Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Poética del Ascenso’ Category

Aber sie kommen, sie wägen Aeonen des Kampfes auf, die Augenblicke der Befreiung, wo das Göttliche den Kerker sprengt, wo die Flamme vom Holze sich löst und siegend emporwallt über der Asche, ha! wo uns ist, als kehrte der entfesselte Geist, vergessen der Leiden, der Knechtsgestalt, im Triumphe zurück in die Hallen der Sonne.

[Pero acaban llegando los momentos de la liberación que compensan siglos de lucha, momentos en que lo divino sale de su celda, en que la llama se desprende de la madera y se eleva victoriosa sobre las cenizas, en que nos parece que el espíritu libre, olvidadas las penas y la servidumbre, vuelve en triunfo a las galerías del sol.]

F. Hölderlin, Hyperion 1.53

 

El Hijo del Hombre estuvo de acuerdo con Sabiduría, su cónyuge, y manifestó una gran luz andrógina. Su nombre masculino es denominado «Salvador, generador de todas las cosas». Su nombre femenino es denominado «Sabiduría totalmente generadora». Algunos la llaman, sin embargo, «Fe».

Epístola de Eugnostos (NH III 2 y V 1-17)

 

Non coerceri maximo, contineri tamen a minimo, divinum est.

[Cosa divina es no estar ceñido a lo más grande, sino estar contenido en lo más pequeño.]

Epitafio simbólico para celebrar el primer centenario de la muerte de San Ignacio, incluido en la Imago primi sæculi Societatis Iesu (1640)

 

¿Quieres conocer el nombre de esa llama interior que arde hacia lo alto como una espiga otoñal invencible, centinela de los amaneceres y los hundimientos? No es corona de oro y zafiros, ni abstruso arquetipo de filósofos alejandrinos, ni poder mágico con el que domeñar a las bestias y a los soles. No brilla como el serafín que creíste ver en sueños ni como la Dama universal de finos rasgos y enjoyados pechos que penetra a la materia toda, fértil para el Espíritu que la fecunde. Prescinde de mayúsculos epítetos, así como de atronadoras músicas corales. No pasea ante el ojo de los artistas como la visión de un duende de los lagos o de una aurora boreal, presentimiento de muchas cosas. Es, en cambio, la sencillez de la mirada profunda por amable y amable por profunda, cálido acontecer de pulsos firmes, recogida de leña en el ocaso, plegaria humilde a un dios esquivo, nube del alma de la que caerá nutricia lluvia tras el tropiezo, frescor entre sudores, obra misericordiosa, legítimo asueto inocente en la claridad del mediodía, distraída sonrisa sin premura ni esperanzas, ángel alumbrado de entrañas de amor propio entre dolores de parto, lecho de paja compartido con todos los seres, amor adolescente hacia la justicia y el mérito, continuidad serena de las labores que permiten comer. Es tu luz interior, tu signo crucífero, tu masa espiritual. No podré decir el nombre, pero se asemeja al tuyo, tan incierto y difuso como el que, por voluntad de tus padres, designa a la unión de tu cuerpo y tus pensamientos en la penumbra nocturna, cuando los halcones duermen en el sotobosque a la espera de un alba provechosa en la que beber el rocío cien mil veces evaporado hacia lo desconocido.

[Música: F. Liszt, Soneto 123 del Petrarca (versión para piano solo). El poema que despierta la fantasía del compositor es la siguiente evocación de un lamento que, de tan bello que es, arraiga con elegancia en los fenómenos de la naturaleza: I’ vidi in terra angelici costumi, / E celesti bellezze al mondo sole; / Tal che di rimembrar mi giova, e dole: / Che quant’io miro, par sogni, ombre, e fumi. / E vidi lagrimar que’ duo bei lumi, / Ch’han fatto mille volte invidia al sole; / Ed udì’ sospirando dir parole / Che farian gir i monti, e stare i fiumi. / Amor! senno! valor, pietate, e doglia / Facean piangendo un più dolce concento / D’ogni altro, che nel mondo udir si soglia. / Ed era ‘l cielo all’armonia s’intento / Che non si vedea in ramo mover foglia. / Tanta dolcezza avea pien l’aer e ‘l vento. En su traducción quedaría así: “Angélicas costumbres vi en el suelo / y una celeste y única hermosura, / cuyo recuerdo es gozo y amargura, / pues entre sombras y humo me desvelo. / Dos bellas luces vi llorar con duelo, / que a la lumbre del sol hacen oscura, / y oí cosas que al Tíber, por ventura, / harían parar, y andar al Mongibelo. / Cordura, Amor, Dolor y Cortesía / tan bien armonizaba su lamento / que nunca el mundo oyó tal armonía; / y el cielo estaba a ella tan atento / que en las ramas ni una hoja se movía, / pues su dulzura saturaba al viento.”]

Anuncios

Read Full Post »

 

Incluso en la decadencia, un hombre virtuoso
incrementa la belleza de su comportamiento.
Una tea ardiendo, aunque vuelva al suelo,
tiene una llama que se eleva a lo alto.

Sakya Pandita, Un precioso tesoro de dichos elegantes 15

 

Las ochenta maravillosas actividades surgen
de la causa concordante del amor;
temiendo que este texto fuera demasiado largo,
¡oh, rey!, no lo explicaré.

Nagarjuna, La preciosa guirnalda 197

 

Cuando vean que una lluvia de flores y perfume extingue
el flujo incandescente de lava de los infiernos,
saciados de dicha, de repente se preguntarán: “¿Cómo es posible?”
Que entonces los habitantes de los infiernos contemplen al que sostiene el Loto.

Śāntideva, Bodhicharyāvatāra 10.12

Je ne parlerai pas, je ne penserai rien:
Mais l’amour infini me montera dans l’âme,

[No hablaré, ni pensaré en nada, / pero el amor infinito ascenderá en mi alma.]

A. Rimbaud, Sensación, Marzo de 1870

 

A los bodhisattvas que, a la luz del día o en el completo anonimato, abrillantando cada hora de cada milenio el mundo sin que lo sepamos, comprometiendo todas sus encarnaciones futuras a su noble voto, persisten en su desmedida labor sin final de erradicar cualesquiera taras de los seres sintientes. A todos los seres sintientes.

