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Archive for the ‘Palacios’ Category

Perronneau-Jean-Baptiste-A-Girl-with-a-Kitten

It is rather the soft green of the soul on which we rest our eyes, that are fatigued with beholding more glaring objects.

[Más bien es el verde claro del alma en el que posamos nuestros ojos, que están fatigados de contemplar otros objetos más brillantes.]

E. Burke, A Philosophical Enquiry into the Origin of Our Ideas of the Sublime and Beautiful, 3.10

Y porque el cielo cubre la tierra con los demás Elementos, por semejança llamamos cielo el que cubre la cama, o el patrio de la casa, o la mesa…

S. de Covarrubias, Tesoro de la lengua castellana o española, 1611 (entrada de “cielo“)

El rojo obscuro y manchado es el color de la bajeza y la codicia; el rojo de sangre y fuego el de la dureza y la crueldad. Donde el color es azul grisáceo se ha borrado con dificultad cierta incontinencia en los placeres.

Plutarco, De la tardanza de la divinidad en castigar, 565C

Il prétendait que son ton de conversation avec madame de…. était changé, depuis qu’elle avait changé en cramoisi le meuble de son cabinet qui était bleu.

[Pretendía que su tono de conversación con Madame de … había experimentado un cambio desde el momento en que cambió en su gabinete un mueble azul por otro carmesí.]

N. Chamfort, Caractères et Anecdotes (Œuvres complètes de Chamfort, t. II)

Si la historia pinta nuestro sabor, las preferencias sentimentales han ido tiñendo a la historia. Si es evidente que el color de la España renacentista es el negro, el de la Francia ilustrada es el azul del cielo despejado. El azur heráldico había presidido el escudo de los Capetos desde siglos antes de que el Rey Sol se presentase en el colosal retrato de Rigaud envuelto por un armiño y un brocado de terciopelo azul esmaltado por doradas flores de lis. Si en el modello de 1701 había probado Rigaud con una tonalidad más clara, el azul del cuadro definitivo es decididamente más oscuro. Y es que lo oscuro revela gravedad. Durante la Regencia y hasta el malhadado reinado de Luis XVI, el azul se fue clareando. Como en todo en Europa, los espectros lumínicos se suavizaron, y las imágenes demasiado intensas, acordes con pasiones exasperantes, se diluyeron. El azul celeste, tradicionalmente combinado con el blanco en las representación pictóricas de la Virgen María desde más de un siglo antes, acompañaba ahora no sólo a la ropa infantil y femenina, sino también a la militar y aristocrática. No era el único color que imperó en el rococó: todos los escarlatas, rosados y verdosos eran bienvenidos siempre que eludiesen toda pureza, toda intensidad, en definitiva, todo dogmatismo. Como sucede con el agua del mar, la lisura del azul era potable si no conllevaba demasiada sal. Porque, como antes en otros lugares del mundo, el auténtico criterio de verdad durante ese periodo era la moderación, la templanza del alma y del cuerpo, y no había más belleza que la prudente. En efecto, para el ilustrado, si cuenta con esprit de finesse, cualquier afirmación demasiado contundente parece traicionar a su posibilidad opuesta, su parte de razón o al menos, su razón de ser. Pelucas cortas y uniformes, diseños más florales que áureos y filigranas más sencillas se avenían perfectamente con la nueva claridad de las almas y de las cosas. Si Luis XIV fue un rey sensible pero ostentoso, delicado pero piadoso en sus últimos días, errático como buen barroco a fin de cuentas, sus sucesores restringieron los vaivenes del ánimo. Al poner la atención sobre las superficies, no podría resistirse que éstas fueran demasiado absorbentes, demasiado comprometidas. Necesitaban, por lo tanto, un tierno fondo de escenario que no capturase demasiado fuertemente al corazón. Así, de entre todos los colores suaves que cubrían la realidad dieciochesca, el esmalte de lapislázuli es el más abundante en los retratos cortesanos, en la tapicería, en las molduras palaciegas o en la porcelana de Sèvres de Jean Hellot. Incluso algunos clavecines se cubrían con una melosa pátina cerúlea que hacía de la música algo así como un pastel para todos los sentidos.

El placer tierno cubría la piel de los nuevos artes y utillajes, y no es casualidad que coincidan esos colores cremosos con los que predominan en la confitería y con los que ambientan todavía hoy a los enseres de los recién nacidos, más rosados para la criatura femenina, más azulosos para el futuro varón. Hoy se tiene a todas las tonalidades intermedias por femeninas. El XVIII fue un siglo andrógino en muchos aspectos, y no en vano no hay otro periodo en el que el equilibrio gobernase al buen gusto. Así, juegan en amistosa proporción el despotismo patriarcal y la retórica de los afectos, la idea de grandeza nacional con la novela doméstica, la omnipresencia del ejército y de la égloga, la impasibilidad ante el atacante y la exquisitez del placer de alcoba, el estudio de las matemáticas y de las costumbres, la razón taxonómica y la clemencia de las grandes damas que ofrecían sus salones a los que razonaban. A excepción del rigaudon, el tambourin y el menuet, las danzas tienen nombres femeninos. La mayoría de las pièces de clavecin de compositores de la Luces tienen en sus títulos adjetivos del mismo género: La majestueuse,  L’enchanteresse, L’adolescente, La rafraîchissante, L’insinüante, La séduisante, L’intîme, La distraite, La galante, La convalescente, L’exquise, L’audacieuse, La fringante, L’epineuse, L’engageante, La commére, La lutine, La pateline, La favorite, La laborieuse, La fleurie, La ténébreuse, L’ingénuë, L’artiste, La superbe, Le turbulent, L’atendrissante, L’unique… Y esos son sólo algunos ejemplos tomados de la obra de François Couperin, el compositor más prolífico de este género, que no ni mucho menos el único.

Liotard, Isaac-Louis de Thellusson 1760

Es difícil definir un color. Por ello los diccionarios recurren a ejemplos, señalando aquí o allá, como si la gracia del color no cupiese en una definición que no recurra a precisas tablas de espectros lumínicos. Se suele referir uno al azul como “semejante al del cielo sin nubes y el mar en un día soleado”. Es, por ende, la expresión gráfica de la extensión infinita, lo inconmensurable reducido a su cualidad material. La palabra κόσμος significaba en griego todo lo ordenado, tanto el universo como el adorno, por lo que denotaba cualquiera de estas palabras, y en verdad nada hay más cosmético que lo cósmico. Es comprensible, pues, que el tinte del cielo sea también el de la placidez doméstica. Νο del todo ajeno a esto es la paradoja de que el esprit francés del XVIII se refiriese tanto al espíritu como, en mayor medida, al ingenio, que era capaz de adoptar las formas más mundanas.

Los colores son cualidades sin forma, materia caótica a la espera de una razón que la inserte en geometrías. Nos recuerdan así al estado primario del cosmos antes de ser cosmos. Por mucho que desde 1700 prosperasen los ateos y los nominalistas, la mera preferencia por la simetría, por la geometría suavemente curvada y por la fina ornamentación clásica denota una cierta afinidad con un platonismo en proceso de descomposición. La impavidez y la exquisitez, además, no impedían en los espíritus más delicados el reconocimiento del drama humano ni la cuestión de su sentido; simplemente se contenían al máximo los flecos expresivos, se ajustaba el sentimentalismo al molde de la idea y la idea flotaba en torno al sentimiento. Con toda su ligereza, el rococó nos propone un catálogo relajado pero definido de valores. Hoy, por oposición, no tenemos más colores característicos que los fluorescentes y fosforitos, perdidos en una amalgama de combinaciones inarmónicas en las que cabe todo salvo la inteligibilidad y lo amoroso.

Las variedades de bleu céleste eran numerosas (bleu turquin, bleu persan, bleu de Prusse…), tantas como matices se puede encontrar a la mesura ingeniosa. El bleu Mazarin, un celeste algo más denso, aplicado a la procelana, descubrió el éxito a partir del interés por la chinoiserie, cuando se conoció la cerámica de los periodos K’ang Hsi, Yung-Chèng y Ch’ien Lung, que abarcan parte del siglo XVII y la totalidad del siguiente. Pero el nombre más popular en la Francia de entonces fue, como no podía ser de otra manera, el “bleu de roi”, el tono más intenso del terciopelo de los grandes retratos regios, referido ya en Le Mercure de France el primero de febrero de 1744. No deja de ser irónico que en la Francia revolucionaria se siguiese utilizando el nombre para los uniformes oficiales a pesar de su clara alusión al periodo monárquico. El Décret sur l’organization des Gardes Nationales de julio de 1791 (Section II, Art. 28) indicaba que el uniforme de la la Guardia Naciona sería “bleu de roi, doublure blanche, parement & collet écarlate”. Y es que Francia no logró desasirse completamente de su elegancia palaciega hasta mucho después de su primer suicidio, por mucho interés que pusiesen los revolucionarios en aplanar de un plumazo la montaña esmerada de sus glorias. Más es consonancia con el espíritu republicano, el color en cuestión acabó conociéndose como “bleu de France”… que no ha de confundirse con el diamante homónimo, símbolo también de la Corona francesa, desaparecido en un robo en 1792, un mes después del asalto al Palacio de las Tullerías que supuso la abolición de la monarquía, y una semana antes de que el cambio histórico se explicitase en la creación de un nuevo calendario que inauguraría el año 1 de la era republicana. Como se ve, todo parece apuntar a las mismas evidencias de las mismas cesiones.

Garde_nationale_-_Les_moines_apprenant_à_faire_l'exercice_1790

Algo había ido cambiando también en las tonalidades predominantes. Todavía es el azul celeste más radiante lo que encontramos en la vestimenta de los retratos que Maurice Quentin de La Tour pintase de Pierre-Louis Laideguive, Émilie du Châtelet, Marie Fel, Mmede Mondonville, Magdalene de Mazade, Charles Pinot Duclos, la Présidente de Rieux, Charles-Louis-Auguste Fouquet o de sí mismo en su autorretrato. Es la misma gama en la que se mueven las telas con las que Jean-Étienne Liotard conserva a la duquesa Elisabetta Federica Sofia de Württemberg,  a Isaac-Louis de Thellusson, a Maurice de Saxe, a Lord Mountstuart, Charles-Simon Favart, a Marie Charlotte Boissier, a Lady Tyrell, a Louise d’Épinay, Julie de Thellusson-Ployard, a Isabel de Parma, a Mlle. Lavergne (La belle lectrice), a Edward Morant, a Suzanne Curchod y a la pequeña Maria Frederike van Reede-Athlone. La misma del conde de Vaudreuil, Lady Amelia Darcy, la condesa Saltykova, Geneviève Rinteau de Verrières, Mme. de Genlis, Mme. du Barry, en los lienzos de Drouais. Así aparece Isabel Cristina, consorte de Federico el Grande, en muchas de sus imágenes inmortalizadas. Así presentan Boucher a Mme. de Pompadour en el segundo retrato que le dedicase y a la hija de ésta, David Martin a Benjamin Franklin, Perronneau y Labille-Guiard a la mayoría de las mujeres, Larguillière a Voltaire,  Van Loo a Diderot y a Helvétius, Vigée-Lebrun a María Antonieta.

Mas, ¡ay!, a finales de siglo empezamos a encontrar ropajes más oscuros, reflejando la seriedad de los nuevos tiempos. Así sucede en los retratos de revolucionarios, como el que hiciese de Danton un pintor desconocido, o el de Hérault de Séchelles a manos de Jean-Louis Laneuville; o en efigies ya románticas, como la que hace Francois-Xavier Fabre de un joven anónimo de pelo corto alborotado en 1809, o los diversos testimonios de un joven Napoleón Bonaparte de uniforme. Por no hablar del Incorruptible, el regente del Terror, que prefería casi siempre trajes apagados o directamente tenebrosos como el caos. Así, de oscuridad a oscuridad, el siglo de la elegancia por excelencia ofreció un oasis de limpidez con un azul monárquico grato como un día de primavera. Desde el terciopelo marino de Luis XIV hasta el casi negro del Imperio, el rococó ofreció una jornada breve pero serena, sabedora de su destino pero sin pérdida de sonrisa. Fue un periodo de iluminación en el cual el recuerdo del Paraíso se hizo inteligible y acogedor como el regazo de una madame salonnière. Situado entre gravedades, el leve amaneramiento de últimos eudemonistas hizo de la ingenuidad la mayor de los ingenios y del ingenio la mejor de las tretas para aplazar una vez la caída en el desorden. Momento de consumación, se sostendría mientras nadie se esforzase demasiado en buscar los apliques por cuya fácil ausencia cedería. La biografía de este color aristocrático, como la de los que lo vistieron orgullosamente, abarca a su manera menos de cien años.

