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Archive for the ‘Sedevacantismo’ Category

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Escudo de armas del Vaticano en sede vacante.

Et, postquam uenerint ante sedem regis Jerosolime, Ypocrisis insusurret Ypocritis annuntians eis adaentum Antichristi. Qui statim occumint sibi cantantes:
Sacra religio iam diu titubauit.
matrem ecclesiam uanitas occupauit.
Vt quid perditio per uiros faleratos?
deus non diligit seculares prelatos.
Ascende oulmina regię potestatis.
per te reliquie mutentur uetustatis.
Tunc Anticliristas:
Quomodo fiet hoc? ego sum uir ignotus.
Tunc ipsi:
nostro consilio mundus fauebit totus.
Nos occupauimus fauorem laicorum.
nunc per te oorruat dootrina clericorum.
Nostris auxiliis hunc tronum occupabis: […]
Tunc Antichristus neniens ante sedem regis Jerosolime cantat ad Ypocritas:
[…] Ascendam igitur et regna subiugabo,
deponam uetera, noua iura dictabo.

[Después de que hayan llegado ante la sede del rey de Jerusalén, Hipocresía susurrará a los Hipócritas que el Anticristo ha venido. Ellos al instante se aproximarán a él, cantando: “La sagrada religión ya estaba en entredicho desde hacía tiempo. La vanidad se ha apoderado de la Madre Iglesia. ¿A qué viene este despilfarro en varones tan ricamente adornados? Dios no ama a los prelados seculares. ¡Alcanza la cima de la potestad regia! Gracias a ti cambiarán los recuerdos del pasado”. Entonces el Anticristo: “¿Cómo se podrá hacer esto? Soy varón desconocido” Entonces ellos: “Por medio de nuestros consejos todo el mundo te aceptará. Nos hemos ganado el favor de los laicos. Ahora gracias a ti la doctrina de los clérigos se vendrá abajo. Con nuestra ayuda ocuparás el trono […]”. Entonces el Anticristo se situará ante la sede del rey de Jerusalén y, dirigiéndose a los Hipócritas, cantará: […] “Así pues, subiré y someteré los reinos. Derogaré las leyes anteriores y promulgaré otras nuevas”.]

Ludus de Antichristo (s. XII) 28-32 (trad. de E. Castro Caridad en Dramas escolares latinos: siglos XII-XIII, ed. Akal).

Ecclesiam, Agni immaculati sponsam, vaferrimi hostes repleverunt amaritudinibus, inebriarunt absinthio; ad omnia desiderabilia eius impias miserunt manus. Ubi sedes beatissimi Petri et Cathedra veritatis ad lucem gentium constituta est, ibi thronum posuerunt abominationis et impietatis suae; ut percusso Pastore, et gregem disperdere valeant.

[Enemigos llenos de astucia han colmado de oprobios y amarguras a la Iglesia, esposa del Cordero inmaculado, y sobre sus bienes más sagrados han puesto sus manos criminales. Aun en este lugar sagrado, donde fue establecida la Sede de Pedro y la cátedra de la Verdad que debe iluminar al mundo, han elevado el abominable trono de su impiedad con el designio inicuo de herir al Pastor y dispersar al rebaño.]

León XIII, Oratio ad Sanctum Michael, 1890

Omnis enim libertas legitima putanda, quatenus rerum honestarum maiorem facultatem afferat, praeterea nunquam.

[Una libertad no debe ser considerada legítima más que cuando supone un aumento en la facilidad para vivir según la virtud. Fuera de este caso, nunca.]

León XIII, Libertas praestantissimum (1888)

[Dicit enim Ambrosius quod omne verum, a quocumque dicatur, a spiritu sancto est.]

Pues dice Ambrosio que toda verdad, dígala quien la diga, proviene del Espíritu Santo.

Sto. Tomás de Aquino, ST 2.2.172.5

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No han faltado en mi haber las jeremiadas por las transformaciones de la Iglesia católica en el último siglo, e incluso me declaré abiertamente sedevacantista (después me habría debido considerar sedeimpeditista al sospechar que la silla de Pedro pueda haber estado formalmente ocupada por el cardenal Giuseppe Siri). Tales opiniones son las que me han alejado de la fe en la que fui despreocupadamente bautizado y me han confirmado de forma consciente en lo que ya venía siendo una apostasía de facto. 

Sin embargo, son doctrinas orientales las que me han hecho rebajar el tono. Los ciclos cósmicos que reconocen las filosofías surgidas de la India, tan abiertas a tomar perspectivas más distantes de las peripecias históricas humanas, explican también el devenir de la Cristiandad, y la aprecian en su auge y en su decadencia. No es de recibo alabar al joven vigoroso y vilipendiarlo cuando, ya anciano, va perdiendo la lucidez y cuando se las arregla para caminar cojeando, agarrándose allí donde pueda. Aunque sigo pensando que, cuanta más novedad pide la humanidad malcriada en lo moderno, menos se la debería conceder en aras de contrapesar la tendencia a la molicie excesiva; aunque encuentro una contradicción entre el Magisterio eclesiástico que se conserva desde la época del imperio romano y todo el que se prodiga desde la revolución posconciliar; aunque entiendo bastante poco de las reformas de las últimas cinco décadas, empezando por el Novus ordo missae; aun con todo eso, me cuestiono si es que no hubiese alternativa. Los siglos han sido lo que han sido y han hecho mella hasta en las almas más aptas para la santidad. Ante los nuevos analfabetos del espíritu y de la disciplina, quizá no quepa más que rudimentos simplificados y lemas fácilmente memorizables por quienes ya carecen de memoria y de veneración por la fidelidad de sus ancestros. Reconozco también que almas diez mil veces más piadosas y beatas que la mía han abrazado el mensaje modernista, aunque por otro lado no se deba descuidar la posible piedad mayúscula que también hierva aún en las catacumbas tradicionalistas. ¿Acaso no fue una simplificación el amidismo, el budismo devocional de la Tierra Pura? La cronología budista comprende el estadio actual de sila-kala, la era de la virtud, centrada en la moral por encima de la práctica estricta, y aún anuncia el final Jina-matradharana, el periodo en el que, perdidos conocimiento y praxis, sólo se conservan de la religión sus símbolos vacíos. Incluso el profeta de los musulmanes advirtió de la condescendencia para quienes han dado con épocas de confusión y relajación: “Al comienzo del Islam, quien omita una décima parte de la Ley se condenará; al final, quien observe una décima parte de la Ley se salvará”.

