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Zenón el estoico dice que la tierra surgió como sedimento a partir de lo húmedo, y que en tercer lugar nació el amor, con lo cual secluye el verso transmitido.

Escolios a la «Teogonía» de Hesíodo 117 (SVF I 105); trad. A. Cappelletti.

 

Your virtue is my privilege: for that
It is not night when I do see your face.

[Tu virtud es mi dispensa: por ello
no es noche cuando veo tu rostro.]

W. Shakespeare, Midsummer Night’s Dream 2.2

 

 

A mi otro yo, que respira en todo aquel ser que respire.

 

Tras eones de irrecusable caudal, he llegado hasta ti. Tras ruedas de renacimientos precipitadas sobre las laderas de eternidades que acaso nunca sepamos descifrar, he llegado hasta ti. Con bagaje de cien mil comienzos, sobre atracciones y repulsiones prolongadas durante las vidas de muchos dioses, en una desnudez golpeada por metamorfosis sin cuento, aquí he llegado, ante ti. Una ignorancia supina de todo mi abolengo no me impide reconocer atisbos de orígenes -ignoro si ilusorios- de los que no me quiero enorgullecer pero que me hermanan con todas las hermandades posibles. Me veo reflejado en la misma danza de los elementos que orquesta a los vientos, a los mirlos, a las guerras y a los dictámenes de los astrónomos. Tengo el sabor del verso, del mercurio y del azufre, de la doncella y de su horrendo violador, del martillo y del trébol, del santo que no regresa, de la mirada que se nutre de fenómenos, de la conciencia que procura retirarles los antifaces.

Y te observo a ti, reflejo sobre el vidrio de la esfera del Todo, esmeralda hallada entre bosque de anonadados rubíes, naufragio entre veleros, y te descubro: también tú has recorrido los mismos paisajes. También tú te has apeado en los mismos caladeros, en los mismos enigmas, en las mismas transmigraciones, en las mismas galaxias; te has retorcido en parejas amarguras, en simétricos tejidos de víscera y sangre enamorada. Y al verte me animo a imitarte y a ser imitado en lo bueno, y lo bueno no es sino lo que hace que las partículas del calor metafísico y la buena fe, y el hidrógeno y los neutrinos que circulan entre nuestros seres, brillen de nuevo, transparentando estructura y materia, y no de otro modo entiendo la virtud.

Lo reconozco: nada hay más común entre rapsodas que referirse a la arcilla o mármol común de los que el estilete demiúrgico rescató las formas. Pero, por ser común, es también un rasgo más de ese idéntico barro edénico que nos late dentro, un recuerdo más del instante primigenio cuya melodía tarareamos con más o menos acertada afinación. Sí, amigos, recordemos -aunque sólo sea una vez más antes del pequeño desastre que nos cortará el aliento durante algunos centenares de milenios- ese instante en que fuimos amasados a partir de un polvo estelar que tal vez no fue sino una posada en un viaje sin origen, una morada a la que regresaremos un día para hallar algo más de dicha, algo más de sabiduría, o para proseguir en un flujo sin fin, como el llanto de un cíclope cósmico, o como el estanque circular sobre el que flota un pensativo cisne inmortal.

Allí, de uno u otro modo, nos reencontraremos. Y nos sonreiremos, no con menor ternura que dos elfos saludándose en un sueño de una noche de verano.

 

[Música: Final de la música incidental que en su Op. 61 compuso F. Mendelssohn para Midsummer Night’s Dream de Shakespeare (aquí el libreto completo). Entre sus últimas palabras, Puck da el consejo tradicional y feérico de tomar por tejido de sueño todo lo que suscite ofensa: “If we shadows have offended, / think but this, / and all is mended, / that you have but slumber’d here / while these visions did appear”.]

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Gravitas

Quae dicitur levitas relativa, non est vera levitas, sed apparens solummodo; et oritur a praepollente gravitate corporum contiguorum.

[La levedad relativa no es verdadera levedad, sino sólo aparente, que brota de la gravedad preponderante de los cuerpos contiguos.]

R. Cotes, Prefacio del editor a la segunda edición de los Philosophiae naturalis principia mathematica de I. Newton (trad. A. Escohotado)

 

Quicquid premit vel trahit alterum, tantundem ab eo premitur vel trahitur. 

[Cualquier cosa que arrastre o comprima a otra es igualmente arrastrada o comprimida por esa otra.]

I. Newton, Philosophiae naturalis principia mathematica (Axiomata Sive Leges Motus: Lex III [trad. A. Escohotado])

 

Ideas habemus attributorum ejus, sed quid sit rei alicujus Substantia minime cognoscimus.

[Tenemos ideas sobre sus atributos, pero no conocemos en qué consiste la substancia de cosa alguna.]

I. Newton, (Ibid. 2ª ed., Scholium generale [trad. A. Escohotado])

 

Los tonos más graves, más serios, son por ello mismo los que más nos arrastran hacia la tierra. Tanto más contundente es un peso cuanto menor es su capacidad de alzar el vuelo. Pero la ligereza descontrolada propicia la dispersión estratosférica, la ausencia de todo vector y el ahogo en los climas superiores, donde el aire irrespirable conduce a una muerte dolorosa. Habría que mantener, pues, un equilibrio entre densidades. Habría que levitar a medio palmo del suelo y desplazarse así sobre el mundo, sin dejar de prestar atención a las incongruencias cotidianas, sin dejar de resbalar sobre el aire y sentir la grata sensación de la torsión sin rozamiento. No es que sean despreciables la entereza plúmbea o la concentración suprema en el Absoluto; de hecho, contribuyen a la fortificación centrípeta de lo mejor de nosotros mismos. Pero cualquier gimnasia que pierda el pulso a la vida se aboca ella misma a la descompensación de sus potencias, a la sobreactuación, al derroche de lo superfluo y la poquedad en lo importante. Igualmente es preciso respirar entre contracción y contracción, o se está tentando al agarrotamiento y el desgarro. Los músculos de la virtud no son muy distintos en su mecánica a los del cuerpo.

No se puede y no se debe escapar de la gravedad. Cualquier relación entre dos cuerpos implica atracción gravitatoria, e incluso la repulsión no es sino un empujarse sobre el objeto para repelerlo; los golpes son otra forma contacto y compresión entre elementos, si bien una forma lamentable. Pero, si la frivolidad es prescindible, no lo es la amenidad. Si la primera es un forcejeo por mariposear, la segunda no brota del voluntarismo, sino de que el centro sobre el cual orbita suelta su soga gravitatoria, como el padre que ya confía en la autonomía relativa el vástago. La buena ligereza de espíritu comparte con el satélite su lealtad prudente, su elipse equilibrada y estacional, su periódico acercamiento, que no es sino veneración con tranquilidad, respeto con aplomo, amor con elegancia. Habría que ser, pues, como el ave, que flota sobre el mundo y se alimenta de todos los niveles; como el albatros, que estudia todas las fuerzas y las compensa, y de ese modo permanece estático, suspendido en la atmósfera en perfecta economía, desde que aprendió a planear contra el viento y contra la gravedad.

 

[Música: E. Rautavaara, Cantus Articus. I., para orquesta sinfónica y pájaros.]

Aceptarlo todo es un ejercicio, y robustece; entenderlo todo es una coerción, y fatiga. […] El poeta no pide más que tocar el cielo con su frente. Pero el lógico se empeña en meterse el cielo en la cabeza, hasta que la cabeza le estalla.

C. K. Chesterton, Ortodoxia, 2

 

En la madre éramos humanos porque era nuestro manjar humano, en el mundo éramos mundanos porque nos manteníamos de lo mundano, mas en Dios seremos divinos, porque nuestro cebo será divino.

