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Archive for the ‘Metadogmas’ Category

Fin de ciclo

Sea por todas las experiencias mi suceso, pues cuando más apurado me había de tener el conocimiento destas cosas, me hallé todo en poder de la confusión, poseído de la vanidad de tal manera que en la gran población del mundo, perdido ya, corría donde tras la hermosura me llevaban los ojos y adonde tras la conversación los amigos, de una calle en otra, hecho fábula de todos; y en lugar de desear salida al laberinto, procuraba que se me alargase el engaño.

F. de Quevedo, El mundo por de dentro

 

Le coeur de l’homme n’a pas varié, le coeur de l’homme est pareil à la mer profonde et ténébreuse, les changements n’ont lieu qu’à la surface où notre sensibilité réfléchit la lumière, mais quand nous descendons, nous retrouvons ce qui fut et sera: la philosophie n’y pénètre guère et seule la théologie a les clés de l’abîme.

[El corazon del hombre no ha variado, el corazon del hombre es igual al mar profundo y tenebroso, los cambios no tienen lugar mas que en la superficie donde nuestra sensibilidad refleja la luz, pero cuando descendemos, encontramos eso que fue y será: la filosofia ahí casi no penetra y sólo la teología tiene las llaves del abismo.]

A. Caraco, Breviario del caos

 

Hin floh die irdische Herrlichkeit und meine Trauer mit ihr.

[Huyó la gloria terrenal y mi tristeza con ella.]

Novalis, Hymnen an die Nacht 3

 

Habla para tu corazón y no confíes nada a nadie.

Palabras de vida y palabras de muerte en el antiguo Dahomey 320 (selec. y trad. M. Serrat Crespo)

 

En el plazo de un año un alma, libélula informe confundida por sí misma, puede dejarse inundar de sugerencias a manos de las fantasmagorías lánguidas que traen las brisas invernales. Puede libar de las flores de pensamientos raudos como el polen germinado y depositado por el viento. Bien puede poseerse de recuerdos lejanos y próximos, livianos y pesados, cuando cae algún que otro ocaso. Gusta siempre de cuesionarse a sí misma, alardear de su falta de entidad, y a veces lo dice a las claras. Procura no olvidar los buenos deseos, necesitados siempre de alimento, y se repite una vez más el alfabeto de la compasión incluso a gritos hímnicosSe felicita de la primavera, patria de la diástole eterna del mundo. Solicita el significado de la Cruz, nido último de todos los seres en tanto que no quiebren todas sus cáscaras. Se acuerda de dar voz a quienes no la saben articular por estar demasiado ocupados en hacer únicamente el daño imprescindible para sobrevivir. Ofrece también su voz a otra alma de otra edad, otro mundo, otro credo, otro sexo, otro final, otra entereza, por aprender de todo lo que la esplendidez humana puede enseñar en obras, palabras, silencios y adioses. Se exhorta como estoico caballero, como místico en busca de Nombre, como poeta ávido de rimar sus conatos de nobleza, como gramático que gustase de definir la más alta vía con tal de terminar por lograr señalarla con el dedo y medirla en brazos y pies. Y en brazos de la Vacuidad se conmueve sin movimiento, se adecenta en lo indecente, reposa en lo nunca aquietado. Reconoce que en el corazón se libra no la única pero sí la más importante de las batallas. Se limita, en fin, a ser ella, ser todas, a divagar por los senderos de la existencia, a frasear con inquieta dicción todas y cada una de las notas de una melodía sucinta con la que entreteje al universo mundo y sus posibles reversos. Y sabe que no tiene mucho más que decir sino en nuevas combinaciones de los mismos acordes, mismos motivos y mismos afectos.

***

[Música: El desembre congelat, canción popular catalana, contrafactum de una melodía ya cantada en Francia en el siglo XVI, titulada Quand la mer Rouge apparut, con letra de taberna, adaptada al catalán en el siglo XVIII con un significado más navideño. Dice así la primera estrofa: “El desembre congelat / confús es retira. / Abril, de flors coronat, / tot el món admira. / Quan en un jardí d’amor / neix una divina flor, / d’una ro, ro, ro, / d’una sa, sa, sa, / d’una ro, d’una sa, / d’una rosa bella, / fecunda i poncella”.]

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Todo proyecto es una forma encubierta de esclavitud.

