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Archive for the ‘Melarquía’ Category

Reo que tiene por actor al poder enojado ha menester en el juez mucha igualdad.

A. Pérez, Aforismos de la carta para el papa 2

Siglos hay en que viven más seguros los deudores que los acreedores.

A. Pérez, Aforismos de Antonio Pérez 35

Los males envejecidos no se pueden curar sin remedios fuertes.

J. Setantí, Centellas de varios conceptos 14

La mayoría de las personas llamadas decentes odian unos pocos abusos y disculpan los demás.

S. Ramón y Cajal, Charlas de café VII (3a ed., 1922, p. 170)

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Oh, voraces niños de metro y medio, que os agitáis entre catedrales malditas de cemento y frío cristal, moderaos. Vuestra sed inconmensurable lo ahoga todo, y os fijáis entretanto en las pequeñas heridillas que os infligen aquí o allá. ¿Por qué creéis que vuestros pequeños dolores merecen más atención que el hundimiento de todo?

Pero, ¿a qué apelar a vuestras conciencias maltrechas? Uno no se puede enfadar con las ladronas urracas, ni con los tigres devoradores de inocentes, ni con las tempestades que gustan de invertir bruscamente la posición de las cosas. Las bestias y los meteoros tienen su estallido trazado de antemano. Adictos como sois a caprichos envilecedores, no lograréis evitar el impulso que os lleva a nutriros del mal. Tampoco he de excluirme yo del grupo: las adicciones que nos han inoculado no se extirparán con una conciencia media como la mía. Se requiere un cataclismo de la mente o del cuerpo o una teofanía nítida para salir de la rueda de la crueldad indiferente que todo lo asola.

¡Asesinos del mundo, yo os absuelvo! No tenéis la culpa de haber nacido con culpa, y los mejores rayos de luz de entre los mejores de vuestros corazones así lo demuestra. Hasta el más puro de los que tienen algún trato con comerciantes están sentenciados como cómplices de crímenes sin número. Sigamos, pues, contribuyendo al imperio de la muerte y del sufrimiento hasta que no soportemos nuestros actos y nos demos por vencidos ante la evidencia: todo en nuestro tiempo parece llamarnos al recogimiento, a la austeridad extrema, a la abstinencia del alimento animal y a buena parte del vegetal, al retiro campestre y a la oración… pero acaso habrá que esperar a que nos encontremos desnudos de vida y de esperanza para forzar el fundamento de nuestras funestas costumbres. No parece que pueda hacerse otra cosa.

Que los seres nos perdonen lo imperdonable.

[Música: J. Savall, Deploratio IV (Lachrimae Caravaggio. Statio VII).]

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El diablo reserva las tentaciones de la carne a los más cándidos; y prefiere desesperar al menos ingenuo privando las cosas de sentido.

N. Gómez Dávila, Nuevos escolios a un texto implícito II

El diablo no puede hacer gran cosa sin la colaboración atolondrada de las virtudes.

N. Gómez Dávila, Id.

La civilización moderna recluta automáticamente a todo el que se mueva.

N. Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito II

El Progreso se reduce finalmente a robarle al hombre lo que lo ennoblece, para poder venderle barato lo que le envilece.

N. Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito II

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Un viandante con la mirada cansada por entre las calles de una gran ciudad con mal tiempo, un alma absorta entre otras, ajeno a lo ajeno. Pero tras su silencioso rostro se mascullan todas las dudas, y se pregunta cómo operar a partir de ahora sin automatismo, pues ha reconocido que con cada acto realizado sobre el cemento se ofende a la moral más elemental. El té que calienta sus manos enfría los cuerpos de macacos en Borneo o de tejones donde sea que haya tejones. Llevando cualquier envase de petróleo atosiga a innumerables especies y prende fuego a la  bienhechora atmósfera. Subiendo a un automóvil público, o incluso a un carromato tirado por voluntarios, ya despertaría el rechazo de los jainistas, que a todas partes van a pie para excusar la vida de los animales ínfimos.

Así voy yo pasando estos días, repensando a cada momento en qué se cifra tal momento y cómo podría evitar que chirríe en mis sienes toda dinámica efn la que invierto. Sin ilusión continúo acometiendo mis pequeños deberes y mis pequeños vicios, que resuenan en hecatombes en otras puntos del planeta. Sonrío, bromeo, firmo, cobro, pago, converso, pido, presto, espero ante los semáforos, declino cortésmente la propaganda consumista que me ofrecen a pie de calle, acaricio a los perros, entretengo a los niños, y parece que el diablo espera paciente en segundo plano hasta que vuelve a verme solo, momento en el cual regresa a mi vera y me acompaña en mi paseo. Aprendo como nunca a extremar mi doble personalidad, pero el fondo gris permanece, y una compasión enrabietada no abandona un rumoroso ritmo de metrónomo al fondo. Aunque sin odiar a nadie, no escapo de la sensación de una derrota histórica: ha vencido lo más pueril y agrio de cada hombre. Pido clemencia a los dioses internos, tomo sin cesar refugio en las Tres Joyas, como si recitar esa fórmula oriental alejase a los malos espíritus occidentales que me rondan. Pero mi pulso apotropaico flaquea, y una melancolía de ver purulenta a toda acción de mi siglo me revuelve estómago y paciencia.

Nadie a mi alrededor parece pensar en ello, aunque todos lo saben. Nadie parece pensar en ello: tampoco yo, de modo que acaso seamos muchos los que callamos el caldeo de frustración que se va incubando bajo la coronilla. Es duro sugerirse siquiera la posibilidad de que toda moral sea ridículamente insuficiente, la posibilidad de que el mayor diablo y el mayor santo resulten indistinguibles para la mayor parte de los seres, que rehuyen a cada rato la mandíbula de un depredador, el frío adormecedor de miembros, el veneno que abrasa, el reluciente cuchillo, la expulsión del territorio o el arrebato de la prole. Lo único bueno que tiene la fiebre es que hace crecer los miembros, y mi destino se me hace cada vez más indiferente, menos injusto para con mi tranquilísima y privilegiada existencia, salvo cuando la justicia me reclama desde el otro lado y sugiere que soy yo el acusado, el magnicida imperdonable.

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La ciudad parece funcionar sin aspavientos a las puertas del Juicio Final. Luces artificiales de colores frutales iluminan a sombras hechizadas que se creen iluminadas. Pésimas canciones de amor y sexo enrarecen un aire insensible y respirado por todos, y cuyo olor ya nadie distingue. Parejas caminan abrazadas, empresarios acuden puntuales a sus citas con el expolio, dementes prometen a gritos el reino amoroso de Cristo, y eso es lo único que en realidad tiene sentido en este desierto superpoblado y atolondrado. Los ancianos mueren en silenciosas azoteas y los mendigos se hielan para siempre en silenciosos portales. Mientras tanto, el estallido de lo todavía más penoso atruena dentro de mi cabeza, sin que nadie pueda percibirlo más que por una mirada más severa de lo habitual en mis ojos, a los cuales pocos ojos miran. Yo, más culpable que todos los que me circundan, porque no dejo de pensar en lo terrible de mis actos sin dejar por ello de insistir en ellos. La idea de lo espiritual me consuela, el testimonio de los anacoretas se me hace cálido, el bien obrado por los caracteres amables arroja luz… pero una triste aceptación de que no están salvando sino a un minúscula parte de lo que merece ser salvado, y un recuerdo insoportable de lo que yo mismo hago soportar al mundo, me hacen perder algo de impulso hacia el cultivo de la sabiduría. Tremenda, sangrante ironía, que uno solamente pueda ayudar alcanzando el Nirvana o suicidándose. ¿Para qué ser sabio o extremadamente paciente y generoso si entretanto se condena a legiones sin nombre a infiernos inconmensurables de cuyas estancias procuraría yo zafarme aun por medio de vender mi alma una y cien veces? Hay demasiado sufrimiento bajo el sol. Se diría que hay demasiado sufrimiento incluso a ojos de los budas.

