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Archive for the ‘Gnosis’ Category

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La joie parfaite exclut le sentiment même de joie, car dans l’âme emplie par l’objet, nul coin n’est disponible pour dire « je ».

[“La perfecta alegría excluye el sentimiento mismo de alegría, porque en el alma colmada por el objeto ningún rincón queda disponible para decir «yo».”]

S. Weil, La gravedad y la gracia, 8.41

この道や
行く人なしに
秋のくれ

[“Este camino
ya nadie lo recorre
salvo el ocaso”.]

Matsuo Bashō (trad. libre de Octavio Paz)

La espiritualidad es el arte de desaparecer dulcemente. Māra, el Señor de la Oscuridad, el Anticristo, Iblīs, no es otro que la existencia ansiosa. El ser en estado de pretensión, inquieto cigoto, es la arcilla que la Vía ha de moldear con vistas no a fijarla en dura vasija, sino a diluirla por completo, sin quebrantamientos, sin violencia innecesaria, sin confusión, con atención plena y serenidad en cada paso, ahorrando el sufrimiento allí donde surja, en este o aquel sujeto, diferenciados solamente por falta de perspectiva. La Vía es liberar de objetos a la Conciencia, primero afianzando los objetos virtuosos, después captando la inanidad de cualquiera de ellos para pasar a continuación a tomarse a sí misma como objeto, y finalmente autosacrificándose sin estridencia. Es el arte de caer. Es retirarse para que se reúna de nuevo lo que nuestra ficticia personalidad había separado. Es el no-ser aflorando como tímida flor, frágil y vacía, absoluta y pura, en el vértigo impensable que anuncia.

Star Dust by Rob Gonsalves (Official Site), Completed April 2016

[Música: A. Scriabin, Poème languide Op. 52 No. 3]

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Je trouvois en moi un vide inexplicable que rien n’auroit pu remplir ; un certain élancement de cœur vers une autre sorte de jouissance dont je n’avois pas d’idée, & dont pourtant je sentois le besoin. Hé bien, Monsieur, cela même étoit jouissance, puisque j’en étois pénétré d’un sentiment très-vif & d’une tristesse attirante, que je n’aurois pas voulu ne pas avoir.

[Encontraba en mí un vacío inexplicable que nada hubiera podido llenar, un cierto abalanzamiento del corazón hacia otra suerte de goce del que yo no tenía idea y cuya necesidad sin embargo sentía. Pues bien, señor, esto mismo era goce, pues que estaba penetrado de un sentimiento muy vivo y de una tristeza que no habría querido no tener.]

J.-J. Rousseau, Carta a Malesherbes (26 de enero de 1762), trad. M. Armiño

Aquel que conoce una sola mota de polvo conoce el mundo entero, aquel que comprende plenamente una cosa comprende todas las miríadas de cosas que abarca el universo.

Dōgen, Shōbōgenzō, 9

Oportet ingenii aciem ad res minimas et maxime faciles totam convertere, atque in illis diutius immorari, donec assuescamus veritatem distincte et perspicue intueri.

[“Conviene dirigir toda la agudeza del espíritu a las cosas más insignificantes y fáciles, y detenerse en ellas largo tiempo hasta acostumbrarse a intuir distinta y claramente la verdad.”]

R. Descartes, Regulae ad directionem ingenii, 9

Le beau est ce qu’on ne peut pas vouloir changer.

[“Lo bello es lo que no cabe querer cambiar.”]

S. Weil, La gravedad y la gracia

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Todas nuestras coherencias rompen contra el acantilado de una búsqueda de porvenir. Pero ahora respiramos hondamente, dejamos que el viento se lleve a su paso el temblor de las cosas, aceptamos la muerte de nuestro perseguidor interior. Reconcentramos todas nuestras gloriosas aspiraciones en este instante nimio, en este acontecer liviano al que nadie da importancia: el Nirvana está escondido en alguna parte del tacto de la muselina, en el aroma de este té especiado, en la inanidad de la luz pálida que se inmiscuye en la estancia o en el tono muscular de una pierna. Reside en la mente suspendida o en la mente que se agita por anhelos en formación. Reside en la piel pulida de una cereza y en el cadáver que deja ésta en forma de hueso reseco. En cualquier relación persiste la soledad de cada alma, y es una soledad reposada si se la mira cara a cara en toda su desnudez, como lo es la soledad de los soles que meditan retirados en el cenobio de la galaxia.

