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Archive for the ‘Poética del Descenso’ Category

“I am His Messenger,” the daemon said,
As in contempt he struck his Master’s head.

[“Yo soy Su mensajero”, dijo el demonio,
mientras golpeaba con desprecio la cabeza de su Amo.]

H. P. Lovecraft, Fungi from Yuggoth 22  (“Azaroth”).

खम्मामि सव्व जीवेषु सव्वे जीवा खमन्तु में,
मित्ति में सव्व भूएसू वैरम् मज्झणम् केणवि
मिच्छामि दुक्कडम

khāmemi savva-jīve savve jīve khamantu me
metti me savva-bhūesu veraṃ majjha na keṇavi.
Micchāmi Dukkaḍaṃ.

[Pido perdón a todas las criaturas vivientes. Puedan todas ellas perdonarme.
Pueda estar en amistad con todas las criaturas y en enemistad con ninguna.
Pueda todo el mal que he hecho quedar sin fruto.]

Oración prácrita de Micchāmi Dukkaḍaṃ, típica del pratikaman jainista, durante el cual el practicante hace repaso de sus pecados diarios.

Not doubt, not decease shall dare to lay finger upon you,
I have embraced you, and henceforth possess you to myself,
And when you rise in the morning you will find what I tell you is so.

[“Sin duda, ninguna enfermedad osará poner un dedo sobre ti.
Te he abrazado, y de ahora en adelante eres mío,
y cuando mañana despiertes, verás que todo cuanto he dicho es verdad.”]

W. Whitman, Song of Myself 40

Os contemplo, seres, y no hago más que eso. Una cadena de costumbres atenaza mis manos, que por momentos quisieran alcanzaros para rendiros alimentos puros, caricias de consuelo y sutura de heridas crueles. Seres que agonizáis ocultos tras muros de cemento y de fronteras nacionales, os merecéis todo esfuerzo por salvaros del que sea capaz mi corazón y mis miembros, incluso aunque supusiese el rompimiento de todo mi ser en mil pedazos, incluso aunque todos mis propósitos interesados cayesen en el abismo del asco y del olvido. Pero soy humano, criatura débil manejada por hábitos y tendencias al aferramiento. Los tendones flexores de nuestros brazos son mucho más robustos que los extensores: tan ávidos de apropiación nos pensó la eterna Naturaleza. La forma de émbolo que dibuja el glande viril no tiene otra función que la de extraer al vacío la simiente de otros machos y sobreponerse a la competencia, cuando se trata de expandir la identidad sobre una descendencia de la que nada sabrán sus responsables. Ser animal es impulsarse a la avaricia; ser animal racional, impulsarse a ella con mucha mayor habilidad.

¡Oh seres torturados, esclavizados, olvidados, hijos de todas las razas, caminantes sobre dos, cuatro, ocho o cien piernas! No podéis siquiera contar en vuestra existencia entera con la serenidad de una sola noche de luna llena en la que respirar el aroma plácido de los jazmines y con él algún significado cósmico, alguna traza de espíritu divino. Tristes mortales racionales a quienes todos dicen compadecer, aun más tristes mortales irracionales sin más delito que no hablar lenguas con sujeto y predicado: perdonad que no estemos entregando cada hora de nuestros días a la belleza de mitigar en lo posible las laderas de vuestro Calvario inconcebible. Queremos muchos lograrlo, creednos, queremos lograr desasirnos de mezquinos propósitos, de nuestra adicción al placer, a los tejidos mullidos en los que indolentes nos devaneamos en gráciles poesías, nuestra adicción a la vida segura y a la contemplación de celestiales estructuras. Quisiera inclinarme ante vosotros y limpiar vuestros embrutecidos rostros, como Verónica de vuestro Via Crucis sin nombre, y daros así al menos el descanso breve de la sed calmada durante los instantes en que sabréis de alguien que piensa en vosotros y que con gusto invertiría vuestra condición si el poder permitiese fácil disposición.

Pero, ¿cómo querer lo que se quiere querer? ¿Cómo haremos para reconocer que no basta con reconocer? Una fuerza de compasión habrá de alimentarse a sí misma hasta alcanzar la edad adulta. ¡Arriba, pues, la voluntad entendida! ¡En alto el corazón y que sirva de escudo a los humillados! ¡No desfallezcáis, paladines sin coraza, no olvidéis que vuestra condición ya no depende de un rey exterior sino de la noble Aspiración que dirige los ejércitos del Bien! ¡Salve, Amor, bésanos en la frente para que rindamos nuestras espadas no abriguen otra posibilidad que la de servirte! ¡Que el llanto que corre por los canales subterráneos de la civilización arrastre nuestra nave hacia océanos sanadores, libertades balsámicas, ungüentos de néctar de hermandad! Otros sublimes estados habrán de esperar: en este universo ha caído tanto sufrimiento que nos pasaremos eones de renacimientos para suavizar todas las asperezas. El Nirvana no nos grita con tanta fuerza, pues antes conviene acabar con su contrario, su distorsión torturada que los hombres han querido entender como medio imprescindible para obtener algunos agradables beneficios, pasajeros como el reflejo de la luna en las aguas que se escurren entre las rocas.

Sabremos lo que valemos como criaturas cuando hagamos valer lo que sabemos sobre la Creación. Cúmplase pronto el hartazgo del avasallamiento, y puedan estar todos los terrícolas libres del sufrimiento y de sus causas, que somos, en mucha medida, nosotros mismos. Amén. Amén. Amén.

