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Archive for the ‘Melarquía’ Category

Sí, la esperanza del impío es como brizna que arrebata el viento;
como espuma ligera que la tempestad arrastra;
se disipa como humo en el aire,
pasa como el recuerdo del huésped de un día.

Sab 5:14

 

En todas partes nos reconocemos en la resonancia de nuestros movimientos, enlaces de causas y efectos, más que en la claridad profunda de la mente que nos define más allá de las categorías. Adictos a las características, nos vemos incapaces de reposar en la naturaleza esencial, que es indefinida, sin fronteras entre individuos, sin que se la pueda señalar aquí o allá, sin que pueda afirmarse de ella más que el nombre negativo de vacuidad. Preferimos percibir nítida nuestra silueta en el espejo o, cuando menos, en el eco insustancial de nuestras prescindibles palabras, o en la sombra que reflejamos en el suelo y que se deshace bajo algunos pocos rayos de luz. Nos complace definirnos en aquello que, bien lo sabemos, se diluye como la música en el viento o como el rocío de corta vida, que sólo se coagula y desciende a la tierra para durante algunas horas de penumbra creer que perteneció a ella y, con suerte, saciar la sed momentánea de algún insecto.

[Música: Ink Spots, We three]

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There is in certain ancient things a trace
Of some dim essence—more than form or weight;
A tenuous aether, indeterminate,
Yet linked with all the laws of time and space.

A faint, veiled sign of continuities
That outward eyes can never quite descry;
Of locked dimensions harbouring years gone by,
And out of reach except for hidden keys.

It moves me most when slanting sunbeams glow
On old farm buildings set against a hill,
And paint with life the shapes which linger still

From centuries less a dream than this we know.
In that strange light I feel I am not far
From the fixt mass whose sides the ages are.

[Hay en algunas cosas antiguas una huella
De una esencia vaga… más que un peso o una forma,
Un éter sutil, indeterminado,
Pero ligado a todas las leyes del tiempo y el espacio.

Un signo tenue y velado de continuidades
Que los ojos exteriores no llegan a descubrir;
De dimensiones encerradas que albergan los años idos,
Y fuera del alcance, salvo para llaves ocultas.

Me conmueve sobre todo cuando los rayos oblicuos del sol poniente
Iluminan viejas granjas en la ladera de una colina,
Y pintan de vida las formas que permanecen inmóviles

Desde hace siglos, menos quiméricas que todo esto que conocemos.
Bajo esa luz extraña siento que no estoy lejos
De la masa inmutable cuyos lados son las edades.]

H. P. Lovecraft, Fungi from Yuggoth (1930), XXXVI. Continuity (trad. J. A. Santos)

 

Es la vaporosidad de ciertos velos lo que les confiere ese aura misteriosa, entre legendaria y sapiencial. Cuando percibimos esa neblina fantasmagórica en las cosas, cuando el silencio del alba todavía no ha sido segmentado por la luz y el movimiento definido, o cuando la lluvia campestre ha dejado un frescor que invita a atenuar las brusquedades del pensamiento, entonces se desdibujan muchas de las fronteras entre los entes, o entre los tiempos, o entre las nociones, y un no sé qué de continuidades deshilacha las individualidades y, en consecuencia, las soledades. Viendo la trampa de la sustancia aparente, siento una mirada sobre mí que no es sino la mía, y las referencias precisas caen al suelo como hojas cándidas, enamoradas de ese viento otoñal que cual nómada va trayendo aromas de otros mundos allí por donde pasa. Se podría aventurar que es por no permanecer en ese intersticio vespertino que no atisbamos en las mientes la clave de todo.

Debemos reconocer lecciones aún por definir en las quietudes lánguidas que nos seducen, reduciendo al ridículo a las agitaciones ordinarias. Un sueño no apresado por una narración, reflejos de luces lejanas que no acertamos a ubicar, una nota manuscrita en la que palpita un sentimiento ya caduco, el canto de un pájaro del que nunca sabría decir si revela alegría u oculta tristeza, la ausencia de fragancia en las rosas desecadas, acaso a manos de doncellas introspectivas como retratos encerrados en medallones…  Pienso también en esos tímidos homenajes a la muerte que son los cantos suaves a la vida de dulces generaciones ya varias veces enterradas. Nos permite a algunos recrearnos en delicadezas medio olvidadas, en postales de tonos rosados que habrían enviado nuestros bisabuelos, en calmos campanarios coronados por meditabundas cigüeñas, en entreoídas melodías pasadas de moda, fórmulas de cortesía ya en desuso, en versos arrinconados hasta el punto de haberse tornado incomprensibles o demasiado comprensibles, en fuentes de manos humanas que murmuran en bosques poco hollados por pies mortales. Imagino a la sazón ternuras donde nunca fueron explícitas, anhelos infinitos disfrazados de sencillez sin pretensiones, y una levedad me impide afirmar o negar cualquier actitud, cualquier sentimiento, ingenuo o enfático. Todo parece melancólico y gozoso al mismo tiempo, porque todos los tiempos parecen el mismo, y engrandeceríamos la visión de las cosas si viéramos en ellas todas sus fases, su eterno ahora reversible, todas sus encarnaciones y disoluciones, reiteradas y siempre distintas, como ocasos de soles que no recordamos.

[Música: R. King, Julia (pno. A. Cuckston).]