B. Pérez de Chinchón, dedicatoria de la Preparación y aparejo para bien morir (trad. de la Praeparatio ad mortem de Erasmo de Rotterdam)

 

El cerebro busca la recompensa en cada acción, más cuanto más vital sea ésta. Cuando dejamos de comer, el cuerpo genera una gran demanda de hormonas del placer en dirección al aparato digestivo en aras de tenernos refocilándonos sobre el alimento al fin. Una vez cumplida la experiencia, se nos premia con el gozo. Estar iluminado no es más que extender esa recompensa a todas las acciones. Una hipófisis invencible y autorregulada esconde las hormonas del Nirvana. No se trata, pues, de ser independiente de las circunstancias, sino más bien de abrazarlas todas, aunque evitando a toda costa nutrir aquéllas que generen sufrimiento y confusión a otras mentes. Tampoco se trata de abrazar unas circunstancias de las que depender desesperadamente. Es por eso que la recompensa no puede provenir de una adicción, sea a la farmacopea, a la sensualidad o a la presencia de una persona concreta. Por ende, el estado de recompensa iluminada ha de ejercitarse, esta vez sí, al margen de las circunstancias; para ello se sirve únicamente del pensamiento, de la atención y de la producción de otros patrones consuetudinarios, es decir, de fórmulas puramente fisiológicas, ajenas a cualquier influencia exterior más allá del oxígeno y de las vitaminas. Se requiere, pues, de una sabiduría y de una predisposición del ánimo; se requiere, en fin, de una autonomía tal que pueda uno interactuar con cualquier elemento y cualquier entorno sin dejar de sentirse en casa.

Quizá sea ahora más difícil que nunca lograr esa sobreabundancia química, habiendo desvelado una gran parte de su secreto -parte material-, que parece oponerse a la imaginación motivadora. Pero quizá también sea más fácil por las oportunidades de la fase final del Kali Yuga, donde todos los avances y retrocesos se ofrecen veloces y donde la pertinencia de nuestras acciones se transparentan como el caos que nos inunda y nos amenaza como nunca.

[Música: M. Nyman, The Draughtsman’s Contract BSO (“Chasing sheep is best left to shepherds”).]

What though the radiance which was once so bright
Be now for ever taken from my sight,
Though nothing can bring back the hour
Of splendour in the grass, of glory in the flower;
We will grieve not, rather find
Strength in what remains behind;
In the primal sympathy
Which having been must ever be;
In the soothing thoughts that spring
Out of human suffering…

[Pues, aunque el resplandor, tan radiante antaño,
se aparte para siempre de mi vista,
aunque nada pudiera restituir
a la hierba su esplendor y su gloria a las flores,
no he de apenarme, más bien
hallaré fuerzas en lo que aún perdura:
La primigenia simpatía
que, habiendo sido, debe ser por siempre,
los apaciguadores pensamientos que nacen
del humano sufrir…]

W. Wordsworth, Intimations of Immortality from Recollections of Early Childhood 10 (trad. P. Mathews)

 

Cuando el destino me obstaculiza a través de las circunstancias, las atravieso elevando mi manera de vivir. ¿Qué puede hacerme así el destino?

Huanchu Daoren, Charlas de raíces vegetales (vers. T. Clearey y A. Colodrón)

 

Look out of the window: everything you see is frozen fire in transit between fire and fire. Cities, equations, lovers, landscapes: all are hurtling towards the hydrogen crucible.

[Mira por la ventana: todo cuanto ves es fuego helado en tránsito entre fuego y fuego. Ciudades, ecuaciones, amantes, paisajes: todo va lanzado hacia el crisol de hidrógeno.]

J. Fowles, The Aristos 1.42 (trad. M. Martínez-Lage)

 

Como el matiz cetrino de las últimas aceitunas que caen en el dominio del olivar; como el rocío extasiado y transfijo por el alba; como viento del que nadie conoce su comienzo y final; como el papiro que contenía una fórmula mágica sanadora y que quedó desintegrado entre las arenas de un desierto cien mil veces pisoteados al galope; como el imperio de la dorada Palmira que Zenobia contempló por última vez antes de huir hacia la ignominia y el Éufrates; como la danza cuya coreografía se olvida y desaparece de la humanidad por no haber quedado registrada en soporte alguno; como la mirada aterrada del animal bajo el cuchillo del matarife; como el esplendor de los bellos amantes de quienes apenas quedan tres muelas y una pelvis carroñada; como el sacro mandamiento velado por el declive de una civilización; como todos los gozos y pesares; como mis palabras y como las vuestras; como el encanto de lo más y de lo menos duradero… Así estallan y se disuelven todas esas cosas.

Todo está viajando hacia la reunificación: si no se acepta por las buenas, se producirá de un modo violento de todos modos inevitable. La única venganza posible reside en hacer de tal hecho el compás de nuestros amagos, en sincopar nuestro paseo en aras de reducir rodeos estériles y batallas contra las brisas. Cuando en la última noche todo se haya cumplido, cuando todas las miradas se vean puestas y emergidas en el Ojo de Dios, antes de que recomience el sentido de los mundos, en la hora sin hora y sin extensión, un vacío infinito vendrá a recordarnos -a nosotros, que ya no seremos tales- que optamos por la nada correcta. Sabremos, entonces, que nadamos en el saber en la misma medida que nada sabemos, que los cielos son reflejos del alma y ésta de aquéllos; y que la grandeza de los amores, anhelos, codicias, aversiones y agonías no es ni mayor ni menor que la de los gases y metales, ya descompuestos, amalgamados en abrazo final, o la de la brizna combustible del seco trigal a la hora en que el verano decide prologar con su insolar el fin de todos los centros y todos los círculos.

[Música: G. Gurdjieff y T. de Hartmann, 2.I.1927, vol. III, 1ª serie, No. 7, pno. A. Krenski]

 

 

I live in hazard and infinity. The cosmos stretches around me, meadow on meadow of galaxies, reach on reach of dark space, steppes of stars, oceanic darkness and light. There is no amenable god in it, no particular concern or particular mercy. Yet everywhere I see a living balance, a rippling tension, an enormous yet mysterious simplicity, an endless breathing of light. And I comprehend that being is understanding that I must exist in hazard but that the whole is not in hazard. Seeing and knowing this is being conscious; accepting it is being human.

[Vivo en el azar y en la infinitud. El cosmos se extiende a mi alrededor, prado tras prado de galaxias, trecho tras trecho de espacio oscuro, estepas de estrellas, tinieblas y luces oceánicas. No hay en ello un dios particularmente afín a mí, no hay un cuidado particular, una particular misericordia. Sin embargo, en todas partes veo un equilibrio vivo, una tensión que se ondula, una sencillez enorme y a pesar de todo misteriosa, una inagotable respiración de la luz. Y comprendo que ser es comprender que he de vivir en el azar, pero que el todo no está en manos del azar. Ver esto y comprenderlo es ser consciente; aceptarlo es ser humano.]

J. Fowles, The Aristos 1.76 (trad. M. Martínez-Lage)

 

λέγω γὰρ ὑμῖν ὅτι πολλοὶ προφῆται καὶ βασιλεῖς ἠθέλησαν ἰδεῖν ἃ ὑμεῖς βλέπετε, καὶ οὐκ εἶδον, καὶ ἀκοῦσαι ἃ ἀκούετε, καὶ οὐκ ἤκουσαν.

[Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron.]

Lc 10:24

 

Mi voluntad se ha muerto una noche de luna
en que era muy hermoso no pensar ni querer…

M. Machado, Adelfos

 

Converso con una mosca durante algunos minutos: a mitad del encuentro percibo su cansancio y que está más cerca de la muerte que de mí. Dejo que los libros me den su enseñanza, y apenas la recibo la voy olvidando, limitado como estoy por afanes y por una memoria circunscrita a las dimensiones de un cráneo. Observo la macerada edad de mi madre, su alegría sólo vencible por el desgaste de los átomos, y aprecio el bendito instante que me permite ver de dónde provengo y a quién debería intentar parecerme, y la amo un poco más. Inquiero a los dioses, que me contestan con preguntas: alabo que sus intenciones benéficas vayan a sobrevivir a miles de vidas, civilizaciones y mundos, pero lamento que también ellos, como la mosca o mi madre, sufran alguna condición, un menoscabo por el que sibilinamente entrará la herrumbre hasta diluirlos con algún ciclo cósmico.

