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Archive for the ‘Parénesis’ Category

 

En esta hora de inminente barbarie, no hay nada superior a la caridad. Todo lo demás, incluso la ciencia, incluso la contemplación, incluso las actividades predilectas de nuestro corazón, debe ser dejado a un lado. Ha llegado el día de la prueba suprema para vosotros y para todos. O los hombres se deciden a practicar leal y cotidianamente el Cristianismo -aun cuando sólo sea en sus preceptos más elementales- o se condenan a la más horrenda agonía, a las torturas de un infierno terrestre al que sólo pondrán fin la destrucción y el suicidio universales.

G. Papini, Cartas del papa Celestino VI a los hombres (ed. Aguilar 1957, p. 62)

 

Continuum mendacium est habitus tuus, et corona tua, quoniam quod deest significant.

[Constantes falsedades son tu hábito y tu corona, pues indican lo que no tienes.]

Gigo el cartujo, Meditationes

 

Nemo difficulter ad naturam reducitur nisi qui ab illa defecit.

[Difícilmente acompaña nadie a la naturaleza si no ha desertado de ella.]

Séneca, Ep. 50.5

 

Cuando el agua llega a la cintura, seguid adelante; pero si sólo llega a la rodilla, debéis resguardaros.

Confucio, Analectas 2.4.42

 

PREFACIÓN

EN esta hora vierto admoniciones, apotegmas y parénesis variadas que una parte de mí se hace a otras de las partes. Son principios que procuro afianzar en mi inconstancia y cotos con que quiero atentar a mis trapisondas. Desconozco a qué otro puedan servir, si es que siquiera estoy en lo cierto cuando me postulo yo mismo como provechosa audiencia; pero a quien se me parezca en pulsos de vicio, en sensibilidad a la desdicha, en deseo de vencerse a sí mismo, aquél acaso apreciará el empuje tímido que con palabras como las que siguen pretende elevar el el leve vuelo del espíritu. Mis exhortaciones no son leyes, ni mandatos, ni exigencias, ni ofensas, ni desprecios, ni súplicas, ni silogismos. Tan sólo son latidos de intuición, destilación de ciertas lecturas, auras de algunos maestros y destellos de algo divino que se asoma torpemente en mí entre balbuceos de amnésico y zancadillas que mi bajo ser impone a ratos. Inspiren del mejor modo y tenga cada cual a su arbitrio la discreción de su aplicación, que yo ya me ocuparé de darme cuenta a mí mismo de mi talla o de mi desobediencia a mi principio rector. 

 

 

[1] No tomes cosa alguna de criatura con boca que a través de ésta no te haya concedido aquélla. Si lo haces, nunca evitarás el fantasma de la culpa cuando exijas trato de respeto a tus asuntos.

[2] Ejercita los músculos de tu espalda y de tus miembros, porque en erguimiento de la primera y la justeza magra de los otros vase despejando el espejo del ánima. Un brazo terso sólo proviene de una voluntad tersa, y ésta se doblega también en el sufrido trabajo de las fibras de la carne.

[3] No apures ningún placer hasta sus heces si no quieres acabar pensando que es en ellas donde se encuentra la dicha.

[4] No te lamentes por lo que te hayan hecho. La principal causa de debilidad moral y de tormento espiritual es renunciar a ser hacedores de nuestro propio sufrimiento y gozo, y pocas cosas como esa renuncia acercan tanto a amigos mezquinos y alejan a los amigos repletos de vida. Sentirse dolorosamente atacado es el primer paso para que alguien más lo sea, cuando no uno mismo de nuevo. Teniendo las dos manos que te han sido dadas, úsalas del mejor modo y no maldigas las manos pervertidas de los otros; de pocas cosas te arrepentirás más en tu lecho de muerte que de haber invertido esta admonición.

[5] Entiende que quien te hace daño y cae en todos los descuidos para contigo es un ave distraída, una hoja agitada por los vientos de sus propios caprichos, a los que no sabe domar. Y sábete que también tú caes en descuidos comparables, aunque sea en otros prados del devenir que en este preciso ahora no atiendes.

[6] Ama a tu yo futuro y odia a tu yo presente, que no es más que el yo futuro con falta de vigor todavía conquistable.

[7] No busques las riquezas. Por otro lado, busca solamente la pobreza si te has decidido a no concederte jamás una sola tarea o un solo placer que rebase al endurecimiento monástico de los apetitos y al cultivo de un corazón piadosísimo. Recuerda que toda pobreza que no sea guiada por eremitas veteranos podrá tornarse afeamiento de las costumbres, desidia del cuerpo, enfermedad de lo enfermable y confuso ejemplo de dignidad para quienes necesitarían de tu luz.

[8] Estudia y aprecia las doctrinas, pregúntales por tus cuitas con reverencia, compara sus enigmas, descansa de ellas y regresa cuando hayas sospechado con más viveza que nunca hasta qué extremo guardan ellas el descanso más estable y virtuoso. Cumple sus preceptos y vístete con sus hábitos. Mas nunca pongas a la doctrina en el lugar de tu conciencia, nunca renuncies a buscar su esencia por haberte quedado amarrado locamente a sus liturgias. Antes de eso, bien es cierto, habrás de estudiar liturgias y esencias mil y una veces hasta descubrir sus múltiples parentescos.

[9] Auxilia solamente a quien quiera ser auxiliado o a quien no ponga todo su  empeño en vindicar para sí el auxilio sin cese. Cualquier otra cosa es vertedero de fuerzas, empobrecimiento del carácter ajeno y trofeo de miserias para todos. A menudo el amador no puede hacer otra cosa que levantar un farolillo de serenidad a lo lejos. Pero ofrécete sin dilación hacia niños y animales, pues nunca saben hasta qué punto te necesitan y desearían no necesitarte.

[10] Comprende que la vida tiene violencia y amargor a raudales, y ofrece tu compasión con una entereza que no parezca querer recibir misma ternura a cambio. Si no te dominas a ti mismo, tu compasión será fatua y desmedida como la madre tardía, orgullosa o temerosa de su haber, que pone sobre su retoño todo bajo cobertizo en lo más granado primavera, enfermando así a quien debía nutrir, debilitando a quien debía fortalecer. El fatuo es a menudo misericordioso en cualesquiera minucias por querer comprar así su buena conciencia, y en contraparte obtiene criaturas quejosas, perezosas, resentidas e infelices; el noble, no deseando recompensa de otros o de la propia complacencia, solamente mira por que el amado se haga robusto y dueño de sí, aun cuando deban caer por el camino algunas lágrimas de incomprensión y soledad por parte de todos.

[11] Aprende a hablar con prestancia, meditado, sentencioso, grácil, manso, melodioso, ordenado, estudiado, relacionando varios conceptos en un mismo impulso en rumbo de la virtud. Estudia tu retórica y tórnala no menos agradable que leal a lo veraz. Nunca renuncies a enunciar una verdad que consideres necesita oír en tal momento la audiencia, aun cuando te cueste soledades, castigos y vergüenzas. No violes una amistad con un juicio demasiado doloroso por injerir un disgusto que evitará a esa amistad traer muchos parabienes al alma durante el porvenir.

[12] Respétate a ti mismo sin confiar en que siempre vayas a ser igual de respetable si es que no guardas vigilancia constante y aun creciente de tus pasiones.

[13] Reconoce que nadie está sentenciado para siempre, y que todo carácter sería recuperable si se conociesen las llaves precisas que abren las precisas mientes del enajenado, aunque no siempre esté en tu mano demostrarlo en hechos.

[14] Nadie puede saberlo todo, y todo se enlaza con las restantes esquinas del universo mundo, de suerte que es inútil sentenciar con mucha gravedad, porque lo que es hoy cierto no lo fue siempre ni lo será quizás mañana. Pero no aflojes la correa de tus miembros, y actúa como si la virtud esforzada fuese a resolver los dolores del mundo, pues solamente sobre la costumbre de aquélla el vicio dudará y se pensará el detenerse o replegarse.

[15] No te enfades nunca. Sea tu ser cabal la plomada que mensura el fondo de las cosas. Cuando notes a la hiel emponzoñando tus entrañas hacia la boca, detén tus funciones con una quietud siquiera forzada; medita sobre la brevedad de la vida, la necedad de todo deseo, el triste espectáculo de una criatura que rabia puerilmente como protesta por la puerilidad de otras criaturas adornadas con menos aspavientos. Advierte cómo es una criatura débil y afanada la que te irrita, y qué pesada es la carga de pasiones la conducen de aquí para allá. ¿Qué obtendrás pudriéndote la sangre, pariendo violencia, llamando a miedos contestatarios, infectándote de la vanidad de los efímeros eventos? La ira es veneno supremo, pues a nadie agradará, ni tan siquiera a ti mismo; y nada arregla, nada aplaca, nada asienta, nada convence, y nubla la visión pura de la vacuidad de todo lo que es. De todos los pecados, es el que más raudamente aleja de la verdad profunda.

[16] Bendice a la persona que te acompaña en cualquier situación, pues es lectura que el Todo te ofrece como ejemplo de caso.

[17] Perdona, no ya por sanar tu corazón o salvar al otro, sino porque hay poco que perdonar cuando las personas somos ríos de carne y alma que rebotan contra los guijarros de elementos y peripecias y arrastramos fango tan ciegamente como se regulan nuestros humores por el capricho de las estaciones o las influencias de la luna. No perdonar es compartir un peso inútil que bien podría quedar abandonado en el camino para solaz de todos.

