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Quand les possibilités de choix sont larges au point de nuire à l’utilité commune, les hommes n’ont pas la jouissance de la liberté.

[Cuando las posibilidades de elección son tan amplias que resultan nocivas para la utilidad común, los hombres no disfrutan de la libertad.]

S. Weil, Echar raíces (trad. J. C. González Ponto – J. R. Capella)

—Tengo una idea — decía un escritor demasiado reminiscente.
—¿De quién?—le atajó un amigo.

S. Ramón y Cajal, Charlas de café 11

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I

Se ríen de la virtud para así escapar tanto de ella como de la lástima por carecer de fuerza para encarnarla.

II

Ninguna mujer ama a un gentilhombre que no confíe en sí mismo.

III

Rezar no siempre es recurso de apocados, sino también estribo de quien soporta la mayor de las soledades.

IV

Nadie pierde el último atisbo de duda en su conducta hasta que no la ve compartida por muchos.

V

Galantear hoy se parece a regresar a la infancia: los guiños emocionales se han simplificado y las reglas vuelven a ser absurdas y burdas.

VI

No se despreciaría al pueblo si no causase tamaña frustración la imposibilidad de participar  e influir en él.

VII

Toda la palabrería utópica en favor de las minorías oprimidas es vana si no tiene en cuenta a la más inmensa mayoría: aquella que, caminando a cuatro patas, centuplica a la humanidad entera.

VIII

Habría que buscar algún tipo de placer que no desease superarse a sí mismo continuamente.

IX

Alternar entre gozo y dolor es propio de los animales. Lo característico del ser humano, y que pocos alcanzan empero, es abandonar la cansina alternancia e inclinarse por uno de los dos extremos: hacia el gozo sin fin por parte de libertinos y místicos, o hacia la agonía por parte de filósofos, sentimentales y dementes.

X

Condona deudas morales aquel que está predispuesto a contraerlas en el futuro o bien a evitarlas de todo punto: el tibio rara vez suelta la correa del cálculo.

XI

No hay ninguna dama que no pudiese darlo todo por amor si lograse reconocerse como tal.

XII

En mayor medida que ninguna otra cosa, la soledad permite fantasear locamente entre engaños o ver las cosas como son. Todo depende del grado de paciencia que se albergue en el corazón y las vivencias que se hayan acumulado en compañía.

XIII

Las más bellas palabras no se dicen a una amante al anochecer, sino a la primera persona con la que nos encontramos en el día, sea amante o camarero que nos sirve el desayuno, si se dedican con una sonrisa sincera.

XIV

Más cultivo del alma requiere la resistencia al dolor que la sensibilidad al placer. Un asceta siempre es más refinado que un cortesano.

XV

“Ningún ser vivo desea sufrir” es una frase que denota ya una identificación con el otro, un agrupamiento en el mismo saco, y su único corolario lógico es la compasión.

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XVI

Para triunfar en el mundo hay que contar con un poco de sabiduría para localizar sus trampas y con un poco de necedad para no abatirse al conocer sus fundamentos o su falta de ellos.

XVI

El placer es recibido por el cuerpo, pero es generado por el deseo de trascender las limitaciones del cuerpo.

XVII

No parece que, en sentido estricto, optar a la posibilidad de un bien sea un bien en sí mismo -no hay que olvidar que el riesgo de caer en un mal se multiplica a la par-, pero así se piensa de la libertad.

XVII

La libertad no es el valor supremo, como el mejor idioma no es el que cada uno invente, sino el que comunica a más personas y con mayor expresividad. El culto a la libertad proviene de la incapacidad para demostrar la universalidad de una conducta buena.

XVIII

Virtuoso no es el impecable, sino quien no deja de crecer en virtud.

XIX

Hay que saber llevar la propia peluca ante la corte con la misma naturalidad con la que se la arroja al entrar en los aposentos.

XX

Hoy, en la época en la que se reclaman todos los derechos, es cuando más brutalmente se trata como meras cosas inertes a los animales que no nacieron con el don de la palabra.

XXI

La Revolución Francesa sólo habría tenido un objeto legítimo si fuera alcanzable: reducir el sufrimiento de los seres en el planeta. No habiendo conseguido tal cosa ni de lejos, habría que recomenzar de nuevo la cuestión. Se precisan pocos derechos morales pero invulnerables. No ser tomado por propiedad ajena es objetivo muy elemental que el hombre ilustrado descubrió pero que no supo poner a cien millas por delante de otros derechos mil veces más caprichosos. Concedamos a los librepensadores que las leyes no pueden ser interpretadas al albur para salvar a la nación, porque a cada ser le importa más que nada la nación de su cuerpo y su alma; pero lo que se sigue de aquí es que, antes que grandes beneficios, cada ser dotado de instinto de vida merece ser libre de trabajo forzado, tortura y muerte. Sólo con conceder eso se calma la agonía de todos los animales y sólo con fomentar un entorno lúcido, bello y espiritual se mitiga la de los animales racionales.

XXII

Apenas se aprecia el cultivo de la virtud si no se dedica el día entero a meditar en ella.

XXIII

Las costumbres que se heredan siempre serán las más firmes.

XXIV

Los hombres forjan voluntariamente las costumbres que los envilecen: las costumbres ennoblecedoras las adoptan obedeciéndolas de las autoridades prestigiosas que las maduraron.

XXV

Puesto que no podemos evitar la producción de sufrimiento, al menos hagamos que sea poco y lo menos inarmónico posible.

XXVI

Si vas a causar sufrimiento, como inevitable que es, intenta al menos no tener la garantía de que lo estás produciendo. Podemos imaginar una lechuga sin gusanos muertos a su alrededor, pero es imposible que un filete de ternera no haya conllevado agonía y muerte.

XXVII

Pocas costumbres hay que sean buenas para todos en todo momento, pero abundan las que son intrínsecamente nefastas.

XXVIII

Aceptemos la enseñanza de cualquiera que nos ofrezca una, pues todos tienen al menos una experiencia que compartir.

XXIX

Las personas irreflexivas distinguen el peligro cuando se ha hecho inevitable. Y, dado que la mayoría es irreflexiva y la mayoría decide en democracia, el destino será rápidamente sentenciado.

XXX

La fe, más que mover montañas, insiste en que la lejanía de las montañas es bien poca cosa.

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XXXI

La razón nos aleja de los mayores absurdos, pero nunca concede por sí misma la plenitud de sentido.

XXXII

Es crueldad o necedad cuestionar creencias ajenas sin ofrecer a cambio otras que garanticen tantos bienes como las primeras.

XXXIII

Diga lo que diga un análisis racional sobre el mundo, cada conciencia opta intuitivamente por actitudes o ideas que contrapesen carencias personales, por lo que es en estas carencias donde ha de enfocarse buena parte del análisis.

XXXIV

Las pasiones son vencidas por la alianza entre las pasiones opuestas y el raciocinio, que vigilará la diplomacia entre ambos bandos.

XXXV

La paz de espíritu es el bien más precioso, pero también el más difícil de obtener porque suele exigir la donación de todos los demás bienes.

XXXVI

La culpa se produce cuando justificamos la omisión de la buena acción apelando a obstáculos menores. En última instancia, “culpa” es solamente el nombre que damos al impedimento moral cuando somos conscientes de él y lo lamentamos.

