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Archive for the ‘Maya’ Category

Gravitas

Quae dicitur levitas relativa, non est vera levitas, sed apparens solummodo; et oritur a praepollente gravitate corporum contiguorum.

[La levedad relativa no es verdadera levedad, sino sólo aparente, que brota de la gravedad preponderante de los cuerpos contiguos.]

R. Cotes, Prefacio del editor a la segunda edición de los Philosophiae naturalis principia mathematica de I. Newton (trad. A. Escohotado)

 

Quicquid premit vel trahit alterum, tantundem ab eo premitur vel trahitur. 

[Cualquier cosa que arrastre o comprima a otra es igualmente arrastrada o comprimida por esa otra.]

I. Newton, Philosophiae naturalis principia mathematica (Axiomata Sive Leges Motus: Lex III [trad. A. Escohotado])

 

Ideas habemus attributorum ejus, sed quid sit rei alicujus Substantia minime cognoscimus.

[Tenemos ideas sobre sus atributos, pero no conocemos en qué consiste la substancia de cosa alguna.]

I. Newton, (Ibid. 2ª ed., Scholium generale [trad. A. Escohotado])

 

Los tonos más graves, más serios, son por ello mismo los que más nos arrastran hacia la tierra. Tanto más contundente es un peso cuanto menor es su capacidad de alzar el vuelo. Pero la ligereza descontrolada propicia la dispersión estratosférica, la ausencia de todo vector y el ahogo en los climas superiores, donde el aire irrespirable conduce a una muerte dolorosa. Habría que mantener, pues, un equilibrio entre densidades. Habría que levitar a medio palmo del suelo y desplazarse así sobre el mundo, sin dejar de prestar atención a las incongruencias cotidianas, sin dejar de resbalar sobre el aire y sentir la grata sensación de la torsión sin rozamiento. No es que sean despreciables la entereza plúmbea o la concentración suprema en el Absoluto; de hecho, contribuyen a la fortificación centrípeta de lo mejor de nosotros mismos. Pero cualquier gimnasia que pierda el pulso a la vida se aboca ella misma a la descompensación de sus potencias, a la sobreactuación, al derroche de lo superfluo y la poquedad en lo importante. Igualmente es preciso respirar entre contracción y contracción, o se está tentando al agarrotamiento y el desgarro. Los músculos de la virtud no son muy distintos en su mecánica a los del cuerpo.

No se puede y no se debe escapar de la gravedad. Cualquier relación entre dos cuerpos implica atracción gravitatoria, e incluso la repulsión no es sino un empujarse sobre el objeto para repelerlo; los golpes son otra forma contacto y compresión entre elementos, si bien una forma lamentable. Pero, si la frivolidad es prescindible, no lo es la amenidad. Si la primera es un forcejeo por mariposear, la segunda no brota del voluntarismo, sino de que el centro sobre el cual orbita suelta su soga gravitatoria, como el padre que ya confía en la autonomía relativa el vástago. La buena ligereza de espíritu comparte con el satélite su lealtad prudente, su elipse equilibrada y estacional, su periódico acercamiento, que no es sino veneración con tranquilidad, respeto con aplomo, amor con elegancia. Habría que ser, pues, como el ave, que flota sobre el mundo y se alimenta de todos los niveles; como el albatros, que estudia todas las fuerzas y las compensa, y de ese modo permanece estático, suspendido en la atmósfera en perfecta economía, desde que aprendió a planear contra el viento y contra la gravedad.

 

[Música: E. Rautavaara, Cantus Articus. I., para orquesta sinfónica y pájaros.]

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What though the radiance which was once so bright
Be now for ever taken from my sight,
Though nothing can bring back the hour
Of splendour in the grass, of glory in the flower;
We will grieve not, rather find
Strength in what remains behind;
In the primal sympathy
Which having been must ever be;
In the soothing thoughts that spring
Out of human suffering…

[Pues, aunque el resplandor, tan radiante antaño,
se aparte para siempre de mi vista,
aunque nada pudiera restituir
a la hierba su esplendor y su gloria a las flores,
no he de apenarme, más bien
hallaré fuerzas en lo que aún perdura:
La primigenia simpatía
que, habiendo sido, debe ser por siempre,
los apaciguadores pensamientos que nacen
del humano sufrir…]

W. Wordsworth, Intimations of Immortality from Recollections of Early Childhood 10 (trad. P. Mathews)

 

Cuando el destino me obstaculiza a través de las circunstancias, las atravieso elevando mi manera de vivir. ¿Qué puede hacerme así el destino?

Huanchu Daoren, Charlas de raíces vegetales (vers. T. Clearey y A. Colodrón)

 

Look out of the window: everything you see is frozen fire in transit between fire and fire. Cities, equations, lovers, landscapes: all are hurtling towards the hydrogen crucible.

[Mira por la ventana: todo cuanto ves es fuego helado en tránsito entre fuego y fuego. Ciudades, ecuaciones, amantes, paisajes: todo va lanzado hacia el crisol de hidrógeno.]

J. Fowles, The Aristos 1.42 (trad. M. Martínez-Lage)

 

Como el matiz cetrino de las últimas aceitunas que caen en el dominio del olivar; como el rocío extasiado y transfijo por el alba; como viento del que nadie conoce su comienzo y final; como el papiro que contenía una fórmula mágica sanadora y que quedó desintegrado entre las arenas de un desierto cien mil veces pisoteados al galope; como el imperio de la dorada Palmira que Zenobia contempló por última vez antes de huir hacia la ignominia y el Éufrates; como la danza cuya coreografía se olvida y desaparece de la humanidad por no haber quedado registrada en soporte alguno; como la mirada aterrada del animal bajo el cuchillo del matarife; como el esplendor de los bellos amantes de quienes apenas quedan tres muelas y una pelvis carroñada; como el sacro mandamiento velado por el declive de una civilización; como todos los gozos y pesares; como mis palabras y como las vuestras; como el encanto de lo más y de lo menos duradero… Así estallan y se disuelven todas esas cosas.