[18] Cultiva al menos un arte. Que sea con esmero antiguo, buscando más el ejemplo de babilonios y sumerios que de tus vecinos enloquecidos, pues solamente la armonía de los arquetipos contribuirá a la armonía del caso particular que eres. Respeta la geometría tradicional y los principios del canon clásico; aunque no comprendas el porqué, se contienen allí respiraciones sanadoras y secretas de tu raza, pulsaciones de los ciclos de la tierra y del cielo. Sin embargo, no caigas presa de la culpa cuando coquetees con un arte menor, con una dulce o divertida concesión al placer sencillo y rítmico de una canción popular, de una danza cortesana, de una lámina infantil, de un verso aliterado, de una sugerencia amatoria, de un ingenio erudito; también en esos parajes se encuentran la educación del carácter, cada vez más sensible a la redondez de la forma, a la pulcritud relajada, a la felicidad cuidadosa y desapegada a un tiempo, a la perfección calmosa de lo bien hecho. La ligereza moderada del carácter es al alma profunda lo que la respiración plácida al cuerpo musculoso.

[19] No vendas ni compres nada de tu hacienda por un placer corporal; ninguno que puedas imaginar dejará de despertarte dudas sobre tu sacrificio. Mas tampoco vendas ni compres nada por rehuir un placer que te tienta, pues supone otorgarle un poder similar y, peor aún, sin darle esta vez la oportunidad de que se agote en la sensación y te decepcione, liberándote así de él por sí mismo. De los placeres mundanos, los inaceptables son los que causan daño a otros a sabiendas; los siguen los que lo causan sin advertirlo; van detrás los que causan daño a ti y, finalmente, los más débiles son los que no alteran el paso de tu cuerpo. Con frecuencia será peor la violencia que el engaño, el engaño que la intoxicación del cuerpo, la intoxicación que la ruina, la ruina que la ofuscación de la conciencia. Mas preferible será anegarte en vino con tal de seguir prestando tu apoyo a los seres sufrientes que abandonarlos a su suerte mientras gozas de lechos mullidos que en nada menoscaban la salud de tu materia.

[20] Lo que a la postre debes terminar aprendiendo a aceptar es lo inaceptable. Descubrirás que tus principios deben sostenerte imbatible, pero no lo harán con el mundo; no los impongas, pues, sino logra ante todo que no te impongan otros, y ofrécete como reino para quien desee exiliarse del imperio de la sinrazón. No por ello deja de dar voz al torturado, al desheredado y al desentrañado; sé el abogado eterno y elocuente de un juicio amañado por la cortedad de miras y el amor propio. Tribunales habrá que restituyan tras la muerte la dignidad a tus defendidos. En cambio, si recurres a la espada para sajar la inopia de la totalidad de un pueblo, solamente volará el dolor, el contraataque y el fracaso.

[21] Respeta en cuanto puedas a quienes te dieron la vida. Te repartieron tus primeras cartas, te enseñaron a jugarlas, te ofrecieron las señas de las mejores jugadas de todos tus ancestros, te cuidaron entre tanto y, por encima de todo, te dieron los ojos con los cuales verás y estudiarás toda la partida.

[22] La virtud nunca es terreno conquistado salvo en los brazos de la santidad. Podemos olvidar en otoño el patio que estuvimos adececentando en primavera. No dejes, pues, de vigilar tu corazón, especialmente allí de donde creíste desterrar un vicio, un apego o un miedo.

[23] Aporta miel al enjambre, si es todo lo que te suplican tus hermanos, pero acude tú a libar directamente de las flores y aliméntate allí del más puro néctar. Háblales después de las flores.

[24] Duerme bien, ni más ni menos de lo que tu cuerpo precisa para mantenerse en una tensión despierta, en una animación grata, en un cansancio prudente y noble a la caída del ocaso.

[25] Sé útil antes que dadivoso. Dalo todo en caridad a los pobres o date con disciplina de pobre a la caridad para el todo. Beneficia sin restallar las costuras de tus fuerzas, esto es, ama sin enloquecer como marinero entre el canto de sirenas espirituales demasiado exigentes, demasiado violentas.

[26] Procura no olvidar ningún nombre, y oblígate a no olvidar la grandeza que se resume bajo cada uno de ellos.

[27] Sálvate de querer salvarte. Tu triunfo estará en salvar a otros, y allí te liberarás de creerte una criatura tapiada por deficiencias y fronteras que redimir. De tanto dar acabarás sintiéndote esférico y extenso como un rayo de sol antes que como un animal.

[28] Reza aunque no tengas a quien. Invocar al Bien sólo puede acercarte a él, por más que la longitud del paso dependa del fortalecimiento de tu muslo moral.

[29] Repasa tus errores. Observa que está muerta la persona que los cometió y que eres tú el heredero de su patrimonio: obra como la cumbre de una familia de etapas.

[30] Reconócete en todas las razas, naciones, sexos, edades, oficios y especies. No te culpes por sentirte a gusto y sin desprecios en las condiciones que te tocaron, sino trabaja por lograr que todos, en tus mismas condiciones y en las demás, sientan algo similar.

[31] Enamórate sin apegos, danza generosamente sin lascivia, ríe con musicalidad, canta con delicadeza, dictamina sin desprecio, ejercítate sin vanagloria, escucha sin prisa, reza sin esperanza, estudia sin endurecer tu corazón, visita el bosque sin olvidar a tus hermanos de las ciudades. Contrapea cada pliego de tu persona con el opuesto, y sosténte liviano en cada una de las profundidades que tu ojo penetrante te vaya descubriendo.

[32] No has nacido para acumular bienes, ni conocimiento, ni placeres, ni satisfacciones, ni contemplaciones. No servirá por sí misma tu fuerza, ni por sí misma tu sapiencia, ni la serenidad de tu ánimo, ni la belleza de tus palabras, ni la vistosidad de tus obras. Aunque está entre tus proyectos, no son los más perentorios colmar deseos, solventar todo entuerto, maquinar perfecciones, cantar grandezas, calmar aguas, culminar montes, renegar de ilusiones, besar ídolos, saludar ángeles. Todo ello, cuando caiga en tu mano, será parte de tu deber; mas algo está por encima de todo ello. Sea tu principal tarea en esta vida reducir el sufrimiento innecesario. Y es que hay que saber distinguir el sufrimiento necesario, imprescindible para que el niño se fortalezca, la mujer dé a luz, el guerrero defienda a su pueblo, y el hombre de toda índole aprenda a precaverse de otros sufrimientos. Pero aquel dolor que en nada nos aproveche, allí donde la estulticia o el amargor extremo nos impida aprender y crecer en respiraciones más hondas, en nada nos bendice, y aun nos puede enloquecer hacia tinieblas ya superadas. El sufrimiento innecesario del mundo es el péndulo más pesado de cuantos te agitan en los vaivenes de la existencia, y sobre él has de revelar todas tus facultades y poderes, todas tus otras aspiraciones, todo cuanto haga de lo malo algo menos malo, mientras se mira de soslayo a la perfección con la devoción distante del soldado que, mientras parte, a la batalla se despide de la amada.

[33] Dios está en ti, puesto que todo está en ti. Dios eres tú, puesto que en todo estás tú. Comprende que “Dios” es el nombre que damos a lo perpetuamente libre. Divino es aquello a lo que el poder de la criatura no puede acceder, aquello que escapa al dominio de la razón, de la potencia, del tiempo, de la voluntad. Es por ello que el sanctasanctórum del templo era inviolable, como recordando que ningún ser vivo puede acceder a lo más sublime con sus cadenas de carne, pensamientos, pasiones y circunstancias. No quiere decir ello que, puesto que puedes matar criaturas o someter elementos, no sean divinas tales cosas; muy al contrario, en todo ello hay una porción que puedes violar y otra a la que nunca podrás acceder con tu mera voluntad animal. Has matado a un cordero, pero su esencia sagrada escapa de ti de múltiples formas: no puedes acceder de nuevo al instante en que lo poseíste, pues el pasado ya es inabarcable a tus manos y tus ojos; no puedes acabar con el devenir de sus átomos, pues se te escurren entre los dedos y pasan a adoptar otras formas que ya no sabrás cazar; no puedes comprender el secreto de su vida y de su acontecer, puesto que hace falta relacionar todos los objetos del universo para descifrar uno solo. Por ello, todo es sagrado en tanto en cuanto no mora en ninguna parte que puedas abrazar definitivamente. La divinidad es la transición infinita, el derroche de cada brizna en todas las dimensiones imaginables y aun inimaginables, la inasible pulcritud de las horas, el gesto ritual dibujado a la postre por cada fenómeno. Así, pues, respétalo todo aun cuando lo despedaces, ámalos a todos aun cuando no sepas expresarlo, evita repartir daños en todo lo que tu caduca pero a la vez teofánica alma te permita.

[34] Evita regodearte en el placer del gusto hasta que no disfrutes de los sabores que los demás comensales toman por pobres. Cualquier alimento que te sacie es un manjar de dioses, pues como el más delicado manjar te permite la búsqueda de la perfección. Cuando te hagas de naturaleza olímpica, cualquier medio de vivencia se te aparecerá como un lujo del Edén.

[35] Cavila sobre lo pretérito incidiendo en su volátil eternidad, la inaccesible pureza de lo ya hecho, la perfección de lo que ya es inamovible. Cavila también sobre el porvenir, comprendiendo que ningún alma está sentenciada si es que ha de vagar en miles de formas por entre los vericuetos de lo real. Únicamente requiere más o menos tiempo transformar algo en otra cosa; si un tubérculo pasa a potaje en pocos instantes y un asesino pasa a dios en algunos eones, tanto da, si se observa todo a vista de pájaro inmortal. Y, finalmente, regresa sobre tu ahora: observa la grandeza de cada acto, que queda enseguida sellado en las urnas fúnebres del coloso ayer, y observa su poder, que puede llegar a transmutar todo el aire en oro cuando se dispone de mirada acertada, voluntad decidida, paciencia vigorosa y océanos de tiempo.