XXXVII

Los europeos honrados siguen creyendo todo acerca del cristianismo salvo la divinidad de Cristo, que es lo que más fácilmente motivaba a que las demás verdades fueran adoptadas por la conducta popular.

XXXVIII

Convenir en el carácter relativo de la justicia es la mejor excusa para que no se la aplique cuando resulte demasiado esforzada.

XXXIX

Desataríamos la mayor veneración por cada brizna de hierba o por cada hueso animal si recordásemos que ha realizado un viaje mil veces milenario desde remotas galaxias hasta posarse ante nuestros ojos.

XL

Todo lo que no sea piedad religiosa aplaza la solución última del problema.

XLI

La prueba de la importancia universal de la caridad se puede ver en que poquísimos evitan hablar de ella por más que procuren aliviar su frustración al cambiarle mil veces el nombre.

XLII

Circunstancias y sentimientos ordinarios callan ante los sentimientos incondicionales.

XLIII

Muchos que han llegado lejos en sociedad se ensoberbecen explicándonos cómo llegar hasta allí sin percatarse de que estamos en ese camino a nuestro pesar y sin interés por alcanzar tan mundano destino.

XLIV

La conclusión qué más nos alienta en una discusión a proseguir la búsqueda no es la que se extrae ante el pensamiento que ha vencido al nuestro ni ante el cual hemos vencido, sino la que establece que nuestro lema era necesario pero no suficiente. Por otra parte, es sutil treta de aprendizaje el contraargumentar para que el otro nos venza y nos enseñe, así, todo lo que pueda.

XLV

Como el músico que templa su instrumento, el espíritu se va afinando a medida que va encontrando disonancias en su melodía.

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XLVI

Hay quienes se enfangan en el pecado por rebuscar dichas imposibles, negándose a aceptar que no haya gozo profundo sino en la virtud.

XLVII

El primer pensamiento de la mañana cifra el punto en el progreso de nuestro espíritu.

XLVIII

Sentimos como tristemente necesarios los males ajenos y sorprendentemente arbitrarios los que nos tocan en carne propia.

XLIX

La evolución de los sistemas políticos circula al paso del descubrimiento de nuevas fuentes de placer. Para el villano medieval bastaba con pan, iglesia y fiesta.

L

Piensa que los cuerpos carecen de alma aquel que no los llena con la suya.

LI

El odio hace menos daño al odiado que la indiferencia o la avaricia porque a menudo se interesa por una destrucción rápida.

LII

La sangre del cerebro baja sucia hasta el corazón para que éste la limpie.

LIII

La variedad y complejidad de los fenómenos físicos o de las formas de vida no prueba la existencia de Dios, pero sí avanza que la realidad es tan precisa como misteriosa.

LIV

Nadie es tan paciente como el que espera obtener un provecho egoísta. Muchas esposas se habrían ganado el cielo soportando a sus insufribles maridos si su aguante no se debiera exclusivamente al interés.

LV

El arte que no enseña a venerar o que no entretiene inocentemente al pueblo tradicional no vale gran cosa.

LVI

Nos conmueven, ante todo, las declaraciones que ratifican las intuiciones a las que no supimos dar forma.

LVII

De todas las religiones, solamente hay una que hace del vicio su principal arma retórica de proselitismo, y es la religión del ateo.

LVIII

Glorificamos a las opiniones cuando nos alegramos de tener a la nuestra por encima de aquéllas, como si la victoria relativa sobre lo más necio implicase certitud.

LVIX

Las máximas del rico no suelen valer tanto como las del pobre o las del desgraciado porque no las ha filtrado por lo sinsabores más habituales y percusivos de la vida humana.

LX

Tantos riesgos hay en la verdad a medias como en el filo puntiagudo al que se le puede colocar el mango por cualquiera de sus dos extremos.

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LXI

Detectamos al autor profundo cuando reajusta la inclinación de nuestras facultades.

 LXII

Los perros hacen bien en atacar a las cuerdas tomándolas por serpientes, porque de hecho es más probable que mueran ahogados por una soga que por una picadura. Vigilar las pequeñas actitudes nos predispone adecuadamente para los grandes embates.

LXIII

No hay verdad que no sea tomada, en primer lugar, por una mentira; después por una ley invariable; y, finalmente, por una verdad menor. El sabio va asumiendo gradualmente cada una de estas visiones.

LXIV

Todo lo bello es fruto al que hay que masticar y digerir con devoción para obtener la pequeña y sencilla simiente de la verdad.

LXV

Al concluir la discusión, siempre vence el silencio.

LXVI

Ante argumentos peregrinos, señalar Tierra Santa.

LXVII

La evitación del sufrimiento no tiene nada que ver con la democracia o el bienestar material. Antes bien viene determinado por el escaso número de deseos y su escasa complejidad.

LXVIII

Como ya divisara Kant, el único derecho verdaderamente incuestionable es el de no ser una propiedad ajena. Todos lo demás deberían estar al servicio de la armonía de la sociedad, del mundo salvaje y de la elevación de los espíritus.

LXIX

La cortesía no sólo difiere la revelación de las verdaderas intenciones: también las va suavizando a fuerza de fingimientos.

LXX

El rito está vacío sin intención y debilitado sin detalles.

LXXI

Mirándolo bien, no hay ninguna incoherencia en la política moderna: líderes zafios para pueblos zafios. Todo está, pues, en perfecto orden.

LXXII

El hombre de genio es el que aprovecha como nadie la rapidez de su lógica, el sendero trazado por otros y las contradicciones del corazón humano.

LXXIII

Solamente disfruta de la alta filosofía quien sabe acomodarse en las paradojas. Solamente disfruta de la filosofía moderna quien no sabe acomodarse sino en ellas.

LXXIV

La compañía de los hombres no beneficia más que al alma de quien supo educarse en soledad. No se encuentra por completo a gusto en sociedad sino quien no la necesita y nada espera de ella.

LXXV

Lo más preocupante del dislate es que no siempre fracasa, dando entonces la errónea y peligrosa imagen de una solución a la que recurrir en ocasiones posteriores incondicionalmente.

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LXXVI

Los proyectos más sublimes pueden acabar en hechos infernales si se carece de maña para manejarlos. Son las pretensiones de magnitudes infernales las que rara vez pasan de realizaciones mediocres.

LXXVII

El mejor indicador de la generosidad no es tanto la histeria dadivosa cuanto la indiferencia para con el propio sino acompañada de sonrisa.

LXXVIII

El sueño es fiera que no se atreve a acosar al que siente tener cosas que decir.

LXXIX

Tanta impresión de caos da el completo azar como la completa predeterminación.

LXXX

Más desesperante es el azar que la predeterminación por no permitir siquiera deducir pronósticos.

LXXXI

Las profecías otorgaron leyes de ciencia política y de psicología a pueblos que creían en unicornios.

LXXXII

Dejar de creer en el mito denota no contar ya con una inteligencia tan sutil que permita emocionarse vívidamente con esquemas.

LXXXIII

Hay tanto sufrimiento en el mundo en este preciso instante que este mismo pensamiento debería completar como primer escolio a cada pensamiento que se precie de tal nombre.

LXXXIV

El “je ne sais quoi” dieciochesco permitía que las bellezas de la Razón que empezaba a reinar no ahogasen las que provenían de naturales costumbres de siempre.

LXXXV

El sabio moderno proclama aspiraciones allí donde el sabio antiguo proclamaba ejemplos. La sociedad tradicional no ofrecía sino la sabiduría necesaria para no destruirse.