En una noche sin estrellas, esquivando masas humanas que ríen y riñen, entre el humo asfixiante de la mundanalidad motorizada, me sigo alejando sobre el alquitrán cubierto de lluvia. Las gotas del cielo aplastan mi cabello, y en ello percibo cómo alguna golpea incluso más adentro, sacudiendo alguna facultad moral hasta ahora adormecida. Lo lamentable no es que la soledad nos persiga; lo especialmente molesto para mí es que no logro evitar que musite a mi oído descripciones espeluznantes del presente año, estadísticas de vértigo, causaciones que comienzan en lo trivial y culminan en desolación. Todo lo terrible que sale de mis manos o de mi aliento regresa ahora a la mente mientras el helor invernal no consigue rebajar mis ardores. La lluvia no limpia nada. A veces incluso lamento lamentarme. Pero todos tenemos derecho y obligación de ser agitados por crisis de principios, pues sólo así prueban su solidez y se deciden por un mayor ahínco o por una completa reconstrucción del templo con nuevos cimientos. Sí, algún viraje importante ha de alumbrarse tras esta fiebre.

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[Música: Cuatro cortes de la banda sonora que B. Herrmann escribió para Taxi Driver, la película más insomne de todas las que retrataron el aislamiento del hombre sensible en el mundo moderno (“A ticking time bomb of a human being trying his best to do good in a world gone to filth la define acertadamente Blake Goble): Getting into ShapeThank God for the Rain, I Still Can’t Sleep y God’s Lonely Man.]

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Mas el mundo es ya biejo e, la natura, liviana,
que es mucho corrompida, fallesçida e menguada;
así que la melesina, que solía ser sana,
al omne que la comiere dar le ha mortal lançada.

Libro de miseria de omne

La locura incuba desde ahora bajo nuestros inmuebles de cincuenta pisos, y a pesar de nuestros intentos por desenraizarla, no llegaremos al punto de reducirla, ella es este dios nuevo que no sosegaremos incluso rindiéndole una especie de culto: es nuestra muerte la que incesantemente reclama todo.

A. Caraco, Breviario del caos

Ni puede nadie, ni aun por un instante, permanecer en realidad inactivo, porque irremediablemente le impelen a la acción las cualidades dimanantes de la naturaleza.

Bhagavadgītā 3.5

… toda acción engendra un significado que ignoro.

S. Zweig, Die Augen des ewigen Bruders

El que quiere vivir sin culpa no puede tener parte en una casa ni en el destino de los demás, no se puede alimentar del esfuerzo ajeno, ni beber del sudor de otros, no puede depender del placer de la mujer ni de la exigencia de la saciedad: sólo aquel que vive en soledad vive con su dios, sólo el que trabaja experimenta al dios y sólo el pobre de solemnidad lo posee por completo.

S. Zweig, Die Augen des ewigen Bruders

El mundo moderno no será castigado. Es el castigo.

N. Gómez Dávila, Escolios a un texto implítico

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Salir a entender el mundo, entender el flujo de los bienes, la compra de delicias, la armonía de la pequeña felicidad entre los hombres honrados, entender eso es descalabrarse contra el horror más abyecto. No quedarán más de cien hombres que no sean ya peones en la construcción de un infierno diseñado por Satanás. Hagamos lo que hagamos, de los dedos de las manos nos emergen a casi todos largos cables que conectan con artilugios de tortura, de extinciones y de arrasamiento de ricos pastos. La crianza de un simple vegetal o la confección de la pluma con la que anoto mis aspiraciones tienen la culpa de la muerte de familias, del barrido de vergeles milenarios, de la letrina de los mares, del estrago de los astragos. Nuestros pecados rodean al globo atravesando antípodas ignotas. Andar vestido en la vieja Europa significa dejar desnudos a países enteros. Mis dientes equivalen a guillotinas, a martillos mis zapatos, a desiertos mis excrementos, a peste sin hartazgo el hambre y las apetencias que llevan a servirme holocaustos con buen color. No logro dar un paso sin sentenciar a legiones de conciencias inocentes y a millares de campos de tranquila beatitud. Ninguno de nuestros más distraídos suspiros evita degenerar en esterilidad planetaria. Nuestros gargajos humean como azufres venenosos, nuestros residuos infectan sin remedio los ríos que dan la vida, nuestras risas cuestan desgarramientos de carne, nuestro parpadeo acaba con toda belleza, y la limpieza y ornamentos que no logran embellecernos supusieron el viaje al Hades a criaturas con ojos para ver el caos coronado. Cada vez que me moviera, debería entonar una letanía por los miembros cercenados, por las lenguas que dejan de hablarse, por las pócimas que inutilizamos por sobreuso, por los linajes que son erradicados entre llantos de dolor insoportable e indigna brutalidad del fuerte. Adaptar verdaderamente la religión a nuestros tiempos sería hacerla promulgar un nuevo dogma: “¡Si cada uno no lamenta la maldición de su diabólica expansión, sea anatema!”. Prometeo ha muerto por vergüenza. Nunca siento tantas ganas de llorar como cuando convengo en que yo y todos los que amo somos asesinos natos cien mil veces más flamígeros que el mayor de los emperadores antiguos. Sólo ese dato basta para hacer vomitar al pudoroso o para hacer estallar nuestras mentes y nuestros más bondadosos conceptos en mil trozos, como le sucedió al bendito Avalokiteśvara, y como a él deberíamos satisfacer a nuestra aspiración mediante tantos otros brazos: poseer la justicia en nuestro encarcelador siglo conlleva el sacrificio de todo lo que nos es dado, porque nada nos llega limpio sino originado en los purgatorios del mundo.

¿Cómo nos hemos atrapado todos en una culpabilidad tan apretada? ¿En qué momento se pasó de la predación violenta a la fulminación de toda esperanza y de toda sensibilidad terrenal? Hacer algo hermoso del libre albedrío es hoy más difícil que nunca. El mero hecho de nacer ya nos ha costado hundir las raíces en la podredumbre y la plaga. ¡Ay de los tiempos en que la infelicidad de uno no costaba la dignidad! ¡Ay de cuando el más inocente placer no nos convertía en alimañas de contagiosa boca putrefacta y ácidas ingles sin mesura! ¡Ay de cuando el peor malvado no provocaba la centésima agonía que provoca hoy el inocente! Incluso cuesta imaginar ahora a un pacífico monje cuya generosidad no sea replicada a sus espaldas por un cúmulo de insensatos eslabones en la cadena de la destrucción ciclópea. En el tercer milenio, con escasas e incomprensibles excepciones, todo hombre ha surgido al menos en una familia de principescos demonios. Los más envanecidos somos los paladines del Infecto Esputo, los ricos dispensadores de las razas, los hombres blancos aposentados en la cima de una Rueda de la Fortuna desde la que devoramos todos los manantiales de alimento y consuelo. Cierto es que en nuestro poder está renegar de los orígenes, pero es tan difícil como hacer que el noble olvide los ademanes en que fue criado o la lengua en la que le hablaba su preocupada madre. Nos encontramos demasiado abrazados a aquellos a quienes amamos, tan culpables como nosotros, y asumimos en voz queda que nuestros nobles clanes son bandas de maleantes. ¡Oh malhadado animal racional, que por tus ansias de catar el infierno lo prefiguras aquí para otros, ganando tú así méritos para ocuparlo después en su centro como Asterión en el laberinto! ¡Oh melancolía de ardua desatadura, cuántas noches de remordimientos me costarás cuando me sea acordado el solo hecho de estar respirando o de estar tocando algo que me haya traído un hermano desde algún confín ya desolado! ¿Me olvidaré de ti algún día, triste culpa, o es éste tu veredicto definitivo? Apenas me acuerdo ya de la de zafiedad de las cabezas y la necedad de los corazones con que la cultura ha devenido obscena mueca de lujuria: deberíamos conformarnos con no formar parte del ejército que viene tras los despojos del imperio aniquilado, el imperio de la vida, el imperio de Natura y sus vasallos.

