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Archive for the ‘Metadogmas’ Category

Y así cada uno alaba o desalaba lo que se le antoja, encubriendo siempre la tacha con el nombre de la virtud que le está más junta o la virtud con el nombre de la más junta tacha. De suerte que del descarado y soberbio dicen que es libre y valeroso; del templado, que es seco […]

B. Castiglione, Il cortegiano 1.13, trad. J. Boscán

 

[Sera dit mauvais, ou esclave, ou faible, ou insensé, celui qui vit au hasard des rencontres, se contente d’en subir les effets, quitte à gémir et à accuser chaque fois que l’effet subi se montre contraire et lui révèle sa propre impuissance.]

Se llamará malo, o esclavo, o débil, o insensato, a quien se lance a la ruleta de los encuentros conformándose con sufrir los efectos, sin que esto acalle sus quejas y acusaciones cada vez que el efecto sufrido se muestre contrario y le revele su propia impotencia.

G. Deleuze, Spinoza, trad. A. Escohotado, pp.33-34

 

[In communibus deinde colloquiis cavebit hominum vitia referre et de humana impotentia non nisi parce loqui curabit : at largiter de humana virtute seu potentia et qua via possit perfici ut sic homines non ex metu aut aversione sed solo lætitiæ affectu, moti ex rationis præscripto quantum in se est, conentur vivere.]

[Además, en los coloquios ordinarios se guardará de referirse a los vicios de los hombres, y tendrá cuidado de no hablar de la impotencia humana sino con parquedad, y, en cambio, hablará ampliamente acerca de la virtud o de la potencia humana, y de la vía por la que pueda perfeccionarse, para que, de esta suerte, los hombres se esfuercen cuanto esté en su mano, no movidos por el miedo o el aborrecimiento, sino por el solo afecto de la alegría, en vivir conforme a los preceptos de la razón.]

Spinoza, Ethica ordine geometrico demonstra, 4. App. 25, trad. V. Peña

 

Cuando ya te has llenado de los aromas del mundo y los conoces de cerca, suceda lo que suceda no te sientes terriblemente implicado. Cuando llegas a entender totalmente los sentimientos humanos, sólo asientes con la cabeza sea quien sea el que recurre a ti.

Huanchu Daoren, Retorno a los orígenes, trad. A. Colodrón a partir de la versión de T. Cleary, p.96

 

Quienes desean encarnar el Tao han de aceptarlo todo. Aceptarlo todo significa en primer lugar no tener cólera ni resistencia hacia ninguna idea o cosa, viva o muerta, con forma o sin forma.

Pseudo-Lao-Tse, Hua Hu Ching 3, a partir de la versión de B. Walker

Los signos de vida más saludables y bellos son oscilaciones. Los ciclos de los tiempos regresan una y otra vez en forma de días, noches y estaciones, como las órbitas planetarias o los pulsos animados de los corazones. Cuando una música suave nos cosquillea, un leve péndulo parece enraizar en nuestra médula, incitándonos a ladear a derecha e izquierda, adelante o atrás; y si una pulsión danzarina exagerada revela cierta descompensación del carácter o un desbordamiento de los instintos, no es menos cierto que la total ausencia la misma revela un bloqueo, una cojera del alma, una incapacidad para aceptar y comprender los vaivenes del entorno natural o artificial. No es sano lo que no oscila, o bien no está vivo. Allí donde haya un componente de materia -excluyendo, pues, a los espíritus puros-, se requiere del movimiento, y un movimiento aperiódico está pronto a desbocarse tristemente. También fenecen, claro está, las espirales y los círculos cuando la energía termina por liberarse por entre las paredes de éter que los unen con el resto del mundo; pero es ésta una muerte dulce, un sabio dejarse ir, una aceptación disciplinada. A la luz de las geométricas enseñanzas, no es enfermiza la idea que se cauteriza en otra para afinar contornos, para laminar asperezas y excesos. Así es como veo que ideas tangenciales se alimentan por complementación. La religión se contrarrespalda con la razón secular ilustrada, y ésta no desautoriza a la otra como acaso le gustaría. No es que simplemente busquen mismos fines con medios distintos o a la inversa, sino que más bien en cada ámbito coinciden y se contraponen, porque las variables son tantas y tan decisivos los matices que a menudo se llega al mismo bien por caminos dispares y que incluso se entrecruzan constantemente, a veces para desagrado de los caminantes. Imagino la construcción de un ideario como se dibuja la onda de un sonido grácil, sin personalidad, sin mixtura. El movimiento armónico simple se escurre en suave curva hacia cada elongación sin olvidar nunca regresar más pronto o más tarde a su contraparte; de ese modo se retorna siempre con el mismo ritmo a la línea de reposo. Tal movimiento dibuja circunferencias, sí, pero partidas en dos mitades, en torno a un eje por el que sólo es posible cruzar en instantánea intersección y en el que nunca es posible quedarse. Si se desea evitar escollos se ha de acabar recorriendo la totalidad del suelo, como la lenta y astuta serpiente se asegura de no dejar ni un palmo sin escrutar, no vaya a perder por apasionamiento a la presa decisiva.

Pero, por encima de todo, no debemos subestimar la ignorancia, la de todos, empezando por la propia. ¿Qué utopía, dudosa ya sobre el papel, resistirá todas las objeciones cuando se vaya fraguando? ¿Qué reino, qué metafísica, qué ritual podrá vencer a sus alternativas? No hay respuesta. El hombre es misterioso y el mundo lo es todavía más. Cualquier intento de resumir pensamientos y actos en unas pocas leyes tendrá que sufrir cuestión. No por ello deben renunciar tales credos a la existencia, pero una mente que verdaderamente quiera comprenderse a sí misma, una vez se ha amoldado a un ritmo virtuoso, ha de reconocer que tal ritmo es en cierto sentido un mal menor, y que, sin abandonarlo a la primera tentación, no ha de aferrarse a él, empero, como si no existiesen otras resonancias, otras simpatías no advertidas, otros mundos bajo las pieles de éste. No se trata de renunciar a la severidad y rendirse a la indulgencia, sino de reconocer que la severidad y su ausencia tienen sus momentos idóneos y que a menudo esos momentos son contemporáneos y entrelazados entre sí, porque cada tribu y cada alma tienen sus propios tiempos, y que se hace difícil en grado sumo distinguirlos, y que cada vez se reúnen más mundos en cada porción de mundo.

