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Archive for the ‘Gnosis’ Category

Amor uniuscujuscunque hominis est omnium. Singuli enim omnes amare debent. Qui ergo hunc sibi specialiter exhiberi vult, raptor est, et ideo reus contra omnes efficitur. 

El amor de cada hombre es de todos. Porque cada uno debe amar a todos. Por lo tanto, quien quiere que se le muestre de forma especial es un ladrón, y por ello es culpable de agraviar a todos.

Guigo I, Meditationes (s. XII)

I

En lo más hondo no eres un ser, porque no hay seres, sino flechas dirigidas de un estado a otro. 

Nada hay menos fijo que las cosas a las cuales consideramos más fijas. Lo corpóreo no es más que un mismo grumo agrietado, dando la impresión de un multiplicidad. La multiplicidad es real en el mismo sentido en que un reflejo en el espejo es real: emite luz de colores que nos informa con señales, pero jamás podemos capturarlo.

II

No hay otra divinidad que la que sientas uniéndote a los demás seres, o no hay otra que puedas sentir.

Todas las ideas celestiales que no irradien y se esparzan por entre los canales del Todo no son sino retratos de momentos concretos, facetas aisladas de la imagen completa, que es la superior totalidad de las cosas. Para empaparse de los principios hay que vislumbrar sus resabios en los fines. La homeomería cósmica sea el mapa inabarcable según el que caminar, por más que un mapa infinito no te vaya a llevar nunca a un completo reposo. El completo reposo no es sino un detenerse artificial: la realidad sólo reposa en su pureza sin estaciones, en la vaguedad de los ciclos, tan incesante como inasible, tan rítmica como ilusoria. Tu alma no es sustancia, sino conglomerado de fuerzas: únicamente puedes percibir relaciones. Lo que crees que es el Principio no es sino un vínculo de todo a todo, incluso con aquello que sobrepasa naturaleza del ser.

III

Cuando tengas una aspiración noble, rastréala hasta conocer su causa primera en tu corazón, y verás su pedestre abolengo.

Se infla tu corazón y hablas de empíreos y categorías místicas después de haber tenido tal o cual encuentro con un pequeño triunfo o fracaso, con tal o cual dama, con tal o cual música. Lo vil y lo grandioso intercambian sin cesar su linfa; no has de avergonzarte tampoco de ello, pero guárdate contra el desprecio. Al fin y al cabo, también lo vil es resultado de otras causas que se pierden en misteriosos cielos, en la lejanía de la eternidad.

IV

No es que el dios more en ti, sino que tú eres el dios atrapado en una estrecha morada, aturdido por el viaje, habiendo olvidado casi todo lo que debe ser recordado. 

Tu ancestro eres tú mismo. ¿Acaso la forma de tus bisabuelos está ahora en otra parte más que en ti y en tus hermanos? Del mismo modo, lo santo se segmentó por compasión con el entorno y se hizo criatura, y desde entonces quieres hallar a tu ancestro, como te gustaría hablar con tu bisabuelo, que, sin embargo, sólo existe como tal en la forma que llevas inscrita ahora en la sangre.

V

Nadie puede desposarse con el viento ni quedarse mucho tiempo con un temperamento, propio o ajeno.

No te puedes fiar de tus cambios de comportamiento más de lo que te fías del viento que arrecia o amaina. Flora se aprovecha del Céfiro cuando la roza, y queda encinta de la Primavera; pero el humor de las brisas cambia rápidamente, y no es conveniente guardar rencor al otoño, o no se estará dispuesto al nuevo noviazgo primaveral. No asustes a los demás con tus cambios de conducta; pero menos te sientas atado a una conducta que sea arriesgada si sobrepasa la brevedad, solamente por que los demás ojos tengan una imagen menos desconcertante de ti. Puedes arrepentirte de no establecerte en lo bello, pero alégrate al menos de que ya conoces un camino; y, desde luego, no te arrepientas de no establecerte en lo vulgar. Incluso la edad bascula el humor de las almas más santas; ¿qué decir de ti, criatura ordinaria? Si los ángeles pueden volar, entonces vuelan bajo y vuelan alto, según su raza o su momento. Mas no confíes en el cambio como quien espera que su joven esposo o esposa vaya siempre a cambiar a mejor; antes bien, procura tener siempre cerca el lugar seguro al que regresar tras tus nobles acometidas contra el enemigo o tras tus fallidos deleites, o de lo contrario acabarás desconfiando de que la seguridad sea posible.