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Aún para la compasión budista el individuo es sólo sombra que se desvanece. La dignidad del individuo es impronta cristiana sobre arcilla griega.

N. Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito

 

La segunda hechura es la que cayó sobre la tierra; el mar la asumió y su propio pensamiento fue su delineador; se plasmó a sí misma como una naturaleza que es la raíz de la muerte.

Kephalion maniqueo copto 55.136, trad. J. Montserrat

 

El Amor te confiere este poder: dalo todo, pues todo es tuyo.

Hadewijch de Amberes, Visiones 1.21

 

Me debato entre el amor a las aguas que fluyen agolpándose aturdidas y la conciencia de que su destino es ser ese no ser, ese rizarse una y otra vez en caudal sin reposo ni contorno definitivo. Veo su belleza, alternada entre lúcida mansedumbre y agitación sin sentido, entre caída y saciedad de sed para peces y gorriones, veo su poder benéfico y su perdición lenta, inconsciente, en piélago de abertura sin dirección, en nuevo receptáculo de nuevas vidas saladas, perdido ya el sabor de la dulzura y de la línea que se contoneaba entre montañas. Esas aguas que descendían dibujando valles e irrigando bosques y juncales, esas aguas límpidas y enturbiadas a un tiempo, el conjunto de los seres, nadan a la carrera hacia donde llegarán de todos modos.

Y una tonalidad de compasión me invade, pues considero irrespetuoso no concederles la dignidad de partículas eternas. Pues, ¿cómo amar a una sombra? ¿Cómo reverenciar con sinceridad a una ilusión, un reflejo, un fenómeno tan vano como el sueño en un sueño? ¿No es irrespetuoso serenarse en la idea de que todo es falso, incluso lo que decimos querer salvar, incluso aquello que decimos merece todo el honor de los tres mundos? Pero si el mundo es tan ilusorio como nuestro propio ser, entonces las conciencias ennoblecidas, sombras que aman a otras sombras, vacíos que auxilian a más vacíos, ni siquiera aman con veracidad, y el propio amor no es más que una energía de escena entre causas y efectos, una onda sin substancia, una nada que juega a embellecer la inanidad universal. ¿Cómo convertir en reyes a los personajes de un espejismo? ¿Pero qué pretendemos de las palabras, si, como bien sabemos, no ha habido más realeza que la ficticia ni más humanidad que la convencional atribución de ciertos rasgos a animales bípedos en descomposición? Hagamos de la realidad espectral, la única que conocemos con certeza, un conocimiento de espectrales certezas, y una fusión real entre sus indiscernibles naturalezas profundas. Sea el fundir nomenclaturas irreales nuestro modo de rendir homenaje a lo que de real haya en el centro misterioso e inalcanzable de los seres. Vacuidad del amor y amor de vacuidades no son sino dos caras de una misma moneda de valor incalculable, tan incalculable como lo supremo y lo desvanecido.

Y yo también me sé una gota más en esa masa líquida contra la que me defino en pueril competición y a la cual sin embargo digo estar aprendiendo a amar. Y así, en melancólica compañía, no exenta de destellos de gozos y paces, labramos las riberas en las que jamás reposaremos más que en accidental salpicadura y posterior reconversión en tierna hierba, en acuífero de insectos, en humus fértil que también se secará algún día sin llegar a saber nunca si alguna vez amó o no verdaderamente y en dulce alegría.

[R. Hahn, À Chloris, cantada por J. Cummings, sobre poema de Théophile de Viau: “S’il est vrai, Chloris, que tu m’aimes, / Mais j’entends, que tu m’aimes bien, / Je ne crois point que les rois mêmes / Aient un bonheur pareil au mien. / Que la mort serait importune / De venir changer ma fortune / A la félicité des cieux! / Tout ce qu’on dit de l’ambroisie / Ne touche point ma fantaisie / Au prix des grâces de tes yeux.”]

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Vio a los pinos jóvenes, que parecían sonreír dorados de sol, y a los amigos-discípulos alborozados, como si bebiesen jugos de una vida poderosa, que era la suya… Por la noche hizo abdicación de su mando y señorío: bajó al patio y besó el tronco muerto.

G. Miró, Parábola del pino

… y acabó por salir al campo, siguiendo la orilla del río, lentamente, con la vista fija en aquella alquería azul que nunca había llamado su atención y ahora le parecía la más hermosa del dilatado paraíso de naranjos.

V. Blasco Ibáñez, Entre naranjos I 3

Així mateix també tenen,
alguna altra cosa bona,
xim pum dali dali dali trum trum,
alguna altra cosa bona.

Sa cosa no vos la dic,
però ja hi deveu pensar-hi,
xim pum dali dali dali trum trum,
però ja hi deveu pensar-hi.