Ahora, en estos tiempos de cierre de los jardines de Occidente, muy lejos ya del abrazo de las bellas artes, ningún pigmento nos convencería de que nuestro planeta dejará de ser el planeta azul, ninguno evitará que nos internemos en la más oscura de las noches.

Apotheosis of Charles VI - Fresco of Paul Troger (1739) - Imperial Stair Case - Göttweig Abbey

[Música: É.-N. Méhul, Stratonice (“Ciel! Ne Sois Point Inexorable”), ópera cómica francesa estrenada en 1792, ocho meses antes de la condena a muerte a Luis XVI. El fragmento corresponde a la primera escena, en la que el coro dice lo siguiente: Ciel! Ne Sois Point Inexorable, / A toi seul nous avons recorus / Ciel! Ne Sois Point Inexorable, / A ce cher Prince, accorde ton secours, / Qu’il vive hereux autant qu’il esta aimable! / Qu¡il vive hereux aux dépens de nos jours! (“¡Cielo!, no seas inexorable, / A ti sólo recurrimos. / ¡Cielo!, no seas inexorable, / a este príncipe querido garantiza tu socorro. / ¡Que viva tan feliz como amable es! / ¡Que viva feliz a expensas de nuestros días!”)]

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Wo er einen Spaß macht, liegt ein Problem verborgen.

[Donde hace una broma, allí hay un problema escondido.]

J. W. von Goethe, Wilhelm Meisters Wanderjahre (“Aus Makariens Archiv”), hablando sobre Lichtenberg.

L’esprit méchant et le cœur bon, voila la meilleure espèce d’hommes; je fais une épigramme contre un sot et je donne un écu à un pauvre. 

[El ingenio malvado y el buen corazón: ésta es la mejor especie de hombres. Escribo un epigrama contra un tonto y doy una moneda a un pobre.]

A. de Rivarol, Pensées

Il est dans le caractère français d’exagérer, de se plaindre et de tout défigurer dès qu’on est mécontent.

[Es intrínseco al carácter francés el exagerar, el quejarse y tergiversar los hechos cuando está descontento.]

N. Bonaparte,  Mémorial de Sainte-Hélène I (Sept. 1815)

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“Os diré algo que no pensáis de mí”, anunció un inoportuno contertulio que pretendía acaparar en vano la atención de F… “Cualquier cosa valdrá, monsieur“, contestó el otro.

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A un ostentoso duque le decepcionó que una joven de apariencia sincera le declarase que lo amaba por su persona y no por sus posesiones, sus influencias o su rango.

“¿Sabéis qué es lo mejor del placer?”, preguntó un libertino a un sacerdote intrigado. “Que siempre se le puede añadir algún aderezo para agrandarlo todavía más”. El cura debió haber respondido que, cuanto más se hincha un globo, más tremendo es su estallido… pero intuyo que se quedó en silencio, aprendiendo y tomando nota.

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En tiempos de Luis XIII, cierto mariscal de campo mandó matar a varios de sus hombres hasta que apareciese un medallón familiar muy apreciado por él y que había desaparecido de su bártulo. Al día siguiente, riéndose y palpando su faltriquera, exclamó gozoso: “¡Ah! ¿Pero qué es esto? ¡Si estaba aquí!”.

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Al notar que su amante, con fama de expeditivo, venía lleno de ardor, una señora despachó a su ayuda de cámara ordenándole que fuese a ver cómo iba la cena y que regresase a continuación.

Un señor francés, otro veneciano y otro español se encontraron en una comitiva de camino a la fiesta de cierto embajador en una residencia campestre. De camino, los guijarros del camino destrozaron las ruedas de los carruajes. Ante la peligrosa amenaza de los lobos y la situación aislada del lugar, el español se dispuso a rezar por todos, mientras que el italiano cantó una sonada para relajar los ánimos y el francés anotó una descripción de la circunstancia en sus cuartillas. Por su parte, los valets de unos y otros, de las mismas diversas nacionalidades que sus señores, solucionaron al alimón el problema fijando de nuevo las ruedas.

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Pocos días antes de la toma de la Bastilla, a un nostálgico que lamentaba no haber vivido los buenos tiempos pasados le espetaba un conocido que sabía de los entresijos de lo que se estaba gestando: “¡Ah! Estáis viviendo esos tiempos que añoráis, pues en verdad contáis con la misma vida que vuestros más lejanos antepasados: misma realeza, misma moneda, mismo calendario, misma bandera, misma religión, mismos modales. Esperad un poco y tendréis motivos para vuestra desmedida nostalgia”.

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Le dijo un moralista a un libertino soez que presumía de sus vicios: “¿Tan poco hecho estáis que no sólo no soportáis llevar a cabo nada que no sea jugar, sino que jugáis solamente a ser despreciable y a ganaros admiración de necios, envidia de malvados y repugnancia de justos?”

Había una señora tan amorosa pero tan corta de miras que habría sido capaz de compadecer a los antiguos reyes medievales por no saber tocar el clave o a los etíopes por no llevar peluca.

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Mme. de B…, quien sentía una curiosidad exclusiva en dimes y diretes de la Corte, dijo cuando alguien leía una demostración atea de D’Holbach: “Señor, ¿no podríais hablar sobre algo de más interés?”.

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Double Portrait, 1754, Alexander Roslin, Gothenburg Museum of Art

Un posadero agudo, cuando vio llegar a su venta a un grupo de aristócratas parisinos que se retiraban a provincias: “Parece que la revolución ha traído el efecto opuesto al esperado”, en referencia a que los cortesanos ocupaban el campo en lugar de que el pueblo ocupase la Corte.

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Diálogo entre dos caballeros:
Monsieur, os recuerdo que me debéis cincuenta luises.
-Mis placeres me tentaron y me los exigieron. Reclamádselos, pues, a ellos.

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Mme. de R… preguntó a su amigo qué le había parecido la declamación del poeta invitado, a lo cual respondió el caballero que estaba atónito y que no se había formado opinión al respecto, puesto que pensaba que el poeta únicamente estaba aclarando su voz.

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Un joven filósofo afirmaba que enviaría al rey de Prusia su elogio  de la monarquía aunque para ello tuviese que hacerse pasar por necio, dejando así la duda de cuál era su auténtica opinión sobre el tema.

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Un hidalgo de provincias se casó con una doncella napolitana de escasa ciencia pero de enorme ambición. La joven azuzaba a su marido instándole a medrar, hasta el punto de que, visitando ambos Versalles en una embajada, le inquirió inquieta: “¿Y vos para cuándo obtendréis algo así?”.

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En la querella entre antiguos y modernos, un autor sostenía que la novela de los nuevos tiempos sólo versaría acerca del hombre de carne y hueso. Cierta dama, ignorante o irónica, repuso con afectación pavorida que nada sería tan desagradable como saber de las desventuras de un individuo despellejado.

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Se contaba que el marido de una aficionada a tocar la viola se dolía tanto de la desafinación de su mujer que se buscó a la vez un profesor que la corrigiese y un abogado que lo informase sobre los casos en que se admitía el divorcio, a la espera de lo que surtiese más pronto efecto. Aunque confesaba en la taberna que en su desesperación quería colgarse con una de las cuerdas del instrumento, parece que finalmente las clases dieron resultado y no hubo que lamentar un desenlace infeliz: el profesor y la alumna se enamoraron y todos obtuvieron lo que querían.

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Decía el libertino conde de G… que gustaba de encontrar el modelo de virtud en las máximas de jansenistas como Pascal o Mme. de Sablé porque era como mirarse en un espejo cóncavo en el que la imagen se refleja invertida.

Un paladín de la ciencia vaticinaba que pronto se hablaría de geometría en las iglesias, a lo que B… oponía que no sería necesario esperar, puesto que la geometría ya se traslucía desde hacía siglos en los equilibrios entre las masas y los volúmenes de sus muros, manteniéndolos en pie.

A Philosopher Giving that Lecture on the Orrery -Lamp is the Sun, 1764-66, Joseph Wright of Derby

En un café en el que se reunían corrillos de agitadores, había una puerta en la que colgaba un cartel de “ocupado”. Cuando las autoridades se enteraron de que en aquella estancia se forjaban consignas y octavillas, el ejército entró anunciando que venían a dar cumplimiento al cartel.

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Un filósofo que estudiaba la naturaleza de las pasiones, cuando fue descubierto por su esposa en un amorío, se defendió consternado explicando que estaba realizando una investigación de campo.

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Un sans-culotte a uno de los abogados que conspiraban contra el estado en Le Procope: “¡Oh héroe!”.

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En un baile de sociedad:
Madame, ¿me haréis el honor de concederme este menuet?
-Os lo concedo con mucho gusto y por entero. No esperéis, sin embargo, que yo lo comparta.

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Un cierto ateo acudía a misa y sólo reiteraba los finales de las intervenciones del pueblo, por lo que daba la sensación de que asistía para repasar las declinaciones.

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Diálogo entre un optimista y un pesimista:
-Dentro de cien años ya no habrá nobles en Francia.
-Señor, es usted un hombre del siglo pasado.

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Al ser cuestionado por los escritos de La Mettrie, según los cuales, siguiendo a Descartes, el hombre no se diferencia de una máquina o de una bestia, M… dijo que, en efecto, sólo una máquina o una bestia podría haber escrito algo así.

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Saliendo a cazar perdices, un joven mató por accidente a su hermano, a quien habría correspondido el título de duque y casi todo el patrimonio familiar. Un malévolo amigo de la familia murmuraba jocosamente que a eso era a lo que verdaderamente había que llamar “cazar una herencia”.

Cierta dama de Toulouse a su poco entusiasta amante:
-¿Me amáis?
-Señora- respondía él-, disfrutad del viaje antes de pensar en llegar a puerto.

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Andreotti - Flower

El barón H… le preguntó a F…, quien tenía fama de cínico, qué pensaba sobre la virtud. “Lo siento, barón -respondió-, no os entiendo; sabed que la única lengua que domino es la francesa”.

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Mlle. de C… contaba que una vez sorprendió a su hermano conversando con un buen amigo, y confesaba que no sabía si se refería a la mecánica de los cuerpos, a la del teatro o a la de las costumbres cuando uno de los dos dijo que “conocer la temperatura del espacio es requisito indispensable para conocer el movimiento de los actores”. Mlle. había quedado tan intrigada que nunca olvidó la frase, a pesar de que, aseguraba, nunca la había comprobado en ningún sentido.

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D… acababa de regresar de América y relataba en el salón cuán vacíos están los grandes espacios de aquel país y cuán llenas de actividad las mentes de sus pobladores. “Justo al contrario de lo que sucede en Francia”, apostilló su amiga.

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Un astuto joven que prestaba dinero no exigía intereses, sino garantías de favores, por lo que acabó siendo un gran político que comía gratis en todas las tabernas y rodeado de cuantas mujeres deseaba.

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Decía un banquero austríaco que el dinero no da la felicidad, pero que facilita la erradicación de algunas de las cosas que más obstinadamente la impiden.

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Cuando los marqueses de L…, de cuya relación se comentaban numerosas ligerezas, dijeron que al día siguiente cumplirían veinte años de casados, su invitado, tras quedarse meditando seriamente unos instantes, dijo: “Entiendo que debo felicitaros”.

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Cierto caballero sumamente glotón pidió en el lecho de muerte que llamasen a un sacerdote, a lo que uno de sus amigos respondió que no era momento de pensar en comer pan de oblea.

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O…, varón de pensamientos oscuros, sostenía que los patricios franceses eran tan vanidosos que habían decidido ser ellos mismos la primera aristocracia en la historia de la civilización que sería causante de su propia destrucción sin perder el tono afable .

Se cuenta un diálogo espurio de Rivarol en el que alguien confesaba envidiarle por haber leído con gusto a los autores más mordaces y burlones de la Francia de entonces. Rivarol, por su parte, confesó admirarle a él otro tanto por ser el sujeto de muchas de aquellas páginas.

Johann Hamza (1850-1927)

Un ruso preguntaba a un francés por qué en su patria cundía mucho más el ingenio que en Rusia. “¡Ah, monsieur! -contestó el galo-. Vuestra nación no tiene mujeres tan alegres.

Un general inglés que, a pesar de estar en desventaja, pretendía rendir al enemigo, dio una gran muestra de templanza al decir con semblante inconmovible: “Rendíos, sire: no os lo repetiré más de veinte veces”.

Un mujeriego que se preciaba de conocer el alma femenina tanto como su cuerpo le confesaba a un amigo: “¿Creéis que las mujeres quieren a un hombre que les entregue su corazón? No: sólo desean a uno que lo finja”. Murió poco después apuñalado por una amante despechada.

