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Archive for the ‘Pureza’ Category

 

Incluso en la decadencia, un hombre virtuoso
incrementa la belleza de su comportamiento.
Una tea ardiendo, aunque vuelva al suelo,
tiene una llama que se eleva a lo alto.

Sakya Pandita, Un precioso tesoro de dichos elegantes 15

 

Las ochenta maravillosas actividades surgen
de la causa concordante del amor;
temiendo que este texto fuera demasiado largo,
¡oh, rey!, no lo explicaré.

Nagarjuna, La preciosa guirnalda 197

 

Cuando vean que una lluvia de flores y perfume extingue
el flujo incandescente de lava de los infiernos,
saciados de dicha, de repente se preguntarán: “¿Cómo es posible?”
Que entonces los habitantes de los infiernos contemplen al que sostiene el Loto.

Śāntideva, Bodhicharyāvatāra 10.12

Je ne parlerai pas, je ne penserai rien:
Mais l’amour infini me montera dans l’âme,

[No hablaré, ni pensaré en nada, / pero el amor infinito ascenderá en mi alma.]

A. Rimbaud, Sensación, Marzo de 1870

 

A los bodhisattvas que, a la luz del día o en el completo anonimato, abrillantando cada hora de cada milenio el mundo sin que lo sepamos, comprometiendo todas sus encarnaciones futuras a su noble voto, persisten en su desmedida labor sin final de erradicar cualesquiera taras de los seres sintientes. A todos los seres sintientes.

 

¡Sugatas de los tres tiempos, elevad el acento de mi proclama! Os invoco en el cielo del corazón, donde empieza a correr sangre nueva, teñida del color de sílabas de mantras, bendecida por maestros perfectos que, como centinelas de la sabiduría, guardan el terreno conquistado para que nosotros, los recién centelleados por el resplandor de su purificación, lleguemos más rápidamente hasta donde llegaron ellos en combate contra tiempos sin principio. Con acritud sin medida contra la opresión de todos los seres, reflejo del que dependo, ¿cómo no me he decidido a dar rienda al más transgresor de los deseos alumbrados, la liberación de todos los seres? Habrá de ser satisfecho tal deseo por mis agregados hasta el punto de separarse ellos mismos, caiga la lluvia de la violencia o el duro invierno de la carestía. Troceado, caminaré entre las calles tenebrosas del mundo impuro agitando la campana ritual para ahuyentar los vicios y las actitudes ciegas que nos abisman a todos. Moldearé, esculpiré, desangraré o cercenaré mi carácter con tal de coronarme y gobernar a las aflicciones, pues preferible es repartir oro cojeando que residuos a buen paso. Lleno de rencor, libraré mi batalla contra el coágulo deforme de mi continuo mental: o sobrevivirá éste o sobrevivirá el Buda; no hay tercera opción. Solamente se detendrá la Rueda de Renacimientos si descendemos de ella los seguidores del Conquistador y atrancamos su mecanismo con las más preciadas de nuestras posesiones, con la posibilidad de transmigraciones a reinos superiores, con la carne de nuestras piernas, entrañas y cráneos, con nuestros corazones aún palpitantes, ofrecidos sobre hojas de palma.

Escucha, Perfección: habrás de ser mía más pronto o más tarde, con mayor o menor bagaje de dolor a mis espaldas, pero te encontraré y te multiplicaré entre mis madres los seres. Nada podrían hacer los dioses para impedirlo, pues convencido estoy de que, con la verdad absoluta de mi parte, anhelando también el despertar para sus adormiladas mentes felices mas mortales, lograría convencerles durante un diálogo que no duraría más de un eón. En cambio, sellando los sentidos, amenazo a mi cuerpo: “Si me sirves en mi determinación de erradicar el sufrimiento de todo lo que existe, no te faltará lo necesario; mas, en caso contrario, no te daré tregua”. Algo parecido diré a los venenos que me recorren: “Sois mis enemigos, de suerte que o aceptáis convertiros en vasallos, fuerzas virtuosas al servicio de todos los seres, u os aniquilaré con la espada fulminante de mi arrojo”. Seré avaro con la avaricia, traidor a la inmoralidad, displicente con la desidia, airado con la ira, ignorante de tantas falsedades como pueblan los reinos, y no prestaré la más mínima atención a la distracción. De un modo u otro me cubriré de los pāramitās, ornado así con los únicos ornamentos dignos de tal nombre. Y, perdiendo la noción de hacedor, acción y receptor, no seré más que un bálsamo al sufrimiento, allí donde surja. Sin virtud no hay sanación para quien sufre, pero sin víctima a la que sanar no puede haber cultivo de la virtud; toda bendición no es, pues, más que un reequilibrio de un mismo vacío lloroso y ávido de falsas plenitudes. Tan sólo falto yo, pues, en ese collar excelente, en ese juego supremo, puesto que el sufrimiento y la acción que lo remedia ya están a la espera ante mi dubitativa figura. Aupado por las aflicciones ajenas, me vestiré de méritos para poder rescatar a los afligidos una vez adquiera las treinta y dos marcas del Omnisciente.

