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Archive for the ‘Metadogmas’ Category

He has achieved success who has lived well, laughed often and loved much; who has gained the respect of intelligent men and the love of little children; who has filled his niche and accomplished his task; who has left the world better than he found it, whether by an improved poppy, a perfect poem, or a rescued soul; who has never lacked appreciation of earth’s beauty or failed to express it; who has always looked for the best in others and given the best he had.

[Ha alcanzado el éxito quien ha vivido bien, reído a menudo y amado mucho; quien ha ganado el respeto de hombres inteligentes y el amor de los niños pequeños; quien ha llenado su nicho y ha cumplido su tarea; quien ha dejado el mundo mejor de lo que lo encontró, sea por una especie mejorada de amapola, un poema perfecto o un alma rescatada; quien nunca ha carecido de aprecio por la belleza de la Tierra ni ha fallado al expresarla; quien siempre ha buscado lo mejor en los demás y ha dado lo mejor que tenía.]

Bessie A. Stanley, “Whats is Success”, Heart Throbs (vol. 2), 1905, NY, pp.1-2

Te doy las gracias, dios de las mil formas, que un mensajero me envías en cada una de ellas para que me liberen de la culpa, para que esté más cerca del camino de tu voluntad. Haz que pueda comprenderte en los ojos suplicantes del hermano eterno que a todas partes me acompañan y que sufra con sus sentimientos.

S. Zweig, Die Augen des ewigen Bruders

Laudato si’, mi’ Signore, per sora nostra Morte corporale,
da la quale nullu homo vivente po’ skappare.

[Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana la Muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.]

S. Francisco de Asís, Cantico di frate Sole

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Ahora vemos que cada hombre es otro hombre, que cada aparente noble y cada aparente indigente conllevan el mismo impulso. No es necesariamente un arquetipo lo que distinguimos, sino un único sujeto fragmentado, un sujeto corpóreo y espiritual al mismo tiempo, masa de plenitud informe diferenciada tan sólo por nuestra escasa visión. Es el río del Ser que se bifurca y adopta figuras caprichosas e irriga nuestras estrechas imaginaciones, y se engrana en collares de causas y causas que dibujan aquello que llamamos el Todo. Ahora vemos que identificar a un hombre con sus palabras es la fuente de todos los males del mundo; porque si cada corazón hablase con total sinceridad para consigo mismo, todos dirían lo mismo. Y no ver en el otro a un enemigo es signo de haber hallado ese núcleo resbaladizo dentro de sí. Y nada sirve mejor a ese impulso divino que mora en cada átomo y en cada unidad de información cuanto negarse a odiar a nadie: ni a la raza que parezca odiar a la nuestra, ni siquiera a quien pretenda y quizá logre destruirnos, ni siquiera a quien disfrute mancillando todo lo que llamamos sagrado, ni siquiera a quien parece contradecir a nuestra constante cosmológica, que no es sino la Idea infinita y apacible que se sustenta a sí misma. Es abrazar compasivamente esa destrucción lo que engrandece más a la Idea, que pasa a resolver todas las aporías y echa sobre sus hombros el triste sino de las almas que penan haciendo penar. Pureza y Grandeza fueron criadas en el regazo de la buena Homeomería.

Responder siempre al que nos hable, no ocultarle aquellos de nuestros secretos que le sirvan de guía, ofrecerle nuestra mejor sonrisa y disponernos a ayudarlo hasta donde nuestra sangre hierva. Fácil decirlo, pero imposible de cumplir si no se medita en ello largamente o se cuenta con una misteriosa gracia. Nunca se prodiga uno lo bastante en lo ajeno, nunca se alaba suficientemente a la posibilidad de gozo con que cuentan todas las perlas de la Creación, que en algún momento podría satisfacernos a todos, cuando tal vez no seamos hombres o ranas, sino quieto pajar o nombre murmurado en mundos sin nombre. La fraternidad se pone al servicio del hermano, regocijándose cuando impera el regocijo, compadeciendo cuando truenan los llantos, laborando en la misma empresa que levanten los pobres de espíritu, secando el sudor al obrero del cielo y de la tierra. Acaso este amor sin puertas no sea el salto último a la sabiduría, pero parece sendero obligado para quien, entre los seres sensibles, contamos con ajuar de pasiones y discreto entendimiento.

