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Archive for the ‘Thánatos’ Category

 

ἐγὼ δὲ καὶ γυμνὴ καὶ μόνη καὶ γυνὴ ἓν ὅπλον ἔχω τὴν ἐλευθερίαν, ἣ μήτε πληγαῖς κατακόπτεται μήτε σιδήρῳ κατατέμνεται μήτε πυρὶ κατακάεται. Οὐκ ἀφήσω ποτὲ ταύτην ἐγώ: κἂν καταφλέγῃς, οὐχ οὕτως θερμὸν εὑρήσεις τὸ πῦρ.

[Yo estaré inerme y sola, una simple mujer, con mi libertad por toda arma, a la que ni hieren los golpes ni el hierro corta ni el fuego abrasa. Jamás la dejaré en tus manos. Y, aunque me quemes, no hallarás el fuego tan ardiente como ella.]

Aquiles Tacio, Leucipa y Clitofonte 6.22.4

 

 

Ἐκ τοῦ αὐτοῦ φυράματος, λέγουσα, τοῖς ἀνδράσιν ἐσμέν. Κατ’ εἰκόνα Θεοῦ γεγόναμεν, ὡς καὶ οὗτοι. Ἀρετῆς δεκτικὸν τὸ θῆλυ ὁμοτίμως τῷ ἄῤῥενι παρὰ τοῦ κτίσαντος γέγονε. Καὶ τί γὰρ ἢ συγγενεῖς τοῖς ἀνδράσι διὰ πάντων ἐσμέν; Οὐ γὰρ σὰρξ μόνον ἐλήφθη πρὸς γυναικὸς κατασκευὴν, ἀλλὰ καὶ ὀστοῦν ἐκ τῶν ὀστέων. Ὥστε τὸ στεῤῥὸν, καὶ εὔτονον, καὶ ὑπομονητικὸν, ἐξ ἴσου τοῖς ἀνδράσι καὶ παρ’ ἡμῶν ὀφείλεται τῷ Δεσπότῃ. Ταῦτα εἰποῦσα, πρὸς τὴν πυρὰν ἥλατο· ἡ δὲ περισχοῦσα τῆς ἁγίας τὸ σῶμα, ὥσπερ τις θάλαμος φωτεινὸς, τὴν μὲν ψυχὴν ἐπὶ τὴν οὐράνιον χώραν, καὶ τὴν πρέπουσαν αὐτῇ λῆξιν ἀνέπεμψε.

[Así decía: “Somos de la misma arcilla que los hombres. Hemos sido hechas a imagen de Dios, como ellos. El género femenino ha sido hecho por el Creador capaz de virtud igual que el masculino. Y ¿por qué somos semejantes a los varones en todo? Porque no sólo fue tomada carme para la constitución de la mujer, sino también hueso de sus huesos. De manera que la constancia, el vigor y la paciencia la debemos al Señor de igual manera los varones que nosotras”. Dicho esto saltó a la pira, que rodeó el cuerpo como un tálamo resplandeciente y envió su alma a la región celeste y al descanso merecido.]

San Basilio de Cesarea, In martyrem Julitam 2

 

 

Nam nec prodest perpetua, si felicitas non sit; et felicitas deserit, si perpetua non sit. 

[Pues no aprovecha “Perpetua”, si no hay “Felicidad”, y “Felicidad” nos abandona, si no es “Perpetua”.]

San Agustín, Sermo 282.1

 

 

Et dixi Perpetuae: “Habes quod vis.” Et dixit mihi: “Deo gratias, ut quomodo in carne hilaris fui, hilarior sum et hic modo.”’

[Yo le dije a Perpetua: “Ya tienes lo que quieres”. Y ella me contestó: “Gracias a Dios que, como fui alegre en la carne, aquí soy más alegre todavía”.]

Passio Perpetuae et Felicitatis 12

 

 

Οὐ γὰρ ἔλαβον καύχημα κατὰ τῶν πεπτωκότων, ἀλλ´ ἐν οἷς ἐπλεόναζον αὐτοί, τοῦτο τοῖς ἐνδεεστέροις ἐπήρκουν μητρικὰ σπλάγχνα ἔχοντες, καὶ πολλὰ περὶ αὐτῶν ἐκχέοντες δάκρυα πρὸς τὸν πατέρα,  ζωὴν ᾐτήσαντο, καὶ ἔδωκεν αὐτοῖς· ἣν καὶ συνεμερίσαντο τοῖς πλησίον, κατὰ πάντα νικηφόροι πρὸς θεὸν ἀπελθόντες. Εἰρήνην ἀγαπήσαντες ἀεὶ καὶ εἰρήνην ἡμῖν παρεγγυήσαντες, μετ´ εἰρήνης ἐχώρησαν πρὸς θεόν, μὴ καταλιπόντες πόνον τῇ μητρὶ μηδὲ στάσιν καὶ πόλεμον τοῖς ἀδελφοῖς ἀλλὰ χαρὰν καὶ εἰρήνην καὶ ὁμόνοιαν καὶ ἀγάπην·

[Porque los mártires no tomaron de la caída de los otros ocasión de vanagloria, sino que con entrañas de madre distribuyeron a los necesitados lo que ellos tenían en abundancia, y derramando copiosas lágrimas por ellos al Padre, pidieron vida y el Padre se la dio. Ellos la repartieron entre sus prójimos y marcharon a Dios con una victoria sin tacha. Habiendo amado siempre la paz, de paz nos dejaron prendas y en paz marcharon a Dios, sin dejar tras sí trabajo a la madre ni discusión y guerra a los hermanos, sino alegría, paz, concordia y amor.]

Eusebio de Cesarea, Historia eclesiástica 5.2.6

 

 

Dion dixit: Milita, ne pereas. Maximilianus respondit: Non milito. Caput mihi praecide, non milito saeculo; sed milito Deo meo.

[Dión dijo:
—Sé soldado; si no, estás perdido.
Maximiliano respondió
—No quiero serlo. Córtame la cabeza, pero yo no milito para el siglo, sino para Dios.]

Acta Sancti Maximiliani 2

 

 

Atque ita ait: Marcellum qui Centurio natus, in quo militabat ablatum publice sacramentum polluit, et sub acta Praesidis talia verba furiis plena deposuit, gladio animadverti placet. Et cum ad supplicium duceretur Marcellus sanctus dixit: Dominus tibi benefaciat.

[Y dijo así:
—A Marcelo, que, siendo centurión ordinario, tras quebrantar el juramento bajo que militaba, lo ha deshonrado públicamente, y bajo la fe de las actas del presidente ha dicho palabras llenas de furor, le condenamos a que sea pasado a filo de la espada.
Y al ser conducido al suplicio, San Marcelo dijo:
—Que el Señor te colme de beneficios.]

Passio sancti Marcelli 2

 

 

Rursus proconsul: Stultitiae praeceptor eras. Respondit ille: Pietatis.

[De nuevo el procónsul: “Eras maestro de estulticia”. Respondió aquél: “De piedad”.]

Acta Pionii 19

 

 

πάσῃ φυλακῇ τήρει σὴν καρδίαν, ἐκ γὰρ τούτων ἔξοδοι ζωῆς.

[Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida.]

Pr 4:23

 

A los miles de cristianos que cada año, en este siglo, siguen dando testimonio de su libertad de espíritu con el pago de sus vidas.

 

I. Vibia Perpetua a Ulpia Marcia.

En esta hora postrera te dedico, hermana, las últimas palabras que pondré por escrito. Habiéndome confesado al diácono Pomponio por la mañana, habiendo entonado durante toda la jornada himnos al Señor entre todos los que en esta celda aguardamos, ya declarados en el silencio de la conciencia mis últimos votos y súplicas, estoy pronta a morir por mi fe. Aunque me insuflaría fuerzas entregarme a la oración hasta la hora en que nos saquen a la arena, prefiero pasar mi última vigilia hablando contigo, con quien tanto he jugado y amado. Siento que te debo alguna explicación sobre la madera de la cruz que abrazo. 2. Puesto que mi conversión ha sido reciente, y puesto que tu padecimiento por ella no parece haber cesado por más que disimules tu llanto, te diré algunas cosas para que tú, Marcia, comprendas mi libérrima voluntad y, tal vez, también sigas mi camino. Me alegra hasta donde pueda alegrarme por los seres de este mundo que te hayan impresionado algunas parábolas del Santo Evangelio, que admires los hechos de Cristo Jesús, que hayas derramado alguna lágrima de misteriosa admiración cuando me veías susurrar letanías al prender las lámparas de mi altar. 3. La semilla de la gracia se está abriendo en ti puesto que tu bondad la ha hecho madurar desde siempre. Menos de veintitrés primaveras han bastado para hacerme leal a la sociedad de los justos hasta el punto de encomendar mi salud y mi vida corporal; menos incluso te bastarán a ti, conociendo como conozco la hermosura de tu corazón.

II. Mientras mis hermanos debaten hasta su último día ciertos dogmas intrincados del Magisterio, yo me he retirado a meditar en soledad. Muchas son las doctrinas que todavía no entiendo, y no tendré ya tiempo de estudiarlas. En varias ocasiones hemos departido tú y yo sobre la doctrina de mi fe, aunque casi siempre por carta. Me inquirías cómo era posible que Dios fuera uno y trino, cómo pudo nacer de virgen nuestro Salvador, cómo pudo surgir un mundo a partir de la nada, cómo era posible que el pecado fuese llamado a la existencia por la fuente del Bien, cómo heredamos de Adán y Eva nuestras miserias, o cómo era posible la resurrección de la carne. 2. A esta hora sigo sin tener respuesta para esas cuestiones. Contra lo que podrías estar pensando, mi incertidumbre filosófica no debilita mi ánimo. No pasaré mis últimos instantes procurando comprender los designios del Señor. Acepto con alegría que Él vaya a saber siempre más que nosotros, que la Inteligencia pura no pueda más que ser participada en algunas trazas por nuestras inteligencias particulares, teñidas de ofuscación y de densa carne. 3. No basta, en cambio, con creer cosas inverosímiles para formar adecuadamente la humildad. Si los mitos de los dioses olímpicos son igualmente inverosímiles, no veo que hayan producido nunca tanto coraje y pureza de intenciones como ha logrado el Santo Evangelio. ¿Quién se daría por amor a las fieras sin esperar ningún bien de este mundo y, lo más importante, sin albergar odio ni congoja en el corazón? Acaso solamente un cristiano en tierras que conozcamos. La verdad de la nueva alianza que nos regala Cristo es limpia, carece de orgullo, de impudicia, ama a todos los hombres por igual, siente especial ternura por los débiles y enfermos, anima a pobres, mujeres y esclavos a alcanzar la más alta santidad. 4. Y, con todo, no contradice las verdades más excelsas de Platón o de Aristóteles. ¿No asiente la ley de la Iglesia a la intuición del Bien supremo? ¿No reconocemos igualmente la Unidad de la que todo dimana y en la que todo mora? ¿Es que no nos decidimos, como los estoicos, a permanecer firmes en la Razón universal, aceptando todo lo que venga, no ya con impasible rigidez, sino con alegría plena y generosa? ¿No hablan los peripatéticos también de una Causa primera? ¿No pensamos, con los pitagóricos y el oscuro Heráclito, que una concordia entre opuestos, sabia como sólo la Sabiduría puede serlo, lo rige todo, y que las disonancias del concierto no son sino estertores de libertad y de respiraciones de las conciencias que en nada afectan al buen destino del conjunto? ¿Aprecian los atenienses más que los nazarenos la sabiduría y la belleza de la Creación, a la que cantan éstos con más frecuencia, varias veces cada día? ¿Nos superan en morigeración y templanza los más ejemplares de los romanos? ¿Pueden ser más devotas las sacerdotisas de Vesta enfrentándose a la perdición si renuncian a la virginidad que los cristianos cuando nos lanzamos a padecer todas las vilezas precisamente por mantenernos en la virginidad, la lealtad y la caridad?