LXXXVI

No hay belleza mundana tan grande que no permita imaginarla desaparecida.

LXXXVII

Damos por muertos a los dioses que nunca se dignaron a dirigirnos la palabra.

LXXXVIII

Los recuerdos nada hablan salvo de nuestra postura actual ante el destino.

LXXXIX

Una mujer pierde su último retazo de juventud cuando de continuo se interesa más por demostrar que de enamorar.

XC

El teólogo habla de la presencia de Dios en las categorías humanas, mientras que el místico habla de la presencia del hombre en Dios.

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XCI

Todo lo que no sea abrirse al Infinito es caminar sobre zancos.

XCII

La deducción simplifica el principio y la inducción simplifica los hechos. La verdad, según se aproxima, va haciendo tan difícil establecer teorías completas como fácil apuntar fragmentos sentenciosos para cada ocasión.

XCIII

Los niños divierten mientras no se den cuenta de que divierten.

XCIV

De ordinario aceptamos con más reticencias los desafíos de quienes nos aman que de quienes nos odian, no tanto por nuestro temor a herir, sino porque quien ama está dispuesto a poner más de su parte, y tememos no estar a la altura de tanta audacia.

XCV

Qué bello sería el mundo si nadie hubiese pensado que lo era, tras lo cual otro pensó que podía embellecerlo y otro que podía despojarlo de belleza con la misma inocuidad con que se retira la sábana a un mueble.

XCVI

Lo poético se detecta en el espíritu a través de gustos triviales, como el que se da por las palabras antiguas, las luces indirectas y los retratos de desconocidos.

XCVII

Hay sentencias tan misteriosas que, puede decirse, su auténtico mensaje versa sobre la naturaleza del misterio.

XCVIII

El anarquismo no podría funcionar en este mundo, donde es materialmente imposible no hacer daño. Lo mismo puede decirse de cualquier gobierno.

XCIX

Muchas contradicciones provienen de una ambición por querer entender cada mundo bajo los presupuestos de otro: el material por el espiritual, el espiritual por el material, lo matemático por lo lingüístico y a la inversa, etcétera.

C

Se obtiene sabiduría a medida que se va soltando la obtenida una vez se la ha contemplado desde todos los ángulos.

[Música: P. Vachon, Cuarteto de cuerda Op. 7 No. 2. II. Andantino (1772).]

Affectus qui animi pathema dicitur, est confusa idea qua mens majorem vel minorem sui corporis vel alicujus ejus partis existendi vim quam antea affirmat et qua data ipsa mens ad hoc potius quam ad illud cogitandum determinatur.

[Un afecto, que es llamado pasión del ánimo, es una idea confusa, en cuya virtud el alma afirma de su cuerpo o de alguna de sus partes una fuerza de existir mayor o menor que antes, y en cuya virtud también, una vez dada esa idea, el alma es determinada a pensar tal cosa más bien que tal otra.]

B. Spinoza, Ethica 3 (“Affectuum generalis definitio”), trad. de Vidal Peña.

Quatenus mens res omnes ut necessarias intelligit eatenus majorem in affectus potentiam habet seu minus ab iisdem patitur.

[En la medida en que el alma entiende todas las cosas como necesarias, tiene un mayor poder sobre los afectos, o sea, padece menos por causa de ellos.]

B. Spinoza, Ibid. 5, Ax. 6, trad. de Vidal Peña.

Animi tamen non armis sed amore et generositate vincuntur.

[De todas formas, no son las armas las que vencen los ánimos, sino el amor y la generosidad.]

B. Spinoza, Ibid. 4, Ap. 11, trad. de Vidal Peña.

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AL LECTOR

Mucho más que extraer leyes de la inmensa naturaleza conviene comprender con precisión los conceptos que devienen agentes de dichas leyes. Algunas definiciones sobre las pasiones humanas vendrán a continuación, con el beneplácito de quien lee, a suplir tan importante preámbulo. Acaso algunas de ellas supondrán muy leves variaciones de las dadas por el gran filósofo Espinosa, pero serán todavía lo bastante disímiles como para no verme moralmente obligado a notar in loco tales casos. Dado el carácter insuperable de algunas definiciones del filósofo holandés, me resisto a procurar versiones a alternativas a las que propone, por ejemplo, para la misericordia, la aprobación, la frustración o la abyección. Las definiciones de Espinosa son, en efecto, maravillosamente acertadas y precisas, y de ahí este ejercicio de rigor literario; ejercicio que no le hace justicia, pero mediante el cual reivindico el hábito de clarificar nombres y de hacerlo en la forma más simple y bella posible, según el talento de cada cual, exiguo en mi caso pero, a qué dudarlo, prometedor en muchos otros. Encomiendo, pues, al juicio crítico del público los conceptos en los que más fríamente he logrado encerrar el calor de las pasiones o la dulzura de los más sublimes sentimientos, los cuales, hasta donde sabemos, no se dejan enclaustrar por la cadena lineal de la sintaxis. Ruego, pues, para mis torpes tentativas la misma indulgencia que la suscitada por los más tiernos afectos de los que me atrevo a pasar a definir.

El autor

LAUS DEO

*

Primera parte. Sentimientos fundamentales.

I. La alegría es movimiento del alma hacia el vigente estado de cosas.

ESCOLIO: Implica que, aunque haya un estado preferible de cosas, no nos sintamos fuertemente impelidos hacia él. Pero, a diferencia de la mera satisfacción, supone un gusto en la situación, un recreo en aquello que es motivo de alegría, aunque sea la idea esperanzada de una felicidad futura. Ahora bien, una posesión celosa no tiene tanto de alegría cuanto de tristeza, pues cae en la desazón de temer aquello que se posee (cf. Escolio de Def. XXV). 

II. La tristeza es la advertencia de un estado preferible de cosas hacia el que nos sentimos impelidos.

DEMOSTRACIÓN: Si uno no siente el deseo de obtener algo de lo que carece, no se puede afirmar que esté afligido. No es tal una tristeza que uno no cambiara de buen grado por una alegría opuesta. La tristeza puede resultar complaciente en pequeños pellizcos para avivar por contraste el esplendor dramático de la alegría. También puede tomarse la tristeza como un paso necesario para alcanzar la alegría, pero en ningún caso como el estado más allá del cual no cabe desear nada mejor. No es necesario creer que existe o que es posible aquello que habría de colmar la carencia, sino tan sólo de que tal cosa es preferible, caiga dentro de la realidad o no. Ergo la tristeza implica deseo de algo preferible (Q. E. D.).

III. El amor es voluntad de que exista el otro y alegría en él.

ESCOLIO: Como es harto sabido, al ser un sentimiento tan común en los hombres, adopta diferentes rasgos en función de su fuerza, su destino y su esperanza: es benevolencia si da por hecha la alegría en el amado; es conmiseración si da por hecha la tristeza en el amado; es lascivia si es amor al cuerpo, aunque en este caso no es imprescindible la pretensión de que se dé alegría en el otro (cuando no hay dicha pretensión, el deseo es mera lascivia); es ternura si se complace en pequeñas taras irrisorias del amado que, sin embargo, no fácilmente le impiden alcanzar la alegría; es caridad si no espera nada a cambio del movimiento amoroso salvo la completa obtención de la alegría por parte del amado; es mero afecto o estima si el autor del actor amoroso no está dispuesto a desprenderse de alegrías sustanciosas a cambio de incrementar la alegría del amado; es piedad si es amor hacia parientes o autoridades a las que se está de algún modo subordinado; es lealtad si la inclinación amorosa corre pareja al cumplimiento de un voto; es sacrificio si la práctica del amor conlleva la pérdida de diversas alegrías propias; es heroísmo si conlleva las más importantes alegrías propias; es santidad si conlleva la pérdida de todas las alegrías propias, en aras de una alegría más allá de todo interés individual.