VI

Perdónate, sin celebraciones, las faltas que quedaron como residuo a una ardua y noble disciplina. 

Todo lo que pierdas por haber ganado mucho más con anterioridad no es tal pérdida. Si te hiciste más fuerte, no por ello has perdido toda flaqueza; después de una larguísima caminata, las piernas tiemblan de cansancio. Solamente tras una vida de esfuerzo podrás presentar un ánimo imbatible, y acaso tampoco entonces. Pero no abuses del perdón o te intoxicarás de vanidad, como no abusas del aguardiante que tomas solamente para padecer menos cuantro extirpas una flecha clavada en tu carne, so pena de caer ebrio. No utilices nunca la necesidad del perdón como causa contra la disciplina, madre de la luz que alumbras, sino venérala al mismo grado que al otro.

VII

Todo lo que sientas que has de decir de tu amor, dilo, a condición de enunciarlo y conservarlo como un juramento, como un voto de caballero o de reina, que protegerás con tu vida.

Lo que digas por el deseo de ayudar a otros se puede decir, pero siempre bajo ciertas circunstancias. No hay que dispersar palabras que, fuera del ambiente propicio, son como moneda de cambio o como címbalo que retiñe. Lo que declares sobre tu propia entrega no debe ser continuo y ligero, o terminará por dejar de convencerte a ti y a los demas; no debe ser excitado, o se encauzará inadecuadamente hacia el olvido o hacia gestos erróneos; no debe darse sin tener la conciencia de su importancia sagrada, o no te transformará para siempre ni garantizará tu eterna disponibilidad al amado, con lo cual lo habrás engañado.

VIII

Al mirar la piel, uno debe recordar su insignificancia. Al volcarse sobre el interior del corazón y de los cielos, uno no debe olvidar que la piel existe. 

Lo divino se puede expresar con tino mediante el lenguaje humano, y también sucede lo contrario. Pero cada lenguaje y cada mundo tienen sus límites, y es bueno recordarlo para no olvidar que somos lo alto y lo bajo hablando por la misma boca, del mismo modo que no se puede uno ubicar en un país extraño si olvidó que partió del sur y se dirige al norte. Debemos conocer al autor de las pócimas que llevamos en nuestro atillo, no sea que proporcionemos brebaje mágico de manos santas a una dolencia ordinaria, desperdiciándolo, o apostemos férula tosca a herida profunda perpetrada por demonios.

IX

El que, siendo simplemente amable, espera la gratitud que se debe a los héroes excelentes, está pecando de ignorancia, de vanidad y de avidez. 

Comprende a los seres que parecen no amarte o incluso que parecen sentir aversión hacia ti, pues ellos, en primer lugar, no aman ni odian sino la imagen que se figuran de tu persona, a menudo incompleta o errada; odian o no aman, pues, a una parte de sí mismos. Además, ¿les has dado motivos suficientes para creer que eres más fiable que otros que también parecieron fiables en un principio? ¿No es la constancia y la excelencia la prueba que exigimos todos? Dales, pues, todo y sin perder el equilibrio, y no podrán al fin más que reconocerlo, si es que no son incapaces de recibir por haberlo olvidado a causa de los golpes pasados o si es que no padecen de un gran desequilibrio, en cuyo caso merecen todavía una mayor compasión por tu parte.

X

Volverse ángel no implica adquirir alas ni blancura resplandeciente, pues también cuentan con ellas las palomas y los cisnes, sino adquirir un servicio eterno y transmitir señales de salvación. 

La bondad no toma siempre el aspecto que uno espera. Hay ánimos que parecían agrios y que dedicaban su vida a salvar otras. Son muchas las causas que lo hacen a uno tener un bello o feo ánimo, pero son más las que causan un bello o un feo rostro. Por ello no se puede sentenciar que la limpieza es signo de santidad y el hablar ordenado signo de grandeza, o muchos asesinos deberían contarse entre los santos. No desprecies a nadie por aquello de lo que carece, sino regocíjate en aquel punto sublime en que destacaron.

