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Archive for the ‘Impresiones de viajes posibles’ Category

Viva nihil dixi, quae sic modo mortua canto.

[“Nada dije estando viva, yo que ahora muerta canto así”.]

Sinfosio, Aenigmata 20, refiriéndose a la tortuga, cuyo caparazón servía de caja de resonancia para la lira antigua.

Cuando mi copa está vacía, me resigno a su vaciedad; pero cuando está a la mitad, me duele que no esté llena.

K. Gibran, Arena y espuma (1926)

Fuig-ne de la terra immoble,
fuig dels horitzons mesquins:
sempre al mar, al gran mar noble;
sempre, sempre mar endins.
Fora terres, fora platja,
oblida’t de ton regrés:
no s’acaba el teu viatge,
no s’acabarà mai més.

[“Huye de la tierra inmóvil,
huye de los horizontes mezquinos:
siempre al mar, al gran mar noble;
siempre, siempre mar adentro.
Fuera tierras, fuera playa,
olvídate de tu regreso:
no se acaba tu viaje,
no se acabará nunca más.”]

J. Maragall, Excèlsior (1895)

A todos los seres. A todos y cada uno de ellos. 

Yo reposaba y soñaba que me encontraba frente a todas las naciones, todos los tiempos, todas las razas. Y, tras estos y otros velos, dormían latentes como embriones las criaturas unidas en su sensibilidad. Apartaba yo a las naciones, los tiempos, las razas, para, libre de obstáculos y perspectivas vidriosas, aproximarme al fin a los individuos en su rostro más simple, y admiré su expresión doliente. Una colección de fantasmas me pareció aquella visión, pues las almas, aturdidas por estertores del sinsentido, se mecían lúgubremente, como niñas aun vírgenes y maltratadas las unas, como dementes sin remedio las otras. Una lágrima se deslizó por mi mejilla hasta caer sobre mis manos y lubricarlas: así pude ungir con óleos de mi sangre a mis nuevos amigos, todos los que alguna vez suspiraron, al roce de caricias que yo mismo descubría sorprendido mientras las impartía como alimento en eucaristía. Quise decir cosas bellas y benevolentes, motivaciones para náufragos, azucenas para esclavos…. pero me olvidé del lenguaje, y tuve que recurrir a fórmulas mágicas heredadas de épocas de prudente fermento. Las sílabas del mantra fluían de mi boca como los meandros de una melodía de violín y llevaban sus colores simbólicos a las membranas de todos los seres hasta hacerlas partícipes de la resonancia compasiva que todo lo templa.

Entonces los cuerpos y las almas empezaron a brillar, y corolas de luz descendían desde los sonidos nacidos de la estirpe de mi aliento. Se fueron coloreando entonces a distinto ritmo y en innumerables colores, cada uno según su predisposición y sus posibilidades, desde los tonos más tenues hasta el blancor más puro, propio de los arios. Y las guirnaldas ensortijadas de mis fórmulas aprovechaban con delicadeza los interesticios entre las ilusorias fronteras de las criaturas y se iban enroscando en torno a todos. Una nueva vestimenta de plegaria y luz unía finalmente a las cosas como las vajillas de oro se acoplan por un mismo manto protector que las envuelve. Cumplida la promesa de los profetas, se fundió la derecha con la izquierda, lo alto con lo bajo, y el sufrimiento se repartió ecuánimamente hasta diluirse y pasar a formar parte de la historia atávica del tejido, como los anillos en el tronco milenario de los árboles o como los rasguños que permanece en los huesos soldados tras duras batallas. El cielo se hizo mundo y los seres me revelaron que no hablaba yo con nadie, pues nadie había que no fuera yo mismo. No encontré, pues, Unidad, pues aquélla aún puede desmembrarse: antes bien llegamos todos a la conclusión de que nada, ni siquiera la Unidad última, sufriría menoscabo alguno cuando el Tiempo dejase a la Vida reinar sobre sí misma, vaciándose de la falsa creencia en la solidez. Y en un abrazo sin substancia hicimos perecer dulcemente a los accidentes del universo. Quedó, flotando o lo que pueda parecerse a flotar, un beso sin labio, un recuerdo sin memoria, un amor sin corazón, un triunfo sin triunfador, un único partícipe de la esencia sin que quedase una esencia para ser señalada.