No renunciaré a la bella idea de la no violencia, al sentimiento de la conmiseración, a la senda de la disciplina, a la identidad del substrato de las cosas. Defiendo todo ello al margen de las consecuencias, porque no se trata de alcanzar un fin, sino de alejarse lo menos posible de un centro, un centro en el que se contiene en la mayor medida la serenidad de las aguas mansas y la interdependencia de las criaturas. Pero, a pesar de ello, no quiero dejar de acordarme de que todo lo que no esté al alcance de mi mano, ni de mi entendimiento, ni de mi pequeño corazón no merece mi angustia, si es que la angustia no puede conducir a otra parte más que al enrojecimiento de la piel bajo las cadenas. No quiero dejar de notar que, salvo la angustia de los otros seres, todo tiene mucha menos importancia que la que concedo; que las noches ruedan rápidas; que el ingenio no roza apenas el drama cósmico; que las campanas de cierre suenan a todas horas mientras los ángeles sonríen bajo sus badajos.

No dejo de reconocer ciertos imperativos morales, pero tampoco olvido la debilidad, ignorancia o impotencia del hombre para alcanzar los imperativos más evidentes. Hay que defender el mínimo sabiendo que muchas almas y cuerpos estarán siempre por debajo del mínimo sin ser intrínsecamente malvados, pues nadie es tal cosa. Y, en cuanto a teorías más elaboradas, en cuanto a conductas complejas y contradictorias, una medalla propia de la madurez destella en la prudencia a la hora de juzgar. ¿Por qué no cierta doctrina incómoda iba a beber  de posibilidades materiales que desconocemos? ¿Qué sufrimiento precisa de una solución más urgente e incondicional? En cualquier caso, aunque una doctrina cabalgue hacia la disolución, ¿qué alternativa escapará del mismo sentido, dada la confluencia de todos los elementos en un futuro recomienzo, reconcentrado y mil veces milenario? Si cada ser combina a su manera una colección determinada de pasiones, intuiciones y condiciones vitales, entonces la universalidad categórica no es deseable sino a partir de un determinado punto de uniformidad evolutiva; no es posible disponer armoniosamente los setos del jardín sino cuando todos los tallos han alcanzado cierta altura. Sucede que incluso la imposición y la intolerancia, siempre has cierto punto, es también rasgo natural que se adapta a condiciones de determinadas edades, pueblos y temperamentos. Hay millones de maneras de sobrevivir, unos pocos  centenares de maneras de vivir bien, y dos o tres modos de elevarse por encima de las estrellas; sin embargo, hasta que no se han superado las dos primeras estaciones, no se llega a vislumbrar siquiera la posibilidad de una contundente elevación. Es frecuente la necesidad de ligereza, de candor y de placeres más o menos inocentes antes de comprobar que nada es suficiente, y pasar entonces a una contemplación más y más profunda, conducente hacia la postrera visión, en la que todo es suficiente y aun pleno, pletórico, perfecto en su inacabamiento ontológico. No me dejaré indignar más, ni con daños ni con frivolidades, porque la indignación, el odio a lo injusto, no deja de ser un odio y, como tal, brutal perfilado de dentaduras o sangres. Daré mi opinión en voz queda y sincera, pero no me entristeceré ni despreciaré el gozo o el privilegio de mis hermanos, no vaya a ser que nazca en mí más envidia que templanza, no vaya a ser que vaya yo a abortar la improbable satisfacción de quien encontró en la lascivia, en la fácil diversión o en pequeñas mezquindades, la contención de males mayores. Después de todo, ¿quién, fuera de cuatro puros vírgenes, se ha zafado de haber buscado alguna vez lo pleno y eterno en lo sensual y efímero?

Cualquier cosa que diga cualquier persona será fruto de sus condicionamientos, de sus taras y del despliegue natural de sus capacidades -el juego de conquista está implícito en la naturaleza de las criaturas sociales-. Cualquier queja que podamos recibir, cualquier ofensa, herida, lamento, propuesta o sentencia, se deberá a la necesidad del otro por compensar como mejor sabe sus fuerzas internas en torno a un eje, real o ficticio, y que de ese modo se le permita proseguir más o menos cómodamente en su forzado devenir en pos del engorde del yo. Las reivindicaciones y las proposiciones, moderadas o revolucionarias, tienen su parte de razón y su razón de parcialidad. No hay doctrina que carezca de cierto grado de veracidad -de otro modo ni siquiera pretendería dar un mínimo aspecto de creíble- ni de una considerable porción de cojera mental para complementarse con la infinidad de matices con que habría de enmendarse para ser tan siquiera plenamente racional. Las ideas nublan nuestra vista, pero arremolinan las zonas de la niebla para que al menos tengamos un noción de orientación y una sensación parcialmente cierta de que no todo en nuestro andar es puro azar. No hay respuesta simple que las catalogue a todas; lo único sensato es zigzaguear entre ellas, y entre los sentimientos y prejuicios de cada ser, recogiendo su necesidad de salvación, auscultando la racionalidad de su argumentario… y abandonando el resto. En todo hay verdad y hay mentira, en todo hay un impulso por cambiar las cosas, como hay igualmente una tristeza insaciable, una ignorancia invencible y una energía psíquica difícilmente gobernable. Si hay una realidad absoluta, no la ensartaremos en categorías, sino que se mecerá en un fluir difuso de caudal variado y que solamente cabrá en algoritmos dispuestos por la mente de un dios.

Quisiera ser la onda de voz que, con su expansión esférica, invade los recovecos de las naves catedralicias, resonando a su manera según las distintas densidades. Pero no lo lograré… porque nadie puede lograrlo. Aceptemos que nunca conoceremos la potencia de todas las teorías, las debilidades según las ocasiones, los límites de la buena fe y del conocimiento humano. Bastará con no concederse demasiado mérito por haber gozado de un aprendizaje azaroso del desasimiento, de la vacuidad universal y del amor. Bastará con aceptar hasta lo inaceptable cuando lo inaceptable se imponga, y bastará con aceptar los rechazos cuando los rechazos sean pertinentes. Bastará con fluir ordenadamente, como moléculas de agua sabiamente alineadas en cada recipiente antes de evaporarse bajo el sol del silencio incólume y creador. Bastará con asentir a todos los intentos más o menos verosímiles. La desgracia de las criaturas, que en su mayoría han venido a este mundo únicamente a sufrir breve pero intensamente, es tan mayúscula, tan abrumadora, que todas las posibilidades son pocas. Que unas se definan precisamente por oposición a otras acaso sea otra bendición, por inmiscuirse allí donde las demás se descuidaron. Antes de que nuestro mundo se pudra, será necesario explorar cualquier conducta que cuente con un mínimo sustancial de caridad y de inteligencia, no vaya a ser que la remota solución universal venga de la mano del más tierno de los infantes mentales, así como el mayor de los hombres también fue un día un fruto contrahecho e indinstinguible en el vientre materno.

[Música: Sara Davis Buechner interpreta al piano el Nocturne amoreux de R. Friml. Philip Thomson hace lo propio con el Ave Maria für die grosse Klavierschule von Lebert und Stark, S182/R67, “Die Glocken von Rom”, de F. Liszt. Alex Hassan, maestro del novelty piano, versiona finalmente una canción (“Adieu, es ist zu schon, um wahr zu sein”) de W. Jurmann, aparecida en la película de 1933 „Abenteuer am Lido“.]