***

[Música: G. G. Brunetti, Stabat Mater (1764). I. Stabat Mater. Si no es excesiva frivolidad hablar de música después de hablar del suplicio que asola a la mayoría de lo viviente, resaltaría que se trata ésta de una paráfrasis (coloquialmente diríamos hoy “plagio”) del celéberrimo motete homónimo de Pergolesi, quien dejó tras de sí innumerables y dignos epígonos que como él musicalizaron para dos voces femeninas la misma secuencia latina, tomando armonías similares repletas de retardos, tales como Girolamo Abos, Pasquale Cafaro, Fedele Fenaroli, o el coral de Tommaso Traetta, por no hablar del contrafactum que acometió el mismísimo Bach (Tilge, Höchster, meine Sünden BWV 1083) o del reforzamiento instrumental y contrapuntístico del Stabat Mater del Pergolese que realizó Giovanni Paisiello el último año del siglo XVIII. Además de éstos es destacable el de Giovanni Felice Sances, del XVII, y el de Alessandro Scarlatti, el cual, no siendo tan inspirado, acaso inspirase a Pergolesi la formación del dúo de soprano y contralto. Y tantos otros, entre los que computan los muy sensibles de Vivaldi y Bononcini, de los que ya compartí muestras. El comienzo del texto reza: “Stabat Mater dolorosa / iuxta crucem lacrimosa, / dum pendebat filius” (“Estaba en pie la Madre doliente, / lacrimosa, junto a la Cruz, / mientras colgaba el Hijo”). Inmejorable música para acompañar la visualización de la Crucifixión, en la que Cristo, Lógos universal hecho carne, tomó sobre sí el sufrimiento de todos los seres ante la mirada amorosa de su inmaculada madre, paradigma del espíritu maternal humano que todos portamos en alguna parte, reflejando toda la escena, de manera sangrante e icónica, el Micchāmi Dukkaḍaṃ en toda su plenitud catártica.]

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Reo que tiene por actor al poder enojado ha menester en el juez mucha igualdad.

A. Pérez, Aforismos de la carta para el papa 2

Siglos hay en que viven más seguros los deudores que los acreedores.

A. Pérez, Aforismos de Antonio Pérez 35

Los males envejecidos no se pueden curar sin remedios fuertes.

J. Setantí, Centellas de varios conceptos 14

La mayoría de las personas llamadas decentes odian unos pocos abusos y disculpan los demás.

S. Ramón y Cajal, Charlas de café VII (3a ed., 1922, p. 170)

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Oh, voraces niños de metro y medio, que os agitáis entre catedrales malditas de cemento y frío cristal, moderaos. Vuestra sed inconmensurable lo ahoga todo, y os fijáis entretanto en las pequeñas heridillas que os infligen aquí o allá. ¿Por qué creéis que vuestros pequeños dolores merecen más atención que el hundimiento de todo?

Pero, ¿a qué apelar a vuestras conciencias maltrechas? Uno no se puede enfadar con las ladronas urracas, ni con los tigres devoradores de inocentes, ni con las tempestades que gustan de invertir bruscamente la posición de las cosas. Las bestias y los meteoros tienen su estallido trazado de antemano. Adictos como sois a caprichos envilecedores, no lograréis evitar el impulso que os lleva a nutriros del mal. Tampoco he de excluirme yo del grupo: las adicciones que nos han inoculado no se extirparán con una conciencia media como la mía. Se requiere un cataclismo de la mente o del cuerpo o una teofanía nítida para salir de la rueda de la crueldad indiferente que todo lo asola.

¡Asesinos del mundo, yo os absuelvo! No tenéis la culpa de haber nacido con culpa, y los mejores rayos de luz de entre los mejores de vuestros corazones así lo demuestra. Hasta el más puro de los que tienen algún trato con comerciantes están sentenciados como cómplices de crímenes sin número. Sigamos, pues, contribuyendo al imperio de la muerte y del sufrimiento hasta que no soportemos nuestros actos y nos demos por vencidos ante la evidencia: todo en nuestro tiempo parece llamarnos al recogimiento, a la austeridad extrema, a la abstinencia del alimento animal y a buena parte del vegetal, al retiro campestre y a la oración… pero acaso habrá que esperar a que nos encontremos desnudos de vida y de esperanza para forzar el fundamento de nuestras funestas costumbres. No parece que pueda hacerse otra cosa.

Que los seres nos perdonen lo imperdonable.

[Música: J. Savall, Deploratio IV (Lachrimae Caravaggio. Statio VII).]

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El diablo reserva las tentaciones de la carne a los más cándidos; y prefiere desesperar al menos ingenuo privando las cosas de sentido.

N. Gómez Dávila, Nuevos escolios a un texto implícito II

El diablo no puede hacer gran cosa sin la colaboración atolondrada de las virtudes.

N. Gómez Dávila, Id.

La civilización moderna recluta automáticamente a todo el que se mueva.

N. Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito II

El Progreso se reduce finalmente a robarle al hombre lo que lo ennoblece, para poder venderle barato lo que le envilece.

N. Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito II

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Un viandante con la mirada cansada por entre las calles de una gran ciudad con mal tiempo, un alma absorta entre otras, ajeno a lo ajeno. Pero tras su silencioso rostro se mascullan todas las dudas, y se pregunta cómo operar a partir de ahora sin automatismo, pues ha reconocido que con cada acto realizado sobre el cemento se ofende a la moral más elemental. El té que calienta sus manos enfría los cuerpos de macacos en Borneo o de tejones donde sea que haya tejones. Llevando cualquier envase de petróleo atosiga a innumerables especies y prende fuego a la  bienhechora atmósfera. Subiendo a un automóvil público, o incluso a un carromato tirado por voluntarios, ya despertaría el rechazo de los jainistas, que a todas partes van a pie para excusar la vida de los animales ínfimos.

Así voy yo pasando estos días, repensando a cada momento en qué se cifra tal momento y cómo podría evitar que chirríe en mis sienes toda dinámica efn la que invierto. Sin ilusión continúo acometiendo mis pequeños deberes y mis pequeños vicios, que resuenan en hecatombes en otras puntos del planeta. Sonrío, bromeo, firmo, cobro, pago, converso, pido, presto, espero ante los semáforos, declino cortésmente la propaganda consumista que me ofrecen a pie de calle, acaricio a los perros, entretengo a los niños, y parece que el diablo espera paciente en segundo plano hasta que vuelve a verme solo, momento en el cual regresa a mi vera y me acompaña en mi paseo. Aprendo como nunca a extremar mi doble personalidad, pero el fondo gris permanece, y una compasión enrabietada no abandona un rumoroso ritmo de metrónomo al fondo. Aunque sin odiar a nadie, no escapo de la sensación de una derrota histórica: ha vencido lo más pueril y agrio de cada hombre. Pido clemencia a los dioses internos, tomo sin cesar refugio en las Tres Joyas, como si recitar esa fórmula oriental alejase a los malos espíritus occidentales que me rondan. Pero mi pulso apotropaico flaquea, y una melancolía de ver purulenta a toda acción de mi siglo me revuelve estómago y paciencia.