Un capitán descubrió a su regreso de la guerra que su mujer había dado a luz, y no le salían las cuentas para que fuese hijo suyo. Se despreocupó y lo trató como propio en un gesto de reciprocidad, pues, como confesaba, de otras muchas crianzas se ocupan muchos extranjeros con los hijos de los capitanes destinados en sus países, sin aclarar si hablaba también de él mismo.

En el campo de batalla, un capitán a un soldado reacio a lanzarse en primera línea contra el enemigo:
-¡Recordad vuestro honor, soldado!
-El problema no es recordarlo, mi capitán -respondió-. También recuerdo a mis padres sin dejar de ser huérfano por ello.

Un secretario de un cardenal describía en sus cuadernos todos los purgantes a los que su patrón había recurrido a lo largo de los años, y osaba compararse con Tucídides.

Le preguntaron a Mme. de M… quién le parecía más digna de elogio, si Antígona o Penélope. “Ninguna de las dos -dijo-. Una sin casar y la otra libre de su marido, ¿qué virtud tuvieron la paciencia de cultivar?”

Un persa se asombraba de que en Europa los religiosos no hablaban de religión salvo para justificar la existencia de sus cargos.

Un español se acababa de suicidar al haber sido abandonado por su amada parisina. D… dijo que a los individuos de otros países se les debía dejar a mitad de precio la carne de corazón francés, acostumbrados a texturas más sólidas. En cambio, P… dijo que el español era como el caniche: demasiado sensible en su ánimo, pero maloliente si se lo dejaba solo y capaz de comerse cualquier cosa. Y eso siendo él mismo de antepasados de Salamanca.

Tras la Revolución, un jurista desanimaba a su sobrino de acudir a la capital: “Olvidad París. Como en Troya, por su desenfreno y cobardía ha caído la patria”.

Gilbert-Stuart-Portraet-des-Malers-Benjamin-West

[Música: A. Forqueray, La Ferrand (transcr. J.-B. Forqueray)]

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Falsa idea d’utilità è quella che vorrebbe dare a una moltitudine di esseri sensibili la simmetria e l’ordine che soffre la materia bruta e inanimata, che trascura i motivi presenti, che soli con costanza e con forza agiscono sulla moltitudine, per dar forza ai lontani, de’ quali brevissima e debole è l’impressione, se una forza d’immaginazione, non ordinaria nella umanità, non supplisce coll’ingrandimento alla lontananza dell’oggetto.

[Falsa idea de utilidad es la que quisiera dar a una multitud de seres sensibles la simetría y el orden que admite la materia bruta e inanimada; la que descuida los motivos presentes, que son los únicos que con constancia y fuerza actúan sobre la multitud, para fortalecer los lejanos, cuya impresión es brevísima y débil, salvo si en un esfuerzo de fantasía, no ordinario en la humanidad, suple, engrandeciéndolo, la lejanía del objeto.]

C. Beccaria, De los delitos y de las penas, 38/40

On demandait à Madame De Rochefort, si elle aurait envie de connaître l’ avenir: ” Non -dit-elle-, il ressemble trop au passé. “

[Preguntaron a Mme. de Rochefort si deseaba conocer el porvenir. “No -respondió-, se parece demasiado al pasado”.]

N. Chamfort, Caracteres y anécdotas, 531

Washington_and_Lafayette_at_Mount_Vernon,_1784_by_Rossiter_and_Mignot,_1859

M… a un ufano caballero que no se preocupaba en dar ninguna opinión cabal: “Monsieur, si tuvieseis compasión, impediríais que los errores continuasen chocándose una y otra vez contra vos”.

V…, alegrándose de la toma de la Bastilla, dice: “Ahora que llega la revolución, se pondrá a los reyes en su sitio”. Le responde C…: “Pero, puesto que los reyes siempre se las arreglan para quedar por encima de los demás, ¿en qué posición nos dejará eso a nosotros?

Una cargante dama elogiaba a F… su misantropía, su capacidad para permanecer insobornable al margen de las opiniones del vulgo. “Si lo deseáis, madame- contestaba F…, vos podéis ser la próxima en experimentarla”.

Se dice que Luis XVI, la víspera de la toma de la Bastilla, dijo sobre las revueltas algo así como que “pasarán”. Pasaron sobre todas las cosas, ciertamente.

Ante el asombro de un ministro que no daba crédito a sus palabras, D… se defendió: “¿Acaso podría yo recurrir a la mentira ante toda una autoridad?”.

Un renombrado abate reconocía con pena que los cortesanos solamente confiesan aquellas faltas que tienen en común con el vulgo. Apostilló M…: “No os entristezcáis, monseñor: pronto el vulgo empezará a confesar pecados de cortesanos”.

“No tenéis corazón”, le dijo a G… un vecino inoportuno que lo molestaba a todas horas y al que un día despachó de malas formas. “Por supuesto que lo tengo”, contestó, “pero, al igual que al servicio, lo dispenso de recibir a las visitas indeseadas”.

La marquesa de G… le pidió insistentemente a su marido contratar a un afamado jardinero extranjero para que arreglase sus jardines. El marqués finalmente cedió, hasta que un día los encontró a ambos en la alcoba. Éste, sin apenas mirarlos, dejó dicho que, dado que habían probado el fruto prohibido, ya podían ambos ir abandonando el Jardín de las Delicias.

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Se decía que el vizconde de R… tenía tal fama de austero que nadie le pedía consejo por temor a que fuera uno de mala calidad.

Se rumoreaba entre la plebe que cierto párroco de provincias rendía en secreto culto al Diablo hasta que se supo que simplemente se llevaba el cáliz de oro a casa porque en él el agua se mantenía más fresca.

Un noble a un criado con muchas confianzas: “Hoy me he levantado magnánimo: os dispenso de vuestras obligaciones hasta la noche”. El criado a su señor: “En tal caso, también lo atribuyo a mérito mío, puesto que prácticamente os he levantado yo”.

El marqués de C… concedía que su enemigo era de muy alto linaje, pero añadía que, de tan alto que era, se caía de él continuamente con gran estrépito.

Un embajador preguntó a un mordaz caballero por la residencia del príncipe de C…. El caballero respondió sin afectación: “¿Veis aquel castillo tan elegante de allí? No hagáis caso: entrad y encontraréis a quien buscáis”.

Decía Mme. que cuatro de cada cinco nobles habían abandonado Francia, a lo que V… inquirió si ella era la quinta o si se había quedado sin su puesto.

En una conversación en cierto salón sobre si era mejor perder el honor o la vida, M… advirtió que no había de qué preocuparse, dado que quienes frecuentaban el salón no tenían que temer por aquello que tenían garantizado ni por aquello que no poseían en sí mismos. Solamente aquellos con mala conciencia se airaron e incluso se marcharon, retratándose.

Decía el duque de L… que fingir devoción en algún asunto era doblemente meritorio, pues equivalía a actuar dos veces: una en el asunto y otra en su superficie. No debió sorprenderse cuando a lo largo de los años el rey lo desterró dos veces.

Al príncipe de L…, que galanteaba a la condesa de M…, a quien acababa de conocer, le dijo ésta: “Excelencia, dejadme al menos  que conozca la fama de vuestro nombre antes de que lo tiréis por tierra”.

Un cardenal se asombraba de que en Francia la Corte tratase a los altos sacerdotes con la misma familiaridad que a cualesquiera príncipes, y atribuía la preferencia final de la nación por la Iglesia frente a la herejía protestante a una mera preferencia por los atuendos y ademanes del clero.

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Al futuro conde de P…, quien refunfuñaba cuando se le instaba a aprender latín pero expresaba al mismo tiempo su deseo de ser filósofo, le decía amorosamente su madre que esa lengua le sería tan necesaria para defender la fe de la Iglesia como para refutarla.

Mme. de P… y su mejor amiga se escribían ingeniosas cartas insultándose inteligentemente una a la otra. Cuando los sans-culottes le cortaron la cabeza a la segunda, Mme. quedó entristecida: “Esos brutos la han desposeído de la única parte de su cuerpo que yo nunca habría atacado”. También decía que ya no tendría con quien reírse de sí misma nunca más, pues los nuevos poderosos se tomaban tan en serio las palabras que afilaban las plumas con guillotinas.

“En estos tiempos todo es posible”, decía D… “Hasta que alguien aprenda a sacar provecho de que no lo sea”, replicaba su amigo R… El primero perdió su cabeza, el segundo debatió en el Directorio.

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Un adúltero a su amante cuando ésta lo descubre intimando con su hija: “Querida, últimamente tenéis un aspecto tan lozano que es fácil confundiros”.

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Según T…, guillotinar es el modo más burdo para igualar la estatura de los grandes al pueblo.

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Se comentaba entre el populacho que el crucifijo de una monja antillana del convento de La Madeleine de Traisnel era de color negro. Un librero se preguntaba si estaría desnudo. El obispo escribió incluso a la madre superiora señalando los pasajes bíblicos en los que se hacía referencia a la tez clara del linaje de Jesús. Todos se tranquilizaron cuando descubrieron que la monja era criolla.

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En los pasillos del teatro: “Mme., ¿cómo está vuestro marido?”. “Tiene algunos dolores en la cadera: recordadlo la próxima vez que lo veáis”.

Sobre la teología de estos tiempos, el barón de G… dijo ante varios obispos que filosofar sobre Dios con una peluca cubriendo la cabeza era tan difícil como amar con sotana a una mujer.

No le gustó al mariscal T… el retrato que un famoso pintor hizo de él, aduciendo que no se veían los galones. El pintor se indignó tanto que respondió groseramente: “En el momento del retrato, antes de la batalla, todavía no habíais tenido tiempo de comprarlos o robarlos al enemigo”.

A Mme. D… le habían regalado una cacatúa de América. En una de las primeras reuniones en las que el animal estaba presente, comenzó a espetar algunas palabras malsonantes. M. de F… rompió la incomodidad del ambiente admirándose por lo rápidamente que se adaptan esas criaturas al nuevo clima.

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En un concierto, cierto cortesano confesó que solamente disfrutaba la música que le agradaba a su soberano, a lo que su interlocutor repuso que entonces comprendía el mal gusto de Luis: pretendía únicamente probar el límite de los cortesanos en su adulación.

En otro concierto de tríos, no se interpretó a ningún autor italiano, lo cual soliviantó a Mme. de P… El anfitrión, partidario de la música francesa, se defendió argumentando que, puesto que hacía buen día, encerrar saltarinas melodías italianas bajo techo era de tan mal efecto como encerrar canarios en una diminuta jaula.

El gato de Mme. de R… aplastó y destrozó a una cucaracha con su mandíbula y sus garras. El barón H… dijo que el animal era digno miembro de su familia. Cuando el gato murió, ya en el exilio, el barón recordó la anécdota y felicitó a su dueña de que hubiera tenido una vida larga y que los revolucionarios no hubieran conocido el hecho, por el cual, sin duda, lo habrían guillotinado.

Decía P… que el sabio no se conmovía ante el curso de los acontecimientos, pues todo lo que sucede es natural. Poco después, cuando vinieron a citarle ante un tribunal revolucionario, desapareció del mapa. F… dijo entonces que, conmovido o no, había seguido el curso de los acontecimientos a gran velocidad.

“Os esperaré junto al puente del sotobosque”, escribió abruptamente cierto pretendiente a la condesa de N… “Entonces podréis decirle a los otros caballeros que abandonen al fin sus esperanzas y que os dejen sitio en ese mismo lugar, donde aguardan también desde hace tiempo”, contestó ella mofándose.

“No hay sabiduría sin conmiseración”, decía el lugarteniente L…, y llamaba conmiseración a concederle al condenado a muerte todo el tabaco que quisiera.

Hace tiempo se reían de B… porque pensaba que en tres siglos Francia sería turca. Todos empezaron a prestarle atención tras conocerse la batalla de Stavuchany, en la que Rusia y Austria pusieron freno sufridamente a los mahometanos.

El duque de O… afirmaba preferir una república como Venecia a una monarquía como la china, pero a su muerte sólo tuvo de una y otra el hecho de que ninguna de las dos era Francia, como la tierra en la que tuvo que exiliarse hasta el fin de sus días.

“Sois muy hiriente con vuestras palabras”, le dijo cierta mademoiselle a C…. Éste, que albergaba esperanzas con la joven, se defendió explicando que aún era torpe con las flechas prestadas por Cupido y que a veces apuntaba a zonas erradas del corazón.

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“El odio abierto es menos cruel que la hipocresía”, dijo A… en la tertulia del hotel. “¿Entonces, monsieur, preferís que os acuchillemos en lugar de conversar agradablemente aquí?”, replicó S…

En un duelo a muerte entre dos gentilhombres:
-Os ruego que muráis sin más dilación para evitar causaros dolor.
-Amigo mío, nunca osaría adelantarme a vos en nada.
-No hay necesidad ninguna.
-No merecéis menos.