 

¡Sugatas de los tres tiempos, elevad el acento de mi proclama! Os invoco en el cielo del corazón, donde empieza a correr sangre nueva, teñida del color de sílabas de mantras, bendecida por maestros perfectos que, como centinelas de la sabiduría, guardan el terreno conquistado para que nosotros, los recién centelleados por el resplandor de su purificación, lleguemos más rápidamente hasta donde llegaron ellos en combate contra tiempos sin principio. Con acritud sin medida contra la opresión de todos los seres, reflejo del que dependo, ¿cómo no me he decidido a dar rienda al más transgresor de los deseos alumbrados, la liberación de todos los seres? Habrá de ser satisfecho tal deseo por mis agregados hasta el punto de separarse ellos mismos, caiga la lluvia de la violencia o el duro invierno de la carestía. Troceado, caminaré entre las calles tenebrosas del mundo impuro agitando la campana ritual para ahuyentar los vicios y las actitudes ciegas que nos abisman a todos. Moldearé, esculpiré, desangraré o cercenaré mi carácter con tal de coronarme y gobernar a las aflicciones, pues preferible es repartir oro cojeando que residuos a buen paso. Lleno de rencor, libraré mi batalla contra el coágulo deforme de mi continuo mental: o sobrevivirá éste o sobrevivirá el Buda; no hay tercera opción. Solamente se detendrá la Rueda de Renacimientos si descendemos de ella los seguidores del Conquistador y atrancamos su mecanismo con las más preciadas de nuestras posesiones, con la posibilidad de transmigraciones a reinos superiores, con la carne de nuestras piernas, entrañas y cráneos, con nuestros corazones aún palpitantes, ofrecidos sobre hojas de palma.

Escucha, Perfección: habrás de ser mía más pronto o más tarde, con mayor o menor bagaje de dolor a mis espaldas, pero te encontraré y te multiplicaré entre mis madres los seres. Nada podrían hacer los dioses para impedirlo, pues convencido estoy de que, con la verdad absoluta de mi parte, anhelando también el despertar para sus adormiladas mentes felices mas mortales, lograría convencerles durante un diálogo que no duraría más de un eón. En cambio, sellando los sentidos, amenazo a mi cuerpo: “Si me sirves en mi determinación de erradicar el sufrimiento de todo lo que existe, no te faltará lo necesario; mas, en caso contrario, no te daré tregua”. Algo parecido diré a los venenos que me recorren: “Sois mis enemigos, de suerte que o aceptáis convertiros en vasallos, fuerzas virtuosas al servicio de todos los seres, u os aniquilaré con la espada fulminante de mi arrojo”. Seré avaro con la avaricia, traidor a la inmoralidad, displicente con la desidia, airado con la ira, ignorante de tantas falsedades como pueblan los reinos, y no prestaré la más mínima atención a la distracción. De un modo u otro me cubriré de los pāramitās, ornado así con los únicos ornamentos dignos de tal nombre. Y, perdiendo la noción de hacedor, acción y receptor, no seré más que un bálsamo al sufrimiento, allí donde surja. Sin virtud no hay sanación para quien sufre, pero sin víctima a la que sanar no puede haber cultivo de la virtud; toda bendición no es, pues, más que un reequilibrio de un mismo vacío lloroso y ávido de falsas plenitudes. Tan sólo falto yo, pues, en ese collar excelente, en ese juego supremo, puesto que el sufrimiento y la acción que lo remedia ya están a la espera ante mi dubitativa figura. Aupado por las aflicciones ajenas, me vestiré de méritos para poder rescatar a los afligidos una vez adquiera las treinta y dos marcas del Omnisciente.

Esta guerra se combate en los actos cuidadosos de las manos y tras los velos del rostro: una sonrisa afable e incondicional será el destilado de las fuerzas que se purifican al rojo vivo en el secreto de mis pasiones. Mientras mis maneras delicadas empiecen a penetrar suavemente el sensible ánimo de los seres pueriles, mi corazón arderá por el trabajo de dejar de ser uno de ellos, siempre con el único fin de atraerlos a las atalayas que la diligencia de los Victoriosos vaya apuntalando para su resguardo. Amabilidad discreta y elegante condescendencia será lo que vean y lo que les ofrendaré en mi aspecto, por más que afinar una pureza incondicional me cueste tempestades e infiernos corriendo por mis venas, que no describiré a nadie. A todos contestaré como amigo cortés o gentil doncella, o afinaré mi canto si es que renaciese en un nido de pájaros o en solitaria montaña de titanes. Entretanto, me ofreceré como néctar al sediento, como talismán milagroso a todo anhelo, como blanca nieve al espíritu incendiado y como cálida brasa al aletargado por el helor de mundos descompuestos. En ordinarias situaciones me conduciré como uno más mientras contemple el cultivo de las virtudes en el silencio solitario o al fuego de la sabiduría que deseca de fascinación a los fenómenos. Resistiré todo el daño que me hagan durante vidas sin número si con ello logran un paso hacia la dicha irreversible. ¿Y acaso no son en verdad mis estados aflictivos, espirales alimentándose a sí mismas, las que me laceran, causando destinos infortunados a aquellos seres que en su ofuscación creen ser los heridores? ¿Por qué acusas a otros seres de ser la causa de tus males, cuando en verdad tú, el objeto de sus aflicciones destructivas, eres la causa de los suyos? ¡Oh necio de mí! Pidamos perdón por dar forma a los odios y agresiones de los otros. Que me descuarticen, que me aguijoneen, que me destrocen en todas mis naturalezas siempre que les beneficie: yo me encargaré por mi lado de sostener en alto el estandarte de la aspiración pura. Jamás obedeceré mis caprichos, nunca emprenderé acción alguna que no piense en beneficio de los que sufren. ¿Cuándo fueron dulces los dolores de parto? Pero esta vez se trata de parir a un adolescente ya erguido, decidido, aguerrido, que habrá de madurar hasta convertirse en la preciosa bodhicitta, joya mayor que la Joya-que-colma-todos-los-deseos.