Todo está viajando hacia la reunificación: si no se acepta por las buenas, se producirá de un modo violento de todos modos inevitable. La única venganza posible reside en hacer de tal hecho el compás de nuestros amagos, en sincopar nuestro paseo en aras de reducir rodeos estériles y batallas contra las brisas. Cuando en la última noche todo se haya cumplido, cuando todas las miradas se vean puestas y emergidas en el Ojo de Dios, antes de que recomience el sentido de los mundos, en la hora sin hora y sin extensión, un vacío infinito vendrá a recordarnos -a nosotros, que ya no seremos tales- que optamos por la nada correcta. Sabremos, entonces, que nadamos en el saber en la misma medida que nada sabemos, que los cielos son reflejos del alma y ésta de aquéllos; y que la grandeza de los amores, anhelos, codicias, aversiones y agonías no es ni mayor ni menor que la de los gases y metales, ya descompuestos, amalgamados en abrazo final, o la de la brizna combustible del seco trigal a la hora en que el verano decide prologar con su insolar el fin de todos los centros y todos los círculos.

[Música: G. Gurdjieff y T. de Hartmann, 2.I.1927, vol. III, 1ª serie, No. 7, pno. A. Krenski]

 

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Aquel cuya sonrisa le embellece es bueno; aquel cuya sonrisa le desfigura es malo.

Proverbio húngaro.

Cuando sonrió el hombre, el mundo lo amó. Cuando rió, le tuvo miedo.

R. Tagore, Pájaros perdidos, 299

No hay torsión más grácil que sus labios cuando un detalle, material o narrado, enternece a su facultad lúdica. Puente combado entre dos almas, la expresión de su rostro agiliza el entendimiento y muestra sus perlas blancas, sin ruido, con la suavidad de un orfebre que exhibe su  preciosa creación. Su sonrisa, la de cualquier ser humano, cuando brota de la gratitud a la vida y no del rencor satisfecho, alcanza reinos que difícilmente cupieron en silogismos, mandamientos, decretos y mapas. Hay en el mundo, ciertamente, muchos más motivos para llorar que para sonreír. Pero la exquisitez de un instante en el que simplemente se acaricia el terciopelo de la dicha plácida con el rostro nos convence de que hay un gozo en persistir en el navío del tiempo y en el amansamiento de los heridos. Heridos que van olvidando cómo dar gracias a todo lo que alguna vez saludó, saluda y saludará al mundo, a todo lo que una vez fue, es y será, a todo lo que sugiere que la candidez cuenta, más que con visado para el desangramiento, con la llave maestra de beatitudes agriamente tentadas por quienes desconocen ya el secreto del carácter.

La brisa en el verano, el color de los almendros, el despiste de una paloma, el beso entre dos niños, la coincidencia entre indumentarias, el tropiezo sin consecuencias, el recuerdo embellecido, el ideal inalcanzable, el bordado insuperable de un encaje, la suavidad de un mármol, la sonrisa ajena, la noche repleta de esperanzas, el amor incondicional, la belleza inesperada, el iluminador retruécano, los ojos que rebosan sinceridad, la melodía flotante que desde algún rincón de nuestra alma intuíamos tenía que existir… Motivos dignos de celebración, de grata aserción, de tolerancia afectiva, dulce pacto con el devenir, alegría discreta. Y es por cosas así que sonríe mi rostro o sonríe el suyo, trasladándose el gesto de uno a otro, ensamblando identidades. Su sonrisa, la de cualquier ser humano -e incluso la de cualquier criatura con la musculatura apropiada en torno a su hocico-, es un ídolo al que no renuncio. Incapaz de nada importante por sí misma, se expande en el momento en que le presto mi devoción, mi apostolado. Y es que allí encuentro la tan frágil justificación de la humanidad, el sentido de la existencia, no otro que la alegría serena por haber firmado gozosa paz con el instante, cualquiera que éste sea, instante que, bien lo sabemos, fluirá y se perderá en el horizonte con el imparable caudal amazónico de las edades.

Cherry Blossom by Emile Vernon, 1916

[Música: Rudolf Friml, Iris.]

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When all has been said, the adventure of the sun is the great natural drama by which we live, and not to have joy in it and awe of it, not to share it, is to close a dull door on nature’s sustaining and poetic spirit.

H. Beston, The Outermost House, 1928 (reed. 1992),  p.60

Es grato conocer más profundamente las interioridades secretas del espacioso universo, observar de qué forma gobierna y genera los seres vivos con sus constelaciones, y contarlo en versos con el acompañamiento musical de Febo.

Manilio, Astronomica, I

 

Las penas y las vaquitas
se van por la misma senda.
Las penas son de nosotros,
las vaquitas son ajenas.

Atahualpa Yupanqui, El arriero

el-boalo

Por circunstancias demasiado prosaicas como para ser reseñadas aquí, me vi el otro día en el municipio de El Boalo, en la Cuenca del Guadarrama, no lejos de Colmenar Viejo, provincia de Madrid. Quedándome una hermosa tarde libre tras el cumplimiento de mis gestiones, decidí aprovechar la coyuntura y pasear un rato por las inmediaciones. Las montañas imponían, el sol reposaba en un cielo ni veraniego ni otoñal, los matorrales pajizos doraban el suelo que pisaba, y el tintineo de las campanas de las vacas me llamaba. Nunca pensé que un garbeo tan inocente me depararía aún tantas informaciones interesantes. Nunca pensé que en tamaña soledad me sintiese tan equilibrado, tan observador atento y tan receptivo a los sutiles mensajes del universo.