Esta guerra se combate en los actos cuidadosos de las manos y tras los velos del rostro: una sonrisa afable e incondicional será el destilado de las fuerzas que se purifican al rojo vivo en el secreto de mis pasiones. Mientras mis maneras delicadas empiecen a penetrar suavemente el sensible ánimo de los seres pueriles, mi corazón arderá por el trabajo de dejar de ser uno de ellos, siempre con el único fin de atraerlos a las atalayas que la diligencia de los Victoriosos vaya apuntalando para su resguardo. Amabilidad discreta y elegante condescendencia será lo que vean y lo que les ofrendaré en mi aspecto, por más que afinar una pureza incondicional me cueste tempestades e infiernos corriendo por mis venas, que no describiré a nadie. A todos contestaré como amigo cortés o gentil doncella, o afinaré mi canto si es que renaciese en un nido de pájaros o en solitaria montaña de titanes. Entretanto, me ofreceré como néctar al sediento, como talismán milagroso a todo anhelo, como blanca nieve al espíritu incendiado y como cálida brasa al aletargado por el helor de mundos descompuestos. En ordinarias situaciones me conduciré como uno más mientras contemple el cultivo de las virtudes en el silencio solitario o al fuego de la sabiduría que deseca de fascinación a los fenómenos. Resistiré todo el daño que me hagan durante vidas sin número si con ello logran un paso hacia la dicha irreversible. ¿Y acaso no son en verdad mis estados aflictivos, espirales alimentándose a sí mismas, las que me laceran, causando destinos infortunados a aquellos seres que en su ofuscación creen ser los heridores? ¿Por qué acusas a otros seres de ser la causa de tus males, cuando en verdad tú, el objeto de sus aflicciones destructivas, eres la causa de los suyos? ¡Oh necio de mí! Pidamos perdón por dar forma a los odios y agresiones de los otros. Que me descuarticen, que me aguijoneen, que me destrocen en todas mis naturalezas siempre que les beneficie: yo me encargaré por mi lado de sostener en alto el estandarte de la aspiración pura. Jamás obedeceré mis caprichos, nunca emprenderé acción alguna que no piense en beneficio de los que sufren. ¿Cuándo fueron dulces los dolores de parto? Pero esta vez se trata de parir a un adolescente ya erguido, decidido, aguerrido, que habrá de madurar hasta convertirse en la preciosa bodhicitta, joya mayor que la Joya-que-colma-todos-los-deseos.

Empiezo ofreciendo tantos ensortijados mundos como granos de arena hay en el Ganges. De cada uno de esos mundos, con su monte Meru, sus cuatro continentes, el sol y la luna, surgen cien millones de dakinis, portando cada una otros tantos mundos aun más bellos en bandejas de oro, repletas también de ofrendas dignas de monarcas universales, manjares divinos, incienso bendecido, perfume destilado de los primeros jazmines tras el nacimiento de un Buda. En vasijas de color de lapislázuli entre mi cuerpo despiezado y mi ilusoria alma, una vez fermentados sus kleśās, esparcida entre diversos recipientes que habrán de ser quemados en la hoguera de la absorción meditativa. ¡Oh, Venerables, otorgadme la iniciación! ¡Tomo refugio en la infabilidad de vuestra palabra, en la santidad de vuestra conducta, en la apacibilidad de vuestra postura y en la claridad de vuestra visión ilimitada! Me postro junto con los infinitos cuerpos de las infinitas criaturas ante la humildad resplandeciente de vuestros hábitos. Ayudadme, ¡os lo ruego!, a alcanzar el logro supremo, y pueda convertirse cada uno de mis gestos en un mudra sagrado que transfigure en dicha eterna los tres venenos de la existencia, que en todas partes anidan.

Espíritus locales, no permitáis que esta aspiración decaiga. Recordadme mi compromiso, ¡os lo ruego!, con lluvias, con plagas mágicas de insectos, o acaso con el canto del agorero cuervo. Que pueda sostener en alto la flor de utpala azul mientras duren los tiempos, allí donde para albergar esperanzas en el sendero de la Iluminación sea preciso que los pueblos alcen su vista y exclamen: “¡Mirad!, por allí levita un Honrado-por-todo-el-mundo, un libertador inmortal, la esencia de nuestra mente”. Y que se deleiten con el juego de las innumerables formas del orgullo divino en su sutil y mágica manifestación Saṃbhogakāya, que brillará sosteniendo cuencos de néctar, reconcentrando el universo entero en su inmaculado mandala, su paraíso particular, que no es sino el de todos, pues, desconocedores de la avaricia, siempre dejaron los paraísos sus puertas abiertas. No debo dejar abandonados a los seres ahora que me he comprometido a convertirme en su eterno valedor; ¿no les abatiría una tristeza sin medida saber que les ha traicionado quien pretendía anhelar la glorificación de los perseguidos, los tullidos, los hambrientos, los incapaces y los melancólicos? Será por honor que renunciaré a todo honor, al que esparciré como cenizas de cadáver en el océano de la interdependencia, sobre el suelo misterioso de la vacuidad.

Adoptaré una mirada adamantina que anhelarán poseer todos los seres con los que me encuentre, y sin dudarlo les indicaré el próximo paso que han de seguir para obtenerlo. Serán rasgados todos los velos o navegaré entre océanos de eones, reposando brevemente en los puertos de vidas ejemplares. ¿Quién podrá descansar hasta que se escriba el punto y final a los anales del pesar? De nada me servirá la condición sublime si ajetreadas quedan todas mis madres hocicando espantajos en Saṃsāra. Así, cueste lo que cueste, caigan los reinos que caigan, se sucedan los mundos que hayan de sucederse, nada se detendrá, nada se cambiará, nada alterará la decisión del paso firme. Llegará el día, acaso fuera de esta era, en el cual, derrengado hasta el agotamiento de todo desafío, ofreceré la Tierra Pura de Tushita a cada criatura, mi hermana, mi madre, mi verdadero yo, iridiscencia cien mil millones de veces reflejada de un vacío supremo e inasible al que es preciso devolver el gobierno de las conciencias. Bendecidas por la sabiduría inmarcesible de los santos, el devenir será al fin el paseo de un cisne en un estanque de lotos, ya fuera del tiempo, allí donde Kalachakra y su consorte trascienden toda sucesión. Seré tesoro de los buscadores, el árbol del ave, la mitra del clero, la cuerda del armónico laúd. Seré refugio para los perseguidos, canoa para el navegante, esmeralda para el cuello imperial, sílaba para el enmudecido, claridad para los entendimientos, ungüento para desgarrados, sandalia para el viajero. Me tornaré milagro para el incrédulo, recuerdo para el olvidadizo, flores para el lloroso, párpado para el visionario, miel para el agriado, abrazo sin cese para el desabrigado y el desolado. Lustraré lo contaminado, cauterizaré lo infecto, suturaré lo rasgado, bendeciré a los condenados. Me enamoraré de todos y con todos bajo palio santificaremos nuestro amor. ¡Oh seres, voy en vuestro auxilio, no temáis! Poco podré hacer mientras camino introspectivo sacudiéndome oscurecimientos; pero esperadme a lo largo de esta vida o, a lo sumo, unos pocos eones: llegará el día en que los lotos medicinales que os lance con júbilo llegarán certeros a vuestras heridas, iluminando vuestros cinco agregados antes de que se dispersen gozosamente, y la beatitud se convertirá en un sol en vuestra mente y hará estallar todo lo que ahora creéis ser.

