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Archive for the ‘Homenajes’ Category

J’ai quelque chose de chagrin et de fier dans la mine; cela fait croire à la plupart des gens que je suis méprisant, quoique je ne le sois point du tout.

[Tengo algo entre triste y orgulloso en mi semblante; esto hace creer a la mayor parte de la gente que soy despreciativo, bien que no lo sea en modo alguno.]

F. de La Rochefoucauld, Portrait de La Rochefoucauld par lui-même

C’est une force d’esprit d’avouer sincèrement nos défauts et et nos perfections, et c’est une faiblesse de ne pas demeurer d’accord du bien et du mal qui est en nous.

[Es una fuerza de carácter el confesar sinceramente nuestros defectos y nuestras perfecciones, y es una debilidad no permanecer en armonía con el bien y el mal que hay en nosotros.]

Mme de Sablé, Maximes 17

Duo quae pulcherrima sunt quocumque nos mouerimus sequentur, natura communis et propria uirtus.

[Las dos cosas más bellas nos seguirán a dondequiera nos desplacemos: la naturaleza común y nuestra propia virtud.]

Séneca, Ad Helviam 8.2

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Lo que se puede ver de mi aspecto es contenido, ni agresivo ni liviano, a pesar del desarreglo de mi cabello o de lo intenso de mi mirada en ocasiones. Tengo la piel blanca de nacimiento y de recogimiento. Es posible que sea de estatura algo mayor que muchos de los nacidos en mi año, pero no lo suficiente como para despertar admiración. Como todas las personas más o menos altas, tiendo a curvar ligeramente la espalda. Soy de constitución sólida pero nada trabajada, lo que ofrece, creo, una peculiar imagen de fortaleza y debilidad contrapuestas. Mis ojos son tan amables como mi intención y tan oscuros como las heridas que alberga mi memoria. A menudo caen mis pobladas cejas sin rencor, como resignadas ante la decepción constante. De continuo parezco adoptar una expresión severa y un observar penetrante, pero casi siempre se trata de la penetración de la curiosidad. La doblez de mis labios queda algo compensada por la de mi nariz, caída como la de un griego. Tengo los dientes bien ordenados, prominente la barbilla, proporcionadas las orejas. Unos pómulos despejados, hundidos por su centro pero amplios en lo demás, prometen un rostro carnoso para el día de mañana. La negrura de mi cabello ondulado empezó a flaquear muy pronto a causa de mis humores melancólicos, sensibles a las sorpresas, y un color de nubes lluviosas ha tomado el poder en mi cabeza, que en breve será similar a las pelucas de la Regencia. Lo lavo con poco ímpetu, algo que, estoy convencido, ha contribuido a que se mantenga todavía espeso y saludable. Ciertos dolores en las articulaciones me impiden realizar un ejercicio que mantuviera más esbelta mi figura, la cual, en cambio, no ha pasado aún a deformarse en un grado apreciable. La dieta y las penas han ido agrietando la piel de mi rostro, moderadamente hasta la fecha. Muy rara vez lo mantengo perfectamente rasurado. No sería extraño considerarme bien parecido, pero la belleza que pudiera residir aún en mi cuerpo vase marchitando a manos de mi descuido y  de la languidez de los años. No vigilo con esmero mi indumentaria, y no siempre estoy seguro de si la causa es el pesimismo, la pereza, la falta de orgullo o la desconfianza en el gusto de mis semejantes, si bien el ahogo patrimonial tiene algo que ver. A menudo me he preguntado de dónde viene la finura de mis brazos, que no se explica por la mera falta de labores físicas. Mis manos, en cambio, son amplias como para abarcar el intervalo de décima en el clavecín, sin que por ello sus dedos sean llamativamente largos ni huesudos, por lo demás algo lampiños, como los de un adolescente crecido. Cual suele suceder, mi voz me desagrada por su aturullada dicción y por su punto de nasal; por mucho que me digan que resulta mansa y cálida, no logro descreer que el halago se debe a la simpatía o a la cortesía. No sabría destacar nada más reconocible de mi efigie que el volumen generoso de mi cráneo. Diciéndome valgo de rodillas y relajado de hombros termino de esbozar mi apariencia para quien cuente con imaginación.

De ánimo varío cada vez menos, aunque el vaivén no llegue todavía a desdeñable en absoluto. Si la flema y la bilis negra compiten por serenarme y entristecerme, nunca me inclino por ninguna de las dos, y cuando lo hago acaban por irrumpir la sangre y la ira. Aprecio mucho más los sentimientos alegres de lo que soy capaz de suscitarlos, de lo cual tampoco soy incapaz de ningún modo; tanto es así que, en cuanto algo de esperanza me invade, dejo suelta mi facultad de jugar con las palabras y caigo preso en un círculo de jocosidad excesiva. Me divierte todo lo que haga homenaje al ingenio, tanto más cuanto más cerca se sitúe del ingenio refinado de los atenienses paganos y de los cortesanos de Versalles. Muchos se sorprenderían hasta qué punto me divierto bromeando, y muchos más se sorprenderían de la pátina de melancolía que percibo en el fondo de cada diversión. Me esfuerzo por ser afable y menos grave con todos y más cortés con las damas, de las que me enamoran por encima de otros encantos la gentileza y la brillantez de ánimo. Debo mi taciturnidad, en primer lugar, a un deseo de no herir al contertulio, y, en segundo lugar, a sentirme a gran distancia de aquel a quien no entiendo… o de quien entiendo demasiado bien. El deseo de no herir me lleva en no pocas ocasiones a una timidez poco razonable que peca de molesta para los demás. Sospecho que se detecta incluso más mi tristeza cuando intento forzar un gozoso desenfado. La ausencia es el mejor recurso que hasta ahora he hallado para no molestar ni invadiendo ni retrayéndome, y esa generosidad se solapa peligrosamente con la cobardía, y tras ésta he perdido buenas cosas. Si pudiera llamárseme cobarde por el impetuoso ritmo de mi fantasía, lo sería, por encima de todo, ante minucias, y menos ante la posibilidad de empobrecerme, no llegar a anciano, sufrir traiciones o pasar solo el resto de mi vida; y es que asumo que así es como acabarán todos a los que alcance una muerte tardía. Temo a la muerte como casi todos y, al mismo tiempo, de pensar tanto en ella la voy temiendo menos. Pese a la importancia desmesurada que todavía concedo a las opiniones que sobre mí depositen los demás, y pese a mi deseo de pasar desapercibido, voy perdiendo poco a poco esa aprehensión, sabiendo como sabemos que todos los hombres estamos locos. Cuando llego a un foro tengo el temor exagerado de ser el más incapaz de los presentes, temor que nunca se cumple donde temía y que rara vez se desmiente en otro aspecto en el que no pensé, como en la gracia de espíritu o en hablar idiomas con soltura. De natural soberbio, no hay día que no procure azotar por varias partes a mi orgullo. Me sirvo para ello de sentimientos que moran en mí constantemente: el amor por los hombres y la desesperanza en torno a sus destinos. Fracaso en tal propósito con frecuencia, como era de esperar, porque ni tan grandes son estos sentimientos hacia los demás, ni tan débil es mi amor por mí mismo. Me precio de reconocer la esencia de las virtudes y divago trabajosamente en localizarlas día a día en sus formas concretas. Nunca pierdo la fe en la disciplina, logre satisfacerla o no, pero la disciplina de la fe se me escurre en mis innumerables horas de distracción. Mi mente vuela hacia todas partes con todos los sentimientos al mismo tiempo, y hace tiempo me di cuenta de lo pernicioso que me ha resultado amar todos los conocimientos y artes como haría un cardenal del Renacimiento no contando con la fortuna adecuada. La calma me llega más por agotamiento o por amor que por rectitud y constancia. Solamente logro absorberme en la concentración cuando es fácil confundirla con la obsesión. La impaciencia me hace suyo cuando me entusiasmo, lo que sucede cada semana. Soy envidioso, pero no de emperadores y grandes duques, de los que puedo reconocer su hermosa utilidad, sino de aquellos que logran ser felices con lo que tienen, de aquellos que son amados y viven retirados en confortables casas junto al bosque, y también, sí, de aquellos que derrochan entre sus manos de artistas la belleza y gracia que mi ingenio ha de sudar entre grandes dolores de parto. Empero, cada cierto tiempo percibo demasiado bien la igualdad subyacente de todos los mortales como para sentirme muy diferente del más feliz o del más desdichado de ellos. La poquedad de la naturaleza humana me obliga a amarla cada día más. Su capacidad oculta y misteriosa me obliga a aprender de ella con la misma afición creciente. Intento decirme siempre la verdad sobre mí mismo, aunque sea tarea casi imposible, más incluso para quien ha catado todos los sabores del espíritu, desde lo más bajo a lo más alto; es posible que, en según qué punto, la sinceridad se agote con la edad como la lascivia.

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Mis costumbres son austeras si las comparamos con las de mis vecinos o con las de mi primera juventud. Me atrae el silencio de la noche, hacia donde gira continuamente mi vigilia, y tanto el deseo de soñar como el desarreglo de horarios me incitaron siempre a dormir más de la cuenta. Pero, inclinándome como me inclino a desafiarme bruscamente, soy muy capaz de soportar razonablemente ciertas penalidades durante cortos periodos de tiempo, como subsistir con bajísimos ingresos o pasar varios días sin comer o sin hablar con nadie. No tengo necesidad de buscar ostras en último mar, como decía Séneca de los ánimos afanados, y mi interés en artilugios, banquetes y viajes no me abruma tanto como para llorar mi imposibilidad de obtenerlos o como para ahorrar grandes sumas de dinero a costa de bonhomía y paz de espíritu. Mis debilidades son un poco las de cualquiera, quizá con mayor acento en placeres refinados y artísticos pasados de moda. La aversión, el apego o el embobamiento me sorprenden y traicionan mis grandilocuentes proyectos. Como antes he dicho de las damas, es su gracia y su buen corazón lo que más me atrae hacia aquellas que me atraen, y cada vez me entristece más desear una bella figura animada por un espíritu hundido en el amor propio o en la ignorancia. No me atrapan los espectáculos, salvo quizá la música y la literatura que aviva a mi alma de cuando en cuando. No diría que son exagerados mis vicios ni en número ni en énfasis. Y, por otra parte, ningún exceso me enloquece ya, virtuoso o no; nada me arrastra con la vehemencia necesaria como para que abandonase mis costumbres recoletas o el tejido de mis conjeturas acerca de la bruma de todas las ilusiones. Así, pocas veces peco activamente, muchas menos que por indecisión, molicie o desengaño. Diríase algo similar de mis virtudes, fueran las que fueran. Voy perdiendo muchas cosas que cada vez me molesto menos en recuperar, sea por indiferencia, decepción o amor. Precoz en esa lucidez que echa abajo al teatro del mundo, no me aferro ya siquiera a ella. No contribuyo apenas nada a que el siglo sea mejor, y es que hoy por hoy me recome la idea de procurar que al menos no se vuelva peor, lo que ya es mucho, casi imposible. Reconociendo la grandeza de renunciar al mundo, tampoco he contado para ello con la valentía con la que puedo renunciar a algunos bienes concretos. Por resumirlo mucho, me limito a meditar durante el día y a leer durante la noche. Muy pocos saben lo que en realidad pienso sobre las cosas. Lo que escribo siempre es breve, revisado mas no en demasía, elevado mas finalizado en suspenso, sutil cuando la vanidad no me obliga a decirlo todo y a agotar el asunto. No cuento entre mis alimentos nada que un ser animado no me concediera voluntariamente, y es que eso implicaría robo y tortura sin ofrecer nada a cambio. Mis amistades son pocas, poco frecuentadas, poco conocedoras de mi intimidad. Hasta hace no muchos años no podía reconocerme verdadero amigo de nadie, y lo contemplo como un inmenso defecto o como la suma de muchos pequeños. Con un par de personas he sido todo lo sincero que se puede ser mientras se ama todavía uno a sí mismo. Llevo un tiempo luchando contra mí mismo para fingir tomar partido por las aficiones de la mayoría; no sólo por evitar mi soledad, que de tan profunda que es me desalienta a intentar acallarla por completo, sino ante todo por no parecerme digno ni noble el desperdiciar en el ahogamiento la bondad que pueda haber en mí. Advierto en los demás la cualidad que hace amables a todos los seres, donde también advierto algunos de mis mismos deseos y costumbres, pero difiero demasiado en sensibilidad y creencias como para enramarme día a día en sus corazones y sus vidas. Sonrío y procuro hacer sonreír sin dejar de ver en ello un eterno juego. Adoro la conversación esmerada y repudio la insustancial, razón por la que suelo conversar poco. De no ser por mi montaña de libros y documentos, haría mío el lema estoico de omnia mea mecum porto. Mas en otros ratos siento que amo demasiado las cosas y mis costumbres para con ellas, aun sabiendo que no valen nada en absoluto ni las unas ni las otras. Casi habiendo alcanzado lo que con suerte será el mediodía de mi vida, no cuento con una gran obra realizada, ni con un nombre reconocido, ni con un cargo que me permita subsistir sin ayudas. Sólo me puedo preciar de lo que he sentido y de lo que sé, y eso con cautela. Sin haber vivido grandes aventuras, todos los periplos que, sin embargo, se puedan dar en un corazón, se han dado en el mío. No ambiciono la fama, aunque mi vanidad a veces suspira por el reconocimiento de siquiera diez inteligencias, si bien no tanto como para que me decida a ostentarme. Diríase que mi carácter reservado es una vanidosa sombra que exige ser buscada y no buscadora. No todo ha sido interior: he amado y he sido amado. No me he negado los placeres de la carne, ni del yantar, ni de las bebidas espirituosas. Podría morir hoy mismo y no habría de quejarme, reconociendo que he paladeado como catándolos los más naturales goces mundanos, dulces bellezas de los sentidos y del espíritu, cierta comunicación de almas, la grandeza y la miseria de la existencia, la sabiduría de los antiguos y la cruda evidencia del presente. Celebro que ningún dolor me haya lacerado hasta la fecha con demasiada contundencia; lo considero, con Epicuro, el hallazgo de la más sensata forma de felicidad, dadas las circunstancias. Quizá no haya sido bendecido con ningún verdadero éxtasis, pero lo he intuido por todas partes. La vida no ha podido todavía ni encandilarme por completo ni, por el contrario, derrotarme con inapelable amargura. Sigo cumpliendo costumbres sin creerlas, anhelando infinitos sin embarcarme hacia el fin del océano, viviendo modestamente estable en un mundo que se derrumba.