En primer lugar, retomando el espíritu desenfadado que, a pesar de mi devenir y de mis lecturas, nunca he perdido, me vi sonriendo a una cantidad de pequeñísimos saltamontes que brotaban de entre mis piernas, como si quisieran disparar mi ánimo con sus zancadas y lográndolo. Y yo, sin ningún ánimo agresivo, solamente para conocerlos mejor y para poner a prueba mis desarmados instintos, quise agarrar alguno cuidadosamente para soltarlo poco después. Pero tuve que comprobar que he olvidado cómo hacerlo: una de mis aficiones más expertas de mis veranos infantiles ha sido barrida íntegramente por décadas de ciudad. Quizá ahora temo mucho más hacerles daño, y por eso no lancé mis manos con brusquedad en ningún momento. Incapaz de hacerme entender por mis escurridizos amigos, he tenido que asumir con pesadumbre cómo me he alejado de la psicología animal; antaño la conocía lo suficiente como para calcular con mayor precisión cuándo el saltamontes estaba presto a brincar, y ahora todo lo que veo es una serie de espasmos repeliendo a mis manos denodadamente. Luego, como para consolarme, he pensado que otros (pastores y hombres de campo) conocen mucho mejor a las alimañas que yo, pero desconocen su dignidad, y quizá por eso las tratan más de cerca incluso aunque suponga infligirles dolor. Quizá yo no sea ya capaz de cautivar temporalmente al saltamontes porque ahora lo venero de un modo que antes no entendía. En cada toma de conciencia se gana mansedumbre y se pierde juventud.

A continuación, a los pocos pasos, mis pies han tropezado con unos huesos. Estaban semienterrados, como si una tormenta los hubiese arropado con fango ahora ya reseco: alguna pieza suelta y, luego, tres o cuatro en orden, el orden de una espina dorsal. He ido desmontando vértebras y he tenido la sensación de estar ante una osamenta humana, descoyuntada entre mis manos por vez primera. Finalmente he rechazado la idea porque el tamaño de las piezas habría correspondido al de un niño (el fémur era muy pequeño), y dudo que un cadáver humano, infantil para colmo, quedase impunemente al descubierto en un campo tan cercano al pueblo. Supongo que serán de alguna res, de algún mastín o incluso algún jabalí. Pero he comprendido lo similares que eran esos huesos a los que, bajo un manto de carne, los sujetaban. Rememorando el adagio budista, he comprendido que lo que me sujeta en pie es de la misma naturaleza que esos restos blancuzcos, agrietados y ligeros; he comprobado mediante el tacto la vanidad humana, la caducidad de nuestros recursos y su semejanza con los de otros seres animados. Parecían de un material cálcico similar al de una piedra pómez. Me he dicho: “De los pliegues blandos que cubrían objetos así han surgido la música, la escritura, las edificaciones, los imperios y los disparates con los que ahora quiere nuestra raza conquistar el cielo, el suelo y el mar”. Después, con un impulso entre macabro y ritual, he procedido a percutirlos entre sí: surge un sonido hueco, muy parecido al de los claves de madera, totalmente inexpresivo, pero agradable a su modo. A continuación lo percuto contra la roca: misma inexpresividad. Roca y hombre no se diferencian ya llegados a este punto. Disfruto de la música más igualitaria durante algunos segundos más. Lanzo de nuevo a tierra las estructuras de mis hermanos y prosigo mi paseo de desengaños.

Finalmente, como una última etapa, he dado con una finca habitada por ganado, casi al pie de la montaña. Numerosas vacas estaban apostadas en quieta asamblea. No hay cosa que desconozcan más que la prisa. He deducido que había de ambos sexos cuando ocasionalmente un ejemplar intentaba montar a otro; en eso, en mordisquear hierbajos y en otear pasaban su tiempo. En las orejas portaban el sello anaranjado que las identificaba como propiedad de un hombre. Ahí ha empezado mi lástima. Debo decir que me parecían animales felices, si bien no parecían demasiado alimentados, a juzgar por el costillar que se marcaba en algunos de ellos. Sus vidas tal vez sean todo lo buenas que permiten los tiempos a criaturas de su raza en casi cualquier parte del mundo, incluida Europa; la mayoría de sus congéneres vivos no han visto nunca la luz del sol. Pero seguramente cada una de ellas morirá arrastrada en una sala oscura, sin ventilación ni alma, al paso de un cuchillo que los desangre lentamente. El instante del cese de su felicidad vendrá marcado únicamente por la decisión de un individuo bípedo que las atesora como a monedas de colección que un día habrá que empeñar. Son propiedades ante cualquier tribunal, y eso permite imaginar sobre ellas cualquiera de los peores destinos a los que pueda ser sometido un ser vivo. Al verme tras el muro de piedras, las vacas sospechan y me miran fijamente a la espera de mis movimientos. No perciben mi compasión o yo no la emito con suficiente fuerza. El perro que las vigila me ladra sin cesar, sin que por ello se atreva a acercárseme: sin ningún amor hacia ellas, aquel centinela cree compartir la custodia del rebaño, y no deja de sorprenderme lo astuto que es el hombre para lograr transmitirle a un pequeño cánido el perverso sentimiento de propiedad, tan ajeno a los seres salvajes. Cuando me aúpo sobre una roca del muro, las vacas se giran y se alejan a todo correr. Me entristece, pero también me alegra que su contacto con el hombre les haya enseñado alguna lección. Dudo de si me rehúyen por verme como a un desconocido o, precisamente, por ser demasiado parecido al animal que acaso las corre a garrotazos de tanto en tanto. Quiero pensar que simplemente no entienden mi mente, como yo no entiendo la suya. Porque, en efecto, su conducta parsimoniosa me parece arcaica, de otro ciclo cósmico. Más que a otra especie, me recuerdan a una tribu humana particular de la que no sé nada, con reglas en las que no veo regularidad, sobre asociaciones y jerarquías que nunca descubriría desde fuera. En señal de respeto, me he alejado, no sin desearles una larga vida que puedan invertir en los mansos eventos que más las convenzan, sean cuales sean. Durante unos instantes, si no fuese por el remache anaranjado de sus orejas, clara indicación de ser objetos destinados al despedazamiento o a la simple sumisión arbitraria de un comerciante, casi habría deseado ser una vaca.

