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Archive for the ‘Poética del Ascenso’ Category

Without a comprehensive appreciation of bodhichitta, all Buddhist practice degenerates into spiritual materialism.

Dzongsar Khyentse Rinpoche, Not for Happiness, p. 112

Aquí presento las Ocho estrofas del adiestramiento mental (Tib. བློ་སྦྱོང་ཚིགས་རྐང་བརྒྱད་མ་, Wyl. blo sbyong tshigs rkang brgyad ma) de Geshe Langri Tangpa (1054–1123) en una versión versificada por un servidor. Se trata de un poema muy sintético y precioso que contiene lo esencial del Lo-jong, la importante literatura gnómica tibetana que prescribe las conductas virtuosas que cualquiera con aspiración a incrementar su boddhicitta puede ejercitar en cualquier encuentro con los demás seres. Para llevarlo en todo momento con uno mismo, la memorización es, claro está, altamente recomendable, si no imprescindible. El motivo de esta versificación es la rápida memorización para quienes carecemos de retentiva para los textos pero contamos con algo de musicalidad interna, que siempre ayuda a interiorizar aquello a que acompaña. El endecasílabo castellano dactílico acentual es el modo más sencillo que he encontrado para combinar facilidad y agrado a oídos del hispanohablante en la estructuración del poema. He procurado no ornamentar el lenguaje apenas por no envilecer la pureza del texto, pero tampoco he omitido del todo el cuidar la proporción y el buen gusto, que son también útiles para transmitir el significado del mensaje moral. Dado mi total desconocimiento de la lengua tibetana, me he basado en las traducciones inglesas y castellanas de Rigpa Translations (2012). Debo decir que sigo prefiriendo dichas traducciones frente a mi versión poética, puesto que conservan el mensaje intacto y en todo su poder original a pesar del vertido a lenguas occidentales, y aclaro una vez más, por si quedase la duda, que esta versión mía es un mero apoyo de la habitual. Deseo, en fin, que mi mano humilde y falta de fe no desmerezca la excelencia de tan insigne poema, dedicado a la iluminación de todos los seres, más valioso que todos los palacios de oro y que todos los estanques de lotos. Asimismo espero que ésta sea la primera versificación mnemotécnica de una serie que se prolongue en próximas fechas.

¡Que cunda la virtud!

1. Cual si valiesen los seres sintientes
más que la joya que todo concede,
por arribar a la máxima sede
siempre mi afecto prometo a las gentes.

2. Cuando con otros esté en compañía,
me pensaré del conjunto el más vano,
y acordaré desde mi ánimo llano
ver en aquéllos sin par primacía.

3. En mis acciones mi mente vigilo,
y en el surgir de pasiones funestas
a un lado haré y venceré a todas éstas,
riesgos que a todos nos ponen en vilo.

4. Cuando crueles yo encuentre a los seres
u oscurecidos por el sufrimiento,
ríndales yo por escasos mi aliento,
como si hundido entre alhajas me vieres.

5. Siempre que alguno envidioso me hiciera
daño arruinándome hundido entre escombros,
yo la derrota cargare en mis hombros
y a quien me hirió la victoria cediera.

6. Y hasta a quien yo despojase del ciemo
o de quien yo mucho hubiese esperado
mucho me hiera con saña afanado,
contemplarélo cual guía supremo.

7. Por sinuosas maneras o claras
toda mi ayuda a mis madres daré,
y en mi espaldar en secreto arriaré,
hechos ya míos, sus daños y taras.

8. Aprenderé a mantener este jugo
ya sin las ocho congojas mundanas.
¡Pierda yo afán de las cosas por vanas
y sin apego me libre del yugo!

tt94

[El lama Tashi salmodia el mantra de Avalokiteśvara (Om Mani Padme Hum), el bodhisattva de la compasión, cuya principal encarnación es el propio Dalai Lama.]

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Pierre Outin - Valentine

Tenez, mon ami, si vous y pensez bien, vous trouverez qu’en tout, notre véritable sentiment n’est pas celui dans lequel nous n’avons jamais vacillé, mais celui auquel nous sommes le plus habituellement revenus.

[Vamos, amigo; si piensa bien en ello, en todo va a encontrar que nuestro verdadero sentimiento no es aquel sobre el que jamás hemos tenido vacilaciones, sino aquel al que habitualmente hemos retornado.]

D. Diderot, Entretien entre d’Alembert et Diderot (1769)

Il n’y a pointf de déguisement qui puisse longtemps cacher l’amour où il est, ni le feindre où il n’est pas.

[No hay disfraz que pueda largo tiempo ocultar el amor donde lo hay ni fingirlo donde no lo hay.]

F. de La Rochefoucauld, Maximes et Réflexions morales, 70

Lo que no se da se pierde.

Proverbio indio

***

AL LECTOR

Oportuno ha parecido dedicar unas líneas a diversos tipos de sentimientos amorosos, porque, siendo una fuerza por las que todos se creen movidos, resulta útil diferenciar sus clases para no tomar un pálpito por otro ni una intensidad por otra, no se piense infinito lo que a lo sumo completa unas libras, o a la inversa. El amor es todo uno, pero solamente en su centro; cada periferia lo toma a su modo. Y en verdad son importantes las diferencias, como prueba el que no agrada a la enamorada que su amado la respete con ternura fraternal o con mera compasión, o no agrada al sacerdote piadoso que ninguno de sus fieles tenga por él otra amistad que una filial y casta. No es el que muestro un catálogo completo ni geométrico, como el de la Ética de Espinosa. Más bien son pinceladas sobre algunas palabras que entendemos a menudo confusamente. Si algo de luz arroja sobre los vericuetos enigmáticos de los más bellos sentimientos, grata labor habrá sido emprender estos apuntes y grata ocasión el ofrecerlos a quien gustase de catarlos con dulce indulgencia.