Todo sea por siempre auspicioso, en cualquier universo, en cada fibra de entidad, en cada brote y en cada desasimiento. Amén, amén, amén.

***

[Música: Namgyal Lhamo canta la canción tibetana Chang ya-re. De A. Scriabin suena el primer movimiento (Luttes) de la sinfonía No. 3 Op. 43 (Le divin poème); la sinfonía relata en tres grandes movimientos las etapas de la liberación humana: Luttes, Voluptés y Jeu divin.]

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L’uomo sempre se stesso distrugge,
l’anno sempre se stesso rinuova.

[El hombre siempre  a sí mismo se destruye;
el año siempre a sí mismo se renueva .]

Cardenal Benedetto Pamphili, Il trionfo del Tempo e del Disinganno I

 

Si lanzas la flecha en el bosque de los gritos, el bosque del padre se tranquiliza.

14º signo (Tele-Mejí) del sistema de adivinación Fa del vodún del antiguo reino de Dahomey (trad. M. Serrat Crespo)

 

De entre las espinas de lo vulgar y los temblores sublimes resurge la rosa renacida, cotidiana como la reiteración de los impulsos de la vida, única como el canto de un demiurgo. Se explaya y nos circunda, y te llama a henchir la noción de una alegría carente de esperanzas, una trabazón de fuerzas en pos del bien. Es fuerza de transmutarse en energía del ejército del orden, energía lábil como la luz, enmascarada por el gesto en el maremagno trivial de conductas urbanas, latente en la conciencia de una identidad que trasciende los tiempos y la substancialidad ilusoria de los entes. Recuerda la impermanencia de todo lo nombrable, la indefinición de todas las categorías, el secreto de la ignorancia última, los milagros de Amor, el rocío liviano de ideas y pasiones, la compasión sin ostentación por todo lo que gime. Ya no se plantea la disyuntiva: tu impulso es necesario mandato divino y al tiempo está necesariamente condenado, por lo que completa tu mutación y muere en el intento. En un instante pasa de lo grosero a lo eterno, de todo a nada, de lo imposible a lo realizado. Como los santos que lamían a los leprosos, así hallaremos paz en contemplar los bubones que supuran hasta el tránsito estigio de la antimateria.

Convertido en estanque de lotos, tu corazón hace resonar su ritmo en pasos, en palabras llanas y puras como el cielo profundo, en caricias con la parquedad de la sabiduría sin arrebato. Y un rayo de divina solemnidad recorre súbito la sonrisa de tu labio, y en renovación incesante de pliegues sobre el sufrimiento universal, orando por convertirte en el dios que los salve, si es que logras en alguna etapa del ser no contribuir sencillamente a su muerte. Comprendieron nuestros ancestros que un día naceríamos para redimirlos, y de ahí que nos alumbrasen a esta pringosa existencia, círculo de nubes grisáceas como la lluvia que se disfraza de la noche, en las horas en que solamente el experto en la ciencia del devenir sabe distinguir el alba del ocaso y reconocer a la par que lo uno no es sino cónyuge de lo otro.  Placer, dureza, mezquindad, desasimiento, color, comprensión… todo en la palma de tu mano, la misma mano que usas para contar dinero, para servir el té a tus convidados, para pulsar las cuerdas de un antiguo instrumento y para saludar al infinito inasible que nunca cabrá en los cien mil millones de mundos, el infinito que nunca conoceremos como creemos conocer el trazo simple de un folículo o el mecanismo de la radiación solar.

[Música: G.-F. Händel, Tu del Ciel ministro eletto (Il trionfo del Tempo e del Disinganno II), en la voz de Natalie Dessay con Le Concert d’Astrée de Emmanuelle Haïm. Con esta aria da capo contemplativa, sublime y contenida como pocas, suspendida entre silencios de inefabilidad, Belleza concluye el periplo de autoconocimiento que ha realizado de la mano de Tiempo y Desengaño, renegando al fin de Placer y del engañoso espejo en el que ella se observaba a sí misma como substancialmente deseable, y se encamina, en cambio, a la fuente invisible y empírea de su naturaleza sin principio ni fin. Concluye así el más perfecto de los oratorios alegóricos del siglo XVIII y, por extensión, de la historia, con el permiso de Die Schuldigkeit des ersten Gebots de Mozart. Aun lamentando haber revelado el desenlace, es de reconocer que, dado el contexto, era previsible. Con esta obra Händel compuso en 1707 su primer oratorio (HWV 46a), y exactamente treinta años después fue retomado (Il trionfo del Tempo e della Verità HWV 46b), y acabó siendo su última incursión en el género en 1757, cuando regresó a la partitura para corregirla y adaptarla a la lengua inglesa (The Triumph of Time and Truth HWV 71), cerrando así el círculo moral por el que su vida galante en Inglaterra le había llevado.]