III. Cuando busco el instante en que abracé la fe definitivamente, no lo hallo en el día en que vi a unos cristianos siendo apresados y golpeados sin que la paz abandonase sus rostros. No lo hallo en las palabras de Pomponio, ni en los cantos puros a los que empecé a unirme en casa de Sáturo más por curiosidad y amistad que por convencimiento. Acaso fuese el instante decisivo aquel en que, paseando por mis jardines, vi a mi querida Felicidad rescatar del suelo a una cría de mirlo malherida, que había caído de un nido. Después de tratar de alimentarlo con hierbas y de envolverlo en su subúcula, le recitó unos versos con voz melodiosa que invocaban la intercesión de algunos santos. El pajarillo pareció calmarse, y así pasó las pocas horas que le quedasen de vida. Se marchó de este mundo con la bendición de aquella esclava a la que desde entonces tuve el impulso de llamar hermana. 2. Aunque no he oído a ningún presbítero hacer consideraciones sobre el alma de los animales, sentí que Dios había enviado a esa doncella sanadora, ese ungüento de caridad, a preocuparse por un destino suave para su minúscula criatura, como acordándose de lo que dijo Jesús sobre los cinco gorriones a los que no olvida el Padre, por más que se vendan por dos monedas (Lc 12:6). Allí comprendí la grandeza del amor, la dulzura permanente, la elegancia de los gestos compasivos y magnánimos, cosas que brotan cuando uno ya no se preocupa de su miserable beneficio, de su cuerpo caduco, de la minúscula porción de universo que ocupa en su corta vida o de sus tristes pensamientos sobre el porvenir.

IV. No sé cuántas respuestas calmarían la inquietud de tu entendimiento sobre mis creencias y mi fortuna. Una cosa sí creo que podré explicarte con sencillez: por qué los cristianos no adoramos al emperador. Nada es más falso que considerar que lo despreciamos o que no lo honramos con la grandeza que se merece el primer hombre del más grande imperio mundano. Tampoco el cómico Accio se levantaba ante Julio César cuando acudía éste al colegio de poetas, y nadie se indignaba por ello, pues era claro que allí se saludaba el talento literario y no el político. Del mismo modo, no rendimos culto al gobernante, porque el culto se reserva a lo divino y no a lo humano, sin que por ello podamos dejar de rendirle honores como príncipe del imperio. 2. ¿Participa de lo divino nuestro César Septimio Severo? No cabe duda, pero como un mortal magnífico, una criatura amada por su Creador, un elegido para regir los destinos del orbe. Equiparar su voluntad a aquella que dio origen a las estrellas y a la raza humana, no es tanto piedad cuanto estéril estulticia y peligrosa exhortación al envanecimiento, que es de lo que menos conviene a un príncipe. Me conmueve que se le rindan honores, versos, fastos; que le compongan odas, que le erijan edificios y estatuas, que llevemos su efigie en las faltriqueras. Nómbresele guía de todos los ejércitos si se desea, venza con su ley el germen del crimen, quiera que el mundo hable nuestro latín, impónganseles epítetos dignos de un Héctor, de un Numa y de otros llamados semidioses. Comparta con sus hijos la potencia sobre el suelo, como tríada que refleja abajo la que existió arriba desde lo sin principio. Pero no permitamos que su alma, lábil como todo lo que fluye entre las edades, ocupe en su totalidad el lugar de las nuestras. El César es hombre como nosotros, es africano como nosotros, es de nuestro siglo, cae en nuestras debilidades. Hagámosle fácil su vida y su gloriosa misión, pero no a costa de dejar que la facilidad sea la misión de nuestras vidas. 3. Te diré algo que hay en la enumeración de enseñanzas que nos legó el Maestro, tal y como las enumeró Apolonio (Acta Apolonii 37) ante el procónsul Perenne, quien le habría de martirizar: en ropa de pobre nos enseñó el Rey de reyes, en efecto, a calmar nuestra ira, moderar nuestro deseo, mortificar los placeres, cortar de raíz nuestras tristezas, ser comunicativos, fomentar la amistad, destruir la vanagloria, no buscar la venganza de los que nos agravian, despreciar la muerte por la ley de la justicia, no buscar dañar a nadie, sino soportar a los que nos dañan; obedecer a la ley por Él puesta (έδίδαξεν γάρ θυμόν παύειν, έπιθυμίαν μετρεϊν, ήδονάς κολάζειν, λύπας έκκόπτειν, κοινωνικούς γίνεσθαι, φιλίαν αύξειν, κενοδοξίαν καθαίρειν, προς άμυναν ἀδοκούτων μὴ τρέπεσθαι, διὰ τὸν τῆς δίκης θεσμὸν θανάτου καταφρονεῖν, οὐ διὰ τὸ ἀδικεϊν ἀλλὰ διὰ ἀνέχεσθαι ἀδικούμενουσ, ἔτι δὲ νόμῳ τῷ ὑπ’ αὐτοῦ δοθέντι πείθεσθαι); y, añade Apolonio, a honrar al emperador (βασιλέα τιμᾶν). Según nos enseñó el Verbo encarnado, deberemos dar al César lo que es del César; a Dios, lo que es de Dios (Mt 22:21).

V. Creo que ya ni siquiera tú sacrificas al emperador. Tampoco me agrada que sacrifiques todavía a los dioses. ¿No te daña otorgar el alma de un cordero a un pequeño genio, apasionado como el de un hombre, si es que los corderos cuentan con tal atributo y si es que existiesen los dioses de los montes y de los astros? Yo te insto, hermana, a que no derrames sangre de ningún modo, pues, aunque casi todos mis hermanos se conforman con no obsequiar a ídolos, y algunos de ellos comen carne, yo lamento el sufrimiento de la criatura a la que de todos modos se priva de una vida. 2. No usemos al animal como si fuese nuestro, porque ante todo es posesión divina, y, al igual que los hijos que decimos poseer, los poseemos nosotros solamente por circunstancias temporales y relativas. Eso me trae a la memoria las pobres fieras que se verán obligadas a masticarnos. Y pienso sobre todo en los bestiarios (venatores) del anfiteatro, que las han privado de alimento durante semanas a fin de acrecentar su afán en hacer el mal. Unas y otros son como címbalos que retiñen, y se alejan de Dios mientras a nosotros nos conducen en sus lomos hasta Él, porque no saben lo que hacen.

VI. Estoy dispuesta a morir, hermana, no por las palabras de un libro. No por una reliquia bienoliente o por un milagro deslumbrante. También los poetas antiguos, las flores y los magos cuentan con logros similares. Aunque me agrade sobremanera que ecos de la religión de nuestra infancia resuenen en las homilías y en las sentencias de Moisés, aunque me reafirman en mi fe las curaciones inexplicables y las multiplicaciones de los panes, nada de ello es por lo que estoy pronta a despedirme del mundo. Estoy dispuesta y, aun más, deseosa de morir por habérseme presentado en ello la oportunidad de encarnar la perfección de un alma tal y como los mejores filósofos la concibieron en sueños. 2. ¿Por qué enfrentarse a la muerte de este modo tan terrible, dirás? Porque allí se decide todo. Es una gran fortuna que la maduración que en otros conllevó lustros de práctica se haya reconcentrado en unas pocas jornadas para quienes aguardamos en este calabozo. Sé que estoy aprendiendo amar el doble a cada hora que se sucede. Siento que ya nada me da miedo en esta era, puesto que estoy poniendo toda mi voluntad en otra. A menudo me he quejado sin mesura cuando me he magullado con el fuego de una antorcha, o he sido presa del abatimiento o la ira cuando alguno de mis caprichos no se cumplía velozmente; estando ahora dispuesta al sufrimiento supremo, he renunciado por completo a mis antiguas, perniciosas costumbres. Si no equivaliese a una blasfemia, casi diría que no espero con tanto afán una nueva vida: ya he renacido varias veces desde la última vez que nos vimos. Jamás sentí tanta fuerza como ahora que no me aferro a nada. 3. Es por eso que honramos a los cristianos que murieron a manos de la soldadesca antes que nosotros; porque, ¿no han sido sus vidas fulgores de héroes mayores que los de Aquiles, Jasón o Rómulo? Con su paz invencible, su confesión sin arrogancia pero sin melindres, su entereza, que nunca pasa a convertirse en gesto violento, han dominado todos los reinos del orbe. Porque solamente empezando a vencer el centro mezquino de uno mismo se pueden ir logrando asentamientos allí por donde se marche. 4. Nada más triste que un sufrimiento sin progreso, y en ello están de acuerdo incluso vuestras leyendas, si contemplamos a los condenados por el Olimpo. ¿En qué aprovecha a Sísifo empujar una piedra hasta una cima de la cual volverá a caer? ¿Gana algo Tántalo sufriendo un hambre eterna frente a unos frutos que le soslayan? ¿No les valdría más a Ticio y Prometeo perder la noción de la existencia que sentir eternamente devorado el hígado? ¿Con qué fin, Ixión, ruedas abrasándote en el Tártaro? Por nuestra parte, los soldados del Ungido sacrificamos nuestro desahogo con vistas al más rápido cumplimiento posible de la Voluntad clemente que rige los mundos. Ningún deleite tiene tanta plenitud como nuestro tormento, pues en éste nos sentimos en consonancia con el curso secreto de los elementos.