[36] Regresa siempre a la lectura de los autores que elevaron tu espíritu, que te despiertan el deseo de amar, que alumbran intuiciones que relacionan muchas cosas, que dan con una clave subyacente a todo lo que se desliza sobre la existencia, que reverdecen tu inocencia, que palpitan con quienes sufren, que te comprenden por arisco que seas, que apuntan a lo más sublime sin dejar de mecer a lo más nimio, que esparzan rosas a cañonazos, que se perfuman con el sudor de titanes y que estudian condensado el almizcle que destila el siglo, que perciben la sensibilidad aguda de los animales, que sin conflictos celebran la finura y la grandeza a partes iguales, que manan avidez de magnanimidad, que reman entre los océanos de lo más crudo y de lo más santo.

[Música: Suena en primer lugar el comienzo de la Oda por el cumpleaños de la reina Ana HWV 74 (“Eternal Source of Light Divine”) de G.-F. Händel, obra que también conmemoraba la firma del Tratado de Utrecht. Suena abajo el comienzo del De profundis ZWV 97 de J. D. Zelenka. Del mismo compositor checo se oirá el aria Recordare, Domine del Immisit Dominus pestilentiam ZWV 58. Por último aparece el Credo universale de la compositora contemporánea Natalia Haszler.]

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Incluso en la decadencia, un hombre virtuoso
incrementa la belleza de su comportamiento.
Una tea ardiendo, aunque vuelva al suelo,
tiene una llama que se eleva a lo alto.

Sakya Pandita, Un precioso tesoro de dichos elegantes 15

 

Las ochenta maravillosas actividades surgen
de la causa concordante del amor;
temiendo que este texto fuera demasiado largo,
¡oh, rey!, no lo explicaré.

Nagarjuna, La preciosa guirnalda 197

 

Cuando vean que una lluvia de flores y perfume extingue
el flujo incandescente de lava de los infiernos,
saciados de dicha, de repente se preguntarán: “¿Cómo es posible?”
Que entonces los habitantes de los infiernos contemplen al que sostiene el Loto.

Śāntideva, Bodhicharyāvatāra 10.12

Je ne parlerai pas, je ne penserai rien:
Mais l’amour infini me montera dans l’âme,

[No hablaré, ni pensaré en nada, / pero el amor infinito ascenderá en mi alma.]

A. Rimbaud, Sensación, Marzo de 1870

 

A los bodhisattvas que, a la luz del día o en el completo anonimato, abrillantando cada hora de cada milenio el mundo sin que lo sepamos, comprometiendo todas sus encarnaciones futuras a su noble voto, persisten en su desmedida labor sin final de erradicar cualesquiera taras de los seres sintientes. A todos los seres sintientes.

 

¡Sugatas de los tres tiempos, elevad el acento de mi proclama! Os invoco en el cielo del corazón, donde empieza a correr sangre nueva, teñida del color de sílabas de mantras, bendecida por maestros perfectos que, como centinelas de la sabiduría, guardan el terreno conquistado para que nosotros, los recién centelleados por el resplandor de su purificación, lleguemos más rápidamente hasta donde llegaron ellos en combate contra tiempos sin principio. Con acritud sin medida contra la opresión de todos los seres, reflejo del que dependo, ¿cómo no me he decidido a dar rienda al más transgresor de los deseos alumbrados, la liberación de todos los seres? Habrá de ser satisfecho tal deseo por mis agregados hasta el punto de separarse ellos mismos, caiga la lluvia de la violencia o el duro invierno de la carestía. Troceado, caminaré entre las calles tenebrosas del mundo impuro agitando la campana ritual para ahuyentar los vicios y las actitudes ciegas que nos abisman a todos. Moldearé, esculpiré, desangraré o cercenaré mi carácter con tal de coronarme y gobernar a las aflicciones, pues preferible es repartir oro cojeando que residuos a buen paso. Lleno de rencor, libraré mi batalla contra el coágulo deforme de mi continuo mental: o sobrevivirá éste o sobrevivirá el Buda; no hay tercera opción. Solamente se detendrá la Rueda de Renacimientos si descendemos de ella los seguidores del Conquistador y atrancamos su mecanismo con las más preciadas de nuestras posesiones, con la posibilidad de transmigraciones a reinos superiores, con la carne de nuestras piernas, entrañas y cráneos, con nuestros corazones aún palpitantes, ofrecidos sobre hojas de palma.

Escucha, Perfección: habrás de ser mía más pronto o más tarde, con mayor o menor bagaje de dolor a mis espaldas, pero te encontraré y te multiplicaré entre mis madres los seres. Nada podrían hacer los dioses para impedirlo, pues convencido estoy de que, con la verdad absoluta de mi parte, anhelando también el despertar para sus adormiladas mentes felices mas mortales, lograría convencerles durante un diálogo que no duraría más de un eón. En cambio, sellando los sentidos, amenazo a mi cuerpo: “Si me sirves en mi determinación de erradicar el sufrimiento de todo lo que existe, no te faltará lo necesario; mas, en caso contrario, no te daré tregua”. Algo parecido diré a los venenos que me recorren: “Sois mis enemigos, de suerte que o aceptáis convertiros en vasallos, fuerzas virtuosas al servicio de todos los seres, u os aniquilaré con la espada fulminante de mi arrojo”. Seré avaro con la avaricia, traidor a la inmoralidad, displicente con la desidia, airado con la ira, ignorante de tantas falsedades como pueblan los reinos, y no prestaré la más mínima atención a la distracción. De un modo u otro me cubriré de los pāramitās, ornado así con los únicos ornamentos dignos de tal nombre. Y, perdiendo la noción de hacedor, acción y receptor, no seré más que un bálsamo al sufrimiento, allí donde surja. Sin virtud no hay sanación para quien sufre, pero sin víctima a la que sanar no puede haber cultivo de la virtud; toda bendición no es, pues, más que un reequilibrio de un mismo vacío lloroso y ávido de falsas plenitudes. Tan sólo falto yo, pues, en ese collar excelente, en ese juego supremo, puesto que el sufrimiento y la acción que lo remedia ya están a la espera ante mi dubitativa figura. Aupado por las aflicciones ajenas, me vestiré de méritos para poder rescatar a los afligidos una vez adquiera las treinta y dos marcas del Omnisciente.

Esta guerra se combate en los actos cuidadosos de las manos y tras los velos del rostro: una sonrisa afable e incondicional será el destilado de las fuerzas que se purifican al rojo vivo en el secreto de mis pasiones. Mientras mis maneras delicadas empiecen a penetrar suavemente el sensible ánimo de los seres pueriles, mi corazón arderá por el trabajo de dejar de ser uno de ellos, siempre con el único fin de atraerlos a las atalayas que la diligencia de los Victoriosos vaya apuntalando para su resguardo. Amabilidad discreta y elegante condescendencia será lo que vean y lo que les ofrendaré en mi aspecto, por más que afinar una pureza incondicional me cueste tempestades e infiernos corriendo por mis venas, que no describiré a nadie. A todos contestaré como amigo cortés o gentil doncella, o afinaré mi canto si es que renaciese en un nido de pájaros o en solitaria montaña de titanes. Entretanto, me ofreceré como néctar al sediento, como talismán milagroso a todo anhelo, como blanca nieve al espíritu incendiado y como cálida brasa al aletargado por el helor de mundos descompuestos. En ordinarias situaciones me conduciré como uno más mientras contemple el cultivo de las virtudes en el silencio solitario o al fuego de la sabiduría que deseca de fascinación a los fenómenos. Resistiré todo el daño que me hagan durante vidas sin número si con ello logran un paso hacia la dicha irreversible. ¿Y acaso no son en verdad mis estados aflictivos, espirales alimentándose a sí mismas, las que me laceran, causando destinos infortunados a aquellos seres que en su ofuscación creen ser los heridores? ¿Por qué acusas a otros seres de ser la causa de tus males, cuando en verdad tú, el objeto de sus aflicciones destructivas, eres la causa de los suyos? ¡Oh necio de mí! Pidamos perdón por dar forma a los odios y agresiones de los otros. Que me descuarticen, que me aguijoneen, que me destrocen en todas mis naturalezas siempre que les beneficie: yo me encargaré por mi lado de sostener en alto el estandarte de la aspiración pura. Jamás obedeceré mis caprichos, nunca emprenderé acción alguna que no piense en beneficio de los que sufren. ¿Cuándo fueron dulces los dolores de parto? Pero esta vez se trata de parir a un adolescente ya erguido, decidido, aguerrido, que habrá de madurar hasta convertirse en la preciosa bodhicitta, joya mayor que la Joya-que-colma-todos-los-deseos.

Empiezo ofreciendo tantos ensortijados mundos como granos de arena hay en el Ganges. De cada uno de esos mundos, con su monte Meru, sus cuatro continentes, el sol y la luna, surgen cien millones de dakinis, portando cada una otros tantos mundos aun más bellos en bandejas de oro, repletas también de ofrendas dignas de monarcas universales, manjares divinos, incienso bendecido, perfume destilado de los primeros jazmines tras el nacimiento de un Buda. En vasijas de color de lapislázuli entre mi cuerpo despiezado y mi ilusoria alma, una vez fermentados sus kleśās, esparcida entre diversos recipientes que habrán de ser quemados en la hoguera de la absorción meditativa. ¡Oh, Venerables, otorgadme la iniciación! ¡Tomo refugio en la infabilidad de vuestra palabra, en la santidad de vuestra conducta, en la apacibilidad de vuestra postura y en la claridad de vuestra visión ilimitada! Me postro junto con los infinitos cuerpos de las infinitas criaturas ante la humildad resplandeciente de vuestros hábitos. Ayudadme, ¡os lo ruego!, a alcanzar el logro supremo, y pueda convertirse cada uno de mis gestos en un mudra sagrado que transfigure en dicha eterna los tres venenos de la existencia, que en todas partes anidan.