Empiezo ofreciendo tantos ensortijados mundos como granos de arena hay en el Ganges. De cada uno de esos mundos, con su monte Meru, sus cuatro continentes, el sol y la luna, surgen cien millones de dakinis, portando cada una otros tantos mundos aun más bellos en bandejas de oro, repletas también de ofrendas dignas de monarcas universales, manjares divinos, incienso bendecido, perfume destilado de los primeros jazmines tras el nacimiento de un Buda. En vasijas de color de lapislázuli entre mi cuerpo despiezado y mi ilusoria alma, una vez fermentados sus kleśās, esparcida entre diversos recipientes que habrán de ser quemados en la hoguera de la absorción meditativa. ¡Oh, Venerables, otorgadme la iniciación! ¡Tomo refugio en la infabilidad de vuestra palabra, en la santidad de vuestra conducta, en la apacibilidad de vuestra postura y en la claridad de vuestra visión ilimitada! Me postro junto con los infinitos cuerpos de las infinitas criaturas ante la humildad resplandeciente de vuestros hábitos. Ayudadme, ¡os lo ruego!, a alcanzar el logro supremo, y pueda convertirse cada uno de mis gestos en un mudra sagrado que transfigure en dicha eterna los tres venenos de la existencia, que en todas partes anidan.

Espíritus locales, no permitáis que esta aspiración decaiga. Recordadme mi compromiso, ¡os lo ruego!, con lluvias, con plagas mágicas de insectos, o acaso con el canto del agorero cuervo. Que pueda sostener en alto la flor de utpala azul mientras duren los tiempos, allí donde para albergar esperanzas en el sendero de la Iluminación sea preciso que los pueblos alcen su vista y exclamen: “¡Mirad!, por allí levita un Honrado-por-todo-el-mundo, un libertador inmortal, la esencia de nuestra mente”. Y que se deleiten con el juego de las innumerables formas del orgullo divino en su sutil y mágica manifestación Saṃbhogakāya, que brillará sosteniendo cuencos de néctar, reconcentrando el universo entero en su inmaculado mandala, su paraíso particular, que no es sino el de todos, pues, desconocedores de la avaricia, siempre dejaron los paraísos sus puertas abiertas. No debo dejar abandonados a los seres ahora que me he comprometido a convertirme en su eterno valedor; ¿no les abatiría una tristeza sin medida saber que les ha traicionado quien pretendía anhelar la glorificación de los perseguidos, los tullidos, los hambrientos, los incapaces y los melancólicos? Será por honor que renunciaré a todo honor, al que esparciré como cenizas de cadáver en el océano de la interdependencia, sobre el suelo misterioso de la vacuidad.

Adoptaré una mirada adamantina que anhelarán poseer todos los seres con los que me encuentre, y sin dudarlo les indicaré el próximo paso que han de seguir para obtenerlo. Serán rasgados todos los velos o navegaré entre océanos de eones, reposando brevemente en los puertos de vidas ejemplares. ¿Quién podrá descansar hasta que se escriba el punto y final a los anales del pesar? De nada me servirá la condición sublime si ajetreadas quedan todas mis madres hocicando espantajos en Saṃsāra. Así, cueste lo que cueste, caigan los reinos que caigan, se sucedan los mundos que hayan de sucederse, nada se detendrá, nada se cambiará, nada alterará la decisión del paso firme. Llegará el día, acaso fuera de esta era, en el cual, derrengado hasta el agotamiento de todo desafío, ofreceré la Tierra Pura de Tushita a cada criatura, mi hermana, mi madre, mi verdadero yo, iridiscencia cien mil millones de veces reflejada de un vacío supremo e inasible al que es preciso devolver el gobierno de las conciencias. Bendecidas por la sabiduría inmarcesible de los santos, el devenir será al fin el paseo de un cisne en un estanque de lotos, ya fuera del tiempo, allí donde Kalachakra y su consorte trascienden toda sucesión. Seré tesoro de los buscadores, el árbol del ave, la mitra del clero, la cuerda del armónico laúd. Seré refugio para los perseguidos, canoa para el navegante, esmeralda para el cuello imperial, sílaba para el enmudecido, claridad para los entendimientos, ungüento para desgarrados, sandalia para el viajero. Me tornaré milagro para el incrédulo, recuerdo para el olvidadizo, flores para el lloroso, párpado para el visionario, miel para el agriado, abrazo sin cese para el desabrigado y el desolado. Lustraré lo contaminado, cauterizaré lo infecto, suturaré lo rasgado, bendeciré a los condenados. Me enamoraré de todos y con todos bajo palio santificaremos nuestro amor. ¡Oh seres, voy en vuestro auxilio, no temáis! Poco podré hacer mientras camino introspectivo sacudiéndome oscurecimientos; pero esperadme a lo largo de esta vida o, a lo sumo, unos pocos eones: llegará el día en que los lotos medicinales que os lance con júbilo llegarán certeros a vuestras heridas, iluminando vuestros cinco agregados antes de que se dispersen gozosamente, y la beatitud se convertirá en un sol en vuestra mente y hará estallar todo lo que ahora creéis ser.

Todo sea por siempre auspicioso, en cualquier universo, en cada fibra de entidad, en cada brote y en cada desasimiento. Amén, amén, amén.

***

[Música: Namgyal Lhamo canta la canción tibetana Chang ya-re. De A. Scriabin suena el primer movimiento (Luttes) de la sinfonía No. 3 Op. 43 (Le divin poème); la sinfonía relata en tres grandes movimientos las etapas de la liberación humana: Luttes, Voluptés y Jeu divin.]

Read Full Post »

 

 

Corre l’onda vagabonda,
fugge il lido, e sempre riede
ad accrescer l’acque al mar.
Tal già sento che il contento
a quel sen rivolge il piede
che pria vole abbandonar.

[Corre la ola vagabunda,
huye a la orilla, y siempre regresa
para acrecentar las aguas del mar.
Así siento ya que el contento
regresa sobre sus pasos a aquel corazón
que antes quiso abandonar.]

