptar la derrota como un ejercicio hacia la victoria, que se jugará en los tableros de las hazañas y las fundaciones y no en un mísero campo de batalla donde ha de regalarse el triunfo a la sangre, que es lo único que allí vence.

IV

Todo lo que no hagas por los seres sensibles no nutrirá tu sensibilidad hacia lo que está por encima de los seres.

Solamente satisfaciendo a tus semejantes en la medida de lo posible abrirás un derecho en el corazón para atisbar realidades más puras. El corazón es lo bastante honrado como para no concederse a sí mismo este derecho hasta que no lo haya merecido, o es lo bastante ciego como para no ver la puerta si no se ha apartado mediante la caridad a los pordioseros que mendigan ante ella.

V

Lo que se dice sin repetir lo que dijeron otros no habrá sido pulido en todas sus aristas, pues no hay una voz que pueda ella sola afinar al mismo tiempo la doctrina, la forma, la aplicación y la oportunidad.

La Tradición no es solamente edificio levantado durante siglos, sino que muchos de sus ladrillos son las perfecciones logradas por los hombres en sus respectivos campos de excelencia. En términos de espíritu, el progreso no opera en el tiempo más que en la eternidad de cada cual, pero sus ejercicios previos han sido tanteados en eficacia por generaciones de clarividentes, y así lo muestran en costumbres, ritos, ejercicios de introspección, conceptos, imágenes, músicas y versos. Pero, si la Tradición es secuencia de voces sumadas, tampoco ha de faltar nuestra voz, si ha sido esforzada, cuidadosa con el legado y dotada de cierta lucidez.

VI

Solamente abrazando al todo se obtiene cierta quietud, pues las partes son mudables, y las cosas mudables no son fiables.

Al discriminar, la mente se escora y cae en posibilidad de desequilibrarse. La discriminación en pequeños segmentos es útil para pequeñas cuestiones, y algunas de ellas son imprescindibles para el gran negocio del alma. Pero, llegados al centro de ese negocio, allí donde el entendimiento se quiere posicionar para irradiar a todas sus facultades, la única posibilidad pasa por abrazar los pares de opuestos y afirmarse allí. En último lugar, no hay que afirmar ni negar, no concebir el Todo, no delimitarlo, no reposar en su sustancia, sino evitar cualquier tipo de posición. La verdadera unidad se halla en la ausencia de opiniones, aun la de la propia preeminencia de la unidad.

VII

Si amas la superficie, no atenderás lo bastante al interior; si desprecias la superficie, no te dignarás a contemplarla con placidez hasta que veas a través de ella lo que hay debajo.

Lo vulgar no es vulgar para quien ama, porque el amor es visión de dignidades. Pero hay que distinguir la dignidad profunda de la dignidad aparente, de la cual es tanto más peligroso enamorarse cuanto menos serena sea. Hay que entender que las bellezas se comunican siempre de algún modo; si no se descubre ese modo en cuestión, la visión será incompleta.

VIII

Los nombres sagrados no son sagrados por ser nombres, sino por no apuntar a objeto ni efímero ni definido.

Los valores sagrados de los símbolos no se ciñen a los conceptos en los que encerramos los valores. Antes bien, el valor sagrado es inasible en el tiempo y en el espacio. Mencionar un nombre sagrado es atisbar fuerzas que se derraman en cada rincón de la realidad y , por ende, también de nuestra propia vida.

IX

El espíritu no fuerza nada, pero surge de la carne que se forzó.

La disciplina no es terreno del espíritu: el espíritu es el rey hierático ante cuyos pies se arriba tras vencer en dura pugna a los ejércitos que lo mantenían secuestrado en urna de cristal. Sin purificación no hay pureza, pero la pureza es tan inocente como una semilla seca y fría, a la espera de germinar en suelo removido por trabajosa azada y barbechos de ayuno. Lo divino es alumbrado en el placer o en el dolor, pero siempre sin estridencias; la transverberación es llamarada súbita, pero su estela no se aprovecha más que tras un cierto endurecimiento del carácter, humedecido únicamente por caro Amor.