Espíritus locales, no permitáis que esta aspiración decaiga. Recordadme mi compromiso, ¡os lo ruego!, con lluvias, con plagas mágicas de insectos, o acaso con el canto del agorero cuervo. Que pueda sostener en alto la flor de utpala azul mientras duren los tiempos, allí donde para albergar esperanzas en el sendero de la Iluminación sea preciso que los pueblos alcen su vista y exclamen: “¡Mirad!, por allí levita un Honrado-por-todo-el-mundo, un libertador inmortal, la esencia de nuestra mente”. Y que se deleiten con el juego de las innumerables formas del orgullo divino en su sutil y mágica manifestación Saṃbhogakāya, que brillará sosteniendo cuencos de néctar, reconcentrando el universo entero en su inmaculado mandala, su paraíso particular, que no es sino el de todos, pues, desconocedores de la avaricia, siempre dejaron los paraísos sus puertas abiertas. No debo dejar abandonados a los seres ahora que me he comprometido a convertirme en su eterno valedor; ¿no les abatiría una tristeza sin medida saber que les ha traicionado quien pretendía anhelar la glorificación de los perseguidos, los tullidos, los hambrientos, los incapaces y los melancólicos? Será por honor que renunciaré a todo honor, al que esparciré como cenizas de cadáver en el océano de la interdependencia, sobre el suelo misterioso de la vacuidad.

Adoptaré una mirada adamantina que anhelarán poseer todos los seres con los que me encuentre, y sin dudarlo les indicaré el próximo paso que han de seguir para obtenerlo. Serán rasgados todos los velos o navegaré entre océanos de eones, reposando brevemente en los puertos de vidas ejemplares. ¿Quién podrá descansar hasta que se escriba el punto y final a los anales del pesar? De nada me servirá la condición sublime si ajetreadas quedan todas mis madres hocicando espantajos en Saṃsāra. Así, cueste lo que cueste, caigan los reinos que caigan, se sucedan los mundos que hayan de sucederse, nada se detendrá, nada se cambiará, nada alterará la decisión del paso firme. Llegará el día, acaso fuera de esta era, en el cual, derrengado hasta el agotamiento de todo desafío, ofreceré la Tierra Pura de Tushita a cada criatura, mi hermana, mi madre, mi verdadero yo, iridiscencia cien mil millones de veces reflejada de un vacío supremo e inasible al que es preciso devolver el gobierno de las conciencias. Bendecidas por la sabiduría inmarcesible de los santos, el devenir será al fin el paseo de un cisne en un estanque de lotos, ya fuera del tiempo, allí donde Kalachakra y su consorte trascienden toda sucesión. Seré tesoro de los buscadores, el árbol del ave, la mitra del clero, la cuerda del armónico laúd. Seré refugio para los perseguidos, canoa para el navegante, esmeralda para el cuello imperial, sílaba para el enmudecido, claridad para los entendimientos, ungüento para desgarrados, sandalia para el viajero. Me tornaré milagro para el incrédulo, recuerdo para el olvidadizo, flores para el lloroso, párpado para el visionario, miel para el agriado, abrazo sin cese para el desabrigado y el desolado. Lustraré lo contaminado, cauterizaré lo infecto, suturaré lo rasgado, bendeciré a los condenados. Me enamoraré de todos y con todos bajo palio santificaremos nuestro amor. ¡Oh seres, voy en vuestro auxilio, no temáis! Poco podré hacer mientras camino introspectivo sacudiéndome oscurecimientos; pero esperadme a lo largo de esta vida o, a lo sumo, unos pocos eones: llegará el día en que los lotos medicinales que os lance con júbilo llegarán certeros a vuestras heridas, iluminando vuestros cinco agregados antes de que se dispersen gozosamente, y la beatitud se convertirá en un sol en vuestra mente y hará estallar todo lo que ahora creéis ser.

Todo sea por siempre auspicioso, en cualquier universo, en cada fibra de entidad, en cada brote y en cada desasimiento. Amén, amén, amén.

***

[Música: Namgyal Lhamo canta la canción tibetana Chang ya-re. De A. Scriabin suena el primer movimiento (Luttes) de la sinfonía No. 3 Op. 43 (Le divin poème); la sinfonía relata en tres grandes movimientos las etapas de la liberación humana: Luttes, Voluptés y Jeu divin.]

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Si los delfines mueren de amores,
triste de mí, ¿qué harán los hombres,
que tienen tiernos los corazones?

Endecha canaria

 

Sobre el risco la retama
florece, pero no grana.

Responder de romance canario

 

La recompensa es morir sin arrepentimientos.

Milarepa, Mila Grubum 2.11 (“Amonestación sobre la rara oportunidad de practicar el Dharma”)

 

Sería excelente ayuda de la Naturaleza a sí misma el que pudiésemos encarnar momentáneamente a cada uno de los seres, de todos las razas, intelectos, sexos, condiciones. Sesiones de sufrimiento intenso pero controlado nos darían una amplitud de miras más notable que la que podamos extraer de los tratados de moral, del culto a la virtud o de la compasión hacia las criaturas cercanas. Solamente así seríamos capaces de calibrar la mesura de nuestros propios impulsos, y nos moveríamos más a asistir a quienes no oímos por expresar llantos tan continuos que son tomados por el ruido del ambiente, como el paso de una brisa rojiza. Esa encarnación temporal es precisamente la utilidad de la metempsicosis, para quien crea ciegamente en ella; para quien no haga así, basta con un ejercicio de introspección, ejercicio que incluya recordar todos los tipos de suplicio y que incluya la capacidad para imaginarse en la piel de otro, con otro cuerpo, otras ideas, otros modos de sentir, otro idioma, otros atributos genitales, otro sistema ocular y auditivo, otro número de extremidades. Hay que recordar cómo sufren tantas personas ricas, tantísimas pobres, tantos mediocres y tantos genios, tantos exiliados y tantos soldados, tantos recolectores de algodón y transportadores de piedras, tantas prostitutas y tantos intoxicados, tantos enamorados y verdugos, tantos enajenados atrapados en su propia demencia, tantas mujeres y tantos varones, tantas vacas y visones atados y despellejados como esclavos o criminales de guerra, tantas crías de tortuga que nacen solamente para ser devoradas por gaviotas hambrientas, y acaso números inasumibles de seres de otros mundos que apenas podremos figurarnos.

Esto nos ayudará a nosotros mismos, pues salir a darse a los otros es el modo más fácil de considerar la inanidad de nuestras cuitas y miserias. Pero no es suficiente para servir a otros. La compasión meditativa es tan sólo el primer paso en un movimiento hacia el abrazo real, hacia la desinfección de heridas. No son necesarias bellas palabras, ni un modo ingenioso de presentarse, ni siquiera de darse a conocer por el nombre por el que fuimos bautizados; bastaría con alzar del suelo al caído en su Via Crucis, y empañar su sudor y su sangre en nuestras ropas como si se tratase de un óleo que, mientras ensucia nuestra imagen, embalsama a nuestro yo más puro y abrillanta un poco más el rostro angustiado del universo. Si por el mero hecho de vivir estamos sembrando muerte y usurpación, bien haríamos en procurar que el saldo fuese positivo a la hora de nuestra muerte, habiendo reducido nuestra huella en los estertores ajenos, habiendo caldeado cuantos corazones tiritones encontremos y dibujado cuantas sonrisas podamos en quien gemía. Y recordárnoslo siempre, siempre, incansablemente, una y otra vez, hasta la conflagración final del Saṃsāra, al cabo de tantos eones como lágrimas se habrán confundido con los océanos.

[Música: Tres sirenas, de la sensible agrupación L’Arpeggiata. Sobre un fondo sonoro anónimo del XVII (o eso dicen, aunque es idéntico a otro), son tres estrofas de tres versos relacionadas con las penas y el mar, cada una de las cuales presentada en una lengua diferente: napolitano, griego y español. Al menos la última es una endecha canaria, si es que las dos primeras no son traducciones de otras tantas (y quizá de ahí el título en castellano). Los versos rezan así: Chell’ cò mare te rice, / Te l’ha sapè arricurdà, / E a ’stu puort ce turnarrai; Της θάλασσας τα κύματα / Έρχονται ένα, ένα / Σαν τα δικά μου βάσανα; Cuan grande es el mar y las arenas, / Tan grandes son mis ansias y mis penas, / Que no basta mi dicha a defendellas.]

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Y así cada uno alaba o desalaba lo que se le antoja, encubriendo siempre la tacha con el nombre de la virtud que le está más junta o la virtud con el nombre de la más junta tacha. De suerte que del descarado y soberbio dicen que es libre y valeroso; del templado, que es seco […]

B. Castiglione, Il cortegiano 1.13, trad. J. Boscán

 

[Sera dit mauvais, ou esclave, ou faible, ou insensé, celui qui vit au hasard des rencontres, se contente d’en subir les effets, quitte à gémir et à accuser chaque fois que l’effet subi se montre contraire et lui révèle sa propre impuissance.]

Se llamará malo, o esclavo, o débil, o insensato, a quien se lance a la ruleta de los encuentros conformándose con sufrir los efectos, sin que esto acalle sus quejas y acusaciones cada vez que el efecto sufrido se muestre contrario y le revele su propia impotencia.

G. Deleuze, Spinoza, trad. A. Escohotado, pp.33-34

 

[In communibus deinde colloquiis cavebit hominum vitia referre et de humana impotentia non nisi parce loqui curabit : at largiter de humana virtute seu potentia et qua via possit perfici ut sic homines non ex metu aut aversione sed solo lætitiæ affectu, moti ex rationis præscripto quantum in se est, conentur vivere.]