Si no hay mañana ni hay ayer, tampoco hay un hoy. Todo se entreteje en el juego ilusorio de conceptos y visiones, y si sólo vemos determinados tiempos es por las orejeras que impiden expandir nuestra conciencia a los lados de la realidad toda, al igual que distinguimos unas pocas formas cuando nos adentramos en la oscuridad de la infancia de la noche. Conociendo las existencias reales que no percibimos, hacemos el esfuerzo de imaginarlas aquí, representadas en este puro ejemplo que tenemos ante nuestros ojos, sea lo que sea: piedra, algodón, verdura, árbol, piel, papel, sufrimiento, placer, excremento, noción, hormiga, sueño, beso… Allí encontramos de nuevo todos nuestros combates, pero están transfigurados: los actores se ejercitan ahora sabiéndose actores, desapasionados, entendiendo la inconsecuencia de cada uno de sus actos. Y las aflicciones, si no desaparecen, al menos se sonríen ante sí mismas, y danzan al son de las virtudes, las cuales tampoco se confían a sí mismas, sino que coreografían una ceremonia en la que ellas simplemente conducen la trama hacia su disolución, como el sol deseca las carnes putrefactas antes de ocultarse también él mismo.

Así hemos conocido que el mundo ha sido bello porque no nos hiere, e incluso nos habla como un hermano a otro hermano, pero que su belleza es inexistente en lo que creíamos su núcleo, puesto que percibimos en su estado presente todos sus estados, incluido el de su descomposición. Bailamos todos los seres del universo, ancianos irresolutos, y algunos de los más agudos se aperciben de ello, y por ello bailan mejor, recreando la música de los mundos, que no es otra que la vibración de los cuerpos intercalada por los silencios cadenciosos de los corazones.

Adriaen van Utrecht (1599-1652), Vanitas - Still Life with Bouquet and Skull

[Música: J. del Enzina, Todos los bienes del mundo]

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Unid los extremos y tendréis el verdadero centro.

F. Schlegel, Ideas, 74

Ningún hombre es visible.

Raimundo Lulio, Árbol ejemplifical, 6.3.10

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Me persigue por diversas fuentes la idea de que la humanidad entera mora en mí y yo en ella. Pero si una idea nos persigue es porque nos ama, es decir, porque nos ve como receptáculo adecuado en el que anidar. Nuestra atención constante sobre ella es su reclamo, el lenguaje de los abanicos que utilizamos sin saberlo para seducirla. Y así es como la humanidad llega a mí una y otra vez. Veo que no es el derrotero particular de los hombres lo que me hermana con ellos. Hay individuos con hábitos tan abyectos como infiernos les esperan en todos los planos de su devenir. Pero en ellos late la humanidad, una fuerza o una naturaleza que no sabría definir, porque no se limita a un prototipo biológico. Late tímidamente, como en un moribundo, y acaso el suyo, en comparación con reyes monásticos, no sea un ritmo mucho más lento que el de mi corazón. En algunos animales hay humanidad mitigada, ensordecida hasta lo penoso… al igual que en algunos bípedos que hablan jergas de dolor y que almacenan sus habilidades para artes de destrucción. Hay humanidad en los dioses griegos y budistas, que se muestran tan apasionados como sus adoradores, acaso porque no los sabrían entender ya de otro modo. La humanidad es la bisagra del desapasionamiento. Desde ningún otro estado espiritual se puede pasar a la trascendencia más directamente, desde la tempestad a la paz total. Ni los animales en su necedad sin fin, ni los dioses en su gozo invariable, pueden decidir entre las dos ramas de la ípsilon pitagórica. Situarse por encima de los ángeles no es el mero entusiasmo circunstancial de los humanistas, sino la posibilidad real de todo lo que tenga humanidad.