X

La sinceridad no es completa si no se cuestiona a sí misma.

Toda inferencia lúcida duda, llegados a un punto, de la infalibilidad de la misma lucidez bajo cualesquiera circunstancias. Y toda declaración de arrepentimiento, perdón o amor surgida de buena fe se pregunta después si no hubo algo de mezquindad en su propia causación, como si se venerase tanto la pureza que su presentación debiese ser impoluta no importa cuantas veces se someta a comprobación. El espíritu es exigente antes de permanecer flotando sobre los opuestos, y en todo lo que sea vencerse a sí mismo se encuentra aliado consigo mismo, mientras no haya cilicio inmoderado.

XI

El pensamiento es inferior a la visión, como el contable es inferior al potentado.

El país es mucho mayor que el mapa, pero sin mapa no accederá peregrino a sus principales sedes. El rico paga al contable, pero el contable es el que, administrando con prudencia, permitirá a su patrón vivir holgadamente de sus riquezas. Por lo demás, son éstas las que permiten al rico habitar el palacio, mas es su sensato hacer lo que permite al contable vivir también allí mismo, en modesta azotea pero por ello mismo avistando a vista de pájaro los desperfectos a mejorar del alicatado; y allí opta, en algunas noches de especial amistad con el patrón, a obtener la herencia del poderoso. Así sucede con el pensamiento, atento a los movimientos de la superior intuición, atraída por la gracia y empujada por la serenidad que rezuma de las buenas obras.

XII

Tu altura no se distingue en el templo, donde todos están erguidos o se inclinan a la par, sino en la plaza, donde todos se inclinan según su avidez o su temor.

Ante el ritual, ante la mirada de todos, todos son más o menos dignos, más o menos cumplidores y pacientes. Es en el fango de la contrariedad, de la sorpresa, de la derrota, del dolor, donde se mide la altura real de cada uno, permaneciendo durante más tiempo en pie los más principescos de los caracteres, sin falsa apostura, sin rigidez innecesaria, pero atentos al compromiso que ostentan en la cabeza, sobre la cual se sustentará, en lo más alto posible, la insignia invisible con que la coronó la voluntad de satisfacer a los necesitados y de cumplir condescendiente el ciclo de los mundos.

XIII

La flor no sabe que para ser flor también es necesario no pensar en serlo.

La naturaleza no busca su finalidad, sino proseguir siendo ella misma, sea cual sea su finalidad. El ser feliz no es el que busca la felicidad, sino el que la encuentra en el camino de otra cosa, que suele ser la felicidad de los otros y el desapego de felicidades triviales. Para merecer el trono hay que ser, antes incluso que legítimo príncipe, servidor incondicional del trono; querer sentarse en él es justo y conveniente deseo del heredero, pero el anhelo fundamental ha de ser que el palacio sirva a su misión mundana para con los súbditos. Pero la razón y la intuición superior son atributos humanos que, como astrolabios de la mente, nos corrigen el rumbo cuando el entregado entusiasmo se entrega en demasía a camino de extravío, cuando el gesto genuino no es tan merecedor de dicha como del salario de Némesis.

XIV

Realizar el gesto decente no te conducirá a la verdad, pero hará más rítmica tu búsqueda y señalará a otros el camino a la verdad.

El cumplimiento no trae garantía de cosa alguna, salvo del mínimo ceñidor espiritual bajo el cual se desataría cualquier demonio. Cerrar con llave no impedirá entrada o salida en la mansión, pero demuestra que hay una llave que abre suavemente y demuestra la solidez de los portones, sólo lábiles para los hábiles.

XV

El amor que no se concibe sobre todos los seres es incompleto, por lo que carece de calma; el amor que no se concreta en saciar la sed del más sediento es débil, por lo que carece de resistencia e intensidad.

