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Archive for the ‘Pureza’ Category

 

ἐγὼ δὲ καὶ γυμνὴ καὶ μόνη καὶ γυνὴ ἓν ὅπλον ἔχω τὴν ἐλευθερίαν, ἣ μήτε πληγαῖς κατακόπτεται μήτε σιδήρῳ κατατέμνεται μήτε πυρὶ κατακάεται. Οὐκ ἀφήσω ποτὲ ταύτην ἐγώ: κἂν καταφλέγῃς, οὐχ οὕτως θερμὸν εὑρήσεις τὸ πῦρ.

[Yo estaré inerme y sola, una simple mujer, con mi libertad por toda arma, a la que ni hieren los golpes ni el hierro corta ni el fuego abrasa. Jamás la dejaré en tus manos. Y, aunque me quemes, no hallarás el fuego tan ardiente como ella.]

Aquiles Tacio, Leucipa y Clitofonte 6.22.4

 

 

Ἐκ τοῦ αὐτοῦ φυράματος, λέγουσα, τοῖς ἀνδράσιν ἐσμέν. Κατ’ εἰκόνα Θεοῦ γεγόναμεν, ὡς καὶ οὗτοι. Ἀρετῆς δεκτικὸν τὸ θῆλυ ὁμοτίμως τῷ ἄῤῥενι παρὰ τοῦ κτίσαντος γέγονε. Καὶ τί γὰρ ἢ συγγενεῖς τοῖς ἀνδράσι διὰ πάντων ἐσμέν; Οὐ γὰρ σὰρξ μόνον ἐλήφθη πρὸς γυναικὸς κατασκευὴν, ἀλλὰ καὶ ὀστοῦν ἐκ τῶν ὀστέων. Ὥστε τὸ στεῤῥὸν, καὶ εὔτονον, καὶ ὑπομονητικὸν, ἐξ ἴσου τοῖς ἀνδράσι καὶ παρ’ ἡμῶν ὀφείλεται τῷ Δεσπότῃ. Ταῦτα εἰποῦσα, πρὸς τὴν πυρὰν ἥλατο· ἡ δὲ περισχοῦσα τῆς ἁγίας τὸ σῶμα, ὥσπερ τις θάλαμος φωτεινὸς, τὴν μὲν ψυχὴν ἐπὶ τὴν οὐράνιον χώραν, καὶ τὴν πρέπουσαν αὐτῇ λῆξιν ἀνέπεμψε.

[Así decía: “Somos de la misma arcilla que los hombres. Hemos sido hechas a imagen de Dios, como ellos. El género femenino ha sido hecho por el Creador capaz de virtud igual que el masculino. Y ¿por qué somos semejantes a los varones en todo? Porque no sólo fue tomada carme para la constitución de la mujer, sino también hueso de sus huesos. De manera que la constancia, el vigor y la paciencia la debemos al Señor de igual manera los varones que nosotras”. Dicho esto saltó a la pira, que rodeó el cuerpo como un tálamo resplandeciente y envió su alma a la región celeste y al descanso merecido.]

San Basilio de Cesarea, In martyrem Julitam 2

 

 

Nam nec prodest perpetua, si felicitas non sit; et felicitas deserit, si perpetua non sit. 

[Pues no aprovecha “Perpetua”, si no hay “Felicidad”, y “Felicidad” nos abandona, si no es “Perpetua”.]

San Agustín, Sermo 282.1

 

 

Et dixi Perpetuae: “Habes quod vis.” Et dixit mihi: “Deo gratias, ut quomodo in carne hilaris fui, hilarior sum et hic modo.”’

[Yo le dije a Perpetua: “Ya tienes lo que quieres”. Y ella me contestó: “Gracias a Dios que, como fui alegre en la carne, aquí soy más alegre todavía”.]

Passio Perpetuae et Felicitatis 12

 

 

Οὐ γὰρ ἔλαβον καύχημα κατὰ τῶν πεπτωκότων, ἀλλ´ ἐν οἷς ἐπλεόναζον αὐτοί, τοῦτο τοῖς ἐνδεεστέροις ἐπήρκουν μητρικὰ σπλάγχνα ἔχοντες, καὶ πολλὰ περὶ αὐτῶν ἐκχέοντες δάκρυα πρὸς τὸν πατέρα,  ζωὴν ᾐτήσαντο, καὶ ἔδωκεν αὐτοῖς· ἣν καὶ συνεμερίσαντο τοῖς πλησίον, κατὰ πάντα νικηφόροι πρὸς θεὸν ἀπελθόντες. Εἰρήνην ἀγαπήσαντες ἀεὶ καὶ εἰρήνην ἡμῖν παρεγγυήσαντες, μετ´ εἰρήνης ἐχώρησαν πρὸς θεόν, μὴ καταλιπόντες πόνον τῇ μητρὶ μηδὲ στάσιν καὶ πόλεμον τοῖς ἀδελφοῖς ἀλλὰ χαρὰν καὶ εἰρήνην καὶ ὁμόνοιαν καὶ ἀγάπην·

[Porque los mártires no tomaron de la caída de los otros ocasión de vanagloria, sino que con entrañas de madre distribuyeron a los necesitados lo que ellos tenían en abundancia, y derramando copiosas lágrimas por ellos al Padre, pidieron vida y el Padre se la dio. Ellos la repartieron entre sus prójimos y marcharon a Dios con una victoria sin tacha. Habiendo amado siempre la paz, de paz nos dejaron prendas y en paz marcharon a Dios, sin dejar tras sí trabajo a la madre ni discusión y guerra a los hermanos, sino alegría, paz, concordia y amor.]

Eusebio de Cesarea, Historia eclesiástica 5.2.6

 

 

Dion dixit: Milita, ne pereas. Maximilianus respondit: Non milito. Caput mihi praecide, non milito saeculo; sed milito Deo meo.

[Dión dijo:
—Sé soldado; si no, estás perdido.
Maximiliano respondió
—No quiero serlo. Córtame la cabeza, pero yo no milito para el siglo, sino para Dios.]

Acta Sancti Maximiliani 2

 

 

Atque ita ait: Marcellum qui Centurio natus, in quo militabat ablatum publice sacramentum polluit, et sub acta Praesidis talia verba furiis plena deposuit, gladio animadverti placet. Et cum ad supplicium duceretur Marcellus sanctus dixit: Dominus tibi benefaciat.

[Y dijo así:
—A Marcelo, que, siendo centurión ordinario, tras quebrantar el juramento bajo que militaba, lo ha deshonrado públicamente, y bajo la fe de las actas del presidente ha dicho palabras llenas de furor, le condenamos a que sea pasado a filo de la espada.
Y al ser conducido al suplicio, San Marcelo dijo:
—Que el Señor te colme de beneficios.]

Passio sancti Marcelli 2

 

 

Rursus proconsul: Stultitiae praeceptor eras. Respondit ille: Pietatis.

[De nuevo el procónsul: “Eras maestro de estulticia”. Respondió aquél: “De piedad”.]

Acta Pionii 19

 

 

πάσῃ φυλακῇ τήρει σὴν καρδίαν, ἐκ γὰρ τούτων ἔξοδοι ζωῆς.

[Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida.]

Pr 4:23

 

A los miles de cristianos que cada año, en este siglo, siguen dando testimonio de su libertad de espíritu con el pago de sus vidas.

 

I. Vibia Perpetua a Ulpia Marcia.

En esta hora postrera te dedico, hermana, las últimas palabras que pondré por escrito. Habiéndome confesado al diácono Pomponio por la mañana, habiendo entonado durante toda la jornada himnos al Señor entre todos los que en esta celda aguardamos, ya declarados en el silencio de la conciencia mis últimos votos y súplicas, estoy pronta a morir por mi fe. Aunque me insuflaría fuerzas entregarme a la oración hasta la hora en que nos saquen a la arena, prefiero pasar mi última vigilia hablando contigo, con quien tanto he jugado y amado. Siento que te debo alguna explicación sobre la madera de la cruz que abrazo. 2. Puesto que mi conversión ha sido reciente, y puesto que tu padecimiento por ella no parece haber cesado por más que disimules tu llanto, te diré algunas cosas para que tú, Marcia, comprendas mi libérrima voluntad y, tal vez, también sigas mi camino. Me alegra hasta donde pueda alegrarme por los seres de este mundo que te hayan impresionado algunas parábolas del Santo Evangelio, que admires los hechos de Cristo Jesús, que hayas derramado alguna lágrima de misteriosa admiración cuando me veías susurrar letanías al prender las lámparas de mi altar. 3. La semilla de la gracia se está abriendo en ti puesto que tu bondad la ha hecho madurar desde siempre. Menos de veintitrés primaveras han bastado para hacerme leal a la sociedad de los justos hasta el punto de encomendar mi salud y mi vida corporal; menos incluso te bastarán a ti, conociendo como conozco la hermosura de tu corazón.

II. Mientras mis hermanos debaten hasta su último día ciertos dogmas intrincados del Magisterio, yo me he retirado a meditar en soledad. Muchas son las doctrinas que todavía no entiendo, y no tendré ya tiempo de estudiarlas. En varias ocasiones hemos departido tú y yo sobre la doctrina de mi fe, aunque casi siempre por carta. Me inquirías cómo era posible que Dios fuera uno y trino, cómo pudo nacer de virgen nuestro Salvador, cómo pudo surgir un mundo a partir de la nada, cómo era posible que el pecado fuese llamado a la existencia por la fuente del Bien, cómo heredamos de Adán y Eva nuestras miserias, o cómo era posible la resurrección de la carne. 2. A esta hora sigo sin tener respuesta para esas cuestiones. Contra lo que podrías estar pensando, mi incertidumbre filosófica no debilita mi ánimo. No pasaré mis últimos instantes procurando comprender los designios del Señor. Acepto con alegría que Él vaya a saber siempre más que nosotros, que la Inteligencia pura no pueda más que ser participada en algunas trazas por nuestras inteligencias particulares, teñidas de ofuscación y de densa carne. 3. No basta, en cambio, con creer cosas inverosímiles para formar adecuadamente la humildad. Si los mitos de los dioses olímpicos son igualmente inverosímiles, no veo que hayan producido nunca tanto coraje y pureza de intenciones como ha logrado el Santo Evangelio. ¿Quién se daría por amor a las fieras sin esperar ningún bien de este mundo y, lo más importante, sin albergar odio ni congoja en el corazón? Acaso solamente un cristiano en tierras que conozcamos. La verdad de la nueva alianza que nos regala Cristo es limpia, carece de orgullo, de impudicia, ama a todos los hombres por igual, siente especial ternura por los débiles y enfermos, anima a pobres, mujeres y esclavos a alcanzar la más alta santidad. 4. Y, con todo, no contradice las verdades más excelsas de Platón o de Aristóteles. ¿No asiente la ley de la Iglesia a la intuición del Bien supremo? ¿No reconocemos igualmente la Unidad de la que todo dimana y en la que todo mora? ¿Es que no nos decidimos, como los estoicos, a permanecer firmes en la Razón universal, aceptando todo lo que venga, no ya con impasible rigidez, sino con alegría plena y generosa? ¿No hablan los peripatéticos también de una Causa primera? ¿No pensamos, con los pitagóricos y el oscuro Heráclito, que una concordia entre opuestos, sabia como sólo la Sabiduría puede serlo, lo rige todo, y que las disonancias del concierto no son sino estertores de libertad y de respiraciones de las conciencias que en nada afectan al buen destino del conjunto? ¿Aprecian los atenienses más que los nazarenos la sabiduría y la belleza de la Creación, a la que cantan éstos con más frecuencia, varias veces cada día? ¿Nos superan en morigeración y templanza los más ejemplares de los romanos? ¿Pueden ser más devotas las sacerdotisas de Vesta enfrentándose a la perdición si renuncian a la virginidad que los cristianos cuando nos lanzamos a padecer todas las vilezas precisamente por mantenernos en la virginidad, la lealtad y la caridad?