No es algo que haya hallado conceptualizándolo, aunque lo he oído de antiguos y de orientales: sobre todo es algo que percibo en mi interior. Y lo percibo en mi interior porque alguien -la humanidad en sí y la humanidad concreta en acción- lo ha puesto allí. Porque hay un caldo de virtud que fluye entre los instantes de mis días, un caldo irrigado con mi propio crecimiento natural y con la llegada de las cartas de amor que resultaron ser los discursos fundacionales, los piadosos ditirambos, las máximas de los sabios, los versos de los enamorados, las canciones de cuna de nuestras madres… A veces ese caldo toma forma de pasiones, pero cada vez logro mejor distinguirlo por debajo de esas aguas agitadas. El gusto por la limpieza se descubre en mi ser moral, del que no aprecio otra definición que no sea la de la porción de movimiento cósmico en la que se acuna mi provisional personalidad. Este movimiento es la sístole y la diástole entre las que aparezco en el mundo durante algunas décadas y me vuelvo a esfumar con mi hermana eternidad, confundido con el Todo, del que nunca me separo, del que comparto todo el alimento que me nutre y al que vuelco todos mis sentidos y anhelos en una transacción constante, difuminando lindes. Mi ser moral se alienta con percepciones y razonamientos, pero germinó de otra parte más profunda y simple. Hablo de la evidencia más trillada de cuantas se han dicho de nuestro linaje, y ésta es, precisamente, que se trata de un linaje. Una gran familia de una realeza inmemorial nos cobija a todos. No sólo como una filiación orgánica, sino como una familia auténtica, con sus vínculos vivos. Cada pensamiento y cada acto se debe a tantos pensamientos y tantos actos de otras personas que apenas podremos decir que son nuestros. Nuestra materia y nuestra forma nos las dieron progenitores, dependientes a su vez de innumerables redes nutricias, y nuestro contenido vino del mundo, moldeado por hombres igual de nostálgicos de la felicidad que los hijos de Adán. De todo aquello que intelectualizamos, de todas nuestras verbalizaciones, de todos y cada uno de nuestros lugares comunes y de nuestros recursos personales, deberíamos rendir gratitud incesante a todas las generaciones de hombres que han ido componiendo el cuadro de nuestro mundo. Ninguna idea es solamente de una persona. Ningún sentimiento es exclusivo. No hay nada que haya en mí que no resida de una u otra forma en cada otro ser humano. La humanidad es una colonia pluricelular, un liquen de la tierra y de los mares, una barrera de coral que se despliega entre los atolones del tiempo. Esta simbiosis es tan compleja que se proyecta entre vivos y muertos, y a veces entre bípedos y cuadrúpedos y árboles; así, la mención de un dios en una tablilla de barro micénica nos hace pensar en la misma idea de universo que habitó en un alma de hace más de tres milenios. Una sentencia de un antiquísimo filósofo de las antípodas llega a nuestro entendimiento con la misma nitidez que si la hubiésemos formulado nosotros mismos, y nos reconocemos su hijo, su hermano, su heredero en la cadena de transmigraciones. Y hasta el llanto de una osa que pierde a su cría o el breve estremecimiento de un castor ante un cometa nos competen, pues hemos aprendido esas cosas en la misma escuela que ellos, la escuela de los sentidos y las reacciones nerviosas.

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La doctrina de la transmigración no sólo no es aventurada, sino que se aparece como demasiado limitada para quien observa la evidencia de que todas las vidas traslucen a todas las demás. Si en gustos e idearios se revela este glorioso parentesco universal -más ancho que la historia de los pueblos-, en la mera existencia del ser moral se ofrece como axioma. Más que reencarnaciones, se me muestra la pluralidad de almas como una infinidad de transposiciones de lo mismo. En efecto, ¿qué no me dice el amor sobre mi vínculo con todas las cosas cuando me posee? ¿No es la mera afinidad intuitiva con una afección o con una mueca la revelación de un espejo cosmológico quebrado en dos fragmentos que se estudian mutuamente para recomponerse? El hombre es sociable no solamente por necesidades materiales, sino por un afán insustituible de autodescubrimiento y compleción. Los muertos hablan al interior de mi cráneo y me sorprenden con pálpitos, hábitos, coletillas y excentricidades que se reproducen una vez más en esto que llamo mi individualidad, a la que creía exclusiva, excepcional. Es cierto que, en cierto sentido, la combinación de los azares es única en su composición exacta tal y como se manifiesta de ordinario. Pero las potencias están en todos por igual: en cada hombre se cubre el rango de monstruos y de santos, de criaturas hambrientas y de sabios, de cobardes y de héroes. El devenir y el substrato físico simplemente actualizan algunas de esas potencias, las nutren con estímulos que van conduciendo al ser moral hacia unas u otras concreciones, sin que deje de ser infinito en su naturaleza pura. Si la mayoría de nuestras determinaciones roza lo grotesco, no me resignaré a no despertar de ese sueño. Habiendo conocido el rango de registros por los que puede determinarse mi ser moral solamente por ser estimulado por los agentes pertinentes, habiendo reconocido a mi más auténtico yo en las palabras de un poeta griego o en la melodía de una canción trovadoresca, puedo aprender a sentir cada vez más como ajena esta determinación actual, circunscrita a una mera costumbre, costumbre a la que ninguna otra autoridad que ella misma me somete. Así, reviso mi vida y descarno el fruto tierno que yace en lo más interior, ese fruto que es la humanidad en sí, con todo su arco de manantiales espirituales, y hago abrevar allí a la moral para que se nutra de su substancia pura. Meditando en esta abertura infinita es como me familiarizo con el movimiento cósmico que he llamado ser moral. Como tal movimiento, no es un hecho acotado, sino un acto en el que substancia y estado temporal se confunden, pues no son sino una frontera imaginaria impuesta por ella misma a la unidad subyacente del Todo, esa unidad que ya no es la humanidad, sino su matriz eterna, aceptadora de toda forma sin ceñirse a ninguna.