***

La ternura

No es una clase de amor en sí misma. Bien puede haber ternura entre hermanos, entre amigos y aun entre amantes, luego más hablaríamos de un ingrediente del sentimiento que de un sentimiento, como sucede también con el ardor o la admiración, presentes en diversos sentidos de amor. Enternecerse consiste en observar casi con compasión una carencia poco importante en el amado, detectar algún defecto que, de tan pequeño que es, embellece. Es por ello que enternecen la ingenuidad, el equívoco, el despiste, una cierta debilidad momentánea y leve, una languidez que no se sobrepone a la bondad de ánimo… Se despierta con facilidad en criaturas inconscientes o inacabadas, como los niños o algunos animales y, por el contrario, con menor frecuencia ante alguien con mucha experiencia a sus espaldas, por más que todos, sabios o no, adolezcamos de esos traspiés que levantan la sonrisa. Se despierta más si la imperfección es una mota de polvo en un mar de buena fragancia, de suerte que un carácter generoso e inocente propicia más este impulso. En sentido lato, tierno es todo sentimiento que conlleve amor, pues en verdad el corazón parece perder dureza cuando lo invaden Cupido o la Caridad, parece deshojarse para dejar expuesto el cogollo frágil, tierno y digno de ternura él mismo, ofreciéndose en la medida en que puede y sabe entre el follaje de la ignorancia y de las heridas. Más difícil es decir que tierno es el amor omnipotente de Dios Padre, o incluso, a distancia infinita, el de un sabio retirado, pues, si tierno es el objeto imperfecto de su afección cuando compadecen a los hombres, el corazón sublime de un santo o de un dios bien puede prescindir de esa no sé qué congoja que sentimos las criaturas pecadoras cuando lamentamos y nos alegra a un mismo tiempo no ser las únicas.

El deseo

Cuando el calor entra en el cuerpo, éste piensa por sí mismo y es entonces cuando desea carnalmente. Es impulso animal que no se diferenciaría del de los lobos o los ciervos si no tuviera algo de ambos. Pues es tosco y necio el deseo que no se acompaña, siquiera por prurito de ornamentación, con admiración, caridad y ternura. Sin algo de amor de las almas, el deseo de los cuerpos queda menos satisfecho y, por lo común, daña primeramente al menos a una de las partes, la cual revierte parte de su dolor sobre quien lo provocó, fuera en forma de recriminación, de venganza o de sensación de culpa naturalmente surgida. Mirar al otro más allá de sus ojos es modo de causarle placer más intenso y de causárselo a uno mismo, es agitar graciosamente la fantasía acerca de sentimientos deliciosos y desbocados que acaso no terminen de surgir nunca, pero cuya mera posibilidad engrandece la experiencia. Es por ello que a menudo se cree gozar más con aquella persona a la que se admira, y con frecuencia el placer carnal se debe más a lo que aporta la imaginación del que lo siente que al cuerpo que parecía proporcionarlo. Por lo tanto, la belleza corporal, siendo importante, importa menos al deseo que lo que se considera vulgarmente, y en esto las mujeres asentirán siempre más que los caballeros. En el deseo es la incógnita lo que aviva el agrado y es el latido del corazón lo que retumba en la piel. La lascivia es únicamente el deseo en el paroxismo, allí cuando lo que agrada no es más que la contemplación del poder desatado, ajeno o propio. Pero si prescinde durante más de un breve plazo de otros sentimientos más generosos, aun evitando los dolores mencionados, se verá reducido a un estertor, un ascua que refulge por un instante y se consume en cenizas que barrerán el olvido y las edades.

A. M. Guillemin. Playing with the Cat. 1848

La devoción

Es amor a lo sagrado, esto es, a la embajada de lo infinito en las criaturas. Se diferencia de la admiración simple en que es capaz de sacrificio, y se diferencia del amor fraterno en que la ternura no siempre ha lugar, sino sólo en casos específicos, como la devoción al Niño Jesús, a su Madre Virgen o a determinados santos. El piadoso no es siempre devoto, pues piedad suficiente es cumplir con los deberes para con la divinidad sin necesidad de llorar de pura emoción. El devoto no sólo obedece, sino que se alegra de hacerlo y encuentra bello al que da la orden, si no a la orden en sí. La devoción es a veces vista como un género inferior de piedad porque no se viste de razón. Pero devotos son los mártires y los héroes y pocos de ellos inundan sus mentes de otra cosa, pues no es nada común entregarlo todo a cambio de una idea y sí a cambio de un sentimiento. Bueno es comprender que el amor es bueno y bueno es saber que comprenderlo no vale tanto como ejercerlo, aunque más cerca de la perfección está el aunar ambas cosas. El devoto puede caer en excesos y en obsesiones si su amor rebasa el respeto a las formas y se convierte en ardor. No se evita educadamente con amor, sino con más seso; no con menos intensidad, sino con más orden. Hay que amar a Dios sin apegarse uno a ese amor, que es, como todos los apegos, apego a uno mismo. El amor grandioso pero discreto gana más ante los hombres, ante el funcionamiento del alma en el mundo, ante la pureza del sentimiento y ante el Cielo. La piedad no pasa necesariamente por el rito o por la devoción, sino también por la necesidad de satisfacer el honor divino o simplemente por adherirse al ritmo de la realidad metafísica y acabar amándola de forma genuina.

La amistad

Si la caridad purifica, si la devoción nos diluye y el deseo fortalece los humores, la amistad ennoblece. Los amigos pueden encontrarse ocasionalmente y no pensar demasiado el uno en el otro mientras no se ven, pero recuerdan su linaje común cada vez que coinciden en cruces de caminos que se dirigen aproximadamente al mismo punto cardinal. Visto de otro modo, a menudo los amigos se creen amigos mientras proceden del mismo origen, pero van desatendiéndose mutuamente a medida que sus sendos crecimientos nada semejan entre sí. Lo mismo que dos árboles distintos eran indistinguibles en sus semillas, así dos espíritus opuestos parecían jóvenes amigos antes de madurar plenamente. Por lo tanto, el principio esencial de la amistad es la lealtad, la cual no cabe romperse más que cuando los caminos se han vuelto opuestos y mantener la amistad supone abandonar la propia ruta o desviarla demasiado. La amistad en torno a credos afianza poderosamente sus lazos, y de ordinario los amigos se conocen en el amor a terceras cosas, como, pongamos por caso, el arte, la elocuencia, la ciencia, la religión.