Me he persuadido de rendir culto a la Impermanencia, reina del país de los fenómenos. Su belleza es la del viento que arremolina a las hojas hasta convencerlas de que abandonen su manto; o la del ocaso que con su coleo de animal huidizo tiñe el cielo con tonalidades espectrales de morado, anaranjado y rosado, como la túnica de un atlante abstraído de todo afán; o la de una doncella que nos mira intensamente, como queriéndonos expresar que se encuentra en el culmen de su belleza, cuyo brillo irá ya perdiendo día a día hasta desaparecer. Impermanencia escribe la moraleja a cada fábula mundana, a cada trance, a cada proyecto de sangre o de sonrisas. Hasta los más orgullosos y los más excitados inclinan la cerviz ante su caricia adormecedora o ante el golpe seco de su báculo. Sus hijos tejen los tapices del tiempo que recibirán el examen de la impasible madre: nunca queda ella satisfecha, de suerte que habrán de deshilar lo hilado para probar nuevas formas. Esos hijos divinos han dibujado al hombre y lo han perlado de estrellas, han propiciado con el perfil de las costas las divisiones de fronteras, la fundación de tronos y los menhires que glorifican tanto a los ejes del orbe como al Nombre aún no mencionado. Acaso los dioses no sean sino las fuerzas del cambio que moldean a los espectros que tomamos por aquéllos.

Ni la maldad ni la bondad son eternas, pues andan también a expensas de las condiciones, oreándose acá, virando allá, aclarando el rostro somnoliento con el agua más fresca que se encontrase en el amanecer de una tormenta o de una hermandad. Pero que no sean eternas no impide que renazcan tantas veces como mueren, con otras configuraciones y alicatados y dialectos, como que una torre de barro nunca es igual a otra que alcemos sobre la misma materia. Igual que el liquen, la actitud se marchita bajo la sequedad y rebrota con la conspiración auspiciosa del rocío. La actitud, dirán, no perdura más allá del plazo de una vida. Y yo concedo sin pena; pero la noción de perdurar no vive más allá del reino de los plazos. Estamos todos, sin saberlo, deseando alcanzar la edad en la que el tiempo se rinda, renunciando por igual a su significado como a su a falta de él; la edad en la cual el Devenir olvide su laurel en el tumulto de algún movimiento, abrazándose entonces en descenso oceánico a su hermana Eternidad, hundidos los dos al fin en la impronunciable sima de la vacuidad de las vacuidades.

No habrá entonces gozo y, sin embargo, será muy hermoso no hablar, ni pensar, ni abrazar, ni fluir, ni permanecer. Ni emplazamiento ni anhelo sostendrán el gusto por el descanso de quien ya no sabrá ni anhelará descansar.

[Música: H. Górecki, Sinfonía No. 3, Op. 36 (“Symfonia pieśni żałosnych” [Sinfonía de las canciones dolientes]). II. Lento e largo. Tranquillissimo.]

Die Ros’ ist ohn warumb / sie blühet weil sie blühet.

[La rosa es sin porqué: florece porque florece.]

A. Silesius, Der Cherubinischer Wandersmann 1.289

 

LA JUSTICE: Est-ce qu’il ne faut pas être toujours juste?

LA PRUDENCE: Oui, mais il ne faut pas toujours être sur son tribunal à rendre justice. Il faut mettre tout à sa place.

[LA JUSTICIA: ¿No se tiene que ser siempre justo?

LA PRUDENCIA: Sí, pero no se tiene que estar siempre en el tribunal para impartir justicia. Hay que poner todo en su lugar.]

Mme de Maintenon, Conversation IX. Sur les quatre vertus cardinales.

 

L’homme jouit du bonheur qu’il ressent, & la femme de celui qu’elle procure. 

[El hombre goza de la felicidad que siente, y la mujer de la que ella proporciona.]

P. Choderlos de Laclos, Les Liaisons dangereuses 130

 

Women are the most reliable, as they have no memory for the important.

[Las mujeres son más de fiar, pues carecen de memoria para lo importante.]

O. Wilde, Carta a Robert Ross desde la cárcel de Reading, 1 de abril de 1897

La señorial

Siempre que se ha hablado extensamente sobre un sexo, provenga la voz de cualquiera de los dos, sea para defenderlo o menospreciarlo, se habla del sexo femenino. Muchas razones ha habido para tal escora, mucha de ellas viciadas e infames; sin embargo, tengo una hipótesis sobre alguna razón menos ingrata. Hablaré de ello por más que para un varón sea delicada cuestión exponer generalidades sobre el otro sexo, por muy difícil que sea mantener el equilibrio entre elogio y justicia, entre no adular y no desprestigiar, ante las oyentes femeninas, suponiendo que a este pregón se presenten en plural, cosa que es mucho suponer. Solamente cuando el varón pone su pensamiento -aunque se trate de un pensamiento en defensa de las oprimidas- en boca de una dama, sea la Medea de Eurípides o la Marcelina del Fígaro de Beaumarchais, cuenta con más probabilidad de éxito; en caso contrario, le lloverán correctoras por cualquier cosa de las dichas y por la contraria. Muchas féminas no aprecian la valentía de un hombre que le espeta una opinión sin esperar obtener nada de ella -ni cambiar el curso de las cosas, ni saldar deudas, ni rebajar a nadie-, y antes bien toman por ofensa tal desinterés. Pero entiende que lo esperen a uno con las uñas afiladas, como el gato escarmentado, cuando se viene de un linaje esclavizado y así mantenido en tantos espacios. En cualquier caso, hablaré sin que me lo pidan, siendo ésta la verdadera culpa con la que me cubro cada día por escrito.

No es la razón a la que antes me refería que sea masculina la centralidad humana y que lo femenino sea su periferia; ni que la mera actividad intelectual del análisis sea emanación masculina y, por ende, se centre en el enigma que se tiene enfrentado y al cual agradaría desentrañar; ni que se pretenda tardíamente diferenciar otro modo de ver el mundo después de haber hablado durante milenios de la naturaleza humana bajo el epígrafe de “naturaleza del hombre”. Con excepción de la última de las razones, ninguna es siquiera parcialmente cierta. He dicho que la primera razón no es cierta, pero matizo que es lo opuesto a la verdad. No ya es que la naturaleza humana no sea masculina, sino que, como toda naturaleza, es más bien femenina. La vida, y más todavía la vida inteligente, es fecundidad de sí misma, es filosofía del cuidado en acto, y es una preferencia por la doblez íntima de las cosas y su suavidad. Aunque la aparente trayectoria de nuestra raza sea precisamente el desafío a los elementos, la guerra a la disolución y la preferencia por lo crudo, lo cierto es que, en la soledad del ser consigo mismo, cualquiera se siente como esposa a la que el amado destino ofrece brazo lacerante o gentil, como el verbo de los santos balbucea; o cualquiera en algún momento se siente un vientre que desea albergar criaturas florecientes que lo perpetúen.

La coqueta

Puede ser mucho simplificar, como sucede cuando se predica de cualquier categoría, y dado que hay un impulso evidente hacia el vigor, la tersura, la dureza. La vida, se dirá, es vector lineal, concentración de fuerzas, imposición frente al caos, blando primero y tormentoso cuando se le permite ufanarse; es, por lo tanto, una insistencia de hombría. Pero la humanidad tiene un deseo de enraizar, un deseo de alcanzar un equilibrio. Hasta los más aguerridos de los caudillos se han rendido ante monjes ajenos a los rasgos cardinales de la virilidad mítica y que han renunciado, como las más delicadas mujeres, a la lujuria desatada, a la violencia, a la indiferencia hacia quienes sufren, a imponerse en foros de ningún tipo que no sea su pequeña y afable comunidad.

Es muy esclarecedor que muchas tradiciones observen como principio supremo una cualidad asimilable, en términos humanos, a lo masculino. El Absoluto, como el varón, se impone como la medida de las relaciones e intenciones del grupo, como el rey en su reino. En la filosofía sāṃkhya, Puruṣa, la Conciencia Cósmica, es, también etimológicamente, el “varón” que secciona y perfila a la pasiva materia informe, Prakṛiti, siendo la labor del iluminado distinguir a Puruṣa entre el juego de las cosas visibles y pensables -carnavales ebrios de un sufrido himeneo cósmico- y reposar en su fuerza inmarcesible e inefable. Ahora bien, esa noción de lo masculino teórico sobre la ductilidad femenina del resultado práctico no se encuentra en tradiciones soteriológicas ciertamente cardinales como el epicureísmo, el budismo o el taoísmo. Dejando a un lado a Vairocana, el Buda Primordial tántrico de forma masculina, no encontramos en Asia muchas ganas de separar polaridades y sostener en lo alto a la polaridad que más se tensa -la polaridad masculina- contra la realidad efectiva y que segmenta severamente al Todo, al igual que el aceite separa los caldos acuosos sin acabar de ceder ante ellos.