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Aún para la compasión budista el individuo es sólo sombra que se desvanece. La dignidad del individuo es impronta cristiana sobre arcilla griega.

N. Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito

 

La segunda hechura es la que cayó sobre la tierra; el mar la asumió y su propio pensamiento fue su delineador; se plasmó a sí misma como una naturaleza que es la raíz de la muerte.

Kephalion maniqueo copto 55.136, trad. J. Montserrat

 

El Amor te confiere este poder: dalo todo, pues todo es tuyo.

Hadewijch de Amberes, Visiones 1.21

 

Me debato entre el amor a las aguas que fluyen agolpándose aturdidas y la conciencia de que su destino es ser ese no ser, ese rizarse una y otra vez en caudal sin reposo ni contorno definitivo. Veo su belleza, alternada entre lúcida mansedumbre y agitación sin sentido, entre caída y saciedad de sed para peces y gorriones, veo su poder benéfico y su perdición lenta, inconsciente, en piélago de abertura sin dirección, en nuevo receptáculo de nuevas vidas saladas, perdido ya el sabor de la dulzura y de la línea que se contoneaba entre montañas. Esas aguas que descendían dibujando valles e irrigando bosques y juncales, esas aguas límpidas y enturbiadas a un tiempo, el conjunto de los seres, nadan a la carrera hacia donde llegarán de todos modos.

Y una tonalidad de compasión me invade, pues considero irrespetuoso no concederles la dignidad de partículas eternas. Pues, ¿cómo amar a una sombra? ¿Cómo reverenciar con sinceridad a una ilusión, un reflejo, un fenómeno tan vano como el sueño en un sueño? ¿No es irrespetuoso serenarse en la idea de que todo es falso, incluso lo que decimos querer salvar, incluso aquello que decimos merece todo el honor de los tres mundos? Pero si el mundo es tan ilusorio como nuestro propio ser, entonces las conciencias ennoblecidas, sombras que aman a otras sombras, vacíos que auxilian a más vacíos, ni siquiera aman con veracidad, y el propio amor no es más que una energía de escena entre causas y efectos, una onda sin substancia, una nada que juega a embellecer la inanidad universal. ¿Cómo convertir en reyes a los personajes de un espejismo? ¿Pero qué pretendemos de las palabras, si, como bien sabemos, no ha habido más realeza que la ficticia ni más humanidad que la convencional atribución de ciertos rasgos a animales bípedos en descomposición? Hagamos de la realidad espectral, la única que conocemos con certeza, un conocimiento de espectrales certezas, y una fusión real entre sus indiscernibles naturalezas profundas. Sea el fundir nomenclaturas irreales nuestro modo de rendir homenaje a lo que de real haya en el centro misterioso e inalcanzable de los seres. Vacuidad del amor y amor de vacuidades no son sino dos caras de una misma moneda de valor incalculable, tan incalculable como lo supremo y lo desvanecido.

Y yo también me sé una gota más en esa masa líquida contra la que me defino en pueril competición y a la cual sin embargo digo estar aprendiendo a amar. Y así, en melancólica compañía, no exenta de destellos de gozos y paces, labramos las riberas en las que jamás reposaremos más que en accidental salpicadura y posterior reconversión en tierna hierba, en acuífero de insectos, en humus fértil que también se secará algún día sin llegar a saber nunca si alguna vez amó o no verdaderamente y en dulce alegría.

[R. Hahn, À Chloris, cantada por J. Cummings, sobre poema de Théophile de Viau: “S’il est vrai, Chloris, que tu m’aimes, / Mais j’entends, que tu m’aimes bien, / Je ne crois point que les rois mêmes / Aient un bonheur pareil au mien. / Que la mort serait importune / De venir changer ma fortune / A la félicité des cieux! / Tout ce qu’on dit de l’ambroisie / Ne touche point ma fantaisie / Au prix des grâces de tes yeux.”]

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Amor unius cujuscunque hominis est omnium. Singuli enim omnes amare debent. Qui ergo hunc sibi specialiter exhiberi vult, raptor est, et ideo reus contra omnes efficitur. 

El amor de cada hombre es de todos. Porque cada uno debe amar a todos. Por lo tanto, quien quiere que se le muestre de forma especial es un ladrón, y por ello es culpable de agraviar a todos.

Guigo I, Meditationes (s. XII)

I

En lo más hondo no eres un ser, porque no hay seres, sino flechas dirigidas de un estado a otro. 

Nada hay menos fijo que las cosas a las cuales consideramos más fijas. Lo corpóreo no es más que un mismo grumo agrietado, dando la impresión de un multiplicidad. La multiplicidad es real en el mismo sentido en que un reflejo en el espejo es real: emite luz de colores que nos informa con señales, pero jamás podemos capturarlo.

II

No hay otra divinidad que la que sientas uniéndote a los demás seres, o no hay otra que puedas sentir.

Todas las ideas celestiales que no irradien y se esparzan por entre los canales del Todo no son sino retratos de momentos concretos, facetas aisladas de la imagen completa, que es la superior totalidad de las cosas. Para empaparse de los principios hay que vislumbrar sus resabios en los fines. La homeomería cósmica sea el mapa inabarcable según el que caminar, por más que un mapa infinito no te vaya a llevar nunca a un completo reposo. El completo reposo no es sino un detenerse artificial: la realidad sólo reposa en su pureza sin estaciones, en la vaguedad de los ciclos, tan incesante como inasible, tan rítmica como ilusoria. Tu alma no es sustancia, sino conglomerado de fuerzas: únicamente puedes percibir relaciones. Lo que crees que es el Principio no es sino un vínculo de todo a todo, incluso con aquello que sobrepasa naturaleza del ser.