IV. El odio es voluntad de que no exista el otro ni la alegría en él.

IV. El respeto es percepción de una dignidad insustituible en el otro.

V. El desprecio es la ausencia de respeto.

Segunda parte. Sentimientos alegres.

VI. El júbilo es la alegría (por def. I) culminada en un estado de cosas al que se piensa preferible a cualquier otro.

VII. La admiración es amor (por def. III) hacia atributos ajenos, a los que se considera excelentes.

VIII. La gratitud es admiración hacia quienes resultaron directamente útiles, bien a nosotros, bien a quienes amamos.

IX. La esperanza es alegría en el pensamiento de la posible y aun probable presentación de un motivo de alegría en el futuro.

X. La fe es la certeza de que los movimientos del alma coinciden en cierta medida con la verdad extrínseca.

DEMOSTRACIÓN: En principio, podría pensarse que puede ser la fe tanto alegre como triste, pues bien podría creer uno en sus peores sentimientos. Ahora bien, tal y como está hecho el hombre, en el fondo último de su ser reside algún tipo de esperanza (por Def. IX), o de lo contrario, tras un cálculo somero con un balance brutalmente negativo, se suicidaría de inmediato. La fe tenebrosa solamente se da en los grados enfermizos en que el sujeto, perdiendo toda alegría de vivir, se lanza en brazos de la muerte o de destrucciones peores. Por ende, puesto que los movimientos que más íntimamente asociamos con nuestra personalidad son esperanzados, y aunque entremezcladas con las impresiones alegres pueda haber no pocas temerosas o melancólicas, lo que habitualmente llamamos fe es una certeza esperanzada (Q. E. D.).

XI. La devoción es admiración hacia atributos ajenos que en el presente nos parecen inalcanzables a nosotros.

ESCOLIO: Espinosa la define de un modo también asaz acertado diciendo que es “el amor hacia quien nos asombra”. 

XII. La ecuanimidad es el sentimiento amoroso hacia los atributos fundamentales que comparten todos los individuos de un determinado grupo.

ESCOLIO: Implica, por ende, la voluntad de que ningún individuo pueda anteponer intereses semejantemente presentes en otros. No obstante, la balanza la pueden inclinar otros atributos superiores presentes en unos y no en otros, pero esa balanza solamente puede inclinarse en lo relativo a obtención de ciertos privilegios, nunca en lo relativo a frustrar los intereses más fundamentales, tales como la prolongación de la vida, la ausencia de tortura, etc. (intereses los cuales son, además, condiciones imprescindibles para poder desarrollar, en su caso, atributos morales superiores, pues para crecer en virtud es necesario contar con una vida de un mínima duración y libre de los mayores suplicios imaginables).

XIII. La generosidad es alegría en el dar.

ESCOLIO: Una generosidad inferior puede no sentir alegría al llevarse a cabo, pero se trata de una fase que, aunque quizá necesaria, es artificial y no genuina. En realidad, como es evidente, la generosidad no es un sentimiento, sino una virtud, y como tal puede ser desagradable en su desarrollo inferior y altamente grata y dichosa en su consumación.

XIV. El alivio es la alegría de haber superado una sensación triste o desagradable.

XV. El asombro o sorpresa es un estado de confusión ante un estímulo inesperado.

ESCOLIO: La sorpresa no es, claro está, alegre en sí misma, sino neutra, por lo que no encaja exactamente en esta sección de las definiciones. Es al tomar conciencia de la sensación completa o el juicio posterior el que evalúa la sorpresa en términos positivos o negativos. 

XVI. La irrisión es alegría ante la inferioridad sorpresiva de lo que antes aparentaba cierta dignidad.

ESCOLIO: Puede entenderse como una pérdida no dolorosa de respeto. 

XVII. La diversión es la alegría suscitada por los sentidos, por la irrisión o por el espíritu jugador, esto es, el placer más o menos inocente de la mente en desafiarse a sí misma.

XVIII. La satisfacción es la alegría por ver cumplido un deseo.

XIX. La euforia es alegría desmedida sin el suficiente fundamento.

ESCOLIO: Puede ser también la satisfacción de un deseo muy intenso. 

XX. La serenidad o placidez es la alegría de permanecer sin sufrimiento.

XXI. La cordialidad es un amor a la parte de la persona con la que compartimos un trato casual, sea definido por el oficio, por relaciones parentales indirectas, etc.

XXII. La simpatía es un amor que intuye cierta dignidad o afinidad en el otro.

Tercera parte. Sentimientos tristes.

XXIII. El temor es la triste sospecha de que es posible y a aun probable la incursión de un motivo futuro de tristeza.

XXIV. La envidia es odio acompañado por el deseo de obtener lo que posee aquel a quien se odia y que quede éste privado de lo mismo.

XXV. Los celos son temor de que un motivo de alegría pase de las propias manos a manos de otro (a quien pasamos a odiar), sea parcial o completamente, o incluso por mera participación inocua.

ESCOLIO: Los celos son incompatibles con la alegría, al menos con vistas al mismo objeto y al mismo tiempo (por Escolio de Def. I). Pues, mientras uno se persuade de que corre peligro la posesión del motivo de su alegría, está en un sentimiento de temor, que es fundamentalmente triste (por Def. II). Los celos pueden no ir acompañados de odio, por más habitual que sea tal acompañamiento. 

XXVI. La ira es la tristeza que se niega a aceptar una evidencia molesta y a la que continúa enfrentando.

DEMOSTRACIÓN: Mientras que la tristeza en sí misma, es decir, en su forma melancólica, surge ante una evidencia molesta ante la que desistimos de algún modo y ante la que desistimos casi por completo si la tristeza se convierte en desaliento; y mientras que la aceptación descarga a nuestra voluntad de la vitalidad de las esperanzas cuya frustración condujeron a aquella tristeza; la ira o cólera supone una reacción violenta, y la violencia solamente surge cuando hay esperanza de victoria. Con lo cual, el arrebato furioso es intento desesperado de superar al objeto de la tristeza (Q. E. D).

XXVII. El rencor es la ira dirigida a lo que es tomado por un agravio pretérito.

XXVIII. La indignación es odio hacia quien dañó.

XXIX. El asco es un impulso primario de desprecio por parte de nuestro cuerpo, sea por una disposición innata que moraba en él, sea porque nuestras costumbres lo han acostumbrado a tal disposición.

ESCOLIO: El asco hacia las excrecencias es universalmente humano, mientras que ciertos manjares que aquí son considerados como deliciosos, como los caracoles, en otras partes producen náuseas a seres humanos similares. El asco adquirido es, por lo común, una repulsa ante el concepto más que a la sensación; por ejemplo, alguien puede estar saboreando felizmente una pechuga hasta que le comunican que se trata de carne humana o de su propio perro, momento en el cual una náusea invadirá por completo al comensal.

