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A los muertos

Además, monjes, el monje compara este mismo cuerpo con el cuerpo arrojado al suelo del cementerio, muerto desde hace un día, o dos días, o tres días; hinchado, lívido y putrefacto de esta manera: “Este cuerpo mío tiene la misma naturaleza, alguna vez será igual a aquel cuerpo y no está exento de este destino”.

Mahasatipatthana Sutta, Digha Nikaya 22.6 (“Kayanupassanananavasivathikarapabba “[“Sección con las nueve formas de contemplación del cuerpo en el cementerio”]).

Quando es bibo el omne cría mota sin mesura,
de pïojos e lombrizes, ca tal es la su natura;
muerto, cría los gujanos con su mala podredura,
que lo roen e lo comen dentro en su sepultura.

Libro de miseria de omne 435

L0070292 Kusozu: the death of a noble lady and the decay of her body. Credit: Wellcome Library, London. Wellcome Images images@wellcome.ac.uk http://wellcomeimages.org Kusozu: the death of a noble lady and the decay of her body. Fifth in a series of 9 paintings. Here her body is decaying in the advanced stages of putrefaction. Watercolour Published: [17--?] Copyrighted work available under Creative Commons Attribution only licence CC BY 4.0 http://creativecommons.org/licenses/by/4.0/

Muertos del mundo: os observo y os estudio. En vuestra descomposición cabe toda filosofía, toda visión, toda mirada amorosa y toda triste despedida. Hasta las reliquias incorruptas de los santos, prolongadas por beatitudes excelentes, se abrasarán durante la conflagración de los mundos. Seguid impartiéndonos enseñanzas, amados muertos, desde vuestra lejanía de todas las cosas. Sin vosotros, ¿cómo sabríamos aprovechar esta efímera vida? El rostro desencajado del cadáver quemado sobre las aguas del Ganges es mi mismo rostro, y en muy poco se diferencia de cualquier otro. Esas piernas flexionadas por la calcificación reflejan mi propia postura arrodillada cuando contemplo un confuso vislumbre de eternidad. No podré evitar adoptar esa angulación contrahecha, esa rigidez de las articulaciones, esa cavidad vacía en los ojos, esa inoperancia de la mente, esa nada de las pasiones y las ideas.

A vosotros, muertos que camináis, también os imploro vuestra enseñanza, a pesar de que muchos de vosotros ignoráis vuestra condición de maestros, desconociendo como desconocéis vuestro mensaje. Tomáis posesión de las calles y de las diversiones como si ello evitase vuestro substrato, que es ajeno a la animación; pero así, inanimados, pasaréis la mayor parte de la edad del universo. La rutina y los caprichos masajean vuestro corazón mientras creéis manipularlo vosotros a él. Oh amados muertos, vosotros que portáis vuestro final escrito en la frente desde el nacimiento, no os dejéis llevar por ilusiones dañinas, por vicios insaciables, por envidias destructivas, por impiedades pueriles. Lo más triste de un muerto es que crea estar vivo.

Los mejores de los muertos alzaron un día todos los logros de nuestra malhadada raza, cuando las cosas todavía necesitaban un nombre, cuando el sol todavía no había sido adorado. Les debemos la palabra, el número y la plegaria. Y tan muertos como ellos estamos nosotros, con un leve desfase ínfimo en el manto de la eternidad. ¡Ea!, cojámonos de la mano todos los difuntos, los de ayer y los de hoy y los de mañana, y bailemos al son de la necrosis que impera en nuestros bellos cuerpos en proceso de corrupción lenta e incesante, iluminaciones vacuas como el arco iris. Cantemos al sol que un día habrá de estallar y a la luna que lo sigue como un cadáver gris, animado solamente por los generosos destellos reflejados por su viudo. Toda la inmortalidad surgirá de nuestro desprendimiento de la muerte. No abracemos la vida, porque no es más que un disfraz de su opuesto. Abracemos, sí, a la pareja completa de vida y muerte en su oposición, sometida a su vez a un principio inasible y absoluto en el que mora la naturaleza última de lo que deviene, aquello que es lo único que en realidad se salvará porque es lo único que merece salvarse.

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[Música: J. S. Bach, Cantata BWV 82. I. Aria (“Ich habe genug“), tal vez el aria más sublime del cantor de Leipzig, claramente emparentada con el Erbarme dich de La Pasión según San Mateo. El texto reza así: Ich habe genug,  / Ich habe den Heiland, das Hoffen der Frommen, / Auf meine begierigen Arme genommen; / Ich habe genug! / Ich hab ihn erblickt, / Mein Glaube hat Jesum ans Herze gedrückt; / Nun wünsch ich, noch heute mit Freuden / Von hinnen zu scheiden. (“Tengo suficiente, pues he tenido al Salvador, esperanza de los justos, en mis brazos anhelantes. ¡Tengo suficiente! Lo he visto, mi fe ha estrechado a Jesús contra mi corazón, y hoy mismo quiero partir de aquí con alegría.”). La primera imagen es una muestra de kusozu, el arte gráfico japonés de clara raigambre budista (la meditación asubhakammaṭṭhāna en cadáveres en nueve fases) y centrado en mostrar en series de grabados las sucesivas etapas de descomposición corporal.]

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Escudo de armas del Vaticano en sede vacante.

Et, postquam uenerint ante sedem regis Jerosolime, Ypocrisis insusurret Ypocritis annuntians eis adaentum Antichristi. Qui statim occumint sibi cantantes:
Sacra religio iam diu titubauit.
matrem ecclesiam uanitas occupauit.
Vt quid perditio per uiros faleratos?
deus non diligit seculares prelatos.
Ascende oulmina regię potestatis.
per te reliquie mutentur uetustatis.
Tunc Anticliristas:
Quomodo fiet hoc? ego sum uir ignotus.
Tunc ipsi:
nostro consilio mundus fauebit totus.
Nos occupauimus fauorem laicorum.
nunc per te oorruat dootrina clericorum.
Nostris auxiliis hunc tronum occupabis: […]
Tunc Antichristus neniens ante sedem regis Jerosolime cantat ad Ypocritas:
[…] Ascendam igitur et regna subiugabo,
deponam uetera, noua iura dictabo.

[Después de que hayan llegado ante la sede del rey de Jerusalén, Hipocresía susurrará a los Hipócritas que el Anticristo ha venido. Ellos al instante se aproximarán a él, cantando: “La sagrada religión ya estaba en entredicho desde hacía tiempo. La vanidad se ha apoderado de la Madre Iglesia. ¿A qué viene este despilfarro en varones tan ricamente adornados? Dios no ama a los prelados seculares. ¡Alcanza la cima de la potestad regia! Gracias a ti cambiarán los recuerdos del pasado”. Entonces el Anticristo: “¿Cómo se podrá hacer esto? Soy varón desconocido” Entonces ellos: “Por medio de nuestros consejos todo el mundo te aceptará. Nos hemos ganado el favor de los laicos. Ahora gracias a ti la doctrina de los clérigos se vendrá abajo. Con nuestra ayuda ocuparás el trono […]”. Entonces el Anticristo se situará ante la sede del rey de Jerusalén y, dirigiéndose a los Hipócritas, cantará: […] “Así pues, subiré y someteré los reinos. Derogaré las leyes anteriores y promulgaré otras nuevas”.]

Ludus de Antichristo (s. XII) 28-32 (trad. de E. Castro Caridad en Dramas escolares latinos: siglos XII-XIII, ed. Akal).

Ecclesiam, Agni immaculati sponsam, vaferrimi hostes repleverunt amaritudinibus, inebriarunt absinthio; ad omnia desiderabilia eius impias miserunt manus. Ubi sedes beatissimi Petri et Cathedra veritatis ad lucem gentium constituta est, ibi thronum posuerunt abominationis et impietatis suae; ut percusso Pastore, et gregem disperdere valeant.

[Enemigos llenos de astucia han colmado de oprobios y amarguras a la Iglesia, esposa del Cordero inmaculado, y sobre sus bienes más sagrados han puesto sus manos criminales. Aun en este lugar sagrado, donde fue establecida la Sede de Pedro y la cátedra de la Verdad que debe iluminar al mundo, han elevado el abominable trono de su impiedad con el designio inicuo de herir al Pastor y dispersar al rebaño.]

León XIII, Oratio ad Sanctum Michael, 1890

Omnis enim libertas legitima putanda, quatenus rerum honestarum maiorem facultatem afferat, praeterea nunquam.

[Una libertad no debe ser considerada legítima más que cuando supone un aumento en la facilidad para vivir según la virtud. Fuera de este caso, nunca.]

León XIII, Libertas praestantissimum (1888)

[Dicit enim Ambrosius quod omne verum, a quocumque dicatur, a spiritu sancto est.]

Pues dice Ambrosio que toda verdad, dígala quien la diga, proviene del Espíritu Santo.

Sto. Tomás de Aquino, ST 2.2.172.5

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No han faltado en mi haber las jeremiadas por las transformaciones de la Iglesia católica en el último siglo, e incluso me declaré abiertamente sedevacantista (después me habría debido considerar sedeimpeditista al sospechar que la silla de Pedro pueda haber estado formalmente ocupada por el cardenal Giuseppe Siri). Tales opiniones son las que me han alejado de la fe en la que fui despreocupadamente bautizado y me han confirmado de forma consciente en lo que ya venía siendo una apostasía de facto. 

Sin embargo, son doctrinas orientales las que me han hecho rebajar el tono. Los ciclos cósmicos que reconocen las filosofías surgidas de la India, tan abiertas a tomar perspectivas más distantes de las peripecias históricas humanas, explican también el devenir de la Cristiandad, y la aprecian en su auge y en su decadencia. No es de recibo alabar al joven vigoroso y vilipendiarlo cuando, ya anciano, va perdiendo la lucidez y cuando se las arregla para caminar cojeando, agarrándose allí donde pueda. Aunque sigo pensando que, cuanta más novedad pide la humanidad malcriada en lo moderno, menos se la debería conceder en aras de contrapesar la tendencia a la molicie excesiva; aunque encuentro una contradicción entre el Magisterio eclesiástico que se conserva desde la época del imperio romano y todo el que se prodiga desde la revolución posconciliar; aunque entiendo bastante poco de las reformas de las últimas cinco décadas, empezando por el Novus ordo missae; aun con todo eso, me cuestiono si es que no hubiese alternativa. Los siglos han sido lo que han sido y han hecho mella hasta en las almas más aptas para la santidad. Ante los nuevos analfabetos del espíritu y de la disciplina, quizá no quepa más que rudimentos simplificados y lemas fácilmente memorizables por quienes ya carecen de memoria y de veneración por la fidelidad de sus ancestros. Reconozco también que almas diez mil veces más piadosas y beatas que la mía han abrazado el mensaje modernista, aunque por otro lado no se deba descuidar la posible piedad mayúscula que también hierva aún en las catacumbas tradicionalistas. ¿Acaso no fue una simplificación el amidismo, el budismo devocional de la Tierra Pura? La cronología budista comprende el estadio actual de sila-kala, la era de la virtud, centrada en la moral por encima de la práctica estricta, y aún anuncia el final Jina-matradharana, el periodo en el que, perdidos conocimiento y praxis, sólo se conservan de la religión sus símbolos vacíos. Incluso el profeta de los musulmanes advirtió de la condescendencia para quienes han dado con épocas de confusión y relajación: “Al comienzo del Islam, quien omita una décima parte de la Ley se condenará; al final, quien observe una décima parte de la Ley se salvará”.