Desde entonces me quedé con el orbe entre mis brazos, como el que sostiene a un niño recién nacido. Lo llevaba a que el sol irradiase suavemente su blanca y delicada piel; lo posaba sobre mi pecho a la hora de dormir, dejando que el latido de mi corazón acompasase sus sueños; le recitaba oraciones antiguas de protección; lo separaba del frío con mi única y desplumada ala pero lo bastante amplia como para darle por unos instantes la sensación del hogar. En cada beso quise transmitirle un acto; en cada acto, una nueva visión de la existencia; en cada visión, una penetración del Infinito. Y en la respiración de todos los personajes se fueron diluyendo los personajes de la sagrada comedia, y en el paso del viento, que acariciaba mientras se llevaba todas las nociones, creí ver que en nuestro más íntimo ser no deseamos nada para nosotros mismos, aunque pocos lo confiesen.

Yo soñaba en estas cosas hasta que me desperté con el sabor agrio que deja el sueño cuando encontramos que nos ha trasladado misteriosamente de posición durante su transcurso. Una tristeza por lo insatisfactorio que es todo lo que no sea obtención de la totalidad me dejó postrado en el lecho más tiempo del necesario. Las ortigas del pensamiento irritaron mi corazón cuando desgrané la insuficiencia de los actos consumados y por consumar, como queriendo dejar que el desaliento me atenazase para eximirme de responsabilidades. Deposité el cetro en el suelo y me senté en un rincón a rememorar cada paso de mi aspiración, en un deseo de poder señalar más tarde, reconociéndolos, los colores que había imaginado según me los hubieron presentado los genios de otros mundos. Muchas de esas tonalidades, ¡ay!, las tengo olvidadas para siempre: el viaje no había hallado las cumbres de Shambhala. Pero al menos aprendí aliviado que el sufrimiento de los seres, algún día, será librado de sí mismo, sea por medios sublimes o brutales, sea en la Iluminación o en la Conflagración universal; y tal día el Todo cantará su canción de merecido silencio, un silencio de clamor obedecido, un silencio atronador como la Naturaleza sin principio, ni final, ni carácter sagrado ni mundano.

*

[Música: Michele Stratico, Concierto para violín en Sol menor. II. Grave. Stratico, alumno de Tartini, es un buen ejemplo del cosmopolitismo de su siglo y una muestra del vínculo entre Oriente y Occidente: compositor de la Zadar veneciana, hoy croata, provenía de una familia de origen cretense, aunque su formación musical es eminentemente paduana.]

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When all has been said, the adventure of the sun is the great natural drama by which we live, and not to have joy in it and awe of it, not to share it, is to close a dull door on nature’s sustaining and poetic spirit.

H. Beston, The Outermost House, 1928 (reed. 1992),  p.60

Es grato conocer más profundamente las interioridades secretas del espacioso universo, observar de qué forma gobierna y genera los seres vivos con sus constelaciones, y contarlo en versos con el acompañamiento musical de Febo.

Manilio, Astronomica, I

 

Las penas y las vaquitas
se van por la misma senda.
Las penas son de nosotros,
las vaquitas son ajenas.

Atahualpa Yupanqui, El arriero

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Por circunstancias demasiado prosaicas como para ser reseñadas aquí, me vi el otro día en el municipio de El Boalo, en la Cuenca del Guadarrama, no lejos de Colmenar Viejo, provincia de Madrid. Quedándome una hermosa tarde libre tras el cumplimiento de mis gestiones, decidí aprovechar la coyuntura y pasear un rato por las inmediaciones. Las montañas imponían, el sol reposaba en un cielo ni veraniego ni otoñal, los matorrales pajizos doraban el suelo que pisaba, y el tintineo de las campanas de las vacas me llamaba. Nunca pensé que un garbeo tan inocente me depararía aún tantas informaciones interesantes. Nunca pensé que en tamaña soledad me sintiese tan equilibrado, tan observador atento y tan receptivo a los sutiles mensajes del universo.