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¿Cómo nos detendremos? ¿Qué dios tendrá la benevolencia suficiente como para erradicarnos? ¿A esto conducían las revoluciones, no a comunidades de hombres libres y hermanados sino a hacer de la raza una sarna sin cura, una dolencia letal y encadenada entre todos sus miembros, de modo que ningún individuo sepa ya escapar del crimen? No queda oro limpio: todo oro es sucio. Y no bastaría con ser poderoso para detener el entramado de la confusión, porque cada gesto de cada ser racional es una súplica para alimentar su carácter rapaz y mefítico: pondríamos nuestra hacienda en manos de aquellos que decimos combatir si fuesen la única garantía de satisfacer nuestros vicios durante un lustro más. Ya ni siquiera veo como un gran crimen someter a los pueblos, despreciar a las razas, engañar a las mujeres o atormentar a las bestias: hemos llegado mucho más allá de eso, porque sencillamente hemos venido a destruir el ambiente en su conjunto con todas sus piezas, inmenso habitáculo en el que todos los inocentes nacieron y nacerán mientras se les deje un resquicio para ello. Y en esa batida participaremos todos los agentes con manos prensiles, sin importar nuestro abolengo, color, edad o el racimo que nos cuelgue entre las piernas, sin importar nuestros conocimientos o nuestro buen corazón. Siendo la civilización un apéndice al organismo que ya funcionaba con razonable armonía, no reclamemos siquiera la salvación de la belleza, de los templos, del honor de los justos o de nuestros entrañables recuerdos clásicos: no hay tiempo para eso. Antes haríamos bien en pensar únicamente en salvar un mínimo de rayo de luz regenerador y en que una boca humana no devenga cataclismo desde su nacimiento hasta su fin. Regresando a la más simple de las barbaries ahorraríamos el dolor infinito que expedimos ahora mientras conversamos cortésmente. Y es que el mundo no está siendo destruido por fanáticos religiosos o por avariciosos ejércitos, sino por la niña que compra un refrigerio porque hace calor. Las injusticias con que me puedan cargar a mí poco de valor tienen y poca ira deberían suscitarme, pues yo las centuplico cada día sin pensar siquiera en ello.

No hay en verdad hoy muchos motivos para la alegría: la transmigración que todo lo aplaza no me da ánimos, porque no me parece a ratos bastante con que los herederos de nuestros actos logren algún día la bendita luz de la paz perpetua. Hay demasiada densidad en el Averno material que presenciamos en este preciso instante como para no procurar cesarlo de inmediato, como para no aliviar un poco el ardor de lo que en su seno se abrasa. Por momentos me entran ganas de actuar de una santa vez como un hombre justo, tan sólo un hombre justo y nada más. Ya no sería cuestión tan sólo de no propagar la semilla del linaje, ni la de reducir la abundancia de bienes, ni la de privarse para siempre del sabor de los cadáveres y sus secreciones; todo eso es poco para quien encarna en sí mismo un apocalipsis cada semana. Me dan ganas de retirarme en una cabaña sobre la cresta de una cordillera ignota, u orar sin cesar y comer en la celda de un monasterio hortalizas criadas por mi mano, o, en el peor de los casos, morirme. Toda abstinencia es poca, y todo lo que no suponga encharcarse en un mugriento arrozal es encadenar allí a estirpes de desposeídos o entregar a los gusanos a aquellos desventurados exiliados de su propio mundo, aquellos que caminan a cuatro patas para agarrarse mejor a un suelo que hacemos desaparecer bajo sus pies.

Nunca haremos lo bastante por enmendar nuestras ofensas, pero ello debe animarnos todavía más a desprendernos en la medida de lo posible del oprobio con el que nos recordarán los cielos tras nuestro paso. Que sea una batalla perdida de antemano no implica que debamos abandonar el terreno; como bien entendían los más nobles guerreros del pasado, más vale morir aplastado por lealtad al honor que deambular miserable durante una larga y apestosa vida. En cada ocasión en la que omitamos un impulso por imaginar sus cósmicas consecuencias, habremos saludado a un ángel. Ojalá los que lamentamos de corazón nuestro devenir en el lodo y en tronos de lágrimas nos agrupásemos para recomenzar el juego, olvidando las mercancías de Oriente, retornando las lámparas de aceite y a la narración de pequeños relatos en torno a la hoguera, en aldeas privadas de locura y de espíritu del siglo, que no es sino el espíritu condenado en brazos del Anticristo.

Esta pena no se diluirá en un día, ni en un siglo, ni aun en eones de vidas sucesivas. Lloremos, hermanos, lloremos como supuran los bubones que somos.

***

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[Música: J. Savall, Lachrimae Caravaggio. Statio II. Pugna et damnatio.]

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It is rather the soft green of the soul on which we rest our eyes, that are fatigued with beholding more glaring objects.

[Más bien es el verde claro del alma en el que posamos nuestros ojos, que están fatigados de contemplar otros objetos más brillantes.]

E. Burke, A Philosophical Enquiry into the Origin of Our Ideas of the Sublime and Beautiful, 3.10

Y porque el cielo cubre la tierra con los demás Elementos, por semejança llamamos cielo el que cubre la cama, o el patrio de la casa, o la mesa…

S. de Covarrubias, Tesoro de la lengua castellana o española, 1611 (entrada de “cielo“)

El rojo obscuro y manchado es el color de la bajeza y la codicia; el rojo de sangre y fuego el de la dureza y la crueldad. Donde el color es azul grisáceo se ha borrado con dificultad cierta incontinencia en los placeres.

Plutarco, De la tardanza de la divinidad en castigar, 565C

Il prétendait que son ton de conversation avec madame de…. était changé, depuis qu’elle avait changé en cramoisi le meuble de son cabinet qui était bleu.

[Pretendía que su tono de conversación con Madame de … había experimentado un cambio desde el momento en que cambió en su gabinete un mueble azul por otro carmesí.]

N. Chamfort, Caractères et Anecdotes (Œuvres complètes de Chamfort, t. II)

Si la historia pinta nuestro sabor, las preferencias sentimentales han ido tiñendo a la historia. Si es evidente que el color de la España renacentista es el negro, el de la Francia ilustrada es el azul del cielo despejado. El azur heráldico había presidido el escudo de los Capetos desde siglos antes de que el Rey Sol se presentase en el colosal retrato de Rigaud envuelto por un armiño y un brocado de terciopelo azul esmaltado por doradas flores de lis. Si en el modello de 1701 había probado Rigaud con una tonalidad más clara, el azul del cuadro definitivo es decididamente más oscuro. Y es que lo oscuro revela gravedad. Durante la Regencia y hasta el malhadado reinado de Luis XVI, el azul se fue clareando. Como en todo en Europa, los espectros lumínicos se suavizaron, y las imágenes demasiado intensas, acordes con pasiones exasperantes, se diluyeron. El azul celeste, tradicionalmente combinado con el blanco en las representación pictóricas de la Virgen María desde más de un siglo antes, acompañaba ahora no sólo a la ropa infantil y femenina, sino también a la militar y aristocrática. No era el único color que imperó en el rococó: todos los escarlatas, rosados y verdosos eran bienvenidos siempre que eludiesen toda pureza, toda intensidad, en definitiva, todo dogmatismo. Como sucede con el agua del mar, la lisura del azul era potable si no conllevaba demasiada sal. Porque, como antes en otros lugares del mundo, el auténtico criterio de verdad durante ese periodo era la moderación, la templanza del alma y del cuerpo, y no había más belleza que la prudente. En efecto, para el ilustrado, si cuenta con esprit de finesse, cualquier afirmación demasiado contundente parece traicionar a su posibilidad opuesta, su parte de razón o al menos, su razón de ser. Pelucas cortas y uniformes, diseños más florales que áureos y filigranas más sencillas se avenían perfectamente con la nueva claridad de las almas y de las cosas. Si Luis XIV fue un rey sensible pero ostentoso, delicado pero piadoso en sus últimos días, errático como buen barroco a fin de cuentas, sus sucesores restringieron los vaivenes del ánimo. Al poner la atención sobre las superficies, no podría resistirse que éstas fueran demasiado absorbentes, demasiado comprometidas. Necesitaban, por lo tanto, un tierno fondo de escenario que no capturase demasiado fuertemente al corazón. Así, de entre todos los colores suaves que cubrían la realidad dieciochesca, el esmalte de lapislázuli es el más abundante en los retratos cortesanos, en la tapicería, en las molduras palaciegas o en la porcelana de Sèvres de Jean Hellot. Incluso algunos clavecines se cubrían con una melosa pátina cerúlea que hacía de la música algo así como un pastel para todos los sentidos.