III. Cuando busco el instante en que abracé la fe definitivamente, no lo hallo en el día en que vi a unos cristianos siendo apresados y golpeados sin que la paz abandonase sus rostros. No lo hallo en las palabras de Pomponio, ni en los cantos puros a los que empecé a unirme en casa de Sáturo más por curiosidad y amistad que por convencimiento. Acaso fuese el instante decisivo aquel en que, paseando por mis jardines, vi a mi querida Felicidad rescatar del suelo a una cría de mirlo malherida, que había caído de un nido. Después de tratar de alimentarlo con hierbas y de envolverlo en su subúcula, le recitó unos versos con voz melodiosa que invocaban la intercesión de algunos santos. El pajarillo pareció calmarse, y así pasó las pocas horas que le quedasen de vida. Se marchó de este mundo con la bendición de aquella esclava a la que desde entonces tuve el impulso de llamar hermana. 2. Aunque no he oído a ningún presbítero hacer consideraciones sobre el alma de los animales, sentí que Dios había enviado a esa doncella sanadora, ese ungüento de caridad, a preocuparse por un destino suave para su minúscula criatura, como acordándose de lo que dijo Jesús sobre los cinco gorriones a los que no olvida el Padre, por más que se vendan por dos monedas (Lc 12:6). Allí comprendí la grandeza del amor, la dulzura permanente, la elegancia de los gestos compasivos y magnánimos, cosas que brotan cuando uno ya no se preocupa de su miserable beneficio, de su cuerpo caduco, de la minúscula porción de universo que ocupa en su corta vida o de sus tristes pensamientos sobre el porvenir.

IV. No sé cuántas respuestas calmarían la inquietud de tu entendimiento sobre mis creencias y mi fortuna. Una cosa sí creo que podré explicarte con sencillez: por qué los cristianos no adoramos al emperador. Nada es más falso que considerar que lo despreciamos o que no lo honramos con la grandeza que se merece el primer hombre del más grande imperio mundano. Tampoco el cómico Accio se levantaba ante Julio César cuando acudía éste al colegio de poetas, y nadie se indignaba por ello, pues era claro que allí se saludaba el talento literario y no el político. Del mismo modo, no rendimos culto al gobernante, porque el culto se reserva a lo divino y no a lo humano, sin que por ello podamos dejar de rendirle honores como príncipe del imperio. 2. ¿Participa de lo divino nuestro César Septimio Severo? No cabe duda, pero como un mortal magnífico, una criatura amada por su Creador, un elegido para regir los destinos del orbe. Equiparar su voluntad a aquella que dio origen a las estrellas y a la raza humana, no es tanto piedad cuanto estéril estulticia y peligrosa exhortación al envanecimiento, que es de lo que menos conviene a un príncipe. Me conmueve que se le rindan honores, versos, fastos; que le compongan odas, que le erijan edificios y estatuas, que llevemos su efigie en las faltriqueras. Nómbresele guía de todos los ejércitos si se desea, venza con su ley el germen del crimen, quiera que el mundo hable nuestro latín, impónganseles epítetos dignos de un Héctor, de un Numa y de otros llamados semidioses. Comparta con sus hijos la potencia sobre el suelo, como tríada que refleja abajo la que existió arriba desde lo sin principio. Pero no permitamos que su alma, lábil como todo lo que fluye entre las edades, ocupe en su totalidad el lugar de las nuestras. El César es hombre como nosotros, es africano como nosotros, es de nuestro siglo, cae en nuestras debilidades. Hagámosle fácil su vida y su gloriosa misión, pero no a costa de dejar que la facilidad sea la misión de nuestras vidas. 3. Te diré algo que hay en la enumeración de enseñanzas que nos legó el Maestro, tal y como las enumeró Apolonio (Acta Apolonii 37) ante el procónsul Perenne, quien le habría de martirizar: en ropa de pobre nos enseñó el Rey de reyes, en efecto, a calmar nuestra ira, moderar nuestro deseo, mortificar los placeres, cortar de raíz nuestras tristezas, ser comunicativos, fomentar la amistad, destruir la vanagloria, no buscar la venganza de los que nos agravian, despreciar la muerte por la ley de la justicia, no buscar dañar a nadie, sino soportar a los que nos dañan; obedecer a la ley por Él puesta (έδίδαξεν γάρ θυμόν παύειν, έπιθυμίαν μετρεϊν, ήδονάς κολάζειν, λύπας έκκόπτειν, κοινωνικούς γίνεσθαι, φιλίαν αύξειν, κενοδοξίαν καθαίρειν, προς άμυναν ἀδοκούτων μὴ τρέπεσθαι, διὰ τὸν τῆς δίκης θεσμὸν θανάτου καταφρονεῖν, οὐ διὰ τὸ ἀδικεϊν ἀλλὰ διὰ ἀνέχεσθαι ἀδικούμενουσ, ἔτι δὲ νόμῳ τῷ ὑπ’ αὐτοῦ δοθέντι πείθεσθαι); y, añade Apolonio, a honrar al emperador (βασιλέα τιμᾶν). Según nos enseñó el Verbo encarnado, deberemos dar al César lo que es del César; a Dios, lo que es de Dios (Mt 22:21).

V. Creo que ya ni siquiera tú sacrificas al emperador. Tampoco me agrada que sacrifiques todavía a los dioses. ¿No te daña otorgar el alma de un cordero a un pequeño genio, apasionado como el de un hombre, si es que los corderos cuentan con tal atributo y si es que existiesen los dioses de los montes y de los astros? Yo te insto, hermana, a que no derrames sangre de ningún modo, pues, aunque casi todos mis hermanos se conforman con no obsequiar a ídolos, y algunos de ellos comen carne, yo lamento el sufrimiento de la criatura a la que de todos modos se priva de una vida. 2. No usemos al animal como si fuese nuestro, porque ante todo es posesión divina, y, al igual que los hijos que decimos poseer, los poseemos nosotros solamente por circunstancias temporales y relativas. Eso me trae a la memoria las pobres fieras que se verán obligadas a masticarnos. Y pienso sobre todo en los bestiarios (venatores) del anfiteatro, que las han privado de alimento durante semanas a fin de acrecentar su afán en hacer el mal. Unas y otros son como címbalos que retiñen, y se alejan de Dios mientras a nosotros nos conducen en sus lomos hasta Él, porque no saben lo que hacen.

VI. Estoy dispuesta a morir, hermana, no por las palabras de un libro. No por una reliquia bienoliente o por un milagro deslumbrante. También los poetas antiguos, las flores y los magos cuentan con logros similares. Aunque me agrade sobremanera que ecos de la religión de nuestra infancia resuenen en las homilías y en las sentencias de Moisés, aunque me reafirman en mi fe las curaciones inexplicables y las multiplicaciones de los panes, nada de ello es por lo que estoy pronta a despedirme del mundo. Estoy dispuesta y, aun más, deseosa de morir por habérseme presentado en ello la oportunidad de encarnar la perfección de un alma tal y como los mejores filósofos la concibieron en sueños. 2. ¿Por qué enfrentarse a la muerte de este modo tan terrible, dirás? Porque allí se decide todo. Es una gran fortuna que la maduración que en otros conllevó lustros de práctica se haya reconcentrado en unas pocas jornadas para quienes aguardamos en este calabozo. Sé que estoy aprendiendo amar el doble a cada hora que se sucede. Siento que ya nada me da miedo en esta era, puesto que estoy poniendo toda mi voluntad en otra. A menudo me he quejado sin mesura cuando me he magullado con el fuego de una antorcha, o he sido presa del abatimiento o la ira cuando alguno de mis caprichos no se cumplía velozmente; estando ahora dispuesta al sufrimiento supremo, he renunciado por completo a mis antiguas, perniciosas costumbres. Si no equivaliese a una blasfemia, casi diría que no espero con tanto afán una nueva vida: ya he renacido varias veces desde la última vez que nos vimos. Jamás sentí tanta fuerza como ahora que no me aferro a nada. 3. Es por eso que honramos a los cristianos que murieron a manos de la soldadesca antes que nosotros; porque, ¿no han sido sus vidas fulgores de héroes mayores que los de Aquiles, Jasón o Rómulo? Con su paz invencible, su confesión sin arrogancia pero sin melindres, su entereza, que nunca pasa a convertirse en gesto violento, han dominado todos los reinos del orbe. Porque solamente empezando a vencer el centro mezquino de uno mismo se pueden ir logrando asentamientos allí por donde se marche. 4. Nada más triste que un sufrimiento sin progreso, y en ello están de acuerdo incluso vuestras leyendas, si contemplamos a los condenados por el Olimpo. ¿En qué aprovecha a Sísifo empujar una piedra hasta una cima de la cual volverá a caer? ¿Gana algo Tántalo sufriendo un hambre eterna frente a unos frutos que le soslayan? ¿No les valdría más a Ticio y Prometeo perder la noción de la existencia que sentir eternamente devorado el hígado? ¿Con qué fin, Ixión, ruedas abrasándote en el Tártaro? Por nuestra parte, los soldados del Ungido sacrificamos nuestro desahogo con vistas al más rápido cumplimiento posible de la Voluntad clemente que rige los mundos. Ningún deleite tiene tanta plenitud como nuestro tormento, pues en éste nos sentimos en consonancia con el curso secreto de los elementos.

VII. Recuerdo las hazañas de los varones ilustres que nuestro padre nos recitaba en los testimonios recogidos por Valerio Máximo o Plutarco. ¿Cómo no nos habría maravillado la piedad de Numa, la pureza de Catón, la modestia de Agrícola, la austeridad de Crates y Foción, la sinceridad de Sócrates, la prudencia de Cicerón, la liberalidad de Augusto, la compasión de Séneca? ¿Pues qué? ¿A qué esperamos para encarnar todas esas virtudes en un solo paseo hacia las catacumbas, o en otro hacia el hierro incandescente? Es un movimiento inusitado, pero una vez emprendido con diligencia nos lleva por sí mismo en lugar de llevarlo nosotros a él, como el peso de una piedra la va asentando cómodamente en el fondo del mar cuando se hubo hecho el esfuerzo de lanzarla, despegándola de la erosión de los vientos volubles. 2. Acaso las gestas de los mártires, sus coronas hechas de sus propios huesos, sus cantos desde las fauces de un león, sus oraciones por quienes les despellejan vivos, su combate son Satanás en su propia sangre, acaso todo eso, digo, será algún día monumento mucho más egregio que los de los generales que comandaron la república romana contra galos y sirios. 3. Cual en mi extravío me indicó el camino la luz de la santa libertad, así quiero dar ejemplo a otras almas. Porque si otros antes que yo me guiaron, si oficiales del ejército, soldados, mercaderes, matronas, esclavos, adolescentes, me hicieron sentir vergüenza por no tomar poder sobre mi propio corazón, por no amar lo bastante el cielo y la tierra, ¿a qué no podría hacer yo lo propio, si siempre me sentí de espíritu dulce, cultivado en las artes liberales y esperanzado? ¿Bárbaros de Judea hay que resisten mejor el dolor y desprenden más mansedumbre que un romano? ¿Pues cómo? Mas también hay senadores entre quienes siguen a los galileos, como Apolonio o Julio, que desafiaron a Cómodo ensalzando la Cruz hasta serles separadas sus cabezas de sus cuerpos. Nunca hemos pensado, ni yo ni mis hermanas y hermanos, que por ser mujer, joven o madre pudiese entregarme menos a la excelsitud. 4. Nosotros no olvidamos a nuestros héroes, gozasen del sexo o de la raza que gozasen, regalo de Dios en cualquier caso. Relatamos sus vidas y suplicios una y otra vez, paladeamos sus últimas palabras, imaginamos su mirada de amor a lo lejos, una mirada que atraviesa también a los seres cercanos, inundándolos con pálpitos de virtud. Incluso actuamos ficticiamente de víctima y verdugo, como si de una comedia se tratase. Yo, sin ir más lejos, en alguna velada, tras la cena, he sido la mujer del César que se compadecía del condenado, la santa madre de la víctima o la víctima misma.