E. M. Cioran, Écartèlement (trad. M. D. Aguilera)

 

 

¿Qué, entonces, constituye el Camino? Simplemente ocupar el lugar de uno mismo en la inmediatez de la propia situación.
¿Qué constituye la realización? Simplemente entender la verdadera naturaleza de uno como el modo en que hay que permanecer.
¿Qué constituye la libertad? Es el estado naturalmente despierto de la Budeidad como la propia esencia de uno mismo.

Dudjom Lingpa, Refinando la percepción de uno mismo

 

 

Es la mente ordinaria confundida la que cree en la meditación y en esforzarse. […] No hay ninguna tarea por realizar ni ningún esfuerzo por hacer -que estés reposando o no es irrelevante.

Longchen Rabjam, El tesoro precioso del espacio fundamental de todos los fenómenos

 

 

Los sentimientos de plenitud o regocijo, de vacuidad, de dicha o de claridad, son todos experiencias temporales. Nunca debes considerarlos maravillosos.

Padmasambhava, Enseñanzas a la dakini Yeshe Tsogyal

 

 

Y así voy por el mundo, sin edad ni destino,
al amparo de un Cosmos que camina conmigo.
Amo la luz, y el río, y el silencio, y la estrella.
y florezco en guitarras porque fui la madera.

A. Yupanqui, Tiempo del hombre

 

El drama de nuestra existencia es desconocer que estamos naturalmente iluminados. Aunque las cortezas más gruesas de nuestro ser se encuentren -debido a su posición- en contacto permanente con los vaivenes de los eventos, distrayéndonos con movimientos incesantes, el corazón del corazón permanece apacible, florido en su insustancialidad, radiante en su nada. Más que obtener algo del camino espiritual, se trataría de dejar de centrar el interés en la fase más rígida y quebradiza de nuestra envoltura mental y corporal. Si bien es parte del estudio el examinar cada porción compuesta de nuestros miembros y facultades y desmenuzarlos como cereales desecados por el verano de nuestras conciencias, al fin y a la postre nos reconocemos en algo más limpio, puro, deslumbrador.

Sin embargo, morar en cualquier parte supone no liberarse de la aversión a la intemperie. Si el mismo sabor hay en todos los fenómenos, si aprehendemos finalmente la comunicación de todas las apariencias, ¿por qué no sobrenadar el mundo como en un mar que nos mece con maternal placidez? ¿Por qué no disfrutar el juego divino del movimiento? No será reposando en el trono sublime del Nirvana donde todas las aporías se resuelvan. Es la apertura a la espaciosidad vacua de todo lo que es y no es lo que nos hará perder las congojas delirantes de bestias que olfatean cada sendero. Resueltos a no necesitar la Iluminación ni los placeres mundanos, pero gozando ambos al mismo tiempo, alternando con padecimientos y conciencias heridas, superpuesto todo elemento y todo hecho como éter misterioso que lo impregna todo en diferentes densidades sin dejar de ser el mismo, frescos y cálidos en la atención permanente al jugo informe que se va adaptando al recipiente de nuestra persona en transformación, allí por fin nos liberamos de liberarnos y de no liberarnos, cantamos de manera impredecible, amamos respetuosamente o enardecemos con fuego sonriente.

Allí, en ese lugar y momento que es todos al mismo tiempo, se nutre el lago, interrumpe el anciano, cae el utensilio, desaparece el hierro, accede la prostituta, muere el rey, se afea el litoral, descansa el escarabajo, nace la estrella, es ignorada cierta ley física, se curva lo flexible, el método se aprovecha y se malogra, lloran el niño y el hombre maduro, se despide un maestro, limpian letrinas, se extingue una raza, se entrega dinero, se enjambra un prado, se aniquiló un bello impulso. En todo ello, asintamos o no, bailemos o no, gocemos o no, cúmplase el designio o no… no hay diferencia última cuando las diferencias últimas no se ciñen a las dicotomías, aunque jueguen también a ser como ellas en algún momento. Todo se libera cuando ya no sabes señalar el Todo ni la liberación, y contemplas el pálpito de conceptos que ya no crees sino como en un resplandor insustancial, y entiendes la esencia de lo sin esencia, y declina el sol un día más en un cosmos sin dueño, sin tiránica lógica, peloteado por lo conveniente hasta cierto punto, resarcido de las leyes sin que queden abrogadas. Desaparece el lenguaje, y vuelve a aparecer, y es la hora de dormir. Triunfa el blanco, triunfa el negro, triunfa el gris de la nube fecunda, y ninguna aserción es definitiva ni desdeñable.

Mañana será otro día, si el dios lo quiere, si el día quiere, si nosotros lo queremos, si el querer se quiere a sí mismo.