XXX. El estremecimiento es la sorpresa que por momentos parece confundir a un gran número de nuestras alegrías, esperanzas o creencias.

XXXI. La compunción o arrepentimiento es la tristeza por haber cometido libremente un acto o pensamiento injusto o no virtuoso.

XXXII. La vergüenza es la tristeza de ver herido nuestro prestigio ante los demás o ante nosotros mismos.

XXXIII. Es desaliento es la tristeza que desiste casi por completo.

XXXIV. La desesperación es la tristeza, en forma airada o melancólica, que no creemos poder soportar.

ESCOLIO: La desesperación es el desaliento consumado, es decir, aquel en el que toda evidencia impide pensar en albergar esperanza alguna.

XXXV. La timidez es el temor a causar mala impresión y por lo común conlleva retraimiento.

XXXVI. El capricho es la tristeza surgida de un deseo repentino, poco duradero o en absoluto fundamental.

XXXVII. La humildad es tristeza surgida ante la propia incapacidad.

ESCOLIO: La modestia es la manifestación, genuina o fingida, de la humildad.

[Música: El primer número es el Suscepit Israel del Magnificat de J. S. Bach, que aquí tiene como motivo un homenaje al judío panteísta Spinoza. El segundo fragmento es la IIIère entrée de Le Triomphe de l’Amour de Lully, en la que cantan los Placeres y la mismísima Venus (“Non, non, il n’est pas possible / de contraindre un Coeur sensible / a n’aimer jamais: / C’est por l’Amour que tous les Coeurs sont faits. / Contre un Dieu si charmant / quel Coeur est invincible?” [“No, no, no es posible / obligar a un corazón sensible / a no amar nunca. / Es para el Amor para lo que están hechos todos los corazones. / Contra un dios tan encantador, / ¿qué corazón es invencible?”]). Cierra melancólicamente A. Steffani, Spezza, amor. VI. Fortuna crudele nemica d’amore.]

Sonrisas

Aquel cuya sonrisa le embellece es bueno; aquel cuya sonrisa le desfigura es malo.

Proverbio húngaro.

Cuando sonrió el hombre, el mundo lo amó. Cuando rió, le tuvo miedo.

R. Tagore, Pájaros perdidos, 299

No hay torsión más grácil que sus labios cuando un detalle, material o narrado, enternece a su facultad lúdica. Puente combado entre dos almas, la expresión de su rostro agiliza el entendimiento y muestra sus perlas blancas, sin ruido, con la suavidad de un orfebre que exhibe su  preciosa creación. Su sonrisa, la de cualquier ser humano, cuando brota de la gratitud a la vida y no del rencor satisfecho, alcanza reinos que difícilmente cupieron en silogismos, mandamientos, decretos y mapas. Hay en el mundo, ciertamente, muchos más motivos para llorar que para sonreír. Pero la exquisitez de un instante en el que simplemente se acaricia el terciopelo de la dicha plácida con el rostro nos convence de que hay un gozo en persistir en el navío del tiempo y en el amansamiento de los heridos. Heridos que van olvidando cómo dar gracias a todo lo que alguna vez saludó, saluda y saludará al mundo, a todo lo que una vez fue, es y será, a todo lo que sugiere que la candidez cuenta, más que con visado para el desangramiento, con la llave maestra de beatitudes agriamente tentadas por quienes desconocen ya el secreto del carácter.

La brisa en el verano, el color de los almendros, el despiste de una paloma, el beso entre dos niños, la coincidencia entre indumentarias, el tropiezo sin consecuencias, el recuerdo embellecido, el ideal inalcanzable, el bordado insuperable de un encaje, la suavidad de un mármol, la sonrisa ajena, la noche repleta de esperanzas, el amor incondicional, la belleza inesperada, el iluminador retruécano, los ojos que rebosan sinceridad, la melodía flotante que desde algún rincón de nuestra alma intuíamos tenía que existir… Motivos dignos de celebración, de grata aserción, de tolerancia afectiva, dulce pacto con el devenir, alegría discreta. Y es por cosas así que sonríe mi rostro o sonríe el suyo, trasladándose el gesto de uno a otro, ensamblando identidades. Su sonrisa, la de cualquier ser humano -e incluso la de cualquier criatura con la musculatura apropiada en torno a su hocico-, es un ídolo al que no renuncio. Incapaz de nada importante por sí misma, se expande en el momento en que le presto mi devoción, mi apostolado. Y es que allí encuentro la tan frágil justificación de la humanidad, el sentido de la existencia, no otro que la alegría serena por haber firmado gozosa paz con el instante, cualquiera que éste sea, instante que, bien lo sabemos, fluirá y se perderá en el horizonte con el imparable caudal amazónico de las edades.

Cherry Blossom by Emile Vernon, 1916

[Música: Rudolf Friml, Iris.]

Romanza IX

Viva nihil dixi, quae sic modo mortua canto.

[“Nada dije estando viva, yo que ahora muerta canto así”.]

Sinfosio, Aenigmata 20, refiriéndose a la tortuga, cuyo caparazón servía de caja de resonancia para la lira antigua.

Cuando mi copa está vacía, me resigno a su vaciedad; pero cuando está a la mitad, me duele que no esté llena.

K. Gibran, Arena y espuma (1926)

Fuig-ne de la terra immoble,
fuig dels horitzons mesquins:
sempre al mar, al gran mar noble;
sempre, sempre mar endins.
Fora terres, fora platja,
oblida’t de ton regrés:
no s’acaba el teu viatge,
no s’acabarà mai més.

[“Huye de la tierra inmóvil,
huye de los horizontes mezquinos:
siempre al mar, al gran mar noble;
siempre, siempre mar adentro.
Fuera tierras, fuera playa,
olvídate de tu regreso:
no se acaba tu viaje,
no se acabará nunca más.”]

J. Maragall, Excèlsior (1895)

A todos los seres. A todos y cada uno de ellos. 

Yo reposaba y soñaba que me encontraba frente a todas las naciones, todos los tiempos, todas las razas. Y, tras estos y otros velos, dormían latentes como embriones las criaturas unidas en su sensibilidad. Apartaba yo a las naciones, los tiempos, las razas, para, libre de obstáculos y perspectivas vidriosas, aproximarme al fin a los individuos en su rostro más simple, y admiré su expresión doliente. Una colección de fantasmas me pareció aquella visión, pues las almas, aturdidas por estertores del sinsentido, se mecían lúgubremente, como niñas aun vírgenes y maltratadas las unas, como dementes sin remedio las otras. Una lágrima se deslizó por mi mejilla hasta caer sobre mis manos y lubricarlas: así pude ungir con óleos de mi sangre a mis nuevos amigos, todos los que alguna vez suspiraron, al roce de caricias que yo mismo descubría sorprendido mientras las impartía como alimento en eucaristía. Quise decir cosas bellas y benevolentes, motivaciones para náufragos, azucenas para esclavos…. pero me olvidé del lenguaje, y tuve que recurrir a fórmulas mágicas heredadas de épocas de prudente fermento. Las sílabas del mantra fluían de mi boca como los meandros de una melodía de violín y llevaban sus colores simbólicos a las membranas de todos los seres hasta hacerlas partícipes de la resonancia compasiva que todo lo templa.