Si tengo una doctrina, por simple que sea, es que nada de lo mortal me es ajeno. La gente me inspira curiosidad, siendo raras las veces en que esta curiosidad me lleva a invadir las fronteras del otro. Adopto el carácter y los gestos ajenos con facilidad, dada mi inclinación a buscar la armonía entre los seres. Suelo escuchar mucho más que hablar, lo que ha me hecho sagaz a la hora de entender a las almas. De ahí mi interés por los retratos, las anécdotas, la historia o el teatro. La ciencia de las costumbres compila todo ello y me instruye también acerca de mi destino: ninguna sabiduría me parece más provechosa que la que me ha de decir cómo actuar mañana por la mañana. A nada regreso con más frecuencia que a la filosofía, grande o pequeña. Muchas ideas se debaten mi entendimiento, aunque pocas de ellas provienen de este siglo, lo que también ayuda a condenarme a una cierta soledad. El amor por los que sufren y el amor al orden se alternan en mi corazón, porque no menos necesario me parece compadecer a cada ser vivo como hacer preservar el frágil equilibrio de la civilización. Admiro los tiempos que contaban con hermosos palacios que inspirasen y con monasterios para quienes no soportasen ser demasiado inspirados por aquéllos. A la vez, juzgo valiosa toda vida mortal, humana o de otros reinos. Y, como es imposible conciliar a la perfección grandes sentimientos con igualdad, heroicidad con derechos, me contradigo y acabo regresando siempre a las lecturas, en aras de que ellas me revelen qué partido me ha de vencer. Por el momento, reconozco que resulta requisito indispensable el amor tanto para el triunfo de los inocentes como para el de los pontífices que nos prometen la belleza y la templanza, aunque entreveo que no es requisito suficiente ni en uno ni en otro caso. La frialdad del cálculo ha de conjugarse al final con el sentir del corazón, y puesto que, a diferencia del sentir, el cálculo no puede inclinarse por cosas contrapuestas, se ha de dar la preeminencia, bien a la sutura de heridas de hoy, bien a las heridas aparejadas a la existencia: o dar pan a quien tiene hambre o dar consuelo a todo el que se ha visto atrapado en este extraño mundo. Habiendo como hay tanto sufrimiento intenso puramente corporal, me inclino últimamente por mitigar éste en perjuicio del tenue pero universal sufrimiento enquistado, al que solamente la tradición y la entrega abnegada podrían mantener subyugado. Tras una primera juventud desordenada y mezquina, terminé apreciando sin cortapisas la piedad religiosa y, caprichoso como soy para los horarios, procuro ejercitar sus prácticas prescritas menos de lo que debería. En cuanto a los estilos, medito ante lo arcaico, aprendo de lo clásico, me resbalo hacia lo sentimental. Leo a griegos, latinos y franceses, y creo a los indios, entiendo a los cristianos, envidio al aticismo, me complazco en el adorno. Detesto a cualquier autor que pretenda destruir lo que le precedió. No prefiero la ópera francesa a la italiana ni al contrario. Me conmueve el verso religioso, respeto la grandeza de mi nación sin amarla, agradezco con mucho tiento y más mesura los descubrimientos de las ciencias naturales, aprecio a la corona sin apreciar con fervor a ningún rey, me interesan los revolucionarios mientras desconfío de ellos.

Así es como resumo los más destacables rasgos de mi persona, siempre huidiza, a decir verdad, como la de todos. Los menos destacables, que acaso sean los más profundos y delicados, me los guardo para mi silencio o para quien converse conmigo con voz tierna junto a un vino caliente.

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[La primera música es de F. Couperin: L’intime (XIIème ordre). La segunda música es 2d Espagnol enjoué y 2d Air des espagnols de Le Bourgeois gentilhomme (1670) de J.-B. Lully, con libreto de Molière escrito originalmente en diversos idiomas: francés, español, italiano y sabir (lingua franca mediterránea durante siglos y de la que el libreto de Molière es uno de los escasísimos testimonios escritos). El texto de nuestro fragmento, en español en el original, dice así: “El dolor solicita / el que al dolor se da. / Y nadie de amor muere / sino quien no save amar”. Quiero entender estos versos de la manera más moralizante posible, a saber: que el verdadero amante es dichoso, y no ningún otro.]

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Without a comprehensive appreciation of bodhichitta, all Buddhist practice degenerates into spiritual materialism.

Dzongsar Khyentse Rinpoche, Not for Happiness, p. 112

Aquí presento las Ocho estrofas del adiestramiento mental (Tib. བློ་སྦྱོང་ཚིགས་རྐང་བརྒྱད་མ་, Wyl. blo sbyong tshigs rkang brgyad ma) de Geshe Langri Tangpa (1054–1123) en una versión versificada por un servidor. Se trata de un poema muy sintético y precioso que contiene lo esencial del Lo-jong, la importante literatura gnómica tibetana que prescribe las conductas virtuosas que cualquiera con aspiración a incrementar su boddhicitta puede ejercitar en cualquier encuentro con los demás seres. Para llevarlo en todo momento con uno mismo, la memorización es, claro está, altamente recomendable, si no imprescindible. El motivo de esta versificación es la rápida memorización para quienes carecemos de retentiva para los textos pero contamos con algo de musicalidad interna, que siempre ayuda a interiorizar aquello a que acompaña. El endecasílabo castellano dactílico acentual es el modo más sencillo que he encontrado para combinar facilidad y agrado a oídos del hispanohablante en la estructuración del poema. He procurado no ornamentar el lenguaje apenas por no envilecer la pureza del texto, pero tampoco he omitido del todo el cuidar la proporción y el buen gusto, que son también útiles para transmitir el significado del mensaje moral. Dado mi total desconocimiento de la lengua tibetana, me he basado en las traducciones inglesas y castellanas de Rigpa Translations (2012). Debo decir que sigo prefiriendo dichas traducciones frente a mi versión poética, puesto que conservan el mensaje intacto y en todo su poder original a pesar del vertido a lenguas occidentales, y aclaro una vez más, por si quedase la duda, que esta versión mía es un mero apoyo de la habitual. Deseo, en fin, que mi mano humilde y falta de fe no desmerezca la excelencia de tan insigne poema, dedicado a la iluminación de todos los seres, más valioso que todos los palacios de oro y que todos los estanques de lotos. Asimismo espero que ésta sea la primera versificación mnemotécnica de una serie que se prolongue en próximas fechas.

¡Que cunda la virtud!

1. Cual si valiesen los seres sintientes
más que la joya que todo concede,
por arribar a la máxima sede
siempre mi afecto prometo a las gentes.

2. Cuando con otros esté en compañía,
me pensaré del conjunto el más vano,
y acordaré desde mi ánimo llano
ver en aquéllos sin par primacía.

3. En mis acciones mi mente vigilo,
y en el surgir de pasiones funestas
a un lado haré y venceré a todas éstas,
riesgos que a todos nos ponen en vilo.

4. Cuando crueles yo encuentre a los seres
u oscurecidos por el sufrimiento,
ríndales yo por escasos mi aliento,
como si hundido entre alhajas me vieres.

5. Siempre que alguno envidioso me hiciera
daño arruinándome hundido entre escombros,
yo la derrota cargare en mis hombros
y a quien me hirió la victoria cediera.

6. Y hasta a quien yo despojase del ciemo
o de quien yo mucho hubiese esperado
mucho me hiera con saña afanado,
contemplarélo cual guía supremo.

7. Por sinuosas maneras o claras
toda mi ayuda a mis madres daré,
y en mi espaldar en secreto arriaré,
hechos ya míos, sus daños y taras.

8. Aprenderé a mantener este jugo
ya sin las ocho congojas mundanas.
¡Pierda yo afán de las cosas por vanas
y sin apego me libre del yugo!

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[El lama Tashi salmodia el mantra de Avalokiteśvara (Om Mani Padme Hum), el bodhisattva de la compasión, cuya principal encarnación es el propio Dalai Lama.]

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It is rather the soft green of the soul on which we rest our eyes, that are fatigued with beholding more glaring objects.

[Más bien es el verde claro del alma en el que posamos nuestros ojos, que están fatigados de contemplar otros objetos más brillantes.]

E. Burke, A Philosophical Enquiry into the Origin of Our Ideas of the Sublime and Beautiful, 3.10

Y porque el cielo cubre la tierra con los demás Elementos, por semejança llamamos cielo el que cubre la cama, o el patrio de la casa, o la mesa…

S. de Covarrubias, Tesoro de la lengua castellana o española, 1611 (entrada de “cielo“)

El rojo obscuro y manchado es el color de la bajeza y la codicia; el rojo de sangre y fuego el de la dureza y la crueldad. Donde el color es azul grisáceo se ha borrado con dificultad cierta incontinencia en los placeres.

Plutarco, De la tardanza de la divinidad en castigar, 565C

Il prétendait que son ton de conversation avec madame de…. était changé, depuis qu’elle avait changé en cramoisi le meuble de son cabinet qui était bleu.

[Pretendía que su tono de conversación con Madame de … había experimentado un cambio desde el momento en que cambió en su gabinete un mueble azul por otro carmesí.]

