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El hombre más grande es aquel que sobrepasa a todos en mansedumbre y sociabilidad.

Avicebrón, Mibḥar ha-penînîm (“Selección de perlas”) 400 (trad. D. Gonzalo Maeso)

Esguardava l’amic si mateix per ço que fos mirall on veés son amat. E esguardava son amat per ço que li fos mirall on hagués coneixença de si mateix. E és qüestió a qual dels dos miralls era son enteniment pus acostat.

[Se miraba el amigo a sí mismo, para ser espejo en el que ver a su amado. Y miraba al amado, para que fuese espejo en el que conocerse a sí mismo. Y se discute de cuál de los dos espejos estaba más cerca su entendimiento.]

Ramon Llull, Llibre d’amic e amat 341 (trad. E. Moga)

I

Cuanto más decidido sea tu paso y cuanto más llano sea tu camino, más correrás, pero por ello mismo serás incapaz de juzgar la adecuación de otros caminos, que desconocerás tanto cuanto más te familiarices el tuyo. 

La pluralidad de vías es dibujo de varias espirales superpuestas; allí donde una parece acercarse más a la verdad, la otra hace un rodeo menos preciso; mas en otro tramo sucederá lo contrario. Todo método ofrece algo y priva de otra cosa; pero, a medida que se ascienda, se va devolviendo aquello de lo que se privó o se asume su contingencia y se suple con otro cetro igual de largo.

II

Si te inquieta la opinión ajena es que no la tienes muy buena de ti mismo o que pones tu opinión al servicio de caracteres contradictorios.

Tenemos cedida a los demás mucha responsabilidad sobre nuestra alma. ¿A qué cargarles con tamaño peligro? No dejes que los demás te condenen, pues eso les herirá también a ellos, y tu dignidad caerá aplastada por tu debilidad. No se debe dejar la felicidad propia y ajena a algo tan ajeno a nuestro poder como el juicio del otro; carga tú con la protección de sus almas, y no al revés.

III

La adversidad no menoscaba tu virtud, sino que muestra cuán baja era en realidad. La adversidad no menoscaba tu sabiduría, pero la contamina de suspicacias desesperadas, lo que viene a ser casi lo mismo.

Solamente el fuerte se sostiene ante el embate inesperado. Unas destrucciones provienen de una larga cadencia: debieron ser enfrentadas con costumbres virtuosas. Pero otras destrucciones provienen del giro brutal de los acontecimientos: debieron ser enfrentadas con costumbres virtuosas y con un atención plena, asumiendo que cualquier navío podría ser débil ante la tormenta, deseando siempre estar más y más predispuesto al combate y al sacrificio. No es que la derrota no sea una opción, es que es imposible si se aprende a aceptar la derrota como un ejercicio hacia la victoria, que se jugará en los tableros de las hazañas y las fundaciones y no en un mísero campo de batalla donde ha de regalarse el triunfo a la sangre, que es lo único que allí vence.

IV

Todo lo que no hagas por los seres sensibles no nutrirá tu sensibilidad hacia lo que está por encima de los seres.

Solamente satisfaciendo a tus semejantes en la medida de lo posible abrirás un derecho en el corazón para atisbar realidades más puras. El corazón es lo bastante honrado como para no concederse a sí mismo este derecho hasta que no lo haya merecido, o es lo bastante ciego como para no ver la puerta si no se ha apartado mediante la caridad a los pordioseros que mendigan ante ella.

V

Lo que se dice sin repetir lo que dijeron otros no habrá sido pulido en todas sus aristas, pues no hay una voz que pueda ella sola afinar al mismo tiempo la doctrina, la forma, la aplicación y la oportunidad.

La Tradición no es solamente edificio levantado durante siglos, sino que muchos de sus ladrillos son las perfecciones logradas por los hombres en sus respectivos campos de excelencia. En términos de espíritu, el progreso no opera en el tiempo más que en la eternidad de cada cual, pero sus ejercicios previos han sido tanteados en eficacia por generaciones de clarividentes, y así lo muestran en costumbres, ritos, ejercicios de introspección, conceptos, imágenes, músicas y versos. Pero, si la Tradición es secuencia de voces sumadas, tampoco ha de faltar nuestra voz, si ha sido esforzada, cuidadosa con el legado y dotada de cierta lucidez.

VI

Solamente abrazando al todo se obtiene cierta quietud, pues las partes son mudables, y las cosas mudables no son fiables.

Al discriminar, la mente se escora y cae en posibilidad de desequilibrarse. La discriminación en pequeños segmentos es útil para pequeñas cuestiones, y algunas de ellas son imprescindibles para el gran negocio del alma. Pero, llegados al centro de ese negocio, allí donde el entendimiento se quiere posicionar para irradiar a todas sus facultades, la única posibilidad pasa por abrazar los pares de opuestos y afirmarse allí. En último lugar, no hay que afirmar ni negar, no concebir el Todo, no delimitarlo, no reposar en su sustancia, sino evitar cualquier tipo de posición. La verdadera unidad se halla en la ausencia de opiniones, aun la de la propia preeminencia de la unidad.

VII

Si amas la superficie, no atenderás lo bastante al interior; si desprecias la superficie, no te dignarás a contemplarla con placidez hasta que veas a través de ella lo que hay debajo.

Lo vulgar no es vulgar para quien ama, porque el amor es visión de dignidades. Pero hay que distinguir la dignidad profunda de la dignidad aparente, de la cual es tanto más peligroso enamorarse cuanto menos serena sea. Hay que entender que las bellezas se comunican siempre de algún modo; si no se descubre ese modo en cuestión, la visión será incompleta.

VIII

Los nombres sagrados no son sagrados por ser nombres, sino por no apuntar a objeto ni efímero ni definido.

Los valores sagrados de los símbolos no se ciñen a los conceptos en los que encerramos los valores. Antes bien, el valor sagrado es inasible en el tiempo y en el espacio. Mencionar un nombre sagrado es atisbar fuerzas que se derraman en cada rincón de la realidad y , por ende, también de nuestra propia vida.

IX

El espíritu no fuerza nada, pero surge de la carne que se forzó.

La disciplina no es terreno del espíritu: el espíritu es el rey hierático ante cuyos pies se arriba tras vencer en dura pugna a los ejércitos que lo mantenían secuestrado en urna de cristal. Sin purificación no hay pureza, pero la pureza es tan inocente como una semilla seca y fría, a la espera de germinar en suelo removido por trabajosa azada y barbechos de ayuno. Lo divino es alumbrado en el placer o en el dolor, pero siempre sin estridencias; la transverberación es llamarada súbita, pero su estela no se aprovecha más que tras un cierto endurecimiento del carácter, humedecido únicamente por caro Amor.

X

La sinceridad no es completa si no se cuestiona a sí misma.

Toda inferencia lúcida duda, llegados a un punto, de la infalibilidad de la misma lucidez bajo cualesquiera circunstancias. Y toda declaración de arrepentimiento, perdón o amor surgida de buena fe se pregunta después si no hubo algo de mezquindad en su propia causación, como si se venerase tanto la pureza que su presentación debiese ser impoluta no importa cuantas veces se someta a comprobación. El espíritu es exigente antes de permanecer flotando sobre los opuestos, y en todo lo que sea vencerse a sí mismo se encuentra aliado consigo mismo, mientras no haya cilicio inmoderado.

XI

El pensamiento es inferior a la visión, como el contable es inferior al potentado.

El país es mucho mayor que el mapa, pero sin mapa no accederá peregrino a sus principales sedes. El rico paga al contable, pero el contable es el que, administrando con prudencia, permitirá a su patrón vivir holgadamente de sus riquezas. Por lo demás, son éstas las que permiten al rico habitar el palacio, mas es su sensato hacer lo que permite al contable vivir también allí mismo, en modesta azotea pero por ello mismo avistando a vista de pájaro los desperfectos a mejorar del alicatado; y allí opta, en algunas noches de especial amistad con el patrón, a obtener la herencia del poderoso. Así sucede con el pensamiento, atento a los movimientos de la superior intuición, atraída por la gracia y empujada por la serenidad que rezuma de las buenas obras.

XII

Tu altura no se distingue en el templo, donde todos están erguidos o se inclinan a la par, sino en la plaza, donde todos se inclinan según su avidez o su temor.

Ante el ritual, ante la mirada de todos, todos son más o menos dignos, más o menos cumplidores y pacientes. Es en el fango de la contrariedad, de la sorpresa, de la derrota, del dolor, donde se mide la altura real de cada uno, permaneciendo durante más tiempo en pie los más principescos de los caracteres, sin falsa apostura, sin rigidez innecesaria, pero atentos al compromiso que ostentan en la cabeza, sobre la cual se sustentará, en lo más alto posible, la insignia invisible con que la coronó la voluntad de satisfacer a los necesitados y de cumplir condescendiente el ciclo de los mundos.