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La verdad y la llaneza del trato no solamente da y conserva el crédito, pero engendra amor y respeto; y si con esto se allega el ser liberal, queda un hombre confirmado por vecino y morador de cualquier parte del mundo.

J. Setantí, Centellas de varios conceptos 409

 

Ἰδοὺ ἐγὼ ἀποστέλλω ὑμᾶς ὡς πρόβατα ἐν μέσῳ λύκων: γίνεσθε οὖν φρόνιμοι ὡς οἱ ὄφεις καὶ ἀκέραιοι ὡς αἱ περιστεραί.

[Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas.]

Mt 10:16

 

Sonreír ante todo engaño, cavilar ante cada dilema, purificar con benevolencia, descifrar las motivaciones ocultas, permanecer ecuánime ante la arbitrariedad, firme ante el derribo, suave ante la aspereza. Ser prudente como la serpiente, sencillo como la paloma, grandioso en la minucia, humilde ante el grande, solícito para el herido, complaciente con el amable. Repartir dulzura y gravedad en inextricable pócima destilada, como también ligereza y plenitud, gentileza y esencia, sol mental y luna del corazón, equilibrio en todo. Comprender y comparar, justificar por el contexto, desaprobar la falta de miras pero compadecer la ceguera, rejuvenecer viejas ideas inmortales o dignas de resurrección. Pulir con austeridad, reiterar con paciencia, graduar con tino a la vista de la audiencia, proteger de ideas reveladoras a quien no está preparado para admitir verdades simples. Asumir el hecho cotidiano, reinventar la rutina, alegrar los ánimos, macerar las respuestas, templar entusiasmos, fervores y angustias. No dejarse llevar por pasiones más allá de la leve experiencia, pero tampoco execrarlas ni renegar con crujir de dientes tras el contacto. Rechazar toda desidia, caminar con tranquilidad y sin cesuras, respirar solamente para fortalecer la salud. Ejercitar los miembros, los cálculos y los afectos altruistas. Comer tras el hambriento y conversar con el solitario. No matar, ni contribuir a la muerte aceptada como institución. Identificarse con el hombre malvado, con la mujer pobre, con el anciano destrozado, con el oso pardo y con la libélula. Ofrecerse al necesitado, comprometerse con el amigo al que necesitamos, necesitar al sabio. No vengarse de los placeres más inocentes, ni de nadie en absoluto. Recomenzarlo todo, mantener viva la antigua llama, reavivar el origen de nuestro divino linaje. Tolerar lo inocuo, soportar lo inevitable, revertir lo doloroso. Investigar, compensar, renacer. Y amar, amar, amar, siempre sin verse arrastrado por el fogonazo del éxtasis, siempre sin esperar premio alguno.

 

[Música: G.-F. Händel, Ombra mai fu, una bella aria y llamativa por su dendrofilia, situada al principio de la ópera Serse y cantada por el personaje del célebre rey persa. Canta una vez más el contratenor Yoshikazu Mera. Dice el libreto: “Ombra mai fu / di vegetabile, / cara ed amabile, / soave più” (“Nunca fue la sombra / de un vegetal / más querida y amable / o más suave”).]

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Aceptarlo todo es un ejercicio, y robustece; entenderlo todo es una coerción, y fatiga. […] El poeta no pide más que tocar el cielo con su frente. Pero el lógico se empeña en meterse el cielo en la cabeza, hasta que la cabeza le estalla.

C. K. Chesterton, Ortodoxia, 2

 

En la madre éramos humanos porque era nuestro manjar humano, en el mundo éramos mundanos porque nos manteníamos de lo mundano, mas en Dios seremos divinos, porque nuestro cebo será divino.

B. Pérez de Chinchón, dedicatoria de la Preparación y aparejo para bien morir (trad. de la Praeparatio ad mortem de Erasmo de Rotterdam)

 

El cerebro busca la recompensa en cada acción, más cuanto más vital sea ésta. Cuando dejamos de comer, el cuerpo genera una gran demanda de hormonas del placer en dirección al aparato digestivo en aras de tenernos refocilándonos sobre el alimento al fin. Una vez cumplida la experiencia, se nos premia con el gozo. Estar iluminado no es más que extender esa recompensa a todas las acciones. Una hipófisis invencible y autorregulada esconde las hormonas del Nirvana. No se trata, pues, de ser independiente de las circunstancias, sino más bien de abrazarlas todas, aunque evitando a toda costa nutrir aquéllas que generen sufrimiento y confusión a otras mentes. Tampoco se trata de abrazar unas circunstancias de las que depender desesperadamente. Es por eso que la recompensa no puede provenir de una adicción, sea a la farmacopea, a la sensualidad o a la presencia de una persona concreta. Por ende, el estado de recompensa iluminada ha de ejercitarse, esta vez sí, al margen de las circunstancias; para ello se sirve únicamente del pensamiento, de la atención y de la producción de otros patrones consuetudinarios, es decir, de fórmulas puramente fisiológicas, ajenas a cualquier influencia exterior más allá del oxígeno y de las vitaminas. Se requiere, pues, de una sabiduría y de una predisposición del ánimo; se requiere, en fin, de una autonomía tal que pueda uno interactuar con cualquier elemento y cualquier entorno sin dejar de sentirse en casa.

Quizá sea ahora más difícil que nunca lograr esa sobreabundancia química, habiendo desvelado una gran parte de su secreto -parte material-, que parece oponerse a la imaginación motivadora. Pero quizá también sea más fácil por las oportunidades de la fase final del Kali Yuga, donde todos los avances y retrocesos se ofrecen veloces y donde la pertinencia de nuestras acciones se transparentan como el caos que nos inunda y nos amenaza como nunca.

[Música: M. Nyman, The Draughtsman’s Contract BSO (“Chasing sheep is best left to shepherds”).]

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El hombre más grande es aquel que sobrepasa a todos en mansedumbre y sociabilidad.

Avicebrón, Mibḥar ha-penînîm (“Selección de perlas”) 400 (trad. D. Gonzalo Maeso)

Esguardava l’amic si mateix per ço que fos mirall on veés son amat. E esguardava son amat per ço que li fos mirall on hagués coneixença de si mateix. E és qüestió a qual dels dos miralls era son enteniment pus acostat.

[Se miraba el amigo a sí mismo, para ser espejo en el que ver a su amado. Y miraba al amado, para que fuese espejo en el que conocerse a sí mismo. Y se discute de cuál de los dos espejos estaba más cerca su entendimiento.]