La realidad, al menos la que somos capaces de sentir y de concebir, es una hembra preñada por un padre supremo al que no hemos visto: la inteligencia es su hijo aún desperezando, gateando en busca de su familia. Pero la madre Natura todavía nos circunda, nos alimenta con su cordón umbilical, y ésa es la razón de que no la veamos: ella y nosotros todavía somos un mismo organismo. Por otra parte, el padre nos ha engendrado también, y llevamos parte de su personalidad y su estructura en nuestro movimiento mental y físico. Nos moveremos libremente cuando salgamos del vientre: entonces podremos distinguir los cuerpos, y veremos a nuestros padres al fin claros y distintos, y veremos que nosotros somos su unión y, aun más, el modelo original del que acaso se disgregaron ellos antes de que existiese el tiempo y las causas precedieran a los efectos. No es casual que el mundo femenino se asocie a lo infantil; más allá del papel histórico de la maternidad y la crianza y del rebajamiento intelectual que se ha querido absurdamente ver en ellas, los colores suaves y los gestos tiernos unen ambos mundos. La razón es que la humanidad es un niño buscando amparo cuando es ignorante, o una mujer cuando es instruida pero dependiente de su marido, al que no logra ver. Su padre, el mismo Amado que la engendró, el polo metafísico activo, es para ella poco más que una cédula de casamiento cuya firma sólo recordará dificultosamente si trabaja la reminiscencia hasta recordarse como novia, antes de nacer en esta vida cósmica.

La vivaz

Pero no quería enramarme en la metafísica; no por ser materia menos práctica que las que me interesan cada vez más, sino para que no se me acuse de conducirme hacia modos de pensamiento patriarcales. Mi idea era volver a calidad de las pequeñas actitudes, a los sabores emocionales, de los que los sexos representan dos de las más importantes tonalidades (omitiré el tercio y cuarto exclusos sin negarlos). Y, siguiendo con la rúbrica consabida de lo confesional y biográfico como género de faldas, hablaré de mí mismo sin vestir las mismas; será mi forma de solidarizarme una vez más con las salonnières de los grandes siglos. El caso es que a menudo he sentido que muchas de mis ideas, mis relaciones, esperanzas y mis pesadas palabras no podrían surgir de una mujer. Pero lo rosáceo, lo anecdótico, lo tierno, lo suspirante, lo pacífico, lo condescendiente, lo receptivo, lo flexible, me extasía también y me nutre, y compruebo que lo dejo aflorar a menudo en palabras y preferencias. No sólo el criarme ante fuerte presencia femenina me ha labrado así: tiempo después de una adolescencia más gótica y nerviosamente romántica, época en la que despreciaba a unos por no reconocerme y a otras por despertar mi lascivia, época de la que reniego en parte y en parte rememoro comprensivamente -la aprecio como la mujer que porta obsoletas joyas de su querida pero histérica madre muerta-, me fui inclinando hacia el mundo personal y afectivo de los mismos siglos que me excitaban.

Bebo el té en tazas floridas de diseño aristocrático, ajenas a estridentes pretensiones de nuevos regímenes; me rodeo de pinturas dieciochescas donde las pieles están ruborizadas, donde los satenes flotan vaporosos y los ademanes prometen besos ingenuos junto a bucólicas fuentes; escucho músicas cada vez más tenues, barnizadas de almíbar, como poemas anotados en hojas de álbum para agasajar a una moza casadera; piezas de carácter para piano firmadas por Déodat de Séverac, Rudolf Friml, Billy Mayerl o Bernard Barnes en lo que se refiere al pasado siglo, pero sobre todo por cualquier compositor galante reacio a aspaventar. Me divierto con las humoradas naïves y domésticas de operetas y folletines, los pliegues psicológicos que se entreven en las cartas femeninas de antaño y en las anécdotas de salón, preferiblemente cuando evitan lo chusco y se quedan en indirecto esbozo de sonrisa entre irónica y pizpireta. A menudo me complazco en el arte mediocre si está compuesto con ánimo emoliente. Adoro los tapices ribeteados de arabescos y tules, de sinoples y contraarmiños, de celestes y angelotes. No hay retrato al pastel de una señora bella y distraídamente desvaída que no me conmocione si tiene un perfil académico -apto, pues, para una damisela burguesa de la era Biedermeier- y no me mueva a anotar líneas de tonalidad pastel que me sonrojaría releer en la más escrupulosa intimidad. No me costaría acomodarme a un mundo de pelucas y guirindolas viriles. Bouguereau, Leighton o Alma-Tadema son, lo confieso como pecado que algunos no me perdonarán, algunos de mis pintores de cabecera. Atesoro el vocabulario démodé de hace muchas generaciones: las despedidas engoladas de las cartas, los ofrecimientos galantes, las declinaciones atentísimas… Todo ello me sitúa definitivamente, o a una parte de mí, en la denostada ralea de lo cursi. ¿Y qué es lo cursi sino lo femenino privado de toda profundidad, la madre que cría a su criatura sin esperar ya al marido, la dulzura abandonada de todo lo severo?

La apasionada

La cursilería, y no el feminismo -útil mas frontal, y por ende masculina, oposición-, es el auténtico fanatismo mujeril, su exceso indigesto -no tanto para mí, he dicho-, como todos los excesos y todos los fanatismos. Huelga decir que lo cursi tiene marchamo de calidad si viene del siglo XVIII y buena parte del XIX, donde acaso brotó su estirpe; en aquel tiempo la calidad de la manufactura en cualquier hacer extiende su arte eximio a la más ñoña fruslería. Además, rememorar un extremo del pasado nos enlaza inevitablemente a sus fuerzas contemporáneas complementarias, hasta nutrirnos de un copioso banquete de los sentidos y los conceptos. Sea como fuere, la confitería no es mala si se cría por añadidura a la pujanza en terrenos más ásperos. Y, aunque no se críe tal pujanza, el espíritu cursi es, por definición, incapaz de torturarse o de torturar; sus únicos peligros son su incapacidad para vencerse a sí mismo y crecer hacia otros reinos, su fragilidad ante fuerzas externas más agrias, y su incapacidad para dar su asistencia como se esperaría de él, absorto como está el cursi en la idolatría de sus imaginarias lindezas. Compasión y gustos más bien femeninos -algunos de las cuales incluso las mujeres jóvenes están ya muy lejos de poseer- llegan a mí en ráfagas hermanadas, sin que el peso de mi hábito me libere del egotismo, ni el peso de la sangre me libere del deseo por el bello sexo o la total frigidez ante el feo. Pero observo que, en mi visión de las cosas, las leyes del aferramiento y la aversión se van equilibrando, de modo que, pongamos por caso, puedo sobrellevar un doloroso abandono con sorprendente serenidad apoyando una pierna sobre la asunción viril del destino y la otra pierna en la entera disposición resignada y dadivosa de una novia pura, cándida hasta la virginidad, y llena de afecto por todo.

Lo femenino, en su más estricta pureza, carece de memoria, de juicio, de proyecto, de fuerza; lo puro masculino solamente tiene los susodichos componentes, careciendo de todo esprit de finesse. He ahí la razón de que todo ejemplar demasiado puro de su sexo fracase estrepitosamente: moviéndose solamente en un rango de facultades humanas, olvida que las buenas decisiones son las que concilian rigor y corazón, números y psicología. Las buenas decisiones templan a la furia suicida del guerrero, así como al raciocinio para que no escape de las incógnitas que es incapaz de resolver correctamente y que, sin embargo, debemos abordar en la práctica; y, del otro lado, templan a los sentimientos, por buenos que sean, para que se desplieguen en proporciones y rumbos pertinentes, y para que la claridad les haga reconocer sus límites y su momento.