[Música: M. Marais, Le Badinage (Suite d’un goût étranger. Pièces de viole IV.87)]

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Tasmān na badhyate addhā, na mucyate nāpi saṃsarati kiṃcit
saṃsarati badhyate mucyate ca nānāśrayā prakṛtiḥ.

[Nadie está sometido, nadie se libera, nadie transmigra; sólo la materia, el sustrato de la multiplicidad, transmigra, se encuentra sometida y se libera.]

Īśvarakṛṣṇa, Sāṁkhyakārikā 62

Sin mirar por la ventana,
se pueden ver los caminos del cielo.
Mientras más lejos vayas,
menos conocerás.

Lao-Tse, Tao Te Ching 47

Lethaeurn ad fluvium Deus evocat agmine magno,
scilicet immemores supera ut convexa revisant,
rursus et incipiant in corpora velle reverti.

[Un dios las convoca a todas en gran muchedumbre junto al río Leteo,
a fin de que tornen a la tierra, olvidadas de lo pasado,
y renazca en ellas el deseo de volver nuevamente a habitar en humanos cuerpos.]

Virgilio, Eneida 6.749-751 (trad. E. de Ochoa).

Intellectus primus, lucis Amphitrite, ita lucem suam effundit ab intimis ad externa et ab extremis attrahit, ut quidlibet ab ipso pro capacitate possit omnia contrahere, et quaelibet ad ipsum pro facultate per ipsius luminis viam tendere.

[El intelecto primero, Anfitrite de la luz, de tal modo difunde su luz de las cosas más profundas a las externas y la atrae hacia sí de las cosas externas, que cualquier cosa, según su capacidad, podrá reunirlo todo a partir de él, y cualquier cosa, de acuerdo con su facultad, podrá tender a él siguiendo el camino de su luz.]

G. Bruno, De umbris idearum. De triginta idearum conceptibus 10 (trad. J. Raventós).

 

Preguntándome a mí mismo sobre qué cosa diría es la vía espiritual, me respondo atribuyéndole predicados de esta sazón:

I. El arte de desaparecer dulcemente.

II. El arte de caer.

III. Percibir como real algo real.

IV. Aprender a no apresar ni a rechazar lo que deviene.

V. Acostumbrarse a conversar con la verdad que ya conocemos en lo más profundo de nuestra sangre.

VI. Posponer lo que creemos nuestra salvación, en beneficio de lo que creemos la salvación de un otro.

VII. Desprender cualidades a la conciencia pura.

VIII. El sentimiento de que con la vida de uno se está dando voz a los muertos y finalidad al cascabeleo de lo penoso.

IX. El abandono de la discusión.

X. El amor a la belleza de toda cosa, sin dejar de notar su incapacidad para salvarnos. No pudiendo ignorar ya la homeoría allí hacia donde se dirijala vista, reposar en la dualidad divina y excrementicia de cada ente.

XI. Vislumbrar la libertad pura atrapada en cada fenómeno.

XII. Todo gesto que se ofrece por un deseo puro de querer hacer las cosas de acuerdo al bien.

XIII. El canto al yo del futuro.

XIV. El ejercicio en posponer siempre la elevación del trofeo.

XV. Navegar a la par con la mirada del niño que ve por primera vez el mar y con la pretensión de orientarse del marino ya maduro.

XVI. Desear plasmar en himno un pensamiento de misericordia.

XVII. Brindar todos los proyectos de nuestras transmigraciones al contemplar una flor marchita, obelisco de todas las caducidades.

XVIII. El convencimiento de que nada estará siempre porque el siempre nunca estuvo.

XIX. La creencia en que el rostro, propio y ajeno, habrá de brillar mientras reciba luz del sol y habrá de ocultarse cuando las definiciones se evaporen como posos de lluvia a manos de soles por llegar que también se apagarán algún día.

XX. Dirigir nuestros conocimientos a amansar la distorsión de las dicotomías.

XXI. Caer en la cuenta de que todo es merecedor de amor por no serlo.

XXII. La renuncia a la unidad sin por ello renunciar a interpretarla en actos, palabras y pensamientos, como el actor sabe que es de la misma naturaleza humana que el rey antiguo al que representa y cuyo pulverizado trono, sin embargo, sabe también que no podrá ocupar ya nunca por mucho que hablen, piensen y se muevan de idéntico modo.