XI

Incluso las alimañas transmiten, a su modo y sin saberlo, las más altas verdades, si estás dispuesto a escucharlas, como adviertes la patria de un extranjero por su acento más que por lo que narra.

Si tomas enseñanza de toda cosa, entonces tú eres el maestro, pues no hay mayor enseñanza que ésa. Recuerda que lo divino ama el disfraz y que, al igual que el maestro puede entorpecer su sublime doctrina mediante toses o comentarios ordinarios, el mundo mezcla su verdad con el ruido de la maquinaria que lo permite estar en movimiento, y que esta misma maquinaria es en sí tan instructiva como la humanidad o la vejez del maestro, las cuales no se oponen a toda la sabiduría que enuncia.

XII

El centro de todas las cosas no está en el nombre del dios, sino allí donde el dios posa su mirada. 

Acuérdate del cinto sagrado, del altar y de la vía, pues en todo ello se indica la conducta correcta y la correcta visión. Pero aplica lo aprendido en el instante que se te impone, porque allí demuestras que lo que era bello también es útil, y que no hay distinción entre ambas categorías. Asume que la realidad puede corregir lo que pensabas, pues lo pensaste a partir de palabras y de unos pocos gestos, mientras que la realidad se pliega y se despliega en mil y una formas caprichosas, en permanente diálogo no sólo con lo que aprendiste, sino con lo que sufriste, con lo adivinaste y con lo que has sido.

[Música: Dos fragmentos de liturgia ortodoxa rusa. El primero proviene del salmo 140/141 y se trata de un canto démestvenny del siglo XVI, del monasterio Suprasi, responso de Vísperas de Cuaresma, entonado por The Patriarchal Choir of Moscow. El segundo es el Padrenuestro en la voz de los monjes del seminario de Odessa, con Mikhailo Davydov como sacerdote oficiante.]

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La joie parfaite exclut le sentiment même de joie, car dans l’âme emplie par l’objet, nul coin n’est disponible pour dire « je ».

[“La perfecta alegría excluye el sentimiento mismo de alegría, porque en el alma colmada por el objeto ningún rincón queda disponible para decir «yo».”]

S. Weil, La gravedad y la gracia, 8.41

この道や
行く人なしに
秋のくれ

[“Este camino
ya nadie lo recorre
salvo el ocaso”.]

Matsuo Bashō (trad. libre de Octavio Paz)

La espiritualidad es el arte de desaparecer dulcemente. Māra, el Señor de la Oscuridad, el Anticristo, Iblīs, no es otro que la existencia ansiosa. El ser en estado de pretensión, inquieto cigoto, es la arcilla que la Vía ha de moldear con vistas no a fijarla en dura vasija, sino a diluirla por completo, sin quebrantamientos, sin violencia innecesaria, sin confusión, con atención plena y serenidad en cada paso, ahorrando el sufrimiento allí donde surja, en este o aquel sujeto, diferenciados solamente por falta de perspectiva. La Vía es liberar de objetos a la Conciencia, primero afianzando los objetos virtuosos, después captando la inanidad de cualquiera de ellos para pasar a continuación a tomarse a sí misma como objeto, y finalmente autosacrificándose sin estridencia. Es el arte de caer. Es retirarse para que se reúna de nuevo lo que nuestra ficticia personalidad había separado. Es el no-ser aflorando como tímida flor, frágil y vacía, absoluta y pura, en el vértigo impensable que anuncia.

Star Dust by Rob Gonsalves (Official Site), Completed April 2016

[Música: A. Scriabin, Poème languide Op. 52 No. 3]

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Je trouvois en moi un vide inexplicable que rien n’auroit pu remplir ; un certain élancement de cœur vers une autre sorte de jouissance dont je n’avois pas d’idée, & dont pourtant je sentois le besoin. Hé bien, Monsieur, cela même étoit jouissance, puisque j’en étois pénétré d’un sentiment très-vif & d’une tristesse attirante, que je n’aurois pas voulu ne pas avoir.