Y, si la Idea sonríe a los injustos y crueles, ¿cómo no abrazará también al hermano asustadizo que se despeña a cuatro patas? ¿Qué menos que veneración merecen la laboriosa abeja, fecundadora de naciones, o el mudo pez del mar? Ver a un hermano en todo no es principalmente delirio amoroso, sino serena ecuanimidad ante las difusas fronteras que lindan nuestro parcial planisferio de la existencia. Puesto que estar vivo supone contribuir a la vida y a la muerte al mismo tiempo, es preciso cultivar la primera sin odiar a la otra: la Idea es viviente e inerte, y sólo pide hacer lo más suavemente posible el paso entre lo uno y lo otro, sin resistencia, sin pasión, sin aferrarse al recuerdo de que una vez todos fuimos parte de un rey, una mujer, un esclavo, un buitre solitario, un escorpión del abrasado desierto, una paciente roca de montaña y el flujo cien mil veces milenario del dorado polvo estelar.

***

St.Anthony preaching to the fishes, Padua, Mural Fresco

[Los tres romances tradicionales que canta aquí Joaquín Díaz tratan de leerse en la mirada ajena. El de Jesucristo en traje de pobre viene con la anagnórsis egoísta que destruye a lo más amado, la misma moraleja de Los ojos del hermano eterno de Zweig o de Jean de Florette de Marcel Pagnol. El día de los torneos, mi favorito del romancero por su pureza y mensaje, revela el hecho desde su reverso positivo y beatífico, y aun quedaría hueco para fantasear en hermanarse con la montura que lleva a los protagonistas, así como a las fieras que cazaba el padre. Los milagros de San Antonio relata la armoniosa caridad del santo con las aves, no tratándose de San Antonio Abad, patrón de los animales, sino más bien de San Antonio de Padua, digno discípulo de San Francisco de Asís y de quien también se relata un vínculo comunicativo de excepción con los animales, llegando al paroxismo en su predicación a los peces, reconociendo implícitamente y de algún modo el alma que muchos materialistas les niegan:

A estas y semejantes palabras y enseñanzas de San Antonio, comenzaron los peces a abrir la boca e inclinar la cabeza, alabando a Dios con esos y otros gestos de reverencia. Entonces, San Antonio, a la vista de tanta reverencia de los peces hacia Dios, su Creador, lleno de alegría de espíritu, dijo en alta voz:

-Bendito sea el eterno Dios, porque los peces de las aguas Le honran más que los hombres herejes, y los animales irracionales escuchan Su palabra mejor que los hombres infieles.

Y cuanto más predicaba San Antonio, más crecía la muchedumbre de peces, sin que ninguno se marchara del lugar que había ocupado.

Florecillas de San Francisco, XL.]

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La joie parfaite exclut le sentiment même de joie, car dans l’âme emplie par l’objet, nul coin n’est disponible pour dire « je ».

[“La perfecta alegría excluye el sentimiento mismo de alegría, porque en el alma colmada por el objeto ningún rincón queda disponible para decir «yo».”]

S. Weil, La gravedad y la gracia, 8.41

この道や
行く人なしに
秋のくれ

[“Este camino
ya nadie lo recorre
salvo el ocaso”.]

Matsuo Bashō (trad. libre de Octavio Paz)

La espiritualidad es el arte de desaparecer dulcemente. Māra, el Señor de la Oscuridad, el Anticristo, Iblīs, no es otro que la existencia ansiosa. El ser en estado de pretensión, inquieto cigoto, es la arcilla que la Vía ha de moldear con vistas no a fijarla en dura vasija, sino a diluirla por completo, sin quebrantamientos, sin violencia innecesaria, sin confusión, con atención plena y serenidad en cada paso, ahorrando el sufrimiento allí donde surja, en este o aquel sujeto, diferenciados solamente por falta de perspectiva. La Vía es liberar de objetos a la Conciencia, primero afianzando los objetos virtuosos, después captando la inanidad de cualquiera de ellos para pasar a continuación a tomarse a sí misma como objeto, y finalmente autosacrificándose sin estridencia. Es el arte de caer. Es retirarse para que se reúna de nuevo lo que nuestra ficticia personalidad había separado. Es el no-ser aflorando como tímida flor, frágil y vacía, absoluta y pura, en el vértigo impensable que anuncia.

