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Archive for the ‘Terrícolas’ Category

Viva nihil dixi, quae sic modo mortua canto.

[“Nada dije estando viva, yo que ahora muerta canto así”.]

Sinfosio, Aenigmata 20, refiriéndose a la tortuga, cuyo caparazón servía de caja de resonancia para la lira antigua.

Cuando mi copa está vacía, me resigno a su vaciedad; pero cuando está a la mitad, me duele que no esté llena.

K. Gibran, Arena y espuma (1926)

Fuig-ne de la terra immoble,
fuig dels horitzons mesquins:
sempre al mar, al gran mar noble;
sempre, sempre mar endins.
Fora terres, fora platja,
oblida’t de ton regrés:
no s’acaba el teu viatge,
no s’acabarà mai més.

[“Huye de la tierra inmóvil,
huye de los horizontes mezquinos:
siempre al mar, al gran mar noble;
siempre, siempre mar adentro.
Fuera tierras, fuera playa,
olvídate de tu regreso:
no se acaba tu viaje,
no se acabará nunca más.”]

J. Maragall, Excèlsior (1895)

A todos los seres. A todos y cada uno de ellos. 

Yo reposaba y soñaba que me encontraba frente a todas las naciones, todos los tiempos, todas las razas. Y, tras estos y otros velos, dormían latentes como embriones las criaturas unidas en su sensibilidad. Apartaba yo a las naciones, los tiempos, las razas, para, libre de obstáculos y perspectivas vidriosas, aproximarme al fin a los individuos en su rostro más simple, y admiré su expresión doliente. Una colección de fantasmas me pareció aquella visión, pues las almas, aturdidas por estertores del sinsentido, se mecían lúgubremente, como niñas aun vírgenes y maltratadas las unas, como dementes sin remedio las otras. Una lágrima se deslizó por mi mejilla hasta caer sobre mis manos y lubricarlas: así pude ungir con óleos de mi sangre a mis nuevos amigos, todos los que alguna vez suspiraron, al roce de caricias que yo mismo descubría sorprendido mientras las impartía como alimento en eucaristía. Quise decir cosas bellas y benevolentes, motivaciones para náufragos, azucenas para esclavos…. pero me olvidé del lenguaje, y tuve que recurrir a fórmulas mágicas heredadas de épocas de prudente fermento. Las sílabas del mantra fluían de mi boca como los meandros de una melodía de violín y llevaban sus colores simbólicos a las membranas de todos los seres hasta hacerlas partícipes de la resonancia compasiva que todo lo templa.

Entonces los cuerpos y las almas empezaron a brillar, y corolas de luz descendían desde los sonidos nacidos de la estirpe de mi aliento. Se fueron coloreando entonces a distinto ritmo y en innumerables colores, cada uno según su predisposición y sus posibilidades, desde los tonos más tenues hasta el blancor más puro, propio de los arios. Y las guirnaldas ensortijadas de mis fórmulas aprovechaban con delicadeza los interesticios entre las ilusorias fronteras de las criaturas y se iban enroscando en torno a todos. Una nueva vestimenta de plegaria y luz unía finalmente a las cosas como las vajillas de oro se acoplan por un mismo manto protector que las envuelve. Cumplida la promesa de los profetas, se fundió la derecha con la izquierda, lo alto con lo bajo, y el sufrimiento se repartió ecuánimamente hasta diluirse y pasar a formar parte de la historia atávica del tejido, como los anillos en el tronco milenario de los árboles o como los rasguños que permanece en los huesos soldados tras duras batallas. El cielo se hizo mundo y los seres me revelaron que no hablaba yo con nadie, pues nadie había que no fuera yo mismo. No encontré, pues, Unidad, pues aquélla aún puede desmembrarse: antes bien llegamos todos a la conclusión de que nada, ni siquiera la Unidad última, sufriría menoscabo alguno cuando el Tiempo dejase a la Vida reinar sobre sí misma, vaciándose de la falsa creencia en la solidez. Y en un abrazo sin substancia hicimos perecer dulcemente a los accidentes del universo. Quedó, flotando o lo que pueda parecerse a flotar, un beso sin labio, un recuerdo sin memoria, un amor sin corazón, un triunfo sin triunfador, un único partícipe de la esencia sin que quedase una esencia para ser señalada.

Desde entonces me quedé con el orbe entre mis brazos, como el que sostiene a un niño recién nacido. Lo llevaba a que el sol irradiase suavemente su blanca y delicada piel; lo posaba sobre mi pecho a la hora de dormir, dejando que el latido de mi corazón acompasase sus sueños; le recitaba oraciones antiguas de protección; lo separaba del frío con mi única y desplumada ala pero lo bastante amplia como para darle por unos instantes la sensación del hogar. En cada beso quise transmitirle un acto; en cada acto, una nueva visión de la existencia; en cada visión, una penetración del Infinito. Y en la respiración de todos los personajes se fueron diluyendo los personajes de la sagrada comedia, y en el paso del viento, que acariciaba mientras se llevaba todas las nociones, creí ver que en nuestro más íntimo ser no deseamos nada para nosotros mismos, aunque pocos lo confiesen.

Yo soñaba en estas cosas hasta que me desperté con el sabor agrio que deja el sueño cuando encontramos que nos ha trasladado misteriosamente de posición durante su transcurso. Una tristeza por lo insatisfactorio que es todo lo que no sea obtención de la totalidad me dejó postrado en el lecho más tiempo del necesario. Las ortigas del pensamiento irritaron mi corazón cuando desgrané la insuficiencia de los actos consumados y por consumar, como queriendo dejar que el desaliento me atenazase para eximirme de responsabilidades. Deposité el cetro en el suelo y me senté en un rincón a rememorar cada paso de mi aspiración, en un deseo de poder señalar más tarde, reconociéndolos, los colores que había imaginado según me los hubieron presentado los genios de otros mundos. Muchas de esas tonalidades, ¡ay!, las tengo olvidadas para siempre: el viaje no había hallado las cumbres de Shambhala. Pero al menos aprendí aliviado que el sufrimiento de los seres, algún día, será librado de sí mismo, sea por medios sublimes o brutales, sea en la Iluminación o en la Conflagración universal; y tal día el Todo cantará su canción de merecido silencio, un silencio de clamor obedecido, un silencio atronador como la Naturaleza sin principio, ni final, ni carácter sagrado ni mundano.