XXIII. Creer y gozar en que solamente las antinomias reflejan verdades profundas.

XXIV. Obtener buen carácter en el abandono que se había hecho de sus necesidades.

XXV. El discernimiento de un principio en cada fin y de un final en cada principio.

XXVI. Cumplir con la Ley del templo hasta que se cuente con una ley propia más exigente y dadivosa.

XXVII. Combatir a los demonios únicamente para descansar de ofrecerles los manjares de nuestra casa.

XXVIII. La decisión de superar limpiamente a los dioses.

XXIX. Caricias a la fiera que vive copulando con el héroe en nuestros corazones.

XXX. Asumir la responsabilidad de una madre hacia uno mismo y hacia toda manifestación.

XXI. Detener un hábito por el gusto de dejar de necesitarlo.

XXXII. La doma de la fuerza que nos mueve hasta que podamos usarla para dispersarla a sí misma, plácidamente, como manantial que se agota para vivir en los ciervos que lo abrevan.

XXXIII. El ir adquiriendo el gusto por dominarse.

XXXIV. Hacer de los seres espejos de nuestra propia luz ilimitada, y propagarse de uno a otro como el rayo que se ha conocido a sí mismo y que halló el ángulo exacto para poder reflejarse a placer en toda la materia hasta embargarla por entero, deslumbrándola al fin para que no sea capaz de continuar con sus ciegos movimientos, invirtiendo así una situación de eones.

¡Homenaje al que, inteligiendo mis palabras, pueda hacérmelas inteligir cada vez más!

[Música: M. Marais, La Reveuse (Suite d’un goût étranger. Pièces de viole IV.82)]

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Incluso el ofrecer tres veces al día
trescientas ollas de comida
no supone ni una porción del mérito
que hay en un instante de amor.

Nagarjuna, La preciosa guirnalda 283

 

Ni un día sin ejercitar un músculo, sin calibrar una idea, sin cultivar una virtud. Ni una certeza sin ser examinada, ni una posibilidad sin ser valorada como la posibilidad que es. Sin perder ni una sola oportunidad de reconvertir en apoyo a mi constitución impermanente, vacía, interdependiente y divina cualquier aparente contradicción a mis propósitos, cualquier ilusorio escollo en el sendero. Todo encuentro con un ser y todo pensamiento de fogueo que se evapora en mi mente ordinaria no son sino ensayos -tímidos o fallidos- de mi Iluminación, y por ende de la de cualquier otro. No son, de hecho, sino profecías de la naturaleza esencial de la mente; de mi lucidez dependerá que entienda el reto y juegue a nutrir resistencia y capacidad de integrar en el poder de un abrazo los pretendidos abatimientos, ataques y temblores. Sople el viento que sople, corra el fuego que sea, nuble cualquier peste la salud de familias y pueblos, que jamás traicione a los seres, por quienes me traicionaría a mí mismo de la forma más vergonzosa.

[Música: P. Glass, Evening Song (Satyagraha).]

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No soy piadoso ni malvado.
No vivo ni de acuerdo a la ley ni a la razón.
No soy ni un conferenciante ni un oyente.
No soy ni un sirviente ni un amo.
No estoy atado, ni soy libre.
No me encuentro ni desligado ni ligado.
Me encuentro lejos de todo; no estoy lejos de nada.
No iré ni al infierno ni al cielo.

Kabir, Cien poemas 79 (vers. de R. Tagore)

 

¿Cómo puedes pretender que se produzcan milagros cuando no has roto tú en tu alma ninguno de tus hábitos?

Ibn ‘Ata Illâh, Al-Hikam 12.127 (trad. F. Gutiérrez)

 

Que todo fluye, que nada permanece, que cada cosa es cosa solamente por nuestro afán de acotar con nombres, que la esencia es presunción que nos acogota, que un ser depende siempre de los demás seres, que el vacío es lo  divino, que el flujo del existir es lo único incesante, que el amor y la bondad desperezan de nuestra ceguera, que el saber sirve únicamente para dejar de saber, que afirmar o negar es no haber entendido, que el gesto nada dice al margen de lo que oculta, que alegrarse en la minucia sin esperar nada de ella despierta candiles en el entendimiento, que lo puro está contaminado y que la contaminación no está sino en nuestra mirada, que la belleza renace con cada intuición serena, que lo inevitable acaba pasando al patrimonio del bien, que las sepulturas son tronos, que tanto la existencia como la nada son excesos del concepto, que todo es sagrado porque nada importa, y a la inversa, que el dolor es primer axioma de todo buen silogismo del alma, que nos llaman en agonía atronadora nuestros hermanos de dos y cuatro y cien piernas y que poco respondemos para nuestra gran vergüenza, que el bien nos quiere reclutar hasta que nos convirtamos en santos más allá de las categorías, que el rey está desnudo sin que haya nada más bello en lo humano que la desnudez y que todos los desnudos reinan.