En primer lugar, retomando el espíritu desenfadado que, a pesar de mi devenir y de mis lecturas, nunca he perdido, me vi sonriendo a una cantidad de pequeñísimos saltamontes que brotaban de entre mis piernas, como si quisieran disparar mi ánimo con sus zancadas y lográndolo. Y yo, sin ningún ánimo agresivo, solamente para conocerlos mejor y para poner a prueba mis desarmados instintos, quise agarrar alguno cuidadosamente para soltarlo poco después. Pero tuve que comprobar que he olvidado cómo hacerlo: una de mis aficiones más expertas de mis veranos infantiles ha sido barrida íntegramente por décadas de ciudad. Quizá ahora temo mucho más hacerles daño, y por eso no lancé mis manos con brusquedad en ningún momento. Incapaz de hacerme entender por mis escurridizos amigos, he tenido que asumir con pesadumbre cómo me he alejado de la psicología animal; antaño la conocía lo suficiente como para calcular con mayor precisión cuándo el saltamontes estaba presto a brincar, y ahora todo lo que veo es una serie de espasmos repeliendo a mis manos denodadamente. Luego, como para consolarme, he pensado que otros (pastores y hombres de campo) conocen mucho mejor a las alimañas que yo, pero desconocen su dignidad, y quizá por eso las tratan más de cerca incluso aunque suponga infligirles dolor. Quizá yo no sea ya capaz de cautivar temporalmente al saltamontes porque ahora lo venero de un modo que antes no entendía. En cada toma de conciencia se gana mansedumbre y se pierde juventud.

A continuación, a los pocos pasos, mis pies han tropezado con unos huesos. Estaban semienterrados, como si una tormenta los hubiese arropado con fango ahora ya reseco: alguna pieza suelta y, luego, tres o cuatro en orden, el orden de una espina dorsal. He ido desmontando vértebras y he tenido la sensación de estar ante una osamenta humana, descoyuntada entre mis manos por vez primera. Finalmente he rechazado la idea porque el tamaño de las piezas habría correspondido al de un niño (el fémur era muy pequeño), y dudo que un cadáver humano, infantil para colmo, quedase impunemente al descubierto en un campo tan cercano al pueblo. Supongo que serán de alguna res, de algún mastín o incluso algún jabalí. Pero he comprendido lo similares que eran esos huesos a los que, bajo un manto de carne, los sujetaban. Rememorando el adagio budista, he comprendido que lo que me sujeta en pie es de la misma naturaleza que esos restos blancuzcos, agrietados y ligeros; he comprobado mediante el tacto la vanidad humana, la caducidad de nuestros recursos y su semejanza con los de otros seres animados. Parecían de un material cálcico similar al de una piedra pómez. Me he dicho: “De los pliegues blandos que cubrían objetos así han surgido la música, la escritura, las edificaciones, los imperios y los disparates con los que ahora quiere nuestra raza conquistar el cielo, el suelo y el mar”. Después, con un impulso entre macabro y ritual, he procedido a percutirlos entre sí: surge un sonido hueco, muy parecido al de los claves de madera, totalmente inexpresivo, pero agradable a su modo. A continuación lo percuto contra la roca: misma inexpresividad. Roca y hombre no se diferencian ya llegados a este punto. Disfruto de la música más igualitaria durante algunos segundos más. Lanzo de nuevo a tierra las estructuras de mis hermanos y prosigo mi paseo de desengaños.