*

[Música: Michele Stratico, Concierto para violín en Sol menor. II. Grave. Stratico, alumno de Tartini, es un buen ejemplo del cosmopolitismo de su siglo y una muestra del vínculo entre Oriente y Occidente: compositor de la Zadar veneciana, hoy croata, provenía de una familia de origen cretense, aunque su formación musical es eminentemente paduana.]

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“I am His Messenger,” the daemon said,
As in contempt he struck his Master’s head.

[“Yo soy Su mensajero”, dijo el demonio,
mientras golpeaba con desprecio la cabeza de su Amo.]

H. P. Lovecraft, Fungi from Yuggoth 22  (“Azaroth”).

खम्मामि सव्व जीवेषु सव्वे जीवा खमन्तु में,
मित्ति में सव्व भूएसू वैरम् मज्झणम् केणवि
मिच्छामि दुक्कडम

khāmemi savva-jīve savve jīve khamantu me
metti me savva-bhūesu veraṃ majjha na keṇavi.
Micchāmi Dukkaḍaṃ.

[Pido perdón a todas las criaturas vivientes. Puedan todas ellas perdonarme.
Pueda estar en amistad con todas las criaturas y en enemistad con ninguna.
Pueda todo el mal que he hecho quedar sin fruto.]

Oración prácrita de Micchāmi Dukkaḍaṃ, típica del pratikaman jainista, durante el cual el practicante hace repaso de sus pecados diarios.

Not doubt, not decease shall dare to lay finger upon you,
I have embraced you, and henceforth possess you to myself,
And when you rise in the morning you will find what I tell you is so.

[“Sin duda, ninguna enfermedad osará poner un dedo sobre ti.
Te he abrazado, y de ahora en adelante eres mío,
y cuando mañana despiertes, verás que todo cuanto he dicho es verdad.”]

W. Whitman, Song of Myself 40

Os contemplo, seres, y no hago más que eso. Una cadena de costumbres atenaza mis manos, que por momentos quisieran alcanzaros para rendiros alimentos puros, caricias de consuelo y sutura de heridas crueles. Seres que agonizáis ocultos tras muros de cemento y de fronteras nacionales, os merecéis todo esfuerzo por salvaros del que sea capaz mi corazón y mis miembros, incluso aunque supusiese el rompimiento de todo mi ser en mil pedazos, incluso aunque todos mis propósitos interesados cayesen en el abismo del asco y del olvido. Pero soy humano, criatura débil manejada por hábitos y tendencias al aferramiento. Los tendones flexores de nuestros brazos son mucho más robustos que los extensores: tan ávidos de apropiación nos pensó la eterna Naturaleza. La forma de émbolo que dibuja el glande viril no tiene otra función que la de extraer al vacío la simiente de otros machos y sobreponerse a la competencia, cuando se trata de expandir la identidad sobre una descendencia de la que nada sabrán sus responsables. Ser animal es impulsarse a la avaricia; ser animal racional, impulsarse a ella con mucha mayor habilidad.

¡Oh seres torturados, esclavizados, olvidados, hijos de todas las razas, caminantes sobre dos, cuatro, ocho o cien piernas! No podéis siquiera contar en vuestra existencia entera con la serenidad de una sola noche de luna llena en la que respirar el aroma plácido de los jazmines y con él algún significado cósmico, alguna traza de espíritu divino. Tristes mortales racionales a quienes todos dicen compadecer, aun más tristes mortales irracionales sin más delito que no hablar lenguas con sujeto y predicado: perdonad que no estemos entregando cada hora de nuestros días a la belleza de mitigar en lo posible las laderas de vuestro Calvario inconcebible. Queremos muchos lograrlo, creednos, queremos lograr desasirnos de mezquinos propósitos, de nuestra adicción al placer, a los tejidos mullidos en los que indolentes nos devaneamos en gráciles poesías, nuestra adicción a la vida segura y a la contemplación de celestiales estructuras. Quisiera inclinarme ante vosotros y limpiar vuestros embrutecidos rostros, como Verónica de vuestro Via Crucis sin nombre, y daros así al menos el descanso breve de la sed calmada durante los instantes en que sabréis de alguien que piensa en vosotros y que con gusto invertiría vuestra condición si el poder permitiese fácil disposición.

Pero, ¿cómo querer lo que se quiere querer? ¿Cómo haremos para reconocer que no basta con reconocer? Una fuerza de compasión habrá de alimentarse a sí misma hasta alcanzar la edad adulta. ¡Arriba, pues, la voluntad entendida! ¡En alto el corazón y que sirva de escudo a los humillados! ¡No desfallezcáis, paladines sin coraza, no olvidéis que vuestra condición ya no depende de un rey exterior sino de la noble Aspiración que dirige los ejércitos del Bien! ¡Salve, Amor, bésanos en la frente para que rindamos nuestras espadas no abriguen otra posibilidad que la de servirte! ¡Que el llanto que corre por los canales subterráneos de la civilización arrastre nuestra nave hacia océanos sanadores, libertades balsámicas, ungüentos de néctar de hermandad! Otros sublimes estados habrán de esperar: en este universo ha caído tanto sufrimiento que nos pasaremos eones de renacimientos para suavizar todas las asperezas. El Nirvana no nos grita con tanta fuerza, pues antes conviene acabar con su contrario, su distorsión torturada que los hombres han querido entender como medio imprescindible para obtener algunos agradables beneficios, pasajeros como el reflejo de la luna en las aguas que se escurren entre las rocas.

Sabremos lo que valemos como criaturas cuando hagamos valer lo que sabemos sobre la Creación. Cúmplase pronto el hartazgo del avasallamiento, y puedan estar todos los terrícolas libres del sufrimiento y de sus causas, que somos, en mucha medida, nosotros mismos. Amén. Amén. Amén.

