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Archive for the ‘Impresiones de viajes posibles’ Category

Zenón el estoico dice que la tierra surgió como sedimento a partir de lo húmedo, y que en tercer lugar nació el amor, con lo cual secluye el verso transmitido.

Escolios a la «Teogonía» de Hesíodo 117 (SVF I 105); trad. A. Cappelletti.

 

Your virtue is my privilege: for that
It is not night when I do see your face.

[Tu virtud es mi dispensa: por ello
no es noche cuando veo tu rostro.]

W. Shakespeare, Midsummer Night’s Dream 2.2

 

 

A mi otro yo, que respira en todo aquel ser que respire.

 

Tras eones de irrecusable caudal, he llegado hasta ti. Tras ruedas de renacimientos precipitadas sobre las laderas de eternidades que acaso nunca sepamos descifrar, he llegado hasta ti. Con bagaje de cien mil comienzos, sobre atracciones y repulsiones prolongadas durante las vidas de muchos dioses, en una desnudez golpeada por metamorfosis sin cuento, aquí he llegado, ante ti. Una ignorancia supina de todo mi abolengo no me impide reconocer atisbos de orígenes -ignoro si ilusorios- de los que no me quiero enorgullecer pero que me hermanan con todas las hermandades posibles. Me veo reflejado en la misma danza de los elementos que orquesta a los vientos, a los mirlos, a las guerras y a los dictámenes de los astrónomos. Tengo el sabor del verso, del mercurio y del azufre, de la doncella y de su horrendo violador, del martillo y del trébol, del santo que no regresa, de la mirada que se nutre de fenómenos, de la conciencia que procura retirarles los antifaces.

Y te observo a ti, reflejo sobre el vidrio de la esfera del Todo, esmeralda hallada entre bosque de anonadados rubíes, naufragio entre veleros, y te descubro: también tú has recorrido los mismos paisajes. También tú te has apeado en los mismos caladeros, en los mismos enigmas, en las mismas transmigraciones, en las mismas galaxias; te has retorcido en parejas amarguras, en simétricos tejidos de víscera y sangre enamorada. Y al verte me animo a imitarte y a ser imitado en lo bueno, y lo bueno no es sino lo que hace que las partículas del calor metafísico y la buena fe, y el hidrógeno y los neutrinos que circulan entre nuestros seres, brillen de nuevo, transparentando estructura y materia, y no de otro modo entiendo la virtud.

Lo reconozco: nada hay más común entre rapsodas que referirse a la arcilla o mármol común de los que el estilete demiúrgico rescató las formas. Pero, por ser común, es también un rasgo más de ese idéntico barro edénico que nos late dentro, un recuerdo más del instante primigenio cuya melodía tarareamos con más o menos acertada afinación. Sí, amigos, recordemos -aunque sólo sea una vez más antes del pequeño desastre que nos cortará el aliento durante algunos centenares de milenios- ese instante en que fuimos amasados a partir de un polvo estelar que tal vez no fue sino una posada en un viaje sin origen, una morada a la que regresaremos un día para hallar algo más de dicha, algo más de sabiduría, o para proseguir en un flujo sin fin, como el llanto de un cíclope cósmico, o como el estanque circular sobre el que flota un pensativo cisne inmortal.

Allí, de uno u otro modo, nos reencontraremos. Y nos sonreiremos, no con menor ternura que dos elfos saludándose en un sueño de una noche de verano.

 

[Música: Final de la música incidental que en su Op. 61 compuso F. Mendelssohn para Midsummer Night’s Dream de Shakespeare (aquí el libreto completo). Entre sus últimas palabras, Puck da el consejo tradicional y feérico de tomar por tejido de sueño todo lo que suscite ofensa: “If we shadows have offended, / think but this, / and all is mended, / that you have but slumber’d here / while these visions did appear”.]

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Vio a los pinos jóvenes, que parecían sonreír dorados de sol, y a los amigos-discípulos alborozados, como si bebiesen jugos de una vida poderosa, que era la suya… Por la noche hizo abdicación de su mando y señorío: bajó al patio y besó el tronco muerto.

G. Miró, Parábola del pino

… y acabó por salir al campo, siguiendo la orilla del río, lentamente, con la vista fija en aquella alquería azul que nunca había llamado su atención y ahora le parecía la más hermosa del dilatado paraíso de naranjos.

V. Blasco Ibáñez, Entre naranjos I 3

Així mateix també tenen,
alguna altra cosa bona,
xim pum dali dali dali trum trum,
alguna altra cosa bona.

Sa cosa no vos la dic,
però ja hi deveu pensar-hi,
xim pum dali dali dali trum trum,
però ja hi deveu pensar-hi.