N. Chamfort, Caractères et Anecdotes (Œuvres complètes de Chamfort, t. II)

Si la historia pinta nuestro sabor, las preferencias sentimentales han ido tiñendo a la historia. Si es evidente que el color de la España renacentista es el negro, el de la Francia ilustrada es el azul del cielo despejado. El azur heráldico había presidido el escudo de los Capetos desde siglos antes de que el Rey Sol se presentase en el colosal retrato de Rigaud envuelto por un armiño y un brocado de terciopelo azul esmaltado por doradas flores de lis. Si en el modello de 1701 había probado Rigaud con una tonalidad más clara, el azul del cuadro definitivo es decididamente más oscuro. Y es que lo oscuro revela gravedad. Durante la Regencia y hasta el malhadado reinado de Luis XVI, el azul se fue clareando. Como en todo en Europa, los espectros lumínicos se suavizaron, y las imágenes demasiado intensas, acordes con pasiones exasperantes, se diluyeron. El azul celeste, tradicionalmente combinado con el blanco en las representación pictóricas de la Virgen María desde más de un siglo antes, acompañaba ahora no sólo a la ropa infantil y femenina, sino también a la militar y aristocrática. No era el único color que imperó en el rococó: todos los escarlatas, rosados y verdosos eran bienvenidos siempre que eludiesen toda pureza, toda intensidad, en definitiva, todo dogmatismo. Como sucede con el agua del mar, la lisura del azul era potable si no conllevaba demasiada sal. Porque, como antes en otros lugares del mundo, el auténtico criterio de verdad durante ese periodo era la moderación, la templanza del alma y del cuerpo, y no había más belleza que la prudente. En efecto, para el ilustrado, si cuenta con esprit de finesse, cualquier afirmación demasiado contundente parece traicionar a su posibilidad opuesta, su parte de razón o al menos, su razón de ser. Pelucas cortas y uniformes, diseños más florales que áureos y filigranas más sencillas se avenían perfectamente con la nueva claridad de las almas y de las cosas. Si Luis XIV fue un rey sensible pero ostentoso, delicado pero piadoso en sus últimos días, errático como buen barroco a fin de cuentas, sus sucesores restringieron los vaivenes del ánimo. Al poner la atención sobre las superficies, no podría resistirse que éstas fueran demasiado absorbentes, demasiado comprometidas. Necesitaban, por lo tanto, un tierno fondo de escenario que no capturase demasiado fuertemente al corazón. Así, de entre todos los colores suaves que cubrían la realidad dieciochesca, el esmalte de lapislázuli es el más abundante en los retratos cortesanos, en la tapicería, en las molduras palaciegas o en la porcelana de Sèvres de Jean Hellot. Incluso algunos clavecines se cubrían con una melosa pátina cerúlea que hacía de la música algo así como un pastel para todos los sentidos.

El placer tierno cubría la piel de los nuevos artes y utillajes, y no es casualidad que coincidan esos colores cremosos con los que predominan en la confitería y con los que ambientan todavía hoy a los enseres de los recién nacidos, más rosados para la criatura femenina, más azulosos para el futuro varón. Hoy se tiene a todas las tonalidades intermedias por femeninas. El XVIII fue un siglo andrógino en muchos aspectos, y no en vano no hay otro periodo en el que el equilibrio gobernase al buen gusto. Así, juegan en amistosa proporción el despotismo patriarcal y la retórica de los afectos, la idea de grandeza nacional con la novela doméstica, la omnipresencia del ejército y de la égloga, la impasibilidad ante el atacante y la exquisitez del placer de alcoba, el estudio de las matemáticas y de las costumbres, la razón taxonómica y la clemencia de las grandes damas que ofrecían sus salones a los que razonaban. A excepción del rigaudon, el tambourin y el menuet, las danzas tienen nombres femeninos. La mayoría de las pièces de clavecin de compositores de la Luces tienen en sus títulos adjetivos del mismo género: La majestueuse,  L’enchanteresse, L’adolescente, La rafraîchissante, L’insinüante, La séduisante, L’intîme, La distraite, La galante, La convalescente, L’exquise, L’audacieuse, La fringante, L’epineuse, L’engageante, La commére, La lutine, La pateline, La favorite, La laborieuse, La fleurie, La ténébreuse, L’ingénuë, L’artiste, La superbe, Le turbulent, L’atendrissante, L’unique… Y esos son sólo algunos ejemplos tomados de la obra de François Couperin, el compositor más prolífico de este género, que no ni mucho menos el único.

Liotard, Isaac-Louis de Thellusson 1760

Es difícil definir un color. Por ello los diccionarios recurren a ejemplos, señalando aquí o allá, como si la gracia del color no cupiese en una definición que no recurra a precisas tablas de espectros lumínicos. Se suele referir uno al azul como “semejante al del cielo sin nubes y el mar en un día soleado”. Es, por ende, la expresión gráfica de la extensión infinita, lo inconmensurable reducido a su cualidad material. La palabra κόσμος significaba en griego todo lo ordenado, tanto el universo como el adorno, por lo que denotaba cualquiera de estas palabras, y en verdad nada hay más cosmético que lo cósmico. Es comprensible, pues, que el tinte del cielo sea también el de la placidez doméstica. Νο del todo ajeno a esto es la paradoja de que el esprit francés del XVIII se refiriese tanto al espíritu como, en mayor medida, al ingenio, que era capaz de adoptar las formas más mundanas.

Los colores son cualidades sin forma, materia caótica a la espera de una razón que la inserte en geometrías. Nos recuerdan así al estado primario del cosmos antes de ser cosmos. Por mucho que desde 1700 prosperasen los ateos y los nominalistas, la mera preferencia por la simetría, por la geometría suavemente curvada y por la fina ornamentación clásica denota una cierta afinidad con un platonismo en proceso de descomposición. La impavidez y la exquisitez, además, no impedían en los espíritus más delicados el reconocimiento del drama humano ni la cuestión de su sentido; simplemente se contenían al máximo los flecos expresivos, se ajustaba el sentimentalismo al molde de la idea y la idea flotaba en torno al sentimiento. Con toda su ligereza, el rococó nos propone un catálogo relajado pero definido de valores. Hoy, por oposición, no tenemos más colores característicos que los fluorescentes y fosforitos, perdidos en una amalgama de combinaciones inarmónicas en las que cabe todo salvo la inteligibilidad y lo amoroso.

Las variedades de bleu céleste eran numerosas (bleu turquin, bleu persan, bleu de Prusse…), tantas como matices se puede encontrar a la mesura ingeniosa. El bleu Mazarin, un celeste algo más denso, aplicado a la procelana, descubrió el éxito a partir del interés por la chinoiserie, cuando se conoció la cerámica de los periodos K’ang Hsi, Yung-Chèng y Ch’ien Lung, que abarcan parte del siglo XVII y la totalidad del siguiente. Pero el nombre más popular en la Francia de entonces fue, como no podía ser de otra manera, el “bleu de roi”, el tono más intenso del terciopelo de los grandes retratos regios, referido ya en Le Mercure de France el primero de febrero de 1744. No deja de ser irónico que en la Francia revolucionaria se siguiese utilizando el nombre para los uniformes oficiales a pesar de su clara alusión al periodo monárquico. El Décret sur l’organization des Gardes Nationales de julio de 1791 (Section II, Art. 28) indicaba que el uniforme de la la Guardia Naciona sería “bleu de roi, doublure blanche, parement & collet écarlate”. Y es que Francia no logró desasirse completamente de su elegancia palaciega hasta mucho después de su primer suicidio, por mucho interés que pusiesen los revolucionarios en aplanar de un plumazo la montaña esmerada de sus glorias. Más es consonancia con el espíritu republicano, el color en cuestión acabó conociéndose como “bleu de France”… que no ha de confundirse con el diamante homónimo, símbolo también de la Corona francesa, desaparecido en un robo en 1792, un mes después del asalto al Palacio de las Tullerías que supuso la abolición de la monarquía, y una semana antes de que el cambio histórico se explicitase en la creación de un nuevo calendario que inauguraría el año 1 de la era republicana. Como se ve, todo parece apuntar a las mismas evidencias de las mismas cesiones.

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Algo había ido cambiando también en las tonalidades predominantes. Todavía es el azul celeste más radiante lo que encontramos en la vestimenta de los retratos que Maurice Quentin de La Tour pintase de Pierre-Louis Laideguive, Émilie du Châtelet, Marie Fel, Mmede Mondonville, Magdalene de Mazade, Charles Pinot Duclos, la Présidente de Rieux, Charles-Louis-Auguste Fouquet o de sí mismo en su autorretrato. Es la misma gama en la que se mueven las telas con las que Jean-Étienne Liotard conserva a la duquesa Elisabetta Federica Sofia de Württemberg,  a Isaac-Louis de Thellusson, a Maurice de Saxe, a Lord Mountstuart, Charles-Simon Favart, a Marie Charlotte Boissier, a Lady Tyrell, a Louise d’Épinay, Julie de Thellusson-Ployard, a Isabel de Parma, a Mlle. Lavergne (La belle lectrice), a Edward Morant, a Suzanne Curchod y a la pequeña Maria Frederike van Reede-Athlone. La misma del conde de Vaudreuil, Lady Amelia Darcy, la condesa Saltykova, Geneviève Rinteau de Verrières, Mme. de Genlis, Mme. du Barry, en los lienzos de Drouais. Así aparece Isabel Cristina, consorte de Federico el Grande, en muchas de sus imágenes inmortalizadas. Así presentan Boucher a Mme. de Pompadour en el segundo retrato que le dedicase y a la hija de ésta, David Martin a Benjamin Franklin, Perronneau y Labille-Guiard a la mayoría de las mujeres, Larguillière a Voltaire,  Van Loo a Diderot y a Helvétius, Vigée-Lebrun a María Antonieta.

Mas, ¡ay!, a finales de siglo empezamos a encontrar ropajes más oscuros, reflejando la seriedad de los nuevos tiempos. Así sucede en los retratos de revolucionarios, como el que hiciese de Danton un pintor desconocido, o el de Hérault de Séchelles a manos de Jean-Louis Laneuville; o en efigies ya románticas, como la que hace Francois-Xavier Fabre de un joven anónimo de pelo corto alborotado en 1809, o los diversos testimonios de un joven Napoleón Bonaparte de uniforme. Por no hablar del Incorruptible, el regente del Terror, que prefería casi siempre trajes apagados o directamente tenebrosos como el caos. Así, de oscuridad a oscuridad, el siglo de la elegancia por excelencia ofreció un oasis de limpidez con un azul monárquico grato como un día de primavera. Desde el terciopelo marino de Luis XIV hasta el casi negro del Imperio, el rococó ofreció una jornada breve pero serena, sabedora de su destino pero sin pérdida de sonrisa. Fue un periodo de iluminación en el cual el recuerdo del Paraíso se hizo inteligible y acogedor como el regazo de una madame salonnière. Situado entre gravedades, el leve amaneramiento de últimos eudemonistas hizo de la ingenuidad la mayor de los ingenios y del ingenio la mejor de las tretas para aplazar una vez la caída en el desorden. Momento de consumación, se sostendría mientras nadie se esforzase demasiado en buscar los apliques por cuya fácil ausencia cedería. La biografía de este color aristocrático, como la de los que lo vistieron orgullosamente, abarca a su manera menos de cien años.

Ahora, en estos tiempos de cierre de los jardines de Occidente, muy lejos ya del abrazo de las bellas artes, ningún pigmento nos convencería de que nuestro planeta dejará de ser el planeta azul, ninguno evitará que nos internemos en la más oscura de las noches.

Apotheosis of Charles VI - Fresco of Paul Troger (1739) - Imperial Stair Case - Göttweig Abbey

[Música: É.-N. Méhul, Stratonice (“Ciel! Ne Sois Point Inexorable”), ópera cómica francesa estrenada en 1792, ocho meses antes de la condena a muerte a Luis XVI. El fragmento corresponde a la primera escena, en la que el coro dice lo siguiente: Ciel! Ne Sois Point Inexorable, / A toi seul nous avons recorus / Ciel! Ne Sois Point Inexorable, / A ce cher Prince, accorde ton secours, / Qu’il vive hereux autant qu’il esta aimable! / Qu¡il vive hereux aux dépens de nos jours! (“¡Cielo!, no seas inexorable, / A ti sólo recurrimos. / ¡Cielo!, no seas inexorable, / a este príncipe querido garantiza tu socorro. / ¡Que viva tan feliz como amable es! / ¡Que viva feliz a expensas de nuestros días!”)]

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[Read and hear, for your amusement, ingenious systems, nice questions subtilly agitated, with all the refinements that warm imaginations suggest; but consider them only as exercitations for the mind, and turn always to settle with common sense.

[Lee y oye, para tu entretenimiento, sistemas ingeniosos, cuestiones agradables sutilmente agitadas, con todos los refinamientos que la imaginación cálida sugiera; pero considéralos solamente como ejercicios para la mente, y vuelve siempre a establecerte con sentido común.]

Lord Chesterfield, Carta LII (27 de septiembre de 1748)

Lo que acarrea todos los males a nuestra literatura se halla en que nuestros sabios tienen poco ingenio y nuestros hombres de ingenio no son sabios.

J. Joubert, Pensées

Si notre condition était véritablement heureuse, il ne faudrait pas nous divertir d’y penser.

[Si nuestra condición fuera verdaderamente feliz, no haría falta distraernos de pensar en ella.]