XIII

La flor no sabe que para ser flor también es necesario no pensar en serlo.

La naturaleza no busca su finalidad, sino proseguir siendo ella misma, sea cual sea su finalidad. El ser feliz no es el que busca la felicidad, sino el que la encuentra en el camino de otra cosa, que suele ser la felicidad de los otros y el desapego de felicidades triviales. Para merecer el trono hay que ser, antes incluso que legítimo príncipe, servidor incondicional del trono; querer sentarse en él es justo y conveniente deseo del heredero, pero el anhelo fundamental ha de ser que el palacio sirva a su misión mundana para con los súbditos. Pero la razón y la intuición superior son atributos humanos que, como astrolabios de la mente, nos corrigen el rumbo cuando el entregado entusiasmo se entrega en demasía a camino de extravío, cuando el gesto genuino no es tan merecedor de dicha como del salario de Némesis.

XIV

Realizar el gesto decente no te conducirá a la verdad, pero hará más rítmica tu búsqueda y señalará a otros el camino a la verdad.

El cumplimiento no trae garantía de cosa alguna, salvo del mínimo ceñidor espiritual bajo el cual se desataría cualquier demonio. Cerrar con llave no impedirá entrada o salida en la mansión, pero demuestra que hay una llave que abre suavemente y demuestra la solidez de los portones, sólo lábiles para los hábiles.

XV

El amor que no se concibe sobre todos los seres es incompleto, por lo que carece de calma; el amor que no se concreta en saciar la sed del más sediento es débil, por lo que carece de resistencia e intensidad.

A todos se debe la misma entrega que a los demás. Esto, sin embargo, no habrá de suscitar que escatimemos, pues cuando se está ante un rostro no ha de voltearse la mirada hacia los otros, sino ofrecérsese por entero a sus cuitas, si es que comportan recia pesadumbre, como si fueran las únicas. La generosidad consiste en dejar de mirar de donde mana la herida sin dejar de atenderla en ningún momento hasta que la veamos empezando a cicatrizar.

XVI

Muchos creen amar cuando aman la imagen de sí mismos como amantes.

Hay mucho de amor propio en lo que de ordinario dícese amor. Pocos hay sentimientos más gratos y apetecibles que el del alma que se percibe a sí misma abriéndose a lo que no es uno. Mas el abrazar puede acabar en gusto de engorde, pues tan grande se siente el que toma al otro que lo cree suyo o comentario a su grandioso amor. Siempre cabe el desapego por nuestro propio dar, no dejando de dar, porque esto devendría males para el amado, que es quien siempre ha de salir ganando; más bien, habría que desapegarse hallando hábito cotidiano en lo inaudito. Igual que el guerrero de miembros cincelados levanta ya sin trabajo ni conciencia el yelmo plúmbeo de los héroes inmortales, así cualquier habría de habituarse al sacrificio con monocorde horario y trivial ritmo, carente de verso o emperifollado verbo, hasta considerarlo alegre pero vulgar gesto inevitable, naturalidad ni culpable ni venerable, como rascarse el mentón o alzarse por la mañana del lecho habiendo recibido justo descanso.

XVII

La pureza se obtiene por la sangre, a condición de que sea la propia sangre, pero mejor aún se obtiene por la vigilancia extremada sobre los caprichos del alma.

El arrebato heroico tiene el valor de gran intensidad que deja huella en vida propia y ajenas. Su imperfección proviene, hay que decirlo, de su improvisada y rauda ejecución. El carácter perfecto no puede surgir de una tempestad, sino de ordenado abandono de lo más superfluo a lo más apegado. Tampoco el corte de un miembro por filo de acero en batalla quedará tan limpio y hermoso como el que realice un cirujano con atenta destreza y tiempo ilimitado.

[Música: Capitán Tobias Hume, The State of Gambo (The Earle of Worcesters favoret). Como buen contemporáneo del manierismo, Hume fue un personaje estrafalario, escocés mercenario de Suecia y de Rusia. Como era costumbre, murió en la miseria, llegando, según él cuenta, a buscar caracoles durante un tiempo para alimentarse. Dejó escrito de sí lo siguiente: “as my Education hath beene, Armes, the onely effeminate part of me, hath beene Musicke”. Compuso obras lúdicas y originales como An Invention for Two to Play upone one Viole, pensada para ser tocada por dos músicos en un solo instrumento, o A Souldiers Resolution, donde describe musicalmente sus experiencias militares, evocando el sonido del campo de batalla, en línea con cierta tradición que se remonta al menos a La Guerre ou la Bataille de Marignan de Janequin.]

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Vio a los pinos jóvenes, que parecían sonreír dorados de sol, y a los amigos-discípulos alborozados, como si bebiesen jugos de una vida poderosa, que era la suya… Por la noche hizo abdicación de su mando y señorío: bajó al patio y besó el tronco muerto.

G. Miró, Parábola del pino

… y acabó por salir al campo, siguiendo la orilla del río, lentamente, con la vista fija en aquella alquería azul que nunca había llamado su atención y ahora le parecía la más hermosa del dilatado paraíso de naranjos.

V. Blasco Ibáñez, Entre naranjos I 3

Així mateix també tenen,
alguna altra cosa bona,
xim pum dali dali dali trum trum,
alguna altra cosa bona.

Sa cosa no vos la dic,
però ja hi deveu pensar-hi,
xim pum dali dali dali trum trum,
però ja hi deveu pensar-hi.

Anàrem a Sant Miquel (canción popular ibicenca)

No suelo pensar en la tierra sobre la que se depositó mi cuerpo por primera vez, a medio kilómetro del mar. Respiraba mi madre la brisa marina en aquel entonces, y esa brisa fue la primera que respiré yo, y así siguió la cosa hasta mi primera juventud. Y, sin saber muy bien por qué, aunque rastreo mi genealogía en los cuatro puntos cardinales de la península, siempre me habría descrito como el castellano que no soy, cuando no como el francés o el ruso que jamás podré ser. Algo he renegado de una patria que, creía, no concertaba con mi espíritu. Pero caigo a veces en que debió de ser un privilegio sentirse de aquí cuando había un aquí que no violentaba los sentidos, cuando reinaba la placidez en las huertas, la abeja en el matorral y los cantos en los hombres que echaban las redes desde los veleros. No se trata esta vez de una fantasía embellecida sobre motivos azarosos del pasado: no todos los lugares reúnen el mismo equilibrio entre sus fuerzas, no en todos los lugares uno podría pasear y adormecerse dulcemente durante meses bajo el arropamiento del suave clima, no en todos los lugares quedan ancianos que confirman mi sospecha. No hay motivo alguno para sentir orgullo, pero sí cierta gratitud y cierta lástima a partes iguales. A pesar de la dureza de toda vida popular, a pesar del drama humano, idéntico en todos los paisanos del planeta, no menos cierto es una afortunada dulzura de vivir se propicia en ciertas geografías y siglos. Uno no elige donde nace, pero sí elige no caer en el desprecio ni al terruño propio ni al ajeno, así como aprovechar las virtudes de allí donde se florece. Tener raíces -unas raíces plácidas- no salva a nadie, pero hace las cosas más fáciles para gozar de un corazón servido y natural. Y una corriente de pensamientos me llegan desde remotos antepasados, tan árabes como reconquistadores catalanes, tan emigrados judíos como indiscernibles romanos, mientras contemplo en tonalidad azul lo más parecido al infinito que pueda verse desde aquí, desde uno de los últimos porches antiguos que por estos pueblos asoman directamente sobre el romper de las olas.

