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Archive for the ‘Pureza’ Category

Romanza VIII

Tout ce qui est impersonnel dans l’homme est sacré, et cela seul.

[“Todo lo que en un hombre es impersonal es sagrado, y solo eso.”]

S. Weil, Escritos de Londres (1942)

みる人の
旅をし思へ
かきつばた

[“Lirios, pensad
que se halla de viaje
el que os mira”.]

Sōgi (1421-1502), trad. de A. Cabezas

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Ya no saldré a cazar a Fortuna, numen huidizo, ni a su corte de intereses y ambiciones, asesinos de náufragos. Permito que mis miembros se aflojen en manos de los genios que patrocinan este día: derrámese el reposo por mi ánimo, y venza el clamor de las chicharras del verano a mis párpados atentos infundiéndoles sopor. Fesona me libera del ardor de los afanes, Sencia me da su bebedizo del buen juicio, Rúsor me relata el ciclo inevitable de las cosas, y otros muchos dioses tan antiguos como la mies me regalan por no reclamarles ya nada para mi porvenir, donde tampoco ellos habitan, sino para este preciso instante caldeado por el sol de la tarde y perfumado por los tilos florecientes.

La querencia de un mañana es un desprecio para con el acaecer de hoy. Esta jornada pródiga aún no ha terminado, y aún es posible en ella respirar aire limpio, contemplar el cielo de curvo manto, navegar por el suelo que pisamos, mirar a los ojos a los hermanos desconocidos, percibir deidades disimuladas bajo aspectos de sabios cabizbajos, ancianos perplejos de su propia calma, doncellas distraídas, niños encaprichados de esquivas libélulas… Aún es posible rendir un himno al genio que preside tu mirada, señalándote todo aquello que ahora percibes con tierno embeleso. Aún quedan horas para entender el peso de los átomos, el beso suicida de los insectos en el agua, la paciencia de los gatos, el oleaje de tu alma, la nube del azar. Y, con todo eso por hacer, ¿a qué suspirar por plenitudes sin nombre? Si puedes dar todo tu amor ahora al Todo que te circunda, ¿a qué prometerlo a largos eones con palabras de prosapia y altitonante regusto? Date ya al mundo que percute en tus sentidos como reclamando tu atención, apretando tu entraña, y ofrécete entero a él sin dejar de reconocer su fina levedad, ornamento del dios ignoto de blanco vacío.

Aún queda mucho tiempo, pero el mucho tiempo corre rápido, y antes de darse uno cuenta sonará la campana que dará paso libre al recomienzo.

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[Música: S. Rachmaninov, Romances Op. 38, No. 3 (“Margaritas“), arr. J. Heifetz]

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Je trouvois en moi un vide inexplicable que rien n’auroit pu remplir ; un certain élancement de cœur vers une autre sorte de jouissance dont je n’avois pas d’idée, & dont pourtant je sentois le besoin. Hé bien, Monsieur, cela même étoit jouissance, puisque j’en étois pénétré d’un sentiment très-vif & d’une tristesse attirante, que je n’aurois pas voulu ne pas avoir.

[Encontraba en mí un vacío inexplicable que nada hubiera podido llenar, un cierto abalanzamiento del corazón hacia otra suerte de goce del que yo no tenía idea y cuya necesidad sin embargo sentía. Pues bien, señor, esto mismo era goce, pues que estaba penetrado de un sentimiento muy vivo y de una tristeza que no habría querido no tener.]

J.-J. Rousseau, Carta a Malesherbes (26 de enero de 1762), trad. M. Armiño

Aquel que conoce una sola mota de polvo conoce el mundo entero, aquel que comprende plenamente una cosa comprende todas las miríadas de cosas que abarca el universo.

Dōgen, Shōbōgenzō, 9

Oportet ingenii aciem ad res minimas et maxime faciles totam convertere, atque in illis diutius immorari, donec assuescamus veritatem distincte et perspicue intueri.