III

Cuando tengas una aspiración noble, rastréala hasta conocer su causa primera en tu corazón, y verás su pedestre abolengo.

Se infla tu corazón y hablas de empíreos y categorías místicas después de haber tenido tal o cual encuentro con un pequeño triunfo o fracaso, con tal o cual dama, con tal o cual música. Lo vil y lo grandioso intercambian sin cesar su linfa; no has de avergonzarte tampoco de ello, pero guárdate contra el desprecio. Al fin y al cabo, también lo vil es resultado de otras causas que se pierden en misteriosos cielos, en la lejanía de la eternidad.

IV

No es que el dios more en ti, sino que tú eres el dios atrapado en una estrecha morada, aturdido por el viaje, habiendo olvidado casi todo lo que debe ser recordado. 

Tu ancestro eres tú mismo. ¿Acaso la forma de tus bisabuelos está ahora en otra parte más que en ti y en tus hermanos? Del mismo modo, lo santo se segmentó por compasión con el entorno y se hizo criatura, y desde entonces quieres hallar a tu ancestro, como te gustaría hablar con tu bisabuelo, que, sin embargo, sólo existe como tal en la forma que llevas inscrita ahora en la sangre.

V

Nadie puede desposarse con el viento ni quedarse mucho tiempo con un temperamento, propio o ajeno.

No te puedes fiar de tus cambios de comportamiento más de lo que te fías del viento que arrecia o amaina. Flora se aprovecha del Céfiro cuando la roza, y queda encinta de la Primavera; pero el humor de las brisas cambia rápidamente, y no es conveniente guardar rencor al otoño, o no se estará dispuesto al nuevo noviazgo primaveral. No asustes a los demás con tus cambios de conducta; pero menos te sientas atado a una conducta que sea arriesgada si sobrepasa la brevedad, solamente por que los demás ojos tengan una imagen menos desconcertante de ti. Puedes arrepentirte de no establecerte en lo bello, pero alégrate al menos de que ya conoces un camino; y, desde luego, no te arrepientas de no establecerte en lo vulgar. Incluso la edad bascula el humor de las almas más santas; ¿qué decir de ti, criatura ordinaria? Si los ángeles pueden volar, entonces vuelan bajo y vuelan alto, según su raza o su momento. Mas no confíes en el cambio como quien espera que su joven esposo o esposa vaya siempre a cambiar a mejor; antes bien, procura tener siempre cerca el lugar seguro al que regresar tras tus nobles acometidas contra el enemigo o tras tus fallidos deleites, o de lo contrario acabarás desconfiando de que la seguridad sea posible.

VI

Perdónate, sin celebraciones, las faltas que quedaron como residuo a una ardua y noble disciplina. 

Todo lo que pierdas por haber ganado mucho más con anterioridad no es tal pérdida. Si te hiciste más fuerte, no por ello has perdido toda flaqueza; después de una larguísima caminata, las piernas tiemblan de cansancio. Solamente tras una vida de esfuerzo podrás presentar un ánimo imbatible, y acaso tampoco entonces. Pero no abuses del perdón o te intoxicarás de vanidad, como no abusas del aguardiante que tomas solamente para padecer menos cuantro extirpas una flecha clavada en tu carne, so pena de caer ebrio. No utilices nunca la necesidad del perdón como causa contra la disciplina, madre de la luz que alumbras, sino venérala al mismo grado que al otro.

VII

Todo lo que sientas que has de decir de tu amor, dilo, a condición de enunciarlo y conservarlo como un juramento, como un voto de caballero o de reina, que protegerás con tu vida.

Lo que digas por el deseo de ayudar a otros se puede decir, pero siempre bajo ciertas circunstancias. No hay que dispersar palabras que, fuera del ambiente propicio, son como moneda de cambio o como címbalo que retiñe. Lo que declares sobre tu propia entrega no debe ser continuo y ligero, o terminará por dejar de convencerte a ti y a los demas; no debe ser excitado, o se encauzará inadecuadamente hacia el olvido o hacia gestos erróneos; no debe darse sin tener la conciencia de su importancia sagrada, o no te transformará para siempre ni garantizará tu eterna disponibilidad al amado, con lo cual lo habrás engañado.

VIII

Al mirar la piel, uno debe recordar su insignificancia. Al volcarse sobre el interior del corazón y de los cielos, uno no debe olvidar que la piel existe. 

Lo divino se puede expresar con tino mediante el lenguaje humano, y también sucede lo contrario. Pero cada lenguaje y cada mundo tienen sus límites, y es bueno recordarlo para no olvidar que somos lo alto y lo bajo hablando por la misma boca, del mismo modo que no se puede uno ubicar en un país extraño si olvidó que partió del sur y se dirige al norte. Debemos conocer al autor de las pócimas que llevamos en nuestro atillo, no sea que proporcionemos brebaje mágico de manos santas a una dolencia ordinaria, desperdiciándolo, o apostemos férula tosca a herida profunda perpetrada por demonios.

IX

El que, siendo simplemente amable, espera la gratitud que se debe a los héroes excelentes, está pecando de ignorancia, de vanidad y de avidez. 

Comprende a los seres que parecen no amarte o incluso que parecen sentir aversión hacia ti, pues ellos, en primer lugar, no aman ni odian sino la imagen que se figuran de tu persona, a menudo incompleta o errada; odian o no aman, pues, a una parte de sí mismos. Además, ¿les has dado motivos suficientes para creer que eres más fiable que otros que también parecieron fiables en un principio? ¿No es la constancia y la excelencia la prueba que exigimos todos? Dales, pues, todo y sin perder el equilibrio, y no podrán al fin más que reconocerlo, si es que no son incapaces de recibir por haberlo olvidado a causa de los golpes pasados o si es que no padecen de un gran desequilibrio, en cuyo caso merecen todavía una mayor compasión por tu parte.

