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Archive for the ‘Pureza’ Category

Unid los extremos y tendréis el verdadero centro.

F. Schlegel, Ideas, 74

Ningún hombre es visible.

Raimundo Lulio, Árbol ejemplifical, 6.3.10

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Me persigue por diversas fuentes la idea de que la humanidad entera mora en mí y yo en ella. Pero si una idea nos persigue es porque nos ama, es decir, porque nos ve como receptáculo adecuado en el que anidar. Nuestra atención constante sobre ella es su reclamo, el lenguaje de los abanicos que utilizamos sin saberlo para seducirla. Y así es como la humanidad llega a mí una y otra vez. Veo que no es el derrotero particular de los hombres lo que me hermana con ellos. Hay individuos con hábitos tan abyectos como infiernos les esperan en todos los planos de su devenir. Pero en ellos late la humanidad, una fuerza o una naturaleza que no sabría definir, porque no se limita a un prototipo biológico. Late tímidamente, como en un moribundo, y acaso el suyo, en comparación con reyes monásticos, no sea un ritmo mucho más lento que el de mi corazón. En algunos animales hay humanidad mitigada, ensordecida hasta lo penoso… al igual que en algunos bípedos que hablan jergas de dolor y que almacenan sus habilidades para artes de destrucción. Hay humanidad en los dioses griegos y budistas, que se muestran tan apasionados como sus adoradores, acaso porque no los sabrían entender ya de otro modo. La humanidad es la bisagra del desapasionamiento. Desde ningún otro estado espiritual se puede pasar a la trascendencia más directamente, desde la tempestad a la paz total. Ni los animales en su necedad sin fin, ni los dioses en su gozo invariable, pueden decidir entre las dos ramas de la ípsilon pitagórica. Situarse por encima de los ángeles no es el mero entusiasmo circunstancial de los humanistas, sino la posibilidad real de todo lo que tenga humanidad.

No es algo que haya hallado conceptualizándolo, aunque lo he oído de antiguos y de orientales: sobre todo es algo que percibo en mi interior. Y lo percibo en mi interior porque alguien -la humanidad en sí y la humanidad concreta en acción- lo ha puesto allí. Porque hay un caldo de virtud que fluye entre los instantes de mis días, un caldo irrigado con mi propio crecimiento natural y con la llegada de las cartas de amor que resultaron ser los discursos fundacionales, los piadosos ditirambos, las máximas de los sabios, los versos de los enamorados, las canciones de cuna de nuestras madres… A veces ese caldo toma forma de pasiones, pero cada vez logro mejor distinguirlo por debajo de esas aguas agitadas. El gusto por la limpieza se descubre en mi ser moral, del que no aprecio otra definición que no sea la de la porción de movimiento cósmico en la que se acuna mi provisional personalidad. Este movimiento es la sístole y la diástole entre las que aparezco en el mundo durante algunas décadas y me vuelvo a esfumar con mi hermana eternidad, confundido con el Todo, del que nunca me separo, del que comparto todo el alimento que me nutre y al que vuelco todos mis sentidos y anhelos en una transacción constante, difuminando lindes. Mi ser moral se alienta con percepciones y razonamientos, pero germinó de otra parte más profunda y simple. Hablo de la evidencia más trillada de cuantas se han dicho de nuestro linaje, y ésta es, precisamente, que se trata de un linaje. Una gran familia de una realeza inmemorial nos cobija a todos. No sólo como una filiación orgánica, sino como una familia auténtica, con sus vínculos vivos. Cada pensamiento y cada acto se debe a tantos pensamientos y tantos actos de otras personas que apenas podremos decir que son nuestros. Nuestra materia y nuestra forma nos las dieron progenitores, dependientes a su vez de innumerables redes nutricias, y nuestro contenido vino del mundo, moldeado por hombres igual de nostálgicos de la felicidad que los hijos de Adán. De todo aquello que intelectualizamos, de todas nuestras verbalizaciones, de todos y cada uno de nuestros lugares comunes y de nuestros recursos personales, deberíamos rendir gratitud incesante a todas las generaciones de hombres que han ido componiendo el cuadro de nuestro mundo. Ninguna idea es solamente de una persona. Ningún sentimiento es exclusivo. No hay nada que haya en mí que no resida de una u otra forma en cada otro ser humano. La humanidad es una colonia pluricelular, un liquen de la tierra y de los mares, una barrera de coral que se despliega entre los atolones del tiempo. Esta simbiosis es tan compleja que se proyecta entre vivos y muertos, y a veces entre bípedos y cuadrúpedos y árboles; así, la mención de un dios en una tablilla de barro micénica nos hace pensar en la misma idea de universo que habitó en un alma de hace más de tres milenios. Una sentencia de un antiquísimo filósofo de las antípodas llega a nuestro entendimiento con la misma nitidez que si la hubiésemos formulado nosotros mismos, y nos reconocemos su hijo, su hermano, su heredero en la cadena de transmigraciones. Y hasta el llanto de una osa que pierde a su cría o el breve estremecimiento de un castor ante un cometa nos competen, pues hemos aprendido esas cosas en la misma escuela que ellos, la escuela de los sentidos y las reacciones nerviosas.