La jovial

Otra de las esencias de lo femenino es el escrúpulo. Condenada y adiestrada para sobrevivir mediante armas negativas como el desdén, la prudencia o la atracción, secularmente ha volteado la mujer estos hábitos en favor de un solo interés creativo, el cual, por razones históricas y naturales, ha invertido en el nido y la descendencia. Los gestos de una mujer siempre han estado medidos por mandato de parsimonia: cualquier paso en falso podía resultarle fatal. Ha de escoger una sola vez al padre de los hijos que ya nunca se le despegarán, ha de evitar dar el más mínimo motivo a los hombres de su alrededor para que la repudien o la lapiden, había de garantizar por tretas y medios indirectos gozar de herencias y seguridades que la jurisprudencia abierta le negaba; y todo ello contando con el tiempo en contra, sabiendo que cerniéndose la edad sobre una belleza en declive dificultará sus probabilidades de triunfo en todas aquellas trincheras. No se le podía reprochar, por lo tanto, que se conformase con buenos partidos antes que con el apasionamiento, o que hiciese de la habladuría su proyectil preferido para apartar a abusadores y competidoras. Olvida de cuando en cuando esos escrúpulos cuando su amor, primitivamente pensado para alimentar a sus cachorros a cualquier precio y retener a su esposo, se desata hacia un gentil galán o un exigente dios. A partir de ese momento, todo su interés es el de complacer, y su felicidad es servir de arbotante para que la armonía reine siempre, aun a pesar de la torpeza de los demás, que no valoran su calidad de piedra angular.

Entre las prohibiciones de la sociedad, la astucia que precisó para eludirlas y el amor que repentinamente lo hacía estallar todo por los aires, ¿qué espacio quedaba en la mujer para sentarse a discernir las configuraciones de los mundos, las propiedades de los números o la eficacia de las repúblicas? Si todavía hoy no suele suele dedicarse al pensamiento más técnico es por costumbre de tener que dedicar su inteligencia a lidiar con costumbres que la gravaban por ser mujer. Eso sin negar, como decía, la fluidez atávica de su sangre hacia la seguridad o la imposibilidad material de leer libros por imposición de decreto. Los hombres, agitados por su hiel, tienden a correr riesgos que los encumbren o los hundan: la mujer tenía bastante con mantenerse a salvo, equilibrada en un mundo del que no podría huir dando puñetazos si se viese en aprietos. Las  temerarias, al menos las que han quedado reverenciadas por los poetas, son las que no tenían nada que perder o las que, habiendo conseguido ya toda estabilidad y habiendo percibido a la sazón su insatisfactorio sabor, se lanzaban entonces a la siguiente etapa: la etapa de la gloriosa plenitud, a la que los caballeros se enfilaban desde niños por no carecer de un nombre ni de respeto.

La servicial

El varón saca fuerzas de su propio deseo insatisfecho; la mujer las saca del deseo ajeno. Él ha de defender con violencia las fronteras; ella defiende las fronteras de la violencia. Él ha de conquistarla a ella y ella ha de conseguir que no pase a conquistar a otras. Él ama a la mujer como raza, pero ella ama a un individuo con nombre. Él quiere dejar libres sus grandes aspiraciones, mientras que la aspiración de ella es hacer algo más grande su libertad. Y, antes que la libertad, él buscaba la grandeza llameante y ella la integridad apacible del conjunto; él anhelaba rozar el todo y ella abrazar una parte. Él no puede mostrar sentimiento de debilidad; ella está obligada a hacerlo. La maldición del uno es su músculo y el miedo que infunda; la de la otra, su debilidad y el placer que prometa. La cabeza masculina se caldea en la exploración, y sus manos en la batalla; la cabeza femenina hace lo propio en salones y alcobas, pero caldea sus manos en la cocina. Para un gentilhombre, el hogar es su punto de partida; para una dama, la distancia más lejana a la que podrá llegar. Como hacía decir Oscar Wilde a un personaje femenino, “men always want to be a woman’s first love. That is their clumsy vanity. We women have a more subtle instinct about things. What we like is to be a man’s last romance” (A Woman of No Importance, II). Dejando a un lado la predisposición física de la mujer a la flexibilidad y la dilatación, así como su posible correspondencia mental, lo cierto es que no le han quedado muchas más opciones que ser la artífice del clan, su sostenimiento. Para ello debía ejercer la cesión, el pacto, el olvido momentáneo del honor, todo lo que la rigidez del legalismo masculino imperante impedía teóricamente llevar a cabo; todo con tal de asegurar linajes, salvar vidas y conservar haciendas.

Ahora las cosas van cambiando, al menos en una parte del planeta… y temporalmente. A juzgar por la tendencia de las migraciones y de sus nuevos y profusos linajes, habrá nuevamente tiempos peores para los hombres por no ser fuertes y para las mujeres por serlo demasiado. Pero, de momento, como digo, ha habido cambios. Los detalles que me agradan de un carácter femenino subsisten con suficiente fuerza en muchas mujeres de carne y hueso, algunas de las cuales no logran dejar de enamorarme, a veces tontamente. Pero echo de menos suavidades decimonónicas del carácter a las que yo, en mi por otra parte masculina y tórrida mente, me rindo en mis horas privadas. Muchas mujeres -y todos los varones- se burlarían de estos afeminados gustos, cuando no los tendrían sencillamente por gustos de vieja. Prefiero, en efecto, escuchar lánguidas miniaturas de salón de Friml mientras muchas ya se van apasionando por los deportes, esa tosca transposición del noble arte marcial. Prefiero la cerámica, las láminas e indumentarias de mi abuela al diseño cegador que invade los comercios donde las nuevas jóvenes se atavían de complementos para -no entiendo cómo- gustar y gustarse. Lamento que la arquitectura del último siglo nos haya insensibilizado tanto a la fealdad y al trazo bruto. Pienso en poemas que algunas burlarían con soez risotada. En definitiva: aislados por la dispersión y recogimiento, los pocos y pocas que quedamos admirando las cualidades decadentes de los géneros y que coloreaban contrastados un mundo hoy gris, hemos de reintroducir en el propio interior de cada uno ambos polos, ya que no los vemos pulular con garbo a nuestro alrededor. De algún modo nos vemos obligados algunos a ser simultáneamente el firme caballero y su fina señora, el poeta  y su musa, el pensador y su sentida amante, dicho sea esto en el sentido más metafórico posible. Si tuviese cerca a una mujer verdaderamente femenina, no me vería coleccionando melosas postales tintadas de 1900, ni pensando en embellecer mi implacable biblioteca con ornamentos de porcelana o litografías paisajísticas sin pretensiones, ni rodeándome de efigies y palabras de acarameladas madamas. Y todo ello sin lograr desprenderme de una hombruna sequedad que se resiste a los excesivos afeites y trajines domésticos. Ahora, ¡ay!, deberemos los amantes de la riqueza etológica ser el aria y sus coros, el beso sobre la ecuación, la rosa en el fusil… o moriremos de asco. No se trata -solamente- de andar buscando la androginia primordial, sino de detenerse a respirar con agrado cada cierto tiempo o, al contrario, de impulsarse con decisión hacia el corazón del dragón cuando la molicie va venciendo. Se trata, al fin y a la postre, de ver el juego de los opuestos y danzar a su paso con toda la gracia posible, aprendiendo las lecciones que ofrecen todos los juegos interesantes… sin dejar de saber que es un juego.

La taciturna

No debemos estos virajes personales en exclusiva al signo de los tiempos: somos unos pocos quienes en cualquier tiempo y lugar apreciaríamos por igual un recio gesto imperial, que una gárgola catedralicia, que un giro de abanico. Hay sensibilidades signadas sobre un solo punto que oprimen con saña, y hay otras que se abren a la extensión de los paisajes humanos. No nos queremos quedar sin un solo sentimiento por catar, sin un arrebato o una dulzura sin probar su escalofrío. Todo ello tiene, entre sus muchas bendiciones, una esencial: el ponerse en la piel de otros. De una adolescencia tenebrosa en la que odiaba a las criaturas que, juzgaba, me encadenaban con su deseo, he pasado a amar, no sólo sus cuerpos y sus mentes, sino su fina capacidad de percepción, o su paulatino y templado abrirse a las situaciones hasta a veces transmutarse en ellas por completo. Amo su je ne sais quai que desafía a los filamentos cartesianos, e incluso disfruto de cuando en cuando su sutil indiferencia, teñida de una dudosa simpatía que no es sino ególatra ambición de sentirse deseadas por cualquiera como ejercicio preliminar. Es grato escuchar a la sensible y registrar sus ancestrales captaciones oraculares, regidas por la luna; conversar con la cultivada para conocer su matiz cálido y húmedo sobre la cuestión que sea, cuestión que hubimos abordado únicamente con fría escuadra e ilusorio compás; convencer a la tímida de que vale más que todas las arrogantes juntas; proteger a la herida no hasta que nos salude con su excelencia, sino hasta que nos premie con su salud al conjunto de los seres humanos; jugar con la coqueta a descubrir quién de los dos tiene más interés en la persecución, si el que persigue o la que compara perseguidores; y enternecerse con todas, como harían ellas si recordasen que, además de tener un destino en colaborar con la sociedad mediante su inteligencia y destreza, están diseñadas para tan bella misión.