Incontables siglos llevan los flujos de Levante lamiendo estas arenas y rocas, como queriendo trasladarnos los sabores de aquellos mundos, hermanos y lejanos a un tiempo, en que héroes y dioses fundaban reinos y adoraban a las fuerzas de las profundidades. Envueltos llegan en el sabor del salitre, y apenas distinguimos sus venerables procedencias, indolentes como están nuestros sentidos por el frescor del alficoz, el néctar áureo de la oliva o el candor ruborizado de la buganvilla, secuestrada de insólitos continentes. De entre las palmeras incuestionables, vigías de los horizontes, avaras en dátil, distingo una pareja de ardillas, amadas entre sí, sabiamente afincadas junto al océano, al que nunca osarán adentrarse. Más temerarias sobrevuelan tierra y agua las gaviotas y sus secuaces –deslucidos cormoranes–, a la caza de la anchoa veloz o de la oprimida quisquilla. Los gatos se orean cimbreándose en las faldas del ufano peñón a la espera de dádivas humanas, mientras ya nadie recuerda todos los amores que debieron de declararse por estos rincones entre palafreneros y tejedoras, entre pescadores y comadronas, antes de que ningún joven de la comarca supiese ponerlos por escrito. Cierto es que este paisaje tiene una sequedad enjuta, yerta en la primera legua de costa, esterilizada por el yodo: los floripondios carecen del poder de geranios adustos y fragantes romeros. Pero se diría que el hombre se acondiciona con perfección a este clima en el cual, a pesar de gratos aromas y tímidos verdores, uno no puede huir de sí mismo, a cambio de no habérselas con demasiados peligros y de respirar nardo y jazmín en las noches; allí donde el reino vegetal pugna con el desierto no hay ni exuberante entretenimiento ni amenazas considerables, fuera de rarísimos alacranes, algunos mosquitos más y hedonistas de nuevo cuño. Es un mundo sencillo. No rondan ni el misterio ni refinamientos cortesanos: la luz lo inunda todo con vigor, llamando a las cosas por su nombre. Es por ello también una escuela para ánimos atribulados, un gimnasio para el alma demasiado sensible, enrarecida por conversaciones inútiles; ofrece motivos a la indolencia sin motivos. No hay aquí grandes filosofías ni repensados versos: la cumbre de la sapiencia pasa por el refranero, y aun, intuyo, es visto a menudo como excesivo. Algo de risa ruidosa, dichos breves e interjecciones, percusivas dulzainas y otros vientos, la sombra de las parras y el rumor del oleaje cumplen tales funciones y la maridan siempre con el placer, mejor o peor según los casos y los días. Si se desea concertar el alma con este suelo, sobre él hay que pensar descalzo o en espardenyes. Ése es su privilegio y su límite.

Desde rocas similares a ésta en la que me encuentro, en jónicas lejanías, entregó la divina Safo su cuerpo a las nereidas. Desde peñones como aquel otro tantearon los argonautas los primeros pasos de sus epopeyas, y allí también sacrificarían venados vencidos por congraciarse con los intemperantes dioses de los reinos azules, bien celestes, bien marinos. A lugares como éste arribaron primerizos los helenos y, prendados del genio comercial de fenicios y cartagineses, llamaron Ἂκρα Λευκῆ, la “Ciudadela Blanca”, a ese asentamiento de Amílcar Barca en tiempos de la primera guerra púnica.  Pero es, ante todo, un mundo más atávico que el de Homero o Apolonio de Rodas, un mundo en el que ya había hombres y mujeres trabajando los elementos mucho antes de que hubiese poetas penando de amores sin rociar de callos sus manos, antes de que los dioses impartiesen leyes y trazados de líneas rectas al levantamiento de muros. Oigo de boca de un hombre que llegó a ver allí otro régimen de costumbres retratos de oficios ya extintos. Imagino, arrullado por su nostalgia, al portador de sal que en carromatos llevaba sus pequeños diamantes desde las salinas de Calpe, punteadas todavía hoy por el rosáceo de floridos flamencos, hasta las calles de Benissa, Teulada, Dénia, Xàbia, Alcalalí o Pedreguer, entretenidas en sus caspellets, en su sang amb ceba, su borreta de melva, su mullador de pelleta, o su cocido de pulpo, mientras reciben alegremente a las viandas las mujeres bajo los arcos de los riuraus, al son de canciones populares alicantinas. Imagino jóvenes mozos intercambiando sacos con las hortalizas de sus padres, en el terreno franco entre la Punta de Moraira y el Cap de la Nao: desciende la naranja hacia la comarca de la Marina Alta, y ascienden tomate e hinojo hacia Gandía y la noble Valencia, reino sin rey. Y, tras los trabajos de siglos, salazones y caldoso arroz, trufado de ñoras, cubren las mesas encabezadas por los ancianos, que aún distinguen en su deteriorada visión la línea separadora entre océano y firmamento, aquella línea en la que, por voluntad de Nereo, Anfítrite o el Cristo de los Sudores, perdieron a un hermano pescador cuando apenas apuntaba barba, por más que colgaba a su cuello una medalla de la Virgen del Carmen, protectora de los pescadores, media centuria atrás, sin que el olvido imponga su completa cicatrización. No es, sin embargo, un mar conocido por sus bravuconadas en sus primeras leguas; cercado como una balsa, respetuoso incluso con los niños, los diversos reinos que lo rodean y beben de él -en especial el balear, centinela de Occidente- se contrarrestan entre sí amainando en lo posible huracanes y naufragios. E igual que apaciguan el agua con tierras, lo propio hacen esos reinos en el alma con el comercio y el trato frecuente. Rara vez se protesta contra el poder, o se hace con demasiada guasa, con escasa capacidad para el trabajoso rencor, teniendo como se tiene el consuelo del campo y la soleada playa, y hasta el idioma ha tomado sin violencia algunos rasgos de Castilla. Aquí es tan templado el aire como el agua y los caracteres.

A este oleaje prudente y cristalino que apenas conozco, raramente violento y de cuyos hijos los peces no sabría distinguir por su aspecto más de dos nombres, llegó mi sangre un día y se asentó antes de que los cristianos estableciesen sus últimas fronteras. Aquí mis ancestros, a buen seguro, labraron y vendimiaron, cantaron y bailaron, amaron y oraron, envidiaron y se mataron, navegaron y se ahogaron, reposaron y olieron el mensaje de los pinos. Aquí la lluvia se negó a dejarse ver por recelo hacia las brisas que se enseñorean en estas playas y cabos, y que transportan brotes de la tierra hacia el infinito piélago, y que recuerdan una vez más la vigencia de algas extranjeras sobre las rocas, contra las que se chocan como pretendiendo conquistar la península mediante una erosión mil veces milenaria. Aunque las rocas permanecen, todo es ya muy distinto. Poco se va oyendo la lengua valenciana que hablo con penosa torpeza por más que me la enseñasen desde niño y de la que solamente unos poquísimos ancianos son incapaces de conjugar con la lengua dominante, indiferentemente ajenos a la imposición castellana, atesorando palabras inútiles que apuntan a instrumentos, alimentos y oficios ya olvidados, concebidos en eras arábigas que habrán de regresar. Ni siquiera es acento ibérico el que más melodiosamente se explaya: forasteros del norte y del sur se han instalado atraídos por la centralidad de las condiciones locales. Murallas de construcciones prometeicas separan la primera línea de costa de todo lo que haya detrás, dividiendo a la naturaleza con sucio dinero, soez espatarre veraniego e insolente basura. Sí, todo es muy distinto en el litoral por el que asomó la civilización hace muchas, muchísimas lunas, y decidió quedarse aletargada en las calles de los pueblos, bañada por el bienamado sol y por el caldo mediterráneo, merendando junto a las chicharras, con poca prisa, sin codiciar nada porque nada más se puede obtener de la tierra, los cielos o los mares. Me pregunto adónde habrá viajado ahora la civilización, abandonadas ya estas tierras al ritmo de otros afanes menos sabios.

[Música: El primer número, sacado de un disco de L’Escola de Danses de Xàtiva, es un ejemplo atávico de folclore valenciano: una cançó de batre, un canto de trabajo vinculado a la actividad de batir para separar en cereales y legumbres las partes comestibles de las pellofes y tavelles, cascarillas y vainas. En segundo lugar suenan unas boleres, con un sabor panhispánico pero con letra valenciana y marcadamente prosaica, en la voz de una mujer que, desconozco por qué, me resulta gratamente familiar, una vez más junto a L’Escola de Danses de Xàtiva, y sospecho que con algunos castellanismos de más. La tercera música es la socarrona Cançó de la llum -originada en eventos reales acaecidos en Bèlgida, en la Vall d’Albaida, donde el alcalde se quedó con el dinero destinado a instalar luz en el pueblo, estableciendo dudoso precedente de la actualidad– a manos del grupo folclórico Al tall, con voces masculinas y melodía de dolçaina. La cuarta canción es Anàrem a Sant Miquel, cuyas últimas estrofas cité al comienzo y en la cual una señora ofrece desposar a sus hijas con los visitantes; no desentona aquí una canción ibicenca (presentada por el grupo folclórico menorquín Es bastió de s’illa), teniendo en cuenta que es la misma cultura y que, además, muchos mallorquines repoblaron las comarcas de la Marina Alta y la Safor en 1609, tras la necesidad que de ellos hubo tras la expulsión de los moriscos, y por lo cual permanecen costumbres, gastronomía y expresiones similares entre las islas y estas tierras. La siguiente canción, que recopila en nueva música fragmentos rescatados de temática similar, es de la misma agrupación: Bolero de Mussuptà. La última de las músicas es un buen equivalente de las marinas de Sorolla: la encantadora Sonatina playera para piano de Óscar Esplá, compositor alicantino de quien, casualmente, pasado mañana se celebra el nacimiento.]

Amor uniuscujuscunque hominis est omnium. Singuli enim omnes amare debent. Qui ergo hunc sibi specialiter exhiberi vult, raptor est, et ideo reus contra omnes efficitur. 