No me atrevo ya a asegurar que los portadores del solideo blanco desde Juan XXIII (o, según algunos, desde muchos siglos antes) hayan sido antipapas. Ciertamente, el aparato legal canónico, herencia del ordenado derecho romano y no susceptible de abrogación según sus propios presupuestos, permite interpretar la existencia de una herejía modernista, sí (Unam sanctam, Mirari vos, Quanta cura, Pascendi, Lamentabili sine exitu, Immortali Dei, Qui pluribus, Singulari quadam, Aeterni Patris...), y es consenso de todos que un vicario de Cristo no puede ser hereje (solemnemente proclamado por la bula Cum ex apostolatus officio de Paulo IV), al menos cuando se pronuncia infaliblemente ex cathedra, so pena de perder ipso facto su condición de vicario de Cristo, dado que es imposible establecer como dogma de la Iglesia una proposición que contradiga a otro dogma aceptado; pero, por otra parte, las religiones mutan como mutan los cuerpos, y, por muy indeseable que sea la mutación de la doctrina que nos advierte de dichas mutaciones, es tan inevitable como anunciado está en la naturaleza de todas las cosas. Una tradición ha declinado a todos los niveles (místico, doctrinal, litúrgico, escolástico y artístico) a lo largo del siglo XX, y es la tradición cristiana latina. ¿Qué hacer ante dos afirmaciones contradictorias, máxime si la primera advierte de que no podrá ser alterada por la segunda y máxime cuando la segunda se legitima a sí misma por ser heredera tradicional de la otra? Toda solución será paradójica, como paradójico es todo lo sagrado. Parece que, rota en la latinidad la dicotomía entre exoterismo y esoterismo, se dice ya todo en el mismo tono, lo cual es ciertamente difícil y peligroso. Pero, al igual que la física de Einstein no invalida la de Newton sino que la abraza y trasciende, algo parecido podría quizá decirse del catolicismo modernista respecto del tradicional, sin que muchos entendamos muy bien cómo ha de articularse tal cosa para evitar entre los fieles -almas necesitadas de directrices nítidas e impresionantes- la proliferación de todos los errores.

No es que las aparentes contradicciones no hayan florecido entre los documentos magisteriales. Por ejemplo, el conciliarismo del Concilio de Constanza fue condenado por el IV Lateranense o por la constitución Pastor aeternus, y el Sínodo de Pistoya fue condenado por la bula Auctorem fidei de Pío VI. Pero ante casos de ese tipo, o bien la nueva declaración declara nula e inválida a la anterior (entendiéndola como no inspirada por el Espíritu Santo), o bien se acomodan entre sí mediante sutiles interpretaciones. El llamado Concilio Vaticano II, por su parte, parece no tener precedentes en el número de tradiciones que cuestiona, dejando a un lado sus defectos formales de promulgación y demás. Aun pretendiéndose ante todo un concilio pastoral y no dogmático, ha suscitado una transformación de las creencias mayoritarias de los fieles como ningún otro evento en la historia.

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La verdadera doctrina católica es amorosa y perdonadora, pero también, en otro plano, dura y excluyente, pues extra Ecclesia nulla salus. Nunca se ha rechazado el margen para la salvación por la Gracia y, lo que es más importante, siempre se ha animado al amor incondicional por los no creyentes: Absit vero, ut catholicae Ecclesiae filii ullo unquam modo inimici sint iis, qui eisdem fidei caritatisque vinculis, nobisenm minime sunt coniuncti, quin immo illos sive pauperes, sive aegrotantes, sive aliis quibusque aerumnis afllictos omnibus ebristianae caritatis ofliciis prosequi, adiuvare semper studeant… [“Lejos, sin embargo, de los hijos de la Iglesia católica ser jamás en modo alguno enemigos de los que no nos están unidos por los vínculos de la misma fe y caridad; al contrario, si aquellos son pobres o están enfermos o afligidos por cualesquiera otras miserias, esfuércense más bien en cumplir con ellos todos los deberes de la caridad cristiana y en ayudarlos siempre…”] (Pío IX, Quanta conficiamur, 1863). En general, todas las tradiciones ponen el énfasis en que es su tradición el mejor camino, si no el único, para culminar el sendero espiritual. Quizá lo enfatice todavía más el catolicismo. Y es que fue una religión surgida en el desierto para pueblos de corazón duro.

Quizá simplemente sean pocos los que se salven (Mt 7:13-14; Nt 22:14; Lc 13:22-27; Rm 9:27), y muchos estén condenados a la confusión, mientras que otros estamos muchos hoy llamados al exilio espiritual: demos gracias de que el mundo actual nos ofrece, como contraparte, la posibilidad de conocer y practicar casi todas las tradiciones que persisten. Aunque una religión ha de violentar el ego y las concepciones asentadas y acomodadas de cada uno, y por ello no basta como motivo el sentirse un poco encorsetado para abandonar la vía, no deja de ser cierto que, cuando se siente una violencia psíquica inaceptable, un choque doctrinal o ritual que chirría una y otra vez en nuestra cabeza o en nuestro corazón por mucho que amemos y veneremos las Escrituras y los ejemplos de los grandes santos, es claro que no estamos destinados a esa comunidad de fieles. No hemos de perder ningún vínculo con la comunidad humana, pero eso no nos obliga a permitir al credo que comparten nuestros hermanos moler nuestras expectativas a fuerza de un deseo pueril de encajar entre los vecinos. Es por ello que, muchos de los que fuimos bautizados como católicos romanos, no hemos logrado mantener una práctica modernizada en la que no vislumbramos ya el Misterio. Entre esta imposibilidad y la de hallar sin asomo de duda un linaje sacerdotal formalmente válido que pueda consagrar y administrar los sacramentos bajo los auspicios de la tradición bimilenaria (¿quizá en la Petite Église?), no queda otra opción sincera y ávida de plenitud que salir a explorar la presencia del Espíritu Santo en otros enclaves.