Finalmente, como una última etapa, he dado con una finca habitada por ganado, casi al pie de la montaña. Numerosas vacas estaban apostadas en quieta asamblea. No hay cosa que desconozcan más que la prisa. He deducido que había de ambos sexos cuando ocasionalmente un ejemplar intentaba montar a otro; en eso, en mordisquear hierbajos y en otear pasaban su tiempo. En las orejas portaban el sello anaranjado que las identificaba como propiedad de un hombre. Ahí ha empezado mi lástima. Debo decir que me parecían animales felices, si bien no parecían demasiado alimentados, a juzgar por el costillar que se marcaba en algunos de ellos. Sus vidas tal vez sean todo lo buenas que permiten los tiempos a criaturas de su raza en casi cualquier parte del mundo, incluida Europa; la mayoría de sus congéneres vivos no han visto nunca la luz del sol. Pero seguramente cada una de ellas morirá arrastrada en una sala oscura, sin ventilación ni alma, al paso de un cuchillo que los desangre lentamente. El instante del cese de su felicidad vendrá marcado únicamente por la decisión de un individuo bípedo que las atesora como a monedas de colección que un día habrá que empeñar. Son propiedades ante cualquier tribunal, y eso permite imaginar sobre ellas cualquiera de los peores destinos a los que pueda ser sometido un ser vivo. Al verme tras el muro de piedras, las vacas sospechan y me miran fijamente a la espera de mis movimientos. No perciben mi compasión o yo no la emito con suficiente fuerza. El perro que las vigila me ladra sin cesar, sin que por ello se atreva a acercárseme: sin ningún amor hacia ellas, aquel centinela cree compartir la custodia del rebaño, y no deja de sorprenderme lo astuto que es el hombre para lograr transmitirle a un pequeño cánido el perverso sentimiento de propiedad, tan ajeno a los seres salvajes. Cuando me aúpo sobre una roca del muro, las vacas se giran y se alejan a todo correr. Me entristece, pero también me alegra que su contacto con el hombre les haya enseñado alguna lección. Dudo de si me rehúyen por verme como a un desconocido o, precisamente, por ser demasiado parecido al animal que acaso las corre a garrotazos de tanto en tanto. Quiero pensar que simplemente no entienden mi mente, como yo no entiendo la suya. Porque, en efecto, su conducta parsimoniosa me parece arcaica, de otro ciclo cósmico. Más que a otra especie, me recuerdan a una tribu humana particular de la que no sé nada, con reglas en las que no veo regularidad, sobre asociaciones y jerarquías que nunca descubriría desde fuera. En señal de respeto, me he alejado, no sin desearles una larga vida que puedan invertir en los mansos eventos que más las convenzan, sean cuales sean. Durante unos instantes, si no fuese por el remache anaranjado de sus orejas, clara indicación de ser objetos destinados al despedazamiento o a la simple sumisión arbitraria de un comerciante, casi habría deseado ser una vaca.

En todo el paseo no me he encontrado con otro ser humano, y yo mismo no me he reconocido como tal en ciertos momentos. Temo haber matado a unas cuantas hormigas y demás insectos en el conjunto de mis miles de pasos, pero siempre serán menos que los que mato por el mero hecho de vivir en la ciudad en la que llegué a la vida o en otra similar. Existir supone reducir la existencia de otros; la corrección moral viene determinada por la motivación y por el cuidado en moderar este hecho. Al menos me he librado de hacer ninguna fotografía, que a veces es casi como disecar a la naturaleza, casi una falta de respeto al sagrario que es una montaña y una especie de cédula que libera a nuestras conciencias de la obligación de preservarla.

Regreso al pueblo apoyado sobre largas ramas secas, muy ligeras, y me deshago de ellas arrojándolas lejos en el momento en que piso un desaliñado asfalto. Se acabó el saltar de roca en roca, se acabo el pararse a oler el romero, a mirar los bichos que corretean abajo. De vuelta a la ciudad, todo se me hace absurdo. ¿Cuántas lecciones no seguiría aprendiendo cada día si en el plazo de apenas una hora ya puedo reencontrarme con mi humanidad, mi animalidad y mi condición de ser aprisionado? El croar de una rana me podría haber revelado misterios que ahora no intuyo, los grillos me habrían acunado con ritmos etéreos que inducen al trance, y las estrellas por fin se manifestarían en un esplendor que vedan a los urbanitas, ahítos de luz eléctrica, cortina de soles intergalácticos. Pero también es cierto que de todo se aprende lección si se dispone de la mente pronta para ello, y no oculto que, también en el caos de la modernidad, cada hecho dispara en mi entendimiento numerosas ideas asociadas, numerosos motivos de contemplación religiosa y numerosos vínculos con la Ley eterna que hace rotar a los mundos. Un corto viernes en el campo me ha reafirmado que para filosofar adecuadamente no hay más que corroborar cómo la naturaleza se imbrica con nuestros átomos como las raíces del árbol en lo subterráneo, enlazándonos en una misma cosa simple y enigmática al mismo tiempo. A pocas millas de la ficción del siglo, a una hora y media de nuestros barracones de nueva gleba, la abertura a todo lo que cabe dentro de nosotros se revela diáfana, como manantial de verdades y de intuiciones ancestrales e inacabables.