Star Dust by Rob Gonsalves (Official Site), Completed April 2016

[Música: A. Scriabin, Poème languide Op. 52 No. 3]

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La verdadera travesía milagrosa consiste en plegar el espacio de este mundo de modo que veas la vida futura más cerca de ti a que a ti mismo.

Ibn ‘Aṭā’illāh, Al-Ḥikam, 8.87

La virtud consiste en mantenerse con perseverancia en el centro.

Confucio, Analectas, 6.27

Henryk Hektor Siemiradzki [1843 - 1902] 3 - detail

Axioma cósmico es que todo lo manifestado está sujeto a decadencia. Los seres sintientes contamos con nuestra sensibilidad únicamente para retardar lo más posible dicha decadencia, la cual ha de llegar para el más sabio tanto como para el más necio, por lo que nuestra facultad de sufrir tiene como destino saturarse en algún momento y perecer con la guinda del dolor en los labios.

Es por ello que en toda sabiduría digna de tal nombre se ofrece el método de acondicionarse para la incisión de los hados. Orientales o estoicos, platónicos o muslimes, todos hablan en sus mejores versiones en torno a la reducción de peripecias evitables y en torno a la aceptación de las ineludibles. En el fondo, una espiritualidad es el aprendizaje de cómo mantener la elegancia en el resbalón, cómo adoptar rápidamente la postura ante el cataclismo inminente. Hacer de cada traspié una pirueta de danza, de cada torsión una nueva faceta del equilibrio, de cada herida un capítulo de un ars moriendi. Es, en fin, el arte de caer. Porque caer requiere una larga educación, y cuesta el ejercicio de toda una vida el asegurarse despedirse de ella con una sonrisa, sea cual fuere el escenario, súbito o no, en que se presenten las Parcas. Ceñirse la corona de espinas con la pureza de un imperturbable mártir requiere divina gracia o un esfuerzo denodado en la soledad de la celda, antes de subir por las gradas al patíbulo. Hacer de los últimos jadeos un discurso elocuente y bello no es fácil para el habituado a colear de aquí para allá con sus ambiciones pueriles, subiendo y bajando. No: requiere gravedad de ensayos, pulcritud en la túnica gestual, alocuciones respiradas. La oratoria y la máscara exigen gran artificio para ser encarnadas con naturalidad y noble aquiescencia.

Por ello, el bruto, el ignorante o el torturado poco pueden aprender. Sus caídas se vuelven tan aparatosas que no pueden más que seguir su curso y complicarlas aun más, como el chorro del agua se arremolina contra sí mismo en quebramientos crecientes, reproduciéndose hacia vértigo y abismo. Nadie se aturde con intención. No hay, pues, mayor compasión que enseñar a caer o a retardar la caída de quien para respirar con el universo necesita más tiempo y secuencia, antes de adentrarse en el último tramo de su viaje hacia el vacío.

Roberto Ferri 3

[Música: G. Gurdjieff & T. de Hartmann, Saintes Affirmation, Négation, Réconciliation]

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El que menos necesita del mañana es el que avanza con más gusto hacia él.

Epicuro, Fr. 78

Nuestro esfuerzo para llevar a cabo nuestros deseos inmediatos es pequeño:
no culminamos ninguna de las muchas actividades que realizamos.
Véjala, desata tu furia contra el centro mismo de la concepción que
[ocasiona nuestra ruina.

Dharmarakṣita, La rueda de las armas afiladas, 56

Aquellos que han cultivado así sus mentes,
como su alegría consiste en apaciguar el dolor de otros,
se adentrarían en el infierno de las Torturas Máximas
como un cisne lo hace en un lago de lotos.