VII. Recuerdo las hazañas de los varones ilustres que nuestro padre nos recitaba en los testimonios recogidos por Valerio Máximo o Plutarco. ¿Cómo no nos habría maravillado la piedad de Numa, la pureza de Catón, la modestia de Agrícola, la austeridad de Crates y Foción, la sinceridad de Sócrates, la prudencia de Cicerón, la liberalidad de Augusto, la compasión de Séneca? ¿Pues qué? ¿A qué esperamos para encarnar todas esas virtudes en un solo paseo hacia las catacumbas, o en otro hacia el hierro incandescente? Es un movimiento inusitado, pero una vez emprendido con diligencia nos lleva por sí mismo en lugar de llevarlo nosotros a él, como el peso de una piedra la va asentando cómodamente en el fondo del mar cuando se hubo hecho el esfuerzo de lanzarla, despegándola de la erosión de los vientos volubles. 2. Acaso las gestas de los mártires, sus coronas hechas de sus propios huesos, sus cantos desde las fauces de un león, sus oraciones por quienes les despellejan vivos, su combate son Satanás en su propia sangre, acaso todo eso, digo, será algún día monumento mucho más egregio que los de los generales que comandaron la república romana contra galos y sirios. 3. Cual en mi extravío me indicó el camino la luz de la santa libertad, así quiero dar ejemplo a otras almas. Porque si otros antes que yo me guiaron, si oficiales del ejército, soldados, mercaderes, matronas, esclavos, adolescentes, me hicieron sentir vergüenza por no tomar poder sobre mi propio corazón, por no amar lo bastante el cielo y la tierra, ¿a qué no podría hacer yo lo propio, si siempre me sentí de espíritu dulce, cultivado en las artes liberales y esperanzado? ¿Bárbaros de Judea hay que resisten mejor el dolor y desprenden más mansedumbre que un romano? ¿Pues cómo? Mas también hay senadores entre quienes siguen a los galileos, como Apolonio o Julio, que desafiaron a Cómodo ensalzando la Cruz hasta serles separadas sus cabezas de sus cuerpos. Nunca hemos pensado, ni yo ni mis hermanas y hermanos, que por ser mujer, joven o madre pudiese entregarme menos a la excelsitud. 4. Nosotros no olvidamos a nuestros héroes, gozasen del sexo o de la raza que gozasen, regalo de Dios en cualquier caso. Relatamos sus vidas y suplicios una y otra vez, paladeamos sus últimas palabras, imaginamos su mirada de amor a lo lejos, una mirada que atraviesa también a los seres cercanos, inundándolos con pálpitos de virtud. Incluso actuamos ficticiamente de víctima y verdugo, como si de una comedia se tratase. Yo, sin ir más lejos, en alguna velada, tras la cena, he sido la mujer del César que se compadecía del condenado, la santa madre de la víctima o la víctima misma.

VIII. Recuerdo a Ariadna de Frigia, que prefirió dejar de ver a luz del sol antes que un casamiento con un príncipe gentil. Siendo esclava del miserable decurión Tértulo, éste le desgarró huesos y carne y la mantuvo en cautiverio hasta el día de su milagrosa desaparición en las entrañas de la tierra.  La valerosa Blandina, de pequeño y débil cuerpo pero de alma invencible, tras pasar como los demás por la silla de hierro rusiente y habiendo sido apresada en una red donde era corneada por un toro que la elevaba del suelo con cada ataque, antes de ser degollada, fue clavada en un madero como el Creador de todas las cosas, y con ello infundió renovadas fuerzas en sus hermanos que estaban siendo despedazados por las bestias en la arena. 2. Sabemos también de Gliceria, virgen, desnutrida, horneada y devorada, que fue alimentada por un ángel en su celda cuando los guardias le prohibían el alimento, antes de su durísimo combate. La esclava Zoé, por negarse a comer carne sacrificada, se vio, junto con su marido Héspero, alentando a sus propios hijos a soportar el desollamiento, y acabó su vida abrasada por las llamas. Felicidad, la matrona que tuvo que ver torturados hasta la muerte a sus siete hijos. Sinforosa, en tiempos del noble Adriano, además de haber sido desfigurada, vaciada de ojos con punzones y colgada de los cabellos en el templo de Hércules, tuvo que presenciar del mismo modo la muerte de sus hijos, también siete, que fueron descoyuntados, alanceados, descuartizados, y partido en dos el más pequeño de ellos. Fotina, por orden del perverso Nerón, fue despellejada y arrojada a un pozo que fuese sellado, mientras sus hijas fueron despojadas de sus pechos y su piel, para posteriormente una de ellas, Fótide, atada con un pie en cada árbol, ser dividida en vida. Antes tuvo que conocer que sus hijos José y Víctor sufriesen el aplastamiento completo de los dedos, la amputación de las piernas y el ser echados vivos a los perros. 3. Sofía de Roma tuvo que enterrar a sus tres hijas mártires cuando aún eran impúberes. Piensa en Felícula, descoyuntada hasta ver sus tuétanos esparcidos por el suelo a causa de oponerse a sacrificar a Vesta y a desposarse con el idólatra Flaco. Fuese decapitada Justa de Cerdeña por la denuncia de su propia madre, junto a las esclavas Justina y Henedina. Recuerdo a Pudenciana, asaeteada con dieciséis abriles, y a Veneranda, apaleada, azotada, obligada a caminar sobre brasas, mesada su cabellera, y, antes de ser degollada, aun capaz de sanar las heridas de su verdugo, ocasionadas por el aceite ardiente que le salpicase en los ojos. 4. Serapia, esclava, fue entregada a la mancebía por mantenerse fiel a su creencia en el Bien. Acabó decapitada, inspirando entonces con su ejemplo a su cruel ama Sabina, quien terminó vencida por el amor y ornamentada también con el martirio. Basilisa y Anastasia quebrantaron la ley civil para dar sepultura a los santos apóstoles Pedro y Pablo, como tiempo atrás hiciese Antígona por su hermano Polinices. Tuvieron que padecer por ello el azotamiento, quemazones con antorchas, el ecúleo, la mutilación de lengua, pechos, manos y pies, y finalmente de la cabeza. 5. Tales mujeres, al igual que sus hermanos varones, no guardando nada para sí, ni humores ni apegos, devolvieron dadivosas lo que pertenecía a los elementos; al éter, su aliento; y el espíritu, al Espíritu que todo lo invade. Como todos los mortales, estaban destinadas a morir en su vestidura carnal. En unos pocos lustros sus cabezas lucirían idénticas en su palidez de hueso y polvo. Siendo así, ¿no es mejor fenecer por amor, siquiera tras un breve martilleo de miembros, que en brazos de la hedionda vejez, avara de días sin valor? Los héroes y los santos escogen la respuesta más sencilla; los circunloquios de la mente temerosa concluyen al fin cuando el cansancio del hálito roba el significado de cualquier vivencia.

IX. ¿Te sorprenden tales historias? Esa llaneza ante el óbito, que ni el austero Marco Aurelio comprendía cuando permitía descuartizar a hombres mansos como palomas, no es lejana a nuestro sentir romano. Lucrecia, fiel a su pudor femenino, se apuñaló tras ser violada por Tarquinio. Mucio Escévola, en el campamento del etrusco Porsena, puso impasible su diestra sobre el fuego hasta que se quemase por completo. Porcia, la esposa de Marco Bruto, por lealtad a la memoria de su marido, se quitó la vida con carbones encendidos. 2. ¿Y qué decir del joven Curcio?: dando cumplimiento al oráculo, se precipitó a la sima del Foro para que aquella grieta se sellase, puesto que había sido profetizado que únicamente lo haría el sacrificio de aquello en que más destacase el pueblo de Roma, que no podía ser otra cosa que la valentía y el vigor. Publio Decio Mus se lanzó a las filas del ejército latino, a la manera suicida en que los militares creen entrar en el Cielo. Si nos acusáis de nuestra lealtad aun a costa de dejar huérfanos a nuestros hijos, ¿por qué, entonces, alabáis a Manlio Imperioso Torcuato, quien mandó ejecutar a su propio hijo por desobedecer una orden legionaria? 3. Entre los filósofos griegos y asiáticos, no pocos adquirieron renombre con su imperturbable resistencia al aguijón postrero de la Parca. Sócrates bebió la cicuta con la idea de no transgredir un pacto entre atenienses, evitando así trifulcas y confusiones entre los partidarios de una u otra clase de justicia. Peregrino Proteo se echó sobre la pira en llamas para aleccionar sobre cómo perderle el temor a la muerte y mezclarse con el éter. Y con la misma decisión que Peregrino se privaron del sol Albucio Silo, Timantes de Cleonas, Cálano, Zarmanoquegas y otros cínicos y gimnosofistas. 4. Todos esos valientes se sacrificaron por mor de la gloria, el orgullo, la patria, los amigos, o por probarse a sí mismos. Y si bienes tan pequeños arrancaron semejantes hazañas, ¿qué no habremos de hacer los creyentes en el Dios único, que anhelamos la victoria del bien inmortal, el final de todo sufrimiento y la familiaridad entre todas las criaturas? ¡Oh mortales! No sabemos amar al siglo sino siendo sus reos y pretendiendo de él obtener no más que goces mezquinos; mas, cuando lo despreciamos, lo hacemos por motivos y senderos errados. Mas el sendero del Evangelio nos lleva del modo más rápido a la gloria, sin exigencias, sin ostentación, sin aversión, sin flaquear, acompasados al ritmo de los corazones que laten por la Verdad que no muere.

X. Cierto que no puedo estar de acuerdo con todo lo que veo en mis hermanos. Somos humanos; carecemos, pues, de una atención certera y precisa. Los modales que no se adquieren a lo largo de la primera juventud pueden ser sustituidos por grandeza de carácter, pero no dejarán de causar mala impresión en algunas personas que tal vez abrazarían nuestra fe si la oyesen por boca de un romano aseado y versado en el arte de la oratoria. Todos erramos sin cesar, porque desconocemos el sinfín de consecuencias de toda clase que desatarán nuestros actos. Nuestra mirada es limitada, y bastante es si durante la mayor parte del día logramos imaginar el mismo sabor divino en lo que conocemos y en lo que desconocemos. 2. Me desagrada especialmente el tono de algunos perseguidos que entre risotadas anuncian el Infierno para los verdugos. Aunque a algunos impíos se les asienten bien tales gestos, a la mayoría le incrementa la animadversión hacia nuestra santa hermandad. Por lo común, me parece más obsceno escupir a los asistentes de una orgía que participar en ella. Aunque no nos importe apenas lo que los demás piensen de nosotros si el Cielo conoce nuestra intención sin tacha, suscita desconfianza tal desprecio por la religión de nuestros ancestros. 3. Muchos impíos siguen creyendo que comemos carne humana y que realizamos ritos con víctimas infantiles; acaso desaparecería tal creencia si se convenciesen, como hizo Justino, de que el buen cristiano, que no ofende ni exige, no puede ser la criatura abyecta que describen los magistrados. No pienses que tus deidades, mías en otro tiempo, se me aparecen perversas y diabólicas; creo que la llamada del Principio Supremo late en los gentiles de un modo difuso, lo cual llevó a nuestros ancestros a figurarse las fuerzas del universo en trazos asaz rudos aunque no carentes de un fondo de verdad inestimable. 4. Mejor es adorar a una diosa casta como Diana que al oro. Mejor celebrar la temperada lira de Apolo que imaginar al Todo carente de concertación y equilibrio. Mejor emular el sagaz trabajo de Teseo o de Eneas en pos del pueblo que vivir por el solo alivio de sentidos y apetitos.