No me atrevo ya a asegurar que los portadores del solideo blanco desde Juan XXIII (o, según algunos, desde muchos siglos antes) hayan sido antipapas. Ciertamente, el aparato legal canónico, herencia del ordenado derecho romano y no susceptible de abrogación según sus propios presupuestos, permite interpretar la existencia de una herejía modernista, sí (Unam sanctam, Mirari vos, Quanta cura, Pascendi, Lamentabili sine exitu, Immortali Dei, Qui pluribus, Singulari quadam, Aeterni Patris...), y es consenso de todos que un vicario de Cristo no puede ser hereje (solemnemente proclamado por la bula Cum ex apostolatus officio de Paulo IV), al menos cuando se pronuncia infaliblemente ex cathedra, so pena de perder ipso facto su condición de vicario de Cristo, dado que es imposible establecer como dogma de la Iglesia una proposición que contradiga a otro dogma aceptado; pero, por otra parte, las religiones mutan como mutan los cuerpos, y, por muy indeseable que sea la mutación de la doctrina que nos advierte de dichas mutaciones, es tan inevitable como anunciado está en la naturaleza de todas las cosas. Una tradición ha declinado a todos los niveles (místico, doctrinal, litúrgico, escolástico y artístico) a lo largo del siglo XX, y es la tradición cristiana latina. ¿Qué hacer ante dos afirmaciones contradictorias, máxime si la primera advierte de que no podrá ser alterada por la segunda y máxime cuando la segunda se legitima a sí misma por ser heredera tradicional de la otra? Toda solución será paradójica, como paradójico es todo lo sagrado. Parece que, rota en la latinidad la dicotomía entre exoterismo y esoterismo, se dice ya todo en el mismo tono, lo cual es ciertamente difícil y peligroso. Pero, al igual que la física de Einstein no invalida la de Newton sino que la abraza y trasciende, algo parecido podría quizá decirse del catolicismo modernista respecto del tradicional, sin que muchos entendamos muy bien cómo ha de articularse tal cosa para evitar entre los fieles -almas necesitadas de directrices nítidas e impresionantes- la proliferación de todos los errores.

No es que las aparentes contradicciones no hayan florecido entre los documentos magisteriales. Por ejemplo, el conciliarismo del Concilio de Constanza fue condenado por el IV Lateranense o por la constitución Pastor aeternus, y el Sínodo de Pistoya fue condenado por la bula Auctorem fidei de Pío VI. Pero ante casos de ese tipo, o bien la nueva declaración declara nula e inválida a la anterior (entendiéndola como no inspirada por el Espíritu Santo), o bien se acomodan entre sí mediante sutiles interpretaciones. El llamado Concilio Vaticano II, por su parte, parece no tener precedentes en el número de tradiciones que cuestiona, dejando a un lado sus defectos formales de promulgación y demás. Aun pretendiéndose ante todo un concilio pastoral y no dogmático, ha suscitado una transformación de las creencias mayoritarias de los fieles como ningún otro evento en la historia.

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La verdadera doctrina católica es amorosa y perdonadora, pero también, en otro plano, dura y excluyente, pues extra Ecclesia nulla salus. Nunca se ha rechazado el margen para la salvación por la Gracia y, lo que es más importante, siempre se ha animado al amor incondicional por los no creyentes: Absit vero, ut catholicae Ecclesiae filii ullo unquam modo inimici sint iis, qui eisdem fidei caritatisque vinculis, nobisenm minime sunt coniuncti, quin immo illos sive pauperes, sive aegrotantes, sive aliis quibusque aerumnis afllictos omnibus ebristianae caritatis ofliciis prosequi, adiuvare semper studeant… [“Lejos, sin embargo, de los hijos de la Iglesia católica ser jamás en modo alguno enemigos de los que no nos están unidos por los vínculos de la misma fe y caridad; al contrario, si aquellos son pobres o están enfermos o afligidos por cualesquiera otras miserias, esfuércense más bien en cumplir con ellos todos los deberes de la caridad cristiana y en ayudarlos siempre…”] (Pío IX, Quanta conficiamur, 1863). En general, todas las tradiciones ponen el énfasis en que es su tradición el mejor camino, si no el único, para culminar el sendero espiritual. Quizá lo enfatice todavía más el catolicismo. Y es que fue una religión surgida en el desierto para pueblos de corazón duro.

Quizá simplemente sean pocos los que se salven (Mt 7:13-14; Nt 22:14; Lc 13:22-27; Rm 9:27), y muchos estén condenados a la confusión, mientras que otros estamos muchos hoy llamados al exilio espiritual: demos gracias de que el mundo actual nos ofrece, como contraparte, la posibilidad de conocer y practicar casi todas las tradiciones que persisten. Aunque una religión ha de violentar el ego y las concepciones asentadas y acomodadas de cada uno, y por ello no basta como motivo el sentirse un poco encorsetado para abandonar la vía, no deja de ser cierto que, cuando se siente una violencia psíquica inaceptable, un choque doctrinal o ritual que chirría una y otra vez en nuestra cabeza o en nuestro corazón por mucho que amemos y veneremos las Escrituras y los ejemplos de los grandes santos, es claro que no estamos destinados a esa comunidad de fieles. No hemos de perder ningún vínculo con la comunidad humana, pero eso no nos obliga a permitir al credo que comparten nuestros hermanos moler nuestras expectativas a fuerza de un deseo pueril de encajar entre los vecinos. Es por ello que, muchos de los que fuimos bautizados como católicos romanos, no hemos logrado mantener una práctica modernizada en la que no vislumbramos ya el Misterio. Entre esta imposibilidad y la de hallar sin asomo de duda un linaje sacerdotal formalmente válido que pueda consagrar y administrar los sacramentos bajo los auspicios de la tradición bimilenaria (¿quizá en la Petite Église?), no queda otra opción sincera y ávida de plenitud que salir a explorar la presencia del Espíritu Santo en otros enclaves.

Hay que decir que la apertura sorprendente a lo que no es la propia religión no se ha dado únicamente en la Iglesia. También el actual Dalai Lama ha tenido sus más y sus menos con su comunidad Gelug. Algunos fieles al protector Dorje Shugden han producido un auténtico cisma que ya no conoce a Su Santidad como al líder de la escuela, inclinándose más bien hacia el Ganden Tripa (líder oficial de la escuela pero que, por su parte, está en comunión con el Dalai Lama). El Dalai Lama parece ser, en algunos aspectos, un entusiasta del modernismo, aunque, como sucede con los líderes espirituales orientales, parece tener dos voces: una para el desarraigado Occidente y otra para su propia comunidad tradicional. Lo que tienen a favor todas las religiones en cuanto a su capacidad para conciliar lo antiguo y lo moderno, salvo la católica, es la carencia de un corpus legislativo dogmático, exhaustivo y perfectamente archivado, que cierra multitud de posibilidades y hace saltar las alarmas del rigor en cuanto una contradicción lógica puesta en negro sobre blanco es pronunciada ex cathedra o en nombre del Espíritu Santo durante un concilio. Los católicos modernistas han querido hacer flexible una religión que ha ido estrechando sus márgenes a lo largo de dos milenios mediante bulas pontificias, encíclicas, actas conciliares y constitutiones apostolicae. Por ende, la Iglesia, para seguirle el paso al mundo, tiene que aprender a perder los sellos que llevaba en su esencia: la racionalidad legal y la fidelidad a su propia tradición documental. Pero con ello se olvidan las palabras del Maestro: “El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama “ (Mt 12:30); y “nadie puede servir a dos señores” (Mt 6:24). No es agradable tener que elegir, ni es agradable tener que disciplinar las propias inclinaciones de uno, habitualmente inclinaciones hacia el siglo. Pero de eso trata en buena medida la religión: en desafiar lo fácil para obtener lo puro.

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Sea como fuere, hay una institución a la que mil millones de personas dicen creer en todo o casi todo. Si fuera cierto que la Iglesia católica no existe ya a plena luz del día y pervive, en cambio, oculta en unas pocas parroquias leales al misal tridentino, al menos podemos suponer que en cualquier caso existe en su lugar algo todavía beneficioso, aunque sólo fuera por la mención constante de conceptos como la caridad o la paciencia. Y, por muy poco beneficioso que fuera, por más que fuera el cumplimiento del Tercer Secreto de Fátima o el anuncio del fin de los tiempos, aun con todo, visto lo visto, seguiría mereciendo protección frente a la ola de zafiedad indisimulada, inmoralidad libre y grotesca que invade nuestro mundo completamente profano y materialista hasta lo inimaginable. Ante el diluvio de las costumbres, una herejía ya ni siquiera parece el peor de los problemas. No afirmo, pues, que no haya habido un desfile de herejías que invaliden la pretendida sucesión apostólica de los últimos papados; más bien intuyo que, aun cayendo en lo que para el Magisterio infalible era visto como herejía, todavía es seguramente posible permanecer en una misteriosa comunión con la Santa Iglesia invisible, aunque ciertas proposiciones magisteriales den a entender lo contrario. Pero no hemos de limitarnos a tolerar un mal menor: los seres mediocres no somos quienes para conceder permiso de existencia a todo un imperio de almas volcadas en prácticas que ya nos son ajenas, si es que alguna vez no lo fueron. Habida cuenta de la confusión doctrinal, de la que muchos teólogos y la mayoría de los fieles no puede discernir ni una pequeña parte (dos milenios de legajos, cánones y decretos en latín dan para una investigación inabarcable), la única opción plenamente legítima radicaría en dar mucho amor y repetir sin cesar el nombre de Jesús, como acostumbran a hacer los cristianos orientales. Y solamente podemos y debemos hacer una cosa quienes ya no comulgamos con la asamblea de la Iglesia: desear que clero y feligreses acierten en su rumbo indiferentista y rezar para que todo salga finalmente como las profecías prometieron (aunque algunas, como la de 2 Ts 2.3-4, anuncien el paso del Anticristo por la Santa Sede) para regocijo de los cristianos. Deseemos desde fuera del templo que el argentino Francisco, reconocido por muchos como obispo de Roma, sea digno de la Apostólica Sede y un auténtico iluminado, un reformador certero y necesario que al menos ha sabido reconocer la preocupante relación del hombre moderno con la naturaleza (encíclica Laudato si), un hombre santo y sabio y no un populista superficial y desnortado, a pesar de lo que de él dicen los sedevacantistas (impresiona, desde luego, el volumen de casi dos mil páginas en el que se cotejan todas las declaraciones dogmáticamente cuestionables de Francisco a la luz del Magisterio bimilenario). Y lo mismo con quienes lo precedieron y con quienes lo sucederán. Doctores tiene la Iglesia para hablar más allá. Y más allá, a la postre, todo queda en manos de Dios.

Probablemente los católicos tradicionalistas, en su tono apocalíptico y anatematizador, dirían que mi postura, más que heterodoxa, es apóstata, puesto que no me reconozco católico. Los budistas, más pragmáticos, probablemente me preguntarían por qué me dedico a dirimir cuestiones de una religión que ya no es la mía en vez de dedicar ese tiempo a mi propia práctica espiritual. Los posconciliaristas, aunque quizá molestos por mis reservas a sus innovaciones, acaso fueran los que, en su habitual espíritu de concordia cosmética, mejor recibirían mis palabras. Pero, como ya he dejado caer, pienso que, precisamente, quizá lo más útil de las religiones en el término inmediato sea el espoleo del alma mediante la desaprobación de nuestras actitudes, nunca lo suficientemente buenas, nunca lo suficientemente justas y nobles. Aunque la Verdad requiera firmes defensas aproximadas y aun el sacrificio de la propia vida, es igualmente cierto que, cerca ya de sus más elevadas manifestaciones, en el silencio expresaremos nuestra más elocuente atención al Misterio; y con nuestros actos, nuestros amores y la conciencia inefable de lo infinito hablaremos con más autoridad que barajando cánones y excomuniones.