Ramon Llull, Llibre d’amic e amat 341 (trad. E. Moga)

I

Cuanto más decidido sea tu paso y cuanto más llano sea tu camino, más correrás, pero por ello mismo serás incapaz de juzgar la adecuación de otros caminos, que desconocerás tanto cuanto más te familiarices el tuyo. 

La pluralidad de vías es dibujo de varias espirales superpuestas; allí donde una parece acercarse más a la verdad, la otra hace un rodeo menos preciso; mas en otro tramo sucederá lo contrario. Todo método ofrece algo y priva de otra cosa; pero, a medida que se ascienda, se va devolviendo aquello de lo que se privó o se asume su contingencia y se suple con otro cetro igual de largo.

II

Si te inquieta la opinión ajena es que no la tienes muy buena de ti mismo o que pones tu opinión al servicio de caracteres contradictorios.

Tenemos cedida a los demás mucha responsabilidad sobre nuestra alma. ¿A qué cargarles con tamaño peligro? No dejes que los demás te condenen, pues eso les herirá también a ellos, y tu dignidad caerá aplastada por tu debilidad. No se debe dejar la felicidad propia y ajena a algo tan ajeno a nuestro poder como el juicio del otro; carga tú con la protección de sus almas, y no al revés.

III

La adversidad no menoscaba tu virtud, sino que muestra cuán baja era en realidad. La adversidad no menoscaba tu sabiduría, pero la contamina de suspicacias desesperadas, lo que viene a ser casi lo mismo.

Solamente el fuerte se sostiene ante el embate inesperado. Unas destrucciones provienen de una larga cadencia: debieron ser enfrentadas con costumbres virtuosas. Pero otras destrucciones provienen del giro brutal de los acontecimientos: debieron ser enfrentadas con costumbres virtuosas y con un atención plena, asumiendo que cualquier navío podría ser débil ante la tormenta, deseando siempre estar más y más predispuesto al combate y al sacrificio. No es que la derrota no sea una opción, es que es imposible si se aprende a aceptar la derrota como un ejercicio hacia la victoria, que se jugará en los tableros de las hazañas y las fundaciones y no en un mísero campo de batalla donde ha de regalarse el triunfo a la sangre, que es lo único que allí vence.

IV

Todo lo que no hagas por los seres sensibles no nutrirá tu sensibilidad hacia lo que está por encima de los seres.

Solamente satisfaciendo a tus semejantes en la medida de lo posible abrirás un derecho en el corazón para atisbar realidades más puras. El corazón es lo bastante honrado como para no concederse a sí mismo este derecho hasta que no lo haya merecido, o es lo bastante ciego como para no ver la puerta si no se ha apartado mediante la caridad a los pordioseros que mendigan ante ella.

V

Lo que se dice sin repetir lo que dijeron otros no habrá sido pulido en todas sus aristas, pues no hay una voz que pueda ella sola afinar al mismo tiempo la doctrina, la forma, la aplicación y la oportunidad.

La Tradición no es solamente edificio levantado durante siglos, sino que muchos de sus ladrillos son las perfecciones logradas por los hombres en sus respectivos campos de excelencia. En términos de espíritu, el progreso no opera en el tiempo más que en la eternidad de cada cual, pero sus ejercicios previos han sido tanteados en eficacia por generaciones de clarividentes, y así lo muestran en costumbres, ritos, ejercicios de introspección, conceptos, imágenes, músicas y versos. Pero, si la Tradición es secuencia de voces sumadas, tampoco ha de faltar nuestra voz, si ha sido esforzada, cuidadosa con el legado y dotada de cierta lucidez.

VI

Solamente abrazando al todo se obtiene cierta quietud, pues las partes son mudables, y las cosas mudables no son fiables.

Al discriminar, la mente se escora y cae en posibilidad de desequilibrarse. La discriminación en pequeños segmentos es útil para pequeñas cuestiones, y algunas de ellas son imprescindibles para el gran negocio del alma. Pero, llegados al centro de ese negocio, allí donde el entendimiento se quiere posicionar para irradiar a todas sus facultades, la única posibilidad pasa por abrazar los pares de opuestos y afirmarse allí. En último lugar, no hay que afirmar ni negar, no concebir el Todo, no delimitarlo, no reposar en su sustancia, sino evitar cualquier tipo de posición. La verdadera unidad se halla en la ausencia de opiniones, aun la de la propia preeminencia de la unidad.

VII

Si amas la superficie, no atenderás lo bastante al interior; si desprecias la superficie, no te dignarás a contemplarla con placidez hasta que veas a través de ella lo que hay debajo.

Lo vulgar no es vulgar para quien ama, porque el amor es visión de dignidades. Pero hay que distinguir la dignidad profunda de la dignidad aparente, de la cual es tanto más peligroso enamorarse cuanto menos serena sea. Hay que entender que las bellezas se comunican siempre de algún modo; si no se descubre ese modo en cuestión, la visión será incompleta.

VIII

Los nombres sagrados no son sagrados por ser nombres, sino por no apuntar a objeto ni efímero ni definido.

Los valores sagrados de los símbolos no se ciñen a los conceptos en los que encerramos los valores. Antes bien, el valor sagrado es inasible en el tiempo y en el espacio. Mencionar un nombre sagrado es atisbar fuerzas que se derraman en cada rincón de la realidad y , por ende, también de nuestra propia vida.

IX

El espíritu no fuerza nada, pero surge de la carne que se forzó.

La disciplina no es terreno del espíritu: el espíritu es el rey hierático ante cuyos pies se arriba tras vencer en dura pugna a los ejércitos que lo mantenían secuestrado en urna de cristal. Sin purificación no hay pureza, pero la pureza es tan inocente como una semilla seca y fría, a la espera de germinar en suelo removido por trabajosa azada y barbechos de ayuno. Lo divino es alumbrado en el placer o en el dolor, pero siempre sin estridencias; la transverberación es llamarada súbita, pero su estela no se aprovecha más que tras un cierto endurecimiento del carácter, humedecido únicamente por caro Amor.

X

La sinceridad no es completa si no se cuestiona a sí misma.

Toda inferencia lúcida duda, llegados a un punto, de la infalibilidad de la misma lucidez bajo cualesquiera circunstancias. Y toda declaración de arrepentimiento, perdón o amor surgida de buena fe se pregunta después si no hubo algo de mezquindad en su propia causación, como si se venerase tanto la pureza que su presentación debiese ser impoluta no importa cuantas veces se someta a comprobación. El espíritu es exigente antes de permanecer flotando sobre los opuestos, y en todo lo que sea vencerse a sí mismo se encuentra aliado consigo mismo, mientras no haya cilicio inmoderado.

XI

El pensamiento es inferior a la visión, como el contable es inferior al potentado.