Anàrem a Sant Miquel (canción popular ibicenca)

No suelo pensar en la tierra sobre la que se depositó mi cuerpo por primera vez, a medio kilómetro del mar. Respiraba mi madre la brisa marina en aquel entonces, y esa brisa fue la primera que respiré yo, y así siguió la cosa hasta mi primera juventud. Y, sin saber muy bien por qué, aunque rastreo mi genealogía en los cuatro puntos cardinales de la península, siempre me habría descrito como el castellano que no soy, cuando no como el francés o el ruso que jamás podré ser. Algo he renegado de una patria que, creía, no concertaba con mi espíritu. Pero caigo a veces en que debió de ser un privilegio sentirse de aquí cuando había un aquí que no violentaba los sentidos, cuando reinaba la placidez en las huertas, la abeja en el matorral y los cantos en los hombres que echaban las redes desde los veleros. No se trata esta vez de una fantasía embellecida sobre motivos azarosos del pasado: no todos los lugares reúnen el mismo equilibrio entre sus fuerzas, no en todos los lugares uno podría pasear y adormecerse dulcemente durante meses bajo el arropamiento del suave clima, no en todos los lugares quedan ancianos que confirman mi sospecha. No hay motivo alguno para sentir orgullo, pero sí cierta gratitud y cierta lástima a partes iguales. A pesar de la dureza de toda vida popular, a pesar del drama humano, idéntico en todos los paisanos del planeta, no menos cierto es una afortunada dulzura de vivir se propicia en ciertas geografías y siglos. Uno no elige donde nace, pero sí elige no caer en el desprecio ni al terruño propio ni al ajeno, así como aprovechar las virtudes de allí donde se florece. Tener raíces -unas raíces plácidas- no salva a nadie, pero hace las cosas más fáciles para gozar de un corazón servido y natural. Y una corriente de pensamientos me llegan desde remotos antepasados, tan árabes como reconquistadores catalanes, tan emigrados judíos como indiscernibles romanos, mientras contemplo en tonalidad azul lo más parecido al infinito que pueda verse desde aquí, desde uno de los últimos porches antiguos que por estos pueblos asoman directamente sobre el romper de las olas.

Incontables siglos llevan los flujos de Levante lamiendo estas arenas y rocas, como queriendo trasladarnos los sabores de aquellos mundos, hermanos y lejanos a un tiempo, en que héroes y dioses fundaban reinos y adoraban a las fuerzas de las profundidades. Envueltos llegan en el sabor del salitre, y apenas distinguimos sus venerables procedencias, indolentes como están nuestros sentidos por el frescor del alficoz, el néctar áureo de la oliva o el candor ruborizado de la buganvilla, secuestrada de insólitos continentes. De entre las palmeras incuestionables, vigías de los horizontes, avaras en dátil, distingo una pareja de ardillas, amadas entre sí, sabiamente afincadas junto al océano, al que nunca osarán adentrarse. Más temerarias sobrevuelan tierra y agua las gaviotas y sus secuaces –deslucidos cormoranes–, a la caza de la anchoa veloz o de la oprimida quisquilla. Los gatos se orean cimbreándose en las faldas del ufano peñón a la espera de dádivas humanas, mientras ya nadie recuerda todos los amores que debieron de declararse por estos rincones entre palafreneros y tejedoras, entre pescadores y comadronas, antes de que ningún joven de la comarca supiese ponerlos por escrito. Cierto es que este paisaje tiene una sequedad enjuta, yerta en la primera legua de costa, esterilizada por el yodo: los floripondios carecen del poder de geranios adustos y fragantes romeros. Pero se diría que el hombre se acondiciona con perfección a este clima en el cual, a pesar de gratos aromas y tímidos verdores, uno no puede huir de sí mismo, a cambio de no habérselas con demasiados peligros y de respirar nardo y jazmín en las noches; allí donde el reino vegetal pugna con el desierto no hay ni exuberante entretenimiento ni amenazas considerables, fuera de rarísimos alacranes, algunos mosquitos más y hedonistas de nuevo cuño. Es un mundo sencillo. No rondan ni el misterio ni refinamientos cortesanos: la luz lo inunda todo con vigor, llamando a las cosas por su nombre. Es por ello también una escuela para ánimos atribulados, un gimnasio para el alma demasiado sensible, enrarecida por conversaciones inútiles; ofrece motivos a la indolencia sin motivos. No hay aquí grandes filosofías ni repensados versos: la cumbre de la sapiencia pasa por el refranero, y aun, intuyo, es visto a menudo como excesivo. Algo de risa ruidosa, dichos breves e interjecciones, percusivas dulzainas y otros vientos, la sombra de las parras y el rumor del oleaje cumplen tales funciones y la maridan siempre con el placer, mejor o peor según los casos y los días. Si se desea concertar el alma con este suelo, sobre él hay que pensar descalzo o en espardenyes. Ése es su privilegio y su límite.