“Hay más estrellas en el firmamento de las que podríamos nunca contemplar”, decía el vizconde de E…, a lo que su mujer oponía que también había más obligaciones en la casa y en el estado de las que él sabía satisfacer, pero que extrañamente eso no le invitaba a filosofar del mismo modo.

Mme. de T… despidió a una criada porque no sabía entretener gustosamente a su marido, por lo que, según decía, la obligaba a ella a hacer la labor del servicio.

A un extranjero apuesto al que tenía por poco lúcido, G… le dijo que era tan hermoso como incapaz. “En cambio vos -respondió el aludido- sois tan ingenioso como respetado”.

A sabiendas de que provenía de Etiopía, alguien decía que sin disfrutar del café no merecía la pena ser francés, por la misma razón que sin lacayos no merecía la pena gozar de rancio abolengo.

Cuando un burgués mató a un prestamista al que debía una gran suma, fue condenado a la pena de muerte. Él se defendió en el juicio arguyendo que, como buen súbdito del rey y buen cristiano, prefería deber su vida al estado que sus vicios a un judío.

Había un caballero que acostumbraba a mascar rapé cada vez que lo sangraban a causa de una dolencia. Hasta tal punto llegó esa asociación, que cada vez que percibía el aroma del tabaco, se ponía hablar de cirujanos.

Sobre el fin del régimen tradicional, C… decía que, perdida toda esperanza en detener los acontecimientos, habría que esperar cincuenta años a que los filósofos volviesen a aburrirse y a desear protagonismo para que se emprendiese otra revolución que volviese a cerrar el círculo y dejase de nuevo las cosas como estaban.

“¿Para cuándo otro libro tan anodino como el que os ha encumbrado?”, preguntaba H… entre mordaces risas a un autor de moda. “Tened paciencia: estoy pensando en escribir vuestra biografía”, respondió el ofendido.

Conversation (J. Grant, J. Mytton, the Hon. Th. Robinson, & Th.Wynne) Nathaniel Dance 1760

“Los reyes son tan ignorantes que no saben de dónde procede su poder”, cuentan que decía en las tertulias de Le Procope un amigo de Robespierre antes de la Revolución. “En cambio, mi buen amigo -respondía molesto el conde de R…-, los filósofos son tan sabios que ignoran en qué poder acabará su proceder”.

Cierto marqués perdió toda jocosidad cuando se enteró de que su contable le engañaba con su esposa mientras el estado le desposeía de sus bienes. Pero recuperó el tono cuando el contable cayó en los enfrentamientos de París, su mujer se exilió y a él mismo ya no le quedaba en el mundo nada por lo que preocuparse. Por lo visto, en su lecho de muerte se lamentaba más de su maledicencia en su época de potentado que la de su vejez, como que valorar en poco la carencia del bien que uno disfruta en exclusiva es incluso más cruel que despreciar a un ídolo en el que ya no se cree.

Opinaba L… que desde hacía medio siglo el público ya no sabía disfrutar las comedias religiosamente porque no se pensaba más que en obtener beneficio de todos los acontecimientos.

Al confundirse de gesto con el abanico, la marquesa de C… ahuyentó a su duque y acabó como aburrida condesa.

Al palpar la seda de una chorrera de cierto gentilhombre, uno de los invitados inquirió malévolamente de dónde provenía una seda tan poco suave. El aludido contestó lo siguiente: “Tan lejos de vos como pudo, aunque, como puede comprobarse, no escapó del todo a vuestra influencia”.

Un fisonomista ante el hijo de una dama, excepcionalmente lento en reflejos: “¿Es ruso?”.

Un duque, justo antes de batirse en duelo con un plebeyo, le pedía perdón por adelantado a su espada o a su pistola.

En el teatro, un viejo gruñón se quejaba de cada punto de la representación. El caballero que estaba delante de él le preguntó si podía lanzar hacia otro lado las plumas de un cojín tan áspero.

En cincuenta años se ha pasado de los enfrentamientos entre lullyistas y ramistas a enfrentamientos entre monárquicos y republicanos, y rápidamente entre jacobinos y girondinos. En definitiva: Francia decidió dirimir la querella convirtiéndose toda ella entera en una ópera. No se puede decir qué bando ganó ni qué género, pero sí puede decirse que los personajes mitológicos han desaparecido en favor de un coro sin buenas melodías.

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[Música: J.-P. Rameau, Les surprises de l’Amour (1748). Entrée des Jeux, Amours et Plaisirs. Menuet. Air pour les Sybarites. Passepied. Gavottes I & II.]

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“Muramos en esta guerra
para renacer de nuevo
como caballeros del rey de Shambhala”.

Canción mongola de guerra, cit. en J. PALMER, The Bloody White Baron, 2009, p. 66

“Veo… Veo al dios de la guerra… Su vida transcurre horriblemente… Después una sombra… negra como la noche… Ciento treinta pasos aún… Más allá tinieblas… Nada… no veo nada… el dios de la guerra ha desaparecido…”.

Profecía de una adivina cíngaro-buriata a R. von Ungern-Sternberg, cit. en F. OSSENDOWSKI, Bestias, hombres, dioses, 3.10

Cuando se enteró de su muerte [de von Ungern-Sternberg], el Bogd Khan encargó oraciones por su alma para que fueran leídas a lo largo y ancho de Mongolia. Sin duda serían necesarias.

J. PALMER, The Bloody White Baron, 2009, p.231

R. F. von Ungern-Sternberg (1885 – 1921)

Era el 21 de febrero de 1921. Algo más de cincuenta hombres atravesaban a caballo las viejas calles de Urga. Eran cosacos, buriatos, tibetanos y japoneses guiados por el general más temible de la taiga, el terror de los revolucionarios y los impíos, el barón Roman Fiodorovic von Ungern-Sternberg. Se trataba de la avanzadilla de la Caballería Asiática, la escuadra personal del barón, que había encabezado la recuperación de la ciudad. Las banderas ondeantes daban los motivos por los cuales debían preocuparse los chinos apostados en el palacio real mongol. Unas de ellas mostraban el monograma del Gran Duque Miguel, al que von Ungern-Sternberg tenía por nuevo emperador de la Santa Rusia sin saber que estaba muerto desde hacía tres años; en el reverso, la faz de Jesucristo sobre un fondo amarillo budista. En otras banderas vibraba la esvástica, el verdadero emblema de Asia, junto al soyombo, la insignia del tengrianismo estepario. Tras escurrirse horripilados los últimos centinelas chinos, la escuadra libertadora arribó a las puertas del palacio del Buda Viviente. Sin bajar del caballo, el barón gritó tres veces su propio nombre a las murallas y tres veces que le abrieran las puertas. Pocos minutos más tarde se cumplió su petición. En la explanada del palacio le esperaban postrados todos los sirvientes y los altos cargos del gobierno legítimo de Mongolia. Incluso los dobdobs, los monjes guerreros que custodiaban a su líder sin ceder ante ningún ser de este o de otros mundos, hicieron una reverencia. El libertador, vestido con el traje típico mongol, atravesó empedrados y pórticos sin desviar su vista de delante. Dentro del salón de recepciones se podía distinguir un trono budista con una silueta humana aquietada encima. El general ruso se detuvo delante, miró atentamente al líder que tenía enfrente, no fuera a rendir pleitesía, él, un héroe asiático, a quien no lo mereciese. Comprobó que estaba ante el señor de Mongolia; agarró su fusil y lo depositó en el suelo, en el que se arrodilló. El Buda Vivente juntó sus manos en señal de saludo y abrió su preciosa boca:

—Bienvenido, noble guerrero del norte. Has salvado al país de las estepas y a la ley de Buda en él. Serás recompensado con caballos y con muchas vidas de felicidad.

—Santidad —contestó von Ungern-Sternberg—, he cumplido con lo que os prometí y eso me basta. Espero que mi tardanza no haya causado demasiado sufrimiento.

Bogd Khan, el Buda Viviente, sonrió:

—No ha habido más sufrimiento del que debía haber. Ahora descansad. El personal del palacio se ocupará de dar a vuestros hombres y vuestros caballos todas las atenciones necesarias.

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El descanso no afectó al alma del barón. Enseguida se organizó la nueva coronación del Buda Viviente, que finalmente se fijó en un día auspicioso merced a los oráculos. Sipailov, el cruel y alcóholico condotiero, pasó de ser lugarteniente del barón al mandatario en funciones de la ciudad: para inaugurar su cargo mandó matar a unos cuantos judíos y bolcheviques de Urga escogidos poco menos que al azar. Entretanto, el barón daba largos paseos en silencio, meditando absorto sobre el destino de su nuevo imperio. Los mongoles se arrodillaban a su paso; creían que aquel hombre tenía razón al reconocerse como encarnación de Gengis Khan. No había un solo patriota mongol que, enterado de los acontecimientos, no lo creyese. Pero empezaba a correr la idea más importante de que la grandeza del barón sanguinario estribaba en encarnar a Mahākāla, conocido en tibetano como Nagpo-Chenpo o Mgon-Po, el antiguo demonio guerrero, protector del Dharma, furibundo servidor de los budas. El rumor se multiplicaba con gran conmoción cuando se añadía que había salido de los labios de los altos lamas del palacio. Era cierto que no se percibía en la conducta del barón ni alegría ni tristeza, ni misericordia ni odio: tan sólo el decidido cumplimiento de un destino, destino que consistía en propagar la disciplina en forma de budismo y de ética de la guerra, en ser el azote certero del desorden en los cuerpos y en las almas de todo un continente. ¿Quién sino un antiguo rey de mundos superiores tendría esa mirada absorta e impasible, enrojecida por el fervor y la decisión, ajena al terrible desenlace que le esperaba tras un combate ya vaticinado? ¿Quién sino un monje prescindiría de la ternura de cualquier mujer en nombre de la religión? ¿Qué otro aristócrata sería capaz de renunciar a todas las comodidades de la vida y dormir sobre el suelo junto a los soldados? ¿Y quién más, venerando a Buda, tendría ese rigor marcial con el que había torturado a latigazos a sus propios hombres hasta el punto de reventarles los músculos, como a Saltanov, que llegó a perder la razón y hubo de ser ejecutado? Pero tal era el castigo impuesto por el barón por violar la dignidad de la población local, algo que concertaba con la condición de un protector de Mongolia. Todos los designios de aquel hombre pálido parecían responder a un cuidadoso plan de vida y muerte a largo plazo, un plan frío como el invierno y como la Ley del universo, donde las fuerzas del karma reequilibraban los méritos humanos con sufrimientos y victorias igualmente colosales. Tenía, pues, todos los atributos de un difícil dios. Después de todo, el lama Sandan Tsydenov ya había considerado al zar Nicolás un charkravartin, un glorioso rey piadoso; mientras que Agvan Dorjiev, el monje y agente buriato, lo creía la reencarnación de Tsongkapa, el fundador del linaje Gelugpa que ahora lideraban el Dalai Lama, el Panchen Lama y el octavo Jebtsundamba Khutuktu, encarnado ahora en Bogd Khan. El capitán Dimitry Satunin, también de las filas del Ejército Blanco, había sido reconocido en cambio por los oirates burjanistas con rasgos de Ak-Burkhan, el gran emisario divino entre los pueblos altaicos fieles al chamanismo. Así, grandes reyes, grandes generales y grandes deidades adoptaban unos las formas de los otros en una larga cadena que no pretendía sino guiar a los pueblos mediante una alternancia de enseñanzas, mandatos y hazañas.

Bogd Khan, el VIII Jebtsundamba Khutuktu, líder espiritual y secular de Mongolia (1869 – 1924) 

Von Ungern-Sternberg se reunía de cuando en cuando en audiencia privada con Bogd Khan. Su Santidad irradiaba autoridad cuando relataba cómo sus decretos mágicos habían dado resultado durante las semanas previas al contragolpe de estado: los chinos se habían retirado en parte gracias a las recomendaciones al pueblo de Urga de abstenerse de comer carne, de que se arriasen banderines de oración con Caballos de Viento dibujados en ellos, de no comprar tabaco chino, de que las mujeres se dispusieran los cabellos en dos mitades y que llevasen color blanco sobre el pecho. El barón asentía a todas aquellas indicaciones, casi como si supervisase el trabajo de un subordinado. El lama no dejaba de explicarle las costumbres calmucas o los complejos sortilegios a los que obedecen los espíritus de las estepas. Evocaba a menudo la grandeza de la tierra manchú. El ruso, por su parte, opinaba del clima urálico, del temible monje guerrero Ja Lama, de los chamanes siberianos, y del carácter de eminentes camaradas de filas como el almirante Kolchak o Semenov, el atamán cosaco. Habló del apellido von Ungern-Sternberg, propio de antiguos aristócratas guerreros, entre los que se contaban caballeros teutones, cruzados contra los paganos estonios y lituanos. No habiendo sustituido sus creencias budistas a la tradición cristiana de su familia, en ningún momento durante su estancia en Urga dejó de llevar sobre el pecho la merecida Cruz de San Jorge, cuya geometría complació al tacto de Bogd Khan, puesto que su ceguera le impedía verla. Von Ungern-Sternberg hablaba con frecuencia de las guerras de religión en las tierras bálticas y en Tierra Santa y de cómo él no hacía otra cosa que proseguir el linaje familiar. Sin embargo, no evitó reconocer el giro de los acontecimientos:

—La situación al norte es complicada, Su Santidad. Está pasando el tiempo de los atamanes, de los cruzados, de los guerreros píos y de los dioses vivientes. Si vencen los bolcheviques y los chinos, dentro de poco ya no se sentenciarán profecías en estas tierras, y todos los pueblos de Asia dejarán de ser nombrados por los espíritus celestes. Esos revolucionarios, con tal de acabar con los reyes, se han decidido a matar a budas y a dioses.