El placer tierno cubría la piel de los nuevos artes y utillajes, y no es casualidad que coincidan esos colores cremosos con los que predominan en la confitería y con los que ambientan todavía hoy a los enseres de los recién nacidos, más rosados para la criatura femenina, más azulosos para el futuro varón. Hoy se tiene a todas las tonalidades intermedias por femeninas. El XVIII fue un siglo andrógino en muchos aspectos, y no en vano no hay otro periodo en el que el equilibrio gobernase al buen gusto. Así, juegan en amistosa proporción el despotismo patriarcal y la retórica de los afectos, la idea de grandeza nacional con la novela doméstica, la omnipresencia del ejército y de la égloga, la impasibilidad ante el atacante y la exquisitez del placer de alcoba, el estudio de las matemáticas y de las costumbres, la razón taxonómica y la clemencia de las grandes damas que ofrecían sus salones a los que razonaban. A excepción del rigaudon, el tambourin y el menuet, las danzas tienen nombres femeninos. La mayoría de las pièces de clavecin de compositores de la Luces tienen en sus títulos adjetivos del mismo género: La majestueuse,  L’enchanteresse, L’adolescente, La rafraîchissante, L’insinüante, La séduisante, L’intîme, La distraite, La galante, La convalescente, L’exquise, L’audacieuse, La fringante, L’epineuse, L’engageante, La commére, La lutine, La pateline, La favorite, La laborieuse, La fleurie, La ténébreuse, L’ingénuë, L’artiste, La superbe, Le turbulent, L’atendrissante, L’unique… Y esos son sólo algunos ejemplos tomados de la obra de François Couperin, el compositor más prolífico de este género, que no ni mucho menos el único.

Liotard, Isaac-Louis de Thellusson 1760

Es difícil definir un color. Por ello los diccionarios recurren a ejemplos, señalando aquí o allá, como si la gracia del color no cupiese en una definición que no recurra a precisas tablas de espectros lumínicos. Se suele referir uno al azul como “semejante al del cielo sin nubes y el mar en un día soleado”. Es, por ende, la expresión gráfica de la extensión infinita, lo inconmensurable reducido a su cualidad material. La palabra κόσμος significaba en griego todo lo ordenado, tanto el universo como el adorno, por lo que denotaba cualquiera de estas palabras, y en verdad nada hay más cosmético que lo cósmico. Es comprensible, pues, que el tinte del cielo sea también el de la placidez doméstica. Νο del todo ajeno a esto es la paradoja de que el esprit francés del XVIII se refiriese tanto al espíritu como, en mayor medida, al ingenio, que era capaz de adoptar las formas más mundanas.

Los colores son cualidades sin forma, materia caótica a la espera de una razón que la inserte en geometrías. Nos recuerdan así al estado primario del cosmos antes de ser cosmos. Por mucho que desde 1700 prosperasen los ateos y los nominalistas, la mera preferencia por la simetría, por la geometría suavemente curvada y por la fina ornamentación clásica denota una cierta afinidad con un platonismo en proceso de descomposición. La impavidez y la exquisitez, además, no impedían en los espíritus más delicados el reconocimiento del drama humano ni la cuestión de su sentido; simplemente se contenían al máximo los flecos expresivos, se ajustaba el sentimentalismo al molde de la idea y la idea flotaba en torno al sentimiento. Con toda su ligereza, el rococó nos propone un catálogo relajado pero definido de valores. Hoy, por oposición, no tenemos más colores característicos que los fluorescentes y fosforitos, perdidos en una amalgama de combinaciones inarmónicas en las que cabe todo salvo la inteligibilidad y lo amoroso.

Las variedades de bleu céleste eran numerosas (bleu turquin, bleu persan, bleu de Prusse…), tantas como matices se puede encontrar a la mesura ingeniosa. El bleu Mazarin, un celeste algo más denso, aplicado a la procelana, descubrió el éxito a partir del interés por la chinoiserie, cuando se conoció la cerámica de los periodos K’ang Hsi, Yung-Chèng y Ch’ien Lung, que abarcan parte del siglo XVII y la totalidad del siguiente. Pero el nombre más popular en la Francia de entonces fue, como no podía ser de otra manera, el “bleu de roi”, el tono más intenso del terciopelo de los grandes retratos regios, referido ya en Le Mercure de France el primero de febrero de 1744. No deja de ser irónico que en la Francia revolucionaria se siguiese utilizando el nombre para los uniformes oficiales a pesar de su clara alusión al periodo monárquico. El Décret sur l’organization des Gardes Nationales de julio de 1791 (Section II, Art. 28) indicaba que el uniforme de la la Guardia Naciona sería “bleu de roi, doublure blanche, parement & collet écarlate”. Y es que Francia no logró desasirse completamente de su elegancia palaciega hasta mucho después de su primer suicidio, por mucho interés que pusiesen los revolucionarios en aplanar de un plumazo la montaña esmerada de sus glorias. Más es consonancia con el espíritu republicano, el color en cuestión acabó conociéndose como “bleu de France”… que no ha de confundirse con el diamante homónimo, símbolo también de la Corona francesa, desaparecido en un robo en 1792, un mes después del asalto al Palacio de las Tullerías que supuso la abolición de la monarquía, y una semana antes de que el cambio histórico se explicitase en la creación de un nuevo calendario que inauguraría el año 1 de la era republicana. Como se ve, todo parece apuntar a las mismas evidencias de las mismas cesiones.

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Algo había ido cambiando también en las tonalidades predominantes. Todavía es el azul celeste más radiante lo que encontramos en la vestimenta de los retratos que Maurice Quentin de La Tour pintase de Pierre-Louis Laideguive, Émilie du Châtelet, Marie Fel, Mmede Mondonville, Magdalene de Mazade, Charles Pinot Duclos, la Présidente de Rieux, Charles-Louis-Auguste Fouquet o de sí mismo en su autorretrato. Es la misma gama en la que se mueven las telas con las que Jean-Étienne Liotard conserva a la duquesa Elisabetta Federica Sofia de Württemberg,  a Isaac-Louis de Thellusson, a Maurice de Saxe, a Lord Mountstuart, Charles-Simon Favart, a Marie Charlotte Boissier, a Lady Tyrell, a Louise d’Épinay, Julie de Thellusson-Ployard, a Isabel de Parma, a Mlle. Lavergne (La belle lectrice), a Edward Morant, a Suzanne Curchod y a la pequeña Maria Frederike van Reede-Athlone. La misma del conde de Vaudreuil, Lady Amelia Darcy, la condesa Saltykova, Geneviève Rinteau de Verrières, Mme. de Genlis, Mme. du Barry, en los lienzos de Drouais. Así aparece Isabel Cristina, consorte de Federico el Grande, en muchas de sus imágenes inmortalizadas. Así presentan Boucher a Mme. de Pompadour en el segundo retrato que le dedicase y a la hija de ésta, David Martin a Benjamin Franklin, Perronneau y Labille-Guiard a la mayoría de las mujeres, Larguillière a Voltaire,  Van Loo a Diderot y a Helvétius, Vigée-Lebrun a María Antonieta.