Pero, mientras que los individuos se van neutralizando entre sí al aproximarse a una grisácea área central cada vez menos excitante, lo cierto es que las naciones opulentas se van feminizando, por comparación con los orígenes netamente patriarcales de los que partían. La relajación del ímpetu impositivo, la primacía de la conveniencia sobre el orgullo o el honor -¿quién oye ya esta palabra salvo en mezquinos contextos juiciales?-, la tolerancia, pragmática o sentida, van tomando nuestro mundo septentrional. Pero cualquier frontera en la que se empiece a negociar acabará siendo usurpada, sobre todo si encierra un pequeño edén. La feminización de la sociedad hará que le suceda lo que a una vieja soltera rica: tendrá que casarse con el rudo que más la ronde o amenace, o, más bien, con aquel que oficiosamente haya tomado el control de su patrimonio y sus movimientos. En términos históricos, el carácter masculino devora, y el femenino se esfuerza únicamente en que la devoración sea lo menos desgarradora posible, dado que su débil complexión y sus nervios débiles no permiten otro tipo de defensa. Así somos hoy nosotros, los occidentales: no atreviéndonos al enfrentamiento, ablandados por nobles pero desajustados impulsos de compasión y de culpa, ajenos al prurito del riesgo, queremos seducir y relajar al macho que, cada vez con más autoridad, aprenda a maltratarnos. Los bárbaros conocen la flaqueza principal de la anciana Europa: la gazmoñería humilde y humillable. Convénzasenos de que estamos siendo poco éticos y abriremos las puertas a quien sea y a lo que sea, siempre y cuando se nos permita a medio plazo conservar nuestros frívolos vicios en nuestros domicilios. Antes moriríamos que aceptar un lance de honor, o que disciplinar nuestra muelle avidez cotidiana, o que llevarle la contraria a quien juzgamos herido por nuestros antepasados.

Es evidente que, por lo demás, unas y otros, otras y unos, somos idénticos en casi todo. Las mismas pasiones pueden brotar en cualquiera, los mismos cálculos, las mismas confesiones de pecados comparables. El mecanismo de nuestros cuerpos es tan hábil como similar, tan grato en su exterior como violento en sus entrañas, y tan doloroso en su origen como en sus estertores finales. Enfrentamos por igual el principio supremo del ocaso y la muerte. Diferenciar en exceso es interesante si no se hace todo el tiempo; identificar por su nombre los colores de un cuadro es útil cuando hemos recogido el conjunto de la composición y volveremos a hacerlo para llevarnos con nosotros el sentido general. Además, con permiso de Platón, los arquetipos son algo así como ideaciones estadísticas y, por ende, cada vez menos certeros según avanza le procesión de la entropía. En el fondo todo es triquiñuela literaria, simplificación intelectiva y aroma muy diluido de una verdad lejana que no sabemos definir del todo. La esencia de una mujer no es ser mujer, y ni siquiera ser humana. Una mujer, un hombre, una nutria, un cangrejo, son criaturas. Si además nos une una raza, un país o una ilustración parejos, tanto mejor: nuestros besos y miradas podrán ser más emotivos o, cuando menos, más cómodamente instructivos. El exceso de reivindicación, de acusación e incluso de elogio por pertenecer a un grupo nos deja la cuestión de si habremos de multiplicar tales enfoques si nos referimos a grupos mayores, en círculos concéntricos superiores, con lo que tendría de infinito el glose de las categorías. Al fin y a la postre, los individuos somos todo mezclado y pureza olvidada, simiente común y miembros simétricos como las manos o los ojos. La rosa que hay en uno no debe hacernos olvidar el lis, y viceversa.

La “connaisseuse”

La rosa que crece en nuestro interior confiesa ser naturalmente bonita: no lo planeó, no sabe interpretarlo, se desconoce a sí misma. Merece la pena dejarla así para que nos perfume por más tiempo. Mientras los relojes de nuestros silogismos operan con caliente eficiencia, el frescor retrechero de la rosa da su vitalidad y a acaso su sentido. Portando la flor hacia nuevos territorios del corazón, haremos que lo árido reverdezca si es que hemos dedicado un tiempo a retirarnos en el monástico erial o en la fría estepa de la acción. Dejando que nos haga confidencias, nos reconoceremos también sensibles a aromas encantadores que legábamos a una sola mitad de la humanidad, y cultivaremos personalidades más floridas. Un alma enriquecida con todos los extremos de la buena fe será un icosaedro equilibrado y resiliente. Su solidez, fundida con éteres de azahar, no podrá alcanzar más hermosura. Su potencia no dejará de cantar las delicias de la fragilidad o el timbre del requiebro; su candidez no nos hará echar de menos la firmeza, pues será una candidez sabia e invencible.

No deja de suceder que seamos casi todos criaturas tornadizas y punteadas de mezquindades según nuestras costumbres y carencias. Mirando a un caballero o a una dama se ve un ser incompleto, anhelante, no de la otra mitad semiesférica del ser primordial que Aristófanes comenta en el Banquete de Platón. No: el anhelo que se tiene es infinito, y no lo calmará el cónyuge perfecto, ni el placer adúltero, ni desde luego un cambio de sexo, supuesto que eso sea algo realmente posible. Como heridos que somos, no nos merecemos ira, sino compasión, si bien la compasión se traduce como caricia de una mano y firmeza de la otra. No obstante, la compasión no es el sentimiento supremo. Hay una reverencia al herido que consiste en verlo portador de una dignidad auténtica, de una realeza interrumpida; no es que la belleza de nuestras almas y nuestros cuerpos no sea perecedera, pero es gloriosa mientras supuso una puerta de oro para acceder rápidamente al corazón misterioso del universo. Somo seres principescos en el exilio, con coronas fundidas en la forja de la circunstancia, que nos arrastra hasta hermanarnos de nuevo, al caer la última noche, con el sinfín de los elementos en voluptuosa hierogamia.

La apresada

Quienes hablan de la transmigración de las almas aseveran que cambiamos continuamente de sexo, cuando no de especie y de dimensión metafísica. En principio me agradan todos esos cambios, siempre que el contexto descarte la mayoritaria brutalidad que transpira al mundo, y siempre que ninguna fuerza esté ausente del ecológico negocio de los opuestos. Hablaríamos con más solvencia si experimentásemos otros ojos, no viéndolos, sino viendo a través de ellos. Casi todo lo que los varones han escrito a mujeres no se dirigía a su ser completo, sino a su capacidad de ruborizarse y desear. Aunque esa facultad es poderosa, hay otras muchas que podrían colmarnos de muchos otros parabienes. Sin dejar de disfrutar de las finas líneas de las facciones, los bordados y las fragancias, las musicales risas y los adorables suspiros, del donaire de la donosa en suma, nos debemos mutua totalidad, una entrega por estancias: cortesía en el vestíbulo, franqueza en el despacho, calidez en la alcoba, lealtad y compasión ante el altar, identidad en las tongadas que estratifican nuestra naturaleza. Semejantemente, lo que nuestra rosa interior nos pide es que seamos su espina protectora. Lo que nos pide, en cambio, el punzón de la virilidad es que lo protejamos de sí mismo con la flor del cuidado, enterneciendo sus pesadillas, coagulaciones espirituales desgraciadas surgidas de la inquietud de estar drenando paz y belleza, la paz y la belleza que en el polen de su aceptación derramó la caritativa rosa.