XI. Los que más increpan a los gentiles son los mismos que convierten el desprecio a la muerte en un entusiasmo desmedido. No faltan en Cartago y Tuburbo seguidores de Montano, con quienes están en desacuerdo los más prudentes obispos de la Iglesia. Entre ellos está el buen Tertuliano, de boca de oro. Mas en esto, como en todo, me pongo del lado de quienes no escupen cuando hablan. ¿Por qué provocan a los centinelas a que blasfemen contra la bondad? ¿Es que quieren ser causa de la perdición de los malvados con tal de llegar antes al Paraíso? ¿Tanto quieren morir que eluden cualquier labor útil al Señor que puedan realizar en esta vida? 2. Conociendo un poco más a Sáturo, sospecho que esta vez no es más que un modo de estremecer corazones duros, pues es él quien me descubrió el Sermón de la Montaña, en el que se canta al amor por los enemigos y por quienes nos persiguen. No anhelo, como decía, ni la arena del anfiteatro ni la ofensa a los ofensores. 3. Me gusta pensar que la paciencia se da tanto con respecto de las miserias de la vida como respecto de su pérdida. Yo no busco la muerte ni la tortura, pero tampoco las rehúyo. Si me ofreciesen alguna salida de esta prisión que no pasase por maldecir el nombre de Jesucristo ni por causar mal a mis hermanos, lo aceptaría sin dudarlo. Con gusto cambiaría de ciudad si eso fuese todo lo necesario para sosegar a mis captores. El Evangelio nos pide toda la firmeza del mundo a la hora de defender su Palabra, pero nos exhorta a suavizar sin rubor todas las espinas con que nuestros corazones protegen su amor propio. 4. Se diría que resuena tal parénesis en el llanto de mi pequeño niño, a quien debería mi dedicación diaria si no le debiese antes a su futura madurez un ejemplo de lealtad insobornable.

XII. Llevas tiempo fuera de África. Te hablaré ahora de mis compañeros de martirio, tan habitantes de Tuburbo como yo hasta que nos trajeron a Cartago, a fin de que ruegues también por ellos, si es que todavía elevas tu voz hacia lo alto, y si es que las plegarias a Minerva y a Mercurio llegan a un punto cercano al que arriban las mías. 2. Del joven Sáturo ya te he hablado. Su insolencia hacia los gentiles no menoscaba su dedicación a la diligencia y a la caridad. Revocato, esclavo hasta que lo manumití por consejo de Sáturo y compañero nupcial de Felicidad, es un muchacho digno y sencillo, repleto de afecto por su mujer y su futuro hijo, que no conocerá a sus padres. También velan aquí Saturnino y Secúndulo, dos lozanos catequistas sin más vínculos con nosotros que el amor por la perfección. Todos nos damos fuerzas, los unos a los otros; cuando uno flaquea, otro le levanta. 3. Poco falta para que cuente en nuestra asamblea a Pudente, uno de los centinelas de la prisión. Brillan en sus ojos las bellezas de los enamorados, y bien segura estoy de que el amor que en él está naciendo es hacia el Maestro. 4. Ahora que conoces a mi nueva familia, entenderás mejor el relato de nuestra conversión y captura. Aunque hace unos días dejé escrita un memorial de nuestro maltrato para conocimiento de la diócesis de Cartago, a ti, por la confianza que nos tenemos desde que te acunase cuando aún no tenías nombre, prefiero relatarte las cosas de otra manera.

XIII. Hará cosa de tres meses que te confesé mi gran admiración por los héroes galileos. Desde entonces ha corrido el tiempo con la velocidad de un ciclón. Un ciclón no puede desordenar lo que ya está ordenado; antes bien, arrasa los malos cimientos para que puedan construirse otros más firmes. Aunque no me hube agotado nunca entre aflicciones, siendo mi carácter tan alegre como pueda serlo el de una doncella bendecida con próspera familia y noble patria, mi conversión arrasó con las pequeñas miserias que anublaban mi espíritu. Nuestro querido padre trató de hacerme apostatar antes incluso de bautizarnos nuestro hermano, Felicidad y yo. Una vez bañados en el agua del renacimiento, no pasaron muchos días antes de que nos arrestasen. 2. Una cárcel infecta y una soldadesca de conducta atroz dio paso a la visita de los diáconos Pomponio y Tercio. Estos bienaventurados varones lograron a precio de oro que se nos permitiese salir a respirar y a hablar con nuestros familiares. Pude abrazar a mi marido y a nuestro padre, que no dejaban de suplicarme que traicionase todo lo que tengo por sagrado. Pude en esos descansos dar el pecho a mi hambriento hijo, encomendado entonces al cargo de mi madre. 3. Hablé y animé a todos hasta donde supe hacerlo. Logré que me permitiesen tener a mi hijo conmigo, y la prisión terminó por convertirse en el palacio que mi fe venía ya figurándose. Tuve a la sazón una visión: ascendía por una escalera protegida por un dragón. Pisé su cabeza y llegué arriba, donde un jardín inmenso me esperaba y donde me encontré con un pastor beatífico. De aquella visión inferimos mi hermano y yo que me esperaba el martirio.

XIV. Otro día nos levantaron bruscamente mientras comíamos para ser interrogados en el foro. Mi sollozante padre me mostraba a mi hijo en pretensión de ablandar mi rectitud, pero, si bien me quiso caer alguna lágrima, era densa como el óleo de la unción, bálsamo que se petrificaba en mi túnica como cera enfriada. El procurador Hilariano sustituía en la causa al difunto procónsul Minucio Timiniano. Aquel hombre, como supones, tenía y tiene derecho de vida y muerte sobre nosotros, pero antes me conminó a apiadarme de las canas de mi padre. 2. Respondí que no sacrificaría, que a nadie odiaba, que celebraba la grandeza humana del emperador y que era cristiana. Si algo de todo ello pudo ofender al procurador hasta el punto de condenarme a muerte, mucha oscuridad hay, pues, en las mientes de los magistrados o en la autoridad del imperio. Nos condenó Hilariano a las fieras, y regresamos jubilosos a la celda.

XV. Después del interrogatorio, nuestro padre, padeciendo la vesania del rencor, no me quiso devolver a mi niño, de lo que ahora me congratulo; no era ya provechoso ni para él ni para mi deber el seguir aferrándonos más y más el uno al otro hasta notar más la inevitable separación. En cambio, soñé aquella noche con nuestro difunto hermano Dinócrates, por cuyos siete años terrenales sin bautizar entoné otras tantas letanías; cuento con que el Purgatorio le sea leve. Quizás espere dormido dulcemente junto a los patriarcas en aquel lugar que Tertuliano llama el “seno de Abraham”, a la espera del Juicio en el que sean redimidos quienes no pudieron oír la Buena Nueva. 2. Pero el día que estuvimos en el cepo vi en mi alma que Dinócrates podía al fin abrevar de la piscina que no alcanzó en el primer sueño, y de ahí es de donde creo que la misericordia de Dios lo ha salvado o lo salvará. Recé mucho por César Geta en cuanto me enteré de que por su natalicio se celebraría nuestro martirio. Si el Diablo quiere manchar el nombre del emperador con nuestra sangre inocente, lo puliremos con himnos y plegarias. Aproximándose el día del espectáculo, volvió mi padre a verme con el permiso del buen Pudente. Se rasgó las vestiduras y se arrastró por el suelo mientras se mesaba las barbas y suplicaba entre lágrimas que desistiese de mi locura. Yo me dolía de su infortunada vejez. Le besé en la frente con mi mayor compasión y agradecí que me dejase con mis hermanos de martirio hasta la hora final. 3. Una visión tuve entonces en la que me desnudaban para cubrirme con cota de malla de gladiador. Cual aguerrido legionario me enfrentaron en combate a un egipcio al que vencí. Entre vítores me condujeron entonces a la Porta Sanavivaria, por la que quedé libre. Entre esas imágenes me dispuse irrevocablemente para el combate, con mi cuerpo por tahalí y mi lealtad a Cristo por espada. Mi combate, entonces lo supe, no será contra animales, sino contra Satanás. 4. También Sáturo nos ha contado una visión en la que éramos recibidos por ángeles que se alegraban con nuestra esperada arribada. Allí nos abrían puertas nuestros Jocundo, Artaxio y Quinto, quemados vivos antes que nosotros. 5. Habló en tal ensoñación con el obispo Optato y el presbítero Aspasio, entristecidos por sus disputas indignas, reclamándonos inspiración a nosotros, meros catecúmenos entregados a lo que ni siquiera conocemos demasiado bien. Y es que, según lo poco que he ido observando en estos meses, los hombres de Iglesia se enzarzan en miserias impropias de héroes. Así como cayó en enfrentamientos civiles la república, así también caería en una centuria próxima la Casa del Señor en la Tierra si el Espíritu Santo no intercediese por medio de sus más preclaros doctores, sus más magnánimos santos, sus más pulcros vírgenes y sus más expuestos mártires.

XVI. Casi olvidaba contar lo más alegre. Felicidad, ¡bienaventurada!, ha alumbrado aquí a su hija. Como dando vaticinio de su nombre, mi querida amiga ha arrojado luz en la oscuridad de la injusticia. Se ha mostrado muy alegre al comprobar que la niña, naciendo un mes antes de lo natural, no le impedirá beber el cáliz del tormento, y la ha podido entregar a una de nuestras hermanas catecúmenas. Hemos sonreído cuando hemos advertido que Felicidad va de la sangre a la sangre, de la partera al gladiador, de la creación de vida a la elevación sobre las nubes. 2. La madre, de un modo que se me antoja algo arrebatado, sueña ya con que su hija siga no muy tarde sus pasos hacia el suplicio. Hasta entonces, cuento con que nuestros hijos sean hermanos en Cristo, ellos, que provienen de dos madres unidas por devoción común, antigua ama y antigua esclava e inseparables jardineras del Edén en cuestión de horas, si Dios quiere.

XVII. Estando en el siglo, hubimos renunciado al siglo, cual si nuestro no fuese; padeciendo ahora el encarcelamiento, renunciamos a la cárcel misma, cual accidente que no nos atañe a nuestra naturaleza esencial. Casi ninguno aquí habla ya por separado; nuestra voluntad es común, nuestra voz es pluralidad de tonos con un solo timbre, como la armonía de las cuerdas en la cítara. Si Sáturo, Felicidad o cualquier otro se mantiene en su fe, yo me nutro de las sobreabundancia que de ella derraman. Si hay cristianos fuera de estos muros, entonces nosotros también somos libres. 2. Como el agua, no se puede decir dónde acaba y dónde termina tal o cual medida si los ríos se comunican con el mar y los mares con otros mares. Abriéndonos dócilmente al Todo, a la sazón lo mejor del Todo opera en nuestras entrañas. He bebido un elixir milagroso, una medicina filosófica con la que el individuo se funde con el entorno y con la partícula divina que dentro de cada cosa anida para quien sepa verlo. No amando ya los límites que nos definían, todas las fuerzas son nuestras si cooperan a un plan celestial que aplaudimos; puesto que la mejor de las naturalezas humanas existe y no me opongo a ella, me permea como la lluvia al niño que le permite limpiar su rostro. 3. Así, el individuo se diluye en la familia; la familia, en la congregación; la congregación, en la Santa Madre Iglesia en su conjunto; la Iglesia, en todos los que sufren o sufrirán; y la humanidad, en el seno de Dios. “De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan”. Así dice el apóstol Pablo a los corintios (1 Cor 12:26). Pues, según los Hechos de los apóstoles, ya entonces “la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común” (Hch 4:21). 4. Y dice del Mesías el autor de la carta que testimonia el martirio de Policarpo: “Él fue el primero en sufrir lo que mandó soportar a los otros, y de tal modo nos formó y enseñó a todos que no busquemos salvarnos sólo a nosotros mismos, sino también tratemos de que se salven por nosotros cada uno de nuestros hermanos” (Pertulit ante illa, quae aliis perferenda mandauit: Qui omnes ita formauit et docuit, ut non solum nos ipsos, sed etiam per nos fratres singulos saluaremus). 5. Que esta ergástula es un silo lóbrego hasta no poder ver en ella casi nada, hediondo, repleto de orín y excrementos, donde estamos todos aglomerados y donde falta el aire, todo eso no puedo negarlo ni decir que sea agradable si se carece de fe; pero con fe, es éste el vestíbulo de los santos, la oficina de los ángeles y el navío que nos conducirá a cualquier puerto que se figure nuestra imaginación para lo acabado y sublime. Habiendo intuido la Luz de los Cielos, tan sucia me parece esta mazmorra como el mundo.