B. Pascal, Pensées (Misère 19 / 24)

Toute phrase ingénieusement tournée prouve à la fois l’esprit et le défaut de sentiment. L’homme agité d’une passion, tout entier à ce qu’il sent, ne s’occupe point de la manière dont il le dit ; l’expression la plus simple est d’abord celle qu’il saisit.

[Toda frase ingeniosamente moldeada prueba a la vez ingenio y falta de sentimiento. El hombre agitado por una pasión, entregado todo entero a lo que siente, no se ocupa en absoluto por la manera en que lo expresa; la expresión más simple es la que toma en primer lugar.]

C.-A. Helvétius, De l’esprit, 4.2

On est tellement raffiné que, mettant l’esprit à la place de l’âme, un homme vil, pour peu qu’il ait réfléchi, s’abstient de certaines platitudes, qui autrefois pouvaient réussir.

[Somos de tal modo refinados que, situando el ingenio en el lugar del alma, un hombre vil, por poco que haya reflexionado, se abstiene de cierta bajezas que, en otra ocasión, hubieran producido efecto.]

N. Chamfort, Maximes et pensées

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Acaso se pregunten mis numerosos y exigentes lectores a qué ahora la serie de escritos recientes, en los que mordacidad y frivolidad, anacrónicas para más sorna, parecen contradecir algunas de las líneas maestras de esta publicación aperiódica. El anacronismo está justificado de sobra al entender que todo lo pasado fue mejor, como es evidente, y a nadie de mis legiones se le ocultará mi interés en el “siglo de las delicias“; pero la peculiar elección del contenido sigue necesitando un esclarecimiento. Decir que el verano no se presta a experiencias más comprometidas no es suficiente, aunque haya parte de verdad en ello. Me explicaré con detalle para quien tenga tiempo.

En la estela dejada por el gran La Bruyère, los literatos franceses del XVIII gozaron de una celebración interminable de la inteligencia humana aplicada a las superficies de los asuntos más inmediatos. Mientras Rousseau se tomaba demasiado en serio a sí mismo y no lograba soportar la imperfección de su mundo –todavía estamos pagando sus ataques de histeria–, mientras D’Holbach, d’Alembert o Helvétius hablaban de Dios o de la naturaleza en sí, otros se limitaban a admirar, con paciencia resabiada no siempre exenta de cierta ternura, cómo las flores del corazón brotan y se marchitan. El retrato fue cultivado en las letras por un espíritu que se retrotraía al menos hasta Teofrasto, mientras que Le Brun, Oudry, Nattier, Roslin, Pesne, Drouais, Duplessis, Lundberg, Vigée-Lebrun, Lépicié, Liotard, Perronneau, van Loo, Largillière, Labille-Guiard, Vernet, F.-A. Vincent, Greuze, Gainsborough o Quentin de La Tour lo aplicaron a la pintura, y Couperin, Rameau, D’Agincour, Bury, Foucquet, Dandrieu, Daquin, Boismortier, Février, Royer y Duphly entre otros lo transformaron en repertorio clavecinístico. La predecible lógica es parodiada por el trampantojo gráfico de artistas como Evert Collier, Valette-Penot o Antonio Cioci, por el “elogio de nada” de escritores como Louis Coquelet o José del Campo Raso –herencia de los ἐγκωμία παράδοξα de la Segunda Sofística–, o con multitud de efectos auditivos, como los variados minuetti al rovescio –con estructura capicúa- de Haydn y Mozart, la mímesis de animales u objetos inanimados –Le tic-toc-choc de Couperin o La Poule de Rameau, por poner dos ejemplos entre cientos–, la especulación por parte del Op. 4 de Mondonville con los recién descubiertos parciales armónicos o las disonancias del Caos en Les Élémens de Jean-Féry Rebel.

Otro de los méritos del siglo XVIII fue cultivar a ratos el ingenio por sí mismo: no para concebir algo útil, no para alcanzar una verdad, sino para admirarse y para extraer gozo de la mera atención, algo que, salvando las distancias, se encuentra en la visión de muchos místicos, extrañados penetradores de la realidad hasta llegar a verla transparente, sin necesidad de juicio de valor alguno, pues el vacío no requiere tal cosa. A menudo no se trataba siquiera del afán de reír sobre el contenido, como sucede hoy, sino que toda la fascinación se ponía en la mente capaz de dar con una flaqueza de las leyes naturales o morales, la mente que advierte un destello de caótica inconmensurabilidad en la lógica habitual de las cosas. Se admiraba la inteligencia que observa cómodamente lo inaceptable o fútil de sí misma y de su mundo. Ingenioso es quien detecta sin espasmos aquella fibra de la realidad que, una vez descubierta, resulta chocante y provoca en la percepción un salto ligero pero intrigante, como entre inquietud y agrado acusa el truco de un prestidigitador que nos hace dudar de nuestros sentidos y de nuestro raciocinio cotidiano. Es por ello que requiere chispa innata, como la propia palabra latina indica, porque el ingenio no supone exclusivamente una aplicación mecánica de reglas, sino también el añadido intuitivo, el je ne se quoi que empuja al mencionado salto. De ahí el gusto por la paradoja y el ridículo: tanto la una como el otro recrean un mal funcionamiento de las cosas o de la reflexión, pero evitan destacar su estridencia. Por mucho que desarmen su propio suelo, respetan el versallesco sentido del gusto, si no ceden al disgusto. El ingenio provoca a menudo la hilaridad, aunque no siempre, pues un pensamiento astuto puede atrapar a la mente en un callejón sin salida poco divertido. Lo que el árbitro del ingenio dieciochesco solía reunir para hacerse amar constaba de dos mancuernas contrapesadas: por un lado, recurrir con mayor frecuencia a cuestiones de aparentemente poca trascendencia espiritual, y, por el otro, cubrir la forma de su expresión con concisa elegancia para hacer bello y dulce ese trago de caos que implica a menudo la situación revelada. Pues la simetría de la forma, la concisión decidida y serena, tranquilizan el ánimo que podría no soportar completamente el conflicto. Presentadas en un inalterable equilibrio, las vergüenzas humanas o cósmicas se incardinan en un orden mayor ante cuya contemplación no hay nada serio que temer.

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Y, a pesar de su tono escandaloso para las más recatadas feligresas, el ingenio de los Caracteres, de las Anécdotas o de los Diálogos, pero también de las Cartas y de las Memorias, es muchas veces de una picardía casi aniñada. El humorismo picante no alcanza ni a las rodillas de las más delicadas esferas de la condición humana, pero nace envuelto en figura esbelta, sintaxis transparente, retórica fácil, sutil ambigüedad y gestualidad galante. En realidad la mayor parte de las anécdotas galantes -chistes, en suma- versan sobre triviales lastres de la vida de todos y cada uno. Ilustres personajes ridículos y disparates frecuentes tienen, pues, una doble cara: por un lado hablan de superficies ubicuas por todos asumidas, mientras que por el otro sugieren la peligrosa vacuidad que subyace a los principios sociales o morales que más aplomados se creían. Más serios suelen ponerse, en cambio, las máximas y los aforismos que en ocasiones descreen de cualquier bondad humana o de la omnipotencia divina, o se rinden al Señor, como en el caso de Mmé. de la Sablière. Pero no se olvide que es el talento lo que permite conciliar lo aparentemente irreconciliable, y el propio Séneca (Ep. 8.8-10) destacaba una profundidad moral mayor en un mimógrafo como Publilio Siro, caricato de la vida cotidiana, que en muchos autores trágicos. Y si hay algo que entrenaban los ingeniosos con peluca era el talento.

La principal baza para considerar al moralismo dieciochesco, incluyendo sus variantes más satíricas, como a una filosofía, estriba en que hace del sujeto un vigilante constante de sí mismo a fuerza de observar fuerzas análogos en los demás sujetos. El afán de perfeccionamiento espiritual de algunos de aquellos pensadores brotaba de una rara atención a cada paso de la conducta, como un incesante examen de conciencia religioso, entre otras cosas porque lo normal es que en última instancia tuviera una motivación religiosa.

Hay, por ende, motivos varios para hablar de una filosofía de la sátira fina y de la anécdota de sociedad. La insustancialidad del perfil mostrado por la audacia intelectual no deja de ser preocupante, pues mediante un caso hace referencia a todo un principio que se extiende incluso a otros planos; reírse de un duque en cuanto vanidosa criatura puede llevar a reflexionar -o al menos a sentir- sobre lo poco fundadas que están las autoridades o sobre la necesidad humana, acaso triste pero sin duda inevitable, de jerarquizar. Pero también es cierto que el pan de oro que cubre con disimulo las molduras agrietadas nos remite misteriosamente a un mundo armonioso que no vemos pero que olemos indirectamente. Por ejemplo, los comentarios jocosos sobre la Revolución -debidos también, ciertamente, a desconocer la magnitud del terrible devenir de los acontecimientos-, asientan una entereza didáctica, una imperturbabilidad ilustrada que podría confundirse con la cristiana o la estoica si prescindiese de algunas sonrisas de más. El conversador ingenioso, describiendo con gracia moderada el fin del mundo, parecía querer advertir algo importante, a saber, que el mundo es tan poco denso como el plumón que esconden los más embellecidos almohadones; advierte que ni siquiera esto es motivo de preocupación, pues lo que es irreal no merece, a fin de cuentas, un interés desesperado, de suerte que, en realidad, la realidad es nada, y nada importa nada, y la nada no deja sabor de boca a la postre. Lo fascinante de La Bruyère, Chamfort o Rivarol no es que caricaturicen a los personajes de su tiempo, sino que en el mismo parágrafo o a unas páginas de distancia puedan definir con seriedad y pulcritud el difuso principio que regula a ese carácter o a cualquier otro evento del enigma del mundo. Si se hace bien la conjugación –lo cual no es fácil–, adornar o alternar los problemas con bromas es un modo de endulzar el purgante, un modo de no perder la felicidad mientras se está prevenido contra su inconsistencia. La máxima y la anécdota de carácter son a veces dos modos de mostrar la misma verdad, ora en su abstracción general, ora en un ejemplo clarificador o, cuando menos, entretenido y despertador de interés. Como decía Goethe acerca de los agudos aforismos de Lichtenberg, “donde hace una broma, allí hay un problema oculto”.

Por otra parte, el ingenio no pretendía cambiar el curso ordinario de las cosas: tan sólo comprenderlas y obtener de ellas diversas perspectivas que hicieran de su visión algo más sensual y delicado a un tiempo. El hombre ilustrado -el que no estaba aún infectado de utopías demenciales- reconocía las imperfecciones de su raza y de su sistema, pero intuía que las costumbres habían permanecido en la humanidad por una aceptable economía del sufrimiento que no sería ofrecida por ninguna alternativa. El hombre refinado del Siglo de las Luces podía creerse el más connaisseur de entre los siglos, pero no caía en la arrogancia de creerse el que habría de abolirlo todo. No solamente el aristócrata que vivía a costa del trabajo ajeno, sino cualquier persona medianamente sensata sabía que recomenzar las leyes obligaría de nuevo al penoso ascenso hasta el cierre de todas las lagunas y contradicciones a las que se enfrentan los fundadores de una tribu.

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Se dirá que, por mucho que lo presentemos con resabios metafísicos, el testimonio ético que queda en las memorias, las cartas, las anécdotas o los epigramas es de una mordacidad que roza la crueldad y el cinismo. ¿Dónde queda, entonces, la virtud? Diría que lo que sucede en la cultura europea rococó es que casi todos admiten el juego. Del mismo modo que un jugador sano no se irrita por la avaricia de su contrincante en el ajedrez, tampoco la reputación herida duele tanto cuando casi todos la tienen en un estado más o menos similar. Pero eso no nos dice nada sobre la intención malévola del satírico. Sucede que, dejando a un lado que a menudo los nombres propios eran ocultados bajo siglas o pseudónimos, la crítica no tiene muchas veces contenido real, y solamente llega hasta donde sea imprescindible para desmontar con arte una idea al uso o preconcebida. En este sentido, las puyas y ridiculizaciones de aquellos gentilhombres y damas era, por lo general, de un tono más banal que las de los atenienses que dialogaban ridiculizando concepciones del cosmos o principios políticos. Aunque la acritud no podía dejar de estallar constantemente en la Europa de las pelucas, lo común era, a la luz de los textos, dejar a un lado a la persona y al ideario y cebarse únicamente con la capa externa: la función, el gesto, el atuendo. Aunque los más amargos, como por ejemplo Chamfort, incidan en el rechinamiento por afán de justicia o, muy al contrario, por perversión, rara vez se sentencia al acusado cuando se lo retrata en sus actos concretos, sino que se deja en suspenso el juicio, omitiendo cortésmente toda violencia. Digámoslo una vez más: la agudeza tenía para los directamente aludidos  la seriedad de un artificio de relojero en la forma y la inocencia de un juego en su fondo. Cosa distinta es lo que pueda apreciar un observador sutil, pues en lo más vano puede leer vanidades más profundas.

