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Archive for the ‘Poética del Ascenso’ Category

 

Renunciando a la violencia hacia todos los seres vivos,
no dañando ni a uno, no desearás descendencia,
así que mucho menos un compañero.
Vaga en soledad
como un rinoceronte.

Khaggavisāṇa-sutta 1

Wiltu den Perlethau der edlen Gottheit fangen
So mustu unverrukt an seiner Menschheit hangen.

[Si quieres recibir el rocío de perlas de la noble divinidad,
debes apegarte, inamovible, a su humanidad.]

A. Silesius, El peregino querúbico 1.121

Nada se explica, nada se prueba, todo se ve.

E. M. Cioran, El ocaso del pensamiento, p. 191

Purezas de albur, navíos de altos mástiles desnudos de velamen, palabras que me exceden por dar forma alguna a fogosidad de intenciones y pálpito de generosidades sin macerar. Incauto de parir amores a los que no sé dar nombre, cayendo en la hoguera ardiente de deseos contrapuestos, afinidades electivas en pugna con la ecuanimidad universal, justicia de dioses, y un amago de fruncir labios para cubrir de besos un bello cuerpo, un alma herida, una comunidad desterrada. Prolongada infancia nos atenaza a corazones peregrinos en laberintos desplegados sobre varias eras conjuntamente. Y se reúnen pedazos de naufragios para no llegar más que al punto de partida: la elección entre todo y nada, entre capricho y entrega, entre corrección y heroicidad. ¡Oh yo, tú eres el causante del mundo, la poquedad de las catástrofes! Desanda el camino de la identidad, abandona tu raza, tu sexo, tu especie, tus playas y tus montes. Así se nutre el auténtico viajante, aquel rendido a los bosques de las más misteriosas iniciaciones, vedadas incluso a los abades, burbujas de oro escondido, donde las ausencias se regeneran en unidades erguidas como estrellas, pérdidas que devienen tronos, amistades incondicionales con todo lo que es vida, pleitesía a las mudas rocas que divagan entre eones de oscuridad cósmica. Ha de hacerse al mundo interior el más poderoso y vasto de los reinos, poblado en su mayor parte por ceremoniosos elefantes blancos. Y, de nuevo, aquí: un regreso más. Acariciar músicas, tazas de té, teclas, pieles, dormiciones y respiraciones quedas como árboles con los que nadie conversa… en esta estancia perfumada recomienza todo. En la misma hora, el verso que callo, los livianos fenómenos que resbalan a mi alrededor, la penosa limosna que me piden y la compañía de una mujer. No estás salvado: has de nacerte más.

[Música: P. Glass, Piano étude No. 2]

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Viva nihil dixi, quae sic modo mortua canto.

[“Nada dije estando viva, yo que ahora muerta canto así”.]

Sinfosio, Aenigmata 20, refiriéndose a la tortuga, cuyo caparazón servía de caja de resonancia para la lira antigua.

Cuando mi copa está vacía, me resigno a su vaciedad; pero cuando está a la mitad, me duele que no esté llena.

K. Gibran, Arena y espuma (1926)

Fuig-ne de la terra immoble,
fuig dels horitzons mesquins:
sempre al mar, al gran mar noble;
sempre, sempre mar endins.
Fora terres, fora platja,
oblida’t de ton regrés:
no s’acaba el teu viatge,
no s’acabarà mai més.

[“Huye de la tierra inmóvil,
huye de los horizontes mezquinos:
siempre al mar, al gran mar noble;
siempre, siempre mar adentro.
Fuera tierras, fuera playa,
olvídate de tu regreso:
no se acaba tu viaje,
no se acabará nunca más.”]

J. Maragall, Excèlsior (1895)

A todos los seres. A todos y cada uno de ellos. 

Yo reposaba y soñaba que me encontraba frente a todas las naciones, todos los tiempos, todas las razas. Y, tras estos y otros velos, dormían latentes como embriones las criaturas unidas en su sensibilidad. Apartaba yo a las naciones, los tiempos, las razas, para, libre de obstáculos y perspectivas vidriosas, aproximarme al fin a los individuos en su rostro más simple, y admiré su expresión doliente. Una colección de fantasmas me pareció aquella visión, pues las almas, aturdidas por estertores del sinsentido, se mecían lúgubremente, como niñas aun vírgenes y maltratadas las unas, como dementes sin remedio las otras. Una lágrima se deslizó por mi mejilla hasta caer sobre mis manos y lubricarlas: así pude ungir con óleos de mi sangre a mis nuevos amigos, todos los que alguna vez suspiraron, al roce de caricias que yo mismo descubría sorprendido mientras las impartía como alimento en eucaristía. Quise decir cosas bellas y benevolentes, motivaciones para náufragos, azucenas para esclavos…. pero me olvidé del lenguaje, y tuve que recurrir a fórmulas mágicas heredadas de épocas de prudente fermento. Las sílabas del mantra fluían de mi boca como los meandros de una melodía de violín y llevaban sus colores simbólicos a las membranas de todos los seres hasta hacerlas partícipes de la resonancia compasiva que todo lo templa.

Entonces los cuerpos y las almas empezaron a brillar, y corolas de luz descendían desde los sonidos nacidos de la estirpe de mi aliento. Se fueron coloreando entonces a distinto ritmo y en innumerables colores, cada uno según su predisposición y sus posibilidades, desde los tonos más tenues hasta el blancor más puro, propio de los espíritus. Y las guirnaldas ensortijadas de mis fórmulas aprovechaban con delicadeza los interesticios entre las ilusorias fronteras de las criaturas y se iban enroscando en torno a todos. Una nueva vestimenta de plegaria y luz unía finalmente a las cosas como las vajillas de oro se acoplan por un mismo manto protector que las envuelve. Cumplida la promesa de los profetas, se fundió la derecha con la izquierda, lo alto con lo bajo, y el sufrimiento se repartió ecuánimamente hasta diluirse y pasar a formar parte de la historia atávica del tejido, como los anillos en el tronco milenario de los árboles o como los rasguños que permanece en los huesos soldados tras duras batallas. El cielo se hizo mundo y los seres me revelaron que no hablaba yo con nadie, pues nadie había que no fuera yo mismo. No encontré, pues, Unidad, pues aquélla aún puede desmembrarse: antes bien llegamos todos a la conclusión de que nada, ni siquiera la Unidad última, sufriría menoscabo alguno cuando el Tiempo dejase a la Vida reinar sobre sí misma, vaciándose de la falsa creencia en la solidez. Y en un abrazo sin substancia hicimos perecer dulcemente a los accidentes del universo. Quedó, flotando o lo que pueda parecerse a flotar, un beso sin labio, un recuerdo sin memoria, un amor sin corazón, un triunfo sin triunfador, un único partícipe de la esencia sin que quedase una esencia para ser señalada.