Mas, ¡ay!, a finales de siglo empezamos a encontrar ropajes más oscuros, reflejando la seriedad de los nuevos tiempos. Así sucede en los retratos de revolucionarios, como el que hiciese de Danton un pintor desconocido, o el de Hérault de Séchelles a manos de Jean-Louis Laneuville; o en efigies ya románticas, como la que hace Francois-Xavier Fabre de un joven anónimo de pelo corto alborotado en 1809, o los diversos testimonios de un joven Napoleón Bonaparte de uniforme. Por no hablar del Incorruptible, el regente del Terror, que prefería casi siempre trajes apagados o directamente tenebrosos como el caos. Así, de oscuridad a oscuridad, el siglo de la elegancia por excelencia ofreció un oasis de limpidez con un azul monárquico grato como un día de primavera. Desde el terciopelo marino de Luis XIV hasta el casi negro del Imperio, el rococó ofreció una jornada breve pero serena, sabedora de su destino pero sin pérdida de sonrisa. Fue un periodo de iluminación en el cual el recuerdo del Paraíso se hizo inteligible y acogedor como el regazo de una madame salonnière. Situado entre gravedades, el leve amaneramiento de últimos eudemonistas hizo de la ingenuidad la mayor de los ingenios y del ingenio la mejor de las tretas para aplazar una vez la caída en el desorden. Momento de consumación, se sostendría mientras nadie se esforzase demasiado en buscar los apliques por cuya fácil ausencia cedería. La biografía de este color aristocrático, como la de los que lo vistieron orgullosamente, abarca a su manera menos de cien años.

Ahora, en estos tiempos de cierre de los jardines de Occidente, muy lejos ya del abrazo de las bellas artes, ningún pigmento nos convencería de que nuestro planeta dejará de ser el planeta azul, ninguno evitará que nos internemos en la más oscura de las noches.

Apotheosis of Charles VI - Fresco of Paul Troger (1739) - Imperial Stair Case - Göttweig Abbey

[Música: É.-N. Méhul, Stratonice (“Ciel! Ne Sois Point Inexorable”), ópera cómica francesa estrenada en 1792, ocho meses antes de la condena a muerte a Luis XVI. El fragmento corresponde a la primera escena, en la que el coro dice lo siguiente: Ciel! Ne Sois Point Inexorable, / A toi seul nous avons recorus / Ciel! Ne Sois Point Inexorable, / A ce cher Prince, accorde ton secours, / Qu’il vive hereux autant qu’il esta aimable! / Qu¡il vive hereux aux dépens de nos jours! (“¡Cielo!, no seas inexorable, / A ti sólo recurrimos. / ¡Cielo!, no seas inexorable, / a este príncipe querido garantiza tu socorro. / ¡Que viva tan feliz como amable es! / ¡Que viva feliz a expensas de nuestros días!”)]

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Escolios al silencio

Frédéric+Soulacroix+-+The+Serenade

Se escribe sobre temas que uno mismo debe prohibirse cuando no se tiene esa misión, aunque se posea el talento.

Abate Dinouart, El arte de callar, 2.2

El comprensivo me atribuye capacidad de comprender y el hastiado me considera aburrido. Creo que ambos están en lo cierto.

Khalil Gibran, Arena y espuma

To cotton-field drudge or cleaner of privies I lean,
On his right cheek I put the family kiss,
And in my soul I swear I never will deny him.

[Me inspira simpatía el peón de los algodonales o el limpiador de letrinas,
Les doy un beso fraternal en la mejilla
Y juro en mi ánima que nunca he de negarles.]

W. Whitman, Song of Myself, 40

Nunca he promocionado mis escritos. No he cobrado un solo sestercio por mis creaciones. Nunca he dado publicidad a este periódico mural de disertaciones, exclamaciones y sentencias. Jamás he contactado con una editorial, ni con un experto, ni con un mecenas, ni con prácticamente nadie con nombre propio. En consecuencia, nadie con medios para dar a conocer mis palabras las conoce. En consecuencia, su inexistencia sólo afectaría a unos pocos lectores, fiables o erráticos, y el recuerdo histórico de mi pluma será nulo.

Jean-Leon Gerome

Con todo, no es eso lo que me quita el sueño. Lo que lamento es no llegar no a quienes entiendan los conceptos, sino a quienes no entendiendo éstos, comparten empero la intensidad y el sufrimiento. Lamento no poder llegar a yoguis y monjes de clausura que juzguen la pertinencia o vanidad de mis sugerencias gnósticas y me amonesten si fuera menester, o no llegar a los aventureros que, con o sin formación del espíritu, emprenden anhelantes búsquedas de infinitos. No podré llegar nunca a consolar a quienes más lo necesitan, no en burgueses dormitorios europeos, americanos o australianos, sino en barriadas indias, en eriales nepalíes, en sabanas africanas. Jamás llegarán mis llantos solidarios, perlados en metáforas, hasta los indígenas que contemplan arrasada su jungla y con ella sus milenarias viviendas. Ninguna res criada en la tiniebla y descuartizada viva sabrá que rezo por ella y que, con mejor o peor tino, la amo a mi manera.

La comunicación es casi imposible cuando esencia pura y ornamentación artificiosa se alían en el silencio del retiro del mundo. No permiten la proyección ni el qué, ni el cómo, ni el idioma, ni la inexistente gestión de la venta. Pero escribo no para convencer a nadie, sino para recordarme a mí mismo que no soy una máquina, que la soledad merece la pena si le ayuda a recordar a uno que se postre ante el sanctasanctórum, recordar que no se ría nunca de la virtud y que no se dé por vencido por mucho que el peor enemigo de todos, uno mismo, se oponga una y otra vez. Pero, ¿por qué entonces darse gratuitamente a un vacío expuesto, no obteniendo ni beneficio ni mirada pero entrando en la lógica de quienes esperarían algo de ambas cosas? Generosidad, esperanza y vanidad tienen sus pequeñas participaciones, supongo yo, en este irracional proceder. Aunque sólo una pequeña parte de lo escrito por mi mano haya sido colgado a los ojos de los curiosos, quiero creer que hay más amor en el dar a conocer lo expuesto que desprecio en ocultar lo que vengo ocultando. Tanto da; como he dicho, si todos los hombres son mis hermanos y así debo rememorarlo cada día, acaso mis más afines entre ellos nunca atisbarían las referencias clásicas con que trufo mi prosa, quizá nunca disfrutarían la retórica pompa aunque la comprendiese, nunca compartirían mis aparentes contradicciones filosóficas, nunca recalarán casualmente en mi público mural -ubicuo, sin embargo, en el planeta entero-, y no hablan mi idioma. Mis hermanos más hermanos no comparten mi educación, ni mi ritmo vital, ni mi posición, ni mi país, ni acaso mi condición de occidental. La discreción, el anonimato y la incomunicación no son característica de tal o cual escritor; son patrimonio de quienes se desgarran entre mundos muertos de dispar abolengo, al tiempo que patalean contra un mundo demasiado vivo que ensordece todo cuanto apunta a las luces del misterio. A cambio, los muertos de otros siglos, a los que interpelo con retórica sinceridad, nos responden siempre que acudimos a sus sentencias lapidarias o a sus armónicos pentagramas o a sus vidrieras de iglesia.

Stanislav Plutenko

En este mundo están devaluados las palabras y los pensamientos que no incidan directamente en el eje de valores que atraviesa los pares de opuestos vigentes. Somos escasos los que deambulamos entre los planes de otros siglos y los apreciamos como proyectos mil veces más dignos que los actuales. Pero el anacronismo es una jungla demasiado amplia, pues mientras los mundanos se encuentran todos en el mismo presente, cada nostálgico se traslada a una época distinta, y poco quieren entenderse un neopagano y un cristiano medievalista, o un gentilhombre dieciochesco con un nuboso romántico, por mucho que todos ellos anhelen sutiles bellezas y execren la vulgaridad del tercer milenio. Así, por mucho que nos reunamos los miembros de la Resistencia, poco podremos acordar, máxime cuando casi todos nos vemos materialmente atrapados o emocionalmente seducidos por no pocos anzuelos de la modernidad.