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[Música: La primera es el preámbulo del Op. 1 de Barbara Strozzi:  Mercè di voi, mia fortunata stella, / volo di Pindo in fra i beati cori /  e coronata d’immortali allori /  forse detta sarò Saffo novella!” A continuación suena la cantata Les Femmes de A. Camprá, que en torno a su mitad incluye un listado de tipologías mujeriles: “La coquette nous trahit, / La prude nous désespère, / Et la jalouse en colère / Irrite qui la chérit. / La belle est capricieuse, / La savante audacieuse / Tirannise qui la suit. / L’indolente est ennuyeuse, / Ses insipides langueurs / Ne font qu’endormir nos chœurs”. Como respuesta a estos amargos retratos, el compositor holandés Quirinus van Blankenburg (parece que ya era el suyo un país en pro de la igualdad) compuso otra cantata: L’Apologie des Femmes. En ella presenta un ingenioso listado de virtudes a modo de compensación:La Jalouse a le cœur tendre, / La Prude agit par ressort, / La Coquette aime à se rendre, / La Savante a l’esprit fort. / La Pale dans son teint / Est toute incomparable, / La Noire une brune adorable. / La Grasse a de la majesté, / La Maigre a de la taille et de la liberté, / La Fourbe avec esprit raisonne, / La Sotte est toute bonne, / La Muette a de la pudeur / Et la grande Parleuse est d’agréable humeur“. Tras la barroca misoginia de Camprá, suenan diversos cortes de una opereta del compositor austríaco Oscar Strauss: Der Pralinésoldat (“El soldado de chocolate”). La versión que pongo aquí es una adaptación española a manos de José Juan Cadenas, mientras que los arreglos musicales son de Julián Vivas (para Barcelona), quedando sin grabación los de Vicente Lleó Balbastre (para Madrid). La rancia grabación es de 1931, dirigida por el Mtro. Vigil Robles en Nueva York. El argumento y los números seleccionados cuentan lo siguiente: durante la guerra serbo-búlgara, el soldado enemigo Bumerlí se cuela en la casa de la búlgara Nadina Popoff, prometida del héroe Alejo. Bumerlí la chantajea con los chismorreos que habrá de enfrentar ella si no lo oculta en su casa, pues su reputación acabará si se ven salir de su casa a un soldado serbio. Ella acepta. En otro fragmento se da un extraño flirteo de puyas picajosas entre ambos. Alejo, quien regresa como (falso) héroe, identifica a Bumerlí y lo reta; la cobardía de Alejo le obliga a evidenciar su farol. La boda se frustra, y Nadina, con sentimientos encontrados, escribe una carta a Bumerlí pidiéndole que no aparezca de nuevo. En el último fragmento, el penoso Alejo, por no salir solterón de todo el percance, se humilla ante Marta, prima hermana de Nadina, para que acepte casarse, pero ella impone duras condiciones. Finalmente se casan las nuevas parejas y se hace un llamamiento a la paz. El conjunto no ha podido ser más cursi. Rematan la dulzona serie cinco exquisitas y decadentes miniaturas para piano: una de Turina (Mujeres españolas Op. 73. III. La señorita que baila) tres de R. Friml (Intermezzo Op. 82. No. 2; Valse poétique; La Danse Des Démoiselles) y una de B. Barnes (Dainty Miss).]

El hombre más grande es aquel que sobrepasa a todos en mansedumbre y sociabilidad.

Avicebrón, Mibḥar ha-penînîm (“Selección de perlas”) 400 (trad. D. Gonzalo Maeso)

Esguardava l’amic si mateix per ço que fos mirall on veés son amat. E esguardava son amat per ço que li fos mirall on hagués coneixença de si mateix. E és qüestió a qual dels dos miralls era son enteniment pus acostat.

[Se miraba el amigo a sí mismo, para ser espejo en el que ver a su amado. Y miraba al amado, para que fuese espejo en el que conocerse a sí mismo. Y se discute de cuál de los dos espejos estaba más cerca su entendimiento.]

Ramon Llull, Llibre d’amic e amat 341 (trad. E. Moga)

I

Cuanto más decidido sea tu paso y cuanto más llano sea tu camino, más correrás, pero por ello mismo serás incapaz de juzgar la adecuación de otros caminos, que desconocerás tanto cuanto más te familiarices el tuyo. 

La pluralidad de vías es dibujo de varias espirales superpuestas; allí donde una parece acercarse más a la verdad, la otra hace un rodeo menos preciso; mas en otro tramo sucederá lo contrario. Todo método ofrece algo y priva de otra cosa; pero, a medida que se ascienda, se va devolviendo aquello de lo que se privó o se asume su contingencia y se suple con otro cetro igual de largo.

II

Si te inquieta la opinión ajena es que no la tienes muy buena de ti mismo o que pones tu opinión al servicio de caracteres contradictorios.

Tenemos cedida a los demás mucha responsabilidad sobre nuestra alma. ¿A qué cargarles con tamaño peligro? No dejes que los demás te condenen, pues eso les herirá también a ellos, y tu dignidad caerá aplastada por tu debilidad. No se debe dejar la felicidad propia y ajena a algo tan ajeno a nuestro poder como el juicio del otro; carga tú con la protección de sus almas, y no al revés.

III

La adversidad no menoscaba tu virtud, sino que muestra cuán baja era en realidad. La adversidad no menoscaba tu sabiduría, pero la contamina de suspicacias desesperadas, lo que viene a ser casi lo mismo.

Solamente el fuerte se sostiene ante el embate inesperado. Unas destrucciones provienen de una larga cadencia: debieron ser enfrentadas con costumbres virtuosas. Pero otras destrucciones provienen del giro brutal de los acontecimientos: debieron ser enfrentadas con costumbres virtuosas y con un atención plena, asumiendo que cualquier navío podría ser débil ante la tormenta, deseando siempre estar más y más predispuesto al combate y al sacrificio. No es que la derrota no sea una opción, es que es imposible si se aprende a aceptar la derrota como un ejercicio hacia la victoria, que se jugará en los tableros de las hazañas y las fundaciones y no en un mísero campo de batalla donde ha de regalarse el triunfo a la sangre, que es lo único que allí vence.

IV

Todo lo que no hagas por los seres sensibles no nutrirá tu sensibilidad hacia lo que está por encima de los seres.

Solamente satisfaciendo a tus semejantes en la medida de lo posible abrirás un derecho en el corazón para atisbar realidades más puras. El corazón es lo bastante honrado como para no concederse a sí mismo este derecho hasta que no lo haya merecido, o es lo bastante ciego como para no ver la puerta si no se ha apartado mediante la caridad a los pordioseros que mendigan ante ella.

V

Lo que se dice sin repetir lo que dijeron otros no habrá sido pulido en todas sus aristas, pues no hay una voz que pueda ella sola afinar al mismo tiempo la doctrina, la forma, la aplicación y la oportunidad.

La Tradición no es solamente edificio levantado durante siglos, sino que muchos de sus ladrillos son las perfecciones logradas por los hombres en sus respectivos campos de excelencia. En términos de espíritu, el progreso no opera en el tiempo más que en la eternidad de cada cual, pero sus ejercicios previos han sido tanteados en eficacia por generaciones de clarividentes, y así lo muestran en costumbres, ritos, ejercicios de introspección, conceptos, imágenes, músicas y versos. Pero, si la Tradición es secuencia de voces sumadas, tampoco ha de faltar nuestra voz, si ha sido esforzada, cuidadosa con el legado y dotada de cierta lucidez.

VI

Solamente abrazando al todo se obtiene cierta quietud, pues las partes son mudables, y las cosas mudables no son fiables.

Al discriminar, la mente se escora y cae en posibilidad de desequilibrarse. La discriminación en pequeños segmentos es útil para pequeñas cuestiones, y algunas de ellas son imprescindibles para el gran negocio del alma. Pero, llegados al centro de ese negocio, allí donde el entendimiento se quiere posicionar para irradiar a todas sus facultades, la única posibilidad pasa por abrazar los pares de opuestos y afirmarse allí. En último lugar, no hay que afirmar ni negar, no concebir el Todo, no delimitarlo, no reposar en su sustancia, sino evitar cualquier tipo de posición. La verdadera unidad se halla en la ausencia de opiniones, aun la de la propia preeminencia de la unidad.

VII

Si amas la superficie, no atenderás lo bastante al interior; si desprecias la superficie, no te dignarás a contemplarla con placidez hasta que veas a través de ella lo que hay debajo.