Como ejercicio del raciocinio, el arte de la respuesta aguda viene pintiparada. La retórica y la erística son las grandes materias por cuya abolición ha pagado el mundo educativo generaciones de mentes anodinas y anonadas, incapaces de disfrutar de cosas gratuitas como la tertulia si no van ensordecidas por artilugios, colisiones o viajes. Saber decir algo nuevo o decir algo viejo bajo un rostro de prestancia, contribuye, paradójicamente, a engrasar la salud intelectual. Es por ello que su cultivo encontraba su más legítimo entorno en la conversación y no en el papel: la frescura y la vivacidad de la reacción eran factores a tener en cuenta a la hora de valorar las intervenciones. Enmarcada en el caldo de los modales exquisitos, la ironía se esfuerza en no ser estruendosa, en no desentonar con tal de no causar un rechazo frontal en quienes, pese a todo, gozan de la fortuna de vivir. Hay que explicar, por lo demás, que el ingenio dieciochesco es racional pero no racionalista, porque admite el predominio de las pasiones y no en pocas ocasiones se enternece con ellas. Es cierto que la Teoría de los Afectos abre la posibilidad de concebir al hombre como a un autómata, de esencia idéntica a los que empezaban a construir Vaucanson o Pierre Jaquet-Droz. Es cierto que algunas sentencias lapidarias de los moralistas diseccionan impávidamente las semillas de funesto amor propio en cada pasión. Pero los sentidos expresan su voz igualmente si se los libera tanto de prejuicios religiosos como de cortapisas materialistas. A pesar de que Mme. de Deffand -la mujer más representativa de su tiempo, según Cioran- confesaba a su amiga la duquesa de Choiseul en una carta del 26 de mayo 1765 carecer de hondura para el sentimiento (“Vous avez bien de l’expérience, mais il vous en manque une que j’espèe que vous n’aurez jamais: c’est la privation du sentiment, avec la doleur de ne s’en pouvoir passer”) y a pesar de que Rivarol nos advierte que “la distraction tient à une grande passion où à une grande insensibilité”, es necesario ver que, en buena medida, fuera de la crueldad destructiva de los más perversos, el aire rococó estaba pintado con tiernos sentimientos, los sentimientos del pan de oro, los azules celestes y rosados cremosos y las esmeradas chinoiseries y los dorados mecanismos de relojería. El ácido no impedía que los iconos más embelesadores fuesen el idilio olímpico y los coros de bucólicas ninfas de Boucher y Fragonard. Se diría que la eliminación de toda sensación de rasgadura se había logrado durante el reinado de Luis XV. Como había sugerido Mme. de Sablé un siglo antes, “así nos vamos de la comedia con el corazón tan lleno de todas las bellezas y de todas las dulzuras del amor, y con el alma y el espíritu tan persuadidos de su inocencia, que estamos completamente preparados para recibir los mismos placeres y los mismos sacrificios que tan bien pintados se han visto en la comedia”. La burla sabia siempre es picadura compasiva, como la amonestación del hermano mayor, todavía niño él mismo, al hermano pequeño que comete una travesura más burda. Con Helvétius, creían que “para amar a los hombres hay que esperar de ellos poco; para ver sus defectos sin amargura, hay que acostumbrarse a perdonarles, sentir que la indulgencia es una justicia que la humanidad débil tiene el derecho de exigir de la sabiduría” (De l’esprit, 1.4). En los casos intermedios, una insensible indiferencia un tanto inerte, si impedía hacer con contundencia ningún bien, también impedía el mal intenso. En los peores casos, el esprit devenía persiflage, la guasa mundana, mero gusto por la victoria a través de la ridiculización, pero sin recurrir a otro tipo de violencia más seria o más duradera.

Pero, a pesar de nuestro elogio, no deja de ser siempre cierto que la ocurrencia importa menos que la piedad, y que la higiene de espíritu, con ser importante, vale de poco sin su grandeza. Sin ingenuidad no hay adoración, y, como dice Cioran, “una vez lúcidos, lo somos cada vez más: no existe medio alguno de escabullirse o de retroceder”. He ahí el problema de la lucidez sin reeducación de los apegos, he ahí el terrible sino de quien ve la inanidad en todo pero rechaza extraer la consecuencia necesaria de desbrozar su carácter. Eso es dejar la lucidez a medias, y nada más que eso conduce con mayor seguridad al desaliento que habría de ser el más evitable: el desaliento de los capaces. “Je suis né tué”, dice Chamfort que dijo Voltaire. Pero lo que ha de hacer el muerto en vida es renacer en el cosmos que lo rodea, amar al otro ya que ha aprendido a no amarse a sí mismo, y no lamer penosamente su propio cadáver según se descompone. El ingenioso de las Luces lo lamía, si se quiere ver así, de un modo más mesurado y precioso que los hijos extraviados de los románticos, pero, visto con el ojo espiritual, no deja de tener también un punto grotesco. Nuevas pérdidas requieren amores renovados más allá de las fronteras del exilio. Abrazar la decadencia supone en último término no haberla entendido por completo. O, dicho de otro modo: cuando uno se vuelve insensible al derrumbamiento, será la próxima víctima. Tan terrible como elocuente es que no causasen suficiente estupor sacerdotes ateos como Jean Meslier o Condillac, o la increíble fatuidad de un tal monsieur de Brissac, retratado por Chamfort, que se refería a Dios como “el gentilhombre de arriba”. También Chamfort destacaba el parentesco de la agudeza con la decadencia de una civilización demasiado incoherente: “En France, tout le monde paraît avoir de l’esprit, et la raison en est simple. Comme tout y est une suite de contradictions, la plus légère attention possible suffit pour les faire remarquer et rapprocher deux choses contradictoires. Cela fait des contrastes tout naturels, qui donnent à celui qui s’en avise l’air d’un homme qui a beaucoup d’esprit.”

Pero, volviendo al más agradable asunto de la ternura de la comedia de la que hablaba Mme., hay que reconocer que se trata, desde luego, de un asunto femenino. Y es que el suyo es un siglo de emoción femenina y de cavilación masculina, un siglo en el que los portadores más importantes de los apellidos Deffand, Choiseul, Genlis, Barry, Staël, Lespinasse o Pompadour no son los cabezas de familia, sino las mujeres que los adoptaron con el casamiento o con la filiación. La penetración de la ciencia y la dureza del hecho bruto, ocupaciones de varones que levantaban aplicaciones prácticas de la Razón, contrapean al dulce toque de la concesión relajada, del mantenimiento de una epicúrea ausencia de dolor, de un espíritu conciliador y de bienestar moderado y sostenido que cede al goteo de placeres controlados, de la piel ruborizada y de la armonía predecible de los violines concertados. Señala Helvétius que los pensadores del primer grupo “tratan de materias mas importantes y unen más verdades entre ellas” (De l’esprit, 4.3), por los que se les atribuye génie y no esprit, genio y no ingenio, pero habría que asumir igualmente que son los otros, los autores sapienciales, los que nos ofrecen máximas y ejemplos de qué conductas imitar o evitar de la mañana a la noche, pues es la imitación o su prevención, y sobre todo el lema sencillo y contundente, los únicos agentes que educan al vivir diario y al gobierno del corazón, como bien hemos aprendido de la historia de las religiones. La desgracia acaeció en ese mismo siglo cuando la ética y el juicio de los hombres pasaron a ser no más que géneros literarios y correspondencia entre aristócratas. Se perdió así la última oportunidad de guiar a los hombres en tanto que individuos libres; desde entonces han sido guiados como masas, como individuos esclavizados de sí mismos o no han sido guiados en absoluto.

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El siglo XVII fue algo más cristiano que el que lo sucedió, y en eso estriba la grandeza de sus cumbres espirituales, pero no logró el control de las fuerzas excesivas y contradictorias que el Renacimiento había desatado. En cambio, cien años después, parecía cumplirse el ideal humanista. El racionalismo, el sensualismo, el empirismo, el utilitarismo y la fisciocracia vinieron a la existencia como si buscasen compensarse entre sí hasta dar una suma de resultado cero. Se combinaban, así, el interés en la mecánica de las pasiones con la insistencia en aludir meramente al je ne sais quoi de tantos y tantos impulsos del espíritu y de la naturaleza. Y, tanto en la predictibilidad de ciertos sentimientos que tiempo atrás habían sido encumbrados al misterioso Olimpo como en la ignorancia última sobre el destino del alma y del Universo, se logró entre las personalidades cultas una gratitud plácida, igualmente sensitiva ante el milagro de lo razonable y de lo irrazonable, como la de sentir el viento bajo los pinos junto a un acantilado, entendiendo que las sensaciones mienten y no mienten, entendiendo que la realidad y su nada son tan hermosas como frágiles.

Esta anulación entre fuerzas del intelecto acaba en un escepticismo, sí, pero en un escepticismo que no renuncia por completo a las pasiones. Toma de ellas lo que de bon goût tienen heredado de las más depuradas costumbres. Dice Cioran que “ningún dios sobrevive a la sonrisa del ingenio, a la ligera duda; en cambio, la duda penetrante no espera otra cosa que negarse a sí misma, que mudarse en fervor”. En efecto, es la diferencia que se advierte entre un Pascal y un Vauvenargues. Sin embargo, también puede advertirse que el anonadamiento grácil del ilustrado –quien nunca pierde el pie de la realidad cotidiana y de las bellezas de su tradición almibarada– da en un cierto hartazgo de la reflexión fría y en un cierto deseo de retornar a la calidez de los sentimientos suaves, y de ahí la fe poética y suave de personajes como Voltaire, Rousseau o el más místico Louis-Claude de Saint-Martin, por no hablar de los masones. Todos los pensadores certeros del Siglo de las Luces que se mueven en torno a la condición humana son herederos del laconismo fulminante y anacoreta de La Rochefoucauld y del cristianismo resabiado de La Bruyère, uno de los autores que conocieron mayor número de espacios del el alma del hombre, desde su más trivial superficie hasta el núcleo de su corazón. Un culto literario al Ser Supremo, trasunto desleído del Principio neoplatónico o estoico, era la consecuencia lógica de quienes, no querido al comienzo menoscabar a la Iglesia por su utilidad y grandeza, optaban a nivel particular por un rango más restringido de la angustia religiosa. Con su optimismo habitual, sigue diciendo Cioran que “la ironía se deriva de un apetito de ingenuidad frustrado, insatisfecho, que, a la fuerza de fracasos, se agria y se envenena”, y que, nutrido de su propia vanidad, permanece sobre todo “preocupado por demostrar que nunca, ni siquiera en pleno furor, se deja engañar”. Sucede que esta actitud, formulada en Occidente con ligereza a menudo peligrosa –compruébese el actual estado de cosas–, no es exclusiva: la decepción ante toda rigidez es sutil enseñanza en los más profundos niveles de espiritualidades orientales. Las máximas de Mme. de Sablé o de Mme de la Sablière, elegantes devotas que llegaron a realizar retiros espirituales y que contaron siempre con directores de almas, son lo más parecido en los últimos tres siglos europeos al adiestramiento mental de las religiones asiáticas. El cuidado en la retórica es sin duda mucho más estilizado en los nietos de Grecia y Roma y mucho más intensa la práctica en los nietos de Buda, pero la necesidad manifiesta de sobrepasar las circunstancias, viles tiranas que nos atenazan con estertores, no difiere de la de los sabios del Pórtico o de la de los gimnosofistas.