Nadie a mi alrededor parece pensar en ello, aunque todos lo saben. Nadie parece pensar en ello: tampoco yo, de modo que acaso seamos muchos los que callamos el caldeo de frustración que se va incubando bajo la coronilla. Es duro sugerirse siquiera la posibilidad de que toda moral sea ridículamente insuficiente, la posibilidad de que el mayor diablo y el mayor santo resulten indistinguibles para la mayor parte de los seres, que rehuyen a cada rato la mandíbula de un depredador, el frío adormecedor de miembros, el veneno que abrasa, el reluciente cuchillo, la expulsión del territorio o el arrebato de la prole. Lo único bueno que tiene la fiebre es que hace crecer los miembros, y mi destino se me hace cada vez más indiferente, menos injusto para con mi tranquilísima y privilegiada existencia, salvo cuando la justicia me reclama desde el otro lado y sugiere que soy yo el acusado, el magnicida imperdonable.

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La ciudad parece funcionar sin aspavientos a las puertas del Juicio Final. Luces artificiales de colores frutales iluminan a sombras hechizadas que se creen iluminadas. Pésimas canciones de amor y sexo enrarecen un aire insensible y respirado por todos, y cuyo olor ya nadie distingue. Parejas caminan abrazadas, empresarios acuden puntuales a sus citas con el expolio, dementes prometen a gritos el reino amoroso de Cristo, y eso es lo único que en realidad tiene sentido en este desierto superpoblado y atolondrado. Los ancianos mueren en silenciosas azoteas y los mendigos se hielan para siempre en silenciosos portales. Mientras tanto, el estallido de lo todavía más penoso atruena dentro de mi cabeza, sin que nadie pueda percibirlo más que por una mirada más severa de lo habitual en mis ojos, a los cuales pocos ojos miran. Yo, más culpable que todos los que me circundan, porque no dejo de pensar en lo terrible de mis actos sin dejar por ello de insistir en ellos. La idea de lo espiritual me consuela, el testimonio de los anacoretas se me hace cálido, el bien obrado por los caracteres amables arroja luz… pero una triste aceptación de que no están salvando sino a un minúscula parte de lo que merece ser salvado, y un recuerdo insoportable de lo que yo mismo hago soportar al mundo, me hacen perder algo de impulso hacia el cultivo de la sabiduría. Tremenda, sangrante ironía, que uno solamente pueda ayudar alcanzando el Nirvana o suicidándose. ¿Para qué ser sabio o extremadamente paciente y generoso si entretanto se condena a legiones sin nombre a infiernos inconmensurables de cuyas estancias procuraría yo zafarme aun por medio de vender mi alma una y cien veces? Hay demasiado sufrimiento bajo el sol. Se diría que hay demasiado sufrimiento incluso a ojos de los budas.

En una noche sin estrellas, esquivando masas humanas que ríen y riñen, entre el humo asfixiante de la mundanalidad motorizada, me sigo alejando sobre el alquitrán cubierto de lluvia. Las gotas del cielo aplastan mi cabello, y en ello percibo cómo alguna golpea incluso más adentro, sacudiendo alguna facultad moral hasta ahora adormecida. Lo lamentable no es que la soledad nos persiga; lo especialmente molesto para mí es que no logro evitar que musite a mi oído descripciones espeluznantes del presente año, estadísticas de vértigo, causaciones que comienzan en lo trivial y culminan en desolación. Todo lo terrible que sale de mis manos o de mi aliento regresa ahora a la mente mientras el helor invernal no consigue rebajar mis ardores. La lluvia no limpia nada. A veces incluso lamento lamentarme. Pero todos tenemos derecho y obligación de ser agitados por crisis de principios, pues sólo así prueban su solidez y se deciden por un mayor ahínco o por una completa reconstrucción del templo con nuevos cimientos. Sí, algún viraje importante ha de alumbrarse tras esta fiebre.

Magical Dreams - wystawa w Centrum Promocji Kultury

[Música: Cuatro cortes de la banda sonora que B. Herrmann escribió para Taxi Driver, la película más insomne de todas las que retrataron el aislamiento del hombre sensible en el mundo moderno (“A ticking time bomb of a human being trying his best to do good in a world gone to filth la define acertadamente Blake Goble): Getting into ShapeThank God for the Rain, I Still Can’t Sleep y God’s Lonely Man.]

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Mas el mundo es ya biejo e, la natura, liviana,
que es mucho corrompida, fallesçida e menguada;
así que la melesina, que solía ser sana,
al omne que la comiere dar le ha mortal lançada.

Libro de miseria de omne

La locura incuba desde ahora bajo nuestros inmuebles de cincuenta pisos, y a pesar de nuestros intentos por desenraizarla, no llegaremos al punto de reducirla, ella es este dios nuevo que no sosegaremos incluso rindiéndole una especie de culto: es nuestra muerte la que incesantemente reclama todo.

A. Caraco, Breviario del caos

Ni puede nadie, ni aun por un instante, permanecer en realidad inactivo, porque irremediablemente le impelen a la acción las cualidades dimanantes de la naturaleza.

Bhagavadgītā 3.5

… toda acción engendra un significado que ignoro.

S. Zweig, Die Augen des ewigen Bruders

El que quiere vivir sin culpa no puede tener parte en una casa ni en el destino de los demás, no se puede alimentar del esfuerzo ajeno, ni beber del sudor de otros, no puede depender del placer de la mujer ni de la exigencia de la saciedad: sólo aquel que vive en soledad vive con su dios, sólo el que trabaja experimenta al dios y sólo el pobre de solemnidad lo posee por completo.

S. Zweig, Die Augen des ewigen Bruders

El mundo moderno no será castigado. Es el castigo.