El amor de cada hombre es de todos. Porque cada uno debe amar a todos. Por lo tanto, quien quiere que se le muestre de forma especial es un ladrón, y por ello es culpable de agraviar a todos.

Guigo I, Meditationes (s. XII)

I

En lo más hondo no eres un ser, porque no hay seres, sino flechas dirigidas de un estado a otro. 

Nada hay menos fijo que las cosas a las cuales consideramos más fijas. Lo corpóreo no es más que un mismo grumo agrietado, dando la impresión de un multiplicidad. La multiplicidad es real en el mismo sentido en que un reflejo en el espejo es real: emite luz de colores que nos informa con señales, pero jamás podemos capturarlo.

II

No hay otra divinidad que la que sientas uniéndote a los demás seres, o no hay otra que puedas sentir.

Todas las ideas celestiales que no irradien y se esparzan por entre los canales del Todo no son sino retratos de momentos concretos, facetas aisladas de la imagen completa, que es la superior totalidad de las cosas. Para empaparse de los principios hay que vislumbrar sus resabios en los fines. La homeomería cósmica sea el mapa inabarcable según el que caminar, por más que un mapa infinito no te vaya a llevar nunca a un completo reposo. El completo reposo no es sino un detenerse artificial: la realidad sólo reposa en su pureza sin estaciones, en la vaguedad de los ciclos, tan incesante como inasible, tan rítmica como ilusoria. Tu alma no es sustancia, sino conglomerado de fuerzas: únicamente puedes percibir relaciones. Lo que crees que es el Principio no es sino un vínculo de todo a todo, incluso con aquello que sobrepasa naturaleza del ser.

III

Cuando tengas una aspiración noble, rastréala hasta conocer su causa primera en tu corazón, y verás su pedestre abolengo.

Se infla tu corazón y hablas de empíreos y categorías místicas después de haber tenido tal o cual encuentro con un pequeño triunfo o fracaso, con tal o cual dama, con tal o cual música. Lo vil y lo grandioso intercambian sin cesar su linfa; no has de avergonzarte tampoco de ello, pero guárdate contra el desprecio. Al fin y al cabo, también lo vil es resultado de otras causas que se pierden en misteriosos cielos, en la lejanía de la eternidad.

IV

No es que el dios more en ti, sino que tú eres el dios atrapado en una estrecha morada, aturdido por el viaje, habiendo olvidado casi todo lo que debe ser recordado. 

Tu ancestro eres tú mismo. ¿Acaso la forma de tus bisabuelos está ahora en otra parte más que en ti y en tus hermanos? Del mismo modo, lo santo se segmentó por compasión con el entorno y se hizo criatura, y desde entonces quieres hallar a tu ancestro, como te gustaría hablar con tu bisabuelo, que, sin embargo, sólo existe como tal en la forma que llevas inscrita ahora en la sangre.

V

Nadie puede desposarse con el viento ni quedarse mucho tiempo con un temperamento, propio o ajeno.

No te puedes fiar de tus cambios de comportamiento más de lo que te fías del viento que arrecia o amaina. Flora se aprovecha del Céfiro cuando la roza, y queda encinta de la Primavera; pero el humor de las brisas cambia rápidamente, y no es conveniente guardar rencor al otoño, o no se estará dispuesto al nuevo noviazgo primaveral. No asustes a los demás con tus cambios de conducta; pero menos te sientas atado a una conducta que sea arriesgada si sobrepasa la brevedad, solamente por que los demás ojos tengan una imagen menos desconcertante de ti. Puedes arrepentirte de no establecerte en lo bello, pero alégrate al menos de que ya conoces un camino; y, desde luego, no te arrepientas de no establecerte en lo vulgar. Incluso la edad bascula el humor de las almas más santas; ¿qué decir de ti, criatura ordinaria? Si los ángeles pueden volar, entonces vuelan bajo y vuelan alto, según su raza o su momento. Mas no confíes en el cambio como quien espera que su joven esposo o esposa vaya siempre a cambiar a mejor; antes bien, procura tener siempre cerca el lugar seguro al que regresar tras tus nobles acometidas contra el enemigo o tras tus fallidos deleites, o de lo contrario acabarás desconfiando de que la seguridad sea posible.

VI

Perdónate, sin celebraciones, las faltas que quedaron como residuo a una ardua y noble disciplina. 

Todo lo que pierdas por haber ganado mucho más con anterioridad no es tal pérdida. Si te hiciste más fuerte, no por ello has perdido toda flaqueza; después de una larguísima caminata, las piernas tiemblan de cansancio. Solamente tras una vida de esfuerzo podrás presentar un ánimo imbatible, y acaso tampoco entonces. Pero no abuses del perdón o te intoxicarás de vanidad, como no abusas del aguardiante que tomas solamente para padecer menos cuantro extirpas una flecha clavada en tu carne, so pena de caer ebrio. No utilices nunca la necesidad del perdón como causa contra la disciplina, madre de la luz que alumbras, sino venérala al mismo grado que al otro.

VII

Todo lo que sientas que has de decir de tu amor, dilo, a condición de enunciarlo y conservarlo como un juramento, como un voto de caballero o de reina, que protegerás con tu vida.

Lo que digas por el deseo de ayudar a otros se puede decir, pero siempre bajo ciertas circunstancias. No hay que dispersar palabras que, fuera del ambiente propicio, son como moneda de cambio o como címbalo que retiñe. Lo que declares sobre tu propia entrega no debe ser continuo y ligero, o terminará por dejar de convencerte a ti y a los demas; no debe ser excitado, o se encauzará inadecuadamente hacia el olvido o hacia gestos erróneos; no debe darse sin tener la conciencia de su importancia sagrada, o no te transformará para siempre ni garantizará tu eterna disponibilidad al amado, con lo cual lo habrás engañado.

VIII

Al mirar la piel, uno debe recordar su insignificancia. Al volcarse sobre el interior del corazón y de los cielos, uno no debe olvidar que la piel existe. 

Lo divino se puede expresar con tino mediante el lenguaje humano, y también sucede lo contrario. Pero cada lenguaje y cada mundo tienen sus límites, y es bueno recordarlo para no olvidar que somos lo alto y lo bajo hablando por la misma boca, del mismo modo que no se puede uno ubicar en un país extraño si olvidó que partió del sur y se dirige al norte. Debemos conocer al autor de las pócimas que llevamos en nuestro atillo, no sea que proporcionemos brebaje mágico de manos santas a una dolencia ordinaria, desperdiciándolo, o apostemos férula tosca a herida profunda perpetrada por demonios.

IX

El que, siendo simplemente amable, espera la gratitud que se debe a los héroes excelentes, está pecando de ignorancia, de vanidad y de avidez. 

Comprende a los seres que parecen no amarte o incluso que parecen sentir aversión hacia ti, pues ellos, en primer lugar, no aman ni odian sino la imagen que se figuran de tu persona, a menudo incompleta o errada; odian o no aman, pues, a una parte de sí mismos. Además, ¿les has dado motivos suficientes para creer que eres más fiable que otros que también parecieron fiables en un principio? ¿No es la constancia y la excelencia la prueba que exigimos todos? Dales, pues, todo y sin perder el equilibrio, y no podrán al fin más que reconocerlo, si es que no son incapaces de recibir por haberlo olvidado a causa de los golpes pasados o si es que no padecen de un gran desequilibrio, en cuyo caso merecen todavía una mayor compasión por tu parte.

X

Volverse ángel no implica adquirir alas ni blancura resplandeciente, pues también cuentan con ellas las palomas y los cisnes, sino adquirir un servicio eterno y transmitir señales de salvación. 

La bondad no toma siempre el aspecto que uno espera. Hay ánimos que parecían agrios y que dedicaban su vida a salvar otras. Son muchas las causas que lo hacen a uno tener un bello o feo ánimo, pero son más las que causan un bello o un feo rostro. Por ello no se puede sentenciar que la limpieza es signo de santidad y el hablar ordenado signo de grandeza, o muchos asesinos deberían contarse entre los santos. No desprecies a nadie por aquello de lo que carece, sino regocíjate en aquel punto sublime en que destacaron.

XI

Incluso las alimañas transmiten, a su modo y sin saberlo, las más altas verdades, si estás dispuesto a escucharlas, como adviertes la patria de un extranjero por su acento más que por lo que narra.

Si tomas enseñanza de toda cosa, entonces tú eres el maestro, pues no hay mayor enseñanza que ésa. Recuerda que lo divino ama el disfraz y que, al igual que el maestro puede entorpecer su sublime doctrina mediante toses o comentarios ordinarios, el mundo mezcla su verdad con el ruido de la maquinaria que lo permite estar en movimiento, y que esta misma maquinaria es en sí tan instructiva como la humanidad o la vejez del maestro, las cuales no se oponen a toda la sabiduría que enuncia.