Anàrem a Sant Miquel (canción popular ibicenca)

No suelo pensar en la tierra sobre la que se depositó mi cuerpo por primera vez, a medio kilómetro del mar. Respiraba mi madre la brisa marina en aquel entonces, y esa brisa fue la primera que respiré yo, y así siguió la cosa hasta mi primera juventud. Y, sin saber muy bien por qué, aunque rastreo mi genealogía en los cuatro puntos cardinales de la península, siempre me habría descrito como el castellano que no soy, cuando no como el francés o el ruso que jamás podré ser. Algo he renegado de una patria que, creía, no concertaba con mi espíritu. Pero caigo a veces en que debió de ser un privilegio sentirse de aquí cuando había un aquí que no violentaba los sentidos, cuando reinaba la placidez en las huertas, la abeja en el matorral y los cantos en los hombres que echaban las redes desde los veleros. No se trata esta vez de una fantasía embellecida sobre motivos azarosos del pasado: no todos los lugares reúnen el mismo equilibrio entre sus fuerzas, no en todos los lugares uno podría pasear y adormecerse dulcemente durante meses bajo el arropamiento del suave clima, no en todos los lugares quedan ancianos que confirman mi sospecha. No hay motivo alguno para sentir orgullo, pero sí cierta gratitud y cierta lástima a partes iguales. A pesar de la dureza de toda vida popular, a pesar del drama humano, idéntico en todos los paisanos del planeta, no menos cierto es una afortunada dulzura de vivir se propicia en ciertas geografías y siglos. Uno no elige donde nace, pero sí elige no caer en el desprecio ni al terruño propio ni al ajeno, así como aprovechar las virtudes de allí donde se florece. Tener raíces -unas raíces plácidas- no salva a nadie, pero hace las cosas más fáciles para gozar de un corazón servido y natural. Y una corriente de pensamientos me llegan desde remotos antepasados, tan árabes como reconquistadores catalanes, tan emigrados judíos como indiscernibles romanos, mientras contemplo en tonalidad azul lo más parecido al infinito que pueda verse desde aquí, desde uno de los últimos porches antiguos que por estos pueblos asoman directamente sobre el romper de las olas.

Incontables siglos llevan los flujos de Levante lamiendo estas arenas y rocas, como queriendo trasladarnos los sabores de aquellos mundos, hermanos y lejanos a un tiempo, en que héroes y dioses fundaban reinos y adoraban a las fuerzas de las profundidades. Envueltos llegan en el sabor del salitre, y apenas distinguimos sus venerables procedencias, indolentes como están nuestros sentidos por el frescor del alficoz, el néctar áureo de la oliva o el candor ruborizado de la buganvilla, secuestrada de insólitos continentes. De entre las palmeras incuestionables, vigías de los horizontes, avaras en dátil, distingo una pareja de ardillas, amadas entre sí, sabiamente afincadas junto al océano, al que nunca osarán adentrarse. Más temerarias sobrevuelan tierra y agua las gaviotas y sus secuaces –deslucidos cormoranes–, a la caza de la anchoa veloz o de la oprimida quisquilla. Los gatos se orean cimbreándose en las faldas del ufano peñón a la espera de dádivas humanas, mientras ya nadie recuerda todos los amores que debieron de declararse por estos rincones entre palafreneros y tejedoras, entre pescadores y comadronas, antes de que ningún joven de la comarca supiese ponerlos por escrito. Cierto es que este paisaje tiene una sequedad enjuta, yerta en la primera legua de costa, esterilizada por el yodo: los floripondios carecen del poder de geranios adustos y fragantes romeros. Pero se diría que el hombre se acondiciona con perfección a este clima en el cual, a pesar de gratos aromas y tímidos verdores, uno no puede huir de sí mismo, a cambio de no habérselas con demasiados peligros y de respirar nardo y jazmín en las noches; allí donde el reino vegetal pugna con el desierto no hay ni exuberante entretenimiento ni amenazas considerables, fuera de rarísimos alacranes, algunos mosquitos más y hedonistas de nuevo cuño. Es un mundo sencillo. No rondan ni el misterio ni refinamientos cortesanos: la luz lo inunda todo con vigor, llamando a las cosas por su nombre. Es por ello también una escuela para ánimos atribulados, un gimnasio para el alma demasiado sensible, enrarecida por conversaciones inútiles; ofrece motivos a la indolencia sin motivos. No hay aquí grandes filosofías ni repensados versos: la cumbre de la sapiencia pasa por el refranero, y aun, intuyo, es visto a menudo como excesivo. Algo de risa ruidosa, dichos breves e interjecciones, percusivas dulzainas y otros vientos, la sombra de las parras y el rumor del oleaje cumplen tales funciones y la maridan siempre con el placer, mejor o peor según los casos y los días. Si se desea concertar el alma con este suelo, sobre él hay que pensar descalzo o en espardenyes. Ése es su privilegio y su límite.

