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Archive for the ‘Palacios’ Category

La Fortune, pour arriver à moi, passera par les conditions que lui impose mon caractère.

[La Fortuna, para llegar a mí, pasará por las condiciones que le imponga mi carácter.]

N. Chamfort, Maximes et pensées

Ceux qui n’ont que de l’esprit ont du goût pour les grandes choses, et de la passion pour les petites.

[Los que no tienen más que ingenio, sienten gusto por las cosas grandes y pasión por las pequeñas.]

Vauvenargues, Maximes, 237

Jean-Étienne_Liotard_ Tronchin

De la gentileza

Es la flor del alma. Con ella se llega tanto a lo pueril como a lo divino, tanto a compañías agradables como a puestos de honor. Los más grandes intrigantes y los más santos varones la abrazaron. Es el resabio del ingenio y de la virtud. Su dueño parece buen amante, buen cristiano, de noble crianza, de espíritu discreto o de grandes entendederas, todo a la luz de donde se mueva o de lo que queramos pensar. En algo, poco o mucho, ha dominado sus pasiones el carácter que las envuelve en afable tono. Con ella no nos convence por completo de su idea quien nos habla, pero sí de que a él lo convenció. Y si el convencido es muy gentil, nos arrastra a amar con compasión su ingenuidad hasta que descubrimos que por ser más gentil es más feliz, y entonces somos nosotros los ingenuos necesitados de su creencia y de su gentileza. Puede venir de nacimiento, y a veces por ello nos admira más o nos admira menos, dependiendo de si nuestra vanidad nos molesta ante lo que ya nos es inalcanzable o nos lleva a estimar lo que todavía puede caer en nuestra mano. Los que la tienen estudiada rara vez logran ocultarlo, porque bien distinto de cultivarla con interés en perfeccionarse es imitarla por intereses imperfectos y mundanos. No hay fortaleza de ánimo que sin ella encuentre una armonía digna de contemplarse. La verdad que no se acoge a su bello perfil cae bajo sospecha por los desenlaces oscuros que se temen de todo lo que empieza grisáceo. Pues, ¿cómo no precaverse de una tal vez cruel aplicación a partir de una teoría que ya siembra dureza desde el principio? Y es que el tono de la palabra orienta su contenido hacia su buena posibilidad y no hacia la mala, teniéndolas ambas. Dejándola a un lado, embrutece el simple, aterra el valeroso, extraña el virtuoso, aburre el sesudo, hastía el sentimental, hiere el artista y arruina el político a su pueblo. El gentil parece más bello de lo que es, y quien lo trata acaba pareciendo más dichoso y bondadoso de lo que se esperaba.

De la razón

La demostración no demuestra gran cosa. Los axiomas y los mecanismos de inferencia de los filósofos profanos son tan arbitrarios como los prejuicios que se ponían en su lugar cuando la razón aún no había subido a su trono. La razón se sabe limitada, pero desconoce hasta qué punto. Cuando encuentra una paradoja, descubre que llevaba extraviada hacía tiempo, y ha devolver sobre sus pasos hasta el momento del desliz. Es, por tanto, de lo más común el creerse cierto precisamente por no ser tal cosa. En lo referido a la ciencia moral y en lo referido también a otras ciencias, nos convencemos de cuatro cosas: aquello que nos conviene creer, aquello que nos conmueve del modo más seductor, aquello que nos repiten muchas veces, aquello que queda tras descartar malas opciones. Cualquier proposición encontrará partidarios que se llamen a sí mismos hombres razonables. Cualquier teoría cabe en el terreno de lo posible si se desestiman las posibilidades contrarias. Se vence si se reducen del oponente sus dudas como debilidad, la contrariedad como cortedad de miras, la evidencia que nos tumba como interpretación subjetiva, insistencia en un argumento como regodeo en el error, la probabilidad de peligro como petición de principio. Hay reglas para llevar a nuestro favor la filosofía conversable. Por ejemplo, dando por hecho que nuestra premisa cae por su peso, inquietando al oponente al señalar los malos ejemplos de su vida, decir que eludiremos señalar sus pasadas incoherencias pero sin dejar de mencionarlas, etc. Sobre todo importa llevarlo fuera de los límites de la razón, sea la nuestra imperfecta o no. Hay muchos modos de enfurecerlo además de los ya mencionados: podemos llevar su razonamiento hasta conclusiones ridículas y mostrar en ello asombro sin acritud, o podemos remitirnos a individuos perversos que en el pasado sostuvieron posturas similares a la suya, o pedirle que, por compasión o por sentido de la justicia, se muestre riguroso si nos lo parece demasiado, o que se muestre clemente con los seres desprotegidos si el amor que les muestra no es evidente. Si el otro va ganando la discusión, es menester afearle la contundencia con algo como “vos estáis muy seguros de vuestras ideas, mientras que yo examino y vigilo con cautela las mías”, o bien dejando caer que nuestra línea de investigación es ciertamente más ardua porque nuestra objetivo es la justicia, el bien entre los hombres o cualquier cosa del estilo. Hay que saludar sus matices como si fueran concesiones a nuestro terreno, y hay ante su crítica hay que hacer notar que “os oponéis, pero no proponéis”. Sus reservas en ciertas cuestiones serán aprovechables para destacar que ni él mismo conoce a qué consecuencias llevan sus razonamientos. Citaremos a algún autor raro y explicaremos quién es con sencillez y ternura de instructor, y se verá así que conocemos más mundo sin envanecernos por ello. Para engrandecer el pensamiento sin caer en lo difuso, hay que enunciar una máxima general a partir de una experiencia: “Allí me di cuenta de lo que dice Tácito hablando sobre los republicanos…” Si nos ofrecen cinco ejemplos, ofrezcamos nosotros diez para mostrar que los suyos son excepciones. Tras un razonamiento, recordemos repetidamente su impecabilidad con cosas del tipo de “como he demostrado…”. Si el oponente en racha no deja de dar verdades, destaquemos que no se ponga tan nervioso, que ordene sus ideas antes de lanzarlas confusamente, u otras lindezas que cuestionen su persona. Hagamos creer sonriendo discretamente o moviendo la cabeza y demostrando paciencia en el tono que no entiende nuestros argumentos si los entiende demasiado bien. Agradezcamos indulgentes sus buenas intenciones, como se hace con los niños, pero como a los niños recriminemos su descuido e ingenuidad. Todo en nuestra ofensa ha de pasar por magnanimidad, sea hacia nuestros protegidos o hacia los oponentes. Con todo ello no alcanzaremos ni verdad ni nobleza, pero sí un lamentable convencimiento de creernos más inteligentes que los que anteponen el bien al provecho. Además de la que sirve para mover poleas y alzar muros, es ese tipo de razón la que nos ha traído hasta aquí y ha acunado nuestras perniciosas costumbres. Con todo, cuando sinceramente, habiendo arrinconado meditadamente nuestros prejuicios y pasiones, creamos en el beneficio de una idea que creemos verdadera o manifiestamente útil a la humanidad, podemos servirnos de elegantes giros como los citados, porque siempre nos encontraremos ante hombres con corazones, y dar pábulo al corazón es llevar el asentimiento hacia nuestros dominios, que en este caso será el del bien y la decencia.

Liotard - Charles-Simon Favart

De la ciencia del corazón

Es posible razonar escrupulosamente en las pequeñas cosas, como las masas y las libras, o en las grandes, como en los arquetipos platónicos. Son las intermedias las que se nos escapan por no saber si se relacionan más con unas o con otros. Así, el corazón humano, tan ligado a los humores del cuerpo como a las ideas que parece perseguir, se lo conoce desde diversos ángulos sin que nunca se le conceda la dieta idónea tras una serie de silogismos. Al ser variable, al moverse entre lo sutil y lo grosero, es precisamente lo más difícil de ser catalogado por el hombre, y más si se juzga el suyo propio. Pues lo que más nos hablaría de un ser vivo es diseccionarlo en movimiento, no ver su piel en movimiento ni tampoco diseccionar su cadáver: sólo conocer su esencia cuando ésta entra en relación con sus partes. Los físicos nos explican su genealogía, pero no su posible desarrollo ni qué hacer de él, igual que conocer a la madre de un joven no nos dice con quién se desposará éste ni, por ende, cuál será la fisionomía de su hijo. La ciencia más apropiada es la que se basa en la observación y en la experiencia, vale decir, en lo que vemos fuera y dentro de nosotros. Escuchar las máximas de los sabios, aprender de las Escrituras, de las leyendas y de las historias de los grandes personajes, reconocernos en dichas y pesar a remolque de nuestros sentimientos y evitar los que menos convengan, aceptar los consejos de los mayores arrepentidos y los ejemplos de los jóvenes virtuosos. He ahí todo lo que podemos hacer.

Del soberano

El pueblo no respeta lo que él ha elegido y no imita sino a quien cree formidable. Que el pueblo y la aristocracia amen a su soberano creyendo ver en él justicia, inteligencia y virtud es el único requisito para que estas cosas se propaguen por la nación. Fuera del pueblo educado en el respeto a las costumbres, todo hombre rechaza la desigualdad si es él el inferior, pero, en el momento en que alcanzan la igualdad, muchos intentan destacar por encima; para impedir las constantes agitaciones entre iguales, sólo basta una fuerza superior que los tenga a todos igualmente sometidos. Esta fuerza es el soberano, que no puede ser otra cosa que un rey, désele el nombre que se le quiera dar: emperador, cónsul, presidente, mariscal, archiduque… En la monarquía, el rey controlaba a la aristocracia; la aristocracia, al rey; el pueblo, a sí mismo. La religión era el control en sí mismo, pues cualquier individuo de cualquier estamento podía apelar a la Iglesia en busca de asilo, caridad, acogiéndose a sagrado o denunciando conductas abusivas de los señores, como lo probó muy claramente la Pax Dei del siglo XI en pleno feudalismo, o la defensa explícita de los pobres en el concilio de Charroux del año 989. No es el despotismo lo que habría que evitar a toda costa, sino un pueblo sin amor. Bajo el primero aún es posible una felicidad civil. Tal cosa se consigue mediante la ejemplaridad de los mitos, que vinculan al universo con el hombre, la moral con la belleza, el bien con la comunidad. Un país sin mitos fundados por los más sabios de su tiempo se ganará la más triste de las simplezas: la de vivir en el error por el mero hecho de no conocer ninguna verdad importante. Además de esto, un mal soberano no es el que posee vicios, pues no hay hombre libre de pecado. Malo será el que cuente con conductas que, siendo buenas o no en otras circunstancias, le impidan desplegar sus cualidades de soberano; un ejemplo perfecto de mala conducta regia es la falta de solemnidad.