N. Gómez Dávila, Escolios a un texto implítico

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Salir a entender el mundo, entender el flujo de los bienes, la compra de delicias, la armonía de la pequeña felicidad entre los hombres honrados, entender eso es descalabrarse contra el horror más abyecto. No quedarán más de cien hombres que no sean ya peones en la construcción de un infierno diseñado por Satanás. Hagamos lo que hagamos, de los dedos de las manos nos emergen a casi todos largos cables que conectan con artilugios de tortura, de extinciones y de arrasamiento de ricos pastos. La crianza de un simple vegetal o la confección de la pluma con la que anoto mis aspiraciones tienen la culpa de la muerte de familias, del barrido de vergeles milenarios, de la letrina de los mares, del estrago de los astragos. Nuestros pecados rodean al globo atravesando antípodas ignotas. Andar vestido en la vieja Europa significa dejar desnudos a países enteros. Mis dientes equivalen a guillotinas, a martillos mis zapatos, a desiertos mis excrementos, a peste sin hartazgo el hambre y las apetencias que llevan a servirme holocaustos con buen color. No logro dar un paso sin sentenciar a legiones de conciencias inocentes y a millares de campos de tranquila beatitud. Ninguno de nuestros más distraídos suspiros evita degenerar en esterilidad planetaria. Nuestros gargajos humean como azufres venenosos, nuestros residuos infectan sin remedio los ríos que dan la vida, nuestras risas cuestan desgarramientos de carne, nuestro parpadeo acaba con toda belleza, y la limpieza y ornamentos que no logran embellecernos supusieron el viaje al Hades a criaturas con ojos para ver el caos coronado. Cada vez que me moviera, debería entonar una letanía por los miembros cercenados, por las lenguas que dejan de hablarse, por las pócimas que inutilizamos por sobreuso, por los linajes que son erradicados entre llantos de dolor insoportable e indigna brutalidad del fuerte. Adaptar verdaderamente la religión a nuestros tiempos sería hacerla promulgar un nuevo dogma: “¡Si cada uno no lamenta la maldición de su diabólica expansión, sea anatema!”. Prometeo ha muerto por vergüenza. Nunca siento tantas ganas de llorar como cuando convengo en que yo y todos los que amo somos asesinos natos cien mil veces más flamígeros que el mayor de los emperadores antiguos. Sólo ese dato basta para hacer vomitar al pudoroso o para hacer estallar nuestras mentes y nuestros más bondadosos conceptos en mil trozos, como le sucedió al bendito Avalokiteśvara, y como a él deberíamos satisfacer a nuestra aspiración mediante tantos otros brazos: poseer la justicia en nuestro encarcelador siglo conlleva el sacrificio de todo lo que nos es dado, porque nada nos llega limpio sino originado en los purgatorios del mundo.

¿Cómo nos hemos atrapado todos en una culpabilidad tan apretada? ¿En qué momento se pasó de la predación violenta a la fulminación de toda esperanza y de toda sensibilidad terrenal? Hacer algo hermoso del libre albedrío es hoy más difícil que nunca. El mero hecho de nacer ya nos ha costado hundir las raíces en la podredumbre y la plaga. ¡Ay de los tiempos en que la infelicidad de uno no costaba la dignidad! ¡Ay de cuando el más inocente placer no nos convertía en alimañas de contagiosa boca putrefacta y ácidas ingles sin mesura! ¡Ay de cuando el peor malvado no provocaba la centésima agonía que provoca hoy el inocente! Incluso cuesta imaginar ahora a un pacífico monje cuya generosidad no sea replicada a sus espaldas por un cúmulo de insensatos eslabones en la cadena de la destrucción ciclópea. En el tercer milenio, con escasas e incomprensibles excepciones, todo hombre ha surgido al menos en una familia de principescos demonios. Los más envanecidos somos los paladines del Infecto Esputo, los ricos dispensadores de las razas, los hombres blancos aposentados en la cima de una Rueda de la Fortuna desde la que devoramos todos los manantiales de alimento y consuelo. Cierto es que en nuestro poder está renegar de los orígenes, pero es tan difícil como hacer que el noble olvide los ademanes en que fue criado o la lengua en la que le hablaba su preocupada madre. Nos encontramos demasiado abrazados a aquellos a quienes amamos, tan culpables como nosotros, y asumimos en voz queda que nuestros nobles clanes son bandas de maleantes. ¡Oh malhadado animal racional, que por tus ansias de catar el infierno lo prefiguras aquí para otros, ganando tú así méritos para ocuparlo después en su centro como Asterión en el laberinto! ¡Oh melancolía de ardua desatadura, cuántas noches de remordimientos me costarás cuando me sea acordado el solo hecho de estar respirando o de estar tocando algo que me haya traído un hermano desde algún confín ya desolado! ¿Me olvidaré de ti algún día, triste culpa, o es éste tu veredicto definitivo? Apenas me acuerdo ya de la de zafiedad de las cabezas y la necedad de los corazones con que la cultura ha devenido obscena mueca de lujuria: deberíamos conformarnos con no formar parte del ejército que viene tras los despojos del imperio aniquilado, el imperio de la vida, el imperio de Natura y sus vasallos.

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¿Cómo nos detendremos? ¿Qué dios tendrá la benevolencia suficiente como para erradicarnos? ¿A esto conducían las revoluciones, no a comunidades de hombres libres y hermanados sino a hacer de la raza una sarna sin cura, una dolencia letal y encadenada entre todos sus miembros, de modo que ningún individuo sepa ya escapar del crimen? No queda oro limpio: todo oro es sucio. Y no bastaría con ser poderoso para detener el entramado de la confusión, porque cada gesto de cada ser racional es una súplica para alimentar su carácter rapaz y mefítico: pondríamos nuestra hacienda en manos de aquellos que decimos combatir si fuesen la única garantía de satisfacer nuestros vicios durante un lustro más. Ya ni siquiera veo como un gran crimen someter a los pueblos, despreciar a las razas, engañar a las mujeres o atormentar a las bestias: hemos llegado mucho más allá de eso, porque sencillamente hemos venido a destruir el ambiente en su conjunto con todas sus piezas, inmenso habitáculo en el que todos los inocentes nacieron y nacerán mientras se les deje un resquicio para ello. Y en esa batida participaremos todos los agentes con manos prensiles, sin importar nuestro abolengo, color, edad o el racimo que nos cuelgue entre las piernas, sin importar nuestros conocimientos o nuestro buen corazón. Siendo la civilización un apéndice al organismo que ya funcionaba con razonable armonía, no reclamemos siquiera la salvación de la belleza, de los templos, del honor de los justos o de nuestros entrañables recuerdos clásicos: no hay tiempo para eso. Antes haríamos bien en pensar únicamente en salvar un mínimo de rayo de luz regenerador y en que una boca humana no devenga cataclismo desde su nacimiento hasta su fin. Regresando a la más simple de las barbaries ahorraríamos el dolor infinito que expedimos ahora mientras conversamos cortésmente. Y es que el mundo no está siendo destruido por fanáticos religiosos o por avariciosos ejércitos, sino por la niña que compra un refrigerio porque hace calor. Las injusticias con que me puedan cargar a mí poco de valor tienen y poca ira deberían suscitarme, pues yo las centuplico cada día sin pensar siquiera en ello.