Desde entonces me quedé con el orbe entre mis brazos, como el que sostiene a un niño recién nacido. Lo llevaba a que el sol irradiase suavemente su blanca y delicada piel; lo posaba sobre mi pecho a la hora de dormir, dejando que el latido de mi corazón acompasase sus sueños; le recitaba oraciones antiguas de protección; lo separaba del frío con mi única y desplumada ala pero lo bastante amplia como para darle por unos instantes la sensación del hogar. En cada beso quise transmitirle un acto; en cada acto, una nueva visión de la existencia; en cada visión, una penetración del Infinito. Y en la respiración de todos los personajes se fueron diluyendo los personajes de la sagrada comedia, y en el paso del viento, que acariciaba mientras se llevaba todas las nociones, creí ver que en nuestro más íntimo ser no deseamos nada para nosotros mismos, aunque pocos lo confiesen.

Yo soñaba en estas cosas hasta que me desperté con el sabor agrio que deja el sueño cuando encontramos que nos ha trasladado misteriosamente de posición durante su transcurso. Una tristeza por lo insatisfactorio que es todo lo que no sea obtención de la totalidad me dejó postrado en el lecho más tiempo del necesario. Las ortigas del pensamiento irritaron mi corazón cuando desgrané la insuficiencia de los actos consumados y por consumar, como queriendo dejar que el desaliento me atenazase para eximirme de responsabilidades. Deposité el cetro en el suelo y me senté en un rincón a rememorar cada paso de mi aspiración, en un deseo de poder señalar más tarde, reconociéndolos, los colores que había imaginado según me los hubieron presentado los genios de otros mundos. Muchas de esas tonalidades, ¡ay!, las tengo olvidadas para siempre: el viaje no había hallado las cumbres de Shambhala. Pero al menos aprendí aliviado que el sufrimiento de los seres, algún día, será librado de sí mismo, sea por medios sublimes o brutales, sea en la Iluminación o en la Conflagración universal; y tal día el Todo cantará su canción de merecido silencio, un silencio de clamor obedecido, un silencio atronador como la Naturaleza sin principio, ni final, ni carácter sagrado ni mundano.

*

[Música: Michele Stratico, Concierto para violín en Sol menor. II. Grave. Stratico, alumno de Tartini, es un buen ejemplo del cosmopolitismo de su siglo y una muestra del vínculo entre Oriente y Occidente: compositor de la Zadar veneciana, hoy croata, provenía de una familia de origen cretense, aunque su formación musical es eminentemente paduana.]

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“I am His Messenger,” the daemon said,
As in contempt he struck his Master’s head.

[“Yo soy Su mensajero”, dijo el demonio,
mientras golpeaba con desprecio la cabeza de su Amo.]

H. P. Lovecraft, Fungi from Yuggoth 22  (“Azaroth”).

खम्मामि सव्व जीवेषु सव्वे जीवा खमन्तु में,
मित्ति में सव्व भूएसू वैरम् मज्झणम् केणवि
मिच्छामि दुक्कडम

khāmemi savva-jīve savve jīve khamantu me
metti me savva-bhūesu veraṃ majjha na keṇavi.
Micchāmi Dukkaḍaṃ.

[Pido perdón a todas las criaturas vivientes. Puedan todas ellas perdonarme.
Pueda estar en amistad con todas las criaturas y en enemistad con ninguna.
Pueda todo el mal que he hecho quedar sin fruto.]

Oración prácrita de Micchāmi Dukkaḍaṃ, típica del pratikaman jainista, durante el cual el practicante hace repaso de sus pecados diarios.

Not doubt, not decease shall dare to lay finger upon you,
I have embraced you, and henceforth possess you to myself,
And when you rise in the morning you will find what I tell you is so.

[“Sin duda, ninguna enfermedad osará poner un dedo sobre ti.
Te he abrazado, y de ahora en adelante eres mío,
y cuando mañana despiertes, verás que todo cuanto he dicho es verdad.”]

W. Whitman, Song of Myself 40

Os contemplo, seres, y no hago más que eso. Una cadena de costumbres atenaza mis manos, que por momentos quisieran alcanzaros para rendiros alimentos puros, caricias de consuelo y sutura de heridas crueles. Seres que agonizáis ocultos tras muros de cemento y de fronteras nacionales, os merecéis todo esfuerzo por salvaros del que sea capaz mi corazón y mis miembros, incluso aunque supusiese el rompimiento de todo mi ser en mil pedazos, incluso aunque todos mis propósitos interesados cayesen en el abismo del asco y del olvido. Pero soy humano, criatura débil manejada por hábitos y tendencias al aferramiento. Los tendones flexores de nuestros brazos son mucho más robustos que los extensores: tan ávidos de apropiación nos pensó la eterna Naturaleza. La forma de émbolo que dibuja el glande viril no tiene otra función que la de extraer al vacío la simiente de otros machos y sobreponerse a la competencia, cuando se trata de expandir la identidad sobre una descendencia de la que nada sabrán sus responsables. Ser animal es impulsarse a la avaricia; ser animal racional, impulsarse a ella con mucha mayor habilidad.

¡Oh seres torturados, esclavizados, olvidados, hijos de todas las razas, caminantes sobre dos, cuatro, ocho o cien piernas! No podéis siquiera contar en vuestra existencia entera con la serenidad de una sola noche de luna llena en la que respirar el aroma plácido de los jazmines y con él algún significado cósmico, alguna traza de espíritu divino. Tristes mortales racionales a quienes todos dicen compadecer, aun más tristes mortales irracionales sin más delito que no hablar lenguas con sujeto y predicado: perdonad que no estemos entregando cada hora de nuestros días a la belleza de mitigar en lo posible las laderas de vuestro Calvario inconcebible. Queremos muchos lograrlo, creednos, queremos lograr desasirnos de mezquinos propósitos, de nuestra adicción al placer, a los tejidos mullidos en los que indolentes nos devaneamos en gráciles poesías, nuestra adicción a la vida segura y a la contemplación de celestiales estructuras. Quisiera inclinarme ante vosotros y limpiar vuestros embrutecidos rostros, como Verónica de vuestro Via Crucis sin nombre, y daros así al menos el descanso breve de la sed calmada durante los instantes en que sabréis de alguien que piensa en vosotros y que con gusto invertiría vuestra condición si el poder permitiese fácil disposición.