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[La primera de las músicas es Congaudeant catholici (“Regocíjense los católicos”) (Codex Calixtinus [f. 214 -185-], Magister Albertus Parisiensis) del s. XII, la primera composición polifónica a tres voces conservada en Occidente. Conmemora la festividad de Santiago y su texto es el siguiente: Congaudeant catholici, / letentur cives celici, / die ista. / Clerus pulcris carminibus / studeat atque cantibus, / die ista. / Hec est dies laudabilis, / divina luce nobilis, / die ista. / Qua Iacobus palacia / ascendit ad celestia, / die ista. / Vincens Herodis gladium / accepit vite bravium, / die ista. / Ergo carenti termino / Benedicamus Domino, / die ista. / Magno patri familias / solvamus laudis gracias, / die ista. La segunda música es de W. A. Mozart, de la celestial Große Messe in c-Moll KV 427, II. Gloria (Cum Sancto Spiritu). Quizá sea ésta la misa de ordinario más brillante e inspiradora jamás escrita, probablemente dedicada como voto matrimonial a Constanze Weber, quien cantó como solista en el estreno. El genio de Salzburgo murió pensándose católico y francmasón, y ello a pesar de la bula In Eminenti (1738) en la que Clemente XII había prohibido que los católicos perteneciesen a cualquier tipo de logia masónica, condena ratificada por Benedicto XIV en su constitución apostólica Providas romanorum (1751). Puede cuestionarse si un compositor divino como Mozart pudo o no haber sido hereje, pero más sorprendente sería reconocer, como se sospecha, que Juan XXIII o Pablo VI no dejaron de ser masones tras investirse la tiara papal, y ello choca aun más con la renovación de la condena de la masonería por parte de Ratzinger y Wojtyla. Parece bastante evidente que, para bien o para mal, el Vaticano está ya repleto de masones.]

Cuando sale la respiración por los dos orificios
de tu nariz, visualízala bajo la forma de una luz blanca
que lleva consigo toda la felicidad y todo acto bueno:
envíalos hacia delante en un viaje a la par con la respiración.
Imagínalos entrando por los orificios nasales de cada ser, tus madres,
y que llenan a todas esas madres nuestras con toda la felicidad.

I Changkya Rimpoche, Entrenamiento para Aquellos del Elevado Camino

¡Que horrible es abandonar a mis padres en este terrible sufrimiento,
anhelando y buscando únicamente mi propia felicidad!

Jetsün Drakpa Gyaltsen, Desprenderse de los cuatro apegos

Aquí presento una nueva, libre y pobre versificación mnemotécnica de un poema de aspiración: “Un canto de compasión”, del yogui budista tibetano Shabkar Tsokdruk Rangdrol (1781-1851), considerado emanación de Milarepa y denodado defensor del vegetarianismo ético. El poema retrata la rueda de renacimientos a través del afecto que cada uno ha de sentir por los “seres madres”, sus parientes reencarnados en sucesivos reinos de existencia (infiernos calientes, infiernos fríos, pretas, animales, humanos, asuras y dioses). Tal reconocimiento pasa por ser el primer punto de la instrucción de seis causas y un efecto para alcanzar la boddhicitta, tal y como lo transmitió Atisha en el siglo XI. La estrofa elegida esta vez para su trasvase al castellano es la de los tercetos encadenados (con el serventesio final preceptivo), primando el endecasílabo heroico (acentuando segunda, sexta y décima sílabas) siempre que haya sido posible. El epílogo contextual del final lo he dejado en prosa tal y como aparece en la traducción de Rigpa Translations. No deja de ser curioso a priori el tono patético del poema. Pero recordemos aquí que Geshe Langri Tangpa, de quien versifiqué las famosas Ocho estrofas, era conocido por su incapacidad de sonreír; cuando le preguntaron por ello, respondió: “Cuando pienso sobre el sufrimiento sin fin de los diferentes reinos del Saṃsāra, ¿como podría nunca sonreír?” (no obstante, se dice que sonrió una vez al ver a un ratón intentando llevarse una turquesa de su mandala; el ratón, incapaz de lograrlo, llamó a otro ratón y lo intentaron juntos, algo que causó hilaridad en el venerable maestro). Con todo, este y otros ejemplos no quieren decir que la tristura sean inherentes a los maestros realizados (de hecho, suelen ponderar la alegría como soporte de un carácter virtuoso y como uno de los siete factores de Iluminación); antes bien habría que pensar que cada maestro adopta los roles persuasivos oportunos según la necesidad de carismas distintos por parte de individuos y comunidades. 

¡Que abunde la virtud!

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Shabkar acariciando a un zorro.

1. Mi alma a los que sufren rememora,
mis madres que amorosas me han cuidado
de tiempo sin principio hasta esta hora.

2. Madres que en el calor me han refrescado
en un ardiente infierno han renacido.
¡Las compadezco! Con fuego se han quemado.

3. Madres que del helor me han protegido
en un glacial infierno resurgieron.
¡Las compadezco! En frío se han hundido.

4. Mis madres su alimento me ofrecieron,
y algunas como Espíritus Hambrientos
¡las compadezco!, hambrientas revivieron.

5. Mis madres mucho amáronme en momentos,
y algunas se tornaron animales,
¡las compadezco!, usados con tormentos.

6. Cumplieron mis deseos madres tales,
y algunas regresaron como humanos,
¡las compadezco!, a mil daños letales.

7. Mis madres me acogieron con sus manos,
y algunas se encontraron como asuras
¡las compadezco!, en duelos tan insanos.

8. Las madres que bondades dieron puras
volverán, tras el mundo de los dioses,
¡las compadezco!, a vida y muerte duras.

9. Vosotras no rehuís vuestros acoses
y sufrís sin cobijo y con espanto,
¡os compadezco!, todos los adioses.

10. Al ver que el sufrimiento con su manto
a todos nos recubre, yo me pienso:
“¡que hoy mismo me ilumine y me haga santo”.

11. Que alcance el despertar puro e inmenso
y, raudo, de miseria libre a todos,
y rezo para obrar común ascenso,
llevándoles la dicha en ciento un modos.

Cuando a la puerta de mi choza de retiro aparecieron mendigando una y otra vez grupos de gentes pobres, que nunca tenían suficiente comida ni ropa, mi corazón se llenó de un profundo sentimiento de compasión y, entre muchas lágrimas, escribí estas palabras.

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Los tres animales centrales de este Bhavachakra (visualización de la existencia cíclica samsárica) representan los tres venenos que hacen renacer: la serpiente representa la aversión; el gallo, el deseo; el cerdo (¿en este caso un lobo? ), la ignorancia.

[Música: M. de Sainte-Colombe, Les pleurs (arreglo para dos violas).]

Fraternidad

He has achieved success who has lived well, laughed often and loved much; who has gained the respect of intelligent men and the love of little children; who has filled his niche and accomplished his task; who has left the world better than he found it, whether by an improved poppy, a perfect poem, or a rescued soul; who has never lacked appreciation of earth’s beauty or failed to express it; who has always looked for the best in others and given the best he had.

[Ha alcanzado el éxito quien ha vivido bien, reído a menudo y amado mucho; quien ha ganado el respeto de hombres inteligentes y el amor de los niños pequeños; quien ha llenado su nicho y ha cumplido su tarea; quien ha dejado el mundo mejor de lo que lo encontró, sea por una especie mejorada de amapola, un poema perfecto o un alma rescatada; quien nunca ha carecido de aprecio por la belleza de la Tierra ni ha fallado al expresarla; quien siempre ha buscado lo mejor en los demás y ha dado lo mejor que tenía.]

Bessie A. Stanley, “Whats is Success”, Heart Throbs (vol. 2), 1905, NY, pp.1-2

Te doy las gracias, dios de las mil formas, que un mensajero me envías en cada una de ellas para que me liberen de la culpa, para que esté más cerca del camino de tu voluntad. Haz que pueda comprenderte en los ojos suplicantes del hermano eterno que a todas partes me acompañan y que sufra con sus sentimientos.

S. Zweig, Die Augen des ewigen Bruders

Laudato si’, mi’ Signore, per sora nostra Morte corporale,
da la quale nullu homo vivente po’ skappare.

[Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana la Muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.]

S. Francisco de Asís, Cantico di frate Sole

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Ahora vemos que cada hombre es otro hombre, que cada aparente noble y cada aparente indigente conllevan el mismo impulso. No es necesariamente un arquetipo lo que distinguimos, sino un único sujeto fragmentado, un sujeto corpóreo y espiritual al mismo tiempo, masa de plenitud informe diferenciada tan sólo por nuestra escasa visión. Es el río del Ser que se bifurca y adopta figuras caprichosas e irriga nuestras estrechas imaginaciones, y se engrana en collares de causas y causas que dibujan aquello que llamamos el Todo. Ahora vemos que identificar a un hombre con sus palabras es la fuente de todos los males del mundo; porque si cada corazón hablase con total sinceridad para consigo mismo, todos dirían lo mismo. Y no ver en el otro a un enemigo es signo de haber hallado ese núcleo resbaladizo dentro de sí. Y nada sirve mejor a ese impulso divino que mora en cada átomo y en cada unidad de información cuanto negarse a odiar a nadie: ni a la raza que parezca odiar a la nuestra, ni siquiera a quien pretenda y quizá logre destruirnos, ni siquiera a quien disfrute mancillando todo lo que llamamos sagrado, ni siquiera a quien parece contradecir a nuestra constante cosmológica, que no es sino la Idea infinita y apacible que se sustenta a sí misma. Es abrazar compasivamente esa destrucción lo que engrandece más a la Idea, que pasa a resolver todas las aporías y echa sobre sus hombros el triste sino de las almas que penan haciendo penar. Pureza y Grandeza fueron criadas en el regazo de la buena Homeomería.

Responder siempre al que nos hable, no ocultarle aquellos de nuestros secretos que le sirvan de guía, ofrecerle nuestra mejor sonrisa y disponernos a ayudarlo hasta donde nuestra sangre hierva. Fácil decirlo, pero imposible de cumplir si no se medita en ello largamente o se cuenta con una misteriosa gracia. Nunca se prodiga uno lo bastante en lo ajeno, nunca se alaba suficientemente a la posibilidad de gozo con que cuentan todas las perlas de la Creación, que en algún momento podría satisfacernos a todos, cuando tal vez no seamos hombres o ranas, sino quieto pajar o nombre murmurado en mundos sin nombre. La fraternidad se pone al servicio del hermano, regocijándose cuando impera el regocijo, compadeciendo cuando truenan los llantos, laborando en la misma empresa que levanten los pobres de espíritu, secando el sudor al obrero del cielo y de la tierra. Acaso este amor sin puertas no sea el salto último a la sabiduría, pero parece sendero obligado para quien, entre los seres sensibles, contamos con ajuar de pasiones y discreto entendimiento.

Y, si la Idea sonríe a los injustos y crueles, ¿cómo no abrazará también al hermano asustadizo que se despeña a cuatro patas? ¿Qué menos que veneración merecen la laboriosa abeja, fecundadora de naciones, o el mudo pez del mar? Ver a un hermano en todo no es principalmente delirio amoroso, sino serena ecuanimidad ante las difusas fronteras que lindan nuestro parcial planisferio de la existencia. Puesto que estar vivo supone contribuir a la vida y a la muerte al mismo tiempo, es preciso cultivar la primera sin odiar a la otra: la Idea es viviente e inerte, y sólo pide hacer lo más suavemente posible el paso entre lo uno y lo otro, sin resistencia, sin pasión, sin aferrarse al recuerdo de que una vez todos fuimos parte de un rey, una mujer, un esclavo, un buitre solitario, un escorpión del abrasado desierto, una paciente roca de montaña y el flujo cien mil veces milenario del dorado polvo estelar.

***

St.Anthony preaching to the fishes, Padua, Mural Fresco

[Los tres romances tradicionales que canta aquí Joaquín Díaz tratan de leerse en la mirada ajena. El de Jesucristo en traje de pobre viene con la anagnórsis egoísta que destruye a lo más amado, la misma moraleja de Los ojos del hermano eterno de Zweig o de Jean de Florette de Marcel Pagnol. El día de los torneos, mi favorito del romancero por su pureza y mensaje, revela el hecho desde su reverso positivo y beatífico, y aun quedaría hueco para fantasear en hermanarse con la montura que lleva a los protagonistas, así como a las fieras que cazaba el padre. Los milagros de San Antonio relata la armoniosa caridad del santo con las aves, no tratándose de San Antonio Abad, patrón de los animales, sino más bien de San Antonio de Padua, digno discípulo de San Francisco de Asís y de quien también se relata un vínculo comunicativo de excepción con los animales, llegando al paroxismo en su predicación a los peces, reconociendo implícitamente y de algún modo el alma que muchos materialistas les niegan:

A estas y semejantes palabras y enseñanzas de San Antonio, comenzaron los peces a abrir la boca e inclinar la cabeza, alabando a Dios con esos y otros gestos de reverencia. Entonces, San Antonio, a la vista de tanta reverencia de los peces hacia Dios, su Creador, lleno de alegría de espíritu, dijo en alta voz:

-Bendito sea el eterno Dios, porque los peces de las aguas Le honran más que los hombres herejes, y los animales irracionales escuchan Su palabra mejor que los hombres infieles.