[“Conviene dirigir toda la agudeza del espíritu a las cosas más insignificantes y fáciles, y detenerse en ellas largo tiempo hasta acostumbrarse a intuir distinta y claramente la verdad.”]

R. Descartes, Regulae ad directionem ingenii, 9

Le beau est ce qu’on ne peut pas vouloir changer.

[“Lo bello es lo que no cabe querer cambiar.”]

S. Weil, La gravedad y la gracia

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Todas nuestras coherencias rompen contra el acantilado de una búsqueda de porvenir. Pero ahora respiramos hondamente, dejamos que el viento se lleve a su paso el temblor de las cosas, aceptamos la muerte de nuestro perseguidor interior. Reconcentramos todas nuestras gloriosas aspiraciones en este instante nimio, en este acontecer liviano al que nadie da importancia: el Nirvana está escondido en alguna parte del tacto de la muselina, en el aroma de este té especiado, en la inanidad de la luz pálida que se inmiscuye en la estancia o en el tono muscular de una pierna. Reside en la mente suspendida o en la mente que se agita por anhelos en formación. Reside en la piel pulida de una cereza y en el cadáver que deja ésta en forma de hueso reseco. En cualquier relación persiste la soledad de cada alma, y es una soledad reposada si se la mira cara a cara en toda su desnudez, como lo es la soledad de los soles que meditan retirados en el cenobio de la galaxia.

Si no hay mañana ni hay ayer, tampoco hay un hoy. Todo se entreteje en el juego ilusorio de conceptos y visiones, y si sólo vemos determinados tiempos es por las orejeras que impiden expandir nuestra conciencia a los lados de la realidad toda, al igual que distinguimos unas pocas formas cuando nos adentramos en la oscuridad de la infancia de la noche. Conociendo las existencias reales que no percibimos, hacemos el esfuerzo de imaginarlas aquí, representadas en este puro ejemplo que tenemos ante nuestros ojos, sea lo que sea: piedra, algodón, verdura, árbol, piel, papel, sufrimiento, placer, excremento, noción, hormiga, sueño, beso… Allí encontramos de nuevo todos nuestros combates, pero están transfigurados: los actores se ejercitan ahora sabiéndose actores, desapasionados, entendiendo la inconsecuencia de cada uno de sus actos. Y las aflicciones, si no desaparecen, al menos se sonríen ante sí mismas, y danzan al son de las virtudes, las cuales tampoco se confían a sí mismas, sino que coreografían una ceremonia en la que ellas simplemente conducen la trama hacia su disolución, como el sol deseca las carnes putrefactas antes de ocultarse también él mismo.

Así hemos conocido que el mundo ha sido bello porque no nos hiere, e incluso nos habla como un hermano a otro hermano, pero que su belleza es inexistente en lo que creíamos su núcleo, puesto que percibimos en su estado presente todos sus estados, incluido el de su descomposición. Bailamos todos los seres del universo, ancianos irresolutos, y algunos de los más agudos se aperciben de ello, y por ello bailan mejor, recreando la música de los mundos, que no es otra que la vibración de los cuerpos intercalada por los silencios cadenciosos de los corazones.

Adriaen van Utrecht (1599-1652), Vanitas - Still Life with Bouquet and Skull

[Música: J. del Enzina, Todos los bienes del mundo]

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Poussin - the_triumph_of_flora-largee

Chloris eram, nymphe campi felicis, ubi audis
     rem fortunatis ante fuisse viris.
quae fuerit mihi forma, grave est narrare modestae;
     sed generum matri repperit illa deum.              
ver erat, errabam; Zephyrus conspexit, abibam;
     insequitur, fugio: fortior ille fuit.
et dederat fratri Boreas ius omne rapinae,
     ausus Erecthea praemia ferre domo.
vim tamen emendat dando mihi nomina nuptae,               
     inque meo non est ulla querella toro.
[vere fruor semper: semper nitidissimus annus,
     arbor habet frondes, pabula semper humus.]
est mihi fecundus dotalibus hortus in agris;
     aura fovet, liquidae fonte rigatur aquae:               
hunc meus implevit generoso flore maritus,
     atque ait “arbitrium tu, dea, floris habe.”
saepe ego digestos volui numerare colores,
     nec potui: numero copia maior erat.
roscida cum primum foliis excussa pruina est               
     et variae radiis intepuere comae,
conveniunt pictis incinctae vestibus Horae,
     inque leves calathos munera nostra legunt;
protinus accedunt Charites, nectuntque coronas
     sertaque caelestes implicitura comas.            
prima per immensas sparsi nova semina gentes:
     unius tellus ante coloris erat.