***

[Música: G. G. Brunetti, Stabat Mater (1764). I. Stabat Mater. Si no es excesiva frivolidad hablar de música después de hablar del suplicio que asola a la mayoría de lo viviente, resaltaría que se trata ésta de una paráfrasis (coloquialmente diríamos hoy “plagio”) del celéberrimo motete homónimo de Pergolesi, quien dejó tras de sí innumerables y dignos epígonos que como él musicalizaron para dos voces femeninas la misma secuencia latina, tomando armonías similares repletas de retardos, tales como Girolamo Abos, Pasquale Cafaro, Fedele Fenaroli, o el coral de Tommaso Traetta, por no hablar del contrafactum que acometió el mismísimo Bach (Tilge, Höchster, meine Sünden BWV 1083) o del reforzamiento instrumental y contrapuntístico del Stabat Mater del Pergolese que realizó Giovanni Paisiello el último año del siglo XVIII. Además de éstos es destacable el de Giovanni Felice Sances, del XVII, y el de Alessandro Scarlatti, el cual, no siendo tan inspirado, acaso inspirase a Pergolesi la formación del dúo de soprano y contralto. Y tantos otros, entre los que computan los muy sensibles de Vivaldi y Bononcini, de los que ya compartí muestras. El comienzo del texto reza: “Stabat Mater dolorosa / iuxta crucem lacrimosa, / dum pendebat filius” (“Estaba en pie la Madre doliente, / lacrimosa, junto a la Cruz, / mientras colgaba el Hijo”). Inmejorable música para acompañar la visualización de la Crucifixión, en la que Cristo, Lógos universal hecho carne, tomó sobre sí el sufrimiento de todos los seres ante la mirada amorosa de su inmaculada madre, paradigma del espíritu maternal humano que todos portamos en alguna parte, reflejando toda la escena, de manera sangrante e icónica, el Micchāmi Dukkaḍaṃ en toda su plenitud catártica.]

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Reo que tiene por actor al poder enojado ha menester en el juez mucha igualdad.

A. Pérez, Aforismos de la carta para el papa 2

Siglos hay en que viven más seguros los deudores que los acreedores.

A. Pérez, Aforismos de Antonio Pérez 35

Los males envejecidos no se pueden curar sin remedios fuertes.

J. Setantí, Centellas de varios conceptos 14

La mayoría de las personas llamadas decentes odian unos pocos abusos y disculpan los demás.

S. Ramón y Cajal, Charlas de café VII (3a ed., 1922, p. 170)

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Oh, voraces niños de metro y medio, que os agitáis entre catedrales malditas de cemento y frío cristal, moderaos. Vuestra sed inconmensurable lo ahoga todo, y os fijáis entretanto en las pequeñas heridillas que os infligen aquí o allá. ¿Por qué creéis que vuestros pequeños dolores merecen más atención que el hundimiento de todo?

Pero, ¿a qué apelar a vuestras conciencias maltrechas? Uno no se puede enfadar con las ladronas urracas, ni con los tigres devoradores de inocentes, ni con las tempestades que gustan de invertir bruscamente la posición de las cosas. Las bestias y los meteoros tienen su estallido trazado de antemano. Adictos como sois a caprichos envilecedores, no lograréis evitar el impulso que os lleva a nutriros del mal. Tampoco he de excluirme yo del grupo: las adicciones que nos han inoculado no se extirparán con una conciencia media como la mía. Se requiere un cataclismo de la mente o del cuerpo o una teofanía nítida para salir de la rueda de la crueldad indiferente que todo lo asola.

¡Asesinos del mundo, yo os absuelvo! No tenéis la culpa de haber nacido con culpa, y los mejores rayos de luz de entre los mejores de vuestros corazones así lo demuestra. Hasta el más puro de los que tienen algún trato con comerciantes están sentenciados como cómplices de crímenes sin número. Sigamos, pues, contribuyendo al imperio de la muerte y del sufrimiento hasta que no soportemos nuestros actos y nos demos por vencidos ante la evidencia: todo en nuestro tiempo parece llamarnos al recogimiento, a la austeridad extrema, a la abstinencia del alimento animal y a buena parte del vegetal, al retiro campestre y a la oración… pero acaso habrá que esperar a que nos encontremos desnudos de vida y de esperanza para forzar el fundamento de nuestras funestas costumbres. No parece que pueda hacerse otra cosa.

Que los seres nos perdonen lo imperdonable.

[Música: J. Savall, Deploratio IV (Lachrimae Caravaggio. Statio VII).]

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Mas el mundo es ya biejo e, la natura, liviana,
que es mucho corrompida, fallesçida e menguada;
así que la melesina, que solía ser sana,
al omne que la comiere dar le ha mortal lançada.

Libro de miseria de omne

La locura incuba desde ahora bajo nuestros inmuebles de cincuenta pisos, y a pesar de nuestros intentos por desenraizarla, no llegaremos al punto de reducirla, ella es este dios nuevo que no sosegaremos incluso rindiéndole una especie de culto: es nuestra muerte la que incesantemente reclama todo.

A. Caraco, Breviario del caos

Ni puede nadie, ni aun por un instante, permanecer en realidad inactivo, porque irremediablemente le impelen a la acción las cualidades dimanantes de la naturaleza.

Bhagavadgītā 3.5

… toda acción engendra un significado que ignoro.

S. Zweig, Die Augen des ewigen Bruders

El que quiere vivir sin culpa no puede tener parte en una casa ni en el destino de los demás, no se puede alimentar del esfuerzo ajeno, ni beber del sudor de otros, no puede depender del placer de la mujer ni de la exigencia de la saciedad: sólo aquel que vive en soledad vive con su dios, sólo el que trabaja experimenta al dios y sólo el pobre de solemnidad lo posee por completo.

S. Zweig, Die Augen des ewigen Bruders

El mundo moderno no será castigado. Es el castigo.