VIII. Recuerdo a Ariadna de Frigia, que prefirió dejar de ver a luz del sol antes que un casamiento con un príncipe gentil. Siendo esclava del miserable decurión Tértulo, éste le desgarró huesos y carne y la mantuvo en cautiverio hasta el día de su milagrosa desaparición en las entrañas de la tierra.  La valerosa Blandina, de pequeño y débil cuerpo pero de alma invencible, tras pasar como los demás por la silla de hierro rusiente y habiendo sido apresada en una red donde era corneada por un toro que la elevaba del suelo con cada ataque, antes de ser degollada, fue clavada en un madero como el Creador de todas las cosas, y con ello infundió renovadas fuerzas en sus hermanos que estaban siendo despedazados por las bestias en la arena. 2. Sabemos también de Gliceria, virgen, desnutrida, horneada y devorada, que fue alimentada por un ángel en su celda cuando los guardias le prohibían el alimento, antes de su durísimo combate. La esclava Zoé, por negarse a comer carne sacrificada, se vio, junto con su marido Héspero, alentando a sus propios hijos a soportar el desollamiento, y acabó su vida abrasada por las llamas. Felicidad, la matrona que tuvo que ver torturados hasta la muerte a sus siete hijos. Sinforosa, en tiempos del noble Adriano, además de haber sido desfigurada, vaciada de ojos con punzones y colgada de los cabellos en el templo de Hércules, tuvo que presenciar del mismo modo la muerte de sus hijos, también siete, que fueron descoyuntados, alanceados, descuartizados, y partido en dos el más pequeño de ellos. Fotina, por orden del perverso Nerón, fue despellejada y arrojada a un pozo que fuese sellado, mientras sus hijas fueron despojadas de sus pechos y su piel, para posteriormente una de ellas, Fótide, atada con un pie en cada árbol, ser dividida en vida. Antes tuvo que conocer que sus hijos José y Víctor sufriesen el aplastamiento completo de los dedos, la amputación de las piernas y el ser echados vivos a los perros. 3. Sofía de Roma tuvo que enterrar a sus tres hijas mártires cuando aún eran impúberes. Piensa en Felícula, descoyuntada hasta ver sus tuétanos esparcidos por el suelo a causa de oponerse a sacrificar a Vesta y a desposarse con el idólatra Flaco. Fuese decapitada Justa de Cerdeña por la denuncia de su propia madre, junto a las esclavas Justina y Henedina. Recuerdo a Pudenciana, asaeteada con dieciséis abriles, y a Veneranda, apaleada, azotada, obligada a caminar sobre brasas, mesada su cabellera, y, antes de ser degollada, aun capaz de sanar las heridas de su verdugo, ocasionadas por el aceite ardiente que le salpicase en los ojos. 4. Serapia, esclava, fue entregada a la mancebía por mantenerse fiel a su creencia en el Bien. Acabó decapitada, inspirando entonces con su ejemplo a su cruel ama Sabina, quien terminó vencida por el amor y ornamentada también con el martirio. Basilisa y Anastasia quebrantaron la ley civil para dar sepultura a los santos apóstoles Pedro y Pablo, como tiempo atrás hiciese Antígona por su hermano Polinices. Tuvieron que padecer por ello el azotamiento, quemazones con antorchas, el ecúleo, la mutilación de lengua, pechos, manos y pies, y finalmente de la cabeza. 5. Tales mujeres, al igual que sus hermanos varones, no guardando nada para sí, ni humores ni apegos, devolvieron dadivosas lo que pertenecía a los elementos; al éter, su aliento; y el espíritu, al Espíritu que todo lo invade. Como todos los mortales, estaban destinadas a morir en su vestidura carnal. En unos pocos lustros sus cabezas lucirían idénticas en su palidez de hueso y polvo. Siendo así, ¿no es mejor fenecer por amor, siquiera tras un breve martilleo de miembros, que en brazos de la hedionda vejez, avara de días sin valor? Los héroes y los santos escogen la respuesta más sencilla; los circunloquios de la mente temerosa concluyen al fin cuando el cansancio del hálito roba el significado de cualquier vivencia.

IX. ¿Te sorprenden tales historias? Esa llaneza ante el óbito, que ni el austero Marco Aurelio comprendía cuando permitía descuartizar a hombres mansos como palomas, no es lejana a nuestro sentir romano. Lucrecia, fiel a su pudor femenino, se apuñaló tras ser violada por Tarquinio. Mucio Escévola, en el campamento del etrusco Porsena, puso impasible su diestra sobre el fuego hasta que se quemase por completo. Porcia, la esposa de Marco Bruto, por lealtad a la memoria de su marido, se quitó la vida con carbones encendidos. 2. ¿Y qué decir del joven Curcio?: dando cumplimiento al oráculo, se precipitó a la sima del Foro para que aquella grieta se sellase, puesto que había sido profetizado que únicamente lo haría el sacrificio de aquello en que más destacase el pueblo de Roma, que no podía ser otra cosa que la valentía y el vigor. Publio Decio Mus se lanzó a las filas del ejército latino, a la manera suicida en que los militares creen entrar en el Cielo. Si nos acusáis de nuestra lealtad aun a costa de dejar huérfanos a nuestros hijos, ¿por qué, entonces, alabáis a Manlio Imperioso Torcuato, quien mandó ejecutar a su propio hijo por desobedecer una orden legionaria? 3. Entre los filósofos griegos y asiáticos, no pocos adquirieron renombre con su imperturbable resistencia al aguijón postrero de la Parca. Sócrates bebió la cicuta con la idea de no transgredir un pacto entre atenienses, evitando así trifulcas y confusiones entre los partidarios de una u otra clase de justicia. Peregrino Proteo se echó sobre la pira en llamas para aleccionar sobre cómo perderle el temor a la muerte y mezclarse con el éter. Y con la misma decisión que Peregrino se privaron del sol Albucio Silo, Timantes de Cleonas, Cálano, Zarmanoquegas y otros cínicos y gimnosofistas. 4. Todos esos valientes se sacrificaron por mor de la gloria, el orgullo, la patria, los amigos, o por probarse a sí mismos. Y si bienes tan pequeños arrancaron semejantes hazañas, ¿qué no habremos de hacer los creyentes en el Dios único, que anhelamos la victoria del bien inmortal, el final de todo sufrimiento y la familiaridad entre todas las criaturas? ¡Oh mortales! No sabemos amar al siglo sino siendo sus reos y pretendiendo de él obtener no más que goces mezquinos; mas, cuando lo despreciamos, lo hacemos por motivos y senderos errados. Mas el sendero del Evangelio nos lleva del modo más rápido a la gloria, sin exigencias, sin ostentación, sin aversión, sin flaquear, acompasados al ritmo de los corazones que laten por la Verdad que no muere.

X. Cierto que no puedo estar de acuerdo con todo lo que veo en mis hermanos. Somos humanos; carecemos, pues, de una atención certera y precisa. Los modales que no se adquieren a lo largo de la primera juventud pueden ser sustituidos por grandeza de carácter, pero no dejarán de causar mala impresión en algunas personas que tal vez abrazarían nuestra fe si la oyesen por boca de un romano aseado y versado en el arte de la oratoria. Todos erramos sin cesar, porque desconocemos el sinfín de consecuencias de toda clase que desatarán nuestros actos. Nuestra mirada es limitada, y bastante es si durante la mayor parte del día logramos imaginar el mismo sabor divino en lo que conocemos y en lo que desconocemos. 2. Me desagrada especialmente el tono de algunos perseguidos que entre risotadas anuncian el Infierno para los verdugos. Aunque a algunos impíos se les asienten bien tales gestos, a la mayoría le incrementa la animadversión hacia nuestra santa hermandad. Por lo común, me parece más obsceno escupir a los asistentes de una orgía que participar en ella. Aunque no nos importe apenas lo que los demás piensen de nosotros si el Cielo conoce nuestra intención sin tacha, suscita desconfianza tal desprecio por la religión de nuestros ancestros. 3. Muchos impíos siguen creyendo que comemos carne humana y que realizamos ritos con víctimas infantiles; acaso desaparecería tal creencia si se convenciesen, como hizo Justino, de que el buen cristiano, que no ofende ni exige, no puede ser la criatura abyecta que describen los magistrados. No pienses que tus deidades, mías en otro tiempo, se me aparecen perversas y diabólicas; creo que la llamada del Principio Supremo late en los gentiles de un modo difuso, lo cual llevó a nuestros ancestros a figurarse las fuerzas del universo en trazos asaz rudos aunque no carentes de un fondo de verdad inestimable. 4. Mejor es adorar a una diosa casta como Diana que al oro. Mejor celebrar la temperada lira de Apolo que imaginar al Todo carente de concertación y equilibrio. Mejor emular el sagaz trabajo de Teseo o de Eneas en pos del pueblo que vivir por el solo alivio de sentidos y apetitos.

XI. Los que más increpan a los gentiles son los mismos que convierten el desprecio a la muerte en un entusiasmo desmedido. No faltan en Cartago y Tuburbo seguidores de Montano, con quienes están en desacuerdo los más prudentes obispos de la Iglesia. Entre ellos está el buen Tertuliano, de boca de oro. Mas en esto, como en todo, me pongo del lado de quienes no escupen cuando hablan. ¿Por qué provocan a los centinelas a que blasfemen contra la bondad? ¿Es que quieren ser causa de la perdición de los malvados con tal de llegar antes al Paraíso? ¿Tanto quieren morir que eluden cualquier labor útil al Señor que puedan realizar en esta vida? 2. Conociendo un poco más a Sáturo, sospecho que esta vez no es más que un modo de estremecer corazones duros, pues es él quien me descubrió el Sermón de la Montaña, en el que se canta al amor por los enemigos y por quienes nos persiguen. No anhelo, como decía, ni la arena del anfiteatro ni la ofensa a los ofensores. 3. Me gusta pensar que la paciencia se da tanto con respecto de las miserias de la vida como respecto de su pérdida. Yo no busco la muerte ni la tortura, pero tampoco las rehúyo. Si me ofreciesen alguna salida de esta prisión que no pasase por maldecir el nombre de Jesucristo ni por causar mal a mis hermanos, lo aceptaría sin dudarlo. Con gusto cambiaría de ciudad si eso fuese todo lo necesario para sosegar a mis captores. El Evangelio nos pide toda la firmeza del mundo a la hora de defender su Palabra, pero nos exhorta a suavizar sin rubor todas las espinas con que nuestros corazones protegen su amor propio. 4. Se diría que resuena tal parénesis en el llanto de mi pequeño niño, a quien debería mi dedicación diaria si no le debiese antes a su futura madurez un ejemplo de lealtad insobornable.

XII. Llevas tiempo fuera de África. Te hablaré ahora de mis compañeros de martirio, tan habitantes de Tuburbo como yo hasta que nos trajeron a Cartago, a fin de que ruegues también por ellos, si es que todavía elevas tu voz hacia lo alto, y si es que las plegarias a Minerva y a Mercurio llegan a un punto cercano al que arriban las mías. 2. Del joven Sáturo ya te he hablado. Su insolencia hacia los gentiles no menoscaba su dedicación a la diligencia y a la caridad. Revocato, esclavo hasta que lo manumití por consejo de Sáturo y compañero nupcial de Felicidad, es un muchacho digno y sencillo, repleto de afecto por su mujer y su futuro hijo, que no conocerá a sus padres. También velan aquí Saturnino y Secúndulo, dos lozanos catequistas sin más vínculos con nosotros que el amor por la perfección. Todos nos damos fuerzas, los unos a los otros; cuando uno flaquea, otro le levanta. 3. Poco falta para que cuente en nuestra asamblea a Pudente, uno de los centinelas de la prisión. Brillan en sus ojos las bellezas de los enamorados, y bien segura estoy de que el amor que en él está naciendo es hacia el Maestro. 4. Ahora que conoces a mi nueva familia, entenderás mejor el relato de nuestra conversión y captura. Aunque hace unos días dejé escrita un memorial de nuestro maltrato para conocimiento de la diócesis de Cartago, a ti, por la confianza que nos tenemos desde que te acunase cuando aún no tenías nombre, prefiero relatarte las cosas de otra manera.

