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Archive for the ‘Poética del Ascenso’ Category

Zenón el estoico dice que la tierra surgió como sedimento a partir de lo húmedo, y que en tercer lugar nació el amor, con lo cual secluye el verso transmitido.

Escolios a la «Teogonía» de Hesíodo 117 (SVF I 105); trad. A. Cappelletti.

 

Your virtue is my privilege: for that
It is not night when I do see your face.

[Tu virtud es mi dispensa: por ello
no es noche cuando veo tu rostro.]

W. Shakespeare, Midsummer Night’s Dream 2.2

 

 

A mi otro yo, que respira en todo aquel ser que respire.

 

Tras eones de irrecusable caudal, he llegado hasta ti. Tras ruedas de renacimientos precipitadas sobre las laderas de eternidades que acaso nunca sepamos descifrar, he llegado hasta ti. Con bagaje de cien mil comienzos, sobre atracciones y repulsiones prolongadas durante las vidas de muchos dioses, en una desnudez golpeada por metamorfosis sin cuento, aquí he llegado, ante ti. Una ignorancia supina de todo mi abolengo no me impide reconocer atisbos de orígenes -ignoro si ilusorios- de los que no me quiero enorgullecer pero que me hermanan con todas las hermandades posibles. Me veo reflejado en la misma danza de los elementos que orquesta a los vientos, a los mirlos, a las guerras y a los dictámenes de los astrónomos. Tengo el sabor del verso, del mercurio y del azufre, de la doncella y de su horrendo violador, del martillo y del trébol, del santo que no regresa, de la mirada que se nutre de fenómenos, de la conciencia que procura retirarles los antifaces.

Y te observo a ti, reflejo sobre el vidrio de la esfera del Todo, esmeralda hallada entre bosque de anonadados rubíes, naufragio entre veleros, y te descubro: también tú has recorrido los mismos paisajes. También tú te has apeado en los mismos caladeros, en los mismos enigmas, en las mismas transmigraciones, en las mismas galaxias; te has retorcido en parejas amarguras, en simétricos tejidos de víscera y sangre enamorada. Y al verte me animo a imitarte y a ser imitado en lo bueno, y lo bueno no es sino lo que hace que las partículas del calor metafísico y la buena fe, y el hidrógeno y los neutrinos que circulan entre nuestros seres, brillen de nuevo, transparentando estructura y materia, y no de otro modo entiendo la virtud.

Lo reconozco: nada hay más común entre rapsodas que referirse a la arcilla o mármol común de los que el estilete demiúrgico rescató las formas. Pero, por ser común, es también un rasgo más de ese idéntico barro edénico que nos late dentro, un recuerdo más del instante primigenio cuya melodía tarareamos con más o menos acertada afinación. Sí, amigos, recordemos -aunque sólo sea una vez más antes del pequeño desastre que nos cortará el aliento durante algunos centenares de milenios- ese instante en que fuimos amasados a partir de un polvo estelar que tal vez no fue sino una posada en un viaje sin origen, una morada a la que regresaremos un día para hallar algo más de dicha, algo más de sabiduría, o para proseguir en un flujo sin fin, como el llanto de un cíclope cósmico, o como el estanque circular sobre el que flota un pensativo cisne inmortal.

Allí, de uno u otro modo, nos reencontraremos. Y nos sonreiremos, no con menor ternura que dos elfos saludándose en un sueño de una noche de verano.

 

[Música: Final de la música incidental que en su Op. 61 compuso F. Mendelssohn para Midsummer Night’s Dream de Shakespeare (aquí el libreto completo). Entre sus últimas palabras, Puck da el consejo tradicional y feérico de tomar por tejido de sueño todo lo que suscite ofensa: “If we shadows have offended, / think but this, / and all is mended, / that you have but slumber’d here / while these visions did appear”.]

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What though the radiance which was once so bright
Be now for ever taken from my sight,
Though nothing can bring back the hour
Of splendour in the grass, of glory in the flower;
We will grieve not, rather find
Strength in what remains behind;
In the primal sympathy
Which having been must ever be;
In the soothing thoughts that spring
Out of human suffering…

[Pues, aunque el resplandor, tan radiante antaño,
se aparte para siempre de mi vista,
aunque nada pudiera restituir
a la hierba su esplendor y su gloria a las flores,
no he de apenarme, más bien
hallaré fuerzas en lo que aún perdura:
La primigenia simpatía
que, habiendo sido, debe ser por siempre,
los apaciguadores pensamientos que nacen
del humano sufrir…]

W. Wordsworth, Intimations of Immortality from Recollections of Early Childhood 10 (trad. P. Mathews)

 

Cuando el destino me obstaculiza a través de las circunstancias, las atravieso elevando mi manera de vivir. ¿Qué puede hacerme así el destino?

Huanchu Daoren, Charlas de raíces vegetales (vers. T. Clearey y A. Colodrón)

 

Look out of the window: everything you see is frozen fire in transit between fire and fire. Cities, equations, lovers, landscapes: all are hurtling towards the hydrogen crucible.