Hay que decir que la apertura sorprendente a lo que no es la propia religión no se ha dado únicamente en la Iglesia. También el actual Dalai Lama ha tenido sus más y sus menos con su comunidad Gelug. Algunos fieles al protector Dorje Shugden han producido un auténtico cisma que ya no conoce a Su Santidad como al líder de la escuela, inclinándose más bien hacia el Ganden Tripa (líder oficial de la escuela pero que, por su parte, está en comunión con el Dalai Lama). El Dalai Lama parece ser, en algunos aspectos, un entusiasta del modernismo, aunque, como sucede con los líderes espirituales orientales, parece tener dos voces: una para el desarraigado Occidente y otra para su propia comunidad tradicional. Lo que tienen a favor todas las religiones en cuanto a su capacidad para conciliar lo antiguo y lo moderno, salvo la católica, es la carencia de un corpus legislativo dogmático, exhaustivo y perfectamente archivado, que cierra multitud de posibilidades y hace saltar las alarmas del rigor en cuanto una contradicción lógica puesta en negro sobre blanco es pronunciada ex cathedra o en nombre del Espíritu Santo durante un concilio. Los católicos modernistas han querido hacer flexible una religión que ha ido estrechando sus márgenes a lo largo de dos milenios mediante bulas pontificias, encíclicas, actas conciliares y constitutiones apostolicae. Por ende, la Iglesia, para seguirle el paso al mundo, tiene que aprender a perder los sellos que llevaba en su esencia: la racionalidad legal y la fidelidad a su propia tradición documental. Pero con ello se olvidan las palabras del Maestro: “El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama “ (Mt 12:30); y “nadie puede servir a dos señores” (Mt 6:24). No es agradable tener que elegir, ni es agradable tener que disciplinar las propias inclinaciones de uno, habitualmente inclinaciones hacia el siglo. Pero de eso trata en buena medida la religión: en desafiar lo fácil para obtener lo puro.

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Sea como fuere, hay una institución a la que mil millones de personas dicen creer en todo o casi todo. Si fuera cierto que la Iglesia católica no existe ya a plena luz del día y pervive, en cambio, oculta en unas pocas parroquias leales al misal tridentino, al menos podemos suponer que en cualquier caso existe en su lugar algo todavía beneficioso, aunque sólo fuera por la mención constante de conceptos como la caridad o la paciencia. Y, por muy poco beneficioso que fuera, por más que fuera el cumplimiento del Tercer Secreto de Fátima o el anuncio del fin de los tiempos, aun con todo, visto lo visto, seguiría mereciendo protección frente a la ola de zafiedad indisimulada, inmoralidad libre y grotesca que invade nuestro mundo completamente profano y materialista hasta lo inimaginable. Ante el diluvio de las costumbres, una herejía ya ni siquiera parece el peor de los problemas. No afirmo, pues, que no haya habido un desfile de herejías que invaliden la pretendida sucesión apostólica de los últimos papados; más bien intuyo que, aun cayendo en lo que para el Magisterio infalible era visto como herejía, todavía es seguramente posible permanecer en una misteriosa comunión con la Santa Iglesia invisible, aunque ciertas proposiciones magisteriales den a entender lo contrario. Pero no hemos de limitarnos a tolerar un mal menor: los seres mediocres no somos quienes para conceder permiso de existencia a todo un imperio de almas volcadas en prácticas que ya nos son ajenas, si es que alguna vez no lo fueron. Habida cuenta de la confusión doctrinal, de la que muchos teólogos y la mayoría de los fieles no puede discernir ni una pequeña parte (dos milenios de legajos, cánones y decretos en latín dan para una investigación inabarcable), la única opción plenamente legítima radicaría en dar mucho amor y repetir sin cesar el nombre de Jesús, como acostumbran a hacer los cristianos orientales. Y solamente podemos y debemos hacer una cosa quienes ya no comulgamos con la asamblea de la Iglesia: desear que clero y feligreses acierten en su rumbo indiferentista y rezar para que todo salga finalmente como las profecías prometieron (aunque algunas, como la de 2 Ts 2.3-4, anuncien el paso del Anticristo por la Santa Sede) para regocijo de los cristianos. Deseemos desde fuera del templo que el argentino Francisco, reconocido por muchos como obispo de Roma, sea digno de la Apostólica Sede y un auténtico iluminado, un reformador certero y necesario que al menos ha sabido reconocer la preocupante relación del hombre moderno con la naturaleza (encíclica Laudato si), un hombre santo y sabio y no un populista superficial y desnortado, a pesar de lo que de él dicen los sedevacantistas (impresiona, desde luego, el volumen de casi dos mil páginas en el que se cotejan todas las declaraciones dogmáticamente cuestionables de Francisco a la luz del Magisterio bimilenario). Y lo mismo con quienes lo precedieron y con quienes lo sucederán. Doctores tiene la Iglesia para hablar más allá. Y más allá, a la postre, todo queda en manos de Dios.

Probablemente los católicos tradicionalistas, en su tono apocalíptico y anatematizador, dirían que mi postura, más que heterodoxa, es apóstata, puesto que no me reconozco católico. Los budistas, más pragmáticos, probablemente me preguntarían por qué me dedico a dirimir cuestiones de una religión que ya no es la mía en vez de dedicar ese tiempo a mi propia práctica espiritual. Los posconciliaristas, aunque quizá molestos por mis reservas a sus innovaciones, acaso fueran los que, en su habitual espíritu de concordia cosmética, mejor recibirían mis palabras. Pero, como ya he dejado caer, pienso que, precisamente, quizá lo más útil de las religiones en el término inmediato sea el espoleo del alma mediante la desaprobación de nuestras actitudes, nunca lo suficientemente buenas, nunca lo suficientemente justas y nobles. Aunque la Verdad requiera firmes defensas aproximadas y aun el sacrificio de la propia vida, es igualmente cierto que, cerca ya de sus más elevadas manifestaciones, en el silencio expresaremos nuestra más elocuente atención al Misterio; y con nuestros actos, nuestros amores y la conciencia inefable de lo infinito hablaremos con más autoridad que barajando cánones y excomuniones.