Śāntideva, Bodhicaryāvatāra, 8.107.

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Las cadenas del sufrimiento no sólo son de las que retienen: son cadenas, ante todo, por componerse de eslabones de tiempo. Lo más fácil para asimilar esta verdad pasa por recordar concentrados todos los dolores de nuestra propia vida e intuir todos los que aún nos esperan. Cada sufrimiento pare a otro nuevo, y, al cabo, hay que cortar radicalmente uno para que los siguientes no prosperen. Si simplemente atenuamos unas condiciones, obtendremos frutos de podredumbre atenuada… que no dejarán de estar podridos. Es por eso, entre otras cosas, que vías “de la decadencia” como el cristianismo o el budismo incidan tanto en la compasión. Valoran el efecto destructivo de la desgracia sobre el corazón mucho más que a la desgracia en sí misma: es el primero el que hace preponderar a la segunda. Solamente contribuyendo a dulcificar radicalmente a las fuerzas oscuras del mundo es como el mundo evitará proseguir en la espiral de ignorancia y sobreexcitación que es causa de todos nuestros problemas.

Dice Nietzsche en su arenga anticristiana que la compasión “conserva lo que está pronto a perecer”, y que, “manteniendo en vida una cantidad de fracasados de todo linaje, da a la vida misma una aspecto hosco y enigmático”. La auténtica compasión parte, en efecto, de una sensibilidad irritable al dolor. Pero no se limita a cubrirlo con leyendas y con repartos de pan, que sirven más que nada de respiro temporal y de acicate para buscar una sanación mayor. Esta sanación mayor opta por fijarse en el hartazgo de la variabilidad fisiológica que supone la alternancia entre placeres y sufrimientos, que hace de nuestros actos y sentires estados cíclicos, ridículos juegos nerviosos de niño a vista de pájaro. No se trata de debilitar al fuerte, sino de reconducir su fuerza hacia donde es más necesaria, a saber: hacia la contención y aniquiliación de los desencadenamientos de fuerzas histéricas que todo afean y arrasan. Y no se trata de mantener al débil en su lecho, sino de empoderarlo, de otorgarle motivos para vencer su ajamiento, y convertirle en un rey que esté dispuesto a vivir por su reino y a morir por él.

Ary_Scheffer_-_Orpheus_Mourning_the_Death_of_Eurydice,_1814

Las cadenas del sufrimiento se ven por todas partes cuando uno se coloca ante los ojos, siquiera por un momento, las lentes de la quietud. Todas las tiradas de peripecias son tan penosas como los riscos de los acelerados meandros para los peces del río. Una corriente sin fin nos lleva de aquí para allá, de opiniones en opiniones, de afectos en afectos, de aversiones en aversiones, de costumbres en costumbres. “Basta ya -diría un sabio-: desembarázate de tu tesoro de aflicciones, al que tanto apego te une. Observa cómo los milenios y los linajes no han ido a otra cosa que a insoportables purgas del espíritu. Observa cómo casi todo lo que los hombres hacen va a favor de la mutación y en contra de la estabilización, en contra del ser. Sábete que lo que llamas penoso no es más que tu mente ansiando algo que no le incumbe. Corta las cadenas con tus pesares y toma las de los pesares ajenos, pues ellos son tan tuyos como los tuyos, como el agua de un remolino en un mar es la misma agua que la del mar vecino. Y, si logras estar de acuerdo con algo de todo esto, recuérdalo cuando en otro momento próximo lo olvides o lo rechaces, hábil como eres para mudar de preocupación y de verdad a cada rato y a cada hora“.