De modo que los rebeldes no nos apreciamos tanto entre nosotros por afán de matización -precio de una formación intelectual y moral demasiado variada y caprichosa-, y los verdaderamente afines nos desconocemos por completo porque la vocación de la pureza nos impide exponernos en una búsqueda pública de aprobación. Por todo lo dicho, dedico estas líneas a quienes nunca las leerán, o a quienes, leyéndolas, jamás adivinarían que las ha anotado un alma gemela o simplemente un buen amigo.

[Música: F. Guerrero, Prado verde y florido, madrigal amoroso o villanesca a lo humano, en la voz de Nuria Rial y Jordi Domènech y cuyo encantador texto reza lo siguiente:

Prado verde y florido, fuente clara,
alegres arboledas y sombrías;
pues veis las penas mías cada hora,
contadlas blandamente a mi pastora;
que, si conmigo es dura,
quizá la ablandará vuestra frescura.

El fresco y manso viento que os alegra
está de mis suspiros inflamado,
y, pues que os ha dañado hasta agora,
pedid vuestro remedio a mi pastora;
que, si conmigo es dura,
quizá la ablandará vuestra frescura.]

Samy Charnine - Tutt'Art (6)

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frans snyders - the butchers shop

También legisló Pitágoras la abstinencia de los seres animados, entre otras razones, porque también este hábito proporciona la paz.

Jámblico, Vida pitagórica, 30 (186)

 

¿Cómo no considerar ostentosa una cena en la que muere un ser animado?

Plutarco, Sobre comer carne, 2.3

 

I am sometimes asked, “Why do you spend so much of your time and money in talking about kindness to animals, when there is so much cruelty to men?” And I answer, “We are working at the roots”.

[A veces me preguntan: “¿Por qué gastas tanto tiempo y dinero en hablar sobre el respeto a los animales cuando hay tanta crueldad hacia los hombres?”. Y yo respondo: “Estamos trabajando en las raíces”].

G. Thorndike Angell, Autobiographical sketches and personal recollections (Appendix: The new order of mercy; or crime and its prevention, p. 32)

 

Οὐχὶ πέντε στρουθία πωλεῖται ἀσσαρίων δύο; Καὶ ἓν ἐξ αὐτῶν οὐκ ἔστιν ἐπιλελησμένον ἐνώπιον τοῦ θεοῦ.

[¿No se venden cinco gorrioncillos por dos monedas? Tampoco uno solo de ellos es olvidado ante Dios.]

Lc 12.6

 

διόπερ εἰ βρῶμα σκανδαλίζει τὸν ἀδελφόν μου, οὐ μὴ φάγω κρέα εἰς τὸν αἰῶνα, ἵνα μὴ τὸν ἀδελφόν μου σκανδαλίσω.

[Por lo cual, si la comida le es a mi hermano ocasión de caer, no comeré carne jamás, para no poner tropiezo a mi hermano].

1 Cor 8.13

 

Aquel que, para lograr su propia felicidad, hiere a otros seres, no experimentará sino dolor en el futuro.

Dhammapada, 10.3

[Música: de nuevo un romance castellano, el Romance de la loba parda, también en la voz de Joaquín Díaz. Refleja con meridiana claridad cómo la aparente fiereza inicial de la bestia cede ante la del hombre, quien se sirve de los despojos de su enemiga no ya por hambre, sino por cubrir necesidades menos preocupantes.]

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En nombre de la raza humana os pido perdón, criaturas, por tener que soportar esta plaga implacable que asedia vuestras parsimoniosas costumbres. El expolio de vuestros territorios, al que nunca habéis restringido el paso, la inocencia de vuestra carne devorada, el límite de vuestra resistencia sobrepujada por todas las torturas inimaginables… Todo nos lo debéis a nosotros, a nosotros, los elegidos para alumbrar este universo con nuestros entendimiento y virtud. Junto a los hombres, haber nacido con demasiado pelo, con plumas o con escamas, puede suponer delicias de comodidad y caricias, o puede suponer la tristeza de morir sin ver el sol y el desgarramiento de todas las entrañas. Hasta el más inocente de entre los seres racionales hemos vejado vuestra existencia, no por devoraros, sino por no jugar limpio, no en el terreno del bosque, no en las colinas donde huir o luchar es todavía un motivo del afán de vivir, sino en nuestras prisiones de cemento enloquecedor, en la asepsia del frío metal cubierto de excrementos acumulados por la imposibilidad del movimiento. Si haber aplastado decenas de hormigas y haber tratado mal a insectos y pequeños mamíferos durante la infancia ya es una carga que muchas almas deberemos purificar a lo largo de nuestras privilegiadas vidas, ¿qué no diremos de la crueldad pasiva del comensal que por sensibilidad evita mirar el proceso que desencadena su hábito? ¿Qué diremos del goce de una carne que fue violada, seccionada viva, por verdugos inmisericordes y a menudo sádicos? Sin duda alguna, si pusierais rostro a los demonios, acertaríais eligiendo rostros humanos.

La crueldad sin fin con que os maldecimos no es cosa de hoy, pero se ha agravado en la medida en que la razón y la eficiencia ganaban espacio tanto a la mirada inocente sobre la naturaleza virgen como a la superstición y el temor de los dioses. Ya no os reconocemos como los mensajeros de los cielos, en el vuelo de las sabias aves ya no leemos las disposiciones del Destino, ya hemos perdido la grandeza de percibir grandeza en lo pequeño. Y así, sois aplastados sin miramientos, sois privados de las crías a las que no habéis visto ni una sola vez tras parirlas, sois abiertos en canal entre paredes chorreadas de sangre, sois carne de paciencia y terror sobre los cadáveres de vuestros hermanos, envueltos entre el olor del miedo sudoroso y de las vísceras.

Aunque no fuerais la encarnación de almas previas que pagan ahora sus errores pasados, aunque no conformásemos todos una rueda en la que la ciega diosa Fortuna o Yama, el Señor de la Muerte, nos van trasladando de reino en reino, aun así nada nos autoriza a soportar que soportéis el desquiciamiento al que se os somete; basta saber que tenéis ojos y oídos y un corazón que palpita más rápidamente ante la inminencia de dolores y muertes, o que evitáis siempre que podéis, como nosotros, el fuego ardiente y el filo penetrante del cuchillo. Pero si además sucediese que recogéis, como dicen los filósofos y los gimnosofistas, el relevo de un viaje entre eones y mundos, entonces hemos de protegeros no sólo por vosotros, sino por el bien de quien os tortura, pues ellos serían los siguientes en pasar por tan exigente pago. Quizá no seáis sino los torturadores de otros tiempos: tan demente espiral de sinsentido ha de ser detenida de una vez por todas. No importa quién comenzó esta cadena, porque la cadena nos aprisiona a todos, y merecemos su rompimiento incondicional.

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Todo lo que pueda decir en unas pocas palabras es poco. Todo lo que no sea llorar retorciéndose por los suelos es no comprender la magnitud del holocausto que se produce a cada hora en cada rincón de este tenebroso planeta. El número de lentas mutilaciones de miembros vivos y de gargantas desangradas y cráneos agrietados todavía sensibles, suma millones cada día. Terrible se aparece el porvenir: a más bocas humanas, acaso aun más ignorantes y concupiscibles, más brutal se irá volviendo la brutalidad que os ha tocado recibir y que ya sobrepasa cualquier definición al uso. Ante eso, todo problema humano suena ridículo, capricho de débil, estupidez de tiranos. No podría ya tomarme en serio la queja de nadie que pueda caminar libremente por donde desee o que al menos disfrute de una prisión confortable. Pero aún habremos de oír mucho de esos problemas y mucha indignada defensa de intereses propios… mientras vuestros cuerpos se contraen estupefactos ante un cúmulo de sensaciones que la naturaleza no previno cuando os dotó de sensibilidad.