De la música francesa e italiana

¿Qué hará falta para que cese la  inacabable disputa entre los partidarios de la música italiana y la francesa? Sobre ello han hablado todas las cabezas preclaras de las naciones desde la llegada de Les Bouffons en 1752: el barón Grimm, Rameau, Rousseau, Burney, Diderot, Morand, Bonneval, Laugier y hasta la honorable Mme. de Pompadour. La lista de argumentadores y argumentos es abrumadora, tanto más cuanto hay una gran calidad de pensamiento en unos y otros. Resumamos en pocas palabras cada postura. La música italiana es simétrica como la danza que evoca, es melodiosa, ágil, alegre. La música francesa es sutil, misteriosa, solemne o íntima, ingeniosa o dramática, pero nunca da apariencia de necedad. ¿Hemos de elegir, pues, entre estos extremos? ¿Es preciso optar entre un pasacalle napolitano y una entrada real, siendo cada una de estas elecciones tan violenta en la ocasión social de la otra? No digo que haya que buscar en todo momento un estilo intermedio como propone el señor Quantz en su tratado de flauta, sino que cada organismo físico o moral requiere un alimento diferente según la ocasión, y sería desnutrir al alma el privarle de dulzuras y picantes como sería desnutrir al cuerpo dejar de ingerir por completo cebollas o manzanas. No sólo hay caracteres que apetecen de ordinario más de una cosa que de la otra: nadie puede rendirse en todo momento a los mismos desahogos, ni ningún corazón amplio se contenta con unos pocos sentimientos del mismo tono. Así, pues, quien quiera desplegar su sensibilidad, que preste oídos a la música francesa: notará la grandeza de las grandes pasiones y la grandeza de las pequeñas, pues en ambas se esconden puertas al je ne sais quoi de las bellezas divinas esparcidas en el éter y en la imaginación humana. En cambio, en la busca de la decisión, del trazado y de la purificación presta de las pasiones, escúchense las óperas de Jommelli o de Marcello, las sonatas de Cimarosa o los conciertos de Vivaldi. Los franceses sugieren, ensanchan, colorean, conmueven, sorprenden; los italianos afirman, ordenan, escalonan, contrastan, se hacen gratamente predecibles. La música francesa evoca lo más íntimo del hombre o el fasto de los imperios, mientras que la italiana describe las nítidas lindes de los cuerpos, la grácil sencillez de los jóvenes y la sincera apertura de la vegetación en primavera. Además, ¿quién puede negar que entre las piezas para tecla de Rameau hay algunas melodías saltarinas como las mejores italianas? ¿Y quién podrá dejar de admirar la profundidad y la elevación del Stabat Mater del Signore Pergolesi? El propio François Couperin, el más grande de los compositores para tecla que ha dado su siglo y sobrino del más francés de los músicos, alababa tanto al sublime Corelli que le dedicó toda una apoteosis. Al fin y al cabo el propio Lully era italiano. Ser perfectamente francés pasa por no desdeñar la belleza provenga de donde provenga, y si hace muy bien en aplaudir con ahínco a Camprá, Destouches, Mouret, Mondonville o al propio monsier Rousseau –quizá mejor compositor que filósofo–, también habrá de rendirse, cuando su ánimo lo propicie, a las contrapunteadas líneas de Gasparini, Nardini, dall’ Abaco, Alberti, Sammartini, Geminiani, Piccini, Paisiello, Boccherini, Salieri, Clementi o Fenaroli.

Color Engraving of Franz Joseph Haydn Conducting a String Quartet

De la preferencia por el chémbalo o por el fortepiano

En los últimos tiempos no han faltado las polémicas entre bandos furiosamente enfrentados. No por cuestiones de soberanía, no por la firma de tratados de paz, no por los nuevos descubrimientos de las ciencias que permitan salvar vidas. La música ha centrado debates entre llullystas y ramistas, entre partidarios de la ópera antigua y la moderna y también, para colmo de males, entre partidarios del sonido del instrumento de tecla que oyeron nuestros padres y el que ahora se estila en cortes de Europa. Daré una opinión no para encender más a unos u otros ánimos, sino para concertar en sinfonía a instrumentos demasiado bellos como para ceder una parte de su orgullo. El clavecín o cembalo, según lo llaman sonoramente los italianos, es un instrumento noble, ornamento tradicional de los más grandes señores. Adolece de un sonido punzante, tan rasposo y pícaro en su ataque pero tan dulce en su decaimiento que cada una de sus notas recuerda a un ingenioso pensamiento humano. La plétora de su armonía lo destaca por encima de cualquier competidor de tecla, incluso del órgano, pues en éste el sonido a menudo se infla hasta saturar al alma, mientras que el clave nunca embota el sentido. Es la ligereza de sus armónicos superiores, según los descubrimientos del señor Sauveur, lo que hace que los acordes del clave siempre brillen y nunca enfaden. Las oleadas quebradizas de sus armonías recuerdan al principesco laúd, pero le añaden la gloria de la fuerza, de la concertación coral, cuando se acoplan sus dobles teclados. Es, en suma, el instrumento que ha acompañado al ascenso de las más grandes naciones a su cumbre, empezando por Francia y acabando por Prusia. Su ejemplaridad ha llevado al señor Diderot a compararlo, en su Entretien con su amigo el señor D’Alembert, con el cuerpo del hombre, en el cual están mejor o peor afinadas las cuerdas de la sensibilidad. Pero ninguno de esos motivos es suficiente para ladear al fortepiano, ese instrumento que no falta ya en ninguna casa de los interesados por las novedades de las artes y las ciencias. Su sonido es más mullido que el del clave, nada penetrante, y habrá quien diga que por ello no traspasa la piel del oyente y que apenas roza al corazón. No lo creemos. La cuidada escala de sus intensidades, lo cual supone el gran aporte del invento del señor Cristofori a la música, es lo que más ayuda a modular los afectos en las nuevas partituras de los compositores. No es la calidad del sonido, sino la multitud de sus miradas lo que despierta nuestro interés; no es el rostro simétrico de la dama lo que nos enamora en este caso, sino las variedades de su expresión, que nos sugieren un alma rica y delicada, misteriosa y grácil a un tiempo. Poco importa que escuchemos más a uno u otro instrumento: la música escrita para el primero se agradece igualmente en el segundo en virtud de sus nuevas posibilidades, y lo mismo sucede a la inversa. Tan amorosas suenan en fortepiano las respetadas sonatas que Scarlatti compusiera para clave como las de Cimarosa en clave a pesar de haberlas pensado en su sucesor. Sólo es de de lamentar que instrumento más antiguo vaya desapareciendo, arrinconado en estos tiempos de revoluciones y de filosofía vengativa, pues ha deleitado los oídos de demasiados reyes y duques como para que lo aprecien en su justa medida quienes no soportan mezclarse en nada con la despreciable sangre azul.

De la ambición

La ambición es una desmesura del anhelo. Pretende más de lo que puede obtener u obtiene más de lo que puede gozar, lo que viene a ser lo mismo, pues pretende en todo momento un goce que por una vertiente o por la otra se derrama y se escapa. Si la arrogancia es la ambición del espíritu, la ambición es la arrogancia de creerse más poderoso en el reino material de lo que se es. Los hombres para quien lo suficiente nunca es suficiente, semejan a las vasijas agujereadas que van perdiendo contenido a medida que lo ganan, y es el propio trasvase lo que los alivia, de suerte que la obtención de bienes es para ellos como la nutrición para todos: la tarea de cada día de toda una vida. Resulta triste ver a hombres y mujeres dedicando sus días a luchar por encontrar una mejor posición desde la que dedicar sus días a luchar por lo mismo en un peldaño más alto. Y, así, el amor a las riquezas se ha impuesto incluso entre muchos de los profetas de la moral, que recomiendan la vida burguesa con sus mercantiles requisitos o, si la cuestionan, lo hacen desde esa misma vida, pretendiendo dolosamente la virtud de la que carecen o siendo incapaces de ver dónde se encuentran por el único lugar que de veras han divisado en el mundo.

Del estilo de la filosofía

El estilo de un buen pensador requiere, a mi entender, claridad de ideas y de enunciados. Olvidando de momento las primeras, considero que los más certeros autores son tales como Epicuro, Séneca, La Bruyère, Vauvenargues, Rivarol, Burke. La escritura de estos gloriosos varones se entiende a la primera lectura, deleita y se memoriza con facilidad: intellegenda, diligenda, memoranda. Es importante unir una gran imaginación en el recurso para dar con la sencillez de la finalidad. Una máxima de todos conocida adquiere nueva pátina y fuerza cuando cae en una fórmula contundente, plena de sentimiento pero contenida en su poder, como resuelta a estallar no en el oído del que la escucha sino en su corazón, como una píldora dulce que purga el estómago una vez que la hemos introducido en el silencio de nuestro interior. Después del gran siglo, los ejemplos de sentida pulcritud y cuidada fortaleza escasean cada vez más. En Francia he creído encontrarlos en De Maistre o Tocqueville, pues estos caballeros, a pesar de internarse en una época completamente distinta y degradada, fueron formados en el buen espíritu de las letras, de los tiempos en que la gloria se merecía porque se la buscaba, los tiempos en que la excelencia no era un recuerdo o un deseo, sino casi un ídolo al que se dedicaban todas las fuerzas de cada generación y la protección de los reyes dignos de tal nombre.

'Mujer en un sofá leyendo' (1748-52), óleo de Liotard (Jean-Étienne Liotard - Galleria degli Uffizi, Florence)

[Música: D. Cimarosa, Sestetto in fa maggiore per fortepiano, arpa, violino, viola da gamba, violoncello e fagotto. II. Largo cantabile.]

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Perronneau-Jean-Baptiste-A-Girl-with-a-Kitten

It is rather the soft green of the soul on which we rest our eyes, that are fatigued with beholding more glaring objects.

[Más bien es el verde claro del alma en el que posamos nuestros ojos, que están fatigados de contemplar otros objetos más brillantes.]

E. Burke, A Philosophical Enquiry into the Origin of Our Ideas of the Sublime and Beautiful, 3.10

Y porque el cielo cubre la tierra con los demás Elementos, por semejança llamamos cielo el que cubre la cama, o el patrio de la casa, o la mesa…

S. de Covarrubias, Tesoro de la lengua castellana o española, 1611 (entrada de “cielo“)

El rojo obscuro y manchado es el color de la bajeza y la codicia; el rojo de sangre y fuego el de la dureza y la crueldad. Donde el color es azul grisáceo se ha borrado con dificultad cierta incontinencia en los placeres.

Plutarco, De la tardanza de la divinidad en castigar, 565C

Il prétendait que son ton de conversation avec madame de…. était changé, depuis qu’elle avait changé en cramoisi le meuble de son cabinet qui était bleu.

[Pretendía que su tono de conversación con Madame de … había experimentado un cambio desde el momento en que cambió en su gabinete un mueble azul por otro carmesí.]