El sufrimiento no es más que levantar fronteras, y es que toda frontera precisa protección, y toda protección nos obliga a velar entre temores, y traga polvo tras cada invasión recibida. No habiendo frontera, no hay tampoco un mayor desprecio del propio pesar que del ajeno. La compasión no es condescendencia sin más, ni lástima por una visión que nos molesta y rompe la armonía del paisaje en que nos gozamos; la compasión es, por el contrario, saber que la criatura que se nos presenta a cada rato es un rey destronado, y que su consorte eres tú, y la corona es mirada soberana sin merma, como merma no tiene el noble linaje por mucha espada que quiera degollarlo. Como dice Śāntideva, “el sufrimiento no tiene un propietario, /  por eso en él no hay diferencias. / He de eliminarlo porque es sufrimiento. / ¿Para qué trazar límites?” (Bodhicaryāvatāra, 8.102). Por ello la vanagloria al respecto, como en cualquier otro caso, carece de sentido, “igual que cuando me alimento / no espero nada en recompensa” (8.116).

Cuando lloramos por compasión estamos entendiendo, al fin, nuestro propio problema: vemos resumen de nuestra estirpe, adelante de nuestro porvenir, y reflejo de nuestra alma en el presente de otro que cree ser otro. Y regamos el sentimiento de identidad con lágrimas, néctar de espontánea sabiduría. Pero, como señala La Bruyère (I 50), nos avergonzamos más de llorar en la tragedia que de reír en la comedia, igual que entre ciegos el lenguaje de los colores se aparece como ridícula huida de una prisión que había sido confundida con el mundo.

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[Música: Romance tradicional de Blancaflor y Filomena en la voz de Joaquín Díaz, basado en el mito griego de Filomela y Procne, una emocionante ilustración de los descabales desbarajustes de las acciones y pasiones humanas, amancebadas entre sí como amantes frenéticas que se desean sólo para odiarse.]

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Compadezco a esos hombres que conceden tanta importancia a la fugacidad de las cosas y se pierden en lucubraciones sobre la vanidad de lo terreno. Y es que precisamente estamos aquí para hacer imperecedero lo fugaz, lo cual sólo puede lograrse si se sabe apreciar debidamente ambas cosas.

J. W. von Goethe, Arte y antigüedad 2.3 (“Cosas muy dignas de reflexión”)

La cita de Goethe es profunda y motivadora, pero quizá mereciese una cierta matización. No se trata tanto de hacer eterno lo efímero -lo cual es imposible e incluso indeseable para el hombre- cuanto de delatar aquello que, siendo eterno, se oculta en lo efímero. No sobrevivirán un millón de años las catedrales medievales, pero entre sus naves, glifos herméticos y arbotantes reposa un esquema metafísico que es eterno, originado en el origen de los tiempos y que, sin duda, adoptará nuevas expresiones análogas mientras haya conciencias para afianzarlas. El Dharma, la Ley cósmica, no es una teoría humana, sino un hallazgo atemporal, cristalizado provisionalmente en fórmulas humanas. Precisamente es la anitya, la transitoriedad, uno de los principios esenciales del Dharma -desde su expresión heraclítea hasta la budista-, pues lo central del Absoluto es reconocer sólo en Él la absolutidad. La ciencia física y matemática tenía una relación con todo esto hasta que que en su presunción abandonó la idea de síntesis y se decantó hacia el análisis, olvidando la interrelación efectiva de todos los fenómenos insbustanciales entretejidos en Māyā. 

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[Música: Ravel, Miroirs. III. Une barque sur l’océan]

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Si un perro entra en una habitación cuyas paredes están recubiertas de espejos, da lugar a un reflejo en un espejo, que por una serie de reflejos se convierte en un sinfín de reflejos, y el perro que se ve rodeado por otros tantos perros gruñe y se dispone a luchar. Así ocurre con el Ser, el puro éter no-dual de la Conciencia. La ilusión del alma de un ser vivo (jīva) es ineludiblemente asociada con la ilusión de varias almas de seres vivos.

Advaita Bodha Deepika, 1.78-80

El hombre, al haber olvidado su verdadera naturaleza como ser del siempre perfecto éter de la Conciencia, se deja engañar por la ignorancia al identificarse con un cuerpo y otras cosas, y cuando se considera a sí mismo como un individuo insignificante de capacidad mediocre. Si se le dice que es el creador de todo el universo, negará esta idea y rehusará ser guiado. Por consiguiente, al bajar su nivel, las Escrituras postulan que Īśvara es el Creador del universo.