No sé qué más añadir. No sé cómo salir airoso con un ribete dialéctico ante el espectáculo de la destrucción total. He sido vencido en mis palabras porque la realidad ha vencido a todo lo que habría de haber de piadoso en la mano del hombre. Simplemente os mando un voto de compasión y renuevo en mi cuerpo la proscripción de la carne. Mientras pueda evitarlo, seguiré sin transformar vuestros cuerpos en el mío, y con ello transformaré con más ahínco mi alma en las vuestras. Y os pido avergonzado perdón por las excepciones, por las omisiones, por los olvidos. Se os acusa de irracionales mientras que otros nos llamamos racionales por hacer uso de la razón únicamente cuando secunda a nuestros apetitos ávidos. Y porque vosotras no sois criaturas irracionales más que mediante la tortura que se os inflige -auténtica materialización del infierno que se auguraba para otros mundos-, que embrutece el escaso pero legítimo raciocinio que se os concedió en tiempos sin origen.

Que podáis liberaros del sufrimiento y de las causas del sufrimiento. Que vuestra liberación sea rápida, y que entretanto vuestras vidas sean cortas e indoloras si es que se os ofrece como miserable alternativa el peso de todo lo insufrible. Descansad en paz pronto, hermanas bestias, de vuestros más que bestiales amos.

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[Música: A. Lotti, Crucifixus a 8]

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“Muramos en esta guerra
para renacer de nuevo
como caballeros del rey de Shambhala”.

Canción mongola de guerra, cit. en J. PALMER, The Bloody White Baron, 2009, p. 66

“Veo… Veo al dios de la guerra… Su vida transcurre horriblemente… Después una sombra… negra como la noche… Ciento treinta pasos aún… Más allá tinieblas… Nada… no veo nada… el dios de la guerra ha desaparecido…”.

Profecía de una adivina cíngaro-buriata a R. von Ungern-Sternberg, cit. en F. OSSENDOWSKI, Bestias, hombres, dioses, 3.10

Cuando se enteró de su muerte [de von Ungern-Sternberg], el Bogd Khan encargó oraciones por su alma para que fueran leídas a lo largo y ancho de Mongolia. Sin duda serían necesarias.

J. PALMER, The Bloody White Baron, 2009, p.231

R. F. von Ungern-Sternberg (1885 – 1921)

Era el 21 de febrero de 1921. Algo más de cincuenta hombres atravesaban a caballo las viejas calles de Urga. Eran cosacos, buriatos, tibetanos y japoneses guiados por el general más temible de la taiga, el terror de los revolucionarios y los impíos, el barón Roman Fiodorovic von Ungern-Sternberg. Se trataba de la avanzadilla de la Caballería Asiática, la escuadra personal del barón, que había encabezado la recuperación de la ciudad. Las banderas ondeantes daban los motivos por los cuales debían preocuparse los chinos apostados en el palacio real mongol. Unas de ellas mostraban el monograma del Gran Duque Miguel, al que von Ungern-Sternberg tenía por nuevo emperador de la Santa Rusia sin saber que estaba muerto desde hacía tres años; en el reverso, la faz de Jesucristo sobre un fondo amarillo budista. En otras banderas vibraba la esvástica, el verdadero emblema de Asia, junto al soyombo, la insignia del tengrianismo estepario. Tras escurrirse horripilados los últimos centinelas chinos, la escuadra libertadora arribó a las puertas del palacio del Buda Viviente. Sin bajar del caballo, el barón gritó tres veces su propio nombre a las murallas y tres veces que le abrieran las puertas. Pocos minutos más tarde se cumplió su petición. En la explanada del palacio le esperaban postrados todos los sirvientes y los altos cargos del gobierno legítimo de Mongolia. Incluso los dobdobs, los monjes guerreros que custodiaban a su líder sin ceder ante ningún ser de este o de otros mundos, hicieron una reverencia. El libertador, vestido con el traje típico mongol, atravesó empedrados y pórticos sin desviar su vista de delante. Dentro del salón de recepciones se podía distinguir un trono budista con una silueta humana aquietada encima. El general ruso se detuvo delante, miró atentamente al líder que tenía enfrente, no fuera a rendir pleitesía, él, un héroe asiático, a quien no lo mereciese. Comprobó que estaba ante el señor de Mongolia; agarró su fusil y lo depositó en el suelo, en el que se arrodilló. El Buda Vivente juntó sus manos en señal de saludo y abrió su preciosa boca:

—Bienvenido, noble guerrero del norte. Has salvado al país de las estepas y a la ley de Buda en él. Serás recompensado con caballos y con muchas vidas de felicidad.

—Santidad —contestó von Ungern-Sternberg—, he cumplido con lo que os prometí y eso me basta. Espero que mi tardanza no haya causado demasiado sufrimiento.

Bogd Khan, el Buda Viviente, sonrió:

—No ha habido más sufrimiento del que debía haber. Ahora descansad. El personal del palacio se ocupará de dar a vuestros hombres y vuestros caballos todas las atenciones necesarias.

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El descanso no afectó al alma del barón. Enseguida se organizó la nueva coronación del Buda Viviente, que finalmente se fijó en un día auspicioso merced a los oráculos. Sipailov, el cruel y alcóholico condotiero, pasó de ser lugarteniente del barón al mandatario en funciones de la ciudad: para inaugurar su cargo mandó matar a unos cuantos judíos y bolcheviques de Urga escogidos poco menos que al azar. Entretanto, el barón daba largos paseos en silencio, meditando absorto sobre el destino de su nuevo imperio. Los mongoles se arrodillaban a su paso; creían que aquel hombre tenía razón al reconocerse como encarnación de Gengis Khan. No había un solo patriota mongol que, enterado de los acontecimientos, no lo creyese. Pero empezaba a correr la idea más importante de que la grandeza del barón sanguinario estribaba en encarnar a Mahākāla, conocido en tibetano como Nagpo-Chenpo o Mgon-Po, el antiguo demonio guerrero, protector del Dharma, furibundo servidor de los budas. El rumor se multiplicaba con gran conmoción cuando se añadía que había salido de los labios de los altos lamas del palacio. Era cierto que no se percibía en la conducta del barón ni alegría ni tristeza, ni misericordia ni odio: tan sólo el decidido cumplimiento de un destino, destino que consistía en propagar la disciplina en forma de budismo y de ética de la guerra, en ser el azote certero del desorden en los cuerpos y en las almas de todo un continente. ¿Quién sino un antiguo rey de mundos superiores tendría esa mirada absorta e impasible, enrojecida por el fervor y la decisión, ajena al terrible desenlace que le esperaba tras un combate ya vaticinado? ¿Quién sino un monje prescindiría de la ternura de cualquier mujer en nombre de la religión? ¿Qué otro aristócrata sería capaz de renunciar a todas las comodidades de la vida y dormir sobre el suelo junto a los soldados? ¿Y quién más, venerando a Buda, tendría ese rigor marcial con el que había torturado a latigazos a sus propios hombres hasta el punto de reventarles los músculos, como a Saltanov, que llegó a perder la razón y hubo de ser ejecutado? Pero tal era el castigo impuesto por el barón por violar la dignidad de la población local, algo que concertaba con la condición de un protector de Mongolia. Todos los designios de aquel hombre pálido parecían responder a un cuidadoso plan de vida y muerte a largo plazo, un plan frío como el invierno y como la Ley del universo, donde las fuerzas del karma reequilibraban los méritos humanos con sufrimientos y victorias igualmente colosales. Tenía, pues, todos los atributos de un difícil dios. Después de todo, el lama Sandan Tsydenov ya había considerado al zar Nicolás un charkravartin, un glorioso rey piadoso; mientras que Agvan Dorjiev, el monje y agente buriato, lo creía la reencarnación de Tsongkapa, el fundador del linaje Gelugpa que ahora lideraban el Dalai Lama, el Panchen Lama y el octavo Jebtsundamba Khutuktu, encarnado ahora en Bogd Khan. El capitán Dimitry Satunin, también de las filas del Ejército Blanco, había sido reconocido en cambio por los oirates burjanistas con rasgos de Ak-Burkhan, el gran emisario divino entre los pueblos altaicos fieles al chamanismo. Así, grandes reyes, grandes generales y grandes deidades adoptaban unos las formas de los otros en una larga cadena que no pretendía sino guiar a los pueblos mediante una alternancia de enseñanzas, mandatos y hazañas.