Pero, ¿cómo querer lo que se quiere querer? ¿Cómo haremos para reconocer que no basta con reconocer? Una fuerza de compasión habrá de alimentarse a sí misma hasta alcanzar la edad adulta. ¡Arriba, pues, la voluntad entendida! ¡En alto el corazón y que sirva de escudo a los humillados! ¡No desfallezcáis, paladines sin coraza, no olvidéis que vuestra condición ya no depende de un rey exterior sino de la noble Aspiración que dirige los ejércitos del Bien! ¡Salve, Amor, bésanos en la frente para que rindamos nuestras espadas no abriguen otra posibilidad que la de servirte! ¡Que el llanto que corre por los canales subterráneos de la civilización arrastre nuestra nave hacia océanos sanadores, libertades balsámicas, ungüentos de néctar de hermandad! Otros sublimes estados habrán de esperar: en este universo ha caído tanto sufrimiento que nos pasaremos eones de renacimientos para suavizar todas las asperezas. El Nirvana no nos grita con tanta fuerza, pues antes conviene acabar con su contrario, su distorsión torturada que los hombres han querido entender como medio imprescindible para obtener algunos agradables beneficios, pasajeros como el reflejo de la luna en las aguas que se escurren entre las rocas.

Sabremos lo que valemos como criaturas cuando hagamos valer lo que sabemos sobre la Creación. Cúmplase pronto el hartazgo del avasallamiento, y puedan estar todos los terrícolas libres del sufrimiento y de sus causas, que somos, en mucha medida, nosotros mismos. Amén. Amén. Amén.

***

[Música: G. G. Brunetti, Stabat Mater (1764). I. Stabat Mater. Si no es excesiva frivolidad hablar de música después de hablar del suplicio que asola a la mayoría de lo viviente, resaltaría que se trata ésta de una paráfrasis (coloquialmente diríamos hoy “plagio”) del celéberrimo motete homónimo de Pergolesi, quien dejó tras de sí innumerables y dignos epígonos que como él musicalizaron para dos voces femeninas la misma secuencia latina, tomando armonías similares repletas de retardos, tales como Girolamo Abos, Pasquale Cafaro, Fedele Fenaroli, o el coral de Tommaso Traetta, por no hablar del contrafactum que acometió el mismísimo Bach (Tilge, Höchster, meine Sünden BWV 1083) o del reforzamiento instrumental y contrapuntístico del Stabat Mater del Pergolese que realizó Giovanni Paisiello el último año del siglo XVIII. Además de éstos es destacable el de Giovanni Felice Sances, del XVII, y el de Alessandro Scarlatti, el cual, no siendo tan inspirado, acaso inspirase a Pergolesi la formación del dúo de soprano y contralto. Y tantos otros, entre los que computan los muy sensibles de Vivaldi y Bononcini, de los que ya compartí muestras. El comienzo del texto reza: “Stabat Mater dolorosa / iuxta crucem lacrimosa, / dum pendebat filius” (“Estaba en pie la Madre doliente, / lacrimosa, junto a la Cruz, / mientras colgaba el Hijo”). Inmejorable música para acompañar la visualización de la Crucifixión, en la que Cristo, Lógos universal hecho carne, tomó sobre sí el sufrimiento de todos los seres ante la mirada amorosa de su inmaculada madre, paradigma del espíritu maternal humano que todos portamos en alguna parte, reflejando toda la escena, de manera sangrante e icónica, el Micchāmi Dukkaḍaṃ en toda su plenitud catártica.]

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La desesperación es el desfiladero sombrío por donde el alma asciende hacia un universo que la codicia ya no empaña.

N. Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito

Casi siempre en el principio de la ejecución de cosas nuevas y grandes, se representan razones en contrario que turban el entendimiento y le hacen estar dudoso.

J. Setantí, Centellas de varios conceptos 13

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No te hundas, principio rector, no te hundas o habrás perdido el ya débil impulso que te empuja erráticamente hacia la perfección. Te desalientan los vínculos que te atan al delirio de la destrucción, y temes que tus pequeños esfuerzos, tu otear en los libros y en los sellos que imprimen tus manos con tus actos, temes que tu intención más depurada y que las sonrisas ante la brisa que te limpiaba la frente, todo eso haya sido en vano. ¡Qué enternecedora imagen la de verme a mí mismo acicalando mi minúscula virtud como una niña a su muñeca, con la misma impaciencia y la misma discreta fantasía! La veo crecer muy lentamente: sonrío cuando se despereza, cuando se ensancha hacia los márgenes al tiempo que se afila en exactitud y contundente justificación. La recojo cuando se cae hacia un lado o hacia el otro, y le limpio las mancillas de barro que se posan en sus mejillas al tropezar. La creo mimar adornándola con buena prestancia, con indumentarias repensadas, con sabor de ideas nuevas y nobles. Compruebo cómo ejercerla en un lindero le permite de forma natural desparramarse también por el otro, y una prometedora primavera parece ir brotando a ratos imprevistos entre las frías rocas en colores rojizos como la sangre sincera. Pero, ¡ay!, la cruda realidad impone su aplastamiento, y una información desatendida, un comentario crudo y cínico o un despreciativo hecho bruto echan por tierra el fruto de lo que empezaba tímidamente un rumbo hacia la disciplina. “¿A qué esforzarte por cantar tu idea moral -parecen decir-, si toda ella está condenada de antemano?” “¿A qué hablar de justicia si mientras respiras dejas morir a tus hermanos por todos los lugares?”. Y te vienes abajo, corazón, te quiebras como la caña que procuró volverse rígida desafiando a su naturaleza sin contar con el Bóreas que arreciaba. Y tú mismo te unes al coro de desmoralizadores frente a los que, alegres, intentan embellecer el mundo. Lamentas lo que acaso no fue tu culpa, transitas en el brumoso recuerdo de vidas anteriores, por si en alguna de ellas estuviera la causa de que ahora seas una sarna del universo que te circunda.