El país es mucho mayor que el mapa, pero sin mapa no accederá peregrino a sus principales sedes. El rico paga al contable, pero el contable es el que, administrando con prudencia, permitirá a su patrón vivir holgadamente de sus riquezas. Por lo demás, son éstas las que permiten al rico habitar el palacio, mas es su sensato hacer lo que permite al contable vivir también allí mismo, en modesta azotea pero por ello mismo avistando a vista de pájaro los desperfectos a mejorar del alicatado; y allí opta, en algunas noches de especial amistad con el patrón, a obtener la herencia del poderoso. Así sucede con el pensamiento, atento a los movimientos de la superior intuición, atraída por la gracia y empujada por la serenidad que rezuma de las buenas obras.

XII

Tu altura no se distingue en el templo, donde todos están erguidos o se inclinan a la par, sino en la plaza, donde todos se inclinan según su avidez o su temor.

Ante el ritual, ante la mirada de todos, todos son más o menos dignos, más o menos cumplidores y pacientes. Es en el fango de la contrariedad, de la sorpresa, de la derrota, del dolor, donde se mide la altura real de cada uno, permaneciendo durante más tiempo en pie los más principescos de los caracteres, sin falsa apostura, sin rigidez innecesaria, pero atentos al compromiso que ostentan en la cabeza, sobre la cual se sustentará, en lo más alto posible, la insignia invisible con que la coronó la voluntad de satisfacer a los necesitados y de cumplir condescendiente el ciclo de los mundos.

XIII

La flor no sabe que para ser flor también es necesario no pensar en serlo.

La naturaleza no busca su finalidad, sino proseguir siendo ella misma, sea cual sea su finalidad. El ser feliz no es el que busca la felicidad, sino el que la encuentra en el camino de otra cosa, que suele ser la felicidad de los otros y el desapego de felicidades triviales. Para merecer el trono hay que ser, antes incluso que legítimo príncipe, servidor incondicional del trono; querer sentarse en él es justo y conveniente deseo del heredero, pero el anhelo fundamental ha de ser que el palacio sirva a su misión mundana para con los súbditos. Pero la razón y la intuición superior son atributos humanos que, como astrolabios de la mente, nos corrigen el rumbo cuando el entregado entusiasmo se entrega en demasía a camino de extravío, cuando el gesto genuino no es tan merecedor de dicha como del salario de Némesis.

XIV

Realizar el gesto decente no te conducirá a la verdad, pero hará más rítmica tu búsqueda y señalará a otros el camino a la verdad.

El cumplimiento no trae garantía de cosa alguna, salvo del mínimo ceñidor espiritual bajo el cual se desataría cualquier demonio. Cerrar con llave no impedirá entrada o salida en la mansión, pero demuestra que hay una llave que abre suavemente y demuestra la solidez de los portones, sólo lábiles para los hábiles.

XV

El amor que no se concibe sobre todos los seres es incompleto, por lo que carece de calma; el amor que no se concreta en saciar la sed del más sediento es débil, por lo que carece de resistencia e intensidad.

A todos se debe la misma entrega que a los demás. Esto, sin embargo, no habrá de suscitar que escatimemos, pues cuando se está ante un rostro no ha de voltearse la mirada hacia los otros, sino ofrecérsese por entero a sus cuitas, si es que comportan recia pesadumbre, como si fueran las únicas. La generosidad consiste en dejar de mirar de donde mana la herida sin dejar de atenderla en ningún momento hasta que la veamos empezando a cicatrizar.

XVI

Muchos creen amar cuando aman la imagen de sí mismos como amantes.

Hay mucho de amor propio en lo que de ordinario dícese amor. Pocos hay sentimientos más gratos y apetecibles que el del alma que se percibe a sí misma abriéndose a lo que no es uno. Mas el abrazar puede acabar en gusto de engorde, pues tan grande se siente el que toma al otro que lo cree suyo o comentario a su grandioso amor. Siempre cabe el desapego por nuestro propio dar, no dejando de dar, porque esto devendría males para el amado, que es quien siempre ha de salir ganando; más bien, habría que desapegarse hallando hábito cotidiano en lo inaudito. Igual que el guerrero de miembros cincelados levanta ya sin trabajo ni conciencia el yelmo plúmbeo de los héroes inmortales, así cualquier habría de habituarse al sacrificio con monocorde horario y trivial ritmo, carente de verso o emperifollado verbo, hasta considerarlo alegre pero vulgar gesto inevitable, naturalidad ni culpable ni venerable, como rascarse el mentón o alzarse por la mañana del lecho habiendo recibido justo descanso.

XVII

La pureza se obtiene por la sangre, a condición de que sea la propia sangre, pero mejor aún se obtiene por la vigilancia extremada sobre los caprichos del alma.

El arrebato heroico tiene el valor de gran intensidad que deja huella en vida propia y ajenas. Su imperfección proviene, hay que decirlo, de su improvisada y rauda ejecución. El carácter perfecto no puede surgir de una tempestad, sino de ordenado abandono de lo más superfluo a lo más apegado. Tampoco el corte de un miembro por filo de acero en batalla quedará tan limpio y hermoso como el que realice un cirujano con atenta destreza y tiempo ilimitado.

[Música: Capitán Tobias Hume, The State of Gambo (The Earle of Worcesters favoret). Como buen contemporáneo del manierismo, Hume fue un personaje estrafalario, escocés mercenario de Suecia y de Rusia. Como era costumbre, murió en la miseria, llegando, según él cuenta, a buscar caracoles durante un tiempo para alimentarse. Dejó escrito de sí lo siguiente: “as my Education hath beene, Armes, the onely effeminate part of me, hath beene Musicke”. Compuso obras lúdicas y originales como An Invention for Two to Play upone one Viole, pensada para ser tocada por dos músicos en un solo instrumento, o A Souldiers Resolution, donde describe musicalmente sus experiencias militares, evocando el sonido del campo de batalla, en línea con cierta tradición que se remonta al menos a La Guerre ou la Bataille de Marignan de Janequin.]

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Amor uniuscujuscunque hominis est omnium. Singuli enim omnes amare debent. Qui ergo hunc sibi specialiter exhiberi vult, raptor est, et ideo reus contra omnes efficitur. 

El amor de cada hombre es de todos. Porque cada uno debe amar a todos. Por lo tanto, quien quiere que se le muestre de forma especial es un ladrón, y por ello es culpable de agraviar a todos.

Guigo I, Meditationes (s. XII)

I

En lo más hondo no eres un ser, porque no hay seres, sino flechas dirigidas de un estado a otro. 

Nada hay menos fijo que las cosas a las cuales consideramos más fijas. Lo corpóreo no es más que un mismo grumo agrietado, dando la impresión de un multiplicidad. La multiplicidad es real en el mismo sentido en que un reflejo en el espejo es real: emite luz de colores que nos informa con señales, pero jamás podemos capturarlo.

II

No hay otra divinidad que la que sientas uniéndote a los demás seres, o no hay otra que puedas sentir.