[Además, en los coloquios ordinarios se guardará de referirse a los vicios de los hombres, y tendrá cuidado de no hablar de la impotencia humana sino con parquedad, y, en cambio, hablará ampliamente acerca de la virtud o de la potencia humana, y de la vía por la que pueda perfeccionarse, para que, de esta suerte, los hombres se esfuercen cuanto esté en su mano, no movidos por el miedo o el aborrecimiento, sino por el solo afecto de la alegría, en vivir conforme a los preceptos de la razón.]

Spinoza, Ethica ordine geometrico demonstra, 4. App. 25, trad. V. Peña

 

Cuando ya te has llenado de los aromas del mundo y los conoces de cerca, suceda lo que suceda no te sientes terriblemente implicado. Cuando llegas a entender totalmente los sentimientos humanos, sólo asientes con la cabeza sea quien sea el que recurre a ti.

Huanchu Daoren, Retorno a los orígenes, trad. A. Colodrón a partir de la versión de T. Cleary, p.96

 

Quienes desean encarnar el Tao han de aceptarlo todo. Aceptarlo todo significa en primer lugar no tener cólera ni resistencia hacia ninguna idea o cosa, viva o muerta, con forma o sin forma.

Pseudo-Lao-Tse, Hua Hu Ching 3, a partir de la versión de B. Walker

Los signos de vida más saludables y bellos son oscilaciones. Los ciclos de los tiempos regresan una y otra vez en forma de días, noches y estaciones, como las órbitas planetarias o los pulsos animados de los corazones. Cuando una música suave nos cosquillea, un leve péndulo parece enraizar en nuestra médula, incitándonos a ladear a derecha e izquierda, adelante o atrás; y si una pulsión danzarina exagerada revela cierta descompensación del carácter o un desbordamiento de los instintos, no es menos cierto que la total ausencia la misma revela un bloqueo, una cojera del alma, una incapacidad para aceptar y comprender los vaivenes del entorno natural o artificial. No es sano lo que no oscila, o bien no está vivo. Allí donde haya un componente de materia -excluyendo, pues, a los espíritus puros-, se requiere del movimiento, y un movimiento aperiódico está pronto a desbocarse tristemente. También fenecen, claro está, las espirales y los círculos cuando la energía termina por liberarse por entre las paredes de éter que los unen con el resto del mundo; pero es ésta una muerte dulce, un sabio dejarse ir, una aceptación disciplinada. A la luz de las geométricas enseñanzas, no es enfermiza la idea que se cauteriza en otra para afinar contornos, para laminar asperezas y excesos. Así es como veo que ideas tangenciales se alimentan por complementación. La religión se contrarrespalda con la razón secular ilustrada, y ésta no desautoriza a la otra como acaso le gustaría. No es que simplemente busquen mismos fines con medios distintos o a la inversa, sino que más bien en cada ámbito coinciden y se contraponen, porque las variables son tantas y tan decisivos los matices que a menudo se llega al mismo bien por caminos dispares y que incluso se entrecruzan constantemente, a veces para desagrado de los caminantes. Imagino la construcción de un ideario como se dibuja la onda de un sonido grácil, sin personalidad, sin mixtura. El movimiento armónico simple se escurre en suave curva hacia cada elongación sin olvidar nunca regresar más pronto o más tarde a su contraparte; de ese modo se retorna siempre con el mismo ritmo a la línea de reposo. Tal movimiento dibuja circunferencias, sí, pero partidas en dos mitades, en torno a un eje por el que sólo es posible cruzar en instantánea intersección y en el que nunca es posible quedarse. Si se desea evitar escollos se ha de acabar recorriendo la totalidad del suelo, como la lenta y astuta serpiente se asegura de no dejar ni un palmo sin escrutar, no vaya a perder por apasionamiento a la presa decisiva.

Pero, por encima de todo, no debemos subestimar la ignorancia, la de todos, empezando por la propia. ¿Qué utopía, dudosa ya sobre el papel, resistirá todas las objeciones cuando se vaya fraguando? ¿Qué reino, qué metafísica, qué ritual podrá vencer a sus alternativas? No hay respuesta. El hombre es misterioso y el mundo lo es todavía más. Cualquier intento de resumir pensamientos y actos en unas pocas leyes tendrá que sufrir cuestión. No por ello deben renunciar tales credos a la existencia, pero una mente que verdaderamente quiera comprenderse a sí misma, una vez se ha amoldado a un ritmo virtuoso, ha de reconocer que tal ritmo es en cierto sentido un mal menor, y que, sin abandonarlo a la primera tentación, no ha de aferrarse a él, empero, como si no existiesen otras resonancias, otras simpatías no advertidas, otros mundos bajo las pieles de éste. No se trata de renunciar a la severidad y rendirse a la indulgencia, sino de reconocer que la severidad y su ausencia tienen sus momentos idóneos y que a menudo esos momentos son contemporáneos y entrelazados entre sí, porque cada tribu y cada alma tienen sus propios tiempos, y que se hace difícil en grado sumo distinguirlos, y que cada vez se reúnen más mundos en cada porción de mundo.

No renunciaré a la bella idea de la no violencia, al sentimiento de la conmiseración, a la senda de la disciplina, a la identidad del substrato de las cosas. Defiendo todo ello al margen de las consecuencias, porque no se trata de alcanzar un fin, sino de alejarse lo menos posible de un centro, un centro en el que se contiene en la mayor medida la serenidad de las aguas mansas y la interdependencia de las criaturas. Pero, a pesar de ello, no quiero dejar de acordarme de que todo lo que no esté al alcance de mi mano, ni de mi entendimiento, ni de mi pequeño corazón no merece mi angustia, si es que la angustia no puede conducir a otra parte más que al enrojecimiento de la piel bajo las cadenas. No quiero dejar de notar que, salvo la angustia de los otros seres, todo tiene mucha menos importancia que la que concedo; que las noches ruedan rápidas; que el ingenio no roza apenas el drama cósmico; que las campanas de cierre suenan a todas horas mientras los ángeles sonríen bajo sus badajos.

No dejo de reconocer ciertos imperativos morales, pero tampoco olvido la debilidad, ignorancia o impotencia del hombre para alcanzar los imperativos más evidentes. Hay que defender el mínimo sabiendo que muchas almas y cuerpos estarán siempre por debajo del mínimo sin ser intrínsecamente malvados, pues nadie es tal cosa. Y, en cuanto a teorías más elaboradas, en cuanto a conductas complejas y contradictorias, una medalla propia de la madurez destella en la prudencia a la hora de juzgar. ¿Por qué no cierta doctrina incómoda iba a beber  de posibilidades materiales que desconocemos? ¿Qué sufrimiento precisa de una solución más urgente e incondicional? En cualquier caso, aunque una doctrina cabalgue hacia la disolución, ¿qué alternativa escapará del mismo sentido, dada la confluencia de todos los elementos en un futuro recomienzo, reconcentrado y mil veces milenario? Si cada ser combina a su manera una colección determinada de pasiones, intuiciones y condiciones vitales, entonces la universalidad categórica no es deseable sino a partir de un determinado punto de uniformidad evolutiva; no es posible disponer armoniosamente los setos del jardín sino cuando todos los tallos han alcanzado cierta altura. Sucede que incluso la imposición y la intolerancia, siempre has cierto punto, es también rasgo natural que se adapta a condiciones de determinadas edades, pueblos y temperamentos. Hay millones de maneras de sobrevivir, unos pocos  centenares de maneras de vivir bien, y dos o tres modos de elevarse por encima de las estrellas; sin embargo, hasta que no se han superado las dos primeras estaciones, no se llega a vislumbrar siquiera la posibilidad de una contundente elevación. Es frecuente la necesidad de ligereza, de candor y de placeres más o menos inocentes antes de comprobar que nada es suficiente, y pasar entonces a una contemplación más y más profunda, conducente hacia la postrera visión, en la que todo es suficiente y aun pleno, pletórico, perfecto en su inacabamiento ontológico. No me dejaré indignar más, ni con daños ni con frivolidades, porque la indignación, el odio a lo injusto, no deja de ser un odio y, como tal, brutal perfilado de dentaduras o sangres. Daré mi opinión en voz queda y sincera, pero no me entristeceré ni despreciaré el gozo o el privilegio de mis hermanos, no vaya a ser que nazca en mí más envidia que templanza, no vaya a ser que vaya yo a abortar la improbable satisfacción de quien encontró en la lascivia, en la fácil diversión o en pequeñas mezquindades, la contención de males mayores. Después de todo, ¿quién, fuera de cuatro puros vírgenes, se ha zafado de haber buscado alguna vez lo pleno y eterno en lo sensual y efímero?

Cualquier cosa que diga cualquier persona será fruto de sus condicionamientos, de sus taras y del despliegue natural de sus capacidades -el juego de conquista está implícito en la naturaleza de las criaturas sociales-. Cualquier queja que podamos recibir, cualquier ofensa, herida, lamento, propuesta o sentencia, se deberá a la necesidad del otro por compensar como mejor sabe sus fuerzas internas en torno a un eje, real o ficticio, y que de ese modo se le permita proseguir más o menos cómodamente en su forzado devenir en pos del engorde del yo. Las reivindicaciones y las proposiciones, moderadas o revolucionarias, tienen su parte de razón y su razón de parcialidad. No hay doctrina que carezca de cierto grado de veracidad -de otro modo ni siquiera pretendería dar un mínimo aspecto de creíble- ni de una considerable porción de cojera mental para complementarse con la infinidad de matices con que habría de enmendarse para ser tan siquiera plenamente racional. Las ideas nublan nuestra vista, pero arremolinan las zonas de la niebla para que al menos tengamos un noción de orientación y una sensación parcialmente cierta de que no todo en nuestro andar es puro azar. No hay respuesta simple que las catalogue a todas; lo único sensato es zigzaguear entre ellas, y entre los sentimientos y prejuicios de cada ser, recogiendo su necesidad de salvación, auscultando la racionalidad de su argumentario… y abandonando el resto. En todo hay verdad y hay mentira, en todo hay un impulso por cambiar las cosas, como hay igualmente una tristeza insaciable, una ignorancia invencible y una energía psíquica difícilmente gobernable. Si hay una realidad absoluta, no la ensartaremos en categorías, sino que se mecerá en un fluir difuso de caudal variado y que solamente cabrá en algoritmos dispuestos por la mente de un dios.