N. Giuvo, La Gloria de la Primavera

 

El movimiento causado por un corazón puro es como la influencia vivificante del aire de primavera y la influencia de la muerte del aire de otoño.

Lao-Tse, Wen-Tzu 21 (vers. T. Cleary)

 

 

 

¿Qué dominio de la Primavera queda preservado del calor dorador del verano, del agrietamiento pardo del otoño o de la dura sequedad invernal? Ni ave, ni hombre, ni brisa se librará. Y, sin embargo, regresa una vez más resucitada Flora a esparcir sus serpentinas de sépalos para que festejen las hacendosas abejas enhebrando los colores rubescentes en los carrillos de Pomona. Toda Primavera ha de morir, porque la vida de un ciclo consiste precisamente en ello, en el giro perpetuo, en el ángulo que enflora por un lado y se avejenta por el otro. Quien guarde sensibilidad a las cuatro esquinas del devenir, asentirá a cada una de esas edades en que se extrema el año, el día, la vida y la historia. Las cuatro estaciones se dan a la vez en todos los seres, pues cuerpos y almas ascienden y declinan en figura mientras son alimentadas por los rayos del sol y mientras alimentan a la tierra maternal y al aire con aliento, canto y carnes. Nunca deja de haber intercambio: nos encontremos floreciendo o regando otras flores con nuestro apagamiento, siempre dialogamos entre los seres, trasvasando polen espiritual y céfiros de palabras, calor material y latidos que ponen en marcha sangre y obras. ¿Qué importa quién sea ahora Primavera y quién Invierno? ¿Quién sabe si aquella apariencia de declive o aquella de renacimiento no son gestos equinocciales de un marzo secreto más que de un deshojado entretiempo? Lo cierto es que todos, ora saltando ágiles, ora sirviendo de meros eslabones fatigados, giramos en corro alrededor de un mismo movimiento, un centro incesante de sones a cuyo ritmo danzan los eones. Y esos sones no son sino la respiración circular de las manifestaciones, el arquetipo de la lejana melodía del ruiseñor que engendra y que agoniza, el agridulce aparejo mágico de la vacuidad.

 

 

 

 

[Música: Cuatro fragmentos de La Gloria de la Primavera de A. Scarlatti, donde las cuatro estaciones disputan cuál de ellas posee el más alto honor con motivo de haber contribuido a la concepción y nacimiento del recién alumbrado archiduque Leopoldo, futura cabeza del Sacro Imperio. Las cuatro cantan a coro L’aura sussurrando; Verano y Otoño expresan sus buenos deseos para el nuevo emperador y sus dominios (Arda avvampi l’alme accenda); lo mismo hace la Primavera (Il destin la sorte, e il fato), mientras que el Verano homenajea bellamente al Céfiro fecundador (Fa che Zeffiro tra fronde).]

 

Read Full Post »

Gratias tibi, bone Jesu, lux lucis æternæ, pro doctrinæ sacræ mensa, quam nobis, per servos tuos Prophetas, et Apostolos aliosque Doctores ministrasti. Gratias tibi, Salvator et Creator hominum, qui ad declarandam toti mundo charitatem tuam cœnam parasti magnam, in qua non agnum typicum, sed tuum Corpus sanctissimum, et Sanguinem proposuisti ad manducandum: lætificans omnes fideles convivio sacro, et calice inebrians salutari, in quo sunt omnes deliciæ Paradisi; et epulantur nobiscum Angeli sancti, sed suavitate feliciori.

[Gracias te hago, Señor Jesús, luz de la eterna luz, por la mesa de la santa doctrina que nos administraste por tus santos siervos los profetas y apóstoles, y por los otros doctores. Gracias te hago, Criador y Redentor de los hombres, que para declarar a todo el mundo tu caridad, aparejaste tu gran cena, en la cual diste a comer no el cordero figurativo, sino tu santísimo cuerpo y sangre, para alegrar a todos los fieles con el sagrado convite, embriagándolos con el cáliz de la salud, en el cual están todos los deleites del Paraíso, y comen con nosotros los santos ángeles, aunque con mayor suavidad.]

T. de Kempis, Imitatio Christi 4.11 (trad. Fray Luis de Granada)

 

Hic puer ad casum populi datur, iste renasci
Concedet populos; dictum in contraria signum
Istius adueniet, percurrens debita leto
Atque animam matris ferro fulgente machaera,
Quo pateant tecti tenebrosa uolumina cordis.

[Este niño se otorga para infortunio de pueblos, éste permitirá que renazcan pueblos; su palabra llegará como señal para contradicciones, pagando su deuda para con la muerte y recorriendo el alma de su madre con un puñal de hierro refulgente, para que se muestren claramente los tenebrosos repliegues del oculto corazón.]

Juvenco, Historia evangelica 1.209-213 (trad. M. Castillo)

 

εἰ οὐ ποιῶ τὰ ἔργα τοῦ πατρός μου, μὴ πιστεύετέ μοι: εἰ δὲ ποιῶ, κἂν ἐμοὶ μὴ πιστεύητε, τοῖς ἔργοις πιστεύετε, ἵνα γνῶτε καὶ γινώσκητε ὅτι ἐν ἐμοὶ ὁ πατὴρ κἀγὼ ἐν τῷ πατρί.

[Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras; para que sepáis y entendáis que el Padre está en mí y yo en el Padre.]

Jn 10: 37-38

 

ἀπεκρίθη αὐτοῖς ὁ Ἰησοῦς, Πολλὰ ἔργα καλὰ ἔδειξα ὑμῖν ἐκ τοῦ πατρός: διὰ ποῖον αὐτῶν ἔργον ἐμὲ λιθάζετε;

[Jesús les dijo: Os he mostrado muchas obras buenas que vienen del Padre. ¿Por cuál de ellas me apedreáis?]

Jn 10: 32

 

Αὐτὸς γὰρ ἐνηνθρώπισεν, ἵνα ἡμεῖς θεοποιηθῶμεν.

[Él se hizo hombre para que nosotros nos hiciésemos dioses.]