La caridad

La caridad es el amor perfecto entre las criaturas. Busca cesar el sufrimiento e irrigar la dicha a cualquier precio. No espera nada, y nada se puede esperar añadir a este tipo de ligazón más que lo que dijera el Apóstol a los corintios (1 Cor 13). La devoción busca al manantial, pero la caridad abraza a los ríos. No deja esto a la devoción en segundo lugar, puesto que el amor a lo divino es forma de concentrar en un solo rostro el amor que se desborda hacia sus amados. Esto fue perfectamente expuesto por San Bernardo de Claraval en sus clasificación cuádruple del amor. En cualquier caso, la caridad no es aporte de sobras, sino entrega incondicional de nuestro centro, y que se haya confundido con las más raquíticas limosnas demuestra menos la pequeñez de este sentimiento que la de la humanidad. La caridad comienza por sonreír y hacerse grato a quien nos toca en suerte a nuestro lado, y se corona en el completo olvido de sí; no desmerece lo uno a lo otro, y quien sin entregar sus posesiones hace feliz el instante que comparte con cualquiera tiene corazón más tierno que quien solamente se desprende por oscuro deber. Nunca se es lo bastante caritativo para merecer el Cielo, pero se empieza siempre en el buen trato, en el deseo sincero del bien ajeno, y se consolida si se hace fuerza para acrecentar tal sentimiento un poco más cada día.

Emile-Pierre_Metzmacher_-_Her_First_Steps,_1878

El afecto

El afecto o estima es simpatía de almas, resonancia de tonos, como las cuerdas del clave simpatizan entre sí e inflan el sonido acompañándose unos armónicos con otros. Pero lo llamamos afecto porque es algo así como un esquema de los otros amores, y en verdad es el tronco de todo sentimiento afectivo sin ser sus flores. La simpatía entre las cuerdas es todavía débil, porque, o bien no se produce con la suficiente intensidad, o bien están desafinadas las cuerdas del amante o del amado. Podría decirse que siempre es el desafinado el amante que ama poco, pues hasta la más vil criatura merece, como poco, caridad, compasión y, por lo tanto, estima. Lo que sucede es que llamamos estima a la complacencia en la compañía, a la obtención de un provecho del otro, y es por ello que la estima es el más débil de los amores si no sirve para que, cuando menos, nos lleve a apreciar el bien en los demás y la capacidad de apreciarlo en nosotros. La estima entorna la puerta a la sabiduría porque siempre supone reconocerse un poco en el otro, sea un vecino, un personaje de novela o un pequeño animal; pero requiere algo más de fuego para merecer elogio, porque, como recordaba el Señor, también los gentiles y publicanos aman a su manera cuando les conviene (Mt 5:46-47).

El amor propio

Es la vileza del hombre, pero, siendo natural, no se puede odiar a nadie por ello, como no es justo odiar a león por desgarrar a dentelladas a sus presas vivas. Con todo, es tara que merece superarse, pues, si el león no lograría dejar de comer carne voluntariamente, los hombres pueden eso y mucho más, apoyados en el entendimiento y en las pasiones más hermosas, si es que otras pasiones más turbias no los ciegan. El amor propio surge de lo más hondo y, por lo tanto, diríase que no compuesto de partes, porque un impulso tan elemental no precisa admiración ni ternura; nadie para amarse se admira a sí previamente, ni siquiera se compadece, ni desea su propia figura. El duque de La Rochefoucauld mencionó todos sus disfraces en centenares de máximas, por lo que no abundaremos en ello. Sí que merece la pena destacar que amarse a uno mismo no es malo si se hace el esfuerzo de observarse desde fuera, como una criatura más, ajena en el fondo a nuestro espíritu último, que no se ciñe a un cuerpo o a unas pasiones hiladas por el devenir de una vida, sino que mora en los Cielos eternos. Que se ha logrado tal cosa se verá mostrado por un indicio casi inequívoco, y es la ecuanimidad; tanto importa el otro como el uno, ni más ni menos, porque cada ser depende mutuamente de su hermano y porque no hay éxito para el amor si deja fuera a un solo miembro de las razas que lo sienten. Pero, no importando más el otro que nosotros, sí podemos hacer el esfuerzo de privarnos como la madre por su hijo hambriento, y ello porque nos hemos visto en el rostro que nos enfrenta, y, como ciertamente no importo yo menos que él, al verme más en él que en mí mismo soy capaz de sacrificio. Todo esto nos lleva a la compasión.