No hay en verdad hoy muchos motivos para la alegría: la transmigración que todo lo aplaza no me da ánimos, porque no me parece a ratos bastante con que los herederos de nuestros actos logren algún día la bendita luz de la paz perpetua. Hay demasiada densidad en el Averno material que presenciamos en este preciso instante como para no procurar cesarlo de inmediato, como para no aliviar un poco el ardor de lo que en su seno se abrasa. Por momentos me entran ganas de actuar de una santa vez como un hombre justo, tan sólo un hombre justo y nada más. Ya no sería cuestión tan sólo de no propagar la semilla del linaje, ni la de reducir la abundancia de bienes, ni la de privarse para siempre del sabor de los cadáveres y sus secreciones; todo eso es poco para quien encarna en sí mismo un apocalipsis cada semana. Me dan ganas de retirarme en una cabaña sobre la cresta de una cordillera ignota, u orar sin cesar y comer en la celda de un monasterio hortalizas criadas por mi mano, o, en el peor de los casos, morirme. Toda abstinencia es poca, y todo lo que no suponga encharcarse en un mugriento arrozal es encadenar allí a estirpes de desposeídos o entregar a los gusanos a aquellos desventurados exiliados de su propio mundo, aquellos que caminan a cuatro patas para agarrarse mejor a un suelo que hacemos desaparecer bajo sus pies.

Nunca haremos lo bastante por enmendar nuestras ofensas, pero ello debe animarnos todavía más a desprendernos en la medida de lo posible del oprobio con el que nos recordarán los cielos tras nuestro paso. Que sea una batalla perdida de antemano no implica que debamos abandonar el terreno; como bien entendían los más nobles guerreros del pasado, más vale morir aplastado por lealtad al honor que deambular miserable durante una larga y apestosa vida. En cada ocasión en la que omitamos un impulso por imaginar sus cósmicas consecuencias, habremos saludado a un ángel. Ojalá los que lamentamos de corazón nuestro devenir en el lodo y en tronos de lágrimas nos agrupásemos para recomenzar el juego, olvidando las mercancías de Oriente, retornando las lámparas de aceite y a la narración de pequeños relatos en torno a la hoguera, en aldeas privadas de locura y de espíritu del siglo, que no es sino el espíritu condenado en brazos del Anticristo.

Esta pena no se diluirá en un día, ni en un siglo, ni aun en eones de vidas sucesivas. Lloremos, hermanos, lloremos como supuran los bubones que somos.

***

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[Música: J. Savall, Lachrimae Caravaggio. Statio II. Pugna et damnatio.]

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Sed Pompeiani missa fugae spe misericordiam vulgi inenarrabili habitu quaerentes supplicavere quadam sese lamentatione conplorantes, tanto populi dolore ut oblitus imperatoris ac munificentiae honori suo exquisitae flens universus consurgeret dirasque Pompeio quas ille mox luit inprecaretur.

[“Pero los elefantes de Pompeyo, perdida la esperanza de huir, buscando la compasión del público, comenzaron a suplicar con una actitud indescriptible, llorando por ellos mismos entre lamentaciones, con tan gran dolor del pueblo que, olvidándose del general y de la munificencia desplegada en su honor, se levantaron todos llorando y abrumaron a Pompeyo con imprecaciones que él expió inmediatamente”].

Plinio el Viejo, Historia natural, 8.7.21 (trad. I. García Arribas)

Era un obrero poco hábil y su cometido consistía en dar la puntilla. Yo le pregunté si no le daban lástima las reses. “¿Qué sacaría de ello? Es necesario”. Pero cuando le dije que no es necesario comer carne, la cual constituye un alimento de lujo, convino conmigo en que verdaderamente era lamentable.

L. Tolstoi, El primer paso, 9

For the animal shall not be measured by man. In a world older and more complete than ours they move finished and complete, gifted with extensions of the senses we have lost or never attained, living by voices we shall never hear. They are not brethren, they are not underlings; they are other nations, caught with ourselves in the net of life and time, fellow prisoners of the splendour and travail of the earth.

[“Pues el animal no debe ser medido por el hombre. En un mundo más viejo y más completo que el nuestro se mueven ellos acabados y completos, dotados con extensiones de los sentidos que nosotros hemos perdido o que nunca obtuvimos, viviendo entre voces que nunca oiremos. No son hermanos, no son subordinados; son otras naciones, atrapadas con nosotros en la red de la vida y del tiempo, compañeros de prisión en el esplendor y los afanes de la tierra.”]

H. Beston, The Outermost House, 2.1

El sufrimiento no tiene propietario,
de modo que no se puede hacer distinciones en él.
Puesto que el dolor es dolor, ha de ser disipado.
¿Qué sentido tiene dibujar fronteras?

Śāntideva, Bodhicaryāvatāra, 8.102

Alex Grey - Adam and Eve 2

La razón puede evidenciar verdades que no nos atañen, pero sólo el corazón nos puede llevar a hacerlas propias. Si incluso el preclaro y frío Aristóteles se negó a asumir la falta de naturaleza en la institución de la esclavitud, fue porque no le conmovía la semejanza de afecciones en los esclavos que lo rodeaban, o porque no percibía o no quería percibir claramente tal semejanza. En cambio, el caritativo Séneca -era la suya un alma comprensiva y cálida por más que predicase la apatía estoica-, lo vio mucho más claro y reivindicó públicamente la nobleza de muchos esclavos, así como la necesidad de tratarlos a todos con dignidad humana. Pero ni unos ni otros se atrevieron a cuestionar en sus raíces el peso jerárquico que hacía de la mayor parte de la población humana propiedad de unos pocos y, por tanto, evaluables, vendibles y susceptibles de muerte arbitraria. Por muchos motivos racionales que se dieran con mayor o menor timidez en contra de la esclavitud, no fue hasta que llegó el sentimentalismo cristiano que se puso fin a su existencia, al menos en su forma más brutal y oficial. Por supuesto, fue el desarrollo de un destilado racional lo que inscribió la abolición en imperativo legal, pero la madre del movimiento fue la compasión cándida de almas nobles.