En todo el paseo no me he encontrado con otro ser humano, y yo mismo no me he reconocido como tal en ciertos momentos. Temo haber matado a unas cuantas hormigas y demás insectos en el conjunto de mis miles de pasos, pero siempre serán menos que los que mato por el mero hecho de vivir en la ciudad en la que llegué a la vida o en otra similar. Existir supone reducir la existencia de otros; la corrección moral viene determinada por la motivación y por el cuidado en moderar este hecho. Al menos me he librado de hacer ninguna fotografía, que a veces es casi como disecar a la naturaleza, casi una falta de respeto al sagrario que es una montaña y una especie de cédula que libera a nuestras conciencias de la obligación de preservarla.

Regreso al pueblo apoyado sobre largas ramas secas, muy ligeras, y me deshago de ellas arrojándolas lejos en el momento en que piso un desaliñado asfalto. Se acabó el saltar de roca en roca, se acabo el pararse a oler el romero, a mirar los bichos que corretean abajo. De vuelta a la ciudad, todo se me hace absurdo. ¿Cuántas lecciones no seguiría aprendiendo cada día si en el plazo de apenas una hora ya puedo reencontrarme con mi humanidad, mi animalidad y mi condición de ser aprisionado? El croar de una rana me podría haber revelado misterios que ahora no intuyo, los grillos me habrían acunado con ritmos etéreos que inducen al trance, y las estrellas por fin se manifestarían en un esplendor que vedan a los urbanitas, ahítos de luz eléctrica, cortina de soles intergalácticos. Pero también es cierto que de todo se aprende lección si se dispone de la mente pronta para ello, y no oculto que, también en el caos de la modernidad, cada hecho dispara en mi entendimiento numerosas ideas asociadas, numerosos motivos de contemplación religiosa y numerosos vínculos con la Ley eterna que hace rotar a los mundos. Un corto viernes en el campo me ha reafirmado que para filosofar adecuadamente no hay más que corroborar cómo la naturaleza se imbrica con nuestros átomos como las raíces del árbol en lo subterráneo, enlazándonos en una misma cosa simple y enigmática al mismo tiempo. A pocas millas de la ficción del siglo, a una hora y media de nuestros barracones de nueva gleba, la abertura a todo lo que cabe dentro de nosotros se revela diáfana, como manantial de verdades y de intuiciones ancestrales e inacabables.

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[Música: F. Poulenc, Concert Champêtre. II. Andante.]

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People went to work and went to parties until they got the two pursuits confused and never noticed the difference. Whisky was oxygen, women were furniture, thinking was masochism.

J. Iams

Everywhere was the atmosphere of a long debauch that had to end; the orchestras played too fast, the stakes were too high at the gambling tables, the players were so empty, so tired, secretly hoping to vanish together into sleep and … maybe wake on a very distant morning and hear nothing, whatever, no shouting or crooning, find all things changed.”

M. Cowley, Exile’s Return: A Literary Odyssey of the 1920s

I have no patience with the modern neurotic girl who jazzes from morning to night, smokes like a chimney, and uses language which would make a billingsgate fishwoman blush!

A. Christie, The Murder on the Links

We in America today are nearer to the final triumph over poverty than ever before in the history of any land… we shall soon, with the help of God, be in sight of the day when poverty will be banished from this nation.

Candidato presidencial H. Hoover, Time, 20 August 1928

The business of America is business.

Presidente C. Coolidge, H. M. Robinson, Fantastic interim; a hindsight history of American manners, morals, and mistakes between Versailles and Pearl Harbor, NY, 1943, p.89.

These men of many nations must be taught American ways, the English language, and the right way to live.

H. Ford, citado en S. P. Huntington, Who Are We? The Challenges to America’s Identity, NY, 2004, p. 132.

Two waiters serve two steel workers lunch, on a girder high above New York City, 1930

El año 1901 brotaba en Asia la Rebelión de los Bóxers. Comenzaba así el último intento serio por parte de China de resistir la influencia occidental. Era en vano. Amanecía una época de poderío sustentado sobre los pilares de los nuevos valores frívolos y mercantiles que se extienden hasta hoy. La era de Edison y del ragtime no dejaría de seducir ni a una sola potencia extranjera, ni a una sola mente, ni a un solo cuerpo.