San Atanasio de Alejandría, De incarnatione 54

 

Hoy, día de la Natividad del Señor, se conmemora el instante en el que el Absoluto, no limitándose ya a su manifestación como Creador personal, decidió rendirse a la categoría humana, en una familia pobre y perseguida en tierra colonizada, para ser entregado en su carne y sin resistencia a la malicia increíblemente destructiva de los otros hombres, y, de ese modo, mostrar a los ojos físicos el camino de generosidad que otrora solamente vislumbraban en sus mientes los más elevados espíritus. Por creer en este dogma sublime y en todas las palabras que lo anunciaron, en esta enseñanza radical e irrebatible como es el sacrificio incondicional y concreto, en esta violencia redentora, dolorosa y dichosa a un tiempo, como la de un universo pariendo a otro universo, por tal creencia mueren y sufren hoy más millares de personas que nunca en países trastornados por la estulticia, la carestía  y la violencia. A todos ellos, víctimas y verdugos, vaya mi recuerdo en esta efemérides portentosa, remache moral del mundo antiguo, alegría de esperanza motivadora como pocas y puerta a la contemplación perfecta para unos pocos. Resuenen jubilosas las campanas, entonen sus himnos las aves canoras, acudan los humildes y los reyes al pesebre, que ha nacido de  mujer el Verbo sin principio y ha insuflado en la humanidad la confianza en su propio poder: el amor sin límites y la sabia percepción de la divinidad en todo rostro. ¡Hosanna!

Enhorabuena a los cristianos de corazón por contar con tan sólida salvaguarda y enhorabuena al mundo por contener todavía a tales cristianos.

GLORIA IN EXCELSIS DEO ET IN TERRA PAX HOMINIBUS BONAE VOLUNTATIS.

LAUS DEO VIRGINIQUE MATRI.

[Música: La primera es Cantique de Noël de A. Adam. La segunda y última es de G. B. Pergolesi: Confitebor tibi Domine. VII. Sicut erat in principio (“… et nunc, et semper, et in sæcula sæculorum. Amen.”), en grabación dirigida por D. Fasolis. Es ésta genial obra (aunque sospechosamente parecida a la obertura de su ópera Adriano in Siria, así como el Stabat Mater y el Salve Regina también se asemejan entre sí en buena medida), obra que fuera escrita cuando el compositor contaba con veintidós años, menos de un lustro antes de su muerte, tristemente acaecida en 1736.]

Read Full Post »

L’uomo sempre se stesso distrugge,
l’anno sempre se stesso rinuova.

[El hombre siempre  a sí mismo se destruye;
el año siempre a sí mismo se renueva .]

Cardenal Benedetto Pamphili, Il trionfo del Tempo e del Disinganno I

 

Si lanzas la flecha en el bosque de los gritos, el bosque del padre se tranquiliza.

14º signo (Tele-Mejí) del sistema de adivinación Fa del vodún del antiguo reino de Dahomey (trad. M. Serrat Crespo)

 

De entre las espinas de lo vulgar y los temblores sublimes resurge la rosa renacida, cotidiana como la reiteración de los impulsos de la vida, única como el canto de un demiurgo. Se explaya y nos circunda, y te llama a henchir la noción de una alegría carente de esperanzas, una trabazón de fuerzas en pos del bien. Es fuerza de transmutarse en energía del ejército del orden, energía lábil como la luz, enmascarada por el gesto en el maremagno trivial de conductas urbanas, latente en la conciencia de una identidad que trasciende los tiempos y la substancialidad ilusoria de los entes. Recuerda la impermanencia de todo lo nombrable, la indefinición de todas las categorías, el secreto de la ignorancia última, los milagros de Amor, el rocío liviano de ideas y pasiones, la compasión sin ostentación por todo lo que gime. Ya no se plantea la disyuntiva: tu impulso es necesario mandato divino y al tiempo está necesariamente condenado, por lo que completa tu mutación y muere en el intento. En un instante pasa de lo grosero a lo eterno, de todo a nada, de lo imposible a lo realizado. Como los santos que lamían a los leprosos, así hallaremos paz en contemplar los bubones que supuran hasta el tránsito estigio de la antimateria.

Convertido en estanque de lotos, tu corazón hace resonar su ritmo en pasos, en palabras llanas y puras como el cielo profundo, en caricias con la parquedad de la sabiduría sin arrebato. Y un rayo de divina solemnidad recorre súbito la sonrisa de tu labio, y en renovación incesante de pliegues sobre el sufrimiento universal, orando por convertirte en el dios que los salve, si es que logras en alguna etapa del ser no contribuir sencillamente a su muerte. Comprendieron nuestros ancestros que un día naceríamos para redimirlos, y de ahí que nos alumbrasen a esta pringosa existencia, círculo de nubes grisáceas como la lluvia que se disfraza de la noche, en las horas en que solamente el experto en la ciencia del devenir sabe distinguir el alba del ocaso y reconocer a la par que lo uno no es sino cónyuge de lo otro.  Placer, dureza, mezquindad, desasimiento, color, comprensión… todo en la palma de tu mano, la misma mano que usas para contar dinero, para servir el té a tus convidados, para pulsar las cuerdas de un antiguo instrumento y para saludar al infinito inasible que nunca cabrá en los cien mil millones de mundos, el infinito que nunca conoceremos como creemos conocer el trazo simple de un folículo o el mecanismo de la radiación solar.

[Música: G.-F. Händel, Tu del Ciel ministro eletto (Il trionfo del Tempo e del Disinganno II), en la voz de Natalie Dessay con Le Concert d’Astrée de Emmanuelle Haïm. Con esta aria da capo contemplativa, sublime y contenida como pocas, suspendida entre silencios de inefabilidad, Belleza concluye el periplo de autoconocimiento que ha realizado de la mano de Tiempo y Desengaño, renegando al fin de Placer y del engañoso espejo en el que ella se observaba a sí misma como substancialmente deseable, y se encamina, en cambio, a la fuente invisible y empírea de su naturaleza sin principio ni fin. Concluye así el más perfecto de los oratorios alegóricos del siglo XVIII y, por extensión, de la historia, con el permiso de Die Schuldigkeit des ersten Gebots de Mozart. Aun lamentando haber revelado el desenlace, es de reconocer que, dado el contexto, era previsible. Con esta obra Händel compuso en 1707 su primer oratorio (HWV 46a), y exactamente treinta años después fue retomado (Il trionfo del Tempo e della Verità HWV 46b), y acabó siendo su última incursión en el género en 1757, cuando regresó a la partitura para corregirla y adaptarla a la lengua inglesa (The Triumph of Time and Truth HWV 71), cerrando así el círculo moral por el que su vida galante en Inglaterra le había llevado.]