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La doctrina de la transmigración no sólo no es aventurada, sino que se aparece como demasiado limitada para quien observa la evidencia de que todas las vidas traslucen a todas las demás. Si en gustos e idearios se revela este glorioso parentesco universal -más ancho que la historia de los pueblos-, en la mera existencia del ser moral se ofrece como axioma. Más que reencarnaciones, se me muestra la pluralidad de almas como una infinidad de transposiciones de lo mismo. En efecto, ¿qué no me dice el amor sobre mi vínculo con todas las cosas cuando me posee? ¿No es la mera afinidad intuitiva con una afección o con una mueca la revelación de un espejo cosmológico quebrado en dos fragmentos que se estudian mutuamente para recomponerse? El hombre es sociable no solamente por necesidades materiales, sino por un afán insustituible de autodescubrimiento y compleción. Los muertos hablan al interior de mi cráneo y me sorprenden con pálpitos, hábitos, coletillas y excentricidades que se reproducen una vez más en esto que llamo mi individualidad, a la que creía exclusiva, excepcional. Es cierto que, en cierto sentido, la combinación de los azares es única en su composición exacta tal y como se manifiesta de ordinario. Pero las potencias están en todos por igual: en cada hombre se cubre el rango de monstruos y de santos, de criaturas hambrientas y de sabios, de cobardes y de héroes. El devenir y el substrato físico simplemente actualizan algunas de esas potencias, las nutren con estímulos que van conduciendo al ser moral hacia unas u otras concreciones, sin que deje de ser infinito en su naturaleza pura. Si la mayoría de nuestras determinaciones roza lo grotesco, no me resignaré a no despertar de ese sueño. Habiendo conocido el rango de registros por los que puede determinarse mi ser moral solamente por ser estimulado por los agentes pertinentes, habiendo reconocido a mi más auténtico yo en las palabras de un poeta griego o en la melodía de una canción trovadoresca, puedo aprender a sentir cada vez más como ajena esta determinación actual, circunscrita a una mera costumbre, costumbre a la que ninguna otra autoridad que ella misma me somete. Así, reviso mi vida y descarno el fruto tierno que yace en lo más interior, ese fruto que es la humanidad en sí, con todo su arco de manantiales espirituales, y hago abrevar allí a la moral para que se nutra de su substancia pura. Meditando en esta abertura infinita es como me familiarizo con el movimiento cósmico que he llamado ser moral. Como tal movimiento, no es un hecho acotado, sino un acto en el que substancia y estado temporal se confunden, pues no son sino una frontera imaginaria impuesta por ella misma a la unidad subyacente del Todo, esa unidad que ya no es la humanidad, sino su matriz eterna, aceptadora de toda forma sin ceñirse a ninguna.

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[A. Scriabin, Sinfonía No. 1 Op. 26. III. Lento.]

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El camino silencioso

¿No podrían dejarme en paz alguna vez y comprender que mi determinación consiste en eso mismo, que no puedo consagrarme a la formación de la ciencia porque me propongo formarme a mí mismo? […] ¿Cómo tendría esperanzas de comunicar sin malentendidos lo que yo mismo no entiendo todavía? Esto no es reserva ni falta de amor, es sólo la sagrada veneración sin la cual el amor no es nada, es el cuidado exquisito de no profanar lo más elevado ni enmarañarlo innecesariamente.