XII

El centro de todas las cosas no está en el nombre del dios, sino allí donde el dios posa su mirada. 

Acuérdate del cinto sagrado, del altar y de la vía, pues en todo ello se indica la conducta correcta y la correcta visión. Pero aplica lo aprendido en el instante que se te impone, porque allí demuestras que lo que era bello también es útil, y que no hay distinción entre ambas categorías. Asume que la realidad puede corregir lo que pensabas, pues lo pensaste a partir de palabras y de unos pocos gestos, mientras que la realidad se pliega y se despliega en mil y una formas caprichosas, en permanente diálogo no sólo con lo que aprendiste, sino con lo que sufriste, con lo adivinaste y con lo que has sido.

[Música: Dos fragmentos de liturgia ortodoxa rusa. El primero proviene del salmo 140/141 y se trata de un canto démestvenny del siglo XVI, del monasterio Suprasi, responso de Vísperas de Cuaresma, entonado por The Patriarchal Choir of Moscow. El segundo es el Padrenuestro en la voz de los monjes del seminario de Odessa, con Mikhailo Davydov como sacerdote oficiante.]

Arte del caos

La injusticia es muy hábil para convencerse a sí misma y para corromper a los que están sometidos a ella, porque se relaciona con sus pupilos acompañada de placer.

Porfirio, De abstinentia 3.27.6 (trad. M. Periago Lorente)

 

El sinsentido de la violencia, cuando es directa, intencionada y ávida, late en todos los mundos humanos, en cada época y en cada riqueza. Si violenta es la propia configuración de nuestro pueblo planetario, nuestro andar cotidiano, más crispante para el espíritu es la agresividad, esto es, el impulso de violar una vida a la que se está mirando a los ojos. El arte, los pintores o la canción popular supieron siempre que bajo la piel de los hombres se retorcían bestias, y que solamente una contención lapidaria podría disfrazar la rabia con ropajes de amabilidad.

¿De dónde esa vesania que nos conduce al abuso, al odio, a la convicción de que mejor sería nuestro devenir si alguien no existiese y que así habrá de ser? En el fondo, toda violencia así de aguda es capricho unido a sudoración febril. Se trata esencialmente de una falta de pensamiento, de un calor que ha de liberarse, como un espasmo nocturno, como un castañetear de dientes. Se concreta en la idea escasamente formulada de que los demás son, ante todo, medios para nuestros fines. Maltratar a un niño, violar a una mujer, matar a un semejante, no son sino maneras de verlos como meros recursos, objetos, apliques, complementos a nuestro trote. Tal pensamiento, que en momentos de sosiego no se sostiene, adquiere fuerza en la pujanza de los humores biliosos, ante el volcán de la simiente en la entrepierna, ante la visión de una humillación, ante el desconcierto del orgullo.

No hay hombre que no se haya visto masajeado por fuerzas negativas, por ardores químicos que suben y bajan por el cuerpo, desde la ingle hasta la cabeza, pasando por el hígado y el acelerado corazón. Haríamos mal en sentirmos por completo a salvo de esa furia, esa desesperación que vence a todo lo sano: es nuestro devenir y la costumbre por él labrada lo que nos salva de aquel estadio en el que otros cayeron. En otras circunstancias, tú serías el genocida, el torturador, la escoria de las escorias. Todo secreto yace en la abstinencia prolongada, que aquieta toda marejada; y en la educación sentimental, que no consiste solamente en la contundencia de los argumentos morales -irrefutables y a veces interesados-, sino también en la indentificación con el otro. Nada más útil que pasar media hora imaginando ser otra criatura, siguiéndola desde su interior por el día común, viendo con sus ojos y valorando con su criterio, herida en sus debilidades, digna en sus virtudes.

Nada hay a lo que no nos acostumbre la familiaridad. Si uno se familiariza con el otro, el otro deja de ser un recurso o una vana sombra. Si todos somos sombras, no hay que dejar de otorgarnos unos a otros menciones de príncipes. Pues la sombra no sufre menos por estar débilmente tejida. No es menos bandera la fláccida que la mecida por el viento; ambas son la misma entidad en circunstancias diferentes. Si somos sombras, sufrimos, sin embargo. Si sufrimos, estamos hechos de la misma sustancia; únicamente fronteras de perfiles separan nuestros intereses, y el trato delicado y la caricia amable desdibujan esas fronteras hasta convencernos de que, puestos a ser sombras, es mejor conformar una más grande, en la que impere mayor frescor.

[Musica: Entreveran el texto diversos romances castellanos, una vez más en la grata voz de Joaquín Díaz. Todos ellos, como otros muchos, narran actos macabros, de truculencia sin límites, en su mayor parte perpetrados contra mujeres. Sorprende la sobria naturalidad con la que el folclore admitía conocer desde antiguo la composición del reino a base de excrecencias morales, sacerdocios indignos, venganzas irreflexivas, lascivias pedófilas, violaciones seguidas de emparedamientos y brutalidad desatada. Sin duda se debe a que desde siempre y por siempre afloran tales fuerzas, por mucho que cristianismo, Ilustración y tecnología hayan pretendido encauzar al grueso del pueblo. Los romances, en orden de aparición son: Elena la hidalga; La noble criada; El cura y su penitencia; La rueda de la fortuna; Las dos hermanas. Además de estos romances, otros que retratan injusticia y truculencia a más no poder ya fueron colgados en otras entradas: Blancaflor y Filomena; El romance del conde Olinos; Jesucristo en traje de pobre.]

Brotes verdes

 

Renunciando a la violencia hacia todos los seres vivos,
no dañando ni a uno, no desearás descendencia,
así que mucho menos un compañero.
Vaga en soledad
como un rinoceronte.

Khaggavisāṇa-sutta 1

Wiltu den Perlethau der edlen Gottheit fangen
So mustu unverrukt an seiner Menschheit hangen.

[Si quieres recibir el rocío de perlas de la noble divinidad,
debes apegarte, inamovible, a su humanidad.]

A. Silesius, El peregino querúbico 1.121

Nada se explica, nada se prueba, todo se ve.

E. M. Cioran, El ocaso del pensamiento, p. 191

Purezas de albur, navíos de altos mástiles desnudos de velamen, palabras que me exceden por dar forma alguna a fogosidad de intenciones y pálpito de generosidades sin macerar. Incauto de parir amores a los que no sé dar nombre, cayendo en la hoguera ardiente de deseos contrapuestos, afinidades electivas en pugna con la ecuanimidad universal, justicia de dioses, y un amago de fruncir labios para cubrir de besos un bello cuerpo, un alma herida, una comunidad desterrada. Prolongada infancia nos atenaza a corazones peregrinos en laberintos desplegados sobre varias eras conjuntamente. Y se reúnen pedazos de naufragios para no llegar más que al punto de partida: la elección entre todo y nada, entre capricho y entrega, entre corrección y heroicidad. ¡Oh yo, tú eres el causante del mundo, la poquedad de las catástrofes! Desanda el camino de la identidad, abandona tu raza, tu sexo, tu especie, tus playas y tus montes. Así se nutre el auténtico viajante, aquel rendido a los bosques de las más misteriosas iniciaciones, vedadas incluso a los abades, burbujas de oro escondido, donde las ausencias se regeneran en unidades erguidas como estrellas, pérdidas que devienen tronos, amistades incondicionales con todo lo que es vida, pleitesía a las mudas rocas que divagan entre eones de oscuridad cósmica. Ha de hacerse al mundo interior el más poderoso y vasto de los reinos, poblado en su mayor parte por ceremoniosos elefantes blancos. Y, de nuevo, aquí: un regreso más. Acariciar músicas, tazas de té, teclas, pieles, dormiciones y respiraciones quedas como árboles con los que nadie conversa… en esta estancia perfumada recomienza todo. En la misma hora, el verso que callo, los livianos fenómenos que resbalan a mi alrededor, la penosa limosna que me piden y la compañía de una mujer. No estás salvado: has de nacerte más.

[Música: P. Glass, Piano étude No. 2]

Protesta

They say my verse is sad; no wonder;
Its narrow measure spans

Tears of eternity, and sorrow,
Not mine, but man’s.

This is for all ill-treated fellows
Unborn and unbegot,
For them to read when they’re in trouble
And I am not.

[Dicen que es triste mi poesía; no me extraña;
su estrecha medida abarca
lágrimas de eternidad y de pena,
no mías, sino del hombre.

Esto es para los enfermos,
los no nacidos, los nunca llegados,
para que ellos lean cuando sientan las angustias
que yo ya no sienta.]