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[A. Scriabin, Sinfonía No. 1 Op. 26. III. Lento.]

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El camino silencioso

¿No podrían dejarme en paz alguna vez y comprender que mi determinación consiste en eso mismo, que no puedo consagrarme a la formación de la ciencia porque me propongo formarme a mí mismo? […] ¿Cómo tendría esperanzas de comunicar sin malentendidos lo que yo mismo no entiendo todavía? Esto no es reserva ni falta de amor, es sólo la sagrada veneración sin la cual el amor no es nada, es el cuidado exquisito de no profanar lo más elevado ni enmarañarlo innecesariamente.

F. D. E. Schleiermacher, Monólogo II

Es difícil enfrentarse al mundo cuando uno tiene que enfrentarse tanto a sí mismo. Es difícil explorar actividades y entornos cuando uno tiene en su interior tamaña jungla que precisa ser cartografiada. Hay tantas vísceras y bellezas en torno al espíritu de uno que se debe poner orden antes de que pase la oportunidad del festival de la conciencia. Ser arquitecto del propio ser moral debería eximirlo a uno de algunos menesteres más pueriles. La cuestión es que para ello siempre ha existido el monacato -la escultura profesionalizada del ser íntimo-, y en la medida en que uno no renuncie a las golosinas del siglo tampoco puede esperar librarse de sus asperezas. No justifico, por tanto, la exención del trabajo, sino, por el contrario, la de rendir a pleno rendimiento artístico todo lo que uno podría dar. Es preferible una actividad monótona y escasamente productiva a una actividad creativa portentosa si la primera deja más espacio a la mente para ajustarse a su principio rector. Mejor quemar horas como operario que componer un poema sinfónico si ello permite con más facilidad hacer de la propia alma un poema sinfónico. No hay que olvidar que Jesús fue hijo de un carpintero y que Jacob Böhme no se alimentó más que gracias a la confección de zapatos.

Templa tu lira interior antes de tañer como loco, sin conocimiento de las leyes supremas de la armonía, todas las que te encuentres fuera. No temas haber perdido el tiempo: la mayor pérdida de tiempo está en no perfeccionarse en lo más hondo, y una sola idea expresada desde esa hondura ya una vez purificada será más valiosa y pura que todas las obras de un genio prolífico. Porque no es la voz del mero genio -individual y caduca- sino la del Intelecto supremo la que ha de tener preeminencia; no el daimón personal, sino la Divinidad la que ha de hablar en nosotros con mayor dignidad. Si en todo momento realizas el esfuerzo de sostener incólume la atención sobre la idea clásica de virtud, ningún ritmo opresivo mecanizará tu alma. Que no hable tu costumbre, sino la ley moral. Géstate a ti mismo con la audacia y delicadeza de un maestro constructor de catedrales y brillarás como el rey de los artistas para quien lo sepa ver.

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[Música: Bach, Cantata BWV 185. I. Duetto (“Barmherziges Herze der ewigen Liebe”)]

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Compadezco a esos hombres que conceden tanta importancia a la fugacidad de las cosas y se pierden en lucubraciones sobre la vanidad de lo terreno. Y es que precisamente estamos aquí para hacer imperecedero lo fugaz, lo cual sólo puede lograrse si se sabe apreciar debidamente ambas cosas.