Y cuanto más predicaba San Antonio, más crecía la muchedumbre de peces, sin que ninguno se marchara del lugar que había ocupado.

Florecillas de San Francisco, XL.]

Le torrent du siècle ne manquera pas de nous entraîner du côté du vice, si nous ne faisons de continuels efforts pour nous avancer dans le chemin de la vertu.

[El torrente del siglo no dejará de conducirnos al lado del vicio si no hacemos continuos esfuerzos por avanzar en el camino de la virtud.]

Mme. de La Sablière, Maximes chrétiennes 28

Le courage & la vanité font parler.

[El coraje y la vanidad hacen hablar.]

Cristina de Suecia, Maximes 2.18

Quelle utilité en effet de faire un gros livre, pour prouver une doctrine qui étoit érigée en axiome, il y a trois mille ans ?

[¿Qué utilidad tiene, en efecto, escribir un libro enorme para probar una doctrina que ya se erigió en axioma hace tres mil años?]

J. O. de La Mettrie, L’homme machine

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1

Hombre espiritual es el que utiliza los obstáculos como claves de comprensión pacífica.

2

Respecto de los placeres adoptamos todas las posiciones con excepción de la idónea, que no es otra que disiparlos suavemente como se disipa con la mano el humo sutil y moribundo en una estancia, sin homenaje ni apego, sin resquemor ni interés.

3

Los recuerdos reclaman con cadenas su gloria cuando nos ven alejarnos hacia el auténtico progreso.

4

En no creerse sabio hay mucho de sabiduría, ciertamente, mas no tanto como en saber que la sabiduría se sitúa más allá de la creencia, de la ausencia misma de sabiduría ordinaria, de la noción misma de sujeto, sabio o no.

5

Los medievales levantaban templos para embellecer un mundo caído y los griegos para celebrar un mundo digno. Es cuando por despreocupación no se concibe al mundo como puro ni como impuro que inevitablemente acaba convertido en letrina.

6

La timidez es responsable de haber abortado los más tiernos amores.

7

Tanto la vergüenza como la desvergüenza denotan una incapacidad para entregarse, la primera en nombre del honor y la segunda en el suyo propio.

8

Se mide el perfeccionamiento del amor por su indiferencia a los golpes recibidos y por su habilidad en hacerlos infrecuentes.

9

La vergüenza más dada en sociedad no es la que conlleva arrepentimiento por el mal cometido, sino por no haberlo cometido con la bastante audacia.

10

Unas mujeres tienden a la tolerancia porque no soportan la soledad, mientras que otras, las más nobles, rehuyen la soledad por la necesidad de descargar amor.

11

El verdadero amante no entrega su amor de cualquier modo: es preferible aparentar indiferencia que entrar en el juego insatisfactorio de las pasiones.

12

El respeto lacónico entre caballeros es más recordado que el halago fácil.

13

Cuando se advierte que los ciclos son inevitables, es que hemos entrado en el último giro de uno de ellos.

14

Puesto que todo está en cambio permanente, siempre hay posibilidad para el cambio en nosotros, aunque no siempre la que esperamos.

15

A veces es menester no llevar demasiado rápido la erradicación de la vanidad para no caer en ella bajo una nueva forma.

16

La belleza alterna entre sus pliegues grandeza simbólica y vacuidad, y tan útil es apreciarla o despreciarla según la situación, lo cual produce no pocas confusiones inoportunas.

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17

En cuanto al amor propio, el amor lo disipa y la sabiduría lo castra para que no se reproduzca.

18

La literatura profana rara vez incluye sabiduría y casi siempre conlleva confusiones lamentables.

19

Si no veneras a los santos vengan de donde vengan, es que no has entendido la naturaleza de la santidad.

20

Los príncipes lo ignoraban casi todo de su condición, salvo la conducta concreta que se esperaba de ellos, la cual cumplían al menos en parte. Todo lo contrario sucede los poderosos que los sustituyeron.

21

La verdadera literatura sapiencial se sostiene sobre tres pilares: las palabras de los antiguos, el ejemplo de los grandes y la experiencia propia que sigue a las nobles aspiraciones.

22

Hay que recordar únicamente para extraer enseñanzas y suscitarse ternura. El resto es sufrimiento.

23

Anotar sin cesar pensamientos virtuosos es la única escapatoria razonable para quien tiene por obsesión la pluma.

24

Para ser espiritualmente maduro hay que fingir que la cultura y el pensamiento de los últimos dos siglos no han existido.

25

Se comprueba que arte y moral se corresponden en toda época al advertir ahora que la fealdad llama a la fealdad, del alma a la arquitectura y a la inversa.

26

Cada vez que alguien no lamenta pensar en los animales encadenados de por vida, pierde su mérito de ser humano.

27

Los sufrimientos de cierta magnitud llevan periódicamente al cultivo del espíritu, pero es la intuición del sufrimiento sutil que se oculta bajo cada velo del mundo el que mantiene invariable a la fe.

28

Pensamos una concepción del mundo más grandiosa si no logramos satisfacer nuestros más intensos deseos.

29

La indiferencia es el modo que tienen muchos hermanos de amarse.

30

No sólo es menester recordar que se es mortal; también es preciso no olvidar que cada circunstancia en que nos encontramos lo es igualmente.

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31

La música, al ser etérea, ficticia y temporal, es la mejor metáfora del mundo.

32

La sonrisa del que sufre siempre es sincera porque no hay estrategias en medio de los golpes.

33

Ya no tiene mérito ni utilidad resaltar los males de la modernidad porque ahora ya se insulta ella a sí misma como signo de buen tono.

34

Para los pueblos es requisito de su desarrollo el pecar de poco condescendientes, mientras que para el individuo es preferible errar por una excesiva tolerancia.

35

Quien se esfuerza en ser amado por su época no suele ser recordado, al igual que el galán que persigue a las jovencitas pierde prestigio ante las damas maduras y honestas.

37

Lo que más rápidamente regala significado profundo y misterioso a la mirada sobre el mundo no es el conocimiento, sino la alegría.

38

La belleza de un ser radica en su candidez o en su serenidad.

39

Dentro de las livianas aficiones humanas, mayor felicidad y más duradera otorga el trato benevolente con los seres dotados de alma que el trato con los bienes materiales; más la relación que la posesión.

40

Hay muchas normas que cumplir para lograr ennoblecerse, pero todas se basan en unos principios simples que es menester no olvidar en ningún momento para al menos no degradarse de nuevo.

41

Todo bien mundano es inquietante por anunciar un final.

42

El teatro de las consignas revolucionarias de los últimos siglos ha sido escrito por la ausencia de un sentimiento de culpa metafísica y ha sido musicado por la aparente compasión hacia los más débiles.

43

Ayudar a quien más lo necesita o a quien se tiene al lado son las dos conductas más nobles, y eso en el mismo grado, porque ponen el sentido práctico por encima de apetencias personales. Hay, sin embargo, quien derrama bondad solamente cuando le viene la inspiración y hacia quien le hace gracia.

44

Después de conocer a un sabio, uno nunca lo confundirá más con un erudito, un ideólogo o un artista.

45

Todo lo que destruye conlleva aferramiento.

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46

“Amable” es, literalmente, el que es fácil de amar, y a la vez significamos con esa palabra a quien da muestras de amor a los demás. La relación entre ambas cosas es demasiado evidente como para no extraer una consecuencia moral de ello.

47

Se declinan muchos elogios para obtener algunos más.

48

No se oye hablar mucho a los héroes porque suelen estar ocupados enfrentando batallas solitarias o muriendo.

49

Para tener razón bastaría con no perseguirla, sino reconocerla en cada idea que se nos muestre.

50

No hay nada tan falso que no haya sido animado por un oscuro anhelo de la verdad.

51

Quienes hacen el bien son hombres nobles. Quienes logran que muchos más hombres lo multipliquen son nobles líderes.

52

Pensar que porque los tiempos no funcionen necesitan continuar avanzando sobre la misma vía es como desear apagar las estrellas y la luna porque son síntomas de la nocturnidad.

53

El mejor modo de despejar la mente es elevar el corazón sin inflarlo.

54

Entre hombre y mujer solamente hay amor duradero y feliz si se mantiene entre ambos una combinación equilibrada de alegría y serenidad.

55

Lo que el filósofo moral establece en juicios, el cortesano lo intuyó difusamente en gestos sin extraer de ello la mejor consecuencia.

56

Repartir la soberanía entre el pueblo equivale a dividir un trozo de hielo en un millón de fragmentos: se diluye mucho más rápidamente. He ahí la razón por la que, se diga lo que se diga, ningún país de más de cinco mil habitantes tiene una verdadera democracia.

57

Las grandes teorías morales de los filósofos no se aplican por no ser tan simples, tan fáciles de memorizar, tan hermosas y tan acuciantes para la salvación propia y del pueblo como la que exige la religión.

58

A los judíos siempre les gusta quedar un escalón por encima de cualquier otro, y es una de las razones por las que siempre han sido rebajados diez escalones allí donde han ido. La soberbia del pequeño no vence a la envidia del grande.

59

El deseo se modula en la dama al son de los gestos de suficiencia en el gentilhombre.

60

El valor de un hombre se mide ahora en que tenga domicilio y carruaje propios, sin importar que sea incapaz de reposar en su propio corazón o de conducirse plácidamente entre las circunstancias de la vida.

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61

Nunca se deja de respetar a la persona inalcanzable. Lo impenetrable es fascinante.

62

El respeto a la vida y dignidad de todos los animales es la culminación del pacifismo.

63

Resulta fácil tolerar y justificar las conductas hostiles cuando no es uno el que sufre sus consecuencias.

64

No tiene poco valor el actuar correctamente aun a sabiendas de que ello puede desgraciadamente avivar el veneno de la vanidad.

65

Quienes mueren jóvenes pero con una sonrisa de satisfacción por lo vivido nos han bendecido con una enseñanza equivalente a varias vidas de sabiduría.

66

Tanta penetración supone contemplar al mundo como a un valle de lágrimas cuanto contemplarlo como a un misterioso y mágico altar. Aun mayor penetración supondría, a mi entender, contemplar del primer modo su apariencia y del segundo su médula oculta, uniforme y silenciosa.

67

Si hay tanto sufrimiento no es debido en primer término a las imperfecciones del mundo, sino a que nuestro anhelo es infinito.

 68

No podemos eliminar el Infierno, pero sí podemos evitar convertirnos en sus soldados.

69

Todo es demasiado relativo como para que lo sea en términos absolutos.

70

El único criterio que jamás decepciona de una persona es su limpieza de corazón.

71

Nos engañamos a nosotros mismos tan a menudo que solemos pensar que actuamos como actuamos debido a nuestras opiniones, cuando lo más frecuente que es que nuestras opiniones tomen el partido de nuestros actos .

72

Las principales diferencias entre las castas a lo largo de las épocas es que hoy el poder está más repartiado entre algunas miles de cabezas más y que ya no se sienten obligadas a promocionar en ningún grado la belleza y la piedad religiosa.

73

Sabiendo todo lo que ya se sabe sobre las absurdas motivaciones de nuestras decisiones, es increíble que no se reconozca oficialmente que dejar elegir al pueblo a sus líderes es como permitir que un niño organice una casa.

74

No hay descanso para quien carezca de la humildad de entregar el rumbo de su vida a maestros que han recorrido el camino a la madurez.

75

No podemos saber cuánta era la felicidad de los antiguos, pero sí vemos que la nuestra, poca o mucha, es blanda y liviana como una hoja a merced del viento.