Read Full Post »

Y así cada uno alaba o desalaba lo que se le antoja, encubriendo siempre la tacha con el nombre de la virtud que le está más junta o la virtud con el nombre de la más junta tacha. De suerte que del descarado y soberbio dicen que es libre y valeroso; del templado, que es seco […]

B. Castiglione, Il cortegiano 1.13, trad. J. Boscán

 

[Sera dit mauvais, ou esclave, ou faible, ou insensé, celui qui vit au hasard des rencontres, se contente d’en subir les effets, quitte à gémir et à accuser chaque fois que l’effet subi se montre contraire et lui révèle sa propre impuissance.]

Se llamará malo, o esclavo, o débil, o insensato, a quien se lance a la ruleta de los encuentros conformándose con sufrir los efectos, sin que esto acalle sus quejas y acusaciones cada vez que el efecto sufrido se muestre contrario y le revele su propia impotencia.

G. Deleuze, Spinoza, trad. A. Escohotado, pp.33-34

 

[In communibus deinde colloquiis cavebit hominum vitia referre et de humana impotentia non nisi parce loqui curabit : at largiter de humana virtute seu potentia et qua via possit perfici ut sic homines non ex metu aut aversione sed solo lætitiæ affectu, moti ex rationis præscripto quantum in se est, conentur vivere.]

[Además, en los coloquios ordinarios se guardará de referirse a los vicios de los hombres, y tendrá cuidado de no hablar de la impotencia humana sino con parquedad, y, en cambio, hablará ampliamente acerca de la virtud o de la potencia humana, y de la vía por la que pueda perfeccionarse, para que, de esta suerte, los hombres se esfuercen cuanto esté en su mano, no movidos por el miedo o el aborrecimiento, sino por el solo afecto de la alegría, en vivir conforme a los preceptos de la razón.]

Spinoza, Ethica ordine geometrico demonstra, 4. App. 25, trad. V. Peña

 

Cuando ya te has llenado de los aromas del mundo y los conoces de cerca, suceda lo que suceda no te sientes terriblemente implicado. Cuando llegas a entender totalmente los sentimientos humanos, sólo asientes con la cabeza sea quien sea el que recurre a ti.

Huanchu Daoren, Retorno a los orígenes, trad. A. Colodrón a partir de la versión de T. Cleary, p.96

 

Quienes desean encarnar el Tao han de aceptarlo todo. Aceptarlo todo significa en primer lugar no tener cólera ni resistencia hacia ninguna idea o cosa, viva o muerta, con forma o sin forma.

Pseudo-Lao-Tse, Hua Hu Ching 3, a partir de la versión de B. Walker

Los signos de vida más saludables y bellos son oscilaciones. Los ciclos de los tiempos regresan una y otra vez en forma de días, noches y estaciones, como las órbitas planetarias o los pulsos animados de los corazones. Cuando una música suave nos cosquillea, un leve péndulo parece enraizar en nuestra médula, incitándonos a ladear a derecha e izquierda, adelante o atrás; y si una pulsión danzarina exagerada revela cierta descompensación del carácter o un desbordamiento de los instintos, no es menos cierto que la total ausencia la misma revela un bloqueo, una cojera del alma, una incapacidad para aceptar y comprender los vaivenes del entorno natural o artificial. No es sano lo que no oscila, o bien no está vivo. Allí donde haya un componente de materia -excluyendo, pues, a los espíritus puros-, se requiere del movimiento, y un movimiento aperiódico está pronto a desbocarse tristemente. También fenecen, claro está, las espirales y los círculos cuando la energía termina por liberarse por entre las paredes de éter que los unen con el resto del mundo; pero es ésta una muerte dulce, un sabio dejarse ir, una aceptación disciplinada. A la luz de las geométricas enseñanzas, no es enfermiza la idea que se cauteriza en otra para afinar contornos, para laminar asperezas y excesos. Así es como veo que ideas tangenciales se alimentan por complementación. La religión se contrarrespalda con la razón secular ilustrada, y ésta no desautoriza a la otra como acaso le gustaría. No es que simplemente busquen mismos fines con medios distintos o a la inversa, sino que más bien en cada ámbito coinciden y se contraponen, porque las variables son tantas y tan decisivos los matices que a menudo se llega al mismo bien por caminos dispares y que incluso se entrecruzan constantemente, a veces para desagrado de los caminantes. Imagino la construcción de un ideario como se dibuja la onda de un sonido grácil, sin personalidad, sin mixtura. El movimiento armónico simple se escurre en suave curva hacia cada elongación sin olvidar nunca regresar más pronto o más tarde a su contraparte; de ese modo se retorna siempre con el mismo ritmo a la línea de reposo. Tal movimiento dibuja circunferencias, sí, pero partidas en dos mitades, en torno a un eje por el que sólo es posible cruzar en instantánea intersección y en el que nunca es posible quedarse. Si se desea evitar escollos se ha de acabar recorriendo la totalidad del suelo, como la lenta y astuta serpiente se asegura de no dejar ni un palmo sin escrutar, no vaya a perder por apasionamiento a la presa decisiva.