XVIII. Ya aguardamos en el anfiteatro, desde donde escribo. En los pocos momentos en que cesamos de orar, los hermanos cristianos pasamos horas recitando fragmentos de epístolas de San Pablo y de San Ignacio, de apologías de Justino,  de Melitón y de nuestro fiel Tertuliano, pero también departiendo sobre nuestro martirio y divirtiéndonos sobre cómo se verterá nuestra sangre. Saturnino anhela ser devorado por todas las fieras por que mayor sea su corona. Sáturo abomina al oso, por lo que prefiere las fauces del leopardo. Revocato parece asentir a cualquier opción. 2. Dicen que, contrariando toda costumbre, han comprado una vaca para emular el sexo de las mujeres que seremos corneadas por ella. Felicidad y yo consideramos que no sería mal final acabar en tan excepcional hembra, ya que con tanta consideración nos han honrado nuestros anfitriones. Secúndulo,  antes de morir tristemente en prisión, ha inquietado a algunos considerando la posibilidad de que nos dejen insepultos, como pasto de gusanos o cenizas disueltas en las cloacas, a semejanza de lo sucedido a Blandina, Potino y los otros mártires lioneses. Entre Sáturo y yo los hemos convencido a los perplejos de que el poder infinito de Dios permitirá en el día de la resurrección de la carne sean reunidas sobrenaturalmente todas las partículas dispersadas por los inicuos. 3. En cuanto a mis cuitas, las puedes suponer, ya que tanto me conoces. Y es que, si caigo de bruces ante la embestida de la fiera, me preocuparé más de cubrir con mi túnica el muslo que de los desgarros que pudiese haberme ocasionado. Del mismo modo, debo acordarme de recogerme los cabellos con una aguja, no vaya a ser que me tomen por una plañidera en gimoteo fúnebre cuando mayor sea mi victoria.

XIX. He pedido al tribuno que nos trate mejor, que nos permita un cierto aseo y que podamos ver a nuestros hermanos, padres y cónyuges; lo convencí recordándole que somos los nobles obsequios a César Geta, en cuyo nombre es por lo que nos matan. Nos ha concedido una cena de la que llaman “libre” (cena libera), ofrecida a los condenados a muerte. 2. En medio del ágape, aún ha tenido Sáturo los arrestos de increpar una vez más a la multitud que allí se congregaba: “¿No tenéis bastante con lo de mañana? ¿A qué miráis con gusto lo que aborrecéis? Hoy sois amigos; mañana, enemigos. Pero observad atentamente nuestras caras, para que nos podáis reconocer en ese último día”. 3. Así habló el buen catecúmeno, y muchos de los que asistían salían despavoridos y avergonzados, y alguno habrá que se convierta si no ha sido el suceso diferente a ocasiones anteriores similares, cuando el furor jovial del condenado apareja valor y nuevas creencias en la gente. 4. Aparte de eso, la peor humillación a la que nos han tentado ha sido la de anunciarnos que querrían en el anfiteatro hacernos vestir a los hombres como sacerdotes de Saturno y a las mujeres como sacerdotisas de Ceres. Nos hemos negado aduciendo que precisamente por evitar tales claudicaciones es por lo que donábamos nuestro aliento.

XX. Debo confesar, sólo a ti, que he tenido una premonición: soñé hace dos noches que el verdugo, novicio indeciso, no lograba acertar en mi cuello con su espada. Lo intentaba varias veces torpemente hasta que, agarrando el filo entre mis propias manos, lo dirigí a mi ensangrentada garganta con mayor decisión, aminorando mis sufrimientos merced a mi propia falta de delicadeza. Me he visto, ya lo ves, a medio degollar, agonizando por el temblor de una mano que, si supiera lo que ciertamente quiere, querría salvarme en lugar de aniquilarme. 2. Ignoro si es fantasía o profecía; sea cual fuere, dicen que se pierde el sentido en cuanto la cabeza queda un poco separada del cuerpo. En tal caso, no habrá dejado de fluir todavía la sangre en mi aquietado cuerpo cuando mi alma está ya atenta a otros mundos más nobles. No temo, pues, la peor de las situaciones imaginables, en la cual el espanto querrá atenazarme tanto como yo se lo impediré a fuerza de amar a mis torturadores. 3. Así las cosas, ¿qué puede hacerme, pues, ningún evento mortal? Si el Infierno es el más bello camino, ¿quién me tentará? Si resisto sin ira al fuego y a la sangre que inútilmente me quieren someter este ánimo decidido a ser digno de lo más digno, ¿acaso no tengo ya obtenido lo mejor que me brindaba nacer humana? La rueda, el ecúleo, las fieras, las espadas, las tenazas, las antorchas… Nada de eso se me aparece ya sino como instrumentos de bendición, gratos incensarios, lámparas purificadoras que caldean mi espíritu. 4. Y, por encima de todos ellos, añoro la cruz. ¡Oh la cruz, en la que, imitando a nuestro Señor, se abren los mártires por completo a los verdugos, ofreciendo pacíficamente el pecho a quien desee admirar una entrega infinita! ¡Qué belleza imaginar al humilde San Pedro crucificado cabeza abajo (A.Petr.37) por haber reclamado para sí menor honor que Jesucristo y, con ello, elevando todavía más su alma, tornándose como pocos servidores de la Iglesia ha habido! Cuando me retiren el manto, me habré “despojado de mi antigua humanidad, viciada conforme a los deseos engañosos” (Ef 4:22). 5. Sáturo me ha contado que, al igual, ha presentido su muerte. En su visión, llamaba al carcelero Pudente a la fe desde las fauces de la fiera. Con un anillo bañado en su herida recordará el carcelero el segundo bautismo de su nuevo hermano, que se despedirá sonriendo para que no turbar sino para confirmar. Tal es lo que me ha vaticinado, y no he podido sino dejar correr mis lágrimas de alborozo.

XXI. No sufras más por mí, ni por un instante. No insistiré más para consolarte, como hacen todo el tiempo mis hermanos, en que seré libre dentro de muy poco tiempo: nunca he dejado de serlo desde que pronuncié el nombre de Jesús, que no fue sino pronunciar mi nombre transfigurado, la edición sublime de mí misma. 2. También tu nombre se puede transfigurar: basta con que los más excelsos momentos de tu temperamento te sean recordados, ya sin cesar, por un voto de lealtad a la Palabra que dio origen a los orígenes. Basta con que reconozcas lo que ya sabes y que le otorgues ritos en tu vida para impulsarlo a cada uno de tus actos. 3. Cuando comas el pan del ágape, tu cuerpo recordará que pertenece a otra naturaleza superior de la que él se nutre. Cuando entones alabanzas, descubrirás que de tu interior surge una melodiosa disposición a postrarse ante la belleza infinita. Cuando des limosna al pobre o agua al sediento, volverás a aquel sentimiento de la comunicación ilimitada entre las porciones de la Creación primigenia, de cuando en algún modo éramos como ángeles que participan unos de otros a partir del resplandor único del Invisible.

XXII. Ea, todo es está cumplido, querida hermana, ahora que cada instante de nuestra pasión se rige por la adoración a la Virtud original y simplicísima que alumbra a las virtudes cardinales, de las que manan las demás. Todo está cumplido ahora que en cada pensamiento gobierna un atisbo de la tranquilizadora explicación al aparente devenir de confusiones que son nuestras existencias vulgares. No veo ángeles y, sin embargo, la realidad entera ha adquirido una sandáraca del Edén que se está abriendo paso en las humildes genuflexiones, en la penitencia recoleta, en los versos más sencillos de un salmo y en cada movimiento de nuestros cuerpos, a los que no logran robarle las sonrisas. Un cierto Céfiro anuncia vida al derramar los colores que van desperezando a la primavera en estas nonas de marzo. 2. Tengo a Felicidad a mi lado. Tengo lo Perpetuo en mí. ¿Qué más puedo pedir? Mi nombre se unirá al de mi antigua esclava, puesto que encarnaremos juntas una única dicha sin fin. Lo que me queda es, por así decirlo, un trámite, un sello de sangre que no se alargará más de una hora. 3. Y después tendré toda la eternidad para contemplar lo que ahora solamente huelo vagamente como un aroma de jazmín o de peonía en la penumbra de una corta noche de verano. Desde allí te contemplaré tiernamente, querida mía; responderé, en griego o en la lengua más sutil del sentimiento, si me preguntas; nos confiaremos confidencias, si así lo deseas, durante noches enteras, como cuando éramos niñas, hasta que el sol deslumbre de nuevo el silencio en el que meditaciones y diálogos con los muertos resultan más provechosos. Y te ayudaré en cuanto pueda, e intercederé por ti a los santos y a la Virgen María, madre del Ungido.

XXIII. Amanece. Un sol de beatitud eterna empieza a iluminar mi cansada vista. He pasado mi última noche hablando contigo, Marcia, porque a nadie mejor que a ti puedo confiar estos pensamientos que flotan en mis mientes. Acaso fuese el recuerdo de verte rendir ofrendas a Vesta y a Ceres lo que siendo niña encendió en mi seno la lumbre de la piedad religiosa. Acaso en las conversaciones de sobremesa que gozábamos hasta la madrugada, a la manera de Aulo Gelio o de las disputas tusculanas del Arpinate,  prendió la llama de mi búsqueda. Acaso te deba a ti el hollar en este día el Reino de los Cielos, con el permiso de su dueño. 2. Mi tiempo aquí se ha acabado. No he decirte nada más con mi boca corporal o en un papiro caduco como el viento. Si algún día te decides a buscar la Vida, la Verdad y el Camino, en cada ciudad en la que duermas podrás dar con un obispo al que confesar tus cuitas y reclamar consejo, un hombre que, si es hombre de Dios, dará su alma por tu alma y su sabiduría por tu esplendor.

XXIV. Salve, Marcia. Cuida tu cuerpo y mil veces más tu alma; permítele hablar cuando te pida que la salves. 2. Y recuerda que la salvación no reside en otra vida: surge, para no desaparecer nunca, en un solo voto que no ha de incumplirse.

En Cristo te ama y se despide tu hermana Perpetua.