A todos se debe la misma entrega que a los demás. Esto, sin embargo, no habrá de suscitar que escatimemos, pues cuando se está ante un rostro no ha de voltearse la mirada hacia los otros, sino ofrecérsese por entero a sus cuitas, si es que comportan recia pesadumbre, como si fueran las únicas. La generosidad consiste en dejar de mirar de donde mana la herida sin dejar de atenderla en ningún momento hasta que la veamos empezando a cicatrizar.

XVI

Muchos creen amar cuando aman la imagen de sí mismos como amantes.

Hay mucho de amor propio en lo que de ordinario dícese amor. Pocos hay sentimientos más gratos y apetecibles que el del alma que se percibe a sí misma abriéndose a lo que no es uno. Mas el abrazar puede acabar en gusto de engorde, pues tan grande se siente el que toma al otro que lo cree suyo o comentario a su grandioso amor. Siempre cabe el desapego por nuestro propio dar, no dejando de dar, porque esto devendría males para el amado, que es quien siempre ha de salir ganando; más bien, habría que desapegarse hallando hábito cotidiano en lo inaudito. Igual que el guerrero de miembros cincelados levanta ya sin trabajo ni conciencia el yelmo plúmbeo de los héroes inmortales, así cualquier habría de habituarse al sacrificio con monocorde horario y trivial ritmo, carente de verso o emperifollado verbo, hasta considerarlo alegre pero vulgar gesto inevitable, naturalidad ni culpable ni venerable, como rascarse el mentón o alzarse por la mañana del lecho habiendo recibido justo descanso.

XVII

La pureza se obtiene por la sangre, a condición de que sea la propia sangre, pero mejor aún se obtiene por la vigilancia extremada sobre los caprichos del alma.

El arrebato heroico tiene el valor de gran intensidad que deja huella en vida propia y ajenas. Su imperfección proviene, hay que decirlo, de su improvisada y rauda ejecución. El carácter perfecto no puede surgir de una tempestad, sino de ordenado abandono de lo más superfluo a lo más apegado. Tampoco el corte de un miembro por filo de acero en batalla quedará tan limpio y hermoso como el que realice un cirujano con atenta destreza y tiempo ilimitado.

[Música: Capitán Tobias Hume, The State of Gambo (The Earle of Worcesters favoret). Como buen contemporáneo del manierismo, Hume fue un personaje estrafalario, escocés mercenario de Suecia y de Rusia. Como era costumbre, murió en la miseria, llegando, según él cuenta, a buscar caracoles durante un tiempo para alimentarse. Dejó escrito de sí lo siguiente: “as my Education hath beene, Armes, the onely effeminate part of me, hath beene Musicke”. Compuso obras lúdicas y originales como An Invention for Two to Play upone one Viole, pensada para ser tocada por dos músicos en un solo instrumento, o A Souldiers Resolution, donde describe musicalmente sus experiencias militares, evocando el sonido del campo de batalla, en línea con cierta tradición que se remonta al menos a La Guerre ou la Bataille de Marignan de Janequin.]

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Amor uniuscujuscunque hominis est omnium. Singuli enim omnes amare debent. Qui ergo hunc sibi specialiter exhiberi vult, raptor est, et ideo reus contra omnes efficitur. 

El amor de cada hombre es de todos. Porque cada uno debe amar a todos. Por lo tanto, quien quiere que se le muestre de forma especial es un ladrón, y por ello es culpable de agraviar a todos.

Guigo I, Meditationes (s. XII)

I

En lo más hondo no eres un ser, porque no hay seres, sino flechas dirigidas de un estado a otro. 

Nada hay menos fijo que las cosas a las cuales consideramos más fijas. Lo corpóreo no es más que un mismo grumo agrietado, dando la impresión de un multiplicidad. La multiplicidad es real en el mismo sentido en que un reflejo en el espejo es real: emite luz de colores que nos informa con señales, pero jamás podemos capturarlo.

