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Archive for the ‘Parénesis’ Category

“I am His Messenger,” the daemon said,
As in contempt he struck his Master’s head.

[“Yo soy Su mensajero”, dijo el demonio,
mientras golpeaba con desprecio la cabeza de su Amo.]

H. P. Lovecraft, Fungi from Yuggoth 22  (“Azaroth”).

खम्मामि सव्व जीवेषु सव्वे जीवा खमन्तु में,
मित्ति में सव्व भूएसू वैरम् मज्झणम् केणवि
मिच्छामि दुक्कडम

khāmemi savva-jīve savve jīve khamantu me
metti me savva-bhūesu veraṃ majjha na keṇavi.
Micchāmi Dukkaḍaṃ.

[Pido perdón a todas las criaturas vivientes. Puedan todas ellas perdonarme.
Pueda estar en amistad con todas las criaturas y en enemistad con ninguna.
Pueda todo el mal que he hecho quedar sin fruto.]

Oración prácrita de Micchāmi Dukkaḍaṃ, típica del pratikaman jainista, durante el cual el practicante hace repaso de sus pecados diarios.

Not doubt, not decease shall dare to lay finger upon you,
I have embraced you, and henceforth possess you to myself,
And when you rise in the morning you will find what I tell you is so.

[“Sin duda, ninguna enfermedad osará poner un dedo sobre ti.
Te he abrazado, y de ahora en adelante eres mío,
y cuando mañana despiertes, verás que todo cuanto he dicho es verdad.”]

W. Whitman, Song of Myself 40

Os contemplo, seres, y no hago más que eso. Una cadena de costumbres atenaza mis manos, que por momentos quisieran alcanzaros para rendiros alimentos puros, caricias de consuelo y sutura de heridas crueles. Seres que agonizáis ocultos tras muros de cemento y de fronteras nacionales, os merecéis todo esfuerzo por salvaros del que sea capaz mi corazón y mis miembros, incluso aunque supusiese el rompimiento de todo mi ser en mil pedazos, incluso aunque todos mis propósitos interesados cayesen en el abismo del asco y del olvido. Pero soy humano, criatura débil manejada por hábitos y tendencias al aferramiento. Los tendones flexores de nuestros brazos son mucho más robustos que los extensores: tan ávidos de apropiación nos pensó la eterna Naturaleza. La forma de émbolo que dibuja el glande viril no tiene otra función que la de extraer al vacío la simiente de otros machos y sobreponerse a la competencia, cuando se trata de expandir la identidad sobre una descendencia de la que nada sabrán sus responsables. Ser animal es impulsarse a la avaricia; ser animal racional, impulsarse a ella con mucha mayor habilidad.

¡Oh seres torturados, esclavizados, olvidados, hijos de todas las razas, caminantes sobre dos, cuatro, ocho o cien piernas! No podéis siquiera contar en vuestra existencia entera con la serenidad de una sola noche de luna llena en la que respirar el aroma plácido de los jazmines y con él algún significado cósmico, alguna traza de espíritu divino. Tristes mortales racionales a quienes todos dicen compadecer, aun más tristes mortales irracionales sin más delito que no hablar lenguas con sujeto y predicado: perdonad que no estemos entregando cada hora de nuestros días a la belleza de mitigar en lo posible las laderas de vuestro Calvario inconcebible. Queremos muchos lograrlo, creednos, queremos lograr desasirnos de mezquinos propósitos, de nuestra adicción al placer, a los tejidos mullidos en los que indolentes nos devaneamos en gráciles poesías, nuestra adicción a la vida segura y a la contemplación de celestiales estructuras. Quisiera inclinarme ante vosotros y limpiar vuestros embrutecidos rostros, como Verónica de vuestro Via Crucis sin nombre, y daros así al menos el descanso breve de la sed calmada durante los instantes en que sabréis de alguien que piensa en vosotros y que con gusto invertiría vuestra condición si el poder permitiese fácil disposición.