No sucederá otro tanto con la esclavitud animal hasta que los hombres no se dejen penetrar sus corazones por el olor de la sangre y por la cadencia de los gemidos de las madres que ven arrebatados o aun torturados a sus hijos. Los argumentos racionales están dichos en decenas de libros, libros que nada cambian en el panorama de gobiernos, industrias y pueblos. Únicamente un movimiento subterráneo de corazones atentos y simpatéticos es lo que está dando alas a la última expansión del círculo moral ilustrado, que será la que abarque al conjunto de los seres sensitivos.

handshake between Human hand and monkey hand (Mixed-Breed between Chimpanzee and Bonobo) (20 years old) in front of a white background

Creo que, como en tantas otras cosas, la depurada experiencia de los místicos podría ayudar más que las evidencias de los hechos brutos. Las fuerzas para embravecerse en la compasión han de ser generadas del mismo modo que las fuerzas de los músculos. Es necesario cultivar la interiorización de ese estigma que vemos ahora tan ajeno. A imitación de los maestros tibetanos de la metamorfosis espiritual, tomando media hora de la jornada, sitúese uno en una cómoda postura de piernas cruzadas. Con la espalda erguida, con una mano sobre la otra, con los ojos cerrados, visualícese a sí mismo en un cuerpo de cerda. Nuestro cráneo está ocupado ahora por sus pensamientos y sensaciones. Sin embargo, no reconocemos un paisaje agresta ni el color de la tierra ni el azul del cielo; por el contrario, despertamos encajonados en un tanque metálico, incapaces de movernos por falta de espacio, aposentados sobre una montaña de nuestras propias heces. Las heridas producidas por infecciones descuidadas supuran toda clase de humores que nos traerían la muerte si nuestra vida no fuera a tener decretado un final mucho más anticipado. Engrosados por extraños alimentos -conglomerados de restos de nuestros congéneres y aderezados con productos químicos antinaturales-, amamantamos a nuestras crías, a las que vemos castrar sin anestesia ante nuestros ojos: los gatos que pasean libres por los corredores engullen sus testículos mientras los cochinillos aún chillan. Nuestro primogénito, demasiado enfermo, es asesinado a golpes contra el suelo; en vano clamaremos. Nuestra única relación parecida al amor ha sido un doloroso, frío e inmenso tubo plateado con el que un individuo al que no vemos nos insemina periódicamente la semilla de un macho muerto tiempo atrás. No hemos visto nunca la luz del sol, ni hemos pisado arena o hierba. Finalmente, nos cuelgan boca abajo durante una hora mientras el olor de la sangre y los gritos de nuestros hermanos nos anuncian una muerte violenta. Los golpes y electrocuciones para aturdirnos no acaban de ser efectivos: conservamos la conciencia justa para notar la tortura íntegra. Nos agitamos mientras nos rajan la garganta y vomitamos sangre y linfa. Queman con fuego vivo nuestra piel para eliminar el vello, molesto a los comensales humanos. Nuestras últimas sensaciones son ardor por todo el cuerpo y la visión de nuestras propias tripas en manos del demonio que nos sigue acuchillando sin cesar aquí y allá. Así ha sido nuestra breve vida. Despertemos.

Esta operación meditativa debería reiterarse una y otra vez hasta alcanzar no ya la ambiciosa bodhicitta, sino la mera superación de la adicción a los placeres innecesarios de la explotación carnal, causantes de los mayores holocaustos conocidos. La compasión se reproduce como la vida: quien aprende a mirar con ternura a quien nos ofrece un rostro distinto del nuestro, mucho más aprenderá a comprender el sufrimiento de sus propios hermanos de raza. Visionarse en el cuerpo tembloroso de un cerdo hoy, de una gallina mañana, de un niño afgano después, nos hace merecedores de una dignidad en la que nos adelantan a menudo no pocas bestias, como el chimpancé que recuerdo haber visto recogiendo del agua con cuidado la cría de un roedor medio ahogado.

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[Las dos músicas son sendas recreaciones barrocas del Quis est homo del Stabat Mater, en este caso de Bononcini y de Vivaldi (RV 621) respectivamente. El texto reza: Quis est homo qui non fleret, / Matrem Christi si videret / In tanto supplicio?… (“¿Qué hombre no lloraría / si a la Madre de Cristo viera / en tanto suplicio?”…). Irónicamente, la belleza de las versiones historicistas se debe en parte a las cuerdas de tripa de violines y demás, cuerdas de un cálido sonido que, no obstante, es tan bello como inmoral si no se toman de animales fallecidos de forma natural.]

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Cuando aparecen las cinco señales de que su muerte se aproxima, el dios sufre porque sabe que se va a morir. Sus compañeros y compañeras celestiales también saben que va a morir y ya no pueden acercársele. Desde lejos le lanzan flores y expresan sus buenos deseos: “Que, cuando mueras, renazcas entre los humanos, hagas buenas acciones y renazcas de nuevo entre los dioses”. Y lo abandonan.

Patrul Rimpoché, Las palabras de mi maestro perfecto, p.186

Existe, brahmā [Baka], la esfera llamada de los dioses resplandecientes. Cuando allí falleciste viniste a renacer aquí, pero, como has pasado aquí mucho tiempo, lo has olvidado, no lo conoces ni lo ves, pero yo sí que lo conozco y lo veo.

Brahma­niman­tanika­sutta (Majjhima Nikāya 49.10)

Mientras Él ignoraba lo que hacía, Sabiduría actuó y lo fortaleció todo, y, cuando en realidad era Ella la que obraba, el Demiurgo creía que de Él procedía la creación del mundo.

Hipólito de Roma, Refutación de todas las herejías, 6.33.1

Animula, vagula, blandula
Hospes comesque corporis
Quae nunc abibis in loca
Pallidula, rigida, nudula,
Nec, ut soles, dabis iocos…
“Pequeña alma, errante, tierna,
huésped y compañera del cuerpo,
¿dónde morarás ahora,
pálida, rígida, desnuda,
sin que te des a los juegos de antaño?”