Quisiera ser la onda de voz que, con su expansión esférica, invade los recovecos de las naves catedralicias, resonando a su manera según las distintas densidades. Pero no lo lograré… porque nadie puede lograrlo. Aceptemos que nunca conoceremos la potencia de todas las teorías, las debilidades según las ocasiones, los límites de la buena fe y del conocimiento humano. Bastará con no concederse demasiado mérito por haber gozado de un aprendizaje azaroso del desasimiento, de la vacuidad universal y del amor. Bastará con aceptar hasta lo inaceptable cuando lo inaceptable se imponga, y bastará con aceptar los rechazos cuando los rechazos sean pertinentes. Bastará con fluir ordenadamente, como moléculas de agua sabiamente alineadas en cada recipiente antes de evaporarse bajo el sol del silencio incólume y creador. Bastará con asentir a todos los intentos más o menos verosímiles. La desgracia de las criaturas, que en su mayoría han venido a este mundo únicamente a sufrir breve pero intensamente, es tan mayúscula, tan abrumadora, que todas las posibilidades son pocas. Que unas se definan precisamente por oposición a otras acaso sea otra bendición, por inmiscuirse allí donde las demás se descuidaron. Antes de que nuestro mundo se pudra, será necesario explorar cualquier conducta que cuente con un mínimo sustancial de caridad y de inteligencia, no vaya a ser que la remota solución universal venga de la mano del más tierno de los infantes mentales, así como el mayor de los hombres también fue un día un fruto contrahecho e indinstinguible en el vientre materno.

[Música: Sara Davis Buechner interpreta al piano el Nocturne amoreux de R. Friml. Philip Thomson hace lo propio con el Ave Maria für die grosse Klavierschule von Lebert und Stark, S182/R67, “Die Glocken von Rom”, de F. Liszt. Alex Hassan, maestro del novelty piano, versiona finalmente una canción (“Adieu, es ist zu schön, um wahr zu sein”) de W. Jurmann, aparecida en la película de 1933 „Abenteuer am Lido“.]

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La verdad y la llaneza del trato no solamente da y conserva el crédito, pero engendra amor y respeto; y si con esto se allega el ser liberal, queda un hombre confirmado por vecino y morador de cualquier parte del mundo.

J. Setantí, Centellas de varios conceptos 409

 

Ἰδοὺ ἐγὼ ἀποστέλλω ὑμᾶς ὡς πρόβατα ἐν μέσῳ λύκων: γίνεσθε οὖν φρόνιμοι ὡς οἱ ὄφεις καὶ ἀκέραιοι ὡς αἱ περιστεραί.

[Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas.]

Mt 10:16

 

Sonreír ante todo engaño, cavilar ante cada dilema, purificar con benevolencia, descifrar las motivaciones ocultas, permanecer ecuánime ante la arbitrariedad, firme ante el derribo, suave ante la aspereza. Ser prudente como la serpiente, sencillo como la paloma, grandioso en la minucia, humilde ante el grande, solícito para el herido, complaciente con el amable. Repartir dulzura y gravedad en inextricable pócima destilada, como también ligereza y plenitud, gentileza y esencia, sol mental y luna del corazón, equilibrio en todo. Comprender y comparar, justificar por el contexto, desaprobar la falta de miras pero compadecer la ceguera, rejuvenecer viejas ideas inmortales o dignas de resurrección. Pulir con austeridad, reiterar con paciencia, graduar con tino a la vista de la audiencia, proteger de ideas reveladoras a quien no está preparado para admitir verdades simples. Asumir el hecho cotidiano, reinventar la rutina, alegrar los ánimos, macerar las respuestas, templar entusiasmos, fervores y angustias. No dejarse llevar por pasiones más allá de la leve experiencia, pero tampoco execrarlas ni renegar con crujir de dientes tras el contacto. Rechazar toda desidia, caminar con tranquilidad y sin cesuras, respirar solamente para fortalecer la salud. Ejercitar los miembros, los cálculos y los afectos altruistas. Comer tras el hambriento y conversar con el solitario. No matar, ni contribuir a la muerte aceptada como institución. Identificarse con el hombre malvado, con la mujer pobre, con el anciano destrozado, con el oso pardo y con la libélula. Ofrecerse al necesitado, comprometerse con el amigo al que necesitamos, necesitar al sabio. No vengarse de los placeres más inocentes, ni de nadie en absoluto. Recomenzarlo todo, mantener viva la antigua llama, reavivar el origen de nuestro divino linaje. Tolerar lo inocuo, soportar lo inevitable, revertir lo doloroso. Investigar, compensar, renacer. Y amar, amar, amar, siempre sin verse arrastrado por el fogonazo del éxtasis, siempre sin esperar premio alguno.

 

[Música: G.-F. Händel, Ombra mai fu, una bella aria y llamativa por su dendrofilia, situada al principio de la ópera Serse y cantada por el personaje del célebre rey persa. Canta una vez más el contratenor Yoshikazu Mera. Dice el libreto: “Ombra mai fu / di vegetabile, / cara ed amabile, / soave più” (“Nunca fue la sombra / de un vegetal / más querida y amable / o más suave”).]

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El hombre más grande es aquel que sobrepasa a todos en mansedumbre y sociabilidad.

Avicebrón, Mibḥar ha-penînîm (“Selección de perlas”) 400 (trad. D. Gonzalo Maeso)

Esguardava l’amic si mateix per ço que fos mirall on veés son amat. E esguardava son amat per ço que li fos mirall on hagués coneixença de si mateix. E és qüestió a qual dels dos miralls era son enteniment pus acostat.

[Se miraba el amigo a sí mismo, para ser espejo en el que ver a su amado. Y miraba al amado, para que fuese espejo en el que conocerse a sí mismo. Y se discute de cuál de los dos espejos estaba más cerca su entendimiento.]

Ramon Llull, Llibre d’amic e amat 341 (trad. E. Moga)

I

Cuanto más decidido sea tu paso y cuanto más llano sea tu camino, más correrás, pero por ello mismo serás incapaz de juzgar la adecuación de otros caminos, que desconocerás tanto cuanto más te familiarices el tuyo. 

La pluralidad de vías es dibujo de varias espirales superpuestas; allí donde una parece acercarse más a la verdad, la otra hace un rodeo menos preciso; mas en otro tramo sucederá lo contrario. Todo método ofrece algo y priva de otra cosa; pero, a medida que se ascienda, se va devolviendo aquello de lo que se privó o se asume su contingencia y se suple con otro cetro igual de largo.

II

Si te inquieta la opinión ajena es que no la tienes muy buena de ti mismo o que pones tu opinión al servicio de caracteres contradictorios.

Tenemos cedida a los demás mucha responsabilidad sobre nuestra alma. ¿A qué cargarles con tamaño peligro? No dejes que los demás te condenen, pues eso les herirá también a ellos, y tu dignidad caerá aplastada por tu debilidad. No se debe dejar la felicidad propia y ajena a algo tan ajeno a nuestro poder como el juicio del otro; carga tú con la protección de sus almas, y no al revés.

III

La adversidad no menoscaba tu virtud, sino que muestra cuán baja era en realidad. La adversidad no menoscaba tu sabiduría, pero la contamina de suspicacias desesperadas, lo que viene a ser casi lo mismo.

Solamente el fuerte se sostiene ante el embate inesperado. Unas destrucciones provienen de una larga cadencia: debieron ser enfrentadas con costumbres virtuosas. Pero otras destrucciones provienen del giro brutal de los acontecimientos: debieron ser enfrentadas con costumbres virtuosas y con un atención plena, asumiendo que cualquier navío podría ser débil ante la tormenta, deseando siempre estar más y más predispuesto al combate y al sacrificio. No es que la derrota no sea una opción, es que es imposible si se aprende a aceptar la derrota como un ejercicio hacia la victoria, que se jugará en los tableros de las hazañas y las fundaciones y no en un mísero campo de batalla donde ha de regalarse el triunfo a la sangre, que es lo único que allí vence.

IV

Todo lo que no hagas por los seres sensibles no nutrirá tu sensibilidad hacia lo que está por encima de los seres.

Solamente satisfaciendo a tus semejantes en la medida de lo posible abrirás un derecho en el corazón para atisbar realidades más puras. El corazón es lo bastante honrado como para no concederse a sí mismo este derecho hasta que no lo haya merecido, o es lo bastante ciego como para no ver la puerta si no se ha apartado mediante la caridad a los pordioseros que mendigan ante ella.

V

Lo que se dice sin repetir lo que dijeron otros no habrá sido pulido en todas sus aristas, pues no hay una voz que pueda ella sola afinar al mismo tiempo la doctrina, la forma, la aplicación y la oportunidad.

La Tradición no es solamente edificio levantado durante siglos, sino que muchos de sus ladrillos son las perfecciones logradas por los hombres en sus respectivos campos de excelencia. En términos de espíritu, el progreso no opera en el tiempo más que en la eternidad de cada cual, pero sus ejercicios previos han sido tanteados en eficacia por generaciones de clarividentes, y así lo muestran en costumbres, ritos, ejercicios de introspección, conceptos, imágenes, músicas y versos. Pero, si la Tradición es secuencia de voces sumadas, tampoco ha de faltar nuestra voz, si ha sido esforzada, cuidadosa con el legado y dotada de cierta lucidez.