La compasión

No hay otro amor más útil. Pues aunque, como sucedía con la ternura, no sea clase aislada, sino que a diario compadecemos a amigos, parientes o amantes, tiene tanta fuerza de bondad cuando se siente adecuadamente, que bien debería merecer un puesto de honor entre los vínculos humanos. El instante compasivo pretende erradicar el sufrimiento mientras deja para otra ocasión la posibilidad de acrecentar la dicha: percibe como más urgente lo primero que lo segundo. Empero, la compasión bien establecida no se deja arrastrar por la pasión ajena que la afecta; antes bien, toma, como si dijéramos, una muestra de aquélla y la trabaja generosamente, sin pensar en el propio pesar, para beneficio del amado, a quien le devuelve el antídoto del veneno. Ha de distinguirse, pues, del mero contagio, donde el amante llega a no ser amante, pudiendo incluso ser víctima necesitada de amor e incapaz de darlo. No es amor que de suyo guste ser recibido desde el principio por indicar deficiencia de uno frente a la superioridad del que lo ofrece, y hace herida de amor propio. Por ello, puesto que todos sufrimos, es menester darlo no desde la altura, sino desde la igualdad de criatura, sabiendo que el germen de la misma imperfección que aflora en el otro late también en nosotros, si es que es el germen y no la imperfección tanto o más desarrollada. Y, por cierto, ¿cómo puede compadecerse a quien de hecho sufre menos un mal que nosotros? ¿Cómo dar amor a quien tiene el dolor de haber perdido a un hijo si nosotros hemos perdido a tres? No es, como hemos dicho, un requisito la altura, ni siquiera es imprescindible recordarse simplemente en uno el germen del mal ajeno, sino que, seamos nosotros o no más golpeados por la vida, podremos compadecer si contamos con virtudes que nos engrandezcan. La compasión cuaja no solamente en el consuelo más inmediato ni en la descarga del otro para cargar nosotros, sino también en la transmisión de fuerzas sobrantes a quien las necesita para sobrellevar un sufrimiento que, por no ser quizá tan fuerte como el nuestro, no le obligó a aquél a buscarse un remedio contundente. Contagiemos, pues, sentimientos valerosos y enseñemos habilidades, y por delante de todas la habilidad de amar, que no otra cosa anima más a persistir en el universo y nada nos libera más de nosotros mismos. Noblesse oblige.

royer - tendres sentiments B

[Música: P. Royer, Les tendres sentiments (rondeau). Me atrevo a imaginar, más por lo sugerente de la posibilidad que por sus indicios a favor, que el compositor escogiera precisamente el rondeau como forma musical para expresar esos tiernos sentimientos. Porque es la recurrencia de un motivo que regresa dibujando una ronda un buen equivalente de los vaivenes del corazón, habituado a retornar sobre los mismos giros, los mismos anhelos y dádivas, como dejaba caer Diderot en la cita que encabezaba este pequeño almanaque.]

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Si quieres lavarme, desde lo alto de mi cabeza siempre correrá el agua clara, y en todas mis acciones me encontrarás como el oro puro, que se ve rojo al ser frotado con la piedra de toque, y cuya superficie no atacan el negro orín ni el moho y conserva siempre su genuino esplendor.

Teognis, Elegías, 447-452

Es grato grabar en un árbol sagrado versos de júbilo para revelar los hados.

Calpurnio Sículo, Ecl. I 39-40

Justin Sweet - Fifth sourcerous

Un valle en el que todos los amores sean legítimos, un caballo al que monte el paladín insobornable, un trono ocupado por el noble, una adicción a la compasión ilimitada, una hermandad entre los seres dotados de sensibilidad, un libro que convenza inevitablemente de la vanidad del siglo a su lector, un arte que glorifique lo eterno de lo efímero y la impermanencia de lo aparente, un gesto que concuerde con la virtud, unas rodillas dobladas ante los victoriosos del espíritu, un silencio atento a la tradición, un cuidado de no pisar ningún insecto, un ejército conformado por gimnosofistas, un simbolismo comprendido por los grandes raciocinios, una jurisprudencia asentada por ascetas, una música cuidada de no alterar los humores ni alejarlos del equilibrio que el ánimo precisa para autocontemplarse.

Un señorío ganado por la pureza de corazón, un enjambre de sonrisas a cada paso, una ceremonia real en la que se corone al héroe ajado por el desprecio y meditabundo, un bautismo de verdugos del sufrimiento, unas palabras que venzan definitivamente por su tono, una barriada en la que cada hogar sea un palacio de la misericordia, una familia de templos andantes, una virginidad interior a la que ningún cuerpo pueda violar. Una oda infinita y hospitalaria a la que se puedan sumar rapsodas con sus versos, labriegos con el soniquete de sus azadas y las alimañas del bosque con el traqueteo de sus pezuñas.

Gurney-Dinosaur Parade

Un viento que sintamos como el beso del universo, una entrega de brazos abiertos a ese momento del día en el que todas las criaturas libres somos susurradas por lo sublime de lo sin principio, una grandeza a la que nunca se pueda colmar señalando esto o aquello, sino solamente aproximándose a ella con nuestro carácter, despojándonos de ataduras profanas, de rencores de niños malcriados, de despotismos tumorales. Una verdad sin velos, un velo sin necesidad de descubrirse, una alegría en todo lo que alegra y una piadosa esperanza ante todo el dolor que atenaza a todas las mentes, mentes que son la nuestra con cierto desfase horario. Una utopía, en fin, que no será sino ternura afectuosa para con la impotencia de las utopías, una aceptación de la imposibilidad de aceptación, cálido bálsamo para el desgarro de aquellos nervios rotos que no pueden sino ser ya insensibles a los bálsamos.

Allí habremos de vivir, así habremos de rodearnos nosotros los utopistas, alimentando naciones en nuestro interior. Y esas naciones, a pesar de las guerras invasoras, siempre sobrevivirán a saqueos e incendios si se renuevan como los territorios legendarios que ocuparon uno tras otro los continentes, en sucesión, reinos devorados por imperios e imperios que se desmiembran en aldeas, sabiendo que también mueren las utopías como muere todo lo que se atrevió a nacer, y como todo lo nacido puede engendrar herederos en una inconmensurable cadena de dichas y aflicciones.

James Gurney - Garden of Hope (Dinotopia)

[Música: O. Respighi, Feste romane. III. L’Ottobrata]

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Todo necesita únicamente mi afirmación, mi buena voluntad, mi conformidad de amante: entonces es bueno para mí, y nunca podrá perjudicarme.

H. Hesse, Siddhartha, 2.8

C’est une espèce de bonheur, de connaître jusques à quel point on doit être malheureux.

[Es una forma de felicidad conocer hasta qué punto se debe ser desgraciado.]

F. de La Rochefoucauld,Máximas, 569/570

Vir igitur temperatus, constans, sine metu, sine aegritudine, sine alacritate, ulla, sine libidine nonne beatus?