X

Volverse ángel no implica adquirir alas ni blancura resplandeciente, pues también cuentan con ellas las palomas y los cisnes, sino adquirir un servicio eterno y transmitir señales de salvación. 

La bondad no toma siempre el aspecto que uno espera. Hay ánimos que parecían agrios y que dedicaban su vida a salvar otras. Son muchas las causas que lo hacen a uno tener un bello o feo ánimo, pero son más las que causan un bello o un feo rostro. Por ello no se puede sentenciar que la limpieza es signo de santidad y el hablar ordenado signo de grandeza, o muchos asesinos deberían contarse entre los santos. No desprecies a nadie por aquello de lo que carece, sino regocíjate en aquel punto sublime en que destacaron.

XI

Incluso las alimañas transmiten, a su modo y sin saberlo, las más altas verdades, si estás dispuesto a escucharlas, como adviertes la patria de un extranjero por su acento más que por lo que narra.

Si tomas enseñanza de toda cosa, entonces tú eres el maestro, pues no hay mayor enseñanza que ésa. Recuerda que lo divino ama el disfraz y que, al igual que el maestro puede entorpecer su sublime doctrina mediante toses o comentarios ordinarios, el mundo mezcla su verdad con el ruido de la maquinaria que lo permite estar en movimiento, y que esta misma maquinaria es en sí tan instructiva como la humanidad o la vejez del maestro, las cuales no se oponen a toda la sabiduría que enuncia.

XII

El centro de todas las cosas no está en el nombre del dios, sino allí donde el dios posa su mirada. 

Acuérdate del cinto sagrado, del altar y de la vía, pues en todo ello se indica la conducta correcta y la correcta visión. Pero aplica lo aprendido en el instante que se te impone, porque allí demuestras que lo que era bello también es útil, y que no hay distinción entre ambas categorías. Asume que la realidad puede corregir lo que pensabas, pues lo pensaste a partir de palabras y de unos pocos gestos, mientras que la realidad se pliega y se despliega en mil y una formas caprichosas, en permanente diálogo no sólo con lo que aprendiste, sino con lo que sufriste, con lo adivinaste y con lo que has sido.

[Música: Dos fragmentos de liturgia ortodoxa rusa. El primero proviene del salmo 140/141 y se trata de un canto démestvenny del siglo XVI, del monasterio Suprasi, responso de Vísperas de Cuaresma, entonado por The Patriarchal Choir of Moscow. El segundo es el Padrenuestro en la voz de los monjes del seminario de Odessa, con Mikhailo Davydov como sacerdote oficiante.]

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Renunciando a la violencia hacia todos los seres vivos,
no dañando ni a uno, no desearás descendencia,
así que mucho menos un compañero.
Vaga en soledad
como un rinoceronte.

Khaggavisāṇa-sutta 1

Wiltu den Perlethau der edlen Gottheit fangen
So mustu unverrukt an seiner Menschheit hangen.

[Si quieres recibir el rocío de perlas de la noble divinidad,
debes apegarte, inamovible, a su humanidad.]

A. Silesius, El peregino querúbico 1.121

Nada se explica, nada se prueba, todo se ve.

E. M. Cioran, El ocaso del pensamiento, p. 191

Purezas de albur, navíos de altos mástiles desnudos de velamen, palabras que me exceden por dar forma alguna a fogosidad de intenciones y pálpito de generosidades sin macerar. Incauto de parir amores a los que no sé dar nombre, cayendo en la hoguera ardiente de deseos contrapuestos, afinidades electivas en pugna con la ecuanimidad universal, justicia de dioses, y un amago de fruncir labios para cubrir de besos un bello cuerpo, un alma herida, una comunidad desterrada. Prolongada infancia nos atenaza a corazones peregrinos en laberintos desplegados sobre varias eras conjuntamente. Y se reúnen pedazos de naufragios para no llegar más que al punto de partida: la elección entre todo y nada, entre capricho y entrega, entre corrección y heroicidad. ¡Oh yo, tú eres el causante del mundo, la poquedad de las catástrofes! Desanda el camino de la identidad, abandona tu raza, tu sexo, tu especie, tus playas y tus montes. Así se nutre el auténtico viajante, aquel rendido a los bosques de las más misteriosas iniciaciones, vedadas incluso a los abades, burbujas de oro escondido, donde las ausencias se regeneran en unidades erguidas como estrellas, pérdidas que devienen tronos, amistades incondicionales con todo lo que es vida, pleitesía a las mudas rocas que divagan entre eones de oscuridad cósmica. Ha de hacerse al mundo interior el más poderoso y vasto de los reinos, poblado en su mayor parte por ceremoniosos elefantes blancos. Y, de nuevo, aquí: un regreso más. Acariciar músicas, tazas de té, teclas, pieles, dormiciones y respiraciones quedas como árboles con los que nadie conversa… en esta estancia perfumada recomienza todo. En la misma hora, el verso que callo, los livianos fenómenos que resbalan a mi alrededor, la penosa limosna que me piden y la compañía de una mujer. No estás salvado: has de nacerte más.

[Música: P. Glass, Piano étude No. 2]

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La desesperación es el desfiladero sombrío por donde el alma asciende hacia un universo que la codicia ya no empaña.

N. Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito

Casi siempre en el principio de la ejecución de cosas nuevas y grandes, se representan razones en contrario que turban el entendimiento y le hacen estar dudoso.