N. Chamfort, Caractères et Anecdotes (Œuvres complètes de Chamfort, t. II)

Si la historia pinta nuestro sabor, las preferencias sentimentales han ido tiñendo a la historia. Si es evidente que el color de la España renacentista es el negro, el de la Francia ilustrada es el azul del cielo despejado. El azur heráldico había presidido el escudo de los Capetos desde siglos antes de que el Rey Sol se presentase en el colosal retrato de Rigaud envuelto por un armiño y un brocado de terciopelo azul esmaltado por doradas flores de lis. Si en el modello de 1701 había probado Rigaud con una tonalidad más clara, el azul del cuadro definitivo es decididamente más oscuro. Y es que lo oscuro revela gravedad. Durante la Regencia y hasta el malhadado reinado de Luis XVI, el azul se fue clareando. Como en todo en Europa, los espectros lumínicos se suavizaron, y las imágenes demasiado intensas, acordes con pasiones exasperantes, se diluyeron. El azul celeste, tradicionalmente combinado con el blanco en las representación pictóricas de la Virgen María desde más de un siglo antes, acompañaba ahora no sólo a la ropa infantil y femenina, sino también a la militar y aristocrática. No era el único color que imperó en el rococó: todos los escarlatas, rosados y verdosos eran bienvenidos siempre que eludiesen toda pureza, toda intensidad, en definitiva, todo dogmatismo. Como sucede con el agua del mar, la lisura del azul era potable si no conllevaba demasiada sal. Porque, como antes en otros lugares del mundo, el auténtico criterio de verdad durante ese periodo era la moderación, la templanza del alma y del cuerpo, y no había más belleza que la prudente. En efecto, para el ilustrado, si cuenta con esprit de finesse, cualquier afirmación demasiado contundente parece traicionar a su posibilidad opuesta, su parte de razón o al menos, su razón de ser. Pelucas cortas y uniformes, diseños más florales que áureos y filigranas más sencillas se avenían perfectamente con la nueva claridad de las almas y de las cosas. Si Luis XIV fue un rey sensible pero ostentoso, delicado pero piadoso en sus últimos días, errático como buen barroco a fin de cuentas, sus sucesores restringieron los vaivenes del ánimo. Al poner la atención sobre las superficies, no podría resistirse que éstas fueran demasiado absorbentes, demasiado comprometidas. Necesitaban, por lo tanto, un tierno fondo de escenario que no capturase demasiado fuertemente al corazón. Así, de entre todos los colores suaves que cubrían la realidad dieciochesca, el esmalte de lapislázuli es el más abundante en los retratos cortesanos, en la tapicería, en las molduras palaciegas o en la porcelana de Sèvres de Jean Hellot. Incluso algunos clavecines se cubrían con una melosa pátina cerúlea que hacía de la música algo así como un pastel para todos los sentidos.

El placer tierno cubría la piel de los nuevos artes y utillajes, y no es casualidad que coincidan esos colores cremosos con los que predominan en la confitería y con los que ambientan todavía hoy a los enseres de los recién nacidos, más rosados para la criatura femenina, más azulosos para el futuro varón. Hoy se tiene a todas las tonalidades intermedias por femeninas. El XVIII fue un siglo andrógino en muchos aspectos, y no en vano no hay otro periodo en el que el equilibrio gobernase al buen gusto. Así, juegan en amistosa proporción el despotismo patriarcal y la retórica de los afectos, la idea de grandeza nacional con la novela doméstica, la omnipresencia del ejército y de la égloga, la impasibilidad ante el atacante y la exquisitez del placer de alcoba, el estudio de las matemáticas y de las costumbres, la razón taxonómica y la clemencia de las grandes damas que ofrecían sus salones a los que razonaban. A excepción del rigaudon, el tambourin y el menuet, las danzas tienen nombres femeninos. La mayoría de las pièces de clavecin de compositores de la Luces tienen en sus títulos adjetivos del mismo género: La majestueuse,  L’enchanteresse, L’adolescente, La rafraîchissante, L’insinüante, La séduisante, L’intîme, La distraite, La galante, La convalescente, L’exquise, L’audacieuse, La fringante, L’epineuse, L’engageante, La commére, La lutine, La pateline, La favorite, La laborieuse, La fleurie, La ténébreuse, L’ingénuë, L’artiste, La superbe, Le turbulent, L’atendrissante, L’unique… Y esos son sólo algunos ejemplos tomados de la obra de François Couperin, el compositor más prolífico de este género, que no ni mucho menos el único.

Liotard, Isaac-Louis de Thellusson 1760

Es difícil definir un color. Por ello los diccionarios recurren a ejemplos, señalando aquí o allá, como si la gracia del color no cupiese en una definición que no recurra a precisas tablas de espectros lumínicos. Se suele referir uno al azul como “semejante al del cielo sin nubes y el mar en un día soleado”. Es, por ende, la expresión gráfica de la extensión infinita, lo inconmensurable reducido a su cualidad material. La palabra κόσμος significaba en griego todo lo ordenado, tanto el universo como el adorno, por lo que denotaba cualquiera de estas palabras, y en verdad nada hay más cosmético que lo cósmico. Es comprensible, pues, que el tinte del cielo sea también el de la placidez doméstica. Νο del todo ajeno a esto es la paradoja de que el esprit francés del XVIII se refiriese tanto al espíritu como, en mayor medida, al ingenio, que era capaz de adoptar las formas más mundanas.

Los colores son cualidades sin forma, materia caótica a la espera de una razón que la inserte en geometrías. Nos recuerdan así al estado primario del cosmos antes de ser cosmos. Por mucho que desde 1700 prosperasen los ateos y los nominalistas, la mera preferencia por la simetría, por la geometría suavemente curvada y por la fina ornamentación clásica denota una cierta afinidad con un platonismo en proceso de descomposición. La impavidez y la exquisitez, además, no impedían en los espíritus más delicados el reconocimiento del drama humano ni la cuestión de su sentido; simplemente se contenían al máximo los flecos expresivos, se ajustaba el sentimentalismo al molde de la idea y la idea flotaba en torno al sentimiento. Con toda su ligereza, el rococó nos propone un catálogo relajado pero definido de valores. Hoy, por oposición, no tenemos más colores característicos que los fluorescentes y fosforitos, perdidos en una amalgama de combinaciones inarmónicas en las que cabe todo salvo la inteligibilidad y lo amoroso.

Las variedades de bleu céleste eran numerosas (bleu turquin, bleu persan, bleu de Prusse…), tantas como matices se puede encontrar a la mesura ingeniosa. El bleu Mazarin, un celeste algo más denso, aplicado a la procelana, descubrió el éxito a partir del interés por la chinoiserie, cuando se conoció la cerámica de los periodos K’ang Hsi, Yung-Chèng y Ch’ien Lung, que abarcan parte del siglo XVII y la totalidad del siguiente. Pero el nombre más popular en la Francia de entonces fue, como no podía ser de otra manera, el “bleu de roi”, el tono más intenso del terciopelo de los grandes retratos regios, referido ya en Le Mercure de France el primero de febrero de 1744. No deja de ser irónico que en la Francia revolucionaria se siguiese utilizando el nombre para los uniformes oficiales a pesar de su clara alusión al periodo monárquico. El Décret sur l’organization des Gardes Nationales de julio de 1791 (Section II, Art. 28) indicaba que el uniforme de la la Guardia Naciona sería “bleu de roi, doublure blanche, parement & collet écarlate”. Y es que Francia no logró desasirse completamente de su elegancia palaciega hasta mucho después de su primer suicidio, por mucho interés que pusiesen los revolucionarios en aplanar de un plumazo la montaña esmerada de sus glorias. Más es consonancia con el espíritu republicano, el color en cuestión acabó conociéndose como “bleu de France”… que no ha de confundirse con el diamante homónimo, símbolo también de la Corona francesa, desaparecido en un robo en 1792, un mes después del asalto al Palacio de las Tullerías que supuso la abolición de la monarquía, y una semana antes de que el cambio histórico se explicitase en la creación de un nuevo calendario que inauguraría el año 1 de la era republicana. Como se ve, todo parece apuntar a las mismas evidencias de las mismas cesiones.

Garde_nationale_-_Les_moines_apprenant_à_faire_l'exercice_1790

Algo había ido cambiando también en las tonalidades predominantes. Todavía es el azul celeste más radiante lo que encontramos en la vestimenta de los retratos que Maurice Quentin de La Tour pintase de Pierre-Louis Laideguive, Émilie du Châtelet, Marie Fel, Mmede Mondonville, Magdalene de Mazade, Charles Pinot Duclos, la Présidente de Rieux, Charles-Louis-Auguste Fouquet o de sí mismo en su autorretrato. Es la misma gama en la que se mueven las telas con las que Jean-Étienne Liotard conserva a la duquesa Elisabetta Federica Sofia de Württemberg,  a Isaac-Louis de Thellusson, a Maurice de Saxe, a Lord Mountstuart, Charles-Simon Favart, a Marie Charlotte Boissier, a Lady Tyrell, a Louise d’Épinay, Julie de Thellusson-Ployard, a Isabel de Parma, a Mlle. Lavergne (La belle lectrice), a Edward Morant, a Suzanne Curchod y a la pequeña Maria Frederike van Reede-Athlone. La misma del conde de Vaudreuil, Lady Amelia Darcy, la condesa Saltykova, Geneviève Rinteau de Verrières, Mme. de Genlis, Mme. du Barry, en los lienzos de Drouais. Así aparece Isabel Cristina, consorte de Federico el Grande, en muchas de sus imágenes inmortalizadas. Así presentan Boucher a Mme. de Pompadour en el segundo retrato que le dedicase y a la hija de ésta, David Martin a Benjamin Franklin, Perronneau y Labille-Guiard a la mayoría de las mujeres, Larguillière a Voltaire,  Van Loo a Diderot y a Helvétius, Vigée-Lebrun a María Antonieta.

Mas, ¡ay!, a finales de siglo empezamos a encontrar ropajes más oscuros, reflejando la seriedad de los nuevos tiempos. Así sucede en los retratos de revolucionarios, como el que hiciese de Danton un pintor desconocido, o el de Hérault de Séchelles a manos de Jean-Louis Laneuville; o en efigies ya románticas, como la que hace Francois-Xavier Fabre de un joven anónimo de pelo corto alborotado en 1809, o los diversos testimonios de un joven Napoleón Bonaparte de uniforme. Por no hablar del Incorruptible, el regente del Terror, que prefería casi siempre trajes apagados o directamente tenebrosos como el caos. Así, de oscuridad a oscuridad, el siglo de la elegancia por excelencia ofreció un oasis de limpidez con un azul monárquico grato como un día de primavera. Desde el terciopelo marino de Luis XIV hasta el casi negro del Imperio, el rococó ofreció una jornada breve pero serena, sabedora de su destino pero sin pérdida de sonrisa. Fue un periodo de iluminación en el cual el recuerdo del Paraíso se hizo inteligible y acogedor como el regazo de una madame salonnière. Situado entre gravedades, el leve amaneramiento de últimos eudemonistas hizo de la ingenuidad la mayor de los ingenios y del ingenio la mejor de las tretas para aplazar una vez la caída en el desorden. Momento de consumación, se sostendría mientras nadie se esforzase demasiado en buscar los apliques por cuya fácil ausencia cedería. La biografía de este color aristocrático, como la de los que lo vistieron orgullosamente, abarca a su manera menos de cien años.