Desde rocas similares a ésta en la que me encuentro, en jónicas lejanías, entregó la divina Safo su cuerpo a las nereidas. Desde peñones como aquel otro tantearon los argonautas los primeros pasos de sus epopeyas, y allí también sacrificarían venados vencidos por congraciarse con los intemperantes dioses de los reinos azules, bien celestes, bien marinos. A lugares como éste arribaron primerizos los helenos y, prendados del genio comercial de fenicios y cartagineses, llamaron Ἂκρα Λευκῆ, la “Ciudadela Blanca”, a ese asentamiento de Amílcar Barca en tiempos de la primera guerra púnica.  Pero es, ante todo, un mundo más atávico que el de Homero o Apolonio de Rodas, un mundo en el que ya había hombres y mujeres trabajando los elementos mucho antes de que hubiese poetas penando de amores sin rociar de callos sus manos, antes de que los dioses impartiesen leyes y trazados de líneas rectas al levantamiento de muros. Oigo de boca de un hombre que llegó a ver allí otro régimen de costumbres retratos de oficios ya extintos. Imagino, arrullado por su nostalgia, al portador de sal que en carromatos llevaba sus pequeños diamantes desde las salinas de Calpe, punteadas todavía hoy por el rosáceo de floridos flamencos, hasta las calles de Benissa, Teulada, Dénia, Xàbia, Alcalalí o Pedreguer, entretenidas en sus caspellets, en su sang amb ceba, su borreta de melva, su mullador de pelleta, o su cocido de pulpo, mientras reciben alegremente a las viandas las mujeres bajo los arcos de los riuraus, al son de canciones populares alicantinas. Imagino jóvenes mozos intercambiando sacos con las hortalizas de sus padres, en el terreno franco entre la Punta de Moraira y el Cap de la Nao: desciende la naranja hacia la comarca de la Marina Alta, y ascienden tomate e hinojo hacia Gandía y la noble Valencia, reino sin rey. Y, tras los trabajos de siglos, salazones y caldoso arroz, trufado de ñoras, cubren las mesas encabezadas por los ancianos, que aún distinguen en su deteriorada visión la línea separadora entre océano y firmamento, aquella línea en la que, por voluntad de Nereo, Anfítrite o el Cristo de los Sudores, perdieron a un hermano pescador cuando apenas apuntaba barba, por más que colgaba a su cuello una medalla de la Virgen del Carmen, protectora de los pescadores, media centuria atrás, sin que el olvido imponga su completa cicatrización. No es, sin embargo, un mar conocido por sus bravuconadas en sus primeras leguas; cercado como una balsa, respetuoso incluso con los niños, los diversos reinos que lo rodean y beben de él -en especial el balear, centinela de Occidente- se contrarrestan entre sí amainando en lo posible huracanes y naufragios. E igual que apaciguan el agua con tierras, lo propio hacen esos reinos en el alma con el comercio y el trato frecuente. Rara vez se protesta contra el poder, o se hace con demasiada guasa, con escasa capacidad para el trabajoso rencor, teniendo como se tiene el consuelo del campo y la soleada playa, y hasta el idioma ha tomado sin violencia algunos rasgos de Castilla. Aquí es tan templado el aire como el agua y los caracteres.

A este oleaje prudente y cristalino que apenas conozco, raramente violento y de cuyos hijos los peces no sabría distinguir por su aspecto más de dos nombres, llegó mi sangre un día y se asentó antes de que los cristianos estableciesen sus últimas fronteras. Aquí mis ancestros, a buen seguro, labraron y vendimiaron, cantaron y bailaron, amaron y oraron, envidiaron y se mataron, navegaron y se ahogaron, reposaron y olieron el mensaje de los pinos. Aquí la lluvia se negó a dejarse ver por recelo hacia las brisas que se enseñorean en estas playas y cabos, y que transportan brotes de la tierra hacia el infinito piélago, y que recuerdan una vez más la vigencia de algas extranjeras sobre las rocas, contra las que se chocan como pretendiendo conquistar la península mediante una erosión mil veces milenaria. Aunque las rocas permanecen, todo es ya muy distinto. Poco se va oyendo la lengua valenciana que hablo con penosa torpeza por más que me la enseñasen desde niño y de la que solamente unos poquísimos ancianos son incapaces de conjugar con la lengua dominante, indiferentemente ajenos a la imposición castellana, atesorando palabras inútiles que apuntan a instrumentos, alimentos y oficios ya olvidados, concebidos en eras arábigas que habrán de regresar. Ni siquiera es acento ibérico el que más melodiosamente se explaya: forasteros del norte y del sur se han instalado atraídos por la centralidad de las condiciones locales. Murallas de construcciones prometeicas separan la primera línea de costa de todo lo que haya detrás, dividiendo a la naturaleza con sucio dinero, soez espatarre veraniego e insolente basura. Sí, todo es muy distinto en el litoral por el que asomó la civilización hace muchas, muchísimas lunas, y decidió quedarse aletargada en las calles de los pueblos, bañada por el bienamado sol y por el caldo mediterráneo, merendando junto a las chicharras, con poca prisa, sin codiciar nada porque nada más se puede obtener de la tierra, los cielos o los mares. Me pregunto adónde habrá viajado ahora la civilización, abandonadas ya estas tierras al ritmo de otros afanes menos sabios.