J. W. von Goethe, Arte y antigüedad 2.3 (“Cosas muy dignas de reflexión”)

La cita de Goethe es profunda y motivadora, pero quizá mereciese una cierta matización. No se trata tanto de hacer eterno lo efímero -lo cual es imposible e incluso indeseable para el hombre- cuanto de delatar aquello que, siendo eterno, se oculta en lo efímero. No sobrevivirán un millón de años las catedrales medievales, pero entre sus naves, glifos herméticos y arbotantes reposa un esquema metafísico que es eterno, originado en el origen de los tiempos y que, sin duda, adoptará nuevas expresiones análogas mientras haya conciencias para afianzarlas. El Dharma, la Ley cósmica, no es una teoría humana, sino un hallazgo atemporal, cristalizado provisionalmente en fórmulas humanas. Precisamente es la anitya, la transitoriedad, uno de los principios esenciales del Dharma -desde su expresión heraclítea hasta la budista-, pues lo central del Absoluto es reconocer sólo en Él la absolutidad. La ciencia física y matemática tenía una relación con todo esto hasta que que en su presunción abandonó la idea de síntesis y se decantó hacia el análisis, olvidando la interrelación efectiva de todos los fenómenos insbustanciales entretejidos en Māyā. 

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[Música: Ravel, Miroirs. III. Une barque sur l’océan]

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Si un perro entra en una habitación cuyas paredes están recubiertas de espejos, da lugar a un reflejo en un espejo, que por una serie de reflejos se convierte en un sinfín de reflejos, y el perro que se ve rodeado por otros tantos perros gruñe y se dispone a luchar. Así ocurre con el Ser, el puro éter no-dual de la Conciencia. La ilusión del alma de un ser vivo (jīva) es ineludiblemente asociada con la ilusión de varias almas de seres vivos.

Advaita Bodha Deepika, 1.78-80

El hombre, al haber olvidado su verdadera naturaleza como ser del siempre perfecto éter de la Conciencia, se deja engañar por la ignorancia al identificarse con un cuerpo y otras cosas, y cuando se considera a sí mismo como un individuo insignificante de capacidad mediocre. Si se le dice que es el creador de todo el universo, negará esta idea y rehusará ser guiado. Por consiguiente, al bajar su nivel, las Escrituras postulan que Īśvara es el Creador del universo.

Advaita Bodha Deepika, 1.118

Las personas reencarnan en las formas sobre las cuales meditaron. Pero si uno medita en el Ser para evitar cualquier tipo de reencarnación, entonces se hace uno con el Ser.

Kaivalya Navaneeta, 2.85

Hemos dicho que la segmentación religiosa de la Realidad ha de ser necesariamente lábil, y eso por la imposibilidad de expresar un mundo de múltiples dimensiones en los términos de un mundo con un número menor. La creencia en el Purgatorio y la creencia en la transmigración o metempsicosis son ambas ciertas y comparables. La Conciencia Única, según se adentra en el mundo fenoménico, adquiere fronteras e individualidades ficticias. Las individualidades son los gametos de la gestación de un dios. Todos los individuos conforman un dios troceado: el Puruṣa védico. Cada fragmento avanza a una velocidad distinta hacia su reunificación, y por ello hay diversos niveles de estancias póstumas, de cielos e infiernos. Por su parte, la noción de transmigración lo expresa de un modo más transparente si cabe: no dañes al otro porque ha sido tu madre y ha sido tu hijo, lo que en definitiva se parece mucho a decir que “eres tú”.

La consecuencia moralista de la metempsicosis es excelente, pues garantiza para el egoísta -lo más abundante en la humanidad- el interés personal en que cada uno se libere a sí mismo de un destino fatal, sin excluir la posibilidad de un ascenso gradual y excluyendo, en cambio, condenaciones totalmente irreversibles -aunque de intensidad y plazos inmensos-. Además, garantiza que nos preocupemos no sólo por el individuo con el que nos topamos, sino por el del día del mañana, pues es en un mundo muy degenerado en el que volveremos a renacer. Nada más ecológico, pues, que pensar en las criaturas del porvenir -seremos una de ellas- para cuidar con esmero a las presentes. Ello conduce, sobre todo, a la disolución de las ilusorias fronteras de la egoidad. Como dice Simone Weil, “amar a un extraño como a sí mismo entraña como contrapartida amarse a sí mismo como a un extraño”.