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[Música: F. Poulenc, Concert Champêtre. II. Andante.]

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Tal el poder divino que engendró el mundo y trabó las siete zonas del orbe hábilmente creado, insuflándolas de una armonía total, tal era Febo cuando, satisecho con la muerte del dragón, agitando el pecho creó doctas canciones.

Bucolica Einsidlensia I 32-34

El paladín entró esforzado en la fragua de Amor. Dirimió allí paradojas doctrinales, controló su respiración acompasándola a las oleadas de las corrientes, gesticuló según lo establecido por el antiguo rito, se santiguó apropiadamente. Realizados los preliminares, dirigiéndose a altar, habló así al habitante del sagrario:

“Oh Grial, cáliz del Pleroma, purifica el aura que arrastro contaminada por los sinsabores del siglo. Permite que las estrellas no me confundan cuando, obedeciéndolas, decida el rumbo de mi navegación. Empapa de lucidez mi entendimiento para que cada acto se vea respaldado por la razón universal. Hazme amigo de los sabios y de leyes milenarias, inscritas en sentencioso bronce. Proporcióname la comprensión de las conductas de reinos ya desaparecidos y no dejes que se me aparezcan como monstruosos intentos fallidos de una humanidad por venir. Déjame trabajar la gnosis, distinguiendo como corresponde a las Tres Emanaciones y la naturaleza velada del Principio Supremo. Señala con áureo timbre a los santos y enviados de la Verdad, para que pueda honrarlos y ofrecerles cobijo y laudas. Dame el don de lenguas, para que ningún himno litúrgico me sea ajeno. Irrígame de la pócima de la beatitud, para que todo acontecer se me haga fluido y suave como el aceite que viaja entre los dedos y se escurre con somnolienta gravedad. Prosigue con tu dispensa de dolores, pues toda prueba que me llega me ajusta la cota de malla y me endereza la cabeza, atenta al mundo. Pero por encima de todo nútreme de tu amorosa sangre, identifícame contigo, con el Alto Cielo, con la médula de la materia y las raíces del Espíritu. Pórtame en tu nombre, en tu destino. Dondequiera me conduzcan tus caballos, allí iré yo, unido a tu posición, arriba o abajo, contracorriente o a favor de los vientos, ubicuo, amado por el vaivén de la eternidad”.

Habiendo hablado así, una nube de tonalidad violácea envolvió al paladín, que no se resistió al abrazo. Antes bien, una sonrisa amaneció en su rostro, presa de una calma propia de elefantes y plácidas criaturas extintas de amplio torso. Sus ojos, cerrados con la confianza de una doncella en el tálamo nupcial, ya no veían nada fuera de sí. La víctima mística rindió su sacrificio penetrando en el peregrino, tomando el imperio de las funciones de sus órganos, y así se ocupó en adelante de gestionar su respiración, su mirada y su habla. El vago recuerdo de una lira punteó el instante desde algún rincón: la música recibió al orante, y en una sola armonía se subsumieron las identidades presentes.

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[Música: Scriabin, Sinfonía No. 1 Op. 26. I. Andante.]

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No debemos sólo amar, sino ser, como Dios, nosotros mismos el amor.

