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Archive for the ‘Thánatos’ Category

Reo que tiene por actor al poder enojado ha menester en el juez mucha igualdad.

A. Pérez, Aforismos de la carta para el papa 2

Siglos hay en que viven más seguros los deudores que los acreedores.

A. Pérez, Aforismos de Antonio Pérez 35

Los males envejecidos no se pueden curar sin remedios fuertes.

J. Setantí, Centellas de varios conceptos 14

La mayoría de las personas llamadas decentes odian unos pocos abusos y disculpan los demás.

S. Ramón y Cajal, Charlas de café VII (3a ed., 1922, p. 170)

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Oh, voraces niños de metro y medio, que os agitáis entre catedrales malditas de cemento y frío cristal, moderaos. Vuestra sed inconmensurable lo ahoga todo, y os fijáis entretanto en las pequeñas heridillas que os infligen aquí o allá. ¿Por qué creéis que vuestros pequeños dolores merecen más atención que el hundimiento de todo?

Pero, ¿a qué apelar a vuestras conciencias maltrechas? Uno no se puede enfadar con las ladronas urracas, ni con los tigres devoradores de inocentes, ni con las tempestades que gustan de invertir bruscamente la posición de las cosas. Las bestias y los meteoros tienen su estallido trazado de antemano. Adictos como sois a caprichos envilecedores, no lograréis evitar el impulso que os lleva a nutriros del mal. Tampoco he de excluirme yo del grupo: las adicciones que nos han inoculado no se extirparán con una conciencia media como la mía. Se requiere un cataclismo de la mente o del cuerpo o una teofanía nítida para salir de la rueda de la crueldad indiferente que todo lo asola.

¡Asesinos del mundo, yo os absuelvo! No tenéis la culpa de haber nacido con culpa, y los mejores rayos de luz de entre los mejores de vuestros corazones así lo demuestra. Hasta el más puro de los que tienen algún trato con comerciantes están sentenciados como cómplices de crímenes sin número. Sigamos, pues, contribuyendo al imperio de la muerte y del sufrimiento hasta que no soportemos nuestros actos y nos demos por vencidos ante la evidencia: todo en nuestro tiempo parece llamarnos al recogimiento, a la austeridad extrema, a la abstinencia del alimento animal y a buena parte del vegetal, al retiro campestre y a la oración… pero acaso habrá que esperar a que nos encontremos desnudos de vida y de esperanza para forzar el fundamento de nuestras funestas costumbres. No parece que pueda hacerse otra cosa.

Que los seres nos perdonen lo imperdonable.

[Música: J. Savall, Deploratio IV (Lachrimae Caravaggio. Statio VII).]

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Mas el mundo es ya biejo e, la natura, liviana,
que es mucho corrompida, fallesçida e menguada;
así que la melesina, que solía ser sana,
al omne que la comiere dar le ha mortal lançada.

Libro de miseria de omne

La locura incuba desde ahora bajo nuestros inmuebles de cincuenta pisos, y a pesar de nuestros intentos por desenraizarla, no llegaremos al punto de reducirla, ella es este dios nuevo que no sosegaremos incluso rindiéndole una especie de culto: es nuestra muerte la que incesantemente reclama todo.

A. Caraco, Breviario del caos

Ni puede nadie, ni aun por un instante, permanecer en realidad inactivo, porque irremediablemente le impelen a la acción las cualidades dimanantes de la naturaleza.

Bhagavadgītā 3.5

… toda acción engendra un significado que ignoro.

S. Zweig, Die Augen des ewigen Bruders

El que quiere vivir sin culpa no puede tener parte en una casa ni en el destino de los demás, no se puede alimentar del esfuerzo ajeno, ni beber del sudor de otros, no puede depender del placer de la mujer ni de la exigencia de la saciedad: sólo aquel que vive en soledad vive con su dios, sólo el que trabaja experimenta al dios y sólo el pobre de solemnidad lo posee por completo.

S. Zweig, Die Augen des ewigen Bruders

El mundo moderno no será castigado. Es el castigo.

N. Gómez Dávila, Escolios a un texto implítico

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Salir a entender el mundo, entender el flujo de los bienes, la compra de delicias, la armonía de la pequeña felicidad entre los hombres honrados, entender eso es descalabrarse contra el horror más abyecto. No quedarán más de cien hombres que no sean ya peones en la construcción de un infierno diseñado por Satanás. Hagamos lo que hagamos, de los dedos de las manos nos emergen a casi todos largos cables que conectan con artilugios de tortura, de extinciones y de arrasamiento de ricos pastos. La crianza de un simple vegetal o la confección de la pluma con la que anoto mis aspiraciones tienen la culpa de la muerte de familias, del barrido de vergeles milenarios, de la letrina de los mares, del estrago de los astragos. Nuestros pecados rodean al globo atravesando antípodas ignotas. Andar vestido en la vieja Europa significa dejar desnudos a países enteros. Mis dientes equivalen a guillotinas, a martillos mis zapatos, a desiertos mis excrementos, a peste sin hartazgo el hambre y las apetencias que llevan a servirme holocaustos con buen color. No logro dar un paso sin sentenciar a legiones de conciencias inocentes y a millares de campos de tranquila beatitud. Ninguno de nuestros más distraídos suspiros evita degenerar en esterilidad planetaria. Nuestros gargajos humean como azufres venenosos, nuestros residuos infectan sin remedio los ríos que dan la vida, nuestras risas cuestan desgarramientos de carne, nuestro parpadeo acaba con toda belleza, y la limpieza y ornamentos que no logran embellecernos supusieron el viaje al Hades a criaturas con ojos para ver el caos coronado. Cada vez que me moviera, debería entonar una letanía por los miembros cercenados, por las lenguas que dejan de hablarse, por las pócimas que inutilizamos por sobreuso, por los linajes que son erradicados entre llantos de dolor insoportable e indigna brutalidad del fuerte. Adaptar verdaderamente la religión a nuestros tiempos sería hacerla promulgar un nuevo dogma: “¡Si cada uno no lamenta la maldición de su diabólica expansión, sea anatema!”. Prometeo ha muerto por vergüenza. Nunca siento tantas ganas de llorar como cuando convengo en que yo y todos los que amo somos asesinos natos cien mil veces más flamígeros que el mayor de los emperadores antiguos. Sólo ese dato basta para hacer vomitar al pudoroso o para hacer estallar nuestras mentes y nuestros más bondadosos conceptos en mil trozos, como le sucedió al bendito Avalokiteśvara, y como a él deberíamos satisfacer a nuestra aspiración mediante tantos otros brazos: poseer la justicia en nuestro encarcelador siglo conlleva el sacrificio de todo lo que nos es dado, porque nada nos llega limpio sino originado en los purgatorios del mundo.