[Mira por la ventana: todo cuanto ves es fuego helado en tránsito entre fuego y fuego. Ciudades, ecuaciones, amantes, paisajes: todo va lanzado hacia el crisol de hidrógeno.]

J. Fowles, The Aristos 1.42 (trad. M. Martínez-Lage)

 

Como el matiz cetrino de las últimas aceitunas que caen en el dominio del olivar; como el rocío extasiado y transfijo por el alba; como viento del que nadie conoce su comienzo y final; como el papiro que contenía una fórmula mágica sanadora y que quedó desintegrado entre las arenas de un desierto cien mil veces pisoteados al galope; como el imperio de la dorada Palmira que Zenobia contempló por última vez antes de huir hacia la ignominia y el Éufrates; como la danza cuya coreografía se olvida y desaparece de la humanidad por no haber quedado registrada en soporte alguno; como la mirada aterrada del animal bajo el cuchillo del matarife; como el esplendor de los bellos amantes de quienes apenas quedan tres muelas y una pelvis carroñada; como el sacro mandamiento velado por el declive de una civilización; como todos los gozos y pesares; como mis palabras y como las vuestras; como el encanto de lo más y de lo menos duradero… Así estallan y se disuelven todas esas cosas.

Todo está viajando hacia la reunificación: si no se acepta por las buenas, se producirá de un modo violento de todos modos inevitable. La única venganza posible reside en hacer de tal hecho el compás de nuestros amagos, en sincopar nuestro paseo en aras de reducir rodeos estériles y batallas contra las brisas. Cuando en la última noche todo se haya cumplido, cuando todas las miradas se vean puestas y emergidas en el Ojo de Dios, antes de que recomience el sentido de los mundos, en la hora sin hora y sin extensión, un vacío infinito vendrá a recordarnos -a nosotros, que ya no seremos tales- que optamos por la nada correcta. Sabremos, entonces, que nadamos en el saber en la misma medida que nada sabemos, que los cielos son reflejos del alma y ésta de aquéllos; y que la grandeza de los amores, anhelos, codicias, aversiones y agonías no es ni mayor ni menor que la de los gases y metales, ya descompuestos, amalgamados en abrazo final, o la de la brizna combustible del seco trigal a la hora en que el verano decide prologar con su insolar el fin de todos los centros y todos los círculos.

[Música: G. Gurdjieff y T. de Hartmann, 2.I.1927, vol. III, 1ª serie, No. 7, pno. A. Krenski]

 

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Renunciando a la violencia hacia todos los seres vivos,
no dañando ni a uno, no desearás descendencia,
así que mucho menos un compañero.
Vaga en soledad
como un rinoceronte.

Khaggavisāṇa-sutta 1

Wiltu den Perlethau der edlen Gottheit fangen
So mustu unverrukt an seiner Menschheit hangen.

[Si quieres recibir el rocío de perlas de la noble divinidad,
debes apegarte, inamovible, a su humanidad.]

A. Silesius, El peregino querúbico 1.121

Nada se explica, nada se prueba, todo se ve.

E. M. Cioran, El ocaso del pensamiento, p. 191

Purezas de albur, navíos de altos mástiles desnudos de velamen, palabras que me exceden por dar forma alguna a fogosidad de intenciones y pálpito de generosidades sin macerar. Incauto de parir amores a los que no sé dar nombre, cayendo en la hoguera ardiente de deseos contrapuestos, afinidades electivas en pugna con la ecuanimidad universal, justicia de dioses, y un amago de fruncir labios para cubrir de besos un bello cuerpo, un alma herida, una comunidad desterrada. Prolongada infancia nos atenaza a corazones peregrinos en laberintos desplegados sobre varias eras conjuntamente. Y se reúnen pedazos de naufragios para no llegar más que al punto de partida: la elección entre todo y nada, entre capricho y entrega, entre corrección y heroicidad. ¡Oh yo, tú eres el causante del mundo, la poquedad de las catástrofes! Desanda el camino de la identidad, abandona tu raza, tu sexo, tu especie, tus playas y tus montes. Así se nutre el auténtico viajante, aquel rendido a los bosques de las más misteriosas iniciaciones, vedadas incluso a los abades, burbujas de oro escondido, donde las ausencias se regeneran en unidades erguidas como estrellas, pérdidas que devienen tronos, amistades incondicionales con todo lo que es vida, pleitesía a las mudas rocas que divagan entre eones de oscuridad cósmica. Ha de hacerse al mundo interior el más poderoso y vasto de los reinos, poblado en su mayor parte por ceremoniosos elefantes blancos. Y, de nuevo, aquí: un regreso más. Acariciar músicas, tazas de té, teclas, pieles, dormiciones y respiraciones quedas como árboles con los que nadie conversa… en esta estancia perfumada recomienza todo. En la misma hora, el verso que callo, los livianos fenómenos que resbalan a mi alrededor, la penosa limosna que me piden y la compañía de una mujer. No estás salvado: has de nacerte más.