—¿Y pedir ayuda a Occidente? — inquirió el santo rey mongol.

—Los europeos se han abandonado a su propia desidia, como débiles y afeminados intoxicados en un fumadero de opio. Nada se puede esperar de ellos, salvo pasividad o colaboración con el mal. Tampoco es suficiente la ayuda que prestan los japoneses, y todas las alianzas de los pueblos budistas continentales no lograrán por sí mismas vencer a los comunistas.

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Diciendo esto miro el cielo estrellado y pensó algo sobre el inminente fin de su propio ejército, sobre la corta vida que le había augurado una anciana astróloga semanas atrás, sobre la extinción de los reinos. El lama supo de estos pensamientos sin necesidad de oír palabras de la boca de su aliado, y guardó silencio. De repente tuvo la terrible visión del porvenir de Mongolia y del mundo, y un estremecimiento sacudió los muros de los monasterios cercanos. Tras la colación, mandó a todos los monjes orar y meditar durante toda la noche. Algunos días después, una noche en que la luna había rellenado sus cuernos, el barón tomó la decisión de marchar próximamente con sus hombres para reunirse con las tropas prometidas por el Dalai Lama y para otear la región, cercada ya por Suke Bator y sus aliados chinos, ansiosos de imponer de nuevo el ciclón comunista en la serena y anciana Mongolia. Mientras tanto, unos soldados calmucos cantaban canciones de amor ante una hoguera, los yugos descansaban desuncidos de los bueyes, las marmitas callaron su murmullo, y un monje iba por las calles solitarias esparciendo mantras protectores en queda voz.

H. Consten - Mongol warriors during the liberation war against the Chinese

Fue una mañana determinada como propicia por los augurios de los mopas cuando partió la escuadra del barón. Tras una ceremonia de despedida digna de héroes divinos, la caballería se alejaba, esparciendo al viento insignias de banderas zaristas, cristianas, budistas y tengríes. Hombres, mujeres, niños y ancianos se postraban al paso solemne de los salvadores que abandonaban las calles de la ciudad. Habían recibido al barón como a un soldado ruso: lo despedían como a un dios. Muchos intuían que no regresaría nunca más a Urga con aquel cuerpo. Llorando y gimiendo, salpicaban con flores el suelo que iba pisando el ejército. Tiempo después de la despedida, todavía titilaban los destellos del metálico armamento, que se iban enmascarando por la lejanía y por la nube de polvo que alzaban los cascos de las monturas. Bogd Khan los oyó alejarse y, aunque no mostró ninguna sonrisa, agradecía que los cielos no se hubieran olvidado hasta entonces de las estepas; los budas habían enviado a un feroz protector de la Ley para hacerla prevalecer en el punto más monstruoso de una época degenerada. Así, ante el descarrilamiento fatal de los tiempos que estaba exterminando al aroma fresco del mundo, aquel demonio blanco, servido por hombres violentos de todo Oriente, se había obligado a hacer correr más sangre que nunca con tal que la rueda de la sabiduría siguiese girando. Con cada caricia a las cuentas de su rosario, expresaba el último Khan un deseo de salvación para todos. Trotando con paso firme hacia la muerte de muchas cosas, el barón no volvió la vista atrás ni una sola vez. Las ya distantes tropas comenzaron a entonar una canción de guerra:

“Alzamos la bandera amarilla
por la grandeza del budismo;
nosotros, los pupilos del Buda Viviente,
vamos a combatir por Shambhala”.

Picea obovata forest, Bogdkhan Uul Strictly Protected Area, Mongolia, near Manzushir Monastery

El Buda Viviente, mientras los saludaba en vano con gran agradecimiento e infinita compasión, percibió que el gélido viento había cesado. De repente, las banderillas de oración dejaron de agitarse, y la naturaleza se silenció: la rueda universal de la sabiduría se preparaba para detenerse, y nadie sino los perfectos emancipados del devenir sabía por cuánto tiempo ni hasta qué extremo. Asia habría de contener la respiración ante el aturdimiento del siglo, un aturdimiento surgido de una inmovilidad más desquiciante que cualquier tempestad de la estepa, un aturdimiento que reverberaría por todo el orbe y del que, no obstante, todo espíritu piadoso no podía desear más que una regeneración posterior, recompensa por un invierno milenario. Todo habría de volver algún día a la paz perfecta del ritmo sagrado de los viejos tiempos, igual que la estepa queda vacía y en silencio cuando el breve fragor de la batalla se disuelve en el océano de siglos, igual que el rumor de los insectos cede sin resistencia ante el leve imperio de la nieve. Pero, a pesar de todo, el Buda Viviente cerró sus ojos ciegos para evitar que una lágrima cayese sobre su corazón.

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[Música: Aga, Rodina Moya (“Aga, mi patria)”, canción buriata, por el Badma Khanda Ensemble.]

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El Estado no se mantiene por una sola libertad o por un solo constreñimiento y rigurosidad, sino por una armonía (todavía imperceptible para las ciencias sociales) entre la disciplina de la fe, el poder, las leyes, las tradiciones y costumbres, por una parte, y aquella libertad real de la persona que es posible incluso en China en condiciones de tortura.

K. Leontiev, Obras escogidas, Moscú, 1993, p.178

Por sometidos que estuvieran los hombres del Antiguo Régimen a los deseos del rey, había una clase de desobediencia que les era desconocida: no sabían lo que era rendir pleitesía a un poder ilegítimo o contestado, al que se honra poco y a menudo se desprecia, pero al que se sufre de buen grado porque es útil o puede perjudicar. Esa forma degradante de la servidumbre siempre les fue extraña. […] Al someterse a sus órdenes más arbitrarias cedían menos a la constricción que al amor; de ahí que conservaran con frecuencia plenamente libre el alma hasta en la más extrema dependencia.

A. de Tocqueville, El Antiguo Régimen y la Revolución, 2.11

 

Sociedad aristocrática es aquella donde el anhelo de la perfección personal es el alma de las instituciones sociales.

N. Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito

¡Grandeza de tiempos pasados, yo te rindo tributo, ya que de invocarte cualquier otro se avergonzaría en esta hora! El Palacio Real de Aranjuez está repleto de gente, pero no son sus legítimos dueños. Lo pisotean transeúntes con desdeñosa curiosidad, pero no se levantó el edificio para ellos. Tampoco los jardines que lo anillan fueron tan deliciosamente dispuestos para que los contemplasen desde maneras y ropajes funcionales y tejidos en zafiedad. Las obras de sabor clásico se erigían para los principios, y su funcionalidad cortesana era el precio a pagar por ello, un precio asumible. Los lunares postizos y los apolíneos cuartetos de cuerda velaban una ceremoniosidad profunda, una elegancia grave aupada por destellos ornamentales de gracia y ligereza. Este donaire dieciochesco alcanzaba, sin duda, su más alto grado en los atrios de los alcázares y en las azuladas estancias de coquetería rococó. Tampoco para mí se hizo todo esto, hijo como soy de tiempos y sangres plebeyos. Pero recurro a este rincón porque es ahora el último reducto de la belleza institucionalizada, y porque lo comprendo, y porque sé que en otra circunstancia más armoniosa habría aprobado que se me cerrasen ciertos espacios si recibiese a cambio otros con un mínimo de dignidad. No hay que olvidar, a pesar de todo, que los pasillos de los palacios no eran recorridos más por nobles que por ebanistas, albañiles, músicos, poetas, cocineros y lacayos.

Y no es posible, no puede creerse que mientras tanto lo plebeyo fuese sinónimo de fealdad y podredumbre. Si había un sol brillante, entonces el entorno estaba circundado por su resplandor. En un mundo de principios, todo navega al son del sacerdocio de las formas, del sacro maestro de ceremonias. Las ropas, las paredes, las sábanas, las galanterías, la canciones populares, los giros de los abanicos, los versos piadosos del pueblo llano, el rumor de la guitarra a la puerta de unas dependencias oficiales, el paso gallardo de los caballos, el gesto tímido de las doncellas, las bravuconadas de los efebos expresadas en recios pareados improvisados, los latinajos de los diáconos, la esperada llegada de los capitanes, la esbelta figura enarbolada por el miriñaque, la línea límpida entonada por un violín italiano, la seda depurada de Oriente, el lino fresco y natural de los telares locales, la gracia de un requiebro, el pensamiento dulce e inocente de un hombre decente en su rey y en su reina… En la medida en que algo de todo eso no se viera del todo desaparecido, entonces una nobleza hoy buscada por todos los rincones afloraba en cada esquina como geranio en soleado balcón.

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Quedan los palacios -dicen- y las fuentes y las partituras y algunos muebles y vestidos. Un platónico nunca cambiará las almas por sus escafandras. ¿Qué es un palacio sin príncipe, un catecismo sin piedad, una sonata sin un oído compenetrado con su retórica, una bandera sin una visión sagrada de la patria, una fuente sin jugueteo de ninfas, unas redondillas sin el entusiasmo ruidoso de un auditorio o la atención de una joven agasajada por el cortejo, una peluca grisácea sin una galantería disparada por los labios de un doncel? Diré lo que es: tramoya, decorado de cartón, superflua emulación de la nostalgia, ceniza y cadáver sostenido en pie por la fuerza de la inercia y del no sé qué que viene de verse a uno vacío de toda luz.

Cierto que sus artífices no entenderían bien lo que hacían ni los esqueletos arquetípicos sobre los que trenzaban sus superficies frívolas. Cierto que no se creían platónicos, sino adalides del ingenio, de la razón y de un cristianismo superficial. En efecto, con ellos se cerraba una era descendente. Pero ahí estaba todavía latiendo la verdad, bajo un sinfín de capas distraídas. Tanto es así que, ciertamente, lo importante no ha desaparecido: sólo se siente menos por la opacidad de las nuevas formas, aserradas con mecánica impersonalidad. Aquí, en estos jardines de Aranjuez, la verdad sigue siendo la misma que hace tres siglos o trescientos, e igual será dentro de tres mil más. Y aquí, junto al rumor de una fuente esculpida por un mito griego, aquí,  pesar de todo, es donde mejor me apercibo de ello.

En el Real Sitio de Aranjuez, a 3 de julio del A.D. de 2015

Fernando Brambilla - Paseo de barcas en Aranjuez

[La música que suena es del gran Luigi Boccherini (Trío de cuerda Op. 47 No. 1. I. Allegro moderato), una música que debió de sonar en jardines o en salones de Aranjuez para complacer a su protector Luis Antonio de Borbón y Farnesio o al propio Carlos III]

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Los dioses, los nāgas, los asuras,
serán destruidos y desaparecerán.
Si el Cielo y la Tierra llegan a ser nada,
¿cómo puede ser eterno un reino?

Do-dzang-lun (“Sūtra del sabio y el necio”), 37 (“Angulimala”)

Tierra del fin de la Tierra, terrado de esta falsedad, acotación del Samsara… yo canto tu muerte. De tus lunas invisibles y tus imágenes que perduraban sin que te interesase perdurar, de la piel curtida de tu prole angélica sin nombre ni orgullo, de las grietas que da el frío cósmico emergió la sangre y te lamentas por lamentarte, pues sabes que nada de este mundo debiera merecer atención. Todo es mentira, murmurabas cuando burdos sofistas con estrella roja en lugar de cerebro escarbaban con sus rifles el suelo santo de tu vacuidad. Llegaron para violarte chinos de Oriente sin notar que llegaban a algo que era más Oriente que ellos, algo que guarda el secreto del Sendero, hijo del Vedanta y hermano del Tao. ¡Ingenuos! Creerán poseerte como se posee a una mujer caprichosa. No saben lo que hacen, guarida de la Verdad, complaciéndose en una voluntad de poder que se niega a escuchar una mirada tierna de compasión.