Evidentemente, cosas distintas son la cumbre de los estudiosos moralistas de los sentidos y la mayoría de sensualistas comunes, y nada hay más diverso de la atención contemplativa que se abstiene de juzgar sus impresiones que el chismorreo miope y condicionado; hay diferencia de desarrollo espiritual en discernir un adulterio comprensivamente como lo que es –el simple deseo de dos cuerpos, la carencia de una tranquilidad de espíritu, el despiste de un corazón contradicho y poco educado, el torrente de efectos empujado por una causa indiscernible– y relatarlo con alegre cosquilleo o con saña inculpadora, jugando a los mismos vaivenes, sin dejar de salir de la red de valores confusos en el que el propio adulterio desvarió. Es por eso que Rivarol es más respetado que el chismorreo anotado por una condesa pueril. Sería también necio negar que el ingenio alimentaba la vanidad de los que le ofrecían un natural fértil. A fuerza de hablar ingeniosamente en torno al pecado, siquiera sea para condenarlo, se corre el riesgo de tomarle afecto, y es que nada resulta más fácil que encariñarse con aquello que se rodea de encanto, mucho menos si alimenta al mismo tiempo placer y amor propio. La amoralidad se desató en vicio, del que Restif de la Bretonne o el marqués de Sade son solamente dos muestras. La indolencia tenía que acabar en pornografía. Por otro lado, la falta de penetración metafísica y el amor propio contribuyeron a desencadenar la Revolución alentando a uno y a otro bando de distinta manera. Y a comienzos del siglo XIX, alguien preguntaba: “Qu’est-ce qui a fait la Révolution? C’est la vanité”; ese alguien fue el hombre que mejor supo aprovechar el desenlace, el mismo Napoleón Bonaparte, en una carta a Mme. de Rémusat. Tampoco se habría podido criticar eternamente al rey sin que al final calase en las multitudes la idea de que era una figura fácilmente sustituible. Como recordaría más tarde Joseph de Maistre acordándose del experimento filosófico que había concluido en la Revolución, ” ils ont mis à découvert les principes politiques, ils ont ouvert l’oeil de la foule sur des objets qu’elle ne s’était jamais avisée d’examiner, sans réfléchir qu’il y a des choses qu’on détruit en les montrant”. Por muy útil que sea para el espíritu el cuestionar finamente los fundamentos mundanos de la sociedad y de la moral, había que contar con que los caracteres ardorosos, no aplacados por la delicadeza del sentido de la costumbre, desconocedores de que retirar completamente un velo conlleva desvelo, serían incapaces de resistir la deducción más bruta de los nuevos silogismos desmitificadores. Hace al caso recordar las palabras de Eurípides: “Llevando a los ignorantes nuevos saberes, parecerás de natural inútil y no sabio; pero, en cambio, si eres considerado mejor a los que aparentan saber cosas complicadas, te revelarás como molesto a la ciudad” (Medea, 298-301). Nada más peligroso para el vigilante que ahorrar en medidas o en golpes de efecto, pues semejará un simple adorno. Pero se le atribuye a Mme. de Pompadour la frase que mejor revela la conciencia histórica de los ilustrados: “Après nous, le déluge”. Esa conciencia de estar alimentado nuestra caducidad inminente es algo raro que se dio entonces y que se da en los albores del nuevo y acaso último milenio, porque lo habitual es que la llegada del cataclismo sea tan paulatina que nadie reúna las fuerzas precisas para prepararse ante ella. Con todo, fue el pueblo el que pagó la peor parte, por haber echado a perder su último siglo íntegramente bello y, sobre todo, por haberse visto autorizado y aun alentado al egoísmo indisimulado, nuevo eje visible de todas las cosas, cuando de hecho ha de mantenerse en secreto la vileza de los poderosos para no envilecer a los súbditos, y hay que convencerse de que el altar contiene al ídolo para que la adoración surta efecto en el ánimo.

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Hay, pues, diversas y decisivas razones para rendir atención a ese cultivo del bel esprit que, hasta donde yo sé, sólo se cultivó hasta tal grado en el centro de Europa, desde el foco de irradiación de luz que fue el reino de Francia, el país que dio el sello al siglo del hombre.

Espero que, tras estas prolijas explicaciones, se entienda mejor el porqué del anecdotario que he abierto estos días y los retratos que he continuado coleccionando. Espero asimismo haber evitado, en fin, un clamor de indignación entre las legiones de seguidores que contaban con mi católica guía y que acaso me habrían conducido a un tribunal revolucionario por corrupción de las costumbres y por ideas legitimistas.

Se despide quedando a su disposición su atento y seguro servidor,

            Le Perpétrateur

[Música: F. d’Agincour, L’ingenieuse (Pièces de clavecin dédiées a la reine, 1733)]

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A. — J’ai fait comme les gens sages, quand ils font une sottise.
B. — Que font-ils ?
A. — Ils remettent la sagesse à une autre fois.

[A.- Hago como las gentes sabias cuando cometen una estupidez.
B.- ¿Qué hacen?
A.- Aplazan la sabiduría para otra vez.]

N. Chamfort, Petits Dialogues philosophiques

Savoir bien découvrir l’ intérieur d’ autrui et cacher le sien est une grande marque de supériorité d’ esprit.

[Saber descubrir el interior de otro y ocultar el propio es una gran marca de superioridad de espíritu.]

Mme. de Sablé, Maximes, 35

Une haute philosophie nous apprend à n’être pas trop philosophes.

[La alta filosofía nos enseña a no ser demasiado filósofos.]

J. Joubert, Pensées

Carl Schweninger Jr

A.- Echaba de menos vuestras injurias.
B.- ¿Y por qué eso?
A.- La picadura del mosquito reaviva la sangre.

*

Libertino.- Si Descartes hubiera sido descubierto en adulterio por su señora, habría argumentado que, puesto que había cometido ese pecado sin pensar, no estaba allí, porque no existía.
Moralista.- ¿Pretendéis demostrar algo con esa hipótesis?
Libertino.- Nada, salvo que la razón sigue al placer más que al revés.
Moralista.- La retaguardia es débil, pero es lo que más posibilidades tiene de sobrevivir cuando las primeras filas caen en batalla.

*

A.- ¿Pensáis que el duque de Orléans quisiera ser rey?
B.- Tanto lo desea que en nada importa que lo crea yo o no.

*

A.- Me debéis mucho dinero.
B.- Lo sé.
A.- ¿Y qué pensáis hacer al respecto?
B.- Puesto que vos me adeudáis el hecho de ser acreedor desde el mismo momento, siguiendo el orden de edades satisfaré mi deuda cuando vos hagáis lo propio con la vuestra.

*

El rey.- Decidme cómo podré gobernar mi reino preservándolo del desorden.
El filósofo.- Empezad asignándome una pensión. Después os indicaré los plazos de renovación del gobierno.
El rey.- ¿Plazos, decís? Yo no quisiera demorar las reformas.
El filósofo.- Majestad, las reformas correctas llevan su tiempo, no se puede forzar la naturaleza.
El rey.- ¿La naturaleza de los filósofos?
El filósofo.- ¿No sabéis que los más amados arcontes de Atenas eran filántropos?
El rey.- Me parece que queréis sacarme el dinero.
El filósofo.- No creáis que os pertenece enteramente. Toda vuestra gloria, incluidas las arcas, os vienen de lo Alto.
El rey.- ¡Ah, me confundís! Ayer erais ateo.
El filósofo.- De sabios es adoptar la mejor actitud para cada momento.
El rey.- Adoptad, pues, la mejor para el exilio.

*

A.- Aquella señora es de un carácter dulce en extremo.
B.- Ayer me decíais que no os interesaba.
A.- Y así es, como que a menudo llego tan ahíto de carne salada a los postres que me veo obligado a prescindir de ellos.

*

Augustine Hermine de Meester Obreen

A.- Puedo demostraros la existencia de Dios en sólo dos proposiciones.
B.- ¿Cuáles son?
A.- La primera os la acabo de enunciar.
B.- ¿Y la segunda?
C.- Os remito a la primera.

*

A.- Especulemos sobre la capacidad de superación del hombre imaginándonos en una isla desierta.
B.- Está bien. Veamos: ¿a cuál de vuestras amantes y a cuál de vuestros criados os llevaríais allí con vos?

*

Damón.- Dejad, Filis, que el Zéfiro esparza el calor de vuestro rubor a través del aire perfumado, mientras las abejas zumbadoras, centinelas de Flora, lo atraviesan en nombre de la primavera y yo me complazco tierno en adornar vuestros cabellos de oro con pétalos de color sangrante.
Filis.- ¿Y eso a qué precio?

*

A.- El pueblo quiere satisfacer su hambre.
B.- También yo. En vano llevo años ansiando probar la carne de ciervo húngaro.

*

A.- ¿Creéis que la Revolución era necesaria?
B.- Más bien pienso que la necesidad era revolucionaria.
A.- ¿Les dais, entonces, la razón?
B.- Más bien razono sus donaciones.
A.- ¿No os cansáis de decirlo todo así?
B.- Más bien diría que todo me cansa.
A.- O bien vuestro cansancio lo dice todo.
B.- Amigo mío, vais aprendiendo a filosofar.

*

A.- Acaba de morir el hijo de un amigo. Era un joven inútil y perezoso hasta lo indecible, de modo que no sé con qué frases de consuelo consolar al padre.
B.- Por lo que decís del fallecido, no se os ocurra aquello de “lo importante es que lo intentó”.

*

A.- ¿Confiáis más en Platón o en Aristóteles?
B.- No lo sé. Decidme: ¿quién de los dos es más allegado al rey?
A.- Me ponéis en un aprieto, pero diría que uno dirige su alma y el otro sus actos.
B.- ¿Y cuál hace una cosa y cuál la otra?
A.- Depende del día y de la gota.

*

Jean-Charles Meissonier

A.- Advierten algunos filósofos que el mundo acabará con una explosión del Sol.
B.- Al menos así sucedió, desde luego, con Francia.

*

A.- Me pregunto por qué algunos de los más ociosos cultivadores de los sentidos promueven las luces, atrayendo filósofos a su círculo.
B.- Es para darle un sabor renovado y exquisito a los momentos de oscuridad, posponiendo su llegada.

*

A.- Quisiera conocer a un hombre realmente virtuoso en este reino.
B.- Aquí me tenéis.
A.- Os burláis de mí.
B.- Vos habéis empezado.

*

A.- Hace tiempo que no me invitáis a vuestra morada.
B.- ¡Oh! Hace tiempo decidí ahorrarme complicaciones anunciado que las inteligencias siempre serían bienvenidas.
A.- No estoy seguro de si me insultáis o me elogiáis.
B.- Si sois inteligente, lo descubriréis solo.

*

A.- Busco un director de almas para mi hija. ¿Me podéis ayudar a encontrar uno?
B.- No lo sé. Depende de si queréis dirigirla hacia arriba o hacia abajo.

*

A.- ¿Recordáis a la hermana del juez?
B.- No, ciertamente.
A.- Es la que resultó ser hija de un obispo y que sobresalía en las tertulias mofándose del pueblo, que complació a medio Versalles y que yació con vos.
B.- Dadme más pistas, os lo ruego.

*

A.- Me dice vuestro párroco que apenas os confesáis.
B.- Al contrario. Confieso mis pecados a quienes sepan aprovecharlos.
A.- ¿Es que acaso tomáis la penitencia como una alianza o como un juego de ajedrez?
B.- Digamos que me agrada ejercitar el diálogo filosófico ilustrándolo con ejemplos.
A.- Sin duda alguna, debéis acudir al sacerdote, madame.

Genremaler 19.Jahrhundert Rokoko-Schachspieler

[Música: J.-M. Leclair, Sonata para violín y bajo continuo Op. 9 No. 4. II. Allegro.]

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People went to work and went to parties until they got the two pursuits confused and never noticed the difference. Whisky was oxygen, women were furniture, thinking was masochism.

J. Iams

Everywhere was the atmosphere of a long debauch that had to end; the orchestras played too fast, the stakes were too high at the gambling tables, the players were so empty, so tired, secretly hoping to vanish together into sleep and … maybe wake on a very distant morning and hear nothing, whatever, no shouting or crooning, find all things changed.”

M. Cowley, Exile’s Return: A Literary Odyssey of the 1920s

I have no patience with the modern neurotic girl who jazzes from morning to night, smokes like a chimney, and uses language which would make a billingsgate fishwoman blush!

A. Christie, The Murder on the Links

We in America today are nearer to the final triumph over poverty than ever before in the history of any land… we shall soon, with the help of God, be in sight of the day when poverty will be banished from this nation.

Candidato presidencial H. Hoover, Time, 20 August 1928

The business of America is business.

Presidente C. Coolidge, H. M. Robinson, Fantastic interim; a hindsight history of American manners, morals, and mistakes between Versailles and Pearl Harbor, NY, 1943, p.89.

These men of many nations must be taught American ways, the English language, and the right way to live.