[Música: P. Glass, Piano étude No. 2]

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Viva nihil dixi, quae sic modo mortua canto.

[“Nada dije estando viva, yo que ahora muerta canto así”.]

Sinfosio, Aenigmata 20, refiriéndose a la tortuga, cuyo caparazón servía de caja de resonancia para la lira antigua.

Cuando mi copa está vacía, me resigno a su vaciedad; pero cuando está a la mitad, me duele que no esté llena.

K. Gibran, Arena y espuma (1926)

Fuig-ne de la terra immoble,
fuig dels horitzons mesquins:
sempre al mar, al gran mar noble;
sempre, sempre mar endins.
Fora terres, fora platja,
oblida’t de ton regrés:
no s’acaba el teu viatge,
no s’acabarà mai més.

[“Huye de la tierra inmóvil,
huye de los horizontes mezquinos:
siempre al mar, al gran mar noble;
siempre, siempre mar adentro.
Fuera tierras, fuera playa,
olvídate de tu regreso:
no se acaba tu viaje,
no se acabará nunca más.”]

J. Maragall, Excèlsior (1895)

A todos los seres. A todos y cada uno de ellos. 

Yo reposaba y soñaba que me encontraba frente a todas las naciones, todos los tiempos, todas las razas. Y, tras estos y otros velos, dormían latentes como embriones las criaturas unidas en su sensibilidad. Apartaba yo a las naciones, los tiempos, las razas, para, libre de obstáculos y perspectivas vidriosas, aproximarme al fin a los individuos en su rostro más simple, y admiré su expresión doliente. Una colección de fantasmas me pareció aquella visión, pues las almas, aturdidas por estertores del sinsentido, se mecían lúgubremente, como niñas aun vírgenes y maltratadas las unas, como dementes sin remedio las otras. Una lágrima se deslizó por mi mejilla hasta caer sobre mis manos y lubricarlas: así pude ungir con óleos de mi sangre a mis nuevos amigos, todos los que alguna vez suspiraron, al roce de caricias que yo mismo descubría sorprendido mientras las impartía como alimento en eucaristía. Quise decir cosas bellas y benevolentes, motivaciones para náufragos, azucenas para esclavos…. pero me olvidé del lenguaje, y tuve que recurrir a fórmulas mágicas heredadas de épocas de prudente fermento. Las sílabas del mantra fluían de mi boca como los meandros de una melodía de violín y llevaban sus colores simbólicos a las membranas de todos los seres hasta hacerlas partícipes de la resonancia compasiva que todo lo templa.

Entonces los cuerpos y las almas empezaron a brillar, y corolas de luz descendían desde los sonidos nacidos de la estirpe de mi aliento. Se fueron coloreando entonces a distinto ritmo y en innumerables colores, cada uno según su predisposición y sus posibilidades, desde los tonos más tenues hasta el blancor más puro, propio de los espíritus. Y las guirnaldas ensortijadas de mis fórmulas aprovechaban con delicadeza los interesticios entre las ilusorias fronteras de las criaturas y se iban enroscando en torno a todos. Una nueva vestimenta de plegaria y luz unía finalmente a las cosas como las vajillas de oro se acoplan por un mismo manto protector que las envuelve. Cumplida la promesa de los profetas, se fundió la derecha con la izquierda, lo alto con lo bajo, y el sufrimiento se repartió ecuánimamente hasta diluirse y pasar a formar parte de la historia atávica del tejido, como los anillos en el tronco milenario de los árboles o como los rasguños que permanece en los huesos soldados tras duras batallas. El cielo se hizo mundo y los seres me revelaron que no hablaba yo con nadie, pues nadie había que no fuera yo mismo. No encontré, pues, Unidad, pues aquélla aún puede desmembrarse: antes bien llegamos todos a la conclusión de que nada, ni siquiera la Unidad última, sufriría menoscabo alguno cuando el Tiempo dejase a la Vida reinar sobre sí misma, vaciándose de la falsa creencia en la solidez. Y en un abrazo sin substancia hicimos perecer dulcemente a los accidentes del universo. Quedó, flotando o lo que pueda parecerse a flotar, un beso sin labio, un recuerdo sin memoria, un amor sin corazón, un triunfo sin triunfador, un único partícipe de la esencia sin que quedase una esencia para ser señalada.

Desde entonces me quedé con el orbe entre mis brazos, como el que sostiene a un niño recién nacido. Lo llevaba a que el sol irradiase suavemente su blanca y delicada piel; lo posaba sobre mi pecho a la hora de dormir, dejando que el latido de mi corazón acompasase sus sueños; le recitaba oraciones antiguas de protección; lo separaba del frío con mi única y desplumada ala pero lo bastante amplia como para darle por unos instantes la sensación del hogar. En cada beso quise transmitirle un acto; en cada acto, una nueva visión de la existencia; en cada visión, una penetración del Infinito. Y en la respiración de todos los personajes se fueron diluyendo los personajes de la sagrada comedia, y en el paso del viento, que acariciaba mientras se llevaba todas las nociones, creí ver que en nuestro más íntimo ser no deseamos nada para nosotros mismos, aunque pocos lo confiesen.