Todas las ideas celestiales que no irradien y se esparzan por entre los canales del Todo no son sino retratos de momentos concretos, facetas aisladas de la imagen completa, que es la superior totalidad de las cosas. Para empaparse de los principios hay que vislumbrar sus resabios en los fines. La homeomería cósmica sea el mapa inabarcable según el que caminar, por más que un mapa infinito no te vaya a llevar nunca a un completo reposo. El completo reposo no es sino un detenerse artificial: la realidad sólo reposa en su pureza sin estaciones, en la vaguedad de los ciclos, tan incesante como inasible, tan rítmica como ilusoria. Tu alma no es sustancia, sino conglomerado de fuerzas: únicamente puedes percibir relaciones. Lo que crees que es el Principio no es sino un vínculo de todo a todo, incluso con aquello que sobrepasa naturaleza del ser.

III

Cuando tengas una aspiración noble, rastréala hasta conocer su causa primera en tu corazón, y verás su pedestre abolengo.

Se infla tu corazón y hablas de empíreos y categorías místicas después de haber tenido tal o cual encuentro con un pequeño triunfo o fracaso, con tal o cual dama, con tal o cual música. Lo vil y lo grandioso intercambian sin cesar su linfa; no has de avergonzarte tampoco de ello, pero guárdate contra el desprecio. Al fin y al cabo, también lo vil es resultado de otras causas que se pierden en misteriosos cielos, en la lejanía de la eternidad.

IV

No es que el dios more en ti, sino que tú eres el dios atrapado en una estrecha morada, aturdido por el viaje, habiendo olvidado casi todo lo que debe ser recordado. 

Tu ancestro eres tú mismo. ¿Acaso la forma de tus bisabuelos está ahora en otra parte más que en ti y en tus hermanos? Del mismo modo, lo santo se segmentó por compasión con el entorno y se hizo criatura, y desde entonces quieres hallar a tu ancestro, como te gustaría hablar con tu bisabuelo, que, sin embargo, sólo existe como tal en la forma que llevas inscrita ahora en la sangre.

V

Nadie puede desposarse con el viento ni quedarse mucho tiempo con un temperamento, propio o ajeno.

No te puedes fiar de tus cambios de comportamiento más de lo que te fías del viento que arrecia o amaina. Flora se aprovecha del Céfiro cuando la roza, y queda encinta de la Primavera; pero el humor de las brisas cambia rápidamente, y no es conveniente guardar rencor al otoño, o no se estará dispuesto al nuevo noviazgo primaveral. No asustes a los demás con tus cambios de conducta; pero menos te sientas atado a una conducta que sea arriesgada si sobrepasa la brevedad, solamente por que los demás ojos tengan una imagen menos desconcertante de ti. Puedes arrepentirte de no establecerte en lo bello, pero alégrate al menos de que ya conoces un camino; y, desde luego, no te arrepientas de no establecerte en lo vulgar. Incluso la edad bascula el humor de las almas más santas; ¿qué decir de ti, criatura ordinaria? Si los ángeles pueden volar, entonces vuelan bajo y vuelan alto, según su raza o su momento. Mas no confíes en el cambio como quien espera que su joven esposo o esposa vaya siempre a cambiar a mejor; antes bien, procura tener siempre cerca el lugar seguro al que regresar tras tus nobles acometidas contra el enemigo o tras tus fallidos deleites, o de lo contrario acabarás desconfiando de que la seguridad sea posible.

VI

Perdónate, sin celebraciones, las faltas que quedaron como residuo a una ardua y noble disciplina. 

Todo lo que pierdas por haber ganado mucho más con anterioridad no es tal pérdida. Si te hiciste más fuerte, no por ello has perdido toda flaqueza; después de una larguísima caminata, las piernas tiemblan de cansancio. Solamente tras una vida de esfuerzo podrás presentar un ánimo imbatible, y acaso tampoco entonces. Pero no abuses del perdón o te intoxicarás de vanidad, como no abusas del aguardiante que tomas solamente para padecer menos cuantro extirpas una flecha clavada en tu carne, so pena de caer ebrio. No utilices nunca la necesidad del perdón como causa contra la disciplina, madre de la luz que alumbras, sino venérala al mismo grado que al otro.

VII

Todo lo que sientas que has de decir de tu amor, dilo, a condición de enunciarlo y conservarlo como un juramento, como un voto de caballero o de reina, que protegerás con tu vida.

Lo que digas por el deseo de ayudar a otros se puede decir, pero siempre bajo ciertas circunstancias. No hay que dispersar palabras que, fuera del ambiente propicio, son como moneda de cambio o como címbalo que retiñe. Lo que declares sobre tu propia entrega no debe ser continuo y ligero, o terminará por dejar de convencerte a ti y a los demas; no debe ser excitado, o se encauzará inadecuadamente hacia el olvido o hacia gestos erróneos; no debe darse sin tener la conciencia de su importancia sagrada, o no te transformará para siempre ni garantizará tu eterna disponibilidad al amado, con lo cual lo habrás engañado.

VIII

Al mirar la piel, uno debe recordar su insignificancia. Al volcarse sobre el interior del corazón y de los cielos, uno no debe olvidar que la piel existe. 

Lo divino se puede expresar con tino mediante el lenguaje humano, y también sucede lo contrario. Pero cada lenguaje y cada mundo tienen sus límites, y es bueno recordarlo para no olvidar que somos lo alto y lo bajo hablando por la misma boca, del mismo modo que no se puede uno ubicar en un país extraño si olvidó que partió del sur y se dirige al norte. Debemos conocer al autor de las pócimas que llevamos en nuestro atillo, no sea que proporcionemos brebaje mágico de manos santas a una dolencia ordinaria, desperdiciándolo, o apostemos férula tosca a herida profunda perpetrada por demonios.

IX

El que, siendo simplemente amable, espera la gratitud que se debe a los héroes excelentes, está pecando de ignorancia, de vanidad y de avidez. 

Comprende a los seres que parecen no amarte o incluso que parecen sentir aversión hacia ti, pues ellos, en primer lugar, no aman ni odian sino la imagen que se figuran de tu persona, a menudo incompleta o errada; odian o no aman, pues, a una parte de sí mismos. Además, ¿les has dado motivos suficientes para creer que eres más fiable que otros que también parecieron fiables en un principio? ¿No es la constancia y la excelencia la prueba que exigimos todos? Dales, pues, todo y sin perder el equilibrio, y no podrán al fin más que reconocerlo, si es que no son incapaces de recibir por haberlo olvidado a causa de los golpes pasados o si es que no padecen de un gran desequilibrio, en cuyo caso merecen todavía una mayor compasión por tu parte.

X

Volverse ángel no implica adquirir alas ni blancura resplandeciente, pues también cuentan con ellas las palomas y los cisnes, sino adquirir un servicio eterno y transmitir señales de salvación. 