Angelus Silesius, El peregrino querúbico, I, 71

Hubo un germen que se propaga sin tiempo ni compás. Surgió del último chakra, y me hizo creer en la luz que no muere. Lo seguí a través de los bosques y las montañas, a través de de los mares, que anegan ejércitos, a través del desierto, tumba de intrépidos. Vibrante, me llevaba de aquí para allá, revoloteando como luciérnaga despistada, oscilando al ritmo de los latidos de mi yo. Su titilar me recordaba al lucero de la mañana, pero su cualidad era la de la esmeralda pulida o la de la beatitud del sabio iluminado. Adoptando la forma de una corona, se dejó ceñir por mi sien. Y viéndome ataviado con indumentarias preciosas, me ofrecí a la humanidad para mostrar y expandir la realeza.

Ese germen desafía toda geometría, aniquila todo concepto, burla toda mezquindad. Sí, se propaga sin tiempo ni compás, doblando los pliegues de la sucesión de acontecimientos. Fue, es y será. Refulge en la noche invitando a que lo amen. Las criaturas noctámbulas obedecen, hipnotizadas por el trance del viaje astral, alentadas por las deidades que adoptan formas animales. Te está convocando, ¡oh iluso!, pues eres para él un espejo divino en el que reflejarse una vez más, en todas direcciones, con todos los atributos de la dulce serenidad sin edad.

THOMAS J. ABERCROMBIE 2

[Música: John Tavener, Dhyana]

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¿Será, entonces, que pertenezco a los cielos?
¿Por qué, si no, persistirían los cielos
en clavar en mí su azul mirada,
instándome a mí y a mi mente a subir
cada vez más, a penetrar en la bóveda celeste,
tirando de mí sin cesar hacia unas alturas
muy por encima de los hombres?

Yukio Mishima, Ícaro

¿Por qué busca la esclavitud, cuando podría ser un dios? […] Hay animales que aúllan cuando oyen música. Estas gentes bien educadas, por el contrario, reían cuando se hablaba de belleza de espíritu y de juventud del corazón.

Hölderlin, Hiperión, I

Son muchos los suelos que intentan asir al discípulo de Ícaro. Mucha la miseria material que pugna por hacerle olvidar el funcionamiento de sus alas. Muchos los humos de vulgaridad que desprenden las industrias eficientes y avasalladoras, espesando el aire y entenebreciendo la blancura del que se siente ave.

Pero hay corazones protegidos por una urna irrompible: se trata de la ley interior. Esa ley es la Ley del universo, y no es exclusiva de cada individuo a pesar de las apariencias: los nobles participan de una nobleza común, paradoja donde las haya. Aquel que ama la Pureza, la Belleza, el Orden y al mismo Amor, permaneciendo fiel a esas pulsiones intempestivas, aquel es una entelequia, un ser que se acaba a sí mismo, un hombre. El fuerte no es el que renuncia a la rosa mística por mor de un trasiego moderado e  interminable sobre el asfalto. Muy al contrario, fuerte es el que renuncia a todo lo que sea necesario con tal de preservar incólume a la rosa, el cáliz del Ser.

No os hagáis cínicos, no ironicéis con vuestro ser. Antes bien sed hieráticos como faraones, e incluso si es necesario sembraos de vendavales, de tormentas y de exilios, y cicatrizad las heridas las veces que haga falta. Nunca asumáis las frustraciones como centro gravitatorio al que tienden las cosas, pues si las cosas caen no es menos cierto que los huracanes las levantan si son ligeras. No entornéis los ojos: mirad al frente como el soldado valiente ante el pelotón de ejecución. No os vendáis por accesorios, no os conforméis con el desamor tolerante. Si hacéis algo de todo eso, más os valdría no haber nacido o marchar rápido de este mundo. No es cosa fácil la lealtad, es por ello que fue tan estimada por los hombres verdaderos, casi todos ellos en horas antiguas. El precio es alto, pero la recompensa es mayor. Ver el mundo con la altura de un águila, gozar de las beatitudes de una conciencia insobornable, reposada en lo alto del Conocimiento. No a otra cosa se refería Hamlet con su ya tan manoseado dilema. No otra cosa esperan aniquilar por completo los mezquinos, los militantes de las ridículas causas, los mercaderes ansiosos, los de alma tullida, los que se regodean en su llagas llamándose víctimas, los de sensibilidad de caucho, los indignos poderosos de hoy que eran los descastados de ayer.