XIII. Hará cosa de tres meses que te confesé mi gran admiración por los héroes galileos. Desde entonces ha corrido el tiempo con la velocidad de un ciclón. Un ciclón no puede desordenar lo que ya está ordenado; antes bien, arrasa los malos cimientos para que puedan construirse otros más firmes. Aunque no me hube agotado nunca entre aflicciones, siendo mi carácter tan alegre como pueda serlo el de una doncella bendecida con próspera familia y noble patria, mi conversión arrasó con las pequeñas miserias que anublaban mi espíritu. Nuestro querido padre trató de hacerme apostatar antes incluso de bautizarnos nuestro hermano, Felicidad y yo. Una vez bañados en el agua del renacimiento, no pasaron muchos días antes de que nos arrestasen. 2. Una cárcel infecta y una soldadesca de conducta atroz dio paso a la visita de los diáconos Pomponio y Tercio. Estos bienaventurados varones lograron a precio de oro que se nos permitiese salir a respirar y a hablar con nuestros familiares. Pude abrazar a mi marido y a nuestro padre, que no dejaban de suplicarme que traicionase todo lo que tengo por sagrado. Pude en esos descansos dar el pecho a mi hambriento hijo, encomendado entonces al cargo de mi madre. 3. Hablé y animé a todos hasta donde supe hacerlo. Logré que me permitiesen tener a mi hijo conmigo, y la prisión terminó por convertirse en el palacio que mi fe venía ya figurándose. Tuve a la sazón una visión: ascendía por una escalera protegida por un dragón. Pisé su cabeza y llegué arriba, donde un jardín inmenso me esperaba y donde me encontré con un pastor beatífico. De aquella visión inferimos mi hermano y yo que me esperaba el martirio.

XIV. Otro día nos levantaron bruscamente mientras comíamos para ser interrogados en el foro. Mi sollozante padre me mostraba a mi hijo en pretensión de ablandar mi rectitud, pero, si bien me quiso caer alguna lágrima, era densa como el óleo de la unción, bálsamo que se petrificaba en mi túnica como cera enfriada. El procurador Hilariano sustituía en la causa al difunto procónsul Minucio Timiniano. Aquel hombre, como supones, tenía y tiene derecho de vida y muerte sobre nosotros, pero antes me conminó a apiadarme de las canas de mi padre. 2. Respondí que no sacrificaría, que a nadie odiaba, que celebraba la grandeza humana del emperador y que era cristiana. Si algo de todo ello pudo ofender al procurador hasta el punto de condenarme a muerte, mucha oscuridad hay, pues, en las mientes de los magistrados o en la autoridad del imperio. Nos condenó Hilariano a las fieras, y regresamos jubilosos a la celda.

XV. Después del interrogatorio, nuestro padre, padeciendo la vesania del rencor, no me quiso devolver a mi niño, de lo que ahora me congratulo; no era ya provechoso ni para él ni para mi deber el seguir aferrándonos más y más el uno al otro hasta notar más la inevitable separación. En cambio, soñé aquella noche con nuestro difunto hermano Dinócrates, por cuyos siete años terrenales sin bautizar entoné otras tantas letanías; cuento con que el Purgatorio le sea leve. Quizás espere dormido dulcemente junto a los patriarcas en aquel lugar que Tertuliano llama el “seno de Abraham”, a la espera del Juicio en el que sean redimidos quienes no pudieron oír la Buena Nueva. 2. Pero el día que estuvimos en el cepo vi en mi alma que Dinócrates podía al fin abrevar de la piscina que no alcanzó en el primer sueño, y de ahí es de donde creo que la misericordia de Dios lo ha salvado o lo salvará. Recé mucho por César Geta en cuanto me enteré de que por su natalicio se celebraría nuestro martirio. Si el Diablo quiere manchar el nombre del emperador con nuestra sangre inocente, lo puliremos con himnos y plegarias. Aproximándose el día del espectáculo, volvió mi padre a verme con el permiso del buen Pudente. Se rasgó las vestiduras y se arrastró por el suelo mientras se mesaba las barbas y suplicaba entre lágrimas que desistiese de mi locura. Yo me dolía de su infortunada vejez. Le besé en la frente con mi mayor compasión y agradecí que me dejase con mis hermanos de martirio hasta la hora final. 3. Una visión tuve entonces en la que me desnudaban para cubrirme con cota de malla de gladiador. Cual aguerrido legionario me enfrentaron en combate a un egipcio al que vencí. Entre vítores me condujeron entonces a la Porta Sanavivaria, por la que quedé libre. Entre esas imágenes me dispuse irrevocablemente para el combate, con mi cuerpo por tahalí y mi lealtad a Cristo por espada. Mi combate, entonces lo supe, no será contra animales, sino contra Satanás. 4. También Sáturo nos ha contado una visión en la que éramos recibidos por ángeles que se alegraban con nuestra esperada arribada. Allí nos abrían puertas nuestros Jocundo, Artaxio y Quinto, quemados vivos antes que nosotros. 5. Habló en tal ensoñación con el obispo Optato y el presbítero Aspasio, entristecidos por sus disputas indignas, reclamándonos inspiración a nosotros, meros catecúmenos entregados a lo que ni siquiera conocemos demasiado bien. Y es que, según lo poco que he ido observando en estos meses, los hombres de Iglesia se enzarzan en miserias impropias de héroes. Así como cayó en enfrentamientos civiles la república, así también caería en una centuria próxima la Casa del Señor en la Tierra si el Espíritu Santo no intercediese por medio de sus más preclaros doctores, sus más magnánimos santos, sus más pulcros vírgenes y sus más expuestos mártires.

XVI. Casi olvidaba contar lo más alegre. Felicidad, ¡bienaventurada!, ha alumbrado aquí a su hija. Como dando vaticinio de su nombre, mi querida amiga ha arrojado luz en la oscuridad de la injusticia. Se ha mostrado muy alegre al comprobar que la niña, naciendo un mes antes de lo natural, no le impedirá beber el cáliz del tormento, y la ha podido entregar a una de nuestras hermanas catecúmenas. Hemos sonreído cuando hemos advertido que Felicidad va de la sangre a la sangre, de la partera al gladiador, de la creación de vida a la elevación sobre las nubes. 2. La madre, de un modo que se me antoja algo arrebatado, sueña ya con que su hija siga no muy tarde sus pasos hacia el suplicio. Hasta entonces, cuento con que nuestros hijos sean hermanos en Cristo, ellos, que provienen de dos madres unidas por devoción común, antigua ama y antigua esclava e inseparables jardineras del Edén en cuestión de horas, si Dios quiere.

XVII. Estando en el siglo, hubimos renunciado al siglo, cual si nuestro no fuese; padeciendo ahora el encarcelamiento, renunciamos a la cárcel misma, cual accidente que no nos atañe a nuestra naturaleza esencial. Casi ninguno aquí habla ya por separado; nuestra voluntad es común, nuestra voz es pluralidad de tonos con un solo timbre, como la armonía de las cuerdas en la cítara. Si Sáturo, Felicidad o cualquier otro se mantiene en su fe, yo me nutro de las sobreabundancia que de ella derraman. Si hay cristianos fuera de estos muros, entonces nosotros también somos libres. 2. Como el agua, no se puede decir dónde acaba y dónde termina tal o cual medida si los ríos se comunican con el mar y los mares con otros mares. Abriéndonos dócilmente al Todo, a la sazón lo mejor del Todo opera en nuestras entrañas. He bebido un elixir milagroso, una medicina filosófica con la que el individuo se funde con el entorno y con la partícula divina que dentro de cada cosa anida para quien sepa verlo. No amando ya los límites que nos definían, todas las fuerzas son nuestras si cooperan a un plan celestial que aplaudimos; puesto que la mejor de las naturalezas humanas existe y no me opongo a ella, me permea como la lluvia al niño que le permite limpiar su rostro. 3. Así, el individuo se diluye en la familia; la familia, en la congregación; la congregación, en la Santa Madre Iglesia en su conjunto; la Iglesia, en todos los que sufren o sufrirán; y la humanidad, en el seno de Dios. “De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan”. Así dice el apóstol Pablo a los corintios (1 Cor 12:26). Pues, según los Hechos de los apóstoles, ya entonces “la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común” (Hch 4:21). 4. Y dice del Mesías el autor de la carta que testimonia el martirio de Policarpo: “Él fue el primero en sufrir lo que mandó soportar a los otros, y de tal modo nos formó y enseñó a todos que no busquemos salvarnos sólo a nosotros mismos, sino también tratemos de que se salven por nosotros cada uno de nuestros hermanos” (Pertulit ante illa, quae aliis perferenda mandauit: Qui omnes ita formauit et docuit, ut non solum nos ipsos, sed etiam per nos fratres singulos saluaremus). 5. Que esta ergástula es un silo lóbrego hasta no poder ver en ella casi nada, hediondo, repleto de orín y excrementos, donde estamos todos aglomerados y donde falta el aire, todo eso no puedo negarlo ni decir que sea agradable si se carece de fe; pero con fe, es éste el vestíbulo de los santos, la oficina de los ángeles y el navío que nos conducirá a cualquier puerto que se figure nuestra imaginación para lo acabado y sublime. Habiendo intuido la Luz de los Cielos, tan sucia me parece esta mazmorra como el mundo.

XVIII. Ya aguardamos en el anfiteatro, desde donde escribo. En los pocos momentos en que cesamos de orar, los hermanos cristianos pasamos horas recitando fragmentos de epístolas de San Pablo y de San Ignacio, de apologías de Justino,  de Melitón y de nuestro fiel Tertuliano, pero también departiendo sobre nuestro martirio y divirtiéndonos sobre cómo se verterá nuestra sangre. Saturnino anhela ser devorado por todas las fieras por que mayor sea su corona. Sáturo abomina al oso, por lo que prefiere las fauces del leopardo. Revocato parece asentir a cualquier opción. 2. Dicen que, contrariando toda costumbre, han comprado una vaca para emular el sexo de las mujeres que seremos corneadas por ella. Felicidad y yo consideramos que no sería mal final acabar en tan excepcional hembra, ya que con tanta consideración nos han honrado nuestros anfitriones. Secúndulo,  antes de morir tristemente en prisión, ha inquietado a algunos considerando la posibilidad de que nos dejen insepultos, como pasto de gusanos o cenizas disueltas en las cloacas, a semejanza de lo sucedido a Blandina, Potino y los otros mártires lioneses. Entre Sáturo y yo los hemos convencido a los perplejos de que el poder infinito de Dios permitirá en el día de la resurrección de la carne sean reunidas sobrenaturalmente todas las partículas dispersadas por los inicuos. 3. En cuanto a mis cuitas, las puedes suponer, ya que tanto me conoces. Y es que, si caigo de bruces ante la embestida de la fiera, me preocuparé más de cubrir con mi túnica el muslo que de los desgarros que pudiese haberme ocasionado. Del mismo modo, debo acordarme de recogerme los cabellos con una aguja, no vaya a ser que me tomen por una plañidera en gimoteo fúnebre cuando mayor sea mi victoria.

XIX. He pedido al tribuno que nos trate mejor, que nos permita un cierto aseo y que podamos ver a nuestros hermanos, padres y cónyuges; lo convencí recordándole que somos los nobles obsequios a César Geta, en cuyo nombre es por lo que nos matan. Nos ha concedido una cena de la que llaman “libre” (cena libera), ofrecida a los condenados a muerte. 2. En medio del ágape, aún ha tenido Sáturo los arrestos de increpar una vez más a la multitud que allí se congregaba: “¿No tenéis bastante con lo de mañana? ¿A qué miráis con gusto lo que aborrecéis? Hoy sois amigos; mañana, enemigos. Pero observad atentamente nuestras caras, para que nos podáis reconocer en ese último día”. 3. Así habló el buen catecúmeno, y muchos de los que asistían salían despavoridos y avergonzados, y alguno habrá que se convierta si no ha sido el suceso diferente a ocasiones anteriores similares, cuando el furor jovial del condenado apareja valor y nuevas creencias en la gente. 4. Aparte de eso, la peor humillación a la que nos han tentado ha sido la de anunciarnos que querrían en el anfiteatro hacernos vestir a los hombres como sacerdotes de Saturno y a las mujeres como sacerdotisas de Ceres. Nos hemos negado aduciendo que precisamente por evitar tales claudicaciones es por lo que donábamos nuestro aliento.