Entonces los cuerpos y las almas empezaron a brillar, y corolas de luz descendían desde los sonidos nacidos de la estirpe de mi aliento. Se fueron coloreando entonces a distinto ritmo y en innumerables colores, cada uno según su predisposición y sus posibilidades, desde los tonos más tenues hasta el blancor más puro, propio de los espíritus. Y las guirnaldas ensortijadas de mis fórmulas aprovechaban con delicadeza los interesticios entre las ilusorias fronteras de las criaturas y se iban enroscando en torno a todos. Una nueva vestimenta de plegaria y luz unía finalmente a las cosas como las vajillas de oro se acoplan por un mismo manto protector que las envuelve. Cumplida la promesa de los profetas, se fundió la derecha con la izquierda, lo alto con lo bajo, y el sufrimiento se repartió ecuánimamente hasta diluirse y pasar a formar parte de la historia atávica del tejido, como los anillos en el tronco milenario de los árboles o como los rasguños que permanece en los huesos soldados tras duras batallas. El cielo se hizo mundo y los seres me revelaron que no hablaba yo con nadie, pues nadie había que no fuera yo mismo. No encontré, pues, Unidad, pues aquélla aún puede desmembrarse: antes bien llegamos todos a la conclusión de que nada, ni siquiera la Unidad última, sufriría menoscabo alguno cuando el Tiempo dejase a la Vida reinar sobre sí misma, vaciándose de la falsa creencia en la solidez. Y en un abrazo sin substancia hicimos perecer dulcemente a los accidentes del universo. Quedó, flotando o lo que pueda parecerse a flotar, un beso sin labio, un recuerdo sin memoria, un amor sin corazón, un triunfo sin triunfador, un único partícipe de la esencia sin que quedase una esencia para ser señalada.

Desde entonces me quedé con el orbe entre mis brazos, como el que sostiene a un niño recién nacido. Lo llevaba a que el sol irradiase suavemente su blanca y delicada piel; lo posaba sobre mi pecho a la hora de dormir, dejando que el latido de mi corazón acompasase sus sueños; le recitaba oraciones antiguas de protección; lo separaba del frío con mi única y desplumada ala pero lo bastante amplia como para darle por unos instantes la sensación del hogar. En cada beso quise transmitirle un acto; en cada acto, una nueva visión de la existencia; en cada visión, una penetración del Infinito. Y en la respiración de todos los personajes se fueron diluyendo los personajes de la sagrada comedia, y en el paso del viento, que acariciaba mientras se llevaba todas las nociones, creí ver que en nuestro más íntimo ser no deseamos nada para nosotros mismos, aunque pocos lo confiesen.

Yo soñaba en estas cosas hasta que me desperté con el sabor agrio que deja el sueño cuando encontramos que nos ha trasladado misteriosamente de posición durante su transcurso. Una tristeza por lo insatisfactorio que es todo lo que no sea obtención de la totalidad me dejó postrado en el lecho más tiempo del necesario. Las ortigas del pensamiento irritaron mi corazón cuando desgrané la insuficiencia de los actos consumados y por consumar, como queriendo dejar que el desaliento me atenazase para eximirme de responsabilidades. Deposité el cetro en el suelo y me senté en un rincón a rememorar cada paso de mi aspiración, en un deseo de poder señalar más tarde, reconociéndolos, los colores que había imaginado según me los hubieron presentado los genios de otros mundos. Muchas de esas tonalidades, ¡ay!, las tengo olvidadas para siempre: el viaje no había hallado las cumbres de Shambhala. Pero al menos aprendí aliviado que el sufrimiento de los seres, algún día, será librado de sí mismo, sea por medios sublimes o brutales, sea en la Iluminación o en la Conflagración universal; y tal día el Todo cantará su canción de merecido silencio, un silencio de clamor obedecido, un silencio atronador como la Naturaleza sin principio, ni final, ni carácter sagrado ni mundano.

*

[Música: Michele Stratico, Concierto para violín en Sol menor. II. Grave. Stratico, alumno de Tartini, es un buen ejemplo del cosmopolitismo de su siglo y una muestra del vínculo entre Oriente y Occidente: compositor de la Zadar veneciana, hoy croata, provenía de una familia de origen cretense, aunque su formación musical es eminentemente paduana.]

“I am His Messenger,” the daemon said,
As in contempt he struck his Master’s head.

[“Yo soy Su mensajero”, dijo el demonio,
mientras golpeaba con desprecio la cabeza de su Amo.]

H. P. Lovecraft, Fungi from Yuggoth 22  (“Azaroth”).

खम्मामि सव्व जीवेषु सव्वे जीवा खमन्तु में,
मित्ति में सव्व भूएसू वैरम् मज्झणम् केणवि
मिच्छामि दुक्कडम

khāmemi savva-jīve savve jīve khamantu me
metti me savva-bhūesu veraṃ majjha na keṇavi.
Micchāmi Dukkaḍaṃ.

[Pido perdón a todas las criaturas vivientes. Puedan todas ellas perdonarme.
Pueda estar en amistad con todas las criaturas y en enemistad con ninguna.
Pueda todo el mal que he hecho quedar sin fruto.]

Oración prácrita de Micchāmi Dukkaḍaṃ, típica del pratikaman jainista, durante el cual el practicante hace repaso de sus pecados diarios.

Not doubt, not decease shall dare to lay finger upon you,
I have embraced you, and henceforth possess you to myself,
And when you rise in the morning you will find what I tell you is so.

[“Sin duda, ninguna enfermedad osará poner un dedo sobre ti.
Te he abrazado, y de ahora en adelante eres mío,
y cuando mañana despiertes, verás que todo cuanto he dicho es verdad.”]

W. Whitman, Song of Myself 40

Os contemplo, seres, y no hago más que eso. Una cadena de costumbres atenaza mis manos, que por momentos quisieran alcanzaros para rendiros alimentos puros, caricias de consuelo y sutura de heridas crueles. Seres que agonizáis ocultos tras muros de cemento y de fronteras nacionales, os merecéis todo esfuerzo por salvaros del que sea capaz mi corazón y mis miembros, incluso aunque supusiese el rompimiento de todo mi ser en mil pedazos, incluso aunque todos mis propósitos interesados cayesen en el abismo del asco y del olvido. Pero soy humano, criatura débil manejada por hábitos y tendencias al aferramiento. Los tendones flexores de nuestros brazos son mucho más robustos que los extensores: tan ávidos de apropiación nos pensó la eterna Naturaleza. La forma de émbolo que dibuja el glande viril no tiene otra función que la de extraer al vacío la simiente de otros machos y sobreponerse a la competencia, cuando se trata de expandir la identidad sobre una descendencia de la que nada sabrán sus responsables. Ser animal es impulsarse a la avaricia; ser animal racional, impulsarse a ella con mucha mayor habilidad.

¡Oh seres torturados, esclavizados, olvidados, hijos de todas las razas, caminantes sobre dos, cuatro, ocho o cien piernas! No podéis siquiera contar en vuestra existencia entera con la serenidad de una sola noche de luna llena en la que respirar el aroma plácido de los jazmines y con él algún significado cósmico, alguna traza de espíritu divino. Tristes mortales racionales a quienes todos dicen compadecer, aun más tristes mortales irracionales sin más delito que no hablar lenguas con sujeto y predicado: perdonad que no estemos entregando cada hora de nuestros días a la belleza de mitigar en lo posible las laderas de vuestro Calvario inconcebible. Queremos muchos lograrlo, creednos, queremos lograr desasirnos de mezquinos propósitos, de nuestra adicción al placer, a los tejidos mullidos en los que indolentes nos devaneamos en gráciles poesías, nuestra adicción a la vida segura y a la contemplación de celestiales estructuras. Quisiera inclinarme ante vosotros y limpiar vuestros embrutecidos rostros, como Verónica de vuestro Via Crucis sin nombre, y daros así al menos el descanso breve de la sed calmada durante los instantes en que sabréis de alguien que piensa en vosotros y que con gusto invertiría vuestra condición si el poder permitiese fácil disposición.