Ahora, en estos tiempos de cierre de los jardines de Occidente, muy lejos ya del abrazo de las bellas artes, ningún pigmento nos convencería de que nuestro planeta dejará de ser el planeta azul, ninguno evitará que nos internemos en la más oscura de las noches.

Apotheosis of Charles VI - Fresco of Paul Troger (1739) - Imperial Stair Case - Göttweig Abbey

[Música: É.-N. Méhul, Stratonice (“Ciel! Ne Sois Point Inexorable”), ópera cómica francesa estrenada en 1792, ocho meses antes de la condena a muerte a Luis XVI. El fragmento corresponde a la primera escena, en la que el coro dice lo siguiente: Ciel! Ne Sois Point Inexorable, / A toi seul nous avons recorus / Ciel! Ne Sois Point Inexorable, / A ce cher Prince, accorde ton secours, / Qu’il vive hereux autant qu’il esta aimable! / Qu¡il vive hereux aux dépens de nos jours! (“¡Cielo!, no seas inexorable, / A ti sólo recurrimos. / ¡Cielo!, no seas inexorable, / a este príncipe querido garantiza tu socorro. / ¡Que viva tan feliz como amable es! / ¡Que viva feliz a expensas de nuestros días!”)]

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Wo er einen Spaß macht, liegt ein Problem verborgen.

[Donde hace una broma, allí hay un problema escondido.]

J. W. von Goethe, Wilhelm Meisters Wanderjahre (“Aus Makariens Archiv”), hablando sobre Lichtenberg.

L’esprit méchant et le cœur bon, voila la meilleure espèce d’hommes; je fais une épigramme contre un sot et je donne un écu à un pauvre. 

[El ingenio malvado y el buen corazón: ésta es la mejor especie de hombres. Escribo un epigrama contra un tonto y doy una moneda a un pobre.]

A. de Rivarol, Pensées

Il est dans le caractère français d’exagérer, de se plaindre et de tout défigurer dès qu’on est mécontent.

[Es intrínseco al carácter francés el exagerar, el quejarse y tergiversar los hechos cuando está descontento.]

N. Bonaparte,  Mémorial de Sainte-Hélène I (Sept. 1815)

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“Os diré algo que no pensáis de mí”, anunció un inoportuno contertulio que pretendía acaparar en vano la atención de F… “Cualquier cosa valdrá, monsieur“, contestó el otro.

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A un ostentoso duque le decepcionó que una joven de apariencia sincera le declarase que lo amaba por su persona y no por sus posesiones, sus influencias o su rango.

“¿Sabéis qué es lo mejor del placer?”, preguntó un libertino a un sacerdote intrigado. “Que siempre se le puede añadir algún aderezo para agrandarlo todavía más”. El cura debió haber respondido que, cuanto más se hincha un globo, más tremendo es su estallido… pero intuyo que se quedó en silencio, aprendiendo y tomando nota.

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En tiempos de Luis XIII, cierto mariscal de campo mandó matar a varios de sus hombres hasta que apareciese un medallón familiar muy apreciado por él y que había desaparecido de su bártulo. Al día siguiente, riéndose y palpando su faltriquera, exclamó gozoso: “¡Ah! ¿Pero qué es esto? ¡Si estaba aquí!”.

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Al notar que su amante, con fama de expeditivo, venía lleno de ardor, una señora despachó a su ayuda de cámara ordenándole que fuese a ver cómo iba la cena y que regresase a continuación.

Un señor francés, otro veneciano y otro español se encontraron en una comitiva de camino a la fiesta de cierto embajador en una residencia campestre. De camino, los guijarros del camino destrozaron las ruedas de los carruajes. Ante la peligrosa amenaza de los lobos y la situación aislada del lugar, el español se dispuso a rezar por todos, mientras que el italiano cantó una sonada para relajar los ánimos y el francés anotó una descripción de la circunstancia en sus cuartillas. Por su parte, los valets de unos y otros, de las mismas diversas nacionalidades que sus señores, solucionaron al alimón el problema fijando de nuevo las ruedas.

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Pocos días antes de la toma de la Bastilla, a un nostálgico que lamentaba no haber vivido los buenos tiempos pasados le espetaba un conocido que sabía de los entresijos de lo que se estaba gestando: “¡Ah! Estáis viviendo esos tiempos que añoráis, pues en verdad contáis con la misma vida que vuestros más lejanos antepasados: misma realeza, misma moneda, mismo calendario, misma bandera, misma religión, mismos modales. Esperad un poco y tendréis motivos para vuestra desmedida nostalgia”.

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Le dijo un moralista a un libertino soez que presumía de sus vicios: “¿Tan poco hecho estáis que no sólo no soportáis llevar a cabo nada que no sea jugar, sino que jugáis solamente a ser despreciable y a ganaros admiración de necios, envidia de malvados y repugnancia de justos?”

Había una señora tan amorosa pero tan corta de miras que habría sido capaz de compadecer a los antiguos reyes medievales por no saber tocar el clave o a los etíopes por no llevar peluca.

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Mme. de B…, quien sentía una curiosidad exclusiva en dimes y diretes de la Corte, dijo cuando alguien leía una demostración atea de D’Holbach: “Señor, ¿no podríais hablar sobre algo de más interés?”.

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Double Portrait, 1754, Alexander Roslin, Gothenburg Museum of Art

Un posadero agudo, cuando vio llegar a su venta a un grupo de aristócratas parisinos que se retiraban a provincias: “Parece que la revolución ha traído el efecto opuesto al esperado”, en referencia a que los cortesanos ocupaban el campo en lugar de que el pueblo ocupase la Corte.

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Diálogo entre dos caballeros:
Monsieur, os recuerdo que me debéis cincuenta luises.
-Mis placeres me tentaron y me los exigieron. Reclamádselos, pues, a ellos.

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Mme. de R… preguntó a su amigo qué le había parecido la declamación del poeta invitado, a lo cual respondió el caballero que estaba atónito y que no se había formado opinión al respecto, puesto que pensaba que el poeta únicamente estaba aclarando su voz.

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Un joven filósofo afirmaba que enviaría al rey de Prusia su elogio  de la monarquía aunque para ello tuviese que hacerse pasar por necio, dejando así la duda de cuál era su auténtica opinión sobre el tema.

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Un hidalgo de provincias se casó con una doncella napolitana de escasa ciencia pero de enorme ambición. La joven azuzaba a su marido instándole a medrar, hasta el punto de que, visitando ambos Versalles en una embajada, le inquirió inquieta: “¿Y vos para cuándo obtendréis algo así?”.

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En la querella entre antiguos y modernos, un autor sostenía que la novela de los nuevos tiempos sólo versaría acerca del hombre de carne y hueso. Cierta dama, ignorante o irónica, repuso con afectación pavorida que nada sería tan desagradable como saber de las desventuras de un individuo despellejado.

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Se contaba que el marido de una aficionada a tocar la viola se dolía tanto de la desafinación de su mujer que se buscó a la vez un profesor que la corrigiese y un abogado que lo informase sobre los casos en que se admitía el divorcio, a la espera de lo que surtiese más pronto efecto. Aunque confesaba en la taberna que en su desesperación quería colgarse con una de las cuerdas del instrumento, parece que finalmente las clases dieron resultado y no hubo que lamentar un desenlace infeliz: el profesor y la alumna se enamoraron y todos obtuvieron lo que querían.

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Decía el libertino conde de G… que gustaba de encontrar el modelo de virtud en las máximas de jansenistas como Pascal o Mme. de Sablé porque era como mirarse en un espejo cóncavo en el que la imagen se refleja invertida.

Un paladín de la ciencia vaticinaba que pronto se hablaría de geometría en las iglesias, a lo que B… oponía que no sería necesario esperar, puesto que la geometría ya se traslucía desde hacía siglos en los equilibrios entre las masas y los volúmenes de sus muros, manteniéndolos en pie.

A Philosopher Giving that Lecture on the Orrery -Lamp is the Sun, 1764-66, Joseph Wright of Derby

En un café en el que se reunían corrillos de agitadores, había una puerta en la que colgaba un cartel de “ocupado”. Cuando las autoridades se enteraron de que en aquella estancia se forjaban consignas y octavillas, el ejército entró anunciando que venían a dar cumplimiento al cartel.

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Un filósofo que estudiaba la naturaleza de las pasiones, cuando fue descubierto por su esposa en un amorío, se defendió consternado explicando que estaba realizando una investigación de campo.

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Un sans-culotte a uno de los abogados que conspiraban contra el estado en Le Procope: “¡Oh héroe!”.

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En un baile de sociedad:
Madame, ¿me haréis el honor de concederme este menuet?
-Os lo concedo con mucho gusto y por entero. No esperéis, sin embargo, que yo lo comparta.

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Un cierto ateo acudía a misa y sólo reiteraba los finales de las intervenciones del pueblo, por lo que daba la sensación de que asistía para repasar las declinaciones.

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Diálogo entre un optimista y un pesimista:
-Dentro de cien años ya no habrá nobles en Francia.
-Señor, es usted un hombre del siglo pasado.

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Al ser cuestionado por los escritos de La Mettrie, según los cuales, siguiendo a Descartes, el hombre no se diferencia de una máquina o de una bestia, M… dijo que, en efecto, sólo una máquina o una bestia podría haber escrito algo así.

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Saliendo a cazar perdices, un joven mató por accidente a su hermano, a quien habría correspondido el título de duque y casi todo el patrimonio familiar. Un malévolo amigo de la familia murmuraba jocosamente que a eso era a lo que verdaderamente había que llamar “cazar una herencia”.

Cierta dama de Toulouse a su poco entusiasta amante:
-¿Me amáis?
-Señora- respondía él-, disfrutad del viaje antes de pensar en llegar a puerto.

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Andreotti - Flower

El barón H… le preguntó a F…, quien tenía fama de cínico, qué pensaba sobre la virtud. “Lo siento, barón -respondió-, no os entiendo; sabed que la única lengua que domino es la francesa”.

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Mlle. de C… contaba que una vez sorprendió a su hermano conversando con un buen amigo, y confesaba que no sabía si se refería a la mecánica de los cuerpos, a la del teatro o a la de las costumbres cuando uno de los dos dijo que “conocer la temperatura del espacio es requisito indispensable para conocer el movimiento de los actores”. Mlle. había quedado tan intrigada que nunca olvidó la frase, a pesar de que, aseguraba, nunca la había comprobado en ningún sentido.

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D… acababa de regresar de América y relataba en el salón cuán vacíos están los grandes espacios de aquel país y cuán llenas de actividad las mentes de sus pobladores. “Justo al contrario de lo que sucede en Francia”, apostilló su amiga.

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Un astuto joven que prestaba dinero no exigía intereses, sino garantías de favores, por lo que acabó siendo un gran político que comía gratis en todas las tabernas y rodeado de cuantas mujeres deseaba.

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Decía un banquero austríaco que el dinero no da la felicidad, pero que facilita la erradicación de algunas de las cosas que más obstinadamente la impiden.