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76

Muchos llaman felicidad a lo que no es sino narcosis, interrumpida por bruscos despertares en mitad de la noche.

77

El amor entre hombre y mujer y las relaciones políticas son los mayores cúmulos de malentendidos, verdades a medias e intereses velados que hay en las relaciones humanas.

78

Cuando comparo la era de las damas y los gentilhombres con la nuestra, no puedo evitar pensar que se han diluido los principales encantos por los que merecía la pena sufrir todo el camino del emparejamiento. Las cartas perfumadas, las palabras dispuestas como delicados collares de sugerencias, los juegos de abanicos y miradas, los dobles sentidos, la solemnidad tierna de los ademanes, las tertulias ocasionales y toda la poesía del galanteo suponían una destilación de los instintos y la celebración de la belleza y del placer como momentáneos -que no eternos- acercamientos a lo misterioso de nuestros corazones y nuestros cuerpos. Perdido todo ello, parece que lo único que ha quedado ha sido la ceniza de nuestro acomodamiento y la sincera brevedad de nuestros fuegos.

79

No logro declarar todo lo que pienso porque demasiado bien sé que lo que sé lo aprendo y desaprendo a cada momento.

80

No desagradan tanto los tiempos antiguos por su injusticia, sino porque a cada rato alzaban templos y palacios que no soportaríamos siquiera imaginar hoy.

81

Se desprecia a los animales para reconocerse a gran distancia de ellos, puesto que se teme que en realidad seamos demasiado similares a ellos o incluso peores. Pero tampoco faltan quienes los respetan para, a la manera de los cínicos griegos, emular su hedonismo y falta de compromiso. Lo justo es amarlos y protegerlos a todos de todo mal desde una posición de abnegada disciplina de la que ellos serían incapaces.

82

El apego nos alienta a secundar los intereses superficiales y cambiantes de los corazones; el amor nos acerca a sus intereses más profundos, de los que acaso ellos mismos sean desconocedores.

83

Tanta libertad merece el hombre cuanta sea capaz de dedicar a que el mundo sea capaz de soportar la libertad de todos.

83

El beso del amor propio conduce ladinamente a nuestra alma hasta el oscuro callejón de la mezquindad en el que será violada.

84

Nada tiene tanto de confesión como una mentira descubierta.

85

Volver a ver a quien no veíamos hacía tiempo y comprobar el cambio o permanencia de nuestros sentimientos sirve para medir la velocidad del paso de nuestro espíritu.

86

Escribir por escribir solamente es útil si contamos después con la suficiente severidad para desechar la inmensa mayoría superflua y quedarnos con las escasas sorpresas brillantes que el calor de nuestra imaginación ha engendrado.

 87

Sentir un amor heroico también puede engañarnos, pero su engaño es más tímido porque no nos tiene a nosotros como al centro de la cuestión.

88

La alegría no está siempre vinculada al placer, pero sí al convencimiento de que cada cosa es buena en su fondo último.

89

Los niños, debido a la cómica y ridícula semejanza de sus conductas con las de los adultos, nos recuerdan que también nosotros lo somos todavía.

90

Estudiar el mundo sin estudiarse uno a sí mismo equivale a creer que el paisaje tiene forma de cuadrilátero porque tal es la forma que se nos ofrece a la visión desde el carruaje.

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91

Algunos aprecian más al poderoso que pueda permitirnos vivir mejor que al pueblo que nos permite ahora vivir razonablemente bien. Otros ponen una confianza desmedida en el pueblo del futuro, evitando pensar el hecho de que los príncipes de hoy no nos están torturando ni oprimiendo.

92

Los músicos se envidian entre sí el número de ángeles que han logrado invocar.

93

Razonar sobre la presencia permanente de las pasiones nos ayuda a comprender que rara vez logramos razonar sin ellas.

94

No hay que dejar de sentir para razonar adecuadamente; lo imperativo es que tanto la razón como el corazón se concedan entre sí parte de sus proyectos para llegar más rápidamente a la verdad, al igual que dos viajeros pagarán más barato su viaje si compran juntos un caballo que los deje en el centro del mismo país, a la misma distancia de ambos destinos.

95

Se duda del tesoro que se tenga en gran medida, sea el genio, el conocimiento, la humildad o el amor.

96

Quien a buen árbol se arrima… puede llegar a temer caminar por el campo abierto.

97

Porque ya no se ven frailes se ha perdido de vista la posibilidad de una vida sin artificios.

98

Se diría que el hombre se hubiese propuesto llevar el sufrimiento de las bestias a alturas inimaginables para superar también en eso a la naturaleza.

99

Tan pernicioso es exhibir la compasión como pertinente es exhibir al  sufriente compadecido.

100

Un amigo ayuda aunque no comprenda. Un maestro nos ayuda tras comprendernos y haciéndonos comprender. Un santo ayuda con su misma comprensión, antes incluso de saber de nuestra existencia.

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101

Siempre se imaginó el espacio de los infiernos repleto de bestias crueles de variopintas formas, sin advertir que eran los propios hombres esas bestias a ojos de los cuadrúpedos que soportan todo lo insoportable.

102

La sutileza carece de conclusión.

103

Se embellece el carácter cada vez que sin desprecio se suelta algo. Se embellece mucho más si se suelta aquello para darlo.

104

El geómetra y el músico afinan las mismas cuerdas, cada uno desde uno de los lados de la tastiera del laúd universal.

105

Los filósofos de la Edad de la Razón aciertan sobre todo cuando se fían más de su edad que de la razón.

106

Una verdad a medias es toda la verdad que puede obtener quien la busca únicamente con su raciocinio o únicamente con su intuición, es decir, quien la busca a medias.

107

Considerad el conjunto de la humanidad y advierte en qué grupo se os encuadraría. ¿Entre los cien mil hombres más felices? ¿Entre los diez millones? ¿Los cincuenta millones? Por mucho que vaya ascendiendo la cifra, siempre estarás entre los privilegiados, o de otro modo no estaríais escribiendo o leyendo palabras como éstas. Dejad, pues, de reclamar atenciones como un niño.

108

La alegría es la esperanza en el ahora. La esperanza es la alegría lanzada al mañana. Difieren únicamente en el instante en que cifran la resolución.

109

La vida más valiosa para la humanidad es la de aquel que se la regala.

110

Pocos consuelos superan al consuelo que ofrece la imagen del éxito ante nosotros y la del fracaso a nuestras espaldas.

111

Conversar sin apetito de conversación es la gleba del cortesano.

112

Cuando el caballero se enamora, lo hace con fuerza y convenciéndose de que su compromiso es para toda la vida. Cuando la dama se enamora, lo hace con timidez y temiendo que su sentimiento no durará. Ambos suelen errar en sus apreciaciones.

113

La gente de nuestro siglo corre de aquí para allá probando toda suerte de consuelos imposibles porque ya no cuentan con la posibilidad de aceptar consejos y enseñanzas de un sacerdote.

114

Para conquistar a una dama, lo más importante es saber aprovechar el instante, por lo común breve, en el que ella lo permita.

115

Todos nuestros pesares, por grandiosos y enigmáticos que se aparezcan, se podrían resumir en cuatro o cinco palabras.

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116

Las despedidas serían torturas insoportables sin el bálsamo del olvido y la frívola distracción.

117

El olvido de los males no es tan útil, pues nos impide aprender de los errores. Más recomendable que olvidar es embellecer el golpe en la imaginación. Elaborar un adorno con las espinas que uno se clavó nos recuerda su peligro sin dejar de amarlas alegremente.

118

El corazón, una vez que ha tomado partido, se abriga con argumentos racionales y desecha otros no menos racionales con los que no concuerda.

119

El arte de escribir cartas no sólo nos permitía conocer al otro. Prácticamente ningún ejercicio hay mejor para tomarse uno mismo la temperatura del carácter.

121

El cuerpo, caduco compañero, es al mismo tiempo una prisión y un talismán que nos advierte del exceso de ilusión.

122

Los mayores sabios no evitan contradecirse: en su lugar dan a entender que las verdades no encajan unas con otras tan fácilmente como las fantasías que inventamos.

123

Los recuerdos felices sirven para recurrir a ellos cuando sentimos haber malgastado nuestro tiempo en el mundo y para contemplar su inanidad en el momento en que los estamos forjando con vivencias.

124

La música galante más ingenua es también la más espiritual, pues se esfuerza en mostrar con bellos órdenes que la presencia del mal en el mundo es irreal.

125

Nos besamos continuamente como tratando de transmitir un mensaje que nunca logramos expresar porque no cabe en nuestro ser mundano.

126

Es preciso castigar al que hiere solamente si carece de la madurez necesaria para entender por qué actuó mal, que ha de evitarlo en el futuro y cómo lograrlo.

127

Hay justicia cuando el rigor de la ley y la tolerante epiqueya llegan a un compromiso insatisfactorio.

128

Para lograr expresarse y convencer, verdad y fantasía adoptan cada una la apariencia de la otra.

129

La confianza excesiva en la civilización conduce a una desconfianza completa cuando, tras desmembrarla como a un cadáver en una lección de anatomía, no se ha logrado hallar nada sólido; una vacuidad que debía mantenerse en secreto.

130

Hoy no se luce a los héroes, sino a los histriones que juegan declaradamente a representarlos… o incluso a vilipendiarlos.

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131

Todo engaño comienza con una necesidad de amor o de alimento.

132

No es arte elevado si no despierta devoción o piedad.

133

El observador silencioso rara vez es amado porque no acepta las mismas reglas inquietas que los demás y porque sabe demasiado.

134

Como en una espiral, una mentira lleva a otra hasta que su giro se detiene en la verdad, situada en el centro.

135

Sólo despierta la incertidumbre bellos sentimientos si desalienta el fervor de los planes previstos en vez de alentar la previsión de otros nuevos; y, lo que es más importante, si no vence a un impulso de la generosidad ajeno al desengaño.

136

Un escéptico que se limita a dudar es como un lacayo que limpiase un salón que no habrá de ser amueblado después.

137

El genio no nace ni se hace: renace.

138

Muchos podrían alcanzar la santidad si, en primer lugar, supiesen de su existencia.

139

Junto al sabio, cada circunstancia se convierte en parábola.

140

Si la envidia es desear lo que otro posee, y si los celos son el deseo de que el otro no se lleve lo que uno tiene, la mezquindad es el deseo de que otro no posea aquello que podrían poseer sin merma los dos; es, por lo tanto, el sentimiento más relacionado con el odio.

141

Quizá no hayamos conocido los mayores descubrimientos de los mayores genios, quizá porque pensaron que no soportaríamos tamañas revelaciones.

142

Decía Charles Maurras que para que la monarquía funcionase se requería un hombre sabio, mientras que para para que la democracia hiciera lo propio se requería que la mayor parte del pueblo fuera sabio, lo cual dejaba a la monarquía en una situación de inmensa ventaja teórica. Ahora bien, también es mayor el daño que pueda hacer un monarca malvado que el que pueda cometer un pueblo similar, razón por la que es altamente recomendable la educación del futuro monarca desde el instante en que tenga uso de razón.

143

La única aportación verdaderamente laudable que haya tenido el progreso de los últimos siglos es el afán en que nadie sea ante la ley la mera propiedad de otra persona. Tal proyecto está todavía lejos de cumplirse, pues hasta ahora se ha dejado fuera a la mayor parte de los seres: aquellos que por la disposición de sus cerebros y la forma de su hocico no saben hablar para defenderse.

144

Que un alma limpia sea vuestro rey; un cerebro sensato, vuestro general; un cuerpo sano, el ejército.

145

Los más poderosos no se mantienen en el poder gracias a su fortaleza de carácter con la que resistir lo que enfrentan, sino a su debilidad de espíritu con la que enfrentarse a lo que saben.