[“¿Es que un hombre templado, constante, sin miedo, sin aflicción, sin alegría desbordante alguna, sin deseo, no es feliz?”]

Cicerón, Tusculanas 5.16.48

Tan necio es el que se ríe de todo como el que se pudre de todo.

B. Gracián, Oráculo manual y arte de prudencia, 209

Nor try to tie the Butterfly
Nor climb the Bars of Ecstasy,
In insecurity to lie
Is Joy’s insuring quality.

[“Ni trates de atar a la Mariposa,
Ni trepar por los Barrotes del Éxtasis,
Yacer en la inseguridad
Es la segura calidad del Júbilo”].

Emily Dickinson, Poems 1434 (ca. 1878), trad. de M. Ardanaz

Caspar_David_Friedrich_-_Klosterruine_Eldena_(ca.1825)

Requiere una cierta sabiduría no contar con ningún éxtasis sin dejar de admirar a quien vive instalado en él. Porque es fácil despreciar lo sublime cuando no se tiene al alcance de la mano, como también es fácil desesperar por no hallarlo o retirarse de la marea mundana cuando se halla. Hay una decepción del mundo que sugiere a contraluz nuevas bellezas; y hay una decepción más sutil surgida no del materialismo, sino del trascendentalismo demasiado trascendente, de la creencia en una meta todavía lejana. Ni el devenir alocado del siglo ni las iluminaciones más esplendorosas se me prometen en esta vida, y, en consecuencia, tampoco yo he de correr tras ninguno de los dos. El mundo ya me ha servido una degustación de sus principales alhajas: me han complacido, me han conmovido, me han hecho adicto, pero no han sabido atraparme con el suficiente ahínco como para olvidarme de otras búsquedas. Tampoco parece que la gran búsqueda vaya a coronarme con una sabiduría definitiva. No por ello reniego de ella, pero no la ansío como el que se ve próximo a culminar la carrera.

Esta decepción de la que hablo es una decepción sagrada. Consiste en reconocerse a salvo de las más arrastrantes emociones, en identificar las circunstancias no del todo favorables, no del todo desfavorables, que le acompañan a uno, como a tantos otros seres. Contemplas la belleza final, la quietud, la puerta a la liberación, el amor infinito, y respetas todo ello con verdadera devoción. Pero te ves lejos, pasando ante tu vista los años que a nada te llevan salvo a ti mismo. Por otro lado, has logrado mitigar la desazón. También liberándote del ansia del gran premio se obtiene una serenidad de otro tipo; liberándose de la liberación uno regresa a un estado de equilibrio aformal, de infancia sin ataduras, de la libertad de un río que fluye por un cauce determinado por el universo. Es una cierta sabiduría que no conduce a la total felicidad, pero protege en buena medida de una total amargura. No promete tesoros conmovedores, pero evita desengaños sorpresivos. Se trata de una gratitud por hallarse en un punto más o menos neutro, en una encrucijada de fuerzas que se compensan y lo dejan a uno en una tregua razonablemente plácida; gozar de grandes honores distrae en el durante y conlleva un doloroso golpe cuando peligran o cuando se pierden, al final de un periodo o al final de la vida. Sin embargo, esta aurea mediocritas, sabiéndola llevar, permite una tranquila observación de las peripecias cósmicas y permite hacer alta filosofía, mucho más alta que la que rumian los catedráticos universitarios; con la afable abstinencia de Epicuro se advierten también algunos milagros.

Todo conlleva la tristeza intrínseca de caducidad y de su insustancialidad última. El hombre cuya situación mediocre lo ha vuelto circunspecto ha sido bendecido con la oportunidad de percibirlo a cada instante. Esta renuncia obligada permite ver con distancia cómo otros que se creyeron más afortunados se estrellaron contra su fortuna. El pensamiento, libre de peripecias demasiado acuciantes, se ve capaz de desentrañar la leve indolencia de cuanto deviene, y así va mudando de piel, disponiéndose suavemente para abordar la idea de algo superior. Poco a poco, una renuncia más profunda se va gestando en el interior, y los apegos se disuelven por sí solos, como las fuerzas se aflojan en el anciano que ya nada espera salvo reclinarse sobre la tierra y alimentarla con su cadáver. Incapacitado para grandes sacrificios, sacrifica parsimoniosamente todas sus habilidades, todos sus fervores, todas sus aversiones, y va reduciendo su corazón paso a paso, sin rechazar nunca la calidez humana, pero no poniendo en ella más que el alma, sabiéndose el alma ligera, vana y caduca. Que nada nos arrastre y que no deje por ello de despertar nuestro amor, pues está tan extraviado y tan divinizado como nosotros.

Somos hojas mecidas en el viento: livianas, intrascendentes, impermanentes, prontas a la disolución. Ningún placer se promete duradero, ni la idea de un final nos atormenta en ciertos momentos de serenidad. Percibo que ninguna admirable transfiguración me espera en esta vida, y ello me descarga de aprehensión y afán. Viendo que todo destello conmovedor que me encuentre habrá surgido de mí, empiezo a reconciliarme con mi interior, y voy abandonando aflicciones y entusiasmos exógenos. Todo depende del propio esfuerzo y de lo encadenado que se esté por hábitos y azares, a los que podemos darle el nombre de destino o de Providencia. Poco parece haber de emocionante en todo esto. Mi vida es lo bastante pálida como para observar con atención y abordar la vacuidad del ser. En resumen: estando sumamente lejos de la meta, me encuentro, no obstante, en la senda adecuada.