J. Setantí, Centellas de varios conceptos 13

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No te hundas, principio rector, no te hundas o habrás perdido el ya débil impulso que te empuja erráticamente hacia la perfección. Te desalientan los vínculos que te atan al delirio de la destrucción, y temes que tus pequeños esfuerzos, tu otear en los libros y en los sellos que imprimen tus manos con tus actos, temes que tu intención más depurada y que las sonrisas ante la brisa que te limpiaba la frente, todo eso haya sido en vano. ¡Qué enternecedora imagen la de verme a mí mismo acicalando mi minúscula virtud como una niña a su muñeca, con la misma impaciencia y la misma discreta fantasía! La veo crecer muy lentamente: sonrío cuando se despereza, cuando se ensancha hacia los márgenes al tiempo que se afila en exactitud y contundente justificación. La recojo cuando se cae hacia un lado o hacia el otro, y le limpio las mancillas de barro que se posan en sus mejillas al tropezar. La creo mimar adornándola con buena prestancia, con indumentarias repensadas, con sabor de ideas nuevas y nobles. Compruebo cómo ejercerla en un lindero le permite de forma natural desparramarse también por el otro, y una prometedora primavera parece ir brotando a ratos imprevistos entre las frías rocas en colores rojizos como la sangre sincera. Pero, ¡ay!, la cruda realidad impone su aplastamiento, y una información desatendida, un comentario crudo y cínico o un despreciativo hecho bruto echan por tierra el fruto de lo que empezaba tímidamente un rumbo hacia la disciplina. “¿A qué esforzarte por cantar tu idea moral -parecen decir-, si toda ella está condenada de antemano?” “¿A qué hablar de justicia si mientras respiras dejas morir a tus hermanos por todos los lugares?”. Y te vienes abajo, corazón, te quiebras como la caña que procuró volverse rígida desafiando a su naturaleza sin contar con el Bóreas que arreciaba. Y tú mismo te unes al coro de desmoralizadores frente a los que, alegres, intentan embellecer el mundo. Lamentas lo que acaso no fue tu culpa, transitas en el brumoso recuerdo de vidas anteriores, por si en alguna de ellas estuviera la causa de que ahora seas una sarna del universo que te circunda.

Mas, ¡ea!, emerge ya de la fiebre de dudas desesperadas que te tienen postrado en lecho alucinado como a la madre que perdió a su amado único vástago. Deja de murmurar remordimientos y pesadillas que aturden hasta la parálisis. Que el mal que te aflige sea el mismo que produces es un buen punto de partida. Delatas amplias alforjas para la caridad si añoras no tanto la felicidad que podrías sentir cuanto la que podrías ofrecer. No te venzas, juicio moral, por la dificultad de cantar sin que los ruidos del caos desengañado ahoguen tu voto. No dejes de amar por más que no alcances a divisar ni un estandarte de la victoria: tu camino es el camino adecuado, recuérdalo cuando, lamentándote, te veas retardando el paso o deteniéndote a contemplar divertidas flores llamativas en las riberas. Los profetas de la oscuridad tienen razón cuando advierten que causas negrura como los demás, pero no la tienen cuando niegan que tu idea moral, una vez desplegada hasta sus últimas consecuencias, erradicaría toda negrura. Cree al oráculo del Caos en lo que tenga que decir sobre la insuficiencia de tus actos, mas no cuando dé a entender que no son necesarios. Es correcto que ames lo que amas, por más deseable que sería reproducir ese amor en cada una de tus respiraciones. Lo que haces por convencimiento moral es bueno: ahora multiplícalo por millares. Si estás convencido de lo que impartirá justicia, no lo abandones por el hecho de que a buen seguro no podrás colmar nunca sus exigencias; antes bien, afianza el sextante, sella el astrolabio, mira al horizonte sin mirar atrás a pesar de que el puerto de llegada parezca alejarse hasta el confín de lo posible. Vuélvete escrupuloso en el cumplimiento, pero no te fustigues cuando tropieces, como sin duda tropezarás, como tropieza todo lo que se mueve en el terreno resbaladizo del perfeccionamiento.

Tu mayor culpa ha sido nacer en un linaje de tiranos cósmicos: no puedes remediar eso. Pero puedes retirarte con disimulo, al menos durante la estación de las lluvias y durante los festivales de la destrucción, a una pacífica grutilla en la que meditar sin violencia, prescindiendo de todo capricho. Allí podrás de nuevo animar a tu atesorada virtud y despejarla nuevamente de heridas y residuos. Apartarás con cuidado y suavidad las moscas que acudan a sus costras por creerla moribunda. Soplarás, sí, a su noble frente, aparentemente achatada por mechones sudorosos de rubios cabellos ennegrecidos. Acunarás a esa hija que es también tu madre y tu padre, que es tu báculo sagrado, tu pasaje al coro de los justos y el señuelo para atraer hacia ese mismo coro a los seres que deambulan en penumbrosos laberintos forestales. Le cantarás una canción heroica y dulce al mismo tiempo. No esperarás, sin embargo, todos los triunfos inmediatos. No te apegarás a su rostro, que como todos los rostros se desvanecerá en la noche sin estrellas. Mas cantarás y cantarás, y lo harás con devoción a fin de que otros queden prendados de tan bella melodía, y no cesarás hasta que una congregación dance como en éxtasis a tu parénesis, a sabiendas de que tu mensaje es aún niño, incompleto y torcido como la sonrisa en los labios que han sido golpeados.

Véncete, soberano de tu persona. Ajeno a la indisciplina y vulgaridad circundante, desoyendo burlas e incomprensiones, desoyendo por encima de todo tus propias cavilaciones y paradojas con las que te golpeas a ti mismo, haz por caminar como un príncipe hacia la batalla final. En completa soledad, has de poder digerir y hacer tuyas las palabras que inspiraste mientras divisabas hermosos luceros que a pocos ojos titilaban, pues las ideas que aquéllas soñaron surgieron de ti, siquiera como reflejo y respuesta a la llamada lejana de palabras gemelas, y moran en ti.  Resiste al pecado, amigo, endurece tu abdomen, suaviza tu furia, aprieta los dientes fríamente, eleva tu cetro, atraviesa al dragón con amor. Y ofrenda, hermano de los que precisan hermanos, tus lágrimas de devoción, y abraza a los que puedan sentir los abrazos y aun a los que no puedan, y ábrete al siempre joven rocío de la pureza y al fin de la violencia. Mientras vivas, brilla. No estás llamado a menos.