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146

Una de los mayores disyuntivas trágicas es que no es posible atender en igual medida la justicia para los individuos y la de los pueblos. O salvamos a las almas de hoy, o salvamos a la raza mañana, cuando esté compuesta de aun más almas. Para lo primero se requiere derechos más que nada. Lo segundo requiere deberes. Aquellos derechos y estos deberes rara vez terminan de encajar bien siquiera sobre el papel. La Tradición y las Luces tienen ambas razones a su favor, y ello porque cada una responde a intereses fundamentales de los seres humanos. Sin Tradición se termina en el caos; sin Luces se va a parar a la crueldad. La combinación de ambos extremos ha traído el desgarro de la humanidad, pero, habiendo llegado hasta donde hemos llegado, la ausencia definitiva de cualquiera de las dos llevaría, sin duda, a algún tipo de abismo sin salida. Porque la racionalidad ilustrada va ganando se puede entrever que el precio a pagar será el desorden y ceñirse a una fría supervivencia hasta que el ciclo comience de nuevo. Pero de todo ese proceso, los animales no se beneficiarán en ningún momento, pues ni la Ilustración es tan racional como para reconocer los mismos principios de dignidad en cualquier ser no humano, ni la Tradición fue nunca tan poderosa como para imponer la regla de oro a un pueblo hambriento y lujurioso.

147

Si tanto nos cuesta adoptar las conductas virtuosas que nos enseñan los demás, se debe a nuestro apego por nuestras costumbres y a que no nos agrada sentir que nos convencen.

148

Que no os incluyan los más dignos hombres de sociedad como a uno de ellos os evita las molestias de los impertinentes que los rodean.

149

Aun en las más sinceras biografías y memorias, se omite  por modestia lo mejor de las personalidades y por vergüenza lo peor.

150

La plebe invoca a la ciencia porque percibe que ésta justifica sus apetitos cuando no los satisface.

151

Los nuevos teólogos parecen optar por soluciones hodiernas en perjuicio de un Misterio eterno.

152

Más que el cataclismo de las naciones, al cual podemos más o menos adivinar, se ha temer a las naciones que surgirán del cataclismo, las cuales son completos enigmas para nosotros.

154

Hay una competición vanidosa entre los progresistas por ver quién es el más inclusivo.

155

La estridencia del libertino servirá al menos como parábola en manos del moralista. Su caída final tras el apogeo nos habrá mostrado la fatuidad de su arrogancia y la calidad de nuestra paciencia.

156

No hay que desear nunca la decadencia del frívolo, sino el aprovechamiento sensato de su pujanza antes de que decaiga.

157

Tanto los que adoran el cambio como los que lo execran no dejan de pasar por alto su inevitabilidad y  su pequeñez.

158

Por ser de domicilio europeo, la Iglesia ha olvidado el clamor fervoroso de sus pobres y la grandilocuencia cautivadora de sus aristócratas para quedar relegada como el anodino complemento de la burguesía.

159

Una religión ha fallado cuando da la sensación de ser contingente.

160

Burgués es quien domina su generosidad.

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161

Tiene mundo interior quien acepta que lo más provechoso es lo que carece de propósito.

162

Más que la calma de sus aflicciones, el frívolo persigue en la reflexión un nuevo modo de agitar sus alegrías. Las soluciones modestas no son tan amadas como los conflictos ambiciosos.

163

La igualdad de oportunidades puede en ocasiones no ser más que la propuesta del que iba perdiendo la competición para empezarla de nuevo.

164

Tanto las discusiones teóricas como las revoluciones sangrientas posponen la resolución de los conflictos que solamente arrancan y concluyen mediante amor y humilde disciplina de carácter.

165

La arquitectura moderna es horrible, aun más que por sí misma, por afear a los edificios antiguos junto a los que se yergue y se compara osadamente.

166

Hay espíritu que son refinados no por recibir una educación clásica, sino por no haber recibido una moderna. Tan retorcido es el siglo que por contraste ha convertido a la llaneza en una virtud aristocrática.

167

No siempre se sana el sufrimiento mediante igualdad, pues algunas virtudes curativas solamente se adquieren cuando se tiene la cabeza inclinada y otras solamente con la vista a lo alto.

168

La derrota degrada o ennoblece al carácter, pero rara vez lo deja inmóvil.

169

Habría que proteger del sufrimiento, antes que a nadie, al que no sea capaz de comprenderlo.

170

Nuestro siglo es un monstruo devorador de ademanes libertinos.

171

El ornamento pasó a ocupar el cargo de la magia, y el sentido práctico sustituyó a toda vida interior.

172

Cuando los sistemas no satisfacen, es que ambicionaron capturar el misterio inasible de nuestras intuiciones.

173

Hay una miopía histórica que sólo se ataja con una juventud contemplativa.

174

Los corazones no se hermanan porque no reconocen un padre común todavía vivo, ya que se asume que nuestros primeros antepasados eran necios que desaparecieron con su muerte.

175

Generar problemas es la especialidad de quien cree sentir mucho amor pero carece del suficiente como para templar sus arrogantes arrebatos revolucionarios.

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176

Comprobamos que tenemos el carácter a medio hacer si un placer dulce trastoca nuestros postulados más nobles.

177

Sea la amabilidad el modo suave en que incitamos a aceptar nuestros más severos principios.

178

El triunfo completo de la técnica indica el fracaso no menos completo del espíritu.

179

La igualdad de obligaciones hace de la nuestra una sociedad aprentemente sin castas, pero el ingente número de tales obligaciones bien puede excluirnos de la sociedad, lo cual supone la peor de las castas posibles.

180

Muchos de los más dichosos amantes se mantienen unidos por un equilibrio de intereses.

181

Al contrario de lo que sucedía en los antiguos regímenes, hoy el estado permanece mientras la sociedad se mueve, sin advertir que el satisfecho no suele ser quien se agita.

182

Si se han hecho necesarios ciertos cambios radicales, se debe a que vivimos en el peligro de no radicar en suelo alguno.

183

Las castas han dejado de ser estamentos: ahora son vectores.

184

Nada cuestiona menos a la realidad política que el debate político.

185

Nunca antes la decepción que causan las cabezas de la cultura se había convertido en una insignia cultural.

186

Las personas que logran incitar a grandes revoluciones siempre son de bello carácter o de carácter nefasto.

187

En el terreno de las costumbres y de la religión, admitir una objeción certera puede permitir la invasión de conclusiones erróneas.

188

La mejor prueba de que el rechazo del siglo a la pureza es primario e instintivo es que la iguala tanto a la languidez de carácter como al genio violento.

189

No es la justicia lo que debería entusiasmar, sino la posibilidad de que puedan los más quedar por encima de la justicia mientras se garantice la imposibilidad de quedar por debajo.

190

El lugar común de las tradiciones es digno subsidio para el necio que quedó sin nada en el reparto de la perspicacia filosófica.

191

Los llamamos justos e injustos no tanto por sus opiniones cuanto por el lugar que nosotros ocupamos en ellas.

192

Siempre pretenden mucho más territorio las libertades ilegítimas nacidas de la envidia y la molicie que las libertades dignas que persiguen belleza y plenitud.

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[Música: Louis Séjan, Sonate Op. 7 No. 1. II, obra dedicada a la princesa de Lamballe, arpista, amiga íntima de María Antonieta y asesinada durante las matanzas de septiembre de 1792, tras lo cual su cabeza se clavó en la punta de una pica para a través de las ventanas mostrársela a la reina, recluida en la prisión del Temple. La penúltima de las imágenes arriba mostradas retrata el cadáver de la malhadada princesa, mientras que la anterior la muestra todavía en todo su esplendor.]

J’ai quelque chose de chagrin et de fier dans la mine; cela fait croire à la plupart des gens que je suis méprisant, quoique je ne le sois point du tout.

[Tengo algo entre triste y orgulloso en mi semblante; esto hace creer a la mayor parte de la gente que soy despreciativo, bien que no lo sea en modo alguno.]

F. de La Rochefoucauld, Portrait de La Rochefoucauld par lui-même

C’est une force d’esprit d’avouer sincèrement nos défauts et et nos perfections, et c’est une faiblesse de ne pas demeurer d’accord du bien et du mal qui est en nous.

[Es una fuerza de carácter el confesar sinceramente nuestros defectos y nuestras perfecciones, y es una debilidad no permanecer en armonía con el bien y el mal que hay en nosotros.]

Mme de Sablé, Maximes 17

Duo quae pulcherrima sunt quocumque nos mouerimus sequentur, natura communis et propria uirtus.

[Las dos cosas más bellas nos seguirán a dondequiera nos desplacemos: la naturaleza común y nuestra propia virtud.]

Séneca, Ad Helviam 8.2

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Lo que se puede ver de mi aspecto es contenido, ni agresivo ni liviano, a pesar del desarreglo de mi cabello o de lo intenso de mi mirada en ocasiones. Tengo la piel blanca de nacimiento y de recogimiento. Es posible que sea de estatura algo mayor que muchos de los nacidos en mi año, pero no lo suficiente como para despertar admiración. Como todas las personas más o menos altas, tiendo a curvar ligeramente la espalda. Soy de constitución sólida pero nada trabajada, lo que ofrece, creo, una peculiar imagen de fortaleza y debilidad contrapuestas. Mis ojos son tan amables como mi intención y tan oscuros como las heridas que alberga mi memoria. A menudo caen mis pobladas cejas sin rencor, como resignadas ante la decepción constante. De continuo parezco adoptar una expresión severa y un observar penetrante, pero casi siempre se trata de la penetración de la curiosidad. La doblez de mis labios queda algo compensada por la de mi nariz, caída como la de un griego. Tengo los dientes bien ordenados, prominente la barbilla, proporcionadas las orejas. Unos pómulos despejados, hundidos por su centro pero amplios en lo demás, prometen un rostro carnoso para el día de mañana. La negrura de mi cabello ondulado empezó a flaquear muy pronto a causa de mis humores melancólicos, sensibles a las sorpresas, y un color de nubes lluviosas ha tomado el poder en mi cabeza, que en breve será similar a las pelucas de la Regencia. Lo lavo con poco ímpetu, algo que, estoy convencido, ha contribuido a que se mantenga todavía espeso y saludable. Ciertos dolores en las articulaciones me impiden realizar un ejercicio que mantuviera más esbelta mi figura, la cual, en cambio, no ha pasado aún a deformarse en un grado apreciable. La dieta y las penas han ido agrietando la piel de mi rostro, moderadamente hasta la fecha. Muy rara vez lo mantengo perfectamente rasurado. No sería extraño considerarme bien parecido, pero la belleza que pudiera residir aún en mi cuerpo vase marchitando a manos de mi descuido y  de la languidez de los años. No vigilo con esmero mi indumentaria, y no siempre estoy seguro de si la causa es el pesimismo, la pereza, la falta de orgullo o la desconfianza en el gusto de mis semejantes, si bien el ahogo patrimonial tiene algo que ver. A menudo me he preguntado de dónde viene la finura de mis brazos, que no se explica por la mera falta de labores físicas. Mis manos, en cambio, son amplias como para abarcar el intervalo de décima en el clavecín, sin que por ello sus dedos sean llamativamente largos ni huesudos, por lo demás algo lampiños, como los de un adolescente crecido. Cual suele suceder, mi voz me desagrada por su aturullada dicción y por su punto de nasal; por mucho que me digan que resulta mansa y cálida, no logro descreer que el halago se debe a la simpatía o a la cortesía. No sabría destacar nada más reconocible de mi efigie que el volumen generoso de mi cráneo. Diciéndome valgo de rodillas y relajado de hombros termino de esbozar mi apariencia para quien cuente con imaginación.