II

No hay otra divinidad que la que sientas uniéndote a los demás seres, o no hay otra que puedas sentir.

Todas las ideas celestiales que no irradien y se esparzan por entre los canales del Todo no son sino retratos de momentos concretos, facetas aisladas de la imagen completa, que es la superior totalidad de las cosas. Para empaparse de los principios hay que vislumbrar sus resabios en los fines. La homeomería cósmica sea el mapa inabarcable según el que caminar, por más que un mapa infinito no te vaya a llevar nunca a un completo reposo. El completo reposo no es sino un detenerse artificial: la realidad sólo reposa en su pureza sin estaciones, en la vaguedad de los ciclos, tan incesante como inasible, tan rítmica como ilusoria. Tu alma no es sustancia, sino conglomerado de fuerzas: únicamente puedes percibir relaciones. Lo que crees que es el Principio no es sino un vínculo de todo a todo, incluso con aquello que sobrepasa naturaleza del ser.

III

Cuando tengas una aspiración noble, rastréala hasta conocer su causa primera en tu corazón, y verás su pedestre abolengo.

Se infla tu corazón y hablas de empíreos y categorías místicas después de haber tenido tal o cual encuentro con un pequeño triunfo o fracaso, con tal o cual dama, con tal o cual música. Lo vil y lo grandioso intercambian sin cesar su linfa; no has de avergonzarte tampoco de ello, pero guárdate contra el desprecio. Al fin y al cabo, también lo vil es resultado de otras causas que se pierden en misteriosos cielos, en la lejanía de la eternidad.

IV

No es que el dios more en ti, sino que tú eres el dios atrapado en una estrecha morada, aturdido por el viaje, habiendo olvidado casi todo lo que debe ser recordado. 

Tu ancestro eres tú mismo. ¿Acaso la forma de tus bisabuelos está ahora en otra parte más que en ti y en tus hermanos? Del mismo modo, lo santo se segmentó por compasión con el entorno y se hizo criatura, y desde entonces quieres hallar a tu ancestro, como te gustaría hablar con tu bisabuelo, que, sin embargo, sólo existe como tal en la forma que llevas inscrita ahora en la sangre.

V

Nadie puede desposarse con el viento ni quedarse mucho tiempo con un temperamento, propio o ajeno.

No te puedes fiar de tus cambios de comportamiento más de lo que te fías del viento que arrecia o amaina. Flora se aprovecha del Céfiro cuando la roza, y queda encinta de la Primavera; pero el humor de las brisas cambia rápidamente, y no es conveniente guardar rencor al otoño, o no se estará dispuesto al nuevo noviazgo primaveral. No asustes a los demás con tus cambios de conducta; pero menos te sientas atado a una conducta que sea arriesgada si sobrepasa la brevedad, solamente por que los demás ojos tengan una imagen menos desconcertante de ti. Puedes arrepentirte de no establecerte en lo bello, pero alégrate al menos de que ya conoces un camino; y, desde luego, no te arrepientas de no establecerte en lo vulgar. Incluso la edad bascula el humor de las almas más santas; ¿qué decir de ti, criatura ordinaria? Si los ángeles pueden volar, entonces vuelan bajo y vuelan alto, según su raza o su momento. Mas no confíes en el cambio como quien espera que su joven esposo o esposa vaya siempre a cambiar a mejor; antes bien, procura tener siempre cerca el lugar seguro al que regresar tras tus nobles acometidas contra el enemigo o tras tus fallidos deleites, o de lo contrario acabarás desconfiando de que la seguridad sea posible.

VI

Perdónate, sin celebraciones, las faltas que quedaron como residuo a una ardua y noble disciplina. 