[“Cloris era, ninfa de las llanuras felices, donde sabes que antes afortunados hombres tenían su medio de vida; modesta como soy, se me hace duro exponer la belleza que tuve. Pero esa belleza le encontró a mi madre un dios por yerno. Era primavera; yo iba paseando; el Céfiro me descubrió, yo iba a alejarme. Me persiguió, yo huía; él era más fuerte. Y el Bóreas, que se había atrevido a llevarse un botín de la casa de Erecteo, había dado a su hermano pleno derecho para el pillaje. Sin embargo, enmendó su acto violento, dándome el nombre de esposa, y no tengo queja ninguna de mi matrimonio. Gozo de una primavera eterna: el año está siempre sonriente, los árboles tienen siempre hojas, la tierra siempre pastizales. Tengo en los campos que constituyen mi dote un jardín exuberante: el viento lo respeta, una fuente de agua cristalina lo riega. Mi marido cubrió este jardín de flores generosas y me dijo: “Tú, diosa, ostenta la soberanía de las flores”. Yo quise muchas veces contar la serie de colores y no pude; su cantidad sobrepasaba la cuenta. Tan pronto como la escarcha y el rocío se sacudieron de las hojas y el follaje variado se entibió con los rayos del sol, acudieron las Horas, embutidas en sus ropas variopintas, y recogieron mis regalos en ligeros canastillos. Al punto se aproximaron las Cárites y tejieron coronas y guirnaldas que sirviesen para ceñir las cabelleras de los celestiales. Fui la primera en desparramar a lo ancho de los pueblos las nuevas simientes. Antes la tierra tenía un solo color.”]

Ovidio, Fastos, 5.197-222 (trad. B. Segura Ramos)

[Música: C. Monteverdi, O Primavera, gioventù de l’anno (Il terzo libro de madrigali, 1592), sobre un poema de G.-B. Guarini (Il Pastor Fido, 3.1).]

Michel Corneille - Zephir et Flore - détail

Abránse las amapolas y los tomillos, ceda el rojizo suelo al imperio del verdor, entonen los coros pajariles sus sinfonías, nutran los últimos hielos el caudal de los sedientos arroyos. Mirad cómo resurgen dríades, náyades y faunos al paso real de Prosérpina, que llega de nuevo al mundo de la vida para contentar una vez más a su divina madre. La sigue de cerca el blanco Adonis. Pomona y Vertumno danzan al son de los céfiros, repartiendo simiente y cuidados entre los palacios vegetales, mientras el carro de Hiperión esparce, ya sin mezquindad, los tesoros áureos del alimento solar. Los amores sobrevuelan a los embarazados árboles frutales buscando emparejar insectos, ninfas, efebos. Los tallos, hinchados por la fecundidad de las libélulas, soportan el peso de dulces ciruelas, y, al tiempo que las muerden, las semidiosas de las fuentes se adornan con purpúreas cerezas los cabellos de mil colores. Los peristilos se apacientan del polen servido por camareros alados, el polen transmuta la sequedad del limonero en oro perfumado, todo lo perfuma la pujante Flora. No hay planta que no haya ofrecido sus mejores pétalos a las ninfas, que gustan de tejer guirnaldas vivas.