De ánimo varío cada vez menos, aunque el vaivén no llegue todavía a desdeñable en absoluto. Si la flema y la bilis negra compiten por serenarme y entristecerme, nunca me inclino por ninguna de las dos, y cuando lo hago acaban por irrumpir la sangre y la ira. Aprecio mucho más los sentimientos alegres de lo que soy capaz de suscitarlos, de lo cual tampoco soy incapaz de ningún modo; tanto es así que, en cuanto algo de esperanza me invade, dejo suelta mi facultad de jugar con las palabras y caigo preso en un círculo de jocosidad excesiva. Me divierte todo lo que haga homenaje al ingenio, tanto más cuanto más cerca se sitúe del ingenio refinado de los atenienses paganos y de los cortesanos de Versalles. Muchos se sorprenderían hasta qué punto me divierto bromeando, y muchos más se sorprenderían de la pátina de melancolía que percibo en el fondo de cada diversión. Me esfuerzo por ser afable y menos grave con todos y más cortés con las damas, de las que me enamoran por encima de otros encantos la gentileza y la brillantez de ánimo. Debo mi taciturnidad, en primer lugar, a un deseo de no herir al contertulio, y, en segundo lugar, a sentirme a gran distancia de aquel a quien no entiendo… o de quien entiendo demasiado bien. El deseo de no herir me lleva en no pocas ocasiones a una timidez poco razonable que peca de molesta para los demás. Sospecho que se detecta incluso más mi tristeza cuando intento forzar un gozoso desenfado. La ausencia es el mejor recurso que hasta ahora he hallado para no molestar ni invadiendo ni retrayéndome, y esa generosidad se solapa peligrosamente con la cobardía, y tras ésta he perdido buenas cosas. Si pudiera llamárseme cobarde por el impetuoso ritmo de mi fantasía, lo sería, por encima de todo, ante minucias, y menos ante la posibilidad de empobrecerme, no llegar a anciano, sufrir traiciones o pasar solo el resto de mi vida; y es que asumo que así es como acabarán todos a los que alcance una muerte tardía. Temo a la muerte como casi todos y, al mismo tiempo, de pensar tanto en ella la voy temiendo menos. Pese a la importancia desmesurada que todavía concedo a las opiniones que sobre mí depositen los demás, y pese a mi deseo de pasar desapercibido, voy perdiendo poco a poco esa aprehensión, sabiendo como sabemos que todos los hombres estamos locos. Cuando llego a un foro tengo el temor exagerado de ser el más incapaz de los presentes, temor que nunca se cumple donde temía y que rara vez se desmiente en otro aspecto en el que no pensé, como en la gracia de espíritu o en hablar idiomas con soltura. De natural soberbio, no hay día que no procure azotar por varias partes a mi orgullo. Me sirvo para ello de sentimientos que moran en mí constantemente: el amor por los hombres y la desesperanza en torno a sus destinos. Fracaso en tal propósito con frecuencia, como era de esperar, porque ni tan grandes son estos sentimientos hacia los demás, ni tan débil es mi amor por mí mismo. Me precio de reconocer la esencia de las virtudes y divago trabajosamente en localizarlas día a día en sus formas concretas. Nunca pierdo la fe en la disciplina, logre satisfacerla o no, pero la disciplina de la fe se me escurre en mis innumerables horas de distracción. Mi mente vuela hacia todas partes con todos los sentimientos al mismo tiempo, y hace tiempo me di cuenta de lo pernicioso que me ha resultado amar todos los conocimientos y artes como haría un cardenal del Renacimiento no contando con la fortuna adecuada. La calma me llega más por agotamiento o por amor que por rectitud y constancia. Solamente logro absorberme en la concentración cuando es fácil confundirla con la obsesión. La impaciencia me hace suyo cuando me entusiasmo, lo que sucede cada semana. Soy envidioso, pero no de emperadores y grandes duques, de los que puedo reconocer su hermosa utilidad, sino de aquellos que logran ser felices con lo que tienen, de aquellos que son amados y viven retirados en confortables casas junto al bosque, y también, sí, de aquellos que derrochan entre sus manos de artistas la belleza y gracia que mi ingenio ha de sudar entre grandes dolores de parto. Empero, cada cierto tiempo percibo demasiado bien la igualdad subyacente de todos los mortales como para sentirme muy diferente del más feliz o del más desdichado de ellos. La poquedad de la naturaleza humana me obliga a amarla cada día más. Su capacidad oculta y misteriosa me obliga a aprender de ella con la misma afición creciente. Intento decirme siempre la verdad sobre mí mismo, aunque sea tarea casi imposible, más incluso para quien ha catado todos los sabores del espíritu, desde lo más bajo a lo más alto; es posible que, en según qué punto, la sinceridad se agote con la edad como la lascivia.

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Mis costumbres son austeras si las comparamos con las de mis vecinos o con las de mi primera juventud. Me atrae el silencio de la noche, hacia donde gira continuamente mi vigilia, y tanto el deseo de soñar como el desarreglo de horarios me incitaron siempre a dormir más de la cuenta. Pero, inclinándome como me inclino a desafiarme bruscamente, soy muy capaz de soportar razonablemente ciertas penalidades durante cortos periodos de tiempo, como subsistir con bajísimos ingresos o pasar varios días sin comer o sin hablar con nadie. No tengo necesidad de buscar ostras en último mar, como decía Séneca de los ánimos afanados, y mi interés en artilugios, banquetes y viajes no me abruma tanto como para llorar mi imposibilidad de obtenerlos o como para ahorrar grandes sumas de dinero a costa de bonhomía y paz de espíritu. Mis debilidades son un poco las de cualquiera, quizá con mayor acento en placeres refinados y artísticos pasados de moda. La aversión, el apego o el embobamiento me sorprenden y traicionan mis grandilocuentes proyectos. Como antes he dicho de las damas, es su gracia y su buen corazón lo que más me atrae hacia aquellas que me atraen, y cada vez me entristece más desear una bella figura animada por un espíritu hundido en el amor propio o en la ignorancia. No me atrapan los espectáculos, salvo quizá la música y la literatura que aviva a mi alma de cuando en cuando. No diría que son exagerados mis vicios ni en número ni en énfasis. Y, por otra parte, ningún exceso me enloquece ya, virtuoso o no; nada me arrastra con la vehemencia necesaria como para que abandonase mis costumbres recoletas o el tejido de mis conjeturas acerca de la bruma de todas las ilusiones. Así, pocas veces peco activamente, muchas menos que por indecisión, molicie o desengaño. Diríase algo similar de mis virtudes, fueran las que fueran. Voy perdiendo muchas cosas que cada vez me molesto menos en recuperar, sea por indiferencia, decepción o amor. Precoz en esa lucidez que echa abajo al teatro del mundo, no me aferro ya siquiera a ella. No contribuyo apenas nada a que el siglo sea mejor, y es que hoy por hoy me recome la idea de procurar que al menos no se vuelva peor, lo que ya es mucho, casi imposible. Reconociendo la grandeza de renunciar al mundo, tampoco he contado para ello con la valentía con la que puedo renunciar a algunos bienes concretos. Por resumirlo mucho, me limito a meditar durante el día y a leer durante la noche. Muy pocos saben lo que en realidad pienso sobre las cosas. Lo que escribo siempre es breve, revisado mas no en demasía, elevado mas finalizado en suspenso, sutil cuando la vanidad no me obliga a decirlo todo y a agotar el asunto. No cuento entre mis alimentos nada que un ser animado no me concediera voluntariamente, y es que eso implicaría robo y tortura sin ofrecer nada a cambio. Mis amistades son pocas, poco frecuentadas, poco conocedoras de mi intimidad. Hasta hace no muchos años no podía reconocerme verdadero amigo de nadie, y lo contemplo como un inmenso defecto o como la suma de muchos pequeños. Con un par de personas he sido todo lo sincero que se puede ser mientras se ama todavía uno a sí mismo. Llevo un tiempo luchando contra mí mismo para fingir tomar partido por las aficiones de la mayoría; no sólo por evitar mi soledad, que de tan profunda que es me desalienta a intentar acallarla por completo, sino ante todo por no parecerme digno ni noble el desperdiciar en el ahogamiento la bondad que pueda haber en mí. Advierto en los demás la cualidad que hace amables a todos los seres, donde también advierto algunos de mis mismos deseos y costumbres, pero difiero demasiado en sensibilidad y creencias como para enramarme día a día en sus corazones y sus vidas. Sonrío y procuro hacer sonreír sin dejar de ver en ello un eterno juego. Adoro la conversación esmerada y repudio la insustancial, razón por la que suelo conversar poco. De no ser por mi montaña de libros y documentos, haría mío el lema estoico de omnia mea mecum porto. Mas en otros ratos siento que amo demasiado las cosas y mis costumbres para con ellas, aun sabiendo que no valen nada en absoluto ni las unas ni las otras. Casi habiendo alcanzado lo que con suerte será el mediodía de mi vida, no cuento con una gran obra realizada, ni con un nombre reconocido, ni con un cargo que me permita subsistir sin ayudas. Sólo me puedo preciar de lo que he sentido y de lo que sé, y eso con cautela. Sin haber vivido grandes aventuras, todos los periplos que, sin embargo, se puedan dar en un corazón, se han dado en el mío. No ambiciono la fama, aunque mi vanidad a veces suspira por el reconocimiento de siquiera diez inteligencias, si bien no tanto como para que me decida a ostentarme. Diríase que mi carácter reservado es una vanidosa sombra que exige ser buscada y no buscadora. No todo ha sido interior: he amado y he sido amado. No me he negado los placeres de la carne, ni del yantar, ni de las bebidas espirituosas. Podría morir hoy mismo y no habría de quejarme, reconociendo que he paladeado como catándolos los más naturales goces mundanos, dulces bellezas de los sentidos y del espíritu, cierta comunicación de almas, la grandeza y la miseria de la existencia, la sabiduría de los antiguos y la cruda evidencia del presente. Celebro que ningún dolor me haya lacerado hasta la fecha con demasiada contundencia; lo considero, con Epicuro, el hallazgo de la más sensata forma de felicidad, dadas las circunstancias. Quizá no haya sido bendecido con ningún verdadero éxtasis, pero lo he intuido por todas partes. La vida no ha podido todavía ni encandilarme por completo ni, por el contrario, derrotarme con inapelable amargura. Sigo cumpliendo costumbres sin creerlas, anhelando infinitos sin embarcarme hacia el fin del océano, viviendo modestamente estable en un mundo que se derrumba.

Si tengo una doctrina, por simple que sea, es que nada de lo mortal me es ajeno. La gente me inspira curiosidad, siendo raras las veces en que esta curiosidad me lleva a invadir las fronteras del otro. Adopto el carácter y los gestos ajenos con facilidad, dada mi inclinación a buscar la armonía entre los seres. Suelo escuchar mucho más que hablar, lo que ha me hecho sagaz a la hora de entender a las almas. De ahí mi interés por los retratos, las anécdotas, la historia o el teatro. La ciencia de las costumbres compila todo ello y me instruye también acerca de mi destino: ninguna sabiduría me parece más provechosa que la que me ha de decir cómo actuar mañana por la mañana. A nada regreso con más frecuencia que a la filosofía, grande o pequeña. Muchas ideas se debaten mi entendimiento, aunque pocas de ellas provienen de este siglo, lo que también ayuda a condenarme a una cierta soledad. El amor por los que sufren y el amor al orden se alternan en mi corazón, porque no menos necesario me parece compadecer a cada ser vivo como hacer preservar el frágil equilibrio de la civilización. Admiro los tiempos que contaban con hermosos palacios que inspirasen y con monasterios para quienes no soportasen ser demasiado inspirados por aquéllos. A la vez, juzgo valiosa toda vida mortal, humana o de otros reinos. Y, como es imposible conciliar a la perfección grandes sentimientos con igualdad, heroicidad con derechos, me contradigo y acabo regresando siempre a las lecturas, en aras de que ellas me revelen qué partido me ha de vencer. Por el momento, reconozco que resulta requisito indispensable el amor tanto para el triunfo de los inocentes como para el de los pontífices que nos prometen la belleza y la templanza, aunque entreveo que no es requisito suficiente ni en uno ni en otro caso. La frialdad del cálculo ha de conjugarse al final con el sentir del corazón, y puesto que, a diferencia del sentir, el cálculo no puede inclinarse por cosas contrapuestas, se ha de dar la preeminencia, bien a la sutura de heridas de hoy, bien a las heridas aparejadas a la existencia: o dar pan a quien tiene hambre o dar consuelo a todo el que se ha visto atrapado en este extraño mundo. Habiendo como hay tanto sufrimiento intenso puramente corporal, me inclino últimamente por mitigar éste en perjuicio del tenue pero universal sufrimiento enquistado, al que solamente la tradición y la entrega abnegada podrían mantener subyugado. Tras una primera juventud desordenada y mezquina, terminé apreciando sin cortapisas la piedad religiosa y, caprichoso como soy para los horarios, procuro ejercitar sus prácticas prescritas menos de lo que debería. En cuanto a los estilos, medito ante lo arcaico, aprendo de lo clásico, me resbalo hacia lo sentimental. Leo a griegos, latinos y franceses, y creo a los indios, entiendo a los cristianos, envidio al aticismo, me complazco en el adorno. Detesto a cualquier autor que pretenda destruir lo que le precedió. No prefiero la ópera francesa a la italiana ni al contrario. Me conmueve el verso religioso, respeto la grandeza de mi nación sin amarla, agradezco con mucho tiento y más mesura los descubrimientos de las ciencias naturales, aprecio a la corona sin apreciar con fervor a ningún rey, me interesan los revolucionarios mientras desconfío de ellos.