N. Gómez Dávila, Escolios a un texto implítico

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Salir a entender el mundo, entender el flujo de los bienes, la compra de delicias, la armonía de la pequeña felicidad entre los hombres honrados, entender eso es descalabrarse contra el horror más abyecto. No quedarán más de cien hombres que no sean ya peones en la construcción de un infierno diseñado por Satanás. Hagamos lo que hagamos, de los dedos de las manos nos emergen a casi todos largos cables que conectan con artilugios de tortura, de extinciones y de arrasamiento de ricos pastos. La crianza de un simple vegetal o la confección de la pluma con la que anoto mis aspiraciones tienen la culpa de la muerte de familias, del barrido de vergeles milenarios, de la letrina de los mares, del estrago de los astragos. Nuestros pecados rodean al globo atravesando antípodas ignotas. Andar vestido en la vieja Europa significa dejar desnudos a países enteros. Mis dientes equivalen a guillotinas, a martillos mis zapatos, a desiertos mis excrementos, a peste sin hartazgo el hambre y las apetencias que llevan a servirme holocaustos con buen color. No logro dar un paso sin sentenciar a legiones de conciencias inocentes y a millares de campos de tranquila beatitud. Ninguno de nuestros más distraídos suspiros evita degenerar en esterilidad planetaria. Nuestros gargajos humean como azufres venenosos, nuestros residuos infectan sin remedio los ríos que dan la vida, nuestras risas cuestan desgarramientos de carne, nuestro parpadeo acaba con toda belleza, y la limpieza y ornamentos que no logran embellecernos supusieron el viaje al Hades a criaturas con ojos para ver el caos coronado. Cada vez que me moviera, debería entonar una letanía por los miembros cercenados, por las lenguas que dejan de hablarse, por las pócimas que inutilizamos por sobreuso, por los linajes que son erradicados entre llantos de dolor insoportable e indigna brutalidad del fuerte. Adaptar verdaderamente la religión a nuestros tiempos sería hacerla promulgar un nuevo dogma: “¡Si cada uno no lamenta la maldición de su diabólica expansión, sea anatema!”. Prometeo ha muerto por vergüenza. Nunca siento tantas ganas de llorar como cuando convengo en que yo y todos los que amo somos asesinos natos cien mil veces más flamígeros que el mayor de los emperadores antiguos. Sólo ese dato basta para hacer vomitar al pudoroso o para hacer estallar nuestras mentes y nuestros más bondadosos conceptos en mil trozos, como le sucedió al bendito Avalokiteśvara, y como a él deberíamos satisfacer a nuestra aspiración mediante tantos otros brazos: poseer la justicia en nuestro encarcelador siglo conlleva el sacrificio de todo lo que nos es dado, porque nada nos llega limpio sino originado en los purgatorios del mundo.

¿Cómo nos hemos atrapado todos en una culpabilidad tan apretada? ¿En qué momento se pasó de la predación violenta a la fulminación de toda esperanza y de toda sensibilidad terrenal? Hacer algo hermoso del libre albedrío es hoy más difícil que nunca. El mero hecho de nacer ya nos ha costado hundir las raíces en la podredumbre y la plaga. ¡Ay de los tiempos en que la infelicidad de uno no costaba la dignidad! ¡Ay de cuando el más inocente placer no nos convertía en alimañas de contagiosa boca putrefacta y ácidas ingles sin mesura! ¡Ay de cuando el peor malvado no provocaba la centésima agonía que provoca hoy el inocente! Incluso cuesta imaginar ahora a un pacífico monje cuya generosidad no sea replicada a sus espaldas por un cúmulo de insensatos eslabones en la cadena de la destrucción ciclópea. En el tercer milenio, con escasas e incomprensibles excepciones, todo hombre ha surgido al menos en una familia de principescos demonios. Los más envanecidos somos los paladines del Infecto Esputo, los ricos dispensadores de las razas, los hombres blancos aposentados en la cima de una Rueda de la Fortuna desde la que devoramos todos los manantiales de alimento y consuelo. Cierto es que en nuestro poder está renegar de los orígenes, pero es tan difícil como hacer que el noble olvide los ademanes en que fue criado o la lengua en la que le hablaba su preocupada madre. Nos encontramos demasiado abrazados a aquellos a quienes amamos, tan culpables como nosotros, y asumimos en voz queda que nuestros nobles clanes son bandas de maleantes. ¡Oh malhadado animal racional, que por tus ansias de catar el infierno lo prefiguras aquí para otros, ganando tú así méritos para ocuparlo después en su centro como Asterión en el laberinto! ¡Oh melancolía de ardua desatadura, cuántas noches de remordimientos me costarás cuando me sea acordado el solo hecho de estar respirando o de estar tocando algo que me haya traído un hermano desde algún confín ya desolado! ¿Me olvidaré de ti algún día, triste culpa, o es éste tu veredicto definitivo? Apenas me acuerdo ya de la de zafiedad de las cabezas y la necedad de los corazones con que la cultura ha devenido obscena mueca de lujuria: deberíamos conformarnos con no formar parte del ejército que viene tras los despojos del imperio aniquilado, el imperio de la vida, el imperio de Natura y sus vasallos.

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¿Cómo nos detendremos? ¿Qué dios tendrá la benevolencia suficiente como para erradicarnos? ¿A esto conducían las revoluciones, no a comunidades de hombres libres y hermanados sino a hacer de la raza una sarna sin cura, una dolencia letal y encadenada entre todos sus miembros, de modo que ningún individuo sepa ya escapar del crimen? No queda oro limpio: todo oro es sucio. Y no bastaría con ser poderoso para detener el entramado de la confusión, porque cada gesto de cada ser racional es una súplica para alimentar su carácter rapaz y mefítico: pondríamos nuestra hacienda en manos de aquellos que decimos combatir si fuesen la única garantía de satisfacer nuestros vicios durante un lustro más. Ya ni siquiera veo como un gran crimen someter a los pueblos, despreciar a las razas, engañar a las mujeres o atormentar a las bestias: hemos llegado mucho más allá de eso, porque sencillamente hemos venido a destruir el ambiente en su conjunto con todas sus piezas, inmenso habitáculo en el que todos los inocentes nacieron y nacerán mientras se les deje un resquicio para ello. Y en esa batida participaremos todos los agentes con manos prensiles, sin importar nuestro abolengo, color, edad o el racimo que nos cuelgue entre las piernas, sin importar nuestros conocimientos o nuestro buen corazón. Siendo la civilización un apéndice al organismo que ya funcionaba con razonable armonía, no reclamemos siquiera la salvación de la belleza, de los templos, del honor de los justos o de nuestros entrañables recuerdos clásicos: no hay tiempo para eso. Antes haríamos bien en pensar únicamente en salvar un mínimo de rayo de luz regenerador y en que una boca humana no devenga cataclismo desde su nacimiento hasta su fin. Regresando a la más simple de las barbaries ahorraríamos el dolor infinito que expedimos ahora mientras conversamos cortésmente. Y es que el mundo no está siendo destruido por fanáticos religiosos o por avariciosos ejércitos, sino por la niña que compra un refrigerio porque hace calor. Las injusticias con que me puedan cargar a mí poco de valor tienen y poca ira deberían suscitarme, pues yo las centuplico cada día sin pensar siquiera en ello.