XX. Debo confesar, sólo a ti, que he tenido una premonición: soñé hace dos noches que el verdugo, novicio indeciso, no lograba acertar en mi cuello con su espada. Lo intentaba varias veces torpemente hasta que, agarrando el filo entre mis propias manos, lo dirigí a mi ensangrentada garganta con mayor decisión, aminorando mis sufrimientos merced a mi propia falta de delicadeza. Me he visto, ya lo ves, a medio degollar, agonizando por el temblor de una mano que, si supiera lo que ciertamente quiere, querría salvarme en lugar de aniquilarme. 2. Ignoro si es fantasía o profecía; sea cual fuere, dicen que se pierde el sentido en cuanto la cabeza queda un poco separada del cuerpo. En tal caso, no habrá dejado de fluir todavía la sangre en mi aquietado cuerpo cuando mi alma está ya atenta a otros mundos más nobles. No temo, pues, la peor de las situaciones imaginables, en la cual el espanto querrá atenazarme tanto como yo se lo impediré a fuerza de amar a mis torturadores. 3. Así las cosas, ¿qué puede hacerme, pues, ningún evento mortal? Si el Infierno es el más bello camino, ¿quién me tentará? Si resisto sin ira al fuego y a la sangre que inútilmente me quieren someter este ánimo decidido a ser digno de lo más digno, ¿acaso no tengo ya obtenido lo mejor que me brindaba nacer humana? La rueda, el ecúleo, las fieras, las espadas, las tenazas, las antorchas… Nada de eso se me aparece ya sino como instrumentos de bendición, gratos incensarios, lámparas purificadoras que caldean mi espíritu. 4. Y, por encima de todos ellos, añoro la cruz. ¡Oh la cruz, en la que, imitando a nuestro Señor, se abren los mártires por completo a los verdugos, ofreciendo pacíficamente el pecho a quien desee admirar una entrega infinita! ¡Qué belleza imaginar al humilde San Pedro crucificado cabeza abajo (A.Petr.37) por haber reclamado para sí menor honor que Jesucristo y, con ello, elevando todavía más su alma, tornándose como pocos servidores de la Iglesia ha habido! Cuando me retiren el manto, me habré “despojado de mi antigua humanidad, viciada conforme a los deseos engañosos” (Ef 4:22). 5. Sáturo me ha contado que, al igual, ha presentido su muerte. En su visión, llamaba al carcelero Pudente a la fe desde las fauces de la fiera. Con un anillo bañado en su herida recordará el carcelero el segundo bautismo de su nuevo hermano, que se despedirá sonriendo para que no turbar sino para confirmar. Tal es lo que me ha vaticinado, y no he podido sino dejar correr mis lágrimas de alborozo.

XXI. No sufras más por mí, ni por un instante. No insistiré más para consolarte, como hacen todo el tiempo mis hermanos, en que seré libre dentro de muy poco tiempo: nunca he dejado de serlo desde que pronuncié el nombre de Jesús, que no fue sino pronunciar mi nombre transfigurado, la edición sublime de mí misma. 2. También tu nombre se puede transfigurar: basta con que los más excelsos momentos de tu temperamento te sean recordados, ya sin cesar, por un voto de lealtad a la Palabra que dio origen a los orígenes. Basta con que reconozcas lo que ya sabes y que le otorgues ritos en tu vida para impulsarlo a cada uno de tus actos. 3. Cuando comas el pan del ágape, tu cuerpo recordará que pertenece a otra naturaleza superior de la que él se nutre. Cuando entones alabanzas, descubrirás que de tu interior surge una melodiosa disposición a postrarse ante la belleza infinita. Cuando des limosna al pobre o agua al sediento, volverás a aquel sentimiento de la comunicación ilimitada entre las porciones de la Creación primigenia, de cuando en algún modo éramos como ángeles que participan unos de otros a partir del resplandor único del Invisible.

XXII. Ea, todo es está cumplido, querida hermana, ahora que cada instante de nuestra pasión se rige por la adoración a la Virtud original y simplicísima que alumbra a las virtudes cardinales, de las que manan las demás. Todo está cumplido ahora que en cada pensamiento gobierna un atisbo de la tranquilizadora explicación al aparente devenir de confusiones que son nuestras existencias vulgares. No veo ángeles y, sin embargo, la realidad entera ha adquirido una sandáraca del Edén que se está abriendo paso en las humildes genuflexiones, en la penitencia recoleta, en los versos más sencillos de un salmo y en cada movimiento de nuestros cuerpos, a los que no logran robarle las sonrisas. Un cierto Céfiro anuncia vida al derramar los colores que van desperezando a la primavera en estas nonas de marzo. 2. Tengo a Felicidad a mi lado. Tengo lo Perpetuo en mí. ¿Qué más puedo pedir? Mi nombre se unirá al de mi antigua esclava, puesto que encarnaremos juntas una única dicha sin fin. Lo que me queda es, por así decirlo, un trámite, un sello de sangre que no se alargará más de una hora. 3. Y después tendré toda la eternidad para contemplar lo que ahora solamente huelo vagamente como un aroma de jazmín o de peonía en la penumbra de una corta noche de verano. Desde allí te contemplaré tiernamente, querida mía; responderé, en griego o en la lengua más sutil del sentimiento, si me preguntas; nos confiaremos confidencias, si así lo deseas, durante noches enteras, como cuando éramos niñas, hasta que el sol deslumbre de nuevo el silencio en el que meditaciones y diálogos con los muertos resultan más provechosos. Y te ayudaré en cuanto pueda, e intercederé por ti a los santos y a la Virgen María, madre del Ungido.

XXIII. Amanece. Un sol de beatitud eterna empieza a iluminar mi cansada vista. He pasado mi última noche hablando contigo, Marcia, porque a nadie mejor que a ti puedo confiar estos pensamientos que flotan en mis mientes. Acaso fuese el recuerdo de verte rendir ofrendas a Vesta y a Ceres lo que siendo niña encendió en mi seno la lumbre de la piedad religiosa. Acaso en las conversaciones de sobremesa que gozábamos hasta la madrugada, a la manera de Aulo Gelio o de las disputas tusculanas del Arpinate,  prendió la llama de mi búsqueda. Acaso te deba a ti el hollar en este día el Reino de los Cielos, con el permiso de su dueño. 2. Mi tiempo aquí se ha acabado. No he decirte nada más con mi boca corporal o en un papiro caduco como el viento. Si algún día te decides a buscar la Vida, la Verdad y el Camino, en cada ciudad en la que duermas podrás dar con un obispo al que confesar tus cuitas y reclamar consejo, un hombre que, si es hombre de Dios, dará su alma por tu alma y su sabiduría por tu esplendor.

XXIV. Salve, Marcia. Cuida tu cuerpo y mil veces más tu alma; permítele hablar cuando te pida que la salves. 2. Y recuerda que la salvación no reside en otra vida: surge, para no desaparecer nunca, en un solo voto que no ha de incumplirse.

En Cristo te ama y se despide tu hermana Perpetua.

[Música: 1. Responsorium: Data est / Hymnus: Te sæculorum. 2. Canto bizantino (traducido como Since my youth / Des ma jeunesse). 3. Himno de Oxirrinco (P. Oxy. XV 1786), considerado la música cristiana más antigua conservada, compuesta a finales del s. III, con texto griego. 4. Victor, Nabor, Felix pii, encomio ambrosiano a los tres mártires, soldados de Mauritania, que se coronaron durante las persecuciones de Diocleciano. Si la discutida atribución a San Ambrosio es cierta, se trata de una composición del s. IV. 5. Beata nobis gaudia (himno de laudes en Pentecostés), canto de júbilo. 6. Adoro Te. 7. Alleluia. Hodie in Bethlehem puer natus est (canto romano antiguo y, por ende, probablemente altomedieval). 8. Aeterne rerum Conditor, himno ambrosiano, esta vez plenamente atribuible al santo, y formado por estrofas de cuatro dímetros yámbicos acatalécticos. Nótese que el acompañamiento de órgano es completamente anacrónico no tanto por la escasa o nula presencia del hydraulis u órgano hidráulico en las músicas cristianas de los primeros siglos cuanto por la textura acórdica, propia del Renacimiento en adelante.]

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Incluso en la decadencia, un hombre virtuoso
incrementa la belleza de su comportamiento.
Una tea ardiendo, aunque vuelva al suelo,
tiene una llama que se eleva a lo alto.

Sakya Pandita, Un precioso tesoro de dichos elegantes 15

 

Las ochenta maravillosas actividades surgen
de la causa concordante del amor;
temiendo que este texto fuera demasiado largo,
¡oh, rey!, no lo explicaré.

Nagarjuna, La preciosa guirnalda 197

 

Cuando vean que una lluvia de flores y perfume extingue
el flujo incandescente de lava de los infiernos,
saciados de dicha, de repente se preguntarán: “¿Cómo es posible?”
Que entonces los habitantes de los infiernos contemplen al que sostiene el Loto.

Śāntideva, Bodhicharyāvatāra 10.12

Je ne parlerai pas, je ne penserai rien:
Mais l’amour infini me montera dans l’âme,

[No hablaré, ni pensaré en nada, / pero el amor infinito ascenderá en mi alma.]

A. Rimbaud, Sensación, Marzo de 1870

 

A los bodhisattvas que, a la luz del día o en el completo anonimato, abrillantando cada hora de cada milenio el mundo sin que lo sepamos, comprometiendo todas sus encarnaciones futuras a su noble voto, persisten en su desmedida labor sin final de erradicar cualesquiera taras de los seres sintientes. A todos los seres sintientes.

 

¡Sugatas de los tres tiempos, elevad el acento de mi proclama! Os invoco en el cielo del corazón, donde empieza a correr sangre nueva, teñida del color de sílabas de mantras, bendecida por maestros perfectos que, como centinelas de la sabiduría, guardan el terreno conquistado para que nosotros, los recién centelleados por el resplandor de su purificación, lleguemos más rápidamente hasta donde llegaron ellos en combate contra tiempos sin principio. Con acritud sin medida contra la opresión de todos los seres, reflejo del que dependo, ¿cómo no me he decidido a dar rienda al más transgresor de los deseos alumbrados, la liberación de todos los seres? Habrá de ser satisfecho tal deseo por mis agregados hasta el punto de separarse ellos mismos, caiga la lluvia de la violencia o el duro invierno de la carestía. Troceado, caminaré entre las calles tenebrosas del mundo impuro agitando la campana ritual para ahuyentar los vicios y las actitudes ciegas que nos abisman a todos. Moldearé, esculpiré, desangraré o cercenaré mi carácter con tal de coronarme y gobernar a las aflicciones, pues preferible es repartir oro cojeando que residuos a buen paso. Lleno de rencor, libraré mi batalla contra el coágulo deforme de mi continuo mental: o sobrevivirá éste o sobrevivirá el Buda; no hay tercera opción. Solamente se detendrá la Rueda de Renacimientos si descendemos de ella los seguidores del Conquistador y atrancamos su mecanismo con las más preciadas de nuestras posesiones, con la posibilidad de transmigraciones a reinos superiores, con la carne de nuestras piernas, entrañas y cráneos, con nuestros corazones aún palpitantes, ofrecidos sobre hojas de palma.

Escucha, Perfección: habrás de ser mía más pronto o más tarde, con mayor o menor bagaje de dolor a mis espaldas, pero te encontraré y te multiplicaré entre mis madres los seres. Nada podrían hacer los dioses para impedirlo, pues convencido estoy de que, con la verdad absoluta de mi parte, anhelando también el despertar para sus adormiladas mentes felices mas mortales, lograría convencerles durante un diálogo que no duraría más de un eón. En cambio, sellando los sentidos, amenazo a mi cuerpo: “Si me sirves en mi determinación de erradicar el sufrimiento de todo lo que existe, no te faltará lo necesario; mas, en caso contrario, no te daré tregua”. Algo parecido diré a los venenos que me recorren: “Sois mis enemigos, de suerte que o aceptáis convertiros en vasallos, fuerzas virtuosas al servicio de todos los seres, u os aniquilaré con la espada fulminante de mi arrojo”. Seré avaro con la avaricia, traidor a la inmoralidad, displicente con la desidia, airado con la ira, ignorante de tantas falsedades como pueblan los reinos, y no prestaré la más mínima atención a la distracción. De un modo u otro me cubriré de los pāramitās, ornado así con los únicos ornamentos dignos de tal nombre. Y, perdiendo la noción de hacedor, acción y receptor, no seré más que un bálsamo al sufrimiento, allí donde surja. Sin virtud no hay sanación para quien sufre, pero sin víctima a la que sanar no puede haber cultivo de la virtud; toda bendición no es, pues, más que un reequilibrio de un mismo vacío lloroso y ávido de falsas plenitudes. Tan sólo falto yo, pues, en ese collar excelente, en ese juego supremo, puesto que el sufrimiento y la acción que lo remedia ya están a la espera ante mi dubitativa figura. Aupado por las aflicciones ajenas, me vestiré de méritos para poder rescatar a los afligidos una vez adquiera las treinta y dos marcas del Omnisciente.