La bondad no toma siempre el aspecto que uno espera. Hay ánimos que parecían agrios y que dedicaban su vida a salvar otras. Son muchas las causas que lo hacen a uno tener un bello o feo ánimo, pero son más las que causan un bello o un feo rostro. Por ello no se puede sentenciar que la limpieza es signo de santidad y el hablar ordenado signo de grandeza, o muchos asesinos deberían contarse entre los santos. No desprecies a nadie por aquello de lo que carece, sino regocíjate en aquel punto sublime en que destacaron.

XI

Incluso las alimañas transmiten, a su modo y sin saberlo, las más altas verdades, si estás dispuesto a escucharlas, como adviertes la patria de un extranjero por su acento más que por lo que narra.

Si tomas enseñanza de toda cosa, entonces tú eres el maestro, pues no hay mayor enseñanza que ésa. Recuerda que lo divino ama el disfraz y que, al igual que el maestro puede entorpecer su sublime doctrina mediante toses o comentarios ordinarios, el mundo mezcla su verdad con el ruido de la maquinaria que lo permite estar en movimiento, y que esta misma maquinaria es en sí tan instructiva como la humanidad o la vejez del maestro, las cuales no se oponen a toda la sabiduría que enuncia.

XII

El centro de todas las cosas no está en el nombre del dios, sino allí donde el dios posa su mirada. 

Acuérdate del cinto sagrado, del altar y de la vía, pues en todo ello se indica la conducta correcta y la correcta visión. Pero aplica lo aprendido en el instante que se te impone, porque allí demuestras que lo que era bello también es útil, y que no hay distinción entre ambas categorías. Asume que la realidad puede corregir lo que pensabas, pues lo pensaste a partir de palabras y de unos pocos gestos, mientras que la realidad se pliega y se despliega en mil y una formas caprichosas, en permanente diálogo no sólo con lo que aprendiste, sino con lo que sufriste, con lo adivinaste y con lo que has sido.

[Música: Dos fragmentos de liturgia ortodoxa rusa. El primero proviene del salmo 140/141 y se trata de un canto démestvenny del siglo XVI, del monasterio Suprasi, responso de Vísperas de Cuaresma, entonado por The Patriarchal Choir of Moscow. El segundo es el Padrenuestro en la voz de los monjes del seminario de Odessa, con Mikhailo Davydov como sacerdote oficiante.]

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La injusticia es muy hábil para convencerse a sí misma y para corromper a los que están sometidos a ella, porque se relaciona con sus pupilos acompañada de placer.

Porfirio, De abstinentia 3.27.6 (trad. M. Periago Lorente)

 

El sinsentido de la violencia, cuando es directa, intencionada y ávida, late en todos los mundos humanos, en cada época y en cada riqueza. Si violenta es la propia configuración de nuestro pueblo planetario, nuestro andar cotidiano, más crispante para el espíritu es la agresividad, esto es, el impulso de violar una vida a la que se está mirando a los ojos. El arte, los pintores o la canción popular supieron siempre que bajo la piel de los hombres se retorcían bestias, y que solamente una contención lapidaria podría disfrazar la rabia con ropajes de amabilidad.

¿De dónde esa vesania que nos conduce al abuso, al odio, a la convicción de que mejor sería nuestro devenir si alguien no existiese y que así habrá de ser? En el fondo, toda violencia así de aguda es capricho unido a sudoración febril. Se trata esencialmente de una falta de pensamiento, de un calor que ha de liberarse, como un espasmo nocturno, como un castañetear de dientes. Se concreta en la idea escasamente formulada de que los demás son, ante todo, medios para nuestros fines. Maltratar a un niño, violar a una mujer, matar a un semejante, no son sino maneras de verlos como meros recursos, objetos, apliques, complementos a nuestro trote. Tal pensamiento, que en momentos de sosiego no se sostiene, adquiere fuerza en la pujanza de los humores biliosos, ante el volcán de la simiente en la entrepierna, ante la visión de una humillación, ante el desconcierto del orgullo.

No hay hombre que no se haya visto masajeado por fuerzas negativas, por ardores químicos que suben y bajan por el cuerpo, desde la ingle hasta la cabeza, pasando por el hígado y el acelerado corazón. Haríamos mal en sentirmos por completo a salvo de esa furia, esa desesperación que vence a todo lo sano: es nuestro devenir y la costumbre por él labrada lo que nos salva de aquel estadio en el que otros cayeron. En otras circunstancias, tú serías el genocida, el torturador, la escoria de las escorias. Todo secreto yace en la abstinencia prolongada, que aquieta toda marejada; y en la educación sentimental, que no consiste solamente en la contundencia de los argumentos morales -irrefutables y a veces interesados-, sino también en la indentificación con el otro. Nada más útil que pasar media hora imaginando ser otra criatura, siguiéndola desde su interior por el día común, viendo con sus ojos y valorando con su criterio, herida en sus debilidades, digna en sus virtudes.

Nada hay a lo que no nos acostumbre la familiaridad. Si uno se familiariza con el otro, el otro deja de ser un recurso o una vana sombra. Si todos somos sombras, no hay que dejar de otorgarnos unos a otros menciones de príncipes. Pues la sombra no sufre menos por estar débilmente tejida. No es menos bandera la fláccida que la mecida por el viento; ambas son la misma entidad en circunstancias diferentes. Si somos sombras, sufrimos, sin embargo. Si sufrimos, estamos hechos de la misma sustancia; únicamente fronteras de perfiles separan nuestros intereses, y el trato delicado y la caricia amable desdibujan esas fronteras hasta convencernos de que, puestos a ser sombras, es mejor conformar una más grande, en la que impere mayor frescor.

[Musica: Entreveran el texto diversos romances castellanos, una vez más en la grata voz de Joaquín Díaz. Todos ellos, como otros muchos, narran actos macabros, de truculencia sin límites, en su mayor parte perpetrados contra mujeres. Sorprende la sobria naturalidad con la que el folclore admitía conocer desde antiguo la composición del reino a base de excrecencias morales, sacerdocios indignos, venganzas irreflexivas, lascivias pedófilas, violaciones seguidas de emparedamientos y brutalidad desatada. Sin duda se debe a que desde siempre y por siempre afloran tales fuerzas, por mucho que cristianismo, Ilustración y tecnología hayan pretendido encauzar al grueso del pueblo. Los romances, en orden de aparición son: Elena la hidalga; La noble criada; El cura y su penitencia; La rueda de la fortuna; Las dos hermanas. Además de estos romances, otros que retratan injusticia y truculencia a más no poder ya fueron colgados en otras entradas: Blancaflor y Filomena; El romance del conde Olinos; Jesucristo en traje de pobre.]