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[La primera de las músicas es Congaudeant catholici (“Regocíjense los católicos”) (Codex Calixtinus [f. 214 -185-], Magister Albertus Parisiensis) del s. XII, la primera composición polifónica a tres voces conservada en Occidente. Conmemora la festividad de Santiago y su texto es el siguiente: Congaudeant catholici, / letentur cives celici, / die ista. / Clerus pulcris carminibus / studeat atque cantibus, / die ista. / Hec est dies laudabilis, / divina luce nobilis, / die ista. / Qua Iacobus palacia / ascendit ad celestia, / die ista. / Vincens Herodis gladium / accepit vite bravium, / die ista. / Ergo carenti termino / Benedicamus Domino, / die ista. / Magno patri familias / solvamus laudis gracias, / die ista. La segunda música es de W. A. Mozart, de la celestial Große Messe in c-Moll KV 427, II. Gloria (Cum Sancto Spiritu). Quizá sea ésta la misa de ordinario más brillante e inspiradora jamás escrita, probablemente dedicada como voto matrimonial a Constanze Weber, quien cantó como solista en el estreno. El genio de Salzburgo murió pensándose católico y francmasón, y ello a pesar de la bula In Eminenti (1738) en la que Clemente XII había prohibido que los católicos perteneciesen a cualquier tipo de logia masónica, condena ratificada por Benedicto XIV en su constitución apostólica Providas romanorum (1751). Puede cuestionarse si un compositor divino como Mozart pudo o no haber sido hereje, pero más sorprendente sería reconocer, como se sospecha, que Juan XXIII o Pablo VI no dejaron de ser masones tras investirse la tiara papal, y ello choca aun más con la renovación de la condena de la masonería por parte de Ratzinger y Wojtyla. Parece bastante evidente que, para bien o para mal, el Vaticano está ya repleto de masones.]

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¡Oh Roma en tu grandeza, en tu hermosura,
huyó lo que era firme y solamente
lo fugitivo permanece y dura!

F. de Quevedo, A Roma sepultada en sus ruinas

Predominan los moderados mientras se acerca el tiempo de una total atonía de los órganos superiores, hasta que venga la edad de la incredulidad práctica. Con la Reforma se perdió la Cristiandad, después de ella no existe más.

Novalis, Europa o la Cristiandad

Il est fort différent de rendre la vertu facile pour l’établir, ou de lui égaler le vice pour la détruire.

[“Es muy diferente hacer la virtud fácil para establecerla e igualarla al vicio para destruirla”].

Vauvenargues, Réflexions et maximes, 30

ANDREA DA FIRENZE The Church as the Path to Salvation (east wall) - Cappellone degli Spagnoli, Santa Maria Novella, Florence

Los siguientes apuntes sobre la religión en la que fui bautizado los he ido anotando desde hace tiempo, y no sabía qué hacer con ellos, puesto que no los considero de mucha utilidad ni para quienes, como yo, se han alejado tanto de la Iglesia tradicional como de la Nueva, ni para convencer a otros todavía fieles a alguna de las dos. Pero aquí están: no creo que sean más provechosos no existiendo, máxime cuando el poder de influencia social de esta tribuna es nulo. Reformularía, matizaría o eliminaría algunos de los fragmentos por reiterativos, superficiales o bruscos, pero la propia inanidad de la misión me desanima a ello. Además, ya me expliqué de forma algo más ordenada sobre la cuestión de la catolicidad en otra ocasión. Para mayor profundización, de entre toda la ingente literatura sedevacantista, destacaría La destrucción de la tradición cristiana de Rama Coomaraswamy.


1. El catolicismo está tan herido que precisa incluso el auxilio de los apóstatas que lo compadecen.

2. Muchos bautizados nos hemos alejado del catolicismo en la medida en que éste ha dejado de ser católico, es decir, universal, y, rizando el rizo de su devenir histórico, ha llegado a querer ser una religión tan particular que se ha alejado de lo que todas las religiones han asumido como normal desde el principio de los tiempos.

3. La estructura transnacional de la Iglesia, más que sugerir un deseo atávico de gobernar a todos los pueblos, se revela como un gran campo de refugiados para quien se quiera exiliar del mundo en embajadas del Cielo, sin necesidad de salir de su patria.

4. Para que el populista lo entendiese, habría que explicar que la Iglesia no es una institución opresora de las mentes, sino el sindicato de los espíritus, los cuales sí están, por su naturaleza, en permanente conflicto interno con las mentes.

5. Síntesis antropológica del budismo: nada hay más propio del yo que el sufrimiento, debido a que el yo no es el Yo auténtico. El Yo auténtico es la budeidad innata, tathāgatagarbha. Sufre todo lo que es agregado y sin substancia. Más o menos lo mismo dice el cristianismo en su lectura sapiencial, sustituyendo aquí y allá “budeidad” por “Espíritu Santo” (Mt 10.20; Gal 2.20; 2 Sam 23:2).

6. Sin su estructura imperial, la Iglesia no habría resistido ni un solo siglo a los bárbaros del norte ni al libertinismo cruel de griegos y romanos, ni a los señores feudales, ni a los estados modernos.

7. Cuando el Vaticano rebajó el tono, cuando abrió un banco y cuando se rindió a la comunicación de masas, el catolicismo aceptó lo peor de los protestantes, los judíos y los ateos.

8. A un sufí, a un lama tibetano o a un doctor de la Iglesia no les falta conocer nada de filosofías o ciencias modernas para llegar a un punto de intelectualidad máxima y conocimiento del mundo; les basta la ausencia de emociones distorsionadoras, y discernir entre la esencia y lo que deviene.

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9. En cuanto a disciplina tradicional, muchísimas más semejanzas tiene el catolicismo tridentino con el budismo tibetano que con el catolicismo modernista. Escolástica, severidad doctrinal con infiernos incluidos y pureza inalterable de ritos perviven hoy en casi todas las religiones tradicionales. ¿Por qué no en Roma si no es porque está cercada por los coquetos vampiros del progresismo?

10. Renunciar al catolicismo tradicional es también renunciar a las últimas participaciones que tenía Occidente en instituciones de la Antigua Roma, en la fase más grandiosa de la historia judía, en ritos mistéricos, en un misticismo secuenciado y acrisolado, en la purificación colectiva, en el último magisterio estoico, en la metafísica platónica, en la idea pitagórica de armonía cósmica, en la trifuncionalidad indoeuropea, en las claves simbólicas de quince siglos de arte hermético, en la retórica clásica y en las lenguas que hablaron los fundadores de Europa. Un católico practicante es alguien que todavía ama el linaje de Occidente.

11. En cierto sentido, no es más milagrosa la Resurrección de Cristo que el “ama a tus enemigos” del Sermón de la Montaña; en ambos casos se vulneran leyes biológicas.