Mas, ¡ea!, emerge ya de la fiebre de dudas desesperadas que te tienen postrado en lecho alucinado como a la madre que perdió a su amado único vástago. Deja de murmurar remordimientos y pesadillas que aturden hasta la parálisis. Que el mal que te aflige sea el mismo que produces es un buen punto de partida. Delatas amplias alforjas para la caridad si añoras no tanto la felicidad que podrías sentir cuanto la que podrías ofrecer. No te venzas, juicio moral, por la dificultad de cantar sin que los ruidos del caos desengañado ahoguen tu voto. No dejes de amar por más que no alcances a divisar ni un estandarte de la victoria: tu camino es el camino adecuado, recuérdalo cuando, lamentándote, te veas retardando el paso o deteniéndote a contemplar divertidas flores llamativas en las riberas. Los profetas de la oscuridad tienen razón cuando advierten que causas negrura como los demás, pero no la tienen cuando niegan que tu idea moral, una vez desplegada hasta sus últimas consecuencias, erradicaría toda negrura. Cree al oráculo del Caos en lo que tenga que decir sobre la insuficiencia de tus actos, mas no cuando dé a entender que no son necesarios. Es correcto que ames lo que amas, por más deseable que sería reproducir ese amor en cada una de tus respiraciones. Lo que haces por convencimiento moral es bueno: ahora multiplícalo por millares. Si estás convencido de lo que impartirá justicia, no lo abandones por el hecho de que a buen seguro no podrás colmar nunca sus exigencias; antes bien, afianza el sextante, sella el astrolabio, mira al horizonte sin mirar atrás a pesar de que el puerto de llegada parezca alejarse hasta el confín de lo posible. Vuélvete escrupuloso en el cumplimiento, pero no te fustigues cuando tropieces, como sin duda tropezarás, como tropieza todo lo que se mueve en el terreno resbaladizo del perfeccionamiento.

Tu mayor culpa ha sido nacer en un linaje de tiranos cósmicos: no puedes remediar eso. Pero puedes retirarte con disimulo, al menos durante la estación de las lluvias y durante los festivales de la destrucción, a una pacífica grutilla en la que meditar sin violencia, prescindiendo de todo capricho. Allí podrás de nuevo animar a tu atesorada virtud y despejarla nuevamente de heridas y residuos. Apartarás con cuidado y suavidad las moscas que acudan a sus costras por creerla moribunda. Soplarás, sí, a su noble frente, aparentemente achatada por mechones sudorosos de rubios cabellos ennegrecidos. Acunarás a esa hija que es también tu madre y tu padre, que es tu báculo sagrado, tu pasaje al coro de los justos y el señuelo para atraer hacia ese mismo coro a los seres que deambulan en penumbrosos laberintos forestales. Le cantarás una canción heroica y dulce al mismo tiempo. No esperarás, sin embargo, todos los triunfos inmediatos. No te apegarás a su rostro, que como todos los rostros se desvanecerá en la noche sin estrellas. Mas cantarás y cantarás, y lo harás con devoción a fin de que otros queden prendados de tan bella melodía, y no cesarás hasta que una congregación dance como en éxtasis a tu parénesis, a sabiendas de que tu mensaje es aún niño, incompleto y torcido como la sonrisa en los labios que han sido golpeados.

Véncete, soberano de tu persona. Ajeno a la indisciplina y vulgaridad circundante, desoyendo burlas e incomprensiones, desoyendo por encima de todo tus propias cavilaciones y paradojas con las que te golpeas a ti mismo, haz por caminar como un príncipe hacia la batalla final. En completa soledad, has de poder digerir y hacer tuyas las palabras que inspiraste mientras divisabas hermosos luceros que a pocos ojos titilaban, pues las ideas que aquéllas soñaron surgieron de ti, siquiera como reflejo y respuesta a la llamada lejana de palabras gemelas, y moran en ti.  Resiste al pecado, amigo, endurece tu abdomen, suaviza tu furia, aprieta los dientes fríamente, eleva tu cetro, atraviesa al dragón con amor. Y ofrenda, hermano de los que precisan hermanos, tus lágrimas de devoción, y abraza a los que puedan sentir los abrazos y aun a los que no puedan, y ábrete al siempre joven rocío de la pureza y al fin de la violencia. Mientras vivas, brilla. No estás llamado a menos.

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[Música: J. S. Bach, Widerstehe doch der Sünde (BWV 54. I. Aria). Nunca una exhortación de rechazo a los demonios sonó tan alegre y vivaz. Nunca se inspiró el combate espiritual con tanta fuerza y gracia en tan altas proporciones. Le entran a uno ganas de batallar sonriendo contra todos los dragones y dedicar la propia existencia a la erradicación del sufrimiento de todos los seres. Las notas orquestales y vocales de esta bellísima aria han acompañado la escritura de la consolación presentada y tienen buena parte de culpa de lo que pueda haber de bueno en el tono adoptado. Por su parte, el texto es recio como una admonición homilética medieval: Widerstehe doch der Sünde, / Sonst ergreifet dich ihr Gift. / Laß dich nicht den Satan blenden; / Denn die Gottes Ehre schänden, / Trifft ein Fluch, der tödlich ist (“Resiste al pecado, / o su veneno te agarrará. / No dejes que Satán te ciegue, / pues deshonrar la gloria de Dios / trae mortal maldición.”). Como curiosidad, Yoshikazu Mera, el andrógino contratenor japonés que canta en la grabación y cuya voz considero la más sensitiva y perfecta de su tesitura, ha tenido que combatir desde niño contra su propio demonio, y es que nació con osteogénesis imperfecta, enfermedad también conocida popularmente como “huesos de cristal”, expresión coloquial bastante explícita, poética y terrible.]

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He has achieved success who has lived well, laughed often and loved much; who has gained the respect of intelligent men and the love of little children; who has filled his niche and accomplished his task; who has left the world better than he found it, whether by an improved poppy, a perfect poem, or a rescued soul; who has never lacked appreciation of earth’s beauty or failed to express it; who has always looked for the best in others and given the best he had.

[Ha alcanzado el éxito quien ha vivido bien, reído a menudo y amado mucho; quien ha ganado el respeto de hombres inteligentes y el amor de los niños pequeños; quien ha llenado su nicho y ha cumplido su tarea; quien ha dejado el mundo mejor de lo que lo encontró, sea por una especie mejorada de amapola, un poema perfecto o un alma rescatada; quien nunca ha carecido de aprecio por la belleza de la Tierra ni ha fallado al expresarla; quien siempre ha buscado lo mejor en los demás y ha dado lo mejor que tenía.]