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Cuando los marqueses de L…, de cuya relación se comentaban numerosas ligerezas, dijeron que al día siguiente cumplirían veinte años de casados, su invitado, tras quedarse meditando seriamente unos instantes, dijo: “Entiendo que debo felicitaros”.

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Cierto caballero sumamente glotón pidió en el lecho de muerte que llamasen a un sacerdote, a lo que uno de sus amigos respondió que no era momento de pensar en comer pan de oblea.

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O…, varón de pensamientos oscuros, sostenía que los patricios franceses eran tan vanidosos que habían decidido ser ellos mismos la primera aristocracia en la historia de la civilización que sería causante de su propia destrucción sin perder el tono afable .

Se cuenta un diálogo espurio de Rivarol en el que alguien confesaba envidiarle por haber leído con gusto a los autores más mordaces y burlones de la Francia de entonces. Rivarol, por su parte, confesó admirarle a él otro tanto por ser el sujeto de muchas de aquellas páginas.

Johann Hamza (1850-1927)

Un ruso preguntaba a un francés por qué en su patria cundía mucho más el ingenio que en Rusia. “¡Ah, monsieur! -contestó el galo-: vuestra nación no tiene mujeres tan alegres”.

Un general inglés que, a pesar de estar en desventaja, pretendía rendir al enemigo, dio una gran muestra de templanza al decir con semblante inconmovible: “Rendíos, sire: no os lo repetiré más de veinte veces”.

Un mujeriego que se preciaba de conocer el alma femenina tanto como su cuerpo le confesaba a un amigo: “¿Creéis que las mujeres quieren a un hombre que les entregue su corazón? No: sólo desean a uno que lo finja”. Murió poco después apuñalado por una amante despechada.

Un capitán descubrió a su regreso de la guerra que su mujer había dado a luz, y no le salían las cuentas para que fuese hijo suyo. Se despreocupó y lo trató como propio en un gesto de reciprocidad, pues, como confesaba, de otras muchas crianzas se ocupan muchos extranjeros con los hijos de los capitanes destinados en sus países, sin aclarar si hablaba también de él mismo.

En el campo de batalla, un capitán a un soldado reacio a lanzarse en primera línea contra el enemigo:
-¡Recordad vuestro honor, soldado!
-El problema no es recordarlo, mi capitán -respondió-. También recuerdo a mis padres sin dejar de ser huérfano por ello.

Un secretario de un cardenal describía en sus cuadernos todos los purgantes a los que su patrón había recurrido a lo largo de los años, y osaba compararse con Tucídides.

Le preguntaron a Mme. de M… quién le parecía más digna de elogio, si Antígona o Penélope. “Ninguna de las dos -dijo-. Una sin casar y la otra libre de su marido, ¿qué virtud tuvieron la paciencia de cultivar?”

Un persa se asombraba de que en Europa los religiosos no hablaban de religión salvo para justificar la existencia de sus cargos.

Un español se acababa de suicidar al haber sido abandonado por su amada parisina. D… dijo que a los individuos de otros países se les debía dejar a mitad de precio la carne de corazón francés, acostumbrados a texturas más sólidas. En cambio, P… dijo que el español era como el caniche: demasiado sensible en su ánimo, pero maloliente si se lo dejaba solo y capaz de comerse cualquier cosa. Y eso siendo él mismo de antepasados de Salamanca.

Tras la Revolución, un jurista desanimaba a su sobrino de acudir a la capital: “Olvidad París. Al igual que en Troya, por el desenfreno y cobardía de ese nombre ha caído la patria”.

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[Música: A. Forqueray, La Ferrand (transcr. J.-B. Forqueray)]

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Falsa idea d’utilità è quella che vorrebbe dare a una moltitudine di esseri sensibili la simmetria e l’ordine che soffre la materia bruta e inanimata, che trascura i motivi presenti, che soli con costanza e con forza agiscono sulla moltitudine, per dar forza ai lontani, de’ quali brevissima e debole è l’impressione, se una forza d’immaginazione, non ordinaria nella umanità, non supplisce coll’ingrandimento alla lontananza dell’oggetto.

[Falsa idea de utilidad es la que quisiera dar a una multitud de seres sensibles la simetría y el orden que admite la materia bruta e inanimada; la que descuida los motivos presentes, que son los únicos que con constancia y fuerza actúan sobre la multitud, para fortalecer los lejanos, cuya impresión es brevísima y débil, salvo si en un esfuerzo de fantasía, no ordinario en la humanidad, suple, engrandeciéndolo, la lejanía del objeto.]

C. Beccaria, De los delitos y de las penas, 38/40

On demandait à Madame De Rochefort, si elle aurait envie de connaître l’ avenir: ” Non -dit-elle-, il ressemble trop au passé. “

[Preguntaron a Mme. de Rochefort si deseaba conocer el porvenir. “No -respondió-, se parece demasiado al pasado”.]

N. Chamfort, Caracteres y anécdotas, 531

Washington_and_Lafayette_at_Mount_Vernon,_1784_by_Rossiter_and_Mignot,_1859

M… a un ufano caballero que no se preocupaba en dar ninguna opinión cabal: “Monsieur, si tuvieseis compasión, impediríais que los errores continuasen chocándose una y otra vez contra vos”.

V…, alegrándose de la toma de la Bastilla, dice: “Ahora que llega la revolución, se pondrá a los reyes en su sitio”. Le responde C…: “Pero, puesto que los reyes siempre se las arreglan para quedar por encima de los demás, ¿en qué posición nos dejará eso a nosotros?

Una cargante dama elogiaba a F… su misantropía, su capacidad para permanecer insobornable al margen de las opiniones del vulgo. “Si lo deseáis, madame- contestaba F…, vos podéis ser la próxima en experimentarla”.

Se dice que Luis XVI, la víspera de la toma de la Bastilla, dijo sobre las revueltas algo así como que “pasarán”. Pasaron sobre todas las cosas, ciertamente.

Ante el asombro de un ministro que no daba crédito a sus palabras, D… se defendió: “¿Acaso podría yo recurrir a la mentira ante toda una autoridad?”.

Un renombrado abate reconocía con pena que los cortesanos solamente confiesan aquellas faltas que tienen en común con el vulgo. Apostilló M…: “No os entristezcáis, monseñor: pronto el vulgo empezará a confesar pecados de cortesanos”.

“No tenéis corazón”, le dijo a G… un vecino inoportuno que lo molestaba a todas horas y al que un día despachó de malas formas. “Por supuesto que lo tengo”, contestó, “pero, al igual que al servicio, lo dispenso de recibir a las visitas indeseadas”.

La marquesa de G… le pidió insistentemente a su marido contratar a un afamado jardinero extranjero para que arreglase sus jardines. El marqués finalmente cedió, hasta que un día los encontró a ambos en la alcoba. Éste, sin apenas mirarlos, dejó dicho que, dado que habían probado el fruto prohibido, ya podían ambos ir abandonando el Jardín de las Delicias.

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Se decía que el vizconde de R… tenía tal fama de austero que nadie le pedía consejo por temor a que fuera uno de mala calidad.

Se rumoreaba entre la plebe que cierto párroco de provincias rendía en secreto culto al Diablo hasta que se supo que simplemente se llevaba el cáliz de oro a casa porque en él el agua se mantenía más fresca.

Un noble a un criado con muchas confianzas: “Hoy me he levantado magnánimo: os dispenso de vuestras obligaciones hasta la noche”. El criado a su señor: “En tal caso, también lo atribuyo a mérito mío, puesto que prácticamente os he levantado yo”.

El marqués de C… concedía que su enemigo era de muy alto linaje, pero añadía que, de tan alto que era, se caía de él continuamente con gran estrépito.

Un embajador preguntó a un mordaz caballero por la residencia del príncipe de C…. El caballero respondió sin afectación: “¿Veis aquel castillo tan elegante de allí? No hagáis caso: entrad y encontraréis a quien buscáis”.

Decía Mme. que cuatro de cada cinco nobles habían abandonado Francia, a lo que V… inquirió si ella era la quinta o si se había quedado sin su puesto.

En una conversación en cierto salón sobre si era mejor perder el honor o la vida, M… advirtió que no había de qué preocuparse, dado que quienes frecuentaban el salón no tenían que temer por aquello que tenían garantizado ni por aquello que no poseían en sí mismos. Solamente aquellos con mala conciencia se airaron e incluso se marcharon, retratándose.

Decía el duque de L… que fingir devoción en algún asunto era doblemente meritorio, pues equivalía a actuar dos veces: una en el asunto y otra en su superficie. No debió sorprenderse cuando a lo largo de los años el rey lo desterró dos veces.

Al príncipe de L…, que galanteaba a la condesa de M…, a quien acababa de conocer, le dijo ésta: “Excelencia, dejadme al menos  que conozca la fama de vuestro nombre antes de que lo tiréis por tierra”.

Un cardenal se asombraba de que en Francia la Corte tratase a los altos sacerdotes con la misma familiaridad que a cualesquiera príncipes, y atribuía la preferencia final de la nación por la Iglesia frente a la herejía protestante a una mera preferencia por los atuendos y ademanes del clero.

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Al futuro conde de P…, quien refunfuñaba cuando se le instaba a aprender latín pero expresaba al mismo tiempo su deseo de ser filósofo, le decía amorosamente su madre que esa lengua le sería tan necesaria para defender la fe de la Iglesia como para refutarla.

Mme. de P… y su mejor amiga se escribían ingeniosas cartas insultándose inteligentemente una a la otra. Cuando los sans-culottes le cortaron la cabeza a la segunda, Mme. quedó entristecida: “Esos brutos la han desposeído de la única parte de su cuerpo que yo nunca habría atacado”. También decía que ya no tendría con quien reírse de sí misma nunca más, pues los nuevos poderosos se tomaban tan en serio las palabras que afilaban las plumas con guillotinas.

“En estos tiempos todo es posible”, decía D… “Hasta que alguien aprenda a sacar provecho de que no lo sea”, replicaba su amigo R… El primero perdió su cabeza, el segundo debatió en el Directorio.

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Un adúltero a su amante cuando ésta lo descubre intimando con su hija: “Querida, últimamente tenéis un aspecto tan lozano que es fácil confundiros”.

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Según T…, guillotinar es el modo más burdo para igualar la estatura de los grandes al pueblo.

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Se comentaba entre el populacho que el crucifijo de una monja antillana del convento de La Madeleine de Traisnel era de color negro. Un librero se preguntaba si estaría desnudo. El obispo escribió incluso a la madre superiora señalando los pasajes bíblicos en los que se hacía referencia a la tez clara del linaje de Jesús. Todos se tranquilizaron cuando descubrieron que la monja era criolla.

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En los pasillos del teatro: “Mme., ¿cómo está vuestro marido?”. “Tiene algunos dolores en la cadera: recordadlo la próxima vez que lo veáis”.

Sobre la teología de estos tiempos, el barón de G… dijo ante varios obispos que filosofar sobre Dios con una peluca cubriendo la cabeza era tan difícil como amar con sotana a una mujer.