No hay en verdad hoy muchos motivos para la alegría: la transmigración que todo lo aplaza no me da ánimos, porque no me parece a ratos bastante con que los herederos de nuestros actos logren algún día la bendita luz de la paz perpetua. Hay demasiada densidad en el Averno material que presenciamos en este preciso instante como para no procurar cesarlo de inmediato, como para no aliviar un poco el ardor de lo que en su seno se abrasa. Por momentos me entran ganas de actuar de una santa vez como un hombre justo, tan sólo un hombre justo y nada más. Ya no sería cuestión tan sólo de no propagar la semilla del linaje, ni la de reducir la abundancia de bienes, ni la de privarse para siempre del sabor de los cadáveres y sus secreciones; todo eso es poco para quien encarna en sí mismo un apocalipsis cada semana. Me dan ganas de retirarme en una cabaña sobre la cresta de una cordillera ignota, u orar sin cesar y comer en la celda de un monasterio hortalizas criadas por mi mano, o, en el peor de los casos, morirme. Toda abstinencia es poca, y todo lo que no suponga encharcarse en un mugriento arrozal es encadenar allí a estirpes de desposeídos o entregar a los gusanos a aquellos desventurados exiliados de su propio mundo, aquellos que caminan a cuatro patas para agarrarse mejor a un suelo que hacemos desaparecer bajo sus pies.

Nunca haremos lo bastante por enmendar nuestras ofensas, pero ello debe animarnos todavía más a desprendernos en la medida de lo posible del oprobio con el que nos recordarán los cielos tras nuestro paso. Que sea una batalla perdida de antemano no implica que debamos abandonar el terreno; como bien entendían los más nobles guerreros del pasado, más vale morir aplastado por lealtad al honor que deambular miserable durante una larga y apestosa vida. En cada ocasión en la que omitamos un impulso por imaginar sus cósmicas consecuencias, habremos saludado a un ángel. Ojalá los que lamentamos de corazón nuestro devenir en el lodo y en tronos de lágrimas nos agrupásemos para recomenzar el juego, olvidando las mercancías de Oriente, retornando las lámparas de aceite y a la narración de pequeños relatos en torno a la hoguera, en aldeas privadas de locura y de espíritu del siglo, que no es sino el espíritu condenado en brazos del Anticristo.

Esta pena no se diluirá en un día, ni en un siglo, ni aun en eones de vidas sucesivas. Lloremos, hermanos, lloremos como supuran los bubones que somos.

***

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[Música: J. Savall, Lachrimae Caravaggio. Statio II. Pugna et damnatio.]

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Cuando sale la respiración por los dos orificios
de tu nariz, visualízala bajo la forma de una luz blanca
que lleva consigo toda la felicidad y todo acto bueno:
envíalos hacia delante en un viaje a la par con la respiración.
Imagínalos entrando por los orificios nasales de cada ser, tus madres,
y que llenan a todas esas madres nuestras con toda la felicidad.

I Changkya Rimpoche, Entrenamiento para Aquellos del Elevado Camino

¡Que horrible es abandonar a mis padres en este terrible sufrimiento,
anhelando y buscando únicamente mi propia felicidad!

Jetsün Drakpa Gyaltsen, Desprenderse de los cuatro apegos

Aquí presento una nueva, libre y pobre versificación mnemotécnica de un poema de aspiración: “Un canto de compasión”, del yogui budista tibetano Shabkar Tsokdruk Rangdrol (1781-1851), considerado emanación de Milarepa y denodado defensor del vegetarianismo ético. El poema retrata la rueda de renacimientos a través del afecto que cada uno ha de sentir por los “seres madres”, sus parientes reencarnados en sucesivos reinos de existencia (infiernos calientes, infiernos fríos, pretas, animales, humanos, asuras y dioses). Tal reconocimiento pasa por ser el primer punto de la instrucción de seis causas y un efecto para alcanzar la boddhicitta, tal y como lo transmitió Atisha en el siglo XI. La estrofa elegida esta vez para su trasvase al castellano es la de los tercetos encadenados (con el serventesio final preceptivo), primando el endecasílabo heroico (acentuando segunda, sexta y décima sílabas) siempre que haya sido posible. El epílogo contextual del final lo he dejado en prosa tal y como aparece en la traducción de Rigpa Translations. No deja de ser curioso a priori el tono patético del poema. Pero recordemos aquí que Geshe Langri Tangpa, de quien versifiqué las famosas Ocho estrofas, era conocido por su incapacidad de sonreír; cuando le preguntaron por ello, respondió: “Cuando pienso sobre el sufrimiento sin fin de los diferentes reinos del Saṃsāra, ¿como podría nunca sonreír?” (no obstante, se dice que sonrió una vez al ver a un ratón intentando llevarse una turquesa de su mandala; el ratón, incapaz de lograrlo, llamó a otro ratón y lo intentaron juntos, algo que causó hilaridad en el venerable maestro). Con todo, este y otros ejemplos no quieren decir que la tristura sean inherentes a los maestros realizados (de hecho, suelen ponderar la alegría como soporte de un carácter virtuoso y como uno de los siete factores de Iluminación); antes bien habría que pensar que cada maestro adopta los roles persuasivos oportunos según la necesidad de carismas distintos por parte de individuos y comunidades. 

¡Que abunde la virtud!

shabkar

Shabkar acariciando a un zorro.

1. Mi alma a los que sufren rememora,
mis madres que amorosas me han cuidado
de tiempo sin principio hasta esta hora.

2. Madres que en el calor me han refrescado
en un ardiente infierno han renacido.
¡Las compadezco! Con fuego se han quemado.