[Encontraba en mí un vacío inexplicable que nada hubiera podido llenar, un cierto abalanzamiento del corazón hacia otra suerte de goce del que yo no tenía idea y cuya necesidad sin embargo sentía. Pues bien, señor, esto mismo era goce, pues que estaba penetrado de un sentimiento muy vivo y de una tristeza que no habría querido no tener.]

J.-J. Rousseau, Carta a Malesherbes (26 de enero de 1762), trad. M. Armiño

Aquel que conoce una sola mota de polvo conoce el mundo entero, aquel que comprende plenamente una cosa comprende todas las miríadas de cosas que abarca el universo.

Dōgen, Shōbōgenzō, 9

Oportet ingenii aciem ad res minimas et maxime faciles totam convertere, atque in illis diutius immorari, donec assuescamus veritatem distincte et perspicue intueri.

[“Conviene dirigir toda la agudeza del espíritu a las cosas más insignificantes y fáciles, y detenerse en ellas largo tiempo hasta acostumbrarse a intuir distinta y claramente la verdad.”]

R. Descartes, Regulae ad directionem ingenii, 9

Le beau est ce qu’on ne peut pas vouloir changer.

[“Lo bello es lo que no cabe querer cambiar.”]

S. Weil, La gravedad y la gracia

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Todas nuestras coherencias rompen contra el acantilado de una búsqueda de porvenir. Pero ahora respiramos hondamente, dejamos que el viento se lleve a su paso el temblor de las cosas, aceptamos la muerte de nuestro perseguidor interior. Reconcentramos todas nuestras gloriosas aspiraciones en este instante nimio, en este acontecer liviano al que nadie da importancia: el Nirvana está escondido en alguna parte del tacto de la muselina, en el aroma de este té especiado, en la inanidad de la luz pálida que se inmiscuye en la estancia o en el tono muscular de una pierna. Reside en la mente suspendida o en la mente que se agita por anhelos en formación. Reside en la piel pulida de una cereza y en el cadáver que deja ésta en forma de hueso reseco. En cualquier relación persiste la soledad de cada alma, y es una soledad reposada si se la mira cara a cara en toda su desnudez, como lo es la soledad de los soles que meditan retirados en el cenobio de la galaxia.

Si no hay mañana ni hay ayer, tampoco hay un hoy. Todo se entreteje en el juego ilusorio de conceptos y visiones, y si sólo vemos determinados tiempos es por las orejeras que impiden expandir nuestra conciencia a los lados de la realidad toda, al igual que distinguimos unas pocas formas cuando nos adentramos en la oscuridad de la infancia de la noche. Conociendo las existencias reales que no percibimos, hacemos el esfuerzo de imaginarlas aquí, representadas en este puro ejemplo que tenemos ante nuestros ojos, sea lo que sea: piedra, algodón, verdura, árbol, piel, papel, sufrimiento, placer, excremento, noción, hormiga, sueño, beso… Allí encontramos de nuevo todos nuestros combates, pero están transfigurados: los actores se ejercitan ahora sabiéndose actores, desapasionados, entendiendo la inconsecuencia de cada uno de sus actos. Y las aflicciones, si no desaparecen, al menos se sonríen ante sí mismas, y danzan al son de las virtudes, las cuales tampoco se confían a sí mismas, sino que coreografían una ceremonia en la que ellas simplemente conducen la trama hacia su disolución, como el sol deseca las carnes putrefactas antes de ocultarse también él mismo.

Así hemos conocido que el mundo ha sido bello porque no nos hiere, e incluso nos habla como un hermano a otro hermano, pero que su belleza es inexistente en lo que creíamos su núcleo, puesto que percibimos en su estado presente todos sus estados, incluido el de su descomposición. Bailamos todos los seres del universo, ancianos irresolutos, y algunos de los más agudos se aperciben de ello, y por ello bailan mejor, recreando la música de los mundos, que no es otra que la vibración de los cuerpos intercalada por los silencios cadenciosos de los corazones.

Adriaen van Utrecht (1599-1652), Vanitas - Still Life with Bouquet and Skull

[Música: J. del Enzina, Todos los bienes del mundo]

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Unid los extremos y tendréis el verdadero centro.