Que la verdad no cabe en la palabra, pero que la palabra carece de existencia intrínseca, por lo que la connotación -sutil entrelazamiento con el resto del cosmos- despierta resplandores de iluminación en los entendimientos predispuestos. Que los universos merecen pacificadores, y éstos a los otros. Que el infinito cabe en la palma de tu mano no cuando levitas o cuando acumulas saberes prolijos, sino cuando una pestaña, un espacio de aire, una herida que cicatriza o el ala de una mosca te observan en silencio y caes en la cuenta de la levedad de las masas, del fin que no concluye, de la educativa muerte, de la pureza inmediata del ahora, de la realidad sin nombre ni adjetivos, sin un decir y sin un relajante callar.

[Música: G. F. Händel, Suite HWV 434. Menuet (transcr. W. Kempff). Jamás hubo un minuetto menos frívolo, siendo como son todos, a la postre, al tiempo máscara y confesión del Samsara.]

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Y así cada uno alaba o desalaba lo que se le antoja, encubriendo siempre la tacha con el nombre de la virtud que le está más junta o la virtud con el nombre de la más junta tacha. De suerte que del descarado y soberbio dicen que es libre y valeroso; del templado, que es seco […]

B. Castiglione, Il cortegiano 1.13, trad. J. Boscán

 

[Sera dit mauvais, ou esclave, ou faible, ou insensé, celui qui vit au hasard des rencontres, se contente d’en subir les effets, quitte à gémir et à accuser chaque fois que l’effet subi se montre contraire et lui révèle sa propre impuissance.]

Se llamará malo, o esclavo, o débil, o insensato, a quien se lance a la ruleta de los encuentros conformándose con sufrir los efectos, sin que esto acalle sus quejas y acusaciones cada vez que el efecto sufrido se muestre contrario y le revele su propia impotencia.

G. Deleuze, Spinoza, trad. A. Escohotado, pp.33-34

 

[In communibus deinde colloquiis cavebit hominum vitia referre et de humana impotentia non nisi parce loqui curabit : at largiter de humana virtute seu potentia et qua via possit perfici ut sic homines non ex metu aut aversione sed solo lætitiæ affectu, moti ex rationis præscripto quantum in se est, conentur vivere.]

[Además, en los coloquios ordinarios se guardará de referirse a los vicios de los hombres, y tendrá cuidado de no hablar de la impotencia humana sino con parquedad, y, en cambio, hablará ampliamente acerca de la virtud o de la potencia humana, y de la vía por la que pueda perfeccionarse, para que, de esta suerte, los hombres se esfuercen cuanto esté en su mano, no movidos por el miedo o el aborrecimiento, sino por el solo afecto de la alegría, en vivir conforme a los preceptos de la razón.]

Spinoza, Ethica ordine geometrico demonstra, 4. App. 25, trad. V. Peña

 

Cuando ya te has llenado de los aromas del mundo y los conoces de cerca, suceda lo que suceda no te sientes terriblemente implicado. Cuando llegas a entender totalmente los sentimientos humanos, sólo asientes con la cabeza sea quien sea el que recurre a ti.

Huanchu Daoren, Retorno a los orígenes, trad. A. Colodrón a partir de la versión de T. Cleary, p.96

 

Quienes desean encarnar el Tao han de aceptarlo todo. Aceptarlo todo significa en primer lugar no tener cólera ni resistencia hacia ninguna idea o cosa, viva o muerta, con forma o sin forma.