A. E. Housman, More poems, 1936. Trad. Juan Bonilla.

Man sagt sonst, über den Sternen verhalle der Kampf, und künftig erst, verspricht man uns, wenn unsre Hefe gesunken sei, verwandle sich in edeln Freudenwein das gärende Leben, die Herzensruhe der Seligen sucht man sonst auf dieser Erde nirgends mehr. Ich weiß es anders. Ich bin den nähern Weg gekommen.

[Se suele decir que por encima de las estrellas cesa la lucha y se nos promete que en el futuro, depositando nuestro poso, se transformará en noble vino de alegría la vida fermentada; pero ya nadie busca en esta tierra la paz del corazón de los bienaventurados. Yo sé hacerlo de otra manera. He tomado un camino más corto.]

F. Hölderlin, Hiperión, II

Màtà yathà niyam puttam
Àyusà ekaputtam anurakkhe
Evampi sabbabhùtesu
Mànasam bhàvaye aparimà.

[Así como una madre protege a propio hijo,
su único hijo, a costa de su propia vida, 
de la misma forma uno debería cultivar 
un corazón sin límites hacia todos los seres.]

Karaṇīyamettā Sutta

Ἡ ἀγάπη οὐδέποτε πίπτει· εἴτε δέ προφητεῖαι καταργηθήσονται· εἴτε γλῶσσαι παύσονται· εἴτε γνῶσις καταργηθήσεται.

[El amor nunca deja de ser: mas las profecías se han de acabar, y cesarán las lenguas, y la ciencia ha de ser retirada.]

1 Cor 13:8

No olvidemos que este mes han muerto 32.450 personas por violencia, 9.885 en guerra. Y 20.146 personas han muerto por hambre en el día de hoy a esta hora, pasado el mediodía. 602.454.512 personas no tienen todavía acceso a agua potable. 737.262.404 seres humanos padecen desnutrición. 3.837.215 peces han muerto en dos minutos del día hoy a manos humanas, al igual que 248.828 aves de corral, 5.527 cerdos  y 1.137 reses de vacuno. Pensemos que estas cifras se reproducen constantemente, renovando carne de sufrimiento, a cada minuto de cada hora de cada día de cada mes de cada año. Cifras que, sumadas en el tiempo, superas los billones con facilidad. El número, agente contable de la realidad física, cual fiscal inapelable nos acusa o, cuando menos, nos recuerda que no manejamos con soltura las magnitudes referentes a las consecuencias de nuestros actos sociales e individuales.

Habría que adoptar un régimen gimnástico del corazón: hacer un paréntesis cada pocas horas, en medio de cualquier actividad o pensamiento, para dedicarse a recordar a las víctimas de las pasiones humanas y aun de las fuerzas ciegas de la naturaleza; protestar contra mí mismo cuando magnifico las células de mi devenir inmediato, ajeno a los flujos del océano que me circunda, masa sin fronteras atravesada por peregrinos al Infierno; exigirte no solamente una mirada lamentosa, sino, yendo más allá, un impulso positivo, un hálito de esperanza y calor, un resorte de acciones concretas, una verdadera muestra de amor, una disponibilidad sin fin, un ritmo útil a los desollados; lograr una calma en la tormenta -de poco sirve a la tripulación el capitán azorado-, un beso mental a cada rostro que te encuentres y mil de esos besos a quien no te encuentres, porque sin duda nunca verás cara a cara a quienes más sufren, porque la injusticia los mantiene retenidos fuera de la luz del sol y de la atención de quienes se creen justos por disfrutar de la vida sin recordar el vivero infecto que sustenta su crianza.

Tal debería ser una disciplina en su estado mínimo, una higiene del alma y un deber para todo el que goza de derechos y aire respirable en este mundo. A menudo doy gracias por la oportunidad que se me ha otorgado de haber llegado hasta este punto de la vida sin haber sido torturado, sin ser sistemáticamente utilizado como un recurso, sin que se me ordeñe mi fuerza vital ni mis jugos internos, sin que me arranquen en vivo la piel que me recubre de sensibilidad. Celebro la fortuna de no haber estallado entre padecimientos de lustros sin fin, la fortuna de que ningún dolor me haya paralizado, de que la desesperación, por mucho que hablemos en verso, sigue siendo para mí y para mis seres más próximos algo completamente desconocido. Pero, si no diré que es una fortuna inmerecida puesto que cualquier ser la merece, sí diré que implica contraparte moral. Intentar introducir en la imaginación una ínfima parte de la hecatombe sensible que se reproduce en este instante y solamente en nuestro planeta, es un primer paso. El siguiente paso será abrir el corazón y dejar que de él emerjan brazos auxiliares que alimenten, acaricien y sostengan a los exhaustos, a los que lloran ahogadamente -secos ya de lágrimas y voz-, a los que no hablan ni hablarán a los oídos narcotizados por sí mismos.

Sarva mangalam

[Música: P. Glass. Satyagraha. I. Protest. El fragmento sánscrito del libreto está extraído del Bhagavad-gītā (12:13-14):

sri-bhagavan uvaca

advesta sarva-bhutanam
maitrah karuna eva ca
nirmamo nirahankarah
sama-duhkha-sukhah ksami
santustah satatam yogi
yatatma drdha-niscayah
mayy arpita-mano-buddhir
yo mad-bhaktah sa me priyah

“El bienaventurado señor dijo: Aquel que no es envidioso sino que, más bien, es un buen amigo de todas los seres vivos, que no se cree propietario de nada y que está libre del ego falso, que mantiene la ecuanimidad tanto en la felicidad como en la aflicción, que es tolerante, que siempre está satisfecho, que es autocontrolado, y que está dedicado al servicio devocional con determinación, con la mente e inteligencia fijas en Mí, esa clase de devoto Me es muy querida.”]

LE COMTE: Entrons-nous un moment dans l’un de ces pavillons, pour les laisser passer?
LA COMTESSE: Sans lumière ?
LE COMTE: À quoi bon ? Nous n’avons rien à lire.

[EL CONDE: ¿Entramos un momento en uno de esos pabellones para dejarlos pasar?
LA CONDESA: ¿Sin luz?
EL CONDE: ¿Para qué? No tenemos que leer nada.]

P.-A. Caron de Beaumarchade cais, Le Mariage de Figaro V

Conocida es la frase atribuida a Corvisart, médico de Napoleón I. Preguntando éste al galeno si un hombre de cincuenta y cinco años puede racionalmente esperar descendencia, contestó:
—Algunas veces.
—¿Y si el esposo tiene setenta?
—Entonces siempre…

S. Ramón y Cajal, Charlas de café 2

Il y a plus, les images voluptueuses dégagent la tête en attirant la vie au centre du corps.

[“Es más, las imágenes voluptuosas despejan la cabeza, pues atraen la vida al centro del cuerpo”.]

M.-J. Hérault de Séchelles, Théorie de l’ambition 2.4

Nous travaillons à notre propre perte avec plus de zèle et d’énergie que l’on n’en mit jamais à conquérir la liberté ! Ô Français, encore un peu de temps, et il ne restera de vous que le souvenir de votre existence!

[¡Trabajamos en nuestra propia perdición con más celo y energía que el que hemos empeñado jamás para conquistar la libertad! ¡Oh franceses, un poco más de tiempo y no quedará de vosotros más que el recuerdo de vuestra existencia!]

Ch. Corday, Adresse aux Français amis des lois et de la paix

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NOTA DEL EDITOR

La mayoría de las anécdotas expuestas aquí y en entregas anteriores de esta gaceta de inactualidad muestra el conjunto de muchas de las debilidades humanas, concentradas hasta lo grotesco. Ni que decir tiene que la realidad del sufrimiento y la inmoralidad no es divertida, y, por consiguiente, no aprobará un hombre de bien el maltrato a la mujer, el abuso de otros pueblos, el desprecio del Tercer Estado, el adulterio, la blasfemia, la crueldad, la indolencia, el rencor, la humillación o la ambición de ningún tipo. La presentación cómica de esta concentración de sucesos no pretende complacerse en el vicio, pues la risa no tiene por qué venir unida a la aprobación. Pero tampoco se complace en un desprecio furibundo, puesto que las debilidades humanas vienen en muchos casos causadas por una determinada disposición de los órganos o por una cierta concatenación de pasiones que conducen hacia comportamientos más bien nefandos. En cualquier caso, la parquedad de adjetivos calificativos no responde aquí a una ausencia de juicios de valor -cualquiera que siga la trayectoria de este autor en las últimas temporadas podrá asentir-, sino a una voluntad de educar al alma en aceptar a los hombres menos templados como son, sin aplaudirlos ni vituperarlos, viéndolos como a niños que arrancan las alas a una mosca, esto es, creando y perpetuando un sufrimiento de manera torpe e ignorante. La irrisión ante el vicioso no ha de hacernos perder la visión de la virtud, pero al menos ha de consolarnos al hacernos comprender que incluso algunas de las figuras con más digna apariencia caen de modo ridículo y absurdo en el torbellino aturdidor de los anhelos y las aversiones. Léase este anecdotario, pues, con indignación e indulgencia a partes iguales, pues nada hay más dañino que la destrucción de la moral, y poco hay más digno de conmiseración que el deseo que no logra contenerse ni aun a costa de causar daño, hecha la salvedad de sus víctimas. Y, encuéntrese indignada o entretenida, un alma que busque ejercitarse en la flema y la sabiduría nunca se deja llevar hacia ninguno de los dos extremos ante la dureza de la realidad vulgar si ello conlleva perder juicio, amor y resolución a la hora de contribuir a la mejora del mundo. 