¿Cómo nos hemos atrapado todos en una culpabilidad tan apretada? ¿En qué momento se pasó de la predación violenta a la fulminación de toda esperanza y de toda sensibilidad terrenal? Hacer algo hermoso del libre albedrío es hoy más difícil que nunca. El mero hecho de nacer ya nos ha costado hundir las raíces en la podredumbre y la plaga. ¡Ay de los tiempos en que la infelicidad de uno no costaba la dignidad! ¡Ay de cuando el más inocente placer no nos convertía en alimañas de contagiosa boca putrefacta y ácidas ingles sin mesura! ¡Ay de cuando el peor malvado no provocaba la centésima agonía que provoca hoy el inocente! Incluso cuesta imaginar ahora a un pacífico monje cuya generosidad no sea replicada a sus espaldas por un cúmulo de insensatos eslabones en la cadena de la destrucción ciclópea. En el tercer milenio, con escasas e incomprensibles excepciones, todo hombre ha surgido al menos en una familia de principescos demonios. Los más envanecidos somos los paladines del Infecto Esputo, los ricos dispensadores de las razas, los hombres blancos aposentados en la cima de una Rueda de la Fortuna desde la que devoramos todos los manantiales de alimento y consuelo. Cierto es que en nuestro poder está renegar de los orígenes, pero es tan difícil como hacer que el noble olvide los ademanes en que fue criado o la lengua en la que le hablaba su preocupada madre. Nos encontramos demasiado abrazados a aquellos a quienes amamos, tan culpables como nosotros, y asumimos en voz queda que nuestros nobles clanes son bandas de maleantes. ¡Oh malhadado animal racional, que por tus ansias de catar el infierno lo prefiguras aquí para otros, ganando tú así méritos para ocuparlo después en su centro como Asterión en el laberinto! ¡Oh melancolía de ardua desatadura, cuántas noches de remordimientos me costarás cuando me sea acordado el solo hecho de estar respirando o de estar tocando algo que me haya traído un hermano desde algún confín ya desolado! ¿Me olvidaré de ti algún día, triste culpa, o es éste tu veredicto definitivo? Apenas me acuerdo ya de la de zafiedad de las cabezas y la necedad de los corazones con que la cultura ha devenido obscena mueca de lujuria: deberíamos conformarnos con no formar parte del ejército que viene tras los despojos del imperio aniquilado, el imperio de la vida, el imperio de Natura y sus vasallos.

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¿Cómo nos detendremos? ¿Qué dios tendrá la benevolencia suficiente como para erradicarnos? ¿A esto conducían las revoluciones, no a comunidades de hombres libres y hermanados sino a hacer de la raza una sarna sin cura, una dolencia letal y encadenada entre todos sus miembros, de modo que ningún individuo sepa ya escapar del crimen? No queda oro limpio: todo oro es sucio. Y no bastaría con ser poderoso para detener el entramado de la confusión, porque cada gesto de cada ser racional es una súplica para alimentar su carácter rapaz y mefítico: pondríamos nuestra hacienda en manos de aquellos que decimos combatir si fuesen la única garantía de satisfacer nuestros vicios durante un lustro más. Ya ni siquiera veo como un gran crimen someter a los pueblos, despreciar a las razas, engañar a las mujeres o atormentar a las bestias: hemos llegado mucho más allá de eso, porque sencillamente hemos venido a destruir el ambiente en su conjunto con todas sus piezas, inmenso habitáculo en el que todos los inocentes nacieron y nacerán mientras se les deje un resquicio para ello. Y en esa batida participaremos todos los agentes con manos prensiles, sin importar nuestro abolengo, color, edad o el racimo que nos cuelgue entre las piernas, sin importar nuestros conocimientos o nuestro buen corazón. Siendo la civilización un apéndice al organismo que ya funcionaba con razonable armonía, no reclamemos siquiera la salvación de la belleza, de los templos, del honor de los justos o de nuestros entrañables recuerdos clásicos: no hay tiempo para eso. Antes haríamos bien en pensar únicamente en salvar un mínimo de rayo de luz regenerador y en que una boca humana no devenga cataclismo desde su nacimiento hasta su fin. Regresando a la más simple de las barbaries ahorraríamos el dolor infinito que expedimos ahora mientras conversamos cortésmente. Y es que el mundo no está siendo destruido por fanáticos religiosos o por avariciosos ejércitos, sino por la niña que compra un refrigerio porque hace calor. Las injusticias con que me puedan cargar a mí poco de valor tienen y poca ira deberían suscitarme, pues yo las centuplico cada día sin pensar siquiera en ello.