F. Schlegel, Ideas, 74

Ningún hombre es visible.

Raimundo Lulio, Árbol ejemplifical, 6.3.10

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Me persigue por diversas fuentes la idea de que la humanidad entera mora en mí y yo en ella. Pero si una idea nos persigue es porque nos ama, es decir, porque nos ve como receptáculo adecuado en el que anidar. Nuestra atención constante sobre ella es su reclamo, el lenguaje de los abanicos que utilizamos sin saberlo para seducirla. Y así es como la humanidad llega a mí una y otra vez. Veo que no es el derrotero particular de los hombres lo que me hermana con ellos. Hay individuos con hábitos tan abyectos como infiernos les esperan en todos los planos de su devenir. Pero en ellos late la humanidad, una fuerza o una naturaleza que no sabría definir, porque no se limita a un prototipo biológico. Late tímidamente, como en un moribundo, y acaso el suyo, en comparación con reyes monásticos, no sea un ritmo mucho más lento que el de mi corazón. En algunos animales hay humanidad mitigada, ensordecida hasta lo penoso… al igual que en algunos bípedos que hablan jergas de dolor y que almacenan sus habilidades para artes de destrucción. Hay humanidad en los dioses griegos y budistas, que se muestran tan apasionados como sus adoradores, acaso porque no los sabrían entender ya de otro modo. La humanidad es la bisagra del desapasionamiento. Desde ningún otro estado espiritual se puede pasar a la trascendencia más directamente, desde la tempestad a la paz total. Ni los animales en su necedad sin fin, ni los dioses en su gozo invariable, pueden decidir entre las dos ramas de la ípsilon pitagórica. Situarse por encima de los ángeles no es el mero entusiasmo circunstancial de los humanistas, sino la posibilidad real de todo lo que tenga humanidad.

No es algo que haya hallado conceptualizándolo, aunque lo he oído de antiguos y de orientales: sobre todo es algo que percibo en mi interior. Y lo percibo en mi interior porque alguien -la humanidad en sí y la humanidad concreta en acción- lo ha puesto allí. Porque hay un caldo de virtud que fluye entre los instantes de mis días, un caldo irrigado con mi propio crecimiento natural y con la llegada de las cartas de amor que resultaron ser los discursos fundacionales, los piadosos ditirambos, las máximas de los sabios, los versos de los enamorados, las canciones de cuna de nuestras madres… A veces ese caldo toma forma de pasiones, pero cada vez logro mejor distinguirlo por debajo de esas aguas agitadas. El gusto por la limpieza se descubre en mi ser moral, del que no aprecio otra definición que no sea la de la porción de movimiento cósmico en la que se acuna mi provisional personalidad. Este movimiento es la sístole y la diástole entre las que aparezco en el mundo durante algunas décadas y me vuelvo a esfumar con mi hermana eternidad, confundido con el Todo, del que nunca me separo, del que comparto todo el alimento que me nutre y al que vuelco todos mis sentidos y anhelos en una transacción constante, difuminando lindes. Mi ser moral se alienta con percepciones y razonamientos, pero germinó de otra parte más profunda y simple. Hablo de la evidencia más trillada de cuantas se han dicho de nuestro linaje, y ésta es, precisamente, que se trata de un linaje. Una gran familia de una realeza inmemorial nos cobija a todos. No sólo como una filiación orgánica, sino como una familia auténtica, con sus vínculos vivos. Cada pensamiento y cada acto se debe a tantos pensamientos y tantos actos de otras personas que apenas podremos decir que son nuestros. Nuestra materia y nuestra forma nos las dieron progenitores, dependientes a su vez de innumerables redes nutricias, y nuestro contenido vino del mundo, moldeado por hombres igual de nostálgicos de la felicidad que los hijos de Adán. De todo aquello que intelectualizamos, de todas nuestras verbalizaciones, de todos y cada uno de nuestros lugares comunes y de nuestros recursos personales, deberíamos rendir gratitud incesante a todas las generaciones de hombres que han ido componiendo el cuadro de nuestro mundo. Ninguna idea es solamente de una persona. Ningún sentimiento es exclusivo. No hay nada que haya en mí que no resida de una u otra forma en cada otro ser humano. La humanidad es una colonia pluricelular, un liquen de la tierra y de los mares, una barrera de coral que se despliega entre los atolones del tiempo. Esta simbiosis es tan compleja que se proyecta entre vivos y muertos, y a veces entre bípedos y cuadrúpedos y árboles; así, la mención de un dios en una tablilla de barro micénica nos hace pensar en la misma idea de universo que habitó en un alma de hace más de tres milenios. Una sentencia de un antiquísimo filósofo de las antípodas llega a nuestro entendimiento con la misma nitidez que si la hubiésemos formulado nosotros mismos, y nos reconocemos su hijo, su hermano, su heredero en la cadena de transmigraciones. Y hasta el llanto de una osa que pierde a su cría o el breve estremecimiento de un castor ante un cometa nos competen, pues hemos aprendido esas cosas en la misma escuela que ellos, la escuela de los sentidos y las reacciones nerviosas.