3. Madres que del helor me han protegido
en un glacial infierno resurgieron.
¡Las compadezco! En frío se han hundido.

4. Mis madres su alimento me ofrecieron,
y algunas como Espíritus Hambrientos
¡las compadezco!, hambrientas revivieron.

5. Mis madres mucho amáronme en momentos,
y algunas se tornaron animales,
¡las compadezco!, usados con tormentos.

6. Cumplieron mis deseos madres tales,
y algunas regresaron como humanos,
¡las compadezco!, a mil daños letales.

7. Mis madres me acogieron con sus manos,
y algunas se encontraron como asuras
¡las compadezco!, en duelos tan insanos.

8. Las madres que bondades dieron puras
volverán, tras el mundo de los dioses,
¡las compadezco!, a vida y muerte duras.

9. Vosotras no rehuís vuestros acoses
y sufrís sin cobijo y con espanto,
¡os compadezco!, todos los adioses.

10. Al ver que el sufrimiento con su manto
a todos nos recubre, yo me pienso:
“¡que hoy mismo me ilumine y me haga santo”.

11. Que alcance el despertar puro e inmenso
y, raudo, de miseria libre a todos,
y rezo para obrar común ascenso,
llevándoles la dicha en ciento un modos.

Cuando a la puerta de mi choza de retiro aparecieron mendigando una y otra vez grupos de gentes pobres, que nunca tenían suficiente comida ni ropa, mi corazón se llenó de un profundo sentimiento de compasión y, entre muchas lágrimas, escribí estas palabras.

bhavacakra

Los tres animales centrales de este Bhavachakra (visualización de la existencia cíclica samsárica) representan los tres venenos que hacen renacer: la serpiente representa la aversión; el gallo, el deseo; el cerdo (¿en este caso un lobo? ), la ignorancia.

[Música: M. de Sainte-Colombe, Les pleurs (arreglo para dos violas).]

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He has achieved success who has lived well, laughed often and loved much; who has gained the respect of intelligent men and the love of little children; who has filled his niche and accomplished his task; who has left the world better than he found it, whether by an improved poppy, a perfect poem, or a rescued soul; who has never lacked appreciation of earth’s beauty or failed to express it; who has always looked for the best in others and given the best he had.

[Ha alcanzado el éxito quien ha vivido bien, reído a menudo y amado mucho; quien ha ganado el respeto de hombres inteligentes y el amor de los niños pequeños; quien ha llenado su nicho y ha cumplido su tarea; quien ha dejado el mundo mejor de lo que lo encontró, sea por una especie mejorada de amapola, un poema perfecto o un alma rescatada; quien nunca ha carecido de aprecio por la belleza de la Tierra ni ha fallado al expresarla; quien siempre ha buscado lo mejor en los demás y ha dado lo mejor que tenía.]

Bessie A. Stanley, “Whats is Success”, Heart Throbs (vol. 2), 1905, NY, pp.1-2

Te doy las gracias, dios de las mil formas, que un mensajero me envías en cada una de ellas para que me liberen de la culpa, para que esté más cerca del camino de tu voluntad. Haz que pueda comprenderte en los ojos suplicantes del hermano eterno que a todas partes me acompañan y que sufra con sus sentimientos.

S. Zweig, Die Augen des ewigen Bruders

Laudato si’, mi’ Signore, per sora nostra Morte corporale,
da la quale nullu homo vivente po’ skappare.

[Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana la Muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.]

S. Francisco de Asís, Cantico di frate Sole

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Ahora vemos que cada hombre es otro hombre, que cada aparente noble y cada aparente indigente conllevan el mismo impulso. No es necesariamente un arquetipo lo que distinguimos, sino un único sujeto fragmentado, un sujeto corpóreo y espiritual al mismo tiempo, masa de plenitud informe diferenciada tan sólo por nuestra escasa visión. Es el río del Ser que se bifurca y adopta figuras caprichosas e irriga nuestras estrechas imaginaciones, y se engrana en collares de causas y causas que dibujan aquello que llamamos el Todo. Ahora vemos que identificar a un hombre con sus palabras es la fuente de todos los males del mundo; porque si cada corazón hablase con total sinceridad para consigo mismo, todos dirían lo mismo. Y no ver en el otro a un enemigo es signo de haber hallado ese núcleo resbaladizo dentro de sí. Y nada sirve mejor a ese impulso divino que mora en cada átomo y en cada unidad de información cuanto negarse a odiar a nadie: ni a la raza que parezca odiar a la nuestra, ni siquiera a quien pretenda y quizá logre destruirnos, ni siquiera a quien disfrute mancillando todo lo que llamamos sagrado, ni siquiera a quien parece contradecir a nuestra constante cosmológica, que no es sino la Idea infinita y apacible que se sustenta a sí misma. Es abrazar compasivamente esa destrucción lo que engrandece más a la Idea, que pasa a resolver todas las aporías y echa sobre sus hombros el triste sino de las almas que penan haciendo penar. Pureza y Grandeza fueron criadas en el regazo de la buena Homeomería.

Responder siempre al que nos hable, no ocultarle aquellos de nuestros secretos que le sirvan de guía, ofrecerle nuestra mejor sonrisa y disponernos a ayudarlo hasta donde nuestra sangre hierva. Fácil decirlo, pero imposible de cumplir si no se medita en ello largamente o se cuenta con una misteriosa gracia. Nunca se prodiga uno lo bastante en lo ajeno, nunca se alaba suficientemente a la posibilidad de gozo con que cuentan todas las perlas de la Creación, que en algún momento podría satisfacernos a todos, cuando tal vez no seamos hombres o ranas, sino quieto pajar o nombre murmurado en mundos sin nombre. La fraternidad se pone al servicio del hermano, regocijándose cuando impera el regocijo, compadeciendo cuando truenan los llantos, laborando en la misma empresa que levanten los pobres de espíritu, secando el sudor al obrero del cielo y de la tierra. Acaso este amor sin puertas no sea el salto último a la sabiduría, pero parece sendero obligado para quien, entre los seres sensibles, contamos con ajuar de pasiones y discreto entendimiento.