Pero, por encima de todo, no debemos subestimar la ignorancia, la de todos, empezando por la propia. ¿Qué utopía, dudosa ya sobre el papel, resistirá todas las objeciones cuando se vaya fraguando? ¿Qué reino, qué metafísica, qué ritual podrá vencer a sus alternativas? No hay respuesta. El hombre es misterioso y el mundo lo es todavía más. Cualquier intento de resumir pensamientos y actos en unas pocas leyes tendrá que sufrir cuestión. No por ello deben renunciar tales credos a la existencia, pero una mente que verdaderamente quiera comprenderse a sí misma, una vez se ha amoldado a un ritmo virtuoso, ha de reconocer que tal ritmo es en cierto sentido un mal menor, y que, sin abandonarlo a la primera tentación, no ha de aferrarse a él, empero, como si no existiesen otras resonancias, otras simpatías no advertidas, otros mundos bajo las pieles de éste. No se trata de renunciar a la severidad y rendirse a la indulgencia, sino de reconocer que la severidad y su ausencia tienen sus momentos idóneos y que a menudo esos momentos son contemporáneos y entrelazados entre sí, porque cada tribu y cada alma tienen sus propios tiempos, y que se hace difícil en grado sumo distinguirlos, y que cada vez se reúnen más mundos en cada porción de mundo.

No renunciaré a la bella idea de la no violencia, al sentimiento de la conmiseración, a la senda de la disciplina, a la identidad del substrato de las cosas. Defiendo todo ello al margen de las consecuencias, porque no se trata de alcanzar un fin, sino de alejarse lo menos posible de un centro, un centro en el que se contiene en la mayor medida la serenidad de las aguas mansas y la interdependencia de las criaturas. Pero, a pesar de ello, no quiero dejar de acordarme de que todo lo que no esté al alcance de mi mano, ni de mi entendimiento, ni de mi pequeño corazón no merece mi angustia, si es que la angustia no puede conducir a otra parte más que al enrojecimiento de la piel bajo las cadenas. No quiero dejar de notar que, salvo la angustia de los otros seres, todo tiene mucha menos importancia que la que concedo; que las noches ruedan rápidas; que el ingenio no roza apenas el drama cósmico; que las campanas de cierre suenan a todas horas mientras los ángeles sonríen bajo sus badajos.

No dejo de reconocer ciertos imperativos morales, pero tampoco olvido la debilidad, ignorancia o impotencia del hombre para alcanzar los imperativos más evidentes. Hay que defender el mínimo sabiendo que muchas almas y cuerpos estarán siempre por debajo del mínimo sin ser intrínsecamente malvados, pues nadie es tal cosa. Y, en cuanto a teorías más elaboradas, en cuanto a conductas complejas y contradictorias, una medalla propia de la madurez destella en la prudencia a la hora de juzgar. ¿Por qué no cierta doctrina incómoda iba a beber  de posibilidades materiales que desconocemos? ¿Qué sufrimiento precisa de una solución más urgente e incondicional? En cualquier caso, aunque una doctrina cabalgue hacia la disolución, ¿qué alternativa escapará del mismo sentido, dada la confluencia de todos los elementos en un futuro recomienzo, reconcentrado y mil veces milenario? Si cada ser combina a su manera una colección determinada de pasiones, intuiciones y condiciones vitales, entonces la universalidad categórica no es deseable sino a partir de un determinado punto de uniformidad evolutiva; no es posible disponer armoniosamente los setos del jardín sino cuando todos los tallos han alcanzado cierta altura. Sucede que incluso la imposición y la intolerancia, siempre has cierto punto, es también rasgo natural que se adapta a condiciones de determinadas edades, pueblos y temperamentos. Hay millones de maneras de sobrevivir, unos pocos  centenares de maneras de vivir bien, y dos o tres modos de elevarse por encima de las estrellas; sin embargo, hasta que no se han superado las dos primeras estaciones, no se llega a vislumbrar siquiera la posibilidad de una contundente elevación. Es frecuente la necesidad de ligereza, de candor y de placeres más o menos inocentes antes de comprobar que nada es suficiente, y pasar entonces a una contemplación más y más profunda, conducente hacia la postrera visión, en la que todo es suficiente y aun pleno, pletórico, perfecto en su inacabamiento ontológico. No me dejaré indignar más, ni con daños ni con frivolidades, porque la indignación, el odio a lo injusto, no deja de ser un odio y, como tal, brutal perfilado de dentaduras o sangres. Daré mi opinión en voz queda y sincera, pero no me entristeceré ni despreciaré el gozo o el privilegio de mis hermanos, no vaya a ser que nazca en mí más envidia que templanza, no vaya a ser que vaya yo a abortar la improbable satisfacción de quien encontró en la lascivia, en la fácil diversión o en pequeñas mezquindades, la contención de males mayores. Después de todo, ¿quién, fuera de cuatro puros vírgenes, se ha zafado de haber buscado alguna vez lo pleno y eterno en lo sensual y efímero?

Cualquier cosa que diga cualquier persona será fruto de sus condicionamientos, de sus taras y del despliegue natural de sus capacidades -el juego de conquista está implícito en la naturaleza de las criaturas sociales-. Cualquier queja que podamos recibir, cualquier ofensa, herida, lamento, propuesta o sentencia, se deberá a la necesidad del otro por compensar como mejor sabe sus fuerzas internas en torno a un eje, real o ficticio, y que de ese modo se le permita proseguir más o menos cómodamente en su forzado devenir en pos del engorde del yo. Las reivindicaciones y las proposiciones, moderadas o revolucionarias, tienen su parte de razón y su razón de parcialidad. No hay doctrina que carezca de cierto grado de veracidad -de otro modo ni siquiera pretendería dar un mínimo aspecto de creíble- ni de una considerable porción de cojera mental para complementarse con la infinidad de matices con que habría de enmendarse para ser tan siquiera plenamente racional. Las ideas nublan nuestra vista, pero arremolinan las zonas de la niebla para que al menos tengamos un noción de orientación y una sensación parcialmente cierta de que no todo en nuestro andar es puro azar. No hay respuesta simple que las catalogue a todas; lo único sensato es zigzaguear entre ellas, y entre los sentimientos y prejuicios de cada ser, recogiendo su necesidad de salvación, auscultando la racionalidad de su argumentario… y abandonando el resto. En todo hay verdad y hay mentira, en todo hay un impulso por cambiar las cosas, como hay igualmente una tristeza insaciable, una ignorancia invencible y una energía psíquica difícilmente gobernable. Si hay una realidad absoluta, no la ensartaremos en categorías, sino que se mecerá en un fluir difuso de caudal variado y que solamente cabrá en algoritmos dispuestos por la mente de un dios.