No hay en verdad hoy muchos motivos para la alegría: la transmigración que todo lo aplaza no me da ánimos, porque no me parece a ratos bastante con que los herederos de nuestros actos logren algún día la bendita luz de la paz perpetua. Hay demasiada densidad en el Averno material que presenciamos en este preciso instante como para no procurar cesarlo de inmediato, como para no aliviar un poco el ardor de lo que en su seno se abrasa. Por momentos me entran ganas de actuar de una santa vez como un hombre justo, tan sólo un hombre justo y nada más. Ya no sería cuestión tan sólo de no propagar la semilla del linaje, ni la de reducir la abundancia de bienes, ni la de privarse para siempre del sabor de los cadáveres y sus secreciones; todo eso es poco para quien encarna en sí mismo un apocalipsis cada semana. Me dan ganas de retirarme en una cabaña sobre la cresta de una cordillera ignota, u orar sin cesar y comer en la celda de un monasterio hortalizas criadas por mi mano, o, en el peor de los casos, morirme. Toda abstinencia es poca, y todo lo que no suponga encharcarse en un mugriento arrozal es encadenar allí a estirpes de desposeídos o entregar a los gusanos a aquellos desventurados exiliados de su propio mundo, aquellos que caminan a cuatro patas para agarrarse mejor a un suelo que hacemos desaparecer bajo sus pies.

Nunca haremos lo bastante por enmendar nuestras ofensas, pero ello debe animarnos todavía más a desprendernos en la medida de lo posible del oprobio con el que nos recordarán los cielos tras nuestro paso. Que sea una batalla perdida de antemano no implica que debamos abandonar el terreno; como bien entendían los más nobles guerreros del pasado, más vale morir aplastado por lealtad al honor que deambular miserable durante una larga y apestosa vida. En cada ocasión en la que omitamos un impulso por imaginar sus cósmicas consecuencias, habremos saludado a un ángel. Ojalá los que lamentamos de corazón nuestro devenir en el lodo y en tronos de lágrimas nos agrupásemos para recomenzar el juego, olvidando las mercancías de Oriente, retornando las lámparas de aceite y a la narración de pequeños relatos en torno a la hoguera, en aldeas privadas de locura y de espíritu del siglo, que no es sino el espíritu condenado en brazos del Anticristo.

Esta pena no se diluirá en un día, ni en un siglo, ni aun en eones de vidas sucesivas. Lloremos, hermanos, lloremos como supuran los bubones que somos.

***

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[Música: J. Savall, Lachrimae Caravaggio. Statio II. Pugna et damnatio.]

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Las personas reencarnan en las formas sobre las cuales meditaron.

Kaivalya Navaneeta, 2.85

El sufrimiento experimentado en las malas migraciones
son las armas afiladas de las malas acciones que se vuelven contra nosotros,
como un flechero asesinado por su propia flecha.

Dharmarakṣita, La rueda de las armas afiladas, 47

Demás, quanto él ganare del día que fue naçido
fasta el día que moriere, todo non vale un figo,
si non fuere oración o buenas obras que fizo,
ca non levará otra cosa de quanto ganó consigo.

Libro de miseria de omne 432

Working Title/Artist: YamaDepartment: Asian ArtCulture/Period/Location: HB/TOA Date Code: 09Working Date: mid-17th-early 18th century photography by mma, Digital File DT247.tif retouched by film and media (jnc) 8_17_11

En el momento de mi muerte veré juzgado el valor de mi vida por los daimones que habiten mi corazón. Me susurrarán cosas bellas y me despojarán de todo pavor si los he nutrido bien durante años. Tal como haya educado sus hábitos, así ellos me tratarán en el momento en que debilitado me descomponga. Al igual que los hijos despiden al padre rodeando su lecho de muerte de buenos sentimientos si buena fue su crianza, de esa manera espero que mis afectos se muestren benevolentes mientras me abro en mil formas hacia los novísimos.

Cuidaos, pues, daimones, de cargaros con alforjas demasiado pesadas o agitadas como fieras enjauladas. Dejad al pie del camino vuestro anhelos: igualmente habréis de perderlos cuando nos separemos en el día final. Merece la pena ir impartiendo rigor al alma para esa despedida dramática, terminación de cien mil intenciones, frustración de toda sed, invierno de las más airosas flores. Si no empiezo a prepararme hoy para la visita del Señor de la Transmigración, necio seré. ¿Quién evitaría tener al menos dispuesto un discurso y un ademán ceremonial ante la segura llegada de un rey al que deberemos entregarle cada posesión? Pero tal es la grandeza de ese rey que, digamos lo que digamos ahora, nos impresionará su visión en el momento de presentarse. Por ello es menester ejercitar cada día la pérdida de fascinación, ejercitar la meditación en la intensidad de lo que será una auténtica transmisión de poderes: toma mi cetro grande o pequeño, oh poderoso Yama, y mis recuerdos y decisiones, y pondera mis virtudes y pecados y mi abrazo a las cosas bellas y mi desagrado por las oscuras. Y ten en poco valor mis confusiones, pues, como todo mortal, confundí a menudo lo bueno con lo placentero, lo útil con lo fácil, lo denso con lo valioso, lo nuevo con lo eterno.

En el momento de mi muerte, mi alma saldrá por la coronilla hacia los cielos si mi conciencia, limpia de rubor, tranquila medita hoy en visiones puras. Pero si, por el contrario, los surcos tristes de mi rostro alcanzaren como hiedra a mis pensamientos impregnándolos de negra inercia, entonces me marcharé por algún orificio poco digno, viendo en el mundo a una banda de enemigos, y por ello me reubicaré gritando y gruñendo en el cuerpo de alguna bestia inframundana. Pues nadie se asienta sensatamente y con tino en plácido cojín si llega enfurecido como escapando de batalla. Cuando se produzca el tránsito, de nada te valdrá tu voluntad ni tu inteligencia: enclave tan violento no deja lugar para el frío cálculo. Tan sólo los hábitos acumulados te guiarán, y ten por seguro que solamente la virtud y la sabiduría serena que hayas cultivado saldrán en tu auxilio. Así las cosas, cuida bien a tus daimones, edúcalos con la severidad y el amor constante de un buen padre: en ellos estará el destino de tu herencia y ellos se repartirán la decisión de tu próximo hogar. Sólo irguiendo desde bien pronto la espalda se puede salir de la estancia secular danzando graciosamente y no arrastrado y entre gemidos. Este mundo indisciplinado y frívolo nunca piensa en aquello que, por no recibir atención, golpeará con mucha mayor dureza cuando realice su entrada triunfal, de la que nadie escapa.