Bessie A. Stanley, “Whats is Success”, Heart Throbs (vol. 2), 1905, NY, pp.1-2

Te doy las gracias, dios de las mil formas, que un mensajero me envías en cada una de ellas para que me liberen de la culpa, para que esté más cerca del camino de tu voluntad. Haz que pueda comprenderte en los ojos suplicantes del hermano eterno que a todas partes me acompañan y que sufra con sus sentimientos.

S. Zweig, Die Augen des ewigen Bruders

Laudato si’, mi’ Signore, per sora nostra Morte corporale,
da la quale nullu homo vivente po’ skappare.

[Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana la Muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.]

S. Francisco de Asís, Cantico di frate Sole

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Ahora vemos que cada hombre es otro hombre, que cada aparente noble y cada aparente indigente conllevan el mismo impulso. No es necesariamente un arquetipo lo que distinguimos, sino un único sujeto fragmentado, un sujeto corpóreo y espiritual al mismo tiempo, masa de plenitud informe diferenciada tan sólo por nuestra escasa visión. Es el río del Ser que se bifurca y adopta figuras caprichosas e irriga nuestras estrechas imaginaciones, y se engrana en collares de causas y causas que dibujan aquello que llamamos el Todo. Ahora vemos que identificar a un hombre con sus palabras es la fuente de todos los males del mundo; porque si cada corazón hablase con total sinceridad para consigo mismo, todos dirían lo mismo. Y no ver en el otro a un enemigo es signo de haber hallado ese núcleo resbaladizo dentro de sí. Y nada sirve mejor a ese impulso divino que mora en cada átomo y en cada unidad de información cuanto negarse a odiar a nadie: ni a la raza que parezca odiar a la nuestra, ni siquiera a quien pretenda y quizá logre destruirnos, ni siquiera a quien disfrute mancillando todo lo que llamamos sagrado, ni siquiera a quien parece contradecir a nuestra constante cosmológica, que no es sino la Idea infinita y apacible que se sustenta a sí misma. Es abrazar compasivamente esa destrucción lo que engrandece más a la Idea, que pasa a resolver todas las aporías y echa sobre sus hombros el triste sino de las almas que penan haciendo penar. Pureza y Grandeza fueron criadas en el regazo de la buena Homeomería.

Responder siempre al que nos hable, no ocultarle aquellos de nuestros secretos que le sirvan de guía, ofrecerle nuestra mejor sonrisa y disponernos a ayudarlo hasta donde nuestra sangre hierva. Fácil decirlo, pero imposible de cumplir si no se medita en ello largamente o se cuenta con una misteriosa gracia. Nunca se prodiga uno lo bastante en lo ajeno, nunca se alaba suficientemente a la posibilidad de gozo con que cuentan todas las perlas de la Creación, que en algún momento podría satisfacernos a todos, cuando tal vez no seamos hombres o ranas, sino quieto pajar o nombre murmurado en mundos sin nombre. La fraternidad se pone al servicio del hermano, regocijándose cuando impera el regocijo, compadeciendo cuando truenan los llantos, laborando en la misma empresa que levanten los pobres de espíritu, secando el sudor al obrero del cielo y de la tierra. Acaso este amor sin puertas no sea el salto último a la sabiduría, pero parece sendero obligado para quien, entre los seres sensibles, contamos con ajuar de pasiones y discreto entendimiento.

Y, si la Idea sonríe a los injustos y crueles, ¿cómo no abrazará también al hermano asustadizo que se despeña a cuatro patas? ¿Qué menos que veneración merecen la laboriosa abeja, fecundadora de naciones, o el mudo pez del mar? Ver a un hermano en todo no es principalmente delirio amoroso, sino serena ecuanimidad ante las difusas fronteras que lindan nuestro parcial planisferio de la existencia. Puesto que estar vivo supone contribuir a la vida y a la muerte al mismo tiempo, es preciso cultivar la primera sin odiar a la otra: la Idea es viviente e inerte, y sólo pide hacer lo más suavemente posible el paso entre lo uno y lo otro, sin resistencia, sin pasión, sin aferrarse al recuerdo de que una vez todos fuimos parte de un rey, una mujer, un esclavo, un buitre solitario, un escorpión del abrasado desierto, una paciente roca de montaña y el flujo cien mil veces milenario del dorado polvo estelar.

***

St.Anthony preaching to the fishes, Padua, Mural Fresco

[Los tres romances tradicionales que canta aquí Joaquín Díaz tratan de leerse en la mirada ajena. El de Jesucristo en traje de pobre viene con la anagnórsis egoísta que destruye a lo más amado, la misma moraleja de Los ojos del hermano eterno de Zweig o de Jean de Florette de Marcel Pagnol. El día de los torneos, mi favorito del romancero por su pureza y mensaje, revela el hecho desde su reverso positivo y beatífico, y aun quedaría hueco para fantasear en hermanarse con la montura que lleva a los protagonistas, así como a las fieras que cazaba el padre. Los milagros de San Antonio relata la armoniosa caridad del santo con las aves, no tratándose de San Antonio Abad, patrón de los animales, sino más bien de San Antonio de Padua, digno discípulo de San Francisco de Asís y de quien también se relata un vínculo comunicativo de excepción con los animales, llegando al paroxismo en su predicación a los peces, reconociendo implícitamente y de algún modo el alma que muchos materialistas les niegan:

A estas y semejantes palabras y enseñanzas de San Antonio, comenzaron los peces a abrir la boca e inclinar la cabeza, alabando a Dios con esos y otros gestos de reverencia. Entonces, San Antonio, a la vista de tanta reverencia de los peces hacia Dios, su Creador, lleno de alegría de espíritu, dijo en alta voz:

-Bendito sea el eterno Dios, porque los peces de las aguas Le honran más que los hombres herejes, y los animales irracionales escuchan Su palabra mejor que los hombres infieles.

Y cuanto más predicaba San Antonio, más crecía la muchedumbre de peces, sin que ninguno se marchara del lugar que había ocupado.

Florecillas de San Francisco, XL.]

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Without a comprehensive appreciation of bodhichitta, all Buddhist practice degenerates into spiritual materialism.