Atribuido al emperador Adriano (Historia Augusta, Adriano 25.9)

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Estaba la deidad prendada de su absorción de dicha, contemplando las delicias de su reino interior. El tiempo no tenía cabida en su percepción, y un gozo que se presumía completo ocupaba todo el espacio de su conciencia. La serenidad más perfecta le permitía no aspirar a otra cosa. Su sentido de la personalidad se limitaba al hecho de observar la misma paz que generaba en cada de una de sus respiraciones, que se convertían en vientos de gracia para profetas y gandharvas de reinos inferiores. Sonreía de amor ante las ofrendas y alabanzas que recibía de otros seres más ajetreados que no llegaban a contemplarlo cara a cara.

Pero, con la lentitud con la que se colapsa un mundo, sus ojos comenzaron a abrirse tras haber permanecido meditando durante cuatro eones sobre su propia luz ilimitada. Sus miembros sutiles, similares en tamaño a mil universos groseros, fuéronse desentumeciendo, tomando conciencia de sus propios condicionamientos. Se iba perdiendo el resplandor de su majestuoso cuerpo, su trono le va incomodando poco a poco, sus guirnaldas se marchitan, sus vestiduras se ensucian y huelen, empieza a sudar. Son las cinco señales que preconizan su muerte. Un pánico que no había sufrido nunca en su divina vida le atenaza: siente dolor. Divisa los próximos reinos en el que renacerá hasta que agote el peso de sus acciones oscuras, originadas en vidas anteriores. Primero será nueve mil veces animal: comprenderá la soledad del oso, se esforzará fanáticamente con las hormigas, huirá de las fieras entre alimañas asustadizas, será tortuga devorada por hombres y codiciará la podredumbre de frutos y cadáveres como un minúsculo gusano sucesivas veces. Después pasará a ser un preta, un espíritu hambriento, navegando durante un eón en un mar solitario y ardiente que le abrasará constantemente mientras la sed ahoga toda posibilidad de gozo. Las hachas y sierras de fuego seccionarán su cuerpo incontables veces en el infierno Kālasūtra, unas rocas lo aplastarán una y otra en el Saṃghāta, mientras que en los infiernos fríos de Nirarbuda y Hahava sentirá un helor extremo, paralizante, que le cubrirá de ampollas y pus su amoratada carne y que nunca terminará de matarlo. Y, entretanto, continuará acumulando acciones y predisposiciones tenebrosas que habrá de pagar todavía en vidas de las que nadie salvo un iluminado sabe nada. El desdichado dios vierte lágrimas como océanos, y en ellos comienzan a nadar, a su vez, millares de peces y de espíritus hambrientos que pagan por su parte sus propias deudas con el universo. Los cabellos, antaño cien mil veces más resplandecientes que el oro, hebras de soles que iluminasen cientos de mundos, se desprenden. La piel, tejida de tersos pensamientos puros, se deshilacha y se diluye en el suelo que se abre bajo sus pies.

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Este paso de vejez y muerte se prolonga durante todo un eón, mientras reinos inferiores giran sus propias existencias innumerables veces. Cada uno de sus gemidos será el soporte físico de diversos reinos intermedios en sucesión donde millones de asuras combatirán con orgullo y ambición a los envidiados dioses. El longevo patriarca de sus universos comienza a jadear, y todos sus adoradores se estremecen con el caos en el que aquel malestar se manifiesta: todas las pestes posibles y muchas explosiones de estrellas, torbellinos de fuego y erradicación de razas reflejan la agonía del padre celestial. No pocos reinos quebrados y asolados se reconocen entonces como componentes del cadáver de quien les dio vida. “Parecía inmortal e invencible”, se dice el el último sacerdote de su culto, “pero nos ha abandonado, y ya sólo nos queda rumiar hasta la próxima muerte en esta su carne reseca y que llamamos nuestra tierra”.

Achacaso y dolorido en su entera mente, el soberano se alejaba del beato reino Apramāṇābha. Iba deslizándose por una nube de incertidumbre, y se tensaban sus pasiones, adormecidas durante su devenir paradisíaco. Llamaba a sus amigos benditos, pero nada hacían por él porque nada podían hacer. No encontraba ayuda en los tres mil mundos que ha concebido con su meditación. Una voz búdica que descendía de una Tierra Pura le habló en nombre del compasivo Amitābha: “Oh noble anciano: entre los estados múltiples del ser no alcanzarás jamás la libertad última. Serás tú también golpeado una y otra vez por los eones, tanto como mitades tiene cada grano de arena de todos los desiertos. Las condiciones te atenazarán, oh esplendoroso, como al águila a la que oscuros duendes han ensillado y cargado con bagajes para obligarla a regresar al duro suelo. Sigue el sendero de los excelsos sabios o persiste en el remolino”. El moribundo comprende las palabras y se fija la determinación de respetar la Ley de causas y efectos para liberarse del sufrimiento tras las próximas diez mil vidas que tiene ya adjudicadas. Si incluso un ser tan puro y sutil ha de regresar por la incesante rueda de sufrimientos, ¿qué demora no habrán de padecer los que, enfangados en sus afanes, complican cada vez más sus almas con estragos y miserias morales? Cuando una tormenta de treinta mil años ha abotargado su mente, el otrora bienaventurado despierta en el húmedo vientre materno de una salamandra sin guardar recuerdo alguno de sus antiguos dominios.

Los otros dioses que lo habían visto fenecer hubieron lanzado flores acompañadas de amistosas palabras. Pero quedaron aparte a la espera de que el hálito de vida abandonase al enfermo. Una vez convertido en un cadáver gris, los nobles celestiales lo recogieron y lo dispusieron en un altar, donde procuraron consolar con oraciones milenarias los ánimos de los que aún moraban en los universos a la deriva de sus entrañas muertas.

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[Música: J. Cererols, Missa pro defunctis (Libera me), sublime música responsorial para acompañar una voluntad de liberación: Libera me, Domine, de morte æterna, in die illa tremenda, quando coeli movendi sunt et terra. Dum veneris judicare sæculum per ignem. Dies iræ, dies illa, calamitatis et miseriæ, dies magna et amara valde. Kyrie eleison. (“Libérame, Señor, de la muerte eterna, en aquel tremendo día, cuando tiemblen los Cielos y la Tierra, cuando vengas a juzgar al mundo con fuego. Día aquel, día de ira, de calamidad y miseria, día grande e inmensamente amargo. Señor, ten piedad”.)]