Si presto atención muy silenciosamente, ya voy notando cómo me voy muriendo, muy poco a poco. Al despertarme me he encontrado en el carro de Yama, que con quedo trote ya está en marcha en una travesía cuya duración, con mucha suerte -nuestra fragilidad no nos debería permitir confiar en tal cosa-, alcanzará algunas décadas más. ¡Oh Yama, señor de la Rueda de la Vida y la Muerte, ya estoy agasanjando mi palacio para tu llegada! Mi servicio alfombrará tu paso con pétalos de rosas, las estancias estarán perfumadas de mirra y alcanfor, los villanos se postrarán ante ti. El amor saldrá a guiarte por los intrincados corredores de la mansión, las doncellas vírgenes te abanicarán con su paciencia y las banderas de la aceptación ondearán en atrios y alminares. ¡Oh Yama, podamos departir juntos entonces sobre la pasada gestión de mis dominios y detallando con serenidad el próximo señorío o el próximo teatro que me tengas planeado, para que mi rúbrica en tu contrato sea firme y aquiescente! Llévame donde quieras, Señor del Abandono, Repartidor de Igualdad Universal, que yo me ocuparé de ir allá por mi propio pie, sin necesidad de centinelas ni picotas, hasta el día en que te venza definitivamente. Como buen vasallo reinaré hasta entonces lo mejor que pueda en el rincón de un penumbroso bosque, en el fondo de un océano sin fin, en un interregno sin aire, en el cuerpo de un esclavo, en una fosa infernal o en la humilde madriguera de las diligentes termitas.

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[Música: Romance del enamorado y la Muerte, una vez más en la cálida voz de Joaquín Díaz. Este dramático poema, de los más románticos y lacrimosos de su género -si no el más perfecto de todos-, digno de inspirar a Bécquer o Espronceda, relata el brusco encuentro con la muerte de aquel que, por su ímpetu, cree conducirse hacia la vida].

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A los muertos

Además, monjes, el monje compara este mismo cuerpo con el cuerpo arrojado al suelo del cementerio, muerto desde hace un día, o dos días, o tres días; hinchado, lívido y putrefacto de esta manera: “Este cuerpo mío tiene la misma naturaleza, alguna vez será igual a aquel cuerpo y no está exento de este destino”.

Mahasatipatthana Sutta, Digha Nikaya 22.6 (“Kayanupassanananavasivathikarapabba “[“Sección con las nueve formas de contemplación del cuerpo en el cementerio”]).

Quando es bibo el omne cría mota sin mesura,
de pïojos e lombrizes, ca tal es la su natura;
muerto, cría los gujanos con su mala podredura,
que lo roen e lo comen dentro en su sepultura.

Libro de miseria de omne 435

L0070292 Kusozu: the death of a noble lady and the decay of her body. Credit: Wellcome Library, London. Wellcome Images images@wellcome.ac.uk http://wellcomeimages.org Kusozu: the death of a noble lady and the decay of her body. Fifth in a series of 9 paintings. Here her body is decaying in the advanced stages of putrefaction. Watercolour Published: [17--?] Copyrighted work available under Creative Commons Attribution only licence CC BY 4.0 http://creativecommons.org/licenses/by/4.0/

Muertos del mundo: os observo y os estudio. En vuestra descomposición cabe toda filosofía, toda visión, toda mirada amorosa y toda triste despedida. Hasta las reliquias incorruptas de los santos, prolongadas por beatitudes excelentes, se abrasarán durante la conflagración de los mundos. Seguid impartiéndonos enseñanzas, amados muertos, desde vuestra lejanía de todas las cosas. Sin vosotros, ¿cómo sabríamos aprovechar esta efímera vida? El rostro desencajado del cadáver quemado sobre las aguas del Ganges es mi mismo rostro, y en muy poco se diferencia de cualquier otro. Esas piernas flexionadas por la calcificación reflejan mi propia postura arrodillada cuando contemplo un confuso vislumbre de eternidad. No podré evitar adoptar esa angulación contrahecha, esa rigidez de las articulaciones, esa cavidad vacía en los ojos, esa inoperancia de la mente, esa nada de las pasiones y las ideas.

A vosotros, muertos que camináis, también os imploro vuestra enseñanza, a pesar de que muchos de vosotros ignoráis vuestra condición de maestros, desconociendo como desconocéis vuestro mensaje. Tomáis posesión de las calles y de las diversiones como si ello evitase vuestro substrato, que es ajeno a la animación; pero así, inanimados, pasaréis la mayor parte de la edad del universo. La rutina y los caprichos masajean vuestro corazón mientras creéis manipularlo vosotros a él. Oh amados muertos, vosotros que portáis vuestro final escrito en la frente desde el nacimiento, no os dejéis llevar por ilusiones dañinas, por vicios insaciables, por envidias destructivas, por impiedades pueriles. Lo más triste de un muerto es que crea estar vivo.