Yo soñaba en estas cosas hasta que me desperté con el sabor agrio que deja el sueño cuando encontramos que nos ha trasladado misteriosamente de posición durante su transcurso. Una tristeza por lo insatisfactorio que es todo lo que no sea obtención de la totalidad me dejó postrado en el lecho más tiempo del necesario. Las ortigas del pensamiento irritaron mi corazón cuando desgrané la insuficiencia de los actos consumados y por consumar, como queriendo dejar que el desaliento me atenazase para eximirme de responsabilidades. Deposité el cetro en el suelo y me senté en un rincón a rememorar cada paso de mi aspiración, en un deseo de poder señalar más tarde, reconociéndolos, los colores que había imaginado según me los hubieron presentado los genios de otros mundos. Muchas de esas tonalidades, ¡ay!, las tengo olvidadas para siempre: el viaje no había hallado las cumbres de Shambhala. Pero al menos aprendí aliviado que el sufrimiento de los seres, algún día, será librado de sí mismo, sea por medios sublimes o brutales, sea en la Iluminación o en la Conflagración universal; y tal día el Todo cantará su canción de merecido silencio, un silencio de clamor obedecido, un silencio atronador como la Naturaleza sin principio, ni final, ni carácter sagrado ni mundano.

*

[Música: Michele Stratico, Concierto para violín en Sol menor. II. Grave. Stratico, alumno de Tartini, es un buen ejemplo del cosmopolitismo de su siglo y una muestra del vínculo entre Oriente y Occidente: compositor de la Zadar veneciana, hoy croata, provenía de una familia de origen cretense, aunque su formación musical es eminentemente paduana.]

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“I am His Messenger,” the daemon said,
As in contempt he struck his Master’s head.

[“Yo soy Su mensajero”, dijo el demonio,
mientras golpeaba con desprecio la cabeza de su Amo.]

H. P. Lovecraft, Fungi from Yuggoth 22  (“Azaroth”).

खम्मामि सव्व जीवेषु सव्वे जीवा खमन्तु में,
मित्ति में सव्व भूएसू वैरम् मज्झणम् केणवि
मिच्छामि दुक्कडम

khāmemi savva-jīve savve jīve khamantu me
metti me savva-bhūesu veraṃ majjha na keṇavi.
Micchāmi Dukkaḍaṃ.

[Pido perdón a todas las criaturas vivientes. Puedan todas ellas perdonarme.
Pueda estar en amistad con todas las criaturas y en enemistad con ninguna.
Pueda todo el mal que he hecho quedar sin fruto.]

Oración prácrita de Micchāmi Dukkaḍaṃ, típica del pratikaman jainista, durante el cual el practicante hace repaso de sus pecados diarios.

Not doubt, not decease shall dare to lay finger upon you,
I have embraced you, and henceforth possess you to myself,
And when you rise in the morning you will find what I tell you is so.

[“Sin duda, ninguna enfermedad osará poner un dedo sobre ti.
Te he abrazado, y de ahora en adelante eres mío,
y cuando mañana despiertes, verás que todo cuanto he dicho es verdad.”]

W. Whitman, Song of Myself 40

Os contemplo, seres, y no hago más que eso. Una cadena de costumbres atenaza mis manos, que por momentos quisieran alcanzaros para rendiros alimentos puros, caricias de consuelo y sutura de heridas crueles. Seres que agonizáis ocultos tras muros de cemento y de fronteras nacionales, os merecéis todo esfuerzo por salvaros del que sea capaz mi corazón y mis miembros, incluso aunque supusiese el rompimiento de todo mi ser en mil pedazos, incluso aunque todos mis propósitos interesados cayesen en el abismo del asco y del olvido. Pero soy humano, criatura débil manejada por hábitos y tendencias al aferramiento. Los tendones flexores de nuestros brazos son mucho más robustos que los extensores: tan ávidos de apropiación nos pensó la eterna Naturaleza. La forma de émbolo que dibuja el glande viril no tiene otra función que la de extraer al vacío la simiente de otros machos y sobreponerse a la competencia, cuando se trata de expandir la identidad sobre una descendencia de la que nada sabrán sus responsables. Ser animal es impulsarse a la avaricia; ser animal racional, impulsarse a ella con mucha mayor habilidad.