Pero, ¿cómo querer lo que se quiere querer? ¿Cómo haremos para reconocer que no basta con reconocer? Una fuerza de compasión habrá de alimentarse a sí misma hasta alcanzar la edad adulta. ¡Arriba, pues, la voluntad entendida! ¡En alto el corazón y que sirva de escudo a los humillados! ¡No desfallezcáis, paladines sin coraza, no olvidéis que vuestra condición ya no depende de un rey exterior sino de la noble Aspiración que dirige los ejércitos del Bien! ¡Salve, Amor, bésanos en la frente para que rindamos nuestras espadas no abriguen otra posibilidad que la de servirte! ¡Que el llanto que corre por los canales subterráneos de la civilización arrastre nuestra nave hacia océanos sanadores, libertades balsámicas, ungüentos de néctar de hermandad! Otros sublimes estados habrán de esperar: en este universo ha caído tanto sufrimiento que nos pasaremos eones de renacimientos para suavizar todas las asperezas. El Nirvana no nos grita con tanta fuerza, pues antes conviene acabar con su contrario, su distorsión torturada que los hombres han querido entender como medio imprescindible para obtener algunos agradables beneficios, pasajeros como el reflejo de la luna en las aguas que se escurren entre las rocas.

Sabremos lo que valemos como criaturas cuando hagamos valer lo que sabemos sobre la Creación. Cúmplase pronto el hartazgo del avasallamiento, y puedan estar todos los terrícolas libres del sufrimiento y de sus causas, que somos, en mucha medida, nosotros mismos. Amén. Amén. Amén.

***

[Música: G. G. Brunetti, Stabat Mater (1764). I. Stabat Mater. Si no es excesiva frivolidad hablar de música después de hablar del suplicio que asola a la mayoría de lo viviente, resaltaría que se trata ésta de una paráfrasis (coloquialmente diríamos hoy “plagio”) del celéberrimo motete homónimo de Pergolesi, quien dejó tras de sí innumerables y dignos epígonos que como él musicalizaron para dos voces femeninas la misma secuencia latina, tomando armonías similares repletas de retardos, tales como Girolamo Abos, Pasquale Cafaro, Fedele Fenaroli, o el coral de Tommaso Traetta, por no hablar del contrafactum que acometió el mismísimo Bach (Tilge, Höchster, meine Sünden BWV 1083) o del reforzamiento instrumental y contrapuntístico del Stabat Mater del Pergolese que realizó Giovanni Paisiello el último año del siglo XVIII. Además de éstos es destacable el de Giovanni Felice Sances, del XVII, y el de Alessandro Scarlatti, el cual, no siendo tan inspirado, acaso inspirase a Pergolesi la formación del dúo de soprano y contralto. Y tantos otros, entre los que computan los muy sensibles de Vivaldi y Bononcini, de los que ya compartí muestras. El comienzo del texto reza: “Stabat Mater dolorosa / iuxta crucem lacrimosa, / dum pendebat filius” (“Estaba en pie la Madre doliente, / lacrimosa, junto a la Cruz, / mientras colgaba el Hijo”). Inmejorable música para acompañar la visualización de la Crucifixión, en la que Cristo, Lógos universal hecho carne, tomó sobre sí el sufrimiento de todos los seres ante la mirada amorosa de su inmaculada madre, paradigma del espíritu maternal humano que todos portamos en alguna parte, reflejando toda la escena, de manera sangrante e icónica, el Micchāmi Dukkaḍaṃ en toda su plenitud catártica.]

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La desesperación es el desfiladero sombrío por donde el alma asciende hacia un universo que la codicia ya no empaña.

N. Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito

Casi siempre en el principio de la ejecución de cosas nuevas y grandes, se representan razones en contrario que turban el entendimiento y le hacen estar dudoso.