Los mejores de los muertos alzaron un día todos los logros de nuestra malhadada raza, cuando las cosas todavía necesitaban un nombre, cuando el sol todavía no había sido adorado. Les debemos la palabra, el número y la plegaria. Y tan muertos como ellos estamos nosotros, con un leve desfase ínfimo en el manto de la eternidad. ¡Ea!, cojámonos de la mano todos los difuntos, los de ayer y los de hoy y los de mañana, y bailemos al son de la necrosis que impera en nuestros bellos cuerpos en proceso de corrupción lenta e incesante, iluminaciones vacuas como el arco iris. Cantemos al sol que un día habrá de estallar y a la luna que lo sigue como un cadáver gris, animado solamente por los generosos destellos reflejados por su viudo. Toda la inmortalidad surgirá de nuestro desprendimiento de la muerte. No abracemos la vida, porque no es más que un disfraz de su opuesto. Abracemos, sí, a la pareja completa de vida y muerte en su oposición, sometida a su vez a un principio inasible y absoluto en el que mora la naturaleza última de lo que deviene, aquello que es lo único que en realidad se salvará porque es lo único que merece salvarse.

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[Música: J. S. Bach, Cantata BWV 82. I. Aria (“Ich habe genug“), tal vez el aria más sublime del cantor de Leipzig, claramente emparentada con el Erbarme dich de La Pasión según San Mateo. El texto reza así: Ich habe genug,  / Ich habe den Heiland, das Hoffen der Frommen, / Auf meine begierigen Arme genommen; / Ich habe genug! / Ich hab ihn erblickt, / Mein Glaube hat Jesum ans Herze gedrückt; / Nun wünsch ich, noch heute mit Freuden / Von hinnen zu scheiden. (“Tengo suficiente, pues he tenido al Salvador, esperanza de los justos, en mis brazos anhelantes. ¡Tengo suficiente! Lo he visto, mi fe ha estrechado a Jesús contra mi corazón, y hoy mismo quiero partir de aquí con alegría.”). La primera imagen es una muestra de kusozu, el arte gráfico japonés de clara raigambre budista (la meditación asubhakammaṭṭhāna en cadáveres en nueve fases) y centrado en mostrar en series de grabados las sucesivas etapas de descomposición corporal.]

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Cuando sale la respiración por los dos orificios
de tu nariz, visualízala bajo la forma de una luz blanca
que lleva consigo toda la felicidad y todo acto bueno:
envíalos hacia delante en un viaje a la par con la respiración.
Imagínalos entrando por los orificios nasales de cada ser, tus madres,
y que llenan a todas esas madres nuestras con toda la felicidad.

I Changkya Rimpoche, Entrenamiento para Aquellos del Elevado Camino

¡Que horrible es abandonar a mis padres en este terrible sufrimiento,
anhelando y buscando únicamente mi propia felicidad!

Jetsün Drakpa Gyaltsen, Desprenderse de los cuatro apegos

Aquí presento una nueva, libre y pobre versificación mnemotécnica de un poema de aspiración: “Un canto de compasión”, del yogui budista tibetano Shabkar Tsokdruk Rangdrol (1781-1851), considerado emanación de Milarepa y denodado defensor del vegetarianismo ético. El poema retrata la rueda de renacimientos a través del afecto que cada uno ha de sentir por los “seres madres”, sus parientes reencarnados en sucesivos reinos de existencia (infiernos calientes, infiernos fríos, pretas, animales, humanos, asuras y dioses). Tal reconocimiento pasa por ser el primer punto de la instrucción de seis causas y un efecto para alcanzar la boddhicitta, tal y como lo transmitió Atisha en el siglo XI. La estrofa elegida esta vez para su trasvase al castellano es la de los tercetos encadenados (con el serventesio final preceptivo), primando el endecasílabo heroico (acentuando segunda, sexta y décima sílabas) siempre que haya sido posible. El epílogo contextual del final lo he dejado en prosa tal y como aparece en la traducción de Rigpa Translations. No deja de ser curioso a priori el tono patético del poema. Pero recordemos aquí que Geshe Langri Tangpa, de quien versifiqué las famosas Ocho estrofas, era conocido por su incapacidad de sonreír; cuando le preguntaron por ello, respondió: “Cuando pienso sobre el sufrimiento sin fin de los diferentes reinos del Saṃsāra, ¿como podría nunca sonreír?” (no obstante, se dice que sonrió una vez al ver a un ratón intentando llevarse una turquesa de su mandala; el ratón, incapaz de lograrlo, llamó a otro ratón y lo intentaron juntos, algo que causó hilaridad en el venerable maestro). Con todo, este y otros ejemplos no quieren decir que la tristura sean inherentes a los maestros realizados (de hecho, suelen ponderar la alegría como soporte de un carácter virtuoso y como uno de los siete factores de Iluminación); antes bien habría que pensar que cada maestro adopta los roles persuasivos oportunos según la necesidad de carismas distintos por parte de individuos y comunidades. 

¡Que abunde la virtud!

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Shabkar acariciando a un zorro.

1. Mi alma a los que sufren rememora,
mis madres que amorosas me han cuidado
de tiempo sin principio hasta esta hora.

2. Madres que en el calor me han refrescado
en un ardiente infierno han renacido.
¡Las compadezco! Con fuego se han quemado.

3. Madres que del helor me han protegido
en un glacial infierno resurgieron.
¡Las compadezco! En frío se han hundido.

4. Mis madres su alimento me ofrecieron,
y algunas como Espíritus Hambrientos
¡las compadezco!, hambrientas revivieron.

5. Mis madres mucho amáronme en momentos,
y algunas se tornaron animales,
¡las compadezco!, usados con tormentos.

6. Cumplieron mis deseos madres tales,
y algunas regresaron como humanos,
¡las compadezco!, a mil daños letales.

7. Mis madres me acogieron con sus manos,
y algunas se encontraron como asuras
¡las compadezco!, en duelos tan insanos.

8. Las madres que bondades dieron puras
volverán, tras el mundo de los dioses,
¡las compadezco!, a vida y muerte duras.

9. Vosotras no rehuís vuestros acoses
y sufrís sin cobijo y con espanto,
¡os compadezco!, todos los adioses.

10. Al ver que el sufrimiento con su manto
a todos nos recubre, yo me pienso:
“¡que hoy mismo me ilumine y me haga santo”.