Esta guerra se combate en los actos cuidadosos de las manos y tras los velos del rostro: una sonrisa afable e incondicional será el destilado de las fuerzas que se purifican al rojo vivo en el secreto de mis pasiones. Mientras mis maneras delicadas empiecen a penetrar suavemente el sensible ánimo de los seres pueriles, mi corazón arderá por el trabajo de dejar de ser uno de ellos, siempre con el único fin de atraerlos a las atalayas que la diligencia de los Victoriosos vaya apuntalando para su resguardo. Amabilidad discreta y elegante condescendencia será lo que vean y lo que les ofrendaré en mi aspecto, por más que afinar una pureza incondicional me cueste tempestades e infiernos corriendo por mis venas, que no describiré a nadie. A todos contestaré como amigo cortés o gentil doncella, o afinaré mi canto si es que renaciese en un nido de pájaros o en solitaria montaña de titanes. Entretanto, me ofreceré como néctar al sediento, como talismán milagroso a todo anhelo, como blanca nieve al espíritu incendiado y como cálida brasa al aletargado por el helor de mundos descompuestos. En ordinarias situaciones me conduciré como uno más mientras contemple el cultivo de las virtudes en el silencio solitario o al fuego de la sabiduría que deseca de fascinación a los fenómenos. Resistiré todo el daño que me hagan durante vidas sin número si con ello logran un paso hacia la dicha irreversible. ¿Y acaso no son en verdad mis estados aflictivos, espirales alimentándose a sí mismas, las que me laceran, causando destinos infortunados a aquellos seres que en su ofuscación creen ser los heridores? ¿Por qué acusas a otros seres de ser la causa de tus males, cuando en verdad tú, el objeto de sus aflicciones destructivas, eres la causa de los suyos? ¡Oh necio de mí! Pidamos perdón por dar forma a los odios y agresiones de los otros. Que me descuarticen, que me aguijoneen, que me destrocen en todas mis naturalezas siempre que les beneficie: yo me encargaré por mi lado de sostener en alto el estandarte de la aspiración pura. Jamás obedeceré mis caprichos, nunca emprenderé acción alguna que no piense en beneficio de los que sufren. ¿Cuándo fueron dulces los dolores de parto? Pero esta vez se trata de parir a un adolescente ya erguido, decidido, aguerrido, que habrá de madurar hasta convertirse en la preciosa bodhicitta, joya mayor que la Joya-que-colma-todos-los-deseos.

Empiezo ofreciendo tantos ensortijados mundos como granos de arena hay en el Ganges. De cada uno de esos mundos, con su monte Meru, sus cuatro continentes, el sol y la luna, surgen cien millones de dakinis, portando cada una otros tantos mundos aun más bellos en bandejas de oro, repletas también de ofrendas dignas de monarcas universales, manjares divinos, incienso bendecido, perfume destilado de los primeros jazmines tras el nacimiento de un Buda. En vasijas de color de lapislázuli entre mi cuerpo despiezado y mi ilusoria alma, una vez fermentados sus kleśās, esparcida entre diversos recipientes que habrán de ser quemados en la hoguera de la absorción meditativa. ¡Oh, Venerables, otorgadme la iniciación! ¡Tomo refugio en la infabilidad de vuestra palabra, en la santidad de vuestra conducta, en la apacibilidad de vuestra postura y en la claridad de vuestra visión ilimitada! Me postro junto con los infinitos cuerpos de las infinitas criaturas ante la humildad resplandeciente de vuestros hábitos. Ayudadme, ¡os lo ruego!, a alcanzar el logro supremo, y pueda convertirse cada uno de mis gestos en un mudra sagrado que transfigure en dicha eterna los tres venenos de la existencia, que en todas partes anidan.

Espíritus locales, no permitáis que esta aspiración decaiga. Recordadme mi compromiso, ¡os lo ruego!, con lluvias, con plagas mágicas de insectos, o acaso con el canto del agorero cuervo. Que pueda sostener en alto la flor de utpala azul mientras duren los tiempos, allí donde para albergar esperanzas en el sendero de la Iluminación sea preciso que los pueblos alcen su vista y exclamen: “¡Mirad!, por allí levita un Honrado-por-todo-el-mundo, un libertador inmortal, la esencia de nuestra mente”. Y que se deleiten con el juego de las innumerables formas del orgullo divino en su sutil y mágica manifestación Saṃbhogakāya, que brillará sosteniendo cuencos de néctar, reconcentrando el universo entero en su inmaculado mandala, su paraíso particular, que no es sino el de todos, pues, desconocedores de la avaricia, siempre dejaron los paraísos sus puertas abiertas. No debo dejar abandonados a los seres ahora que me he comprometido a convertirme en su eterno valedor; ¿no les abatiría una tristeza sin medida saber que les ha traicionado quien pretendía anhelar la glorificación de los perseguidos, los tullidos, los hambrientos, los incapaces y los melancólicos? Será por honor que renunciaré a todo honor, al que esparciré como cenizas de cadáver en el océano de la interdependencia, sobre el suelo misterioso de la vacuidad.

Adoptaré una mirada adamantina que anhelarán poseer todos los seres con los que me encuentre, y sin dudarlo les indicaré el próximo paso que han de seguir para obtenerlo. Serán rasgados todos los velos o navegaré entre océanos de eones, reposando brevemente en los puertos de vidas ejemplares. ¿Quién podrá descansar hasta que se escriba el punto y final a los anales del pesar? De nada me servirá la condición sublime si ajetreadas quedan todas mis madres hocicando espantajos en Saṃsāra. Así, cueste lo que cueste, caigan los reinos que caigan, se sucedan los mundos que hayan de sucederse, nada se detendrá, nada se cambiará, nada alterará la decisión del paso firme. Llegará el día, acaso fuera de esta era, en el cual, derrengado hasta el agotamiento de todo desafío, ofreceré la Tierra Pura de Tushita a cada criatura, mi hermana, mi madre, mi verdadero yo, iridiscencia cien mil millones de veces reflejada de un vacío supremo e inasible al que es preciso devolver el gobierno de las conciencias. Bendecidas por la sabiduría inmarcesible de los santos, el devenir será al fin el paseo de un cisne en un estanque de lotos, ya fuera del tiempo, allí donde Kalachakra y su consorte trascienden toda sucesión. Seré tesoro de los buscadores, el árbol del ave, la mitra del clero, la cuerda del armónico laúd. Seré refugio para los perseguidos, canoa para el navegante, esmeralda para el cuello imperial, sílaba para el enmudecido, claridad para los entendimientos, ungüento para desgarrados, sandalia para el viajero. Me tornaré milagro para el incrédulo, recuerdo para el olvidadizo, flores para el lloroso, párpado para el visionario, miel para el agriado, abrazo sin cese para el desabrigado y el desolado. Lustraré lo contaminado, cauterizaré lo infecto, suturaré lo rasgado, bendeciré a los condenados. Me enamoraré de todos y con todos bajo palio santificaremos nuestro amor. ¡Oh seres, voy en vuestro auxilio, no temáis! Poco podré hacer mientras camino introspectivo sacudiéndome oscurecimientos; pero esperadme a lo largo de esta vida o, a lo sumo, unos pocos eones: llegará el día en que los lotos medicinales que os lance con júbilo llegarán certeros a vuestras heridas, iluminando vuestros cinco agregados antes de que se dispersen gozosamente, y la beatitud se convertirá en un sol en vuestra mente y hará estallar todo lo que ahora creéis ser.

Todo sea por siempre auspicioso, en cualquier universo, en cada fibra de entidad, en cada brote y en cada desasimiento. Amén, amén, amén.

***

[Música: Namgyal Lhamo canta la canción tibetana Chang ya-re. De A. Scriabin suena el primer movimiento (Luttes) de la sinfonía No. 3 Op. 43 (Le divin poème); la sinfonía relata en tres grandes movimientos las etapas de la liberación humana: Luttes, Voluptés y Jeu divin.]

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L’uomo sempre se stesso distrugge,
l’anno sempre se stesso rinuova.

[El hombre siempre  a sí mismo se destruye;
el año siempre a sí mismo se renueva .]

Cardenal Benedetto Pamphili, Il trionfo del Tempo e del Disinganno I

 

Si lanzas la flecha en el bosque de los gritos, el bosque del padre se tranquiliza.

14º signo (Tele-Mejí) del sistema de adivinación Fa del vodún del antiguo reino de Dahomey (trad. M. Serrat Crespo)

 

De entre las espinas de lo vulgar y los temblores sublimes resurge la rosa renacida, cotidiana como la reiteración de los impulsos de la vida, única como el canto de un demiurgo. Se explaya y nos circunda, y te llama a henchir la noción de una alegría carente de esperanzas, una trabazón de fuerzas en pos del bien. Es fuerza de transmutarse en energía del ejército del orden, energía lábil como la luz, enmascarada por el gesto en el maremagno trivial de conductas urbanas, latente en la conciencia de una identidad que trasciende los tiempos y la substancialidad ilusoria de los entes. Recuerda la impermanencia de todo lo nombrable, la indefinición de todas las categorías, el secreto de la ignorancia última, los milagros de Amor, el rocío liviano de ideas y pasiones, la compasión sin ostentación por todo lo que gime. Ya no se plantea la disyuntiva: tu impulso es necesario mandato divino y al tiempo está necesariamente condenado, por lo que completa tu mutación y muere en el intento. En un instante pasa de lo grosero a lo eterno, de todo a nada, de lo imposible a lo realizado. Como los santos que lamían a los leprosos, así hallaremos paz en contemplar los bubones que supuran hasta el tránsito estigio de la antimateria.

Convertido en estanque de lotos, tu corazón hace resonar su ritmo en pasos, en palabras llanas y puras como el cielo profundo, en caricias con la parquedad de la sabiduría sin arrebato. Y un rayo de divina solemnidad recorre súbito la sonrisa de tu labio, y en renovación incesante de pliegues sobre el sufrimiento universal, orando por convertirte en el dios que los salve, si es que logras en alguna etapa del ser no contribuir sencillamente a su muerte. Comprendieron nuestros ancestros que un día naceríamos para redimirlos, y de ahí que nos alumbrasen a esta pringosa existencia, círculo de nubes grisáceas como la lluvia que se disfraza de la noche, en las horas en que solamente el experto en la ciencia del devenir sabe distinguir el alba del ocaso y reconocer a la par que lo uno no es sino cónyuge de lo otro.  Placer, dureza, mezquindad, desasimiento, color, comprensión… todo en la palma de tu mano, la misma mano que usas para contar dinero, para servir el té a tus convidados, para pulsar las cuerdas de un antiguo instrumento y para saludar al infinito inasible que nunca cabrá en los cien mil millones de mundos, el infinito que nunca conoceremos como creemos conocer el trazo simple de un folículo o el mecanismo de la radiación solar.

[Música: G.-F. Händel, Tu del Ciel ministro eletto (Il trionfo del Tempo e del Disinganno II), en la voz de Natalie Dessay con Le Concert d’Astrée de Emmanuelle Haïm. Con esta aria da capo contemplativa, sublime y contenida como pocas, suspendida entre silencios de inefabilidad, Belleza concluye el periplo de autoconocimiento que ha realizado de la mano de Tiempo y Desengaño, renegando al fin de Placer y del engañoso espejo en el que ella se observaba a sí misma como substancialmente deseable, y se encamina, en cambio, a la fuente invisible y empírea de su naturaleza sin principio ni fin. Concluye así el más perfecto de los oratorios alegóricos del siglo XVIII y, por extensión, de la historia, con el permiso de Die Schuldigkeit des ersten Gebots de Mozart. Aun lamentando haber revelado el desenlace, es de reconocer que, dado el contexto, era previsible. Con esta obra Händel compuso en 1707 su primer oratorio (HWV 46a), y exactamente treinta años después fue retomado (Il trionfo del Tempo e della Verità HWV 46b), y acabó siendo su última incursión en el género en 1757, cuando regresó a la partitura para corregirla y adaptarla a la lengua inglesa (The Triumph of Time and Truth HWV 71), cerrando así el círculo moral por el que su vida galante en Inglaterra le había llevado.]