J. Setantí, Centellas de varios conceptos 13

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No te hundas, principio rector, no te hundas o habrás perdido el ya débil impulso que te empuja erráticamente hacia la perfección. Te desalientan los vínculos que te atan al delirio de la destrucción, y temes que tus pequeños esfuerzos, tu otear en los libros y en los sellos que imprimen tus manos con tus actos, temes que tu intención más depurada y que las sonrisas ante la brisa que te limpiaba la frente, todo eso haya sido en vano. ¡Qué enternecedora imagen la de verme a mí mismo acicalando mi minúscula virtud como una niña a su muñeca, con la misma impaciencia y la misma discreta fantasía! La veo crecer muy lentamente: sonrío cuando se despereza, cuando se ensancha hacia los márgenes al tiempo que se afila en exactitud y contundente justificación. La recojo cuando se cae hacia un lado o hacia el otro, y le limpio las mancillas de barro que se posan en sus mejillas al tropezar. La creo mimar adornándola con buena prestancia, con indumentarias repensadas, con sabor de ideas nuevas y nobles. Compruebo cómo ejercerla en un lindero le permite de forma natural desparramarse también por el otro, y una prometedora primavera parece ir brotando a ratos imprevistos entre las frías rocas en colores rojizos como la sangre sincera. Pero, ¡ay!, la cruda realidad impone su aplastamiento, y una información desatendida, un comentario crudo y cínico o un despreciativo hecho bruto echan por tierra el fruto de lo que empezaba tímidamente un rumbo hacia la disciplina. “¿A qué esforzarte por cantar tu idea moral -parecen decir-, si toda ella está condenada de antemano?” “¿A qué hablar de justicia si mientras respiras dejas morir a tus hermanos por todos los lugares?”. Y te vienes abajo, corazón, te quiebras como la caña que procuró volverse rígida desafiando a su naturaleza sin contar con el Bóreas que arreciaba. Y tú mismo te unes al coro de desmoralizadores frente a los que, alegres, intentan embellecer el mundo. Lamentas lo que acaso no fue tu culpa, transitas en el brumoso recuerdo de vidas anteriores, por si en alguna de ellas estuviera la causa de que ahora seas una sarna del universo que te circunda.

Mas, ¡ea!, emerge ya de la fiebre de dudas desesperadas que te tienen postrado en lecho alucinado como a la madre que perdió a su amado único vástago. Deja de murmurar remordimientos y pesadillas que aturden hasta la parálisis. Que el mal que te aflige sea el mismo que produces es un buen punto de partida. Delatas amplias alforjas para la caridad si añoras no tanto la felicidad que podrías sentir cuanto la que podrías ofrecer. No te venzas, juicio moral, por la dificultad de cantar sin que los ruidos del caos desengañado ahoguen tu voto. No dejes de amar por más que no alcances a divisar ni un estandarte de la victoria: tu camino es el camino adecuado, recuérdalo cuando, lamentándote, te veas retardando el paso o deteniéndote a contemplar divertidas flores llamativas en las riberas. Los profetas de la oscuridad tienen razón cuando advierten que causas negrura como los demás, pero no la tienen cuando niegan que tu idea moral, una vez desplegada hasta sus últimas consecuencias, erradicaría toda negrura. Cree al oráculo del Caos en lo que tenga que decir sobre la insuficiencia de tus actos, mas no cuando dé a entender que no son necesarios. Es correcto que ames lo que amas, por más deseable que sería reproducir ese amor en cada una de tus respiraciones. Lo que haces por convencimiento moral es bueno: ahora multiplícalo por millares. Si estás convencido de lo que impartirá justicia, no lo abandones por el hecho de que a buen seguro no podrás colmar nunca sus exigencias; antes bien, afianza el sextante, sella el astrolabio, mira al horizonte sin mirar atrás a pesar de que el puerto de llegada parezca alejarse hasta el confín de lo posible. Vuélvete escrupuloso en el cumplimiento, pero no te fustigues cuando tropieces, como sin duda tropezarás, como tropieza todo lo que se mueve en el terreno resbaladizo del perfeccionamiento.