Desde rocas similares a ésta en la que me encuentro, en jónicas lejanías, entregó la divina Safo su cuerpo a las nereidas. Desde peñones como aquel otro tantearon los argonautas los primeros pasos de sus epopeyas, y allí también sacrificarían venados vencidos por congraciarse con los intemperantes dioses de los reinos azules, bien celestes, bien marinos. A lugares como éste arribaron primerizos los helenos y, prendados del genio comercial de fenicios y cartagineses, llamaron Ἂκρα Λευκῆ, la “Ciudadela Blanca”, a ese asentamiento de Amílcar Barca en tiempos de la primera guerra púnica.  Pero es, ante todo, un mundo más atávico que el de Homero o Apolonio de Rodas, un mundo en el que ya había hombres y mujeres trabajando los elementos mucho antes de que hubiese poetas penando de amores sin rociar de callos sus manos, antes de que los dioses impartiesen leyes y trazados de líneas rectas al levantamiento de muros. Oigo de boca de un hombre que llegó a ver allí otro régimen de costumbres retratos de oficios ya extintos. Imagino, arrullado por su nostalgia, al portador de sal que en carromatos llevaba sus pequeños diamantes desde las salinas de Calpe, punteadas todavía hoy por el rosáceo de floridos flamencos, hasta las calles de Benissa, Teulada, Dénia, Xàbia, Alcalalí o Pedreguer, entretenidas en sus caspellets, en su sang amb ceba, su borreta de melva, su mullador de pelleta, o su cocido de pulpo, mientras reciben alegremente a las viandas las mujeres bajo los arcos de los riuraus, al son de canciones populares alicantinas. Imagino jóvenes mozos intercambiando sacos con las hortalizas de sus padres, en el terreno franco entre la Punta de Moraira y el Cap de la Nao: desciende la naranja hacia la comarca de la Marina Alta, y ascienden tomate e hinojo hacia Gandía y la noble Valencia, reino sin rey. Y, tras los trabajos de siglos, salazones y caldoso arroz, trufado de ñoras, cubren las mesas encabezadas por los ancianos, que aún distinguen en su deteriorada visión la línea separadora entre océano y firmamento, aquella línea en la que, por voluntad de Nereo, Anfítrite o el Cristo de los Sudores, perdieron a un hermano pescador cuando apenas apuntaba barba, por más que colgaba a su cuello una medalla de la Virgen del Carmen, protectora de los pescadores, media centuria atrás, sin que el olvido imponga su completa cicatrización. No es, sin embargo, un mar conocido por sus bravuconadas en sus primeras leguas; cercado como una balsa, respetuoso incluso con los niños, los diversos reinos que lo rodean y beben de él -en especial el balear, centinela de Occidente- se contrarrestan entre sí amainando en lo posible huracanes y naufragios. E igual que apaciguan el agua con tierras, lo propio hacen esos reinos en el alma con el comercio y el trato frecuente. Rara vez se protesta contra el poder, o se hace con demasiada guasa, con escasa capacidad para el trabajoso rencor, teniendo como se tiene el consuelo del campo y la soleada playa, y hasta el idioma ha tomado sin violencia algunos rasgos de Castilla. Aquí es tan templado el aire como el agua y los caracteres.

A este oleaje prudente y cristalino que apenas conozco, raramente violento y de cuyos hijos los peces no sabría distinguir por su aspecto más de dos nombres, llegó mi sangre un día y se asentó antes de que los cristianos estableciesen sus últimas fronteras. Aquí mis ancestros, a buen seguro, labraron y vendimiaron, cantaron y bailaron, amaron y oraron, envidiaron y se mataron, navegaron y se ahogaron, reposaron y olieron el mensaje de los pinos. Aquí la lluvia se negó a dejarse ver por recelo hacia las brisas que se enseñorean en estas playas y cabos, y que transportan brotes de la tierra hacia el infinito piélago, y que recuerdan una vez más la vigencia de algas extranjeras sobre las rocas, contra las que se chocan como pretendiendo conquistar la península mediante una erosión mil veces milenaria. Aunque las rocas permanecen, todo es ya muy distinto. Poco se va oyendo la lengua valenciana que hablo con penosa torpeza por más que me la enseñasen desde niño y de la que solamente unos poquísimos ancianos son incapaces de conjugar con la lengua dominante, indiferentemente ajenos a la imposición castellana, atesorando palabras inútiles que apuntan a instrumentos, alimentos y oficios ya olvidados, concebidos en eras arábigas que habrán de regresar. Ni siquiera es acento ibérico el que más melodiosamente se explaya: forasteros del norte y del sur se han instalado atraídos por la centralidad de las condiciones locales. Murallas de construcciones prometeicas separan la primera línea de costa de todo lo que haya detrás, dividiendo a la naturaleza con sucio dinero, soez espatarre veraniego e insolente basura. Sí, todo es muy distinto en el litoral por el que asomó la civilización hace muchas, muchísimas lunas, y decidió quedarse aletargada en las calles de los pueblos, bañada por el bienamado sol y por el caldo mediterráneo, merendando junto a las chicharras, con poca prisa, sin codiciar nada porque nada más se puede obtener de la tierra, los cielos o los mares. Me pregunto adónde habrá viajado ahora la civilización, abandonadas ya estas tierras al ritmo de otros afanes menos sabios.

[Música: El primer número, sacado de un disco de L’Escola de Danses de Xàtiva, es un ejemplo atávico de folclore valenciano: una cançó de batre, un canto de trabajo vinculado a la actividad de batir para separar en cereales y legumbres las partes comestibles de las pellofes y tavelles, cascarillas y vainas. En segundo lugar suenan unas boleres, con un sabor panhispánico pero con letra valenciana y marcadamente prosaica, en la voz de una mujer que, desconozco por qué, me resulta gratamente familiar, una vez más junto a L’Escola de Danses de Xàtiva, y sospecho que con algunos castellanismos de más. La tercera música es la socarrona Cançó de la llum -originada en eventos reales acaecidos en Bèlgida, en la Vall d’Albaida, donde el alcalde se quedó con el dinero destinado a instalar luz en el pueblo, estableciendo dudoso precedente de la actualidad– a manos del grupo folclórico Al tall, con voces masculinas y melodía de dolçaina. La cuarta canción es Anàrem a Sant Miquel, cuyas últimas estrofas cité al comienzo y en la cual una señora ofrece desposar a sus hijas con los visitantes; no desentona aquí una canción ibicenca (presentada por el grupo folclórico menorquín Es bastió de s’illa), teniendo en cuenta que es la misma cultura y que, además, muchos mallorquines repoblaron las comarcas de la Marina Alta y la Safor en 1609, tras la necesidad que de ellos hubo tras la expulsión de los moriscos, y por lo cual permanecen costumbres, gastronomía y expresiones similares entre las islas y estas tierras. La siguiente canción, que recopila en nueva música fragmentos rescatados de temática similar, es de la misma agrupación: Bolero de Mussuptà. La última de las músicas es un buen equivalente de las marinas de Sorolla: la encantadora Sonatina playera para piano de Óscar Esplá, compositor alicantino de quien, casualmente, pasado mañana se celebra el nacimiento.]