11. Que alcance el despertar puro e inmenso
y, raudo, de miseria libre a todos,
y rezo para obrar común ascenso,
llevándoles la dicha en ciento un modos.

Cuando a la puerta de mi choza de retiro aparecieron mendigando una y otra vez grupos de gentes pobres, que nunca tenían suficiente comida ni ropa, mi corazón se llenó de un profundo sentimiento de compasión y, entre muchas lágrimas, escribí estas palabras.

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Los tres animales centrales de este Bhavachakra (visualización de la existencia cíclica samsárica) representan los tres venenos que hacen renacer: la serpiente representa la aversión; el gallo, el deseo; el cerdo (¿en este caso un lobo? ), la ignorancia.

[Música: M. de Sainte-Colombe, Les pleurs (arreglo para dos violas).]

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Por lo cual las estrellas de los cielos y sus luceros no darán su luz; y el sol se oscurecerá al nacer, y la luna no dará su resplandor.

Is 13:10

Y el cielo se desvaneció como un pergamino que se enrolla; y todo monte y toda isla se removió de su lugar.

Ap 6:14

También nosotros, espíritus dichosos y agraciados con la eternidad, cuando le parezca bien a la divinidad reconstruir todo esto, durante el derrumbamiento universal, como una porción minúscula añadida a la desmesurada catástrofe, nos convertiremos en los elementos primeros.

Séneca, Ad Marciam 26.7

Ciertas cosas regresan a su estado salvaje original y otras son destruidas y sepultadas, pero deberíamos entender esto en el mismo sentido de las aflicciones que he discutido un poco antes: esta destrucción y enterramiento conduce a la obtención de algo mejor, de modo que conseguimos un provecho en la pérdida, en cierto sentido.

G. W. Leibniz, De Rerum Originatione

A cada paso, en la vida, se abren ante nosotros mil lejanías diversas, mil futuros; sin embargo, sólo alcanzamos un horizonte; sólo corremos hacia un porvenir.

F.-R. de Chateaubriand, Reflexiones y aforismos, según la selección de J.-P. Clément, trad. de L. M. Todó, 1997, p. 51

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Después de innumerables edades, después de todos los haces de eventos que las leyes físicas permitieron, el teatro del mundo empieza a echar el telón. El sol ha tragado a sus nueve planetas, igual que Saturno devoró a sus hijos, invirtiendo el curso de las cosas que hasta ahora se tenía por natural. La flecha del tiempo quiere retroceder y para ello incendiará todo lo inflamable. Hace millones de años que la humanidad es un recuerdo, y ningún animal de ningún planeta gemirá ya más a su luna desde ningún rincón del cosmos.

Hace ya eones que la expansión del universo ha enfriado el cúmulo de ondas y partículas que lo ocupaban. Nadie recuerda ya el antiguo equilibrio termodinámico: el todo no es más que un anciano helado, incapaz de comunicar sus componentes, separados entre sí por distancias insalvables. Las verdades matemáticas han dejado de tener sentido, y de nada sirven ya las vías de los santos y los budas al haber desaparecido cualquier rastro de ser sintiente. Las constantes cosmológicas se han vuelto tolerantes en sumo grado: han ampliado sus severas magnitudes hasta el infinito. Ningún cuerpo podría sostenerse en pie frente a la diosa Entropía; tampoco la luz logra ya proyectarse entre partículas tan separadas. Ya nadie escuchará las canciones de cuna que murmuraban las madres a sus niños, nadie la oración del peregrino, nadie la música de Bach ni de ningún otro artífice análogo que se gestara en alguna otra civilización más allá de su galaxia. Millones de templos y de observatorios de millones de mundos han sido deglutidos por el helor de las últimas noches, el dulce veneno de la muerte térmica.

Y, entonces, el universo expansivo comienza a contraerse. En una noche de agosto cualquiera de un año lejano entre todos los lejanos, un año que asustaría a los hombres que establecieron el calendario a partir del nacimiento de Cristo, la vacuidad del espacio se niega a sí misma. Los pliegues del tiempo se diluyen más allá de la abreviación o de la dilatación, suspendiéndose en el puro presente inmóvil. El calor vuelve a tomar protagonismo. Se acelera la sístole de la casa común. Cualquier resto de lo que otrora se llamase estrella, agujero negro, rostro, esqueleto, violín, retrato… cualquier residuo disgregado vuelve ahora a buscar la reconcentración en el origen. La causa y el efecto del espectáculo que significó el tiempo quieren coincidir. Pero la reconcentración se hace sin orden, amalgamando todas las moléculas que acaso se habían enfrentado entre sí. Hermanos y enemigos, hombres y animales, mentes y piedras, astros y células, todos son la misma sustancia ahora. Los elementos se han reducido a uno. Lo que un día vino del polvo estelar vuelve al polvo estelar, y las galaxias se van fusionando entre sí en grupos cada vez mayores, perdiendo la personalidad propia, como legiones de un ejército que se dispone para el último desfile. El ansiado centro, lo que sin saberlo buscaron todas las conciencias y todos los fluidos de la historia cósmica, atrae al fin a los hijos pródigos. Y, según van llegando a ese centro, núcleo de todo decir y de todo culto, los objetos, grandes y pequeños se irradian por última vez. La materia oscura se ilumina al fin, como retirando a la noche del cielo su eterno velo de enigmática tristeza, como celebrando por primera y última vez un acontecimiento que implica en una idea a todas las islas del ser. Como en una fiesta de aniversario, los antiguos parientes se van aproximando al seno materno de la radiación total. Gélidos cadáveres de soles marchan en espiral, recortando distancias, cazando al que va delante, nutriendo el útero sideral del que un día surgieron y al que regresan con impávida obediencia. Lo que en otro tiempo fueran orgullosas supernovas, sinuosos agujeros de gusano e hipnóticos quásares son ahora un amasijo viscoso de tejido hiperlaxo. Convertidos en pura gravedad, el cielo es ahora un embudo de espacio curvo, una interiorización sin fronteras. Las conciencias que vieron venir todo esto, que desde el pasado remoto profetizaron el fin de ciclo, no lograron comunicarse jamás entre sí, separadas como estaban por años luz de invierno vacío, atrapadas en planetas cada vez más viejos y maltratados; ahora al fin se reúnen sus restos, cuando nada ni nadie queda por decir. Han quedado al fin olvidadas las vergüenzas y las glorias de la humanidad y de razas igualmente poderosas en otros mundos.