Pero sus sentidos no se sacian, su mirada torva prosigue en su incesante esterilización, embajada de la insensatez, fatuidad imperial que jamás termina bien como nos enseñan los antiguos que ellos torturan. Sobre tus cenizas imploran una conquista que no tendrá fin porque persiguen en la dirección de los muertos en vez de admirar las entelequias que duermen bajo tu piel de ladrillo y hielo. Hasta el más ínfimo de los átomos del guano de esta tierra es más sagrado que sus ídolos –tan mezquinos–, y, sin embargo, tratan tus palacios de deidad incólume como a sus propias heces, odiando al mundo, odiándose antes a sí mismos, barajando a sus madres como si la belleza fuera gratuita, como si los espíritus pasados pudieran comprarse en los mercados de quincalla. Y te retuerces plácidamente como abuela satisfecha de sus nietos ya en camino, soportando con mansedumbre la máquina que pretende lo que no se puede lograr, que es sustituir a la vida con postes telefónicos, y asumes tu plan con algo más que elegancia, con gratitud en forma de una honorable gota de sangre en la sonrisa, que dijera el poeta de otra lejana tierra quebrantada. Tu esencia es no circunscribirte a un cuadrante entre fronteras, remedos de ilusión ya superada.

Porque tu obcecación pacífica y tu compasión ilimitada guiaban tu gobierno como a ningún otro, fuiste atacada. Porque eras ajena al devenir de las sandeces, fuiste agitada. Porque no lograban distraerte, fuiste aplastada. Pues eras la última teocracia, el sensato feudalismo de los monjes, la rigurosa burocracia del Dharma. Ahora ha sonado la campana de cierre de tus últimos monasterios, y su resonancia se propaga al mundo entero. Necio es el que no tome nota: las bienaventuranzas han sido ilegalizadas en el conjunto de las naciones. Los seis cielos carecen por fin de relaciones diplomáticas con los dignatarios humanos. La proximidad con las alturas ha dejado de ser una prerrogativa para tamaña misión, estando como está habitada hoy por tristes espectros. Nadie acudió en tu socorro; andaban todos ajetreados en sus intereses, habiendo olvidado qué es y qué no es digno de ser defendido y honrado. Te dejaron en la soledad de tu vigilia, donde siempre moran los ecuánimes y clarividentes. Allí impartiste tu enseñanza suprema, la enseñanza de la disolución de la fuente. Porque ya no surgirán doctrinas diamantinas de esos valles congelados en el tiempo. Tras su fijación sólo queda su dispersión.

La hondura será por siempre venerable puesto que no entiende el significado de desvanecimiento, inútil al que tiene por karma mancillar. Sabes que no te profanarán, patria de la soledad, que este canto es vano por ir dirigido a algo que muere, y tu vida, tu verdadera vida es inmortal e invisible, reposa en el mismo lugar que ahora hienden con furia sin que puedan nunca alcanzarte en sus míseros medios, infelices, infantiles, lejos de tu madurez sin origen ni final, allá por donde pastorean los benditos. Entre los intersticios más ocultos de los empinados riscos pasean levitando los bodhisattvas intangibles, al son de la conciencia y del amor. Bajo las ruinas sobrevivirán los arquetipos búdicos, ajenos al siglo y sus lamentos, reiterando sin cesar que todo es efímero. Oh santidad, demasiado bien sé que no resides en este mundo desde el que te canto, por lo que no te molestaré hasta que te alcancemos los infelices, algún día…

Palacio de Potala

[Suena un tsok tántrico, ritual propiciador de acumulación de méritos y sabiduría. El mérito se acumula en el cultivo de virtudes, en la erradicación de oscurecimientos y en visualizaciones celestiales. La sabiduría se obtiene en la disolución de las visiones, mostrando así la insustancialidad de todos los fenómenos. El tsok terrenal no es entendido más que como una imitación del auténtico tsok, el realizado por dakas y dakinis. Así, cada practicante se visualiza en su naturaleza búdica esencial: el practicante masculino como daka y la mujer como dakini].

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Por lo tanto, Śāriputra, en el periodo de decadencia de la kalpa, puesto que los seres sintientes son sucios, codiciosos, celosos y desarrollan las raíces del error, todos los budas iluminan los tres vehículos con el poder de los medios hábiles para enseñar el vehículo único de Buda.

Sūtra del Loto, II 7b

No es que anochezca,
es que la lluvia es noche.

Sōgi (1421–1502)

Hace demasiado tiempo que me hallo bajo esta forma de dios, por lo que la luz de mi sabiduría se ha debilitado.

Ichien Mujū, Colección de arenas y piedras, I 4.2

En el sonido de la campana del monasterio de Gion resuena la caducidad de todas las cosas.

Heike monogatari, I

Byodo-in

Durante el reinado del emperador Go-Reizei, noble dueño del trono del Crisantemo, a la llegada del nuevo año que llaman de 1052 en las tierras de Occidente, en la ciudad de Uji, provincia de Yamashiro, no lejos de Kyōtō, se inauguraba el santuario de Byōdō. Las obras de restauración corrieron a cargo de Fujiwara no Yorimichi, quien quiso dedicar la rica villa heredada de su padre, Fujiwara no Michinaga, a las Tres Joyas, y convertirla así en templo de la Ley de Buda. La inauguración se dispuso en una fecha especial: la llegada del año nuevo. Y no de cualquier año, sino el primero de mappō, la Era Postrera la Ley. Si en shōbō —la Era de la Ley Verdadera—los hombres podían iluminarse mediante el conocimiento de la doctrina y la práctica, en zōbō —la Era de la Imitación— solamente la doctrina y la práctica eran posibles, y la erudición sería su principal rasgo. Pero tras siglos de gradual degradación, llegaría por fin la noche en la que ni siquiera la práctica sería el norte de la humanidad, y ésta navegaría a la deriva sin conocer siquiera el modo de purificarse. Muchas Escrituras se perderían, el clero desconocería sus deberes o los eludiría alevosamente, y la recitación de sencillos mantras sería el único refugio para la fe de muchos hombres, incapacitados ya para grandes disciplinas o meditaciones juiciosas. La Era Postrera, que habría de durar diez mil años –mucho más que las anteriores–, comenzaba con no poco recelo para el clan Fujiwara, para su corte y para todo el imperio bajo el sol; las crecientes tensiones entre clanes, la carestía de las cosechas y la propagación de la impiedad se veían como manifestaciones de la pérdida del favor celestial. Fujiwara no Yorimichi, primer consejero del emperador, se dijo a sí mismo que no quedaría sin hacer nada que estuviera en su mano para mitigar el desvarío de su tiempo. En esa vocación nació la idea de transformar la villa familiar en templo. Incluyó en su sala central una gran estatua dorada de Amida, el buda más compasivo con los extraviados, sobre un pedestal de cuatro lotos. Mandó tallar, además, varias estatuas de Kannon, la venerable bodhisattva de la compasión, quien en el extremo de su dulzura renunció a su virilidad primigenia y auxilia a quienes huyen de tormentas y fatigas.

Todo estaba dispuesto para el banquete inaugural del nuevo refugio de la Ley. Se había invitado a autoridades religiosas de varias sectas y a los clanes señoriales más importantes. No faltaba tampoco en ello un cierto interés de reconciliación política. Por la mañana, no muy temprano, fueron llegando los bonzos: los representantes del monasterio de Enryauku de la secta Tendai, varios del templo Tōdai de la secta Kegon y de la secta Risshū. De Kōfuku llegó un legatario de la rama Hossō y otro de Shingon del monte Koya. Y en el último momento se presentó un yamabushi, un asceta de las montañas, a quien nadie esperaba porque nadie había convocado. A través de un nuncio, los sacerdotes sintoístas excusaron su ausencia aduciendo diferencias doctrinales: según su punto de vista y el de los dioses, la decadencia no llegó en el despliegue de la Ley budista, sino con su comienzo.

Salieron al fin a los jardines las hijas del anfitrión tras largo rato de intrigar con las doncellas en sus alcobas; éstas, entretanto, les habían empolvado los rostros y peinado los lacios cabellos. Los señores, cubiertos de negro, aparecían portando relucientes tocados kanmuris sobre sus cabezas y abanicos en sus manos. Las damas lucían los más largos kimonos de doce sobrevestes que el siglo había visto, de sedas tornasoladas y amplias mangas, provocando la envidia de los fantasmas femeninos que aún deambulaban por los sotos de los alrededores. De entre todas las mujeres destacaban la señora del anfitrión y la hija adoptiva de ambos, Fujiwara no Hiroko, orgullo del clan por ocupar el trono como consorte del emperador, ventaja que habría de llevar finalmente a su padre hasta la cancillería del imperio. La madre vestía el color escarlata pálido, exclusivo de las damas de alto rango, mientras que en la hija relucía el púrpura oscuro, prohibido para toda mujer que no fuese emperatriz o princesa. El complejo juego jerárquico de los colores seguía desplegándose en todas las prendas de las demás damas en virtud del rango y de la estación del año.

Los invitados laicos iban llegando en sus palanquines. Según bajaban, entregaban a los anfitriones exquisitos obsequios: joyeros de ónice, turíbulos de fina madera de cedro ribeteada con espirales de plata, dagas de oro labradas por artesanos chinos, rosarios tallados más allá del más occidental de los países conocidos, una pequeña figura de Yakushi o Buda de la Medicina… El distinguido Minamoto no Yoriyoshi trajo envueltos en seda recipientes de boj y caolín muy antiguos, heredados de sus antepasados, de los tiempos del emperador Seiwa. Los sirvientes, por su parte, andaban atareados colocando cuidadosamente la mejor vajilla de la mejor porcelana de Nara y dispusieron en ellas manjares que no procedieran de derramamiento de sangre. Dulces arroces, algas del sur y jugosas setas poblaron una bella mesa adornadas con jade y ámbar y que algunos bonzos se negaban a tocar por considerarla una fuente de pecado. Los invitados se fueron sentando según la jerarquía: la emperatriz y sus honorables padres en el centro; junto a ella, ante la gran estatua de Amida, los abades, seguidos de los monjes legos y novicios; más allá, los nobles; y, finalmente, en el lugar más alejado del buda, las doncellas.

heike monogatari emaki (Edo period) Hayashibara museum of art

Todos gozaron de los sabores como si se tratase de la última oportunidad para hacerlo, dada la oscuridad del nuevo periodo que llegaba. Las vistas de la estancia abarcaban montañas, bosques de arces, los jardines del recinto y el estanque cristalino que rodeaba al edificio, un estanque que se pretendía símbolo del océano de los fenómenos y sobre el que flota la balsa de la Ley. El hermoso paisaje primaveral, dispuesto por los jardineros según los estrictos principios de la geomancia, obnubilaba a los más observadores: varios cortesanos dejaban la comida en el plato para contemplar más atentos y retener así en la memoria el colorido con mayor precisión. Las golondrinas picoteaban los frutos de los ciruelos, ajenas a la Ley, mientras los sauces se mecían rítmicamente con el viento, obedeciendo el curso eterno de las cosas. En el estanque se reflejaban el cielo y la arboleda, desfigurados por la vibración plácida de las aguas, y las metáforas que suscitaba el efecto eran tan obvias que ninguno de los asistentes probó a mencionar una. Disfrutaron del instante como dioses ajenos al tiempo. Versos improvisados, fragmentos de sūtras y melodías de cítara y laúd acariciaban los oídos de los nobles asistentes. Pero, según se acercaba el ocaso y el sol perdía la pujanza que animaba a los insectos, se fue haciendo el silencio. Las inquietas abejas claudicaron a la hora en la que las montañas ocultaron la luz; y con ellas, el zumbido de la tarde. Sólo entonces, respetuosamente, Fujiwara no Yorimichi hizo oír su voz:

—Majestad —dijo mirando a su hija—, es el máximo de los honores que nos haya concedido hoy su presencia. Sin su augusta persona esta reunión no contaría con la total aprobación de los antepasados de los emperadores, los mismos dioses que revolvieron los mares con la lanza celestial y crearon nuestra tierra.

Saludó de modo parecido a los religiosos, tomó aire y comenzó con su mensaje:

—Queridos amigos, estoy muy feliz de despedir con vosotros la era que hoy acaba. Somos muy afortunados de haber nacido en un momento en el que la práctica budista tenía todavía la fuerza disciplinar nuestros corazones. A partir de ahora deberemos rescatar, en la medida de lo posible, los recuerdos más antiguos que conservemos sobre el modo de orar de los ancianos. Deberemos repetir sin cesar las palabras de los sūtras que ya nadie recita y los preceptos de los más sabios monjes. En esas imágenes de nuestra infancia se conservan los últimos destellos del sendero de la Iluminación.