Y, si la Idea sonríe a los injustos y crueles, ¿cómo no abrazará también al hermano asustadizo que se despeña a cuatro patas? ¿Qué menos que veneración merecen la laboriosa abeja, fecundadora de naciones, o el mudo pez del mar? Ver a un hermano en todo no es principalmente delirio amoroso, sino serena ecuanimidad ante las difusas fronteras que lindan nuestro parcial planisferio de la existencia. Puesto que estar vivo supone contribuir a la vida y a la muerte al mismo tiempo, es preciso cultivar la primera sin odiar a la otra: la Idea es viviente e inerte, y sólo pide hacer lo más suavemente posible el paso entre lo uno y lo otro, sin resistencia, sin pasión, sin aferrarse al recuerdo de que una vez todos fuimos parte de un rey, una mujer, un esclavo, un buitre solitario, un escorpión del abrasado desierto, una paciente roca de montaña y el flujo cien mil veces milenario del dorado polvo estelar.

***

St.Anthony preaching to the fishes, Padua, Mural Fresco

[Los tres romances tradicionales que canta aquí Joaquín Díaz tratan de leerse en la mirada ajena. El de Jesucristo en traje de pobre viene con la anagnórsis egoísta que destruye a lo más amado, la misma moraleja de Los ojos del hermano eterno de Zweig o de Jean de Florette de Marcel Pagnol. El día de los torneos, mi favorito del romancero por su pureza y mensaje, revela el hecho desde su reverso positivo y beatífico, y aun quedaría hueco para fantasear en hermanarse con la montura que lleva a los protagonistas, así como a las fieras que cazaba el padre. Los milagros de San Antonio relata la armoniosa caridad del santo con las aves, no tratándose de San Antonio Abad, patrón de los animales, sino más bien de San Antonio de Padua, digno discípulo de San Francisco de Asís y de quien también se relata un vínculo comunicativo de excepción con los animales, llegando al paroxismo en su predicación a los peces, reconociendo implícitamente y de algún modo el alma que muchos materialistas les niegan:

A estas y semejantes palabras y enseñanzas de San Antonio, comenzaron los peces a abrir la boca e inclinar la cabeza, alabando a Dios con esos y otros gestos de reverencia. Entonces, San Antonio, a la vista de tanta reverencia de los peces hacia Dios, su Creador, lleno de alegría de espíritu, dijo en alta voz:

-Bendito sea el eterno Dios, porque los peces de las aguas Le honran más que los hombres herejes, y los animales irracionales escuchan Su palabra mejor que los hombres infieles.

Y cuanto más predicaba San Antonio, más crecía la muchedumbre de peces, sin que ninguno se marchara del lugar que había ocupado.

Florecillas de San Francisco, XL.]

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When all has been said, the adventure of the sun is the great natural drama by which we live, and not to have joy in it and awe of it, not to share it, is to close a dull door on nature’s sustaining and poetic spirit.

H. Beston, The Outermost House, 1928 (reed. 1992),  p.60

Es grato conocer más profundamente las interioridades secretas del espacioso universo, observar de qué forma gobierna y genera los seres vivos con sus constelaciones, y contarlo en versos con el acompañamiento musical de Febo.

Manilio, Astronomica, I

 

Las penas y las vaquitas
se van por la misma senda.
Las penas son de nosotros,
las vaquitas son ajenas.

Atahualpa Yupanqui, El arriero

el-boalo

Por circunstancias demasiado prosaicas como para ser reseñadas aquí, me vi el otro día en el municipio de El Boalo, en la Cuenca del Guadarrama, no lejos de Colmenar Viejo, provincia de Madrid. Quedándome una hermosa tarde libre tras el cumplimiento de mis gestiones, decidí aprovechar la coyuntura y pasear un rato por las inmediaciones. Las montañas imponían, el sol reposaba en un cielo ni veraniego ni otoñal, los matorrales pajizos doraban el suelo que pisaba, y el tintineo de las campanas de las vacas me llamaba. Nunca pensé que un garbeo tan inocente me depararía aún tantas informaciones interesantes. Nunca pensé que en tamaña soledad me sintiese tan equilibrado, tan observador atento y tan receptivo a los sutiles mensajes del universo.

En primer lugar, retomando el espíritu desenfadado que, a pesar de mi devenir y de mis lecturas, nunca he perdido, me vi sonriendo a una cantidad de pequeñísimos saltamontes que brotaban de entre mis piernas, como si quisieran disparar mi ánimo con sus zancadas y lográndolo. Y yo, sin ningún ánimo agresivo, solamente para conocerlos mejor y para poner a prueba mis desarmados instintos, quise agarrar alguno cuidadosamente para soltarlo poco después. Pero tuve que comprobar que he olvidado cómo hacerlo: una de mis aficiones más expertas de mis veranos infantiles ha sido barrida íntegramente por décadas de ciudad. Quizá ahora temo mucho más hacerles daño, y por eso no lancé mis manos con brusquedad en ningún momento. Incapaz de hacerme entender por mis escurridizos amigos, he tenido que asumir con pesadumbre cómo me he alejado de la psicología animal; antaño la conocía lo suficiente como para calcular con mayor precisión cuándo el saltamontes estaba presto a brincar, y ahora todo lo que veo es una serie de espasmos repeliendo a mis manos denodadamente. Luego, como para consolarme, he pensado que otros (pastores y hombres de campo) conocen mucho mejor a las alimañas que yo, pero desconocen su dignidad, y quizá por eso las tratan más de cerca incluso aunque suponga infligirles dolor. Quizá yo no sea ya capaz de cautivar temporalmente al saltamontes porque ahora lo venero de un modo que antes no entendía. En cada toma de conciencia se gana mansedumbre y se pierde juventud.