Pseudo-Lao-Tse, Hua Hu Ching 3, a partir de la versión de B. Walker

Los signos de vida más saludables y bellos son oscilaciones. Los ciclos de los tiempos regresan una y otra vez en forma de días, noches y estaciones, como las órbitas planetarias o los pulsos animados de los corazones. Cuando una música suave nos cosquillea, un leve péndulo parece enraizar en nuestra médula, incitándonos a ladear a derecha e izquierda, adelante o atrás; y si una pulsión danzarina exagerada revela cierta descompensación del carácter o un desbordamiento de los instintos, no es menos cierto que la total ausencia la misma revela un bloqueo, una cojera del alma, una incapacidad para aceptar y comprender los vaivenes del entorno natural o artificial. No es sano lo que no oscila, o bien no está vivo. Allí donde haya un componente de materia -excluyendo, pues, a los espíritus puros-, se requiere del movimiento, y un movimiento aperiódico está pronto a desbocarse tristemente. También fenecen, claro está, las espirales y los círculos cuando la energía termina por liberarse por entre las paredes de éter que los unen con el resto del mundo; pero es ésta una muerte dulce, un sabio dejarse ir, una aceptación disciplinada. A la luz de las geométricas enseñanzas, no es enfermiza la idea que se cauteriza en otra para afinar contornos, para laminar asperezas y excesos. Así es como veo que ideas tangenciales se alimentan por complementación. La religión se contrarrespalda con la razón secular ilustrada, y ésta no desautoriza a la otra como acaso le gustaría. No es que simplemente busquen mismos fines con medios distintos o a la inversa, sino que más bien en cada ámbito coinciden y se contraponen, porque las variables son tantas y tan decisivos los matices que a menudo se llega al mismo bien por caminos dispares y que incluso se entrecruzan constantemente, a veces para desagrado de los caminantes. Imagino la construcción de un ideario como se dibuja la onda de un sonido grácil, sin personalidad, sin mixtura. El movimiento armónico simple se escurre en suave curva hacia cada elongación sin olvidar nunca regresar más pronto o más tarde a su contraparte; de ese modo se retorna siempre con el mismo ritmo a la línea de reposo. Tal movimiento dibuja circunferencias, sí, pero partidas en dos mitades, en torno a un eje por el que sólo es posible cruzar en instantánea intersección y en el que nunca es posible quedarse. Si se desea evitar escollos se ha de acabar recorriendo la totalidad del suelo, como la lenta y astuta serpiente se asegura de no dejar ni un palmo sin escrutar, no vaya a perder por apasionamiento a la presa decisiva.

Pero, por encima de todo, no debemos subestimar la ignorancia, la de todos, empezando por la propia. ¿Qué utopía, dudosa ya sobre el papel, resistirá todas las objeciones cuando se vaya fraguando? ¿Qué reino, qué metafísica, qué ritual podrá vencer a sus alternativas? No hay respuesta. El hombre es misterioso y el mundo lo es todavía más. Cualquier intento de resumir pensamientos y actos en unas pocas leyes tendrá que sufrir cuestión. No por ello deben renunciar tales credos a la existencia, pero una mente que verdaderamente quiera comprenderse a sí misma, una vez se ha amoldado a un ritmo virtuoso, ha de reconocer que tal ritmo es en cierto sentido un mal menor, y que, sin abandonarlo a la primera tentación, no ha de aferrarse a él, empero, como si no existiesen otras resonancias, otras simpatías no advertidas, otros mundos bajo las pieles de éste. No se trata de renunciar a la severidad y rendirse a la indulgencia, sino de reconocer que la severidad y su ausencia tienen sus momentos idóneos y que a menudo esos momentos son contemporáneos y entrelazados entre sí, porque cada tribu y cada alma tienen sus propios tiempos, y que se hace difícil en grado sumo distinguirlos, y que cada vez se reúnen más mundos en cada porción de mundo.

No renunciaré a la bella idea de la no violencia, al sentimiento de la conmiseración, a la senda de la disciplina, a la identidad del substrato de las cosas. Defiendo todo ello al margen de las consecuencias, porque no se trata de alcanzar un fin, sino de alejarse lo menos posible de un centro, un centro en el que se contiene en la mayor medida la serenidad de las aguas mansas y la interdependencia de las criaturas. Pero, a pesar de ello, no quiero dejar de acordarme de que todo lo que no esté al alcance de mi mano, ni de mi entendimiento, ni de mi pequeño corazón no merece mi angustia, si es que la angustia no puede conducir a otra parte más que al enrojecimiento de la piel bajo las cadenas. No quiero dejar de notar que, salvo la angustia de los otros seres, todo tiene mucha menos importancia que la que concedo; que las noches ruedan rápidas; que el ingenio no roza apenas el drama cósmico; que las campanas de cierre suenan a todas horas mientras los ángeles sonríen bajo sus badajos.