En cuanto a la estela de Edison, ya no se trataba del ingenio de salón del Siglo de las Luces, sino algo más concreto, más físico. Pero no del tipo ocasional de Vaucanson o de Jaquet-Droz, o de las linternas mágicas y los cosmoramas que dejaban meramente apuntadas las posibilidades de la técnica; con el siglo XX, el artilugio fue tomado por primera vez en serio, como algo extensible a todos, del modo en que la religión se había extendido hasta entonces. Igual que el cristianismo había planeado sobre pueblos blancos, árabes y mongoloides, la prole de las fábricas sabría hacerse querer por todos los rincones del planeta. Y en cuanto a la cultura en sí misma, ¿cómo podía no seducir de manera desmedida? La ligera sensualidad complaciente del ragtime o el foxtrot se introducía en el cuerpo. La sincopación y el acompañamiento stride, que alterna bajos y acordes a ritmo constante, parece apelar al instinto tribal de cada ser humano, instinto disfrazado ahora de gratas armonías de raigambre culta. África y Europa, pueblo y aristocracia, folclore incivilizado y romanticismo, todos los polos de la sensibilidad musical experimentan juntos en un contubernio de sensaciones que se inyectan directamente en el cuerpo. Es difícil no sentir un cierto vaivén en las extremidades cuando se inmiscuye este música en el cerebro. Así también se inmiscuyeron los nuevos géneros entre todas las clases sociales, géneros inclasificables, bautizado en 1913 con el jocoso nombre de “jazz” pero que abarcan desde la inocua light music de los blancos y el novelty rag de sus hijos más rebeldes, las bandas Dixieland, el brutal golpe de pie en el stomp… La música de esta era avanzaba hacia la sofisticación y la variedad con el mismo empuje con el que avanza en las criaturas que se exponen a ella, poseyéndolas.

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El mejor símbolo del primer tercio del siglo XX no es el sombrero de paja ni la boina de lana, ni la brillantina, ni el peinado corto de las mujeres, ni la trompeta con sordina harmon, de timbre tan nasal. El mejor símbolo de esta era es el rollo de pianola, un artefacto cilíndrico que desde el interior de los pianos apropiadamente habilitados reproducía una versión ornamentada y acelerada de alguna melodía de moda. El ritmo es mecánico, imparable, y la intensidad del toque carece de cualquier matiz. A menudo el pianista que lo grababa iba añadiendo nuevas manos que se superponían sobre la primera interpretación, de suerte que el resultado que se obtiene es una música intocable para un solo músico real, con cuatro manos que parecen querer engañar a quien escuche, como si la cualidad de la nueva música por sí misma permitiese multiplicar sonoridades cual nunca antes se le había ocurrido a los polvorientos compositores europeos. Las teclas se mueven solas, tocadas a distancia por la industria desde despachos neoyorquinos. Todo ello contribuye a una sensación de inhumanidad, de caja de diversiones diseñada por ingenieros, de chispas de gozo directamente inoculadas en los nervios del oyente. El sabor africano se percibe con claridad en la agradable repetición constante de estructuras a contratiempo, desfases polimétricos y disonancias percusivas. Se trata de un claro precedente de lo que la electrónica volvería a lograr –ahora con mucho más énfasis– a finales del mismo siglo, llenando pistas de baile al compás de máquinas sin personalidad. Pero, al mismo tiempo, las melodías de pianola y sus acompañamientos son sumamente amables, desenfadados, ocurrentes, nunca hirientes. De lo humano sólo preservan el disfrute más ingenuo y saltarín; las demás pasiones han sido elegantemente omitidas. Las pianolas fueron el primer contacto del gran público con la música doméstica, cuando los discos aún no habían introducido a orquestas enteras en casa, trayendo con ellas el chisporroteo ruidoso de las primeras grabaciones. Todo el mundo podía desde entonces permitirse un pianista invisible a su servicio, conciliando al fin el gusto de tener esclavos con la decencia de no someter a nadie. La pianola ofrece por vez primera a cualquier ciudadano la oportunidad de echarse ciegamente en los brazos de la tecnología para satisfacer la más inmediata sed de placer. Al mismo tiempo, la estridente música de los negros empieza a azuzar el lado picante del alma. Las bandas de vientos enloquecidos comienzan a introducir rips, efectos sucios, ruidos, palmas o gritos, como si en el nuevo mundo cupiera todo siempre que se lleva a cabo sonriendo y con el afán único de hacer sonreír. En el piano, nuevas sonoridades agresivas, imitaciones de la ensordecedora actividad de la ciudad, compiten con las vanguardias europeas en atrevimiento, como en el extremo Futuristic Rag de Rube Bloom.

American woman teaching English boys to dance the Charleston. Great Britain, 1925

Esta nueva humanidad se revela incluso en el slapstick. Si Chaplin era el fracasado de otra época, un payaso victoriano, heredero del gran arte del pasado, exiliado en un siglo que lo mira sólo con ternura, Buster Keaton representa mejor la nueva mirada del poder. Con la seriedad insobornable de sus facciones, Buster interpreta siempre a un americano extraño y extrañado, que hace divertir sin mostrar por su parte ninguna afectación, inexpresivo en su jocosidad, como la encantadora pianola. La suya es una alegría sin matices que no entraña mensaje alguno, salvo el de que la alegría es la única meta por la que merecería la pena lanzarse de un tren en marcha, escalar un rascacielos o enfrentarse a una banda de mafiosos. Por último, Harold Lloyd representa al ciudadano medio, con sus risas y sus dolores, luchando por hacerse un hueco en el nuevo imperio de la felicidad mercantil. Si Buster es el hombre visto desde la perspectiva de las nuevas fuerzas transformadoras, un autómata al que obstaculizar o satisfacer, Harold es el hombre visto por sí mismo, buscando seguir el paso a la arrolladora actualidad. En todo caso, como el cinematógrafo, dicha actualidad avanza sobreexcitada, a 24 fotogramas por segundo, más rápida que la realidad de antaño. La comedia de golpes y meteduras de pata, de artimañas y malentendidos, surgida de los más barriobajeros teatros de variedades, seduce hasta a los más pudientes, como el jazz de los burdeles conquista en los guateques a las hijas de las últimas señoras nacidas en el XIX. Como en los tiempos de Menandro, las risas se vuelven inocentes porque ni quieren ni pueden cuestionar el curso de los acontecimientos, y por ello se contentan con esquemas trillados, con personajes típicos que aspiran a la gran dicha, consistente en hacerse con la chica, recuperar el dinero, sortear a los malhechores o a los suegros. El gracejo sureño de Bebe Daniels, la pizpireta sonrisa de Mildred Davies o la dulce ingenuidad de Jobyna Ralston demostraban que también las mujeres podían obtenerlo todo; la promiscuidad de las actrices de Hollywood no era distinta de las de las antiguas artistas ambulantes y de los teatros de variedades, con la salvedad de que ahora se las premiaba con mansiones, lujo y fama internacional; a pesar de lo cual, todavía se dudaba de si convenía que les fuera permitido votar.