¡Oh seres torturados, esclavizados, olvidados, hijos de todas las razas, caminantes sobre dos, cuatro, ocho o cien piernas! No podéis siquiera contar en vuestra existencia entera con la serenidad de una sola noche de luna llena en la que respirar el aroma plácido de los jazmines y con él algún significado cósmico, alguna traza de espíritu divino. Tristes mortales racionales a quienes todos dicen compadecer, aun más tristes mortales irracionales sin más delito que no hablar lenguas con sujeto y predicado: perdonad que no estemos entregando cada hora de nuestros días a la belleza de mitigar en lo posible las laderas de vuestro Calvario inconcebible. Queremos muchos lograrlo, creednos, queremos lograr desasirnos de mezquinos propósitos, de nuestra adicción al placer, a los tejidos mullidos en los que indolentes nos devaneamos en gráciles poesías, nuestra adicción a la vida segura y a la contemplación de celestiales estructuras. Quisiera inclinarme ante vosotros y limpiar vuestros embrutecidos rostros, como Verónica de vuestro Via Crucis sin nombre, y daros así al menos el descanso breve de la sed calmada durante los instantes en que sabréis de alguien que piensa en vosotros y que con gusto invertiría vuestra condición si el poder permitiese fácil disposición.

Pero, ¿cómo querer lo que se quiere querer? ¿Cómo haremos para reconocer que no basta con reconocer? Una fuerza de compasión habrá de alimentarse a sí misma hasta alcanzar la edad adulta. ¡Arriba, pues, la voluntad entendida! ¡En alto el corazón y que sirva de escudo a los humillados! ¡No desfallezcáis, paladines sin coraza, no olvidéis que vuestra condición ya no depende de un rey exterior sino de la noble Aspiración que dirige los ejércitos del Bien! ¡Salve, Amor, bésanos en la frente para que rindamos nuestras espadas no abriguen otra posibilidad que la de servirte! ¡Que el llanto que corre por los canales subterráneos de la civilización arrastre nuestra nave hacia océanos sanadores, libertades balsámicas, ungüentos de néctar de hermandad! Otros sublimes estados habrán de esperar: en este universo ha caído tanto sufrimiento que nos pasaremos eones de renacimientos para suavizar todas las asperezas. El Nirvana no nos grita con tanta fuerza, pues antes conviene acabar con su contrario, su distorsión torturada que los hombres han querido entender como medio imprescindible para obtener algunos agradables beneficios, pasajeros como el reflejo de la luna en las aguas que se escurren entre las rocas.

Sabremos lo que valemos como criaturas cuando hagamos valer lo que sabemos sobre la Creación. Cúmplase pronto el hartazgo del avasallamiento, y puedan estar todos los terrícolas libres del sufrimiento y de sus causas, que somos, en mucha medida, nosotros mismos. Amén. Amén. Amén.

***

[Música: G. G. Brunetti, Stabat Mater (1764). I. Stabat Mater. Si no es excesiva frivolidad hablar de música después de hablar del suplicio que asola a la mayoría de lo viviente, resaltaría que se trata ésta de una paráfrasis (coloquialmente diríamos hoy “plagio”) del celéberrimo motete homónimo de Pergolesi, quien dejó tras de sí innumerables y dignos epígonos que como él musicalizaron para dos voces femeninas la misma secuencia latina, tomando armonías similares repletas de retardos, tales como Girolamo Abos, Pasquale Cafaro, Fedele Fenaroli, o el coral de Tommaso Traetta, por no hablar del contrafactum que acometió el mismísimo Bach (Tilge, Höchster, meine Sünden BWV 1083) o del reforzamiento instrumental y contrapuntístico del Stabat Mater del Pergolese que realizó Giovanni Paisiello el último año del siglo XVIII. Además de éstos es destacable el de Giovanni Felice Sances, del XVII, y el de Alessandro Scarlatti, el cual, no siendo tan inspirado, acaso inspirase a Pergolesi la formación del dúo de soprano y contralto. Y tantos otros, entre los que computan los muy sensibles de Vivaldi y Bononcini, de los que ya compartí muestras. El comienzo del texto reza: “Stabat Mater dolorosa / iuxta crucem lacrimosa, / dum pendebat filius” (“Estaba en pie la Madre doliente, / lacrimosa, junto a la Cruz, / mientras colgaba el Hijo”). Inmejorable música para acompañar la visualización de la Crucifixión, en la que Cristo, Lógos universal hecho carne, tomó sobre sí el sufrimiento de todos los seres ante la mirada amorosa de su inmaculada madre, paradigma del espíritu maternal humano que todos portamos en alguna parte, reflejando toda la escena, de manera sangrante e icónica, el Micchāmi Dukkaḍaṃ en toda su plenitud catártica.]

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La desesperación es el desfiladero sombrío por donde el alma asciende hacia un universo que la codicia ya no empaña.

N. Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito

Casi siempre en el principio de la ejecución de cosas nuevas y grandes, se representan razones en contrario que turban el entendimiento y le hacen estar dudoso.