Tu mayor culpa ha sido nacer en un linaje de tiranos cósmicos: no puedes remediar eso. Pero puedes retirarte con disimulo, al menos durante la estación de las lluvias y durante los festivales de la destrucción, a una pacífica grutilla en la que meditar sin violencia, prescindiendo de todo capricho. Allí podrás de nuevo animar a tu atesorada virtud y despejarla nuevamente de heridas y residuos. Apartarás con cuidado y suavidad las moscas que acudan a sus costras por creerla moribunda. Soplarás, sí, a su noble frente, aparentemente achatada por mechones sudorosos de rubios cabellos ennegrecidos. Acunarás a esa hija que es también tu madre y tu padre, que es tu báculo sagrado, tu pasaje al coro de los justos y el señuelo para atraer hacia ese mismo coro a los seres que deambulan en penumbrosos laberintos forestales. Le cantarás una canción heroica y dulce al mismo tiempo. No esperarás, sin embargo, todos los triunfos inmediatos. No te apegarás a su rostro, que como todos los rostros se desvanecerá en la noche sin estrellas. Mas cantarás y cantarás, y lo harás con devoción a fin de que otros queden prendados de tan bella melodía, y no cesarás hasta que una congregación dance como en éxtasis a tu parénesis, a sabiendas de que tu mensaje es aún niño, incompleto y torcido como la sonrisa en los labios que han sido golpeados.

Véncete, soberano de tu persona. Ajeno a la indisciplina y vulgaridad circundante, desoyendo burlas e incomprensiones, desoyendo por encima de todo tus propias cavilaciones y paradojas con las que te golpeas a ti mismo, haz por caminar como un príncipe hacia la batalla final. En completa soledad, has de poder digerir y hacer tuyas las palabras que inspiraste mientras divisabas hermosos luceros que a pocos ojos titilaban, pues las ideas que aquéllas soñaron surgieron de ti, siquiera como reflejo y respuesta a la llamada lejana de palabras gemelas, y moran en ti.  Resiste al pecado, amigo, endurece tu abdomen, suaviza tu furia, aprieta los dientes fríamente, eleva tu cetro, atraviesa al dragón con amor. Y ofrenda, hermano de los que precisan hermanos, tus lágrimas de devoción, y abraza a los que puedan sentir los abrazos y aun a los que no puedan, y ábrete al siempre joven rocío de la pureza y al fin de la violencia. Mientras vivas, brilla. No estás llamado a menos.

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[Música: J. S. Bach, Widerstehe doch der Sünde (BWV 54. I. Aria). Nunca una exhortación de rechazo a los demonios sonó tan alegre y vivaz. Nunca se inspiró el combate espiritual con tanta fuerza y gracia en tan altas proporciones. Le entran a uno ganas de batallar sonriendo contra todos los dragones y dedicar la propia existencia a la erradicación del sufrimiento de todos los seres. Las notas orquestales y vocales de esta bellísima aria han acompañado la escritura de la consolación presentada y tienen buena parte de culpa de lo que pueda haber de bueno en el tono adoptado. Por su parte, el texto es recio como una admonición homilética medieval: Widerstehe doch der Sünde, / Sonst ergreifet dich ihr Gift. / Laß dich nicht den Satan blenden; / Denn die Gottes Ehre schänden, / Trifft ein Fluch, der tödlich ist (“Resiste al pecado, / o su veneno te agarrará. / No dejes que Satán te ciegue, / pues deshonrar la gloria de Dios / trae mortal maldición.”). Como curiosidad, Yoshikazu Mera, el andrógino contratenor japonés que canta en la grabación y cuya voz considero la más sensitiva y perfecta de su tesitura, ha tenido que combatir desde niño contra su propio demonio, y es que nació con osteogénesis imperfecta, enfermedad también conocida popularmente como “huesos de cristal”, expresión coloquial bastante explícita, poética y terrible.]

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