H. Ford, citado en S. P. Huntington, Who Are We? The Challenges to America’s Identity, NY, 2004, p. 132.

Two waiters serve two steel workers lunch, on a girder high above New York City, 1930

El año 1901 brotaba en Asia la Rebelión de los Bóxers. Comenzaba así el último intento serio por parte de China de resistir la influencia occidental. Era en vano. Amanecía una época de poderío sustentado sobre los pilares de los nuevos valores frívolos y mercantiles que se extienden hasta hoy. La era de Edison y del ragtime no dejaría de seducir ni a una sola potencia extranjera, ni a una sola mente, ni a un solo cuerpo.

En cuanto a la estela de Edison, ya no se trataba del ingenio de salón del Siglo de las Luces, sino algo más concreto, más físico. Pero no del tipo ocasional de Vaucanson o de Jaquet-Droz, o de las linternas mágicas y los cosmoramas que dejaban meramente apuntadas las posibilidades de la técnica; con el siglo XX, el artilugio fue tomado por primera vez en serio, como algo extensible a todos, del modo en que la religión se había extendido hasta entonces. Igual que el cristianismo había planeado sobre pueblos blancos, árabes y mongoloides, la prole de las fábricas sabría hacerse querer por todos los rincones del planeta. Y en cuanto a la cultura en sí misma, ¿cómo podía no seducir de manera desmedida? La ligera sensualidad complaciente del ragtime o el foxtrot se introducía en el cuerpo. La sincopación y el acompañamiento stride, que alterna bajos y acordes a ritmo constante, parece apelar al instinto tribal de cada ser humano, instinto disfrazado ahora de gratas armonías de raigambre culta. África y Europa, pueblo y aristocracia, folclore incivilizado y romanticismo, todos los polos de la sensibilidad musical experimentan juntos en un contubernio de sensaciones que se inyectan directamente en el cuerpo. Es difícil no sentir un cierto vaivén en las extremidades cuando se inmiscuye este música en el cerebro. Así también se inmiscuyeron los nuevos géneros entre todas las clases sociales, géneros inclasificables, bautizado en 1913 con el jocoso nombre de “jazz” pero que abarcan desde la inocua light music de los blancos y el novelty rag de sus hijos más rebeldes, las bandas Dixieland, el brutal golpe de pie en el stomp… La música de esta era avanzaba hacia la sofisticación y la variedad con el mismo empuje con el que avanza en las criaturas que se exponen a ella, poseyéndolas.

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El mejor símbolo del primer tercio del siglo XX no es el sombrero de paja ni la boina de lana, ni la brillantina, ni el peinado corto de las mujeres, ni la trompeta con sordina harmon, de timbre tan nasal. El mejor símbolo de esta era es el rollo de pianola, un artefacto cilíndrico que desde el interior de los pianos apropiadamente habilitados reproducía una versión ornamentada y acelerada de alguna melodía de moda. El ritmo es mecánico, imparable, y la intensidad del toque carece de cualquier matiz. A menudo el pianista que lo grababa iba añadiendo nuevas manos que se superponían sobre la primera interpretación, de suerte que el resultado que se obtiene es una música intocable para un solo músico real, con cuatro manos que parecen querer engañar a quien escuche, como si la cualidad de la nueva música por sí misma permitiese multiplicar sonoridades cual nunca antes se le había ocurrido a los polvorientos compositores europeos. Las teclas se mueven solas, tocadas a distancia por la industria desde despachos neoyorquinos. Todo ello contribuye a una sensación de inhumanidad, de caja de diversiones diseñada por ingenieros, de chispas de gozo directamente inoculadas en los nervios del oyente. El sabor africano se percibe con claridad en la agradable repetición constante de estructuras a contratiempo, desfases polimétricos y disonancias percusivas. Se trata de un claro precedente de lo que la electrónica volvería a lograr –ahora con mucho más énfasis– a finales del mismo siglo, llenando pistas de baile al compás de máquinas sin personalidad. Pero, al mismo tiempo, las melodías de pianola y sus acompañamientos son sumamente amables, desenfadados, ocurrentes, nunca hirientes. De lo humano sólo preservan el disfrute más ingenuo y saltarín; las demás pasiones han sido elegantemente omitidas. Las pianolas fueron el primer contacto del gran público con la música doméstica, cuando los discos aún no habían introducido a orquestas enteras en casa, trayendo con ellas el chisporroteo ruidoso de las primeras grabaciones. Todo el mundo podía desde entonces permitirse un pianista invisible a su servicio, conciliando al fin el gusto de tener esclavos con la decencia de no someter a nadie. La pianola ofrece por vez primera a cualquier ciudadano la oportunidad de echarse ciegamente en los brazos de la tecnología para satisfacer la más inmediata sed de placer. Al mismo tiempo, la estridente música de los negros empieza a azuzar el lado picante del alma. Las bandas de vientos enloquecidos comienzan a introducir rips, efectos sucios, ruidos, palmas o gritos, como si en el nuevo mundo cupiera todo siempre que se lleva a cabo sonriendo y con el afán único de hacer sonreír. En el piano, nuevas sonoridades agresivas, imitaciones de la ensordecedora actividad de la ciudad, compiten con las vanguardias europeas en atrevimiento, como en el extremo Futuristic Rag de Rube Bloom.

American woman teaching English boys to dance the Charleston. Great Britain, 1925

Esta nueva humanidad se revela incluso en el slapstick. Si Chaplin era el fracasado de otra época, un payaso victoriano, heredero del gran arte del pasado, exiliado en un siglo que lo mira sólo con ternura, Buster Keaton representa mejor la nueva mirada del poder. Con la seriedad insobornable de sus facciones, Buster interpreta siempre a un americano extraño y extrañado, que hace divertir sin mostrar por su parte ninguna afectación, inexpresivo en su jocosidad, como la encantadora pianola. La suya es una alegría sin matices que no entraña mensaje alguno, salvo el de que la alegría es la única meta por la que merecería la pena lanzarse de un tren en marcha, escalar un rascacielos o enfrentarse a una banda de mafiosos. Por último, Harold Lloyd representa al ciudadano medio, con sus risas y sus dolores, luchando por hacerse un hueco en el nuevo imperio de la felicidad mercantil. Si Buster es el hombre visto desde la perspectiva de las nuevas fuerzas transformadoras, un autómata al que obstaculizar o satisfacer, Harold es el hombre visto por sí mismo, buscando seguir el paso a la arrolladora actualidad. En todo caso, como el cinematógrafo, dicha actualidad avanza sobreexcitada, a 24 fotogramas por segundo, más rápida que la realidad de antaño. La comedia de golpes y meteduras de pata, de artimañas y malentendidos, surgida de los más barriobajeros teatros de variedades, seduce hasta a los más pudientes, como el jazz de los burdeles conquista en los guateques a las hijas de las últimas señoras nacidas en el XIX. Como en los tiempos de Menandro, las risas se vuelven inocentes porque ni quieren ni pueden cuestionar el curso de los acontecimientos, y por ello se contentan con esquemas trillados, con personajes típicos que aspiran a la gran dicha, consistente en hacerse con la chica, recuperar el dinero, sortear a los malhechores o a los suegros. El gracejo sureño de Bebe Daniels, la pizpireta sonrisa de Mildred Davies o la dulce ingenuidad de Jobyna Ralston demostraban que también las mujeres podían obtenerlo todo; la promiscuidad de las actrices de Hollywood no era distinta de las de las antiguas artistas ambulantes y de los teatros de variedades, con la salvedad de que ahora se las premiaba con mansiones, lujo y fama internacional; a pesar de lo cual, todavía se dudaba de si convenía que les fuera permitido votar.

Girls in a car, April 1925

La vida era, en fin, una fiesta de helados de crema, orquestas Dixieland, coqueteos y chistes descarados. Da la sensación que en un lustro se repartirán hasta entre los más miserables todas las delicias que la Ilustración no pudo siquiera formular en una centuria. Pero incluso el esforzado americano medio tiene momentos de venirse abajo, momentos en los que quiere poner fin a su vida; pues bien: ni aun entonces logra el personaje salir de un círculo de vida divertida, siendo frustrado en su intento de suicidio una y otra vez, lo cual sucede a Harold en Haunted Spooks o en Never Weaken, como si la realidad toda no dejase otra posibilidad material más que la de beberse la existencia a lo grande, en copas gigantes de champagne, incluso en la mayor tragedia aparente. Y, sin embargo, aunque pocos lo notasen, la gente seguía muriendo, sufriendo y llorando, tras bastidores de realidad que daban a quien supiese verlo señales de que bajo la pintura asomaba un desconche fatal.

Los años veinte: la última década en que la felicidad colectiva no parecía a casi nadie una promesa absurda. Al fin se anuncia que el sueño del hombre se ha conseguido, al fin puede entregarse a un sinfín de ráfagas de sensualidad sin pagar ningún precio por ello. Las risas copan los cines, el pataleo las salas de baile, el alcohol los estómagos urbanitas y pueblerinos, y numerosos inventos enloquecidos permiten ahora patinar por las calles, conducir una bicicleta entre cinco personas o volar por los aires en la parque de atracciones. Ricos y pobres se premian mutuamente con orquestas vivarachas, con danzas demenciales y con automóviles veloces. Un reparto comunista de la posibilidad de entrar a jugar en el frenesí del capital. Todos los experimentos de las dos décadas anteriores, ya sea en música o cine, toman forma definitiva, forma artística y eficaz a partes iguales en virtud de la experimentación, del dinero y del amor desmedido por la vida. Pero no sólo es época de consolidación: el surrealismo y el futurismo se plantean que quizá incluso los sueños y las máquinas puedan aportar unas razón y una belleza que, a pesar de ser despampanante –o precisamente por eso–, pueda ser integrada en el nuevo mundo, en amalgama con todo lo demás. Por lo demás, el expresionismo alemán fue una excentricidad de los nórdicos que buscaban la fórmula que conjugase su sentimentalismo romántico con una ebriedad de medios que parecía inutilizarlo, una mera curiosidad en el devenir entusiasta de Occidente. Mientras tanto, entre Rusia y Mongolia el Ejército Blanco empeña la vida de miles de hombres en preservar lo que se pueda de un mundo tradicional exangüe. Como se vería luego, tanto la resistencia de unos como la euforia de otros se pagarían caras.

fiesta

Flotan en el aire de las calles y en las pianolas de los blancos melodías sencillas como Ramona, Tea for two, Ain’t she sweet? y el fervoroso soniquete que en 1923 cambiaría el modo de bailar de varias generaciones y que daría nombre a un género en sí mismo: Charleston. Y los novelty rags sacuden los pianos de los más vanguardistas compositores, esta vez nacidos del pueblo llano, cuando no en suburbios: el ya mencionado Bloom, Zez Confrey, Roy Bargy, Phil Ohman, George Cobb, Ferdie Grofé, Arthur Schutt, Billy Mayerl o el propio Gershwin. Estos hombres compaginan su labor de musicastros a sueldo de brillantes orquestas con una labor trepidante de creación de texturas tan poderosas como las de Stravinsky pero mil veces más agradables. Escuchando Kitten on The Keys, Pianoflage, Piano Pan o Fingerbreaker se entiende inmediatamente cómo el gusto por el delirio se conjugaba con la diversión más frívola. Bañados en chorros de alcohol y cafeína al alimón, las aceleradas mentes y los acelerados corazones se combinan en productos apabullantes, destinados a estimular cada facultad humana capaz de gozar.

Pero treinta años de prodigios crecientes tenían que colapsar en su propia ruina. La última época de grandes esperanzas desde los tiempos de la Ilustración había de durar mucho menos que ésta. Un deseo constante de agrandarse y de empoderar al hombre acabó empoderando a los grandes monopolios y a los grandes tiranos. El lunes negro de Wall Street y los totalitarismos euroasiáticos señalan el fin de fiesta. A partir de entonces, la llegada de la década siguiente y, con ella, la desilusión. Los nuevos elementos con los que bailar serían pobreza, represión, guerra, abstinencia de alcohol y del desenfreno sexual. El cine sonoro mostraría un ritmo más cansado, privado de la cháchara silenciosa de los filmes anteriores. ¿Quién había necesitado palabras cuando los cuerpos decían todo lo que otros cuerpos necesitaban saber? ¿A quién se le ocurrió introducir canciones en las películas, si antes toda la película era una gran sinfonía popular, acompañada como estaba con orquestas o pianos? Las palabras llegaron para estropear las cosas. Llegaron los tiempos de las guerras civiles y la propagación del comunismo revolucionario.