Entre un conde y su amigo, recién nombrado juez del reino, se produjo la siguiente escena, muy similar a la que imaginó Beaumarchais en una de sus comedias:
-Ahora sois juez. ¿Serviréis con honor a vuestro cargo?
-¡Para eso lo he comprado!

El 5 de octubre de 1789 en Versalles:
-Majestad, os llama desde el exterior una muchedumbre del pueblo.
-Eso sin duda puede esperar-, contestó el rey, a lo que añadió que tenía cosas más importantes entre manos.

Poco después de la Revolución, se preguntaba F… para cuándo otro espíritu musical tan espléndido como el de Rameau. Viendo un día a unos sans-culottes prender fuego a una vieja partitura de ópera por hablar en contra del pueblo, F… matizó su pregunta y decía pensar que, para cuando llegase el momento, ya no quedarían claves que pudiesen amamantar a aquel supuesto genio.

Durante la Guerre de Dévolution entre España y Francia, un mariscal francés amonestó a unos soldados que se habían pasado la noche de juerga en una taberna española y a los que se había encontrado ebrios en un callejón. Ellos se defendían aseverando que solamente habían ido a beber allí para desmoralizar al enemigo demostrando la debilidad de su alcohol, lo cual habían conseguido, puesto que, tras cinco tinajas de vino, todavía habían logrado salir por su propio pie.

Tras escuchar una ópera de Monsigny en París, un noble napolitano, queriendo complacer a sus amistades locales, les decía que aquel compositor, si no se empeñase con libretos en una lengua tan retorcida y si no oliese mal, podría pasar por italiano.

El filósofo moral y el carnicero sobre un hígado de cordero:
-¿Y a cuánto tenéis hoy el cadáver de estos seres sensibles?
-Por ser vos, dependerá de la cantidad de principios que esta mañana se vea obligada a pasar por alto vuestra hambre.

Contaban de un lacayo secretario en provincias que conocía la intimidad de todas las señoras que visitaban la casa del patrón. A tal punto llegaba su fama y el consentimiento de que gozaba en la casa que, cuando organizaba en la agenda de su señor cada una de las visitas, procedía a completar también, en una esquina del listado, la visita añadida opcional a su buhardilla.

Un gentilhombre de Toulouse a una joven viuda durante una visita al domicilio de ésta: “Ma chère, mi corazón no late más que por vos”. Notando ella cómo algo acariciaba suavemente sus piernas, le espetó: “¿Pero no podríais al menos lograr que latiera solamente fuera de mis enaguas?”.

Un notario a un sacerdote sin ningún don para la oratoria: “Yo doy la fe que vos quitáis”.

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Un viejo libertino que en su juventud había recorrido toda Europa y que finalmente moría de gota y gonorrea, al conocer la hermosura novedosa de las mujeres antillanas y etíopes de las que empezaban a hablar los exploradores y mercaderes, se lamentaba en su lecho de muerte únicamente de no haber gozado África.

A un obispo glotón a cuyo palacio llegaban  cada día innumerables piezas de carne, algunos burgueses lo acusaron de paganismo, dado que no era posible que tal cantidad de charcutería se debiese a otra cosa que a sacrificios a ídolos. Durante la homilía dominical el obispo se defendió orgullosamente de tal acusación afirmando que no era cierta en absoluto, y que lo que ocurría era sencillamente que estaba poseído por una gula desmedida.

Un negrero holandés se quejaba de lo incómodo que le resultaba a su esposa tener esclavos etíopes en su casa por tener que tratarlos a puntapiés y tener que prescindir de manejarlos con las manos por temor a infectarse de negritud.

Los hijos de un poeta no muy bien valorado lo enterraron con sus obras inéditas para impedir que los acusasen de prolongar innecesariamente el sufrimiento del periodo de duelo a toda la familia.

La joven damisela a su profesor de canto, quien pretendía conocer su intimidad desde el comienzo de la clase:
-Maestro, ¿no queréis antes oír mi interpretación?
-Mademoiselle, para escuchar una caja de música antes hay que darle cuerda.

Dicen que el duque de Orléans, al ver un autómata de Pierre Jaquet-Droz que podía firmar documentos, exclamó que solamente le faltaba la corona.

Cuando guillotinaron al duque de Orléans, ya conocido oficialmente como “Philippe Égalité”, algún realista musitaba sin dejar de sonreír que haber cambiado su apellido por uno más a la moda no le había salvado del crimen de haber contribuido a hundir el más grande de los apellidos franceses, refiriéndose a su voto decisivo para condenar al rey.

Discutían un filósofo y un gentilhombre sobre el proyecto de Restif de la Bretonne de fundar lupanares regentados por el Estado. El gentilhombre, advirtiendo que los nuevos tiempos y la filosofía que con aquéllos venían daban a las mujeres mayor libertad para airear sus inclinaciones naturales, exclamaba: “¿Y quién necesita prostíbulos teniendo las Luces?”.

Dos cocheros se enzarzaron en una discusión por defender cada uno que él y no el otro porteaba a señores de un peso mayor, sin que los presentes del encuentre supiesen después decidir si hablaban de peso moral, de títulos nobiliarios o de libras de barriga.

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A un cierto cardenal impío de infausto nombre y que se rodeaba de pintores, poetas, músicos y dudosas compañías, le amonestaba un honorable caballero recordándole su cargo al servicio de la Iglesia y que el Señor deploraba aquella conducta, a lo que el cardenal respondía: “¡Ah, si Dios pudiese disfrutar de todos estos encantos pensaría de otro modo…!”.

Durante los peores días de la Revolución, para huir de las garras de los sans-culottes embravecidos, los aristócratas atrapados en el salón de Mme. L… decidieron vestir libreas y salir haciéndose pasar por lacayos. Pero uno de los agitadores distinguió a un condesa porque, aseveraba, sus lunares de los pómulos tenían demasiado gusto para ser naturales. El conde quiso defender a su esposa argumentando que, si era cierto que aquel lunar adornaba con primor el rostro de su cónyuge, otros en el trasero no contaban más que con la vulgaridad de las clases bajas. Fue tal declaración y no la insistencia satisfecha del marido en descubrir las posaderas de su esposa lo que confirmó a los rebeldes en sus sospechas, y apresaron finalmente a los aristócratas. Escena tan grotesca causaba tanto estupor incluso entre los maleantes que la originaron, que pocos querían relatarla, como ambicionando olvidar. Pero contaban unos pocos que la condesa no pudo perdonar nunca al conde, no la pésima defensa que los llevó a pasar varias noches en calabozos, sino el haber considerado vulgares las carnes que antaño tanto había alabado y el haber insistido sonriendo en mostrarlas al populacho.

Burgués.- Vos, barón, jamás os habéis visto cara a cara con el esfuerzo.
Barón.- Cierto, jamás tuve el placer de conocer a caballero tan poco agraciado.
Burgués.- De ese modo tampoco conoceréis en profundidad a sus encantadoras hermanas: la buena conciencia, la fortaleza y la serenidad de ánimo.
Barón.- Monsieur, me conformo con conversar con ellas durante un breve encuentro afortunado y acaso intimar en la alcoba con alguna de las tres en alguna ocasión muy favorable.

Decía M… que, hasta la llegada del Terror, Robespierre, Danton y demás secuaces no hicieron nada que la aristocracia no aprobase. Fue la envidia y la coquetería con las letras por parte de los patricios lo que propició que rodasen las cabezas de los Borbones, seguidas de otras menos nobles.

El mariscal T…, un hombre sumamente anticuado, rechazaba que le retratase Mme. de Vigée-Lebrun porque, según decía, “una mujer era incapaz de capturar la esencia de la bravura masculina”. Se dice que ella tramó la sutil venganza de seducirle hasta volverlo manso con un corderito, tras lo cual ya no había bravura que capturar y pudo retratarlo como la suave criatura que era. El retrato se cree perdido, acaso por la vergüenza que el carácter del lienzo causa en los bravos herederos del retratado.