Advaita Bodha Deepika, 1.118

Las personas reencarnan en las formas sobre las cuales meditaron. Pero si uno medita en el Ser para evitar cualquier tipo de reencarnación, entonces se hace uno con el Ser.

Kaivalya Navaneeta, 2.85

Hemos dicho que la segmentación religiosa de la Realidad ha de ser necesariamente lábil, y eso por la imposibilidad de expresar un mundo de múltiples dimensiones en los términos de un mundo con un número menor. La creencia en el Purgatorio y la creencia en la transmigración o metempsicosis son ambas ciertas y comparables. La Conciencia Única, según se adentra en el mundo fenoménico, adquiere fronteras e individualidades ficticias. Las individualidades son los gametos de la gestación de un dios. Todos los individuos conforman un dios troceado: el Puruṣa védico. Cada fragmento avanza a una velocidad distinta hacia su reunificación, y por ello hay diversos niveles de estancias póstumas, de cielos e infiernos. Por su parte, la noción de transmigración lo expresa de un modo más transparente si cabe: no dañes al otro porque ha sido tu madre y ha sido tu hijo, lo que en definitiva se parece mucho a decir que “eres tú”.

La consecuencia moralista de la metempsicosis es excelente, pues garantiza para el egoísta -lo más abundante en la humanidad- el interés personal en que cada uno se libere a sí mismo de un destino fatal, sin excluir la posibilidad de un ascenso gradual y excluyendo, en cambio, condenaciones totalmente irreversibles -aunque de intensidad y plazos inmensos-. Además, garantiza que nos preocupemos no sólo por el individuo con el que nos topamos, sino por el del día del mañana, pues es en un mundo muy degenerado en el que volveremos a renacer. Nada más ecológico, pues, que pensar en las criaturas del porvenir -seremos una de ellas- para cuidar con esmero a las presentes. Ello conduce, sobre todo, a la disolución de las ilusorias fronteras de la egoidad. Como dice Simone Weil, “amar a un extraño como a sí mismo entraña como contrapartida amarse a sí mismo como a un extraño”.

El Infierno no podrá estar eternamente separado del Paraíso porque eso supondría un armisticio permanente, la no victoria completa de Dios. Lo mismo valdría decir para el Samsara; todo sueño termina. En algún punto fuera del tiempo, cuando todos los castigos eternos hayan sido paradójicamente cumplidos (“El mal -dice de nuevo Simone Weil- es ilimitado, pero no infinito; sólo lo infinito limita lo ilimitado”), en ese no-momento, el Sí único del universo, Īśvara, el solidificador de formas, volverá a ser un único fenómeno desde el cual reabsorverse sobre Parabrahman, el Uno primordial, que no es ni Conciencia ni No-Conciencia, y apenas se puede decir que sea (se sitúa, a decir de Schuon, en el Supra-Ser, razón por la que toda metafísica profunda de talante advaitín se limite a la alusión antinómica y apofática). Es natural que la Iglesia contestase la Apocatástasis de Orígenes, pero sólo por mor de un determinado vector soteriológico, luego relativo, y debido a que la Apocatástasis se realiza, claro está, fuera del tiempo, donde transcurren los intereses humanos.

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[Música: P. Estève & S. Picq, Muria (BSO de Atlantis: The Lost Tales)]

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Son como sueño del que se despierta; y Tú, Señor, cuando despertares, despreciarás su apariencia.

Sal 73.20 (Vg 72)

Tú eres único, sin forma, y la evidencia de todo el universo. Compréndelo y sé feliz.

Aṣṭāvakra gītā, 1.5

L’attention absolument sans mélange est prière.
La atención absolutamente sin mezcla es oración.

Simone Weil, La Pesanteur et la Grâce (París, 1988, p. 192).

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TODA espiritualidad consiste a la postre en desprender cualidades a la Conciencia pura. Pecar no es otra cosa que agregarlas. La iniciación no debería ser sino apercibirse irreversiblemente de este principio y de tomar los votos de hacer de tal desprendimiento una prioridad.

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[Música: Campanas de ritual (Eduardo Paniagua)]

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