No le gustó al mariscal T… el retrato que un famoso pintor hizo de él, aduciendo que no se veían los galones. El pintor se indignó tanto que respondió groseramente: “En el momento del retrato, antes de la batalla, todavía no habíais tenido tiempo de comprarlos o robarlos al enemigo”.

A Mme. D… le habían regalado una cacatúa de América. En una de las primeras reuniones en las que el animal estaba presente, comenzó a espetar algunas palabras malsonantes. M. de F… rompió la incomodidad del ambiente admirándose por lo rápidamente que se adaptan esas criaturas al nuevo clima.

Josep Juliana Albert

En un concierto, cierto cortesano confesó que solamente disfrutaba la música que le agradaba a su soberano, a lo que su interlocutor repuso que entonces comprendía el mal gusto de Luis: pretendía únicamente probar el límite de los cortesanos en su adulación.

En otro concierto de tríos, no se interpretó a ningún autor italiano, lo cual soliviantó a Mme. de P… El anfitrión, partidario de la música francesa, se defendió argumentando que, puesto que hacía buen día, encerrar saltarinas melodías italianas bajo techo era de tan mal efecto como encerrar canarios en una diminuta jaula.

El gato de Mme. de R… aplastó y destrozó a una cucaracha con su mandíbula y sus garras. El barón H… dijo que el animal era digno miembro de su familia. Cuando el gato murió, ya en el exilio, el barón recordó la anécdota y felicitó a su dueña de que hubiera tenido una vida larga y que los revolucionarios no hubieran conocido el hecho, por el cual, sin duda, lo habrían guillotinado.

Decía P… que el sabio no se conmovía ante el curso de los acontecimientos, pues todo lo que sucede es natural. Poco después, cuando vinieron a citarle ante un tribunal revolucionario, desapareció del mapa. F… dijo entonces que, conmovido o no, había seguido el curso de los acontecimientos a gran velocidad.

“Os esperaré junto al puente del sotobosque”, escribió abruptamente cierto pretendiente a la condesa de N… “Entonces podréis decirle a los otros caballeros que abandonen al fin sus esperanzas y que os dejen sitio en ese mismo lugar, donde aguardan también desde hace tiempo”, contestó ella mofándose.

“No hay sabiduría sin conmiseración”, decía el lugarteniente L…, y llamaba conmiseración a concederle al condenado a muerte todo el tabaco que quisiera.

Hace tiempo se reían de B… porque pensaba que en tres siglos Francia sería turca. Todos empezaron a prestarle atención tras conocerse la batalla de Stavuchany, en la que Rusia y Austria pusieron freno sufridamente a los mahometanos.

El duque de O… afirmaba preferir una república como Venecia a una monarquía como la china, pero a su muerte sólo tuvo de una y otra el hecho de que ninguna de las dos era Francia, como la tierra en la que tuvo que exiliarse hasta el fin de sus días.

“Sois muy hiriente con vuestras palabras”, le dijo cierta mademoiselle a C…. Éste, que albergaba esperanzas con la joven, se defendió explicando que aún era torpe con las flechas prestadas por Cupido y que a veces apuntaba a zonas erradas del corazón.

Andreotti - welcomed attention

“El odio abierto es menos cruel que la hipocresía”, dijo A… en la tertulia del hotel. “¿Entonces, monsieur, preferís que os acuchillemos en lugar de conversar agradablemente aquí?”, replicó S…

En un duelo a muerte entre dos gentilhombres:
-Os ruego que muráis sin más dilación para evitar causaros dolor.
-Amigo mío, nunca osaría adelantarme a vos en nada.
-No hay necesidad ninguna.
-No merecéis menos.

“Hay más estrellas en el firmamento de las que podríamos nunca contemplar”, decía el vizconde de E…, a lo que su mujer oponía que también había más obligaciones en la casa y en el estado de las que él sabía satisfacer, pero que extrañamente eso no le invitaba a filosofar del mismo modo.

Mme. de T… despidió a una criada porque no sabía entretener gustosamente a su marido, por lo que, según decía, la obligaba a ella a hacer la labor del servicio.

A un extranjero apuesto al que tenía por poco lúcido, G… le dijo que era tan hermoso como incapaz. “En cambio vos -respondió el aludido- sois tan ingenioso como respetado”.

A sabiendas de que provenía de Etiopía, alguien decía que sin disfrutar del café no merecía la pena ser francés, por la misma razón que sin lacayos no merecía la pena gozar de rancio abolengo.

Cuando un burgués mató a un prestamista al que debía una gran suma, fue condenado a la pena de muerte. Él se defendió en el juicio arguyendo que, como buen súbdito del rey y buen cristiano, prefería deber su vida al estado que sus vicios a un judío.

Había un caballero que acostumbraba a mascar rapé cada vez que lo sangraban a causa de una dolencia. Hasta tal punto llegó esa asociación, que cada vez que percibía el aroma del tabaco, se ponía hablar de cirujanos.

Sobre el fin del régimen tradicional, C… decía que, perdida toda esperanza en detener los acontecimientos, habría que esperar cincuenta años a que los filósofos volviesen a aburrirse y a desear protagonismo para que se emprendiese otra revolución que volviese a cerrar el círculo y dejase de nuevo las cosas como estaban.

“¿Para cuándo otro libro tan anodino como el que os ha encumbrado?”, preguntaba H… entre mordaces risas a un autor de moda. “Tened paciencia: estoy pensando en escribir vuestra biografía”, respondió el ofendido.

Conversation (J. Grant, J. Mytton, the Hon. Th. Robinson, & Th.Wynne) Nathaniel Dance 1760

“Los reyes son tan ignorantes que no saben de dónde procede su poder”, cuentan que decía en las tertulias de Le Procope un amigo de Robespierre antes de la Revolución. “En cambio, mi buen amigo -respondía molesto el conde de R…-, los filósofos son tan sabios que ignoran en qué poder acabará su proceder”.

Cierto marqués perdió toda jocosidad cuando se enteró de que su contable le engañaba con su esposa mientras el estado le desposeía de sus bienes. Pero recuperó el tono cuando el contable cayó en los enfrentamientos de París, su mujer se exilió y a él mismo ya no le quedaba en el mundo nada por lo que preocuparse. Por lo visto, en su lecho de muerte se lamentaba más de su maledicencia en su época de potentado que la de su vejez, como que valorar en poco la carencia del bien que uno disfruta en exclusiva es incluso más cruel que despreciar a un ídolo en el que ya no se cree.

Opinaba L… que desde hacía medio siglo el público ya no sabía disfrutar las comedias religiosamente porque no se pensaba más que en obtener beneficio de todos los acontecimientos.

Al confundirse de gesto con el abanico, la marquesa de C… ahuyentó a su duque y acabó como aburrida condesa.

Al palpar la seda de una chorrera de cierto gentilhombre, uno de los invitados inquirió malévolamente de dónde provenía una seda tan poco suave. El aludido contestó lo siguiente: “Tan lejos de vos como pudo, aunque, como puede comprobarse, no escapó del todo a vuestra influencia”.

Un fisonomista ante el hijo de una dama, excepcionalmente lento en reflejos: “¿Es ruso?”.

Un duque, justo antes de batirse en duelo con un plebeyo, le pedía perdón por adelantado a su espada o a su pistola.

En el teatro, un viejo gruñón se quejaba de cada punto de la representación. El caballero que estaba delante de él le preguntó si podía lanzar hacia otro lado las plumas de un cojín tan áspero.

En cincuenta años se ha pasado de los enfrentamientos entre lullyistas y ramistas a enfrentamientos entre monárquicos y republicanos, y rápidamente entre jacobinos y girondinos. En definitiva: Francia decidió dirimir la querella convirtiéndose toda ella entera en una ópera. No se puede decir qué bando ganó ni qué género, pero sí puede decirse que los personajes mitológicos han desaparecido en favor de un coro sin buenas melodías.

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[Música: J.-P. Rameau, Les surprises de l’Amour (1748). Entrée des Jeux, Amours et Plaisirs. Menuet. Air pour les Sybarites. Passepied. Gavottes I & II.]

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“Muramos en esta guerra
para renacer de nuevo
como caballeros del rey de Shambhala”.

Canción mongola de guerra, cit. en J. PALMER, The Bloody White Baron, 2009, p. 66

“Veo… Veo al dios de la guerra… Su vida transcurre horriblemente… Después una sombra… negra como la noche… Ciento treinta pasos aún… Más allá tinieblas… Nada… no veo nada… el dios de la guerra ha desaparecido…”.

Profecía de una adivina cíngaro-buriata a R. von Ungern-Sternberg, cit. en F. OSSENDOWSKI, Bestias, hombres, dioses, 3.10

Cuando se enteró de su muerte [de von Ungern-Sternberg], el Bogd Khan encargó oraciones por su alma para que fueran leídas a lo largo y ancho de Mongolia. Sin duda serían necesarias.

J. PALMER, The Bloody White Baron, 2009, p.231

R. F. von Ungern-Sternberg (1885 – 1921)

Era el 21 de febrero de 1921. Algo más de cincuenta hombres atravesaban a caballo las viejas calles de Urga. Eran cosacos, buriatos, tibetanos y japoneses guiados por el general más temible de la taiga, el terror de los revolucionarios y los impíos, el barón Roman Fiodorovic von Ungern-Sternberg. Se trataba de la avanzadilla de la Caballería Asiática, la escuadra personal del barón, que había encabezado la recuperación de la ciudad. Las banderas ondeantes daban los motivos por los cuales debían preocuparse los chinos apostados en el palacio real mongol. Unas de ellas mostraban el monograma del Gran Duque Miguel, al que von Ungern-Sternberg tenía por nuevo emperador de la Santa Rusia sin saber que estaba muerto desde hacía tres años; en el reverso, la faz de Jesucristo sobre un fondo amarillo budista. En otras banderas vibraba la esvástica, el verdadero emblema de Asia, junto al soyombo, la insignia del tengrianismo estepario. Tras escurrirse horripilados los últimos centinelas chinos, la escuadra libertadora arribó a las puertas del palacio del Buda Viviente. Sin bajar del caballo, el barón gritó tres veces su propio nombre a las murallas y tres veces que le abrieran las puertas. Pocos minutos más tarde se cumplió su petición. En la explanada del palacio le esperaban postrados todos los sirvientes y los altos cargos del gobierno legítimo de Mongolia. Incluso los dobdobs, los monjes guerreros que custodiaban a su líder sin ceder ante ningún ser de este o de otros mundos, hicieron una reverencia. El libertador, vestido con el traje típico mongol, atravesó empedrados y pórticos sin desviar su vista de delante. Dentro del salón de recepciones se podía distinguir un trono budista con una silueta humana aquietada encima. El general ruso se detuvo delante, miró atentamente al líder que tenía enfrente, no fuera a rendir pleitesía, él, un héroe asiático, a quien no lo mereciese. Comprobó que estaba ante el señor de Mongolia; agarró su fusil y lo depositó en el suelo, en el que se arrodilló. El Buda Vivente juntó sus manos en señal de saludo y abrió su preciosa boca:

—Bienvenido, noble guerrero del norte. Has salvado al país de las estepas y a la ley de Buda en él. Serás recompensado con caballos y con muchas vidas de felicidad.