Sus amigos asintieron. Tomó la palabra el prelado Shōren, venerada autoridad de la secta Tendai y futuro abad del templo:

—Excelentísimo señor Fujiwara— dijo con una reverencia mientras se sostenía el birrete—, habéis hablado muy justamente. Y os estoy muy agradecido de que hayáis pensado en nuestra orden para regir este nuevo templo. Sin duda, ha de ser así, pues fue Saichō, nuestro patriarca, el primero en advertir en nuestro país la llegada de la Era Postrera, hace ya doscientos años. Sin embargo, así como el canto de un ruiponce no provoca el otoño ni se oscurecen de golpe las hojas del cerezo, así tampoco la Era Postrera de la Ley comienza en este instante. Llevamos siglos olvidando las enseñanzas del Bienaventurado. Con todo, también es justo reconocer que quedarán algunas comunidades monásticas fieles a las enseñanzas cuando pase esta noche y durante muchas décadas después.

Un anciano representante de la Vía de la Guirnalda, entusiasmado por la alocución, pidió también la palabra:

—Lo que ha dicho el maestro Shōren es muy cierto— dijo tosiendo—. El universo jamás ha estado quieto, siempre se mueve. Y no sólo eso, sino que todos los fenómenos se interpenetran. La mente se disuelve lentamente en el mundo, como el licor de arroz en un jarro de agua. Pero el alma también se coagula lentamente en torno a la Ley si se propone seguir la vía de Buda, como el agua muta lentamente en nieve a la llegada del frío invernal. Por lo tanto, excelentísimos monjes y excelentísimos señores —decía mirando a Shōren, a sabiendas de que aprobaría lo que iba a decir—, nadie tiene una esencia distinta a la naturaleza de Buda, y la naturaleza de Buda no deja de estar entremezclada con el curso transitorio de los mundos.

Yendo un poco más lejos, el monje de la vía de Shingon afirmó la doctrina del Buda universal, Dainichi, substrato de todas las criaturas, único sujeto con existencia real sobre el que se disponen todos los seres, que no son sino simples máscaras transitorias. Y terminó diciendo que en la Era Postrera de la Ley, Dainichi no dejaría de ser Dainichi, por lo que no había que sufrir a causa de una distancia irreal. Después, Shōren añadió la doctrina de los tres mil reinos en un solo pensamiento, el pensamiento universal único que lo contenía todo, y que el monje de Shingon atribuyó una vez más a Dainichi. Pero todas las escuelas estaban de acuerdo en que tanto el pueblo como el clero, dada su tendencia a reconocer límites donde no los había, preferían cada vez más la recitación de breves fórmulas que ajustarse a la dura disciplina del monacato verdadero.

Fujiwara Takanobu - Minamoto_no_Yoritomo

La conversación se hacía cada vez más difícil de seguir para los laicos, que ahora comían y bebían más despacio, como temiendo entorpecer la inteligencia de aquellas profundas palabras con la impureza de la digestión. Percibiendo las circunstancias, los clérigos, por intuición, dejaron de hablar sobre el tema durante un buen rato a fin de que los oyentes más cansados se recuperasen. Fluyeron a la sazón comentarios frívolos guiados por los cortesanos sobre los aromas del jardín, los ornamentos de los biombos y de los abanicos de las damas y sobre la situación de las provincias del norte. Transcurrido un tiempo prudencial, aprovechando el silencio al que había conducido la indolencia de los mundanos, un sabio de la escuela Hossō decidió elevar de nuevo el tono y retomó la cuestión religiosa donde la había dejado Shōren:

—Como algunos sabréis, nuestra escuela no contempla que el cambio de era se produzca hoy. En nuestra opinión os habéis adelantado trescientos años a la verdad —dijo provocando que algunos maestros Tendai mostrasen un cierto malestar—. En realidad, como señalara el sabio chino Hsüan-tsang siguiendo las doctrinas secretas de Śākyamuni, la Era Postrera de la Ley sólo está en la mente. ¿Qué ha cambiado en los hombres para que ahora sean más torpes? Nada. ¿Qué sucede ahora en el país para que las sagradas enseñanzas sean menos verdaderas? Nada. Ni mil cosechas perdidas, ni mil incendios, ni mil guerras, podrán menoscabar un solo verso de un sūtra. Las eras se suceden en el corazón de los hombres, así como los mundos se suceden en el corazón de los hombres, sin que existan por sí mismos. ¡En realidad, esta nueva era será maravillosa para quien entienda estas cosas!

Los comensales menos doctos estaban ya totalmente confundidos. Un samurái del clan Taira acariciaba el mango de su espada, inquieto por tanta palabra sin entidad concreta. La emperatriz bostezaba sin ocultarlo. Tampoco Yorimichi estaba muy complacido: se había molestado en entregar la villa familiar a los guardianes de la Ley por creer que ésta corría peligro, y ahora parecía que no había ninguna razón para temer. Desde su lógica militar, comenzó a hacer preguntas a los maestros de una y otra secta. Les preguntó sobre el evidente aumento de desastres en las últimas décadas, sobre la imposibilidad de que un hombre se dedique a la práctica budista cuando ve sufrir a su familia y a su pueblo, sobre el aturdimiento general que impedía que la Ley brillase con la dignidad que se le debía. Pero los maestros no se alteraban, y le advertían que la decadencia afectaba solamente a las verdades provisionales, a la manifestación ilusoria de las cosas. Alguien pidió al yamabushi que diese su opinión, por si había notado algo distinto en el comportamiento o en los mensajes de los dioses del bosque. Pero el asceta sólo sonreía, como si hubiese olvidado el lenguaje humano. Y mostró su flauta como ofreciéndose interpretar una tonada, lo cual hizo finalmente solazando a todos.

honnoji - Miyako meisho zue (Pictorial guide to scenic spots in Kyoto) 1780 (by-Akisato-Rito)

Entretanto, el viejo Minamoto había renunciado al hilo de la argumentación. Había estado observando durante algún rato el orgulloso roble que sobresalía en el exterior de la finca. Parecía que aquella inmensa torre de la naturaleza despreciaba a los pequeños cerezos que, a este lado de la tapia, había mandado sembrar el difunto Michinaga con la única finalidad de embellecer el mundo. Pero, a decir verdad, casi todo el tiempo había estado Minamoto observando a la señora de Fujiwara. ¡Qué hermosa estaba incluso a su edad! Harían bien sus doncellas en envidiar su aspecto. No había perdido ni un ápice de su encanto después de haber insuflado una parte a su hija, la emperatriz. Su piel ya no era de seda, pero seguía manteniendo una blancura que Minamoto, ajeno a la lógica más elemental, no creía debida a ningún tipo de cosmético. La señora de Fujiwara seguía tratando a todos con la misma cortesía que cuando tenía quince años. Hablaba a sus criados como si fuesen caballeros serviciales, y no por ello se desprendía ella de la grandeza heredada de su clan. Se preocupaba de que nada faltase a los comensales mientras éstos debatían sobre la Iluminación, la transmigración de las almas y la sucesión de eones. Atenta y silenciosa, no dejaba de revelar una sonrisa deliciosa que la obligaba a cerrar los ojos casi por completo, dando la impresión de estar meditando en Amida. Y lamentaba Minamoto que, sin embargo, nadie le preguntase a ella por sus opiniones sobre el tema de la conversación; tampoco a las otras damas del ágape, ciertamente, con excepción de la emperatriz, que hacía discretos apuntes de compromiso ante el apremio solícito de los cortesanos. Pero la señora de Fujiwara callaba y resplandecía. Y Minamoto se recordó a sí mismo treinta años atrás, en la misma sala, mirándola de igual modo. Pero ya no la deseaba, no podía: era demasiado celestial como para ser parte del ajuar de un general envejecido como él. “Ojalá un sacerdote la declarase diosa, una encarnación de Konohana-sakuya-hime, la Princesa Floreciente, por ejemplo, para que le rindiesen culto los campesinos de la provincia —pensaba Minamoto—; quizá así me animaría a abrazar la vida religiosa”. En efecto, la señora tenía algo de inmortal, por muchas arrugas que se fueran posando en su rostro como hojas de un otoño colorido. Lo que de inmortal hubiera en ella no estaba del todo claro a juzgar por las discrepancias al respecto entre los maestros, pero sin duda sería algo más digno que todo lo que podía verse en el mundo. Resoplando discretamente, Minamoto vio un caracol acercándosele a un pie. ¿Cómo y cuándo había llegado hasta allí? ¡Qué obstinación! Sin duda, no se había detenido a mirar la baya bermeja caída a su derecha, ni temía a los cuclillos que en el soportal peleaban por un gusano partido en dos. Tampoco prestaba atención al roble, que se erguía hasta el cielo. Entonces el general volvió a mirar al árbol y ya no vio orgullo en él; bien al contrario, el roble arrojaba sombra, no impedía en su impasibilidad que los cerezos floreciesen cuantas veces quisiesen, ni impedía al caracol viajar lenta pero infatigablemente hacia sus misteriosos objetivos, ni tampoco que los hombres dejasen pasar los horas en disquisiciones sobre la liberación del sufrimiento. Entonces habló sin apenas pensarlo, sin mostrar interés por la compañía que lo escuchaba:

—Los cuclillos prosiguen con sus agitados afanes, el caracol se desplaza a ritmo sostenido e imparable, el roble permanece en la quietud de su origen. ¿Quién de ellos está más cerca de la naturaleza de Buda? Todos permanecen en su propia naturaleza. Todos crecen y se degradan al mismo tiempo. Cuando renazcan unos en otros, no habrán cambiado más que en la forma de cambiar. Recorren todas las eras ordenadamente, y todas las eras se dan a la vez en ellos. Mientras los hombres levantan y hunden reinos, la magnolia regresará con su fragancia en cada primavera, y los pinos, sin perder su verdor, se ocultarán en la niebla cuando el dragón Kura-Okami lo disponga. El viento arrasa aldeas y luego se aposenta lentamente sobre una frágil yerba. Así la más alta verdad engendra pequeñas verdades para que todos los seres puedan orientarse en la penumbra. Los medios hábiles de los budas son infinitos. De hecho, en este instante el Buda está entre nosotros, porque todos amamos la Ley, esa madre de las diosas que ilumina al mundo —y miraba a la señora de Fujiwara—, y todo es efímero menos ella.

Urashima walking on a bridge with the queen Otohime Japanese handscroll or emakimono - ss.XVI-XVII

La totalidad de los nobles y no pocos bonzos se quedaron asombrados por la profundidad del general, al que consideraban un hombre de pensamiento vulgar. Shōren lo reverenció y bendijo sus palabras sin estar todavía seguro del alcance que tenían sus matices. El samurái del clan de los Taira comentó en voz baja a un monje que Minamoto había aprendido esas cosas extrañas por su contacto con la secta Shingon, pero el monje —Shingon él mismo— lo desmentía. Yorimichi intentó descifrar el significado de las imágenes evocadas por Minamoto y, con algo de esfuerzo, creyó entender que hablaban de la igualdad de todos los seres incluso en el hecho de ser diferentes, y de que tanto la unidad como la transitoriedad eran ciertas y útiles al mismo tiempo. La señora de Fujiwara, por su parte, percibió una pureza antigua en las palabras del amigo, algo que le recordaba a versos cantados por su abuelo cuando ella era niña. Vislumbró de manera difusa que había encontrado al general en vidas anteriores y que había oído de sus labios palabras parecidas. Mientras todos miraban cómo desaparecía el último sol de la Era de la Imitación, la señora de Fujiwara no dejó de mirar a Minamoto, un bodhisattva vestido de poderoso señor pero desmemoriado ya de su naturaleza auténtica, un suspiro de Dainichi entremezclado en el Samsara y fatigado por la sucesión de eras. Y mirándolo se consumó el ocaso, y muchos señores y algunos jóvenes novicios lloraron amargamente. Se quedaron toda la noche en vela a la espera del amanecer: unos, apostados en las vigas del soportal; otros, no pudiendo sobrellevar la borrachera, yacieron mecidos por los abanicos de las doncellas; otros salieron a pasear por los jardines. Debatían sobre la Ley, alababan la belleza oscurecida de la vegetación o cantaban canciones tristes de amor, pero nadie hablaba demasiado. Junto a un templete adyacente a la nave principal, al margen de los demás, la joven emperatriz se dejaba desenredar por doncellas su larga cabellera y permitía que recitasen poemas sus ingeniosos amigos.