Bellini - Allegory of melancholy

Todo lo que pueda romperse se romperá. Y esta fragilidad garantizada es lo que me incita a desapegarme del tiempo y a venerar mis huesos: son poco fiables, pero también suponen la rotundidad efímera de una visión, de una epifanía. Tan irreal como la aparición de un ángel, esta mano escribiente que se volverá polvo, ese árbol que se volverá humus, esa mole arquitectónica que se fundirá con el magma en la conflagración final, todas estas cosas son milagros de cuya entidad dudo, pues del vacío surgieron y al vacío regresan un poco más cada día. Y el instante, que se me figura sagrado, me impone tanto respeto que no consiento en llenarlo con nada demasiado necio ni demasiado digno de estima. El vacío que se trasluce en el dosel de lo mundano es una vaporosa visión que me promete melancólicos pero reveladores conocimientos.

Los que así sentimos no merecemos compasión; muy al contrario, he sentido los éxtasis de cuya especie lo esperaba todo, y he visto en qué terminaban. Los amores devienen llantos; las aficiones, abandonos; la admiración, decepción; el placer, dolor; la aparente plenitud, vertiginoso sinsentido; la más exquisita música, silencio y continuidad del murmullo existencial. Nada terminó, por fortuna, en tremendos tormentos ni en una penosa grisalla, sino en una tierna percepción de la belleza de lo marchito. Todo lo vano llega a causar compasión cuando se lo contempla como el enésimo intento de autoafirmación que acabará como todos los demás. Y hasta uno se imagina que el propio sufrimiento insoportable se advertirá -cuando llegue al pensamiento- como igual de nimio que la picadura de un insecto, y uno se cree indiferente a todo. Un alma macerada en este batimento de sensaciones puede no preocuparse demasiado de morir solo y sin hijos, en la ruina y joven, al tiempo que permite a sus ojos verter una  lágrima ante la poética imagen de una inconsciente gota de rocío que desaparece para siempre en la tierna edad de la mañana, o ante la mariposa que se desmaya sobre las aguas cuando al fin lograba dominar el secreto de la libación.

La tristeza del exiliado parece deberse a que nada le agrada en la ciudad que lo acoge. En realidad se debe a que nada allí es como en su patria, a la que desea regresar, y compara una ciudad con otra comprendiendo que si el exilio se da en una, también se dará en la otra. Es una aflicción sin temor, una aflicción que sonríe, que permite vivir y gozar, pero manteniendo en todo momento un halo de extrañeza, puesto que cada cosa es similar a su correspondiente en la patria sin que sea ni idéntica ni mejor.

No obstante, la plenitud está latiendo en todas partes, y se llega a exteriorizar en sabios que comparten nuestra misma provincia. La melancolía es un fleco de un tapiz de infinitudes, fleco del que empezar a deshilar el tejido para volverlo a tejer de nuevo en torno a uno mismo. Hay modos de trascender estos círculos de aspiraciones que respiran, que se afanan y se calman. Hay vías que fueron, son y serán recorridas por quienes han acumulado mérito, inteligencia y diligencia. Todo fenómeno tiene el mismo sabor, pero quien ha educado su paladar puede percibir en ese único sabor un dulzor que se escapa a quien simplemente reconoce una homogeneidad tediosa. Y la educación útil es cosa de las tradiciones. La realidad última no debe dejar de ser una constante de nuestro devenir, una fijación de nuestra mente, la causa motriz de nuestro método, pues bajo lo atareado de nuestra vida no hay otra cosa, y tras la pueril afirmación y la sagrada decepción hay una síntesis que reconcilia los polos positivo y negativo, y esa síntesis está presente aquí, ahora, en esta mente que escribe -esta mente que está sonriendo y lamentándose al mismo tiempo no por conato de locura sino por vislumbre de una plenitud que consiste, al fin y a la postre, en no esperar nada de nada: solamente mora y contempla cómo el exterior y el interior juegan a intercambiar ilusorias esencias. Es difícil alcanzarlo cuando no hay nada que alcanzar, cuando el mero impulso es alejamiento, cuando, de hecho, con cada paso que damos efectuamos un atentado contra el reposo primordial. La esencia divina no es otra cosa que ese punto central de cada nada, la intersección de todos los vectores, la nulidad que sirve de referencia a todo despliegue. ¿Qué mayor motivo de tristura y de gozo para las diversas capas que, volcadas cada una sobre lo suyo, conforman a la conciencia?

Con todo, estas divagaciones tienen una solución más simple que pasa por preocuparse menos de uno mismo y más de los demás, y a la par, como se ha dicho, no esperar gran cosa de nada ni de nadie, tampoco del propio yo aún no regenerado. La alegría más sencilla y pura proviene de complacerse en las conductas virtuosas, en ver cómo el sufrimiento del mundo se va sanando con pequeñas suturas aquí y allá gracias a tal o cual persona, tal o cual doctrina, tal o cual gracia imprevista. El previo devanarse de sesos no habrá sido más que alzar una montaña para finalmente contemplarla desde lejos y comprobar la afición de las mentes ordinarias a complicar las cosas, a sentir cosas contrapuestas y en términos similares. La montaña será horadada y erosionada mientras la conciencia tranquila sestea dichosa en un valle fresco y florido y cada vez más profundo.

Magdalena - George de La Tour

[Música: S. L. Weiss, Sonata en Re Mayor  K5. V. Sarabande.]

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Alienum est omne quicquid optando evenit.

[“Es ajeno todo cuanto sucede según nuestro deseo.”]

Publilio Siro, Sententiae 1.1

Reconstruir sin cesar y sin aspavientos los apliques que el sino derriba, aprovechar cada reconstrucción para ejercitar la memoria que ama lo que hubo y estimular la imaginación para añadir sujeciones más resistentes en el porvenir, amar la vida del amor sin dejar de incluir hasta su misma disolución, dibujar un bello diseño en el rumbo de la caída, voltear la sonrisa mordaz del tiempo en paseo de regreso al atardecer, admirar cada prolongación de la existencia con la gratitud de un liberto, navegar a contracorriente hasta que los vientos murmurasen un mandato ineludible y a la sazón virar en una parábola elegante de un ave que se alza y declina, reconocer las sucesiones de ocasos y ver en ello un principio de armonía y no una severa venganza, contemplar con curiosidad las fuerzas que pugnan dentro de uno hasta que vence la destrucción que llamamos devenir, no permitir que esta victoria pírrica se haga con la saña de un sometimiento imperial, sino con una honorable ceremonia de rendición en la que los combatientes se reconocen mutua nobleza… Bastante sabiduría sería domeñar todas esas artes para hacer de la vida un bello drama, una fábula moral de la que tomasen ejemplo los seres infantiles que pueblan el universo.