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La doctrina de la transmigración no sólo no es aventurada, sino que se aparece como demasiado limitada para quien observa la evidencia de que todas las vidas traslucen a todas las demás. Si en gustos e idearios se revela este glorioso parentesco universal -más ancho que la historia de los pueblos-, en la mera existencia del ser moral se ofrece como axioma. Más que reencarnaciones, se me muestra la pluralidad de almas como una infinidad de transposiciones de lo mismo. En efecto, ¿qué no me dice el amor sobre mi vínculo con todas las cosas cuando me posee? ¿No es la mera afinidad intuitiva con una afección o con una mueca la revelación de un espejo cosmológico quebrado en dos fragmentos que se estudian mutuamente para recomponerse? El hombre es sociable no solamente por necesidades materiales, sino por un afán insustituible de autodescubrimiento y compleción. Los muertos hablan al interior de mi cráneo y me sorprenden con pálpitos, hábitos, coletillas y excentricidades que se reproducen una vez más en esto que llamo mi individualidad, a la que creía exclusiva, excepcional. Es cierto que, en cierto sentido, la combinación de los azares es única en su composición exacta tal y como se manifiesta de ordinario. Pero las potencias están en todos por igual: en cada hombre se cubre el rango de monstruos y de santos, de criaturas hambrientas y de sabios, de cobardes y de héroes. El devenir y el substrato físico simplemente actualizan algunas de esas potencias, las nutren con estímulos que van conduciendo al ser moral hacia unas u otras concreciones, sin que deje de ser infinito en su naturaleza pura. Si la mayoría de nuestras determinaciones roza lo grotesco, no me resignaré a no despertar de ese sueño. Habiendo conocido el rango de registros por los que puede determinarse mi ser moral solamente por ser estimulado por los agentes pertinentes, habiendo reconocido a mi más auténtico yo en las palabras de un poeta griego o en la melodía de una canción trovadoresca, puedo aprender a sentir cada vez más como ajena esta determinación actual, circunscrita a una mera costumbre, costumbre a la que ninguna otra autoridad que ella misma me somete. Así, reviso mi vida y descarno el fruto tierno que yace en lo más interior, ese fruto que es la humanidad en sí, con todo su arco de manantiales espirituales, y hago abrevar allí a la moral para que se nutra de su substancia pura. Meditando en esta abertura infinita es como me familiarizo con el movimiento cósmico que he llamado ser moral. Como tal movimiento, no es un hecho acotado, sino un acto en el que substancia y estado temporal se confunden, pues no son sino una frontera imaginaria impuesta por ella misma a la unidad subyacente del Todo, esa unidad que ya no es la humanidad, sino su matriz eterna, aceptadora de toda forma sin ceñirse a ninguna.

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[A. Scriabin, Sinfonía No. 1 Op. 26. III. Lento.]

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El camino silencioso

¿No podrían dejarme en paz alguna vez y comprender que mi determinación consiste en eso mismo, que no puedo consagrarme a la formación de la ciencia porque me propongo formarme a mí mismo? […] ¿Cómo tendría esperanzas de comunicar sin malentendidos lo que yo mismo no entiendo todavía? Esto no es reserva ni falta de amor, es sólo la sagrada veneración sin la cual el amor no es nada, es el cuidado exquisito de no profanar lo más elevado ni enmarañarlo innecesariamente.