Girls in a car, April 1925

La vida era, en fin, una fiesta de helados de crema, orquestas Dixieland, coqueteos y chistes descarados. Da la sensación que en un lustro se repartirán hasta entre los más miserables todas las delicias que la Ilustración no pudo siquiera formular en una centuria. Pero incluso el esforzado americano medio tiene momentos de venirse abajo, momentos en los que quiere poner fin a su vida; pues bien: ni aun entonces logra el personaje salir de un círculo de vida divertida, siendo frustrado en su intento de suicidio una y otra vez, lo cual sucede a Harold en Haunted Spooks o en Never Weaken, como si la realidad toda no dejase otra posibilidad material más que la de beberse la existencia a lo grande, en copas gigantes de champagne, incluso en la mayor tragedia aparente. Y, sin embargo, aunque pocos lo notasen, la gente seguía muriendo, sufriendo y llorando, tras bastidores de realidad que daban a quien supiese verlo señales de que bajo la pintura asomaba un desconche fatal.

Los años veinte: la última década en que la felicidad colectiva no parecía a casi nadie una promesa absurda. Al fin se anuncia que el sueño del hombre se ha conseguido, al fin puede entregarse a un sinfín de ráfagas de sensualidad sin pagar ningún precio por ello. Las risas copan los cines, el pataleo las salas de baile, el alcohol los estómagos urbanitas y pueblerinos, y numerosos inventos enloquecidos permiten ahora patinar por las calles, conducir una bicicleta entre cinco personas o volar por los aires en la parque de atracciones. Ricos y pobres se premian mutuamente con orquestas vivarachas, con danzas demenciales y con automóviles veloces. Un reparto comunista de la posibilidad de entrar a jugar en el frenesí del capital. Todos los experimentos de las dos décadas anteriores, ya sea en música o cine, toman forma definitiva, forma artística y eficaz a partes iguales en virtud de la experimentación, del dinero y del amor desmedido por la vida. Pero no sólo es época de consolidación: el surrealismo y el futurismo se plantean que quizá incluso los sueños y las máquinas puedan aportar unas razón y una belleza que, a pesar de ser despampanante –o precisamente por eso–, pueda ser integrada en el nuevo mundo, en amalgama con todo lo demás. Por lo demás, el expresionismo alemán fue una excentricidad de los nórdicos que buscaban la fórmula que conjugase su sentimentalismo romántico con una ebriedad de medios que parecía inutilizarlo, una mera curiosidad en el devenir entusiasta de Occidente. Mientras tanto, entre Rusia y Mongolia el Ejército Blanco empeña la vida de miles de hombres en preservar lo que se pueda de un mundo tradicional exangüe. Como se vería luego, tanto la resistencia de unos como la euforia de otros se pagarían caras.

fiesta

Flotan en el aire de las calles y en las pianolas de los blancos melodías sencillas como Ramona, Tea for two, Ain’t she sweet? y el fervoroso soniquete que en 1923 cambiaría el modo de bailar de varias generaciones y que daría nombre a un género en sí mismo: Charleston. Y los novelty rags sacuden los pianos de los más vanguardistas compositores, esta vez nacidos del pueblo llano, cuando no en suburbios: el ya mencionado Bloom, Zez Confrey, Roy Bargy, Phil Ohman, George Cobb, Ferdie Grofé, Arthur Schutt, Billy Mayerl o el propio Gershwin. Estos hombres compaginan su labor de musicastros a sueldo de brillantes orquestas con una labor trepidante de creación de texturas tan poderosas como las de Stravinsky pero mil veces más agradables. Escuchando Kitten on The Keys, Pianoflage, Piano Pan o Fingerbreaker se entiende inmediatamente cómo el gusto por el delirio se conjugaba con la diversión más frívola. Bañados en chorros de alcohol y cafeína al alimón, las aceleradas mentes y los acelerados corazones se combinan en productos apabullantes, destinados a estimular cada facultad humana capaz de gozar.

Pero treinta años de prodigios crecientes tenían que colapsar en su propia ruina. La última época de grandes esperanzas desde los tiempos de la Ilustración había de durar mucho menos que ésta. Un deseo constante de agrandarse y de empoderar al hombre acabó empoderando a los grandes monopolios y a los grandes tiranos. El lunes negro de Wall Street y los totalitarismos euroasiáticos señalan el fin de fiesta. A partir de entonces, la llegada de la década siguiente y, con ella, la desilusión. Los nuevos elementos con los que bailar serían pobreza, represión, guerra, abstinencia de alcohol y del desenfreno sexual. El cine sonoro mostraría un ritmo más cansado, privado de la cháchara silenciosa de los filmes anteriores. ¿Quién había necesitado palabras cuando los cuerpos decían todo lo que otros cuerpos necesitaban saber? ¿A quién se le ocurrió introducir canciones en las películas, si antes toda la película era una gran sinfonía popular, acompañada como estaba con orquestas o pianos? Las palabras llegaron para estropear las cosas. Llegaron los tiempos de las guerras civiles y la propagación del comunismo revolucionario.

Harold Lloyd with Bebe Daniels circa 1919 ** I.V.