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Aún para la compasión budista el individuo es sólo sombra que se desvanece. La dignidad del individuo es impronta cristiana sobre arcilla griega.

N. Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito

 

La segunda hechura es la que cayó sobre la tierra; el mar la asumió y su propio pensamiento fue su delineador; se plasmó a sí misma como una naturaleza que es la raíz de la muerte.

Kephalion maniqueo copto 55.136, trad. J. Montserrat

 

El Amor te confiere este poder: dalo todo, pues todo es tuyo.

Hadewijch de Amberes, Visiones 1.21

 

Me debato entre el amor a las aguas que fluyen agolpándose aturdidas y la conciencia de que su destino es ser ese no ser, ese rizarse una y otra vez en caudal sin reposo ni contorno definitivo. Veo su belleza, alternada entre lúcida mansedumbre y agitación sin sentido, entre caída y saciedad de sed para peces y gorriones, veo su poder benéfico y su perdición lenta, inconsciente, en piélago de abertura sin dirección, en nuevo receptáculo de nuevas vidas saladas, perdido ya el sabor de la dulzura y de la línea que se contoneaba entre montañas. Esas aguas que descendían dibujando valles e irrigando bosques y juncales, esas aguas límpidas y enturbiadas a un tiempo, el conjunto de los seres, nadan a la carrera hacia donde llegarán de todos modos.

Y una tonalidad de compasión me invade, pues considero irrespetuoso no concederles la dignidad de partículas eternas. Pues, ¿cómo amar a una sombra? ¿Cómo reverenciar con sinceridad a una ilusión, un reflejo, un fenómeno tan vano como el sueño en un sueño? ¿No es irrespetuoso serenarse en la idea de que todo es falso, incluso lo que decimos querer salvar, incluso aquello que decimos merece todo el honor de los tres mundos? Pero si el mundo es tan ilusorio como nuestro propio ser, entonces las conciencias ennoblecidas, sombras que aman a otras sombras, vacíos que auxilian a más vacíos, ni siquiera aman con veracidad, y el propio amor no es más que una energía de escena entre causas y efectos, una onda sin substancia, una nada que juega a embellecer la inanidad universal. ¿Cómo convertir en reyes a los personajes de un espejismo? ¿Pero qué pretendemos de las palabras, si, como bien sabemos, no ha habido más realeza que la ficticia ni más humanidad que la convencional atribución de ciertos rasgos a animales bípedos en descomposición? Hagamos de la realidad espectral, la única que conocemos con certeza, un conocimiento de espectrales certezas, y una fusión real entre sus indiscernibles naturalezas profundas. Sea el fundir nomenclaturas irreales nuestro modo de rendir homenaje a lo que de real haya en el centro misterioso e inalcanzable de los seres. Vacuidad del amor y amor de vacuidades no son sino dos caras de una misma moneda de valor incalculable, tan incalculable como lo supremo y lo desvanecido.

Y yo también me sé una gota más en esa masa líquida contra la que me defino en pueril competición y a la cual sin embargo digo estar aprendiendo a amar. Y así, en melancólica compañía, no exenta de destellos de gozos y paces, labramos las riberas en las que jamás reposaremos más que en accidental salpicadura y posterior reconversión en tierna hierba, en acuífero de insectos, en humus fértil que también se secará algún día sin llegar a saber nunca si alguna vez amó o no verdaderamente y en dulce alegría.

[R. Hahn, À Chloris, cantada por J. Cummings, sobre poema de Théophile de Viau: “S’il est vrai, Chloris, que tu m’aimes, / Mais j’entends, que tu m’aimes bien, / Je ne crois point que les rois mêmes / Aient un bonheur pareil au mien. / Que la mort serait importune / De venir changer ma fortune / A la félicité des cieux! / Tout ce qu’on dit de l’ambroisie / Ne touche point ma fantaisie / Au prix des grâces de tes yeux.”]

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Amor unius cujuscunque hominis est omnium. Singuli enim omnes amare debent. Qui ergo hunc sibi specialiter exhiberi vult, raptor est, et ideo reus contra omnes efficitur. 

El amor de cada hombre es de todos. Porque cada uno debe amar a todos. Por lo tanto, quien quiere que se le muestre de forma especial es un ladrón, y por ello es culpable de agraviar a todos.

Guigo I, Meditationes (s. XII)

I

En lo más hondo no eres un ser, porque no hay seres, sino flechas dirigidas de un estado a otro. 

Nada hay menos fijo que las cosas a las cuales consideramos más fijas. Lo corpóreo no es más que un mismo grumo agrietado, dando la impresión de un multiplicidad. La multiplicidad es real en el mismo sentido en que un reflejo en el espejo es real: emite luz de colores que nos informa con señales, pero jamás podemos capturarlo.

II

No hay otra divinidad que la que sientas uniéndote a los demás seres, o no hay otra que puedas sentir.

Todas las ideas celestiales que no irradien y se esparzan por entre los canales del Todo no son sino retratos de momentos concretos, facetas aisladas de la imagen completa, que es la superior totalidad de las cosas. Para empaparse de los principios hay que vislumbrar sus resabios en los fines. La homeomería cósmica sea el mapa inabarcable según el que caminar, por más que un mapa infinito no te vaya a llevar nunca a un completo reposo. El completo reposo no es sino un detenerse artificial: la realidad sólo reposa en su pureza sin estaciones, en la vaguedad de los ciclos, tan incesante como inasible, tan rítmica como ilusoria. Tu alma no es sustancia, sino conglomerado de fuerzas: únicamente puedes percibir relaciones. Lo que crees que es el Principio no es sino un vínculo de todo a todo, incluso con aquello que sobrepasa naturaleza del ser.

III

Cuando tengas una aspiración noble, rastréala hasta conocer su causa primera en tu corazón, y verás su pedestre abolengo.

Se infla tu corazón y hablas de empíreos y categorías místicas después de haber tenido tal o cual encuentro con un pequeño triunfo o fracaso, con tal o cual dama, con tal o cual música. Lo vil y lo grandioso intercambian sin cesar su linfa; no has de avergonzarte tampoco de ello, pero guárdate contra el desprecio. Al fin y al cabo, también lo vil es resultado de otras causas que se pierden en misteriosos cielos, en la lejanía de la eternidad.

IV

No es que el dios more en ti, sino que tú eres el dios atrapado en una estrecha morada, aturdido por el viaje, habiendo olvidado casi todo lo que debe ser recordado. 

Tu ancestro eres tú mismo. ¿Acaso la forma de tus bisabuelos está ahora en otra parte más que en ti y en tus hermanos? Del mismo modo, lo santo se segmentó por compasión con el entorno y se hizo criatura, y desde entonces quieres hallar a tu ancestro, como te gustaría hablar con tu bisabuelo, que, sin embargo, sólo existe como tal en la forma que llevas inscrita ahora en la sangre.

V

Nadie puede desposarse con el viento ni quedarse mucho tiempo con un temperamento, propio o ajeno.

No te puedes fiar de tus cambios de comportamiento más de lo que te fías del viento que arrecia o amaina. Flora se aprovecha del Céfiro cuando la roza, y queda encinta de la Primavera; pero el humor de las brisas cambia rápidamente, y no es conveniente guardar rencor al otoño, o no se estará dispuesto al nuevo noviazgo primaveral. No asustes a los demás con tus cambios de conducta; pero menos te sientas atado a una conducta que sea arriesgada si sobrepasa la brevedad, solamente por que los demás ojos tengan una imagen menos desconcertante de ti. Puedes arrepentirte de no establecerte en lo bello, pero alégrate al menos de que ya conoces un camino; y, desde luego, no te arrepientas de no establecerte en lo vulgar. Incluso la edad bascula el humor de las almas más santas; ¿qué decir de ti, criatura ordinaria? Si los ángeles pueden volar, entonces vuelan bajo y vuelan alto, según su raza o su momento. Mas no confíes en el cambio como quien espera que su joven esposo o esposa vaya siempre a cambiar a mejor; antes bien, procura tener siempre cerca el lugar seguro al que regresar tras tus nobles acometidas contra el enemigo o tras tus fallidos deleites, o de lo contrario acabarás desconfiando de que la seguridad sea posible.

VI

Perdónate, sin celebraciones, las faltas que quedaron como residuo a una ardua y noble disciplina. 

Todo lo que pierdas por haber ganado mucho más con anterioridad no es tal pérdida. Si te hiciste más fuerte, no por ello has perdido toda flaqueza; después de una larguísima caminata, las piernas tiemblan de cansancio. Solamente tras una vida de esfuerzo podrás presentar un ánimo imbatible, y acaso tampoco entonces. Pero no abuses del perdón o te intoxicarás de vanidad, como no abusas del aguardiante que tomas solamente para padecer menos cuantro extirpas una flecha clavada en tu carne, so pena de caer ebrio. No utilices nunca la necesidad del perdón como causa contra la disciplina, madre de la luz que alumbras, sino venérala al mismo grado que al otro.

VII

Todo lo que sientas que has de decir de tu amor, dilo, a condición de enunciarlo y conservarlo como un juramento, como un voto de caballero o de reina, que protegerás con tu vida.

Lo que digas por el deseo de ayudar a otros se puede decir, pero siempre bajo ciertas circunstancias. No hay que dispersar palabras que, fuera del ambiente propicio, son como moneda de cambio o como címbalo que retiñe. Lo que declares sobre tu propia entrega no debe ser continuo y ligero, o terminará por dejar de convencerte a ti y a los demas; no debe ser excitado, o se encauzará inadecuadamente hacia el olvido o hacia gestos erróneos; no debe darse sin tener la conciencia de su importancia sagrada, o no te transformará para siempre ni garantizará tu eterna disponibilidad al amado, con lo cual lo habrás engañado.

VIII

Al mirar la piel, uno debe recordar su insignificancia. Al volcarse sobre el interior del corazón y de los cielos, uno no debe olvidar que la piel existe. 

Lo divino se puede expresar con tino mediante el lenguaje humano, y también sucede lo contrario. Pero cada lenguaje y cada mundo tienen sus límites, y es bueno recordarlo para no olvidar que somos lo alto y lo bajo hablando por la misma boca, del mismo modo que no se puede uno ubicar en un país extraño si olvidó que partió del sur y se dirige al norte. Debemos conocer al autor de las pócimas que llevamos en nuestro atillo, no sea que proporcionemos brebaje mágico de manos santas a una dolencia ordinaria, desperdiciándolo, o apostemos férula tosca a herida profunda perpetrada por demonios.

IX

El que, siendo simplemente amable, espera la gratitud que se debe a los héroes excelentes, está pecando de ignorancia, de vanidad y de avidez. 

Comprende a los seres que parecen no amarte o incluso que parecen sentir aversión hacia ti, pues ellos, en primer lugar, no aman ni odian sino la imagen que se figuran de tu persona, a menudo incompleta o errada; odian o no aman, pues, a una parte de sí mismos. Además, ¿les has dado motivos suficientes para creer que eres más fiable que otros que también parecieron fiables en un principio? ¿No es la constancia y la excelencia la prueba que exigimos todos? Dales, pues, todo y sin perder el equilibrio, y no podrán al fin más que reconocerlo, si es que no son incapaces de recibir por haberlo olvidado a causa de los golpes pasados o si es que no padecen de un gran desequilibrio, en cuyo caso merecen todavía una mayor compasión por tu parte.

X

Volverse ángel no implica adquirir alas ni blancura resplandeciente, pues también cuentan con ellas las palomas y los cisnes, sino adquirir un servicio eterno y transmitir señales de salvación. 

La bondad no toma siempre el aspecto que uno espera. Hay ánimos que parecían agrios y que dedicaban su vida a salvar otras. Son muchas las causas que lo hacen a uno tener un bello o feo ánimo, pero son más las que causan un bello o un feo rostro. Por ello no se puede sentenciar que la limpieza es signo de santidad y el hablar ordenado signo de grandeza, o muchos asesinos deberían contarse entre los santos. No desprecies a nadie por aquello de lo que carece, sino regocíjate en aquel punto sublime en que destacaron.

XI

Incluso las alimañas transmiten, a su modo y sin saberlo, las más altas verdades, si estás dispuesto a escucharlas, como adviertes la patria de un extranjero por su acento más que por lo que narra.