F. D. E. Schleiermacher, Monólogo II

Es difícil enfrentarse al mundo cuando uno tiene que enfrentarse tanto a sí mismo. Es difícil explorar actividades y entornos cuando uno tiene en su interior tamaña jungla que precisa ser cartografiada. Hay tantas vísceras y bellezas en torno al espíritu de uno que se debe poner orden antes de que pase la oportunidad del festival de la conciencia. Ser arquitecto del propio ser moral debería eximirlo a uno de algunos menesteres más pueriles. La cuestión es que para ello siempre ha existido el monacato -la escultura profesionalizada del ser íntimo-, y en la medida en que uno no renuncie a las golosinas del siglo tampoco puede esperar librarse de sus asperezas. No justifico, por tanto, la exención del trabajo, sino, por el contrario, la de rendir a pleno rendimiento artístico todo lo que uno podría dar. Es preferible una actividad monótona y escasamente productiva a una actividad creativa portentosa si la primera deja más espacio a la mente para ajustarse a su principio rector. Mejor quemar horas como operario que componer un poema sinfónico si ello permite con más facilidad hacer de la propia alma un poema sinfónico. No hay que olvidar que Jesús fue hijo de un carpintero y que Jacob Böhme no se alimentó más que gracias a la confección de zapatos.

Templa tu lira interior antes de tañer como loco, sin conocimiento de las leyes supremas de la armonía, todas las que te encuentres fuera. No temas haber perdido el tiempo: la mayor pérdida de tiempo está en no perfeccionarse en lo más hondo, y una sola idea expresada desde esa hondura ya una vez purificada será más valiosa y pura que todas las obras de un genio prolífico. Porque no es la voz del mero genio -individual y caduca- sino la del Intelecto supremo la que ha de tener preeminencia; no el daimón personal, sino la Divinidad la que ha de hablar en nosotros con mayor dignidad. Si en todo momento realizas el esfuerzo de sostener incólume la atención sobre la idea clásica de virtud, ningún ritmo opresivo mecanizará tu alma. Que no hable tu costumbre, sino la ley moral. Géstate a ti mismo con la audacia y delicadeza de un maestro constructor de catedrales y brillarás como el rey de los artistas para quien lo sepa ver.

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[Música: Bach, Cantata BWV 185. I. Duetto (“Barmherziges Herze der ewigen Liebe”)]

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Compadezco a esos hombres que conceden tanta importancia a la fugacidad de las cosas y se pierden en lucubraciones sobre la vanidad de lo terreno. Y es que precisamente estamos aquí para hacer imperecedero lo fugaz, lo cual sólo puede lograrse si se sabe apreciar debidamente ambas cosas.

J. W. von Goethe, Arte y antigüedad 2.3 (“Cosas muy dignas de reflexión”)

La cita de Goethe es profunda y motivadora, pero quizá mereciese una cierta matización. No se trata tanto de hacer eterno lo efímero -lo cual es imposible e incluso indeseable para el hombre- cuanto de delatar aquello que, siendo eterno, se oculta en lo efímero. No sobrevivirán un millón de años las catedrales medievales, pero entre sus naves, glifos herméticos y arbotantes reposa un esquema metafísico que es eterno, originado en el origen de los tiempos y que, sin duda, adoptará nuevas expresiones análogas mientras haya conciencias para afianzarlas. El Dharma, la Ley cósmica, no es una teoría humana, sino un hallazgo atemporal, cristalizado provisionalmente en fórmulas humanas. Precisamente es la anitya, la transitoriedad, uno de los principios esenciales del Dharma -desde su expresión heraclítea hasta la budista-, pues lo central del Absoluto es reconocer sólo en Él la absolutidad. La ciencia física y matemática tenía una relación con todo esto hasta que que en su presunción abandonó la idea de síntesis y se decantó hacia el análisis, olvidando la interrelación efectiva de todos los fenómenos insbustanciales entretejidos en Māyā. 