Más retozarían juguetonas las alimañas si tanto espectáculo no las distrajera a cada instante. Es grato sentir ahora la caricia de los encontradizos vientos, y el murmullo de las hojas es ahora muelle -distinto del quebrar quejoso de las hojas otoñales-, como invitando a recostar sobre ellas nuestras cabezas acaloradas. El aroma reforzado de los laureles nos trae el recuerdo de las antiguas glorias que los ceñían en las sienes, y las cantamos arrullados por el contrapunto de los mirlos. Se abren más los ojos almendrados, pues todo es más visible y pues también los almendros fructifican. Sobre los alféizares se apostan los geranios y las enamoradas. Suenan frescas tonadas: ofrendan a los alegres besos y a la alegría misma. La Belleza ha abrazado montes y valles. Disueltos los recuerdos de las tempestades, los navegantes recobran la confianza que los empuja a la mar; ya han ganado la aprobación benévola de las Híades, hacedoras de lluvia. Tampoco temáis vosotros, cazadores, el ciclo de los tiempos que hace exiguas a las presas, pues el cuerno de la abundancia llama al gozo. ¿No entrechocan ya los terneros sus primeros cuernos? ¡Pero deteneos!: cae ya la plácida noche, a la que balan las corderas entre amebeos de pastores.

Bajo la dirección de Anna Perenna, todo está a punto para celebrar la felicidad con su festín más transparente: la gloria del mes de marzo, que todo lo renueva, que olvida las antiguas ofensas y las penas lacerantes. Puesto que la demencia de los mortales no ha logrado todavía detener el impulso regenerador de bosques, nubes y velludas abejas, la naturaleza toda dice otro año más:

“¡Feliz primavera a todos los seres sintientes!”.

☙❧

Richard Westall - Flora unveiled by Zephyrs

 

[Música: J.-B. Lully, Ballet Royal De Flore. XIIIEme Entrée (Proserpine et ses Compagnes, Pluton enlevant Proserpine)]

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Unid los extremos y tendréis el verdadero centro.

F. Schlegel, Ideas, 74

Ningún hombre es visible.

Raimundo Lulio, Árbol ejemplifical, 6.3.10

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Me persigue por diversas fuentes la idea de que la humanidad entera mora en mí y yo en ella. Pero si una idea nos persigue es porque nos ama, es decir, porque nos ve como receptáculo adecuado en el que anidar. Nuestra atención constante sobre ella es su reclamo, el lenguaje de los abanicos que utilizamos sin saberlo para seducirla. Y así es como la humanidad llega a mí una y otra vez. Veo que no es el derrotero particular de los hombres lo que me hermana con ellos. Hay individuos con hábitos tan abyectos como infiernos les esperan en todos los planos de su devenir. Pero en ellos late la humanidad, una fuerza o una naturaleza que no sabría definir, porque no se limita a un prototipo biológico. Late tímidamente, como en un moribundo, y acaso el suyo, en comparación con reyes monásticos, no sea un ritmo mucho más lento que el de mi corazón. En algunos animales hay humanidad mitigada, ensordecida hasta lo penoso… al igual que en algunos bípedos que hablan jergas de dolor y que almacenan sus habilidades para artes de destrucción. Hay humanidad en los dioses griegos y budistas, que se muestran tan apasionados como sus adoradores, acaso porque no los sabrían entender ya de otro modo. La humanidad es la bisagra del desapasionamiento. Desde ningún otro estado espiritual se puede pasar a la trascendencia más directamente, desde la tempestad a la paz total. Ni los animales en su necedad sin fin, ni los dioses en su gozo invariable, pueden decidir entre las dos ramas de la ípsilon pitagórica. Situarse por encima de los ángeles no es el mero entusiasmo circunstancial de los humanistas, sino la posibilidad real de todo lo que tenga humanidad.