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El que menos necesita del mañana es el que avanza con más gusto hacia él.

Epicuro, Fr. 78

Nuestro esfuerzo para llevar a cabo nuestros deseos inmediatos es pequeño:
no culminamos ninguna de las muchas actividades que realizamos.
Véjala, desata tu furia contra el centro mismo de la concepción que
[ocasiona nuestra ruina.

Dharmarakṣita, La rueda de las armas afiladas, 56

Aquellos que han cultivado así sus mentes,
como su alegría consiste en apaciguar el dolor de otros,
se adentrarían en el infierno de las Torturas Máximas
como un cisne lo hace en un lago de lotos.

Śāntideva, Bodhicaryāvatāra, 8.107.

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Las cadenas del sufrimiento no sólo son de las que retienen: son cadenas, ante todo, por componerse de eslabones de tiempo. Lo más fácil para asimilar esta verdad pasa por recordar concentrados todos los dolores de nuestra propia vida e intuir todos los que aún nos esperan. Cada sufrimiento pare a otro nuevo, y, al cabo, hay que cortar radicalmente uno para que los siguientes no prosperen. Si simplemente atenuamos unas condiciones, obtendremos frutos de podredumbre atenuada… que no dejarán de estar podridos. Es por eso, entre otras cosas, que vías “de la decadencia” como el cristianismo o el budismo incidan tanto en la compasión. Valoran el efecto destructivo de la desgracia sobre el corazón mucho más que a la desgracia en sí misma: es el primero el que hace preponderar a la segunda. Solamente contribuyendo a dulcificar radicalmente a las fuerzas oscuras del mundo es como el mundo evitará proseguir en la espiral de ignorancia y sobreexcitación que es causa de todos nuestros problemas.

Dice Nietzsche en su arenga anticristiana que la compasión “conserva lo que está pronto a perecer”, y que, “manteniendo en vida una cantidad de fracasados de todo linaje, da a la vida misma una aspecto hosco y enigmático”. La auténtica compasión parte, en efecto, de una sensibilidad irritable al dolor. Pero no se limita a cubrirlo con leyendas y con repartos de pan, que sirven más que nada de respiro temporal y de acicate para buscar una sanación mayor. Esta sanación mayor opta por fijarse en el hartazgo de la variabilidad fisiológica que supone la alternancia entre placeres y sufrimientos, que hace de nuestros actos y sentires estados cíclicos, ridículos juegos nerviosos de niño a vista de pájaro. No se trata de debilitar al fuerte, sino de reconducir su fuerza hacia donde es más necesaria, a saber: hacia la contención y aniquiliación de los desencadenamientos de fuerzas histéricas que todo afean y arrasan. Y no se trata de mantener al débil en su lecho, sino de empoderarlo, de otorgarle motivos para vencer su ajamiento, y convertirle en un rey que esté dispuesto a vivir por su reino y a morir por él.

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Las cadenas del sufrimiento se ven por todas partes cuando uno se coloca ante los ojos, siquiera por un momento, las lentes de la quietud. Todas las tiradas de peripecias son tan penosas como los riscos de los acelerados meandros para los peces del río. Una corriente sin fin nos lleva de aquí para allá, de opiniones en opiniones, de afectos en afectos, de aversiones en aversiones, de costumbres en costumbres. “Basta ya -diría un sabio-: desembarázate de tu tesoro de aflicciones, al que tanto apego te une. Observa cómo los milenios y los linajes no han ido a otra cosa que a insoportables purgas del espíritu. Observa cómo casi todo lo que los hombres hacen va a favor de la mutación y en contra de la estabilización, en contra del ser. Sábete que lo que llamas penoso no es más que tu mente ansiando algo que no le incumbe. Corta las cadenas con tus pesares y toma las de los pesares ajenos, pues ellos son tan tuyos como los tuyos, como el agua de un remolino en un mar es la misma agua que la del mar vecino. Y, si logras estar de acuerdo con algo de todo esto, recuérdalo cuando en otro momento próximo lo olvides o lo rechaces, hábil como eres para mudar de preocupación y de verdad a cada rato y a cada hora“.

El sufrimiento no es más que levantar fronteras, y es que toda frontera precisa protección, y toda protección nos obliga a velar entre temores, y traga polvo tras cada invasión recibida. No habiendo frontera, no hay tampoco un mayor desprecio del propio pesar que del ajeno. La compasión no es condescendencia sin más, ni lástima por una visión que nos molesta y rompe la armonía del paisaje en que nos gozamos; la compasión es, por el contrario, saber que la criatura que se nos presenta a cada rato es un rey destronado, y que su consorte eres tú, y la corona es mirada soberana sin merma, como merma no tiene el noble linaje por mucha espada que quiera degollarlo. Como dice Śāntideva, “el sufrimiento no tiene un propietario, /  por eso en él no hay diferencias. / He de eliminarlo porque es sufrimiento. / ¿Para qué trazar límites?” (Bodhicaryāvatāra, 8.102). Por ello la vanagloria al respecto, como en cualquier otro caso, carece de sentido, “igual que cuando me alimento / no espero nada en recompensa” (8.116).

Cuando lloramos por compasión estamos entendiendo, al fin, nuestro propio problema: vemos resumen de nuestra estirpe, adelante de nuestro porvenir, y reflejo de nuestra alma en el presente de otro que cree ser otro. Y regamos el sentimiento de identidad con lágrimas, néctar de espontánea sabiduría. Pero, como señala La Bruyère (I 50), nos avergonzamos más de llorar en la tragedia que de reír en la comedia, igual que entre ciegos el lenguaje de los colores se aparece como ridícula huida de una prisión que había sido confundida con el mundo.

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[Música: Romance tradicional de Blancaflor y Filomena en la voz de Joaquín Díaz, basado en el mito griego de Filomela y Procne, una emocionante ilustración de los descabales desbarajustes de las acciones y pasiones humanas, amancebadas entre sí como amantes frenéticas que se desean sólo para odiarse.]

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