La década de las maravillas, la última década en la que el encanto merecía ser tenido en consideración porque brillaba a más no poder, esa década se fue para siempre. Lo que vino en lustros posteriores no fueron sino los sucesivos intentos de restaurar la cumbre abandonada. Todo el poder seductor que contenían los años treinta, cuarenta y cincuenta se lo debían a las rentas del primer tercio de siglo, y es, por ende, comprensible que la degradación fuera paulatina hasta la inanidad presente. Las melodías de Frankie Carle en los años previos a la Segunda Guerra Mundial serían el dulce destilado y aguachinado de su primera juventud, y la industria cine relajaba la marcha para que las pantallas y los ojos no  estallasen. No es causalidad que la mayoría de los standards de jazz provengan de esa época, la época que se encargó de compactar las estructuras arquetípicas que toda la cultura posterior se entrentendría en descimentar. No es casualidad tampoco que cada vez haya más movimientos nostálgicos populares que cada vez se retrotraen más, siguiendo el hilo conductor del swing, que sólo puede conducir al momento en que se creó. Todavía estamos inmersos en los éxitos y en las maldiciones del momento del gran Gatsby; todavía disfrutamos sus hallazgos, y ahora también sabemos que nos traerán la destrucción. Quien de verdad quiera conocer su capacidad de resistencia a las tentaciones de la modernidad, póngase a prueba con el momento en que la modernidad parecía funcionar casi a la perfección. En efecto, aquel tiempo el único en que realmente parecía buena idea conducir un automóvil, asistir al teatro de moda, conocer las novedades gramofónicas o ser americano. Sea como sea, la efervescencia no puede durar, según su propia definición. La creencia de que la actividad desmedida podría permitirse la ausencia del espíritu llevó a que éste no estuviera ya presente cuando se lo necesitaba de nuevo. Sin conocer ya los fundamentos de la religión, el hombre blanco decidió huir hacia adelante, deseando que en algún momento se restaurase la magia de la edad dorada. Y aunque dentro de cuatro años volverá entre nosotros una década de los veinte, la magia no volverá. Hay intersecciones en la Historia que sugieren un esplendor engañoso, porque no deben sus glorias sólo a sus propios méritos, sino a encontrarse como culminación a una época cálida y virgen, dejando a un lado el alivio relajado de salir de una guerra mundial. El primer tercio del siglo XX venía asentado sobre un automóvil de eficiencia, de formas cuajadas y de sensualidad, y pudo permitirse agitarse al son del charleston hasta aflojar todas las tuercas tan perfectamente remachadas al fin. En los años veinte se despreció por primera vez a la generación de los mayores; la juventud era la única fuerza importante, y la liberación de los instintos no deberían tener consecuencias. Nuestros propios abuelos pudieron ser un día los jóvenes que nos acostumbraron a renegar de los abuelos. Pero los pactos con el caos siempre traen consecuencias. El reverso oscuro de la técnica, las pasiones, los cuerpos y el dinero que se sortearon hasta la caída bursátil del 29 reinan a sus anchas hoy día. Son, de hecho lo único que tenemos: los locos años de entreguerras se comieron todo el postre sin pensar en sus nietos. No hemos dejado de rodar en un rollo de piano desvencijado, con sus muescas agrietadas, percutiendo cuerdas desafinadas sin tino ni conciencia. Nosotros somos la caricatura demente de los bailarines de foxtrot. Somos el anciano atónito y penosamente acicalado que todavía pretende continuar la fiesta, una fiesta que se prolongó durante lustros y en la que, se dice, todos fueron enteramente felices.

***

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[La primera música es un rollo de pianola de la canción You’re The Cream in My Coffee, grabado por Gene Kerwin en 1928. La segunda es una grabación que en 1931 hicieran Jack Hylton y su orquesta de Life is Just A Bowl of Cherries. La siguiente es el famoso Livery Stable Blues, que a pesar de su título y de incluir sonidos de animales no tiene ningún interés vegetariano o antiespecista, en la versión reciente de Dan Levinson y la Roof Garden Jass Band, emulando la celebrada grabación de la Original Dixieland Jazz Band de 1917. A continuación suena Try and Play It de 1922, uno de los delirantes piano novelties de Phil Ohman, con la ornamentación exuberante de Ferderick Hodges. Cierra el ciclo la melancólica canción My Blue Heaven en la voz de 1927 del que quizá sea el primer cooner: Gene Austin.]

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Romanza VIII

Tout ce qui est impersonnel dans l’homme est sacré, et cela seul.

[“Todo lo que en un hombre es impersonal es sagrado, y solo eso.”]

S. Weil, Escritos de Londres (1942)

みる人の
旅をし思へ
かきつばた

[“Lirios, pensad
que se halla de viaje
el que os mira”.]

Sōgi (1421-1502), trad. de A. Cabezas

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Ya no saldré a cazar a Fortuna, numen huidizo, ni a su corte de intereses y ambiciones, asesinos de náufragos. Permito que mis miembros se aflojen en manos de los genios que patrocinan este día: derrámese el reposo por mi ánimo, y venza el clamor de las chicharras del verano a mis párpados atentos infundiéndoles sopor. Fesona me libera del ardor de los afanes, Sencia me da su bebedizo del buen juicio, Rúsor me relata el ciclo inevitable de las cosas, y otros muchos dioses tan antiguos como la mies me regalan por no reclamarles ya nada para mi porvenir, donde tampoco ellos habitan, sino para este preciso instante caldeado por el sol de la tarde y perfumado por los tilos florecientes.