J. Setantí, Centellas de varios conceptos 13

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No te hundas, principio rector, no te hundas o habrás perdido el ya débil impulso que te empuja erráticamente hacia la perfección. Te desalientan los vínculos que te atan al delirio de la destrucción, y temes que tus pequeños esfuerzos, tu otear en los libros y en los sellos que imprimen tus manos con tus actos, temes que tu intención más depurada y que las sonrisas ante la brisa que te limpiaba la frente, todo eso haya sido en vano. ¡Qué enternecedora imagen la de verme a mí mismo acicalando mi minúscula virtud como una niña a su muñeca, con la misma impaciencia y la misma discreta fantasía! La veo crecer muy lentamente: sonrío cuando se despereza, cuando se ensancha hacia los márgenes al tiempo que se afila en exactitud y contundente justificación. La recojo cuando se cae hacia un lado o hacia el otro, y le limpio las mancillas de barro que se posan en sus mejillas al tropezar. La creo mimar adornándola con buena prestancia, con indumentarias repensadas, con sabor de ideas nuevas y nobles. Compruebo cómo ejercerla en un lindero le permite de forma natural desparramarse también por el otro, y una prometedora primavera parece ir brotando a ratos imprevistos entre las frías rocas en colores rojizos como la sangre sincera. Pero, ¡ay!, la cruda realidad impone su aplastamiento, y una información desatendida, un comentario crudo y cínico o un despreciativo hecho bruto echan por tierra el fruto de lo que empezaba tímidamente un rumbo hacia la disciplina. “¿A qué esforzarte por cantar tu idea moral -parecen decir-, si toda ella está condenada de antemano?” “¿A qué hablar de justicia si mientras respiras dejas morir a tus hermanos por todos los lugares?”. Y te vienes abajo, corazón, te quiebras como la caña que procuró volverse rígida desafiando a su naturaleza sin contar con el Bóreas que arreciaba. Y tú mismo te unes al coro de desmoralizadores frente a los que, alegres, intentan embellecer el mundo. Lamentas lo que acaso no fue tu culpa, transitas en el brumoso recuerdo de vidas anteriores, por si en alguna de ellas estuviera la causa de que ahora seas una sarna del universo que te circunda.

Mas, ¡ea!, emerge ya de la fiebre de dudas desesperadas que te tienen postrado en lecho alucinado como a la madre que perdió a su amado único vástago. Deja de murmurar remordimientos y pesadillas que aturden hasta la parálisis. Que el mal que te aflige sea el mismo que produces es un buen punto de partida. Delatas amplias alforjas para la caridad si añoras no tanto la felicidad que podrías sentir cuanto la que podrías ofrecer. No te venzas, juicio moral, por la dificultad de cantar sin que los ruidos del caos desengañado ahoguen tu voto. No dejes de amar por más que no alcances a divisar ni un estandarte de la victoria: tu camino es el camino adecuado, recuérdalo cuando, lamentándote, te veas retardando el paso o deteniéndote a contemplar divertidas flores llamativas en las riberas. Los profetas de la oscuridad tienen razón cuando advierten que causas negrura como los demás, pero no la tienen cuando niegan que tu idea moral, una vez desplegada hasta sus últimas consecuencias, erradicaría toda negrura. Cree al oráculo del Caos en lo que tenga que decir sobre la insuficiencia de tus actos, mas no cuando dé a entender que no son necesarios. Es correcto que ames lo que amas, por más deseable que sería reproducir ese amor en cada una de tus respiraciones. Lo que haces por convencimiento moral es bueno: ahora multiplícalo por millares. Si estás convencido de lo que impartirá justicia, no lo abandones por el hecho de que a buen seguro no podrás colmar nunca sus exigencias; antes bien, afianza el sextante, sella el astrolabio, mira al horizonte sin mirar atrás a pesar de que el puerto de llegada parezca alejarse hasta el confín de lo posible. Vuélvete escrupuloso en el cumplimiento, pero no te fustigues cuando tropieces, como sin duda tropezarás, como tropieza todo lo que se mueve en el terreno resbaladizo del perfeccionamiento.

Tu mayor culpa ha sido nacer en un linaje de tiranos cósmicos: no puedes remediar eso. Pero puedes retirarte con disimulo, al menos durante la estación de las lluvias y durante los festivales de la destrucción, a una pacífica grutilla en la que meditar sin violencia, prescindiendo de todo capricho. Allí podrás de nuevo animar a tu atesorada virtud y despejarla nuevamente de heridas y residuos. Apartarás con cuidado y suavidad las moscas que acudan a sus costras por creerla moribunda. Soplarás, sí, a su noble frente, aparentemente achatada por mechones sudorosos de rubios cabellos ennegrecidos. Acunarás a esa hija que es también tu madre y tu padre, que es tu báculo sagrado, tu pasaje al coro de los justos y el señuelo para atraer hacia ese mismo coro a los seres que deambulan en penumbrosos laberintos forestales. Le cantarás una canción heroica y dulce al mismo tiempo. No esperarás, sin embargo, todos los triunfos inmediatos. No te apegarás a su rostro, que como todos los rostros se desvanecerá en la noche sin estrellas. Mas cantarás y cantarás, y lo harás con devoción a fin de que otros queden prendados de tan bella melodía, y no cesarás hasta que una congregación dance como en éxtasis a tu parénesis, a sabiendas de que tu mensaje es aún niño, incompleto y torcido como la sonrisa en los labios que han sido golpeados.