Todo lo que pierdas por haber ganado mucho más con anterioridad no es tal pérdida. Si te hiciste más fuerte, no por ello has perdido toda flaqueza; después de una larguísima caminata, las piernas tiemblan de cansancio. Solamente tras una vida de esfuerzo podrás presentar un ánimo imbatible, y acaso tampoco entonces. Pero no abuses del perdón o te intoxicarás de vanidad, como no abusas del aguardiante que tomas solamente para padecer menos cuantro extirpas una flecha clavada en tu carne, so pena de caer ebrio. No utilices nunca la necesidad del perdón como causa contra la disciplina, madre de la luz que alumbras, sino venérala al mismo grado que al otro.

VII

Todo lo que sientas que has de decir de tu amor, dilo, a condición de enunciarlo y conservarlo como un juramento, como un voto de caballero o de reina, que protegerás con tu vida.

Lo que digas por el deseo de ayudar a otros se puede decir, pero siempre bajo ciertas circunstancias. No hay que dispersar palabras que, fuera del ambiente propicio, son como moneda de cambio o como címbalo que retiñe. Lo que declares sobre tu propia entrega no debe ser continuo y ligero, o terminará por dejar de convencerte a ti y a los demas; no debe ser excitado, o se encauzará inadecuadamente hacia el olvido o hacia gestos erróneos; no debe darse sin tener la conciencia de su importancia sagrada, o no te transformará para siempre ni garantizará tu eterna disponibilidad al amado, con lo cual lo habrás engañado.

VIII

Al mirar la piel, uno debe recordar su insignificancia. Al volcarse sobre el interior del corazón y de los cielos, uno no debe olvidar que la piel existe. 

Lo divino se puede expresar con tino mediante el lenguaje humano, y también sucede lo contrario. Pero cada lenguaje y cada mundo tienen sus límites, y es bueno recordarlo para no olvidar que somos lo alto y lo bajo hablando por la misma boca, del mismo modo que no se puede uno ubicar en un país extraño si olvidó que partió del sur y se dirige al norte. Debemos conocer al autor de las pócimas que llevamos en nuestro atillo, no sea que proporcionemos brebaje mágico de manos santas a una dolencia ordinaria, desperdiciándolo, o apostemos férula tosca a herida profunda perpetrada por demonios.

IX

El que, siendo simplemente amable, espera la gratitud que se debe a los héroes excelentes, está pecando de ignorancia, de vanidad y de avidez. 

Comprende a los seres que parecen no amarte o incluso que parecen sentir aversión hacia ti, pues ellos, en primer lugar, no aman ni odian sino la imagen que se figuran de tu persona, a menudo incompleta o errada; odian o no aman, pues, a una parte de sí mismos. Además, ¿les has dado motivos suficientes para creer que eres más fiable que otros que también parecieron fiables en un principio? ¿No es la constancia y la excelencia la prueba que exigimos todos? Dales, pues, todo y sin perder el equilibrio, y no podrán al fin más que reconocerlo, si es que no son incapaces de recibir por haberlo olvidado a causa de los golpes pasados o si es que no padecen de un gran desequilibrio, en cuyo caso merecen todavía una mayor compasión por tu parte.

X

Volverse ángel no implica adquirir alas ni blancura resplandeciente, pues también cuentan con ellas las palomas y los cisnes, sino adquirir un servicio eterno y transmitir señales de salvación. 

La bondad no toma siempre el aspecto que uno espera. Hay ánimos que parecían agrios y que dedicaban su vida a salvar otras. Son muchas las causas que lo hacen a uno tener un bello o feo ánimo, pero son más las que causan un bello o un feo rostro. Por ello no se puede sentenciar que la limpieza es signo de santidad y el hablar ordenado signo de grandeza, o muchos asesinos deberían contarse entre los santos. No desprecies a nadie por aquello de lo que carece, sino regocíjate en aquel punto sublime en que destacaron.

XI

Incluso las alimañas transmiten, a su modo y sin saberlo, las más altas verdades, si estás dispuesto a escucharlas, como adviertes la patria de un extranjero por su acento más que por lo que narra.