La querencia de un mañana es un desprecio para con el acaecer de hoy. Esta jornada pródiga aún no ha terminado, y aún es posible en ella respirar aire limpio, contemplar el cielo de curvo manto, navegar por el suelo que pisamos, mirar a los ojos a los hermanos desconocidos, percibir deidades disimuladas bajo aspectos de sabios cabizbajos, ancianos perplejos de su propia calma, doncellas distraídas, niños encaprichados de esquivas libélulas… Aún es posible rendir un himno al genio que preside tu mirada, señalándote todo aquello que ahora percibes con tierno embeleso. Aún quedan horas para entender el peso de los átomos, el beso suicida de los insectos en el agua, la paciencia de los gatos, el oleaje de tu alma, la nube del azar. Y, con todo eso por hacer, ¿a qué suspirar por plenitudes sin nombre? Si puedes dar todo tu amor ahora al Todo que te circunda, ¿a qué prometerlo a largos eones con palabras de prosapia y altitonante regusto? Date ya al mundo que percute en tus sentidos como reclamando tu atención, apretando tu entraña, y ofrécete entero a él sin dejar de reconocer su fina levedad, ornamento del dios ignoto de blanco vacío.

Aún queda mucho tiempo, pero el mucho tiempo corre rápido, y antes de darse uno cuenta sonará la campana que dará paso libre al recomienzo.

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[Música: S. Rachmaninov, Romances Op. 38, No. 3 (“Margaritas“), arr. J. Heifetz]

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Je trouvois en moi un vide inexplicable que rien n’auroit pu remplir ; un certain élancement de cœur vers une autre sorte de jouissance dont je n’avois pas d’idée, & dont pourtant je sentois le besoin. Hé bien, Monsieur, cela même étoit jouissance, puisque j’en étois pénétré d’un sentiment très-vif & d’une tristesse attirante, que je n’aurois pas voulu ne pas avoir.

[Encontraba en mí un vacío inexplicable que nada hubiera podido llenar, un cierto abalanzamiento del corazón hacia otra suerte de goce del que yo no tenía idea y cuya necesidad sin embargo sentía. Pues bien, señor, esto mismo era goce, pues que estaba penetrado de un sentimiento muy vivo y de una tristeza que no habría querido no tener.]

J.-J. Rousseau, Carta a Malesherbes (26 de enero de 1762), trad. M. Armiño

Aquel que conoce una sola mota de polvo conoce el mundo entero, aquel que comprende plenamente una cosa comprende todas las miríadas de cosas que abarca el universo.

Dōgen, Shōbōgenzō, 9

Oportet ingenii aciem ad res minimas et maxime faciles totam convertere, atque in illis diutius immorari, donec assuescamus veritatem distincte et perspicue intueri.

[“Conviene dirigir toda la agudeza del espíritu a las cosas más insignificantes y fáciles, y detenerse en ellas largo tiempo hasta acostumbrarse a intuir distinta y claramente la verdad.”]

R. Descartes, Regulae ad directionem ingenii, 9

Le beau est ce qu’on ne peut pas vouloir changer.

[“Lo bello es lo que no cabe querer cambiar.”]

S. Weil, La gravedad y la gracia

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Todas nuestras coherencias rompen contra el acantilado de una búsqueda de porvenir. Pero ahora respiramos hondamente, dejamos que el viento se lleve a su paso el temblor de las cosas, aceptamos la muerte de nuestro perseguidor interior. Reconcentramos todas nuestras gloriosas aspiraciones en este instante nimio, en este acontecer liviano al que nadie da importancia: el Nirvana está escondido en alguna parte del tacto de la muselina, en el aroma de este té especiado, en la inanidad de la luz pálida que se inmiscuye en la estancia o en el tono muscular de una pierna. Reside en la mente suspendida o en la mente que se agita por anhelos en formación. Reside en la piel pulida de una cereza y en el cadáver que deja ésta en forma de hueso reseco. En cualquier relación persiste la soledad de cada alma, y es una soledad reposada si se la mira cara a cara en toda su desnudez, como lo es la soledad de los soles que meditan retirados en el cenobio de la galaxia.

Si no hay mañana ni hay ayer, tampoco hay un hoy. Todo se entreteje en el juego ilusorio de conceptos y visiones, y si sólo vemos determinados tiempos es por las orejeras que impiden expandir nuestra conciencia a los lados de la realidad toda, al igual que distinguimos unas pocas formas cuando nos adentramos en la oscuridad de la infancia de la noche. Conociendo las existencias reales que no percibimos, hacemos el esfuerzo de imaginarlas aquí, representadas en este puro ejemplo que tenemos ante nuestros ojos, sea lo que sea: piedra, algodón, verdura, árbol, piel, papel, sufrimiento, placer, excremento, noción, hormiga, sueño, beso… Allí encontramos de nuevo todos nuestros combates, pero están transfigurados: los actores se ejercitan ahora sabiéndose actores, desapasionados, entendiendo la inconsecuencia de cada uno de sus actos. Y las aflicciones, si no desaparecen, al menos se sonríen ante sí mismas, y danzan al son de las virtudes, las cuales tampoco se confían a sí mismas, sino que coreografían una ceremonia en la que ellas simplemente conducen la trama hacia su disolución, como el sol deseca las carnes putrefactas antes de ocultarse también él mismo.

Así hemos conocido que el mundo ha sido bello porque no nos hiere, e incluso nos habla como un hermano a otro hermano, pero que su belleza es inexistente en lo que creíamos su núcleo, puesto que percibimos en su estado presente todos sus estados, incluido el de su descomposición. Bailamos todos los seres del universo, ancianos irresolutos, y algunos de los más agudos se aperciben de ello, y por ello bailan mejor, recreando la música de los mundos, que no es otra que la vibración de los cuerpos intercalada por los silencios cadenciosos de los corazones.

Adriaen van Utrecht (1599-1652), Vanitas - Still Life with Bouquet and Skull

[Música: J. del Enzina, Todos los bienes del mundo]

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