12. En sociedades políticamente divididas y desatadas en sus pasiones como la Europa feudal, el control de la heterodoxia, con lo terrible que puede llegar a ser humana e intelectualmente, está estratégicamente justificado de cara a evitar la proliferación de identidades colectivas demasiado marcadas y, en consecuencia, de cara a evitar la proliferación de conflictos. El protestantismo, subdividiéndose al servicio de intereses étnicos o aristocráticos y conduciendo a guerras sin número, confirmó todos los temores que venía obsesionando a la Iglesia medieval. Dicho esto, la brutalidad del control fue en demasiados casos de lo más pecaminosa.

13. En cuanto elemento de cohesión social, el cristianismo ya ha concluido su misión histórica no menos que el clientelismo romano.

14. Uno sólo se libera de la Ley por estar más allá de sus exigencias, en caso contrario sencillamente repele sus dificultades, y en cualquier caso hay que cuidarse de no infundir esperanzas de una laxitud a la que no se llega sino por esfuerzo. “Mas tened cuidado, no sea que esta vuestra libertad de alguna manera se convierta en piedra de tropiezo para el débil” (1 Cor 8.9). 

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15. Los votos monásticos cristianos resumen la actitud moral de toda vía: castidad para destruir el deseo, obediencia para destruir el orgullo, pobreza para destruir avaricia e indolencia. En cuanto a las virtudes teologales, fe para entrar en la vía, esperanza para avivar la diligencia en ella, caridad para unificarse con el universo.

16. Lo que se ha destruido tras el Concilio Vaticano II nunca será rehecho teniendo a Roma por sede, salvo en virtud de un milagro. Una tradición se basa en el linaje, e, interrumpido éste, se pierde la pureza y totalidad de la doctrina, la garantía de ortodoxia para el feligrés y la bendición del Cielo.

17. La tradición cristiana tiene futuro en la medida en que lo tenga el sedevacantismo.

18. Roma coquetea desde hace medio siglo con masas despreciativas, exigentes, ignorantes, mezquinas y destructivas, y no en sus posesiones mundanas -como, por otra parte, hicieron siempre los clérigos corruptos-, sino en elementos doctrinales y litúrgicos. Educar no es seducir, pues educar no es más que marcar límites y trazados, y nadie puede ser educado contra su voluntad. Es preferible apartarse de quienes no quieren salvarse que de quienes, desorientados por malos guías, hubieran querido y podido obrar bien.

19. El humanismo narcisista ha triunfado en el mundo cuando en la iglesia uno ya no se arrodilla para recibir el Cuerpo de Cristo, cuando sacerdote y feligresía se miran entre sí en lugar de mirar juntos en dirección al sagrario, y cuando las palabras en pétreo latín de la tradición litúrgica inmemorial se sustituyen por las ocurrencias de quienes estarían próximos al ateísmo si se los probase un poco más.

20. Ahora sacerdote y feligreses se miran unos a otros como muestra de la última conquista del narcisismo en el mundo de la espiritualidad. No es que el sacerdote diera antes la espalda a la humanidad, sino que la humanidad, guiada por el sacerdote, miraba unida hacia el mismo centro, al mismo Oriente, pues ex Oriente lux.

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21. Muchos apóstatas lo son por no haberse movido del sitio: al transformarse la religión en la que creían se han quedado desnudos y han tenido que recluirse en las catacumbas o buscar otras vías.

22. Tras el Concilio Vaticano II, Roma ha optado por los incrédulos frente a sus leales creyentes. En otras eras, el clero defendía a los suyos de los opresores impíos. Pero ahora han ido tan lejos en su proselitismo que se han propuesto el mayor de los desafíos y, como en una cuestión de orgullo, se han propuesto conquistar a cualquier precio lo inconquistable.

23. El Renacimiento introdujo el paganismo en las alcobas del Vaticano; el siglo XX ha irradiado una parodia del mismo, mucho más licuado e inoperante, a todas las parroquias del planeta.

24. El esfuerzo de los populistas vaticanos es bastante poco fértil: la Iglesia no logrará caer simpática haciéndose la simpática, y tampoco basta con caer simpática para que se prodigue la devoción.

25. El sentir recio de un San Ambrosio o de un Evagrio Póntico es más fácil de hallar hoy en templos de otras religiones.

26. El único sentido de ser actualmente católico estriba en sacrificar la milenaria rutina saludable, en resistir la pérdida del ambiente antaño confortable; en definitiva: en el cultivo de la paciencia ante las ocurrencias de los pontífices, o en el eremitismo.

27. Uno tiene derecho a plantearse la apostasía no porque el cristianismo sea falso, sino por no hallar a nadie que lo transmita.

28. La catolicidad se ha ido desintegrando entre los extremos teológicos de la literalidad y el indeferentismo, y entre los extremos morales de la vanidad mundana y la indolora moralina.

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29. Casi tradicional es acusar a la contemplación religiosa de desperdicio de energía que mejor se invertiría en el obrar moral, y se olvida que la primera utilidad de la contemplación está en recordar y azuzar ese mismo obrar.

30. La dialéctica escolástica estaba sobre todo al servicio del fortalecimiento de la fe del creyente. ¿Pero realmente esperaba en la modernidad algún teólogo provocar mediante una concatenación de silogismos que el ateo se hincase de rodillas y orase arrepentido entre lágrimas? La fe, como el amor, no toma su fuerza troncal del razonamiento, sino de la admiración ante la belleza.

31. A la falta de comentarios sapienciales de los últimos siglos, se ha sumado la despreocupación por las formas. Ergo apenas queda ni esoterismo ni exoterismo, ni contenido ni envase que lo recuerde.

32. Intuyo que la década de los cincuenta del siglo XX será recordada como el inicio de una etapa enteramente nueva de la historia, que acaso se quede con el decadente nombre de posmodernidad. El fin del imperialismo europeo, el fin de la Iglesia tradicional, el fin del lamaísmo tibetano, el fin del Japón y de la China antiguos… todo se produjo en un plazo de diez años.

33. El genio del cristianismo se ha agotado. Hoy queda el genio de los romanos que azotaron a Jesús, de los judíos que lo maldecían, de los gentiles que miraban asombrados, de las mujeres que lloraban… pero queda muy poco de sus apóstoles.