No es algo que haya hallado conceptualizándolo, aunque lo he oído de antiguos y de orientales: sobre todo es algo que percibo en mi interior. Y lo percibo en mi interior porque alguien -la humanidad en sí y la humanidad concreta en acción- lo ha puesto allí. Porque hay un caldo de virtud que fluye entre los instantes de mis días, un caldo irrigado con mi propio crecimiento natural y con la llegada de las cartas de amor que resultaron ser los discursos fundacionales, los piadosos ditirambos, las máximas de los sabios, los versos de los enamorados, las canciones de cuna de nuestras madres… A veces ese caldo toma forma de pasiones, pero cada vez logro mejor distinguirlo por debajo de esas aguas agitadas. El gusto por la limpieza se descubre en mi ser moral, del que no aprecio otra definición que no sea la de la porción de movimiento cósmico en la que se acuna mi provisional personalidad. Este movimiento es la sístole y la diástole entre las que aparezco en el mundo durante algunas décadas y me vuelvo a esfumar con mi hermana eternidad, confundido con el Todo, del que nunca me separo, del que comparto todo el alimento que me nutre y al que vuelco todos mis sentidos y anhelos en una transacción constante, difuminando lindes. Mi ser moral se alienta con percepciones y razonamientos, pero germinó de otra parte más profunda y simple. Hablo de la evidencia más trillada de cuantas se han dicho de nuestro linaje, y ésta es, precisamente, que se trata de un linaje. Una gran familia de una realeza inmemorial nos cobija a todos. No sólo como una filiación orgánica, sino como una familia auténtica, con sus vínculos vivos. Cada pensamiento y cada acto se debe a tantos pensamientos y tantos actos de otras personas que apenas podremos decir que son nuestros. Nuestra materia y nuestra forma nos las dieron progenitores, dependientes a su vez de innumerables redes nutricias, y nuestro contenido vino del mundo, moldeado por hombres igual de nostálgicos de la felicidad que los hijos de Adán. De todo aquello que intelectualizamos, de todas nuestras verbalizaciones, de todos y cada uno de nuestros lugares comunes y de nuestros recursos personales, deberíamos rendir gratitud incesante a todas las generaciones de hombres que han ido componiendo el cuadro de nuestro mundo. Ninguna idea es solamente de una persona. Ningún sentimiento es exclusivo. No hay nada que haya en mí que no resida de una u otra forma en cada otro ser humano. La humanidad es una colonia pluricelular, un liquen de la tierra y de los mares, una barrera de coral que se despliega entre los atolones del tiempo. Esta simbiosis es tan compleja que se proyecta entre vivos y muertos, y a veces entre bípedos y cuadrúpedos y árboles; así, la mención de un dios en una tablilla de barro micénica nos hace pensar en la misma idea de universo que habitó en un alma de hace más de tres milenios. Una sentencia de un antiquísimo filósofo de las antípodas llega a nuestro entendimiento con la misma nitidez que si la hubiésemos formulado nosotros mismos, y nos reconocemos su hijo, su hermano, su heredero en la cadena de transmigraciones. Y hasta el llanto de una osa que pierde a su cría o el breve estremecimiento de un castor ante un cometa nos competen, pues hemos aprendido esas cosas en la misma escuela que ellos, la escuela de los sentidos y las reacciones nerviosas.