Pero, ¿cómo querer lo que se quiere querer? ¿Cómo haremos para reconocer que no basta con reconocer? Una fuerza de compasión habrá de alimentarse a sí misma hasta alcanzar la edad adulta. ¡Arriba, pues, la voluntad entendida! ¡En alto el corazón y que sirva de escudo a los humillados! ¡No desfallezcáis, paladines sin coraza, no olvidéis que vuestra condición ya no depende de un rey exterior sino de la noble Aspiración que dirige los ejércitos del Bien! ¡Salve, Amor, bésanos en la frente para que rindamos nuestras espadas no abriguen otra posibilidad que la de servirte! ¡Que el llanto que corre por los canales subterráneos de la civilización arrastre nuestra nave hacia océanos sanadores, libertades balsámicas, ungüentos de néctar de hermandad! Otros sublimes estados habrán de esperar: en este universo ha caído tanto sufrimiento que nos pasaremos eones de renacimientos para suavizar todas las asperezas. El Nirvana no nos grita con tanta fuerza, pues antes conviene acabar con su contrario, su distorsión torturada que los hombres han querido entender como medio imprescindible para obtener algunos agradables beneficios, pasajeros como el reflejo de la luna en las aguas que se escurren entre las rocas.

Sabremos lo que valemos como criaturas cuando hagamos valer lo que sabemos sobre la Creación. Cúmplase pronto el hartazgo del avasallamiento, y puedan estar todos los terrícolas libres del sufrimiento y de sus causas, que somos, en mucha medida, nosotros mismos. Amén. Amén. Amén.

***

[Música: G. G. Brunetti, Stabat Mater (1764). I. Stabat Mater. Si no es excesiva frivolidad hablar de música después de hablar del suplicio que asola a la mayoría de lo viviente, resaltaría que se trata ésta de una paráfrasis (coloquialmente diríamos hoy “plagio”) del celéberrimo motete homónimo de Pergolesi, quien dejó tras de sí innumerables y dignos epígonos que como él musicalizaron para dos voces femeninas la misma secuencia latina, tomando armonías similares repletas de retardos, tales como Girolamo Abos, Pasquale Cafaro, Fedele Fenaroli, o el coral de Tommaso Traetta, por no hablar del contrafactum que acometió el mismísimo Bach (Tilge, Höchster, meine Sünden BWV 1083) o del reforzamiento instrumental y contrapuntístico del Stabat Mater del Pergolese que realizó Giovanni Paisiello el último año del siglo XVIII. Además de éstos es destacable el de Giovanni Felice Sances, del XVII, y el de Alessandro Scarlatti, el cual, no siendo tan inspirado, acaso inspirase a Pergolesi la formación del dúo de soprano y contralto. Y tantos otros, entre los que computan los muy sensibles de Vivaldi y Bononcini, de los que ya compartí muestras. El comienzo del texto reza: “Stabat Mater dolorosa / iuxta crucem lacrimosa, / dum pendebat filius” (“Estaba en pie la Madre doliente, / lacrimosa, junto a la Cruz, / mientras colgaba el Hijo”). Inmejorable música para acompañar la visualización de la Crucifixión, en la que Cristo, Lógos universal hecho carne, tomó sobre sí el sufrimiento de todos los seres ante la mirada amorosa de su inmaculada madre, paradigma del espíritu maternal humano que todos portamos en alguna parte, reflejando toda la escena, de manera sangrante e icónica, el Micchāmi Dukkaḍaṃ en toda su plenitud catártica.]

La desesperación es el desfiladero sombrío por donde el alma asciende hacia un universo que la codicia ya no empaña.

N. Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito

Casi siempre en el principio de la ejecución de cosas nuevas y grandes, se representan razones en contrario que turban el entendimiento y le hacen estar dudoso.

J. Setantí, Centellas de varios conceptos 13

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No te hundas, principio rector, no te hundas o habrás perdido el ya débil impulso que te empuja erráticamente hacia la perfección. Te desalientan los vínculos que te atan al delirio de la destrucción, y temes que tus pequeños esfuerzos, tu otear en los libros y en los sellos que imprimen tus manos con tus actos, temes que tu intención más depurada y que las sonrisas ante la brisa que te limpiaba la frente, todo eso haya sido en vano. ¡Qué enternecedora imagen la de verme a mí mismo acicalando mi minúscula virtud como una niña a su muñeca, con la misma impaciencia y la misma discreta fantasía! La veo crecer muy lentamente: sonrío cuando se despereza, cuando se ensancha hacia los márgenes al tiempo que se afila en exactitud y contundente justificación. La recojo cuando se cae hacia un lado o hacia el otro, y le limpio las mancillas de barro que se posan en sus mejillas al tropezar. La creo mimar adornándola con buena prestancia, con indumentarias repensadas, con sabor de ideas nuevas y nobles. Compruebo cómo ejercerla en un lindero le permite de forma natural desparramarse también por el otro, y una prometedora primavera parece ir brotando a ratos imprevistos entre las frías rocas en colores rojizos como la sangre sincera. Pero, ¡ay!, la cruda realidad impone su aplastamiento, y una información desatendida, un comentario crudo y cínico o un despreciativo hecho bruto echan por tierra el fruto de lo que empezaba tímidamente un rumbo hacia la disciplina. “¿A qué esforzarte por cantar tu idea moral -parecen decir-, si toda ella está condenada de antemano?” “¿A qué hablar de justicia si mientras respiras dejas morir a tus hermanos por todos los lugares?”. Y te vienes abajo, corazón, te quiebras como la caña que procuró volverse rígida desafiando a su naturaleza sin contar con el Bóreas que arreciaba. Y tú mismo te unes al coro de desmoralizadores frente a los que, alegres, intentan embellecer el mundo. Lamentas lo que acaso no fue tu culpa, transitas en el brumoso recuerdo de vidas anteriores, por si en alguna de ellas estuviera la causa de que ahora seas una sarna del universo que te circunda.