[Música: El primer número, sacado de un disco de L’Escola de Danses de Xàtiva, es un ejemplo atávico de folclore valenciano: una cançó de batre, un canto de trabajo vinculado a la actividad de batir para separar en cereales y legumbres las partes comestibles de las pellofes y tavelles, cascarillas y vainas. En segundo lugar suenan unas boleres, con un sabor panhispánico pero con letra valenciana y marcadamente prosaica, en la voz de una mujer que, desconozco por qué, me resulta gratamente familiar, una vez más junto a L’Escola de Danses de Xàtiva, y sospecho que con algunos castellanismos de más. La tercera música es la socarrona Cançó de la llum -originada en eventos reales acaecidos en Bèlgida, en la Vall d’Albaida, donde el alcalde se quedó con el dinero destinado a instalar luz en el pueblo, estableciendo dudoso precedente de la actualidad– a manos del grupo folclórico Al tall, con voces masculinas y melodía de dolçaina. La cuarta canción es Anàrem a Sant Miquel, cuyas últimas estrofas cité al comienzo y en la cual una señora ofrece desposar a sus hijas con los visitantes; no desentona aquí una canción ibicenca (presentada por el grupo folclórico menorquín Es bastió de s’illa), teniendo en cuenta que es la misma cultura y que, además, muchos mallorquines repoblaron las comarcas de la Marina Alta y la Safor en 1609, tras la necesidad que de ellos hubo tras la expulsión de los moriscos, y por lo cual permanecen costumbres, gastronomía y expresiones similares entre las islas y estas tierras. La siguiente canción, que recopila en nueva música fragmentos rescatados de temática similar, es de la misma agrupación: Bolero de Mussuptà. La última de las músicas es un buen equivalente de las marinas de Sorolla: la encantadora Sonatina playera para piano de Óscar Esplá, compositor alicantino de quien, casualmente, pasado mañana se celebra el nacimiento.]

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Renunciando a la violencia hacia todos los seres vivos,
no dañando ni a uno, no desearás descendencia,
así que mucho menos un compañero.
Vaga en soledad
como un rinoceronte.

Khaggavisāṇa-sutta 1

Wiltu den Perlethau der edlen Gottheit fangen
So mustu unverrukt an seiner Menschheit hangen.

[Si quieres recibir el rocío de perlas de la noble divinidad,
debes apegarte, inamovible, a su humanidad.]

A. Silesius, El peregino querúbico 1.121

Nada se explica, nada se prueba, todo se ve.

E. M. Cioran, El ocaso del pensamiento, p. 191

Purezas de albur, navíos de altos mástiles desnudos de velamen, palabras que me exceden por dar forma alguna a fogosidad de intenciones y pálpito de generosidades sin macerar. Incauto de parir amores a los que no sé dar nombre, cayendo en la hoguera ardiente de deseos contrapuestos, afinidades electivas en pugna con la ecuanimidad universal, justicia de dioses, y un amago de fruncir labios para cubrir de besos un bello cuerpo, un alma herida, una comunidad desterrada. Prolongada infancia nos atenaza a corazones peregrinos en laberintos desplegados sobre varias eras conjuntamente. Y se reúnen pedazos de naufragios para no llegar más que al punto de partida: la elección entre todo y nada, entre capricho y entrega, entre corrección y heroicidad. ¡Oh yo, tú eres el causante del mundo, la poquedad de las catástrofes! Desanda el camino de la identidad, abandona tu raza, tu sexo, tu especie, tus playas y tus montes. Así se nutre el auténtico viajante, aquel rendido a los bosques de las más misteriosas iniciaciones, vedadas incluso a los abades, burbujas de oro escondido, donde las ausencias se regeneran en unidades erguidas como estrellas, pérdidas que devienen tronos, amistades incondicionales con todo lo que es vida, pleitesía a las mudas rocas que divagan entre eones de oscuridad cósmica. Ha de hacerse al mundo interior el más poderoso y vasto de los reinos, poblado en su mayor parte por ceremoniosos elefantes blancos. Y, de nuevo, aquí: un regreso más. Acariciar músicas, tazas de té, teclas, pieles, dormiciones y respiraciones quedas como árboles con los que nadie conversa… en esta estancia perfumada recomienza todo. En la misma hora, el verso que callo, los livianos fenómenos que resbalan a mi alrededor, la penosa limosna que me piden y la compañía de una mujer. No estás salvado: has de nacerte más.

[Música: P. Glass, Piano étude No. 2]

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Viva nihil dixi, quae sic modo mortua canto.

[“Nada dije estando viva, yo que ahora muerta canto así”.]

Sinfosio, Aenigmata 20, refiriéndose a la tortuga, cuyo caparazón servía de caja de resonancia para la lira antigua.

Cuando mi copa está vacía, me resigno a su vaciedad; pero cuando está a la mitad, me duele que no esté llena.

K. Gibran, Arena y espuma (1926)

Fuig-ne de la terra immoble,
fuig dels horitzons mesquins:
sempre al mar, al gran mar noble;
sempre, sempre mar endins.
Fora terres, fora platja,
oblida’t de ton regrés:
no s’acaba el teu viatge,
no s’acabarà mai més.

[“Huye de la tierra inmóvil,
huye de los horizontes mezquinos:
siempre al mar, al gran mar noble;
siempre, siempre mar adentro.
Fuera tierras, fuera playa,
olvídate de tu regreso:
no se acaba tu viaje,
no se acabará nunca más.”]