Dzongsar Khyentse Rinpoche, Not for Happiness, p. 112

Aquí presento las Ocho estrofas del adiestramiento mental (Tib. བློ་སྦྱོང་ཚིགས་རྐང་བརྒྱད་མ་, Wyl. blo sbyong tshigs rkang brgyad ma) de Geshe Langri Tangpa (1054–1123) en una versión versificada por un servidor. Se trata de un poema muy sintético y precioso que contiene lo esencial del Lo-jong, la importante literatura gnómica tibetana que prescribe las conductas virtuosas que cualquiera con aspiración a incrementar su boddhicitta puede ejercitar en cualquier encuentro con los demás seres. Para llevarlo en todo momento con uno mismo, la memorización es, claro está, altamente recomendable, si no imprescindible. El motivo de esta versificación es la rápida memorización para quienes carecemos de retentiva para los textos pero contamos con algo de musicalidad interna, que siempre ayuda a interiorizar aquello a que acompaña. El endecasílabo castellano dactílico acentual es el modo más sencillo que he encontrado para combinar facilidad y agrado a oídos del hispanohablante en la estructuración del poema. He procurado no ornamentar el lenguaje apenas por no envilecer la pureza del texto, pero tampoco he omitido del todo el cuidar la proporción y el buen gusto, que son también útiles para transmitir el significado del mensaje moral. Dado mi total desconocimiento de la lengua tibetana, me he basado en las traducciones inglesas y castellanas de Rigpa Translations (2012). Debo decir que sigo prefiriendo dichas traducciones frente a mi versión poética, puesto que conservan el mensaje intacto y en todo su poder original a pesar del vertido a lenguas occidentales, y aclaro una vez más, por si quedase la duda, que esta versión mía es un mero apoyo de la habitual. Deseo, en fin, que mi mano humilde y falta de fe no desmerezca la excelencia de tan insigne poema, dedicado a la iluminación de todos los seres, más valioso que todos los palacios de oro y que todos los estanques de lotos. Asimismo espero que ésta sea la primera versificación mnemotécnica de una serie que se prolongue en próximas fechas.

¡Que cunda la virtud!

1. Cual si valiesen los seres sintientes
más que la joya que todo concede,
por arribar a la máxima sede
siempre mi afecto prometo a las gentes.

2. Cuando con otros esté en compañía,
me pensaré del conjunto el más vano,
y acordaré desde mi ánimo llano
ver en aquéllos sin par primacía.

3. En mis acciones mi mente vigilo,
y en el surgir de pasiones funestas
a un lado haré y venceré a todas éstas,
riesgos que a todos nos ponen en vilo.

4. Cuando crueles yo encuentre a los seres
u oscurecidos por el sufrimiento,
ríndales yo por escasos mi aliento,
como si hundido entre alhajas me vieres.

5. Siempre que alguno envidioso me hiciera
daño arruinándome hundido entre escombros,
yo la derrota cargare en mis hombros
y a quien me hirió la victoria cediera.

6. Y hasta a quien yo despojase del ciemo
o de quien yo mucho hubiese esperado
mucho me hiera con saña afanado,
contemplarélo cual guía supremo.

7. Por sinuosas maneras o claras
toda mi ayuda a mis madres daré,
y en mi espaldar en secreto arriaré,
hechos ya míos, sus daños y taras.

8. Aprenderé a mantener este jugo
ya sin las ocho congojas mundanas.
¡Pierda yo afán de las cosas por vanas
y sin apego me libre del yugo!

tt94

[El lama Tashi salmodia el mantra de Avalokiteśvara (Om Mani Padme Hum), el bodhisattva de la compasión, cuya principal encarnación es el propio Dalai Lama.]

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Pierre Outin - Valentine

Tenez, mon ami, si vous y pensez bien, vous trouverez qu’en tout, notre véritable sentiment n’est pas celui dans lequel nous n’avons jamais vacillé, mais celui auquel nous sommes le plus habituellement revenus.

[Vamos, amigo; si piensa bien en ello, en todo va a encontrar que nuestro verdadero sentimiento no es aquel sobre el que jamás hemos tenido vacilaciones, sino aquel al que habitualmente hemos retornado.]

D. Diderot, Entretien entre d’Alembert et Diderot (1769)

Il n’y a pointf de déguisement qui puisse longtemps cacher l’amour où il est, ni le feindre où il n’est pas.

[No hay disfraz que pueda largo tiempo ocultar el amor donde lo hay ni fingirlo donde no lo hay.]

F. de La Rochefoucauld, Maximes et Réflexions morales, 70

Lo que no se da se pierde.

Proverbio indio

***

AL LECTOR

Oportuno ha parecido dedicar unas líneas a diversos tipos de sentimientos amorosos, porque, siendo una fuerza por las que todos se creen movidos, resulta útil diferenciar sus clases para no tomar un pálpito por otro ni una intensidad por otra, no se piense infinito lo que a lo sumo completa unas libras, o a la inversa. El amor es todo uno, pero solamente en su centro; cada periferia lo toma a su modo. Y en verdad son importantes las diferencias, como prueba el que no agrada a la enamorada que su amado la respete con ternura fraternal o con mera compasión, o no agrada al sacerdote piadoso que ninguno de sus fieles tenga por él otra amistad que una filial y casta. No es el que muestro un catálogo completo ni geométrico, como el de la Ética de Espinosa. Más bien son pinceladas sobre algunas palabras que entendemos a menudo confusamente. Si algo de luz arroja sobre los vericuetos enigmáticos de los más bellos sentimientos, grata labor habrá sido emprender estos apuntes y grata ocasión el ofrecerlos a quien gustase de catarlos con dulce indulgencia.

***

La ternura

No es una clase de amor en sí misma. Bien puede haber ternura entre hermanos, entre amigos y aun entre amantes, luego más hablaríamos de un ingrediente del sentimiento que de un sentimiento, como sucede también con el ardor o la admiración, presentes en diversos sentidos de amor. Enternecerse consiste en observar casi con compasión una carencia poco importante en el amado, detectar algún defecto que, de tan pequeño que es, embellece. Es por ello que enternecen la ingenuidad, el equívoco, el despiste, una cierta debilidad momentánea y leve, una languidez que no se sobrepone a la bondad de ánimo… Se despierta con facilidad en criaturas inconscientes o inacabadas, como los niños o algunos animales y, por el contrario, con menor frecuencia ante alguien con mucha experiencia a sus espaldas, por más que todos, sabios o no, adolezcamos de esos traspiés que levantan la sonrisa. Se despierta más si la imperfección es una mota de polvo en un mar de buena fragancia, de suerte que un carácter generoso e inocente propicia más este impulso. En sentido lato, tierno es todo sentimiento que conlleve amor, pues en verdad el corazón parece perder dureza cuando lo invaden Cupido o la Caridad, parece deshojarse para dejar expuesto el cogollo frágil, tierno y digno de ternura él mismo, ofreciéndose en la medida en que puede y sabe entre el follaje de la ignorancia y de las heridas. Más difícil es decir que tierno es el amor omnipotente de Dios Padre, o incluso, a distancia infinita, el de un sabio retirado, pues, si tierno es el objeto imperfecto de su afección cuando compadecen a los hombres, el corazón sublime de un santo o de un dios bien puede prescindir de esa no sé qué congoja que sentimos las criaturas pecadoras cuando lamentamos y nos alegra a un mismo tiempo no ser las únicas.