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Nadie salvo un dios podría entender la música de las partículas comprimiéndose una junto a otra, un vals percusivo de billones de trillones de decibelios que atronaría al mismo Valhala. Las ondas se propagan de unos corpúsculos a otros directamente, pues no existe ya el aire ni el espacio vacío. Se ajusta a su traje de gala el magma espeso de los residuos hasta donde sólo lo pueda concebir una mente mayor que el todo: el último saludo de la energía y la materia sobre el escenario merece una elegancia más que circular, superior a cualquier forma. Ya no hay por ninguna parte estado sólido. Se ha celebrado casi fuera del tiempo el matrimonio indisoluble e indiscernible entre la onda y la partícula, entre lo alto y lo bajo, lo caliente y lo frío. Un solo polo reúne todo lo que hay, hubo y habrá. Todo ha ardido en un fuego quintaesencial, en una ecpírosis nocturna que da la razón a los sabios que lo intuían desde antiguos planetas inteligentes. Ha terminado la inhalación del universo. Nadie queda para saber si ahora recomenzará el ciclo de la respiración. La apocatástasis es tarea para otras leyes físicas, para otras constantes, para mentes con propiedades muy distintas de las que se han reproducido al cobijo de pequeñas rocas esféricas iluminadas por mayores nubes de gases incandescentes.

Es la última noche de este universo, de lo que ha sido un largo sueño que se iguala ahora a la nada. Nadie quedará para dar testimonio, nada permanecerá para decir que algunos lo supimos, para decir que todos participamos del misterioso juego de la existencia antes de ser barridos por sus propias reglas. No es un día alegre, porque desde mucho antes de comenzar la ecpírosis ya no quedaban mentes para alegrarse. No es un día aciago, porque el sufrimiento ha desaparecido igualmente. No hay necesidades morales ni instintos que cubrir. Sencillamente, al fin todo se simplifica en la ataráxica quietud de la esencia, para gusto de las inteligencias que se han unificado con el objeto de su búsqueda. Al final, incluso los más testarudos en infligirse tormentos a sí mismos han alcanzado el Nirvana. Ya no será necesario compadecer a nadie, al menos no hasta que otro mundo vuelva a combinar con pocas probabilidades átomos y leyes para generar el tortuoso linaje de las aflicciones. En esta noche final, última representación del drama en el que todos -hombres, animales, alienígenas, virus y electrones-, todos y cada uno de nosotros tuvimos un papel, en esta noche estelar se habría entendido al final todo si quedase alguien para comprender y algo para ser todavía comprendido. Pero uno se habría regocijado por la perentoria satisfacción del más sagrado deseo de todas las almas que abrevaron en un cosmos ya despedezado: una paz infinita reina en todas partes, y ninguna lágrima tiene ya lugar, pues no hay lugar sin lágrimas ni lágrimas sin lugares. Esta vez la noche lo ha vencido todo. Hasta los más temibles monstruos han sido lentamente devorados por el silencio sepulcral que gobernó siempre nuestros destinos, lo supiésemos o no.

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[Música: Redd Stewart & Pee Wee King, Tennessee Waltz, en la versión que Patti Page cantó en 1951.]

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Sed Pompeiani missa fugae spe misericordiam vulgi inenarrabili habitu quaerentes supplicavere quadam sese lamentatione conplorantes, tanto populi dolore ut oblitus imperatoris ac munificentiae honori suo exquisitae flens universus consurgeret dirasque Pompeio quas ille mox luit inprecaretur.

[“Pero los elefantes de Pompeyo, perdida la esperanza de huir, buscando la compasión del público, comenzaron a suplicar con una actitud indescriptible, llorando por ellos mismos entre lamentaciones, con tan gran dolor del pueblo que, olvidándose del general y de la munificencia desplegada en su honor, se levantaron todos llorando y abrumaron a Pompeyo con imprecaciones que él expió inmediatamente”].

Plinio el Viejo, Historia natural, 8.7.21 (trad. I. García Arribas)

Era un obrero poco hábil y su cometido consistía en dar la puntilla. Yo le pregunté si no le daban lástima las reses. “¿Qué sacaría de ello? Es necesario”. Pero cuando le dije que no es necesario comer carne, la cual constituye un alimento de lujo, convino conmigo en que verdaderamente era lamentable.

L. Tolstoi, El primer paso, 9

For the animal shall not be measured by man. In a world older and more complete than ours they move finished and complete, gifted with extensions of the senses we have lost or never attained, living by voices we shall never hear. They are not brethren, they are not underlings; they are other nations, caught with ourselves in the net of life and time, fellow prisoners of the splendour and travail of the earth.

[“Pues el animal no debe ser medido por el hombre. En un mundo más viejo y más completo que el nuestro se mueven ellos acabados y completos, dotados con extensiones de los sentidos que nosotros hemos perdido o que nunca obtuvimos, viviendo entre voces que nunca oiremos. No son hermanos, no son subordinados; son otras naciones, atrapadas con nosotros en la red de la vida y del tiempo, compañeros de prisión en el esplendor y los afanes de la tierra.”]

H. Beston, The Outermost House, 2.1

El sufrimiento no tiene propietario,
de modo que no se puede hacer distinciones en él.
Puesto que el dolor es dolor, ha de ser disipado.
¿Qué sentido tiene dibujar fronteras?