F. D. E. Schleiermacher, Monólogo II

Es difícil enfrentarse al mundo cuando uno tiene que enfrentarse tanto a sí mismo. Es difícil explorar actividades y entornos cuando uno tiene en su interior tamaña jungla que precisa ser cartografiada. Hay tantas vísceras y bellezas en torno al espíritu de uno que se debe poner orden antes de que pase la oportunidad del festival de la conciencia. Ser arquitecto del propio ser moral debería eximirlo a uno de algunos menesteres más pueriles. La cuestión es que para ello siempre ha existido el monacato -la escultura profesionalizada del ser íntimo-, y en la medida en que uno no renuncie a las golosinas del siglo tampoco puede esperar librarse de sus asperezas. No justifico, por tanto, la exención del trabajo, sino, por el contrario, la de rendir a pleno rendimiento artístico todo lo que uno podría dar. Es preferible una actividad monótona y escasamente productiva a una actividad creativa portentosa si la primera deja más espacio a la mente para ajustarse a su principio rector. Mejor quemar horas como operario que componer un poema sinfónico si ello permite con más facilidad hacer de la propia alma un poema sinfónico. No hay que olvidar que Jesús fue hijo de un carpintero y que Jacob Böhme no se alimentó más que gracias a la confección de zapatos.

Templa tu lira interior antes de tañer como loco, sin conocimiento de las leyes supremas de la armonía, todas las que te encuentres fuera. No temas haber perdido el tiempo: la mayor pérdida de tiempo está en no perfeccionarse en lo más hondo, y una sola idea expresada desde esa hondura ya una vez purificada será más valiosa y pura que todas las obras de un genio prolífico. Porque no es la voz del mero genio -individual y caduca- sino la del Intelecto supremo la que ha de tener preeminencia; no el daimón personal, sino la Divinidad la que ha de hablar en nosotros con mayor dignidad. Si en todo momento realizas el esfuerzo de sostener incólume la atención sobre la idea clásica de virtud, ningún ritmo opresivo mecanizará tu alma. Que no hable tu costumbre, sino la ley moral. Géstate a ti mismo con la audacia y delicadeza de un maestro constructor de catedrales y brillarás como el rey de los artistas para quien lo sepa ver.

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[Música: Bach, Cantata BWV 185. I. Duetto (“Barmherziges Herze der ewigen Liebe”)]

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Son como sueño del que se despierta; y Tú, Señor, cuando despertares, despreciarás su apariencia.

Sal 73.20 (Vg 72)

Tú eres único, sin forma, y la evidencia de todo el universo. Compréndelo y sé feliz.

Aṣṭāvakra gītā, 1.5

L’attention absolument sans mélange est prière.
La atención absolutamente sin mezcla es oración.

Simone Weil, La Pesanteur et la Grâce (París, 1988, p. 192).

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TODA espiritualidad consiste a la postre en desprender cualidades a la Conciencia pura. Pecar no es otra cosa que agregarlas. La iniciación no debería ser sino apercibirse irreversiblemente de este principio y de tomar los votos de hacer de tal desprendimiento una prioridad.

☙❧

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[Música: Campanas de ritual (Eduardo Paniagua)]

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Novalis

Incluso el esplendor mismo y las comodidades de la vida de un príncipe de entonces apenas se pueden comparar con las que un hombre acomodado de nuestros días, sin ser excesivamente derrochador, puede ofrecer a su familia. Pero esto mismo hacía que el hombre pusiera más cariño y afecto a todos aquellos enseres de que se rodeaba para satisfacer las más diversas necesidades de su vida: les daba más importancia y los apreciaba más. Si el misterio de la Naturaleza y el nacimiento de las cosas en el seno de ella atraía ya el espíritu de aquellos hombres, llenos de presentimientos y adivinaciones, el extraño arte con que estos enseres habían sido trabajados, la romántica lejanía de que venían, lo sagrado de su antigüedad –porque, conservados cuidadosamente, pasaban de una a otra generación– aumentaban el amor de los hombres hacia estos mudos compañeros de su existencia. A menudo se les elevaba al rango de sagrados talismanes que guardaban una bendición y un destino especiales, y de cuya posesión dependía a veces la felicidad de reinos enteros y familias dispersas. Una dulce pobreza y una peculiar sencillez, mezcla de severidad e inocencia, adornaba aquellos tiempos; y aquellas pequeñas joyas, escasas pero repartidas con amor, brillaban, tanto más porque eran pocas, en aquella penumbra y llenaban de maravillosas esperanzas el espíritu pensativo de aquellos hombres. Si es cierto que sólo una sabia distribución de luces, colores y sombras es capaz de mostrarnos la escondida maravilla del mundo visible, y parece darnos una visión nueva y más alta de todo, no hay duda de que esta hábil distribución y esta sabia economía se encontraban por doquier en aquellos tiempos.