Se decía del vizconde de C… que violaba a todas las doncellas que entraban a su servicio e incluso a las doncellas de servicio ajeno. Cuando le preguntaron por aquellas debilidades, el vizconde, arrancando una margarita de un florero y acercándosela a la nariz, se encogía de hombres y suspiraba: “¿Qué puedo decir? ¡Ah, el amor…!”.

Al marqués de V… defendía su costumbre de unirse solamente con plebeyas y doncellas porque, a su juicio, bastaba con ellas una sola metáfora allí donde con una noble dama se requería galantear con largas elegías de Ovidio.

Un marido ofendido le arrojó un guante al conde de M… retándole a espada, a lo que el conde respondió: “Y yo desprecio orgullosamente vuestro desafío”. Y se marchó ufano dándole la espalda como habiendo triunfado.

Decía H… que, antaño, mientras los hombres marchaban a la guerra, las mujeres se consolaban de la ausencia de los bravos calentando su lecho con los cobardes que se quedaban en la ciudad. Pero, añadía, en los nuevos tiempos los hombres no marchan a otra conquista que a la de sus propios placeres y las mujeres no soportan la distancia de sus cónyuges a más de media legua.

Un editor sincero y bonachón al que un cierto filósofo aficionado muy lucrado insistía con que publicase su libro, concedió, pero insistió en publicarlo en dos partes y con cubierta rústica blanda para que los lectores no causasen graves heridas cuando lo lanzasen a las cabezas de los responsables.

El pretendiente.- Vuestra gracia acompasada al son de los mirlos me reconcilia con la delicadeza del orbe, en armonía con el andar de tan livianos pies y dulcemente trabados con cabellos de oro ondeantes libres en el viento.
La pretendida.- Disculpadme ahora, os lo ruego. Tengo que poner mis callos en remojo para que duelan menos.

Tras el asesinato de Marat, cierto jacobino de renombre llamaba a Charlotte Corday “enemiga de la higiene”, y eso refiriéndose a la higiene tanto en el sentido moral como en el cotidiano.

Un enfático abogado mercantil comenzó así su primera alocución en un juicio entre ciudadanos particulares:
-Nunca hubo causa jurídicamente más interesante desde tiempos de Isócrates, cuando hubo de proteger del rey del Bósforo a un honorable liberto…
-Antes de ir más lejos, letrado -interrumpió el juez-, ¿podríais enumerar las reclamaciones de vuestro defendido, el pocero, contra el proveedor de estopa?
[N. B.- Situación similar rcoge Beaumarchais en el tercer acto de Le Mariage de Figaro.]

El marqués de D…, convertido al ateísmo, cuando le preguntaban por su ausencia en misa, explicaba con sorna que era a debido a la molesta diferencia entre lo mucho que la homilía y el ordinario abrían su apetito y lo demasiado escueto del aperitivo que el oficiante ofrecía durante la comunión.

Un perfumista puso a la venta una fragancia de su creación con la que, afirmaba, se ocultaba el olor característico de los pecados. Sus primeros frascos se vendieron en dos días, principalmente entre gente de edad.

Dos gentilhombres discutían del siguiente modo a plena luz del día:
-Es menester -decía uno de ellos- cometer el pecado lentamente para disfrutarlo y lograr borrar sus huellas rápidamente a fin de que quede recompuesta la reputación y así gastarla una y otra vez.
-Pienso de modo opuesto, monsieur- decía el otro. La falta ha de transcurrir rápidamente para evitar la ira del marido o del propietario, pero la fama del agravio habría de extenderse todo el tiempo posible en aras de ganarse la reputación del vividor al que muchos hombres y mujeres quieren tener cerca como aliado e inspirador.

El director espiritual de cierta damisela la provocaba con todo tipo de vicios y después la amonestaba por haber caído en ellos, aduciendo que tales provocaciones eran ejercicios para desarrollar la entera. A ello, la joven agregaba con menos inocencia cada vez: “¿Entonces el aguardiente que bebéis y las sumas que apostáis tampoco son sino retos morales para la salvación del tabernero y de los jugadores?”.

Cuando le preguntaban a un importante potentado, dueño de una flota mercantil, cómo había logrado tantos privilegios comerciales y tantos títulos nobiliarios, respondía que a temprana edad se dio cuenta de que solamente había dos puertas para tanto éxito: sobornar a gobernantes para evitar problemas y sobornar a jueces para resolverlos.

El duque de F… contradecía a la marquesa de La  S… cuando ésta acusaba a los varones de haber maltratado históricamente al sexo débil. El milord decía que, si ciertamente algún abusillo se había cometido, no se podía negar a modo de compensación que las melodías más bellas en las óperas siempre les pertenecen a ellas. La marquesa, que estaba de acuerdo con eso, no supo qué contestar.

En un banquete organizado en la residencia de un importante cortesano, le dice un par de Francia a un caballero que recientemente había quedado completamente arruinado:
-Y, con todos mis respetos, mi querido amigo, ¿cuándo os decidiréis finalmente a comer con el servicio?

A un filósofo misántropo le amonestaban sus escasas amistades por pasar los días encerrado en su despacho y no tener interés en conocer a nadie. Él contestaba lo siguiente: “Al contrario, cada día conozco a alguien nuevo dentro de mí”. A pesar de la aguda respuesta, una sabia dama le espetaba que de nada servía conocerse a uno mismo sino se amaba al prójimo. “Cierto, madame -añadía él-, pero antes ha de conocerse la procedencia del amor que su destino”. Hay quien incluso tenía la sospecha de que dicha dama y el filósofo habían mantenido otrora una amistad muy íntima.

Un mariscal a punto de retirarse vio cómo un indeseable violaba a una niña. Se acercó muy indignado a la escena y, dando unos leves golpecitos sobre el hombro del violador, le dijo: “Monsier, moderaos. Estáis en la vía pública”. Más tarde diría que intervino así por el desagrado que le causaba el escándalo, sin que nadie estuviese muy seguro de si se refería al escándalo que evitó no reduciendo más contundentemente al agresor o al escándalo de la violencia que tuvo que presenciar en la vía pública a plena luz del día, la cual no le habría indignado si se hubiese quedado en la privacidad de un domicilio.

Dos caballeros disputando en fuertes términos:
-… y, para terminar, mi estimado amigo, os diré algo sobre mi honor.
-¿Ha de pasar ahora la conversación, pues, al género utópico?

Un marqués a su amiga adúltera sobre un lamentable poema de ésta: “Pecáis más grácilmente con la carne”.

Rondaba por París el comentario insidioso de que los condes de L… no habían tenido hijos porque él había diseminado extramuros toda su simiente mientras a ella le habían succionado toda su fertilidad.

Había un ministro de cierta potencia europea que utilizaba los documentos oficiales para cubrir su escritorio y protegerlo mientras se amancebaba encima con alguna de sus amantes, y luego dejaba pensar a los receptores de las cartas que se trataba de cartas perfumadas, las cuales apreciaban sobremanera sin conocer su cuestionable método.

Una honorable dama que no apreciaba el gusto de la retórica litúrgica, opinaba que era muy acertado el nombre del “ordinario” de la misa, pues, insistía, no podía conformarse de palabras menos excitantes.

Sobre un mejorable violinista aficionado que se había ahorcado del techo con una cuerda de su violín, decía jocoso el que había sido su amargo adversario: “Al fin afinó en las posiciones altas*”.

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*Las posiciones altas son aquellas que dan sonidos más agudos, que se dan en el extremo del mástil más alejado del músico y en las cuales hay que colocar más apretados los dedos, razón por la que son posiciones más difíciles de afinar. 

[Música: Cuatro números de la ópera cómica Le roi et le fermier (1762) de Pierre-Alexandre Monsigny sobre un libreto de Michel-Jean Sedaine (I 6 [“Non, non vous ne m’avez jamais traitee ainsi”], I 5 [“D’elle-meme et sans effort”], III 12 [“Que le soleil dans la plaine”] y III 5 [“Ah! ma tante”]), ejemplos de un clasicismo francés muy digno de ser rescatado del olvido. En el primero de los números seleccionados, el granjero Richard pide perdón a su sollozante hermana Betsy por haberla tratado groseramente a causa de su amor desazonado por Jenny (“Betsy, Betsy, / Faisons la paix; […] Non, non, jamais, jamais Betsy, / Je ne veux te parler ainsi”). Después tenemos una arietta de Richard cantando sus amores por Jenny, a quien ve con otro hombre (“D’elle-même / Et sans effort / Elle va chez ce Milord”). Un romanza de Jenny canta la felicidad y placeres de la vida campestre (“Près de l’objet qui nous enchaîne, / Et qui nous lie à son désir, / Rien n’est peine, / Tout est plaisir”). En el último de los fragmentos, la madre de Richard y de Betsy advierte de la inestabilidad de las promesas (“Tout prometteur / est un menteur.“) a su hija y a Jenny, exultantes porque el rey ha prometido ayudarlas.]