Harold Lloyd with Bebe Daniels circa 1919 ** I.V.

La década de las maravillas, la última década en la que el encanto merecía ser tenido en consideración porque brillaba a más no poder, esa década se fue para siempre. Lo que vino en lustros posteriores no fueron sino los sucesivos intentos de restaurar la cumbre abandonada. Todo el poder seductor que contenían los años treinta, cuarenta y cincuenta se lo debían a las rentas del primer tercio de siglo, y es, por ende, comprensible que la degradación fuera paulatina hasta la inanidad presente. Las melodías de Frankie Carle en los años previos a la Segunda Guerra Mundial serían el dulce destilado y aguachinado de su primera juventud, y la industria cine relajaba la marcha para que las pantallas y los ojos no  estallasen. No es causalidad que la mayoría de los standards de jazz provengan de esa época, la época que se encargó de compactar las estructuras arquetípicas que toda la cultura posterior se entrentendría en descimentar. No es casualidad tampoco que cada vez haya más movimientos nostálgicos populares que cada vez se retrotraen más, siguiendo el hilo conductor del swing, que sólo puede conducir al momento en que se creó. Todavía estamos inmersos en los éxitos y en las maldiciones del momento del gran Gatsby; todavía disfrutamos sus hallazgos, y ahora también sabemos que nos traerán la destrucción. Quien de verdad quiera conocer su capacidad de resistencia a las tentaciones de la modernidad, póngase a prueba con el momento en que la modernidad parecía funcionar casi a la perfección. En efecto, aquel tiempo el único en que realmente parecía buena idea conducir un automóvil, asistir al teatro de moda, conocer las novedades gramofónicas o ser americano. Sea como sea, la efervescencia no puede durar, según su propia definición. La creencia de que la actividad desmedida podría permitirse la ausencia del espíritu llevó a que éste no estuviera ya presente cuando se lo necesitaba de nuevo. Sin conocer ya los fundamentos de la religión, el hombre blanco decidió huir hacia adelante, deseando que en algún momento se restaurase la magia de la edad dorada. Y aunque dentro de cuatro años volverá entre nosotros una década de los veinte, la magia no volverá. Hay intersecciones en la Historia que sugieren un esplendor engañoso, porque no deben sus glorias sólo a sus propios méritos, sino a encontrarse como culminación a una época cálida y virgen, dejando a un lado el alivio relajado de salir de una guerra mundial. El primer tercio del siglo XX venía asentado sobre un automóvil de eficiencia, de formas cuajadas y de sensualidad, y pudo permitirse agitarse al son del charleston hasta aflojar todas las tuercas tan perfectamente remachadas al fin. En los años veinte se despreció por primera vez a la generación de los mayores; la juventud era la única fuerza importante, y la liberación de los instintos no deberían tener consecuencias. Nuestros propios abuelos pudieron ser un día los jóvenes que nos acostumbraron a renegar de los abuelos. Pero los pactos con el caos siempre traen consecuencias. El reverso oscuro de la técnica, las pasiones, los cuerpos y el dinero que se sortearon hasta la caída bursátil del 29 reinan a sus anchas hoy día. Son, de hecho lo único que tenemos: los locos años de entreguerras se comieron todo el postre sin pensar en sus nietos. No hemos dejado de rodar en un rollo de piano desvencijado, con sus muescas agrietadas, percutiendo cuerdas desafinadas sin tino ni conciencia. Nosotros somos la caricatura demente de los bailarines de foxtrot. Somos el anciano atónito y penosamente acicalado que todavía pretende continuar la fiesta, una fiesta que se prolongó durante lustros y en la que, se dice, todos fueron enteramente felices.

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[La primera música es un rollo de pianola de la canción You’re The Cream in My Coffee, grabado por Gene Kerwin en 1928. La segunda es una grabación que en 1931 hicieran Jack Hylton y su orquesta de Life is Just A Bowl of Cherries. La siguiente es el famoso Livery Stable Blues, que a pesar de su título y de incluir sonidos de animales no tiene ningún interés vegetariano o antiespecista, en la versión reciente de Dan Levinson y la Roof Garden Jass Band, emulando la celebrada grabación de la Original Dixieland Jazz Band de 1917. A continuación suena Try and Play It de 1922, uno de los delirantes piano novelties de Phil Ohman, con la ornamentación exuberante de Ferderick Hodges. Cierra el ciclo la melancólica canción My Blue Heaven en la voz de 1927 del que quizá sea el primer cooner: Gene Austin.]

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También legisló Pitágoras la abstinencia de los seres animados, entre otras razones, porque también este hábito proporciona la paz.

Jámblico, Vida pitagórica, 30 (186)

 

¿Cómo no considerar ostentosa una cena en la que muere un ser animado?

Plutarco, Sobre comer carne, 2.3

 

I am sometimes asked, “Why do you spend so much of your time and money in talking about kindness to animals, when there is so much cruelty to men?” And I answer, “We are working at the roots”.

[A veces me preguntan: “¿Por qué gastas tanto tiempo y dinero en hablar sobre el respeto a los animales cuando hay tanta crueldad hacia los hombres?”. Y yo respondo: “Estamos trabajando en las raíces”].

G. Thorndike Angell, Autobiographical sketches and personal recollections (Appendix: The new order of mercy; or crime and its prevention, p. 32)

 

Οὐχὶ πέντε στρουθία πωλεῖται ἀσσαρίων δύο; Καὶ ἓν ἐξ αὐτῶν οὐκ ἔστιν ἐπιλελησμένον ἐνώπιον τοῦ θεοῦ.

[¿No se venden cinco gorrioncillos por dos monedas? Tampoco uno solo de ellos es olvidado ante Dios.]

Lc 12.6

 

διόπερ εἰ βρῶμα σκανδαλίζει τὸν ἀδελφόν μου, οὐ μὴ φάγω κρέα εἰς τὸν αἰῶνα, ἵνα μὴ τὸν ἀδελφόν μου σκανδαλίσω.

[Por lo cual, si la comida le es a mi hermano ocasión de caer, no comeré carne jamás, para no poner tropiezo a mi hermano].

1 Cor 8.13

 

Aquel que, para lograr su propia felicidad, hiere a otros seres, no experimentará sino dolor en el futuro.

Dhammapada, 10.3

[Música: de nuevo un romance castellano, el Romance de la loba parda, también en la voz de Joaquín Díaz. Refleja con meridiana claridad cómo la aparente fiereza inicial de la bestia cede ante la del hombre, quien se sirve de los despojos de su enemiga no ya por hambre, sino por cubrir necesidades menos preocupantes.]

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En nombre de la raza humana os pido perdón, criaturas, por tener que soportar esta plaga implacable que asedia vuestras parsimoniosas costumbres. El expolio de vuestros territorios, al que nunca habéis restringido el paso, la inocencia de vuestra carne devorada, el límite de vuestra resistencia sobrepujada por todas las torturas inimaginables… Todo nos lo debéis a nosotros, a nosotros, los elegidos para alumbrar este universo con nuestros entendimiento y virtud. Junto a los hombres, haber nacido con demasiado pelo, con plumas o con escamas, puede suponer delicias de comodidad y caricias, o puede suponer la tristeza de morir sin ver el sol y el desgarramiento de todas las entrañas. Hasta el más inocente de entre los seres racionales hemos vejado vuestra existencia, no por devoraros, sino por no jugar limpio, no en el terreno del bosque, no en las colinas donde huir o luchar es todavía un motivo del afán de vivir, sino en nuestras prisiones de cemento enloquecedor, en la asepsia del frío metal cubierto de excrementos acumulados por la imposibilidad del movimiento. Si haber aplastado decenas de hormigas y haber tratado mal a insectos y pequeños mamíferos durante la infancia ya es una carga que muchas almas deberemos purificar a lo largo de nuestras privilegiadas vidas, ¿qué no diremos de la crueldad pasiva del comensal que por sensibilidad evita mirar el proceso que desencadena su hábito? ¿Qué diremos del goce de una carne que fue violada, seccionada viva, por verdugos inmisericordes y a menudo sádicos? Sin duda alguna, si pusierais rostro a los demonios, acertaríais eligiendo rostros humanos.

La crueldad sin fin con que os maldecimos no es cosa de hoy, pero se ha agravado en la medida en que la razón y la eficiencia ganaban espacio tanto a la mirada inocente sobre la naturaleza virgen como a la superstición y el temor de los dioses. Ya no os reconocemos como los mensajeros de los cielos, en el vuelo de las sabias aves ya no leemos las disposiciones del Destino, ya hemos perdido la grandeza de percibir grandeza en lo pequeño. Y así, sois aplastados sin miramientos, sois privados de las crías a las que no habéis visto ni una sola vez tras parirlas, sois abiertos en canal entre paredes chorreadas de sangre, sois carne de paciencia y terror sobre los cadáveres de vuestros hermanos, envueltos entre el olor del miedo sudoroso y de las vísceras.

Aunque no fuerais la encarnación de almas previas que pagan ahora sus errores pasados, aunque no conformásemos todos una rueda en la que la ciega diosa Fortuna o Yama, el Señor de la Muerte, nos van trasladando de reino en reino, aun así nada nos autoriza a soportar que soportéis el desquiciamiento al que se os somete; basta saber que tenéis ojos y oídos y un corazón que palpita más rápidamente ante la inminencia de dolores y muertes, o que evitáis siempre que podéis, como nosotros, el fuego ardiente y el filo penetrante del cuchillo. Pero si además sucediese que recogéis, como dicen los filósofos y los gimnosofistas, el relevo de un viaje entre eones y mundos, entonces hemos de protegeros no sólo por vosotros, sino por el bien de quien os tortura, pues ellos serían los siguientes en pasar por tan exigente pago. Quizá no seáis sino los torturadores de otros tiempos: tan demente espiral de sinsentido ha de ser detenida de una vez por todas. No importa quién comenzó esta cadena, porque la cadena nos aprisiona a todos, y merecemos su rompimiento incondicional.

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Todo lo que pueda decir en unas pocas palabras es poco. Todo lo que no sea llorar retorciéndose por los suelos es no comprender la magnitud del holocausto que se produce a cada hora en cada rincón de este tenebroso planeta. El número de lentas mutilaciones de miembros vivos y de gargantas desangradas y cráneos agrietados todavía sensibles, suma millones cada día. Terrible se aparece el porvenir: a más bocas humanas, acaso aun más ignorantes y concupiscibles, más brutal se irá volviendo la brutalidad que os ha tocado recibir y que ya sobrepasa cualquier definición al uso. Ante eso, todo problema humano suena ridículo, capricho de débil, estupidez de tiranos. No podría ya tomarme en serio la queja de nadie que pueda caminar libremente por donde desee o que al menos disfrute de una prisión confortable. Pero aún habremos de oír mucho de esos problemas y mucha indignada defensa de intereses propios… mientras vuestros cuerpos se contraen estupefactos ante un cúmulo de sensaciones que la naturaleza no previno cuando os dotó de sensibilidad.

No sé qué más añadir. No sé cómo salir airoso con un ribete dialéctico ante el espectáculo de la destrucción total. He sido vencido en mis palabras porque la realidad ha vencido a todo lo que habría de haber de piadoso en la mano del hombre. Simplemente os mando un voto de compasión y renuevo en mi cuerpo la proscripción de la carne. Mientras pueda evitarlo, seguiré sin transformar vuestros cuerpos en el mío, y con ello transformaré con más ahínco mi alma en las vuestras. Y os pido avergonzado perdón por las excepciones, por las omisiones, por los olvidos. Se os acusa de irracionales mientras que otros nos llamamos racionales por hacer uso de la razón únicamente cuando secunda a nuestros apetitos ávidos. Y porque vosotras no sois criaturas irracionales más que mediante la tortura que se os inflige -auténtica materialización del infierno que se auguraba para otros mundos-, que embrutece el escaso pero legítimo raciocinio que se os concedió en tiempos sin origen.

Que podáis liberaros del sufrimiento y de las causas del sufrimiento. Que vuestra liberación sea rápida, y que entretanto vuestras vidas sean cortas e indoloras si es que se os ofrece como miserable alternativa el peso de todo lo insufrible. Descansad en paz pronto, hermanas bestias, de vuestros más que bestiales amos.

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[Música: A. Lotti, Crucifixus a 8]

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