Bogd Khan, el VIII Jebtsundamba Khutuktu, líder espiritual y secular de Mongolia (1869 – 1924) 

Von Ungern-Sternberg se reunía de cuando en cuando en audiencia privada con Bogd Khan. Su Santidad irradiaba autoridad cuando relataba cómo sus decretos mágicos habían dado resultado durante las semanas previas al contragolpe de estado: los chinos se habían retirado en parte gracias a las recomendaciones al pueblo de Urga de abstenerse de comer carne, de que se arriasen banderines de oración con Caballos de Viento dibujados en ellos, de no comprar tabaco chino, de que las mujeres se dispusieran los cabellos en dos mitades y que llevasen color blanco sobre el pecho. El barón asentía a todas aquellas indicaciones, casi como si supervisase el trabajo de un subordinado. El lama no dejaba de explicarle las costumbres calmucas o los complejos sortilegios a los que obedecen los espíritus de las estepas. Evocaba a menudo la grandeza de la tierra manchú. El ruso, por su parte, opinaba del clima urálico, del temible monje guerrero Ja Lama, de los chamanes siberianos, y del carácter de eminentes camaradas de filas como el almirante Kolchak o Semenov, el atamán cosaco. Habló del apellido von Ungern-Sternberg, propio de antiguos aristócratas guerreros, entre los que se contaban caballeros teutones, cruzados contra los paganos estonios y lituanos. No habiendo sustituido sus creencias budistas a la tradición cristiana de su familia, en ningún momento durante su estancia en Urga dejó de llevar sobre el pecho la merecida Cruz de San Jorge, cuya geometría complació al tacto de Bogd Khan, puesto que su ceguera le impedía verla. Von Ungern-Sternberg hablaba con frecuencia de las guerras de religión en las tierras bálticas y en Tierra Santa y de cómo él no hacía otra cosa que proseguir el linaje familiar. Sin embargo, no evitó reconocer el giro de los acontecimientos:

—La situación al norte es complicada, Su Santidad. Está pasando el tiempo de los atamanes, de los cruzados, de los guerreros píos y de los dioses vivientes. Si vencen los bolcheviques y los chinos, dentro de poco ya no se sentenciarán profecías en estas tierras, y todos los pueblos de Asia dejarán de ser nombrados por los espíritus celestes. Esos revolucionarios, con tal de acabar con los reyes, se han decidido a matar a budas y a dioses.

—¿Y pedir ayuda a Occidente? — inquirió el santo rey mongol.

—Los europeos se han abandonado a su propia desidia, como débiles y afeminados intoxicados en un fumadero de opio. Nada se puede esperar de ellos, salvo pasividad o colaboración con el mal. Tampoco es suficiente la ayuda que prestan los japoneses, y todas las alianzas de los pueblos budistas continentales no lograrán por sí mismas vencer a los comunistas.

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Diciendo esto miro el cielo estrellado y pensó algo sobre el inminente fin de su propio ejército, sobre la corta vida que le había augurado una anciana astróloga semanas atrás, sobre la extinción de los reinos. El lama supo de estos pensamientos sin necesidad de oír palabras de la boca de su aliado, y guardó silencio. De repente tuvo la terrible visión del porvenir de Mongolia y del mundo, y un estremecimiento sacudió los muros de los monasterios cercanos. Tras la colación, mandó a todos los monjes orar y meditar durante toda la noche. Algunos días después, una noche en que la luna había rellenado sus cuernos, el barón tomó la decisión de marchar próximamente con sus hombres para reunirse con las tropas prometidas por el Dalai Lama y para otear la región, cercada ya por Suke Bator y sus aliados chinos, ansiosos de imponer de nuevo el ciclón comunista en la serena y anciana Mongolia. Mientras tanto, unos soldados calmucos cantaban canciones de amor ante una hoguera, los yugos descansaban desuncidos de los bueyes, las marmitas callaron su murmullo, y un monje iba por las calles solitarias esparciendo mantras protectores en queda voz.

H. Consten - Mongol warriors during the liberation war against the Chinese

Fue una mañana determinada como propicia por los augurios de los mopas cuando partió la escuadra del barón. Tras una ceremonia de despedida digna de héroes divinos, la caballería se alejaba, esparciendo al viento insignias de banderas zaristas, cristianas, budistas y tengríes. Hombres, mujeres, niños y ancianos se postraban al paso solemne de los salvadores que abandonaban las calles de la ciudad. Habían recibido al barón como a un soldado ruso: lo despedían como a un dios. Muchos intuían que no regresaría nunca más a Urga con aquel cuerpo. Llorando y gimiendo, salpicaban con flores el suelo que iba pisando el ejército. Tiempo después de la despedida, todavía titilaban los destellos del metálico armamento, que se iban enmascarando por la lejanía y por la nube de polvo que alzaban los cascos de las monturas. Bogd Khan los oyó alejarse y, aunque no mostró ninguna sonrisa, agradecía que los cielos no se hubieran olvidado hasta entonces de las estepas; los budas habían enviado a un feroz protector de la Ley para hacerla prevalecer en el punto más monstruoso de una época degenerada. Así, ante el descarrilamiento fatal de los tiempos que estaba exterminando al aroma fresco del mundo, aquel demonio blanco, servido por hombres violentos de todo Oriente, se había obligado a hacer correr más sangre que nunca con tal que la rueda de la sabiduría siguiese girando. Con cada caricia a las cuentas de su rosario, expresaba el último Khan un deseo de salvación para todos. Trotando con paso firme hacia la muerte de muchas cosas, el barón no volvió la vista atrás ni una sola vez. Las ya distantes tropas comenzaron a entonar una canción de guerra:

“Alzamos la bandera amarilla
por la grandeza del budismo;
nosotros, los pupilos del Buda Viviente,
vamos a combatir por Shambhala”.

Picea obovata forest, Bogdkhan Uul Strictly Protected Area, Mongolia, near Manzushir Monastery

El Buda Viviente, mientras los saludaba en vano con gran agradecimiento e infinita compasión, percibió que el gélido viento había cesado. De repente, las banderillas de oración dejaron de agitarse, y la naturaleza se silenció: la rueda universal de la sabiduría se preparaba para detenerse, y nadie sino los perfectos emancipados del devenir sabía por cuánto tiempo ni hasta qué extremo. Asia habría de contener la respiración ante el aturdimiento del siglo, un aturdimiento surgido de una inmovilidad más desquiciante que cualquier tempestad de la estepa, un aturdimiento que reverberaría por todo el orbe y del que, no obstante, todo espíritu piadoso no podía desear más que una regeneración posterior, recompensa por un invierno milenario. Todo habría de volver algún día a la paz perfecta del ritmo sagrado de los viejos tiempos, igual que la estepa queda vacía y en silencio cuando el breve fragor de la batalla se disuelve en el océano de siglos, igual que el rumor de los insectos cede sin resistencia ante el leve imperio de la nieve. Pero, a pesar de todo, el Buda Viviente cerró sus ojos ciegos para evitar que una lágrima cayese sobre su corazón.

4x5 original

[Música: Aga, Rodina Moya (“Aga, mi patria)”, canción buriata, por el Badma Khanda Ensemble.]

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