J. Maragall, Excèlsior (1895)

A todos los seres. A todos y cada uno de ellos. 

Yo reposaba y soñaba que me encontraba frente a todas las naciones, todos los tiempos, todas las razas. Y, tras estos y otros velos, dormían latentes como embriones las criaturas unidas en su sensibilidad. Apartaba yo a las naciones, los tiempos, las razas, para, libre de obstáculos y perspectivas vidriosas, aproximarme al fin a los individuos en su rostro más simple, y admiré su expresión doliente. Una colección de fantasmas me pareció aquella visión, pues las almas, aturdidas por estertores del sinsentido, se mecían lúgubremente, como niñas aun vírgenes y maltratadas las unas, como dementes sin remedio las otras. Una lágrima se deslizó por mi mejilla hasta caer sobre mis manos y lubricarlas: así pude ungir con óleos de mi sangre a mis nuevos amigos, todos los que alguna vez suspiraron, al roce de caricias que yo mismo descubría sorprendido mientras las impartía como alimento en eucaristía. Quise decir cosas bellas y benevolentes, motivaciones para náufragos, azucenas para esclavos…. pero me olvidé del lenguaje, y tuve que recurrir a fórmulas mágicas heredadas de épocas de prudente fermento. Las sílabas del mantra fluían de mi boca como los meandros de una melodía de violín y llevaban sus colores simbólicos a las membranas de todos los seres hasta hacerlas partícipes de la resonancia compasiva que todo lo templa.

Entonces los cuerpos y las almas empezaron a brillar, y corolas de luz descendían desde los sonidos nacidos de la estirpe de mi aliento. Se fueron coloreando entonces a distinto ritmo y en innumerables colores, cada uno según su predisposición y sus posibilidades, desde los tonos más tenues hasta el blancor más puro, propio de los espíritus. Y las guirnaldas ensortijadas de mis fórmulas aprovechaban con delicadeza los interesticios entre las ilusorias fronteras de las criaturas y se iban enroscando en torno a todos. Una nueva vestimenta de plegaria y luz unía finalmente a las cosas como las vajillas de oro se acoplan por un mismo manto protector que las envuelve. Cumplida la promesa de los profetas, se fundió la derecha con la izquierda, lo alto con lo bajo, y el sufrimiento se repartió ecuánimamente hasta diluirse y pasar a formar parte de la historia atávica del tejido, como los anillos en el tronco milenario de los árboles o como los rasguños que permanece en los huesos soldados tras duras batallas. El cielo se hizo mundo y los seres me revelaron que no hablaba yo con nadie, pues nadie había que no fuera yo mismo. No encontré, pues, Unidad, pues aquélla aún puede desmembrarse: antes bien llegamos todos a la conclusión de que nada, ni siquiera la Unidad última, sufriría menoscabo alguno cuando el Tiempo dejase a la Vida reinar sobre sí misma, vaciándose de la falsa creencia en la solidez. Y en un abrazo sin substancia hicimos perecer dulcemente a los accidentes del universo. Quedó, flotando o lo que pueda parecerse a flotar, un beso sin labio, un recuerdo sin memoria, un amor sin corazón, un triunfo sin triunfador, un único partícipe de la esencia sin que quedase una esencia para ser señalada.

Desde entonces me quedé con el orbe entre mis brazos, como el que sostiene a un niño recién nacido. Lo llevaba a que el sol irradiase suavemente su blanca y delicada piel; lo posaba sobre mi pecho a la hora de dormir, dejando que el latido de mi corazón acompasase sus sueños; le recitaba oraciones antiguas de protección; lo separaba del frío con mi única y desplumada ala pero lo bastante amplia como para darle por unos instantes la sensación del hogar. En cada beso quise transmitirle un acto; en cada acto, una nueva visión de la existencia; en cada visión, una penetración del Infinito. Y en la respiración de todos los personajes se fueron diluyendo los personajes de la sagrada comedia, y en el paso del viento, que acariciaba mientras se llevaba todas las nociones, creí ver que en nuestro más íntimo ser no deseamos nada para nosotros mismos, aunque pocos lo confiesen.

Yo soñaba en estas cosas hasta que me desperté con el sabor agrio que deja el sueño cuando encontramos que nos ha trasladado misteriosamente de posición durante su transcurso. Una tristeza por lo insatisfactorio que es todo lo que no sea obtención de la totalidad me dejó postrado en el lecho más tiempo del necesario. Las ortigas del pensamiento irritaron mi corazón cuando desgrané la insuficiencia de los actos consumados y por consumar, como queriendo dejar que el desaliento me atenazase para eximirme de responsabilidades. Deposité el cetro en el suelo y me senté en un rincón a rememorar cada paso de mi aspiración, en un deseo de poder señalar más tarde, reconociéndolos, los colores que había imaginado según me los hubieron presentado los genios de otros mundos. Muchas de esas tonalidades, ¡ay!, las tengo olvidadas para siempre: el viaje no había hallado las cumbres de Shambhala. Pero al menos aprendí aliviado que el sufrimiento de los seres, algún día, será librado de sí mismo, sea por medios sublimes o brutales, sea en la Iluminación o en la Conflagración universal; y tal día el Todo cantará su canción de merecido silencio, un silencio de clamor obedecido, un silencio atronador como la Naturaleza sin principio, ni final, ni carácter sagrado ni mundano.