[Música: 1. Responsorium: Data est / Hymnus: Te sæculorum. 2. Canto bizantino (traducido como Since my youth / Des ma jeunesse). 3. Himno de Oxirrinco (P. Oxy. XV 1786), considerado la música cristiana más antigua conservada, compuesta a finales del s. III, con texto griego. 4. Victor, Nabor, Felix pii, encomio ambrosiano a los tres mártires, soldados de Mauritania, que se coronaron durante las persecuciones de Diocleciano. Si la discutida atribución a San Ambrosio es cierta, se trata de una composición del s. IV. 5. Beata nobis gaudia (himno de laudes en Pentecostés), canto de júbilo. 6. Adoro Te. 7. Alleluia. Hodie in Bethlehem puer natus est (canto romano antiguo y, por ende, probablemente altomedieval). 8. Aeterne rerum Conditor, himno ambrosiano, esta vez plenamente atribuible al santo, y formado por estrofas de cuatro dímetros yámbicos acatalécticos. Nótese que el acompañamiento de órgano es completamente anacrónico no tanto por la escasa o nula presencia del hydraulis u órgano hidráulico en las músicas cristianas de los primeros siglos cuanto por la textura acórdica, propia del Renacimiento en adelante.]

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Non es cosa so el sol que non sea muy lazrada,
non es cosa so la luna que non sea muy menguada,
e lo que se faze a tiempo es grand vanidad provada,
ca quanto que nós fazemos todo es polvo e nada.

Libro de miseria de omne 74

 

¿No veis esos cambiantes rojos de sus carnes mórbidas y transparentes?… ¿No parece que por debajo de esa ligera epidermis azulada y suave de alabastro circula un fluido de luz color de rosa?… ¿Queréis más vida?… ¿Queréis más realidad?…

G. A. Bécquer, Leyenda 14

Caminaba sobre el siglo
cojeando un mudo beso.
Se detuvo en embeleso
frente a un lúgubre vestiglo:
Apartada calavera
distinguió entre la maleza:
de una por venir realeza,
-díjose- sin duda fuera.
Los adentros no advirtiendo,
se trabó de amores tiernos
y, creyendo ver los cernos
de su amada, fue diciendo:

EL BESO.- Esperé con celo puro
sin otro par criatura,
y en jornada tan escura
al fin de amores aburo.
¿No has nacido, bella frente,
para ser por mí besada,
para ser la dulce hada
que borbotea en mi miente?

LA CALAVERA.- ¿Qué barruntas, desdichado,
de esta cabeza ya muerta,
de esta nada descubierta
que en el silencio ha anidado?
¿No ves que soy la dureza
bajo la que enamoraba
con su mentirosa aljaba
la vana y fugaz belleza?

EL BESO.- Mas, ¿qué dices, traicionera,
tú que portas el secreto
de mi magnánimo veto
A todo lo que se era?
¡Oh primacía, oh jazmín,
oh piedra de mis altares
do perderé mis andares
hasta su próximo fin!

LA CALAVERA.- ¿Cómo no ves lo que soy,
siendo rescoldo de ayeres?

EL BESO.- Bien sé yo lo que tú eres
en el mañana que es hoy.

LA CALAVERA.- Muy sin remedio deliras.

EL BESO.- Sólo si el delirio es tacto
de lo más veraz y exacto.

LA CALAVERA.- ¿Por qué no ves lo que miras?

EL BESO.- Tu candor veo. LA CALAVERA.- Neblina
es de frío miembro rasgo.

EL BESO.- Por tu mirada me engasgo.

LA CALAVERA.- No hay allí sino cetrina
triste ausencia que fue vida.

EL BESO.- Yo la aprecio. LA CALAVERA.- Mas ya es ida.

EL BESO.- Permanece aunque ya fina.

LA CALAVERA.- No abrazas flor, sino espina.
¿Es que tu ceguera ve
como deseos falaces,
que en el vacío ven haces
y en el horror ponen fe?

EL BESO.- ¿Acaso me crees estulto
hasta en no ver tu ceniza
de lánguida piel caliza
y de polvo ya no oculto?
¿No sería yo muy vano
si en la prueba manifiesta
de la degradación esta
no hallase el morir mundano?
Eso todo veo y más,
y veo empero otra hazaña
que aún no alcanzó la guadaña
y que aún al mundo das:
veo las rosas que asoman
por tus ojos sin sustancia
y que, en infinita errancia,
entregando, nada toman.
Veo la quietud serena
de tu invencible sonrisa,
tu complacencia sin prisa,
tu apostura de azucena.
Amo tu longevo ocaso
que tras breve vida queda,
tu lustre de fina seda;
amo tu claror escaso
y el color blanco sincero
que con marfil te confunden
mientras las carnes se hunden
en lodazal plañidero.
Tú lo dices, tú lo callas,
todo el saber de los hombres
agitado en muchos en nombres
y que en la mudez nos hallas.
Eres muerte, que es ser vida,
eres tiempo en fría noche,
eres el fin del derroche,
eres libertad sin brida.
Eres verdad consumada,
cándido y dulce vacío,
austera espiga de estío,
sólida nada encantada.

*

En la más eterna sombra
se abrazaron sobre el lecho
la promesa y el deshecho,
quien renace y quien escombra.
Con lucidez sin medida,
con fervor sin sal, sin rapto,
para amar al frío apto,
quedó un labio ya sin vida.

 

[Música: E. di Cavalieri, Rappresentatione di Anima e di Corpo 1.4 (“Anima mia che pensi?”), con personajes alegóricos y cantantes con bellas voces mas imperfectamente moduladas. En esta escena de este oratorio que inaugura el estilo barroco, el Cuerpo inquiere al Alma por sus cuitas y le ofrece placeres, honores y el gozo de sí misma. Pero el Alma no vislumbra satisfacción auténtica en todo ello (“Non vo’ più ber quest’acque, / ché la mia sete ardente / s’infiamma maggiormente.”). Finalmente el Cuerpo decide acompañar al Alma en su viaje hacia el reposo divino, y así empiezan a enfrentar con duros enemigos, agoreros y tentadores como el Tiempo, el Placer, el Mundo; también contarán, en cambio, con el auxilio de Intelecto.]

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What though the radiance which was once so bright
Be now for ever taken from my sight,
Though nothing can bring back the hour
Of splendour in the grass, of glory in the flower;
We will grieve not, rather find
Strength in what remains behind;
In the primal sympathy
Which having been must ever be;
In the soothing thoughts that spring
Out of human suffering…

[Pues, aunque el resplandor, tan radiante antaño,
se aparte para siempre de mi vista,
aunque nada pudiera restituir
a la hierba su esplendor y su gloria a las flores,
no he de apenarme, más bien
hallaré fuerzas en lo que aún perdura:
La primigenia simpatía
que, habiendo sido, debe ser por siempre,
los apaciguadores pensamientos que nacen
del humano sufrir…]

W. Wordsworth, Intimations of Immortality from Recollections of Early Childhood 10 (trad. P. Mathews)

 

Cuando el destino me obstaculiza a través de las circunstancias, las atravieso elevando mi manera de vivir. ¿Qué puede hacerme así el destino?

Huanchu Daoren, Charlas de raíces vegetales (vers. T. Clearey y A. Colodrón)

 

Look out of the window: everything you see is frozen fire in transit between fire and fire. Cities, equations, lovers, landscapes: all are hurtling towards the hydrogen crucible.

[Mira por la ventana: todo cuanto ves es fuego helado en tránsito entre fuego y fuego. Ciudades, ecuaciones, amantes, paisajes: todo va lanzado hacia el crisol de hidrógeno.]

J. Fowles, The Aristos 1.42 (trad. M. Martínez-Lage)

 

Como el matiz cetrino de las últimas aceitunas que caen en el dominio del olivar; como el rocío extasiado y transfijo por el alba; como viento del que nadie conoce su comienzo y final; como el papiro que contenía una fórmula mágica sanadora y que quedó desintegrado entre las arenas de un desierto cien mil veces pisoteados al galope; como el imperio de la dorada Palmira que Zenobia contempló por última vez antes de huir hacia la ignominia y el Éufrates; como la danza cuya coreografía se olvida y desaparece de la humanidad por no haber quedado registrada en soporte alguno; como la mirada aterrada del animal bajo el cuchillo del matarife; como el esplendor de los bellos amantes de quienes apenas quedan tres muelas y una pelvis carroñada; como el sacro mandamiento velado por el declive de una civilización; como todos los gozos y pesares; como mis palabras y como las vuestras; como el encanto de lo más y de lo menos duradero… Así estallan y se disuelven todas esas cosas.

Todo está viajando hacia la reunificación: si no se acepta por las buenas, se producirá de un modo violento de todos modos inevitable. La única venganza posible reside en hacer de tal hecho el compás de nuestros amagos, en sincopar nuestro paseo en aras de reducir rodeos estériles y batallas contra las brisas. Cuando en la última noche todo se haya cumplido, cuando todas las miradas se vean puestas y emergidas en el Ojo de Dios, antes de que recomience el sentido de los mundos, en la hora sin hora y sin extensión, un vacío infinito vendrá a recordarnos -a nosotros, que ya no seremos tales- que optamos por la nada correcta. Sabremos, entonces, que nadamos en el saber en la misma medida que nada sabemos, que los cielos son reflejos del alma y ésta de aquéllos; y que la grandeza de los amores, anhelos, codicias, aversiones y agonías no es ni mayor ni menor que la de los gases y metales, ya descompuestos, amalgamados en abrazo final, o la de la brizna combustible del seco trigal a la hora en que el verano decide prologar con su insolar el fin de todos los centros y todos los círculos.

[Música: G. Gurdjieff y T. de Hartmann, 2.I.1927, vol. III, 1ª serie, No. 7.]

 

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La injusticia es muy hábil para convencerse a sí misma y para corromper a los que están sometidos a ella, porque se relaciona con sus pupilos acompañada de placer.

Porfirio, De abstinentia 3.27.6 (trad. M. Periago Lorente)

 

El sinsentido de la violencia, cuando es directa, intencionada y ávida, late en todos los mundos humanos, en cada época y en cada riqueza. Si violenta es la propia configuración de nuestro pueblo planetario, nuestro andar cotidiano, más crispante para el espíritu es la agresividad, esto es, el impulso de violar una vida a la que se está mirando a los ojos. El arte, los pintores o la canción popular supieron siempre que bajo la piel de los hombres se retorcían bestias, y que solamente una contención lapidaria podría disfrazar la rabia con ropajes de amabilidad.

¿De dónde esa vesania que nos conduce al abuso, al odio, a la convicción de que mejor sería nuestro devenir si alguien no existiese y que así habrá de ser? En el fondo, toda violencia así de aguda es capricho unido a sudoración febril. Se trata esencialmente de una falta de pensamiento, de un calor que ha de liberarse, como un espasmo nocturno, como un castañetear de dientes. Se concreta en la idea escasamente formulada de que los demás son, ante todo, medios para nuestros fines. Maltratar a un niño, violar a una mujer, matar a un semejante, no son sino maneras de verlos como meros recursos, objetos, apliques, complementos a nuestro trote. Tal pensamiento, que en momentos de sosiego no se sostiene, adquiere fuerza en la pujanza de los humores biliosos, ante el volcán de la simiente en la entrepierna, ante la visión de una humillación, ante el desconcierto del orgullo.