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Reo que tiene por actor al poder enojado ha menester en el juez mucha igualdad.

A. Pérez, Aforismos de la carta para el papa 2

Siglos hay en que viven más seguros los deudores que los acreedores.

A. Pérez, Aforismos de Antonio Pérez 35

Los males envejecidos no se pueden curar sin remedios fuertes.

J. Setantí, Centellas de varios conceptos 14

La mayoría de las personas llamadas decentes odian unos pocos abusos y disculpan los demás.

S. Ramón y Cajal, Charlas de café VII (3a ed., 1922, p. 170)

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Oh, voraces niños de metro y medio, que os agitáis entre catedrales malditas de cemento y frío cristal, moderaos. Vuestra sed inconmensurable lo ahoga todo, y os fijáis entretanto en las pequeñas heridillas que os infligen aquí o allá. ¿Por qué creéis que vuestros pequeños dolores merecen más atención que el hundimiento de todo?

Pero, ¿a qué apelar a vuestras conciencias maltrechas? Uno no se puede enfadar con las ladronas urracas, ni con los tigres devoradores de inocentes, ni con las tempestades que gustan de invertir bruscamente la posición de las cosas. Las bestias y los meteoros tienen su estallido trazado de antemano. Adictos como sois a caprichos envilecedores, no lograréis evitar el impulso que os lleva a nutriros del mal. Tampoco he de excluirme yo del grupo: las adicciones que nos han inoculado no se extirparán con una conciencia media como la mía. Se requiere un cataclismo de la mente o del cuerpo o una teofanía nítida para salir de la rueda de la crueldad indiferente que todo lo asola.

¡Asesinos del mundo, yo os absuelvo! No tenéis la culpa de haber nacido con culpa, y los mejores rayos de luz de entre los mejores de vuestros corazones así lo demuestra. Hasta el más puro de los que tienen algún trato con comerciantes están sentenciados como cómplices de crímenes sin número. Sigamos, pues, contribuyendo al imperio de la muerte y del sufrimiento hasta que no soportemos nuestros actos y nos demos por vencidos ante la evidencia: todo en nuestro tiempo parece llamarnos al recogimiento, a la austeridad extrema, a la abstinencia del alimento animal y a buena parte del vegetal, al retiro campestre y a la oración… pero acaso habrá que esperar a que nos encontremos desnudos de vida y de esperanza para forzar el fundamento de nuestras funestas costumbres. No parece que pueda hacerse otra cosa.

Que los seres nos perdonen lo imperdonable.

[Música: J. Savall, Deploratio IV (Lachrimae Caravaggio. Statio VII).]

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El diablo reserva las tentaciones de la carne a los más cándidos; y prefiere desesperar al menos ingenuo privando las cosas de sentido.

N. Gómez Dávila, Nuevos escolios a un texto implícito II

El diablo no puede hacer gran cosa sin la colaboración atolondrada de las virtudes.

N. Gómez Dávila, Id.

La civilización moderna recluta automáticamente a todo el que se mueva.

N. Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito II

El Progreso se reduce finalmente a robarle al hombre lo que lo ennoblece, para poder venderle barato lo que le envilece.

N. Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito II

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Un viandante con la mirada cansada por entre las calles de una gran ciudad con mal tiempo, un alma absorta entre otras, ajeno a lo ajeno. Pero tras su silencioso rostro se mascullan todas las dudas, y se pregunta cómo operar a partir de ahora sin automatismo, pues ha reconocido que con cada acto realizado sobre el cemento se ofende a la moral más elemental. El té que calienta sus manos enfría los cuerpos de macacos en Borneo o de tejones donde sea que haya tejones. Llevando cualquier envase de petróleo atosiga a innumerables especies y prende fuego a la  bienhechora atmósfera. Subiendo a un automóvil público, o incluso a un carromato tirado por voluntarios, ya despertaría el rechazo de los jainistas, que a todas partes van a pie para excusar la vida de los animales ínfimos.

Así voy yo pasando estos días, repensando a cada momento en qué se cifra tal momento y cómo podría evitar que chirríe en mis sienes toda dinámica efn la que invierto. Sin ilusión continúo acometiendo mis pequeños deberes y mis pequeños vicios, que resuenan en hecatombes en otras puntos del planeta. Sonrío, bromeo, firmo, cobro, pago, converso, pido, presto, espero ante los semáforos, declino cortésmente la propaganda consumista que me ofrecen a pie de calle, acaricio a los perros, entretengo a los niños, y parece que el diablo espera paciente en segundo plano hasta que vuelve a verme solo, momento en el cual regresa a mi vera y me acompaña en mi paseo. Aprendo como nunca a extremar mi doble personalidad, pero el fondo gris permanece, y una compasión enrabietada no abandona un rumoroso ritmo de metrónomo al fondo. Aunque sin odiar a nadie, no escapo de la sensación de una derrota histórica: ha vencido lo más pueril y agrio de cada hombre. Pido clemencia a los dioses internos, tomo sin cesar refugio en las Tres Joyas, como si recitar esa fórmula oriental alejase a los malos espíritus occidentales que me rondan. Pero mi pulso apotropaico flaquea, y una melancolía de ver purulenta a toda acción de mi siglo me revuelve estómago y paciencia.