Véncete, soberano de tu persona. Ajeno a la indisciplina y vulgaridad circundante, desoyendo burlas e incomprensiones, desoyendo por encima de todo tus propias cavilaciones y paradojas con las que te golpeas a ti mismo, haz por caminar como un príncipe hacia la batalla final. En completa soledad, has de poder digerir y hacer tuyas las palabras que inspiraste mientras divisabas hermosos luceros que a pocos ojos titilaban, pues las ideas que aquéllas soñaron surgieron de ti, siquiera como reflejo y respuesta a la llamada lejana de palabras gemelas, y moran en ti.  Resiste al pecado, amigo, endurece tu abdomen, suaviza tu furia, aprieta los dientes fríamente, eleva tu cetro, atraviesa al dragón con amor. Y ofrenda, hermano de los que precisan hermanos, tus lágrimas de devoción, y abraza a los que puedan sentir los abrazos y aun a los que no puedan, y ábrete al siempre joven rocío de la pureza y al fin de la violencia. Mientras vivas, brilla. No estás llamado a menos.

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[Música: J. S. Bach, Widerstehe doch der Sünde (BWV 54. I. Aria). Nunca una exhortación de rechazo a los demonios sonó tan alegre y vivaz. Nunca se inspiró el combate espiritual con tanta fuerza y gracia en tan altas proporciones. Le entran a uno ganas de batallar sonriendo contra todos los dragones y dedicar la propia existencia a la erradicación del sufrimiento de todos los seres. Las notas orquestales y vocales de esta bellísima aria han acompañado la escritura de la consolación presentada y tienen buena parte de culpa de lo que pueda haber de bueno en el tono adoptado. Por su parte, el texto es recio como una admonición homilética medieval: Widerstehe doch der Sünde, / Sonst ergreifet dich ihr Gift. / Laß dich nicht den Satan blenden; / Denn die Gottes Ehre schänden, / Trifft ein Fluch, der tödlich ist (“Resiste al pecado, / o su veneno te agarrará. / No dejes que Satán te ciegue, / pues deshonrar la gloria de Dios / trae mortal maldición.”). Como curiosidad, Yoshikazu Mera, el andrógino contratenor japonés que canta en la grabación y cuya voz considero la más sensitiva y perfecta de su tesitura, ha tenido que combatir desde niño contra su propio demonio, y es que nació con osteogénesis imperfecta, enfermedad también conocida popularmente como “huesos de cristal”, expresión coloquial bastante explícita, poética y terrible.]

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He has achieved success who has lived well, laughed often and loved much; who has gained the respect of intelligent men and the love of little children; who has filled his niche and accomplished his task; who has left the world better than he found it, whether by an improved poppy, a perfect poem, or a rescued soul; who has never lacked appreciation of earth’s beauty or failed to express it; who has always looked for the best in others and given the best he had.

[Ha alcanzado el éxito quien ha vivido bien, reído a menudo y amado mucho; quien ha ganado el respeto de hombres inteligentes y el amor de los niños pequeños; quien ha llenado su nicho y ha cumplido su tarea; quien ha dejado el mundo mejor de lo que lo encontró, sea por una especie mejorada de amapola, un poema perfecto o un alma rescatada; quien nunca ha carecido de aprecio por la belleza de la Tierra ni ha fallado al expresarla; quien siempre ha buscado lo mejor en los demás y ha dado lo mejor que tenía.]

Bessie A. Stanley, “Whats is Success”, Heart Throbs (vol. 2), 1905, NY, pp.1-2

Te doy las gracias, dios de las mil formas, que un mensajero me envías en cada una de ellas para que me liberen de la culpa, para que esté más cerca del camino de tu voluntad. Haz que pueda comprenderte en los ojos suplicantes del hermano eterno que a todas partes me acompañan y que sufra con sus sentimientos.

S. Zweig, Die Augen des ewigen Bruders

Laudato si’, mi’ Signore, per sora nostra Morte corporale,
da la quale nullu homo vivente po’ skappare.

[Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana la Muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.]