Śāntideva, Bodhicaryāvatāra, 8.102

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La razón puede evidenciar verdades que no nos atañen, pero sólo el corazón nos puede llevar a hacerlas propias. Si incluso el preclaro y frío Aristóteles se negó a asumir la falta de naturaleza en la institución de la esclavitud, fue porque no le conmovía la semejanza de afecciones en los esclavos que lo rodeaban, o porque no percibía o no quería percibir claramente tal semejanza. En cambio, el caritativo Séneca -era la suya un alma comprensiva y cálida por más que predicase la apatía estoica-, lo vio mucho más claro y reivindicó públicamente la nobleza de muchos esclavos, así como la necesidad de tratarlos a todos con dignidad humana. Pero ni unos ni otros se atrevieron a cuestionar en sus raíces el peso jerárquico que hacía de la mayor parte de la población humana propiedad de unos pocos y, por tanto, evaluables, vendibles y susceptibles de muerte arbitraria. Por muchos motivos racionales que se dieran con mayor o menor timidez en contra de la esclavitud, no fue hasta que llegó el sentimentalismo cristiano que se puso fin a su existencia, al menos en su forma más brutal y oficial. Por supuesto, fue el desarrollo de un destilado racional lo que inscribió la abolición en imperativo legal, pero la madre del movimiento fue la compasión cándida de almas nobles.

No sucederá otro tanto con la esclavitud animal hasta que los hombres no se dejen penetrar sus corazones por el olor de la sangre y por la cadencia de los gemidos de las madres que ven arrebatados o aun torturados a sus hijos. Los argumentos racionales están dichos en decenas de libros, libros que nada cambian en el panorama de gobiernos, industrias y pueblos. Únicamente un movimiento subterráneo de corazones atentos y simpatéticos es lo que está dando alas a la última expansión del círculo moral ilustrado, que será la que abarque al conjunto de los seres sensitivos.

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Creo que, como en tantas otras cosas, la depurada experiencia de los místicos podría ayudar más que las evidencias de los hechos brutos. Las fuerzas para embravecerse en la compasión han de ser generadas del mismo modo que las fuerzas de los músculos. Es necesario cultivar la interiorización de ese estigma que vemos ahora tan ajeno. A imitación de los maestros tibetanos de la metamorfosis espiritual, tomando media hora de la jornada, sitúese uno en una cómoda postura de piernas cruzadas. Con la espalda erguida, con una mano sobre la otra, con los ojos cerrados, visualícese a sí mismo en un cuerpo de cerda. Nuestro cráneo está ocupado ahora por sus pensamientos y sensaciones. Sin embargo, no reconocemos un paisaje agresta ni el color de la tierra ni el azul del cielo; por el contrario, despertamos encajonados en un tanque metálico, incapaces de movernos por falta de espacio, aposentados sobre una montaña de nuestras propias heces. Las heridas producidas por infecciones descuidadas supuran toda clase de humores que nos traerían la muerte si nuestra vida no fuera a tener decretado un final mucho más anticipado. Engrosados por extraños alimentos -conglomerados de restos de nuestros congéneres y aderezados con productos químicos antinaturales-, amamantamos a nuestras crías, a las que vemos castrar sin anestesia ante nuestros ojos: los gatos que pasean libres por los corredores engullen sus testículos mientras los cochinillos aún chillan. Nuestro primogénito, demasiado enfermo, es asesinado a golpes contra el suelo; en vano clamaremos. Nuestra única relación parecida al amor ha sido un doloroso, frío e inmenso tubo plateado con el que un individuo al que no vemos nos insemina periódicamente la semilla de un macho muerto tiempo atrás. No hemos visto nunca la luz del sol, ni hemos pisado arena o hierba. Finalmente, nos cuelgan boca abajo durante una hora mientras el olor de la sangre y los gritos de nuestros hermanos nos anuncian una muerte violenta. Los golpes y electrocuciones para aturdirnos no acaban de ser efectivos: conservamos la conciencia justa para notar la tortura íntegra. Nos agitamos mientras nos rajan la garganta y vomitamos sangre y linfa. Queman con fuego vivo nuestra piel para eliminar el vello, molesto a los comensales humanos. Nuestras últimas sensaciones son ardor por todo el cuerpo y la visión de nuestras propias tripas en manos del demonio que nos sigue acuchillando sin cesar aquí y allá. Así ha sido nuestra breve vida. Despertemos.

Esta operación meditativa debería reiterarse una y otra vez hasta alcanzar no ya la ambiciosa bodhicitta, sino la mera superación de la adicción a los placeres innecesarios de la explotación carnal, causantes de los mayores holocaustos conocidos. La compasión se reproduce como la vida: quien aprende a mirar con ternura a quien nos ofrece un rostro distinto del nuestro, mucho más aprenderá a comprender el sufrimiento de sus propios hermanos de raza. Visionarse en el cuerpo tembloroso de un cerdo hoy, de una gallina mañana, de un niño afgano después, nos hace merecedores de una dignidad en la que nos adelantan a menudo no pocas bestias, como el chimpancé que recuerdo haber visto recogiendo del agua con cuidado la cría de un roedor medio ahogado.

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[Las dos músicas son sendas recreaciones barrocas del Quis est homo del Stabat Mater, en este caso de Bononcini y de Vivaldi (RV 621) respectivamente. El texto reza: Quis est homo qui non fleret, / Matrem Christi si videret / In tanto supplicio?… (“¿Qué hombre no lloraría / si a la Madre de Cristo viera / en tanto suplicio?”…). Irónicamente, la belleza de las versiones historicistas se debe en parte a las cuerdas de tripa de violines y demás, cuerdas de un cálido sonido que, no obstante, es tan bello como inmoral si no se toman de animales fallecidos de forma natural.]

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