34. El concordato entre Napoleón y Pío VII hubo de provocar el origen de la Petite Église, que permanece hasta hoy con misales latinos de tiempos de Luis XVI. Uno podría pensar que tal cisma era ilegítimo, pues entonces no había en la Iglesia nada que contraviniera al Magisterio. Sin embargo, se entiende la reacción de vandeanos y legitimistas, que de algún modo intuyeron una verdad muy simple: el fin de la sociedad tradicional trae el fin de la religión tradicional. Como decía Gómez Dávila, “la Iglesia antigua pudo adaptarse al mundo helenístico, porque la civilización antigua era de índole religiosa. En el mundo actual, la Iglesia se corrompe si pacta.”.

[Música: G. P. da Palestrina, Missa Papae Marcelli, (“Credo“).]

Henri-Adolphe Laissement, Cardinal with Seated Buddha

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Entrega_de_las_llaves_a_San_Pedro_(Perugino)

Male enim vos parietum amor cepit, male ecclesiam Dei in tectis artificiisque veneramini, male sub iis pacis nomen ingeritis: anne ambiguum est in iis antichristum cessurum? Montes mihi et sylvae et lacus et carceres, et voragines sunt tutiores; in its enim prophetae aut manentes, aut demersi, Dei Spiritu.

Porque el amor de los muros os posee; mal veneráis a la Iglesia de Dios bajo techumbres y edificios; mal soportáis bajo estos por causa de la paz. ¿Acaso puede dudarse de que en ellos marchará el Anticristo? Para mí son más salutíferas las montañas, los bosques, los lagos, las prisiones y las profundas cavernas; pues en éstas los profetas, bien quedándose o porque fueran arrojados, profetizaban con el Espíritu de Dios.

Hilario de Poitiers, Liber contra Auxentium, 12

Solamente una ofensa es vigorosamente castigada ahora, y es la estricta observancia de las tradiciones de nuestros padres. […] El regocijo y la alegría espiritual han partido; nuestras fiestas se han tornado en lamentos; nuestras casas de oración están selladas; nuestros altares, privados del culto espiritual. Los cristianos ya no se reúnen juntos; los maestros ya no presiden. Las doctrinas de la Salvación ya no se les enseña. No tenemos más asambleas solemnes, no más himnos en la noche, no más de esa alegría bendita de las almas que surge durante la comunión en las almas de todos los que creen en el Señor, ni la impartición de dones espirituales. Bien podemos decir: “Tampoco hay en este momento príncipe, ni profeta, ni lector, ni ofrenda, ni incienso, ni lugar para sacrificar delante de Ti y encontrar la Misericordia” (Dan 3.38-39).

S. Basilio de Cesarea, Ep. 243.2, citado en R. P. Coomaraswamy, La destrucción de la tradición cristiana

No hay duda de que el alma humana siente en esta vida una profunda necesidad de algo que sea siempre lo mismo, y tiene derecho a esperar que la religión sea esa constante invariable que satisface dicha necesidad.

M. Lings, Creencias antiguas y supersticiones modernas (ap. II)

Se ha reprochado a la Iglesia católica su «suficiencia»: pero la Iglesia tiene mil razones para ser «suficiente», puesto que ella es lo que es y ofrece lo que ofrece; no tiene que agitarse, ni hacer su «autocrítica», ni «dar un viraje» como lo exigen aquellos que ya no tienen ningún sentido de su dignidad. La Iglesia tiene el derecho a reposarse en sí misma; su línea de combate son los santos; no tiene necesidad de demagogos muy atareados que juegan al «drama» y a la «agonía». Los santos le bastan y siempre ha tenido.

F. Schuon, Miradas sobre los mundos antiguos (“Universalidad y actualidad del monaquismo”)

Los descreídos no han dado al traste con los entes divinos, sino con los entes seculares; buena pro les haga. Los titanes no han escalado el cielo: sólo nos han revuelto el mundo.

G. K. Chesterton, Ortodoxia, 8

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La evolución de la vitalidad espiritual católica se esquematiza en lo siguiente: edad apostólica, edad del desierto y de las catacumbas, edad patrística, edad expansiva, edad escolástica, edad mística, edad literalista, edad modernista, edad vacía. En la actual inanidad están los católicos, sin creer en dogmas, sin cumplir los mandamientos, sin arrepentirse del pecado, sin efectuar los sacramentos, sin aceptar la ascesis, sin penetrar la gnosis, sin obedecer al clero, sin alcanzar el éxtasis, sin comprender la tradición, sin lamentar la Caída, sin amar a Dios, sin fiarse de nada en absoluto, sin vivir como si la religión existiese para algo más que para placer destructivo del ateo. ¿Qué le queda, pues, salvo un nombre y un patrimonio material que, para más saña, se dilapida y se profana por parte de sus custodios? ¿Es tan sólo ya un humanitarismo entre otros, una voz socialista unida a un banco financiero, un conjunto de museos y un refugio fresco para ancianitas ociosas? Aparte de la influencia de la sociedad laica, que tiene toda su importancia, la explicación de la sucesión de edades se explica por causa y efecto según la ley de la compensación de la compensación: la cristalización escolástica se compensó en la interioridad mística, la cual se compensó en la literalidad, la cual derivó en la increencia a la luz del positivismo, la cual se quiso taponar penosamente con una mera doctrina social y psicologista.

El catolicismo desfallece por haber expulsado de su seno el báculo sapiencial esotérico, matriz de significados, garante del sostenimiento de un centro de sentido sobre el que recapitular permanentemente en medio del mencionado vaivén de compensaciones. Al sustituirlo por científicos jesuitas, por escolásticos más tomistas que Santo Tomás y por teólogos de talante protestante, entregó al más preciado guardián de sus principios. La existencia de comentaristas librescos aislados no lo salvará, como el neoplatonismo no salvó al paganismo. Era el núcleo duro de la sabiduría auténtica en innumerables monasterios, eremitorios, cabildos y cátedras universitarias premodernas lo que impedía la dispersión espiritual. En efecto, la relatividad de los dogmas y la unidad trascendente de la pluralidad de vías se conocían en los niveles más altos de entendimiento, pero no se formulaban de forma superficial y canónica -como sí hace la declaración Nostra aetate de 1965- para que los apetitos no profanaran oportunidades celestiales. En la presencia de elementos herméticos en la arquitectura templaria románica y gótica se ejemplifica el esplendor del catolicismo medieval, rígido en sus formas externas, jugoso en su núcleo esotérico; en el aspecto carcelario de la Bauhaus que se preside las iglesias levantadas hoy, ajenas a todo simbolismo legítimo, se ejemplifica la ruina de la doctrina cristiana en todos sus planos. A menudo los teólogos modernistas citan casi exclusivamente a los Padres de la Iglesia o a filósofos y místicos posteriores al Renacimiento, como si la Edad Media hubiese sido un mal sueño, cuando es, de hecho, la sociedad cristiana más cuajada hasta la fecha. ¿Pero y las hogueras de infieles? Pecaminosas, monstruosas, sí, pero ajenas al corpus doctrinal, debidas a hábitos heredados de los bárbaros y del Imperio Romano.