S. Francisco de Asís, Cantico di frate Sole

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Ahora vemos que cada hombre es otro hombre, que cada aparente noble y cada aparente indigente conllevan el mismo impulso. No es necesariamente un arquetipo lo que distinguimos, sino un único sujeto fragmentado, un sujeto corpóreo y espiritual al mismo tiempo, masa de plenitud informe diferenciada tan sólo por nuestra escasa visión. Es el río del Ser que se bifurca y adopta figuras caprichosas e irriga nuestras estrechas imaginaciones, y se engrana en collares de causas y causas que dibujan aquello que llamamos el Todo. Ahora vemos que identificar a un hombre con sus palabras es la fuente de todos los males del mundo; porque si cada corazón hablase con total sinceridad para consigo mismo, todos dirían lo mismo. Y no ver en el otro a un enemigo es signo de haber hallado ese núcleo resbaladizo dentro de sí. Y nada sirve mejor a ese impulso divino que mora en cada átomo y en cada unidad de información cuanto negarse a odiar a nadie: ni a la raza que parezca odiar a la nuestra, ni siquiera a quien pretenda y quizá logre destruirnos, ni siquiera a quien disfrute mancillando todo lo que llamamos sagrado, ni siquiera a quien parece contradecir a nuestra constante cosmológica, que no es sino la Idea infinita y apacible que se sustenta a sí misma. Es abrazar compasivamente esa destrucción lo que engrandece más a la Idea, que pasa a resolver todas las aporías y echa sobre sus hombros el triste sino de las almas que penan haciendo penar. Pureza y Grandeza fueron criadas en el regazo de la buena Homeomería.

Responder siempre al que nos hable, no ocultarle aquellos de nuestros secretos que le sirvan de guía, ofrecerle nuestra mejor sonrisa y disponernos a ayudarlo hasta donde nuestra sangre hierva. Fácil decirlo, pero imposible de cumplir si no se medita en ello largamente o se cuenta con una misteriosa gracia. Nunca se prodiga uno lo bastante en lo ajeno, nunca se alaba suficientemente a la posibilidad de gozo con que cuentan todas las perlas de la Creación, que en algún momento podría satisfacernos a todos, cuando tal vez no seamos hombres o ranas, sino quieto pajar o nombre murmurado en mundos sin nombre. La fraternidad se pone al servicio del hermano, regocijándose cuando impera el regocijo, compadeciendo cuando truenan los llantos, laborando en la misma empresa que levanten los pobres de espíritu, secando el sudor al obrero del cielo y de la tierra. Acaso este amor sin puertas no sea el salto último a la sabiduría, pero parece sendero obligado para quien, entre los seres sensibles, contamos con ajuar de pasiones y discreto entendimiento.

Y, si la Idea sonríe a los injustos y crueles, ¿cómo no abrazará también al hermano asustadizo que se despeña a cuatro patas? ¿Qué menos que veneración merecen la laboriosa abeja, fecundadora de naciones, o el mudo pez del mar? Ver a un hermano en todo no es principalmente delirio amoroso, sino serena ecuanimidad ante las difusas fronteras que lindan nuestro parcial planisferio de la existencia. Puesto que estar vivo supone contribuir a la vida y a la muerte al mismo tiempo, es preciso cultivar la primera sin odiar a la otra: la Idea es viviente e inerte, y sólo pide hacer lo más suavemente posible el paso entre lo uno y lo otro, sin resistencia, sin pasión, sin aferrarse al recuerdo de que una vez todos fuimos parte de un rey, una mujer, un esclavo, un buitre solitario, un escorpión del abrasado desierto, una paciente roca de montaña y el flujo cien mil veces milenario del dorado polvo estelar.

***

St.Anthony preaching to the fishes, Padua, Mural Fresco

[Los tres romances tradicionales que canta aquí Joaquín Díaz tratan de leerse en la mirada ajena. El de Jesucristo en traje de pobre viene con la anagnórsis egoísta que destruye a lo más amado, la misma moraleja de Los ojos del hermano eterno de Zweig o de Jean de Florette de Marcel Pagnol. El día de los torneos, mi favorito del romancero por su pureza y mensaje, revela el hecho desde su reverso positivo y beatífico, y aun quedaría hueco para fantasear en hermanarse con la montura que lleva a los protagonistas, así como a las fieras que cazaba el padre. Los milagros de San Antonio relata la armoniosa caridad del santo con las aves, no tratándose de San Antonio Abad, patrón de los animales, sino más bien de San Antonio de Padua, digno discípulo de San Francisco de Asís y de quien también se relata un vínculo comunicativo de excepción con los animales, llegando al paroxismo en su predicación a los peces, reconociendo implícitamente y de algún modo el alma que muchos materialistas les niegan:

A estas y semejantes palabras y enseñanzas de San Antonio, comenzaron los peces a abrir la boca e inclinar la cabeza, alabando a Dios con esos y otros gestos de reverencia. Entonces, San Antonio, a la vista de tanta reverencia de los peces hacia Dios, su Creador, lleno de alegría de espíritu, dijo en alta voz:

-Bendito sea el eterno Dios, porque los peces de las aguas Le honran más que los hombres herejes, y los animales irracionales escuchan Su palabra mejor que los hombres infieles.

Y cuanto más predicaba San Antonio, más crecía la muchedumbre de peces, sin que ninguno se marchara del lugar que había ocupado.

Florecillas de San Francisco, XL.]

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