VI

Solamente abrazando al todo se obtiene cierta quietud, pues las partes son mudables, y las cosas mudables no son fiables.

Al discriminar, la mente se escora y cae en posibilidad de desequilibrarse. La discriminación en pequeños segmentos es útil para pequeñas cuestiones, y algunas de ellas son imprescindibles para el gran negocio del alma. Pero, llegados al centro de ese negocio, allí donde el entendimiento se quiere posicionar para irradiar a todas sus facultades, la única posibilidad pasa por abrazar los pares de opuestos y afirmarse allí. En último lugar, no hay que afirmar ni negar, no concebir el Todo, no delimitarlo, no reposar en su sustancia, sino evitar cualquier tipo de posición. La verdadera unidad se halla en la ausencia de opiniones, aun la de la propia preeminencia de la unidad.

VII

Si amas la superficie, no atenderás lo bastante al interior; si desprecias la superficie, no te dignarás a contemplarla con placidez hasta que veas a través de ella lo que hay debajo.

Lo vulgar no es vulgar para quien ama, porque el amor es visión de dignidades. Pero hay que distinguir la dignidad profunda de la dignidad aparente, de la cual es tanto más peligroso enamorarse cuanto menos serena sea. Hay que entender que las bellezas se comunican siempre de algún modo; si no se descubre ese modo en cuestión, la visión será incompleta.

VIII

Los nombres sagrados no son sagrados por ser nombres, sino por no apuntar a objeto ni efímero ni definido.

Los valores sagrados de los símbolos no se ciñen a los conceptos en los que encerramos los valores. Antes bien, el valor sagrado es inasible en el tiempo y en el espacio. Mencionar un nombre sagrado es atisbar fuerzas que se derraman en cada rincón de la realidad y , por ende, también de nuestra propia vida.

IX

El espíritu no fuerza nada, pero surge de la carne que se forzó.

La disciplina no es terreno del espíritu: el espíritu es el rey hierático ante cuyos pies se arriba tras vencer en dura pugna a los ejércitos que lo mantenían secuestrado en urna de cristal. Sin purificación no hay pureza, pero la pureza es tan inocente como una semilla seca y fría, a la espera de germinar en suelo removido por trabajosa azada y barbechos de ayuno. Lo divino es alumbrado en el placer o en el dolor, pero siempre sin estridencias; la transverberación es llamarada súbita, pero su estela no se aprovecha más que tras un cierto endurecimiento del carácter, humedecido únicamente por caro Amor.

X

La sinceridad no es completa si no se cuestiona a sí misma.

Toda inferencia lúcida duda, llegados a un punto, de la infalibilidad de la misma lucidez bajo cualesquiera circunstancias. Y toda declaración de arrepentimiento, perdón o amor surgida de buena fe se pregunta después si no hubo algo de mezquindad en su propia causación, como si se venerase tanto la pureza que su presentación debiese ser impoluta no importa cuantas veces se someta a comprobación. El espíritu es exigente antes de permanecer flotando sobre los opuestos, y en todo lo que sea vencerse a sí mismo se encuentra aliado consigo mismo, mientras no haya cilicio inmoderado.

XI

El pensamiento es inferior a la visión, como el contable es inferior al potentado.

El país es mucho mayor que el mapa, pero sin mapa no accederá peregrino a sus principales sedes. El rico paga al contable, pero el contable es el que, administrando con prudencia, permitirá a su patrón vivir holgadamente de sus riquezas. Por lo demás, son éstas las que permiten al rico habitar el palacio, mas es su sensato hacer lo que permite al contable vivir también allí mismo, en modesta azotea pero por ello mismo avistando a vista de pájaro los desperfectos a mejorar del alicatado; y allí opta, en algunas noches de especial amistad con el patrón, a obtener la herencia del poderoso. Así sucede con el pensamiento, atento a los movimientos de la superior intuición, atraída por la gracia y empujada por la serenidad que rezuma de las buenas obras.

XII

Tu altura no se distingue en el templo, donde todos están erguidos o se inclinan a la par, sino en la plaza, donde todos se inclinan según su avidez o su temor.

Ante el ritual, ante la mirada de todos, todos son más o menos dignos, más o menos cumplidores y pacientes. Es en el fango de la contrariedad, de la sorpresa, de la derrota, del dolor, donde se mide la altura real de cada uno, permaneciendo durante más tiempo en pie los más principescos de los caracteres, sin falsa apostura, sin rigidez innecesaria, pero atentos al compromiso que ostentan en la cabeza, sobre la cual se sustentará, en lo más alto posible, la insignia invisible con que la coronó la voluntad de satisfacer a los necesitados y de cumplir condescendiente el ciclo de los mundos.

XIII

La flor no sabe que para ser flor también es necesario no pensar en serlo.

La naturaleza no busca su finalidad, sino proseguir siendo ella misma, sea cual sea su finalidad. El ser feliz no es el que busca la felicidad, sino el que la encuentra en el camino de otra cosa, que suele ser la felicidad de los otros y el desapego de felicidades triviales. Para merecer el trono hay que ser, antes incluso que legítimo príncipe, servidor incondicional del trono; querer sentarse en él es justo y conveniente deseo del heredero, pero el anhelo fundamental ha de ser que el palacio sirva a su misión mundana para con los súbditos. Pero la razón y la intuición superior son atributos humanos que, como astrolabios de la mente, nos corrigen el rumbo cuando el entregado entusiasmo se entrega en demasía a camino de extravío, cuando el gesto genuino no es tan merecedor de dicha como del salario de Némesis.

XIV

Realizar el gesto decente no te conducirá a la verdad, pero hará más rítmica tu búsqueda y señalará a otros el camino a la verdad.

El cumplimiento no trae garantía de cosa alguna, salvo del mínimo ceñidor espiritual bajo el cual se desataría cualquier demonio. Cerrar con llave no impedirá entrada o salida en la mansión, pero demuestra que hay una llave que abre suavemente y demuestra la solidez de los portones, sólo lábiles para los hábiles.

XV

El amor que no se concibe sobre todos los seres es incompleto, por lo que carece de calma; el amor que no se concreta en saciar la sed del más sediento es débil, por lo que carece de resistencia e intensidad.

A todos se debe la misma entrega que a los demás. Esto, sin embargo, no habrá de suscitar que escatimemos, pues cuando se está ante un rostro no ha de voltearse la mirada hacia los otros, sino ofrecérsese por entero a sus cuitas, si es que comportan recia pesadumbre, como si fueran las únicas. La generosidad consiste en dejar de mirar de donde mana la herida sin dejar de atenderla en ningún momento hasta que la veamos empezando a cicatrizar.

XVI

Muchos creen amar cuando aman la imagen de sí mismos como amantes.

Hay mucho de amor propio en lo que de ordinario dícese amor. Pocos hay sentimientos más gratos y apetecibles que el del alma que se percibe a sí misma abriéndose a lo que no es uno. Mas el abrazar puede acabar en gusto de engorde, pues tan grande se siente el que toma al otro que lo cree suyo o comentario a su grandioso amor. Siempre cabe el desapego por nuestro propio dar, no dejando de dar, porque esto devendría males para el amado, que es quien siempre ha de salir ganando; más bien, habría que desapegarse hallando hábito cotidiano en lo inaudito. Igual que el guerrero de miembros cincelados levanta ya sin trabajo ni conciencia el yelmo plúmbeo de los héroes inmortales, así cualquier habría de habituarse al sacrificio con monocorde horario y trivial ritmo, carente de verso o emperifollado verbo, hasta considerarlo alegre pero vulgar gesto inevitable, naturalidad ni culpable ni venerable, como rascarse el mentón o alzarse por la mañana del lecho habiendo recibido justo descanso.

XVII

La pureza se obtiene por la sangre, a condición de que sea la propia sangre, pero mejor aún se obtiene por la vigilancia extremada sobre los caprichos del alma.

El arrebato heroico tiene el valor de gran intensidad que deja huella en vida propia y ajenas. Su imperfección proviene, hay que decirlo, de su improvisada y rauda ejecución. El carácter perfecto no puede surgir de una tempestad, sino de ordenado abandono de lo más superfluo a lo más apegado. Tampoco el corte de un miembro por filo de acero en batalla quedará tan limpio y hermoso como el que realice un cirujano con atenta destreza y tiempo ilimitado.

[Música: Capitán Tobias Hume, The State of Gambo (The Earle of Worcesters favoret). Como buen contemporáneo del manierismo, Hume fue un personaje estrafalario, escocés mercenario de Suecia y de Rusia. Como era costumbre, murió en la miseria, llegando, según él cuenta, a buscar caracoles durante un tiempo para alimentarse. Dejó escrito de sí lo siguiente: “as my Education hath beene, Armes, the onely effeminate part of me, hath beene Musicke”. Compuso obras lúdicas y originales como An Invention for Two to Play upone one Viole, pensada para ser tocada por dos músicos en un solo instrumento, o A Souldiers Resolution, donde describe musicalmente sus experiencias militares, evocando el sonido del campo de batalla, en línea con cierta tradición que se remonta al menos a La Guerre ou la Bataille de Marignan de Janequin.]

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Amor unius cujuscunque hominis est omnium. Singuli enim omnes amare debent. Qui ergo hunc sibi specialiter exhiberi vult, raptor est, et ideo reus contra omnes efficitur. 

El amor de cada hombre es de todos. Porque cada uno debe amar a todos. Por lo tanto, quien quiere que se le muestre de forma especial es un ladrón, y por ello es culpable de agraviar a todos.