El Infierno no podrá estar eternamente separado del Paraíso porque eso supondría un armisticio permanente, la no victoria completa de Dios. Lo mismo valdría decir para el Samsara; todo sueño termina. En algún punto fuera del tiempo, cuando todos los castigos eternos hayan sido paradójicamente cumplidos (“El mal -dice de nuevo Simone Weil- es ilimitado, pero no infinito; sólo lo infinito limita lo ilimitado”), en ese no-momento, el Sí único del universo, Īśvara, el solidificador de formas, volverá a ser un único fenómeno desde el cual reabsorverse sobre Parabrahman, el Uno primordial, que no es ni Conciencia ni No-Conciencia, y apenas se puede decir que sea (se sitúa, a decir de Schuon, en el Supra-Ser, razón por la que toda metafísica profunda de talante advaitín se limite a la alusión antinómica y apofática). Es natural que la Iglesia contestase la Apocatástasis de Orígenes, pero sólo por mor de un determinado vector soteriológico, luego relativo, y debido a que la Apocatástasis se realiza, claro está, fuera del tiempo, donde transcurren los intereses humanos.

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[Música: P. Estève & S. Picq, Muria (BSO de Atlantis: The Lost Tales)]

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Siempre llegamos, siempre partimos,
siempre, noche y día, estamos en movimiento.
Tanto si llegamos como si partimos,
siempre en un círculo de nacimiento y de muerte,
de nada a nada.
Pero sin duda aquí se oculta un misterio,
hay algo ahí que necesitamos descubrir.
Todo esto no puede carecer de sentido.

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[Música: Mondonville, Sonata Op.3 No.1. III. Giga]

Tantos reinos han caído, tantas bellezas mancilladas, tantos sacramentos profanados. Tantos héroes olvidados, tantas pompas pulverizadas, tantos templos saqueados, tantos dioses ofendidos, tantos sabios ignorados, tantos cánticos no escuchados… Y la rueda de los mundos sigue girando, como si nada hubiese sucedido, como si nunca fuera a haber nada nuevo bajo los soles. Y así es. Nada ha sucedido. Todo se agita y nada se mueve. El siglo vibra y el enclave absoluto permanece pulcro en su eternidad inmóvil, hierático pero nunca rígido, ecuánime pero siempre abierto para los amables. Y las fuerzas telúricas y aéreas compiten en su arquetípica y supratemporal batalla de cien mil millones de rostros, y la danza cósmica prosigue en su translúcida vacuidad, como un vidrio de colores que tiñen su nada interna.

Ráfagas de éter animan y envuelven los puños de los guerreros que encabezan caballerías y hordas de armaduras de bronce, en este preciso instante pero en otro mundo ya muerto para nuestra corta mirada. Es el mismo éter que respiraban sin saberlo las damas de centenarias cortes japonesas y los pastores tres veces milenarios de Jerusalén. El mismo éter presente en amores, traiciones, contratos, labores con bambú, pucheros, ídolos, ungüentos, versos, espadas, ramas de olivo, collares de prostitutas y de reinas, ofensas, cálculos, sorpresas, excreciones, inundaciones, conversiones, besos de placer y de pacto, nubes de incienso, sortilegios de adivinos. El mismo que infla las guerras de hoy, las hambrunas de los sin nombre, la trivialidad de los bostezos vespertinos, el agua de los mares, las dádivas de los que han abandonado la periferia, el ronroneo de las grullas y la violencia de las ficciones humanas.

Y el nudo del Tiempo se anuda y desanuda, invita a los muertos a que nos saluden cuando los pensamos, porque yacen aquí, en nuestro ser inhábil, en la unicidad última de todos nuestros desvelos y aconteceres. Las criaturas bailan, sabiéndolo o no, al son de las Cuatro Nobles Verdades y de las galaxias, y perciben, a veces, el perfumado encanto de la mañana o la plenitud de la noche falsamente vacía. Y los dioses nos abrazan y nos animan a impulsarnos más arriba de ellos mismos, allí donde las categorías no guardan ni su sombra, allí donde los malos sueños ni siquiera se recuerdan como tales.

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[Música: Respighi, La Fontana di Villa Medici al tramonto]

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