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He has achieved success who has lived well, laughed often and loved much; who has gained the respect of intelligent men and the love of little children; who has filled his niche and accomplished his task; who has left the world better than he found it, whether by an improved poppy, a perfect poem, or a rescued soul; who has never lacked appreciation of earth’s beauty or failed to express it; who has always looked for the best in others and given the best he had.

[Ha alcanzado el éxito quien ha vivido bien, reído a menudo y amado mucho; quien ha ganado el respeto de hombres inteligentes y el amor de los niños pequeños; quien ha llenado su nicho y ha cumplido su tarea; quien ha dejado el mundo mejor de lo que lo encontró, sea por una especie mejorada de amapola, un poema perfecto o un alma rescatada; quien nunca ha carecido de aprecio por la belleza de la Tierra ni ha fallado al expresarla; quien siempre ha buscado lo mejor en los demás y ha dado lo mejor que tenía.]

Bessie A. Stanley, “Whats is Success”, Heart Throbs (vol. 2), 1905, NY, pp.1-2

Te doy las gracias, dios de las mil formas, que un mensajero me envías en cada una de ellas para que me liberen de la culpa, para que esté más cerca del camino de tu voluntad. Haz que pueda comprenderte en los ojos suplicantes del hermano eterno que a todas partes me acompañan y que sufra con sus sentimientos.

S. Zweig, Die Augen des ewigen Bruders

Laudato si’, mi’ Signore, per sora nostra Morte corporale,
da la quale nullu homo vivente po’ skappare.

[Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana la Muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.]

S. Francisco de Asís, Cantico di frate Sole

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Ahora vemos que cada hombre es otro hombre, que cada aparente noble y cada aparente indigente conllevan el mismo impulso. No es necesariamente un arquetipo lo que distinguimos, sino un único sujeto fragmentado, un sujeto corpóreo y espiritual al mismo tiempo, masa de plenitud informe diferenciada tan sólo por nuestra escasa visión. Es el río del Ser que se bifurca y adopta figuras caprichosas e irriga nuestras estrechas imaginaciones, y se engrana en collares de causas y causas que dibujan aquello que llamamos el Todo. Ahora vemos que identificar a un hombre con sus palabras es la fuente de todos los males del mundo; porque si cada corazón hablase con total sinceridad para consigo mismo, todos dirían lo mismo. Y no ver en el otro a un enemigo es signo de haber hallado ese núcleo resbaladizo dentro de sí. Y nada sirve mejor a ese impulso divino que mora en cada átomo y en cada unidad de información cuanto negarse a odiar a nadie: ni a la raza que parezca odiar a la nuestra, ni siquiera a quien pretenda y quizá logre destruirnos, ni siquiera a quien disfrute mancillando todo lo que llamamos sagrado, ni siquiera a quien parece contradecir a nuestra constante cosmológica, que no es sino la Idea infinita y apacible que se sustenta a sí misma. Es abrazar compasivamente esa destrucción lo que engrandece más a la Idea, que pasa a resolver todas las aporías y echa sobre sus hombros el triste sino de las almas que penan haciendo penar. Pureza y Grandeza fueron criadas en el regazo de la buena Homeomería.

Responder siempre al que nos hable, no ocultarle aquellos de nuestros secretos que le sirvan de guía, ofrecerle nuestra mejor sonrisa y disponernos a ayudarlo hasta donde nuestra sangre hierva. Fácil decirlo, pero imposible de cumplir si no se medita en ello largamente o se cuenta con una misteriosa gracia. Nunca se prodiga uno lo bastante en lo ajeno, nunca se alaba suficientemente a la posibilidad de gozo con que cuentan todas las perlas de la Creación, que en algún momento podría satisfacernos a todos, cuando tal vez no seamos hombres o ranas, sino quieto pajar o nombre murmurado en mundos sin nombre. La fraternidad se pone al servicio del hermano, regocijándose cuando impera el regocijo, compadeciendo cuando truenan los llantos, laborando en la misma empresa que levanten los pobres de espíritu, secando el sudor al obrero del cielo y de la tierra. Acaso este amor sin puertas no sea el salto último a la sabiduría, pero parece sendero obligado para quien, entre los seres sensibles, contamos con ajuar de pasiones y discreto entendimiento.

Y, si la Idea sonríe a los injustos y crueles, ¿cómo no abrazará también al hermano asustadizo que se despeña a cuatro patas? ¿Qué menos que veneración merecen la laboriosa abeja, fecundadora de naciones, o el mudo pez del mar? Ver a un hermano en todo no es principalmente delirio amoroso, sino serena ecuanimidad ante las difusas fronteras que lindan nuestro parcial planisferio de la existencia. Puesto que estar vivo supone contribuir a la vida y a la muerte al mismo tiempo, es preciso cultivar la primera sin odiar a la otra: la Idea es viviente e inerte, y sólo pide hacer lo más suavemente posible el paso entre lo uno y lo otro, sin resistencia, sin pasión, sin aferrarse al recuerdo de que una vez todos fuimos parte de un rey, una mujer, un esclavo, un buitre solitario, un escorpión del abrasado desierto, una paciente roca de montaña y el flujo cien mil veces milenario del dorado polvo estelar.

***

St.Anthony preaching to the fishes, Padua, Mural Fresco

[Los tres romances tradicionales que canta aquí Joaquín Díaz tratan de leerse en la mirada ajena. El de Jesucristo en traje de pobre viene con la anagnórsis egoísta que destruye a lo más amado, la misma moraleja de Los ojos del hermano eterno de Zweig o de Jean de Florette de Marcel Pagnol. El día de los torneos, mi favorito del romancero por su pureza y mensaje, revela el hecho desde su reverso positivo y beatífico, y aun quedaría hueco para fantasear en hermanarse con la montura que lleva a los protagonistas, así como a las fieras que cazaba el padre. Los milagros de San Antonio relata la armoniosa caridad del santo con las aves, no tratándose de San Antonio Abad, patrón de los animales, sino más bien de San Antonio de Padua, digno discípulo de San Francisco de Asís y de quien también se relata un vínculo comunicativo de excepción con los animales, llegando al paroxismo en su predicación a los peces, reconociendo implícitamente y de algún modo el alma que muchos materialistas les niegan:

A estas y semejantes palabras y enseñanzas de San Antonio, comenzaron los peces a abrir la boca e inclinar la cabeza, alabando a Dios con esos y otros gestos de reverencia. Entonces, San Antonio, a la vista de tanta reverencia de los peces hacia Dios, su Creador, lleno de alegría de espíritu, dijo en alta voz:

-Bendito sea el eterno Dios, porque los peces de las aguas Le honran más que los hombres herejes, y los animales irracionales escuchan Su palabra mejor que los hombres infieles.

Y cuanto más predicaba San Antonio, más crecía la muchedumbre de peces, sin que ninguno se marchara del lugar que había ocupado.

Florecillas de San Francisco, XL.]

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