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La doctrina de la transmigración no sólo no es aventurada, sino que se aparece como demasiado limitada para quien observa la evidencia de que todas las vidas traslucen a todas las demás. Si en gustos e idearios se revela este glorioso parentesco universal -más ancho que la historia de los pueblos-, en la mera existencia del ser moral se ofrece como axioma. Más que reencarnaciones, se me muestra la pluralidad de almas como una infinidad de transposiciones de lo mismo. En efecto, ¿qué no me dice el amor sobre mi vínculo con todas las cosas cuando me posee? ¿No es la mera afinidad intuitiva con una afección o con una mueca la revelación de un espejo cosmológico quebrado en dos fragmentos que se estudian mutuamente para recomponerse? El hombre es sociable no solamente por necesidades materiales, sino por un afán insustituible de autodescubrimiento y compleción. Los muertos hablan al interior de mi cráneo y me sorprenden con pálpitos, hábitos, coletillas y excentricidades que se reproducen una vez más en esto que llamo mi individualidad, a la que creía exclusiva, excepcional. Es cierto que, en cierto sentido, la combinación de los azares es única en su composición exacta tal y como se manifiesta de ordinario. Pero las potencias están en todos por igual: en cada hombre se cubre el rango de monstruos y de santos, de criaturas hambrientas y de sabios, de cobardes y de héroes. El devenir y el substrato físico simplemente actualizan algunas de esas potencias, las nutren con estímulos que van conduciendo al ser moral hacia unas u otras concreciones, sin que deje de ser infinito en su naturaleza pura. Si la mayoría de nuestras determinaciones roza lo grotesco, no me resignaré a no despertar de ese sueño. Habiendo conocido el rango de registros por los que puede determinarse mi ser moral solamente por ser estimulado por los agentes pertinentes, habiendo reconocido a mi más auténtico yo en las palabras de un poeta griego o en la melodía de una canción trovadoresca, puedo aprender a sentir cada vez más como ajena esta determinación actual, circunscrita a una mera costumbre, costumbre a la que ninguna otra autoridad que ella misma me somete. Así, reviso mi vida y descarno el fruto tierno que yace en lo más interior, ese fruto que es la humanidad en sí, con todo su arco de manantiales espirituales, y hago abrevar allí a la moral para que se nutra de su substancia pura. Meditando en esta abertura infinita es como me familiarizo con el movimiento cósmico que he llamado ser moral. Como tal movimiento, no es un hecho acotado, sino un acto en el que substancia y estado temporal se confunden, pues no son sino una frontera imaginaria impuesta por ella misma a la unidad subyacente del Todo, esa unidad que ya no es la humanidad, sino su matriz eterna, aceptadora de toda forma sin ceñirse a ninguna.

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[A. Scriabin, Sinfonía No. 1 Op. 26. III. Lento.]

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El camino silencioso

¿No podrían dejarme en paz alguna vez y comprender que mi determinación consiste en eso mismo, que no puedo consagrarme a la formación de la ciencia porque me propongo formarme a mí mismo? […] ¿Cómo tendría esperanzas de comunicar sin malentendidos lo que yo mismo no entiendo todavía? Esto no es reserva ni falta de amor, es sólo la sagrada veneración sin la cual el amor no es nada, es el cuidado exquisito de no profanar lo más elevado ni enmarañarlo innecesariamente.

F. D. E. Schleiermacher, Monólogo II

Es difícil enfrentarse al mundo cuando uno tiene que enfrentarse tanto a sí mismo. Es difícil explorar actividades y entornos cuando uno tiene en su interior tamaña jungla que precisa ser cartografiada. Hay tantas vísceras y bellezas en torno al espíritu de uno que se debe poner orden antes de que pase la oportunidad del festival de la conciencia. Ser arquitecto del propio ser moral debería eximirlo a uno de algunos menesteres más pueriles. La cuestión es que para ello siempre ha existido el monacato -la escultura profesionalizada del ser íntimo-, y en la medida en que uno no renuncie a las golosinas del siglo tampoco puede esperar librarse de sus asperezas. No justifico, por tanto, la exención del trabajo, sino, por el contrario, la de rendir a pleno rendimiento artístico todo lo que uno podría dar. Es preferible una actividad monótona y escasamente productiva a una actividad creativa portentosa si la primera deja más espacio a la mente para ajustarse a su principio rector. Mejor quemar horas como operario que componer un poema sinfónico si ello permite con más facilidad hacer de la propia alma un poema sinfónico. No hay que olvidar que Jesús fue hijo de un carpintero y que Jacob Böhme no se alimentó más que gracias a la confección de zapatos.