*

[Música: Michele Stratico, Concierto para violín en Sol menor. II. Grave. Stratico, alumno de Tartini, es un buen ejemplo del cosmopolitismo de su siglo y una muestra del vínculo entre Oriente y Occidente: compositor de la Zadar veneciana, hoy croata, provenía de una familia de origen cretense, aunque su formación musical es eminentemente paduana.]

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When all has been said, the adventure of the sun is the great natural drama by which we live, and not to have joy in it and awe of it, not to share it, is to close a dull door on nature’s sustaining and poetic spirit.

H. Beston, The Outermost House, 1928 (reed. 1992),  p.60

Es grato conocer más profundamente las interioridades secretas del espacioso universo, observar de qué forma gobierna y genera los seres vivos con sus constelaciones, y contarlo en versos con el acompañamiento musical de Febo.

Manilio, Astronomica, I

 

Las penas y las vaquitas
se van por la misma senda.
Las penas son de nosotros,
las vaquitas son ajenas.

Atahualpa Yupanqui, El arriero

el-boalo

Por circunstancias demasiado prosaicas como para ser reseñadas aquí, me vi el otro día en el municipio de El Boalo, en la Cuenca del Guadarrama, no lejos de Colmenar Viejo, provincia de Madrid. Quedándome una hermosa tarde libre tras el cumplimiento de mis gestiones, decidí aprovechar la coyuntura y pasear un rato por las inmediaciones. Las montañas imponían, el sol reposaba en un cielo ni veraniego ni otoñal, los matorrales pajizos doraban el suelo que pisaba, y el tintineo de las campanas de las vacas me llamaba. Nunca pensé que un garbeo tan inocente me depararía aún tantas informaciones interesantes. Nunca pensé que en tamaña soledad me sintiese tan equilibrado, tan observador atento y tan receptivo a los sutiles mensajes del universo.

En primer lugar, retomando el espíritu desenfadado que, a pesar de mi devenir y de mis lecturas, nunca he perdido, me vi sonriendo a una cantidad de pequeñísimos saltamontes que brotaban de entre mis piernas, como si quisieran disparar mi ánimo con sus zancadas y lográndolo. Y yo, sin ningún ánimo agresivo, solamente para conocerlos mejor y para poner a prueba mis desarmados instintos, quise agarrar alguno cuidadosamente para soltarlo poco después. Pero tuve que comprobar que he olvidado cómo hacerlo: una de mis aficiones más expertas de mis veranos infantiles ha sido barrida íntegramente por décadas de ciudad. Quizá ahora temo mucho más hacerles daño, y por eso no lancé mis manos con brusquedad en ningún momento. Incapaz de hacerme entender por mis escurridizos amigos, he tenido que asumir con pesadumbre cómo me he alejado de la psicología animal; antaño la conocía lo suficiente como para calcular con mayor precisión cuándo el saltamontes estaba presto a brincar, y ahora todo lo que veo es una serie de espasmos repeliendo a mis manos denodadamente. Luego, como para consolarme, he pensado que otros (pastores y hombres de campo) conocen mucho mejor a las alimañas que yo, pero desconocen su dignidad, y quizá por eso las tratan más de cerca incluso aunque suponga infligirles dolor. Quizá yo no sea ya capaz de cautivar temporalmente al saltamontes porque ahora lo venero de un modo que antes no entendía. En cada toma de conciencia se gana mansedumbre y se pierde juventud.

A continuación, a los pocos pasos, mis pies han tropezado con unos huesos. Estaban semienterrados, como si una tormenta los hubiese arropado con fango ahora ya reseco: alguna pieza suelta y, luego, tres o cuatro en orden, el orden de una espina dorsal. He ido desmontando vértebras y he tenido la sensación de estar ante una osamenta humana, descoyuntada entre mis manos por vez primera. Finalmente he rechazado la idea porque el tamaño de las piezas habría correspondido al de un niño (el fémur era muy pequeño), y dudo que un cadáver humano, infantil para colmo, quedase impunemente al descubierto en un campo tan cercano al pueblo. Supongo que serán de alguna res, de algún mastín o incluso algún jabalí. Pero he comprendido lo similares que eran esos huesos a los que, bajo un manto de carne, los sujetaban. Rememorando el adagio budista, he comprendido que lo que me sujeta en pie es de la misma naturaleza que esos restos blancuzcos, agrietados y ligeros; he comprobado mediante el tacto la vanidad humana, la caducidad de nuestros recursos y su semejanza con los de otros seres animados. Parecían de un material cálcico similar al de una piedra pómez. Me he dicho: “De los pliegues blandos que cubrían objetos así han surgido la música, la escritura, las edificaciones, los imperios y los disparates con los que ahora quiere nuestra raza conquistar el cielo, el suelo y el mar”. Después, con un impulso entre macabro y ritual, he procedido a percutirlos entre sí: surge un sonido hueco, muy parecido al de los claves de madera, totalmente inexpresivo, pero agradable a su modo. A continuación lo percuto contra la roca: misma inexpresividad. Roca y hombre no se diferencian ya llegados a este punto. Disfruto de la música más igualitaria durante algunos segundos más. Lanzo de nuevo a tierra las estructuras de mis hermanos y prosigo mi paseo de desengaños.