Si tomas enseñanza de toda cosa, entonces tú eres el maestro, pues no hay mayor enseñanza que ésa. Recuerda que lo divino ama el disfraz y que, al igual que el maestro puede entorpecer su sublime doctrina mediante toses o comentarios ordinarios, el mundo mezcla su verdad con el ruido de la maquinaria que lo permite estar en movimiento, y que esta misma maquinaria es en sí tan instructiva como la humanidad o la vejez del maestro, las cuales no se oponen a toda la sabiduría que enuncia.

XII

El centro de todas las cosas no está en el nombre del dios, sino allí donde el dios posa su mirada. 

Acuérdate del cinto sagrado, del altar y de la vía, pues en todo ello se indica la conducta correcta y la correcta visión. Pero aplica lo aprendido en el instante que se te impone, porque allí demuestras que lo que era bello también es útil, y que no hay distinción entre ambas categorías. Asume que la realidad puede corregir lo que pensabas, pues lo pensaste a partir de palabras y de unos pocos gestos, mientras que la realidad se pliega y se despliega en mil y una formas caprichosas, en permanente diálogo no sólo con lo que aprendiste, sino con lo que sufriste, con lo adivinaste y con lo que has sido.

[Música: Dos fragmentos de liturgia ortodoxa rusa. El primero proviene del salmo 140/141 y se trata de un canto démestvenny del siglo XVI, del monasterio Suprasi, responso de Vísperas de Cuaresma, entonado por The Patriarchal Choir of Moscow. El segundo es el Padrenuestro en la voz de los monjes del seminario de Odessa, con Mikhailo Davydov como sacerdote oficiante.]

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La joie parfaite exclut le sentiment même de joie, car dans l’âme emplie par l’objet, nul coin n’est disponible pour dire « je ».

[“La perfecta alegría excluye el sentimiento mismo de alegría, porque en el alma colmada por el objeto ningún rincón queda disponible para decir «yo».”]

S. Weil, La gravedad y la gracia, 8.41

この道や
行く人なしに
秋のくれ

[“Este camino
ya nadie lo recorre
salvo el ocaso”.]

Matsuo Bashō (trad. libre de Octavio Paz)

La espiritualidad es el arte de desaparecer dulcemente. Māra, el Señor de la Oscuridad, el Anticristo, Iblīs, no es otro que la existencia ansiosa. El ser en estado de pretensión, inquieto cigoto, es la arcilla que la Vía ha de moldear con vistas no a fijarla en dura vasija, sino a diluirla por completo, sin quebrantamientos, sin violencia innecesaria, sin confusión, con atención plena y serenidad en cada paso, ahorrando el sufrimiento allí donde surja, en este o aquel sujeto, diferenciados solamente por falta de perspectiva. La Vía es liberar de objetos a la Conciencia, primero afianzando los objetos virtuosos, después captando la inanidad de cualquiera de ellos para pasar a continuación a tomarse a sí misma como objeto, y finalmente autosacrificándose sin estridencia. Es el arte de caer. Es retirarse para que se reúna de nuevo lo que nuestra ficticia personalidad había separado. Es el no-ser aflorando como tímida flor, frágil y vacía, absoluta y pura, en el vértigo impensable que anuncia.

Star Dust by Rob Gonsalves (Official Site), Completed April 2016

[Música: A. Scriabin, Poème languide Op. 52 No. 3]

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Je trouvois en moi un vide inexplicable que rien n’auroit pu remplir ; un certain élancement de cœur vers une autre sorte de jouissance dont je n’avois pas d’idée, & dont pourtant je sentois le besoin. Hé bien, Monsieur, cela même étoit jouissance, puisque j’en étois pénétré d’un sentiment très-vif & d’une tristesse attirante, que je n’aurois pas voulu ne pas avoir.

[Encontraba en mí un vacío inexplicable que nada hubiera podido llenar, un cierto abalanzamiento del corazón hacia otra suerte de goce del que yo no tenía idea y cuya necesidad sin embargo sentía. Pues bien, señor, esto mismo era goce, pues que estaba penetrado de un sentimiento muy vivo y de una tristeza que no habría querido no tener.]