Nadie a mi alrededor parece pensar en ello, aunque todos lo saben. Nadie parece pensar en ello: tampoco yo, de modo que acaso seamos muchos los que callamos el caldeo de frustración que se va incubando bajo la coronilla. Es duro sugerirse siquiera la posibilidad de que toda moral sea ridículamente insuficiente, la posibilidad de que el mayor diablo y el mayor santo resulten indistinguibles para la mayor parte de los seres, que rehuyen a cada rato la mandíbula de un depredador, el frío adormecedor de miembros, el veneno que abrasa, el reluciente cuchillo, la expulsión del territorio o el arrebato de la prole. Lo único bueno que tiene la fiebre es que hace crecer los miembros, y mi destino se me hace cada vez más indiferente, menos injusto para con mi tranquilísima y privilegiada existencia, salvo cuando la justicia me reclama desde el otro lado y sugiere que soy yo el acusado, el magnicida imperdonable.

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La ciudad parece funcionar sin aspavientos a las puertas del Juicio Final. Luces artificiales de colores frutales iluminan a sombras hechizadas que se creen iluminadas. Pésimas canciones de amor y sexo enrarecen un aire insensible y respirado por todos, y cuyo olor ya nadie distingue. Parejas caminan abrazadas, empresarios acuden puntuales a sus citas con el expolio, dementes prometen a gritos el reino amoroso de Cristo, y eso es lo único que en realidad tiene sentido en este desierto superpoblado y atolondrado. Los ancianos mueren en silenciosas azoteas y los mendigos se hielan para siempre en silenciosos portales. Mientras tanto, el estallido de lo todavía más penoso atruena dentro de mi cabeza, sin que nadie pueda percibirlo más que por una mirada más severa de lo habitual en mis ojos, a los cuales pocos ojos miran. Yo, más culpable que todos los que me circundan, porque no dejo de pensar en lo terrible de mis actos sin dejar por ello de insistir en ellos. La idea de lo espiritual me consuela, el testimonio de los anacoretas se me hace cálido, el bien obrado por los caracteres amables arroja luz… pero una triste aceptación de que no están salvando sino a un minúscula parte de lo que merece ser salvado, y un recuerdo insoportable de lo que yo mismo hago soportar al mundo, me hacen perder algo de impulso hacia el cultivo de la sabiduría. Tremenda, sangrante ironía, que uno solamente pueda ayudar alcanzando el Nirvana o suicidándose. ¿Para qué ser sabio o extremadamente paciente y generoso si entretanto se condena a legiones sin nombre a infiernos inconmensurables de cuyas estancias procuraría yo zafarme aun por medio de vender mi alma una y cien veces? Hay demasiado sufrimiento bajo el sol. Se diría que hay demasiado sufrimiento incluso a ojos de los budas.

En una noche sin estrellas, esquivando masas humanas que ríen y riñen, entre el humo asfixiante de la mundanalidad motorizada, me sigo alejando sobre el alquitrán cubierto de lluvia. Las gotas del cielo aplastan mi cabello, y en ello percibo cómo alguna golpea incluso más adentro, sacudiendo alguna facultad moral hasta ahora adormecida. Lo lamentable no es que la soledad nos persiga; lo especialmente molesto para mí es que no logro evitar que musite a mi oído descripciones espeluznantes del presente año, estadísticas de vértigo, causaciones que comienzan en lo trivial y culminan en desolación. Todo lo terrible que sale de mis manos o de mi aliento regresa ahora a la mente mientras el helor invernal no consigue rebajar mis ardores. La lluvia no limpia nada. A veces incluso lamento lamentarme. Pero todos tenemos derecho y obligación de ser agitados por crisis de principios, pues sólo así prueban su solidez y se deciden por un mayor ahínco o por una completa reconstrucción del templo con nuevos cimientos. Sí, algún viraje importante ha de alumbrarse tras esta fiebre.

Magical Dreams - wystawa w Centrum Promocji Kultury

[Música: Cuatro cortes de la banda sonora que B. Herrmann escribió para Taxi Driver, la película más insomne de todas las que retrataron el aislamiento del hombre sensible en el mundo moderno (“A ticking time bomb of a human being trying his best to do good in a world gone to filth la define acertadamente Blake Goble): Getting into ShapeThank God for the Rain, I Still Can’t Sleep y God’s Lonely Man.]

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Mas el mundo es ya biejo e, la natura, liviana,
que es mucho corrompida, fallesçida e menguada;
así que la melesina, que solía ser sana,
al omne que la comiere dar le ha mortal lançada.

Libro de miseria de omne

La locura incuba desde ahora bajo nuestros inmuebles de cincuenta pisos, y a pesar de nuestros intentos por desenraizarla, no llegaremos al punto de reducirla, ella es este dios nuevo que no sosegaremos incluso rindiéndole una especie de culto: es nuestra muerte la que incesantemente reclama todo.