Si tomas enseñanza de toda cosa, entonces tú eres el maestro, pues no hay mayor enseñanza que ésa. Recuerda que lo divino ama el disfraz y que, al igual que el maestro puede entorpecer su sublime doctrina mediante toses o comentarios ordinarios, el mundo mezcla su verdad con el ruido de la maquinaria que lo permite estar en movimiento, y que esta misma maquinaria es en sí tan instructiva como la humanidad o la vejez del maestro, las cuales no se oponen a toda la sabiduría que enuncia.

XII

El centro de todas las cosas no está en el nombre del dios, sino allí donde el dios posa su mirada. 

Acuérdate del cinto sagrado, del altar y de la vía, pues en todo ello se indica la conducta correcta y la correcta visión. Pero aplica lo aprendido en el instante que se te impone, porque allí demuestras que lo que era bello también es útil, y que no hay distinción entre ambas categorías. Asume que la realidad puede corregir lo que pensabas, pues lo pensaste a partir de palabras y de unos pocos gestos, mientras que la realidad se pliega y se despliega en mil y una formas caprichosas, en permanente diálogo no sólo con lo que aprendiste, sino con lo que sufriste, con lo adivinaste y con lo que has sido.

[Música: Dos fragmentos de liturgia ortodoxa rusa. El primero proviene del salmo 140/141 y se trata de un canto démestvenny del siglo XVI, del monasterio Suprasi, responso de Vísperas de Cuaresma, entonado por The Patriarchal Choir of Moscow. El segundo es el Padrenuestro en la voz de los monjes del seminario de Odessa, con Mikhailo Davydov como sacerdote oficiante.]

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Renunciando a la violencia hacia todos los seres vivos,
no dañando ni a uno, no desearás descendencia,
así que mucho menos un compañero.
Vaga en soledad
como un rinoceronte.

Khaggavisāṇa-sutta 1

Wiltu den Perlethau der edlen Gottheit fangen
So mustu unverrukt an seiner Menschheit hangen.

[Si quieres recibir el rocío de perlas de la noble divinidad,
debes apegarte, inamovible, a su humanidad.]

A. Silesius, El peregino querúbico 1.121

Nada se explica, nada se prueba, todo se ve.

E. M. Cioran, El ocaso del pensamiento, p. 191

Purezas de albur, navíos de altos mástiles desnudos de velamen, palabras que me exceden por dar forma alguna a fogosidad de intenciones y pálpito de generosidades sin macerar. Incauto de parir amores a los que no sé dar nombre, cayendo en la hoguera ardiente de deseos contrapuestos, afinidades electivas en pugna con la ecuanimidad universal, justicia de dioses, y un amago de fruncir labios para cubrir de besos un bello cuerpo, un alma herida, una comunidad desterrada. Prolongada infancia nos atenaza a corazones peregrinos en laberintos desplegados sobre varias eras conjuntamente. Y se reúnen pedazos de naufragios para no llegar más que al punto de partida: la elección entre todo y nada, entre capricho y entrega, entre corrección y heroicidad. ¡Oh yo, tú eres el causante del mundo, la poquedad de las catástrofes! Desanda el camino de la identidad, abandona tu raza, tu sexo, tu especie, tus playas y tus montes. Así se nutre el auténtico viajante, aquel rendido a los bosques de las más misteriosas iniciaciones, vedadas incluso a los abades, burbujas de oro escondido, donde las ausencias se regeneran en unidades erguidas como estrellas, pérdidas que devienen tronos, amistades incondicionales con todo lo que es vida, pleitesía a las mudas rocas que divagan entre eones de oscuridad cósmica. Ha de hacerse al mundo interior el más poderoso y vasto de los reinos, poblado en su mayor parte por ceremoniosos elefantes blancos. Y, de nuevo, aquí: un regreso más. Acariciar músicas, tazas de té, teclas, pieles, dormiciones y respiraciones quedas como árboles con los que nadie conversa… en esta estancia perfumada recomienza todo. En la misma hora, el verso que callo, los livianos fenómenos que resbalan a mi alrededor, la penosa limosna que me piden y la compañía de una mujer. No estás salvado: has de nacerte más.

[Música: P. Glass, Piano étude No. 2]

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La desesperación es el desfiladero sombrío por donde el alma asciende hacia un universo que la codicia ya no empaña.

N. Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito

Casi siempre en el principio de la ejecución de cosas nuevas y grandes, se representan razones en contrario que turban el entendimiento y le hacen estar dudoso.

J. Setantí, Centellas de varios conceptos 13

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No te hundas, principio rector, no te hundas o habrás perdido el ya débil impulso que te empuja erráticamente hacia la perfección. Te desalientan los vínculos que te atan al delirio de la destrucción, y temes que tus pequeños esfuerzos, tu otear en los libros y en los sellos que imprimen tus manos con tus actos, temes que tu intención más depurada y que las sonrisas ante la brisa que te limpiaba la frente, todo eso haya sido en vano. ¡Qué enternecedora imagen la de verme a mí mismo acicalando mi minúscula virtud como una niña a su muñeca, con la misma impaciencia y la misma discreta fantasía! La veo crecer muy lentamente: sonrío cuando se despereza, cuando se ensancha hacia los márgenes al tiempo que se afila en exactitud y contundente justificación. La recojo cuando se cae hacia un lado o hacia el otro, y le limpio las mancillas de barro que se posan en sus mejillas al tropezar. La creo mimar adornándola con buena prestancia, con indumentarias repensadas, con sabor de ideas nuevas y nobles. Compruebo cómo ejercerla en un lindero le permite de forma natural desparramarse también por el otro, y una prometedora primavera parece ir brotando a ratos imprevistos entre las frías rocas en colores rojizos como la sangre sincera. Pero, ¡ay!, la cruda realidad impone su aplastamiento, y una información desatendida, un comentario crudo y cínico o un despreciativo hecho bruto echan por tierra el fruto de lo que empezaba tímidamente un rumbo hacia la disciplina. “¿A qué esforzarte por cantar tu idea moral -parecen decir-, si toda ella está condenada de antemano?” “¿A qué hablar de justicia si mientras respiras dejas morir a tus hermanos por todos los lugares?”. Y te vienes abajo, corazón, te quiebras como la caña que procuró volverse rígida desafiando a su naturaleza sin contar con el Bóreas que arreciaba. Y tú mismo te unes al coro de desmoralizadores frente a los que, alegres, intentan embellecer el mundo. Lamentas lo que acaso no fue tu culpa, transitas en el brumoso recuerdo de vidas anteriores, por si en alguna de ellas estuviera la causa de que ahora seas una sarna del universo que te circunda.

Mas, ¡ea!, emerge ya de la fiebre de dudas desesperadas que te tienen postrado en lecho alucinado como a la madre que perdió a su amado único vástago. Deja de murmurar remordimientos y pesadillas que aturden hasta la parálisis. Que el mal que te aflige sea el mismo que produces es un buen punto de partida. Delatas amplias alforjas para la caridad si añoras no tanto la felicidad que podrías sentir cuanto la que podrías ofrecer. No te venzas, juicio moral, por la dificultad de cantar sin que los ruidos del caos desengañado ahoguen tu voto. No dejes de amar por más que no alcances a divisar ni un estandarte de la victoria: tu camino es el camino adecuado, recuérdalo cuando, lamentándote, te veas retardando el paso o deteniéndote a contemplar divertidas flores llamativas en las riberas. Los profetas de la oscuridad tienen razón cuando advierten que causas negrura como los demás, pero no la tienen cuando niegan que tu idea moral, una vez desplegada hasta sus últimas consecuencias, erradicaría toda negrura. Cree al oráculo del Caos en lo que tenga que decir sobre la insuficiencia de tus actos, mas no cuando dé a entender que no son necesarios. Es correcto que ames lo que amas, por más deseable que sería reproducir ese amor en cada una de tus respiraciones. Lo que haces por convencimiento moral es bueno: ahora multiplícalo por millares. Si estás convencido de lo que impartirá justicia, no lo abandones por el hecho de que a buen seguro no podrás colmar nunca sus exigencias; antes bien, afianza el sextante, sella el astrolabio, mira al horizonte sin mirar atrás a pesar de que el puerto de llegada parezca alejarse hasta el confín de lo posible. Vuélvete escrupuloso en el cumplimiento, pero no te fustigues cuando tropieces, como sin duda tropezarás, como tropieza todo lo que se mueve en el terreno resbaladizo del perfeccionamiento.

Tu mayor culpa ha sido nacer en un linaje de tiranos cósmicos: no puedes remediar eso. Pero puedes retirarte con disimulo, al menos durante la estación de las lluvias y durante los festivales de la destrucción, a una pacífica grutilla en la que meditar sin violencia, prescindiendo de todo capricho. Allí podrás de nuevo animar a tu atesorada virtud y despejarla nuevamente de heridas y residuos. Apartarás con cuidado y suavidad las moscas que acudan a sus costras por creerla moribunda. Soplarás, sí, a su noble frente, aparentemente achatada por mechones sudorosos de rubios cabellos ennegrecidos. Acunarás a esa hija que es también tu madre y tu padre, que es tu báculo sagrado, tu pasaje al coro de los justos y el señuelo para atraer hacia ese mismo coro a los seres que deambulan en penumbrosos laberintos forestales. Le cantarás una canción heroica y dulce al mismo tiempo. No esperarás, sin embargo, todos los triunfos inmediatos. No te apegarás a su rostro, que como todos los rostros se desvanecerá en la noche sin estrellas. Mas cantarás y cantarás, y lo harás con devoción a fin de que otros queden prendados de tan bella melodía, y no cesarás hasta que una congregación dance como en éxtasis a tu parénesis, a sabiendas de que tu mensaje es aún niño, incompleto y torcido como la sonrisa en los labios que han sido golpeados.

Véncete, soberano de tu persona. Ajeno a la indisciplina y vulgaridad circundante, desoyendo burlas e incomprensiones, desoyendo por encima de todo tus propias cavilaciones y paradojas con las que te golpeas a ti mismo, haz por caminar como un príncipe hacia la batalla final. En completa soledad, has de poder digerir y hacer tuyas las palabras que inspiraste mientras divisabas hermosos luceros que a pocos ojos titilaban, pues las ideas que aquéllas soñaron surgieron de ti, siquiera como reflejo y respuesta a la llamada lejana de palabras gemelas, y moran en ti.  Resiste al pecado, amigo, endurece tu abdomen, suaviza tu furia, aprieta los dientes fríamente, eleva tu cetro, atraviesa al dragón con amor. Y ofrenda, hermano de los que precisan hermanos, tus lágrimas de devoción, y abraza a los que puedan sentir los abrazos y aun a los que no puedan, y ábrete al siempre joven rocío de la pureza y al fin de la violencia. Mientras vivas, brilla. No estás llamado a menos.

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[Música: J. S. Bach, Widerstehe doch der Sünde (BWV 54. I. Aria). Nunca una exhortación de rechazo a los demonios sonó tan alegre y vivaz. Nunca se inspiró el combate espiritual con tanta fuerza y gracia en tan altas proporciones. Le entran a uno ganas de batallar sonriendo contra todos los dragones y dedicar la propia existencia a la erradicación del sufrimiento de todos los seres. Las notas orquestales y vocales de esta bellísima aria han acompañado la escritura de la consolación presentada y tienen buena parte de culpa de lo que pueda haber de bueno en el tono adoptado. Por su parte, el texto es recio como una admonición homilética medieval: Widerstehe doch der Sünde, / Sonst ergreifet dich ihr Gift. / Laß dich nicht den Satan blenden; / Denn die Gottes Ehre schänden, / Trifft ein Fluch, der tödlich ist (“Resiste al pecado, / o su veneno te agarrará. / No dejes que Satán te ciegue, / pues deshonrar la gloria de Dios / trae mortal maldición.”). Como curiosidad, Yoshikazu Mera, el andrógino contratenor japonés que canta en la grabación y cuya voz considero la más sensitiva y perfecta de su tesitura, ha tenido que combatir desde niño contra su propio demonio, y es que nació con osteogénesis imperfecta, enfermedad también conocida popularmente como “huesos de cristal”, expresión coloquial bastante explícita, poética y terrible.]

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