No dejo de reconocer ciertos imperativos morales, pero tampoco olvido la debilidad, ignorancia o impotencia del hombre para alcanzar los imperativos más evidentes. Hay que defender el mínimo sabiendo que muchas almas y cuerpos estarán siempre por debajo del mínimo sin ser intrínsecamente malvados, pues nadie es tal cosa. Y, en cuanto a teorías más elaboradas, en cuanto a conductas complejas y contradictorias, una medalla propia de la madurez destella en la prudencia a la hora de juzgar. ¿Por qué no cierta doctrina incómoda iba a beber  de posibilidades materiales que desconocemos? ¿Qué sufrimiento precisa de una solución más urgente e incondicional? En cualquier caso, aunque una doctrina cabalgue hacia la disolución, ¿qué alternativa escapará del mismo sentido, dada la confluencia de todos los elementos en un futuro recomienzo, reconcentrado y mil veces milenario? Si cada ser combina a su manera una colección determinada de pasiones, intuiciones y condiciones vitales, entonces la universalidad categórica no es deseable sino a partir de un determinado punto de uniformidad evolutiva; no es posible disponer armoniosamente los setos del jardín sino cuando todos los tallos han alcanzado cierta altura. Sucede que incluso la imposición y la intolerancia, siempre has cierto punto, es también rasgo natural que se adapta a condiciones de determinadas edades, pueblos y temperamentos. Hay millones de maneras de sobrevivir, unos pocos  centenares de maneras de vivir bien, y dos o tres modos de elevarse por encima de las estrellas; sin embargo, hasta que no se han superado las dos primeras estaciones, no se llega a vislumbrar siquiera la posibilidad de una contundente elevación. Es frecuente la necesidad de ligereza, de candor y de placeres más o menos inocentes antes de comprobar que nada es suficiente, y pasar entonces a una contemplación más y más profunda, conducente hacia la postrera visión, en la que todo es suficiente y aun pleno, pletórico, perfecto en su inacabamiento ontológico. No me dejaré indignar más, ni con daños ni con frivolidades, porque la indignación, el odio a lo injusto, no deja de ser un odio y, como tal, brutal perfilado de dentaduras o sangres. Daré mi opinión en voz queda y sincera, pero no me entristeceré ni despreciaré el gozo o el privilegio de mis hermanos, no vaya a ser que nazca en mí más envidia que templanza, no vaya a ser que vaya yo a abortar la improbable satisfacción de quien encontró en la lascivia, en la fácil diversión o en pequeñas mezquindades, la contención de males mayores. Después de todo, ¿quién, fuera de cuatro puros vírgenes, se ha zafado de haber buscado alguna vez lo pleno y eterno en lo sensual y efímero?

Cualquier cosa que diga cualquier persona será fruto de sus condicionamientos, de sus taras y del despliegue natural de sus capacidades -el juego de conquista está implícito en la naturaleza de las criaturas sociales-. Cualquier queja que podamos recibir, cualquier ofensa, herida, lamento, propuesta o sentencia, se deberá a la necesidad del otro por compensar como mejor sabe sus fuerzas internas en torno a un eje, real o ficticio, y que de ese modo se le permita proseguir más o menos cómodamente en su forzado devenir en pos del engorde del yo. Las reivindicaciones y las proposiciones, moderadas o revolucionarias, tienen su parte de razón y su razón de parcialidad. No hay doctrina que carezca de cierto grado de veracidad -de otro modo ni siquiera pretendería dar un mínimo aspecto de creíble- ni de una considerable porción de cojera mental para complementarse con la infinidad de matices con que habría de enmendarse para ser tan siquiera plenamente racional. Las ideas nublan nuestra vista, pero arremolinan las zonas de la niebla para que al menos tengamos un noción de orientación y una sensación parcialmente cierta de que no todo en nuestro andar es puro azar. No hay respuesta simple que las catalogue a todas; lo único sensato es zigzaguear entre ellas, y entre los sentimientos y prejuicios de cada ser, recogiendo su necesidad de salvación, auscultando la racionalidad de su argumentario… y abandonando el resto. En todo hay verdad y hay mentira, en todo hay un impulso por cambiar las cosas, como hay igualmente una tristeza insaciable, una ignorancia invencible y una energía psíquica difícilmente gobernable. Si hay una realidad absoluta, no la ensartaremos en categorías, sino que se mecerá en un fluir difuso de caudal variado y que solamente cabrá en algoritmos dispuestos por la mente de un dios.