Ícaro no cayó si no cae quien asuma el mito. Pues la esencia de un mito es su atemporalidad, su pervivencia y desarrollo en el interior de cada hombre. Salva a Ícaro, tú que puedes puesto que puedes pensarlo. Si ves el cráneo del héroe despeñándose por la ladera, es porque lo abandonaste.

[Música: G. Pierné, Cydalisse et le chèvre-pied, I (introduction)]

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Nadie me habla de este pájaro que canta dentro de mí.

Kabir (ss. XV-XVI), XXX; versión de R. Tagore

Se acerca el día en que todos los elixires serán brindados, al son de un dulce aire de danza. Los cíclopes, arrepentidos de sus ofensas, rendirán pleitesía a los buenos tesoros, y la caza  dará paso a la comunión. Los profetas mostrarán todas sus cartas. Complacido, mostraré gratitud a todos por todo. El vino, destilado de viñedos aéreos, será la catarsis del paladar que se haya educado en otros mundos. El cambio de estación traerá coronas de jazmines, que abrigarán a los pobres de espíritu.

Tras la danza, me recostaré en el prado recordando hazañas futuras. El Pleroma respirará hondo, y yo me regocijaré en la corriente ventosa que vendrá como providencial consecuencia. El amor será el balance de todas las cuentas: los cayados verdecerán con un musgo artístico, pujantes hasta la euforia. Mis deudas estarán saldadas; mi identidad, desdibujada. El ánfora de todos los deseos se romperá en mil pedazos, dejando que los suspiros se confundan con la eternidad, donde sólo reinará lo que debe reinar.

[Música: Kalinnikov, Sinfonía No. 1 (II. Andante)]

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Como resido en distantes mundos
cada fiesta me trae los recuerdos más intensos.
Sólo falto yo en la altura, en la escalada
que mis hermanos coronan.

Wang Wei (s. VIII)

Que cada pulsión que empuja a cada ser sea una llamada de Eros. Que cada mirada interesada no sea en interés propio, sino la en representación diplomática del Cosmos entero, acodado en la punta de iceberg que es un individuo. Que cada cosa que atrapa mi atención te deshaga en un enamoramiento. Que todo se te haga hermoso porque el humor vítreo de tus ojos resplandece como diamantes babilónicos.

Reconoce de una vez por todas, tú que dices sufrir tanto, el raro privilegio que es estremecerse por orgasmos de belleza en cada esquina. Sobrepasar esa fase es adentrarse en la sociedad de los místicos. Reiterar tales éxtasis es trascender las miserias de la cárcel dimensional que llaman “mundo”.

No es lo mismo dejarse llevar por los sentidos que reventarlos por el estupor y la hipnosis, dejándolos boquiabiertos como ante un viaje metafísico. Sin lugar para las reivindicaciones ni los proyectos, la entelequia florece devastando todo egoísmo. Ajeno a toda posesión, el cuerpo iluminado se reconoce canal y no finalidad. ¿Qué importa las miradas que te enfrentan con la inquietud de estar ante una bestia? Tú te reconoces como uno de los legados de la Conciencia, y por eso transmutas la extrañeza en un ambiente cálido, del mismo modo que el animal mima y da sentido a los tejidos de su piel.

¡Oh, herida dorada al margen del siglo! Bailas en corro con las estrellas fugaces de todas las épocas, orbitando en rededor de todos los soles, como duendes drogados por la esencia secreta de los heliotropos. Y tu presente se desvanece, porque no te reconoces en tu forma condicionada. Te sabes un retazo de brisa cósmica, una captación ubicua de Belleza, canto a esa sístole centrípeta que la raza humana venera bajo el vocablo “amor”. Tienes larga vida, perito de los Hondos Principios.

[Música: F. Schreker, Vorspiel zu einem Drama]

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