Sin embargo, hoy en día la superior comodidad de que gozamos nos ofrece la imagen uniforme y sin matices de un mundo habitual y cotidiano. En todas las transiciones, como si fueran una especie de reinos intermedios, se diría que hay una fuerza espiritual y superior que quiere salir a la luz; y del mismo modo como en el mundo en que vivimos los parajes más ricos en tesoros subterráneos y celestes se encuentran entre las grandes montañas, fragosas e inhóspitas, y las inmensas llanuras, asimismo entre los ásperos tiempos de la barbarie y las edades ricas en arte, en ciencia, y en bienestar se encuentra la época romántica, llena de sabiduría, una época que bajo un sencillo ropaje encubre una figura excelsa.

Novalis, Enrique de Ofterdingen, I.2

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[Música: Caccini, Amarilli mia bella]

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Operar la libertad

Aquellos que contengan la mente, que va lejos, que anda sola, incorpórea, que yace en una cueva, se liberarán del vínculo de Māra.

Dhammapada, 3.37

Has identificado el ancla de todas tus tormentas: sólo queda acometer el enfrentamiento. No es inteligente enfrentar las múltiples y constantes embajadas del único problema verdadero, madre del sufrimiento polimorfo que se extiende como un océano. Erradica la causa, que reside en ti, y tus ajetreos cesarán de inmediato, igual que los soldados quedan desorientados y paralizados cuando dan con el cuerpo decapitado de su general.

Y esa decapitación no consiste más que en limpiar y pulir. Pues no tienes que construir nada nuevo: basta con dejar resplandecer el fondo del ser universal que se oculta entre matojos, bajo la insidiosa piel de tu personalidad. Esos agregados de humores que te recubren no definen más que una superficie. Pues tú ciertamente  eres tan sólo lo que de más hermoso hay en ti.

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[Música: Albinoni, Concierto para oboe Op. 7 No. 2. II. Adagio]

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Todo lo bello pertenece a la misma época.

O. Wilde, Pluma, lápiz y veneno

 Antes todavía no existía la estirpe de los inmortales, hasta que Eros unió todas las cosas.

Fragmentos órficos, Fr. 64 (1 K.)

Aquello que amas lo amas porque estás transformándote en ello. Aquello que odias lo odias porque todavía eres tú. Flecos o tránsito, tanto da; a decir verdad, el amor y el odio solamente descubren una identidad profunda de todos los seres, identidad que nos fascina o nos aterra según el caso. Toda emoción es agnición. Y es que hubo una vez en que el Sí no se había escindido en egos, y es que cada linaje se deriva del más alto.

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[Música: La Carpinese (tarantella s. XVII), en versión de L’Arpeggiata]

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Yo no percibiré si la fortuna viene o se aleja. Yo veré todas las tierras como si fueran mías, las mías como si fueran de todos. Yo viviré igual que si supiera que he nacido para los demás y diera las gracias a la naturaleza por esa razón; en efecto, ¿de qué mejor manera hubiera podido proteger mis intereses? Me he entregado, ser aislado, a todos, todos a mí solo. Todo lo que tengo ni lo protegeré con tacañería, ni lo derrocharé con exceso; creeré que no poseo más que lo que se me ha entregado con justicia. No voy a calibrar los favores, ni por el peso, ni por valoración alguna que no sea la de quien lo recibe; nunca será para mí excesivo lo que recibe un hombre digno. No haré nada en función de la opinión, lo haré todo en función de mi conciencia. Creeré que todo lo que hago con mi sola complicidad, se hace a la vista de todo el mundo. El límite de la comida y de la bebida será el aplacar las necesidades naturales, no llenar la tripa e hincharse. Seré agradable para los amigos, delicado y amable con los enemigos. Me dejaré convencer antes de que se me haga un ruego, y me adelantaré a las peticiones razonables. Sabré que mi patria es el mundo, y que los dioses son sus tutores; que éstos están por encima de mí y en torno a mí tomando nota de acciones y palabras. Y cuando la naturaleza venga en busca de mi espíritu, o la razón lo deje marchar, saldré a atestiguar que he amado la buena conciencia, los buenos estudios, que por mí no ha quedado disminuida la libertad de nadie, mucho menos la mía.

Séneca, De vita beata 20.3-5

A 3715

[Música: Massenet, Méditation (Thaïs)]

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