—Santidad —contestó von Ungern-Sternberg—, he cumplido con lo que os prometí y eso me basta. Espero que mi tardanza no haya causado demasiado sufrimiento.

Bogd Khan, el Buda Viviente, sonrió:

—No ha habido más sufrimiento del que debía haber. Ahora descansad. El personal del palacio se ocupará de dar a vuestros hombres y vuestros caballos todas las atenciones necesarias.

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El descanso no afectó al alma del barón. Enseguida se organizó la nueva coronación del Buda Viviente, que finalmente se fijó en un día auspicioso merced a los oráculos. Sipailov, el cruel y alcóholico condotiero, pasó de ser lugarteniente del barón al mandatario en funciones de la ciudad: para inaugurar su cargo mandó matar a unos cuantos judíos y bolcheviques de Urga escogidos poco menos que al azar. Entretanto, el barón daba largos paseos en silencio, meditando absorto sobre el destino de su nuevo imperio. Los mongoles se arrodillaban a su paso; creían que aquel hombre tenía razón al reconocerse como encarnación de Gengis Khan. No había un solo patriota mongol que, enterado de los acontecimientos, no lo creyese. Pero empezaba a correr la idea más importante de que la grandeza del barón sanguinario estribaba en encarnar a Mahākāla, conocido en tibetano como Nagpo-Chenpo o Mgon-Po, el antiguo demonio guerrero, protector del Dharma, furibundo servidor de los budas. El rumor se multiplicaba con gran conmoción cuando se añadía que había salido de los labios de los altos lamas del palacio. Era cierto que no se percibía en la conducta del barón ni alegría ni tristeza, ni misericordia ni odio: tan sólo el decidido cumplimiento de un destino, destino que consistía en propagar la disciplina en forma de budismo y de ética de la guerra, en ser el azote certero del desorden en los cuerpos y en las almas de todo un continente. ¿Quién sino un antiguo rey de mundos superiores tendría esa mirada absorta e impasible, enrojecida por el fervor y la decisión, ajena al terrible desenlace que le esperaba tras un combate ya vaticinado? ¿Quién sino un monje prescindiría de la ternura de cualquier mujer en nombre de la religión? ¿Qué otro aristócrata sería capaz de renunciar a todas las comodidades de la vida y dormir sobre el suelo junto a los soldados? ¿Y quién más, venerando a Buda, tendría ese rigor marcial con el que había torturado a latigazos a sus propios hombres hasta el punto de reventarles los músculos, como a Saltanov, que llegó a perder la razón y hubo de ser ejecutado? Pero tal era el castigo impuesto por el barón por violar la dignidad de la población local, algo que concertaba con la condición de un protector de Mongolia. Todos los designios de aquel hombre pálido parecían responder a un cuidadoso plan de vida y muerte a largo plazo, un plan frío como el invierno y como la Ley del universo, donde las fuerzas del karma reequilibraban los méritos humanos con sufrimientos y victorias igualmente colosales. Tenía, pues, todos los atributos de un difícil dios. Después de todo, el lama Sandan Tsydenov ya había considerado al zar Nicolás un charkravartin, un glorioso rey piadoso; mientras que Agvan Dorjiev, el monje y agente buriato, lo creía la reencarnación de Tsongkapa, el fundador del linaje Gelugpa que ahora lideraban el Dalai Lama, el Panchen Lama y el octavo Jebtsundamba Khutuktu, encarnado ahora en Bogd Khan. El capitán Dimitry Satunin, también de las filas del Ejército Blanco, había sido reconocido en cambio por los oirates burjanistas con rasgos de Ak-Burkhan, el gran emisario divino entre los pueblos altaicos fieles al chamanismo. Así, grandes reyes, grandes generales y grandes deidades adoptaban unos las formas de los otros en una larga cadena que no pretendía sino guiar a los pueblos mediante una alternancia de enseñanzas, mandatos y hazañas.

Bogd Khan, el VIII Jebtsundamba Khutuktu, líder espiritual y secular de Mongolia (1869 – 1924) 

Von Ungern-Sternberg se reunía de cuando en cuando en audiencia privada con Bogd Khan. Su Santidad irradiaba autoridad cuando relataba cómo sus decretos mágicos habían dado resultado durante las semanas previas al contragolpe de estado: los chinos se habían retirado en parte gracias a las recomendaciones al pueblo de Urga de abstenerse de comer carne, de que se arriasen banderines de oración con Caballos de Viento dibujados en ellos, de no comprar tabaco chino, de que las mujeres se dispusieran los cabellos en dos mitades y que llevasen color blanco sobre el pecho. El barón asentía a todas aquellas indicaciones, casi como si supervisase el trabajo de un subordinado. El lama no dejaba de explicarle las costumbres calmucas o los complejos sortilegios a los que obedecen los espíritus de las estepas. Evocaba a menudo la grandeza de la tierra manchú. El ruso, por su parte, opinaba del clima urálico, del temible monje guerrero Ja Lama, de los chamanes siberianos, y del carácter de eminentes camaradas de filas como el almirante Kolchak o Semenov, el atamán cosaco. Habló del apellido von Ungern-Sternberg, propio de antiguos aristócratas guerreros, entre los que se contaban caballeros teutones, cruzados contra los paganos estonios y lituanos. No habiendo sustituido sus creencias budistas a la tradición cristiana de su familia, en ningún momento durante su estancia en Urga dejó de llevar sobre el pecho la merecida Cruz de San Jorge, cuya geometría complació al tacto de Bogd Khan, puesto que su ceguera le impedía verla. Von Ungern-Sternberg hablaba con frecuencia de las guerras de religión en las tierras bálticas y en Tierra Santa y de cómo él no hacía otra cosa que proseguir el linaje familiar. Sin embargo, no evitó reconocer el giro de los acontecimientos:

—La situación al norte es complicada, Su Santidad. Está pasando el tiempo de los atamanes, de los cruzados, de los guerreros píos y de los dioses vivientes. Si vencen los bolcheviques y los chinos, dentro de poco ya no se sentenciarán profecías en estas tierras, y todos los pueblos de Asia dejarán de ser nombrados por los espíritus celestes. Esos revolucionarios, con tal de acabar con los reyes, se han decidido a matar a budas y a dioses.

—¿Y pedir ayuda a Occidente? — inquirió el santo rey mongol.

—Los europeos se han abandonado a su propia desidia, como débiles y afeminados intoxicados en un fumadero de opio. Nada se puede esperar de ellos, salvo pasividad o colaboración con el mal. Tampoco es suficiente la ayuda que prestan los japoneses, y todas las alianzas de los pueblos budistas continentales no lograrán por sí mismas vencer a los comunistas.

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Diciendo esto miro el cielo estrellado y pensó algo sobre el inminente fin de su propio ejército, sobre la corta vida que le había augurado una anciana astróloga semanas atrás, sobre la extinción de los reinos. El lama supo de estos pensamientos sin necesidad de oír palabras de la boca de su aliado, y guardó silencio. De repente tuvo la terrible visión del porvenir de Mongolia y del mundo, y un estremecimiento sacudió los muros de los monasterios cercanos. Tras la colación, mandó a todos los monjes orar y meditar durante toda la noche. Algunos días después, una noche en que la luna había rellenado sus cuernos, el barón tomó la decisión de marchar próximamente con sus hombres para reunirse con las tropas prometidas por el Dalai Lama y para otear la región, cercada ya por Suke Bator y sus aliados chinos, ansiosos de imponer de nuevo el ciclón comunista en la serena y anciana Mongolia. Mientras tanto, unos soldados calmucos cantaban canciones de amor ante una hoguera, los yugos descansaban desuncidos de los bueyes, las marmitas callaron su murmullo, y un monje iba por las calles solitarias esparciendo mantras protectores en queda voz.

H. Consten - Mongol warriors during the liberation war against the Chinese

Fue una mañana determinada como propicia por los augurios de los mopas cuando partió la escuadra del barón. Tras una ceremonia de despedida digna de héroes divinos, la caballería se alejaba, esparciendo al viento insignias de banderas zaristas, cristianas, budistas y tengríes. Hombres, mujeres, niños y ancianos se postraban al paso solemne de los salvadores que abandonaban las calles de la ciudad. Habían recibido al barón como a un soldado ruso: lo despedían como a un dios. Muchos intuían que no regresaría nunca más a Urga con aquel cuerpo. Llorando y gimiendo, salpicaban con flores el suelo que iba pisando el ejército. Tiempo después de la despedida, todavía titilaban los destellos del metálico armamento, que se iban enmascarando por la lejanía y por la nube de polvo que alzaban los cascos de las monturas. Bogd Khan los oyó alejarse y, aunque no mostró ninguna sonrisa, agradecía que los cielos no se hubieran olvidado hasta entonces de las estepas; los budas habían enviado a un feroz protector de la Ley para hacerla prevalecer en el punto más monstruoso de una época degenerada. Así, ante el descarrilamiento fatal de los tiempos que estaba exterminando al aroma fresco del mundo, aquel demonio blanco, servido por hombres violentos de todo Oriente, se había obligado a hacer correr más sangre que nunca con tal que la rueda de la sabiduría siguiese girando. Con cada caricia a las cuentas de su rosario, expresaba el último Khan un deseo de salvación para todos. Trotando con paso firme hacia la muerte de muchas cosas, el barón no volvió la vista atrás ni una sola vez. Las ya distantes tropas comenzaron a entonar una canción de guerra:

“Alzamos la bandera amarilla
por la grandeza del budismo;
nosotros, los pupilos del Buda Viviente,
vamos a combatir por Shambhala”.

Picea obovata forest, Bogdkhan Uul Strictly Protected Area, Mongolia, near Manzushir Monastery

El Buda Viviente, mientras los saludaba en vano con gran agradecimiento e infinita compasión, percibió que el gélido viento había cesado. De repente, las banderillas de oración dejaron de agitarse, y la naturaleza se silenció: la rueda universal de la sabiduría se preparaba para detenerse, y nadie sino los perfectos emancipados del devenir sabía por cuánto tiempo ni hasta qué extremo. Asia habría de contener la respiración ante el aturdimiento del siglo, un aturdimiento surgido de una inmovilidad más desquiciante que cualquier tempestad de la estepa, un aturdimiento que reverberaría por todo el orbe y del que, no obstante, todo espíritu piadoso no podía desear más que una regeneración posterior, recompensa por un invierno milenario. Todo habría de volver algún día a la paz perfecta del ritmo sagrado de los viejos tiempos, igual que la estepa queda vacía y en silencio cuando el breve fragor de la batalla se disuelve en el océano de siglos, igual que el rumor de los insectos cede sin resistencia ante el leve imperio de la nieve. Pero, a pesar de todo, el Buda Viviente cerró sus ojos ciegos para evitar que una lágrima cayese sobre su corazón.

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[Música: Aga, Rodina Moya (“Aga, mi patria)”, canción buriata, por el Badma Khanda Ensemble.]