El deseo

Cuando el calor entra en el cuerpo, éste piensa por sí mismo y es entonces cuando desea carnalmente. Es impulso animal que no se diferenciaría del de los lobos o los ciervos si no tuviera algo de ambos. Pues es tosco y necio el deseo que no se acompaña, siquiera por prurito de ornamentación, con admiración, caridad y ternura. Sin algo de amor de las almas, el deseo de los cuerpos queda menos satisfecho y, por lo común, daña primeramente al menos a una de las partes, la cual revierte parte de su dolor sobre quien lo provocó, fuera en forma de recriminación, de venganza o de sensación de culpa naturalmente surgida. Mirar al otro más allá de sus ojos es modo de causarle placer más intenso y de causárselo a uno mismo, es agitar graciosamente la fantasía acerca de sentimientos deliciosos y desbocados que acaso no terminen de surgir nunca, pero cuya mera posibilidad engrandece la experiencia. Es por ello que a menudo se cree gozar más con aquella persona a la que se admira, y con frecuencia el placer carnal se debe más a lo que aporta la imaginación del que lo siente que al cuerpo que parecía proporcionarlo. Por lo tanto, la belleza corporal, siendo importante, importa menos al deseo que lo que se considera vulgarmente, y en esto las mujeres asentirán siempre más que los caballeros. En el deseo es la incógnita lo que aviva el agrado y es el latido del corazón lo que retumba en la piel. La lascivia es únicamente el deseo en el paroxismo, allí cuando lo que agrada no es más que la contemplación del poder desatado, ajeno o propio. Pero si prescinde durante más de un breve plazo de otros sentimientos más generosos, aun evitando los dolores mencionados, se verá reducido a un estertor, un ascua que refulge por un instante y se consume en cenizas que barrerán el olvido y las edades.

A. M. Guillemin. Playing with the Cat. 1848

La devoción

Es amor a lo sagrado, esto es, a la embajada de lo infinito en las criaturas. Se diferencia de la admiración simple en que es capaz de sacrificio, y se diferencia del amor fraterno en que la ternura no siempre ha lugar, sino sólo en casos específicos, como la devoción al Niño Jesús, a su Madre Virgen o a determinados santos. El piadoso no es siempre devoto, pues piedad suficiente es cumplir con los deberes para con la divinidad sin necesidad de llorar de pura emoción. El devoto no sólo obedece, sino que se alegra de hacerlo y encuentra bello al que da la orden, si no a la orden en sí. La devoción es a veces vista como un género inferior de piedad porque no se viste de razón. Pero devotos son los mártires y los héroes y pocos de ellos inundan sus mentes de otra cosa, pues no es nada común entregarlo todo a cambio de una idea y sí a cambio de un sentimiento. Bueno es comprender que el amor es bueno y bueno es saber que comprenderlo no vale tanto como ejercerlo, aunque más cerca de la perfección está el aunar ambas cosas. El devoto puede caer en excesos y en obsesiones si su amor rebasa el respeto a las formas y se convierte en ardor. No se evita educadamente con amor, sino con más seso; no con menos intensidad, sino con más orden. Hay que amar a Dios sin apegarse uno a ese amor, que es, como todos los apegos, apego a uno mismo. El amor grandioso pero discreto gana más ante los hombres, ante el funcionamiento del alma en el mundo, ante la pureza del sentimiento y ante el Cielo. La piedad no pasa necesariamente por el rito o por la devoción, sino también por la necesidad de satisfacer el honor divino o simplemente por adherirse al ritmo de la realidad metafísica y acabar amándola de forma genuina.

La amistad

Si la caridad purifica, si la devoción nos diluye y el deseo fortalece los humores, la amistad ennoblece. Los amigos pueden encontrarse ocasionalmente y no pensar demasiado el uno en el otro mientras no se ven, pero recuerdan su linaje común cada vez que coinciden en cruces de caminos que se dirigen aproximadamente al mismo punto cardinal. Visto de otro modo, a menudo los amigos se creen amigos mientras proceden del mismo origen, pero van desatendiéndose mutuamente a medida que sus sendos crecimientos nada semejan entre sí. Lo mismo que dos árboles distintos eran indistinguibles en sus semillas, así dos espíritus opuestos parecían jóvenes amigos antes de madurar plenamente. Por lo tanto, el principio esencial de la amistad es la lealtad, la cual no cabe romperse más que cuando los caminos se han vuelto opuestos y mantener la amistad supone abandonar la propia ruta o desviarla demasiado. La amistad en torno a credos afianza poderosamente sus lazos, y de ordinario los amigos se conocen en el amor a terceras cosas, como, pongamos por caso, el arte, la elocuencia, la ciencia, la religión.

La caridad

La caridad es el amor perfecto entre las criaturas. Busca cesar el sufrimiento e irrigar la dicha a cualquier precio. No espera nada, y nada se puede esperar añadir a este tipo de ligazón más que lo que dijera el Apóstol a los corintios (1 Cor 13). La devoción busca al manantial, pero la caridad abraza a los ríos. No deja esto a la devoción en segundo lugar, puesto que el amor a lo divino es forma de concentrar en un solo rostro el amor que se desborda hacia sus amados. Esto fue perfectamente expuesto por San Bernardo de Claraval en sus clasificación cuádruple del amor. En cualquier caso, la caridad no es aporte de sobras, sino entrega incondicional de nuestro centro, y que se haya confundido con las más raquíticas limosnas demuestra menos la pequeñez de este sentimiento que la de la humanidad. La caridad comienza por sonreír y hacerse grato a quien nos toca en suerte a nuestro lado, y se corona en el completo olvido de sí; no desmerece lo uno a lo otro, y quien sin entregar sus posesiones hace feliz el instante que comparte con cualquiera tiene corazón más tierno que quien solamente se desprende por oscuro deber. Nunca se es lo bastante caritativo para merecer el Cielo, pero se empieza siempre en el buen trato, en el deseo sincero del bien ajeno, y se consolida si se hace fuerza para acrecentar tal sentimiento un poco más cada día.