Guigo I, Meditationes (s. XII)

I

En lo más hondo no eres un ser, porque no hay seres, sino flechas dirigidas de un estado a otro. 

Nada hay menos fijo que las cosas a las cuales consideramos más fijas. Lo corpóreo no es más que un mismo grumo agrietado, dando la impresión de un multiplicidad. La multiplicidad es real en el mismo sentido en que un reflejo en el espejo es real: emite luz de colores que nos informa con señales, pero jamás podemos capturarlo.

II

No hay otra divinidad que la que sientas uniéndote a los demás seres, o no hay otra que puedas sentir.

Todas las ideas celestiales que no irradien y se esparzan por entre los canales del Todo no son sino retratos de momentos concretos, facetas aisladas de la imagen completa, que es la superior totalidad de las cosas. Para empaparse de los principios hay que vislumbrar sus resabios en los fines. La homeomería cósmica sea el mapa inabarcable según el que caminar, por más que un mapa infinito no te vaya a llevar nunca a un completo reposo. El completo reposo no es sino un detenerse artificial: la realidad sólo reposa en su pureza sin estaciones, en la vaguedad de los ciclos, tan incesante como inasible, tan rítmica como ilusoria. Tu alma no es sustancia, sino conglomerado de fuerzas: únicamente puedes percibir relaciones. Lo que crees que es el Principio no es sino un vínculo de todo a todo, incluso con aquello que sobrepasa naturaleza del ser.

III

Cuando tengas una aspiración noble, rastréala hasta conocer su causa primera en tu corazón, y verás su pedestre abolengo.

Se infla tu corazón y hablas de empíreos y categorías místicas después de haber tenido tal o cual encuentro con un pequeño triunfo o fracaso, con tal o cual dama, con tal o cual música. Lo vil y lo grandioso intercambian sin cesar su linfa; no has de avergonzarte tampoco de ello, pero guárdate contra el desprecio. Al fin y al cabo, también lo vil es resultado de otras causas que se pierden en misteriosos cielos, en la lejanía de la eternidad.

IV

No es que el dios more en ti, sino que tú eres el dios atrapado en una estrecha morada, aturdido por el viaje, habiendo olvidado casi todo lo que debe ser recordado. 

Tu ancestro eres tú mismo. ¿Acaso la forma de tus bisabuelos está ahora en otra parte más que en ti y en tus hermanos? Del mismo modo, lo santo se segmentó por compasión con el entorno y se hizo criatura, y desde entonces quieres hallar a tu ancestro, como te gustaría hablar con tu bisabuelo, que, sin embargo, sólo existe como tal en la forma que llevas inscrita ahora en la sangre.

V

Nadie puede desposarse con el viento ni quedarse mucho tiempo con un temperamento, propio o ajeno.

No te puedes fiar de tus cambios de comportamiento más de lo que te fías del viento que arrecia o amaina. Flora se aprovecha del Céfiro cuando la roza, y queda encinta de la Primavera; pero el humor de las brisas cambia rápidamente, y no es conveniente guardar rencor al otoño, o no se estará dispuesto al nuevo noviazgo primaveral. No asustes a los demás con tus cambios de conducta; pero menos te sientas atado a una conducta que sea arriesgada si sobrepasa la brevedad, solamente por que los demás ojos tengan una imagen menos desconcertante de ti. Puedes arrepentirte de no establecerte en lo bello, pero alégrate al menos de que ya conoces un camino; y, desde luego, no te arrepientas de no establecerte en lo vulgar. Incluso la edad bascula el humor de las almas más santas; ¿qué decir de ti, criatura ordinaria? Si los ángeles pueden volar, entonces vuelan bajo y vuelan alto, según su raza o su momento. Mas no confíes en el cambio como quien espera que su joven esposo o esposa vaya siempre a cambiar a mejor; antes bien, procura tener siempre cerca el lugar seguro al que regresar tras tus nobles acometidas contra el enemigo o tras tus fallidos deleites, o de lo contrario acabarás desconfiando de que la seguridad sea posible.

VI

Perdónate, sin celebraciones, las faltas que quedaron como residuo a una ardua y noble disciplina. 

Todo lo que pierdas por haber ganado mucho más con anterioridad no es tal pérdida. Si te hiciste más fuerte, no por ello has perdido toda flaqueza; después de una larguísima caminata, las piernas tiemblan de cansancio. Solamente tras una vida de esfuerzo podrás presentar un ánimo imbatible, y acaso tampoco entonces. Pero no abuses del perdón o te intoxicarás de vanidad, como no abusas del aguardiante que tomas solamente para padecer menos cuantro extirpas una flecha clavada en tu carne, so pena de caer ebrio. No utilices nunca la necesidad del perdón como causa contra la disciplina, madre de la luz que alumbras, sino venérala al mismo grado que al otro.

VII

Todo lo que sientas que has de decir de tu amor, dilo, a condición de enunciarlo y conservarlo como un juramento, como un voto de caballero o de reina, que protegerás con tu vida.

Lo que digas por el deseo de ayudar a otros se puede decir, pero siempre bajo ciertas circunstancias. No hay que dispersar palabras que, fuera del ambiente propicio, son como moneda de cambio o como címbalo que retiñe. Lo que declares sobre tu propia entrega no debe ser continuo y ligero, o terminará por dejar de convencerte a ti y a los demas; no debe ser excitado, o se encauzará inadecuadamente hacia el olvido o hacia gestos erróneos; no debe darse sin tener la conciencia de su importancia sagrada, o no te transformará para siempre ni garantizará tu eterna disponibilidad al amado, con lo cual lo habrás engañado.

VIII

Al mirar la piel, uno debe recordar su insignificancia. Al volcarse sobre el interior del corazón y de los cielos, uno no debe olvidar que la piel existe. 

Lo divino se puede expresar con tino mediante el lenguaje humano, y también sucede lo contrario. Pero cada lenguaje y cada mundo tienen sus límites, y es bueno recordarlo para no olvidar que somos lo alto y lo bajo hablando por la misma boca, del mismo modo que no se puede uno ubicar en un país extraño si olvidó que partió del sur y se dirige al norte. Debemos conocer al autor de las pócimas que llevamos en nuestro atillo, no sea que proporcionemos brebaje mágico de manos santas a una dolencia ordinaria, desperdiciándolo, o apostemos férula tosca a herida profunda perpetrada por demonios.

IX

El que, siendo simplemente amable, espera la gratitud que se debe a los héroes excelentes, está pecando de ignorancia, de vanidad y de avidez. 

Comprende a los seres que parecen no amarte o incluso que parecen sentir aversión hacia ti, pues ellos, en primer lugar, no aman ni odian sino la imagen que se figuran de tu persona, a menudo incompleta o errada; odian o no aman, pues, a una parte de sí mismos. Además, ¿les has dado motivos suficientes para creer que eres más fiable que otros que también parecieron fiables en un principio? ¿No es la constancia y la excelencia la prueba que exigimos todos? Dales, pues, todo y sin perder el equilibrio, y no podrán al fin más que reconocerlo, si es que no son incapaces de recibir por haberlo olvidado a causa de los golpes pasados o si es que no padecen de un gran desequilibrio, en cuyo caso merecen todavía una mayor compasión por tu parte.

X

Volverse ángel no implica adquirir alas ni blancura resplandeciente, pues también cuentan con ellas las palomas y los cisnes, sino adquirir un servicio eterno y transmitir señales de salvación. 

La bondad no toma siempre el aspecto que uno espera. Hay ánimos que parecían agrios y que dedicaban su vida a salvar otras. Son muchas las causas que lo hacen a uno tener un bello o feo ánimo, pero son más las que causan un bello o un feo rostro. Por ello no se puede sentenciar que la limpieza es signo de santidad y el hablar ordenado signo de grandeza, o muchos asesinos deberían contarse entre los santos. No desprecies a nadie por aquello de lo que carece, sino regocíjate en aquel punto sublime en que destacaron.

XI

Incluso las alimañas transmiten, a su modo y sin saberlo, las más altas verdades, si estás dispuesto a escucharlas, como adviertes la patria de un extranjero por su acento más que por lo que narra.

Si tomas enseñanza de toda cosa, entonces tú eres el maestro, pues no hay mayor enseñanza que ésa. Recuerda que lo divino ama el disfraz y que, al igual que el maestro puede entorpecer su sublime doctrina mediante toses o comentarios ordinarios, el mundo mezcla su verdad con el ruido de la maquinaria que lo permite estar en movimiento, y que esta misma maquinaria es en sí tan instructiva como la humanidad o la vejez del maestro, las cuales no se oponen a toda la sabiduría que enuncia.

XII

El centro de todas las cosas no está en el nombre del dios, sino allí donde el dios posa su mirada. 

Acuérdate del cinto sagrado, del altar y de la vía, pues en todo ello se indica la conducta correcta y la correcta visión. Pero aplica lo aprendido en el instante que se te impone, porque allí demuestras que lo que era bello también es útil, y que no hay distinción entre ambas categorías. Asume que la realidad puede corregir lo que pensabas, pues lo pensaste a partir de palabras y de unos pocos gestos, mientras que la realidad se pliega y se despliega en mil y una formas caprichosas, en permanente diálogo no sólo con lo que aprendiste, sino con lo que sufriste, con lo adivinaste y con lo que has sido.

[Música: Dos fragmentos de liturgia ortodoxa rusa. El primero proviene del salmo 140/141 y se trata de un canto démestvenny del siglo XVI, del monasterio Suprasi, responso de Vísperas de Cuaresma, entonado por The Patriarchal Choir of Moscow. El segundo es el Padrenuestro en la voz de los monjes del seminario de Odessa, con Mikhailo Davydov como sacerdote oficiante.]

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