Templa tu lira interior antes de tañer como loco, sin conocimiento de las leyes supremas de la armonía, todas las que te encuentres fuera. No temas haber perdido el tiempo: la mayor pérdida de tiempo está en no perfeccionarse en lo más hondo, y una sola idea expresada desde esa hondura ya una vez purificada será más valiosa y pura que todas las obras de un genio prolífico. Porque no es la voz del mero genio -individual y caduca- sino la del Intelecto supremo la que ha de tener preeminencia; no el daimón personal, sino la Divinidad la que ha de hablar en nosotros con mayor dignidad. Si en todo momento realizas el esfuerzo de sostener incólume la atención sobre la idea clásica de virtud, ningún ritmo opresivo mecanizará tu alma. Que no hable tu costumbre, sino la ley moral. Géstate a ti mismo con la audacia y delicadeza de un maestro constructor de catedrales y brillarás como el rey de los artistas para quien lo sepa ver.

Fludd - microcosmos 2

[Música: Bach, Cantata BWV 185. I. Duetto (“Barmherziges Herze der ewigen Liebe”)]

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Son como sueño del que se despierta; y Tú, Señor, cuando despertares, despreciarás su apariencia.

Sal 73.20 (Vg 72)

Tú eres único, sin forma, y la evidencia de todo el universo. Compréndelo y sé feliz.

Aṣṭāvakra gītā, 1.5

L’attention absolument sans mélange est prière.
La atención absolutamente sin mezcla es oración.

Simone Weil, La Pesanteur et la Grâce (París, 1988, p. 192).

☙❧

TODA espiritualidad consiste a la postre en desprender cualidades a la Conciencia pura. Pecar no es otra cosa que agregarlas. La iniciación no debería ser sino apercibirse irreversiblemente de este principio y de tomar los votos de hacer de tal desprendimiento una prioridad.

☙❧

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[Música: Campanas de ritual (Eduardo Paniagua)]

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Novalis

Incluso el esplendor mismo y las comodidades de la vida de un príncipe de entonces apenas se pueden comparar con las que un hombre acomodado de nuestros días, sin ser excesivamente derrochador, puede ofrecer a su familia. Pero esto mismo hacía que el hombre pusiera más cariño y afecto a todos aquellos enseres de que se rodeaba para satisfacer las más diversas necesidades de su vida: les daba más importancia y los apreciaba más. Si el misterio de la Naturaleza y el nacimiento de las cosas en el seno de ella atraía ya el espíritu de aquellos hombres, llenos de presentimientos y adivinaciones, el extraño arte con que estos enseres habían sido trabajados, la romántica lejanía de que venían, lo sagrado de su antigüedad –porque, conservados cuidadosamente, pasaban de una a otra generación– aumentaban el amor de los hombres hacia estos mudos compañeros de su existencia. A menudo se les elevaba al rango de sagrados talismanes que guardaban una bendición y un destino especiales, y de cuya posesión dependía a veces la felicidad de reinos enteros y familias dispersas. Una dulce pobreza y una peculiar sencillez, mezcla de severidad e inocencia, adornaba aquellos tiempos; y aquellas pequeñas joyas, escasas pero repartidas con amor, brillaban, tanto más porque eran pocas, en aquella penumbra y llenaban de maravillosas esperanzas el espíritu pensativo de aquellos hombres. Si es cierto que sólo una sabia distribución de luces, colores y sombras es capaz de mostrarnos la escondida maravilla del mundo visible, y parece darnos una visión nueva y más alta de todo, no hay duda de que esta hábil distribución y esta sabia economía se encontraban por doquier en aquellos tiempos.

Sin embargo, hoy en día la superior comodidad de que gozamos nos ofrece la imagen uniforme y sin matices de un mundo habitual y cotidiano. En todas las transiciones, como si fueran una especie de reinos intermedios, se diría que hay una fuerza espiritual y superior que quiere salir a la luz; y del mismo modo como en el mundo en que vivimos los parajes más ricos en tesoros subterráneos y celestes se encuentran entre las grandes montañas, fragosas e inhóspitas, y las inmensas llanuras, asimismo entre los ásperos tiempos de la barbarie y las edades ricas en arte, en ciencia, y en bienestar se encuentra la época romántica, llena de sabiduría, una época que bajo un sencillo ropaje encubre una figura excelsa.

Novalis, Enrique de Ofterdingen, I.2

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[Música: Caccini, Amarilli mia bella]

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