Emile-Pierre_Metzmacher_-_Her_First_Steps,_1878

El afecto

El afecto o estima es simpatía de almas, resonancia de tonos, como las cuerdas del clave simpatizan entre sí e inflan el sonido acompañándose unos armónicos con otros. Pero lo llamamos afecto porque es algo así como un esquema de los otros amores, y en verdad es el tronco de todo sentimiento afectivo sin ser sus flores. La simpatía entre las cuerdas es todavía débil, porque, o bien no se produce con la suficiente intensidad, o bien están desafinadas las cuerdas del amante o del amado. Podría decirse que siempre es el desafinado el amante que ama poco, pues hasta la más vil criatura merece, como poco, caridad, compasión y, por lo tanto, estima. Lo que sucede es que llamamos estima a la complacencia en la compañía, a la obtención de un provecho del otro, y es por ello que la estima es el más débil de los amores si no sirve para que, cuando menos, nos lleve a apreciar el bien en los demás y la capacidad de apreciarlo en nosotros. La estima entorna la puerta a la sabiduría porque siempre supone reconocerse un poco en el otro, sea un vecino, un personaje de novela o un pequeño animal; pero requiere algo más de fuego para merecer elogio, porque, como recordaba el Señor, también los gentiles y publicanos aman a su manera cuando les conviene (Mt 5:46-47).

El amor propio

Es la vileza del hombre, pero, siendo natural, no se puede odiar a nadie por ello, como no es justo odiar a león por desgarrar a dentelladas a sus presas vivas. Con todo, es tara que merece superarse, pues, si el león no lograría dejar de comer carne voluntariamente, los hombres pueden eso y mucho más, apoyados en el entendimiento y en las pasiones más hermosas, si es que otras pasiones más turbias no los ciegan. El amor propio surge de lo más hondo y, por lo tanto, diríase que no compuesto de partes, porque un impulso tan elemental no precisa admiración ni ternura; nadie para amarse se admira a sí previamente, ni siquiera se compadece, ni desea su propia figura. El duque de La Rochefoucauld mencionó todos sus disfraces en centenares de máximas, por lo que no abundaremos en ello. Sí que merece la pena destacar que amarse a uno mismo no es malo si se hace el esfuerzo de observarse desde fuera, como una criatura más, ajena en el fondo a nuestro espíritu último, que no se ciñe a un cuerpo o a unas pasiones hiladas por el devenir de una vida, sino que mora en los Cielos eternos. Que se ha logrado tal cosa se verá mostrado por un indicio casi inequívoco, y es la ecuanimidad; tanto importa el otro como el uno, ni más ni menos, porque cada ser depende mutuamente de su hermano y porque no hay éxito para el amor si deja fuera a un solo miembro de las razas que lo sienten. Pero, no importando más el otro que nosotros, sí podemos hacer el esfuerzo de privarnos como la madre por su hijo hambriento, y ello porque nos hemos visto en el rostro que nos enfrenta, y, como ciertamente no importo yo menos que él, al verme más en él que en mí mismo soy capaz de sacrificio. Todo esto nos lleva a la compasión.

La compasión

No hay otro amor más útil. Pues aunque, como sucedía con la ternura, no sea clase aislada, sino que a diario compadecemos a amigos, parientes o amantes, tiene tanta fuerza de bondad cuando se siente adecuadamente, que bien debería merecer un puesto de honor entre los vínculos humanos. El instante compasivo pretende erradicar el sufrimiento mientras deja para otra ocasión la posibilidad de acrecentar la dicha: percibe como más urgente lo primero que lo segundo. Empero, la compasión bien establecida no se deja arrastrar por la pasión ajena que la afecta; antes bien, toma, como si dijéramos, una muestra de aquélla y la trabaja generosamente, sin pensar en el propio pesar, para beneficio del amado, a quien le devuelve el antídoto del veneno. Ha de distinguirse, pues, del mero contagio, donde el amante llega a no ser amante, pudiendo incluso ser víctima necesitada de amor e incapaz de darlo. No es amor que de suyo guste ser recibido desde el principio por indicar deficiencia de uno frente a la superioridad del que lo ofrece, y hace herida de amor propio. Por ello, puesto que todos sufrimos, es menester darlo no desde la altura, sino desde la igualdad de criatura, sabiendo que el germen de la misma imperfección que aflora en el otro late también en nosotros, si es que es el germen y no la imperfección tanto o más desarrollada. Y, por cierto, ¿cómo puede compadecerse a quien de hecho sufre menos un mal que nosotros? ¿Cómo dar amor a quien tiene el dolor de haber perdido a un hijo si nosotros hemos perdido a tres? No es, como hemos dicho, un requisito la altura, ni siquiera es imprescindible recordarse simplemente en uno el germen del mal ajeno, sino que, seamos nosotros o no más golpeados por la vida, podremos compadecer si contamos con virtudes que nos engrandezcan. La compasión cuaja no solamente en el consuelo más inmediato ni en la descarga del otro para cargar nosotros, sino también en la transmisión de fuerzas sobrantes a quien las necesita para sobrellevar un sufrimiento que, por no ser quizá tan fuerte como el nuestro, no le obligó a aquél a buscarse un remedio contundente. Contagiemos, pues, sentimientos valerosos y enseñemos habilidades, y por delante de todas la habilidad de amar, que no otra cosa anima más a persistir en el universo y nada nos libera más de nosotros mismos. Noblesse oblige.

royer - tendres sentiments B

[Música: P. Royer, Les tendres sentiments (rondeau). Me atrevo a imaginar, más por lo sugerente de la posibilidad que por sus indicios a favor, que el compositor escogiera precisamente el rondeau como forma musical para expresar esos tiernos sentimientos. Porque es la recurrencia de un motivo que regresa dibujando una ronda un buen equivalente de los vaivenes del corazón, habituado a retornar sobre los mismos giros, los mismos anhelos y dádivas, como dejaba caer Diderot en la cita que encabezaba este pequeño almanaque.]

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