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El Estado no se mantiene por una sola libertad o por un solo constreñimiento y rigurosidad, sino por una armonía (todavía imperceptible para las ciencias sociales) entre la disciplina de la fe, el poder, las leyes, las tradiciones y costumbres, por una parte, y aquella libertad real de la persona que es posible incluso en China en condiciones de tortura.

K. Leontiev, Obras escogidas, Moscú, 1993, p.178

Por sometidos que estuvieran los hombres del Antiguo Régimen a los deseos del rey, había una clase de desobediencia que les era desconocida: no sabían lo que era rendir pleitesía a un poder ilegítimo o contestado, al que se honra poco y a menudo se desprecia, pero al que se sufre de buen grado porque es útil o puede perjudicar. Esa forma degradante de la servidumbre siempre les fue extraña. […] Al someterse a sus órdenes más arbitrarias cedían menos a la constricción que al amor; de ahí que conservaran con frecuencia plenamente libre el alma hasta en la más extrema dependencia.

A. de Tocqueville, El Antiguo Régimen y la Revolución, 2.11

 

Sociedad aristocrática es aquella donde el anhelo de la perfección personal es el alma de las instituciones sociales.

N. Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito

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¡Grandeza de tiempos pasados, yo te rindo tributo, ya que de invocarte cualquier otro se avergonzaría en esta hora! El Palacio Real de Aranjuez está repleto de gente, pero no son sus legítimos dueños. Lo pisotean transeúntes con desdeñosa curiosidad, pero no se levantó el edificio para ellos. Tampoco los jardines que lo anillan fueron tan deliciosamente dispuestos para que los contemplasen desde maneras y ropajes funcionales y tejidos en zafiedad. Las obras de sabor clásico se erigían para los principios, y su funcionalidad cortesana era el precio a pagar por ello, un precio asumible. Los lunares postizos y los apolíneos cuartetos de cuerda velaban una ceremoniosidad profunda, una elegancia grave aupada por destellos ornamentales de gracia y ligereza. Este donaire dieciochesco alcanzaba, sin duda, su más alto grado en los atrios de los alcázares y en las azuladas estancias de coquetería rococó. Tampoco para mí se hizo todo esto, hijo como soy de tiempos y sangres plebeyos. Pero recurro a este rincón porque es ahora el último reducto de la belleza institucionalizada, y porque lo comprendo, y porque sé que en otra circunstancia más armoniosa habría aprobado que se me cerrasen ciertos espacios si recibiese a cambio otros con un mínimo de dignidad. No hay que olvidar, a pesar de todo, que los pasillos de los palacios no eran recorridos más por nobles que por ebanistas, albañiles, músicos, poetas, cocineros y lacayos.

Y no es posible, no puede creerse que mientras tanto lo plebeyo fuese sinónimo de fealdad y podredumbre. Si había un sol brillante, entonces el entorno estaba circundado por su resplandor. En un mundo de principios, todo navega al son del sacerdocio de las formas, del sacro maestro de ceremonias. Las ropas, las paredes, las sábanas, las galanterías, la canciones populares, los giros de los abanicos, los versos piadosos del pueblo llano, el rumor de la guitarra a la puerta de unas dependencias oficiales, el paso gallardo de los caballos, el gesto tímido de las doncellas, las bravuconadas de los efebos expresadas en recios pareados improvisados, los latinajos de los diáconos, la esperada llegada de los capitanes, la esbelta figura enarbolada por el miriñaque, la línea límpida entonada por un violín italiano, la seda depurada de Oriente, el lino fresco y natural de los telares locales, la gracia de un requiebro, el pensamiento dulce e inocente de un hombre decente en su rey y en su reina… En la medida en que algo de todo eso no se viera del todo desaparecido, entonces una nobleza hoy buscada por todos los rincones afloraba en cada esquina como geranio en soleado balcón.

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Quedan los palacios -dicen- y las fuentes y las partituras y algunos muebles y vestidos. Un platónico nunca cambiará las almas por sus escafandras. ¿Qué es un palacio sin príncipe, un catecismo sin piedad, una sonata sin un oído compenetrado con su retórica, una bandera sin una visión sagrada de la patria, una fuente sin jugueteo de ninfas, unas redondillas sin el entusiasmo ruidoso de un auditorio o la atención de una joven agasajada por el cortejo, una peluca grisácea sin una galantería disparada por los labios de un doncel? Diré lo que es: tramoya, decorado de cartón, superflua emulación de la nostalgia, ceniza y cadáver sostenido en pie por la fuerza de la inercia y del no sé qué que viene de verse a uno vacío de toda luz.

Cierto que sus artífices no entenderían bien lo que hacían ni los esqueletos arquetípicos sobre los que trenzaban sus superficies frívolas. Cierto que no se creían platónicos, sino adalides del ingenio, de la razón y de un cristianismo superficial. En efecto, con ellos se cerraba una era descendente. Pero ahí estaba todavía latiendo la verdad, bajo un sinfín de capas distraídas. Tanto es así que, ciertamente, lo importante no ha desaparecido: sólo se siente menos por la opacidad de las nuevas formas, aserradas con mecánica impersonalidad. Aquí, en estos jardines de Aranjuez, la verdad sigue siendo la misma que hace tres siglos o trescientos, e igual será dentro de tres mil más. Y aquí, junto al rumor de una fuente esculpida por un mito griego, aquí,  pesar de todo, es donde mejor me apercibo de ello.

En el Real Sitio de Aranjuez, a 3 de julio del A.D. de 2015

Fernando Brambilla - Paseo de barcas en Aranjuez

[La música que suena es del gran Luigi Boccherini (Trío de cuerda Op. 47 No. 1. I. Allegro moderato), una música que debió de sonar en jardines o en salones de Aranjuez para complacer a su protector Luis Antonio de Borbón y Farnesio o al propio Carlos III]

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Los dioses, los nāgas, los asuras,
serán destruidos y desaparecerán.
Si el Cielo y la Tierra llegan a ser nada,
¿cómo puede ser eterno un reino?

Do-dzang-lun (“Sūtra del sabio y el necio”), 37 (“Angulimala”)

Tierra del fin de la Tierra, terrado de esta falsedad, acotación del Samsara… yo canto tu muerte. De tus lunas invisibles y tus imágenes que perduraban sin que te interesase perdurar, de la piel curtida de tu prole angélica sin nombre ni orgullo, de las grietas que da el frío cósmico emergió la sangre y te lamentas por lamentarte, pues sabes que nada de este mundo debiera merecer atención. Todo es mentira, murmurabas cuando burdos sofistas con estrella roja en lugar de cerebro escarbaban con sus rifles el suelo santo de tu vacuidad. Llegaron para violarte chinos de Oriente sin notar que llegaban a algo que era más Oriente que ellos, algo que guarda el secreto del Sendero, hijo del Vedanta y hermano del Tao. ¡Ingenuos! Creerán poseerte como se posee a una mujer caprichosa. No saben lo que hacen, guarida de la Verdad, complaciéndose en una voluntad de poder que se niega a escuchar una mirada tierna de compasión.

Pero sus sentidos no se sacian, su mirada torva prosigue en su incesante esterilización, embajada de la insensatez, fatuidad imperial que jamás termina bien como nos enseñan los antiguos que ellos torturan. Sobre tus cenizas imploran una conquista que no tendrá fin porque persiguen en la dirección de los muertos en vez de admirar las entelequias que duermen bajo tu piel de ladrillo y hielo. Hasta el más ínfimo de los átomos del guano de esta tierra es más sagrado que sus ídolos –tan mezquinos–, y, sin embargo, tratan tus palacios de deidad incólume como a sus propias heces, odiando al mundo, odiándose antes a sí mismos, barajando a sus madres como si la belleza fuera gratuita, como si los espíritus pasados pudieran comprarse en los mercados de quincalla. Y te retuerces plácidamente como abuela satisfecha de sus nietos ya en camino, soportando con mansedumbre la máquina que pretende lo que no se puede lograr, que es sustituir a la vida con postes telefónicos, y asumes tu plan con algo más que elegancia, con gratitud en forma de una honorable gota de sangre en la sonrisa, que dijera el poeta de otra lejana tierra quebrantada. Tu esencia es no circunscribirte a un cuadrante entre fronteras, remedos de ilusión ya superada.

Porque tu obcecación pacífica y tu compasión ilimitada guiaban tu gobierno como a ningún otro, fuiste atacada. Porque eras ajena al devenir de las sandeces, fuiste agitada. Porque no lograban distraerte, fuiste aplastada. Pues eras la última teocracia, el sensato feudalismo de los monjes, la rigurosa burocracia del Dharma. Ahora ha sonado la campana de cierre de tus últimos monasterios, y su resonancia se propaga al mundo entero. Necio es el que no tome nota: las bienaventuranzas han sido ilegalizadas en el conjunto de las naciones. Los seis cielos carecen por fin de relaciones diplomáticas con los dignatarios humanos. La proximidad con las alturas ha dejado de ser una prerrogativa para tamaña misión, estando como está habitada hoy por tristes espectros. Nadie acudió en tu socorro; andaban todos ajetreados en sus intereses, habiendo olvidado qué es y qué no es digno de ser defendido y honrado. Te dejaron en la soledad de tu vigilia, donde siempre moran los ecuánimes y clarividentes. Allí impartiste tu enseñanza suprema, la enseñanza de la disolución de la fuente. Porque ya no surgirán doctrinas diamantinas de esos valles congelados en el tiempo. Tras su fijación sólo queda su dispersión.

La hondura será por siempre venerable puesto que no entiende el significado de desvanecimiento, inútil al que tiene por karma mancillar. Sabes que no te profanarán, patria de la soledad, que este canto es vano por ir dirigido a algo que muere, y tu vida, tu verdadera vida es inmortal e invisible, reposa en el mismo lugar que ahora hienden con furia sin que puedan nunca alcanzarte en sus míseros medios, infelices, infantiles, lejos de tu madurez sin origen ni final, allá por donde pastorean los benditos. Entre los intersticios más ocultos de los empinados riscos pasean levitando los bodhisattvas intangibles, al son de la conciencia y del amor. Bajo las ruinas sobrevivirán los arquetipos búdicos, ajenos al siglo y sus lamentos, reiterando sin cesar que todo es efímero. Oh santidad, demasiado bien sé que no resides en este mundo desde el que te canto, por lo que no te molestaré hasta que te alcancemos los infelices, algún día…

Palacio de Potala

[Suena un tsok tántrico, ritual propiciador de acumulación de méritos y sabiduría. El mérito se acumula en el cultivo de virtudes, en la erradicación de oscurecimientos y en visualizaciones celestiales. La sabiduría se obtiene en la disolución de las visiones, mostrando así la insustancialidad de todos los fenómenos. El tsok terrenal no es entendido más que como una imitación del auténtico tsok, el realizado por dakas y dakinis. Así, cada practicante se visualiza en su naturaleza búdica esencial: el practicante masculino como daka y la mujer como dakini].

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