Finalmente, como una última etapa, he dado con una finca habitada por ganado, casi al pie de la montaña. Numerosas vacas estaban apostadas en quieta asamblea. No hay cosa que desconozcan más que la prisa. He deducido que había de ambos sexos cuando ocasionalmente un ejemplar intentaba montar a otro; en eso, en mordisquear hierbajos y en otear pasaban su tiempo. En las orejas portaban el sello anaranjado que las identificaba como propiedad de un hombre. Ahí ha empezado mi lástima. Debo decir que me parecían animales felices, si bien no parecían demasiado alimentados, a juzgar por el costillar que se marcaba en algunos de ellos. Sus vidas tal vez sean todo lo buenas que permiten los tiempos a criaturas de su raza en casi cualquier parte del mundo, incluida Europa; la mayoría de sus congéneres vivos no han visto nunca la luz del sol. Pero seguramente cada una de ellas morirá arrastrada en una sala oscura, sin ventilación ni alma, al paso de un cuchillo que los desangre lentamente. El instante del cese de su felicidad vendrá marcado únicamente por la decisión de un individuo bípedo que las atesora como a monedas de colección que un día habrá que empeñar. Son propiedades ante cualquier tribunal, y eso permite imaginar sobre ellas cualquiera de los peores destinos a los que pueda ser sometido un ser vivo. Al verme tras el muro de piedras, las vacas sospechan y me miran fijamente a la espera de mis movimientos. No perciben mi compasión o yo no la emito con suficiente fuerza. El perro que las vigila me ladra sin cesar, sin que por ello se atreva a acercárseme: sin ningún amor hacia ellas, aquel centinela cree compartir la custodia del rebaño, y no deja de sorprenderme lo astuto que es el hombre para lograr transmitirle a un pequeño cánido el perverso sentimiento de propiedad, tan ajeno a los seres salvajes. Cuando me aúpo sobre una roca del muro, las vacas se giran y se alejan a todo correr. Me entristece, pero también me alegra que su contacto con el hombre les haya enseñado alguna lección. Dudo de si me rehúyen por verme como a un desconocido o, precisamente, por ser demasiado parecido al animal que acaso las corre a garrotazos de tanto en tanto. Quiero pensar que simplemente no entienden mi mente, como yo no entiendo la suya. Porque, en efecto, su conducta parsimoniosa me parece arcaica, de otro ciclo cósmico. Más que a otra especie, me recuerdan a una tribu humana particular de la que no sé nada, con reglas en las que no veo regularidad, sobre asociaciones y jerarquías que nunca descubriría desde fuera. En señal de respeto, me he alejado, no sin desearles una larga vida que puedan invertir en los mansos eventos que más las convenzan, sean cuales sean. Durante unos instantes, si no fuese por el remache anaranjado de sus orejas, clara indicación de ser objetos destinados al despedazamiento o a la simple sumisión arbitraria de un comerciante, casi habría deseado ser una vaca.

En todo el paseo no me he encontrado con otro ser humano, y yo mismo no me he reconocido como tal en ciertos momentos. Temo haber matado a unas cuantas hormigas y demás insectos en el conjunto de mis miles de pasos, pero siempre serán menos que los que mato por el mero hecho de vivir en la ciudad en la que llegué a la vida o en otra similar. Existir supone reducir la existencia de otros; la corrección moral viene determinada por la motivación y por el cuidado en moderar este hecho. Al menos me he librado de hacer ninguna fotografía, que a veces es casi como disecar a la naturaleza, casi una falta de respeto al sagrario que es una montaña y una especie de cédula que libera a nuestras conciencias de la obligación de preservarla.

Regreso al pueblo apoyado sobre largas ramas secas, muy ligeras, y me deshago de ellas arrojándolas lejos en el momento en que piso un desaliñado asfalto. Se acabó el saltar de roca en roca, se acabo el pararse a oler el romero, a mirar los bichos que corretean abajo. De vuelta a la ciudad, todo se me hace absurdo. ¿Cuántas lecciones no seguiría aprendiendo cada día si en el plazo de apenas una hora ya puedo reencontrarme con mi humanidad, mi animalidad y mi condición de ser aprisionado? El croar de una rana me podría haber revelado misterios que ahora no intuyo, los grillos me habrían acunado con ritmos etéreos que inducen al trance, y las estrellas por fin se manifestarían en un esplendor que vedan a los urbanitas, ahítos de luz eléctrica, cortina de soles intergalácticos. Pero también es cierto que de todo se aprende lección si se dispone de la mente pronta para ello, y no oculto que, también en el caos de la modernidad, cada hecho dispara en mi entendimiento numerosas ideas asociadas, numerosos motivos de contemplación religiosa y numerosos vínculos con la Ley eterna que hace rotar a los mundos. Un corto viernes en el campo me ha reafirmado que para filosofar adecuadamente no hay más que corroborar cómo la naturaleza se imbrica con nuestros átomos como las raíces del árbol en lo subterráneo, enlazándonos en una misma cosa simple y enigmática al mismo tiempo. A pocas millas de la ficción del siglo, a una hora y media de nuestros barracones de nueva gleba, la abertura a todo lo que cabe dentro de nosotros se revela diáfana, como manantial de verdades y de intuiciones ancestrales e inacabables.