A. Caraco, Breviario del caos

Ni puede nadie, ni aun por un instante, permanecer en realidad inactivo, porque irremediablemente le impelen a la acción las cualidades dimanantes de la naturaleza.

Bhagavadgītā 3.5

… toda acción engendra un significado que ignoro.

S. Zweig, Die Augen des ewigen Bruders

El que quiere vivir sin culpa no puede tener parte en una casa ni en el destino de los demás, no se puede alimentar del esfuerzo ajeno, ni beber del sudor de otros, no puede depender del placer de la mujer ni de la exigencia de la saciedad: sólo aquel que vive en soledad vive con su dios, sólo el que trabaja experimenta al dios y sólo el pobre de solemnidad lo posee por completo.

S. Zweig, Die Augen des ewigen Bruders

El mundo moderno no será castigado. Es el castigo.

N. Gómez Dávila, Escolios a un texto implítico

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Salir a entender el mundo, entender el flujo de los bienes, la compra de delicias, la armonía de la pequeña felicidad entre los hombres honrados, entender eso es descalabrarse contra el horror más abyecto. No quedarán más de cien hombres que no sean ya peones en la construcción de un infierno diseñado por Satanás. Hagamos lo que hagamos, de los dedos de las manos nos emergen a casi todos largos cables que conectan con artilugios de tortura, de extinciones y de arrasamiento de ricos pastos. La crianza de un simple vegetal o la confección de la pluma con la que anoto mis aspiraciones tienen la culpa de la muerte de familias, del barrido de vergeles milenarios, de la letrina de los mares, del estrago de los astragos. Nuestros pecados rodean al globo atravesando antípodas ignotas. Andar vestido en la vieja Europa significa dejar desnudos a países enteros. Mis dientes equivalen a guillotinas, a martillos mis zapatos, a desiertos mis excrementos, a peste sin hartazgo el hambre y las apetencias que llevan a servirme holocaustos con buen color. No logro dar un paso sin sentenciar a legiones de conciencias inocentes y a millares de campos de tranquila beatitud. Ninguno de nuestros más distraídos suspiros evita degenerar en esterilidad planetaria. Nuestros gargajos humean como azufres venenosos, nuestros residuos infectan sin remedio los ríos que dan la vida, nuestras risas cuestan desgarramientos de carne, nuestro parpadeo acaba con toda belleza, y la limpieza y ornamentos que no logran embellecernos supusieron el viaje al Hades a criaturas con ojos para ver el caos coronado. Cada vez que me moviera, debería entonar una letanía por los miembros cercenados, por las lenguas que dejan de hablarse, por las pócimas que inutilizamos por sobreuso, por los linajes que son erradicados entre llantos de dolor insoportable e indigna brutalidad del fuerte. Adaptar verdaderamente la religión a nuestros tiempos sería hacerla promulgar un nuevo dogma: “¡Si cada uno no lamenta la maldición de su diabólica expansión, sea anatema!”. Prometeo ha muerto por vergüenza. Nunca siento tantas ganas de llorar como cuando convengo en que yo y todos los que amo somos asesinos natos cien mil veces más flamígeros que el mayor de los emperadores antiguos. Sólo ese dato basta para hacer vomitar al pudoroso o para hacer estallar nuestras mentes y nuestros más bondadosos conceptos en mil trozos, como le sucedió al bendito Avalokiteśvara, y como a él deberíamos satisfacer a nuestra aspiración mediante tantos otros brazos: poseer la justicia en nuestro encarcelador siglo conlleva el sacrificio de todo lo que nos es dado, porque nada nos llega limpio sino originado en los purgatorios del mundo.

¿Cómo nos hemos atrapado todos en una culpabilidad tan apretada? ¿En qué momento se pasó de la predación violenta a la fulminación de toda esperanza y de toda sensibilidad terrenal? Hacer algo hermoso del libre albedrío es hoy más difícil que nunca. El mero hecho de nacer ya nos ha costado hundir las raíces en la podredumbre y la plaga. ¡Ay de los tiempos en que la infelicidad de uno no costaba la dignidad! ¡Ay de cuando el más inocente placer no nos convertía en alimañas de contagiosa boca putrefacta y ácidas ingles sin mesura! ¡Ay de cuando el peor malvado no provocaba la centésima agonía que provoca hoy el inocente! Incluso cuesta imaginar ahora a un pacífico monje cuya generosidad no sea replicada a sus espaldas por un cúmulo de insensatos eslabones en la cadena de la destrucción ciclópea. En el tercer milenio, con escasas e incomprensibles excepciones, todo hombre ha surgido al menos en una familia de principescos demonios. Los más envanecidos somos los paladines del Infecto Esputo, los ricos dispensadores de las razas, los hombres blancos aposentados en la cima de una Rueda de la Fortuna desde la que devoramos todos los manantiales de alimento y consuelo. Cierto es que en nuestro poder está renegar de los orígenes, pero es tan difícil como hacer que el noble olvide los ademanes en que fue criado o la lengua en la que le hablaba su preocupada madre. Nos encontramos demasiado abrazados a aquellos a quienes amamos, tan culpables como nosotros, y asumimos en voz queda que nuestros nobles clanes son bandas de maleantes. ¡Oh malhadado animal racional, que por tus ansias de catar el infierno lo prefiguras aquí para otros, ganando tú así méritos para ocuparlo después en su centro como Asterión en el laberinto! ¡Oh melancolía de ardua desatadura, cuántas noches de remordimientos me costarás cuando me sea acordado el solo hecho de estar respirando o de estar tocando algo que me haya traído un hermano desde algún confín ya desolado! ¿Me olvidaré de ti algún día, triste culpa, o es éste tu veredicto definitivo? Apenas me acuerdo ya de la de zafiedad de las cabezas y la necedad de los corazones con que la cultura ha devenido obscena mueca de lujuria: deberíamos conformarnos con no formar parte del ejército que viene tras los despojos del imperio aniquilado, el imperio de la vida, el imperio de Natura y sus vasallos.