Así es como resumo los más destacables rasgos de mi persona, siempre huidiza, a decir verdad, como la de todos. Los menos destacables, que acaso sean los más profundos y delicados, me los guardo para mi silencio o para quien converse conmigo con voz tierna junto a un vino caliente.

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[La primera música es de F. Couperin: L’intime (XIIème ordre). La segunda música es 2d Espagnol enjoué y 2d Air des espagnols de Le Bourgeois gentilhomme (1670) de J.-B. Lully, con libreto de Molière escrito originalmente en diversos idiomas: francés, español, italiano y sabir (lingua franca mediterránea durante siglos y de la que el libreto de Molière es uno de los escasísimos testimonios escritos). El texto de nuestro fragmento, en español en el original, dice así: “El dolor solicita / el que al dolor se da. / Y nadie de amor muere / sino quien no save amar”. Quiero entender estos versos de la manera más moralizante posible, a saber: que el verdadero amante es dichoso, y no ningún otro.]

When all has been said, the adventure of the sun is the great natural drama by which we live, and not to have joy in it and awe of it, not to share it, is to close a dull door on nature’s sustaining and poetic spirit.

H. Beston, The Outermost House, 1928 (reed. 1992),  p.60

Es grato conocer más profundamente las interioridades secretas del espacioso universo, observar de qué forma gobierna y genera los seres vivos con sus constelaciones, y contarlo en versos con el acompañamiento musical de Febo.

Manilio, Astronomica, I

 

Las penas y las vaquitas
se van por la misma senda.
Las penas son de nosotros,
las vaquitas son ajenas.

Atahualpa Yupanqui, El arriero

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Por circunstancias demasiado prosaicas como para ser reseñadas aquí, me vi el otro día en el municipio de El Boalo, en la Cuenca del Guadarrama, no lejos de Colmenar Viejo, provincia de Madrid. Quedándome una hermosa tarde libre tras el cumplimiento de mis gestiones, decidí aprovechar la coyuntura y pasear un rato por las inmediaciones. Las montañas imponían, el sol reposaba en un cielo ni veraniego ni otoñal, los matorrales pajizos doraban el suelo que pisaba, y el tintineo de las campanas de las vacas me llamaba. Nunca pensé que un garbeo tan inocente me depararía aún tantas informaciones interesantes. Nunca pensé que en tamaña soledad me sintiese tan equilibrado, tan observador atento y tan receptivo a los sutiles mensajes del universo.

En primer lugar, retomando el espíritu desenfadado que, a pesar de mi devenir y de mis lecturas, nunca he perdido, me vi sonriendo a una cantidad de pequeñísimos saltamontes que brotaban de entre mis piernas, como si quisieran disparar mi ánimo con sus zancadas y lográndolo. Y yo, sin ningún ánimo agresivo, solamente para conocerlos mejor y para poner a prueba mis desarmados instintos, quise agarrar alguno cuidadosamente para soltarlo poco después. Pero tuve que comprobar que he olvidado cómo hacerlo: una de mis aficiones más expertas de mis veranos infantiles ha sido barrida íntegramente por décadas de ciudad. Quizá ahora temo mucho más hacerles daño, y por eso no lancé mis manos con brusquedad en ningún momento. Incapaz de hacerme entender por mis escurridizos amigos, he tenido que asumir con pesadumbre cómo me he alejado de la psicología animal; antaño la conocía lo suficiente como para calcular con mayor precisión cuándo el saltamontes estaba presto a brincar, y ahora todo lo que veo es una serie de espasmos repeliendo a mis manos denodadamente. Luego, como para consolarme, he pensado que otros (pastores y hombres de campo) conocen mucho mejor a las alimañas que yo, pero desconocen su dignidad, y quizá por eso las tratan más de cerca incluso aunque suponga infligirles dolor. Quizá yo no sea ya capaz de cautivar temporalmente al saltamontes porque ahora lo venero de un modo que antes no entendía. En cada toma de conciencia se gana mansedumbre y se pierde juventud.

A continuación, a los pocos pasos, mis pies han tropezado con unos huesos. Estaban semienterrados, como si una tormenta los hubiese arropado con fango ahora ya reseco: alguna pieza suelta y, luego, tres o cuatro en orden, el orden de una espina dorsal. He ido desmontando vértebras y he tenido la sensación de estar ante una osamenta humana, descoyuntada entre mis manos por vez primera. Finalmente he rechazado la idea porque el tamaño de las piezas habría correspondido al de un niño (el fémur era muy pequeño), y dudo que un cadáver humano, infantil para colmo, quedase impunemente al descubierto en un campo tan cercano al pueblo. Supongo que serán de alguna res, de algún mastín o incluso algún jabalí. Pero he comprendido lo similares que eran esos huesos a los que, bajo un manto de carne, los sujetaban. Rememorando el adagio budista, he comprendido que lo que me sujeta en pie es de la misma naturaleza que esos restos blancuzcos, agrietados y ligeros; he comprobado mediante el tacto la vanidad humana, la caducidad de nuestros recursos y su semejanza con los de otros seres animados. Parecían de un material cálcico similar al de una piedra pómez. Me he dicho: “De los pliegues blandos que cubrían objetos así han surgido la música, la escritura, las edificaciones, los imperios y los disparates con los que ahora quiere nuestra raza conquistar el cielo, el suelo y el mar”. Después, con un impulso entre macabro y ritual, he procedido a percutirlos entre sí: surge un sonido hueco, muy parecido al de los claves de madera, totalmente inexpresivo, pero agradable a su modo. A continuación lo percuto contra la roca: misma inexpresividad. Roca y hombre no se diferencian ya llegados a este punto. Disfruto de la música más igualitaria durante algunos segundos más. Lanzo de nuevo a tierra las estructuras de mis hermanos y prosigo mi paseo de desengaños.

Finalmente, como una última etapa, he dado con una finca habitada por ganado, casi al pie de la montaña. Numerosas vacas estaban apostadas en quieta asamblea. No hay cosa que desconozcan más que la prisa. He deducido que había de ambos sexos cuando ocasionalmente un ejemplar intentaba montar a otro; en eso, en mordisquear hierbajos y en otear pasaban su tiempo. En las orejas portaban el sello anaranjado que las identificaba como propiedad de un hombre. Ahí ha empezado mi lástima. Debo decir que me parecían animales felices, si bien no parecían demasiado alimentados, a juzgar por el costillar que se marcaba en algunos de ellos. Sus vidas tal vez sean todo lo buenas que permiten los tiempos a criaturas de su raza en casi cualquier parte del mundo, incluida Europa; la mayoría de sus congéneres vivos no han visto nunca la luz del sol. Pero seguramente cada una de ellas morirá arrastrada en una sala oscura, sin ventilación ni alma, al paso de un cuchillo que los desangre lentamente. El instante del cese de su felicidad vendrá marcado únicamente por la decisión de un individuo bípedo que las atesora como a monedas de colección que un día habrá que empeñar. Son propiedades ante cualquier tribunal, y eso permite imaginar sobre ellas cualquiera de los peores destinos a los que pueda ser sometido un ser vivo. Al verme tras el muro de piedras, las vacas sospechan y me miran fijamente a la espera de mis movimientos. No perciben mi compasión o yo no la emito con suficiente fuerza. El perro que las vigila me ladra sin cesar, sin que por ello se atreva a acercárseme: sin ningún amor hacia ellas, aquel centinela cree compartir la custodia del rebaño, y no deja de sorprenderme lo astuto que es el hombre para lograr transmitirle a un pequeño cánido el perverso sentimiento de propiedad, tan ajeno a los seres salvajes. Cuando me aúpo sobre una roca del muro, las vacas se giran y se alejan a todo correr. Me entristece, pero también me alegra que su contacto con el hombre les haya enseñado alguna lección. Dudo de si me rehúyen por verme como a un desconocido o, precisamente, por ser demasiado parecido al animal que acaso las corre a garrotazos de tanto en tanto. Quiero pensar que simplemente no entienden mi mente, como yo no entiendo la suya. Porque, en efecto, su conducta parsimoniosa me parece arcaica, de otro ciclo cósmico. Más que a otra especie, me recuerdan a una tribu humana particular de la que no sé nada, con reglas en las que no veo regularidad, sobre asociaciones y jerarquías que nunca descubriría desde fuera. En señal de respeto, me he alejado, no sin desearles una larga vida que puedan invertir en los mansos eventos que más las convenzan, sean cuales sean. Durante unos instantes, si no fuese por el remache anaranjado de sus orejas, clara indicación de ser objetos destinados al despedazamiento o a la simple sumisión arbitraria de un comerciante, casi habría deseado ser una vaca.

En todo el paseo no me he encontrado con otro ser humano, y yo mismo no me he reconocido como tal en ciertos momentos. Temo haber matado a unas cuantas hormigas y demás insectos en el conjunto de mis miles de pasos, pero siempre serán menos que los que mato por el mero hecho de vivir en la ciudad en la que llegué a la vida o en otra similar. Existir supone reducir la existencia de otros; la corrección moral viene determinada por la motivación y por el cuidado en moderar este hecho. Al menos me he librado de hacer ninguna fotografía, que a veces es casi como disecar a la naturaleza, casi una falta de respeto al sagrario que es una montaña y una especie de cédula que libera a nuestras conciencias de la obligación de preservarla.

Regreso al pueblo apoyado sobre largas ramas secas, muy ligeras, y me deshago de ellas arrojándolas lejos en el momento en que piso un desaliñado asfalto. Se acabó el saltar de roca en roca, se acabo el pararse a oler el romero, a mirar los bichos que corretean abajo. De vuelta a la ciudad, todo se me hace absurdo. ¿Cuántas lecciones no seguiría aprendiendo cada día si en el plazo de apenas una hora ya puedo reencontrarme con mi humanidad, mi animalidad y mi condición de ser aprisionado? El croar de una rana me podría haber revelado misterios que ahora no intuyo, los grillos me habrían acunado con ritmos etéreos que inducen al trance, y las estrellas por fin se manifestarían en un esplendor que vedan a los urbanitas, ahítos de luz eléctrica, cortina de soles intergalácticos. Pero también es cierto que de todo se aprende lección si se dispone de la mente pronta para ello, y no oculto que, también en el caos de la modernidad, cada hecho dispara en mi entendimiento numerosas ideas asociadas, numerosos motivos de contemplación religiosa y numerosos vínculos con la Ley eterna que hace rotar a los mundos. Un corto viernes en el campo me ha reafirmado que para filosofar adecuadamente no hay más que corroborar cómo la naturaleza se imbrica con nuestros átomos como las raíces del árbol en lo subterráneo, enlazándonos en una misma cosa simple y enigmática al mismo tiempo. A pocas millas de la ficción del siglo, a una hora y media de nuestros barracones de nueva gleba, la abertura a todo lo que cabe dentro de nosotros se revela diáfana, como manantial de verdades y de intuiciones ancestrales e inacabables.

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[Música: F. Poulenc, Concert Champêtre. II. Andante.]