Quisiera ser la onda de voz que, con su expansión esférica, invade los recovecos de las naves catedralicias, resonando a su manera según las distintas densidades. Pero no lo lograré… porque nadie puede lograrlo. Aceptemos que nunca conoceremos la potencia de todas las teorías, las debilidades según las ocasiones, los límites de la buena fe y del conocimiento humano. Bastará con no concederse demasiado mérito por haber gozado de un aprendizaje azaroso del desasimiento, de la vacuidad universal y del amor. Bastará con aceptar hasta lo inaceptable cuando lo inaceptable se imponga, y bastará con aceptar los rechazos cuando los rechazos sean pertinentes. Bastará con fluir ordenadamente, como moléculas de agua sabiamente alineadas en cada recipiente antes de evaporarse bajo el sol del silencio incólume y creador. Bastará con asentir a todos los intentos más o menos verosímiles. La desgracia de las criaturas, que en su mayoría han venido a este mundo únicamente a sufrir breve pero intensamente, es tan mayúscula, tan abrumadora, que todas las posibilidades son pocas. Que unas se definan precisamente por oposición a otras acaso sea otra bendición, por inmiscuirse allí donde las demás se descuidaron. Antes de que nuestro mundo se pudra, será necesario explorar cualquier conducta que cuente con un mínimo sustancial de caridad y de inteligencia, no vaya a ser que la remota solución universal venga de la mano del más tierno de los infantes mentales, así como el mayor de los hombres también fue un día un fruto contrahecho e indinstinguible en el vientre materno.

[Música: Sara Davis Buechner interpreta al piano el Nocturne amoreux de R. Friml. Philip Thomson hace lo propio con el Ave Maria für die grosse Klavierschule von Lebert und Stark, S182/R67, “Die Glocken von Rom”, de F. Liszt. Alex Hassan, maestro del novelty piano, versiona finalmente una canción (“Adieu, es ist zu schön, um wahr zu sein”) de W. Jurmann, aparecida en la película de 1933 „Abenteuer am Lido“.]

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La verdad y la llaneza del trato no solamente da y conserva el crédito, pero engendra amor y respeto; y si con esto se allega el ser liberal, queda un hombre confirmado por vecino y morador de cualquier parte del mundo.

J. Setantí, Centellas de varios conceptos 409

 

Ἰδοὺ ἐγὼ ἀποστέλλω ὑμᾶς ὡς πρόβατα ἐν μέσῳ λύκων: γίνεσθε οὖν φρόνιμοι ὡς οἱ ὄφεις καὶ ἀκέραιοι ὡς αἱ περιστεραί.

[Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas.]

Mt 10:16

 

Sonreír ante todo engaño, cavilar ante cada dilema, purificar con benevolencia, descifrar las motivaciones ocultas, permanecer ecuánime ante la arbitrariedad, firme ante el derribo, suave ante la aspereza. Ser prudente como la serpiente, sencillo como la paloma, grandioso en la minucia, humilde ante el grande, solícito para el herido, complaciente con el amable. Repartir dulzura y gravedad en inextricable pócima destilada, como también ligereza y plenitud, gentileza y esencia, sol mental y luna del corazón, equilibrio en todo. Comprender y comparar, justificar por el contexto, desaprobar la falta de miras pero compadecer la ceguera, rejuvenecer viejas ideas inmortales o dignas de resurrección. Pulir con austeridad, reiterar con paciencia, graduar con tino a la vista de la audiencia, proteger de ideas reveladoras a quien no está preparado para admitir verdades simples. Asumir el hecho cotidiano, reinventar la rutina, alegrar los ánimos, macerar las respuestas, templar entusiasmos, fervores y angustias. No dejarse llevar por pasiones más allá de la leve experiencia, pero tampoco execrarlas ni renegar con crujir de dientes tras el contacto. Rechazar toda desidia, caminar con tranquilidad y sin cesuras, respirar solamente para fortalecer la salud. Ejercitar los miembros, los cálculos y los afectos altruistas. Comer tras el hambriento y conversar con el solitario. No matar, ni contribuir a la muerte aceptada como institución. Identificarse con el hombre malvado, con la mujer pobre, con el anciano destrozado, con el oso pardo y con la libélula. Ofrecerse al necesitado, comprometerse con el amigo al que necesitamos, necesitar al sabio. No vengarse de los placeres más inocentes, ni de nadie en absoluto. Recomenzarlo todo, mantener viva la antigua llama, reavivar el origen de nuestro divino linaje. Tolerar lo inocuo, soportar lo inevitable, revertir lo doloroso. Investigar, compensar, renacer. Y amar, amar, amar, siempre sin verse arrastrado por el fogonazo del éxtasis, siempre sin esperar premio alguno.

 

[Música: G.-F. Händel, Ombra mai fu, una bella aria y llamativa por su dendrofilia, situada al principio de la ópera Serse y cantada por el personaje del célebre rey persa. Canta una vez más el contratenor Yoshikazu Mera. Dice el libreto: “Ombra mai fu / di vegetabile, / cara ed amabile, / soave più” (“Nunca fue la sombra / de un vegetal / más querida y amable / o más suave”).]

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