J.-J. Rousseau, Carta a Malesherbes (26 de enero de 1762), trad. M. Armiño

Aquel que conoce una sola mota de polvo conoce el mundo entero, aquel que comprende plenamente una cosa comprende todas las miríadas de cosas que abarca el universo.

Dōgen, Shōbōgenzō, 9

Oportet ingenii aciem ad res minimas et maxime faciles totam convertere, atque in illis diutius immorari, donec assuescamus veritatem distincte et perspicue intueri.

[“Conviene dirigir toda la agudeza del espíritu a las cosas más insignificantes y fáciles, y detenerse en ellas largo tiempo hasta acostumbrarse a intuir distinta y claramente la verdad.”]

R. Descartes, Regulae ad directionem ingenii, 9

Le beau est ce qu’on ne peut pas vouloir changer.

[“Lo bello es lo que no cabe querer cambiar.”]

S. Weil, La gravedad y la gracia

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Todas nuestras coherencias rompen contra el acantilado de una búsqueda de porvenir. Pero ahora respiramos hondamente, dejamos que el viento se lleve a su paso el temblor de las cosas, aceptamos la muerte de nuestro perseguidor interior. Reconcentramos todas nuestras gloriosas aspiraciones en este instante nimio, en este acontecer liviano al que nadie da importancia: el Nirvana está escondido en alguna parte del tacto de la muselina, en el aroma de este té especiado, en la inanidad de la luz pálida que se inmiscuye en la estancia o en el tono muscular de una pierna. Reside en la mente suspendida o en la mente que se agita por anhelos en formación. Reside en la piel pulida de una cereza y en el cadáver que deja ésta en forma de hueso reseco. En cualquier relación persiste la soledad de cada alma, y es una soledad reposada si se la mira cara a cara en toda su desnudez, como lo es la soledad de los soles que meditan retirados en el cenobio de la galaxia.

Si no hay mañana ni hay ayer, tampoco hay un hoy. Todo se entreteje en el juego ilusorio de conceptos y visiones, y si sólo vemos determinados tiempos es por las orejeras que impiden expandir nuestra conciencia a los lados de la realidad toda, al igual que distinguimos unas pocas formas cuando nos adentramos en la oscuridad de la infancia de la noche. Conociendo las existencias reales que no percibimos, hacemos el esfuerzo de imaginarlas aquí, representadas en este puro ejemplo que tenemos ante nuestros ojos, sea lo que sea: piedra, algodón, verdura, árbol, piel, papel, sufrimiento, placer, excremento, noción, hormiga, sueño, beso… Allí encontramos de nuevo todos nuestros combates, pero están transfigurados: los actores se ejercitan ahora sabiéndose actores, desapasionados, entendiendo la inconsecuencia de cada uno de sus actos. Y las aflicciones, si no desaparecen, al menos se sonríen ante sí mismas, y danzan al son de las virtudes, las cuales tampoco se confían a sí mismas, sino que coreografían una ceremonia en la que ellas simplemente conducen la trama hacia su disolución, como el sol deseca las carnes putrefactas antes de ocultarse también él mismo.

Así hemos conocido que el mundo ha sido bello porque no nos hiere, e incluso nos habla como un hermano a otro hermano, pero que su belleza es inexistente en lo que creíamos su núcleo, puesto que percibimos en su estado presente todos sus estados, incluido el de su descomposición. Bailamos todos los seres del universo, ancianos irresolutos, y algunos de los más agudos se aperciben de ello, y por ello bailan mejor, recreando la música de los mundos, que no es otra que la vibración de los cuerpos intercalada por los silencios cadenciosos de los corazones.

Adriaen van Utrecht (1599-1652), Vanitas - Still Life with Bouquet and Skull

[Música: J. del Enzina, Todos los bienes del mundo]

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