A continuación, a los pocos pasos, mis pies han tropezado con unos huesos. Estaban semienterrados, como si una tormenta los hubiese arropado con fango ahora ya reseco: alguna pieza suelta y, luego, tres o cuatro en orden, el orden de una espina dorsal. He ido desmontando vértebras y he tenido la sensación de estar ante una osamenta humana, descoyuntada entre mis manos por vez primera. Finalmente he rechazado la idea porque el tamaño de las piezas habría correspondido al de un niño (el fémur era muy pequeño), y dudo que un cadáver humano, infantil para colmo, quedase impunemente al descubierto en un campo tan cercano al pueblo. Supongo que serán de alguna res, de algún mastín o incluso algún jabalí. Pero he comprendido lo similares que eran esos huesos a los que, bajo un manto de carne, los sujetaban. Rememorando el adagio budista, he comprendido que lo que me sujeta en pie es de la misma naturaleza que esos restos blancuzcos, agrietados y ligeros; he comprobado mediante el tacto la vanidad humana, la caducidad de nuestros recursos y su semejanza con los de otros seres animados. Parecían de un material cálcico similar al de una piedra pómez. Me he dicho: “De los pliegues blandos que cubrían objetos así han surgido la música, la escritura, las edificaciones, los imperios y los disparates con los que ahora quiere nuestra raza conquistar el cielo, el suelo y el mar”. Después, con un impulso entre macabro y ritual, he procedido a percutirlos entre sí: surge un sonido hueco, muy parecido al de los claves de madera, totalmente inexpresivo, pero agradable a su modo. A continuación lo percuto contra la roca: misma inexpresividad. Roca y hombre no se diferencian ya llegados a este punto. Disfruto de la música más igualitaria durante algunos segundos más. Lanzo de nuevo a tierra las estructuras de mis hermanos y prosigo mi paseo de desengaños.

Finalmente, como una última etapa, he dado con una finca habitada por ganado, casi al pie de la montaña. Numerosas vacas estaban apostadas en quieta asamblea. No hay cosa que desconozcan más que la prisa. He deducido que había de ambos sexos cuando ocasionalmente un ejemplar intentaba montar a otro; en eso, en mordisquear hierbajos y en otear pasaban su tiempo. En las orejas portaban el sello anaranjado que las identificaba como propiedad de un hombre. Ahí ha empezado mi lástima. Debo decir que me parecían animales felices, si bien no parecían demasiado alimentados, a juzgar por el costillar que se marcaba en algunos de ellos. Sus vidas tal vez sean todo lo buenas que permiten los tiempos a criaturas de su raza en casi cualquier parte del mundo, incluida Europa; la mayoría de sus congéneres vivos no han visto nunca la luz del sol. Pero seguramente cada una de ellas morirá arrastrada en una sala oscura, sin ventilación ni alma, al paso de un cuchillo que los desangre lentamente. El instante del cese de su felicidad vendrá marcado únicamente por la decisión de un individuo bípedo que las atesora como a monedas de colección que un día habrá que empeñar. Son propiedades ante cualquier tribunal, y eso permite imaginar sobre ellas cualquiera de los peores destinos a los que pueda ser sometido un ser vivo. Al verme tras el muro de piedras, las vacas sospechan y me miran fijamente a la espera de mis movimientos. No perciben mi compasión o yo no la emito con suficiente fuerza. El perro que las vigila me ladra sin cesar, sin que por ello se atreva a acercárseme: sin ningún amor hacia ellas, aquel centinela cree compartir la custodia del rebaño, y no deja de sorprenderme lo astuto que es el hombre para lograr transmitirle a un pequeño cánido el perverso sentimiento de propiedad, tan ajeno a los seres salvajes. Cuando me aúpo sobre una roca del muro, las vacas se giran y se alejan a todo correr. Me entristece, pero también me alegra que su contacto con el hombre les haya enseñado alguna lección. Dudo de si me rehúyen por verme como a un desconocido o, precisamente, por ser demasiado parecido al animal que acaso las corre a garrotazos de tanto en tanto. Quiero pensar que simplemente no entienden mi mente, como yo no entiendo la suya. Porque, en efecto, su conducta parsimoniosa me parece arcaica, de otro ciclo cósmico. Más que a otra especie, me recuerdan a una tribu humana particular de la que no sé nada, con reglas en las que no veo regularidad, sobre asociaciones y jerarquías que nunca descubriría desde fuera. En señal de respeto, me he alejado, no sin desearles una larga vida que puedan invertir en los mansos eventos que más las convenzan, sean cuales sean. Durante unos instantes, si no fuese por el remache anaranjado de sus orejas, clara indicación de ser objetos destinados al despedazamiento o a la simple sumisión arbitraria de un comerciante, casi habría deseado ser una vaca.

En todo el paseo no me he encontrado con otro ser humano, y yo mismo no me he reconocido como tal en ciertos momentos. Temo haber matado a unas cuantas hormigas y demás insectos en el conjunto de mis miles de pasos, pero siempre serán menos que los que mato por el mero hecho de vivir en la ciudad en la que llegué a la vida o en otra similar. Existir supone reducir la existencia de otros; la corrección moral viene determinada por la motivación y por el cuidado en moderar este hecho. Al menos me he librado de hacer ninguna fotografía, que a veces es casi como disecar a la naturaleza, casi una falta de respeto al sagrario que es una montaña y una especie de cédula que libera a nuestras conciencias de la obligación de preservarla.

Regreso al pueblo apoyado sobre largas ramas secas, muy ligeras, y me deshago de ellas arrojándolas lejos en el momento en que piso un desaliñado asfalto. Se acabó el saltar de roca en roca, se acabo el pararse a oler el romero, a mirar los bichos que corretean abajo. De vuelta a la ciudad, todo se me hace absurdo. ¿Cuántas lecciones no seguiría aprendiendo cada día si en el plazo de apenas una hora ya puedo reencontrarme con mi humanidad, mi animalidad y mi condición de ser aprisionado? El croar de una rana me podría haber revelado misterios que ahora no intuyo, los grillos me habrían acunado con ritmos etéreos que inducen al trance, y las estrellas por fin se manifestarían en un esplendor que vedan a los urbanitas, ahítos de luz eléctrica, cortina de soles intergalácticos. Pero también es cierto que de todo se aprende lección si se dispone de la mente pronta para ello, y no oculto que, también en el caos de la modernidad, cada hecho dispara en mi entendimiento numerosas ideas asociadas, numerosos motivos de contemplación religiosa y numerosos vínculos con la Ley eterna que hace rotar a los mundos. Un corto viernes en el campo me ha reafirmado que para filosofar adecuadamente no hay más que corroborar cómo la naturaleza se imbrica con nuestros átomos como las raíces del árbol en lo subterráneo, enlazándonos en una misma cosa simple y enigmática al mismo tiempo. A pocas millas de la ficción del siglo, a una hora y media de nuestros barracones de nueva gleba, la abertura a todo lo que cabe dentro de nosotros se revela diáfana, como manantial de verdades y de intuiciones ancestrales e inacabables.

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[Música: F. Poulenc, Concert Champêtre. II. Andante.]

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