Lo vulgar no es vulgar para quien ama, porque el amor es visión de dignidades. Pero hay que distinguir la dignidad profunda de la dignidad aparente, de la cual es tanto más peligroso enamorarse cuanto menos serena sea. Hay que entender que las bellezas se comunican siempre de algún modo; si no se descubre ese modo en cuestión, la visión será incompleta.

VIII

Los nombres sagrados no son sagrados por ser nombres, sino por no apuntar a objeto ni efímero ni definido.

Los valores sagrados de los símbolos no se ciñen a los conceptos en los que encerramos los valores. Antes bien, el valor sagrado es inasible en el tiempo y en el espacio. Mencionar un nombre sagrado es atisbar fuerzas que se derraman en cada rincón de la realidad y , por ende, también de nuestra propia vida.

IX

El espíritu no fuerza nada, pero surge de la carne que se forzó.

La disciplina no es terreno del espíritu: el espíritu es el rey hierático ante cuyos pies se arriba tras vencer en dura pugna a los ejércitos que lo mantenían secuestrado en urna de cristal. Sin purificación no hay pureza, pero la pureza es tan inocente como una semilla seca y fría, a la espera de germinar en suelo removido por trabajosa azada y barbechos de ayuno. Lo divino es alumbrado en el placer o en el dolor, pero siempre sin estridencias; la transverberación es llamarada súbita, pero su estela no se aprovecha más que tras un cierto endurecimiento del carácter, humedecido únicamente por caro Amor.

X

La sinceridad no es completa si no se cuestiona a sí misma.

Toda inferencia lúcida duda, llegados a un punto, de la infalibilidad de la misma lucidez bajo cualesquiera circunstancias. Y toda declaración de arrepentimiento, perdón o amor surgida de buena fe se pregunta después si no hubo algo de mezquindad en su propia causación, como si se venerase tanto la pureza que su presentación debiese ser impoluta no importa cuantas veces se someta a comprobación. El espíritu es exigente antes de permanecer flotando sobre los opuestos, y en todo lo que sea vencerse a sí mismo se encuentra aliado consigo mismo, mientras no haya cilicio inmoderado.

XI

El pensamiento es inferior a la visión, como el contable es inferior al potentado.

El país es mucho mayor que el mapa, pero sin mapa no accederá peregrino a sus principales sedes. El rico paga al contable, pero el contable es el que, administrando con prudencia, permitirá a su patrón vivir holgadamente de sus riquezas. Por lo demás, son éstas las que permiten al rico habitar el palacio, mas es su sensato hacer lo que permite al contable vivir también allí mismo, en modesta azotea pero por ello mismo avistando a vista de pájaro los desperfectos a mejorar del alicatado; y allí opta, en algunas noches de especial amistad con el patrón, a obtener la herencia del poderoso. Así sucede con el pensamiento, atento a los movimientos de la superior intuición, atraída por la gracia y empujada por la serenidad que rezuma de las buenas obras.

XII

Tu altura no se distingue en el templo, donde todos están erguidos o se inclinan a la par, sino en la plaza, donde todos se inclinan según su avidez o su temor.

Ante el ritual, ante la mirada de todos, todos son más o menos dignos, más o menos cumplidores y pacientes. Es en el fango de la contrariedad, de la sorpresa, de la derrota, del dolor, donde se mide la altura real de cada uno, permaneciendo durante más tiempo en pie los más principescos de los caracteres, sin falsa apostura, sin rigidez innecesaria, pero atentos al compromiso que ostentan en la cabeza, sobre la cual se sustentará, en lo más alto posible, la insignia invisible con que la coronó la voluntad de satisfacer a los necesitados y de cumplir condescendiente el ciclo de los mundos.

XIII

La flor no sabe que para ser flor también es necesario no pensar en serlo.

La naturaleza no busca su finalidad, sino proseguir siendo ella misma, sea cual sea su finalidad. El ser feliz no es el que busca la felicidad, sino el que la encuentra en el camino de otra cosa, que suele ser la felicidad de los otros y el desapego de felicidades triviales. Para merecer el trono hay que ser, antes incluso que legítimo príncipe, servidor incondicional del trono; querer sentarse en él es justo y conveniente deseo del heredero, pero el anhelo fundamental ha de ser que el palacio sirva a su misión mundana para con los súbditos. Pero la razón y la intuición superior son atributos humanos que, como astrolabios de la mente, nos corrigen el rumbo cuando el entregado entusiasmo se entrega en demasía a camino de extravío, cuando el gesto genuino no es tan merecedor de dicha como del salario de Némesis.

XIV

Realizar el gesto decente no te conducirá a la verdad, pero hará más rítmica tu búsqueda y señalará a otros el camino a la verdad.

El cumplimiento no trae garantía de cosa alguna, salvo del mínimo ceñidor espiritual bajo el cual se desataría cualquier demonio. Cerrar con llave no impedirá entrada o salida en la mansión, pero demuestra que hay una llave que abre suavemente y demuestra la solidez de los portones, sólo lábiles para los hábiles.

XV

El amor que no se concibe sobre todos los seres es incompleto, por lo que carece de calma; el amor que no se concreta en saciar la sed del más sediento es débil, por lo que carece de resistencia e intensidad.

A todos se debe la misma entrega que a los demás. Esto, sin embargo, no habrá de suscitar que escatimemos, pues cuando se está ante un rostro no ha de voltearse la mirada hacia los otros, sino ofrecérsese por entero a sus cuitas, si es que comportan recia pesadumbre, como si fueran las únicas. La generosidad consiste en dejar de mirar de donde mana la herida sin dejar de atenderla en ningún momento hasta que la veamos empezando a cicatrizar.

XVI

Muchos creen amar cuando aman la imagen de sí mismos como amantes.

Hay mucho de amor propio en lo que de ordinario dícese amor. Pocos hay sentimientos más gratos y apetecibles que el del alma que se percibe a sí misma abriéndose a lo que no es uno. Mas el abrazar puede acabar en gusto de engorde, pues tan grande se siente el que toma al otro que lo cree suyo o comentario a su grandioso amor. Siempre cabe el desapego por nuestro propio dar, no dejando de dar, porque esto devendría males para el amado, que es quien siempre ha de salir ganando; más bien, habría que desapegarse hallando hábito cotidiano en lo inaudito. Igual que el guerrero de miembros cincelados levanta ya sin trabajo ni conciencia el yelmo plúmbeo de los héroes inmortales, así cualquier habría de habituarse al sacrificio con monocorde horario y trivial ritmo, carente de verso o emperifollado verbo, hasta considerarlo alegre pero vulgar gesto inevitable, naturalidad ni culpable ni venerable, como rascarse el mentón o alzarse por la mañana del lecho habiendo recibido justo descanso.

XVII

La pureza se obtiene por la sangre, a condición de que sea la propia sangre, pero mejor aún se obtiene por la vigilancia extremada sobre los caprichos del alma.

El arrebato heroico tiene el valor de gran intensidad que deja huella en vida propia y ajenas. Su imperfección proviene, hay que decirlo, de su improvisada y rauda ejecución. El carácter perfecto no puede surgir de una tempestad, sino de ordenado abandono de lo más superfluo a lo más apegado. Tampoco el corte de un miembro por filo de acero en batalla quedará tan limpio y hermoso como el que realice un cirujano con atenta destreza y tiempo ilimitado.

[Música: Capitán Tobias Hume, The State of Gambo (The Earle of Worcesters favoret). Como buen contemporáneo del manierismo, Hume fue un personaje estrafalario, escocés mercenario de Suecia y de Rusia. Como era costumbre, murió en la miseria, llegando, según él cuenta, a buscar caracoles durante un tiempo para alimentarse. Dejó escrito de sí lo siguiente: “as my Education hath beene, Armes, the onely effeminate part of me, hath beene Musicke”. Compuso obras lúdicas y originales como An Invention for Two to Play upone one Viole, pensada para ser tocada por dos músicos en un solo instrumento, o A Souldiers Resolution, donde describe musicalmente sus experiencias militares, evocando el sonido del campo de batalla, en línea con cierta tradición que se remonta al menos a La Guerre ou la Bataille de Marignan de Janequin.]