En la estancia del convite quedaron solos el matrimonio Fujiwara y Minamoto no Yoriyoshi. Sentían los tres la obligación de hacer guardia a Buda lealmente mientras los demás dejaban correr sentimientos y pensamientos. Con sonrisas de afecto y con miradas cansadas, los tres vieron llegar al disco solar: solemne, rojizo, pero aparentemente indistinguible de los anteriores. Un amanecer que significaba el más triste ocaso, aunque nadie lo habría advertido si no lo hubieran estado proclamando con tanta insistencia. Un amanecer que merecía consagrarse por ser el último. Monjes de todas las sectas se dispusieron a entonar sus plegarias con voz resonante. Al tiempo, el samurái de los Taira rezaba a Buda con sencillez y pureza, alabando su poder, como se reza a los dioses de la montaña y del mar, esos mismos dioses que ahora iban depositando gotas de rocío en cada espina y en cada pétalo de cada flor. Ejemplo preciso de lo que habría de ser el hombre en la Era Postrera, el samurái entregó toda su energía en una sola súplica reiterada, un azote de su mente, una súbita simplificación del devenir. Y terminó con un saludo a Daiitoku, el guerrero de seis rostros y divino defensor de Amida, y otro saludo a los cuatro reyes celestiales que velan por la Ley en los cuatro puntos cardinales. La emperatriz se acercó distraídamente a los monjes para oír el rumor de sus cantos, de los que poco entendía. Dispersados entre el jardín y el templo, los presentes se enfrentaban a la decadencia como mejor podían. Todo respiraba con la misma eterna calma en la villa, igual siendo un templo que cuando era el cuartel general de los ministros de un imperio. La Era Postrera había llegado, y, como era de temer, los pájaros y las moscas, seguían sin darse por enterados, entusiasmados en sus juegos. Los únicos que no presenciaron de ningún modo el alba fueron los criados: dormían no lejos de sus señores, exhaustos tras la larga noche. Los criados y los gatos, también dormidos en las oquedades umbrías del jardín tras una dura caza de libélulas.

A media mañana, los invitados se despertaron de una larga siesta, merecido premio por la vigilia nocturna. Los palanquines recibieron a los nobles con destino a Kyōto, Nara y Kamakura. La emperatriz Hiroko no quiso mostrar aflicción en sus ojos por su regreso a palacio con tal de no trasladársela a su padre y a su madre. Los religiosos recogieron sus campanas y percusiones de madera. El yamabushi regaló su flauta al samurái de los Taira, que lo agradeció con una lágrima. Una dama olvidó uno de los cintos de su kimono en el lecho de un dormitorio; Yorimichi lo encontró sin querer averiguar cómo había llegado allí. Instantes después, Shōren se despedía. Agarró al anfitrión y lo condujo a una privada para hablar de algo. Allí felicitó a Yorimichi y a su familia por el delicioso convite y por su gran piedad. Volvió a tranquilizarlo respecto de los tiempos turbulentos que todos temían. Le recordó que el hecho de estar todos tan avisados podía resultar ser una bendición. Después de todo, el temor al olvido multiplicaría el número de copias de manuscritos religiosos. En los monasterios, además, no se dejaría de rememorar los deberes de los monjes. Lo que se perdiera en detalles o en exactitud se supliría con voluntad. Formas más simples de adoctrinamiento podían conducir a la misma Iluminación de antaño. Sin duda se incrementarían necedad y violencia en señores, campesinos y monjes, pero aquel que buscase con fervor la auténtica vía religiosa la encontraría en la misma paz que la de quinientos años atrás. Por muy negligente que fuera la organización de un templo, la vacuidad mental de quien la cultiva debidamente no podía sufrir merma, como no puede perder aquel que no tiene nada. Y aquel que no se atreviese a dar el paso hacia la vida monástica podría refugiarse en la plegaria a los budas que, como Amida, prometían la perfección a cambio de simple humildad y encendido amor. La nueva devoción, cada vez más exaltada, sería la reacción compensatoria a toda la vulgaridad que, sin duda, se fermentaba como ponzoña bajo el hinchado oropel de las ciudades. Le recordaba que ni los más tristes temores ni los más altos anhelos suelen satisfacerse. Si conviene decantarse por los unos o por los otros se debe, sobre todo, a la llamada del equilibrio: con frecuencia un fuerte anhelo de pureza es lo único que permite evitar el abismo; con frecuencia un fuerte temor al abismo puede elevarnos en la senda de Buda. Los puntos de vista opuestos pueden resultar en una alternancia bienhechora, del mismo modo que la sucesión de días y noches, grata fortuna para el mundo, proviene del litigio entre Amaterasu, diosa del sol, y su hermano el dios de la luna, que no quieren verse más. Pero en toda compensación hay un límite y en toda conducta extrema acechan los demonios.

Terminó Shōren insistiendo en la idea de independencia:

—Si uno encuentra el horror a su alrededor, siempre puede buscar la belleza en su corazón. Si la perfección será ahora casi imposible —decía tosiendo una vez más—, la erradicación de los oscurecimientos más peligrosos es, en cambio, bien sencilla. No hay necesidad de saber mucho: basta con entregar un alma desnuda. Debe comprenderse que ahora es difícil encontrar un hombre puro que sea buen instructor o un buen instructor que sea puro, pero ambos serán guías útiles para quien está alejado de ambas virtudes. No seáis demasiado exigente con vos mismo, Fujiwara no Yorimichi, pero obedeced en lo que podáis a los estudiosos de los dioses o de la Ley. Por muy imperfectos que ellos mismos puedan ser, la lealtad y la humildad son regalos que cualquiera puede hacerse a sí mismo. Además, nunca se sabe qué pequeño desliz puede conducir a la mente hasta un torbellino de destrucción. Y no dejéis de recitar sūtras, pero sin olvidar que también contribuís al mundo administrando el gobierno, librando batallas contra los malvados y protegiendo a vuestra gran familia, que es también la del emperador. Habéis matado y habéis intrigado como varios de los señores que han comido hoy aquí: vuestros pecados pasados se disiparán en una vida próxima si sembráis la compasión y la templanza en cada acto a partir de ahora. Sois un buen hombre, Fujiwara no Yorimichi.

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Y, con esas palabras, Shōren salió de la mansión y se alejó muy despacio junto al novicio que le cubría con un parasol. El anfitrión se quedó mirando aquellas dos siluetas con el sabor agridulce de un beso de anciano, el sabor de una verdad modesta y tranquila. Cualquiera que hubiera visto con atención el rostro sereno del viejo Shōren aquel día habría advertido que sus arrugas habían sido sus mayores maestras. La vivencia propia era la fatigada madre de esas líneas escuetas de sabiduría con la que Shōren resumía la práctica de la Ley.

Los anfitriones despidieron a los últimos invitados con reverencias. Cuando despidió a Minamoto, la señora de Fujiwara no hizo un gesto especial. Yorimichi mencionó al oído de su amigo alguna cuestión referida a la guerra que éste comandaba contra el clan Abe, en la provincia de Mutsu. Solemne y afable, Minamoto se alejó sin volver la vista atrás. Los tres, sin embargo, tenían por dentro el corazón tierno como la hierba. Cuando todos se fueron, el rocío ya había desaparecido.

Fujiwara no Yorimichi pasó el día deambulando entre ciruelos, mirando las violetas, rozando la superficie del estanque, bruñendo él mismo las estatuas sagradas. Era el último día que habitaba la casa de su padre; al día siguiente llegarían los novicios para instalarse definitivamente y acondicionar los aposentos de Shōren, y él y su intachable esposa se trasladarían a su hacienda en la capital. Por ello no quería ocupar aquel día en ningún asunto del gobierno ni de su clan; toda despedida precisa de cierta cortesía, de cierta entrega. Caviló sobre abrazar la vida religiosa y sobre la ausencia de nubes en el cielo. Mencionó en voz baja su propio nombre de infancia, “Tazugimi”, y se convenció de la sana costumbre nacional de desprenderse de los apelativos con cada nueva etapa de la vida, costumbre que contribuía a no apegarse siquiera a la propia persona. Durante un rato estuvo mirando también a su esposa dormida. “Igual de bella —pensaba—, y su amor es cada vez más generoso”. Sabía que desde su juventud amaba a Minamoto, pero también sabía que en su corazón quedaba aún espacio para su marido, y para sus amigos, y para el mundo entero, aun con los enemigos del imperio dentro, y para las hormigas que se negaba a pisar o a barrer. Y le ofreció una reverencia que ella no percibió.

De nuevo en el atardecer, Yorimichi seguía paseando solo, guiado por un farol. Le pareció ver un pétalo de flor que volvía a su rama del árbol… hasta que distinguió a la mariposa. Pero vio caída a sus pies una flor de tilo auténtica, y la recogió con cierta tristeza. Se sentó en el soportal principal frente al estanque, lleno de compasión por el mundo y por los próximos diez mil años, los cuales, según habían aseverado los bonzos, serían tan vacuos como los diez mil anteriores. Aun con todo, sintiéndose algo ingenuo por el mero hecho de desear, pidió a Kannon que ni las guerras ni el vicio asolasen al país. Juntando las manos, esperaba que aquellos diez mil años fuesen una prueba no demasiado severa, o que al menos budas y dioses acudiesen en auxilio de los hombres. Esperaba que la ignorancia no enturbiase los corazones hasta el punto de habituarlos a la destrucción de lo que merecía perdurar. Esperaba que aquel jardín floreciese hasta que recomenzase el ciclo de la Ley, para proveer así de un emblema consolador a los lugareños. Y que la sucesión de ciclos se detuviera un día en su punto álgido, de modo que, convertidos en budas todos los seres, el universo entero fuese un sūtra. Esperaba, en fin, la victoria de los victoriosos. Esperaba y esperaba y se reiteraba en sus esperanzas. Pero ya había caído la noche. Y, aspirando el último aroma de la flor de tilo, la depositó delicadamente sobre el estanque, pensando en la caducidad de todas las cosas.

***

Bird on Magnolia - Watanabe_Shotei10

[La primera música que se puede oír es un fragmento de orquesta gagaku, la música tradicional cortesana de Japón. La segunda es un canto shōmyō o salmodia de sūtras, en este caso de la secta Shingon, por lo que es muy probable que sea un fragmento del Mahāvairocana sūtra o del Vajrasekhara sūtra. La siguiente pieza es un relato épico a cargo de Yukio Tanaka, quien, acompañado de su biwa, canta el famoso “incidente de Honnō-ji”. Cuenta la verídica historia de Oda Nobunaga (1534-1582), conocido como Dairokuten Maō (“Rey demonio del sexto cielo”), un brutal e impío señor feudal que incendió un templo con él dentro al verse traicionado y asediado por su subalterno Akechi Mitsuhide. El jesuita portugués Luis Frois, quien conocía a Nobunaga, dijo de su final lo siguiente: “Lo que sabemos, sin embargo, es que de este hombre, quien hizo a todos temblar no sólo con el sonido de su voz sino incluso con la mención de su nombre, no permaneció ni siquiera un pequeño cabello que no fuera reducido a polvo y cenizas”. La desaparición del cadáver de una figura tan grande da pie a una moraleja final sobre el tópico de la impermanencia universal o mujō, flagelo de orgullos, tan caro al antiguo Japón como el omnia fluunt o el mors omnia aequat a la cultura clásica occidental. Su historia cobra un especial sentido budista cuando se sabe que Nobunaga había acabado anteriormente con la vida de numerosos monjes y laicos amidistas del movimiento rebelde Ikkō-ikki, durante los asedios a los castillos de Ishiyama Hongan-ji y Nagashima. El texto cantado es el siguiente:

Nobunaga se dirigió a Kyōtō acompañado de un centenar de sus cortesanos y llegó a Honnō-ji. Valiéndose de esta oportunidad, Mitsuhide reunió a sus generales en el castillo de Kameyama. Resentido por las muchas afrentas sufridas a manos de su señor, Mitsuhide tramó su asesinato.

Ignorando lo que había de suceder, Nobunaga pernoctó en el templo y se rindió al sueño. Por la mañana temprano sonó el gong. Se oía el rumor distante de voces y caballos. Al instante, Nobunaga deslizó la puerta corrediza y esperó en el umbral, armado con arco y flecha. Al verse impotente ante las huestes de su enemigo, Nobunaga prendió fuego al templo y murió en la conflagración. A lo largo de sus cincuenta años de vida, Nobunaga había consolidado el prestigio del imperio; pero todas las hazañas, tanto las buenas como las malas, son efímeras y frágiles como las quimeras de un sueño.

La última obra es Dream/Window de Tōru Takemitsu, uno de los mejores compositores de la segunda mitad del siglo XX, lo cual tampoco es decir mucho. La música evoca un paseo por el jardín del templo Saihō-ji, en Kyōto. El título se debe a un juego ortográfico de la lengua japonesa: las palabras “sueño” y “ventana” se escriben respectivamente con los caracteres 夢 (mu) y 窓 (sō), conformando así el nombre de Musō Soseki (1275–1351), famoso monje zen y diseñador del jardín de Saihō-ji.]

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