Vaclav Brozik - Hus

En cuanto al disparo fácil de anatemas, es oportuno expresar su necesidad en una confesión de estructura imperial, la única, por otra parte, capaz de sostener espiritualmente al pueblo indisciplinado y pasional de los hombres blancos. En sociedades políticamente divididas como la Europa feudal, el aplastamiento de la heterodoxia, con lo terrible que puede llegar a ser humana e intelectualmente, está estratégicamente justificado de cara a evitar la proliferación de identidades colectivas demasiado marcadas y, en consecuencia, de cara a evitar la proliferación de conflictos. El protestantismo, subdividiéndose al servicio de intereses étnicos o aristocráticos y conduciendo a guerras sin número, confirmó todos los temores que venía obsesionando a la Iglesia medieval. Hay pocas heterodoxias que no puedan pasar desapercibidas como variantes menores de la ortodoxia. De modo que los heterodoxos quejicas suelen surgir de un afán de primacía. Dicho esto, la brutalidad del aplastamiento doctrinal, si realmente se dio como se dice, fue de lo más pecaminoso, como ya hemos señalado. Pero nada de eso quita valor a la estructura feudal y al absolutismo religioso, providenciales con mucho pese a sus excesos. Es de notar que durante dos milenios, hasta la llegada del desastre modernista, en la cátedra de Pedro se sentaron, sí, un sinnúmero de pecadores, pero ningún hereje, nadie que osara cambiar una sola coma de leyes intocables, nadie que lograse deducir ningún artículo de fe que contradijera en forma o contenido a los presupuestos de los anteriores. Todo mal tiene una cierta resonancia, pero el error legalizado, con mala fe o no, se puede prolongar durante generaciones e incluso desintegrar una vía.

La Iglesia tradicionalista, la Iglesia sedevacantista, o, mejor dicho, la Iglesia a secas, sólo desaparecerá al fin de los tiempos, como fue anunciado, pero hasta entonces es su sino quedar reducida a antros invisibles, a grupúsculos marginales, un poco como los cuatro yaresaníes, yazidíes y zoroastrianos que siguen desperdigados por Oriente Medio. Mientras tanto, el antipapa y su colegio seguirá sin diferenciar entre dogma y kerigma, seguirá equiparando tradición y opresión, credo y ceguera, y, lo que es peor, bonachona flojera y espiritualidad. De nada han servido los intentos de coto por parte de los Sumos Pontífices legítimos, en nada parecen verse aludidos los modernistas ante encíclicas y declaraciones papales antimodernistas como Mirari vos, Quanta curaPascendi, Lamentabili sine exituImmortali DeiAeterni Patris y varios otros. Estas declaraciones son, evidentemente, exotéricas, y no comprenden toda la sutileza que se puede encontrar no ya en un Maestro Eckhart sino en un Santo Tomás. El primer deber de un magisterio exotérico de carácter imperial y legalista como el romano es el de negar la existencia de un esoterismo, como el mejor modo de guardar un secreto es negar que tal exista. Sin embargo, el Magisterio legítimo ha olvidado por completo la existencia tamizada de esta dualidad; mientras tanto, los modernistas han aprovechado tal silencio para pretender decirlo todo a las claras, pero superficialmente, a partir de categorías científicas y psicologistas, es decir, sin captar ninguna esencia metafísica.

Pierre Joseph Célestin François, 'Allegoria del Concordato del 1801', Olio su tela, 1802

La Iglesia medieval tenía menos en común con lo que hoy llaman “Iglesia” que con el budismo tibetano, repleto de santos, ascetas, milagros, deidades, infiernos, símbolos y liturgias medievales. Una tradición está acabada cuando comparte menos principios con los herederos que afirman prolongarla que con una tradición de las antípodas. Es natural, pues, que muchas de las almas más profundas y prometedoras para la Cristiandad migren hoy a otras partes, allí donde la esencia del Mensaje siga intacta, tanto como su único garante duradero: el prurito purista de las formas. Tras dos mil años resistiendo con dureza los embates de paganos, herejes y sarracenos, los católicos, alérgicos al martirio, hemos abandonado la fe de los ancestros, bien cediendo a la devastación modernista, bien trasladándonos a otras religiones que no auguren nuevas catacumbas, bien abandonando todo credo para perdernos en la agonía nihilista. Unos pocos católicos, sin embargo, persisten en su testimonio de la fe total, manteniendo vivo un rito de núcleo milenario, vilmente zarandeado por el último medio siglo de impiedad indisimulada. El Concilio Vaticano II y el llamado Novus Ordo han sido los mayores y más innecesarios desencadenantes de apostasía de la historia eclesiástica, y de eso no se puede culpar ni al capitalismo, ni al comunismo, ni al cientificismo, sólo a la traición y a la falta de fe. Apostasía, ateísmo y exilio masivo a otras religiones más coherentes con su historia conforman la inferencia más educativa que se puede mostrar no a la simonía, no al fariseísmo, no al despotismo, sino al modernismo, el peor veneno de cuantos puede sufrir el corazón de un credo.