Quisiera ser la onda de voz que, con su expansión esférica, invade los recovecos de las naves catedralicias, resonando a su manera según las distintas densidades. Pero no lo lograré… porque nadie puede lograrlo. Aceptemos que nunca conoceremos la potencia de todas las teorías, las debilidades según las ocasiones, los límites de la buena fe y del conocimiento humano. Bastará con no concederse demasiado mérito por haber gozado de un aprendizaje azaroso del desasimiento, de la vacuidad universal y del amor. Bastará con aceptar hasta lo inaceptable cuando lo inaceptable se imponga, y bastará con aceptar los rechazos cuando los rechazos sean pertinentes. Bastará con fluir ordenadamente, como moléculas de agua sabiamente alineadas en cada recipiente antes de evaporarse bajo el sol del silencio incólume y creador. Bastará con asentir a todos los intentos más o menos verosímiles. La desgracia de las criaturas, que en su mayoría han venido a este mundo únicamente a sufrir breve pero intensamente, es tan mayúscula, tan abrumadora, que todas las posibilidades son pocas. Que unas se definan precisamente por oposición a otras acaso sea otra bendición, por inmiscuirse allí donde las demás se descuidaron. Antes de que nuestro mundo se pudra, será necesario explorar cualquier conducta que cuente con un mínimo sustancial de caridad y de inteligencia, no vaya a ser que la remota solución universal venga de la mano del más tierno de los infantes mentales, así como el mayor de los hombres también fue un día un fruto contrahecho e indinstinguible en el vientre materno.

[Música: Sara Davis Buechner interpreta al piano el Nocturne amoreux de R. Friml. Philip Thomson hace lo propio con el Ave Maria für die grosse Klavierschule von Lebert und Stark, S182/R67, “Die Glocken von Rom”, de F. Liszt. Alex Hassan, maestro del novelty piano, versiona finalmente una canción (“Adieu, es ist zu schön, um wahr zu sein”) de W. Jurmann, aparecida en la película de 1933 „Abenteuer am Lido“.]

Read Full Post »

Zenón el estoico dice que la tierra surgió como sedimento a partir de lo húmedo, y que en tercer lugar nació el amor, con lo cual secluye el verso transmitido.

Escolios a la «Teogonía» de Hesíodo 117 (SVF I 105); trad. A. Cappelletti.

 

Your virtue is my privilege: for that
It is not night when I do see your face.

[Tu virtud es mi dispensa: por ello
no es noche cuando veo tu rostro.]

W. Shakespeare, Midsummer Night’s Dream 2.2

 

 

A mi otro yo, que respira en todo aquel ser que respire.

 

Tras eones de irrecusable caudal, he llegado hasta ti. Tras ruedas de renacimientos precipitadas sobre las laderas de eternidades que acaso nunca sepamos descifrar, he llegado hasta ti. Con bagaje de cien mil comienzos, sobre atracciones y repulsiones prolongadas durante las vidas de muchos dioses, en una desnudez golpeada por metamorfosis sin cuento, aquí he llegado, ante ti. Una ignorancia supina de todo mi abolengo no me impide reconocer atisbos de orígenes -ignoro si ilusorios- de los que no me quiero enorgullecer pero que me hermanan con todas las hermandades posibles. Me veo reflejado en la misma danza de los elementos que orquesta a los vientos, a los mirlos, a las guerras y a los dictámenes de los astrónomos. Tengo el sabor del verso, del mercurio y del azufre, de la doncella y de su horrendo violador, del martillo y del trébol, del santo que no regresa, de la mirada que se nutre de fenómenos, de la conciencia que procura retirarles los antifaces.

Y te observo a ti, reflejo sobre el vidrio de la esfera del Todo, esmeralda hallada entre bosque de anonadados rubíes, naufragio entre veleros, y te descubro: también tú has recorrido los mismos paisajes. También tú te has apeado en los mismos caladeros, en los mismos enigmas, en las mismas transmigraciones, en las mismas galaxias; te has retorcido en parejas amarguras, en simétricos tejidos de víscera y sangre enamorada. Y al verte me animo a imitarte y a ser imitado en lo bueno, y lo bueno no es sino lo que hace que las partículas del calor metafísico y la buena fe, y el hidrógeno y los neutrinos que circulan entre nuestros seres, brillen de nuevo, transparentando estructura y materia, y no de otro modo entiendo la virtud.

Lo reconozco: nada hay más común entre rapsodas que referirse a la arcilla o mármol común de los que el estilete demiúrgico rescató las formas. Pero, por ser común, es también un rasgo más de ese idéntico barro edénico que nos late dentro, un recuerdo más del instante primigenio cuya melodía tarareamos con más o menos acertada afinación. Sí, amigos, recordemos -aunque sólo sea una vez más antes del pequeño desastre que nos cortará el aliento durante algunos centenares de milenios- ese instante en que fuimos amasados a partir de un polvo estelar que tal vez no fue sino una posada en un viaje sin origen, una morada a la que regresaremos un día para hallar algo más de dicha, algo más de sabiduría, o para proseguir en un flujo sin fin, como el llanto de un cíclope cósmico, o como el estanque circular sobre el que flota un pensativo cisne inmortal.

Allí, de uno u otro modo, nos reencontraremos. Y nos sonreiremos, no con menor ternura que dos elfos saludándose en un sueño de una noche de verano.

 

[Música: Final de la música incidental que en su Op. 61 compuso F. Mendelssohn para Midsummer Night’s Dream de Shakespeare (aquí el libreto completo). Entre sus últimas palabras, Puck da el consejo tradicional y feérico de tomar por tejido de sueño todo lo que suscite ofensa: “If we shadows have offended, / think but this, / and all is mended, / that you have but slumber’d here / while these visions did appear”.]

Read Full Post »

Older Posts »