No hay hombre que no se haya visto masajeado por fuerzas negativas, por ardores químicos que suben y bajan por el cuerpo, desde la ingle hasta la cabeza, pasando por el hígado y el acelerado corazón. Haríamos mal en sentirmos por completo a salvo de esa furia, esa desesperación que vence a todo lo sano: es nuestro devenir y la costumbre por él labrada lo que nos salva de aquel estadio en el que otros cayeron. En otras circunstancias, tú serías el genocida, el torturador, la escoria de las escorias. Todo secreto yace en la abstinencia prolongada, que aquieta toda marejada; y en la educación sentimental, que no consiste solamente en la contundencia de los argumentos morales -irrefutables y a veces interesados-, sino también en la indentificación con el otro. Nada más útil que pasar media hora imaginando ser otra criatura, siguiéndola desde su interior por el día común, viendo con sus ojos y valorando con su criterio, herida en sus debilidades, digna en sus virtudes.

Nada hay a lo que no nos acostumbre la familiaridad. Si uno se familiariza con el otro, el otro deja de ser un recurso o una vana sombra. Si todos somos sombras, no hay que dejar de otorgarnos unos a otros menciones de príncipes. Pues la sombra no sufre menos por estar débilmente tejida. No es menos bandera la fláccida que la mecida por el viento; ambas son la misma entidad en circunstancias diferentes. Si somos sombras, sufrimos, sin embargo. Si sufrimos, estamos hechos de la misma sustancia; únicamente fronteras de perfiles separan nuestros intereses, y el trato delicado y la caricia amable desdibujan esas fronteras hasta convencernos de que, puestos a ser sombras, es mejor conformar una más grande, en la que impere mayor frescor.

[Musica: Entreveran el texto diversos romances castellanos, una vez más en la grata voz de Joaquín Díaz. Todos ellos, como otros muchos, narran actos macabros, de truculencia sin límites, en su mayor parte perpetrados contra mujeres. Sorprende la sobria naturalidad con la que el folclore admitía conocer desde antiguo la composición del reino a base de excrecencias morales, sacerdocios indignos, venganzas irreflexivas, lascivias pedófilas, violaciones seguidas de emparedamientos y brutalidad desatada. Sin duda se debe a que desde siempre y por siempre afloran tales fuerzas, por mucho que cristianismo, Ilustración y tecnología hayan pretendido encauzar al grueso del pueblo. Los romances, en orden de aparición son: Elena la hidalga; La noble criada; El cura y su penitencia; La rueda de la fortuna; Las dos hermanas. Además de estos romances, otros que retratan injusticia y truculencia a más no poder ya fueron colgados en otras entradas: Blancaflor y Filomena; El romance del conde Olinos; Jesucristo en traje de pobre.]

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They say my verse is sad; no wonder;
Its narrow measure spans

Tears of eternity, and sorrow,
Not mine, but man’s.

This is for all ill-treated fellows
Unborn and unbegot,
For them to read when they’re in trouble
And I am not.

[Dicen que es triste mi poesía; no me extraña;
su estrecha medida abarca
lágrimas de eternidad y de pena,
no mías, sino del hombre.

Esto es para los enfermos,
los no nacidos, los nunca llegados,
para que ellos lean cuando sientan las angustias
que yo ya no sienta.]

A. E. Housman, More poems, 1936. Trad. Juan Bonilla.

Man sagt sonst, über den Sternen verhalle der Kampf, und künftig erst, verspricht man uns, wenn unsre Hefe gesunken sei, verwandle sich in edeln Freudenwein das gärende Leben, die Herzensruhe der Seligen sucht man sonst auf dieser Erde nirgends mehr. Ich weiß es anders. Ich bin den nähern Weg gekommen.

[Se suele decir que por encima de las estrellas cesa la lucha y se nos promete que en el futuro, depositando nuestro poso, se transformará en noble vino de alegría la vida fermentada; pero ya nadie busca en esta tierra la paz del corazón de los bienaventurados. Yo sé hacerlo de otra manera. He tomado un camino más corto.]

F. Hölderlin, Hiperión, II

Màtà yathà niyam puttam
Àyusà ekaputtam anurakkhe
Evampi sabbabhùtesu
Mànasam bhàvaye aparimà.

[Así como una madre protege a propio hijo,
su único hijo, a costa de su propia vida, 
de la misma forma uno debería cultivar 
un corazón sin límites hacia todos los seres.]

Karaṇīyamettā Sutta

Ἡ ἀγάπη οὐδέποτε πίπτει· εἴτε δέ προφητεῖαι καταργηθήσονται· εἴτε γλῶσσαι παύσονται· εἴτε γνῶσις καταργηθήσεται.

[El amor nunca deja de ser: mas las profecías se han de acabar, y cesarán las lenguas, y la ciencia ha de ser retirada.]

1 Cor 13:8

No olvidemos que este mes han muerto 32.450 personas por violencia, 9.885 en guerra. Y 20.146 personas han muerto por hambre en el día de hoy a esta hora, pasado el mediodía. 602.454.512 personas no tienen todavía acceso a agua potable. 737.262.404 seres humanos padecen desnutrición. 3.837.215 peces han muerto en dos minutos del día hoy a manos humanas, al igual que 248.828 aves de corral, 5.527 cerdos  y 1.137 reses de vacuno. Pensemos que estas cifras se reproducen constantemente, renovando carne de sufrimiento, a cada minuto de cada hora de cada día de cada mes de cada año. Cifras que, sumadas en el tiempo, superas los billones con facilidad. El número, agente contable de la realidad física, cual fiscal inapelable nos acusa o, cuando menos, nos recuerda que no manejamos con soltura las magnitudes referentes a las consecuencias de nuestros actos sociales e individuales.

Habría que adoptar un régimen gimnástico del corazón: hacer un paréntesis cada pocas horas, en medio de cualquier actividad o pensamiento, para dedicarse a recordar a las víctimas de las pasiones humanas y aun de las fuerzas ciegas de la naturaleza; protestar contra mí mismo cuando magnifico las células de mi devenir inmediato, ajeno a los flujos del océano que me circunda, masa sin fronteras atravesada por peregrinos al Infierno; exigirte no solamente una mirada lamentosa, sino, yendo más allá, un impulso positivo, un hálito de esperanza y calor, un resorte de acciones concretas, una verdadera muestra de amor, una disponibilidad sin fin, un ritmo útil a los desollados; lograr una calma en la tormenta -de poco sirve a la tripulación el capitán azorado-, un beso mental a cada rostro que te encuentres y mil de esos besos a quien no te encuentres, porque sin duda nunca verás cara a cara a quienes más sufren, porque la injusticia los mantiene retenidos fuera de la luz del sol y de la atención de quienes se creen justos por disfrutar de la vida sin recordar el vivero infecto que sustenta su crianza.

Tal debería ser una disciplina en su estado mínimo, una higiene del alma y un deber para todo el que goza de derechos y aire respirable en este mundo. A menudo doy gracias por la oportunidad que se me ha otorgado de haber llegado hasta este punto de la vida sin haber sido torturado, sin ser sistemáticamente utilizado como un recurso, sin que se me ordeñe mi fuerza vital ni mis jugos internos, sin que me arranquen en vivo la piel que me recubre de sensibilidad. Celebro la fortuna de no haber estallado entre padecimientos de lustros sin fin, la fortuna de que ningún dolor me haya paralizado, de que la desesperación, por mucho que hablemos en verso, sigue siendo para mí y para mis seres más próximos algo completamente desconocido. Pero, si no diré que es una fortuna inmerecida puesto que cualquier ser la merece, sí diré que implica contraparte moral. Intentar introducir en la imaginación una ínfima parte de la hecatombe sensible que se reproduce en este instante y solamente en nuestro planeta, es un primer paso. El siguiente paso será abrir el corazón y dejar que de él emerjan brazos auxiliares que alimenten, acaricien y sostengan a los exhaustos, a los que lloran ahogadamente -secos ya de lágrimas y voz-, a los que no hablan ni hablarán a los oídos narcotizados por sí mismos.

Sarva mangalam

[Música: P. Glass. Satyagraha. I. Protest. El fragmento sánscrito del libreto está extraído del Bhagavad-gītā (12:13-14):

sri-bhagavan uvaca

advesta sarva-bhutanam
maitrah karuna eva ca
nirmamo nirahankarah
sama-duhkha-sukhah ksami
santustah satatam yogi
yatatma drdha-niscayah
mayy arpita-mano-buddhir
yo mad-bhaktah sa me priyah

“El bienaventurado señor dijo: Aquel que no es envidioso sino que, más bien, es un buen amigo de todas los seres vivos, que no se cree propietario de nada y que está libre del ego falso, que mantiene la ecuanimidad tanto en la felicidad como en la aflicción, que es tolerante, que siempre está satisfecho, que es autocontrolado, y que está dedicado al servicio devocional con determinación, con la mente e inteligencia fijas en Mí, esa clase de devoto Me es muy querida.”]

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Reo que tiene por actor al poder enojado ha menester en el juez mucha igualdad.

A. Pérez, Aforismos de la carta para el papa 2

Siglos hay en que viven más seguros los deudores que los acreedores.

A. Pérez, Aforismos de Antonio Pérez 35

Los males envejecidos no se pueden curar sin remedios fuertes.

J. Setantí, Centellas de varios conceptos 14

La mayoría de las personas llamadas decentes odian unos pocos abusos y disculpan los demás.

S. Ramón y Cajal, Charlas de café VII (3a ed., 1922, p. 170)

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Oh, voraces niños de metro y medio, que os agitáis entre catedrales malditas de cemento y frío cristal, moderaos. Vuestra sed inconmensurable lo ahoga todo, y os fijáis entretanto en las pequeñas heridillas que os infligen aquí o allá. ¿Por qué creéis que vuestros pequeños dolores merecen más atención que el hundimiento de todo?

Pero, ¿a qué apelar a vuestras conciencias maltrechas? Uno no se puede enfadar con las ladronas urracas, ni con los tigres devoradores de inocentes, ni con las tempestades que gustan de invertir bruscamente la posición de las cosas. Las bestias y los meteoros tienen su estallido trazado de antemano. Adictos como sois a caprichos envilecedores, no lograréis evitar el impulso que os lleva a nutriros del mal. Tampoco he de excluirme yo del grupo: las adicciones que nos han inoculado no se extirparán con una conciencia media como la mía. Se requiere un cataclismo de la mente o del cuerpo o una teofanía nítida para salir de la rueda de la crueldad indiferente que todo lo asola.

¡Asesinos del mundo, yo os absuelvo! No tenéis la culpa de haber nacido con culpa, y los mejores rayos de luz de entre los mejores de vuestros corazones así lo demuestra. Hasta el más puro de los que tienen algún trato con comerciantes están sentenciados como cómplices de crímenes sin número. Sigamos, pues, contribuyendo al imperio de la muerte y del sufrimiento hasta que no soportemos nuestros actos y nos demos por vencidos ante la evidencia: todo en nuestro tiempo parece llamarnos al recogimiento, a la austeridad extrema, a la abstinencia del alimento animal y a buena parte del vegetal, al retiro campestre y a la oración… pero acaso habrá que esperar a que nos encontremos desnudos de vida y de esperanza para forzar el fundamento de nuestras funestas costumbres. No parece que pueda hacerse otra cosa.

Que los seres nos perdonen lo imperdonable.