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[Música: Atahualpa Yupanqui, El aromo]

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Poussin - the_triumph_of_flora-largee

Chloris eram, nymphe campi felicis, ubi audis
     rem fortunatis ante fuisse viris.
quae fuerit mihi forma, grave est narrare modestae;
     sed generum matri repperit illa deum.              
ver erat, errabam; Zephyrus conspexit, abibam;
     insequitur, fugio: fortior ille fuit.
et dederat fratri Boreas ius omne rapinae,
     ausus Erecthea praemia ferre domo.
vim tamen emendat dando mihi nomina nuptae,               
     inque meo non est ulla querella toro.
[vere fruor semper: semper nitidissimus annus,
     arbor habet frondes, pabula semper humus.]
est mihi fecundus dotalibus hortus in agris;
     aura fovet, liquidae fonte rigatur aquae:               
hunc meus implevit generoso flore maritus,
     atque ait “arbitrium tu, dea, floris habe.”
saepe ego digestos volui numerare colores,
     nec potui: numero copia maior erat.
roscida cum primum foliis excussa pruina est               
     et variae radiis intepuere comae,
conveniunt pictis incinctae vestibus Horae,
     inque leves calathos munera nostra legunt;
protinus accedunt Charites, nectuntque coronas
     sertaque caelestes implicitura comas.            
prima per immensas sparsi nova semina gentes:
     unius tellus ante coloris erat.

[“Cloris era, ninfa de las llanuras felices, donde sabes que antes afortunados hombres tenían su medio de vida; modesta como soy, se me hace duro exponer la belleza que tuve. Pero esa belleza le encontró a mi madre un dios por yerno. Era primavera; yo iba paseando; el Céfiro me descubrió, yo iba a alejarme. Me persiguió, yo huía; él era más fuerte. Y el Bóreas, que se había atrevido a llevarse un botín de la casa de Erecteo, había dado a su hermano pleno derecho para el pillaje. Sin embargo, enmendó su acto violento, dándome el nombre de esposa, y no tengo queja ninguna de mi matrimonio. Gozo de una primavera eterna: el año está siempre sonriente, los árboles tienen siempre hojas, la tierra siempre pastizales. Tengo en los campos que constituyen mi dote un jardín exuberante: el viento lo respeta, una fuente de agua cristalina lo riega. Mi marido cubrió este jardín de flores generosas y me dijo: “Tú, diosa, ostenta la soberanía de las flores”. Yo quise muchas veces contar la serie de colores y no pude; su cantidad sobrepasaba la cuenta. Tan pronto como la escarcha y el rocío se sacudieron de las hojas y el follaje variado se entibió con los rayos del sol, acudieron las Horas, embutidas en sus ropas variopintas, y recogieron mis regalos en ligeros canastillos. Al punto se aproximaron las Cárites y tejieron coronas y guirnaldas que sirviesen para ceñir las cabelleras de los celestiales. Fui la primera en desparramar a lo ancho de los pueblos las nuevas simientes. Antes la tierra tenía un solo color.”]

Ovidio, Fastos, 5.197-222 (trad. B. Segura Ramos)

[Música: C. Monteverdi, O Primavera, gioventù de l’anno (Il terzo libro de madrigali, 1592), sobre un poema de G.-B. Guarini (Il Pastor Fido, 3.1).]

Michel Corneille - Zephir et Flore - détail

Abránse las amapolas y los tomillos, ceda el rojizo suelo al imperio del verdor, entonen los coros pajariles sus sinfonías, nutran los últimos hielos el caudal de los sedientos arroyos. Mirad cómo resurgen dríades, náyades y faunos al paso real de Prosérpina, que llega de nuevo al mundo de la vida para contentar una vez más a su divina madre. La sigue de cerca el blanco Adonis. Pomona y Vertumno danzan al son de los céfiros, repartiendo simiente y cuidados entre los palacios vegetales, mientras el carro de Hiperión esparce, ya sin mezquindad, los tesoros áureos del alimento solar. Los amores sobrevuelan a los embarazados árboles frutales buscando emparejar insectos, ninfas, efebos. Los tallos, hinchados por la fecundidad de las libélulas, soportan el peso de dulces ciruelas, y, al tiempo que las muerden, las semidiosas de las fuentes se adornan con purpúreas cerezas los cabellos de mil colores. Los peristilos se apacientan del polen servido por camareros alados, el polen transmuta la sequedad del limonero en oro perfumado, todo lo perfuma la pujante Flora. No hay planta que no haya ofrecido sus mejores pétalos a las ninfas, que gustan de tejer guirnaldas vivas.

Más retozarían juguetonas las alimañas si tanto espectáculo no las distrajera a cada instante. Es grato sentir ahora la caricia de los encontradizos vientos, y el murmullo de las hojas es ahora muelle -distinto del quebrar quejoso de las hojas otoñales-, como invitando a recostar sobre ellas nuestras cabezas acaloradas. El aroma reforzado de los laureles nos trae el recuerdo de las antiguas glorias que los ceñían en las sienes, y las cantamos arrullados por el contrapunto de los mirlos. Se abren más los ojos almendrados, pues todo es más visible y pues también los almendros fructifican. Sobre los alféizares se apostan los geranios y las enamoradas. Suenan frescas tonadas: ofrendan a los alegres besos y a la alegría misma. La Belleza ha abrazado montes y valles. Disueltos los recuerdos de las tempestades, los navegantes recobran la confianza que los empuja a la mar; ya han ganado la aprobación benévola de las Híades, hacedoras de lluvia. Tampoco temáis vosotros, cazadores, el ciclo de los tiempos que hace exiguas a las presas, pues el cuerno de la abundancia llama al gozo. ¿No entrechocan ya los terneros sus primeros cuernos? ¡Pero deteneos!: cae ya la plácida noche, a la que balan las corderas entre amebeos de pastores.