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[Música: Ravel, Miroirs. III. Une barque sur l’océan]

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Si un perro entra en una habitación cuyas paredes están recubiertas de espejos, da lugar a un reflejo en un espejo, que por una serie de reflejos se convierte en un sinfín de reflejos, y el perro que se ve rodeado por otros tantos perros gruñe y se dispone a luchar. Así ocurre con el Ser, el puro éter no-dual de la Conciencia. La ilusión del alma de un ser vivo (jīva) es ineludiblemente asociada con la ilusión de varias almas de seres vivos.

Advaita Bodha Deepika, 1.78-80

El hombre, al haber olvidado su verdadera naturaleza como ser del siempre perfecto éter de la Conciencia, se deja engañar por la ignorancia al identificarse con un cuerpo y otras cosas, y cuando se considera a sí mismo como un individuo insignificante de capacidad mediocre. Si se le dice que es el creador de todo el universo, negará esta idea y rehusará ser guiado. Por consiguiente, al bajar su nivel, las Escrituras postulan que Īśvara es el Creador del universo.

Advaita Bodha Deepika, 1.118

Las personas reencarnan en las formas sobre las cuales meditaron. Pero si uno medita en el Ser para evitar cualquier tipo de reencarnación, entonces se hace uno con el Ser.

Kaivalya Navaneeta, 2.85

Hemos dicho que la segmentación religiosa de la Realidad ha de ser necesariamente lábil, y eso por la imposibilidad de expresar un mundo de múltiples dimensiones en los términos de un mundo con un número menor. La creencia en el Purgatorio y la creencia en la transmigración o metempsicosis son ambas ciertas y comparables. La Conciencia Única, según se adentra en el mundo fenoménico, adquiere fronteras e individualidades ficticias. Las individualidades son los gametos de la gestación de un dios. Todos los individuos conforman un dios troceado: el Puruṣa védico. Cada fragmento avanza a una velocidad distinta hacia su reunificación, y por ello hay diversos niveles de estancias póstumas, de cielos e infiernos. Por su parte, la noción de transmigración lo expresa de un modo más transparente si cabe: no dañes al otro porque ha sido tu madre y ha sido tu hijo, lo que en definitiva se parece mucho a decir que “eres tú”.

La consecuencia moralista de la metempsicosis es excelente, pues garantiza para el egoísta -lo más abundante en la humanidad- el interés personal en que cada uno se libere a sí mismo de un destino fatal, sin excluir la posibilidad de un ascenso gradual y excluyendo, en cambio, condenaciones totalmente irreversibles -aunque de intensidad y plazos inmensos-. Además, garantiza que nos preocupemos no sólo por el individuo con el que nos topamos, sino por el del día del mañana, pues es en un mundo muy degenerado en el que volveremos a renacer. Nada más ecológico, pues, que pensar en las criaturas del porvenir -seremos una de ellas- para cuidar con esmero a las presentes. Ello conduce, sobre todo, a la disolución de las ilusorias fronteras de la egoidad. Como dice Simone Weil, “amar a un extraño como a sí mismo entraña como contrapartida amarse a sí mismo como a un extraño”.

El Infierno no podrá estar eternamente separado del Paraíso porque eso supondría un armisticio permanente, la no victoria completa de Dios. Lo mismo valdría decir para el Samsara; todo sueño termina. En algún punto fuera del tiempo, cuando todos los castigos eternos hayan sido paradójicamente cumplidos (“El mal -dice de nuevo Simone Weil- es ilimitado, pero no infinito; sólo lo infinito limita lo ilimitado”), en ese no-momento, el Sí único del universo, Īśvara, el solidificador de formas, volverá a ser un único fenómeno desde el cual reabsorverse sobre Parabrahman, el Uno primordial, que no es ni Conciencia ni No-Conciencia, y apenas se puede decir que sea (se sitúa, a decir de Schuon, en el Supra-Ser, razón por la que toda metafísica profunda de talante advaitín se limite a la alusión antinómica y apofática). Es natural que la Iglesia contestase la Apocatástasis de Orígenes, pero sólo por mor de un determinado vector soteriológico, luego relativo, y debido a que la Apocatástasis se realiza, claro está, fuera del tiempo, donde transcurren los intereses humanos.

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[Música: P. Estève & S. Picq, Muria (BSO de Atlantis: The Lost Tales)]

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