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¿Cómo nos detendremos? ¿Qué dios tendrá la benevolencia suficiente como para erradicarnos? ¿A esto conducían las revoluciones, no a comunidades de hombres libres y hermanados sino a hacer de la raza una sarna sin cura, una dolencia letal y encadenada entre todos sus miembros, de modo que ningún individuo sepa ya escapar del crimen? No queda oro limpio: todo oro es sucio. Y no bastaría con ser poderoso para detener el entramado de la confusión, porque cada gesto de cada ser racional es una súplica para alimentar su carácter rapaz y mefítico: pondríamos nuestra hacienda en manos de aquellos que decimos combatir si fuesen la única garantía de satisfacer nuestros vicios durante un lustro más. Ya ni siquiera veo como un gran crimen someter a los pueblos, despreciar a las razas, engañar a las mujeres o atormentar a las bestias: hemos llegado mucho más allá de eso, porque sencillamente hemos venido a destruir el ambiente en su conjunto con todas sus piezas, inmenso habitáculo en el que todos los inocentes nacieron y nacerán mientras se les deje un resquicio para ello. Y en esa batida participaremos todos los agentes con manos prensiles, sin importar nuestro abolengo, color, edad o el racimo que nos cuelgue entre las piernas, sin importar nuestros conocimientos o nuestro buen corazón. Siendo la civilización un apéndice al organismo que ya funcionaba con razonable armonía, no reclamemos siquiera la salvación de la belleza, de los templos, del honor de los justos o de nuestros entrañables recuerdos clásicos: no hay tiempo para eso. Antes haríamos bien en pensar únicamente en salvar un mínimo de rayo de luz regenerador y en que una boca humana no devenga cataclismo desde su nacimiento hasta su fin. Regresando a la más simple de las barbaries ahorraríamos el dolor infinito que expedimos ahora mientras conversamos cortésmente. Y es que el mundo no está siendo destruido por fanáticos religiosos o por avariciosos ejércitos, sino por la niña que compra un refrigerio porque hace calor. Las injusticias con que me puedan cargar a mí poco de valor tienen y poca ira deberían suscitarme, pues yo las centuplico cada día sin pensar siquiera en ello.

No hay en verdad hoy muchos motivos para la alegría: la transmigración que todo lo aplaza no me da ánimos, porque no me parece a ratos bastante con que los herederos de nuestros actos logren algún día la bendita luz de la paz perpetua. Hay demasiada densidad en el Averno material que presenciamos en este preciso instante como para no procurar cesarlo de inmediato, como para no aliviar un poco el ardor de lo que en su seno se abrasa. Por momentos me entran ganas de actuar de una santa vez como un hombre justo, tan sólo un hombre justo y nada más. Ya no sería cuestión tan sólo de no propagar la semilla del linaje, ni la de reducir la abundancia de bienes, ni la de privarse para siempre del sabor de los cadáveres y sus secreciones; todo eso es poco para quien encarna en sí mismo un apocalipsis cada semana. Me dan ganas de retirarme en una cabaña sobre la cresta de una cordillera ignota, u orar sin cesar y comer en la celda de un monasterio hortalizas criadas por mi mano, o, en el peor de los casos, morirme. Toda abstinencia es poca, y todo lo que no suponga encharcarse en un mugriento arrozal es encadenar allí a estirpes de desposeídos o entregar a los gusanos a aquellos desventurados exiliados de su propio mundo, aquellos que caminan a cuatro patas para agarrarse mejor a un suelo que hacemos desaparecer bajo sus pies.

Nunca haremos lo bastante por enmendar nuestras ofensas, pero ello debe animarnos todavía más a desprendernos en la medida de lo posible del oprobio con el que nos recordarán los cielos tras nuestro paso. Que sea una batalla perdida de antemano no implica que debamos abandonar el terreno; como bien entendían los más nobles guerreros del pasado, más vale morir aplastado por lealtad al honor que deambular miserable durante una larga y apestosa vida. En cada ocasión en la que omitamos un impulso por imaginar sus cósmicas consecuencias, habremos saludado a un ángel. Ojalá los que lamentamos de corazón nuestro devenir en el lodo y en tronos de lágrimas nos agrupásemos para recomenzar el juego, olvidando las mercancías de Oriente, retornando las lámparas de aceite y a la narración de pequeños relatos en torno a la hoguera, en aldeas privadas de locura y de espíritu del siglo, que no es sino el espíritu condenado en brazos del Anticristo.

Esta pena no se diluirá en un día, ni en un siglo, ni aun en eones de vidas sucesivas. Lloremos, hermanos, lloremos como supuran los bubones que somos.

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[Música: J. Savall, Lachrimae Caravaggio. Statio II. Pugna et damnatio.]

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