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[Música: F. Poulenc, Concert Champêtre. II. Andante.]

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Tal el poder divino que engendró el mundo y trabó las siete zonas del orbe hábilmente creado, insuflándolas de una armonía total, tal era Febo cuando, satisecho con la muerte del dragón, agitando el pecho creó doctas canciones.

Bucolica Einsidlensia I 32-34

El paladín entró esforzado en la fragua de Amor. Dirimió allí paradojas doctrinales, controló su respiración acompasándola a las oleadas de las corrientes, gesticuló según lo establecido por el antiguo rito, se santiguó apropiadamente. Realizados los preliminares, dirigiéndose a altar, habló así al habitante del sagrario:

“Oh Grial, cáliz del Pleroma, purifica el aura que arrastro contaminada por los sinsabores del siglo. Permite que las estrellas no me confundan cuando, obedeciéndolas, decida el rumbo de mi navegación. Empapa de lucidez mi entendimiento para que cada acto se vea respaldado por la razón universal. Hazme amigo de los sabios y de leyes milenarias, inscritas en sentencioso bronce. Proporcióname la comprensión de las conductas de reinos ya desaparecidos y no dejes que se me aparezcan como monstruosos intentos fallidos de una humanidad por venir. Déjame trabajar la gnosis, distinguiendo como corresponde a las Tres Emanaciones y la naturaleza velada del Principio Supremo. Señala con áureo timbre a los santos y enviados de la Verdad, para que pueda honrarlos y ofrecerles cobijo y laudas. Dame el don de lenguas, para que ningún himno litúrgico me sea ajeno. Irrígame de la pócima de la beatitud, para que todo acontecer se me haga fluido y suave como el aceite que viaja entre los dedos y se escurre con somnolienta gravedad. Prosigue con tu dispensa de dolores, pues toda prueba que me llega me ajusta la cota de malla y me endereza la cabeza, atenta al mundo. Pero por encima de todo nútreme de tu amorosa sangre, identifícame contigo, con el Alto Cielo, con la médula de la materia y las raíces del Espíritu. Pórtame en tu nombre, en tu destino. Dondequiera me conduzcan tus caballos, allí iré yo, unido a tu posición, arriba o abajo, contracorriente o a favor de los vientos, ubicuo, amado por el vaivén de la eternidad”.

Habiendo hablado así, una nube de tonalidad violácea envolvió al paladín, que no se resistió al abrazo. Antes bien, una sonrisa amaneció en su rostro, presa de una calma propia de elefantes y plácidas criaturas extintas de amplio torso. Sus ojos, cerrados con la confianza de una doncella en el tálamo nupcial, ya no veían nada fuera de sí. La víctima mística rindió su sacrificio penetrando en el peregrino, tomando el imperio de las funciones de sus órganos, y así se ocupó en adelante de gestionar su respiración, su mirada y su habla. El vago recuerdo de una lira punteó el instante desde algún rincón: la música recibió al orante, y en una sola armonía se subsumieron las identidades presentes.

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[Música: Scriabin, Sinfonía No. 1 Op. 26. I. Andante.]

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No debemos sólo amar, sino ser, como Dios, nosotros mismos el amor.

Angelus Silesius, El peregrino querúbico, I, 71

Hubo un germen que se propaga sin tiempo ni compás. Surgió del último chakra, y me hizo creer en la luz que no muere. Lo seguí a través de los bosques y las montañas, a través de de los mares, que anegan ejércitos, a través del desierto, tumba de intrépidos. Vibrante, me llevaba de aquí para allá, revoloteando como luciérnaga despistada, oscilando al ritmo de los latidos de mi yo. Su titilar me recordaba al lucero de la mañana, pero su cualidad era la de la esmeralda pulida o la de la beatitud del sabio iluminado. Adoptando la forma de una corona, se dejó ceñir por mi sien. Y viéndome ataviado con indumentarias preciosas, me ofrecí a la humanidad para mostrar y expandir la realeza.

Ese germen desafía toda geometría, aniquila todo concepto, burla toda mezquindad. Sí, se propaga sin tiempo ni compás, doblando los pliegues de la sucesión de acontecimientos. Fue, es y será. Refulge en la noche invitando a que lo amen. Las criaturas noctámbulas obedecen, hipnotizadas por el trance del viaje astral, alentadas por las deidades que adoptan formas animales. Te está convocando, ¡oh iluso!, pues eres para él un espejo divino en el que reflejarse una vez más, en todas direcciones, con todos los atributos de la dulce serenidad sin edad.

THOMAS J. ABERCROMBIE 2

[Música: John Tavener, Dhyana]

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