El hombre común -y hasta el más sublime es común en algún momento- precisa no sólo de una fe, sino de una comunidad impregnada de ella y que le recuerde constantemente su presencia, su potencial y su pureza. En una comunidad tradicional se está siempre más cerca de la realidad trascendental, aunque sólo fuera en el sentido de que uno se sabe parte integrante de un organismo, de un equilibrio de fuerzas en simbiosis que no representan sino una sola substancia cíclica pero inmortal, mientras que el hombre moderno siente forzosamente la realidad como a la sociedad que le contacta: como un agregado de partículas insolubles. Dice Goethe en Los años de peregrinajo de Guillermo Meister: “Lo esotérico no hace sino perjudicar cuando pretende volverse exotérico. Lo que mejor enseña a vivir es lo viviente”. Solamente a un tipo de creyente más concienciado y capaz puede exigírsele que se mantenga en su fe en medio de un erial espiritual, pero el corolario de ello será rebuscar entre los rincones de los descastados la presencia de algún obispo legítimo en cuanto a su ordenación y su prescripción doctrinal y litúrgica. Tarea nada fácil, dado el caos reinante. Desde luego es una tarea condenada a la postre en términos sociales, pues no puede esperarse que el hombre sencillo dilucide la vía estrecha de lo veraz en la espesura del debate entre el sedevacantismo y la sedición modernista.

Obligado a caer en no pocos errores debido a la pródiga siembra de ellos que se le ofrece -más todavía en estos tiempos de sobreinformación-, el feligrés al que le urja perfeccionarse en el sendero de Dios cuenta con otras opciones más razonables. Triste y esperanzadora verdad, pues, después de todo, tiene en la fe mahometana la garantía de la Unidad divina, su despeje de atributos; en el budismo encuentra en abundancia el amor, la disciplina, la purificación y la elevación de la conciencia; en el yoga encuentra al Creador, al carácter ilusorio de la Creación, la concentración y la devoción. Muchas formulaciones y aspectos cristalizados enfáticamente en Occidente se pierden con el cristianismo, pero en cada tradición subyace, de un modo protagonista o subalterno, cada una de las posibilidades doctrinales esenciales. También en otras tradiciones, como el hermetismo, la masonería, el neoplatonismo o el estoicismo, encontrábamos doctrinas que, aunque enfatizaban determinadas modalidades de espiritualidad, afloran siempre allí donde lo divino se derrama sobre el hombre que alce la vista, sin contar con el hecho de que esas tradiciones declinadas subsistieron en el seno de la Cristiandad, precisamente. Lo que varía cada vez es el acento -digno de ser preservado, desde luego-, pero no la letra. Muchos linajes tradicionales han terminado de facto; es algo lamentable para el que lo vive, pero no catastrófico para una humanidad ávida de redención. Si nada digo de la Iglesia oriental, que sería, en principio la primera opción tras el éxodo, es porque el modernismo ya se ha infiltrado en ella hasta el tuétano, aunque con menor virulencia. En definitiva: es privilegio de cada hombre blanco, caído dos veces, la elección personal de la senda que más se adapte a su carácter, dado su infortunio de no haber nacido en ninguna de ellas.

Old Believer Priest Nikita Pustosviat Disputing with Patriarch Joachim on Matters of Faith. Painting by Vasily Perov (1880)

Todo esto no es una recomendación, sino la descripción de un hecho. Vale la pena insistir en que una sociedad no se puede mover en torno a la religión de una minoría, máxime si esa minoría no es la voz esotérica sino el intento de supervivencia de un exoterismo incomprendido. La función del exoterismo es precisamente salvar mayorías, por lo que una Iglesia de intelectuales es un testimonio lúcido, santo y, para los que comulgan en ella, salvador, pero en ningún caso servirá a la comunidad de los pueblos. El pueblo es religioso en la medida en que en la vida comunitaria se respire religiosidad, no cuando haya que buscarla en recónditos autores medievales o en tesis universitarias. Los primeros cristianos vivieron tiempos turbulentos, pero tenían todos cerca la pureza del linaje magisterial, el ejemplo apostólico vivo, la desnudez del alma antigua, el aroma de fervor y hasta el complemento estimulante de los rescoldos espirituales paganos. En nuestros tiempos turbulentos no queda nada de eso, salvo de modo parcial en países como China, Corea del Norte o en diversas tiranías árabes, donde el cristianismo tiene la oportunidad de levantar el vuelo martirial. Siempre será de agradecer la lealtad hasta el hundimiento de los últimos católicos occidentales, pues mantener vivo ese candil cumple el sentido de la profecía y colma la virtud de la esperanza cristiana –stat Crux dum volvitur orbis-, pero entretanto la compasión divina sin duda ha de encontrar alguna otra proyección que salve del vacío a decenas de generaciones y millones de almas. La tradición cristiana ha sido prácticamente destruida en cuanto tal. Al menos, su papel no parece que vaya a ser en los próximos tiempos todo lo que ha sido. ¿Qué mayor castigo para la humanidad blanca que retirarle el foco de plenitud más cristalizado que se le había ofrecido y al que aquélla ha debilitado hasta la extenuación a base de ofensas, indolencias y necedades? ¿Qué enseñanza más elocuente sobre la arrogancia? Por ello, hasta que la Iglesia renazca de las tinieblas y cumpla con amorosa vigilia su espera de la Segunda Venida, el hombre líquido que puebla el planeta hará bien en tornar su mirada allí donde encuentre una luz clara, poderosa, bella y celestial.

Lo que hay que lamentar, en definitiva, no es tanto que la Iglesia se oculte -vivirá mientras viva el mundo para quien la busque con buen tino y con ayuda de la Gracia-, sino que la civilización contingente hecha a su medida como una prenda a su horma se cree ahora autónoma, adulta, mas careciendo, en realidad, de centro que la vaya a salvar de la catástrofe planetaria.

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Alexander Litovchenko - Philip and Nikon

[Música: G. P. da Palestrina, Tu es Petrus a 6 (1572), motete con las célebres palabras de la traditio clavium, que justifican el Primado de Pedro: Tu es Petrus, et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam, et portae inferi non praevalebunt adversus eam. Et tibi dabo claves Regni coelorum. Fuera del motete, el pasaje de Mateo (16.18-19) prosigue: …et quodcumque ligaveris super Terram erit ligatum et in Caelis et quodcumque solveris super Terram erit solutum et in Caelis. Parece profético este último versículo, en efecto, ¿pues cómo podría esperarse que el obispo de Roma “desate” nada -como no sean los cilicios demasiado constreñidos de la Antigua Ley-, mucho menos provocando la desatadura de las amarras celestiales? Pero eso parece ser, no obstante, lo que ha sucedido.]

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