[Música: J. Savall, Deploratio IV (Lachrimae Caravaggio. Statio VII).]

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Mas el mundo es ya biejo e, la natura, liviana,
que es mucho corrompida, fallesçida e menguada;
así que la melesina, que solía ser sana,
al omne que la comiere dar le ha mortal lançada.

Libro de miseria de omne

La locura incuba desde ahora bajo nuestros inmuebles de cincuenta pisos, y a pesar de nuestros intentos por desenraizarla, no llegaremos al punto de reducirla, ella es este dios nuevo que no sosegaremos incluso rindiéndole una especie de culto: es nuestra muerte la que incesantemente reclama todo.

A. Caraco, Breviario del caos

Ni puede nadie, ni aun por un instante, permanecer en realidad inactivo, porque irremediablemente le impelen a la acción las cualidades dimanantes de la naturaleza.

Bhagavadgītā 3.5

… toda acción engendra un significado que ignoro.

S. Zweig, Die Augen des ewigen Bruders

El que quiere vivir sin culpa no puede tener parte en una casa ni en el destino de los demás, no se puede alimentar del esfuerzo ajeno, ni beber del sudor de otros, no puede depender del placer de la mujer ni de la exigencia de la saciedad: sólo aquel que vive en soledad vive con su dios, sólo el que trabaja experimenta al dios y sólo el pobre de solemnidad lo posee por completo.

S. Zweig, Die Augen des ewigen Bruders

El mundo moderno no será castigado. Es el castigo.

N. Gómez Dávila, Escolios a un texto implítico

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Salir a entender el mundo, entender el flujo de los bienes, la compra de delicias, la armonía de la pequeña felicidad entre los hombres honrados, entender eso es descalabrarse contra el horror más abyecto. No quedarán más de cien hombres que no sean ya peones en la construcción de un infierno diseñado por Satanás. Hagamos lo que hagamos, de los dedos de las manos nos emergen a casi todos largos cables que conectan con artilugios de tortura, de extinciones y de arrasamiento de ricos pastos. La crianza de un simple vegetal o la confección de la pluma con la que anoto mis aspiraciones tienen la culpa de la muerte de familias, del barrido de vergeles milenarios, de la letrina de los mares, del estrago de los astragos. Nuestros pecados rodean al globo atravesando antípodas ignotas. Andar vestido en la vieja Europa significa dejar desnudos a países enteros. Mis dientes equivalen a guillotinas, a martillos mis zapatos, a desiertos mis excrementos, a peste sin hartazgo el hambre y las apetencias que llevan a servirme holocaustos con buen color. No logro dar un paso sin sentenciar a legiones de conciencias inocentes y a millares de campos de tranquila beatitud. Ninguno de nuestros más distraídos suspiros evita degenerar en esterilidad planetaria. Nuestros gargajos humean como azufres venenosos, nuestros residuos infectan sin remedio los ríos que dan la vida, nuestras risas cuestan desgarramientos de carne, nuestro parpadeo acaba con toda belleza, y la limpieza y ornamentos que no logran embellecernos supusieron el viaje al Hades a criaturas con ojos para ver el caos coronado. Cada vez que me moviera, debería entonar una letanía por los miembros cercenados, por las lenguas que dejan de hablarse, por las pócimas que inutilizamos por sobreuso, por los linajes que son erradicados entre llantos de dolor insoportable e indigna brutalidad del fuerte. Adaptar verdaderamente la religión a nuestros tiempos sería hacerla promulgar un nuevo dogma: “¡Si cada uno no lamenta la maldición de su diabólica expansión, sea anatema!”. Prometeo ha muerto por vergüenza. Nunca siento tantas ganas de llorar como cuando convengo en que yo y todos los que amo somos asesinos natos cien mil veces más flamígeros que el mayor de los emperadores antiguos. Sólo ese dato basta para hacer vomitar al pudoroso o para hacer estallar nuestras mentes y nuestros más bondadosos conceptos en mil trozos, como le sucedió al bendito Avalokiteśvara, y como a él deberíamos satisfacer a nuestra aspiración mediante tantos otros brazos: poseer la justicia en nuestro encarcelador siglo conlleva el sacrificio de todo lo que nos es dado, porque nada nos llega limpio sino originado en los purgatorios del mundo.

¿Cómo nos hemos atrapado todos en una culpabilidad tan apretada? ¿En qué momento se pasó de la predación violenta a la fulminación de toda esperanza y de toda sensibilidad terrenal? Hacer algo hermoso del libre albedrío es hoy más difícil que nunca. El mero hecho de nacer ya nos ha costado hundir las raíces en la podredumbre y la plaga. ¡Ay de los tiempos en que la infelicidad de uno no costaba la dignidad! ¡Ay de cuando el más inocente placer no nos convertía en alimañas de contagiosa boca putrefacta y ácidas ingles sin mesura! ¡Ay de cuando el peor malvado no provocaba la centésima agonía que provoca hoy el inocente! Incluso cuesta imaginar ahora a un pacífico monje cuya generosidad no sea replicada a sus espaldas por un cúmulo de insensatos eslabones en la cadena de la destrucción ciclópea. En el tercer milenio, con escasas e incomprensibles excepciones, todo hombre ha surgido al menos en una familia de principescos demonios. Los más envanecidos somos los paladines del Infecto Esputo, los ricos dispensadores de las razas, los hombres blancos aposentados en la cima de una Rueda de la Fortuna desde la que devoramos todos los manantiales de alimento y consuelo. Cierto es que en nuestro poder está renegar de los orígenes, pero es tan difícil como hacer que el noble olvide los ademanes en que fue criado o la lengua en la que le hablaba su preocupada madre. Nos encontramos demasiado abrazados a aquellos a quienes amamos, tan culpables como nosotros, y asumimos en voz queda que nuestros nobles clanes son bandas de maleantes. ¡Oh malhadado animal racional, que por tus ansias de catar el infierno lo prefiguras aquí para otros, ganando tú así méritos para ocuparlo después en su centro como Asterión en el laberinto! ¡Oh melancolía de ardua desatadura, cuántas noches de remordimientos me costarás cuando me sea acordado el solo hecho de estar respirando o de estar tocando algo que me haya traído un hermano desde algún confín ya desolado! ¿Me olvidaré de ti algún día, triste culpa, o es éste tu veredicto definitivo? Apenas me acuerdo ya de la de zafiedad de las cabezas y la necedad de los corazones con que la cultura ha devenido obscena mueca de lujuria: deberíamos conformarnos con no formar parte del ejército que viene tras los despojos del imperio aniquilado, el imperio de la vida, el imperio de Natura y sus vasallos.

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¿Cómo nos detendremos? ¿Qué dios tendrá la benevolencia suficiente como para erradicarnos? ¿A esto conducían las revoluciones, no a comunidades de hombres libres y hermanados sino a hacer de la raza una sarna sin cura, una dolencia letal y encadenada entre todos sus miembros, de modo que ningún individuo sepa ya escapar del crimen? No queda oro limpio: todo oro es sucio. Y no bastaría con ser poderoso para detener el entramado de la confusión, porque cada gesto de cada ser racional es una súplica para alimentar su carácter rapaz y mefítico: pondríamos nuestra hacienda en manos de aquellos que decimos combatir si fuesen la única garantía de satisfacer nuestros vicios durante un lustro más. Ya ni siquiera veo como un gran crimen someter a los pueblos, despreciar a las razas, engañar a las mujeres o atormentar a las bestias: hemos llegado mucho más allá de eso, porque sencillamente hemos venido a destruir el ambiente en su conjunto con todas sus piezas, inmenso habitáculo en el que todos los inocentes nacieron y nacerán mientras se les deje un resquicio para ello. Y en esa batida participaremos todos los agentes con manos prensiles, sin importar nuestro abolengo, color, edad o el racimo que nos cuelgue entre las piernas, sin importar nuestros conocimientos o nuestro buen corazón. Siendo la civilización un apéndice al organismo que ya funcionaba con razonable armonía, no reclamemos siquiera la salvación de la belleza, de los templos, del honor de los justos o de nuestros entrañables recuerdos clásicos: no hay tiempo para eso. Antes haríamos bien en pensar únicamente en salvar un mínimo de rayo de luz regenerador y en que una boca humana no devenga cataclismo desde su nacimiento hasta su fin. Regresando a la más simple de las barbaries ahorraríamos el dolor infinito que expedimos ahora mientras conversamos cortésmente. Y es que el mundo no está siendo destruido por fanáticos religiosos o por avariciosos ejércitos, sino por la niña que compra un refrigerio porque hace calor. Las injusticias con que me puedan cargar a mí poco de valor tienen y poca ira deberían suscitarme, pues yo las centuplico cada día sin pensar siquiera en ello.

No hay en verdad hoy muchos motivos para la alegría: la transmigración que todo lo aplaza no me da ánimos, porque no me parece a ratos bastante con que los herederos de nuestros actos logren algún día la bendita luz de la paz perpetua. Hay demasiada densidad en el Averno material que presenciamos en este preciso instante como para no procurar cesarlo de inmediato, como para no aliviar un poco el ardor de lo que en su seno se abrasa. Por momentos me entran ganas de actuar de una santa vez como un hombre justo, tan sólo un hombre justo y nada más. Ya no sería cuestión tan sólo de no propagar la semilla del linaje, ni la de reducir la abundancia de bienes, ni la de privarse para siempre del sabor de los cadáveres y sus secreciones; todo eso es poco para quien encarna en sí mismo un apocalipsis cada semana. Me dan ganas de retirarme en una cabaña sobre la cresta de una cordillera ignota, u orar sin cesar y comer en la celda de un monasterio hortalizas criadas por mi mano, o, en el peor de los casos, morirme. Toda abstinencia es poca, y todo lo que no suponga encharcarse en un mugriento arrozal es encadenar allí a estirpes de desposeídos o entregar a los gusanos a aquellos desventurados exiliados de su propio mundo, aquellos que caminan a cuatro patas para agarrarse mejor a un suelo que hacemos desaparecer bajo sus pies.

Nunca haremos lo bastante por enmendar nuestras ofensas, pero ello debe animarnos todavía más a desprendernos en la medida de lo posible del oprobio con el que nos recordarán los cielos tras nuestro paso. Que sea una batalla perdida de antemano no implica que debamos abandonar el terreno; como bien entendían los más nobles guerreros del pasado, más vale morir aplastado por lealtad al honor que deambular miserable durante una larga y apestosa vida. En cada ocasión en la que omitamos un impulso por imaginar sus cósmicas consecuencias, habremos saludado a un ángel. Ojalá los que lamentamos de corazón nuestro devenir en el lodo y en tronos de lágrimas nos agrupásemos para recomenzar el juego, olvidando las mercancías de Oriente, retornando las lámparas de aceite y a la narración de pequeños relatos en torno a la hoguera, en aldeas privadas de locura y de espíritu del siglo, que no es sino el espíritu condenado en brazos del Anticristo.

Esta pena no se diluirá en un día, ni en un siglo, ni aun en eones de vidas sucesivas. Lloremos, hermanos, lloremos como supuran los bubones que somos.

***

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[Música: J. Savall, Lachrimae Caravaggio. Statio II. Pugna et damnatio.]

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