Mas, ¡ea!, emerge ya de la fiebre de dudas desesperadas que te tienen postrado en lecho alucinado como a la madre que perdió a su amado único vástago. Deja de murmurar remordimientos y pesadillas que aturden hasta la parálisis. Que el mal que te aflige sea el mismo que produces es un buen punto de partida. Delatas amplias alforjas para la caridad si añoras no tanto la felicidad que podrías sentir cuanto la que podrías ofrecer. No te venzas, juicio moral, por la dificultad de cantar sin que los ruidos del caos desengañado ahoguen tu voto. No dejes de amar por más que no alcances a divisar ni un estandarte de la victoria: tu camino es el camino adecuado, recuérdalo cuando, lamentándote, te veas retardando el paso o deteniéndote a contemplar divertidas flores llamativas en las riberas. Los profetas de la oscuridad tienen razón cuando advierten que causas negrura como los demás, pero no la tienen cuando niegan que tu idea moral, una vez desplegada hasta sus últimas consecuencias, erradicaría toda negrura. Cree al oráculo del Caos en lo que tenga que decir sobre la insuficiencia de tus actos, mas no cuando dé a entender que no son necesarios. Es correcto que ames lo que amas, por más deseable que sería reproducir ese amor en cada una de tus respiraciones. Lo que haces por convencimiento moral es bueno: ahora multiplícalo por millares. Si estás convencido de lo que impartirá justicia, no lo abandones por el hecho de que a buen seguro no podrás colmar nunca sus exigencias; antes bien, afianza el sextante, sella el astrolabio, mira al horizonte sin mirar atrás a pesar de que el puerto de llegada parezca alejarse hasta el confín de lo posible. Vuélvete escrupuloso en el cumplimiento, pero no te fustigues cuando tropieces, como sin duda tropezarás, como tropieza todo lo que se mueve en el terreno resbaladizo del perfeccionamiento.

Tu mayor culpa ha sido nacer en un linaje de tiranos cósmicos: no puedes remediar eso. Pero puedes retirarte con disimulo, al menos durante la estación de las lluvias y durante los festivales de la destrucción, a una pacífica grutilla en la que meditar sin violencia, prescindiendo de todo capricho. Allí podrás de nuevo animar a tu atesorada virtud y despejarla nuevamente de heridas y residuos. Apartarás con cuidado y suavidad las moscas que acudan a sus costras por creerla moribunda. Soplarás, sí, a su noble frente, aparentemente achatada por mechones sudorosos de rubios cabellos ennegrecidos. Acunarás a esa hija que es también tu madre y tu padre, que es tu báculo sagrado, tu pasaje al coro de los justos y el señuelo para atraer hacia ese mismo coro a los seres que deambulan en penumbrosos laberintos forestales. Le cantarás una canción heroica y dulce al mismo tiempo. No esperarás, sin embargo, todos los triunfos inmediatos. No te apegarás a su rostro, que como todos los rostros se desvanecerá en la noche sin estrellas. Mas cantarás y cantarás, y lo harás con devoción a fin de que otros queden prendados de tan bella melodía, y no cesarás hasta que una congregación dance como en éxtasis a tu parénesis, a sabiendas de que tu mensaje es aún niño, incompleto y torcido como la sonrisa en los labios que han sido golpeados.

Véncete, soberano de tu persona. Ajeno a la indisciplina y vulgaridad circundante, desoyendo burlas e incomprensiones, desoyendo por encima de todo tus propias cavilaciones y paradojas con las que te golpeas a ti mismo, haz por caminar como un príncipe hacia la batalla final. En completa soledad, has de poder digerir y hacer tuyas las palabras que inspiraste mientras divisabas hermosos luceros que a pocos ojos titilaban, pues las ideas que aquéllas soñaron surgieron de ti, siquiera como reflejo y respuesta a la llamada lejana de palabras gemelas, y moran en ti.  Resiste al pecado, amigo, endurece tu abdomen, suaviza tu furia, aprieta los dientes fríamente, eleva tu cetro, atraviesa al dragón con amor. Y ofrenda, hermano de los que precisan hermanos, tus lágrimas de devoción, y abraza a los que puedan sentir los abrazos y aun a los que no puedan, y ábrete al siempre joven rocío de la pureza y al fin de la violencia. Mientras vivas, brilla. No estás llamado a menos.

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[Música: J. S. Bach, Widerstehe doch der Sünde (BWV 54. I. Aria). Nunca una exhortación de rechazo a los demonios sonó tan alegre y vivaz. Nunca se inspiró el combate espiritual con tanta fuerza y gracia en tan altas proporciones. Le entran a uno ganas de batallar sonriendo contra todos los dragones y dedicar la propia existencia a la erradicación del sufrimiento de todos los seres. Las notas orquestales y vocales de esta bellísima aria han acompañado la escritura de la consolación presentada y tienen buena parte de culpa de lo que pueda haber de bueno en el tono adoptado. Por su parte, el texto es recio como una admonición homilética medieval: Widerstehe doch der Sünde, / Sonst ergreifet dich ihr Gift. / Laß dich nicht den Satan blenden; / Denn die Gottes Ehre schänden, / Trifft ein Fluch, der tödlich ist (“Resiste al pecado, / o su veneno te agarrará. / No dejes que Satán te ciegue, / pues deshonrar la gloria de Dios / trae mortal maldición.”). Como curiosidad, Yoshikazu Mera, el andrógino contratenor japonés que canta en la grabación y cuya voz considero la más sensitiva y perfecta de su tesitura, ha tenido que combatir desde niño contra su propio demonio, y es que nació con osteogénesis imperfecta, enfermedad también conocida popularmente como “huesos de cristal”, expresión coloquial bastante explícita, poética y terrible.]

Reo que tiene por actor al poder enojado ha menester en el juez mucha igualdad.

A. Pérez, Aforismos de la carta para el papa 2

Siglos hay en que viven más seguros los deudores que los acreedores.

A. Pérez, Aforismos de Antonio Pérez 35

Los males envejecidos no se pueden curar sin remedios fuertes.

J. Setantí, Centellas de varios conceptos 14

La mayoría de las personas llamadas decentes odian unos pocos abusos y disculpan los demás.

S. Ramón y Cajal, Charlas de café VII (3a ed., 1922, p. 170)

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Oh, voraces niños de metro y medio, que os agitáis entre catedrales malditas de cemento y frío cristal, moderaos. Vuestra sed inconmensurable lo ahoga todo, y os fijáis entretanto en las pequeñas heridillas que os infligen aquí o allá. ¿Por qué creéis que vuestros pequeños dolores merecen más atención que el hundimiento de todo?

Pero, ¿a qué apelar a vuestras conciencias maltrechas? Uno no se puede enfadar con las ladronas urracas, ni con los tigres devoradores de inocentes, ni con las tempestades que gustan de invertir bruscamente la posición de las cosas. Las bestias y los meteoros tienen su estallido trazado de antemano. Adictos como sois a caprichos envilecedores, no lograréis evitar el impulso que os lleva a nutriros del mal. Tampoco he de excluirme yo del grupo: las adicciones que nos han inoculado no se extirparán con una conciencia media como la mía. Se requiere un cataclismo de la mente o del cuerpo o una teofanía nítida para salir de la rueda de la crueldad indiferente que todo lo asola.

¡Asesinos del mundo, yo os absuelvo! No tenéis la culpa de haber nacido con culpa, y los mejores rayos de luz de entre los mejores de vuestros corazones así lo demuestra. Hasta el más puro de los que tienen algún trato con comerciantes están sentenciados como cómplices de crímenes sin número. Sigamos, pues, contribuyendo al imperio de la muerte y del sufrimiento hasta que no soportemos nuestros actos y nos demos por vencidos ante la evidencia: todo en nuestro tiempo parece llamarnos al recogimiento, a la austeridad extrema, a la abstinencia del alimento animal y a buena parte del vegetal, al retiro campestre y a la oración… pero acaso habrá que esperar a que nos encontremos desnudos de vida y de esperanza para forzar el fundamento de nuestras funestas costumbres. No parece que pueda hacerse otra cosa.

Que los seres nos perdonen lo imperdonable.

[Música: J. Savall, Deploratio IV (Lachrimae Caravaggio. Statio VII).]