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[Música: J. S. Bach, Widerstehe doch der Sünde (BWV 54. I. Aria). Nunca una exhortación de rechazo a los demonios sonó tan alegre y vivaz. Nunca se inspiró el combate espiritual con tanta fuerza y gracia en tan altas proporciones. Le entran a uno ganas de batallar sonriendo contra todos los dragones y dedicar la propia existencia a la erradicación del sufrimiento de todos los seres. Las notas orquestales y vocales de esta bellísima aria han acompañado la escritura de la consolación presentada y tienen buena parte de culpa de lo que pueda haber de bueno en el tono adoptado. Por su parte, el texto es recio como una admonición homilética medieval: Widerstehe doch der Sünde, / Sonst ergreifet dich ihr Gift. / Laß dich nicht den Satan blenden; / Denn die Gottes Ehre schänden, / Trifft ein Fluch, der tödlich ist (“Resiste al pecado, / o su veneno te agarrará. / No dejes que Satán te ciegue, / pues deshonrar la gloria de Dios / trae mortal maldición.”). Como curiosidad, Yoshikazu Mera, el andrógino contratenor japonés que canta en la grabación y cuya voz considero la más sensitiva y perfecta de su tesitura, ha tenido que combatir desde niño contra su propio demonio, y es que nació con osteogénesis imperfecta, enfermedad también conocida popularmente como “huesos de cristal”, expresión coloquial bastante explícita, poética y terrible.]

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Without a comprehensive appreciation of bodhichitta, all Buddhist practice degenerates into spiritual materialism.

Dzongsar Khyentse Rinpoche, Not for Happiness, p. 112

Aquí presento las Ocho estrofas del adiestramiento mental (Tib. བློ་སྦྱོང་ཚིགས་རྐང་བརྒྱད་མ་, Wyl. blo sbyong tshigs rkang brgyad ma) de Geshe Langri Tangpa (1054–1123) en una versión versificada por un servidor. Se trata de un poema muy sintético y precioso que contiene lo esencial del Lo-jong, la importante literatura gnómica tibetana que prescribe las conductas virtuosas que cualquiera con aspiración a incrementar su boddhicitta puede ejercitar en cualquier encuentro con los demás seres. Para llevarlo en todo momento con uno mismo, la memorización es, claro está, altamente recomendable, si no imprescindible. El motivo de esta versificación es la rápida memorización para quienes carecemos de retentiva para los textos pero contamos con algo de musicalidad interna, que siempre ayuda a interiorizar aquello a que acompaña. El endecasílabo castellano dactílico acentual es el modo más sencillo que he encontrado para combinar facilidad y agrado a oídos del hispanohablante en la estructuración del poema. He procurado no ornamentar el lenguaje apenas por no envilecer la pureza del texto, pero tampoco he omitido del todo el cuidar la proporción y el buen gusto, que son también útiles para transmitir el significado del mensaje moral. Dado mi total desconocimiento de la lengua tibetana, me he basado en las traducciones inglesas y castellanas de Rigpa Translations (2012). Debo decir que sigo prefiriendo dichas traducciones frente a mi versión poética, puesto que conservan el mensaje intacto y en todo su poder original a pesar del vertido a lenguas occidentales, y aclaro una vez más, por si quedase la duda, que esta versión mía es un mero apoyo de la habitual. Deseo, en fin, que mi mano humilde y falta de fe no desmerezca la excelencia de tan insigne poema, dedicado a la iluminación de todos los seres, más valioso que todos los palacios de oro y que todos los estanques de lotos. Asimismo espero que ésta sea la primera versificación mnemotécnica de una serie que se prolongue en próximas fechas.

¡Que cunda la virtud!

Geshe Langri Tangpa (1054–1123)

1. Cual si valiesen los seres sintientes
más que la joya que todo concede,
por arribar a la máxima sede
siempre mi afecto prometo a las gentes.

2. Cuando con otros esté en compañía,
me pensaré del conjunto el más vano,
y acordaré desde mi ánimo llano
ver en aquéllos sin par primacía.

3. En mis acciones mi mente vigilo,
y en el surgir de pasiones funestas
a un lado haré y venceré a todas éstas,
riesgos que a todos nos ponen en vilo.

4. Cuando crueles yo encuentre a los seres
u oscurecidos por el sufrimiento,
ríndales yo por escasos mi aliento,
como si hundido entre alhajas me vieres.

5. Siempre que alguno envidioso me hiciera
daño arruinándome hundido entre escombros,
yo la derrota cargare en mis hombros
y a quien me hirió la victoria cediera.

6. Y hasta a quien yo despojase del ciemo
o de quien yo mucho hubiese esperado
mucho me hiera con saña afanado,
contemplarélo cual guía supremo.

7. Por sinuosas maneras o claras
toda mi ayuda a mis madres daré,
y en mi espaldar en secreto arriaré,
hechos ya míos, sus daños y taras.

8. Aprenderé a mantener este jugo
ya sin las ocho congojas mundanas.
¡Pierda yo afán de las cosas por vanas
y sin apego me libre del yugo!

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[El lama Tashi salmodia el mantra de Avalokiteśvara (Om Mani Padme Hum), el bodhisattva de la compasión, cuya principal encarnación es el propio Dalai Lama.]

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