Bajo la dirección de Anna Perenna, todo está a punto para celebrar la felicidad con su festín más transparente: la gloria del mes de marzo, que todo lo renueva, que olvida las antiguas ofensas y las penas lacerantes. Puesto que la demencia de los mortales no ha logrado todavía detener el impulso regenerador de bosques, nubes y velludas abejas, la naturaleza toda dice otro año más:

“¡Feliz primavera a todos los seres sintientes!”.

☙❧

Richard Westall - Flora unveiled by Zephyrs

 

[Música: J.-B. Lully, Ballet Royal De Flore. XIIIEme Entrée (Proserpine et ses Compagnes, Pluton enlevant Proserpine)]

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Οὔτοι συνέχθειν, ἀλλὰ συμφιλεῖν ἔφυν.
[“No he sido hecha para compartir el odio, sino el amor”].
Sófocles, Antígona 523

Ἐὰν ταῖς γλώσσαις τῶν ἀνθρώπων λαλῶ καὶ τῶν ἀγγέλων, ἀγάπην δὲ μὴ ἔχω, γέγονα χαλκὸς ἠχῶν ἢ κύμβαλον ἀλαλάζον.

[“Si yo hablase lenguas de hombres y de ángeles, pero no tengo amor, vengo a ser como bronce que resuena o címbalo que retiñe”.]

1 Co 13, 1

Amo quia amo; amo ut amem.

[“Amo porque amo, amo para amar”.]

S. Bernardo de Claraval, Sermones in Cantica Canticorum, 83.4

Louis-Jean-Francois-Lagrenee-xx-Psyche-with-Sleeping-Cupid-xx-Musee-du-Louvre

Amar es desproteger la facultad de comprensión. Amar es saltar categorías. Amar es voltear el vector del instinto. Es recordar tu substancia bajo accidentes ajenos. Es notificarte tu subordinación al conjunto. Es reverdecer tu ángel. Amar es celebrar la primavera en cada fibra de ser. Es sonreír con ternura, de soslayo y casi con indiferencia a los arbotantes de tus pensamientos y aferramientos. Amar es contemplar el paritorio de la belleza. Es reconocer en lo amado una matrona de luz. Es resignificar la palabra más envilecida por el sobreuso. Es resonar las cuerdas de la lira interior en simpatía con armonías externas. Amar es saludar a un nuevo sol. Es no ceñirte a la esperanza. Es generar calor sutil en el mirar, el oír y el respirar para abrigar a quien tenemos delante. Es reducir a minucia irrelevante o incluso a motivo de dulce enternecimiento el hecho de que existen vísceras y que burbujean en los cuerpos. Es captar por siempre un arquetipo eterno que se trasluce por un instante pero que se ocultará sibilinamente tras la enfermedad, la vejez y la muerte. Es reposar en cualquier parte salvo en el contorno de nuestra piel, ese terreno resbaladizo en que comúnmente establecemos inestable domicilio. Es el único viático que uno tiene a mano ante cualquier naufragio y es el único modo de conocer algo.

Amar es residir en todo momento en un Parnaso de presencias invisibles. Es ser servido por una corte de genios y hadas. Es despojarse de una primera coraza, la más pesada de todas. Es hacer de la rivalidad una infantilidad irrisoria. Es emprender el camino de regreso. Es solventar todo apuro con la ideación de un nuevo planisferio. Es saturar los cielos. Es hacer de toda superficie topografía predecible y protectora. Es azuzar a la química de la sangre para que se movilice en pos de una única causa sagrada ajena a la supervivencia. Es no desconocer la mácula en lo ajeno, sino observar su divertido contrapunto sobre un substrato de belleza inconmensurable. Es armar dioses. Es proclamar todas las expediciones posibles hacia los seis mundos. Amar es acunar la beatitud. Es reírse de las lejanías. Es ritmar cada automatismo y cada giro del ser como si fuera una danza al son de una sinfonía de gandharvas. Amar es no preocuparte de tu deseo, sino de que tu deseo sirva a un bien mayor. Amar es cantar a los pinos y que éstos oigan tu canto. Es proyectar un eco de la Palabra primordial. Es unir mundos intelectivos. Amar es zurcir descosidos del cosmos. Es saber que eres ante todo un vínculo. Es sentarse sobre una flecha rogando por la diana.

Amar es abrir el corazón y mostrar la partitura coral de aurículas y ventrículos. Es subestimar la subestimación. Es concentrarse sólo en manantiales. Amar es reconvertir la herida en boca de hermosos labios. Es reconocer como salvedades y cumbres cada pieza ordinaria de un sistema. Es descubrir la dignidad principesca disfrazada con apariencia cotidiana o mendicante. Amar es provocar el exilio de nuestras lindes y ubicarlas en una diáspora ennoblecida por la conciencia y por el nuevo reino amado. Es no oír nada que no dote de significado a nuestro amar. Es descubrir un nuevo eje de abscisas del beneficio. Amar es saberte viudo y percibir a la vez cómo tu cónyuge resucita ante tu vista. Es navegar tu prosa mental y apercibirte de que piensas en verso. Es ser una ciudad y hacer del amado el monarca. Amar es la conciencia coordinándose con su dios. Es gozar la disolución, como un ensayo de nuestra cercana despedida final.

marcus-stone - in love

[Música: A. Camprá, L’Europe galante, Entrée Espagnole (escena II). Air d’une espagnole (“El esperar en amor”).]

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